Visión rápida de Castilla: iglesias, trigo y girasoles

Me gusta viajar en tren regional. Pero a veces tengo que tomar un AVE, un Alvia, un Euromed o un Talgo. Acabo de cruzar muy rápido, lo más rápido que he podido la meseta, las dos mesetas. No es que yo tuviera demasiada prisa. El que tenía prisa era el conductor, que parecía estar harto de tanto paisaje plano y monótono y de tanto calor y sol cegador, y quería llegar lo más pronto posible al fresco norte, a las noches húmedas de Bilbao, y encima (dice una pasajera): «es que son las fiestas, la Semana Grande». Los demás pasajeros parecían encantados con las prisas del conductor, y fruncían el ceño a modo de queja cada vez que el tren se paraba en algún lugar desolado, en alguna estación perdida, incluso en un cruce de vías de entrada a alguna de las pocas grandes ciudades por las que pasamos. ¿Se puede ir de Madrid a Bilbao con solo cinco paradas? Sí, claro. Y si son cuatro pues mejor. Y si son tres pues mejor aún. Y si pasa como con el primer trayecto, de Valencia a Madrid de un tirón, sin parar ni una vez, entonces es maravilloso. El campo, el paisaje rural,  ha muerto. Es el pasado. El futuro es un espacio en blanco entre dos grandes ciudades que cada vez se reduce más… (No, no vamos a hablar de La España vacía, de Sergio del Molino; es un buen libro, pero ya hemos hablado en otros artículos).

El único que se ponía contento cuando el tren se detenía un momento —normalmente para esperar que pasara otro tren, nunca para recoger o dejar viajeros— en algún pueblo pequeño era yo. Y me ponía contento porque podía fotografiar las estaciones (sí, todos tenemos vicios raros y extravagantes, y el mío es muy perverso: me gustan las estaciones abandonadas, me gusta hacerles foto y pensar en su historia, en esa historia que no tienen a quien contar), e iba memorizando los nombres para luego buscarlos en el mapa (otro vicio raro y vergonzoso: me gusta mirar los mapas). Y mientras lo hacía pensaba en la terrible decepción de los capitalistas franceses que construyeron la primitiva línea Madrid-Bilbao, cuando en el viaje inaugural se dieron cuenta de que entre Madrid y Bilbao no había nada, pero nada de nada, solo pueblos míseros que no tenían ningún interés en el tren, ni nada que ofrecer al tren, ni mercancías ni pasajeros, pueblos que le daban la espalda al progreso por venganza, por rencor, porque el progreso nunca había llegado a ellos y el futuro era una palabra muy peligrosa que no podía traer nada bueno. Ellos, los empresarios franceses que habían construido la línea, venían, como su nombre indica, de Francia. Un país donde la diferencia entre el campo y la ciudad no era abismal, donde el campo es verde y está poblado, no donde es amarillo y está desierto, donde los pueblos tienen pequeñas industrias y talleres y, por consiguiente, mercancías, donde las gentes tienen dinero para irse de excursión en tren. ¿Excursión en tren? Eso no puede ser bueno para la salud, es evidente. Y además, ¿viajar por placer?, eso aquí no se hace, aquí uno se va porque no tiene más remedio, y muchas veces se va para no volver.

No. No nos pongamos pesimistas. Pero es cierto. Ya desde el mismo viaje inaugural los mismos empresarios que la habían construido comprendieron que difícilmente la línea iba a ser rentable. Y que todos los muelles de carga y todas las estaciones que habían ido colocando como miguitas de pan en mitad de la meseta se iban a quedar demasiado grandes para el poco tráfico que iban a tener. Como de hecho así fue. Y fue así en prácticamente todos los ferrocarriles españoles. El negocio estaba en la construcción del ferrocarril, en la venta de acciones, en las ayudas de los gobiernos liberales (que eran los que más potenciaban el tren, con leyes muy favorables para las compañías ferroviarias). Pero una vez terminada la línea, una vez las humeantes máquinas se ponían en marcha… ¿Dónde estaba el negocio? ¿Dónde estaba si los trenes iban casi vacíos? ¿Si el milagro del tren no traía detrás, inmediatamente, el milagro de la industrialización? Por no traer no traía ni el milagro de la exportación de los productos agrícolas de la zona. Porque, por supuesto, se empezó a mandar el trigo castellano a todos lados, pero pese a todo el ferrocarril era deficitario, la mayoría de las líneas entraron en crisis a los pocos años de empezar a funcionar. Y el Estado tuvo que ir a rescatarlas. ¿Les suena la historia?

En otro artículo conté como el pleno del ayuntamiento de un pueblo castellano vetó la llegada del ferrocarril. Así como suena. Prohibieron que se trazara ninguna vía en su término municipal. Era evidente que estos buenos aldeanos no veían nada bueno en ese invento del demonio. En otras partes del país los caciques presionaban a los ingenieros justamente por lo contrario, para que desviaran el ferrocarril hasta la misma puerta de sus residencias de verano, o de sus haciendas, de sus molinos o de sus plantaciones. Querían el tren, sí, pero para ellos, no para el pueblo. Los habitantes del Burgo de Osma durante muchos años sintieron rencor por una de estas familias, que hicieron que la estación de la ciudad se colocara junto a su hacienda remolachera de La Rasa, a siete kilómetros del centro urbano. Lo cuenta Dionisio Ridruejo, que nació allí, en sus memorias. Pero yo he leído y oído otras historias, y algunas son peores, de esas que acaban con el ingeniero muerto en un extraño accidente. ¿Y qué pasaba mientras este país se iba modernizando, aunque fuera muy lentamente? Pues nada, en estos pueblos meseteños no pasaba nada. Nada que no fuera seguir el ritmo de las estaciones, y continuar con tradiciones y modos de vida cuyo origen se perdía en los tiempos. Pero esa manera de pensar y de vivir no era cosa propia de sus habitantes. O no únicamente. Estaban tutelados por la Iglesia. Y por los señores, muchos de ellos reciclados a políticos.

En un pequeño pueblo de Burgos un pastor fue el primer hombre que consiguió volar. Sí. Volar. No me he equivocado de verbo. Volar como los pájaros. Naturalmente, un hecho así fue muy celebrado y conocido en su época y al sencillo pastor las autoridades locales y nacionales lo premiaron con todo tipo de honores y recompensas, ¿verdad? Pues no. Era ironía, evidentemente. De hecho, lo extraño es que haya constancia de esta historia. Poca, muy poca. Pero la hay…

Estamos en 1793. En Francia ha rodado la cabeza de un rey y aquí hay mucho miedo al progreso. A todo lo que suene a progreso. El pobre pastor fabricó lo que se definió como una especie de «pájaro mecánico compuesto de una viga armada de madera, dotada de unas alas que podían ser batidas por un mecanismo especial construidas por varillas de hierro cruzadas de alambres entre las cuales se colocaron telas y plunas». ¿Conocía este hombre los planos de Leonardo Da Vinci? Se dice que había estudiado las aves de la zona y que era muy mañoso para todo. Lo cierto es que lo hizo él solito, y fue suficiente valiente o temerario como para probar su invento. Un buen día, ayudado por unos amigos, subió su máquina voladora a una peña y se lanzó al vacío. Increíblemente no se mató. Voló poco. No llegó, según parece, a unos cuatrocientos metros. Y tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia, muy brusco. Pero no se mató, ya digo, y casi fue lo peor. Porque, muy rápidamente, el cura tomó cartas en el asunto, y con otros vecinos del pueblo localizó el aparato y lo quemó sin demora. Tal como se queman los herejes en la plaza. El pastor murió de depresión. Y ese final es el que a mí me parece más terrible. No se premia al inventor, se le condena a una muerte silenciosa, a la incomprensión, al silencio, y si puede ser al olvido.

Conocí esta historia gracias a una película, que, como es lógico, tampoco es muy conocida. Es de 1996 y se llama La fabulosa historia de Diego Marín. En una escena de esta película un personaje le dice al pastor que se vaya a Francia, que allí le harán caso, y podrá inventar lo que quiera. Pero el pastor no quiere marcharse a Francia. Quiere quedarse en su tierra. Es una película doblemente triste. Porque es nuestra historia y porque los que controlaban nuestra historia no querían que nadie tuviera la osadía de pensar que los hombres podían volar. Porque si pensaban que podían volar, ¿qué vendría después?

Mientras recuerdo la historia de Diego Marín y de cómo fuimos los primeros en algo y casi nadie se enteró, porque no interesaba, pienso en lo mucho que se ha criticado por parte de los intelectuales urbanos a los paletos del campo. Y en ese momento el tren se detiene en una estación con un nombre que me suena: Torquemada. Y no me suena para bien, desde luego. Torquemada fue un inquisidor terrible. Pero no más terrible que cualquiera de los inquisidores de la época. Y no solo en España, que a veces nos olvidamos que si aquí perseguíamos con saña a los herejes, al otro lado de las fronteras también hacían lo mismo, con herejes, con brujas y con cualquiera que se atreviera a desafiar al poder de la iglesia local, como por ejemplo a Miguel Servet, condenado tanto por unos como por otros y al final quemado en Ginebra por orden de Calvino. Pero nosotros tenemos una leyenda negra muy bien montada, muy bien sostenida en el tiempo. Hemos hecho un trabajo de propaganda impecable. Cuando nos odiamos, nos odiamos bien. Y ahora cualquier historiador o estudiante de historia o aficionado a la historia conoce a Torquemada y posiblemente no conoce a Alonso de Salazar y Frías, que como Torquemada era inquisidor, pero al contrario que este no tenía tanto gusto por ir quemando a la gente. Y nos dejó frases que si hoy son valientes en su época eran temerarias:

Los inquisidores creo que no deberán juzgar a nadie a menos que los crímenes puedan ser documentados con pruebas concretas y objetivas, lo suficientemente evidentes como para convencer a los que las oyen.

Y por eso uno hizo carrera y el otro no, uno es recordado como «el martirio de los herejes, el relámpago de España, el protector de su país, el honor de su orden» (palabras del cronista Sebastián de Olmedo) y el otro ha quedado exiliado en los libros para académicos y estudiantes de oposición que se quieren salir del temario, es decir, para gentes raras, peligrosas y de mal vivir.

Pero el tren avanza. La historia avanza. La estación de Torquemada está abandonada, o si se usa es solo como triste apeadero. ¿Cuántos vecinos tiene hoy en día este pueblo? ¿Cómo llevarán el peso de su topónimo? En un pueblo no muy lejano a este hace unos años los vecinos votaron por cambiarle el nombre. El pueblo se llamaba Castrillo Matajudíos. Está muy bien eso de cambiar el nombre al pueblo, pero tal vez lo mejor sería explicar bien quién mataba a los judíos castellanos y por qué se los mataba. Curiosamente hace muy poco pasé por ahí. Lo primero que destaca del pueblo es su gran iglesia. Y ahora que voy en el tren por Castilla me doy cuenta de que hay un montón de iglesias. Siempre en el centro en el pueblo. Siempre elevándose sobre las casas. Tanto que muchas veces es lo único que se ve a lo lejos. Campos y campos y al fondo la torre de una iglesia, como un faro en la distancia. Un faro que protege. O vigila.

Fotografías: Alfonso Vila Francés


Joffrey es Alfonso XIII (y otras teorías poco descabelladas sobre Juego de Tronos)

George R. R. Martin, autor de Juego de Tronos. Fotografía: Adrian Long (CC).

Atención, que vamos a jugar al Quién es quién.

Es joven, es mujer y es la benjamina de una gran familia real.

¿No? Le daremos tres pistas más.

Una, que su estirpe gobernó durante siglos el reino más extenso del mundo. Dos, que los enemigos de la misma asesinaron a su padre, el monarca, y a su heredero varón, y que también la reina y sus hermanos mayores fueron masacrados. Y tres, que ella sobrevivió milagrosamente al baño de sangre, ocultando su identidad y abandonando el país, y que reapareció ante los ojos del mundo cuando era adulta.

¿De qué personaje se trata?

Si es usted seguidor de Juego de Tronos lo tendrá claro: es Daenerys Targaryen, khaleesi consorte y única hija superviviente del rey Aerys II, el último Targaryen que se sentó en el Trono de Hierro. Y si nos relajamos con la literalidad de los detalles, incluso podría tratarse de Arya Stark.

Pero si no sigue usted Juego de Tronos lo tendrá claro también: estamos hablando de Anastasia Romanov, la hija menor del último zar ruso, que sobrevivió a la matanza de su familia y reapareció en su madurez reclamando para sí el título de única y verdadera zarina. Al menos, en la versión romántica de la historia.

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Anastasia Romanov  (DP / Library of the Congress) y Emilia Clarke como Daenerys Targaryen (HBO / Canal +).

Y las dos respuestas son correctas, que es algo muy sano que ocurre de vez en cuando. Aunque la gran inspiración Juego de Tronos es la Guerra de las Dos Rosas —que enfrentó en el siglo XV a las casas Lancaster y York, trasuntos respectivamente de los Lannister y los Stark, por el trono de Inglaterra—, lo cierto es que los azares trazados por George R. R. Martin en su Canción de hielo y fuego incorporan muchos otros referentes reales más allá del conflicto. Y reales en las dos acepciones del adjetivo, porque se inspiran en hechos que ocurrieron en realidad y porque lo hicieron en el seno de las familias reales europeas.

¿Sabemos cuáles son? A veces sí, porque Martin las confiesa con cuentagotas y porque también cuela pequeñas pistas de vez en cuando. En otras ocasiones son los hechos de la ficción los que evidencian su deuda clara con un referente real, como el Muro de Adriano respecto al Muro del Norte, la Cena Negra de la que fueron víctimas los Douglas de Escocia con la Boda Roja en la que se asesinó a varios Stark, el histórico enfrentamiento entre las casas Percy y Neville de Inglaterra con el de los Stark y los Lannister o el matrimonio de Enrique VI y Margarita de Anjou, considerado con frecuencia el modelo que sigue el de Robert Baratheon y Cersei Lannister. Por citar solo algunas de las deudas más evidentes.

En una gran mayoría de ocasiones, sin embargo, los personajes y giros de Juego de Tronos resuenan en la historia real solo genéricamente, lo que no significa que menos sino que de forma menos evidente. La remezcla, en palabras del propio Martin, no es «enormemente original» pero sí resulta en algo singular, que es lo que el autor pone de relieve. «En Canción de Hielo y Fuego cojo material de la Guerra de las Rosas y otras cosas de fantasía», aseguraba en una entrevista publicada hace solo unos días, «y todo ello da vueltas en mi cabeza para cuajar de algún modo lo que, espero, entonces ya es propio y único».

Hasta qué punto son conscientes estas incorporaciones solo él lo sabe, pero siempre es divertido especular, que es precisamente lo que vamos a hacer hoy. Si le turba la idea de que las tramas de Juegos de Tronos pecan de hiperbólicas y poco realistas, le proponemos un breviario de referentes con algunas hipótesis nada descabelladas sobre qué pudo pasar por la cabecita de Martin para parir semejante culebrón de traiciones, matanzas y perversiones. Verá que la realidad, como se dice en estos casos, supera ampliamente a la ficción.

(A partir de aquí incurriremos en algún SPOILER y nos referiremos a las tramas televisivas, cuyos detalles pueden diferir de la versión literaria, y solo hasta el punto al que ha avanzado la serie)

Amantes bandidos en la Edad Media

Empezando por la idea que más le rechina seguramente al espectador contemporáneo, la de que los monarcas medievales podían practicar discretamente la homosexualidad. Si cree que es una licencia, se equivoca.

En Juego de Tronos es Renly Baratheon, monarca autoproclamado de los Siete Reinos, quien mantiene una relación en estas condiciones con Loras Tyrell, delfín de una casa noble afín a la propia, y lo hace caballero de su guardia personal. El affaire se trata con sutileza en las novelas originales y de forma explícita en la televisión, pero no debe tomarse como algo extemporáneo. De hecho, tiene un precedente claro en la prolongada relación que mantuvieron desde su juventud Eduardo II de Inglaterra, primero príncipe y después rey, y Piers Gaveston, caballero guerrero y más tarde primer conde de Cornualles. O que pudieron mantener, por cumplir con la prudencia. Fue a finales del siglo XIII y principios del XIV, un siglo y medio antes de la Guerra de las Dos Rosas.

Las crónicas de la época no refieren expresamente su condición de amantes, lógicamente, pero sí una interminable sucesión de pormenores que mueven a pocas dudas, entre otros la constante compañía física que se hicieron los hombres y los inauditos honores con los que el rey honró a su favorito, empezando por títulos y fortuna y acabando por la mismísima regencia de Inglaterra. No nos pararemos a repasarlos, porque están más que repasados, aunque sí reseñaremos dos paralelismos reveladores con la historia de amor de Renly y Loras.

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Eduardo II y su favorito, una pintura de Marcus Stone en 1872 (DP) y Gethin Anthony y Finn Jones como Renly y Loras (HBO / Canal +).

El primero, su famosa huida juntos de Newcastle cuando los Lancaster atacaron la ciudad en 1312, del mismo modo que los de la ficción huyeron juntos de Desembarco del Rey cuando los Lannister se hicieron definitivamente con el control de la corona. Y el segundo, los también recordados festejos en los que la estrecha relación de uno y otro se hicieron evidentes: el torneo de la Mano en Juego de Tronos y los que siguieron a la coronación de la esposa de Eduardo II en la realidad, en los que Gaveston apareció vestido con los colores reales y Eduardo soliviantó a la nobleza y a su nueva familia política no prestándole atención a la reina, sino a él. Entre otros detalles reveladores —como él éxito de Gaveston en las justas, similar al de Loras en la ficción— está el de que la fiesta se desarrolló en un enclave histórico, hoy un pequeño municipio inglés, cuyo nombre suena a cualquiera que lea o vea Juego de Tronos en su idioma original: Kings Langley. Martin no ha admitido ni desmentido la inspiración en ese famoso enclave para bautizar Desembarco del Rey  —Kings Landing, en inglés—, pero he aquí una pista: el año pasado, la HBO trasladó al municipio un pequeño acto promocional en el que el pueblo cambió oficialmente su nombre durante una semana por el de la capital de los Siete Reinos.

Caprichos de un rey niño

¿Qué respondería si decimos que el perverso rey niño Joffrey Baratheon podría inspirarse de pasada en Alfonso XIII? Que estamos locos, seguramente, y buscándole los tres pies al gato. Hace poco el propio autor confesó que la sonada Boda Púrpura en la que murió se inspira «un poco» en el asesinato de Eustaquio IV de Blois, hijo —aunque adulto—de Esteban de Inglaterra, y en la Edad Media inglesa existieron varios reyes niños que podemos asimilar con Joffrey. El más célebre de todos, Enrique III, guarda los suficientes paralelismos con el personaje como para darnos por satisfechos. Gobernó en el siglo XIII, ascendió al trono con solo nueve años y lo hizo en el contexto de la primera guerra de los Barones, un enfrentamiento entre casas nobles en el que su padre murió de disentería. En los manuales de historia se suele reseñar su fuerte espiritualidad, su mal gobierno y su inclinación al derroche. Fue el abuelo de Eduardo II, por cierto, de quien hablábamos unas líneas más arriba.

Pero, ¿de dónde viene el rey niño caprichoso, sádico y cruel que ha movido nuestra inquina durante varios libros y más de tres temporadas televisivas? George R. R. Martin es estadounidense y en la historia de su país tiene mucha más presencia otro monarca niño, seguramente porque lo fue en la última gran guerra que Estados Unidos libró contra un reino europeo en la era colonial: la hispanoamericana de 1898. Aunque la regencia de España residía en su madre María Cristina y el gobierno del país en Práxedes Mateo Sagasta, el rey coronado desde el mismo día de su nacimiento era Alfonso XIII, una situación percibida con perplejidad en la política republicana al otro lado del Atlántico. La propaganda bélica se cebó con la figura del joven rey, retratado como un niño lastrado por numerosos males, entre ellos la «crueldad», el «antagonismo de la civilización», los «métodos del siglo XVI» y verse acompañado por una «aristocracia corrupta».

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Dos viñetas políticas de Udo J. Keppler para Puck Magazine de 1898 (DP / Library of the Congress).

Y los paralelismos no acaban ahí. De hecho, empiezan con la propia vida de sus padres y la de los padres del joven rey de Westeros, Cersei Lannister y Robert Baratheon. Como hace el rey Robert en la ficción de Martin, el rey Alfonso XII era un mujeriego impenitente que se entregaba al adulterio de forma poco menos que indisimulada, hasta el punto de que dejó varios hijos bastardos, como Robert, y se suele considerar que la reina consorte vivió su muerte con alivio, como Cersei. Declarada María Cristina regente a su muerte como Cersei lo fue tras la de Robert, su mismo hijo Alfonso acabó heredando las inclinaciones poco puritanas del padre, como hizo Joffrey. Si el de la ficción acabó asaetando una mujer como parte de un juego sexual, Alfonso XIII tiene el honor de figurar en la historia de España no solo como uno de sus reyes, sino como el gran impulsor del género de la pornografía cinematográfica. Y un último paralelismo, aunque no en la figura del hijo sino del padre: como Joffrey, algunos sostienen que Alfonso XII tampoco era hijo del reyFrancisco de Asís, del que se dice con frecuencia que era homosexual— sino de la reina y su amante.

Todo queda en familia (I)

Con esto llegamos a ese punto tan oscuro de Juego de Tronos, el del incesto, y a la relación entre Cersei y Jaime Lannister, amantes y hermanos mellizos. Oscuro, al menos, si obviamos el punto de vista que exponía hace poco en una entrevista Nikolaj Coster-Waldau, que interpreta a Jaime: «Si te paras a pensarlo te das cuenta de que, en la serie, más o menos todas las relaciones lo son por motivos políticos, son matrimonios concertados. ¡Oh, no, espera! Hay una que se fundamenta en verdadero amor: la de Jaime y Cersei».

Antes que ellos los Targaryen, la familia real de los Siete Reinos, se casaron durante generaciones entre hermanos para mantener, en principio, la pureza de su sangre. Nos lo recordaba la propia reina Cersei en una escena emblemática de la primera temporada, aquella en la que se entrevistaba con Ned Stark para añadir que «cuando juegas el juego de tronos ganas o mueres; no hay término medio». A nadie se le escapa que, de haber ocurrido en la realidad, el ejemplo de la reina para justificar su conducta habrían sido los antiguos faraones egipcios, particularmente los de la dinastía ptolemaica.

Como los Targaryen, los Ptolomeos eran un linaje extranjero procedente del mundo clásico en la era de su decadencia —del heleno en la realidad, de la antigua Valyria en Juego de Tronos— que se hizo con el trono mediante la conquista; como los Targaryen, comenzaron después a casarse entre hermanos para mantener a la familia en el poder; y como los Targaryen, fueron finalmente desalojados del trono por sus antiguos socios políticos. Aunque en ambos casos la razón formal fue otra, la verdadera causa política es quizá la misma que Cersei anuncia aquella escena: «cuando juegas el juego de tronos ganas o mueres; no hay término medio». Los Ptolomeos y los Targaryen se casaban entre ellos. No jugaban al juego de tronos.

Todo queda en familia (II)

Esto, en lo que concierne a los Targaryen. Si la historia de Cersei y Jaime tiene un precedente claro, sin embargo, ese es el de Lucrecia y César Borgia, hijos de Alejandro VI a los que el exmarido de ella acusó de incesto. Como a la propia Cersei, también a Lucrecia su padre le concertó varios matrimonios de conveniencia para afianzar su poder territorial, primero con Milán mediante Giovanni Sforza, después con Salerno mediante el príncipe Alfonso de Aragón y con la antigua Ferrara mediante el matrimonio Alfonso d’Este. De nuevo no insistiremos en su historia, que está muy contada ya, pero sí señalaremos el paralelismo estructural de los últimos grandes Borgia con la historia de los Lannister de Juego de Tronos.

Lucrecia Borgia como Santa Catalina en un fresco de Pinturicchio de 1492 (DP) y Lena Headey como Cersei Lannister (HBO / Canal +).

Como Rodrigo Borgia al ascender al papado como Alejandro VI, Tywin Lannister se convierte en Mano del Rey gracias a la posición en la que sitúa a sus hijos; como los hijos de Alejandro VI, Lucrecia y César, también los de Tywin, Cersei y Jaime, son acusados de incesto y algunos les atribuyen un hijo juntos, Juan Borgia en la realidad, Joffrey en la ficción; y como le ocurre en la ficción con Tyrion Lannister, también ambos cuentan con un hermano pequeño, Jofré Borgia, rechazado y humillado por su padre —llegó a encerrarlo en el castillo de Sant’Angelo— que cuenta con la amistad de uno de sus hermanos, en la serie Jaime, en la realidad Lucrecia. Y si le hacen falta más detalles, le añadimos dos: todo esto fue durante las guerras italianas —que empezaron en el sur de Europa en 1494, solo diez años después del final de las de las Dos Rosas— y la coincidencia resiste la prueba del algodón —fonético—: pruebe a pronunciar en inglés «César» y «Cersei».

Una Severa en Desembarco del Rey

¿En qué lugar deja eso a los Tyrell de Altojardín y a su fulgurante matrona, la poderosa Olenna Tyrell, de soltera Redwyne? En uno complicado, pese a que parece el más sencillo de rastrear. Los Tyrrell —con dos erres— eran una poderosa familia inglesa en la época de las Dos Rosas cuyo miembro más recordado, James Tyrrell, sirvió a Ricardo III, el último York en el trono antes de la dinastía Tudor. Pero, ¿son los Tyrrell los Tyrell? No. Pese al nombre, los de Juego de Tronos tienen más que ver con la propia familia Tudor y, sobre todo, mantienen su paralelismo más evidente con un linaje de emperadores romanos: los Severos.

Particularmente cuando se trata de Olenna y de una de las más grandes matronas a la sombra que ha conocido la historia, Julia Maesa. Natural de Siria y solo una visitante ocasional en Roma —como Olenna es natural del sur y solo visita la capital—, fue cuñada, tía y abuela de cinco emperadores romanos, varios de los cuales consiguió ella misma entronar y destronar hasta conseguir que se dé por cierto que entre los Severos, ellos ocupaban los cargos y ellas —Julia Maesa, su hermana Julia Domma y sus hijas, Julia Mamea y Julia Soemia— eran quienes detentaban realmente el poder. Y es concretamente una historia, la del joven emperador Heliogábalo, la que revela los paralelismos más evidentes entre ambas estirpes nobles.

Posiblemente Julia Maesa (Giovanni Dall’Orto, CC) y Diana Rigg como Olenna Tyrell (HBO / Canal +).

Como Julia Maesa fue abuela de Heliogábalo, un joven transexual —a veces considerado el primero del que se tiene noticia en la historia—, Olenna Redwyne tiene un nieto homosexual, Loras; como Julia Maesa sitúa a su nieto en el trono cuando es solo un adolescente, Olenna casa a su nieta con el rey adolescente de Juego de Tronos; como ocurrió con el emperador Heliogábalo, Joffrey se revela pronto como un monarca enajenado y su breve reinado está marcado por la crueldad y los escándalos sexuales; como Olenna hace con Joffrey, Julia Maesa encarga el asesinato de Heliogábalo y lo hace para que el trono recaiga en su hermano pequeño; como el hermano de Heliogábalo, Alejandro Severo, el joven Tommen Baratheon resulta ser un monarca más dócil y templado. Y todo esto ocurre en el marco de la imposición de una nueva religión monoteísta en Roma, la de El-Gabal, que pretende desterrar el politeísmo con el patrocinio de la propia familia real.

Ingredientes de una mala malísima

Religión, sí, porque no nos íbamos a ir sin hablar de Melisandre. Junto a Varys y Meñique, la sacerdotisa roja se integra en el reducido conjunto de personajes a los que no ata el parentesco con las familias nobles, y que por lo tanto resultan más complicados de rastrear. ¿Es Melisandre Ana Bolena, la mujer por la que Enrique VIII abandonó a Catalina de Aragón para que le diera heredero varón y de la que escuchó el mensaje reformista religioso? ¿Es acaso Rasputín, el enigmático monje y místico que consiguió embaucar a la familia Romanov, al que se acusó de controlar a la zarina y de llevar la desviación y la extravagancia sexual a la corte rusa? ¿O es Torquemada, el fraile que sembró su poder confesando a la reina Isabel la Católica, creador del Tribunal de la Inquisición e inquisidor general poco después de que la institución quemase vivas en Sevilla a sus primeras seis víctimas? Melisandre es todos y seguramente alguno más, como descubriremos conforme avance la historia de Juego de Tronos. En la historia de los reyes ha habido muchos favoritos y no pocos han conquistado la posición en el púlpito y la cama, cuando no en las dos a la vez.

Algo similar, pero al revés, ocurre con la figura de Ana Bolena, la Carmen San Diego de Juego de Tronos: todo el mundo la busca, todo el mundo da con pistas de su presencia y, sin embargo, nadie la acaba de encontrar. Aunque muchos la ven en Melisandre y en Cersei —quizá más por su marido Robert, en muchos aspectos una versión Enrique VIII, y porque también acabó siendo acusada de incesto—, lo cierto es que es Margaery Tyrell quien recuerda más a esta figura capital de la historia inglesa.

Ana Bolena c. 1533-1536 en un retrato anónimo (DP) y Natalie Dormer como Margaery Tyrell (HBO / Canal +).

Lo primero por lo más evidente, que es que la actriz que la interpreta, Natalie Dormer, dio vida a Bolena en la ficción de Showtime Los Tudor. Pero, sobre todo, por su papel en el triángulo que acabó componiendo junto al rey Joffrey y la que iba a ser su esposa por matrimonio de convenciencia, Sansa Stark, muy similar al de Bolena con Enrique VIII y su primera mujer, Catalina de Aragón. Como Ana Bolena, Margaery es una noble de menor alcurnia que Sansa, que juega en este supuesto el papel de Catalina de Aragón. Como Ana Bolena, Margaery hizo a su familia medrar y ganar influencia en la corte gracias a su relación con el rey. Como ella, Margaery implicó a su hermano en los asuntos cortesanos —Loras en la ficción, Jorge Bolena en la realidad— y sostuvo la amistad de Sansa, al igual que la original hizo con Catalina. Y, por supuesto, Margaery acabó desplazando a Sansa para casarse con el rey, como Ana Bolena hizo con la hija de los Reyes Católicos. Si los paralelismos no resultasen convicentes, anótese al menos la pijada: Catalina de Aragón era tataranieta de Juan de Gante y emparentaba lejanamente con los York.

Y hasta aquí el repaso, con tres casos de incesto real, tres reyes homosexuales y al menos dos matanzas reales. Y esto dejándonos en el tintero a los Príncipes de la Torre, a los Greyjoy y la revisión de lo que ocurre en Dorne, que también tiene tela. Lo decíamos al principio y al final creemos estar en posición de poder repetirlo: si Juego de Tronos peca de exagerada no lo hace con el culebrón, sino con el asunto de los dragones y el de los señores esos tan blancos y malhumorados que aparecen de vez cuando. La realidad, y para muestra un botón, supera ampliamente a la ficción.