¿Quién ha sido el mayor trol del arte contemporáneo?

Tradicionalmente aquello que se consideraba sagrado a menudo se ha expresado de forma artística y, en un camino de doble dirección, lo que se etiquetaba como arte gozaba de un aura de sacralidad. Pero entonces llegó el arte moderno y con él una legión de autores afanados en romper el hechizo, en torpedear las pretensiones de una audiencia culta o que aspiraba a serlo, aquella que se planta frente a una obra mesándose la perilla y poniendo gesto de apretar fuerte, como si quisieran probar los límites de su comprensión, paciencia, buen gusto e incluso su sentido del ridículo. Artistas-trol, en definitiva. Así que a continuación les mostramos algunas de las creaciones —ya sea en forma de pintura, escultura o performance— más bizarras jamás realizadas y en el sentido original del término en castellano, pues hace falta valor para presentarlas y decir orgullosamente «he aquí mi obra», cuando procede más un «¡Ahí queda eso!». Elijan su favorita.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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La Fuente, de Marcel Duchamp

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

A punto de cumplirse un siglo de su exhibición en el Grand Central Palace de Nueva York, esta obra vanguardista del artista francés Marcel Duchamp bajo el seudónimo de R. Mutt no podía faltar. Este urinario expuesto como si de una creación de algún valor estético se tratase marcó un hito al redefinir la naturaleza del arte, que pasaba a ser cualquier cosa que un artista señalara como tal. Duchamp era un hombre dotado de un gran sentido del humor y como provocación estuvo bien, dado que nadie hasta entonces se había atrevido a hacer algo así. El problema es que sus sucesores se lo tomaron en serio y lo repitieron, la pedorreta que interrumpe el acto solemne pasó a convertirse en el acto principal y la espantajeria y mamarrachez comenzaron a asomarse por lontananza.

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Cut Piece, de Yoko Ono

La culpa de todo no es de Duchamp, Yoko Ono también ha tenido su responsabilidad. Esta artista conceptual ya indisolublemente unida a los Beatles comenzó su carrera en los años sesenta con el grupo dadaísta Fluxus, que quería liberar al mundo de la influencia de la cultura europea y promover el anti-arte. En 1964 nuestra protagonista ideó esta performance que recreó en Tokio, Londres y Nueva York y que representa, dicen, «un símbolo de la vulnerabilidad y pasividad mientras la potencial violencia racista y sexista de un deseo destructivo va incrementándose paulatinamente». Suena interesante, pero le falta un embudo en la cabeza como símbolo de la alienación del hombre moderno, especialmente de los comerciales a puerta fría, y un ficus a su lado para representar que todos somos Uno con el cosmos. Su desarrollo creativo posterior ha ido precisamente en esta línea y aquí podemos oírla invocando a Cthulhu.

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Seedbed, de Vito Acconci

En 1972 la galería Sonnabend de Nueva York fue el escenario elegido para una performance ya legendaria. Bajo una rampa por la que caminaban los visitantes, Vito Acconci se dedicó a masturbarse durante ocho horas diarias mientras gritaba a los que pasaban «¡Estás empujando tu coño contra mi boca!» y «¡Estás embistiendo con tu polla en mi culo!», entre otras frases aparentemente vulgares pero no olvidemos que están proferidas por un artista contemporáneo, luego contienen más significado que los escritos de Confucio. En otras performances seguía durante horas a alguien al azar que caminase por la calle o, como en esta, se grababa hablando con la boca abierta. Una obra vibrante, toda una sinfonía de emociones y tormento existencial que hubiera sido sublime si además estuviese comiendo y soltara perdigonazos. Sí, lo que hacía aquel pariente suyo era arte, ahora ya lo sabe.

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Calcetín, de Antoni Tàpies

Foto: Canaan (CC)
Foto: Canaan (CC)

De este artista del informalismo que alcanzó renombre internacional es difícil escoger solo una. Tenemos sobre estas líneas Calcetín, una creación envuelta en polémica, de tamaño tan colosal que estaba previsto que los visitantes pudieran pasear por su interior y que tardó dieciocho años en materializarse, finalmente a una escala mucho menor. «Con él quiero representar la importancia del orden cósmico de las cosas pequeñas», afirmaba campanudo. Pero no es menos reseñable por ejemplo Pila de platos (y que pueden ver en este artículo que le dedicamos), que es eso, una pila de platos. Obra maestra evocadora y llena de matices, no es por enmendar la plana al genio barcelonés, pero si tuviera al lado una sartén con aceite de fritanga —y quizá, por qué no, con una patata frita en medio flotando, como metáfora de la soledad del ser humano en el universo— sería ya inmensa, a la altura de la Capilla Sixtina.

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Coronación de Sesostris, de Cy Twombly

Imagen: Cordon Press.
Imagen: Wikicommons..

Máximo exponente del expresionismo abstracto y miembro de la colección permanente del MoMA de Nueva York, tal como un ilustre crítico expresó sobre su obra: «El arte no recae en la finura de cada marca individual, sino en la orquestación de una serie de reglas personales no decodificadas sobre dónde actuar y dónde no, qué tan lejos se debe ir y cuándo se debe parar, de tal manera que el cortejo acumulativo de caos aparente define un original híbrido de orden, el cual a cambio ilumina un complejo sentido de experiencia humana que no esta dicho». Estamos de acuerdo, lo único que en esta pintura en concreto le sobra el palito suelto de la izquierda, que recarga de forma un tanto innecesaria el conjunto. También añadiríamos el dibujo de un enano de jardín, evocando así el contraste entre la civilización y la barbarie. El enano representaría la barbarie.

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David: imagen reverencial y vulnerable, de Sam Taylor-Wood

David Beckham durmiendo una siesta de una hora en un hotel de Madrid puede ser arte si un artista dice que lo es, lo graba en vídeo y lo se exhibe en la National Portrait Gallery de Londres. Su autora, la fotógrafa británica Sam Taylor-Wood, siente que el arte fluye de manera incesante a través de ella, sencillamente no puede parar de crear, y su carrera en el ámbito audiovisual se ha visto culminada recientemente con la dirección de Cincuenta sombras de Grey.

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Orvillecóptero, de Bart Jansen

Este artista conceptual holandés no encontró mejor homenaje a su gato Orville, después de que muriera atropellado, que ponerle unas hélices y convertirlo en un dron. El invento tuvo éxito mediático y al parecer alguien ofreció nada menos que cien mil euros por la obra durante su subasta, de manera que el día que se le muera la abuela nos tememos lo peor.

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Shoot, de Chris Burden

El F Space de Santa Ana en California fue en 1971 el escenario de una pionera representación en la que disparaban a Chris Burden en el brazo con un rifle. Mientras que en otra de sus performances, Trans-Fixed, se hizo crucificar sobre el techo de un escarabajo Volkswagen. Al final uno no sabe dónde termina el arte moderno y dónde comienza Jackass, pero en cualquier caso y afortunadamente para su integridad física terminó volcándose en creaciones menos lesivas en torno a la elaboración de vehículos no tripulados.

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Primera comunión de jovencitas anémicas en la nieve, de Alphonse Allais

Imagen: Wikicommons.
Imagen: Wikicommons.

Si en su cuadro Cosecha de tomates por cardenales apopléticos a orillas del mar Rojo mostró al mundo todo lo que podía dar de sí el color rojo, en este otro elevó su pericia técnica con los pinceles hasta rozar la perfección. Pero no se crean que fue el único ni mucho menos. Desde entonces otros pintores como Brice Marden, Yves Klein o Robert Ryman han creído que un cuadro monocromático era una buena idea, mostrando así una originalidad a la altura de su talento.

 

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El enigma de Isidore Ducasse, de Man Ray

Foto: Tate.
Foto: Tate.

Una obra que es toda ella pura expectativa —quién sabe si lo de debajo puede dejar a Bernini en un torpe aprendiz— en la que su autor, el dadaísta y surrealista Man Ray, resultó influido por su amigo el anteriormente mencionado Duchamp. Fue pareja por cierto de Lee Miller, fotógrafa de guerra de quien ya hablamos en otra ocasión.

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Mierda de artista, de Piero Manzoni

Imagen de MoMA.
Foto: MoMA.

Como estamos viendo arte es lo que un artista señala como tal, cual mago que hechiza un objeto hasta entonces perfectamente vulgar atribuyéndole así unas cualidades mágicas intangibles. Solo falta definir entonces en qué consiste ser «artista», aunque sospechamos que la respuesta será «aquel que crea obras de arte» y ya tenemos una perfecta definición circular. Piero Manzoni se tomó el asunto muy en serio e hinchaba globos a los que pasaba a denominar Aliento de artista, ponía sus huellas dactilares en huevos duros convirtiéndolos así en arte y finalmente en en 1961, durante un arrebato en el que las musas quisieron que sacara lo mejor de sí mismo, rellenó varias latas con títulos en varios idiomas que anunciaban su contenido y que hoy se conservan en museos como el MoMA o el Tate Modern.

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Tirar la bolsa de basura de Nueva creación de la presentación pública de un arte autodestructivo, de una empleada de limpieza del Tate

Imagen: El País.
Imagen: El País.

La noticia lo dice todo. Arte más allá del arte, quizá tras esta intervención de la empleada de limpieza, trol de troles, la obra hubiera resultado realmente acabada. Pero Gustav Metzger, autor de la instalación, decidió dar un paso atrás y recolocar otra bolsa de basura, pues la anterior, según declaró, había quedado «arruinada».

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Imagen: El País.

Presos políticos en la España contemporánea, de Santiago Sierra

Retirada de ARCO a petición del comité ejecutivo del recinto ferial Ifema, es la obra más comentada desde ayer por la mañana en las redes junto con Fariña de Nacho Carretero. Se trata de la obra Presos políticos en la España contemporánea, de Santiago Sierra, compuesta por veinticuatro retratos pixelados de entre otros: Oriol Junqueras, presidente de ERC; Jordi Cuixart de Òmniun Cultural Jordi Sànchez, presidente de la Asamblea Nacional Catalana, los tres en prisión preventiva acusados de rebelión y sedición como consecuencia de su participación en el procés.


Los duelistas, o la anatomía de un trol

Los duelistas (1977). Imagen: Paramount Pictures / Enigma Productions / Scott Free Enterprises / National Film Finance Corporation (NFFC)
Los duelistas (1977). Imagen: Paramount Pictures / Enigma Productions / Scott Free Enterprises / National Film Finance Corporation

En 1908 Joseph Conrad publicó la historia de un trol. Quizás el lector arrugue la nariz y piense «eso es imposibe». Las breves líneas que vienen a continuación intentarán demostrarle que es así.

Podemos seguir la historia a la que me refiero a través de la obra original de Conrad, El duelo (aquí, por ejemplo), o en Los duelistas, la extraordinaria versión cinematográfica que dirigió Ridley Scott en 1977, antes de Alien y Blade Runner, y mucho antes de rodar algunas de las películas más idiotas de la historia del celuloide. Sea como sea, todo este artículo es un colosal spoiler, así que avisado queda quien siga sin conocerlas.

La historia comienza en Estrasburgo en 1800. Gabriel Feraud, oficial de caballería, se bate en duelo con el hijo del alcalde y lo deja medio muerto. El también teniente de húsares Armand d’Hubert recibe la orden de comunicarle su arresto, cosa que hace en el salón de una dama local, donde lo encuentra por fin pasando la tarde. Feraud lo toma como una ofensa personal, a lo que se añade un supuesto menosprecio de d’Hubert al emperador Bonaparte, y el malentendido acaba en un duelo en el que Feraud sale peor parado, pero que d’Hubert también lamenta al perder su destino en el estado mayor del general Treillard.

Tiempo después, ambos hombres vuelven a encontrarse y retoman el duelo a instancias de Feraud, cuyo honor no parece satisfecho. Esta vez es d’Hubert quien se salva por los pelos. En encuentros sucesivos a lo largo de los años y los campos de batalla europeos, Feraud perseguirá a d’Hubert para enjugar una ofensa imaginaria e irreparable, en duelos de todas las modalidades que solo interrumpirán los destinos separados o la ocasional diferencias de rangos a medida que ambos ascienden en sus carreras militares.

Gabriel Feraud es, claro, el trol al que me refería al principio de este artículo. Como sucede en la red, una vez su vida se ha cruzado con la de Armand d’Hubert no hay otra pasión que le consuma: reparar esa afrenta primordial que solo él ha percibido. Lo que en la vida de internet se corresponde con una pulsión fundamental: llevar razón. Como Feraud, el trol es capaz de perseguir a su ofensor a través de los años y los debates con la intención de hacerle pagar algo que, en general, el resto del mundo no entiende bien, o que con frecuencia se circunscribe al nebuloso universo de las opiniones y los gestos. Porque lo fundamental es que el trol, como Feraud, no busca resolver una cuestión externa a la propia discusión, ni mucho menos alcanzar algún punto de acuerdo con el otro, sino llevar razón, y llevar razón de una manera metafísica y definitiva.

Pero, me dirán algunos, Feraud actúa públicamente en defensa de su buen nombre, mientras que solemos asociar al trol con el anonimato. Cierto es que hay millones de troles anónimos, y no cabe duda de que el anonimato incentiva todo tipo de comportamientos antisociales en la red y fuera de ella. Pero infinidad de ellos actúan en defensa de una identidad que perciben tan real como la analógica. Y, además, el verdadero trol al que dedicamos este ensayo, el trol duelista, no solo actúa a cara descubierta, sino que se recrea en pasear su nombre real y su imagen por todos los rincones de internet en los que busca justicia para su causa. Porque lo que desea de manera ardiente es, ante todo, reconocimiento.

Los duelistas (1977). Imagen: Paramount Pictures / Enigma Productions / Scott Free Enterprises / National Film Finance Corporation (NFFC)
Los duelistas (1977). Imagen: Paramount Pictures / Enigma Productions / Scott Free Enterprises / National Film Finance Corporation

El buen trol añade siempre además una dosis generosa de comportamiento pasivo-agresivo, y alterna las bravatas y los insultos con las protestas y la pose de víctima, de la misma manera que el bravucón Feraud se siente herido de manera irreparable por unas palabras más bien neutras pronunciadas delante de una dama por un mandado. He conocido incluso a alguno que, después de años de publicar libelos y emprender campañas lunáticas contra todo tipo de personajes que, al parecer, le habían ultrajado a él, a su sentido cívico o a una Verdad de orden superior, se quejaba amargamente de que una crítica a uno de sus escritos en los comentarios de un oscuro blog le podía causar un grave perjuicio profesional y de imagen.

Porque además, el trol, como el Feraud avejentado y derrotado del final del relato, siempre tiene a otros a mano para explicar sus fracasos y decepciones. Nunca se le ocurre —y si le pasa por la cabeza, jamás lo deja intuir— que buena parte de ellos quizás se deban a su personalidad obsesiva, y a su incapacidad para entenderse con los demás y transigir con esa forma civil de hipocresía que es el pago por vivir en sociedad y que señala el paso de la adolescencia a la edad adulta. La tragedia fundamental de los Ferauds de carne y hueso reside en que, en determinados contextos de violencia o de opresión, un trol puede ser un figura imprescindible, un ejemplo ético y un héroe; pero en la vida cotidiana, en la que operan los mecanismos más tediosos y menos épicos de la negociación, la transacción y el respeto más o menos cínico a ficciones compartidas, no es más que un bufón, un pobre diablo incapacitado para hablar, acordar y vivir mejor.

El mayor fracaso del trol es que nunca puede alcanzar ni el objeto irreal que persigue ni, por supuesto, todos los bienes relativos o males menores que va atropellando por el camino. El trol es por naturaleza incapaz de formar coaliciones estables, y sus amistades son circunstanciales, siempre supeditadas a alguna enemistad común. Incluso cuando Feraud y d’Hubert se alían brevemente en el invierno ruso contra la amenaza de los cosacos que hostigan a los restos de la Grande Armée, no se deja espacio para la empatía ni el mero reconocimiento del otro, sino apenas para la supervivencia y un bronco sentido del deber. Todo lo exagerado es insignificante, por citar a un contemporáneo de los duelistas como Talleyrand, y la naturaleza obsesiva y vigilante del trol le incapacita para llegar a los lugares donde sus opiniones o actividades pudieran tener alguna relevancia. En suma, aunque a todo trol le mueve supuestamente la persecución de un bien superior, el comportamiento del trol rara vez redunda en bien para nadie, y menos aún para él. Volviendo al relato de Conrad, el más acomodaticio d’Hubert, que quizás solo lo sea por comparación con la intransigencia de Feraud, es capaz de navegar en los vaivenes del imperio, los Cien Días y la Restauración y emerger —herido, desengañado— en condiciones de formar una familia y cuidar no solo de ella, sino hasta de su demente enemigo en la distancia.

François Fournier-Sarlovèse (izq) y Pierre-Antoine Dupont de l’Étang (dcha). Ilustraciones: Dominio público.
François Fournier-Sarlovèze (izquierda) y Pierre-Antoine Dupont de l’Étang (derecha). Ilustraciones: Dominio público.

Al lector quizás le sorprenda saber que tan excesiva y redonda historia como la de nuestros duelistas se basa en personajes y acontecimientos reales. Pierre-Antoine Dupont de l’Étang («d’Hubert») y François Fournier-Sarlovèze («Feraud») se batieron por primera vez en 1794, por motivos análogos a los que retratan Conrad y Scott, y lo volvieron a hacer unas treinta veces más en las siguientes dos décadas. Como en la ficción, Dupont acabó siendo un respetable prohombre de la Restauración borbónica, antes de retirarse a sus estados con la llegada del orleanismo. Por contra, la figura de Fournier tiene más matices que el Gabriel Feraud de la ficción, no necesariamente positivos. Hombre de exaltadas opiniones jacobinas y conducta turbulenta, anduvo alguna vez en problemas por manejar el dinero con ligereza, y acabó cayendo en desgracia tras discutir en público con el emperador. Ni siquiera participó en los Cien Días, ni desde luego le fue tan mal como a su contrapartida literaria durante el reinado de Luis XVIII. Por lo general, el trol de internet se presenta de puertas afuera como un Feraud, se envanece incluso de corresponder con un personaje de convicciones tan fanáticas, tan de una pieza. Pero podemos sospechar que en su ejecutoria cotidiana a menudo se parece más a los claroscuros, las miserias y la, por qué no decirlo, autenticidad humana de un Fournier —aunque, entre nosotros, no descarto haber conocido en la vida a uno o dos Ferauds legítimos.

Para terminar, hay que recordar con Conrad y Scott que la única arma definitiva de que disponemos contra el trol es el silencio. No dejarnos arrastrar a su lógica ni concederle poder sobre nosotros. D’Hubert no puede evitar la persecución lunática de Feraud por los teatros de guerra napoleónicos, y debe batirse en un último duelo afortunado para poder imponerle a su enemigo el más cruel de los destinos, el silencio y la indiferencia. Usted y yo lo tenemos más fácil.