Ruanda, los cien días de la barbarie

En la iglesia de Nyamata fueron asesinadas dos mil quinientas personas. La ropa de las víctimas se conserva como tributo.

Llovía, claro. El horror cuida siempre los detalles. Dos mil quinientas personas eran conducidas a pie hacia un descampado por milicianos armados y bebidos. Una de las figuras de aquella espesa procesión era Benuste Karasira. Iba con su mujer y cuatro hijos pequeños. Arrastraba sus pies en el mismo silencio desharrapado que el resto de condenados. Todos ellos llevaban tres días encerrados en una escuela técnica de Kigali, la capital de Ruanda. Allí habían llegado tras esquivar los puestos de control que el Gobierno había instalado por las calles para identificar y asesinar a los vecinos tutsis. Cuando Benuste alcanzó la escuela, se creyó a salvo: los cascos azules de la ONU estaban allí. «Al día siguiente se fueron. ¿Cómo pudieron? ¿Cómo pudieron dejarnos ahí?». No es una pregunta retórica, Benuste espera con la mirada fija una respuesta que no llega. «Los milicianos hutus nos dijeron entonces que nos iban a trasladar a un lugar seguro, que no debíamos temer nada». «¿Les creíste?». Benuste sonríe, una sonrisa curtida, la mueca de un hombre de sesenta años que perdió un brazo y a casi toda su familia en una matanza a bocajarro. «No. Claro que no les creí. Fue esa mentira la que me hizo comprender que íbamos a morir». Habla pausado en el sillón de su casa, donde las tupidas cortinas no dejan entrar la fuerte luz del sol. Fuera las gallinas picotean perezosas por el calor. A su lado hay una mesa sencilla de madera llena de libros y revistas. La manga de su camisa cubre el muñón del brazo. «Dicen que éramos dos mil quinientos, te digo que allí estábamos más de ocho mil personas. Hombro contra hombro, caminando en silencio bajo la lluvia». Los milicianos les llevaron a un descampado. «Un oficial se subió a un lugar y nos dijo: “A lo mejor alguno de vosotros es hutu. Por favor, si aquí hay algún hutu que nos enseñe el carné y se irá”. Algunos se levantaron y caminaron hacia el oficial, comprobaron la tarjeta y les preguntaron: “¿Por qué estabas con estas cucarachas? ¿Por qué un hombre estaba con cucarachas?”. Recuerdo esa pregunta y yo me vi ahí, al otro lado. Esperando a morir». Minutos después, con la lluvia cayendo igual de ajena que cualquier otro día, los milicianos se situaron enfrente de la muchedumbre y apuntaron sus rifles y metralletas contra la masa compacta de tutsis. En realidad, eso fue todo. Todo lo que alcanza a describirse con palabras. Si acaso cabe imaginar el silencio de esos segundos previos a abrir fuego. O los ojos de quienes esperaban. Cabe imaginar los dedos en los expectantes gatillos goteando lluvia. Pero poco más. «Yo estaba allí, pero entonces en ningún momento pensé que tendría que contar esa historia. Para mí, describir cómo fue el ataque, qué ocurrió exactamente con detalles, es sencillamente imposible. El pánico que sentí fue tan enorme que no me permitió ni siquiera observar, ver lo que estaba ocurriendo. Recuerdo los gritos, el ruido de los disparos. “¡Dónde está mi hijo!”. Recuerdo cuerpos cayendo, gente chocando entre sí y un dolor ardiente en el brazo mientras agarraba a uno de mis hijos. Todo el mundo entró en pánico. Ponte en mi lugar. En realidad puedes describir el ataque como quieras. Trata de imaginar el escenario y describe ese ataque. Yo no puedo ayudarte».

Los hutus y los tutsis

Benuste, su mujer y uno de sus hijos son supervivientes del genocidio de Ruanda, uno de los capítulos más oscuros de cuantos recuerda el siglo XX y que este año conmemora su vigésimo aniversario. En un plazo de cien días entre abril y julio de 1994, ochocientas mil personas fueron asesinadas en el llamado país de las mil colinas. Trescientos treinta asesinatos cada hora. Cinco cada minuto. La mayoría de ellos a golpe de machete.

No pocos antropólogos sostienen que la humanidad —literalmente— echó a andar en Ruanda. Los twas —pigmeos cazadores— eran los habitantes originarios de esta región. Enseguida se les unieron diversos vecinos. Dos de ellos arraigaron: los hutus, un pueblo bantú proveniente de lo que hoy es la República Democrática del Congo; y los tutsis, un pueblo nilótico llegado de Etiopía. Lo explica muy bien el antropólogo ruandés Canisius Niyonsaba en su libro Orígenes de la ideología hutu-tutsi en la tradición de los Grandes Lagos y sus indicios de superación. Los hutus eran agricultores y los tutsis, ganaderos. Étnicamente se fusionaron durante los miles de años que convivieron: se dieron matrimonios mixtos, compartieron lengua, cultura y tradiciones. Hasta los rasgos físicos quedaron reducidos a un estereotipo: se supone que los hutus son más oscuros, de rasgos más rudos y con la nariz chata, mientras que los tutsis son más esbeltos, de tez más clara y con la nariz afilada. La realidad es que la mayoría son indistinguibles para el visitante.

La diferenciación entre ambos pueblos, pues, quedó definida únicamente como social. En tanto ganaderos, los tutsis tenían el poder económico, de modo que, a pesar de ser solo el 14%, tomaron el control del territorio y se erigieron como la clase dominante. Los hutus, agricultores, se conformaron como una casta inferior siendo el 85% de la población. (Los twas —1%— quedaron marginados desde el primer momento). Sin embargo, un hutu que adquiriera vacas podía convertirse en tutsi y viceversa. Además, no en todo el territorio las diferencias eran las mismas. En Burundi y en Uganda, donde la población también se divide en hutus y tutsis, ambos pueblos tuvieron su particular desarrollo. La distinción antes del colonialismo era, pues, permeable. Y en el caso de Ruanda, era pacífica. Así lo recoge al menos la tradición oral ruandesa, que insiste hasta la saciedad en que los problemas violentos entre ambas facciones llegaron con el hombre blanco. Los memoriales del genocidio que pueblan hoy en día el país lo repiten como un mantra.

En 1897 los exploradores alemanes pasearon por primera vez su blanca tez por Ruanda. Actualmente existen infinidad de pueblos y aldeas ruandesas en donde los vecinos —especialmente los niños— contemplan con los ojos desencajados al inusual y pálido visitante. Cabe imaginar la reacción de las tribus del siglo XIX cuando los europeos llamaron a su puerta. Pocos años después de la llegada alemana, la Liga de Naciones concedió el control del territorio a los belgas. Para administrarlo, el Gobierno del rey Leopoldo II decidió aliarse con la élite tutsi y en 1933 dotaron a la población de un documento de identidad en el que se especificaba si se era hutu, tutsi o twa. Por primera vez la diferencia entre ruandeses se tornó racial.

En la Ruanda actual, oficialmente, ya no existen hutus ni tutsis. Las identidades están prohibidas por ley y hasta resulta grosero preguntar por ello. En público es como un tabú. Sin embargo, la realidad de la calle —siempre por delante— muestra que cada ruandés tiene muy claro lo que es y a qué segmento pertenece. Las identidades hutu y tutsi siguen perfectamente definidas y delimitadas. Y aunque conviven y viven mezclados en pueblos y barrios, entre ellos se diferencian, si no es por el físico sí por el vestir o el puesto de trabajo. Mezclados, pero no revueltos.

«Que levanten la mano los tutsis»

«¿Si somos diferentes y somos más, qué hacemos sometidos?». Más o menos esa era la pregunta que planteaba El Manifiesto, un pequeño libro redactado en 1957 por un grupo de intelectuales hutus que tomó conciencia de la raza impuesta. Los belgas debieron oler lo que se aproximaba y decidieron convocar elecciones en 1959 para terminar con el dominio de las familias tutsis. Pero la tensión hacía tiempo que había pasado por encima de su control. El detonante fue la paliza que Dominique Mbonyumutwa, un activista hutu de la provincia de Gitarama, recibió el 1 de noviembre de 1959 a manos (y palos) de un grupo de tutsis. La revolución estalló. Mareas de hutus se echaron a la calle y quemaron cuanto hogar tutsi encontraron a su paso. Miles de familias tutsis fueron asesinadas y más de doscientos mil huyeron a la vecina Uganda. (Aviso: no olviden a este numeroso grupo de refugiados porque pronto cobrarán vital importancia en este relato). Finalmente, los partidos hutus tomaron el control de Ruanda y en 1962 declararon la independencia del país. Nacía un Estado. Y lo hacía con dos naciones enfrentadas bajo el brazo.

RWANDA.KIGALI

En los primeros años de vida Ruanda vivió sometida a una guerra civil de facto. Los tutsis exiliados cruzaban con frecuencia la frontera en guerrillas mal armadas para intentar recuperar el control. Por cada incursión, el Gobierno hutu respondía con matanzas sobre civiles tutsis, acusados de cómplices. Entre medias, el Gobierno aprobaba leyes cada vez más restrictivas contra los tutsis, los apartaba de la escuela, universidad, ejército o cualquier otro puesto o lugar de responsabilidad o formación. La población tutsi vivía completamente marginada y reprimida. Bealta Kabagwira, vecina de Kigali y también superviviente del genocidio, recuerda aquellos años. «En el colegio a los que éramos tutsis nos sentaban en la última fila. La profesora, cuando nos pedía algo, nos decía: “tú, tusti”, en cambio a los niños hutus les llamaba por su nombre. Cada mañana, llegaba a clase y nos decía: que levanten la mano los tutsis».

En 1973 el general hutu Juvénal Habyarimana dio un golpe de Estado y estableció una dictadura militar que perduraría hasta el genocidio. Paradójicamente, la toma de poder de Habyarimana abrió en Ruanda un período de estabilidad. Aunque siguió marginada a todos los niveles, la población tutsi no sufrió más ataques masivos e incluso Ruanda estabilizó relativamente su economía y su maltrecha diplomacia. Habyarimana se reveló como un tipo con la mente más abierta de lo que cabía suponerle y con los años fue ofreciendo concesiones a los tutsis. Una deriva que no gustó a su entorno. En la década de los ochenta las medidas aperturistas del presidente —entre ellas permitir el acceso a la política a partidos tutsis o proponer un diálogo para estudiar el retorno de los refugiados— provocaron que el ala radical de su Gobierno se organizara. Encabezados por su propia mujer, Madame Agahte, se formó alrededor de Habyrimana un círculo de poder, una suerte de lobby, llamado la akazu, que podría traducirse del kinyarwanda (idioma autóctono ruandés) como «la casita». La akazu sería, en pocos años, la encargada de preparar y ejecutar el genocidio.

«Son los del 59, que vuelven»

Joseph Buhigiro, vecino tutsi de la provincia de Nyamata de sesenta y cinco años, estaba bebiendo cerveza de plátano en un bar (beber cerveza es la actividad por excelencia en Ruanda), cuando un conocido le dijo: «Tus familiares han entrado y vienen a matarnos». Otro tipo que andaba por ahí añadió: «Son los del 59, que vuelven». A Joseph aquel comentario le ha quedado grabado casi tanto como el espanto al que sobreviviría posteriormente. «Hasta ese momento, al menos en mi pueblo, todos bebíamos juntos y en paz. Pero esa frase me quedó grabada, todo cambió desde ese momento».

Los vecinos de Joseph le estaban informando de que los tutsis exiliados en 1959 habían vuelto a atacar. Esta vez, sin embargo, no eran un grupúsculo de tipos mal armados. Los refugiados y sus hijos habían guardado silencio durante tres décadas alistados en el ejército ugandés. De la noche a la mañana, sin que nadie lo esperase, desertaron en nombre de una guerrilla llamada Frente Patriótico Ruandés (FPR). Entrenados, organizados y disciplinados, los tutsis volvieron a poner sus pies en Ruanda para, según su anuncio, «acabar con la tiranía y restaurar la paz». Estalló la guerra civil.

Con toda seguridad el FPR se hubiera plantado en Kigali en una semana y con ello se hubiera evitado el genocidio. Pero el primer día se toparon con un obstáculo no previsto: el ejército francés. Preocupados por mantener la francofonía de la Ruanda hutu (excolonia belga), François Mitterrand ordenó hacer frente a los guerrilleros del FPR, provenientes de la anglófona Uganda, para evitar perder el control del territorio. El segundo día de combates los soldados galos abatieron a Fred Rwigyema, cabecilla de los rebeldes, y recluyeron al invasor en las selvas de Virunga, al norte del país. El FPR se atrincheró en los montes reclutando efectivos y esperando una oportunidad. Un joven Paul Kagame tomó entonces el control.

«Exterminemos a esas cucarachas»

Un hombre aparece tumbado en un diván con cara angustiada. A su lado, sentado, un médico toma notas. El hombre le dice: «¡Estoy enfermo doctor!», a lo que el psiquiatra le responde, «¿Qué le ocurre?». Y el paciente confiesa: «¡Los tutsis! ¡Los tutsis!». La escena de este hombre enfermo de tutsis es una viñeta publicada por el periódico Kangura durante la guerra. Kangura, que podría traducirse como «Despiértalos», fue uno de los instrumentos de la cruel propaganda que el Gobierno tuvo a su disposición durante el conflicto y que alentó —y casi mentalizó— a la población para llevar a cabo un genocidio contra los tutsis. Al frente de Kangura estaba Hassan Ngeze —miembro de la akazu— quien redactó los «Diez Mandamientos Hutus». Publicados como un editorial, estos diez mandamientos fueron la base de la ideología que desembocaría en el genocidio. El primer mandamiento decía: «Todo hutu debe saber que una mujer tutsi, sea quien sea, sirve a los intereses de su grupo étnico tutsi. Por ello, consideraremos como un traidor a cualquier hutu que se case con una mujer tutsi, sea amigo de una mujer tutsi o dé empleo a una mujer tutsi». El resto de mandamientos van en la misma y previsible línea.

Kangura fue la punta de lanza de la campaña de odio hacia los tutsis que se basaba en la idea de que el FPR había regresado para asesinar a todos los hutus. El Gobierno llegó a publicar documentos falsos en los que se podían leer los supuestos planes de la guerrilla tutsi, que no eran otros, claro, que exterminar a la población hutu. Se inoculó en la ciudadanía la sensación del callejón sin salida: o ellos, o nosotros. En realidad se estaba poniendo sobre la mesa un miedo atávico, un temor que verdaderamente nunca se había ido. El terror de una población sometida y que solo había gozado de unas décadas de poder. El histórico opresor regresaba a por ellos. Para no pocos estudiosos de la historia ruandesa el genocidio fue la virulenta e impredecible reacción del niño aterrorizado que se revuelve contra lo que le da pavor.

El clima de miedo radicalizó al Gobierno, que pasó a denominarse Poder Hutu, e hizo que la akazu tomase el control de forma definitiva desde la sombra. La primera medida que se decretó fue la creación de unas milicias civiles para defenderse del ataque del FPR. Fueron denominadas Interahamwe, que puede traducirse como «los que luchan juntos», un término que, a día de hoy, todavía asalta las pesadillas de miles de ruandeses. Los chicos de las Interahamwe eran el mal personificado. Jóvenes armados con machetes sin causa ni futuro, adoctrinados en el odio y empapados en alcohol y anfetaminas. «Recuerdo que las Interahamwe cantaban: “¡Os vamos a exterminar, os vamos a exterminar!”. Me los crucé a veces por la calle cantando eso y armados hasta los dientes…», rememora Benuste, el superviviente que abre este relato. Las armas, por cierto, no crecían de la tierra.

«Francia nos las dio. Llegaban cargamentos de machetes y rifles». Toma la palabra Straton Sinzabakwira, de cincuenta y dos años. Cumple condena en la cárcel de Nyanza, en cuyo patio concede la entrevista. Lleva un pijama rosa, de camisa de manga corta y pantalones cortos, el uniforme de presidiario en Ruanda. Straton es lo que en Ruanda se conoce como un genocidaire, el término en francés. Cumple veinticuatro años de pena por organizar el asesinato de seis mil tutsis en el municipio de Nyamubunga, del que era alcalde. «Soy testigo. Vi como llegaban cajas con armas. Lo vi en Kungo, cerca de Muzanze y también vi armas de los franceses en Ku Giti». Straton afirma que las tropas francesas armaron a las Interahamwe y también ayudaron en su entrenamiento. No será lo último que explique Straton sobre el papel de Francia durante el genocidio.

Las Interahamwe comenzaron a protagonizar desfiles con un toque cutre de totalitarismo. Lucían llamativas camisas y cantaban consignas contra los tutsis. Los políticos remataban los actos con discursos inflamables. Los más recordados son los de Léon Mugesera, uno de los líderes de la akazu, que en sus intervenciones recordaba siempre que hutus y tutsis eran dos etnias diferentes y llamaba sin miramientos al exterminio.

El otro medio por donde se extendió el odio fueron las ondas de la Radio Télévision Libre des Milles Collines (RTLM), la radiotelevisión del Gobierno. Dirigida por Féliciene Kabuga, la RTML tuvo mucho más alcance que Kangura, ya que es raro el ruandés que no esté pegado a una radio. Las ondas de la propaganda hutu llegaron a todos los rincones del país. Ruanda se sumió en la paranoia. Los hutus acusaban a los tutsis de ser cómplices del FPR, células coordinadas entre ellas. Es verdad que algunas familias tutsis ayudaban económicamente a los rebeldes y que muchas otras enviaban a sus hijos a enrolarse, pero la gran mayoría no estaba al tanto de las operaciones de los chicos de Kagame. Cualquier gesto era malinterpretado. Evariste lo recuerda con un detalle. «Una familia tutsi de mi pueblo cavó un pozo para el agua y los vecinos les acusaron de que era para enterrar hutus. Cualquier cosa que unos u otros hacían era sospechosa».

El miedo también se alimentaba de las noticias que traían los hutus que huían del norte, donde el FPR avanzaba, y que hablaban de asesinatos, abusos y tropelías de los rebeldes de Kagame. Las represalias se convirtieron en un arma de guerra. Por cada ataque del FPR en el que lograba ganar terreno, respuesta del Gobierno contra civiles. Así murieron miles de personas durante esos tres primeros años de guerra (1990-1993). El FPR atacaba en una punta del país y en la otra eran asesinados cientos de vecinos tutsis como represalia, probablemente sin saber siquiera por qué les estaban atacando. Matar tutsis se convirtió en una práctica como cualquier otra, en una actividad que mantenía unido al pueblo contra el enemigo. «Los políticos llegaban a la plaza del pueblo, daban un mitin, los vecinos les señalaban las casas de tutsis y los milicianos los asesinaban», rememora Straton. Podría decirse que estaban llevando a cabo un gran entrenamiento.

La paz es una farsa

«El que piense que la guerra ha terminado como resultado de los Acuerdos de Arusha, se engaña a sí mismo». Es una de las líneas del editorial de Kangura firmado por Hassan Ngeze al día siguiente del acuerdo de paz. El FPR, contra pronóstico, logró sentar a la mesa de negociaciones al Gobierno del Poder Hutu. Habyariamana, consciente de la superioridad militar de los hombres de Kagame, concedió lo que las milicias tutsis deseaban: una negociación política que les permitiera avanzar y frenara las matanzas a civiles. El 4 de agosto de 1993, en la ciudad de Arusha, Tanzania, ambos bandos firmaron un acuerdo.

«¿Cómo decís vosotros? ¿Una farsa? Pues eso, ese acuerdo de paz fue una farsa». Evariste es el nombre ficticio de un hutu que habla español. Los hutus que se salen del discurso oficial del actual Gobierno ruandés no pueden dar la cara. Su vida y la de sus familias correrían peligro. «Los acuerdos sirvieron para que el FPR ganara terreno. Se acordó que el FPR enviara a doscientos representantes al Parlamento y Kagame envió a doscientos soldados. Habyarimana les dejó entrar hasta la cocina», comenta Evariste con risa burlona, como mofándose de la torpeza del presidente.

De aquella negociación también salió la decisión de enviar una fuerza de paz de la ONU, la Misión de Asistencia de Naciones Unidas para Ruanda (UNAMIR), que se instaló en suelo ruandés en octubre de 1993. Al mando estaba el general canadiense Roméo Dallaire, a la postre testigo crucial de la pasividad de la comunidad internacional cuando estalló el genocidio. Dallaire —que terminó la misión en tratamiento psiquiátrico— empezó a pie cambiado: le dieron cuatrocientos cascos azules en lugar de los dos mil quinientos prometidos y una orden expresa de no poder usar la fuerza.

Solo tres meses después de su llegada, el general Dallaire tomó conciencia —y evidencia— de lo que estaba a punto de suceder. Y se lo advirtió a la ONU mediante un fax. Un fax a la vista de cualquiera que tenga interés en leerlo, un fax mil veces reproducido en la Ruanda actual y que luce, vergonzante, en los memoriales del genocidio de todo el país.

El fax fue enviado, con firma del propio general, el 11 de enero de 1994 con el encabezamiento de «Solicitud de protección para confidente». Dallaire explica en el fax que había logrado la colaboración de un confidente que trabajaba en las esferas más altas de las Interahamwe, entrenando a los milicianos y planeando estrategias de ataque. El confidente, según detalla Dallaire en el fax, aseguraba que cuarenta comandos de milicianos hutus estaban listos y organizados para llevar un ataque a gran escala en Kigali. Describe que desde la llegada de UNAMIR se ha ordenado a las Interahamwe que hagan un censo de todos los tutsis de Kigali. El confidente, reza el fax, sospecha que la intención es exterminarlos. Detalla que tienen capacidad para asesinar a mil tutsis en veinte minutos. Continúa: el confidente afirma que el presidente Habyarimana no tiene control sobre lo que está sucediendo, mucho menos sobre las milicias. Dallaire explicaría más adelante que también informó a Naciones Unidas de la constante llegada al país de armas financiadas por Francia y cientos de contenedores con machetes provenientes de China.

La respuesta a Dallaire no tardó. El mismo día llegó un fax de vuelta desde Nueva York firmado por el entonces jefe de la misión de paz en Ruanda, Kofi Annan: «Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la UNAMIR». La ONU rehusó intervenir en ese momento a pesar de que, en Ruanda, casi todo el mundo presagiaba lo que se venía encima. «Claro que sabía lo que iba a ocurrir», dice Straton desde la cárcel. «Todos sabíamos lo que iba a ocurrir. También la ONU y Francia. Todo estaba preparado y nadie hizo nada».

El horror

«Recuerdo de esa noche algo especial, pude adivinar que algo iba mal. Lo presentí. Esa noche oí muchas más bombas y disparos, todo el tiempo y por todos lados. Tuve un mal presentimiento. A la mañana siguiente lo confirmé. Estaba con mi mujer al lado de la radio y escuchamos que el avión del presidente había sido derribado, que lo habían asesinado. Ella me miró y me dijo: «Vamos a morir».

Benuste, el superviviente que abre este relato, recuerda con detalle la madrugada del 6 de abril de 1994, la madrugada que se desplomó sobre los tutsis. El avión de Habyariamana fue derribado por un cohete cuando estaba a punto de aterrizar en Kigali. Regresaba de Arusha y los restos de la nave cayeron en el jardín de su propia casa, hoy convertida en un museo en el que se pueden contemplar los restos del fuselaje como si hubieran caído ayer. Es otro debate vivo en Ruanda: ¿quién derribó aquel avión? El FPR sostiene que fue la akazu quien asesinó a Habyarimana para propiciar el genocidio. A Evariste, nuestro confidente hutu, le da la risa. «Pretenden que os creáis que derribamos el avión de nuestro presidente. Aquel avión lo destruyó el FPR».

Cuerpos embalsamados en el memorial de Murambi. Veintisiete mil personas fueron asesinadas en este lugar.

Horas después del ataque, Kigali y el resto de ciudades y pueblos ruandeses fueron tomados por las Interahamwe, que instalaron puestos de control en los caminos y carreteras, conocidos en Ruanda con el término en inglés, road-blocks. «Yo vi cómo montaban una trinchera en mi calle. Veía desde mi ventana cómo llegaban los milicianos. Mi mujer no dejaba de repetir que íbamos a morir. Yo también lo pensaba», rememora Benuste. Los tutsis estaban solos. Había llegado la hora de aplicar la solución final. Ya no bastaba con ganar la guerra, ni siquiera con expulsar al enemigo como hacía treinta años. Era necesario terminar de una vez y para siempre con el problema tutsi. El horror se hizo con Ruanda.

Para las Interahamwe la cacería no fue excesivamente complicada. Tenían listas con todos los nombres de los tutsis, esos censos sobre los que el confidente de Dallaire advirtió y que la ONU prefirió ignorar. Los milicianos, casi siempre sobreexcitados de alcohol y anfetaminas, montaban road blocks, pedían en ellos la tarjeta de identidad (la de los belgas) y quien era tutsi era apartado a la cuneta y asesinado a machetazos. A veces, cansados de tanto machetazo, empujaban a los tutsis a un lado, sobre un montón de cuerpos y los mataban al cabo de unas horas. Las cunetas de todo el país se llenaron de cadáveres, entre los que a veces se hallaban vivos haciéndose los muertos, o muertos en vida, inmóviles de terror entre los cadáveres, o simplemente agonizando, en un punto que ya daba igual ser un cuerpo vivo o muerto. Era tanta la sangre, tantos los cadáveres amontonados por todos lados, que era imposible asegurarse de que todo el mundo estuviera muerto. En pocas horas, Ruanda era un desenfreno de violencia rara vez visto en la historia moderna.

Los tutsis que lograban esquivar los road blocks se refugiaban en lugares que ya habían acogido a sus padres y abuelos en otras matanzas. Las iglesias se convirtieron en destinos prioritarios donde miles de personas se encerraban con la esperanza de que no se violara lo más sagrado. Las propias milicias, para evitar que nadie escapara, animaban a los tutsis a refugiarse en estos sitios con la promesa de que estarían a salvo. No era cierto, claro. Aquellas iglesias se convirtieron en mataderos humanos que posteriormente han abandonado su función religiosa y han sido convertidas en memoriales que pueden ser visitados por los viajeros. Ruanda ha tomado como modelo los museos del holocausto judío y conserva hasta el mínimo detalle de la tragedia para que el visitante comprenda la dimensión de lo sucedido: huesos, calaveras, ropas, efectos personales, armas, agujeros de bala, restos de sangre… Sin embargo todo carece de organización, ya que la mayoría de estos memoriales están sin terminar aún. Las ropas se agolpan sobre los bancos llenas de tierra y polvo, las pertenencias de las víctimas están amontonadas al alcance de cualquiera, no hay una sola vitrina; si alguien quisiese, podría coger lo que se le antojara. Hasta los huesos y calaveras están expuestos como buenamente se ha podido, sin espacio suficiente. A veces da la sensación de que se ha entrado un rato después de la matanza.

En la modesta iglesia de Ntarama, al sur de Kigali, se refugiaron cinco mil tutsis. Fue la propia policía la que indicó a los vecinos que allí estarían seguros. A los pocos días, los muchachos de las Interahamwe, acompañados de soldados, políticos locales, vecinos y de la propia policía atacaron la iglesia con granadas y pistolas. Después accedieron a su interior y remataron con machetes y martillos a los que estaban vivos. A algunas mujeres las separaron, las llevaron a una capilla en la parte trasera de la iglesia y las violaron innumerables veces. Esta capilla es hoy parte del memorial. En uno de sus extremos hay un palo apoyado de cualquier forma contra la pared, un palo de unos dos metros que pasa desapercibido, sin letrero o explicación alguna. El guía lo agarra con rostro serio, lo golpea contra el suelo a modo bastón y añade: «Con este palo violaron y empalaron a unas veinte mujeres aquí». Luego lo vuelve a apoyar en la pared. El horror se supera a sí mismo con la mancha oscura que luce en la misma pared y a la que el guía se refiere a continuación: «Este es el punto donde mataron a los niños golpeándolos contra el muro, por eso quedó la marca».

Jospeh Buhigirio, el hombre al que sus vecinos en el bar le dijeron «tus familiares han vuelto», se refugió con su familia en la iglesia de Nyamata, no lejos de la anterior. «Creíamos que estaríamos seguros. De hecho, el alcalde vino y nos dijo que no nos moviéramos de allí, que estaríamos a salvo. Cada vez llegaba más y más tutsis y los alrededores de la iglesia también se llenaron. El jardín, el patio de la iglesia y las casas. En total éramos unas diez mil personas. Ese mismo día el cura huyó».

El 14 de abril llegaron las Interahamwe. Con ellas estaba el alcalde y la policía. Un miliciano depositó una granada en la puerta de la iglesia y la voló. Dentro, dos mil quinientas personas se apilaban con pánico entre los bancos. «La puerta salió por el aire. Yo no tenía ninguna esperanza. Asumí en ese momento que iba a morir, lo acepté. Empezaron a matar, a matar, a matar…». Joseph reitera el verbo intentando transmitir la cantidad de asesinatos que se precipitaron en minutos. El énfasis se puede aplicar a lo que era Ruanda aquellos días. «Primero dispararon contra todos, contra la gente que gritaba y se desplomaba. También lanzaban granadas. Yo me metí debajo de un banco. Veía cuerpos cayendo por todas partes, también los de mis hijos, y empecé a notar que algo me mojaba. Me fijé que estaba tumbado sobre sangre, la sangre subía a una velocidad increíble y llegó a levantar un palmo. Tuve que subir la cabeza para respirar. Los cuerpos empezaron a caerme encima. Quedé completamente cubierto de cuerpos, oía los gritos, los disparos, cómo lloraba todo el mundo… y ahí ya no sentí nada más. Ahí me convertí en una piedra. No sentía nada, solo estaba inmóvil, cubierto de cuerpos y completamente cubierto de sangre. La verdad es que no había diferencia entre mi cuerpo y el de los muertos». Eso fue, probablemente, lo que salvó a Joseph.

«Cuando el ruido de los disparos y lloros desapareció, los milicianos comenzaron a caminar sobre los cuerpos, iban dando machetazos a todos, a todos los cuerpos, rematándolos. Yo oía gemidos, algunos lloros, pero sobre todo recuerdo el ruido de los golpes, de los machetazos. Yo tenía tantos cuerpos encima que no me golpearon, yo creo que ni siquiera me vieron». Joseph permaneció inmóvil durante horas, en una suerte de shock que salvó su vida. Después salió, tras comprobar que toda su familia estaba muerta, y caminó, cubierto de sangre ajena, hasta la frontera con Burundi, a pocos kilómetros de allí. La cruzó a través del bosque y se salvó.

Aunque en ese momento Joseph no se dio cuenta, otra persona estaba viva dentro de aquella iglesia tras el ataque. Era Euginie Nyirakimuzanye, que entonces tenía veintisiete años. Euginie se refugió en la iglesia con cuatro de sus siete hijos. Como Joseph, sobrevivió a los disparos quedándose inmóvil bajo los cuerpos inertes. En este caso, bajo los cuerpos inertes de sus hijos. «Estuve casi dos semanas dentro de la iglesia después del ataque. No quería moverme, no podía. Solo el olor de los cadáveres me hizo salir». El aspecto de Euginie al abandonar la iglesia —tanto mental como físico— hizo que los vecinos hutus que la vieron la dieran por muerta. «Yo escuchaba, “déjala, ya está muerta”». Euginie logró alcanzar una casa donde estaban escondidos su marido y sus otros tres hijos. La crueldad se cebó con ella. «Al día siguiente llegaron las Interahamwe y mataron a mis hijos y a mi marido con machetes». Euginie recibió un machetazo en la cabeza pero sobrevivió. Hoy, vive marcada por un profundo trauma que cobra forma con una imponente cicatriz en su frente. La verdadera herida, sin embargo, es la de haber perdido a toda su familia y se refleja en dolores crónicos y la negativa a salir de su casa desde aquel episodio.

Euginie Nyirakimuzanye. Superviviente de la iglesia de Nyamata. Recibió un machetazo en la cabeza.

Matar por inercia

Durante los cien días que duró el genocidio se estima que 1,7 millones de hutus participaron, en mayor o menor medida, en la masacre. Fue el Gobierno y las Interhamawe quienes organizaron y llevaron a cabo las matanzas, pero contaron con apoyo. Los políticos locales, gobernadores, alcaldes y concejales, fueron adoctrinados en la matanza y organizaron las listas y los asesinatos en sus provincias y pueblos. Muchos de ellos no se resistieron a participar. La policía también mató. Por debajo de todos ellos, los vecinos hutus.

Edison Zigirikamiro tiene sesenta y ocho años. Es un campesino hutu de las montañas de Bisesero, al oeste del país, muy cerca del lago Kivu. «Al día siguiente de la caída del avión del presidente fui a ver a mi cuñado, que era tutsi, pero cuando llegué a su casa ya no estaba. Al regresar me encontré un grupo de milicianos. Los vi matando vecinos, disparaban contra los vecinos tutsis, gente que yo conocía de siempre. Un miliciano se me acercó y me preguntó qué hacía mirando, por qué no estaba matando. Yo le dije: “Lo siento, pero yo no puedo matar a nadie”. Y me dijo, “entonces te mataremos nosotros”. Me tuve que unir a aquel grupo. Recorrimos mi propio pueblo buscando a un chico tutsi que se había escapado y que yo conocía. Los que iban más rápido lo alcanzaron y lo mataron. Yo no di ningún machetazo, pero soy responsable por formar parte de aquella persecución. Si lo hubiera encontrado yo, lo hubiera tenido que matar».

Edison representa —o podría representar, imposible saber si cuenta toda la verdad— el perfil de vecino hutu que se vio obligado a matar. Casi todos los implicados en la matanza afirmaron lo mismo en los juicios posteriores: fueron obligados. La obligación no era siempre directa. Muchos vecinos hutus explicaron que tuvieron que matar para pasar desapercibidos, para ser «normales». Era tal la ola de violencia en Ruanda que quien no estuviera matando pasaba a ser sospechoso. Se dieron casos de hutus que, mientras refugiaban a tutsis en su casa, mataban a otros en la calle para no llamar la atención. Este era el panorama. Las milicias y el Gobierno lograron un clima por el que matar era obligatorio, era la única salida a una situación extrema. La idea de que matar podría traer consecuencias se diluyó y dejó paso a la certeza de que no matar sí tenía consecuencias. De este modo muchísimos vecinos mataban: profesores mataban alumnos, médicos mataban pacientes, clientes mataban dependientes, vecinos a vecinos, hombres a niños, mujeres a mujeres… Se construyó la idea de que matar a un tutsi era salvar la vida de un hutu. El miedo a morir empujó a miles de hutus a ayudar. Impulsados por el pánico, no dudaban ante la disyuntiva: ellos o nosotros.

Hubo, por supuesto, muchos otros vecinos que no participaron e incluso muchos de ellos ayudaron a los tutsis con refugio o alimentos. En definitiva, se jugaron la vida por los que se suponían que eran sus enemigos. Y es que, a pesar de que el paisaje parece ahora definido entre buenos y malos, la realidad es que en aquella Ruanda los extremistas eran minoría. Con poder, claro, pero minoría. «Solo unos pocos locos se creían aquella propaganda. Nadie consideraba a los tutsis cucarachas. Cuando escuchábamos esas cosas por la radio no las tomábamos a broma, nos reíamos. Pero la situación al final se volvió tan tensa que mucha gente se vio arrastrada», explica Evariste, nuestro confidente hutu, quien da otra clave: «A muchos hutus les decían que, si ayudaban, se quedaban con las propiedades de las víctimas. En aquella Ruanda con un 80% de población con hambre, puedes imaginar el efecto de tal oferta».

En lo que respecta a los genocidas, el Gobierno estima que hubo unos ciento treinta mil, de los que ciento veinte mil fueron arrestados después de la guerra y, de ellos, cuarenta mil continúan en la cárcel a día de hoy. Solo dos mil trescientos eran mujeres. En Ruanda se considera genocida a todo aquel que mató directamente a alguien u organizó una matanza. Israel Duginzigimana es uno de ellos. Cumple veintiún años por participar en el asesinato de un grupo de trescientos tutsis cuando era concejal del ayuntamiento de Nyabisindu. También viste pijama rosa. Su rostro es serio, rudo. Israel hace de guía por la prisión, nos muestra sus abarrotados patios, su irrespirable saturación y lo hace sin la presencia de un solo guardia. Él parece el jefe del lugar. «De mi municipio solo salieron vivos seis tutsis. Yo ayudé a los milicianos con las matanzas. En una de ellas, rodeamos a un grupo de trescientos vecinos. Yo conocía a casi todos. Disparamos contra ellos. Yo disparé y lancé una granada que mató a un hombre que conocía». «Mi mujer me preguntaba por qué estaba ayudando, por qué mataba. Yo le decía que cumplía órdenes, que no me quedaba otra salida. Hoy me doy cuenta de que estaba equivocado y me arrepiento cada día. Pido perdón. Pido perdón a las familias».

«Actos de genocidio»

El genocidio de Ruanda duró cien días. En esos cien días, según las estimaciones más optimistas, fueron asesinadas ochocientas mil personas, casi todas ellas tutsis.

Por si fuera poco, no se trató de un exterminio sistemático. No fue un genocidio militarizado, «ordenado», como pudo ser el holocausto judío. No se trata de niveles de horror, de comparar qué fue peor, porque a tales profundidades de deshumanización son análisis vacíos. Pero es necesario subrayar la extrema suciedad, la intolerable crueldad de lo sucedido en Ruanda.

El doctor Bizoza Rutakayile es psiquiatra y director del centro psiquiátrico de Ndera Neoro, donde nos recibe. Trata casos de traumas en supervivientes y en los relatos de sus pacientes escucha hasta dónde se aventuró la crueldad en el genocidio ruandés. «Tengo dos casos extremos. Uno es de un chico que fue obligado a beberse la sangre de su madre y a comerse sus órganos sexuales antes de que la mataran. Otra paciente, una mujer que sigue con una depresión grave, fue obligada a comerse a uno de sus hijos a cambio de la vida de los demás». Los milicianos también llevaban a cabo macabros juegos. En el pueblo de Evariste colocaron a los vecinos tutsis en fila y les pusieron pimienta en la nariz. «Al que estornudaba —rememora Evariste—, le degollaban». La crueldad era tal, que algunos tutsis ofrecían dinero por ser asesinados de un disparo. Querían evitar las torturas, ser mutilados o ser quemados vivos dentro de sus casas, prácticas todas ellas muy extendidas entre las Interahamwe, como recuerda Israel: «Tal vez lo peor que vi fue cómo quemaban a las familias dentro de sus casas. No les dejaban salir y al que se escapaba, lo mataban a machetazos». Las mujeres, casi siempre, eran violadas antes de ser asesinadas. Las que lo sufrían por parte de un hombre infectado con VIH, eran indultadas, algo que se cobró un nuevo genocidio en la siguiente década, esta vez lento y silencioso.

En realidad, cuesta creer que cosas así puedan pasar. Pero pasaron. No hace tanto. No tan lejos.

Israel Duginzigimana. Genocida encarcelado desde hace 17 años. Disparó y lanzó una granada contra un grupo de 300 tutsis.

El mundo, mientras tanto, intentaba no mirar. Una resolución aprobada por la ONU en 1948 obligaba —y obliga— a su Consejo de Seguridad a intervenir en donde se esté cometiendo un genocidio. Pero Estados Unidos no quería enviar una nueva fuerza de paz a Ruanda, escaldado por lo ocurrido dos años antes en Somalia, donde un helicóptero Black Hawk fue derribado y diecinueve soldados americanos murieron. Para conseguir escaquearse, el ejecutivo de Bill Clinton esquivó el término genocidio durante más de dos meses. Cada rueda de prensa o intervención desde la Casa Blanca que se refería a Ruanda se llevaba a cabo con el término «actos de genocidio». El 28 de abril, en plena matanza, un periodista le preguntó a la portavoz del Departamento de Estado, Christine Shelley, por qué no podían decir que estaba teniendo lugar un genocidio en Ruanda. Shelley respondió: «Porque, bueno, hay una razón para la selección de la palabras que hemos hecho, y yo he hecho… tal vez lo he hecho… yo no soy abogado. No enfoco esto desde el punto de vista legal, internacional o erudito. Intentamos, lo mejor que podemos, reflejar con precisión una descripción al abordar esta cuestión. Es… la cuestión está ahí. Está claro que la gente está enterada y ha estado mirándola». Aquella rueda de prensa de rodeos y malabares conceptuales duró unos diez minutos, tiempo en el que, de media, cincuenta tutsis fueron asesinados. Era un reloj de arena en el que cada vaguedad en Washington equivalía a una decena de muertes en Kigali.

Desesperado, el general Dallaire solicitó a la ONU el envío de más tropas, asegurando que con tan solo cinco mil hombres garantizaba detener la masacre en una semana. Desde un punto de vista militar nadie puso en duda el juicio de Dallaire, sin embargo aquello no era un asunto militar, era una cuestión política. Dallaire volvió a chocar contra un muro. En lugar del envío de tropas, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, impulsado en esta decisión por Estados Unidos, redujo el número de soldados de dos mil quinientos a dosciento cincuenta. Un grupúsculo que, desde ese momento, tuvo que limitarse a hacer todo lo posible por mantenerse con vida. Ese mismo día Cruz Roja envió una nota de prensa en la que ya estimaba en cien mil los muertos.

Antílopes

Los primeros ataques en la aldea de Jean fueron esporádicos. Algunos milicianos pobremente armados se acercaban, pero eran repelidos con piedras. Al cabo de cuatro días, llegaron las Interahamwe. Jean, que entonces tenía once años, los vio aparecer desde su casa. «Llegaron en todoterrenos que levantaban una polvareda, gritando. Se reían. Salimos corriendo en dirección al bosque. Todos los vecinos salieron despavoridos corriendo de sus casas. Yo corrí con todas mis energías. Conmigo iban mi primo, que era de mi edad, y mis padres». Aquella fue la primera de las muchas carreras que le esperaban a las pequeñas piernas de Jean.

Jean Rwilangura —hoy el presidente de una asociación de supervivientes— se refugió en el bosque de Kayumba donde estuvo semanas corriendo por su vida. Representa el otro tipo de matanzas que tuvieron lugar en Ruanda. En esta ocasión no se reunía a los tutsis en iglesias, se les perseguía por bosques o pantanos como si de un coto de caza se tratase. Así lo retrata el periodista francés Jean Hatzfeld en su libro La estrategia de los antílopes. Eso es en lo que se convirtieron aquellos tutsis: presas que estuvieron semanas esquivando a sus cazadores.

«Cuando llegué al bosque, donde estaban casi todos los vecinos tutsis, no encontraba a nadie de mi familia», prosigue Jean. «Una señora se me acercó al cabo de unas horas y me dijo que habían matado a mi madre. Yo le dije que no, no le creía. Así que volví corriendo otra vez por el camino que había hecho. Me encontré un montón de cuerpos, iba mirando todos, hasta que vi el de mi madre. Entonces empecé a llorar y volví al bosque sin poder parar de llorar, pero esta vez no fui corriendo, fui caminando».

Durante las siguientes dos semanas mi vida se basaba en correr. Corría todos los días, cada vez que llegaban las milicias. A veces me notaba bien y corría muy deprisa. Otras me costaba más y alguna vez algún miliciano llegó a estar muy cerca de mí. Aprendí a correr por las partes más frondosas del bosque, aprovechando mi tamaño pequeño, y también aprendí que si corría en zigzag me dejaban de perseguir antes. Todo descalzo, claro. El resto del tiempo intentaba no moverme, aprendes a ahorrar energía. Me ponía en un sitio alto y si venían de un lado, corría hacia el otro. Si venían del otro, corría hacia el contrario.

Las milicias acudían cada día, incansables, a la cacería. Llegaban por la mañana, rastreaban el bosque, mataban todo lo que podían y se iban al oscurecer. «Solía estar en grupo, de cuatro o cinco personas, pero el grupo era cada vez distinto. Cada vez que echábamos a correr nos perdíamos. A algunos los cogían y otros nos volvíamos a reunir. O acababas en otro grupo. Nos contábamos cómo habíamos escapado o nos enseñábamos las heridas. Algunas veces terminaba solo y no encontraba a nadie durante horas. Esos eran los peores momentos. Solía llorar y pasaba mucho miedo. Una vez llegué a pasar tres días solo».

Las historias de los niños supervivientes de Kayumba son inauditas. «Recuerdo un día que corría con un grupo de niños me tropecé y me partí el labio contra una piedra. También me hice una herida en la rodilla. Me levanté al momento y seguí corriendo con la sangre. De aquel grupo recuerdo que cogieron a casi todos y los mataron. Estaba todo el día corriendo, pero había días que no podía. No podía moverme, era incapaz de correr. ¡Es que tenía once años! Y esos días pasaba mucho miedo porque si me hubiesen llegado a atacar, no era capaz de huir».

Con el paso de las semanas los supervivientes en Kayumba eran menos. Jean fue de los pocos que fue rescatado de aquel bosque con vida. Le sacaron los soldados del FPR en junio, cuando la guerra comenzaba a decantarse a su favor. Solo entonces, con Ruanda sembrada de cadáveres, la ONU despertó.

La gran evasión

El 22 de junio, con el FPR cerca de ganar la guerra, la ONU aprobó la Operación Turquesa. La reacción llegó a regañadientes y tras un informe de Cruz Roja que elevaba los muertos a medio millón. La operación sería llevada a cabo por el ejército francés y consistiría en abrir un corredor humanitario para que la población hutu que ya comenzaba a huir pudiera salir del país. Pero el papel desempeñado hasta ese momento por Francia hizo que los hutus interpretaran la acción de otra forma. Los soldados de François Mitterrand aterrizaron en Kigali entre los vítores de la concurrencia hutu. El periodista del New Yorker, Philip Gourevitch, recoge en su imprescindible libro Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias, el testimonio de hutus que recuerdan aquel recibimiento. Había pancartas en las que se podía leer «bienvenidos hutus blancos» y en la RTLM los locutores bromeaban con las mujeres. «Ahora que se han muerto todas las chicas tutsis es vuestra oportunidad con los hombres blancos».

Poco duró la alegría en el bando hutu. El FPR aprovechó que la misión de los franceses era únicamente permitir la salida de refugiados y alcanzó Kigali en menos de un mes. El 13 de julio de 1994 los rebeldes se hicieron con la capital y la guerra terminó. Comenzó entonces el epílogo del horror. Primero con los desmanes y venganzas del FPR, algo que el actual Gobierno ruandés niega rotundamente pero que todo hutu en Ruanda ha vivido más o menos de cerca. Evariste no es una excepción. «Los soldados del FPR entraban en las aldeas que iban tomando y disparaban contra los vecinos hutus. Hubo miles de venganzas, miles de asesinatos contra civiles hutus. Si me preguntas, te digo que creo que murió tanta gente en esas represalias como en el genocidio». Pero ese es un dato que el actual Gobierno ruandés no admite. El gobierno de Kagame no reconoce el dolor de los hutus, algo que sigue clavado en el orgullo de su población.

La segunda parte del epílogo fue la huida de más de dos millones de refugiados hutus a campos de países vecinos, especialmente a los levantados de forma casi improvisada en la vecina República Democrática del Congo (entonces Zaire). En su huida, ocultos entre las mareas humanas, iban los genocidaires. El nuevo gobierno ruandés montó en cólera y acusó a Francia de escoltarles en su evasión. Straton, el genocida que organizó la matanza de seis mil tutsis, salió así del país. «Llevábamos armas y a los franceses les daba igual. ¡Pero cómo no les iba a dar igual si nos estaban protegiendo! ¡Nos escoltaron hasta el Congo!». Straton casi ríe en su énfasis, como incrédulo. Años después el FPR asaltará los campos congoleños en busca de los milicianos huidos provocando, según un informe de la ONU de 2010, un nuevo genocidio, esta vez en el otro sentido. La violencia en Ruanda parece un bucle sin fin.

El sonrojo del mundo

Cuentan que muchos tutsis, durante el genocidio, usaban el cielo como mapa. Desde sus refugios, en bosques, cuevas o pantanos, observaban el cielo y evitaban caminar por donde veían bandadas de buitres. Los buitres les marcaban las rutas prohibidas y les indicaban los caminos despejados. Los caminos sin muerte.

El paisaje que el FPR se encontró tras instaurar un nuevo Gobierno era desolador: ochocientos mil muertos, doscientas cincuenta mil mujeres violadas, cien mil niños huérfanos, pueblos enteros destruidos, cadáveres por todos lados devorados por los perros y riadas humanas de desplazados. Un escenario que, como declararía Paul Kagame días después, «el mundo había observado con las manos en los bolsillos». A día de hoy siguen apareciendo cuerpos en Ruanda. Del casi millón de muertos solo doscientos cincuenta mil han sido identificados. El muro del memorial de Kigali apenas contiene nombres, a la espera de que se complete la lista de víctimas.

El 25 de marzo de 1998 Bill Clinton pedía disculpas a los ruandeses en un discurso en Kigali. Dos meses después, el 7 de mayo, Kofi Annan, ya secretario general de la ONU, hizo lo propio en el parlamento de Kigali. «El mundo debe arrepentirse profundamente por este error. La tragedia de Ruanda fue la tragedia del mundo entero. Todos los que nos preocupamos por Ruanda, todos los que fuimos testigos del sufrimiento, deseamos fervientemente haber evitado el genocidio. Mirando ahora atrás, vemos las señales que entonces no reconocimos. Ahora sabemos que lo que hicimos no estuvo ni cerca de ser suficiente, suficiente para salvar Ruanda y suficiente para honrar los ideales de Naciones Unidas. Nunca negaremos que, en el momento que más lo necesitaba, el mundo falló al pueblo de Ruanda».

Fotografía: Alfons Rodríguez.


Alberto Rojas: Mis monstruos favoritos

Mis monstruos favoritos

Mercado de Kitoga, en las montañas de Haut Plateaux, República Democrática del Congo, sobre las 12 de la mañana un día de octubre de 2011. «Hace una semana se liaron a tiros en este lugar, así que ni una puta broma», nos dice a Fernando y a mí el guía y traductor. «Y haced el favor de guardar las cámaras». Bajamos la ladera de la colina y vemos los tenderetes de madera a lo lejos, casi vacíos. De un lado vemos a unos cuantos adolescentes armados. «Son de la milicia Mai Mai. Allí enfrente tenéis a los chicos del FDLR», y el guía señala un grupo de gente mirando a medio kilómetro de distancia. FDLR, o sea, Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda, o sea, los hutus de las milicias Interahawe que mataron en 100 días de la primavera de 1994 a 800.000 tutsis, y que malviven aquí, en estos mismos bosques. Pocas mujeres, algunos niños, ninguna sonrisa. Sobre todo hombres en un mercado dominical, con el Kalasnikov sin seguro y canana llena de balas como morcillas. «Con los Mai Mai tened cuidado, pero a los ruandeses ni los miréis. Aquí comienza su territorio».

¿Pero cómo no los vamos a mirar? El grupo armado más infame del este del Congo, con un historial de violaciones y matanzas solo a la altura de los Jemeres Rojos, las SS o los escuadrones de la muerte en El Salvador, está delante de nosotros. Claro que vamos a mirarles. Yo al menos no hago otra cosa. Pero culebreamos entre los puestos con la sensación de que son ellos los que no nos quitan los ojos de encima. A alguien se le ocurre comprar caramelos para los niños que nos siguen. Eso relaja algo el ambiente. Me llama la atención uno de los FDLR, con un gorro de lana verde en la cabeza y parka militar. Es mucho más alto que los demás y, por su actitud dominante, parece el jefe. Cojo el paquete de tabaco que siempre llevo en estos sitios y le ofrezco un cigarro. Pilla todo el paquete, claro. «Venga, vamos que esto se va a animar», dice nuestro guía. Y nos piramos antes de que se monte la balancera.

Esa fue la primera vez que estuve en eso que llaman tierra de nadie, es decir, en uno de esos lugares donde la única autoridad es un rifle con balas y alguien capaz de dispararlo. Como en el Far West o en el Caribe del capitán Morgan, donde la ausencia de leyes y de gente para aplicarlas provocó el nacimiento de mitologías literarias como los piratas o la conquista del oeste. Es cierto que los señores de la guerra congoleños tienen mucho menos glamour que Toro Sentado o los corsarios de isla Tortuga, pero el contexto de impunidad y de vida al límite está también aquí, con su guerra por las minas de oro, borracheras épicas, raptos de mujeres, asaltos a las aldeas enemigas y uso y abuso de pociones mágicas. Son el general tutsi Makenga, criminal de guerra; el coronel Cheka, señor del coltán, responsable de 300 violaciones en cuatro días a las órdenes de su milicia Mai Mai; o Sylvestre Mudacumura, líder de los genocidas hutus ruandeses y por el que EE. UU. ofrece 55 millones de dólares por los crímenes que comete contra la población civil. Galácticos de la guerrilla en la selva, estrellas de la champions league en la no man land junto a los charlies vietnamitas o las FARC colombianas.

En el este de la República Centroafricana sobrevivía Yanik. Él se ofreció a contarnos cómo había sido capturado por el Ejército de Resistencia del Señor de Joseph Kony y cómo aquella experiencia le había marcado de por vida. Era solo un niño, pero le obligaron a comerse a cuatro o cinco de sus compañeros, a matar a bebés recién nacidos, a violar a mujeres. Su vuelta a la vida cotidiana, según reconocía, era ya imposible. Estaba haciendo terapia, pero durante dos años la muerte para él había sido una forma de vida. Estaba en su mano decidir quién vive y quién muere y no le temblaba el brazo a la hora de aplicar su ley. «Cuando me enfado tengo ganas de matar, y eso puede pasarme varias veces a la semana». Cuando terminamos la entrevista, Raquel verbalizó algo en lo que yo no quise ni pensar: «¿Y si este tipo se enfada con nosotros y quiere liquidarnos esta noche?». Debimos caerle bien, porque las paredes de cañizo de la casa de Médicos Sin Fronteras en Zemio no hubieran sido problema para que Yanik viniera a trocearnos con un machete. Ese era su territorio. Y en su territorio los hombres como él matan a cuchillo y luego limpian el filo con la lengua como si fueran el conde Drácula.

La historia de Kony es tan vieja que aún le crece el pelo, pero no hay quién le ponga el punto y final. Un señor de la guerra con casi 60 años sobreviviendo en la jungla a cinco ejércitos persiguiéndole, incluyendo el estadounidense, secuestrando niños, con un séquito de 60 esposas y una fama de hechicero loco que le ha dado un aura de inmortal.

Yanik nos enseñó una cicatriz en el brazo donde Kony había vertido una especie de aceite mágico que hacía que se comportaran como animales en los asaltos de conmoción y espanto. Todos los miembros de su milicia llevaban esta marca igual que los presos de Auschwitz llevan números tatuados. Ahora su presente es buscar trabajo en un estado fallido, intentar comer a diario, integrarse en la nada. Pero Yanik nos confiesa que no estaría tan mal que Kony volviera a capturarle. «Vivir en la selva no estaba tan mal. Había comida, alcohol, mujeres». La vida pirata, la vida mejor.

Aunque si se habla de warlords y tierras sin ley hay que hablar de los somalíes. El islamismo radical ha hecho del cuerno de África un vertedero maloliente con hedor a Yihad y a animales muertos. Allí mueren de hambre miles de personas y allí, entre sus ruinas, administran la miseria los jefes de los clanes, los tipos más corruptos e inhumanos que uno haya conocido. Si toda la energía que han puesto en 20 años de guerra la hubieran canalizado de otro modo, Somalia tendría luz eléctrica para los próximos siglos.

Recuerdo a los chicos del clan Daroq, que controlaban el casco viejo de la capital, mascando la hoja de kat al atardecer, esa droga de efectos similares a la cocaína, dicen. Solo que estos no estaban eufóricos, sino sentados frente al mar, tranquilos, saludando al periodista blanco con educación exquisita mientras sus compañeros descargaban el pescado, todos con su arma a la distancia de su brazo. No vaya a ser qué. No hay que dejarse engañar. Son los mismos que violarían y matarían a una mujer blanca y luego pondrían precio a su cadáver. Cosa que ya ha sucedido. Son los mismos que asesinan sin escrúpulos a cualquiera que ose discutirles el negocio del puerto, el cobro de comisiones, la piratería del Índico, los vertidos químicos pactados con la camorra, la venta de camellos a Yemen, el pago puntual de los secuestros. De vuelta al hotel, atravesamos el checkpoint de los tullidos, una barrera en la que los mutilados de guerra intentan sacar algo para sobrevivir a los incautos que atraviesan Mogadiscio.

Aunque mis monstruos favoritos, los pobladores de las pesadillas que me llevaría a una isla desierta no son ni los hutus del machete ni los somalíes, ni siquiera Kony y su chamanismo asesino. En mi último viaje al Congo me hablaron de unos tipos muy curiosos: los profanadores del Raïa Mutomboki, literalmente, «los ciudadanos indignados». Lo de volverse loco viene en la letra pequeña del contrato de la guerra, pero lo de estos tipos es demasiado. Este grupo, de reciente aparición, sin agenda política alguna y formado por civiles, ha conseguido armas para combatir a todas aquellas milicias extranjeras que operan en el este del Congo, que no son pocas. Lo que pasa es que estos tipos se han convertido en fundadores del club de fans del holocausto caníbal.

Hace poco me contaba un miembro de una ONG que tuvo que negociar con ellos algunas pinceladas sobre su brutalidad. Cortadores de cabezas, destripadores, violadores de mujeres, de hombres, de niños. Profanan las tumbas, celebran rituales con los cuerpos, atacan a civiles con una furia apocalíptica. En Occidente nos escandalizamos porque unos soldados orinan en el cadáver de sus enemigos, algo tan antiguo como la guerra de Troya. En el este del Congo pueden obtener un extenso catálogo de espantos, pero en la selva no hay Youtube.

Son tipos que juegan a montar su propio congoleño por piezas, el horror de Kurtz hecho milicia. Beben un licor mágico que, según dicen, les hace invisibles, así que los chicos de Médicos Sin Fronteras tienen que hacer como que no les ven cuando les esperan en un control de carretera. La orden es «no les miréis». Y pasan de largo. Ahora, estos profanadores combaten con dureza al FDLR, los hutus del machete. «Si algún día te los encuentras», me dice el cooperante, «no les des la mano. Creerán que quieres robarles su fuerza».

Fotografía: Alberto Rojas


Leyendo el Apocalipsis en Kivu Sur

De vez en cuando releo las libretas que escribí en tal o cual viaje. Hoy toca el cuaderno rojo, en el que pone “Congo” en la primera página. Picoteo párrafos sueltos al azar. “Fue violada hace muchos meses, pero tardó en acudir a consulta porque no quería ser estigmatizada”. “En estas montañas el hombre blanco los encadenaba para trabajar y cortaba las manos a aquellos que no cumplían”. “Dejando a la mujer como un escombro, desnuda y vejada en la cuneta”. “A veces los violadores dejan a una mujer del grupo sin violar, para que lo cuente a los demás”. “Una mujer es como un objeto sin derechos, una herramienta de trabajo”. “Hay pocos hombres en las aldeas. La mayoría han muerto o pertenecen a grupos armados”.

Me detengo en una parte que no recordaba. En las montañas de Haut Plateaux, en el triángulo fronterizo entre Congo, Ruanda y Burundi, asistí con mi compadre Fernando Calero a una reunión de alcaldes de 19 aldeas con un comandante Mai Mai a la que estábamos invitados. Ante la incapacidad del ejército congoleño para controlar su propio territorio, los Mai Mai nacen por todos lados como milicias de autoprotección creadas por los lugareños. Su objetivo es repeler los ataques de guerrilleros extranjeros como los hutus o los tutsis ruandeses. El problema es que, al final, acaban convirtiéndose en lo que combaten, es decir, en una horda de saqueadores y violadores tan asesina y arbitraria como el resto.

Y me viene a la mente aquella iglesia en lo alto de la colina, a 3000 metros de altitud. Un edificio sencillo, de barro, con olor a madera húmeda y un solo ventanuco en el interior cuya luz iluminaba la cara de aquel comandante subido al altar, un señor de la guerra que acudió con una Biblia en la mano, un cura y dos adolescentes armados. Al fondo, una pizarra con el orden del día: seguridad, rutas, alimentos, quién manda ahora, pero ni una línea sobre un problema del que nadie hablaba: 200 violadas por noche entre Marungu, Kitoga y Kihua. Aunque no existen estadísticas, todos dan por hecho que las mujeres de esa zona, tarde o temprano, han sido, son o serán violadas, tengan la edad que tengan.

Apoyado sobre aquella pizarra, uno de los chicos dejó el Kalashnikov. De frente, alcaldes con chaquetas raídas, manos nudosas del trabajo en el campo, mucho miedo y sometimiento hacia aquel militar. Y un equipo de MSF intentando que se respetara su trabajo y su neutralidad en tierra de nadie. “Sin paz no podremos sostenernos”, comenzó diciendo. “Sin paz no hay fuerza. Sin conciencia no hay vergüenza. Si no quieres trabajar para Dios, tendrás que decidir para quién trabajas”.

A cada rato, hacía leer al cura algún versículo de la Biblia que justificara de alguna manera sus palabras. Ahora busco parte de lo que apunté, en la oscuridad de aquel edificio, traducido del swahili al francés y del francés al castellano. Era parte del libro del Apocalipsis. “Y los pueblos, tribus, lenguas y naciones verán sus cadáveres por tres días y medio y no permitirán que sean sepultados”.

Y entonces seguía con su salmo particular: “Nosotros estamos aquí para traer la libertad”. Pero pronto afloraron los enemigos y las soluciones para conseguir esa paz que él prometía. “Hemos tenido mucha paciencia con esas armadas extranjeras, como el FDLR hutu o el FDF de los banyamulenge. Tenemos que protegernos de ellos”. Y con otro párrafo de la Biblia, haciendo aspavientos de profeta, acabó de retorcer el mensaje: “Si no podemos fiarnos de nuestro propio ejército, dadme vuestra aprobación para disparar a matar. ¿Quién de entre nosotros no quiere la paz?”. En ese momento ninguno de los presentes levantó la cabeza del suelo. En el ambiente quedó el eco de sus palabras. Ya estaban en sus manos. El señor de la guerra tomó la Biblia, la levantó y como un padre juró protegerles “con su propia sangre”. Así que es así como lo hacen, pensé. Así de fácil, de burdo y de jodidamente efectivo. Por eso lo de manipular a pueblos con el miedo funciona desde Jenofonte. Dadme el poder, que esto ya lo arreglo yo.

Agobiado por el ambiente tenso de aquella reunión, salí fuera a que me diera un poco el aire. Allí estaba el otro escolta, oliendo a alcohol y escuchando la radio. Le dije, por señas, que me enseñara el arma que colgaba de su cuello. Un viejo AK 47 con la leyenda “Izhevsk. Russia. 1983” grabada en uno de sus laterales. Un arma con memoria de sangre, vendida y revendida una y otra vez, a saber en cuántas guerras. Le ofrecí un cigarrillo (yo no fumo, pero en estos sitios siempre hay que llevar tabaco). Se lo llevó a los labios. Ponte ahí, hombre, que quiero hacerte una foto. Click.

Fotografía: Alberto Rojas


Ricardo Cantalapiedra: Africaciones (I) Memoria de África

África engancha, conmueve, fascina. Es un continente barroco donde la belleza, el mal, la miseria, las bestias salvajes y la atrocidad conviven dramáticamente. He estado tres veces en el África profunda: 45 días inolvidables por distintos motivos dramáticos, dos de ellos trágicos.  

Primer viaje: 25 de agosto-8 de septiembre 1994. Goma (Zaire , actual República Democrática del Congo)

El 24 de agosto de 1994, cuatro meses después del genocidio de Ruanda, salimos del aeropuerto de Barajas un grupo de 12 cooperantes de la ONG Médicos del Mundo y yo, único periodista de la expedición, enviado especial de El País. Nos embarcamos en un mastodóntico avión Ilyushin II-2 ruso. Se trata de un aparato especializado en ataque de objetivos de guerra, construido por la URSS en la Segunda Guerra Mundial. Con la disolución de la Unión Soviética en 1991, esos aviones fueron comprados por particulares que los alquilaban para vuelos comerciales. El que nos llevaba estaba viejo pero muy bien conservado y equipado, con un blindaje de 700 kilos y un peso en vacío de 4.500.

Aquel avión iba repleto de alimentos, aparatos médicos y medicinas de todo tipo. Nosotros nos acomodamos, incómodamente, entre sacos, grandes paquetes y petates. Todo fue bien hasta El Cairo. Allí tuvimos que aterrizar lejos de la terminal. Por aquellos días habían tenido lugar varios atentados contra turistas. Pasamos dos horas con mucha incertidumbre. Los hombres no teníamos otro remedio que hacer nuestras necesidades en la pista. Las chicas tenían que ir a la terminal acompañadas por algunos de nosotros y por un par de agentes de seguridad del aeropuerto. Los pilotos rusos negociaron no sé qué cuestiones y al fin nos dieron permiso para despegar y nos quitamos la congoja de encima.

Llegamos a Goma sin más incidentes. Nos reciben en el patético aeropuerto algunos cooperantes de Médicos del Mundo que estaban en Goma desde hacía una temporada. Lo primero que hacemos es descargar entre todos los víveres y medicinas que traíamos de España.

Goma es una ciudad de unos 200.000 habitantes distribuidos en una amplia área de centenares de kilómetros cuadrados. Se encuentra a orillas del lago Kivu, a 13 kilómetros del volcán Nyiragongo, enclavado en las Montañas Virunga, cadena de volcanes, todos ellos pasivos, excepto el Nyiragongo. Por estos contornos está ambientada la novela Congo, de Michael Crichton.  El centro de la población es una amplia calle sembrada de casuchas, tabernas sucias y restaurantes miserables. También circulan buen número de vehículos todoterreno de las organizaciones internacionales. Pertenece a Zaire, país dominado tiránicamente por el dictador “democrático” Mobutu Sese Seko (Zaire fue la primera nación “democrática” de África), de infausto recuerdo. Mobutu tiene su propio gobierno a espaldas del Parlamento, su propio ejército y su propia policía. Algo así como una democracia fantasma manejada por un dictador sanguinario.

El Genocidio de Ruanda comenzó el 6 de abril pasado. El avión en el que viajaban los presidentes de Ruanda, Juvenal Habyarimana, y de Burundi, Ciprian Ntayamira, alcanzado por dos misiles al aterrizar en el aeropuerto de Kigali, capital de Ruanda. El 17 de abril comenzaron las labores de exterminio de los tutsi lejos de Kigali, en Kibuye, cerca del lago Kivu. En tres meses murieron o desaparecieron 250.000 personas. A mediados de julio, el Frente Patriótico Ruandés (tutsi) se apodera de Kigali y obliga al gobierno hutu radical a huir a Zaire. Enseguida huyeron también más de dos millones de hutus, la mayoría de los cuales se establecieron a 5 kilómetros de Goma (“la ciudad de la muerte”), en Mugunga II, donde crearon el mayor Campo de Refugiados mayor del mundo.

Goma es un tumultuoso caos tropical donde el mosquito anófeles aguijonea a Dios y al Diablo con impune fluidez. Al margen de los refugiados, esto es un nido espías, monjas y frailes, militares, traficantes de armas, aventureros, cooperantes de organizaciones no gubernamentales, funcionarios de Naciones Unidas y, aunque parezca mentira, turistas arriesgados de esos que van allá donde haya una guerra. Toda esta gente revolotea en torno a los más de dos millones de ruandeses de la etnia hutu hacinados en los campos de refugiados de Kibumba, Katale y Mugunga II. Goma no estaba preparada para convertirse de la noche a la mañana en el mayor campo de refugiados de la historia de la humanidad. El marasmo puede describirse con un solo dato: casi todos los días, más o menos a las cuatro de la madrugada, hay manifestaciones de policías y militares zaireños reclamando su sueldo, del que no tienen conocimiento desde hace meses. Esos mismos individuos ejercen de maleantes bajo cualquier disculpa, a cualquier hora y delante de quien sea. No hacen distingos en el momento de atracar: si no encuentran dinero, despojan al infeliz de sus ropas, incluidos los calcetines, y le dejan a la intemperie como Dios lo trajo al mundo. Todo esto lo veíamos discretamente desde la sede de Médicos del Mundo, en un rincón céntrico de la ciudad.

La llegada masiva de personas, alimentos y medicinas al bananero aeropuerto internacional, ha apuesto los precios por las nubes. Mientras los especuladores hacen su agosto, la mayoría de los ciudadanos contemplan impotentes el encarecimiento imparable de la subsistencia cotidiana. Goma tiene algo de poblachón de las películas del Oeste. Las aceras están atestadas de tienduchas miserables y cantinas cutres repletas de moscas y niños mendigando. Hay multitud de “farmacias” que lo mismo venden aspirinas que cazuelas. Cada esquina está tomada por hombre y mujeres con fajos impresionantes de billetes ofreciendo cambio de moneda. Se masca la miseria. Y nadie hace caso al volcán Nyiragongo, que cesa de humear. El contraste bestial está en las orillas del majestuoso lago Kivu, donde compiten en fastuosidad muchas villas, entre las que destaca la impresionante fortaleza del presidente Mobutu Sese Seko, para dejar bien claro en la región quién es el que manda. El nombre del presidente significa: “el gallo que se beneficia a todas las gallinas”.

Es temerario para un musungu (blanco) salir por la noche, aunque se hace, siempre en comando. Goma la nuit es un peligro inefable. En los dancings tenebrosos y en las discotecas-almacén se escucha la música zaireña del momento: Papa Wemba, Masututsa Dance Band, Empire Bakuba o el trío femenino Chico Chimora. Como toque exótico, también suena el mítico grupo mexicano Los Panchos. Los nativos bailan espectacularmente. Los perplejos y temerosos musungus observan apostados en la barra y son presa codiciada por las prostitutas de la noche. Este cronista acude a un espectáculo sorprendente: dos rameras se enzarzan en colorista y cruel pelea por conseguir los favores de un blanco vasco, gordito y barbudo. Las chicas se tiran de los pelos emitiendo insulto presuntamente denigrantes. El causante de la trifulca huye a la francesa.

El doctor Livingstone dice en su Diario que “África desconoce el pudor”. En esas discotecas palidece hasta el más chulo. Las mujeres, sin previo aviso y con absoluta normalidad, se acercan a los musungus de la barra, palpan con profesionalidad la entrepierna de los cuitados y sopesan el calibre del órgano sexual; si consideran que es menguado comparado con el de los nativos, te miran desdeñosamente y se alejan. Estas actitudes montaraces amilanan a hombretones alemanes, holandeses, españoles, suecos, chinos, australianos, israelíes, canadienses, americanos, belgas, franceses; en fin, una representación de casi todo el mundo. Muchos, incluido este cronista, abandonan en tugurio tímidamente  con el rabo entre las piernas.

El campo de refugiados Mugunga II es una patética reunión de unos dos millones de habitantes, una gran ciudad mísera, donde todas las miradas son de infinita tristeza y donde solo la algarabía de los niños da un poco de esperanza. Las organizaciones no gubernamentales y el ACNUR, organismo de la ONU para los refugiados, han logrado dotar al campo de hospitales, agua potable canalizada y centros donde se distribuye comida y ropas. Los escuetos edificios para esos menesteres son levantados por Bomberos Sin Fronteras que han llegado con las distintas ONG de todo el mundo. En la sede de Médicos del Mundo vive con nosotros una excelente y activísima cuadrilla del Cuerpo de Bomberos de Barcelona que hacen de todo, incluidos los servicios de seguridad. La gente vive en tiendas de campaña. Cada familia muestra a la puerta de su “casa” todo tipo de objetos para su venta: hay patatas, zapatos y botas para una sola pierna, estampas, bastones, ropa diversa. También detecté varias de estas chozas que exhibían a la puerta marihuana en rama a precios muy humildes.

Gracias a los incansables cooperantes, la situación va “normalizando“: la epidemia del cólera está prácticamente atajada y la mortandad se ha reducido drásticamente, a pesar de lo cual el número de muertos diarios varía entre 200 y 400. La meningitis se incrementa en los últimos días y el sida avanza sin piedad. Las diarreas hacen estragos, sobretodo entre los niños. Pero en la ciudad, como en cualquier gran urbe, existen zonas de prostitución y famélicas tabernas. A los alrededores de Mugunga también malviven miles de hutus que no han podido acceder al campo. Entre ellos hay mucha mortandad. Cuando los fallecimientos ocurren durante la noche, los familiares en vuelven a sus muertos en esterillas y los dejan a las orillas de la carretera. Cada mañana un camión recoge los cadáveres, que son depositados en una inmensa fosa común aliñada con cal viva.

En el interior del campo suele haber dos o tres linchamientos diarios. Los hutus no tienen compasión con los ladrones ni con los espías que incitan a volver a Ruanda. Se ensañan con ellos: lapidan, masacran los cadáveres sacándoles los ojos y sometiéndolos a degradaciones rituales. Lo más peligroso del campo lo constituyen unos 15.000 soldados vencidos en la guerra. Son terribles: armados de machetes, algunas armas, marihuana y alcohol, realizan danzas militares llenos de rabia y acaban con quienes se enfrentan a sus alardes. Por eso todos los cooperantes abandonan el campo a la seis de la tarde. La noche allí es muy peligrosa. Esos soldados atracan los dispensarios y los barracones donde se almacena la comida. Matan a cualquiera que se oponga a sus desmanes. La normalidad es dantesca.

Varias decenas de religiosos y religiosas están agazapados en la zona de Goma a la espera de poder entrar en Ruanda para continuar con su labor apostólica y humanitaria. Cada dos o tres días, algún enviado de esas instituciones se desplaza a Kigali e informa de la situación. Oficialmente, no hay peligro en Ruanda para los religiosos. Oficiosamente, nadie se fía. El viernes llega a mediodía a Goma Juan Bartolomé, coordinador de Cooperación Internacional de la Agencia Española. Viene del campo de Bukavu (500.000 refugiados) y nos dice que la situación allí es similar a la Mugunga II. Pero destaca que ha ocurrido el primer linchamiento dentro del campo: un infiltrado tutsi fue asesinado y no quedó ni rastro de él.

El 5 de septiembre envío mi crónica a El País. Dos días después embarcamos en el aeropuerto de Goma de vuelta a España en el mismo avión ruso que nos trajo. Pero aún no espera un sobresalto. En el aeropureto de Nairobi (capital de Kenia), el piloto nos comunica que hay un cambio en la ruta: no volamos a Madrid sino a los Emiratos Árabes, donde tienen que recoger un cargamento de armas destinado a Yugoslavia. El colmo de nuestro viaje es vernos implicados indirectamente en el tráfico de armas internacional. Nos negamos tajantemente y nos ponemos en contacto con la embajada española. De inmediato llega un funcionario de la misma. Al cabo de dos horas ya está todo solucionado: la embajada logra acomodarnos en un vuelo regular de Alitalia con destino a Roma. En el aeropuerto de Roma compro El País. Me lleno de rubor al leer la columna de Eduardo Haro Tecglen que dice así: “He estado muchas veces en la ciudad de Goma, lazareto de todos los negros, cementerio de asesinados y muertos de hambre, desesperación de la peste: me la han enseñado fabulosos reporteros de televisión de todas las cadenas y naciones, y me ha sobrecogido. Hasta que he leído en este periódico la crónica de Ricardo Cantalapiedra no me he enterado bien de lo que pasa y cómo pasa… No lo digo en detrimento de la televisión: hay algunos documentales insuperables. Pero el uso de la palabra está reservado a lo escrito, y no corre peligro… La cultura del periódico no se sustituye con nada. Cantalapiedra, Carrión, Rosa Montero, Armada, Reverte, Maruja Torres, Rosa Montero… Miran, perciben y cuentan a través de ellos. Es arte, esta cultura: tan antigua, tan renovada cada día. No hay que temer por ella. Ni hay que despreciar la televisión: camino riquísimo”. Vuelo a Madrid con rubor, con recuerdos muy amargos y con el sosiego del deber cumplido.

 

 


Javier Espinosa y Enric González o cómo sobrevivir al periodismo de guerra

Javier Espinosa es el corresponsal de guerra español más destacado de su generación. Su cobertura de los bombardeos del ejército sirio sobre Baba Amro, el principal bastión rebelde en Homs, y su azarosa fuga hacia Líbano fueron portada en la prensa internacional. Sólo una pared le salvó de morir junto a los periodistas Marie Colvin y Rémi Ochlik, el pasado 22 de febrero. Esta entrevista se desarrolla en su casa de Beirut, donde vive con la periodista Mónica García Prieto (autora también de excelentes crónicas desde Homs en diciembre) y sus dos hijos.

Empecemos por lo elemental: ¿por qué decidiste ser periodista?

Tenía 18 años, vivía en Tenerife y no sabía qué quería hacer. Comencé a colaborar en periódicos locales pero fue por azar, ni siquiera me había matriculado en la Facultad de Periodismo. Escribía sobre deportes, un tipo de información que no me gustaba. El deporte me interesa para practicarlo, no para contarlo. Cubría cosas de hockey, voleibol y balonmano. Poco a poco me fui enganchando y me fui a Madrid a estudiar periodismo, aunque sin gran entusiasmo. En el primer curso suspendí todas las asignaturas menos una, y eso porque si las suspendías todas te echaban. En la que aprobé tuve un sobresaliente. Cada verano volvía a Tenerife y colaboraba en el diario El Día. Quería vivir allí, en mi tierra. Nací en Málaga, pero toda mi vida la hice en Canarias. El caso es que antes de terminar la carrera publiqué algunas cosas en la sección de Internacional de El Día, que era muy pobre y pequeña, y sobre televisión y cultura en el diario Ya y en la revista Época. O sea, estaba dedicándome a temas que no me atraían demasiado, como deportes, televisión y cultura. Comprobé que lo que me gustaba era la información internacional, especialmente los conflictos bélicos, y como para hacer eso necesitaba aprender inglés, en 1989, con la carrera terminada, me fui nueve meses a Londres. Allí gané algo de dinero, muy poco, haciendo crónicas para Ya y Época.

¿Y luego?

La puñeta era que no había hecho el servicio militar. Pensándolo ahora, debí desertar. Pero volví y estuve un año. Me metieron en la revista del Ministerio de Defensa y eso acabó siendo interesante, porque hice algunos viajes, entre ellos uno en el portaaviones Eisenhower y otro en un Awac [avión-radar] por Alemania. Al licenciarme entré en la plantilla de Época. Y ahí ya empecé a cubrir conflictos bélicos, con la primera guerra del Golfo, en 1991. Fui a Israel para escribir sobre los misilazos del amigo Saddam Hussein. En verano de ese mismo año, aprovechando las vacaciones, me fui por mi cuenta a Sri Lanka para cubrir la guerra de los Tigres Tamiles.

¿Qué le veías a la cobertura de conflictos?

 Me encanta viajar, conocer otros países, otra gente… Me parece muy interesante algo que ocurre en los conflictos bélicos, y es que las personas se reducen a su estado más puro: la gente que es mala se hace supermala, y la que es buena, superbuena. Te encuentras con alguien que no sabes ni cómo se llama y que te salva la vida, y te encuentras con alguien que no sabes ni cómo se llama y que te quiere cortar la cabeza. Para mí es algo fascinante, es romper la monotonía de que si la hipoteca está cara o si me han hecho un rayón en el coche. Eso es lo que me atrajo desde el principio. Seguí en Época, pese a que lo de estar en plantilla no me gustaba mucho (y sigue sin gustarme) porque te restringe y recibes órdenes, y a mí que me den órdenes me pone de los nervios. Desde mi época en Londres me atraían Suráfrica y el problema del “apartheid”, porque pensaba que eso sólo podía terminar en una guerra civil. En 1990 me lo pensé, pero no me atreví. Cuando ya estaba derrumbándose el sistema racista, hacia 1994, decidí que lo de Época era un rollo patatero porque no iba con mi ideología y tenía que escribir sobre asuntos españoles que no me interesaban, así que lo dejé y me fui a Suráfrica. Durante mis años en Época aprovechaba las vacaciones para irme a la guerra en los Balcanes. Me compraba un Seat 127 de quinta mano, lo arreglaba, me iba con él a Croacia o donde fuera hasta que lo rompía. Fui cuatro o cinco veces a la guerra en un 127. En uno de esos viajes tuve un accidente grave. En otro, se congeló el coche.

¿En serio?

Lo mío era el turismo bélico. Aprovechando vacaciones me hice Bosnia, Angola, Mozambique…

¿Qué es para ti el riesgo?

No me lo planteo, no creo que sea positivo pensar en eso. Si acaso lo pienso luego, ya pasado el peligro, pero en general trato de evitarlo. Cuando empiezo a darle vueltas a esa cuestión, escucho música. No me gusta analizar. Quizá soy un inconsciente. Me parece que es mejor no profundizar en la posibilidad de que te rompan la cabeza.

Si no recuerdo mal, nos vimos por primera vez en Ruanda.

Sí, yo vivía en Suráfrica desde diciembre de 1993, y estuve allí hasta las elecciones de abril de 1994. Creo que Suráfrica ha sido la única historia positiva que he cubierto en toda mi carrera. Fue algo que me impresionó. Nunca he votado, pero si tuviese que votar lo haría por Nelson Mandela. Al acabar las elecciones ya había empezado la guerra civil en Ruanda y me preguntaron en El Mundo, el diario con el que colaboraba, si quería irme allí.

Y fuiste.

Entré tres o cuatro veces a Ruanda. Una de las veces viajé con Joao Silva, el fotógrafo portugués que hace un par de años perdió las piernas por una mina en Afganistán. Vimos cosas atroces. Las bandas de hutus obligaban a los niños a elegir a las víctimas. Iba el niño por la calle, señalando como tutsis a los más altos.

En realidad, había hutus altos y bajos, y tutsis altos y bajos.

Todo era disparatado. Llegué a Kigali, la capital de Ruanda, cuando los tutsis aún no habían entrado, pero el Gobierno ya había caído. Se formó una marea humana de hutus que buscaban refugio, se calcula que un millón de personas. Algo brutal. En Kigali la situación era surrealista. Había tropecientos mil puestos de control establecidos por tipos con pelucas, en pelotas, armados con cuchillos… Recuerdo a un niño que con una mano te pedía algo, y en la otra tenía una granada. Y mientras tanto los Interhamwe, las bandas hutus, seguían masacrando gente a machetazos.

Yo aún tengo pesadillas por todo aquello. Hubo periodistas muy curtidos que después necesitaron tratamiento. ¿A ti no te afectó?

A lo mejor un día me revienta la cabeza. Hace un momento Mónica me comentaba que lo que ocurre en Siria es horrible y supongo que debería afectarme más. Creo que es por lo que te decía antes, que procuro no pensar en ello. Yo miro, tomo notas, escribo una crónica y luego me pongo a leer un libro o a navegar por Internet. Puede que me haya convertido en un cínico y veo las cosas como si no fueran conmigo. Pero no, Ruanda no me impresionó como para tener pesadillas. Aunque, desde luego, aquello es lo más bestia que he visto en mi vida. Porque luego, en la zona tutsi, la venganza también era brutal.

Y, para colmo, hubo la epidemia de cólera entre los refugiados y en Goma, la primera población fronteriza dentro de Congo; se formaron montañas de cadáveres.

El cólera fue como el clímax del desastre. Además las matanzas se cometían de forma muy primitiva, con machetes. Veíamos aquellas caras con la nariz y las orejas cortadas, las cicatrices, las personas a las que cortaban los tendones de los pies para que ya no pudieran huir… Y en medio de esa degollina gigantesca, los blancos podíamos trabajar como si no pasara nada. Llegaba un tipo que acababa de cepillarse a cien y te lo contaba con todo lujo de detalles. Yo hablé con mucha gente que ahora está en prisión de por vida. Si eras blanco te trataban como a un príncipe e intentaban explicarte por qué ocurría aquello. Se cargaban a su gente pero no se les ocurría hacerle nada a un blanco.

Cuando dejaste Ruanda volviste a Suráfrica.

Fue una temporada un poco loca. Pasé por España cuando Estados Unidos invadió Haití; no sé por qué, pero no había nadie disponible y me tocó irme a Haití. Allí conocí a Maruja Torres: la primera vez que la vi estaba dándome gritos y saludándome desde lejos. A finales de ese año, 1994, quedó libre la corresponsalía de El Mundo en América Latina y me propusieron instalarme en México. No me apetecía demasiado, pero acepté.

¿Qué tal lo pasaste?

Me quedé cuatro años, hasta 1999, y pude conocer toda América Latina salvo Costa Rica. Es un continente muy divertido, pero yo echaba en falta las guerras. Había muchas elecciones y cumbres insoportables de la Organización de Estados Americanos. La idea de enviarme a México tuvo que ver con el fenómeno de los zapatistas. El caso es que el zapatismo perdió interés rápidamente. Tenía la guerra de Colombia, ya muy recurrente, y una guerra entre Ecuador y Perú que duró sólo un par de meses. De vacaciones seguía yéndome a algún conflicto por ahí. A Indonesia, por ejemplo. En 1999 me ofrecieron la corresponsalía en Marruecos, para cubrir el continente africano, y eso me pareció muy interesante. Aún no me había instalado en Marruecos cuando me encargaron irme a Sierra Leona para cubrir una guerra que no entendía nadie. Allí me secuestró un grupo de guerrilleros.

¿Cómo se vive un secuestro?

Fue algo muy atípico. Digamos que fue un secuestro relativo. Para empezar, como el agua estaba contaminada y no se podía beber, los guerrilleros habían ocupado una fábrica de cerveza y estábamos todo el día bebiendo y fumando porros. Luego estaba ese factor de África y el respeto al blanquito. Les convencí de que yo había ido allí a entrevistarles, para que el mundo supiera quiénes eran y qué querían, y aunque parezca surrealista con el pedo que llevaba, me permitieron trabajar. Tenían un grupo de gente realmente secuestrada, con tipos armados en las puertas…

¿Secuestrados africanos?

Africanos, indios y de todo.

Pero no blancos.

No, blancos no había ninguno. Durante los tres días que pasé con el grupo no pude irme, pero pude entrevistar, en un tono muy desquiciado, a quien quise: a los jefes, a un belga blanquito que luchaba con ellos… Cuando terminé y no me quedaba nada por hacer, le dije al jefe que me iba. Se montó un buen jaleo sobre si tenían que dejarme libre o no. Les expliqué que si no me iba nadie iba a saber quiénes eran, porque realmente nadie lo sabía. En ese momento había dos movimientos guerrilleros, y el que estaba reivindicando la responsabilidad de haber atacado Freetown, incluso de haberme secuestrado a mí, era el otro movimiento guerrillero. Incluso el Gobierno español estaba, en esos momentos, hablando con el movimiento equivocado, con un tal general Mosquito que no tenía nada que ver con el asunto. Le comenté eso y que, si me dejaban ir, yo publicaría todo lo que sabía y los daría a conocer. Dejaron que me fuera.

Dentro de la categoría de matanzas, la africana suele ser más carnal. Además, hay toda una serie de fetiches: cabezas, manos, penes… se toca más la muerte que en la matanza occidental, ¿no?

Me parece mucho más inhumano todo lo que rodea a la cultura occidental. En África, la muerte es un elemento cotidiano. Los niños no reciben nombre hasta que pasan la varicela o el sarampión a los cinco años, con lo cual no lloras porque se te ha muerto alguien: se te muere todo el mundo. Los africanos llevan siglos de atraso por muchísimas circunstancias, entre ellas el colonialismo. Entonces, la muerte es un elemento más de su vida, lo vivo y lo muerto no tienen tanta diferencia. Y el hecho de cortar una mano no es un elemento de salvajismo, sino que forma parte de un entorno totalmente desquiciado, donde ignoras si vas a vivir o no mañana. Sin embargo, en Europa la muerte se hace a conciencia, se sabe lo que se está haciendo. En Europa se come y se estudia. En Europa y en Oriente Próximo no se hacen las cosas para ver qué pasa, sino que se hacen a conciencia. Se extermina a conciencia, y se hace por una motivación ideológica muy clara. En África un 60% de la población es analfabeta, y se deja llevar por el cacique. Si el cacique dice algo. Porque el cacique es el único que nos da de comer algo cuando nos da, y hay que hacerle caso porque si no, nos morimos.

En cuanto tiras un poco de los hilos del cacique aparecen Europa o Estados Unidos. En el caso de Sierra Leona son diamantes con un destino determinado, en el caso de Ruanda fue el monocultivo del té impuesto por el Banco Mundial el que creó una especie de crisis malthusiana en la que se mataba al vecino para quedarse su palmo de tierra. ¿Cuando estabas allí te planteabas que estabas viendo una barbaridad y que al final del proceso lo que había era algún tipo de intervención occidental, alguien que se aprovechaba?

Lo de África es muy curioso. Tenemos el estereotipo de que son unos salvajes, pero es que se trata de un continente que sufrió un colonialismo brutal, que perdió hasta cien millones de personas por la esclavitud y donde se hundieron civilizaciones. Hubo regiones enteras cuyos habitantes desaparecieron. Ése es el motivo del atraso de África, que en un momento dado se destruyó un continente y sigue destruyéndose cada año porque se sigue interviniendo, se siguen robando materias primas, se sigue fomentando el poder del más hijo de puta y, claro, dices que son salvajes. Pero no, perdona, a estos señores les hemos destruido totalmente su tejido social, hemos inventado unas naciones que no existían, hemos inventado unas fronteras que no existían, la tribu de Pepito siempre ha estado con la de Juanito pero nosotros decidimos que son dos tribus diferentes… ¿Qué pasó en Ruanda y Burundi? Los primeros que fomentaron el sectarismo tribal fueron los belgas, que empezaron a catalogarlos como hutu o tutsi, y decidieron que el hutu cuidaba las cabras y el tutsi era el jefe. Claro, llegó un momento en el que se lo creyeron y se montó una dinámica de revancha. Las potencias occidentales han fomentado muchísimo los conflictos en África. Durante la guerra fría fueron enviando allí toneladas y toneladas de armamento. En vez de que los blanquitos se matasen entre ellos, mejor que se mataran los negros en nuestro nombre, ¿no? Ibas a Angola y veías armas y municiones por todas partes, lo más moderno, para que luchasen por nuestra ideología, cuando en África todo eso del comunismo y el capitalismo no se entiende. Pero allí estábamos nosotros diciendo que éstos son supercomunistas y marxistas; y luego el otro que no, que quieren la libertad, y no sé qué.

Después del episodio de Sierra Leona…

Me instalo en Marruecos hasta 2002 y recorro toda África. Es un continente ignorado. En Burundi, por ejemplo, había campos de concentración con 800.000 hutus, y nadie decía nada. Llevaban allí dos meses, pero llegabas tú, lo contabas y todo el mundo te felicitaba por el descubrimiento. Y tú pensabas que lo único que habías hecho era subirte a un avión y visitar el campo de concentración. El problema de África es que no cotiza en el mercado de noticias, pero las historias son alucinantes. Además, conoces gente muy maja, porque la gente que va a África es gente comprometida. Yo no soy creyente, pero allí encontré a curas capaces de sacrificarlo todo.

¿Leíste el artículo que sacó Robert Fisk hace unos días en The Independent?

¿Uno que creó mucha polémica entre los periodistas?

Sí. Ese que decía que los periodistas de guerra son más noticia que las víctimas, y que hay algo neocolonialista en eso.

Estoy totalmente de acuerdo. Fisk critica la egolatría de la prensa y eso tiene su ironía, porque él es muy egocéntrico, pero en ese artículo decía muchísimas cosas que son verdad. Nos creemos que somos la repera. Uno de los conflictos que más me impresionó fue el de Vietnam. Visité un museo de la guerra en el que exhibían una lista de periodistas caídos en conflictos y me di cuenta de que no había ningún nombre vietnamita. En aquella época los periodistas vietnamitas muertos no se contabilizaban, como si no existieran. Todos los nombres de los caídos son extranjeros. Por eso ahora muchas veces se dice que en una guerra determinada ha habido más periodistas muertos que en la de Vietnam, porque sólo se contabilizaron los extranjeros. Alrededor del corresponsal de guerra se ha creado una aureola que convendría rebajar. Habría que ser más crítico. Ahora, por ejemplo, los sistemas de protección no están mal, pero se está haciendo algo que yo nunca había visto: hay corresponsales de guerra que viajan con un médico y un asesor de seguridad. Lo del médico, vale. Lo del asesor de seguridad me parece ridículo. ¿Le va a explicar el asesor a Goran, un fotógrafo de Reuters con mil batallas a cuestas, cómo ir a la guerra? En todo caso será Goran quien se lo explicará al asesor, porque Goran de pequeñito comía balas. Todo este aparato que se ha creado en torno al periodismo de guerra me parece muy exagerado.

¿Por qué sólo sentimos empatía hacia los occidentales?

Es algo generalizado en Occidente. Vamos a lo de siempre: ¿por qué 100.000 africanos no cotizan igual que un israelí que cayó ayer muerto no sé dónde o un europeo que fue secuestrado no sé dónde? Porque nuestra normativa de valores es muy hipócrita. Nos parece una tragedia el que a un español le den un bofetón en una calle de no sé dónde, y sin embargo que mueran 100.000 negritos… pues nada, son sólo 100.000, y sanseacabó.

¿Tiene eso que ver con algún tipo de racismo o neocolonialismo?

No, yo creo que es absoluta indiferencia. Ignoro las causas de esa indiferencia, pero existe, y mata. Es inaceptable que haya 10 millones de africanos muriendo al año por malaria o SIDA y de eso no se escriba. Colega, ¡que son 10 millones de tíos! Indiferencia. “No podemos hacer nada.” ¿Pero cómo que no? ¿Te crees que tú has llegado a este nivel de vida porque sí? Ha habido un saqueo previo de muchas culturas y nos hemos aprovechado. Deberíamos ser solidarios y devolver un poco. Por eso admiro mucho a la gente que va a África. Es de la poca gente que ha comprendido que estamos en deuda con todos esos países.

Hay una posición que niega esa deuda, la posición que denunciaba Edward Said en “Orientalismo”. Hay quien dice: “la poca civilización que tienen se la dimos nosotros”.

Recuerdo la cumbre sobre el apartheid en Durban, en la que los países africanos sólo exigían que se reconociera que hubo esclavismo, y recuerdo a la delegación española, cuyos miembros no vamos a nombrar, diciendo: “Cómo vamos a aceptar eso, si en España también fuimos invadidos por los árabes.” Pero a ver, los árabes formaron parte de España durante ocho siglos, los que os consideráis españoles lleváis siete siglos siéndolo. En realidad somos nosotros los que invadimos a los árabes que había en España. ¿Reconocer que hubo esclavismo? Pues no, ninguno de los países occidentales reconoció que hubo esclavismo. No existió. No hubo millones de tíos que estuvieron trabajando esclavizados en las plantaciones de África, de España…

Eso es de una idiotez abrumadora, porque si hay algún momento decente en la historia reciente de Occidente es la campaña contra la esclavitud en los siglos XVIII y XIX.

Pues aquello fue tan repugnante que después, hablando con la delegación de Durban, me dijeron que el razonamiento ulterior consistía en que si reconocían que hubo esclavismo a nivel oficial en la ONU después les podían pedir indemnizaciones. Así de patético. ¿Para qué vamos a pagar después de robarles a millones de personas toneladas de diamantes y millones de barriles de petróleo? La sociedad occidental es hipócrita y la indiferencia es alucinante. Es un problema muy grande a la hora de cubrir conflictos, y está pasando ahora en Siria. Es tal la indiferencia que la única manera de llamar la atención del público es exagerando lo que ya es una tragedia. Y eso no se debe hacer. Se ha dicho que es una nueva Ruanda. Hombre, han sido 8.000 muertos, pongamos 20.000 si quieres, pero es que en Ruanda fueron  800.000 en un mes. Ése es el problema, la gente se ha percatado de que ya no tiene ningún efecto lo que digas, por lo que tienen que sacar lo más exagerado que les venga a la cabeza. La indiferencia sólo se puede romper con exageraciones, y eso resta muchísima credibilidad al tipo de información que estás haciendo.

Hablando de credibilidad y de esta última cobertura que has hecho en Siria, ¿qué te ha parecido la información que procede de las redes sociales? Me refiero a la información que han ido difundiendo los activistas de la oposición desde el inicio del conflicto. Ha habido mucho debate sobre si la prensa es necesaria ahora que ya existe el periodismo colectivo o ciudadano.

Lo del periodismo colectivo tiene un riesgo tremendo. Hacen una gran labor, porque están emitiendo vídeos sobre el terreno, pero son gente comprometida con un bando, por lo que no puedes poner la mano en el fuego por todo lo que te manden. Existe el peligro de que te vendan una moto, no son nada objetivos. Depender de ese tipo de información, que más que información es propaganda, es muy arriesgado. Ha de seguir existiendo el periodista independiente. No resto nada de mérito a los activistas de la oposición porque los he visto trabajar en Homs: son tíos muy valientes que intentan trabajar como profesionales. Pero no son periodistas. Asocian periodismo con propaganda, porque eso es lo que han vivido siempre en su país. No comprenden el concepto de periodismo objetivo, el dejar hablar a la gente. Estás entrevistando a alguien y le dicen “ojo, no digas eso”.

Una dificultad añadida es la imposibilidad de cruzar de un bando a otro. En el caso de Siria, no se puede estar con la oposición y luego viajar a Damasco para conocer los argumentos de los progubernamentales.

Ése ha sido uno de los problemas de los conflictos a partir del 11-S. Por desgracia, George Bush consiguió implantar el “estás conmigo o estás contra mí”. En Bosnia, por ejemplo, aunque con mucha dificultad, podías hablar con los serbios. En África casi siempre podías cubrir los dos bandos. Pero a partir del 11-S se crea una división según la cual estás con uno o estás con otro. Y una vez estás con uno es muy difícil estar con el otro. A mí me encantaría ir a Damasco, pero ya estoy marcado y no puedo ir. Lo mismo en Irak. A mí me hubiese encantado ir, porque he hablado con ellos y sé que de la gente que todos definíamos como Al-Qaeda no eran todos Al-Qaeda, sólo un mínimo porcentaje. El resto era gente que luchaba por muchísimas razones e ideologías. Me hubiese encantado hablar con ellos, pero no se podía. Hay cosas que sólo puede hacer, por ejemplo, Al-Jazeera. A mí me jode no poder ir a Somalia a hablar con los al-Shabab, pero eso ya sólo se puede hacer si eres de Al-Jazeera, árabe y musulmán. Y del otro lado lo mismo, si te llamas Ramsi Churum y quieres cubrir empotrado con los americanos te dicen que ni de broma, no te dejan ni subir al avión.

¿Se puede hacer algo con el conflicto sirio desde fuera? ¿Ayudar de alguna forma?

Es muy complicado. Y además, cuanta más historia siria leo, más paralelismos veo entre esta revuelta y la de 1978. Con una diferencia: ésta es porque quieren libertad y la otra era porque no querían el régimen. Pero el desarrollo está siendo muy parecido.

¿El final puede ser parecido?

No lo sé. Desgraciadamente hay muchos elementos muy parecidos: la división de la oposición, el régimen utilizando los mismos medios, las mismas tropas, el mismo lenguaje… La gente vincula la revuelta de los 70 con la matanza de Hama, pero en realidad se extendió por todo el país.

Sí, pero Hama fue la ciudad que recibió el castigo más duro.

No, hubo también masacres en ciudades como Alepo, que estuvo un año bajo ocupación militar y donde murió un montón de gente. Lo que pasa es que, para simplificar, en Occidente reducimos las cosas a símbolos, y Hama es un símbolo. Aquella guerra, como la de ahora, se extendió a toda Siria y duró desde 1976 hasta 1982, aunque hacia 1968 ya había enfrentamientos.

Entonces no existía una cobertura periodística inmediata como ahora. ¿Qué efecto puede tener esa atención mediática?

Puede tener un gran efecto porque tiende a reducir el número de muertos. Eso ocurre con el conflicto palestino-israelí. El hecho de que el régimen no haya utilizado aviación en Homs se debe a que sabe que si mata a más de mil tíos al día se mete en problemas. Sospecho que en todos los regímenes debe de haber un estadillo que marca un máximo de víctimas diarias: a partir de esa cifra, se dice el gobernante en cuestión, es un desastre diplomático y nos crujen. Por eso sólo se pueden utilizar tanques y artillería. Lo de Siria recuerda también al conflicto palestino-israelí a nivel de tácticas militares: la destrucción de casas, en los dos sitios; el cerco, en los dos sitios; el lenguaje, en los dos sitios igual…

Y mortandad de baja intensidad.

Igual. Gaza y Homs son lo mismo. Bombardeamos pero hasta aquí, más no, que saldremos en los telediarios. Es una táctica muy israelí. Eso frena el número de muertos. Pero tampoco lo frena del todo, tiene un límite de efectividad.

¿Tienen alguna viabilidad los corredores humanitarios?

Se utilizó en Bosnia y es muy complicado. Porque necesitas dejar claro que al primer balazo que te disparen les tiras veinte misiles, y eso existía en Bosnia y no se utilizó; o envías tropas y necesitas muchas, porque te metes en una guerra. Creo que Occidente no tiene ningún interés en particular, no pierde mucho con que los sirios se estén matando, pero piensa que si se mete en una guerra puede desestabilizar Oriente Próximo, crearse dificultades con Israel que es aliado, provocar un encarecimiento del petróleo… En el fondo son unos musulmanes que se matan entre ellos y nosotros lo vemos en el telediario.

No creo que a Israel le vaya muy mal con Bachar el Asad.

No, el resultado ideal tanto para Estados Unidos como para Israel es el empate. Si cambiara el régimen de El Asad por otro no sabemos qué podría pasar. El 99% de la población siria es anti-israelí y ahora lo que existe es un régimen debilitado que no entraña peligro para Israel.

Llega un punto en el que estos conflictos desaparecen del mapa. Es lo que pasó con la guerra de Líbano, sólo había interés cuando secuestraban a algún occidental. La atención se agota.

Por supuesto, este mismo año la gente empezará a tener hartazgo mediático de Siria y si esto se queda en una guerra de baja intensidad de 50 muertos hoy y 40 mañana… Yo creo que va a durar mucho tiempo, porque la oposición no tiene armamento para ganar y el régimen no se atreve a aplastar a los rebeldes con una ofensiva final por miedo a los medios de comunicación.

Estuviste cerca de morir en Siria y saliste del país en una operación muy arriesgada. ¿Qué es lo primero que hiciste al llegar a Beirut?

Fui a comer sushi, que me encanta.

Fotografía: Natalia Sancha