Raqqa más allá de Raqqa

Fotografía: Ricard García Vilanova

Kobane quedó destruida en más de un 70 % en los combates contra el ISIS.

El sorpresivo avance sobre el Estado Islámico de una coalición interétnica respaldada por Washington en Siria deja a su paso el germen de un experimento político sin precedentes en Oriente Medio. Sus líneas fueron trazadas por un disidente kurdo en prisión desde 1999.

«Mohamed, ¿cuál es tu casa?».

El chaval señaló hacia el escombro sobre el que se alzaba otro edificio sin tripas. Un día vivió en el segundo piso. Había que imaginarse tres habitaciones, un baño y un hermoso balcón con rejas que albergaba un gallinero.

Mohamed, árabe de veintisiete años, nunca había empuñado un arma, pero sabía francés. Podía ayudar con la prensa por lo que, aquel día de agosto, convenció a sus mandos para que le dejaran acompañar a los periodistas. Una hora más tarde era escupido desde un vehículo blindado sobre el fantasma de lo que una vez fue su barrio. En otra vida Mohamed había sido profesor de instituto hasta que el EI cerró las escuelas de Raqqa y echó la persiana sobre las vidas de más de doscientas mil almas como la suya. Había abandonado la ciudad hacía dos meses tras pasar otros dos preso. Los yihadistas lo molieron a palos. Uno se podía acostumbrar a la falta de tabaco o de música; a la barba, a los dobladillos del pantalón cosidos a la altura de las pantorrillas e incluso a las ejecuciones públicas de asistencia obligada. Pero la tortura era otra cosa. Logró escapar, de noche, atravesando a nado uno de los canales que irrigan el Éufrates sobre este desierto. Luego se unió a las fuerzas que luchan por expulsar a los extraños de su ciudad.

Fue en la primavera de 2013 cuando una amalgama de grupos yihadistas se hizo con el control de Raqqa hasta que, en 2014, la ciudad se convirtió oficialmente en la capital del Califato en Siria. La única forma de poner fin a una pesadilla que duraba ya cuatro años parecía pasar por arrasarlo todo desde tierra y aire, como en Sirte o Mosul —las otras plazas fuertes de los yihadistas—. El paisaje lunar resultaba recurrente, pero los matices apuntaban a escenarios radicalmente distintos. Congelemos la imagen para distinguir a Mohamed —árabe, como ya hemos dicho— enrolado en las filas de una coalición multiétnica respaldada por Estados Unidos, pero que lideran kurdos afines a un movimiento incluido en la lista de organizaciones terroristas: el Partido de los Trabajadores de Kurdistán, o PKK. Reducir el capítulo de Raqqa a la mera expulsión de los yihadistas de su bastión sirio es perderse la película entera.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Para entender todo esto hay que remontarse un poco más atrás del año «cero» en la historia reciente de Oriente Medio. Fue en 2011 cuando se decidió resetear eso que se da en llamar «MENA» (acrónimo inglés para «Oriente Medio y Norte de África»).

Muchos recordarán aquella Siria en la que eran los turoperadores los que campaban a sus anchas entre Palmira y la ciudad vieja de Alepo. Seguramente también pervive en la memoria del turista de entonces aquel pintoresco detalle: efigies y retratos de Asad padre e hijo —la saga en el poder desde hace más de cinco décadas— alzándose en piedra o cartón en plazas, avenidas y azoteas, la misma que escrutaba con gesto adusto desde los parabrisas de los coches o salvapantallas de cibercafés donde, al igual que en cada comercio sirio, era obligatorio colgar su retrato de la pared.

Se maravillaba el turista, y con razón, de la libertad de la que gozaban las comunidades cristianas para profesar su culto. Cierto, Siria era un oasis en mitad del erial para la tolerancia religiosa que es Oriente Medio. Pero reivindicar una nacionalidad que no fuera la árabe era un desafío que se podía pagar muy caro. Los kurdos lo sabían bien, pero el mundo desconocía esa realidad por completo. Si un pueblo de cuarenta millones de individuos repartidos por el corazón de Oriente Medio apenas despertaba interés, ¿qué opciones tenían los miembros de esta comunidad en Siria, donde apenas sumaban tres millones?

Además, Damasco había hecho lo imposible para que nadie los viera. Se expulsó a miles de sus casas, e incluso se retiró la ciudadanía a decenas de miles. Kurdos que, como única identificación, contaban con un documento que indicaba explícitamente que su portador era «de origen extranjero», aunque no decía de dónde, y que se le prohibía abandonar el país. Por supuesto, no podían casarse, ni comprar una casa o tierras, ni tampoco dar su apellido a sus hijos. Se les llamó ajanib —‘extranjero’ en lengua árabe—, o maqtum, ‘nada’.

Aquella legión de parias crecía inexorablemente mientras el Gobierno recolocaba en sus tierras a árabes traídos de otras zonas de Siria. A diferencia de las aldeas kurdas, las de los colonos tenían escuelas y mezquitas; sus casas luz y teléfono, así como agua corriente canalizada desde pozos artesianos, o del Éufrates. Damasco también les dio armas para defender lo que tan fácilmente habían conseguido. Uno de los decálogos de dichas políticas de asimilación y exterminio escrito por un oficial de los servicios secretos esgrimía que los kurdos eran «un tumor cancerígeno en el cuerpo de la nación árabe» y que, por lo tanto, había que exterminarlos. Todo valía, y fueron concienzudos. Miles de jóvenes desaparecían en manos de un servicio secreto diseñado por la Stasicomo el de Sadam en Irak o Nasser en Egipto—. Solo volvían a aparecer aquellos cuyas familias conseguían dar con un funcionario corrupto al que sobornar con sumas que se contaban en miles de dólares.

Asimilar a los kurdos, «arabizarlos», pasaba por borrarlos de la faz de la tierra, y a sus topónimos del mapa: Serekaniye se convirtió en Ras al-Ayn; Kobane en Ayn al-Arab; Derik en Al Malikiya… Siria podía ser multiconfesional, cierto. Había cristianos, drusos, musulmanes e incluso ateos, pero todos eran «árabes» por decreto. Lo dice el nombre oficial del país: «República Árabe Siria».

En aquel escenario, la actividad política se desarrollaba en la más absoluta oscuridad. Activistas kurdos se jugaban la cárcel, e incluso la vida, enarbolando siglas de partidos clandestinos que tenían sus réplicas legales en el Kurdistán iraquí, o igualmente prohibidas en el turco. Dar con ellos pasaba por complejas negociaciones con contactos de contactos, y de ahí a concertar entrevistas en lugares cuya localización no llegábamos a conocer hasta llegar allí. Y a veces ni eso.

Salih Muslim era uno de los hombres más buscados por el aparato de Asad. En la primavera de 2008, aquel disidente nunca dormía más de dos noches en la misma casa. Ingeniero químico por la Universidad de Ankara, Muslim pasó diez años trabajando en Arabia Saudí antes de volver al país y meterse en política. Fue uno de los fundadores del clandestino PYD (Partido de la Unión Democrática en sus siglas en kurdo) en 2005, un gesto que le condenaría a vivir bajo la sombra que cubría la vida de todo disidente político en Siria. Su apuesta para la solución del conflicto kurdo era la misma que la del PKK. Según Muslim, el PYD compartía la estrategia del maquis kurdo, un modelo que pasaba por cierto grado de autonomía para las zonas kurdas y el respeto de los derechos lingüísticos y culturales de su pueblo.

Durante aquella primera entrevista en una casa de Alepo que hoy ya no existe, Muslim habló de concentrar la lucha en Turquía: un golpe de timón en el país vecino, decía, provocaría un cambio de rumbo para la región en su conjunto. Poco podía imaginar entonces que, cuatro años más tarde, acabaría convirtiéndose en el líder de un movimiento que sacude hoy no solo los cimientos de Raqqa, sino los de todo Oriente Medio.

Salir a la superficie

—¿Cómo estás, Salih? ¿Todo bien?

—La misma situación, ya sabes. Todo bien, sí.

Cada llamada de control era prácticamente un calco de la anterior, y de la siguiente. Muslim no daba nunca detalles de su paradero por teléfono, pero su respuesta no dejaba de ser igualmente explícita durante los años que pasó antes de salir a la superficie definitivamente.

En 2011, y presionado por una coyuntura cada vez más hostil a sus intereses al calor de unas protestas que adelantaban lo que estaba por venir, Asad aflojó el puño sobre los kurdos del país. Fue aquella amnistía, tardía y forzada, la que posibilitó que disidentes como Muslim —que fuera ya elegido presidente del PYD en 2010— salieran de la clandestinidad, e incluso de las cárceles. Y lo que es más importante: a los maqtum y los ajanib se les devolvía su pasaporte tras décadas en el limbo. En el verano de 2012, los kurdos de Siria se hicieron oficialmente con el control de las zonas donde son mayoría, en el norte del país.

El Berlín de la guerra fría no sería muy diferente de aquello: zanjas alambradas y minas para separar dos ciudades, Nusaybin y Qamishli; la primera en Turquía y la segunda en Siria, pero a ambos lados de una misma calle, literalmente. Muslim se encontraba a unos centenares de metros, pero al otro lado de la valla. Hizo falta un rodeo de cuatrocientos kilómetros a través del Kurdistán iraquí para poder reunirnos de nuevo.

Bajo un ventilador que movía una batería de coche, Muslim explicaba que ellos, los kurdos, no se posicionaban ni con el régimen ni con la oposición. Fue entonces cuando escuchamos oír hablar por primera vez de la «tercera vía» en Siria, una propuesta que parecía arriesgada en un momento en el que nadie apostaba por la supervivencia de Asad. Se daba por hecho que, antes o después, el líder sirio acabaría cayendo como Mubarak en Egipto, Ben Ali en Túnez o Gadafi en Libia.

La prensa internacional, más concentrada en lo que sucedía en Alepo o en Homs, apenas reparó en aquel fenómeno que veía la luz en el noreste del país.

Resultaba difícil de explicar que la zona hubiera pasado a estar bajo control kurdo sin apenas mediar tiros mientras las principales capitales sirias se desintegraban en el fuego cruzado. La narrativa oficial, la del PYD de Muslim, era que Asad no quería abrir un nuevo frente con la principal minoría del país y que, básicamente, les dejó hacer. Se trataba de un pacto, tácito o explícito, que, como supimos después, pasaba por que la nueva Administración abortara todo conato de los kurdos de la zona de sumarse al Ejército Libre Sirio, la oposición mayoritariamente árabe.

Reunión entre líderes tribales árabes y representantes del Consejo Civil de Raqqa, el Gobierno interino de la ciudad sitiada, 2017.

Otro secreto a voces era que centenares de kurdos del PKK, la mayoría sirios, habían vuelto a casa desde su bastión de montaña iraquí para gestionar la seguridad. Se crearon las llamadas Unidades de Protección Popular (YPG en sus siglas en kurdo), y fue gracias a ese paraguas militar, y el político del PYD, que los kurdos de Siria pusieron en marcha su proyecto. De la noche a la mañana se abrieron las oficinas de esos partidos políticos que habían permanecido en la clandestinidad durante décadas, así como centros de formación para mujeres en situación de marginación. Arrancaba el proceso de alfabetización en lengua kurda, vetada en la Siria de los Asad: las primeras clases, los primeros periódicos y hasta un canal de televisión.

Mientras el resto del país se sumía en una pesadilla de la que todavía sigue sin despertar, en el noreste se levantaba una sociedad civil y se apostaba por la autogestión de un territorio autónomo dividido en cantones a través del llamado «confederalismo democrático». No se desafía la territorialidad de Oriente Medio, pero se apuesta por una descentralización de los poderes monolíticos de la región hasta atomizarlos a niveles casi municipales.

Las líneas generales de este ideario que bebe del anarquismo en su versión más actualizada fueron trazadas en 2005 por Abdullah Öcalan. Hablamos el líder del PKK encarcelado en solitario en la isla-prisión de Imrali —en el estrecho del Bósforo— desde su arresto en 1999. Aunque se sigue acusando al movimiento de liberación kurdo de secesionismo, lo cierto es que el propio Öcalan descartó la idea de un Estado propio como solución a la cuestión kurda ya a principios de los noventa. La evolución de su ideario iría mucho más allá, virando del marxismo-leninismo clásico hacia el llamado «municipalismo libertario». Se dice que la correspondencia que Öcalan mantuvo desde la cárcel con Murray Bookchin, quien esbozara esa concepción de un Estado descentralizado, se encuentra detrás de ese giro ideológico.

El feminismo o el ecologismo son otros de los pilares de un pensamiento que sigue reivindicando los valores de Oriente en contraposición a lo que Öcalan llama «hegemonía ideológica eurocéntrica».

Catarsis

Fue en el norte de Siria donde se pasó de las palabras a los hechos. La respuesta más inmediata a este experimento político sin precedentes en la región no tardaría en manifestarse. Yihadistas llegados desde el espacio geográfico entre Marruecos y Pakistán cruzaban la frontera desde Turquía gracias al apoyo logístico de Ankara y a la indiferencia permisiva de Bruselas y Washington. Todo valía para tumbar a Asad; los kurdos que quedarían en las cunetas serían un daño colateral necesario, sobre todo para Turquía, que cuenta con la mitad de los kurdos del planeta en su territorio y contempla impotente cómo el plan diseñado por su preso más odiado toma cuerpo en su frontera sur.

Pero el mundo seguía mirando hacia otro lado, a lugares como Ginebra, donde se celebraban esas inútiles conversaciones de paz entre Damasco y una oposición siria cada vez más descabezada, pero a las que nunca se invitó a los kurdos.

Paradójicamente, fue el EI el que los puso definitivamente sobre la mesa. En su avance entre las fronteras de Irak y Siria, el monstruo llegó hasta Kobane, una localidad incrustada contra la frontera turca que se convirtió en el principal escaparate de un pueblo condenado al ostracismo hasta entonces. La prensa generalista nos abría los ojos hacia la realidad de aquellas «guapísimas» combatientes kurdas, a pesar de que eran las mismas que llevaban luchando desde hacía más de treinta años en las filas del PKK.

Kobane se convirtió en una catarsis mediática a nivel planetario; el mundo ponía rostro a sus héroes y heroínas en la lucha contra el mal. Hipérboles a un lado, fue entonces cuando el suflé islamista empezó a desinflarse. Un año más tarde, en octubre de 2015, se crearon las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF, en sus siglas en inglés), el combinado militar que dirige hoy la operación sobre Raqqa. La matriz de dicha estructura eran, y son, las YPG kurdas, pero había que crear unas siglas nuevas con las que árabes, turcomanos, siriacos, armenios e incluso chechenos, sirios todos, pudieran sentirse identificados.

Ha sido esa cintura política demostrada por los kurdos una de sus bazas. Hablaron con Asad para proteger sus zonas al comienzo de la guerra, pero también mantuvieron alianzas puntuales con elementos del Ejército Libre Sirio. Fueron capaces de coordinarse en la batalla de Alepo con las fuerzas de Damasco a la vez que se enfrentaban al régimen en Qamishli o Hasaka, ciudades norteñas en las que el Gobierno sigue teniendo presencia.

En la arena internacional fueron igualmente diestros, como demuestran las delegaciones del PYD en Europa, que incluyen una en Moscú, y las alianzas con Washington, a día de hoy su principal aliado en la lucha contra el EI.

Y así llegamos hasta el barrio de Mohamed, ese profesor de francés que buscaba su casa en la ciudad vieja de Raqqa.

Hablando de la revolución

La campaña contra el Estado Islámico en el noreste de Siria es hoy una eficaz maquinaria sostenida por un contingente de unos cincuenta mil combatientes sobre el terreno, y que cuenta con apoyo logístico en forma de suministros y ataques aéreos de firma estadounidense. A los americanos solo se les ve camino de sus bases protegidas con «hescos», esos cestos de alambre con forro de molesquina que las tropas internacionales utilizaron en Afganistán o Irak. Desde allí hacen volar los drones, o los helicópteros Apache que rompen el suelo bajo el cielo estrellado de Raqqa cada noche. Es entonces cuando se intensifica la ofensiva desde el aire.

Amnistía Internacional ha criticado recientemente la campaña de fuego aéreo y de artillería de Estados Unidos, subrayando que Raqqa se ha convertido en un «laberinto mortal» para los civiles aún atrapados en la ciudad. Según estimaciones de Naciones Unidas, hay aproximadamente veinticinco mil civiles atrapados en Raqqa, muchos de los cuales son usados como «escudos humanos» por los yihadistas.

«Es una cuestión de puro azar, porque nunca sabes dónde va a caer la siguiente bomba», aseguraba Amina, una residente que pudo escapar cuando los yihadistas que la retenían abandonaron precipitadamente su posición.

Los americanos no pisan el frente; para eso están los locales, así como la legión de combatientes internacionales en las filas del SDF: desde bolivianos hasta chinos y japoneses, pasando por escandinavos, griegos e incluso gallegos.

Para Christian, un californiano «empotrado» con los cristianos siriacos en Raqqa, constituye una nueva oportunidad de combatir «por una causa justa», aunque su pasado reciente habla de motivaciones que van más allá de la mera filantropía. A sus veintiséis años, este exveterano de la guerra de Irak dejó los Marines para unirse a la Legión Extranjera, de la que acabaría desertando para llegar a Siria.

«No me movilizaron nunca y yo no puedo estar parado», dice el chaval, de cuerpo completamente tatuado, desde su posición de francotirador en el frente oeste de Raqqa. Christian comparte batallón con Macer Gifford y, probablemente, poco más. Macer —es nombre falso como el de Christian— se presenta a sí mismo como un «internacionalista», pero sin olvidar que era un bróker más en la City de Londres cuando decidió dejarlo todo para venir hasta aquí, a finales de 2014. Por el momento, apenas chapurrea algo de kurdo, no habla árabe, y mucho menos el arameo siriaco de sus anfitriones.

«Es lamentable cómo hemos despreciado en Occidente a los pueblos de Oriente Medio», lamenta el voluntario británico durante la que, dice, es su «primera conversación real» en semanas. «Todavía sigo escuchando aquello de “esta gente necesita un gobernante fuerte para mantenerlos bajo control; no saben gobernarse a sí mismos, no entienden qué es la democracia”… Hoy resulta que son los kurdos los que nos están dando una lección a todos con un modelo democrático propio que echa raíces en una región que ha sido un desierto político; un lugar donde dictadores, o reyes, se han sucedido en el poder durante décadas».

El inglés habla de una revolución «con todas las letras» y dice soñar con ver cómo se extiende por toda Siria, y luego al resto de Oriente Medio. Entre tanto, apunta, pasará por casa para dar conferencias y participar en campañas de sensibilización. Pero no será fácil. Tras el arresto seguro en el Kurdistán iraquí, Gifford puede tener problemas con las autoridades británicas.

El pasado agosto, un informe publicado por la Henry Jackson Society —un think tank británico de ideología conservadora— señalaba que voluntarios como Gifford pueden suponer un problema de seguridad doméstica a su vuelta a casa. Dicho informe apunta a supuestos vínculos entre el PKK —organización listada como «terrorista»— y las YPG, cuyas filas engrosan los voluntarios extranjeros. Entre otras recomendaciones, la Henry Jackson Society hablaba de la necesidad de valorar si dichos combatientes precisaban de la atención del Estado, fuera a través del sistema judicial o de los servicios sociales. Hay controversia.

Mujeres kurdas toman parte en los enfrentamientos contra el Estado Islámico en Sinjar, 2017.

«Nosotros vinimos aquí a ayudar a los kurdos, los árabes y el resto de las comunidades a luchar contra el Estado Islámico; vinimos a compartir experiencias y aprender los unos de los otros», se defiende la también inglesa Kimmie Taylor desde el centro de prensa del frente oeste de Raqqa. A sus veintisiete años, esta licenciada en Matemáticas por la Universidad de Liverpool es la primera británica en las filas del YPJ, el contingente kurdo formado exclusivamente por mujeres.

Tanto Taylor como Gifford son conscientes de que su principal aportación no pasa tanto por su destreza en el combate como por su capacidad de elaborar un discurso que recabe apoyos en el plano internacional. Sea como fuere, numerosos analistas y expertos coinciden en la relevancia de lo que hoy sucede en el noreste de Siria. Manuel Martorell, periodista e investigador, así como una de las mayores autoridades sobre Oriente Medio en el Estado español, habla de «un momento de enorme trascendencia histórica».

«Se está poniendo sobre la mesa que en Oriente Medio son posibles sistemas democráticos basados en el respeto a las diferencias culturales, religiosas y a los derechos de la mujer, y que no es cierto que en esta región las únicas alternativas fueran las dictaduras o los movimientos islamistas, como hasta ahora generalmente se pensaba», subraya el experto navarro.

Martorell suscribe la tesis de que nos encontramos ante una «verdadera revolución», añadiendo que dicho modelo político-social es ya una «referencia que puede revolucionar las sociedades musulmanas, al menos en esta castigada región de Oriente Medio». Desgraciadamente, añade, ha tenido que estallar una cruel guerra, quedar destruidos los Estados de Siria e Irak y emerger la grave amenaza del Dáesh para que se haya revalorizado esa concepción plural y diversa.

El «arquitecto»

Por el momento, son los árabes de Raqqa, a petición propia, los que engrosan la primera línea de combate frente al EI. Se trata de un gesto simbólico pero muy político, que pasa por reconocer el derecho de los azotados por el Dáesh no solo a liberar su ciudad, sino también a gobernarla una vez expulsado el invasor. El Consejo Civil de Raqqa, una suerte de Gobierno interino de la provincia, se concentra en la pequeña localidad de Ayn Issa, a cincuenta kilómetros al norte de la ciudad. Está formado por doscientos notables de la zona, la mayoría de ellos árabes, como el jeque Amir Mohamed Habur. Los kurdos, insiste Habur, los liberaron del yugo islamista, y hoy este representante de uno de los clanes más numerosos al norte del Éufrates no contempla un futuro que no pase por una Siria federal.

«Cualquier otro sistema fallará, y esta es la única alternativa a Dáesh y a Asad», matiza el jeque.

Las palabras de Habur sobre una Siria federal caen como un jarro de agua fría para otros miembros del consejo.

«Siria es una, y nadie tiene derecho a romperla», interviene el jeque Hasán al-Mandi, otro miembro del consejo. Alguien le replica que Alemania y Estados Unidos siguen siendo países «solventes» a pesar de ser Estados federales.

El jeque Bashir Faysal al-Hueidi no pertenece al consejo, pero tampoco lo necesita para ganarse el respeto de los presentes. No solo es el líder de los Bushaba, otra respetable familia de miles de miembros a esta orilla del Éufrates, sino que se jacta de haber rechazado una petición de entrevista del mismísimo Brett McGurk —el enviado estadounidense para la Coalición contra el EI—. Aun así, se ofrece generoso a posar para una exclusiva foto que, dice, nadie tiene.

Según al-Hueidi, el Consejo de Raqqa nunca habría sido posible de no ser por Omar Alush, el kurdo sentado justo a su lado.

Alush ha dedicado su vida a la causa kurda y a la pura filantropía. Fue uno de los fundadores del PYD en 2005, pero también uno de los impulsores de un hospital en su Kobane natal del que se beneficiaron muchos residentes hasta que fue destruido durante el asedio de 2014. Alush, de sesenta años, bromea pretendiendo ser el «Lavrov» —ministro de Exteriores ruso— del Consejo de Raqqa, pero lo cierto es que su papel pasa por ser el auténtico «arquitecto» de lo que se está gestando aquí. Desde su Kobane natal ha ido cambiando de residencia a las zonas árabes limítrofes que eran liberadas del yugo islamista. Estuvo en Manbiy y hoy reside en Tal Abyad, en una casa que comparte tabique con los restos de otra reventada por una bomba de la Coalición. Ahora le toca gestionar Raqqa, donde fijará su residencia cuando se expulse definitivamente al EI.

«Podemos elegir entre vivir juntos o seguir matándonos entre nosotros», esgrime Alush, reduciendo un elaborado discurso a la mínima expresión.

Sin embargo, se acumulan las preguntas sobre el futuro del proyecto a corto plazo. ¿Hasta qué punto depende su supervivencia de la presencia americana en la región? ¿Se prevé una zona de exclusión aérea, como la que posibilitó la existencia, en el norte de Irak, de lo más parecido a un Estado que han tenido los kurdos? ¿Qué hará Asad? ¿Y Turquía?

Alush arquea las cejas y reconoce que ni siquiera se atreve a elucubrar sobre los siguientes renglones de esa historia que él mismo está ayudando a escribir. Ante el devenir más inescrutable, el kurdo zanja la cuestión con otra frase hecha:

«El futuro es ahora».

Una mujer cose en un campo de refugiados a las afuera de Kobani, 2017.


Clare M. Gillis: «Estoy dispuesta a correr muchos riesgos para cubrir historias que me importan»

Fotografía: Eduard Bayer

Sahafa significa prensa en árabe. Es la palabra que James Foley gritaba una y otra vez tumbado en el suelo del desierto, en algún lugar a las afueras de Brega, en la costa de Libia. Es el 5 de abril de 2011, un par de meses escasos después del inicio de la revolución contra Muamar el Gadafi, esa Primavera Árabe que se tornaría en guerra civil y terminaría en el Estado fallido actual. «¡Sahafa, Sahafa!». A su lado están el fotógrafo español Manu Brabo y el surafricano Anton Hammerl. También Clare Morgana Gillis, reportera de guerra. Es una mujer alta, corpulenta, de mandíbula masculina y ojos severos e irónicos. Si no fuera por la sonrisa, que es ancha e infantil, daría miedo.

Foley, Brabo y Gillis pasarán cuarenta y cuatro días detenidos por el régimen moribundo de Gadafi; les pegaron, les interrogaron y finalmente les liberaron. A Hammerl lo dejaron morir en la arena el 5 de abril. Ese día se habían aventurado más allá del frente sin darse cuenta subidos en la furgoneta de unos rebeldes. Gillis volvería a Libia poco después, y luego a Siria, Irak, el Kurdistán, Turquía y Egipto. Foley también, hasta que una oscura confederación de insurgentes islámicos le capturó en Siria, le retuvo un año y medio y le decapitó ante una cámara. Ese vídeo de YouTube fue la presentación mundial del Estado Islámico.

Los mejores textos sobre Foley son de Gillis. Tiene un doctorado en Historia con una tesis sobre sexo en la Edad Media y posee una prosa precisa, económica y llena de destellos. Durante el interrogatorio al que la sometieron los esbirros de Gadafi el militar al cargo le preguntó, con incredulidad, por qué una doctorada en Historia por Harvard, con trabajo de profesora asegurado, había decidido irse a Libia como freelance, en medio de un conflicto, cobrando una miseria. Ella respondió que prefería ser testigo de la historia que leer sobre ella. Cinco años después vive en Brattleboro, Vermont, en el nordeste deprimido, fronterizo con lo whitetrash, y da clases en Darmouth College y Marlborough College, universidades con contratos muy por debajo de sus posibilidades. Su casa es pequeña y austera. Parece provisional. Menos querer escribir, todo en ella lo parece.

Esa respuesta en la sala de interrogatorio, ¿sigue siendo cierta?

Absolutamente. Lo que he estado cubriendo este último año son historias de refugiados que han venido a los Estados Unidos En el periodismo de guerra ves el proceso que lleva a la destrucción de la vida; cuando empiezas a seguir a los refugiados ves lo que significa intentar reconstruirla en un contexto nuevo. También tuve un contrato con la agencia para los refugiados de la ONU, en El Cairo y Jordania. Es otro tipo de historia, algo que puedo seguir de forma agradable, mientras doy clases.

Seguir a refugiados en Vermont no es como meterse en la furgoneta de unos rebeldes libios e ir al frente. ¿Planea volver a la línea de fuego?

Honestamente, los frentes que veo interesantes en Oriente Medio son contra el EI y, simplemente, no estoy preparada para poner en riesgo mi vida. No vale la pena. En el periodismo de guerra se dice mucho que no hay ninguna historia por la que valga la pena morir, pero eso presupone que existe una manera de calcular con antelación que puedes morir por una historia y no por otra. La verdad es que no puedes escoger la historia que se te lleva, aunque sí puedes escoger lugares de donde no se te van a llevar. Esa es mi decisión.

Cuando decidió ir a Libia por primera vez, hace seis años, ¿su mentalidad era otra? ¿Lo que antes no le parecía peligroso, ahora sí? ¿O la diferencia es el EI?

No lo sé. También es una cuestión de estabilidad. La vida de un corresponsal de guerra freelance supone ir saltando de país en país, de conflicto en conflicto, y ya no es tan satisfactoria como era. No sé a qué atribuirlo, si al EI o al fracaso de las revueltas de la Primavera Árabe. Al principio era tremendamente excitante. Era un momento histórico de tales proporciones que no puedo imaginar ser testigo de otro tan poderoso. Era un cambio radical respecto a lo que habíamos visto hasta entonces. ¿Si ocurriera algo parecido? Quizá. Estoy dispuesta a correr muchos riesgos para cubrir las historias que me importan. Pero lo de ahora no me provoca ganas de ir y contarlo. No veo qué puedo aportar en ese contexto. Voy a tener que salir del país en algún momento, eso está claro. Y voy a seguir historias aquí y allá. Pero no tengo vocación de primera línea de fuego.

Hablando de freelance precarios. Fue así, juntando escasos recursos, como conoció a Manu Brabo y a James Foley. Parece ser una tendencia del periodismo de guerra: menos recursos en los medios y más periodistas jóvenes jugándose la vida por cuatro chavos.

Hubo un tiempo, al inicio de las Primaveras Árabes, en que siempre había un montón de freelance viviendo en El Cairo. Cuando la revuelta se extendió a Libia, todos cruzamos la frontera para contarlo. Además, a diferencia de Egipto, en Libia nunca hubo un servicio estable de periodistas internacionales: era territorio virgen. Y luego, de allí, todos a Siria. Entonces las cosas empezaron a volverse peligrosas de verdad. La captura de James Foley y John Cantlie fue la primera señal. No fue una señal de que las cosas se ponían feas, porque feas ya estaban, sino que marcó el momento en que los periodistas empezaron a preguntarse si valía la pena. Ahora muy pocos medios siguen enviando gente allí, muchos dependen de correveidiles locales, lo que puede acarrear problemas de credibilidad. Me da la impresión de que quien continúa trabajando allí ya no es freelance, porque sin estabilidad ya no se puede. No puedes ir a Irak sin una empresa que pague tus gastos. Con el presupuesto de un freelance es materialmente imposible.

¿Tiene esto un efecto sobre el modo en que se cubren las guerras?

Después de la experiencia en Libia, la aparición del EI, la ejecución de Jim y mi propio contexto —me voy haciendo mayor y quiero más estabilidad— empecé a pensar en todos nosotros como un fenómeno histórico. La generación anterior a la nuestra fue la de la guerra de Irak. La gran mayoría de ese periodismo se hizo con reporteros incrustados en unidades del ejército, dentro de la maquinaria militar más poderosa de la historia. Y produjo un periodismo muy diferente, desde la trinchera, desde las mismas retinas, pero de ojos americanos, no iraquíes. Nuestra generación, en cambio, construyó su voz en las Primaveras Árabes y tuvimos en muchos sentidos la experiencia opuesta: muy cerca de la gente, pero sin ningún refuerzo o estructura militar detrás. Y eso produjo otro periodismo. También así comprendí que los beneficios de tener este estilo de vida no compensaban los costes del estrés, de vivir con lo puesto, de la precariedad. Además, acabé harta de Oriente Medio y del desierto. Sobre todo, del desierto. Quiero estar cerca de lo verde. Árboles. Agua. Vermont.

¿Es posible hacerlo?

¿El qué?

Manu Brabo, por ejemplo, en una entrevista, dice: «Estoy aquí —en España— editando fotografías. Luego voy a cenar con mis amigos y mi vida no tiene ningún sentido. Cuando estoy en el frente, mi vida es completa porque tengo una misión, hay trascendencia».

Sí, claro. En ese preciso momento, sí. Tienes trascendencia por unas horas, pero tienes el resto del día también. Hay una vida entera además de ese momento. Y se vuelve a casa, tarde o temprano, de todo.

La adicción que la adrenalina y el riesgo genera en los periodistas de guerra. La dificultad de adaptarse a una vida menos excitante. Pero usted parece contenta y tranquila con el cambio.

Hasta cierto punto. A mí, simplemente, me gusta una buena historia. Me gusta cuando hay algo excitante en el aire. Cuesta de explicar si todo lo que tienes en mente es el conflicto y la guerra. Este verano he asistido a las reuniones vecinales de la ciudad de Rutlan. Reuniones de cuatro horas, en salas sin asientos, gente gritándose, sin aire acondicionado. Un ambiente eléctrico. Gente reunida discutiendo sobre algo que les importa: si su ciudad debe o no debe recibir refugiados sirios. Hay quien tiene un fetiche con las situaciones de vida o muerte: «El tipo que tenía al lado recibió un tiro y yo no». A mí las experiencias cercanas a la muerte no me han llamado nunca. Lo que me gusta es la intensidad de la conversación.

En el documental en homenaje a James Foley usted habla de la competitividad típica de macho en el mundo de los corresponsales de guerra, que lleva a que unos empujen a otros a correr más y más riesgos. ¿Se trata de un ethos de la profesión?

Necesitas tener un grado antinatural de confianza en ti mismo para creer que vas a meterte en algunas de estas situaciones y vas a salir de ellas bien parado. Esa tensión existe dentro de todos nosotros. Tienes cierta dosis de confianza y cierta dosis de humildad (necesaria para poder acercarte a la gente y entablar conversación). Pero a quienes más he oído hablar de este fenómeno es a los fotógrafos: la obligación de estar lo más cerca posible de la acción, en parte porque eres freelance y en parte por la idea —que viene de Robert Capa— de que si no estás haciendo buenas fotos es porque no estás lo suficientemente cerca. He percibido esta agresividad sobre todo en fotógrafos hombres, si te soy sincera. Como escritora no siento la necesidad de estar encima de la cara de alguien mientras está disparando su arma. No lo necesito.

Fotógrafos hombres. Es usted una mujer blanca que trabaja en una profesión dominada por hombres, en países árabes donde las libertades de las mujeres no son las de aquí. ¿Es difícil? ¿Tiene alguna ventaja?

Te da mucho más acceso. Puedes hablar con hombres, eso no es problema, puedes hablar también con las mujeres a solas y puedes entrar en la parte de las casas prohibida a los hombres de fuera de la familia.

Si es así, ¿por qué no hay más?

Sí las hay: Janine di Giovanni, Nicole Tung, Louisa Loveluck, Ruth Sherlock, Maria Abi-Habib, Leila Fadel, Lulu Garcia-Navarro, Liz Lay, y sigue, y sigue. No es una lista corta.

Ningún problema, pues.

A ver, algunas veces mis contactos o guías locales no han querido dejarme ir a algún sitio porque era demasiado peligroso «para una mujer». Pero no me he sentido acosada nunca.

Excepto por ese camello en Libia que, según cuenta en uno de sus reportajes, le ofreció hachís a cambio de acostarse con él.

Ese tipo era tronchante. Mal está decirlo, pero me encanta ese pasaje porque creo que es gracioso; debería hacerte reír al leerlo. Una de las cosas más difíciles de capturar sobre estos contextos es que la gente ríe en muchos momentos. No es tan serio como nos lo imaginamos. Es decir, claro que es serio, pero quizá por eso la otra cara de la moneda está tan llena de risas y humor negro. Los periodistas occidentales no consiguen enseñar ese humor en sus artículos; yo no lo he conseguido la mayoría de veces. Pero en esa ocasión lo conseguí.

¿Hay mucha droga en el periodismo de guerra?

Manu Brabo, citando a Leguineche, suele decir eso de que las tres D del periodismo de guerra son divorcio, drogas y depresión. Y sí, ves a mucha gente practicándolas. Literalmente. Manu está divorciado, yo estoy divorciada. Todos terminamos en una D u otra.

En un artículo en The American Scholar explica que, cuando intentó volver a Libia, algún medio que se había mostrado muy entusiasta reclamándola como «suya» mientras estaba cautiva, de repente no mostró tanto entusiasmo con ese regreso.

Me dijeron que no iban a aceptar mis piezas. Que no querían publicarme. Así que dejé de publicar con ellos y publiqué con otros.

¿Estaban los medios más interesados en usted como historia que como periodista?

Absolutamente. Esto te enseña que las decisiones editoriales se sustentan sobre todo en el número de clics. Si buscas lo que yo escribí sobre mi detención en Libia y sobre Jim, o las noticias sobre otros periodistas que han sido capturados, verás que las fotos y los textos aparecen en las portadas de los medios. Nosotros no queremos esto. Queremos hacer nuestro trabajo, y si acabas en las noticias es porque algo malo ha ocurrido. Pero los editores quieren publicarlo porque les da muchos clics.

A las audiencias occidentales les interesa lo que les ocurre a otros occidentales; nos importa más la gente que es parecida a nosotros, así que cuando hay prisioneros, o alguien ejecutado, o se pide un rescate, se convierte en la historia más vista. De largo. Los editores se han dado cuenta, claro, y eso alimenta su cálculo económico.

¿Cree que esto también condiciona el modo en que los periodistas informan?

La gente que tiene tendencia a hacer cosas así ya lo está haciendo. Ves a todos esos blogueros flipándose: «Estoy en el Kurdistán iraquí, ¡miradme!». ¿Viste ese periodista, no recuerdo el medio, que salía en las imágenes con un AK-47 colgado del hombro? Alguien le paga, pero no hace eso porque le pagan. Lo hace porque es rematadamente estúpido.

¿Qué margen hay para un periodismo lejos del show business?

La industria del periodismo es un mundo muy difícil para contar las historias que uno quiere contar. Pero hay desarrollos interesantes en periodismo de largo formato. The Guardian ha lanzado una sección de largo formato que a menudo es muy buena. Una de las rarezas estadísticas que parece clara hoy es que de hecho se lee mucho más formato largo de lo que se pensaba. Esto podría forzar cambios en el sector. Ahora bien, con la pérdida de voces sobre el terreno las cosas son difíciles. No sabemos lo que está pasando en Siria. ¿Debería ir alguien a los lugares donde está ocurriendo todo? No lo sé. En algunas zonas del Kurdistán sirio es posible operar, si logras obtener visados del régimen. Pero en la mayoría del país no sé. Da igual qué tipo de seguro tengas, qué tipo de acuerdo con tu empresa: estás en una situación peligrosa.

Quisiera hablar brevemente de James Foley. ¿Le desagrada haberse convertido en la persona que da voz a su vida, su historia, su ejecución?

Sí. Me siento como una hagiógrafa algunas veces. Pero Jim era un tipo tan bueno que nadie tiene malas palabras para él. Por mi parte, a pesar haber escrito ya todo lo que tenía que escribir sobre él, me parece importante dar voz a lo que muchos otros sintieron cuando le ejecutaron. Me lo agradecieron. Y fue útil para mí antes que para nadie. La manera que tengo de procesar lo que he visto es escribir sobre ello. Y una vez hecho lo puedo olvidar, como si lo hubiera sacado del disco duro. Flota allí por el mundo y otros pueden leerlo y quedárselo.

La decapitación de James Foley simbolizó la aparición en los medios de algo nuevo, llamado EI. ¿Qué efectos tuvo su muerte?

Lo de Jim fue el EI anunciándose al mundo de una manera muy poderosa. Es difícil pensar qué efectos concretos pudo tener, además de pintar las cosas de manera mucho más clara si cabe: este es un lugar peligroso. El discurso que se empezó a oír en América y que dura hasta hoy es: «Si algo resulta tan peligroso, ¿no debería importarnos un comino lo que allí ocurra? ¿No podríamos dejar a esta gente a su suerte? Salgamos de este lío». Por otro lado, el miedo. Tanto en EE. UU. como en Europa, con los atentados de los últimos tiempos, cualquier cosa relacionada con el EI se convierte en la principal amenaza a la seguridad.

Si sigues la campaña norteamericana parece que el EI es nuestra principal amenaza. Y no lo es. Parece que estemos peor que nunca. Y no lo estamos. ¡Si hasta sabíamos que Bin Laden quería atentar contra las Torres Gemelas porque lo intentó dos veces antes del 11S! No es nada nuevo. La manera en que los políticos lo manipulan, cómo se convierte en miedo público, eso, eso sí diría que es nuevo. Si el vídeo de la decapitación de Jim tuvo un efecto icónico fue precisamente para ese fin: el EI se convirtió en la peor gente del mundo.

¿Son la peor gente del mundo?

No, en absoluto. No son ni siquiera la peor gente en Siria. Lo son Asad y su Gobierno. El noventa y pico por ciento de las muertes en Siria son atribuibles a Asad y a sus aliados, no al EI. De hecho, lo que el EI hace es lo más parecido en el mundo de hoy a un ataque quirúrgico. Mataron a un solo hombre, James Foley, y obtuvieron el odio de toda América. Como acontecimiento histórico es de locos.

Antes ha dicho que «de todo se vuelve a casa». Según cuenta, al volver, un día entró en un Walmart, vio un pasillo lleno de tupperwares y le embargó un sentimiento de absurdidad. ¿Podría desarrollar ese pensamiento?

La idea de la abundancia es extraordinaria. Resulta inevitable pensar en la gente que no tiene nada, esos refugiados que, por no tener, ya no tienen ni una bolsa. Abandonaron sus maletas en algún lugar del camino, quizá en la frontera turca o en la costa griega. No hay nada, todo ha desaparecido para ellos. A eso suma que todo es más o menos lo mismo: tuppers y más tuppers. Le doy muchas vueltas a este momento del tardocapitalismo. La idea de tener demasiado donde elegir y a la vez no tener en realidad nada que elegir. Y, en fin, la profunda absurdidad del tupper. Es algo tan doméstico. No tiene nada que ver con la vida y la muerte. Todo el mundo con quien he hablado que ha trabajado en zonas de conflicto tiene experiencias similares.

¿Usa papel de periódico para envolver la comida ahora, en lugar de tuppers?

¡No! ¡Uso los putos tuppers! ¡Soy una jodida americana, es mi derecho de cuna! [Carcajadas]

Cuando dice que no tenemos en realidad nada que elegir, ¿quiere decir que la libertad no existe, o que la ilusión de poder escoger nos hace menos libres?

En este caso, lo digo en el sentido más literal. La maquinaria del tardocapitalismo y su economía neoliberal se aprecian en cosas como un comentario que escuché el otro día en la radio. Hablaban de si las compañías aéreas pondrían más asientos de lujo en los aviones, y un tipo dijo: «No, lo que la gente quiere es lo más barato». Si las compañías vendieran billetes a diez dólares para volar de pie o incluso encorvados, los venderían. Llenarían un avión abarrotado de Nueva York a Tokio. Que así sea no significa que esté bien para la gente. Hay muchas fuerzas tomando decisiones por nosotros en contra de nuestros intereses. He aquí un eslogan de Bernie Sanders: «alguien se está haciendo rico, y no somos nosotros».

¿Qué ha aprendido de la guerra?

La única verdad sobre la guerra, y nunca me cansaré de repetirlo, es que, una vez has entrado, ya no hay salida. Si eres corresponsal, sí, puedes salir. Pero como país, una vez te comprometes a entrar, no puedes salir. Y como individuo, estés donde estés, especialmente si estás luchando, no puedes terminarla, no puedes irte, no puedes simplemente parar. Piensa en la decisión de Obama de salir de Irak porque ahora resulta que los norteamericanos ya han tenido suficiente. A ver si adivinas quién ha tenido suficiente también. Los malditos iraquíes. Ellos se hartaron hace tiempo. No estoy diciendo que continuar con la ocupación americana habría sido una gran idea, pero es radicalmente contrario a toda ética destruir un sistema, un orden, para luego marcharse y dejar el país a su suerte. Los EE. UU. pusieron en marcha algo de lo que los iraquíes no se pueden deshacer, les metieron en el estado de guerra, que es irresoluble, especialmente en su contexto.

¿Qué otra opción hubiera sido más ética?

¿Además de no ir, en 2003?

Sí, una vez allí.

Mira las cosas que han tenido éxito: en 2006 y 2007 conseguimos que los insurgentes suníes que luego formarían el EI no nos atacaran y no atacaran instalaciones gubernamentales. ¿Cómo? Dándoles dinero. ¿Es una buena solución? No. Pero no estoy segura de encontrar algo mejor, honestamente. Algo que siempre he dicho sobre ser periodista: mi trabajo es registrar lo que ocurre, no decir lo que debería pasar. Ahora bien, todo el mundo que tenía cerebro en 2003 sabía que sería un desastre. Lo que no se sabía es que sería este desastre absoluto.

Su respuesta sobre lo aprendido en la guerra es muy sistémica. ¿Qué hay de lo que ha aprendido sobre nuestra naturaleza?

Siguiendo mi primera observación, hay un momento en que cruzas ciertas fronteras —no digo ideológicas, sino personales— y ya no puedes volver atrás. Tus vecinos se vuelven tus enemigos. Una vez has cruzado esa línea no hay manera de volver atrás.

Ha sido testigo del surgimiento y la caída de las llamadas Primaveras Árabes. ¿Ve razones comunes a los distintos países que expliquen tanto el surgimiento como la caída?

Por supuesto. Fundamentalmente, lo que hubo es un montón de gente en contra de dictadores autoritarios. Algunos de los insurgentes eran islamistas, otros seculares; algunos militares, otros civiles; e incluso hubo indiferentes que se dejaron llevar por el estado de ánimo reinante. Solo les unía la oposición al dictador. Cuando derrocaron a esos Gobiernos y llegó el momento de construir un nuevo régimen, no existía un camino claro por el que avanzar. En parte, porque en estos países no hay una tradición fuerte de política de oposición; la oposición está toda en la cárcel. Los islamistas, en cambio, sí tenían una muy buena estructura y una base fuerte. En Egipto especialmente, los Hermanos Musulmanes es una organización con ochenta años de historia, con mucha fuerza e influencia en comunidades por todo el país, con dinero y poder.

A la falta de cohesión dentro de las fuerzas de oposición y a la preeminencia de los islamistas hay que sumarle cosas como… los EE. UU. Por ejemplo: hubo una revuelta en Baréin. Mis estudiantes me decían: «¿Cómo que hubo una revuelta en Baréin? Nunca hemos oído hablar de ella». Hay muy buenas razones para ello. Los saudíes la reprimieron con nuestra tácita —ni siquiera tácita— aprobación porque Baréin es donde tenemos la 5.ª Flota de la US Navy y debemos mantener la estabilidad. Cuando ves cosas así te preguntas cuál es el poder real de la gente en la calle contra una maquinaria tan increíble.

Por otro lado, tampoco hay fuerza suficiente para imponer la estabilidad. En países como Irak, Libia, o incluso donde hay un ejército profesional y bien organizado, como el ejército sirio, a las fuerzas armadas no les ha ido nada bien. En Siria deberían haber ganado hace mucho tiempo. Que no lo consigan y hayan tenido que traerse a los rusos y a los iraníes —quienes, por supuesto, están encantados de participar en el jaleo— demuestra qué débiles eran desde el principio esos sistemas. Pero son lo suficientemente fuertes para mantener vivo el caos.

Es muy crítica con el papel de los EE. UU. ¿Se siente culpable?

Siempre siento que me estoy disculpando. Cuando hablo con iraquíes, por ejemplo, siempre les digo que estuve en contra de esa guerra, que me manifesté contra esa guerra, que pensaba que era una idea horrible y que no creo que lo que ahora vemos, la total apoteosis de esa guerra, la aparición del EI, sea más horrible que la guerra misma. Por este motivo siento la necesidad de estar allí y escuchar a la gente, especialmente como norteamericana. La gente de Oriente Medio está muy acostumbrada a ver a norteamericanos entrando en tromba en su país para perpetrar asesinatos encubiertos o prestar apoyo a dictadores, o directamente marchando para ocuparlo militarmente. Así que siento que lo mejor que puedo hacer es simplemente hablar con alguien, como individuo, para que tengan una idea de quién soy, como persona, como estadounidense que está en desacuerdo con su Gobierno. En cierto sentido, en un sentido profundo, sí me siento responsable. Es un desastre. Tanto de lo que hemos hecho es un desastre.

La explicación clásica para el Oriente Medio es: secularistas vs. islamistas. Los secularistas son autoritarios, apoyados por el ejército y por los poderes occidentales. Y los islamistas tienen poder electoral, ganan a menudo si hay elecciones, y cuando lo hacen son sectarios e intolerantes. Las Primaveras Árabes fueron leídas como la esperanza de una tercera opción, quizás como nuestras revoluciones liberales del siglo xix. ¿Existía esa posibilidad? ¿Existe todavía la posibilidad de una tercera opción?

En Egipto hemos visto un crecimiento importante de la sociedad civil. O al menos están intentando crecer en medio de un contexto de destrucción del tejido de ONG, y bajo un Gobierno que parece ser aún más autoritario de lo que era Mubarak. Pero ves jóvenes universitarios, de mentalidad secular, esforzándose por algún tipo de progreso político. Las organizaciones de la sociedad civil se dedican a reunirse con otros egipcios y les enseñan qué es la ciudadanía, qué es una Constitución, qué significa la democracia. Estas cosas son esperanzadoras a nivel micro. En el contexto general, la descripción que has hecho es todavía muy precisa.

En Egipto precisamente, en 2013, el militar Abdelfatah al Sisi echó al islamista Morsi, después de que Morsi y los islamistas ganaran las elecciones posteriores a la defenestración de Mubarak. La Primavera Árabe vino y fracasó, y hoy el Gobierno es más represivo incluso que el de Mubarak. Usted vivió en El Cairo en 2014. ¿Va a continuar todo igual?

Por lo que sé, la oposición está callada, reagrupándose. Saldrán a la calle otra vez. Hay una gran tradición de protesta callejera en Egipto, mucho más que en otros países. Lo más desastroso de 2013 fue que el ejército consiguió que el ala popular de los jóvenes educados y seculares aceptara la idea de que el ejército tenía como prioridad el bienestar de Egipto. Así que formaron una alianza contra Morsi y sus seguidores. Dije esto desde el principio, cuando echaron a Mubarak: no puedes tener al ejército, que es la única institución fuerte del país, diciendo que representa la voluntad del pueblo. Ante esto debes ser suspicaz. El ejército no tiene voluntad. Es simplemente un brazo armado. ¿Quién lo dirige? Hoy el Gobierno es más duro que nunca reprimiendo a la oposición. Las sentencias por violar leyes antiprotesta son tremendamente estrictas. Si tres personas se reúnen, quizás están protestando: esa es una ofensa punible con cárcel.

¿Podemos establecer un contraste entre el modo más sectario de comportarse de Morsi en Egipto, que llevó al restablecimiento del autoritarismo, y el caso de Túnez, con la democratización del partido Ennahda y el liderazgo moderado de Ghanuchi, donde el escenario pos Primavera Árabe es estable y exitoso en comparación?

Es evidente que lo que hizo Morsi en Egipto no funcionó. Túnez es un país con el que no estoy tan familiarizada, pero siempre se señala como el gran éxito de la Primavera Árabe, como la excepción. Es sin duda el mejor caso. Votaron, un partido ganó y obtuvo el poder. Y lo mantiene. No hay protestas violentas. Es estable. Pero si miras al aparato de seguridad, que es, en parte, a lo que se referían las revueltas cuando decían querer el fin del régimen, verás que ese aparato de seguridad sigue intacto. Las instituciones, la policía, el ejército: todo es exactamente lo mismo. Tienen un nuevo amo. Supongo que era suficiente para ellos.

Turquía pareció la excepción durante mucho tiempo. Se nos decía que existía un equilibrio entre el secularismo controlado por el ejército, la democracia y la religión como parte de la cultura popular. Pero, ahora, Erdogan se ha revelado como un autoritario y un islamista sectario a la vez. ¿Cómo ve a Turquía?

Es muy difícil de decir. Desde el principio de la guerra de Siria han servido como base para el ejército y para el liderazgo político de la oposición. O sea, se han posicionado contra Asad y son nuestros aliados, en teoría, porque son miembros de la OTAN. Cuando iniciaron su incursión en Siria este verano entraron en conflicto directo con los kurdos, que reciben apoyo de los EE. UU. Por cierto, este choque pone de relieve la locura absoluta que yace bajo el principio «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Hay tantos enemigos y amigos entrando en contacto en esta guerra subsidiaria que resulta imposible introducir lógica alguna.

¿Guerra subsidiaria de quién?

Irán y Rusia están en un lado, mientras los saudíes y los estados del Golfo apoyan a muchos de los rebeldes, entre otros actores.  En este contexto, no puedes confiar en Erdogan. Piensa por ejemplo en cuántos académicos y profesores han terminado en la cárcel bajo sospecha de estar involucrados en ese supuesto golpe de Estado. Suena como algo que Erdogan orquestó para ser el héroe, culpar a la oposición y purgar a todo el que estaba en su contra. Si vives en Oriente Medio durante un tiempo acabas creyendo en teorías de la conspiración. Hay veinte mil profesores en la cárcel. El Gobierno emitió una orden para que los académicos turcos que trabajasen en el extranjero volvieran a casa. Cualquier estudiante o profesor turco en nuestras universidades ahora mismo debe vivir en una auténtica paranoia.

Libia. ¿Estado fallido?

Sí, claro. Se podría argumentar que nunca fue un Estado, sino una amalgama laxa de ciudades-estado alrededor del culto a la personalidad de Gadafi. Gadafi era tan impredecible y Libia tan pequeña que fue capaz de mantener a la gente a raya enfrentando a distintas partes de la sociedad contra otras. En una zona financiaba a tribus de piel más oscura, más africanos, para luchar contra los árabes. Y hacía exactamente lo contrario en otras zonas. Supo mantener a todo el mundo a punto de perder el equilibrio y, a la vez, lo suficientemente alineados con sus propios intereses dictatoriales. Nunca fue un Estado y hoy es un Estado visiblemente fallido. El Gobierno que hay ahora en el este recibió un avión lleno de billetes impresos en Rusia: son unos billetes que no puedes usar en ningún otro lugar de Libia. Esa es prácticamente la definición de Estado fallido. No pueden imponer ningún tipo de uniformidad dentro de sus propias fronteras.

Escribió una pieza para Foreign Policy en la que habla del intento del Gobierno de transición de sustituir el «Libro Verde» de Gadafi, con el que se adoctrinaba en las escuelas, por un manual que recupere la historia olvidada de Libia. ¿Ve posible la aparición de un consenso?

Lo veo muy improbable en este momento. Ni siquiera sé exactamente qué órganos están funcionando en el país, ni qué tipo de comunicación hay entre este y oeste, entre Misurata, Trípoli y Bengasi. Es muy difícil de imaginar porque la identificación con la ciudad es mucho más fuerte que la identificación nacional. Hay una variedad de identidades más fuertes que la nacional: tribus, familias, barrios. Además, mucha gente se ha ido, sobre todo jóvenes que tenían alguna esperanza en el futuro y que ya han visto que era un desastre. Prefieren formar una familia en algún lugar en paz como refugiados políticos.

El proceso que va de la tribu al Estado, ¿consiste en ampliar lealtades o se consigue a la fuerza, cuando una mayoría se impone a una minoría?

Siempre habrá minorías sobre las que se va a ejercer la imposición. Pero es necesario algún tipo de equilibrio que permita a la gente identificarse con una bandera o un líder, y decida dejar las armas y terminar la lucha. Esto no ha ocurrido en Libia, y no hay ningún signo de que vaya a suceder.

Ha contado que hubo un momento en Siria en que los periodistas dejaron de ser bienvenidos. Al principio la gente les veía como aliados. Y luego, de repente, lo contrario. ¿Qué pasó?

Ocurrió que mucha gente, incluso los periodistas sirios, se fijaba en el ejemplo de Libia. Recuerda que cuando los periodistas cubrieron la inestabilidad y la inminencia de masacres en Libia, la OTAN se movilizó y empezó a dar apoyo aéreo a los rebeldes. Esperaban lo mismo. Que los periodistas enseñarían lo mal que estaban las cosas y la OTAN intervendría muy rápido para dar apoyo y echar a Asad. Pero no ocurrió nada parecido. Ibas allí y te decían: «Os he contado la misma historia muchas veces. Soy un estudiante de Veterinaria y llevo año y medio operando a gente herida por bombardeos del Gobierno. Es la misma situación exactamente, solo que peor». Por otro lado, en cualquier guerra las cosas se van recrudeciendo, pero Siria, además, pertenece a una región que lleva mucho tiempo en conflicto, y existe una clase de criminales que han echado raíces en el caos. Sirios que fueron a Irak a luchar con la insurgencia, e iraquíes que entraron en Siria a sumarse a la guerra. En este contexto, cada vez se daban más situaciones donde te pedían el pasaporte y te preguntaban qué hacías allí. Recuerdo un amigo fotógrafo que tenía unas fotos de los rebeldes a los que cubría: estaban ejecutando a un prisionero. Te conviertes en testigo de un crimen de guerra y todo se vuelve muy delicado: ¿van a dejarte salir? A estas alturas todo el mundo sabe que nadie se hace responsable de nada en Siria, en ningún bando. Y nosotros dependíamos de esa gente para movernos con seguridad. Toda la relación se fue viciando, sin salida. Dejamos de ser bienvenidos.

En uno de sus reportajes sobre Siria, da razón de la antigua coexistencia que allí había entre chiitas, suníes, kurdos, cristianos… y de cómo esa coexistencia se ha roto. ¿Hasta qué punto esa coexistencia era real o más bien un grupo dominando a los otros?

Hay una diferencia fundamental entre la ciudad y el campo. En el campo, claramente podías decir qué pueblo era suní, o alauita, o cristiano. En la ciudad, aunque también tenías el barrio armenio, el barrio judío —sí, había un barrio judío en Damasco, totalmente vacío ahora, por supuesto—, la gente se rozaba, estaba en contacto. Son las ciudades las que han sufrido el desgarro de la guerra. Damasco es un poco más segura, pero Homs está destruida y era una ciudad considerablemente diversa. Cuando alguien huye de situaciones dramáticas va a refugiarse con quien se siente seguro, con quien tiene su misma identidad. Y, aunque es cierto que hasta cierto punto el cosmopolitismo sirio era una ficción, si te fijas en la historia de Oriente Medio, sus ciudades han sido crisoles de culturas desde el principio de los tiempos.

¿Podemos relacionar directamente el escenario actual con el momento de la descolonización, cuando británicos y franceses dibujaron las líneas de los mapas y crearon mayorías y minorías dentro de cada país?

Sí. El verdadero rol que jugaron fue favorecer a ciertos grupos sobre otros. Los franceses, por ejemplo, favorecieron a los alauitas, y eso enfureció a los suníes. Pero también es importante recordar que todas las fronteras son artificiales, en el sentido de que han sido creadas por nosotros. En EE. UU. tenemos este mito, esta fantasía de que empezamos en un océano y fuimos hasta el otro como si fuera natural hacerlo, pero en realidad eso fue el producto de una filosofía muy específica del siglo xix, el «destino manifiesto», según la cual esta tierra simplemente nos pertenece. Y lo hicieron realidad, obviamente, aniquilando a toda clase de grupos étnicos durante el proceso. Lo hicimos de una manera tan concienzuda que no existe un pequeño barrio alauita para alzarse contra nosotros. Si quieres indios, corre, ve a buscarlos a las reservas: 90 % de paro.

Autores como Shadi Hamid o Tarek Osman dicen que puede existir una forma específicamente islámica de ser democrático, y que deberíamos dejar de repetir que el islam debe reformarse según nuestros parámetros.

Esta idea es interesante. Lo que podemos afirmar con cierta seguridad es que los poderes occidentales llevan interviniendo más o menos en Oriente Medio durante siglos y lo han dejado en el estado actual (no sin la colaboración de los locales, claro). Pero debes preguntarte cuánto margen han tenido para desarrollar ciertos tipos de sociedad, después de que los franceses y los británicos dividieran su imperio colonial en distintos países y pusieran a sus reyes-marioneta para controlarlos. En cierta medida, hoy siguen orquestando la función tras las bambalinas. El caso es que la mayoría de la población era agrícola y no necesariamente alfabetizada. En las capitales existía —y existe— una clase educada e influyente, muy pequeña, que tenía su destino y su fortuna atados al del dictador o la marioneta de turno o lo que sea. Cuando nos preguntamos si el islam necesita una reforma, alguien podría responder, hipotéticamente, que lo que el islam necesita es que todos los demás se callen la puta boca y les dejen tranquilos. Que hablen ellos. ¿Por qué seguimos interfiriendo y diciéndoles lo que deben hacer? Interferimos porque es lo que nosotros necesitamos. Sentirnos mejores. Sentir que no nos odian. Sentir que se están convirtiendo en algo más parecido a nosotros. Lo hacemos por nosotros, no por ellos.

La revista Foreign Affairs dedicó su tema central al futuro del ejército de los EE. UU., y se pregunta cuánto más debe crecer y si hay un tope.

Es una circunstancia profundamente extraña y genuinamente americana. Justo estaba leyendo hoy un reportaje sobre suicidios en el ejército de los EE. UU. y sobre el caos y la disfunción de los hospitales de veteranos. Muchos de los veteranos no están recibiendo el tratamiento que necesitan y, mientras, el presupuesto de Defensa es como el PIB de África —África, un continente—. Es incomprensible. Norteamérica es incomprensible, como idea. O se vuelve incomprensible cuando ves cosas así ante tus ojos. No sé si alguna vez has estado en un hospital de veteranos, pero es la cosa más sórdida y jodida que hayas visto, como un lavabo en una estación de autobuses: cutre. Y, a la vez, ahí están las pegatinas amarillas de las furgonetas: «Apoyamos a nuestras tropas». Mira, no. No las apoyamos. En absoluto.

Uno pensaría que en un país donde el ejército es tan importante, el sistema garantizaría una buena vida para los veteranos, para incentivar el enrolamiento.

Es difícil saber por qué la gente sigue alistándose. Algunos creen que es su mejor opción para prosperar. También hay quien vive de la idea de que a los hombres les gusta ir a la guerra: eso siempre ha estado ahí. Es abominable. Incomprensible.

Estas son unas elecciones presidenciales muy centradas en Oriente Medio. En primer lugar, por la insistencia de Trump en poner el mundo musulmán bajo el foco…

Sí, y por no permitir la entrada a musulmanes, o realizarles test ideológicos antes de entrar.

… pero también por Clinton, que fue secretaria de Estado durante los acontecimientos de los que hemos hablado, y que es conocida por ser una «halcona» del ala dura en política exterior. ¿Qué valoración haces de ambos?

Si quieres ser de la línea dura, volviendo a lo que te decía antes —que una vez has empezado una guerra ya no puedes volver atrás—, creo que tienes que comprometerte. Estos halcones hablan ahora de enviar apoyo aéreo y prometen no poner soldados sobre el terreno, pero si quieres tener un efecto real en los acontecimientos, probablemente tengas que mandar tropas. O te olvidas o intervienes del todo. Pero ordenar un par de bombardeos no es una manera de darle la vuelta a la situación. Puedes matar a unos cuantos líderes del EI, y, de hecho, según las estadísticas, parece que han matado a diez mil combatientes, lo que es muy significativo teniendo en cuenta que tampoco es que haya tantos. Pero, de nuevo, con esto no consigues nada si se trata de controlar el territorio. En cambio, ahí tienes al ejército iraquí, al que hemos intentado entrenar durante años sin éxito, no sé si porque estuvo mal planeado o mal ejecutado o qué. Cuando te comprometes a usar la fuerza debes comprometerte al peor escenario posible. ¿Hay alguien dispuesto a ese compromiso? No. ¿Sería positivo para los afectados en cuestión? Me cuesta mucho imaginar qué podría ser peor en Siria ahora mismo. Y, sin embargo, sigue empeorando.

El Gobierno norteamericano, Obama en particular, quizás contra la opinión de Clinton, tomó la decisión de no intervenir en Siria. Fue una novedad, considerando lo que había ocurrido en Afganistán, Irak y hasta Libia.

No te olvides de que dijeron «esto es una línea roja, si Asad la cruza, intervendremos». Esa línea se cruzó y no pasó nada.

¿Cree que su no intervención está también en la raíz de lo que ha ocurrido en Siria?

Exacto, eso mismo dice Hamid en muchos de sus textos: no hacer nada es también hacer algo. En este caso, por ejemplo, envalentonar a Rusia e Irán. ¿Cuál es el uso apropiado de la fuerza? Ojalá lo supiera. Es fácil para mí decir cuán desastroso ha sido todo a toro pasado, y trato de pensar cómo mejorarlo. Pero no tengo ninguna idea clara. Si hubiéramos bombardeado a Asad en 2013 por cruzar las líneas rojas, creo —creo— que probablemente —probablemente— hubiera ido mejor. Dios, no lo sé. ¿Sería más estable o menos estable? En cualquier caso, el gran desastre es haber permitido que Rusia e Irán se hicieran más fuertes. Habida cuenta de que estamos ante una guerra subsidiaria, solo se va a solucionar militarmente sobre el terreno o con diplomacia. Pero si renuncias a presionar militarmente, no obtienes nada por la vía diplomática. Si ni siquiera consigues que dejen de bombardear durante un alto el fuego —nada más básico— significa que no tienes ningún poder. Y esto podría tener su origen en aquella renuncia a intervenir una vez se cruzaron nuestras «líneas rojas». En cambio, Obama ha lanzado ataques contra objetivos concretos del régimen; ¿qué efecto sustancial ha tenido? Es solo otra pluma en el sombrero de los antiimperialistas. «Oh, América está en todos lados, ¡largaos, largaos!». Tiene que haber una respuesta mejor. Tiene que existir.

En estas primarias hemos visto la aparición de Bernie Sanders. ¿Es esta nueva izquierda también el resultado de la última década de guerras y de la manera en que los EE. UU. quieren verse a sí mismos en la arena internacional?

Me encanta todo lo que Bernie ha dicho sobre política interior. No concibo ningún modo de costear todo lo que propone, pero me gusta. Ahora bien, sus ideas en política exterior son inexistentes. Esta no es manera de funcionar para un país como el nuestro.

Trump. ¿Cómo explicamos su éxito?

El problema con Donald Trump… no sé por dónde empezar. Supongo que de eso se trata exactamente. Cualquier cosa que digas sobre él en última instancia le fortalece. El hecho de que yo esté hablando de él ahora mismo le da más fuerza. Incluso siento que no debería. Cuando veo artículos sobre él en internet, no quiero clicarlos. No quiero dar razones a los editores para continuar produciendo ese material. Trump habla al mínimo común denominador de la gente. A sus seguidores les encanta que no le guste ser políticamente correcto y que no le guste cuando los demás son políticamente correctos. Son un grupo de gente acostumbrada a tener el control, y no les gusta, por ejemplo, tener que tratar a las mujeres con respeto y no con el sexismo de 1950. Les molesta tener que hablar con respeto a los que son distintos. Les cabrea. No es algo que me cause simpatía, por supuesto.

¿Y su política exterior?

En lo tocante a Oriente Medio, Donald Trump es el mejor reclutador para el EI que existe. Pone en el centro la idea de que América odia a los musulmanes y que te van a tratar como un terrorista, lo seas o no. Es más fácil imaginar o cometer actos de violencia contra alguien como Trump. Es un desastre.

¿Qué debemos hacer los periodistas con alguien así? ¿Cómo le cubrimos? Ha habido mucha polémica porque se acusa a los medios de no comprobar con suficiente precisión sus afirmaciones y no denunciar con más intensidad sus mentiras. Pero no es cierto. La razón para comprobar si un político dice la verdad es avergonzarle si no lo hace. Pero para avergonzarle, a él y a sus seguidores les tiene que importar la verdad. Y no es el caso. Así que no funciona. Si el periodismo no sirve para decir que un hecho es o no es verdad, ¿para qué sirve?

¿La cuestión no es más bien que los medios que le contradicen no tienen ninguna credibilidad para el votante de Trump?

Cierto. Y se dice mucho también que no existe eso que llamamos la verdad. Popular Mechanics que es, obviamente, una revista científica, desactivó su sección de comentarios después de hacer un estudio que demostró que había gente que entraba en la sección con una comprensión firme de ciertos conceptos científicos y, después de participar en los comentarios, terminaban con una comprensión menos firme de conocimientos que eran correctos. Concluyeron que la sección de comentarios volvía más tontos a sus lectores. Existe una desconfianza hacia los hechos mismos. Todo les parece un invento, probablemente de alguien en Nueva York con algún tipo de propósito político.

Antes me ha dicho que está trabajando en el seguimiento de los refugiados sirios en Vermont. ¿En qué consiste el proyecto?

Hay un plan, en Rutland, Vermont, para reubicar a cien refugiados sirios. El acalde desarrolló el plan con el director del programa de acogida de refugiados del estado de Vermont, que es uno de los nueve centros neurálgicos de reasentamiento de refugiados en el país. Es una ciudad pequeña. Antes era una de las más grandes de Vermont, pero ahora apenas tiene dieciséis mil habitantes. En los viejos tiempos, había canteras de mármol. Ahora tiene una central de General Electric. Está en el epicentro del declive posindustrial de todo el nordeste —y de otras partes— de EE. UU. Gente que solía tener trabajos en fábricas, y ahora todo es una mierda. Adictos a los opiáceos, muchos sintecho, y ninguna oportunidad para los niños. Quien crece allí, a la que termina el instituto, bum, se pira.

Así que el alcalde decidió traer sangre fresca a la ciudad y convertirla en un lugar diverso que fuera atractivo. Habló con empresarios locales, las agencias estatales, y, cuando anunció el plan, parte de la población reaccionó positivamente, «esto es ilusionante, queremos una comunidad más diversa, América va de esto, blablablá». Otro grupo reaccionó negativamente: «no, tenemos veteranos sin techo, los refugiados van a traer tuberculosis, van a querer aplicar la sharía, vamos a tener que construir una mezquita». Este conflicto se ha ido desarrollando a lo largo del verano. Se celebran larguísimas reuniones en el Ayuntamiento, en la biblioteca pública, con discusiones a gritos.

Entrevistarles no es fácil. Hay gente que está sinceramente preocupada por si un sirio va a violar a su hija. Se reduce todo a una asunción sobre otra cultura que se basa en el miedo.

Lo más interesante es que se trata de la batalla por el alma de América, una batalla que está sacudiendo todo el país. Es el tema de esta campaña electoral: ¿Qué tipo de gente somos? ¿Somos un atajo de xenófobos con tanto miedo como para no asumir ninguna responsabilidad en una crisis que ayudamos a crear? Incluso si no lo hubiéramos hecho, basta con mirarlo matemáticamente. Hay un grupo de personas que no tienen nada, que vienen de la guerra y el caos, y en el otro lado estamos nosotros, el país más rico del planeta, con un montón de espacio libre. Es justo, es una forma de justicia que lo compartamos, en lugar de dejar que Alemania se quede sola con su millón de refugiados.

¿Qué piensa de la reacción de Europa ante la crisis de los refugiados?

La acogida de un millón de refugiados por parte de Alemania responde a un bello sentimiento, pero está poniendo su sistema de asistencia al límite y dando argumentos a la extrema derecha en toda Europa. Eso también hay que introducirlo en la ecuación. Si miras el éxito de Trump ves que la gente se siente realmente amenazada. Este año llegarán a EE. UU. menos de ocho mil refugiados sirios, todo un éxito considerando que son muchos más que el año pasado, o si piensas en los que fallecen en el Mediterráneo. Pero sigue siendo un número de refugiados muy bajo. Mientras tanto, Alemania ha acogido a un millón, y su sistema parece estar resquebrajándose. Están sufriendo un impacto cultural, económico, ¡incluso físico! ¿Dónde metes a tanta gente? Pero deben poder ir a algún lado. Al final, ¿no está el fracaso de Occidente, de la diplomacia occidental, en la raíz del problema?


Marc Marginedas: «Al-Qaeda representa una amenaza mucho mayor por sus vínculos con Pakistán. Dáesh está aislado, literalmente»

Fotografía: Alberto Gamazo

Marc Marginedas (Barcelona, 1967) es un reportero internacional especializado en conflictos y fascinado por el islam. Ha ejercido como corresponsal de El Periódico de Catalunya en el Magreb y en Rusia, un país al que ahora retorna, y ha cubierto las guerras más atroces de las últimas décadas. Durante seis meses fue rehén del Dáesh, pero esta no es una entrevista a un exrehén, sino a un periodista experto en las sociedades árabes: decidimos de antemano que su secuestro, cuyos detalles han sido ya relatados por Marginedas, no nos interesa. La conversación se desarrolla en su apartamento barcelonés. Marginedas empieza diciendo que cree en Dios, un dios inconcreto al que reza indistintamente con fórmulas cristianas y musulmanas, y hablando de sus orígenes familiares.


Procedo de una familia muy tradicional de la burguesía catalana. Padre catalán, madre castellana. Mi padre no era un burgués, pero se convirtió en uno. Yo siempre tuve inquietudes distintas a las de mis hermanos: pasaba horas mirando atlas y mapas, era capaz de entretenerme solo… El juguete que más recuerdo era una maqueta de tren Ibertren, ideal para jugar en solitario. A mis hermanos les encantaba el Scalextric y competían entre ellos. Yo iba a mi bola.

¿Cuántos hermanos tiene?

Éramos tres hermanos y una hermana. Mi hermano mayor murió en 1988 en un accidente de inmersión a pulmón libre. Mi padre había muerto un mes antes por un derrame cerebral. Fueron traumas que la familia tuvo que sobrellevar. En 2000 murió mi madre. Me quedan un hermano y una hermana. Somos muy distintos, aunque ahora nos queremos mucho. Mi hermana es jefa de departamento en una multinacional y mi hermano trabaja también en el mundo de la empresa. La Barcelona productiva [sonríe]. Para ellos mi trabajo era improductivo porque no me dedicaba a conseguir que una empresa ganara más dinero.

¿Cómo pasó de los atlas y mapas a querer ser periodista?

Fue un proceso. Cuando era pequeño leía los libros de historia antes de que empezara el curso. Por alguna extraña razón siempre me interesó el islam: por qué surgió, los conflictos de Oriente Próximo, la presencia de los musulmanes en España… Recuerdo que en mi libro de texto el capítulo dedicado al islamismo en España estaba encabezado por una fotografía de la mezquita de Córdoba, y yo pensaba: «Qué cosa tan bonita». Para un niño de doce o trece años que nunca se había movido de Barcelona y que solo había visto iglesias góticas y románicas, era algo muy ajeno. Nunca encajé en Barcelona, en Sarrià, en el colegio de los Sagrados Corazones… Ese no era mi mundo, pero hasta los dieciocho años uno no tiene la capacidad de decidir qué quiere hacer y dónde quiere estar. En cambio, mis hermanos se movían y se mueven como pez en el agua en la zona alta de Barcelona. Vivíamos en la calle Benet Mateu con Manel Girona y mis hermanos no se alejaban más de un kilómetro a la redonda, mientras que yo me sentía más cómodo en la zona baja de la ciudad. Mis hermanos y yo hemos tenido que hacer un gran esfuerzo para entendernos mutuamente. Sus prioridades vitales no tenían nada que ver con las mías. Pero ahora nos entendemos mucho mejor.

¿Es el más joven de los hermanos?

Éramos tres chicos, yo el tercero, y una chica más pequeña. En mí se unía el ser el mediano, que siempre tiene que luchar para atraer la atención, con ser el menor de los chicos: no tenía nada especial que ofrecer a mis padres. Creo que por eso soy tan diferente a mis hermanos, la diferencia era una forma de llamar la atención. Ahora la relación con mis hermanos es bastante buena. Hay una época en la que uno piensa que su vida es la mejor y que sus necesidades vitales son las que valen y desprecia las demás, pero nos hemos vuelto tolerantes. Siempre sentí que no pertenecía al mundo de mi familia, en especial la de mi madre, me parecía estrecho de miras. Recuerdo que le dije a mi tía que lo que yo quería era viajar por el mundo, y se escandalizó hasta el punto de comentárselo a mi madre para que me frenara. Le parecía que un Izquierdo (es mi segundo apellido) tenía que permanecer en el redil claustrofóbico.

Y cuando cumplió dieciocho años…

Mi madre simpatizaba con el Opus Dei y pensé que irme a Navarra podía ser una buena opción. Alejarme de Barcelona me fue muy bien. Era yo quien elegía a mis amigos y quien tomaba decisiones. A pesar de que el ambiente en Navarra era muy controlado, a mí me sirvió. Me sentí mucho más libre.

¿Qué estudió?

Periodismo. Pensaba estudiar Historia porque me interesaba también la arqueología, pero no me veía como profesor y en esa época, en España, no había medios ni recursos para la arqueología. El primer viaje fuera de Europa lo hice con mi mejor amigo, Romualdo Izquierdo, que en estos momentos es jefe de sección en El Mundo. Fuimos a Túnez. Por entonces lo que más le apetecía a un jovencito de veintitrés años era irse a Ibiza, pero nosotros fuimos a Túnez. Era un país muy diferente al nuestro. Los controles policiales en el aeropuerto nos provocaron un auténtico shock. Tuvimos la sensación de entrar en un Estado policial.

Luego habrá topado con controles peores.

Claro, ahora me parece un absoluta ridiculez, pero entonces nos chocó muchísimo. Además era el Ramadán y yo en aquella época fumaba. Encendía cigarrillos por la calle, algo que jamás se me ocurriría hacer ahora en un país árabe durante el Ramadán. Esperábamos tener un poco de sol, de playa, de marcha… Marcha no tuvimos demasiada; sol, tampoco. Pero fue un viaje catártico. Recuerdo que íbamos del aeropuerto al hotelucho donde nos alojamos cuando escuché por primera vez la llamada a la oración. Y me dije que ahí era donde yo quería estar. Quería investigar qué era esa religión, que me parecía estéticamente tan antigua. Aquel fue el inicio de lo que sería una carrera dedicada fundamentalmente al islam y a intentar comprender a los musulmanes con toda su riqueza.

De esa expedición a Túnez hasta la corresponsalía en Argelia…

En mis años universitarios leía las crónicas de Ferran Sales [entonces corresponsal de El País en Argelia]. Se empezaba a ensayar un experimento democrático en Argelia y devoraba aquellas crónicas con auténtica avidez. Por primera vez un país musulmán ensayaba un modelo democrático de elecciones libres. Gracias a las lecturas veía que islam y laicidad eran dos conceptos que no encajaban. Me pareció fascinante. Cuando me gradué pensé que mi formación no bastaba para hacer lo que quería, que era dedicarme al periodismo internacional y en concreto al mundo árabe-musulmán, y pensé cursar un máster en Relaciones Internacionales en algún sitio que me permitiera dominar el inglés. Lo encontré en Ámsterdam. Allí me convertí en un ciudadano del mundo. Conocí a gente de muchos países, y entre esa gente a una de las personas más importantes de mi vida, Bruno Pragnell, un alto funcionario de la Comisión Europea. Él era banquero, tenía siete años más que yo y había estudiado Derecho en Oxford. Me impresionó su eficacia. Yo procedía de un país que, en los años noventa, aún tenía un punto de mediocridad, y fue muy estimulante encontrar personas de un nivel tan excelente.

Las élites anglosajonas suelen ser de alta calidad.

Sí. Lo veía por cómo funcionaban en las clases, muy diferentes a las que había conocido en la Universidad española. Aquí, por aquel entonces, se impartían lecciones magistrales en las que el profesor explica y el alumno tomaba apuntes. En Ámsterdam, en aquel entonces, el objetivo consistía en que el estudiante mejorara su capacidad de pensar. Se trataba de una evaluación continua, cada quince o veinte días había que presentar un ensayo defendiendo un punto de vista determinado. Tus compañeros competían contigo y se dedicaban a encontrar tus puntos débiles. Era un ambiente mucho más competitivo. Comprobé que, pese a haber estudiado en la universidad más dura de España, la de Navarra, y a la que siempre he considerado mi alma mater, los métodos en Ámsterdam eran diferentes, en particular en la competitividad. Tuve que adecuarme a funcionar como ellos y Bruno, que vivía en el piso encima del mío, fue quien me enseñó a presentar un ensayo, a hacer una tesis… No corregía mis textos pero me ayudaba con el inglés. Y a partir de él conocí a sus amigos: abogados, editores de revistas de moda… se me abrió un mundo. Empecé a mirar Barcelona con cierto desdén. En cualquier caso, en España la enseñanza universitaria ha mejorado mucho.

Pero volvió a Barcelona.

Pero volví a Barcelona. Y estuve un año sin encontrar trabajo, haciendo cositas para la sección de Internacional de El Periódico de Catalunya, y dando clases de política francesa y alemana a estudiantes norteamericanos de intercambio. En 1992, el año de los Juegos Olímpicos, El Periódico necesitó cubrir la baja de un redactor que se había incorporado a la organización olímpica y entré en la sección de Internacional como redactor sustituto. Después, pasé a los fines de semana. En la sección, los sábados y domingos trabajábamos dos personas: yo, que era el machaca, y un redactor como responsable de guardia. Además, hacía todas las sustituciones. Encadené bastantes porque algunas compañeras se quedaron embarazadas. Pero lo que yo quería era irme. En 1995 las cosas en el Magreb se estaban calentando muchísimo y El Periódico decidió buscar un corresponsal. Pensaban en Javier Otazu, compartiéndolo con la agencia Efe. Me ofrecí a ir yo por el mismo dinero que me pagaban en Barcelona, y lo aceptaron. La mayoría de los corresponsales en el Magreb, excepto Ferran Sales, trabajaban desde Marruecos. En aquellos años, sin embargo, lo importante se cocía en Argelia. Y yo, que estaba empezando, no quería hacer una crónica diaria desde Marruecos sobre las matanzas en Argelia. Antes de instalarme, pude pasar quince días en Argel tomando contacto con el pais. Y aspiraba a hacer lo mismo que Ferran Sales. Por entonces Ferran estaba ya muy quemado y las autoridades querían quitárselo de encima. Me vieron joven, con entusiasmo, y sospecho que pensaron que era un poco tontito y que comería de su mano… La verdad es que me hice un poco el tonto…

Es lo que toca en esos casos.

Las autoridades argelinas querían librarse de Ferran Sales y pensaron que lo mejor sería aceptar a otro corresponsal, así que me concedieron la acreditación que me permitía entrar y salir libremente del país. Eso estaba vedado para la gran mayoría de los periodistas. Para un joven reportero de veintisiete años constituyó una responsabilidad excesiva. Mis referencias de reporteros en entornos hostiles se limitaban a lo que había visto en el cine. Y me parecía que estaba jugando. ¡Qué falta de madurez! En realidad, el asunto era muy serio. Argelia es un país muy importante para España. Dependemos del gas argelino y, evidentemente, el Gobierno de Madrid no quiere problemas con el Gobierno de Argel. Poco a poco me di cuenta de que la imagen que había vendido la prensa, lo que yo había leído, acerca de unos islamistas sanguinarios que mataban a mujeres y niños sin ton ni son, no era del todo cierta. La realidad era mucho más compleja. La violencia en Argelia no procedía de un único bando. Un día mataron a un líder sindical, Abdelhak Benhamouda, que aspiraba al puesto de primer ministro, y lo primero que se hizo fue culpar a los islamistas. Al cabo de unos días apareció en televisión un islamista, llamado Rachid Medjahed, con señales de tortura en la cara, y confesó a todo el país que era él quien había ideado el asesinato de Banhamouda.

El momento en que percibí que estaba jugando con fuego fue cuando acudí a la oficina de un abogado de derechos humanos, que se llamaba Mohamed Tahri. Ese abogado me enseñó un documento en el cual se pedía a los familiares de Rachid Medjahed, que unos días antes había aparecido por televisión en perfecto estado de salud aunque un poco azorado, que acudieran a la morgue a identificar el cadáver de Rachid. En ese momento me pregunté: «¿Pero esto qué es?». Evidentemente yo no podía publicar la noticia. Fui consciente de que el asunto era muy serio y no se podía hablar de él por teléfono. Acudí a un teléfono público, y llamé a Donatella Rovera, de Amnistía Internacional. Amnistía Internacional no podía ir a Argelia en aquellos momentos y las comunicaciones entre los abogados de derechos humanos y los colaboradores de Amnistía en Londres era bastante complicada, por lo que intentaba, en la medida de lo posible, hacer de puente entre ambos.

Después, días más tarde, llamé a Ferran Sales, de El País, que ya había sido expulsado y trabajaba desde Rabat, para que diera la noticia. Otra de las ocasiones en que se me puso a prueba fue cuando me llamaron para convocarme en el ministerio para protestar por un artículo. Llamé a mi amiga Roulha Khalaf, del Financial Times, y le conté mi nueva convocatoria. Nos lo tomamos a broma, haciendo chanza de ello, pese a que mi teléfono estaba bajo escucha. Aquello era una responsabilidad excesiva para un periodista de veintisiete años. Y aún lo fue más cuando empezaron las masacres. Ferran ya había sido expulsado del país y le habían retirado la acreditación a un periodista de la agencia France Presse. Era mi tercer año, y ya había resultado muy complicado renovar mis credenciales.

Las autoridades se daban cuenta de que empezaba a ver que la violencia no era unidireccional e intentaba que mis lectores pudieran leer entre líneas. Lo que me convenció definitivamente de que las cosas iban muy mal fue cuando en un despacho de la embajada, una persona a la que no puedo nombrar me pidió que dejara de acudir a los escenarios de las masacres y reprodujera las dudas sobre la autoría de las masacres que me transmitían algunos lugareños y supervivientes. Porque conversé con gente que me hablaba de columnas de blindados situadas cerca de un lugar donde se masacraba durante horas sin que estas actuaran. En mi inconsciencia juvenil no me daba cuenta de lo que estaba en juego. Pues esa persona en la legación española me dijo que en el caso de que me pasara  «algo», la embajada no podría saber quién ha sido y no me podría ayudar. No me di cuenta entonces, pero el mensaje era clarísimo: si desapareces y el régimen nos dice que has sido secuestrado por los islamistas, habrá que darlo por bueno: no vamos a poner en peligro las relaciones entre España y Argelia.

La verdad es que no me daba cuenta de las dimensiones de todo esto hasta que al cabo de los años, en una reunión del jurado para el premio Cirilo Rodríguez, uno de los miembros del jurado llegó a decir, cuando se debatía mi candidatura, que en una ocasión viajó a Argelia para cubrir un evento y que en la embajada le habían dicho que uno de los grandes problemas de las relaciones entre España y Argelia en esos momentos era Marc Marginedas. Yo no tenía esa percepción. Yo iba allá, con toda la inocencia del mundo, y escribía. Fue terrible, porque recuerdo entrevistar a Abdelkader Hachani, el número tres del proscrito Frente Islámico de Salvación, poco después de ser liberado de la prisión. Hachani era la única persona que podía liderar un cierto diálogo dentro del FIS con el régimen. Estuvo encarcelado cinco años y, tras ser liberado, dio una entrevista a colaboradores de medios franceses y a mí. A Abdelkader Hachani lo seguían todo el rato agentes de la seguridad militar. Para poder hablar con él con tranquilidad, me citaba en el piso de otro dirigente islamista con media hora de antelación. Él llegaba más tarde, se iba media hora antes que yo y nadie me veía. Todo esto lo pienso ahora y no sé si tendría las narices de volverlo a hacer. Lo haces cuando tienes un cierto grado de inconsciencia. En un contexto tan violento, la vida de un periodista no vale nada.

Argelia era uno de los países más peligrosos del mundo. Entre 1991 y 2001 murieron unas doscientas mil personas, entre ellas setenta periodistas.

No se podía vivir en aquel país. Pasabas tres semanas en Argel y necesitabas irte a Marruecos a respirar, porque la presión era brutal en cuanto llegabas al aeropuerto. Las aduanas eran infumables. El control de pasaportes, igual. Y no digamos Air Algerie: tenías un asiento reservado pero de repente, ¡pam!, ya no lo tenías. Llegar a Argel significaba soportar una agresión permanente.

¿Hasta qué punto fue importante Argelia para lo que ocurrió después?

A mí me marcó muchísimo. Ahora juzgo a los regímenes árabes según un baremo: o son regímenes policiales, como Marruecos o Jordania, o regímenes controlados por los servicios secretos, como Siria o Argelia, donde decenas de miles de personas trabajan para el Mujabarat y donde se fomenta la delación. En Marruecos, evidentemente, hay represión, pero es muy individualizada. En Túnez, incluso con toda la obsesión que tenía el expresidente Ben Alí por la seguridad, la situación era parecida a la de Marruecos. Pero tanto en Argelia como en Siria hay un régimen donde el espionaje juega un papel determinante en la vida de las personas. En Argelia nunca se negoció con la oposición, y tampoco se ha negociado hasta ahora en Siria. Para regímenes de este tipo, mostrar un centímetro de flexibilidad va en contra de su propia esencia. Argelia marcó mi forma de ver el mundo árabe. Descubrí la crueldad ejemplarizante de la que se hace gala en estos países: si el régimen topa con un movimiento de insurgencia, lo que hace es matar a mucha gente y además hacer ostentación de esas matanzas, para que sirvan de escarmiento a quienes se sientan tentados de oponerse a ellos. Esa crueldad no existe en Jordania, Marruecos, Túnez o Egipto. ¿Por qué la Primavera Árabe ha sido tan poca cosa en Argelia? Porque el argelino de a pie sabe hasta dónde está dispuesto a llegar el régimen para mantenerse en el poder.

El mundo árabe parece condenado a una lucha constante entre las dictaduras y el islamismo.

No se puede construir un sistema político pluralista en Oriente Próximo sin que el islamismo esté presente de alguna forma.

Cuando los islamistas han ganado unas elecciones, el Ejército los ha expulsado del poder.

No necesariamente.

Es el caso de Egipto.

No el de Túnez.

Podríamos considerar Túnez la excepción.

En Túnez, la gran fuerza islamista son los Hermanos Musulmanes. Túnez me recuerda mucho a la España de los años setenta. Existe una clase media que, por definición, rechaza las revoluciones y los extremismos. En la España de los años treinta no había una clase media lo bastante influyente y, por tanto, las opciones parecían limitarse a la dictadura fascista o el comunismo. Cuando cuarenta años después, en 1977, volvieron a celebrarse elecciones libres en España, esa dicotomía ya no existía, se elegía entre una izquierda moderada y una derecha moderada. Túnez es como la España de cuando yo era pequeño: un país en el que hay una clase media y la sociedad está preparada para los cambios. Me ha parecido muy significativo que, tras los atentados de marzo, los ciudadanos salieran a la calle para defender la democracia, mano a mano islamistas y no islamistas. La situación de Túnez muestra ciertos paralelismos con la Transición española, en la que hubo momentos muy duros: la matanza de los abogados de Atocha, los asesinatos y secuestros de ETA, los gritos de «Tarancón al paredón»… Evidentemente, las fuerzas que no aceptan la democracia perciben el periodo transitorio como el momento más apropiado para atacar e intentar imponer su modelo de sociedad. Pero Túnez está resistiendo bastante bien los embates.

¿Y qué pasó en Egipto?

No he trabajado mucho en Egipto, pero paso por allí y veo que mis amigos laicos o cristianos no acaban de entender lo que significa la democracia. Democracia también significa aguantar a un presidente que no te gusta. Puedo estar más o menos de acuerdo con Mariano Rajoy o con  Mohamed Morsi [el expresidente islamista egipcio], pero en democracia hay que aceptar el mandato de la mayoría y tolerar las opiniones distintas. Una buena amiga mía dice que no se pueden permitir las fuerzas que hacen de la identidad el leitmotiv de su programa político, refiriéndose al islamismo. Yo vivo en Cataluña, donde, para el nacionalismo catalán, la identidad es una cuestión elemental de su programa político. En democracia puedes plantear todo lo que quieras: cuestiones identitarias, cuestiones de reparto de riqueza… Es absurdo pensar que se puede construir algo en Oriente Próximo y el Magreb marginando por completo a los islamistas. Hay que integrarlos en un mecanismo de alternancia de poder. Es una cuestión didáctica, y las transiciones en los países árabes no son procesos lineales, de avance permanente. Insisto, para mí el hecho de que un árabe haya salido a la calle sin blandir el Corán sino pidiendo respeto a los derechos humanos y una sociedad más justa y menos corrupta, es un avance. El cambio de mentalidad de los ciudadanos árabes es radical: pasan de ser súbditos a ser ciudadanos. Los sistemas coloniales fueron sustituidos por regímenes dictatoriales. Ahora los árabes están en una fase diferente de su historia.

En Europa, una parte de la izquierda desprecia las revoluciones árabes diciendo que no son revoluciones de verdad sino un movimiento del islamismo para hacerse con el poder. Yo no estoy de acuerdo. La gente que salió a la calle en Túnez no salió con el Corán. Ya no es una utopía. Para mí, este es un hecho histórico casi comparable con la Revolución francesa. Es una parte del mundo donde la separación entre el poder político y el religioso nunca se había entendido porque la religión musulmana es integral. Jesucristo decía: «A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César», estableciendo una separación de poderes. No hay nada parecido en la tradición islámica y falta cultura democrática en todos los sectores. Faltó por parte de Morsi, y me indignó que, tras alcanzar el poder con poco más de la mitad de los votos después de tantos años de represión contra la Hermandad, se comportara como si Egipto fuera una teocracia. Y falta también por parte de los sectores laicos y cristianos, que no entienden que hay que soportar lo que no te gusta. Entienden la democracia como algo laico, pero en el mundo árabe hay que integrar al islamismo. Pensar que en Siria se pueda alcanzar una democracia como en Turquía es una quimera. En Turquía puedes beber una cerveza en la calle.

Es un país turístico.

En Turquía hay dos almas: la laica que representa el legado de Atatürk y la islámico-otomana. Siria no tiene la historia de Turquía, y no me imagino allí una democracia que permita tomarse una cerveza en la calle. Hasta a mí me parecería ofensivo.

En Damasco, bajo el control de Bashar al-Ásad, puedes tomar una cerveza.

Si para imponer el laicismo y tomar una cerveza el precio son miles de muertos, bombas, el gaseo de centenares de ciudadanos… no me vale.

¿Hasta dónde sería razonable negociar? La cerveza es un mal ejemplo. Hablemos de los derechos de las mujeres.

Ese es un tema que en Occidente se presta mucho a la demagogia. Primero, no es nuestra lucha, es la de ellas. Es como lo de exportar la democracia a cañonazos en Irak. Pues lo mismo pasa con los derechos de las mujeres. Mientras no sean ellas quienes tomen conciencia de su situación y luchen para mejorarla, cualquier cambio impuesto será percibido como una agresión.

No hablo de cambios importados. En un lugar como Arabia Saudí hay una continua tensión entre las mujeres y el sistema patriarcal.

Los conflictos representan un trauma, pero también constituyen una grandísima oportunidad para las mujeres. El otro día vimos en Afganistán cómo, después de que una mujer fuera linchada por haber quemado un ejemplar del Corán, las mujeres cargaron con su ataúd. Eso supuso un desafío a la tradición que dice que en los funerales primero van los hombres. En Kabul las universidades están llenas de mujeres. El Parlamento también. En Arabia Saudí, la situación económica es muy holgada. ¿Si Arabia Saudí hubiera pasado por una guerra tendrían las mujeres un espíritu más combativo? La única forma de conseguir que en el mundo árabe existan cambios al respecto es que surjan del interior, y es una lucha de ellas.

En el caso de Afganistán, los cambios no vienen estrictamente del interior. Afganistán sigue siendo un país invadido.

Las crisis y guerras suponen sufrimiento, pero son también una catarsis. En Afganistán el conflicto está sirviendo. Primero porque ha puesto el país bajo el foco mediático, y porque los abusos han sido muy grandes, no solo por parte de los talibanes. Las mujeres afganas han visto que otra vida es posible.

¿Estos avances son irreversibles?

El papel de las mujeres en la sociedad afgana es un hecho irreversible. Todos en general lo son. En España, por ejemplo, comparemos la sociedad de cuando yo era pequeño con la actual, en lo que se refiere a los derechos de los homosexuales.

El Afganistán de los años setenta era extremadamente corrupto y extremadamente liberal, y luego experimentó una regresión.

Pero ahora todas estas chicas que llenan las universidades, y que en algunos casos suponen el 80 % del alumnado, no van a asumir el papel de quedarse en casa. Lo fundamental para luchar contra la discriminación sexual es la educación, y nada venido desde fuera, porque tendemos a fijarnos en lo anecdótico. El hiyab [las vestiduras que cubren la cabeza y la mayor parte del cuerpo], por ejemplo, no es un problema. Muchas mujeres occidentales lo ven como símbolo de la sumisión de la mujer al hombre. En cambio, para muchas mujeres que aspiran en el mundo árabe a tener carreras profesionales y progresar, vestir sin hiyab sería como pasear por la calle en bikini.

Trasladado aquí, a Europa, a España, ¿el hiyab es viable? ¿No vulnera ciertos principios, como la igualdad en la escuela pública, heredados de la Revolución francesa?

Francia constituye un mal ejemplo de interacción con la comunidad musulmana. El de Gran Bretaña es mucho mejor. Está claro que las ciudades del futuro serán multiculturales o no serán. En Francia existe casi un apartheid. Necesitamos a los trabajadores que han venido a España, y esa gente va a tener hijos y educarlos en su propia cultura. Mi profesora de árabe me decía que el problema no es la primera generación de inmigrantes, porque vienen dispuestos a hacer un trabajo manual. El problema empieza con los hijos de esos inmigrantes, que van a la escuela, se forjan unas expectativas parecidas a las de cualquier otro ciudadano, y luego se ven marginados. La gente que ha ido a Siria a unirse a Dáesh tiene este perfil, se trata de un problema de identidad.

También hay británicos en Dáesh, así que algo está fallando sea cual sea el modelo.

El país que ha enviado más es, con diferencia, Francia. Por lo que yo he visto en Dáesh, los británicos que se han sumado al mismo muestran indicios de psicopatía y de odio al sistema, más que problemas relacionados con el racismo y la religión. Por ejemplo, el rapero que, según se cree, puede ser uno de los tres secuestradores de occidentales, fue filmado por The Australian en los motines que hubo en Londres en 2011, y allí no había ninguna ideología detrás, era robar por robar. Los británicos que he conocido en el Dáesh no están allí por la religión, sino por lo que supone de desafío al poder constituido.

Son lo que antes se llamaba «elementos antisociales».

Exactamente. Hay personalidades que disfrutan desafiando al Estado, a la autoridad, y saliendo del anonimato. Gracias a la cobertura de que disfrutan, esa escoria está convirtiéndose en alguien.

Es un chute psicológico: «Soy famoso en todo el mundo».

Veo con mucha tristeza la cobertura que se hace de los secuestros, porque caemos una y otra vez en la trampa de Dáesh. Un ejemplo: Dáesh basa su poder de atracción sobre los musulmanes iletrados en que Alá está con ellos y, por lo tanto, son invencibles, tal y como les promete el Corán. En estos momentos no paran de sufrir derrotas por todos lados: en Kobane y en Irak están de retirada. En Kobane habían sufrido un golpe duro con la pérdida del territorio. Al cabo de unos días se difundieron las imágenes en las que quemaban vivo al piloto jordano. La aureola de invencibilidad, que es tan importante para que ellos sigan reclutando gente, se mantiene, porque ese asesinato se publicó en las primeras páginas de todos los diarios del mundo, olvidándonos de Kobane. Publicar o difundir las imágenes de alguien a punto de ser decapitado no aporta nada informativamente hablando, es puro morbo. Hacemos de caja de resonancia de una forma de entender la religión que tiene más que ver con el nazismo y que utiliza elementos de propaganda goebbelsianos. Estamos cayendo en esa trampa.

¿Qué hacer? Por un lado está ese fenómeno antisocial y por otro Occidente es un gran consumidor de imágenes brutales.

Espero que Occidente deje de interesarse por la capacidad de Dáesh de sorprendernos con nuevas ejecuciones y con su imaginación para suministrarnos imágenes terribles. Espero que eso deje de vender. Que defenestrar a una persona acusada de mantener relaciones homosexuales en Mosul ya no atraiga público. Llegará un momento en que Occidente se sature de imágenes brutales. No debemos caer en el error de pensar que porque diez encapuchados hayan decapitado teatralmente a unos cristianos a orillas del Mediterráneo, esos encapuchados tienen el poder de tomar Roma. Eso hay que explicarlo, y es algo que tenemos que hacer los periodistas. En los medios de comunicación hay una sobreexposición de Dáesh. Por lo que pude ver durante mi cautiverio, Dáesh no supone una amenaza militar para nadie. Es más, el día que Turquía diga que se acabó, se acabaron esas decenas de miles de combatientes mal armados. Al-Qaeda representa una amenaza mucho mayor por sus vínculos con Pakistán. Dáesh está aislado, literalmente. Dispone de muy poca capacidad de hacerse con armas tecnológicas. Tiene carros de combate y tendrá algún misil Scud, pero para manejarlo necesitas una serie de claves, no puedes dispararlo así como así.

Y necesitas muchos misiles para que sean algo significativo.

Exactamente.Dáesh, por una serie de factores circunstanciales, se ha convertido en una tormenta perfecta y ha conseguido expandirse por Oriente Próximo, pero representa una amenaza militar muy pequeña. Lo problemático de Dáesh es la idea, el hecho de que ofrece expectativas de promoción vital a personas cuyas vidas pueden parecer muy anodinas. Un ejemplo: Hayyat Boumedienne, la compañera de Coulibaly, el de los atentados contra Charlie Hebdo, era cajera de supermercado. El Dáesh le ofrece la posibilidad de ser alguien, o creerlo, mientras que la sociedad capitalista solo le ofrece pasarse el resto de sus días detrás de una caja registradora.

Parece que Dáesh está perdiendo muy rápidamente los recursos económicos que había conseguido con el petróleo y los saqueos. Dudo que pueda seguir ofreciendo casa y sueldo a los nuevos reclutas.

Para muchos inmigrantes musulmanes que jamás han subido a un avión, el simple hecho de volar hasta Estambul ya es una aventura vital. Y más si sus informaciones proceden solamente de ciertas páginas de internet, se les vende que van a defender a los musulmanes y además son incapaces de comprender el gran juego de Dáesh. No pueden ver que el régimen sirio ha liberado a muchos yihadistas, y funcionan como agentes dobles cuya estrategia no es derribar el régimen de Bashar al-Ásad sino crear el caos en la región. Y esto, un chico que viene de un barrio pobre de Birmingham no lo puede ver. Es facilísimo manipular a esa gente. Me parece muy extraño que Dáesh haya surgido de la nada en el campo de refugiados palestinos de Al Yarmuk, un campo que se había alineado con los rebeldes y que estaba controlado por el Ejército Libre de Siria. De ese gran juego, evidentemente, el militante de base no tiene ni idea. Una vez, un militante belga de Dáesh me comentó que se sentía muy orgulloso de haber participado en una operación para eliminar la frontera entre Siria e Irak. Y es que para Dáesh ese era el objetivo desde el principio. No llegaron a Siria con la misma agenda que el resto de los grupos rebeldes, islamistas o no islamistas, sino con su propia agenda, que no pasa por atacar a al-Ásad. No tenemos más que ver que Dáesh se ha expandido hacia el norte de Irak y hacia el norte de Siria, la zona controlada por el régimen sirio hasta ahora ha permanecido libre de ataques.

Han llegado ya muy cerca de Damasco.

Las cuestión es: ¿cómo han llegado hasta allí? Eso merecería una investigación.

Ese avance es llamativo porque no parece concordar con los intereses del régimen de al-Ásad.

La militancia de base tiene clarísimo que lo importante no era derrocar a al-Ásad. La sensación que me dieron las conversaciones que tuve con ellos es que su agenda era muy diferente. En Alepo, Dáesh compartía con otras milicias el espacio. Los bombardeos eran diarios, y la vida imposible. Im-po-si-ble. No había comida, había días en que no había luz. En Raqqa, en cambio, la vida era relativamente placentera, no había ataques aéreos, pero sí luz y suministros. Otra de las tácticas que tienen los regímenes controlados por los servicios secretos cuando se enfrentan con una insurgencia consiste en infiltrarlos para radicalizarlos y, así, eliminar el apoyo, tanto del exterior como del interior del país, para que la gente perciba que son todos unos salvajes y que es preferible llegarse a entender con el mal menor, que es el régimen.

En el caso de Argelia, la progresiva radicalización llevó a que los grupos islamistas combatieran entre ellos.

El de Argelia es un conflicto que sucede en un mundo muy diferente al actual. En aquella época un régimen podía cerrar un país, y los pobres desgraciados que estábamos allí veíamos cómo funcionaba ese proceso de radicalización y la manipulación de la opinión pública externa, que solo percibía que en Argelia los opositores eran unos salvajes. Recuerdo el secuestro de siete monjes cistercienses en Thibirine. Llegué hasta el lugar y hablé con un monje que había escapado al secuestro. Ese secuestro acabó con los monjes ejecutados al cabo de un mes y medio. Y eso sucedió poco después de que el Frente Islámico de Salvación en el exilio aprobara, junto con el resto de formaciones opositoras argelinas, un acuerdo para respetar la alternancia política. El apoyo de Francia hacia el régimen argelino se tambaleaba en esos momentos. Pues bien, el secuestro y la matanza hicieron que la opinión pública francesa respaldara de nuevo la represión en Argelia e hiciera caso omiso de las violaciones masivas de derechos humanos. [El abad de los monjes asesinados sospecha que el ejército argelino participó de alguna forma en la matanza y Francia abrió una investigación en ese sentido en 2004]. Estamos en la misma dinámica. El mensaje que llega ahora del régimen de Siria y de la gente que compra su mensaje consiste en que todos los opositores son unos salvajes y ellos, en cambio, son el malo conocido, el mal menor. Pero nos olvidamos de que pese a las espectaculares ejecuciones en forma de degollamientos, defenestración de homosexuales y decapitaciones de Dáesh, quien mata más es el régimen.

Y con diferencia.

Cada vez que el régimen lanza uno de esos barriles-bomba sobre Alepo mata a decenas de personas. No he trabajado en conflictos en África, pero en todos los conflictos que he cubierto, ya sean en el Cáucaso, en Oriente Próximo o en Asia, no he visto nunca nada como lo de Siria. No he visto nunca que se disparara un misil sobre una zona controlada por la insurgencia en un barrio densamente poblado, con el objetivo de matar al máximo número posible de civiles y enviar el mensaje de que quien vive en las zonas controladas por la insurgencia, el enemigo del régimen, arriesga la vida por el simple hecho de vivir allá. Eso no lo había visto nunca. Nunca. He visto niños con la espalda quemada con fósforo por estar en una escuela bombardeada deliberadamente. Se han bombardeado hospitales para indicar al personal sanitario que si acude al trabajo, arriesga la vida. A mí me pueden cantar misa de que en Damasco se puede beber alcohol en la calle perfectamente, pero es que a ese precio no me vale. Y no le puede valer a nadie.

No se puede relativizar la maldad de la dictadura de al-Ásad por el simple hecho de que se presenta como el mal menor, porque el derecho más fundamental es el derecho a la vida, y ese es un derecho que el régimen de al-Ásad no respeta. En Argelia consiguieron llevarse a todo el mundo al huerto y vender la imagen de que constituían el mal menor, así que el régimen argelino sigue en pie, con un peso muy importante de los servicios secretos. Además, el régimen argelino ha adquirido una gran importancia para Europa a causa de los problemas con Rusia: puede ser un suministrador alternativo de gas. Argelia ha jugado su carta muy inteligentemente porque no hace ruido. España, por ejemplo, sigue obsesionada con Marruecos, cuando nuestro gran vecino es Argelia y lo vemos como algo muy lejano aunque esté a cincuenta minutos de vuelo de Barcelona. Me parece increíble que un país tan cercano como Argelia y al cual nos unen unos intereses tan importantes esté tan ausente de la prensa y, sin embargo, nos fijemos tanto en Marruecos. O somos unos vecinos muy poco interesados en saber qué pasa en la casa de al lado o la estrategia de perfil bajo del régimen ha tenido resultado.

Perfil bajo y gas.

Me voy a Rusia como corresponsal y he estado leyendo las crónicas de Anna Politkóvskaya, escritas en un momento en el que Rusia también mantenía un perfil muy bajo. Apenas se hablaba de Rusia y en Moscú se había instalado un régimen que esencialmente consistía en una dictadura, con un papel importantísimo de los servicios secretos. Politkóvskaya, cuando recibía algún premio internacional y viajaba al extranjero, comprobaba el nivel de libertad que se daba en Francia o Alemania y afirmaba que Europa estaba equivocándose, que si no se exigían a Rusia unos niveles básicos de respeto a los derechos humanos toda Europa acabaría pagándolo. Y mire lo que sucede ahora en Ucrania. Creo que va a pasar lo mismo con Argelia.

Es un país tan próximo que no nos es posible permanecer al margen y ser inmunes a lo que pase allá. Va a revertir. Cuando yo cubría Túnez, los opositores tunecinos que habían sido reprimidos durante la dictadura de Ben Ali hablaban con mucha amargura de países como Francia o España, porque sus políticas siempre habían favorecido el statu quo y eran muy poco proactivas respecto a la promoción de los derechos humanos o la democracia. Eso no tenía que ser necesariamente así. La embajada suiza, por ejemplo, mantenía una actitud muy diferente. También lo hemos visto con Suecia, que acaba de renunciar a un acuerdo militar muy importante con Arabia Saudí y ha ascendido a una ministra que criticaba al régimen saudí. Países como España, Francia y, en menor medida, Alemania, son generalmente acomodaticios.

Se puede comparar cómo fue la visita del ministro de Exteriores argelino a España, con la entonces ministra de Exteriores Trinidad Jiménez, y las entrevistas que ha mantenido Angela Merkel con Vladimir Putin. Merkel saca el tema de los derechos humanos y de las libertades, aún sabiendo que Rusia es el origen de la mayoría del gas que se consume en Alemania. Me desesperé cuando vi aquella rueda de prensa de ese ministro de Exteriores argelino, poco antes de que empezara la Primavera Árabe. El ministro hablaba casi como si fuera el colonizador, y al lado la ministra se limitaba a reír. Al margen de las capacidades de Trinidad Jiménez, que para ministra de Exteriores dejan un poco que desear, la diplomacia de este país es así. Consiste en no moverse.

En Oriente Próximo asistimos al recrudecimiento de viejas enemistades religiosas entre suníes y chiíes. Y se producen paradojas como la de que Europa esté apoyando a los suníes en Yemen y a los chiíes en Irak, con lo que por un lado se coopera con Arabia Saudí y por otro se coopera con Irán, el peor enemigo de los saudíes. ¿Qué palanca hay que mover para que algo funcione?

Hemos caído en la trampa de lo que se nos ha vendido, que es el enfrentamiento sectario.

Pero es que funciona así. No hay más que ver la política libanesa.

Hay muchas fuerzas que quieren que lo veamos así, pero la realidad es más compleja. Le pondré un ejemplo en Siria: estaba en Hama, en una zona fundamentalmente suní, y había cuatro o cinco pueblos suníes, de uno de los cuales procedía un general suní importante. Ese pueblo, evidentemente, estaba con el régimen, y desde ese pueblo, con los medios del régimen, se bombardeaba a todos los pueblos de al lado. Hemos comprado tanto la propaganda del enfrentamiento sectario que en realidad nos hemos olvidado de que la guerra siria es también un enfrentamiento entre privilegiados y no privilegiados, en un país cuya oligarquía, que detenta los sectores más productivos, está compuesta fundamentalmente por alauíes y suníes cooptados. Que no me digan que se trata de un enfrentamiento de los suníes contra todos los demás.

Es un error entrar en esta dinámica cuando nos encontramos con una revolución que, si bien tiene una serie de rasgos islamistas, está protagonizada por una gente oprimida por un régimen que pese a su propaganda antiimperialista y su supuesto internacionalismo no es más que un mecanismo de hipercorrupción. Para abrir un restaurante o cualquier cosa en Damasco o Alepo hay que pagar una burrada de sobornos. Ahí no estamos ajustando el tiro. Respecto a Irán, es importante integrar a Teherán. Al igual que sucede con el islamismo político, sin Irán nunca habrá una solución para Oriente Próximo. No se puede hacer nada si no se respetan los intereses estratégicos de un país tan importante como Irán. Acabando con el ostracismo de Irán también se potencian los elementos más vivos de la sociedad iraní, muy vibrante. Tenemos una imagen estereotipada de lo que es Irán. Irán son esos chicos que bailan «Happy» en un vídeo de YouTube.

Es una sociedad muy moderna, mucho más que la saudí, por ejemplo. La retirada estratégica de Estados Unidos es positiva. Hasta cierto punto, Estados Unidos ha operado como colonizador en Oriente Próximo. Pero ahora, lo que les dice a todos, incluyendo a Israel, es lo siguiente: «Ahora que son ustedes mayores de edad, entiéndanse. Entienda usted que se tiene que llevar bien con sus vecinos, no piense que yo voy a estar siempre y que va a poder recurrir a mí como fuerza disuasoria ante su vecino». Es un paso más hacia la emancipación de la zona. En Oriente Próximo, si intervienes, acabas entrando en contradicciones porque los conflictos son multidimensionales. Si miramos la cadena de alianzas, Irán es el aliado del Gobierno de Irak, pero Irán también es el gran aliado del régimen de al-Ásad. Pienso que si Irán percibe que sus intereses son respetados, facilitará una solución para Siria y aliviará ese sufrimiento tan terrible. También creo que lo mejor para no entrar en contradicciones es involucrarse lo menos posible en los conflictos regionales. Ya sabemos lo que pasa cuando pegamos una patada a un avispero.

A efectos prácticos es complicado mantenerse al margen, porque casi no hemos mencionado a Israel pero está allí. Israel mantiene una entente con Arabia Saudí y un enfrentamiento rotundo con Irán.

Israel y Arabia Saudí son aliados ocasionales.

Llevan cuarenta años como aliados ocasionales.

¿Tú crees? No he sido corresponsal en Israel y conozco poco esa relación.

Es un statu quo que ha durado mucho. El de la enemistad teórica y una relación práctica bastante fluida.

Eso se parece bastante a la relación entre Siria e Israel.

Absolutamente. Siria ha sido el mejor aliado tácito de Israel.

Cuando oigo voces de según qué sectores de la izquierda española diciendo que Siria es un Estado que está en guerra con Israel desde hace años y lo presentan como un ejemplo de convivencia interna, me entra la risa. Siria vendía cemento a Israel. ¿Y qué iba a hacer Israel con ese cemento? Pues construir colonias en los territorios ocupados, evidentemente. Que no me vengan ahora con que son grandes enemigos, porque han hecho sus tratos bajo mano como todo hijo de vecino en la zona. Recientemente se supo de un hombre de negocios que había sido sancionado por la Unión Europea porque vendía petróleo de Dáesh al régimen sirio. Hubo un momento en que me indigné mucho con Estados Unidos, y fue cuando no quiso intervenir en Siria. El sufrimiento de la población civil era inenarrable e inaceptable en el mundo del siglo XXI.

Después de la experiencia iraquí…

Hace poco hablé con un amigo británico-yemení y pensé que quizá me había dejado llevar por la indignación, sin pensar en los efectos de una intervención externa. Ese amigo me dijo que en Europa disfrutamos de un elevado grado de democracia, pero me recordó que toda Europa está manchada de sangre. La única manera de permitir que esos países avancen es intervenir lo menos posible. Durante 2012 y 2013 me indignaba que un régimen como el sirio pudiera llevar a cabo de forma impune sus matanzas. Ahora, en cambio, pienso que quizás una intervención hubiera sido peor. En 2012 también pensaba que el conflicto de Siria se prolongaría durante décadas porque veía un empate imposible de superar, con un régimen apoyado desde Irán y Rusia, que tiene capacidades infinitas para suministrar armas porque es de las cosas que produce de forma eficaz, y unos rebeldes apoyados por Occidente. Era como si las potencias internacionales se hubieran puesto de acuerdo para dirimir sus diferencias dentro del territorio sirio y para que fuera la población civil siria la única que sufriera. Por otra parte, creo que los intentos de rehabilitarse del régimen sirio no están siendo tan fructíferos como ellos quisieran. Habrá tratos bajo mano con el régimen sirio, pero no va a ser rehabilitado.

Al-Ásad no se va a recuperar nunca, nadie en su sano juicio aceptaría que al-Ásad siguiera gobernando el país porque no tiene ninguna legitimidad y además sería un insulto para todos aquellos que han muerto. Su supervivencia política ha dependido tanto de Irán como de Rusia y va a ser lo que Irán, sobre todo, quiera que sea. Si Irán llega a la conclusión de que al-Ásad tiene que irse, al-Ásad se irá. Quiero pensar que ocurrirá eso.

Me voy de la zona con una sensación de derrota menor a la que experimenté en Argelia. En Argelia pensé que me iba habiendo explicado una serie de cosas, pero sabiendo que el régimen seguiría en el poder. Y sigue en el poder. Hoy creo que eso no va a pasar en Siria. Evidentemente habrá una transición, que será muy complicada: no deja de ser un país en el que decenas de miles de ciudadanos trabajan para los servicios secretos. Pero soy más optimista que en 2012. Entonces no veía salida por ninguna parte, porque no conozco Irán, pero conozco Rusia, y conozco las intenciones de su presidente de apoyar el régimen de al-Ásad. El sufrimiento que experimentaba en mis viajes a Siria era intolerable. Además en Siria se dirime un proceso importante para el futuro: la comunidad internacional no puede permitir que un señor como al-Ásad haga lo que hace y no pague por ello, porque eso sería invitar a los regímenes del futuro a emplear tácticas de tierra quemada y purga masiva. Por eso es tan importante. Tiendo a pensar, quiero pensar, que esa es la línea que seguirá lo que llamamos la comunidad internacional.


Crónicas de la Mafia (V): el gran silencio sobre Berlusconi

Silvio Berlusconi. Fotografía: Cordon Press.

He esperado casi un mes pero nada, en Italia nadie dice ni pío. A veces en los países se dan extraños y unánimes silencios colectivos que en realidad dicen mucho. Sin ir más lejos lo hemos visto estos días en España con la abdicación del rey, sin que nadie en los grandes medios diga nada medianamente crítico. Sobreviene una especie de hipnosis general de responsabilidad o temor institucional. En el caso de Italia me refiero a algo más grave, la condena definitiva a siete años de cárcel de Marcello Dell’Utri por sus relaciones con la Mafia y por ser durante dos décadas el enlace de Silvio Berlusconi con la cúpula de Cosa Nostra.

La noticia salió a muy mala hora, el viernes 9 de mayo por la noche, a eso de las diez, y en general la mayoría de los medios la dieron bastante mal al día siguiente. Quizá es excusa en España, que tampoco, pero desde luego no en Italia. Solo La Stampa abrió el periódico con la noticia y los dos principales diarios, el Corriere y La Repubblica, no la daban en primera página o aparecía solo un titularcito. Un día después, con más tiempo para hacerlo mejor, nada de nada: el Corriere dedicaba el mayor espacio de la primera página a una foto preciosa de los colores de los anillos de Saturno y La Stampa ilustraba con otra foto que Venezuela ha prohibido el reguetón. Menudos temazos. Ah, se destacaba mucho en todas partes que el Vaticano condena con energía la corrupción, así que todos muy atentos. De las teles ni merece la pena hablar, llevan años en otro planeta.

Naturalmente, se daba la noticia en las páginas interiores, pero se limitaban a referir de forma neutra la condena de Dell’Utri, adornada con el vistoso culebrón de su fuga in extremis a Líbano. Hasta ahí bien, faltaría más, pero nadie iba más allá: las directas y evidentes implicaciones que todo esto tiene para Berlusconi, ex primer ministro, uno de los hombre más ricos de Italia, el mayor empresario de la comunicación del país, líder de la derecha y en ese momento en plena campaña de las elecciones europeas como cabeza visible de su partido. Por resumir y para quien no esté del todo enterado:

—Marcello Dell’Utri, de setenta y dos años, abogado siciliano, ha sido secretario personal y mano derecha de Berlusconi desde que ambos iban a la universidad en Milán en los sesenta. Luego él se fue a Palermo como empleado en un banco, un breve paréntesis que cerró a toda prisa cuando su amigo le volvió a llamar para que trabajara para él.

—Dell’Utri conocía a algunos mafiosos y a través de él Berlusconi organiza una reunión en 1974 con la cúpula de la Mafia de entonces. El futuro primer ministro se vio en su despacho con Stefano Bontate, entonces uno de los máximos capos de la Cosa Nostra, y otros mafiosos y cerraron un pacto de protección.

—Un potente capo mafioso, Vittorio Mangano, estuvo viviendo en la mansión de Berlusconi entre 1974 y 1976 como garante de la protección de la Mafia para evitarle secuestros.

—El imperio empresarial de Berlusconi estuvo pagando durante casi dos décadas periódicamente a la Cosa Nostra.

—En resumen, Dell’Utri ha sido «mediador» entre Berlusconi y la Mafia entre 1974 y 1992. De ahí en adelante no está probado.

Por todo esto y mucho más el Supremo italiano ha condenado de forma definitiva a Dell’Utri por concurso externo en asociación mafiosa. Esto ya se sabe de anteriores autos del Supremo; el texto de esta sentencia, las llamadas motivaciones (motivazioni), se conocerá en las próximas semanas, y dirá más cosas. Si es que no se hace de nuevo un silencio descuidado sobre ello, que suele pasar, porque el texto sale cuando ya se sabe la condena y es como agua pasada. Ahora bien, hasta un niño de cuatro años se daría cuenta de que, siendo todo esto importante, lo es aún más que queden por fin demostradas las relaciones de Berlusconi con la Mafia a través de este señor, Marcello Dell’Utri, con quien siempre ha sido uña y carne. Con sus consecuencias políticas, morales y públicas. Pues nada de nada. Ni palabra. Ni una pregunta. Ni sacar el tema. Y es curioso, sabiendo que:

—Berlusconi y Dell’Utri idearon, formaron y fundaron Forza Italia, el partido con el que el magnate entró en política y ganó las elecciones en 1994. Ha dirigido el Gobierno de Italia con mayoría absoluta en 1994, de 2001 a 2006 y de 2008 a 2011. Según varios arrepentidos, la Mafia, sin padrino político desde el derrumbe de la DC (Democracia Cristiana) entre 1992 1993, apoyó en 1994 a Berlusconi, a la espera de concesiones legales y penitenciarias. Esta cuestión está actualmente en los tribunales como parte del gran proceso de la Trattativa (Negociación).

—Una vez abiertas las investigaciones que han desembocado en la actual sentencia, Dell’Utri se ha beneficiado de un escaño permanente del partido de Berlusconi, tanto en el Parlamento italiano como en el europeo, para blindarse ante cualquier arresto cautelar. No iba nunca, era solo para eso y él mismo lo ha confesado.

—En los últimos años Berlusconi le ha pagado, según él por mera amistad, más de cuarenta millones de euros.

—En vísperas de lo que se creía que iba a ser su sentencia final, en marzo de 2012, Berlusconi le ingresó a Dell’Utri catorce millones de euros que terminaron en una cuenta suya en la República Dominicana, país sin convenio de extradición con Italia y donde Dell’Utri tiene casa. Al final, por sorpresa, el Supremo ordenó repetir el último juicio, lo que hizo demorarse dos años más el fallo final, hasta ahora, pero la jugada quedó al descubierto.

—Esta vez, de nuevo en vísperas de la sentencia final, la Fiscalía pidió dos veces la retirada del pasaporte de Dell’Utri por peligro de fuga, pero su solicitud fue desestimada. Se fugó, naturalmente, y fue detenido en Beirut, donde aún se encuentra a la hora de escribir estas líneas.

Qué decir. Conocidos los detalles, es para ponerse filosófico. Y es meterse en un berenjenal, pero me van a perdonar por un día que comparta mis ocurrencias. Porque todo esto nos lleva a un tema muy inaprensible, la mentalidad que lo hace posible, y de entrada advierto, a riesgo de parecer contradictorio, que en algunos aspectos estoy totalmente a favor. A ver cómo lo explico, y seguro que me pierdo. Como cualquiera que vive aquí, uno se pasa la vida intentando descifrar este país. En principio se parte de una regla: en Italia las sentencias no son definitivas hasta la tercera y última del Supremo, y hasta entonces el imputado se considera inocente, con todo derecho. Obviamente casi ningún político dimite antes de esa sentencia final y los demás políticos no suelen decir nada del tema hasta la resolución definitiva del Supremo. El problema es llegar a ella, como en este caso, porque la justicia italiana es una injusticia, lentísima, un desastre. Esta vez han pasado veinte años, y todos callados sin decir nada, pero cuando por fin llega la condena final, resulta que se sigue sin decir nada. Porque entre tanto ya se ha ido asumiendo y se da por ventilado. Ha pasado el efecto de sobresalto. Imaginen veinte años sobresaltándose. Es como cuando se muere alguien famoso que llevaba años olvidado y uno pensaba que ya estaba muerto.

Todo se desenvuelve en una atmósfera de sobreentendido y se hace como si nada, salvo que uno sea un pobre diablo y entonces te machacan. Dell’Utri y Berlusconi no lo son. Diríamos más bien que son uno rico. Berlusconi sigue siendo alguien muy poderoso y solo le pedirán cuentas cuando todos estén seguros de que no se vuelve a levantar, pero ni un minuto antes. Pasado un tiempo se empezará a hablar de esto como algo sabido, aunque no se hizo saber mucho en su día, pero en el fondo todo el mundo lo sabe. Este país es así. Ya saben, todos en auxilio del vencedor.

Hay un aspecto religioso, de la forma piadosa de vivir en Italia la fe católica, que yo siempre le veo a muchas actitudes públicas. La única sentencia definitiva, en resumen, debe de ser la del Juicio Final, cuando uno se muere, y si usted no es creyente pues tiene un problema, porque en este mundo difícilmente obtendrá justicia. En esta vida, pensando más en el culpable, que se suele considerar víctima, uno se confiesa y vuelta a empezar. Públicamente también se absuelve a la gente con facilidad, predomina la pretensión de perdón —aunque casi nadie lo pide, el sentimiento de culpa es muy tenue— y no la exigencia de castigo. En Italia hay pecados, no delitos, y nada es imperdonable. Cada uno se siente libre, con derechos pero sin deberes, en un alegre ambiente de irresponsabilidad general. En cierto sentido es un país casi infantil.

Ahora toco un factor mucho más etéreo y me meto aún más en el terreno de las generalizaciones, pero ya que estamos… Es algo así: en Italia hay terror a lo explícito, a lo irrevocable, a lo irremediable. Prefieren lo ambiguo, lo elástico, lo reversible, porque favorece el principal interés general, que no es el bien común, sino que cada uno pueda seguir haciendo lo que le dé la gana, su interés privado. El pavor a lo concreto se manifiesta muy bien en la superstición: enunciar literalmente una desgracia o una hipótesis negativa genera rechazo, como si fuera de mal augurio. Pero ocurre casi más con lo contrario, expresar un deseo equivale prácticamente a imposibilitar su realización. Decir ahora una frase como esta: «A ver si Italia gana el Mundial», es casi ofensivo, una afrenta, como echar un mal de ojo.

Los italianos son extremadamente concretos con lo que les interesa, pero en lo demás son de una extraordinaria laxitud e imprecisión. Por seguir con el símil, basta ver los partidos de la selección italiana: los amistosos les dan igual, pero luego no fallan una cita importante. Esa falta de definición es lo ideal, precisamente, para moverse entre la niebla en busca del propio interés y no cerrarse ninguna puerta. No me refiero solo a la política, también a la hora de fijar una cita, organizar una cena o un partido de futbito. O la incapacidad general para hacer una fila, se prefiere el mogollón y que gane el más listo. O la alergia a los carriles en las autovías, es mejor estar entre líneas, sin elegir, a la espera de ver cuál es el más rápido. Exigir una respuesta o una posición definida genera alarma y desorientación nerviosa, es casi una falta de tacto. Como no saber vivir. No saber vivir al menos en Italia.

Sí, es verdad, lo sabemos todos, en ese espacio vacío entre los átomos, en el terreno de nadie, los italianos se mueven, eso, como nadie, y han creado obras maestras del matiz: el carpaccio, el semifreddo, el agua ligeramente efervescente o el Estado Vaticano. Privilegian sobre todo la ligereza, el juego —lo jocoso—, y de ahí nacen pilares artísticos de la humanidad que todos conocemos, huyen de la gravedad y la solemnidad. Es bueno todo lo que haga la vida más llevadera. No se toma nada a la tremenda, no como en España, pero cuando llega algo tremendo, inapelable, imposible de eludir, que no se puede disfrazar, solo cabe el silencio. Quedan mudos y les invade, por un momento, un desfallecimiento vital, como cuando termina el carnaval y caen las máscaras. La realidad, tal cual, a menudo es deprimente o, al menos, como en este caso, tan vergonzosa que es imposible de tapar o disimular, así que se mantiene la respiración hasta que pase el mal rato. Una sentencia definitiva, algo remoto a ciertos niveles de la política, parece ser una de estas cosas. Al menos en los medios y las instituciones, que son quienes dan forma a lo público. Pasó lo mismo cuando el Senado aprobó en una votación la expulsión de Berlusconi tras su condena por fraude fiscal: en el hemiciclo se hizo un silencio sepulcral, como de funeral. Por cierto, que nunca hubiera ocurrido si no es por la cabezonería del Movimiento Cinco Estrellas del cómico contestatario Beppe Grillo.

Pero este desconcierto dura solo un instante, luego sigue la fiesta. Menos mal que luego está el alegre culebrón de Líbano, como decíamos, para seguirse divirtiendo. Por supuesto ahora lo contamos, que es interesante. Dell’Utri fue arrestado el 12 de abril en Beirut, en el lujoso Hotel Intercontinental Phoenicia, dos días antes de la sentencia final del Supremo (luego se volvió a retrasar un mes porque sus dos abogados se pusieron enfermos, sí, a la vez). Aseguró que no pretendía huir, aunque facturó cincuenta kilos de equipaje y llevaba encima treinta mil euros en un fajo de billetes. Pagaba seiscientos euros al día por la habitación. Salió de la celda al día siguiente y acabó en un hospital, por razones de salud. Se agenció un abogado famoso y carísimo, Akram Azouri, el mismo del dictador tunecino Ben Ali y del responsable de seguridad nacional acusado del asesinato del ex primer ministro libanés Rafik Al Hariri. En fin, que la extradición se empantanó.

Marcello Dell’Utri, en el centro. Fotografía: Cordon Press.

¿Qué tiene Beirut para que Dell’Utri decidiera irse allí? La prensa italiana ha sacado a la luz conexiones políticas en Líbano de la derecha de toda la vida que, en teoría, podían bloquear la extradición y garantizarle una especie de exilio dorado. Sobre todo con Amin Gemayel, de setenta y dos años, presidente de 1982 a 1988, de la dinastía que lidera las Falanges Libanesas, cristianos maronitas, ligada históricamente a la Democracia Cristiana italiana. Por ejemplo, Gemayel viajó a Roma hace un año a depositar unas flores en la tumba del histórico dirigente democristiano Giulio Andreotti. También, por cierto, relacionado en el pasado con la Mafia.

Esta tesis de Líbano como refugio seguro para políticos italianos de derechas huidos de la justicia se reforzó el 8 de mayo, con el arresto de otro peso pesado del partido de Berlusconi, Claudio Scajola. Le acusaron de ayudar en la fuga a otro colega del partido, el exdiputado Amedeo Matacena, condenado en agosto de 2013 a cinco años de cárcel por lo mismo que Dell’Utri, por sus relaciones mafiosas. En este caso, con la mafia calabresa, la ‘Ndrangheta. Matacena se escapó a Dubai, donde le quitaron el pasaporte, y se quedó allí atascado. Scajola intentaba ayudarle a llegar a Líbano, con contactos similares a los de Dell’Utri.

Lo que es fuerte, muy fuerte, realmente fuerte, incluso para Italia, es pensar que Scajola fue ministro de Interior de un Gobierno de Berlusconi de 2001 a 2002. Y luego lo ha sido de tres carteras más. Y este exministro de Interior, según los fiscales, formaba parte de una red secreta de apoyos institucionales a alto nivel a la ‘Ndrangheta, que en este momento es la mafia más potente y peligrosa.

Berlusconi se ha dicho muy dolido por Dell’Utri y ha defendido a Scajola: «Me parece absurdo arrestar a un exministro de Interior solo por haber ayudado a un amigo, ya huido, a moverse de un país a otro, en suma, la humillación de la cárcel por una cosa así…». En cualquier caso, ha sido Dell’Utri el que se ha defendido con los argumentos habituales de Berlusconi: «Es una sentencia política, soy un prisionero político». Añadió que si al final le extraditan no quiere ir a la cárcel, prefiere hacer unos servicios sociales, como Berlusconi, que atiende ancianos una tarde a la semana. De momento sigue en Líbano y la extradición anda parada. Se supone que han firmado todos los que tienen que firmar, pero ha entrado en un limbo imprevisible. Si alguna vez llega a Italia habrá que ver cómo Dell’Utri gestiona su silencio, que es el más grande de todos.

Que en este escenario la Embajada española en Roma haya impedido presentar en el Instituto Cervantes de la capital italiana el libro Crónicas de la Mafia, en el que se habla entre otras cosas de Berlusconi y Dell’Utri, no deja de ser una decisión coherente con el entorno.

El pasado 25 de mayo, en las elecciones europeas, el partido de Berlusconi obtuvo el 16,8% de los votos. Es el peor resultado de su historia y perdió casi tres millones de votos respecto a las generales de hace 2013, y en esas ya había perdido seis millones respecto a las de 2008. Aun así le han seguido votando 4,6 millones de italianos y es el tercer partido italiano, el primero de la derecha.

ÚLTIMAS NOTICIAS DE LA MAFIA (abril-mayo 2014)

—Un policía asignado a la Cámara de los Diputados y otro a la sede de la Presidencia del Gobierno han sido arrestados por pasar información reservada al clan de los Casalesi, de la Camorra.

—Detenido en la República Dominicana uno de los cien fugitivos más buscados en Italia, el capo de la ‘Ndrangheta Nicola Pignatelli, de cuarenta y tres años, huido en 2011. Tiene pendiente una condena de 13,5 años y es considerado capo de la cosca de Mazzaferro Ursino Aquino, uno de los más importantes del narcotráfico internacional.

—Polémica en Bari porque en la lista del candidato del PD, centroizquierda, hay tres jóvenes de conocidas familias mafiosas locales. Uno de ellos decidió retirarse.

—El capo de los Corleoneses, Totò Riina, será procesado como organizador del atentado contra el tren Rapido 904, que el 23 de diciembre de 1984 dejó dieciséis muertos y doscientos sesenta y siete heridos. El juicio empezará el próximo 25 de noviembre.

—La mujer más rica de Mónaco, Hélène Pastor, de setenta y siete años, dueña de un vasto imperio inmobiliario en Montecarlo, murió el 21 de mayo tras ser herida en un atentado el 6 de mayo en Niza. Su chófer también murió cuatro días después del ataque. El crimen, que conmocionó a Montecarlo, fue obra de un individuo con un fusil. Entre las hipótesis manejadas, según la prensa, aparece la ‘Ndrangheta calabresa, pero el caso aún está abierto.

—Los familiares del juez Giovanni Falcone, asesinado en 1992, entregan a la fiscalía de Caltanissetta un ordenador del magistrado, manipulado tras su muerte, como todos los demás que tenía, por una mano desconocida que borró todos sus archivos. Esperan que las nuevas tecnologías permitan rescatarlos y, tal vez, conocer sus secretos.

Antonio Iovine, uno de los grandes capos del clan de los Casalese, de la Camorra, ha decidido convertirse en arrepentido y empezar a colaborar con la justicia. Fue detenido en 2010 después de catorce años de fuga. Es el primero del clan que da este paso y se cree que puede desvelar sus complicidades históricas con políticos e instituciones. Es claustrofóbico, y se cree que esto ha pesado en su decisión.

—Se cierra con fuertes condenas, un total de cuatrocientos años, el «maxiprocesso Meta», abierto en 2010 con cuarenta y dos arrestos entre los principales clanes de la ‘Ndrangheta en Reggio Calabria, capital de Calabria. Ha sido uno de los más importantes contra esta organización desde el proceso «Olimpia» de los noventa. Entre los condenados, Giuseppe De Stefano (veintisiete años), Domenico Condello, «il Gingomma» (veintitrés años), Pasquale Condello, «il Supremo», Pasquale Libri y Giovanni Tegano (veinte años cada uno).

Nicola Gratteri, uno de los más reputados fiscales en la lucha contra la ‘Ndrangheta, ha sido muy crítico con el último plan del Ministerio de Interior para combatir esta organización. Asegura que en Calabria hacen falta mil agentes más y, por ejemplo, en Locri, el pueblo que es la capital histórica de esta mafia, necesitarían al menos otros ochenta.

Íñigo Domínguez es autor del libro Crónicas de la Mafia, editado por Libros del K.O.


Cerveza y Libertad en Oriente Próximo

La cerveza encabeza, junto con el vino, los infieles y los perros, la lista de cosas que todo buen musulmán debe rehuir. Así que tras la revolución islámica iraní de 1979 el cervecero alemán Ekkehard Zitzman vio como los mulás cerraron su fábrica en el país persa y pasó a instalar su negocio en la ciudad portuaria de Adén, al sur de Yemen.

Pero allá no le fue mucho mejor. Si fabricar cerveza en cualquier época y lugar ya es de por sí un acto de filantropía, continuar haciéndolo frente a la intolerancia de los fanáticos pasa a ser algo propio de héroes. Zitzman lo era, ya que a pesar de que cada mes de Ramadán sus camiones eran apedreados, su fábrica atacada con bombas incendiarias y él amenazado de muerte, su respuesta fue dormir cada noche en una habitación distinta de su casa para protegerse y llamar al ejército. Afortunadamente los oficiales al mando eran de formación soviética, “lo que significa que les gusta empinar el codo. Siempre traen el armamento más pesado para protegernos” explicaba Zitzmann.

Así que unos cuantos disparos de mortero bastaban para dispersar a la muchedumbre y salir del paso. Los trabajadores de la fábrica por su parte, sufrían el rechazo de su entorno cotidianamente por su actividad impía, sus familias debían lavar la ropa por separado y sus posibilidades de contraer matrimonio se vieron notablemente reducidas. “Un hombre finalmente tuvo que ir a Argelia a buscar una esposa”, afirmó.

Esta era su etiqueta

No menos complicado resultaba lidiar con las autoridades del país, que cada año por Ramadán dictaban el cierre de la fábrica por pagana. La estrategia de Zitzman consistía en llenar los tanques de producción de cerveza justo antes de cada mes santo y acudir al gobernador y los oficiales —ya de por sí algo reacios a las órdenes llegadas del norte del país— y señalarles el desperdicio que supondría deshacerse de tantos hectolitros del néctar divino que ya estaba preparados… finalmente consentían. Pero gasificar esa cerveza requería a su vez elaborar otra nueva, por lo que la fábrica debía ponerse de nuevo en funcionamiento terminado el Ramadán. Y así vuelta a empezar.

Finalmente ese distanciamiento político y religioso entre el norte y el sur acabó desatando una guerra civil en Yemen a mediados de los 90. Con el ejército centrado en esa contienda la fábrica quedó desprotegida y en 1994 los integristas no encontraron obstáculos para prender fuego a ese símbolo de civilización. Igual que otros de distinto dogma pero similar intolerancia acabaron con la biblioteca de Alejandría dos mil años antes. Ese golpe no pudo ser encajado y supuso el final de la producción de este preciado líquido en toda la península arábiga.

¿Cuál es la moraleja de esta historia?

En primer lugar que nunca abras una cervecera en Adén a menos que dispongas de algunos morteros. En segundo y más genéricamente, que la historia en el mundo en general y muy especialmente en los países árabes no sigue un recorrido hegeliano con más o menos altibajos pero inevitablemente ascendente hacia mayores cotas de progreso y libertad. Vamos, que siempre se puede ir a peor. Esa es una de las ideas claves que sustentan el magnífico ensayo en el que se narra la odisea de Zitzmann y de otros muchos en circunstancias más o menos similares: Hezbolá le desea feliz cumpleaños  de Neil MacFarquhar. Este corresponsal del New York Times pasó más de veinte años recorriendo los países árabes, una experiencia que recoge en este libro a caballo entre la autobiografía y el análisis político. Marruecos, Libia, Bahréin, Arabia Saudí, Yemen, Egipto, Jordania, Líbano… a cada uno dedica un capítulo, mostrándonos sus peculiaridades, su complejidad, con lo que dejan de ser en conjunto un amasijo informe, atrasado y amenazante, tal como a menudo se los representa en Occidente: “los moros”. Entre el fundamentalismo islámico y los represivos y corruptos regímenes dictatoriales, nos dice, hay también espacio para una sociedad civil que con cierta visibilidad en países relativamente modernizados como Marruecos o Jordania y de forma casi subterránea en otros como la muy estricta Arabia Saudí intentan introducir, a menudo con gran valentía, algunas reformas.

En este punto hay que mencionar que MacFarquhar publicó el libro en 2009 y dijo de Egipto “a veces me da la sensación de que está al caer un suceso catastrófico que provocará tumultos generalizados y derrocará al gobierno”. Las revoluciones árabes de este año imprevisibles, lo que se dice imprevisibles, no han sido. Existía y existe descontento entre la población árabe, ya dijo Fernando Savater que al fin y al cabo todo esto demuestra que “los seres humanos nos parecemos mucho más de lo que nuestros folclores políticos dan a entender”. La diferencia es que en esas sociedades la distancia entre la esfera pública y la esfera privada es mucho mayor, debido a su condición de estados policiales que copiaron los métodos de los antiguos estados comunistas. Pocas cosas en ellos escapan a la vigilancia de los agentes de la temida Mujabarat. Esto explicaría en parte el fenómeno del fundamentalismo islámico, ya que en un fragmento especialmente interesante y revelador dice MacFarquhar “dado que cualquier forma de expresión política es ilegal, los yihadis han encontrado una fórmula religiosa para perseguir fines políticos” ¿Significa esto que en un régimen de libertades el islamismo político dejaría de representar una amenaza? Tal vez…

Cagar en el desierto

Una de las características del islam es su descentralización, la variedad de interpretaciones a las que está sujeta esta religión por sus devotos. Los ulemas —doctores en islam— emiten fetuas que pueden consistir ocasionalmente en pedir la cabeza de Salman Rushdie. Pero por lo general son consejos sobre costumbres cotidianas que responden a las preguntas de sus seguidores, a menudo en torno al sexo. Así el Ayatolá Jamenei dicta que el coitus interruptus, los preservativos y la vasectomía son anticonceptivos aceptables para un buen musulmán, mientras que Sheij Jaled el Guindi aconseja rezar y hacer mucho deporte para prevenir la masturbación. La discrepancia entre una fetua y otra da lugar a la “caza de fetuas”, en la que el creyente pide consejo y si el que le dan no le viene bien entonces visita a otro ulema hasta dar con el que le aconseje lo que inicialmente tenía previsto hacer, ahora ya con el beneplácito de la autoridad religiosa. La cosa se complica al entrar en juego las diversas ramas dentro del islam como suníes, chiíes y uahabíes. Ya que una fetua de unos no es vinculante para otros.

La uahabí es la más estricta y la que impera en el país islámico más puro e intransigente del mundo: Arabia Saudí. De raíces beduinas, se consideran a sí mismo los guardianes de la fe musulmana y su inclusión de interpretación más estricta del islam en todos y cada uno de los ámbitos de la vida hacen de Arabia Saudí un país al margen de la modernidad y casi incapaz de organizarse como sociedad, dado que la educación tanto primaria como universitaria está tan centrada en la religión que las profesiones especializadas como ingenieros o médicos deben ser ocupadas por inmigrantes. Hasta el setenta por ciento de las horas lectivas en las escuelas saudíes giran en torno a la religión, con enseñanzas tan valiosas como limpiarse de manera islámicamente correcta y acorde a la tradición con una piedra tras cagar en el desierto. El hecho de que en realidad esos niños utilicen retretes químicos y papel de wc en sus escasas incursiones en el desierto no parece que influya en las materias que deben aprender.

Quizá por eso los saudíes más cultos bromean sobre que para lo único que sirve un licenciado universitario saudí es para servir en la poderosa policía religiosa, conocida como Comité para la Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio. Tan celosa en la aplicación de los dogmas de su fe que en 2002 catorce niñas murieron en el incendio de un colegio de La Meca, al impedirles la policía salir a la calle por haberse dejado en clase -en su prisa por huir de las llamas- los abayas con los que preceptivamente debían cubrir sus cuerpos.

Todas las noches, una fiesta

Pero en regímenes algo más laicos la situación no es excesivamente mejor. Un caso singular es el de Libia, un país que tiene por Constitución un libro escrito por su dictador —Muamar el Gadafi, aunque es muy cuco y prefiere que lo llamen “Guía de la Era de las Masas“— en el que opina de todo lo que se le puso por delante: desde consejos sobre hacer deporte, análisis sobre la alta natalidad de los negros (es porque son vagos y fornican en lugar de trabajar, explicaba ufano) hasta elucubraciones económicas pseudomarxistas.

“En todas las calles un teatro y todas las noches, una fiesta” dice el Libro Verde. No hay duda de que Gadafi predica con el ejemplo

Y es que como modestamente indica el Libro Verde de Gadafi —no confundir con el Libro Gordo de Petete—  en su prólogo: “no sólo soluciona el problema de la producción material, sino que traza el camino hacia la solución global de los problemas de la sociedad humana, para que el hombre logre, definitivamente, su libertad material y realice su propia felicidad”. Nada menos. Pero no me cabe duda de que así será: todo lo que el Libro Verde señala es cierto, puesto que el Libro Verde dice que todo lo que el Libro Verde dice es cierto. Sólo un fanático descerebrado no lo entendería.

El caso es que desde hace unos meses encabeza el top de libros quemados tal como hemos podido ver en numerosas fotografías. Parece que muchos libios prefieren informarse por otras vías, pese a las dificultades connaturales de todo régimen represivo, como el intento de Gadafi de bloquear la señal de Al Yazira, un canal que ha ejercido una notable influencia en estos acontecimientos.

La otra gran fuerza modernizadora durante los últimos años ha sido sin duda internet. Aunque su implantación difiere mucho de unos países a otros y no está libre de censura, en Bahréin por ejemplo este foro crítico con el régimen ha llegado a recibir diariamente una cantidad de visitas equivalente a la cuarta parte de la población del país. El hecho de que algunos blogueros acaben cayéndose por las escaleras es otro indicativo de que la mujabarat de diversos países lleve ya unos años prestándole creciente atención a este medio. Otro ejemplo es el humorista gráfico jordano Emad Hayach, que cuelga en su web todas las viñetas políticas que le censuran en el papel. Respecto a Egipto y pese a la pobreza generalizada del país, ya en 2008 se convocaban huelgas generales en El Cairo a través de Facebook con notable éxito.

Cambios de régimen

Uno de los mantras favoritos del anterior presidente de la Casablanca era el un tanto autocomplaciente “nos odian por nuestra libertad”. Pues bien, sostiene MacFarquhar —y siendo periodista norteamericano en Oriente Próximo cabe suponer que sabe de lo que habla— que el principal motivo de hostilidad hacia Estados Unidos está en la herida abierta que para el mundo árabe representa el conflicto palestino-israelí y el incondicional apoyo a estos últimos por parte de Washington.

La invasión de Irak, dice, tampoco ha ayudado precisamente a mejorar su imagen. Además, su interminable sangría de posguerra lejos de provocar un efecto dominó de democratización de la región, ha servido a esos regímenes para ser más represivos con los reformistas señalando aquello de “Yo o el Caos”. Aunque también señala que la caída de Sadam Hussein mostró a muchos árabes que los tiranos que tantas décadas llevaban asentados en sus países no eran invulnerables. La realidad, como siempre, es poliédrica.

Las revoluciones triunfantes de Túnez y Egipto, así como las que están en marcha en Libia y Siria invitan a la esperanza. Por otra parte, en el momento en que escribo esto se informa de que el ejército sirio acaba de provocar una masacre de un centenar de muertes en la ciudad de Hama, ¿Avanzarán por fin los países árabes en una línea por fin ascendente hacia mayores cotas de progreso y libertad? Quién sabe.


Marcel Gascón: Fiesta

La terraza Slanic está medio cerrada este mes de agosto. La silla de rafia desde la que escribía se ha mudado primero a una playa casi búlgara del Mar Negro y a una finca de verano del Maestrazgo castellonense después. Y pasará por Roma y Berlín, antes de regresar a Bucarest cuando aún no haya comenzado el apacible otoño rumano.

A falta de más seguimiento de la actualidad que el de las noticias de la tele de fondo les hablaré de una fiesta. Un magnífico crucero mediterráneo me recibió de forma fortuita nada más llegar a España de vacaciones. Lo organizaban mi madre y mi tío en tierra de secano y nos ofrecieron a todos los invitados una magnífica noche azul y blanca grácil y marítima. Meses de trabajo habían dispuesto en nuestra antigua granja un recorrido que partía del puerto de Valencia para parar en Montecarlo, Atenas, Túnez y Roma. Todo empezaba con invitados y tripulación subidos al barco de madera, que con las velas cortando los almendros surcaba los bancales. Una traca daba paso a Montecarlo, donde Carolina recortada en papel de revista se asomaba discretamente a una ventana. El guía la advirtió y todos los invitados, vestidos de turistas horteras o convertidos en parte de la tripulación, saludaron la presencia con júbilo.

Después de tres sorteos en el casino llegamos a Grecia por debajo de las parras. Al final del camino se alzaba un partenón de cartón recubierto de plástico. Según se dijo a los viajeros sustituía al original de piedra, vendido a los alemanes para evitar la quiebra. Seguramente era menos espectacular, pero también costaba menos de limpiar. Con Vino Griego de José Vélez brindamos por la amistad eterna junto al fuego de Prometeo. Todos encendimos del fuego clásico nuestras velas y cuando el guía recordó los robos entre los dioses del elemento alguien gritó de entre el público “que se arreglen entre ellos”.

A Atenas siguió Túnez. En una jaima gaddafesca bebimos té frío y comimos baklava del Maestrazgo con mi madre vestida de mora. Una versión arabizada del Ma Baker de Boney M nos acompañó hasta Roma, donde nos esperaba una parodia del Foro. El guía registró dos bolsos: algunos se llevan piedras. Prohibió las fotos y entrar a la cava, donde una vela y esqueletos de juguete llenaban las catacumbas de restos humanos. El tour se había acabado y teníamos reserva en una pizzería romana. La organización se vistió de pizzero y preparó la masa para todos. Arias italianas retumbaron en medio del campo mientras cada invitado puso sobre el tomate y la masa los ingredientes antes de ponerla en el horno de leña.

Las mujeres y algún marino se vistieron de gala para el baile del capitán. Sonó un pasodoble. La pista se llenó de parejas, las mujeres brillantes, con trajes largos. Sólo las higueras, los olivos y la tierra húmeda en la que se hundían los tacones nos alejaban del glamour de cubierta. Después de la solemnidad de apertura se impusieron las bandas a las reinas del crucero y llegó Grease. Como tantas noches en el viejo Pati, mi madre y mi tío fueron Newton John y Travolta. Ella lideró a las chicas; él a los chicos. Todos seguimos la coreografía lo mejor que pudimos. Marineros, capitán, staff, lentejuelas y trajes largos. El efecto era de videoclip.

Dedicación, creatividad, imaginación, generosidad, elegancia, buen gusto e inteligencia. A cualquier cosa llamamos fiesta, pero qué difícil es hacer una fiesta. Y qué bonito.