La fascinante historia del experimento de la Tercera Ola

la tercera ola
Escena de Die Welle, película basada en el experimento de la Tercera Ola. Imagen: Constantin Film.

En la primavera de 1967, Ron Jones era profesor de enseñanza secundaria en la Cubberley High School de Palo Alto (California, EEUU). Tenía veinticinco años, era profesor de Historia, impartía la asignatura Mundo Contemporáneo y sus estudiantes no creían lo que él les contaba sobre la Alemania nazi, no podían entender cómo Hitler se hizo con el poder, cómo cambió tanto el país y de qué manera aquella transformación impactó sobre la sociedad alemana. Ron Jones decidió hacer un experimento para enseñarles que aquello no era imposible. Incluso en un grupo sin presiones sociales como eran ellos y en un país democrático como era el suyo era posible que una sociedad libre y abierta cayera bajo el atractivo de una ideología autoritaria y dictatorial, que separase entre «ellos» y «nosotros».

El experimento de la Tercera Ola no tuvo el rigor de un estudio científico, pero fue educativo y se hizo muy popular: inspiró una serie de televisión, un bestseller, un documental, un museo e incluso un musical. El objetivo era presentar el atractivo del fascismo e intentar demostrar con qué facilidad una sociedad civilizada puede transformarse en un Estado totalitario. La teoría de la experiencia era que el ser humano tiene básicamente una naturaleza autoritaria y que le gusta ser liderado y ser seleccionado dentro de una masa anónima. Jones era miembro de los Students for a Democratic Society, una ONG que defendía un activismo de izquierda y apoyaba también a los Panteras Negras. Pensaba que «un espejo es un arma mortal» y que poner a los estudiantes frente a sus contradicciones y a la deriva de sus posibles acciones sería una forma atractiva y potente de conseguir que su mensaje calase.

El primer día Jones, antes de que los alumnos llegaran a clase, limpió profusamente su aula y dispuso los pupitres en filas inusualmente rectas. Atenuó las luces y puso música wagneriana mientras los alumnos entraban en clase. Luego, Jones, un profesor popular que normalmente ignoraba normas sencillas como pasar lista, dijo a sus alumnos que podía darles las claves del poder y el éxito: «La fuerza a través de la disciplina». Introdujo una serie de pequeños cambios en clase, en los que siguió estrategias habituales en las dictaduras y los regímenes totalitarios. Lo primero fue incrementar la disciplina. Convenció a los estudiantes de los beneficios de adoptar una postura determinada en las sillas de clase: los pies tocando el suelo, la espalda recta, las manos en la espalda, las rodillas juntas. Algunos estudiantes dijeron que la nueva postura les ayudaba a respirar mejor y que estaban más atentos en clase. Las explicaciones sobre la conveniencia de esta postura eran una forma sutil para que los alumnos asumiesen unas reglas sencillas y, en realidad, participasen en los primeros pasos de la experiencia. También ordenó que los alumnos entraran al aula y se sentaran en menos de treinta segundos sin hacer ruido. A los pocos minutos, estar correctamente sentado se convirtió en un tema importante y corregían al que no lo hacía bien. A continuación, Jones estableció nuevas normas en la clase, cosas sencillas como que los estudiantes tenían que permanecer sentados y pedir permiso para levantarse, que debían dirigirse al profesor como señor Jones y que cualquier respuesta debía tener un máximo de tres palabras. Sugirió entonces que a través de la disciplina y el compromiso, los alumnos podrían ser elegidos para ser parte de un movimiento. Jones también usó las notas como incentivo: «Si eres un buen miembro del grupo y juegas bien, obtendrás un sobresaliente. Si eres un revolucionario y fracasas, estás suspenso. Si la revolución triunfa, tienes también un sobresaliente»

Con las nuevas reglas asumidas por todos los estudiantes, las interacciones grupales basadas en popularidad y dominancia, típicas de una clase de adolescentes, se fueron difuminando y los estudiantes que antes tenían una escasa participación y vivían en el anonimato vieron aquello como una oportunidad para participar en el nuevo orden del aula, para conseguir roles más atractivos. La participación aumentó y la estructura jerárquica de la clase se volvió más homogénea. Jones también les habló de la comunidad, del grupo como algo más grande que uno mismo, más deseable, más divertido.

En el segundo día, Jones se centró en proporcionar a sus estudiantes un sentido de pertenencia. Escribió en la pizarra frase como «Fuerza mediante la disciplina, fuerza mediante la comunidad, fuerza a través de la acción, fuerza a través del orgullo».

A continuación, organizó debates sobre estos temas e hizo que toda la clase leyera en alto esas frases a la vez. Creó un saludo especial para los miembros de la clase (tocar el hombro con la mano del mismo brazo). Este movimiento recordaba una ola, así que fue denominado «el saludo de la Tercera Ola». Este gesto diferenciaba a los estudiantes de Jones de los de las demás clases y les hacía sentirse especiales. Los miembros del grupo se saludaban unos a otros con el nuevo gesto. El nombre del movimiento, la Tercera Ola, se refería a la creencia de que las olas vienen en series y que la tercera ola es la más fuerte, superior a las anteriores. Jones les explicó que el nuevo movimiento eliminaría la democracia, una forma de gobierno que, según él, «tiene muchos aspectos antinaturales, ya que el énfasis se pone en el individuo en lugar de en una comunidad disciplinada e implicada».

La clase de Jones creció con la llegada de otros estudiantes y pronto tenía en el aula más de sesenta chicos. Tras decir a la clase ampliada que «la fuerza está bien, ahora debéis actuar», Jones asignó a cada uno una tarea que debía realizar ese día. Algunos debían memorizar los nombres y direcciones de todos los miembros del grupo; otros debían hacer pancartas, brazaletes y tarjetas de afiliación de la Tercera Ola. Y como el tema de ese día era «La fuerza a través de la acción», todos debían hacer proselitismo. Al final del día, había pancartas por toda la escuela, incluida una de seis metros en la biblioteca. Los estudiantes trajeron a unos doscientos conversos de otras clases para que «juraran».

El tercer día, Jones asignó a algunos estudiantes que se encargaran de que las normas se respetasen y denunciasen a quien las rompiera. También puso «guardias» a la puerta del aula y estableció normas que hacían ilegal que los compañeros se reunieran en grupos de más de tres personas fuera del aula. Había creado un miedo a romper las reglas junto con una policía para controlarlo. Los responsables de seguridad llevaban un brazalete negro que causó aprensión en algunos padres. Algunos llamaron a Jones, que les tranquilizó y les dijo que era solo un experimento escolar. Los estudiantes estaban fascinados por la experiencia y le pidieron continuar. Jones ya no era visto como el profesor, sino como el líder del grupo y gradualmente el simulacro del sistema totalitario que habían inventado empezó a atrapar a los adolescentes. Cientos de estudiantes del instituto pidieron unirse al Movimiento de la Tercera Ola, así que el profesor estableció un procedimiento de admisión en el que los nuevos postulantes tenían que aceptar las reglar y prestar obediencia al líder públicamente. Los estudiantes se lo tomaban muy en serio y asumían sin dudarlo las leyes de la Tercera Ola. Tan solo en tres días, los experimentos habían pasado de una idea del profesor a una nueva realidad en el centro, en el que el debate cada vez era más intenso, al punto que uno de los estudiantes decidió espontáneamente convertirse en guardaespaldas del líder.

Jones se empezó a preocupar por el cariz que estaba tomando el experimento y decidió terminarlo. No era una decisión fácil, porque muchos estudiantes estaban fascinados con esa forma práctica de aprender y tenían una actitud de compromiso con la experiencia docente que cualquier profesor querría en sus alumnos. Sin embargo, la situación comenzaba a tener vida propia y Jones empezó a sentir que escapaba de su control. El padre de uno de sus estudiantes, que había sido prisionero de los alemanes en la II Guerra Mundial, se enrabietó cuando su hijo le contó sobre la experiencia que estaba viviendo, así que fue al instituto cuando no había clases y destrozó el aula. Para entonces, el Movimiento de la Tercera Ola se había expandido por todo el instituto y había sido asumido por muchos estudiantes de otras clases. Los profesores desconfiaban cada vez más de aquel grupo de estudiantes.

El cuarto día, y a pesar de sus dudas, Jones decidió continuar el experimento y les dijo a sus estudiantes que no era un juego, sino la vanguardia de nuevo tipo de gobierno que se implementaría por todo el país en los próximos días. Todos los estudiantes le creyeron y declararon estar dispuestos a ser miembros activos del nuevo orden nacional. Hubo respuestas de personas opuestas al movimiento que dijeron que no creían en él, pero los miembros rebeldes fueron «desterrados» a la biblioteca y se les bajaron sus calificaciones. Hubo también traiciones y delaciones, incluso entre adolescentes que habían sido amigos íntimos desde la infancia. Un grupo de amigos podía compartir un cigarrillo en los aseos del instituto y discutir un plan para «secuestrar» a Ron Jones al día siguiente y cumplir con el requisito del ejercicio para una rebelión triunfante y obtener la mejor nota, pero no sucedía porque alguien, uno de esos dos o tres informaba a Jones del complot. Un grupo consiguió que quinientos padres apoyaran un boicot para destituir a Jones como profesor debido a «un movimiento que no entendían del todo bien»

Su clase de quinto, los mayores, lanzó «el golpe de Estado más exitoso» el miércoles 5 de abril, el último día del movimiento, ya que capturaron a Jones y amenazaron con dar conferencias sobre la democracia a sus clases de segundo año, los mas pequeños. Sin embargo, él los convenció para que lo dejaran ir, diciéndoles que había planeado terminar el movimiento ese día con un mitin en almuerzo. A mediodía, los estudiantes se agolpaban en la sala de conferencias, con la espalda recta y los ojos clavados en un televisor situado en la parte delantera de la sala. Jones les dijo que un programa de televisión iba a anunciar públicamente la llegada de la Tercera Ola, mientras los miembros del servicio de seguridad vigilaban la entrada del aula y unos amigos de Jones se hacían pasar por periodistas y fotógrafos. Jones les dijo que eran una célula local de un selecto movimiento juvenil que reclutaba estudiantes en todo el país. Más de mil grupos de este tipo se alzarían durante un mitin especial al mediodía de ese día para apoyar a un candidato presidencial nacional, uno que anunciaría un Programa de la Tercera Ola Juvenil para traer al país «un nuevo sentido de orden, comunidad, orgullo y acción». A continuación, Jones atenuó las luces, encendió el televisor y abandonó la sala.

Fueron pasando los minutos y los estudiantes esperaron absortos una visión del futuro, pero la pantalla permaneció en blanco. Los estudiantes miraban de un lado a otro sin saber qué hacer. Al cabo de un rato se dieron cuenta de que «no había ningún guardaespaldas, no había ningún Jones, pero estábamos todos sentados en la postura exigida». Algunos intentaron salir y vieron que las puertas estaban abiertas y se sorprendieron al encontrarse con un día normal de primavera a la hora del almuerzo. «Salía música del patio, las flores florecían y soplaba una cálida brisa».

De vuelta al interior, Jones volvió a apagar el televisor y se colocó ante un micrófono en el escenario, mientras un montaje cinematográfico de escenas de la Segunda Guerra Mundial aparecía en una gran pantalla detrás de él. «No hay un movimiento de la Tercera Ola, no hay un líder», dijo al atónito público. «Ustedes y yo no somos ni mejores ni peores que los ciudadanos del Tercer Reich. Habríamos trabajado en las plantas militares. Veríamos cómo se llevaban a nuestros vecinos y no haríamos nada», dijo Jones, refiriéndose a los tres escépticos que estaban exiliados en la biblioteca por el delito de incredulidad. «Somos como esos alemanes. Daríamos nuestra libertad por la oportunidad de ser especiales». Aquello fue el final.

Años después los estudiantes que participaron en el experimento lo recordaban con agrado: «Fue una de las lecciones más valiosas que he recibido en mi vida. ¿Cuántas veces —como joven de dieciséis años— no solo puedes aprender sobre la historia, sino participar en ella?». Otro comentó: «Jones nos ayudó a despertar, y siempre se lo he agradecido. Las buenas experiencias no son necesariamente agradables. He pensado a menudo en ello, y me alegro de haberlo vivido. Me gustaría que mis hijos tuvieran una experiencia similar».

Para saber más:

Klink B. (1967) ‘Third Wave’ presents inside, look into Fascism. The Catamount 21 de abril de 1967, p. 3. 

Weinfield L. (1991) Remembering the 3rd Wave. Ron Jones Website. Archivado del original el 19 de julio de 2011. Recuperado el 25 de julio de 2021.


La lógica del lado oscuro

lógica lado oscuro
Horace Greasley al paso de Himmler – c. 1940. (DP). lógica

Una delegación de obreros de una fábrica de tractores de los Urales visita el Kremlin. Iósif Stalin los recibe en su despacho, y les anima a superar los objetivos del plan quinquenal. Los obreros se retiran contentos de haber hablado con el líder de la Unión Soviética. 

Una vez se han ido, Stalin tiene ganas de fumar un poco, pero no encuentra su pipa. Inmediatamente coge el teléfono y llama a Lavrentiy Beria, el jefe del NKVD, la policía secreta.

—Camarada Laverntiy, la delegación de obreros de la fábrica de tractores de los Urales han estado en mi despacho y se han llevado mi pipa.

—Me ocupo de esto inmediatamente, camarada secretario general. 

Stalin cuelga el teléfono, y se dedica a revisar documentos y leer informes. Decide enviar algo de vuelta a un ministerio, así que abre un cajón para buscar una sólida grapadora soviética. Para su sorpresa, su pipa está ahí, en el cajón. Nadie la había tocado. Llama de nuevo a Beria:

—Camarada Laverntiy, no te preocupes por la delegación obreros de la fábrica de tractores de los Urales. Ya he encontrado mi pipa.

—Qué lástima —contesta Beria— Tras interrogarles un rato, todos ellos confesaron haber robado la pipa y ser enemigos de la revolución hace apenas diez minutos. 

Este viejo chiste de humor soviético (probablemente) no parte de una anécdota real, pero su mensaje implícito es más que conocido: en un régimen totalitario el Estado a menudo ejerce sus poderes represivos de forma indiscriminada. Entre 1937 y 1938 el NKVD detuvo a 1 548 366 personas, ejecutando a 681 692 de ellas. Muchos expertos han indicado que probablemente estos datos son incompletos, al no incluir a todos los «afortunados» que fueron deportados a Siberia y cambios posteriores en los archivos del KGB. 

Es fácil caer en la tentación de pensar que esta clase de violencia política a gran escala es fruto de la irracionalidad de los dirigentes que la llevan a cabo. Los dictadores, corrompidos por el poder absoluto, se lanzan a ejecutar traidores reales o imaginarios simplemente porque creen que pueden hacerlo. Ciertamente, ha habido dictadores muy chiflados con ideologías alegremente homicidas y otros que eran simplemente unos sádicos. Stalin probablemente combinaba ambas cosas. Eso no quiere decir, sin embargo, que las matanzas, detenciones, deportaciones, torturas y demás barbaridades se hagan de forma completamente aleatoria. La represión, si se hace «bien», tiene una sólida lógica interna. 

Empecemos por una idea sencilla: un dictador tiene como principal objetivo mantenerse en el cargo. Esta es la principal prioridad de cualquier líder de un régimen autoritario y sus dirigentes. Sean unos simples cleptócratas intentando robar todo lo posible de las arcas públicas o fanáticos neostalinistas llevando el comunismo a las masas, cualquier tiranuelo de medio pelo quiere seguir mandando. No necesariamente porque teman ser ejecutados si su Gobierno cae (aunque en el club internacional de dictadores estoy seguro que todos se acuerdan de Mussolini o Gadafi), sino porque sencillamente mandando se vive muy bien. 

El segundo elemento a considerar es que no importa lo salvaje que sea un dictador, este se mantiene en el cargo en gran medida gracias a la resignación de la mayoría de sus ciudadanos/súbditos. Un régimen autoritario puede reprimir manifestaciones, a disidentes y demás sin demasiado problema por un tiempo indefinido, siempre que estas manifestaciones y muestras de rebeldía se mantengan a niveles manejables para las fuerzas de seguridad. El Estado, al fin y al cabo, tiene tanques, soldados con armas automáticas, hordas de policías y artillería pesada; siempre que las masas de ciudadanos enfurecidos sean relativamente pequeñas y a los soldados no les tiemble el pulso podrán mantener el control. 

La idea, entonces, es simple: mantener el control a base de evitar que una protesta crezca. La cuestión es, claro está, que el coste de ser un Estado realmente totalitario que es capaz de vigilar a todos sus ciudadanos las veinticuatro horas del día es prohibitivo hasta el punto de ser inviable. Por añadidura, es muy difícil para un dictador saber quiénes son sus amigos y quiénes potenciales conspiradores. En una dictadura todo el mundo tiene un incentivo extraordinariamente fuerte para ocultar sus preferencias reales, mostrando mucho más entusiasmo por la revolución o los valores tradicionales del que realmente merecen. Dado que todo el mundo sabe que protestar abiertamente es mala idea, los ciudadanos casi siempre fingirán estar contentos. 

Los ciudadanos de a pie saben que cuando cada mañana juran fidelidad al líder en la fábrica ellos no son los únicos que están mintiendo como bellacos. También saben que si protestan en solitario su esperanza de vida es patéticamente corta: si dan un paso al frente y nadie les sigue, el aparato represivo del Estado les dará un paliza personalizada inmediatamente. El descontento puede que sea más o menos generalizado, pero nadie tiene demasiados incentivos en dar el primer paso contra el régimen, so pena de quedarse solo. 

¿Cuándo vemos manifestaciones contra dictaduras, entonces? Cuando hablamos de regímenes autoritarios uno de los elementos más sorprendentes es cómo largos periodos de estabilidad y conformismo ciudadano pueden verse súbitamente alterados por grandes explosiones sociales. Las dictaduras de la Primavera Árabe habían permanecido incontestadas durante décadas, a pesar del atraso económico y la corrupción generalizada. En cuestión de semanas, sin embargo, decenas de miles de manifestantes salían a la calle y derribaban a esos gobiernos. ¿Por qué?

Cuando los ciudadanos de una dictadura ocultan preferencias, no todos son igual de tímidos. Algunos ciudadanos, ya sea porque son más valientes, ya sea porque tienen creencias políticas más fuertes, ya sea porque son bastante tontos, no necesitan el apoyo de nadie o casi nadie para lanzarse a protestar. A poco que algo les ponga de mal humor alzarán la voz. La mayoría de estos valientes acaba mal (pobrecillos), pero hay veces que se las arreglan para no estar solos. 

Supongamos que son estudiantes universitarios, y llevan tiempo discutiendo esto con sus amigos. Cuando hablan de política, todo el mundo en su entorno parece estar en contra del Gobierno, así que su percepción del apoyo real del régimen (o del grado de resignación de la población) es mucho más generoso con los potenciales rebeldes. Quizá los descontentos son todos miembros de la misma congregación religiosa y están convencidos de que todos los creyentes están igual de ofendidos por el secularismo del régimen. O quizás todos los miembros del grupo están en el mismo clan en World of Warcraft, y ahí les han llegado nociones de democracia participativa de otros países. En todos estos casos el potencial insurrecto cree que está menos solo de lo que realmente está, por un lado, y que tiene un grupo de gente detrás que le seguirá, en teoría, cuando salga a la calle con una pancarta. 

Es en estos casos cuando las cosas se complican. Un ciudadano de bien que vive tranquilo ocultando sus preferencias mirará para otro lado cuando la policía pegue una paliza a un clérigo desarrapado que habla sobre derribar al Gobierno de infieles. Si en vez de a un clérigo el ciudadano ve a doscientos tipos protestando quizá se lo tome más en serio. Si este ciudadano, además, es bastante religioso y realmente está hasta las narices de que las mujeres salgan a la calle sin cubrirse de pies a cabeza, quizás estará tentado de unirse a la protesta —el riesgo que le toque precisamente a él acabar en la cárcel, a fin de cuentas, es mucho menor en una multitud—. 

Este nuevo manifestante puede ser un caso aislado, o puede no serlo; dependiendo del grado de descontento y la respuesta estatal, una manifestación puede atraer más gente o no. La cuestión, sin embargo, es que cualquier protesta, por pequeña que sea, puede generar un efecto de bola de nieve, a poco que gente cabreada pero que hasta entonces había ocultado sus ideas decida «salir del armario» y unirse a la protesta

El principio de una revolución, entonces, puede ser algo casi completamente aleatorio. En Túnez el detonante de la Primavera Árabe fue Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante en una pequeña ciudad en el interior del país. Una policía decidió confiscarle el carro de venta el 17 de diciembre del 2010, tras insultarle y abofetearle. Humillado, Bouazizi fue a la comisaría, se roció de gasolina y se prendió fuego. 

Este gesto de desesperación ante la arbitrariedad policial fue el detonante de protestas pidiendo justicia para la familia de Bouazizi. Las autoridades respondieron con violencia, generando una oleada de indignación en la ciudad: todo el mundo conocía el caso, todo el mundo hablaba de ello, y todo el mundo sabía que era hora de salir a la calle. Otros suicidios en otros lugares de Túnez tuvieron un fuerte eco; la muerte de un manifestante una semana después solo agravó la indignación. Menos de un mes después, medio Túnez estaba protestando en la calle, y la policía y las fuerzas de seguridad decidieron que habían tenido bastante de disparar sobre civiles. El ejército forzó la salida del presidente Ben Ali

Años antes, en Rumania, la lógica de la ocultación de preferencias fue aún más evidente. Nicolae Ceaușescu, presidente del país y líder de la peor dictadura comunista de Europa del este, acababa de responder a protestas y disturbios en Timisoara matando a varios miles de manifestantes. Las protestas allí habían empezado por los intentos del Gobierno de desahuciar a un pastor húngaro, para degenerar en una protesta antigubernamental. 

Reprimidas las manifestaciones, Ceaușescu decidió dar un discurso televisado el 21 de diciembre en Bucarest en la plaza de la Revolución, ante una multitud de partidarios enfervorecidos. La idea, en principio, era dar una imagen de fuerza y apoyo popular al régimen, con decenas de miles de buenos comunistas loando las glorias del dictador. Fue un horrible fallo de cálculo. A los pocos minutos de empezar el discurso, un grupo de gente dentro de la multitud empezó a abuchear y silbar al dictador. Con la plaza llena, la policía no pudo o supo llegar hasta los agitadores; según Ceaușescu seguía hablando, más y más gente se sumó a los abucheos. Una parte del público empezó a cantar «Timisoara, Timisoara». El dictador intentó hacer callar a la multitud, alzando su mano derecha y anunciando un aumento del salario mínimo. La reacción de la multitud fue un grito unánime de rechazo, ante la mirada entre el terror y la incomprensión del tirano, televisada a todo Rumania. 

La emisión fue cortada inmediatamente después, pero era ya demasiado tarde. La rebelión estalló en Bucarest y se extendió por todo el país al día siguiente. El ejército entendió rápidamente que no podría reprimir las protestas sin fusilar a medio país, y abandonó al dictador. Tras una huida en helicóptero, Nicolae Ceaușescu fue detenido y ejecutado junto con su mujer el día de Navidad. 

Obviamente, un dictador mínimamente decente es consciente de que esto sucede. Saben que aunque todo el mundo parece quererles mucho y les aplaude todos los discursos, la mayoría están mintiendo como bellacos. Saben también que, aunque la mayoría de ciudadanos sospecha que todo el mundo está ocultando lo mucho que detesta al régimen, tampoco están dispuestos a jugarse el cuello protestando. Cuando reprimen, por lo tanto, lo hacen respondiendo a esta ocultación de preferencias.

El primer paso, especialmente en dictaduras salidas de revoluciones, es purgar el partido. Las guerras internas entre camaradas revolucionarios una vez conquistado el poder son algo que vemos en casi todas partes, pero la batalla a menudo va bastante más allá de simples envidias. Los líderes del nuevo régimen saben que un porcentaje no trivial de los miembros del partido les odian secretamente, sea porque quieren ocupar su cargo, sea porque ellos están en la revolución porque toca, y los ideales del movimiento son algo secundario. Una depuración indiscriminada de potenciales traidores tiene la virtud de sacarse de encima posibles competidores, y además da una señal muy clara y decidida a la población de que el dictador no está para bromas: no importa tu historial revolucionario, el régimen te fusilará igual a poco que te quejes. 

Incluso en regímenes no salidos de revoluciones, la lógica de reprimir indiscriminadamente al llegar al poder es parecida. Los dictadores quieren dar una señal muy clara sobre los límites tolerables de disidencia, y quieren hacerlo antes de que nadie tenga la oportunidad de organizarse. El grado de salvajismo dependerá mucho del apoyo percibido del régimen, tanto de la población en general como de grupos de interés clave, y de la percepción de amenaza que los líderes sientan. El objetivo es, en todo caso, aumentar el coste subjetivo de revelar preferencias para la población, así como el riesgo derivado de organizarse. Los primeros años de cualquier dictadura siempre acostumbran a ser los más duros.

Una vez consolidado el régimen y establecidas las reglas del juego, los dictadores acostumbran a ofrecer algunas recompensas para complementar tanta represión. Ningún tirano puede sobrevivir sin tener a las fuerzas de seguridad de su lado, así que el primer paso suele ser regar de dinero a los militares. Esto puede hacerse directamente, comprándoles tanques y juguetes nuevos, o indirectamente, dándoles poder político o económico. No es extraño en muchos regímenes dictatoriales que las fuerzas armadas controlen una parte significativa del PIB con empresas públicas o negocios variados (Pakistán y Egipto son casos muy claros); si los generales ganan dinero, siempre van a tener menos ganas de deponer al presidente. 

Más allá de los militares, la mayoría de regímenes autoritarios también se toman bastantes molestias en conseguir la lealtad de las élites económicas. En los casos en que la revolución no incluía fusilar en masa a capitalistas, esto normalmente se consigue mediante la creación de oligopolios: grandes grupos empresariales, a menudo exportadores de materias primas, que son protegidos y subvencionados por el Estado a cambio de apoyar el régimen. La Rusia de Putin es un ejemplo reciente de este modelo, pero es algo que también vimos en la España franquista no hace demasiados años. Muchas dictaduras crean instituciones «representativas» para atraer el apoyo de élites económicas y darles voz. Este es el motivo por el cual muchos regímenes autoritarios se «disfrazan» de pseudodemocracias, creando parlamentos e instituciones representativas de pega.

Las dictaduras comunistas, por supuesto, no favorecen a la vieja oligarquía empresarial —lo que hacen es crear una nueva burocracia de partido que acaba por acumular rentas casi con el mismo entusiasmo—. El partido se convierte en la nueva élite, y es quien recibe prebendas del régimen. 

El intercambio tácito de los dictadores con la población es conocido: paz social a cambio de bienes públicos. En las dictaduras con acceso a recursos naturales, el intercambio habitual es no pagar impuestos y servicios públicos subvencionados a cambio de estabilidad; Arabia Saudí es el ejemplo clásico. El principal problema a resolver en estos casos es qué porcentaje de la riqueza puede ser distribuida; si las élites económicas o el ejército creen que el tirano les está dando poco dinero el golpe de Estado no acostumbra a tardar. En Estados con estructuras administrativas débiles, donde el Gobierno tiene problemas acumulando y distribuyendo rentas, incluso la buena voluntad del dictador puede no bastar: si el Gobierno de Nigeria no es ni siquiera capaz de gastar dinero de forma eficiente, veremos rebeliones e intentonas golpistas de todos modos. 

En aquellos países sin diamantes, petróleo o gas natural, el tirano debe generar los bienes públicos mediante crecimiento económico. Esto, no hace falta decirlo, es bastante más complicado, y requiere gobernantes más o menos competentes que pueden generar suficiente prosperidad como para que la población esté dispuesta a resignarse sin fusilar demasiados disidentes. China lleva casi tres décadas con esta estrategia; el riesgo, en este caso, es que el régimen tenga la tentación de anteponer crecimiento a corto plazo para sobrevivir a crecimiento a largo. La posible burbuja de crédito en China es un ejemplo de que no es tarea fácil.

Los regalos y prebendas, no hace falta decirlo, no suelen ser suficientes para mantener la paz social. Los dictadores deben repartir galletas de vez en cuando. La estrategia en tiempos de paz acostumbra a tener dos componentes principales: asegurarse de que nadie crea que hablar de política en público es una buena idea y romper cualquier estructura asociativa que pueda generar protestas colectivas. 

Esto implica represaliar con cierta energía pero sin pasarse a los disidentes, estableciendo unas reglas más o menos claras sobre los límites aceptables de protesta. Quejarse sobre condiciones laborales o corrupción, por ejemplo, acostumbra a ser tolerado; cuestionar la legitimidad del régimen no. Si se hace bien, el recuerdo de anteriores represiones bastará para generar suficiente apatía. En dictaduras especialmente longevas, las autoridades acometerán oleadas represivas cada cierto tiempo un poco más indiscriminadas para recordar a todo el mundo que en este país aún se fusila, pero nunca con la ferocidad de épocas pasadas. 

Para evitar que la gente hable y se organice demasiado, la inmensa mayoría de dictaduras son totalmente hostiles a los derechos civiles o a cualquier cosa que implique hablar en público. La libertad de asociación siempre está extraordinariamente restringida, y la religiosa muy limitada. La clave es limitar la capacidad de acción colectiva de la población, evitando las revoluciones «bola de nieve» ya comentadas. 

Esta restricción, por cierto, ahora también acostumbra a incluir las redes sociales: Twitter, Facebook y demás son plataformas excelentes para hablar con gente que piensa como tú y empezar a tener ideas raras sobre democracia. Cuando la CIA se dedica a crear redes sociales para países con regímenes autoritarios no lo hace por capricho. Tras la experiencia egipcia, todo dictador de medio pelo va a torpedear internet ante el mínimo signo de disidencia o protestas.

La combinación de estos tres elementos para mantenerse en el poder (patronazgo, represión, coartar libertades civiles) explican también cómo acaba un régimen autoritario. Los tiranos que se han mantenido en el cargo mediante la represión tienden a acabar mal; su caída es a menudo violenta, brutal y desagradable. A menudo el régimen cae porque los militares se cansan de fusilar a gente; incluso el más salvaje de los generales no puede pedir a sus reclutas que disparen sobre civiles eternamente. 

Los dictadores que mantuvieron el orden mediante compra de lealtades y represión de derechos civiles, pero sin violencia en masa (esto es, la España de Franco una vez pasados los primeros años de la dictadura), a menudo tienen la opción de una salida pactada del poder. Los acuerdos con la oposición son viables si las élites creen que el coste de mantenerse en el poder excede el de tener que renunciar a parte de sus rentas en una democracia. Esto es especialmente importante en países pequeños con economías relativamente dependientes del exterior: el mayor acceso a mercados derivado de ser un régimen político presentable acostumbra a compensar la pérdida de rentas, así que abandonar el autoritarismo acaba por ser una buena idea. 

La idea básica, en todo caso, es bastante simple: los dictadores son políticos a menudo racionales, y acostumbran a actuar en consecuencia. Quizás son malvados, quizás son cleptócratas, pero cuando actúan lo hacen por buenos motivos (para ellos). La violencia política a gran escala es algo terrible, pero no es necesariamente irracional. 


Suicidios en el totalitarismo

Campo de concentración de Buchenwald, Alemania, 5 de junio de 1945. Fotografía: U. S. Federal Government (DP).

El régimen nazi creó una situación de anomia, un ambiente desprovisto de las normas sociales y valores morales tradicionales, en el que el suicidio a menudo servía la única forma de salir de una situación intolerable. (Suicide in Nazi Germany. Christian Goeschel).

No hay forma de probar si hubo una alta o baja tasa de suicidios en los campos de concentración nazis; se estima que el índice era mil veces mayor que fuera de ellos en tiempos de paz. Pero en Alemania las cifras de suicidios estuvieron disparadas desde el final de la Gran Guerra. Con la crisis de la República de Weimar, el suicidio era la salida de las clases medias y la pequeña burguesía que se vieron sumidas en la miseria. Una deshonra social. No era extraño que se suicidaran familias enteras, contó el historiador alemán Joachim Fest. En 1932, las cifras cuadruplicaban las de Gran Bretaña y doblaban las de Estados Unidos. En 1939, todavía había el doble de suicidios en Alemania que en Gran Bretaña. Oficialmente las autoridades alemanas registraron 214.409 suicidios entre 1918 y 1933.

En los campos de concentración, el gran trauma era la llegada. Un shock. Se humillaba a los prisioneros con un discurso de bienvenida en el que se les explicaba que valían menos que un perro. Llevaban días viajando hacinados, sin higiene. Al ingresar, se les requisaban sus pertenencias, se les tatuaba y se les rapaba la cabeza. Era una anulación, una despersonalización instantánea. Este impacto inicial, la pérdida de toda esperanza en pocas horas, llevó a suicidios masivos.

La adaptación a la nueva situación solo era posible si el prisionero alcanzaba el único estado de autodefensa posible: la apatía. Si reparaba en lo que estaba obligado a presenciar o en las actividades en las que tenía que participar, estaba perdido. Solo sobrevivía quien se concentraba en una sola cosa, sobrevivir cada día.

Según Victor E. Frankl, psicólogo austriaco que fue encerrado en campos de concentración por su origen judío, la desnutrición y la falta de sueño ayudaban a alcanzar ese estado de apatía. En algunos casos iba tan lejos que se perdía todo tipo de contacto con la realidad sin posibilidad de vuelta atrás. Quienes caían en ese estado eran los llamados «musulmanes», que se dejaban morir lentamente.

Además, otros sentimientos necesarios para sobrevivir en el campo, según Frankl, eran el resentimiento y la envidia hacia, por ejemplo, los internos que se encontraban en mejor situación o tenían privilegios. Eso ayudaba a seguir adelante, el rencor. Un psiquiatra estadounidense, Paul Chodoff, encontró que, incluso, asumir los valores de los guardias del campo era un mecanismo de adaptación que ayudaba a sobrevivir. Los que no se acoplaban a estas nuevas realidades y sus exigencias fueron los que se quitaron la vida.

Algunos se suicidaron y se lanzaban a la muerte cogidos  de las manos; el 14 de octubre de 1941, por ejemplo, la SS informó de que dieciséis judíos habían muerto «saltando a la cantera». Los hubieran empujado o no, los hombres de la SS eran culpables, una responsabilidad que se tomaban a la ligera. Cuando llegaron más convoyes de judíos a Mauthausen, los agentes de la SS bromearon, dando la bienvenida a su nuevo batallón de «paracaidistas». (Historia de los campos de concentración nazis, Nikolaus Wachsmann)

El grupo al que se pertenecía y la solidaridad que se establecía entre sus miembros también era fundamental. Los comunistas o los testigos de Jehová fueron grupos muy homogéneos. Además, según la teoría del suicidio, si la culpa de la frustración se puede dirigir a algo externo, es menos probable que se produzca el trágico desenlace. Primo Levi, que puede que se suicidase años después —aún no están confirmadas las causas de su muerte—, dijo que la lucha por la supervivencia diaria disminuía la probabilidad de quitarse la vida. Sumar un día vivo más a la hora de irse a dormir.

La información podía marcar la línea entre el suicidio o la supervivencia. Entre los que trabajaron en fábricas de armas y escuchaban noticias sobre la evolución de los frentes hubo menos suicidios. Y al revés, en los primeros compases de la contienda, las noticias de las conquistas nazis los aumentaron. El psiquiatra alemán Thomas Bronisch señala que cuando más suicidios hubo en Dachau fue con ocasión de los Juegos Olímpicos de Berlín, la anexión de Austria y Checoslovaquia y el pacto germanosoviético. La historiadora Kathryn Atwood apunta que los judíos que huyeron a los Países Bajos se suicidaron inmediatamente cuando estos territorios cayeron poco después en manos de Hitler.

También hubo suicidios provocados. El ejemplo que cita Bronisch es el de cuando los miembros de las SS asesinaban bebés, por ejemplo, estrellándolos contra un árbol. Las madres que lo presenciaban quedaban tan impactadas que podían suicidarse pocas horas después. Era un tipo de escena que se solía presentar cuando algún miembro de las SS estaba borracho y pretendía darle la bienvenida a Auschwitz a un convoy recién llegado.

La primavera de 1944, los de la Lager-SS asesinaron a varios miles de chiquillos de uno y otro sexo. En el campo principal de Kaunas, tal acción estuvo precedida por una fiesta infantil concebida a modo de tapadera por el comandante local. Las deportaciones subsiguientes fueron acompañadas de escenas terribles: los padres gritaban e imploraban a los de la SS mientras se llevaban a los menores. Hubo quien subió con sus hijos a los camiones para darles la mano mientras se dirigían al lugar en que iban a morir, y familias enteras que se suicidaron antes de que la SS pudiese dividirlas. (Historia de los campos de concentración nazis, Nikolaus Wachsmann)

Pero Frankl subraya que existió la figura del suicidio subversivo. El que se quitaba la vida porque quería morir sin autorización de las SS. Sin esperar a su sentencia de muerte. El tipo más conocido era lanzarse contra la alambrada electrificada. Según el testimonio de Morris Kesselman, un superviviente, contra las vallas se arrojaban «los más viejos, los más inteligentes». Para los más jóvenes y menos formados era más fácil resistir.

No obstante, la desesperación fue más común en situaciones menos escalofriantes. Sobre todo en los pogromos para detener a los judíos, es ahí donde más se suicidaron. Christian Goeschel piensa que para los judíos de la época, antes de la detención, llevar encima cianuro fue una cuestión de rutina, pese al tabú judío ante el suicidio. Matarse a uno mismo se convirtió en una salida aceptable dada la gravedad de la situación. En Austria, cuando se produjeron las deportaciones, se suicidaron cientos en pocos días, como explica Richard Evans en su trilogía sobre el Tercer Reich. Muchos lo hacían en el momento de recibir la carta con la orden de deportación. Cita el caso de la viuda del pintor Max Liebermann para dar las cifras globales:

La enterraron en el cementerio judío de Weissensee, donde el año anterior habían enterrado a ochocientos once suicidas frente a doscientos cincuenta y cuatro en 1941. Hasta cuatro mil judíos alemanes se suicidaron entre 1941 y 1943, solo en el último trimestre de 1941 el número ascendió a ochocientos cincuenta. Por entonces, los suicidios de judíos conformaban casi la mitad de todos los suicidios en Berlín, a pesar de que la comunidad judía superviviente era muy escasa. En su mayor parte, se trataba de ancianos, e ingerir veneno, el método más común, lo veían como una manera de hacer valer su derecho a poner fin a su propia vida cuando y como ellos querían, en lugar de morir asesinados a manos de los nazis. Algunos hombres se ponían las medallas por el servicio en la Primera Guerra Mundial antes de suicidarse.

Emil Fey, que se había destacado en la derrota del levantamiento nazi en Viena en 1934, se suicidó cuando se produjo la anexión de Austria, no sin antes matar a su mujer y a su hijo. Los austriacos no eran buenos nazis, dijo Alfred Pogar, pero sí eran excelentes antisemitas. Según Carl Zuckmayer, con los pogromos, las ciudades austriacas se convirtieron en «un cuadro del Bosco». Hasta Heydrich tuvo que llamar la atención a sus ciudadanos por sus desmanes. En el último cuatrimestre de 1941 se suicidaron ochenta y siete judíos en Viena, que se sepa, y doscientos cuarenta y tres en Berlín.

Entre los judíos de Viena abundaron los suicidios, porque muchos prefirieron morir a vivir gobernados por los nazis. William Shirer escribió que un amigo había visto como «un tipo de aspecto de judío» estaba en un bar y «poco después, se sacó del bolsillo una vieja navaja de afeitar y se cortó el cuello». Goebbels incluyó en su diario, el 23 de marzo de 1938, la siguiente nota cínica: «En el pasado, los alemanes se quitaban la vida. Ahora es al revés». (El Holocausto. Las voces de las víctimas y los verdugos, Laurence Rees).

Lo que llamó la atención de los nazis es que luego los judíos del gueto de Varsovia no se suicidasen en masa como los austriacos después del Anschluss. Primo Levi escribió en su trilogía sobre Auschwitz que era más fácil suicidarse después de sobrevivir al campo de concentración que durante la experiencia. Hubo muchos casos posteriores, algunos inmediatamente posteriores. Y señaló que tanto los historiadores soviéticos como los occidentales coincidieron al observar que hubo pocos durante la privación de libertad. Dio tres motivos. Uno, el suicidio es humano, no animal. Cuando vives como un animal, te puedes dejar morir, como un animal, pero no quitarte la vida. Segundo, la jornada estaba completa de principio a fin, no tenían tiempo de pensar. «Por la inminencia constante de la muerte faltaba tiempo para pensar en la muerte». Y tercero, no podían sentir culpa, algo que motiva el suicidio en algunos casos, porque ya estaban expiando con sufrimientos diarios.

La culpa llegaba después. Cuando se recordaba haber omitido socorro a otro interno más débil. Su petición de ayuda podía llegar a obsesionar toda una vida. «Recuerdo, también, y con desasosiego, que muchas más veces me alcé de hombros impacientemente a otras solicitudes, y precisamente cuando ya estaba en el campo hacía casi un año y había acumulado una buena dosis de experiencia: pero también había asimilado bien la regla principal de aquel lugar, que ordenaba ocuparse de uno mismo antes que de nadie», reconoció Levi.

En una entrevista a una médica que salvó muchas vidas, Ella Lingens-Reiner, publicada en Prisoners of Fear, de Victor Gollancz, dijo: «¿Cómo he podido sobrevivir en Auschwitz? Mi norma es que en primer lugar, en segundo y en tercero estoy yo. Y luego nadie más. Luego otra vez yo; y luego todos los demás». En este sentido, los testimonios de los judíos que tomaron parte en las tareas del campo, tales como colaborar en el gaseo y cremación de los otros prisioneros, dan prueba de ello.

Morris Venezia se siente aún más responsable por sus acciones y sostiene que «nosotros también nos convertimos en animales… cada día estábamos quemando cadáveres, cada día, cada día, cada día. Y llegas a acostumbrarte a ello». Cuando escuchaban los gritos que provenían de la cámara de gas «pensábamos que debíamos matarnos a nosotros mismos y dejar de trabajar para los alemanes. Pero incluso suicidarte no es tan sencillo». (Auschwitz. Laurence Ress).

Con una foto rota de su Führer junto al puño cerrado, un oficial muerto de Volkssturm (erróneamente descrito como un «Volkssturmgeneral»). Walter Doenicke yace en el piso del ayuntamiento de Leipzig. Se suicidó en lugar de enfrentarse a las tropas del ejército de los Estados Unidos que capturaron la ciudad. Foto: NARA (DP)

Durante la guerra, en el ejército alemán se registraron mil ciento noventa y seis suicidios entre el 1 de abril de 1939 y el 30 de septiembre de 1941, según los datos de la Inspección de Sanidad militar (Heeressanitatsinspektion). Solo en septiembre de 1943, la cifra llegó a seis mil ochocientos noventa y ocho. Lo atestigua un telegrama enviado por Martin Bormann a Himmler quejándose por la alta tasa de suicidios dentro de la Wehrmacht. No obstante, William Craig en La batalla de Stalingrado pone en boca de Hitler la siguiente reflexión: «En Alemania, en tiempo de paz, de dieciocho a veinte mil personas se suicidan cada año y, sin embargo, nadie se encuentra ante una situación así. Y aquí hay un hombre [Paulus] que ve a cincuenta o sesenta mil soldados suyos morir defendiéndose bravamente hasta el final. ¿Cómo ha podido él rendirse a los bolcheviques?… Esto es algo que uno no puede entender del todo».

Lo escalofriante es la gran cantidad de gente que se suicidó llevándose a sus familias por delante. Lo de Magda Goebbels no fue un caso aislado. En el libro Suicide in Nazi Germany de Christian Goeschel se citan casos como el de una mujer que, tras el suicidio de su marido, mató a sus dos hijos y luego se cortó las venas. En la familia Böhm-Bawerk, el marido había huido y su mujer, su hermana y su hija se quitaron la vida. O el farmacéutico de Feldberg que mató a sus hijos y se quitó la vida después.

En los pueblos de la comarca se repetía la misma escena: soldados borrachos, aristócratas muertos. Una mujer había matado ella sola a tiros a quince miembros de su familia y se había suicidado arrojándose al agua.

La propaganda nazi fue tan intensa a la hora de inocular el miedo al Ejército Rojo que hubo una oleada de suicidios ante su llegada. Hay un libro cuya lectura es escalofriante. Después del Reich, de Giles MacDonogh, que cuenta cómo se abrió la veda contra los alemanes tras su derrota. Entre los nazis con responsabilidades, la oleada de suicidios fue de gran envergadura.

La culpa también obraba de modo indirecto. Fritz Haber, inventor del Zyklon-B, tuvo que ver en 1915 cómo su primera mujer, Clara, que también era química, se había suicidado con la pistola de su marido, «al parecer, avergonzada y horrorizada por el cariz que habían tomado sus investigaciones», detalló Philip Ball en Al servicio del Reich. También se suicidó su hijo Hermann, en 1946, debido a la obra de su padre, que era judío, por cierto.

El periodista Konstantín Símonov fue de los primeros en llegar al Tiergarten, en Berlín. Se encontró a los animales escuálidos del zoo entre los cuerpos de los SS que se habían suicidado. «En un cubículo encontró a un general de las SS muerto con la guerrera desabrochada y una botella de champán entre las piernas. Se había suicidado junto con su amante». El actor Paul Bildt se suicidó junto a veinte personas, entre ellas su hija, aunque él no tuvo éxito y les sobrevivió a todos doce años más. Para Michael Burleigh, autor de El Tercer Reich, se había ligado de tal manera a los hombres con su militancia que los suicidios fueron el único final concebible de la historia.

Con el hundimiento, la desgracia les llegó a las comunidades de alemanes fuera de Alemania. En Checoslovaquia hubo disturbios y algaradas exigiendo la expulsión de los alemanes. En el verano del 45, les pusieron brazaletes blancos con la letra «N» de Nemec (‘alemán’ en checo), les pintaron esvásticas en la espalda y tenían prohibido sentarse en bancos públicos, caminar por la acera o entrar en restaurantes, escribió Anne Applebaum en El telón de acero.

Al final, veinte mil tuvieron que dejar el país a la fuerza. Está registrado que en 1946 se suicidaron cinco mil quinientos cincuenta y ocho alemanes residentes en Checoslovaquia. En la ciudad de habla alemana Iglau (Jihlava en checoslovaco) se suicidaron mil doscientos alemanes cuando se produjo su caída. Antes de Navidad, la cifra había ascendido a dos mil. En Brüx (Most) se suicidaron entre mayo, junio y julio dieciséis alemanes al día, a menudo familias enteras. En Polonia, en Breslau, morían entre trescientos y cuatrocientos alemanes al día. Según MacDonogh, la cifra hubiese sido mayor de haber tenido los alemanes gas en la cocina. En Grünberg, en la Baja Silesia, se estima que se suicidó una cuarta parte de la población.

Si hubo un candidato al suicidio tras la ocupación soviética, eran las mujeres. Tras las violaciones a las que fueron sometidas sistemáticamente por las tropas soviéticas, en las que podían quedar embarazadas o contraer enfermedades venéreas, se suicidaban en masa. En los diarios de Ruth Friedrich, una amiga le dice: «Necesitamos suicidarnos, es indudable que no podemos vivir así». Había sido violada por siete soldados. En su libro, Goeschel explica que el suicidio de alemanes tras el final de la guerra fue algo «rutinario». Primero, por las políticas de terror de los nazis contra los propios alemanes conforme la guerra se acercaba a su final. Luego, por miedo a los soviéticos y, después, a consecuencia de los ultrajes a los que les sometieron estos.

En la Unión Soviética, el suicidio era considerado un comportamiento cobarde. Impropio de comunistas. Al principio, con la creencia de que podía prevenirse, hubo estudios y estadísticas, pero en 1920 fueron prohibidos, explican Karolina Krysinska y David Lester en Suicide in the Soviet Gulag Camps. En 1925, Yemelián Yaroslavski, miembro del Comité Central, manifestó que los suicidios se caracterizaban por una voluntad y carácter débiles de personas sin fe en la fortaleza del partido. En definitiva, el suicidio, entendido como un acto de libre voluntad y una elección del destino de cada uno, no se adecuaba a la mentalidad colectivista del sistema soviético.

En los gulag, que eran fundamentalmente campos antiélite, había muchos prisioneros con educación, por eso el shock de ingreso debería haberles afectado más. Sin embargo, según esta investigación, las principales causas de la muerte fueron las epidemias, de tuberculosis, neumonía o disentería, también las congelaciones y enfermedades relacionadas con el hambre o el trabajo en condiciones inseguras, pero el suicidio nunca tuvo una relevancia especial. Según Solzhenitsyn, los suicidios eran «asombrosamente raros, quizá menos frecuentes entre los presos que entre la gente libre». De hecho, cita en su famoso libro el caso de suicidas que se ahorcaron el día de recobrar la libertad.

Ni siquiera a los fuertes les quedaba un medio para luchar contra el sistema penitenciario, como no fuera el suicidio. (…) Pero ¿es lucha el suicidio? ¿No es claudicación?¿Acaso no se debía a eso la asombrosa escasez de suicidios en el campo? En general eran muy pocos, aunque cada recluso recuerde probablemente algún caso de suicidio. Pero seguro que recuerda muchos más casos de evasión. ¡Evasiones sí había más que suicidios! (Los celosos defensores del realismo socialista pueden felicitarme: me inclino decididamente por la línea optimista (…) Incluso creo que, estadísticamente hablando, el porcentaje de suicidios en el campo era menor que en la vida normal. (Archipiélago Gulag)

Si había suicidios, solían ser entre extranjeros, especialmente los occidentales, gente «no acostumbrada como los rusos a hacer frente a los desafíos y dificultades de la vida», pensaba Solzhenitsyn. Ósip Mandelshtam, un poeta condenado por escribir un poema contra Stalin, observó que el suicidio era muy raro entre los delincuentes y más común entre los intelectuales. Echar a correr fuera de los límites del área de trabajo para ser disparado era una de las formas más comunes. Ahí Solzhenitsyn sí que escribió que los que echaban a correr hacia la estepa y eran abatidos a tiros, tenían «una orgullosa forma de suicidio». Y ese era el ejemplo de mayor resistencia a la autoridad que podía encontrarse en el campo.

En la documentación del NKVD aparecen casos como uno que tuvo lugar en el campo de Dritrovsky, en diciembre de 1935, donde unos prisioneros, tras un castigo de cuatro días sin comer, intentaron cortarse las venas. Figuraba un informe de la industria maderera que relacionaba la escasez de comida con el índice de suicidios. Si bien muchas veces este no era un castigo deliberado, sino consecuencia de problemas en toda la URSS. Elinor Lipper, que estuvo once años en Siberia, dio testimonio de que en los traslados hubo prisioneras que trataban de ahorcarse en el vagón, o en los barcos quien se lanzaba al agua para morir ahogado. En los hospitales, contó Lipper, los internos trataban de acelerar la muerte. También hubo casos de, sin más, dejarse morir, como los Musselmen de los campos nazis.

Según Anne Applebaum, en su estudio Gulag: A History, la dignidad humana salvaba vidas. En el sentido de que mantenerse limpios y conservar rutinas como afeitarse cuando les era posible, ayudaba a los prisioneros a que no cayeran en la desesperación y acabasen matándose. Según explicó en su obra, algo que impedía el suicidio era la falta de intimidad. Había decenas de personas en cada celda. Tenían que defecar a la vista de todos. Cita casos de personas que, en mitad de la noche, intentaban suicidarse cortándose las venas con los dientes, pero eran delatados en el acto por algún compañero de habitáculo que permaneciera insomne.

El búlgaro Tzvetan Todorov escribió que, para los internos del gulag, el suicidio era una oportunidad para ejercitar el libre albedrío. Al suicidarse, uno cambia el curso de los hechos, explicó, aunque sea por última vez en la vida. «Los suicidios de este tipo son actos de desafío, no de desesperación».

Shalámov, un exprisionero de los campos de Kolyma, escribió una paradoja. Pensar en suicidarse le mantenía con vida. La conciencia de que había reunido fuerzas para quitarse la vida en un momento dado le daba voluntad de vivir. Fue mucho más frecuente la automutilación o autolesión. Lipper contó que algunos se envolvían un pie en trapos húmedos para que se les congelase. Otros se cortaban un dedo, se reabrían heridas, se rociaban con algún producto químico para quemarse la piel. Este tipo de conductas estaba muy perseguido, se consideraba sabotaje a la producción, y podía costar una sentencia de muerte. Pero lo que se observa en ellas es voluntad de vivir, lo contrario del suicidio, era sacrificar una parte del cuerpo para salvar el resto, opinaba Solzhenitsyn. Los que sí lo pasaron realmente mal y contemplaban con frecuencia quitarse la vida, según el Nobel, fueron los comunistas convencidos que iban a parar al gulag:

Zosia Zalesskaia, una polaca de la nobleza, que había entregado toda su vida a la «causa del comunismo» trabajando en el Servicio Secreto soviético, trató de suicidarse tres veces seguidas durante la instrucción: se ahorcó, la descolgaron; iba a cortarse las venas, se lo impidieron; saltó a una ventana del séptimo piso, el adormilado juez de instrucción tuvo tiempo de sujetarla por el vestido. Tres veces la salvaron para fusilarla luego.

En El siglo soviético, de Moshe Lewin, se cita la obra The year 1937, de Oleg Jlevniuk, que puso de manifiesto que en la etapa del Gran Terror hubo múltiples formas de resistencia. Y una de ellas fue una oleada de suicidios. Para la propaganda, el suicidio de un sospechoso probaba su culpabilidad, pero no lograron reducir el índice de personas que se quitaban la vida. Todas las medidas fueron infructuosas: «Los suicidios se contaban por millares. En 1937, se produjeron solo en las filas del Ejército Rojo setecientos ochenta y dos casos. Un año más tarde, la cifra aumentó hasta ochocientos treinta y dos, sin contar los casos en la marina. Estos suicidios no siempre eran actos desesperados cometidos por personas que se sentían impotentes; también eran valientes manifestaciones de protesta».

No en vano, según Ian Grey, el suicidio llegó a preocupar a Stalin. No solo porque lo cometiera su mujer, Nadezhda, sino porque le parecía una forma de traición. De hecho, en 1945, Vasili Chernishev, director del Gulag, envió un memorándum a todos los campos quejándose del comportamiento de los guardias, entre los que había detectado, por supuesto, altas tasas de suicidio.

Un hombre en un tribunal popular durante las purgas estalinistas en 1935 (se crearon purgas contra presuntos trotskistas, que fueron asesinados o enviados a Gulag). Foto: DP.


George Orwell: dos y dos son cinco

George Orwell, 1945. Foto: Vernon Richards / UCL Orwell Archive.

Recuerdo que una vez le dije a Arthur Koestler: «La historia se detuvo en 1936», a lo que asintió con una inmediata comprensión. Ambos estábamos pensando sobre el totalitarismo en general, pero más concretamente sobre la Guerra Civil española. Antes ya había notado que ningún suceso es correctamente relatado en la prensa, pero en España, por primera vez, vi periódicos cuyos reportajes no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la mínima relación que se sobreentiende en una mentira ordinaria. Vi narradas grandes batallas donde no había existido combate alguno, vi completo silencio allí donde cientos de hombres habían muerto. Vi soldados que habían luchado valientemente ser denunciados por cobardes y traidores, y a otros que nunca habían visto pegar un tiro ser ensalzados como los héroes de victorias imaginarias; vi periódicos en Londres que vendían estas mentiras y vi a ávidos intelectuales construyendo superestructuras emocionales sobre eventos que nunca habían tenido lugar. Vi, de hecho, la historia escrita no en términos de lo que sucedió sino de lo que debería haber sucedido de acuerdo con diversas «políticas de partido». (…) Sé que está de moda decir que la mayor parte de la historia escrita está hecha de mentiras. Aun así, quiero creer que es en su mayor parte inexacta y subjetiva, pero que lo peculiar de nuestra propia época es el abandono de la idea de que puede ser verazmente escrita. En el pasado la gente mentía deliberadamente, o inconscientemente coloreaba lo que escribía, o se esforzaba por descubrir la verdad sabiendo que iba a cometer muchos errores; pero en cada caso creían que los «hechos» existían y que más o menos podían ser descubiertos. Y en la práctica siempre había un considerable cuerpo de hechos con los que hubiese estado de acuerdo casi cualquiera. (…) La teoría nazi, específicamente, niega que existe tal cosa como «la verdad». No hay, por ejemplo, tal cosa como «la ciencia». Solo hay «ciencia alemana», «ciencia judía», etc. El objetivo implícito de esta línea de pensamiento es un mundo de pesadilla en el cual el líder, o alguna camarilla gobernante, controla no solamente el futuro sino el pasado. Si el líder dice que tal o cual evento «nunca sucedió»… bien, entonces nunca sucedió. Si dice que dos y dos son cinco… bien, entonces dos y dos son cinco. Esta perspectiva me asusta mucho más que las bombas; y después de nuestras experiencias de los últimos años, esta no es una afirmación frívola.

(George Orwell, Recuerdos de la guerra de España, 1943).

—¿Cuántos dedos estoy mostrando, Winston?
—Cuatro.
—¿Y si el partido dice que no son cuatro, sino cinco, entonces cuántos hay?
—Cuatro.

La palabra terminó con un jadeo de dolor. (…)

—Aprendes muy despacio, Winston —dijo O’Brien con suavidad.
—¿Cómo puedo evitarlo? —sollozó. —¿Cómo puedo evitar ver lo que está frente a mis ojos? Dos y dos son cuatro.
—A veces, Winston. A veces son cinco. A veces son tres. A veces son todo eso a la vez. Debes esforzarte más. No es fácil alcanzar la cordura.

(George Orwell, 1984, 1949).

El periodista y escritor George Orwell pasó varios meses combatiendo en el frente de Aragón junto a una milicia del POUM reclutada en Barcelona. «España», escribió, «era el país que desde mi infancia más había anhelado visitar». Su etapa de miliciano terminó al ser herido de gravedad por una bala que, tras aparecer de ninguna parte, entró por un lado de su cuello y salió por el otro. Describió la sensación de recibir aquel disparo como análoga a «estar en el centro de una explosión». Oyó un fuerte ruido y fue cegado por una luz intensa; creyó que uno de sus compañeros le había disparado por accidente desde pocos metros, pero no: fue el disparo de un francotirador fascista. Tuvo que ser evacuado del frente en camilla y después transportado en una ambulancia que no cesaba de pegar brincos sobre los destartalados caminos de la zona, todavía consciente y sabiendo que muchos soldados morían en aquellos infaustos viajes de urgencia. Contra todo pronóstico, sobrevivió. Después, en los hospitales, los doctores y enfermeras iban a verle con la expectación que despierta un caso médico excepcional; no cesaban de repetirle lo afortunado que era, porque nunca habían visto a un soldado recuperarse de una herida como aquella. En su fuero interno, él se decía que hubiese sido más afortunado si nunca le hubiese alcanzado la maldita bala. Pero vivió, e incluso recuperó la voz, con el tiempo, aun cuando los médicos le habían asegurado que hablaría en un afónico susurro durante el resto de su vida.

Orwell había experimentado de primera mano los horrores de la guerra. Incluso tras la herida, se planteó volver al frente. Pero no estaba preparado para suponer que en la retaguardia le esperaba otra clase de horror: la represión política. Descartado para el combate, regresó a Barcelona junto a su mujer, que se había estado hospedando en un hotel durante los meses que él había pasado en el frente. Allí fue testigo de cómo muchos de sus amigos del POUM, incluyendo a hombres que habían luchado contra el fascismo con un valor inquebrantable, eran apresados por sus antiguos aliados en una purga generalizada que lo dejó descolocado. Cualquiera podía ser detenido sin previo aviso ni necesidad de mayor acusación que la pertenencia o la mera simpatía hacia las ideas revolucionarias de los socialistas libertarios o los anarquistas. Ni siquiera los ciudadanos de países extranjeros se libraron de una persecución que hizo desaparecer a muchos españoles, pero también a ingleses, franceses, belgas o alemanes. Los detenidos permanecían durante meses hacinados en celdas insalubres —cualquier sótano podía ser convertido en prisión— y no pocos de ellos fueron ejecutados sin la oportunidad de intentar defenderse en un juicio. Orwell, cuyo vínculo con el POUM anticipaba un destino funesto, consiguió huir a Francia in extremis, tras una concatenación de escenas dignas de una película de intriga. En 1938, mientras ya en Inglaterra escribía la crónica de su participación en la guerra española, titulada Homenaje a Cataluña, continuaba sin tener noticia de varios amigos, conocidos y camaradas del frente, a los que con tristeza suponía muertos.

Su voz física volvió, pero sus denuncias sobre lo sucedido en España resonaban en el vacío. Descubrió con estupor que la prensa inglesa, como el resto de la prensa europea, no relataba aquellas purgas tal y como él las había vivido, limitándose a repetir la versión oficial propagada por los mismos que las habían impulsado. «Con cuánta facilidad la propaganda totalitaria puede controlar la opinión de gente cultivada en los países democráticos», diría. Había esperado ver una oleada de indignación internacional ante los sucesos de los que había sido testigo, pero fuera de España todos parecían sentir alivio por el aplastamiento del impulso revolucionario en el bando republicano. «La historia se ha detenido en 1936», le dijo con tristeza a un amigo. Aquel fue el punto de inflexión en la vida, el pensamiento y la literatura de Orwell. El hombre de izquierdas con conciencia social continuó siendo un hombre de izquierdas con conciencia social, pero se convirtió también en el sombrío cronista de la muerte de la verdad. La fría manipulación de la realidad no era, como él había creído hasta entonces, patrimonio exclusivo de los regímenes fascistas. Incluso en las democracias con prensa libre y una clase intelectual autónoma, la verdad podía ser sepultada bajo una montaña de propaganda. Era el fin de la historia, de la preponderancia de los hechos; el escritor inglés se preguntaba con amargura si los sucesos que él había conocido, si las realidades de su generación, sobrevivirían al paso del tiempo. En el nuevo mundo, el de mediados del siglo XX, dominado por los grandes medios de comunicación, los hechos habían dejado de tener importancia. Este artículo es la crónica y el análisis, no de la novela 1984, que es lo bastante conocida, sino de su gestación.

La revolución soñada

Una de las primeras ediciones de Homenaje a Cataluña. Imagen: The Granger Collection / Cordon.

La guerra de España y otros eventos de 1936-37 inclinaron la balanza y supe dónde me encontraba. Cada renglón de cada obra seria que he escrito desde 1936 ha sido escrito, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y en favor del socialismo democrático. (Por qué escribo, 1946).

Cualquiera que sienta el valor de la literatura, cualquiera que vea el papel central que desempeña en el desarrollo de la historia humana, debe también ver que es necesario, cuestión de vida o muerte, resistir al totalitarismo, ya venga impuesto desde fuera o desde dentro. (Intervención radiofónica de Orwell en la BBC, 19 de junio de 1941).

—¿Te das cuenta de que lo que estás sugiriendo es una revolución?
—Por supuesto, es una revolución. ¿Por qué no?
—Porque no puede haber una revolución. Nuestra revolución fue la última y nunca puede haber otra. Todo el mundo sabe eso.
—Pero querido, tú eres matemático: dime, ¿cuál es el último número?
—Esa pregunta es absurda. Los números son infinitos. No puede haber un ultimo número.
—Entonces, ¿por qué hablas de la última revolución?

(Yevgueni Zamiatin, Nosotros, 1920).

Antes de 1936, los libros de Orwell ya tenían un marcado trasfondo de denuncia social; en ellos había tratado la pobreza y la dura vida de los trabajadores (Sin blanca en París y Londres, La hija del clérigo, Que no muera la aspidistra) o el colonialismo inglés que había conocido de primera mano trabajando como policía en Asia (Los días de Birmania). El principal objeto de interés de su literatura habían sido los efectos perniciosos que el capitalismo producía en los estratos más vulnerables de la sociedad. Convencido socialista, estaba asociado al Independent Labour Party, un partido que abogaba por la nacionalización de tierras y medios de producción. En aquellos tiempos, empero, el pensamiento político de Orwell se caracterizaba más por un idealismo humanista y una sincera preocupación hacia las condiciones de los más débiles que por los detalles concretos de la teoría política. Quién sabe si, de no haber combatido nunca en España, George Orwell se hubiese convertido en la referencia universal que hoy es. Es muy posible que no, porque nunca hubiese escrito 1984.

En la década de los cuarenta construyó lo más impresionante de su legado, desviando su principal foco de atención hacia los fenómenos del totalitarismo y la manipulación de la información. Como un científico que mira un cultivo en el microscopio y de aquello que ve —una muestra concreta confinada a los límites del portaobjetos de cristal— deduce leyes generales que pueden aplicarse fuera del laboratorio, Orwell desarrolló todo un análisis del totalitarismo a partir de sus experiencias en España, añadiendo después el análisis de lo que sucedía en otras partes. Primero escribió Homenaje a Cataluña para denunciar las purgas políticas y la manipulación informativa dentro del bando republicano, así como las mentiras deliberadas que se multiplicaban en la prensa europea —tanto la de izquierdas como la de derechas— sobre el aplastamiento de la revolución (denuncias que repitió unos años después en el breve pero también muy poderoso Recuerdos de la Guerra de España). Después amplió el campo de visión para efectuar una demoledora crítica del estalinismo en Rebelión en la granja. Por fin, condensó sus ideas sobre el terror político y la aniquilación del concepto de «verdad», aunque ahora de manera más abstracta, y por eso aplicable a totalitarismos de cualquier naturaleza y signo político, en su novela más famosa: Mil novecientos ochenta y cuatro (o 1984; el título numérico ha sido adoptado con frecuencia, más en español que en inglés, quizá porque es más llamativo). Estos son sus libros más famosos y los que más gente ha leído; pero también cabe insistir, porque no siempre se menciona cuando se habla de su figura, en la importancia de su abundante trabajo en prensa. En sus novelas las ideas aparecen condensadas en forma de sátira o alegoría, pero es en su trabajo periodístico donde encontramos el desarrollo más explícito y complejo, aunque fragmentado en una miríada de artículos, de todas esas ideas.

No es fácil resumir en qué consiste el poder de Orwell como escritor de ficción. Quizá reside en su pasmosa facilidad para destilar conceptos políticos y filosóficos que, expresados mediante sentencias nada presuntuosas, claras y cortantes, o mediante metáforas de una sencillez casi escolar, se convierten en axiomas que cualquier persona puede entender de inmediato. Pero su sencillez es aparente, porque están construidos sobre toda una montaña de reflexiones previas, que encontramos en sus artículos y parlamentos. Recuerdo que una de las primeras frases de un libro que de verdad me obligaron a pensar fue esa tan famosa de «todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros», uno de los puntos álgidos de Rebelión en la granja. Por entonces, siendo casi un niño, no podía comprender su verdadero significado, pero era uno de tantos renglones que parecían estar impresos en otro color, emergiendo con luz propia de entre la habitual salmodia de tinta negra. Esa sensación, que nunca se ha extinguido, es compartida por muchos otros lectores: cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca, la prensa estadounidense comentó con cierta sorpresa el súbito aumento de ventas de ejemplares de 1984. El trasunto de la noticia revelaba una evidente lógica: en un país donde la mentira deliberada siempre fue considerada uno de los más imperdonables pecados de un presidente, el completo desdén de Trump hacia la verdad o siquiera hacia la simple noción de intentar no parecer un mentiroso es algo que produce asombro y un profundo estupor, así como el que sus partidarios parezcan indiferentes a esa actitud, hasta hace no mucho considerada más propia de líderes no democráticos. Así pues, mucha gente ha decidido indagar en lo que decía Orwell al respecto de la mentira y de cuál es su efecto sobre el pueblo (aunque más que en 1984, libro poco aplicable a los actuales Estados Unidos, la respuesta que buscan está en sus artículos, donde se explaya sobre la manipulación en contextos democráticos). Orwell dijo muchas cosas sobre la mentira y el uso que el poder hace de ella. Por brillante que sea el contenido filosófico y político de Rebelión en la granja o 1984, estos dos libros no son sino la conclusión final de varios años de trabajosa elaboración sobre el asunto.

El inicio de ese proceso de reflexión es Homenaje a Cataluña. Un impulso idealista fue lo que le hizo alistarse en la milicia barcelonesa del POUM. Para Orwell, al principio, la guerra española era una cosa bien simple: había que combatir al fascismo. Reafirmó esa decisión el ambiente libertario que se encontró al llegar por primera vez a Barcelona, donde se había erradicado cualquier práctica que simbolizase una diferencia social entre ciudadanos; comenta encantado cómo los dependientes, los camareros y hasta los limpiabotas trataban a los clientes de igual a igual, llamándolos «camaradas», sin rastro de la reverencia servil que se esperaba de sus trabajos. Otro ejemplo: le choca de manera muy positiva el cambio de comportamiento de las mujeres; en un pueblo aragonés observa a unas jovencitas y dice de ellas: «las chicas del pueblo eran criaturas espléndidas y vivaces, con cabello negro como el carbón, andares bamboleantes, y un comportamiento directo, de hombre a hombre, que era probablemente un producto de la revolución». Otro detalle que le sorprende es que nunca ve a una persona santiguarse; esperaba que, incluso en mitad de la fiebre revolucionaria, un gesto así sería automático en un país de honda tradición católica, y sin embargo ha observado que «para el pueblo español, en Cataluña y Aragón, la Iglesia era simple y llanamente un fraude». Sugería que la creencia sobrenatural había sido sustituida por la creencia en el anarquismo, que tenía a sus ojos una naturaleza «casi religiosa». Estos y otros rasgos de la revolución igualitaria que conoce en España se convierten en combustible para su idealismo socialista.

Este igualitarismo se extendía al frente, a las milicias del POUM, donde se rechazaba la estructura piramidal habitual en las unidades militares; a los mandos les estaba vedado tratar a los subordinados como inferiores. Algunos rasgos de la idiosincrasia española exasperaban a Orwell: la impuntualidad, la tendencia a procrastinar (que en su texto aparece sustantivada en un irónico castellano: the mañana) o la desorganización general. Sin embargo, tuvo que admitir que la exótica mentalidad igualitarista de los milicianos funcionaba mejor, a efectos del combate, de lo que él mismo había previsto, y que el sentimiento de solidaridad era auténtico. La «revolución» (en contexto español, Orwell siempre usa la palabra como sinónimo de «igualitarismo») le hizo creer en su causa ya no solo como oposición al fascismo, sino también como la posibilidad de construir un mundo mejor. Asimiló como propio ese proyecto, aun con todas sus imperfecciones, y llegó a parecerle concebible el establecimiento de un sistema basado en ese concepto igualitario de la justicia:

Las milicias españolas, mientras duraron, fueron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases. En esa comunidad donde nadie estaba intentando hacerse rico, donde había escasez de todo pero no privilegios, ni lamidas de bota, uno tenía, quizá, un tosco pronóstico de cómo podrían ser los estadios iniciales del socialismo. Y eso, en vez de desilusionarme, me atrajo profundamente. El efecto fue hacer que mi deseo por ver el socialismo establecido fuese mucho más real de lo que había sido hasta entonces. En parte, quizá, se debía a la buena suerte de estar entre españoles, quienes, con su innata decencia y su omnipresente ramalazo anarquista harían que incluso las etapas iniciales del socialismo fuesen tolerables, si es que tenían la oportunidad de llevarlo a la práctica.

Los cuatro primeros capítulos de Homenaje a Cataluña, aunque son quizá los menos conseguidos del libro —el resto es invariablemente fascinante— nos muestran a un Orwell que apenas entiende el país en el que pelea, que como británico encuentra irritante el desorden de las milicias, que apenas tolera las deplorables condiciones de un frente en el que nunca sucede nada, cuyas trincheras están rodeadas de excrementos y plagadas por bichos de todas clase (condiciones que en ocasiones consigue describir con un hilarante colorido: «Los hombres que lucharon en Verdún, en Waterloo, en Flodden, en Senlac, en las Termópilas… todos y cada uno de ellos tuvieron piojos reptando por sus testículos»). Pero son esos cuatro capítulos, pese a su relativo menor peso literario, los que retratan el conato de sociedad sin clases que lo ha deslumbrado, convenciéndole de que está peleando en el sitio indicado y junto al pueblo indicado. Pese a la cínica superioridad típicamente inglesa con la que no pocas veces censura los defectos de los españoles, no puede por menos que sentirse impresionado cuando los ve poner en práctica lo que antes le hubiese parecido una utopía. La manera en que el carácter miliciano estimula su idealismo es muy similar a la descrita por la argentina Mika Etchebéhère en su también extraordinaria crónica Mi guerra en España, un libro que por desgracia y a causa de motivos que no alcanzo a entender es muy poco conocido en nuestro país (léanlo, aunque planeo comentarlo en breve). Etchebéhère, también miliciana del POUM, se sintió igualmente conmovida por aquel igualitarismo revolucionario.

La metamorfosis de Barcelona

Orwell, al fondo, en el cuartel general del POUM, Barcelona, 1937. Foto: Rovira / UCL Orwell Archive.

Después de tres meses y medio de aburrimiento y escasa acción en su sector del frente de Aragón, Orwell regresó a Barcelona para disfrutar de dos semanas de permiso. Esperaba que la ciudad continuaría en sintonía con el socialismo libertario que la había caracterizado en su primera visita, el mismo que todavía imperaba en la milicia; confiaba en que las clases sociales seguirían siendo invisibles. Pero aquellos tres meses y medio habían dado para muchos cambios. A Orwell le costó creer lo que vio cuando bajó del tren:

En el tren, de camino a Barcelona, la atmósfera del frente persistía; la suciedad, el ruido, la incomodidad, las ropas harapientas y el sentimiento de privación, camaradería e igualdad (…) Cualquiera que haya hecho dos visitas a Barcelona durante la guerra ha remarcado los extraordinarios cambios que tuvieron lugar. (…) Lo que decían era siempre lo mismo: la atmósfera revolucionaria se había desvanecido. (…) Para mí, cuando recién llegaba de Inglaterra, Barcelona era más parecida a una ciudad de trabajadores de lo que había concebido como posible. Ahora la marea había retrocedido. De nuevo era una ciudad ordinaria; un poco enflaquecida y desportillada por la guerra, pero sin ningún signo exterior de predominancia de la clase obrera. El cambio en el aspecto de la multitud era chocante. El uniforme de la milicia y los monos azules casi habían desaparecido; todo el mundo parecía vestir los refinados trajes de verano en que los sastres españoles se especializan. Prósperos hombres gordos, mujeres elegantes y distinguidos automóviles estaban por todas partes. (…) Los oficiales del nuevo Ejército Popular, una tipología que apenas había existido cuando dejé Barcelona la primera vez, aparecían en enjambres y en sorprendente número. (…) No creo que más de uno de cada veinte de ellos hubiese estado en el frente, pero todos tenían pistolas automáticas enfundadas en sus cinturones; nosotros, en el frente, no podíamos conseguir pistolas ni por todo el oro del mundo. Conforme caminábamos por la calle, noté que la gente nos miraba fijamente a causa de nuestro sucio aspecto. (…) Hubo dos hechos que eran la clave de todo lo demás. Uno era que la gente —la población civil— había perdido gran parte de su interés por la guerra; el otro era que la división normal de la sociedad entre ricos y pobres, clase alta y clase baja, se estaba reafirmando. La indiferencia general hacia la guerra era inesperada y más bien nauseabunda. Horrorizaba a quienes venían de Madrid e incluso de Valencia. En parte se debía a la distancia que había entre Barcelona y la verdadera guerra. (…) Antes me había chocado la ausencia de mendigos; ahora había muchos. En el exterior de las tiendas de delicatessen de las Ramblas, pandillas de niños descalzos esperaban a cualquiera que saliese para clamar por pedazos de comida. (…) Todos los que habían estado en Madrid decían que allí era completamente diferente; en Madrid, el peligro común forzaba a la gente de casi toda condición a adoptar cierto sentido de camaradería. Un hombre gordo comiendo codornices mientras los niños están mendigando pan es una visión repugnante, pero es más difícil que se produzca cuando estás oyendo el sonido de los cañones.

Al entrar en una tienda junto a su mujer para comprar algo de ropa, el dependiente —tomando a los Orwell por turistas de clase alta— se puso a hacer toda clase de reverencias y gestos de sumisión, ante el desconcertado rubor del escritor, que se sentía abrumado por lo que estaba sucediendo. «Recuerdo pasar por una de las calles de moda y ver una tienda con un escaparate repleto de pasteles y bombones de lo más elegante, a precios desorbitados. Era la clase de tienda que ves en Bond Street o en la Rue de la Paix». El retorno de la sociedad de clases le resultó chocante, pero no era lo que más le preocupó. Si los cuatro primeros capítulos de Homenaje a Cataluña transcurren un tanto al ralentí, es el quinto, donde se dedica a desmenuzar el conflicto interno del bando republicano en Cataluña, el primero en el que la narración se torna vibrante, absorbente. Aunque Orwell invita al lector a saltarse el capítulo si no quiere aburrirse con una sopa de siglas, no tiene nada de aburrido, al contrario. En él demuestra su sensacional agudeza; el resto del libro continuará en la misma tónica electrizante.

Durante su permiso en una metamorfoseada Barcelona se desata una oleada de combates callejeros que mantienen la ciudad vacía y a la población aterrorizada durante días; son las «jornadas de mayo». El escritor inglés se encuentra una retaguardia plagada por las tensiones entre facciones. Los comunistas del PSUC y el PCE, cada vez más influidos por el Comintern —ayuda que el Gobierno republicano espera ansioso financiación y soporte militar de Stalin—, han frenado la revolución libertaria. Sobre el papel, el origen del conflicto reside en que los comunistas desean ganar la guerra primero para poder después hacer la revolución, mientras que los libertarios consideran que la revolución es la guerra (Orwell comparte esta idea, afirmando que la resistencia inicial al alzamiento fascista se produjo sobre todo por el impulso de grupos anarquistas y libertarios). Aunque la diferente perspectiva en torno a la manera de conducir la guerra era, desde luego, una importante cuestión, Orwell no creía que los dirigentes comunistas hubiesen sido sinceros cuando justificaban su creciente oposición a los libertarios en función de las necesidades militares. Él ya había notado la influencia del Comintern en otros partidos comunistas, por ejemplo en Francia; pensaba que a Stalin, en una hipotética guerra contra Hitler, le convenía tener como aliados a países con una capacidad industrial capitalista y no a países con una producción en estado larvario por estar recién salidos de una revolución (sobre todo si se trataba de una revolución libertaria cuyo control se escaparía por completo a Moscú). El inicio de una campaña de rumores en contra de la CNT-FAI y del POUM parece confirmar las sospechas de Orwell: de repente, los anarquistas y libertarios empiezan a ser englobados bajo la etiqueta de «trotskistas» porque en la propaganda «trotskista» es sinónimo de «espía del fascismo». Orwell traza un paralelismo entre las acusaciones a los «trotskistas-fascistas» y las que en Rusia se habían lanzado contra los «social-fascistas», esto es, los socialistas moderados. Sin embargo, todavía no cree que se esté gestando una persecución abierta.

El conflicto callejero se dispara porque la Generalidad de Cataluña desea controlar el edifico de la Telefónica: muchas colectivizaciones efectuadas por la revolución obrera han sido revertidas, pero el edificio de la Telefónica continúa en manos de la CNT-FAI, cuyos miembros operan las comunicaciones. Eso, se piensa, permitiría que los anarquistas tengan conocimiento de cualquier conversación de las autoridades, incluyendo las comunicaciones clave con el Gobierno de Valencia. Cuando se envía un comando de asalto para tomar el edificio, los miembros de CNT-FAI se resisten y la noticia provoca una espiral de tensión en toda la ciudad. Empiezan a sonar los disparos. Incluso la Guardia Civil —de lealtad dudosa, a ojos de Orwell— sale a la calle. Las distintas organizaciones políticas tiran de su arsenal y se atrincheran en sus respectivas sedes, aunque por lo general dando orden a sus militantes de no disparar a nadie salvo que se les ataque primero. Orwell, pues, pasa buena parte de su permiso atrincherado en la sede del POUM y vigilando a unos guardias civiles que se han hecho fuertes en un bar contiguo. Pero pronto comprueba que en realidad nadie parece tener demasiadas ganas de provocar un derramamiento de sangre, ni en un bando ni en el otro. Incluso los guardias civiles tratan de congraciarse con sus transitorios enemigos del POUM, dándoles botellas de cerveza y haciéndoles prometer que no les dispararán sin provocación previa. De todo esto deduce que las tensiones no han sido generadas por el supuesto fanatismo de los militantes, que a todas luces evitan pelear, sino que han sido impulsadas desde arriba. Es la primera señal de alarma de que algo no marcha bien en su bando, pero Orwell, en esos momentos, considera los disturbios como un episodio tan desagradable como pasajero. También preocupante es el asunto de la censura: tras el restablecimiento del orden, los periódicos libertarios o anarquistas empezarán a aparecer con recuadros en blanco allí donde las autoridades han censurado contenidos «inapropiados». Con el paso de las semanas, en un episodio digno de la futura 1984, esos diarios presentarán un porcentaje tan escandaloso de recuadros en blanco que se promulgará una nueva ley obligándoles a rellenar los huecos con otros contenidos, para no hacer tan evidente la mutilación informativa.

Orwell parte de nuevo al frente, y esta vez sí le espera una intensa acción; la hasta entonces estática guerra de trincheras de su sector se está moviendo y tiene ocasión de jugarse la vida en diversos lances que narra con una viveza espectacular. Por lo demás, los inconvenientes de la vida en las trincheras continúan siendo los mismos, así como la endémica carencia de armamento decente en la milicia del POUM y la casi total ausencia de artillería aliada o apoyo aéreo (Mika Etchebéhère, en su libro, describe una situación idéntica en otro frente del POUM, donde los milicianos están a completa merced de los cañones y bombarderos del enemigo, abandonados por las autoridades republicanas). Herido de gravedad en el cuello, abandona el frente y regresa por tercera vez a Barcelona. Esta vez se topará con una pesadilla: el POUM ha sido prohibido, como otras organizaciones libertarias, trotskistas o anarquistas; sus miembros e incluso sus simpatizantes están siendo encarcelados de manera indiscriminada. No se han producido nuevos disturbios callejeros, como muchos se temían, pero en su lugar se está ejecutando una despiadada represión política. Descubre —gracias a un compatriota que ha sido marino y consigue reconocerlos por su silueta— que han sido buques ingleses los que han transportado tropas gubernamentales desde Valencia para militarizar Barcelona y asegurar que ni CNT-FAI, ni POUM ni grupos similares puedan ejercer resistencia. Así, de manera indirecta, entiende también que los gobiernos democráticos europeos están felices de mirar hacia otro lado mientras se purga todo resto del impulso revolucionario. Él está con el POUM, así que es un objetivo más y ser ciudadano británico no va a ayudarle en absoluto, pero consigue escapar a Francia gracias a la inesperada colaboración de un oficial republicano.

Cuando regresa a Inglaterra comprueba con estupor que la información ofrecida por los periódicos no se parece en nada a lo que él ha vivido. La versión oficial, que POUM y CNT son organizaciones al servicio del fascismo, se ha impuesto en los periódicos de izquierdas también fuera de España. La prensa de derechas, cuando no alaba a Franco, culpa a los ahora perseguidos partidos libertarios de haber provocado los desórdenes de Barcelona con el fin de desestabilizar al Gobierno republicano, otra manera de acusarlos de estar al servicio del fascismo, pero sin usar palabras que puedan chirriar a los lectores conservadores. La verdad, descubre Orwell, es un material tan precioso como frágil, que se quiebra con facilidad cuando se impone una atmósfera de paranoia política en el lugar desde donde surgen las noticias. Así, nos ofrece una primera pincelada de lo que después será una de sus grandes creaciones de ficción, el Gran Hermano:

No es fácil expresar con palabras la atmósfera de pesadilla de esos tiempos —la peculiar intranquilidad producida por rumores que siempre estaban cambiando, por los periódicos censurados, y por la constante presencia de hombres armados. No es fácil de expresar porque, por el momento, lo que resulta esencial para esa atmósfera no existe en Inglaterra. En Inglaterra, la intolerancia política todavía no es un hecho asumido. Hay persecución política a pequeña escala; si yo fuese un minero del carbón no quisiera aparecer ante el jefe como un comunista; pero el «fiel hombre de partido», el gánster-gramófono (1) de la política continental, es todavía una rareza, y la noción de «liquidar» o «eliminar» a cualquiera que esté en desacuerdo contigo no parece natural. Solamente parecía natural, demasiado natural, en Barcelona. Los «estalinistas» tenían la sartén por el mango y por lo tanto era cuestión de mera rutina que todo «trotskista» estuviese en peligro. (…) Era como si alguna gigantesca inteligencia malvada estuviese flotando por encima de la ciudad. Todo el mundo lo notó y lo comentó. Y era extraño que todos lo expresaran casi con las mismas palabras: «La atmósfera de este sitio… es horrible. Como estar en un sanatorio mental».

También menciona la indiferencia e ignorancia de los burgueses británicos que visitan España con intenciones supuestamente filantrópicas y no han captado nada de lo que sucede. Será otro de los temas habituales en la escritura de Orwell: la burbuja en la que viven determinados sectores sociales, para los que la realidad termina allá donde termina su reducido mundo de privilegios. No tardará en extender esta misma crítica, aunque de manera más extensa y elaborada, a los intelectuales de los países democráticos:

Algunos de los visitantes ingleses que pasaron rápidamente por España, revoloteando de hotel en hotel, parecen no haber notado que algo andase mal en la atmósfera general. La duquesa de Atholl escribe, y cito el Sunday Express, 17 de octubre de 1937: «He estado en Valencia, Madrid y Barcelona… un perfecto orden prevalecía en las tres ciudades sin demostración alguna de fuerza. Todos los hoteles en los que estuve eran no solamente “normales” y “decentes”, sino extremadamente confortables, a pesar de la escasez de mantequilla y café». Es una peculiaridad de los viajeros ingleses que realmente no creen en la existencia de nada más allá de sus elegantes hoteles. Espero que encontrasen algo de mantequilla para la duquesa de Atholl.

Orwell había entendido bien los motivos por los que una población española empobrecida y castigada durante siglos había iniciado la resistencia contra Franco como una necesidad para la supervivencia, pero también como una oportunidad para iniciar una revolución que les permitiera sacudirse el yugo de aquellos mismos poderes que habían apoyado a Franco al otro lado del frente. Afirmaba que habían sido los anarquistas los primeros organizadores de la resistencia, pero que las clases populares se habían sumado a esa resistencia (y a la revolución) gracias a su anhelo de cambiar el país. Como Etchebéhère, conoció a muchos españoles incultos y analfabetos que apenas entendían nada de la jerigonza ideológica de los partidos, pero que sí tenían una cosa clara: querían una sociedad más igualitaria y más libre. Orwell recuerda que las milicias en las que combatió estaban formadas por voluntarios y que ningún miliciano hubiese soportado las penosas condiciones del frente ni la constante amenaza de morir o quedar mutilado si no hubiese sido sincero su convencimiento de estar persiguiendo un país mejor. El que los intelectuales, españoles o europeos, hubiesen jugado a la guerra de salón opinando —desde muy lejos del frente— sobre la necesidad de terminar con los impulsos revolucionarios del bando republicano era algo que le sacaba de quicio. Buena parte de la intelligentsia creía a pies juntillas lo que contaban los periódicos de sus respectivas cuerdas, sin apenas filtro crítico, y a partir de ello construían complejas elaboraciones sobre la guerra que eran por completo ficticias, y si las informaciones cambiaban por conveniencia política, entonces los intelectuales cambiaban sus opiniones con ellas.

El imperio de la mentira

Orwell con su unidad de la Home Guard durante la Segunda Guerra Mundial. Foto: UCL Orwell Archive.

La ingente cantidad de informaciones falsas le abruma y el pesimismo empieza a hacer mella en él. Media Europa es fascista y la otra mitad, la democrática, contempla con indiferencia (es más, con regocijo) la inquisición contrarrevolucionaria en la España republicana. Buena parte de la izquierda europea está controlada por la propaganda comunista apoyada y financiada por Stalin, pero a Orwell le parece significativo que señalen como enemigos de la España republicana a los mismos que señala la derecha, esto es, a los anarquistas y los libertarios. Añadiendo un insulto a la herida, la prensa conservadora inglesa calificaba el alzamiento de Franco como una hazaña propia de patriotas y buenos cristianos, una cruzada destinada a erradicar una revolución infame que era descrita en tonos muy distintos a lo que Orwell había visto; él no negaba los desmanes revolucionarios —contra la Iglesia, sobre todo— pero pensaba que fuera de España estaban siendo magnificados a niveles absurdos por la derecha, mientras que las purgas políticas eran silenciadas, así como eran silenciados los crímenes del bando franquista. En Inglaterra, para su desmayo, incluso su detestado Hitler parece una opción preferible a los estallidos revolucionarios; muchos políticos y periodistas son partidarios de una política de distensión con el Führer, quien es visto como un freno —no muy agradable quizá, pero efectivo— que puede detener la expansión del comunismo. Es ya legendaria la tragicómica fotografía del Premier británico Neville Chamberlain agitando el papelito firmado por Hitler por el que, en teoría, se evitaba cualquier guerra con Alemania; esa sola imagen bastó para mancillar el recuerdo de Chamberlain en la historia. Pues bien, Orwell pensaba que esa política de distensión era un completo error y que tarde o temprano, con papel o sin él, habría guerra entre Inglaterra y Alemania. El objetivo de Hitler era el de someter todo el continente por la fuerza. El propio Hitler, insistía Orwell, lo había dejado caer en Mein Kampf. Sin embargo, la miope realpolitik del Gobierno británico no se detenía en esos pequeños detalles. Los ingleses parecían creerse inmunes a las turbulencias que se producían en el continente. Él, de manera casi profética, se pregunta hasta cuándo podía durar el ensueño del Reino Unido. Escribió las siguientes líneas en 1938, apenas dos años antes de que los bombarderos alemanes descargasen sus bombas sobre las ciudades británicas:

Y entonces volví a Inglaterra— la Inglaterra del sur, probablemente el paisaje más pulcro del mundo. Es difícil, cuando pasas por allí y especialmente cuando estás recuperándote pacíficamente del mareo del barco con suaves almohadones bajo tu trasero, creer que de verdad algo está sucediendo en cualquier parte. ¿Terremotos en Japón, hambrunas en China, revolución en México? No te preocupes, la botella de leche estará mañana sobre el escalón de la puerta y el New Statesman estará el viernes en los quioscos. Las ciudades industriales quedaban lejos, un borrón de humo y miseria oculto por la curvatura de la superficie terrestre. Aquí abajo todavía estaba la Inglaterra que yo había conocido desde la infancia: las veredas del ferrocarril ahogadas por flores silvestres, los espesos campos donde grandes y relucientes caballos pacen y meditan, los lentos arroyos bordeados por sauces, los verdes senos de los olmos, las consueldas en los jardines de las casitas de campo; y después la amplia y pacífica campiña de las afueras de Londres, los carteles anunciando partidos de cricket y bodas reales, los hombres con bombín, las palomas de Trafalgar Square, los autobuses rojos, los policías azules —todo ello durmiendo el profundo, muy profundo sueño de Inglaterra, del cual me temo que nunca despertaremos hasta que de él nos arranque de un tirón el rugido de las bombas—.

Cuando Hitler invade Polonia los ingleses, en efecto, despiertan. En Europa, un fascismo rampante se ha empezado a extender como una mancha de aceite, amenazando con terminar con la existencia de las democracias liberales. Los Gobiernos de Francia y el Reino Unido, comprendiendo por fin que Hitler es un peligro, le declaran la guerra. De manera sorprendente, los nazis y los soviéticos firman un tratado de no agresión, aunque Orwell no se lleva a engaño y en su interesantísima reseña de Mein Kampf, publicada en un periódico unos meses más tarde, afirma que «en la mente de Hitler, el pacto ruso-alemán representa no más que una alteración del calendario». La idea del líder nazi siempre ha sido la de atacar primero Rusia y después Inglaterra, pero Orwell afirma que se ha alterado el orden de la secuencia porque los rusos son «más fáciles de sobornar». Predice que el III Reich se revolverá contra la URSS en cuando considere controlada la guerra contra Inglaterra. En efecto, Alemania invadió la URSS en 1941. Esto produjo un vuelco en la actitud europea hacia Stalin, que de repente era enemigo del agresor nazi y por lo tanto un aliado, si bien coyuntural y no demasiado querido, de las democracias occidentales. En Inglaterra, la derecha que había contemplado (y seguía contemplando) con simpatía el levantamiento fascista de Franco, la misma que había querido pactar con Hitler hasta que este lo hizo imposible, había tenido que quitarse la venda de los ojos en cuanto al dictador alemán. Y, sin embargo, con la nueva situación incluso los conservadores se ponían otra venda ante Stalin. La izquierda, claro, no hacía sino profundizar en sus simpatías hacia el estalinismo.

Todo esto produjo una profunda desazón en el escritor. Entendía la necesidad perentoria de acabar con Hitler y así lo expresó de manera muy activa desde su posición de periodista, pero bajo un punto de vista ideológico continuaba aislado. La propaganda bélica acentuaba el uso de la mentira (tras sus colaboraciones bélicas en la BBC, esta institución servirá en parte para inspirar el «Ministerio de la Verdad» descrito en 1984). Mirase a su derecha o a su izquierda, Orwell no encontraba nada a lo que agarrarse. La Europa de la nueva década era un caos que había resultado de la demagogia, la propaganda, la manipulación y la mentira. Franco, Hitler, Stalin o Mussolini eran monstruos a los que, en su momento y por diversos intereses, habían tolerado y hasta defendido muchos poderes fácticos en los países que todavía eran democracias. Ahora las necesidades estratégicas requerían que se tratase a Stalin como un amigo. Esto no amilanó el afán de denuncia de Orwell. Su libro Rebelión en la granja, nuevo resultado de sus experiencias en España y de sus análisis del estalinismo, contenía, como era de esperar, un ataque furibundo al líder soviético. Sin embargo, la nueva alianza bélica provocó serios problemas para que pudiera verlo publicado. La obra no fue un éxito de crítica y público hasta meses después del final de la guerra, cuando con el III Reich ya extinguido volvía a ser evidente que el comunismo soviético era enemigo de las democracias capitalistas occidentales. Evidente, al menos, para las derechas; Orwell continuaría decepcionado con la actitud todavía complaciente de buena parte de la izquierda hacia Stalin. Como izquierdista convencido él mismo, se sentía aislado. Pero en la nueva coyuntura, al menos, Rebelión en la granja pudo ser finalmente apreciado, así que su fama como escritor se redobló.

El fascismo

Rebelión en la granja, 1954. Imagen: Halas and Batchelor.

En Homenaje a Cataluña y Rebelión en la granja Orwell atacaba de manera evidente al totalitarismo de corte estalinista porque era lo que había conocido de cerca en España, pero no había dejado de ser un socialista y sus simpatías libertarias, de hecho, se habían acentuado. Como decíamos antes, son muy populares sus novelas, pero no cabe olvidar que una buena parte de su trabajo consistió en una gran cantidad de artículos y pequeños ensayos sobre muy diversos asuntos políticos, y no pocos contenían reflexiones muy agudas sobre la mentalidad del totalitarismo fascista, al que definía como «una especie de maldad sin sentido, una aberración, un “sadismo en masa”, la clase de cosa que ocurriría si de repente vacías un sanatorio mental y dejas libres a los maníacos homicidas» (Spilling the Spanish Beans, 1937). Ya antes del final de la Guerra Civil española se había lamentado de que el conflicto terminaría en un tipo de dictadura u otro, porque tras sus experiencias en Barcelona suponía que, en el muy improbable caso de una victoria republicana, era posible la instauración de un régimen contrarrevolucionario respaldado por Stalin. Sin embargo, incluso ese régimen le parecía preferible a una dictadura de Franco, que estaría apoyada por los mismos poderes fácticos de naturaleza arcaica que habían oprimido a los españoles durante siglos. Orwell detestaba con parecida pasión a Franco y a Hitler, pero mientras Franco era un problema solamente para España, Hitler lo era para toda Europa. Orwell entendió con rapidez que el fascismo sui generis de Franco era de naturaleza distinta al de otros movimientos ultraderechistas de la época: «El asalto al poder de Franco ha diferido de los de Hitler y Mussolini en que ha sido una insurrección militar, comparable a una invasión extranjera, y por lo tanto no ha tenido mucho apoyo popular, aunque Franco ha estado desde entonces intentando conseguirlo. Sus principales seguidores, aparte de ciertos sectores de los grandes negocios, han sido la aristocracia terrateniente y la enorme y parásita Iglesia». Pero Hitler y Mussolini sí se habían apoyado en la demagogia para ganar respaldo popular; Franco no era un político, ni aun en la acepción más laxa del término; era un tirano apoyado en la fuerza, no en las ideas, y carecía de una masa de seguidores. Su alzamiento había provocado una resistencia popular generalizada allí donde sus partidarios no pudieron ejecutar una represión inmediata, y no estaba respaldado por una ideología convencional; su adopción de los símbolos y consignas de un partido fascista, la Falange, tendría un carácter más bien sobrevenido y cosmético.

Franco, eso sí, no podía hacer daño más allá de las fronteras españolas. Cosa muy distinta era lo de Hitler. Antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, a Orwell le había indignado el apoyo o el relativismo no solo de los políticos sino también de muchos intelectuales hacia la figura del Führer; había avisado una y otra vez del peligro que Hitler constituía. Además, y sobre todo, reflexionó acerca de los resortes que lo habían llevado al poder. Los españoles habían plantado cara a Franco, pero Hitler había sido elegido democráticamente. Pero ¿en dónde había radicado el éxito de la propaganda nazi? A Orwell le preocupaba mucho la relación entre el lenguaje y las ideas; en su breve ensayo Politics and the English Language (1946) afirmaba que el deterioro de los usos lingüísticos produce un deterioro generalizado de las ideas en el pueblo; incluso notó ese deterioro en la propia Inglaterra, durante los años de propaganda bélica y patriótica (no achacaba la responsabilidad exclusiva al Gobierno sino, como de costumbre, también a la prensa y la intelectualidad), e identificó ese mismo proceso como una de las claves del éxito popular de Hitler. No es casual que Hitler describiese en Mein Kampf cómo la simplificación se convertía en su principal herramienta propagandística: no se les debe hablar a las multitudes sino con ideas que sean extremadamente simples, y si se presentan en forma de consigna breve y pegadiza, aún mejor. Orwell también había sufrido la simplificación en sus propias carnes, cuando en España miles de personas con pensamientos de lo más diverso habían sido etiquetadas de un día para otro como enemigos gracias a una sencilla etiqueta: «trotskista». En la enrevesada (y para muchos ciudadanos de a pie, incomprensible) escena política de la Barcelona republicana, una sola palabra parecía haber eliminado toda complejidad. Si la guerra iba mal era culpa de los trotskistas, como los males de Alemania habían sido culpa de los judíos, o los de Rusia de los «social-fascistas», o, ya en la España de Franco, de los rojos. Una afirmación muy simple, aunque sea falsa, dificulta la discusión a causa de su misma sencillez, de su escasa elaboración, y parece inútil intentar revocar una consigna con libros y análisis sesudos que nadie va a leer.

La simplicidad, sin embargo, no puede ser el único factor implicado en el éxito de la propaganda nazi. Ya hemos visto cómo Orwell criticaba, precisamente, que los intelectuales acostumbrasen a construir elaborados y complejos artefactos ideológicos sin preocuparse por si estaban basados en mentiras. Entre los partidarios del fascismo había personas cultivadas e inteligentes que podían distinguir cuándo una idea había sido simplificada a propósito, pero eso no les impedía adscribirse al mensaje. Así pues, otro factor debía de entrar en juego: la naturaleza del contenido del mensaje; cuando un mensaje apela a la razón requiere de una elaboración mental, aunque sea mínima y automática, por parte del receptor. Un cierto trabajo, una labor de comprobación de su consistencia. Si yo les digo a ustedes que las cucarachas mataron a Kennedy, ustedes pueden refutar esa idea en sus cabezas de manera inmediata, porque la afirmación es una falacia manifiesta. Pero un mensaje que apela a la emoción no requiere elaboración mental en el receptor, y por ese motivo no puede ser refutado con tanta facilidad. Si les digo que las cucarachas son repugnantes, muchos de ustedes —presumo que una mayoría— estarán de acuerdo al instante. No porque la idea sea una verdad objetiva —hay gente a la que le gustan o le interesan estos insectos—, sino porque ustedes lo sienten así. De este modo, al menos en un primer momento, asumen la idea como verdadera y como propia, sin mayor necesidad de reflexión. Algunas personas que no habían admitido nunca que estos animales les repelen, quizá porque pensaban que su asco era una reacción infantil o impropia, ven ahora que hay una persona que confirma, con las palabras más serias y en un medio de comunicación, que ese sentimiento de repugnancia es compartido por otros y puede por tanto ser considerado no solo admisible, sino normal e incluso inevitable. Y bien, es difícil justificar de manera intelectual un amor a las cucarachas, que son una plaga incluso para otras especies animales, pero piensen ahora en las arañas o las abejas; también inspiran asco o terror a mucha gente. En este caso, las elaboraciones ideológicas que pueda alegar un defensor de estos insectos (las arañas controlan otras plagas; las abejas polinizan el campo) sí pueden ser entendidas en un nivel intelectual como verdades objetivas, pero usted, en lo más íntimo de su ser, desea que no existan las arañas, ni siquiera las no venenosas, por beneficiosas que sean.

Orwell identifica esta distinción entre mensaje intelectual y emocional como elemento decisorio en la escena política. Afirma que en las democracias occidentales se apela a la razón: los políticos recurren a promesas de bienestar que pueden ser bienintencionadas o no, pero que en cualquier caso son razonables, porque en principio suponemos que la gente desea el bienestar. Sin embargo, esas promesas pueden terminar pareciéndoles huecas a los ciudadanos si no se acompañan de algo más, de un componente emocional, de un significado; el bienestar, por sí solo, no es suficiente. Con ello Orwell dio en el clavo de la demagogia hitleriana, que no prometía tal bienestar sino al final de una dura lucha, al precio de enormes sacrificios personales y nacionales. Así, el bienestar futuro toma la forma de logro, de recompensa colectiva, y adquiere un poder de atracción que no hubiese tenido de otra manera. De manera paradójica, esa fuerza de atracción hacia el sacrificio se acentúa en épocas de crisis donde ese bienestar físico no existe; el bienestar se torna más deseable; cuanto más deseable, más justificable el sacrificio requerido para obtenerlo. El pueblo que no sufre anhela sufrir; el que ya está sufriendo tiene una mayor disposición a sufrir todavía más.

Hitler, porque en su propia y triste mente ya lo siente con excepcional intensidad, sabe que los seres humanos no quieren solamente comodidad, seguridad, jornadas laborales breves, higiene, planificación familiar y, en general sentido común; también quieren, al menos de forma intermitente, lucha y autosacrificio, por no mencionar los tambores, las banderas y los desfiles. (…) Donde el socialismo, e incluso el capitalismo de una manera más codiciosa, ha dicho a la gente «os ofrezco bienestar», Hitler les ha dicho «os ofrezco lucha, peligro y muerte», y como resultado una nación entera se ha arrojado a sus pies. (Reseña de Mein Kampf, 1940)

A Orwell, sin duda, le hubiesen fascinado (y supongo que horripilado) los continuos desmanes verbales de la era internet, porque demuestran su tesis de la atracción que ejerce la lucha, la confrontación, aun cuando resulta innecesaria. En cualquier caso, la lucha es un eficaz sustituto de la verdad. Varios de los principios sobre la propaganda y manipulación expresados en 1984 —quien controla el pasado controla el futuro; el seguimiento ciego al partido expresado no como mera lealtad sino como la cordura, etc.— son destilados del estalinismo, pero es del análisis del nazismo de donde extrae la distinción entre la manipulación (o destrucción) de la verdad y el completo desdén por el concepto mismo de verdad. Orwell recalca un buen ejemplo al mencionar la absurda distinción que los nazis realizaban entre «ciencia alemana» y «ciencia judía». A mediados del siglo XX, esa división ni siquiera tenía sentido como concepto abstracto, dado que la ciencia ya era vista como un procedimiento que produce un cuerpo de conocimientos común a nivel mundial y que es puesto a prueba entre sus practicantes; los paradigmas científicos se basaban en hechos, no tenían un componente ideológico. Pero a los nazis no les preocupaba que su concepto de ciencia fuese visto como lógico o sensato, sino que fuese sentido por su público diana, que se adecuase a su mensaje simplificador de la realidad. Orwell comprendió bien que, mientras para los estalinistas la verdad era un producto manipulable y por tanto se podía hacer pasar una mentira como «verdad», para los nazis ni siquiera tenía importancia una «verdad» fabricada como producto. Stalin imponía una «verdad» a sangre y fuego; Hitler, en cambio, imponía emociones. Y las emociones son verdaderas por sí mismas, con independencia de con qué ideas las podamos revestir. Las ideas asociadas a ellas serán, pues, sentidas como verdaderas.

La geometría del totalitarismo

George Orwell, 1945. Foto: Vernon Richards / UCL Orwell Archive.

Escribir un libro es una horrible, agotadora lucha, como un largo combate contra alguna dolorosa enfermedad. Uno nunca se metería en semejante cosa si no fuese impulsado por algún demonio al que no puede resistir o comprender. Solo sabe que ese demonio es el mismo instinto que hace a un bebé llorar para recibir atención. Y aun así, es también cierto que uno no puede escribir nada legible a menos que pelee constantemente por borrar en ello todo rastro de su propia personalidad. (Por qué escribo)

Poco después de los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, Orwell escribió un pequeño ensayo titulado You and the Atomic Bomb en el que describía un mundo donde las grandes potencias, futuras poseedoras de arsenal atómico, serían adversarias pero sabiendo que no podían atacarse sin destruirse también a sí mismas. Así pues, evitarían una guerra declarada y tratarían de competir de manera indirecta, por ejemplo apoyando a diferentes bandos en guerras de terceros, como habían hecho Alemania, Italia o la URSS en la Guerra Civil española. Para describir ese estado de «paz que no es paz» entre grandes potencias, Orwell acuñó un nuevo término: «guerra fría»; una de sus tantas aportaciones terminológicas al pensamiento del siglo XX.

También predijo que la fabricación de armamento avanzado en los países industrializados se convertiría en un serio obstáculo para las insurrecciones populares. Hablaba de la extinta «era del rifle y el mosquete» como «la gran época para la democracia y la autodeterminación nacional». Un tiempo en el que las armas más modernas —los mosquetes— habían sido fáciles de fabricar y se podían producir en gran número había permitido que el pueblo se armase y había hecho posibles fenómenos como la revolución estadounidense. Sin embargo, a mediados del siglo XX, las armas decisivas eran mucho más complejas y costosas de producir. Por tanto, estaban solo en manos de los Gobiernos, y ninguna revolución popular era posible; no sin la aquiescencia del ejército nacional o la intervención del ejército de un país extranjero. «Cada desarrollo en la técnica militar», dijo, «ha favorecido al Estado contra el individuo y al país industrializado contra el atrasado». Orwell, en sus últimos años de vida, reflexionó en profundidad sobre los efectos políticos del progreso tecnológico:

Se nos dijo una vez que el avión había «abolido las fronteras»; en realidad, desde que el avión se convirtió en un arma seria, las fronteras se han vuelto definitivamente infranqueables. De la radio se esperaba que promoviese la comprensión y cooperación internacional; ha resultado ser un medio para aislar unas naciones de otras. La bomba atómica puede completar el proceso al robarle a las clases explotadas y los pueblos todo su poder de revuelta, y al mismo tiempo poniendo a las potencias poseedoras de la bomba en una situación de igualdad militar. Incapaz de conquistarse unas a otras, estas potencias, posiblemente, continuarán gobernando el mundo entre ellas, y es difícil ver cómo ese balance puede ser trastocado excepto por lentos e impredecibles cambios demográficos. («You and the Atomic Bomb», Tribune, 19 de octubre de 1945)

En efecto, el mundo pasó a estar controlado por potencias nucleares que han evitado guerrear entre sí, al menos de manera abierta. El balance no se ha roto, aunque el sistema político de una de esas potencias, la URSS, se vino abajo, debido a un tipo de «cambio demográfico» que Orwell no tuvo tiempo de predecir ni mucho menos de contemplar: las democracias occidentales, temerosas de la expansión del comunismo, reforzaron el estado de bienestar y las condiciones de la clase trabajadora, así como sus libertades civiles y políticas; la atracción irresistible de este modo de vida produjo la descomposición de las bases filosóficas del bloque soviético. Pero en lo esencial, el balance nuclear continúa intacto como el escritor inglés predijo en su día. En cuanto al avance de las condiciones del pueblo, hoy se discute si la caída de la URSS (y el fin del miedo a la sovietización del mundo) puede estar produciendo un lento desmantelamiento de los progresos conseguidos durante las pasadas décadas. Orwell, claro, no pudo saber de todas estas cosas. Pero también en este sentido nos resulta útil su mensaje, al menos como advertencia: el Estado moderno está bien armado y no necesita justificarse ante el individuo.

En 1945, en paralelo al inicio de la era atómica, la vida personal de Orwell estaba entrando en un negro periodo. Poco después de que la pareja hubiese adoptado un hijo, su mujer Eileen murió durante la anestesia al someterse a una operación de rutina que, en principio, no debía haber tenido mayores consecuencias. El escritor se enfrentó a la pérdida volcándose con intensidad frenética en la redacción de artículos para prensa; el trabajo no le faltaba, porque su popularidad se había incrementado de manera considerable gracias al súbito (y algo tardío) éxito de Rebelión en la granja. Para colmo, su salud, que ya había empezado a decaer, empeoró con rapidez. Empezó a escribir El último hombre de Europa en 1947; mientras se quebraba los sesos con un manuscrito que se le resistía, y en vista del rápido declive en su condición física, le fue diagnosticada una tuberculosis, enfermedad que por entonces tenía elevadas tasas de mortalidad. Terminó al año siguiente, 1948. Se publicaría en 1949 con el título definitivo de Mil novecientos ochenta y cuatro (Orwell moriría en 1950, a la edad de cuarenta y seis años).

Lo escribió, como cabe suponer, en un estado mental muy particular: la devastadora viudedad, la enfermedad, la todavía resonante atmósfera de terror de la guerra y su honda decepción con la política, la prensa y la intelectualidad, hicieron de él un hombre sombrío. Para colmo, el éxito de Rebelión en la granja le resultó molesto y disruptivo. Se había convertido en una figura muy solicitada, cosa que le sacaba de quicio; se quejaba a sus amigos de que ya no disponía de «tiempo para pensar». Buscando la paz en una fría y remota isla escocesa —cuyo clima era el peor posible para su grave dolencia—, ocultaba su identidad de los lugareños empleando su auténtico nombre de nacimiento, Eric Blair. Sus vecinos contemplaban con preocupación y cierta conmiseración a aquel individuo solitario, que no parecía un hombre sano ni feliz. En efecto, aquel periodo final de su vida fue una cuesta abajo en la que tuvo que sacar adelante su obra magna. Cuando no estaba sentado ante la máquina de escribir, caía enfermo, con síntomas respiratorios que no dejaban de empeorar. Peleaba por la vida y por una creación que le estaba costando lo que restaba de su salud; su opinión sobre las primeras versiones del libro en el que trabajaba no era muy favorable: «es increíblemente malo». Emborronaba hojas y hojas con sucesivas capas de obsesivas correcciones. Envió una carta a su agente literario para disculparse por la tardanza en entregarlo: «Me he acostumbrado de tal manera a escribir en la cama que creo que lo prefiero, aunque por descontado es incómodo teclear allí. Estoy peleándome con las últimas fases de este maldito trabajo, que trata sobre el posible estado de cosas si la guerra atómica no es concluyente». Al final dio por finalizado el libro, aunque admitía no estar particularmente satisfecho (ni insatisfecho), lamentándose en tono lacónico de que el libro hubiera sido mejor «si no lo hubiese escrito bajo la influencia de la tuberculosis».

1984 fue su testamento literario, no solo porque se editó justo antes de su fallecimiento, sino porque era como un resumen final de su concepción de los mecanismos psicológicos y propagandísticos del totalitarismo. Era un libro distinto a todos los anteriores; no se trataba de un ensayo, ni de unas memorias, ni de una novela social, ni de un ejercicio paródico; era ciencia ficción distópica (aunque él empleó la palabra «sátira», con la que solía englobar este tipo de novelas). Mostraba la influencia, reconocida por el propio Orwell, de obras como The Managerial Revolution de James Burnham, Nosotros de Yevgueni Zamiatin y las novelas de H. G. Wells. Pero estas influencias eran más bien estilísticas o argumentales, y no impiden que debamos considerar que 1984 es, en esencia, un índice novelado del pensamiento orwelliano más característico; es algo que se desprende por su propio peso de la lectura de muchos de sus artículos anteriores.

Situado en una sociedad futura, describe una dictadura perfecta compuesta por los rasgos principales de la manipulación de la verdad y el control político que Orwell había identificado en las dictaduras de su tiempo, pero también en las democracias. Bajo determinadas circunstancias, algunos de los resortes que describe el libro pueden existir y tener efecto incluso en sociedades liberales. Orwell nunca pretendió, al contrario de lo que mucha gente cree, que su novela fuese profética. Como suele suceder en la ciencia ficción (y creo que es el motivo por el que se suele incluir la obra en dicho género), toma diversas premisas extraídas de la realidad y las lleva hasta sus últimas consecuencias para reflexionar sobre ellas, no tanto pretendiendo que el argumento cobrará realidad. En realidad, Orwell dijo muy pocas cosas sobre la novela, lo cual es uno de los motivos de la eterna fascinación que provoca: algunos detalles pueden ser interpretados de tantas formas como lectores tiene. Sin duda puede decirse que 1984 se parece a dictaduras que han existido, pero no quiere ser un retrato del totalitarismo de su tiempo, cosa que Orwell ya había hecho en Rebelión en la granja, sino una especulación sobre las consecuencias de la inoculación de las ideas totalitarias en un Estado cualquiera (él mismo, en una de las escasas referencias temáticas que hizo de aquella obra, la calificó como «utopía»; la palabra «distopía» todavía no era de uso tan común). Tras la publicación empezó a recibir buenas críticas, lo cual le alegró, habiendo peleado tanto y en tan malas condiciones para sacar la obra adelante. Eso sí, con su característico humor negro, un Orwell que ya se pasaba los días escupiendo sangre y que sin duda veía acercarse la muerte le dijo a su editor que no debía extrañarse si en cualquier momento había que sustituir la reseña publicitaria de 1984 con «un obituario».

El aplastamiento del individuo por parte del Estado es el asunto principal, aunque no el único, de 1984; las deprimentes desventuras del protagonista son un retrato tenebroso de la existencia bajo una dictadura en la que nada es dejado al azar. Hasta el más nimio detalle cotidiano en ese mundo de pesadilla está diseñado para ejercer un control total sobre las mentes y los cuerpos de los ciudadanos; cada rutina, cada mensaje, cada escenificación tienen un único propósito: erradicar cualquier resto de autonomía personal, de libertad, de autoestima. Es el totalitarismo perfecto, donde el ser humano ya no es humano, sino un engranaje en la maquinaria, un mero insecto. Orwell despliega un arsenal de conceptos y términos («Gran Hermano», «neolengua», «policía del pensamiento», «crimen mental», etc.) que han pasado al uso común, convirtiendo 1984 en una de las mayores fábricas de referencias terminológicas y filosóficas del siglo XX. 1984 es la Biblia del antitotalitarismo, no cabe discusión alguna. Es como el reverso de la historia, la crónica fantasma de un tiempo, ambientada en otro tiempo inexistente. Orwell edificó ese libro sobre sus experiencias como miliciano, como periodista, como hombre; sostuvo toda una teoría del totalitarismo ideal sobre miles y miles de renglones en los que durante años había diseccionado las perversas relaciones entre las democracias y las dictaduras, entre la prensa y la verdad, entre los intelectuales y el pueblo. La novela no es un retrato, ni una profecía; es una advertencia. Lo que narra puede suceder entre un Estado y los ciudadanos, pero también entre una empresa y sus trabajadores, entre una raza y otra, incluso dentro de una pareja. 1984 habla de su época, y de nuestra época, y de todas las épocas, precisamente porque Orwell no inventó una explicación de la represión; incluso en forma de ficción, expresó lo que había visto, vivido y analizado con suma preocupación. Por ello, sin importar ideologías o situaciones, allá donde el fuerte aplaste al débil, y aunque todo el resto del planeta fuera libre, se harán realidad sus sentencias:

Pero siempre —no olvides esto, Winston—, siempre estará la borrachera de poder, siempre creciendo, siempre haciéndose más sutil. Siempre, en cada momento, estará la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo que está indefenso. Si quieres una visión del futuro, imagina una bota aplastando un rostro humano… para siempre.

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(1) Léase agente de la propaganda estalinista.


Orwell y la putrefacción de los libros

Imagen cortesía de Orwell Archive / UCL.
Imagen cortesía de Orwell Archive / UCL.

Un libro viejo huele a moscas muertas, a polvo que raspa la garganta y deja pastosa la lengua. Durante el helado invierno londinense, en la librería Booklover’s Corner hay que cargar kilos de novelas ataviado con abrigo, bufanda y sin calefacción, porque si no los vidrios se empañan y los clientes no pueden ver el escaparate. Cuando un posible comprador entra por la puerta, Eric Blair debe mostrar una sonrisa y, la mayoría de veces, mentir. Odia a los clientes habituales, en especial a las irritantes señoras que buscan regalos para sus nietos o a los pedantes compradores de ediciones especiales, esos que acarician el lomo del libro que acaban de adquirir y lo abandonan para siempre en una estantería, donde acumula ese espeso puré de polvo y cadáveres de insectos al que cada día debe enfrentarse este cansado librero. Durante su largo turno de trabajo, debe encargar raros ensayos que nadie vendrá a recoger, rechazar kilos de novelas que un señor con olor a rancio le intenta vender, o encontrar un libro —del que no sabe ni el título ni el autor— que una adorable viejecita leyó hace cuarenta años.

El joven librero y escritor (firmaba sus obras como George Orwell) ha aprendido mucho sobre los compradores —que no lectores, nos puntualizaría— de librerías de segunda mano como Booklover’s Corner. La mayoría piensan que leer libros es algo sumamente caro, por lo que no paran de quejarse de los altos precios, ya que consideran que un escritor es un ser extraordinario que, además de escribir novelas, puede vivir del aire. Muchos de estos clientes acuden a la sección de préstamos de la librería, donde Eric Blair se esfuerza en colocar los mejores clásicos, ya que todavía es joven y no ha descubierto que existen dos tipos de libros: los que la gente lee y los que la gente «tiene intención» de leer. Por eso nadie pide prestado ningún clásico, pero —a la vez— las ventas de las grandes obras de la literatura mantienen una tirada aceptable. Porque hay libros para leer y libros que son cementerios de moscas.

En esas condiciones, allá por 1935, perdió Orwell su amor por los libros. Por los libros como objeto, cabe entenderse: su olor le recordaba a los clientes estúpidos, al dolor en la espalda, a las lacerantes mentiras para asegurar una venta, al frío londinense calando en los huesos. De ese momento en adelante los pediría prestados siempre que pudiera y solo los compraría y los acumularía —polvo, moscas— cuando fuera estrictamente necesario. Su experiencia directa con montañas de libros le sirvió para aprender otra cosa: que la mayoría de las obras publicadas son malas. Muchos de los clientes de Booklover’s Corner venían perdidos, sin criterio para distinguir cuáles libros eran buenos y cuáles no. Buena parte de esa desorientación intelectual estaba causada por la corrupción de los jueces de la literatura, es decir, los críticos literarios. Seres desganados, calvos, miopes y mendigantes, que debían reseñar una decena de libros por semana de los que, como máximo, podrían leer unas cincuenta páginas para hacer un resumen barato, lleno de muletillas desgastadas hasta la vergüenza y elogios tan sinceros «como la sonrisa de una prostituta». Almas que hace tiempo pudieron emocionarse al leer un soneto o una metáfora, pero que habían perdido su entusiasmo y su dignidad a medida que les llegaban paquetes de libros insulsos, frente a los que «la perspectiva de tener que leerlos, incluso el olor del papel, les afecta como lo haría la perspectiva de comerse un pudin frío de harina de arroz condimentado con aceite de ricino». Corruptos que —por presiones editoriales, por desgana, por depresión, por pagar la comida de sus hijos— habían aceptado mentir, decir que un libro era «bueno» aún sabiendo que no lo era para nada, «vertiendo su espíritu inmortal por el desagüe en pequeñas dosis». Y esa perversión del término «bueno», usado cínicamente tanto para calificar a Dickens como para calificar a un empalagoso libreto romántico, era algo contra lo que Orwell lucharía toda su vida. Porque caer en la trampa de que una novela de detectives barata es «buena» nos puede hacer perder, como máximo, algo de tiempo y dinero. Pero una vez que la corrupción del lenguaje se expande más allá de la crítica de un vulgar libro, una vez que el escritor empieza a aceptar la mentira y —poco a poco— a justificarla, una vez que la libertad del intelectual es asesinada por la cobardía, aparece una sombra que es la muerte de la literatura, a la que Orwell miró a los ojos.

«La destrucción de la literatura» es una bomba nuclear contra la cobardía y la traición de los intelectuales, contra los Judas que sacrifican la libertad y se dirigen, felices, al barranco donde se arrojarán como ovejas asustadas. En este ensayo, Orwell empieza con una anécdota que nos puede sonar poco antigua. Corría el año 1945 y el escritor británico participó como oyente en una reunión sobre la libertad de prensa en el PEN Club de Londres. Uno de los conferenciantes defendió la necesidad de libertad de prensa en la India (pero no en otros países); otro se quejó contra las leyes de la obscenidad en la literatura; el último dedicó su discurso a defender las purgas estalinistas. Los participantes —la mayoría escritores— elogiaron unánimemente la crítica a las leyes contra la obscenidad, pero nadie alzó la voz para denunciar el elogio a la censura política que se había proclamado ante sus narices. Parecía más preocupante no poder escribir «pene» en un texto, que el envío de escritores soviéticos al gulag. Orwell debía mirar el espectáculo con una mueca de horror, pero no de sorpresa, ya que —como el polvo sofocante de los libros, como la decrepitud de los críticos literarios— también había experimentado demasiadas veces como la literatura se sometía, gustosa, a la fusta de la política.

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Booklover’s Corner, Hampstead. Imagen cortesía de Orwell Archive / UCL.

Acabada la Segunda Guerra Mundial, el deseo de libertad entre los intelectuales era cada vez más débil, frente al monstruo —terrible, pero a la vez seductor— del totalitarismo. Derrotado el fascismo, la tentación soviética era el gran reclamo entre los escritores europeos: se sumaban a una ideología que se rebelaba contra el orden establecido y que prometía llevar a un estadio donde la igualdad, la dignidad y la riqueza alcanzaran a todos los ciudadanos. Para llegar a esa situación, los intelectuales solo debían hacer un pequeño sacrificio, que —además, les tranquilizaron— solo sería por un breve período de tiempo: debían dejar de lado su libertad y debían mentir. Los que no se sumaron a este «camino a la libertad» fueron señalados y criticados por sus propios compañeros de letras. Los escritores que no estaban de acuerdo en renunciar a su libertad de opinión (era solo por unos pocos años, el resultado sería magnífico, habría valido la pena, ¿qué les costaba?) eran acusados de «encerrarse en una torre de marfil, o bien de hacer un alarde exhibicionista de su personalidad, o bien de resistirse a la corriente inevitable de la historia en un intento de aferrarse a privilegios injustificados». Una vez que la verdad había sido revelada (Orwell usa la certera comparación entre católicos y comunistas: ¿Qué podemos encontrar más parecido a las purgas estalinistas que la Inquisición medieval?) todo aquel que se opusiera a ella era, o un «idiota» y «romántico» por no entenderla, o un «egoísta» y «traidor» por no querer renunciar a sus privilegios burgueses. Todos aquellos que opinen distinto a nosotros «no pueden ser honrados e inteligentes al mismo tiempo».

¿Qué sucedía cuando un escritor renunciaba a su libertad? Que la literatura se iba apuñalando a ella misma. Por un lado, se escondía a la «verdad», ya que esta podía ser «inoportuna» en las condiciones existentes (más adelante se podría decir la verdad libremente, ¿qué importaba retrasarlo solo un poco?) y, por otro lado, el conocimiento y la difusión de según qué hechos podía «hacer el juego» al enemigo y beneficiarlo. Pero no solo se trataba de encerrar en cuarentena a la verdad, sino que también se debía poner en duda la existencia de la verdad de los hechos. Ante una verdad espiritual (las órdenes del Partido), la verdad de la experiencia, la verdad objetiva, es dudosa o, incluso, inexistente. Como consecuencia, si los hechos no son verdaderos o falsos, las mentiras no son grandes ni pequeñas: tiene el mismo sentido decir que una tela no es roja a que miles de campesinos ucranianos no están muriendo por culpa de la hambruna. Son hechos objetivos, por tanto, discutibles: pueden ser abordados más tarde.

Esta genuflexión de la realidad a la ilusión era el gran enemigo de Orwell, un hombre de acción. Su vida y su obra se habían alimentado de la experiencia, y a partir de ella juzgaba la realidad. Él había vivido con los proletarios, él había luchado contra el fascismo, él había sido señalado por el totalitarismo: fundó su pensamiento a partir de la reflexión de la experiencia, no de grandes teorías. Era partidario de la «moral del hombre común», esa que nos avisa de que matar es malo o que ayudar a una viejecita con los paquetes de la compra es bueno. Algo extraño en tiempos en los que la moral era visto como algo secundario o un vestigio de «pensamiento burgués».

La aceptación de la mentira por parte de los intelectuales no solo afectaba a los ensayos o novelas que trataban temas «políticos», sino a todo tipo de literatura. Según Orwell, el peor pecado de una novela es que no sea sincera. Debemos ahondar en nuestra mente y, usando las palabras lo mejor que podamos, transmitir nuestros sentimientos y experiencias. Pero los tentáculos del totalitarismo llegan hasta allí: nos dicen qué debemos amar, ante qué debemos sentir asco, qué nos debe parecer hermoso, qué nos debe entristecer y alegrar. Ante la falta de sinceridad, las palabras pierden su brillo y se marchitan, y Orwell lo sabía. La «ortodoxia» totalitaria quería (como quería con todos los ámbitos de la vida) someter la estética a la política. Orwell no niega que toda obra sea política, pero eso no significa que la belleza, la experiencia y los sentimientos tengan que adaptarse a ella y dejar de ser individuales. Por eso Orwell, que veía a Dalí como un hombre perverso que había triunfado en la vida gracias a la maldad, considera que sería absolutamente injusto decir que no es un gran pintor. La gran trampa estaba en afirmar: «no estoy de acuerdo con lo que escribes, por tanto eres un mal escritor».

En Orwell percibimos una vida grande y activa, aunque siempre rodeada de cierto halo de pesimismo. Era un escritor que veía como sus camaradas de letras tenían miedo de defender su valor más preciado, la libertad, e incluso contemplaba como algunos clamaban fuertemente contra ella. En sus ensayos, Orwell advierte que el totalitarismo puede estar presente en las democracias, cuando se debilita la tradición liberal. Vemos y veremos a mucha gente apropiarse del mensaje de Orwell, hablar de la perversión del lenguaje, de cómo vamos hacia una sociedad totalitaria, de los enemigos de la libertad. Es fácil hacerlo, y queda bonito y rimbombante. Pero hay una enseñanza en Orwell, la más incómoda, que resume su amor por la libertad: fue un hombre plenamente de izquierdas que no usó su pluma para atacar al enemigo, al fascismo, sino a los suyos, al comunismo, a los que luchaban por sus mismos ideales. Orwell se planteó un combate contra sí mismo, defendiendo el derecho de sus enemigos a tomar la palabra y el derecho a decir a la gente lo que no quiere oír. Una lucha contra el miedo a rebatir a un amigo, a dar la razón a un enemigo, a ser insultado y despreciado por no comulgar con ortodoxias propias y ajenas. Encender algo de luz en la oscuridad, aún a riesgo de quemarnos y arder.

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George Woodcock, Mulk Raj Anand,George Orwell,William Empson, Herbert Read y Edmund Blunden en el estudio de grabación. Imagen: BBC.

Este texto está basado, principalmente, en los ensayos de Orwell Recuerdos de un librero, Confesiones de un crítico literario, La libertad de prensa y La destrucción de la literatura. Si me permiten un consejo, les recomiendo disfrutar de los ensayos completos, donde descubrirán interesantes reflexiones políticas, cómo era el hospital más deprimente de Francia, los castigos a los que era sometido el pequeño Eric cuando se hacía pipí en la cama, o cómo hacer una buena taza de té.