Buffalo Bill: el hombre que creó el reality show americano

Cartel del Wild West Show de Buffalo Bill. (DP)
Cartel del Wild West Show de Buffalo Bill. (DP)

George Berkeley es un filósofo menospreciado. Ya ni siquiera se encuentra en los planes de estudio españoles. Hace unas décadas tuvo sus minutos de gloria en lo que era 3º de BUP. Con la secundaria y sucesivas leyes, como ocurrió en general con la filosofía, pasó al baúl de los recuerdos de los filósofos menores. Sin embargo, este irlandés del siglo XVIII, que fue también obispo, debería haberse mantenido entre los grandes ya solo por hacerse una pregunta bien fastidiosa: ¿vemos realmente lo que vemos o es una engañifa? ¿Quién me dice que este portátil en el que escribo es un portátil y no otra cosa? Por supuesto, Berkeley era un extremista y para él era imposible conocer nunca nada de forma real. Solo podían existir las percepciones. Es decir, lo que quisieran contarnos. La verdad no existe.

Este artículo no trata de rebatir a Berkeley, sino que ahonda en los principios de este filósofo como máxima de nuestro mundo actual en el que prima la representación. O más bien, la sobrerrepresentación, la narrativa, el relato, que no deja de ser un marco subjetivo de lo real.

Quienes supieron ver antes que nadie qué se podía hacer con el poder de las percepciones fueron los creadores del reality show, de esa recreación de la realidad que nunca podrá ser real. Las televisiones, con sus Grandes Hermanos derivados años después en programas de todo pelaje donde se pueden intercambiar esposas o buscar novias para los hijos —el tufillo machista de todo esto lo dejaremos para otro artículo, no son las creadoras de este tipo de espectáculo. No, aquí hay pocas cosas que se inventen ya. Los creadores hay que encontrarlos en el siglo XIX y uno de ellos fue, además, un vaquero: el icónico Buffalo Bill.

William Frederick Cody, conocido como Buffalo Bill, un hombre con complexión física de leñador y manos de artista, fue un extraordinario cazador de bisontes —de ahí el apodo—, uno de los conquistadores del Oeste norteamericano y también el hombre que creó el show business del wéstern mucho antes de que aparecieran en el cine las películas de John Ford o Sergio Leone. Y, por supuesto, con esta narrativa también dio lugar a otro relato: el de una América construyéndose a sí misma, descubriendo vastas regiones y aniquilando a los pieles rojas. La de esa cruzada entre indios y el Séptimo de Caballería que aún sigue imponiéndose en los cines yanquis (y, por ende, en los europeos): Quentin Tarantino, tras su Django, acaba de estrenar Los ocho odiosos, otra del Oeste.

El escritor y cineasta francés Éric Vuillard (Lyon, 1968), autor de largos como Mateo Falcone, ha sido el encargado de recordarnos quién fue realmente Buffalo Bill a partir de su libro Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill, publicado ahora en español por Errata Naturae y que en Francia fue finalista del Goncourt en 2014. Es un libro extraño porque no solo es una biografía del vaquero, sino también una reflexión acerca del espectáculo que creó a finales de los ochenta del XIX, The Wild West Show, que fue la máxima atracción en la Exposición Universal de Chicago de 1893 —acudían cada día a verlo más de cuarenta mil personas y con un éxito tal que hizo giras multitudinarias por Europa. A Barcelona llegaría un 18 de diciembre de 1889 con gran éxito, según reseñó entonces La Vanguardia. No señores, las grandes cadenas no crearon el reality show.

«El espectáculo nos desposee y nos miente y nos aturde y nos ofrece el mundo en todas sus formas. (…) Y para atraer al público, para provocarle el deseo de acudir en masa a ver el Wild West Show, había que contarle una historia: la que millones de norteamericanos primero y europeos después tenían ganas de oír y que ya oían en el crepitar de las bombillas eléctricas, acaso sin saberlo (…) querían atravesar en su imaginación las Grandes Llanuras, cruzar los cañones del Colorado y conocer la vida de los pioneros», escribe Vuillard acerca del porqué de este éxito. Buffalo Bill consiguió contar la historia que los espectadores querían escuchar. Un relato que no era real pero que podía ser percibido como real. La engañifa del filósofo Berkeley.

Buffalo Bill con los indios del Wild West Show. Foto: DP.
Buffalo Bill con los indios del Wild West Show. Foto: DP.

Pero, ¿cómo llegó el vaquero a todo esto? ¿Y cómo lo hizo? Como cuenta Vuillard, fue un hombre que estuvo en el momento en el que muy pocos están: en el nacimiento de una nación y de los llamados «tiempos modernos». Y supo aprovecharlo. Estados Unidos nacía y a la vez había que contarlo. Y ya no a la manera de la crónica griega: ahora existía el balbuceante espectáculo de masas. Si en el Oeste había batallas entre indios y vaqueros, ¿por qué no llevarlas a un escenario? Y lo hizo tan bien que su gloria tuvo que ver más con el personaje de circo que con su leyenda vaquera. «Buffalo Bill se convirtió en el héroe de su propia fábula», comenta Vuillard por correo electrónico.

Por supuesto, él no creó el show solo. Supo rodearse de tipos listos como John Burke, también llamado Arizona John Burke, que se convirtió en su agente de prensa además de en uno de los creadores de la maquinaria publicitaria que hemos conocido en el siglo XX. «Burke encarnaba mejor que ningún otro el modo en el que el mito americano se ha extendido por el mundo. Inaugura una nueva forma de relato, una propaganda soft, podríamos decir, un maridaje eficaz entre la narración y la ideología. La narración se repite constantemente, pero hay un efecto de espejo: el público reconoce en ella una y otra vez lo que quiere ver, y esa rutina resulta excitante», sostiene Vuillard. Burke como un protopublicista de los anuncios que constantemente vemos ahora por televisión. Espera y verás (en tu canal).

Bill y Burke también sabían que para que su reality funcionara tenía que haber indios, y si estos eran reales y no de cartón piedra (o mexicanos disfrazados), mucho mejor. Para ello qué mejor que contratar al indio por antonomasia: Toro Sentado, el gran jefe sioux que venció en la batalla de Little Big Horn de 1876 en la que el Séptimo de Caballería sufrió una de las mayores afrentas de su historia. Burke fue quien en 1885 negoció con él y finalmente, por «cincuenta dólares a la semana, más un adelanto, dietas, todos los gastos a cargo del productor y, sobre todo, el derecho exclusivo a vender sus fotogafías y firmar sus autógrafos», según desvela Vuillard, Toro Sentado se sumó a la compañía. Dejaba de ser un jefe espiritual para convertirse en un actor de sí mismo. Todo el mundo tiene un precio y el show business lo sabe.

Toro Sentado con Buffalo Bill. Foto: DP.
Toro Sentado con Buffalo Bill. Foto: DP.

A partir de ahí, la locura. Buffalo Bill, chorreando dólares, abandonó a su familia por el negocio (y por múltiples amantes) y llegó a crear su propia ciudad, Cody, en el estado de Wyoming, que aún existe y posee un pequeño museo sobre el vaquero (aunque Vuillard comenta que es demasiado cutre como para visitarlo). También fue uno de los primeros en poner una pica en Europa en lo que al colonialismo cultural norteamericano se refiere. Su Wild West Show, con sus vaqueos e indios, con sus matanzas de pacotilla, se convirtió en un éxito descomunal a principios del siglo XX. «El Wild West Show dio comienzo a una auténtica americanomanía. Internacionalizó el drama yanqui. Pero existían diferentes percepciones del show, que en sí mismo jugaba en diversos frentes. En la zona este de Estados Unidos, las últimas guerras indias son eventos lejanos, que pertenecen al pasado. En las ciudades modernas de la costa, el apache es una imagen arcaica; a menudo se siente una simpatía por los vestigios de aquellas tribus, se las compadece. Ocurre algo similar en Europa. No se quiere percibir la relación entre los culís de imperio y los indios de Buffalo Bill, así se puede sentir hacia ellos una ternura que no compromete a nada», manifiesta Vuillard acerca del paso del espectáculo por el viejo continente.

Ahí observamos varias consecuencias del show: creó una imagen de Estados Unidos, pero ya no solo para los europeos, sino para los propios norteamericanos. Como afirma el escritor, el Wild West Show era algo a tomarse en serio puesto que «sumerge el drama de la colonización americana en una amnesia sin retorno y lo sustituye por una epopeya ruda que puede parecer humana». ¿Una matanza? ¿Un genocidio? No, fue otra cosa porque así nos lo contaron desde un principio, prácticamente desde que tenía lugar.

Es cierto que después llegaron las películas. El propio Buffalo Bill participó en algunas de ellas cuando su carrera de saltimbanqui empezaba a decaer, como recuerda Vuillard, aunque el verdadero éxito del wéstern llegaría con el cine sonoro. Con los John Wayne y compañía. Pero esas cintas no hubieran sido posibles sin el show primigenio porque la imagen que creó, que es nuestro fondo de ojo, llegó para quedarse: «Por más que lo sepamos, durante decenios [los norteamericanos] nos han embutido esa versión de la historia. Es como con la Segunda Guerra Mundial, la representación común de una Alemania motorizada y triunfante es el resultado de la propaganda: antes de la entrada en la guerra de los rusos, la mayor parte de las imágenes que tenemos sale de los estudios de Goebbels», sostiene el escritor. América como puro reality show que acabaría por contaminarlo todo, como décadas después analizaría Guy Debord en su famosísimo ensayo La sociedad del espectáculo. «Debord vio venir la globalización del capitalismo, el momento en el que los discursos teatrales que evocas se disuelven en otra cosa», indica Vuillard.

La historia de Buffalo Bill, no obstante, no acabó bien. Uno de los últimos capítulos de Tristeza de la tierra —ya de por sí el propio título del libro evoca la melancolía, que no es más que una percepción desazonadora de las cosas según las recordamos— se titula «Los príncipes del entretenimiento mueren tristes». En él narra el final del vaquero y cómo sus propuestas teatralizadas ya no se adaptaban al mundo que venía. El espectáculo de masas que él había creado y que habían visto más de setenta millones de personas, se desvanecía. En su último viaje para visitar a su hermana en 1917 caería gravemente enfermo y ya no se recuperaría. La muerte llegó con la puntualidad del día al que le toca a cada uno. Él estaba solo en una habitación. Nadie, ni su mujer, ni sus amantes, ni las miles de personas que le habían aplaudido estaban a su lado. Su leyenda podría seguir viva, pero él ya estaba muerto. Como su espectáculo. De ahí su tristeza, su soledad, su melancolía cuando todo acabó.

«Cuando la grandeza no está asociada a la verdad, es decir, a los demás seres humanos, a la comunidad de seres humanos, no puede acabar bien. La vida no es una sucesión de azares, tiene una lógica, por decirlo así. La melancolía de Buffalo Bill es el síntoma de una bajeza que se ignora o que se esconde», intenta explicar Vuillard. Nada pudiera ser lo que parece, diría el filósofo Berkeley. El vaquero, con la creación de un mundo irreal basado en uno real, siguió la máxima a rajatabla. Pero el reality show, la engañifa burda, no perdura.

Buffalo Bill en 1903. Foto: DP.
Buffalo Bill en 1903. Foto: DP.


El wéstern: notas sobre un género difunto

Escena de Centauros del desierto. Imagen Warner Bros. Pictures.
Escena de Centauros del desierto. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Aunque periódicamente algunos cineastas vuelven la mirada hacia el género norteamericano por excelencia, sin lugar a dudas el wéstern murió tiroteado por el siglo XX. Se agradecen, no obstante, briosos intentos de reanimación tales como los de Joel y Ethan Coen en su personal y respetuoso remake de Valor de Ley (2010) o el emotivo tributo al género de Tommy Lee Jones, en funciones de actor y director, en Deuda de honor (2014). Más controvertida es la exhumación reciente de Quentin Tarantino del wéstern. Si en Django desencadenado (2012) logró pergeñar un delirante, hilarante, violento y abigarrado alegato antirracista, en la interminable Los odiosos ocho (2015) confirma su capacidad para la verborrea incesante y la demencia visual más plúmbeas e insufribles.

En cualquier caso, este retorno a los añejos paisajes naturales, los revólveres raudos, el fantasmagórico acecho de los indios, el tintineo de espuelas, las cantinas y sus tragos contundentes y ásperos, el rítmico y majestuoso cabalgar de los caballos y un lejano etcétera polvoriento nos recuerda que una vez existió un universo (geográfico/temporal/iconográfico) creado justo cuando la realidad se convertía en leyenda mitológica. Así lo certificó el crítico André Bazin: «El wéstern es el encuentro de una mitología con un medio de expresión».

Por su parte, el historiador George-Albert Astre, en su canónico Universo del wéstern, escribe: «El wéstern es una de las pasiones contemporáneas más universales. Los innumerables amantes del cine del Oeste en todo el mundo encuentran en él la materialización de una sorprendente mitología, el desarrollo más o menos suntuoso, más o menos esotérico, de un cierto ceremonial: la celebración de una fiesta ritual en la que se consume, en el reencuentro con la libertad de los grandes espacios, una visión irrisoria de las civilizaciones occidentales».

Y el crítico y guionista Ángel Fernández Santos, en el memorable ensayo Más Allá del Oeste, señala el componente ritual del género:

El cine del Oeste expulsa hacia sus contempladores una impresión de equivalencia con algunas ceremonias sociales muy arraigadas. Esto quiere decir que, desde hace casi un siglo, forma parte de la memoria cotidiana de multitudes humanas, como cualquier ritual de convivencia. Al igual que en estos rituales, en el wéstern, la repetición de un patrón ceremonial preexistente no solo excluye la sensación de variedad, sino que la presupone, ya que la identidad reiterada de cada filme es una parte esencial de su originalidad, una singularidad tanto más difícil de alcanzar cuanto más vulnerables son las leyes a que ha de sujetarse.

Leyenda, mito y ceremonia. El wéstern es a una nación bisoña como la estadounidense lo mismo que La Iliada La Eneida a la cultura grecolatina; los poemas épicos medievales, el ciclo artúrico y las novelas de caballería a la sociedad europea: la necesidad de construir un territorio imaginario y fantástico que, de alguna manera, respete una señas de identidad históricas y comunes.

De esta manera, al marco físico reconocible (a pesar de que en ocasiones se presente de manera abstracta) se une una galería de personajes aferrada al imaginario colectivo y con trasunto real: Wyatt Earp, Doc Holliday, Pat Garrett, Billy the Kid, Buffalo Bill, Wild Bill Hickok, Calamity Jane, Jesse y Frank James, Butch Cassidy, Sundance Kid, los jefes indios Gerónimo, Toro Sentado y Cochise… Asimismo, las coordenadas del género definen unos arquetipos y delimitan el desarrollo recurrente de las narraciones: los duelos entre pistoleros justicieros y su némesis encarnada por bandidos despiadados, la lucha de los colonos por establecerse en el salvaje Far West, la aventura de pioneros y buscadores de oro y prosperidad, las refriegas con las tribus indias o los conflictos entre ganaderos y agricultores. Así pues, a partir de la simplicidad de una literatura de quiosco avant la lettre (Zane Grey o James Fenimore Cooper) por una parte, y de todo un arsenal de relatos legendarios por otra, las películas del Oeste se convirtieron en uno de los géneros más populares de un arte eminentemente popular.

scena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.
Escena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Prueba de ello es que algunos de los estudios apostaron por la producción en cadena de wésterns y, desde los inicios de la industria, un buen número de cineastas se apuntó al pelotón de los especialistas en el género. De los pioneros más audaces, influyentes y brillantes cabe mencionar a John FordRaoul WalshWilliam WellmanCecil B. De MilleAllan Dwan, King Vidor y Howard Hawks.

De igual manera, encontramos a unos actores que supieron encarnar el espíritu del género gracias a unas características físicas y a cierto rictus fatalista acordes con la estética del Far WestJohn WayneJames StewartHenry FondaGary CooperGregory PeckRobert MitchumRichard Widmark y Randolph Scott, principalmente.

Pese a su aparente encorsetamiento, la permeabilidad temática y genérica del wéstern es notable. Amoldado a sus anchuras advertimos la presencia del (melo)drama, la comedia, el thriller, la aventura o el relato gótico. También resulta significativa su capacidad de transmutarse, influir e incluso retroalimentarse. Por ejemplo, Easy Rider (1969) y el subgénero de las buddy movies no dejan de ser wésterns contemporáneo a la manera de Dos cabalgan juntos (1961); Taxi Driver (1976) está concebido como un wéstern urbano con reconocido homenaje a Ford; la saga Mad Max debe al género tanto su iconografía del pistolero errante y abismal como la vibrante planificación de las persecuciones.

Por otra parte, la fascinación por los filmes del Oeste marcó el ciclo samurái de Akira Kurosawa, quien a su vez fue fuente de inspiración para Hollywood. De esta manera, John Sturges versionó Los siete samuráis (1954) con Los Siete Magníficos (1960), mientras que Martin Ritt adaptó Rashomon (1950) en Cuatro confesiones (1964). También la aparición del spaghetti western supuso un revulsivo para la iconografía del género, que se tornó, más si cabe, descarnada, árida, lacónica y letal. A este respecto, la composición de los pistoleros fantasmagóricos de Clint Eastwood debe mucho al «hombre sin nombre» de la trilogía del dólar de Sergio Leone. Personalmente, considero que la única contribución de Leone al wéstern fue esa deuda que Eastwood contrajo con él.

Nacimiento de la épica

El wéstern, en sus primeros balbuceos fílmicos, aparece como documento descriptivo de la vida en el Oeste. Desde 1894 y 1903, las casas de filmación Edison y Biograph realizan una sesentena de filminas documentales que servirán de base al posterior desarrollo y consolidación del género. En cualquier caso, Asalto y robo de un tren (1903), dirigida por el periodista Edwin S. Porter, se considera el primer wéstern de la historia del cine. Porter narra el asalto a un tren, la persecución de los atracadores y la refriega armada entre bandidos y representantes de la ley. Con este simple esquema argumental, las bases genéricas están asentadas. Sin embargo, el crítico Quim Casas, en el ensayo descriptivo El wéstern, subraya la aportación trascendental de Thomas H. Ince:

Incansable e intratable durante el período comprendido entre 1910 y 1925, Ince supervisó o dirigió personalmente cerca de ochocientas películas de distintos formatos, un buen porcentaje de ellas dedicadas al wéstern y ambientadas, por lo general, en la época de los pioneros, colonos y buscadores de oro (…) La capacidad de trabajo de Ince y sus rapidísimos métodos de rodaje le llevarían a construir en solitario uno de los mosaicos wésternianos más complejos de la era silente, apoyado en una poética del paisaje que crearía escuela. Hacia 1913 concibió, con el actor William S. Hart, el personaje de Río Jim, un cowboy de rostro y maneras monolíticos que hizo frente a los otros dos actores emblemáticos del género en esa época de aprendizaje, Gilbert M. Anderson (…) y Tom Mix (un auténtico ranger de Texas que antes de aparecer en una pantalla capturando bandidos ya los había detenido en su trabajo cotidiano).

Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.
Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.

A esta producción pertinaz de wésterns en serie hay que añadirle los cánones narrativos establecidos por David W. Griffith en El nacimiento de una nación (1914). En esta gran producción, que contó con la presencia de John Ford como figurante y de Raoul Walsh como asesino de Lincoln, Griffith marca las pautas sintácticas características del lenguaje cinematográfico clásico y abre las vías para la solidificación del género.

De esta manera, en las décadas de los veinte y treinta del pasado siglo, la industria se afana en la realización de wésterns épicos, epopeyas enmarcadas en paisajes naturales y con el punto de mira argumental centrado en las vicisitudes de pioneros y colonos. La caravana de Oregón (1923), de James Cruze, El caballo de hierro (1924), de Ford, La gran jornada (1930), de Walsh, Cimarron (1931), de Wesley Ruggles, o Unión Pacífico (1939), de De Mille, son ejemplos de la construcción afanosa de la sociedad moderna. Al mismo tiempo, la figura prototípica del pistolero se iba moldeando en espacios fronterizos, silvestres y propicios a la violencia. Gary Cooper en El virginiano (1929), de Victor Fleming, y Fred MacMurray en The Texas Rangers (1936), de King Vidor, demuestran el auge de jinetes justicieros de gatillo precoz. Sin embargo, será el maestro Ford quien, mediante la encarnadura aportada por John Wayne, cree al primer pistolero inolvidable con el Ringo Kidd de La diligencia (1939), además de revolucionar el género con este film, inspirando e influenciando a infinidad de cineastas.

Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.
Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.

La consciencia del wéstern

Salvo en el apartado de la serie B, la Segunda Guerra Mundial conllevó un cierto relajamiento de la producción de films del Oeste. Entre los principales motivos no es el menor el hecho de que la industria se pusiera en pie de guerra propagandística priorizando historias que sirvieran de acicate a la moral de la población estadounidense. Como excepción, William A. Wellman rodó The Ox-Box Incident (1943), sobresaliente crítica a la infame masa cobarde y, como también había hecho Fritz Lang en Furia (1939), alegato en contra de la ley de Lynch.

Después de la guerra, el wéstern se vuelve más reflexivo, dúctil y consciente de sus patrones y posibilidades expresivas. En cierta manera, la contienda bélica oscureció la visión de la violencia y sus trágicas consecuencias. Esta nueva perspectiva sombría y con unas coordenadas morales mucho más ambiguas se aprecia en la mayor parte de los wésterns de Anthony Mann —Winchester’73 (1950), La puerta del diablo (1950), Colorado Jim (1953), El hombre de Laramie (1955), Cazador de forajidos (1957) o El hombre del oeste (1958), de Ford Pasión de los fuertes (1946), Fort Apache (1948), La legión invencible (1949), Centauros del desierto (1956) y El hombre que mató a Liberty Valance (1962) o en Río Rojo (1948), de Hawks.

Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.
Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.

Al mismo tiempo, la llamada generación de la violencia aportó un reflejo virulento de la misma a través de relatos heterogéneos que además insuflaron aires renovadores y enérgicos. En este punto cabe mencionar algunas de las aportaciones al género de Sam Fuller —I shoot Jesse James (1949), Yuma (1957), Forty Guns (1957)Richard Fleischer Arena (1953), Bandido (1956), Duelo en el barro (1959)Don Siegel Duelo en Silver Creek (1952), Estrella de fuego (1960), Dos mulas y una mujer (1969), El último pistolero (1976)Richard Brooks La última caza (1956), Los profesionales (1966) y Muerde la bala (1975)Robert Aldrich Apache (1954), Veracruz (1954), El último atardecer (1961), La venganza de Ulzana (1972).

El género, pues, experimentó una transformación que paulatinamente lo alejaba del primitivismo original. Es así como el wéstern reviste análisis psicológicos, tórridos romances y velada crítica social. Para esta nueva fase del género, los franceses (¡cómo no!) acuñaron el término superwésternSolo ante el peligro (1952), de Fred ZinnemannRaíces profundas (1953), de George StevensJohnny Guitar (1954), de Nicholas RayHorizontes de grandeza (1958), de William Wyler, entre otras.

Por otra parte, acorde con la realidad social norteamericana, el wéstern aborda la revisión sobre la colonización y sus efectos sobre la población indígena. La comprensión del otro marca filmes como las citadas Flecha rota y Apache, El último combate (1964)de Ford, o el panfleto progre Pequeño gran hombre (1970), de Arthur Penn. La mala conciencia no es ajena a la consciencia.

Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.
Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.

La belleza sanguínea del atardecer

En los sesenta, los grandes pioneros del género sufrían la (pre)jubilación forzosa. Los tiempos estaban cambiando y el wéstern empezó a adoptar un rictus nostálgico, cuando no anacrónico. Los directores Andrew Victor McLaglen (hijo del actor fordiano Victor McLaglen) y Burt Kennedy (guionista de Bud Boetticher) intentaron con buena voluntad volver a galvanizar el ajado lejano Oeste. Pero las intenciones honestas no iban acompañadas del talento necesario. Sin embargo, ahí estaba un tipo para iniciar la tarea de demolición del mito: Sam Peckinpah, quien junto al David Miller de Los valientes andan solos (1962), inaugura el crepúsculo irremisible del wéstern con Duelo en la alta sierra (1962). Tiroteará implacablemente al género en Grupo salvaje (1969), La balada de Cable Hogue (1970) y Pat Garrett y Billy The Kid (1973). Y pese a que el wéstern todavía atraía a cineastas (muchas veces alejados de su lenguaje e iconografía) tales como Sydney Pollack en Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), Michael Cimino en La puerta del cielo (1980), Lawrence Kasdan en Silverado (1985) y Wyatt Earp (1993) o Kevin Costner en Bailando con lobos (1990), fue el heredero de los viejos y curtidos clásicos quien disparó la última bala. Clint Eastwood en Sin perdón (1992).

A veces, sin embargo, el espectro del wéstern (re)aparece y nos devuelve aquel nimbado universo legendario. La última vez lo hizo en pantalla pequeña. Con las tres temporadas de la monumental Deadwood (2004-06).

Escena de Deadwood. Imagen: HBO.
Escena de Deadwood. Imagen: HBO.

Veinticinco wésterns para quitarse el stetson

Advertencia: como suele suceder en este tipo de cribas, no están todos los que son pero son todos los que están. La lista, además, y pese a pretender una panorámica amplia y razonable, es personal e intransferible. Manda la entraña.

La diligencia (1939), de John Ford

Con La diligencia, el wéstern llega a su mayoría de edad. Partiendo del relato Bola de Sebo de Guy de Maupassant, Ford inaugura la madurez del género y deja su rúbrica indeleble. La cámara abalanzándose sobre John Wayne para encuadrar al mítico pistolero o la frenética persecución de la tribu india marcan un antes y un después en el wéstern, la filmografía de Ford y la carrera de Wayne.

Dodge, ciudad sin ley (1939), de Michael Curtiz

Pura artesanía del aplicado Curtiz. Este film sobresale en la producción seriada de wésterns por armonizar buena parte de los elementos iconográficos y temáticos del lejano Oeste. La llegada del ferrocarril a tierras inhóspitas, las grandes esperanzas, la construcción de núcleos urbanos como base de la civilización moderna, los nobles pistoleros y los malvados outlaw.

El forastero (1940), de William Wyler

Wyler aportó sentido y sensibilidad, una mirada reposada y reflexiva que le vino bien al wéstern. En este caso, el cowboy Gary Cooper encarna la ecuanimidad enfrentada a la arbitrariedad atrabiliaria y prevaricadora del legendario juez Roy Bean.

Murieron con las botas puestas (1941), de Raoul Walsh

Errol Flynn moldea a un Custer campechano, simpático y extravagante. A su medida. Según parece, en realidad el general fue un botarate inconsciente en toda regla. Walsh exhibe su maestría en las escenas de acción a campo abierto. Aunque los hechos no ocurrieron tal y como los narra el film, para un servidor la batalla de Little Bighorn siempre será la de Murieron con las botas puestas.

Duelo al sol (1946), de King Vidor

El productor David O. Selznick y el director consiguieron fraguar la historia de un triángulo amoroso fatal con trasfondo bíblico. Entre el pasmarote Joseph Cotten y un turbio y retorcido Gregory Peck, la ígnea morenaza Jennifer Jones lo tiene clarísimo, vamos. Ardores de bajo vientre, humedades caliginosas y amor fou entre rocas impávidas. Junto a Pradera sin ley (1955), el mejor wéstern de Vidor.

Cielo amarillo (1948), de William A. Wellman

Espectral, oscuro y desasosegante, Cielo amarillo parte de una historia del escritor W. R. Burnett que narra la escapada a través del desierto de unos forajidos hasta llegar a un pueblo fantasma. Tintes góticos y siniestros para uno de los wésterns más insólitos, misteriosos y magnéticos.

Winchester 73 (1950), de Anthony Mann

Casi como MacGuffin, el robo de un rifle (bien pudiera ser la caza de una ballena blanca) sirve para trenzar una historia errante y aventurera. Stewart compone un personaje que se repetirá en sus siguientes trabajos con Mann: un tipo obcecado, persistente en sus fijaciones y con un contorno moral difuso.

Flecha rota (1950), de Delmer Daves

Primerizo film de la tendencia pacificadora. El jefe Cochise y su tribu dejan de ser una masa amenazante y presta siempre a la batalla. Toman la palabra y tienen sus razones. También su corazón.

Encubridora (1952), de Fritz Lang

El rancho Chuck-a-Luck bien pudiera estar ubicado en Shangai, habida cuenta de que su propietaria es Marlene Dietrich. Un joven llega al tugurio repleto de delincuentes en busca de venganza. Entonces Dietrich, seductora y malévola, se marca el «Get away, young men», y el pipiolo vengativo queda hecho un flan. Una obra maestra heterodoxa.

Raíces profundas, (1953), de George Stevens

El superwéstern por excelencia. A lomos de un inmaculado corcel (tan blanco como el del Cid) llega de la nada un pistolero misterioso (tal es la potencia visual del film que la suspensión de la incredulidad incluso es capaz de pasar por alto el protagonismo del bajo Alan Ladd) que, cual ángel guardián, socorrerá a la población atemorizada y chantajeada por los matones locales. Stevens demuestra su prestante pericia en la plasmación hiperrealista de la violencia. Memorables peleas a puñetazo limpio sin los amaneramientos coreográficos tan en boga en el cine de acción actual.

Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray

Lírica, tórrida, sublime. El romanticismo de Ray en todo su fulgor. Faltan líneas para enumerar sus virtudes y transcribir sus diálogos sin desperdicio. Valga, por lo menos, la mención a la célebre escena de «miénteme»:

Johnny: ¿A cuántos hombres has olvidado?
Vienna: A tantos como mujeres tú has amado.

Ya le gustaría a Tarantino.

Centauros del desierto (1956), de John Ford

Para muchos, entre los que me incluyo, Centauros del desierto no es únicamente el mejor wéstern, sino que es la película (léase en mayúsculas enfáticas). La odisea de un hombre en busca de su sobrina (en verdad, su hija) esconde un abismo obsesivo de odio y venganza. Solo John Wayne podía arrastrar los pies y contonearse lentamente hacia el yermo olvido final. Solo Ford podía filmarlo con tanta dignidad, emoción y belleza.

Seven men from Now (1956), de Bud Boetticher

Otra de las sobresalientes historias de venganzas del wéstern. Seven men from Now pertenece al ciclo Ranown Cycle, en referencia a la productora Ranown, que fundó el actor Randolph Scott. Scott y Boetticher colaboraron en siete filmes de bajo presupuesto pero altísima calidad. El perspicaz Bazin era un enamorado de esta película.

El tren de las 3.10 (1957), de Delmer Daves

Howard Hawks consideraba que el sheriff de Solo ante el peligro (1952) era un llorica y carecía de ética profesional. Siguiendo las reservas del maestro, me inclino por El tren de las 3.10 como representación de la corriente psicológica. Angustiosa espera y congoja general ante la inminente llegada de los bandidos.

Forty Guns (1957), de Sam Fuller

Escrita, producida y dirigida por Fuller, Forty Guns supone uno de los filmes más personales y sugestivos de la filmografía del cineasta. Enérgica, expeditiva, original y con algún toque barroco en su planificación marca de la casa.

Río Bravo (1959), de Howard Hawks

El maestro de la profesionalidad y la camaradería trasladó su concepción del trabajo bien hecho en equipo al wéstern. Después de este film (que versionaría con variantes en 1966 con El Dorado y en 1970 con Río Lobo), mil veces hemos visto en pantalla a un grupo atrincherado y defendiéndose de todo tipo de ataques. Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976) de John Carpenter tal vez sea el homenaje más rendido a Río Bravo.

El hombre de las pistolas de oro (1959), de Edward Dmytryk

La ciudad de Warlock sirve de escenario a una historia de amistad, viejos rencores, antagonismo y redención. Violencia contenida, verbalizada y finalmente resuelta a balazos. En la tensión confrontada de primeros planos se masca la tragedia, que diría un radiofonista futbolero.

El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford

Enésima y última lección insuperable de Ford. Tanto es así que algunos la consideran su mejor obra. Por encima de Centauros… En todo caso, el ocaso del género se inicia con el asesinato de Liberty Valance. Y un apotegma a manera de epítome: «Cuando la realidad se convierte en leyenda, imprimimos la leyenda».

Los profesionales (1966), de Richard Brooks

Desencantados, cínicos, achacosos y con la melancolía corroyéndoles las miradas. Así son estos profesionales que no por ello dejan de hacer bien su trabajo. Brooks firma un wéstern de supervivientes incapaces de tomarse en serio ni a sí mismos. Saben demasiado sobre las derrotas de la vida.

El póker de la muerte (1968), de Henry Hathaway

Como en La noche del cazador, Mitchum interpreta a un predicador atípico en este no menos atípico film del eficaz artesano Hathaway. Mezcla de thriller, suspense, policiaco, El póker de la muerte gira en torno a una mesa de juego y el asesinato de los jugadores. Agatha Christie con sombrero stetson y revólver al cinto.

La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah

Un año después de Grupo Salvaje, Peckinpah rodó este canto triste a un pasado perdido. El público esperaba tiroteos a mansalva y se encontró con esta lúcida balada sobre el desarraigo de un hombre que se refugia en el amor de una prostituta (¡cuántas putas en la vida y en el cine de Peckinpah!). Nada acompaña a la épica, sino más bien a una aceptación resignada de su pérdida y a la añoranza de tiempos míticos (y mitificados) en los que esta era posible.

El día de los tramposos (1970), de Joseph L. Mankiewicz

Trampantojo, farsa de pícaros, comedia dramática, charada. Mankiewicz finge filmar/firmar un wéstern, pero en realidad está rodando otra cosa. El día de los tramposos no es un wéstern. ¡Qué más da! Es un Mankiewicz, y por lo tanto, merece la inclusión en cualquier lista de los mejores.

El juez de la horca (1972), de John Huston

Tal vez no sea un wéstern tan bien construido como Los que no perdonan (1960). Tal vez adolezca de arritmias y caídas de interés, digresiones deshilachadas y cierta desidia formal. Sin embargo le tengo mucho cariño a este excéntrico Roy Bean escu(l)pido por Newman. Como el propio Huston, el juez hace lo que le da la real gana.

La venganza de Ulzana (1972), de Robert Aldrich

Tras Apache y Veracruz, el dúo Lancaster/Aldrich se despide del wéstern con un film que es más mirada al pasado que recreación del presente. La última misión antes de la jubilación merecida está filmada con sabiduría provecta y un escepticismo acumulado con los años al galope persiguiendo indios. Reflexiva y crepuscular.

Sin perdón (1992), de Clint Eastwood.

El último clavo del ataúd. La obra maestra solitaria y final. Otra vuelta de tuerca al discurso fordiano de El hombre que mató a Liberty Valance. La realidad que esconde la leyenda es profundamente sucia, desagradable y soez. El mejor tirador no es el más rápido y audaz, sino el que tiene sangre ofidia e instintos criminales. Eso sí, paciente lector: si ha pensado en decorar su pocilga con el cadáver del amigo de William Munny, le recomiendo que consiga un revólver y olvide los escrúpulos a la hora de apretar el gatillo.

Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.
Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.


Nube Roja, el hombre que derrotó a los Estados Unidos (y II)

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Nube Roja y otros líderes de la Nación Cheyenne. (PD)

(Viene de la primera parte)

Esta es la primera oportunidad que tengo de escribirle desde la gran masacre, y para empezar le diré que siento vergüenza por haber formado parte de aquello. No serviría de nada contarle cómo fue conducida la lucha; me limitaré a decirle que pienso que el oficial al mando debería ser ahorcado. Tras la batalla hubo una escena que espero no volver a ver jamás: a los hombres, a las mujeres y a los niños se les quitaron las cabelleras, se les cortaron los dedos para despojarlos de sus anillos. Se disparó a niños pequeños mientras rogaban por sus vidas. Le dije al coronel que creía que era un asesinato atacar a indios amistosos. Me respondió diciendo: «Dios maldiga a cualquier hombre que simpatice con esos indios». (Carta del teniente estadounidense Joseph Kramer a uno de sus superiores)

Noviembre de 1864. La tétrica noticia corre por las grandes llanuras como un reguero de pólvora encendido: setecientos soldados blancos, dirigidos por el sanguinario coronel John Chivington, han atacado una aldea cheyenne en Colorado. Una aldea pacífica, no involucrada en la guerra que otra parte de la Nación Cheyenne libra contra los blancos. Una aldea teóricamente beneficiaria de la protección estadounidense por efecto de un tratado con el gobierno de Washington. Y aun así, los hombres de Chivington han cometido una carnicería que ha horrorizado incluso a militares que formaban parte de esa misma expedición: en su correspondencia personal y oficial, así como en los informes verbales ante sus superiores, algunos de esos oficiales piden abiertamente que el coronel Chivington sea llevado al patíbulo. Cuando la noticia de la masacre empieza a circular por el país, incluso renombrados enemigos de los nativos —como el antiguo trampero y aventurero de la frontera reconvertido en líder militar Cristopher «Kit» Carson— hablan de la matanza con una mezcla de rabia y náusea:

Lo que ese perro de Chivington y sus sucios sabuesos han hecho en Sand Creek… sus hombres han disparado a mujeres y le han volado los sesos a niños inocentes. Y llamáis a esos soldados «cristianos», ¿no es así? ¿Y en cambio llamáis «salvajes» a los indios? ¿Qué pensará de esto el padre celestial, que nos creó tanto a nosotros como a ellos? Te diré algo: no me gusta un piel roja hostil más de lo que te gusta a ti. Y cuando son hostiles he luchado contra ellos tan duramente como cualquier otro hombre. Pero aún no le he puesto un dedo encima a una mujer o a un niño. Y abomino de los hombres que sí lo hacen.

Incluso Kit Carson, enemigo de los indios en la batalla, se sintió horrorizado por la matanza de inocentes en Sand Creek.
Incluso Kit Carson, habitual enemigo de los indios en la batalla, se sintió horrorizado por la matanza de inocentes en Sand Creek. (PD)

El suceso alcanza tal resonancia que el mismísimo Congreso estadounidense se verá obligado a organizar una comisión de investigación en la que se escucharán testimonios verdaderamente tristes, como el de este soldado que estuvo presente en Sand Creek: «Vi los cuerpos tendidos allí, cortados a trozos, con las peores mutilaciones que yo hubiese visto nunca. Las mujeres despedazadas a cuchillo, sus cráneos pelados, sus cerebros al aire. Gente de todas las edades muerta en el suelo, desde bebés hasta guerreros. ¿Que quiénes los mutilaron? Las tropas de los Estados Unidos».

Si entre los estadounidenses de la época —generalmente poco escrupulosos a la hora de despojar a los nativos de sus tierras e incluso de sus vidas— se produjo tal reacción, cabe imaginar la honda impresión que la noticia causó en las naciones indias. La coalición sioux-cheyenne-arapajoe, ahora en guerra, conoció detalles de aquellos hechos gracias a la llegada de supervivientes de Sand Creek: indios antes pacíficos que tras haber sido testigos de la matanza decidieron unirse a la lucha contra los Estados Unidos.

La masacre era un motivo más, pensaron sin duda los jefes de la coalición, para no desfallecer en su resistencia frente a una invasión blanca cada vez más cruenta. Sin embargo, para librar una exitosa guerra contra los soldados blancos necesitaban enfocar la estrategia bélica de manera distinta a lo tradicional. Los indios de las praderas, cuando se enfrentaban entre sí, estaban acostumbrados a librar guerras efímeras. Como mucho se producían guerras «prolongadas» que no eran sino estados de animadversión perenne entre determinadas naciones que por lo general se manifestaban mediante incursiones fugaces y aisladas a nivel local. Siendo tan escasa su población y disponiendo de un reducido número de guerreros no podían permitirse guerras masivas ni prolongadas, así que habían desarrollado una mentalidad combativa basada en la revancha instantánea. Las partidas de guerra indias solían causar pocas bajas en ambos bandos y estaban más dirigidas al pillaje o a la captura de esclavos que a la exterminación del contrario. Los indios de Norteamérica carecían de estrategia militar a largo plazo.

Y tan primitivas como sus estrategias eran sus motivaciones bélicas, casi siempre puramente coyunturales ya fuesen la disputa de un territorio de caza o la mera revancha por un ataque anterior. Para los indios, la venganza era en principio un casus belli legítimo. Una aldea atacada injustificadamente se consideraba con el derecho e incluso con el deber de vengar la afrenta. En ocasiones se conformaban con saquear a sus enemigos, pero lógicamente también se podía llegar al frío asesinato, especialmente de los guerreros y los líderes rivales. Nube Roja, por ejemplo, nunca fue un hombre particularmente misericordioso y durante su juventud ejecutó más de una venganza con sus propias manos. Un ejemplo: parte del clan donde vivía se rebeló contra el Viejo Jefe Humo (tío materno de Nube Roja, recordemos) mediante el teatral gesto de lanzarle tierra a la cara. Tras la escenita, los rebeldes se escindieron del clan y formaron uno propio con el que comenzaron a atacar las aldeas o campamentos de su antiguo jefe. En una de aquellas incursiones llegaron a matar a otro pariente de Nube Roja, quien tomó buena nota y participó vigorosamente en una partida guerrera destinada a acabar con los rebeldes. En la batalla final, el líder rebelde fue herido en una pierna y quedó sentado en el suelo, incapaz ya de combatir. Nube Roja se dirigió directamente a él. Pese a ver que estaba indefenso, pese a las súplicas que el líder rebelde hacía por su propia vida, Nube Roja le apuntó con su arma a la cabeza y tras pronunciar la frase «todo esto es por tu causa», disparó. Matar a un hombre herido e indefenso fue un gesto inmisericorde, sin duda, pero Nube Roja estaba imponiendo la férrea ley de las praderas. La piedad, pensaba él, quedaba para quienes se la habían merecido y un guerrero que había asesinado a antiguos compañeros de clan no la merecía.

Pero Nube Roja nunca tuvo fama de hombre injusto, más bien al contrario, y por eso logró escalar puestos hasta la jefatura máxima cuando se declaró la guerra a los blancos. Es más: pese a su acerado pasado como guerrero y pese al miedo que su nombre estaba empezando a provocar entre los blancos, Nube Roja no era un líder guerrero arrastrado únicamente por pulsiones de venganza, ni siquiera sabiendo que aquellos blancos trataban de quitarle sus tierras a su pueblo o que acababan de provocar un baño de sangre inocente en Sand Creek (no fue el único de la época, por cierto, aunque sí el más sonado). Nube Roja comprendía perfectamente que la guerra contra los Estados Unidos no podía limitarse a la típica sucesión de golpes de revancha. Los blancos estaban mejor armados, eran superiores en número —aunque la ulterior leyenda propagandística en novelas y películas afirmase lo contrario— y sobre todo eran capaces de reemplazar rápidamente sus bajas con nuevos reclutas, algo que los indios no podían permitirse. Así, aunque los indios preferían las guerras muy breves, Nube Roja sabía que este nuevo conflicto debía ser planificado a medio plazo. También había que elegir cuidadosamente los objetivos para crear en el ejército rival una sensación de desgaste sin compensación. En esto se distinguió de otros jefes indios, quienes pensaban que el hostigamiento a las líneas de suministro y comunicación de los colones estaban poniéndoles en situación de ventaja de cara a una negociación de paz. Nube Roja, por el contrario, sabía que se necesitaba más. Y entendía la necesidad de que sus nuevos objetivos fuesen sobre todo militares: tenían que hacer entender a los soldados blancos que no podrían establecer cómodamente su dominio en aquellas tierras.

Sus ideas fueron escuchadas. En 1865, la coalición india atacó un puesto militar estadounidense llamado Platte Bridge Station. Veintiséis soldados blancos murieron, entre ellos uno de sus comandantes. Esto constituía un golpe tremendo para la sensación de seguridad de los soldados en la región: hasta entonces los indios habían hostigado las líneas de suministros y las caravanas de los colonos, y a los militares porque estaban ejerciendo los militares como escolta. Pero ahora los indios comenzaban a atacar directamente a las guarniciones. La noticia llegó al general Greenville Dodge, responsable de Fort Laramie, el mayor establecimiento militar en esa parte del continente. Él ya había estado considerando planes para detener la intensa actividad india, y ante el ataque de Platte Bridge Station creyó necesario enviar una inmediata expedición de castigo a gran escala. De hecho lo hizo de manera precipitada y sin un verdadero estudio de la situación. Irónicamente, estaba adoptando la misma estrategia primitiva que los indios habían desechado para el conflicto: ir a la batalla como resultado de una venganza automática.

Dos mil seiscientos «casacas azules» —aquel era el nombre que los indios daban a los soldados estadounidenses— partieron de Fort Laramie decididos a apagar la rebelión india. Era la llamada expedición del Powder River, principal operación militar estadounidense desde el comienzo de las guerrillas indias, ahora transformadas en una guerra abierta. Consistía en tres columnas de soldados que se adentraron en los territorios de caza indios de Nebraska, Wyoming y Montana. Los soldados estadounidenses eran superiores en armamento y organización. Muchos de ellos, para colmo, eran veteranos de la reciente guerra civil. Así que Greenville Dodge creía ciegamente en la victoria. Aquel iba a ser el principal error de toda su carrera.

El general Greenville Dodge planeó una operación de castigo que fue desmantelada por la coalición india.
El general Greenville Dodge planeó una operación de castigo que fue desmantelada por la coalición india. (PD)

La primera de las columnas, dirigida por el general de brigada Patrick Connor, fue la única que obtuvo algunos éxitos iniciales. Se internó en el territorio del actual estado de Wyoming y edificó un fuerte (Fort Connor) desde el cual hostigar a los indios de la zona. Connor era un militar despiadado: había tenido un importante papel en otra sangrienta matanza de indios —la masacre de Bear River, donde murieron varios centenares incluyendo a mujeres y niños— y también aquí dio la orden inicial de matar a todo varón indio «de doce años de edad en adelante» aunque, por fortuna, esa orden fue atemperada por un superior, muy consciente del impacto todavía reciente de la masacre de Sand Creek. Pese a la consabida brutalidad de Connor, contó con la inestimable ayuda de algunos exploradores pawnee y omaha, que eran tradicionales enemigos de los sioux. Las debilidades humanas, ni que decir tiene, también se producían en el bando indio. Gracias a aquellos rastreadores, Connor tomó por sorpresa a toda una aldea arapajoe en la batalla de Tongue River, una emboscada que desembocó en una derrota aplastante del clan indio. Sus soldados también consiguieron rescatar a una importante y costosa expedición minera que había estado siendo asediada por los arapajoes en la región.

Pero aquí se detuvo el inicio triunfal de Connor. Aquellos golpes no fueron suficientes para desanimar a los arapajoes, quienes siguiendo las mismas tácticas que la coalición india llevaba empleando desde hacía meses, procuraban dirigir sus ataques sobre todo a los medios de transporte del enemigo. Así, poco a poco, las carretas y monturas de los soldados estadounidenses iban desapareciendo. Pronto los casacas azules tuvieron que moverse a pie, sin suministros frescos y alimentándose con la carne los pocos caballos que todavía les quedaban con vida. Finalmente, la capacidad operativa de la columna de Connor terminó siendo prácticamente nula y las magras victorias iniciales se habían obtenido a costa de un desgaste inaceptable. La misión de Connor concluyó, pues, en total fracaso. Sus tropas, desprovistas de caballos y comida, regresaron al fuerte para refugiarse en espera de ayuda, incapaces ya de hacer frente a los indios en campo abierto.

Las otras dos columnas de la gran expedición del Powder River sufrieron un destino igual o incluso peor. Tras adentrarse en Montana y Nebraska respectivamente, descubrieron que no sabían cómo sobrevivir en aquellas tierras donde los indios se desenvolvían con mucha mayor facilidad. La falta de pastos provocaba la muerte de los caballos (cuando no eran propios los indios quienes mataban o robaban a sus animales). El mal tiempo entorpecía la marcha. La falta de conocimiento del terreno hacía que se perdieran o que diesen vueltas en círculo, algo agotador, especialmente cuando empezaron a verse obligados a ir a pie. Los nativos aparecían, atacaban brevemente y desaparecían; así una y otra vez, dando la sensación de ser como fantasmas a los que no se podía dar caza. Los soldados estadounidenses se desmoralizaron y su voluntad combativa se desplomó. Cuando las dos columnas —o lo que quedaba de ellas— consiguieron reunirse tras experimentar un vía crucis por las praderas, partieron también hacia Fort Connor buscando refugio. Cuando aparecieron allí, parecían, como lo resumiría un historiador, «la tropa más patética que se haya visto jamás en Wyoming».

En resumen: la triple expedición de Powder River, que teóricamente debía finiquitar la guerra con los indios, terminó en un absoluto desastre y provocó la completa desbandada de las tropas estadounidenses enviadas desde Fort Laramie. Fue una victoria india sin paliativos, en tres frentes distintos, y que básicamente había desbaratado la fuerza militar estadounidense en la región. Iniciado el verano de 1866, el Departamento de Interior del gobierno los Estados Unidos pareció reconocer implícitamente su derrota cuando envió a los indios un mensaje en el que invitaba a los jefes de la coalición india a visitar Fort Laramie para firmar un tratado de paz.

Nube Roja tuvo que pensarse mucho si debía acudir a la negociación o no. Algunos jóvenes guerreros muy destacados de su tribu, como el ahora legendario Caballo Loco, se oponían visceralmente a la negociación y consideraban que firmar la paz en aquel momento era precipitado. Pero Nube Roja, como gran jefe que era, tenía que atender a otras razones: por un lado consideraba que la situación militar era lo bastante buena como para intentar forzar un tratado beneficioso. Por otro, aún más importante, la temporada de caza había sido muy mala y a los guerreros les iba a venir muy bien un tiempo de paz para alimentar a los suyos, entre quienes comenzaba a amenazar el hambre. Incluso podrían necesitar para vivir la indemnización de guerra estadounidense —generalmente pagada en bienes— que pudiesen obtener a raíz del acuerdo de paz. Finalmente Nube Roja aceptó negociar, al igual que prácticamente todos los demás jefes participantes en la guerra. En Fort Laramie se produjo un espectáculo sin duda notable cuando numerosos grupos de guerreros indios acamparon en los alrededores mientras sus jefes parlamentaban con el representante del gobierno, E. B. Taylor.

Pero la negociación, que en principio parecía marchar bien, estaba condenada a fracasar desde el principio. Los indios no tardaron en descubrir el doble juego que siempre se practicaba desde el gobierno de Washington, o desde sus diferentes ramificaciones regionales. La prueba de ello no pudo llegar en peor momento: justo cuando los jefes indios estaban en Fort Laramie, apareció una cuarta columna estadounidense. Eran un millar largo de soldados dirigidos por el general Henry B. Carrington, cargados de materiales de construcción y con la evidente misión de erigir un nuevo fuerte en la región. Nube Roja no daba crédito a sus ojos. Al día siguiente le enfureció comprobar que el general Carrington se sentaba en la sesión de negociación como si tal cosa. Nube Roja se negaba a parlamentar con un militar, porque la paz era un asunto entre gobiernos. Para él, la aparición de Carrington y sus hombres era una prueba de que los blancos continuaban empeñados en amenazar a los indios incluso tras haber sufrido una seria derrota. La cosa estaba clara: los estadounidenses fingían negociar la paz mientras se preparaban para continuar la guerra.

Los jefes cheyennes y arapajoes, en cambio, no consideraron tan grave el asunto. Al día siguiente se presentaron ante Taylor y  Carrington para seguir conversando, aunque parecían más dubitativos, como si no estuviesen seguros de querer estar allí. Y Taylor no dejó de notar que Nube Roja se encontraba ausente. Quiso saber dónde estaba. La respuesta que recibió no fue nada halagüeña: Nube Roja, le dijeron, se había marchado para continuar la guerra por su cuenta. Nube Roja ya no quería firmar la paz y los jinetes sioux volvían a cabalgar por las llanuras.

Nube Roja (derecha) junto a su compatriota sioux oglala, el jefe Caballo Americano.
Nube Roja (derecha) junto a su compatriota sioux oglala, el jefe Caballo Americano. (PD)

Aquello era un más que evidente signo de que la guerra iba a continuar, pero Taylor estaba obcecado con obtener un éxito político de aquellas negociaciones y decidió maquillar la situación de cara a Washington. Envió un mensaje diciendo que el acuerdo de paz era inminente y que casi todos los jefes indios de la región iban a firmarlo. Admitía que Nube Roja se había negado a firmar y que había partido hacia las llanuras acompañado de algunos centenares de guerreros, pero que aquello no impedía pintar el triunfal retrato de la paz inminente. En sus parciales informes, Taylor ni siquiera hizo notar el hecho todavía más inquietante de que el puñetazo en la mesa de Nube Roja había sacudido a sus aliados y que, gradualmente, los jefes cheyennes y arapajoes estaban empezando a imitar el ejemplo de los sioux. En sus informes, a Taylor se le olvidó decir que los indios estaban siguiendo masivamente a Nube Roja. Y que el porcentaje de jefes dispuestos a firmar la paz era cada vez menos representativo del conjunto de la coalición.

En Washington compraron fácilmente las mentiras de Taylor. Incluso más ansiosos por obtener rédito político de la paz y también ansiosos por demostrar que se daban las condiciones para finalizar su gran proyecto nacional —el ferrocarril transcontinental—anunciaron a bombo y platillo un inminente tratado de paz. La prensa, con igual despreocupación, vendió felizmente la piel de un oso al que no se había cazado. A nadie en la capital se le ocurrió comprobar si realmente Nebraska, Wyoming o Montana eran ya territorios pacificados. No había comunicación telegráfica entre la capital y la frontera, recordemos, y las noticias llegaban a caballo o en carreta. Y como las últimas noticias decían que los indios estaban comenzando a disgregarse —y era cierto, pero lo hacían para seguir la vieja costumbre de pasar el invierno con los suyos incluso en tiempos de guerra— la ilusión de una paz en el «salvaje oeste» se extendió hasta límites absurdos. El mismísimo presidente de los Estados Unidos, Andrew Johnson, se plantó en el debate sobre el estado de la nación —allí llamado «debate sobre el estado de la Unión»— y se ganó los aplausos de sus ilustres señorías presumiendo de que la guerra contra los indios había terminado.

Pero lejos de allí, en aquellos mismos días en que el presidente alardeaba desde el estrado, estaba sucediendo algo completamente inesperado: contra todo pronóstico y aun habiendo entrado en lo peor del invierno… los indios estaban reapareciendo.

Mientras en Washington se celebraba una paz inexistente, un comando indio dirigido por Caballo Loco atacó un tren de transporte de madera. En otro lugar, los guerreros nativos tendieron una astuta trampa de factura casi napoleónica a la guarnición de un pequeño fuerte, aparentando ser inferiores en número para atraer a los soldados guarnecidos a campo abierto, en donde sufrieron una ominosa derrota. Poco después, la coalición india atacaba por sorpresa Fort Kearny, aquel nuevo fuerte construido a toda prisa por el mismo general Harrington cuya aparición en las negociaciones de paz había provocado la furia de Nube Roja. Los blancos volvieron a caer en la trampa de intentar dispersar y perseguir a unos indios aparentemente escasos que asediaban el fuerte: un contingente de soldados comandados por un fogoso subordinado de Carrington —el capitán William Fetterman— abandonó el fuerte para eliminar a los asaltantes. Y aquellos escasos asaltantes parecieron huir (aunque dejándose perseguir) hasta un lugar predeterminado en donde los casacas azules se vieron repentinamente emboscados por una nube de guerreros comandados por Nube Roja: en la aparentemente vacía pradera, como saliendo de la nada, atacaron los arapajoes y los cheyennes desde un lado y los sioux oglala desde el otro. Los estadounidenses quedaron justo en medio. No hubo piedad. Ninguno de los casacas azules regresó con vida. Pero lo más significativo tuvo lugar tras la batalla: los cadáveres de los soldados blancos fueron mutilados en simbólica imitación de lo sucedido con los habitantes del poblado de Sand Creek. Aquellas mutilaciones de cadáveres pretendían enviar un claro mensaje a Washington: los indios no estaban dispuestos a olvidar. Eso sí, hubo algún detalle sorprendente: el único cadáver que no había sido mutilado era el del corneta Adolph Metzger, inmigrante alemán enrolado en la infantería que había dado grandes muestras de valor durante la batalla, atacando a los indios con su corneta a modo de porra metálica (lo sabemos porque los propios indios lo contaron más adelante). Los indios, en señal de admiración por el evidente coraje del corneta, no solamente habían respetado la integridad de su cadáver sino que lo habían envuelto en una piel de búfalo, gesto de respeto con claros tintes ceremoniales.

En Fort Kearny, extrañados por la ausencia de noticias de los soldados que habían partido persiguiendo a los indios, enviaron un nuevo contingente de tropas en ayuda de la primera expedición. Todo lo que encontraron fue la espantosa imagen de los cadáveres concienzudamente desfigurados. Aquella fue la «matanza de Fetterman», uno de los hechos definitorios de la «Guerra de Nube roja».

Durante varios días, más allá de Fort Kearny, nadie tuvo noticia de la matanza. Menos de una semana después, en la guarnición más cercana —Fort Laramie, a casi cuatrocientos kilómetros— desconocían por completo lo sucedido y mientras una tormenta de nieve azotaba el paisaje, en el interior del fuerte tenía lugar un despreocupado baile navideño donde oficiales y sus esposas lucían sus mejores galas al estilo de cualquier película de John Ford. Pero aquella no sería la imagen más cinematográfica de la velada, porque de repente, irrumpiendo en plena fiesta, apareció un mensajero recién llegado desde Fort Kearny. El soldado presentaba un aspecto lamentable: estaba cubierto por la escarcha, temblando de frío y al borde del colapso por agotamiento tras haber forzado la marcha para cubrir la distancia que separaba ambos fuertes —más o menos la misma distancia que hay entre Madrid y Valencia— en cuatro jornadas a caballo, por la nieve, bajo la ventisca y afrontando un frío inhumano que en ocasiones podía superar los treinta grados bajo cero. Ante la dantesca visión del mensajero, la música cesó y todos se dispusieron a escuchar las malas noticias que el pobre tipo traía desde Fort Kearny: los indios habían reaparecido en pleno invierno contra todo pronóstico, habían masacrado a Fetterman y su tropa, y amenazaban con asaltar directamente el fuerte y diezmar a las pocas fuerzas que le quedaban al general Carrington.

Aunque mucho menos conocido en Europa, el capitán William Fetterman sufrió un desenlace similar al del general Custer.
Aunque mucho menos conocido en Europa, el capitán William Fetterman sufrió un desenlace similar al del general Custer. (PD)

Así, en Fort Laramie supieron no solo que la guerra no había terminado, sino que tendrían que enviar urgentes refuerzos a Fort Kearny. Le preguntaron al mensajero si había visto indios durante su largo camino entre ambos fuertes. El soldado afirmó no haber visto absolutamente a ninguno, pero nadie interpretó adecuadamente aquel hecho: siendo ya legendaria la capacidad de los nativos para hacerse invisibles sin por ello dejar de acechar a sus enemigos, podía pensarse que les había interesado particularmente que las noticias de su ataque fuesen conocidas en Fort Laramie (o de lo contrario, claro, aquel mensajero jamás hubiese llegado a Fort Laramie con vida). Aquella era una idea inquietante que alguien debió haber tenido en cuenta: ¿por qué los indios no se molestaron en evitar que Fort Laramie recibiese el mensaje y enviase refuerzos? Pero en Fort Laramie no se detuvieron más de la cuenta en analizar aquella sospechosa situación o bien se sintieron en la obligación de responder inmediatamente a la solicitud de ayuda. Así que tras haber visto abruptamente interrumpidas sus galas navideñas, un contingente de tropas partió hacia Fort Kearny para ayudar al fuerte supuestamente asediado. No fue un viaje fácil: los soldados de refuerzo tuvieron que hacer el camino inverso al del mensajero, padeciendo las mismas temperaturas dignas de la Antártida. Al menos uno de los hombres murió de frío durante el trayecto. Otros perdieron dedos de los pies por congelación y no pocos enfermaron. Tampoco ellos vieron a ningún indio por el camino y para cuando llegaron a Fort Kearny, los guerreros que teóricamente lo asediaban habían vuelto a desaparecer. Porque los indios, ahora sí, se habían retirado definitivamente a sus respectivos refugios… no sin antes haber atraído a nuevas tropas hacia el inclemente corazón de las praderas, donde iban a ser azotados por lo peor del invierno. A los soldados que llegaron para reforzar Fort Kearny y a los que ya estaban allí les tocaba pasar por un auténtico calvario: con tanta nieve no había pastos, así que perdieron —o se comieron— a casi todos sus animales. Los suministros desde Fort Laramie no llegaban en cantidad suficiente porque el mal tiempo y la dificultad del trayecto hacían casi imposible la asistencia. En sus almacenes empezó a escasear la comida fresca como la fruta y la verdura, así que los soldados, además de enfermar por el frío, lo hacían también por el escorbuto. Los indios estaban ganando una nueva batalla sin necesidad de disparar ni una sola flecha, ni una sola bala de sus escasos y anticuados rifles. Todo lo que habían necesitado era atraer más soldados a Fort Kearny para que el famoso General Invierno, el mismo que había derrotado a Napoleón, demostrase que se había aliado con Nube Roja y los suyos. Una vez más, la astucia india estaba costándoles muy caro a los casacas azules estadounidenses.

Todavía en pleno invierno, a principios de 1867, finalmente, empezaron a llegar a Washington las noticias sobre la intensa Navidad que se había vivido en las praderas: en la capital supieron de la «masacre de Fetterman», del asedio sufrido por el ya destituido general Henry B. Carrington en Fort Kearny, del ataque al tren, etc. Aquello revolvió completamente la percepción que los estadounidenses tenían del progreso colonial en las llanuras. Habían creído que la paz estaba firmada pero ahora se encontraban con lo que solo podía ser calificado como desastre militar. Los periódicos airearon profusamente los inquietantes datos del catastrófico intento de dominar las praderas. Los mensajes triunfalistas del presidente fueron súbitamente ridiculizados por la realidad. Los Estados Unidos estaban perdiendo la guerra. La situación era muchísimo peor que antes del primer intento de firmar un tratado, cuando Nube Roja había salido airado de Fort Laramie.

El gobierno de Washington envió nuevas tropas a Fort Laramie para reforzar la presencia militar en la región, pero a casi ningún oficial con dos dedos de frente se le escapaba que incluso con aquellos refuerzos iba a resultar prácticamente imposible someter a la coalición nativa. Sí, los indios eran poco numerosos y mal armados, y su ejército tenía una organización desestructurada y dispersa. Pero sus tácticas de guerrilla, su conocimiento del terreno y su bravura contrastaban dramáticamente con la aparente indefensión de los soldados estadounidenses en las praderas, desmoralizados por un territorio inclemente y aterrorizados ante un enemigo al que veían como diabólicamente astuto. Por otra parte, a causa de los recortes presupuestarios y de la mala situación que se había heredado de la reciente guerra civil estadounidense, Washington no tenía tantas tropas de refresco como hubiese necesitado para hacer frente a la situación. Los hombres que tenían en las praderas eran casi todos los que podían desplazar a la región en aquel momento… y no parecían bastantes.

No hay invierno que dure por siempre y finalmente llegó la primavera, lo que en principio constituía una buena noticia, al menos para las maltrechas tropas de Fort Kearny. Pero con la primavera no solamente retornaba el buen tiempo; también los indios reaparecieron de donde quiera que hubieron estado ocultos.

Esta vez, la «Guerra de Nube Roja» se dividió en dos frentes. Tras las deliberaciones que sin duda habían tenido lugar durante el invierno entre los jefes indios, las tres naciones habían decidido dividir sus fuerzas. Los cheyennes y los arapajoes atacaron un fuerte en Montana. Mientras, los sioux de Nube Roja lanzaron un ataque supuestamente definitivo a Fort Kearny para intentar desmantelarlo por completo.

Auténtica camisa de Nube Roja, regalada por él a un antiguo militar y hoy expuesta en el museo de Pine Ridge.
Auténtica camisa de Nube Roja, regalada por él a un antiguo militar y hoy expuesta en el museo de Pine Ridge.

Sin embargo Nube Roja se topó con un obstáculo que no podía haber previsto. En aquellos tiempos la tecnología armamentística progresaba a velocidad de vértigo y los soldados blancos disponían de un arma temible: el nuevo rifle Springfield, que había llegado con los refuerzos enviados por Washington, era más fácil de recargar, podía disparar más balas en menos tiempo y era un arma que básicamente multiplicaba por diez la capacidad de resistencia de los soldados guarnecidos en un fuerte. Gracias al Springfield, el ataque a gran escala de Nube Roja fue firmemente rechazado: los sioux se vieron envueltos en una lluvia de balas y se dieron vuelta rápidamente cuando comprendieron que la potencia de fuego de los defensores resultaba ahora prácticamente infranqueable. Pero Nube Roja se caracterizaba por extraer lecciones incluso de sus fracasos: supo que, pese a su plan inicial, ya no debía atacar directamente las guarniciones militares. Era hora de retornar a las viejas tácticas: atacar las caravanas y los convoyes de transporte que estaban facilitando la colonización minera a través del llamado «camino de Bozeman», el mismo que conducía directamente al oro de Nebraska. Quizá los soldados tenían mejores armas ahora, pero ya no eran suficientes para cubrir todos los frentes. Los sioux de Nube Roja, a quienes no se les había escapado la importancia que los blancos concedían al ferrocarril, volvieron nuevamente sus ojos hacia el «caballo de hierro». Con un fabuloso sentido de la oportunidad, Nube Roja dirigió un exitoso ataque sobre un tren de la Union Pacific que hizo saltar todas las alarmas en Washington. La importantísima conexión este-oeste, clave para la consolidación de los Estados Unidos como potencia internacional, podía pender de un hilo si los sioux continuaban asediando el ferrocarril.

Pero si decidían enviar tropas a proteger las vías de tren, tenían que descuidar la vigilancia en el «camino de Bozeman», porque ya no disponían de soldados suficientes para garantizar la seguridad en ambos frentes. Los indios, en cambio, utilizaban tácticas guerrilleras que les permitían estar en todas partes con muchos menos guerreros disponibles. Así que la providencial aparición del rifle Springfield bien pudo haberle dado un giro a la guerra en otras circunstancias, pero para entonces la situación psicológica en Washington ya había cambiado del ciego triunfalismo de la Navidad anterior al sentimiento de que se encontraban en la antesala de un desastre. Los informes de los militares no ayudaban a mejorar los ánimos: resultaba más difícil de lo previsto enviar nuevos refuerzos para cubrir las numerosas bajas causadas por la coalición india. Los comandantes advertían de que, de seguir así las cosas, apenas se podía contar con el ejército como no fuese para agazaparse en sus fuertes, utilizando sus modernísimos rifles para disuadir a los indios de atacar las guarniciones directamente, pero poco más. Y aunque salieran a campo abierto para enfrentarse directamente a los indios, o bien protegían el ferrocarril, o bien protegían la carretera Bozeman que estaba facilitando la colonización de Nebraska y aledaños. Una de las dos cosas iba a perderse. Si es que no se terminaban perdiendo las dos.

El presidente, sus asesores, el congreso… todos temían un cataclismo. Washington no tenía muchas opciones. O dedicaban ingentes recursos —que no iba a resultar fácil reunir— a intentar darle la vuelta a una guerra que podía alargarse varios años más, ahogando el crecimiento de la nación, o intentaban firmar de nuevo la paz, pero esta vez otorgando a los indios casi todo lo que estos pidieran. Desde que Nube Roja abandonó las anteriores negociaciones de paz, la coalición nativa había tenido todo a su favor. Resultaba evidente que no iban a ceder. Era la primera vez desde la llegada de los blancos al continente en que los indios se encontraban en una posición más fuerte para negociar una paz.

Firmas (marcas en forma de cruz) de los jefes indios en el Tratado de Fort Laramie.
Firmas (marcas en forma de cruz) de los jefes indios en el Tratado de Fort Laramie. (PD)

Washington envió una nueva propuesta de diálogo, aunque hacer llegar el mensaje costó lo suyo porque en Fort Laramie y alrededores no se conseguía encontrar hombres dispuestos a adentrarse en territorio sioux. Nadie se atrevía a llevarle personalmente el mensaje a Nube Roja. Cuando finalmente encontraron un voluntario, pese a todo, este entregó el mensaje y regresó con vida. Con vida y con una respuesta de Nube Roja.

Esta vez, el gran jefe sioux quería imponer varias condiciones antes de siquiera sentarse a parlamentar. No negociaría nada al menos que los soldados abandonasen los tres nuevos fuertes que se habían erigido en sus territorios, Fort Kearny incluido. Ese era un requisito sine qua non para que se dignase aparecer de nuevo por Fort Laramie.  Washington aceptó, así que los casacas azules abandonaron sus fortificaciones: tardaron apenas unas horas en saber que los sioux les habían vigilado estrechamente para comprobar que efectivamente se marchaban; los soldados estadounidenses vieron humaredas en el horizonte, señal de que los fuertes ahora vacíos estaban siendo reducidos a cenizas por los indios. El abandono de aquellos fuertes era una renuncia territorial sin precedentes en el imparable avance de los Estados Unidos a costa de las naciones indias. Después de tres años de conflicto, la coalición india había derrotado a la potencia emergente de más rápido crecimiento en todo el planeta. Y Nube Roja, su principal líder, era el primer jefe indio que verdaderamente podía afirmar que le había ganado una guerra a Washington. Sería el último.

La tensión en Fort Laramie se mantuvo durante meses, porque aunque algunos jefes iban apareciendo para negociar la paz, Nube Roja no daba señales de vida. Nadie podía afirmar si estaba esperando para comprobar que no llegaban nuevas tropas a la región, o si sencillamente estaba planeando una prolongación de la guerra. Pero resultó ser la primera opción: Nube Roja no quería precipitarse y tardó bastante tiempo en aparecer por Fort Laramie, donde se lo esperaba ansiosamente. Cuando finalmente se dejó caer por allí, ya sabía que los blancos no habían hecho ningún intento por volver a avanzar en sus territorios. Sabía que tenía todas las cartas a su favor. De todos los jefes indios presentes fue nuevamente el más duro a la hora de negociar. Únicamente cuando se le garantizó la creación de una muy amplia reserva india en cuyo territorio no podría entrar ningún hombre blanco sin permiso expreso de los indios, aceptó a firmar unos papeles que no podía leer pero en cuyo contenido confió con una ingenuidad casi infantil, algo sorprendente en un guerrero tan experimentado y astuto. Y es que también los blancos tenían sus astucias. Nube Roja era un hombre de honor: bien sabía que los blancos nunca cumplían sus promesas y sin embargo, pensó que aquella victoria tal vez había cambiado la situación.

Después de firmar el tratado junto a otros muchos jefes indios, Nube Roja se retiró a vivir a la reserva, decidido a dejar atrás una vida marcada por las constantes guerras. Estaba cansado de luchar. Había vencido a los estadounidenses y pensaba que había obtenido para su nación un territorio inviolable en donde los sioux pudieran vivir en paz, cazando búfalos, rindiendo culto a sus espíritus y criando a sus hijos según sus propias costumbres.

Los blancos, que son cultivados y civilizados, me han engañado. Y soy fácil de engañar, porque no sé leer ni escribir. (Nube Roja)

Nube Roja no tardó en descubrir que había sido engañado. El tratado de Fort Laramie contenía cláusulas que le habían sido leídas de manera interesada (y que, aun sabiendo leer, estaban redactadas con la malicia y ambigüedad propias de los abogados gubernamentales; puede leerse el texto completo, en inglés, en este enlace). No sabía leer, pero la realidad habló por sí misma de las malas intenciones de sus antiguos enemigos. Por ejemplo, en una práctica habitual de Washington, se habían incluido en la reserva sioux territorios ya pertenecientes a otras naciones indias. De repente, los sioux se encontraban metidos en otro conflicto territorial, esta vez contra sus hermanos de raza. También resultó que el tratado, en realidad, daba manga ancha para que los representantes del gobierno se estableciesen en las reservas… y según la sinuosa y ladina redacción del tratado, prácticamente cualquier blanco podía ser considerado un «representante del gobierno» por el mero hecho de ser designado como tal. El resultado fue que el acuerdo, tal como había sido explicado a los jefes indios en término simples —y tal como ellos creían haberlo firmado— empezó a ser vulnerado repetidamente. La anhelada paz en la reserva empezó a tornarse insostenible: los Estados Unidos habían estado ganando tiempo para recuperarse, simplemente, y los sioux se sentían cada vez más decepcionados y enfurecidos.

Menos de una década después de la firma de ese Tratado de Fort Laramie, en un ambiente ya claramente prebélico, Nube Roja acudió a Washington en un último intento por detener un nuevo derramamiento de sangre. Y como narrábamos en la primera parte, se sintió decepcionado e incluso insultado por la frialdad de los políticos, incluyendo al presidente, con quien conversó personalmente (y con brevedad). Viajó a Nueva York y dio aquel discurso con el que comenzamos la narración y que fue el último intento, a la desesperada, de hacerse oír ante los blancos. Washington no cedió y los pocos defensores comprometidos que la causa india tenía entre los estadounidenses tampoco consiguieron mucho más. No se pudo evitar la guerra. En 1876, tras siete años de precario alto el fuego y constantes transgresiones estadounidenses, los sioux —liderados por guerreros de la siguiente generación— volvieron a rebelarse ante la invasión blanca. Pronto se sumaron sus antiguos aliados cheyennes. Estallaba la Gran Guerra Sioux, comandada por Toro Sentado y Caballo Loco. Ahora ellos eran los grandes jefes.

Cuando era joven, era pobre. Durante las guerras contra otras naciones luché en ochenta y siete batallas. En ellas me hice un nombre. Por ellas me eligieron jefe de mi nación. Pero ahora soy viejo y deseo la paz. (Nube Roja)

Toro Sentado intentó, sin éxito, volver a derrotar a los Estados Unidos después de que Nube Roja buscara ansiosamente una paz imposible.
Toro Sentado intentó, sin éxito, volver a derrotar a los Estados Unidos después de que Nube Roja buscara ansiosamente una paz imposible. (PD)

Nube Roja no participó en una nueva guerra donde los sioux perdieron lo que con él habían ganado. Pese a victorias tan sonadas como la batalla de Little Big Horn (la misma en la que el célebre Séptimo de Caballería del general Custer fue aniquilado hasta el último hombre) los indios ya no pudieron inclinar de su lado la balanza. El desgaste humano y material terminó erosionando su capacidad combativa. Varias malas cosechas y la incompatibilidad entre dedicarse a la caza o a la guerra contra los Estados Unidos hicieron que el alimento escaseara en los poblados indios. La moral de los nativos cayó en picado cuando comprobaron que los suyos empezaban a pasar hambre. Primero se rindieron los cheyennes. Más tarde el jefe sioux Caballo Loco fue arrestado (murió en circunstancias muy poco claras, recibiendo un bayonetazo cuando supuestamente intentaba escapar de su cautiverio). Finalmente, el último gran jefe sioux que todavía resistía, Toro Sentado, se rindió también cuando la situación de su gente era ya desesperada a causa del hambre y la escasez. Toro Sentado se había creado una enorme reputación entre los blancos, muchos de los cuales le respetaban pese a haber sido un enemigo. Demostró siempre una voluntad integradora e incluso adoptó como hija a la legendaria tiradora blanca Anne Oakley, tras bautizarla con un simpático nombre que venía a significar «la pequeña con un disparo certero». También aceptó formar parte del curioso espectáculo de Buffalo Bill y no rechazaba la convivencia con los blancos, un sueño utópico que venía manteniendo incluso desde los tiempos de la guerra. Sin embargo, también Toro Sentado murió en extrañas circunstancias cuando se negó a ser arrestado ilegalmente, sin la presencia del agente de asuntos indios de la región. Poco importó que no llevase un arma encima. Su buena predisposición fue recompensada con un disparo en el pecho.

Así pues, la resonante victoria de Nube Roja duró apenas una década. Sobrevivió a Toro Sentado y a Caballo Loco, legendarios jefes más jóvenes que él. También sobrevivió a su propio país. Tras la derrota sioux, vio como la reserva era reducida a una minúscula fracción de lo que había sido su Gran Nación. Vio como a los suyos se le les daban territorios escasos, dispersos y poco fértiles. Vio como los indios dependían ahora casi completamente de los suministros gubernamentales de Washington, repartidos mediante aquella corrupta red de agencias indias que tantas y tantas veces había denunciado en el pasado. Pese a todo, Nube Roja nunca cejó en el intento de obtener beneficios para los suyos: de camino a su vejez se convirtió en un astuto político, incluso llegó a «convertirse» al catolicismo —más bien se dejó bautizar— en 1884 porque pensaba que así sería más fácil negociar con los blancos, ya que muchos de los principales defensores de los indios pertenecían a asociaciones religiosas (Toro Sentado hizo el mismo paripé, aunque parece que sí hubo conversiones sinceras como la del jefe Ciervo Negro).

No consiguió gran cosa, pese a sus esfuerzos constantes. Cuando llegó el cambio de siglo, la Gran Nación Sioux era solamente un remoto en la mente de aquel anciano indio que ahora estaba prácticamente ciego. Aun así, al igual que Toro Sentado, nunca mostró desprecio o acritud hacia los blancos en general. Durante sus últimos años, uno de sus grandes amigos fue un antiguo militar estadounidense: el capitán James Cook. Cuando notaba próximo el fin, dictó para Cook una afectuosa carta instándole a quedarse con varios recuerdos suyos (como ropa personal o su pipa ceremonial con su respectiva bolsa, una posesión muy simbólica e importante para los sioux). Entre esos objetos estaba un retrato al óleo que un estudiante de arte había hecho de Nube Roja. El viejo jefe insistía en que Cook conservara el cuadro para que los hijos de ambos pudieran contemplar «el rostro de uno de los últimos jefes que vivieron antes de que los hombres blancos vinieran y nos expulsaran del antiguo camino que veníamos recorriendo desde hacía cientos de años».

Nube Roja, Mahpíya Lúta, el único jefe indio que ganó una guerra a los Estados Unidos de América, murió en 1909 poco antes de cumplir los ochenta años. Fue enterrado según dicta el rito católico en el cementerio de Pine Ridge, bajo una losa blanca presidida por una cruz cristiana. Aún hoy su tumba es un lugar de peregrinación donde se dejan banderas o pequeñas piedras de recuerdo. Actualmente, Red Cloud es el apellido legal de sus descendientes directos: en julio de este mismo años 2013, por ejemplo, ha fallecido a los noventa y tres años Oliver Red Cloud, su bisnieto y jefe de la «nación sioux» desde 1977.

Dos décadas después de la muerte de Nube Roja, cuando las guerras que él protagonizó formaban parte —convenientemente embellecidas— no solo del folclore estadounidense sino de la cultura popular internacional, los jefes indios seguían alzando su voz aunque ya nadie estaba dispuesto a escucharles. Durante mucho tiempo la literatura, el cine y la televisión estadounidenses (y por ende, las de sus imitadores a lo largo del globo) falsearon la historia y retrataron a los indios de Norteamérica como meros salvajes empeñados en cortar cabelleras —costumbre, por cierto, introducida por los europeos— y en asaltar sin motivo a los plácido granjeros blancos. Hoy conocemos mejor la verdad: sus tierras les fueron arrebatadas mediante una larga cadena de agresiones, tratados vulnerados, promesas incumplidas y por aquella barbaridad genocida llamada el «Destino Manifiesto», la idea de que los Estados Unidos tenían necesariamente que extenderse de una costa a otra de Norteamérica, buscando su lebensraum sin importar que prácticamente todas las tierras de aquel continente perteneciesen a otras naciones. Como decía amargamente una declaración del Gran Consejo Indio de 1927, apenas dos décadas tras la muerte de Nube Roja:

La gente blanca, que está intentando modelarnos a su imagen y semejanza, quieren que seamos eso que llaman «asimilados», quieren integrar a los indios en la mayoría, destruir nuestra manera de vida y nuestros patrones culturales. Creen que deberíamos estar contentos como aquellos cuyo concepto de la felicidad es materialista y avaricioso, lo que difiere mucho de nuestra forma de ser. Pero queremos ser libres del hombre blanco, más que estar integrados. No queremos ser parte del sistema, queremos ser libres y educar a nuestros hijos según nuestra religión y según nuestras costumbres. Queremos ser capaces de cazar, pescar y vivir en paz. No queremos tener poder, no queremos ser congresistas o banqueros… queremos ser nosotros mismos. Queremos conservar nuestra herencia, porque somos los propietarios de estas tierras y porque a estas tierras es a donde nosotros pertenecemos. El hombre blanco dice que existen libertad y justicia para todos. Ya hemos experimentado esa “libertad y justicia”… lo cual ha conseguido que hayamos sido exterminados casi por completo. No lo olvidaremos.

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Nube Roja. (PD)


Nube Roja, el hombre que derrotó a los Estados Unidos (I)

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«Nos hicieron muchas promesas, más de las que puedo recordar. Pero jamás cumplieron ninguna de ellas, excepto una: nos prometieron que nos quitarían nuestras tierras… y nos las quitaron»

Nebraska, 1837. La atmósfera está muy agitada en un poblado indio, habitado por los sioux oglala. Los habitantes del poblado están planeando un ataque. Quieren vengar la muerte de uno de sus jóvenes a manos de los indios pawnee, enemigos ancestrales de los sioux. Varios hombres curtidos en mil batallas han sido escogidos para la peligrosa tarea y se están discutiendo los detalles de la inminente expedición. Todo parece preparado para que a la mañana siguiente partan cabalgando hacia la batalla.

Pero en plena reunión se presenta un voluntario inesperado, que apenas tiene edad para hacerse llamar «hombre». Bullendo de excitación, el joven huérfano Nube Roja se ofrece para combatir a los pawnee. Tiene solamente dieciséis años pero insiste en formar parte del comando, causando el asombro de todos los presentes. El asombro o incluso el enfado, como puede deducirse de la ruidosa oposición que la ocurrencia provoca entre sus hermanas mayores y demás féminas de su familia. Casi histéricas, reprenden a Nube Roja e intentan convencer a los guerreros más experimentados para que desatiendan la alocada petición del muchacho. ¿Qué demonios le pasa por la cabeza a ese chiquillo inexperto? ¡No está preparado para una misión semejante! Debería empezar con tareas más sencillas antes de lanzarse de pleno en un ataque directo contra los pawnee. Y aunque las mujeres protestan airadamente, Nube Roja sigue en sus trece. El paisano a quien han matado los pawnee es su primo y él quiere estar allí cuando sea vengado. Todos en la aldea conocen el carácter competitivo e indómito de Nube Roja. Todos saben que desea ser un guerrero por encima de cualquier cosa, motivado por diversas razones. Una de las más importantes: guerrear es una de las pocas opciones que tiene el jovencísimo Nube Roja para hacerse un nombre entre los sioux. Su difunto padre no fue un oglala, y esto es algo que desvirtúa su linaje y supone un obstáculo a la hora de labrarse un futuro en la élite sioux. Aún peor, su padre fue alcohólico —lo mató la bebida— y esto es un motivo de vergüenza para la familia.

Los guerreros dudan, pero finalmente deciden que no son quienes para impedir que Nube Roja ayude a vengar a su primo. Y Nube Roja no cabe en sí de gozo: irá a combatir a los pawnee. Va a ser un guerrero.

Pero el día del ataque —muy temprano, cuando los guerreros se reúnen ante las angustiadas miradas de sus familiares— Nube Roja no da señales de vida. No ha aparecido. «Bueno», deben de pensar los demás guerreros, «era de prever que el muchachito se echase atrás en el último momento». Nadie le pidió a Nube Roja que acudiese a la batalla y ahora va a quedar como un cobarde. Esta retirada a última hora pueda convertirse en un imborrable estigma en su ahora improbable futuro. Los guerreros han esperado suficiente. Ya se han despedido de sus familiares, es hora de partir. Los caballos empiezan a caminar.

Súbitamente, un rumor crece entre la gente y se empiezan a escuchar excitadas voces:

—¡Ahí viene! ¡Ahí viene!

Los guerreros se giran, extrañados por el tumulto. Preguntan «¿quién viene?». La gente responde: «¡Nube Roja! ¡Nube Roja está viniendo!». En el último minuto, el jovencísimo aspirante a guerrero aparece cabalgando sobre un caballo ornamentado  con las plumas reservadas únicamente para las monturas de los guerreros.

Nube Roja se había dormido.

Ahora se dirige hacia su primera batalla. Horas después regresará convertido en uno de los héroes de la triunfante expedición de venganza. Además de matar a cuatro pawnee, los guerreros sioux se han apoderado nada menos que de cincuenta caballos del enemigo. El propio Nube Roja ha tenido el arrojo de hacerse con algunas monturas por sí mismo. El muchacho piensa que lo ha conseguido: por fin es un guerrero. Y la guerra marcará su destino durante las siguientes décadas.

Nube Roja visitó Washington para intentar razonar con el presidente Grant. Fue un intento inútil.
Nube Roja visitó Washington para intentar razonar con la Casa Blanca. Fue un intento inútil y le ofendió la fría actitud de los políticos estadounidenses.

Cuarenta años más tarde, en 1876, un distinguido visitante se dispone a hablar en el estrado del prestigioso colegio universitario Cooper Union de Nueva York. Tiene cincuenta y cinco años, la piel cobriza y marcada por las profundas líneas que son como la crónica de una intensa vida en las praderas. El hombre que se dispone a hablar exhibe una expresión severa, poco habitual entre los despreocupados rostros de la burguesía neoyorquina que han acudido para verlo; su aspecto, aunque ligeramente acondicionado para la ocasión, es ciertamente una visión extraordinaria entre los grandes edificios de la Gran Manzana. Ese hombre es Nube Roja, aquel adolescente que quería convertirse en guerrero. Ahora uno de los más importantes líderes de la Gran Nación Sioux y también uno de los más indomables combatientes nativos a los que se haya enfrentado jamás el gobierno de Washington. Poco queda del alocado muchacho que se durmió el día de su primera batalla. Ahora es un hombre que lo ha visto todo y lo ha vivido todo. Está revestido de un aura solemne: el aura de una leyenda. Él ha doblegado a los destacamentos del ejército estadounidense en territorio sioux. Su renombre era tal que en las praderas el ejército estadounidense no podía encontrar voluntarios ni siquiera para enviarle mensajes, tan aterrorizados estaban los hombres blancos ante la idea de personarse ante él. Y ahora la Gran Nación Sioux le ha elegido para representar a su país en unas infructuosas negociaciones con los Estados Unidos de América. Ha venido a Nueva York invitado por una minoría de blancos defensores de los derechos de los indios, intelectuales y reformistas que tratan de solidarizarse con su causa. Con su impresionante y exótica estampa, inmóvil ante un expectante público y una nutrida representación de la prensa local que ha acudido para cubrir tan singular evento, Nube Roja habla por medio de un traductor para todos aquellos hombres blancos que quieran escucharle:

Hermanos y amigos míos que hoy estáis ante mí: Dios todopoderoso nos creó a todos. Él está aquí para bendecir lo que tengo que deciros. El Buen Espíritu nos creó a ambas razas. A vosotros os dio tierras. A nosotros nos dio tierras. Vinisteis a nuestras tierras y os respetamos como a hermanos. Dios todopoderoso os creó, pero os hizo blancos y os dio ropas con las que vestiros. Cuando nos creó a nosotros, nos hizo con la piel roja y también nos hizo pobres. Cuando llegasteis por primera vez, nosotros éramos muchos y vosotros erais pocos. Pero ahora vosotros sois muchos y nosotros somos cada vez menos. Quizá no sabéis quién ha aparecido hoy aquí para hablaros: soy un representante de la raza americana originaria, la primera gente que habitó este continente. Somos buena gente. No somos mala gente; las noticias que escucháis acerca de nosotros han sido elaboradas por una de las partes interesadas, pero nosotros siempre estuvimos bien dispuestos. Aquí os dicen que somos unos ladrones, y esto es falso. Os hemos dado casi todas nuestras tierras. Y si tuviésemos más tierras, estaríamos muy felices de entregároslas también. Pero no tenemos nada más que entregaros. Nos han encerrado en una franja de tierra diminuta. Y queremos que vosotros, como mis queridos amigos que sois, nos ayudéis frente al gobierno de los Estados Unidos.

El público, formado como decimos por simpatizantes de la causa india, escucha en conmovido silencio la voz del gran jefe sioux. Quién sabe si Nube Roja ve en este discurso la última oportunidad de alcanzar una solución pacífica. Una solución pacífica en la que probablemente ya no cree, si es que alguna vez ha creído. Porque el líder sioux acaba de llegar de Washington, donde ha viajado para reclamar al gobierno estadounidense que permita a los sioux permanecer en las pocas tierras que todavía pueden llamar suyas. Pero su visita a la capital estadounidense ha resultado frustrante. Ha estado en la Casa Blanca y ha conversado brevemente con el presidente Ulysses S. Grant —al que los indios, con su escrupulosa etiqueta caracteristica, llaman «el Gran Padre»— y le ha ofendido que Grant le ofreciese veinticinco mil dólares a cambio de que acepte llevar a los suyos a una pequeña reserva. Le ha ofendido todavía más descubrir el verdadero contenido del tratado de Fort Laramie, el documento que Nube Roja firmó en las praderas con los representantes blancos para terminar una guerra en la que los guerreros sioux —bajo su liderazgo— habían estado poniendo en jaque a las guarniciones militares de Montana y Wyoming. Teóricamente aquella había sido una sonada victoria para los indios sioux. Pero cuando en Washington le leen a Nube Roja lo que de verdad está escrito en el tratado, el legendario jefe no puede creer lo que oye.

Nube Roja no sabía leer. En Washington, hablando con el secretario de interior, descubrió con disgusto que el papel firmado en Fort Laramie incluye una cláusula en la que efectivamente  acepta llevar a los suyos a una reserva. Sintiéndose engañado, el jefe sioux entró en cólera y se marchó de la reunión asegurando que jamás había oído hablar de aquella cláusula, que se negaba rotundamente a someterse a ella. En Washington nada hacen por resolver el entuerto e ignoran las protestas de la delegación india. Para ellos, un papel firmado es algo inamovible. La paz entre los sioux y los blancos parece cada vez más lejana. Desencantado con la frialdad de los gobernantes estadounidenses, Nube Roja está deseando regresar a su poblado para descansar. Pero antes ha aceptado la invitación para hablar en Nueva York. Y su discurso es como un último grito de socorro:

En 1868 vinieron unos hombres y trajeron unos papeles. Somos ignorantes y no sabemos leer papeles. No nos dijeron lo que de verdad estaba escrito en ellos. Lo que nosotros queríamos era que levantasen sus fuertes, que se marcharan de nuestro país, que no nos hicieran la guerra y que les dieran algo a nuestros comerciantes como compensación. Cuando nos dijeron que nos debíamos limitar a comerciar en el Missouri les dijimos que no, que nos negábamos. Pero los intérpretes nos engañaron. Cuando fui a Washington, vi al Gran Padre. El Gran Padre me enseñó lo que de verdad eran aquellos tratados, me leyó todos esos puntos y aquello me hizo comprender que los intérpretes me habían engañado, que no me habían hecho saber cuál era el auténtico sentido del tratado. Todo lo que quiero ahora es que se haga lo correcto, todo lo que quiero es justicia. Estoy aquí en nombre de la Nación Sioux. Ellos se regirán por lo que yo diga y por lo que yo represento. Miradme. Soy pobre y no tengo buenas ropas. Pero soy el jefe de una nación. No queremos riquezas, no son riquezas lo que pedimos. Pero sí queremos poder educar y criar a nuestros niños como es debido. Buscamos vuestra simpatía. Las riquezas no nos harán bien, y no podemos llevar al otro mundo nada de los bienes que podamos tener. Lo que queremos tener es amor y paz.

Nube Roja es un guerrero, probablemente uno de los mejores guerreros que ha visto el continente norteamericano. Pero está cansado de la guerra. De esa misma guerra que algunos de sus ilustres compatriotas sioux —como Toro Sentado y Caballo Loco— están dispuestos a continuar porque no encuentran otra salida. Nube Roja tampoco se ha plegado jamás a la rendición y la humillación. Ha intentado negociar siempre que ha habido oportunidad, ha ido a Washington para hablar con el presidente. Pero no solo está hastiado de la guerra, sino también de que los representantes del gobierno estadounidense lo engañen una y otra vez, a él y los demás jefes indios. De que incumplan cada uno de sus acuerdos. Ahora, en Nueva York, ante uno de los escasos auditorios blancos dispuestos a escucharle, continúa quejándose amargamente:

Le he enviado muchas grandes palabras al Gran Padre, pero no sé si alguna vez harán mella en él. Fueron hundidas por el camino, así que me sentí un tanto ofendido y pensé que yo mismo vendría aquí ante vosotros para decíroslas. Hoy os dejo, voy a volver a casa. Quiero deciros que no podemos confiar en los agentes y superintendentes que enviáis a nuestras tierras. No quiero gente extraña de la que no sé nada. Estoy feliz de que vosotros seáis de los nuestros, estoy feliz de venir aquí y descubrir que vosotros y nosotros podemos entendernos mutuamente. Pero no quiero a más de aquellos hombres en mis tierras, hombres que son tan pobres que cuando llegan a nuestras tierras su primer pensamiento es el de cómo hacer para llenarse los bolsillos. Queremos tener garantías en nuestras reservas. Queremos hombres honrados, queremos que nos ayudéis a mantener las tierras que nos pertenecen, de manera que no sigamos siendo una presa para aquellos que tienen malas intenciones. Me vuelvo a casa. Estoy feliz de que me hayáis escuchado, os deseo lo mejor y os doy una afectuosa despedida.

Nube Roja se sintió ofendido por la indiferencia del presidente Grant hacia los problemas de los indios.
Nube Roja se sintió ofendido por la indiferencia del presidente Ulysses S. Grant hacia los problemas de los indios.

Esto es una parte de las palabras que Nube Roja pronunció durante su peculiar visita a Nueva York. Se retira del estrado mientras el público se pone en pie y le dedica una sentida ovación. Nube Roja vuelve a casa habiendo triunfado sólo en el púlpito; es un guerrero pero también es un orador. Más allá de los matices del intérprete o de la traducción, la esencia de su mensaje traspasa todo idioma: los sioux solamente quieren lo que les pertenece. Su tierra, su país. Ni siquiera lo reclaman al completo, solamente lo que precisan para seguir viviendo según sus costumbres. Pero este discurso, la ovación que ha provocado y la posterior repercusión en los periódicos puede haber sido otra de sus pírricas victorias en una guerra que él y todo su pueblo están destinados a perder. El gran jefe sioux abandona New York sumido en quién sabe qué sombríos pensamientos. Nube Roja, jamás un hombre rencoroso, ha aceptado hablar por petición de los propios neoyorquinos, más sensibles y sofisticados, más receptivos hacia la causa india que los codiciosos aventureros del oeste o que los fríos genocidas de Washington. Pero sus palabras probablemente podrán poco frente a eso que los gobernantes estadounidenses bautizaron cruelmente como «destino manifiesto».

Viajemos de nuevo hacia el pasado, algo más de medio siglo antes de ese discurso en Nueva York. El veinte de septiembre de 1821, los habitantes de un poblado sioux de Nebraska pudieron contemplar un extraño fenómeno en el cielo. Un gran meteorito dejó una brillantísima estela de luz a lo largo del cielo de Norteamérica. Aquel mismo día —cosas del destino— nació un niño en el poblado y los padres del bebé, ante la maravillosa coincidencia, decidieron bautizarlo como Mahpiua Luta. Esto es, «Nube Escarlata» o «Cielo Escarlata». ¿Podía aquello ser una señal de que la vida de su bebé, marcada por tan espectacular presagio, estaba destinada a grandes hazañas? Ninguno de los dos orgullosos padres viviría lo suficiente como para comprobarlo, pero ciertamente no habían traído al mundo a un individuo cualquiera. Su hijo, Nube Escarlata —hoy más conocido por la ligeramente inexacta traducción de Nube Roja— iba a convertirse en uno de los principales estandartes de la soberanía india, un líder guerrero capaz de infligir una sonora derrota a una de las naciones modernas más florecientes de la Tierra, pero también un hombre capaz de conmover con sus palabras incluso a sus enemigos.

Por aquel entonces las llanuras del noroeste de Nebraska todavía pertenecían a los indios, aunque las tensiones con el hombre blanco fuesen más que patentes. El poblado donde vino al mundo Nube Roja era un enclave relativamente aislado en el conjunto de la Gran Nación Sioux. Asentado junto al Bluewater Creek, un afluente del río Platte, en el poblado no temían demasiado la presencia de posibles rivales, particularmente los aguerridos clanes de la Nación Pawnee. Los pawnee tenían sus campos de cultivo al este del río y comenzaban a plantar maíz o judías a principios de la primavera, época en la que se mantenían más ocupados con la agricultura y por lo tanto más tranquilos. Pero en otras épocas del año levantaban sus campamentos y buscaban territorios de caza que no pocas veces interesaban también a los sioux. Aun así y aunque las partidas de caza pawnee se acercaban mucho al poblado de Nube Roja, el asentamiento solía ser respetado. Cuando Nube Roja nació todavía estaba reciente el recuerdo de aquel día en que los sioux infligieron una severa derrota a los kaiowas, obligándolos a huir de la región. Para los demás indios —pronto también para los blancos— la sola mención de la palabra «sioux» bastaba para infundir respeto, cuando no directamente temor.

La Nación Sioux se componía de siete grandes tribus que pese a su amplia dispersión geográfica tenían un origen común y hablaban un mismo idioma. Existía entre las siete tribus un fuerte sentimiento de unión, de hecho un auténtico sentimiento nacional. Estaban formalmente unidas por la institución central de la Ochéti Sakówin, que viene a significar los «siete fuegos del consejo» y que les proporcionaba su principal elemento identitario y unificador; en tiempos revueltos podían elegir a un gran jefe que los representase a todos. Era costumbre que la elección de un jefe, ya fuese a nivel de nación, de tribu, de clan  o de poblado, estuviese basada en las cuatro virtudes tradicionalmente más apreciadas por los sioux: valor, fortaleza, generosidad y sabiduría. No era pues inhabitual que llegasen a lo más alto los individuos más capaces de la nación, aunque tampoco entre ellos faltaban las intrigas políticas.

Los jefes de las siete grandes tribus sioux conversaban a menudo entre sí. Aunque vivían separados, tomaban las grandes decisiones juntos y cuando la ocasión lo requería iban a la guerra también juntos. La organización de la Gran Nación Sioux era bastante compleja, más si tenemos en cuenta su población relativamente escasa y dispersa. Cierto es que no existía nada comparable a nuestro concepto europeo de nación, tampoco nada que recordase a los antiguos imperios indios de Centroamérica y Sudamérica, pero una «tribu» era mucho más que un simple conjunto de tipis levantados sobre una llanura. Los indios de Norteamérica no eran una mera constelación de poblados primitivos sin organización. La Gran Nación Sioux, sin ir más lejos, no solamente disponía de un gobierno central sino que podía reunir un ejército único que defendiera los intereses de todos los sioux en su conjunto (aunque en tiempos de Nube Roja se estima que no pudiese reunir a más de dos mil o tres mil guerreros).

Cada una de las siete tribus sioux se subdividía en varios clanes, generalmente bautizados con términos descriptivos que hacían referencia a alguna característica distintiva de su estilo de vida. Estos clanes se componían a su vez de un cierto número de poblados o de bandas seminómadas que compartían unos determinados rasgos de identidad, resumidos por el nombre del clan. Eso sí, como en cualquier otro grupo humano, el mundo sioux no estaba exento de luchas internas y ocasionales guerras fraticidas. Pero lo cierto es que allá donde fuesen poseían un fuerte sentido de la identidad que iba más allá de lo meramente tribal. De hecho los sioux no se llamaban a sí mismos «sioux», sino «lakota», término que significaba «aliados» (y por cierto, según lo pronunciasen, ese término sirvió para dividir la Nación Sioux en tres ámbitos lingüísticos: los lakota, los dakota y los nakota… separación que aún se utiliza hoy).

El primero de esos tres grupos, el de los lakota, estaba compuesto básicamente por una gran tribu: la de los teton o titunwan («habitantes de las praderas»). Es probablemente la más célebre de entre todas las tribus sioux y la que en mayor grado ha sido representada en la cultura popular. A los teton-lakota pertenecieron personajes legendarios como los citados Toro Sentado, Caballo Loco o Ciervo Negro. También perteneciente a la tribu teton-lakota era el clan oglala («los que se dispersan»), en cuyo seno nació Nube Roja. Eso sí, como ya dejamos entrever más arriba, Nube Roja no fue un oglala puro étnicamente hablando. Su padre, el jefe Hombre Solitario, fue líder del clan kuhee («los que viven apartados») que a su vez pertenecía a la tribu brulé. La madre de Nube Roja, que lucía el muy descriptivo nombre de La Mujer que Camina Mientras Piensa, era por el contrario una lakota norteña.

El pequeño Nube Roja no tardó en quedarse huérfano: cuando apenas estaba empezando a caminar su padre murió a causa de la adicción a la bebida. Nube Roja nunca fue ajeno al hecho de que su padre fue un alcohólico, vicio cada vez más habitual pero al mismo tiempo cada vez peor visto entre los indios. Al morir su marido, La Mujer que Camina Mientras Piensa llevó al pequeño Nube Roja y sus hermanos a la aldea de un familiar, el Viejo Jefe Humo, tío materno del niño. Poco después también ella falleció. Nube Roja, apenas un párvulo y ya sin padres, quedó al cuidado de sus hermanas mayores, mientras que el Viejo Jefe Humo se convirtió en su referente masculino, su mentor y lo más parecido a un padre que Nube Roja conoció en su vida.

Ilustración de la época, mostrando parte de un poblado sioux oglala.
Ilustración de la época, mostrando parte de un poblado sioux oglala.

El que Nube Roja fuese criado en casa de la familia directa de su madre no es casualidad. Engañoso podría resultar el aparente culto al macho guerrero que tiñe toda nuestra visión del entorno de Nube Roja y de los sioux en general. La sociedad oglala, como casi todas las sociedades sioux, era una curiosa mezcla de predominio del varón con un trasfondo de matriarcado tradicional. Los hombres dominaban, sí, pero el papel de las mujeres distaba mucho de ser completamente pasivo. Los sioux tenían la idea de que la naturaleza poseía dos espíritus igualmente importantes, el masculino y el femenino. Así pues, aunque los jefes de los poblados, bandas o clanes eran siempre hombres, a veces su nombramiento debía ser aprobado por las ancianas locales, quienes tenían incluso la potestad de destronar a un líder inadecuado. Los propios sioux afirmaron más tarde que que las mujeres indias empezaron a desaparecer de la élite gobernante cuando los europeos recién llegados se negaban a reconocerlas como representantes válidas en las negociaciones. Es más: entre los sioux existía incluso una amplia tolerancia hacia la homosexualidad —que era permitida tanto en hombres como en mujeres— e incluso hacia el travestismo: existía la figura de los winktes, varones afeminados («poseedores de los dos espíritus») que solían ejercer funciones espirituales, sanadoras o mágicas. En 1712, el jesuita francés Joseph-François Lafitau describió así el papel de la mujer entre los sioux:

Nada hay más real que la superioridad de la mujer. Son ellas quienes mantienen la tribu, la nobleza de sangre, el árbol genealógico, el orden de las generaciones y la conservación de las familias. En ellas reside toda la verdadera autoridad: las tierras, los campos y todas las cosechas les pertenecen. Ellas son el alma de los consejos, los árbitros en la paz y la guerra; recogen todos los impuestos y mantienen el tesoro público; a ellas se les confía los esclavos; ellas arreglan los matrimonios; los niños están bajo su autoridad y el orden de sucesión está fundado en su sangre. El Consejo de Ancianos que realiza todas las transacciones no funciona por sí mismo, sino que parece que sirven solamente para representar y ayudar a las mujeres en aquellas materias donde el decoro no permite a éstas presentarse o actuar. Las mujeres eligen a los jefes de entre sus hermanos maternos o de entre sus propios hijos.

También la figura salvadora de la religión tradicional sioux, la enviada del cielo que había prometido retornar para ofrecerles la redención a los lakota, era una fémina: la Mujer Búfalo Blanco. Cuando los misioneros católicos comenzaron a predicar entre los indios, muchos sioux asimilaron a la Mujer Búfalo Blanco con la Virgen María debido al evidente parecido iconográfico entre ambas figuras mitológicas (aunque en realidad la Mujer Búfalo Blanco ejercería un rol más parecido al de Cristo). Así pues, no resulta difícil intuir que el enfoque de la opinión femenina pudo tener su peso sobre muchas decisiones de los sioux por más que fuesen siempre los varones quienes las vocalizaban y ponían en práctica. Nube Roja, que nunca fue un hombre particularmente sensible o delicado —incluso considerado bajo los estándares de los duros guerreros sioux— daba frecuentes muestras de una pragmática sensatez que probablemente debía bastante al hecho de haber sido criado por sus hermanas mayores.

Los sioux fueron siempre guerreros: antes de la llegada del hombre blanco solían protagonizar periódicos conflictos con otras naciones indias. De hecho, las guerras entre indios podían ser tan insensatas o crueles como las guerras entre europeos, pero sería un error considerar la Nación Sioux como un irreflexivo pueblo de batalladores testosterónicos. Nada más lejos. Estaban muy acostumbrados a que una amplia variedad de circunstancias resultaba preferible la negociación a la batalla. Sea como fuere, es verdad Nube Roja creció siendo un joven particularmente dotado para la guerra. Como adolescente destacaba por su aguda inteligencia pero también por su destreza, rapidez y fuerza sobresalientes: un estadounidense contemporáneo definió su tensa constitución física como la de «un tigre a punto de abalanzarse». Su educación fue la típica de un sioux: dado el carácter nómada de los oglala, Nube Roja llegó a conocer bien extensísimas regiones de las llanuras septentrionales. Podía reconocer cualquier animal de un vistazo y distinguir de entre la vegetación cualquier planta que sirviera como alimento o que tuviese propiedades medicinales. También conocía al dedillo las características geológicas de cada paraje de la región. Como todos los jóvenes lakota, hubo de realizar largos y duros viajes iniciáticos en los que tenía que demostrar que podía valerse por sí mismo, sobreviviendo sin ayuda en mitad de los más agrestes parajes y regresando vivo al poblado: la vida en las llanuras no resultaba fácil y un hombre tenía que estar preparado para cualquier cosa. Después de probarse en aquellos duros exámenes, un joven sioux podía optar por diferentes líneas profesionales para labrarse un futuro: desde convertirse en guerrero hasta ejercer como sacerdote o sanador. Incluso existían grupos similares a gremios que se encargaban de formar y entrenar a los jóvenes en determinados trabajos concretos. Pero lo cierto es que en casi todos estos ámbitos se necesitaban buenos contactos e influencias para ascender, algo con lo que sin duda podemos estar familiarizados. Cierto es que en sus pruebas de iniciación Nube Roja destacó de entre sus pares adolescentes y desde muy temprano tuvo sin duda un carácter duro y competitivo. Sin embargo sus perspectivas de ascender socialmente en el clan parecían bastante escasas. Su «libro de familia» suponía un serio obstáculo: como señalábamos, un huérfano mestizo e hijo de un bebedor no podía esperar demasiados apoyos.

Pero a un guerrero que lucha valientemente nadie le discutía sus méritos, y destacar en la guerra era un empujón importante para llegar a ser alguien en la Nación Sioux. Así que el adolescente Nube Roja se entrenaba duramente con la intención de llegar a ser un guerrero; teniendo solamente dieciséis años, como narrábamos al principio, acudió a su primera batalla y experimentó su primer retorno triunfal. Después vendrían otras muchas batallas, especialmente contra los pawnee o los crow. Para cuando le tocase enfrentarse a los soldados estadounidenses —mucho mejor armados y mejor organizados— Nube Roja ya había acumulado una enorme experiencia en combate.

Partida de guerreros sioux, parecida a aquella en con la que Nube Roja empezó a batallar cuando tenía solamente dieciséis años.
Partida de guerreros sioux, parecida a aquella en con la que Nube Roja empezó a batallar cuando tenía solamente dieciséis años.

Los sioux aprendieron a montar a caballo durante el siglo XVI; al parecer fueron sus aliados de la Nación Cheyenne quienes les introdujeron en el arte de equitación (los cheyenne, claro, lo habían aprendido de los europeos). Hábiles y despiertos, los sioux pronto dominaron aquellos extraños animales y se convirtieron en expertos jinetes. También se tuvieron que habituar a las armas de fuego, aunque lo hicieron con algo de retraso respecto a otros indios del norte. De hecho los sioux fueron expulsados de sus tierras originarias por varias naciones rivales que sí disponían de pólvora. La imagen legendaria de los sioux cabalgando por las llanuras responde a una realidad, pero es una realidad relativamente tardía en su historia e indirectamente moldeada por la importación de las armas de fuego. Su origen no había estado tan atado a las planicies como pudiera parecer; tradicionalmente habían habitado zonas boscosas, viajando mediante canoas a lo largo de las corrientes fluviales o los lagos de la región limítrofe con Canadá. Sin embargo, la presión de algunas naciones rivales que habían conseguido unas armas nuevas y terribles —los mosquetes— empezó a hacerse notar y los bravos guerreros sioux, que habían dominado con facilidad a sus enemigos, tuvieron que empezar a ceder terreno. Los guerreros de la Nación Cree habían estado rearmándose gracias al comercio con los franceses: a cambio de pieles que alcanzaban un alto precio en Europa, los cree se hicieron con un arsenal de mosquetes contra los que los guerreros sioux no estaban habituados a combatir. En 1674 los cree masacraron a balazos a una partida de caza sioux que no disponía de nada mejor que arcos, cuchillos y demás armamento arcaico para defenderse. Otros indios de la región como los chippewa o los assiniboin también consiguieron mosquetes, poniendo en solfa la antigua supremacía sioux y obligándolos  a desplazarse hacia el sur y el oeste.

Así que, presionados por sus enemigos, los sioux habían abandonado una apacible vida en los bosques para empezar a habitar las grandes llanuras. Sin embargo, aquella situación de inferioridad no duraría mucho: habían comprendido por amarga experiencia la importancia de las armas de fuego y también empezaron a comerciar con franceses e ingleses para conseguirlas. Pronto disparaban sus mosquetes con tanta o más soltura que sus enemigos, volviendo a equilibrar la balanza de fuerzas en su favor. Así, armados con pólvora y montados sobre caballos, se lanzaron definitivamente a la conquista de las praderas. Del mismo modo en que antes habían sido desplazados por los cree o los chippewa, los sioux empezaron a desplazar a otras naciones como los iowa y los omaha. Los sioux se movían ahora buscando una fuente de alimento y pieles aparentemente inagotable —el búfalo— que resultaba más fácil de cazar gracias a los mosquetes, y su espíritu osado hizo que se dispersaran en persecución de las grandes manadas. En ese proceso de expansión, con el nuevo armamento asociado a su tradicional belicosidad, pronto se puso de manifiesto que los sioux que no estaban dispuestos a echarse atrás ante nadie. Las armas de fuego, pues, tuvieron un impacto enorme en la balanza de poderes de la Norteamérica nativa. La pólvora permitió que las naciones más guerreras como los sioux, los pawnee, los pies negros, los cherokee, los apache, los kiowa y otras bien conocidas por todos terminaran imponiéndose en amplias regiones, pero lógicamente también agravaron la magnitud de las disputas entre los propios indios.

Ubicación que tendría la Gran Nación Sioux (señalada en el mapa como "Lakotah") en los actuales EE.UU.
Ubicación que tendría la Gran Nación Sioux (señalada en el mapa como «Lakotah») en los actuales EE.UU.

A principios del siglo XIX, pues, la Gran Nación Sioux se había consolidado y ocupaba ya un amplio territorio repartido entre varios de los actuales estados de USA, que de hecho era más extenso que la actual España. Su influencia se extendía tan lejos como a Canadá por el norte y Colorado por el sur. Otras naciones indias del norte de los actuales EE.UU. los temían a causa de su carácter batallador y en todo caso los respetaban por su renombre. A ninguna otra nación, fuese rival, aliada o neutral, se le escapaba que la Nación Sioux estaba formada por individuos bravos e inteligentes, dotados de una cohesionada organización interna que les permitía actuar coordinadamente a lo largo de un extenso territorio. Había que tenerles cuidado.

En cuanto al contacto con el hombre blanco, no había tenido siempre tintes de enemistad. Al menos no en los inicios. Cuando los primeros blancos se adentraban en territorio indio se trataba por lo general de exploradores, comerciantes de pieles, misioneros y demás pioneros temerarios a quienes los indios recibían con cortesía e interés. Como solía suceder cuando los blancos no tenían bastante poder como para intentar apoderarse de las tierras por la fuerza, los sioux no se mostraron particularmente refractarios a la colaboración y de hecho llegaron a considerar a los europeos como valiosos aliados en sus guerras contra otras naciones indias. Los blancos eran buenos suministradores de armas de fuego y munición, elementos decisorios en cualquier guerra y que al contrario que los caballos, los indios no podían producir por sí mismos. A los indios también les gustaban los utensilios domésticos, herramientas y adornos traídos de Europa, y muy gustosamente intercambiaban todo ello por pieles. Sin embargo no todo era de color de rosa, porque en ese fluido comercio pronto se coló el alcohol: los europeos descubrieron que algunos indios caían con singular facilidad en el alcoholismo, enfermedad que se cebaba particularmente con los nativos —se piensa que podría influir una cuestión genética relacionada con las enzimas que metabolizan la sustancia en el organismo—, así que empezaron a vender grandes cantidades de «agua de fuego» a todo poblado o banda con la que se cruzaban (a los indios les fascinaba comprobar cómo aquel líquido era capaz de arder, de ahí su sonora manera de referirse a él) . Los indios comprendieron rápidamente el poder disruptivo que la bebida podía tener en su sociedad, pero poco podían hacer para evitar su circulación excepto convertirlo en un estigma social: si bien podían convertirse fácilmente en alcohólicos cuando se acostumbraban a beber, eran muchos quienes sencillamente se negaban a hacerlo y curiosamente, tanto el porcentaje de alcohólicos como también el de abstemios era mucho más alto entre los indios que entre los blancos. Los blancos, naturalmente, hicieron todo lo posible para fomentar activamente el comercio del alcohol, bien fuese por avaricia o incluso como un arma más con el que debilitar a los nativos.

Más allá de esto, la convivencia entre indios y blancos fue buena mientras los primeros no se sintieron invadidos. Cierto es que las ambiciones de los primeros exploradores y comerciantes europeos provocaban enfrentamientos puntuales e incluso algunos incidentes violentos, pero esto era más la excepción que la regla. La situación, no obstante, cambió cuando los blancos comenzaron a aparecer en mayor número y decididos a asentarse en territorio indio, ejerciendo una presión demográfica creciente que por necesidad terminaba provocando explosiones incontrolables de violencia. En un principio, los indios trataban de tolerar a los nuevos colonos, pero el aumento de estos era constante, requiriendo cada vez más tierras y recursos, y avanzando casi siempre escoltados por los militares. Los indios no tardaban en sentir que estaban siendo efectivamente expulsados de sus tierras por aquellos mismos blancos a quienes habían dado la bienvenida generaciones atrás.

A mediados del siglo XIX, la creciente belicosidad contra el hombre blanco era un fiel reflejo de esa nueva situación. Cada vez que una población blanca medianamente significativa se instalaba en un territorio indio, los Estados Unidos la respaldaban con la fuerza de las armas ante la previsible escalada de resistencia de los nativos. Entonces empezaba un toma y daca de enfrentamientos entrecortados por sucesivos acuerdos de paz. Primero solía producirse un incremento de la tensión caracterizada por una espiral de incidentes violentos que amenazaban con desembocar en una guerra abierta. Guerra en la que los indios, con su inferior armamento e inferior organización militar, sabían que tenían pocas esperanzas de triunfo. Así, los indios solían intentar detener la invasión de facto de sus territorios con la aceptación de diversos tratados en los que aceptaban pagos periódicos en dinero, alimentos y distintos bienes a cambio de renunciar a una parte sustancial de sus territorios. Cedían sus tierras a los blancos y se marchaban a vivir a una «reserva», la integridad de cuyas fronteras estaba teóricamente garantizada por el gobierno de Washington, que también prometía recursos y dinero suficientes para que los indios sobreviviesen allí. De este modo, ambos bandos buscaban cortar de raíz la espiral de violencia. Los estadounidenses firmaban estos tratados porque la resistencia india les hacía desviar costosos recursos militares a la región concreta que estuviese en conflicto, desestabilizando además la productividad y el comercio: un tratado garantizaba la tranquilidad y de paso les ganaba un buen mordisco de territorios. Los indios firmaban porque no tenían mucha más salida que conformarse con la reserva y los pagos prometidos, salvo que decidieran lanzarse a una guerra total contra un enemigo bastante mejor pertrechado y generalmente mucho más numeroso.

Para los sioux aquellos tratados tenían un estatus de acuerdo internacional —lo que en esencia eran— y pensaban que debían ser solemnemente respetados. Los jefes de las tribus implicadas sellaban un pacto con el gobierno de aquella otra nación llamada los Estados Unidos de América. En esas firmas, el gobierno de Washington estaba legalmente representado por la figura de un «agente de asuntos indios» o superintendente. Esto es, funcionarios que tenían una total potestad para negociar con los indios en nombre del gobierno. ¿Por qué estos agentes tenían tanto margen para negociar por sí mismos? Porque Washington, en realidad, estaba poco dispuesta a cumplir cualquier compromiso adquirido por aquellos agentes.

Los sioux no tardarían en comprender que como les había sucedido a otros indios antes que a ellos, sus firmas tendían a ser menospreciadas por la otra parte. Los incumplimientos estadounidenses eran frecuentes y llevaban a nuevos conflictos en los que —una vez más— los indios se veían en situación de inferioridad. La cosa se resolvía con un nuevo tratado que ahora establecía condiciones todavía más desfavorables que el anterior, trasladando a los indios derrotados a una reserva más pequeña y menos habitable. Así, los territorios en los que tenían que vivir eran cada vez más pobres, porque las tierras más fértiles y con mayor abundancia de caza se las quedaban los blancos. Como consecuencia y para poder sobrevivir, los indios  se veían cada vez más dependientes de los pagos en dinero y especie que el gobierno de Washington había prometido. Pero estos pagos se retrasaban o sencillamente no se producían: una tónica habitual que se agravaría con el estallido de la guerra civil en los Estados Unidos. De repente, a Washington le preocupaba mucho más la guerra entre blancos que las guerras periféricas contra los indios, así que el gobierno estadounidense —de manera unilateral y a veces incluso en decisión ratificada por el senado— declaraba nulas aquellas cláusulas de los pagos o sencillamente se limitaba a permitir que los agentes de asuntos indios hiciesen y deshiciesen a su antojo…. con el resultado de que los pagos se perdían en la maraña administrativa de la Agencia de Asuntos Indios, de cuyo control interno nadie se preocupaba demasiado y cuyos integrantes solían terminar apropiándose de todos los bienes. Los encargados de negociar con los indios lo tenían fácil para enriquecerse con el dinero y las mercancías que estaba teóricamente destinado a garantizar la subsistencia de los nativos (en EE.UU., como vemos, no existía un particular interés en combatir la corrupción cuando los perjudicados eran los indios). Todo esto se puede resumir con estas líneas extraídas de la carta escrita por un militar estadounidense de la época, el general John Pope, comandante del ejército en Missouri:

El indio, en realidad, ya no tiene un país. En sus tierras, por todas partes, se ha extendido el hombre blanco. Sus medios de subsistencia son destruidos y los hogares de sus tribus les son arrebatados violentamente. El indio y su familia son reducidos al hambre o a la necesidad de combatir hasta la muerte contra el hombre blanco, cuyo inevitable y destructivo avance amenaza con la total exterminación de su raza. Los indios, llevados a la desesperación y amenazados por el hambre, han comenzado sus hostilidades contra los hombres blancos y se están conduciendo con una furia y rabia hasta ahora desconocidas en su historia. No hay una tribu india en las grandes llanuras o en las regiones montañosas que no esté guerreando contra nosotros.

La suerte de los sioux no fue muy distinta. Tratado tras tratado, iban perdiendo todo aquello que les pertenecía. En 1863 se descubrió oro en Montana: fueron construidas un par de carreteras que atravesaban directamente el territorio de caza de los sioux lakota y que invitaban a toda una nueva oleada de inmigrantes a establecerse en aquel territorio que los indios necesitaban para alimentarse. Eran los últimos territorios de caza vírgenes de la región que todavía no habían sido estropeados por la presencia de los blancos y allí se buscaban el sustento diversas poblaciones de sioux, cheyennes y arapajoes. Ante el nuevo atropello, las tres naciones indias formaron una coalición para defenderse, reuniendo a unos dos mil guerreros dispuestos a impedir que aquel territorio fuese también invadido. Los convoyes comerciales de las nuevas rutas empezaron a ser acosados por partidas de indios que atacaban y desparecían rápidamente utilizando tácticas de guerrilla. Los indios se ocupaban particularmente en interceptar la mayor cantidad posible de correo postal, para entorpecer la coordinación del avance estadounidense. Estas nuevas rutas del oro estaban pagando un alto precio por atravesar impunemente territorio previamente garantizado mediante tratados y las caravanas, pese a ser cada vez más grandes y con mayores escoltas, lo tenían muy difícil para atravesar tranquilamente las tierras de caza indias. En 1865, tras más de año y medio de constante asedio de los sioux, cheyenne y arapajoe, el comandante estadounidense de la región, general Grenville Dodge, cometió el error de enviar una expedición de dos mil setecientos soldados para intentar castigar a los díscolos nativos. Nube Roja, que hasta entonces solamente había combatido contra otros indios y nunca contra el hombre blanco, rápidamente se puso al frente de la contraofensiva.

Aquel huérfano que había librado su primera batalla con dieciséis años después estar a punto de perdérsela por quedarse dormido, tenía ahora más de cuarenta y se había convertido en uno de los comandantes militares más reputados de la Nación Sioux. El incauto ataque del general Grenville Dodge iba a sacar lo mejor de aquel guerrero sioux y lo iba a convertir en leyenda. Así comenzaba la guerra de Nube Roja.

(Continúa aquí)

NubeRoja


Armada y peligrosa (I) – Mujeres del Salvaje Oeste

Con un arma en la mano resplandezco como un cristal. Brillo como el sol de la mañana”. Annie Oakley

Introducción: #chickswithguns

En la serie de cómics The Walking Dead, la joven y pecosa Andrea descubre sorprendida que tiene un talento innato con todo tipo de armas. Escopetas, rifles y revólveres se convierten en extensiones de sus brazos, sin que eso altere su carácter fundamentalmente alegre y social. En la serie de TV el personaje resulta mucho menos interesante y está más desdibujado, pero conserva su habilidad sobrenatural con las armas de fuego… Esa imagen de la mujer como excelente tiradora responde a un estereotipo sorprendentemente frecuente, una imagen grabada a fuego en el inconsciente colectivo occidental. Hay mil ejemplos: fotos vagamente noir de Helmut Newton, retratos de Lindsay McCrum o mil películas de heroínas armadas, de la teniente Ripley de Alien a la Sarah Connor de Terminator. 

Cuando en American Beauty la gran Annette Benning dispara una Smith & Wesson en el campo de tiro, descubre que ametrallar una diana le resulta liberador y le da confianza en sí misma. El estruendo, la sensación de absorber y domar el impacto del retroceso, el subidón al acertar el blanco… Todo colabora en su empoderamiento, traducción forzosamente garbancera del empowerment del feminismo, la autoafirmación mediante el acceso de las mujeres a actividades y actitudes  tradicionalmente reservadas a los hombres. Una mujer “armada y peligrosa” pone en peligro el statu quo,  subvierte su rol tradicional de dadora de vida convirtiéndose en una femme fatale que un varón asustadizo podría ver como amenaza. En el campo de la fuerza bruta y las armas blancas los hombres juegan estadísticamente con una ventaja significativa. Pero para dominar un arma de fuego, aunque sea necesaria una cierta forma física, lo que marca la diferencia son los reflejos, la puntería y el pulso firme.

Una mujer atractiva sosteniendo un arma de fuego puede resultar sorprendentemente sexy. Una de mis múltiples obsesiones es coleccionar este tipo de imágenes, más fáciles de encontrar de lo que parece, y clasificarlas bajo el hashtag #chickswithguns. El psicoanálisis clásico hablaría del simbolismo fálico del cañón de un revólver y de la querencia femenina por ese tipo de armas como una forma de superar la envidia del pene, pero no es ningún secreto que jamás he soportado a Freud y su obsesivo falocentrismo. En mi caso, lo que encuentro atractivo de estas fotografías es el juego de contrastes entre el arma de fuego (fría, metálica, angulosa) y la belleza femenina (cálida, flexible, curvilínea). Sin necesidad de masculinizarse, la mujer establece una relación propia y original con el arma de fuego.

La mejor manera de explorar esta relación es con un recorrido por las mujeres armadas de la historia, y qué mejor punto para empezar que la época que más fácilmente puede asociarse a las armas de fuego: el siglo XIX en el Lejano Oeste Americano, cuando Calamity Jane exploraba junto al general Crook y Annie Oakley disparaba su rifle ante reyes y presidentes europeos. Pero antes de seguir, y a modo de necesario disclaimer: no entraré a discutir si es necesario un mayor control de las armas de fuego ni mencionaré a Michael Moore, Charlton Heston, Columbine o el NRA. Una mujer armada resultará feministamente revolucionaria y estéticamente erótica sea cual sea la opinión política de cada uno sobre los permisos que deberían obtenerse para poseer un revólver.

1. Annie Oakley, la cazadora infalible

Octubre de 1875. Un pistolero irlandés llamado Frank Butler llega a Cincinatti y apuesta el equivalente a unos dos mil dólares modernos a que nadie puede vencerle en un duelo de puntería. La única persona que se atreve a desafiarle es una adolescente de 15 años y aspecto angelical llamada Annie. El pistolero se echa a reír, pero la carcajada se le hiela en los labios a medida que Annie va igualando sus disparos contra pájaros cada vez más pequeños y veloces (defensoras de los animales, entendedlo: eran otros tiempos). En el vigésimo quinto tiro, Frank falla por primera vez, pierde el reto y cae perdidamente enamorado. Algo más de un año le costó conquistarla (siempre me lo he imaginado pegando tiros al aire bajo su balcón a modo de serenatas), hasta que a Annie le pareció gracioso aquel irlandés bocazas y aceptó casarse con él. 

Annie tenía talento innato con el rifle: empezó a cazar con siete u ocho años para alimentar a su familia tras la muerte de su padre, y a los 15 ya pagaba la hipoteca de la granja de su madre cazando bichos para venderlos a hoteles y restaurantes (he aquí una salida inesperada a la crisis: subir a Collserola a cazar jabalíes para Ferran Adrià). Tras casarse con Butler en un matrimonio largo y feliz, empezó a ganarse la vida mostrando su puntería en circos y espectáculos de variedades cada vez más importantes. Con el tiempo se ganó la amistad del jefe indio Toro Sentado y entró a formar parte de la troupe del mismísimo Buffalo Bill. En su show atravesaba de un balazo un as de picas lanzado al aire, o una moneda de 10 centavos, o acertaba a un puro que fumaba en el escenario su marido. Aparentemente, era más seguro ser marido de Annie Oakley que esposa de William Burroughs. Annie no tardó en convertirse en la tiradora más famosa del mundo, y actuó en un tour europeo ante reyes, reinas, presidentes y el recién coronado kaiser Guillermo II, a quien le arrancó un cigarrillo de los labios de un tiro. Es inevitable pensar que si Annie se hubiera desviado un par de centímetros tal vez se hubiera evitado la I Guerra Mundial…  

Como sabrá cualquiera que haya visto Deadwood, los miembros de la familia Hearst tienen un talento especial para convertirse en villanos de cualquier historia. En 1903, William Hearst publicó un artículo afirmando que Annie Oakley había sido encarcelada por robar para pagarse la cocaína a la que era adicta. Todo mentira: no está claro si fue un caso de periodismo creativo o una confusión con una yonqui que afirmó llamarse Annie Oakley como podría haber dicho Gwen Stacy. La auténtica Annie, indignada, dedicó siete años de su vida a denunciar uno a uno a los periódicos que publicaron la noticia, ganando 54 de los 55 pleitos. Mientras tanto, hombre previsor, Hearst aumentó el sueldo de sus guardaespaldas.

Se conservan muchas fotos de Annie y al menos un breve vídeo de una de sus actuaciones. Gracias a estos testimonios, sabemos que Annie era atractiva para estándares de la época (en esta foto me recuerda a la Gobernadora Marley de The Monkey Island), estaba en muy buena forma física y se sentía orgullosa de su bien cuidada melena. A pesar de su talento con las armas, no se mostraba nunca brusca, violenta o agresiva, sino que solía lucir una sincera sonrisa y cautivar a quien la oyera con su voz extrañamente musical. Esta mezcla de encanto y puntería la convirtió en un personaje muy popular: Irving Berlin estrenó un musical sobre ella, y ha sido interpretada en la gran pantalla por Barbara Stanwyck, Gail Davis o, más recientemente, Geraldine Chaplin.

A lo largo de su carrera Annie enseñó a disparar a más de 15.000 mujeres, a las que recomendaba que aprendieran a manejar un arma no solo como método de autodefensa en una época peligrosísima, sino como ejercicio físico y especialmente mental de concentración, relajación y puntería. Como fan fatal de las #chickswithguns, me siento en deuda eterna con ella.    

2. Las 90 millas de Calamity Jane

Quizá la mujer más famosa del Lejano Oeste sea Martha Jane Canary, alias Calamity Jane, o Juanita Calamidad si se siente uno castizo. Ya de adolescente Jane mostró fuerte carácter y afición a vestirse con pieles de ciervo y perderse en el bosque durante días, para sobresalto de sus padres. Antes de cumplir los 18 había sido enfermera, lavaplatos, camarera, cocinera y conductora de carromato, aunque su verdadera vocación fue la de colonizadora y exploradora de territorios salvajes. Cabalgaba mejor que cualquier vaquero, disparaba con puntería y precisión y, sobre todo, bebía y soltaba palabrotas con tanta soltura como el peor borracho local. Eso sí: como buena exploradora, no gustaba de meterse en peleas innecesarias ni atacar de frente, prefiriendo la velocidad y la astucia a la fuerza bruta. En una de sus hazañas más famosas, trabajando como mensajera para el General Crook, Jane atravesó a caballo 90 millas (unos 150 km) a toda velocidad, empapada de agua helada tras cruzar el río Platte. Poco le faltó para caer muerta nada más llegar, como Filípides en Maratón, pero logró llegar a su destino en tiempo récord y sobrevivir a la pulmonía posterior. 

Trabó amistad con el famoso pistolero Wild Bill Hickok y viajó junto a él y su amigo Charlie Utter, hasta asentarse un tiempo en el campamento de Deadwood. Se llevaba muy bien con Hickok, y probablemente estuvo enamoriscada de él por su temperamento noble y caballeroso. Tras el cobarde asesinato del pistolero durante una partida de póquer, Jane salió corriendo tras el asesino Jack McCall blandiendo un enorme cuchillo (aparentemente no tenía el revólver a mano), aunque no llegó a ponerle las manos encima. Tiempo después de la muerte de Hickok, empezó a contar que se habían casado y tenido una hija en secreto, lo que nadie acabó de creerse en su momento.

Y es que Jane tenía dos características que hacían difícil tomarse sus historias en serio: una gran tendencia a la fabulación y un alcoholismo de nivel Leaving Las Vegas, especialmente tras la muerte de Hickok. Eso de que los borrachos y los niños dicen siempre la verdad es probablemente el refrán más estúpido de la historia: tras la segunda botella de whisky, Jane inventaba historias en que cabalgaba al lado del general Custer (un hecho puesto seriamente en duda por los historiadores) o se enfrentaba ella sola a una tribu entera de sioux. Esta tendencia al embuste hace difícil saber cómo recibió el apodo de Calamity, ya que cada vez que le preguntaban daba una respuesta diferente: por salvar a su capitán de una calamitosa situación desesperada, por ahuyentar a sus pretendientes diciendo que molestarla era “cortejar a la calamidad”, por su talento como enfermera en plagas como la de viruela que asoló Deadwood en sus inicios.

En cualquier caso, Calamity Jane era básicamente una buena persona, y si bien a menudo era despreciada por su alcoholismo y sus lamentables modales de carretero, quien la llegaba a conocer a fondo acababa queriéndola inevitablemente. Manejaba la pistola con maestría si era necesario (participó un tiempo en el show de Buffallo Bill, como Annie Oakley), pero odiaba la violencia y era de natural compasiva. Tras su muerte, y aunque nadie se creyera lo del matrimonio con Hickok, sus amigos la enterraron en Deadwood, justo al lado del pistolero. 

En el cine ha sido representada por Doris Day en el musical Calamity Jane, Frances Farmer en Badlands of Dakota o Jean Arthur en The Plainsman. El retrato más reciente es el que borda Robin Weigert en la maravillosa Deadwood, una interpretación que algunos criticaron como demasiado histérica pero que probablemente sea el retrato más completo y fiel de esta desconcertante mujer armada.

3. Sally Skull hace bailar a un imbécil

En el extremo opuesto de Calamity Jane está la contrabandista Sally Skull, una asesina despiadada con tendencia a apretar el gatillo cada vez que se excitaba… en todos los sentidos posibles de la palabra “excitar”. Y es que esta atractiva tejana de mal genio coleccionaba maridos con sospechosa afición a morir tiroteados en extraños incidentes.

Sally vivió la mayor parte de su vida en pueblos sin ley cerca del río Grande, en la frontera entre Texas y México. Le encantaba el póquer, el sexo, bailar como una loca, soltar tacos y meterse en líos, lo que la hizo a partes iguales famosa, temida y respetada. Durante la Guerra de Secesión traficó con caballos, algodón y suministros militares, convirtiéndose en un recurso imprescindible para la Confederación. Su puntería era impecable, como descubrieron los desgraciados que se cruzaron en su camino en un mal día. El coronel confederado John “Rip” Ford recuerda así a Sally Skull vengándose de un bocazas que la ofendió: “Sally gritó: ‘¿Así que has estado criticándome? ¡Pues ahora baila, hijo de puta!’, y empezó a dispararle a las botas con sus dos revólveres que sonaban como ametralladoras, apuntando a los pies que se movían a toda velocidad en un frenético baile sobre la calle polvorienta. Aquello no fue precisamente un vals”. Sally era letal con el látigo, el cuchillo y el lazo, y muchos la recuerdan trayendo caballos salvajes desde las praderas y domándolos a pura fuerza de voluntad. A pesar de su actitud agresiva, se llevaba fenomenal con los críos, que lanzaban monedas al aire para que la habilísima Sally las atravesara de un tiro.

No se conserva ningún retrato suyo, pero a juzgar por las descripciones que han sobrevivido, debía de tener una presencia imponente. El periodista John Warren Hunter la recuerda así: “Orgullosamente erguida en su montura, llevando un vestido negro y cofia, tan tiesa como un oficial de caballería, con un revólver colgado del cinturón, complexión antes pálida y ahora morena por la exposición al sol y los elementos, ojos de color azul acero que penetran en los más ocultos rincones del alma. ¡Sally Skull!”.

Desgraciadamente para Sally, su quinto marido, un jovencito apodado “Abrevadero”, resultó algo más peligroso que los anteriores. Ambos salieron a cabalgar una tarde de otoño desde el pueblo de Banquete, pero solo volvió él. Nunca llegó a saberse con absoluta certeza si fue asesinada o simplemente huyó para empezar una nueva vida libre de matrimonios y obligaciones…

4. Belle Starr, la Reina de los Forajidos de Oklahoma

Un poco más calculadora y menos feroz que Sally Skull fue la bandolera Belle Starr, nacida como Myra Maybelle Shirley en 1848. Su padre la envió a una academia femenina en la que intentaron enseñarle a tocar el piano, pero con lo que realmente disfrutaba la cría era disparando revólveres y montando a caballo. Durante la Guerra de Secesión esas habilidades le resultaron útiles: tras la muerte de su hermano a manos de soldados yanquis, la joven Belle lo dejó todo para alistarse como espía y exploradora en una guerrilla confederada.

En la relativa calma posterior a la guerra, el poco femenino comportamiento de Belle (emborracharse en los saloons, jugar a faro y póquer o participar en competiciones de tiro) provocó un cierto número de escándalos y le hizo convertirse en centro de rumores, leyendas y habladurías. Resulta difícil averiguar cuánto hay de cierto en las historias que corren sobre esta mujer armada y peligrosa. Mientras que a Calamity Jane le gustaba inventar anécdotas increíbles sobre sí misma, en el caso de Belle fueron los escritores de pulp fiction de la época quienes se divirtieron embelleciendo su biografía.

Lo que sí parece cierto es que Belle se fue convirtiendo en el poder en la sombra tras un buen número de bandoleros: planeaba sus robos, les ayudaba a esconder el botín, pagaba buenos abogados, sobornaba a los guardias de prisiones para planear fugas… Aplicaba un elaborado sistema de recompensas para animar a sus forajidos: el premio gordo (si el bandolero en cuestión le parecía guapo además de hábil) era acostarse con ella. Este comportamiento de abeja reina le valió el magnífico apodo de Reina de los Forajidos de Oklahoma. Uno de esos amantes, un indio llamado Sam Starr, acabaría convirtiéndose en su segundo marido, un tipo algo atrabiliario pero con el que se llevaría de maravilla. Ambos se establecieron en un terreno llamado Younger Bend, en un meandro del río Canadiano (hoy en día un fan de Starr intenta reconstruir la cabaña en que vivieron).

A diferencia de Sally Skull, Belle no era excesivamente atractiva, pero tenía un agudo sentido de la moda. Mientras Calamity Jane vestía como una cazadora o directamente con harapos, Belle llevaba casi siempre elegantes vestidos, pamelas anchas y botas relucientes… junto a sus dos revólveres en la cintura y una fusta de montar siempre atada a la muñeca. Se especializó en robar ganado y objetos de valor a sus vecinos, aunque casi nunca en persona: al fin y al cabo para eso estaban los muchachos de su banda. Se la relacionó con algunos atracos sonados: siete mil dólares obtenidos de un saloon en Kansas, treinta mil en el robo de un banco tejano…

En 1882 Belle y Sam Starr pasaron nueve meses en la cárcel, acusados de robo de caballos. Tuvieron suerte, en realidad, teniendo en cuenta la cantidad de asuntos turbios en que se vieron involucrados a lo largo de los años. Y de hecho les acabó resultando útil su tiempo en la sombra, ya que ahí conocieron a más bandoleros a los que acabaron acogiendo en su rancho. Nunca pasaron apuros económicos ni volvieron a poner el pie en la cárcel, pero la vida al margen de la ley está llena de peligros. La semana antes de Navidad acudieron a un baile en el que acabaron tiroteándose, por motivos poco claros, con el dueño del ferry que cruzaba el Canadiano. Sam murió en el intercambio de disparos. Pocos años más tarde, cuando Belle cumplió 41, fue abatida de un disparo de escopeta en un extraño asesinato que nunca llegó a resolverse. Una vida libre, original y turbulenta que fue simplificada en el cine, con las interpretaciones espectaculares pero más bien ingenuas de Gene Tierney en Belle Starr o Jane Russell en Montana Belle.

Muchas más mujeres dejaron huella en el Lejano Oeste (Lillian Smith o Georgia Duffy, por ejemplo), pero este póquer de diosas armadas debería bastar como muestra. Así que me despido por ahora, prometiendo volver pronto con más pólvora y curvas.



Custer y el Séptimo de Caballería, una tragedia americana (y II)

Era una calurosa tarde en Montana. Estaban recogiendo cebollas salvajes cuando las mujeres vieron una gran nube de polvo que se acercaba al campamento sioux. En seguida pudieron distinguir a los cuchillos largos galopando hacia ellas siguiendo a un enorme jinete en un caballo tordo, el capitán French. Corrieron a refugiarse entre los tipis buscando a los niños mientras los guerreros de la tribu se armaban hasta los dientes , montaban sus ponys y salían al encuentro de los soldados.

El plan del superior de Custer, el general Terry, se fue al carajo al primer contacto con el enemigo. Como todos los planes. No es que fuese un tratado de estrategia militar, la cosa era bien sencilla: se trataba de que el Séptimo de caballería marchando desde Fort Lincoln localizara a los sioux y cheyennes hostiles que se negaban a vivir constreñidos en las reservas y forzarles a un combate abierto mientras el resto de la columna con Crook a la cabeza del Segundo de caballería y la infantería restante, saldría desde Fort Fetterman para, dando un rodeo, adentrarse al norte del Yellowstone y así cortarles una posible retirada hacia el Canadá, más allá de la jurisdicción de sus galones. El Coronel Gibbon debería unirse con su tropa desde el oeste, pero en un increíble alarde de dejadez cruzaría el Río Lengua “porque los caballos no saben nadar”. La simpleza que en otros momentos puede ser un buen arma en esta ocasión hizo que el ejército pasara por alto las particularidades de la gente a la que se enfrentaban.

La cultura de los indios de la pradera tenía como centro dos aspectos que resultarían decisivos en los hechos del verano de 1876: el combate personal y la movilidad que confería a las tribus el generalizado y magistral uso de sus pequeños caballos. Los campamentos y las partidas de guerreros se movían constantemente, pudiendo sorprender a los yanquis con una acumulación de hombres donde menos se los esperaba mientras durase el estío; pero les hacía muy vulnerables en el invierno, lo que más adelante les costaría la definitiva derrota. Su manera de entender la guerra era totalmente diferente a la de los blancos. Para los hombres indios era casi la única manera de prosperar en su sociedad y tenía un fuerte componente espiritual que le imprimía al combate un carácter eminentemente individual. No necesitaban órdenes para enzarzarse en batalla, bastaba con que unos cuantos crows rivales merodearan por su territorio para que todos los jóvenes de un campamento entablasen una lucha a muerte con ellos y casi entre ellos por tener el honor de ser los primeros en combatir. Con estos mimbres parecería que los indios no tenían muchas posibilidades frente a una fuerza militar moderna y organizada como era la Caballería del US Army, pero como veremos algunas cosas habían cambiado sustancialmente sin que los generales azules se percataran a tiempo.

Rosebud Creeck

Pequeño Halcón permanecía inmóvil en el risco que dominaba el meandro con sus diminutos e inexpresivos ojos clavados en la columna de soldados que discurría a lo largo del Río Lengua, y la visión de unos doscientos crows y shoshonas que marchaban junto a los hombres de Crook acabó con su paciencia. Esos traidores que se habían aliado con el hombre blanco contra los cheyennes y sus ahora amigos los sioux debían tener su merecido. Lógicamente no pensaba atacar con los 20 guerreros de su partida a aquel millar y medio de enemigos; era cheyenne, no imbécil, así que dio vuelta a su montura y, dejando a la mitad de sus hombres a cargo de seguir e informar sobre los movimientos de Crook, galopó como alma que lleva el diablo hacia Reno Creek, donde en esos momento se encontraba el gran campamento conjunto de las tribus para relatar a los jefes lo que había visto, y convencerles de que había una posibilidad de sorprender a los casacas azules con un ataque audaz. Afortunadamente no necesitaría muchas explicaciones, porque al llegar al campamento se encontró con el final de la Danza Solar sioux, en la que Toro Sentado había sacrificado a 50 reses para entrar en un trance que le provocaría la profética visión de unos soldados bajando de la colina con la intención de atacar a su gente que eran interceptados y masacrados. El informe de Pequeño Halcón, unido a los presagios del Gran Jefe, propició que el resto de jefes concluyesen que había llegado el momento de entrar en acción, y para dirigir el ataque eligieron a uno de los hombres que hizo que las cosas no fuesen como de costumbre para los indios.

Lluvia en la Cara posa con su Winchester .44. La capacidad de fuego que daba el rifle de repetición a los indios sorprendió a los hombres de Terry.

Caballo Loco reunió rápidamente 1500 guerreros, a los que gracias a su carisma personal consiguió inculcar la necesidad de pelear de una forma menos anárquica si querían hacer daño al enemigo: esta vez combatirían recibiendo órdenes, las suyas. Tras una marcha forzada, Caballo Loco cae a la altura del Rosebud Creek sobre la desprevenida columna de Crook, que desde luego lo último que espera es esa agresividad en tácticas y número por parte india. Los escaramuceadores pielroja llegan hasta la línea de los centinelas yanquis entrando en combate cuerpo a cuerpo, y usando sus tomahawks acaban con ellos teniendo incluso tiempo de arrancarles la cabellera; pero la pronta reacción de los aliados indios del ejército logra evitar que las dos masas críticas de ambos contendientes llegue a una melee que sería fatídica para Crook. Se estabiliza un frente en el que se intercambian disparos durante un par de horas durante las que los oficiales de caballería notan que las cosas no transcurren como habían imaginado. Los indios mantienen sus posiciones, no se inmolan en cargas valerosas contra las carabinas de sus hombres. Además responden al fuego con cierta disciplina y, lo que es más preocupante, con una velocidad de fuego que ellos jurarían superior incluso a la propia. Cuando Caballo Loco entiende que la situación está estancada y temiendo no poder sujetar el ardor de sus guerreros por mucho tiempo más, da orden de romper el contacto dejando detrás de sí 23 yanquis muertos y 10 de sus hombres, uno de cuales desvelaría la respuesta a las sospechas del general Crook. En sus manos aún quedaba un Winchester .44 de repetición. El ejército dotaba a la caballería con una carabina Springfield de retrocarga; cada vez que disparaba debía volver a cargarse con la consiguiente pérdida de tiempo. Por eso los indios respondían con más fuego al suyo: durante aquel año se habían hecho con entre 400 y 800 rifles de repetición a través de los innumerables comerciantes de armas que les visitaban en sus campamentos invernales en busca de pieles. Era una mala noticia. Muy mala noticia.

Así, Crook estima que necesitará artillería y más potencia de fuego para cumplir su parte del plan y decide regresar a Goose Creek, eliminando del teatro de operaciones durante siete semanas a la mitad del ejército que debía llevar a cabo la campaña de ese verano y dejando solo al Séptimo de caballería.

Mientras, al norte…

La búsqueda de velocidad y movilidad llevó al Séptimo a dejar atrás las ametralladoras Gatlin que echarían en falta.

Sin noticias de lo sucedido en Rosebud Creek, Terry sigue adelante con el plan a la vez que empiezan a surgir complicaciones con el carácter de Custer. Está ofendido porque el general ha decidido destacar con la mitad del regimiento al mayor Reno en misión de reconocimiento y no a él. Está aún en el punto de mira del presidente Grant y ansía una oportunidad para demostrar su valía. En su megalomanía llega a imaginar que una aplastante victoria contra los sioux puede hacerle llegar al Congreso, y quién sabe si no a la Casa Blanca. En el tiempo en el que Reno lleva a cabo su misión de exploración, convence a Terry para que le conceda un mando separado y pueda manejar a “su Séptimo” independientemente de la fuerza principal. Su idea es, una vez recuperadas las tropas de Reno, separase de la columna y cabalgar ligero en busca de lo que según los informes no es más que otro campamento indio que arrasar sin mayor complicación. No llevará artillería que le retrase ni las farragosas ametralladoras Gatling que seguramente le hubiesen salvado la vida, porque quiere hacer 100 millas diarias siguiendo el rastro que los exploradores arikaras de Cuchillo Sangriento han descubierto para él. Su mayor temor no son los guerreros sioux y cheyennes, su mayor temor es que se le escape la gloria y los indios se diluyan en la pradera antes de que él les de caza. Terry y supuestamente Gibbon marcharían a lo largo del Yellowstone para confluir con Custer en cuanto este hubiese fijado la posición de la aglomeración de tipis. Los seiscientos hombres del regimiento marcharán de una manera agotadora durante tres días en la senda que les marcan sus indios, sin descansar apenas para dormir y comer frugalmente, con los pañuelos en la cara protegiéndoles del polvo del camino y sus sombreros cubriéndoles del sol, llevando el agua justa y con el único lujo de su mascota, un bulldog amarillo.

El ataque de Reno

A la mañana del día 25 de Junio los indicios de la presencia del campamento indio son cada vez más evidentes en el Little Big Horn, y los reportes de los arikaras llegan ahora informando de constantes avistamientos del objetivo. Pero no reflejan lo que Custer esperaba, ya que hablan constantemente de una reunión de tipis tan grande como nunca habían visto. En realidad, donde Custer pensaba encontrar a unos 1500 indios en total había no menos de 8000 civiles y unos 3000 guerreros. Esto le desconcierta en un primer momento, pero tras analizar los rastros encontrados determina que los exploradores deben estar exagerando y, además, parece que todo indica que la presencia de guerreros no es muy numerosa entre las gentes del campamento. De cualquier manera echará un vistazo por sí mismo, y con su catalejo termina de engañarse cuando no ve más que unos pocos tipis dispersos de lo que en realidad es un mar de ellos que permanece oculto tras un bosquecillo. Ahí está, al alcance de su mano, la oportunidad de conseguir un triunfo que le redima en el ejército y en Washington. Qué demonios, él es George Armstong Custer, y no piensa dejar que unos exploradores salvajes le amedrenten o le hagan tomar lo que el piensa excesivas precauciones a estas alturas. Y como es Custer, tampoco piensa seguir las órdenes de sus superiores y esperar al convenido día 26 para que las tropas de Terry se unan a él y compartir la victoria; se miente y miente a sus hombres justificándose con la posible pérdida del factor sorpresa. Es su momento, y para eso ha llevado con la lengua fuera a su querido Séptimo estos últimos días. Hay que atacar ya.

Divide al regimiento en cuatro destacamentos: el capitán Benteen con 120 hombres ocupará el ala izquierda de un ataque que ha de converger en el poblado. El mayor Reno y sus 175 soldados marcharían por el centro, con el propio Custer y 220 hombres más a su derecha. El resto quedaría en retaguardia guardando los suministros. Benteen muestra su desacuerdo rogando a Custer que no divida las fuerzas, al fin y al cabo los informes sobre el tamaño del emplazamiento enemigo pueden ser ciertos y si es así van a necesitar cada hombre y cada bala concentrados. Este se enfurece, y señalándole sus órdenes una vez más le indica que se mueva ya a sus posiciones, y que haga lo que se le ha dicho: remontar aquellas colinas, atacar a todo lo que vea y volver junto a él si no encuentra nada. Sin más. Son las 11:45 de la mañana y todos se dirigen a sus posiciones.

Las tropas comienzan a distinguir cada vez más indios en su frente y la excitación del combate hace que se revuelvan inquietas. Los hombres de Reno ven a una milla a su derecha al grupo de Custer, que marcha a envolver a los indios mientras levanta una enorme polvareda en la que se van perdiendo los jinetes. Son las 12:20 y será la última vez que los vean con vida.

Los indios arikaras eran los exploradores preferidos por Custer. Sus ojos y oídos en la pradera, que dejó de escuchar en el peor momento.

A las 14:20 Custer da con unos cuantos tipis cheyennes, cuyos moradores salen disparados hacían el campamento principal al ver acercarse a los soldados. “¡Estos son sus indios, general! Corriendo como gallinas” le grita uno de los crows del ejército mientras aprovecha para saquear las tiendas de sus hermanos, lo que refuerza la confianza de Custer, quien envía un mensaje a Reno : “Los indios están a unas dos millas y media enfrente de usted. Huyendo. Avance tan rápido como sea posible y cargue contra todo lo que encuentre, más tarde yo iré en su apoyo” . No hay noticias del gran campamento, podría ser que solo encontrasen pequeños asentamientos como este, con los que sus hombres son muy capaces de manejarse. Por detrás, Benteen vuelve con las dos columnas principales tras no encontrar nada en la izquierda, pero todavía molesto por el trato que le ha dado Custer no parece tener mucha prisa y se encuentra aún a unas cuantas millas a la zaga. Parece que Custer realmente hubiera sorprendido a los indios, y no se registra movimiento enemigo alguno que no sea poner pies en polvorosa al ver a la caballería. Ahora está dispuesto a sacrificar la mitad de sus caballos reventándolos en la persecución, cosa que sucedería en algunos casos y que salvó la vida a algunos de los hombres de su batallón cuando sus monturas cayeron rendidas por el agotamiento. Pero Toro Sentado ya está informado de los movimientos enemigos, y mientras los no combatientes comienzan a recoger el campamento los guerreros se aprestan para el combate.

Sobre las tres de la tarde la fuerza central de Reno se prepara para atacar por fin los primeros tipis del gran campamento, sin saberlo. Cuando sus tres compañías forman una línea de carga al salir del bosque no es capaz de distinguir la magnitud de lo que están a punto de intentar, y ordena que se toque paso de carga. Según van avanzando primero al paso, luego al trote, y por fin a galope tendido, la enormidad de las tres millas de anchura del poblado indio se va haciendo cada vez más patente y, en el último momento, a 400 yardas de adentrarse en aquel laberinto, logra detener el asalto a duras penas. Menos el pobre cabo James Turley, cuyo caballo desbocado no frenó y continuó en solitario hasta desaparecer para siempre entre las tiendas de los hunkpapa sioux, la tribu de Toro Sentado, que casualmente ocupaba ese extremo sur del campamento y como podemos suponer serían los más fieros en la resistencia. Alertados los guerreros, forman frente a las tiendas haciendo pantalla mientras mujeres y niños siguen levantando el campo. Se inicia un intercambio de fuego a la vez que los soldados desmontan para combatir, y poco a poco más indios van uniéndose al combate mientras uno de cada cuatro yanquis no dispara por tener que llevar a retaguardia a los caballos. Así pues, la desproporción de las fuerzas va haciéndose cada vez mayor y Reno empieza a flaquear cuando los sioux parecen iniciar un movimiento de flanqueo. Las bolsas de munición vuelan de un sitio a otro y los disparos de los profesionales del ejercito son precisos, más a esa distancia en la que la Springfield es más fiable que los Winchester, pero no hay suficientes carabinas en línea para mantener siquiera a los indios en su posición. Solo ha perdido dos hombres, pero teme quedar rodeado de seguir sumándose enemigos, y ordena retirarse hacia el bosque donde tendrán mayor protección. El primer ataque ha sido rechazado de pleno.

Los correos hacen llegar a Custer que Reno se mantiene firme en el bosque mientras él sigue avanzando, y por fin descubre la realidad que había estado negando toda la mañana. Aquello era mucho más grande de lo que nadie había imaginado. Y es en este momento, cuando ya es consciente de que el reto excede sus fuerzas, de que Reno ha sido rechazado , cuando quizás llega el momento decisivo de la batalla de Little Big Horn. ¡Custer decide seguir a la ofensiva! Inexplicablemente manda al corneta Martin con un mensaje hacia Benteen: “Benteen venga. Gran poblado. Venga rápido. Traiga munición. P.S : Traiga las mulas”.

Solo se puede entender esta decisión si tenemos en cuenta la personalidad que ya hemos esbozado. Siendo explícitos: ¿qué coño pretendía?

Pánico

Plano de los movimientos durante la batalla de Little Big Horn.

Todo lo que es susceptible de empeorar, empeora. La supuesta firmeza de Reno defendiendo el bosque dura exactamente 20 minutos. Con un ataque de pánico impropio de un oficial, el mayor está perdiendo los papeles por segundos. Sus órdenes son inconexas y contradictorias; los hombres le miran entre asustados y desconcertados mientras logran mantener por sí mismos una pequeña disciplina de fuego. Además de los nervios, su jefe ha perdido el sombrero, y un pañuelo rojo atado a su cabeza unido a su errático comportamiento no es que les infunda mucha confianza. Todo esto termina en el bosque como tenía que terminar, visto lo visto. Reno monta en su caballo y grita: “El que quiera vivir de vosotros que escape como pueda ¡Seguidme!” Lo que se conoce técnicamente como maricón el último. Cualquier posibilidad de realizar una retirada coherente y con posibilidad de éxito parecen escapar al galope con aquel tipo de la bandana en la cabeza.

La salida del bosque se convirtió en poco más que una cacería de conejos para los hombres de las praderas. En sus ponys frescos iban abrumando a los rezagados como Isaiah Dorman, un intérprete y único negro de la expedición que, eso si, antes de que veinte guerreros lo despedazaran se llevó por delante a cuatro de ellos con su Colt. Son las 4 de la tarde, y en la hora que lleva Reno en combate ha perdido menos hombres que en los cinco minutos que los supervivientes del batallón han tardado en huir del bosque hacia una pequeña colina, donde hombres como el teniente Hare intentan rehacer la defensa: “¡Si tenemos que morir, muramos como hombres! ¡Soy un maldito hijo de perra peleón de Texas!” grita el veterano rebelde de la guerra de Secesión a los hombres que suben a gatas, cogidos de las colas de los caballos de sus camaradas, exhaustos y aterrorizados por los gritos de guerra indios, hacia la cima que ahora se conoce como Reno Hill. Algunos en la confusión huyeron en dirección contraria para caer en manos de los guerreros y ser desollados a plena vista de sus amigos. De los 140 soldados y 35 exploradores de la fuerza central, los aproximadamente cien que quedan consiguen finalmente establecer un perímetro en lo alto de la colina mientras el ataque indio parece remitir. Los guerreros tienen otro objetivo que atender: es el turno del jefe blanco.

Esta inesperada tregua es aprovechada por Beenten, que al escuchar el fragor del combate acelera el paso y consigue llegar a la colina de Reno, en la que se encuentra a éste desquiciado y exigiéndole a gritos que le eche una mano: “¡Por el amor de Dios, Benteen, detenga a sus tropas y ayúdeme! ¡He perdido la mitad de mis tropas!” Viendo el panorama que existe en la cima, Beenten decide escuchar la súplica de Reno y se une a él en el perímetro. Las municiones ya escasean y ambos deciden esperar a que lleguen las mulas antes de ir en busca de Custer, pese a que ya se escucha el ruido de los disparos que viene de la posición de su comandante y se divisa una marea de plumas galopando en su dirección.

Last Stand

Volvamos a las 4 de la tarde para encontrarnos con un Custer aún controlando la situación en su sector. En mangas de camisa, con los pantalones de gamuza metidos por dentro de las botas, su famosa chaqueta de ante atada a la parte trasera de su montura y un sombrero de ala ancha que lleva doblada y cogida con un corchete en su parte derecha para poder apuntar con facilidad, el “general” ya ha sido informado de la derrota sufrida en el ataque central por parte de los exploradores Boyer y Curley, a quienes da opción de abandonar en ese momento. Curley ve el cielo abierto y se aleja rápidamente de lo que piensa va a ser una carnicería, pero Boyer elige quedarse y pelear. De momento parece que lo más seguro es quedarse con el ejército, ya que el destacamento que Custer ha separado de su fuerza —unos 80 hombres al mando del capitán Yates— ha encontrado poca resistencia en su reconocimiento cerca del extremo norte del poblado indio. La mayoría de guerreros están aún acosando a Reno o escoltando a los civiles mientras se alejan del campamento. El tiroteo es esporádico y los soldados buscan un vado para cruzar el río, mientras veinte o treinta sioux bajo la dirección de Vaca Toro les hostigan al amparo de las tiendas.

El tiempo pasa mientras el número de guerreros que acuden al encuentro de Custer aumenta progresivamente. El jefe Agalla comienza a aliviar la presión sobre Reno para enviar cientos de guerreros a enfrentar la nueva amenaza. Ya pasan treinta minutos desde que dejaron tranquilos a los yanquis de la colina, y los movimientos que realizan los guerreros cruzando el rio a la izquierda de Custer nos anuncian que el propósito de rodear a los soldados empieza a materializarse sin que este sea consciente de ello. El hermano pequeño de Custer, Boston, aún es capaz de llegar a unirse sus dos hermanos —Tom también marchaba junto al mayor— desde la columna de Beenten, ya que al escuchar los primeros disparos se ha lanzado al galope para pelear junto a su sangre, y en nuevo despropósito comunica a su hermano que no ha visto indios en el camino, y que Reno y Beenten se dirigen hacia su posición para unir fuerzas. Custer cree entonces que con las tropas en camino tiene suficientes hombres para conseguir su objetivo primario: destruir los tipis y capturar tantos no combatientes como sea posible para, usándolos como rehenes, forzar a los guerreros a volver a la reserva. Craso error.

El jefe Agalla lideró el primer movimiento con la intención de embolsar a las tropas que atacaban el poblado.

El círculo de indios va formándose a su alrededor. Caballo Loco también ha abandonado la lucha en la colina y, tras un ritual en el que durante veinte minutos se echa polvo de una madriguera de topo encima, cabalga con sus impacientes sioux rodeando el norte del campamento para ir cerrando el cerco por la derecha de lo que queda del Séptimo de caballería. Son las 5 de la tarde y el cheyenne Hombre Blanco Cojo es el encargado de avanzar desde el lado opuesto al poblado y terminar de sellar la bolsa.

La presión sobre el ala izquierda de Custer aumenta a medida que más y más guerreros van llegando desde desde Reno Hill. Los soldados, cansados por los días de marcha forzada, no están en condiciones de mantener durante mucho tiempo su posición, y las bajas van aumentado. Cada pony y cada penacho nuevo es un clavo en su moral, y esta empieza a flaquear mientras notan que sus caballos caracolean asustados presintiendo lo que se avecina. Dos Lunas y Nariz Amarilla lanzan una carga contra los pocos hombres que todavía mantienen la línea y terminan de desbaratar la formación del capitán Keogh. Al hacerse con el estandarte de la compañía L, dan la señal de salida a una huida que más parece una estampida de bisontes que otra cosa. Lo que queda del flanco derecho recorre despavorido los 600 metros que le separan de la posición en la que Custer ya se enfrenta a los hombres de Caballo Loco, dando opción a que Agalla y Hombre Blanco Cojo se lancen en su persecución y estrangulen cualquier posibilidad de que lleguen refuerzos. La compañía I intenta cerrar la brecha, pero los cheyennes y los sioux lanzados la aplastan literalmente, pasando por encima de ellos en una proporción de diez a uno. En cuestión de minutos el flanco se ha evaporado y no quedan más que aterrados hombres luchando por su vida entre los gritos de los salvajes mientras intentan abrirse paso.

El ala izquierda aún mantiene cierta coherencia y logra dar amparo a los 15 fugitivos que llegan desde su derecha, pero la situación es ya claramente desesperada para todos. Una vez estrechado el círculo la proporción de fuerzas ronda el 20 a 1, y los hombres miran hacia el sur imaginando la llegada de los refuerzos de Benteen, que nunca se producirá. Los indios galopan frenéticamente alrededor del cada vez menor número de resistentes, lanzando cargas puntuales que destrozan los nervios de los soldados y se cobran aquí y allá la vida de alguno de ellos. En un vano intento de montar una barricada, los hombres de Custer forman un círculo con los caballos muertos para evitar las corridas de los guerreros que están deseando llegar al cuerpo a cuerpo y acabar con los blancos según manda su tradición. Quedan unos 50 hombres con capacidad de combatir para enfrentar a miles de indios.

La munición empieza a escasear y ya no se pelea por otra cosa que salvar el pellejo de alguna manera. Es probable que en ese momento por fin encontrase Custer su destino y fuese alcanzado por una bala en el pecho, cayendo muerto sobre el cuerpo de uno de sus hombres, donde fue más tarde encontrado. No está claro cómo o a manos de quién murió, y muchos indios se han atribuido la hazaña. Tantos como la han negado, ya que en los años posteriores a la batalla la demonización que sufrieron los guerreros que participaron ella no hacía muy recomendable presumir de ello. Suena el último toque de corneta llamando a Beenten y se produce el anticlimax de la batalla, la resistencia va cesando poco a poco, abrumada por la superioridad numérica, el agotamiento y la desesperanza. Cada vez es más fácil para los indios llegar al centro del círculo y acabar con los soldados mirándoles a los ojos, robándoles el alma como los cuchillos largos habían robado el alma de tantos hermanos suyos en el pasado, vengando cada tipi incendiado y abriendo en canal sus estómagos como si fuesen las cercas que los blancos pretendían imponerles. A las 6 de la tarde, los 210 hombres de Custer yacen muertos en la pradera.

El día después

Desmontado el campamento durante los combates, los indios son conscientes de que llegarán más tropas federales, y en la mañana del 26 no realizan más que acciones de tanteo contra los hombres que aún quedan en Reno Hill, mientras el grueso del poblado ya está en marcha alejándose de lo que ha sido su más grande victoria contra el hombre blanco. Y la última. Prenden fuego al asentamiento tras levantar la última tienda; y quizá asustados por el éxito que han tenido y conociendo cómo se las gastaban los estadounidenses en sus represalias se dirigen al Canadá, donde con la exhibición de las medallas concedidas a sus ancestros como aliados de Jorge III esperan encontrar al menos un refugio temporal.

En efecto, Terry y el resto del ejército llegaría a Little Big Horn para encontrarse un espectáculo indescriptible. Los cadáveres amontonados y mutilados cruelmente se descomponían mezclando su olor con el del fuego iniciado por los indios. Aquí y allá encontraban a un soldado sin manos ni pies, a un oficial descabellado y aplastado por el peso de su caballo, o a uno de los exploradores indios de Custer con los genitales metidos en su boca para que en el más allá no pudiese seguir hablando con sus amigos blancos. La noticia de la masacre conmocionó la sociedad americana y todos clamaron venganza. Durante ese verano los indios escaparían a ella, pero los yanquis habían aprendido la lección y fue durante los inviernos siguientes, durante los que la movilidad india estaba bajo mínimos, cuando fueron acabando con su resistencia aprovechando la dispersión de sus campamentos en las nieves. Para Julio de 1881 ya solo quedaba Toro Sentado y un pequeño grupo de guerreros sin someterse a la autoridad de la Agencia de Asuntos Indios, y en ese momento el Gran Jefe Indio entregó sus armas en Fort Buford: “ Quiero que recuerden que soy el último hombre de mi tribu en rendir mi rifle.” En los años posteriores conservó su resentimiento hacia el hombre blanco y, aunque era muy capaz de ello, siempre se negó a hablar inglés y a relacionarse con los yanquis, incluso cuando por avatares del destino se vio enrolado en el espectáculo del Far West que conducía Buffalo Bill.

Muchos de los indios que derrotaron a Custer fueron en los años siguientes linchados y apaleados cuando se descubría su presencia en Little Big Horn. Nobles guerreros como Mangas Coloradas, al que colgaron y cortaron la cabeza que fue hervida y enviada al Smithsonian; o el “Capitán Jack”, asesinado mientras intentaba comprar algunos víveres. Posteriormente disecaron su cadáver para exponerlo por las ferias al módico precio de diez centavos el vistazo. Ejemplos como estos podemos encontrar decenas, lo que nos hace recordar lo escrito por un desertor francés de la guerra de los Siete Años en otro recóndito lugar del continente americano, las ruinas de Fort Crévecour:

NOUS SOMMES TOUS SAVAGES.

Fue la última vez que los sioux celebraban su danza de la victoria.


Custer y el Séptimo de Caballería, una tragedia americana (I)

Comanche renqueaba al sol del verano de las Grandes Praderas y sus lentos movimientos fueron suficientes para que el teniente Bradley, del 7º Regimiento de Caballería de los Estados Unidos, se interesara de nuevo en lo que a primera vista le pareció una hecatombe de bisontes. Ahora, algo extraño llamó su atención. Había bultos demasiado pequeños como para ser cuerpos del enorme rey de aquellos pastos. Incluso una vez desollado un bisonte es un animal imponente. A medida que se acercaba, los temores que desde hace dos noches habían asfixiado el ánimo del regimiento se iban haciendo realidad ante sus ojos. Aquella mancha en la pradera no era otra cosa que todo lo que quedaba de los cinco escuadrones del teniente coronel Custer: una masa inerte de hombres desnudos que yacían entremezclados con sus monturas muertas. Tan solo quedaba en pie Comanche como mudo testigo de la matanza.

Go West!

Con la llegada de James ‘América para los americanos’ Monroe a la Casa Blanca en 1817 se sentarían las bases de la política estadounidense respecto a los indios para más de un siglo. Sin muchas sutilezas, a base de tratados o balas, consistía en ir empujando al pielroja hacia el Oeste. El Destino Manifiesto se imponía como leit motiv de la nueva nación y la continua llegada de inmigración europea a lo largo del XIX presagia que dos formas de vida antagónicas chocarán una y otra vez por ocupar el mismo espacio. Durante la presidencia de Jackson 90.000 indios fueron deportados desde las antiguas Colonias hacia los grandes espacios abiertos del centro del continente, donde la Oficina de Asuntos Indios se ocuparía de reubicarlos y controlarlos mientras se adaptaban a la vida en las praderas en compañía de sus primos más ‘salvajes’. En la mentalidad india no cabía la concepción de parcelar, cercar y poseer la tierra y la mayoría de los tratados firmados lo eran por representantes de estos que ni comprendían lo que estaban firmando ni en realidad tenían esa representación. Pero esto confería una pátina de legalidad al gobierno federal para ampliar el territorio bajo su poder directo y extender la civilización; no impedía que una porosa ‘frontera’ separara a los nuevos colonos de los nativos.

Hoy Senda Histórica Nacional, el Sendero de las Lágrimas recorre los caminos que atravesaron los Cherokee, Chickasaw, Choctaw, Creek, y Seminolas durante su deportación al oeste.

En 1848 y tras la guerra con México, los EEUU se hacen definitivamente con California, Nuevo México, Arizona, Nevada… y queda entonces un espacio entre ambas costas, las grandes llanuras, que ya no pueden ser ignorados. Desde Washington se convoca en Fort Laramie una reunión con todas las grandes tribus con el fin de llegar a un acuerdo para que los indios no se interpongan a la cada vez mayor cantidad de caravanas —acompañadas de alcohol, armas, cólera, viruela, enfermedades venéreas— que cruzan su territorio, y se les promete toda clase de cristalitos de colores si se comportan como ‘gente civilizada’ y asumen que sus correrías deben quedar confinadas a los espacios controlados por la Agencia de Asuntos Indios. Lo que para los blancos podría parecer algo razonable suponía ir en contra de la esencia misma del modo de vida de los indios, nómadas por naturaleza como bien definió el Jefe Joseph: ‘Esperar que los hombres libres vivan en gallineros es como esperar que los ríos fluyan en dirección contraria’.

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¡Oro, oro!

La situación, con esporádicos episodios de violencia india hacia los colonos que eran cruelmente castigados por las tropas federales, se mantuvo más o menos controlada hasta que en 1858 se desataba el rumor de que en la Rocky Mountains, en pleno territorio Cheyenne y Arapaho, se ha encontrado oro. A partir de ese momento la marea de mineros en busca de fortuna se hace incontenible. Detrás de estos vendrían los comerciantes y granjeros que les han de proporcionar sustento y diversión con la evidente intención de establecerse permanentemente en las tierras que por derecho pertenecían a las tribus. Durante tres años la Reserva mengua hasta un tercio de superficie original mientras los jefes indios Olla negra y Antílope Blanco, conscientes de su incapacidad para hacer frente por las armas, buscan mantener lo poco que les va quedando. A esto se opone un grupo de guerreros, los Hombres Perro, cuyas incursiones proporcionarían a los federales la excusa perfecta para aplastar lo poco que quedaba de los ‘dominios’ indios en Colorado.

Buscadores de oro atravesando el Bozeman Trial, en pleno corazón del territorio sioux.

¡Maldigo a cada hombre que simpatiza con los indios! He venido a matar indios, y creo que es justo y honorable usar todos los medios que existen bajo el cielo de Dios para matarlos.’

Así se expresaba el coronel John Milton Chivington. No es de extrañar que en 1864 liderara la matanza de Sand Creek, donde 700 casacas azules arrasaron un campamento Cheyenne hasta dejarlo en cenizas matando a cerca de 200 ‘civiles’.

En territorio sioux el mismo patrón de acontecimientos se presenta una década más tarde, cuando una expedición de Custer halla el vil metal en las Black Hills. Pero esta vez, la personalidad de dos hombres a su manera excepcionales, haría que el enfrentamiento entrase en la leyenda.

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Toro Sentado

Con unos 40 años cuando comienza nuestra historia, Toro Sentado era el líder espiritual de los sioux y demasiado mayor ya para participar en la batalla que se avecinaba, pero no siempre había sido así. Lejos estaba de ser un místico chaman y en la tribu era considerado como la unión perfecta de los mundos terrenales y espirituales.

Su nombre, que puede resultarnos ciertamente pintoresco a los blancos, ya dejaba entrever el respeto que infundía en sus hombres. Para el occidental el búfalo era el animal más tonto de la pradera. Se dejaba matar tranquilamente, e incluso una vez escuchados los primeros disparos seguían sin moverse y los cazadores disparaban una y otra vez sobre la manada diezmándola hasta que se quedaban sin balas. Por el contrario, para los indios, eran fuertes y sabios, cercanos al Espíritu que todo lo ocupa y que en posición de sentado tendría una postura firme, estable. Esto nos daría como resultado que, para los guerreros, Toro Sentado era el ser fuerte y poderoso que había ido a vivir entre ellos. Se cuenta aún en los fuegos de las fiestas sioux que Toro Sentado venía de una estirpe de hombres admirables, y que incluso su padre llevó ese nombre cuando en un partida de caza un bisonte fue capaz de comunicarse con él y le dio a elegir cómo quería llamarse entre unas alternativas que podríamos traducir como Toro sentado, Toro que salta, Toro que está con la vaca y Toro solitario. Representando cada uno una etapa de la vida del hombre —infancia, juventud, madurez y ancianidad— el padre de nuestro protagonista escogió la primera opción por el hecho de que al ser pronunciada en primer lugar por el espíritu del búfalo debía ser la más importante. Y este nombre llevó hasta que orgulloso de su hijo, al que hasta entonces llamaban Lento por su asombrosa tranquilidad, terminó por cedérselo.

La juventud de Toro Sentado fue movida. No era un hombre que se limitara a ejercitar su lado espiritual y siempre estuvo dispuesto a participar en los combates contra los crows, enemigos ancestrales de los sioux, de los que solía regresar con una retahíla de orejas, genitales, cabelleras, lenguas y en una ocasión hasta una mano de guerrero crow atada aún a su tomahawk. De hecho, alcanzó el grado de Corazón Bravo, cosa que antes que él solo había logrado otro sioux y que le permitía lucir en combate un gorro con cuernos de bisonte, plumas de cuervo y una cinta que arrastraba por el suelo que no solo era decorativa. Esta tira de piel de búfalo servía para una vez llegado al lugar del combate, el guerrero se atara con ella a una estaca clavada en el suelo para demostrar a sus enemigos que no daría un paso atrás. O le mataban, o de ahí no se movía.

Como líder de los suyos y conociendo ya las consecuencias que los tratados con el Gran Jefe Blanco solían deparar a los hombres de las praderas, Todo Sentado siempre se negó a participar en cualquier tipo de conversaciones con los anglosajones, y comprendió que si existía una única oportunidad de conservar su cultura intacta ésta pasaba por la unión de todas las naciones indias, como expresó a sus hermanos cheyennes en Rosebud Creek:

Nosotros somos una isla india en un mar de blancos. Tenemos que mantenernos unidos, pues solos seríamos arrollados por ellos. Esos soldados quieren luchar, quieren la guerra. Bien, entonces la tendrán

Ningún tipo de pacto entraba en sus planes. Consideraba que tras miles de años debía luchar por la tierra en la que les había puesto el Gran Espíritu, y era consciente de que el compromiso con los estadounidenses destruiría todo aquello en lo que había crecido y vivido. No sería posible seguir a las manadas, ni cambiar los campamentos según la época del año. El alcohol y las enfermedades acabarían por corromper a sus guerreros, como había sucedido en los lugares en los que las demás tribus habían aceptado la civilización, las granjas, las ciudades.

De esta manera llega el punto en el que otro hombre, de largos cabellos rubios, entra en escena.

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George Armstrong Custer

Tal vez una de las más controvertidas figuras de la Historia de los EEUU; se puede decir casi cualquier cosa que suene a excesiva de él y acertaremos. Sus escritos son difícilmente compatibles entre ellos, yendo desde una defensa a ultranza de los derechos de los indios a un inocultable deseo de acabar con ellos en busca de gloria. Petulante y ambicioso, agresivo y valiente, en batalla era un tornado que no conocía el miedo y un más que notable comandante de caballería, como demostró durante la Guerra de Secesión. Sus acciones durante los años de pelea contra el Sur le llevaron de teniente segundo a general, con veintitrés años, teniendo incluso el honor de ser el oficial designado para recibir de manos de Lee la bandera de la rendición confederada en Appomattox.

Alto, de intensos ojos azules, con melena y bigotón dorados, una excelente forma física pues ni fumaba ni bebía —algo no muy común entre los soldados por entonces—, que le confería una apabullante presencia física y una resistencia que asombraba a tirios y troyanos en combate. No en vano, a lo largo de su carrera no menos de 11 caballos cayeron muertos mientras él los montaba y aun después siguió combatiendo. Odiado y amado por sus hombres, era un inflexible jefe que no dudaba en ejecutar a desertores sobre el terreno y a su vez un subordinado incontrolable para sus superiores, a los que traía de cabeza desobedeciendo sus órdenes cada vez que le apetecía y consideraba que su iniciativa merecía la pena.

Al finalizar la Guerra Civil, Custer pierde su rango como general en el ejército de voluntarios y recupera su antiguo empleo como capitán del 5º de caballería. La inactividad cuartelaria no está hecha para nuestro hombre visto lo visto, así que solicita un permiso prolongado y se dedica a sopesar las más variopintas alternativas como opciones de futuro. Considera embarcarse en la minería, en la construcción del ferrocarril, en presentarse al Congreso, incluso en enrolarse en el ejército mexicano, pero sabe que siempre será un soldado de caballería y, por fin, encuentra su puesto al ser nombrado teniente coronel al mando del recién creado 7º Regimiento, destinado a la frontera india.

A partir de 1873 se suceden las incursiones y las escaramuzas contra los ‘salvajes’ y Custer sigue aumentando su fama, más aún cuando encuentra el oro del Yellowstone. Crecido en su ambición se involucra en una lucha política con el mismísimo presidente de los EEUU, Ulysses S. Grant —probablemente el peor presidente de la Historia, por cierto— que ya le había sufrido bajo su mando en la guerra. La broma, con declaraciones ante el congreso y consejos de guerra de por medio, casi le cuesta la destitución. Aunque viendo el resultado, ‘costar’ quizás no sea el verbo adecuado. Al fin y al cabo, si no hubiese sido por la intercesión del general Sheridan que le tenía en gran estima, Custer nunca hubiese cabalgado hacia la muerte en aquel verano indio de 1876.

Apelo a usted como soldado para evitarme la humillación de ver marchar mi regimiento a encontrarse con el enemigo sin que yo comparta los peligros’

Esas líneas escritas por Cabellos Dorados a su superior, surtieron efecto y sellaron el destino del 7º de Caballería. Marcharía frente a los sioux al son de Garry Owen bajo el mando de George Armstrong Custer. Por última vez. (Continúa aquí)

La oficialidad del 7º de caballería con sus esposas.