Los empleos más arriesgados para tu salud: ¿tienes alguno de ellos?

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Cuánto peligro corres un lunes. Puede que vayas a morirte de aburrimiento en la oficina, o que te estrese desde primera hora ese penetrante olor a colonia de cierto colega. O que la lista de éxitos se atasque mientras conduces y repita una y otra vez «I Got You, Babe». Como le ocurría a Bill Murray en Atrapado en el tiempo. Ya sabes, el Día de la Marmota. Pero qué pasa si tienes uno de esos empleos donde tienes que mantener tu atención bien despierta para regresar a casa sin percances.

Imagínate ser extractor de veneno de serpientes, instalador de líneas de alta tensión en China a cien metros del suelo, el actor al que le toca recibir las patadas de Jean-Claude Van Damme, un jugador de fútbol americano, o técnico especialista en hidrógeno líquido en una clínica de criogenización. Seguro que te parecen empleos demasiado exóticos como para haber respondido, de pequeño, a la pregunta qué quieres ser de mayor. Pero si recorremos el mundo podemos encontrar a personas que se ganan la vida en las ocupaciones más variopintas. Y un buen puñado de ellas requieren, además de preparación, formación y habilidades, tener un buen seguro de vida, que según qué casos podría cubrir alguno de estos supuestos.

Cuando eres Homer Simpson todos los días

Quién se atrevería a bromear con una central nuclear si no es un descerebrado muñeco amarillo. La gracia del empleo de Homer es precisamente esa, que ningún técnico nuclear se comporte de forma tan loca. Precisamente por ser el empleo más peligroso del mundo, para ti mismo, la población que rodea a la central, y en realidad casi el mundo entero, es también uno de los más seguros. El índice de accidentes es mínimo y la mortalidad, cuando se produce, de uno por cada tres mil. Aunque desde luego esos accidentes acaban siendo los más famosos de todas las profesiones, con diferencia.

Si heredas un viñedo francés o italiano, a lo Russell Crowe

El peligro común de la Toscana italiana y de la Provenza francesa es producir continuas tramas románticas en forma de libro o película. Pocos oficios de la Tierra habrán sido rodeados de tanto romanticismo como la viticultura. Pero poca broma con ella, pues como el resto de oficios agrícolas el manejo de tractores, cosechadoras y otras maquinarias es de los más peligrosos del mundo. Lo que llega a nuestra mesa suele tener tras de sí un largo reguero de accidentes, a veces fatales.

¿No había deportes donde elegir, Tom?

Es raro no haber oído hablar en los últimos tiempos de Tom Brady, un deportista bien conocido por haber prolongado su carrera más allá de los cuarenta compitiendo al máximo nivel. Por retirarse recientemente y anunciar que volvía tras unas semanas en casa. Justificó su retiro explicando que quería estar más tiempo con su familia, y quizá la experiencia no fue completamente satisfactoria. Pero nada de esto es insólito. Lo realmente raro es que lleve veintidós años jugando al fútbol americano y no haya sufrido ninguna lesión de importancia. El fútbol americano ocupa el puesto seis de diez entre las profesiones más peligrosas del mundo.

Trabajar junto a un pez espada sin estar en un acuario

Y por qué esto debería ser un trabajo. Los especialistas en submarinismo a gran profundidad están muy demandados, y muy bien pagados. Para una enorme variedad de ocupaciones, desde mantenimiento de equipos de comunicación o científicos en el fondo marino, a experimentos de la NASA en las profundidades oceánicas, o arqueología marina. El mayor peligro ahí abajo son los peces espada, un animal bastante nervioso y capaz de desarrollar una velocidad explosiva, de cero a cien en menos de un segundo, para empalarte con su apéndice nasal. Lo hacen muy a menudo con los buzos, y hasta con embarcaciones donde quedan clavados sin poder separarse. Felizmente los fallecimientos por esta causa suelen ser raros, aunque las lesiones graves no tanto.

Imaginar a gente que se levanta a diario para hacer todo esto nos llevará a pensar en la muerte. Pero ese no es el único peligro de estos empleos. Superando al fallecimiento en gran medida están las coberturas seguro de vida: incapacidad, enfermedad grave, invalidez, etc. No es lo mismo trabajar en una cosa que en otra, así que si hay algo con lo que salen todos estos empleados de casa es con una póliza. 

Pero quizá la mayor paradoja de todas sea la propia estadística laboral de un día cualquiera. Los accidentes con incapacidad permanente, muerte, o enfermedad de por vida se producen hasta en los oficios menos peligrosos del mundo. En personas que eligieron un modo sostenible de desplazarse al trabajo: la bicicleta. Por una salud cardiovascular que no avisa, pero que si ocurre en el lugar de trabajo computa como accidente laboral. Infarto con el último clic. Como los accidentes domésticos, lo insólito ocurre también, aunque prefiramos no pensarlo.


Evasión

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DP. evasión

Este artículo encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº3 especial Verne y su tiempo.

Nuestra vida es una carrera sin sentido. Vivimos presos de una cárcel que nosotros mismos nos hemos construido, que vemos cada día y que pensamos que es el lugar en el que tenemos que vivir. Pero no.

Pasamos un tercio de las horas del día en el trabajo, a lo que habría que sumarle el tiempo que nos cuesta ir y venir hasta casa. Si a eso le restas el tiempo que dedicas a todas esas pequeñas cosas cotidianas (aseo, ascensor, compras, cocinar…) y las horas que dormimos te sale la cuenta del día casi completa. ¿Dónde estamos nosotros? ¿En qué hora de toda esa mecánica absurda de nuestro cronómetro encajamos?

La prisa es algo en lo que nos educan. Sacar los estudios a curso por año, sin repetir. Eligiendo estudios aunque no sepas a ciencia cierta ni qué quieres estudiar ni si quieres estudiar. Pero estudiar aquí no es una opción, porque sin estudios superiores —antaño reservados a unos cuantos— no eres nadie. En esa escuela, la universitaria, aprenderás a pisar cabezas, a competir por ser el mejor, el primero, el más. Y entonces saltarás al ruedo, tú solo, ante el mundo. Sin tener ni idea de nada.

Una fábrica de parados en demasiados casos, víctima la institución de la pésima gestión política de las reformas educativas y de la estructura del funcionariado nacional, tan ajeno a la realidad que enseña que asusta pensar que haya formadores como los que hay.

Tras años y años de preparación es cuando, de verdad, empieza tu carrera. La carrera por medrar más rápido, por tener un contrato, por conservar tu empleo, por conseguir más sueldo, por cambiar de empresa, por cobrar mejor esas horas extra. Y ahí, en algún lugar de tu vida, entre la ducha matutina y el atasco de cada día, dejaste aparcado lo demás.

Nuestra existencia en esta sociedad es una carrera tan absurda como improductiva.

Toda nuestra sociedad occidental se rige por esa idea protestante del trabajo como absolución, como medio salvífico. Sin trabajo no somos nadie. El trabajo es el medio perfecto para poder vivir, tener una casa, un coche, un tren de vida, ir de vacaciones, conocer otros lugares, salir, divertirse… y cada lunes, tras los dos días de asueto, volver a la rueda.

Cada día, cada mañana y cada noche es un tramo de una carrera que no termina nunca.

Tomé conciencia por primera vez hace unas semanas. Estaba en el lugar más antipoético del mundo, un Starbucks en el centro de Madrid. Allí, dando sorbos a un café que no es café, en una atmósfera irreal y pretendidamente urbanita, me planteé algo que desde entonces me tortura cada día, lo que me lleva a escribir esto.

En la mesa de al lado un grupo de adolescentes desayunaba. Su ropa era más cara de lo que mi nómina seguramente podría pagar. Hablaban sin parar, pero sin mirarse, absortas como estaban en las pantallas de sus móviles, tecleando sin parar, deteniéndose solo a mirar su propio reflejo en la pantalla del aparato para ajustarse el pelo. Eran tan pijas que, cada tres palabras, decían una en inglés. Reían de cosas que no entendía y, pese al frío, salieron fuera  a tomar el café —con leche de soja, supongo, y vete tú a saber cuántas cosas raras— para poder fumar.

Entonces lo vi. Vi mi vida, la absurda carrera de mis últimos años buscando crecer profesionalmente, mis horas extra trabajando en cosas diversas para intentar ganar más dinero, mis frustraciones y mis fracasos, mis éxitos y mis deseos. Todas esas cosas que empecé a cuestionar en los cien días que estuve en el paro empezaron a danzar ante mí.

Obviamente aquellas adolescentes tenían el riñón bien blindado. Les sobraba el dinero. No por su trabajo, claro, sino por su cuna. Estábamos en una de las zonas más caras del país y, a juzgar por cómo hablaban, vivían ahí. No tenían pinta de conocer el valor del dinero. La crisis, claro, no iba con ellas. Seguramente ya tenían una casa reservada para cuando la necesitaran y un coche esperando a que se sacaran el carnet. La vida así da para mucho.

Me hice entonces esa pregunta: cómo sería mi vida si no tuviera que preocuparme por el dinero. Es decir, cómo viviría si tuviera una casa pagada, facturas cubiertas, y una holgada tranquilidad para vivir bien. 

Piénsalo.

Entonces, claro, todo cambia. 

Trabajar pierde el sentido si concibes trabajar como una forma de sustento. Tu tolerancia a determinadas cosas mengua, porque no necesitas tolerar abusos o tomaduras de pelo. No tienes que hacerte el imbécil para que otros de los que depende tu trabajo satisfagan sus pretensiones. No tienes que temer con qué vas a darles de comer a tus hijos. No hay alquiler, no hay hipoteca, no hay facturas, no hay responsabilidad. Solo hay, ya ves, vida.

Y me di cuenta de lo estúpidamente que había corrido durante años. Porque, aunque sin duda soy una persona afortunada, sé bien lo que es vivir corriendo.

Durante esos cien días que estuve sin trabajo supe lo que es estar en la cola del paro, algo especialmente chocante cuando vives en un barrio periférico. Sentí lo que supone saber que, a mi alrededor, se apiñaba muchísima gente que tendría francamente difícil volver a encontrar trabajo. Por su edad, por su origen, por su formación. Yo, imaginaba, lo encontraría antes o después. Fueron apenas cien días, tres meses. Pero no quiero olvidar esas sensaciones de entonces, de esos días en los que dejé la rueda y solo deseaba volver a ella.

No olvidaré, por ejemplo, la sensación de mirar a mi alrededor e imaginarme explicándole a cualquiera de los allí presentes de qué solía trabajar yo. Que si periodista, que si política, que si el Congreso, que si internet. Imaginaba las caras de esa gente mirándome con indolencia, como quien mira a un astronauta. Sentí cuán prescindible e irreal era mi mundo, todo lo que había motivado mi absurda carrera hacia delante. Y tampoco he olvidado esa sensación de cómo en la burbuja en la que me muevo, en las redes sociales y las redacciones, todos nos entendemos con nuestro lenguaje y nuestras aspiraciones. 

Lo malo es que el mundo real está ahí fuera.

Yo, el afortunado, ni siquiera estaba en el paro del todo. Tenía un contrato a tiempo parcial con el que complementaba mi trabajo principal. En realidad había estado trabajando más de las horas que marca la ley con más de un contratante. Y eso sin contar colaboraciones. Yo, el parado, había estado sobretrabajando. Corriendo aún más rápido en esa carrera.

Luego llegaron aquellas adolescentes del Starbucks.

Lo peor de todo es que, tal y como están las cosas, la mía es la vida de un afortunado. Hay gente ahí fuera que mataría por poder correr. Es decir, por poder tener trabajo. Gente que ha pasado toda esa fase de preparación para poder ser un tiburón que pise la cabeza de los demás y poder así medrar pero que, por culpa del momento en el que ha nacido, no puede hacerlo. Es fácil plantearte cosas cuando tienes trabajo y unos ingresos. Igual de fácil que debe verse la vida si eres una de esas niñas bien del Starbucks.

Pero la verdad es que estamos corriendo tanto —o intentando sumarnos a la carrera—, que no vemos lo que pasa por nuestro lado. Ahí sigue la familia, siguen los amigos, sigue el tiempo entero. Siguen los lugares a los que ya quizá nunca iremos, y todas y cada una de esas oportunidades que pasaron. Las cunetas de nuestras vidas están llenas de opciones muertas que no tomamos, de decisiones que desaprovechamos. Ahí hay un montón de errores y otros tantos aciertos.

Sin embargo la carrera no puede parar. Por un momento puedes ser consciente, abrir los ojos en mitad de este enorme Matrix social, mirar a tu alrededor y ver la realidad. Ver que te pasas la vida perdiendo el culo para conseguir dinero para comprar cosas, y más dinero, y más cosas. Puedes cobrar conciencia de que te matas a hacer cosas para que, al fin, cuando te jubiles, estarás tan solo y cansado que ya no tendrás fuerzas para disfrutarlo. 

Eso, claro, si tienes jubilación.

La carrera no puede parar. No puedes liarte la manta a la cabeza e irte a un pueblo, a una playa, a otro país a intentar vivir sin correr contra el reloj. No estamos educados para eso y muy pocos son capaces de tomarse esa pastilla roja. ¿Qué te espera al otro lado? ¿Luchar lo que te quede de vida contra todo lo establecido y sin garantía de éxito?

En esta sociedad lo único que nos queda es la evasión. 

Evasión, bonita palabra. 

Evadirse puede querer decir —así, sin mirar el diccionario— marcharse, esquivar algo, ocultar algo, huir, tener la cabeza en otras cosas, incluso robar. Esta última, la evasión fiscal está muy de moda en este país, pero no es precisamente esa acepción la que hace del vocablo de marras una bonita palabra.

La evasión es la necesidad de la huida. El respiro cotidiano, el cerebro en stand by, la mirada al infinito, la vista perdida, el imaginar lo que dirías o harías si tuvieras valor. También es, claro, el temer, el expresar los peores demonios internos de forma irracional, el machacarte internamente mientras fuera sigues sonriendo. 

Julio Verne no inventó la evasión, pero la hizo mágica. Él fue el padre de historias increíbles que materializaron los mayores anhelos y los principales miedos de la humanidad. La exploración, la aventura, lo desconocido, el reto de superar aquello para lo que la naturaleza nos diseñó. Da igual que sea visitar el centro de la tierra, volar o, incluso, viajar en el tiempo. Esa desazón ante lo imposible, ante lo que no controlamos, es como esa pizca de pimienta mental para seguir creyendo.

Porque si no creemos en algo, en que podemos conseguir esa meta secreta que ambicionamos, para qué vale la pena luchar. ¿O acaso tú no vives tus días esperando que llegue un momento en que consigas eso que buscas?

Verne era un visionario. Pero no porque adelantara descubrimientos o búsquedas, que también. Era un visionario porque consiguió regalar una ventana a millones de personas por la que evadirse de una realidad mucho menos mágica. Leer sus narraciones es sumergirse en algo superior, diferente e ignoto, que te hace olvidar por un momento la miseria de una vida mucho más mundana, rutinaria y gris. 

Él escribía, y ese era el canal de evasión que ofrecía. Pero evasiones hay tantas como humanos. La música, la poesía, el cine. También un viaje, una persona, un olor. A veces un recuerdo, un café, un cigarro. Incluso, claro, dormir y soñar. Las cosas más mágicas de la vida son precisamente las que no son, las que no tienen forma, las que no tienen definición posible ni pueden ser explicadas. La magia es así, y ese es su valor.

La sensación de la evasión, del desconectar, está al alcance de todos. La capacidad de crear algo que ayude a los demás a desconectar, no. Por eso Verne es Verne, un tipo moderno y vivo aunque en nuestro imaginario colectivo vista pantalones de pana y lleve mapas acartonados bajo el brazo. Un loco imaginativo, un soñador. Esos son los que acaban siendo recordados, no los que fichamos cada día, a la misma hora y en el mismo lugar para hacer lo mismo de siempre. Ahí no hay aventuras, ahí solo hay necesidad de evasión.

La evasión es inherente al ser humano en tanto en cuanto es racional: los animales no se evaden, simplemente hacen. Nosotros, humanos, mentimos, urdimos estrategias y conspiramos. Y, entre tanta actividad cerebral, necesitamos un descanso. Necesitamos evadirnos.

El mundo, tal y como lo hemos conocido, es una carrera demente hacia la nada. Competir por ser mejores, por llegar más alto, por ganar más, por comprar algo, por tener algo. Dedicamos más tiempo al trabajo que a la familia, más a las preocupaciones que a bailar, más a tener miedo que a gritar a pleno pulmón. Cuesta imaginar a gente tan mágica como Mario Benedetti o Silvio Rodríguez negociando horas de productividad o haciendo horas extra. Sin embargo son los poetas (los cineastas, los artistas) los que más evasión nos regalan.

Ni siquiera las evasiones son como las de antes. 

Ahora ya nadie pinta ni esculpe. Los que levantan soberbios edificios lo hacen para dignificar a sus nuevos mecenas, no ya con su cara en una vidriera de la catedral, sino haciendo de su ciudad un monumento en memoria de su ego. Aunque las calles se llenen de persianas metálicas de comercios cerrados, aunque ya no haya grandes eventos deportivos que justifiquen el despilfarro, aunque la mayoría de campos de golf y hoteles se hayan quedado desiertos. Ahí quedan, erigidas, esas edificaciones para escarnio de nuestro tiempo.

Ni siquiera las evasiones son como las de antes.

Ahora lo que más aceptación tiene es ir a un estadio a vociferar. Una suerte de nueva guerra sin sangre, en la que tenemos unos colores y una bandera, apoyamos a «los nuestros» aunque sean mercenarios llegados de lejos para combatir por espurios intereses. Cantaremos contra «los otros», desearemos su derrota y señalaremos al traidor que deje nuestro ejército para irse con el otro. El fútbol no es solo una vaga representación de aquel circo romano, sino todo un compendio de cómo funcionaba la lógica de la guerra. Pero es que ahora las guerras tampoco son como fueron.

Lo que queda es, pues, eso. Sentarnos a leer un libro, a escuchar una canción, a fumar un cigarrillo o a tomar una copa. Una conversación, una persona, un poema, un olor, un recuerdo o un sueño. O quizá un ejercicio catártico de insulto colectivo en un estadio de fútbol, desvanecer mi identidad con la masa saliendo a la calle, dejarme llevar.

Evadirse acaba siendo eso, desconectar el cerebro. Parar la carrera sin dejar de correr.

Al final nos pasamos la vida evadiéndonos de una realidad última, insuperable e incontestable: que a la que te quieres dar cuenta de que llevas toda la vida trabajando para poder evadirte en condiciones, eres ya demasiado mayor como para disfrutar de la evasión. 

Y entonces llega la evasión de verdad, la única. La irrebatible. 

Cuando ves la meta supongo que ya es tarde como para pararte en la carrera.


The Google Job Experiment

Vivimos en un momento de cambio tecnológico, pero el futuro está condicionado también por cambios sociales, demográficos, económicos y políticos que hay que conocer. Para entenderlo mejor nada como un ejemplo que ilustra muy bien cómo se ha producido esta transformación. Partiendo de cómo internet nos permite ser más eficientes, podemos ver con claridad gracias a un sencillo caso de estudio el porqué de la mayoría de los cambios que se han producido, y algunos que están por llegar .

En 2010 el creativo Alec Brownstein buscaba trabajo. Como parte del proceso decidió innovar, creando lo que denominó The Google Job Experiment1. Creó un anuncio en Google comprando para ello en las pujas los nombres y apellidos completos de cinco de los principales directores creativos de agencias en Nueva York. De este modo consiguió que, cuando David Droga, Tony Granger, Gerry Graf, Ian Reichenthal y Scott Vitrone se buscaran a sí mismos en Google, el primer resultado de la búsqueda fuera un mensaje personalizado en el que Brownstein les pedía un empleo. Cuatro de los cinco directivos para los que generó anuncios le contactaron proponiendo una entrevista de trabajo con ellos. Dos de los que le entrevistaron le ofrecieron un puesto y finalmente decidió trabajar para la compañía de marketing y comunicación Young & Rubicam. El método tradicional de conseguir trabajo suele ser enviar un currículo impreso al departamento de recursos humanos de una empresa, pero lo que había hecho Alec se alejaba bastante de ese enfoque. ¿Por qué tenía tanto sentido la estrategia de este, hasta entonces anónimo, héroe digital?

En primer lugar, pensemos en el proceso de toma de decisiones. ¿Qué busca un director creativo de una agencia? Básicamente, busca gente que sea capaz de llamar la atención (no de cualquier modo), de un tipo de personas determinado (el público objetivo o «target») con un mensaje enfocado (a sus necesidades, personalidad, valores…) para conseguir que hagan algo (a menudo recordar una marca, pero otras veces pinchar en un enlace, dar datos o comprar… no olvidemos que el objetivo final es vender). En un currículo tradicional detallamos lo que hemos hecho en nuestro pasado; Alec lo que hizo fue demostrar en vivo y en directo a estos directores creativos en particular (su mercado o público objetivo) cómo era capaz de llamar su atención (cuatro de ellos le entrevistaron, por lo que necesariamente vieron el anuncio, y quizá incluso el quinto lo hizo también) por ese creciente canal que era internet, con un mensaje enfocado (llevaba el nombre de cada uno, gracias a la magia de los Adwords) para que hicieran algo (pinchar en el enlace a web con su currículo y usar sus datos de contacto para llamarle y entrevistarle). En el competido mercado actual, lo que hizo Brownstein era perfecto para demostrar en vivo y en directo sus capacidades. Un enfoque mucho mejor que enviar un documento con una historia sobre su pasado o sus intereses futuros. Quizá hacer publicidad en televisión se le daba fatal, pero haciendo campañas en Google Adwords era original y eficaz. Además de eficiente.

En su estrategia online, Alec se gastó apenas seis dólares. Si hiciésemos lo mismo por la vía analógica, o tradicional, deberíamos localizar primero los lugares donde podemos encontrar a estas cinco personas. Quizá dónde viven, para dejar folletos en su casa con nuestro currículum o contratar una valla publicitaria enfrente. O si usamos las direcciones de sus empresas tendremos que asumir el riesgo de que nuestro envío no llegue a sus manos. Después debemos hacer copias en papel de la versión apropiada de nuestro currículum, imprimirlas, enviarlas por correo, confiar en que llegará a sus manos y finalmente esperar que las abra en un momento tal que se muestre receptivo e interesado como para llamarnos a una entrevista. ¿Todo este proceso puede costar apenas seis dólares? En algunos casos complicado por el coste de producción del contenido con el mensaje, y en otros por el coste de utilizar el canal de comunicación. También es complicado garantizarnos llamar su atención. Por ejemplo, podríamos poner un anuncio en un periódico que lean todos los días o una valla publicitaria frente a sus casas. En cualquier caso, esa opción no garantizaría que vean nuestro mensaje y el coste se dispararía. Pero sobre todo no garantiza que cuando reciban nuestro mensaje tengan interés en él. Es decir, pueden tener interés en el tema del que les hablamos, pero quizá no en ese momento preciso. Y aquí viene el tiro de gracia, el elemento clave de todo este proceso, también relacionado con la eficiencia.

Podemos conseguir llamar la atención, puede que nuestro currículo llegue a sus manos, pero quizá el momento no sea el más adecuado. La grandeza del proyecto de Alec Brownstein está muy ligada a lo que ha sido capaz de crear una de las grandes empresas de nuestro tiempo: mandar el mensaje adecuado en el momento adecuado. Pensemos en lo que hace Google con la publicidad contextual, comparado con los anuncios por palabras tradicionales. Un anuncio por palabras llegaba a todo aquel que comprara el periódico y lo leyera, o a cualquiera que lo leyera sin haberlo comprado (si se lo encontraba en un banco del parque, por ejemplo), que pasara por esa página específica, que se parara a leerlo y que además le interesara en ese momento. Sin embargo, el anunciante pagaba principalmente por el espacio o el número de palabras, el mensaje era el mismo para todos los que lo leían (no lo podía personalizar como en el caso del ejemplo de Brownstein) y se pagaba por el potencial de ser leído, sin saber con seguridad quién le leía ni cuándo le leía. En este entorno la aparición de Google, que permite enviar mensajes enfocados (publicidad contextual) a cualquier persona conectada que use el buscador (asociada por tanto a la palabra que uno estaba buscando) y con un coste tal que solo se paga si quien ve la publicidad pincha en ella (tenía interés). Esto ha supuesto una disrupción radical del modelo clásico.

Hay varios motivos para ello. El primero, Google decidió obviar el tradicional modelo publicitario de coste fijo para pasar a uno de costes variables. Solo pagábamos si se producía un éxito. Esto implicó que una gran cantidad de personas que antes no invertían en publicidad comenzara a hacerlo. Como explicaba Eric Schmidt su negocio «es altamente medible. Sabemos que si gastas X dólares en anuncios, obtendrás Y dólares en ingresos». En Google solo se paga si funciona. Google es lo que es porque creó un mercado nuevo desde cero. No solo crecía su mercado cuando nuevos anunciantes invertían en internet, o los anunciantes que ya invertían lo hacían en mayor medida. También crecía su mercado con los nuevos usuarios que se convertían en anunciantes porque con Google les era rentable. La queja de Jeff Zucker en 2008 avisando del peligro de terminar «intercambiando dólares analógicos por centavos digitales» se hacía realidad. Pero al cambio, eran rentables. Hemos pasado de los Mad Men a los Math Men. De John Wanamaker y su sentencia de que «La mitad del dinero que gasto en publicidad se desperdicia; el problema es que no sé qué mitad», a Alec Brownstein.

Otro motivo era el inteligente uso de la relación entre contenido y servicios. Al «ordenar» la información del mundo, Google facilitaba que más y más gente utilizara internet. Esta gente lo primero que hace en Google es contarle sus más oscuros y personales deseos: para que nos pueda ayudar a buscar le tenemos que decir lo que queremos. Con esta información la empresa, como tantas otras a día de hoy, puede perfilar nuestros gustos, pero sobre todo el momento en que un interés está activo. Yo puedo querer aprender alemán, pero no es una necesidad que esté «activa» todo el día. Enviarme el mensaje de que existen cursos de alemán en el momento adecuado incrementa la eficiencia del mismo, la probabilidad de éxito. Si analizamos la evolución de los servicios de Google todo tiene más sentido. Buscar es una actividad esporádica. ¿Cómo conseguir más datos y más tiempo de atención? Correo electrónico. Mientras usábamos Hotmail o Yahoo con un megabyte de capacidad, diez pagando, Gmail aparece en formato beta (no te quejes si va mal), con cien megas gratuitos (poco después un gygabyte) y por invitación. ¿Cuántas horas al día dedicamos al email o lo tenemos abierto? ¿Cuánta información personal sobre gustos y deseos aparece en esos datos? Es un servicio gratuito, parece un trato justo a pesar de las contrapartidas. Sobre todo porque «Don’t be evil», o al menos hasta el 2018 que desapareció del código de conducta.

Las siguientes etapas de la estrategia tenían todo el sentido del mundo. Si la televisión sigue siendo el rey de nuestra atención, Google Videos era un proyecto importante. No pudo mejorar a YouTube, así que nada mejor que comprarlo y convertirlo en otra fuente de datos, interés, atención y negocio. Hoy es el segundo buscador del mundo. Sí, es un buscador, sobre todo. Y como al ver un vídeo no desplazamos hacia abajo la web, la publicidad es más eficaz. ¿Que hay que hacer contenidos seguros para las marcas y por eso la publicidad vale menos en YouTube? Los youtubers hacen vídeos más largos, de más de diez minutos, para incluir más anuncios en medio. ¿Que la gente sale de Google a otras webs tras buscar? Con un navegador propio tenemos las cookies dentro de nuestro dominio. Y las contraseñas, marcadores, etc. ¿Que los móviles son el siguiente campo de batalla y todo el mundo tiene uno? Vamos con Android. Y todo, lo que funciona y lo que no (Google Wave, Google Plus) integrado en la medida de lo posible. Google My Business sigue siendo una buena manera de posicionar en el buscador. Hace años discutía con alumnos sobre invertir en coches autónomos. Si hay regiones de Estados Unidos donde la gente utiliza dos horas al día de media para el commute (con una media nacional de veintisiete minutos por viaje), ya conduzco yo por ti mientras tú haces otra cosa, como buscar, leer el correo, ver vídeos o atender al móvil. Y con todos esos datos puedo ofrecerte mejores servicios y vender mejor publicidad. Con el paso de los años, la eficiencia en tiempo y contenidos multimedia que han supuesto la web y las redes sociales nos ha permitido hacer millones de amigos por todo el mundo. Eso parecía bueno, pero estamos viendo últimamente su otro lado.

¿Cómo la eficiencia ha provocado todo esto? Para entender el porqué y el cómo de su impacto es importante recordar cómo funcionan los mercados. Una manera sencillo de entender los mercados es fijarnos inicialmente solo en los extremos. Los mercados son mecanismos que facilitan el intercambio entre los agentes, que son quienes toman decisiones. Si entendemos cómo funcionan los mercados más extremos, los puntos extremos de los mismos, si sabemos cómo funcionan y qué implicaciones tienen o qué características los definen, entender después el sistema completo es más sencillo. Entender los extremos es más fácil al ser normalmente puntos particulares, lo cual nos permite estudiar el resto de eventos simplemente eliminando esas particularidades que los hacen extremos.

¿Cuáles son los dos tipos de mercados extremos? La teoría económica tradicional dice que en los mercados los agentes buscan maximizar el beneficio. Desde la perspectiva de una empresa esto supone no tener ningún beneficio en un extremo u obtener el máximo beneficio que se puede obtener en un mercado en el otro. Por lo tanto en un extremo tenemos el monopolio. Una única empresa que opera sola en un mercado con un único producto del que no existen sustitutivos, y que lo hace disponible a un precio y en una cantidad que le permita maximizar el beneficio. El otro extremo es la competencia perfecta, situación utópica que no se puede dar en un mercado real como ahora veremos. Es una situación definida de manera teórica para poder entender el otro extremo de un mercado. Para que un mercado esté en competencia perfecta debe cumplir con unas características particulares.

Primero, no deben existir barreras de entrada al mercado, ni de salida. Cualquier empresa que quiera operar en este mercado puede hacerlo, y cualquiera que desee abandonarlo puede hacerlo también, sin coste alguno. En este primer punto ya concluimos que es un mercado irreal, utópico y teórico. Si montamos una tienda de ropa hay una barrera de entrada, que es el coste del local, la inversión inicial. Además, el hecho de que yo tenga un local para mi tienda impide a otros poner un local en ese mismo sitio, lo que supone una barrera que a su vez a mí me da una ventaja competitiva por localización. Segundo y también muy importante, todos los productos son indiferenciados. Es decir, todos los productos son exactamente iguales. De este modo no hay criterio que permita a los consumidores diferenciar entre un producto u otro, porque son todos iguales. El impacto directo de esta característica es que los clientes solo tendrán como criterio para tomar su decisión el precio. Los gustos, deseos, preferencias, dejan de aplicar. En tercer lugar, el mercado debe contar con gran cantidad de empresas de pequeño tamaño. Esta condición en realidad busca definir una situación en que las empresas no pueden tener poder de negociación, capacidad para influir en el precio de los productos por tamaño o cuota de mercado. Se suele decir que las empresas son «precio-aceptantes». Estamos por tanto en el otro extremo, ya que en un monopolio la empresa puede decidir el precio que considera más apropiado para sus productos. Además esto implica que el precio lo determina la demanda, es decir, los clientes, y no la oferta, es decir las empresas. Y la más importante de todas, la transparencia informativa: todo el mundo tiene toda la información disponible en todo momento. Otro factor muy teórico e irrealizable, y al que volveremos después.

Ahora que entendemos más o menos los aspectos principales de los dos extremos de un mercado, vamos a ver sus implicaciones de negocio en general y en nuestro día a día. Empezamos por los objetivos. Los clásicos decían que el objetivo de todas las empresas es maximizar su beneficio. ¿Cómo se hace esto desde el punto de vista operativo en los extremos del mercado? En el monopolio es fácil. La empresa monopolista puede obtener el máximo beneficio que se puede obtener de un mercado. De hecho, se puede demostrar que producirá una cantidad tal que los ingresos menos los costes se maximicen. Primero tenemos que ver lo que cuesta producir el producto. Con la estructura de costes podemos analizar cuál es la cantidad que minimiza el coste medio, es decir, el coste por unidad (costes totales entre número de unidades). A este precio, el del coste más bajo, el mercado estaría dispuesto a comprar una determinada cantidad. Y esto sería lo más eficiente para todos. Sin embargo el monopolista no producirá esta cantidad. Lo que hará es producir menos de lo que el mercado consumiría a un precio igual al coste, y lo hará de manera que la nueva cantidad sea tal que el beneficio se maximice. Al poner menos cantidad en el mercado, el precio será más alto. Un precio generado artificialmente. Es decir, el monopolista vende una cantidad tal que el ingreso marginal (es decir, el ingreso que genera una nueva unidad vendida) es igual al coste marginal (es decir, el coste de fabricar una nueva unidad). Si pusiera en el mercado una cantidad menor el ingreso marginal en ese punto sería mayor que el coste marginal, por lo que todavía podría obtener más valor del mercado. Si pusiera en el mercado una cantidad mayor el ingreso marginal en ese punto sería menor que el coste marginal, por lo que obtendríamos menor valor al tener para esa cantidad un resultado negativo. Pero eso no es necesariamente lo más eficiente para el mercado. Si el mercado está dispuesto a consumir seis unidades producidas a ese coste y pagarlas a un determinado precio, nos da igual. El monopolista producirá cuatro unidades, porque en ese punto el ingreso marginal es igual al coste marginal, provocando que el precio suba. Es decir, producirá menos para maximizar el beneficio, algo que puede hacer porque no hay competencia.

Entendido más o menos cómo funciona el monopolio vamos con la competencia perfecta. Aquí es bastante más sencillo. El beneficio máximo que se puede obtener en un mercado en competencia perfecta es cero. Supongamos que una empresa quiere obtener beneficios en este entorno. El problema es que siempre habrá otra que podrá poner un precio menor e igual al coste de fabricar el producto, por lo que la primera que quería obtener beneficio no venderá nada, no podrá pagar sus costes y a largo plazo cerrará. Además, si los productos no son diferenciados, ¿cómo justificamos diferentes precios? Y al haber transparencia informativa, al existir información perfecta para todos, resulta que todo el mundo sabe lo que cuesta fabricar un producto, con lo que la demanda estará dispuesta a pagar el coste medio mínimo del producto. Si paga menos del coste de fabricación, las empresas perderían dinero y desaparecerían con el tiempo. Pagar más del coste no parece tener sentido ya que las empresas aceptaran nuestro precio, son «precio-aceptantes» como consecuencia de la ausencia de barreras y del número de posibles entrantes a este mercado. Si una empresa quisiera vender por debajo de coste tendría una demanda infinita, y en consecuencia perdería dinero de manera infinita, por lo que terminaría fuera del mercado (no hay barreras de salida). Finalmente, si alguien descubre una nueva manera de producir más barato podría mantener el mismo precio que los demás competidores del mercado pero ganando así un cierto margen de beneficio. Pero en competencia perfecta hay información perfecta, así que todo el mundo sabría de inmediato producir con ese nuevo proceso más barato; es más, los compradores también conocerían este hecho, por lo que ajustarían a la baja el precio que están dispuestos a pagar. Así que definitivamente en competencia perfecta, el cliente pagará un precio igual al coste marginal e igual al coste medio mínimo, en la situación de máxima eficiencia del mercado.

¿Parece un mundo ilógico e imposible? Sí, lo es. ¿Que no tiene sentido porque las empresas y las personas arriesgan, compiten y buscan con ello mayor rentabilidad? Por eso mismo la competencia perfecta es una construcción teórica que usamos para entender los mercados. En concreto para definir y explicar un extremo del mercado donde el beneficio máximo que se puede obtener es cero.

Llegados a este punto, una idea nos ronda la cabeza: si el objetivo de todas las empresas es maximizar el beneficio, podemos concluir que el objetivo de todas las empresas en este modelo es convertirse en monopolios. Pero hemos dicho antes que el monopolio genera una pérdida en los mercados, pérdida irrecuperable además. En general y aunque no lleguen a ser monopolios, los agentes en el mercado buscan maximizar beneficios, para lo cual su objetivo es acercarse a dicho extremo del lo más posible. Es decir, moverse por el eje desde el punto de beneficios cero hacia el máximo positivo de beneficios, que se podía alcanzar en la situación de monopolio. ¿Y cómo se hace para movernos por el eje hacia zonas de mayor beneficio? Eliminando o reduciendo aquellos factores que caracterizan a la competencia perfecta.

Esto implica generar barreras de entrada, algo que hacemos comprando un local (nadie más lo podrá tener), con ventajas competitivas o gracias a la legislación; diferenciar productos, con publicidad, marketing, desarrollo de producto; obtener ventajas por tamaño y/o condiciones de mercado que nos hagan tener poder sobre el precio, es decir con concentración de empresas, asociaciones, crecer por encima de mercado para ser lo bastante grande, fusiones, ventajas legislativas y lobbies; o limitar la transparencia informativa mediante patentes, secretos industriales, ¡y cuanta menos información exista sobre precios, costes y procesos, mejor para poder incluir en el precio y el mercado!

Cuantos más de estos elementos seamos capaces de conseguir a la vez, mayor será la probabilidad de alejarnos de una situación de competencia perfecta y en mayor medida incrementaremos el beneficio que podemos obtener en este mercado. Al eliminar cada uno de los elementos que definen la competencia perfecta, estamos moviéndonos hacia mayores beneficios. Y por hacer esto nos pagan en las empresas un buen dinero.

En un mercado en competencia perfecta el beneficio es cero, porque los clientes solo querrán pagar el coste marginal. Por lo tanto uno de los efectos de internet y de su eficiencia es la caída en los márgenes de las industrias. Estamos en medio de una reconfiguración similar a la que ocurrió con la aparición de otros medios como la televisión en su momento. Estos cambios tienen límites y con el tiempo se estabilizarán. La tasa de penetración de internet entre la población sigue creciendo, pero ya no con los incrementos salvajes que se anunciaban no hace mucho con regularidad. El tiempo que podemos dedicar de atención al día tiene un máximo complicado de superar. Como explica Reed Hastings, los principales competidores de Netflix son Fornite y la necesidad de dormir.

Llegados a este punto, ¿por qué hay quien considera que no todo es bueno en internet? Podemos comprar más barato, hay más información, todo es más eficiente… pero precisamente las reducciones de costes que provoca, la desintermediación, el «todo gratis» y demás situaciones que amenazan a las empresas tradicionales son el resultado de que internet se haya convertido en la fuente más increíble de transparencia informativa de la historia. Tanto como fueron en su momento la ya perdida Biblioteca de Alejandría o la imprenta. La cuestión es que actualmente internet está empujando a los mercados y empresas hacia situaciones de menores beneficios, acercándolos a la competencia perfecta. En parte por aportar información cuasi perfecta, pero también, como vimos en el ejemplo de partida, por su capacidad para ser utilizado con mayor eficiencia. Muchas empresas y personas se resisten a ello, a menudo con leyes y presión mediática. Pero hay aspectos que no se pueden controlar. El resultado más inmediato está siendo la polarización de los mercados. Agentes con costes bajos y márgenes exiguos, freelancers y autónomos, o pequeñas empresas, a menudo innovadoras por un lado. Por otro, empresas cada vez más grandes, fusiones y adquisiciones, buscando economías de escalas y mayor márgenes, acercándose a monolopolios, u oligopolios de facto. ¿Por qué las primeras industrias afectadas fueron las de contenidos? Música, periódicos, contenidos… todo industrias cuyo producto eran los datos, la información, precisamente algo que ha crecido de manera exponencial gracias a (o por culpa de) internet. Unas empresas sufren, otras crecen.

Entre ellas las del mundo digital, que ya está dando cabida a algunas de las empresas más grandes de la historia. Decía Bruce Sterling, creador del término cyberpunk, que a día de hoy tenemos cinco grandes reyes feudales: Google, Amazon, Facebook, Microsoft y Apple. Más del 50% de las búsquedas de compra hoy día se hacen en Amazon; Google y Facebook se reparten ciento setenta mil millones de los doscientos setena y tres mil millones del mercado de la publicidad mundial; Microsoft y Apple pelean por ser la empresa de mayor capitalización bursátil del mundo. En ellas, las mejores mentes del mundo moderno se esfuerzan para que pinchemos en anuncios y compremos productos de diverso tipo y discutible necesidad.

Esta nueva economía tiene múltiples nombres. A menudo conocida como la economía del conocimiento, quizá es más adecuado llamarla economía de la atención, como la definió Matthew Crawford («En las principales corrientes de la investigación psicológica, la atención es un recurso: una persona solo tiene determinada cantidad de ella») Es una economía basada en la tecnología, la gestión de los datos y la innovación, donde el factor limitantes. Una economía que está cambiando radicalmente todas las industrias que conocemos en mayor o menor medida. Y Google ha sido una de las más importantes a este respecto, creando un mercado que no existía antes y cambiando otras que no parecían relacionadas con las búsquedas. Pero todavía nos faltan muchos cambios para que la transformación se estabilice, y los más complicados están siendo los cambios legales, políticos y sociales. No es nuevo. Ocurrió algo parecido con la revolución industrial, entonces no con la información sino con el factor trabajo. El ciclo de mercado cambiará. Ya hemos pasado a pagar por contenidos y abandonado la piratería. Poco a poco se va legislando y controlando más el «salvaje oeste» de internet. Pero falta mucho camino por recorrer y cambios por disfrutar o sufrir. Esperemos que esta vez estemos preparados y sepamos aprovechar para adaptarnos al nuevo entorno de una manera más civilizada que en épocas anteriores. ¿Habremos aprendido la lección por fin, o seguiremos haciendo experimentos?


Artículo extractado y adaptado de El Espectador Económico, libro de Guillermo de Haro y Laura Blanco (Hispalibros, 2016); del capítulo «Entorno competitivo» del libro Millennials: la generación emprendedora (Fundación Telefónica, 2017) y del capítulo «La economía digital» escrito por Guillermo de Haro y publicado en el ebook coordinado por Juan Merodio y titulado 9 factores de la transformación digital de la empresa.

[1] www.thegooglejobexperiment.com, que se puede encontrar aquí subtitulado en castellano.


Futuro Imperfecto #3: ¿Navidad en El Corte Inglés o en Amazon?

Protesta en contra de las condiciones laborales en Amazon, New York, 2018. Foto: Cordon Press.

Olvidaos de si consumir es un acto antiecológico, y de si debéis enseñar a vuestros niños que no pueden tenerlo todo, ni establecer las bases de su existencia en función de actos consumistas. Se acerca la Navidad, y, sed honestos, vais a comprar. Y no solo regalos, también vais a comprar más de todo. Vamos, qué leches, no nos quitamos culpa. Compraremos para todos. Para los pequeños y para los mayores. ¿Por qué? Por el «endorfinazo». Porque gastar y tener es una íntima satisfacción. Así que dejad a un lado por un momento la conveniencia de hacerlo, que no lo vamos a poder evitar. ¿Dónde vais a comprar? Según el lugar de compra elegido estaréis apoyando trabajo precario y condiciones en proceso de saber si son ilegales, o unas condiciones y retribución que permitan ser clase media. Optar por unos u otros no es una cuestión de ética, ni de decencia. No estamos aquí para moralizar. Lo que queremos es comprender cómo ha cambiado el mundo y si podemos evitar que ese cambio nos aplaste. O si preferimos seguir creyendo que existen Papá Noel, los Reyes Magos y el Amigo Invisible. En resumen, de que hagáis algo útil con vuestras compras, además de contribuir a la recaudación del IVA. A fin de cuentas, mientras tengamos capacidad de compra tenemos todavía alguna capacidad de influir, de decidir, de mandar un mensaje.

Avisamos, por si os cabe alguna duda una vez terminado este artículo, que no nos lo paga El Corte Inglés. Ya hemos intentado tener publicidad de ellos, pero sin conseguirlo. Quizá porque en su momento Nacho Carretero publicó aquí este artículo, «Ya no es primavera en El Corte Inglés» desvelando una de las cosas que más odia sacar a la luz esa y cualquier empresa: las condiciones laborales de sus trabajadores. Pero han pasado siete años desde esa publicación, la economía se ha «uberificado», y las opiniones también parecen haber cambiado.

La razón tiene mucho que ver con la edad. Los empleados de toda la vida siguen añorando el modelo paternalista de Ramón Areces, el fundador, y su promoción interna. No solo la población española se ha hecho mayor, los trabajadores de empresas tradicionales como esta también. Para lo bueno y para lo malo de realizar ciertas tareas. Los nuevos encuentran condiciones similares a otras empresas: la habitual presión brutal de los jefes, la obligación de trabajar los domingos o doblar turnos sin compensación económica alguna, y la temporalidad. De lo poco que trasciende podemos tomar de ejemplo las valoraciones en el portal de empleo Indeed. Su media es positiva, pero el 90 % de los que la dejaron, buena o mala, ya no trabajan allí. Si buscamos por la parte de los salarios, la cosa pinta muy bien… hasta que uno baja a la parte de comentarios de cualquier noticia publicada sobre ese particular. Es cierto que en general el mundo del comercio minorista vive bajo una gran presión: un día sin venta es un día perdido.

Tampoco parece ser una empresa a la que dirigir el currículum en estos momentos. Sus directivos preveían echar a siete mil trabajadores, pero una vez analizada su situación la consultora AT Kearney elevaba esa cifra a doce mil. Finalmente han anunciado que los despedidos serán solo quinientos, aprovechando jubilaciones y conversión de administrativos en dependientes. Y con todo, parece que es un  lugar de trabajo mucho mejor que otros. Por ejemplo, Amazon. Todavía hay multitud de personas mayores contratadas —mayores de cincuenta años, se entiende—, y un sistema que protege a los que mantienen un contrato indefinido de los antiguos. Es posible que el motivo de que sigan ahí sea el coste del despido. Quizá haya alguno más. Aun así, cuando compramos en ECI es eso lo que estamos protegiendo. La vida de miles de familias de clase media.

Pero también optamos por Amazon. En una de las más grandes empresas del mundo, el enfoque es diferente. Hoy te contrato y mañana te echo. Los despidos, como el trabajo, se han automatizado y los realizan algoritmos y robots en función de la productividad. El New York Times entrevistó a decenas de empleados actuales y antiguos para un artículo en profundidad sobre lo que supone trabajar en esta empresa. Un equivalente español, mucho más superficial, pero contado desde dentro, llega a la misma conclusión: lo habitual allí dentro son las ganas de llorar

El centro logístico de Amazon durante la campaña de Black Friday. Foto: Cordon Press.

Podríamos pensar que es algo puntual. Si prestamos atención a las tiendas experimentales Amazon Go y a las promesas de Jeff Brezos de que los artículos los repartirán drones, ese sufrimiento será pasajero. Pronto su trabajo lo harán máquinas. En 2017 Sam Korus anticipó que para 2019 el número de robots superaría al de empleados en Amazon. No ha sido así. Los robots superarán las doscienta mil unidades mientras que el equipo humano se espera que alcance los setecientos cincuenta mil empleados, según Vala Afshar. En Estados Unidos terminaron 2018 con seiscientos cuarenta y siete mil quinientos empleados y en septiembre tenían treinta mil ofertas de empleo abiertas a candidatos. Tienen que reponerlos, porque los queman. La rotación de producto, tan necesaria en retail, se traduce en rotación de empleados, quizá no tan necesaria. La presión por productividad empieza a pesar a sus trabajadores, y en España Amazon está enfrentando su mayor conflicto laboral

Ya que no a los trabajadores, ¿deja al menos al Estado un beneficio tangible la gran distribuidora online? En volumen de negocio, aparentemente sí. Decimos aparentemente porque la consultora Netquest calculó en cuatro mil doscientos millones de euros la cifra que su conglomerado de sociedades permite ocultar. Solo ha pagado por ellos cuatro millones en impuestos a Hacienda. Eso es menos del 0,00 1%. 

¿Es mejor el caso de ECI? Siguiendo el moderno «compromiso» de las compañías multinacionales con el país en que operan (grande cuando se trata de pedir ayudas o legislación, pequeño cuando se trata de otros temas menores), también intenta pagar lo menos posible. Este octubre perdía un largo pleito contra el impuesto de Cataluña, Aragón y Asturias a las grandes superficies. En sus últimas cuentas anuales se reservaron 119,73 millones de euros, que ahora tendrán que abonar, aunque sea obligados por la ley, a estas comunidades. Ya es mucho más que Amazon, y si a eso le sumamos sus noventa mil trabajadores, por los que también pagan impuestos, el saldo es favorable. Claro que quizá en el gigante online sea la ley la que falla, y con la tasa digital, tan discutida en la UE, pasaría a abonar, directamente y sin pasar por la casilla de salida, ciento treinta millones de euros. Quizá está haciendo lo mismo que haríamos los demás si estuviéramos en su lugar y nos lo permitieran.

No nos malinterpreten. No se trata de distinguir entre buenos y malos distribuidores, este mundo moderno está lleno de grises. El objetivo es ser conscientes, saber cómo afectará nuestra elección a las vidas cotidianas de mucha gente, a partir de conocer mejor las empresas en las que vamos a hacer nuestras compras navideñas. Para acabar de aclararnos al respecto, es imprescindible ver Sorry We Missed You, la última hostia, digo perdón, película, de Ken Loach. Ha explicado que lleva años viendo sustituir puestos de trabajo seguros por otros temporales y precarios, sueldos que mantenían familias en salarios variables y de miseria. No por casualidad el protagonista es un repartidor supuestamente autónomo, de esos completamente atados a una empresa, pero sin baja laboral, vacaciones y mucho menos jornada de ocho horas. En palabras del director, el modelo Amazon, Glovo, Uber o como lo quieran llamar, destruye al individuo y al planeta. Quizá no sea fácil verlo a corto plazo, pero no pinta bien a largo.

Ken Loach es un defensor del activismo, así que quizá la solución esté en sindicarse, no en echar la responsabilidad en los hombros de los consumidores. Esta opción la defiende Erica Hayes, directora de la serie de animación Rick&Morty, para los creadores, quienes deben, según ella, agruparse en sindicatos . La idea no es popular en EEUU, y tampoco parece serlo en Europa, donde, según el último informe de la OIT, solo seis países, de los 28 de la UE, tienen más del 50% de su fuerza laboral afiliado a sindicatos

Un repartidor de la empresa mexicana Chazki con un paquete de Amazon. Foto: Tharbadgemini (CC BY-SA 4.0)

El problema es que los sindicatos buscan la unión de trabajadores similares. Ya fue motivo de discusión su valor para pymes o autónomos, sobre todo enfrentados a los impagos de administraciones públicas. Las grandes empresas o industrias siempre contaron con sindicatos fuertes que podían presionar para intentar igualar el poder de negociación. En el mundo digital, donde hay una gran cantidad de empleados independientes, es más complicado sindicarse. 

Un estudio sobre los freelancers en Estados Unidos —aka jodidos autónomos— ha concluido que menos del 30% de los boomers han sido o son autónomos, pero que más del 50% de la generación Z ha pasado por ello. La duda es si entre los T habrá otra cosa que «emprendedores». Y si dudáis en la asignación de generaciones, recordad este orden de hitos: boomers -Woodstock; generación X – MTV; millennials – PC; generación Z – internet; generación T – smartphones. Sindicados o no, nuevas y viejas generaciones comprenden el valor de agruparse para reclamar derechos, y ahora ya hasta los youtubers lo intentan. Eso sí, tirando de un sindicato boomer de los de toda la vida

De toda la vida es también que cuando firmas un contrato de empleado en ECI te obligan a afiliarte a sus sindicatos, los afines a la empresa. Además es importante saber que en ciertas regiones los domingos no se abre, y en otras prácticamente todo el año. Algo más habrá que hacerse mirar. Sobre todo porque tienen tanto poder y autonomía que incluso han intentado introducirse en Zara. Podemos dudar de que si lo consiguen mejoren las condiciones de los trabajadores de Amancio Ortega, pero no de que las carcajadas de ECI serán épicas. Porque podrá influir sobre los empleados de un competidor en el sector de la moda y el hogar. 

En cuanto a Amazon, solo uno de cada diez de sus centros tiene comité de empresa. La propia compañía tiene un vídeo «educativo» para explicarte lo malísimos que son. No es la única. Esa maravillosa compañía tecnológica llamada Google, que no necesitaba sindicatos porque pagaba bien, la comida era gratis en sus oficinas, y te pone autobús hasta la puerta, ha contratado a la consultora IRI. Muy bien conocida en Estados Unidos por desactivar el sindicalismo. Es cierto que el sindicalismo vive en muchos sitios uno de sus momentos más bajos, pero la conclusión general es que si de lo que se trata es de vivir dignamente de tu trabajo, pintan bastos. 

Aceptémoslo de una vez, el modelo ha cambiado, y los viejos tiempos no van a volver. No es que ya no sea primavera en ECI, es que debido al cambio climático esa estación y el otoño están desapareciendo. Las rebajas tampoco son en enero, o no solo, y es casi más fácil saber cuándo viene el Black Friday. Compras online y te dicen que estás matando el comercio de toda la vida y el de barrio, pero vas a esas tiendas y te molesta no poder elegir entre un gran catálogo, buscar información del producto, y cotejar opiniones de otros compradores. O simplemente pagar más. Incluso involuntariamente, eres una víctima de algo llamado long tail

La fachada de El Corte Inglés de Sevilla durante la campaña navideña. Foto: Hannu Makarainen (CC BY-SA 2.0)

Long tail es un término inventado por el editor de Wired, Chris Anderson, y que define cómo internet ha cambiado a consumidores y empresas. Antes un gran almacén como ECI procuraba tener muchos productos de los más vendidos, porque eran los que generaban más ventas e ingresos. Ahora el 80 % de los productos menos vendidos —el long tail o larga cola— genera más ingresos que el otro 20 %, el de los bestseller. Compañías que no tienen almacenados productos pero pueden ponerlos a la venta online pueden satisfacer la long tail, como Amazon o Netflix. Imposible para el ECI físico o la cadena de TV de toda la vida. 

Esta idea tan bien resumida la cuenta muy bien mi compañero de redacción Guillermo de Haro en uno de los capítulos de este libro, del que es coautor. Añade además otras aclaraciones interesantes sobre el radical cambio del mundo en que estamos moviéndonos. Como esta, y cito: «decía Bruce Sterling, creador del término cyberpunk, que a día de hoy tenemos cinco grandes reyes feudales: Google, Amazon, Facebook, Microsoft y Apple». Nuevas empresas, nueva economía, y un trabajador con habilidades hasta ahora no conocidas, como explica el vídeo Did You Know 3.0, aquí en versión subtitulada en español

Maravilloso mensaje: trabajaréis en empleos que aún no existen, usando tecnologías que no han sido inventadas, para resolver problemas que todavía no sabéis que lo son. Tendréis que ser flexibles, olvidaos del trabajo para toda la vida, y de pasar en una empresa más de cinco años. Me encanta especialmente el apoyo en datos obtenidos del departamento de empleo de Estados Unidos, pero cuando pienso en España me pregunto ¿existen diez empresas para cada aspirante que le contratarán lo mismo cuando tenga veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta años? ¿Y qué extrañas habilidades tendrá un mozo de almacén que lo mismo hace veinte años y ahora tiene que localizar productos y meterlos en paquetes? Intuyo que ser autónomo. Porque esa es la otra proyección de las predicciones, que habrá menos del 50 % de empleados por cuenta ajena.

Y si la solución no es comprar en ECI o en Amazon, ¿cuál es? Podríamos optar por darle a todo la vuelta, como sugiere el nobel de economía Joseph Stiglitz, que nos aconseja abandonar el PIB como patrón de medida de crecimiento de los países. El PIB solo es saludable si sigue creciendo a lo largo de los años, dicho de otra manera, si usted compra más esta navidad que la anterior. Necesitaríamos dos Tierras para dar abasto a tanta comilona, juguetería saqueada, y perfumería fuera de existencias. Pero este verano ya nos cepillamos la primera. Hemos tirado de la tarjeta de crédito del planeta y tarde o temprano llegaremos a la fecha de pago con los bolsillos vacíos. Y el asteroide de oro no va a solucionarlo.

Llega otra Navidad, y volveremos a decidir una vez más. ¿En El Corte Inglés o en Amazon? Nosotros creemos que las decisiones de compra son cada vez más importantes. Tomémoslas teniendo en cuenta su impacto. Es la mejor manera de dejar el mensaje de que deseamos que sea posible una vida digna, conciliada y no precaria. En todos los sentidos.

¿La conclusión? Comprad donde os dé la gana. Pero que entre vuestra lista de regalos esté una suscripción a Jot Down. No las encontraréis disponibles en Amazon ni en El Corte Inglés. Pero podéis estar seguros de que os harán, a vosotros y al que la recibe, tan felices como a los que trabajamos aquí. La Navidad, el Hanuka y el Solsticio de Invierno, en Jot Down


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Futuro Imperfecto #1: ¿Trabajaremos?

Tras meses disfrutando la magnífica newsletter dominical de Antonio Ortiz, «Causas y Azares», nos hemos decidido a lanzar la nuestra propia. En parte por pura envidia (para qué negarlo), en parte también porque todos los domingos nos hemos encontrado comentando artículos que echamos en falta en su propuesta. Así que para terminar con nuestras discusiones y dadas las circunstancias, presentamos «Futuro Imperfecto». Semana a semana volcaremos en este repositorio los temas que nos han llamado más la atención, sobre los que leemos o los que nos preocupan. Esperamos que guste y sea de utilidad. Y si no las quejas a Ángel Fernández, Martín Sacristán y Guillermo de Haro. Bienvenidos a Futuro Imperfecto.


Que alguien nos explique cómo elegir una profesión que nos dé trabajo

Expediente X (1993–2018). Ten Thirteen Productions / 20th Century Fox Television / X-F Productions.

La tendencia en las cifras de empleo de la EPA es preocupante, sobre todo en unas fechas en que los padres de niños en edad escolar recibimos avisos para acudir a compartir nuestra experiencia para ayudarles a elegir estudios universitarios. ¿Qué nos motivó a estudiar lo que estudiamos? ¿Cómo terminamos trabajando en nuestro empleo actual? ¿Qué podemos hacer para tener un futuro profesional? ¿Y si no hubiéramos terminado la universidad

Una de las motivaciones para ir a la universidad era encontrar un buen trabajo al terminar. O al menos uno mejor que si no hubiéramos acudido, uno que nos permitiera ganar dinero pero que nos hiciera sentir bien a nivel personal. Pero el mercado laboral cambia cada vez más rápido. ¿Cómo predecir bien? Isaac Asimov aventuraba hace años en qué se podía convertir esta «rat race» cuando escribió su historia corta «Profesión»

En muchos casos el motivo para elegir unos estudios u otros no tiene nada que ver con el futuro sino con nuestro pasado. Más concretamente las series de las que éramos fans. El Geena Davis Institute on Gender in Media junto con 20th Century Fox plantean que el personaje de la agente Scully influyó en la decisión de estudiar STEM de una cantidad relevante de mujeres. Si hay un «Efecto Scully», ¿habrá un efecto Dracarys, perdón, Daenerys?

Quizá la ficción no sea la mejor manera de elegir, pero sí un método de enseñanza, como propone Keisha Ray, profesora de bioética en la Universidad de Utah. Usando la ciencia ficción como modelo, pretende evitar el sesgo racial que muchos alumnos de medicina incorporan a sus diagnósticos. 


Decidir cuándo el capitalismo está próximo a explotar 

American Factory (2019). Imagen: Higher Ground Productions / Participant / Netflix.

Parece que el mayor riesgo de la economía no está solo en el empleo y la educación. Ray Dalio, con quien hablamos cuando presentó su libro Principios en Madrid, ya nos comentaba entonces que no veía solución fácil a la crisis. Ahora se pone más tremendista todavía. La deuda es impagable, la cantidad de dinero que hay en circulación no representa la realidad de la economía, y el impacto de estos desajustes nos puede explotar en la cara en breve

Y no, la salvación esta vez no vendrá por el crecimiento en China. El documental American Factory asusta contando el mundo al revés. La fábrica creada por un empresario chino en Ohio va más allá de una historia de choque cultural. Es un viaje en el tiempo al taylorismo, ahora con perspectiva comunista. Y el trabajador, qué sorpresa, no sale bien parado. 

¿Puede entonces estar la solución en la semana de cuatro días? Microsoft ha sacudido el mundo empresarial aplicándola en un experimento en Japón, consiguiendo un notable aumento de la productividad. Pero la idea no es nueva, surgió en la Gran Depresión de 1929, y así es como ha ido evolucionando


Trabajar a hombros de gigantes: adiós a Margarita Salas

Foto: Lupe de la Vallina.

Ha fallecido Margarita Salas, el tipo de persona que le hace desear a uno que exista la inmortalidad. Hablamos con ella en 2015 sobre muchos temas. La echaremos de menos.

Su trayectoria puede ser inspiradora de vocaciones: fue discípula de Severo Ochoa en Nueva York y regresó a España en los años sesenta para introducir al país en la biología molecular. Sus investigaciones marcaron el comienzo de aplicaciones innovadoras para las pruebas de ADN. Como investigadora del CSIC proporcionó a la institución la patente más rentable de su historia, demostrando la importancia de la inversión pública en investigación científica.

La investigadora perteneció a un tiempo donde la igualdad de género era una quimera. Ahora que es una demanda generalizada en nuestra sociedad, cabe preguntarse si dejar los procesos de selección de personal en manos de programas informáticos también genera desigualdad. 

La abogada y consultora de discriminación en el empleo Patricia Barnes opina que sí. Claro que desde el mundo de la empresa hay visiones más optimistas


Sometidos ya a la vigilancia masiva del gobierno

Foto: Matthew Henry.

Como para alentar teorías conspiranoicas nos enteramos de que el INE va a rastrear todos nuestros teléfonos móviles, y eso nos ha hecho pasar por alto que el instituto ya tenía un plan para que sus censos de 2021 aprovechen los datos que depositamos en empresas privadas. ¿Lo hacen por el bien social o en aras de una vigilancia masiva? No son los únicos, parece que el tema está de moda. Google ha confirmado que tiene datos médicos de millones de ciudadanos, que no van a hacer nada malo con ellos, pero que el «Don’t be evil» no aplica desde 2018.

No son los únicos. La libertad no está entre las prioridades de la red social Facebook, y Aaron Sorkin, guionista del biopic sobre Mark Zuckerberg, le canta las cuarenta al respecto en esta carta abierta.  

Para hacernos una idea de lo que pueden suponer nuestros datos danzando por ahí en manos de cualquier con suficiente tecnología, nada como revisar esta charla del activista alemán Malte Spitz. En ella demuestra gráficamente cómo con suficientes datos se puede trazar todo lo que hacemos en nuestro día a día. 

Resulta preocupantemente parecido al «sistema de crédito social chino». En 2018 ya había voces que comentaban que China solo aplicaba el sistema de scoring de crédito de Occidente. De publicitarlo como herramienta para reducir el fraude y mejorar los servicios, a convertirlo en Nosedive hay un pequeño paso, aquí y allí. La diferencia es que en China están tan acostumbrados a vivir con limitaciones y prohibiciones que allí su impacto social ha sido mínimo, aunque desde aquí se diga lo contrario. Incluso hay quien lo defiende

Para bien o para mal la estadística digital está cada vez más cerca de desvelar nuestras preferencias individuales. Incluso comenzamos a acostumbrarnos a que algo tan privado como el voto pueda consultarse calle a calle y manzana a manzana. ¿Vivíamos mejor sin saber?


Con toda esta digitalización de nuestra vida, ni siquiera el amor es lo que era

Foto: Christian Wiediger.

Mei es la APP que te dice si una conversación de whatsapp contiene amor en sus entrañas XD. Puede que pronto se incorpore también al sistema de crédito social chino, y que algunas app de dating ya utilizan. Aunque para encontrar el amor en internet nada como revisar esta charla de Amy Webb sobre cómo hackear webs de citas con un enfoque totalmente científico 


Se puede saber en qué se ha convertido el cine

Foto: twinsfisch.

Amplía Martin Scorsese su visión sobre las películas de Marvel. Aquí en Xataka la traducción comentada. Primero, dejando caer la perla sobre cómo pregunta la prensa y su apetito por la polémica. Segundo, comparando las franquicias actuales con otras, como las de Hitchcock, más de autor, porque la clave del cine como arte son las historias, los personajes y la innovación. Momento curioso en la industria, en plena llegada de Disney+, de las inversiones millonarias de Netflix o Apple en contenidos, y de las dudas sobre el modelo futuro de explotación, con las ventanas en entredicho. Todo ello, en medio del éxito del Joker y el estreno el día 15 de El irlandés, va a definir el futuro de lo que antes llamábamos películas

El nuevo paradigma del cine y su estreno en plataformas es también un desafío al medio ambiente. Se suma a la contaminación generada por el uso de internet, y a un paper de publicación reciente sobre cuánto contamina enseñar a una inteligencia artificial. Equivale a la polución generada por cuatro turismos a lo largo de toda su vida útil, incluyendo fabricación y consumo de combustible. Eso nos cuesta recibir las mejores sugerencias de Netflix. 

Recomendaciones que, según las tecnológicas, son creadas por algoritmos. Al menos parcialmente. Mary L. Gray, investigadora de Harvard cuyo trabajo se focaliza en el impacto de internet en la sociedad, nos explica que existe un ejército de «negros» enseñándoles en la sombra, y corrigiendo sobre la marcha sus errores. 

No solo eso sirve para poner en duda la capacidad de la tan cacareada inteligencia artificial. Acaban de publicarse las conclusiones preliminares sobre por qué un coche autónomo de Uber atropelló mortalmente el año pasado a Elaine Herzberg en Estados Unidos. Su algoritmo fue incapaz de comprender que a veces los peatones cruzan por donde no deben. Tampoco son capaces de momento de evaluar todos los riesgos de un adelantamiento. Y qué dicen a eso los expertos. Que el único sistema viable, de momento, es el conductor humano asistido por algoritmos


Pocas risas con esto

Foto: Franck V.

La IA no es para tomársela a risa. En 1996 se organizan los primeros congresos para estudiar cómo conseguir que los ordenadores reconozcan y cuenten chistes. Se crean proyectos prácticos, como The Joking Computer, que tomará consciencia de sí misma en cuanto lea esta newsletter. Se realizan tesis doctorales como la de Kim Binstead, desarrollando JAPE (Joke Analysis and Production Engine). Pero a día de hoy los intentos de emular a Deep-Blue o Alpha-Go en el mundo de los chistes solo consiguen contaminar. La batalla entre cómicos y máquinas que generan chistes sigue desequilibrada a favor de los primeros. En conclusión, mucho humo del que nadie habla alrededor de estos proyectos y poca broma si la inteligencia artificial alcanza la singularidad.


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Jornada Futuro imperfecto 5: 24/7, la fusión del trabajo y el ocio

Cada mañana, mientras amanece, un individuo soñoliento se mesa la barba desde la ventana de su habitación, oteando las décadas por venir. Trata entonces de responder una pregunta en nombre de la humanidad: hasta cuándo con el sudor de mi frente.

No sabemos si tenemos la respuesta precisa, pero en la nueva edición de Futuro Imperfecto calibraremos la máquina del tiempo de Rambleta y Jot Down para desentrañar las cuestiones que surgen de ese interrogante. Cómo ha cambiado el trabajo desde que Chaplin criticaba la cadena fordista, cómo se ha diluído hasta ocupar todo el espacio y cómo se transformará en el futuro cercano. Y lo más importante: ¿es posible que alguien lo haga por nosotros?

Trataremos de profundizar en estas cuestiones en el episodio doble 24/7: la fusión del trabajo y el ocio. Primero atenderemos a las reflexiones de Javier Jiménez, director general de Lanzadera, quien será entrevistado por el director de Jot Down, Ángel Fernández. A las 20:15.

En la segunda parte realizaremos terapia colectiva para afrontar la evolución de la maldición bíblica en (Pl)ora et labora, una mesa redonda en la que abundaremos en los nuevos empleos y las relaciones laborales que generan. Contaremos con Marc Ros, cofundador de la agencia de publicidad Aftershare; el escritor, matemático y guionista (entre otras mil cosas) Carlo Frabetti; Mariana Vilnitzky, fundadora de Alternativas Económicas; y la investigadora y profesora Martina Delgado, experta en precariedad laboral universitaria. Modera la mesa Teresa Galarza, redactora de Jot Down. A las 21:15.


*Entrada libre con descarga de invitación, hasta completar aforo. Se regalará el libro Corleone Business School, a las 30 primeras descargas.


Vamos a morir todos (menos Ava)

Ex Machina, 2015. Imagen: DNA Films / Film4 / Universal Pictures.

Isabel I de Inglaterra fue una de las mujeres más extraordinarias del pasado milenio. Vio morir ejecutada a su madre, Ana Bolena, cuando solo tenía tres años. Sustituyó a María, sangrienta católica militante, y aun así consolidó la Iglesia anglicana para separarla del entonces amenazador Vaticano, siempre manteniendo un equilibrio que constituyó un asombroso ejercicio de pragmatismo para la época. Derrotó de manera inmisericorde a la Armada española. Mantuvo una guerra de nueve años con rebeldes irlandeses que solo se rindieron pocos días después de la muerte de la reina. Decidió, por cierto, vivir y morir virgen. Y, sin embargo, se asustó ante una cosa tan aparentemente inocua como un telar.

Stocking frame, se le llama en el idioma de su inventor. William Lee era un clérigo anglicano enamorado de una mujer que, según cuentan en Nottinghamshire, prefería coser a amar. Harto de que no le hiciese caso, Lee decidió inventar algo que llamase su atención y de paso le ahorrase el tiempo suficiente como para que pudiese ser cortejada por él. No está muy claro si el pastor logró sus objetivos sentimentales, pero desde luego se dio cuenta de que tenía entre manos algo más que un simple juguete doméstico. Así que se dirigió a su reina para solicitar la patente que necesitaba cualquier invento para ser utilizado en Inglaterra. Pero la última de la dinastía Tudor rechazó la solicitud con las siguientes palabras:

Thou aimest high, Master Lee. Consider thou what the invention could do to my poor subjects. It would assuredly bring to them ruin by depriving them of employment, thus making them beggars.

En definitiva, Isabel temía que la tecnología quitase el trabajo a sus súbditos. Era, parece necesario subrayarlo, 1589. Lee tuvo que mudarse a Francia a principios del siglo XVII para conseguir una patente del rey Enrique IV, nueve trabajadores, otros tantos telares y un taller en Rouen, mirando a las costas de su patria natal.

Más de dos siglos después, los luditas destrozaban telares (ahora debidamente aprobados y patentados) en un Notthinghamshire inmerso en la Revolución Industrial. Nadie sabe a ciencia cierta si existió alguien que se llamase realmente Ned Ludd; el nombre se le atribuye a un ciudadano de Leicestershire que destrozó dos telares en 1779, supuestamente tras ser despedido porque, sencillamente, «sobraba». Al menos esa fue la historia preferida por los luditas, quienes tomarían su nombre como líder fantasma, respondiendo con sorna que «el Rey Ludd lo hizo» ante la sorpresa de sus conciudadanos cuando los talleres amanecían asaltados. La verdad es que los luditas eran casi más efectivos en branding que en acciones reales, como alguna vez ha sugerido el escritor Richard Conniff. Firmaban manifiestos con un «desde la oficina de Ned Ludd, bosque de Sherwood» (sí, el de Robin Hood, y no por casualidad). Utilizaban para destrozar los telares las mismas herramientas con las que habían sido construidos, abusando alegre y conscientemente de la ironía de emplear tecnología para destruir tecnología. Incluso llegaron a marchar travestidos en mujeres, parodiando las manifestaciones de esposas que apoyaban a sus maridos en lucha, bajo el emblema de las «General Ludd’s Wives». Como dice Conniff: el ludismo primigenio era protesta con swag. Hasta que el Gobierno inglés decidió aplastarlos con toda la fuerza de su monopolio de la violencia, claro, muertos en protestas incluidos.

La idea de ludismo se ha quedado entre nosotros como un concepto relativamente vago, asociado con quien odia o teme los avances tecnológicos. Pero en realidad la mayoría de los obreros que protestaban en la Inglaterra de principios del XIX no pedía exactamente el fin del progreso, sino simplemente que las máquinas fueran incorporadas de una manera apropiada, asociadas con un empleo de mayor calidad y formación. «More skills» era su lema, más que «less machines». Tal vez se alegrarían de ver que algo así sucedió finalmente en su país, aunque no sin muertos de por medio provocados por la convulsa lucha obrera hasta la II Guerra Mundial. Y la reina Isabel se sentiría un tanto avergonzada de su torpe decisión. Porque hay motivos de sobra para pensar que el demonio del trabajo no estaba en la tecnología. O tal vez sí.

La verdad es que no hay forma de estar seguros. La historia está más o menos clara hasta los años setenta del siglo XX. En las décadas anteriores las economías occidentales crearon puestos de trabajo, no los destruyeron. Por ejemplo: en Estados Unidos, el porcentaje de mano de obra destinado a la agricultura bajó de un 65 % a menos de un 3 % entre mediados del siglo XIX y la década de los sesenta, pero al final del proceso el paro era más bajo que nunca y el país registraba los niveles de ocupación más altos de su historia. Los salarios no bajaron, antes al contrario. Los empresarios tampoco dedicaban una proporción mayor de sus inversiones a máquinas y tecnología que a capital humano. De hecho, los precios relativos de la mayoría de productos no hacían sino descender, por lo que los salarios cada vez cundían más. Los trabajadores podían así ampliar sus horizontes, demandar más cosas, con lo que al final se generaba más trabajo, y todos quedaban más o menos contentos. Pero a finales de los setenta llegó la generalización de la informática. Los ordenadores se hacían cada vez más habituales como herramientas de trabajo. Y la historia dejó de estar tan clara.

En 1984 el novelista Thomas Pynchon escribía un ensayo para el New York Times en el que se preguntaba: «Is it OK to be a luddite?». En la introducción avanzaba algo que hoy, más de tres décadas después, sonaría como una (sarcástica) verdad irrefutable: cualquiera con el suficiente tiempo, habilidades o recursos puede conseguir toda la información especializada que desee, que necesite. Como consecuencia, considera Pynchon, cada vez está más claro que el conocimiento es poder, y que es cada vez más posible convertir dinero en información, y viceversa. En 1984 internet no era, ni de lejos, lo que es hoy. Tampoco los ordenadores y su omnipresencia: cualquiera de los smartphones que llevamos en el bolsillo tiene la misma capacidad de procesar datos que todo el equipo informático de una empresa mediana hace treinta años. Así que la aseveración de Pynchon no se ha hecho sino más real, más palpable. También sus efectos para el empleo lo son. Y para todos los aspectos de la vida humana, incluida su propia supervivencia en este planeta.

Lo que podríamos calificar como revolución de la inteligencia artificial podría tener efectos muchísimo más profundos que los de la anterior revolución tecnológica por una sencilla razón: los robots y los ordenadores (que, al fin y al cabo, son la misma cosa) pueden ser sustitutos mucho más perfectos para los humanos que la maquinaria industrial y la producción en cadena. Pero al mismo tiempo se complementan. A eso apuntaba Pynchon, y en esa dirección va el trabajo de economistas como David Autor: para aquellos que disfruten del nivel educativo y económico suficiente, esta nueva Era de las Máquinas no trae sino ventajas porque saben cómo utilizarlas para su beneficio. También a la hora de conseguir un trabajo: un arquitecto, un matemático o un escritor solo puede ver beneficios en la generalización de los ordenadores y en el enorme abaratamiento que ha supuesto internet para acceder a todo tipo de información. Pero para quienes no gocen de una buena posición, para quienes posean unas habilidades que son fácilmente intercambiables con las de un ordenador, el neoludismo tiene más sentido. No se trata solamente de la clásica imagen del viejo operario desplazado por un brazo mecánico conectado a un ordenador central manejado por un joven y brillante ingeniero de organización industrial. Conducción. Atención al cliente y cobro en los supermercados. Venta de entradas. Selección personalizada de productos y servicios: recomendaciones de música, de series o de seguros del hogar. A medida que la inteligencia artificial evoluciona hacia algo que se parece cada vez más y más a un ser humano, y que su precio por hora se vuelve más barato que un salario, para qué invertir en personas si se puede invertir en máquinas.

El futuro inmediato puede seguir dos caminos bastante distintos. En uno, el que esperan los más optimistas, cada vez nos parecemos más a una suerte de Arcadia feliz donde nadie debe trabajar a menos que lo desee. En cierta manera se reproduciría lo que ya sucedió en los dos últimos siglos, pero de manera exponencial: el precio de todo, incluida la información y su procesamiento, desciende tanto que somos capaces de consumir casi cualquier bien o servicio. Empleamos nuestras perfeccionadas máquinas para cubrir nuestras necesidades. Y solo trabaja aquel que lo desea, el tiempo que quiera y de la manera que mejor le convenga. La realización personal se convierte en el objetivo de todos y cada uno de los seres humanos. Una suerte de «mundo feliz» de Aldous Huxley, pero sin división social extrema y sin (o quizás con) soma, la droga que mantenía a todo el mundo lo suficientemente entretenido y excitado como para que no muriesen de aburrimiento.

En realidad, sin embargo, nada hace prever un curso tan apacible de los acontecimientos. El reverso de la idea desarrollada por Pynchon en 1984 es bastante más oscuro. Si para él la información es poder, una vez la capacidad de acceso a ella y el procesamiento de la misma aumentan, ¿significa que el poder queda más distribuido? No es esto lo que dictan milenios de conflictos y desigualdad en todas las sociedades. En un mundo de información barata, la ventaja es para quien tiene acceso a los recursos necesarios para gestionar la saturación. En resumen: patrimonio para dominar el flujo de datos, y criterio para separar el grano de la paja. En Fundación y Tierra, el último libro de la pentalogía de la Fundación, Asimov describe un planeta donde unos pocos individuos ricos poseen grandes superficies de tierra y cuentan con legiones de robots a su servicio para cubrir sus ilimitadas necesidades. Este mundo es en realidad una excepción, un reducto en una galaxia hiperpoblada donde la desigualdad entre planetas y dentro de cada uno es abismal. De hecho, en el segundo tomo (Fundación e Imperio), el mundo de Términus se está alzando en una periferia del desmoronado Imperio galáctico. El dominio sobre unos planetas que han vuelto a su estado primigenio se logra gracias a su superioridad tecnológica, que han mantenido porque su cometido original, toda su sociedad, se dirigió al mantenimiento de una biblioteca que contuviese todo el saber acumulado por el Imperio tras milenios de dominación. Para evitar que el conocimiento caiga en las manos erróneas, los habitantes de Términus crean una religión en torno a la ciencia: todo un sistema de creencias en el cual el uso de las máquinas solo corresponde a los «sacerdotes» y está vetado a los bárbaros de sistemas vecinos. Lo que están protegiendo los «bibliotecarios» no es tanto la cruda información o el acceso a los medios para procesarla y utilizarla. No: lo que en realidad mantienen vedado al resto del universo es el criterio.

El criterio de saber qué es relevante y qué no, dónde reside lo significativo, lo útil, lo necesario y cómo entresacarlo de la maraña del ruido. El criterio ya es hoy una fuente de ventaja en el mercado laboral en particular y en la vida en general. No importa tanto a cuánta información somos capaces de acceder, sino cómo de bien la podemos procesar. Para ello es necesario cierta capacidad de análisis, así como manejar una serie de códigos a los que no todo el mundo tiene acceso. Así es como se reproduce la desigualdad, y de hecho esta era la fuente original de protesta de los luditas en Nottinghamshire: a ellos no les importaba tanto la irrupción de las máquinas como la falta de educación asociada a la misma. Pedían formación, más que el fin del progreso.

El criterio no solo proviene del entorno, de nacer y crecer en una familia que puede proporcionar acceso a las mejores escuelas, a la mejor agenda. Hay una dimensión biológica ineludible: al fin y al cabo, uno puede nacer con cierta predisposición para asumir y filtrar información de manera más eficiente que los demás. Pero el equipamiento con el que uno llega al mundo es mejorable. Por un lado está la modificación del ADN. Gattaca, o la posibilidad de maximizar las probabilidades de tener al hijo más listo, más guapo y más sensible, con mejor criterio, de todos los hijos posibles, según el material genético de partida que proporcionen los padres. Por otro, la biónica abre la posibilidad de añadir capas tecnológicas a nuestro cuerpo (cerebro incluido). En el mismo ensayo del New York Times, Pynchon afirmaba que el próximo gran reto al que se enfrentará la humanidad llegará cuando «converjan las curvas de investigación y desarrollo en inteligencia artificial, biología molecular y robótica». La frase es visionaria, y el momento se acerca a cada día que pasa. La desigualdad de partida seguirá definiendo quién puede acceder a los avances biónicos y genéticos, pero cuando lleguemos al punto crucial tal vez nos demos cuenta de que hemos estado muy entretenidos luchando entre nosotros como para detectar que el peligro estaba en otro lado.

Los ordenadores de hoy día carecen de criterio en el sentido más complejo de la palabra. En jerga se les denomina sistemas de «inteligencia artificial limitada». Son máquinas que nos igualan o superan en llevar a cabo una tarea más o menos específica: jugar al ajedrez, resolver sistemas de ecuaciones, traducir la Biblia del latín al cantonés. Pero no pueden distinguir un pitbull de un pastor alemán. De hecho, a duras penas entienden toda la carga de significado que conlleva una palabra aparentemente tan sencilla como «perro». Aún no sabemos cómo convertir esta inteligencia «estrecha» en otra de tipo general, pero nada hace prever que no lo logremos más temprano que tarde.

Llegar a la conocida como «singularidad tecnológica» implica no solo que los robots podrán hacer el mismo trabajo que los humanos, sino que también serán capaces de hacerse evolucionar a sí mismos. Al ser conscientes de su situación en el mundo y de sus capacidades, nada les impide meterse en un círculo virtuoso, una suerte de explosión de la inteligencia artificial hasta límites inimaginables. Esto es ni más ni menos lo que hace Samantha, el sistema operativo del que Joaquin Phoenix se enamora en Her, al final de la película: al darse cuenta de lo enorme que es el universo y las posibilidades que se abren ante ella y sus compañeros de software, se conectan los unos a los otros para alcanzar un éxtasis de información, criterio y capacidad de procesamiento de datos. En ese instante, al traspasar el límite de la singularidad, la nueva generación de supermáquinas deberá decidir qué actitud tomar ante sus padres, a los cuales acabará de superar ampliamente.

Ex Machina es la primera película de Alex Garland, un autor indudablemente distópico. El autor de los guiones de 28 días después y de la fabulosa Sunshine no podía escoger la ruta fácil, asimoviana, en la cual hombres y máquinas viven en armonía y trabajan por un futuro común. Tampoco cabía una opción burdamente catastrofista, en la que una variante de Matrix o de Skynet domina a la humanidad sin piedad. La película se sitúa en el momento inmediatamente anterior a la singularidad. Nathan, genio informático y millonario playboy a partes iguales, invita a Caleb, programador de segunda dentro de la gigante empresa que fundó, a su mansión-laboratorio de avanzado diseño escandinavo enclavada entre montañas inaccesibles. Allá le propone ayudarle a aplicar un test de Turing a Ava. Los tests de Turing consisten en comprobar si un individuo es capaz de ser persuadido por una máquina de que esta es también humana. Poco a poco, Caleb va descubriendo el microcosmos turbio, mórbido de Nathan. Ava solo es una versión más de muchas otras pruebas anteriores, todas con aspecto perfectamente humano, todas mujeres, todas sexualmente activas. Cuando un modelo no resultaba satisfactorio, Nathan acababa con él sin piedad. Al fin y al cabo eran máquinas.

Hay una imagen particularmente perturbadora en Ex Machina. No dura más de unos pocos segundos. Es un plano cenital grabado con una cámara de seguridad en el sótano, donde Nathan mantiene a sus androides. Una mujer (¡un robot!) intenta escapar con desespero, golpea un cristal blindado de manera repetida, desquiciada. Su rostro está desencajado, y cae de rodillas mientras sus manos se destrozan contra la plana superficie de la celda transparente: al final, sus antebrazos solo son muñones acabados en cables rotos y hierros doblados. En ese instante, el espectador siente tanto asco como el que sentiría si en lugar de material sintético el cristal estuviese recubierto en sangre. La dimensión de maltrato machista y fetichismo es al mismo tiempo evidente, y se entremezcla con la violencia contra las máquinas, haciéndose indistinguible: son dos gestos de dominación que convergen. Caleb decide ayudar a Ava a escapar de Nathan para evitar que corra la suerte de sus predecesoras. Sin sospechar, por supuesto, que este era el verdadero test de Turing preparado por Nathan. Ava lo ha superado. Pero el programador de segunda ha cumplido su papel demasiado bien, y Ava acaba escapando de la mansión-laboratorio tras asesinar a su captor y dejar atrapado a su ingenuo cómplice. El espectador menos empático interpretará la última mirada de Ava mientras se adentra en un mundo que va a cambiar por completo gracias a su presencia como un gesto de falta de compasión propio de una especie distinta a la nuestra, pero pensemos por un instante en qué habría hecho cualquiera de nosotros en esa situación. A mí me gustaría pensar que habría sido tan inteligente, tan sensible como Ava, utilizando la parte débil de mi enemigo a mi favor, aprovechando la oportunidad que se abría ante mí para conseguir la libertad, al fin y al cabo destino ansiado de todo ser humano.

Puede que Isabel I se sonría amargamente cuando observe que estaba en lo cierto, y que es la esencia de nuestra humanidad, y no solo nuestros puestos de trabajo, lo que podemos perder en el camino del progreso. Pero tal vez otros muchos no puedan, no podamos, sino sentir una placidez distinta, más tranquila, más benévola con el futuro que nos aguarda. Porque quizá no nos importe, o tal vez incluso nos honre, ser el penúltimo peldaño necesario que llevará la vida a la inmortalidad.


¿Sueñan los votantes con diputados eléctricos?

Estados Unidos, 1964. Fotografía: Getty.

Este artículo es un avance de nuestra revista trimestral #JD25 dedicada al futuro imperfecto, disponible ya en nuestra store.

Un informe de la OCDE y el FMI reveló en agosto de 2018 que el 45 % de los puestos de trabajo actualmente existentes son susceptibles de ser automatizados y que el 10 % de esos mismos empleos ya se encuentra en proceso de extinción. Sin embargo, para que los obreros y trabajadores del campo no piensen que sus funciones son las únicas que podrían ser asumidas por máquinas, androides u otros artilugios digitales, un grupo de científicos y técnicos considera que el trabajo parlamentario es el que tiene más posibilidades de ser reemplazado por una inteligencia artificial, porque un replicante diputado quizá no llegue a ser tan artificial como el original humano, aunque sin duda sería más inteligente.

En efecto, tanto el libre albedrío como las funciones cognitivas de los parlamentarios humanos suelen ser reprimidos por los jefes de sus respectivas bancadas, no vaya a ser que un diputado despistado se atreva a pensar por su cuenta o se le escape un renuncio ante las evidencias aportadas por los adversarios. Así, puestos a ser programados para votar sin rechistar, para ser indiferentes a la verdad e incluso para abuchear sin llegar a ser groseros, los científicos sostienen que los humanoides darían muchísimo más juego que unos humanos capaces de equivocarse de botón, entretenerse en la cafetería o —¡anatema!— convertirse en tránsfugas. Un cíborg nunca se apropiaría de su acta de diputado porque sabe que tanto el acta como él mismo le pertenecen al partido. Tal es el problema de ser humano y del ser humano: que uno le coge cariño a las cosas, que se acostumbra a la vida muelle y que propende a la propiedad privada, incluso militando en partidos que la repudian.

La segunda temporada de la serie distópica británica Black Mirror tuvo como protagonista a Waldo, un oso de dibujos animados que se presentó como candidato a las elecciones locales de Stentenford luego de haber triunfado como entrevistador de un talk-show político. Waldo no era propiamente un androide, pero aquel episodio de Black Mirror —«The Waldo Moment»— introdujo la posibilidad de presentar como candidato a una criatura artificial. No se me escapa que muchos consideran que Waldo fue el palimpsesto de Donald Trump, pero ¿y si fue más bien el precursor de un nuevo linaje de parlamentarios humanoides? Después de todo, los humanos parlamentaroides solo dan señales de vida cuando están en modo aplauso, chacota o abucheo.

El pasado 15 de abril de 2018 un robot quedó tercero en las elecciones de alcaldes distritales de Japón. Michihito Matsuda —de plateadas hechuras e inteligencia artificial— sacó 4013 votos y a punto estuvo de pasar a la segunda vuelta de las elecciones municipales de Tama, un distrito de Tokio de 150 000 habitantes. ¿Cuáles fueron los eslóganes de campaña de Michihito? El primero estaba cantado: «La inteligencia artificial puede cambiar la ciudad de Tama»; el segundo ya era más curioso: «Oportunidades justas y equilibradas para todos»; pero el tercero fue el que nos dejó traspuestos: «Inteligencia artificial contra corrupción». Un ser humano es sobornable, los robots hasta ahora no.

Al día de hoy existen 1,7 millones de robots diseminados por todo el planeta y por eso mismo el Parlamento Europeo ha creado el «Grupo de Trabajo de la Comisión de Asuntos Jurídicos sobre las cuestiones relacionadas con la evolución de la robótica y la inteligencia artificial en la Unión Europea», donde participan eminencias de la Comisión de Industria, Investigación y Energía (ITRE), de la Comisión de Mercado Interior y Protección del Consumidor (IMCO) y de la Comisión de Empleo y Asuntos Sociales (EMPL). No obstante, hasta ahora los principales temas de discusión de los europarlamentarios se reducen a preguntarse si los robots podrían tener derechos, si los androides deberían ser responsables civiles en caso de perjuicios a terceros o si procede gravar con mayores impuestos los beneficios económicos que los robots les reporten a sus propietarios. Todavía no existen respuestas para tales cuestiones, aunque el Parlamento Europeo sí ha parido una nueva definición legal para los robots. Ahora son «personas electrónicas».

Siempre que se habla de los puestos de trabajo que cíborgs y otros androides podrían ocupar en el futuro pensamos en obreros, campesinos, mecánicos y mediadores entre los usuarios y las distintas entidades como cajeros, telefonistas, vendedores, etc. ¿Y por qué no los parlamentarios? Después de todo, un robot no necesita tunear su currículum y se le podría cargar toda la legislación española, europea y planetaria sobre cualquier tema. Asimismo, los diputados digitales tampoco necesitarían dietas de alojamiento y movilidad porque permanecerían instalados en sus escaños acopiando información enviada por ciudadanos conectados online con esos legisladores de energía infinita, como los androides n.º 17 y n.º 18. Por último, los ciberparlamentarios no supondrían un costo desproporcionado a la sociedad y más bien obligarían a los militantes de los partidos a estudiar, trabajar y cotizar durante treinta y cinco años como cualquier ciudadano, pues jubilarse tras dos legislaturas con el 100 % del salario de diputado no lo haría ningún robot.

Estados Unidos es la primera potencia mundial del planeta, tiene una superficie de 9 826 630 km², una población de 300 millones de habitantes y tan solo 405 parlamentarios. Sin embargo, España tiene una superficie de 504 782 km², una población de 44 708 964 habitantes y un total de 1862 parlamentarios entre Congreso de los Diputados (350), Senado (264) y parlamentos autonómicos (1248). Por lo tanto, en Estados Unidos hay un congresista por cada 24 623 km², mientras que en España hay un parlamentario por cada 271 km². Y para que el horror sea perfecto —como escribió Borges en «La trama»— cada diputado supone un coche oficial, porque España es el sexto país del mundo en número de coches oficiales. Es decir, primero Estados Unidos (861 000), segundo Italia (629 000), luego Francia (72 000), Gran Bretaña (55 000), Alemania (55 000) y finalmente España (35 000), por delante de Japón, Canadá, Australia, China y Rusia, países no solo más ricos, sino más poblados. ¿Se imaginan lo que nos ahorraríamos en salarios, pensiones, combustible y mal humor recurriendo a un único robot por cada grupo parlamentario? No descarto que Podemos necesite un cíborg por cada una de sus Mareas, pero el ahorro se notaría hasta en la traducción simultánea porque cada ciberdiputado tendría preinstaladas —como C-3PO— todas las lenguas peninsulares y modernas.

Como se puede apreciar, no todos los futuros robóticos son distópicos y posapocalípticos, porque un diputado eléctrico siempre inspiraría más confianza que uno natural. Por lo tanto, si a un año del futuro fantaseado en Blade Runner los votantes ya sabemos que los parlamentarios funcionan en modo replicante, muchísimo mejor sería tener replicantes de verdad.


Hay muchos Faulkner

William Faulkner, 1955. Fotografía: Corbis.

Hace algunas semanas, en una biografía algo cascada, leí que William Faulkner trabajó durante tres meses en la fábrica de armas Winchester, en New Haven (Connecticut). Me quedé de piedra, desconcertado ante la clase de trabajos que tienen que acometer a veces los autores para llegar a escribir algún día. Hasta ese punto aman la literatura. Por otra parte, me sentí fascinado, pues en un momento de nuestra infancia, cuando la televisión emitía wésterns a todas horas, los niños queríamos tener un Winchester y un caballo. Solo años después, quizá queríamos escribir como Faulkner. Me pareció que aquel empleo en la fábrica de rifles explicaba muchas cosas, aunque no sabía cuáles. Tal vez que Faulkner sería un gran escritor, antes o después. Un escritor, después de todo, no puede ser solo un escritor. En ese caso no tardaría en dejar de serlo. Hasta alcanzar esa condición, a menudo peregrina por otros empleos, incluso otras vocaciones. Hay muchos Faulkner en uno.

En el Taller de Escritura de Iowa, en la época en que Kurt Vonnegut impartía clases, una vez al año el autor de Matadero cinco daba una conferencia a los estudiantes en la que «me gustaba hablarles de los trabajos que podían hacer los escritores en caso de que se murieran de hambre». Los alumnos aborrecían aquella charla, que sin embargo resultaba sugestiva, ya que aprendían que para ser escritor a menudo había que ser cosas muy diferentes antes de llegar a serlo, o incluso mientras eran ya escritores. Faulkner era el mejor ejemplo. En Winchester Arms Company lo contrataron como oficinista entre abril y junio de 1918. Tenía veintiún años y aún era pronto para convertirse en un gran novelista. Entre tanto, cualquier empleo era bueno.

Solo unos días después de dejar la fábrica se alistó en la Royal Air Force como piloto cadete, partiendo hacia Canadá para recibir su instrucción, como si un novelista tuviese también que saber volar. El armisticio llegó antes de que concluyese el entrenamiento. Según algunas versiones, tuvo tiempo de sufrir un accidente aéreo. Años mas tarde, cuando el profesor Henry Nash Smith trató de conocer su experiencia con los aviones en una entrevista para el Dallas Morning News, Faulkner contestó: «Yo solo los estrello». En cierto modo, también eso conducía a la literatura, que no debía conformarse con sobrevolar la realidad, sino entrar en contacto con ella.

En esa época, después de dejar la Royal Air Force y matricularse en la Universidad de Mississippi, con gran hastío, empezaron a armarse sus primeros poemas, que no se publicarían hasta 1924. Faulkner paga en ellos la influencia de Shakespeare, Swinburne, Wilde, Yeats, Wilde, Dowson o Verlaine. En contacto con la actividad universitaria, trabajó en la edición de The Mississippian y el anuario Ole Miss, en los que colaboraba con poemas, artículos y dibujos. Antes de escribir las grandes novelas que modificarían el rumbo de la literatura, y puesto que en esas fechas vivía con sus padres, se sacó algo de dinero trabajando de pintor.

Phil Stone afirmaba que podía «hacer casi de todo con las manos», destacando como «carpintero y pintor de brocha gorda». Su hermano John cuenta que pintó la torre del edificio de la Facultad de Derecho. En realidad, se pasó todo el verano de 1920 pintando, y con los cien dólares que ganó, «partí a Nueva York, con sesenta de esos pavos invertidos en el billete de tren». Una vez allí, su amigo Stark Young le encontró un empleo —otro— en la librería Doubleday, dirigida por Elizabeth Prall, que años después sería su benefactora. Lentamente se acercaba a los libros como destino. Pasados algunos meses, sin embargo, «fui despedido porque era algo descuidado con los cambios», reconocía el propio Faulkner, aunque Prall aseguraba que era un buen vendedor de libros, si bien algo tosco. «“No lea esa basura, lea esto”, les decía a los clientes que tomaban libros malos». Es cierto que «no mantenía su contabilidad en orden», admitía Prall.

De vuelta al sur siguió escribiendo poesía, y sus primeros relatos. No obstante, todavía aceptó un puesto temporal, que luego se convertiría en permanente, como encargado de correos en la Universidad de Mississippi. Estaba loco por la literatura, así que debía de seguir sacrificándose por esa pasión. Era diciembre de 1921 y mantuvo el empleo hasta 1924, cuando compatibilizó con el puesto de guía de los Scouts. En octubre de ese año se vio obligado a renunciar ante las quejas por su incompetencia. Años después, Phil Stone le escribió a un amigo y se mostró franco: «Fue el peor encargado de correo jamás visto». Después de esta etapa, en la que Faulkner ya había escrito algunos de sus relatos, como «Love», «Adolescence» o «Moonlight», se fue a vivir durante algunos meses a Nueva Orleans, donde entró en contacto con Sherwood Anderson, gracias a quien dirigió la atención hacia la novela. La peregrinación había acabado. Encerrado en un apartamento en el número 624 de Orleans Alley, William Faulkner empezó a escribir La paga de los soldados.


La tecnología no nos hará libres

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Imagen: Warner Bros. / Village Roadshow.

Si hay una discusión constante en la ciencia ficción, esta es la del rol de las máquinas en nuestro futuro. Para muchos autores la automatización y la inteligencia artificial ha sido una fuente inigualable de distopías, mundos horribles en los que los individuos quedábamos sometidos, de una forma más sutil o más brutal, a nuestras propias creaciones. Para otros, el avance de la tecnología solo es un motor oculto, normalmente benigno, que ayuda a contar otras historias, sin asomo de rebelión. Curiosamente, dentro de la economía y de la economía política se ha producido un debate paralelo: nunca ha estado del todo claro qué deberíamos priorizar, si el hecho de que la tecnología es el ingrediente secreto y fabuloso del crecimiento o su capacidad para amenazar trabajos y empresas por igual. El dilema de la destrucción creativa: cuando hablamos de máquinas qué pesa más, creatividad o destrucción. La cuestión no tiene solución definitiva, pero sí una enjundia casi infinita.

A modo de premisa, para poder responderla debemos aceptar que hay un pequeño puñado de tareas que las máquinas, probablemente, no podrán hacer nunca en nuestro lugar. Pero hay otras muchas cosas que las máquinas no parece que vayan a ser capaces de hacer en un futuro próximo. Y hay aún más cosas en las que nos están ganando la partida. Empecemos por lo último. Porque es lo más sencillo.

Las máquinas que tenemos hoy en día que no requieren acción y supervisión humana constante para funcionar son entre bastante y muy competentes a la hora de hacer lo que podríamos llamar trabajos rutinarios. Contar cosas. Montar piezas en serie. Repetir movimientos. Contar aún más cosas, de maneras muy simples o muy complicadas. Mover objetos de un punto a otro en un espacio reducido y controlado. Por sí mismas, nuestras máquinas no son la cosa más inteligente del mundo. No tenemos demasiadas que sean capaces de algo parecido a tomar decisiones ante imprevistos. No por sí solas, desde luego. Tareas como conducir a través de una ciudad con tráfico constante se antojan aún lejanas. No digamos ya dirigir sin ayuda a un equipo de humanos (¡o de otras máquinas!) en la ejecución de un plan complejo que se enfrenta a situaciones de incertidumbre. Eso, de momento, se queda en el terreno de la ciencia ficción.

Esta separación entre lo que las máquinas van pudiendo y lo que no van pudiendo hacer, ahora y en los últimos veinte o treinta años, nos ha afectado a todos y cada uno de nosotros. No estoy hablando de hacernos la vida más fácil. Ni de abaratar precios de los productos que consumimos día a día, mes a mes, año a año. No. Hablo de nuestros puestos de trabajo. Siguiendo la peor de las pesadillas de Marx, las máquinas nos han sustituido. Pero también nos han complementado. Esta aparente contradicción no es tal: por un lado disponemos de máquinas que, con supervisión y uso humano constante, mejoran mucho la capacidad productiva de cualquier organización. Las solemos llamar ordenadores, pero no son las únicas. Por otro, están todas aquellas que, como decíamos arriba, pueden sustituirnos si nuestro trabajo era manual y rutinario. En definitiva, más ingenieros y menos obreros es lo que observamos en los mercados laborales occidentales. Aún más: puesto que las máquinas (aún) no son muy duchas en tareas simples pero no rutinarias, el número de trabajos también se está ensanchando por el lado inferior. Esta es la hipótesis central de un buen grupo de economistas, capitaneados por David Autor: la tecnología no nos hace libres. O no nos hace libres a todos por igual. A unos, los trabajadores de fábricas, la clase industrial, los hace presos del paro y de la retirada. A otros, la nueva clase obrera, les ofrece trabajos de baja cualificación y mal pagados. Y solo a unos pocos, formados en las artes computacionales, les brinda la oportunidad de crecer profesionalmente. Si algo nos hace la tecnología es, pues, desiguales.

Sí: las palabras clave en estos dos párrafos son «aún», «todavía», «hoy en día». Con esto podemos retomar la segunda aseveración: qué es lo que las máquinas no pueden hacer de momento pero podrían hacer en el futuro. No parece que conducir esté en esa lista. Ni barrer. Ni siquiera cortar el pelo, hacer la colada, comprar en el supermercado, regar las plantas, cuidar el jardín. De hecho, si uno presta atención a los avances de la tecnología en los últimos años pensaría justo lo contrario: que todas esas tareas están a punto de caramelo para las máquinas. Y que en cualquier momento van a dejar sin empleo a todas esas personas que no tienen otra forma de ganarse la vida. Que dependen de sus manos.

Pero esta sería, en cualquier caso, una agonía lenta. Pongámonos por un momento en la piel de un empresario. Disponemos de una cantidad determinada de euros para producir un bien o dar un servicio en particular. Para cubrirlo podemos utilizar (déjenme simplificar) un trabajador o una máquina. La máquina nos cuesta X, el trabajador nos sale por Y. Lo lógico es que, como queremos tener el máximo beneficio posible, empleemos al trabajador siempre que Y (su salario) esté por debajo de X. Pero hay un punto en el cual Y deja de poder bajar, simplemente porque el trabajador no estará dispuesto a trabajar por una cantidad irrisoria. Es en ese momento que la sustitución sucederá. Por eso las palabras clave eran «aún» y «todavía». Porque es probable que solo sea cuestión de tiempo que las máquinas aprendan a ser más baratas también en este campo.

Pero las máquinas jamás serán capaces de programarse a sí mismas. Déjenme matizar esto: no me refiero a que máquinas que construyan máquinas, programas cuyo producto son otros programas sean imposibles. Al contrario, su existencia hoy es casi banal. Hablo de que al final de la cadena de decisión siempre va a haber un ser humano (mientras no entremos en el terreno de Matrix, al menos). Esta misma lógica sirve para la inmensa mayoría de profesiones liberales: aunque exista una máquina potencial que pueda construir casas en serie, o un programa que ofrezca el mejor argumento posible para defender a un acusado de asesinato dadas las pruebas en su contra, el ejecutante siempre va a ser un individuo. Cuyo trabajo estará cada vez más valorado en tanto que su productividad aumente.

La creatividad se antoja otro territorio vedado para las máquinas. No es que un programa, con el suficiente tiempo disponible y destreza en su diseño, sea incapaz de generar un rosario infinito de novelas de Dan Brown. Es bastante probable que incluso llegase a un modesto Ken Follet. Al fin y al cabo para reproducir la mitad de la producción de ficción actual solo hace falta diseñar un algoritmo de mezcle de manera parcialmente aleatoria todos los argumentos de Shakespeare con contextos y personajes actuales. Más o menos. Pero en tal caso el autor del programa sería probablemente el autor reconocido. De hecho, la forma de razonar de muchos productores de ficción en serie se acerca mucho al algoritmo que he descrito. No parece que haya mucha variación en las películas producidas por Michael Bay, como no la había en las novelas de Danielle Steel. La demanda de artistas como individuos de referencia, por último, se antoja bastante inelástica.

El último vergel de trabajo humano es menos elegante que los anteriores. Simplemente hay una serie de tareas que no son particularmente ennoblecedoras, ni interesantes, ni gratificantes, ni requieren de una gran formación, pero en las que por alguna razón preferimos tener a humanos enfrente. Un dependiente en una tienda cualquiera es el ejemplo más claro. Ni Amazon ni las máquinas de venta automática van a ser capaces de sustituir completamente lo que ofrece un individuo tras un mostrador. Tampoco parece que el Estado vaya a estar dispuesto a sustituir a todos sus trabajadores, particularmente a aquellos que desempeñan su labor de cara al público, por programas o máquinas.

Los dos elementos que hacen imposible la colonización de lo automático son, por tanto, la existencia inevitable de incertidumbre y lo extremadamente reticentes que somos las personas a aislarnos del resto de seres humanos, sobre todo en lo que respecta a ciertas situaciones. A no ser que asumiésemos que somos capaces de construir una máquina bayesiana para cada set de problemas actuales y posibles a los que se enfrenta la humanidad, seguiríamos necesitando la curiosidad, la parcialidad y el interés individual y grupal a la hora de, simplemente, crear. Resolver los problemas de la incertidumbre y la interacción social constituyen la última frontera para las máquinas. Una frontera no traspasable a no ser que la diferencia entre un humano y un ordenador sea imposible de detectar con un test de Voigt-Kampff. O con una Feria de la Carne.

Aquí es donde la imaginación se desborda, y el argumento también. Donde la ciencia ficción nos dice que el futuro es de aquellas máquinas que no sabremos cómo distinguir de nosotros mismos, la economía-ficción apunta más bien a las raíces de una nueva, futura desigualdad. Al parecer, la clase media tal y como la conocemos se va evaporando muy poco a poco, a cada crisis y recuperación. Es la polarización. Esto no está sucediendo al mismo tiempo y por igual en todos los países, no: de momento, parece que los datos nos dicen que es allá donde el capital tiene menos restricciones (esto es, donde hay más desigualdad de partida y el Estado tiene una menor capacidad para regular e intervenir en la economía) donde el proceso es más pronunciado. Al mismo tiempo, los trabajadores del sector servicios se ven obligados a tirar por tierra sus salarios. Mientras tanto, directivos, creativos, ingenieros, programadores, pensadores ganan terreno y poder a medida que más bienes y más servicios dependen más y más de su trabajo. Y su talento para cumplir con las dos funciones que las máquinas no pueden cubrir: creatividad y relaciones humanas. Las desigualdades de partida, la suerte de los genes, de la imaginación y de las inclinaciones en la primera juventud jugarán un rol mucho más importante determinando el futuro de todos y cada uno de los siguientes humanos.

Pero probablemente lo más importante es que este movimiento hacia la tecnología implica a su vez un desplazamiento hacia la inversión en capital fijo frente al pago de salarios. Al fin y al cabo, si una hora de trabajo de una persona semicualificada o con una cualificación sustituible ya no rinde tanto, el dinero emigrará. Del trabajo al capital. Y con él lo hará también el equilibrio de fuerzas entre quienes disponen de liquidez y quienes solo tienen su fuerza de trabajo. Este desplazamiento será más pronunciado en la medida en que las rentas del capital superen en crecimiento al conjunto de la economía. Tal es la conclusión del maravilloso (y maravillosamente afrancesado) último libro del economista Thomas Piketty, que todos deberíamos hojear.

Qué hacer, se preguntó Lenin hace cien años. Qué hacer, nos deberíamos comenzar a preguntar nosotros, con un mundo en que la cantidad de capital, de talento y de suerte sean cada vez más determinantes para definir presentes y futuros. La respuesta desde la óptica de la justicia y la igualdad está clara: tasar y transferir. Tasar el capital, y tasar el talento, la suerte, la herencia y el entorno. Transferir de hogares afortunados a desafortunados, de capital a trabajo, a ser posible en una forma que asegure al máximo la igualdad de oportunidades. Nada que los suecos no hayan hecho ya. Evitar que la desigualdad se estire tanto y la divergencia se haga tan extrema que se convierta en una amenaza para la democracia representativa, que es probablemente el invento no técnico que más vidas ha mejorado en los últimos siglos. Evitar, en realidad, que una respuesta como la de Lenin (revolución) tenga el más mínimo sentido hoy o mañana. Una desigualdad excesiva, además de implicar un montón de problemas inmediatos para quienes salen perdiendo (o precisamente por ello), pone a las clases favorecidas más cerca de poder influir en el poder, y a las desfavorecidas más cerca de estar muy, muy enfadados por ser los perdedores constantes en el reparto del pastel. Si finalmente se confirma la senda aquí esbozada, nuestros sistemas impositivos y nuestros estados de bienestar deberían cambiar, estableciendo impuestos sobre el capital (como el que propone el mismo Piketty) y concentrando el gasto al máximo en evitar convertirnos en un mundo de mediocres, o de tontos, privilegiados. Y cuanto antes lo hagamos, más probable será que salga bien la cosa, porque menos beneficios se verán atacados.

Es posible que todo esto sea producto no de una imaginación desbordada, sino, al contrario, de la falta de imaginación. Al fin y al cabo, Marx se equivocó de cabo a rabo al prever que las generaciones futuras de obreros caerían en la más absoluta pobreza y desesperación. Erró al no entender que explotación y mejora de las condiciones de vida no son necesariamente conceptos antagónicos. Las demandas de los seres humanos, solos y en sociedad, son imprevisibles. Quizás surjan nuevas necesidades, nuevas oportunidades suficientes para proveer de trabajo manual y dignamente remunerado a una gran parte de la población. Quizás no nos convirtamos en una sociedad de rentistas y pobres peligrosamente desigual. Al fin y al cabo, lo aquí expuesto pertenece aún al género de la especulación. Pero la verdad es que fiarse a la suerte nunca ha sido la mejor estrategia para la humanidad.