Marismas y el canal de los Presos: la ruta del desasosiego

Compañía de Transformación y Explotación de Marismas, S.A.

Cotemsa. Un pueblo de recorrido corto: fábrica, cantina y casas. Pocas casas. Un escenario fantasma convertido en turismo de cine, el suelo hecho aún de tierra y las fachadas desconchadas. Un sitio pensado para trabajar, beber, volver a trabajar y a beber, dormir y soñar dormir, mayormente olvidarse de todo excepto de la producción. Hoy es una mancha sórdida en la carretera y uno de los escenarios de La isla mínima, la ventana que Alberto Rodríguez abrió para que nos acercáramos a los territorios secretos de las marismas. A sus miedos y sus contradicciones, a su infinitud eterna. 

A un lado del coche, los restos de Cotemsa, al otro, la sangre sepultada en el cemento de un canal, el sudor impregnado en los nuevos pueblos de colonización, el verde extendido en dirección al mar. Reverbera en el salpicadero el sonido electrónico de Pirámide, que interviene el paisaje, que abre paso a la tradición en sus letras y que empuja y lucha por resquebrajar el silencio. Nos bajamos del coche. Ahora solo se escucha el viento y nuestras pisadas torpes sobre lo que queda del pueblo factoría del arroz Brillante. Nos asomamos a la reja que cierra el acceso al edificio abandonado donde antes funcionaba la fábrica. Cruzamos la carretera y bordeamos el caserío, con dos o tres casas que parecen habitadas y con el resto que ratifican su abandono, incluido el puesto de la vieja cantina, una oferta difícil de rechazar para los obreros, una invitación a gastarse el jornal en alcoholes malos. No hay mucho más que hacer aquí que contemplar ruinas. Reanudamos el viaje y la playlist de Pirámide. 

marismas y Canal de los Presos
Cotemsa. Canal de los Presos

Toca hormigón

«El Caná vale pa to. El Caná… Ahora mismo vale pa regá, pa ponerte ciego o pa hacé deporte». Una voz oscura envuelve el habitáculo del coche y, detrás, la carretera se colma con demasiados vehículos rumbo a las playas de Cádiz. Nosotros seguimos el trazado de las canaletas, de los vasos comunicantes del agua de regadío, de los cientos de brazos hechos de un cemento duro y bastante sucio, de sudor enterrado y colocado junto a la inmensidad de la marisma. «Hay gente que coge y se va por la pata del Caná a hacé bicicleta, a corré,… o te vas a hacé una rave, ahí a La Muerte al Litro,… El Caná… El Caná vale pa to». Cruzamos ciclistas, corredores y paseantes, todas las escalas del ocio deportivo de un domingo soleado por la mañana. Hasta que nos deslumbra el skyline del embalse, la cantidad de piragüas cubiertas de lonas y un sendero de tela sintética que trata de imitar al césped y que busca funcionar como una suerte de alfombra de bienvenida. 

El embalse de Don Melendo marca el final del canal de los Presos y esa manera española de mirar hacia otro lado. «Lo de la concordia está inmerso en la cultura española y se basa en evitar mostrar lo que realmente pasó. Pero si tú lo sabes y yo lo sé ¿por qué no podemos decirlo delante de todo el mundo? Simplemente porque alguien se puede molestar de escucharlo. Y ya es tiempo de que la gente se moleste», dirá Antonio, uno de los Pirámide. Hoy el pantano es un espacio para aquellos que buscan aire puro, pero también para el turismo friki, el turismo histórico o como se llame lo que estemos haciendo nosotros aquí. «A partir de nuestro EP el mensaje ha llegado a más gente. Yo quedando con gente de mi edad y de círculo y preguntarle: ¿tú sabes que esto ocurrió aquí? Y normalmente les suena un poco cuando se lo cuentas, pero no es algo que la gente lo tenga presente normalmente: o se le olvida o directamente no lo sabe», agregará Karvy sobre el primer EP del grupo, titulado El Canal de los Presos

Desde la oficina de la comunidad de regantes, en el punto mal elevado del paseo, se puede apreciar la dimensión del pantano. En la pared que desciende hasta el agua hay una pequeña plantación de uvas que cuentan con un extraño sistema sonoro para espantar a los pájaros, haciendo el sonido de un tiro de aire comprimido sin proyectil, solo el aire. El entorno es silencioso y relajante y las vistas tan panorámicas que poco importa la persistencia de las moscas alternándose de la fruta pasada a la caca de perro sin recoger. Tanta cantidad de árboles, el canto de los pájaros, una piragua moviéndose bajo el sol y dejando su estela sobre el agua plateada: todo asemeja a un paraíso natural si no fuera por eso mismo, porque asemeja pero no es, porque imita. Y lo hace con mano de obra esclava en campos forzados de trabajo. 

Volvemos al coche, ponemos en marcha el motor y el equipo electrónico nos recuerda, de manera automática, nuestra elección, la banda de sonido que elegimos para este viaje: «Si andas por el Canal de los Presos/ toca hormigón / Piensa quién te trajo aquí».

marismas y Canal de los Presos
Embalse de Don Melendo.

Trip hop en las marismas

Nos gustaría decir que nos estamos metiendo en el medio de las marismas, pero no sabemos si es correcto asegurar que esta geografía extraña del sur tenga un medio, un corazón, un centro o una esencia propiamente dicha. Y tal vez ahí radique su atracción, en ser un enorme lago formado por la desembocadura de un río que se convirtió en fangal con suelo salino y que se debate entre la ausencia de vegetación natural en algunas zonas y la proliferación de una vegetación tan vasta que ni siquiera sirve para alimentar los animales. Historias dentro de otras historias, pueblos que se crearon con la finalidad de domar este suelo, pantanos que fueron esperanza y sufrimiento.

En Vetaherrado nos tomamos un café con Maica y un zumo con su hija y su nieto, en el único bar del pueblo frente a la iglesia que no se usa pero que todavía no han tapiado. Ahí, Maica hizo su comunión y se casó. Ahí, su nieto fue el último bautizado del pueblo, en esa iglesia cuya torre alguna vez fue blanca y que ahora se descama dejando a la vista su cemento. Damos un paseo en familia: a un lado de la carretera, los arrozales; del otro, las parcelas de los colonos con algodón y remolacha. En el fondo, la mano del hombre luchando contra la naturaleza salina de las marismas. Maica cree que su abuelo biológico trabajó en el canal de los Presos, pero no lo puede confirmar y, además, dice que aquí no se habla de eso. 

Volvemos al coche y a Pirámide, a su segundo EP, Furtivo, con la portada de un fondo violeta con unas ondas que se mueven entre el sonido y el pantano salado, sobre las que un campesino fosforescente inicia una deriva, o tal vez la acabe o quién sabe cuando empiece o termine algo en la marisma. «Un beso no es de onda triangular/ Tu sonrisa no puede oscilar/ ¿Esa mirada en qué nota va?/ ¿Cómo se envuelve tu claridad?», canta Claudio en «Rebaba», primer corte del EP. Lo furtivo: lo que se hace a escondidas o de manera disimulada y, también, el que caza sin permiso. La rebaba: ese trozo de materia sobrante que hay en un objeto cualquiera y que sobresale de manera irregular. Claudio nos dirá que son canciones más intimistas que las anteriores, más electrónicas y profundas, otra vez la raíz y el folclore «pero más quizás en la letra y en el modo que en la forma». Y Antonio intervendrá: «Habla de esa soledad que tú sientes cuando te metes en la marisma. Encontrarte solo en una inmensidad tan grande». Y Karvy agregará: «Un policía que te esté buscando se va a perder porque es un desierto enorme con agua». 

Dentro del coche, la materia sobrante: «Las rebabas despreciadas/ Son las únicas que rebotan luz/ Guarda en cristal/ El señor tiempo en tarros de cristal/ Guarda en cristal/ Nuestras rebabas no paran de arpegiar». En alguna pantalla anterior, las imágenes del videoclip, con paisajes de las marismas, ventosas, desiertas, y un cuerpo humano sin rostro, casi fluorescente, en posiciones de danza contemporánea, acentuando diferentes estados de ánimo con su coreografía: incomodidad, juego, fiesta, incertidumbre. A medida que cae la tarde y la luz se va haciendo más tenue, los mosquitos se adueñan de la inmensidad y empiezan a chuparnos por docenas, centenas tal vez, con total paciencia después de aparcar y recorrer Marismillas. Nos esperarán en San Leandro y también en otros pueblos nuevos y viejos levantados alrededor de las marismas, algunos comunicados por paradójicos caminos secos de tierra y polvo, atravesados por el cemento del canal. Y cuando llega la noche, la inmensidad ahora se vuelve más invisible que nunca y pensamos cómo se sentirá la soledad aquí, quienes serán en carne y hueso esos hombres fosforescentes de la portada de Furtivo. Cómo será agazaparse y ser perseguido, la incertidumbre de no saber a dónde huir ni por donde vendrán. El desasosiego en su esplendor absoluto.

marismas y Canal de los Presos
Pirámide en las marismas.

El vídeo, el libro y el documental

«¿Tú te imaginas celebrar una boda en Auschwitz? Aquí la gente se casa y celebra comuniones en el cortijo de Los Arenosos, que fue un campo de concentración. O celebran raves debajo del canal». Una voz distorsionada y grave pregunta y responde, la silueta difuminada de un hombre se mueve en una estética cargada de distopía y de imágenes de presos trabajando en un canal cuyos brazos de cemento transcurren invisibles y extendidos por todos los pueblos de las marismas. Antonio reconocerá que quizás los textos sean un poco exagerados y que, a veces, las comparaciones son odiosas, pero estaban buscando una manera atractiva de llegar con el mensaje y, al fin y al cabo, eran campos de trabajo forzados. Claudio lo ratificará: «Y yo voy a la boda y hay ciertos momentos que me pongo como todo el mundo, como a nadie le importa ya está ¿no? Pero sé lo que pasó ahí. Y creo que es de ley que lo sepamos todos los que vivimos cerca. Es que no hace seiscientos años, es que hace nada que pasó». 

En un capítulo del libro El canal de los Presos (1940-1962). Trabajos forzados: de la represión política a la explotación económica (Crítica), Reyes Mate también se refiere a Auschwitz dentro de la paradoja de la negación del crimen dentro del crimen: «Auschwitz no remite solo a la liquidación física de seis millones de judíos, sino que también señala un proyecto de silenciamiento y destrucción de todo rastro del crimen. Era el mayor desafío a la memoria». Según este volumen que, probablemente, sea la investigación más completa sobre el tema, no hay una cifra exacta de la cantidad de presos que pasaron por la construcción de esta obra faraónica, ni a quienes se fusiló por incumplir órdenes ni cuántos murieron accidentados o sufrieron torturas físicas y psicológicas ni tampoco cuantas personas acabaron en otras colonias penitenciarias para pasar hambre y sed, soportar cientos de piojos y garrapatas o ser juguetes de los carceleros en simulacros de fusilamientos.

El libro recoge algunos testimonios de sobrevivientes. A Gil Martínez Ruiz siempre lo conocieron en Los Palacios como «el Preso», nunca se pudo escapar realmente del campo de concentración y se llevará el estigma hasta la tumba. A todos los obligaban a cantar el «Cara al sol» con el brazo alzado y a rezar, gente de izquierdas y profundamente atea, sometida no solo a trabajos a destajo sino a diferentes mecanismos de humillación. «Todos los días ponían en el cuarto donde estaban los jefes de funcionarios un cartel que anunciaba el menú diario pa los presos, y en vez de poner primera comida, segunda comida, ponían primer pienso, segundo pienso y tercer pienso, porque a la vez que comían los presos comía la caballería, y no se hablaba de comida pa los presos sino de pienso. Eso se hacía pa humillar, figúrate», recuerda Luis Adame. 

En el documental Los últimos colonos de Paco Aragón alguien se anima a dar una cifra de la cantidad de esclavos que trabajaron en el canal entre 1940 y 1953: entre siete mil y ochomil presos políticos, a los que se sumarán después los presos comunes. Los obreros que hicieron la excavación, los peritos, topógrafos, ingenieros, personal de oficina: todos presos políticos. Y todos viviendo en campamentos con elementos característicos de un campo de concentración: doble alambrada, puestos de vigilancia, focos y rondas nocturnas. Y hay otra cifra en este documental: más de ciento treinta intentos de fuga, muchos de los cuales acabaron con fusilamientos ejemplares delante de todos los presos.

Torre del Águila

Seguimos uniendo los retazos del canal de los Presos y en este tramo del viaje nos recibe el actual encargado de este embalse, Emilio Carmona Roldán, y el antiguo, su padre Emilio Carmona Aguilera, quien nació en 1941. Han sido tres generaciones familiares a cargo de Torre del Águila desde que fuera construido y, para su desgracia, nos cuentan que Emilio nieto no podrá cumplir su sueño de seguir con la saga porque en la actualidad es más complicado, ahora hay que aprobar las oposiciones en Madrid y eso es muy difícil. 

Recorremos las instalaciones del canal, entre un persistente olor a pino y Emilio padre nos enseña las piedras de la escollera que sostiene el puente que cruzamos: colocadas una por una a mano, «como un rompecabezas», conformando una alta pared en la que «a cada piedra se le encontraba una posición y si no se la picaba y pulía a mano para que cupiera». Nos cuenta que «los civiles y los presos eran una gran familia» e insiste en que no hubo tratos vejatorios. «No tiene sentido desenterrar a los muertos, enemistar a la gente que es lo que hace este gobierno», nos dice cuando insistimos. Está tan orgulloso de la presa que pareciera que la hubiera levantado con sus propias manos. 

Emilio nieto, de veintitrés años, aparece antes de que nos vayamos con una camiseta de la Policía Nacional que nos hace pensar que es, efectivamente, policía, pero que no, se trata solo de una camiseta de entrenamiento. El abuelo y el padre están contentos porque el muchacho se ha colocado en la Comunidad de Regantes y trabaja con una moto repartiendo el agua. «Algo vinculado con la presa, al menos». Nos acercamos al coche y vienen a despedirnos un perro de la calle adoptado por la familia que se llama Paco y una cerda vietnamita llamada Pepa. Volvemos al coche y a la música: «El día que yo me muera/ dale un beso a la morera / Que los gusanos que me coman/ lleven algo de tu aroma». Y nos preguntamos a cuál de los tres Emilios le gustará más esta canción de los Pirámide.

marismas y Canal de los Presos
Pirámide en canal de los Presos.

Los Palacios y Pirámide

Para ver a los Pirámide hay que estar aquí, venir, desplazarse a la tierra sobre la que escriben y componen. Porque no viven en ninguna capital de la música, no están buscando suerte en ninguna tierra prometida de la industria. Claudio, Antonio y Karvy tienen sus ojos y oídos puestos en los sonidos electrónicos que circulan en el mundo y también en el folclore del Bajo Guadalquivir que legaron de sus madres y padres, abuelas y abuelos. Y su día a día transcurre en Los Palacios y Villafranca, a pocos kilómetros del canal de los Presos y de las marismas. 

Claudio venía del rock clásico y el grunge y Antonio de la electrónica, eran compañeros del instituto y fue Antonio quien, de a poco, arrastró a Claudio hacia estos nuevos sonidos. «En la música electrónica encontramos nuevas maneras de experimentar», dice Claudio y mira a su amigo y le agradece: «Lo que yo me di cuenta a los treinta o treinta y cinco años tu llevabas viéndolo de toda la vida». Antonio mira a su alrededor, estamos en la sala de ensayo de los Pirámide: «Aquí no paras nunca de aprender, porque es que todos los meses te sacan algo nuevo. Y es una putada porque de lo viejo no te quieres deshacer y tienes que comprar cosas nuevas y después no te caben. Y te pasa eso, te conviertes en un Diógenes». Efectivamente, el estudio está repleto de samplers, sintetizadores, teclados, guitarras y hasta una enorme batería. 

Karvy entra al grupo en diciembre de 2020, cuando Antonio y Claudio estaban a punto de sacar el primer EP, El Canal de los Presos, con un sonido cercano a la electrónica minimal y con influencias de Thom Yorke y Cabaret Voltaire, más el impacto escénico y conceptual de Gazelle Twin. «A mí me gusta Pirámide antes de estar en Pirámide. Yo los había visto en directo tres o cuatro veces y a mí me encantaban», dice Karvy, quien, además de participar en lo musical, está a cargo del concepto visual del grupo. Su estreno en el estudio de grabación fue con el segundo EP de Pirámide, Furtivo, pensado, ideado, grabado y conceptualizado por la actual formación y con un sonido mucho más cercano al trip hop estilo Bristol (Portishead, Massive Attack) y la infinitud de las marismas como leitmotiv principal.

Entre los muchos motivos por los que venimos a visitar a los Pirámide, nos interesa saber qué repercusión ha tenido en el pueblo, en la zona, en algunos de los sitios que visitamos estos días, que tres jóvenes hayan removido un tema tan delicado para la celosa memoria histórica de muchos españoles. «Tenemos el canal de los Presos a doscientos metros y había gente que no conocía su historia o que le sonaba porque lo había escuchado, pero nadie se había parado a reflexionar sobre todo lo que supone la obra. Y en generaciones más posteriores como la de Karvy todavía estaba más acentuado», dice Antonio, que tiene cuarenta años, al igual que Claudio (Karvy tiene veintisiete). «Está muy extendido en toda esta zona el rollo de los pantanos, los canales y la reforma agraria. Y a quienes más benefició todo eso y el canal de los Presos fueron a los grandes terratenientes», dice Claudio. «Los de nuestra generación tenemos la obligación de sacar las cosas a la luz. Creo que la generación previa a la nuestra tiene cierto adoctrinamiento cultural que evita que hablen o si hablan, lo hacen desde el punto de vista muy protector: nosotros vivíamos en otro pueblo y no teníamos nada, nos trajeron un tractor o una burra y un carro y para nosotros eso fue la vida», agrega Antonio.

Otra cosa que nos interesa es cómo conjugar un lugar de memoria con un lugar de ocio. Como llegar a un equilibrio y no caer en la frivolidad de las bodas y los deportes acuáticos y ese paisaje idílico con sol cayendo bajo el agua pero tampoco en la sordidez de un monumento inerte. Antonio tiene una idea: «Lo importante es informar. Después, cada uno le puede dar el concepto, la entonación o la interpretación que quiera. Pero por lo menos informar. A lo mejor para ti prima la cordialidad y no le quieres dar más importancia, pero para él no. Pero por lo menos vamos a informarlo a los dos y luego cada uno es libre de cómo reaccionar ante eso, pero que esa información surja, que no se quede ahí enterrada».

Embalse de Peñaflor

«Escarba en la tierra, / pica la piedra, / la Memoria no / se encierra». Antes de abandonar el sur nos queda una última parada. Pasamos por pueblos de colonización y pueblos viejos metidos en carreteras estrechas adornadas de pozos y naranjos, seguimos la línea del río Guadalquivir y bordeamos el área metropolitana de Sevilla sin entrar en la capital, atravesamos el polígono industrial La Isla, cruzamos muchas rotondas y el parque empresarial El Copero muestra con orgullo las fachadas de Shell y de Amazon, de sus silos gigantes. Hasta que llegamos al embalse de Peñaflor, la presa donde nace el canal de los Presos, desprovista de cualquier tipo de cartel informativo. Si no hubiésemos pasado tantos días escuchando, hablando, leyendo e investigando sobre el tema, si no supiéramos algo, el embalse solo sería alambrada corroída y explanada repleta de musgo pero sin la sombra de los trabajos forzados. ¿Cuánta gente pasará a diario por esta carretera sin saber, sin mirar, sin nada más que dejar atrás? Y como una especie de broma, aunque muy en esa línea de concordia que mencionaba Antonio, se alza un obelisco conmemorativo con imágenes costumbristas en su base como un homenaje frívolo y leve a los trabajadores rurales. Sepultando, también, a esa cifra inasible de todos esos hombres con la espalda rota y la piel quemada y el cuero cabelludo comido por las liendres que levantaron los cimientos de toda esta oscuridad.

marismas y Canal de los Presos
Embalse de Peñaflor.

Coautor 4149


Manual básico antiturista

turista
Turistas. Fotografía: Luca Sartoni (CC).

Comer bien, dormir bien, ir donde se desea, permanecer donde interese, no quejarse nunca y, sobre todo, huir como de la peste de los principales monumentos de la ciudad.

(Atribuido a Jules Renard, aunque probablemente apócrifo)

Una vez tuve un profesor que decía que se conoce mejor Inglaterra leyendo a Dickens en tu casa que yendo allí un puente en vuelo barato a cogerse una cogorza. Aparte de una frase bastante esnob, la ocurrencia encierra una idea interesante sobre las limitaciones del turismo como experiencia cultural. También, añado, en ocasiones, como producto de placer. 

Lo primero que consiguió el turismo masivo es que aprendiéramos la diferencia entre viajar y ponerse una pulsera de todo incluido. Con cierta frecuencia el turismo es a viajar lo que la cebolla caramelizada es a la gastronomía. Lo segundo fue sacar a España del Tercer Mundo para meterlo en el segundo, tanto en los tempranos años sesenta como en la era del ladrillo. Se calcula que el turismo supone aproximadamente el 9 % del PIB mundial, mientras en nuestro país el porcentaje se acerca al 15 % según las estimaciones más generosas. Pocas bromas.

La globalización y la aviación de bajo coste han supuesto el penúltimo giro de manivela para un fenómeno en general deseable, porque permite conocer Europa de Lisboa a Berlín a un mileurista con cierto sentido de la osadía y las ofertas. No importa que sus rodillas choquen contra el asiento de delante porque al fin y al cabo está comprando un menú rebajado, un producto de saldo. Pero eso no debería justificar la insatisfacción para el viajero que busca comerse un chuletón y no un filete programado en Matrix.

Safari de dinosaurios

Afortunadamente, existe cierta libertad para elegir. Usted puede adherirse a un circuito convencional (¡disfrute de los treinta y cinco mil cuadros del Museo del Louvre, usted, que solo ve cuadros en las camisas!) o puede emanciparse y customizar su viaje. El tópico de «perderse y dejarse llevar» suena cursi pero apunta en la dirección correcta. Se aconseja hospedarse en la ciudad y no en las afueras, cortarse el pelo en algún local de la zona, ir al fútbol o a cualquier deporte, alquilar una bicicleta o incluso ir a misa. En general, como dicen los anglosajones, stay local.

Disfrutar, por el contrario, de un tour convencional, un recorrido canónico por los principales monumentos de la ciudad mediante un auricular o un guía generalmente con prisa por acabar con los cinco grupos de la mañana para irse a comer, puede salir razonablemente bien. Podrá volver usted al hotel con la agradable sensación de haber visto en persona el famoso Coliseo, el Foro y la Fontana di Trevi. Pero, ¿qué ha aprendido? ¿Qué ha experimentado? ¿Qué tipo de placer ha sentido? ¿Le han dejado tocar al Triceratops o ha visto Parque Jurásico desde detrás del cristal?

Por lo general, el turismo masivo se compone de circuitos cerrados precalentados en el microondas. Un serpenteante pasillo de Ikea, con flechas, datos e indicaciones, que es un gran profiláctico contra la exploración y la curiosidad. No digo que sea algo malo por sí mismo. Digo que puede resultar insatisfactorio para cierto tipo de viajero.

Visitar los grandes monumentos de una ciudad es una labor inevitable, y quien escribe no dejará de hacerlo, en general, cuando visite según qué lugares. Pero el encanto de ver estos referentes (algunos maravillosos) es limitado. A veces, bastante limitado. Lo es, entre otras cosas, porque las expectativas siempre están distorsionadas. Prueben a visitar la Torre de Pisa. Nadie piensa que sea nada del otro jueves pero, una vez allí, todo resulta demasiado escaso y demasiado caro.

Lugares como la Torre Eiffel o la Sagrada Familia, por poner dos ejemplos cualquiera, se enfrentan, también, al notable poder esterilizante de las imágenes. Es una teoría antigua de los estudiosos del cine. De algún modo, un objeto, cuando ha sido capturado en pantalla, reproducido mil veces, inserto en tantas narrativas, incluido en carteles, revistas, películas, pierde gran parte de su capacidad de conmoción. No se rían pensando en aquellos indios que huían de las fotografías porque les robaban el alma. Es, sencillamente, el lógico vaciado espectacular de algo demasiado manoseado por nuestro imaginario colectivo. Tan deseado y tan exhausto. La inflación de la imagen y los grandes iconos

La fotografía representa otro notable inconveniente para el modesto antiturista. En la era de la fotografía compulsiva, la imagen no podía salir indemne. Los dispositivos se han democratizado radicalmente. La instantánea se multiplica sin aprecio y como prueba de fe de que se ha estado en los sitios y las redes sociales son el mantel donde se sirven estos festines de inocente narcisismo. Viajar, en definitiva, se convierte en un safari de capturas reconocibles, una lista de objetivos tachados aprobados por estricto gregarismo. El candado de amor en el puente. Los pies en el kilómetro cero de la Puerta del Sol.

Fotografía: Luca Sartoni (CC).

El dilema

Por obra y gracia de la globalización, que nos ha traído un descenso sin parangón de la pobreza mundial y el regalo envenenado de los precios bajos, las ciudades amenazan con desaparecer porque empiezan a parecerse demasiado entre ellas. El mundo se ha hecho pequeño. El pastiche adquirió a la denominación de origen. El capitalismo ha reproducido en serie sus estructuras comerciales y estas se han fundido sin demasiada dificultad con la piel de las ciudades. El turismo, si cabe, ha sido uno de los sectores que mejor representa el fenómeno en auge de las industrias del placer en todo su eficiente esplendor.

La mala noticia es que las zonas de mayor presión turística se han convertido en un lugar inhóspito para el residente e insípido para el visitante. El Barrio de Santa Cruz de Sevilla o la Barcelona de Gaudí (Ensanche y alrededores) son buenos ejemplos. La masificación no es el único problema. El culto al souvenir (ya ven, tan poca cosa) evoca la imagen bíblica de los mercaderes en el templo, un templo que, puritanismo aparte, nada tiene que ver con estos mercaderes, pues ya me dirán cómo encaja la mayor catedral gótica cristiana del mundo (seguimos hablando de Sevilla) rodeada de tiendas de camisetas en spanglish divertidísimas. La dependencia económica, volviendo al principio, es la perfecta coartada para que este mercadillo incesante se haga fuerte en las ciudades.

El debate, no obstante, es muy complejo, y mal haríamos en simplificarlo. ¿Cómo hacer compatible el crecimiento económico con la responsabilidad patrimonial y la convivencia deseable? En países especialmente dependientes del turismo, como Francia, España e Italia, la disyuntiva es dramática. Y ni se plantea.

Pelucas y hamburguesas

El fenómeno del turismo contemporáneo tiene ejemplos extraordinarios. Si han estado ustedes en Venecia, habrán experimentado cierta sensación de exotismo. Un exotismo trasnochado, casi kitsch, contenido en esa extraña isla de islas que por alguna razón sigue a flote. Provoca similar asombro geográfico al que provoca Cádiz vista en un mapa, pero va mucho más allá. En el caso de la ciudad italiana, tan extravagante, las riadas de turistas son parte básica del paisaje y la hacen parecer, en todas las épocas del año, un verdadero parque de atracciones. L’acqua alta del extranjero.

La ciudad de Antonio Vivaldi se revela ante el visitante como una rara reliquia medieval de evidente artificio. Se harán una idea de esto cuando descubran, muy cerca de la Plaza de San Marcos y su impresionante catedral bizantina, un Hard Rock Café apretado entre canales de agua turbia y gondoleros sobre los escalones esperando clientes.

La visión, tan exclusiva y excéntrica, remite de algún modo a los primeros tiempos del turismo. La palabra viene de tour (como en ciclismo, un viaje o recorrido con muchos destinos) y hace referencia a los garbeos iniciáticos que los jóvenes con peluca de la realeza se costeaban durante años para formarse, conocer el mundo y acumular la experiencia y el conocimiento que supuestamete necesitaban para luego ejercer el gobierno. Siglos después, personajes como el joven Winston Churchill, aristócratas con un pie en el ejército y otro en el periodismo, actualizaron el concepto y conocerían medio planeta (India, Sudáfrica, Nueva York) a lomos de una visión del mundo aún colonialista y triunfal.

Viajar, en efecto, es un producto intrínsecamente moderno sofisticado con cada época de progreso mercantil. No floreció del todo hasta que la segunda revolución industrial llevó a otro nivel las infraestructuras y las comunicaciones y las socialdemocracias instauraron las vacaciones pagadas; y ahora, en tiempos globalizados, consiente contradicciones tan notables como que pueda llegar a ser más barato viajar de Madrid a Dublín que coger un tren de Córdoba a Ciudad Real. Se impone, en fin, como un fenómeno seductor, una oportunidad histórica y una actividad deseable por definición. Por eso es saludable tratar de desmitificarlo un poco.

El atractivo del turismo, en suma, reside básicamente en tres cosas: descanso, placer y conocimiento. El último objetivo es el más difícil de todos. Quebrar la indiferencia con que las ciudades reciben al visitante no pasa seguramente por peregrinar por sus templos más venerados sino por buscar ángulos desprevenidos en lugares corrientes.

Vale más, quiero decir, aquel restaurante castizo descubierto por casualidad, o ese barrio de acento imposible, que la segunda, tercera, cuarta, quinta foto de grupo detrás de la iglesia o estatua de turno. Sí, ya sé que ambas cosas son perfectamente compatibles, pero a lo segundo le sobra publicidad y a lo primero, alicientes. Y viajar sin incertidumbre es como jugar al póquer sin dinero. Es una cuestión de constantes vitales, de anécdotas cuando vuelves a casa. Y de poder, en definitiva, mandar a paseo a Dickens y poder ver las cosas por ti mismo.


Un recorrido por los carteles más inverosímiles de nuestra historia

Keep Calm and Kill Zombies. Un cartel, como resumen de una idea, continúa siendo uno de los mensajes más potentes de la historia. Capaz no solo de servir al fin para que fue hecho, sino de transformarse y perdurar hasta formar parte de la cultura de nuestro tiempo. En 1939, y como mensaje de ánimo a la resistencia contra los nazis, el gobierno británico imprimió ejemplares por valor de tres millones de euros de hoy, con un simple Keep Calm and Carry On: mantén la calma y sigue adelante. Elegante tipografía acorde a la visibilidad que se imponía en el metro de Londres, y un atractivo color rojo de fondo. Que los sentenció a quedar para siempre en los depósitos de guerra, porque ¿a qué funcionario delirante se le había ocurrido elegir como color principal el de los comunistas rusos? Eran esos tiempos.

Nadie vio públicamente, jamás, ese cartel hasta el año 2000. Cuando una librería de segunda mano al norte de Inglaterra decidió imprimir quinientos ejemplares. El dueño había encontrado uno en el interior de una caja de libros, comprada en una subasta. Sus clientes lo adoraban, y le pedían continuamente una reproducción. Un periodista de The Guardian reveló su historia y origen, popularizándolo. Para 2007 se habían vendido cincuenta mil copias, aunque su difusión global ocurrió a partir de la crisis de 2008, cuando empezó a distribuirse en memes y camisetas con origen en Estados Unidos. Añadiendo detrás del Keep Calm cualquier cosa que se le ocurriera al artista porque, efectivamente, aquellos tiempos de quiebra podían, como los de la Segunda Guerra Mundial, hacerte perder los nervios.

Pero los mensajes que perduran y de los que los colectivos se apropian hasta formar parte de la cultura común no se reducen al extranjero. En nuestra historia tenemos el mejor ejemplo, redactado en inglés desde aquí, y con un origen que poco tiene que ver con lo que interpretamos hoy. Spain is Different. Inventado por el Patronato Nacional de Turismo, algo creado en la dictadura de Primo de Rivera por el conde de Romanones. En 1928. El cartel original con ese eslogan, de los años 30, era un poco disléxico, pues servía lo diferente con lo más castizo. Una imagen más próxima a la heredada de la narrativa de viajeros extranjeros durante el XIX, bandoleras y flamencas.

carteles inverosímiles

Un artículo de aquellos años publicado en La Vanguardia se hace eco de la reacción que provocó el mensaje en los viajeros, al menos en Barcelona. Un inglés, o alguien que conocía ese idioma, había escrito debajo del lema Spain is Different, Oh, and How!, un «ya lo creo» lleno de sarcasmo. El redactor lo explica, taxistas, hoteles y bares abusan explotando al turista, la calidad del servicio hostelero es baja… de qué nos sonará esto.

Manuel Fraga, ministro de turismo con Franco en los años 60, los rescató para su campaña de esos años —de hecho se le atribuye su autoría—. La idea era hacer positivos los rasgos propios del país, que Europa asociaba al subdesarrollo. Diferentes sí, pero eso nos hace atractivos. Uno de sus focos, entre otros muchos, fue el gazpacho, no un plato de pobres, sino una delicia gastronómica, se les dijo a los extranjeros, muchos de los cuales siguen pidiendo cuando vienen esa «sopa de tomate fría». Qué caray con las traducciones. Desde entonces se quedó para siempre con nosotros ese «España es diferente», expresión que define esas cosas que solo pueden pasar aquí porque somos inverosímiles, como nuestros carteles.

Aunque el turismo no fue el único espacio para lo inverosímil, en realidad los grandes carteles se produjeron en la publicidad de productos milagro. Como el Massosein, masajeador de senos por agua fría a presión, muy fácil de hacer en casa. En su versión prensa, acompañando la foto del cartel original, ofrecía enviar gratis junto al aparato el «interesante librito Belleza y dureza de los senos». Fechado en 1936, podría corresponder, si eliminamos sus mensajes, al cartel de cualquier película de terror en blanco y negro de la época. La modelo debe estar mirándose al espejo, pero por su expresión bien podría haber sido mordida por un vampiro o estar destinada a ser novia de Frankestein. O quizá haya abusado de las sustancias. Tal vez en los 30 resultara una imagen muy erótica, dirigida en realidad a ellos, para que regalasen el instrumento a sus parejas.

carteles inverosímiles

Lo cierto es que la aparición de fotografías en los carteles españoles de los años 30 supuso toda una revolución. Hasta entonces, y al igual que en el resto del mundo, se había seguido el patrón de usar ilustraciones, más fáciles de reproducir, y con más control sobre la imagen. Pero, sobre todo, con color. Las fotos desaparecerían de los carteles de propaganda durante la guerra civil, y ese patrón se mantendría con las nuevas campañas de turismo marca España de los años 60, y con el boom de la publicidad de esa misma década. Un nuevo país que comenzaba a consumir y a comprar marcas asistió a nuevos carteles inverosímiles.

Como el de «Mamá siempre lleva a casa Cruzcampo». Cuatro niños de entre siete y once años se agrupan en torno al mayor, que litrona en mano está dispuesto a darle un buen trago, y quizá compartir con sus hermanos, que se lo solicitan sosteniendo vasos. No es que la marca tuviera especial interés en pervertir a la infancia, el resto de fabricantes anunciaban lo mismo, y de hecho la botella grande de litro fue un formato pensado para las nuevas neveras. Si cruzamos el precipicio del tiempo y la distancia cultural, comprenderemos que estos anuncios iban dirigidos a una nueva clase media, que podía permitirse tener frigoríficos, un bien de lujo. Y sobre todo que cumplían un viejo sueño paternal muy español: alimentar a sus hijos con una bebida alcohólica, uno de los bienes más caros en la cesta de la compra. La generación nacida en los 40 fueron niños que aún recibieron sopetas de vino —como la leche con cereales, pero con trozos de pan duro, vino y azúcar—, y poder comer eso era signo de preocuparte por alimentar bien a los tuyos.

carteles inverosímiles

Y es que algunos de nuestros carteles son inverosímiles porque nuestra propia historia también lo es. Por eso muchos se han convertido en un objeto de culto, y sus reproducciones, en decoración habitual de nuestras casas y lugares de trabajo. Dependiendo de gustos, uno puede colgar el Keep Calm, un meme del Spain is Different o, quién sabe, a la terrorífica chica del Massosein, con una impresión en cartón pluma. La forma más fácil de colocarlo sin marco. Lo que sería inverosímil es colgar uno de niños cerveceros y subirla a las redes sin liarla parda. Keep Calm and Print Posters.


Un crucero para Mark Twain

Mark Twain. (DP)

A nadie se le había ocurrido antes: conseguir un barco, armar un itinerario, poner una tarifa y subir a muchas personas arriba. En el barco van a comer y dormir, bajarán a tierra detrás de un guía que los va a llevar a recorrer paisajes y monumentos, van a comprar suvenires y otra vez al barco. Así todos los días, durante muchos días.

Es el año 1835. En el periódico local, el Shetland Journal, se ofrece un viaje en barco desde las islas Shetland, al norte de Gran Bretaña para hacer un recorrido por Escocia, Islandia y las Islas Feroe. Algunos incautos se acercan a preguntar y descubren que era una publicidad falsa: la historia del turismo organizado y su exponente mayor, el crucero, empieza con un engaño publicitario.

Los padres del turismo son dos ingleses: uno va a inventar las agencias de viaje y el otro los cruceros. Vamos a presentar al primero. El señor Samuel Cunard nació en Canadá pero es de familia británica y se siente un inglés. Además es rico, muy rico, y es emprendedor. En 1838 funda en Gran Bretaña Cunard Line, una compañía naviera con la que dos años después despacha el primer transatlántico a vapor, un barco correo que cruzará el Atlántico en un tiempo récord de catorce días y además carga una novedad: lleva a veinticuator pasajeros que son turistas y esta idea hará a Cunard mucho más rico de lo que era. Los barcos saldrán uno tras otro hacia América. Claro que no siempre los servicios satisfacían a los clientes; Charles Dickens dedica varias líneas para quejarse de las muy poco confortables habitaciones en el vapor Britannia del señor Cunard: «Este cajón completamente inservible, inútil y pretencioso no tenía la más remota relación con aquel bonito grabado que aparecía colgado en la oficina del agente de Londres». Dickens dice que el lugar asignado era tan chico que no cabían ni él, ni su esposa, ni su equipaje, era como intentar meter «una jirafa en una maceta».

El otro inglés se llama Thomas Cook: también es empresario, un religioso devoto y un abstemio militante. En 1841 tiene treinta y tres años y dirige su propia asociación antialcohólica en la villa de Loughborough. Quiere que su mensaje llegue a más personas y se le ocurre una idea: ¿qué pasa si organizo un viaje para que muchos puedan venir? Convenció a la empresa de ferrocarriles para que habilite un tren específico, lo contrató, publicó un aviso y llevó a quinientos abstemios a razón de un chelín por cabeza para un recorrido de diecisiete kilómetros. El viaje resultó un fracaso económico, pero el hombre se había inventado una profesión: sería agente de viajes. Cook vio el negocio que había en el tendido ferroviario por todo el continente: Europa está al alcance de la mano incluso para las mujeres que nunca se animaron a viajar solas; ofrece buena conectividad, viajes baratos, recorridos pautados, descuentos en hoteles y cupones que reemplazan el efectivo. Fundó la agencia de viajes Thomas Cook & Son y también se hizo rico.

Cambio de locación. De Inglaterra a Estados Unidos. En todos los periódicos del país se puede leer este anuncio:

Brooklyn, 1 de febrero de 1867.

EXCURSIÓN A TIERRA SANTA, EGIPTO, CRIMEA, GRECIA Y LUGARES DE INTERÉS INTERMEDIOS

Los abajo firmantes realizarán una excursión por los lugares arriba mencionados durante la próxima temporada y tienen el placer de presentarle el siguiente programa:

Se seleccionará un vapor de primera clase, a las órdenes de la organización, capaz de alojar un mínimo de ciento cincuenta pasajeros, todos en camarote, en el que se dará entrada a un selecto grupo cuyo número no supere las tres cuartas partes de la capacidad total del buque. Estamos seguros de que dicho grupo podrá formarse en la vecindad, entre amigos y conocidos mutuos (…)

Durante meses en toda Norteamérica no se habla de otra cosa que de la gran excursión religiosa y de placer a Europa. El viaje promete «todas las comodidades disponibles»: biblioteca, instrumentos musicales y hasta «un galeno experto» para atender la salud de los pasajeros. De modo que todos los que pueden pagarlo envían su solicitud, son cientos, para que un comité seleccionador elija a los afortunados. Entonces les llega una solicitud de un hombre que está en bancarrota, aunque ellos no lo saben porque otros pagarán por su viaje. El nombre en el papel es Samuel Langhorne Clemens, pero firma sus libros y sus notas como Mark Twain

Resulta que el tal Mark Twain trabaja como periodista en una publicación de San Francisco que se interesa en la novedad turística y lo manda con todo pago porque él lo que gana se lo gasta y si gana mucho invierte e invierte mal; ganará mucho dinero con la escritura durante toda su vida, pero siempre será un hombre en quiebra porque los negocios y el ahorro no son lo suyo. Es soltero, tiene tiempo y le van a pagar un viaje por Europa, y a cambio solo deberá mandar cartas con lo que escriba y escribir es una de las cosas que sabe hacer.

Mark Twain fue piloto en el río, minero y buscador de oro, manejó una imprenta itinerante, fue periodista y escritor, aunque algunos dicen que lo que más le gustaba era subirse a un escenario y contar historias para ver las caras en el público y así saber que su historia funcionaba. El nombre viene del lenguaje marinero: es algo parecido a lo que gritan cuando se han alcanzado las dos brazas (la marca dos) de profundidad que necesita el barco para avanzar. Desde muy chico había querido manejar uno de esos barcos de rueda con dos chimeneas altas y humeantes de vapor que veía pasar: quería ser la autoridad de la nave y el héroe del río. Pretendía navegar el Amazonas, pero después no quiso dejar al Mississipi. Se alistó como aprendiz de un piloto que le iba a enseñar el oficio mientras él tendría que aprenderse el río de memoria, «mejor que ningún hombre ha conocido jamás las formas de las habitaciones de su propia casa». Durante dos años estudió tres mil kilómetros de río. Primero de día y después de noche, porque el río en la oscuridad se convierte en una bestia distinta. Cuando ya sea un escritor consagrado va a recordar ese tiempo en Life on the Mississipi. Algunos dicen que Mark Twain inventó el Mississipi, otros, como Hemingway, que inventó un modo de contar: «La literatura estadounidense nace con Twain. No había nada antes. No ha habido nada igual de bueno desde entonces». Es que lo que mejor le sale al hombre es contar historias, también la suya.  Es 1909.

Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley. El Todopoderoso ha dicho, sin duda: «Ahora están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos deben partir». ¡Ah! Lo espero con impaciencia. 

Al año siguiente, como él lo contó, Mark Twain se va del planeta con su cometa. Es que Mark Twain es el hombre que sabe cómo se cuentan las historias, esas que se van inflando de a poco, como un globo que no explota nunca porque no necesitan remate para atrapar al público, esas en las que el narrador esconde el centro de lo que está contando y lo hace con tono grave y también con pausa. Así contaba el mundo Mark Twain, manejando el arte del stand up.

Pero volvamos a la excursión. El hombre enviado por el periódico ya era algo así como un cronista de viajes, había andado en diligencia por el oeste y en barco por las islas Hawái y adonde va lleva sus cuadernos, además tiene cierto renombre desde hace un par de años gracias a un cuento que escuchó por ahí sobre una rana. Mark Twain se entusiasma imaginando que se va a divertir en ese «picnic de proporciones gigantescas», porque los ingleses habían inventado los cruceros, claro, pero Norteamérica lo va a hacer a lo grande y él está ahí para contarlo. 

¡Iban a zarpar en un gran barco de vapor, entre el ondear de las banderas y el tronar de los cañones, para disfrutar de unas vacaciones soberbias allende el ancho océano, en medio de climas desconocidos y en muchos territorios de renombre histórico! Surcarían durante meses el ventoso Atlántico y el soleado Mediterráneo; durante el día, recorrerían las cubiertas a saltitos, llenando el barco de gritos y risas, o leerían novelas y poesía a la sombra de las chimeneas, u observarían a la medusa y al nautilo, sobre la borda, y al tiburón, la ballena y los demás extraños monstruos de las profundidades; y por la noche, danzarían al aire libre, en la cubierta superior, en medio de una sala de baile que se extiende de un horizonte al otro, cuya cúpula es el cielo y sus lámparas no son otras que las estrellas y la magnífica luna.

Como los peregrinos, los turistas tienen delineado un itinerario, porque es de ahí de donde viene la palabra: el itinerario era un mapa romano en el que estaban marcados los caminos públicos y los lugares para dormir y comer de manera segura. Esos lugares se convertían en paradas obligatorias para los peregrinos antes de llegar a Roma, Compostela o Tierra Santa. El itinerario de los norteamericanos con destino a Tierra Santa e intermedios incluye: salida del puerto de Nueva York y navegación por diez días hasta las islas Azores, después Gibraltar y Marsella. Desde allí los pasajeros podrán visitar la Exposición Universal de París «destinada a exaltar la paz y el progreso», los amantes de las nuevas tecnologías podrán admirar las dos torres de electricidad y, si se animan, subir al globo aerostático «del excéntrico fotógrafo Nadar». En Génova podrán visitar «el lugar donde nació Colón, situado a doce millas de la urbe, siguiendo una hermosa carretera construida por Napoleón». El viaje seguirá frenético para los turistas que podrán «pasar cerca de tres semanas entre las ciudades de Italia más famosas por su arte», después Grecia, después Turquía y así por meses hasta la vuelta a América. 

El 1 de julio de 1867 los neoyorkinos se juntan a ver salir la primera expedición turística colectiva de la historia. Las cartas de viaje de Mark Twain fueron un éxito en Estados Unidos, porque eso es lo que mejor sabe hacer el narrador: divertir a sus interlocutores. Cuando volvió compiló todas las notas y las publicó con el título Innocents abroad (Guía para viajeros inocentes, en español), un libro que vendió setenta mil ejemplares en un año y lo hizo rico por un tiempo. En las cartas se burla de sus compañeros de viaje (los inocentes americanos), de los guías, de las personas y los países que conoce, se burla de las maravillas del mundo y los lugares consagrados, y también de sí mismo. Mark Twain es un americano inocente que se aburre en los museos y bosteza ante las ruinas, que prefiere la incultura yanqui a la sobrecultura europea. Era el hombre común norteamericano en mangas de camisa y al aire libre que no se deja impresionar por una cultura pedante y en decadencia. Mark Twain juega al bufón mientras hace el papel de turista. En una época en la que circulan unos relatos de viajes centrados en los descubrimientos —«ser el primero en»—, él viaja por el mundo ya conocido y etiquetado.

En casi ciento cincuenta años solo hubo tres momentos en que el flujo de cruceros se interrumpió: durante la Primera Guerra Mundial, durante la Segunda, y ahora. Marzo y abril de 2020 fueron unos meses raros para esos barcos grandes como ciudades porque anduvieron errantes, sin permiso para atracar en ningún puerto. De pronto los cruceros se habían convertido en naves con necesidades como las que tienen todas las naves: conseguir comida, cargar combustible y descargar residuos, y en pocos días turistas y empleados se volvieron, todos, personas encerradas en unos barcos a la deriva. Ahora la Cunard Line que fundó Samuel Cunard en 1938 sigue ahí, como todos los cruceros «con todas las comodidades disponibles» y sus exclusividades en suspenso esperando fechas de partida.  

Desde los primeros viajes en los barcos-correo que llevaban pasajeros, la historia de los cruceros se fue inflando como un globo, despacito y sin chiste final, como quería Mark Twain. Pocas navieras y pocas agencias de viaje concentraron el mercado y la competencia se volvió un tema serio, sobre todo porque había un trofeo en disputa. Blue-Ribbon era el nombre de un premio que le dejaba dinero y prestigio a la naviera más rápida, entonces todas se sumaron a la carrera hasta la noche del 14 de abril de 1912 en la que el mayor transatlántico jamás construido, el  Titanic, se hundió en poco más de dos horas.

Los viajes siguieron, las medidas de seguridad mejoraron y para los años veinte los cruceros se habían vuelto un deber entre las clases altas porque eran un símbolo de relajación, entretenimiento y exclusividad. Los barcos se convirtieron en hoteles flotantes, los destinos se multiplicaron, incorporaron viajes extremos como la Antártida o el Polo Norte, se inventaron los cruceros temáticos y los específicos para un público. Hay crucero fitness, crucero gastronómico, crucero The Walking Dead, crucero libertinaje y crucero pádel. Hay crucero [email protected], crucero seniors, crucero LGTB, crucero rockeros y crucero primera comunión

Mark Twain se burlaba de los inocentes que se embarcaron en un tour por Europa y no podría nunca haber imaginado que ciento cincuenta años después existiría el «Crucero Mark Twain por el Mississipi», un recorrido que invita a «revivir la atmósfera de sus libros y conocer el río como lo veía el escritor». El itinerario está delineado: «El turista podrá disfrutar de las siguientes actividades: un actor imitador de Mark Twain a bordo, la exclusiva gira a la casa de la infancia de Mark Twain, una copia de la primera edición de la Vida en el Mississippi, un paseo en tranvía guiado por Hannibal, un regalo de invitados  (las copias de la edición especial de Las Aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn) y cena de honor con cóctel de recepción». Es una lástima que ese crucero no haya llevado a bordo a Mark Twain con su cuaderno de notas.


En defensa de Benidorm

Fotografía: Cordon Press.

Los hosteleros, restauradores, baristas y dueños de pubs de Benidorm han puesto en marcha una iniciativa tomada de las verbenas populares y de las fiestas de moros y cristianos. Consiste en vender talonarios de tickets de diferentes colores que los usuarios pueden utilizar para desayunar, comer, cenar y tomar copas donde les apetezca, dentro del circuito de los que se han adherido al proyecto. Un todo incluido sin pulserita ni ámbitos en aislamiento, porque los papelillos se pueden gastar en total libertad.

Renovarse o morir, ya que, por un más que módico precio, se puede pasar una semana de vacaciones, con la opción de elegir siempre y sin estar sujetos al buffet del hotel. La idea que se ha puesto en práctica tiene dos ventajas fundamentales: de un lado, el reparto de lo que se pueda ganar y la solidaridad de los empresarios entre sí y, de otro, el estímulo de la calidad del producto por aquello de ser preferidos por los consumidores. Son, en fin, ofertas a la baja que permiten la supervivencia del sector adaptándose a las circunstancias; ya vendrán otros tiempos, mejores o no, pero estos son los de ahora mismo.

Es la historia de Benidorm desde que dio el salto hacia lo nuevo: una población de pescadores que se subió, sin complejos, al carro del ocio cuando la posguerra daba a luz generaciones mejor alimentadas y con otros intereses más allá del trabajo y el ahorro. 

Se atribuye a Pedro Zaragoza, alcalde en la década de los cincuenta, la idea de sustituir la economía tradicional de la zona por el turismo. La pesca era entonces un oficio artesanal que calaba sus redes a unas pocas millas de la costa y la agricultura, basada en la vid, sufría de epidemias de filoxera que arruinaban las tierras de la comarca y de sus limítrofes. No lo hizo solo, convenció a un grupo de amigos que vieron, como él, el negocio, y pensaron concienzudamente en cómo hacerlo: transformar el pueblo en una ciudad de vacaciones, sacarle rendimiento a los arenales que forman las playas, atraer gentes de interior y del extranjero y pasear el nombre de esta pequeña aldea de pescadores por las cabezas de medio mundo relacionándolo con el placer.

Benidorm es un enclave, término que se asocia de inmediato a unos pluses de intensidad económica, política, demográfica o turística. Los enclaves son territorios dotados de fuerzas telúricas que se empeñan en actuar pase lo que pase y eso ha sido siempre: un espacio convertido ahora en un hinterland geoeconómico, lleno de gente, en el que no dejan de pasar cosas; lugar entre el mar y la montaña, cuchara que contiene una pequeña porción de tierras con una gota de roca en forma de isla frente a la playa. 

La tradición cuenta una historia épica a la francesa, con un gigante enamorado llamado Roldán que, habiendo encontrado moribunda a su amada, escuchó de boca de un brujo que la bella moriría con los últimos rayos de sol y, desesperado, dio un golpe al Puig Campana, de donde saltó un trozo hacia el mar en el que pudo prolongar su amor unos instantes antes de que llegara la noche. Otra leyenda cuenta que cuando el apóstol Santiago vino a la península para predicar el cristianismo, desembarcó en estas tierras y, al subir la montaña, su caballo resbaló y arrastró una gran roca que se convirtió en l’Illa, el fragmento que le falta y que pareciera encajar en el monte y en su curiosa morfología. La imagen de esa isla que aparece en los folletos de publicidad nos clava instantáneamente a la orilla del mar. Una imagen que vale mucho más que mil palabras.

La topografía tiene estos caprichos naturales y no es el único en la costa mediterránea. Ya los señalaron todos los colonizadores que anduvieron de aquí para allá: fenicios, griegos, romanos, berberiscos o ingleses eligieron bahías en las que resguardar sus naves, terrenos propicios para formar familias y para instalar sus pequeños negocios de comercio ultramarino o vivir plácidamente. 

Emporion, Tarraco, Hemeroskopeion, Cartago Nova o Gades eran los nombres de los emplazamientos más conocidos, las capitales, por así decirlo, pero otros pequeños núcleos jalonaron la costa, siempre elegidos por sus bondades. Quizá los antiguos habitantes peninsulares —iberos— instalados en esta tierra la conocieron como Aloní, aunque su nombre actual pudiera proceder de la familia musulmana de Aduhar de Darhim, o del que los conquistadores cristianos dieron a la peña de la fortaleza (castillo), Torm, que se levantara sobre la privilegiada atalaya que separa las playas de levante y poniente.

Siempre estuvo habitada porque siempre fue un lugar agradable para vivir y, en tanto la población no se excedía en número, el lugar fue suficiente para sus necesidades. Tras las dolorosas posguerras, mundial y española, la economía se fortaleció al punto de que las nuevas clases sociales, imitando lo que hacían los más pudientes, se decidieron a viajar. Las mejoras laborales, los meses de vacaciones y la seguridad después de la jubilación fueron los componentes de un cóctel que se instaló en la esfera del derecho a descansar, a divertirse y a disfrutar de los mismos placeres que aquellos que no habían dado un palo al agua por ser ricos por su casa.

Y, mientras el veraneo de los acomodados parecía asociado a lluvia y nublados en sus palacetes del norte, en el sur las gentes se animaban a meterse en el agua como hacían los pobres o los niños afectados de poliomelitis del Sanatorio de la Malvarrosa, que tan preciosamente pintara Sorolla a principios de siglo. 

Aprovechar la luz, el calor y las playas de arena fue el objetivo que se plantearon aquellos emprendedores con la vista puesta más allá de los balnearios de madera que se alineaban en otras playas del Levante. Benidorm era y quería ser diferente, porque ya lo es en su entorno. Las poblaciones que le rodean tienen sus propias características aun estando situadas a pocos kilómetros: las playas de Altea son de cantos rodados, Finestrat es casi un pueblo de montaña como La Nucía, Polop o Guadalest, y en Tárbena se puede comer sobrasada mallorquina como si se estuviera en las Baleares. Pequeños núcleos de población que sugieren el modelo de las antiguas polis griegas, que compartían el mismo idioma y los mismos dioses, pero que eran independientes entre sí.

Sin dar lugar a la improvisación, se elaboró un plan urbanístico en 1956 que contemplaba la utilización intensiva del espacio en vertical dada la limitación del territorio. La construcción de edificios en altura, tan denostada por sus críticos, se haría con cierta racionalidad, evitando las pantallas arquitectónicas al modo de Torremolinos, y dejando correr el aire entre ellos, con zonas ajardinadas y arterias urbanas previstas para un tráfico igualmente intensivo. El Eixample que concibiera Ildefonso Cerdá en 1869 partía del mismo presupuesto, la planificación racional de un espacio limitado entre el mar y la montaña, pero Barcelona es una ciudad para vivir y Benidorm es para divertirse. Los prejuicios siguen funcionando en la mente de sus detractores.

En aquellos años, los terrenos pegados al mar no tenían prácticamente valor económico hasta que llegó el boom de los sesenta, pero los empresarios involucrados en el proyecto concibieron la idea de regalar solares a personajes importantes del mundillo del famoseo de la época, como forma indirecta de atraer otras gentes, y así se cuenta que se hizo con el cantante Manolo Escobar o con el periodista Emilio Romero, ambos entonces en la cresta de la ola. Los propietarios de esos terrenos recibieron, a cambio, unas tierras rústicas en otras zonas del extrarradio que acabarían, con el tiempo, convirtiéndose en urbanizables, con notables beneficios para ellos mismos o sus herederos.

Benidorm
Fotografía: EMPICS Entertainment / Cordon Press.

La atracción que pudiera ejercer Benidorm pasaba también por eliminar gazmoñerías y ofrecer permisividad, aunque fuera un pequeño reducto en la España del nacionalcatolicismo en la que nacía: se cuenta que Pedro Zaragoza viajó en Vespa a Madrid a entrevistarse con Franco en el palacio de El Pardo para pedirle que permitiera el uso del bikini en sus playas y que Franco, caído en las redes del lenguaje encantador del alcalde, le concedió ese avance que abriría las puertas a las suecas y sus mirones. Si Girón de Velasco, su antiguo ministro de Trabajo, lo había hecho en Fuengirola, podía igualmente hacerse en la Costa Blanca. 

Y una cosa fue trayendo otras: una plaza de toros en la que rejonearon los hermanos Peralta y, con los años, esparciera sus sudores Tom Jones mientras recogía bragas de sus fans; un Festival de la Canción en el que un frustrado portero del Real Madrid cantara su dulce «La vida sigue igual»; las discotecas Penélope y su conocido logotipo, Pachá, CAP 3000 en forma de platillo volante y Estudio 54, algunas de las cuales ofrecían una única entrada para recorrerlas en la noche que confundía. Ya en los años noventa funcionaba lo del ticket para todo.

Mientras crecía ese nuevo Benidorm, la gente del poble mantenía su esencia en torno a la calle Tomás Ortuño, en el llamado ahora casco histórico, y aparecía la bipolaridad que caracteriza a otras poblaciones similares como Marbella, en la que sus habitantes se distinguen como marbelleros (oriundos), marbellíes (que viven todo el año) y guiris (de vacaciones). Las gentes del Benidorm de toda la vida usan el valenciano y se conocen entre sí, siguen siendo los naturales de un pueblo de costa en el que también habitan los que han decidido pasar aquí el resto de sus vidas.

La bandera de la permisividad atrajo muchos turistas, Benidorm se vendió directamente en el extranjero o a través de product placement como la serie británica A Place in the Sun, en la que una pareja recorría diferentes lugares del sur de Europa buscando una propiedad para comprar. La publicidad tenía como enseña una imagen en la que se veía la isla de Benidorm a través de una balaustrada blanca bajo un sol brillantísimo. Para muchos ingleses, sol+balaustrada era una promesa inconsciente de bienestar que llevó a algunos constructores durante la burbuja inmobiliaria a colocarlas sí o sí como garantía de venta en el mercado anglosajón; generalmente no pegaban ni con cola en los balcones, pero los apartamentos se vendieron como churros en los hoteles de medio pelo que utilizaron los comerciales en el Reino Unido.

Los viajes del IMSERSO, que se organizarían a partir de 1985, llenaron los hoteles en invierno y evitaron el cierre y el despido temporal de sus trabajadores modificando la vida de la ciudad que, una vez más, se adaptó a las circunstancias: se comía temprano y se abrían los salones de baile a partir de las doce del mediodía, la noche se adaptó al horario de los mayores que, no obstante, se soltaban la melena durante toda la jornada. Se cuenta secretamente que los servicios de urgencias de la ciudad hubieron de atender comas etílicos y excesos de Viagra en alguno de aquellos viajeros a los que les salía más barato pasar una quincena en Benidorm que en sus propias casas —y no tenían que hacer camas ni cocinar—.

Terrible, hortera, chabacano, vulgar o kischt son algunas de las lindezas que exhalan los que se quieren hacer pasar por finolis. A los excesos de los ingleses y sus borracheras (en Benidorm como en los barrios de Manchester) se añaden las despedidas de soltero enloquecidas, el alcohol barato y los me visto como me da la gana. Las corrupciones de políticos arribistas y los transfuguismos pagados en dinero negro ocuparon muchas páginas de unos años en los que parecía que, como los puntos de concentración de accidentes en algunas carreteras, todo ocurría en el Levante. Faltaba la princesa del pueblo gritándole a Andreíta que se comiera el pollo para que los exquisitos cambiaran el Manhattan español por la ruta del Cares, bien pertrechados con sus ropas de Coronel Tapioca y haciendo colas en multitud para llegar a Posada de Valdeón como si fueran los primeros exploradores. 

Parece quedar más distinguido y elegante el menosprecio por un modelo que, sin embargo, sugiere liberación de ataduras y prejuicios. La serie de Atresmedia, Benidorm, creada por César Benítez, Fernando Sancristóbal y Jon de la Cuesta en 2020, recrea una historia de emancipación de los deseos reprimidos, en sus calles y playas, y la directora Isabel Coixet ha rodado Nieva en Benidorm, una película que se estrenará en noviembre y que, una vez más, utiliza la ciudad como excusa para bucear en los sentimientos personales, los más íntimos —aquellos que justifican por encima de todo el carpe diem como último recurso— con el lenguaje que tan bien maneja la catalana.

En Benidorm se transige con las pasiones humanas: las de cintura para arriba se acaban olvidado y las de cintura para abajo se tienen como de estricta propiedad privada. Mientras ocurren cosas alrededor y la gente habla, los genes fenicios, griegos y berberiscos inventan otra manera de salir adelante en medio de una catástrofe. Es lo que tienen los mil leches, con perdón del término perruno, que se adaptan al medio —aunque sea poniendo en práctica ideas de otros— y después se tumban a tomar el sol con una cervecita en la mano. Se le llama también «buena vida».


Un balcón sobre mil guerras

El impresionante teatro de Leptis Magna, en la costa libia.

Siempre había una poderosa razón para no ir: una guerra en curso, un visado que no llega o, simplemente, una carretera demasiado imprevisible como para tentar a la suerte. Leptis Magna, esa preciosa ciudad romana a orillas del Mediterráneo, también es el tesoro mejor guardado de Libia.

Sabía de su existencia antes de que empezara la guerra de 2011, más o menos como todo el mundo. Cuando el país comenzó a desaparecer entre el escombro, Leptis Magna, «Leptis» a secas, pasó de ser un sustantivo a una mera interjección, un «¡Ay!» que resumía la preocupación de que las bombas llegaran a destruirlo. O un lamento por la pérdida del futuro, de lo que ese rincón del Mediterráneo nunca volvería a ser. Leptis es hoy angustia y melancolía a partes iguales.

—Está a cuarenta kilómetros de aquí, cuando quieras te llevo —escuché en Trípoli de boca de Wail, un treintañero que había trabajado como guía turístico en ese y otros muchos lugares. Hablaba inglés con un acento americano perfecto, tanto que pensé que sería uno de tantos libios que volvían a casa en 2011 tras años de exilio. Resultaba difícil de creer que Wail nunca hubiera viajado fuera de Libia. No recuerdo si la excusa para no ir a Leptis entonces fue que la carretera entre Trípoli y Misrata aún sufría ataques de los últimos leales a Gadafi, o que a Wail le habían robado el coche. Leptis lleva ahí dos mil años y ahí seguirá cuando vuelva, creo que le dije por teléfono antes de despedirme. 

Dos días antes habíamos comido juntos en una terraza literalmente a la sombra del arco de Marco Aurelio, en la ciudad vieja de Trípoli. No habrá en la capital, ni en toda Libia, restaurante más icónico que el Al Athar. Sobre un plato de pescado cocido dentro de un ánfora que el camarero rompió cuidadosamente ante nosotros, Wail me contó cómo funcionaba lo del turismo en los días de Gadafi. Los turistas eran escoltados desde que ponían el pie en el aeropuerto de Trípoli hasta que volvían a subir al avión. Aun así, no era suficiente: cada guía debía mandar un informe diario a la policía, sobre todo si los visitantes eran británicos o estadounidenses. A pesar de la estrecha vigilancia, casi siempre había alguien que conseguía librarse de la disciplina del grupo agarrándose al derecho de todo viajero a perderse cuando le de la gana. Las callejuelas de la ciudad vieja de Trípoli eran un lugar ideal para hacerlo, pero significaba una sentencia de muerte para la agencia turística involucrada. Wail decía que conoció a unos cuantos que tuvieron que cerrar tras un incidente similar.

Era realmente una pena. En Libia hay inmensas playas de arena blanca y desiertos en los que, dicen, aún se conservan huellas de vehículos de la Segunda Guerra Mundial gracias a un curioso fenómeno natural: nunca circula el viento. Debajo de esa arena hay mares de agua fósil y, sobre ella, ciudadelas de montaña como la de Nalut, ciudades-oasis como la de Gadamés, y ciudades romanas como las de Sabrata. O Leptis, claro. Y luego está Trípoli, con su fascinante medina y su Castillo Rojo desde el que Gadafi arengaba a los suyos. Y ese decadente aire colonial italiano que lo impregna todo, desde las vetustas cafeteras hasta la fantasía romana de su antigua catedral (hoy es una mezquita). «Una encrucijada de continentes y antiguos imperios, un lugar donde la historia cobra vida a través de extraordinarios monumentos a orillas del mar», decía una popular guía turística sobre Libia. Solo falta añadir que todo está a tiro de piedra. Roma está más cerca de Trípoli que de Berlín.

Pasear por Leptis es una buena manera de desconectar de la guerra.

Que la sede del Ministerio de Turismo durante la guerra de 2011 estuviera ubicado en un edificio brutalista soviético de color ocre era una metáfora bastante elocuente del espacio reservado al sector. En un despacho sin vistas al puerto por culpa de unas cortinas de lamas verticales que ya no giraban, un hombre enjuto sudaba junto a un cenicero enterrado en colillas. Se llamaba Mohamed Facron y se presentó como el director de Cooperación Internacional del Consejo Nacional de Transición. Fijando la mirada sobre el hueco dejado por el retrato de Gadafi —en Libia se colocaba siempre frente a la mesa, por lo de no darle la espalda al líder— Facron se quejaba de que este hubiera mantenido cerrado el país al turismo hasta 1990. —¿Es usted consciente de las enormes posibilidades de Libia? —soltó antes de arrancar una entrevista sobre el futuro del sector. Podía parecer un tema frívolo en mitad de una guerra, pero era otra forma de preguntar a los libios sobre lo que esperaban del futuro más próximo.

Facron era el hombre mejor situado para convertirse en ministro de Turismo de la Libia revolucionaria pero todavía no se le acumulaba el trabajo sobre la mesa. Era por culpa de la guerra, pero también el legado del modelo rentista instaurado por el rey Idris y que heredó el propio Gadafi. Según datos oficiales, el 85% de los asalariados en Libia pertenecía al sector público. Aún hoy siguen siendo legión los guías turísticos que reciben un salario en un país en el que el turismo es ya un recuerdo del pasado. Como los ochocientos funcionarios del servicio de ferrocarril. Nunca importó que Libia sea el único país del Magreb sin línea férrea. Apenas habían pasado dos semanas desde que lincharan a Gadafi (el 20 de octubre de 2011) pero el ministro en potencia insistía en que el nuevo Ejecutivo sería capaz de garantizar la seguridad a principios de 2012. —Una vez lo hayamos conseguido, los turistas llegarán en masa —sentenció justo antes de encender otro cigarrillo.

No ocurrió ni lo primero ni lo segundo. La euforia tras el final de la guerra aún duró unos meses, pero todo se empezó a torcer a mediados de 2012. El consulado americano ardiendo en Bengasi fue el pistoletazo de salida hacia una nueva etapa en la que cada año sería peor que el anterior. Las disputas intestinas empezaron a desgarrar Trípoli y Bengasi —las dos ciudades principales de Libia— en 2013; en 2014 sería el país el que se partiría en dos: la Libia del este y la del oeste, cada una con su gobierno propio. El Estado Islámico no perdería la ocasión de colarse por la «tierra de nadie» entre ambas en 2015 y levantar la capital mediterránea del califato en Sirte, la ciudad donde nació y murió Gadafi. La operación para extirpar el tumor yihadista llegó a su cénit a finales de 2016, cuando lo acorralaron en un barrio central de la ciudad del que solo se podía huir nadando. Los cadáveres de unos y otros se cubrían con pesados cortinones arrancados de aquella hilera de villas cubiertas de azaleas a pie de playa. Era como si las flores hedieran. 

Al día siguiente me subí a un coche y me planté en Leptis poco después de salir el sol. Justo en la zona de aparcamientos había un puesto de recuerdos donde compré un mapa de la ciudad con el texto en inglés, italiano y francés impreso antes de la guerra. Resulta que Leptis es la adaptación romana del bereber «Lbqy»; lo de «Magna» era para distinguirla de la Leptis Minor tunecina. La libia había sido construida sobre un asentamiento fenicio del siglo VII a. C. y llevada a su máxima expansión ocho siglos más tarde por Septimio Severo, el único emperador bereber que tuvo Roma. La ciudad creció alrededor de un puerto desde el que se exportaba aceite de oliva, oro, marfil, animales salvajes para el circo y esclavos para lo que fuera hacia el resto del imperio. Únicamente Alejandría podía soñar con hacerle sombra entonces, pero aquello duró hasta el siglo V, cuando el rey vándalo Genserico la convirtió en su capital. Justiniano la recuperaría para Roma y luego los bereberes reclamarían lo que siempre había sido suyo. Sin ir más lejos, los romanos acabaron bautizando a todo un continente con el nombre de la tribu cartaginesa local de los Afri. «África» es la «tierra de los Afri». Leptis iría perdiendo su antiguo poderío comercial y, para cuando llegaron los árabes en el siglo VII, apenas quedaba nada. No me extiendo con información que se puede encontrar en la Wikipedia.

Cuesta distinguirlo porque se trata de un camaleón.

Enfilé en el silencio más absoluto por la avenida que Severo construyó para unir la ciudad al puerto, intentando imaginar cómo sería todo aquello. No era difícil porque ya se dice en todas partes que se trata de una de las ruinas romanas más impresionantes y mejor conservadas del mundo. Las columnas de mármol de la basílica, el arco de Trajano, el mercado… Y luego estaban los pequeños detalles, como esa polla tallada en piedra que indicaba que aquella fue un día la calle de las prostitutas. En cualquier caso, lo más impresionante es ese precioso teatro que había visto en tantas fotografías. Desde la grada superior se abría una vista panorámica desde la que podía ver a un grupo jugar un partido de fútbol en la playa y a otros tres chavales haciendo kite surf. La de gente disfrutando de algo, lo que sea, es otra de las muchas imágenes de Libia que raras veces nos llega. Y es una lástima porque son precisamente esas las que nos recuerdan que los libios, lo mismo que los sirios, los afganos y todos los que sufren las guerras, se parecen mucho más a nosotros de lo que solemos pensar.

Poco a poco se dejaban caer los primeros visitantes. Eran parejas locales caminando a una distancia prudencial como marcan los cánones del cortejo en estas latitudes, y también familias con niños de la ciudad vecina de Khoms. Todos parecían querer perderse entre avenidas y callejones que sin duda conocen mejor que nadie. Hay camaleones capaces de fundirse con el color de la piedra por la que trepan sigilosos. Alguien recoge una botella de plástico de la calzada antes de un selfi en el templo de Serapis: agarrado a una columna o de pie sobre ella el más valiente. Desde el templo de Roma y Augusto se escucha hip hop libanés. Llega del teléfono de un adolescente que hace parkour, a pocos metros una repisa contra la que rompen las olas. Libios poco mayores que él estaban en ese preciso momento luchando contra el Estado Islámico a tres horas de coche hacia el este. Costaba creerlo. Únicamente el martilleo sobre nuestras cabezas de los helicópteros evacuando a los heridos más graves a Trípoli nos recordaba que había una guerra en curso. También que, a diferencia de la malograda Palmira en Siria, Leptis quedaba fuera del alcance del cáncer yihadista. 

Buscando la salida me topé con una marea de niños que habían llegado en varios autobuses desde Trípoli. A la sombra del arco de Septimio Severo, cinco profesores entregados intentaban juntar al grupo para darle las instrucciones: tras la visita guiada, los críos tenían una hora para explorar la ciudad por su cuenta antes de volver a reunirse en el mismo sitio. —Les traemos aquí todos los años para que conozcan su historia y la sientan como suya —me dijo uno de los responsables. Era una frase poco original que podría haber escuchado de cualquier profesor en un viaje de fin de curso en cualquier lugar del mundo. Su valor añadido era escucharla en Libia, un país cuya historia más reciente parecía una vulgar secuela de la más antigua. Los turcos, los rusos, los franceses, los saudíes y el resto de los que se disputan hoy este rincón del Mediterráneo no han hecho sino tomar el relevo de romanos, vándalos y árabes.

No he vuelto a Leptis desde entonces por las mismas razones que enumeraba al principio. Cuando escribo estas líneas, se acaba de zanjar la última de las mil guerras libias con una sonora derrota del gobierno del este. Cuesta, no obstante, hacer el corte entre los distintos conflictos, más que nada porque cada uno es la consecuencia del anterior. ¿Cuándo acaba este y empieza el siguiente? Probablemente sea más ajustado a la verdad decir que la guerra que arrancó oficialmente el 17 de febrero de 2011 y que puso fin a cuatro décadas de una dictadura delirante sigue sin apagarse. Eso sí, me dicen que Leptis sigue indemne, que no hay ningún cráter nuevo desde tiempos de los vándalos. Realmente es un milagro.

El arco de Septimio Severo, el único emperador bereber que tuvo Roma.


Tu otro banco

Banco de Loiba. Fotografía: Onioram (CC).

Los acantilados de Loiba, en la costa norte de Galicia, pertenecen a esa clase de lugares desde los que uno tiene la impresión de poder contemplar el mundo entero. A la derecha, Estaca de Bares. A la izquierda, el cabo Ortegal, en Cariño. Cuentan los lugareños que, durante las noches claras, si uno mira hacia el oeste, puede adivinar las luces de Ferrol a lo lejos, como en una realidad remota e inalcanzable.

En el borde de uno de sus precipicios, inmune al vértigo, existe un banco de madera. Una atalaya perfecta para perder la noción del tiempo y zambullirse con la imaginación en la inmensidad del mar, que se extiende hasta el horizonte infinito haciendo desaparecer el mundo a nuestras espaldas. Es conocido en el pueblo como O Pensadoiro, y los formidables paisajes que preside le han valido para ser calificado por la prensa como el banco con las mejores vistas del mundo. Una excusa estupenda para viajar a Galicia, subirse a un coche y descubrir tan bello rincón de la ría de Ortigueira.

Constituye un destino turístico infalible. Imagínenselo. Un banco situado en lo alto de un acantilado, testigo privilegiado del nervio y la tenacidad del océano colisionando una y otra vez contra las rocas, esculpiendo un panorama magnífico. Habría que estar loco para no querer visitarlo…

Así que lo visité.

Lo primero que uno advierte cuando se encuentra en la zona es la gran cantidad de carteles y señales que nos dirigen «al banco», espantando así con gran eficacia la indeseable sensación de estar aproximándonos a un lugar recóndito y alejado del turismo masivo. Todo el mundo sabe lo mucho que nos gusta a la mayoría una buena aglomeración.

De hecho, si uno conduce desde Viveiro, las indicaciones en la carretera general comienzan ya en O Vicedo, a unos quince kilómetros de Loiba. No obstante, y por si acaso sobrevive alguna esperanza de poder disfrutar íntimamente del banco y sus vistas, al llegar al pueblo vemos una valla anunciando que, en efecto, aquella es la localidad donde se encuentra el mejor banco del mundo. Un reclamo que, por fortuna, nos evitará estar solos y tranquilos mientras lo visitamos.

Aunque siempre podemos probar suerte en otro banco cercano. Visto el éxito del primero, muchas localidades vecinas han colocado el suyo propio a lo largo del litoral, presumiendo todas ellas de ser el lugar donde se encuentra el banco con las mejores vistas del mundo. Y lo curioso es que ninguna de ellas miente. Tan es así que incluso a doscientos cincuenta kilómetros de allí, en Redondela, sobre el mirador del Campo da Rata, se ha colocado un banco frente a la ría de Vigo, el puente de Rande y las islas Cíes que, casualmente, también es el mejor banco del mundo. Lo mismo que ha sucedido en Montealegre, Ourense. O en la Serra do Larouco, en la frontera con Portugal. «Disculpe, ¿es este el banco que tiene las vistas esas que salen en las revistas?». «Por supuesto que sí, señora». Y a otra cosa.

Acantilados de Loiba. Fotografía: Onioram (CC).

En su masificación reside parte de su encanto. Lo primero que uno se encuentra si lo visita en fin de semana son recuas de autobuses maniobrando con dificultad para acercarse todo lo posible al banco y vomitar a su lado varias docenas de turistas que se ponen a la cola, se sientan, se hacen un selfie con «las vistas esas que salen en las revistas» de fondo y se van. Momentos mágicos de las vacaciones que los demás envidiamos al contemplarlos en sus redes sociales con el texto «Aquí, sufriendo».

Mientras tanto, para hacer todavía más dulce la espera, podremos disfrutar de un gaiteiro contratado por el Ayuntamiento que colma de galeguidade el acantilado con estridentes melodías que se te clavan a las mil maravillas en el tímpano. Una escena coronada por la agrupación de diez o doce chavales que, con las ventanillas y el maletero de sus coches abiertos, alteran los registros sísmicos con su bellísima música para sordos.

Hasta que por fin te toca a ti disfrutar de O Pensadoiro. Y mientras esperas a que la familia que está delante termine de estar allí sentada sin hacer nada, te das cuenta de que en la parte posterior del banco, en su respaldo, hay una inscripción que dice «the best bank in the world». No dice bench, no. Dice bank. De banco. De entidad financiera. Y entonces uno muy listo que aguarda su turno detrás de ti te dice sonriendo que no, que no te asustes por la errata, que una de las acepciones de bank es «orilla». Que se lo ha dicho su hija, que obtuvo un diez en el First Certificate. Que a todas sus hijas se les dan muy bien los idiomas, como a él. Y que, de haber nacido en otra época, habría sido traductor en la ONU. Y tú te alegras de hacer nuevas amistades y entablar agradables conversaciones con desconocidos y te das cuenta de que ni en sueños podría haber resultado tan satisfactoria la visita al banco de Loiba.

Es entonces cuando al fin te sientas y contemplas las vistas. Son las mismas que cuando estabas de pie haciendo cola detrás del banco, exactamente iguales, pero qué diferencia. Ni punto de comparación. Sentado en el banco comprendes que ha merecido la pena. Y entiendes por qué lo llaman O Pensadoiro. Y te abstraes del mundo y te sientes insignificante ante la vastedad del océano. Y piensas que tal vez se trate del mejor lugar posible para sentarse a no hacer nada. Y te enfrascas en pensamientos románticos y te deleitas con vaguedades poéticas que se te ocurren mientras permaneces allí sentado… Hasta que el cuñado de la ONU te da unos golpecitos en la espalda y, señalando su reloj de pulsera de los chinos, te dice guiñándote un ojo que le toca sentarse a él.

Tú te levantas satisfecho con la experiencia, haces una última foto con el móvil en la que apenas se distinguirá un pedazo de mar y te diriges a tu coche pensando que «el mejor banco del mundo» no es muy buen eslogan. A ti se te está ocurriendo uno que es mucho mejor: «Tu otro banco y cada día el de más gente». Te hace gracia y decides ir a contárselo al tipo de la ONU, pero en su lugar, sentado en el banco, ya está el siguiente grupo de desconocidos.

Vuelves a casa con la sensación de haber aprovechado bien el día y recuerdas que una vez alguien te habló de lo harta que está la gente de la zona de tanto turista. De lo mucho que les gustaría recuperar la tranquilidad en O Pensadoiro. «No hay problema», piensas. «El próximo lunes me planto allí con un montón de ladrillos, un cubo de mortero y una paleta, y levanto una tapia delante del banco en un santiamén». Me juego algo a que los turistas desaparecen. Ahora bien, es posible que los artículos sobre «el banco con las mejores vistas del mundo», las vallas, las señales y los souvenirs también tengan que esfumarse. Ya es mala suerte. Todo no se puede tener.

Acantilados de Loiba. Fotografía: Onioram (CC).


Matar o morir por turismo

Turistas en Versalles. Fotografía: * raymond (CC).

Al terminar este año, treinta millones de vuelos habrán transportado a más de 1300 millones de turistas por todo el planeta, emitiendo grandes cantidades de CO2, azufre y nitrógeno a la atmósfera. Una contribución al calentamiento global que no deja de aumentar y que, de seguir a este ritmo, será responsable para 2050 del 22% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque grave, este es solo el primero de los muchos problemas que genera la industria turística en todo el mundo.

También afecta de forma determinante a playas y costas. Allí la masiva ocupación veraniega aumenta los vertidos procedentes del alcantarillado, que son el alimento preferido por las cianobacterias. Nutridas como ganado, se convierten en el organismo predominante en las aguas costeras, desplazando a todos los demás, hasta convertir el lecho marino en un lodo estéril, muy similar al del fondo de los puertos. Este verano se ha comprobado que en el Mediterráneo las praderas autóctonas de posidonia y su ecosistema asociado ya se han retraído más de cinco kilómetros mar adentro. Lo que dejan entre ellas y la costa no es más que una zona muerta.

Y mientras todo eso sucede, los Ayuntamientos de Ámsterdam, Londres, París, Barcelona o Madrid, entre otros, continúan intentando gestionar el fenómeno del turismo masivo. La afluencia estacional de visitantes se ha convertido en permanente, vaciando de residentes los distritos del centro de la ciudad. Miles de turistas sumados a los trabajadores empleados para atenderlos copan ahora esos espacios, saturando las redes del transporte público. La contaminación se dispara, porque los locales necesitan su coche para llegar al trabajo desde las áreas más lejanas y asequibles adonde han sido desplazados. Pero, por encima de estos síntomas inmediatos, entre los gestores municipales comienza a instalarse un nuevo temor. El de que sus ciudades acaben convertidas en meros parques de atracciones, perdiendo su músculo como motor empresarial, social y cultural del país. Venecia es el mejor ejemplo. No había perdido tantos habitantes desde la epidemia de peste bubónica del siglo XVII. Y, lejos de recuperarse, su número no para de descender. Los venecianos se marchan, huyendo de un escenario insufrible.

La gran paradoja es que gran parte de los turistas soportan en sus viajes aglomeraciones y colas no muy distintas a uno de sus lunes camino del trabajo. Donde ya han desaparecido los autóctonos, la experiencia se reduce a desplazarse con otros grupos de turistas de un punto de interés a otro. Si cada viajante se reuniera a su vuelta consigo mismo, con sentido crítico, para evaluar qué ha visto y qué ha comido, llegaría a la conclusión de que prácticamente la misma oferta gastronómica y comercial de que ha disfrutado la tiene en su país de origen. La globalización ha igualado nuestras diferencias, a la par que los vuelos de bajo coste y las plataformas de alquiler entre particulares hacían más asequibles los viajes. El resultado, un turismo multitudinario contra cuyas consecuencias ya han comenzado a alzarse las primeras voces.

Una de las que más eco ha encontrado es la del sociólogo francés Rodolphe Christin. Su obra principal, Manual del antiturismo, acaba de cumplir diez años, y los problemas que anticipó se manifiestan hoy claramente en todo el mundo. Ello le ha convertido en un pensador muy popular, cuyos títulos son demandados para comprender las razones de esa nueva oposición al turismo. Uno de ellos acaba de ver la luz en castellano, publicado por ediciones El Salmón bajo el título Mundo en venta. Crítica de la sinrazón turística. Aquí el sociólogo parte de un análisis comparativo entre el concepto de viajar que tenían nuestros abuelos y el nuestro. Ellos vivían en un reducido entorno de cuarenta kilómetros cuadrados, que se preocupaban de conocer en profundidad, sin ningún interés por lo que hubiera más allá. Nosotros ignoramos nuestro entorno, empeñados en viajar lejos en busca de experiencias. Pero, y en ello radica una de las ideas clave de Christin, no lo hacemos para aumentar nuestro conocimiento, sino para confirmar nuestras expectativas. Como en ese complejo «todo incluido» cuyas vallas separan un entorno paradisíaco de la miseria. O las nuevas experiencias extremas que tan bien ilustran la sinrazón turística. Viajes a zonas de guerra, rutas por las favelas de Río de Janeiro o el Hidden City Tour de Barcelona. Una visita del barrio gótico guiados por uno de los sin techo que viven en sus calles.

El turismo, dice el sociólogo, acaba por convertir cualquier realidad local en economía de mercado. Y ello se manifiesta hasta en los lugares más recónditos del planeta. Muchas de las tribus del Amazonas han comenzado a representar sus ceremonias ante los visitantes vistiendo bañadores que tapan sus pechos y genitales. Si comparamos las fotos de las agencias turísticas con las de los antropólogos, comprobaremos que en privado mantienen su desnudez natural. Pero para agradar al turista y obtener más ingresos no les queda más remedio que someterse a sus prejuicios. O como diría Christin, confirmar sus expectativas.

Pero ¿qué hay del beneficio económico? Siempre se ha esgrimido como bien mayor frente a los perjuicios del turismo, asegurando que los daños, si los había, solo afectaban a unos pocos. Ocurre que ahora enfrentamos el escenario opuesto, especialmente en dos de los líderes de la industria turística mundial, el «Hotel Francia», como llama irónicamente a su país Michel Houellebecq, y España. Las Islas Baleares son uno de los exponentes más significativos de este fenómeno, porque allí, mientras el número de turistas no ha dejado de aumentar, la renta per cápita se ha desplomado. La principal razón es el precio de la vivienda, absolutamente disparado, y su escasa oferta. Ya ni siquiera afecta solo a los ciudadanos locales. Médicos, profesores y cuerpos de seguridad procuran evitar el archipiélago como destino, porque allí sus sueldos apenas les permitirían subsistir. Respecto a las condiciones del resto de trabajadores, especialmente aquellos dedicados al turismo, parecen más propias de una novela de Dickens que de nuestro tiempo. La situación de las islas, aunque extrema, no es única, y ya ha comenzado a despertar una nueva corriente de opinión. Que se manifestó virulentamente entre la primavera y el verano de 2017.

Venecia. Fotografía: Roberto Trombetta (CC).

Los colectivos antiturismo llamaron entonces por primera vez la atención de la prensa diaria y las televisiones españolas. Sus actos, llevados a cabo en un intervalo temporal muy corto, y contagiándose en apariencia unos a otros, dispararon todas las alarmas. El grupo de independentistas catalán Arran rompió cristales y mobiliario en un hotel de Barcelona. La asociación vecinal Ens Plantem se manifestó en Poblenou, barrio de la Ciudad Condal, contra la masificación turística, lanzando huevos y globos con pintura a dos hoteles, cuyos turistas los miraban entre atónitos y asustados. La organización vasca juvenil Ernai salió a la calle en la Semana Grande donostiarra bajo el lema «Vuestro turismo, miseria para la juventud». Más tarde veinte activistas de Arran lanzaron confeti y bengalas en el puerto de Palma de Mallorca, a lo que siguieron otras acciones de menor calado. Incluso surgió un neologismo para definir el fenómeno: la turismofobia.

Los partidos políticos no dejaron pasar la espectacularidad de estas acciones, ni el hecho de que se asociaran al independentismo catalán y al vasco. Quizá algunos pensaran en un nuevo 15M, esta vez contra el turismo. Todos intentaron barrer para casa, a fin de beneficiar sus ideologías e intereses electorales, variando entre el apoyo incondicional y la denuncia. Pero con el otoño las noticias decayeron, y los líderes perdieron interés, pasando así por alto un hecho que hoy se muestra evidente. La oposición al turismo ha venido para quedarse, como uno de los ejes ideológicos de los movimientos progresistas y de izquierdas. Aquí y en todo el mundo. Ecologistas, feministas, plataformas antidesahucio y movimientos municipalistas participan ya del antiturismo. La red SET (South Europe Cities Facing Touristification, ‘Ciudades del sur de Europa contra la turistificación’) coordina, un año después de ser fundada, las reivindicaciones de localidades de Italia, España, Portugal, Francia y Malta. Las plataformas integradas en ella han lanzado un manifiesto fundacional, como ya hicieran muchas otras antes al norte de Europa, en Ámsterdam, París o Berlín. Y, singularmente, tanto el manifiesto de SET como los de otras organizaciones similares en todo el mundo parecen escritos por la misma persona.

La razón es que todos los fundadores, con o sin contacto entre sí, han identificado los mismos problemas en sus comunidades. El listado podría resumirse en ocho puntos comunes, y con ellos tendríamos la descripción de sociedades afectadas por el turismo masivo. Uno, el encarecimiento de la vivienda; dos, la expulsión de los residentes de las áreas turísticas; tres, el aumento de la polución; cuatro, la reducción de salarios y precarización de contratos; cinco, la masificación de calles y plazas; seis, la saturación del transporte público; siete, un monopolio turístico económico que ahoga al resto de sectores; y ocho, la creación de unas infraestructuras desproporcionadas para dar abasto a la afluencia masiva de turistas. Estas últimas exigen su ampliación a un alto coste pagado con impuestos, que no tiene contraprestación en forma de mejora en la vida diaria de los ciudadanos. A todo ello se oponen los antituristas.

El fenómeno, en todo caso, no puede magnificarse, ni siquiera con nuevas y sonoras palabras. La ideología antiturística está aún dando sus primeros pasos, hasta tal punto que sus defensores ni siquiera se ponen de acuerdo en algo tan básico como sus objetivos. Unos hablan de erradicar el turismo de raíz, alimentando la idea de turismofobia. Otros proponen crear normas y leyes restrictivas que racionalicen el turismo masivo, sin decir en qué deben consistir, o proponiendo utopías. En su descargo debe subrayarse que los antituristas no son ideólogos, sino vecinos agobiados por los problemas que ya están en la puerta de sus casas. En algún punto del futuro ellos y los pensadores como Rodolphe Christin tendrán que acabar encontrándose alrededor de la idea inaugurada por el francés hace una década: tenemos que dejar de viajar. Al menos, si tenemos algún interés en no dañar la región que visitamos, en particular, y el planeta, en general. Puede parecer una locura, pero no más de lo que lo parecían los ecologistas en la década de 1970, hablando de reciclaje y energía solar. Hoy no todos defendemos el planeta, pero su mensaje ha calado.

Es el momento de parar y preguntarnos por qué nos hemos convertido en turistas. Antes del siglo XVII los europeos no concebían exponerse a los peligros de un viaje por puro placer. Entonces surgió la idea del Grand Tour, un recorrido iniciático que se aconsejaba a los jóvenes varones, previo a sentar la cabeza en un trabajo y un matrimonio de por vida. Reservado en origen a las clases acomodadas, y sometido a sus estrictas normas sociales y de comportamiento. Algo cambió cuando Lord Byron inició su particular tour en una especie de autocaravana, abriendo el viaje a nuevas posibilidades. Después, la proliferación del ferrocarril abarató los desplazamientos, democratizando el acto de viajar. Eso lo aprovechó otro inglés, Thomas Cook, para acabar de redondear la transformación de viajero a turista al crear los primeros viajes organizados. A partir de él, el fenómeno se fue haciendo mundial, sin dejar de crecer hasta nuestros días. Pero no todos perdieron el sentido original del viaje, el de aprender y reflexionar. En la década de 1950 un personaje que iba a ser fundamental en la historia de nuestro tiempo aplicó las bases del Grand Tour a Latinoamérica. Se llamaba Ernesto Guevara, e iba a ser conocido como el Che. Pero no piensen más en él como guerrillero o comunista, sino como en otra víctima más de la turistificación.

En 2005 la película Diarios de motocicleta hizo muy popular uno de sus viajes de juventud. El guion estaba basado en sus diarios de viaje donde, con gran sentido crítico, Guevara nos habla de lo ridículas que resultan las guías, recomendando al turista visitar puntos de interés, pero ignorando a los locales y sus problemas. De acuerdo con sus biógrafos, este aprendizaje inicial determinó gran parte de su pensamiento posterior y su actividad guerrillera. Hoy a su recorrido se le llama Ruta del Che, y sus visitantes, masificados, se hacen fotografías orgullosos con camisetas donde luce la imagen del comandante, con su barba y pelo largos, y la boina coronada por la estrella. Es difícil imaginar un fuerza transformadora más poderosa que el turismo, al convertir ese icono del siglo XX, tan vinculado en origen a una ideología revolucionaria, en algo tan absolutamente banal y tan alejado de la fuerza transformadora del viaje. Singularmente, la pobreza que sesenta años atrás denunciaba Guevara sigue allí, en la ruta que ahora lleva su nombre. Christin asegura que el turismo se dispara precisamente en aquellas regiones que ya no tienen ninguna proyección económica. O, dicho de otra forma, que han empezado a matar por turismo, y que posiblemente acaben muriendo del todo por su causa.

Museo del Louvre. Fotografía: Stephanie Overton (CC).


Aquellos turistas

Torremolinos, Málaga, 1961.  Archivo Fotográfico de la Dirección General de Turismo (1951-1992) / Biblioteca de la Facultad de Empresa y Gestión Pública Universidad de Zaragoza (CC)

En la Smart 21 contábamos en el artículo «Neurosis playeras» sobre la accidentada llegada del biquini a las playas españolas que Adolfo Suárez, para acercarse al Opus Dei a principios de los sesenta, llevaba a gala un encuentro que tuvo con una turista extranjera en Peñíscola, que no fue precisamente sexual. Como relataron Gregorio Morán y César Coca, Suárez paseaba por la playa cuando encontró a la mujer tomando el sol en biquini. El joven político se acercó a ella, tuvo una conversación de unos minutos tras la cual la turista anunció su intención de convertirse al catolicismo. Suárez había dicho en un discurso en Ávila que había que «demostrar a Cristo que aún no se ha extinguido la raza bravía que en otros tiempos conquistó mundos para Dios». Aquí conquistó una señora en su toalla.

Sin embargo, el que luego fuera a ser primer presidente del gobierno de la democracia metió estas historias en un cajoncito y se olvidó de ellas, lo mismo que los turistas extranjeros, lejos de convertirse al catolicismo como supuestamente hizo esta señora, lo que hicieron fue cambiar España. Según Ángel Viñas, la llegada de extranjeros generó entre las nuevas generaciones de españoles «un deseo insaciable de vivir como en Europa». La Guerra Civil había reducido al mínimo la llegada de extranjeros a España reduciéndola a unos quince mil anuales.

Para empezar, los turistas hicieron saltar por los aires las estrictas normas morales. Jugándose la excomunión, Pedro Zaragoza Orts, alcalde de Benidorm, acudió a Madrid a pedirle al caudillo en persona que se hiciera la vista gorda en sus playas. La legislación de 1958 prohibía el bañador dos piezas y el que era legal lo era solo dentro del agua. Fuera había que llevar albornoz. Se permitió el bañador, pero nunca en la calle. El Diario Ya, sin embargo, no picaba: «Aun dentro del amplio margen de tolerancia que se tiene con el turismo extranjero, existen límites que no deben rebasarse, no permitiéndose excesos llevados a cabo por una minoría, reñidos con las sanas costumbres españolas, aunque tolerados muchas veces por dueños y empleados de establecimientos que viven de los que nos visitan».

Pero las autoridades tragaron. Entre la pela y la única religión verdadera eligieron la pela sin dudarlo demasiado. En La vida cotidiana bajo el régimen franquista de Rafael Abella se dan unas cifras que explican la magnitud del negocio: seis millones de visitantes en 1960, diez millones en 1961, dieciséis millones en 1966 y treinta y cuatro y medio en 1974. España aumentaba su población un 50% durante el verano. Ya en 1950, con las primeras llegadas, el obispo de Barcelona, Madrego Casaus, pronunció estas palabras citadas en Los años del NODO (Destino, 2008)

Ante la aparición de modas exóticas e inmorales, traídas por extranjeros con indumentaria que no osamos describir porque no hallaríamos manera de hacerlo sin ofender vuestra modestia, vuestro prelado se ve en la obligación de poner a los feligreses en guardia frente a personas cuya conducta es doquiera gravemente pecaminosa, a juicio de cualquier moralista por laxo que sea y, entre nosotros, además, pecado de escándalo y ofensa e insulto al pudor cristiano de nuestro pueblo.

Un negocio del que, como de costumbre, no participamos todos. Un reportaje de la revisa La calle veinte años después hacía balance de la situación y denunciaba que los convenios que firmaban los pequeños hostales españoles con las agencias británicas para que les trajeran turistas eran leoninos. Cuando se querían dar cuenta veían que no cubrían gastos y eso les obligaba a trabajar hasta la extenuación y buscar el beneficio en algún oportuno sablazo.

En el lado positivo, las mujeres españoles comenzaron no solo a vestirse como las visitantes, también a adoptar sus hábitos. Según Tribuna Médica, la píldora, que en España se llamaba anovulatorio o regulador del ciclo menstrual, pasó de 531 600 unidades dispensadas en 1966 a 1 119 000 en 1967.El aludido libro de Abella recoge unas palabras del obispo de Ibiza, fray Antonio  Cardona Riera, sobre la influencia de las turistas:

Esos indeseables con su indecoroso proceder en las playas, bares y vías públicas y, más aún, con sus hábitos viciosos y escandalosos, van creando aquí un ambiente maléfico que nos asfixia y que no puede menos que pervertir y corromper a nuestra inexperta juventud. Nadie se explica por qué se autoriza aquí la estancia de féminas extranjeras, corrompidas, corruptoras, que, sin cartilla ni reconocimiento médico, vienen para ser lazo de perdición física y moral de nuestra inexperta juventud; ni tampoco sabe nadie cómo pueden tolerarse ciertos individuos carentes de medios de vida, de los cuales dice la voz pública que viven exclusivamente del vicio que facilitan y propagan descaradamente (…) Y que nadie vea en estas líneas otra cosa más que la voz de alerta, el grito de ¡socorro! del pastor de almas que contempla angustiado e impotente la riza, el destrozo que hace el lobo entre las amadas ovejitas que el Señor le confiara y de las cuales tendrá que rendirle estrecha cuenta un día.

Se multiplicaron los concursos de belleza para elegir a la miss del lugar. Primero se impuso el baile regional para desfilar, pero no tardó en hacerse en bañador. Todo el mundo quería ser atractivo. También se inauguraron plazas de toros en el Mediterráneo y brotaron clubes con espectáculos flamencos en lugares donde nunca había habido tradición. Los negocios brotaban en la costa y la despoblación del centro se acentuó todavía más.

En La invasión pacífica: los turistas y la España de Franco de Sasha D. Pack se cita que los periodistas del régimen se quejaban de que España sufría «una invasión» y se llegó a hablar de «colonias» y «explotación neocolonial». Al mismo tiempo, en el extranjero, organizaciones de izquierda, en solidaridad con la izquierda española, propugnaban un boicot al turismo en España.

El 16 de octubre de 1969, Carrero Blanco le pidió a Franco la cabeza de Fraga porque «en aras de un turismo de alpargata, se protege en los clubs play-voy (sic) el streaptesse (sic)», citó Paul Preston en su biografía del generalísimo. El Ministerio de Fraga había sido el autor del famoso eslogan de Spain is different para una campaña publicitaria orientada a cambiar la lamentable imagen externa del país; eslogan, por otra parte, copiado a la Unión Soviética, cuya agencia publicitaria Intourist lanzó en 1934 la campaña The URSS is different para la Agencia de Viajes soviética. Lo descubrió Luis Lavaur en su obra Turismo de entreguerras. No obstante, los grandes proyectos turísticos de Fraga fueron castos y piadosos, como impulsar el peregrinaje por el Camino de Santiago.

Al final, la huella del turismo fue imborrable. Al régimen, fundamentalmente, le apañó el déficit comercial, pero también generó un modelo empresarial del que todavía no nos hemos librado: la construcción especulativa. Rafael Vallejo, en su estudio De país turístico rezagado a potencia turística de 2014, concluye que ante ese monstruo que nacía el régimen poco pudo hacer, o por impotencia o porque estaba en el ajo:

El problema de esos apartamentos incontrolados no se quedó solo en los impuestos que año tras años escaparon al fisco y en su repercusión permanente sobre los paisajes, sino que trascendió a la cultura empresarial. La industria de la construcción turística asentó, con la complicidad de las autoridades, un espíritu empresarial del todo vale, corruptor y desmoralizador. Durante la Transición, a partir de 1975, se creyó que la democracia extinguiría el mal, identificado como producto de un régimen dictatorial y corrompido. Pero no fue así, la cultura inmobiliaria especulativa, depredadora, quedó enquistada y hoy lamentablemente sigue vigente, enriqueciendo a unos pocos en contra del bienestar colectivo y de la riqueza natural del país, con efectos acumulativos e irreversibles. En esto existe una contradicción entre los beneficios (especulativos) a corto plazo y las externalidades (negativas) a medio y largo plazo. Es una de las pesadas herencias del boom turístico español, frente al que las autoridades franquistas no hicieron prácticamente nada eficaz, impotentes o más bien cómplices del desaguisado.

Dicho todo esto, uno no puede evitar ponerse meditabundo cuando compara la historia y los efectos del turismo en España desde los años sesenta con las noticias que nos llegan en la actualidad. Si aquellos europeos que venían a tostarse al sol, emborracharse y disfrutar del sexo nos marcaron el camino de la libertad y el hedonismo, hasta entonces proscritos o reservados o exclusivos en la sociedad española ¿qué podemos pensar del turista inglés que ha hecho época ejecutando un balconing defecando a la vez? ¿Es ahí adónde nos dirigimos?


Días de verano en el páramo: castillos del Duero

Castillo de Berlanga de Duero.
Castillo de Berlanga de Duero.

Hace muchos años, cuando yo era un chaval recién metido en la universidad, pasé un verano excavando en Tiermes. No voy a hablar de esto, pero este dato previo es fundamental para entender por qué tenía tanto interés en volver al sur de Soria, que es como volver al culo del culo del mundo, y lo digo sin ninguna intención de ofender, porque a mí me encanta Soria, como me encanta Teruel, pero una cosa no quita la otra: estas son dos de las provincias más despobladas y olvidadas de Europa, y la situación no va a cambiar hasta que se asuma la realidad en toda su crudeza. No está nada claro que vaya a mejorar mucho, no si los políticos iluminados de turno piensan que la cosa va a cambiar a base de cemento y concursos de arquitectura. Y sí, me refiero a esa maravilla del capitalismo patrio llamada «Ciudad del Medio Ambiente». Pero no vamos a perder el tiempo hablando de cómo se ha tirado el dinero en infraestructuras, que no acabamos nunca, sino que vamos a explicar por qué hay que ir al culo del culo del mundo (en este caso el sur de Soria, aunque bien podría ser alguna comarca de Palencia, Zamora, Teruel, Cáceres o Guadalajara: España está vacía por dentro, como una fruta con una piel muy lustrosa y fresca pero un corazón abrasado y desierto), y vamos a indicar algunas pistas para no perderse, lo cual no resulta muy difícil como, se verá.

Como algunos lo van a citar (o deberían hacerlo), lo cito ya de entrada: hay un libro básico que ha salido hace poco: La España Vacía, de Sergio del Molino. Es un libro muy interesante, pero aquí no vamos a hacer análisis serios, vamos a hablar de turismo, de esa cosa que trae algo de dinero y de gente a un sitio donde hacen falta ambas cosas. Cuando estuve excavando en Tiermes, hace ya más de veinte años, allí no había nada. Solo el yacimiento, un pequeño museo (muy pequeño) y una cantina perdida donde se citaban algunas de las personas más extrañas que uno, recién salido de la ciudad, se había tropezado en su vida. Era un auténtico lujo poderse tomar unas cervezas frías en un lugar como aquel, y a nosotros, estudiantes tumultuosos, nos bastaba con eso. Ahora hay un restaurante muy decente, con un hotel igual de decente. Y hay turistas, hay bastantes turistas porque han mejorado la carretera, que era muy mala. También han ampliado el museo, con lo cual los turistas pueden ver algunas de las cosas que se han encontrado en el yacimiento (aunque la mayoría están en Soria ciudad). Pero lo más interesante, además del yacimiento en sí, y de ese muro perfecto que es la sierra de Pela, es la iglesia románica que señala el lugar. Se ve desde la carretera y sirve de faro perfecto, porque en ese paisaje tan hermoso y tan vacío de todo indicio de poblamiento humano, ver una iglesia, aunque sea una iglesia pequeña y modesta, supone un alivio para los viajeros no habituados a tantos kilómetros de soledad absoluta.

Iglesia de Tiermes.
Iglesia de Tiermes.

Cuando llegué a Tiermes por primera vez me contaron que por uno de estos valles perdidos los americanos habían montado una base secreta, tan secreta que nadie sabía dónde estaba. Por entonces las sierras no tenían esos modernos molinos de viento y las carreteras eran aún peores, lo que ya es decir. Las nevadas del invierno eran (y son) terribles. No sé si la historia es cierta o no, pero me pareció que aquel era el mejor lugar del mundo para esconder una base militar secreta. Si sales de Berlanga del Duero, de El Burgo de Osma o de San Esteban de Gormaz, todo lo que encuentras durante cientos de kilómetros a la redonda son trigales, campos de girasol, encinares, pinares y estepas desoladas. Los pocos pueblos que hay, además de ser muy pequeños, tienen la extraña costumbre a primera vista de colocarse en los lugares más recónditos, generalmente alejados de las pocas carreteras. Tal vez el hecho de buscar el fondo de los barrancos o los pliegues de las colinas se deba a las terribles condiciones climáticas; o tal vez se deba a que sus habitantes, a fuerza de estar solos, han llegado a amar la soledad. O no, o uno lo ve todo desde el prisma del urbanita y la vida en el páramo es otra cosa, otra cosa que para entender hay que vivirla en primera persona.

Decía Sergio del Molino que se ha idealizado mucho la vida rural y que esa es una de las causas del fracaso del movimiento neorural. Lo de «fracaso» es relativo. Volviendo a Tiermes hay que decir que solo el hotel y el restaurante ya dan trabajo a algunos jóvenes. Al pasar por el pueblo vemos que hay parada de autobuses y eso es nuevo: hace años no había servicio de autobús. Uno tenía que buscarse la vida para llegar allí como podía. Si han puesto servicio de autobús es que hay demanda suficiente para mantener una línea de autobús. Y esto no es una tontería: hace ya años se habló de suprimir la única línea de ferrocarril que aún queda en la provincia de Soria, la línea que conecta con Madrid. Si este plan hubiera prosperado (y no prosperó por la oposición de los sorianos), Soria hubiera sido la primera provincia de España en quedarse sin ferrocarril.

Y hablando de ferrocarril uno piensa en lo que siempre se dice: que la llegada del ferrocarril traía el progreso, el capitalismo, la industrialización, los nuevos tiempos que iban a poner fin al atraso español. Pues no, parece que aquí no: parece que aquí el ferrocarril solo sirvió para vaciar los pueblos, para que las gentes de la zona se montaran en un vagón para no volver nunca. Aquí el tren era siempre un tren de ida, o al menos esa es la impresión que uno tiene. Y ahora, una vez vaciados los pueblos, ya ni hay tren. De las tres líneas que cruzan la provincia ya solo queda en activo media línea y con muy pocos trenes al día. Las estaciones o están abandonadas o se han convertido en simples apeaderos donde pocas veces se ve algún pasajero. Pero, eso sí, junto a las ruinas de Numancia tenemos esa otra ruina actual, la Ciudad del Medio Ambiente, con la diferencia de que la primera trae turistas y no ha costado más de cincuenta millones de euros. Cincuenta millones tirados a la basura. Se dice pronto.

Estación abandonada de Monteagudo del Castillo.
Estación abandonada de Monteagudo del las Vicarías.

Si no queda apenas gente en Soria, y no queda apenas  gente en el sur de Soria, ¿qué queda? Pues lo de siempre: un paisaje magnífico. Y un pasado que uno se tropieza al tomar una curva y que, sin gritos, sin estridencias, sin llamar la atención escandalosamente, se planta delante de ti y te obliga a parar el coche o a tomar un desvío no previsto. El castillo de Gormaz, por ejemplo, se ve desde cualquier punto. Vayas a donde vayas, si pasas por estas carreteras, lo verás sobresalir entre una masa boscosa. Porque aquí también hay bosques de pinos, aunque sea el norte de la provincia el que tiene los bosques más extensos y conocidos. El castillo de Gormaz fue uno de los principales castillos musulmanes de la península. Los cristianos quisieron tomarlo muchas veces, sufrió muchos asedios, pero ninguno tuvo éxito. Aunque hoy en día está muy deteriorado merece la pena pasar toda una mañana o una tarde allí, y digo toda una mañana o toda una tarde porque hay que verlo con mucha calma, y hay que sentarse en la muralla y contemplar cómo corre el Duero por debajo. Y cómo pasan las nubes y cómo el viento sacude levemente los chopos. Si lo que ves y lo que sientes no te relaja, es que no te relaja nada. Y si lo que quieres es encontrarte a ti mismo pues francamente no se me ocurre otro mejor lugar para hacerlo. Estamos en agosto pero hay pocos turistas. Ya he dicho que hace falta que venga gente a Soria, porque sin gente no funciona la economía. Pero aquí no hay ningún turismo masificado. A veces llegan autobuses y durante un rato hay un pequeño bullicio de personas disparando fotos y estirando las piernas, pero luego se van y uno se vuelve a quedar solo o casi solo. Con tiempo para pensar. Con tiempo para pasear tranquilamente y sentarse en un alto a contemplar los campos, los montes, los bosques y el cielo. Y las piedras, claro, las piedras de los castillos, de las iglesias, de las viejas casonas. Las piedras mudas que no cuentan su historia a primera vista, que son adustas y hurañas hasta que te cogen suficiente confianza. Porque las tierras difíciles guardan muy bien sus secretos. Y por eso algunos viajeros impacientes piensan que no tienen secretos, cuando en realidad tienen montones de ellos.

Castillo de Gormaz, al fondo.
Castillo de Gormaz, al fondo.

Hay un dilema que he visto en otras partes, en otros pueblos. En cierto lugar cuyo nombre no es necesario mencionar ahora los habitantes estaban divididos entre pedir que se asfaltara el camino o dejarlo como estaba, sin asfaltar. Los que estaban en contra decían que eso traería gente que no venía nada más que a molestar, que no aportaría nada al pueblo, que solo vendría de paso. Otros decían que el pueblo necesitaba mejor comunicación. Que el pueblo tenía que abrirse al mundo. Que todos los visitantes eran buenos, tanto si quedaban allí o no. Este es un caso extremo pero el debate es el de siempre: hemos destrozado la costa, masificándola y llenándola de hormigón. ¿Qué vamos a hacer con el interior del país, con lo que aún queda por «colonizar»?

En Tiermes han montado una fiesta pagana para atraer turistas. Cada cierto tiempo, cuando la luna así lo dispone, organizan una cena celtíbera con salto de hoguera incluido, como no podía ser menos. Lo llaman «Fiesta del Plenilunium». Me dice el camarero del restaurante que la bebida «celtíbera» que ofrecen consiste en una especie de orujo de la zona y que «lo hacen los arqueólogos». Me quedo muy preocupado. El camarero no me aclara si los arqueólogos hacen la hoguera, la bebida o las dos cosas, pero en cualquier caso la cosa debe de ser digna de ver, aunque supongo que muy peligrosa. No sé cómo serán los arqueólogos que hoy en día pululan por Tiermes en verano, pero los que yo conocí estaban como una cabra. Es comprensible: pasar dos largos meses en el páramo, a mil doscientos metros de altitud, con calor terrible y frío terrible, sin ninguna comodidad y teniendo que vigilar a hordas de estudiantes tumultuosos, siempre propensos al desorden, la lujuria y la rebelión, tenía que afectar forzosamente a su salud mental.

San Esteban de Gormaz.
San Esteban de Gormaz.

Por desgracia me pasé por el museo y lo encontré cerrado. El yacimiento estaba vacío (eran las dos de la tarde y el sol de agosto golpeaba de lleno). No vi tiendas de tumultuosos estudiantes en el prado, lo cual me hizo pensar que no había ninguna campaña de excavación en curso, lo cual es una pena. En cualquier caso hay un cartel que indica que se hacen visitas organizadas a las ruinas, y eso es magnífico. Como es magnífico que se hagan todas las fiestas paganas que la luna permita (las próximas son el 18 de agosto y el 17 de septiembre). Aporto este dato por si este reportaje sale a tiempo y alguno tiene la tentación de ir. Y en ese caso le pido un favor: que cuente la experiencia. Aquí en el culo del culo del mundo hay gente que se busca la vida para poder vivir dignamente sin tener que emigrar a ninguna gran ciudad, y eso es algo que me merece todo el respeto del mundo. Lo que no entiendo es para qué carajo necesitaba Soria una «Ciudad del Medio Ambiente». Pero esa es una pregunta que hoy, de vuelta al bochorno mediterráneo, se quedará sin respuesta.

Sierra de Pela.
Sierra de Pela.

Fotografía: Alfonso Vila Francés