Mariano Antolín Rato: «La contracultura española fue en realidad una imitación de la extranjera»

Fotografía: Lupe de la Vallina

La publicación en 1973 de la novela Cuando 900 mil Mach aprox convirtió a Mariano Antolín Rato (Gijón, 1943) en el primer escritor underground de este país. Descrita por su amigo Eduardo Haro Ibars como «la mejor representación literaria que he leído de un viaje en ácido», la obra se alzó con el Premio de la Nueva Crítica, galardón hasta entonces otorgado a Jorge Luis Borges y Juan Benet.

Todo apuntaba a que nuestra narrativa iba por fin a abrazar ciertos aires de cambio, aires surgidos de una forma de vida que, por más que sorprenda, existió en España durante el franquismo tardío, y de la que Antolín Rato participó muy activamente, también de la mano de su entonces inseparable compañero Antonio Escohotado, ambos pioneros en el consumo de drogas alucinógenas.

Si Escohotado ha sido nuestro Timothy Leary, desarrollando a partir de sus experiencias lisérgicas todo un entramado teórico-filosófico, Antolín Rato tomó el camino de Ken Kesey, al transformar en material literario todas sus vivencias, estancias incluidas en el hospital psiquiátrico penitenciario.

A Antolín Rato le debemos también el haber sido traductor pionero de la obra de los principales autores de la generación beat, así como de tantos otros escritores asociados a la contracultura, que comenzaron a ver la luz en España a lo largo de la década de 1970 en editoriales tan atrevidas como Azanca, Júcar o Anagrama.

En su día fue el más moderno de la clase. Hoy, incluso habiendo recibido el Premio Nacional a la Obra de un Traductor, continúa siendo uno de los pocos raros auténticos de nuestras letras.

Se acaban de cumplir cincuenta años del Mayo del 68, un periodo que tú viviste intensamente. ¿Qué había que celebrar?

Por regla general no soy nada partidario de las celebraciones de ningún tipo y para colmo 1968 no me gustó nada, porque, como decía aquella famosa canción cubana que me pone los pelos de punta, fue cuando «se acabó la diversión».

El 68 supuso la politización extrema de ciertas actitudes. Daba como miedo expresar opiniones que se apartaran de ese «la tierra será un paraíso» que proclamaba «La Internacional». En los años previos claro que la música y el modo de vivir de ciertas personas expresaban la rebeldía y la resistencia a lo que había, pero no por ello se exigía militar en un partido maoísta o similar. Por más que yo participara indirectamente de los acontecimientos, como todo joven que vivió aquellos años, lo cierto es que nunca lo hice con demasiado entusiasmo. Y eso que algunos de los eslóganes difundidos, hoy ya tópicos, me siguen pareciendo muy logrados.

Pero ¿erais conscientes de lo que estaba pasando?

Lo que estaba pasando ya había pasado en realidad antes, al menos en mi caso. El 68 viene de algún modo a integrarse en una serie de acontecimientos que unos cuantos estábamos ya viviendo. Uno de ellos fue la llegada del LSD, que probé por primera vez en 1966. Cuando el 68 llegó vendiéndonos the other side en versión política, a mí eso ya me venía dado. Por otro lado, en España lo más estrictamente sesentayochista que pasó fue cuando tiraron aquel crucifijo por una ventana de la Facultad de Filosofía y Letras, en Madrid. Así estaban las cosas.

María Calonje, con la que llevo viviendo medio siglo por lo menos, sí estaba en París cuando los événements de Mayo del 68, porque entonces trabajaba en una empresa francesa. Aquello le pareció emocionante, claro, pero siempre dice, con no poca sorna, que recuerda perfectamente a la famosa pareja besándose en una barricada con la bandera roja detrás, aunque no sabe si es porque lo vivió en persona o por las veces que circuló luego aquella fotografía. Según recuerda, puede que aquella fuera, probablemente, una de las pocas veces en las que apareció públicamente una mujer durante aquellos días de revueltas.

Sin duda aquel periodo tan convulso ha llegado a nuestros días envuelto en una estética pop muy atractiva.

Estoy convencido de que en California se lo pasaron muy bien en 1967, pero si las hippies no hubieran sido tan guapas no creo que aquel movimiento se hubiera publicitado tanto. Me acuerdo de que estando en Londres fui a ver una película británica en la que trataban de imitar todo este ambiente contracultural californiano y, la verdad, solo la diferencia del color de piel… [risas].

Aun así, te digo que cuando estuve en San Francisco, a principios de los ochenta, lo primero que hice nada más llegar fue coger un taxi e ir a Haight-Ashbury. Iba con Eduardo Chamorro. Aquello era ya totalmente distinto, pero después bajé hasta el puerto, recorrí la zona y, aunque ya no quedaba nada de lo de antaño, sí que me dio la impresión de que la ciudad tenía algo especial. La gente allí era muy amable, la verdad, y no creo que fuera solo por la marihuana.

Recuerdo que estando en el hotel se me acabó el papel de fumar. Como quería hacerme un canuto salí a la calle y fui al estanco, bueno, más bien era una tienda tipo 7-Eleven que había enfrente, y al entrar estaba aquello lleno de policías tomando cervezas. ¿Qué quieres que te diga? La policía es mi enemiga. Si la tengo cerca, todavía ahora, me entra la paranoia. No puedo evitarlo. Así que dudé. Compré primero un paquete de tabaco, para disimular, pero al final ya me lancé y pedí papel de fumar. Y, lógicamente, nadie me prestó la más mínima atención. Los de la pasma estaban allí tan tranquilos tomando sus cervezas, me imagino que porque habrían acabado el servicio, y veías eso, que en la calle la gente se trataba de otra forma. Había sin duda un ambiente curioso, relajado, easy.

Ahora parece que esté de moda desmitificar los años sesenta, incluso desde dentro. La escritora Jenny Diski, por ejemplo, se culpaba de no haber pensado más en el futuro, de haber sido en el fondo muy individualista. ¿Tienes la misma percepción?

Me viene a la cabeza una frase muy acertada de Tony Judt, que era más o menos de mi edad, en la que decía que en los sesenta la de Occidente fue una generación afortunada, porque no cambiamos el mundo sino que el mundo cambió para nosotros. Dedicamos nuestras energías a hablar de lo que no funcionaba y de cómo mejorarlo. Quizá hayamos sido una generación revolucionaria, pero, desgraciadamente, nos perdimos la revolución.

En mi opinión, la única rebeldía que ha quedado de aquella época es el feminismo. Ya sé que antes estuvieron las sufragistas y tal, pero en los sesenta el feminismo fue uno de los movimientos más importantes y populares. Tengo muchas amigas con las que me encanta estar y hablar, y puedo ver que en ellas se ha mantenido esa rebeldía. Lo estamos además viendo últimamente con campañas como la del #MeToo. Las mujeres siempre han estado luchando para que haya un cambio, y su espíritu hoy es muy similar al de antes.

Sin embargo, de la cultura de la droga, por ejemplo, no queda casi nada. Es más, si tú lees las informaciones oficiales que se siguen dando al respecto, parecen escritas en los años cincuenta. Te diría incluso que en estos asuntos se ha dado un paso atrás.

Probablemente sea cierto eso que dice Diski, pero date cuenta de que en España fuimos cuatro gatos los que nos movimos en esos ambientes. El resto siguió estudiando sus oposiciones, hasta el punto de que muchos de los progres de entonces acabaron en el Gobierno, de ministros y mandando mucho. Hay otra cosa, además: la mayoría de los políticos y jueces que ahora se niegan a legalizar las drogas sacaron las oposiciones tomando anfetas. Quiero decir, que ellos sí podrían haber hecho algo para cambiar las cosas.

Tampoco sé hasta qué punto se puede criticar a nuestra generación por no pensar en el futuro, cuando el presente que teníamos estaba representado por Nixon allí y por Franco aquí. En este sentido, hay que ser conscientes de que nuestra realidad era la que era. Lo único que uno podía reclamar entonces eran las más básicas libertades civiles. Que cuando fueras a coger un taxi no te echaran por tener el pelo largo, como me pasó a mí más de una vez. Teníamos también a la Brigada de Estupefacientes todo el rato detrás, lo que era una paranoia constante porque a veces te mandaban a casa policías disfrazados de hippies. Así que lo único en lo que yo pensaba era en verdad en irme de España. En cuanto conseguía reunir algo de dinero, salía corriendo.

Por otro lado, la cultura en la que me movía no era la española. Los periodistas a veces se extrañan porque creen que todo el mundo sabe de todo lo que pasó en su momento, pero hay cosas de la cultura española de las que no tengo ni la más remota idea. Por más que se vendieran trescientos mil discos o los que fueran de Manolo Escobar, para mí ese hombre no existía. Mi mundo se movía en otras coordenadas. A mí me gustaba la Incredible String Band, así que me iba a Ámsterdam a buscar sus discos. O a ver tocar en directo a John Coltrane, como hice una vez. Luego, estando en España trataba con gente que estaba en mi onda, con la que intercambiaba discos, libros y revistas, y cada uno vivía en su mundo. Un mundo muy acosado, no te digo que no, porque al final acabábamos todos, más o menos tiempo, metidos en la cárcel.

¿Tú también?

Sí, una vez, por consumo de drogas. Me aplicaron la Ley de Peligrosidad Social, hasta hacía poco llamada Ley de Vagos y Maleantes. En realidad no me metieron en la cárcel, sino en lo que se llamaba Hospital Psiquiátrico Penitenciario, que era un edificio anexo a la cárcel de Carabanchel. Allí coincidí con muchos conocidos, como Iván Zulueta o Rafa Aracil, un buen guitarrista de blues que tocó primero en Los Estudiantes y luego, para ganarse la vida, con Juan y Junior, y que me dijo nada más verme entrar: «Aquí se está estupendo, Mariano. Aquí ya no se tiene paranoia» [risas]. Claro, ¡si ya te había caído toda la paranoia encima, qué más iba a haber! Pero era verdad, a mí siempre me pareció que estar allí dentro no era muy distinto a estar en la calle, siempre y cuando tuvieras algo de pasta, claro.

Mi estancia en el hospital psiquiátrico fue cómoda, porque no hacía vida carcelaria. Me dejaban estar en la celda, y allí leía y traducía, y encima después los conocidos nos reuníamos para merendar. El jefe de galería era un practicante al que habían cogido realizando abortos clandestinos. Aunque estaba también preso podía salir del hospital, así que le di la dirección de María Calonje y ella le pasó unos Playboy. Y el tío se forró vendiendo las páginas sueltas dentro de la cárcel. Con algunos de los detenidos me enrollé luego mucho. Tengo cuadernos de notas con lo que hablé con ellos, y algunas de esas notas las utilicé en novelas. Había un sujeto del País Vasco que se había prendido fuego y se había tirado contra Franco en un frontón. El rey del psiquiátrico, por otro lado, era un atracador francés al que le habían pegado unos tiros y estaba allí curándose. Era un tipo muy guapete, con dinero, así que tenía a todo el mundo a su alrededor, porque la mayoría eran unos pobres miserables.

María Calonje se acuerda siempre de la vez que fue al hospital a verme con su padre, y yo aparecí con unos pantalones color rosa que me habían prestado porque me encerraron con lo puesto, no tenía más ropa. Recuerdo que estando ante el juez, que se llamaba Carnicero Espino, este me dijo, como dando a entender que iba drogado y por tanto tenía que encerrarme: «Le están a usted temblando las manos». Y le dije: «Normal. Si está usted decidiendo si voy a la cárcel o no».

¿Cuánto tiempo estuviste allí dentro?

Me condenaron a cuatro meses, pero justo antes de que me encerraran pude contactar con Rafael Llopis, un médico al que había conocido unos meses antes de una forma muy curiosa y que era amigo del director del hospital. Él consiguió que me rebajaran la pena a dos meses.

A Llopis lo conocí hacia 1972 a raíz de publicar junto a Alfredo Embid un libro llamado Introducción al budismo zen. Cuando se escribió aquel libro estaba yo con hepatitis en la cama, como consecuencia de pincharme, así que mi parte se la tuve que ir dictando a Alfredo. Cuando se lo presentamos a la editorial, como no tenían ni idea de lo que era el budismo zen, le pasaron el texto a Llopis para que diera su visto bueno. Llopis en realidad era especialista en literatura de terror. Fue de hecho quien introdujo a Lovecraft en España. No sé por qué le pasaron a él nuestro texto. Debieron pensar que el zen tenía ver con aquellas cuestiones [risas]. Hace ya muchos años que no veo a Llopis. Me imagino que estará ya jubilado, así que no creo que le importe que cuente esto: a mi salida, como nos hicimos amigos, estuvimos los dos tomando, durante varios años, Delysid de Sandoz, que era ácido purísimo que él tenía por cuestiones médicas. Todavía conservo el prospecto original. Lo tengo enmarcado y todo.

¿Tiene algo que ver tu interés por el budismo zen con tus experiencias lisérgicas?

Mi interés por el budismo nace de una cuestión estética. A mí me ha gustado siempre mucho todo lo relacionado con la literatura y el arte del Japón. Estuve, de hecho, tres años estudiando japonés. También practico la meditación zen, aunque no tanto como quisiera. Luego es cierto que traduje para mí y para mis amigos El libro tibetano de los muertos de Timothy Leary, adaptado para los viajes de ácido, y ahí sí se unieron ambos mundos.

¿De dónde nace entonces todo este interés tuyo por la filosofía trascendental? Me consta que eres un gran lector.

 

Mi interés por la filosofía se lo debo claramente a Gustavo Bueno, que fue una persona decisiva en mi formación, no ya solo en cuestiones académicas sino a nivel personal. Más tarde, por razones diversas, mantuvo posturas que nunca compartí. Cuando cumplió noventa años se le hizo un libro de homenaje y me pidieron que le dedicara un texto y ahí ya hablé de todo esto, incluso de aquello con lo que no estaba en absoluto de acuerdo. Pero, vamos, ha sido una figura fundamental en mi vida.

Lo conocí en Oviedo, donde estudié los dos primeros cursos de Filosofía y Letras y él era catedrático de Filosofía. De Gijón, donde nací y me crie, supe pronto que me tenía que ir, porque un día me metí en una manifestación, no recuerdo muy bien a favor de qué era, creo que de los kurdos, pues en Gijón siempre se protestaba por todo, y en un momento dado se me acercó una señora y me dijo: «¡Si te viera tu abuelo!» [risas]. Mi abuelo era un mandamás franquista, todo un prohombre en Gijón. Me llevaba muy bien con él, ¿eh? Mi primera máquina de escribir me la regaló él cuando cumplí los catorce. Pero en aquel momento me di cuenta de que no podía seguir viviendo en Gijón, porque allí nos conocíamos todos y así no había forma de poder hacer nada.

Desde el primer momento, nada más llegar a Oviedo, don Gustavo, al que siempre llamé así aunque nos tuteáramos, me prestó una gran atención. Yo solo había leído tres novelas, seis tebeos y visto cuatro obras de teatro, como quien dice, y él me enseñó todo tipo de libros. Le gustaba mucho Samuel Beckett, y por aquel entonces dirigí algunas obras de teatro, fui actor incluso. Con él estudié también lógica matemática y a los positivistas. También a Heidegger, que no tenía nada que ver con sus intereses. A Heidegger lo sigo leyendo de hecho periódicamente, porque me lleva a espacios mentales tan insospechados como a los que me hace despegar cierta poesía.

Por culpa de don Gustavo empecé también a estudiar la especialidad de Filosofía Pura, que la recuerdo en verdad con horror, porque los profesores eran malísimos. Muchos eran tomistas, otros medio curas. No había forma de razonar con ellos. Lo único bueno que tuvo escoger Filosofía Pura es que me permitió irme a Madrid a estudiar, porque Oviedo se me agotó muy pronto. Allí, con dieciocho años, me hicieron jefe de la sección de cultura del SEU, así que fui el encargado de organizar muchos de los eventos culturales de la ciudad. Y llegó un momento en que aquello no dio más de sí.

¿Qué ocurrió en Radio Asturias en 1963?

En Radio Asturias hacíamos un programa que se llamaba Fenestra Universitaria. Era un programa de humor. Se daban noticias serias pero en plan de broma, con mucho más cuidado que el que se tiene ahora, claro, porque tampoco se podía uno salir del tiesto. También se ponía mucha música. Juan Cueto era quien lo llevaba. Yo solo colaboraba a veces, porque en verdad no era muy fan del formato. El humor que practicaban era un poco chusco, como de colegio mayor, las cosas como son. El caso es que un día entraron en la radio unos falangistas, pistola en mano, al grito de «¡Los del 36 somos los del 63!», pensando que nos iban a pillar allí a todos, pero el programa se emitía grabado, así que solo se encontraron con el técnico que ponía la cinta. Por lo visto le dijeron que pusiera el «Cara al Sol», pero como no lo tenía se decidieron ellos a cantarla por el micrófono. Yo estaba en mi casa escuchando el programa, y cuando oí lo que estaba pasando salí corriendo y me fui para la emisora, en un arrebato un poco idiota, la verdad, porque me podían haber pegado un tiro, no sé. Para cuando llegué ya se habían ido a la cafetería de enfrente. Los vi allí, celebrándolo, muy contentos. ¡Ya ves tú lo que habían hecho! [risas].

Al poco de llegar a Madrid entras en contacto con Antonio Escohotado y con Eduardo Haro Ibars, dos personas muy importantes en tu biografía.

Sí, pero cada uno pertenecía a un grupo distinto. A Madrid me fui con José Avello, un amigo al que conocía desde el colegio y que llegó a publicar un par de buenas novelas. Murió, el pobre, el año pasado. En Oviedo estuvimos viviendo juntos en pensiones, pero en Madrid, a través de Kiko Cortina, un amigo ingeniero algo mayor que nosotros, nos salió a los dos un trabajo por las tardes en la editorial Salvat, y como teníamos dinero pudimos alquilar un piso en la calle Sancho Dávila por el que pasaba todo el que quería. En aquel piso ocurrió de todo. Había que hacer turno para usar las camas, sin distinción de género. Tuvimos incluso ladillas [risas]. Fue allí donde empecé a fumar marihuana y donde conocí un día a Eduardo Haro, que terminó siendo, en efecto, muy amigo mío.

En aquel piso organizamos también unos seminarios filosóficos que llevaba en realidad otro amigo mío, Santiago Noriega, a los que empezó a ir Tono Escohotado. Lo cierto es que a Tono nunca le cayó bien Eduardo, hasta el punto de que cuando J. Benito Fernández escribió su biografía, Los pasos del caído, Tono no quiso participar, porque a él nunca le gustó esa postura promuerte que tenía Eduardo.

El caso es que, cuando llegó el verano, tuve que dejar el piso temporalmente para hacer las milicias universitarias, así que lo subarrendé a unos tipos que me hicieron una jugarreta, porque nunca llegaron a pagar el alquiler. Un día que pasé por allí para vestirme e irme al campamento me cogieron por banda los dueños del piso y me obligaron a firmar un papel comprometiéndome a devolverles todo lo que no habían pagado aquellos. Como Tono era abogado, lo llamé y él me dijo: «No te preocupes, yo te ayudo. Y mientras no tengas sitio donde quedarte, aquí tienes mi casa». Y eso hice. Estuve un año entero viviendo con él. Fue allí también donde, en un Playboy, descubrimos el famoso artículo de Timothy Leary en el que contaba que el LSD era el mayor afrodisíaco del mundo. Tono, que ya había publicado un artículo sobre el LSD en Revista de Occidente antes de tomarlo, se puso entonces a buscarlo como un loco por Madrid. Se lo terminamos comprando a unos americanos que se dedicaban a montar las bolas esas de espejos que había en las discotecas. El contacto nos lo consiguió, curiosamente, Eduardo Haro, porque él iba mucho a una discoteca que se llamaba Stones. Iba porque le pagaban, vamos. Como siempre vestía así tan moderno, le pagaban para que fuera allí por las noches a dar ambiente. Los americanos a los que les compramos el LSD lo habían adquirido a su vez de Owsley Stanley, un químico de San Francisco, amigo de Ken Kesey y los Grateful Dead, que fue el primero en fabricar LSD en grandes cantidades. Así que, imagínate, era un ácido extraordinario.

Por aquella época María Calonje y yo estábamos a punto de casarnos. Con los regalos de boda terminamos reuniendo unas cien mil pesetas, y nos gastamos todo el dinero en ácido [risas].

¿Cómo lo comprabas entonces? ¿Líquido o en pastillas?

En pastillas. La primera tanda que tuvimos, la que le compramos a los americanos, nos duró muchísimo tiempo. Luego tuve acceso al Delysid que comercializaba Sandoz y del que te hablé antes.

Las pastillas, de mil gammas, costaban en aquella época mil pesetas. A la gente, para empezar, le dábamos doscientas cincuenta gammas. Una vez Tono y yo tomamos mil, pero no lo recomiendo [risas]. Tomábamos ácido todas las semanas y al mismo tiempo seguíamos con el seminario de filosofía. Fernando Savater era otro de los asiduos a estos seminarios, en los que se seguía estudiando a Husserl, Hegel, Marcuse, Freud… alternándolo todo, claro, con viajes de ácido. Con Savater, no obstante, no coincidí mucho, porque aquello sucedió sobre todo durante una temporada en que Tono y yo estuvimos distanciados.

El caso es que la gente que frecuentaba mi antigua casa empezó entonces a ir a la de Tono todos los días y al final tuvimos que poner un cartel en la puerta diciendo: «Os queremos mucho, pero, por favor, venid solo los sábados y los domingos. Entre semana aquí también se trabaja» [risas].

Me imagino que tus primeros viajes en ácido resultarían de lo más impactantes.

Sí, claro. Salir a la calle estando en ácido es alucinante, porque ves a la gente de un modo… Bueno, esto me pasa ahora incluso sin tomar ácido [risas]. Yo, que me considero un tipo de lo más normal, veo que la gente cada día es más anormal, y en ácido esta sensación se agudiza bastante.

También tuve algunos viajes terroríficos, ¿eh? Sobre todo al principio, pero a la larga son los que más agradezco, porque me templaron, me ayudaron mucho a saber que en realidad no pasaba nada malo. El poder pararte y decirte a ti mismo, en un momento determinado, «estoy en ácido, no te preocupes» es fundamental. Yo he tenido siempre una gran capacidad para desdoblarme, incluso en mi trabajo habitual, como escritor y traductor.

Me acuerdo de una vez que me intoxiqué con Romilar, unas pastillas para la tos a las que luego se les añadía otra dosis de Deseril, que contenía alcaloides ergotamínicos. Tomábamos aquellas pastillas cuando no conseguíamos ácido porque producían un efecto no ya parecido al LSD, pero sí que te metían en otro mundo, uno de color pardo pero interesante. Aquel día estaba en mi casa con Eduardo Haro, María Calonje y más gente. Decidimos tomarnos sesenta pastillas cada uno, y a la hora otras sesenta. A la gente que estaba allí con nosotros le pareció que estábamos locos y se fue. Nos dejaron a los tres solos. El caso es que empecé a sentirme muy mal. Vamos, era consciente de que me había tomado una barbaridad de pastillas, pero veía que Eduardo y María estaban los dos en la cama tan tranquilos, leyendo un tebeo de Asterix, pero solo siguiendo la historia de Idefix, el perrito, los dos allí muertos de risa, encantados, así que me acerqué a ellos y les dije: «Me estoy muriendo». Y ellos me dijeron: «Estupendo. Estamos muertos todos. Fíjate en nosotros, lo muertos que estamos. No importa». Y me fui de allí pensando: «Pues es verdad. Tienen razón. Me da un poco de pena morir tan joven, pero bueno, qué le vamos a hacer», y me marché al otro cuarto a morirme. Pero tuve un último momento de lucidez, entré en la cocina, cogí una botella de leche de la nevera, me la tomé entera y lo vomité todo. Y ya me rehíce, uniéndome a los dos supuestamente muertos que había en la cama [risas].

En fin, cosas de la época, cuando probábamos cualquier cosa que nos pudiera sacar de aquel mundo tan mezquino. Me dijeron una vez que lo que yo tengo es una naturaleza antiadictiva. También que fumo costo, algo que sigo haciendo, para disimular que en realidad estoy siempre colocado sin necesidad de tomar nada. Exageraciones, ya sabes [risas].

¿No se suele recomendar que cuando uno está en ácido haya también alguien sereno en la habitación?

Sí, eso es lo que dicen. Pero yo, no es por tirarme el moco, me muevo muy bien en ácido, no necesito que haya nadie conmigo. Salgo y entro a mi antojo. He sido además capaz de bajar a gente que estaba teniendo un mal viaje, que no podía con él, vamos, y he conseguido tranquilizarlos con facilidad. Estando en ácido me he visto de mil maneras, y en una pude distinguir que uno de mis antepasados fue un alquimista judío que dominaba absolutamente su arte. Así que en pleno viaje he sido capaz de adoptar esa posición en algunos momentos, y me ha ido bien.

Al hilo de esto me acuerdo de que un día nos llamó Agustín García Calvo. A él ya lo habían expulsado de la facultad, y había fundado en la calle Desengaño una academia a la que iba mucha gente. Después se iría a París, pero antes de irse nos llamó a Tono Escohotado y a mí para que fuésemos a verlo como expertos en ácido que éramos, ya que él quería hacer un viaje, pero quería tenernos a nosotros allí. Le dijimos que estupendo, pero que nosotros también íbamos a tomar. Y nos dijo que no. Que nosotros teníamos que quedarnos mirándolo, tomando notas de todo lo que dijese. Nos cogimos un buen cabreo, la verdad. «Tú lo que quieres es que te hagamos de escribientes», le dijimos, y nos fuimos de allí muy enfadados. Dejamos de tratarle, vamos.

¿Has intentado alguna vez escribir literatura estando en ácido? Tus primeras novelas parecen escritas bajo esos efectos.

La única vez que se me ocurrió sentarme a escribir estando en ácido solo fui capaz de poner un punto en el papel. Y eso que estaba convencido de que estaba escribiendo la verdad más absoluta. Otra vez me acuerdo de que escribí: «He visto la cuadratura del círculo». Y era verdad, ¿eh? La había visto, porque matemáticamente es posible. Vamos, en aquel momento la vi posible [risas]. Siempre digo que el inglés lo aprendí gracias al ácido. Lógicamente es un pegote, pero que no deja de tener su sustancia, porque sí es cierto que fue en un viaje cuando me di cuenta de que sabía el suficiente inglés como para lanzarme a traducir. Fue algo que vi claro.  

Eduardo Haro siempre me decía que mi primera novela, Cuando 900 mil Mach aprox, era la mejor representación literaria de un viaje en ácido que había leído nunca. Pero, claro, yo no la escribí estando en ácido, porque para escribir necesitas una cierta distancia. Es como pretender que un poeta romántico ha escrito una elegía sobre la muerte de su amada justo cuando esta ha fallecido, con el cadáver presente. No, la escribe después.

Con esto no digo que no haya gente que haya podido crear algo importante en ácido. Como se dice, hay gente pa tó. En el jazz, que es un arte que nace en el momento, muchos músicos han tocado no ya en ácido, pero sí tras chutarse un pico de heroína.

Con la heroína creo que tuviste una experiencia bastante desagradable.

Sí. Empecé a chutarme porque unos italianos que conocí en Ámsterdam, a los que al principio les compraba mucho opio, se pasaron al caballo. En aquella época no nos creíamos lo que se decía de la heroína. Igual que iban por ahí contando que si fumabas un poco de marihuana ya te quedabas gagá, y nosotros llevábamos años fumando y estábamos tan tranquilos, lo de la heroína no lo vimos nunca como un peligro real. Y en efecto, tuve una experiencia muy desagradable con ella, porque un día, estando solo en mi casa escuchando un disco de Cream tras haberme puesto un pico, cuando la música se terminó y me levanté para darle la vuelta al vinilo, miré el reloj y habían pasado tres horas. Había estado tres horas sin hacer absolutamente nada, ahí de pie. Y ese día dejé de tomar heroína, no tanto por el miedo a quedarme enganchado, porque lo que yo me metía era de máxima calidad, no como lo que se meten los pobres que están en la calle, que vete a saber tú qué lleva, sino porque vi que era una droga que me hacía perder el tiempo. Y no estaba dispuesto. Luego el mono tampoco fue gran cosa. Lo pasé sin problemas.

Hace no mucho pasé otro mono. Hará seis años o así tuve un accidente de moto muy jodido. Me ocurrió en Motril, donde vivo ahora casi todo el tiempo. Me rompí una cadera y unas costillas, y tuve que estar tres meses inmóvil en una cama de hospital de esas en las que te cuelgan. María Calonje consiguió al menos que me dejaran irme a casa con una cama de esas. Como el proceso de curación iba a ser lento y muy doloroso, el médico me dejó allí morfina para cuando me hiciera falta. El primer día vino el practicante para enseñarme cómo se ponía por vía intramuscular, pero le dije que sabía pincharme perfectamente. En cuanto me dejaron solo con la morfina comencé a chutarme, poniéndomela en vena además. Pasé la rehabilitación sin dolores, claro, pero llegó un momento en que el médico se extrañó de que gastara tanta morfina. Decía que aquello no me podía doler tanto ya, y me la quitó, también porque ya podía levantarme y tal. María me recomendó entonces que lo dejara poco a poco, pero lo dejé de forma radical. Pasé una noche horrible. Como si hubiera tenido un gripazo de esos que te tiene en la cama sudando todo el rato. Hubo que cambiar luego las sábanas. Pero fue solo eso, una noche.

Viviendo la vida de esta forma, parece lógico que te dedicaras a traducir a los grandes autores de la generación beat. ¿Cómo llegas a ellos?

Los conocí, fíjate qué curioso, cuando estuve estudiando en Italia. Los leí además traducidos al italiano. Estando en Roma contacté con unos beats americanos y fueron ellos quienes me empezaron a hablar de todos estos autores. A mí me gustaba mucho entonces la literatura del nouveau roman. A Robbe-Grillet lo adoro absolutamente y sigo haciéndolo. Cuando leí En la carretera de Kerouac me gustó, me pareció una aventura importante, pero el gran descubrimiento para mí fue William Burroughs, porque en su obra se daban la mano toda esa literatura de aventuras de los beat y el juego literario que ofrecían los autores del nouveau roman. La primera versión que leí de El almuerzo desnudo me la regaló Eduardo Haro y estaba en francés. Ahí fue cuando realmente empecé a interesarme por su figura, hasta el punto de que el primer artículo que se publicó en España sobre Burroughs lo escribí yo. Se publicó en 1969 en la revista Papeles de Son Armadans, que llevaba entonces Fernando Corugedo, amigo mío desde el colegio.

Tengo entendido que llegaste a conocer a Burroughs en persona. ¿Cómo fue aquel encuentro?

Fue un desastre [risas]. Tuvo lugar al día siguiente del golpe de Estado de Pinochet, en septiembre de 1973. Lo contactamos gracias a Ignacio Gómez de Liaño, que lo había conocido antes y me dijo que Burroughs tenía mi artículo, quizá porque se lo había pasado él, y le constaba que era el primero que se había publicado en español. Quedamos con él en su casa de Londres, cerca de Piccadilly Circus. Fuimos María Calonje, Fernando Corugedo —que también dirigía la editorial Azanca, donde se publicaron las primeras traducciones de Burroughs— y yo. Nos recibió en su cuarto, en el que había una mesa con una máquina de escribir eléctrica y, en el rincón, una televisión en color, algo poco frecuente entonces. Acuérdate de aquella canción de Janis Joplin donde canta que quiere un Mercedes Benz y una colour tv.

En la habitación solo había dos taburetes sin respaldo. En uno se sentó él y en el otro yo. María y Fernando se tuvieron que sentar en una alfombra enrollada que tenía ahí por el suelo. Siempre me dio la impresión de que Burroughs esperaba la llegada de tres editores serios, y cuando vio nuestras pintas, porque entonces vivíamos en casa de una amiga que nos dejaba dormir de día en su cama porque por la noche la usaba ella, se quedó muy desilusionado. ¡No nos invitó ni a un té! [risas]. Solo quería hablar de dinero, porque yo creo que entonces andaba mal de pasta, y del golpe de Estado de Pinochet. Al final me dedicó un par de libros suyos, y ya está. Y eso que estuvimos por lo menos tres horas en su casa.  

También conociste a Allen Ginsberg.

Sí, estuve casi un día entero con él, en Madrid. Ya lo había conocido en Nueva York, en un congreso organizado por la Universidad de Columbia para celebrar el veinticinco aniversario de Aullido. Cuando vino a Madrid, me encargaron de El Mundo que lo entrevistara. Quedé con él para desayunar en el Hotel Suecia, y al final estuvimos juntos hasta que me tuve que ir porque, claro, tenía que preparar para que saliera al día siguiente la entrevista que le había hecho. Entonces, antes de irme, me preguntó si conocía a algún jovencito interesado en la literatura, y le puse en contacto con… [gran silencio]. Creo que esto no te lo puedo contar; porque, además, aunque te lo cuente no lo vas a poder publicar [risas].

Además de a Burroughs y a Kerouac has traducido a William Faulkner, F. Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Carson McCullers, Hubert Selby Jr., Raymond Carver, Bret Easton Ellis, Rick Moody, Douglas Coupland… todo muy ligerito. ¿A qué retos se suele enfrentar un traductor de este tipo de literatura?

Tuve la desgracia o la suerte, según se mire, de que la primera gran obra literaria que tuve que traducir del inglés fue Ser americanos, de Gertrude Stein. Aquello fue como un curso de traducción avanzado, porque me enfrenté a todos los problemas habidos y por haber. El cómo me cayó ese encargo es también curioso. A mi vuelta de Italia, en 1969, pasé por Barcelona y busqué traducciones. Cuando me presenté en Barral, Félix de Azúa, que trabaja entonces allí, me ofreció traducir el texto de Stein, y acepté básicamente porque necesitaba el dinero. Tampoco sabía muy bien a lo que había dicho que sí. Desconocía completamente que Making of Americans pretendía ser una novela cubista [risas]. Luego me enteré de que era un encargo que habían rechazado multitud de traductores antes que yo. El caso es que firmé el contrato, que era además muy atípico, porque como la obra original tenía casi dos mil páginas acordamos que me irían pagando semanalmente.

El primer problema que me encontré es que no existía ninguna otra versión en ningún otro idioma que pudiera consultar para ver cómo habían resuelto la multitud de problemas con que me topaba. No se había traducido nunca. Era una novela que en verdad solo habían leído Gertrude Stein, que la escribió a mano; Alice B. Toklas, que fue quien la pasó a máquina; Ernest Hemingway, que corrigió las pruebas; y quien la compusiera en la imprenta. Me encontré entonces sin apoyos de ningún tipo, hasta el punto de que empecé a traducir sin saber realmente si lo estaba haciendo bien o mal. Yo creo que en Barral, hasta que no empezaron a recibir páginas mías traducidas, no fueron tampoco conscientes de lo que me habían encargado, porque recuerdo que un día me llamó uno de la editorial y me dijo: «¡Pero esto que estás haciendo es una locura!» [risas]. Total, que la acabé, no sé cómo, y para colmo me tuve que tirar luego un año corrigiéndola, sin cobrar. A la novela le hice un prólogo en el que puse: «Si alguien llega a leerla entera alguna vez, que me avise». Pero no me avisó nunca nadie. Muchos años después, un corrector de La Vanguardia, comentando conmigo un artículo que le había mandado para el suplemento literario, me confesó que él sí la había leído, porque entonces trabajaba de corrector en Barral.

Años después, no hace mucho, en una novela que estaba traduciendo se incluía un trozo de la de Stein, y me dije: «Voy a traducirlo de nuevo, y luego comparo con lo que hice». Y me fue imposible. Tuve que ir a mi traducción directamente, porque no me vi capacitado para hacerlo de nuevo. Así que fue esa novela con la que aprendí a traducir, porque me tuve que enfrentar a mil y una locuras. Y creo que quedó bien. Al menos eso opinan algunos especialistas.

Luego sí es verdad que me he encontrado, sobre todo, con problemas de vocabulario. Traduciendo a Burroughs me he tenido que inventar en español unas cuantas palabras. Por ejemplo, «yonqui». Hasta que traduje la novela Junkie, esa palabra no existía en castellano. Fíjate que Fernando Corugedo, que fue quien editó en Azanca-Júcar la traducción, y que hicimos en realidad a medias, no se atrevió a rebautizar la novela solo como Yonqui, sino que mantuvo entre comillas el título original. También la palabra «adosado», para referirme a las viviendas attached, es una construcción mía.

También es una construcción tuya el seudónimo Martín Lendínez. ¿Por qué firmas así muchas de tus traducciones?

Martín Lendínez tiene una muy larga bibliografía. Su padre y su hermano también, ¿eh? [risas]. Esta historia surgió en casa de Juan Cueto, en Gijón, un verano, cenando con Gonzalo Suárez y varios más. Por aquella época, Gonzalo y Juan escribían artículos de cine en Fotogramas, pero los firmaban como Claudio Lendínez Jr. Habían incluso recortado de un anuncio la foto de alguien muy guapo, y era esa la que salía como la del autor de sus artículos. Precisamente estábamos Fernando Corugedo y yo en ese momento empezando a traducir a Burroughs, así que decidimos inventarnos a un hermano de Claudio, que sería el moderno de la familia. Le pusimos Martín, «como su padre» [risas], y ya empezamos entonces a preguntarnos que quién era su padre. Y nos inventamos allí mismo que había sido un profesor exiliado de la Guerra Civil que había acabado dando clases en la Universidad McGill de Canadá. Gracias a un profesor amigo de Juan conseguimos crearle una bibliografía en los archivos universitarios, con un montón de trabajos referenciados, como si los hubiese escrito en realidad.

La primera vez que firmé una traducción como Martín Lendínez creo que fue con Nova Express, de Burroughs. Luego lo usé para firmar una cosa que se llamó Breve historia del underground madrileño, que en realidad eran unos folios que había escrito Eduardo Haro pero que Martín Lendínez los recogía en aquel texto y los comentaba, poniéndoles notas a pie de página y tal. Se publicó también en la revista Papeles de Son Armadans.

Tras aquello decidí que todos los libros que tradujera de la generación beat los iba a firmar como Martín Lendínez. El otro día, curiosamente, me llegó una edición nueva que ha salido de Réquiem por un sueño de Hubert Selby Jr., que yo traduje como Lendínez, pero en los créditos del interior han puesto el copyright a mi nombre [risas]. En fin, ya da igual, porque esto lo sabe todo el mundo. De hecho, ahora uso otros seudónimos para firmar traducciones que son puros ganapanes.

Entiendo que tus traducciones de Harry Dickson también fueron un trabajo ganapán.

Totalmente. Aquello me surgió a través de Silverio Cañada, dueño de la editorial Júcar. A Silverio lo conocía de Gijón. Su mujer tenía allí una librería muy famosa, La Universal, en la que se vendían libros prohibidos de forma clandestina. Silverio, que era un hombre muy lanzando y valiente, hizo luego mucho dinero editando la Gran enciclopedia asturiana. Y decidió montar una editorial. Eligió el nombre de Júcar para que no la relacionaran con Asturias y con él, que era muy de izquierdas. Estando en Madrid, me lo encontré un día en una librería y me propuso traducir para él aquellas novelitas que eran de detectives, porque Harry Dickson era en realidad una copia de Sherlock Holmes.

Recuerdo que las iba traduciendo en voz alta y María Calonje las escribía directamente a máquina. Nos inventábamos muchas cosas, porque, como nos pagaban por página, en cuanto veíamos que nos quedábamos cortos y queríamos empezar una página nueva le metíamos párrafos enteros, un poco variados, de Poe y de otros, porque también tenían su punto de terror.

A partir de ahí, Silverio me contrató y empecé a trabajar fijo para su editorial, que tenía a Caballero Bonald de director. Durante tres o cuatro años estuvimos trabajando en la misma oficina, mesa con mesa. Nos hicimos muy amigos. Nos vemos o hablamos con frecuencia. Le tengo mucho cariño.

La editorial Júcar fue también responsable de la hoy mítica colección Los Juglares.

Los Juglares empezó publicando primero a los cantautores de la nova cançó y luego a los franceses, aunque el primer libro que salió fue el que escribió Jesús Ordovás sobre Dylan. En un momento dado les propuse que se siguiera más por la línea de los grupos de rock que de los cantautores. Salieron entonces los libros sobre los Beatles, los Stones, Pink Floyd y otros así y fue un exitazo de la hostia. Aquello me dio un privilegio brutal dentro de la editorial [risas]. Comencé entonces a dirigir la colección, aunque en verdad quien la llevaba era María Calonje, que sabe de música mucho más que yo. En Los Juglares, aparte de otros más de Ordovás, salió también el libro sobre el Gay rock de Eduardo Haro, que al decir de Olvido/Alaska fue fundamental en su vida y en la movida madrileña en general.

Otra de las señas de identidad de Júcar fue la colección Azanca, donde tanta literatura contracultural se publicó, mucha de ella traducida por ti.

La colección Azanca la montaron en realidad Juan Cueto y Fernando Corugedo. Se comenzó a publicar en la editorial Papeles de Son Armadans, fundada por Camilo José Cela en Palma de Mallorca. Fernando fue secretario de Cela mucho tiempo. Como no iba bien, Silverio Cañada compró la colección, por eso Azanca siguió publicándose en Júcar, también con Fernando como director.

En Azanca se publicó la primera traducción, hecha por Álvarez Flórez, de Gaseosa de ácido eléctrico (The Electric Kool-Aid Acid Test, en original) de Tom Wolfe, rebautizada muy malamente por Anagrama años después como Ponche de ácido lisérgico, porque el equivalente al kool-aid del original serían en todo caso los polvitos esos que había de Tang para hacer naranjada. Hablar de «ponche», que lleva alcohol, me parece un error garrafal. Esto lo discutí en su día con Herralde, pero, bueno, como la traducción era otra, no era la de Azanca, se puso lo que él quiso.

En Azanca, en 1973, se publicó también Cuando 900 mil Mach aprox, unánimemente considerada la primera novela del underground español.

Esa fue una novela muy difícil de publicar. En el prólogo, que escribió Fernando Corugedo, se cuenta brevemente la historia de su publicación. Se incluye incluso un extracto de un informe de lectura real, el que me hicieron en Seix Barral, donde indicaban de forma muy contundente los motivos del rechazo. Lo gracioso es que Fernando argumentaba en aquel prólogo que me la publicaba en Azanca por los mismos motivos por los que me la rechazaban en las demás editoriales [risas].

Aquella fue la primera novela que publiqué, pero no la primera que escribí. Antes ya había escrito dos, pero las tiré directamente porque en realidad no me gustaban, me parecían muy convencionales. Durante un tiempo estuve haciendo collages, jugando con textos e imágenes recortadas, y de ahí cogí cierta inspiración. La novela luego me surgió así, de forma muy rápida. La escribí muy deprisa. En aquella época le daba mucho a la anfeta. El título se le ocurrió a María Calonje. Es en realidad la velocidad de la luz. Lo extraño, creo, no fue que me la rechazaran tantas veces, sino que ganara luego el Premio de la Nueva Crítica, que fue un premio que duró muy poco, tan solo aguantó tres ediciones, pero que antes que a mí se lo concedieron a Borges y a Juan Benet. Ahora, fíjate, no quiere reeditarla ni Dios.

 

Tu segunda novela, de 1975, se llama De vulgari Zyklon B manifestante. La tercera, de 1978, entre Espacios Intermedios: WHAAM!… Son títulos alucinantes. Imposible no querer leerlas.

Sí, pero, no sé si alguien ha sido capaz de hacerlo alguna vez. ¡Y eso que tuvieron buenas críticas! [risas]. Son novelas que salieron así, sin pretensión de ningún tipo, por mucho que hubiera detrás un motón de lecturas y reflexiones narrativas. Me senté a escribir y salieron tal cual. Sí que te puedo decir que Zyklon B manifestante es mi techo literario. Estoy absolutamente convencido de ello. Ahí desarrollé todo mi potencial joyceano. Joyce fue, en realidad, quien me descubrió lo que era escribir.

También noto en esas obras muchas influencias de Philip K. Dick.

Sí, eso está ahí, es innegable. No creo además que sea casual, porque el primer artículo sobre Philip K. Dick que se publicó en España me parece que también lo escribí yo [risas]. Se publicó en El Viejo Topo y lo titulé «Mundo Araña», título que luego usé para una novela mía. He sido siempre un gran lector de ciencia ficción. De hecho, mi tesina fue sobre Dante y la ciencia ficción.

¿Conocías a otros escritores que estuvieran entonces en tu misma onda?

Hace poco me preguntaban que dónde me veía yo dentro de la literatura española y, la verdad, creo que soy una isla en la que no les apetece desembarcar a muchos lectores. Quizá encuentren las costas muy escarpadas. En el fondo me sigo considerando un chaval de Gijón bastante curioso que a veces confunde literariamente lo que le pasó con lo que escribe o cuenta que le pasó. Y raro también, porque siempre me han llamado «raro», ya que lo que escribo no tiene mucho que ver con lo del resto, y eso que conozco bien la literatura española, y Góngora supuso mi iniciación traumática a lo literario. Salvo dos o tres, no tengo grandes amigos escritores. No sé. Sinceramente creo que lo que hago tiene poco que ver con lo que escriben los demás. Y no hablo ya solo de estas primeras novelas mías más underground, sino de todas las demás que he publicado, incluida la más reciente, que apareció hace unos meses, Silencio tras el telón del sueño.

¿Crees que la contracultura española durante el franquismo tuvo algo de interés?

La contracultura que se hacía entonces era en realidad una imitación de la extranjera, y quizás solo después de la movida hubo una reafirmación de lo hispano. Pero, sí, en Barcelona, sobre todo, se hicieron cosas interesantes. La verdad es que siempre que iba me sorprendía ver las cosas que pasaban allí. Un sitio como Zeleste me parecía impensable en Madrid. Mi teoría es que como la Dirección General de Seguridad estaba en Madrid, aquí estábamos en el fondo más vigilados.

En Madrid éramos en verdad cuatro gatos, pero teníamos mucho contacto con los catalanes, sobre todo a través de Mario Pacheco, que llevaba el sello Edigsa junto a su mujer, Cucha Salazar. Después ambos montarían Nuevos Medios con dinero de David Fernández Miró, el nieto de Joan Miró, que era muy amigo mío, y sobre todo de Fernando Corugedo. Con David tengo una anécdota bastante buena, de cuando estuve viviendo una temporada en Palma de Mallorca. Un día nos invitó al taller de su abuelo, aprovechando que él no estaba, y vi que en una cesta tenía unos trozos de un par de bocetos para cuadros que, por lo que sea, no le habían convencido y los había roto. Le dije a David: «Mira, yo no puedo irme de aquí sin coger esto» [risas], y me los llevé a casa. Vamos, ese trozo que ves a mi espalda es uno de ellos, es un Miró original. Y encima autentificado, porque en un número especial que Los Cuadernos del Norte dedicó a Joan Miró conté esta historia con todo detalle, y Miró, aún vivo, no la desmintió.

El caso es que, a través de Mario Pacheco, que nos regalaba los discos de Pau Riba y de la Companyia Elèctrica Dharma y otros catalanes, tuvimos mucha relación con la gente de Barcelona, como Nazario, Onliyú, etc. Luego, fíjate, WHAAM!, mi tercera novela, se presentó en Barcelona en una librería que ya no existe pero que era solo de libros en catalán. La publicó El Viejo Topo en una colección llamada Ucronía que dirigían Biel Mesquida y Alberto Cardín. Era una colección que sobre todo editaba en catalán. Quim Monzó empezó a publicar ahí, de hecho. Y no había choques de ningún tipo. Existía claramente una relación muy próxima entre nosotros, que, sinceramente, creo que se rompió cuando el innombrable Jiménez Losantos, muy amigo entonces de Cardín, escribió aquel libro, Lo que queda de España, y El Viejo Topo no quiso publicarlo. Hubo una carta-manifiesto de protesta que firmó todo el mundo menos yo y Terenci Moix, y a partir de eso se estropearon absurdamente las relaciones. Al menos las mías.

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

[Risas] Si te digo la verdad, siempre había pensado que me moriría antes de ver el caos en el que estamos viviendo, que parece como el fin de un mundo o, al menos, de una civilización. Por edad, a mí ahora me toca padecer lo que está pasando, y me encuentro, supongo que como el noventa por ciento de la población, absolutamente desconcertado sobre el futuro, si es que lo hay y se equivocaron los punks con aquello del «No Future». En realidad, nunca podré saber a ciencia cierta si la aparente decadencia en la que me toca sobrevivir es una cuestión biológica o sociológica, si está en mí o en lo que sucede a mi alrededor. Así que si parece que hablo con cierta nostalgia del pasado me parece que es simple y llanamente porque entonces era más joven y solía pasarlo mejor. Aunque si hay un final, y ya lo escribía en mi primera novela parafraseando al personalmente insoportable pero a veces tan buen poeta Leopoldo María Panero, me gustaría estar en primera fila para verlo bien.


Moonlighting: treinta años bajo el influjo de Luz de luna

Moonlighting (1985–1989), Imagen: ABC Circle Films / Picturemaker Productions.

Nota: mientras nos preguntamos si una serie emitida hace tres décadas puede ser «espoileada», por si acaso, avisamos de que este artículo, en efecto, contiene reveladores detalles de trama y personajes.

Decimos una y otra vez que estamos viviendo una de las grandes épocas de la historia de la ficción televisiva, y sin duda, una circunstancia facilita que así sea: que gracias a cadenas privadas, canales por cable y paquetes de contenidos, la producción de series ha aumentado tanto que hoy en día es inabarcable; es normal que por pura estadística haya propuestas que despunten.

Sin embargo, hubo una época en que aunque parezca increíble para los millennials la oferta de zapping se limitó a un puñado de canales (cuando no dos, como en España), con lo que el volumen de producción era más discreto. Por simple proporcionalidad era más difícil que surgieran obras maestras, series realmente innovadoras, propuestas que se adelantaran a su tiempo, o como en nuestro caso, todo ello junto.

Muy poca gente de entonces, incluso quienes entonces éramos solo niños o preadolescentes y apenas entendíamos lo que pasaba en pantalla, hemos olvidado una serie llamada Luz de luna, o Moonlighting.

Una serie que, pese a que a (casi) todo el mundo aún le suena, y quien más y quien menos recuerda que David Addison y Maddie Hayes (Bruce Willis y Cybill Shepherd) discutían mucho, se gritaban muy alto y daban portazos tremendos, aún hoy, en la era de los revivals continuos, del regreso de los ochenta y la EGB, cuando otros éxitos añejos como El Equipo A o Cheers siguen apareciendo en las listas de las series más queridas, Moonlighting parece no haber sido recuperada ni reivindicada lo suficiente.

Y sin embargo, en su día fue un éxito de masas, sirvió de laboratorio para experimentar con el formato televisivo, fue pionera en todo tipo de técnicas de metalenguaje, se autoparodiaba, jugó con la historia del cine y creó nuevas maneras de narrar en TV, lanzó la carrera de Bruce Willis y como decíamos antes, dejó una impresión en los espectadores y unas influencias en la ficción futura que, por difusas que nos parezcan hoy en día, son claves para entender la televisión de hoy.

Y es que si su creación, escritura, producción, rodaje y emisiones fueron una fuente inagotable de enormes problemas, su leyenda no debería ser menos grande.

Luna azul: Glenn Gordon Caron y el show que nunca quiso hacer

Hoy en día llamamos showrunner a la persona que en ficción televisiva aúna cargos como el de guionista, coordinador de guion, productor asociado o ejecutivo, director de algunos episodios… es decir, quien tiene el control creativo de una serie y es el máximo responsable de su desarrollo, éxito o fracaso y audiencias. En el caso de Moonlighting, su nombre es Glenn Gordon Caron, y Luz de luna era, desde luego, la serie que nunca quiso dirigir.

Caron era un joven talento en la época en que un veinteañero podía escribir, producir y dirigir series de televisión en horario de máxima audiencia. Como tantos antes y después que él, su sueño era hacer cine; pero para llegar a él decidió aceptar escribir en televisión, de la que como buen esnob y rebelde reconocía no tener ni idea. Según cuenta, cuando le ofrecieron escribir TV llegó a casa, puso la tele, vio una serie llamada Taxi (otra joya olvidada, ganadora de dieciocho Emmys, creada entre otros por James L. Brooks) y pidió trabajar en ella, lo que hizo por cuatro temporadas.  

Impresionados por su talento, le ofrecieron producir y escribir algunos de los primeros episodios de Remington Steele, una serie sobre una pareja de detectives que resultó ser una mezcla entre detective procedural (formato en que lo importante es ver cómo los detectives recopilan pistas para resolver el caso) y comedia romántica. Fueron los chispeantes guiones de Caron quienes animaron a Pierce Brosnan a sentirse cómodo con la comedia y la serie lanzó su carrera.

Ávido de oportunidades y en el punto de mira de los muy despiertos ejecutivos, Caron recibe un encargo envidiable: se creó una productora a su medida (PictureMaker Prods) y se le encargaron nada menos que tres pilotos de series para la cadena ABC. Los ejecutivos se frotaban las manos por los éxitos que el joven talento les iba a aportar. Sin embargo, y aunque fueron emitidos como telefilmes, los dos primeros pilotos no fueron aprobados para su desarrollo en formato seriado: quizá eran ya demasiado personales y arriesgados. Así que sus empleadores se pusieron firmes, le recordaron quiénes ponían los dólares y, como última oportunidad, le exigieron pasar por el aro y hacer lo que ellos querían: otra serie de detectives.

Caron entró en pánico: un semanal de detectives, formato ya gastado por entonces, era lo peor que podía pedírsele a un graduado de la costa este con ínfulas cinematográficas y que quería hacer obras lo más personales  posible. Según él, pese a que en la vida real nadie podría decir haber visto realmente una agencia de detectives, la televisión estaba llena de parejas de ellos: Hart to Hart, Simon & Simon, Hardcastle & McCormick y un largo etcétera de sonoros nombres emparejados. Y a él le estaban pidiendo que se limitase a clonar el formato y los personajes. No podían darle una noticia peor, para él era era venderse a la peor televisión comercial de su tiempo.

El joven showrunner suplicó una y otra vez que no le sometieran a esa tortura, pero fue en vano: le exigieron que contratase a «alguien como Cheryl Ladd y algún tipo al que le quedara bien un esmoquin y rodara de una vez». Y según cuenta, ante sus quejas, la charla terminó con un ultimátum: «Haz lo que quieras, pero hazlo». Quizá Caron sonrió en ese momento, el caso es que se agarró a la primera parte de esa frase hasta que le arrancaron la serie de las manos varios años después.

La historia de Caron continúa con un pitch de apenas cuarenta y cinco segundos a Lew Erlicht, director de la cadena, en que le habló de una modelo estafada por su contable que tiene que hacerse cargo de una agencia de detectives; y hasta parece que se se inventó el título sobre la marcha, uno que en inglés significa tanto «luz de luna» como «pluriemplearse»: Moonlighting.

Ya no había vuelta atrás: con la luz verde de la cadena, Caron se sentó ante la página en blanco.

Cuarto creciente: cuando Maddie conoció a David

Moonlighting (1985–1989), Imagen: ABC Circle Films / Picturemaker Productions.

Frente a la máquina de escribir y sin demasiados ánimos Caron no conseguía quitarse de la cabeza la idea de que las series de detectives estaban llenas de gastados tópicos, como el hecho de que se encontrasen ante riesgos estúpidos y banales. ¿Cómo podía el público creerse que los personajes sufrieran ningún peligro real, si tenían que salir en el episodio de la semana siguiente? Esta misma lógica le llevó a pensar: ¿y si la serie se alimentase de esos tópicos, parodiándolos? ¿Y si los propios detectives de la serie los reconociesen y supiesen que están en una serie?  Y lo más importante: ¿y si el peligro real no fuese el físico… sino el emocional?

Caron sabía que la idea podía funcionar y comenzó a teclear. Cuando llevaba unas cuantas páginas del piloto hizo lo que muchos guionistas hacemos para imaginar cómo hablaban, se movían y se conducían sus personajes, e imaginó a la exmodelo Maddie Hayes como si fuese Cybill Shepherd. Se detuvo y pensó: ¿por qué no llamar a la mismísima Cybill?

Cybill Lynne Sheperd, nacida en 1950 en Memphis, Tennessee, hija de un amo de casa y una vendedora de electrodomésticos, contaba con una belleza excepcional que desde su adolescencia le procuró varios galardones como «miss» regional y estatal. Fue en 1970 cuando una portada de revista llamó la atención de la esposa del director Peter Bogdanovich, quien la contrató para su exitosa The Last Picture Show, por la que la novata actriz ya fue nominada para un Golden Globe.

El resto de la década fue complejo para ella; a sus sonadas relaciones con compañeros de rodaje siguieron éxitos como The Heartbreak Kid o Taxi Driver y numerosos fracasos que pusieron en duda su condición de estrella; el resultado es que llegó a los ochenta sin una posición clara en la industria; por un lado con un aura casi mítica de elegida y por otro con la necesidad de consolidarse como algo más que un prodigio juvenil. Fue entonces cuando su agente le dijo que tenía unas cuantas páginas de una serie de televisión que tenía que leer, sí o sí.

El piloto no estaba ni siquiera terminado cuando Shepherd dijo «sí» a Moonlighting: veía en la exmodelo a un alter ego de su propia vida, estrategia que repetiría en futuros papeles de ficción. Solo había un pequeño problema: no tenían ni idea de a quién contratar para hacer de David Addison, su contrapartida y quizá archienemigo. Hasta que un peculiar tipo con la cabeza rapada, pantalón militar y las orejas repletas de piercings se subió a la mesa de un casting y empezó a soltar alaridos: su nombre era, y sigue siendo, Bruce Willis.

Walter Bruce Willis nace en 1955, nada menos en Alemania Occidental, hijo de un soldado americano estacionado en la base de Idar-Oberstein, desde donde se trasladan a New Jersey. Como tantos actores, el joven Bruce tenía un problema de confianza en sí mismo y tartamudeaba (le apodaban Buck-Buck), por lo que se inventó un alter ego musical llamado «Bruno» al que el actor volvería en el futuro de su carrera y que era todo lo que quería ser: seguro, voceras y confiado. Bruce aprendió a tocar la armónica y tras trabajar de lo que iba encontrando se trasladó a Nueva York para estudiar actuación y aparecer en sus primeras obras en el circuito off-Broadway.

Su carrera cinematográfica comienza con pequeños papeles como extra tras Paul Newman en El veredicto y, mientras, se ganaba la vida como camarero, a lo que numerosos gags privados se referirán en sus futuras apariciones. Irónicamente, Willis llegó a ser episódico en Hart to Hart y Miami Vice, y fue por entonces, en 1984, cuando le llamaron a Los Ángeles para el casting de Desperately Seeking Susan. Pese a que no fue elegido, se quedó un día más en la ciudad para asistir a otro casting en que competía contra tres mil actores más. Quizá porque no esperaba ganarse el papel acudió de la guisa descrita, y contra todo pronóstico su aire chulesco, su imagen descreída y su sentido del humor convencieron a todo el mundo de que solo él podía ser David Addison.

Años después, Willis recordaba que el verdadero casting tuvo lugar el día en que él y Shepherd iban a hacer su primer screen test juntos. Según su testimonio, en el ascensor y ante otros miembros de la producción se puso a flirtear con ella lo más descaradamente que pudo, y quizá porque (pese a su sorpresa) ella no le partió la cara allí mismo, la dinámica entre David y Maddie acababa de prender fuego.

Luna llena: o cómo hechizar a millones de televidentes

Moonlighting (1985–1989), Imagen: ABC Circle Films / Picturemaker Productions.

Tras un sólido piloto y la aprobación de la cadena Caron se veía ante el problema creativo de expandir el concepto básico de la serie en tramas episódicas, para lo que formó a un equipo de guionistas y directores, algunos experimentados y otros no. No era un problema: pronto se hizo patente su voluntad de innovar, de aceptar ideas frescas y alocadas y también su generosidad como coordinador de guion, inédita en nuestros días: pese a que todos los episodios fueron reescritos en grandísima medida por él, rara vez pidió un crédito, ni siquiera de coguionista.

Su objetivo, reconocido en numerosas ocasiones por él, era no repetirse. Los shows detectivescos eran notorios por seguir siempre patrones similares en cuanto a su estructura y recursos, y una vez lograda la dinámica de la serie, rara vez cambiaban. Así, directores y guionistas ensamblaban una eficiente maquinaria en que todos los episodios se rodaban en el mismo tiempo, duraban lo mismo, y lo más importante, costaban lo mismo; repitiendo el proceso dos docenas de veces, la productora conseguía entregar a tiempo a la cadena los veintidós episodios que formaban una temporada. En Luz de luna todo esto fue simplemente imposible.

La razón fue que, desde muy pronto, Caron defendió su voluntad de hacer un show distinto a todo lo que se hubiese hecho, en el que los tópicos se repitieran lo mínimo posible, fueran parodiados o directamente ignorados, pues pensaba que al público, en el fondo, le darían igual. E hizo hincapié en que las tramas de cada episodio, los asesinatos, robos y casos varios, los criminales y las resoluciones, las pistas y los interrogatorios le importaban un pimiento: para él eran solo una excusa para que los protagonistas interactuasen.

Esta falta de respeto al «modelo clásico detectivesco» no podía funcionar sin humor ni parodia, y desde muy pronto Caron dio a sus personajes y actores oportunidades de sobra, desde apartes de cámara, rupturas de la cuarta pared, hasta guiños a su condición de personajes televisivos, deus ex machina flagrantes pero ingeniosos, licencias con las tramas y, sobre todo, discusiones a gritos y sin fin entre los dos protagonistas, que subían la tensión sexual (y el deseo del público de que por fin se arrancaran la ropa) hasta el portazo que de forma canónica cerraba casi cada escándalo en la oficina de la agencia de detectives Blue Moon.

Hay que decir que ni público ni crítica pilló la serie en un principio. Caron cuenta la anécdota de cómo un ejecutivo le para decirle que habían llegado a la posición 64 de los programas más vistos, y que se daban por contentos con ello. Pero algo ocurrió en el verano de 1985: la serie fue repuesta en temporada baja y por fin el público pareció entender de qué iba todo aquello. La locura se desató y la serie se convirtió en un éxito mundial.

Semana tras semana, puestos en situación por la sensual voz de Al Jarreau, millones de personas veían Moonlighting los martes por la noche, y al día siguiente no se hablaba de otra cosa en oficinas, transbordos y hogares. Ello solo dio alas a Caron para seguir innovando, por lo que nuevas y alocadas ideas, escenas y formatos fueron emitidos, que solo eran tolerados por los excelentes resultados en antena. Hay que decir que si los ejecutivos hubieran podido pararle lo hubieran hecho, pero no eran literalmente capaces: los episodios eran entregados demasiado tarde, a veces horas antes de la emisión, lo que obviamente puso nerviosa a mucha gente. Pero no adelantemos acontecimientos.

Es en este clima donde Moonlighting llegó a sus máximas cotas de inventiva y también se convirtió en una de las series más caras de la época, y que nos dio algunos episodios de brillantez absoluta. Algunos han pasado a la historia de la televisión; citemos los más famosos.

El primero de ellos, «The Dream Sequence Always Rings Twice», fue rodado en blanco y negro. Hay que insistir sobre el «rodado» porque fue el primer episodio en muchos años de televisión rodado en celuloide y en blanco y negro. La cadena, obviamente, quería grabar en color para evitar problemas y prometieron emitir en monocromático. Caron, oliéndose la trampa, se negó y fue adelante con su plan de homenajear el género noir, pero hasta tuvo dificultades para encontrar quien revelara la película. Presentado nada menos que por Orson Welles, en este episodio David y Maddie tienen el mismo sueño: cine negro, años cuarenta, una trama en la que, según quien lo sueñe, un hombre engaña a una mujer o una mujer a un hombre; hay jazz, hay un asesinato y un tórrido y esperado beso que, al ocurrir en un sueño, estaba «permitido» según las normas de la serie: la tensión no se resolvió, solo aumentó. ¿Cuándo ocurriría en la «realidad»?

Una vez que habían homenajeado al Hollywood clásico, ¿quien podría pararles? Con ganas de hacer una secuencia de baile, Caron se la jugó y llamó nada menos que a Stanley Donen. El director y coreógrafo de Bailando bajo la lluvia, Siete novias para siete hermanos y otros inmortales éxitos del musical, que había trabajado con bestias del baile como Fred Astaire o Gene Kelly y era intocable. Sin embargo, aceptó con gusto. Titulado «Big Man on Mulberry Street», era un episodio clave para el acercamiento emocional entre David y Maddie, y la coreografía (algo que Willis reconoció hacer por primera vez) aún hoy impresiona por su dificultad y respeto a los clásicos.

Hecho un programa en blanco y negro y tocado el género musical, ¿por qué no perder totalmente la razón y hacer un episodio de época, adaptando a Shakespeare en verso pentámero yámbico? «Atomic Shakespeare» adapta La fierecilla domada del bardo británico, con Willis en el papel de Petruccio y la fierecilla Shepherd en el de su contrapartida Catalina. El episodio es una delicia, ya que todos los tópicos de la serie (la oficina, las respectivas casas, los portazos) se trasladan de forma fresca y a la vez respetuosa en lo que fue el episodio más caro de la historia de la televisión hasta el momento.

La ambición de Caron y el atrevimiento de los protagonistas no iba a detenerse ahí y se abrió la caja de las locuras: se compraron los derechos de King Kong vs Godzilla para un episodio que iba a dirigir James Cameron (y que no ocurrió), se planificó una emisión en 3D (fallida), se filmó una monumental pelea de tartas, el equipo entero apareció cantando villancicos en el especial de Navidad junto a los protagonistas, hubo ridículas y divertidísimas persecuciones que homenajeaban las screwball comedies del cine clásico… Incluso se jugó con la idea de que participasen nombres como Jerry Lewis, Dave Lee Roth, Timothy Leary (que ofició la boda de la serie, y no precisamente la de David y Maddie), aparecieron Whoopi Goldberg, Tim Robbins, Judd Nelson, el citado Orson Welles… La música la componía Alf Clausen (futuro músico de The Simpsons) y hasta Billy Joel compuso por iniciativa propia una canción sobre la serie y se la ofreció a los productores para que la usaran.

Pero como cualquier satélite que gira la oscuridad comenzó a cernirse sobre Luz de luna.

Cuarto menguante: la luna desaparece sobre Los Ángeles

Moonlighting (1985–1989), Imagen: ABC Circle Films / Picturemaker Productions.

Quizá una forma rápida de visualizar la enorme bola de nieve de problemas en que se estaba convirtiendo la serie es que, pese a que el contrato estándar de Caron era entregar veintidós episodios por año, esta cifra nunca se cumplió. De hecho, en las cinco temporadas que Luz de luna duró, se emitieron seis, dieciocho, quince, catorce y trece.

El problema principal era que la particular forma de producirla generaba inevitablemente retrasos, incluso con el margen de unas tres semanas que tenían para rodar cada episodio. Son abundantes las anécdotas como que en muchos casos se empezaba a filmar con el guion escrito a la mitad, que llegaban páginas unas horas antes del rodaje y que en alguna ocasión Caron tuvo que dictar por teléfono correcciones a escenas que ya habían sido grabadas y debían rodarse de nuevo. Todo debía pasar por sus manos, ojos y lápiz rojo, y aunque eso contribuía a la calidad y originalidad de la serie, también la ralentizaba.

Quizá podamos interpretar como un reflejo que un año la serie llegaría a ser nominada para dieciséis Emmys… y solo recibiría uno, a la mejor edición. Y es que la mayor parte de los fans empezaban a enfadarse: ya que no había episodios nuevos, la cadena debían emitir reposiciones, con lo que la experiencia de sentarse cada martes ante el televisor para ver la serie se convirtió en algo frustrante: nadie sabía si esa semana habría un episodio nuevo o no, y la mitad de las veces era que no. Los protagonistas llegaron a hacer chistes sobre el tema durante diversas emisiones, pero pese a la complicidad del público ello no arreglaba las cosas.

Y es que el mayor aliciente de la serie, la increíble química entre Willis y Shepherd, era también su talón de Aquiles: programas similares como Cheers, Friends o Alice McBeal podrían en el futuro permitirse prescindir de alguno de sus protagonistas ocasionalmente en caso de enfermedad o descanso, pero en Luz de luna la pareja protagonista aparecía en prácticamente todas las escenas y por tanto no podía fallar, lo que por causas humanas o contractuales a veces tenía que ocurrir.

Numerosos trucos de producción fueron usados, especialmente las largas escenas de conducción, ideales para que cada uno las rodase por separado y se uniesen en montaje, a veces con los textos recién impresos pegados sobre el salpicadero. También se hicieron impopulares los episodios en que Allyce Beasley (Agnes DiPesto, secretaria de la agencia) y Curtis Armstrong (Herbert Viola, detective junior) protagonizaban sus propios episodios… no es lo que el ávido público quería ver.

No olvidemos, además, que la propia naturaleza de la serie y cómo estaba interpretada hacían las cosas más difíciles a la hora de escribir: los actores escupían diálogo como ametralladoras, soltando imprecaciones, insultos y sus célebres «Fine/Fine, Good/Good, Slam/Slam» mucho más rápido de lo nunca visto en televisión, e incluso abundaban las secuencias de diálogo superpuesto. El resultado era que si un teleplay o guion televisivo normal ocupaba entre cincuenta y sesenta páginas, los guiones de Moonlighting ocupaban entre noventa y noventa y cinco, ¡con el mismo minutaje!

Había otro problema añadido, mucho más dramático, y era que el ambiente en el set empezaba a hacerse irrespirable: Willis y Shepherd se odiaban. Su antipatía empezó siendo un elemento creativo más; Cybill recordaría tiempo después cómo siempre discutían de verdad antes de las escenas de pelea, y por eso acaso se nos hacen tan auténticas. Pero según avanzaban las temporadas se soportaban menos, lo que coincidió además con el desarrollo de unas tramas que en lo emocional exigían lo máximo de cada uno, con lo que la atracción y repulsión entre ellos se sublimaba: la tensión sexual y las expectativas del público empezaron a ser insoportables.

A ello se sumó la presión mediática: para entonces, Norteamérica y medio mundo estaban ansiosos por saber si lo que no ocurría en el set pasaba fuera de él. La prensa del corazón empezó a esparcir maledicencia y mentiras sobre lo que ocurría entre bambalinas, y ello pesó especialmente sobre Willis, muy celoso de su intimidad. El ambiente empeoró y además de tomarla con Bruce, Shepherd empezó a poner presión sobre Caron; sus salidas de tono eran constantes, sus exigencias eran estomagantes y su actitud caprichosa y cínica sacaba de quicio a todo el mundo durante los rodajes. Años después, ella echaría balones fuera en su jugosa y quejicosa autobiografía Cybill Disobedience.

Por si todo ello no fuera suficiente, en la tercera temporada el rodaje se retrasó aún más por una fractura clavicular sufrida por Willis durante un accidente de esquí, y el inesperado embarazo de Shepherd, nada menos que de gemelos, obviamente iba a reducir aún más el tiempo que podría dedicarle a la serie.

Fue entonces cuando, quizá cegado por las circunstancias, quizá agobiado por la responsabilidad, quizá enloquecido por la presión, Caron cometió el error definitivo:

Entre David y Maddie hubo sexo.

Luna nueva: la noche más oscura de Glenn, David y Maddie

Moonlighting (1985–1989), Imagen: ABC Circle Films / Picturemaker Productions.

Hoy en día es fácil tener claro que la mayor parte del éxito de cualquier posible y latente relación romántica en la ficción es precisamente la llamada «tensión sexual no resuelta», es decir, el suspense que produce contemplar cuánto pueden acercarse entre sí dos personajes que están locos el uno por el otro y que no están dispuestos a reconocerlo de ninguna manera.

Sin embargo, tampoco debemos atacar de forma gratuita la decisión de Caron; podemos hacer un esfuerzo por ser flexibles y considerar que tenía derecho a explorar la relación de sus personajes más allá de la caída de sus máscaras respectivas. Que quizá hubiese encontrado formas de revitalizar la chispa. Y que sus protagonistas merecían la pena evolucionar como hacen las personas reales. Que la aparición de rivales amorosos podía generar más interés. Que el embarazo de Maddie podía dar de nuevo la chispa que faltaba. Pero a nadie pareció importarle.

El caso es que en el episodio 13 de la tercera temporada (que iba a titularse «The Big Bang» y por exigencias de la cadena se llamó «I am curious… Maddie») los protagonistas se rinden a la presión, ceden a sus más bajos instintos, caen en la tentación y terminan haciendo el amor. No importaba que a ella se le notase un vientre de varios meses y que él tuviese aún la clavícula sin soldar (por lo que la escena de cama se rodó en vertical, con ellos de pie ante un decorado). Ni Norteamérica ni el resto del mundo con televisión podían creer lo que estaban viendo ante sus tubos de rayos catódicos. La serie explotó ante sus ojos.

Son muchos, como decimos, quienes han culpado a este momento de la caída en desgracia de Luz de luna, que no fue inmediata, dado que aún aguantaría dos temporadas más, pero no cabe disimular el hecho de que a partir de entonces el interés del mundo decayó. Y no solo del mundo, sino de los protagonistas de la serie.

Por un lado, Shepherd estaba, de forma comprensible, más interesada en su maternidad y sus mellizos que en sostener la serie. Más tramas y más minutos de episodio cayeron sobre los hombros de Willis, que también tenía su mirada puesta en otra parte, concretamente en Hollywood: acababa de rodar La jungla de cristal, por la que recibió la inédita (para un protagonista primerizo) cantidad de cinco millones de dólares y quería seguir haciendo cine. Por otro lado, el público fue perdiendo interés en los sucesivos episodios repuestos o los protagonizados por miss DiPesto y mister Viola, en espera de un giro en la relación entre David y Maddie que quizá era irrecuperable. Descontenta ante la caída de su popularidad, al final Cybill dio a elegir a los ejecutivos entre ella y el showrunner.

Así que Caron perdió pie en la luna y cayó ruidosamente a tierra.

Eclipse lunar: el final de Luz de luna

Un dato curioso y revelador que nos dice mucho sobre el éxito de una serie en los años ochenta son las portadas de los semanarios televisivos. Antes del advenimiento de internet, aquellos en la mediana edad recordarán los magacines donde consultar la programación televisiva y leer sobre nuevas series, aderezados con un poco de cotilleo couché y a veces con pegatinas de estrellas ochenteras con las que cubrir carpetas escolares.

Si este dato sirve de muestra, en 1985 hubo seis portadas en todo el mundo dedicadas a Luz de luna. Ese número aumenta a cuarenta y ocho en 1986 y sube hasta la cima de ochenta y seis portadas en 1987, el año del infame polvo. De ahí, la cosa cae en picado hasta treinta portadas en 1988 y dieciocho el año de la última temporada.

El equipo de guionistas y directores de la serie hizo lo que pudo, pero como tantas madres nos han recordado durante tanto tiempo, la virginidad no se puede recuperar. La de televidentes y estrellas se había roto y no había forma de reconstruirla. Así que, sin el showrunner que la hizo nacer, la serie tenía que terminar, y afortunadamente lo hizo al más puro estilo Moonlighting.

En el último episodio, después de resolver el caso de turno y de presenciar la fracasada boda de la ya mrs. DiPesto y mr. Viola, David y Maddie vuelven a la oficina y se la encuentran vacía. Un ejecutivo de la cadena les dice que el show ha sido cancelado, así que temiendo su propia defunción, corren a buscar a otros actores, personajes y al supuesto dueño de la cadena para intentar salvar la serie, pero ya no hay nada que hacer.

Derrotados y preguntándose por su destino como personas y personajes más allá de Luz de luna, Maddie y David se sientan a los pies del altar que nunca les vio unirse, y la pantalla funde a negro.

Al menos, el último rótulo fue de agradecimiento a Glenn Gordon Caron.

Lo merecía.

Moonlighting (1985–1989), Imagen: ABC Circle Films / Picturemaker Productions.


Anoche un DJ me salvó la vida (en memoria de David Mancuso)

David Mancuso, 1975. Fotografía cortesía de Tim Lawrence / vrients.com.

Ahora que Ru Paul se ha puesto tan, tan de moda, estaría bien que nos acordáramos de qué fue aquello de la movida neoyorquina de los ochenta, más allá del Studio 54 y de la Danceteria y de dónde empezó la cultura de club de verdad. Y para eso tenemos que llevar la aguja del tocadiscos varios surcos más atrás, concretamente a la noche de San Valentín de 1970, cuando tuvo lugar la primera fiesta underground de la historia al abrir sus puertas The Loft, en el 647 de Broadway, la casa de David Mancuso. El primer DJ. Aquella fue la primera de las que siguieron, una por semana, atrayendo a gente de lo más heterogénea, contrariamente a otros clubes donde había que ser una celebridad o vestir de una determinada manera para que el gorila de la puerta te permitiera el paso. En The Loft era todo lo contrario. Desde el principio fue un lugar de encuentro LGTBQ, de latinos y negros con blancos, heteros, quinceañeros, cuarentones. Daba igual. Solo tenías que querer bailar, vestido con los pantalones de plástico, la camiseta de tirantes o las zapatillas chinas que te permitían deslizarte sobre el suelo de madera.

En The Loft podías hacerlo hasta las seis de la mañana a cambio del precio casi simbólico de 2.50 $ (Mancuso tenía que pagar el alquiler del loft que ocupaba de manera ilegal) con el que tenías además acceso a comida gratis, caramelos y zumo de naranja (no alcohol) y sobre todo a los temas que Mancuso pinchaba. Hasta entonces no se le había ocurrido a nadie poner discos para crear una atmósfera, enlazar un tema tras otro para encontrar un clima, un estado de ánimo. Mancuso fue el primero. Se había cuidado mucho de tener un equipo de música de la mejor calidad (sin mesa de mezclas, él dejaba sonar cada tema de principio a fin) con siete altavoces Klipschorn que sonaban sin romperte los oídos. Mancuso era un melómano antes que cualquier otra cosa.

Nacido en Utica, creció en un orfanato del que su mejor recuerdo eran las fiestas que la hermana Alicia montaba con cualquier excusa, con globos de colores en el techo y discos y zumo recién exprimido que luego traería él al Loft (las invitaciones al Loft solían ser ilustraciones de Our Gang, una serie de cortos de cine sobre una pandilla de chavales negros y blancos). Ya adulto fue amigo de Timothy Leary (de quien tomó la idea de estructurar sus fiestas en tres «bardos» o momentos: un comienzo suave seguido de un clímax y de un final relajante) y acudía con frecuencia a las fiestas en el Electric Circus, donde corría el LSD cuando aún era legal. Aquello del LSD se le quedó grabado y al instalarse en su primera casa y dar esa primera fiesta del 14 de febrero de 1970 la llamó «Love Save the Day» party. Aquel party le llevó a la fama. Pero Mancuso no era alguien a quien la fama le interesara. Para empezar, no le gustaba que su casa fuera un club exclusivo, él solo quería que gente que no tenía un centavo pudiera bailar y comer hasta las mil. Tampoco buscaba el protagonismo: no tenía cabina de DJ y el local estaba dispuesto de manera que la gente bailara de cara a los altavoces situados en un extremo mientras él pinchaba en el otro extremo del loft.

Fue también el precursor del pool record y quien lanzó internacionalmente a Manu Dibango entre otros, pero a Mancuso lo único que le gustaba era la música (negra, latina) y la gente. Y lo consiguió durante unos años, hasta que el edificio contiguo se derrumbó y tuvo que mudarse al Soho, al 99 de Prince Street. Allí se encontró con las quejas de los vecinos y tuvo que cerrar un año mientras consiguió demostrar que no vendía alcohol, lo que le permitió volver a abrir sin la necesidad de tener «licencia para cabaret», dando lugar a un espacio legal para clubes que siguieron la misma pauta como Paradise Garage o The Saint. En el Soho permaneció hasta el 85, cuando vendieron el edificio  tuvo que mudarse a Alphabet City, una zona bastante más chunga de Nueva York, y ya nada fue igual.

Algo ocurrió además a finales de los setenta, cuando la música disco pegaba ya muy fuerte después del taquillazo que supuso la Fiebre del sábado noche y a algunas discográficas que vendían rock and roll les hacía maldita la gracia. No se sabe muy bien si fue por iniciativa propia de Steve Dahl o alguien con otros intereses andaba detrás, pero el 12 de julio de 1979 tuvo lugar en el estadio de Comiskey Park de Chicago lo que acabó llamándose la «Disco Demolition Night».

Steve Dahl era, y sigue siendo, un humorista bastante popular que tenía un programa de radio en la WDAI. Cuando la WDAI se pasó del rock al disco, echaron a Dahl. Dahl entonces entró a trabajar a otra emisora más rockera, la WLUP y enseguida montó «The Insane Coho Lips», un grupo de seguidores que no tenían otro fin que acabar con la música disco y seguían las quedadas que Dahl promocionaba por la radio para reventar actuaciones y presentaciones del género. A lo largo del 79 habían tenido algunas salidas de pata pero cuando la montaron bien fue aquel día de julio de 1979. El estadio Comiskey es el de los White Sox de Chicago, y como el equipo andaba de capa caída esa temporada, le dieron el visto bueno a Dahl para reunir a los Coho Lips y quemar unos cuantos vinilos durante el descanso del partido contra los Tiger (es frecuente que en los descansos de béisbol se programen espectáculos o salgan chicas con poca ropa para atraer a otro público aparte del habitual  deportista). Esperaban unas quince mil personas porque permitían la entrada al campo por 98 céntimos si traías un vinilo de música disco para quemarlo. Se reunieron cincuenta mil o más. Muchos quedaron fuera sin poder entrar. Al llegar el descanso Dahl salió al campo e hizo explotar una caja llena de discos provocando un gran socavón en el terreno. La gente también  comenzó a arrojarlos a modo de frisbee, tiraban bengalas, quemaban discos, saltaban al campo a bailar o a hacer el tonto y al final tuvieron que suspender el segundo tiempo. De alguna manera las discográficas entendieron que este era el fin de la música disco, aunque lo cierto es que no fue otra cosa que una movida de heteros blancos contra la música negra o latina y que ellos consideraban «de maricones».

Imagen cortesía de mo’ fidelity.

Pero the beat goes on y la música disco siguió sonando en locales tan míticos como Danceteria, donde Madonna hizo su primera actuación de chicuela debutante, o Studio 54, el it lugar de los 8ochenta para la gente guapa, carísimo y exclusivo. The Loft entonces, en los ochenta, no era ya lo que era, pero por su pista habían pasado dos de los DJ que serían los precursores del concepto de club que conocemos ahora: Larry Levan y Frank «Knuckles».

Larry y Frank se conocieron en el 69 en una fiesta cuando Levan estaba colocando las cuentas del vestido de una drag queen y desde ese momento se hicieron inseparables. Probablemente Larry llevaría entonces el pelo teñido de naranja como el petardo que era (mucho antes del punk, esto eran los sesenta). Comenzaron a ir a bailar a The Loft de Mancuso, donde se quedaron prendados del árbol de navidad que Mancuso tenía puesto tooodo el año en una esquina. Aprendieron bien de David, y un buen día Nick Siano, propietario del legendario The Gallery y habitual de The Loft, les invitó a trabajar a ambos. Servían en la barra, decoraban la sala, conseguían ácido para los clientes. Levan también colocaba las luces en The Continental Baths, un local solo para chicos que contaba con una piscina y un gimnasio, todo muy gladiador romano, cuando el pincha un día se ausentó y pillaron a Levan por las buenas para sustituirle. Le dieron cinco horas para prepararse como DJ. Fue tan bien la cosa que en febrero del 78 abrió Paradise Garage en el 84 de King Street.

La noche de inauguración, sin embargo, la cagó bien porque quería dejar el local a su gusto hiperperfeccionista y dejó en la calle a toda la jet-set que había acudido a pesar de la tormenta de nieve que azotaba esa noche Manhattan. Juraron no volver pero a Levan eso le importó bien poco. Como Mancuso, para él lo importante era la música, contagiar un estado de ánimo, disponer de un equipo de altísima fidelidad que emitía unos graves que te levantaban del suelo. No había zona VIP ni se vendía alcohol (lo que le permitía abrir hasta el amanecer y dejar el local abierto hasta veinticuatro horas seguidas) y no tenía aire acondicionado, así que la gente que acudía a bailar iba porque era Levan quien pinchaba, y nada más. El local era muy feo, las paredes eran de fibra de vidrio para que no se produjera eco y cuando las luces se encendían dejaban ver una sala que no era otra cosa que una enorme caja negra con solo una bola de espejos allí arriba que Levan mimaba hasta el extremo de interrumpir la música para subirse a una escalera y limpiarla. Pero a la gente no le importaba. Se le permitía todo. Era Larry Levan.

Entonces llegaron los ochenta, el sida, Reagan. Muchos clubes, sobretodo los de ambiente, tuvieron que echar el cierre. Levan empezó a consumir y acabó vendiendo su colección de discos para poder comprar sus dosis de lo que fuera. Cerró el local y abrió The Ministry of Sound en Londres. Ya nada era igual. Murió de endocarditis en el 92. Pero para entonces la música dance y disco se había reconvertido en algo diferente. Frank «Knuckles» había hecho algo diferente. Knuckles, como su íntimo Levan, había empezado por gamberrear un poco por aquí y por allá, primero en The Loft y en A Better Days y después en la Gallery de Nick Siano, pero no acababa de arrancar en Nueva York. Un día a Levan le ofrecieron que se marchara a Chicago para que fuera el DJ del recién abierto Warehouse y, como estaba contento en su garaje, le pasó el trabajo a Knuckles.

The Warehouse abrió en 1977, en el 206 de Jefferson Street, lo que ahora es un bufete de abogados por aquello de los ciclos del karma, en un local enorme que acogió al principio un público mayoritariamente gay y afroamericano pero que muy pronto se diversificó, como ocurrió sistemáticamente con los locales de dance. Knuckles pinchaba música disco europea, rock y de sellos independientes como Salsoul, cosas poco frecuentes. La fidelización del sonido corrió a cargo de Richard Long, quien ya había diseñado el sonido para Studio 54 y el Paradise Garage, y muy muy pronto el local se hizo imprescindible. Como era de esperar conoció a Jamie Principle, un chaval que estaba muy colado por su novia y le compuso «Your Love» para recordarla forever. «Your Love» casi que podríamos llamarlo el primer tema house que se compuso: sintetizadores, puros ritmos de 4 por 4, ritmo electrónico sin apenas estructura musical; se convirtió en un hit enseguida (se hacían copias en casete de copias en casete de copias en casete, etc). Tuvieron la buena o mala suerte de que el productor de Trax Records lo grabó y comercializó (sin el permiso de Knuckles ni de Principle) a su manera habitual: el sello era tan cutre que solía cocinar literalmente los discos, fundiendo vinilos viejos para grabar nuevos, todo muy casero.

Y por eso de ahí viene el término música house (hecha en casa) aunque también se dice que porque nació en la Warehouse de Knuckles. Knuckles se pasó luego al Power Plant en la misma Chicago y fundó su propia productora, Defmix. Uno de los primeros temas que grabó fue «Tears» de Satoshi Tomiie, que es junto con «Your Love» la piedra angular del house. Knuckles empezó a hacer giras, fue a Inglaterra, donde el house ya pegaba en The Haçienda y siguió por Ibiza (que por lo visto no le gustó mucho) y el Terrazzza de Barcelona. Murió en el 2014 al tener que amputarle un pie por complicaciones con la diabetes que padecía. Ahora seguro que estará pinchando millones de horas sin parar en algún sótano gigantesco con Levan haciendo el loco en una esquina y en la otra David Mancuso, muy tranquilo, muy cool muerto el pasado 14 de noviembre en su casa de Nueva York en circunstancias desconocidas.


La carne de dios

Psilocybe species include P. baeocystis (left) and P. pelliculosa (right). Fotografía: Mushroom Observer (CC)
Psilocybe baeocystis (izquierda) y Psilocybe pelliculosa (derecha). Fotografía: Mushroom Observer (CC)

La psilocibina es un compuesto psicodélico presente en unas ciento ochenta y seis especies de hongos. La mayor concentración se encuentra en varias especies del género Psilocybe pero se ha identificado en otros doce géneros más. Tras su ingestión, nuestro organismo transforma la psilocibina rápidamente en psilocina, una molécula psicoactiva que actúa sobre los receptores cerebrales de serotonina y genera alucinaciones, euforia y trastornos de la percepción; aumenta la emotividad, favorece la capacidad de introspección y genera un recuerdo muy vívido de algunas memorias. También pueden experimentarse reacciones negativas tales como náuseas, nerviosismo o dolores de cabeza y en algunas personas puede ser aún peor, con ataques de pánico o paranoia. La duración de los efectos está entre dos y seis horas, pero como también altera la percepción del tiempo los consumidores lo viven como que ha pasado mucho más. Un estudio realizado sobre ciento diez voluntarios sanos que recibieron de una a cuatro dosis de psilocibina concluyó que experimentaron «cambios profundos en el estado de ánimo, en la percepción y en el pensamiento y valoraron la experiencia como placentera, enriquecedora y no amenazante».

Los «hongos mágicos» tienen una historia bien delimitada en dos etapas y no necesariamente una es la continuación de la otra. En la primera parte, antes de mediados del siglo XX, su consumo estaba unido a un ámbito ritual y se buscaba una comunión con los espíritus. Hay pinturas murales en el Sáhara donde se observan figuras con algo que parecen setas en sus manos y recubriendo toda su piel. En un mural de unos doce metros situado en un abrigo rocoso del yacimiento de Selva Pascuala (Villar del Humo, Cuenca) hay otras formas poco definidas y se ha planteado que podría tratarse de una transición de setas a hombres, algo que podría estar relacionado con el consumo de Psilocibe hispanica en esa zona. Ya en épocas históricas, las setas psilocibias eran un componente importante de la culturas americanas, en particular de los aztecas. Los clérigos españoles persiguieron el consumo por los indígenas mexicanos y lo trataron como un asunto diabólico, identificando correctamente que era parte de la comunión de las culturas precolombinas con sus divinidades —el nombre en nahuatl, el lenguaje de los aztecas, es teonanácatl, la carne de dios— y, precisamente por eso, buscando acabar con ello. A pesar de siglos de prohibiciones y persecuciones, las setas psilocibias siguen formando parte de rituales religiosos de distintos grupos étnicos incluyendo los nahuatls, los matlatzinca, los totonacs, los mazatecas, los mixes, los zapotecas y los chatino.

La segunda etapa, que podríamos llamar recreativa, se inicia en la segunda mitad del siglo XX y el consumo sigue pautas muy diferentes: se realiza por personas de países desarrollados o de los mismos países pero sin una conexión espiritual ni cultural, en un lugar no simbólico, sin la presencia de alguien que actúe como guía (el chamán) que es el que regula qué y cuánto se consume. En el primer caso se trata una ceremonia que se considera el acto más sublime del grupo, donde se recibe a los dioses o se hace uno con ellos, y donde el componente espiritual es una parte fundamental y necesaria. En la versión moderna, el consumo es recreativo y va frecuentemente unido a ilegalidad, a tráficos y consumos de sustancias prohibidas. En 1957, un banquero y micólogo aficionado, R. Gordon Wasson, y su esposa Valentina describieron sus experiencias de ingestión de hongos con psilocibina durante una ceremonia tradicional en México, publicando un artículo en la revista Life titulado «Seeking the Magic Mushroom» («Buscando el hongo mágico»). En un segundo viaje les acompañó Roger Heim, director del Museo Nacional de Historia Natural de París, quien identificó las especies de setas utilizadas y envió unas muestras al químico Albert Hofmann, que trabajaba en Sandoz y había conseguido fama mundial al sintetizar el LSD en 1938. A este grupo se unió Timothy Leary, profesor en la Universidad de Harvard que ayudó a popularizar la psilocibina y a defender sus posibles usos terapéuticos. Como había sucedido en la época de la colonia, las autoridades norteamericanas y europeas también ilegalizaron su consumo, posesión y venta, siendo clasificadas como drogas de tipo 1, que son las que tienen un alto potencial de abuso y ningún efecto terapéutico.

A pesar de este estigma, se han hecho diversas investigaciones sobre los principios activos de las setas psilocibias y sus efectos. Griffiths y su grupo hicieron un ensayo clínico con psilocibina en treinta y seis personas que nunca habían tomado un alucinógeno pero que participaban en prácticas religiosas o espirituales. Los voluntarios fueron evaluados durante el tratamiento, poco después y dos meses más tarde, y unos tomaron psilocibina y otros un placebo activo: metilfenidato (Ritalin). El Ritalin produce un efecto estimulante pero no alucinógeno, y se usó porque si se hubiera tomado un compuesto inactivo como control los usuarios habrían identificado con rapidez en qué grupo participaban y se habría dado un sesgo en sus respuestas. A los dos meses, los participantes valoraron la experiencia con la psilocibina como algo muy significativo en el plano personal, con un intenso componente espiritual y atribuyeron a esta experiencia cambios positivos en su actitud ante la vida. Una nueva evaluación un año después hizo que los participantes describieran su experiencia con la sustancia fúngica como una de las más significativas personal y espiritualmente de sus vidas y consideraron que había mejorado su bienestar y su satisfacción con su propia existencia. Para confirmar este efecto, los investigadores entrevistaron también a familiares, amigos y compañeros de trabajo de las personas que habían participado, llegando a la conclusión de que estos cambios eran consistentes con las puntuaciones que les daban los familiares, amigos o colegas de cada participante; es decir, habían cambiado y había sido para mejor. Es una evaluación chocante por dos motivos, por un lado porque se producen cambios duraderos en el tiempo con una experiencia puntual y, por otro, por esa clasificación de la psilocibina entre las drogas de tipo 1, las más peligrosas y dañinas.

DETALLE del panel 1 de la pintura prehistórica de Fuente de Selva Pascuala (Cuenca, España): probables hongos alucinógenos.
Detalle del panel 1 del yacimiento de Selva Pascuala (Villar del Humo, Cuenca). Fotografía:  Giorgio Samorini (CC)

Un segundo grupo de estudios, incluyendo varios ensayos clínicos, se ha centrado en las posibilidades terapéuticas de la psilocibina. La base de datos norteamericana de ensayos clínicos (accedida el 14 de noviembre de 2015) recoge quince estudios realizados o en realización con esta molécula donde se investigan sus posibles beneficios para los pacientes con cáncer, para las crisis de ansiedad, para dejar la adicción a drogas como el alcohol o la cocaína y para mejorar la psicología y eficacia de líderes religiosos, como si pudiéramos tener chamanes de laboratorio. Un par de estudios recientes se han centrado en pacientes con estados avanzados de varios tipos de cáncer y un diagnóstico de un trastorno de ansiedad. Los resultados estadísticos permitían concluir que la psilocibina generó una disminución de la ansiedad y una mejoría en el estado de ánimo de estos pacientes.

El tercer ámbito de actividad en el que la psilocibina parece una molécula prometedora es en el tratamiento de la depresión. La psilocibina se une a los receptores serotonérgicos 1A/2A/2C y hace que la respuesta de la amígdala cerebral a los estímulos negativos o neutros se atenúe y eso genera una mejora del estado de ánimo en las personas deprimidas. La psilocibina actúa también sobre la corteza anterior del cíngulo, una zona que muestra cambios de actividad en personas con depresión y el tratamiento lo normaliza. Las personas con depresión tienen un exceso de actividad en la llamada «red neuronal por defecto» y así están todo el tiempo rumiando sobre ellos mismos, su nulo valor, sus fallos, su maldad, los fracasos vividos y los fallos cometidos. La psilocibina parece actuar también a este nivel, deteniendo lo que se conoce como rumiación obsesiva y mejorando la autoestima de los pacientes. Los primeros ensayos clínicos con la sustancia vieron que los voluntarios que participaban en el estudio se sentían de mucho mejor ánimo unas pocas semanas después, aunque prácticamente ningún laboratorio farmacéutico está dispuesto a participar en el estudio por las dificultades administrativas y legales que implica trabajar con una sustancia controlada.

Los cambios que la psilocibina genera en el cerebro se asemejan también a otro proceso natural de la mente: la creación de sueños. Tras inyectar psilocibina a quince voluntarios y meterlos en un escáner de resonancia magnética funcional, Robin Carhart-Harris y sus colegas del Imperial College han visto que se producía una caída de la actividad en el tálamo y en la corteza anterior y posterior del cíngulo. También se vio que se producía una disminución en el acoplamiento entre la corteza prefrontal y la corteza posterior del cíngulo. Estas regiones están relacionadas con el autocontrol y los pensamientos más elaborados. Estos cambios en los niveles de actividad son similares a los que se producen cuando una persona sueña, lo que podría tener que ver con las visiones y las experiencias oníricas, y la menor actividad en los centros de conexiones también sugiere una cognición sin restricciones, como si el cerebro se comportase «más libre» tras el consumo de psilocibina.

La psilocibina se clasifica también dentro de las sustancias enteógenas, aquellas moléculas capaces de suscitar experiencias espirituales, un aspecto enormemente sugerente por sus implicaciones pero que entre los científicos suele generar cierta incomodidad. De hecho se ha visto que la psilocibina y el LSD son capaces de inducir experiencias místicas o trascendentes en una relación dosis dependiente, algo que no sucede con otras drogas psicoactivas como el éxtasis, el cánnabis, los opioides, la cocaína o el alcohol. Tras un ensayo clínico con psilocibina, la mitad de los participantes lo describieron como la experiencia espiritual más significativa de sus vidas.

Las experiencias místicas son un componente fundamental de las tradiciones religiosas y culturales en todas los continentes y en todas las épocas. En todas ellas hay un núcleo común, un relato bastante parecido que incluye sentimientos de unidad, de conexión, de sentirse en un ámbito sagrado, de paz, inefabilidad, alegría, trascendencia y una idea difícil de explicar de que esa experiencia es una fuente de verdad. Durante milenios, los humanos hemos usado una serie de rituales para alcanzar ese estado incluyendo la meditación, el rezo, el ayuno y la danza. También es común el consumo en esos ceremoniales de sustancias con poderes místicos que pueden ir desde la transubstanciación del pan y el vino en cuerpo y sangre de Dios a la ayahuasca, el peyote y los hongos mágicos.

 Para leer más:

  • Carhart-Harris RL, Erritzoe D, Williams T, Stone JM, Reed LJ, Colasanti A, Tyacke RJ, Leech R, Malizia AL, Murphy K, Hobden P, Evans J, Feilding A, Wise RG, Nutt DJ (2012). «Neural correlates of the psychedelic state as determined by fMRI studies with psilocybin». Proc Natl Acad Sci U S A. 109(6): 2138-2143.
  • Griffiths R, Richards W, Johnson M, McCann U, Jesse R (2008) «Mystical-type experiences occasioned by psilocybin mediate the attribution of personal meaning and spiritual significance 14 months later». J Psychopharmacol 22(6): 621-632.
  • Kraehenmann R, Preller KH, Scheidegger M, Pokorny T, Bosch OG, Seifritz E, Vollenweider FX (2014) «Psilocybin-Induced Decrease in Amygdala Reactivity Correlates with Enhanced Positive Mood in Healthy Volunteers». Biol Psychiatry pii: S0006-3223(14)00275-3.
  • Lyvers M, Meester M (2012) «Illicit use of LSD or psilocybin, but not MDMA or nonpsychedelic drugs, is associated with mystical experiences in a dose-dependent manner». J Psychoactive Drugs 44(5): 410-417.
  • Samorini G (1992) «The oldest representations of hallucinogenic mushrooms in the World (Sahara Desert, 9000-7000 B.P.)». Integration 2 (3): 69–78. Enlace.
  • Young SN (2013) «Single treatments that have lasting effects: some thoughts on the antidepressant effects of ketamine and botulinum toxin and the anxiolytic effect of psilocybin». J Psychiatry Neurosci 38(2): 78-83. Enlace.


José María Carrascal: «Un periodista no puede ser amigo de un político»

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La biografía de José María Carrascal (El Vellón, 1930) puede ser un verdadero resumen del siglo XX: fue periodista en el Berlín del muro, curioso espectador de la contracultura neoyorkina y figura conservadora televisiva parapetada en sus corbatas lisérgicas. Su último capítulo, que esperemos no tenga un final cercano, lo presenta como un jubilado parlanchín que escribe de manera libre sobre Cataluña, Podemos y lo que le plazca.

Usted fue marinero mercante.

El mar siempre me había tirado: había en casa tres libros del capitán Argüello. Estudié Náutica, que me costó bastante, especialmente las matemáticas. Fue una experiencia muy enriquecedora. Con veinte años uno de repente descubre que el mundo es otra cosa. Navegábamos y nunca sabíamos cuál iba a ser el próximo destino. Salías de Bilbao, donde estaba limpiando fondos, en Portugalete, luego a Emden, en Sajonia (Alemania) después me enteré de que había sido una base de submarinos alemanes. Cardiff, donde cogíamos carbón y lo llevábamos a Boston. A Filadelfia, a por trigo. Acababas en Vigo. Después Génova, luego Tatal, en Chile. Me acostaba a las cinco y me despertaba a las diez para hacer la meridiana, había que hacer un cálculo de navegación con las estrellas, ahora llamas al satélite y te da tu posición clavada. Pero yo nunca hubiera llegado a ser capitán. Lo descubrí muy pronto, el capitán me echó la bronca por hablar con la tripulación, ya que me gusta charlar y hablo con todo el mundo. Me dijo: «Usted es un oficial, y los oficiales no hablan con la tripulación». Y tenía razón, cuando estás mucho tiempo en el barco notas cómo el ambiente se va enrareciendo y hace falta disciplina.

¿Cómo acaba siendo profesor de español en Berlín?

En la Universidad de Barcelona, haciendo Filosofía y Letras, vi un anuncio que decía: «Se necesita profesor de español. Sin alemán. Nativo». Solo se necesitaba el título de bachiller, y yo lo tenía. El destino favorito de los ingenieros alemanes era Hispanoamérica. Una de las asignaturas de la Hoschule era el español. También di clases particulares a gente como Joachim Lipschitz, muy amigo de Willy Brandt, que era consejero del Interior en Berlín.

El alemán lo aprendí con mi mujer, que es la mejor forma de aprender el idioma. También con un libro de texto a base de ejercicios que compré en Berlín Este. Un libro soviético: cogías el pretérito e ibas ejercicio a ejercicio. Luego encontré trabajo en la Volkswagen como traductor en la rama de publicidad, en Wolfsburgo, un pueblecito de frontera junto a la Alemania Oriental. Cruzaba todas las semanas la RDA, ciento cincuenta kilómetros, por autopista, y volvía a Berlín con las hojas que tenía que traducir diariamente. Pagaban mucho mejor: cuatro veces más.

¿Cómo empezó el periodismo?

En el Diario de Barcelona, escribí cuatro largos artículos sobre las cuatro zonas del Berlín ocupado. Me los publicó ABC. Luego me contrataron en el diario Pueblo, sin conocerme. Y pasó una cosa muy interesante: en la prensa española se habló muy poco del congreso de Bad Godesberg de 1959 en el cual la socialdemocracia abjuró del marxismo. Informé sobre ello en Pueblo y lo importante que era, y se publicó. Entonces los corresponsales alemanes lo interpretaron como que el gobierno español estaba intentando acercarse a la socialdemocracia (risas). Nunca me dieron instrucciones, aunque quizá alguna crónica no se publicó…

Fue testigo directo cuando levantaron el muro en Berlín.

Lo vi venir antes. A los extranjeros nos permitían ir a Berlín Este sin problemas, pero luego hubo que hacer unos trámites. Empezaron a haber retrasos en la frontera, donde te fastidiaban todo lo posible, impusieron unos trámites. Estaba un día en la estación de Friedrichstraße, vi un montón de gente con maletas y le dije a mi mujer «como no cierren, se quedan sin nada». Lo dije de broma, y quince días después sucedió, llegaron las alambradas. Para la gente que vivía allí fue brutal, pero para mí supuso el inicio de mi carrera periodística. Me pusieron un télex en el diario Pueblo, cerraron la corresponsalía de Bonn y me ofrecieron ser el periodista que cubriera toda Alemania desde Berlín.

Entonces había un cálculo. Berlín Oeste le costaría tomarlo a los tanques soviéticos veinte minutos. Nos dieron doscientos marcos a cada residente por quedarnos, incluidos los periodistas extranjeros, fue lo que llamaron la zittern salen, «la paga del tembleque» (risas).

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¿Cómo era el clima social de Berlín?

Era tan bueno que no he querido volver nunca más a la ciudad. Era una isla, y estas tienen un ambiente cerrado. Los extranjeros éramos los amos, los liebling de Berlín: garantizábamos que se mantuviera como una isla en medio del comunismo. Al casarme con una alemana el Ayuntamiento me proporcionó casa allí. Para que te hagas una idea, en la Maison de France en medio de la ciudad no podían entrar los alemanes a no ser que fueran con un extranjero. La asociación de corresponsales extranjeros de Berlín era la única capaz de tener gente de las dos ciudades, la capitalista y la comunista: a los orientales les interesaba ir a las reuniones con las autoridades berlinesas occidentales. Quizá por eso eran casi todos espías.

Allí estaba Willy Brandt. Nos reuníamos todos los jueves en la cervecería del Schiller Theater, y hablábamos de todo y de más: se bebía mucha cerveza. Ellos, los comunistas, nos compraban de la forma más elegante: ofreciéndonos viajes. Recuerdo uno a Praga, con nuestras esposas, en el año 65, poco antes de la primavera. Allí ya se respiraba ese ambiente de revuelta. El clima de la asociación de corresponsales se agrió por los problemas de muro y los corresponsales estadounidenses e ingleses debieron recibir instrucciones para disolverla. ¿Por qué? Porque era un sistema de espionaje, y si no se hacía, los comandantes, que dominaban cada una de las zonas, impedirían nuestro trabajo.

¿Y Berlín Este?

Era todo gris, opaco, como es en los países comunistas. Pero había lujos, para una élite, que podía comprar en determinadas tiendas, restaurantes e incluso ir a la ópera. Tenían la Universidad Humboldt donde intenté estudiar pero no me admitieron. Y el teatro de Bertolt Brecht, que dirigía su viuda. También un restaurante del partido, Ganímedes, que era muy bueno. Con nuestro cambio de divisas de cinco a uno todo nos parecía barato. Tenía unos amigos allí, del partido, y pasaba fines de semana con ellos en un barco. Vivían muy bien: en una dictadura si eres de la clase dirigente vives en el mayor de los lujos ya que nadie discute tu posición.

Es la frase de Agustín de Foxá: «Tengo el mejor cargo posible: diplomático en una dictadura».

Claro. O diplomático o del partido. Aunque en el partido te pueden cortar la cabeza en cualquier momento.

Estuvo a punto de ser corresponsal en Moscú también.

Emilio Romero, director de Pueblo, quiso que fuera corresponsal en la capital de la Unión Soviética. Pero España no tenía relaciones diplomáticas. Un amigo que había hecho en la asociación, Kukushin, me puso en contacto con el diario soviético Izvestia (La Noticias), expliqué que Pueblo en España era el periódico de los sindicatos. Me dijeron que en Izvestia me daban acceso a la información y télex, pero no tendría rublos convertibles, porque no había relación entre ambos países. Emilio Romero tendría que haberlo pagado todo, cinco mil dólares mensuales. Sin embargo, Jesús de la Serna, subdirector de Pueblo, me dijo que el gobierno de Franco se había negado. «Que luego los rusos pedirían un corresponsal en Madrid, y que luego serían todos espías», dijeron. Me ofrecieron ir de corresponsal a Estados Unidos y acepté. Mi mujer había sido azafata en la Panamericana y le encantaba ese país.

Miguel Ángel Aguilar nos afirmó que era una persona «muy corrupta», y que llegaba a falsificar las cuentas de la Asociación de la Prensa, que había robado hasta las mantas de un hospital de tuberculosos y estaba sentenciado por ello.

No tengo realmente información sobre esto, ni la menor idea de su vida particular. Hay que guardarse, eso sí, de tirar piedras a otros. Podría hablar de personajes que has citado, pero no me interesa.

¿Cómo era el periodismo bajo la dictadura? ¿Sufrió la censura?

En mi puesto no había censura, solo aquí: ellos enviaban las galeradas al Ministerio de Información y Turismo y les decían cuáles iban y cuáles no, pero no he llevado cuenta de si se me ha censurado o no. De la misma manera que no se censuró el artículo de la convención socialdemócrata, no se hizo con lo que escribí de Estados Unidos en contra de la guerra de Vietnam o el Watergate. La censura era para las informaciones del país, no para las relaciones internacionales.

Era el truco que utilizaba Haro Tecglen en Triunfo: utilizar la política internacional como pantalla de la nacional.

Sí. Se podía utilizar el Watergate, por ejemplo, un juicio a un presidente por parte de las cámaras.

¿Cómo era el Nueva York de 1966?

Era fascinante. La contracultura en aquellos tiempos era «in». En Nueva York estaba el East Village, el Electric Circus, el Fillmore East, y un buen día te encontrabas a hippies en Wall Street. En aquel tiempo los Estados Unidos eran un país muy libre: en el mismo momento que pasaras el Inmigration te perdías en el país. No existía, ni tampoco ahora, carné de identidad. Los hippies se subían a la galería de Wall Street y empezaban a tirar billetes de dólar a los brokers que estaban abajo. ¡Era un espectáculo!

John Lennon afirmaba «Nueva York es hoy como París el siglo pasado».

Más bien la Roma de nuestro tiempo. Plácido Domingo, que era mi vecino, me lo decía: «Lo que sale en el New York Times tiene una repercusión mundial». En Viena le pagaban más, pero en Nueva York tenía más fama. Cuando se establecieron las relaciones con China, tras la diplomacia del ping pong, se creó la primera línea aérea con salida de Nueva York a primera hora de la madrugada. Era para que los chinos pudieran comprar ese periódico a la una de la mañana, y llevarlo a Pekín (risas).

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Usted, en su libro Groovy, fue muy crítico con la cultura hippie.

No tanto: lo que escribí estaba sacado de un hecho real. La cultura hippie comenzó como una cultura del amor, y al inicio lo era. Esos chicos de clase media, clase media-alta, creían en ello. Pero cuando todo se mezcló con chavales de extracción más baja, donde eso del amor, las rosas, les interesaba poco… entre ellos se empezó a imponer el más brutal. El caso de esa chica que novelé, a los tres día de llegar a Nueva York de Idaho, se encontró en un asesinato, es real.

Todo fue degenerando: el concierto de Altamont de los Rolling Stones, que habían contratado a los Hell’s Angels con toda la cerveza del mundo como seguridad y acabó a navajazos. Mientras que Woodstock fue un éxito, ¡cuántos niños se procrearían allí!, en Altamont tuvieron que sacar a la banda en helicóptero como a los americanos de la embajada de Vietnam. Es lo que pasa con estos movimientos tan idealistas: la naturaleza humana sale a flote. No somos ángeles.

¿Y qué recuerdo guarda la guerra de Vietnam?

Me arrepiento un poco de haber sido crítico con ella. Cuando he visto a los norvietnamitas al acabar la guerra intentar establecer relaciones con los Estados Unidos. ¡No eran tan idealistas! La teoría del dominó, la que invocaban los norteamericanos, fue real sobre todo en Camboya. La masacre en Camboya, las pilas de calaveras, eran increíbles. Pero desde mi punto de vista ahora, me resulta absurdo que se intenten imponer los valores de Occidente por la fuerza. Lo estamos viendo en los países del golfo Pérsico: es inútil, ellos tienen otros valores.

Según un estudio de la Universidad de Harvard, Estados Unidos asesinó a seis millones de personas en esa guerra.

Sí, de acuerdo. Por eso fue un error. Los Estados Unidos tienen un sentido mesiánico: como a ellos les ha ido bien con la democracia… pero son un país que no tiene nada que ver con el resto. Es artificial por completo, es como una sociedad anónima. Con gentes que vienen de lo más bajo, y en una generación se convierten en clase media. Pero eso funciona solo allí, en el exterior no puede funcionar.

Sigmund Freud decía que «Estados Unidos es un gran experimento».

Está siempre fermentando. Estados Unidos cada vez mira menos a Europa y cada vez más a Asia. El Pacífico es su interés, y la asiatización de Estados Unidos es el fenómeno más importante que está sucediendo ahora mismo. No solo comercial, sino también racial: la cantidad de parejas mixtas, americanos y asiática, ha crecido desde los 90 un un ciento cincuenta por ciento. Es increíble. De la misma manera que la pareja afroamericana-anglosajona permanece estática, no varía. Ellas y ellos, en las universidades de élite, de ciencias, son casi todos asiáticos, donde han desplazado a los judíos.

¿Conoció a David Peel y demás agitadores contraculturales del tiempo?

Yo me movía en la contracultura porque Nueva York es muy pequeña. La ciudad que sale en los periódicos está entre la calle 1 y la 72 o 79; entre los dos ríos. Se puede hacer andando. Mientras mi mujer se iba a ver a sus padres en verano, yo me lo pasaba en el East Village porque era divertidísimo. En el Fillmore East se veían películas de Andy Warhol. Y no te digo nada del Electric Circus: era un sitio que no sabías si era un circo y veías a gente tirada en el suelo o subida a lianas. Era la libertad en su máxima expresión. Tenía que enviar mi crónica todos los días, y la enviaba… pero lo hacía sin haberme ido a dormir antes (risas). Entonces era uno joven. No conocía yo esto. Tenía un buen amigo, Pepe Sobrino (muerto el año pasado), que tenía una casa en la costa oeste, y me ofrecía visitarle. Trabajaba para la United Press. Era un ambiente tan relajado, sin complejo de ninguna clase. Sobre todo viniendo de la cultura norteamericana puritana, de disciplina moral y de estricto cumplimiento de tareas. Contra eso precisamente se rebelaba la contracultura americana. Yo la conocía por Kerouac, On the Road, y había leído bastantes libros…

¿Llegó a leer los tratados y libros de Timothy Leary? Decía «el primer golpe de Estado es el golpe de estado mental».

Él era un propagandista del LSD, y después entraba dentro del mundo de Alguien voló sobre el nido del cuco, con su autor Ken Kesey. El LSD en principio no era una droga: se ensayó en California como remedio contra la esquizofrenia. Allí se apuntó Kesey, y lo consideraba como una especie de sustituto del electroshock, pero sin quemar neuronas. El LSD actuaba como terapia de choque: se podía comprar en la farmacia. Kesey y unos cuantos iban en una furgoneta Volkswagen pintada cargados de LSD. Eran los «Merry Pranksters». De esa experiencia también sale parte de la película Easy Rider. Era otro mundo, pero que se hundió rápidamente. Yo ya dejé de ir por esos ambientes en el año 70, porque te encontrabas un tío cargado de esto y no podías responder sobre lo que te haría. El LSD confunde los sonidos con los colores, estos con las palabras: era una desconexión de las neuronas. Ellos dicen que lo pasan bien, pero la verdad es que los casos que he conocido, como el hijo de mi predecesor en ABC José María Massip (periodista al que admiraba profundamente), eran terribles.

Richard Nixon habló de Timothy Leary como «el hombre más peligroso en los Estados Unidos».

Sobre todo para él (risas). Visto con la perspectiva del tiempo no creo que fuera una persona para poner gente joven en sus manos.

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¿Cómo era el clima social de la ciudad? Es el tiempo del cine de cine callejero de Paul Schrader o Martin Scorsese y las películas hippies

Yo asistí al estreno de Hair. Una amiga de mi mujer nos dijo: «He visto un nuevo musical que es tremendo, fantástico. En Off-Broadway». Fui para allá pensando en el teatro de Alemania, donde son muy formales, y fui perfectamente con mi traje gris oscuro, con mi corbata. Me senté, estaba detrás de mí la escritora que escribió El valle de las muñecas, Jacqueline Susann, y de repente llegaron una serie de hippies que me gritaron: «Are you necrophile?» («¿Es usted necrófilo?») Yo pensé «me cago en tu padre». Era por ir vestido así. Quedé fascinado con Hair, y también con Jesuchrist Superstar posteriormente. Escribí un artículo para Pueblo sobre Hair… y no lo publicaron. Pensé: «Ellos se lo pierden». Y luego, dos años después Carlos Castro, el redactor jefe, me dice: «José María, nos hemos enterado de que allí hay un musical estupendo, y se llama Hair. A ver si nos puedes enviar una críticas». Yo respondí: «¡Idiotas! ¡Os la envié hace dos años!».

¿Había tensión racial en la ciudad?

Nueva York se fue volviendo mucho más violenta. Es el marco de mi segunda novela, Mientras tenga mis piernas. En 1968 la explosión negra superó el self-hating, el odio a sí mismo, y arden esas casas, el Brownsville. Fue tan violenta que el Central Park, una especie de Retiro pero mucho mayor, se volvió intransitable. Incluso de día. A Fernando Arias Salgado, diplomático, le hicieron un corte en la cara. Un chico negro se le acercó, le pidió la cartera, él se la dio… y se llevó el corte. ¡A Antonio Garrigues-Walker le atracaron cuando iba a entrar en el hotel Walldorf Astoria! El problema de la revolución cultural es su definición. Sebastián Haffner dijo de ella que «no era más que el epílogo de la revolución burguesa». No es una revolución social, de tipo marxista, sino que las últimas libertades, de sexo o de placer, se obtienen. ¿Eso es una verdadera revolución? Nada cambiaba en el terreno social: lo máximo que llegaron los hippies fue a crear las comunas y no duraron.

¿Cómo se vive la contrarrevolución en Nueva York de la era Reagan?

Bueno, antes llegó la era Carter… El país estaba harto, fatigado, de esa revolución, y especialmente por la humillación de los rehenes en Teherán (Irán). A Reagan lo pude entrevistar, creo que fue una de las pocas entrevistas que concedió a un periodista español. Él dijo «por ahí no vamos a ningún sitio: Estados Unidos no puede recibir bofetadas». Esperaba que los rehenes quedaran sueltos antes de su posesión, el 20 de enero de 1980, lo que luego sucedió. Y vino la contrarrevolución: el patriotismo volvió a estar de moda.

Todo esto duró hasta el 11 de septiembre de 2001, donde se encontraron atacados en su propio territorio y Estados Unidos cometió el error de intervenir en Irak en ese instante. El primer Bush se detuvo en la frontera, con la primera guerra de Irak, y esta segunda guerra le ha dado la razón en lo que hizo. El chiste que corre en Nueva York es «lo de Irak se puede resolver desenterrando a Sadam Hussein y poniéndolo otra vez en el poder».

En los 60 y 70 Estados Unidos es la avanzadilla de la democracia mediática, mostrada en películas como Network. ¿Cómo se vive en Nueva York el cambio de primacía del papel a los medios audiovisuales con menos información y más opinión?

Los cambios en Estados Unidos son muy graduales, no es como en España que cambian de un día para otro. Este cambio del periodismo con mucha sustancia, del New York Times (donde prevalece la información), al de opinión ha sido más gradual. Walter Cronkite, periodista en la televisión estadounidense CBS, era alguien del que se decía que no se sabía si votaba a republicanos o demócratas, pero que de presentarse a elecciones saldría presidente. El día en el que decidió criticar la intervención de Estados Unidos en Vietnam Johnson dijo: «He perdido la guerra». Sin embargo, en estos cambios el periodismo norteamericano nunca ha perdido dos cosas importantes: separar la información de la opinión, y mantener en la opinión un cierto equilibrio. En el New York Times estaban James Reston y Tom Wicker que eran liberales de allí, socialdemócratas aquí. Al lado de ellos había columnistas claramente conservadores, republicanos. Mientras, aquí, en El País o ABC todos somos de la misma línea. Quizá por eso no se habla de cambios totales. Los Estados Unidos no necesitan revoluciones porque cambian cada día. Nosotros, que nos pasamos años estáticos, tenemos revoluciones.

¿Se podían ganar una campaña electoral a través de la televisión? ¿Qué poder tiene un presentador, un anchor, en la cultura norteamericana?

La influencia de la prensa es importante, pero son las maquinarias de los partidos las que funcionan. Quizá en casos excepcionales, como el Watergate, pero no es tan grande. Yo tenía una táctica para saber quién iba a ganar las elecciones: ver en las convenciones qué partido estaba más unido. Las convenciones eran verdaderos espectáculos, donde había de todo.

El escritor y diplomático Juan Valera, en su estancia en Washington, compara las convenciones de los partidos con los toros en España.

Eran igual. Por lo pronto en las convenciones hay barriles de cerveza, y todo el mundo acaba como acaba. Las divisiones son clave: se ve en las pugnas de Ted Kennedy en los años 80 con el partido demócrata.

¿Cómo funcionaba esto con Obama? Usted afirmó que iba a ganar.

Obama, en inicio, no tenía tanta unión, pero los republicanos estaban mucho más divididos. Ahora los republicanos tienen un problema grande con el Tea Party, y con las minorías ascendentes. Estados Unidos es un país que en el año 2040 no será blanco.

¿Cómo valora la alcaldía de Rudolph Giuliani? ¿Murió con él la contracultura neoyorkina?

Sí, y me dolió. Recuerdo salir una mañana a comprar el periódico, y venir dos hispanos, anchos y bajitos, y detenerlos la policía sin decir nada. Se notó Giuliani, y sin embargo fue uno de los alcaldes más populares. Era el «signo de la ventana rota»: el jefe de la policía de Los Ángeles lo establece y afirma que «ante una delincuencia acentuada, lo que había que perseguir son los signos externos». Si existe una ventana rota en el barrio luego habrá tres, luego una puerta rota y así. Giuliani afirmó «hay que acabar con las ventanas rotas». Antes hubo otro gran demagogo, Edward Koch, que recuerdo escucharle un mitin cerca de mi casa, en la 59, y le gritó un tipo: «¿Qué pasa con las escuelas?». Y Ed Kock le gritó: «Shut up son of a bitch». Y le aplaudieron.

¿Cómo era informar en la ONU de aquel tiempo? Se llegó a escribir un libro sobre los mejores sitios para dormir en su sede…

Yo tendría que hacerlo, porque la ONU es un fantástico desastre. Aunque es lo único que tenemos, sin ser un gobierno mundial ni de lejos. La corrupción en la ONU es de no creérselo. Empezando por que yo tenía un despacho con teléfono y todo, y no pagaba nada, en la habitación 302. Realmente no he visto que la ONU haya podido evitar una guerra si dos países querían ir de verdad. En caso de reticencias de los países, una resolución de la ONU sirve como excusa para evitar el conflicto: «… la ONU nos ordena que tenemos que negociar». Solo por eso debe seguir, pero le falta muchísima efectividad: se le llama con razón «cementerio de elefantes» ya que allí envían a los enemigos políticos los países africanos.

¿Cómo vive esa ruptura del marco de la Guerra Fría como corresponsal internacional? ¿Fue gradual o repentino?

A mediados de los años 80 consiguen interceptar misiles: se crea un misil antimisiles que intercepta otro desde Hawái en una prueba balística. Entonces se acabó todo: se rompe la disuasión. A mí me causó Gorbachov, en una visita con varios españoles, una sensación fantástica: era un hombre razonable. Lo que pasa es que es muy difícil que una superpotencia renuncie a su estatus y Rusia sigue siendo una gran potencia. Lo vemos ahora con Putin, con enormes reservas de minerales, materias primas, demografía, etc. Es un capítulo que Europa tiene pendiente.

Verstrynge es defensor de un eje «euroasiático», en oposición a los Estados Unidos.

Hay gente para todo.

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¿No cree que las administraciones norteamericanas cometieron abusos en relaciones internacionales? Nicaragua, Chile…

Los americanos han heredado la política exterior británica: «No existe política exterior, sino intereses». La Guerra del Opio es un buen ejemplo: abrieron el mercado chino a cañonazos en el siglo XIX. Sobre Sudamérica, Monroe lo dejó claro: «América para los americanos»… que en realidad quería decir «América para los estadounidenses, y además haciéndoles un favor». Pero se debe contraponer eso a lo generosos que fueron en otras partes, como en Europa o Japón.

¿Cómo llega al diario ABC?

Por aquel tiempo Pueblo estaba agonizando. Se estaba yendo todo el mundo: Jesús de la Serna, Emilio Romero, que no lo consiguió. Juan Luis Cebrián. En ABC me llamaron, puse la condición de quedarme en Nueva York y aceptaron.

¿Cómo se vive la llegada de Anson en ABC? Con esas portadas amarillistas…

A mí me importa un bledo el director del medio en el que escribo: yo sigo entregando mis piezas como me parece. Apenas habré ido a ABC. Me pasaba lo mismo con la moqueta de arriba, en Antena 3. Tengo relación con las personas que recogen mis crónicas y ya. Pero sobre esas portadas, ABC es heredero, lo decía Luis Calvo, de Blanco y Negro, y tiene algo de revista. Las portadas, aun siendo titulares, pueden ser espectaculares. Nunca lo he preguntado: supongo que ellos creen que venden más por ellas.

Anson nos confirmó, precisamente, que utilizaba esas portadas para vender más, y competir con los diarios de la Transición.

Puede ser. Yo he estado con todos los directores, y nunca he tenido problemas: no tengo tiempo para discutir. Nadie me ha dicho nunca cómo hacer mi trabajo. Me llevé muy bien con Guillermo Luca de Tena, con el que tuve una amistad casi personal, hasta que Zarzalejos prescindió de mi colaboración. Pero luego me recuperó Anson para La Razón

¿Conoce la pugna entre Losantos y Zarzalejos por el periódico? ¿No puso en peligro la cabecera?

No tengo idea. Ahora han cambiado muchos subdirectores en el periódico.

¿Por qué prescindió Zarzalejos de usted?

Tampoco lo sé. Intento ver la parte positiva de las cosas, y me dediqué a escribir un libro cada año en ese tiempo.

Usted suele afirmar que no tiene respeto al poder, pero ¿no ha sido complaciente con los conservadores?

Es que yo creo que la historia se mueve con los conservadores. Creo más en la libertad que en la igualdad, como escribí hace poco en una tercera de ABC. La igualdad es una utopía grande. Hay, claro, igualdad de derechos y oportunidades, pero igualdad ¿dónde la hay? Si no la hay en nada de la naturaleza. Soy un devoto de la historia, y todos los grandes adelantos de la humanidad son de la derecha, no de la izquierda. La izquierda lo que hace es repartir los adelantos. De hecho, el estado de bienestar es un invento de Bismarck. Los nueve años viviendo cerca de un Estado comunista, la etapa de Berlín, me hicieron darme cuenta del fracaso del «hombre nuevo» que predica el socialismo. El paraíso de los trabajadores no es tal: ahí se trabajaba cuanto menos mejor.

Haffner dejó la Alemania nazi en el año 36, siendo juez, y en Inglaterra acabó siendo editorialista del Observer. Volvió en los años 40, y se convirtió, en mi opinión, en el mejor ensayista. Comparó la derecha y la izquierda con las manos: las dos son necesarias. Mientras la derecha es la mano hábil, con la que se trabaja, la mano izquierda es la de la creatividad, del arte. Hay muchos artistas que son zurdos. Haffner acaba el ensayo afirmando «cuando falta la derecha, es bueno tener la izquierda para poder hacer cosas».

La primera revolución occidental que existe es la de Lutero, y acaba en el Bauernkrieg, en una guerra del campesinado. La revolución francesa acabó en la guillotina y el terror. Sin hablar de la dos Repúblicas españolas… la primera once meses, cuatro presidentes y Jumilla declarando la guerra a Murcia. Hay que tener mucho cuidado con las utopías. Pero hay que atar en corto a la derecha, es necesario, esta crisis ha sido por falta de controles. Reagan, al soltar a Wall Street, creó los productos sub-prime, que eran una estafa.

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¿Cómo llega a Antena 3?

Me llamó por primera vez en mi despacho de la ONU Luis Ángel de la Viuda. Por aquel tiempo colaboraba con ABC y hacía pequeñas crónicas para Antena 3 Radio de cuarenta segundos. Me dijo: «¡José María! ¡Que nos han dado un canal de televisión!» (risas). Yo respondí: «Enhorabuena». Y entonces me dijo: «Y Manolo (Martin Ferrand) quiere que vengas a presentar un telediario». Le dije a Luis Ángel: «Manolo está loco». Yo iba a cumplir sesenta años entonces, en Nueva York, y estaba fantástico.

Pero una de las personas que más influyó en mi, el checo Bill Striker, cultísimo, como todos los checoslovacos que he conocido, era corresponsal extranjero de la ONU y me dijo inmediatamente: «Acéptalo». Yo dudaba mucho, porque estaba muy seguro en ABC, y el diario en esos años era reconocido por todos fuera. Pero me explicó: «Cuántos ejemplares tira ABC». Respondí: «No sé, doscientos cincuenta ,il». Y él siguió: «¿Cuántos de esos lectores leen la parte Internacional?». «Cincuenta mil, quizá».

Y la respuesta final fue: «En televisión serán cientos de miles». Él era un judío de Praga, y tenía esa visión universal, me decía que «los periodistas estamos para llegar a todos». Se lo dije a mi mujer, que no estaba conforme, pero me di cuenta de que había hecho periodismo en todo menos en televisión. Entonces Julio Iglesias pasó por Nueva York, y me llamó. Me dijo: «Acéptalo, vas a ganar mucho más en televisión, te va a conocer más gente, lo que será bueno y malo, pero para tus libros te vendrá muy bien. Confié en el talento de negociante de Julio.

Yo le admiraba mucho en este aspecto, porque tiene una voluntad de hierro: llegó a Nueva York en el 75 o el 76 y en el Club 21 nos reunió a los periodistas y nos dijo: «He triunfado en Europa, y lo voy a hacer aquí». Al cabo de unos años Nancy Reagan declaró que su autor favorito era Julio Iglesias.

Usted llevaba mucho tiempo fuera del país.

Me había perdido dos generaciones de españoles desde 1957. No tenía ni idea de cómo se hablaba en España, y me encontré con una serie de chicos y chicas jóvenes muy majos.

¿Por qué fue tan crítico con el PSOE?

Por una cosa muy simple: porque me tocó la etapa de los escándalos de corrupción. En la primera etapa del PSOE habría sido mucho más favorable, porque había renunciado al marxismo. Pero llegué en el año 90 con Roldán, Rubio: la gran época de los escándalos. Y yo tenía que informar lo que me traían de la actualidad. Hasta en el Boletín Oficial del Estado había corrupción. A Antena 3 venían políticos del PSOE avergonzados, pero no podían prescindir de Felipe, era un tótem. Había rehecho el partido, que no era el de Llopis, por desgracia. Uno de los grandes males que tuvo la Transición fue prescindir de los exiliados españoles. Eran gente excelente, y tenían mucha más experiencia democrática: los políticos de aquí no se habían educado más que en la dictadura. Si por ejemplo Tarradellas hubiese sobrevivido como presidente, en lugar de Pujol, no tendríamos estos problemas. En una ocasión tuve una reunión con los exiliados en Berlín, en el año 59 (el Congreso de la Libertad de la Cultura), donde estaban Américo Castro, Madariaga, etc. Eran de una sensatez total… y se prescindió de ellos. Eran gente tremenda. Además, se habían dado cuenta de los errores que habían cometido. Don Emilio González López, catedrático de dDerecho aquí, hubo de reciclarse como jefe de estudios doctorales de la Universidad de Nueva York. Era catedrático de Novela Española, y presentó allí mi novela Groovy.

¿Con qué exiliados trató?

En Nueva York al exiliado que más conocí fue a don Emilio González López, que era el fiscal general del caso estraperlo, director de política exterior, redactor del estatuto de Galicia, etc. Siempre me arrepentí de no haberles dedicado más tiempo: estaban ansiosos por conocer cosas de España. Eran gente que te enseñaba mucho, porque habían sufrido. No eran radicales, como podrían ser los que se fueron a Moscú. Al hijo de Negrín lo traté mucho y Álvarez del Vayo estaba siempre por Naciones Unidas, tratando de hablar con jóvenes españoles. Nos contaba la Guerra Civil, la batalla del Ebro, en plan batallitas (risas).

Dijo Anson que sin ABC, El Mundo, la Cope y periodistas como usted no habría perdido González las elecciones en 1996.

A mí eso no me interesa. Los periodistas no estamos para poner o quitar: somos, otra vez citando a Sebastián Haffner, «los bufones de la democracia». ¿Qué quiere decir esto? En las antiguas Cortes el rey era la máxima autoridad, y todos le rinden pleitesía… menos el bufón. Es el que decía la verdad. Por eso acababa el bufón apaleado muchas veces.

Así fue, Aznar, al que ayudó a llegar al poder con su informativo, fue quien lo eliminó de la tele.

Sí, exactamente. Querían información destilada. Buruaga había anunciado en los cursos de El Escorial de la UCM que «se acababan los informativos de autor». Y ese era el mío, claro. Me había mantenido en él Campo Vidal, que no era de mi ideología, pero Buruaga me dijo que mi «informativo no daba las mismas noticias de los noticieros de las tres o las nueve». Quería unificar.

¿Esa fue la excusa?

Es lo que dijo. Me dejó elegir el programa que quisiera, pero le contesté «soy periodista, solo puedo hacer informativos».

Aznar decía que usted no era de fiar.

En el círculo de Aznar se extrañaron. A mí eso me lo dijeron. No suelo tener relación con políticos, y me extrañaba que llegara gente de la Transición afirmando «me he ido de copas con González». Un periodista no puede ser amigo de un político. Una vez, en las elecciones del 93, Miguel Ángel Rodríguez nos invitó a Mallorca para hablar de «cómo debía tratarse la información» junto a Aznar. Llovió muchísimo, y no pudimos salir del hotel. Algunos lo trataban ya como presidente, y yo le dije «usted y yo no podemos ser amigos: si lo somos usted es un mal político y yo un mal periodista. Cumplimos funciones diferentes». Y el biógrafo de Aznar mucho después me reveló: «Me han comentado que no eres de confianza, no se pueden fiar de ti».

¿Cuánto había de conspiración en la afirmación que hizo Anson sobre el frente anti PSOE en los 90?

¡Espero no estar allí! Yo no conspiro con nadie. No pertenezco a ningún club o grupo. Espero que no les haya dicho nada…

José María Carrascal para Jot Down 6

¿Cómo se le ocurrió comentar el libro de Madonna Sex en vivo en el telediario? Es un clásico de los zapping españoles…

Aquel libro me lo enviaron. Había ido al primer concierto de ella en Nueva York, y me salí en el descanso. Me pareció malísima. Lo sigue siendo ahora. Es uno de los blufs mayores que existen ahora: canta como pisarle la cola a un gato. Más que bailar hace ejercicio gimnástico. Lo único que ha hecho Madonna es poner las prendas de ropa interior encima de las prendas normales. ¡Es un desastre total! Eso sí, sabe aprovechar muy bien la polémica, con cosas como «Like a Virgin». Entonces un día me encontré el libro de Madonna, y pensé «bueno, voy a desahogarme».

Volviendo a la actualidad, escribió usted hace poco un artículo en el ABC sobre Cataluña con gran apertura respecto a la línea editorial del periódico. Dijo que no se podía impedir en el siglo XXI que se independizase si lo quería la mayoría. Defendía «un divorcio amistoso».

España en cierto sentido es un continente con muchos modos de ser, y muchas fórmulas. Ahora bien, si llega un momento en que un brazo quiere desprenderse no hay forma de evitarlo. Pero Cataluña está en estos momentos contra la historia: la aldea global es una realidad. El que no se consolide en unidades cada vez mayores está condenado. No tanto a desaparecer, sino a ser irrelevante. Según me han confesado representantes de Cataluña, cuando llegan a Washington o a Bruselas les dicen: «si aquí estamos tratando de unir, y vosotros venís con que queréis separaros».

Por esto, si se llega a ese momento de separación será doloroso para ambos, pero sobre todo para Cataluña. Cataluña desde todos los aspectos ha ido alejándose de España, y descendiendo su importancia en el Producto Interior Bruto. Yo conocí Cataluña cuando en los años 50 era el motor de España, mucho más que el País Vasco. Ahora Madrid tiene más peso. La creación de una nueva nación en Cataluña, también, crea una nueva clase política, y eso significa privilegios. Y si el paradigma de esa clase política son los Pujol… van listos.

¿Tenemos mucha mediocridad entre la clase política?

Sí, por falta de conocimiento de la práctica democrática, primero. La democracia no son solo derechos, sino también deberes. Oí una vez a un catedrático constitucional alemán esto: «la democracia es responsabilidad». Tanto individual como colectiva. En una dictadura no existe la responsabilidad: el dictador lo tiene todo. Ese sentido de la responsabilidad no se tiene aquí en España. Y segundo, el movimiento de vaivén que hubo de la prohibición de todos los partidos políticos a que tuvieran el poder absoluto, incluido el judicial a través del Consejo Superior del Poder Judicial y la Fiscalía General del Estado.

Estas opiniones suyas tan ponderadas contrastan con lo que dijo de Pablo Iglesias, que veía «violencia en su mirada».

He estado frente a él en un debate televisivo. Y en su entrevista en Carne Cruda, en la radio, dijo una frase que me impresionó: «Te concedí la entrevista porque creí que eras amigo mío. Tenías una moralidad como nosotros». Me atengo a los hechos: en él veo el bolchevismo en su estado más primitivo. Mi reflexión sobre Podemos es que al hacer tanto tiempo de la caída del socialismo real, del comunismo, nos hemos olvidado de lo que era. Cuando Fernando de los Ríos fue para allá, Lenin le dijo: «Libertad, ¿para qué?». Espero que el pueblo español no se deje arrastrar, especialmente si traen un modelo caudillista, en el estilo venezolano.

José María Carrascal para Jot Down 7

Fotografía: Begoña Rivas


Bernardine Dohrn y Bill Ayers: «Violencia es quedarse en casa viendo la televisión mientras fuera se cometen injusticias»

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down 0

La intervención militar de Estados Unidos en Vietnam durante los años sesenta y setenta dejó como mínimo tres millones y medio de muertos. Un historiador y periodista, Nick Turse, ha denunciado en Dispara a todo lo que se mueva (Ed: Sexto Piso, 2014) que las matanzas que se produjeron en la contienda no fueron errores, sino una estrategia organizada. Al menos, los estragos que continúa causando el agente naranja con el que se defolió la selva siguen siendo escalofriantes.

La Weather Underground fue una organización terrorista que se opuso a la guerra en la efervescencia ideológica de los años sesenta. Decidieron pasar a la acción directa, colocar bombas, para llevar el conflicto a suelo estadounidense. Siempre sin causar víctimas, las llamaban acciones simbólicas. Bill Ayers y Bernardine Dohrn fueron dos de sus militantes más destacados. Ella fue calificada por el FBI como la mujer más peligrosa de América.

Les atrapamos en un viaje que están haciendo por España presentando su nuevo libro Días de fuga (Hoja de Lata) y una novela gráfica sobre educación, Enseñar. Un viaje en cómic (Ediciones Morata). Queremos conocer sus motivaciones para llevar su movilización y su lucha a la clandestinidad, si creen que consiguieron algo y si se arrepienten de alguna cosa. Que nos cuenten su vida.

Vuestros padres son de la generación que vivió la Gran Depresión y la II Guerra Mundial. ¿Qué os contaban de aquella época?

Bernardine: Sufrieron. Mis abuelos, a los que yo nunca conocí, eran todos inmigrantes de Suecia, Rusia y Hungría. Imagínate lo que pasaron. Una experiencia tan dura como esa sirvió para que luego solo quisieran vivir con humildad y no dejar nunca de ahorrar.

Bill: Esa época fue tan sumamente dura que nuestros padres no querían ni hablar del tema, nunca mencionaban nada sobre el pasado. Como desde que nosotros nacimos todo había ido más o menos bien, ya estaba. Punto y aparte. Era un comportamiento que formaba parte de la cultura del momento: todo está bien ahora, vivimos sin grandes dificultades, así que no vamos ponernos ahora a hablar de recuerdos desagradables. Querían olvidar.

Bernardine: Y no solo fue la Gran Depresión, sobre la II Guerra Mundial crecimos sin que nos dijeran tampoco demasiado.

Bill: El inicio de los años sesenta que vivimos nosotros fue una época privilegiada, pero también de negaciones. Digamos que estábamos sumidos en un sueño profundo, no tenías conciencia de lo que había fuera de tu casita. Era todo como muy tranquilo… [risas].

El american dream.

Bill: Eso que llamaron american dream era en realidad un gran letargo en el que estábamos todos sumidos. Fue un fraude, pero era lo que había. Por eso cuando cumplimos dieciséis años y explotó el movimiento de liberación negro, a mi generación se le abrieron los ojos, apareció otro camino al margen del convencional, podías tomar la decisiones distintas sobre tu vida, elegir algo completamente nuevo.

Bernardine: Para mí empezó todo con un profesor en el colegio que nos hizo escribir sobre la guerra de Independencia de Argelia. Investigué y descubrí lo que era una guerra colonial, las torturas y demás… De modo que cuando luego entré en la facultad entendí rápidamente el significado de los movimientos por los derechos humanos que estaban apareciendo a nuestro alrededor.

Bill: También hubo una cosa más en los sesenta, el rock and roll y el béisbol. Los únicos dos ámbitos de la cultura popular donde podías ver que los negros existían.

¿El rock and roll fue una verdadera revolución?

Bernardine: Sí, en primer lugar porque los músicos eran negros. Luego aparecieron Elvis y otros blancos, pero la cultura negra estaba detrás del rock and roll. Con el rock entendimos el significado de la sensualidad en una sociedad muy reprimida.

Bill: Que el rock and roll estuviese inspirado en la cultura negra fue fundamental para romper la barrera que existía entre blancos y negros. Es interesante cómo el arte puede derribar muros hasta entonces infranqueables y enseñarte cómo es realmente la vida, el mundo y las posibilidades que tienes como persona. Tras el rock todo fue más vibrante, más intelectual, más creativo y de eso trata una revolución, ¿o no? Es un cambio político, pero también cultural, psicológico, imaginativo…

¿Cómo percibíais lo que era el capitalismo antes de entrar en contacto con los movimientos sociales?

Bernardine: Yo ni sabía lo que era el capitalismo cuando estaba en el colegio ¿Y tú, Bill? Algo sí, ¿no? Porque tu padre era capitalista… [risas].

Bill: Yo estaba en un colegio interno de cierto nivel y en las clases de Historia teníamos que leer a Marx, pero por supuesto desde la interpretación de que sus ideas conducían a la esclavitud. Sin embargo, solo con algunos puntos uno ya podía deducir que la vida era distinta de lo que nos habían enseñado. Recuerdo cómo nada más leerlo le pregunté a mis padres por qué teníamos una asistenta y por qué ella ganaba menos que mi padre. Mi padre me contestó que él trabajaba mucho para conseguir su sueldo y yo le contesté que la asistenta también trabajaba duro [risas]. ¿Cuál era la diferencia entonces?

¿De qué iban las primeras manifestaciones a las que asististeis?

Bernardine: Las primeras manifestaciones a las que yo fui fueron antinucleares, cuando iba al instituto. Recuerdo ir, alucinar con la que estaba montando la gente que tenía alrededor y no saber ni lo que había que hacer.

Bill: Ir por primera vez a una manifestación suponía romper con la comodidad del pasado. Eso era muy excitante. Aunque también daba miedo salirse de repente de lo que para ti había sido hasta ese momento la «vida normal». Y el hecho de que las primeras manifestaciones a las que fuimos fueran antinucleares es interesante porque, primero, nos dimos cuenta de que el único país que había usado ese armamento era el nuestro y eso era muy duro de asumir. Se supone que nosotros éramos los luchadores de la libertad, los que traíamos la paz, pero fuimos nosotros los que tiramos esas bombas en las ciudades japonesas.

Bernardine: El mes pasado me fui de viaje con mi hijo a Hiroshima y volví a sentir una indignación que no te la puedes ni imaginar.

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down 1

Bill, lo dejaste todo y te enrolaste en la tripulación de un barco mercante.

Para mí supuso una gran experiencia. Estuve por primera vez en contacto con la clase trabajadora, un tipo de personas con las que nunca antes había convivido. Hacerme amigo de ellos fue genial, era uno más entre blancos y negros. Lo más didáctico de la experiencia fue comprobar que el propio barco estaba organizado como la pirámide social que dejábamos en tierra. Los negros hacían las labores más ingratas, los marineros algo cualificados eran de todo tipo de origen y los oficiales, todos blancos.

Cuando regresaste del barco empezó tu militancia.

Bill: No fui un militante precoz. Tardé en tomar conciencia. En esa época estaba estudiando Derecho y todos los estudiantes éramos blancos y todos menos seis chicas éramos hombres. Empecé a acercarme a movimientos sociales por afinidad, pero lo que supuso un verdadero cambio fue que Martin Luther King vino a Chicago. Antes, no reuní el valor suficiente para irle a ver al sur, pero cuando apareció por mi ciudad pensé que iba a arrepentirme toda mi vida si no me involucraba. King vino con diez activistas del sur. Nos preguntó a mí y a otros estudiantes si sabíamos quién era el propietario de la mayor parte de los pisos que se estaban arrendando en la ciudad a los pobres. Lo investigamos y nos fue imposible encontrar nada, todo iba por compañías y no logramos dar con un nombre, con un responsable. El problema era que los pisos estaban en muy mal estado. No eran siquiera habitables. No tenían ventanas, calefacción ni agua caliente. Estaban llenos de ratas y cucarachas. Así que nos pusimos a trabajar en poner de acuerdo a los vecinos para que reunieran dinero en una cuenta y pudieran reparar los edificios.

Bernardine: También nos dedicábamos a parar desahucios. Nunca olvidaré un día muy concreto en el que no pudimos detener a la policía, fallamos, y lograron entrar en el piso de una familia. Hacía mucho calor, recuerdo. Y los agentes empezaron a bajar los muebles, su ropa, las cosas de la cocina. La gente se puso muy furiosa, cada vez más. Yo estaba ahí metida en mitad de la masa rabiosa cuando de repente me empujaron, alguien enorme, miré arriba y se trataba de Muhammad Ali. Él me miró también, me pidió que le sujetase su chaqueta azul de mil dólares, se fue directo a los muebles que estaban tirados en la acera, cogió un sofá, se lo echó al hombro y lo volvió a subir al piso. Cuando la gente le vio hacer eso alucinó. Nos pusimos todos a imitarle y subimos las pertenencias de esa familia de vuelta a su hogar. La policía entonces volvía a cargarlas y las bajaba otra vez, pero, conforme las dejaban en la acera, nosotros las volvíamos a subir. Fue increíble. La acción directa en los barrios negros para mí fue una gran experiencia. Muchísimos vecinos se dirigían a mí a preguntarme cómo librarse de la guerra de Vietnam. Hubo un momento en el que empezaron a juntarse los mismos problemas: el racial, la pobreza y la guerra. Al final de verano ya empezaron a presionar a King para que se marchara de Chicago.

Bill: Ese gesto de Muhammad Ali de volver a subir el sofá y lo que supuso ha llegado hasta hoy. La gente se sigue oponiendo a los desahucios y hemos conseguido que muchos policías se nieguen a ejecutarlos.

El pretexto de Estados Unidos para su intervención en Vietnam fue la Teoría del Dominó. ¿Qué opinión os merece?

Bernardine: El capitalismo le tenía pánico a la revolución social en el tercer mundo. China y Vietnam les aterraban incluso más que la Unión Soviética por la cuestión latinoamericana y lo que les había sucedido en Cuba. Se sentían amenazados. Pero no creo que ellos se creyeran la Teoría del Dominó tal y como la formularon. Para ellos, más bien, con la demostración de fuerza que hicieron sobre Vietnam, persuadían a los demás países de no llevar a cabo una revolución social.

Bill: Para mí la Teoría del Dominó fue un mito en muchos aspectos. Aunque como metáfora era válida: la liberación nacional, el antiimperialismo, la emancipación de los trabajadores eran ideas peligrosas para el poder que no debían extenderse. Incluso tres años después de la ocupación de Vietnam, aunque estaban perdiendo, seguían matando; seguían los campos de concentración en el sur, arrasaron la poca infraestructura que el país pudiera tener. ¿Y por qué, para qué? Para que cuando los demás países vieran cómo había quedado Vietnam de destruida se lo pensaran dos veces antes de intentar ser libres, que liberarse tenía un precio inasumible. Y efectivamente, al final Vietnam ganó la guerra, pero las pérdidas fueron enormes.

Tengo aquí el libro de Nick Turse, Dispara a todo lo que se mueva. Es un estudio que detalla todos los crímenes que se cometieron allí. ¿En los sesenta teníais acceso a esa información?

Bill: Ese libro es fantástico. Explica perfectamente lo que ocurrió en Vietnam: Un genocidio.

Bernardine: La información nos llegaba a través de periodistas jóvenes que iban a cubrir la guerra. Sabían que las autoridades estaban mintiendo sobre el desarrollo de la guerra, en especial con las cifras de muertos. Por otro lado, teníamos a los soldados. No eran profesionales, eran de reemplazo, de leva, fueron obligados a ir. Y esta gente cuando volvía te contaba todos los horrores de la guerra de los que habían sido testigos. Contaban la verdad. Con lo que revelaban los periodistas y los veteranos ya sabíamos que estaban masacrando a miles de personas. Por eso se generó un pánico a la guerra, muchos jóvenes sabían que tarde o temprano iban a ser reclutados para ir a esa barbaridad.

¿Sabíais también lo de los campos de refugiados que, de facto, terminaban siendo campos de concentración?

Bernardine: Sabíamos algo, pero en realidad esa información no salió hasta 1969.

Bill: También obteníamos mucha información de Francia, de Europa, donde se contaba la guerra desde otro punto de vista.

Bernardine: Yo conocí vietnamitas en viajes que hice a Canadá y Cuba. La verdad es que llegó un momento en el que estábamos tan apasionados que llegamos a obsesionarnos con el conflicto de Vietnam. Teníamos mapas colgados en las paredes de casa, cocinábamos platos vietnamitas, leíamos a sus poetas. Llegamos a sentirnos muy identificados con ese pueblo. Por cierto, que en uno de estos viajes, conocí a un revolucionario español. Fue la primera persona que conocí que vivía en la clandestinidad.

Bill: Con toda la información que recibimos, al dejar de estar bajo la esfera de influencia del New York Times, tomamos conciencia de cuál era la situación real y nos propusimos como compromiso mostrar a nuestros compatriotas cuál era la cara humana de los vietnamitas, hacerles ver que se trataba de gente normal, con sus familias y sus amigos, y no una especie de seres extraños.

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down 2

¿Habéis visto la entrevista a Robert McNamara de Errol Morris?

Bernardine: A mí McNamara me saca de quicio. Verle llorar en esa entrevista…

Bueno, él cuenta tranquilamente cómo lanzaron miles de bombas sobre la población civil japonesa, cómo arrasaron Vietnam. Admite que murieron cientos de miles de personas por sus decisiones, que podría ser considerado un criminal de guerra, pero con lo que llora es cuando recuerda el asesinato de Kennedy.

Bill: Esa es su personalidad. Es uno de esos hombres que piensan todo en términos de números y categorías. Incapaces de pensar en términos de seres humanos que tienen sentimientos. Pasa lo mimo con Kissinger, que acaba de sacar un libro y en el New York Times hablan de él tranquilamente, como si fuera un intelectual más, cuando es un criminal de guerra. Posiblemente uno de los más grandes del siglo XX. De hecho, no puede viajar a ciertos países porque lo meterían en la cárcel, pero en Estados Unidos se le considera como un cerebro privilegiado de la política exterior. Lo que demuestra que es muy fácil justificar torturas, asesinatos, bombardeos y matanzas de civiles cuando eres tú el que las cometes. Si las hace otra persona entonces resulta que es terrorismo. McNamara y Kissinger son dos ejemplos de ese nacionalismo repugnante. Y ahora, en la actualidad, tenemos a John Kerry como ejemplo de esa brillante línea de pensamiento.

Bernardine: Aunque eso no quita que para nosotros siga siendo muy importante apoyar a los veteranos de guerra. No solo a los que cambiaron su opinión, sino también a los jóvenes que han pagado un precio muy alto por entrar en combate pensando que están cumpliendo con su deber o con una obligación moral. Además, muchos de ellos fueron a Irak o Afganistán respondiendo al 11S, y una buena parte solo para poder conseguir una vía económica para financiar sus estudios universitarios. De repente se encontraron metidos en una guerra de once años de duración…

Bill, en tus memorias, comentas que la primera vez que te pegó la policía te sentiste «en el paraíso».

Bill: Es una ironía, pero fue así. Nunca me había sentido tan libre. Es difícil de explicar. Cuando estuve en la clandestinidad, por ejemplo, también tenía miedo, pero la sensación de libertad que sentía era más intensa que si me encontrase como un ciudadano más. Aunque te pegue la policía o te detengan, cuando te defines ideológicamente, cuando tomas tu elección de vivir por una causa superior, te emocionas tanto que los golpes no los sientes, aunque te puedan doler.

Llegas a decir en tu libro que en la cárcel no podías sentirte más libre.

Bill: En la celda me sentía más libre que los que están en su casa viendo la televisión zampando del frigorífico. Os lo aseguro. Y no solo yo. Leí que entre los miembros de la resistencia francesa, tras la II Guerra Mundial, sentían que al acabar la guerra habían perdido su tesoro, el subidón de libertad que es la lucha clandestina. Se habían quedado vacíos tras perder el motivo de su lucha. Suena duro, pero ellos estaban plantándoles cara a los nazis, contraatacándolos, y cuando eso se acaba, te debe absorber de tal manera que parece como que has perdido algo.

Bill, por curiosidad, en tus memorias citas mucho Ann Arbor. Por aquellos años, en esa ciudad, estaba el grupo MC5. ¿Les conociste?

Bill: Sí, claro que sí. Éramos muy buenos amigos de John Sinclair, su manager. Cómo olvidar que le metieron diez años de cárcel por llevar encima dos porros. Él predicaba que la marihuana era una forma de liberación y se lo hicieron pagar. Los MC5 estaban llenos de energía, además era un grupo mitad político, mitad rock and roll, eso era muy inspirador. También andaba por ahí Iggy Pop, pero MC5 estaban siempre tocando en todas las fiestas que organizábamos. Luego solíamos terminar con ellos en la cocina bebiendo vino y fumando marihuana, hablando tranquilamente. Eran muy buena gente y muy buenos amigos.

Os sentíais parte de una revolución global contra el capitalismo.

Bernardine: Claro, nos sentíamos identificados con los movimientos de descolonización africanos, seguíamos de cerca la guerra de liberación de Angola. Apoyábamos la lucha del pueblo vietnamita. Estábamos con los movimientos pacifistas de todo el mundo. Considerábamos que la lucha del tercer mundo era la nuestra, solo que nosotros la librábamos desde dentro.

Bill: Luchábamos por la descolonización, éramos antinucleares, pacifistas, estábamos con los movimientos negros y creíamos que Estados Unidos era responsable de todos los problemas contra los que luchábamos.

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down 3

Qué opináis de las nuevas generaciones, ¿son tan combativas como la vuestra?

Bernardine: Son mucho más globales de lo que nosotros éramos. Nosotros hicimos un cambio, digamos, hacia una mentalidad internacional. Pero ellos han crecido pensando de forma internacional. También creo que leen mucho y que están muy bien informados. Veo que son muy inteligentes. Mira cómo se organizaron este verano cuando la policía mató a un chico negro en San Luis. También han hecho triunfar a los movimientos gay…

Bill: Sobran los ejemplos. Ahora mismo hay jóvenes luchando por los derechos de los inmigrantes, por los derechos de las mujeres, contra la violencia de la policía, por el medio ambiente. No se puede comparar. Los años sesenta se han mitificado. Hay quien dice que en esa época pasaron todas las cosas buenas. La mejor música, las mejores manifestaciones, el mejor sexo. Y nosotros siempre respondemos que no, que el sexo sigue siendo bueno [risas]. No, incluso aún hay buena música y muchas cosas interesantes. Que no se engañe a los jóvenes metiéndoles en la cabeza que todo terminó con los años sesenta.

Bernardine: Los jóvenes cambian el mundo. Pasó en nuestra época, pasó después y ocurre ahora. Aunque haya una represión masiva, siempre son los jóvenes los que protagonizan los cambios. En nuestros tiempos, los medios siempre decían que los movimientos estudiantiles estaban muertos. Hasta en el año 68 lo decían, mientras el mundo explotaba y no encontrábamos espacios lo suficientemente grandes para poder reunirnos.

Bill: El poder siempre hace eso. Primero ignora al movimiento y luego lo ridiculiza.

En vuestra época había un libro de Mao en cada cajón de cada mesilla.

Bill: Sí, en algún momento todos tuvimos nuestro pequeño romance con el maoísmo. Pero para nosotros el Partido Comunista nunca fue interesante. Tampoco nos considerábamos una nueva izquierda. No éramos anticomunistas, no nos importaba que nadie viniese a nuestra organización siendo comunista.

El nombre de vuestra organización venía de una canción de Bob Dylan.

Bernardine: Estaban siendo asesinados seis mil vietnamitas por semana y la policía estaba asesinando a los miembros destacados de los Panteras Negras. Discutimos en una reunión de urgencia qué estrategia seguir y redactamos un documento de muchas páginas, como un informe interno de la organización. Después de leerlo, teníamos que ponerle un título y Terry Robins, gran fan de Bob Dylan, eligió ese título.

La primera norma de vuestra organización: sexo libre.

Bernardine: No fuimos solo nosotros. Pasó en muchos movimientos. Las píldoras anticonceptivas acababan de cambiar nuestros esquemas morales sobre el sexo, que la mujer podía tener placer formaba parte de su liberación. Dimos un paso adelante rechazando la monogamia.

Bill: Pensábamos que todo lo viejo, lo antiguo, lo anterior, tenía que ponerse en duda. Digamos que fue una idea experimental.

Bernadine: Pero no fue inútil. Con la propuesta del sexo libre muchos se encontraron a sí mismos; muchos amigos nuestros, por ejemplo, descubrieron que eran gais. Funcionó de maravilla porque conseguimos que cada uno fuese capaz de vivir su propia sexualidad, que es diferente en cada persona. Yo no quería casarme nunca [risas] y aquí estoy, pero porque consideraba que el matrimonio suponía para las mujeres convertirse en propiedad del marido.

Bill: También hay que decir en defensa del sexo libre que antes éramos jóvenes y guapos. ¡Quién quería ser monógamo!

¿Había muchos miembros de vuestra organización que provenían de familias acomodadas?

Bernardine: Había de todo. Mucha gente que vivía de familias ricas, otros eran de clase media. Otros inmigrantes. Pero en general la mayoría veníamos de las universidades, aunque también había gente que solo tenía la educación secundaria. Éramos una gran mezcla. El punto de ruptura fue cuando decidimos convertirnos en una organización que iba a vivir en la clandestinidad, a realizar acciones ilegales. Rompimos con la ley y las manifestaciones en las que participamos empezaron a ser violentas, con destrozos de mobiliario. Pero tenéis que entender que Estados Unidos es uno de los países más violentos que te puedas encontrar. En vuestra sociedad, en Europa, la gente no va armada. En nuestro contexto, estábamos ya rodeados de violencia de modo que hay que valorar en su justa medida que en nuestras manifestaciones hubiera actos vandálicos. En aquellas fechas estaban muriendo seis mil personas a la semana en Vietnam, dime ¿qué ibas a hacer, qué podías hacer para pararlo? Los grupos católicos de izquierda, curas y monjas, iban por ahí quemando cosas con gasolina. Que las autoridades nos consideraran violentos a nosotros era como de broma. Nunca matamos a nadie. Solo hicimos acciones que se pudieran entender como un mensaje.

Bill: Violencia es quedarse en casa viendo la televisión mientras fuera se cometen injusticias. La mayoría de la población americana piensa que si no hacen nada no están siendo violentos. Nosotros apoyamos la acción directa. Es otra cosa. Si le preguntas a Martin Luther King te diría que nuestra acción directa contra el militarismo o el racismo no es violencia.

Bernardine: Cuando salió el documental sobre nosotros se presentó en Sundance. Fuimos invitados al estreno y recuerdo que una periodista del LA Times nos preguntó que cómo podíamos ser violentos si nos gustaban Gandhi y Mandela. Yo le dije: ¿Cómo? ¿Mandela? En Estados Unidos la gente se piensa que fue un gentleman que estuvo en la cárcel y él solito acabó con el apartheid. Pensé: «Anda, vete a casa y lee un poco aunque sea en Google sobre lo que hizo Mandela y luego seguimos esta discusión». En Estados Unidos tenemos una imagen muy distorsionada de lo que es la verdadera violencia.

Bill: Es como cuando el presidente de Estados Unidos dice que King fue un ejemplo a seguir, un hombre recto. Y yo pienso que no, que no actuaba solo. Él era parte del movimiento. King no creó el movimiento, el movimiento creó a King.

Bernardine: Me gustan los movimientos juveniles actuales que se niegan a tener un líder.

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down 4

Bernardine, el FBI dijo que eras la mujer más peligrosa de América.

Bernardine: Ya me gustaría…

Bill: ¡Esa es mi chica! [risas]

Bernardine: Antes de mí, ¿sabes quién dijeron que era la mujer más peligrosa de América? Jane Addams, una feminista que era socialista y lesbiana. Se había opuesto a la I Guerra Mundial. Edgar Hoover, que estaba empezando, dijo que era la mujer más peligrosa de América y después de unos años la dieron el Premio Nobel de la Paz  [risas].

Bill: A Bernardine la pusieron en una lista de los diez delincuentes más buscados. Las listas de los más buscados habían estado siempre llenas de criminales, mafiosos, de asesinos terribles y, a partir de los setenta, se empezaron a llenar de estudiantes guapos [risas].

Bernardine: Fracasaron. Iban de organización poderosa, pero les pillamos por sorpresa. Durante años mandaron a gente a que preguntara por mí de puerta en puerta. Creían que nuestros padres o nuestros compañeros de la universidad iban a decirles algo, pero nuestra campaña de convencer a la gente de que no colaborase en absolutamente nada funcionó.

Bill: Incluso en la investigación del FBI podías ver reflejada la pirámide social. Cuando fueron a hablar con mi padre, un profesional considerado, le pidieron una cita para verle en su oficina. Cuando fueron a hablar con el de Bernardine, que era un inmigrante, aparecieron en mitad de la noche en su casa diciéndole que tenían un cuerpo en la morgue que querían que identificase a ver si era su hija. Le intentaron aterrorizar, mientras que a mi padre le guardaron una distancia y un respeto.

Bernardine: Como sabéis, una vez conseguimos robar los archivos del FBI. Ahí vimos que había dos estrategias. Para los negros, asesinar a sus líderes; para los blancos, infiltración y destrucción desde dentro.

Bill: Sí, con los movimientos negros hicieron eso, matarlos. Tardó siete años en salir a la luz, en que los abogados lograran demostrarlo, pero al final se vio que eran ciertos algunos asesinatos.

Bernardine: Pero ya os digo, nadie colaboró con ellos para atraparnos a nosotros. Porque, además, no éramos los únicos que estaban en la clandestinidad en aquel entonces. Había mucha gente indocumentada, traficantes de LSD, insumisos que huían de la mili, desertores, no estábamos solos. Estados Unidos estaba lleno de gente furtiva.

¿Cómo era la vida en la clandestinidad?

Bernardine: Trabajábamos. Yo lo hacía de camarera, limpiando casas, recogiendo fruta, vendimiando. Y entretanto, muchas reuniones. Mientras, sabíamos que parte importante de la sociedad nos apoyaba, tenían ese gran romance americano con los outlaws, como si fuésemos Bonnie & Clyde.

Un antes y un después en vuestra organización fue cuando le explotó la bomba en Nueva York a unos militantes de vuestro grupo, una bomba que iban a colocar en un baile de oficiales para matar al mayor número de ellos posible. Ahí decidís no atentar contra vidas humanas.

Bill: Unos del grupo decidieron hacer ese ataque en una base militar. Prepararon la bomba, les estalló y murieron los tres. Pero ya habíamos pasado a la clandestinidad y esta decisión la tomó un grupo por su cuenta porque funcionábamos de forma descentralizada. De todas formas, lo que pasó en ese edificio donde explotó la bomba no lo sabe nadie. La bomba estaba hecha con metralla para matar personas, no para hundir un edificio. En lo que a nosotros respecta, cuando descubrimos lo que habían planeado, fue un shock. Estábamos muy asustados. Horrorizados. Nos reunimos para decidir si apoyábamos esa clase de violencia y, tras meses de discusiones, optamos por realizar acciones meramente simbólicas, sin víctimas. ´

Bernardine: No queríamos ser una fuerza militar, asesinar a gente, sino una fuerza política. Los que estuvieron de acuerdo se quedaron y los que no, abandonaron la organización. Nos llevó un año definirnos.

¿Qué acciones realizasteis según ese modelo?

Bernardine: Los objetivos de la Weather Underground, donde pusimos bombas, fueron todos militares. El Pentágono, comisarías… La verdad es que no tengo un atentado favorito. [risas] [Lista de todas sus acciones N. del R.]

Aparte de las bombas, organizasteis la fuga de prisión de Timothy Leary.

Bernardine: De eso sí nos arrepentimos, de no haber hecho más acciones donde estaba presente el sentido del humor como en esa, que fue una operación tan divertida. Nadie nos lo ordenó jerárquicamente, simplemente vimos que era una buena oportunidad y lo hicimos. Timothy Leary era un intelectual que experimentaba con LSD y promovía esta droga como forma de romper con las costumbres e iniciar una nueva forma de vida, encontrar una nueva manera de ver el mundo. Él tonto no era, entendía nuestra lucha contra la guerra de Vietnam y el racismo. Era un activista más. Sencillamente, estaba en la cárcel por el asunto de la droga, como tantos otros, y quería escaparse. Su gente se puso en contacto con nosotros, nos pareció bien, nos financiaron y desarrollamos el plan. Fuimos capaces de sacarle de la cárcel y del país.

¿Cómo hacíais las bombas, qué materiales empleabais?

Bernardine: De eso no hablamos.

¿Conocíais a la Baader Meinhof?

Bill: Sí, sabíamos que existía, fue un fenómeno más de los sesenta. Formaciones revolucionarias que intentaban luchar. Entonces tenías ese tipo de resistencia en todas partes, en Inglaterra, en Francia, en Japón, en Alemania, en España…

Bernardine: Pero nosotros tomamos la decisión de nunca abandonar nuestro país. Éramos hijos de América. Veíamos lo que hacía la Baader Meinhof por televisión, pero nuestras estrategias, las decisiones que tomamos, fueron diferentes.

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Decís en el documental que en los setenta vuestra vida en la clandestinidad y vuestros atentados empezaron a ser como una rutina. Decidisteis dejarlo.

Bernardine: Teníamos una regla que no era muy habitual en las organizaciones que operaban en la clandestinidad. En Weather Underground los militantes podían irse cuando quisieran. No había consecuencias por abandonar. Durante los setenta unos entraron, pero también muchos se fueron. Cuando acabó la guerra de Vietnam, la cuestión de seguir siendo fugitivos se puso sobre la mesa. Hubo diferentes opiniones, unos querían seguir y otros queríamos volver a disfrutar de una vida privada normal, tener familias e hijos. Muchos lo dejaron pero se unieron al movimiento gay, otros al sindicalismo… Yo odiaba tener que rendirme y entregarme, pero Bill fue adorable y me dejó tomarme mi tiempo. Al final nos entregamos cuando nació nuestro segundo hijo.

Bill: Estábamos también deseando militar en una organización más grande. Fuimos a Chicago, resolvimos nuestros problemas legales y no entendimos que nuestra reinserción fuese en contra de nuestras ideas revolucionarias.

Bernardine: Yo hice mi discurso militante: «Me niego a entregarme, pero aquí estoy» [risas]. No sabíamos qué iba a pasar. Teníamos dos críos. Le dijimos a nuestro hijo mayor lo que pasaba y al menos se quedó con que íbamos a cambiarnos los nombres, nunca habíamos ido por ahí con los verdaderos. La noche siguiente vimos a los padres de Bill por primera vez en once años y luego fuimos a que yo le presentara a los míos.

Bill: Lo que más me gustó es que el primer comentario de mi padre al verme fue que necesitaba un buen corte de pelo. Y lo primero que dijo el padre de Bernardine fue «¿Estás casada?». Seguían siendo unos padres como los de toda la vida.

Bernardine: Ahora bromeamos con eso pero la verdad es que los pobres pasaron por un auténtico infierno. Pero bueno, llegado el momento estaban muy felices de ver a sus nietos.

¿No tuvisteis problemas con la ley?

Bernardine: Yo tenía cargos por las manifestaciones violentas, unos dieciséis o diecisiete. Cargos federales por destrozar propiedades públicas. Pero el FBI había llevado las investigaciones de forma tan claramente ilegal que no pudieron acusarnos de nada. Tampoco tenían muchas pruebas a esas alturas, la verdad. De todas formas, muchos militantes de Weather Underground sí que terminaron en la cárcel, pero por otros cargos al margen de nuestras acciones. Por no querer revelar nada sobre mis compañeros yo ya me había chupado en su momento siete meses de cárcel.

Bill: Las acusaciones fueron muy débiles. Nos acusaban de haber planeado acciones pero no tenían pruebas de que las hiciéramos. Con esas acusaciones ridículas nos habían puesto en la lista de los diez más buscados. Además, el FBI pretendía secuestrar al hijo de la hermana de Bernardine y retenerle hasta que nos entregáramos. No llegaron a hacerlo, pero con esos métodos ningún juez les hubiera podido haber dado la razón.

Bernardine: Los agentes que planearon eso terminaron condenados. Tras el final de la guerra de Vietnam y la guerra sucia del FBI América estaba en shock. Nos colamos por la puerta que abrió el presidente Jimmy Carter, aunque nos entregamos justo cuando Reagan fue elegido presidente [risas].

Hoy en día seguís recibiendo amenazas de muerte.

Bill: Es que uno de mis libros lo publiqué justo el 11 de septiembre de 2001. Esa misma mañana el New York Times llevaba en portada de su sección cultural una foto de nosotros dos con la reseña. El diario salió a las seis de la mañana y los atentados contra los Torres Gemelas fueron a las nueve. A raíz de eso, nos llovieron más amenazas que durante la guerra de Vietnam. En esos días de auténtica paranoia con el terrorismo, nosotros nos convertimos en los terroristas domésticos de Estados Unidos. Recibimos amenazas de muerte prácticamente todos los meses. Si vamos a dar un discurso a algún lado, siempre hay amenazas, pero no las tomamos en serio. Es solo gente muy ruidosa pero nada más. Nos los imaginamos como el típico tío bebiendo demasiado whisky delante del ordenador, quién sabe si viviendo en el sótano de la casa de su madre [risas].

¿Qué habéis hecho contra la guerra de Irak y Afganistán?

Bill: Estuvimos en muchos movimientos. En especial en un movimiento colectivo en Chicago [Movement Building Colective] Pero creemos que no puedes limitarte solo a estar en un movimiento ni quedarte en tu casa sentado. Hay que hacer algo más. Por eso hemos estado profundamente involucrados en proyectos pacifistas que van de la educación a la justicia, aunque la guerra sea la idea central.

Bernardine: Yo también estuve en el movimiento en contra de que la OTAN se reuniera en Chicago hace dos años.

Bill: Esas manifestaciones fueron un gran éxito. Vimos cómo el Gobierno se lo tomaba como un ensayo general para la represión. Nunca habíamos visto la ciudad tan vacía. Los únicos que quedamos fuimos nosotros, los manifestantes, y la policía y los militares. Todo lo demás, drones, helicópteros, quitanieves ¡en mitad del verano! Hacía un calor infernal, pero los trajeron.

Bernardine: Lo más impresionante es que los que más daban la cara en las manifestaciones eran veteranos de la guerra de Irak. Los líderes de estos movimientos habían estado en la guerra. Iban los primeros, encabezaban la protesta y lo más espectacular fue cuando les lanzaron sus medallas a los generales de la OTAN, fue una imagen imborrable.

Bill: Estados Unidos tiene una larga historia de ocupaciones militares y guerras. Invasiones de terceros países que no solo son injustas e ilegales, sino que además acaban con las aspiraciones de paz y justicia de todos los ciudadanos del planeta. Lo más grave de todo, además, es que las guerras por petróleo no responden a una causa política, que implique a mucha gente, sino solo a los intereses de un 1%. En este contexto, nosotros no podemos influir en el Congreso, pero sí en nuestras áreas de influencia más cercanas, como es la educación. Por eso tratamos de organizarnos de abajo a arriba. Promovemos nuestros valores en la comunidad, en las aulas, en la iglesia, en la universidad. No te creas que esto no le preocupa al Gobierno. Si miras la historia de todos los grandes cambios, siempre vienen desde abajo.

Bernardine: De hecho, en política, nunca harás nada bueno sin el poder de abajo.

¿Ha cambiado algo con Obama?

Bill: Obama en 2008 dijo que era pragmático y moderado. Pero la derecha dijo que era un musulmán encubierto, que estaba con los terroristas, que tenía una agenda socialista. Y ya veis, creo que iba en la buena dirección, pero al final no tardó en disgustarnos con todas estas guerras.

¿Os arrepentís de algo?

Bernardine: Ahora, hablando como una mujer de setenta y tres años, creo que no nos equivocamos. No me arrepiento de nada.

Bill: Nunca causamos muertos. Como dice Bernardine, no nos arrepentimos de haber causado destrozos con bombas de una forma simbólica. No nos arrepentimos de haber luchado contra un Gobierno que llevaba a cabo un genocidio en Vietnam y pretendía acabar con la cultura negra por la violencia. Con setenta años, por supuesto que me arrepiento de muchas cosas. Políticamente, el arrepentimiento más profundo que siento es el de haber formado un movimiento tan sectario. Desde ese punto de vista, tan reducido, nunca actúas bien. Ahora hemos aprendido más y crecido como personas.

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down

Fotografía: Begoña Rivas


Náuseas, migrañas, hipocondrías: la fórmula definitiva del viral de la ciencia

Timothy Leary. Fotografía: New York Public Library.

Timothy Leary decía que en la época de la información no enseñas filosofía, la teatralizas. Si los grandes filósofos como Aristóteles o Sócrates estuvieran vivos seguramente tendrían un programa de televisión, o por lo menos un canal en YouTube. ¿Se imaginan a Sócrates entrevistando a gente sobre las ideas? ¿A Virgilio recitando las Bucólicas a ritmo de rap?

Tim fue sin duda uno de los visionarios a la hora de relacionar la experiencia del ser humano a través de la expansión de la conciencia, la evolución a través de la tecnología y la fusión con el medio. Como él, Marshall McLuhan también creía en una canalización de la energía a través de circuitos, una idea que elevó al concepto de «aldea global» para describir la interconexión humana con los medios electrónicos de comunicación.

Mucho antes de discutir si el medio es el mensaje, brotes verdes en forma de flashforward nos adelantaban que explicar aquella curiosa relación entre nosotros y la naturaleza no era solo cosa de teorías científicas. Transmitir la esencia de esa fuerza que nos une al mundo y que nos hace trascenderlo dependía de las ideas y las palabras que escogiéramos. Era, en definitiva, una cuestión poética.

El amor y las plantas

Dicen que el desliz de Goethe con la ciencia fue la excentricidad de un genio de dimensiones olímpicas, acuciado por el deseo de universalidad. En realidad esa espontaneidad vitalista, ese romanticismo desbordado ante el universo, lo hacía más amante que estudioso de la naturaleza. El escritor del Fausto se refugiaba en la botánica como lo hiciera Jean-Jacques Rousseau: la naturaleza fue la excusa de su alma atormentada.

Pero Goethe nunca tuvo afán de exhaustividad. La curiosidad —ese ferviente deseo de aprender hasta en la vejez— le llevó azarosamente de un campo a otro, que siempre buscaba interrelacionar, sin saber bien en qué acabaría:

Al contemplar la Naturaleza
no perdáis nunca de vista
ni el conjunto ni el detalle
que en su vastedad magnífica
nada está dentro ni fuera;
y por rara maravilla
anverso y reverso son
en ella una cosa misma.
De este modo, ciertamente,
aprenderéis en seguida
este sagrado secreto
que miles de voces publican.

Fue tras un viaje intenso a Italia cuando, enamorado del paisaje mediterráneo, intuyó que todas las plantas, o al menos su gran mayoría, provenían de una primera planta —el arquetipo—. A su vuelta a Weimar, inició la redacción de un tratado que lo reflejara.

Goethe —como Rousseau— buscaba en la naturaleza, y en sus leyes, un refugio del alma, un consuelo a sus dificultades amorosas con Charlotte Von Stein, su amor platónico. Y no solo en la naturaleza… Durante este período, el poeta se enamoró de Christianne Vulpius, una jovencita florista de Weimar, para quien escribiría una versión divulgativa de su teoría científica. Y fue la chispa de esta pasión —la científica— la que hizo nacer el largo poema de La metamorfosis de las plantas (1790), una excelente adaptación de su concepción original, cercana y práctica, en la que va explicando cómo desde una hoja ideal se van originando, por sucesivas transformaciones, las distintas partes de la planta (la flor, los estambres y el pistilo, la hoja, la semilla, etc.). El poema se inicia con una breve introducción, en la que anima a la amada a descubrir con él las leyes ocultas de la naturaleza:

Te disturba, oh amada, la mezcla de miles
de flores aquí y allá en el jardín;
muchos nombres escuchaste, y siempre su planta,
con bárbaro sonido, el uno al otro en el oído.
Todas las formas son análogas, y ninguna se asemeja a la otra;
así indica el coro una ley oculta,
un sagrado enigma. ¡Oh, si yo pudiese, querida amiga,
transmitirte al instante la feliz palabra que lo desvela!

A partir de este momento, Goethe utilizará la poesía para dar mayor difusión a sus ideas científicas. Con estos poemas buscaría acercar la ciencia —sus percepciones científicas— a un amplio público lector. Sin duda, su relación con Christiane lo animó a simplificar en algunos casos el contenido de sus obras. Ciencia y literatura, arte y filosofía, se unirían en una gran amalgama en la obra de Goethe. Y también la divulgación de la ciencia. Como escribía al inicio de uno de sus trabajos científicos:

Nadie quería comprender la unión íntima de la poesía y de la ciencia; se olvidaban que la poesía es la fuente de la ciencia y no se imaginaban que con el tiempo pueden formar una alianza estrecha y fecunda en las más altas regiones del espíritu humano.

Gracias al escritor alemán Hans Magnus Enzensberger, en Los elixires de la ciencia (1929) descubrimos facetas poco conocidas de distintos intelectuales, como la del poeta romántico británico Samuel Taylor Coleridge, que solía asistir a las clases de química de la Royal Institution para sorpresa de sus profesores químicos y de sus colegas literarios. Cuando le preguntaban para qué asistía, Coleridge respondía: «Para enriquecer mis provisiones de metáforas». Normal. ¿Qué sería la ciencia sin metáforas?

El hombre que nunca quería

Hay en este libro de Enzensberger además un poema sobre Charles Darwin, que empieza así: «El hombre que nunca quería. / Sentía mareos de pisar la Tierra. / ‘Genial’, ‘innovador’, ‘apabullante’, ‘un titán’: / él no quería. Desde un principio / se resistió por todos los medios. / Náuseas, migrañas, hipocondrías».

Cómo Darwin nos contó la evolución es una fascinante historia. Pero Darwin, en realidad, era el hombre que nunca quería. Se embarcó en el Beagle recién licenciado en Teología por la Universidad de Cambridge y no tenía más teoría sobre la biología que la narrada en el Génesis. Los pinzones de las islas Galápagos le contaron una historia muy distinta, pero él no quería oírla. La lectura de Thomas Malthus le brindó la idea de la selección natural, pero él no quería pronunciarla. Todo eran náuseas, migrañas, hipocondrías.

Estas metáforas que componen una especie de biografía negra de Darwin son la historia de sus miedos filosóficos: el vértigo de quien tiene en su mano el arma perfecta para matar a Dios y se asusta antes de apretar el gatillo. El éxito científico ahora avalado por la verdad poética.

También nos enseñó que «la poesía de la ciencia no está a flor de tierra; procede de las capas profundas», y que este poder evocador de la ciencia no proviene en absoluto de sus brillos superficiales.

Nadie podrá dudar del enorme poder emocional que poseen esas descripciones metafóricas, muy en particular las que nos han dejado la física y la cosmología: vientos solares, ruido galáctico, agujeros negros, energía oscura, gigantes rojas, enanas blancas, agujeros de gusano, cuerdas y supercuerdas, partículas confinadas, túneles cuánticos, horizontes de sucesos.

Por otra parte, estas palabras comparten protagonismo en el libro con una denuncia exhaustiva del discurso utópico de la genética, la biotecnología y la inteligencia artificial contemporáneas. La inquietud del escritor alemán —podríamos resumirla como el miedo a la desaparición del ser humano, o a que la tecnología le haga superfluo, o a que le convierta en otra cosa— es una perspectiva que queda ya lejos de la universalidad de su legado.

El wonder yonky de hoy

Un evolucionado arte poético adopta la velocidad de los nuevos tiempos. En realidad, la esencia es lograr la difusión y universalidad de fenómenos como el «asombro» de Carl Sagan. Si McLuhan hoy levantara la cabeza se sentiría orgulloso: para el wonder yonky actual ahora más que nunca el medio es el mensaje.

Jason Silva. Fotografía: María Ramiro.

Jason Silva, poeta, divulgador, y casi Mesías de la ciencia, entendida como la filosofía que eleva al ser humano a fusionarse con la naturaleza y con la tecnología para alcanzar la totalidad, es la cara y la mente del programa más visto de divulgación científica en National Geographic, Brain Games, pero también es el referente del tech-thinking en YouTube, el medio en el que ha aprendido. Sus vídeos tienen millones de visitas y las grandes marcas se lo disputan para dar charlas-inspiraciones, donde defiende a capa y espada las ideas y el pensamiento como motores de la inmortalidad.

Este venezolano treintañero sabe que todo lo que hace se convierte en viral. En cierta forma, intenta que sus vídeos sean ese pop- rock de la ciencia, para quien se los encuentra por primera vez. Cree que hoy más que nada internet y YouTube en concreto se han convertido en algo relevante en este sentido. Por eso y tras su notable trayectoria en televisión (se había formado en cinematografía en la Universidad de Miami) decidió montar su canal de YouTube, Shots of Awe, pequeños videoclips sobre tecnología y ciencia, o «movie trailers for ideas», como él prefiere llamarlos:

El mismo hombre que dijo un día que Barak Obama practicaba sexo con nuestra mente, apela al éxtasis del poeta y nos deja acobardados, confusos ante el futuro que acecha a lo nuevo que ya está aquí. A la tecnología tan fría y tan cercana al ser humano, narrada con sentimiento y casi hecha nuestro lenguaje. Hay una verdad que intuimos, y hay una música que nos engancha. En el fondo, son palabras e imágenes que adoptan una forma intensa y excesiva.

En San Francisco, frente a la Academia de las Ciencias, Jason Silva nos habló de la ciberdelia, de sus influencias cinematográficas y literarias (Ron Howard, Erick Davis, Terence McKenna), de aquellos locos años sesenta, de las drogas y de volar. En la ciudad epicentro de la psicodelia, sobraba LSD para la fórmula definitiva de la expansión de la mente, pero junto con los pioneros de la computación, fue el germen del camino hacia la verdadera trascendencia tecnológica.

En medio de aquella reflexión, quizá acordándose de su maltrecha Venezuela, Jason Silva también reclama el valor de las formas. «Cuando hay libertad hay mutación de las ideas. Las ideas están vivas, como nuestros genes, que tienen información cultural y también se infectan, evolucionan… Tenemos que crear un clima para esas ideas, igualito que el planeta Tierra, un ambiente fértil para la vida, unos espacios culturales para que las ideas crezcan y evolucionen también. La libertad es un espacio político y cultural donde las ideas pueden evolucionar mucho más fácil que en sociedades cerradas o donde no hay libertad. Hay que crear un teatro de las ideas».

Recordemos que también John Banville, en los años setenta, escribió sobre la ciencia como una forma de escribir sobre la creatividad sin escribir sobre el arte. Lo hizo en la tetralogía de novelas dedicadas al pensamiento científico, escritas entre 1976 y 1986: Kepler, Copérnico, Mefisto y La carta de Newton. Para Banville la ciencia y el arte surgen de la misma fuente interior, aunque adopten formas muy diferentes (la ciencia tiene rigor y el arte no, uno no puede refutar un soneto pero sí una teoría científica)

Copérnico solo fue a ver estrellas tres veces en toda su vida; Kepler tenía doble visión, así que cuando miraba al cielo lo veía todo doble. Realmente no les interesaban las cosas tal y como son, la realidad efectiva. Lo que querían era concebir un sistema que pudiese, como se decía, «salvar los fenómenos». Era una forma totalmente distinta de hacer ciencia. Ni siquiera se llamaba ciencia, se llamaba «filosofía natural». Copérnico, como Darwin o como el propio Jason Silva, probablemente intentaba hacer lo que de hecho hace el artista: trata de imponer un sistema sobre una realidad incoherente.

Jardines de la Academia de las Ciencias, San Francisco. Fotografía: María Ramiro.


El corazón de la secta (si lo tiene)

Cuando uno pronuncia la palabra secta sabe de antemano el tipo de reacción que suscitará en su auditorio: sospecha, desconfianza, posible indignación, tal vez incluso miedo. Tales son las connotaciones peyorativas del término que su mero uso supone adentrarse en un territorio minado. Pero de minas chungas y jodidas de verdad, plantadas por iluminados kamikazes y secuaces histéricos, feligreses que se borran del tablero de la vida con un chupito de tang naranja con arsénico, o inmolándose en una granja perdida en el quinto coño mientras los federales aporrean la puerta del establo. Poco importa que esta pésima imagen pública sea el fruto de un modelo religioso que se ha currado a pulso un lugar de honor entre las grandes infamias de nuestra era o al morboso trajinar de la industria del entretenimiento, los mass media y su insaciable apetito por lo grotesco. La cruda realidad es esa. La palabra secta es hoy día sinónimo de fanatismo, suicidio en masa, atentados en el metro tokyota, cantautores mesiánicos interesados en la fabricación casera de explosivo plástico y Dimmu Borgir.

Sin embargo la realidad, como en tantas otras ocasiones, no es tan sencilla como se presenta en los tabloides. Basta con insuflar cierto rigor al estudio de estas manifestaciones religiosas para comprender que, lejos de tratarse de un caso más de locura colectiva causada por la MTV y refrescos con burbujas de amariconeantes efectos, se trata de una forma de vivir las creencias absurdas en el más allá —sea este el paraíso terrenal cristiano o un prostíbulo de cinco estrellas enclavado en el tercer anillo del ojete de Orión— exactamente como cualquier otra. Para llegar a esta conclusión hay que preguntarse, antes que nada, de qué hablamos cuando utilizamos la palabra de marras, y si realmente “hay para tanto”.

Secta, unidad y política

Una búsqueda rápida en Google nos proporciona una vaga idea acerca de lo que son las sectas: asociaciones religiosas minoritarias, de aparición repentina, fundadas por un líder carismático y con pretensiones de mesías, que se valen de técnicas de control mental (y más concretamente el cacareado brainwashing) para asegurarse la lealtad de sus fieles, que frecuentemente presentan un carácter semidelictivo, sostienen sospechosos vínculos con el mundo del hampa, fiscalmente opacas y propensas a albergar en su seno comportamientos violentos, extorsión, abusos sexuales, uso de drogas y un montón de salvajadas más. ¿A alguien le suena?

Antes de que salte algún avispado a señalar a la Santa iglesia Católica Apostólica de Roma diremos que nuestra impresión es ésa precisamente, pero que lejos de pretender ofender a los seguidores de tan respetable institución (y por miedo a que Jot Down acabe protagonizando alguna cruzada judicial a manos del brazo ejecutor de Cristo digna de El Jueves, lo que posiblemente provocaría la castración de éste, su humilde servidor, a manos de la dirección) nos centraremos en lo esencial del aserto: la principal y puede que única diferencia relevante entre una secta y cualquier otra religión consiste en ser minoritaria, de aparición relativamente reciente y no haber sido incorporada al aparato del poder establecido.

La Iglesia administra una dosis de amor a un disidente cátaro

Resulta curioso que este estatus fuese instituido precisamente durante la época en que la Iglesia Católica, que también tuvo que habérselas con un estado reticente y represivo (¿se acuerdan ustedes de los leones?) manejaba el cotarro. Los orígenes del cristianismo son los de una secta cualquiera, una reducida comunidad, más o menos desorganizada, que orbitaba en torno a un líder, propugnaba una ética “alternativa” y no se llevaba demasiado bien con quienes por aquel entonces controlaban la maquinaria del estado. Lo que vino después es conocido, y desde Constantino puede decirse que la secta cristiana se deshizo del estigma, pasando de perseguido a perseguidor. Pues fue precisamente desde Roma que se diseminó esta tirria hacia los grupúsculos de disidentes desaliñados obsesionados con el fin del mundo. Buenos ejemplos son los de las herejías maniquea y cátara. En ambos casos se trata de cultos religiosos que no contaban con la aprobación del vaticano y que ejercían cierta crítica sobre la política vaticana. Las dos variantes del cristianismo originario (pues eso eran al fin y al cabo) propugnaban un regreso a los orígenes, la verdadera palabra y obra de Cristo, tocados con una vena de ascetismo casi radical en el segundo caso (llegaba a practicarse un tipo de suicidio piadoso por inanición) que rechazaba la opulencia resultante del orden económico de la época, y del que la Iglesia, como propietaria del aparato burocrático de las incipientes monarquías europeas durante la alta edad media, sacaba tajada. Esta es la idea, la de la secta como una hermandad de locos que da por saco a quien en ese momento cuenta los euros.

De ahí el carácter desestructurado del invento. Al no tratarse de una proyección vertical de una visión del mundo (sumamente beneficiosa desde un punto de vista pecuniario para la Iglesia mayoritaria) sino de un fenómeno más o menos espontáneo, la organización se genera en base a un sentimiento de unidad transmitido de manera informal. Victor Turner supo caracterizar este proceso con la lucidez que le era propia, hablando de comunidad (communitas) existencial: la unidad que surge de una experiencia común y un sentimiento compartido (el del mensaje evangelizante), y que al progresar en un momento histórico termina por pillar cacho en el gobierno, convirtiéndose entonces en una comunidad normativa, una estructura de poder político y económico. Algo muy parecido a la palabra del israelita que, gracias a una serie de felices acontecimientos, pasó del chamizo al palacio real.

Declarándose en rebeldía: la sociedad oculta

El concepto de secta se puede encontrar también entre las sociedades esotéricas y ocultistas que proliferaran durante el siglo XIX. Si bien no se trataba de religiones en sentido estricto compartían con éstas algunas de sus características, amén de que muchas de ellas pretendieron (como la Orden del Alba Dorada o la sociedad Teosófica de Helena Blavatsky) revitalizar la creencia en fuerzas y potencias sobrenaturales. Aunque bien es cierto que algunos casos de sociedad oculta sectaria diferían de la secta prototípica a la que nos hemos referido más arriba en el elitismo de sus bases —un caso paradigmático sería el de la masonería—, a pesar de lo cual compartían con ellas el impulso regenerador, digamos alternativo, crítico o al menos independiente de la ideología dominante (el racionalismo burgués y la religión cristiana en todas sus variantes). Desde este punto de vista se puede afirmar de ellas que anuncian la llegada de la contracultura y su afición por resucitar tradiciones culturales ahogadas por la Iglesia, con cierta querencia por lo exótico, pagano y dionisiaco.

Claro que la contracultura hippie y su antecesor beatnik fueron autoconscientes en este sentido, postulándose desde su misma concepción como alternativas al modo de vida capitalista. Como buenas protosectas que eran repudiaron cualquier tipo de jerarquía y organización formal de sus integrantes, haciendo honor al idead de communitas turneriano. Igualmente las cabezas visibles del movimiento fueron personalidades carismáticas y estrellas del rock (como Timothy Leary, Allen Ginsberg o John Lennon), así como gurús y santeros que proliferaron durante el verano del amor, de los cuales Mr. Natural, el libidinoso personaje de Robert Crumb, sería una fiel parodia.

Su “modo de vida” no se fundamentaba en una serie de normas formales y explícitas sino en un sentimiento de hermandad expresada a través de máximas sencillas (“haz el amor y no la guerra”) destinadas a conmover las vísceras antes que el entendimiento. Resulta irónico que en este caldo prebiótico sectario, tan benéfico y buenrrollista él, brotase uno de los máximos y mejores exponentes de secta destructiva: la familia Manson.

La secta cuando todo se desmorona

Como decíamos al comienzo de este artículo, la acepción actual de secta se mimetiza con la secta destructiva. Los 60 y 70 fueron buenas épocas para la aparición de cultos delirantes y explosivos (a veces literalmente), fundados por personajes excéntricos como Jim Jones o Charles Manson. Asimismo destacábamos que una de sus atributos es la de la manipulación psicológica de sus miembros mediante medios diversos. Dicho de otra forma, las sectas destructivas se especializan en la instrumentalización de sus integrantes aprovechando sus debilidades. Desde la caída del imperio del folleteo libre en los sesenta se impuso en la sociedad norteamericana una mentalidad menos ingenua, más pesimista y cínica. El lsd y la marihuana dejaron paso a la cocaína y el jaco, la música psicodélica y el rock´n roll declinaron en favor del punk y el heavy metal. El contexto de desesperanza de este periodo fue el idóneo para que entrasen en escena los siniestros manipuladores que han dado a las sectas su mala fama, ya fuese con objeto de lucrarse a costa del sufrimiento ajeno o para realizar escalofriantes sueños ególatras, sublimar traumas infantiles, o lo que sea.

El reverendo Jim Jones junto a una instantánea de su obra

Según se cuenta, el Reverendo Jim Jones era un hombre inusualmente empático, con una enorme facilidad para conectar con su auditorio, detectar sus preocupaciones y enunciarlas en voz alta. Una persona de intelecto penetrante y verbo facilísimo, con madera de demagogo y que sabía muy bien qué decir para ganarse la simpatía de la audiencia. Su discurso se nutría con la problemática social de las familias de clase baja (paro, drogadicción, violencia callejera) con un toque subversivo. Sus homilías eran ceremonias catárticas de intensidad creciente llenas de llamadas a la rebeldía durante las cuales el gran gurú se desgañitaba como un tertuliano de Intereconomía, llegando a arrojar la biblia al suelo y pisarla con saña, interpelando directamente a la audiencia en un discurso de gran agresividad. La fidelidad que llegaron a profesarle los miembros del Templo de los Pueblos allanó el camino para el trágico suicidio en masa acaecido en Guyana en 1978. Tras varios meses de estancia en un campamento religioso 900 de los miembros del culto de Jones se quitaron la vida o fueron asesinados en uno de los peores casos de este tipo que se recuerdan. Investigaciones posteriores demostraron que muchos de ellos ingirieron el veneno (una mezcla de limonada y cianuro) en contra de su voluntad, otros fueron ejecutados, los restantes perecieron tratando de escapar del campo de prisioneros en el que se había convertido la colonia. Las grabaciones efectuadas durante la matanza muestran al enloquecido reverendo tratando de mantener la calma de sus seguidores por megafonía sobre el estrépito del griterío y los disparos en un documento sonoro francamente escalofriante.

Pero no fue el único pastor empeñado en guardar su rebaño en un campo de concentración. En Chile, Paul Schäfer, antiguo oficial nazi exiliado a Latinoamérica, fundó Villa Baviera, posteriormente conocida como Colonia Dignidad. Se trataba de un hombre de carácter puritano, celoso de preservar la pureza sexual de las personas que le siguieron a la aventura tanto con los alemanes que le siguieron a Chile como con los nativos que una vez allí, se sumaron a su culto. Y como todos los puritanos obsesionados con la castidad era un pederasta y un pervertido de tomo y lomo. Aún hoy son muchos los que piensan que el único objetivo de Colonia Dignidad era el de proveer a su fundador de carne infantil sobre la que ejercer violencias de la peor especie. Así, mientras los miembros más jóvenes de la comunidad eran atiborrados a psicofármacos destinados al parecer a erradicar el deseo de sus mentes y los recuerdos incómodos de su base de datos, Paul Schäfer se dedicaba a violar a cuanta criatura le pusiesen por delante. Sin embargo parece que éste no era el único objetivo de Shäfer y su colonia. Este campo de concentración, diseñado al milímetro a imagen y semejanza de los campos de extermino nazis (incluyendo vigilancia constante, sensores de movimiento en todo el perímetro y varios kilómetros de alambre de espino) tuvo una historia más sórdida si cabe y que no ha sido del todo aclarada, incluyendo interminables sesiones de tortura con disidentes del régimen del general Pinochet (ese gobernante que dejara un país moderno y ejemplar, según un célebre vocero de la derecha española al que no vamos a nombrar, pero del que diremos tiene costumbre de hacerse apalear en bares de copas de reputación cuestionable a las tantas de la mañana), quien por supuesto dio su visto bueno al asunto. El que se encontrase un sistema de telecomunicaciones sumamente sofisticado para la época, aparentemente conectado con otros países sudamericanos en el área de influencia de la CIA, no ayuda a esclarecer los hechos ni a tranquilizar a los denunciantes del infame Schäfer.

Lo de David Koresh no llegó a tanto, un cantautor fracasado que, rumiando los motivos por los que el público no apreciaba su inconmensurable talento, llegó a la conclusión de que debía tratarse de alguna especie de mártir outsider como Jesucristo. Sabe Dios lo que le pasaría por la cabeza al pobre loco. El caso es que el encierro de su orden davidiana terminó como el rosario de la aurora, muchos de ustedes lo recordarán, cuando el asalto al rancho en el que mantenía a sus concubinas fue asaltado por el FBI durante la ya tristemente conocida tragedia de Waco.

Aum Shinrikyō se prepara para expeler una nube de gas sarín

Igualmente, Aum Shinrikyo no pudo contentarse con algo tan trillado y mainstream como ordenar la muerte de sus súbditos, y quiso poner su firma en el libro de la historia japonés (historia de sangre y demencia, pero historia al fin y al cabo) en el célebre atentado con gas sarín en el metro de la capital nipona. ¿Por qué esa predilección por el veneno en las sectas destructivas?

Y quien dice veneno dice agente bacteriológico. La Orden de Osho, otro iluminado emperrado en iniciar a sus seguidores por vía vaginal, fundó una variante cutre de religión hindú llamada Rajneeshpuram. Aunque en principio esta secta parecía más inocua que las de Jones, Schäfer o Koresh, también sintió la llamada del apocalipsis, y fue objeto de investigación federal acusada de envenenar con salmonella en varios establecimientos (ejem) culinarios en la ciudad de Dallas. La Orden del Templo solar o Puerta al cielo, junto a otros muchos, se sumarían a la lista de sectas homicidas

Impliquen o no actos violentos de tanta magnitud no es fácil ejercer de abogado de estas simpáticas creencias, pese a lo explicado al principio del artículo. El catálogo de tropelías es demasiado largo, y por supuesto no acaba en estas líneas. Se trata de un fenómeno que pervive a día de hoy, aunque sus representantes no sean tan amenazadores. En España las incursiones de este tipo han sido menos frecuentes, quizás debido a que la influencia de la Iglesia Católica sigue siendo fuerte, consintiéndose la presencia de órdenes heterodoxas y rarunas como Los Legionarios de Cristo (formada por un pedófilo para variar) o el Opus Dei (fundada por un santo, pero que seguro también daba un cachete de vez en cuando). En EEUU, donde la pluralidad de confesiones del pasado colonial hacen de ella una nación bastante permisiva con las religiones minoritarias inspiradas en la Biblia, se han convertido en elementos del show business como otro cualquiera, corporaciones más interesadas en la exacción de tributos y la evasión fiscal que en la regeneración religiosa. Si acaso hoy en día la gente se apunta al satanismo laveyano, una doctrina de corte más humanista que otra cosa, o se junta con los simpáticos (por inofensivos) Hare Krishna. Como mucho se dejan lavar el cerebro (y los bolsillos) por L.Ron Hubbard.

Pero tampoco pasa nada, a los Cruise/Travolta de este mundo les sobra la pasta.