Locura y poder

Malcolm McDowell en Caligola, 1979. Fotografía: Penthouse Films International / Felix Cinematografica.

En 1511 salió impreso por primera vez Stultitiae Laus, el Elogio de la locura, de Erasmo de Róterdam. Esta obra fue enormemente influyente en la literatura occidental. Mordaz, crítica y acorde a los usos del Renacimiento, narra el nacimiento de la diosa Locura (a veces traducida como necedad) de los dioses Pluto y Hebe. Da cuenta de sus acompañantes: la Adulación, el Amor Propio, la Demencia, la Pereza, la Molicie, el Olvido y la Voluptuosidad. La propia diosa es la que canta sus alabanzas, habla de los niños y del matrimonio, de la amistad y de cómo solo gracias a la locura cualquier vínculo humano se puede hacer soportable (sin poder negársele la razón por lo vehemente de sus argumentos). Pero algunos de los pasajes más interesantes de la obra son los dedicados a reyes, príncipes y obispos, de cuya molicie hace una crítica descarnada.

Cuenta Erasmo que los príncipes y los reyes adoran la locura pues, de hacerse un juicio acertado de las cargas que deben soportar, su vida solo podría ser triste y desgraciada. Ser soberano implica trabajar noche y día por el bien común, no apartarse de las leyes, conocer la integridad de sus administradores, recordar que todos le miran y que el soberano puede, por sus costumbres, influir útilmente en los otros. De ser príncipes juiciosos, no podrían ni conciliar el sueño ni comer a gusto en sus banquetes. Ahora, gracias a que en el fondo son presos de la locura, dejan todo en manos del destino y de sus consejeros. Los reyes solo escuchan a quien les cuenta lo que desean oír, dedicados a la pereza, a mirar por su placer, siendo hostiles al saber, contrarios a la libertad y la verdad y buscando nada más que su propio provecho. Todos sus ornatos, sus coronas, cetros y púrpura son casi una parodia de lo que son los poderosos en realidad. 

Otro tanto dice de los cardenales y obispos. Regresado recientemente de Roma, Erasmo está totalmente desencantado con el libertinaje que se ha apropiado de la Iglesia católica, y sus escritos, de hecho, abrirían hasta cierto punto el camino a la Reforma protestante. Hace tiempo, dice, que papas y obispos imitan a reyes y sátrapas. Los pastores se alimentan bien y el rebaño lo dejan en manos de Cristo, olvidando lo que significa obispo: «vigilancia». Ven borrosa la doctrina, aunque a la hora de ir a la caza del dinero no se les embota la vista. Los papas dicen ser los vicarios de Cristo, pero si imitaran su pobreza y sus enseñanzas, dice la diosa Locura, solo podrían ser desdichados. Muchas ventajas perderían de hacerlo, pasando sin remedio de la riqueza al ayuno, los siervos a la vigilia y el estudio. Pues, además, para proteger sus ventajas se alzan en armas y trafican con las leyes de Cristo, recurriendo a la sangre tantas veces haga falta para asegurar sus señoríos. 

En esta mordaz crítica que supone el Elogio de la locura se ve un pensamiento que, solo tímidamente, se va a abriendo paso; se empieza a distinguir entre aquello que el gobernante debería ser y lo que es realmente. A diferencia de los escritos de santo Tomás de Aquino, ya no se habla solo del buen príncipe cristiano sino, como Maquiavelo o Tomás Moro, de cómo los gobernantes son en la práctica. Y lo que Erasmo recoge es que, si príncipes y papas fueran lo que deberían ser de acuerdo con su rango, solo cabría hablar de lo penoso de sus trabajos. Es decir, que nadie en su sano juicio querría el poder. Por lo tanto, de aquí se desprende que solo es posible que haya personas que soporten y se regocijen con la carga del poder porque son necios y locos. Dicho de otro modo, que el ejercicio del poder requiere un grado de psicopatía, unas actitudes que predisponen a la inestabilidad mental. Que el poder enloquece o que solo los más locos acceden a él. 

No hace falta indagar demasiado en la historia para encontrarse con todo tipo de casuísticas que refuerzan la tesis de Erasmo. Se suele hablar del caso de Calígula, el emperador romano, como uno de sus ejemplos más acabados, del que decía Séneca que se le miraba a los ojos y ya se le veían las hechuras. Más allá de que según la leyenda el emperador nombró cónsul a su caballo —lo que quizá dijera poco bueno del cargo o de los candidatos alternativos—, Calígula afirmaba ser Júpiter redivivo. A los veintiocho años fue asesinado y su nombre quedó para siempre asociado a la megalomanía del trono. El poder absoluto de los césares dará más ejemplos de locura, desde Nerón a Cómodo, casos que han llegado a nuestros días por su grabado en piedra, no porque sátrapas y tiranos anteriores, desde Persia hasta Tingitana, no hubieran sido equivalentes. Más contemporáneos tenemos a Otto de Baviera y Luis II, que acabaron bajo tratamiento médico, o a Juana la Loca de Castilla o el zar Iván el Terrible, de los cuales se decía que tenían accesos de paranoia. Hasta Juan sin Tierra o Carlos II, apodado «el Hechizado», tenían hechuras de no estar en sus cabales.

En todo caso, no debería confundirse la locura en los fines con ser expeditivo en los medios. De cualquier gobernante se espera un mínimo de racionalidad instrumental, es decir, que oriente sus acciones a conseguir sus objetivos políticos. A lo largo de la historia eso ha conllevado consigo atrocidades terribles, desde que los partos arrojaran oro fundido por la garganta de Craso hasta las mutilaciones de los desposeídos del trono bizantino o las purgas de las familias de los rivales. Hasta la mayor monstruosidad humana jamás acometida, el Holocausto, fue ejecutada con una meticulosa racionalidad. Por el contrario, la locura es una perversión en el origen de los propios fines, pero esto no tiene por qué condicionar que haya una ejecución minuciosa en él. O al menos no siempre. Lo que implica la locura es algo más terrible: la falta de previsibilidad. Esto, muchas veces alentado desde el propio poder, es lo que más tensión genera en la Corte y el pueblo. Lo opuesto a la ley es dejarlo todo en manos del diablillo que brilla en los ojos del rey loco.

Mao tocando las palmas. Foto: Cordon.

Los tiranos contemporáneos también recurren a esto en dosis más o menos moderadas. Las dictaduras caracterizadas como personalistas (por oposición a las de partido dominante o las monárquicas), por ejemplo, lo hacen a través de la figura del culto a la personalidad. Enormes retratos en cada plaza, megafonía que canta loas al nombre del querido líder, grabados y figuras conmemorativas, festividades especiales el día de su cumpleaños o alabanzas al dictador como motor del mundo o portador de la lluvia; la obra de un verdadero megalómano con plenos poderes a la cual recurrieron y recurren desde Mao a Lenin, desde Al Asad hasta Kim Jong-un. Son como pequeños Calígulas embebidos de ego y de locura, si bien tienen detrás de esto una intencionalidad. 

Para el tirano ególatra, el culto a su persona es algo que puede servir para la formación de verdaderos creyentes para la causa, algo que siempre es útil. Es posible que de repetir ad infinitum las virtudes del líder termine habiendo quien de verdad lo compre, en especial con los medios de comunicación debidamente controlados. La megalomanía es el cimiento de la propaganda que apuntala al régimen. Sin embargo, la principal ventaja del culto a la personalidad es la construcción de barreras adicionales a que la oposición pueda coordinarse contra el régimen. Resulta tan difícil que nadie puede organizarse, incluso desde una perspectiva psicológica, con los ojos del tirano siempre mirando. Y mientras, siempre hay esos costes asociados a tener que salir al siguiente desfile y aplaudir con la fuerza necesaria, besar con suficiente fuerza los pies de la estatua del dictador. Eso, que el líder combina con una intensa policía secreta y mil maneras de ejecución de sus adversarios, acrecienta el miedo al poder arbitrario. A ese rey loco que controla el país.

Pero viremos hacia el político en cualquier democracia. Cuando nuestros políticos están en un entorno tan cambiante como el de ahora, tan sobreexpuestos a los medios de comunicación, sin apenas tiempo para pensar (y solo para reaccionar), la pregunta pertinente es si el que accede al cargo ya tiene los rasgos de la psicopatía o es la propia púrpura la que lo enloquece. Hay estudios que apuntan que la mayoría de los presidentes de EE. UU., por ejemplo, han tenido rasgos de psicópata, incluso antes de la era Trump. Tiene sentido imaginar que cualquiera lo suficientemente ambicioso para entrar en política debe tener atributos como el desparpajo o la confianza en uno mismo. Con frecuencia, la ambición se marida con la mezquindad, la sociopatía y un concepto de las personas como medios y no como fines en sí mismas. Las presiones sobre el espíritu son demasiado fuertes como para no provocar algún quebranto. 

Pensemos por un momento cómo se sentirá el líder de un partido acosado por conspiraciones internas, en lucha continua con sus rivales de otras formaciones, rodeado de aduladores, vilipendiado en las redes sociales y los medios de comunicación y sintiéndose cada vez más solo y aislado. El poder es una implacable trituradora que encanece las sienes y pudre la razón. Con razón, al final su círculo se cierra y se vuelven locos. Cuanto mayor es el poder, cuanta mayor es la cercanía a la Khaleesi, más fuerte es la presión sobre ellos. Ni siquiera tienen la certeza de si seguirán en el cargo y se aferran cada vez más fuerte a los oropeles del poder, a su disfrute desenfrenado. El pensamiento libre va muriendo, las filas se vuelven prietas y las sonrisas son todas forzadas. En la intimidad, se abandonan al alcohol, las drogas o al sexo, algo que sirva para recordarles que aún están vivos de alguna manera. La locura termina siendo su único escudo.

Decía Max Weber que un político de vocación requería de pasión, responsabilidad y mesura. Pasión para tener un motor interior que espolee sus acciones; responsabilidad para hacerse cargo de las consecuencias que tienen y mesura para tener una respetuosa distancia con el ejercicio del poder. Es probablemente esto último lo que más toca con la relación con la locura, donde él ve la perversión de su tiempo. Él ve al político vacío de pura ambición como algo siniestro que crece cada vez más en la Alemania de entreguerras. Y apunta muy bien cómo el narcisismo de la política termina abriendo el camino a todos los males. Hoy es complicado no pensar que la locura y la política son las dos caras de una moneda, donde pasar un psicotécnico sería impensable en un consejo de gobierno. 

La locura, que viene impuesta por la naturaleza del poder, termina por matar el último elemento que queda para su ejercicio: la empatía. El momento en el que todo gira en torno a las pasiones de ese personaje que se mueve por pulsiones, que empeña toda la energía y esfuerzo en satisfacerlas. Ya no hay capacidad de sentir por el otro, solo por sí mismo. Normal que los antiguos recomendaran escapar del cáliz de la política a aquel que aspirase a la salvación de su alma. Hay que tener un punto de loco para hacer política. Benditos aquellos que la hacen y tienen un ancla en la razón. 


Guía para huir de donde se parte

Carretera rumbo a Mezquitillo, México. Fotografía: Antonio Garamendi (CC).

Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte. Miguel de Unamuno.

Barataria y Comala

El día que Cervantes imaginó Barataria tuvo que ser un día complicado, pues significaba algo más que una simple ínsula perdida en medio de un océano imaginativo. Por supuesto que era algo más que eso. Barataria era el símbolo de toda la codicia que el pueblo español había acumulado durante siglos, con media península fracasada (esta sí, real), muerta de hambre por un ponme aquí o un quítame allá este imperio. Se me antoja difícil no creer que Sancho existió y que realmente deseó ese trozo de tierra con todas sus fuerzas. Porque desde tiempos inmemoriales los españoles han querido tierra y tierra es lo que les da Cervantes. Pero no menos complicado tuvo que ser el día en el que el manco dejó de creer en la célebre isla, ya que la ficción siempre supera a la realidad. «Y, ¿a quién llaman don Sancho Panza?», cuestionó el fiel escudero al ser dignificado durante la toma de posesión del gobierno de la ínsula. «Yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas», apuntilló. Porque tan español es codiciar un trozo de tierra como olvidarse de él. Y fue en ese momento, al olvidar, cuando Cervantes eligió ese nombre para designar todas las codicias que ya nunca recordaremos: Barataria.

También quería tierra Rebeca Montiel, la hija adoptiva de José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo. Ah, Macondo… Sospecho que también Gabriel García Márquez suspiró el día que abandonó este hermoso paraje. Atrás dejaba a Melquíades y a sus queridos gitanos bailoteando al son de cualquier invento traído desde allende los mares. También dejaba a sus espaldas las fobias que había contraído por culpa de (o gracias a) la propia Rebeca Montiel que, no contenta con tragar tierra, había obligado al Gabo a etiquetar todos los objetos por miedo a olvidar sus nombres. Por eso la obra de García Márquez supone abandono. Pero no confundan abandono con olvido. No se trata de eso. Él lo define mejor que nadie:

En cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.

Para dejar atrás Macondo hacen falta pelotas porque dejar atrás Macondo es dejar atrás lo efímero. ¿Y más allá? Más allá dicen que soledad, y en porciones de cien años.

El País de las Maravillas y Nunca Jamás

Por eso emprendemos la huida. Porque necesitamos intuir el rastro del conejo blanco sin tener la obligación de abrazarlo. Uno se encuentra con ese bichejo de chaleco hortera y reloj de Conan Doyle y, sin saber por qué, corre. Y corre y corre. Nadie supo nunca si el conejo terminó llegando tarde a algún sitio, pero lo que sí supimos es que Lewis Carroll llegó demasiado pronto a su edad madura. Tan pronto que si hubiera esperado alguna década no habría tenido que escribirle poemas a Alice Liddell, la niña de doce años que inspiró ese extraño lugar donde las lágrimas forman mares y las cartas de póquer la guardia real. Más tarde llegarían las misivas de los padres de Alice pidiéndole al bueno de Carroll que se alejara de su hija. Una especie de orden de alejamiento literario. Como recuerdo quedaron unas cuantas fotos que Lewis le robó a la cría y un nombre: «el País de las Maravillas». Mucho me temo que, más que escapar, lo que el autor pretendía era quedarse allí para siempre.

Dicen que también «para siempre» quiso quedarse J. M. Barrie en el País de Nunca Jamás, aunque las dos expresiones sean contradictorias. Yo, particularmente, no lo creo. El tiempo, en forma de conejo o no, se anticipa ante el deseo de demora y se demora ante el deseo de anticipación. Partiendo de esta premisa y viendo cómo se las gastaba el propio Barrie, creo que lo que el autor pretende decirnos es que lo importante es el pedigrí del tiempo más que la rapidez del mismo. Y nos lo transmite a través de las pupilas de Wendy, una niña maravillosamente educada bajo los preceptos anglosajones. El tiempo, aquí, se empeña en acallar la voz de Wendy, una voz con marcado acento victoriano a la que nadie quiere escuchar. El problema viene cuando la educación y el corazón se enfrentan alrededor de ese pretexto llamado «Peter Pan». Es entonces cuando Barrie, Wendy y la rebeldía de ambos, Peter, deciden viajar. ¿Viajar a dónde? Viajar al sitio donde esa voz es escuchada. Por tanto, aquí Nunca Jamás representa la revolución de lo humano, la búsqueda de lo no establecido. Wendy se percató de que el tiempo importaba poco junto a la puerta de embarque. «Pensamientos maravillosos» y «polvo de hadas», le dijeron. Al darse cuenta de que no encontraba pensamiento alegre alguno, quiso escuchar esa voz también ella.

México, ca. 1900. Fotografía: USC Digital Library.

Comala y el infierno

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre». Con esta frase comienza Rulfo su adorable Pedro Páramo, una novela que esconde todos los secretos del México del siglo XX. Pero ¿qué es Comala? Mucho más que un municipio mexicano del estado de Colima, eso seguro. Comala es ese lugar donde se dan cita todas las almas que Rulfo quiso hacer suyas, una especie de «última cena» literaria. Porque a medida que por las páginas se van deslizando las supersticiones, los actos revolucionarios, los asesinatos, las reyertas ligadas al reparto poco equitativo de la tierra o las reprimendas religiosas, uno comprende que estos términos pertenecen a la triste historia del ser humano de manera personal e intransferible. Poco importa si México, España, Rusia o Hong Kong. Por eso, Comala fue abrazando la fama de ser una tierra plagada de inmigrantes. Era lógico. Primero, porque se trata de una novela que habla de injusticia. Segundo, porque solo puede ser leída por víctimas de la injusticia. Y tercero, porque todas las víctimas de la injusticia acaban allí. Dicho de otro modo, Comala no es más que el punto en el que convergen todas esas víctimas que, de una manera u otra, vinieron porque acá les dijeron que vivían sus padres.

Allí donde se acaban todos los caminos, sea en Comala o no, comenzó Dante su Divina comedia. El Infierno, ese con el que se identificó hasta el punto de visitarlo en compañía de su querida Beatriz, se aleja de los estándares habituales para presentarse como un lugar donde se concentra el pecado sin prisa por ser purgado. Y digo sin prisa porque Dante sabía muy bien que las ganas de hincarle el diente a la manzana nos acompañarán para siempre, por mucho que el peaje se pague en ese lugar cónico e icónico donde lo mismo te encuentras con Averroes que con Helena de Troya. Porque la, para mí, obra más importante de la historia tiene en el Infierno su particular motor, su única razón. A pesar de concebir cada uno de los nueve círculos como un sentimiento reprobable, creo que Dante admira a la mayoría de personajes que pasean por allí, sintiéndose atraído por ese juego que plantea la serpiente. Además, se dejará guiar por Beatriz y Virgilio, dos de las personas que más amó, como si su presencia estimulase la atracción. Por tanto, Dante presenta el Infierno como un lugar sufrido pero deseable. Ambiguo y sincero. Hasta Satanás, que comete la desfachatez de torturar a personajes tan entrañables como Judas o Bruto, tiene varias caras. Esto demuestra que no siempre te puedes fiar de su Infierno… como tampoco te podrás fiar más tarde de su Paraíso.

Pero el Paraíso por antonomasia para cualquier poeta responde a una expresión que deslumbra solo con ser pronunciada: la Arcadia. Esta región griega fue utilizada en la época clásica como un patio de recreo para las historias bucólicas, para los cuentos con final feliz. Por ella pasean pastores sencillos que solo pretenden vivir en armonía con la naturaleza y con el propio mito. Y digo lo de mito con todas las consecuencias. La literatura, ya entonces, era un medio para escapar de la vida. Porque la literatura es mejor que la vida y así lo reflejó Virgilio en sus Bucólicas. El concepto, aunque en desuso, supo escapar a ese agujero negro llamado Edad Media que amenazaba con merendarse el resplandor de la cultura clásica. Curioso, la Arcadia desaparece cuando más falta hace. Pero gracias entre otros al propio Dante, volvió al escaparate durante el Renacimiento. Aquí aparece Sannazaro, que pasa por ser el hombre que colocó Arcadia en la mente de todos. Más tarde, hasta dos enemigos feroces como Lope y Cervantes se pondrían de acuerdo para compartir este retiro espiritual donde, por cierto, tampoco se llevaron bien. Poco a poco se fue apagando y solo el genio de Goethe provocó un último pero débil fulgor. El alemán no sabía que su único hijo, el Romanticismo, sería uno de los que más empeño pondría en cerrar la puerta de la Arcadia para dar paso a la ruina y la destrucción. El siglo XXI condenó al olvido a este lugar mágico, arrojando la llave al mar. Curioso, la Arcadia vuelve a desaparecer cuando más falta hace.

Utopía, Liliput, Crusoe y Arkham

Prima hermana de Arcadia fue Utopía, la ínsula que Tomás Moro descubrió gracias al explorador Hitlodeo. Paseando por ella uno puede encontrar la modernidad que no tenían las repúblicas allá por 1516, año en el que la isla fue colocada en el mapa. Utopía es la certeza de que un sueño puede tener sentido si se le da la importancia adecuada. Esto es relevante. De la mitad de los sueños no nos acordamos y de la otra mitad no nos queremos acordar. Moro sabía que el sueño de Utopía podía traer consigo un cabeza más para la colección de Enrique VIII. Sin embargo, creyó en él, y nos habló de lo que allí vio: elección popular del gobernante, uso equitativo de la tierra, libertad religiosa… Pero el viaje de Hitlodeo, el marino que tiempo atrás acompañó a Colón y a Vespucio, desencadenó una injusticia todavía vigente hoy: se adoptó el término «utopía» como símbolo de lo irrealizable. Pero, como decíamos, Tomás Moro no quiso expresar un imposible y sí un sueño. Porque él sí creyó en ella. Creyó en una sociedad felizmente instalada en su particular ínsula, fuese Utopía o cualquier otra. De cualquier manera, su cabeza terminó rodando a los pies de Enrique arrastrando con ella sueños y aspiraciones. Un triste final. Por cierto, en nuestro país la obra fue traducida por Francisco de Quevedo. ¿Quién mejor para hablar de sueños?

Pero no hay ínsula que se precie que no haya soñado con parecerse algún día a Liliput, el terreno que Gulliver tuvo que reconocer durante uno de sus viajes. En ella, la inocencia consigue que todos hayamos soñado con ser liliputienses alguna vez. Porque sus habitantes, lejos de ampararse en su aspecto diminuto, demuestran una altitud moral que no alcanzamos los que medimos más de seis pulgadas. La primera prueba es que ellos dieron de comer al náufrago cuando ni siquiera el náufrago lo esperaba. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros? La segunda llega cuando el creador de esta tierra, Swift, decide enfrentar al pueblo de Liliput con cualquier otro, qué más da. El escritor siempre tiene ganas de sangre, pero no siempre sus personajes quieren saciarlo. Por eso los liliputienses, rebeldes aun en la paz, lejos de utilizar esa arma de destrucción masiva llamada Gulliver en perjuicio de su enemigo, terminan aceptando una paz que, según cuentan las crónicas, todavía dura hoy.

No sabemos si Gulliver naufragó al salir de Liliput. Lo que sí sabemos es que, de haber naufragado, con toda probabilidad habría terminado en la isla que Robinson Crusoe colonizó para todos nosotros. En ella, Defoe consiguió algo que no consiguen el resto de parajes aquí analizados: la simbiosis entre el viajero y el medio. Más tarde, James Joyce, experto conocedor de la obra, afirmaría que la manera en la que Crusoe se afianza en la isla es un reflejo del colonialismo británico. Me temo que Viernes no estará de acuerdo con la enajenación del borrachín irlandés. En la isla de Crusoe hay espacio para la amistad, para el arrepentimiento, para el perdón. Y, por cierto, también para una crítica feroz hacia la conquista española de América. Algo que refuta la teoría de Joyce pues, al fin y al cabo, a la colonización española y a la inglesa solo les separa una cosa: el cristal con el que observas al que coloniza. Por tanto, el Crusoe de Defoe no tiene nada de guerra colonial porque no tiene nada de pretencioso salvo, quizá, en el terreno religioso. Por lo demás, la ínsula de Robinson es la literatura hecha causa ganada, pues el náufrago queda en paz consigo mismo y con aquello que representa el indígena Viernes. He aquí la simbiosis que no encontró Joyce. Esto, me temo, no pueden decirlo todas las potencias de la Edad Moderna.

Sí puede decir Lovecraft que no todos los parajes han de ser utópicos. En Arkham, las historias tienen sabor a suspense. Cuando la emoción se viste de negro, un hombre de mentón profundo resucita para dejárnoslo claro: si habéis venido a ser felices, largo. Por mucho que los estudiosos lovecraftianos se hayan pateado los mismos caminos que él se pateó, visitando las mismas paradas de autobús que él visitó, ninguno ha podido precisar de dónde salieron estas extrañas ciudades porque ninguno experimentó la sensación Lovecraft. Adolescente comatoso, joven escéptico, maduro fracasado, viejo sin ser viejo. Para cuando quiso deshacerse de las garras de su madre, ya habían aparecido los tentáculos de Cthulhu. Así que me atrevo a citar al genio de Providence: «No hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos». En el caso de Lovecraft, esa correlación sí podía encontrarse, por mucho que a él le diera pánico encontrarla. Si quieres encontrar Arkham no pasees en autobús buscando cuevas en Providence. Si quieres encontrar Arkham bucea en tus propios miedos, en tus inseguridades, en tu fracaso. Porque no se viaja para buscar el destino sino para huir de donde se parte.


¿Y si al final los humanos ganan?

Harry Belafonte en The World, the Flesh and the Devil, 1959. Fotografía: Cordon Press.

La práctica de especular sobre el futuro parece consustancial a la especie humana, pues el mero hecho de preguntarse qué hay después de la muerte ya lo lleva implícito. El concepto de cielo o infierno, de un mundo más allá, contiene también un esbozo de cómo sería una sociedad ideal; la literatura nos ha dejado incontables ejemplos de estos ejercicios de imaginación, desde La República de Platón, pasando por la Utopía de Tomás Moro, hasta las obras de Orwell o Huxley. 1984 y Un mundo feliz se enmarcan en un género de especulación futurista conocido como distopía, que se caracteriza fundamentalmente por presentar una sociedad ficticia indeseable, deficiente u opresiva. En otras palabras, es una utopía en negativo que, siendo reduccionistas, podríamos decir que describe el infierno. Lo más llamativo de esta corriente literaria es sin duda su arrollador éxito contemporáneo, apoyada en formatos como el cine o las series de televisión.

No es sorprendente, dado que este interés por los futuros catastrofistas va paralelo al increíble desarrollo del apocalíptico siglo XX. Los terroríficos efectos de la Segunda Revolución Industrial —ideologías totalitarias, guerras a escala planetaria, tecnología capaz de destruir el planeta— dejaron una impronta pesimista en las mentalidades de quienes los vivieron e impactaron poderosamente en generaciones posteriores. Estas experiencias traumáticas se aliaron con un mecanismo psicológico del que disponemos los seres humanos y que nos encanta utilizar a la mínima ocasión, el sesgo de negatividad, para sentar las bases de la literatura distópica de ciencia ficción. 

A partir de los años treinta y cuarenta del pasado siglo se escriben las obras clásicas de la distopía política al calor del auge de los totalitarismos y su explícita intención de modelar la vida de los ciudadanos utilizando medios de control de masas. En ellas, un régimen autoritario —basado en el poder, la religión o la ciencia— ha acabado por imponerse y barrer cualquier oposición. Después de los desastres nucleares irrumpe el género catastrófico, de tanto éxito cinematográfico: mundos arrasados por la radiación, la destrucción masiva de las sociedades tecnificadas… Panoramas devastadores en los que destacan los japoneses y su trauma colectivo posnuclear, así como la influencia de los preocupantes años de la Guerra Fría, con la amenaza atómica siempre de fondo. Incluso los relatos sobre epidemias zombi tienen origen en este periodo histórico: la novela fundacional de este subgénero es El día de los trífidos, de John Wyndham, publicada en 1954. En ella no aparecía ningún muerto viviente, aunque sí una humanidad destrozada por una catástrofe a merced de unas plantas semovientes.

Se pueden encontrar distopías muy diversas basadas en cualquiera de las preocupaciones del ser humano alrededor del futuro de la humanidad. No solo políticas, sino también sobre el papel de la tecnología en la sociedad del futuro, sus implicaciones éticas y morales, e incluso podemos encontrar plasmadas las inquietudes personales del autor: la línea argumental favorita del maestro de la distopía, Philip K. Dick, son las ilusiones, falsas memorias y realidades virtuales. Justo el tipo de síntomas que caracterizaban su patología mental y que marcaron su biografía personal.

Sean cuales sean las influencias del autor, la característica común en una distopía es el pesimismo ante el futuro, la advertencia sobre los inexorables peligros que acechan en la próxima esquina y toda suerte de pronósticos cenizos que explicarían por sí solos la huida de lectores de ciencia ficción hacia el campo más ilusionante de la fantasía épica. El efecto es aún más curioso si las comparamos con la ficción anterior a la Segunda Revolución Industrial: si uno lee a Jules Verne hoy en día, es fácil encontrar ingenua su inquebrantable fe en el progreso tecnológico y científico. Los futuros imaginados para la humanidad a finales del siglo XIX eran invariablemente augurios de una edad de oro tecnificada. Todo parece apuntar a que las expectativas de mejora se tornan en dramáticas historias de miedo después del trauma colectivo del XX. A pesar de que se vivió una época de prosperidad durante las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la pesadilla vivida bastó para impregnarlo todo de un pesimismo sobre el futuro de la humanidad que hoy en día está bien vivo.

El caso es que a la hora de intentar hacer un pronóstico sobre el futuro próximo del ser humano es mucho más revelador utilizar, en vez del sesgo por el cual damos más importancia a los aspectos negativos de la realidad que nos rodea, dos herramientas interrelacionadas e igualmente útiles: los datos y la historia. 

La lección primordial que aprende cualquier persona que se acerque a manuales de historia, sea académico o aficionado, es que cualquier tiempo pasado fue peor. Efectivamente, el pasado era un asco. Ni siquiera hace falta irnos a la Prehistoria o la Antigüedad remota para comprobar que la vida de la inmensa mayoría de los seres humanos de otras épocas era bastante más dura que la actual. Con retroceder cien o doscientos años es suficiente. Podemos dejar tranquilos a los campesinos medievales con su cochambre, su tremendo índice de mortalidad infantil y su imposibilidad de acceder a lujos como el agua corriente, escuelas o una mínima atención médica; los datos al inicio de la Revolución Industrial no son mucho mejores. La segunda lección fundamental es que en cualquier época los ricos vivían mejor que el resto: las espectaculares villas romanas o las ruinas de algunas de sus opulentas ciudades pueden inducirnos a valorar erróneamente la parte por el todo. Aparte de que el legado más duradero suelen dejarlo precisamente las élites.

De hecho, mirar en retrospectiva el recorrido de la humanidad es un interesante ejercicio que permite valorar globalmente los avances logrados, más allá de los coyunturales colapsos de civilizaciones, crisis económicas o las guerras de turno. En esta labor de elevarse por encima de los árboles para ver el bosque en conjunto, el mejor aliado que tenemos es el dato empírico. Con las limitaciones que nos impone la ausencia o la poca fiabilidad de los mismos en cuanto a épocas remotas, a pesar de los múltiples avances científicos en la práctica arqueológica. De cualquier manera, disponemos de datos suficientes relativos a los últimos dos o tres siglos como para realizar un análisis crítico. 

De bello, peste et famine, libera nos Domine

Tres han sido los temores fundamentales de los humanos antiguos, que vivían rodeados de muerte desde el mismo momento del nacimiento, expuestos a que la violencia, el hambre o las enfermedades acabaran con ellos. Durante la mayor parte de la historia, como afirma el profesor Yuval Harari —autor de Sapiens—, los hombres se consideraban impotentes para evitar el castigo divino que suponía alguna de estas tres desgracias. No ha sido hasta fechas recientes que los seres humanos han tomado conciencia de que son problemas que está en su mano atajar, y si atendemos a las estadísticas, lo estamos haciendo con bastante eficiencia.

El Homo sapiens, como primate que es, parece haber heredado filogenéticamente cierta querencia por matarse violentamente; alrededor de un 2 % de las muertes intraespecie son violentas (Gómez y cols., 2016). El análisis de los yacimientos prehistóricos arroja balances muy elevados de asesinatos, a veces por encima del 10 %. Es ocioso reseñar el elevado número y variedad de conflictos bélicos cuyo recuento han padecido millones de estudiantes por todo el mundo. Sin embargo, las tasas de asesinatos van decreciendo hasta el punto de que muchos países —especialmente en Occidente— registran mínimos históricos en la actualidad. Estamos en el periodo de la historia donde es menos probable morir asesinado, incluso teniendo en cuenta las tasas de países como Brasil o México. En cuanto a las guerras, la tasa de muertes en conflictos bélicos está descendiendo, así como su letalidad; el 90 % de las víctimas se producen en diez países con conflictos de intensidad elevada —Siria, México, Irak, Afganistán, Yemen, Somalia, Sudán, Turquía, Sudán del Sur y Nigeria— (IISS, Armed Conflict Survey 2017). La memoria de la Segunda Guerra Mundial puede distorsionar el hecho de que la violencia desciende globalmente. Analizar índices de asesinatos o guerras en épocas remotas es complejo, dado que es muy posible que haya habido conflictos de los que no sepamos nada, pero los datos disponibles son claros al respecto: vivimos la era más pacífica de la historia humana a pesar de lo que diga el telediario.

Varios factores podrían explicar este fenómeno. Por una parte, parece que existe un descenso evidente de la violencia en las sociedades con Estado respecto a las que no lo tienen: la entrega a una institución del monopolio del ejercicio de la violencia y la justicia reduce las tasas de crímenes. Al parecer, la mayoría de homicidios se cometen por venganza o defensa propia, cuestiones que un Estado garantista puede manejar más pacíficamente. La teoría de la paz democrática, de Oneal y Russett (1999), vendría a redondear la cuestión apuntando a que los Gobiernos democráticos son menos proclives a entrar en guerra. El otro gran factor relacionado con el descenso de las muertes violentas sería las crecientes tasas de alfabetización de la población mundial, que estaría a su vez relacionado con la probabilidad de establecer Gobiernos democráticos. La tendencia apunta a que los humanos estamos cada vez menos dispuestos a matarnos, y toleramos cada vez menos el uso de la violencia. Vamos hacia un mundo más pacífico, democrático y escolarizado.

Mens sana in corpore sano

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Pocos ámbitos de la problemática humana han visto un desarrollo tan rápido y fulgurante como el de la salud. El espectacular avance de la medicina moderna, unido a mejores condiciones higiénicas y hábitos más saludables, están disparando la esperanza de vida en todos los países del mundo. En 1950, la esperanza de vida media global era de cincuenta años; en 2012, había subido hasta setenta (Gapminder, 2015). En muchos países europeos occidentales supera los ochenta años. La mortalidad infantil, otro indicador de desarrollo, ha caído en picado; la tasa de muerte antes de los cinco años es hoy del 4,25 %, cuando era del 22,5 % en 1950.

Pero estos grandes números no reflejan los grandes éxitos de la medicina científica: a pesar de las ocasionales alertas de pandemia que quedan en susto, el riesgo de un episodio como el de la gripe española de 1918, con sus cuarenta millones de muertos, es muy bajo. Gracias a la introducción de vacunas y antibióticos, los humanos hemos logrado erradicar la viruela —trescientos millones de muertos en su haber, según la OMS— y tenemos la polio a punto de caer (catorce nuevos casos en 2017). Están hoy reducidas en un 95 % algunas enfermedades bastante conocidas para las generaciones más veteranas, como el sarampión, las paperas, la rubeola, la varicela o el tétanos. Las patologías que hoy en día matan a la mayor parte de las personas están relacionadas con una edad avanzada o un estilo de vida malsano, como cardiopatías, cánceres, diabetes o diversas formas de demencia. Con la irrupción de la investigación en terapias génicas, estamos acercándonos a la posibilidad de erradicar las enfermedades hereditarias, un hito sin precedentes. 

En cuanto al hambre, a pesar del repunte registrado desde 2016 y debido en buena parte a la situación en el África subsahariana, la tasa de desnutrición en el mundo cayó a su nivel mínimo en 2015 con 784 millones de personas. Si bien es innegable que supone una tragedia y que el objetivo irrenunciable es reducirla a cero, supone un 10,6 % de la población y un descenso apreciable respecto a los 1020 millones de 1992 (ONU FAO, 2018). Otros indicadores como el acceso a agua potable son más espectaculares: un tercio de la población mundial consiguió disponer de ella desde 1990. Aunque queda camino por recorrer, de nuevo los datos nos señalan que se sigue avanzando en esta dirección. 

Riqueza, tecnología y… cambio climático

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Más allá de las necesidades básicas, podríamos hablar del crecimiento meteórico de la economía mundial o del impacto de las revoluciones tecnológicas asociadas a la Tercera Revolución Industrial, la de la información. También de los 150 000 TWh de energía que consumimos, cinco veces más que en 1950. O de cómo el mundo avanza lentamente hacia una mejor distribución de la riqueza. Pero hay un aspecto crucial difícil de medir, puesto que no disponemos de un buen indicador: qué alteraciones en la vida humana supondrá la difusión de nuevos avances tecnológicos. La ley de Moore —por la que cada dos años se dobla la capacidad de un circuito integrado y que se cumple religiosamente— nos da una idea de la inmensa potencia de cálculo y almacenamiento de datos disponible, pero no informa directamente sobre los cambios que vendrán en áreas como la inteligencia artificial, la genética o la robótica. Nadie previó la profundidad de la revolución de internet y la telefonía móvil y será casi imposible prever cómo nos cambiarán los descubrimientos científicos del futuro inmediato. Pero, a pesar de los agoreros y los indudables riesgos asociados a su uso, las ventajas de las comunicaciones móviles a larga distancia o de la disponibilidad masiva de datos son evidentes.

Por el momento parece que una predicción realista con datos en la mano se podría parecer sospechosamente a una utopía, pero, si quisiéramos imaginar el relato de lo que vendrá, no podemos dejar de lado algunos indicadores preocupantes. Porque la realidad no es de color de rosa, aunque tenga buen aspecto vista en perspectiva. El gran riesgo del futuro inmediato proviene de los productos indeseados de la industrialización: la contaminación medioambiental provocada por el uso masivo de fuentes de energía fósiles. Las emisiones de gases de efecto invernadero se han incrementado dramáticamente: desde 1950, hemos pasado de seis mil millones de toneladas de CO2 emitidas a treinta y seis mil millones en la actualidad, seis veces más. La temperatura del planeta se ha elevado 0,68 ºC con respecto a la media del periodo 1961-1990; si llega a dos grados, los cambios serán irreversibles. El desarrollo acelerado de países como China, el mayor contaminante del planeta ahora mismo, hace urgente tomar medidas para frenar esta tendencia. Especialmente porque necesitaremos producir más energía y recursos si queremos erradicar la pobreza y el hambre de la parte del mundo que aún la padece. La contaminación provocada por el plástico, cuyo máximo exponente es la famosa isla flotante del Pacífico compuesta por ochenta mil toneladas de basura, es otra amenaza clara. 

Con esta salvedad, el futuro más probable es que el mundo siga convirtiéndose en un lugar mejor y más agradable, siempre que no fallemos a la hora de prevenir el desastre medioambiental. En caso contrario, la distopía con más visos de cumplirse es la que nos mostraba Wall-E: un mundo recalentado y desertizado en el que se acumulan montañas de desperdicios plásticos. Esperemos que la investigación en energías limpias, bacterias que convierten el plástico en biodegradable, vehículos no contaminantes y demás iniciativas que parecen tomar fuerte impulso en fechas recientes lleguen a tiempo de resolver el problema y podamos seguir prosperando, a pesar de las dificultades.


Niñatos de élite esperan con sus millones el fin del mundo

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«Yo nunca he estado en América, pero he visto esas películas, y esas series, como vosotros». Es un frase de Goyo Jiménez en uno de sus monólogos, a la que sigue esta otra de «tú eres el líder, Mike, debes decidir». Con ellas el humorista resume a la perfección a ese protagonista made in USA que salva a su pueblo, nación o planeta del apocalipsis, y el modo en cómo se ha hecho reconocible para nosotros. Lleva medio siglo apareciendo en guiones y narrativa, desde que la Guerra Fría extendió la idea de que podíamos irnos al garete de un día para otro. Ahora que los miedos son otros la élite de empresarios tecnológicos de aquel país ha rescatado las ideas de la ficción para creer a pies juntillas que el mundo está a punto de acabar. Van a ser Mike, y van a ser el líder. Pero esta vez, como en la mejor distopía, no para salvarnos a todos nosotros, sino solo a ellos mismos.

No es un chiste, ni una película. Los creadores de Facebook, eBay, Tesla, y Space X, entre otras, y los altos ejecutivos de la mayoría de empresas tecnológicas creen que un final trágico de la humanidad ocurrirá antes de una década. El cambio climático, la desigualdad económica y nuestra dependencia cada vez mayor de las tecnologías que ellos han desarrollado traerán muy pronto guerras nucleares, desabastecimiento de alimentos, revueltas civiles y apagones energéticos generalizados. Previéndolo han diseñado planes para salvarse, que conocimos inicialmente gracias a la indiscreción de Sam Altman. Este magnate no solo explicó el suyo, indicó también que otros como él estaban preparándose.

Altman es el responsable de que nuestros teléfonos móviles compartan su geolocalización con las apps. Eso le hizo billonario, y luego ha seguido sumando fortuna como CEO de Y Combinator, vivero de empresas con casos de éxito notorios como Airbnb. Pero por encima de eso es el tipo que tiene la moto y la bolsa de supervivencia para cruzar un San Francisco asolado por el apocalipsis. Su plan es esquivar sobre dos ruedas y a lo Mad Max los miles de vehículos que colapsarán las carreteras huyendo del caos. Tiene las armas preparadas en su mochila de emergencia, junto a baterías de repuesto para su móvil y ordenador, algo de agua, y una máscara antigás. A toda pastilla, y a tiro limpio si hace falta, ese día final se reunirá en un aeródromo secreto con Peter Thiel, otro de los millonarios apocalípticos, fundador de eBay, y con unos cuantos más de un grupo cuyos nombres no han trascendido. Un jet privado les conducirá a todos hasta sus búnkeres secretos, que ya tienen construidos y equipados en fincas de Nueva Zelanda.

No ha sido una elección al azar. La nación del Pacífico puede alcanzarse en pocas horas de vuelo desde la costa oeste de Estados Unidos. No tiene valor geoestratégico, ni materias primas importantes en su territorio. Por tanto suponen que nadie intentará conquistarla si se produce una Tercera Guerra Mundial. Confían en que tenga un papel tan neutral como tuvo Suiza en la Segunda. Pero es que además sucesivos gobiernos neozelandeses han desarrollado programas para atraer a inversores que incluyen permisos de residencia. Peter Thiel obtuvo la nacionalidad tras pasar catorce días allí, y desembolsar alrededor de 13,5 millones de dólares. Gran parte de esta cantidad fue destinada a la compra de un rancho de algo menos de 200 hectáreas, que incluye una mansión en su superficie. Y que ahora tiene además un lujoso búnker subterráneo, mandado construir por él mismo en algún lugar de ese inmenso terreno.

Gary Lynh, uno de los principales fabricantes de estas viviendas para el fin del mundo, asegura que otros seis grandes empresarios de Silicon Valley han seguido su ejemplo. Le han elegido a él, asegura, porque construye sus búnkeres con estructura de acero, y ofrece al cliente la posibilidad de fabricárselos como una mansión de lujo. El que supuestamente eligió Thiel incluía, además de un amplio espacio residencial, un cine, gimnasio, piscina, jacuzzi e invernadero. Figura en su catálogo a la venta por ocho millones de dólares, más extras de personalización. Por ese precio te la dejan preparada, amueblada y sepultada bajo tierra, con una entrada secreta y no visible para merodeadores. Y con suficientes reservas de comida, semillas, antibióticos, medicinas y agua potable como para no depender del exterior en largo tiempo.

Thiel, considerado pionero y ejemplo a seguir por la élite apocalíptica, desató la fiebre por esta opción hasta hacerla morir de éxito. El pasado mes de agosto fueron transportados los dos últimos refugios a Nueva Zelanda, antes que el gobierno de ese país vetara nuevas ventas a extranjeros y limitase el programa de visados. Contagiados por el ejemplo de los CEO de Silicon Valley, otros millonarios estadounidenses y chinos han ido adquiriendo propiedades en el país de forma masiva hasta crear un problema de gran envergadura. Hoy las ciudades neozelandesas tienen el precio por metro cuadrado más caro del mundo, impidiendo al acceso a la vivienda de quienes tratan de trabajar y desarrollar su vida allí.

Cabe pensar que esta limitación a comprar su refugio haya irritado a estos billonarios, porque nada les molesta más que someterse a los límites que imponen los gobiernos y sus leyes. En su ánimo de salvarse no hay solo una visión pesimista sobre el presente, sino un deseo de ser los dueños únicos de un nuevo mundo, donde ellos impongan las reglas. El think thank Seasteding anuncia esta visión sin complejos. Aspira a construir nuevas islas en aguas internacionales para que sirvan como naciones donde su población viva con total libertad. Que ellos interpretan como un anarquismo capitalista, donde no se pongan límites a la iniciativa empresarial con tonterías como los derechos laborales, y se paguen cero impuestos. Sus principios son lo más parecido a la Utopía de Tomás Moro desprovista de filosofía y humanismo por un puñado de ególatras. Desde sus islas nación prometen reconstruir el mundo, y quedar a salvo de los que identifican como tres grandes males contemporáneos: la subida del nivel del mar, la superpoblación, y el escaso nivel intelectual de la clase política. Peter Thiel, que les apoya decididamente, debió sugerirles este último punto después de ejercer como asesor de Donald Trump.

Pero no todo consiste en buscar paraísos a los que escapar, también buscan el secreto de la eterna juventud. Apostando fuerte por empresas como Ambrosia Plasma, que promete rejuvenecer tu organismo mediante transfusiones regulares de dos litros de sangre obtenida de jóvenes menores de veinticinco años. Este proceso se comprobó que sucedía en un experimento de 1956, y es denominado parabiosis. A sesenta y nueve parejas de ratones se las unió por el flanco, haciéndolas compartir el sistema circulatorio. El resultado fue que los más jóvenes transmitieron su juventud a los más mayores. Pero esta aparente evidencia científica no lo es, dado que la investigación no ha vuelto a replicarse; no se sabe si funcionaría en humanos, y tampoco hay una ambición científica o investigadora al respecto en Ambrosia Plasma. Su único objetivo es rejuvenecer a personas maduras a ocho mil dólares la transfusión y no hay evidencia de que lo hayan conseguido. Sí han ampliad en cambio el mercado de jóvenes que venden su sangre en Estados Unidos. Allí es legal hacerlo para abastecer las transfusiones de clínicas y hospitales, y numerosas campañas de publicidad se dirigen ya a universitarios prometiéndoles que pagarán con su sangre el coste de los libros de sus asignaturas.

Algunos empresarios han visto la oportunidad en este mercado de millonarios monomaníacos. Es el caso de Kees Mulder, que no tiene reparo en admitir que no cree ni mucho ni poco en el apocalipsis. Sin embargo tiene una fe ciega en que si sus potenciales clientes pueden gastar cien mil dólares en un reloj y medio millón en un coche comprarán sus productos dirigidos al segmento del lujo. Su empresa SpaceLife Origin ha empezado por ofrecer la Mission Ark, con fecha de lanzamiento prevista en 2019. Una esfera que orbitará en torno a la Tierra, preparada para evitar la radiación espacial, el calor de la fricción en su reentrada a la atmósfera, y el impacto de su caída a tierra. Dentro los millonarios podrán albergar sus embriones congelados, que quedarán a salvo de las catástrofes planetarias y podrán ser recuperados para iniciar una nueva humanidad, más selecta. Todo ello por unos asequibles treinta mil dólares, una app para seguir la posición de la bola desde el móvil en todo momento, y la promesa de que esta empresa hará nacer el primer bebé en el espacio en 2024. Es un claro guiño a Elon Musk, que nos anima a conquistar Marte ahora que la Tierra no tiene solución ni remedio, según él.

En inglés ya han inventado un término para definir a este colectivo de apocalípticos, los «preppers». Cuando se profundiza en su mentalidad, enseguida advertimos que sus ideas se las han inspirado el cine y la televisión, no un análisis racional de las posibilidades de que acabemos caóticamente. Yishan Wong, CEO de Reddit, aseguró haber corregido su miopía con láser para no tener que depender de las gafas en el fin del mundo. Sacó la idea de un episodio de la serie televisiva de ciencia ficción The Twilight Zone, emitido en 1959 con el título «Time Enough at Last». Tiempo suficiente, por fin, es lo que tenía su protagonista, único superviviente a un holocausto nuclear, y hasta ese momento oficinista de banca agobiado por su trabajo. Ya estaba a punto de pegarse un tiro, haciéndosele insoportable la ausencia de otros humanos, cuando hallaba la biblioteca municipal sana y salva. Por fin podrá dedicarse hasta la muerte a su verdadera vocación, la lectura. En ese momento sus gafas, por un descuido, caen al suelo, y le dejan en el más borroso de los mundos.

Otro caso similar es el de Antonio García Martínez, ex product manager de Facebook y autor del bestseller Chaos Monkeys: Obscene Fortune and Random Failure in Silicon Valley. Una crítica mordaz a la industria tecnológica que describe dominada por hombres solteros, blandos, débiles, estúpidos y «full of shit», llenos de mierda. A Zuckerberg lo compara con Napoleón, y a las condiciones laborales de su empresa con los regímenes cubano y de Corea del Norte. Esas reflexiones no le impidieron correr a construirse un búnker en su rancho al conocer la victoria de Donald Trump. Con un presidente así, pensó, el fin del mundo era ya una certeza. Acordó también la contratación de una milicia que protegerá su refugio en esos días letales posteriores al colapso.

Hay que señalar que en Silicon Valley se demandan cada vez más a asesores que no planteen soluciones a los problemas globales, sino a cómo desempeñarse en ese escenario final. Una de las mayores preocupaciones es cómo dominar a esa guardia pretoriana contratada para protegerles que, en el apocalipsis, llegará a la lógica conclusión que lo mejor es matar al millonario y quedarse con el refugio y los bienes.

A los que no somos millonarios del 1% solo nos queda como consuelo el verdadero punto débil del razonamiento prepper. En un escenario donde desapareciera nuestra tecnología y nuestra capacidad para generar energía, dos de las claves de nuestro mundo presente, tendríamos que enfrentarnos a la naturaleza para conseguir el sustento. Y siempre estarían mejor preparadas para eso tribus como la de la isla de Sentinel, que lleva setenta y cinco mil años sin tener contacto con otros humanos, o las no contactadas del Amazonas que un millonario en un búnker. Si ese 1% de privilegiados cree en un futuro apocalíptico es porque viven tan alejados de la realidad cotidiana que han olvidado en qué se basa la humanidad. Siempre en colectivos, y rara vez en individuos. Desaparecen culturas, naciones e imperios, pero no los humanos. Colectivamente, y sin considerar el padecimiento que ha entrañado, hemos vuelto a revivir después de guerras espantosas y epidemias devastadoras. Los individuos han muerto, la sociedad ha continuado. La idea contraria parte de unos niñatos hartos de dinero y éxito, que ya solo ven la realidad a través de los ojos de la ficción.


Guía de lugares legendarios para turistas utópicos

El Jardín de Eden con la caída del hombre, Peter Paul Rubens y Jan Brueghel el Viejo, 1617

Muchas cosas resultan sin duda prodigiosas e increíbles para muchos. Porque, ¿quién creía en los etíopes antes de verlos? ¿Qué hecho no parece extraordinario cuando se conoce por primera vez? ¿Cuántas cosas no se consideran imposibles antes de que sucedan? (…) Por no hablar de los pavos reales, y de las manchas de los tigres y de las panteras, y de las vetas de tantos animales. Hay una cosa que puede decirse pequeña pero que es enorme, si se mira bien: las muchas hablas de los pueblos, las muchas lenguas, una tan grande variedad de lenguajes que un extranjero, a los ojos de otro, ¡casi no parece un hombre! (Plinio, Historia natural VI).

Ciertamente, Plinio el Viejo nunca se paseó por las Ramblas de Barcelona en un mes de agosto, pero tampoco le hacía falta para conocer de primera mano las virtudes e inconvenientes del turismo. Tecnología aparte, ¿qué maravillas pueden contemplarse en una moderna ciudad turística que no se vieran ya en las calles de la antigua Roma, por ejemplo? ¿Souvenirs a precio de oro? ¿Amantes de la arquitectura contemporánea? ¿Grupos de estudiantes cerrando tabernas? No, en el turismo, así como en las vicisitudes del saber, no hay progreso, no hay revolución de las épocas, sino, a lo sumo, permanente y sublime recapitulación. Por ello, ofrezco esta pequeña guía turística que servirá tanto al viajero experto como al lector impenitente que busquen veranear en sitios realmente exclusivos. Más allá de los destinos turísticos comunes que todos podamos tener en mente, le propongo visitar, utilizando la imaginación, lugares que nunca existieron, o que existieron de forma menos fabulosa que como fueron descritos. Porque, sí, está muy bien tostarse al sol en Corfú, pero ¿no sería más placentero irse a la isla de los lotófagos y olvidarse, literalmente, de los problemas cotidianos que tratamos de dejar atrás en nuestras vacaciones? Recorrer Sudamérica y empaparse del legado de sus antiguas civilizaciones es muy recomendable, pero ¿no sería tanto o más emocionante visitar las magníficas obras que los antepasados de mayas, aztecas y demás dejaron en el continente perdido de Mu? Una guía Lonely Planet resulta extremadamente útil y eficaz, pero ¿no resulta mucho más entretenido contemplar el mapa de Piri Reis y colocar ahí lo que a uno le venga en gana, ya sea la Antártida, la Atlántida o un Starbucks? ¿Y acaso no es más placentero quedarse atrapado en la isla de Calipso que en un aeropuerto huelga de controladores mediante? Bien, amable lector, si ha respondido afirmativamente a todas estas cuestiones, quizás no tenga muy claro el concepto de interrogación retórica, pero sin duda esta humilde guía está hecha para usted. Ya que si el mundo es un libro, tal como afirmara san Agustín, viajar por él no solo es un espléndido ejercicio, sino que además es bastante barato. Porque, como dijo algún sabio, Kunlun y Dilmun son dos paraísos que a veces yo me monto en mi piso.

El paradisíaco Edén sería un buen lugar por el que comenzar nuestro recorrido turístico. Actualmente, si pensamos en el paraíso, tal vez lo situemos en algún recóndito lugar de nuestra bóveda celeste o más allá, pero, para los antiguos, el jardín del Edén bien podía ser un rico huerto del que manaban cuatro ríos (el Tigris y el Éufrates entre ellos), con lo que teóricamente se podía llegar a pie, en camello o en carromato, aunque suponemos que siempre con invitación. Sin duda había de estar en un sitio muy elevado, ya que el Diluvio Universal no se lo llevó por delante. Por si a alguien se le antojaba que el sitio quizá era demasiado caluroso, en el siglo XI se le ocurrió a un monje irlandés que el Edén estaría mejor situado cerca de casa, con un clima más fresquito. Fue así como nació el mito de la Isla de San Brandán. Sin embargo, ahora no habría de faltar quien considerara que colocar el Edén más allá de Irlanda no era una buena idea para los reumáticos. Hacía falta buscar en otras islas con un clima más benigno. Llegó el turno, pues, de trasladar el paraíso más al sur, no muy lejos de las islas Canarias. Solo faltaba un nombre con gancho, las islas Afortunadas, un pequeño toque de exclusividad (solo serían admitidos los justos que contaran con tres reencarnaciones terrestres) y unas plantas decorativas, y el resort celestial ya estaba listo. Y créanme, amigos turistas, que allí se debía de estar muy bien. Ya que aquel era un lugar en el que, según Píndaro, «labrar no se necesita el ingrato terreno»; todo está lleno de flores y verde césped, los árboles son copudos, y los bienaventurados que allí habitan entretejen guirnaldas de pétalos. Quién sabe si estos afortunados y ociosos lugareños traten de vender al extasiado visitante sus artesanías mientras interpretan a la flauta de Pan tonadas de Joan Baez. Claro que el avispado lector quizás llegue en este punto a una curiosa conclusión: «Bien, si allá suena Joan Baez, quizás tan afortunados no son». Y quien esto escribe no podría sino asentir ante tan acertada reflexión.

Doy por hecho que el lector busca destinos de clima templado y soleado, cuando hay quien prefiere destinos frescos. Y bien, la isla de Tule es sin duda el rumbo ideal para quienes deseen escapar de los rigores estivales. El griego Piteas la situaba a seis jornadas de Gran Bretaña, dirección norte, y eso se nos antoja fresquito. Muy probablemente, la mítica Tule esté compuesta de distintas localizaciones escandinavas. Afinando más, algunos la sitúan en la costa de Noruega. Y teniendo en cuenta que se acabó identificando a Tule con el reino de los hiperbóreos, los seres divinos que según los antiguos griegos vivían más allá de Tracia, bueno, pues quien vea en los escandinavos a seres divinos encontrará en la septentrional Tule su lugar vacacional ideal. Palabra de Himmler.

¿Ya ha declarado amor eterno a su pareja encaramado a la Torre Eiffel? ¿Se le ha agotado la vida contemplando la basílica de la Santa Cruz en Florencia? ¿Se ha sentido enano triscando por el monte Tegelberg? ¿Culminó sus ansias misántropas recorriendo la Duna 45? ¿Ha empatizado con los abencerrajes visitando Montefrío? ¿Ha sentido que la naturaleza le sermoneaba desde el púlpito Preikestolen? Si cree que la Tierra ya no le depara más parajes increíbles, ha llegado la hora de deleitarse con el marco incomparable de la Antitierra, el equivalente pitagórico del planeta X de Percival Lowell, un hombre que, cada vez que cogía un telescopio, la liaba. Lo único malo es que tamaño espectáculo cosmológico solo puede ser visto desde las Antípodas, un lugar inaccesible para los antiguos griegos, quienes, en su aristotélica sabiduría, no conocían los placeres de viajar con Ryanair. En realidad, andaban más preocupados tratando de discernir cómo sus moradores, los periecos, podían vivir con la cabeza abajo y los pies arriba sin precipitarse en el vacío. Por cierto, si se están preguntando si en los desagües de las Antípodas los líquidos giran al revés, les recordaré las sabias palabras de aquel marino con nombre de cantante de música ligera de los años setenta, Cosmas Indicopleustes: «Y se esfuerzan en ponerlo todo del revés en lugar de seguir las doctrinas de la verdad que muestran la vanidad de los sofismas, y que son fáciles de comprender y llenas de temor de Dios, y procuran la salvación a quienes reverentemente las consultan». Confío en que esto zanjará esa irritante cuestión.

En los últimos tiempos, se suele hablar de dos tipos de turismo: el turismo bueno con bolsillos llenos que visita museos y se recoge pronto tras haberse dejado mucho dinero realizando actividades culturales, y el llamado turismo de borrachera, el de turistas jóvenes o con menos posibles que quieren atiborrarse de comida y bebida por un módico precio. Por suerte, las leyendas no discriminan y hay lugares para todos los gustos. Así que, si es usted de esa clase de personas que cambiarían diez museos por incontables jarras de cerveza y salchichas gordas, la tierra feliz de Jauja es su destino turístico ideal. Para los persas era Shadukian. Los alemanes, con su sencillez para todo, la llamaron Schlaraffenland, y la situaban entre Viena y Praga, no en las Islas Baleares como uno hubiera podido pensar. En una poesía goliárdica del siglo XII se citaba un Abbas Cucaniensis, refiriéndose a la tierra de Cucaña, que también puede o debe decirse. En el Decamerón se la citaba como la tierra de Bengodi, y allí se hablaba ya de cómo se ataba a los perros con longanizas. Su ubicación era sencilla: en la tierra de los vascos. Y es que la fama de la gastronomía vasca viene de lejos. ¿Habrá en Bengodi algún famoso mestre llamado Carolus Arguinnanus? Por su parte, Alejandro de Siena, que no debió ganarse la vida como operador turístico, afirmaba que para llegar a Cucaña había que viajar veintiocho meses por mar y tres por tierra. Como propaganda no es muy formidable. Teófilo Folengo se complica menos la vida y sitúa el feliz país «en algún remoto rincón de la Tierra». De modo que, salvo que usted sea vasco, parece que llegar a la felicísima Jauja no es cuestión de coger un avión y realizar un par de transbordos; si todavía se pregunta si merece la pena el viaje, atienda a la descripción del lugar que se ofrecía en El perro de Diógenes: «Corren ríos de leche y manan fuentes de moscatel, malvasía, vino dulce y garganico. Los montes son de queso y los valles de mascarpone. De los árboles cuelgan marzolinos y mortadelas. Cuando hay tormenta, granizan confites y, cuando llueve, diluvian salsas». Bon appétit.

Mapa de Utopía, de Abraham Ortelius, ca. 1595.

Pero me temo que estoy dejando de lado a un sector importante de lectores y turistas potenciales. Me refiero a esa clase de gente que lee el periódico a diario, procura mantenerse al día de los vaivenes políticos y los altibajos económicos, y para desconectar acude a magazines culturales de renombre. Esa clase de gente que quizás no ría mucho pero reflexiona constantemente, que desentonaría en las fiestas del pueblo pero que te llevarías de acompañante a una cena de gala en la embajada. Quizás, y he de remarcar lo de quizás, me esté refiriendo a usted, amable lector. Por descontado, alguien de este perfil desdeñaría viajar a Jauja, esa especie de Ibiza legendaria repleta de felices hedonistas vestidos de blanco. No, los destinos que esta humilde guía puede ofrecer al turista intelectual son lugares como la Nueva Atlántida de Francis Bacon o la Ciudad del Sol del dominico Campanella. Y, por supuesto, la isla de Utopía de Tomás Moro, con sus cincuenta y cuatro ciudades, grandes, magníficas y absolutamente idénticas en todo; allí todo está organizado, se trabaja seis horas al día, se duerme ocho, y el resto se puede dedicar a la lectura o a juegos matemáticos. Tal vez incluso a debatir sobre los mil y un temas, como si uno fuera un experto en todos ellos, cual tertuliano Houyhnhnm. Día tras día, mes tras mes, año tras año. Las mismas rotaciones laborales, las mismas casas, los mismos rostros. Como decía la canción, si un día he de morir (de aburrimiento), que sea aquí en Utopía.

Por supuesto, una guía de viajes no quedaría completa sin algunas recomendaciones para el viajero fascinado por el exotismo y el misterio de las tierras de Oriente. Por ejemplo, ¿quién no ha fantaseado alguna vez con visitar la India? Desde que Alejandro Magno llegara por allá buscando más tierras que conquistar, los relatos de todas las cosas increíbles que allí podían encontrarse intrigaron y fascinaron a las gentes de Occidente. De hecho, ya Heródoto explicaba lo duro que era ganarse el pan al otro lado del Indo, ya que, por ejemplo, los nativos no extraían el oro de la tierra, sino que se lo robaban a unas hormigas bastante creciditas; y la mirra la obtenían de árboles custodiados por serpientes aladas. Los pobres indios siguieron así durante siglos, llegando al punto de tener que obtener sal de aguas custodiadas por ingleses que, eso sí, no eran alados. Si hemos de hacer caso a textos antiguos como los de Plinio el Viejo, la India estaba poblada de seres extraños y criaturas imposibles. De los más normales eran los propios indios, a quienes se describía como gentes parecidas a las etíopes, pero aquellas se distinguían por tener el semen tan oscuro como su piel. Se hablaba también de los curiosos esciápodos, seres de una sola pierna acompañada por su pie, aunque ambos de un tamaño tal que solían tumbarse usando ese pie como parasol. Sin duda, en las abigarradas playas de Benidorm habrían sido rivales temibles. Y bien, aparte de caníbales y pigmeos, en la India el turista utópico podrá hacerse selfies junto a esciratas, que carecen de nariz y reptan como las serpientes; coromandos, seres aullantes y bastante hirsutos; trogloditas con cabezas de perro; sátiros y, en fin, la lista es larga. Lástima que Plinio ya no esté entre nosotros; ¡qué suerte de maravillas habría podido describir en Magaluf!

Tal vez la India resulte un lugar demasiado tangible y herético para usted, amable y pío lector. Por suerte el Oriente es grande y alberga mucha variedad. ¿Por qué no visitar, pues, el reino del Preste Juan? Un oasis cristiano situado entre la India y las posesiones musulmanas en Oriente Medio; un paraíso socialista y nestoriano donde se ha alcanzado el pleno empleo y donde el bueno de Juan, rex et sacerdos, acumula increíbles riquezas sin haber recurrido a la extracción de petróleo, lo cual tiene su mérito. Allí no había violencia ni envidia, ni sierpes venenosas, fluía la miel y había leche en abundancia, y blancos, negros, hombres cornudos o cinocéfalos convivían en paz y hermandad. En la Edad Media, una supuesta carta del Preste Juan enviada al emperador bizantino Manuel Comneno fue pasando de mano en mano (es decir, se tornó viral), y durante siglos los europeos se preguntaron dónde quedaba tal reino, y buscando, buscando, comenzaron sin querer a colonizar otras tierras. No en pocas ocasiones, los líderes cristianos soñaron con ver al potentado oriental al frente de su inmenso ejército uniéndose a Hospitalarios y Templarios en su sagrada misión de recuperar los Lugares Santos para la cristiandad, pero, sin embargo, esa ayuda nunca llegó, y cruzada tras cruzada, los nobles caballeros se quedaban como Pepe Isbert en Bienvenido, Mr. Marshall. Y es que, con el devenir del tiempo, los cristianos fueron cayendo en la cuenta de que el fabuloso reino del Preste Juan no eran tan fabuloso como se decía, y que más bien todo había obedecido a una gran campaña publicitaria en plan Marina D’Or, como atestiguó Odorico de Pordenone, viajero y comerciante de productos lácteos: «Por lo que pude conocer, no era cosa de gran importancia, de modo que nos detuvimos allí poco tiempo». Con todo, no desistan en visitar ese mágico reino; quizás tengan suerte y acaben en Etiopía como les pasó a los portugueses en el siglo XV.

Y bien, ya que hablamos de los Lugares Santos, ¿acaso no hay destinos legendarios para el viajero creyente que ya ha orado en Jerusalén, Belén, Galilea o la Santa Sede? Por supuesto, desde el río Sambatión hasta la fantástica Ofir, hay lugares bíblicos que nadie sabe muy bien dónde están y que serán del gusto de cualquier turista salomónico. Y es que en Ofir era donde la reina de Saba extraía sus riquezas, oro principalmente, algunas de las cuales dio a Salomón como regalo. ¿Y dónde vivía la mítica reina? Hay quien dice que en el actual Yemen, y hay quien sitúa su reino en Etiopía. Sí, de nuevo Etiopía, la planta de reciclaje a donde van a parar todos los lugares legendarios. Aunque desde luego los etíopes apuestan fuerte por esa conexión salomónica, como atestigua su bandera nacional.

Para concluir esta guía, nada mejor que hacerlo a lo grande, como Tamerlán cuando conquistó Bagdad. Hablemos, pues, de la Atlántida. Como es bien sabido y describió Platón en sus diálogos Timeo y Critias, en ese continente perdido se alcanzaron unos grados de civilización inauditos, pero con el tiempo sus habitantes fueron mezclándose con los humanos más de la cuenta, degenerando hasta tal punto que Zeus se decidió a castigarlos. Y hasta ahí puedo leer, ya que hasta ahí pudo o quiso escribir el filósofo ateniense. Lo que está claro es que el castigo debió ser de los gordos porque la isla o continente ya no está ahí. Por suerte, Platón explicó lo suficiente como para saber que se encontraba más allá de las Columnas de Hércules. Otra cosa es que dichas columnas se encuentren en Gibraltar, como comúnmente se cree, pues hay autores que las sitúan en otros lugares. Para Francis Bacon, por ejemplo, la Atlántida era sin duda el continente americano, pero Bartolomé de las Casas creía que los atlantes tenían que ver con las tribus de Israel, así que, más que en el Atlántico, la imaginaba bañada por las aguas del mar Rojo, mientras que el naturalista sueco Olaus Rudbeck miraba a través de su ventana admirando su bonito país, coligiendo inmediatamente que los atlantes sin duda vivieron allí, quizás no muy lejos de su barrio. ¿Que por qué? Bueno, ¿y por qué no? Olaus Rudbeck descubrió el sistema linfático y puede situar la Atlántida donde le salga de los ganglios.

Por lo tanto, ¿cómo llegar al dichoso continente perdido? Bien, esta es sin duda una pregunta escabrosa, ya que, como han podido comprobar, el turista de sitios imaginarios no lo tiene fácil para hallar el modo de llegar a sus destinos míticos preferidos. Así que tanto para el caso de la Atlántida como para el resto de tierras legendarias, el mejor consejo que les puedo dar es que el me diera una vez mi madre: «Busca en el sitio más raro, hijo».

Las almas del Aqueronte, Adolf Hirémy-Hirschl, 1898.

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Adenda primera: Como único y primordial agradecimiento el autor quiere reconocer la inspiración de Historia de las tierras y lugares legendarios de Umberto Eco, que ahorró a quien esto escribe incontables visitas a bibliotecas varias. Pensándolo bien, no sabría decir si eso es bueno o malo.

Adenda segunda: Ningún unicornio sufrió daños durante la redacción de este texto. Tan solo se hirió la sensibilidad de algún admirador o admiradora de Joan Baez y de la obra de Umberto Eco.

Nihil obstat.


Contra la nostalgia

Fotografía: Cordon.

Hay fechas especialmente nostálgicas. Fechas que son propicias a hacer pequeños elogios del pasado, a evidenciar de la necesidad que tenemos, a veces, de mirar atrás para ver de dónde venimos y el camino que debemos escoger; fechas para darse cuenta de cómo pasa el tiempo y de qué forma todas las cosas que nos rodean cambian o evolucionan.

De Homero a Kavafis, de Safo a Pasolini, el ser humano es un animal nostálgico, no puede vivir en el presente, lo hace entre la expectativa anticipada del futuro (como decía Kant) y la nostalgia de los orígenes (como explicaba Mircea Eliade). La nostalgia se adapta a lo que era, concierne al pasado, aunque le pese a Borges, que escribió un poema sobre la nostalgia del presente donde el deseo luchaba con la realidad en una insinuación de no vivir lo suficiente, de no tener ningún rastro de lo que está sucediendo, como si hubiera terminado antes de que estuviera completamente realizado. Pero esta reflexión es más íntima y cósmica; es más de En busca del tiempo perdido de Proust, concierne más a ese sentimiento de distancia temporal, al deseo de recordar para revivir, porque el pasado no vuelve y eso es bueno. Lo malo es olvidarlo, negarlo.

En realidad no se trata de ser nostálgico, el pasado es continuamente superado por la historia misma, envejece y se marchita como un fruto caído. Pero la podredumbre que se adueña de lo orgánico es fundamental para que germine una nueva vida perfectamente abonada. Una vida distinta nacida de un fundamento sólido.

La locura del día a día pretende abolir y negar el pasado. Y eso significa, por un lado, la eliminación de la memoria, pero, por otro, también la verosimilitud utópica de proyectar el estado del tiempo en el momento presente, vivir en la ilusión del puer aeternus, creyéndonos niños permanentes y siempre jóvenes. El síndrome de Peter Pan, vamos.

Y al final, el tiempo que pasa, y la vida normal y corriente nos trata como soldados heridos tras un largo período de guerra. Y la vuelta a casa no es nada fácil. Respirar contando los minutos pensando que pueden ser los últimos y volver a vivir y no sobrevivir.

Porque el pasado nos ha llenado de heridas. Somos la herida, decía Aute en una canción. Esa palabra que tanto cuesta pronunciar: la herida. Esa que, al fin y al cabo, supone un orgullo. Una herida de dolor que significa que nuevos tiempos se acercan. Una herida de dolor que representa nuestra lucha vencida. Una herida de dolor que, como dice el antiguo arte japonés Kintsukuroi, muestra nuestra mayor fortaleza. Y es que las cicatrices imborrables de algo roto y reconstruido son un símbolo de fragilidad y a la vez de fortaleza. Nunca hay que ocultar las cicatrices.

Entre la afanosa multitud de metáforas que relacionamos con la vida, la de la cicatriz es universal. El mundo se encarga de rompernos, de llenarnos de fisuras, y es allí donde la herida se convierte en una ocasión para enfrentarnos al mundo. El poeta persa Rumi decía que «la herida es el lugar por donde entra la luz».

¡Qué utópico este Rumi! O no. La utopía es necesaria para curar las heridas, aunque el propio deseo irrealizable abra otras sobre las antiguas cicatrices, como si la vida fuera un ouroboros. Es cierto, la utopía es un territorio que pertenece a los sueños, a la esperanza y los deseos, pero desde la perspectiva de su estudio analítico, la utopía también ejerce un poder sobre el carácter individual, en la medida que el no lugar al que hace referencia remite a otro lugar en nuestra interioridad.

En términos sociales tener una utopía en nuestra mente no deja de ser una crítica a una situación vivida, pasada, contestada. Y a veces se vuelve universal. El deseo secreto de Tomás Moro: anteponer una realidad ante otra realidad no aceptada. La intuición de este otro lugar, del lugar como deben ser las cosas, o como deseamos que sean, es una intuición solo posible a través del imaginario.

Es decir, las utopías son la manifestación de una energía que canaliza posibilidades en el orden simbólico por medio de una voluntad individual que muchas veces se transforma en una voluntad colectiva. Es la energía del soñador, del revolucionario, pero está presente también de manera implícita en nuestro comportamiento cotidiano.

Claire Bishop, en una conferencia ofrecida en 2006 en la Tate Modern a propósito de las utopías, declaraba que en el arte de los noventa del siglo pasado había existido un desplazamiento del concepto de utopía, que, en lugar de buscar grandes utopías, se trataba de crear «Microtopías» que incidieran en ámbitos más cercanos. Claire Bishop hacía una crítica interesante a esta noción, pues advertía que las Microtopías podían convertirse en una visión conformista del mundo, una visión muy de la mano de la posmodernidad, ya que las personas en lugar de buscar cambiar el mundo podrían contentarse con realizar pequeños cambios en su entorno más cercano. Pero eso no tiene que ser especialmente malo. Cuando pensamos que todo está dado, no hacemos nada para cambiar y por lo tanto, nada cambia. Al renunciar a la utopía, renunciamos a toda posibilidad de ser diferentes.

Puedes amar el pasado y honrarlo, pero no puedes devolverlo a la vida. Murió y solo puede vivir en el mito. La nostalgia es un sentimiento noble, íntimo y universal, pero es ingenuo idealizar el pasado. Utilicémoslo para generar utopías. El pasado sirve para soñar un mejor futuro.

Hay fechas idóneas para pensar en el irrevocable y devastador efecto del paso del tiempo, en esas distancias que sentimos cerca, en las ausencias que sentimos presentes. Está bien que así sea.

No obstante, no me negarán que hay días y noches en que sientes que el peso sordo de tu vida se fue.


¿Sueñan las mujeres con ovejas eléctricas?

Fptpgrafía: Pxhere (DP).

1

Imaginemos un mundo completamente dominado por las mujeres. En ese mundo los hombres están excluidos de la vida intelectual (y de tantas otras cosas). Se ve con desconfianza que lean salvo si son libros banales, para pasar el rato entre devoción y devoción; no se les ofrece más escuela que la de las labores caseras; se les cierra el paso a las sociedades científicas; se les ridiculiza si pretenden opinar sobre ética o astronomía, sobre medicina o, en particular, sobre asuntos del Estado; si a alguno se le ocurriera la descabellada idea de publicar un libro con su nombre se consideraría inmoral, inaceptable, soberbio, detestable; y sería ya el colmo de la indecencia y la arrogancia (tan poco convenientes en un hombre) si en ese libro el autor se riese de las grandes filósofas, de las más excelsas pensadoras de la historia.

Imaginemos ahora que un hombre, en pleno siglo XVII, hace exactamente eso, construir una utopía que le sirve para tres cosas: primero, mostrar que se puede ser hombre y tener un conocimiento profundo de la ciencia y la filosofía; segundo, usar el libro para transmitir ese conocimiento a los otros hombres, acostumbrados a leer solo literatura liviana, y por eso, en lugar de escribir un tratado (nuestro hombre ya ha escrito alguno, pero ha sido leído solo por mujeres), escribe una novela de fantasía, en la que un joven es raptado y, tras distintas vicisitudes, acaba en un mundo maravilloso, centelleante, en el que abundan las joyas y el oro, todo es hermosísimo y grandioso… y en ese contexto tan de novela para jovencitos, se presentan debates con seres maravillosos (los hombres pájaro, los hombres lombriz, etc.) para dilucidar el estado del conocimiento de los temas fundamentales de la época; y, tercero, aprovecha esa narración para reírse amablemente de las filósofas y las científicas, de lo confuso de muchos de sus conceptos, de las peleas entre escuelas, de la ignorancia vestida de solemnidad.

Por supuesto, ese hombre se topará con un problema grave. El libro que acaba de escribir es revolucionario por haberlo escrito y más aún por empeñarse en publicarlo con su nombre. Para evitar el escarnio público deberá hacer numerosas genuflexiones ante las autoridades y sobre todo ante la reina; los cubrirá de alabanzas, les concederá un papel en su novela y hará que la reina se convierta en la más poderosa de la Tierra. A pesar de esas concesiones, ese hombre, hoy, en nuestra época igualitaria (más bien, que pretende desear la igualdad) sería considerado un héroe visionario.

Eso es, exactamente, lo que hizo Margaret Cavendish, duquesa de Newcastle, pero al revés. Escribir un libro destinado a las mujeres en el que, bajo apariencia de novela, expone sus ideas sobre las materias más dispares, como filosofía, física y biología, exigiendo para sí el derecho a la ambición literaria y científica que tenían los hombres de su tiempo. En realidad, todo un hito, pero un hito condenado al olvido por haber sido escrito por una mujer.  

Su obra, The Blazing World, nos narra un mundo maravilloso, con sus propias constelaciones, poblado por extraños seres, en el que es posible realizar viajes astrales y usarlos para dilucidar numerosas cuestiones científicas y filosóficas candentes en la época. También para hacer consideraciones políticas, sobre el poder, sobre la paz y la guerra, sobre cómo el deseo de conquista no hace más que empequeñecer al conquistador, sobre la diferencia entre ser temido o ser amado como rey… Sin complejos, manifestando la propia ambición, incluso convirtiéndose a sí misma en personaje de la novela, un personaje que, con una falta de modestia muy poco femenina, admite: antes que imitar a otros, elegiría ser imitada por otros, «pues mi Naturaleza es tal, que preferiría aparecer como peor en mi Singularidad, que mejor en la Moda». Y también, ya con un descaro absolutamente inaceptable: «Así, estimando la paz por encima de la guerra, el ingenio por encima de las reglas, la honestidad por encima de la belleza, en lugar de elegir las figuras de Alejandro, César, Héctor, Aquiles, Néstor, Ulises, Helena, etc., antes elijo la figura de la honesta Margaret Newcastle, que ya no cambiaría por todo este Mundo Terrenal».

Ese es el mérito de la duquesa de Newcastle, haberse enfrentado a los prejuicios de sus contemporáneos, reivindicando para sí un derecho que en los hombres se consideraba natural, y de paso intentando integrar en el conocimiento a sus compañeras de género, hasta entonces excluidas de él. Si hay una precursora del feminismo, esa es Margaret Cavendish. ¿Por qué sabemos tan poco de ella? ¿Por qué no conocemos su obra como la de Moro o Campanella? No hará falta que conteste yo a esa pregunta.

Si podemos considerar a Margaret una precursora de la literatura feminista, no podemos decir que se adelantase a su tiempo en lo que se refiere a la construcción de mundos utópicos. Moro había escrito su Utopía siglo y medio antes, y entre medias se habían publicado numerosas obras que transitaban la insularidad utópica, género de moda para acercarse a la crítica social, moral y política. Pero sí ha habido mujeres precursoras en géneros cuyo canon está hoy dominado por los hombres.

Se suele afirmar que la primera distopía moderna es El talón de hierro, publicada por Jack London en 1908, quizá porque la creada por Mary Shelley (que no se conformó con ser una de las fundadoras de la ciencia ficción con Frankenstein) en El último hombre no llegaba a considerarse parte de la modernidad. Construida durante más de doscientas páginas a través de sucesos victorianamente rocambolescos —amores prohibidos, despechos, suicidios por amor, personajes que se van a la guerra de Grecia o Constantinopla para apaciguar sus corazones heridos—, en la segunda parte, poco a poco, se va convirtiendo en una de las primeras grandes novelas posapocalípticas: la peste está exterminando a la humanidad; los últimos supervivientes se dirigen a Suiza esperando escapar allí del mal, pero la enfermedad acaba con todos menos uno; un hombre al que vemos, al final del libro, montando en una barca, acompañado de un perro (y de algunos libros de Homero y Shakespeare), dispuesto a pasar sus últimos días recorriendo el mundo, incapaz ya de soportar el aburrimiento y la falta de acontecimientos: «Ni la esperanza ni la alegría son mis pilotos: solo me empujan la desesperación y un ferviente deseo de cambio». Si no se cita esta obra como una de las primeras novelas posapocalípticas es quizá porque el tema de la peste parece entroncarla más con las pesadillas medievales y de la Edad Moderna que con el presente, aunque, bien mirado, la enfermedad como causa de la catástrofe mundial está en numerosas novelas y películas contemporáneas. Pero novelas como La amenaza de Andrómeda o Soy leyenda u Oryx y Crake, si dejamos de lado la especulación científica que las sustenta, no parten de un escenario tan diferente.

Otro género más antiguo de lo que podríamos pensar es la falsa utopía, utilizada repetidamente para alertar de los peligros del socialismo: la falsa utopía muestra una sociedad supuestamente perfecta que, mirada de cerca, se revela como pesadilla (lo que refleja en algunos casos los miedos de la burguesía a un posible Estado obrero, como señala Jameson en Arqueologías del futuro, refiriéndose a 1984). Pero esos aparentes paraísos tienen una tradición que va más allá del miedo al socialismo. Samuel Johnson, en La historia de Rasselas, príncipe de Abisinia, inventaba un valle feliz del que Rasselas escapa, harto de una vida sin acontecimientos. Johnson revela así un cambio en el ideal perseguido por la sociedad: si la utopía de Moro es la consecución de la felicidad, el ascenso de la burguesía hace que lo que antes era deseable se convierta en pesadilla: el hombre condenado a hacer el bien, por plácida que sea su vida, es un engendro porque carece de lo fundamental: la libertad. Así, el hombre utópico del capitalismo es el individuo que decide por sí solo, aunque elija su propia infelicidad. Mejor infeliz que esclavo. O, como dijo más drásticamente Stuart Mill: mejor hombre infeliz que cerdo satisfecho.

Quizá una de las primeras obras que da un sesgo político a la paradoja que supone la infelicidad provocada por tener todas las necesidades resueltas es The Republic of the Future, de Anna Bowman Dodd. Esta periodista y escritora neoyorquina escribe a finales del siglo xix, un momento en el que surgen utopías por todas partes, no solo por influencia de las ideas socialistas, también porque el modelo de crecimiento industrial que prometía el progreso para todos ha mostrado sus límites más dramáticos. Pobreza, suciedad, contaminación, desigualdades crecientes, también entre hombres y mujeres. Cada año se publican utopías que prevén un mundo industrial comunista, en el que no hay propiedad privada (Bellamy), otras en las que se preconiza un regreso a la naturaleza y a lo artesanal (Morris), otras en las que se sueña una sociedad justa dirigida por las mujeres (Corbett). Y, como respuesta crítica, también surgen numerosas distopías y parodias de utopías.

Anna Bowman Dodd no es una revolucionaria, todo lo contrario. Y por eso, ante las revoluciones que se están gestando en el mundo, imagina una sociedad en la que han triunfado, para advertirnos de sus peligros. En su novela, Dodd narra el viaje de un sueco (en cuyo país se mantiene el capitalismo) al supuesto paraíso socialista en el que se han convertido los Estados Unidos. Ya desde el mismo viaje —en una especie de submarino de alta velocidad— se ríe de las nuevas modas humanistas, como la defensa de los animales: a pesar de que los misioneros de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad entre Cetáceos y Crustáceos llevan años predicando a los peces, no han conseguido erradicar el canibalismo entre ellos.

En Estados Unidos, nos encontramos con el gris paraíso socialista: como se ha prohibido todo trabajo degradante, apenas quedan actividades que no sean llevadas a cabo por máquinas. Las tiendas pertenecen al Gobierno, por lo que los empleados no tienen interés en vender ni en hacer escaparates atractivos. No hay arte en venta, pues el arte debe pertenecer a todos y por ello solo se puede admirar en los museos. Todas las casas son iguales. Las ropas son feas, sin gracia. No hay erotismo, entre otras cosas porque hombres y mujeres se parecen tanto que no puede haber tensión sexual (afirma el viajero sueco). Y, para que la igualdad sea absoluta entre las personas, las competiciones deportivas están prohibidas y se evita que nadie destaque en disciplina alguna. A la mujer que sirve de guía al sueco sí se le permite ser algo más inteligente que la media porque es fea. Y, otro desastre: tampoco hay guerras, porque no les gustaban a las mujeres, no debido a razones éticas, sino porque ellas eran malos soldados.

El paraíso socialista es un horror, nos dice la buena burguesa Anna Bowman Dodd, porque no hay competición ni enfrentamiento, porque la ambición no se ve recompensada, porque la gente se aburre, y porque las mujeres tienen demasiado poder. Y de paso nos instruye en que el enemigo del obrero no es la desigualdad en el reparto de los bienes, sino la maquinaria, que le roba el duro trabajo que da sentido a su vida.

Independientemente de nuestra coincidencia o desacuerdo con la visión conservadora de la autora, su obra merecería mayor reconocimiento aunque solo sea por haberse adelantado a novelas como Nosotros, de Zamiatin, 1984 de Orwell, o Moscú 2042, de Voinóvich. Pero nos encontramos otra vez con ese cedazo que criba, consciente o inconscientemente, las obras escritas por mujeres y las deja fuera del canon.

2

Fotografía: Max Pixel (DP).

Leer autores de distintas épocas suele generar una sensación de continuidad. De todo lo que existe había ya una semilla. Nada nace de la nada. También las tres obras comentadas más arriba tenían antecedentes; lo que parece invención es siempre desarrollo. Otra cosa es que se reconozca o no la existencia de esa semilla. Como decía, estoy convencido de que las tres obras a las que me he referido tendrían hoy otro lugar en la historia de la literatura si hubiesen sido escritas por hombres. Claro que hay excepciones: la misma Mary Shelley dio el salto al canon con Frankenstein, simiente de la que nace una parte importante de la ciencia ficción. Pero si la excepción no necesariamente confirma la regla, lo que desde luego no hace es desmentirla. Cuando me preguntan por los mejores libros que he leído últimamente —cosa que suele suceder en charlas y encuentros con lectores— hago el siguiente experimento: a veces cito solo libros escritos por hombres, a veces solo algunos escritos por mujeres. Cuando hago lo segundo me interrogan, quieren saber por qué he elegido solo escritoras; cuando hago lo primero nunca me lo cuestionan.

Juguemos entonces a lo que jugábamos al principio: imaginemos un mundo en el que el canon es femenino, en el que lo que importa es lo que escriben las mujeres y lo que hacen los hombres se contempla, a lo sumo, con benévola condescendencia. ¿Encontramos en ese mundo una continuidad, una filiación entre aquellas novelas precursoras y otras escritas hoy? Por supuesto. Podría mencionar muchos ejemplos, pero me limitaré a hablar de dos que he leído últimamente y me han impresionado.

Empezando por Quema, de Ariadna Castellarnau, donde se retoma la idea de la peste y del fin del mundo. No es una epidemia clásica, como en El último hombre ni como en Soy leyenda. No hay un virus que se contagia de persona a persona. Es algo más difuso e inasible: el mal. Con minúsculas porque tampoco estamos ante un concepto metafísico, más bien se usa la palabra para explicar lo inexplicable, una degradación que afecta a todo: el mundo físico se derrumba, el psíquico y el afectivo también. Y como siempre que hay una degradación radical en las posibilidades de subsistencia, aparecen bandas violentas, más bien, la violencia se adueña de todo, incluso de la vida privada. Aunque son muchos los que se rinden en ese paisaje feroz y se dejan dominar por el desaliento: «Tanto correr, gritar y robar y matar y lo único que quiere todo el mundo es encontrar un sitio caliente donde morir. Lo esencial. La sustancia de la felicidad». Otros de los más débiles, como sucede siempre en tiempos de catástrofe, se refugian en la fe; son esos Rezadores que se dirigen al norte «porque creen que ahí no encontrarán el mal».

Esta novela breve, densa, no pierde el tiempo con explicaciones pseudocientíficas, ni relatando el origen del mal. Si en La carretera McCarthy nos hace atravesar un mundo inexplicablemente desolado de la mano de un padre y un hijo, en Quema no hay ni siquiera ese espacio protegido, el del afecto y la empatía, para reconfortarnos; aquí saltamos de un personaje a otro en ese territorio dislocado en el que cualquier continuidad sería una ilusión; sí, advertimos que algunos hilos narrativos reaparecen, se enlazan con otros, pero la sensación general es de desmadejamiento, de arbitrariedad. Cualquier argumento coherente sonaría a fraude cuando las cosas se desmoronan a tal punto que incluso los perros se suicidan arrojándose por un barranco y cuando la confusión ante lo inexplicable lleva a las personas a realizar actos absurdos pero tranquilizadores: ¿por qué queman todas sus pertenencias, por qué esas grandes piras para destruir lo único que tienen? «La quema fue el gesto más inútil que haya hecho la humanidad. Eso y el viaje a la Luna», dice un personaje. Sin embargo, casi todos se entregan a ese gesto a la vez purificador, expiatorio e irracional, un último intento de regresar al mundo de antes, «cuando las cosas se regían por ciclos y había estaciones».

El apocalipsis ya no precisa de bombas nucleares ni de invasiones extraterrestres, ni siquiera de razones científicas. Atribuirle una causa única es inventar una mentira tranquilizadora, porque si hay una causa hay esperanza, podemos combatir, defendernos. Pero no hay un acontecimiento que explique lo que sucede. Las cosas pasan, nada más. El mundo se derrumba, eso es todo. Y estamos inermes. Nuestra opción es sobrevivir o entregarnos, cualquier otra expectativa, la de los Rezadores, por ejemplo, no es más que una manera de engañarse. ¿Esperanza? Es curioso que incluso en esos paisajes desolados, algunos personajes se empeñen en encontrarla en los libros, es decir, en aislarse, en transportarse a una realidad paralela. El último hombre acababa con el superviviente llevándose en barca unos pocos libros y sabiendo que todas las bibliotecas del mundo estaban a su disposición, y en Quema una niña se refugia de la locura leyendo: «Yo recogía los libros del suelo, les quitaba el polvo y las huellas de los zapatos de la boba y me los leía sin saltarme una página. Aprendí muchas cosas que luego olvidé. Aunque en el fondo siempre queda algo. Una delgada estructura de conocimientos que nos levanta a unos centímetros de la barbarie, que nos protege, que nos enclaustra a una corta distancia del horror». Y eso que, cuando la niña rescataba esos libros, el auténtico horror aún no se había desatado.

El horror. La famosa exclamación de Kurtz. Al pensar en el apocalipsis enseguida imaginamos un mundo en el que todas las leyes han saltado por los aires, en el que esa barbarie mencionada, y que siempre llevamos dentro, explota y sale a la superficie. Pero las cosas pueden ser mucho más sencillas, menos llamativas, más cotidianas. Como en América alucinada, de Betina González.

Aquí la autora recoge la tradición de la falsa utopía y la combina con lo que se revela como falsa distopía. Porque al inicio nos encontramos con un mundo crepuscular en el que parece estarse extendiendo también un tipo de mal: los ciervos atacan a las personas y se abalanzan contra los automóviles. En la ciudad en la que se desarrolla principalmente la novela han cerrado las fábricas, el conservatorio, el teatro, muchas tiendas. Y no es que la ciudad se derrumbe y el mundo rural tome el relevo: no se puede hablar de mundo rural, solo de vacío: casas, granjas, hospitales y escuelas abandonados. También da la impresión de que han desaparecido los lazos sociales: los personajes deambulan solitarios, más bien, acompañados por su pasado. Muchos de los que se han quedado sin nada se dedican a errar por los bosques, desamparados. Cada uno sobrevive como puede cuando los lazos de una sociedad se diluyen. Es necesario reinventarlos, como hace la niña abandonada por su madre de la noche a la mañana, que busca a alguien que pueda hacer de pariente suyo para que no se la lleven los servicios sociales (luego, alguna estructura estatal se mantiene: hay servicios sociales). Mientras tanto, una mujer organiza un grupo de ancianos para abatir a los ciervos. Una manera muy humana de solucionar problemas: a tiros con el síntoma.

Sin embargo, según avanza la novela nos damos cuenta de que no estamos en un mundo distópico, sino en el nuestro, en el de ahora mismo, donde una buena parte de la población vive con los residuos del capitalismo, que ha ido desmontando estructuras y eliminando barreras hasta dejar completamente desprotegida a la parte más débil. Y no hay repuesto, nada con qué sustituir las antiguas seguridades. El ambiente de disolución solo refleja el ambiente de crisis actual, una crisis que se ha instalado como normalidad, y para vivir ese despojamiento como normal tienes que desarticularte a ti mismo, renegar de tus expectativas y deseos, aceptar una ataraxia impuesta por la realidad. Sobrevives, también emocionalmente, y no puedes aspirar a más: «Logré verme como lo que soy, doctora: una pasajera más del naufragio más terrible que haya sufrido una época, un país, una generación completa; una sobreviviente del ruido que hacen los mil y un cerrojos del mundo al estallar demasiado tarde y demasiado fuerte».

Si las líneas argumentales van trazando esa distopía que no es tal, al margen de lo falsamente distópico se recrea también la falsa utopía, la de los desadaptados, que habitan en los bosques y han huido de una sociedad decadente, herederos de los hippies, también en su búsqueda de experiencias alucinógenas: un mundo inventado para sustituir el mundo real, sensaciones para evitar sentimientos. La utopía solo sobrevive aislada —literalmente: como isla—, pero ahí está su maldición: la sociedad utópica está condenada, no por la posible intrusión de los bárbaros que no aceptan ese mundo feliz, sino porque el bárbaro nos acompaña a todas partes. Los niños felices de la psicodelia, de la vuelta a la naturaleza, de la negación de la fatal estupidez consumista, contaminan la Arcadia con sus traumas y sus deficiencias, con sus miedos y sus deseos destructivos, y reproducen las jerarquías que habían creído dejar atrás. Et in Arcadia ego; ese es el problema, que cuando me introduzco en la Arcadia soy yo quien lleva a su centro la semilla de la aniquilación.

No es Betina González una creadora de mundos de fantasía como sí lo eran Cavendish o Dodd; en su novela no aparecen inventos caprichosos ni novedosos experimentos sociales. Todo sucede aquí con la naturalidad de lo conocido, porque tanto la falsa utopía como la falsa distopía son parte esencial de nuestra cultura: quién no está familiarizado con esos espacios engañosamente felices con los que pretendemos redimirnos (sea la religión, las drogas, el consumo, el éxito o nuestro minúsculo mundo virtual); y, si prestamos atención, vemos que la catástrofe nos rodea, que el día a día de nuestras sociedades es un silencioso quebrarse de objetos, de afectos, de instituciones, de las estructuras que nos sostenían, al que asistimos sin emoción, hasta que una obra como América alucinada nos hace mirar de nuevo, cumpliendo la vocación histórica de la novela: inventar ficciones que nos obligan a fijarnos de una maldita vez en la realidad.

En la realidad, insisto. Y eso hace que en estas dos novelas no se dé un lugar común habitual en el género distópico: el héroe o el antihéroe, ese personaje con pretensiones de salvar el mundo enfrentándose a fuerzas poderosas con solo su determinación. El héroe individual e individualista de la mayoría de las novelas, y sobre todo de las películas, de acción. En las novelas de Castellarnau y González ese heroísmo no tiene cabida. Intentar salvar el mundo es una fantasía de omnipotencia propia de adolescentes; salvar una brizna de lo que te rodea, el acto de quien no se rinde ni se resigna. Y en ambas novelas son mujeres las que realizan ese acto: «¿Quieres ser mi pariente?», pregunta la niña a la anciana en América alucinada. «Sí», responde esta, y ese sí es el único refugio ante la debacle general: la afirmación de que el afecto, los cuidados, son el núcleo desde el que arrancar cualquier tarea de reconstrucción.

En Quema, Rita afirma al final de la novela: «Podían desaparecer todas las personas de la faz de la tierra mañana mismo que yo resistiría. Sobreviviría como las cucarachas. Dura y esquiva». Pero si esa resolución le sirve para la supervivencia física, para conservarse como ser humano necesita algo más, y por eso acaba levantando un refugio, un espacio protegido en el que acoger a algunos supervivientes de la quema. Tampoco ella pretende salvar el mundo, tan solo volver habitable uno de sus minúsculos espacios.

No sacaré yo conclusiones sobre lo femenino o no de esos cuidados —no sea que me quieran crucificar como a Pablo Iglesias por una afirmación de ese tipo—, pero sí me parece que esa opción por lo íntimo como inicio de lo político coloca las dos novelas en una esfera diferente, en un lugar hacia el que no suelen mirar ni el canon ni mucho menos el hit parade literario. Razón de más para que miremos nosotros.


Kim Stanley Robinson: «La ciencia debe verse más a sí misma como un humanismo y una utopía política»

(English version)

Charlamos con Kim Stanley Robinson (Waukegan, 1952) durante el encuentro literario anual Kosmopolis, celebrado en Barcelona. Robinson es uno de los escritores de ciencia ficción hard más conocidos y respetados, especialmente gracias a su trilogía sobre la colonización y terraformación marcianas (Marte rojo, Marte verde, Marte azul). Después de Marte, imaginó a la humanidad expandiéndose por el sistema solar (2312) y tratando con gran dificultad de atravesar el espacio interestelar (Aurora). Varias de sus novelas se centran en los efectos del cambio climático, especialmente la trilogía Ciencia en la capital y la recientemente publicada New York 2140. Y a veces mira al pasado en lugar de al futuro, describiendo la vida durante una Edad de Hielo (Chamán) o imaginando cómo hubiera cambiado la historia si todos los europeos hubieran muerto en la peste negra (Los años de arroz y sal). La mayor parte de historias de Robinson, a pesar de incluir revoluciones, asesinatos y catástrofes, son en el fondo utópicas y optimistas. Habla con seriedad, corrección y sobriedad, excepto en los momentos en que súbitos destellos de entusiasmo contagioso iluminan su discurso, al subrayar el poder transformador de la ciencia o la necesidad urgente de cambiar el actual régimen socioeconómico.

Se te conoce como novelista utópico. A menudo la utopía se ve como algo inalcanzable, una idea teórica de perfección, pero en tus novelas parece algo más práctico…

Sigo la definición de utopía que esbozó H. G. Wells: un tipo dinámico de historia sin un punto final; no es un estado perfecto sino un proceso continuo en el que cada avance es amenazado y debe ser defendido, a riesgo de que se pierda y se vuelva hacia atrás. Joanna Russ, una gran escritora americana de ciencia ficción, solía hablar de optopía: dadas ciertas condiciones iniciales, se intenta llegar a una situación política óptima. Este enfoque es mejor para contar historias: esquivas así el tropo del «paseo por un zoo» típico de las narraciones sobre utopías: la Utopía de Tomás Moro tiene un poco de historia, pero es sobre todo la descripción de una sociedad estable. Desde Los desposeídos de Ursula K. LeGuin, e incluso antes, se han contado de un modo un otro historias de utopías dinámicas.

El personaje Arkady Bogdanov de la Trilogía marciana es descendiente de Alexander Bogdanov, autor de la novela utópica Estrella roja. ¿Cómo ayudó Estrella roja a dar forma a tu Marte rojo, y qué te atrae de Alexander Bogdanov?

Me encanta Bogdanov. Cuando Percival Lowell describió lo que había visto de Marte a través de su telescopio, hablando de la posibilidad de canales y marcianos, hubo una gran respuesta internacional. Para Wells fue La guerra de los mundos y la idea de una antigua civilización agresiva, para Kurd Lasswitz en Auf Zwei Planeten Marte era una avanzada utopía tecnológica; para Bogdanov Marte fue un espacio en el que especular sobre el futuro de una utopía comunista en la que los marcianos eran rojos en el sentido de izquierdistas políticos, avanzados. Estrella roja es una gran novela utópica, y anticipa muchos de los problemas que tuvo la Unión Soviética, un país socialista rodeado de países capitalistas. Bogdanov fue un pensador muy interesante en teoría de sistemas, y sus obras se usan como referencia en diferentes contextos por su tectología y sus estudios sobre la red de la vida. Quería asegurarme de que mi Trilogía marciana recogiera todos los hilos lanzados por las novelas previas sobre Marte.

Uno de los puntos clave de Marte azul es la escritura de la Constitución Marciana. En esos capítulos se proponen muchas medidas, y me gustaría examinar alguna de ellas y preguntar si las ves aplicables en nuestra Tierra. Por ejemplo: cuidado y administración común de los recursos naturales: aire, tierra, agua… ¿Cómo podría llevarse a cabo esa administración de los bienes comunes en la Tierra?   

Es una buena pregunta. Hay ciertos lugares considerados bienes comunes: los océanos y la Antártida, pero son espacios más o menos vacíos e inhabitables. Esa frase de la Constitución Marciana es un ataque a la ley de la propiedad, es anticapitalista, marxismo fundamental: la Tierra pertenece a todo el mundo como un bien común. Es una visión similar a la de los nativos americanos, en la que no se puede poseer tierra… Un concepto inconcebible en nuestro sistema capitalista. Se está hablando un poco del retorno de los bienes comunes en relación con quién posee internet, que no deja de ser un tipo de tierra virtual: veo discusiones legales sobre los nuevos regímenes y posibilidades creados por la tecnología. Y en cuanto a la tierra real: aproximadamente el 30% de la superficie de los Estados Unidos pertenece al Gobierno federal, y otras partes más pequeñas son de los Gobiernos estatales, así que toda esa tierra pertenece al pueblo como bien común.

Los bienes comunes nunca fueron tierras sin ley, siempre estuvieron regulados en un sistema organizado, aunque fuera informal. El aire es para todos. El agua también debe ser un bien común: ¿puede privatizarse el agua si la gente la necesita para sobrevivir? La tierra sigue el mismo principio. La tierra es un bien común: su propiedad debería desaparecer y convertirse en derechos de tenencia: cuidar de un terreno para el pueblo proporcionaría cierta cantidad de derechos, pero no los derechos completos de propiedad. Eso es muy chocante en el régimen legal actual. Definitivamente es hablar de forma utópica, pero ya se ven algunos indicios en internet y otros ámbitos. Puede convertirse pronto en una discusión relevante en relación con la Luna: el Tratado del Espacio Exterior se basa en el Tratado de la Antártida, así que ahora mismo nadie puede reclamar la propiedad de ninguna parcela de terreno en la Luna.    

Otro artículo de la Constitución Marciana retira del libre mercado las necesidades básicas (vivienda, salud o educación) para dejarlas en manos de cooperativas sin ánimo de lucro. Esto suena difícil en una sociedad capitalista: en España estamos en plena crisis inmobiliaria, en los EE. UU. la sanidad es notoriamente irregular… ¿Cómo podría lograrse algo así?  

Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI defiende que los impuestos progresivos no deberían basarse solo en los ingresos anuales, que se pueden ocultar fácilmente bajo el sistema, sino en el capital en sí mismo, los activos capitalizados. Eso pondría límites legales a la fortuna: más allá de cierta cantidad de riqueza, el exceso se devolvería al bien común. Es una idea transformadora, una horizontalización del dinero y el poder. Con impuestos progresivos de este tipo los Gobiernos no estarían empobrecidos: se harían con la plusvalía y la emplearían para proporcionar sanidad universal y educación universitaria gratuita, y podrían garantizar las necesidades básicas como refugio, ropa, necesidades humanas que todo el mundo cubriría. También pleno empleo: si el Gobierno pudiera garantizar que todo el que quiera trabajar puede hacerlo, desaparecería el paro masivo que tenéis por ejemplo en el sur de Europa.

Todo esto hay que pagarlo, claro, pero los Gobiernos se lo podrían permitir perfectamente apropiándose de la plusvalía mediante impuestos progresivos al capital. Tras la II Guerra Mundial hubo impuestos progresivos muy extremos, incluso en los EE. UU. bajo Eisenhower, un presidente republicano. Si ganabas más de cuatrocientos mil dólares al año, lo que hoy en día serían unos cuatro millones de dólares anuales, la tasa de impuesto era el 91%. Básicamente pusieron límite a la riqueza, y no podías ser un multimillonario como los que se ven hoy en día, porque todo lo que ganabas por encima de cierta cantidad iba a financiar programas del Gobierno. Y pueden defenderse este tipo de medidas sin ser comunista o un marciano utópico: basta con estudiar medidas que ya se han aplicado antes y podrían volver a aplicarse, hay un precedente legal.

Pero hemos permitido que una contrarrevolución conquistara el mundo. Es horrible. Sufrimos los resultados del giro neoliberal de los años ochenta de Reagan y Thatcher: capitalismo global tardío, apropiación de la plusvalía por parte de los ricos a costa del empobrecimiento del resto del mundo… Que al empobrecerse se convierten en el precariado, sus vidas se vuelven precarias. El empleo y la salud son precarios, las pensiones disminuyen o desaparecen… Todo mediante el empobrecimiento del Gobierno y la repetición de las tres frases infames: «El Gobierno no es la solución, es el problema», «No existe la sociedad» y «No hay alternativa». Necesitamos que el péndulo keynesiano entre el Gobierno y los negocios se incline de nuevo hacia el Gobierno, porque la gente está sufriendo. Es el argumento izquierdista más débil, simple keynesianismo, pero es todo lo que tenemos en este punto. No es buena idea entrar en una situación revolucionaria de todo o nada, en que si no se cambia absolutamente todo estamos jodidos. Es más bien una simple batalla política: necesitamos más izquierda y menos derecha. Antiausteridad, keynesianismo, socialdemocracia… Esa es una secuencia por la que se puede luchar. Podría ocurrir en la UE: los países PIIGS, Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España, agrupados en una liga antiausteridad. Pero el mundo se ha vuelto tan neoliberal… El espacio cultural ha sido muy estúpido e inoperante. Pero, en fin, esto es lo que intento hacer como izquierdista, contar la misma historia una y otra y otra vez.

En el poscapitalismo que describes en 2123 y Marte azul, otro elemento clave es la sustitución de las grandes empresas por cooperativas de tamaño medio, siguiendo el modelo vasco de Mondragón…

Hace poco se puso en contacto conmigo un profesor de la Universidad de Mondragón y me envió la historia de cómo empezó Mondragón. Es muy interesante… Cómo un único sacerdote católico organizó a la gente para que hablara, hablara y hablara, quince años de educación política sobre una base industrial preexistente. Así que ahora sé más de Mondragón y aún me interesa mucho, porque es una alternativa ya existente al capitalismo dentro del orden capitalista actual. Un paso intermedio que puede aplicarse ya mismo: todo el mundo podría organizarse en cooperativas propiedad de los trabajadores al estilo Mondragón, con un sistema de valores mejor, sin la habitual explotación de la mano de obra y apropiación de la naturaleza que abunda en el resto del sistema. Dentro del actual orden capitalista hay órdenes alternativos legales, no hace falta que sean revolucionarios, no es necesario meterse en el caos de Barcelona en 1936, cuando anarquistas y comunistas luchaban entre sí sobre cómo crear una sociedad completamente nueva… En lugar de eso, tenemos algo como Mondragón, donde el cambio procede del interior de la sociedad actual.

¿Por qué crees que el modelo de Mondragón no se ha reproducido más ampliamente?

Probablemente porque aplana el gradiente de poder y no genera suficientes beneficios para la clase propietaria, así que no es popular con la gente que controla el capital móvil actualmente existente… Capital que está actualmente a buen recaudo, secuestrado en los bancos y defendido por las armas. La clase dirigente no quiere que el modelo Mondragón de cooperativas triunfe porque es una horizontalización del poder. En el sistema actual vertical, los que manipulan el dinero no cederán ese poder fácilmente, así que es necesario derrotarlos políticamente. Las leyes deben apropiar ese capital para el pueblo. Debemos presentar una argumentación lo suficientemente plausible y persuasiva como para que la gente actúe en consecuencia, tanto en su comportamiento político como dirigiendo sus votos a partidos que apoyen este modelo. Me sorprende que el modelo Mondragón no sea más popular, efectivo y rápido de lo que es ahora. Supongo que a eso se refería Gramsci al hablar de hegemonía, la cualidad mental que lleva a la gente a aceptar su propia subyugación porque la sienten natural, porque aceptan el mantra de «no hay alternativa». Es triste, creo que la gente debería tener algo más de chispa…  

La Administración Trump presentó un presupuesto que incluía grandes recortes en la mayoría de agencias gubernamentales, como un recorte del 31% en la EPA (Agencia de Protección del Medio Ambiente). ¿Cómo crees que estos cortes afectarán a los EE. UU. si se confirman?

Es un ataque particularmente horrendo contra todo lo bueno y valioso. No son más que matones y payasos gritando «que os jodan» a los valores americanos. En las encuestas los americanos contestan que quieren aire puro y agua limpia, ¡les gusta la EPA! Es como si hubiéramos experimentado una extraña apropiación de nuestro Gobierno por parte de una tropa deliberadamente destructiva. Esos presupuestos no se aplicarán tal como se han descrito, pero la sensación que produce la Administración Trump es la de un bruto cogiendo un bate de béisbol para destrozarlo todo. Hasta que alguien no les detenga y les saque del escenario es difícil hacer nada más que defender lo que ya existe, sin hacer mejoras. Aunque están sufriendo grandes derrotas. No pueden ponerse de acuerdo ni siquiera en cómo destruir las cosas, así que dinamitan sus propias posibilidades. Espero que ocurra algo que les frene en cuatro años, o dos años, o incluso algo menos que eso. No están ni siquiera gobernando, solo haciendo gestos de cara a la galería. Está siendo irritante, horrendo y doloroso…

Con el presupuesto de la NASA descendiendo, hay quien piensa que la exploración privada del espacio ganará importancia, con empresas como SpaceX o Moon Express liderando el camino. ¿Qué peligros ves en la privatización de la exploración espacial?

No me gusta para nada la privatización del espacio, prefiero pensar en él como un bien común. Por otro lado, los Gobiernos mundiales siempre han pagado a empresas privadas para la construcción de cohetes. SpaceX no tiene suficiente dinero como para financiar un programa espacial propio, así que debe venderle a alguien sus cohetes. Tengo la impresión de que algunos multimillonarios podrían construir como legado algún tipo de pequeña base en la Luna… Pero no puede sacarse beneficio del espacio, no hay nada allí afuera que necesitemos lo suficiente. Es posible enviar satélites de comunicaciones al espacio, así que hay industria en la órbita terrestre, pero no hay industria posible en la Luna. Por ahora el Tratado del Espacio Exterior controlaría cualquier disputa sobre propiedad o explotación, pero no hay nada que explotar. En la Luna hay simplemente rocas: silicatos, hierro, aluminio, magnesio… De todo eso ya tenemos suficiente en la Tierra. El peligro de la privatización no es muy grande, pues. En cierto modo es como la Antártida: es vulnerable a la explotación, pero no hay nada que explotar ahí.

El impulso privatizador podría no limitarse a la exploración espacial… Ahora mismo Calico (de Google) y otras empresas similares están investigando la senescencia, dejando en manos de corporaciones con ánimo de lucro potenciales tratamientos de longevidad como los que aparecen en tus novelas. ¿Terminará extendiéndose la vida solo para los ricos?  

Tampoco es una situación demasiado peligrosa, porque la longevidad no se nos da demasiado bien. Todo avance médico es bueno, y siempre será controlado por organizaciones como el Instituto Nacional de Salud. Sí es un peligro que si compañías farmacéuticas desarrollan lo que podría llamarse tratamientos de longevidad, serán probablemente muy caros al principio, y solo estarían al alcance de los extremadamente ricos. Es una posibilidad aterradora, pero en cualquier caso es bueno que existan avances sanitarios, porque tarde o temprano todo el mundo se beneficiará de ellos. Esa situación podría crear las condiciones para una gran lucha en que finalmente la desigualdad sea desafiada por gente defendiendo el derecho universal a la longevidad y la buena salud. Hay una posibilidad revolucionaria ahí… Pero por ahora no hay nada que hacer excepto seguir investigando. El progreso es muy lento: la duración media de la vida no es mucho mayor que la de hace unos años, parece ser una curva asintótica.

Un proverbio aparece a menudo en tus libros, en boca de un anciano en Chamán, de algunos personajes de Ciencia en la capital o incluso en el título de un cuento de Los marcianos… «Lo suficiente es tan bueno como un banquete». ¿Qué importancia le ves a esa frase?

Es una cita para escapar del capitalismo. La economía, que es el estudio cuantitativo del capitalismo, siempre afirma «cuanto más, mejor». Y ya que estamos en una crisis ecológica causada por el exceso de consumo, y destrozamos el planeta para obtener «cuanto más mejor», es importante insistir en el proverbio contrario, «lo suficiente es tan bueno como un banquete».

Parece haber cierta desconfianza en el mundo científico y en el de la ciencia ficción hard hacia la política: por ejemplo en Seveneves de Neal Stephenson los personajes políticos son en su mayoría malvados o egoístas, la Constitución del Arca Espacial es vista como un estorbo… ¿Por qué crees que existe esa desconfianza en la política?

Porque hacen una dicotomía entre lo sagrado y lo profano, entre la pureza y la corrupción. A Stephenson no se le dan bien los temas políticos, es un poco reaccionario y propenso al cliché. Es propio de la fantasía de mala calidad sugerir que la política es solamente trapicheo y parasitismo, frente a una ciencia pura y sagrada. En realidad, la ciencia es intensamente política y necesita una buena parte de los presupuestos gubernamentales. Necesita gobierno y regulación, porque no puede ser realizada por individuos o corporaciones individuales. La ciencia es un gigantesco trabajo en equipo, y por lo tanto requiere gobierno. Tal vez lo que Stephenson pretendía era reflejar cómo los políticos no tienen ni idea de política, del mismo modo que los políticos no tienen educación científica. Pero eso sería caritativo: yo diría que juega el cliché gastado de los científicos bondadosos contra los malvados políticos. Es un escritor muy popular, así que sería fantástico que afinara el tiro en estos temas, incluso que los usara como educación política… Pero, desgraciadamente, creo que una de las razones de su popularidad es que juega con prejuicios ya existentes.

En Marte verde un personaje opina que la síntesis de un científico y un místico debería ser llamado alquimista. ¿Qué terreno común pueden alcanzar un místico y un científico?

Mi personaje Michel siempre intenta recuperar o inventar una psicología de la ciencia que permita a los científicos ser un poco místicos, tener un sistema de valores que no sea solo un empirismo mal entendido. Muchos científicos son bastante ingenuos y no se han preguntado en profundidad acerca de sus proyectos. No van demasiado lejos en lo que a teoría se refiere… La ciencia debe verse a sí misma más como un humanismo y una utopía política que ya está realizándose en el mundo. Eso tratan de sugerir mis libros. Hago lo que puedo contando historias sobre lo que es la ciencia, cómo funciona y qué deberían hacer los científicos como actores políticos. Me siento como un niño jugando con sus muñecas, sería presuntuoso pensar que estoy haciendo algo significativo. Sin embargo, mucha gente lee historias, y algunos científicos leen ciencia ficción para tratar de comprender lo que hacen, así que… Hago lo que puedo.

El budismo aparece en tu obra, especialmente en Ciencia en la capital y Los años de arroz y sal. ¿Qué te atrae del budismo y cómo llegó a interesarte?

Soy de California, y allí se presta mucha atención al Asia Oriental, a diferencia de la Costa Este de los EE. UU., que se fija más en Europa. Durante el siglo XX, los inmigrantes chinos y japoneses venían a América pasando primero por California. El poeta Gary Snyder, que fue profesor mío, pasó diez años en Japón estudiando y practicando el budismo zen. Una vez de vuelta, junto a otros californianos de origen europeo, dio cuerpo a lo que podría llamarse budismo californiano, muy influenciado por el zen japonés y el dalái lama tibetano, pero también por ideas hippies o de la Nueva Era. Algo muy difuso, secular y poco serio en comparación con las tradiciones budistas más estrictas… Así que en la cultura californiana el budismo es una faceta importante, como en China: los chinos hablan de la triple enseñanza, un entramado de creencias compuesta a partes iguales de budismo, confucianismo y taoísmo. Pues bien: para los intelectuales californianos el budismo es tan importante como el cristianismo o cualquier influencia europea.

En cuanto a mí, no pretendo ser un experto. Es algo completamente casual, tanto un interés literario como una práctica espiritual. Ayuda en la vida cotidiana: las sugerencias del zen sobre cómo prestar atención al momento presente, cómo vivir la vida, qué es importante en un sistema de valores… El budismo ha sido útil para mí como persona. En Ciencia en la capital me pareció interesante presentar la ciencia como un tipo de práctica budista. Tanto el budismo zen como la ciencia sugieren una cierta devoción hacia la realidad; quizá la ciencia es como un budismo cuantificado. En Los años de arroz y sal describí un mundo en el que todos los europeos murieron tras la peste negra, así que el budismo podría ganar importancia como tradición intelectual. Son dos modos diferentes de usar el budismo en dos de mis libros; en el resto no es demasiado importante. El budismo quiere resultar útil en este mundo, así que creo que es más una forma de vida o una práctica que una religión per se. Muchos budistas no creen en un más allá. Algunos lo hacen, porque hablan de la reencarnación y un alma eterna. Y para quien sea materialista, como yo, y no crea en almas eternas, esa parte del budismo le resulta inútil. Así que tiene claroscuros.

El sufismo aparece bastante en Marte rojo, junto a bailarines derviches y algunos poemas de Rumi. ¿Qué te interesa de los sufíes?

En Marte quería que apareciera la cultura islámica, y en Los años de arroz y sal necesitaba describirla con mucho detalle, ya que sería una de las culturas mundiales dominantes si todos los europeos hubieran muerto. Así que aparece en algunas novelas y no en otras, como el budismo. Investigué la tradición mística, humanista y liberal del islam, en oposición a las partes conservadoras, salafistas, wahabitas, controladoras y totalitarias del Islam. Todas las grandes religiones parecen tener un ala liberal y otra conservadora, y en el islam me interesé por la tradición sufí porque me parecieron en cierto modo hippies místicos del siglo XII… Y Rumi es un poeta magnífico.

En tu obra hay muchas referencias a epifanías místicas ante la naturaleza, como contemplar la vista desde el pico de una montaña. ¿Has experimentado tú también satoris similares?

En efecto. Para mí es increíblemente importante ir a la montaña. Me crié siendo niño en las playas, así que lo primero fue el océano. Ante la estúpida cultura blanca y suburbana de clase media de los años cincuenta, hubiera sido una locura no refugiarme en el océano. Ya a cien metros de la costa entras de lleno en una realidad primaria en que el agua puede matarte, pero también te hace flotar y es bastante benigna si sabes seguir ciertas reglas. El océano resultó crucial para mantenerme cuerdo de niño. ¡Y entonces descubrí Sierra Nevada, las montañas de California! Mi realidad suburbana californiana como americano ordinario de clase media fue aumentada por mi experiencia en ese espacio natural. Ir a la montaña y vivir experiencias atléticas que requerían esfuerzo, pero también simplemente pasear al aire libre observando las rocas… Es montañismo de perfil bajo, nada peligroso y sin escalar caras verticales, pero es una parte crucial de mi vida. Más o menos un mes de cada año lo paso arriba, en la montaña, caminando y explorando.

Imagino que algunas escenas de Chamán, tu novela ambientada en la Edad de Hielo, se habrán inspirado de forma bastante directa en tu experiencia…  

Eso me encantó. Nadie sabe realmente cómo vivía la gente del Paleolítico, así que escribir sobre ello fue un ejercicio de imaginación. Pero sí sabía acerca de acampar en la nieve, porque lo hago yo mismo, así que pude escribir sobre zapatos para la nieve, cómo se trabajan el hielo y la nieve… Como Chamán está ambientada en una Edad de Hielo, podía hablar de este tipo de cosas con un grado extra de autenticidad muy importante para las novelas. Me lo pasé genial y probablemente insistí demasiado en ello en la novela, pero no pude resistirme.

¿En qué se parecen y en qué se diferencian una persona del Paleolítico y una contemporánea?

Para empezar, el material genético es el mismo: tenemos exactamente los mismos genes. De forma similar, estamos en contacto permanente con un grupo de personas de más o menos el mismo tamaño que ellos… Lo que yo llamo la manada o la tribu, un grupo de treinta a cincuenta personas reales con las que se interactúa, cara a cara y día a día. Eso son similitudes. También tenían una cosmología, una cierta idea de lo que ocurría en el mundo. Sobre algunas cosas no sabían tanto como nosotros, como qué son las estrellas, y sobre otras sabían bastante más que nosotros, como qué plantas son comestibles o cómo manipular el entorno natural. La diferencia principal es que nosotros somos conscientes de la sociedad global: sabemos que existen ocho mil millones de personas, mientras que los paleolíticos tenían un conocimiento intensamente localizado, muy limitado en lo que se refería a otros pueblos. Ser conscientes de la situación global nos impone obligaciones extra.

En 1995 visitaste la Antártida como parte del Programa para Artistas y Escritores de la Fundación Nacional de la Ciencia. Ya que la Antártida aparece frecuentemente en tus obras, parece que la visita tuvo una influencia profunda. ¿Qué recuerdas de la Antártida y cómo crees que te afectó conocerla?

¡Me encantó! Hace poco volví a McMurdo y permanecí allí once días de otoño, por primera vez desde 1995. Hay bastante gente que va y viene, organizando su carrera para poder seguir bajando ahí. La Antártida es como Sierra Nevada convertida en un supersueño surrealista, es como volver a la Edad de Hielo. La gente ahí es muy amable, y se interesan el uno por el otro. Tienden a ser científicos y gente que da soporte a los científicos, así que hay una gran simpatía por lo que representa la ciencia. Es una sociedad pequeña y sencilla, pero me encanta y fui muy feliz volviendo a visitarla. Se parece al espacio, en cierto modo: McMurdo es como una estación espacial operando en la Antártida, lo que resulta útil si escribes, como yo, sobre estaciones espaciales esparcidas por el sistema solar. La visita fue tan hermosa… No me gustaba la idea de permanecer en McMurdo los once días, saliendo a campo abierto solo en breves viajes en motonieve o helicóptero. Pensaba que iba a ser una experiencia menor, ¡pero no lo fue en absoluto! Ya simplemente estar en McMurdo fue fascinante y espectacular.

Cuando fui en el 95, McMurdo era solo una estación de paso donde te lavabas la ropa y salías rumbo al siguiente espacio natural. Pero ahora es interesante, y ahora sé que lo es. Tal vez sea también un pequeño espacio utópico: el continente para la ciencia. No hay dinero. A todo el mundo se le proporciona comida y ropa, y no hay propiedad: el mundo entero es dueño de McMurdo. Sugiere un buen número de aspectos utópicos. Orwell escribió sobre el momento en que los anarquistas tomaron el control de Barcelona y todo pareció diferente. Creo que McMurdo era como la Barcelona de 1936, en ese momento en que las reglas políticas y el orden habitual de capital, propiedad y clase desaparecieron y simplemente se veía a personas, todas en igualdad y simplemente haciendo sus trabajos. Acabo de releer Homenaje a Cataluña, de Orwell, porque Ian Watson me ha enseñado las partes de la ciudad sobre las que escribió.

Hay un recurso narrativo que aparece en diferentes formas en varias de tus novelas: el Padre Fundador (o Madre) muriendo al principio de la historia. John Boone asesinado en el prólogo de Marte rojo, Alex en 2312, también sucede en Aurora… ¿Por qué empleas este recurso narrativo de «estar a la altura de un gran predecesor»?

Retomar la sabiduría del pasado y darle un uso es un gran desafío en la adolescencia, o cuando se requiere continuidad en una sociedad. En ocasiones aparecen personas excepcionales capaces de liderar, mantener unida a la gente y sugerir nuevas formas de hacer las cosas… Pero después siempre viene gente normal, sin experiencia y con menos talento, pero que deben mantener vivos los avances. Es una historia interesante: la sensación de sentirse sobrepasado, de meterse en los zapatos de alguien y hacerlo lo mejor posible… En realidad siempre estamos en esa situación: no es automático aprovechar todos los avances sociales logrados en las generaciones anteriores. Esta idea aparece también en Chamán, ahora que lo pienso, porque los paleolíticos transmitían el conocimiento solo de forma oral. Sabemos que lo hacían porque las pinturas rupestres de hace treinta mil años y diecisiete mil años tienen la misma técnica, comparten la misma visión. ¡Son diez mil años de transmisión continua de cultura sin lenguaje escrito! Puede incluso que la escritura se interponga. Pero lograron hacerlo, así que algo estaba ocurriendo ahí. Es una historia que sigue contándose a sí misma con éxito.

En Aurora hablas de las limitaciones éticas y ecológicas del viaje y colonización interestelares, y la sensación general del libro que es que esos problemas pueden no ser superados; la visión sobre la colonización espacial parece algo más sombría que en la Trilogía marciana. ¿Ha cambiado tu actitud hacia la exploración del espacio entre Marte azul y Aurora?

No, la diferencia está entre el sistema solar y el espacio interestelar. Aurora trata de establecer un límite más allá del cual la colonización sencillamente no funciona. A pesar del modo en que habla habitualmente la ciencia ficción, el espacio interestelar es demasiado grande para que lo crucen los humanos. Este es un nuevo e importante hallazgo que llega de una mejor comprensión de la biología, ecología y de la psicología humana. La idea de que estamos destinados a las estrellas es una fantasía, una idea errónea incrustada en la cultura humana según la cual la Tierra es solo nuestra cuna y por tanto no es importante, del mismo modo que una cuna ya no es necesaria para un adulto. Esa idea es completamente falsa, y eso tenía que subrayarse en Aurora. Aún me gusta la idea de colonizar el sistema solar como en la Trilogía marciana: Marte sería un gran lugar para habitar, y el resto del sistema solar podría convertirse en algo parecido a la Antártida, con estaciones científicas que visitamos para volver luego a la Tierra, porque siempre puedes permanecer sano en tu hogar.

Había que machacar el sueño interestelar, y eso es lo que hice con Aurora. Creo que mi razonamiento es sólido. La ciencia ficción ha mentido en este tema. ¿A qué distancia está Tau Ceti? A doce años luz. Doce es un número pequeño, pero cuando te paras a pensar que es diez mil millones de veces más lejos que la Luna, diez mil millones… Entonces empiezas a darte cuenta de la escala. Y la mayor parte de estrellas están mucho más lejos que Tau Ceti. Siendo honestos, está claro que el universo que podemos ver por la noche es muy interesante, pero no podemos llegar hasta él. Debemos permanecer aquí. Y en ese momento entendemos que no hay un Planeta B. La Tierra es y será siempre nuestro único hogar, así que tenemos que mantenerla sana. Es importante que la ciencia ficción cuente esa historia, así que sentí que era necesario escribir Aurora. Aunque un montón de gente se enfadó muchísimo…

Has criticado el enfoque de Elon Musk respecto a la colonización de Marte. ¿Qué reticencias tienes sobre sus planes?

No me gusta que una sola persona lo controle, es una cierta privatización o incluso trivialización que puede convertir Marte en una atracción turística. Tampoco creo que Marte sirva como un segundo hogar para la humanidad. ¿No pasaría nada si hubiera una extinción masiva en la Tierra mientras en Marte sobrevivieran cinco mil o un millón de personas? El propósito declarado de la colonia marciana de Elon Musk es estúpido y trivial. Y tampoco queda nada claro cómo planean el aterrizaje en Marte. Gran parte del plan técnico no ha sido puesto a prueba todavía y no hay siquiera protocolos preparados, así que todo es más bien un plan de ciencia ficción fingiendo ser un plan auténtico. Solo tenemos una tasa de éxito del 50% al aterrizar pequeños robots en Marte, pero para que aterricen humanos necesitaríamos mucho más que eso. Es un poco extraño anunciar al mundo que en pocos años irán a Marte cuando tanto la metodología como el propósito declarado son débiles… Así que empieza a parecer simple narcisismo.  

Dicho esto, Elon Musk es muchísimo más interesante que la mayoría de multimillonarios, tanto en lo que hace como en lo que quiere conseguir. El Tesla es un gran coche eléctrico y necesitamos coches eléctricos, y el Falcon es un gran cohete y necesitamos cohetes. Temo que mis críticas hacia Musk puedan verse como una condena absoluta, cuando en realidad simplemente tenemos pequeñas diferencias. No quiero parecer demasiado crítico. Ni siquiera aparecería en las conversaciones si no estuviera haciendo un trabajo realmente importante… Lo adecuado es enfatizar que SpaceX es una gran empresa y mis discrepancias son más bien filosóficas, los cómos y los porqués sobre el viaje a Marte. Cada marciano prefiere sus propios métodos. Él es un marciano igual que yo, tenemos algunos desencuentros… Pero debería subrayar que está haciendo cosas interesantes.

En tus últimos libros las inteligencias artificiales y los ordenadores cuánticos cobran importancia: 2312 tiene a los qubos, y en Aurora el narrador es una IA cuántica, y un gran personaje por derecho propio. ¿Podría la conciencia ser un fenómeno cuántico, y por tanto podríamos llegar a crear una criatura autoconsciente con computación cuántica?

No sé nada con seguridad sobre este tema, porque al fin y al cabo soy filólogo… Así que tengo que basarme en opiniones de expertos en este campo. La creación de un auténtico ordenador cuántico tiene aún muchos problemas cruciales sin resolver, como la estabilización del qubit. Pero si se pudiera técnicamente construir un buen ordenador cuántico y programarlo, obtendríamos un computador extraordinariamente rápido, mucho más que los actuales. En este punto tendríamos una capacidad de procesamiento casi tan rápida como la del cerebro humano, pero no estaría organizada igual que en un cerebro humano. Por otro lado, nunca sabremos qué es la conciencia o cómo el cerebro la alcanza. No puede investigarse sin matar el cerebro, y una vez lo has matado no hay conciencia. Hay una barrera invisible pero permanente en nuestra comprensión del funcionamiento del cerebro. Esto es algo que los fanáticos de las inteligencias artificiales tratan de ignorar, y especialmente los autores de ciencia ficción que quieren descargar cerebros en ordenadores… Son fantasías en que se ignoran esas barreras permanentes. Nuestra comprensión de la conciencia siempre será aproximada y vaga, así que nunca podremos recrearla.  

Pero lo que quise explorar en 2312 y Aurora es que, si tenemos un ordenador cuántico en funcionamiento, tal vez no importe que no funcione como un cerebro humano, y quizá no importe que no sea consciente como nosotros: sería igualmente muy rápido y expresaría algo similar al pensamiento. Podría pasar fácilmente el test de Turing, que no es demasiado difícil. Lo que obtendríamos no sería otra mente humana, sino algo que podría hablar como un ser humano sin que supiéramos del todo qué está ocurriendo en su interior…

Los capítulos cuánticos de 2312 funcionan casi como poemas en prosa, cadenas de pensamiento disperso tratando de expresar cómo pensaría esa conciencia cuántica…

[Ríe] Con esos capítulos me divertí como nunca en mi carrera de escritor. Le estuve dando vueltas al monólogo interior, la técnica literaria del siglo XX que escritores como Joyce, Woolf y algunos más exploraron para expresar cómo ordenamos las ideas. Pero siempre lo he encontrado un poco artificial, porque muchos pensamos interiormente más bien como Proust, con frases mentales proustianas de gramática articulada… No como en el batiburrillo roto de frases e impresiones sensoriales que se usa en la técnica del monólogo interior. Pero para simular a mi ordenador cuántico encajaba como un guante. Fue muy divertido, porque normalmente soy un estilista bastante conservador.

En 2312 hay referencias a Marina Abramovic y Andy Goldsworthy. ¿Te interesan el performance y el Land Art?  

La verdad es que sí. Acabo de ver a Abramovic en Nueva York. Su amigo Hans Ulrich Obrist, un curador de arte, nos puso en contacto para colaborar en un proyecto. No tuvo éxito: ella quería poner a la audiencia en trance y yo contar una historia… Discutimos. Hubo un tercer colaborador, un ingeniero de audio que logró sacar algo en claro de nuestra pelea. Pero adoro a Marina; es una gran artista llena de ideas, le falta tiempo para desencadenarlas sobre el mundo. Creo que sus performance lentas de larga duración son una forma de autoterapia. Cuando está realizando su arte disminuye el ritmo y se concentra, mientras que en su vida diaria es como una persona con TDAH, con pensamiento rápido y cambiante. Goldsworthy es muy ermitaño. Traté de enviarle mis libros, diciéndole que me encanta su trabajo y que le había mencionado en mis historias, pero nunca logré contactar con él. Probablemente le llegaron los libros, pero no quiso contestar… Me gusta hacer esculturas al aire libre similares a las de Goldsworthy. En las sierras construimos Goldsworthys, como los llamamos, pequeñas obras efímeras que destruimos tras fotografiarlas, para que no molesten a nadie. Abramovic y Goldsworthy son ambos muy importantes, porque extienden el arte a nuestras vidas cotidianas y cambian nuestras concepciones sobre qué son la vida y el arte.

¿Cuál ha sido tu sorpresa agradable más reciente en lectura, tanto de ciencia ficción como en general?

Acabo de leer las cuatro novelas napolitanas de Elena Ferrante, sobre dos mujeres que crecieron en Nápoles y tienen más o menos mi misma edad. En ciencia ficción he estado leyendo The Dervish House de Ian McDonald, una fantástica novela sobre el Estambul del futuro cercano.  

¿Qué opinas sobre la geoingeniería, terraformar la Tierra, por decirlo de algún modo? Hubo un experimento no autorizado de geoingeniería hace unos años en Canadá, fertilización del mar con hierro para estimular el plancton y capturar CO2 del aire…

La geoingeniería me interesa mucho, porque no creo que haya nada intrínsecamente malo en ella. No creo que la fertilización del océano sea técnicamente una buena idea para capturar dióxido de carbono de la atmósfera… Pero creo que debería haber Gobiernos y grandes grupos de estudio  hablando de estos temas, y quizá preparando experimentos para ver cómo resulta. Puede que acabemos necesitando la geoingeniería… Si la crisis climática empeora, si pasamos el punto sin retorno en que el metano bajo el permafrost empieza a ser liberado a la atmósfera, si nos dirigimos a un evento de extinción masiva… En esos casos la geoingeniería es una herramienta que querríamos utilizar. Estoy a favor de hablar de geoingeniería sin ningún pánico moral al respecto, aunque no creo que vayamos a ser particularmente eficaces en ella. Hay muchos procesos a escala geológica que son realmente demasiado grandes como para influir en ellos.  

Uno de los temas de la Trilogía marciana es la reconciliación de modos de vida aparentemente opuestos, como la actitud conservacionista de la naturaleza de la facción roja frente al poder transformador de la facción verde. ¿Crees que es posible hallar un equilibrio entre el mantenimiento de la naturaleza en su estado primigenio y su adaptación a las necesidades humanas?

Sí, cada vez me estoy convenciendo más de que es un error pretender mantenerse puro, la pureza no nos sirve para nada. Los espacios de naturaleza salvaje son una buena idea, pero una vez hemos alterado la atmósfera y los océanos ya no hay en realidad ningún espacio natural, vivimos en un planeta mestizo. Lo que deberíamos conseguir entonces es evitar las extinciones. Y eso implica transformar el entorno y el paisaje, quizá con granjas que también puedan albergar vida salvaje, o zoos, o reservas… He leído acerca de las partes de Europa que van siendo progresivamente abandonadas, como la Polonia central, parte de la España central, el centro de los EE. UU., Montana o Dakota del Norte… En los terrenos en que la agricultura no es fácil o económica la gente se marcha hacia las ciudades, así que grandes porciones del campo están ahora libres de humanos. Eso es extremadamente interesante, porque lo necesitamos. No son espacios naturales, sino tierra poshumana en la que los seres humanos construyeron pueblos o carreteras y luego los abandonaron. Puede que tengamos un mundo que incluya áreas semisalvajes, o tierra vacía que aún es parcialmente humana, incluso levemente agrícola… Todo excepto la pureza. Ya no me preocupa la pureza.


Los libros arden bien

Códice Borgia. (DP)
Imagen del códice Borgia. (DP)

Las puertas

Tiene los labios agrietados y una sed que no cesa. Entrecierra los ojos por la claridad intensa y contempla cómo arde el mar, que decía el poeta. No lanza siquiera una tregua, una isla, una costa lejana: el agua devora todo a la vista. La travesía está siendo insoportable. Ya han pasado casi tres meses desde que zarpó. Se apoya con una mano en uno de los mástiles de estribor, mareado por la visión. Ya intuye acaso que nunca jamás regresará a Sevilla. Que este es un viaje sin retorno. Luego desciende despacio la escalinata hacia la bodega y columbra, entre sombras, el bulto, tapado por unas mantas de esparto y cruzado por decenas de cuerdas para que la carga no se mueva con el cimbreo. Lo toca por encima de la manta, con cuidado, casi acariciándolo, como quien pasa la mano por el lomo de un animal…

Cuando Juan Pablos (italiano de nacimiento, su verdadero nombre era Giovanni Paoli) llegó a una naciente Ciudad de México en octubre de 1539, mandado por su jefe, el impresor alemán Juan Cromberger, tal vez no imaginaba que él sería uno de los puntales en la utopía que se estaba construyendo en el Nuevo Mundo. Al menos a los ojos de Juan de Zumárraga, el primer obispo de la diócesis de México y principal impulsor de traer la primera prensa de tipos móviles a la Nueva España, pero no a los nuestros, que vemos en aquel control de los libros (desde en la quema de los cientos de códices prehispanos hasta en el registro e inventario de los libros llegados de Sevilla) uno de los síntomas de una obsesión y de un experimento que salió mal. Una prueba, en fin, de los daños que se producen en nombre de la utopía, un sueño recurrente a lo largo de la historia, y que tiene en el dominio del discurso, en su gestión y dirección, una de sus prácticas más habituales. Ya lo estudió Foucault, aplicado a la confesión y al control del sí mismo en su obra inconclusa Historia de la sexualidad; en el virreinato de la Nueva España, en cambio, la palabra precedió a la carne, un lugar donde más que descubrir se aplicó, sobre todo al principio, la mecánica de la tábula rasa. Es falso afirmar el tópico de que los colonos y los misioneros llegados de los reinos de Castilla destruyeron todo o no tuvieron aprecio por la cultura mexica, como luego explicaremos. Pero de lo que no hay duda es de que las Indias permitieron ejecutar, pocas décadas después de la publicación del libro de Tomás Moro, códigos, modelos y leyes para levantar desde cero la nueva casa de Dios. Si encima contaban con el apoyo de Carlos V, metido de lleno en defender la Reforma católica en Europa, más fácil aún. Las encomiendas arraigaron muy pronto como pago para soldados sin jornal; la evangelización, en cambio, era misión de las órdenes mendicantes, sobre todo franciscanos y dominicos al principio, quienes desembarcaron en la Nueva España después del sometimiento de Tenochtitlán. Todo estaba por hacer en la nueva tierra prometida. Y el control de los libros no se pasó por alto.

Grabado alusivo al proceso de impresión. Autor desconocido. (DP)
Grabado alusivo al proceso de impresión. Autor desconocido. (DP)

Al principio el código de vigilancia era muy sencillo: todos los libros que se embarcaban rumbo a la Nueva España debían pasar varios controles de aduanas, como cualquier otra mercancía, tanto a la salida del puerto en Sevilla (más tarde, en Cádiz), como a la llegada en San Juan de Ulúa, el primer puerto español en la Nueva España, en el actual estado de Veracruz. La revisión corría a cargo de funcionarios de aduanas y más tarde incluso de miembros de la Santa Inquisición: hasta ese punto llegaba la asunción de funciones de los policías de la mente. De todas formas, tal como han revelado varios estudios, ambas aduanas eran un coladero. Por las razones de siempre: sobornos, vista gorda, mala vigilancia. Creer que la autoridad (entonces y ahora) es siempre eficiente es pecar de ignorante. Los libros se controlaban, claro que sí, pero seguramente con menos rigor del que queremos creer, pese a aquel famoso Índice de libros prohibidos promovido por la cristiandad, que fue aumentando sus títulos y autores según avanzaba el siglo XVI.

Lo que está claro es que el coste y el tiempo del flete de la mercancía hacía que los libros, que ya de por sí eran caros, fueran un escaso objeto de lujo en la Nueva España. Y aunque Zumárraga ya había comenzado a adquirir numerosos libros para la biblioteca de lo que posteriormente sería la primera universidad de México, tal vez fue el alto precio de los libros impresos lo que hizo que escribiera a Carlos V para convencerle de la necesidad de que la Nueva España tuviera su propia imprenta.

Otra razón de peso fue que Zumárraga quería imprimir sus propios libros, pues de hecho el primer libro que salió de la imprenta en México lo había escrito él: la Breve y más compendiosa doctrina eclesiástica, escrito en dos lenguas, en castellano y nahuátl, la lengua de los mexicas. Un manual para la evangelización, está claro, pero también una herramienta política. Que el poder no estaba solo en quien controlaba los libros que entraban desde los reinos de Castilla, sino también en qué libros nacían y se diseminaban en la joven Ciudad de México, queda claro repasando la lista de los títulos que se imprimirán durante los años iniciales de la primera imprenta en México, casi todos de contenido religioso y legales, aunque en el año 1541 se cuela algo parecido a un reportaje periodístico: Relación del espantable terremoto, un informe sobre el terremoto que en 1541 destruyó el primer asentamiento de la Ciudad de Guatemala.

En cualquier caso, los libros salidos de la nueva imprenta eran muy pocos. Según sus propias cartas, Juan Pablos se quejaba amargamente de las dificultades y las carencias de su oficio, de que la tinta y el papel (enviados por barco desde la Península) no llegaban. Tal vez los herederos de Juan Cromberger, fallecido en 1540 y quien había recibido la licencia real y la exclusiva para imprimir libros en la Nueva España, no veían por ningún lado el negocio. Curiosamente, Juan Cromberger había pagado solo quinientos ducados, «una suma muy modesta para la época, el equivalente a cinco esclavos negros», según las palabras de «La primera imprenta en México y sus oficiales» de Clive Griffin (el mayor experto en la familia de los impresores Cromberger), quinientos ducados que se fueron en el traslado de la prensa, la tinta, los tipos móviles (muchos de ellos usados y gastados), el papel y en el pasaje de cuatro personas: Juan Pablos, el cajista; Gil Barbero, tirador de prensa; un esclavo llamado Pedro, presumiblemente el batidor de prensa; y por último la mujer de Juan Pablos, Jerónima Gutiérrez, quien se ocupó de la regencia de la imprenta, ubicada en una casa propiedad de Zumárraga (a cuatro pasos de la actual catedral de las ruinas del Templo Mayor). Es cierto que por lo visto Juan Cromberger había recibido a cambio de sus servicios el uso de unas minas de plata en Sultepec y Taxco, pero una vez conseguidas, ¿qué obtenían manteniendo el suministro de materiales para la nueva imprenta? Las ganancias eran escasas y el monopolio del comercio de libros impresos de Sevilla a Nueva España, que también le había ofrecido Zumárraga como pago, no parecía suficiente, así que en 1545 finalizó la exclusiva de impresión de Cromberger (durante la cual los libros impresos en la Nueva España tuvieron el sello de de «imprenta de Juan Cromberger») y Juan Pablos recibió una propia, por lo que pudo imprimir los libros con su propio nombre y no tuvo que rendir cuentas a los hijos de su antiguo patrono. Y aunque la primera imprenta en América no obedecía a un criterio de rentabilidad económica (el cliente principal era Zumárraga, sin duda), en la escasa difusión de los libros no estaba solo el problema de los costos. De hecho, desde que Juan Pablos obtuvo su propia licencia, los títulos y ediciones aumentaron (aunque es imposible saber el tiraje de las impresiones), y tan mal negocio no sería cuando, y según los datos manejados por Griffin, los maestros impresores cobraban cuatro y cinco veces más en la Nueva España que lo que hubieran cobrado en Europa. Un caso claro de fuga de cerebros, diríamos ahora.

En cualquier caso, Zumárraga soñaba con una biblioteca (para la que llegó a acumular cuatrocientos volúmenes) en la que entrara solo lo que él decidiera, como en ese relato de Kafka, Ante la ley, en el que las puertas están cerradas al extranjero que llega. O eso cree él.

Fotograma de la película El proceso de Orson Welles. Imagen: UFA-Cormacico.
Fotograma de la película El proceso, de Orson Welles. Imagen: UFA-Cormacico.

La biblioteca

Durante mucho tiempo los pocos libros que circularon por América eran libros viajeros, traídos entre el equipaje, las mercancías y los sacos de víveres de las bodegas de los barcos que cruzaron el Atlántico. Hay un texto fabuloso, Los libros del conquistador (Fondo de Cultura Económica) de Irving Leonard, que recoge algunos de los inventarios de los libros de los que se tiene registro en el Archivo de Indias, y donde podemos constatar que la mayoría eran libros eclesiásticos y legales, pero que también había libros de caballerías. El entretenimiento era fundamental, obviamente, y más cuando sabemos que se leía en voz alta, rodeado de oyentes, muchos de ellos analfabetos. El ensayo de Irving Leonard sostiene de hecho que estas lecturas (o escuchas) de los soldados y primeros colonos de América alimentaron el imaginario del nuevo continente. Ante lo desconocido, ante los mapas que se iban dibujando al paso de los conquistadores, los libros de caballerías fueron decisivos en el trazado mental de los nuevos territorios o en la invención de América, como dijo el mexicano Edmundo O’ Gorman. El argumento clásico es la toponimia: que California, por ejemplo, tomó su nombre de una isla aparecida en Las sergas de Esplandián de García de Montalvo, o que unas supuestas amazonas atacaron a Francisco de Orellana y a sus hombres cuando navegaban un río, y por eso el nombre con el que lo bautizaron. En fin: la ficción precedía al territorio, o dicho de una manera más juguetona, los límites de mis lecturas son los límites de mi pensamiento. Pero no hace falta ponerse tan estupendo: los exploradores llamaban a las cosas con lo que conocían, como no puede ser de otra forma, y ahí intervenía la fabulación de las novelas de caballerías, pero también la toponimia de sus tierras de origen, de Medellín a la Nueva Vizcaya. De todas formas, la tesis de Irving está ya cuestionada (la toponimia tomada de la épica era muy grata y muy útil al poder político), aunque la belleza de su teoría es intachable.

Imagen de la Biblioteca Palafoxiana. Puebla, México.
Biblioteca Palafoxiana. Puebla, México. Foto: DP.

Libros religiosos y legales, libros de viajes, de fantasía y de caballerías, como muchos de los ejemplares de la primera edición del Quijote, que viajaron a América a acompañar las tardes de los soldados. De lo que no se habla tanto es de que junto a estos libros impresos (y otros miles manuscritos, de los que apenas tenemos constancia) existían rollos de amate que los sacerdotes mexicas atesoraban en sus templos y lugares de culto, lo que nosotros conocemos a secas como «códices», y que eran de alguna manera los libros de los aztecas. Y digo «de alguna manera» porque estos códices aztecas, a diferencia de los manuscritos mayas, carecen de escritura, y los expertos ni siquiera la consideran ideogramática o logosilábica, como la china, o próxima a los jeroglíficos egipcios. Son, básicamente, pictogramas, ilustraciones, o, si prefieren, narraciones gráficas de la época, pues cuentan una historia. Pues bien, casi todos estos códices, que apenas tenían lectores o descifradores, ya digo, que circulaban casi exclusivamente entre los sacerdotes aztecas y los reyes, serán destruidos y quemados. No debería sorprendernos, por supuesto: de la destrucción de los ídolos de la religión azteca es lógico que se pasara a la eliminación de los signos considerados paganos, contrarios al culto cristiano. Sin embargo, claro, a nuestra mentalidad contemporánea esto le espanta, porque dichos códices no dejan de ser cultura, memoria viva, arte, historia. Libros. Para el hombre de la Edad Moderna, en cambio, enfrascado encima en la llamada Reforma católica que iniciaría Carlos V y que continuaría su hijo Felipe II, la intención cuenta más que el objeto y, por tanto, eran concebidos como señales del demonio, como aparece en muchas de las descripciones de Bernal Díaz del Castillo en su crónica Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. No encendían, en fin, la imaginación de los conquistadores solo los libros de caballerías, sino sobre todo la educación cristiana (sustentada tras décadas de guerra religiosa en la Península). Zumárraga, que había sido «represor de brujas» en su Vizcaya natal, sabía bien lo que hacía cuando mandó quemar en una hoguera pública en 1530 cientos de ídolos y códices aztecas. Décadas después, en 1562, en lo que se llamó el Auto de Maní, un inquisidor en la península de Yucatán, Diego de Landa, mandó quemar ídolos mayas y cientos de códices en un acto tan sagrado para los cristianos como cargado de odio y violencia para los que no lo eran.

Hay siempre en estas ceremonias de destrucción (como las famosas quemas de libros emprendidas por Hitler) rasgos de la distopía, pero también algo de la repetitiva abolición del pasado, como en ese famoso texto de Borges titulado La muralla y los libros, acuérdense, en el que el emperador chino que «ordenó construir la casi infinita muralla china» fue el mismo hombre que «dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él». En un proyecto similar se embarcó Zumárraga: este, en dos operaciones «que de un modo secreto se anulan», emprendió el catálogo de una ambiciosa biblioteca y al tiempo mandó quemar todos los libros paganos, en un empeño absurdo que se repite con terquedad a lo largo de nuestra historia, pues una nueva civilización, para asentar sus cimientos, suele nutrirse de las cenizas de la anterior. Suena lírico, pero es estrictamente descriptivo.

La cocina

Santo Domingo y los albigenses, de Pedro de Berruguete.
Santo Domingo y los albigenses, de Pedro de Berruguete.

Este relato de libros viajeros y libros quemados tiene, sin embargo, un desenlace esperanzador, contrario a esas famosas tesis de la historia de Walter Benjamin, porque aquí al final no late la destrucción, sino la resistencia. Es también donde abandona su ropaje histórico para volverse un drama de personajes y pura conjetura narrativa.

Zumárraga mandó quemar los libros, pero no imaginaba que, décadas después, su ceremonial del odio no provocaría la admiración en muchos de los sacerdotes llegados a propagar la palabra de Dios. Más bien, todo lo contrario.

Siempre me ha fascinado en toda esta historia cómo el personal de recursos humanos que eligió a los primeros mandatarios religiosos para el Nuevo Mundo tenía muy en cuenta sus trabajos para la Inquisición. La experiencia en este campo puntuaba alto, por lo visto. Juan de Zumárraga, sin ir más lejos, había comandado exorcismos en tierras vascas; Andrés de Olmos, el autor de la primera gramática en náhuatl, escribió un tratado de hechicería y sortilegios; Diego de Landa, de quien ya hemos hablado, había trabajado también para el Santo Oficio. En fin, aquellos que habían combatido al demonio con ahínco, tenía más posibilidades de ser reclutados para las Indias, parece.

Sin embargo, los hechos se empeñan en demostrarnos que los dogmas siempre chocan con lo humano, pese a las tesis oscurantistas (y ya cuestionadas) de José Toribio Medina, el autor que dedicó más páginas a la historia de la imprenta en América.

El más famoso de todos estos conjurados contra la cerrazón mental fue, por supuesto, Bartolomé de las Casas, cuyos informes en contra de las violaciones de derechos de los indios, su famosa Brevísima relación de la destrucción de las Indias, condujeron a un debate teológico en Salamanca sobre el alma de los indios que dejó, entre tanta cháchara, el compromiso de un mayor respeto de los encomenderos con los indígenas que trabajaban sus tierras. Y aunque se puede discutir la eficacia de dicha resolución, no se puede negar la aprobación de los primeros documentos legales en defensa de los indígenas: Bartolomé de las Casas consiguió más de lo que nuestro pesimismo quiere reconocer.

Por otro lado, un personaje menos famoso que Bartolomé de las Casas persiguió durante años un proyecto tan ambicioso como necesario: una enciclopedia del Nuevo Mundo, un libro que recogiera, desde la agricultura hasta la religión, las maravillas que encerraban las tierras conquistadas. Su artífice, además, comenzó su trabajo en náhuatl porque operaba a la manera de un antropólogo de la época: recogía testimonios y datos de los indígenas, la mayoría alumnos suyos, a los que entrevistaba y consultaba. Ese libro desaforado, compuesto por doce volúmenes, Historia general de las cosas de la Nueva España, lo comenzó un misionero franciscano, Bernardino de Sahagún, cuya humildad material era inversamente proporcional a su hambre de conocimiento. Y aunque su proyecto quedó inconcluso por culpa, parece, de los recortes de la época en el centro religioso de Tlatelolco, o por las acusaciones , según otras teorías, de apología del paganismo, los tres ejemplares que se conservaron (manuscritos, por supuesto) son la prueba palpable de una fascinación por la cultura mexica que estaba recién empezando.

Otro caso interesante es el antiguo inquisidor Diego de Landa, que consagró varios años al estudio de la cultura maya y a la escritura de una relación pionera en el análisis del sistema matemático y del calendario de esa civilización. Curioso que el responsable de la quema de tantos códices en el Auto de Maní luego investigue con rigor a los que él acusó de paganos y salvajes. O ambas acciones eran compatibles en su fe o siempre hay tiempo para el arrepentimiento, como sabe todo cristiano.

Al final, tal como cuenta el historiador cultural Peter Burke en su libro Renacimiento, todo proceso de hegemonía cultural lidia con formas de resistencia, de desobediencia, de traducción libre y creativa de la aculturación colonial. No hay dominación plana o puramente autoritaria. Jamás. El dominado intenta imponer, en la medida de sus posibilidades, como sabemos desde Gramsci, sus preferencias y sus ideas. Y al igual que los hijos de los caciques indígenas, educados en latín y en castellano en Tlatelolco, usaron la herramienta de la escritura del conquistador, el alfabeto romance, para fijar un conocimiento que de otro modo se hubiera perdido o hubiera costado mantener desde la oralidad (y crearon nuevos códices manuscritos), un puñado de hombres dedicados a la palabra combatieron la estrategia inicial de la tierra quemada y la destrucción. Estudiaron, admirados, los engranajes de la cultura azteca y optaron por preservar ese conocimiento y protegerlo.

Juan Pablos murió en 1560, un año después de que uno de sus aprendices, Antonio de Espinosa, se marchara de su taller y consiguiera una licencia para fundar otra imprenta, la segunda en México. El monopolio terminó, aunque no será hasta 1580 cuando se abra la siguiente imprenta en América, en la ciudad de Lima. Como escribió una vez Manuel Rivas parafraseando a Bulgákov, tal vez se dieron cuenta de que los libros arden mal.

(Gracias a Jesús de Prado Plumed por las sugerencias y la revisión historiográfica meticulosa).

Imagen del códice Borgia. (DP)
Imagen del códice Borgia. (DP)


No se pierdan Wolf Hall, la última joya de la BBC

Mark Rylance en el extraordinario papel de Thomas Cromwell (foto: BBC)
Mark Rylance en el papel de Thomas Cromwell, una de las más brillantes clases magistrales de interpretación de los últimos tiempos (foto: BBC)

Los amantes de las series históricas con hechuras literarias no deberían perderse esta miniserie de seis capítulos producida por la BBC que, al menos según mi gusto, demuestra que la cadena británica sigue siendo capaz de poner el listón muy alto cuando se lo propone. O, en palabras de Colin Callender, antiguo presidente de HBO Films:

Para las audiencias fascinadas por los argumentos moralmente complejos y por los personajes como Tony Soprano o el político que interpreta Kevin Spacey en House of Cards, aquí hay algo bastante maravilloso.

Wolf Hall es la adaptación de dos novelas históricas del mismo título con las que la escritora Hilary Mantel ha obtenido importantes premios en su país, además de un gran éxito de ventas. En realidad se trata de dos novelas que forman parte de una trilogía cuyo último volumen está siendo todavía escrito por Mantel. Se narra el ascenso de Thomas Cromwell en la corte británica (no confundir con su descendiente indirecto, el belicoso y fanático Oliver Cromwell, al que tan bien encarnó Richard Harris en aquella extraordinaria película de 1970). Banquero, abogado y hombre «de múltiples talentos», el taimado Thomas Cromwell se las arregló para reconquistar el favor del rey justo después de haber caído en desgracia. El núcleo de la trama son los manejos con los que Cromwell ayuda a que Enrique VIII obtenga el divorcio de la reina Catalina de Aragón y pueda casarse con su nueva amante, Ana Bolena. Es decir, la serie describe una intriga palaciega clásica en toda regla, con un trasfondo de tragedia humana y dilema moral muy en la onda de Shakespeare o de algunas novelas decimonónicas. Y no, por si se lo están preguntando, esto no se parece demasiado a Los Tudor, por más que transcurran en la misma época y algunos personajes sean los mismos.

En un principio y sobre el papel, el gran aliciente de la serie era ver a Damien Lewis, de Band of Brothers y Homeland, interpretando al rey Enrique VIII con acento británico (Lewis, por si no lo sabían, es inglés). Y efectivamente Lewis cumple, está muy bien en el papel y su retrato de Enrique VIII resulta perfectamente verosímil. Lo mismo puede decirse de la bellísima Claire Foy, quien pese a su aspecto habitualmente angelical se transforma con una facilidad pasmosa en la ambiciosa y retorcida Ana Bolena hasta el punto de parecer otra mujer completamente distinta. Otra que se luce es Joanne Whalley, cuyo digno retrato de Catalina de Aragón —incluido un curioso y supongo que convincente acento español— también ayuda a elevar el nivel medio de las interpretaciones. Lo mismo puede decirse de Anton Lesser en el papel de Tomás Moro, autor del universal libro Utopía, que, como bien sabrán, terminó sus días decapitado por oponerse a los planes de Enrique VIII. O del brillantísimo Jonathan Price, que interpreta al cardenal Wolsey, canciller de Inglaterra que promovió inicialmente la carrera política de Cromwell. Todos estos actores y otros interpretan a personajes con luces y sombras que rara vez están libres de secretos y trapos sucios.

Un reparto fantástico sin duda, pero quien realmente se convierte en la estrella absoluta de la serie y no solamente por tener el papel protagonista sino por su asombroso alarde interpretativo, es Mark Rylance, que encarna al taciturno, enigmático y laberíntico Thomas Crowmell. Su trabajo me ha parecido tan impresionante que no dejo de preguntarme cómo este tipo no era más conocido en el extranjero, pese a que en el Reino Unido ya le habían dado todos los premios habidos y por haber, amén de haber sido durante años director del Shakespeare Globe y ser considerado quizá el actor teatral más importante del país en la actualidad. Pero bueno, si Wolf Hall ha conseguido que muchos nos fijemos en él, en el futuro más gente conocerá su nombre porque va a trabajar próximamente con Steven Spielberg.

El personaje de Thomas Cromwell descrito aquí es, para que se hagan una idea, un hombre hecho a sí mismo. De origen plebeyo, con un pasado tan misterioso como inquietante —intuimos que crímenes incluidos— y una exitosa carrera profesional como prestamista y abogado, Cromwell es un experimentado viajero y superviviente que se pasa un 95% del tiempo guardándose sus verdaderos sentimientos para sí mismo. Esa circunspección resulta beneficiosa en su trabajo, especialmente cuando se convierte en, por así decir, el jefe de la CIA de Enrique VIII. Pero la naturaleza inexpresiva de un personaje hierático no impide que Mark Rylance se las arregle para dotarle de un universo interior que proyecta con sorprendente facilidad. Su expresión ausente quizá les deje un tanto perplejos durante el primer capítulo de la serie, especialmente si han leído las unánimes alabanzas que ha recibido el trabajo de Rylance (alabanzas a las que, como ven, yo mismo me sumo con entusiasmo). Pues bien, cuando termine el sexto capítulo ya no tendrán ninguna sensación de asombro por esas alabanzas. Rylance compone un personaje creíble y complejo con un restringido arsenal y el inexpresivo Cromwell parece cualquier cosa excepto robótico. De hecho, termina siendo uno de los personajes más perceptiblemente humanos de la trama. Por ejemplo, sabemos que es hijo de un herrero que lo molía a palos y que escapó de casa siendo apenas un niño para ganarse la vida en los muelles: pues bien, oculto bajo una gruesa capa de exquisita diplomacia cortesana, Rylance se las arregla para sacar a relucir con enorme sutileza ese pasado callejero. Sus escasos e inesperados momentos de bien medida agresividad o sus miradas repletas de desprecio en plan «no te mato aquí mismo porque no me conviene» son todo un espectáculo. Ver a Mark Rylance interpretando a Cromwell es como ver a Pacino haciendo de Michael Corleone, salvando las distancias entre personajes. Cada pequeño gesto y cada mirada engañosamente distante van ayudando a construir un personaje del que terminamos sabiendo mucho pese a su tendencia a camuflarse bajo una máscara imperturbable. En el último episodio comprendemos muchas de esas miradas vacías y entendemos por qué Cromwell parece estar casi todo el tiempo flotando por encima de cuanto le rodea. La manera en que finalmente se nos revela el complejo sistema de principios de un complejísimo personaje es un hallazgo de guion al que Rylance contribuye con un trabajo maestro.

Además de las grandes interpretaciones y de una ambientación prácticamente inmaculada, Wolf Hall destaca por la destreza de sus guionistas y por sus inteligentísimos diálogos repletos de elegantes elipsis (como no he leído el libro original no sé qué parte de mérito corresponde a la escritora, imagino que mucha). No es una serie con mucha acción, aviso, y tiene un ritmo más bien lento. Tampoco se lo pone fácil al espectador como Los Tudor, más pensada para todos los públicos. Wolf Hall requiere un considerable grado de atención para captar todos los detalles y el significado de todos los diálogos. Pero eso precisamente la convierte en un espléndido entretenimiento: dado que no podrá verla distraídamente mientras masca palomitas o se perderá buena parte de cuanto sucede, la serie le arrastrará a una progresiva inmersión. Además, esos diálogos son tan magníficos y punzantes que difícilmente se echa de menos esa acción. También la dirección y la cinematografía son de primer nivel, incluyendo una iluminación fantástica casi en plan Barry Lindon que convierte muchos planos en auténticos lienzos. El guion también se vale de un juego de flashbacks que confluyen en ese último episodio donde entenderemos unas cuantas cosas sobre Crowmell y que tiene uno de los desenlaces más oscuros e inquietantes que he visto últimamente en una serie de televisión. Precisamente lo sorprendente del final es que cualquiera que haya leído un libro de historia sabe exactamente cómo va a terminar todo el asunto, y aun así, el desenlace de Wolf Hall envuelve al espectador con un inesperado sentimiento de incomodidad y desolación.

Damien Lewis y Mark Rylance ya han comentado que están ansiosos por rodar una continuación a esta serie —que ha sido bastante exitosa en el Reino Unido—, adaptando el tercer libro todavía no publicado. Personalmente creo que una nueva temporada de Wolf Hall sería una de las grandes noticias televisivas del momento. Aunque los seis episodios que existen por ahora se pueden ver como una unidad y tienen un cierre perfectamente redondo, sabemos por los libros de historia que las andanzas de Cromwell y Enrique VIII están muy lejos de haber terminado. Y la BBC parece dispuesta a encargar esa segunda temporada. Por el momento, les recomiendo encarecidamente que le den una oportunidad a Wolf Hall.

nrique y Ana (foto: BBC)
nrique y Ana (foto: BBC)