El deporte es cosa de periodistas (embusteros)

Rudi Altig, 1962. Fotografía: Cordon Press.

En una palabra: mentirosos.

Ya después, si gustan, les pueden llamar otras cosas. Geniales, visionarios. Osados. Incluso periodistas, si es por atender a su profesión. Pero lo que verdaderamente los define es lo otro. Lo de faltar a la verdad. Por mucho que de sus manos nacieran, por ejemplo, algunas de las carreras ciclistas más legendarias. Aunque su nombre sea sinónimo, ojo, de reportero extremo, de pluma controvertida, de firma admirable…

Acompáñenos el lector curioso por toda una sarta de bravuconadas, falsedades, certezas que no lo son, leyendas sin base alguna y mucha, mucha mala baba. 

El primer Tourmalet

¿Quiere que acuda a verlo sobre el terreno?, pregunta Alphonse a Henri. Vaya, contesta el padre del Tour, y a su vuelta hablaremos sobre esta locura. 

La escena transcurre en el número 10 de Faubourg Montmartre, sede del diario L’Auto. París, principios del año 1910. Hace solo unos minutos que Alphonse Steinès, redactor, ha propuesto a Henri Desgrange, director, una idea que más parece epopeya. Hacer que los ciclistas del Tour de Francia suban los grandes puertos pirenaicos. El Peyresourde, el Aspin, quizá el Tourmalet y el Aubisque.

Imposible, brama Desgrange, imposible, demasiados peligros, las rutas están rotas, impracticables. Pero vaya, vaya allí, y dígame si se puede hacer.

Steinès, osado y orgulloso, parte. En Pau el Ingeniero de Puertos y Caminos encargado de la zona responde riéndose. ¿Ciclistas en el Aubisque?, en París os habéis vuelto locos, es muy fácil ahí, sentaditos junto al fuego, jugar a ser pioneros. Pero esto son las montañas, amigo. Steinès no se rinde, y viaja hasta Bagnères de Bigorre. En el pueblo busca un chófer que lo acompañe a atravesar nada menos que el Tourmalet, el monstruo de más de 2000 metros. Un tal Dupont acepta, después de muchas reticencias. Aún hay nieve arriba, pese a ser junio. A cuatro kilómetros de la cima, el coche no puede avanzar más. No hay camino, solo un blanco homogéneo, refulgente, que se va apagando poco a poco porque la noche cae. Steinès insiste, concluiré la subida a pie, usted espéreme en la otra vertiente del Tourmalet. Dupont queda preocupado, pero como aquel tipo tan raro ha pagado por adelantado lo deja ir con un consejo: siga usted las pértigas rojas y blancas… marcan la senda. 

Un par de horas después la situación de Steinès es dramática. Ya no hay pértigas, ya no hay luz, está congelado, sus ropas completamente empapadas, avanzando casi a tientas entre la nieve, hundido hasta la cintura. Corona el coloso completamente a oscuras y, aturdido, empieza a bajar. Es de madrugada cuando ve, a lo lejos, unas luces. El pequeño pueblo de Barèges. Llega a las primeras casas, una voz lo interrumpe. ¿Quién va?, dice. Steinès está tan agotado que no responde. ¿Quién va?, repiten, más apremiantemente ahora. Si no se identifica dispararé. El periodista susurra. Soy Alphonse Steinès. El otro lo reconoce, todos están buscándolo después de que Dupont diera la voz de alarma. Le llevan a una cabaña, lo acercan al fuego, lo meten en un barreño de agua templada. En la montaña saben tratar a los hombres que regresan del frío. Al día siguiente, apenas recuperado, Alphonse Steinès manda un telegrama a Henri Desgrange. Falaz, canalla. Histórico. 

Tourmalet Pasado. Stop. Muy buena ruta. Stop. Perfectamente practicable. Stop. Firmado: Steinès.

Qué historia tan bonita, ¿verdad? Seguro que muchos la conocen. Al menos los aficionados al ciclismo. Es el origen de los Pirineos en el Tour de Francia, y la cosa tiene que quedar suficientemente coqueta. Este año, cuando la vuelvan a escuchar, podrán además decir a todos que es falsa. Porque la epopeya de Steinès poco tuvo que ver con lo que nos han contado. Se lo prometo.

Veamos.

De primeras el Tourmalet no era un gigante intransitable que asustaba a los viajeros y les hacía volver por donde habían venido solo con su nombre. Ni siquiera en bicicleta, vaya. De 1895 data el primer ascenso sobre velocípedo al monstruo. Quien lo protagoniza es un maestro de escuela en Chartres, de nombre Briault, que nos va a contar la experiencia en una curiosa obra titulada Les Pyrénées et l’Auvergne a bicyclette. Briault habla del frío, de las pendientes agotadoras, de la nieve en las cumbres, de que hace casi todo el ascenso con las manos muy cerca de su revólver «por si acaso». Pero logra coronar el Tourmalet, hacer completa la bajada. La carretera es perfectamente transitable.

Tanto que años después, en 1902, se celebra allí una carrera. Sí, sí, una carrera ciclista. La organiza el Touring Club de France, y tiene nada menos que dos ascensos al gran puerto, uno por cada vertiente. Ahí es nada. El vencedor será un tal Müller, que va a invertir 11 horas y 39 minutos en hacer los 225 kilómetros del recorrido a una nada despreciable media de 19,31 kilómetros por hora sobre su bicicleta Clément. Sacó doce minutos a Fischer, treinta a Barbé y Lapréé y cuarenta y cinco a Viviant. Sexto, a más de una hora, fue el conocido Hippolyte Aucouturier, quien con el tiempo llegará a vencer en dos París-Roubaix, además de ser segundo en el Tour de Francia de 1905. Incluso está por allí cierta mademoiselle Marthe Hesse, una dama que logra coronar el coloso sobre una De Vivie que pesaba unos 16 kilos y medio. Cuentan que no puso pie en tierra en todo el ascenso…

Así que cuando Steinès va hasta allí juega con ventaja. Es inventada, o al menos exagerada, la anécdota con el ingeniero en Pau. Es falso el hecho de que los lugareños se asustasen y ninguno de ellos quisiera acompañarle en coche hasta la cima del puerto. Si sabemos que desde 1900 se alquilaban «vehículos de apoyo» para llegar al Tourmalet al módico precio de diez francos la hora… No es que nadie quisiera hacer de chófer a Steinès, sino que ningún vecino quería quedar mal con el «taxista oficial» de la zona, que en ese momento estaba ausente. Tampoco había peligro en lo de encontrarse osos, ni existía una imposibilidad cierta para franquear el paso. Es, fue, todo una mentira. 

Una enorme, gloriosa y legendaria mentira.

Louison Bobet, ganador del Tour de Francia, entrevistado por Georges Briquet, 1953. Fotografía: Cordon Press.

Los forzados… un poco menos forzados

Albert Londres es una leyenda. Uno de los pioneros que podían llamarse a sí mismos «periodista de investigación». Una personalidad comprometida, polémica, siempre crítica con los poderosos, con las injusticias. Sus reportajes y artículos informaron a la sociedad culta europea de lo que estaba ocurriendo en lugares lejanos y peligrosos. Su estilo era a veces exótico, en otras puramente realista. Habló sobre la prostitución en América Latina, sobre las desigualdades en China, sobre las mafias en Marsella, sobre el terrorismo en los Balcanes. De su pluma salieron algunas de las palabras más límpidas sobre el ascenso del imperialismo en Japón a principios del siglo XX, la revolución soviética o la astracanada de D’Annunzio en el Fiume. Un auténtico referente, uno de esos maestros a los que volver de vez en cuando para ver de qué va todo esto…

También, por qué no decirlo, un tipo (a veces) demasiado crédulo.

Julio de 1924. El diario Le Petit Perisien encarga a nuestro Albert Londres que viaje con los corredores durante el (casi) mes que dura el Tour de Francia. Que envíe sus crónicas, que aporte ese estilo personal, tierno pero inquisidor, que lo ha hecho famoso. El resultado serán un puñado de piezas que se han convertido, casi un siglo más tarde, en clásicas, pequeños cuentos en los que Londres nos descubre a figuras fascinantes, a ciclistas que enceran un ojo de cristal al final de cada jornada, a tahúres, galanes y héroes.

Y a ellos. Sobre todo a ellos.

A los forzados.

Porque si por algo recordamos esta (única) aportación de Albert Londres al mundo del ciclismo es por un pequeño artículo, muy breve, denominado «Les forçats de la route».

Coutances es una pequeña localidad situada en plena Normandía. Tiene una preciosa catedral, el primer Liceo del Imperio Francés y todo el tono de la zona (un poco de baja burguesía, un poco de decadencia bien asumida). Allí existió, hasta el año 1998, un Café de la Gare. Y fue en ese establecimiento donde nuestro protagonista entrevistó a los hermanos Pelissier.

Los Pelissier, Henri y Francis, eran amados por el público francés. Altos, guapos, con bigotito bien recortado y un tono socarrón que arrancaba suspiros y sonrisitas. Quizá por eso Henri Desgrange, el patrón del Tour, los odiaba. De hecho aquel día, en Coutances, ya habían abandonado la carrera, no sin antes cruzarse unas cuantas hostias a mano abierta con el propio Dresgrange. ¿Por qué, por qué todo esto?, preguntó Londres. Y ellos empezaron a hablar. El resto es leyenda.

Es un tirano, dicen que dijeron, nos obliga a competir todo el día con un solo maillot, pasando frío en las mañanas, calor al mediodía. Y luego se van calentando. Esto es inhumano, no sabe usted, monsieur Londres, lo que hay que hacer para soportar tales penurias. Nos echamos cocaína en los ojos, con el fin de mantenerlos abiertos. Tenemos el culo en carne viva. Mis cordones son de cuero y se rompen… imagine cómo andará mi piel. La diarrea nos vacía por dentro, necesitamos cloroformo en las encías porque no nos dejan dormir. Un calvario.

Londres, buen olfato, sabe que está ante una enorme historia. El texto que dibujará con ella va a pasar a la historia. Los forzados de la ruta, nada menos. Y lo dice quien acaba de volver de la isla del Diablo, del presidio más cruel e impenetrable de toda la geografía francesa. Sí, Londres sabe de lo que habla cuando habla de castigos y penas, qué enorme admiración habrían de despertar aquellos tipos que enfrentan los peores tormentos solo por la gloria sobre dos ruedas…

Solo que…

Solo que de ciclismo no sabía tanto, el buen Albert. Que las bicis tenían dos ruedas y poco más. Así que fue víctima fácil de los Pelissier, unos golfos bien entrenados en esto de dominar a las masas, que usaron al inexperto (en su materia) reportero para contarle unas cuantas mentiras y quedar como los grandes mártires en su lucha frente a Desgrange. Lo confesó años más tarde Francis. Era un pardillo, decía entre risas. ¿Cocaína en los ojos? Alguno lo haría, no le digo yo que no, pero casi todo nos lo inventamos. Y él picó hasta el fondo. Y volvía a reír. Nos sirvió bien Londres. Aquel texto, repetido, copiado y citado hasta la saciedad, está basado fundamentalmente en falsedades.

Ya ven, hasta los más grandes pueden ser engañados. Eso sí, solo los auténticos genios lo son dejando tras de sí algunas de las palabras más hermosas, ardientes y estremecedoras sobre aquello que escriben…

Un pichichi que no fue

Visto lo visto, pudiera parecer que el ciclismo es un deporte plagado de golfos, asustaviejas y robaperas. Y oigan… sí. Pero no es el único, porque en todos sitios cuecen habas en lo de faltar a la verdad. En el fútbol, por ejemplo. No hablamos de noticias falsas, o de rumores infundados, o de filtraciones que interesan. No, es ir un poco más allá. Es inventarse goles, nada menos.

Mauro Rodríguez Cuesta era un ariete a la antigua usanza. Uno de esos sin demasiada técnica, tosco, pero siempre en el lugar adecuado y en el momento preciso. En palabras del periodista Antonio Valencia, «delantero centro en el auténtico sentido de estar delante y en el centro, donde se puede y se debe rematar». El caso es que este tipo estaba enrolado en el Real Club Celta de Vigo durante la temporada 1955/1956. Y entonces le empezó a salir todo. ¿Balón al área chica? Gol de Mauro. ¿Contraataque fugaz? Gol de Mauro. ¿Chut de un compañero que pega en el culo de Mauro? Gol de… bueno, ya saben cómo termina la historia.

Tan grande era su racha que llegó a anotar veintitrés tantos en las treinta jornadas de Liga. Los mismos que el mítico Alfredo di Stéfano, nada menos. Nadie logró más, así que ambos jugadores compartieron el trofeo de máximo goleador. Todo un honor para el humilde Mauro, también para aquel Celta de Vigo que veía, desde media tabla, cómo uno de los suyos se alzaba con un galardón tan importante. La ciudad entera era una fiesta, el apoyo a su ídolo unánime. 

Quizá demasiado.

Porque unos y otros se ponen a echar cuentas, a sumar y restar, a sacar totales… y, escuchen, el balance no nos sale. No, no, que el tal Mauro no ha metido tantos goles, que se ha colado alguno. ¿El culpable? Nada menos que Sáenz Uriondo, corresponsal del diario Marca en Vigo, quien era el encargado de contar las anotaciones en cada encuentro casero de los celestes. Y este buen Sáenz Uriondo parece que se volcó más en el paisanaje que en el respeto a la profesión, toqueteando crónicas aquí y allá. En aquellos tiempos sin internet ni Twitter, era cosa casi definitiva…

El escándalo debió de ser mayúsculo. De primera, Sáenz Uriondo fue largado fulminantemente de su puesto de trabajo por golfo (otras versiones dicen que dimitió, indignado, pero lo otro suena más plausible). El problema era que sin su adecuada confesión no se podía saber cuántos goles de más tenía Mauro, y en qué partidos los había metido por arte de birlibirloque. Tranquilos, todo resuelto. Resulta que en la revisión de actas arbitrales no se descubrió ningún tanto de más para el tal Mauro, pero sí, oh casualidad de casualidades, uno que no se había contabilizado para el «agraviado» Di Stéfano, que pasaba así a sumar veinticuatro, y se convertía en máximo goleador en solitario. Que oigan, igual fue así, pero a mí me suena todo a eso de «un clavo con otro se saca», ¿no?

Ya ven, golfadas…

En baloncesto, por su parte, es bien recordada la anécdota de Bobby Knight, el técnico de la Universidad de Indiana Bloomington, que en enero de 1993 anunció la contratación de un joven serbio llamado Ivan Renko. «Llega para cambiar este deporte, es una superestrella», dijo el respetado entrenador. Mientras el tipo desembarcaba en América los periodistas se lanzan a debatir sobre sus habilidades. Los hay que dicen haberle visto en un partido celebrado, meses atrás, en New Hampshire. Es increíble, un portento. Clark Francis, seguramente el analista más respetado del baloncesto universitario estadounidense en la época, no está de acuerdo. Sí, Renko tiene buenos fundamentos, pero tampoco es una locura, le queda mucho que aprender. 

Y tanto que le quedaba. Resulta que Ivan Renko jamás existió, fue una invención de Knight, dispuesto a cerrar la boca a todos aquellos reporteros que tanto fardaban de ver todos los partidos posibles. Incluso los de un jugador que había salido directamente de su imaginación. 

(En España tuvimos hace unos pocos años a nuestro propio Ivan Renko en la figura de Eusebio Ariel Frodosini, un argentino fichado por el Unicaja de Málaga que unía a su capacidad atlética y su buena lectura del juego el hecho de no haber nacido). 

Ya ven, mires donde mires podrás encontrar mentiras, falacias e historias. Pero son tan hermosas algunas…

Reino Unido, 1966. Fotografía: Karl Schnoerr / Cordon Press.


Ilustrados, ganaderos y chovinistas: historia de los grandes puertos de Europa

Federico Bahamontes llegando a la meta en el Tourmalet, Tour de Francia, 1959. Fotografía: Cordon Press.

En ese pequeño clásico de la literatura ciclista que es El Alpe d´Huez, Javier García Sánchez dice que parte de la mística de este deporte radica en la posibilidad que tiene cualquier aficionado de transitar por las mismas sendas que sus ídolos. Es como si se pudiera jugar la pachanga de los jueves en Wembley o el Forum de Inglewood. El Tourmalet, el Stelvio o el Angliru están ahí para quien quiera disfrutarlos, sufrirlos, para quien pretenda compararse, durante un momento infinitesimal de orgullo, con los grandes campeones.

O para quien desee aprender historia. Porque tras cada senda hay un umbral, tras cada curva una enseñanza. El pasado salta desde la cuneta a los ojos de quien sabe mirar. Siempre. Y eso forma parte de su encanto.

Acompáñenos el lector por este paseo virtual a través del origen de algunas de las cumbres más conocidas del ciclismo. Y prepárese para sufrir en sus pendientes…

De camino a la leyenda: los grandes cols de Francia

Es la más legendaria de las subidas del Tour. La que más mística encierra, la que más atracción ejerce. Según la Bibliographie cycliste de Wilfried Wilms hay al menos cuatro monografías dedicadas íntegramente a este puerto. Es, claro, el Tourmalet.

Escalado por primera vez en 1910, objeto de veneración y temor desde aquel mismo día, el Tourmalet es el puerto que más veces ha subido la Grande Boucle. Existe un viejo interés por traducir su nombre por algo parecido a «mal rodeo» o «mala vuelta», quizá por imprimir un halo de grandeza amenazadora a este col. La realidad es, como casi siempre, aún más inquietante. Tourmalet combina la raíz preindoeuropea «tur» (altura, lugar en alto) con el latín «malus» (malo). Así, hablaríamos nada menos que de la montaña malvada. En su indispensable obra Le Tour de France en 300 sommets, Jean Maillet apunta aún otra posibilidad, emparentando «-malet» con la base preindoeuropea «mal», que hace referencia a una cima escarpada. Así, Tourmalet sería lo mismo que decir la cumbre de las cumbres, la montaña de las montañas, la altura de las alturas. El gigante. El rey. Ríanse ahora, si lo desean, de las etimologías caprichosas.

De una forma u otra, el Tourmalet era paso habitual de pastores, buhoneros y contrabandistas durante la Edad Media. En aquel entonces resultaba una descarnada senda de herradura. Será en el siglo XVII cuando se comience a adecentar la ruta, y en 1730 se abre ya con un trazado idéntico al actual.

Con todo, el definitivo arreglo del Tourmalet y otras carreteras de la zona, así como el alzamiento de puentes, viaductos, casonas señoriales con aspecto decadentemente burgués y unos cuantos de los mejores balnearios del continente, no llegará hasta la segunda mitad del siglo XIX, con una granadina como protagonista. Y es que a la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, le entraban las fiebres hipocondríacas con cierta frecuencia, y había encontrado en este rincón de la cordillera un lugar ideal para curar todas sus dolencias. Aguas termales, clima saludable y aire puro, qué más puede pedir una lánguida dama decimonónica. Y allí acudía la esposa del emperador, quien andaba más ocupado con asuntillos en Indochina y el tema ese con los prusianos, que llevaba bastante avanzado. Así que, al amparo de la Montijo, unos recónditos valles pirenaicos se convirtieron en sede de la alta sociedad gala, mejorándose las vías y apareciendo aquí y allá establecimientos de lo más exclusivos.

Vauban y un bucle chovinista

Bahamontes y Poulidor, 1963. Fotografía: Cordon Press.

La de los pasos alpinos es crónica fundamentalmente militar (de Aníbal en adelante), que podemos seguir a partir de sus fortificaciones. Pensemos, por ejemplo, en el mítico Col d´Izoard, una ruta abierta por primera vez en 1710 a iniciativa del mariscal La Blottière, quien buscaba mayor rapidez en los movimientos de las tropas borbónicas durante la guerra de Sucesión. El trazado definitivo vino de la mano de otro general, Henry Berge, que entre 1893 y 1897 se dedicó a optimizar las comunicaciones de aquella zona de Francia. Tenía tiempo libre, porque ese 1893 lo habían degradado al mando de una tropa de segunda línea, el 14.º Cuerpo de Lyon. Idéntico origen tiene el cercano Col de Vars.

Ambos puertos, en realidad, custodiaban uno de los puntos más estratégicos de los Alpes: la ciudadela de Briançon. De su importancia da buena fe que el encargado de fortificar el lugar fuese el mismísimo marqués de Vauban, ingeniero militar de confianza de Luis XIV y el gran innovador de la disciplina. Se convirtió, así, en una de las doce fortalezas Vauban que protegían las fronteras de Francia en sus cuatro puntos cardinales…

Izoard y Vars tienen otro rasgo común: albergan dos de los seis refugios Napoleón (los otros están en los Cols de Manse, Noyer, Lacroix y Agnel). Los refugios Napoleón fueron construcciones destinadas a dar cobijo a viajeros que atravesasen los Altos Alpes, y recordaban la buena acogida que tuvo en la zona Bonaparte cuando regresaba de su primer exilio, en la isla de Elba, atravesando valles y montañas en dirección a París, a sus cien días y a su definitivo final. El artífice de estos refugios fue quien más anheló recordar la gloria imperial en la Francia de la segunda mitad del XIX: Napoleón III.

También él estuvo detrás del Col de la Bonette-Restefonds, el que se dice más alto de los Alpes, y que corona nada menos que a 2802 metros sobre el nivel del mar. Aunque tiene truco, porque en realidad aquí hablamos del rizo choinista más cercano al cielo que uno pueda imaginar.

Antigua ruta de contrabandistas, camino de herradura, La Bonette empezó a cobrar importancia en el Segundo Imperio Francés, cuando Napoleón III pretendió mejorar el camino entre Niza y el interior, en previsión de una guerra contra la naciente monarquía italiana. Nada extraño, puesto que Niza acababa de ser invadida y anexionada por los franceses, tras un plebiscito bastante chusco donde hablar de pucherazo sería tratar las cosas con excesivo tacto. Eso sucede el 15 de abril, y el 18 de agosto se establece la de La Bonette como ruta imperial número 205, procediéndose al arreglo y acondicionamiento de dicha carretera, que habría de intensificarse a finales del siglo XIX con la construcción del Camp des Fourches, un entramado de veintiséis almacenes destinados a contener pertrechos y provisiones militares a lo largo de todo el puerto.

Puerto que, por cierto, no coronaba a la misma altitud que hoy, sino en el llamado Col de la Bonette, a 2715 metros. No será hasta 1961 cuando alcance su actual elevación, en un alarde de chovinismo de las autoridades locales, que anhelaban tener el col asfaltado más alto de los Alpes. Así que, ni cortos ni perezosos, decidieron prolongar el paso natural con una carretera de algo más de un kilómetro que, vista desde el aire, tiene forma de lágrima y, literalmente, no lleva a ningún sitio. Nace y muere en la misma Bonette, y sirve solamente para rodear una montaña próxima y alcanzar la cota de 2802 metros. Se llamará Ruta de la Bonette-Restefond, se inaugura el 2 de octubre de 1961 y ya el año siguiente pasará por allí la Grande Boucle, con Bahamontes primero en su cima. La broma de «carretera más alta de los Alpes» ha costado doscientos millones de francos.

Romanos, reyes y contrabandistas: los grandes puertos de España

Luis Ocaña, 1973. Fotografía: Cordon Press.

Seguro que más de una vez han escuchado que el mejor rey de la historia de España es Carlos III, un auténtico ilustrado. Gaitas, háganme caso, el bueno de verdad era su medio hermano, Fernando VI, que reinó entre 1746 y 1759, y a quien sucedió en el trono. Claro que en aquella época tampoco era complicado destacar. Felipe V, padre de ambos, acabó totalmente chiflado, negándose a cualquier tipo de higiene personal y persiguiendo doncellas en palacio para acariciarlas con sus uñas ganchudas. Y después vinieron Carlos IV y Fernando VII, así que la cosa no pareció enderezarse…

Pues eso, que Fernando era hombre de su tiempo, y buscaba arrancar a sus reinos del secular atraso. Eso sí, lo consiguió solo en parte, porque era secular de narices. Uno de los primeros proyectos que tuvo fue el de comunicar España de norte a sur, del Cantábrico a la bahía de Cádiz, con un camino moderno, eficiente y cómodo, uno que pudiera rivalizar con los más avanzados en la Europa de su época. Seguramente fueron varias las causas que movieron al monarca a dibujar casi una línea recta que se iba a convertir en la espina dorsal del país, y que iba desde Santander hasta Madrid y más tarde a Córdoba, Sevilla y Cádiz.

En ese contexto se crea el puerto de Guadarrama, con un trazado que aún hoy sigue en su mayor parte la Nacional VI. El ingeniero francés Françoise Nagle aprovecha un sendero ya transitado por los romanos y que en el Antiguo Régimen recibió el nombre de puerto de la Campanilla, por tener muy cerca de su cima una campana cuyo sonido ayudaba a los viajeros a orientarse en días de tormenta. El león que actuaba como monumento en el paso actuó de sobrenombre (puerto del León), y los combates que hubo allí durante la Guerra Civil hicieron que la propaganda franquista lo rebautizase como puerto de los Leones o de los Leones de Castilla. Pero llamarse se llamaba, en un primer momento, Guadarrama.

Con el paso de los años este Alto del León iba a ser el primer puerto que ascendiese en toda su historia la Vuelta a España. Ocurre el 29 de abril de 1935, en una etapa entre Madrid y Valladolid. El helvético Léo Amberg fue el pionero, después de detenerse a mitad de subida para cambiar el desarrollo que llevaba en la rueda trasera. Un aficionado prácticamente lo bajó de la bici a golpes para convencerle de que lo hiciera, pues de lo contrario no iba a llegar arriba…

Una de las jurisdicciones que más perjudicada salió con la creación de esta vía Santander-Madrid-Sevilla fue el Señorío de Vizcaya. Hasta la apertura del llamado Camino Real el acceso más importante a la meseta desde lo que hoy es Cantabria era a través de Los Tornos, pasando por la vizcaína villa de Lanestosa, lo que proporcionaba grandes beneficios vía fielato (aduana). Todo eso quedó en el olvido al abrirse el camino a través de Reinosa, por lo que años después el Señorío de Vizcaya decide crear su propio acceso cómodo a Castilla, a través del puerto de Orduña. Se inaugura en 1774, casi un cuarto de siglo más tarde que el camino de Fernando VI.

El puerto de Orduña fue, durante décadas, emblemático para la Vuelta. Allí encontró Ocaña una de sus jornadas más gloriosas, cuando consiguió dejar de rueda al mismísimo Eddy Merckx en 1973, después de una escalada siempre al ataque en las herraduras del Alto. Eso sí, en el descenso el belga, ayudado por Thevenet, logra cazar a Luis y al final se impone en la meta de Miranda de Ebro. Por cosas de esas le llamaban el Caníbal. Por cierto, dependiendo de la crónica que leamos sobre esta jornada creeremos que a Ocaña, vestido con el maillot de campeón de España, el público lo llevaba en volandas o le silbaba inmisericordemente. Cosas de la realidad, que es una invención difusa.

Vacas y veletas: de la carretera más alta de Europa al puerto más temido de España

La carretera más alta de Europa está en España. Eso sí, a su ingeniero lo fusilaron, no fuera a ser que tanta audacia hiciese algún mal al país. La idea fue del duque de San Pedro Galatino, un tipo que nació en Granada con el proletario nombre de Julio María de la Luz Claudio Francisco de Asís Elías Nicolás José Santiago Gaspar de Todos los Santos Quesada-Cañaveral y Piédrola Osorio Spínola y Blake. Ya ven, todo esto para que te acaben llamando Julito. Este hombre, senador nato, planteó la posibilidad de unir su ciudad natal con la cima del Pico Veleta. Lo hizo nada menos que en 1910 y las obras, que habrían de ser faraónicas, se encargaron a un tal Juan José Santa Cruz, que como era ingeniero tenía un nombre más corto. En 1935 se inauguró oficialmente la carretera, llegando un automóvil hasta la misma cumbre del Veleta, a casi 3400 metros. Años más tarde, en 1966, se terminó la otra cara del puerto, con lo que se comunicaba de forma directa Granada con las Alpujarras. Esto no lo pudo ver ya Santa Cruz, fusilado por los «nacionales» en el cementerio de la ciudad nazarí en agosto de 1936.

El más conocido de los puertos españoles tiene historia mucho menos glamurosa. El Angliru era una pista para ganaderos que se asfaltó a principios de los años noventa, supuestamente para aprovechar el agua de un pequeño lago que hay en su cima. Decimos supuestamente porque la primera vez que los bomberos de la zona subieron hasta allí a recargar su cisterna el conductor del camión se negó a bajar por aquella cuesta endiablada. Tenía miedo de que los frenos fallasen en mitad de la Cueña Les Cabres, el punto más empinado. Y no hubo manera de hacerle cambiar de opinión.

Con el tiempo será ese tramo el más conocido de la Vuelta a España. La mediática primera ascensión, en 1999, supuso la consagración de un mito que había nacido incluso antes de subirse en carrera. Y la «sorpresiva» victoria de José María Jiménez, el ciclista español más popular del momento, no hizo sino cimentar una fructífera relación entre aquel antiguo camino ganadero y uno de los eventos deportivos más seguidos de España.

Historias de la Guerra Blanca

Fausto Coppi, 1951. Fotografía: Cordon Press.

Napoleón Bonaparte es un genio militar sin precedentes y, debido a eso, Fausto Coppi consigue vencer en su quinto Giro de Italia. ¿Extraño? Vamos a ver cómo podemos unir las dos afirmaciones. Una pista: es a través de ochenta y seis curvas de herradura.

Cuando a Napoléon lo mandan a Italia a combatir en las guerras que la Revolución tiene abiertas contra… bueno, contra toda Europa, el corso no cuenta con un ejército demasiado potente. No piensen en la Grande Armée porque para eso faltan años. No, Bonaparte en sus campañas por el norte de la Península explota otras cualidades, y hace de una de ellas su seña de identidad. La rapidez. Los franceses se mueven a un ritmo endiablado, y evitan las lentas y torpes acometidas de los ejércitos del Imperio austro-húngaro gracias a esa virtud. Es una enseñanza que en Viena no van a olvidar.

Tras la Restauración el fantasma de Bonaparte aun acongoja un montón a las dinastías europeas, y de forma muy particular a los Habsburgo. El recuerdo de las palizas que sus ejércitos recibieron del artillero estaba aún demasiado presente. Así que deciden mejorar las comunicaciones entre el corazón del Imperio y sus posesiones italianas, para evitar que un contingente menos poderoso pero con más movilidad vuelva a jugar con ellos en el futuro. Entre 1820 y 1825 Carlo Donegani, un ingeniero nacido en Brescia, dirige las obras que mejorarán el camino medieval del Passo dello Stelvio hasta construir una de las carreteras más alucinantes del mundo. Más de dos mil hombres trabajaron en condiciones durísimas hasta abrir un puerto que corona a 2757 metros y dibuja ochenta y seis curvas de herradura en sus dos vertientes. Curiosamente el Stelvio pasará a ser totalmente italiano tras la Primera Guerra Mundial, cuando el Regio Esercito logra imponerse a su antigua madre, el Imperio austro-húngaro.

Años después, en 1953, ese otro icono transalpino que fue Fausto Coppi escribió una de sus más bellas gestas al imponerse en la primera subida que el Giro hizo al Stelvio, conquistando por quinta vez la carrera. En aquella ascensión saludó efusivamente, por cierto, a una misteriosa mujer tocada con un sombrero blanco. Pero la de la Dama Bianca es otra historia…

La verdad es que el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial tiene poco que ver con la imagen que normalmente tenemos del conflicto. Había trincheras, sí, pero en lugar de barro y tierra estaban recubiertas por nieve y piedra caliza. Es la llamada Guerra Blanca, una lucha que enfrentó a tres enemigos entre 1915 y 1918. De un lado, los italianos. De otro, el Imperio austro-húngaro. El tercero en liza era la propia montaña, los Alpes y los Dolomitas. Las muertes por congelación, por avalanchas, eran casi tan frecuentes como los heridos de bala. Las imágenes estremecen porque mezclan la serenidad de las cumbres y la tragedia latente de militares y civiles.

En este contexto los soldados más bien parecen alpinistas y las comunicaciones son muy complicadas. Momento perfecto, pues, para la creación de portentosas obras de ingeniería como el Passo Gavia, otro monstruo a más de 2600 metros abierto por los austríacos durante la Primera Guerra Mundial, y en cuyos alrededores aún se pueden encontrar trincheras excavadas a más de 3000 metros de altura. Tres cuartos de siglo después el Gavia sería protagonista de una de las jornadas más dantescas, en el sentido estricto del término, del ciclismo moderno.

Si el norte de Italia es el recuerdo constante de la Gran Guerra, en los Apeninos podemos palpar las huellas de la Segunda. Como por ejemplo en el Blockhaus, un puerto mítico que vio a Merckx ganar su primera etapa italiana, y que toma su nombre de la fortaleza que hay en su cima, una de las que formaban aquella Línea Gustav con la que los alemanes pretendían frenar la invasión aliada que había empezado en Sicilia. Muy cerca se encuentra el Gran Sasso de Italia. Allí, en el hotel Campo Imperatore, estuvo preso Mussolini en 1943, hasta que lo liberaron los nazis con una furibunda intervención de paracaidistas liderados por Otto Skorzeny.

Años después a Mussolini lo linchaban en la milanesa Piazzale Loreto y Skorzeny tomaba vermuts muy cargados en Madrid hasta su muerte en 1975.

Historias. Historia. En cada curva. En cada cuneta.


Peio Ruiz Cabestany: «Pasé el primero por el Tourmalet y bajé llorando»

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 0

Peio era un chaval donostiarra de diecisiete años que salía de casa a escondidas, con la bici, para disfrutar de unas horas de libertad y marcharse adonde le diera la gana. Un día, en el puerto de Andazarrate, se unió a un grupo de ciclistas y fue el único que resistió la rueda de Usabiaga, el campeón de Guipúzcoa. Lo ficharon para el equipo.

Peio es ahora una especie de chaval de cincuenta y dos años que sale de casa con su bici, ya sin esconderse, para disfrutar de unas semanas de libertad y atravesar Chile, Indochina o Etiopía a pedales.

Entre Andazarrate y Etiopía, Peio tuvo tiempo para ser Ruiz Cabestany, uno de los ciclistas más destacados del pelotón internacional en los años ochenta y principios de los noventa. Nos habla de algunas de las batallas más memorables de aquella época, de las tramas y alianzas ocultas de las carreras, del dopaje, de directores, médicos y ciclistas, de sus alegrías y sus agobios.

Ruiz Cabestany (San Sebastián, 1962) ganó carreras prestigiosas pero cree que si fue un ciclista popular se debió, sobre todo, a su manera de correr: atacaba, montaba emboscadas, daba sorpresas, intentaba jugar. Con apenas veintitrés años coronó escapado el col del Tourmalet y allí arriba, entre la niebla, atravesó quizá una línea divisoria: en el momento de diversión más pura, el director del equipo bajó la ventanilla y le ordenó pararse.

Aquella etapa pirenaica del Tour de 1985 se pone siempre como ejemplo de una estrategia perfecta, una jugada de pizarra. Tres grandes puertos, tres ciclistas del Seat Orbea en un ataque escalonado y triunfo de Perico…

Es gracioso cómo se vendió. Esa etapa pasó a la historia del ciclismo, se cuenta así, pero yo me escapé para ganar en Luz Ardiden. No para esperar luego a Perico Delgado y llevarle. A Perico nadie le mandó atacarme. Lo decidió él.

¿No lo teníais planeado?

Hombre, si quieres te digo que sí. Queda más bonito.

Delgado lo cuenta así en su libro A golpe de pedal: «Planeamos que José del Ramo atacaría en el Aspin. Luego atacaría Cabestany. Del Ramo le esperaría para llevarle hasta el Tourmalet. Cabestany tendría que mantener la ventaja y yo atacaría en la parte final del Tourmalet. Él me esperaría y me llevaría a rueda hasta las faldas de Luz Ardiden, la última subida».

Txomin Perurena es uno de los mejores directores que he conocido, pero no creo que nunca diga que planeó así la etapa. Salió de maravilla, parece que fue planeada, pues fenomenal.

¿Cómo ocurrió, entonces?

Del Ramo iba escapado en el Aspin pero perdía ventaja rápidamente, a pesar de que el pelotón subía tranquilo. A mí nadie me dijo nada, no había ningún plan: decidí atacar. Entonces no había pinganillos, los corredores podíamos improvisar. Yo salté y alcancé a Del Ramo. El hombre iba muy fundido, apenas pudo acompañarme un tramo. Me fui solo Tourmalet arriba.

¿Qué se siente subiendo escapado el Tourmalet?

Buaaaaah… [Sacude la cabeza, se queda un rato callado]. Es lo máximo. Sufría como un perro pero no sufría. Iba disfrutando tanto, saboreando semejante momento, escapado en un puerto mítico como el Tourmalet, en la montaña que yo veía de niño en las fotos de la revista Miroir du Cyclisme, el mismo escenario de los grandes campeones… Subí el Tourmalet como un niño, me sentía jugando. Se echó la niebla y yo subía por un pasillo de gente, entre el griterío, iba flotando. Allí estaban además mis padres y mis amigos.

Llevaba unos tres minutos de ventaja y los mantuve. La situación me favorecía porque el grupo de favoritos subía tranquilo: el líder, Bernard Hinault, iba tocado porque se había roto la nariz días atrás; el segundo, Greg Lemond, era de su equipo y tampoco iba a moverse; y al escalador más explosivo, Lucho Herrera, lo tenían en el redil.

Sí, fue el año en que a los colombianos pasaron de llamarlos «escarabajos» a «escarabajos peloteros», porque andaban al servicio de Hinault.

A ver, no es que Hinault comprara a Herrera. No es así. Lo que hizo fue un pacto: Lucho, tú no atacas desde lejos, no me revolucionas la carrera, subes a ritmo conmigo, y luego mi equipo te ayuda cuando saltes a ganar las etapas o los puntos de la montaña.

Lucho Herrera ganó dos etapas y la montaña. Fabio Parra ganó una etapa y el maillot blanco. Bernard Hinault ganó el Tour.

Pues eso. Son pactos legítimos, habituales, inteligentes.

Total, que subías el Tourmalet con tres minutos de ventaja…

y como detrás no se movía nadie, atacó Perico Delgado. A Perico nadie le mandó escaparse. Yo estaba ya coronando el Tourmalet, eufórico, emocionado, pensando que iba a recuperar fuerzas en la bajada y que luego iba a subir Luz Ardiden a muerte, a por la victoria…

y entonces vino el coche del segundo director del equipo, bajó la ventanilla, me dio un chubasquero para abrigarme y me dijo: «Peio, tienes que pararte, tienes que esperar a Perico, que viene solo». «¿¡Qué!?». «Que sí, que viene Perico, párate».

Me entró una llorera terrible. Bajé muy despacio, mirando atrás, sollozando como un niño. Pasé el primero por el Tourmalet y bajé llorando.

En ese momento fue como si le dieran al interruptor y me apagaran las luces. Yo iba pletórico, estaba en el centro del escenario, protagonista del Tour, y de repente alguien le da al interruptor y yo paso de ser una estrella a no ser nadie, paso de ser una figura a ser solo un ciclista al que pagan para obedecer. Me bajaron de golpe a la tierra.

No sé cuánto tardó Perico en alcanzarme, muy poco, pero a mí se me hizo eterno. Luego lo di todo. Lo tenía claro: el equipo era lo más importante, las órdenes había que cumplirlas y además Perico era amigo mío. Una vez que me ordenaron parar, yo sabía lo que me tocaba hacer. Bajé a tope, sin tocar el freno en las curvas, con Perico a rueda. Empezamos a subir Luz Ardiden y tiré a muerte, todo lo que pude. No sé cuántos kilómetros tiré de Perico pero me acuerdo perfectamente de la curva en la que reventé. Si me llevan ahora, la reconozco.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 1

Entre el Tourmalet y Luz Ardiden apenas hay terreno para que un ciclista ayude a otro.

Efectivamente: terminas de bajar el Tourmalet y empiezas a subir Luz Ardiden. No hay un metro llano. Pero el director aplicó la ortodoxia: no puedes tener a un ciclista de tu equipo escapado y a otro persiguiéndole. Perurena tenía que parar a alguno de los dos: parar a Perico, para que siguiera en el pelotón, vigilando a Lucho Herrera y compañía, cubriéndome las espaldas; o pararme a mí. Al tiempo pregunté a Perurena por qué me paró a mí: «Hombre, Peio, porque contigo tenía más confianza».

¿Ahí se enfrió tu relación con Delgado?

No, no. Yo me alegré de su triunfo en Luz Ardiden. Porque él era compañero de equipo y además amigo. Era un tipo con inquietudes, listo, dentro del mundillo ciclista era de los más interesantes. Nos entendíamos muy bien. Fuimos amigos verdaderos.

Además, con los roces de las carreras eres más tolerante, aceptas que alguna jugada te perjudique, lo asumes como parte de tu oficio. Yo me distancié de él con el tiempo, cuando ya dejamos la bicicleta. Me perjudicó dentro de Televisión Española. Los dos éramos comentaristas, allí dentro él decía cosas contra mí, cada vez que estaba con Perico me volvía a casa y me encontraba con un puñal en la espalda. Me decepcionó.

Pero ya está, sin acritud. Con los años, me quedo con la gente con la que estoy a gusto y no me apetece acercarme a quien me perjudica. Corto la relación y punto.

¿Cómo fue ese aprendizaje en el mundo profesional, con veintidós o veintitrés años? Fuiste un chaval que ganaba montones de carreras y que las ganaba jugando, atacando, contraatacando, inventando sorpresas. El ciclismo era divertido. Y de pronto te pagan un buen sueldo, debes respetar una jerarquía, cumplir órdenes…

Para mí, con quince años, la bici fue el descubrimiento de la libertad. De chaval practicaba natación, atletismo, competía en esquí de fondo, salía a la montaña, pero siempre dependía de que alguien me diera dinero para el autobús o me llevara. Con mi primera bici podía escaparme con los amigos, pasar la tarde por ahí, sin dar explicaciones a nadie.

Mi hermano Jordi competía en amateurs, luego pasó a profesionales. Le miraba con envidia, yo también quería competir, pero él me decía que ni hablar: «Ni se te ocurra andar en bici, que es muy duro». Además él tenía problemas con mi padre, porque dejó los estudios para ser ciclista. Y a mí en casa me prohibieron expresamente la bici. Yo me entrenaba a escondidas, pero tampoco era muy difícil: mi padre y mi madre trabajaban, nosotros éramos siete hermanos, nos buscábamos la vida, teníamos que prepararnos nosotros la comida… Así que era fácil escaparse.

Empezaste a competir por fin en juveniles.

Y en mi primer año como ciclista me seleccionaron para el Mundial de México de 1980. Para mí fue impresionante. De repente me llevan varias semanas a otro continente, con dieciocho años, a competir en carretera y en pista.

¿Y cómo te fue?

Me eché una novia: Lupita.

No, cómo te fue en el Mundial.

De las carreras no me acuerdo nada, la verdad. Me acuerdo de Lupita: era una chica que estaba de espectadora en el velódromo, me escribía cartas con corazoncitos. Sus padres pidieron permiso a Ramón Mendiburu, el seleccionador, para que me dejara salir con ellos de la villa olímpica. Entonces venía Lupita con sus padres, me recogían en el coche y me llevaban de excursión a un lago. Todos juntos, Lupita, sus padres y yo. Era todo muy casto.

En aficionados eras la estrella del equipo Orbea, junto con Jokin Mujika, y pasasteis en bloque a profesionales.

Fue un paso muy cómodo. El mismo grupo de chavales que corríamos en aficionados nos convertimos a la vez en profesionales: Jokin Mujika, Valentín Dorronsoro, Santi Izuzkiza… En el Orbea éramos una cuadrilla. Y ficharon a algunos un poco más veteranos como Felipe Yáñez o Imanol Murga, que me abrió los ojos en el ciclismo de élite. Era un tío muy especial.

¿En qué sentido?

Estaba chalado. Pero tenía la locura de una persona muy inteligente, la locura a la que llegas por una clarividencia excesiva. Murga me explicaba las tripas del mundo profesional, todas las barbaridades que ahora cuentan los ciclistas retirados en sus libros, los excesos, los desfases, todo eso me lo contaba con absoluta naturalidad. Él aceptaba ese mundo tal cual era y se metía a fondo, también se divertía.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 2

¿A qué excesos te refieres?

Bueno, las cosas que hacía en los hoteles, en las concentraciones, no me atrevo a contártelas. Él las cuenta con toda normalidad, pregúntaselas y te lo dirá. Es difícil que te cuente una anécdota que no sea macabra o excesiva. Son cosas suyas, eso ya sería meterme…

pero en las carreras, por ejemplo: si estábamos preparando la llegada para nuestro esprínter, en la última curva Murga se tiraba al suelo y organizaba una montonera tremenda, para eliminar a los rivales y que ganara nuestro compañero. Muy bestia.

Dentro de esa locura excesiva, de él aprendí algunas cosas muy buenas. Murga siempre estaba contento, feliz, le divertía todo. Yo procuraba compartir siempre habitación con él. Porque te levantabas una mañana, veías que diluviaba, que hacía frío, que soplaba un vendaval, que tenías por delante un infierno de etapa, te entraba una depresión… y Murga pegaba gritos de alegría: «¡Hoy la vamos a liar! ¡Hoy estará todo el mundo jodido!». Y así era: empezaba la etapa, los demás ciclistas solo pensaban en aguantar el día como mejor pudieran, y Murga y yo empezábamos a atacar una y otra vez, gritábamos y nos reíamos bajo la lluvia, y los demás nos miraban alucinados. Para Murga el ciclismo era un juego.

Para ti también.

Sí, yo en el ciclismo me divertía. En aficionados salía a divertirme en todas las carreras, a atacar, a meterme en todas las escapadas, a liarla… Pero eso fue decayendo, en una evolución normal: en profesionales te pagan, te exigen, tienes que cumplir unas reglas, entras en un mundo de tramas complejas… Aun así, yo procuré seguir divirtiéndome todo lo que pude. Y creo que el público enganchó mucho conmigo, más de lo que sería esperable por mis resultados deportivos, porque de verdad me divertía. Tú ves a un deportista que se divierte, a Carlos Vela en la Real Sociedad, y da gusto. En el ciclismo actual es muy difícil que un ciclista improvise, que sorprenda, todo está muy controlado con los dichosos pinganillos.

También empezaste a conocer a otros personajes clave del ciclismo. En la estación pirenaica de Font Romeu, durante la concentración invernal del Orbea en 1985, apareció un médico joven que llegaba en su Porsche y que empezaba su trayectoria en el ciclismo: Eufemiano Fuentes.

¿Entonces tenía ya un Porsche?

Un Porsche Carrera.

¿Sí? De eso no me acuerdo. Eufemiano es ahora un demonio, un monstruo, pero yo tengo buen recuerdo de él. Me pareció un hombre muy correcto, muy inteligente y respetuoso con el ciclista.

Yo de joven era absolutamente reacio a los medicamentos. No tomaba una aspirina ni aunque tuviera la cabeza a punto de reventar. Me interesaba el asunto de lo natural, la agricultura orgánica, quería ser ingeniero agrónomo, esas cosas. Ahora vuelvo a ser así, evito los medicamentos… Hombre, durante una época de mi vida tuve que aparcar esas ideas, tuve un lapso de varios años [se ríe].

Pero yo llegué a profesionales y solo tomaba el famoso Prevalón, que eran unos sobres de complemento vitamínico, y alguna cafiaspirina [un analgésico con cafeína]. Suena a tópico pero es así: no tomaba nada.

Mi primera conversación con Eufemiano fue muy clara: sé que estoy en el ciclismo profesional, me pagan, tengo que cumplir, y si debo tomar algo, vale, pero que sea lo mínimo posible. Le planteé unos límites y ya está.

¿Cuáles eran esos límites?

Yo no quiero dar positivo ni tomar cosas que me destruyan la vida. Si tengo que dejar el ciclismo, lo dejo, pero no quiero mierdas. Quiero que me cuides médicamente. Si tengo que tomar algo en una vuelta, para recuperarme, vale, pero que no sea perjudicial.

Eufemiano siempre decía que él buscaba mejorar el rendimiento de un deportista dentro de las posibilidades que le dejaba la ley. Yo no sé si luego otros ciclistas le pedían «dame todo lo que tengas». Y él, con el paso de los años, entró ya en unos temas que… Yo creo que se le fue la olla. El problema es que hubo médicos que empezaron a ganar más dinero que los mejores ciclistas. Eso fue grave. Aparecían médicos que manejaban mucho presupuesto y que tampoco tenían tantos conocimientos, pero venían al olor del dinero del ciclismo y te ofrecían de todo. Tenían que justificar sus sueldos con victorias, su prioridad no era la salud de los ciclistas. Venían y te lo ofrecían con una naturalidad que a mí me dejaba flipado. «Tengo esto, esto y esto otro». Yo decía: «¿Pero tú sabes que eso está prohibido y que es peligroso?». «Bueno, es de uso común». «Pues será de uso común, pero yo no quiero saber nada». Una vez entró un médico en mi habitación con una jeringuilla, para convencerme de que me la pinchara, porque me iba a recuperar muy bien, porque iba a andar mejor al día siguiente, pero sin decirme lo que era. Lo eché del cuarto.

¿En qué equipo?

Eso fue en años posteriores. Nunca diré qué médicos eran ni qué ofrecían. Por eso digo que Eufemiano es el demonio oficial, pero yo he conocido a cada médico que me cago en la leche… Lo injusto es que metan a todos en el mismo saco, porque también he conocido médicos honrados, muy buenos, que se preocupaban por tu rendimiento y por tu salud.

El problema no sería solo la codicia de los médicos.

No, claro. No es tan sencillo como decir «es que lo organizaba el médico» o «lo organizaba el director». Los ciclistas también tienen mucha culpa. Cuando se sienten débiles, cuando ven que otros de repente andan más que ellos, van a buscar al médico y algunos le piden lo que sea.

La primera vez que fui al Tour, justo después de ganar la Vuelta al País Vasco y de andar disputando el triunfo en la Vuelta a España, las pasé canutas hasta para ir en el pelotón. Yo no entendía nada, cómo volaban así. Pero nunca me gustaba pensar que si alguien andaba más que yo era porque se dopaba. Porque entonces entras en un círculo… Quiero pensar que en el Tour están los mejores del mundo en su mejor momento de forma, quiero pensar que no todo el mundo se mete de todo, quiero pensar que el dopaje es una ventaja pero tampoco tan crucial… No sé. Es lo que quiero pensar. Hombre, la historia muestra que casi todos los que han andado muy bien han recurrido a ayuda farmacológica prohibida, en mayor o menor cantidad.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 3

Tú fuiste sancionado una vez por dopaje, en la Vuelta a Asturias de 1990.

Me sancionaron dos veces. Una en aficionados, otra en profesionales. En aficionados fui al Campeonato de España, pillé un catarro y el médico de la Federación Guipuzcoana, Eduardo Escobar, me dio un jarabe normal y corriente. Digo el nombre del médico porque él mismo salió a reconocerlo: fue un error suyo, se equivocó, me dio un jarabe que tenía efedrina y me sancionaron. Me sentí fatal viendo mi nombre en los periódicos por un asunto de dopaje, me dio mucha rabia, me planteé dejar el ciclismo. No toqué la bici durante unos meses. Ramón Mendiburu, el seleccionador, y Peli Egaña, fundador del equipo Orbea, me convencieron para seguir. Fui a la Vuelta a Sevilla de aficionados y los ciclistas se cachondeaban de mí, me gritaban en el pelotón: «¡Cabestanyyyy, pero cómo eres tan gilipollas, pero cómo das positivo con efedrina! ¡Si te pillan, que sea por lo menos con anfetaminas!». Gané aquella vuelta. Por pura rabia.

El positivo en profesionales fue con la ONCE: terminé segundo la Vuelta a Asturias, los jueces decidieron que pasara control pero nadie me avisó. Llegué a meta, me fui al hotel, me duché y como teníamos varias horas antes de coger el avión, salí a dar una vuelta con una amiga asturiana. Cuando aparecí en el aeropuerto, vinieron todos los del equipo, histéricos, gritándome: «¡Peio, que te buscan, que tienes que pasar el control!». Me subí a la moto de Enrique Cima, periodista, antiguo ciclista, y fuimos volando a buscar a los jueces a la estación de tren. Estaban a punto de marcharse a Madrid. Compré un billete y me subí con ellos al tren, viajé hasta Madrid para pedirles que me dejaran mear, que me hicieran el control. Me dijeron que no, que ya no podían abrir las neveras con las muestras. La mañana siguiente fui a la Federación, pedí que me hicieran un control, lo pagué yo y dio negativo. Pero ya no valió, estaba fuera de tiempo y me lo contaron como positivo.

Cuando pienso en aquello, siempre me acuerdo de cómo salió Gómez Navarro, secretario de Estado para el deporte, a defender a Perico Delgado cuando aquel positivo del Tour que al final no fue positivo. O cómo han salido federativos, ministros y hasta algún presidente a defender a deportistas cuando estaban bajo sospecha, como Marta Domínguez o Contador… Y a mí en la Federación no me dejaron ni mear y me sancionaron sin dudarlo, nadie me defendió. Cada vez que pienso en aquello, me entra una rabia…

Y quiero pensar que lo del equipo fue un despiste, que realmente se les olvidó avisarme, que no lo hicieron adrede.

¿Adrede?

Bueno, no creo que fuera adrede.

Luego hablamos de tu historia tormentosa en la ONCE. Pero la sanción de 1990 fue un mes sin correr y doscientas mil pesetas.

Sí, entonces las sanciones eran leves, pero me jodió muchísimo. Yo di dos positivos absolutamente injustos. Te lo digo como también te digo que igual alguna vez pasé otros controles en los que podía haber dado positivo.

¿Tenías que haber dado positivo?

No lo sé. Puede que sí.

Más enseñanzas del ciclismo profesional: en el pelotón se teje una trama enrevesada de alianzas, deudas, favores y leyes no escritas que el ciclista debe conocer. Y que el espectador a menudo no conoce.

Yo ya sabía cosas por mi hermano Jordi, que tuvo que dejarse ganar una etapa de la Vuelta de 1980 por un intercambio de favores. Jordi corría en el equipo FlaviaGios. La víspera, su compañero Elorriaga se metió en una fuga de doce ciclistas, pero no prosperaba porque con ellos iba José Luis Laguía, del Reynolds, bien clasificado en la general. Reynolds aceptó que Laguía se descolgara voluntariamente de la fuga. Entonces el pelotón dejó de perseguirlos, los escapados llegaron a meta y ganó Elorriaga. Al día siguiente se escapó mi hermano y se le pegó Dominique Arnaud, que era… del Reynolds. El equipo Flavia tenía que devolver al Reynolds el favor de la víspera, así que mi hermano recibió la orden de dejarse ganar. Por eso se llama ciclismo profesional: te pagan y tienes que obedecer.

Yo también aprendí rápido esos juegos de intereses. En mi primer año como profesional, en la Vuelta a España de 1984, quedé segundo en el prólogo, detrás de Francesco Moser. A los pocos días, Moser montó una coalición con otros equipos italianos, atacaron a la vez, nos pillaron despistados a Gorospe y a mí y perdimos unos cuantos minutos. Más adelante, en la etapa de Santander, llegamos un grupo pequeño a los últimos kilómetros y yo calculé la situación: el mejor esprínter del grupo era Moser, pero no llevaba compañeros, tampoco había otros equipos organizados, así que ataqué y abrí hueco. Sabía que Moser no podía tirar a por mí y luego ganar el sprint del grupo. Llegando ya a meta, miré atrás convencido de que podía levantar los brazos… pero venían lanzados y me pasaron a veinte metros de la llegada. Ganó Moser. Él había convencido a dos italianos de otros equipos para que me persiguieran. No necesitó pagarles, no los compró. Simplemente les pidió un favor o les reclamó alguna deuda pendiente. Yo asumí pronto que el ciclismo profesional no es un campo abierto para que gane el mejor. Hay muchas tramas. A veces te perjudican, a veces te favorecen. A mí me tocó negociar muchas veces, porque hablo francés y el director me mandaba a proponer pactos a otros.

Aprendiste rápido. En la siguiente Vuelta, en 1985, te aliaste con un equipo rival para atacar por sorpresa en una zona de avituallamiento. Eso se supone que está feo…

Se supone que en el avituallamiento hay una tregua, pero eso es discutible. La carrera está abierta desde la salida hasta la meta, cada uno ataca cuando quiere. El año anterior varios equipos atacaron en el avituallamiento y yo perdí el segundo puesto. Esos pactos implícitos se respetan hasta que dejan de respetarse: si lo quiebras, puede empeorar tus relaciones con el resto del pelotón, eso tienes que tenerlo en cuenta.

En cualquier caso, aquel ataque se coció entre directores: lo organizaron Txomin Perurena, nuestro director en el Orbea, y Luis Ocaña, del Fagor. Mientras los demás frenaban para coger las bolsas de comida, nosotros arrancamos en tromba: seis ciclistas del Fagor, tres del Orbea Zúñiga, Perico Delgado y yo y dos rusos. El problema de atacar en el avituallamiento es que te quedas sin comida para el resto de la etapa y te puede entrar una pájara. Entonces estaba prohibido dar comida desde el coche, solo se podía dar bebida. Pero Ocaña y Perurena eran muy zorros. Se acercó el coche del equipo, Perurena me pasó un bidón por la ventanilla y me dijo: «La comida está dentro». Habían cortado los bidones por la mitad, habían metido la comida y los habían cerrado de nuevo con esparadrapo. Quité el esparadrapo, abrí el bidón y saqué la comida. Al final nos cazaron, pero la persecución duró setenta y cinco kilómetros, yo llegué a ser líder virtual y le pegamos un buen susto al líder, Robert Millar.

Y dos días más tarde, tu compañero Pedro Delgado ganó la Vuelta de la manera más rocambolesca.

En el ciclismo nunca ha vuelto a ocurrir una cosa así. Y ya es imposible que ocurra. Era la última etapa de montaña. Perico estaba sexto, a más de seis minutos del líder, sin ninguna opción en la general. Atacó desde lejos porque quería ganar la etapa en Segovia, en su casa. En teoría solo optábamos a la Vuelta los tres primeros: el escocés Millar, el colombiano Pacho Rodríguez y yo, que estábamos separados por pocos segundos. Subimos el alto de los Leones, el último puerto de la Vuelta, repartiéndonos hachazos. Pero llegamos los tres juntos a la cima. Ya solo quedaba bajar hasta Segovia. Me acerqué a Millar y le felicité, le estreché la mano, le dije que ya había ganado la Vuelta… Mientras tanto, Delgado iba por delante con Pepe Recio, llevaba cuatro minutos de ventaja, luego cinco, luego seis… y Millar seguía tan tranquilo, no se enteraba. Su director tampoco.

En la tele se vio el momento en que yo charlaba con Millar. Luego se contó que lo hice para entretenerle, pero en ese momento ni se me ocurría que Delgado pudiera llevarse la Vuelta. Solo me interesaba que la carrera ya no se moviera, para que Delgado ganara en Segovia.

De repente avisaron a Millar y se puso a tirar él solo, desesperado, pero ya era demasiado tarde. Delgado le ganó la Vuelta por medio minuto.

Tú te quedaste sin podio.

Hombre, y me pareció fantástico. Caí del tercer puesto al cuarto, a cambio de que Perico ganara la Vuelta. Ninguna duda.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 4

¿Cómo viviste eso de convertirte en una figura tan popular? Porque en 1985 hiciste esa Vuelta a España tan buena, un mes antes habías ganado una Vuelta al País Vasco espectacular contra campeones como Lemond, Lejarreta, Delgado o Kelly, eras el ciclista de moda y solo tenías veintitrés años.

La Vuelta al País Vasco tuvo una repercusión enorme. Era mi segundo año como profesional, gané en casa a los mejores del mundo, los aficionados lo vivieron con locura. Te podría decir que no me cambió, que no me hizo creerme nada… pero me veía en las portadas de los periódicos, los aficionados me rodeaban en las salidas, me llamaban de todas partes, entrevistas, reportajes, celebraciones. Te ponen los focos y es inevitable que eso te marque, que te sitúes en otro plano.

Y pusiste la guinda ganando una etapa en el Tour de 1986. Una victoria agónica, con el pelotón pisándote los talones, sin tiempo ni para levantar las manos…

Es que si levanto las manos, me pasan. No había visto esas imágenes en más de veinte años, y cuando me las pusieron, sentí angustia: que me pillan, que me pillan… Hice el último kilómetro a bloque, con los esprínteres lanzados a por mí, pero no calculé bien. La llegada picaba un poco para arriba. Hay un instante en que ya no puedo sufrir más, reviento, me siento en el sillín. No llego a meta. Me pregunto cómo pude ir todavía un poco más allá de ese límite del sufrimiento, cómo conseguí apretar otra vez hasta la línea. Fue un triunfo explosivo, angustioso, la gente lo vivió con mucha intensidad. Y a mí me costó asimilarlo.

Eso sí: me dio galones. Si ganas una etapa en el Tour, en el pelotón te tratan con un respeto especial. Eso se nota. También se crean unas expectativas altas, empiezas a sufrir cada vez más presión. Tienes buenos contratos, te exigen resultados, la prensa y los aficionados están pendientes…

¿Te pesó mucho esa presión?

A veces sí. En la Vuelta de 1986 me daban como favorito, todos me decían que la iba a ganar, me pasé el año preparándola, y en los días previos sentía pánico por decepcionar. Pensaba que si flojeaba un solo día, en un solo puerto, lo perdería todo. Estaba muy nervioso, no dormía. Además ese año el Orbea tenía dos líderes: Marino Lejarreta y yo. Teníamos que demostrar quién de los dos merecía que trabajaran para él. Aprecio a Marino, es un hombre muy honesto, serio, recto, pero teníamos caracteres muy diferentes, no éramos cómplices.

Yo ya no salía a la carrera a divertirme, a atacar, despreocupado. No hice mala Vuelta: terminé sexto. Marino fue quinto. Pero a mitad de Vuelta me sentí fatal. Iba muerto, no podía seguir al pelotón y le dije al director que me retiraba. Me convenció desde el coche, me dijo que terminara la etapa como pudiera, que luego me llevaría al hospital. Fui, me hicieron unas pruebas y no tenía nada. Me dijeron que era una crisis de ansiedad. Los aficionados no conocen esas cosas: terminé sexto, una buena posición, pero nadie supo lo fatal que lo pasé.

Hay ciclistas muy buenos que no llegan a campeones porque no soportan esa presión. Es un deporte en el que basta un solo momento de debilidad para perder todo el trabajo de varias semanas o de todo el año. Indurain fue un grandísimo campeón por su físico extraordinario pero también porque tenía una coraza: no le afectaba nada. Era muy tranquilo, tenía una cabeza de ciclista privilegiada, nunca perdía la concentración en las carreras y todo lo demás le resbalaba.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 5

En el Tour ganaste una etapa y participaste en algunos episodios legendarios. Por ejemplo: en 1986 fuiste testigo de lujo en una de las escapadas más raras de la historia. Lemond lleva el maillot amarillo. Su compañero de equipo Hinault va tercero y ataca en la bajada del Galibier, acompañado por Bauer, también de su equipo. Lemond salta a por sus dos compañeros… y tú te metes en aquella guerra interna del equipo La Vie Claire.

Lemond arrancó cuesta abajo, a tope, yo le seguí y nos quedamos solos persiguiendo a Hinault y Bauer. Teníamos por delante un tramo llano hasta el inicio de la subida a la Croix de Fer. Entonces Lemond me ofreció dinero por darle relevos en la persecución. No recuerdo cuánto, pero era en dólares…

Seguro que te acuerdas.

… en el mundillo yo no tenía fama de que me pudieran comprar así. No era raro que un ciclista te pidiera ayuda para perseguir a un rival, a cambio de devolverte el favor más adelante. O en última instancia te podía ofrecer dinero, eso tampoco era frecuente, pero lo puedo entender. Lo que me dejó alucinado es que un ciclista me ofreciera dinero para perseguir a otro de su propio equipo.

Dijiste que sí.

Pues sí, porque yo iba a tirar de todas maneras. Sabía que en el Tour no podía hacer nada, que no iba a ganar esa etapa, pero disfrutaba muchísimo de estar metido en el ajo, de participar en la batalla más gorda de aquel Tour, de estar en una escapada histórica. Yo quería seguir allí.

Al final cazasteis a Hinault y Bauer. Así que subiendo la Croix de Fer ibais en cabeza los tres ciclistas de La Vie Claire que andaban atacándose y tú.

Sí, era una escapada alucinante. Bauer fue el primero en descolgarse. Yo intenté aguantar a Hinault y Lemond, pero a la mitad de la Croix de Fer reventé. Me da mucha pena porque, con todo lo que pasó después, me habría encantado seguirles al menos hasta el pie de Alpe d´Huez. Mientras ellos se disputaban el Tour, yo hubiera ido a rueda como un espectador. Qué pena, me habría encantado vivirlo. Lo intenté, sufrí como un perro, pero no pude.

Hinault y Lemond subieron juntos Alpe d’Huez. En la meta se abrazaron, sonrieron, celebraron la victoria. ¿Qué pensaste, cuando viste esas imágenes más tarde?

Me reía en la habitación del hotel. Pero tampoco creas que me escandalizó tanto. ¡Te hablo de una época en la que se compraban y vendían equipos enteros! Venía un equipo holandés a la Vuelta a España, dejaba escapar a un ciclista y cuando ya tenía una buena ventaja, se ponían a tirar a por él. Querían que fueras adonde ellos, a ofrecerles dinero para que dejaran de tirar. Eso ya no ocurre. Ahora los patrocinadores son firmas muy importantes, es impensable que inviertan tanto dinero y que luego sus ciclistas trabajen para otro equipo a cambio de un sobresueldo. Ya no se toleraría. Claro que hay acuerdos entre ciclistas, pero los equipos no se venden así.

¿Y cómo se saldaban luego esas deudas? ¿Lemond fue a tu habitación con un sobre, mandó a alguien o cómo funcionaba eso?

Lemond no me pagó nunca.

¡No te pagó!

No, no, no. Alguna vez me comentó algo, más tarde… Pero al final nada.

Otro personaje que montaba batallas, otro personaje importante y polémico: Manolo Saiz, director de la ONCE. Nos ha quedado pendiente un comentario tuyo, receloso con este equipo.

Manolo Saiz era un director peculiar, muy moderno, innovador, rompió muchos esquemas. Tenía una capacidad de trabajo impresionante y abarcaba todos los aspectos del ciclismo: no solo era un director deportivo que fichaba corredores, además se encargaba de la preparación física, de las bicicletas, preparaba al detalle las estrategias de carrera… Llegaba a un punto de obsesión. Era un gran director pero demasiado personalista, a menudo se llevaba el protagonismo de las victorias por encima de los corredores. Luego otros imitaron ese estilo.

Manolo diseñaba los planes de entrenamiento de todos sus ciclistas. En el primer año de la ONCE, en 1989, yo también los seguí. Pero luego preferí volver con José Luis Pascua Piqueras, que había sido mi entrenador muchos años. Se lo expliqué a Manolo Saiz: «Mira, que prefiero seguir con Pascua…». Y él me dijo: «Pues vale». Nada más. Yo no me di cuenta de su tono pero se ve que le molestó y que me la guardó.

¿Por eso vivisteis una Vuelta a España tan tensa?

La Vuelta de 1990 fue una consecuencia de todo esto. Manolo no me dijo nada de frente, yo no me enteraba, pero de pronto empecé a notar cosas raras. Me puse líder pero el equipo no defendió mi maillot amarillo. En la etapa de Ubrique se marchó aquella famosa escapada con muchos ciclistas, entre ellos Gorospe y Giovanetti, y por lógica le tocaba a la ONCE tirar del pelotón para controlar la fuga. Pero Manolo decidió que no tiráramos. Gracias a aquella ventaja, Giovanetti acabó llevándose la Vuelta. Yo gané una contrarreloj a dos días del final y me quedé a veinticuatro segundos del italiano, pero ya había visto que el hombre preferido de Manolo en el equipo era Anselmo Fuerte, no yo. Llegué a pensar que Manolo prefería perder la Vuelta que ganarla conmigo.

Hombre, imagino que si me hubiera puesto de amarillo en esa crono, no habrían tenido más remedio que apoyarme. Pero al día siguiente pagué los esfuerzos, lo pasé mal en la subida a Abantos y Manolo ordenó que adelante, que siguieran apretando. Me descolgaron. No me ayudó nadie del equipo, me dejaron solo en los kilómetros hasta meta, preferían meter a Fuerte en el podio que a mí. Perdí tiempo y acabé cuarto.

¿Te fuiste de la ONCE por eso, porque apostaban por otro ciclista?

En realidad me echaron. Al acabar la Vuelta me fui del pico en una entrevista con José María García: me puso el micrófono y yo dije que mi equipo no me había defendido, no sé qué cosas dije. Entonces vino Manolo Saiz: «Me ha llamado Miguel Durán [el director general de la ONCE] y me ha dicho que te eche inmediatamente». Tuve una reunión con Manolo y con Pablo Antón, el mánager del equipo. Les pedí perdón, les dije que me iba a portar bien… Me bajé los pantalones. Es que, si no, me quedaba en la calle en mitad de la temporada. Pero bueno, me han echado de tantos sitios…

Saltaste de equipo en equipo.

Bueno, pero de los equipos no me echaron. El Kas desapareció. En el Clas me dijeron que iban a fichar a Rominger y que me daban la baja para ahorrarse mi ficha, me parece bien, estaban en su derecho. En el Gatorade tuve una experiencia estupenda, había muy buen ambiente, compartía equipo con campeones como Fignon o Bugno y además en Italia yo estaba mucho más tranquilo. Ni la prensa ni los aficionados andaban ya tan pendientes de mí. Y además hice algunas cosas bonitas: fui líder de nuevo en la Vuelta, gané una etapa en la Euskal Bizikleta… Cumplí dos años con ellos y pensaba retirarme ya.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 6

Entonces nace el equipo Euskadi, en 1994, y tú corres con ellos tu última temporada. Eso qué fue, ¿como las figuras del fútbol que en el último año se van a Qatar, a buscar un buen contrato final?

No. Era una historia bonita, un concepto novedoso en el ciclismo: un equipo que no se financia con un patrocinador sino con pequeñas aportaciones de empresas y de socios, de aficionados que ponen dinero y montan un equipo del país. Luego eso cambió, claro, el equipo funcionó con patrocinadores, como todos, y con ayudas públicas. Pero en el principio la idea era original. Buscaban un ciclista vasco con nombre, para liderar el primer año del equipo, y me llamaron. Yo dije que sí, acepté rebajar mucho mi ficha, porque me parecía bonito.

Aquel año no me sobró como ciclista pero tuvo sus claroscuros. Había varios grupos que querían controlar la Fundación Euskadi. Al final el director fue Miguel Madariaga. Pero al principio también estaba Jaime Ugarte, que controlaba el ciclismo guipuzcoano, y se enfadó mucho conmigo. Se enfadó porque ese año no corrí las Seis Horas de Euskadi, una prueba que él organizaba. Justo en esas fechas Madariaga me mandó a correr la Vuelta a Mallorca y Ugarte me exigía que me plantara, que le dijera a Madariaga que yo tenía que correr las Seis Horas. Oye, y yo qué le voy a hacer, si a mí me paga Madariaga… Pues Ugarte me puso la cruz: «Te voy a cerrar todas las puertas en el ciclismo en Euskadi». Así me lo dijo.

De la bici pasaste a la tele.

Empecé como comentarista de ciclismo en Televisión Española. Pero enseguida se acabó, porque no quise soltar la guita a la mafia. Tenía que renovar el contrato por intermediación de una gente que andaba allí en la tele, tenía que darles una parte y yo me negué. «A mí que me contrate directamente el productor de Televisión Española». Entonces cerraron la carpeta de un golpe, delante de mis narices, ¡plas!: «¿Ah, sí? Pues tú mismo. Hasta luego».

¿Quiénes eran esos intermediarios?

Pregunta cómo funcionaba Televisión Española en aquellos años, pregunta. Aquello era una cosa… Y se ganaba mucha pasta, eh. Si hubiera pasado por el aro, si me hubiera tapado la nariz… Pero así funcionaba todo, no es un asunto del ciclismo. No sé cómo será ahora en Televisión Española, ¿eh? Yo te hablo de 1995.

En Eurosport duraste más.

Estuve nueve años de comentarista pero también me echaron. Por hablar mal de un esquiador de fondo. Dije que no tenía nivel para estar en una prueba de la Copa del Mundo. Corrió dos pruebas, quedó último en las dos y yo dije que era un milagro que ese esquiador estuviera compitiendo allí, que era algo extraño que lo llevaran. Pues resulta que el esquiador no era un fontanero: era un guardia civil. Me llamaron al día siguiente y me dijeron que a ver cómo se me ocurrió hacer ese comentario. No sé, yo conozco a muchos guardias civiles esquiadores, coincido con ellos entrenando en Candanchú, pero aquel… pues no sé. Alguien importante debió de hacer una llamada para que me echaran.

Trabajaste dos años en la dirección administrativa del Tour y luego te ficharon como jefe de prensa en el equipo Festina en 1998: el epicentro del mayor escándalo.

Yo estaba en la salida del Tour con el equipo, en Irlanda, cuando detuvieron al masajista Willy Voet en la frontera francobelga con el coche lleno de sustancias dopantes. En los días siguientes, ya en Francia, detuvieron al director, a los ciclistas… los detuvieron a todos en pleno Tour. Nos quedamos el de logística y yo, sin saber ni qué hacer, con toda la plantilla en comisaría. A partir de ese momento, un abogado de París me mandaba los comunicados oficiales del equipo, yo los fotocopiaba y los repartía a la prensa.

Pero tú debías de conocer lo que pasaba en el Festina.

A mí me fichó Bruno Roussel, el director del equipo, un tío cojonudo. Acabó en la cárcel y lo pusieron como a un demonio, pero a mí me pareció un director muy bueno, honrado. Él vio que los ciclistas se le dopaban todos, que cada uno se lo montaba por su cuenta, y entonces les puso un médico para controlar un poco aquello. Le acusaron de dopaje organizado y acabó en la cárcel.

Yo tenía conversaciones con Rijkaert, el médico del Festina. Él decía que su trabajo consistía en aplicar la medicina hasta el límite en el que no le pillaran; yo le respondía que había que conseguir que los ciclistas no recurrieran a productos. Luego supimos que la policía nos vigilaba hace tiempo, que nos grababan esas conversaciones, y de hecho la policía a mí ni me buscó, sabían lo que yo opinaba y sabían que yo no pintaba nada en aquel jaleo.

Más tarde te metiste en La selva de los famosos, aquel reality show en pleno Amazonas, con cantantes, deportistas, actrices…

Es que me apunto a un bombardeo, me gusta salsear en otros mundos, y el programa me gustó. No era morboso como otros, estaba bien, me lo creí. Y claro, me quedé sorprendido con el dinero que pagaban.

Para mí fueron unas vacaciones pagadas y una experiencia muy interesante en el Amazonas. Sobrevivir con lo mínimo, buscar la comida, andar por la selva con el machete y las pirañas… Es una situación más o menos controlada, sí, te dan el agua mineral, vale. Pero algunos participantes sufrían mucho, sufrían de verdad, había situaciones límite y riesgos reales. Porque veías las serpientes y pensabas: desde que me muerde, hasta que llega el médico… Me pregunto cómo no pasaron cosas graves.

Ahora viajas una vez al año con la bici y las alforjas. Y a menudo tú solo. Has recorrido Etiopía, Chile, Centroamérica, Indochina… ¿Por qué viajas así?

Los primeros días siempre me pregunto qué carajo hago allí, con lo bien que estaba en casa, con todas las comodidades a mano. Pero luego pasan los días y me encuentro en una vida muy sencilla y muy libre: estoy solo, pedaleando a mi aire, buscando un sitio donde acampar, feliz de la vida.

Con la bici el viaje es mucho más interesante. Me dijeron que ni se me ocurriera meterme por unos caminos costeros de Nicaragua, que me iban a asaltar, que estaba loco… Llegaba pedaleando a los pueblos y venían los chavales a curiosear, a hablar conmigo, la gente me llevaba a comer, me buscaba sitio para dormir… Si hubiera llegado en coche, ni se me habrían acercado. Viajar solo también ayuda: vas más vulnerable, más dependiente, más humilde. Y con más ganas de hablar, de acercarte, de preguntar. La gente acoge con mucho cariño a un ciclista que viaja solo.

Otra vez llegué al último pueblo de Laos, una aldea perdida en las montañas, camino de Vietnam. Me quedaba un buen tramo hasta la frontera, sin pueblos ni nada de nada, y en aquella aldea pregunté a unos chavales si había algún sitio para comer. Se rieron. Me dijeron que les siguiera y me llevaron a una chabola. Allí estaba la familia entera, sentada en el suelo, con la bandeja de arroz en el medio y comiendo todos con la mano. Me sentaron con ellos y a comer. De la bici me quedan recuerdos así, que llevo conmigo para siempre.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 8

Fotografía: Juan G. Andrés