Circular por el tiempo: a donde vamos no necesitamos carreteras

a donde vamos no necesitamos carreteras tiempo
Reopening of the South Fork Bridge after flood in Nov. 1940. /DP)

Futuro

En 1941 se podían hacer pocas cosas divertidas en Canadá que no implicasen la participación de un castor en mayor o menor medida, y una de ellas era asistir a emocionantes inauguraciones de puentes. Alguien llevó una cámara de fotos a uno de estos eventos y captó una estampa de la fascinada plebe asistente. Aquella imagen se convertiría muchos años después en carne de museo al participar en la exposición Bralorne-Pioneer: Their Past Lives Here y de ahí saltaría al mundo digital donde, con una rapidez envidiable, comenzaría a dejar las mandíbulas de los internautas a modo de barco de feria.

La causa exacta del asombro provocado por la instantánea saltaba rápidamente a la vista: en aquella fotografía entre el jardín de sombreros, chaquetas y menopausias vintage un joven de feroz porte equipado con gafas de sol y ropa con esencia a siglo XX plantaba cara a la lógica temporal irguiéndose estoico en su tarima de anacronismos. La imagen no estaba manipulada y la anónima figura, de moderno en mundo antiguo, fue considerada por los más audaces como un auténtico turista del tiempo. Un hípster del espacio-tiempo jodiendo el continuo con su audaz presencia. Una incógnita en principio inexplicable.

Unas cuantas decenas de años atrás Julio Verne, Hugo Gernsback y Herbert George Wells, aprovechando el rebufo de Mary Shelley, firmaron la paternidad de la ciencia ficción como género. Entre el tándem Verne y Wells supuraban además ciertos machetazos críticos; el francés solía comentar en voz alta que el británico gustaba de sodomizar el relato de ficción saltando en pogo sobre una de las supuestas normas básicas: contradecir el conocimiento científico contemporáneo. Verne imaginaba artefactos a partir de los medios de la época para construir su fantasía, Wells se sacaba de la chistera lo que necesitaba. 

Ambos salpicaban las páginas de intrépidos aventureros en expediciones fascinantes. Pero fue Wells quien se atrevió a cambiar las unidades de medida de los viajes extraordinarios, de pasar de los kilómetros a las horas, minutos y segundos. Lo logró con un cigoto llamado Los argonautas crónicos y con su evolución literaria, la conocida y notoria La máquina del tiempo. Verne decidió viajar en el tiempo de manera mucho más sutil: el imaginario creado en sus páginas se destapó, con el paso de los años, como ridículamente cercano a la realidad al profetizar con bastante acierto eventos futuros. Verne resultó tan hábil observador que se creó una leyenda que sugería que el escritor poseía una máquina del tiempo con la que dominguear por las eras. El hombre llegó a escribir una de las novelas más atinadas al retratar el futuro de la humanidad, Paris au XXe siècle, obra que en su momento el editor de Verne, Pierre-Jules Hetzel, rechazó publicar por su tono pesimista.

El viaje en el tiempo ofrece toneladas de posibilidades golosas al usuario. Desde actos meramente egocéntricos y automasturbatorios, como ejercer de matrona del propio parto proponiendo un grácil tirabuzón al concepto de existencialismo vital, practicar el bullying a nuestra versión infante como sádica venganza por no haber plantado cara a los abusos en la época escolar o sacar partido al matrimonio gay casándose con uno mismo para torear cualquier discusión de pareja. Pero también funciona como estupenda y didáctica agencia de viajes: permite gozar del encanto del turismo petardo que supone trotar durante un 18 de junio por el campo de batalla napoleónico de Waterloo en bermudas, con los calcetines sobre las chanclas, una bolsa de Risketos y el iPod con ABBA a todo trapo esperando que William Sadler no nos sacase demasiado gordos; meterle algo de plomo al creador de la Comic Sans en su etapa preadolescente o visitar a Winston Churchill para preguntarle qué tal lleva lo de ser citado erróneamente por un rebaño de analfabetos.

Y sobre todo, permite hacer malabares con las paradojas hasta lograr que la lógica del espacio-tiempo se coloque los tobillos en la nuca y se disponga a morder un cilindro de cuero.

El cine ha sido consciente de ello. Esa máquina del tiempo que planteaba H. G. Wells parecía inaugurar el concesionario de aparatos destinados a rodar con un ojo puesto en los relojes. Pero aquello era solo el principio, o el final.

Vehículos en el séptimo arte circulando por la cuarta dimensión

Recién estrenados los sesenta se asomó por las pantallas de plata una perorata publicitaria: «Durante muchos años los emocionantes libros de dos autores, H. G. Wells y Julio Verne, han estimulado la imaginación de la humanidad. Ahora la pantalla desvela la excitación suprema de aventurarse en el futuro que H. G. Wells predijo en La máquina del tiempo». Aquella exaltada invitación era parte del tráiler que anunciaba la versión cinematográfica basada en libro de Wells, película rebautizada aquí como El tiempo en sus manos.

En ella un hombre llamado George se dedicaba a dar las típicas excusas a los amiguetes tras desaparecer después de la noche de fin de año. Viajes al futuro, mundos extraños, bombas nucleares y el encuentro con los cándidos y encantadores morlocks, que se convertirían en el prototipo de bat factor universal, condimentaban su relato. La película era menos fiel al libro de lo esperado pero lo reverenciaba a su manera. Con la llegada de los DVD y la nitidez de la imagen se descubrió con claridad que el ficticio protagonista del film era el propio H. G. Wells, dato que hasta entonces se escondía entre las brumas de la imagen de baja resolución. La máquina del tiempo que utilizaba Rod Taylor en El tiempo en sus manos acabaría adquiriendo carácter icónico y consistía en un cacharro proto-steampunk a medio camino entre el trineo victoriano, la atracción de feria y un cisne con paracaídas.

Pocos años más tarde, la BBC colorearía al Doctor Who para adecentarlo ante las miradas de las butacas con el estreno en pantalla grande de Dr. Who y los Daleks. Tanto en las series que utilizaba de cimientos como en la propia película el medio de transporte para surcar el tiempo tenía nombre propio, TARDIS («Time And Relative Dimension In Space»), y formas de cabina de policía británica cuyo interior parecía obviar las medidas lógicas que proponía el exterior. La cinta tuvo una secuela llamada Los marcianos invaden la Tierra donde TARDIS seguiría siendo transporte de personajes y carretera de la trama. 

Entre finales de los sesenta y principios de la década siguiente la gente se moría por ver a Charlton Heston rodeado de simios, pero como aún era pronto para que el actor presidiese la Asociación Nacional del Rifle, la solución consistía en acudir a las películas de la 20th Century Fox: El planeta de los simios, Regreso al planeta de los simios y Huida del planeta de los simios componían un triple combo en el que los viajes espaciales en los que participaban los tripulantes de las naves funcionaban como máquinas del tiempo al convertirse en el mecanismo que enviaba a astronautas al futuro y simios parlanchines al pasado. 

Probablemente el medio más inusual para surcar el tejido temporal fuese el propuesto por Kal-El en el Superman de Richard Donner. La máquina del tiempo que proponía la película era el propio sentido de rotación de la Tierra previamente saboteado por un Superman encabronado que, a fuerza de volar en la dirección contraria, consigue paralizar el planeta y rebobinarlo. La idea desafiaba con sana alegría la creencia física de que un frenazo y cambio de marcha de tal calibre en las costumbres gravitatorias del planeta tendría como consecuencia la inmediata recolocación del grueso de la humanidad en una posición situada un par de galaxias más allá. Christopher Reeve repetiría el rol de viajero temporal en el drama romántico En algún lugar del tiempo, donde un hombre de 1980 decide irse a ligar a 1921 utilizando como vehículo de desplazamiento la hipnosis y como destino la fotografía de una zagala.

Los héroes del tiempo (cuyo título original era poco heroico: Time Bandits) sería la primera propuesta de embrollo temporal que Terry Gilliam plantearía al espectador. Un grupo de enanos presuntamente encargados de poner argamasa en las grietas existentes en el espacio-tiempo deciden, con sano espíritu de político, que es mucho mejor dedicarse a viajar por los siglos robando objetos valiosos para forrarse. La pandilla en sus tropelías carecía de medio de transporte entre épocas, pero disponía de un GPS para llegar a los agujeros en el tiempo: los enanos se valían de un mapa usurpado al mismísimo supremo creador donde figuraban todos los orificios del tiempo.

1985, el doctor Emmett Brown y Marty McFly. «Nadie me llama gallina», «¿Hay alguien en casa McFly?». Rober Zemeckis en estado de gracia filmaba Regreso al futuro y creaba la mejor saga de viajes en el tiempo del mundo del celuloide. La primera entrega transportaba al Michael J. Fox a mediados de los cincuenta y lo encaraba con el complejo de Edipo en versión paradoja temporal a ritmo de Chuck Berry en el baile del Encantamiento Bajo el Mar. La secuela, con un cien por cien menos de Crispin Glover, visitaba el futuro lejano del 2015 con aeropatines de Mattel, robocordones y Tiburón 19 en cartelera, e incluso se atrevía a retroceder en el tiempo hasta la primera entrega para remezclarla sin pudor. Una tercera película marcó como destino del viaje el cine de Sergio Leone. La máquina del tiempo utilizada para tanto salto por la historia sería un legendario DeLorean de aceleración flamígera y un error de traducción en el doblaje ofrecería al público español el término «condensador de fluzo» en lugar del más correcto «condensador de flujo». En el mundo real se fabricaron nueve mil DeLoreans DMC-12 antes de que el dueño de la compañía, John DeLorean, fuera arrestado por presunto tráfico de drogas (aunque sería declarado inocente) y su empresa se zambullese en la bancarrota. El coche acabó convirtiéndose en chatarra rodante extremadamente valiosa para coleccionistas.

Regreso al futuro inspiraría la comedia gansa Las alucinantes aventuras de Bill y Ted, o la buddy movie en forma de aventura a través de las épocas en la que el objetivo era lograr que dos adolescentes descerebrados aprobasen sus clases de historia. El medio de transporte utilizado por los imbéciles protagonistas para codearse con Napoleón Bonaparte, Sócrates, Genghis Khan, Juana de Arco o Sigmund Freud era primo hermano de aquel del Doctor Who: una cabina de teléfono. El film adquirió estatus de culto y generó un hijastro llamado El alucinante viaje de Bill y Ted o la película que mutaba la partida de ajedrez de la Muerte en El séptimo sello de Ingmar Bergman en una afable maratón de Twister y Hundir la flota.

Unos medievales y ligeramente asilvestrados Jean Reno y Christian Clavier utilizarían conjuros mágicos para viajar al mundo moderno desde el año 1123 en Los Visitantes no nacieron ayer, y un cetro serviría como exótico mecanismo de viaje hacia el Japón feudal a las noventeras Tortugas Ninja en su tercera y olvidable aparición. Star Trek utilizaría el escenario del propio Enterprise para trastear en el tiempo en unas cuantas ocasiones (Misión salvar la tierra, Star Trek: la próxima generación o Star Trek: Primer contacto). Y un Jean Claude Van Damme, que aún no había caído en la mendicidad cinematográfica, pero estaba a punto de enseñarle su Tailandia a Kylie Minogue en privado, participó en Timecop, donde la máquina del tiempo estaba en manos de funcionarios del gobierno. Bill Murray sufriría la máquina del tiempo más aterradora jamás ideada en Atrapado en el tiempo: nada más y nada menos que Sonny Bono y Cher cantando «I Got You Babe» día tras día a modo de despertador a las seis de la mañana, y no siendo causa pero sí anuncio del encierro de Phil Connors (Murray) en un loop enfermizo en ese Punxsutawney de Pennsylvania donde la gente celebraba que una marmota decidiese asomar el hocico al exterior. 

Basándose en un reverenciado cortometraje de Chris Marker, el famoso y estático La jetée, Terry Gilliam construiría una muy celebrada, pesimista y redonda 12 monos, que se apuntaba a la creencia de un futuro inamovible y férreo por mucha visita al pasado que se realizara en cualquier momento con ganas de montar la fiesta del universo paralelo. Entre esta docena de simios, Bruce Willis era catapultado continuamente entre las fechas intentando encontrar una salvación para una humanidad condenada a ser masacrada por un virus. La máquina del tiempo de rigor renunciaría al canon clásico de acabado metálico y steampunk, optando en su lugar por un aparato formado a partir de barrocos plásticos, cables y bolsas. 

En la antesala del siglo veintiuno Frequency ideó una variante original del viaje temporal en la que ninguno de los personajes principales se desplazaba en el tiempo; en su lugar lo hacían sus voces a través de un par de aparatos de radio que comunicaban entre sí a un padre y un hijo en un lapso de treinta años de diferencia aprovechando las propiedades conductoras de la aurora boreal. Curiosamente el mismo año una película surcoreana, Ditto, partiría de una premisa idéntica con una pareja de estudiantes universitarios de diferentes décadas comunicándose a través de ondas radiofónicas. Y ambos films enlazaban directamente con el producto romántico La casa del lago donde Sandra Bullock y Keanu Reeves se enamorarían enviándose cartas a través de un buzón postal que comunicaba el 2004 con el 2006, o esa película que intentaba convencernos de dos cosas improbables: que el correo superaba la barrera del tiempo en modo reverso y que Reeves era capaz de mostrar sentimientos.

Donnie Darko haría objeto de culto de la fábula con agujero de gusano, furry fandom fantasmal, guion enrevesado apoyado en un libro ficticio titulado The Philosophy of Time Travel y dos versiones del film diferentes: la estrenada en salas y un director’s cut cocinado por Richard Kelly para intentar desenmarañar las neuronas de los espectadores mientras les arrojaba el motor de un avión atravesando el tejido temporal y el techo casero. Algún cacao similar producía Primer de Shane Carruth, película cosechadora de notorias cefaleas y eufóricos reconocimientos a partes iguales y una obra que es bastante difícil de seguir sin una pizarra para tomar apuntes y mucha paciencia. Carruth evitaba la fanfarria y en su película el artilugio que servía de trampolín para los tirabuzones temporales era puramente casero (una caja, en un trastero) y nacía de la tradición electrónica estadounidense de chicos geeks creando cosas en un garaje uniformados con camisa y corbata.

El efecto mariposa propondría otra versión palomitera y bastante lerda de las consecuencias de revolver en el baúl del pretérito perfecto y nos intentaba hacer creer que Ashton Kutcher era capaz de leer al utilizar la lectura de un diario como resorte para provocar el salto temporal. Más o menos por la misma época Adrien Brody y su nariz coprotagonizarían The Jacket, en donde una camisa de fuerza hacía las veces de time machine. Y el malogrado Tony Scott desplazaría a Denzel Washington entre las agujas del reloj mediante el software de stalker más inverosímil y poco creíble creado para el cine en Déjà vu, donde no solo presentaba máquina del tiempo sino también mirilla en la puerta para espiar el pasado.

Llegaría el 2008 y Nacho Vigalondo nos demostraría lo cabezón y cabrón que se puede poner un vasco (Karra Elejalde) cuando de lidiar con las paradojas temporales se trataba en una fábula de sci-fi con reparto minimalista y monumental embrollo. Los cronocrímenes llegó a conseguir que Damon Lindelof, cocreador del fenómeno Lost, escurriera sus bragas y que la cinta comenzará a trepar en las listas de los mejores films universales sobre viajes en el tiempo. Lo que hacía posible los viajes era una cámara custodiada por el propio Vigalondo donde el viajero se encerraba sumergido en un líquido, adelantándose en unos cuantos años a la disparatada propuesta de Jacuzzi al pasado en la que John Cusack y colegas viajaban a los años ochenta utilizando el desquiciado transporte de su título mientras la lógica de todo decidía ponerse hasta arriba en la barra libre y preguntarse quién había invitado a esto a Crispin Glover.

Para las cabezas más bulliciosas los belgas se gastaron una fortuna sacando adelante Las vidas imposibles de Mr. Nobody, donde Jared Leto desparramaba a modo de narración saltarina diversas líneas paralelas vitales de un longevo personaje sin implicar máquina alguna. De artefactos mecánicos también carecía Más allá del tiempo o los problemas de Eric Bana para permanecer cierto tiempo en la misma línea temporal provocados por algún gen revoltoso que venía de fábrica. O aquella Midnight in Paris del Woody Allen con espíritu de publirreportaje de agencias de viajes, donde sin explicación ni artefacto se encaminaba a un Owen Wilson nocturno y ebrio a una fiesta en los años veinte. Safety not Guaranteed se inspiró en un anuncio real visto en Backwoods Home Magazine en el que una persona solicitaba acompañante para viajar en el tiempo y a partir de tan desquiciada anécdota fabricó una peliculilla indie que cautivó en Sundance en la que la máquina del tiempo era un simple bote.

Besando la época reciente Duncan Jones, ese hijo de David Bowie que venía de recolectar elogios por su opera prima Moon, utilizó la memoria como autopista directa hacía el viaje en el tiempo para tratar de evitar un atentado en Código fuente. Y otro director con una obra de presentación excepcional bajo el brazo, Rian Johnson, perpretador de la fabulosa Brick, se encargaría de proponer una de las cintas de viajes en el tiempo más interesantes del panorama reciente: Looper. Con un Bruce Willis enfrentado a su yo del pasado (Joseph Gordon-Levitt tuneado) y con una máquina del tiempo cuya presencia era tan anecdótica para el relato como carente de efectismos: una simple y paupérrima esfera de metal con cuatro cables.

Pasado

Aquella fotografía canadiense no guardaba ningún misterio intertemporal. El supuesto hípster infiltrado entre la gente era simplemente un hombre con un concepto de la moda adelantado a su tiempo y casualmente premonitorio.

H. G. Wells no inventó la máquina del tiempo como concepto. Enrique Gaspar y Rimbau, madrileño y escritor, ya trasteó con una en El anacronópete, una zarzuela con un artefacto de ciencia ficción que permitía a sus ocupantes viajar entre los siglos.

Y Verne en el fondo sabía cómo dejar a todos los demás en ridículo: el manuscrito de aquel Paris au XXe siècle que su editor le recomendó meterse por algún orificio fue descubierto por su bisnieto a principios de los noventa y publicado por primera vez en formato novela en 1994, convirtiéndose en el primer escritor que conseguía viajar a través del tiempo surfeando sobre el lanzamiento editorial. Paris au XXe siècle era la máquina del tiempo definitiva, había sido escrita ciento treinta y un años antes de su llegada a las librerías y en sus páginas se hablaba de rascacielos, redes mundiales de comunicación, calculadoras, faxes, automóviles e incluso el sentimiento hippie antisistema.

Doc presenta a McFly a sus dos hijos. Uno de ellos se llama Julio y el otro Verne. Tras despedirse, aquella locomotora emprendía la marcha. ¿Carreteras? A donde van no necesitan carreteras.


Tempora mutantur: los tiempos están cambiados y nosotros cambiamos con ellos

El tiempo en sus manos The Time Machine Imagen MGM
El tiempo en sus manos (The Time Machine). Imagen: MGM.

Les parecerá extraño, pero mi padre todavía no ha pisado el siglo XXI y, sinceramente, dudo mucho que lo vaya a pisar jamás. 

Su vida cotidiana, siempre metódica y distante, ha girado desde que tengo memoria en torno a la lectura y la escritura —dos mundos a los que accede a través de un viejo par de gafas bifocales anclado al borde de su nariz y una antigua máquina de escribir Olympia Traveller de Luxe que durante muchos años ha hecho en nuestra casa las veces de despertador familiar—, y nunca se ha visto tentada por modernidades tales como la telefonía móvil o la informática, cuya ajenidad es proporcional a la cantidad de tomos enciclopédicos y diccionarios que habitualmente pueblan su escritorio.

Un buen día, hace ya bastante tiempo, me preguntó qué era internet. Por supuesto, y aunque tibiamente, conocía sus usos y funciones. Sabía de su papel fundamental en esa utopía que llamamos sociedad de la información. Su pregunta no venía acompañada, por lo tanto, de la natural curiosidad y desorientación de quien se acerca por primera vez a un concepto desconocido. Más bien al contrario, su intención era terminar de entenderlo, y de ahí el irritante tufillo ontológico de sus palabras. Quería saber qué era internet exactamente. Qué lo dotaba de entidad propia. Dónde estaban esos millones y millones de páginas y portales interconectados que conformaban el hiperespacio. En su lado de la realidad, refugiado tras ese par de gafas bifocales y esa muralla de libros, la existencia de internet —como de tantas otras cosas— se le antojaba imposible… 

Comprendí aquel día que mi padre y yo ya no estábamos viviendo el mismo presente. El mío coincidía con el calendario, pero él había detenido el suyo años atrás, quizá a mediados o finales de la década de los 90. El universo que lo ha rodeado desde entonces, sin tocarlo, felizmente ajenos el uno al otro, pertenece desde su posición a un tiempo cada vez más posterior.

Para mi padre, que tiene ya muchos años, así como para aquellos de sus amigos y familiares con los que comparte quinta, internet forma parte del futuro. De su propio futuro. No niegan su utilidad y es inevitable que necesiten acudir a él —directa o indirectamente— con mayor o menor frecuencia, pero es un adelanto tecnológico que no se corresponde con la etapa histórica que les ha tocado vivir, sino con la siguiente. Su invención, tanto en su juventud como en su madurez, era sencillamente impensable. Ninguno de ellos podía imaginar entonces que en su futuro, en el que ahora mismo viven, llegaría a existir algo semejante.

Y es natural. Por definición, ocurre con todo lo que aún no ha sido inventado. Tendemos a imaginar los tiempos venideros como un simple reflejo mejorado de los actuales. Si las cosas fuesen como hace treinta o cuarenta años se decía que serían, hoy viviríamos entre coches voladores y robots con delantal. Yo mismo caigo a menudo en el error de imaginar el mañana como una versión más compleja del hoy, en la que tal vez Windows no falle nunca y de vez en cuando me prepare la cena. Soy consciente, no obstante, de que antes o después algún acontecimiento provocará que los años, poco amigos de la inercia, desemboquen en una realidad actualmente insospechable. Para bien o para mal.

A finales del siglo XIX, por ejemplo, la Inglaterra victoriana imaginaba el progreso como una evolución de su presente industrial y mecánico en el que reinarían la tecnología a vapor y las máquinas de hierro y carbón. Sin embargo, cualquier parecido entre el universo steampunk y la segunda mitad del siglo XX ha sido pura coincidencia. Y como he dicho, es natural.

Rara vez el futuro, en términos tecnológicos, es una mera adaptación previsible del presente. Ser inventor, de lo contrario, no tendría mérito alguno. Por eso es utópico pretender adelantarse al progreso. Por eso predecir los avances de la ciencia —de ramas como la informática o la robótica, pero fundamentalmente de aquellas que no puedo nombrar porque ni siquiera existen aún— no solo no es fácil, sino que es prácticamente imposible. Porque nadie sabe cuál será el siguiente hito. Porque nadie puede imaginar con exactitud lo que todavía no ha sucedido. O mejor dicho, casi nadie.

Algunas personas, para asombro del mundo, han sabido ver con prodigiosa antelación qué nuevo camino insospechado terminarían abriendo los años. Han pensado lo impensable. Imaginado lo inimaginable. Es verdad que han sido muchos los que, quizá confiando en un capricho del azar o aprovechándose en su farsa del lento paso del tiempo, se han atrevido a señalar falazmente nuevos nortes. Pero el devenir del progreso ha terminado convirtiendo sus falsas promesas en fracasadas profecías y concediendo únicamente el acierto de unos pocos. Y entre ellos, acaso ocupando el puesto más destacado, se encuentra Julio Verne.

A pesar del curioso halo de esoterismo que la —en ocasiones deformante— cultura popular le ha concedido post mortem, nada había de zahorí en Verne. A muchos podrá parecerles una obviedad, pero no es infrecuente encontrarse con opiniones admiradas de sus aparentes dotes adivinatorias que a menudo se preguntan cómo es posible que predijese determinados inventos y acontecimientos científicos. La respuesta, no obstante, les suele importar un bledo.

Verne es considerado por muchos —junto con H. G. Wells— el padre de la ciencia ficción, pero en su caso, el verdadero peso de esa paternidad reside esencialmente en el primer término de tal binomio. Gracias a una completísima labor de documentación, preparación, estudio y análisis científico, unida a su portentosa imaginación y capacidad deductiva, el escritor francés era capaz de prever, haciendo uso de la lógica, el desarrollo en el tiempo de muchos de los grandes avances tecnológicos a cuyo nacimiento asistía la ciencia a mediados del siglo XIX y construir a partir de ahí una historia en la que primaba el detalle y el cuidado con el que eran expuestos sus razonamientos y descritas sus conclusiones, ya fuese bajo la forma de una nave espacial que viajaría a la Luna, el motor eléctrico que proporcionaría energía a un submarino o las hélices que coronarían el mástil de un helicóptero.

Las predicciones de Verne, por tanto, no eran sino verdaderas anticipaciones amparadas en la razón y el conocimiento, de acuerdo con el estado contemporáneo de la técnica. Ni rastro de burda adivinación, y mucho menos de simple inventiva —para nosotros, hoy en día, no es difícil verlo; para muchos de sus coetáneos no se alejaba mucho de un acto de fe—. Semejante rigurosidad, sin embargo, no era la pauta habitual en su género.

La mayoría de autores, como el propio Wells, centraban su interés en aspectos quizá más retóricos, desplazando el centro de gravedad hacia la ficción en perjuicio de la perspectiva científica. Fantasear con realidades imposibles, al fin y al cabo, es más asequible que investigar y profundizar en los avances de la ciencia y el progreso tecnológico, por muy provechosa que sea en todo caso la prosa resultante. 

No seré yo quien niegue la profundidad de la temática habitual de la obra de de H. G. Wells ni la inteligencia de sus reflexiones en sucesivos niveles de lectura, pero el recurso a seres de otro planeta que exterminan a la especie humana a lomos de trípodes mecánicos, viajes en el tiempo en misteriosos artefactos de «bronce, ébano, marfil y cuarzo traslúcido y reluciente» y experimentos que vuelven invisibles a los hombres son ejemplos muy alejados del rigor científico que tanto obsesionaba a Julio Verne.

Él mismo opinaba sobre su joven colega:

Algunos de mis amigos me han dicho que su trabajo se parece mucho al mío, pero creo que se equivocan. Lo considero un escritor imaginativo, digno de los más grandes elogios, pero nuestros métodos son completamente diferentes. En mis novelas siempre he tratado de apoyar mis pretendidas invenciones sobre una base de hechos reales y utilizar, para su puesta en escena, métodos y materiales que no sobrepasen los límites del saber hacer y de los conocimientos técnicos contemporáneos. Por otra parte, las creaciones del señor Wells pertenecen a una edad y grado de conocimiento científico bastante lejano del presente, por no decir completamente más allá de los límites de lo posible. 

En lo atinente al uso literario de la ciencia, pues, sus diferencias eran una cuestión de mesura. Donde uno era prudente, el otro era desproporcionado. Uno se ajustaba minuciosamente a la técnica, y el otro la adulteraba a su antojo. Verne recurría a la ficción como excusa para analizar el progreso tecnológico, y Wells se basaba en maravillas científicas irrealizables con la intención de abordar, a través de la ficción, el enfoque teórico de grandes dudas de corte filosófico. La comparación de ambos genios, casi obligada por la taxonomía, es en todo caso detestable, pero me ha parecido oportuno recurrir a ella por su inestimable valor ilustrativo, ya que evidencia la disciplina y seriedad del trabajo de estudio y documentación del francés, lo que explica asimismo la precisión matemática con la que elaboraba, apoyándose en su gran talento, sus célebres anticipaciones. Como se ha dicho, no eran simples vaticinios. Eran predicciones científicas nacidas del razonamiento y la preparación.

Sin embargo, sería injusto no reconocer que el azar también contribuyó en favor de Verne situándolo en el lugar adecuado en el instante histórico idóneo: el París de mediados del siglo XIX. Qué mejor ambiente para un chico de tan voraz apetito intelectual como el joven Julio que el de «la ciudad del conocimiento y la libertad». 

Francia era el centro cultural del planeta en el momento en que comenzaba el mundo tal y como hoy lo conocemos. Nuestros sistemas económicos, políticos, filosóficos y científicos son herederos de las revoluciones y los profundos cambios vividos entonces. La Edad Contemporánea daba sus primeros pasos, y Julio Verne era uno de sus privilegiados testigos. No solamente gozaba de la inteligencia, formación e ingenio suficientes como para adelantarse a los avances tecnológicos de su tiempo, sino que además podía hacerlo, ya que le había tocado vivir una época en la que todo estaba por inventar y el conocimiento científico no se extendía a la vertiginosa velocidad con la que actualmente lo hace. Las bases teóricas de sus predicciones ya estaban sentadas. Le bastaba con desarrollarlas convenientemente.

Todo ello, por supuesto, no le resta mérito. Es cierto que hoy en día, aun gozando de las mismas aptitudes, su capacidad predictiva estaría objetivamente más limitada, debido tanto al avanzado estado de la tecnología, que priva a la imaginación de horizontes demasiado lejanos, como al apresuramiento con el que se empeña en evolucionar. Sin embargo, esto no implica en modo alguno que los adelantos científicos pronosticados en sus novelas estuviesen al alcance de cualquier mente ni que los aciertos de Verne fuesen cuestión de suerte. Salvo quizá —y por eso he comenzado así este artículo— la asombrosa predicción de la existencia de internet.

Para mi padre, internet es parte de un futuro absolutamente inconcebible hace apenas unas décadas. Para Julio Verne, por el contrario, en 1863 ya era una sólida posibilidad.

Lo cierto es que, a pesar de su aparente mocedad, la red de redes ya tiene sus añitos. Fue en 1969 cuando se realizó la primera conexión entre ordenadores de las universidades de UCLA y Stanford, al abrigo de la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa de Estados Unidos (DARPA). Sin embargo hubieron de pasar veintiún años hasta que Tim Berners-Lee y su equipo de científicos del CERN democratizaron aquella «primitiva» red interconectada, llamada en sus inicios ARPANET, mediante la creación del servicio World Wide Web. Es justo reconocer que internet es además el envío de e-mails, la comunicación multimedia, las aplicaciones telefónicas, los videojuegos en línea y muchos otros servicios y protocolos que lo convierten en uno de los más brillantes inventos de la historia, pero sin las tres famosas uves dobles, nada habría sido lo mismo. Que tal prodigio científico hubiese sido imaginado por Julio Verne ni más ni menos que un siglo antes de su efectiva invención, es ciertamente inquietante.

Sus otras predicciones respecto al progreso de la tecnología se ajustan siempre al mismo patrón deductivo. Observando y estudiando los avances científicos que se venían produciendo en la fecunda época que le había tocado vivir y utilizando su portentosa imaginación, Verne era capaz de prever su evolución en el tiempo aplicando la lógica y extrapolando los resultados de procesos análogos, consiguiendo —los años así lo han demostrado— un altísimo porcentaje de acierto. Es así que en su novela de 1865 De la Tierra a la Luna, por ejemplo, explica aspectos correspondientes a un viaje tripulado al satélite terrestre que años más tarde coincidirían con algunos de los observados en las misiones Apolo.

Sin ir más lejos, Verne describe en estos términos el lugar de lanzamiento, ubicado en Florida: «Este sitio está situado a trescientas toesas sobre el nivel del mar, a los veintisiete grados siete minutos de latitud norte y cinco grados siete minutos de longitud oeste». Tomando el meridiano de Greenwich como referencia y convirtiendo estas medidas al sistema métrico decimal, obtenemos un punto geográfico sorprendentemente cercano a Cabo Cañaveral. Igualmente, la bala enviada a la Luna coincide en peso y altura con el cohete de la misión Apolo VIII, ambos aparatos son controlados a través de un enorme telescopio de cinco metros de diámetro situado en las montañas Rocosas y, en su regreso a la Tierra, los dos caen en el océano Pacífico, en dos puntos que distan tan solo cuatro kilómetros entre sí. El número de miembros de la tripulación en la novela de Verne es el mismo que el de la misión Apolo XI —la primera en llegar a la superficie lunar—. En el libro se habla también de viajes espaciales de carácter experimental realizados con animales, del mantenimiento nutricional a través de alimentos concentrados, de impulsores secundarios que corrigen trayectorias… Demasiadas coincidencias para ser el arriesgado vaticinio de un visionario de tres al cuarto. 

Desgranar ahora todas y cada una de sus predicciones sería un esfuerzo tan inútil como inoportuno. Las bombonas de oxígeno y el motor eléctrico en Veinte mil leguas de viaje submarino, las armas de destrucción masiva en Ante la bandera, el helicóptero en Robur el conquistador, el transiberiano en Claudio Bombarnac, el láser y el control remoto en La impresionante aventura de la misión Barsac, etc. En todas ellas se puede apreciar el desarrollo en la imaginación de Julio Verne de ideas que entonces se encontraban todavía en fase embrionaria. El caso de internet, como es de suponer, no iba a ser diferente. Sería una imprudencia considerar siquiera la posibilidad de que abandonase el patrón habitual por una vez para lanzar semejante profecía al azar, habida cuenta de que estaríamos hablando de uno de los inventos más importantes de la historia y por lo tanto el riesgo en la apuesta sería elevadísimo. Lo más sensato es estimar que no abandonó su acostumbrado modus operandi porque, sencillamente, no tendría por qué haberlo hecho. Y sin embargo sigue habiendo algo tan sorprendente en esa predicción que la hace diferente de las demás.

La primera vez que se refiere a ella es en 1863, en la novela distópica París en el siglo XX. Como en muchos de sus otros libros, la trama no se construye en torno a sus invenciones, pero sin duda estas ayudan a construir el paisaje social e intelectual de la historia. En este caso, la misma se inicia el 13 de agosto de 1960 en un París tecnócrata consumido por la especialización científica y el imperio de las finanzas en detrimento de las artes y la literatura, fatalismo que llevó al editor de Verne a remitirle una terrible carta en la que, tras una crítica feroz, exclamó: «No está usted maduro para un libro así; vuelva a intentarlo dentro de veinte años». El manuscrito fue guardado en un cajón y no se publicaría hasta 1994, casi un siglo después de la muerte de su autor.

La diferencia entre la descripción en la novela de algo asombrosamente similar a internet y el resto de sus predicciones es que, a pesar de que el autor francés siempre escruta hasta la obsesión el estado de la ciencia para adelantarse así a sus avances, la realización de tales adelantos nunca precisa de siglos sino de décadas, lustros e incluso fugaces y escurridizos años. Así, cuando en 1870 se publicó Veinte mil leguas de viaje submarino, no solo existía ya la aplicación práctica de la electricidad —aunque no de forma masiva—, sino que un siglo antes Robert Fulton había presentado en el Directorio de París un prototipo de submarino llamado precisamente Nautilus. El submarino eléctrico, de hecho, fue patentado en 1884, apenas catorce años después de la predicción de Verne.

Del mismo modo, en Robur el conquistador, de 1886, el escritor describe una máquina denominada Albatros que bien podría ser considerada como un antecedente real de una aeronave propulsada por rotores horizontales. La historiografía reconoce la invención del helicóptero a Ígor Sikorski a principios del siglo XX, por lo que la antelación de Verne se puede considerar, de nuevo, dentro de lo razonable. Es cierto que el propio Sikorski reconocería años más tarde que fue la lectura de Robur el conquistador lo que le llevó a idear un artefacto similar al de la novela, y ello ha servido para que muchos atribuyan el mérito efectivo del invento al propio Julio Verne —lo cual es absurdo, porque predecir no es lo mismo que inventar y porque otros ingenieros también estaban realizando progresos paralelos en la misma línea—, pero no lo es menos que el investigador Gustave Ponton d’Amécourt, quien acuñó en 1863 la palabra «helicóptero», ya había fabricado treinta años antes una maqueta de un vehículo muy similar al Albatros propulsado por un motor a vapor. Así que tengamos la fiesta en paz.

En definitiva, en todas sus predicciones hallamos una generosa base técnica de la que partir y una materialización más o menos próxima en el tiempo. Sin embargo, la asombrosa antelación con la que pronosticó la existencia de internet, asumiendo la escasez de indicios que pudieron haberle conducido a ello, es algo verdaderamente admirable.

Como decíamos, en París en el siglo XX Verne describe una red telegráfica mundial «que cubría la superficie completa de los continentes y el fondo de los mares» y que permitía a la gente ponerse en contacto entre sí remitiéndose información que recorría toda la faz de la Tierra. A través de esa red era posible enviar a todas partes la reproducción «de cualquier escritura, autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio o contratos a diez mil kilómetros de distancia». También predice otros servicios de internet como los sistemas de mensajería electrónica, ya que al disponer cada casa de sus propios cables, se hacía posible la correspondencia directa con los destinatarios. Completa esta idea en un cuento publicado en 1889 en el que menciona una tecnología basada en «la transmisión de imágenes por espejos sensibles conectados con cables» mediante la cual era posible mantener conversaciones en tiempo real, independientemente de lo lejos que se encontrasen los interlocutores, gracias a la recepción por ambas partes de audio e imagen. Se describen además en la novela unos artefactos muy similares a los ordenadores, señalando que «al presionar las teclas de un teclado se obtenían instantáneamente las sumas, las restas, los productos, los cocientes, las reglas de proporción, los cálculos de amortización y de intereses compuestos por períodos infinitos y a todas las cuotas posibles».

Que Verne fuese capaz de predecir la invención de complejas máquinas computadoras, teniendo en cuenta que la historiografía sitúa el punto de partida de la computación mecánica en 1852, no es más asombroso que cualquier otra de sus anticipaciones al progreso. Sin embargo, que en la segunda mitad del siglo XIX hubiese imaginado la existencia futura de una red global de telecomunicaciones capaz de transmitir información instantánea en forma de textos, sonidos e imágenes, o de operar en el mercado mediante, por ejemplo, la inscripción automática de valores de mercado «en los paneles situados al centro de las bolsas de París, Londres, Fráncfort, Ámsterdam, Turín, Viena, San Petersburgo, Constantinopla, Nueva York, Valparaíso, Calcuta, Sydney, Pekín y Nouka-hiva», es extraordinario. No solo por la enorme distancia temporal que separa la predicción y el invento, sino por lo ajeno que un sistema semejante se encontraba entonces del conocimiento científico y la exigua base tecnológica en la que podía sustentar su deducción. Morse había inventado el telégrafo tan solo veinticinco años antes, el teléfono no existiría hasta más de una década después de la publicación de la novela, las primeras comunicaciones por radio no se producirían hasta finales del siglo XIX y la televisión ni siquiera era aún un mísero espejismo.

Y aun así, Verne lo imaginó. Faltaban casi ciento treinta años para que el mundo conociese las tres uves dobles que revolucionarían la historia de la comunicación, pero su talento fue capaz de imponerse a la propia incertidumbre del desarrollo tecnológico. No era el vaticinio de un adivino ni la profecía de un fanfarrón, sino la capacidad deductiva de una persona racional. Todavía hoy, en 2013, hay personas como mi padre que se preguntan desde algún punto del pasado qué es internet. Julio Verne podría haber contestado a esa pregunta en 1863.

Pensó en los seres humanos y los pensó interconectados. Pensó en la posibilidad de enviarse información a través de cables que uniesen los puntos más extremos del planeta. Pensó en la posibilidad de enviarse textos y, por qué no, quizá predijo que alguien enviaría alguna vez un texto sobre él. Quizá predijo que alguien enviaría a algún magacín un texto sobre su capacidad de predicción. Quizá predijo, incluso, que alguien enviaría a algún magacín un texto sobre la posibilidad de que hubiese previsto el propio envío de ese texto… 

O quizá no. Quién sabe. Tal vez, a estas alturas, lo más inteligente sería consultarlo con mi sabio padre.


Los días que no fueron

los días tiempo vuelta mundo

Phileas Fogg estaba arruinado. Había comprometido la mitad de su fortuna en una apuesta y gastado la otra mitad en el viaje que se la haría perder. Según sus cálculos, puntualmente anotados en el cuaderno de ruta, había llegado a Londres a las 20:50 del 21 de diciembre de 1872, con solo cinco minutos de retraso sobre la hora estipulada. En esa tesitura, encerrado en su casa y ocupado en «poner en orden sus asuntos» durante todo el día siguiente, lo abandona Julio Verne para hacer un aparente flashback y centrar el relato en los socios del Reform Club que aguardan con incertidumbre su aparición. Para asombro de esos caballeros y del propio lector, a falta de tres segundos para las 20:45 del 21 de diciembre de 1872, Phileas Fogg hace su entrada en la estancia y rompe el silencio con su flema habitual: «Aquí estoy, señores». Por pura casualidad, y con el tiempo justo para enmendarlo, se había percatado pocos minutos antes de un error crucial: su regreso a casa no se había producido el 21 de diciembre, sino el día anterior.

¿Y cómo, siendo tan exacto y minucioso —se pregunta Julio Verne— había podido cometer el error de un día? ¿Cómo se creía en sábado 21 de diciembre, cuando había llegado a Londres en viernes 20, setenta y nueve días después de su salida? He aquí el motivo de este error. Es muy sencillo.

Phileas Fogg, sin sospecharlo, había ganado un día en su itinerario; y esto porque había dado la vuelta al mundo yendo hacia oriente, pues lo hubiera perdido yendo en sentido inverso, es decir, hacia occidente. En efecto, marchando hacia oriente, Phileas Fogg iba al encuentro del sol y, por consiguiente, los días disminuían para él tantas veces cuatro minutos como grados recorría. Hay 360 grados en la circunferencia, los cuales, multiplicados por cuatro minutos, dan precisamente veinticuatro horas, es decir, el día inconscientemente ganado.

La idea de ganar o perder un día según se viaje hacia el este o hacia el oeste no era nueva: había servido como dénouement en el relato «La semana de los tres domingos», de Edgar Allan Poe, y en El galeón perdido, un poema de Francis Bret Harte publicado pocos años antes que La vuelta al mundo en ochenta días. Pero ya en el siglo XIV el geógrafo sirio Abu Al-fida’ Isma’il Ibn ‘ali ibn Mahmud Al-malik Al-mu’ayyad ‘imad Ad-din, cuyo nombre ha sido felizmente reducido por la historia a Abu Al-fida, especulaba con la posibilidad de una paradoja de ese tipo. Incluso, con más propiedad que Verne, no se refería a «ganar» o «perder» un día, sino a la discrepancia sobre el cómputo del tiempo que surgiría entre una persona que hubiese permanecido inmóvil y otras dos que hubiesen dado la vuelta al mundo en sentidos opuestos, «asumiendo, claro está —escribía—, que sea posible dar la vuelta al mundo».

Tan solo unos cuantos años después, Nicolás de Oresme retomó el tema y concluyó que esas situaciones extrañas podían resolverse fijando en el mapa un punto concreto que, dependiendo del sentido del itinerario, sumase o restase un día en la cuenta del viajero. La aplicación práctica de esta conclusión no cristalizaría hasta cinco siglos más tarde.

Precisamente en la época en que Julio Verne escribía su obra más popular, la necesidad de una línea internacional de cambio de fecha era postulada por el ingeniero e inventor canadiense Sandford Fleming y admitida por la mayor parte de la comunidad científica. Además, la enorme diversidad de horas locales que coexistían en el mundo por aquel entonces comenzaba a generar no pocos inconvenientes, en especial con el desarrollo progresivo de la navegación y las comunicaciones por ferrocarril. Con el propósito de poner un cierto orden en ese desbarajuste, en 1884 se convocó la Conferencia Internacional del Meridiano. En ella se escogió Greenwich como el meridiano cero, el punto a partir del cual comenzarían a contarse los demás. La elección resultaba bastante conveniente, ya que el meridiano 180, el que teóricamente debería servir como base para la línea internacional de cambio de fecha, discurría por el océano Pacífico sin apenas atravesar tierra. Pero, al igual que ocurrió con los husos horarios, la Conferencia no fijó taxativamente el trazado de la línea. La libertad de fijación de su propio horario por parte de cada país tenía particular relevancia para aquellos ubicados en zonas próximas al antimeridiano; en esos casos, estar al este o al oeste suponía una diferencia de nada menos que un día entero. Cabía esperar que de esa circunstancia se derivasen casos bastante llamativos.

Uno de ellos fue el de la República de Kiribati. Esta excolonia británica, compuesta por multitud de pequeñas islas esparcidas en una superficie total de más de tres millones de kilómetros cuadrados y situada al oeste de la línea internacional de cambio de fecha, alcanzó la independencia en 1979. Ese mismo año, Estados Unidos le cedió las populosas islas Fénix —habitadas, según el censo más reciente, por cuarenta y cinco personas— y las islas de la Línea. El problema era que estos territorios estaban emplazados al este del meridiano 180; Kiribati quedó, por tanto, dividida en dos mitades entre las cuales había una diferencia horaria de un día. Entre otros inconvenientes, semejante coyuntura provocaba que cualquier comunicación oficial entre las dos partes pudiese ser solamente practicada en uno de los cuatro días laborables que eran comunes a ambas. Para subsanar esa anomalía, el 1 de enero de 1995 el Gobierno decretó desplazar al este del país la línea internacional de cambio de fecha, originando en ella una fea protuberancia y convirtiéndose de paso en la primera nación del mundo en ver el amanecer y en celebrar cada nuevo año.

Más indecisa fue Samoa. Aunque regida originariamente por la fecha del oeste del meridiano 180, en 1892 fue persuadida por los Estados Unidos para adoptar la americana. A esos efectos se vio obligada a repetir un día en el calendario; y ese día resultó ser, de forma muy propicia, el 4 de julio. Con el tiempo, sin embargo, sus intereses comerciales fueron apartándose de los Estados Unidos y acercándose cada vez más a los de Australia y Nueva Zelanda, respecto a las cuales mantenía la incómoda diferencia de veintiuna horas. De modo que Samoa recordó que tampoco se estaba tan mal al otro lado de la línea y, en 2011, decidió acercarse al horario de sus vecinos saltándose un día. Pese a las protestas de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que afirmaba que «El Señor no reconocerá nuestro derecho arbitrario de suprimir un día», ese año se pasó directamente del 29 al 31 de diciembre sin aparentes acciones legales por parte de Dios. 

Ese salto de un día deviene anecdótico en comparación con lo que sucedió en el mundo occidental con la implantación del calendario gregoriano. Como es sabido, el calendario juliano, vigente desde el 45 a. C, había previsto la adición de un día extra cada cuatro años, con lo que la duración media de cada uno era de 365,25 días. Comoquiera que su duración real es de aproximadamente 365,242198, el desfase anual alcanzaba los 11 minutos y 14 segundos. A pesar del gran avance con respecto al caos prejuliano, cuya solución requirió que el 46 a. C tuviese nada menos que 445 días, al mediar el siglo XVI el adelanto acumulado resultaba notable. En aquel momento no importaron demasiado las razones prácticas; lo que preocupaba más profundamente al papa Gregorio XIII era que la inexactitud conllevaba la celebración extemporánea de la Pascua. En la reforma acabó triunfando una propuesta un tanto abstrusa de Luis Lilio: serían bisiestos aquellos años cuyas dos últimas cifras fuesen divisibles por cuatro, salvo los múltiplos de cien, de los que a su vez se exceptuarían aquellos que también fuesen múltiplos de cuatrocientos. Con ello se consiguió un desajuste de un solo día cada tres mil trescientos años. Sin embargo, subsistía el problema del desfase que se había producido en los diecisiete siglos de vigencia del calendario juliano. Se solucionó por una vía tan expeditiva como paradójica: eliminar de la historia diez días. Esto explica que santa Teresa de Jesús, que tuvo la inconveniencia de morir precisamente el 4 de octubre de 1582, fecha escogida para la elipsis, fuese enterrada al día siguiente, es decir el 15 de octubre.

Si la reforma se hubiese adoptado antes de los cismas de oriente y occidente, no habría habido mayor problema. Pero, en esa época, los países ortodoxos y protestantes no parecían dispuestos a que un papa les explicase cómo giraba el mundo. Por tanto, solo la Europa católica adoptó el nuevo calendario; el resto del viejo continente continuó rigiéndose por el antiguo. Al llegar 1700 —que era bisiesto según el calendario juliano, pero no según el gregoriano—, Dinamarca, las provincias nórdicas de Holanda y la Alemania protestante acabaron claudicando. El Reino de Gran Bretaña y sus colonias americanas resistieron hasta 1752. Allí el cambio resultó tan polémico que el partido tory llegó al extremo de plantear el asunto en el Parlamento. Algunas fuentes, sin demasiado respaldo histórico, hablan incluso de manifestaciones en las calles de Londres bajo el lema «Devolvednos nuestros once días».

Pero fueron las naciones ortodoxas las que se mostraron más reticentes, persistiendo en su tradición hasta bien entrado el siglo XX. Aun así, la implantación del calendario gregoriano se produjo a efectos únicamente civiles; en el ámbito religioso, la mayoría sigue aplicando un calendario juliano revisado. Algunas no aceptaron ni eso. Las Iglesias ortodoxas de Rusia, Serbia o Polonia, entre otras, se guían por el calendario juliano original, lo cual supone que celebren la Navidad el 7 de enero.

Son muy citadas algunas anécdotas que se derivan de todos esos cambios y discordancias. Como el hecho de que la Revolución de Octubre —que tuvo lugar durante la vigencia del calendario juliano— se celebre actualmente en noviembre. O que se diga que Cervantes y Shakespeare murieron en la misma fecha, cuando la realidad es que esos dos 23 de abril estuvieron separados por once días. 

Una pálida reminiscencia actual a esos tiempos en los que se ganaban y perdían días por decreto puede encontrarse en el paso del horario de verano a horario de invierno y viceversa, con el consiguiente adelanto o atraso de una hora. También, aún más infinitesimalmente, en los segundos intercalares que se añaden cada cierto tiempo para ajustar el Tiempo Universal Coordinado a la variación real en la duración del día que se produce como consecuencia de la ralentización de la rotación de la Tierra. Pero la comparación es pobre; nadie podrá ganar nunca una apuesta con ellos. Ni siquiera Phileas Fogg.


Shyamalanazo (y 3)

Shyamalan
Múltiple. Imagen: Universal Pictures.

(Viene de la segunda parte)

De múltiples, series, cristales y el tiempo en la playa

En los meses posteriores al estreno de la exitosa aventura low-cost de La visita, M. Night Shyamalan se embarcó en aventuras para las pantallas de menor tamaño. Devoró el libreto de lo que iba a ser piloto de una nueva serie titulada Wayward Pines, basada en una trilogía literaria de Blake Crouch, y decidió subirse al carro: «No entendía cómo eso podía tener sentido a la larga. Los llamé y les dije: “Mirad, mientras al final no se descubra que estaban todos muertos durante toda la serie, yo me apunto”». Shyamalan ejerció de productor ejecutivo y se encargó de rodar el primer episodio. El show, definido como un cruce entre Twin Peaks y Lost, tuvo buena acogida y fue renovado, algo que no se esperaban ni sus propios creadores ni sus propios actores, para expandirse durante una segunda temporada.

Meses más tarde, se desveló un teaser anunciando una nueva versión televisiva de Historias de la cripta amparada por Shyamalan: una pequeña secuencia con un conserje en el turno de noche, un tipejo maquillado como el guardián del Atmosfear y un susto facilón. Parecía una asociación acertada, porque las Historias de la cripta originales también remataban casi siempre sus entregas con un twist ending. Pero aquel tráiler era poco más que un Lorem ipsum visual para captar atención mientras se gestaba la serie, y a la larga se convertiría en lo único que se rodaría de ella. Ocurría que resucitar Historias de la cripta suponía embarrarse en un hermosísimo follón legal, porque los derechos del show estaban repartidos entre diversas personas que fueron incapaces de llegar a un acuerdo, cancelando el proyecto antes siquiera de que naciese en serio. En el fondo, tampoco pintaba demasiado bien: aquel reboot habría eliminado al Guardián de la Cripta del programa y reducido el gore, y para cosas desaboridas ya tenemos los productos light en el súper.

A la altura del año 3 Antes del Covid, Shyamalan vuelve al cine con Múltiple, un thriller con toques de horror con la ajedrecista Anya Taylor-Joy donde la estrella de la función es James McAvoy interpretando a un psicópata llamado Kevin Wendell que, por culpa de un trastorno de identidad disociativo, era un container de diferentes personalidades. El rol era un caramelazo para un actor virtuoso, y McAvoy lo bordaba al mutar en pantalla de un personaje a otro en cuestión de segundos.

Múltiple era un film competente, bastante digno pero sin excesivas alegrías más allá de la actuación del escocés. Eso sí, dentro de la filmografía de Shyamalan es una pieza importantísima por lo excepcional de su twist ending. Porque Múltiple contenía un girito final, pero en este caso se trataba de uno muy especial que no afectaba a la trama principal de la película, sino al propio universo de Shyamalan. La gran sorpresa de Múltiple consistía en revelar, durante los últimos segundos de metraje, que en realidad era una secuela de El protegido, algo que la cinta hacía de manera evidente pero sutil: mostrando al protagonista de El protegido, David Dunn (Bruce Willis), mientras deslizaba un fragmento de la banda sonora de aquella película.

Era el shyamalanazo definitivo, el ultimate metagiro tuerceculos, uno que se retroalimentaba de la producción del autor para sorprender. La jugada era de lo más ingeniosa, la audiencia ya se esperaba un twist ending y el creador se la coló a todos al introducirlo por donde nadie lo vio venir. En el fondo, era un ejercicio de reciclaje creativo: el personaje de Kevin y algunas de sus escenas formaron en cierto momento parte del guion de El protegido, pero fueron extirpados de allí porque desequilibraban el asunto. Además de sorprender, Múltiple hizo una buena caja, reforzando la imagen de Shyamalan. 

Shyamalan
Múltiple. Imagen: Universal Pictures.

Shyamalan aprovechó la inercia para estrenar Glass dos años más tarde, en 2019. Una secuela de Múltiple que combinaba definitivamente aquella con El protegido cerrando diecinueve años después una trilogía que nadie se esperaba. Era también una producción muy inusual, porque para llevarla a cabo Shyamalan tuvo que convencer a los dos estudios cinematográficos que poseían los derechos de El protegido y Múltiple (Disney y Universal) para que dejasen a un lado sus diferencias y colaborasen juntos, cediéndose metraje, algo inaudito, y repartiéndose la distribución de la peli, más raro aún.

La premisa de Glass era llamativa, encerraba a los tres personajes con superpoderes de las anteriores entregas (los roles de Willis, Samuel L. Jackson y McAvoy) en un centro psiquiátrico y se dedicaba a juguetear con ellos. Pero resultó ser un patinazo que sabía a poco como cierre, decepcionando a críticos y espectadores. En su favor habría que apuntar que Glass es exactamente lo que quiere Shyamalan: una película decidida a subvertir la grandilocuencia superheroica. Se presenta como un thriller psicológico que encapsula a personajes con potencial en un mismo recinto. A medio camino de su desarrollo anuncia que el colofón a la historia será legendario, con una batalla que supuestamente tendrá lugar en un rascacielos. Y finalmente acaba limitándose a tener al reparto correteando entre habitaciones, urdiendo planes y palmándola en el parking del psiquiátrico. La obligada sorpresita final, el shyamalanazo, ni siquiera era tan espléndida como para perdonarle lo anterior y aunque no se ganó los corazones, sí que mordió una buena taquilla. 

Shyamalan
Pinta superemocionante esta nueva peli de superhéroes. Imagen: Buena Vista, Universal Pictures.

A finales de 2019, Shyamalan regresaría a la televisión como productor ejecutivo y director ocasional de Servant. Una serie para Apple TV+, con buena fama entre las masas, que apostaba por los escalofríos tirando de una de las ocurrencias de la vida modernas que más acojonan: los muñecos de bebé reborn

Llega 2021 y el indio-estadounidense estrena Tiempo. Una película rodada en plena pandemia en la República Dominicana y con un reparto coral donde figuraban, entre otros Vicky Krieps, Gael García Bernal, Abbey Lee o Alex Wolff. La publicidad no se molestaba en decirlo, pero en este caso la nueva cinta de Shyamalan ya no era una idea original suya, sino la adaptación de un tebeo titulado Castillo de arena que las hijas de Shyamalan le habían regalado cuatro años antes durante la celebración del Día del Padre.

El cómic Castillo de arena (publicado en España por Astiberri) lucía un guion firmado por el cineasta francés Pierre Oscar Lévy, estaba dibujado por el suizo Frédérik Peeters (autor del famoso Píldoras azules), y narraba las desgracias de un grupo de personas atrapadas en una playa donde el tiempo avanzaba a una velocidad extraña, condenándolas a envejecer prematuramente. A Shyamalan aquella premisa tan de The Twilight Zone, es decir, tan de su estilo, le encandiló tanto como para convertirla en un largometraje que contaría lo mismo que el tebeo, pero peor.

Aunque la prensa solo la anunciaba como «inspirada por…», Tiempo bebía bastante de las viñetas de Lévy y Peeters. Agarraba gran parte del diálogo y los roles originales del tebeo para trasladarlos a los terrenos del producto norteamericano: un inmigrante armenio del cómic se convertía en la pantalla en un rapero negro, y las teorías de un personaje que aparecía en la historieta, pero no en el film, se introducían en el guion en forma de libreta abandonada en la playa. La mala noticia es que a partir de ahí, casi todo lo que añadía Shyamalan era catastrófico: diálogos de chiste, una oxidada pistola de Chéjov enterrada en la arena para meter acción burda en la trama, un ego-cameo de Shyamalan interpretando a un personaje que contemplaba la acción a través del objetivo de una cámara (porque la sutileza no es lo suyo) y un desenlace que, al contrario de lo que hacía el cómic, donde se obviaban las explicaciones, revelaba demasiado sobre la playa maldita e ideaba detrás de ella unos tejemanejes científicos de teleserie barata. También incluía a una rubia repelente jugando al Cirque du Soleil de la peor manera posible.

Shyamalan
Tiempo. Imagen: Universal Pictures.

Tiempo resulta curiosa dentro de la filmografía de su autor porque, al utilizar Castillo de arena como esqueleto base sobre el que construir, nos permite estudiar la capacidad del creador para gestionar y elaborar sus ocurrencias. Y el resultado no lo deja bien parado. Es cierto que Shyamalan se casca secuencias meritorias, las de los protagonistas descubriendo el deterioro de sus sentidos al envejecer, y también que demuestra maña en los planos secuencia que caminan marcando el ritmo por la playa. Pero la mayor parte del Tiempo nos encontramos al realizador chapoteando en lo ridículo, en la serie B regulera y en las conversaciones bobas durante un cuento que había nacido con ansias, reconocidas, de ser algo similar a El ángel exterminador de Luis Buñuel.

A orillas de todo esto, existen diferencias curiosas entre el cómic y la película. Detalles divertidos que sirven para medir la distancia entre la mentalidad estadounidense y la europea: en cuanto los personajes de Tiempo descubren que envejecen con extrema celeridad, aquello se convierte en un drama muy tenso que tiende a la histeria. Castillo de arena también contiene tragedia existencial y mucho personaje alterado, pero la actitud de sus protagonistas es en general mucho más interesante. En el tebeo, cuando los condenados descubren que morirán en cuestión de horas, se opta por descorchar botellas, sacar comida, celebrar un picnic festivo, follar, bailar y finalmente dormir ante la hoguera escuchando una historia. El cómic también tiene muchas más carnes al aire y gente lasciva porque a este lado del charco somos así, más casquivanos. Y también acaba mucho peor porque asimilamos mejor los finales crueles.

Shyamalan
Viñetas del cómic Castillo de arena.

De Shyamalan

El 5 de agosto de 2002, la revista Newsweek colocó a Shyamalan en portada arropado por un texto bien gordo que lo anunciaba como «El próximo Spielberg». El agasajado confesaba que llevaba regular tanta expectación y fama repentina, pero en el fondo estaba claro que disfrutaba con la atención: gustaba de incluir sus cortos caseros como extras en los DVD de sus películas y El protegido ya se abría con un texto que rezaba «De M. Night Shyamalan», como si él fuese en aquel momento una marca de prestigio. El tío lo tenía claro: «Tras El sexto sentido comencé a pensar “¿Cuál es mi lugar en el mundo?”. La gente me decía que yo era el próximo Spielberg, pero me preguntaba si mi éxito era solo casualidad. Así que esta película [El protegido] trata sobre un hombre al que le han dicho “Oye, eres extraordinario ¿Te lo crees o solo recuerdas lo corriente que eres en muchos sentidos?”. Dicho de otra manera: “Sí, tienes razón, soy el próximo Spielberg”». 

Lo cierto es que Shyamalan se reunió con Steven Spielberg después de que aquel quedase tan maravillado con El sexto sentido como para verla tres veces seguidas. El indio-estadounidense incluso llegó a ponerse enfermo por culpa de los nervios que le brotaron ante el meeting con el padre de Indiana Jones. Lo menos bonito es que siempre que los medios han nombrado un nuevo heredero del rey midas cinematográfico la cosa nunca ha terminado bien. Porque ser etiquetado como «el próximo Spielberg» es una de las grandes maldiciones Hollywoodienses, la condena a embarcar en un tren del hype que descarrila antes de llegar al destino.

En realidad, la comparación ni siquiera es justa. Y no solo porque Spielberg fuese capaz de parir en menos de diez años Tiburón, Encuentros en la tercera fase, En busca del arca perdida, ET el extraterrestre e Indiana Jones y el templo maldito. Sino porque lo hizo en el momento apropiado, en una época en la que descubrió como perfilar el blockbuster perfecto que andaban buscando en Hollywood desesperadamente. A Shyamalan, como a tantos otros (hola J. J. Abrams, un abrazo enorme) se le estampó en los morros la etiqueta demasiado pronto, antes de que fuera capaz de cumplir. 

Shyamalan
El sexto sentido. Imagen: Buena Vista.

En lo que respecta exclusivamente a su cine la conclusión es obvia: Shyamalan da rabia. Pero no porque sea un desastre tras la cámara, en absoluto, sino porque su producción demuestra que dentro de él habita un gran director, uno que a veces asoma la cabeza y otras parece un octópodo rodando por el piso de un garaje. Referentes no le faltan, porque es admirador y estudioso de la obra de Akira Kurosawa, Alfred Hitchcock, Satyajit Ray, Spike Lee, el mentado Steven Spielberg o Francis Ford Coppola. Alguien con un talento evidente pero con muchos problemas para gestionarlo. Una persona que ha logrado convertir en películas formales conceptos que sobre el papel suenan a chufla: una de fantasmas, una de marcianos, una de superhéroes o una de monstruos. Él mismo es consciente de ello al definirse como el creador que «agarra una historia de película de serie B, aborda temáticas de película de serie B y les aporta un acercamiento, equipo, reparto y principios de película de serie A».

No es un director sin personalidad, uno de tantos mercenarios genéricos fabricados en Hollywood, es alguien que sabe mirar a través de un objetivo y cuando quiere lo demuestra: El protegido contiene una conversación entre dos personas en un tren filmada con mucho estilo, convirtiendo el punto de vista del espectador en un pasajero invisible que observa la charla espiando entre los asientos a la pareja. La secuencia donde el chaval de El sexto sentido susurra «En ocasiones veo muertos» logra cocinar una atmósfera escalofriante, incluso lidiando con la jeta repeinada de Bruce Willis a contraplano poniendo cara de haberse sentado sobre una chincheta durante un funeral. El bosque contiene un par de secuencias respetables de (no) monstruos atacando, y también un apuñalamiento rodado con elegancia y sencillez entre dos miradas en primer plano. Señales ha grabado para siempre en la memoria de todos sus espectadores aquel bote que se pegaron durante la efectiva maniobra del vídeo cumpleañero con marciano.

La verdad es que incluso las cintas más denostadas de Shyamalan contienen detalles reseñables: El incidente posee una secuencia a ras de suelo donde la cámara persigue una pistola, que salta sobre el asfalto de un suicida a otro según estos hacen uso de ella. Y varios planos de Tiempo circulan con gracia alrededor de los personajes mientras se desata la pesadilla, con un movimiento parece acompasado para asemejarse al de las agujas de un reloj. Todo lo anterior es obra del mismo tipo que hace trotar a Wahlberg para huir del viento, el que idea a un crítico de cine en la pantalla diciendo sandeces para burlarse de los críticos de cine, el que considera ingenioso calentar el ambiente poniendo a los personajes de Tiempo a soltar chascarrillos fáciles sobre el paso del tiempo, el que después de marcarse una narración muy engrasada en El sexto sentido decide cerrar la cinta con un fundido a blanco como si aquello fuese un telefilm teutón de media tarde.  

Shyamalan
Glass. Imagen: Buena Vista, Universal Pictures.

Shyamalan parece encallado en ser la eterna promesa porque su gran retorno triunfal es anunciado con cada nueva película, y a lo mejor esa no es la mejor forma de enfocar su cine. Bastaría con asumir que es un creador de películas de género (fantástico) capaz de insuflarle a sus historias un aura de cine de autor, de autor pop al ladear realmente más hacia Historias de la cripta que hacia Buñuel. Shyamalan es alguien muy válido que con frecuencia se cae de morros en el disparate.

Cuando mejor parece funcionar últimamente es cuando trabaja con presupuestos pequeños y se ve obligado a afilar el ingenio para sacarlos adelante, fabricando productos agradecidos de los que resulta más fácil exprimir beneficios que de las grandes superproducciones. Tiempo, siendo lo que es, ha acumulado noventa millones de dólares y solo ha costado dieciocho. Pero lo que de verdad sería interesante en su carrera como director, y probablemente le vendría bien en general, sería dejar de rodar ocurrencias propias y comenzar a trabajar sobre guiones ajenos, relatos de gente que tenga más maña al ensamblar una historia y sepan escribir diálogos que no suenen a coña.

Shyamalan. El del bombazo con El sexo sentido. El guionista en la sombra de Alguien como tú. El otrora futuro Spielberg. El fabuloso inventor del Shyamalazo. Entre sus proyectos futuros ya tiene plan para febrero de 2023: una película titulada Knock at the Cabin en la que trabaja en asociación con Universal Pictures, con quienes ahora se lleva muy bien después de colaborar en películas como La visita, Múltiple, Glass y Tiempo, baratas de fabricar y con muy buen rendimiento en salas.

De Knock at the Cabin no se sabe nada, y toda la producción está envuelta en un secretismo curioso de cara a engordar el misterio. Su otra película en la recámara llegará un poco más tarde y se titulará Labor of Love. Es probable que al lector atento le suene de la segunda parte de este artículo, se trata de aquel guion de 1992 que, en su momento, iba a protagonizar Bruce Willis en el papel de un viudo dispuesto a cruzar Norteamérica a patita en honor de su difunta señora. A saber qué sale de ahí. Mientras no haya plantas asesinas a lo mejor hasta vamos bien. Lo que es casi seguro es que en esa excursión le va a ser difícil colarnos un nuevo shyamalanazo por sorpresa.

Shyamalan
Tiempo. Imagen: Universal Pictures.


En un lugar de los Andes…

Mujeres aymara en los Andes centrales. Foto: Nick Jewell (CC)

Si le preguntásemos a un viejo aymara por sus antepasados, probablemente entornaría los ojos primero, cegados por el sol; luego, con la calma propia de quien tiene todo el tiempo del mundo, acompañaría su respuesta con un gesto de la mano señalando hacia delante1.

Ayer y mañana; delante, detrás. El tiempo como metáfora espacial no es nada nuevo. ¿Cómo expresar, si no, un concepto tan escurridizo? Así, entendemos perfectamente cuando alguien nos dice: «Se ha avanzado la reunión», «Tiene toda una vida por delante» o «Atrás quedan los años de la infancia».

Existe un consenso en casi todas las culturas mediante el cual el futuro se encuentra más adelante, al final de nuestros pasos, que nosotros avanzamos hacia él. Por eso lo llamamos destino. El pasado, entonces, es eso que inexorablemente vamos dejando atrás, como un lastre que se nos va cayendo de los bolsillos.

Esto no es así para los aymaras.

Para este pueblo indígena de los Andes centrales, el ayer se encuentra ante sus ojos, pues es todo cuanto se ve o se ha visto (aquello que se conoce), mientras que entienden que el mañana queda a sus espaldas, por ser todo aquello que todavía no se ha visto, aquello que aún no se conoce2.

Al igual que quien se ha bajado en la parada equivocada, dense unos segundos para habituarse a este nuevo y volteado mundo que se les propone. Saboreen el vértigo. Ante sus narices, el pasado en toda su nitidez, esplendoroso. Detrás de usted, bordoneando en su nuca, el ciego porvenir.

Se dice que un aymara nunca se impacienta. Esperar seis o siete horas para que pase la buseta, por ejemplo, no es motivo de inconveniencia. ¿Qué sentido tiene la prisa para alguien que no se dirige a ninguna parte? La comprensión del tiempo modifica nuestras actitudes, evidencia que encontramos en la etimología de palabras como templanza o temperamental.

Al otro lado del espejo, experiencias como la nostalgia o la ansiedad, que tan frecuentemente nos asaltan por estos lares, son para nosotros carreras a contracorriente, como si el tiempo fuera una resistencia espesa que hubiera de ser atravesada. Una fuerza a vencer. La nostalgia como recuperación de lo pasado y la ansiedad como negación de lo venidero. En ambos casos —porque el pulso siempre se pierde— la derrota es dolorosa.

Estas actitudes dislocadas son el síntoma de un desencuentro con nuestra temporalidad. En El aroma del tiempo (Herder, 2015), el filósofo Byung-Chul Han diagnostica una «dispersión temporal» (disincronía) especialmente acuciante en nuestros días, que tiene que ver con la pérdida de un sentido de la duración. La fugacidad de cada instante, vivida como una sucesión de picos de actualidad, nos sitúa ante un nuevo escenario que ya ha dejado atrás la noción del tiempo como narración. Hoy todo, incluido uno mismo, se experimenta como efímero, radicalmente pasajero.

Atrás quedaron épocas en las que creíamos en una dirección del tiempo progresiva, lineal3. Ya en 1994, el mexicano Carlos Fuentes había escrito que, a diferencia del tiempo para el europeo (asimilación de la historia mediante el progreso) en México ningún tiempo había cumplido sus proyectos y promesas, de modo que propone invertir los términos usuales del tiempo, precisamente para recuperar esa narración perdida: «quiero imaginar un pasado y recordar un porvenir, prometido en parte por ese pasado, desvirtuado otro tanto por él, obstaculizado a la vez que animado por cuanto hemos sido, somos y queremos ser»4.

Es decir que, frente al amenazante asedio de los vientos del tiempo, tal vez darse la vuelta no sea tan mala idea.

La cosmovisión aymara nos invita a pensar juntos una imagen irresistible, la del pastor que se mantiene en pie bajo el despejado cielo nocturno del altiplano, mientras el firmamento gira sobre su cabeza y se despliega poco a poco ante él. El pastor no se mueve. Es el paisaje que adquiere vida mientras pasa por su lado, volviéndose cada vez más extenso, cada vez más vasto. La hierba crece y se multiplica, los rebaños producen nuevas camadas de llamas y alpacas, flores de cacto se cierran y se abren en cuestión de segundos y una hilera interminable de cóndores vuela lento hacia el horizonte. Todo nace desde atrás y se extiende hacia delante, donde se pierde en la lejanía. Los meses y los años pasan de largo sin apenas ruido. Llegan fechas en que los mayores mueren y también pasan a formar parte del paisaje, alejándose cada vez un poco más del pastor, que permanece quieto en la llanura. Allá al fondo, el sol y la luna se persiguen sin encontrarse hasta que un día el pastor aymara también ha de dejarse llevar por el orbe, que en todo este tiempo no ha cesado de girar. Y con las primeras luces del alba, bajo un infinito cielo rosado, se abandona a la corriente, incorporándose él mismo en el paisaje para las generaciones que vendrán detrás. 

Personalmente, uno no puede evitar pensar que el tiempo de los aymaras se parece al tiempo de la lectura. ¿O es que no reconoce su reflejo, usted que ahora lee estas líneas, en ese humilde y dócil pastor andino que ve desplegarse ante sí la historia? ¿Ni siquiera un poco? Intentaré explicarme. Hacerle cambiar de opinión.

En el acto de la lectura, el sistema temporal delante-detrás es sustituido por un eje de abscisas. Dicho de otro modo, a menos que sea usted árabe o hebreo, el pasado se acumulará fielmente en las páginas de su mano izquierda, siempre al alcance, siempre disponible para cualquier consulta. Igual que para un aymara, lo ya leído es un pasado que permanece y pertenece. También nosotros, lectores, estamos encarados hacia él. Porque a mano diestra (tras la página) nos aguarda el futuro: un horizonte que, aunque desconocido, sabemos inmutable, determinado. No en vano, cuando se habla de un futuro imposible de eludir, se dice de él que está escrito.

Si uno se fija con atención, hay también en el pastor de nuestra fábula una resignación hacia su propio porvenir, puesto que no se dirige hacia él, sino que, más bien, se deja alcanzar por él. De modo análogo, nada puede hacer el lector por cambiar el destino que aguarda en las páginas venideras. Es su naturaleza asumir una postura contemplativa de la realidad. Seguir con la ilusión de avance, aun a sabiendas de que en realidad se está dejando alcanzar, que es la obra que lo está traspasando a él. A usted.

Cuando leemos, todos somos aymaras.

No es ninguna casualidad que el surcoreano Byung-Chul Han proponga, como cura a nuestra dispersión temporal, el regreso a una vita contemplativa, que gane terreno a la hiperactividad, la agitación y el desasosiego de nuestra vida activa. 

Han cita a Aristóteles cuando dice que la mayor felicidad del hombre libre brota del demorarse contemplativo. En la contemplación, la vida gana tiempo y espacio, duración y amplitud. ¿Acaso no notamos cómo se abre una brecha en el tiempo cada vez que alguien abre un libro? Dato bellísimo y sugerente: pensar (del antiguo alto alemán sinnanm) significaba viajar.

La postura aymara, decíamos, es fundamentalmente contemplativa, porque deja que todo acontezca, se muestra conforme en vez de intervenir. Este paso atrás trae consigo una liberación del presente; ya no es responsabilidad del sujeto llegar a ningún destino a través de la acción, sino que el tiempo, al fin, reposa y encuentra su merecido descanso, extendiéndose mansamente por la llanura andina.

Pocos lo han entendido mejor que el protagonista de aquel chiste de Eugenio al que, entrevistado para un nuevo trabajo, le dijeron que empezaría cobrando poco, pero que más adelante cobraría el doble. Y el tipo, sin dudarlo un instante, respondió que «En ese caso, ya vendré más adelante».


Notas

(1) NÚÑEZ & SWEETSER (2006), «With the future behind them: convergent evidence from Aymara language and gesture in the crosslinguistic comparison of spatial construals of time»

(2) HARDMANN (1974), «Visión panorámica de la estructura de la lengua aymara»

(3) Han refiere una entrada de la enciclopedia Brockhaus (1838) sobre el ferrocarril que relaciona, en tono heroico, la revolución industrial y la política. El ferrocarril se transfigura entonces en «un vagón de vapor triunfal» de la revolución y el progreso.

(4) En La muerte de Artemio Cruz (1962), obra culminante del autor que versa en torno a la memoria, Fuentes deja fragmentos para el recuerdo: «Tú, ayer, hiciste lo mismo de todos los días. No sabes si vale la pena recordarlo. Solo quisieras recordar lo que va a suceder: no quieres prever lo que ya sucedió. En tu penumbra, los ojos ven hacia delante, no saben adivinar el pasado».


Viaje en cinco saltos hasta el mismísimo fin de los tiempos

El Ojo de gato, una nebulosa planetaria formada por las emisiones de plasma y gas ionizado de una gigante roja durante el último tramo de su vida. Fotografía: NASA / ESA / HEIC / STScI / AURA.

Si dos personas se diesen cita junto a un tablero de ajedrez y disputaran una partida tras otra hasta completar todas las que es posible jugar con arreglo a las normas tradicionales, esas dos personas jugarían un vigintillón de partidas. Un vigintillón es esto:

1 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000

No hace falta que pierda tiempo contando los ceros, ya le decimos nosotros cuántos tiene: ciento veinte. Por eso los números como este no se suelen escribir así, como una avalancha de cifras. Lo habitual es escribirlos abreviadamente recurriendo a la notación científica:

10120

Cuando se trata de números grandes, los divulgadores y los científicos suelen aportar comparaciones vistosas para ayudarnos a comprender sus magnitudes gigantescas. Algo frecuente, por ejemplo, es decir que hay una cantidad de tal o cual cosa mayor que el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra. Esa clase de comparaciones, sin embargo, solo tienen sentido hasta que se alcanzan ciertas magnitudes, y dejan de tenerlo con las que son todavía mayores. Sería absurdo comparar un vigintillón (1) con el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra, por ejemplo, o acaso con todos los granos de arena que hay en todos los planetas de nuestra galaxia. Un vigintillón es un número mucho mayor que el número de átomos que existe en el universo (2).

Esta es la razón por la que podemos derrotar a las máquinas jugando al ajedrez (3). No es posible construir un disco duro capaz de almacenar todas las partidas que se pueden jugar con treinta y dos fichas y el tablero reglamentario de sesenta y cuatro escaques. Incluso cuando fuese un disco duro extremadamente eficaz y emplease un único átomo de materia para almacenar una partida de ajedrez entera, sencillamente no hay suficientes átomos en el universo para construir ese disco duro.

A los seres humanos nos pasa algo muy parecido a esto. Somos incapaces de hacernos una idea de las magnitudes que representan realmente los números grandes. Aunque suele decirse que eso tiene mucho que ver con la biología y con nuestra propia evolución —entenderlos no representaba una ventaja cuando vivíamos en las selvas y en la sabana, por eso no nos hemos dotado con esa capacidad a través de la selección natural—, eso es cierto solamente en el caso de los números grandes «menos grandes», por llamarlos de alguna forma. En el caso de los números grandes «más grandes», la cosa es más sencilla: nos ocurre lo mismo que a los ordenadores. Incluso si nuestras habilidades matemáticas fuesen mejores de lo que son, estamos hablando de cantidades que exceden la cantidad de neuronas que hay en un cerebro o la cantidad de operaciones que puede realizar mentalmente un ser humano a lo largo de toda una vida.

En este artículo recorreremos el tiempo hacia delante y nos adentraremos muy profundo en el futuro, tan profundo que quizá lleguemos al punto en el que el propio tiempo se acabe. Encontrará usted muchas cifras y serán cifras muy grandes, pero no encontrará muchas comparaciones que le ayuden a comprender lo grandes que son realmente. La razón es que son números inimaginablemente grandes. Fuesen cuales fuesen esas comparaciones, sencillamente no les harían justicia.

El día que muera la próxima estrella (100 años en el futuro)

El 30 de abril del año 1006 apareció un punto de luz en el cielo y en cuestión de pocas horas se convirtió en el objeto más brillante del firmamento. Durante los tres meses siguientes pudo verse a todas horas, tanto de día como de noche, pero luego se atenuó lo suficiente como para aparecer solamente después de la puesta de sol, como hacen las estrellas y los planetas. En una crónica china de la época se dice que aquella «estrella invitada», como ellos la llamaron, brillaba tanto que los objetos arrojaban sombra durante las noches de luna nueva. Un astrónomo egipcio, Alí ibn Ridwan, precisó en sus comentarios al Tetrabiblos de Ptolomeo que emitía tanta luz como la luna durante sus cuartos. Y en la abadía de San Galo, en los Alpes suizos, los monjes anotaron que aquel resplandor variaba porque la estrella misteriosa, «de un modo maravilloso, algunas veces parecía contraerse, otras difuminarse e incluso a veces se extinguía» (4). Algunos creen que aparece retratada en unos petroglifos de la cultura hohokam, en Arizona, con la forma de un objeto celeste como radiante y expansivo, algo más parecido a una explosión (5).

Si la intención de los hohokam fue esa —retratar una explosión—, entonces fueron ellos los que estuvieron más acertados. Aquella estrella, en realidad, era una supernova, la detonación con la que terminan su vida los astros con más masa. Y se piensa que su magnitud aparente llegó a ser de −7,5, dieciséis veces mayor que la de Venus, el cuerpo más brillante de nuestro firmamento (6). SN 1006, como la conocemos hoy en día, fue la supernova más intensa que ha presenciado la humanidad a lo largo de la historia. Los restos de la explosión se redescubrieron en 1965 dentro de nuestra propia galaxia, a unos 7900 años luz de la Tierra (7).

Los restos de la supernova SN 1006. Fotografía: NASA / ESA / Zolt Levay / STScI.

Si le da envidia este acontecimiento y se dice que sería emocionante ver algo así con sus propios ojos, está usted de enhorabuena: la probabilidad de que llegue a hacerlo no es absurdamente remota, como suele pasar con la astronomía. De hecho, la posibilidad de que estalle una supernova en la Vía Láctea y de que sea visible desde la Tierra sin necesidad de instrumentos ópticos es del veinte por ciento en los próximos cincuenta años (8). Y si quiere mejorar su suerte, sabemos incluso en qué dirección debe mirar. Salga a la calle durante una noche despejada, vuelva la mirada hacia la constelación de Orión y busque la estrella rojiza que ejerce como hombro del cazador. Esa es Betelgeuse. Si alguna estrella cercana va a explotar pronto, es esa (9).

Palabra clave: cercana. Betelgeuse es la mejor candidata a convertirse en supernova entre las estrellas que conocemos bien y que están relativamente cerca de la Tierra. También es la que causaría una de las supernovas más espectaculares en nuestro cielo, ya que es una supergigante roja (la clase de estrella más grande que existe) y la estrella de esta clase que está a menos distancia de la Tierra (a unos 700 años luz). Es tremendamente improbable, eso sí, que lo haga mañana o pasado mañana o que sea la próxima en hacerlo (10), pero soñar es gratis y Betelgeuse nos está haciendo soñar últimamente. Hace unos cuantos meses era una de las diez estrellas más brillantes del cielo nocturno, pero ahora mismo ni siquiera está entre las veinte primeras. A finales de 2019 comenzó a perder luminosidad, y a mediados de 2020, cuando firmamos esta pieza, brilla un treinta y seis por ciento menos de lo habitual. Es normal que el resplandor de Betelgeuse cambie: a fin de cuentas, es una estrella variable (11), pero no es normal que lo haga tanto y con tanta rapidez.

Además, las estrellas como Betelgeuse tienen una esperanza de vida cortísima. Nuestro sol, por ejemplo, lleva brillando 4500 millones de años y lo seguirá haciendo otros tantos más, pero Betelgeuse tiene solo diez millones de años y seguramente le quedan unos cien mil, nada más. Las estrellas con tanta masa sencillamente son así, tan grandes y calientes que solo existen brevemente. Tienen más materia que las otras, pero también la fusionan a un ritmo mucho mayor y acaban con ella mucho antes. En el último tramo de su vida, cuando se dedican a fusionar elementos cada vez más pesados y lo hacen cada vez con más rapidez, sufren sacudidas parecidas a las que está sufriendo Betelgeuse. Pierden y ganan luminosidad, cambian de tamaño súbitamente y la temperatura en sus superficies experimenta variaciones vertiginosas. Son los estertores de una estrella.

El día que mueran todas las estrellas (100 años-1012 años en el futuro)

Cuando una estrella muere, expulsa sus capas exteriores hacia el espacio interestelar. Si la estrella tiene un tamaño modesto, parecido al del Sol y hasta diez veces mayor, lo hace mediante pulsos, contrayéndose y expandiéndose. Si la estrella tiene más masa, entonces se desata una única explosión violentísima, una supernova. El efecto es igual en ambos casos: los materiales esparcidos se mezclan con los restos de otras estrellas y con más gas interestelar, se aglutinan por efecto de la gravedad y dan lugar al nacimiento de nuevos astros y planetas.

Enrique III el Negro, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, observa la supernova acontecida en el año 1054 desde la ciudad italiana de Tivoli. Imagen: DP.

Sin embargo, las estrellas no diseminan todo su material por el espacio en el momento en el que mueren, solo el que integraba sus capas exteriores. Las capas interiores y el núcleo, en cambio, se contraen por efecto de la gravedad y forman un cuerpo caliente, pequeño y compacto que los astrónomos llaman «remanente» estelar. Las estrellas más modestas, que son la inmensa mayoría, se convierten de esta forma en una enana blanca, un cuerpo con un diámetro parecido al de la Tierra y una densidad monstruosa. Las estrellas de mayor tamaño, en cambio, se comprimen todavía más y forman una estrella de neutrones, un cuerpo celeste pequeñísimo, de diez o doce kilómetros de diámetro, e inimaginablemente denso. En el caso de las más grandes, la compactación no se detiene nunca y toda la materia se concentra en un punto infinitamente pequeño e infinitamente denso: un agujero negro. Estos remanentes, los tres, son estériles. La materia que acopian no regresará al medio interestelar y no contribuirá a la formación de nuevos astros (12).

Esto les pasará a todas las estrellas y esta es la razón por la que estas, simplemente, dejarán de nacer algún día. Aunque aparecen nuevos astros constantemente y lo hacen a partir de los restos de otros, la materia en circulación es cada vez menos. A medida que pasa el tiempo, a medida que las generaciones de estrellas se vayan relevando unas a otras, los remanentes estériles abundarán más y las fértiles nebulosas de gas donde se forman los nuevos sistemas estelares abundarán menos. Nacerán menos estrellas y serán más pequeñas y llegará un día en el que simplemente dejen de hacerlo.

No sabemos qué aspecto tendrá el universo entonces, dentro de 1010años aproximadamente, pero sí sabemos un detalle: que será rojo y mucho menos luminoso. Ya no quedarán estrellas azules, blancas o amarillas —como lo son ahora en función de su masa y su temperatura—, solo las más pequeñas de todas, las enanas rojas. Y las enanas rojas, ya lo dice su nombre, alumbran poco y lo hacen con luz roja. Eso sí: en lo tocante a la longevidad, no tienen competidor. Del mismo modo que las estrellas grandes viven poco porque fusionan su material enseguida, las enanas rojas viven durante un plazo de tiempo inconcebiblemente prolongado, ya que lo hacen a un ritmo muy lento (13). Se cree que las estrellas más pequeñas del universo, las enanas rojas de cerca de 0,1 masas solares, pueden vivir hasta 1012 años. Eso significa que las primeras enanas rojas que prendieron en el cosmos —y lo hicieron pronto, solo unos cientos de miles de años después del Big Bang— no solo siguen activas hoy en día; es que ni siquiera han superado el uno por ciento de su vida. Desde que el mundo es mundo, todavía no ha dado tiempo a que muera ni una sola de ellas.

El día que muera el último átomo (1012-1040 años en el futuro)

El día que se apague la última enana roja habrá acabado la era estelífera, la era de las estrellas, y dará comienzo la era degenerada. Que no le engañe su nombre, no se lo pusieron buscando dramatismo (14). En realidad, alude a la materia degenerada, la sustancia de la que están hechos los remanentes de las estrellas.

Parte de las estrellas que se acumulan en el centro de la Vía Láctea en una imagen tomada por el telescopio espacial Hubble. Fotografía: NASA / ESA / T. Brown.

Los cuerpos celestes que persistan para entonces serán estos mismos remanentes: enanas blancas, estrellas de neutrones (y las variaciones más exóticas de las estrellas de neutrones, como los púlsares, los magnetares y las estrellas de quarks) y agujeros negros (y sus propias variaciones exóticas: los cuásares). A los seres vivos, que solemos fijarnos solamente en los intercambios de energía, podría parecernos que esta no es la peor de las noticias. A fin de cuentas, las enanas blancas brillan, los púlsares también emiten grandes haces de radiación desde sus polos y los cuásares hacen fundamentalmente las dos cosas, solo que a una escala mucho mayor y con muchísima más potencia. Pero debe recordarse que estos objetos no generan esa energía, tanto si es térmica como cinética. La generaron en su día, cuando eran estrellas, y ahora solo la conservan. El brillo de las enanas blancas es más bien incandescencia, emiten luz debido a su temperatura altísima; los púlsares absorben y disparan la materia que hay en sus inmediaciones porque giran sobre sí mismos a una velocidad vertiginosa, hasta cientos de veces por segundo; y los cuásares, cuyos campos gravitatorios son potentísimos, ponen esa energía en circulación gracias a la fricción que se produce en sus discos de acreción descomunales. Pero ninguno de ellos ni ninguna otra clase de remanente estelar es capaz de poner en marcha la nucleosíntesis, de desencadenar la fusión de los átomos y de transformar materia en energía.

Poco a poco, las enanas blancas irán perdiendo temperatura, las estrellas de neutrones irán perdiendo velocidad y finalmente unas y otras se apagarán y se detendrán completamente. No sabemos cuánto tardarán en hacerlo. Una estimación muy repetida (15) dice que las enanas blancas podrían tardar unos 1015 años en convertirse en enanas negras, es decir, en cuerpos fríos e inertes constituidos por materia degenerada. El plazo en el que lo harán las estrellas de neutrones es incluso más incierto, pero el resultado será parecido.

Durante la era degenerada, el cosmos será un lugar oscuro, aunque habrá algún chispazo de cuando en cuando. En los sistemas binarios de enanas blancas, por ejemplo, las órbitas se acercarán hasta hacer que los dos cuerpos colisionen y estalle una supernova. Y algunas enanas marrones (grandes objetos gaseosos a medio camino entre un planeta y una estrella) que llegasen a colisionar de esta misma forma podrían reunir materia suficiente entre las dos como para empezar a fusionar y alumbrar alguna pequeña estrella tardía. Estas estrellas, las últimas estrellas del universo, serán enanas rojas y serán increíblemente longevas, pero da igual, el reloj tampoco se detendrá entonces. Poco a poco, eón a eón, también ellas se desvanecerán. El cosmos, ya sí que sí, será un lugar a oscuras.

Algunos creen que será entonces cuando la propia materia comience a desintegrarse. Aunque la longevidad de las partículas subatómicas es un tema muy discutido, algunos de los modelos de física de partículas más populares predicen que la vida media del protón (las partículas estables y con carga positiva que forman parte de los núcleos atómicos) es de 1038 años aproximadamente (16). El decaimiento de los protones es un asunto complejo y fascinante que daría para muchas páginas de curiosidades, pero aquí nos quedaremos solo con una: aunque el universo llegue a ser totalmente oscuro, no llegará a ser totalmente frío, al menos no todavía. A medida que sus protones decaen y sus átomos se desintegran, algunas de las enanas negras que sobrevivan irradiarían partículas subatómicas y la radiación podría alcanzar valores de hasta 400 vatios en cada una de ellas. El horno microondas de cualquier cocina emite el doble que eso y más, pero dentro de 1039 años ese será el poder que tengan las mayores estrellas.

El día que muera el último agujero negro (1040-1092 años en el futuro)

Dentro de 1040 años, un átomo se desintegrará en algún rincón del cosmos y será el último en hacerlo. A partir de ese momento ya no existirá nada mayor que un núcleo atómico en todo el universo.

Seguirán existiendo, eso sí, los agujeros negros, y dese cuenta de que eso no constituye una excepción. Aunque solemos referirnos a ellos con ligereza y los llamamos «grandes» y «pequeños», lo cierto es que los agujeros negros son infinitamente pequeños. Lo que es grande o pequeño es el diámetro de su horizonte de sucesos, el espacio alrededor de esa singularidad central en el que la velocidad de escape es superior a la de la luz y entonces ya nada puede circular en dirección contraria a la suya, debe hacerlo siempre hacia ella. Si pudiésemos viajar a las inmediaciones de un agujero negro y contemplarlo desde una distancia prudencial, ese horizonte de sucesos se dibujaría con nitidez frente al fondo luminoso y colorido que presenta el cosmos hoy en día y tendría un aspecto parecido al de una esfera negra, pero eso es algo engañoso. Lo que estaríamos viendo con los ojos seguiría siendo un espacio, una región, no un cuerpo sólido con masa. Masa tiene la singularidad central, y esa está confinada en un volumen infinitamente pequeño.

El agujero negro de la galaxia elíptica M87, primer objeto de su clase en ser fotografiado. Fotografía: EHT / ESO.

En 1974, el físico Stephen Hawking descubrió que los agujeros negros emiten una forma de radiación térmica y que al hacerlo pierden masa (17). Aunque ocurra con una lentitud que desafía al entendimiento, los agujeros negros también se evaporarán poco a poco y al final, puf, desaparecerán completamente. Hawking calculó que los más pequeños que se forman naturalmente, los que tienen el equivalente a tres masas solares, tardarían 1068 años en desvanecerse. Los mayores, los agujeros negros supermasivos que se encuentran en el centro de las galaxias, y que a veces toman la forma de cuásares, tardarán 1092 años en hacerlo. Merece la pena pararse a pensar un segundo en esta cantidad, 1092. Es un número mayor que el número de partículas subatómicas que hay en el universo.

Si pregunta usted a un astrofísico, a un matemático o a cualquier otro profesional del ramo por la muerte del universo, es probable que le digan que ocurrirá más o menos en esta fecha, dentro de 1092 años, o en todo caso cuando el último agujero negro se encoja y desaparezca. Con él se irá también la última fuente energética del cosmos, la última forma de radiación, y el universo se habrá parado totalmente, se habrá enfriado completamente, habrá tocado fondo y habrá cesado para siempre. El universo habrá muerto, larga vida al universo.

El último día del mundo (1092-∞ años en el futuro)

¿Y después? Después de eso, poco más. Fotones, partículas subatómicas y una eternidad, esos son los ingredientes de esta sopa. Los dos primeros no son gran cosa, pero el tercero sí lo es. Algunos dicen que con ese ingrediente se pueden hacer muchas cosas.

La energía oscura tiene mucho que ver con el destino final del cosmos. Si hubiese una cantidad suficiente de ella, es probable que la expansión del universo acabase desgajándolo hasta la mismísima escala cuántica. A medida que el propio espacio se expandiese y lo hiciese cada vez a mayor velocidad —ese es precisamente el efecto que parecer tener la energía oscura en nuestro mundo—, disminuiría progresivamente la cantidad de espacio con la que se puede interactuar. Pongámoslo así: un fotón saldría del punto A y se dirigiría hacia el punto B a la velocidad de la luz, pero el espacio mismo que separa A y B estaría expandiéndose a una velocidad mayor que esa. Nuestro fotón hipotético, por tanto, jamás lograría alcanzar el punto B. Se dedicaría a viajar eternamente en su dirección y, pese a eso, estaría cada vez más lejos de él y también del lugar del que salió, el punto A. El diámetro dentro del cual la materia interactúa es gigantesco hoy en día, pero se está reduciendo a medida que la expansión del universo acelera. Si esa expansión sigue acelerándose, llegará el día en el que la distancia entre los puntos A y B sea menor que una galaxia, menor que un sistema estelar, menor que un planeta y menor que un átomo. Todas las distancias se harán infinitas y esto impedirá que tenga lugar cualquier proceso, sea el que sea, y que tenga efecto cualquier fuerza. A eso se lo llama «Big Rip», el Gran Desgarramiento (18).

El Cúmulo de Pandora, un cúmulo de galaxias también conocido como Abell 2744, en una fotografía tomada por el telescopio espacial Hubble en 2014. Fotografía: NASA / ESA / STScI.

Si el Big Rip no tuviera lugar, entonces el espacio-tiempo podría acabarse de otras formas. Los partidarios de la teoría del Big Freeze, por ejemplo, se atienen al hecho de que el cosmos empezó siendo algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso, y nos recuerdan que las leyes de la termodinámica son muy claras al respecto: algo así solo puede derivar hacia lo infinitamente grande, lo infinitamente frío y lo infinitamente vacío. Y cuando las magnitudes físicas alcancen ese valor, o valores muy cercanos a ese, no cabe esperar que pase algo, sea lo que sea. El universo simplemente habrá sufrido la muerte térmica, se habrá alcanzado el grado máximo de entropía y los procesos físicos habrán cesado permanentemente. No ocurrirá nada que arrample con todo ello porque en esas condiciones no podría ocurrir nada. El mundo no acabará por una razón sencilla: ya se habrá acabado. En el mejor escenario solo habrá fotones en circulación y los fotones no experimentan tiempo, así que incluso hablar de eternidad carecería de sentido. El tiempo, que ahora es real, entonces será una ficción matemática, algo que solo existe en el plano de lo ideal y lo hipotético. The End.

Los partidarios del Big Crunch, por el contrario, admiten que algo así tendrá lugar, pero sostienen que ese no será el final del cosmos. Después de separarse al máximo, dicen ellos, la gravedad será la única fuerza capaz de afectar significativamente a las partículas subatómicas, por lo que podrían comenzar a reunirse de nuevo y hacer que la materia volviera a concentrarse poco a poco. Primero habría átomos, después moléculas y después volverían a existir trazas de material sólido. Al final, toda la materia del universo colisionaría, se compactaría y se convertiría en algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso. El mundo, en otras palabras, terminaría con una implosión, y su resultado sería la aparición de una nueva singularidad de proporciones cósmicas y el estallido, quizá, de un nuevo Big Bang (19).

Y otros piensan que este Big Bang no es algo extraordinario, que ha ocurrido muchas veces en el pasado y que lo volverá a hacer indefinidamente en el futuro. La cosmología cíclica conforme, propuesta por Roger Penrose, es una de las tesis con más predicamento en los últimos años, en parte porque reconcilia visiones del futuro lejanísimo que parecían incompatibles hasta hace unos cuantos años. Este Big Bounce o Gran Rebote, como algunos lo llaman, tendría el mismo efecto que el Big Crunch, la reunificación de la materia, pero derivaría de algo más parecido al Big Freeze, la muerte térmica del cosmos. ¿Cómo? Ay, sería largo de explicar. A través de efectos cuánticos extravagantes y de procesos que tienen que ver con la geometría de la causalidad, fenómenos demasiado enjundiosos para detenernos de forma pormenorizada en ellos. Si le interesa, le recomendamos un par de lecturas en el capítulo de notas de este artículo (20) y le anticipamos que, de todos los cataclismos físicos y matemáticos que empiezan por «Big», este es el único que no acaba en la negrura y la nada. Al contrario: el cosmos podría haber existido una, dos, cuatro, mil, un millón y hasta un vigintillón de veces antes y después de nosotros. Y nuestros ajedrecistas hipotéticos, a fin de cuentas, sí podrían jugar sus 10120 partidas, todas las que permiten las reglas del juego. Si pensamos que no podrían, nos dice Penrose, fue porque pecamos de pocas miras, porque corrimos a echar cuentas sin levantar antes la mirada del tablero. Porque no nos dimos cuenta de que nosotros somos las fichas y de que el propio universo es el juego.

La región de formación de estrellas S106. Fotografía: NASA / ESA.


Notas

(1) Debe recordarse que, igual que un billón (en español) no es la misma cantidad que un billion (en inglés), tampoco lo son un vigintillón y un vigintillion. En lo tocante a los nombres de las cifras grandes, en los países hispanohablantes solemos usar la escala numérica larga (en la que cada nuevo nombre representa una cifra un millón de veces mayor que la anterior) y en Estados Unidos y en Reino Unido se usa normalmente la escala numérica corta (en la que cada nuevo nombre representa una cifra mil veces mayor). Cuando decimos, en español, «un vigintillón», estamos diciendo 10120. Cuando se dice, en inglés, «one vigintillion», se está diciendo 1063.

(2) Un vigintillón es 10120. El número de átomos en el universo oscila entre 1078 y 1082. Gott, J. Richard et al., «A Map of the Universe», The Astrophysical Journal, vol. 624, n.º 2, 2005.

(3) Algo que demostró Claude Shannon en 1950, razón por la cual hemos puesto su nombre a esta cifra y la llamamos «número de Shannon». Aunque él estimó que era 10120, hoy se cree que el número de Shannon es mayor, en torno a 10123. Shannon,  Claude E., «Programming a Computer for Playing Chess», Philosophical Magazine, ser.7, vol. 41, n.º 314, 1950.

(4) Aquellos monjes también precisaron en sus Annales Sangallenses maiores que la estrella apareció «in intimis finibus austri», tan al sur como el sur llega. Suiza es el punto más septentrional donde quedó documentado el fenómeno celeste y allí tuvo que verse solamente en junio y apenas por encima del horizonte. La constelación del lobo, donde apareció la nueva estrella, está ubicada en el hemisferio sur, pero en verano puede verse completamente hasta los 35° de latitud norte y solo parcialmente si es más al norte que eso. Stephenson, Richard F., Clark, David H. y Crawford, David F., «The Supernova of 1006 AD», Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, vol. 180, 1977.

(5) Cuando se trata de petroglifos, pintura rupestre y otras formas de arte prehistórico, las interpretaciones son siempre especulativas. Hamacher, Duane W., d«Are Supernovae Recorded in Indigenous Astronomical Traditions?»,  Journal of Astronomical History and Heritage, vol. 17, n.º 2, 2014.

(6) La magnitud aparente de un objeto celeste equivale al brillo que tiene al observarse desde la Tierra, pero fuera de la atmósfera. La magnitud aparente progresa de forma logarítmica y representa más resplandor cuanto más pequeño es el número. Las estrellas más débiles que alcanzamos a ver con nuestros ojos tienen una magnitud aparente de 6; la estrella más brillante, Sirio, de -1,5; Venus, de -4,4; la Luna llena, de -12,6; y el Sol, de -26,8.

(7) Goldstein, Bernard R., «Evidence for a supernova of A.D. 1006», The Astronomical Journal, vol. 70, 1965.

(8) La última supernova que estalló en la Vía Láctea y fue visible desde la Tierra lo hizo en 1604. La última supernova visible desde nuestro planeta tuvo lugar en 1987 y estalló en una galaxia vecina, la Gran Nube de Magallanes. En nuestra galaxia hay dos supernovas cada siglo, aproximadamente, pero tres de cada cuatro no llegan a verse a simple vista. Es preciso que no ocurran demasiado lejos, que no duren demasiado poco y que no se interpongan entre ellas y nuestro planeta nubes de polvo y gas interestelar. Sobre la probabilidad de observar una supernova desde la Tierra en los próximos cincuenta años, Adams, Scott M. et al., «Observing the Next Galactic Supernova», The Astrophysical Journal, vol. 778, n.º 2, 2013. Sobre la frecuencia de las supernovas en la Vía Láctea, Diehl, Roland et al., «Radioactive 26Al from massive stars in the Galaxy», Nature, vol. 439, n.º 7072, 2006.

(9) En palabras del astrofísico Alex Filippenko, «ninguna estrella de la que tengamos noticia tiene más posibilidades de convertirse en supernova antes que Betelgeuse».

(10) Lo más probable es que la próxima estrella que se convierta en supernova dentro de la Vía Láctea sea alguna a la que no nos hayamos anticipado, bien porque la desconozcamos totalmente o bien porque esté muy lejos y sepamos poco sobre ella.

(11) Los registros de su brillo sugieren que Betelgeuse gana y pierde luminosidad siguiendo dos ciclos, uno de seis años y otro de cuatrocientos días, aproximadamente. Algunos creen que lo que ha ocurrido en este momento es que los dos ciclos han coincidido y que Betelgeuse está experimentando un pico a la baja del que comenzará a recuperarse pronto.

(12) Hay excepciones, en particular cuando estos remanentes interactúan entre sí o con astros ordinarios en el contexto de sistemas binarios.

(13) Hay otra razón que explica la longevidad de las enanas rojas. La convección hace que los materiales puedan circular y que todo su hidrógeno tenga acceso al núcleo, donde se transforma en helio. En las estrellas grandes, por el contrario, el hidrógeno de las capas exteriores no pasa por el núcleo y no llega a experimentar la fusión.

(14) El nombre lo pusieron Fred Adams y Greg Laughlin en The Five Ages of the Universe, una obra de referencia en lo tocante al tiempo profundo y el futuro lejanísimo. Desde su publicación en 1999 se ha normalizado el uso de la cronología de cinco eras que proponían Adams y Laughlin en aquel libro, incluso entre astrofísicos y académicos. Estas eras son la era primordial, la era estelífera, la era degenerada, la era de los agujeros negros y la era oscura.

(15) Barrow, John D. y Tipler, Frank J., The Anthropic Cosmological Principle (Oxford Paperbacks, 1986).

(16) Son predicciones que se hacen desde la teoría de la gran unificación, pero otras hipótesis con mucho sustento confieren al protón una vida de hasta 10200 años. Adams, Fred C. y Laughlin, Gregory, «A dying universe: The long-termfate and evolution of Astrophysical objects», Reviews of Modern Physics, vol. 69, n.º 2, 1997.

(17) Aunque se han aportado distintos cálculos y algunos de los procesos cuánticos involucrados están descritos solo de forma muy vaga, la mayoría de los astrofísicos y los matemáticos consideran que la radiación de Hawking es algo fundado y probado. Steinhauer, Jeff, «Observation of quantum Hawking radiation and its entanglement in an analogue black hole», Nature Phys vol. 12, n.º8, 2016.

(18) Con frecuencia se dice que, si el Big Rip tuviese lugar, sería dentro de 22000 millones de años aproximadamente. Eso es en algún momento avanzado de la era estelífera, muchísimo antes del momento en el que ocurrirían los otros «Bigs», como el Big Freeze o el Big Crunch.

(19) Todos estos escenarios son conjeturas y la del Big Crunch es la más especulativa de todas. De las cuatro fuerzas fundamentales que rigen los procesos físicos (la fuerza nuclear débil, la fuerza nuclear fuerte, el electromagnetismo y la gravedad) la gravedad es la que nos resulta más familiar y la que mejor comprendemos intuitivamente, pero también es la peor documentada en el modelo estándar de física de partículas y la que más desconocemos en grado fundamental.

(20) Penrose presentó su tesis en una conferencia de 2006 titulada «Before the Big Bang: An Outrageous New Perspective and Its Implications for Particle Physics», que puede leerse aquí. Se trata de un texto muy celebrado por sus dobles sentidos y su retórica informal, aunque resulta inaccesible sin conocimientos muy avanzados de física de partículas. Para los profanos es mucho más recomendable la lectura de su libro de divulgación Cycles of Time: An Extraordinary New View of the Universe, publicado en 2010.


La eternidad es ahora

Eternidad
La Persistencia de la Memoria. Topham. Cordon Press.

Un emperador le preguntó a un pastorcillo: «¿Cuántos segundos hay en la eternidad?». Su respuesta fue: «Hay una montaña de diamante de cuatro mil metros de alto, y cada cien años un pajarito viene y afila su pico en la cumbre; cuando toda la montaña se haya desgastado, habrá pasado el primer segundo de la eternidad». Este es el desenlace de uno de los cuentos más famosos de los hermanos Grimm. Es magnífico y sobrecogedor. También es estúpido: «eternidad» no es lo mismo que «mucho tiempo». La eternidad no tiene final ni principio, simplemente es, completamente desligada del tiempo. Pero no seamos duros con el pastorcillo: todos construimos ficciones para visualizar la idea del fin o su ausencia… Metáforas con las que imaginar el tiempo.

1. Flecha

El tiempo no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Este es el motivo por el cual el ser humano no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir.

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser.

El impulso de repetir es muy potente en la infancia: bebés que insisten en la misma mueca una y otra vez, niños cantando Frozen en bucle hasta que sus padres solo pueden pensar: «¡Suéltalo! ¡Suéltalooo!». Las rutinas tienen un punto reconfortante, aunque llevadas al extremo pueden ser síntomas de TOC o aburrimiento extremo.  

El drama llega cuando comprendemos que hay cosas que no podrán repetirse jamás. Una jarra hecha pedazos no se recompone, solo puede haber un cumpleaños anual, solo se vive el primer amor una vez… Y los muertos no vuelven a caminar sobre la tierra. Al crecer comprobamos que vivimos en un mundo cambiante en el que cada instante es único. Ya afirmó Heráclito que nunca cruzamos el mismo río dos veces: ni el río ni nosotros somos iguales la segunda vez. Y todo cambio es un paso más hacia el final del camino. Somos esclavos de la segunda ley de la termodinámica, por la que la entropía (el desorden, la incertidumbre) de cualquier sistema cerrado aumenta irremisiblemente. Todo tiende a deteriorarse, el mismísimo sol morirá en unas decenas de millones de años, el universo tiene fecha de caducidad. 

La culpa es de la linealidad irreversible del tiempo. Si el tiempo pudiera fluir hacia atrás, los jarrones se recompondrían solos y los ancianos se convertirían en rejuvenecidos Benjamins Button. Pero el tiempo es implacable e irreversible como una flecha en vuelo, la primera metáfora con que visualizar el avance del tiempo. La característica más importante de la Flecha Del Tiempo (con mayúsculas impresiona más) es su direccionalidad. La visualizamos como lanzada desde un pasado remoto a nuestras espaldas hacia un futuro lejano frente a nosotros… A no ser que hayamos nacido en Bolivia. 

Y es que en el idioma de los aymara bolivianos, el futuro se indica con la palabra qhipa (‘espalda’ o ‘detrás’), y el pasado se denomina nayra, que significa ‘enfrente’. Esta distinción se extiende a los gestos: los ancianos aymara señalan hacia adelante para hablar de sucesos que ocurrieron en el pasado, mientras que apuntan hacia atrás por encima del hombro si se refieren al porvenir. En realidad, tiene cierta lógica. Para los aymara el futuro no ha ocurrido y por tanto no puede verse, como lo que tenemos tras la nuca. Sin embargo, cuando miramos cualquier objeto somos conscientes de su pasado, lo recordamos o lo podemos reconstruir. Esto nos da una pista sutil de en qué centra su atención cada cultura… Cuando un anciano aymara mira a un niño no piensa en cómo crecerá, sino en cómo ha crecido. Ve su pasado: su nacimiento, la historia de sus progenitores, la tradición que lo une a sus antepasados. Cuando nosotros vemos a un niño, tendemos a proyectarnos en su futuro: lo que puede llegar a conseguir, la persona en que se convertirá, cómo moverá hacia adelante la historia. Nos gusta pensar que disparamos la flecha del tiempo y controlamos hacia dónde se dirigirá: los aymara saben que la flecha del tiempo nos atraviesa y ya es bastante con intentar ver de dónde venía. Nos creemos Legolas el arquero, y somos más bien el orco al que ensarta su flecha. 

2. Rueda

La pregunta: «¿deseas esto mismo infinitas veces más?» sería el mayor peso que pendiera sobre tus actos.

Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia

El cerebro humano está cableado para buscar patrones cíclicos a su alrededor. Las salidas y puestas de sol, las estaciones en su orden inmutable, el círculo vital por el que la materia muerta y descompuesta abona una nueva vida. Una repetición confortable que otorga continuidad y predictibilidad: sabemos que, aunque la muerte llegue en invierno, le seguirá una floreciente primavera (excepto en la Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin, en que, ejem, siempre se acerca el invierno). 

Esta idea de repetición sin fin aparece en casi todas las mitologías. En la hinduista el tiempo es cíclico y está formado por cuatro eras o yugas. La primera es Satya Yuga, la era dorada de la verdad y la perfección. Después viene el Treta Yuga, que da más pereza porque en ella se inventan el trabajo y la agricultura. La tercera era es el Dvapara Yuga, cuando aparecen la enfermedad y la guerra. Y la última es el Kali Yuga, nuestra era de contaminación y comida rápida. Tras una cantidad indeterminada de años (entre diez mil y diez millones, grosso modo) el ciclo recomienza con un nuevo Satya Yuga. El tiempo es pues circular, nada termina y nada empieza en un ciclo eterno de creación, conservación y destrucción. Para que Brahmá pueda crear un mundo nuevo Shiva debe destruirlo antes…

También en la mitología nórdica hay ciclos destructivos. El Völuspá, un poema profético de los Eddas a pesar de su nombre de armario de Ikea, narra la próxima llegada del Ragnarök, la guerra apocalíptica en que los dioses y el universo perecerán. Pero tras la batalla final dos humanos sobrevivirán, Líf y Lífthrasir, dioses nuevos sustituirán a los desaparecidos, y la hija del Sol surcará de nuevo los cielos. Mayas, aztecas, egipcios, los estoicos griegos y los indios hopi tenían visiones similares. Y, en fin, tan arraigada está la imagen en la psique que los guionistas de Galactica la emplearon en su mitología cylon («todo esto ya ha pasado antes, y volverá a pasar»). 

En realidad, estos ciclos mitológicos son más espirales que círculos: cada mundo renacido es ligeramente diferente al anterior… Pero si el tiempo fuera perfectamente circular, su fin unido a su principio como en la serpiente ouroboros que se muerde la cola, todos los sucesos se repetirían una y otra vez, sin evolución ni cambios ni diferencias. Un Nietzsche sobrecogido escribe en La gaya ciencia: «Esta vida que vives y has vivido habrás de volver a vivirla infinitas veces; y no habrá nada nuevo en ella, solo el mismo dolor, y la misma alegría, los mismos pensamientos y los mismos suspiros volverán en la misma cadencia y sucesión, incluida la araña en el árbol y la luz de la luna entre las ramas, incluso este momento. El eterno reloj de arena de la existencia será invertido una y otra vez, y tú con él, ¡ínfima mota de polvo!». 

Pero ojo. El drama de Atrapado en el tiempo no es que haya un bucle temporal repitiéndose sin cesar, sino que Bill Murray es consciente de las repeticiones: esa conciencia de la eternidad sin fin ni variación es lo que le empuja al límite de la cordura. Pero, aunque imaginemos un universo repetitivo (yo qué sé, un ciclo eterno de big bangs idénticos, cada uno detonando cuando se ha extinguido ya el universo previo), no podemos tener recuerdo alguno de esas infinitas repeticiones. Y si ninguna repetición puede afectar a la siguiente… ¿Qué diferencia representaría para un humano vivir en un eterno ciclo o en un huniverso lineal con principio y fin? En la frase anterior he escrito mal «universo» adrede. ¿Han sentido una sensación de sorpresa, de leve cabreo con los correctores de Jot Down por pasar por alto esa errata? Pero si el universo se repite idéntico una y otra vez, ¿cómo es posible que en cada repetición les sorprenda esa misma falta? ¿Cómo puede haber sorpresa o aprendizaje en un mundo perfectamente circular? Puede que ustedes hayan leído este mismo artículo (¡esta misma errata!) un número infinito de veces: ¿qué más da si no pueden recordarlo? Y si pudiéramos vislumbrar por un momento esa infinidad de repeticiones, ¿no perderíamos inmediatamente la razón bajo ese enorme peso, esa responsabilidad ante cada instante que queda grabado en piedra para toda la eternidad? Dice Kundera en La insoportable levedad del ser: «Si cada segundo de nuestras vidas se repite un infinito número de veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz». El eterno retorno sería una manera de esquivar el fin, pero a costa de vivir una inmutable condena, encadenados al giro de la rueda del tiempo.

3. Blandiblub 

Nada es triste hasta que se acaba. Entonces todo lo es.

El Doctor en Hell Bent, escrito por Steven Moffat.

Al Doctor (el Señor del Tiempo que protagoniza la serie Doctor Who) no le gustan los finales. Tener una máquina del tiempo le facilita esquivarlos: ¿qué más da que se acerque el invierno si chasqueando los dedos puedes retroceder al verano anterior? En el episodio «Blink», el Doctor ofrece esta descripción del tiempo: «La gente asume que el tiempo es una progresión estricta de causas y efectos, pero en realidad, desde un punto de vista no lineal y no subjetivo, es más como una gran bola bamboleante de blandiblub espacio-tiemposo». Si el tiempo tiene una estructura más inestable y cambiante de lo que creemos, si más que una flecha o un anillo es un blandiblub espacio-tiemposo (wibbly-wobbly timey-wimey en el original, traducción afortunada de Nikki Fennel), podemos esquivar cualquier final con un par de paradojas cósmicas. No es tan fácil, claro. A menudo el Doctor se ve limitado por puntos fijos temporales, que no se pueden alterar a riesgo de destruir el espacio-tiempo; o queda atrapado por infinitos ciclos repetitivos en los que retar al pájaro de los hermanos Grimm.  

La peor némesis del Doctor no son los dalek o los cybermen, sino el aburrimiento. Necesita emoción, correr por pasillos perseguido por alienígenas o descubrir momias en el Orient Express del espacio. Cuando en una ocasión se ve obligado a pasar meses viviendo la rutinaria vida humana, casi se vuelve loco («¿Siempre pasa el tiempo tan despacio para vosotros?»). Y es que otro método de considerar el tiempo como blandiblub es ligarlo a la percepción de su paso, como en el verso de Borges en «El amenazado»: «Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo»… O, por ser menos romántico y más prosaico, todos sabemos que un minuto aguantando las ganas de mear parece eterno. 

¿Es el tiempo en esencia subjetivo? En un episodio tremebundo de Black Mirror la tecnología permite manipular la percepción del tiempo ajena, convirtiendo los segundos en horas, días o semanas. ¿Qué peor tortura que alargar cinco minutos de reguetón para que parezcan, literalmente, milenios? «La luz interior», el mejor capítulo de Star Trek: La nueva generación, juega también con la subjetividad del tiempo. Tras caer inconsciente en el puente de mando de su nave al ser escaneado por una sonda alienígena, el capitán Picard despierta en un mundo desconocido en el que vivirá plácidamente, casándose y teniendo hijos. Décadas después, ya anciano y moribundo, despierta para encontrarse de nuevo joven y en el puente de su nave… Solo han pasado treinta minutos en realidad, pero la sonda ha proyectado en su cerebro treinta años de vida. 

Es una tecnología similar a la de Desafío total, que implanta recuerdos falsos indistinguibles de los auténticos. Sería una forma de esquivar el fin: atiborrar el cerebro de experiencias artificiales, convertir subjetivamente cada hora en un año, cada minuto en un siglo, cada segundo en una eternidad.

4. Catedral

La distinción entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión obstinadamente persistente.

Albert Einstein

En el capítulo de Doctor Who llamado «El fin del tiempo», los antagonistas son un grupo de Señores del Tiempo que pretenden, cito literalmente, «ascender para convertirnos en criaturas de conciencia pura, libres de estos cuerpos, libres del tiempo mismo, de la causa y del efecto, mientras la Creación misma deja de existir». Exceptuando la última parte, no parece un mal objetivo: si el tiempo nos arrastra inexorablemente hacia un final (si es una flecha), o nos marea dando vueltas (si es un anillo) o nos confunde (si es blandiblub), tal vez lo mejor sea librarse de él. Recordando la famosa frase de Ray Cummings falsamente atribuida a Einstein, «el tiempo es lo que evita que todo pase a la vez», pensemos cómo sería el mundo si el tiempo fuera puramente ilusorio. 

Algo así sostiene el físico Julian Barbour en un libro llamado precisamente El fin del tiempo. En él se afirma que el tiempo es una abstracción sin existencia real, y que es posible eliminarlo de las ecuaciones físicas fundamentales obteniendo resultados coherentes. Lo único que existe es una serie de ahoras completos y absolutos, y lo que percibimos como desplazamientos y cambios no son más que ilusiones, «cápsulas» que ordenamos por su similitud al prestar atención a detalles diferentes del patrón universal conjunto. O algo así. Confieso que el libro de Barbour es una gimnasia mental extenuante, un follón que cuesta mucho imaginar hasta que se topa uno con la metáfora adecuada. Busquémosla. 

Imaginemos el tiempo como una cuarta dimensión que no «fluye» sino que es análoga a las tres espaciales. Si hay un lápiz sobre la mesa y lo alejo cinco centímetros, no por ello deja de existir, solo ha cambiado su posición espacial. Y si cinco minutos después lo quemo, no por ello ha dejado de existir, solo ha cambiado su posición temporal. No hay diferencia entre decir «el lápiz está a cinco centímetros de donde estaba» o «el lápiz está hace cinco minutos de donde estaba». Mi abuelo muerto existe y está naciendo ahora mismo, solo que cien años hacia atrás de mi posición temporal actual y a diez mil kilómetros de distancia, en un pueblo de Bolivia. 

Es lo que los filósofos desde Parménides llaman eternalismo o «universo de bloque»: el futuro ya existe en todos sus detalles y el pasado continúa existiendo, o dicho de otro modo, solo existe un presente sin cambio. La eternidad es ahora. Toda la creación es una monumental simultaneidad que somos incapaces de ver en su completitud sino apenas como una sucesión de momentos… Una joya de mil caras de la que solo podemos ver una faceta cada vez. El cuasidivino Dr. Manhattan del cómic Watchmen de Alan Moore adquiere la habilidad de ver a voluntad todas las caras de la joya del tiempo, visualizando su futuro y su pasado. Por supuesto, esto le provoca un problema: en un universo de bloque no existe el libre albedrío, ya que el futuro no solo está escrito, sino que ya ha sucedido/está sucediendo/sucedió hace tiempo. Cuando le preguntan si no se siente impotente conociendo su futuro sin poder cambiarlo, el Dr. Manhattan responde: «todos somos marionetas, aunque yo soy una marioneta que puede ver los hilos». Einstein coqueteó con el eternalismo, y no le preocupaba la pérdida del libre albedrío consiguiente. Como dijo en un discurso a la Sociedad Spinoza, «los seres humanos no son libres en sus pensamientos, sentimientos y acciones, sino que están tan causalmente atados como las estrellas en su movimiento». 

En From Hell, Alan Moore nos regala la metáfora definitiva del universo parmenídeo. Si pudiéramos ver en su plenitud un universo cuatridimensional, contemplar a la vez todas las caras de la joya del tiempo, veríamos que la historia tiene una arquitectura. Sucesos que parecen aleatorios cuando se está inmerso en el flujo del tiempo se ven en realidad ligados si se observan desde fuera. La historia tiene ecos que se repiten, melodías, patrones que se armonizan en una construcción única y eterna, más allá del cambio, a salvo de la entropía. Una catedral. El universo es una catedral atemporal, intrincada y maravillosa. Y el único precio a pagar para entrar en ella es ir más allá del flujo del tiempo. ¿Muriendo? ¿Meditando? Quién sabe. En cualquier caso, nos vemos ahí cuando nos libremos de la tiranía temporal. No tengan prisa: tenemos todo el tiempo del mundo.


Sentir el tiempo

Georges Seurat – A Sunday on La Grande Jatte — 1884

Muchos conflictos se deben a que
confundimos la Eternidad con el Para siempre

(Joseph Campbell)

La cosificación ha sido uno de los efectos más relevantes de la modernidad. El fenómeno de convertir los procesos en cosas, como todos los asuntos relevantes, tiene una parte beneficiosa y otra perjudicial. Lo malo es que detiene muchos procesos de investigación porque enlata historias y procesos abiertos en etiquetas. Lo bueno es que desde el momento en que podemos convertir las ideas en cosas que ocupan espacio podemos también operar con ellas como con cualquier otro objeto.

Como aventura
solo queda arrimarnos
al horizonte

(Mario Benedetti)[1]

A la experimentación del tiempo le ocurrió esto mismo. Se espacializó con la aparición de historietas: en tiras o bandes dessinnées, y sobre todo con la aparición del cine. «Solo con la visión de la temporalidad extendida sobre una superficie plana como si fuera el juego del parchís, se le puede ocurrir a alguien que cabe la posibilidad, aunque sea fantástica, de desplazarse de una era a otra como si fuera una ficha que va de casilla en casilla»[2]. Ese momento se inaugura un recurso literario basado en los viajes en máquinas del tiempo y los paseos en los que el personaje se extravía y aparece en otra época.

El cine materializa la percepción del tiempo lineal, ya que mediante la narrativa fílmica es posible viajar o desplazarse sobre una cinta de celuloide al pasado o al futuro.

El tiempo subjetivamente experimentado era único, «un eterno presente que iba dejando atrás el material de la historia y al que le quedaba por delante un hipotético futuro»[3].

Desde el espejo
mis ojos no me miran

miran al tiempo

(Mario Benedetti)[4]

Ahora el tiempo pasado, presente y futuro ya no son periodos de experiencia de transformación sino puntos en un mapa. Con este fraccionamiento del tiempo se introduce la idea de realidades paralelas. Cada fracción de tiempo adquiere entidad propia y se convierte en punto de referencia para un desarrollo temporal con su propio pasado y futuro.

Esta es la historia de un niño que perdió un juguete:
con dos años lloró desesperadamente,
con cinco lo añoraba,
con doce se avergonzaba del recuerdo
con ochenta recordaba el juguete con ternura.

(Milton Erickson)

La posibilidad de que el tiempo sea revisitado en sus diferentes momentos rompe la estructura de la memoria en el que está inserto y lo sujeta a la posibilidad de cambios. Si alguien visita el pasado, su sola presencia cambia, de algún modo, las características de ese pasado. La persona se encuentra con su representante de sí mismo en aquella época y esa existencia paralela provoca cambios.

Quien vive como yo no muere: termina, se marchita, se desvegetaliza. El lugar donde estuve se queda sin estar él allí, la calle por donde andaba se queda sin ser él visto allí, la casa donde vivía es habitada por no-él.

(Fernando Pessoa)[5]

La disgregación del universo temporal rompe la unicidad de la conciencia del Yo, ya que introduce la múltiple perspectiva.

Es preciso avanzar en edad para conquistar la juventud, para liberarla de trabas, para vivir de acuerdo con su impulso inicial.

(Victor E. Michelet)[6]

Cuando pensamos en el futuro o en el pasado accedemos a una representación mental del tiempo y no a la experiencia del mismo. La calidad de esa representación depende de los matices sensoriales que la componen.

Si en el momento de recuperar un episodio vital accedemos a una imagen, podemos fijarnos en si nuestra memoria nos la presenta en color o en blanco y negro, si es brillante o mate, clara o borrosa. Si nos vemos a nosotros mismos en la imagen y por tanto, estamos disociados, o somos la cámara que enfoca la situación y en consecuencia estamos asociados. Si la imagen es grande o pequeña, o dónde está ubicada: delante de nosotros, a un lado o por encima de nosotros.

En cuanto a los sonidos podemos observar dónde está localizado el sonido, cuál es su timbre, tono, volumen, ritmo, cadencia…

Si esperamos un poco más es muy probable que se manifieste alguna sensación corporal que podemos explorar a tenor de su localización, forma, color, textura, peso, olor, sabor… [7]

la madrugada
pasa tan lentamente
que me apacigua

(Mario Benedetti)[8]

Ninguna de estas características es mejor ni peor que otra, solo codifica el tipo de emoción que sentimos al respecto. Es posible que si nos sentimos muy asociados al presente tengamos dificultad en programar el futuro. Por el contrario, si vivimos muy disociados del momento actual, con añoranza del pasado o anhelando excesivamente el futuro tendremos dificultades para disfrutar la vida del momento presente.

Uno de los efectos que acompañan a personas que atraviesan un conflicto existencial provocado por una larga enfermedad, o por cualquier incapacidad para remontar un episodio doloroso, es la dificultad para ver claramente el futuro. Cuando se les pregunta por él suelen hablar de sendas oscuras, caminos angostos, borrosos y negros, perspectivas nubladas… En estos casos, es de gran ayuda que la persona haga los cambios necesarios para sentir su futuro con los matices sensoriales que le resulten más agradables. A partir de ese momento, ese nuevo panorama tira de la persona hacia adelante y posibilita que se reorganice sus propios recursos para remontar la crisis y acceder a un futuro conocido y deseado. La vida primero es imaginada y después experimentada[9].

Seguramente por eso acudimos al teatro, al cine o a conciertos musicales, para que nos presenten mensajes que ya conocemos envueltos en escenarios sensoriales diferentes y quizá más próximos a nuestra idea de vitalidad y satisfacción.

Representar la línea del tiempo

El pasado se construye en función del presente,
Tanto como el presente es explorado por el pasado

(Milton Erickson[10])

Cada persona tiene su propio modo de experimentar lo que significa para ella el tiempo. Para averiguar el propio modo de codificar el tiempo le propongo que imagine la línea del tiempo de su vida y sitúe un punto en el que identifique el presente, otro para el pasado y otro para el futuro. Instálese en esa línea y vuelva a visitar otro tiempo. Este viaje imaginario modifica cada episodio visitado y amplía las opciones.

Ver el futuro desde el presente provoca muchas veces angustia. Cuando imaginamos qué puede ser de nosotros en el futuro y de algún modo, lo anticipamos, la ansiedad desciende. También, en el pasado, buscamos explicaciones de lo que nos ocurre en el presente.

El presente está invadido por pensamientos inconclusos del antes y el después, de modo que se halla tan diluido que es difícil experimentarlo.

El conocimiento es, por definición, la organización del pasado. Incluso cuando miramos hacia arriba y observamos la luz de las estrellas, no vemos el presente, sino la luz de un tiempo desaparecido. Lo que consideramos como el presente es, de hecho, el pasado y lo que percibimos como el futuro y de lo que escribimos en obras de fantasía y de ciencia ficción es, de hecho, el presente. Los poetas, artistas y escritores de ciencia ficción no son pronosticadores del futuro, sino reporteros sensibles de las implicaciones del presente.

(Irwin Thompson, W.)[11]

La línea del tiempo de nuestra vida es representativa de cómo estructuramos nuestra experiencia de forma lineal. Dadas las conexiones entre la cultura occidental y la geometría euclidiana podemos pensar que es el mejor modo de pensar el tiempo. La externalización de la percepción del tiempo nos proporciona la ventaja de movernos por el tiempo y espacio con una representación kinestésica plena de cuerpo entero a estados personales que de otro modo serían de difícil experimentación. Esta es la experiencia básica que logramos viendo una película y es también la base de nuestros cambios emocionales y experienciales.

También nos permite salirnos de la línea y experimentar una disociación inmediata de la experiencia y del «YO» que la experimentó. Ello nos posibilita andar literalmente alrededor de la experiencia y verla desde distintas perspectivas.

Improntas y huellas mnémicas

Siempre se vuelve
con los viejos amores
o con los nuevos

(Mario Benedetti)[12]

El mejor ejemplo de impronta nos lo proporciona la ya clásica investigación de Konrad Lorenz en la que él mismo se presenta ante los patos que acaban de romper el huevo para nacer y que lo siguen a todas partes porque consideran que es su madre. Este experimento nos habla de la fuerza de una primera impresión y de la huella neurológica que puede tener en el desarrollo futuro de los sujetos.

Consideramos una impronta como una experiencia significativa del pasado que marca un punto de memoria de arranque para una creencia o conjunto de creencias. Frecuentemente contiene un modelo inconsciente en el que están implicadas personas significativas.

En ocasiones hay respuestas problemáticas que tienden a repetirse y en las que se ha creado un patrón de respuesta cuyos síntomas parecen desencadenarse de forma casi automática. Situaciones vinculadas a incidentes en el nacimiento, abandonos temporales del niño, episodios o catástrofes familiares relatadas por parientes próximos. En definitiva, episodios que superaron la capacidad de respuesta de la persona en ese momento.

Cuando algo no ha sido resuelto en el pasado puede llegar a convertirse en una impronta. La expresión de un proceso de vitalidad interrumpido que tiende a repetirse hasta cerrar un círculo solución.

Ha pasado algún tiempo. El tiempo pasa y no deja nada. Lleva, arrastra muchas cosas consigo. El vacío, deja el vacío. Dejarse vaciar por el tiempo como se dejan vaciar los pequeños crustáceos y moluscos por el mar. El tiempo es como el mar. Nos va gastando hasta que somos transparentes. Nos da la transparencia para que el mundo pueda verse a través de nosotros o pueda oírse como oímos el sempiterno rumor del mar en la concavidad de una caracola. El mar, el tiempo, alrededores de lo que no podemos medir y nos contiene.

(Ángel Valente. Desde el otro costado)


[1] Mario Benedetti, 1999. Rincón de haikus. Pág. 139

[2]  Catalá, J. M. 1993. La violación de la mirada. Fundesco. Pág. 72.

[3] Catalá. Op. cit.: 73.

[4] Benedetti, Op. Cit. Pág.75

[5] Fernando Pessoa (1985): Libro del desasosiego. Barcelona: Seix Barral.

[6] En Gastón Bachelard (1993): La poética del espacio. Madrid: Fondo Cultura Económica. Pág. 64.

[7] Steve y Connirae Andreas: (1991) Cambia tu mente para cambiar tu vida.

[8] Benedetti. Op. Cit.: pág. 220.

[9] Bernardo Ortín, 2018. La vida es imaginada. Sevilla: Jot Down

[10] En Eines, J. (1994): La formación del actor. Madrid: Fundamentos.

[11] En Lovelock y otros, 1989: 168.

[12] Mario Benedetti. Op. Cit.: pág. 150.


El rugby español juega su tercer tiempo

Jot Down para Deutsche Bank

Ha habido que esperar a marzo de este año para ver en la selección española de rugby a 7 una gesta que se recordará durante años. Para calibrar su alcance basta oír el punto de inflexión del locutor que retransmite el encuentro. A su tranquilidad al decir que la lleva Pol Pla sigue un ronco grito de emoción, porque continúa su posesión, porque no le placan, porque sigue corriendo hacia el marcaje. Hasta que le estalla en la garganta ese «¡Sí! Spanish revolution!». Lo explica en la repetición, Pla ha marcado el mejor tiempo en la liga a 7, corriendo como un verdadero demonio, pasándola a su compañero instantes antes de que un adversario de los All Black le derribara. Y es que en ese oponente está la hazaña, en haber vencido en el último tanto al equipo neozelandés, leyenda del rugby mundial. No había vuelto a repetirse algo tan prometedor desde que en 1986, en el torneo australiano internacional, el equipo español arrasara con el inglés por un apabullante 24-6. La única razón de que haya vuelto a ocurrir es porque la magia del tercer tiempo del rugby ha vuelto a funcionar, una vez más.

El tercero es un tiempo que en realidad no existe, ni aparece en ningún reglamento de juego. Da igual si lo buscamos en el de la Rugby Union, la variante clásica con quince jugadores. O en el de la Rugby League, de trece, hoy muy popular por el empeño personal y la inversión millonaria de Rupert Murdoch. Ni siquiera está en el Seven a Side, cuyo reducido tiempo de juego —veinte minutos en lugar de ochenta— y su espectacularidad lo han convertido en uno de los favoritos del público. En el campo todo se reduce a dos rigurosos tiempos de juego. Pero quedarse ahí es limitarse a contemplar la punta visible del iceberg, olvidando la masa que flota bajo la superficie.

Y es que para ganar en un deporte de combate como este la brutalidad importa mucho menos que el espíritu del juego. En el rugby lo fundamental es conciliar los intereses, aficiones y querencias de quince tipos, o de trece, o de siete. Crear un colectivo humano consciente de que cuando pisa el campo tiene enfrente a los adversarios, y a su lado a sus hermanos. Esas son palabras que no se escogen al azar, como explicaría cualquiera de esas moles de músculo, que no suelen pesar menos de cien kilos, y que se dedican a jugar profesionalmente. Los buenos veteranos necesitan años de tercer tiempo para aprender que un jugador aislado no es nada, que una audaz iniciativa separada del equipo puede llevar a la derrota. Y que el oponente tiene mucho más en común contigo que cualquier otra persona de este mundo. Porque, para empezar, juega al rugby.

Así que no es de extrañar que los jugadores se dediquen con el mismo entusiasmo a los dos tiempos de partido que a invitar a beber a sus adversarios. Tan importante es sudar y correr en ese encuentro donde nadie suele retener el balón más de un minuto, como hacer que el otro equipo se sienta cálidamente acogido. Después de vencerle, a ser posible. Ese es el tercer tiempo, en cuyo desarrollo podemos encontrar muchas anécdotas divertidas regadas con vino y cerveza, pero también hitos que han marcado historias de países y personas. Hasta demostrar que el hermanamiento conseguido por este deporte supera con mucho a cualquier noble idea de competición. Tanto en la victoria como en la derrota.

Pocas frases lo resumen tan bien como la que dijo François Piennar, capitán de los Springbooks, y al que mucha más gente identifica con el nombre de Matt Damon, que lo interpretaba en la película Invictus. Su visionario presidente —el de Piennar, Nelson Mandela—, había llevado a cabo una locura, celebrar la liga mundial de rugby en Sudáfrica, país no admitido en ella hasta entonces debido al Apartheid. Pretendió además unir a su nación con el deporte favorito de los racistas afrikáners, ese cuyas derrotas él mismo celebraba en prisión. Así que cuando los Springbooks ganaron en su presencia, y Piennar se acercó al micrófono, lo que dijo fue: «No ganamos quince jugadores, ganamos cuarenta y cuatro millones de sudafricanos». Era el espíritu del rugby, y también era verdad. Después de ese partido descendientes de anglosajones, holandeses y negros celebraron en las calles la victoria, como una única nación. Mandela tuvo que invertir en ese tercer tiempo toda su vida, y veintisiete años de cárcel. Pero qué gloriosa victoria.

Épica también es la nota manuscrita que Nando Parrado comenzaba al borde de un río con estas palabras «Vengo de un avión que cayó en las montañas…». Junto a su amigo Roberto Canessa llevaba diez días descendiendo de los Andes, confiando en hacer saber que estaban vivos. Ellos dos, y los otros catorce supervivientes del vuelo 571, que aislados durante diez semanas entre los restos de un avión Boeing, y sobre una cumbre helada, tuvieron que practicar el canibalismo en los cuerpos de sus compañeros muertos para sobrevivir. Viajaban como equipo de rugby, y en esa camaradería nutrida de un tercer tiempo encontraron la determinación y la épica necesaria para sobrevivir. Y para sobreponerse a lo ocurrido el resto de sus vidas, como así hicieron. Sin su espíritu de equipo tal cosa no les hubiera sido posible.

Estos dos ejemplos extremos nacen de algo que todos los jugadores veteranos definen como los momentos más divertidos de su carrera deportiva, los posteriores al partido. Son un elemento de socialización al que acuden no solo los que están en activo, sino los retirados, directivos del club, y todo aquel que se sienta identificado con los valores del rugby. Se trata de socializar, de contar anécdotas, revivir rivalidades, y de beber. De beber como solo puede hacerlo, siempre en teoría, alguien dotado de un espectacular desarrollo muscular como el que exige este deporte. Se lleva tan a gala que la selección francesa estuvo a punto de plantarse ante las autoridades de su país negándose a acudir al banquete organizado para su tercer tiempo. El segundo línea, Jean-François Imbernom, había contado las botellas de vino, llegando a la conclusión de que solo había dos por comensal. Una ridícula cifra, de vergüenza en un país famoso por su actividad vinícola. En las naciones cerveceras ocurre lo mismo, y por supuesto los británicos continúan en cabeza. El capitán Mike Tindall se jactó de haberse tragado cincuenta latas de cerveza después de ganar el Mundial de Australia en 2001, una detrás de otra y sin parar, en el vuelo de vuelta.

Pero las vivencias del tercer tiempo no son exclusivamente extranjeras. Albert Turró, que antes de ser periodista en La Vanguardia perseguía balones en forma de melón, habla de campesinos franceses que ponían, a finales de los sesenta, el mismo interés en patearles el hígado que en hacerles beber, luego, ingentes cantidades de vino de Rivesaltes. O de cómo el padre Bernes, cura francés responsable del club de rugby de Valladolid, uno de los pioneros, prometía a sus chicos una generosa cantidad de botellas de champán —era cava, claro—, si ganaban. Aunque quizá lo más llamativo fueran esos viajes a Perpignan de los jóvenes jugadores españoles de rugby. Y no para ver películas de destape, como El último tango en París, tal como hacían sus contemporáneos, sino para reunirse en bares donde dieran el torneo de las Cinco Naciones. Porque en aquel tiempo La 1, única cadena de televisión en el país, de rugby no emitía nada. Son tiempos y vivencias compartidos, que indican lo mucho que minutos, días y años pueden llegar a transformar a un jugador de rugby en el aprendizaje de la hermandad con sus compañeros.

Aunque felizmente, en el rugby español ya no hay que remontarse tan atrás. También en el reciente España-Bélgica jugado en marzo la selección de rugby a 15 nos dio un ejemplo de doble victoria. Ante la rotura de tibia del belga Mazime Ghion ambos equipos abandonaron su el juego para atenderle, solicitar ayuda, y luego formar un pasillo de homenaje mientras se lo llevaban en camilla. Como ellos, el público, puesto en pie, aplaudía y vitoreaba ese rasgo de deportividad capaz de poner los pelos como escarpias. Y es que la XV del León acababa de ganar por 47-9, en un triunfo compartido con los adversarios y con los espectadores, tal y como ordenan las reglas no escritas del rugby. Un triunfo doble.

Claro que este tiempo extendido no está exento de polémica, y hay hasta quien dice que ya no existe. Durante cien años este deporte fue estrictamente amateur, y como tal lo defendieron sus ligas, para que en el campo de juego no se disputara otra cosa que el honor. El pasillo al adversario, que vimos en la Copa Europea hecho por leones y belgas, era obligado. Lo mismo que las cervezas y la comida posterior. Al fin y al cabo hablamos de hombres y mujeres que compaginaban sus trabajos con un deporte al que amaban. Qué menos que esa satisfacción posterior expresión del espíritu caballeroso y deportivo del rugby. Pero desde 1995 los profesionales han comenzado a vivir de esto, y algunos, como los neozelandeses, cobrando casi tanto como un futbolista, por lo que sus clubes y entrenadores han ido eliminando la celebración del tercer tiempo. Hartarse de comer y beber no es, claro, lo más indicado para un deportista de élite si quiere seguir desempeñándose a tope. Pero como resulta inconcebible que las experiencias de ese encuentro posterior no sean obligatorias, se han buscado otras fórmulas.

Y no hay una norma escrita para resolverlo, como no las hay para los árbitros. Prima el sentido común, y por encima de ello, el mandato obligatorio de reunirse para hablar de lo que más les une. La práctica del rugby. La amistad fuera del campo. La estrecha camaradería que en este deporte, y en cualquier actividad colectiva en la vida, es el único modo de lograr un gran resultado. Pero incluso si al final no se obtiene la victoria lo que queda son vivencias inolvidables, y amistades que por encima del tiempo perduran indefinidamente. Así está ocurriendo, ahora, en las selecciones masculinas y femeninas de la federación española de rugby, en las XV, las 7 y las sub. De las que apenas hemos comenzado a disfrutar lo que en los próximos minutos, días y años pueden llegar a hacernos vivir.


Tiempo y líneas de tren

Estación de tren, 1949. Fotografía: Stanley Kubrick / Library of Congress.

En las ciudades antiguas de casi cualquier lugar de Europa, sea Nápoles, Edimburgo, Barcelona o Atenas, existe una regularidad curiosa. Si miráis el casco histórico de cada una de estas urbes en un mapa, la zona contenida dentro de las murallas, veréis que la distancia de un extremo a otro del viejo núcleo urbano es casi siempre ligeramente inferior a los dos kilómetros. Esta distancia tiende a ser un poco más corta en ciudades con cuestas empinadas, y algo mayor en ciudades que fueran excepcionalmente prósperas en algún momento de su historia, pero su regularidad es notable.

La cifra, huelga decirlo, no es arbitraria. Una persona a pie puede cubrir una distancia de dos kilómetros en aproximadamente media hora. En ciudades de dos kilómetros de diámetro, esto quiere decir que cualquier tienda, lugar de trabajo o de ocio está a una hora de distancia, ida y vuelta, una cantidad de tiempo razonable para cualquier peatón. Los ingenieros romanos, al fundar nuevas ciudades, tenían esto en cuenta; los cardo y decumanus (las dos calles principales, en cruz, en las urbes romanas) oscilaban siempre entre los mil quinientos y los dos mil metros. El tamaño de las ciudades se mantuvo así, sin apenas cambios, hasta la Revolución Industrial y la era del ferrocarril.

A partir del siglo XIX, cuando el ferrocarril y la máquina de vapor finalmente permiten mover pasajeros a velocidades mayores que caminar a un coste aceptable (ir a caballo siempre ha sido muy caro, me temo), las ciudades empiezan a crecer tanto en población como en superficie. Primero en Reino Unido, después en el resto del continente, las ciudades derriban sus murallas y se expanden por el territorio. Londres pasa de medir algo menos de cuatro kilómetros de largo de punta a punta  en 1806 (de Charing Cross a los muelles; ya entonces era una ciudad excepcionalmente rica) a más de diez en 1868. Al mismo tiempo, los municipios de alrededor de la ciudad también crecen rápidamente, según llegan las líneas de ferrocarril que conectan con la ciudad. Barcelona derribó sus murallas en 1860, apenas una década después de la llegada de las primeras líneas de ferrocarril. El límite de tamaño de la ciudad para peatones ha desaparecido; la ciudad necesita crecer.

El desarrollo del transporte urbano cambia muchas cosas, pero hay algunas que siguen invariables. Aunque el tamaño de las ciudades industriales ya no está dictado por la distancia que puede cubrir un peatón, sus habitantes siguen teniendo las mismas veinticuatro horas para trabajar, dormir, comer y estar con la familia. El ferrocarril, metro o tranvía les permiten cubrir muchísima más distancia sin cansarse, pero no les alargan el día mágicamente. Cuando buscan trabajo, van a comprar, llevan los niños al colegio o se van a pasear por el parque tienen las mismas horas que distribuir que antes.

Lo que vemos, curiosamente, es que el ciudadano medio siempre parece dedicar más o menos una hora al día para ir y volver del trabajo. En una ciudad industrial ese lugar de trabajo puede estar bastante más lejos, gracias a los milagros de la tecnología, pero el tiempo que se pasa viajando sea en metro, sea en autobús, sea en coche, sea en bicicleta, siempre tiende a rondar media hora. Aquellos que dedican más tiempo a esta parte de su rutina son consistentemente más infelices, engordan más y se divorcian más a menudo (no, no es broma). Hay algo natural, una regularidad clásica en la media hora para ir al trabajo; los analistas del transporte hablan de ello como «la constante de Marchetti», en honor al físico italiano que popularizó la idea, siguiendo los estudios de Yacov Zahavi, un ingeniero israelí.

En general, las ciudades muy grandes (París, Nueva York, Londres) tienen de media tiempos para ir al trabajo mayores que la constante de Marchetti, que en parte se compensan con salarios más elevados y gente de muy mal humor en el metro. En ciudades muy grandes y relativamente pobres (Nueva Delhi, Nairobi), también vemos tiempos de viaje mayores, ya que las infraestructuras no han podido cubrir la demanda. En el resto, sin embargo, los sesenta minutos si parece ser una constante.

La hora de viaje, además, es una cifra que parece repetirse dentro de un área metropolitana independientemente del medio de transporte utilizado. Si el trayecto medio de un conmuter en Boston es una hora, esa cifra será la misma utilice el medio de transporte que utilice. Si un madrileño tarda aproximadamente treinta y un minutos en llegar al trabajo, tardará lo mismo sea a pie (algo que hacen aproximadamente un 20% de madrileños), en coche (sobre un 40%) o en transporte público (el 40% restante, más o menos). Un barcelonés dedicará mientras tanto sobre unos veintisiete minutillos, aunque es más probable que camine (24%) o coja el metro o autobús (43%) que alguien de la capital. Obviamente, el peatón en estos casos no estará desplazándose demasiado lejos, pero el presupuesto temporal asignado parece ser el mismo siempre, solo variando la distancia.

Estas dos constantes (tiempo de viaje total, regularidad entre medios de transporte) tiene algunas implicaciones curiosas al hablar de políticas de movilidad urbana. Primero, uno de los efectos positivos de una red de transportes eficiente es que los trabajadores tienen más acceso a oportunidades en una área geográfica más grande, y las empresas pueden reclutar entre un grupo de currelas mayor. Esto permite que por un lado menos gente se quede sin empleo porque el único negocio con vacantes está en el otro lado de la ciudad, y también facilita que los trabajadores encuentren puestos donde pueden ser más productivos. Descongestionar una ciudad, facilitando mayor movilidad en el área metropolitana, tiene efectos económicos muy positivos.

Segundo, al crear una red de transporte público es importante fijarse menos en el ahorro de tiempo derivado de una nueva infraestructura y más en la accesibilidad de la red. Si construimos nuevas líneas de tren o autopistas que permiten desplazarse más rápidamente desde la periferia al centro o dentro de las ciudades, lo que habitualmente conseguiremos es que los trabajadores vivan más lejos de su lugar trabajo, no gente durmiendo más horas y pasando más rato con la familia.

Esto quiere decir que el retorno de inversión de dar servicio de cercanías o metro a un barrio pobre con transporte público deficiente es mucho mayor que el de hacer llegar una línea de metro ligero o cercanías a un suburbio donde la gente coge el coche para ir a trabajar. En el primer caso, el «radio de treinta minutos de viaje» de los habitantes del barrio aumentará dramáticamente; en el segundo, el cercanías solo producirá una mejora marginal, y solo si las carreteras están muy congestionadas.

Lo que nos lleva al tercer punto, la congestión. En España, los trenes de cercanías, metros y autobuses urbanos están fuertemente subvencionados. Las redes de cercanías tanto de Madrid como de Barcelona solo cubren sobre un 40% del coste operativo con el coste de los billetes. Esta no es una cifra en absoluto inusual; fuera de las ultradensas ciudades asiáticas (Hong Kong, Osaka, Tokio), los impuestos pagan una parte importante del servicio en casi todas partes. Esto, a primera vista, podría parecer una despilfarro, pero el transporte público en una gran ciudad tiene efectos positivos que van mucho más allá de sus usuarios.

Miremos, por ejemplo, el caso de Madrid. La red de cercanías de la capital mueve cada día a 900.000 viajeros. En hora punta los túneles de Sol y Recoletos mueven veinte trenes por sentido, llevando cada uno entre 800 y 900 viajeros, es decir, cerca de 70.000 viajeros cada hora. Para poner esta cifra en contexto, podemos comparar con lo que necesitaríamos para mover el mismo volumen de tráfico utilizando vehículos privados. En condiciones ideales (velocidades un poco por debajo de 100 km/h, sin parones), una autopista/autovía puede mover unos 1900 turismos por carril cada hora. Esto quiere decir que una autopista de tres carriles por sentido puede mover unos 11.400 coches sin atascos. Asumiendo 1,2 viajeros por coche (la media habitual en grandes ciudades en hora punta), hablamos de una infraestructura que puede mover menos de 14.000 personas cada hora, o una quinta parte de lo que están moviendo los cercanías en Madrid.

Dicho en otras palabras: si quisiéramos ofrecer la misma capacidad de transporte que los túneles ferroviarios urbanos que cruzan la ciudad para transporte privado, necesitaríamos construir cinco autopistas de seis carriles de punta a punta de la ciudad. Y eso antes de ni siquiera imaginar dónde aparcaríamos la marabunta de coches que traerían consigo.

La cosa va más allá. Una de las características más irritantes de carreteras y autopistas es que el nivel de congestión no aumenta de forma lineal. Una autovía puede tener tráfico fluido cuando lleva 12.000 coches/hora, pero una vez alcanza su «límite» de capacidad la velocidad de circulación disminuye de forma catastrófica. En general, la constante de Marchetti hace que la mayoría de autopistas se queden cerca de la saturación, pero sin alcanzar el colapso, ya que los conductores a la larga autorregulan su nivel de uso. De fondo, lo que vemos también es que cada coche que un tren de cercanías saca de la red de carreteras está a su vez mejorando el tiempo de viaje del resto de conductores mucho más de lo que parece.

Si miramos más allá de la congestión, el ferrocarril tiene otras ventajas importantes. El tren es mucho menos contaminante que el coche; en Madrid los trenes de cercanías están completamente electrificados, y sus emisiones son una fracción de lo que sería el mismo volumen de viajes en coche. El ferrocarril tiene también la ventaja de requerir mucho menos espacio en infraestructuras, ser menos ruidoso y (por qué no decirlo) más bonito.

Los ferrocarriles, sin embargo, sí tienen un inconveniente importante: para ser realmente eficaces, las ciudades deben estar construídas con ellos en mente. Una vía doble electrificada puede llevar el doble de viajeros que una autopista sin demasiados problemas, pero para sacar provecho de esta gigantesca capacidad de transporte alguien debe vivir y trabajar cerca de ella. Los trenes de cercanías son muy agradables y ecológicos, pero si van vacíos realmente no sirven de gran cosa. Al planificar una red de transporte metropolitano, por tanto, políticos y urbanistas deben asegurarse de que el uso del suelo se adapte a las infraestructuras.

Esto quiere decir densidad, por encima de todo. Vivir cerca de una estación de cercanías es algo deseable; las viviendas que tienen buen acceso a transporte público son más caras por este motivo. Es, de nuevo, un ejemplo de beneficios del ferrocarril que no son capturados en el precio del billete, sino por los tipos que tienen una casa pareada cerca una estación. Esta tendencia tan madrileña de construir estaciones de metro o cercanías rodeadas de viviendas unifamiliares o bloques de dos o tres plantas quizás sirva para crear barrios bucólicos, pero no hace más que desperdigar la población sin sentido mientras se infrautilizan las redes de transporte existentes. Cuanto más lejos tengan que mudarse los residentes, mayores serán los tiempos de viaje, y menor su acceso a los lugares de trabajo. El efecto beneficioso del transporte público se diluirá enormemente.

Uno de los motivos por los que los transportes públicos en lugares como Hong Kong u Osaka cubren costes es precisamente porque se toman la densidad en serio, y tienen una estructura institucional que hace que los beneficios del la existencia de una línea de tren favorezcan un uso intensivo de esta. ¿Cómo? Simplemente, la compañía de ferrocarriles es propietaria de los terrenos alrededor de las estaciones. En Hong Kong, la MTR ha construido oficinas, centros comerciales y rascacielos al lado de sus estaciones, porque sabe que sus inquilinos son los que llenaran los trenes. Aunque el modelo parece difícil de replicar en España, en realidad es algo que ADIF ha explotado en muchos lugares; las grandes estaciones de muchas ciudades españolas son centros comerciales extraordinariamente rentables por este motivo. Muchos de los mal llamados «pelotazos urbanísticos» recalificando suelo alrededor de estaciones como Sagrera o Chamartín son, en la práctica, ejemplos de libro de cómo racionalizar el uso del suelo.

Las ciudades son organismos complejos, casi inabarcables. En sus calles, vías y aceras cada día se producen millones de desplazamientos, el motor de su vitalidad. Cómo se mueven sus habitantes, la geografía de su rutina diaria, está determinado por una combinación de constantes, costumbres y decisiones sobre infraestructuras, urbanismo y vivienda que pueden haber sido tomadas hace casi cien años. Entender cómo estos cambios, planes, políticas y pequeños agravios afectan a una gran ciudad es crucial para hacer que esta funcione, y hacer también que la vida de sus habitantes sea un poco más agradable.