José Antonio Guardiola: «La brecha que separa el hecho noticioso del ciudadano se ha estrechado tanto que apenas queda hueco para el periodista»

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En Portada es uno de los programas informativos de Televisión Española que más premios ha recibido. Su director, José Antonio Guardiola (Madrid, 1963) es de esos periodistas que siguen ilusionados por su trabajo a pesar del paso de los años. Su entusiasmo a veces parece fruto de la inocencia de un niño. En 2014 el programa cumplió treinta años con el episodio «El reportaje perfecto», donde Guardiola reunió a un grupo de periodistas para charlar sobre la profesión. Fue grabado en el parque del Retiro en Madrid y él hacía las preguntas. Ahora, un año después, volvemos con él al mismo lugar y le pedimos que sea él quien las responda.

El reportaje de En portada sobre la muerte del fiscal argentino Nisman ha tenido gran repercusión allí.

Lo que más me obsesiona en el periodismo de hoy es la narración. Me motiva mucho encontrar formas de narración diferentes en función de las historias y que, sin perder ni un ápice de rigor, juegues con elementos quizá más propios del cine o las series de TV. Por eso la historia de Nisman la vi como una especie de reportaje-thriller. Está magníficamente rodado con esa intención, planos sucios, descompuestos y muy contrastados para lograr una simbiosis entre las tramas periodísticas del caso Nisman y su forma de presentar en televisión. Eso es la bomba, me llena mucho. Y al final llegas a la conclusión de que tiene mucho más valor un buen reportaje de televisión que un buen capítulo de House of Cards. Porque rodar un buen thriller es «sencillo»… Tú montas las escenas, las ruedas cuando quieres y las veces que quieres y luego decides quién es el asesino, pero eso en periodismo no vale. Afortunadamente. Luego, parece sorprendente, pero al día siguiente de su emisión en España, el reportaje en sí y sus testimonios eran la noticia con la que abrían las portadas de internet de los principales medios argentinos: Clarín, La Nación, Perfil… Un reportaje convertido en noticia.

Hiciste la última entrevista que dio Mandela en su vida.

Me lo recuerdan a menudo, pero fue fruto de la casualidad. No le doy valor periodístico al hecho de que fuera su última entrevista. Solo le doy valor interiormente por lo que me costó conseguirla. Estuve muchísimo tiempo persiguiéndola. Tuve que recurrir a la Fundación Nelson Mandela, la Fundación Príncipe de Asturias, amigos sudafricanos que tenían influencia sobre él, a la embajada y hasta a su mujer. Y cuando le tuve enfrente no me sentí como que me encontraba ante un estadista, ni siquiera frente a un personaje de la historia; sentí que tenía ahí al que en ese momento era el padre de la humanidad. Sé que suena grandilocuente, pero fue así. Nadie se atrevía a cuestionar a Mandela ni se atreve. Pero nunca fui consciente de que fuese la última entrevista que se le iba a hacer. De saberlo lo habría planteado de manera diferente.

Luego es verdad que Mandela genera empatía de una manera que es hasta difícil de explicar; transmite tal descarga de humanidad, tanta credibilidad, que te impone. Las únicas preguntas que le hice con mordiente fueron sobre su responsabilidad en la epidemia de sida que sufría Sudáfrica. Su Gobierno podía haber sido más activo para poner controles que frenasen la expansión de la enfermedad, pero se dejaron llevar por conocimientos poco científicos. Se lo planteé y él me respondió con evasivas, pero era Mandela. ¿Qué vas a hacer? ¿Ponerte a repreguntar a un señor de ochenta y tantos años? Aunque reconozco que no fui lo incisivo que habría sido con cualquier otro personaje.

Tampoco creo que él, cuando concedió esa entrevista, pensase que fuera a ser la última. Me parece que lo que le pasó fue que se sintió incómodo por la edad que tenía. No me oía bien. Algunas preguntas se las tenía que repetir. Le costaba escuchar y entender. Tengo la impresión de que en gran medida decidió no hacer más entrevistas por eso, porque no era una situación agradable para él. Se la hicimos en el Ritz el día después de la boda de los entonces príncipes y ahora reyes de España. El embajador sudafricano me pidió que no grabáramos el paseo de Mandela desde su suite a la habitación donde le entrevistamos porque caminaba con mucha dificultad, tardó muchísimo en recorrer pocos metros. Encontrarte a un personaje de esa categoría mostrando signos de debilidad también me influyó a la hora de ser incisivo. Todos somos humanos… Aunque si me hubiera encontrado en esas circunstancias a Robert Mugabe, por ejemplo, seguramente habría sido menos respetuoso.

Admiro a Mandela enormemente, aunque creo que nos hemos extralimitado subrayando sus bondades. Su trayectoria fue más o menos paralela a la de Mugabe en Zimbabue, que podría haber sido como Mandela, porque llevó a su país a la liberación, pero al final gobernó Zimbabue de una manera tan torpe, tan autócrata, que no resiste ni la más mínima comparación. Quizá hemos santificado demasiado a Mandela, pero este mundo a veces requiere un liderazgo moral del que estamos tan carentes y él, sin ser perfecto, porque no lo era, lo simboliza muy bien. Lo que sí que creo que se ha tratado poco de su figura es el pozo de amargura que tenía por haber desatendido a su familia al entregarse tanto a la causa.

La pena es que cada vez es más difícil conseguir este tipo de entrevistas. Los Mandela, Arafat o Castro de hoy en día son cada vez más reacios a los medios de comunicación, al margen de que cada vez somos más medios los que pedimos entrevistas. Aunque nunca ha sido fácil conseguirlas. Con Mandela, si te citaba en un lugar a una hora, iba. Con otros como Yaser Arafat, por ejemplo, tenías que estar en una ciudad durante quince días, que ya te llamarían. Y a veces ni siquiera lo hacían. Por cierto, ¿sabes qué me llamó la atención de Arafat y de Mandela? Que ninguno de los dos tenía manos de un luchador. Eran manos suaves. Cuando me la estrechó Arafat me sorprendió, esperaba una mucho más callosa. Al menos Mandela transmitía una descarga de humanidad, aunque suene a realismo mágico. Arafat, en cambio, no.

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Cuando empezó el programa que diriges, En portada, se estrenó con una entrevista a Fidel Castro que recibió ciertas críticas.

La hizo Vicente Botín y creo que le pasó algo como a mí con Mandela, pero un tanto diferente. Siempre ocurre, cuando persigues con mucha insistencia una entrevista y por fin te la conceden da la sensación de que ya está todo hecho, cuando en realidad lo verdaderamente importante empieza cuando lanzas la primera pregunta. Fidel Castro es una persona arrolladora y Vicente Botín, que no es sospechoso de ser revolucionario cubano por los libros que ha escrito después, se dejó llevar por ese no sé si miedo escénico, pero sí por esa especie de intimidación que a los periodistas nos produce a veces estar ante personajes históricos. También hay que tener en cuenta que no pudo prepararla. Se metió en un cóctel y de repente le dijeron: venga, pasa por aquí y haz la entrevista. En esas circunstancias es inevitable que luego te arrepientas de no haber hecho una serie de preguntas, pero eso nos sucede a todos en la vida. Así que Fidel contó su versión de la revolución, cómo estaban los cambios y habló, habló y habló, eran sus años de discursos de cinco horas, y no se le cuestionó nada de lo que dijo.

En portada tiene enfoques muy variados en cada entrega. Puede entrevistar a un líder mundial como los que hemos comentado lo mismo que a cualquier ciudadano, como aquel joven kazajo con malformaciones por los experimentos nucleares de la URSS.

El joven kazajo se llama Berik. Fue una de esas historias que te hacen pensar que el periodismo sirve para cosas tangibles. A veces te planteas si servirá para que un dictador se lo piense dos veces antes de lanzar un ataque contra la etnia vecina, pero en otras sirve para hacerle la vida un poco más feliz a gente que lo ha pasado mal. En Portada conoció a Berik en Kazajistán, durante el rodaje de un reportaje de Carlos Franganillo y Miguel Ángel Viñas. Estaban interesados en investigar las pruebas nucleares en la URSS durante los cincuenta y sesenta y así dimos con Berik, un chico cuya madre se había expuesto a las radiaciones de las explosiones nucleares porque vivía cerca de un campo de pruebas del ejército soviético. Como el Gobierno no informaba, la gente salía a ver el hongo nuclear como puede salir aquí ahora a ver los fuegos artificiales en San Isidro. Contemplaban el hongo y se exponían a la radiación. Muchas personas han sufrido malformaciones por eso.

Al ver el programa «Hijos de la guerra atómica», un cirujano español se ofreció a operarle. Coincidió con que nos acababan de conceder un premio por otro reportaje y decidimos invertir la dotación en traer a Berik a Madrid y operarle. Durante todo el proceso de vida de Berik en España grabamos todas sus vivencias porque imaginamos que podía ser una historia digna de ser contada. Y así nos salió otro reportaje, esta vez muy sensible. Yo soy más partidario de los formatos tipo BBC, que no tratan de generar tanta empatía, pero aquí accedí a buscar en el espectador un grado de emoción suficientemente alto como para que la historia emocionara, pero sin caer en el sensacionalismo. Fue muy jodido encontrar el equilibrio, tocar fibra sensible sin pasarse de sensiblería.

¿Te ha ocurrido en un conflicto que tienes que olvidar que estás haciendo periodismo y dejarlo todo por una razón humanitaria de fuerza mayor, un suceso que te obliga a intervenir?

En Kosovo pasé por una experiencia en la que uno tiene que pensar si lleva piel de periodista o de humano. O el momento en el que entiendes que no puedes ser periodista sin tener piel humana, mejor dicho. Y fue una en la que nos la jugamos de verdad. Yo nunca he sido un periodista de contar películas, aunque sí haya estado en peligro en muchas ocasiones, pero hay veces en que te estás jugando la vida literalmente y esta fue una de ellas. Estábamos en Pristina. No muy lejos, en los alrededores de Komorán, había una zona controlada por el UCK —la guerrilla albanokosovar— y decidimos ir allá a rodar un reportaje. Pasamos los controles de carretera, donde había que pillar con la guardia baja a las fuerzas especiales serbias de Milosevic. Lo conseguías hablando un poco de fútbol, yo que soy del Atlético sacaba siempre a Pantic. Te ganabas su confianza y te dejaban pasar. En el viaje, al final llegamos a un pueblo donde un francotirador había matado a un niño. El cadáver, que llevaba muerto horas, estaba en un robledal, en un bosque. Y a su lado estaba su hermano. Todavía vivo, pero herido con un disparo en la cabeza.

Nos movíamos en un coche blindado y los vecinos albaneses de ese pueblo nos pidieron que recogiéramos el cadáver porque nadie podía acceder al robledal. Nosotros, con el coche, donde ponía claramente que éramos de TVE, fuimos. Teníamos la esperanza de que el francotirador viera que éramos periodistas y no disparara. Llegamos, nos bajamos y hubo tiros, pero no a dar, solo como advertencia: «sabemos que vais a recoger el cadáver del niño, hacedlo pero no estéis más tiempo del debido». Con nosotros estaba su padre, o su tío, lo recogimos de entre los árboles y lo llevamos de vuelta a la aldea en el coche. Pero había llovido, no teníamos tracción a las cuatro ruedas y ahí nos quedamos bloqueados. El blindaje pesaba demasiado, el coche patinaba, empujábamos pero no encontrábamos manera de salir. Fueron momentos de verdadero horror porque sabíamos que el francotirador seguía ahí.

Cuando lo logramos, llegamos al pueblo y entregamos el cadáver. Era una aldea de albanokosovares. Imagina la que se lio ahí. Pero el problema era que el hermano seguía malherido. La bala le había dado en el cráneo, le había rozado, y si lo dejábamos ahí iba a morir. Seguro. Nos pidieron que lo lleváramos al hospital de Pristina, en el pueblo no tenían ni botiquín. El problema era que si nos detenían en el control no nos permitirían llevarle hasta el hospital y no te digo lo que nos iba a pasar a nosotros. Pero en un momento así te quedas pensando, ¿cómo me voy a negar a llevar a un niño al hospital?

Fue un momento difícil porque si nos hubieran pillado las fuerzas especiales de Milosevic nos habrían llevado a la cárcel como mínimo, a no ser que te peguen un tiro ahí mismo y digan que has salido corriendo. Sin embargo, dejarlo ahí era dejarlo morir. Hablamos entre todos los miembros del equipo, estas son decisiones que no puedes tomar solo, y decidimos arriesgarnos. Volvimos a pasar camino del hospital de Pristina por los checkpoints. Había varios. Íbamos completamente acojonados. Unos controles eran más peligrosos que otros. Si nos cogían las fuerzas especiales… en fin, qué decir, todos sabemos cómo eran. Al chaval lo metimos en mantas para que no se le viera, le habían puesto una venda. Fuimos chapurreando serbio como podíamos de control en control, de risas con los policías, y al final afortunadamente conseguimos llegar al hospital. Allí lo dejamos, pero nunca supimos qué fue de él. Y eso que he vuelto varias veces a Kosovo, lo he buscado y se lo he comentado a Flaka Surroi, una de las periodistas más importantes de Kosovo y gran amiga mía. Calculo que ahora el chico tendrá veintitantos años, pero ya digo que nunca he podido averiguar qué pasó. Si salió con vida del hospital o murió.

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¿Cuál es el viaje que más te ha marcado?

Sin duda, 2001 en Afganistán. Fue mi viaje más enriquecedor y también el más triste. Entramos en el país de los primeros a través de Pakistán. Iba con dos cámaras, José Manuel Frean y Juan Antonio Barroso, dos amigos. Porque en televisión eso es fundamental. Y más en las guerras. Para trabajar en equipo tiene que ser con gente a la que quieres y que te quiere y que además nos respetemos profesionalmente. El caso es que llegamos a un territorio prácticamente vacío en el este del país, en Jalalabad. No había talibanes, habían huido, pero tampoco habían llegado los muyaidines, a los que cuando fueron apareciendo les costó bastante asentar su poder. Y tampoco había tropas internacionales, ni se las esperaba. Como periodista podías moverte por donde quisieras. No te paraba un policía en un semáforo, no había un checkpoint de los infinitos que había en los Balcanes. Podías ir donde quisieras, como digo. Una libertad absoluta de movimientos y esa es la mejor materia prima para un periodista. Para que te hagas una idea, uno de los primeros sitios donde estuve fue la casa de Bin Laden a las afueras de Jalalabad. Estuve ahí antes de que llegase la CIA. Periodísticamente no sé cómo definirlo, ¿el paraíso? Estuve en campos de entrenamiento de Al Qaeda, en una prisión con reclusos de Al Qaeda, que los mirabas a la cara y te acojonabas, no porque fueran asesinos, que seguramente lo eran, sino porque tenían tanto miedo, tanto odio, que al ver a alguien lo miraban como a un enemigo. Y claro, cuando tú no lo eres pues te da mucho miedo.

Todo eso fue lo enriquecedor del viaje. La parte más dura vino después. Como la vida misma, que se compone de felicidad y sufrimiento. Estábamos una noche discutiendo si al día siguiente nos íbamos en una caravana de periodistas a Kabul. Nosotros decidimos quedarnos porque estábamos disfrutando. En la capital, desde la que ya informaban otros compañeros desde hacía varios días, solo íbamos a poder hacer reportajes sobre si el oso polar del zoo había sobrevivido al calor del verano. Lo digo sin menosprecio, pero es que al final era eso. En el este de Afganistán estábamos ochenta periodistas para una extensión tan grande como Extremadura o más. Julio Fuentes, sin embargo, sí cogió esa caravana y se fue.

Recuerdo que llevaba una camisa oscura, unos pantalones beige, unas botas, y su camisa estaba manchada porque había abierto antes un bote de aceitunas y le había salpicado. Salió la caravana y enseguida saltó el rumor de que los habían tiroteado. Entonces piensas que todos esos elementos que te sirven para ser feliz periodísticamente pueden convertirse en tu ratonera. No tienes a nadie a quien preguntarle, no hay fuentes fiables. Eso que es una gozada, de repente es una encerrona. Encima su pareja de entonces era y es amiga mía. Tenía, como periodista, el compromiso de contar lo que había pasado, pero, como persona, primero decírselo a quien merecía saberlo de primera mano. Como era imposible lograr cualquier confirmación oficial decidimos que solo daríamos la noticia cuando pudiéramos reconocer visualmente los cuerpos. Así fue, volvimos a ver esa camisa azul oscura y esos pantalones beige. Los reconocimos y lo contamos. A partir de ese momento los tres del equipo debatimos si permanecíamos en Jalababad o, como hizo la inmensa mayoría, regresábamos a Pakistán. La situación era extremadamente peligrosa, pero no hubo dudas. Nos quedamos y seguimos disfrutando tanto como sufriendo. Eso como equipo nos dio mucha fuerza.

Poco después de eso, el caso Couso cambió definitivamente el periodismo internacional español, la forma de cubrir los conflictos.

Recuerdo que los equipos de la BBC llevaban en Afganistán en 2001 a un exmiembro de las SAS, los comandos del ejército británico, que les iba marcando a partir de qué punto tenían que cubrirse con el casco, dónde con el chaleco, etcétera. Yo entonces no lo entendía porque me parecía que contribuía poco al fin último que es contar bien una historia. Creo que trabajar con alguien armado te expone más que te protege. Cuando estás con un tipo al lado que te dice qué es exactamente lo que tienes que hacer o los pasos que tienes que dar, seguramente se salven vidas, y eso evidentemente tiene que estar por encima de todo, pero desde lo de Couso los medios españoles, que muchas veces están dirigidos por personas que nunca han ido a un conflicto, entendieron que al enviar a alguien a una guerra tenían que imponer una serie cuestiones de seguridad fundamentales. Había que ir con un chaleco, con un casco… En la guerra de Kosovo nadie llevaba protección. Nosotros utilizamos un blindado que compró TVE durante la guerra de Bosnia, pero nos reportó más problemas que ventajas. Nos dejaba tirados constantemente en medio de la nada y eso sí que es peligroso.

Y lo cierto es que ahora con la crisis lo que casi no hay son enviados especiales, pero hasta que pasó lo de Couso los medios se presentaban en los conflictos con cero protección. Surgió entonces un debate en algunas empresas de información respecto a las medidas de protección a los periodistas, los seguros, etc. Ese debate, sano en un principio, degeneró hasta el punto en que las empresas comenzaron a renunciar a coberturas de conflictos para no tener que abordar esos elevados costes en seguridad. Y todo esto abonado encima por una crisis que ha machacado el periodismo local e internacional. Y la consecuencia es que los periodistas ya no estamos tan cerca de las noticias como deberíamos estar. Nos han alejado de la cobertura directa de los conflictos. Un problema muy grave en el periodismo internacional.

¿Crees que hubo intencionalidad de Estados Unidos en asesinar a un periodista para lograr el objetivo que acabas de describir?

No estoy tan seguro. Cuando le mataron yo estaba en Irak, pero en el sur, en Basora. No estaba en Bagdad. Lo primero que creo es que si la sociedad se dota de una serie de intermediarios, que son los periodistas, para contar lo que está pasando, nos debemos fiar de ellos. Son nuestros ojos en el conflicto. Y si ocurre algo tan grave como lo de Couso, la primera versión que yo tengo que escuchar es la de los periodistas que están sobre el terreno. La de Carlos Fernández o la de Jon Sistiaga, que además son buenos amigos míos. Por eso, a mí que de entrada se rechazara de plano esa versión me hizo sospechar. Ahora, llegar a afirmar tajantemente que eso fue un acto premeditado, no sabría qué decirte. Porque a mí una de las cosas que más me gustan en periodismo es ponerme en el papel del otro. De la víctima y del victimario. Algo que te enriquece como persona y como periodista. Porque yo también me pongo en el papel del militar atemorizado que iba en el carro o en el vehículo blindado, con un inmenso calor, medio mareado, que le desconcierta la luz, en medio de combates y de repente ve en un punto algo que le hace temer por su vida… La reacción que puede tener en ese momento un militar hay que entenderla también. Pero insisto, no estoy justificando lo que pasó allí, ni muchísimo menos, solo me gusta ponerme en el papel de los dos. ¿Pudo haber sido fruto de la casualidad que vieran y sospecharan que había una amenaza para ellos? Pudo ser. En todo caso, yo lo tengo muy claro. Mis amigos, y repito, los intermediarios que la sociedad ha elegido para que le cuenten lo que allí está pasando me dicen algo que yo no vi y creo en sus palabras: que el asesinato de Couso no fue producto de la casualidad. Me fío de su palabra. En cualquier caso, lo que sí me parece lamentable es que no se pueda investigar esa muerte y que un juez tenga que renunciar a esclarecer lo que pasó como acaba de suceder.

En el reportaje de regreso a Ruanda tras el genocidio, entrevistaste a Valérie Bemeriki, la periodista que llamaba a «matar a todas las cucarachas».

Fue una entrevista cuando menos curiosa. Bemeriki era un símbolo. Representa lo peor que puede simbolizar un periodista. Era locutora de la radio del régimen hutu, la emisora de las Mil Colinas. Desde ahí, por un lado, incitaba al odio, pero además durante el genocidio señalaba dónde se escondían los «objetivos» tutsis, los que ellos llamaban cucarachas, para matarlos. En sus programas decía: «en tal aldea hay no sé cuántos protegidos en tal casa. En equis iglesia se refugian cucarachas». Los hutus que la escuchaban iban a buscarles y pasaban a cuchillo, machete o tiros a todos los que estaban allí. Por eso para mí representa la peor condición del periodista, que es la del transmisor de puras órdenes. No sé si se arrepiente de lo que hizo. Cumple cárcel y probablemente no saldrá de allí aunque cambien los Gobiernos en Ruanda. Cuando la entrevisté, lo que más me sorprendió fue la serenidad con la que hablaba. Además, en un francés impecable. Explicó todo con una frialdad, con una sincera falta de arrepentimiento, y eso que estaba dentro de su celda y sabía que la escuchaban sus carceleros.

Para mí este viaje fue muy importante, porque volví a Ruanda veinte años después y me sirvió para poder entender humana y periodísticamente lo que no había comprendido veinte años atrás, que eran muchas cosas. Cuando fui como enviado especial, bastante inexperto y seguramente inseguro, estuve más pendiente de tener una crónica antes de las nueve de la noche que de procesar una tragedia de tales dimensiones. Esto nos pasa a veces cuando hacemos telediarios, nos arrolla la necesidad de contar cosas, de tener la crónica preparada. Es una especie de miedo al vacío.

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Francisco Veiga denunció en su entrevista en Jot Down que al conflicto de Ruanda los medios no le prestaron atención, cuando fue una masacre que superó el índice de asesinatos de los nazis durante la II Guerra Mundial.

Hombre, Francisco Veiga, un profesor de universidad al que te encuentras en los conflictos sobre el terreno. A lo que entiendo se refiere es al debate sobre el valor de la vida en un conflicto en el mundo de hoy, tanto en el periodismo como en lo que no lo es. El niño muerto en un tiroteo en un colegio de Oklahoma vale lo mismo que el niño muerto de hambre en Etiopía, pero parece que no pesa lo mismo. En aquella época nos volcamos en el conflicto de Yugoslavia más que en el de Ruanda por la proximidad, por las connotaciones y por los diferentes elementos que tenía que te generaban muchas más dudas, incertidumbres y temores que el propio conflicto de Ruanda, que al fin y al cabo era algo que se veía lejano e incluso incomprensible.

A veces nuestro contrato como periodistas consiste en que el ciudadano entienda que esos conflictos repercuten. Que una guerra en Libia no afecta solo a los libios. Que una tala de árboles en el Amazonas no afecta solo a los brasileños No solo es la obligación moral de prestarles atención, sino también lograr que el ciudadano lo haga. Y a veces los periodistas fallamos, no sabemos convertir en interesante lo importante. El caso yugoslavo era muy fácil de acercar y el ruandés no tanto, aunque desde la II Guerra Mundial no se conociera una masacre como esa. Estamos hablando de ochocientos mil o un millón de muertos en un periodo de cien días.

¿Qué sentiste personalmente ante la responsable de tantas muertes? ¿Te provocó rechazo?

No, como decía antes, me pongo mucho en el papel del otro. Es como cuando cruzas la mirada a los de Al Qaeda. A veces distingues odio, otras veces miedo… ambos sentimientos humanos. Cuando observas sus ojos ves esa parte quizá más oscura de la humanidad, a pesar de que hayan sido los más bárbaros asesinos que te hayas cruzado en toda tu vida. Y Bemeriki era una mujer serena, asumía que estaba pagando una culpa de la cual al menos sí creo que era consciente. Pero para ejercer el periodismo es muy importante intentar entender al otro, por qué ha cometido una aberración. No por justificarlo, solo por entenderlo. Yo no soy un juez, no tengo que condenarlo, solo debo exponer los hechos. Si quiero exponer a Bemeriki tengo que entenderla antes. Tengo que dar las claves para que sea el ciudadano el que entienda que contribuyó a la muerte injustificada y, por supuesto, injusta de miles de personas.

En Facebook dijiste que habías vuelto a Ruanda dieciocho años después y seguías sin entender nada.

Cuando me metí en el periodismo lo que me gustaba eran las relaciones internacionales. Me veía más como corresponsal en Washington o en Bruselas, como un analista porque me gustaba mucho entender lo que pasaba, jugar con el mapa del mundo y poner las piezas del puzle para entender por qué si pasa algo en un sitio afecta a otro lugar. Pero cuando me ofrecieron probar el periodismo de acción, cuando me propusieron viajar a Ruanda, no iba a decir que no. Fui para allá con la sensación de que viajaba a un lugar que no conocía lo suficiente como para explicarle al telespectador lo que estaba pasando. Y lo que ocurrió no fue que no lo lograra comprender como periodista, es que me desbordó como ser humano.

Pongo un ejemplo. Recuerdo que estaba con los refugiados tutsis que volvían a sus aldeas desde el Congo. Llegaban y comprobaban que sus casas estaban ocupadas, que los maltrataban. Un panorama que seguramente era mejor que el de los campos de Goma de los que escapaban, pero que desde luego no era lo que imaginaban que iban a encontrar. Allí, un día al atardecer, entre las madres que cocinaban las típicas cacerolas africanas, un día sin viento porque recuerdo muy bien que el humo subía en vertical, en una zona muy deforestada cercana a Nyamata… De repente encontré una niña llorando. Era un llanto… no era el llanto de un niño occidental. Los niños en África lloran de otra manera, con desconsuelo; lloran sin interrupción. Aquí un niño llora y para, allí puede estar veinticuatro horas. Esa niña que vi llorar tenía la misma edad de mi hija, que ahora tiene veinte años. Estaba sola, porque en África las madres no les prestan atención a los niños como se la prestamos aquí, que los hiperprotegemos; la niña estaba sola y en ese momento no sé por qué vi en el llanto de esa niña los ojos de mi hija.

En ese momento me emocioné, porque entendí lo que estaba pasando. Eso me ha ayudado a ser mejor periodista. Porque antes de cruzar la mirada con esa niña lo veía todo desde un filtro. Era un españolito que simplemente estaba allí para contar lo que estaba viendo, pero no lo estaba sintiendo. En ese momento, sin embargo, empecé a hacerlo; empecé a ver en el otro lo que no veía hasta entonces. En ese momento me di la vuelta, lloré pensando en mi hija, preguntándome qué estaba haciendo en Ruanda cuando podía estar con ella. Reflexioné si sería capaz de relatar lo que había tenido ante mí. Y pensé: si soy capaz de contar esta historia, valdré como reportero de guerra. Si no, no. Me quedaría como el periodista que te da las claves de por qué ha pasado en Crimea lo que ha pasado, por ejemplo, lo que, por otra parte, tiene un enorme valor.

La conclusión es una pregunta: ¿Qué lleva a un ser humano a coger un machete y clavárselo en la cabeza al de enfrente? El odio. Y el odio es un sentimiento que lo multiplican los malos, los poderosos. Las sociedades no somos conscientes de lo que significa una guerra. Se ha trivializado tanto, nos han anestesiado tanto, en parte quizá por los videojuegos y las películas, que no se entiende lo que es en realidad. La guerra es algo que arrasa con todo. Quizá las guerras sean inevitables, es más, creo que lo son, pero los que sí son evitables son los políticos que nos llevan a la guerra. Y ahí sí, el papel del periodista es denunciarlos.

Si de algo estoy satisfecho con el periodismo es que, de alguna manera y en pequeña medida, con nuestro grano de arena hemos logrado que quizá algún dirigente en algún lugar del mundo cuando está dispuesto a cometer un genocidio, se lo piense dos veces: «cuidado que a lo mejor llega el periodista tocapelotas que va a contar todo esto y voy a terminar en el Tribunal de La Haya». Si por esto alguna vez alguno de estos no firma la orden de ejecución de no sé cuántos, aunque solo sea por eso, ya ha servido.

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En el caso del reportaje sobre Salvador Allende conseguiste el vídeo de la exhumación de su cadáver, que no lo había visto nadie, solo el Gobierno.

Esa historia periodísticamente es muy bonita. Cuando Pinochet estuvo detenido en 1998 conocí a un cámara chileno que se llama Pablo Salas. Nos hicimos muy amigos. Una vez, cenando en su casa en Chile, después del asado y unas copas, me dijo: «Guardiola, te voy a enseñar una cosa». Me llevó al salón de su casa y me mostró unas imágenes que solo tenía él: la exhumación de Allende. Yo no sabía ni que existieran esas imágenes. Bueno, nadie lo sabía. Era la exhumación secreta del cadáver del presidente.

En 1990, cuando llegó la democracia a Chile, Allende seguía siendo el primer desaparecido de la dictadura. Porque nunca nadie supo dónde estuvo enterrado, aunque se sospechaba. Ni siquiera se sabía cómo murió. El Gobierno democrático de Patricio Aylwin decidió abrir la tumba donde creían que lo habían enterrado, el mausoleo de su familia en Viña del Mar para después darle el homenaje que se merecía. Se hizo de noche y allí estaba para reconocerlo su médico de confianza, una de las mejores personas que me he encontrado en la vida, Arturo Jirón. Bajaron a la fosa, abrieron la tumba y el Gobierno decidió que todo aquello quedase grabado para que formara parte de los archivos de la República para la eternidad. Para esto habían contratado a Pablo Salas, el cámara del que hablo. Pero él, con ese olfato periodístico que tienen que dar los periodistas, en el trayecto de vuelta desde Viña del Mar a Santiago hizo una copia de la grabación en el coche. Ese vídeo lo tuvo guardado hasta que me lo enseñó en su casa y me dijo que nos lo reproducía, pero no nos lo iba a dar jamás. Y yo: bueno, ya lo hablaremos [risas]. ¡Cómo te van a decir a ti eso que eres periodista!

Al final, cuando murió Pinochet, decidió hacer públicas las imágenes. Yo era jefe de internacional del telediario y la única cobertura que hice durante esa etapa fue esa. Me sentía necesitado de contar la historia de la muerte del dictador y allí coincidí con Pablo Salas y acordé emitir por fin las imágenes. Eran muy importantes porque despejaban muchas dudas históricas. Me puso como condiciones que nunca se utilizaran esas duras imágenes para desprestigiar a Allende y que el reportaje lo tenía que hacer yo. El problema era que como jefe de internacional no podía estarme un mes y medio por ahí haciendo un reportaje, así que guardé el DVD en la mesilla de mi casa en Madrid durante un año y pico. Ahí lo tuve sin enseñárselo a nadie hasta que dimití, me nombraron director de En portada y decidí que mi primer reportaje iba a ser ese. Luego, a raíz del reportaje un juez chileno reabrió la causa y se pudo probar, se sentenció que Allende se había suicidado. El periodismo también contribuye a poner luz a la historia y este es un claro ejemplo. Periodísticamente me llenó muchísimo.

En Bolivia entrevistaste a Nicolás Castellanos, un obispo español que lo dejó todo y se fue con los pobres, un cura de la teología de la liberación.

Llegué a él por casualidad. Queríamos hacer el primer reportaje de RTVE en HD y tenía que ser algo que si salía mal pudiera repetirse. Era un reto tecnológico que nos generaba mucha inseguridad. Obviamente, si nos metíamos en un conflicto o en la jungla no íbamos a volver al día siguiente a grabar la misma secuencia. Pensé en todos mis contactos, hice como un casting. Nicolás Castellanos fue un obispo español de la Transición que en un momento dado entendió que la Iglesia no tenía el discurso que debía tener. Pensaba, como puede decir ahora el papa Francisco más o menos, o como decía claramente la teología de la liberación, que la Iglesia tenía que dedicarse a trabajar por los pobres. Decidió dar el salto y se fue a Bolivia.

La obra que tiene allí es espectacular. Es un proyecto que se llama «Hombres Nuevos» que busca básicamente lo que te he dicho, acompañar a los pobres. Con la gente que necesita ayuda de verdad. Recuerdo una frase que dijo que me dejó clavado: «Yo es que ahora de repente veo que en las manifestaciones contra el matrimonio homosexual se reúnen tantas personas, compañeros míos, para intentar impedir que los homosexuales se casen, con la cantidad de problemas que hay en el mundo; con la cantidad de problemas que tienen los pobres del mundo. No lo logro entender». Es así. Yo no soy creyente, pero sí es cierto que se comparten una serie de valores que al ser humano lo hacen grande, llámense cristianismo, mahometismo o budismo. ¿Qué tienen que ver esos valores con una manifestación de esas características?

Nicolás Castellanos lo que cree lo aplica a su vida y vive en El Palacio, que es una especie de comuna en un barrio de gente muy humilde, el llamado Plan 3000 de Santa Cruz de la Sierra. Sigue siendo miembro de la teología de la liberación y la defiende. Es un personaje de los que te enriquece. Es lo bueno que tiene el periodismo, si yo hubiera sido, por ejemplo, abogado, nunca habría conocido a alguien así y sería otra persona distinta.

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Otro reportaje emotivo en este sentido, el del periodista desaparecido Pedro Cárdenas.

Colombia es un país que ha vivido los conflictos con tal intensidad que entras en una aldea, te empiezan a contar cosas y cuando llevas tres días, ves que solo se han remontado a los últimos diez años. Y luego es un país con una gente magnífica, que gente así hay en todas partes, pero en Colombia especialmente. En el caso de Cárdenas quise hacer un reportaje centrado en poner en valor la figura del fixer, nuestro cicerone en los conflictos. Gente que a veces es un periodista local y otras es un buscavidas. En Afganistán, por ejemplo, tuve uno que estaba metido hasta las trancas en los servicios secretos de unos y otros. Se lo sabía todo. Y cuando estás allí te tienes que dejar llevar por él, porque que en el fondo que tú hagas un buen trabajo depende en gran medida del fixer, de que sea bueno. Luego el premio te lo dan a ti y él se queda en su país sufriendo.

El reportaje se llamó «Maldito oficio». Estaba dedicado a los periodistas locales. Porque tú siempre tienes un billete de vuelta, pero el otro no. Al día siguiente tiene que llevar a sus hijos a la guardería. Y Pedro Cárdenas era un periodista en estado puro. Se jugó la vida; la suya, la de su mujer y la de sus hijos por denunciar las mafias y corruptelas de políticos y paramilitares. Ni siquiera era periodista por titulación. Y desapareció. No está probado que lo mataran, pero a mí me extrañaría que no lo hubieran hecho.

¿Es la televisión un arma de guerra como se denuncia en los conflictos modernos?

Lo es, aunque ha variado mucho. En las guerras de los Balcanes, por ejemplo, tuve la sensación de que en los frentes nos veían como un objeto de seducción. El periodista era el que iba a facilitar el camino para que la opinión pública mundial se sensibilizase con los problemas de cada bando. De por qué luchan. O por qué matan. Pero ahora, con la irrupción de las redes sociales y las nuevas tecnologías ha cambiado. El caso extremo lo tienes en Siria, es decir, el Estado Islámico ya no te necesita para contar su historia. Tienen una capacidad de producción de información que tú ves los vídeos y parecen rodados por profesionales de Hollywood. Lo que ellos quieren que se sepa, los periodistas nos lo bajamos de internet. ¿Para qué tenemos que estar allí? Para nada. Y entonces, si estás, lo que se proponen es eliminarte. Ese es uno de los grandes dramas que tiene el periodismo de guerra hoy. Ya no eres un objeto de seducción, sino un objetivo.

Sin embargo, el cambio determinante empezó a darse tras la guerra de Vietnam.

Los políticos descubrieron en esa guerra que los medios pueden tener mucho poder. Y su objetivo es limitar la influencia mediática en su propia conveniencia. Las guerras que vinieron después estuvieron muy condicionadas por la guerra de Vietnam. Pero insisto en que, más que esa guerra, lo que de verdad está cambiando el periodismo son las nuevas tecnologías. La brecha que separa el hecho noticioso del ciudadano se ha estrechado tanto que apenas queda hueco para el periodista. Ahora la sociedad pide respuestas inmediatas. Este fenómeno cuando empezó fue sobre todo con la caída del muro de Berlín. Todas las televisiones lo dieron en directo. El espectador era testigo directo. No hacía falta contexto: había un tío vestido de verde que abría una puerta y una multitud de personas se abrazaban, unos mejor vestidos que los otros. Pero el contexto histórico que supone la apertura del muro y sus posibles consecuencias en el futuro, si lo estás viendo en directo no lo entiendes. Es como la guerra de Irak del 91, que fue la explosión de la CNN, veías avanzar los carros por el desierto. ¿Qué supone eso? «No lo sé, pero lo estoy viendo». Por todo esto el periodismo se ha ido dejando llevar cada vez más por el deseo de querer contar lo que está pasando ahora mismo, generando esa necesidad, como digo, de respuesta inmediata que como periodista te resta capacidad para introducir el contexto.

El periodista que salta de una guerra a otra, ¿tiene tiempo de entender el conflicto para poder explicarlo en esas condiciones?

En ocasiones no. Cuando fui a Ruanda me avisaron la misma noche en que salía. Había seguido la información, pero una cosa es estar informado medianamente en Madrid y otra coger la mochila y ser tú el que lo va a explicar. Ahí tienes que ser el que más sabe de Ruanda. En coberturas inesperadas, las que surgen en apenas un par de horas, yo siempre he utilizado los viajes en avión para leer y documentarme, pero está claro que no es suficiente. Y si la sociedad te pide respuestas inmediatas, ¿qué vas a hacer? ¿No dárselas? No puedes. No puedes ir a contracorriente. Solo te queda dar esa respuesta con dudas. Por ejemplo, el fiscal argentino Nisman ha aparecido muerto. Hay posibilidades de que se haya suicidado o no. Entonces tienes que exponer las claves fundamentales que apuntan en una dirección o en la otra. Así puedes generar un interés del ciudadano en el contexto. Una duda. Lo que nosotros buscamos con En Portada es que si llegase un extraterrestre a la Tierra y cogiera los programas de los últimos dos años en DVD se hiciera una idea precisa de cuál es el estado del mundo y lo que está pasando en él.

Uno de los mejores trabajos informativos que se ha hecho sobre Ucrania es un documental que ha grabado por su cuenta y riesgo, sin el respaldo económico de una empresa, Ricardo Marquina. Está subido a YouTube, se llama El año del caos. ¿Qué papel le das a iniciativas así en el periodismo del futuro?

El futuro del reportaje de gran formato está en esas manos. No está en las grandes empresas llámense BBC, CNN o TVE. No es que TVE no llegue, que no llega, es que ninguna empresa va a llegar. Hay reportajes, como el famoso Restrepo, que se ruedan en diez o quince meses. Ninguna de las grandes empresas de comunicación del planeta le va a costear a un empleado quince meses de su salario para un documental. Por eso, los freelance se apoderan poco a poco de los reportajes de gran formato. Y su financiación apuntará a filántropos u organizaciones que estén dispuestas a poner dinero para que se cuente una historia. Habrá que tener cuidado con qué objetivo quieren que se cuente.

Pero creo más en el papel del ciudadano en el periodismo que en el periodismo ciudadano. Porque yo como periodista me siento obligado a desarrollar mi trabajo con una serie de pautas por un contrato que me une a la sociedad. Igual que el médico tiene un juramento hipocrático. Un ciudadano no tiene esa obligación. Lo cual no quiere decir que no pueda ejercer el periodismo, o que no pueda ser periodista quien no haya estudiado la carrera, sino que para ser periodista tienes que cumplir un contrato. Si lo cumples, adelante. Si no, me gustaría saberlo porque el grado de fiabilidad no va a ser el mismo. Anclados en este principio, luego la financiación puede venir por múltiples fórmulas.

De todas formas, es muy útil para el periodismo el empuje de muchos jóvenes que agarran una cámara y se dedican a buscar historias por el mundo. A algunos los admiro muchísimo. Aunque está el inconveniente de que el contacto con la redacción enriquece, es bueno que alguien con perspectiva y distancia te sugiera enfoques nuevos. Para crecer como periodista es imprescindible trabajar cerca de profesionales que deben ser referentes y en muchos casos estos están en las redacciones.

De En Portada se decía cuando empezó en los ochenta que «recogía la herencia de los documentales de TVE». ¿En qué consistía esa herencia?

Era una filosofía heredada de la televisión, sobre todo la americana, que fue la que llevó el gran reportaje de prensa a televisión. Al principio en TVE se hacían con improvisación y eso aumentaba la calidad del resultado. Los periodistas como Miguel de la Quadra Salcedo trabajaban de forma radicalmente distinta a como lo hacemos nosotros ahora. A estos les llamaban un día y se iban al país que fuera, se estaban allí dos meses, rodaban todo lo que podían y, cuando decían que habían terminado, los mandaban a otro destino. No se trabajaba la agenda. Ahora tú vas a tiro hecho y esto te impide en buena parte olfatear adecuadamente cuando estás en el destino. Ellos improvisaban. Rodaban sobre la marcha, con una fuerza narrativa tremenda.

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Llegaste a ser jefe de internacional del telediario pero dimitiste. ¿Por qué?

Mi proyecto consistía en crear un equipo de enviados especiales que fuesen jóvenes, con capacidad para moverse por el mundo y contar historias en un lenguaje audiovisual de calidad extrema. Un equipo de enviados especiales como lo tenía la BBC. Allí estaban Luis Pérez, Óscar Mijallo, Sagrario Mascaraque, José Carlos Gallardo, Antonio Parreño, Yolanda Álvarez, Carlos Franganillo, Diego Arizpeleta, David Picazo

Ese era mi proyecto, pero llegó el ERE a RTVE y muchos corresponsales se prejubilaron. Sus huecos se cubrieron con esos jóvenes que estaban llamados a ser corresponsales a los cincuenta, pero no a los treinta y cinco. Sin embargo, aceptaron y se fueron. Yo les animé en la nueva etapa que empezaban, pero les advertí que dejar de ser corresponsal con cuarenta años les iba a resultar muy difícil. En España no se respeta la carrera profesional. Cuando vuelves a Madrid a la gente le da igual que hayas sido corresponsal. Ahora los que regresan me dicen: «me acuerdo mucho de las palabras que me dijiste». Esto echó por tierra mi proyecto.

Pero otra de las razones por las que dimití fue porque en televisión hay un desequilibrio cada vez mayor entre el peso de la edición y el peso de los responsables de área. El editor digamos que tiene una visión global y decide cuáles son los contenidos de un informativo y el jefe de área es el que determina o jerarquiza qué se debe contar dentro de su ámbito. En la medida en que esos poderes están equilibrados, el resultado final es fantástico. Pero yo lo que viví fue un periodo en el que el jefe de área tenía cada vez menos peso y la edición más. Entendí que se estaba invirtiendo la forma en la que debe hacerse el periodismo. Creo que la información surge en la calle y el periodista la debe empujar hacia arriba, al jefe de área, para que se la exponga al editor y este lo meta en la narración del día. Pero si el flujo es el inverso, si el editor le dice al periodista: «quiero esta noticia», a mí no me gusta. Porque es muy fácil controlar a un editor, pero no a trescientos periodistas, por eso yo prefiero que la información venga de ellos, de abajo.

Luego también me afectaba ser jefe. Cuando eres el responsable y tienes que mandar a un amigo tuyo a Irak no es fácil. En 2005 volví a Bagdad como redactor y ya no se podía trabajar. En cuando estabas por la calle y sacabas la cámara enseguida veías a alguien con el teléfono llamando y si en tres minutos no te largabas tenías problemas. Si no puedes entrar en la casa de los iraquíes a que te cuenten sus problemas, no estás trabajando bien. Al llegar a jefe de internacional decidí que en esas condiciones no íbamos a viajar a Bagdad. Cuando después mejoró algo la situación, envié a Luis Pérez, que ahora es corresponsal en Moscú, y no veas lo que me costó. Le llamaba todos los días a todas horas, no por la información, sino para saber si estaban bien.

Y también vi una cosa clara, a mí lo que me gusta es contar historias. Entendí que mi carrera debía tener una evolución. Ya había cubierto muchas guerras y me di cuenta de que lo que escasea en el periodismo es la cobertura de las posguerras. Descubrí ese papel de reportero de posguerra. Porque creo que durante la guerra, por instinto, la gente sobrevive, pero cuando ya no hay guerra, es cuando más desprotegidas se sienten las víctimas. Las prometidas ayudas internacionales que iban a llegar nunca llegan. Pasan del instinto de sobrevivir al de no morir, y es ahí donde les golpean los traumas. En fin, vi que el periodismo ahí tenía una deuda. En eso hemos centrado muchos reportajes de En Portada, aunque creo que todavía se puede desarrollar mucho más en España.

¿Cómo valoras la situación actual de los servicios informativos de TVE? El último informe del Consejo de informativos ha sido demoledor.

Sí, los últimos informes han sido contundentes. Lo primero que hay que destacar es que TVE, al contrario que la inmensa mayoría de las empresas periodísticas en España, es un medio que cuenta con un Consejo de Informativos, que se debe encargar de velar por la independencia. No es algo improvisado, es un órgano que forma parte de la propia estructura de RTVE y que lo elige la redacción. Es decir, estés o no de acuerdo su opinión debe ser interpretada como la voz de la redacción. Eso es importante saberlo y valorarlo. El Consejo lleva en su esencia ser contrapeso de la dirección. De hecho no conozco ninguna Dirección de Informativos que haya aplaudido al Consejo.

Personalmente, creo que el problema de fondo de RTVE es que carecemos de un doble blindaje que considero imprescindible: el financiero y el político. RTVE necesita tener un presupuesto estable y una financiación sólida. Toda empresa, para acometer sus proyectos de futuro, necesita saber con qué presupuestos cuenta y cómo se va a financiar. De dónde va a salir el dinero y cuánto. La retirada de la publicidad en 2010 fue demasiado improvisada. Y si a eso le añades recortes en las aportaciones te encuentras con una empresa muy difícil de gestionar económicamente.

Y el otro blindaje es el político. Entre la ciudadanía existe la impresión, que yo comparto, de que todos los directores de Informativos se han decidido en algún despacho del Palacio de la Moncloa. Eso no es bueno y no debe ser así. Presiones las hay y las habrá siempre. En todos los medios. Pero en los medios públicos hay que generar los mecanismos para que si un responsable editorial —que debe ser elegido exclusivamente por su valía profesional— se resiste a la presión de un político no pase nada. O mejor dicho, no pueda pasar nada. Para empezar creo que sería bueno que el Consejo de Administración dejara de ser un miniparlamento y se convirtiera en un órgano de representación social, político y periodístico. ¿Por qué no se pueden incorporar también al Consejo representantes de la Federación de Asociaciones de la Prensa? ¿O de la Academia de Televisión? ¿O del mundo de la Universidad? Eso ayudará a lograr algo imprescindible: que todos los ciudadanos, sin excepción, entiendan que RTVE es suya y que su rumbo no está al albur de las mayorías.

El valor de un periodista solo se mide en credibilidad y el de un medio lo mismo. La credibilidad se conquista día a día y creo que TVE tiene que ganar credibilidad demostrando a todos los ciudadanos, que son nuestros verdaderos accionistas, que está descontaminada de políticos. En las actuales circunstancias, deben ser los políticos los que decidan renunciar al manejo de RTVE y, sinceramente, creo que solo lo harán cuando reciban un mensaje contundente de la sociedad. Ese es el objetivo, concienciar a la sociedad para que exija a todos los políticos que los medios públicos no se tocan. Ojalá todos los partidos incorporen esa idea tan sencilla en sus programas electorales.

Todo esto es opinable y discutible, pero la esencia del asunto se reduce a que cada periodista debe ser, por encima de todo, responsable de su propio trabajo. Yo tengo muy claro cuál es el límite que me pongo a la hora de trabajar. Puedo discutir hasta el infinito sobre criterios periodísticos, pero no voy a aguantar ni un minuto si el debate se refiere a la conveniencia política de un tema u otro. Un buen periodismo solo existirá en la medida en que un periodista pueda decir: eso no lo hago.

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Te has quejado del horario de tu programa.

Todos los que tenemos un horario más allá de las 23:30 y no estamos en La 1 nos quejamos. Y me pongo en la piel de todos, pero como director de En Portada me quejo del mío. Lo mismo que me quejo de que en el descanso de la Champions el otro día no metieran una promo de En Portada, pero qué le vamos a hacer. De todas formas emitimos un tipo de reportaje que no es un trabajo para masas. Me encantaría que lo fuera, pero me gusta trabajar en libertad. Y si tienes la presión de la audiencia en otro horario o en otro canal todo sería diferente. Este programa tiene treinta y pico años, no puede estar sometido a esas presiones, es como un transatlántico. Si yo, como capitán, quisiera dar ese giro tampoco podría.

Has comentado en alguna ocasión que en TVE no se aprovecha el interés que tiene la audiencia latinoamericana en lo que dicen los medios españoles.

Latinoamérica está mucho más desarrollada que España en el lenguaje narrativo de prensa, especialmente en reportajes o crónicas como dicen allí. Donde sí que hemos evolucionado más que ellos es en la narración audiovisual. Nosotros arriesgamos más y tenemos mejor capacidad de contar historias, y eso que ellos hacen una televisión también muy buena. El caso es que, antes, cuando hablaba de la financiación, es porque una estabilidad presupuestaria te debe servir para tener un proyecto, y ese debería ser en nuestro caso convertirnos en el mascarón de proa de la marca España. En Latinoamérica hay cuatrocientos o quinientos millones de personas que todavía siguen queriendo estar informados de lo que pasa a través de RTVE. Algunos medios han entendido esto muy bien y se han aprovechado de nuestra inacción, como los rusos, los árabes, los franceses o la CNN en español, que tiene una capacidad de producción que para nosotros ya es inalcanzable, e incluso TeleSur. El día que RTVE entienda que el futuro no pasa por dar en directo los plenos del Ayuntamiento de Guadalajara, que es mi tierra, sino por acercar lo que pasa en Latinoamérica a los españoles y viceversa, tendremos futuro. El Canal 24 horas puede tener una vertiente española, pero debe contar con una presencia continua de Latinoamérica. Creo que se podría emitir un Canal 24 horas solo para América. La primera vez que fui a Argentina, el telediario de TVE era el tercero o el cuarto más visto. Ya no es así porque se ha fragmentado la audiencia, pero sigue siendo importante. Un ejemplo es lo que he comentado del caso Nisman, hay un deseo de los latinoamericanos de informarse a través de TVE. Siguen mirándonos y esperan de nosotros un referente y no lo digo ni mucho menos desde el «maternalismo» de la madre patria. Es más, ¿por qué no utilizamos una empresa como la nuestra, aunque sea egoístamente, como un vehículo para que España se conozca allí y le sirva a nuestros intereses comerciales, o humanitarios?

Qué opinas de los nuevos programas de internacional que hay en las cadenas privadas en los que se recurre al periodista protagonista, como Jon Sistiaga, o a que el protagonista sea el riesgo, como En tierra hostil.

Me gusta explorar nuevos formatos. En tierra hostil tiene cosas que me gustan a la hora de rodar o narrar. A veces hay que quitarse la losa de la narración tradicional, meter cosas más directas o improvisadas. Así lo hacía Miguel de la Quadra Salcedo y le quedaba todo más vivo, no le daba tantas vueltas a dónde plantar la cámara, etc. Sin embargo, a mí me gusta contar todos los elementos básicos para entender una historia más allá de lo que ven tus ojos. Como periodista no me conformo con mostrar lo que veo. Claro que si te compran un programa que tiene que tener una determinada audiencia, quizá tienes que hacerlo así. En el caso de Jon creo que él tiene un caché y sabe contar historias en primera persona como nadie. Piensa que a veces en televisión tienes que utilizar la primera persona como testigo de lo que has visto. Yo entiendo la narración en primera persona siempre que tu testimonio sea único. Y defiendo que el reportero salga en televisión siempre y cuando esté haciendo su trabajo. Lo que no contemplo profesionalmente es que el periodista, por ejemplo, salga paseando por la feria del libro sin más en una pieza sobre la feria del libro.

El que sí que ha conseguido enganchar a una gran audiencia sin perder la sobriedad es Salvados.

Salvados creo que televisivamente está muy bien hecho y sociológicamente es producto de un hartazgo. El periodismo en general ha tardado en entender que había que dar un paso más, que el mundo y la sociedad cambian. Ahí Salvados ha aportado ese granito de arena en el objetivo de muchos ciudadanos de quererse sentir gobernados de otra manera. Un sentimiento que no tiene nada que ver con ser de izquierdas o de derechas. Luego Salvados técnica y narrativamente tiene elementos muy interesantes. El planteamiento de las entrevistas, las pausas, los silencios, saber entrar en el personaje. Habrá quien piense que se rueda en una mañana, pero eso requiere mucho trabajo y mucho esfuerzo. Una vez les vi grabando en un centro comercial. Me acerqué para curiosear y no me reconocieron. Investigué cómo conseguían esa calidad de sonido, porque en ese centro comercial había un ruido ensordecedor. Y vi que allí, in situ, había un mezclador de sonido trabajando con su mesa. Al ver luego el programa se escuchaba fantástico. Salvados tiene un trabajo muy concienzudo detrás.

Una última cosa: en los ochenta coincidió que En Portada tenía la sintonía de Vangelis de Blade Runner y Documentos TV la de Ry Cooder de Paris Texas. Ambas tristísimas. ¿Cuál era el objetivo, que llorasen los niños en casa?

Es que el mundo hay veces que da ganas de llorar. Pero creo que la de Documentos TV era más tristona que la nuestra. La que tenemos ahora, en cambio, tiene presencia, percusión y es heavy. Te engancha, la oyes y vas a la tele a ver qué pasa, que es el objetivo de una sintonía. Como cuando escuchas la del telediario y dices: voy para allá. A los periodistas nos pasa algo diferente, cuando la oímos por el pinganillo en los directos nos empiezan a temblar las piernas. Y ojalá que nos tiemblen toda la vida al entrar en un directo, porque el día que dejen de temblar significará que te has confiado.

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Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Lo mejor y lo peor de El Ministerio del Tiempo

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

(Al grano: El Ministerio del Tiempo ha pegado el petardazo más sonado en la ficción televisiva española desde, seguramente, Crematorio. Y pensamos que para bien. Por esa razón dedicaremos este artículo a señalar algunos de los valores que hacen de la criatura de Javier y Pablo Olivares una serie singular, novedosa y valiosa en la industria televisiva española y reseñaremos después los puntos por los que más se tambalea. Y habrá SPOILERS).

Lo mejor

1. Un cuento diferente sobre lo público

Atención, pregunta. ¿Le parece que lo verdaderamente fantasioso sobre El Ministerio del Tiempo es que se trate de una institución secreta que custodia unas puertas subterráneas que conducen al pasado, descubiertas en el siglo XV por un rabino toledano, y que solo funcionan en los territorios que fueron españoles en su día, y que además lleva siglos operando con la complicidad de muchas figuras insignes de la historia, y que algunas se peinan raro, y todo esto sin sucumbir a la tentación de manipular el propio curso histórico del país y llevarlo, qué le diría yo, al liderazgo en el concierto de las naciones y a ser, en suma, la jodida pera limonera? Porque, si lo piensa, a lo mejor es lo de menos. A lo mejor la novedad, lo verdaderamente inverosímil, es que un ministerio español funcione bien. En general.

No es un chiste. Los viajes por el tiempo entran en las convenciones del género fantástico y la ciencia ficción, y por eso le resultan digeribles al televidente. Pero lo segundo no. En la mente colectiva —la mente colectiva española, se entiende— también existen convenciones sobre cómo es lo público y tienen poco que ver con lo que nos están contando los Olivares. España tiene uno de los índices de percepción de la corrupción más altos de la Unión Europea, superado solamente en Italia y Grecia. Y aunque políticos y cargos electos se llevan la palma, un vistazo al Eurobarómetro ilustra la pobre imagen que tenemos también de los profesionales de la Administración y los funcionarios. Se ajuste o no a la realidad —no entraremos en ese jardín—, la imagen que tenemos de ellos es, bueno, la que es.

Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Y por eso El Ministerio del Tiempo incorpora una refrescante novedad, o lo hace el hecho de que se haya ganado la simpatía generalizada de los espectadores. Ahí están las audiencias explosivas de Aída, de La que se avecina y de la muy reciente Allí abajo, una serie al rebufo del fenómeno Ocho apellidos vascos. O la misma Ocho apellidos vascos, la película más vista de la historia del cine español, que comparte la condición de gran blockbuster con varias otras caricaturas de lo nacional, entre ellas Torrente y Mortadelo y Filemón. En España, las ficciones que incorporan un relato sobre lo español que verdaderamente contentan al público son las parodias. Por eso se celebra cuando ocurre, y este es uno de esos casos, que los narradores nos cuenten un cuento sobre nosotros mismos sin complejos y sin ir pidiendo perdón por adelantado, aunque solemos olvidar que no se debe disparar al pianista. Quien no respalda las apologías no es el creador, es el espectador.

Pero los Olivares, empeñados en contarnos la historia de una institución secreta española que no sea la T.I.A., han comprendido que, para ello, deben primero engañarnos y hacernos creer lo contrario. Por eso los chistes sobre la picaresca o esa inclinación tan patria, según el personaje de Salvador, hacia la improvisación. Y su forma de abundar en el verdadero cuento español contemporáneo: la crisis y los demás jinetes que cabalgan en su cortejo, que son la corrupción, la venida a menos, la pobreza y los recortes. Pero siempre, ojo, verbalmente. Con la forma de un aderezo superficial, de un chiste o de una broma que busca satisfacer puntualmente la visión convencional sobre lo español que cimentan decenas de títulos de ficción previos. Para naturalizar lo que, a fin de cuentas, es una historia verdaderamente inaudita: la de una institución pública española que funciona con una integridad y un rigor casi —casi— escandinavos.

2. Servicio público en la televisión pública

Y la convicción de los creadores no debe extrañar, porque eso es precisamente lo que están haciendo ellos: aspirar a la excelencia en un medio público.

¿Cuántas veces han escuchado —o incluso han dicho— lo buena que era la TVE de los ochenta? ¿Diez? ¿Cien? Pues regocíjense porque, a todos los efectos, El Ministerio del Tiempo es La Bola de Cristal. No, ni salen electroduendes ni Kiko Veneno disfrazado de monstruo de Frankenstein, pero sí hace aquello que echábamos de menos del formidable programa de Lolo Rico: enseñar sin que nos demos cuenta. Y lo deja bien clarito desde los estupendos créditos iniciales, que ilustran otro de los objetivos que se marca El Ministerio del Tiempo: impartir una lección de historia de España disfrazada de serie de aventuras.

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Y a fe nuestra que lo consigue. Si no, ¿de qué iba a aparecer Lope de Vega en los trending topics de Twitter? ¿O Isabel II, el Lazarillo de Tormes o Torquemada? Que sepamos, no ha caído del cielo ningún rayo culturizador que haya llevado a las hordas de tuiteros a congregarse para asaltar las bibliotecas armados con gafas de cerca en busca de Fuenteovejuna, ni para inundar las hemerotecas anhelosos de interés por la reunión en Hendaya entre esos dos entrañables coleguitas que fueron Franco y Hitler. Más bien ocurre que El Ministerio del Tiempo ha servido eficazmente el tema de conversación, por cierto asistido por una impecable campaña en redes y online —además de contenidos adicionales sobre cada capítulo, la web de TVE ha ofrecido cada nuevo episodio a la vez que era emitido en televisión—. A lo mejor no es la manera más académica de aprender historia, pero es una manera. Y una manera es mejor que ninguna manera. Más de uno, y de diez y de cien espectadores de La Primera, conocimos a Juan Martín «el Empecinado» gracias a El Ministerio del Tiempo, y para nosotros siempre tendrá la cara de Hovik Keuchkerian.

3. No diga siglo XVI, diga Alatriste

Hay que notar, además, que El Ministerio del Tiempo ha conseguido todo esto sin batallas, sin grandes congregaciones de figurantes y sin demasiadas pirotecnias con los efectos especiales. Seguramente su despliegue de medios está por encima de los estándares de la casa, pero le ocurre lo que a casi cualquier producto televisivo: que siempre agradece más producción. A pesar de eso, la serie ha conseguido evocar con eficacia épocas, localizaciones y personajes, y de nuevo ha sido gracias a la maña de los hermanos Olivares y sus guionistas, Anaïs Schaaf, José Ramón Fernández y Paco López Barrio. Y es buena idea, en este punto, preguntarse cómo demonios lo han hecho.

Sin rodeos, que duele menos: «referencia», «autoconsciencia», «metatelevisión». Tres chorritos de ácido, chuf, chuf, chuf, directamente en sus ojos. Y sabemos que escuece, no crea que no. Estamos en 2015 o,  si prefiere un calendario más apropiado, en el año 11 d.K.B. —después de Kill Bill—. Del boom de la metaficción y del atracón de prefijos que nos dimos entonces —«meta», «post», «auto»— hace ya unos cuantos años. Ahora atravesamos el segundo ciclo del hype: la reacción, la negación por empacho. Entre otras cosas porque lo meta, con frecuencia, es una propiedad que se le atribuye alegremente a historias que no la tienen. Si le pedimos que aguante —y puede agarrar en este punto la tapa de su portátil, quizá quiera seguidamente cerrarla de un portazo— es porque lo decimos completamente en serio.

Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Eso sí: El Ministerio del Tiempo ha sido también víctima de esa ligereza con la que se celebra lo metaficcional. En particular porque lo que han aplaudido muchas reseñas ha sido únicamente el efecto humorístico de sus referencias. Empezando por la que se hacía, vía Rodolfo Sancho, a Curro Jiménez, el crossover con Isabel o el cameo de Jordi Hurtado, entre otros. O ese chiste tan comentado al inicio del tercer capítulo, cuando Velázquez se quejaba amargamente de que, después de restauradas en nuestra época, sus obras están demasiado iluminadas y parecen «una serie española de televisión». ¿Divertido? Sí. ¿El recopetín? Pues no. Pero sí lo es aquello que consiguen los Olivares usando estas bromas como instrumento: que miremos al pajarito mientras ellos, con la otra mano, hacen su prestidigitación.

Porque hacía falta verdadera prestidigitación, y no solo para invocar siglos distintos y realidades remotas. Piense en el perfil del espectador medio de TVE —cof, cof, Acacias 38, cof, cof, Alfombra Roja Palace—, y díganos: ¿cómo se consigue que ese espectador, cuyo mayor contacto con la ciencia ficción es cuando a Mariló Montero se le acaba el teleprompter, se coma sin rechistar y hasta disfrute de tramas más bien complicadas sobre viajes en el tiempo? Bien sencillo: haciendo que, cuando la cosa se parezca a la primera de Terminator, nuestro protagonista nos lo advierta así: mencionando «la primera de Terminator». Y que haga lo propio cuando la cosa vaya de loops en el tiempo, anunciando que aquello que vamos a ver será «como El día de la marmota». Los creadores de la serie recurren a la misma técnica referencial no solo para aclararnos los intríngulis de sus tramas, sino para transportarnos eficazmente a una determinada época: nos están llevando, en realidad, al universo ficcional que ya ha construido otro título, uno bien conocido por el espectador. No diga siglo XV, diga Isabel; no diga siglo XVI, diga Alatriste; no diga principios del XIX, diga Curro Jiménez.

Olivares ha definido El Ministerio del Tiempo como «una serie pop» y eso, que tantas veces no ha sido estrictamente cierto, lo es de forma rigurosa en su caso: explota los conocimientos que acumula el espectador sobre otras ficciones populares y los pone a su servicio, construyendo a partir de ellas sin quedarse meramente en su enunciación.

4. Fantasía, pero. Ciencia ficción, pero.

Por veinticinco maravedís, díganos: ¿es El Ministerio del Tiempo ciencia ficción o fantasía? Pista: la pregunta no tiene truco. Solo hay una respuesta correcta.

Parece ciencia ficción. Parece. Las convenciones a las que recurre, empezando solamente por la ubicuidad de la tecnología, son las de la ciencia ficción. Y la dialéctica policial y detectivesca emparenta muy bien con ese género. Pero no. Es una serie de fantasía. Una serie de fantasía, quizá, con la retórica de una de ciencia ficción. Pero fantástica.

Y eso, si nos lo permiten, es cojonudo. Abracemos la fantasía como un niño abrazaría una gran nube de algodón de azúcar: poniéndose hasta arriba de pringue. Porque no siempre tiene que ver con gnomos, orcos y hadas. Fantasía es cualquier narración que incorpora elementos sobrenaturales sin una explicación científica, y de eso no hay mucho en El Ministerio del Tiempo. ¿Cómo funcionan las puertas? Ni idea, pero funcionan. ¿Cómo funcionan el wifi o los teléfonos móviles en las distintas épocas de la historia? Cualquiera sabe, pero a los personajes no parece intrigarles. ¿Cómo es posible que unas puertas estén en barcos, otras en confesionarios, otras en monasterios, unas sean fijas y otras avancen en el discurrir del tiempo? Ni lo sabemos ni lo queremos saber ni a la serie le importa un pepino. La apuesta de los Olivares tiene mucho más que ver con la aventura y la diversión que con la verosimilitud científica. Al fin y al cabo, no es Looper ni Primer ni Predestination, ni ninguna historia que gire en torno al problema de la paradoja. Por mucho que Javier Olivares no lo admita, El Ministerio del Tiempo se parece más a Doctor Who, que de ciencia ficción tiene poco y preocupación por las paradojas, aún menos. Y él mismo, cuando le preguntan por las referencias de su serie, no cita a Larry Niven ni Robert Heinlein, sino a Tim Powers y Mark Twain.

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Por desgracia, Twain, remedando a Lord Byron, también dejó un aforismo muy recordado: «Por supuesto que la realidad es más extraña que la ficción: la ficción debe tener sentido». Lo cual nos lleva al primer problema de la serie que reseñar y con él, al bloque de crítica.

Lo peor

5. No future

Porque en la ficción no vale todo, por más que se trate de fantasía. Fantasía, sí; Jauja, no. Y El Ministerio del Tiempo no es una excepción.

El que sigue uno de los temas que más ha dado que hablar a los seguidores de la serie, para algunos porque constituye un enigma y para otros porque se trata de un punto inconsistente en el planteamiento mismo de la historia. Las puertas que custodia esta institución conducen al pasado y permiten regresar de él, pero no llevan al futuro. Se nos aclara en el primer capítulo de la serie, cuando Salvador revela a Julián la naturaleza de las puertas del tiempo. El segundo pregunta entonces si se puede viajar al futuro y el subsecretario responde que no, aportando como explicación que «el tiempo es el que es». Llámalo aportar una explicación, llámalo no aportar ninguna en absoluto.

Pero no. Si Amelia o Alonso hubieran estado en esa misma secuencia —y he aquí la razón por la que no estaban—, podrían haber replicado que sí se puede viajar hacia el futuro, porque de hecho ellos acaban de hacerlo. Han viajado desde sus respectivas épocas hacia adelante. Y en ese mismo episodio, el primero, dos personajes secundarios —un general de Napoleón y un español afrancesado— harán lo propio para conocer el resultado de la Guerra de Independencia, viajando hacia adelante desde 1808, de nuevo, hasta 2015. Salvador dice que no se puede viajar hacia el futuro pero no es cierto: simplemente ocurre que la barrera del presente, de 2015, no se puede rebasar.

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Hubiera sido sencillo explicarlo así, sin más, y aportar un motivo que lo justificase. Sencillo porque esto es ficción; era tan fácil como inventar una razón técnica o científica, o incluso anunciar que este es un enigma cuya razón se desconoce, como el funcionamiento mismo de las puertas. Motos peores se han vendido solo porque alguien las pinta en una pizarra —aquí una, aquí otra, aquí otra–. Pero no. La cuestión, en lugar de enfrentarse y resolverse, se eludió. Y la escurrida de bulto que implica el aforismo de Salvador, por lo visto, no era otra cosa que eso, una forma lírica de dar la cuestión por zanjada. En una reciente entrevista —aquí a partir del minuto veintinueve—, el mismo Olivares revela que «cada serie o cada novela tiene sus propios códigos», que la suya tiene «el tope en el presente» y que eso es todo. Chimpún.

Y sí, claro. Cada ficción sobre viajes en el tiempo tiene sus propios andamios, a falta de unos universales. A esta, como a cualquier otra, no se le reprocha la forma o el color de los suyos, pero sí lo que a todas: que se vean. Y si el asunto ha dado que hablar a los espectadores, sacándoles de la historia para obligarles a especular sobre sus resortes y engranajes internos, la conclusión es clara: es que se le han visto.

6. El problema de Mecano

En este país no veíamos un trío de dos hombres liderados por una mujer desde que Ana Torroja y los hermanos Cano aterrorizaban nuestros oídos y destrozaban la confianza en nuestro vestuario hace ya treinta años. Y eso mola. Mola que la persona más inteligente y más preparada sea la cabeza de nuestro particular comando y que los otros dos agentes del tiempo respondan a especialidades diferenciadas. Vamos, como con Mecano. El problema es que, al igual que pasaba con el trío de tecno-pop-con-hombreras, la calidad de los personajes y de los intérpretes también es dispar.

Si el preferido del público es Alonso de Entrerríos, soldado de los Tercios metido a francotirador y con aspiraciones de salir en Sons of Anarchy, es porque, efectivamente, es el caramelo del elenco. Con sus arrebatos de caballeroso gorila y su ingenua sorpresa ante las maravillas del futuro se ha ganado el beneplácito de la audiencia. Y a la credibilidad del personaje contribuye la estupenda interpretación de Nacho Fresneda, que bascula sin dificultad entre la gravitas de los momentos intensos y el cachondeo de los leves.

Sin embargo, las actuaciones de sus dos compañeros son más planas. Por un lado, Aura Garrido en la piel de la decimonónica Amelia Folch, pero debido a unos diálogos algo romos o a que la actriz aún no se ha asentado del todo en el personaje. Y similar ocurre con Julián Martínez, posiblemente el personaje más desdibujado pese a que, supuestamente, es el hilo conductor de la serie y el sosias con el que se identifica el espectador. No es que estas interpretaciones menoscaben drásticamente la calidad general de la serie ni que nos saquen de la narración, pero se ven más irregulares, sobre todo al enfrentarlas a secundarios tan sólidos como Jaime Blanch.

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

A quien, por cierto, El Ministerio del Tiempo debe más de lo que se suele conceder en las reseñas. Algo tiene, aparte de lo evidente. Lo evidente es que se trata de un gran actor, nada que haya que ponerse a reivindicar a estas alturas del carrete. Pero lo otro es enigmático. Algo que se tiene o no, aunque seguramente se explique sin necesidad de romanticismos. Mucho es la dicción. Esa curva tan suya, esa forma con la que disuelve el final de la oración. Y lo demás, técnica. Tiene que ver con saber encender y apagar la vis cómica varias veces en el curso de una secuencia, o acaso de solamente una escena. Así es como Blanch sitúa su Salvador Martí, subsecretario de Operaciones del ministerio, en el punto preciso donde debe estar: a medio camino entre aquel M de Ian Fleming y un superintendente Vicente.

7. Un texto espeso

El Ministerio del Tiempo parte de una idea muy potente, sigue un desarrollo más que robusto e introduce algunas apuestas en la realización tan arriesgadas que cuesta creer que vengan del mismo país que emite cimas del cutrerío televisivo como La que se avecina o Gym Tony. Con todo, no es una serie perfecta. Probablemente tampoco quiere serlo, pero eso no es óbice para considerar como tales ciertos errores apreciables en el texto de los ocho primeros capítulos.

Ya hemos mencionado los diálogos a veces algo obtusos, quizá demasiado teatrales, que salpican el texto aquí y allá. Chirrían particularmente por contraste con la locuacidad de los personajes cuando se trata de los chistes —«¿Qué es eso de servicio de habitaciones? / Lo que me sale de los cojones»—, que seguramente es donde el texto consigue brillar más. También hay que señalar ciertos mecanismos de guion un tanto dudosos. Aunque la serie toma forma bajo la estructura clásica de capítulo autoconclusivo con un par de arcos que orbitan por encima de todos los episodios, con frecuencia estos arcos no han acabado de funcionar. Por ejemplo, en lo referente a la historia de la boda entre Amelia y Julián. Podría ser una pistola de Chéjov, pero como nos hemos tirado tanto tiempo sin saber nada de ella, cuando reaparece en el último capítulo ya no tenemos claro si es una pistola o un arcabuz. O el personaje de Nuria, la esposa de Irene. Si resulta tan determinante que va a desencadenar la rebelión del personaje de Cayetana Guillén Cuervo, quizá deberíamos haberla conocido un poquito antes del penúltimo episodio. Si es así, deja de ser una persona y se convierte en un Deus ex Machina, un plot device, un mero artilugio para hacer avanzar la narración que incurre en el peor error: descubrirse como tal ante el espectador.

Con todo, lo que más ha derrapado es la resolución del, por otro lado, estupendo capítulo final, donde nos enterábamos sin comerlo ni beberlo de que nuestra particular Carmen Sandiego, Lola Mendieta, no era tan mala malísima, sino que la mala en realidad es Irene pero resulta que no, que el malo de verdad es Salvador. Y en medio Julián, resolviendo el Cluedo cual Jessica Fletcher, de manera un tanto forzada y por el simple hecho de que es el protagonista, cuando aquí la avispada es Amelia. Es, quizá, lo que más necesita El Ministerio del Tiempo: fluir bien, como lo hace en la realización, y perder un poco de espesor en el texto. Por lo demás, esperamos que Javier Olivares no cambie ni una coma y nos regale, a partir del próximo febrero, otra temporada tan estupenda como la que acaba de firmar.

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.


Hernán Cortés en la pantalla: lo visto y lo que está por llegar

Ilustración de Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, de Diego Durán, siglo XVI.
Ilustración de Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, de Diego Durán, siglo XVI.

¿Cómo es posible que Hernán Cortés haya podido permanecer tanto tiempo fuera de las pantallas de cine y televisión? Quizá sea porque estén cerca de cumplirse los cinco siglos de uno de los episodios de la historia de la humanidad más decisivos y asombrosos, porque ahora la infografía permite recrear fielmente la inmensa Tenochtitlán (más grande que cualquier ciudad europea de la época) o por una repentina rivalidad entre productoras y cineastas al descubrir que incomprensiblemente sigue huérfana una historia que siendo real tiene además todos los ingredientes para ser más espectacular que Juego de Tronos y El Señor de los Anillos. Sea como fuere, en los últimos tiempos han sido anunciados tres grandes proyectos —independientes uno de otros— a cargo de nada menos que Steven Spielberg, Martin Scorsese y Alfonso Arau. ¿Quién se llevará el gato al agua?

Si retrocedemos tiempo atrás, la primera vez que se llevó al cine este choque de civilizaciones fue en 1947, con Tyrone Power como protagonista de Captain from Castile, una película tan mala como empujar a la abuela escaleras abajo. La primera hora se sitúa en Jaén, perdiéndose en un enredo con inquisidores, esclavos aztecas huidos y un amago de romance, que si se ve en versión original desconcierta escuchar a los protagonistas hablando inglés pero intercalando términos como «caballero» y «señorita» y a sus criados solo castellano con acento mexicano, con frases como «ahorita mismo le voy a atender». Cuando la acción se traslada finalmente al nuevo mundo naufraga en irrelevancias y anécdotas como los problemas con el alcohol de uno de los personajes, pues debieron de considerar que no era interesante retratar el increíble cúmulo de aventuras que protagonizaron estos expedicionarios castellanos frente a una civilización tan deslumbrante y extraña como la azteca. Un bodrio infernal, en definitiva.

Algo parecido ocurría en Aztec Rex, que retrataba la conquista encabezada por Hernán Cortés, pero debieron considerar que la historia no era lo suficientemente atractiva de por sí y le añadieron dinosaurios. Puede encontrarse doblada al español en Youtube buscando simplemente por el título, es puro veneno pero entretiene si se ve en compañía de amigos con alcohol y drogas de por medio. En La Fuente de la Vida, de Darren Aronofsky, vemos en una de las tres historias que dividen la narración a un explorador inspirado en la figura de Cortés en busca de un «árbol de la vida» por la Nueva España, pero tratándose de una película de ciencia ficción filosófica es más bien una mera excusa para hablar de otra cosa, que no supimos cuál. Un film que unos amaron y otros detestaron con todas sus fuerzas, lo que podemos afirmar categóricamente es que al menos es mejor que los dos anteriormente mencionados. También tenemos una película mexicana de 1998 titulada La otra conquista, rodada con escasos medios y de un ritmo bastante lento, poco hay destacable en ella. Y finalmente, Apocalypto, la estupenda película de aventuras que dirigió Mel Gibson que solo puede encuadrarse en este tema que estamos abordando por su escena final. Hasta ahora eso ha sido prácticamente todo lo que se ha rodado al respecto, pues La misión, Aguirre, la cólera de Dios, El Dorado o 1492: La conquista del paraíso están ambientadas en ese contexto pero ya nada tiene que ver con el célebre metelinense. De manera que lo que está por venir es, aunque solo sea por contraste, muchísimo más prometedor y como decíamos al comienzo sorprende la acumulación de proyectos que se han anunciado en los últimos meses. Ya veremos si finalmente todos se hacen realidad o ante la competencia alguno acaba siendo descartado.

Curiosamente no solo el cine y la televisión lo ignoraron hasta ahora, tampoco había sido protagonista de exposiciones en museos. Según explicaba en una entrevista el catedrático de Historia de la Universidad Complutense Martín Almagro «creo que la razón es que Cortés es una figura muy controvertida, y para no tener problemas no se había tocado el tema, ni en el siglo XIX ni en el XX». Decidido a cambiar esto, es actualmente el comisario de la exposición que le dedica el Canal Isabel II en Madrid hasta el próximo 3 de mayo. Es una muestra bastante recomendable aunque muchas de las piezas provienen del Museo de América, así que si alguien la deja pasar puede más adelante visitar este recinto cultural del distrito de Moncloa, un lugar imprescindible de Madrid que ya hemos recomendado anteriormente (los domingos es gratis, así que no hay excusa).

Exposición en Canal Isabel II sobre Hernán Cortés, imagen de Dolores Glez. Pastor.
Exposición en Canal Isabel II sobre Hernán Cortés, fotografía de Dolores Glez. Pastor.

Esta renovada curiosidad por la figura de Cortés no deja de resultar paradójica que se produzca precisamente en la época tan posmoderna que nos ha tocado vivir, en la que parece importar más respetar las sensibilidades ajenas que mostrar la realidad de los hechos. La forma predilecta hoy en día de llamar la atención de los demás y ejercer una pequeña cuota de poder consiste en sentirse agraviado en alguna identidad colectiva y anunciarlo a los cuatro vientos. A la manera de un futbolista en el área rival al que cualquier soplido derriba aparatosamente, uno puede echar el día en las redes sociales escandalizándose por la imagen que tal anuncio proyecta sobre nosotros los intolerantes a la lactosa, tal serie sobre nosotros los pelirrojos samoanos y tal portada de cómic sobre nosotros los acondroplásicos con cistitis. Perdón, quise decir nosotrxs. Y así pasamos la jornada tan a gusto reclamando airados toda clase de boicots que al día siguiente ya hemos olvidado.

En este contexto recordar a un guerrero que al mando de unos pocos cientos de soldados mató, conquistó y expolió a mansalva es mentar a la bicha y despertar la consabida ola de reproches con unos reclamando que les devuelvan su oro y la réplica de los otros pidiendo de vuelta sus espejos. Al fin y al cabo, basta echar un vistazo a los comentarios de Youtube y uno empieza a pensar que cruzar el Atlántico para llevarles un idioma tal vez no fue una buena idea… Bromas aparte, la verdad es que la cuestión no es fácil de encarar. La sensibilidad contemporánea condena justamente el imperialismo europeo decimonónico, pero mostrar la misma aprensión por el imperialismo romano resultaría un tanto fuera de lugar. César Borgia nos parece un líder ambicioso cuando quería restaurar la gloria romana en el Renacimiento, pero Mussolini un fanático con delirios de grandeza por querer hacer lo mismo cinco siglos después. Cuando Alejandro Magno es retratado por Oliver Stone con claros tintes heroicos por intentar extender su imperio hasta la India no nos causa extrañeza, pero Hitler también quiso extender su imperio hasta allí y ante un retrato semejante lo miraríamos raro… La indignación moral a la hora de juzgar hechos históricos parece más maleable de lo que nos gustaría e inversamente proporcional a la lejanía en el tiempo. Quizá por eso el mencionado historiador Almagro zanjaba el asunto diciendo que «no podemos juzgar con nuestra sensibilidad a un castellano matando a un indio o a un indio comiéndose a un castellano». Para ser conscientes de cuán diferentes eran los esquemas mentales en los que se movían basta recordar las órdenes que recibió Cortés antes de desembarcar: cartografiar la costa, tomar posesión de las tierras en nombre del rey y poblarlas, predicar el cristianismo y, no menos importante, «descubrir a la gente con orejas grandes y largas y a otros con caras como perros y también en qué dirección están las amazonas».

En cualquier caso será interesante ver cómo se las arreglan los guionistas, porque a un imperio como el azteca, autor del sacrificio de más de ochenta mil prisioneros en solo cuatro días durante la inauguración del Gran Templo de Huitzilopochtli (de acuerdo al historiador Victor Davis Hanson en su muy recomendable Matanza y cultura), no sería muy realista mostrarlo como una víctima desvalida en alguna narración maniquea al estilo de Bailando con lobos. La más sospechosa de serlo, al menos por los nombres implicados, es la titulada provisionalmente Montezuma. Hace algo más de un año el portal Deadline daba la noticia que Steven Spielberg dirigiría un guión de Dalton Trumbo (autor en su día de Espartaco) reescrito por Steve Zaillian (La lista de Schindler, Éxodo) y que tendría como actor protagonista nada menos que a Javier Bardem. Desde entonces ya no se ha sabido nada más al respecto, y de hecho la película que ahora mantiene ocupado a Spielberg es Bridge of Spies, una historia sobre el accidente del avión espía U2 en plena Guerra Fría que se estrenará este año. Así que de las tres adaptaciones previstas esta probablemente sería la última en estrenarse, lo que hace sospechar que finalmente se suspenderá. Ojalá no, porque resulta un director ideal para rodar escenas como la matanza de Tóxcatl, el asedio que sufrieron las tropas castellanas en Tenochtitlán durante varios días en los que «ni aprovechaban tiros, ni escopetas, ni ballestas, ni apechugar con ellos, ni matalles treinta ni cuarenta de cada vez que arremetíamos, que tan enteros y con más vigor peleaban», o su posterior huida en la niebla durante la Noche Triste —en la que aquellos que cargaron con más oro y joyas murieron, una escena moralista que le encantaría—, o el asalto sorpresa al contingente de Narváez, o la batalla de Otumba con una diferencia de fuerzas de cien a uno y que aun así ganaron los segundos, o el momento digno de Indiana Jones en el que descolgaron a un intrépido soldado por el cráter de un volcán en activo para que recogiese azufre con el que elaborar pólvora o, cómo no, la batalla final por la conquista de Tenochtitlán. Si todo ello no termina siendo «La historia más grande jamás contada», poco le faltará.

En relación al siguiente proyecto, hace unos días la web Hollywood Reporter informaba de que el director Alfonso Arau (Como agua para chocolate, Un paeso por las nubes) estaría negociando realizar una miniserie de tres episodios de dos horas cada uno titulada The Conquest of the Sun, para el canal de internet Netflix. Si recordamos que este canal es el responsable de House of Cards, el resultado podría ser bastante interesante. Pero la adaptación más prometedora es la anunciada hace unos meses también en Deadline que implicaría al actor Benicio del Toro como protagonista, a Martin Scorsese como director y productor y a la cadena HBO en una serie titulada Cortés. Giraría en torno al conquistador extremeño, la relación que mantuvo con su traductora indígena Malinche, la inicial amistad con el emperador Moctezuma hasta su posterior secuestro, así como la posterior cadena de sucesos ya mencionada que concluyeron con la destrucción del estado mexica. Resulta un tanto desconcertante que hace unos años José Luis Moreno anunciara su participación en un proyecto similar con la HBO, desconocemos si finalmente ha intervenido de alguna manera pero está claro que al canal la idea le gustó.

En fin, veremos en qué queda todo y qué proyectos salen finalmente a la luz. No vaya a pasar como cuando todos iban a por la rubia en Una mente maravillosa, terminen obstaculizándose unos a otros y al final ninguno se haga realidad. La historia bien merece ser contada, aunque no tenga dinosaurios.

Imagen perteneciente a la colección Jay I. Kislak de la Librería del Congreso, del siglo XVII.
Imagen perteneciente a la colección Jay I. Kislak de la Librería del Congreso, del siglo XVII.


Lorenzo Milá: «Aún estamos con estas inercias troglodíticas de que controlando los medios públicos se ganan elecciones»

Lorenzo Milá para Jot Down 0Lorenzó Milá (Barcelona, 1960), como cualquier periodista en su sano juicio y que sabe lo que hay, rehúye las entrevistas, pero esta vez hace una excepción. No le gusta mucho la exposición pública y al final le sorprenderá que no le haya preguntado por su hermana. Le pregunto si le preguntan mucho sobre ella, y dice que sí. Lleva unos meses en Roma de corresponsal de TVE, tras cinco años en Washington.

Bueno, ¿qué tal en Roma?

Muy bien, en proceso de aterrizaje. Hemos estado unos cuatro meses viviendo en un bed and breakfast porque no encontrábamos un piso, y ha sido un aterrizaje abrupto. Luego Roma y Washington son dos ciudades opuestas, en urbanismo, en energía, en naturaleza… y nos cuesta a todos un poquito.

El impacto de llegar a Roma por el que pasamos todos y que nadie se cree.

Exacto. Roma es maravillosa, no vamos a discutirlo, pero tengo la impresión de que es una ciudad mejor para venir de vacaciones que para vivir, aunque quizá después superemos eso y encuentras que no te quieres ir nunca, que a lo mejor te pasa a ti también.

Sí, hasta que le coges el truco, y es más complicado si vienes con familia, niños y demás.

Sí, es un poco lío, pero si la pregunta es qué tal en Roma, pues muy bien. Aprendiendo. Aprendiendo Italia, el italiano, el Vaticano, periodísticamente son dos destinos muy diferentes. En Washington la información está muy ordenada, en los medios de comunicación sabes muy bien lo que son hechos, lo que es análisis y lo que son reflexiones, y aquí…

Aquí está todo mezclado.

Es un entorno de mucho ruido. Lees los periódicos y… todavía estoy aprendiendo a leer los periódicos italianos.

Sí, es todo un arte.

Cuesta, cuesta. Y también la televisión, cuesta separar los hechos de las intenciones.

¿Qué te parece la tele italiana?

De momento solo veo canales de información, no programación, no te puedo dar aún una opinión.

¿Y la de Estados Unidos?

Pues mira, la tele americana es inmensa. Seiscientos canales. Como acercarte a un quiosco y comprar tres revistas y dos periódicos. Es lo mismo: pones la tele y seleccionas los canales que ves y el resto es como si no existiera. Yo tenía un perfil de información, cine y deporte, y es una tele maravillosa, realmente los americanos hacen muy bien la tele. Cuando cubren deportes son espectaculares, son muy buenos haciendo noticias… Para un profesional de la televisión es una lección fantástica. También los franceses hacen muy buena televisión, los ingleses. La alemana la conozco menos.

¿Y cómo ves la tele española?

Uf (resopla).

Si la ves, que a lo mejor estando fuera no la ves.

No la veo, veo nuestro Canal 24 Horas, que me gusta mucho y lo maltratamos miserablemente, pero yo creo mucho en ese canal. Creo que España está todavía in progress, todavía no tenemos un mercado establecido. El cable, por ejemplo, tampoco está muy desarrollado, como en Estados Unidos, que a mí me parece muy interesante. Y después tenemos la tristeza de ver cómo maltratamos nuestros medios públicos. Tenemos dos redes de televisión pública simultáneas, cosa que es muy extraña para un país de nuestro tamaño, y tenemos todavía esta inercia de que los gobiernos siguen considerando que como pagan la televisión pública pueden mandar sobre ella, y esto es una profunda tristeza. Vivo esto con gran tristeza. En nuestra empresa y en las públicas autonómicas. Con gran tristeza, porque en el fondo es el reflejo de la democracia adolescente que tenemos todavía. Si la BBC es un reflejo de la sociedad británica, nuestras públicas son un reflejo de nuestra sociedad. Aún estamos con estas inercias troglodíticas de que controlando los medios públicos vamos a ganar elecciones. Y te lo digo como profesional de una tele pública, pero también como ciudadano español.

¿Pero tú crees que a estas alturas aún es una ecuación cierta, que controlando la televisión pública se ganan elecciones?

No. Sobre todo hoy. En su día pudo tener algún sentido y también me parecía fatal, porque la televisión pública o es de todos los que la pagan o si no es una estafa. Es decir, si la televisión pública se dirige solamente a los intereses concretos de un votante concreto es una estafa para los demás. ¡Algún día tendremos que despertar! ¡Y me da mucha pena ver que tengo cincuenta y cuatro años y que llevo veinticinco hablando de lo mismo! Y me temo que esto es más largo de lo que yo creía. Me llena de tristeza, la verdad.

Es como la frase de los abuelos: me muero y no os educo.

Ya (ríe).

Zapatero hizo algunas cosas bien y otras mal, pero esta de la televisión pública la hizo bien.

Esa la hizo bien.

Cambiar las reglas de juego, elegir el presidente de RTVE en el Parlamento y por consenso, mayoría de dos tercios, y que la información pública no estuviera controlada por la política. A ti te pilló ese momento: ¿quizá fue el momento ideal de la información en la televisión pública en España?

Bueno, al menos de los últimos años. Nos metimos en ese proyecto mucha gente porque nos pareció que era de verdad, y al final era de verdad. Quizá era una apuesta exclusivamente de Zapatero, a lo mejor al partido le parecía fatal esa idea de distanciarse de la televisión pública y a lo mejor era solo él quien defendía esa idea. Pero el hecho es que se produjo una ley. El hecho es que durante ocho años se trabajó en televisión española con criterios mucho más profesionales que en otra etapas. ¿Era perfecto? No. Era el inicio de un camino que tenía que haber continuado. Eso es lo que era.

¿Había total independencia, en serio?

Absolutamente. Él iba en serio.

¿No había llamaditas?

Todos los días. Pero las hay en todos los medios de comunicación. La gente quiere que hables de ellos siempre bien, y especialmente los políticos. La diferencia es que tú podías decir: gracias, no me interesa, porque periodísticamente esa historia que te vendían no tenía peso.

¿Y antes no se podía? ¿No podías decir: gracias, no me interesa?

No.

¿Qué tenías que decir?

Mándame una cámara a este ministerio, o a este ministro, o a este subdirector que va a hablar. Había que mandar. Y esto es tristísimo.

Lorenzo Milá para Jot Down 1

¿Llamaban solo del ministerio o todo hijo de vecino: sindicatos, empresas, obispos…?

Llama todo el mundo y llaman siempre; las empresas, los grupos de interés, las ONG, las personas particulares para vender sus historias…

Como en cualquier medio.

Eso es, es normal, para eso están los medios, especialmente los públicos. No solo me parece normal, me parece perfecto. Los medios públicos tienen que recibir esas peticiones de la gente que paga esa televisión, esa empresa pública, lo importante es que el criterio de quien decide qué se escoge y qué no sea periodístico. Ningún otro. Esto es lo importante. Esta era la gran diferencia. Esto me interesa porque periodísticamente lo valoro, es bueno, positivo, interesante, y esto no porque no tiene peso periodístico. Quizá tenga un gran peso político, pero periodístico no. Acudir a las declaraciones de los políticos solo por el hecho de que las hacen es absurdo, esto no ocurre en los países de nuestro entorno europeo. Estos diálogos, esta cosa de que:

—Ah, es que va a hablar el consejero de no sé qué.
—Muy bien, ¿pero qué va a decir?
—No, es que estamos poniendo en marcha esto que…
—Bueno, pues cuando eso sea un hecho iremos y lo veremos.
—Bueno, pero es que nos interesa crear…
—Pues a nosotros no.

Esto era muy bonito practicarlo, fue una etapa muy bonita y estoy muy contento de haber participado en eso.

Pero se acabó, y hasta hoy. ¿Qué pensaste cuando cambió el Gobierno, llegó el PP y cambiaron la ley?

Lo sentí mucho, muchísimo, no esperaba que hicieran eso. Y las consecuencias de todo lo que ha venido después. Si tú cambias la ley y se abandona el consenso y el presidente de la corporación pasa a ser nombrado directamente, lógicamente recuperas las tentaciones de volver a poner ahí a las personas que te interesan a ti y exclusivamente a ti. Y de ahí para abajo. Entonces es una pena, yo lo lamento mucho, pero como ciudadano también. Me parece que es un retroceso en un camino que se había empezado a andar y que era imperfecto, y que había que seguir caminando, porque creo que la sociedad española merece medios públicos de calidad, empezando por la independencia periodística. De calidad, no de otra cosa. Para otra cosa están los partidos políticos.

¿Por qué crees que el PP, Mariano Rajoy, quiso volver a lo de antes? Os habían dado premios internacionales, la audiencia era altísima…

Bueno, la audiencia era más alta en etapas mucho más manipuladas. La audiencia nunca ha sido una referencia para medir el nivel de intervención interesada en el proceso periodístico. Nunca.

Quiero decir que ni siquiera tenían la excusa de la audiencia, de que como producto no funcionaba. ¿Por qué volver a lo de antes?

Pues no lo entiendo, y lo lamento mucho.

Ahora mismo además ya no es un problema interno, la propia plantilla y la redacción de los informativos está haciendo protestas y poniendo el problema sobre la mesa públicamente.

Pues sí, pero hay un equipo de gobierno que considera que hay otros objetivos que están por encima del malestar y que el fin justifica los medios, y que probablemente comprenden el malestar que se puede producir, probablemente entienden las resistencias de dentro de la empresa… Habría que preguntárselo a ellos, pero probablemente tienen unos objetivos que justifican este tipo de decisiones.

¿Es verdad, como denuncian las protestas, que se está creando una redacción paralela en los informativos de TVE?

Bueno, esto es muy largo y un terreno más pantanoso. Yo, la verdad, no estoy allí y no sé si es necesario contratar más personas, y por tanto no voy a discutir ese nivel de gestión con tanto detalle, pero sí me parece que hay ejemplos anteriores, de prácticas similares —en Telemadrid, en Canal Nou— que no iban encaminados hacia la independencia periodística; entonces es muy comprensible que despierten todo tipo de recelos. Decisiones como contratar personas cuando hay un momento de más tirón informativo en una empresa con tanta gente. ¿Es verdad que hay turnos que nadie quiere cubrir? Es verdad. ¿Es verdad que hay programas que van muy justos? Es verdad. Por tanto no voy a discutir, porque no estoy en la gestión, si era necesario o no, pero entiendo perfectamente los recelos.

Además, hoy con Twitter y las redes sociales, os están dando mucha leña. Por cosas como dar casi cuatro minutos al Día Internacional de la Croqueta con conexión en directo con una taberna. Claro, hay veces que no se entiende muy bien lo que se está haciendo, incluso a quienes nos gustan las croquetas.

Como a mí, por ejemplo (ríe). Es verdad, pero no quisiera… Son criterios de edición y editar telediarios no es fácil, es una empresa difícil y respeto mucho a la gente que lo hace. El problema es que, como tú sabes perfectamente, la credibilidad se gana con un gota a gota diario, muy lentamente, y se pierde muy deprisa. Entonces los medios públicos no se pueden permitir el lujo de perder credibilidad. Si el modelo es la BBC, y esto lo tenemos todos claro, y estoy seguro de que en el Gobierno también lo tiene claro mucha gente, vayamos hacia allá. Sabiendo que nos queda mucho camino, y unos darán un paso, y otros darán otro, pero esa es la dirección, no la otra. La dirección no es construir medios de comunicación públicos vinculados a proyectos políticos. ¡No, no, y no! El que quiera hacer política, que se meta en los partidos, que para eso están, que tienen sus aparatos de comunicación, y algunos de ellos son muy eficaces. Pero por favor, que dejen en paz a los medios públicos. Este sería mi titular.

Este mito de la BBC: ser como la BBC, ojalá fuéramos como la BBC… ¿Es tan difícil ser como la BBC?

Muy difícil.

Lorenzo Milá para Jot Down 2

¿Por qué?

Es el reflejo de una sociedad. Esto es como los equipos de fútbol, donde en algunos la gente dice: ¡pero cómo podemos tener este presidente y tal! Pues el que habéis escogido vosotros, los socios. No es una persona que viene de Marte, sale de tu masa social. Los medios públicos no vienen de Marte. Son el reflejo de lo que la sociedad quiere que sean sus medios públicos. La sociedad británica decidió hace muchos años que era importante tener un medio de credibilidad y servicio público, y pusieron los medios y el dinero. Con todos los errores, que seguro que han cometido muchos, pero con el tiempo se ha convertido en lo que es. ¿Por qué esto no pasa en España? Porque los Gobiernos en España no sienten la exigencia popular de que la televisión y la radio públicas tengan que ser referentes de calidad e independencia. Entonces, como los Gobiernos no sienten esa presión, hacen lo que quieren. Somos un reflejo de la sociedad, y esto es lo que a mí me produce más tristeza.

No tanto por el reflejo como por la sociedad en sí.

Exactamente.

¿Cómo ves España? Viviendo fuera, vas volviendo de vez en cuando y observas cómo cambia. 

No sé qué decirte. Aparte del momento terrible que vivimos con la crisis, si miramos el mapa, y cuarenta años atrás, hemos mejorado en muchas cosas, maravillosamente. Ahora bien —a lo mejor es porque he vivido en Madrid y esto no ocurre en otras partes del país— mi impresión es que España sigue siendo cainita, seguimos estando polarizados, no escuchamos más que lo que queremos oír, somos muy cautivos de nuestras posiciones ideológicas, no estamos dispuestos a ponernos en el lugar del otro, tenemos poca empatía.

Eso no me lo dices en la calle.

Ja, ja… Pero esto que digo es absurdo, hablar así de cuarenta y cinco millones de personas es ridículo.

No me acuerdo a qué escritor francés, Flaubert o Stendhal, u otro, en fin, le preguntaron qué pensaba de los franceses y dijo: bueno, conozco bien a cuatro o cinco.

Claro, claro, es eso. Pero me parece que vivimos con cierta tensión. Somos demasiado dramáticos. En ese sentido esta experiencia italiana es muy interesante por la desdramatización.

Sí, constante.

Esto es muy interesante. Nosotros somos intensos, que seguramente está bien en algunos aspectos, pero…

Aquí de sentimiento trágico de la vida, poco. Predomina la ligereza, que al principio incluso te fastidia. Pero luego le ves que tiene algo de filosofía vital más profunda de lo que parece. Yo creo que a los españoles, en general, este barniz les viene muy bien. Como a los italianos que van a España un barniz español.

A mí me recuerda mucho a mi familia del sur. Siempre me llama la atención esto cuando voy a verles, la capacidad de desdramatizar.

Sí, no hay que irse a Italia, entre norte y sur es lo mismo.

No sé, a lo mejor no es así, pero yo estoy contaminado por mi profesión, como estoy viendo siempre medios, periódicos… Todos están más o menos posicionados y tienen su lugar en el rifirrafe político, pero a lo mejor estoy distorsionando y España no es así. Pero sí es mi impresión, un país que ha dado un gran salto adelante pero que conserva ese fondo de recelo, de división, de voto cautivo. En Estados Unidos, por ejemplo, la gente vota demócrata y republicano, según, y luego hay un sector pequeño que siempre votarán al mismo ocurra lo que ocurra. Pero hay un sector muy importante de votantes que cambia en función de criterios.

¿Siempre quisiste ser periodista o surgió por casualidad?

Nunca, cero vocacional. Yo empecé Biológicas, porque lo mío era la naturaleza, los bichos y tal, y creí que era la carrera que iba a dar contenido a mi afición, pero enseguida me di cuenta de que era una carrera de bata blanca y laboratorios, más que de bichos. Entonces me metí en el mundo del periodismo, aconsejado por Mercedes, mi hermana, y por mi cuñado, Rafael, que ya lo estaban haciendo, y me pareció que era una profesión suficientemente flexible como para después acercarme de nuevo al mundo de la naturaleza.

He visto un capítulo de Jara y sedal donde sales pescando truchas en Guadalajara.

¡Exactamente!

Eres un gran aficionado a la pesca. Lo más comentado en Roma este último mes ha sido el rodaje de James Bond, y que dicen que han visto a un periodista español pescando en el Tevere.

Ja, ja… ¡Ya he pescado mis dos primeros peces!

¿Se pesca algo en el Tevere, con lo guarro que está?

Sí, sí, hay mucho bicho en el Tevere, mucho más de lo que pensé.

Pero no será muy bueno.

No, yo luego los suelto siempre. Pero hay de todo. El problema en el Tevere es que, más arriba, a la altura del viejo aeropuerto, hay un afluente, el Aniene, que es el que contamina todo, porque viene de los polígonos del extrarradio. Pero de ahí para arriba está mucho más limpio. En el centro de Roma, bajo el puente de Castel Sant’Angelo, por ejemplo, hay muchos peces, es divertido. Más de lo que pensaba. No es el Potomac, pero está bien.

Empezaste haciendo deportes. En el Sport, y luego en la tele.

Sí, cuando empiezas aprovechas todas las puertas que se abren, y se abrieron puertas de deportes, que a mí me encantan, sobre todo los de motor. Soy de los que en unos Juegos Olímpicos o en un Mundial podría desaparecer, tragarme toda la jornada entera.

Tu padre fue campeón de motos.

Sí, campeón de España de 125 en 1948. Mi familia se vinculó al mundo de la moto a través de Montesa, en los años cuarenta, con la familia Permanyer, que eran los dueños de Montesa, y luego mi tío Leopoldo se convirtió en director técnico de la marca, y diseñó la Impala, la Cota…

Leí que una de las primeras motos de trial del mundo la diseñó él.

La Cota, sí, sí. Era un tipo muy visionario, con una cabeza muy especial, antes diseñó la Impala, que todavía hoy es una moto que se ve mucho en Barcelona y es un emblema del motociclismo español.

No cambiaba nunca el diseño de la silla porque, explicaba, que él supiera el culo de la gente siempre había seguido siendo el mismo.

Sí, sí, era un tipo con gran sentido común.

Da la impresión de que tu familia es muy curiosa, creativa, original…

Sí.

Lorenzo Milá para Jot Down 3

Leí que… Por cierto, ¿cómo es eso de entrar en Wikipedia y ver que cuentan tu vida?

Ya, eso es muy raro, tío. Porque no sabes ni quién lo ha escrito. Un día vi un error y pensé en corregirlo y me salió un aviso diciendo que tenía que ser editor de Wikipedia y no sé qué y ahí lo dejé.

Bueno, pues leí sobre la figura de tu padre, que es muy interesante. Piloto de cazas, conspirador antifranquista…

La historia, resumida, empieza con mi abuelo José María. Un tipo con enorme potencial, un poco como mi hermana Mercedes, muy echado para delante, que fue presidente de la Diputación de Barcelona durante la dictadura de Primo de Rivera, y después estuvieron a punto de matarlo los rojos en la Guerra Civil, huyeron a Francia y todo eso. Estaba en el bando nacional, pero después tuvo cargos muy importantes en el mundo empresarial catalán y, es largo de explicar, acabó enfrentado al franquismo. Mi padre, y toda la familia, se sintieron muy traicionados por aquel personaje que dijo que iba a poner orden en aquella España y luego traer la democracia. Como aquello se perpetuaba se volvieron profundamente antifranquistas. Mis padres eran personas de su tiempo, probablemente conservadoras, y que han hecho un viaje ideológico interesantísimo, del mundo del que venían. En la familia eran muchos hermanos y uno salió abogado, otro arquitecto, diseñadores, que en aquel momento no existían… y efectivamente, tenían un pulsión creativa que se desarrolló muy bien. No solo mi tío Leopoldo, también mi tío Miguel, un diseñador de gran prestigio, y mi padrino Alfonso, arquitecto y diseñador. El otro día vimos una foto donde se veía una moto Impala, aparcada delante de la casa Milá, la de Gaudí, encargada por un primo de mi abuelo, y una persona sentada en un banco de la empresa Santa & Cole, que es la que lleva mi hermano, diseñado por mi tío Miguel. Era una postal muy curiosa y ahí veías que es verdad, en esa parte de los Milá ha habido una pulsión creativa importante, bonita. Yo la tengo poco, creo que he heredado la pasión, la intensidad al hablar, pero no lo demás.

Hacías buenos telediarios, que es algo difícil, y haces bien tu trabajo. Se nota que te gusta.

La verdad es que no valoro mucho mi trabajo, fíjate, que es otra cosa que no sé si vale la pena ni comentarla. No me parece que… No sé.

A mí el periodismo de la tele me parece curioso, acostumbrado al periódico, donde al final tienes algo físico, concreto, delante. Pero la tele está desapareciendo al mismo tiempo que la haces. La puedes grabar, pero no es lo mismo, no se graban telediarios, salvo para los archivos… A propósito, he leído que nadie grabó los primeros informativos de La 2 Noticias.

¡Ostras, sí, durante el primer mes no se grabó ninguno!

¿Por qué?

Porque era un programa más, de los muchos que se hacían y desaparecían.

Pensaba que se grababa todo para los archivos.

Sí, se graba mucho, pero no todo. Y curiosamente el programa luego tuvo mucho recorrido y en los aniversarios vas a buscarlo a los archivos y descubres que nadie los grabó.

El mítico informativo de La 2, en 1994. Recuerdo que un día me dijeron: oye, hay un telediario que lo presenta un tío sin corbata, normal, tienes que verlo. Eso ya era una revolución. ¿Cómo fue aquello?

Fue todo casualidad, no puedo ponerme ninguna medalla. Ramón Colom, que era director de televisión, creyó que yo podría contribuir a un embrión de programa de noticias para jóvenes, y llegué a Madrid, un cambio en mi vida, y allí conocí a un puñado de personas, Fran Llorente, Fernando Navarrete, Matías Montero, que realmente sintonizamos inmediatamente. No nos conocíamos de nada, no compartíamos nada, pero sí este punto de vista de la información en televisión. Se produjo una alquimia, una cosa de esas que ocurren en la vida. Era un producto que nos divertía a todos mucho, que divertía a la gente que lo veía, que informaba… Se nos dejó experimentar, cosa muy difícil y muy cara en televisión. Yo le debo todo a La 2 Noticias.

Al principio propusiste un informativo que fuera solo imágenes y sonido, sin presentador. Debieron de pensar que estabas loco.

Me parecía que no era necesario un presentador, que se podían contar noticias en televisión sin mediar un ser humano. Luego he ido aprendiendo que quizá un poco es necesario, que el espectador empatiza con alguien que se parece a él, que quizá sí es necesaria una persona que te vaya llevando. Pero este formato de presentador, noticia, presentador, noticia…

Hablando de presentadores. Mejor dicho, de presentadoras: ¿por qué siempre tienen que ser guapas?

Ya, fíjate con la tele italiana, y los americanos ni te cuento. Bueno, está la escuela de que puede ayudar al espectador a escoger una cadena y no otra porque te guste la persona que estás viendo. Y como este mundo de las audiencias es hipercompetitivo, cualquier factor que pueda sumar se utiliza, y cualquier factor que pueda restar se evita. Esto es así.

¿Es verdad que en cuanto pasas a la información internacional la audiencia empieza a caer?

Bueno. Depende de los países, pero es verdad que en general la audiencia del nuestro lleva regular las informaciones densas. Cuando el público considera que es densa o alejada de su realidad zapea. Le resulta menos atractiva. Por eso el trabajo quizá más bonito de un periodista, en mi opinión, especialmente de televisión, es hacer atractivo lo que quizá no lo es. ¿Cómo haces atractivo lo que no lo es? Ese es tu trabajo de mediador. Ya no tanto que sepas mucho del tema, que también, pero hoy en día, con tantas fuentes y agencias, yo pongo mucho el acento en si has conseguido que aquello que era aburrido sea entretenido, atractivo.

Sí, porque tiene un atractivo que no es evidente, el interés lo tiene seguro.

Efectivamente, el interés no se discute. Si está en el minutado del telediario es que tiene peso, normalmente, pero muchas veces es denso.

¿Hay realmente esa obsesión por la audiencia que todos nos imaginamos?

Hombre, demasiada. En una tele pública, demasiada. Pero es inevitable, tu servicio público te obliga a ser relevante. La irrelevancia quizá te obligue a reformular tu servicio público. En este sentido, creo que las cadenas públicas no deben competir por la audiencia a cualquier precio. La audiencia debe ser un factor importante, pero no a cualquier precio. Cosa que sí hacen las privadas y me parece legitimo. Yo creo que las empresas públicas de comunicación deben ser capaces de sacrificar audiencia por calidad, por contenidos, por servicio público. Pero la audiencia siempre es un objetivo interesante, porque quieres que tu servicio público ayude. Yo básicamente estoy en el mundo del periodismo porque creo que podemos llevar a entender la realidad a las personas. Cuando no es así me siento muy frustrado y ahora vivo en una etapa en la que hay un enorme ruido mediático, y por tanto tengo la impresión de que ayudamos poco a entender, y me desanimo como periodista. Me pregunto: ¿qué estamos haciendo? Hay cantidad de medios de comunicación, internet ha multiplicado por «n» el ruido, y todavía no hemos aprendido a separar una cosa de otra ni a encontrar modelos de negocio que hagan viables medios de comunicación en este nuevo ecosistema. Pero hay que seguir picando piedra.

¿Qué se siente cuando es 11 de septiembre de 2001 y tienes siete minutos de informativo porque te meten el telediario en el intermedio de un partido de fútbol?

Me acuerdo que aquel día vino mi padre a verme y subimos a Torrespaña, a la torre, la única vez en mi vida que he subido, y allí arriba vimos las imágenes del primer avión, que parecía un accidente. Aquel día, como todos, éramos conscientes de que aquello iba a cambiar muchas cosas. Pero sobre los siete minutos, para nosotros no fue muy frustrante, porque era tarde, las diez o así, y ya se había hablado mucho y solo pretendimos hacer un buen resumen. En realidad fue un día en que tuvimos la oportunidad de profundizar más en lo que estaba pasando, sin tener que trabajar sobre ello.

Lorenzo Milá para Jot Down 4

En realidad cada vez hay menos tiempo para eso que rodea el trabajo y lo completa que es emplear tiempo en comprender. No sé, documentarte, estar en el sitio, hablar con gente o simplemente perder el tiempo por allí. La prisa nos está matando.

Y al final ¿qué cuentas en cincuenta segundos? Es muy difícil. Yo no aspiro a contarlo todo, solo a llamar la atención del espectador y decir: esto ha pasado, es importante, por esto y esto y mañana usted levántese y cómprese el periódico y escuche la radio y complete la fotografía. Pero aun así a veces es muy frustrante.

La gente se levanta y ya no compra el periódico.

Exacto.

Sí, la situación es muy nebulosa. A lo largo del día hay muchos estímulos, muchos datos que llegan y yo, quizá por pura deformación personal y profesional, agradezco que al día siguiente el periódico, uno del que te fíes, le ponga orden. Porque si no eres tú el que tiene que hacer ese trabajo, que es difícil y fatigoso. Al día siguiente, ya está, alguien lo ha hecho por ti. Alguien que lo escribe con un poco más de calma y te lo cuenta.

Ya. Eso a mí me da mucha envidia, la aparente serenidad que puede tener un periodista de prensa escrita, que seguramente no lo es en muchos casos.

Sí, cada vez menos. Con internet el lenguaje y los ritmos ya son como los del medio audiovisual. Y si es la misma persona la que hace todo, todo el conjunto se altera. Los periódicos entonces salen peor y también por eso la gente no se los compra.

Al final en este ecosistema de medios y de tal ruido, realmente para conseguir la atención de un público suficiente tienes que hacer cosas muy raras. La información ya no es suficiente. No sé.

Cuando acabas esa experiencia de La 2, en 2004, te vas a Washington siguiendo a tu mujer, que fue enviada allí como corresponsal. Desde fuera fue un gesto sorprendente, poco común, de alguien que aceptaba pasar a segundo plano, esconderse.

Ya. ¿Sabes qué pasa? Y me pasó cinco años después, con el telediario. A mí me gusta mucho la televisión, me encuentro muy cómodo, he tenido la suerte de que se me valora y tal, pero el personaje te vampiriza mucho, te confundes con el personaje, y esto no me gusta nada. Cuando hablo del personaje me refiero al personaje Lorenzo Milá y las cosas que conlleva, la popularidad, la presión del público…

No te gusta ser famoso.

Me incomoda un poco. Está lleno de ventajas, de cosas maravillosas, la gente que te para por la calle es encantadora, pero es también muy desbordante, enajenante. Sin querer te ves empujado a no decepcionar, a atender todas las peticiones…

A estar a la altura de las expectativas.

Eso es. A mí me asfixia un poco y tengo que parar. He tenido la suerte de que he podido hacerlo. Ser corresponsal es una buena opción, los cambios y las novedades te alimentan muchísimo. Es difícil, especialmente con una familia, mover tres niños, pero es enriquecedor: cambiar de país, de barrio, de amigos, de lengua…

¿Cómo es para los niños eso de ir cambiando de país?

Mi mujer y yo esperamos que sea una lección de vida interesante. Que tengan la flexibilidad mental de adaptarse. Les está costando un poco el aterrizaje en Roma, pero pasado el tiempo esperamos que tengan esa lección de vida para afrontar los cambios con menor rigidez. Hay muchos días que son difíciles para los niños, pero les veo bien.

Hablando de famosos, esto te lo tengo que preguntar: ¿cómo fue la boda de los príncipes?

Ostras, tío (ríe). Esta pregunta sí que me sorprende.

Eso de decir: mira, aquí estamos la creme de la creme. Pero también por pensar en las casualidades de la vida, que acabas en una boda así.

Fue una experiencia muy especial, verdaderamente, sobre todo porque era Letizia, una persona que habías visto tan cercana. Pensabas: ¡esto es muy raro! Muy, muy extraordinario. Eso hacía que aquello fuera… ¡que una compañera de la tele se convertía en princesa de Asturias!

Por eso la pregunta.

Eso sí fue muy curioso, y lo sigue siendo. Cuando les vemos es muy curioso, sobre todo a ella, que la conocemos más, y sabemos cómo es, lo apasionada que es, la energía que tiene. La ves en su papel de reina, que lo hace tan bien, que es una profesional. Soy muy fan de ellos dos, creo que hacen un papel fantástico. Lo hacían como príncipes de Asturias y ahora como reyes. Creo que son los mejores embajadores de España, que es muy tópico, pero es verdad, y lo hacen muy bien.

Otra pregunta intelectual: ¿en Washington la política es tan salvaje como en House of Cards?

Yo creo que sí. No tienes el presidente asesino, ahí la serie yo creo que distorsiona, lo fuerza, pero la política en Estados Unidos, tal como está diseñada, les obliga al pactismo continuamente, y esto les empuja a establecer toda una red de alianzas, de ficciones, para conseguir sus objetivos. Redes complejas que pueden serlo tanto como refleja House of Cards. Leí una entrevista con un amigo íntimo de Obama y contaba que cuando él estaba pensando lanzar su candidatura le dijo: «Solo te hago una pregunta: ¿Estás dispuesto a matar? Porque esto es lo que hacen los presidentes».

¿Se lo dijo él a Obama?

Sí, cuando Obama dudaba si presentarse. Le decía: vas a tener que ordenar muertes, mandar gente a morir…

¿Qué contestó Obama? Teniendo en cuenta dónde ha llegado.

Tengo que imaginar que dijo que sí.

Lorenzo Milá para Jot Down 5

Cuando salió la serie imagino que en Washington fue una bomba.

Sí, una bomba, pero como salió por Netflix había mucha gente que al principio no lo veía porque no lo tenía. House of cards me parece apasionante, como West wing, otra maravilla absoluta. Es muy curiosa la tribu de la prensa del departamento de Estado, de la Casa Blanca y del Pentágono, ellos lo viven mucho. En el capítulo del otro día de House of cards hubo un momento de rifirrafe en la rueda de prensa entre una periodista y el presidente, Kevin Spacey. Entonces le retiran la acreditación y ella protesta con el jefe de prensa: es que tú no me la puedes retirar, nos la retiramos nosotros. Y el otro le contesta que ya ha hablado con el jefe del cuerpo de periodistas y está de acuerdo. Pero fíjate qué interesante: el poder político no puede impedir que un periodista entre en la Casa Blanca, son los periodistas los que se organizan entre ellos. Ellos deciden cómo son las cosas. Luego, por supuesto, el presidente de los Estados Unidos podrá influir como pueda, pero… Cuando Obama se pone en una rueda de prensa y saca un papelito y dice qué periodista pregunta, eso que tiene escrito ¡se lo han dado ellos, los periodistas!

¿Los periodistas? ¿Él no decide quién pregunta?

No, ellos deciden: pregunta este, este y este. Porque hoy le toca a este y al otro, o porque este tiene una pregunta muy buena, lo que sea. Luego si la cosa se alarga ya se levantan manos y tal y hay más preguntas, pero las primeras son así. Esa independencia me parece increíble.

Como en España, vamos.

Los medios y el poder político no somos lo mismo ni debemos serlo. Es muy interesante lo bien separado que está en Estados Unidos, lo bien organizado que está y lo indiscutible que es la independencia de cada medio. Y luego cada uno tiene su orientación. Hasta te aconsejan sus candidatos. Si hay elecciones locales en Virginia, el Washington Post te dice: estos son nuestros candidatos, los que creemos interesantes para los valores que defiende este periódico, después usted haga lo que quiera. Hay mucha más transparencia. No es el paraíso, claro que no, las intrigas son infinitas, pero se acerca más que otros a un entorno más sensato y profesional.

¿Washington cómo es?

Es una ciudad maravillosa. Muy segregada, porque el 70 % es de población negra pero en el noroeste, donde vive la parte diplomática y política, ves muy pocos. Pero es muy bonita, muy verde, muy ordenada, muy nueva, comparada con Roma sobre todo, claro, con una naturaleza con una enorme energía, y a mí esto me seduce muchísimo.

Y ahora, tras la Casa Blanca, el Vaticano.

Sí, y nos encontramos con un papa que también quiere ser transformador, como Obama en su momento. Que ya veremos hasta dónde le dejan, como a Obama. Hay muchos paralelismos entre los dos. A mí no me sorprendió nada que se entendieran con el tema cubano, porque estoy seguro que hablan un lenguaje parecido en el sentido de…

Esperanza.

Sí, efectivamente, de mejorar, de una forma sensata. Conozco más a Obama, pero creo que los dos son personas muy sensatas, con los pies muy en el suelo.

Que no es tan normal como pueda parecer.

Ya, ja, ja… Es bonito ver a un papa que quiere recuperar los valores de Jesús, e irle desprendiendo las capas de los barnices y pinturas que los hombres, sobre todo los hombres, hemos ido añadiendo en torno a ese mensaje tan bonito y tan difícil de cumplir.

Si nos fijamos en cómo ha acabado Obama… Al final ha tenido una vida muy dura.

Sí, pero era totalmente previsible. Ha terminado peor para quien no lo ha seguido. Parece que al final ha tenido una presidencia bloqueada y eso, y es verdad. Los republicanos desde el primer día le declararon la guerra y han bloqueado toda su agenda. Pero él sabía que esto iba a pasar y ha hecho lo que ha podido. Que no es suficiente, por supuesto que no, pero si algo como la reforma sanitaria continúa avanzando, que tiene que mejorar mucho, es un cambio histórico para el país. Hay otra cosa que creo que se valora poco que es este esfuerzo de Obama por no ser el policía del mundo, por dar un paso atrás y dejar entrar a otros en la gestión de los conflictos internacionales. Decir: a ver si nos mojamos todos y a ver si nos interesa a todos que se resuelva esto. Esto, que a veces se malentiende, porque parece que son signos de debilidad, que a veces genera multilateralidad, que es más confusa, a mí me parece interesante.

¿Cómo son, de cerca estos personajes del Tea Party?

Pues mira, es un poco como, no sé, cómo decirte, no sé si el Movimiento Cinco Estrellas de Beppe Grillo, pero… Es un movimiento muy heterodoxo. Que ha sido secuestrado de alguna forma por la ultraderecha americana, pero que está compuesto por personas decepcionadas, y no necesariamente vinculadas a una opción política. Hay muchas personas simplemente decepcionadas con la forma en que ha evolucionado la república, pero se ha distorsionado porque al final manda una opción muy conservadora, y se ha ido yendo quien no se sentía vinculado a ella. Pero básicamente es una opción de protesta contra el sistema. Decían: esto no va.

¿Tenían algo de razón?

Yo creo que sí. Por ejemplo, en que la burocracia pública se ha desarrollado hasta el infinito, que las miles de reglas de gestión han complicado la vida a muchas personas, en un país tan acostumbrado al individualismo. Eso de decir: yo decido a quién le doy el dinero, los impuestos para la defensa y poco más. Hay que entender un poco eso. Creo que tenían razón en parte en el sentido de que tal vez Estados Unidos se ha adormecido un poco tras la caída de la URSS. El liderazgo incuestionado ha adormecido un poco el país, la administración, que a lo mejor es demasiado grande e ineficaz. Es verdad que no se invierte en infraestructura pública, que las autopistas y los aeropuertos están viejos, no hay tren de alta velocidad… Una parte de ese descontento está en el Tea Party.

Parecía una mañana tranquila, pero poco después de acabar la entrevista le llaman de Madrid: tiene que irse pitando a Túnez, por el ataque al Parlamento y el museo del Bardo. Entró en directo en el Telediario de las 21.00 horas desde Túnez. Estaba en el lugar del atentado y explicó lo que estaba pasando.

Lorenzo Milá para Jot Down 6

Fotografía: Antonello Nusca


Toma Moreno

Imagen: TVE.
Imagen: TVE.

Hay noticias que uno se ve obligado a leer media docena de veces y aun así resultan difícil de procesar.

La de «José Luis Moreno se querella contra una web —Bluper de televisión por una crítica a su programa» es una de esas noticias.

Si miro en Wikipedia dice (literalmente): «Empresario famoso por ser ventrílocuo». En cambio, el propio José Luis Moreno dice que ya no quiere saber nada de la ventriloquia, que ya no es ventrílocuo (mi padre me dijo un día, viéndole con alguno de sus muñecos, «¿pero los ventrílocuos no son esos que no mueven la boca?»). ¿Debería Moreno querellarse contra Wikipedia por recordarle que fue ventrílocuo y que tenía un muñeco llamado Macario y un cuervo que ejecutaba ciertos movimientos pélvicos?

También leo en Forocoches que «José Luis Moreno es neurocirujano y habla fluidamente trece idiomas». No menciona lo de ventrílocuo. En El Economista dice que es licenciado en derecho, empresario, millonario y sí ventrílocuo. Se hacen eco también de su faceta de showman y director de programas de variedades.

En otras páginas dicen que admite su bisexualidad, que un empleado le demandó por acoso (fue absuelto), que declaró en el caso Palma por un posible soborno y que su muñeco Rockefeller fue muy famoso en Italia. De hecho (y esto ya es de memoria) recuerdo cuando se dijo que había firmado un acuerdo con HBO para producir una serie sobre Hernán Cortés.

Me he limitado a reseñar aquí las cosas más o menos positivas que se dicen del señor Moreno en internet. Podría reseñar otras muchas en las que se no es tan generoso con su talento. De hecho, si lo que quiere es querellarse (cada uno tiene sus hobbies) le recomendaría que hablara con sus abogados para que se pasaran un par de días navegando por la red: les veo llevando al juzgado a dos o tres millones de personas.

Lo que sabemos es que alguien de TVE (la televisión más casposa y absurda del panorama catódico, y me permito recordar pagada con dinero público, suyo y mío, y de esos tres periodistas contra los que el señor Moreno ha decidido querellarse) le encargó al exventrílocuo uno de sus programas de variedades por lo que debía ser una suma muy importante. «Buenos días, señor Moreno, ¿si le damos unos millones de euros [ochocientos ochenta mil euros por programa] nos haría usted un programa de variedades?». Seamos sinceros, la respuesta lógica sería «No, por Dios, piense usted que yo me quedé en los años ochenta y los programas que hago ya eran antiguos en esa época. Llame a otro».

¿Pero cuántos de nosotros resistiríamos la llamada del oro? «Pues claro que sí, lo llamaremos La alfombra roja palace, y será un clásico, como uno de Emilio Aragón pero actualizado, con niños prodigio y muñecos y artistas absurdos. ¿Vergüenza ajena? Sin duda, jefe, no se preocupe».

He leído la crítica de Bluper, un proyecto en el que solo conozco —vía Twitter— a Juan M. Fernández, que me parece un tipo correctísimo. No hay en ella ni un atisbo de ofensa, ni nada insultante. Por no ser, no es ni malvada, y mira que era fácil. También he visto La alfombra roja palace, que es un programa inenarrable, con una realización que parece pergeñada por un señor que pasó por allí, vio luz y entró. Sin ritmo. Con unos fallos de coordinación inaceptables para un show en prime-time. Viejo, antiguo, tétrico y hasta perverso (por cutre) en su ejecución. ¿Puedo decir todo esto sin arriesgarme a una querella del señor Moreno? ¿O debería querellarme contra TVE por permitir que se gastara mi dinero en un programa tan delirante cuando se ha relegado a Informe Semanal a no-se-sabe-dónde?

Supongo que el problema real es un exceso de autoestima, no sé si del propio Moreno o de su entorno, o una inquietante falta de autocrítica que pretende solucionar ante un juez. Qué papelón para un tribunal juzgar si la opinión de un periodista ante un programa de televisión merece que este acabe restituyendo a un exventrílocuo por haber lesionado su honor.

El señor Moreno también debería saber que nuestro honor ha quedado igualmente lesionado, no solo porque tenga la peregrina idea de denunciar a unos profesionales (jóvenes y con una web que acaba de empezar) por tratar de hacer su trabajo sino por tener que aguantar que la noche del sábado, en la televisión de todos los españoles, haya que resistir un programa que no soportaría ni un solo test de calidad en un grupo de control con espectadores aleatorios.

¿De verdad tenemos que aguantar que se gasten nuestro dinero en proyectos destinados al fracaso más sonado y que encima se atrevan a denunciar a los que lo dicen en voz alta?

La alfombra roja palace es uno de los peores programas que se han visto en TVE en años, y mira que había competencia. La audiencia le dio la espalda (un penoso 5,8 %) y todos los periódicos —sin excepción— le dieron tales bofetadas («bodrio», «chapuza inenarrable», «risible», etc.) que no entiendo que no estén todos sentados en el banquillo.

Pero hay una cosa que tiene que quedar clara: no es solo el señor Moreno el que tiene que salir a pedir perdón, a decir que retira la querella y que volverá a la ventriloquia, sino que algún directivo de TVE debería aparecer con la cabeza gacha, anunciar su dimisión inmediata y disculparse ante quienes pagan los impuestos y luego ven cómo su dinero se gasta en hacer horrores que no desentonarían en la televisión rumana (y que me disculpen los rumanos).

Señor Moreno, tiene usted dos opciones: 1) irse a casa y dejar que algún profesional con conocimientos del medio tome los mandos de ese formato suyo y trate de inyectarle algo de dignidad; 2) seguir haciendo lo suyo, cobrar, y dejar de leer las críticas de internet, porque de lo contrario va a gastarse más dinero en abogados que O.J. Simpson, y todos sabemos cómo acabó O.J. Simpson.

Y tómese una tila, ya que estamos.


Gonzalo Vázquez: Figurantes y traidores

Poco hay más respetable que el sacrificio de unos padres en la educación de un hijo. Menos aún si el chaval corresponde con la ilusión por alcanzar algún día su meta. En medio del marasmo social este pequeño núcleo sigue obedeciendo un postulado según el cual estudiar, formarse, es el único medio para asegurar un futuro.

Pongamos que a ese joven le dio por estudiar periodismo. Y que su pasión, fresca y veraz, es la deportiva, por lo que pretende algún día ejercer de periodista deportivo. Así el muchacho anda ya en cuarto de carrera y décimo de deporte, que lleva consumiendo compulsivamente desde sus primeros recuerdos. Dos años atrás decidió abrir un blog para dar forma a su abundante conocimiento, alentado además por uno de esos consejos que no pasan en balde: “Ábrete un blog, escribe y date a conocer”.

Añadió después una cuenta de Twitter con la esperanza de obtener algo de la megafonía. Hoy ronda el centenar de seguidores, la mayoría amigos y estudiantes como él. Ha enviado decenas de enlaces a tipos famosos, periodistas de renombre, a la espera de algún guiño. Jamás obtuvo respuesta. Pero su arrojo y la seguridad de que sus textos no palidecen ante lo que ve publicado a diario le impiden desfallecer.

Un perfil así se cuenta por miles en nuestro país y decenas de miles si añadimos los titulados en paro.

Ya contamos cuánto distan las ensoñaciones del joven estudiante de la realidad que le aguarda. Incluso en el caso de que el aspirante sea una chica. Tal vez falte un tercer capítulo, destinado también a desmentir ese viejo credo a cuya fe se entregan padres e hijos: que la preparación es el camino más recto al trabajo, la especialización el atajo a una nómina y la calidad, lo bien hecho, como una anfetamina al salario.

En los años tiernos, cuando el desencanto no ha invadido la vida, no queda más remedio que creer en este orden. Porque del otro nada sabemos.

Como metáfora coloquial llamaremos pastel al volumen total de empleos en una profesión. Esto significa que antes de proponerse al mercado laboral el estudiante entiende que el sector al que quiere acceder tiene unos límites, un número de plazas, como un pastel a repartir entre los invitados. Y la invitación, como vemos, hay que trabajársela.

Una de las presunciones más ingenuas de ese joven reposa en la confianza de que los encargados de distribuir el pastel serán, como él, periodistas. Incluso que los gestores de arriba seleccionarán profesionales de la información igual que el tráfico absorbe conductores.

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El origen de esta presunción nace también entre libros. Cuando el adolescente decide entre ciencias o letras presiente que el mercado laboral hará también esa distinción, que respetará el campo de estudio del que los licenciados provienen. Igual que el capital humano de un laboratorio lo forman técnicos y de un despacho jurídico abogados, confía en que el periodismo buscará periodistas. Y que toda excepción será incluso enriquecedora, como esos jueces que precisan de genetistas o criminólogos para casos complejos.

A ese joven, que tira de sentido común, no le cabe esperar otra cosa.

Pero la realidad comienza pronto a humillarle. Cada vez que diariamente abre un periódico comprueba que salpican sus páginas un total de, pongamos, doce columnas de opinión. Si se anima a un sencillo examen repara que tan solo cuatro de los doce columnistas son propiamente periodistas. El resto, exdeportistas, que aquí llamaremos figurantes y a los que alguien entregó una sección permanente.

Puede que un día se preguntase qué hacían ahí. Pero como ahí siguen y acostumbra a leerlos no pasa página sin padecer una incómoda perplejidad por la pobreza, obviedad o trivialidad de los contenidos, cuyo presunto rasgo diferencial no logra encontrar. Y cuanto peores son con más fuerza le acuden a la cabeza las palabras de uno de sus profesores de Facultad: “Uno de los géneros periodísticos más difíciles es la columna bien escrita, la brillante, la deliciosa. En un diario nacional la columna es la guinda, el rincón sagrado de los mejores escritores. No olvides que Clarín, Unamuno o Galdós lo fueron”. Creencia que el alumno absorbió arrojándose a la lectura de los mejores como combustible para embellecer su escritura. Sin saberlo enardecía además su espíritu crítico y, de paso, la alergia a lo vulgar.

Ocurre que con otras lecturas no le pasa lo mismo. Observa que los diarios generalistas, los semanarios y otros formatos han preservado como un formal respeto a esos rincones de firma, donde la calidad y sustancia preludian la fama porque carece de lógica el camino inverso.

Lamenta entonces que el periodismo deportivo vulnere en solitario este derecho de admisión. He aquí una de los primeros desengaños que padece el aprendiz.

Un buen día, uno de tantos que siguen a la licenciatura sin empleo, durante un partido de Champions junto a su padre, éste atinó a denunciar las estupideces que salían de pantalla con esa conciencia que parece hoy de otro tiempo. “Con la de millones que habrá ganado este tío (un exfutbolista al micrófono) qué coño hace ahí quitando el trabajo a la gente joven”.

En el fondo inquietaba a ese hombre lo que de verdad importa. Que el dinero empleado para la educación de un hijo, que el sacrificio conjunto del núcleo familiar, se estampara luego de bruces contra una realidad que el contrato social, la dura escalada al trabajo, no refería por ningún lado. Actuaba también la mentalidad obrera de otra generación, como sabiendo que aquel tipo se estaría embolsando en un par de horas lo que a él llevaría meses en el taller. Sin embargo no piensa en él. Sino en su hijo. Por alguna razón, que nadie cocinó desde abajo, lo que hace poco era una evidencia se ventila hoy como demagogia.

El fenómeno del figurante parece ya natural, como caído del cielo y sin vuelta de hoja. No es posible que las nuevas generaciones se sorprendan ante la televisión y la radio con las que han nacido. Siquiera preguntarse por qué en una retransmisión de fútbol o baloncesto la titulación valga únicamente para el narrador.

Fuera de los directos, en esos nuevos corrillos en torno a una mesa donde el número de comensales aumenta, la ecuación apenas sufrió variación. Si bien ahora, que no hay un céntimo, la mesa de Estudio Estadio se ha llenado de pronto de periodistas. De haber dinero para figurantes ni un asiento ocuparían.

El caso es que si alguno de esos universitarios tuviera acceso a los libros de cuentas comprobaría que los figurantes pueden llegar a cobrar, por término medio, diez veces más que el redactor por un volumen de trabajo veinte, cincuenta, cien veces inferior.

Esta ocupación sistemática, de especial incidencia en radio y televisión, reduce drásticamente el tamaño del pastel para los nuevos periodistas, que agazapados esperan a que el banquete entre gestores, directores y figurantes permita al menos la existencia de restos.

A estas alturas el muestrario es tan abundante en el último cuarto de siglo, más o menos el rato que lleva en España esta importación americana, que más que enumerar nombres se trata de recordar un estado de cosas contra el que prima el silencio. Hubo un tiempo en que los pasillos murmuraban de cómplice indignación. Pero cuando la supervivencia está en juego los últimos de la cola recelan de los que vienen detrás, concentrando sus aspiraciones en sumarse a esas camarillas de poder, a los causantes de la penosa situación que ahora atraviesan.

El fútbol es de largo el que más ejemplos ha dado. De aquellos Juanito y Di Stéfano en el Mundial del 90 se ha pasado a la aparente profesionalización del figurante en casos como los de Michael Robinson, Kiko Narváez, Poli Rincón o Santi Cañizares. De entonces a hoy Butragueño, Míchel, Sánchez Flores, Camacho, Sanchís, Amor, Zubizarreta, Ferrer, Salgado, Martín Vázquez, Bakero, Hugo Sánchez, Julio Salinas, Fernando Hierro, Manu Sarabia, Rafa Alkorta, Pichi Alonso, Guti, Lopetegui, Eto’o, Eusebio, Morientes y un larguísimo etcétera han sido incorporados a la comunicación a los precios más altos que los medios se han querido permitir.

El baloncesto ha dado también buen número de figurantes. De la generación del 59, la de la plata de Los Angeles, no queda prácticamente ninguno que no haya pasado por caja. Incluso alguno persiste hoy por la ley de la gracia y el mínimo esfuerzo allá donde el baloncesto se mueva. Pasada la primera fiesta se fueron colando Antonio Martín, Ferrán, Rogers, Antúnez, Arlauckas o Biriukov. Y a punto está de echarse encima la nueva generación, tan nutrida como la anterior y de logros como diez veces superiores. En cuanto vuelvan los cuartos habrá pescozones por ellos, para los que siempre habrá sitio.

Haremos una concesión: seremos modernos, que es lo mismo que tragar con esa tiránica banalización de lo deportivo que tiene como mantra el entretenimiento. Así se entiende que la radio absorbiera pronto el show business de pantalla y su lenguaje festivo al grado lógico de quien puede rascarse los huevos mientras pela la cáscara del once contra once, al modo de Guti en la COPE o Hugo Sánchez en el Mundial de Sudáfrica. Si en algún momento, en alguna mesa, en alguna cabeza, por cualesquiera razones, se reclamó fama en nombre del entertainment ahí la tienen a espuertas.

Pero el asunto cobra otra dimensión cuando pasamos a la prensa escrita, allá donde la matriz americana, contrariamente a lo ocurrido en pantalla, ha respetado eso que algún teórico llamaba “la especificidad misma de la escritura y la profesión”. Aquí también la fama se adelanta a la única porción donde al periodismo, desde el primer día de Facultad, se le exige una técnica. Aquí también hay espacio reservado para los figurantes, que de la noche a la mañana pueden contar con su columna al precio que ningún redactor olerá jamás.

La parte pública más numerosa, la masa acrítica, la misma que arremete contra el periodismo deportivo que nada como ella ha configurado a golpe de audiencia, suele defender la presencia de los figurantes por dos motivos: uno, por su visceral oposición al periodismo que paradójicamente consume a diario; y dos, en la peregrina idea de que los figurantes tienen mucho que aportar como resultado de su nutrida experiencia en primera persona, un valor contra el que ningún plumilla podrá jamás rivalizar.

De ser esto cierto, de verse ratificado entre páginas o micrófonos, el público al que los figurantes se deben habría acumulado en todos estos años, qué menos que alguna vez, riquísimas ponencias, discursos impecables, revelaciones a salvo de los mortales y hasta trabajos que conservar en estantería. Bien al contrario lo que nos deja el fenómeno es una retahíla de muletillas que han pasado a la sorna popular. Y todo por esa absurda presunción de creer que Indurain valdrá al micrófono lo mismo que a la bicicleta, que Gatti será al papel lo que fue bajo palos.

Y mira que dieron repetidas muestras en activo. Porque cuando a muchos deportistas socorre un “no tengo palabras”, efectivamente no las tienen, a pesar de la emoción.

Prueba de la deliberada estafa que las empresas promueven es que el campo donde estas figuras podría resultar más eficaz es, curiosamente, el más vacío. Las noticias y exclusivas que pudieran derivar de sus contactos y fuentes primarias es un terreno excluido por completo de su tarea. Es como si los figurantes preservaran un código ético hacia el mundo del que provienen, una prudente distancia con los que ahora son lo que ellos fueron, un respeto hacia sus verdaderos compañeros, a los que por nada del mundo quisieran molestar.

Bien al contrario los gestores del periodismo no guardan ningún código ético hacia los suyos, alfombrando la entrada de figurantes en los presupuestos de los que barren porciones enteras de esos jóvenes periodistas que, es de suponer, algún día fueron ellos.

Y si al figurante no se le exige informar su sentido pasa entonces al terreno de la opinión, ese campo donde la experiencia tanto vale y donde poder justificar el presunto ojo clínico motivo de su alto coste. Pues ocurre que tampoco. Su perfil le compromete. Y otra vez por su relación con los protagonistas. “Fue compañero de González, tuvo de técnico a Bermúdez, tiene el mismo representante que Langone, está casado con la hermana de Bianchini y es amigo de decenas de colegas”. Así la opinión, que “se entrega a quienes menos opinan”, zozobra como el acróbata en el alambre. Es lo que Jorge Barraza, en esas mismas líneas, llamaba “la opinión blandita”. Cómo van a reprobar a un colega.

Desechadas entonces la información y la opinión de las exigencias al figurante asoma ese otro terreno vagamente referido como análisis, que en prensa escrita debe articularse y suele anidar en el molde columna.

Puede que no lo sepan. Pero una de las tareas más indignantes y silenciadas de esta profesión consiste en que los jornaleros del teclado rehagan los textos en bruto enviados por los figurantes. No es difícil imaginar lo que ocurre. Toca al redactor ojear lo recibido, callar ante la infame flaqueza del contenido como también a los errores (ortográficos, sintácticos o semánticos).

Hubo una primera vez, antes de que esa tarea —de la que nada dice su contrato— pasara a recargar aún más su trabajo, en que informó de ello a un superior. A la siguiente supo que le tocaría en adelante rehacer los textos, dándose penosos extremos en los que la pieza final es más firma del redactor que del colaborador. Este automatismo se halla tan instalado en la rutina mediática diaria como repicar sin lectura las notas de agencia por falta de tiempo.

Porque al figurante, que es adonde queremos llegar, no se le exige más que figurar. Y si no fuera así Clemente, Indurain o Di Stefano escribirían —del verbo escribir— las columnas que firman y por las que cobran.

El facultado siente entonces pisoteada su dignidad. Pero carece de valor para denunciarlo.

A diferencia del periodismo (deportivo) hay algo de honorable en ese código según el cual el deporte vela deportistas y se nutre de ellos durante la carrera en activo y, más allá, en instituciones y organismos. En cambio, no consta equipo de fútbol que haya contratado periodistas entre su cuerpo técnico. Lo que no parece lógico en un sentido encuentra fácil acomodo en el otro.

La tensión permanente entre prensa y futbolistas durante la vida profesional de estos encuentra después, curiosamente, un caldo de encuentro, una aparente amistad previo pago.

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No es necesario mencionar los más monstruosos extremos, como el millón y medio de euros que Televisa ofrecía a Guardiola y Mourinho por comentar la Eurocopa, ni los 300.000 a Luis Figo por hacer lo propio en el Mundial de Sudáfrica. Sino de casos más cercanos, como los 6000 euros por velada de Champions a Manolo Sanchís, cobrados con dinero público comentara o no su jornada, es decir, trabajara o no.

Hasta hace bien poco, antes de que la crisis lo asolara todo, uno de estos columnistas podía embolsarse centenares de euros por pieza o un comentarista miles por partido. El parentesco echa además un cable. A este último grupo pertenece un caso que lo tuvo tan fácil como tirar de suegro, también figurante en la casa, para colarse a comentar NBA en una lengua ajena cuando de esa competición se le ignoraba trazo alguno en vida. La dolce vita del retirado aburría y decidió que su sitio estaba allí.

Poco antes, en uno de esos asientos, vimos a un exjugador —que ejercía entonces como cuerpo técnico— cuidarse muy mucho de pronunciar nombres de jugadores durante los partidos que comentaba. Porque se admitía como analista NBA a alguien que no la seguía, que tal vez nunca la hubiera seguido (600 euros se embolsaba por noche). Durante las Finales de 2006 entre Miami y Dallas uno de los invitados en plató, jugador profesional, urgió a un trabajador de la cadena una plantilla de los Heat para enterarse así de quiénes la formaban.

Estas cuitas y cifras palidecen ante lo que ha venido ocurriendo en el fútbol. Hablamos, por ejemplo, de los 9000 euros a Santi Cañizares por edición de El Día Después o de los 108 millones de pesetas para Míchel por sus comentarios en TVE. A nivel interno, incluso hubo algún sorprendido al ver cómo Pichi Alonso abandonaba TV3 (camino de Sogecable), donde las cantidades eran igualmente desorbitadas.

En España la principal fuente de trabajo fue siempre el enchufe. Pero en el asunto que nos concierne cobra también importancia el nepotismo del figurante, otra suculenta fuente de ingresos para esos pocos elegidos.

Vaya por delante que la columna o el micrófono de un figurante no hurta trabajo a un periodista. Es el precio del figurante lo que encubre el homicidio. Y el coste de todos, un verdadero genocidio a la profesión.

En septiembre de 2012 el paro registrado en el colectivo de periodistas alcanzó los 27.443 individuos. Únicamente el registrado. Son cifras que no recogen, por ejemplo, al periodismo zombi, un cuarto del colectivo que lleva en paro más de tres años y que ha renunciado por completo al empleo en su sector. La otra parte, la más numerosa, sigue buscando mejorar el perfil profesional con cursos de posgrado y de idiomas. Hay un alto grado de actualización profesional entre los parados de la información. No constan, en cambio, figurantes que aprovechando la coyuntura resolvieran titularse, bien por correlación, por ansia de conocimiento o por pura vergüenza. No debe de proceder cuando el trinque es automático.

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Se ha desestimado emplear la noción de intrusismo porque suele abusarse de ella. Y porque hay profesiones cuyo ejercicio opera en márgenes muy vagos y poco definidos, tal es el caso del periodismo deportivo. Su matriz, el periodismo generalista, admite regularmente las entregas del científico, del catedrático, del lingüista, del político o del economista con resultados espléndidos. Se admite en todo ello la presencia del especialista. En cambio su homólogo deportivo no cumple con los figurantes ninguno de estos requisitos y así hemos tragado con perfiles como Leticia Sabater, Gonzalo Miró, Fran Rivera o Bertín Osborne.

Obvio que la contratación de los figurantes corre a cargo de la elite directiva. Pero asimismo de los subalternos que actúan de enlace con la parte baja de las redacciones. De la salud financiera de cada medio, como también de lo que se publica, ambas partes son responsables.

Sin embargo la motivación de cada una no tiene por qué coincidir. Mientras el gestor directivo compite con otros medios en la adquisición y exposición de estrellas, de lo que ellos entienden como prestigio derivado de esos nombres, la de los directores y jefes de sección lleva tiempo infectada de humana vanidad. Para estos secuaces de mando, que soltaron la herramienta en cuanto ocuparon un despacho, nada más seductor que codearse con los figurantes, que compartir a diario con ellos lujos de mesa y mantel, que sumergirse en las intrigas y favores de poder propios de los estómagos agradecidos. Nada como los placeres del interiorismo para esta aristocracia que dirige con mano de hierro la industria del periodismo deportivo.

En cargos intermedios, ese español arquetipo de los espabilados de redacción, nada como fingir aparente amistad con los figurantes, como lucir esas llamadas al teléfono frente a los jornaleros del teclado, a quienes toca sostener todo ese entramado de figurantes y traidores.

El fenómeno ha avanzado lo suficiente para encontrar rasgos diferenciales. Mientras el diario Marca viene optando desde siempre por figurantes de raíz y calado profundamente ibéricos, de calientes toro y bandera, PRISA, en una aparente sofisticación de diseño, lleva años erotizado por los figurantes de origen extranjero. Como ejemplo, El País Digital. Su sección de firmas deportivas presenta un total de doce analistas siete de los cuales son figurantes. Tres de ellos ocupan presencia en deportes de prioritario peso como fútbol, baloncesto y motos: Santiago Solari, Paul Shirley y Randy Mamola.

Al margen de la presumible solvencia de cada uno de ellos, el mensaje admite una doble lectura. De un lado, no parece haber especialistas titulados en España —más de 75.000 desde 1976— que para los responsables de El País puedan ocupar esos puestos. Y dos, un ejemplo revelador acaecido hace unos meses. Un especialista de fútbol, periodista titulado con más de 25 años de profesión a sus espaldas, fue reclamado a escribir allí de fútbol internacional, su principal fortaleza. El gesto habría sido loable de no ser que la demanda no viniera acompañada de hacerlo de manera gratuita, esto es, sin cobrar un céntimo.

Algo así, como es fácil imaginar, resulta impensable entre los figurantes.

Así pues no parece darse coherencia entre la línea editorial del diario, beligerante contra la actual situación de paro entre la generación mejor preparada, y su política interna de actuación. Dicho en claro, la masiva presencia de firma extranjera apenas puede ocultar el maquillaje y pose de un vergonzante esnobismo, de cosmética similitud al caso Amy Martin.

De la imparable oleada de Expedientes de Regulación de Empleo los últimos en abandonar el barco serán además los figurantes. No saldrá uno sin que antes las redacciones hayan quedado diezmadas. Por cada Raúl Ruiz Benito vivo hay centenares de redactores muertos.

A estas alturas urge preguntarse cómo es posible haber llegado a esta aberrante postración. Qué razón condujo a la industria de la información deportiva a contemplar el inmenso yacimiento de sus facultados como grano estéril. Cuándo la dignidad de la profesión, sensu stricto, mereció el más profundo desprecio de quienes presuntamente debían velar por ella.

En Estados Unidos, paradigma del que somos precario eco, el star system funciona en televisión a niveles sin parangón. Son los padres de esta cultura. Sin embargo su prensa escrita, y en igual medida la radio, han sabido preservar el debido espacio a la profesión, como un último terreno que justifica la especificidad propia del periodismo, la primera y última razón de los suyos. Allí la especialización no ha perdido un ápice de importancia. Aquí en España más de la mitad de los especialistas —un 52.7% según el Informe Anual de la Profesión Periodística 2012— reparte su trabajo entre diferentes secciones. Y a menudo, sin ejercer la suya, cosa que corresponde al figurante, la única entidad de potencial valor para vender especialismo.

Ahora que en España bancos y corporaciones sostienen los pilares de grandes medios regulan también con cada vez menor disimulo quién y qué publicar. En una de esas reuniones con los inversores, parte de cuyo dinero publicitará la marca que patrocina contenidos, el grano de las conversaciones repite sin falta un estribillo:

—Bueno, tenemos varios especialistas…

—No queremos especialistas. Queremos nombres, caras que la gente conozca.

Acompañan los papeles de la mesa comercial un registro de nombres que recoja bien listado el número de seguidores en Twitter, esa nueva Agencia que ha suplantado a la Facultad. Así ocurre que aquel joven nonato, el blogger cercano a licenciarse, como el titulado en paro, no son para estos señores más que otro par de átomos condenados a agitarse inútilmente en el inmenso vertedero de Internet.

No es propósito de esta pieza cuestionar la capacidad de figurantes concretos, algunos de sobrada solvencia. Se denuncia la sonrojante claudicación a ellos en detrimento de porciones enteras de profesionales que entregaron algunos de los mejores años de su vida a cristalizar una ilusión, una preparación, siguiendo además el orden socialmente reglado, según el cual a ellos tocaría la transmisión, interpretación y entretenimiento en la industria informativa. O al menos, con razonable prioridad.

Naturalmente que es posible una feliz coexistencia entre figurantes y periodistas. Pero difícilmente parece justificable en los términos vigentes.

Viñeta de Forges

Para los responsables de esta industria la especialización pura, como una cátedra deportiva reflejo del masivo ejemplo americano, queda prioritariamente invalidada para el producto de las Facultades, mano de obra cada vez más barata condenada a procesar la información al teclado sin mayor ventana que la pantalla. Y las excepciones, que las hay, no hacen regla.

No pocos aprendices sufren muy pronto este primer revés. En 1991 un puñado de ellos formaba paciente cola en la planta baja de uno de los edificios de la UPV para entregar la matrícula. La fila llegaba hasta el parking. De pronto vieron llegar un coche, del que se bajaron dos tipos, uno de los cuales era Julen Guerrero, que también venía a echar la suya y aguardó junto al coche. Mientras la cola daba algunos bandazos por el revuelo armado, el otro sujeto corrió delante de ella hasta plantarse en la ventanilla y colar allí la matrícula no sin antes pronunciar en voz alta en nombre de quién lo hacía. La oficinista cogió los papeles y le devolvió una sonrisa. Acto seguido el tipo volvió al coche y ambos desaparecieron. Nadie dijo nada y la cola volvió a su sitio.

Fue una impecable ocasión de descubrir cómo la realidad, la de todos aquellos futuros periodistas, alfombra el paso de estos famosos. A decir verdad, apenas nadie vio a Julen por clase en los siguientes años. Pero al segundo o tercer curso el futbolista ya tenía su propio programa en ETB, uno de animales que duró más bien poco.

No corren los mejores tiempos para defender algo en esta profesión. Menos aún, en el gremial deportivo. Pero no deja de llamar la atención que los caudillos del entertainment, la máscara bajo la que se ocultan auténticos pirómanos de masas, sean precisamente los responsables de que el periodismo deportivo haya descendido al peor índice de valoración pública jamás conocido en España.

Entre ellos y el inmenso graderío que aún sostiene el negocio han condenado al redactor base, al recién titulado, al jornalero invisible, a la licenciatura misma, a la derrota más grave que haya sufrido nunca la figura del periodista deportivo. No en vano esa expresión ha dejado de sonar seria.

Es fácil intuir el sumarísimo juicio que puede promover en una mayoría neutra el objeto de esta denuncia. “Para hablar o escribir de fútbol no hace falta una carrera”. Entonces también hay aquí otro buen número de ciudadanos estafados. Y entre figurantes y traidores la culpa no pertenece a los primeros.

 


Joaquín Reyes: «Nuestros fans, siempre y cuando estén sobrios, son gente educada»

Además de dibujante, monologuista, actor, director y uno de los creadores de programas como La Hora Chanante, Muchachada Nui o Museo Coconut, Joaquín Reyes (Albacete, 1974) es el autor de la frase “ojalá la vida fuera como una partida de Trivial”. Como es un deseo relativamente fácil de conceder, le hemos citado en la librería cafetería Tipos Infames de Madrid para pasar un buen rato con él entre preguntas, respuestas y quesitos.

Antes de empezar la entrevista, ¿cómo sabemos que eres Joaquín Reyes y no José Antonio Zafrilla, el doble de Tarancón al que reconociste en Cinemanía?

(Ríe) José Antonio Zafrilla, dice. No, no, hoy he venido yo… A ver cómo te lo demuestro ahora.

Da igual, tendré que creerte de todas maneras.  ¿Cómo es que escribiste eso,  te gustaría tener un doble?

Sí, escribí eso porque es un deseo expresado. No existe el doble aunque a mí me gustaría tenerlo porque así lo podría mandar a algunos sitios por mí.  Así nos repartiríamos el trabajo.

¿No te gusta tu trabajo?

No me gusta desplazarme.  Mi trabajo sí, me gusta mucho, cuando estoy en el sitio. Lo que es desplazarme, no.

La idea de disfrutar del camino no va contigo, vaya.

Eso es. A veces, intento engañarme a mí mismo y me digo “disfruta del proceso, del viaje, vas en el tren leyendo… “, y lo que pienso es, “no, no, mentira. A mí lo que me gustaría es estar en mi casa, o tener una cabina que me teletransportara”.

Cuando leí lo de tu doble pensé que lo hacías para sembrar la duda entre tus fans y que no te molesten.

No, tenemos suerte con los fans. Ya solo por el hecho de admirarnos demuestra que tienen criterio; se ve que son gente que no admira a cualquiera, eso por un lado. Por otro, nuestros fans, siempre y cuando estén sobrios, son gente educada, cariñosa.

¿Te ha pasado algo con algún fan ebrio?

Claro, se ponen mu pesaos, como todos cuando estamos borrachos. Por lo demás, son experiencias muy buenas. Yo me siento reflejado en mis fans, son parecidos a nosotros (casi siempre).

Son parecidos a vosotros porque apuesto a que se os acercan con palabras chanantes.

Sí, nos dicen “eres un tunante”, cosas así. Pero hoy soy Joaquín porque a esta entrevista, por ejemplo, sí que me apetecía venir… (Risas).

No me extraña que te apeteciera venir. Te he traído merienda (le mostramos una caja de quesitos con pegatinas de colores). Te gusta jugar al Trivial, ¿verdad?

(Risas). Sí, sí que me gusta. A la gente de ahora no le va este juego. Los chiquillos pasan de que les pregunten cosas que no saben.

En realidad es una nueva modalidad del Trivial que me he inventado y lo experimento por primera vez contigo. Es un Trivial de quesitos comestibles. Yo te iré haciendo la entrevista y cuando vayamos a cambiar de tema, te haré una pregunta “para quesito” que relaciona el mundo chanante y el área que vayamos a tratar. ¿Aceptas?

Me parece estupendo.

Pues empezamos. Pregunta para quesito rosa: Espectáculos. ¿A qué famoso cantante corearon este verano con la canción principal de un sketch de Muchachada Nui?

A Robert Smith.

¡Correcto! Desde que se confirmó que The Cure estaría en el BBK se hizo  una campaña en las redes sociales para que bailara el “Suave, suave”…

(Recita) “Vamos, Robert, sal a bailar” (Risas). Es muy gracioso. Ese sketch lo hizo Raúl Cimas. Me han contado que le cantaron eso a Robert Smith. En el mundo indie esta broma gustó mucho.

Eres monologuista, actor, guionista, director, dibujante… Y ahora te estrenas en contenidos infantiles con la serie Monetes del Espacio de Cartoon Network.

Sí, Monetes del Espacio es una serie que he creado con otro cómico, Miguel Esteban, que viene colaborando con nosotros desde Museo Coconut. Cartoon Network nos la ha encargado porque ya en Inglaterra han tenido la experiencia de que un cómico haga una serie infantil, así que para el proyecto en España han pensado en mí. Monetes del Espacio es una serie donde dos monetes, que efectivamente son del espacio exterior y por lo tanto extraterrestres oriundos de un planeta desconocido, han llegado a la Tierra para estudiarnos y hacer informes sobre los terrícolas, el planeta, y demás. Son dos. El Monete 1 y el Monete 2.

No tienen nombre.

Esos son sus nombres, Monete 1 y Monete 2. Monete 1 es en jerarquía y en edad superior al otro y no se mueve de la nave. Es Monete 2 quien va y viene con algo.

¿Qué objetivo tiene esta serie?

Ver el mundo a través de los ojos de un niño. En el fondo los monetes son como unos niños; la relación que se establece entre ellos es como de hermanos. Ayer estuve revisando capítulos y estamos muy contentos. La animación es de Sopa de Sobre, como casi todas las animaciones que he hecho, y la música es de Enrique Borrajeros, que también es quien siempre pone la música de lo que hacemos.

Y cuando se va Monete 2, ¿a quién sigue la cámara?

Lo que vemos es cuando vuelve. O sea, está el Monete 1 y vuelve Monete 2 (pone voz de lo que suponemos será Monete 2:) “madre mía, madre mía, adivina qué me he encontrado”… Y luego hay un runnig gag que es que Monete 1 pide que le traiga kikos, porque le vuelven loco, pero por H o por B nunca los consigue.

Cada capítulo dura un minuto. ¿Da tiempo a todo eso en 60 segundos?

Minuto o minuto y medio. Desde luego la serie pesada no se te va a hacer.

He visto spots más largos.

Sí, es en plan spot. Son tiras, en realidad. Pero da tiempo porque los monetes hablan rápido. En un ratillo te has visto toda la temporada. Se ven muy bien; madre mía, qué graciosos han quedado (risas).

¿Y los monetes tienen acento de algún sitio?

No, es neutro. Se ve que en su planeta hablaban castellano, o se han puesto en el viaje un cd para aprenderlo bien rápido. Algún personaje murciano sí que sale. Es un acento al que recurro mucho porque me encanta (mi mujer es murciana; tengo entonces mucha relación con Murcia).

¿Dónde está ambientada?

No se sabe, están en un bosque.

¿La has testado con tus niños?

Les he puesto algunos capítulos, y sí, les ha gustado mucho. Ester —tiene 3 años— me decía que quería ver más. Ella y Jesús —él tiene 5— han cantado la canción de la cabecera. Así que también salen ellos, sus voces… sus angelicales voces a coro. Es que son muy cantarines; entonces, aproveché.

Cuando hablas de tus papeles en el cine siempre haces broma sobre lo breves que son. Especialmente el de Promoción Fantasma. ¿Cómo se toma Javier Ruiz, el director de la película, que te metas tanto con el papel que te dio?

Fíjate lo que le debe afectar  a Javier Ruiz lo que opino sobre esto que me ha ofrecido otro papel todavía más corto en su próxima película —que empiezan a rodarla este domingo, por cierto— . Imagínate.

Más corto, ¿eres un mensaje subliminal?

(Ríe). No llega a tanto pero es una intervención muy cortita. Y hablo, ¿eh? Y es un papel con gracia. Hay que decir que es una secuencia muy bonita, pero vamos, cortísima. Así que no me importan todas mis quejas (Risas). Javier dirige muy bien, a mí me encanta trabajar con él, pero cada vez salgo menos. Es muy cabrón, ahora que lo pienso.

Cuando dices públicamente que te gustaría protagonizar una película, ¿lo dices en serio o es una pose? Porque a mí se me ocurre una solución: la dirigís  vosotros y te autoasignas el papel principal.

Yo creo que lo digo un poco por decir, porque luego hay cosas que me dan pereza. A mí me va bien un papel pequeño, que haces gracia y son más lucidos. Tampoco sé si yo podría protagonizar una película. Vivo en esa contradicción… Me digo, “merezco ser el protagonista” y otras veces, “bueno, casi mejor así cortos, que luego la gente me dice:  cuando sales tú mira cómo se ríen”. Sobre lo de producir una película nosotros… Pues mira, ahora mismo estamos escribiendo una película —no ahora mismo; ahora mismo estoy contigo haciendo esta entrevista—. Esta mañana hemos estado escribiendo el guión porque es la única forma de que a corto plazo podamos ser protagonistas. La dirigirá Ernesto, y si todo va bien se rodará el año que viene.

Quesito verde. Ciencias y naturaleza. ¿Qué personaje de Muchachada Nui da su opinión sobre el reciclaje?

De Muchachada Nui… Ah, bueno, El Bonico del Tó. Decía que para qué reciclar si luego iba todo al mismo sitio. Lo aterrador de El Bonico del Tó es que hay gente que realmente piensa así. Así que El Bonico no era un personaje tan exagerado como parecía.

Esa es la gracia de muchos sketches de este personaje, ¿no?

Sí, podría ser ministro ahora mismo.

En esta categoría solo te haré dos preguntas. La primera: ¿Qué tienes con los monos que siempre haces alusión a monos? Gaticos y Monetes en Muchachada Nui, luego también en tu libro Ellos Mismos estableces un diálogo con un mono, ahora la serie de animación protagonizada por dos monos.

Los monos me encantan. Por cierto, hace poco se descubrió una nueva especie de mono y yo digo que se parece a Álvaro Pombo, creo que se da un aire. Este mono, en concreto, tenía una mirada muy humana porque tenía blanco alrededor del iris. Una mirada más humana que un casero que tuve yo, ahora que vuelvo a pensar en ello. Una de las cosas que más me gusta de los monos es que son muy parecidos a nosotros. Son muy graciosos. Si se rebotan te pueden arrancar una mano de un bocao. En fin, como nosotros.

Y la segunda: ¿por qué casi siempre localizáis los sketches en el campo?

Me gusta situar a los personajes en el campo así, paseando, es como una descontextualización que me hace muchísima gracia. Sánchez Dragó con Arrabal y Jodorowski  paseando por un campo… Me divierte muchísimo.

Además, en esos campos manchegos que elegís, tan bucólico todo…

La Mancha bonita, lo que se dice bonita, no es. Y ni tú ni yo somos sospechosos de tener nada en contra de La Mancha.

Llegamos al quesito azul: Geografía. Qué suerte, te ha tocado una pregunta tan fácil que solo conoces tú la respuesta…  ¿Dónde está ahora mismo Lilifor?

Está a la deriva porque está por estrenar. Los siete programas de sketches ya están grabados, es una estructura parecida a La Hora Chanante, pero no se termina de estrenar. La respuesta más concreta a esta pregunta sería que está en los corazones de nuestros fans porque les vamos a dar eso que tanto les gusta: Celebrities y sketches relocos.

Supongo que tendré que dártela por respuesta correcta. Dime, ¿cómo conseguís gustar a gente de todas partes usando localismos y humor absurdo?

Los primeros sorprendidos somos nosotros cuando descubrimos que ciertas palabras manchegas gustaban tanto. A nosotros nos hacía mucha gracia, claro, pero tampoco sabíamos cómo iba a reaccionar la gente ante palabras como gambitero, enratonao… También creo que es por el acento manchego. Ya había muchos cómicos manchegos como Millán Salcedo o José Mota, pero era un acento un poco desconocido aún. Hemos encontrado un nicho más o menos de nuestra generación que les ha gustado nuestro enfoque y los referentes que utilizamos.

¿Vas a menudo a La Mancha?

Mucho. Mi madre y mi hermano viven en Albacete y voy a menudo. Este fin de semana, sin ir más lejos, voy a pasarlo en El Provencio (Cuenca), pueblo de Julián López. Y de mi suegra.

¿Os planteáis salir del sello manchego y ser más neutros?

Lo del estilo manchego no es algo muy planeado. En la película saldrán cosas manchegas seguro, porque es como hablamos y es nuestro acento. Tampoco es cuestión de ser pesados con este tema; es que nos sale solo porque nosotros hablamos así.

No es impostado.

No, qué va. De hecho, Ernesto en Muchachada Nui dijo que ya no quería hacer más de Marcial porque estaba cansado, y se acabó Marcial. No es ninguna obligación.

Hemos caído en la casilla del quesito amarillo: Historia. En el Mundo Viejuno Salvemos la Huertica, ¿por qué el flautista de Torre Pacheco se marcha sin cobrar?

(Piensa). ¿Por qué se marcha sin cobrar?…

Ay que esta no te la sabes…

Sí, sí me la sé: porque le piden la factura.

Exacto. Él salva la huertica y quiere cobrar en negro.

Y ahora esto se entiende más, con la subida de IVA; la gente quiere cobrar en negro (risas).

Vuestra trayectoria es un poco particular. Es la tele la que os da trabajo pero es en Internet donde la gente os consume. ¿Cómo gestionáis esa relación con la Red?

Internet fue algo que nos ayudó muchísimo, nos ayudó a tener repercusión. El programa que hacíamos en Paramount Comedy era mensual y en un canal de pago, por lo tanto éramos prácticamente invisibles. Así que gracias a la red mucha gente nos conoció. Luego hubo unos años en los que la tele e Internet vivían de espaldas, es decir; para la gente de la televisión  era una cosa de freaks, muy residual. Ahora, por el contrario, la gente consume mucha televisión en Internet, es de lo más normal. De hecho, el programa de la tele más visto en la red es Amar en tiempos revueltos, en la web de TVE. No deja de ser un programa para gente mayor. Mi madre, sin ir más lejos, aprendió a utilizar Internet para poder ver esta serie cuando se pierde algún capítulo, imagínate. Por eso digo, la televisión en estos momentos necesita de Internet y a nosotros la verdad es que nos ha venido siempre muy bien. Lo que queremos es que la gente nos vea. Da igual si es en un medio o en otro.

Sí, pero en este caso, si no hay audiencia en la tele, no hay chanantes, ni en Internet ni en ningún sitio…

Sí, pero hacíamos promociones para que la gente nos viera… (Ríe). No deja de ser una broma. Nosotros en La 2 teníamos audiencia suficiente, hacíamos buenos datos. La gente nos seguía en Internet porque es lógico que en un programa como Muchachada Nui o La Hora Chanante la gente troceara las secciones y lo colgara en la red, es un formato que se presta a eso. Yo no le veo la parte mala; la gente nos sigue viendo y nos sigue demandando. Seguimos despertando interés.

Si teníais audiencia y los datos eran favorables, ¿por qué os maltrataban en La 2? Yo recuerdo que era imposible pillaros en ese canal, os cambiaban de horario constantemente, unas semanas os anunciaban y luego no os ponían u os ponían más tarde.

Eso fue, sobre todo, en la última temporada;  coincidió con que en TVE comenzó la ley que prohibía publicidad en la tele pública, unas veces te ponían a una hora y otras a otra. Pero hasta ese momento no tuvimos nunca ningún problema. Y eso no fue cosa de los programadores, sino un desbarajuste  fruto del proceso de poner la ley en funcionamiento.

¿Y una vez solucionado ese “desbarajuste”?

Pues  la gente que estaba en ese momento en TVE se fue y a los que entraron nuevos no les interesábamos tanto. Así se acabó nuestra etapa en La 2; que, por otra parte, fue genial, nos trataron muy bien, confiaron en nosotros, e hicimos el programa que nos gustaba.

¿Crees que un programa de vuestro tipo tendría cabida ahora mismo en access prime time?

Yo creo que no. Habría que hacer varias concesiones, cambiar cosas.

¿Y en prime time?

Hasta ahora no nos ha interesado. Lo que buscamos es tener libertad creativa, hacer los programas que nos gustan. Eso hace que asumas riesgos y seas consciente en el sitio en que mejor estás. Evidentemente, en un programa en access o en prime time todo el mundo opina, hay mucho en juego.  Por las experiencias que he tenido me parece agotador. Por eso tiene mucho mérito que haya programas en prime time que funcionen y que estén tan bien hechos, vaya.

Alguna vez has dicho que todo lo malo lo has aprendido en la tele y que dibujar es hacer el bien. ¿Qué pasa de malo en la tele?

La tele se rige por cinco normas: vender humo, apuntarse el tanto, lanzar balones fuera y escurrir el bulto. ¿Cuántas me faltan? ¿He dicho cuatro o cinco?  Bueno, da igual. Básicamente eso es la televisión. Todo el mundo opina, nadie se hace responsable de los errores, hay mucho miedo; en el fondo se venden programas que luego no son nada. Dicho lo cual, es un medio que me fascina. Yo no soy crítico con la televisión porque pienso que hay muy buenos programas, que estamos viviendo un muy buen momento de la televisión; el humor es un contenido de la televisión que ahora mismo se valora. Hay muchos canales y programas que a mí particularmente no me interesan, pero entre tanta oferta, si no te interesa una cosa, te interesará otra.

“Hay programas muy buenos en la tele actual”. Ya lo has dicho dos veces, voy a pensar que lo dices en serio, ¿crees que hacen muy buenos programas en la tele?

El Intermedio (La Sexta) es un muy buen programa de televisión. Es diario, te puedes mantener informado, muy gracioso… Hay una tendencia a quejarse de la tele  (con voz de personaje) “la tele es basura”. Por supuesto que hay programas que a mí me horripilan, pero hay otros que están muy bien.

Te gusta El Intermedio, ¿y qué otro más?

Me gusta El Intermedio y… (Piensa).

Ay, ay, ay, que veo que te está costando…

No, no… Es que yo soy más de series… (Risas)

Ya me extrañaba a mí… ¿qué series?

Dos series muy desconocidas. Una se llama Juego de Tronos

Creo que eres el único que la ve.

Si, ¿verdad? La otra es Mad Men. Paramount Comedy emite tambien una que se llama Bored to Death, que es graciosísima y De culo y cuesta abajo (Canal+). Ah, y un programa muy bueno es Ilustres Ignorantes (Canal+).

Volviendo donde estábamos: no te ves en prime time porque os limitaría; ¿te autocensuras?

Hay bromas que no las digo porque me parece que puedo ofender a alguien y prefiero no hacerlas. Como cómico tienes que buscar tus límites. Es cierto que humor es un lenguaje que te permite decir cosas que no puedes decir de otra forma… Bueno, hay cómicos que igual no se limitan y ese es su sello editorial. No es mi caso, desde luego.

¿Quién es el más destroyer de los chanantes? Seguro que hay alguno al que siempre hay que frenar  más.

(Ríe). Bueno, más o menos todos tenemos la misma medida… Por ejemplo, los monólogos de Ernesto son más burros. A mí me hacen mucha gracia; a veces dice cosas más arriesgadas.

El éxito en solitario de los chanantes, ¿hace peligrar al grupo?

Yo creo que no porque todavía existen esas ganas de hacer cosas juntos. Es bueno que cada uno tenga su carrera y su proyección profesional —es bueno para todos—, pero creo que siguen existiendo esas ganas de juntarnos para trabajar. Nada fue parte de un plan; ninguno de nosotros pensábamos que íbamos a trabajar en esto. Por ejemplo, Carlos Areces sale en la última película de Pedro Almodóvar, Los Amantes Pasajeros, y eso no deja de ser acojonante.

¿Ese éxito individual no os ocasiona bajas?

De momento, no.

Vais incorporando a gente nueva.

Sí, antes te hablé de Miguel Esteban, con quien he trabajado en Monetes del Espacio. Cuando estábamos escribiendo Museo Coconut trabajábamos con Los Vengamonjas, con Fernando Villena, Borja Sumozas… Era una forma de abrirnos a gente más joven (bueno, tampoco lo son tanto). En el caso de Los Vengamonjas veo en ellos como una especie de relevo. Son gente que hace mucha gracia, hacen cosas distintas. Me gustan, la verdad.

Sí, yo también les veo cierto parecido a Los Vengamonjas con vosotros. Y salvando las distancias, a Miguel Noguera también lo encuentro bastante de vuestra corriente.

Me gusta mucho Miguel Noguera. Hace un humor muy distinto en el fondo y en la forma a todo lo que se ve ahora. Aparte, es una persona y un cómico muy gracioso. A mí me parece muy original.

Hablando de cosas originales, te voy a hacer una pregunta que seguro que nadie te ha hecho: ¿Crees que tus Celebrities te pueden acabar encasillando?

Sí, pero hacer Celebrities es una cosa que me sigue divirtiendo. Si la gente quiere más y yo me lo sigo pasando bien con esto… ¿para qué dejarlo? De hecho, en el parón de Museo Coconut me aburrí un poco de Celebrities y dejé de hacerlos. Luego, para Retorno a Lilifor me volvió a apetecer y volví a ellos. Además, no hay nada mejor que encasillarse porque así ya sabes lo que puedes hacer, lo que haces bien y lo que no, y puedes pasarte así una temporada larga.

Hemos caído en el quesito difícil. Quesito marrón: Arte y Literatura. ¿De qué poeta chanante salieron los versos hechos canción My mother, con las rodillas clavadas in the guanter?

De Raúl Cimas.

Cimas tiende a los sketches musicales, ¿verdad?

Sí, fue él quien escribió ese genial sketch.  Raúl es muy de canciones.  Bien y Mal que cantaba el Barry Gibb de Muchachada también la escribió él y la de Soy Heavy, por ponerte algunos ejemplos.

Ya que estamos en la sección cultural de esta entrevista, me ha venido a la cabeza la tira que tienes sobre ti en Ellos mismos donde dices que la gente cree que tienes cultura pero en realidad manejas cuatro nombres.

Es cierto. Los sitios en los que he estado han visto en mí virtudes que no estaban tan claras, pero que en el fondo me han venido bien. Siempre se me ha supuesto mejor de lo que era, con lo cual con tener la boca cerrada…

¿Y eso no te genera presión?

Bueno, si alguna vez alguien se lleva un chasco diré “yo ya os lo dije”.

Te has hecho una tira, un celebrities, una entrevista…

Siempre obligado, ¿eh?

Ah, vale, te iba a preguntar cómo vas de ego.

(Risas). La tira me la pidió El Periódico de Catalunya, que era el diario para el que hacía las tiras, el Celebrities para la marca Mercedes, idea suya, y la entrevista para Cinemanía… bueno, la entrevista fue cosa mía, la verdad. Eso lo reconozco. Lo del ego, si te dedicas a esto tienes que tener ego. Más que ego yo diría cierta desfachatez para hacer el mamarracho delante de las cámaras; en realidad ninguno de nosotros tenemos mucho ego.

Juanjo Sáez; ¿qué tal te llevas con él?

Muy bien, es amigo; aparte, lo admiro muchísimo.

¿Habéis tenido algún proyecto juntos?

No, la verdad es que no. Es muy brillante y tiene un estilo único. Que es un sinvergüenza está claro, pero es un sinvergüenza con mucha gracia.

Te pregunto por él porque también es recurrente que bromees sobre su éxito y su estilo modernillo. Tú también eres un moderno exitoso, además de DJ y todo.

Sí, claro, yo también.

Y te va la música indie.

Sí. Aunque escucho de todo tipo de música. Lo último que he escuchado ha sido Tommy, de  The Who; estoy con las óperas rock. También escucho mucha música barroca, hip hop. Me gusta mucho la música. Voy un poco por ventoleras.

¿Pinchas solo en el Ocho y medio o en más sitios?

Solo en el Ocho y medio. Y me gusta que la gente “mueva el esqueleto”. Pincho cosas muy populares;  el otro día incluso me silbaron porque puse a Britney Spears y Lady Gaga. Es que yo lo que quiero es que bailen. Pongo las canciones más petonas que pueda.

¿Aunque no vaya con el estilo del local?

¡Pero si luego lo bailan todo! A ver, hay un cierto criterio, pero luego  les pongo música que les va a gustar seguro, como Morrissey… En el fondo a mí la música popular me gusta mucho. Por eso pongo a Lady Gaga, que creo que llena ese hueco que dejaron las estrellas del pop de los 80.

No me digas que siendo indie no te vas a meter con Lady Gaga. Ni siquiera argumentando que es una copia de Madonna.

Claro que es una copia. Pero es una copia lo suficientemente graciosa como para que tenga éxito.

Y también eres muy fan de Michael Jackson.

Sí, me encanta Michael Jackson, es verdad.

¿Te gustan las imitaciones y los chistes que hacen de él?

No me interesan las bromas sobre Michael Jackson que van siempre en la misma dirección. Me refiero a aquello de los juicios sobre su relación con menores. Creo que era un personaje más complejo como para reducirlo solo a eso.

Tienes un Celebrities de Michael Jackson cuando aún vivía donde haces un gag —muy de pasada, todo hay que decirlo— sobre su relación con menores.

Sí, está claro, formaba parte de su imagen pública. Pero ese Celebrities no se centraba solo en eso. Es un personaje lo suficientemente excéntrico, amplio y genial como para enfocarlo todo solo en aquello.

A Patricia Conde, fan como tú de Michael Jackson, le escribieron en Sé lo que hicisteis (La Sexta) varios chistes sobre él pocos días después de su muerte. Se ofendió tanto que leyó el guión en directo sin defenderlo de ninguna manera. ¿Tú hubieras hecho lo mismo?

Probablemente sí. Y más si ha fallecido recientemente. La comedia necesita del tiempo para que tú puedas tomar distancia.

Pero a la gente le gusta bromear sobre la muerte de personajes famosos. Por ejemplo, ¿los chistes sobre Manuel Fraga o Santiago Carrillo de momento no te hacen gracia?

Es distinto si son bromas íntimas.

Si en un programa, como los que citabas antes que te gustan, hicieran chistes sobre alguien fallecido, ¿te incomodaría?

Bueno, si el personaje me cae muy mal, muy mal… Pero yo no haría broma sobre alguien que acaba de morir. Además, una cosa son los chistes que se dicen en la intimidad, que obviamente siempre los hay, y otra es lo que trasciende más allá de los amigos. Aunque también te digo que uno de los sitios donde más se bromea es en los funerales porque se necesita romper esa tensión con el humor.  No te negaré que es de nuestro tipo de humor que la gente haga bromas con el cuerpo todavía caliente, pero son más bromas entre nosotros.

Llegamos a la parte final de la entrevista. Como en los informativos, tocan los deportes que son el quesito marrón naranja. Esta es subjetiva: ¿a qué celebrity tuya de las siguientes —no al personaje real, sino a la imitación— te gustaría ver en el palco de un Barça-Real Madrid? A) Hulk Hogan; B) Pitita Ridruejo; C) La Mona Chita.

Hombre, a Pitita Ridruejo; si ella está allí hay más posibilidades de que haya una aparición mariana. La expectativa de que haya una aparición mariana en un Barça-Madrid es muy excitante.

¿Alguno de los dos equipos necesita una aparición mariana?

Que la necesiten no, pero yo he visto algo muy parecido a una aparición mariana en un Barça-Madrid. Por ejemplo, cuando marca Messi. En ese momento casi veo la Rosa Mística. Porque yo soy del Barça, por supuesto.

Pensaba que me dirías con el mítico gol de Iniesta contra el Chelsea

Bueno, con el gol de Iniesta contra el Chelsea para clasificarnos en final de Champions, creo que tuve una aparición mística. Ahí casi me da algo.

¿Iniesta es el que más te gusta?

Hay muchos que me gustan, pero sí, me quedo con Andrés Iniesta.

Siendo dibujante está claro que en el cole la plástica se te daría bien, ¿y la gimnasia?

No era mi fuerte, pero tampoco era de los más patosos.

Entonces, no te dejaban para el final cuando se hacían equipos para jugar a algo.

(Risas). No, no… bueno, en el fútbol sí, porque era malísimo, pero en el baloncesto era un poquito mejor. Yo soy de la generación que vivió las Olimpiadas del 84 y la medalla de plata de España en Los Ángeles, de la generación del baloncesto, sobre todo. Veía los programas de Ramón Trecet donde TVE emitía un partido de la NBA a la semana (ndr: Trecet presentaba Cerca de las Estrellas, 1988).

¿Y ahora te gusta más el baloncesto que el fútbol?

No, ahora me gusta más el fútbol. Mi hermano, sin embargo, sigue siendo más de baloncesto.

¿A tus hijos les interesa el fútbol?

A Jesús le empieza a interesar. Le gusta ver partidos conmigo. Además, les he hecho del Barça.

Hay quien opina que fútbol y política no deben mezclarse porque con esa actitud excluyen a parte de su afición. Como culé no catalán, ¿te importa que los partidos del F.C. Barcelona se estén politizando?

No es algo nuevo y particularmente no me molesta ni me incomoda. A mí personalmente no me hacen sentir así. Lo que no puede ser es que haya quien no quiera que esa gente piense de una forma o aspire a algo. Así, el que utilicen un evento deportivo que tiene esa repercusión como es un Barça-Madrid como escaparate para esto, me parece lo más normal del mundo. Yo soy manchego y ni soy yo especialmente nacionalista ni estoy de acuerdo con el nacionalismo. No lo he vivido y me interesa más bien poco; ni me hace sentir incómodo, ni me parece mal que una parte de la sociedad se exprese.

Dicho queda. Para acabar, quería darte las gracias por no recurrir a la política, la crisis económica o el fútbol para hacer humor.  

Ya hay gente en ese ámbito que lo hace muy bien… Así que no es nuestro hueco. Por cierto, ¿puedo comerme un quesito?

Los que quieras. 

Cuando acabamos la entrevista, Joaquín se come tres quesitos y aprovecha la visita a la librería para comprar Mis modelos de conducta, de John Waters (25€) y Memorias de un tramposo, de Sacha Guitry (15,50€).

 

 


Rosa María Calaf: “En la televisión prima la apariencia sobre el talento”

Rosa María Calaf (Barcelona, 1945) trabajó como corresponsal de TVE en Nueva York, Viena, Moscú, Buenos Aires, Roma y Pekín, ejerció como jefa de programación en los inicios de la televisión autonómica catalana y encarna un periodismo sobrio y fiable. Su jubilación es extremadamente activa: mantiene la pasión por los viajes (a la manera antigua, de caminata y tienda de campaña) y colabora con numerosas instituciones. Es de naturaleza diplomática, pero a estas alturas prefiere no callar nada de lo que piensa. La entrevista se realiza en el hotel Casa Fuster, Barcelona.

La televisión comercial y, en general, los medios de comunicación se decantan hacia el entretenimiento. El público quiere entretenerse y la prioridad es entretener.

Claro, por eso hemos llegado hasta aquí. Es verdad que es más fácil consumir cosas sencillas, no tener que pensar, un poco de “je, je, ji, ji”, pero con esto, evidentemente, no se construye una sociedad. Hay ya dos generaciones a las que hemos conducido a pensar que consumir eso es estar informado. En la tele se maneja el concepto de ‘info-entretenimiento’, que no es información, sino un híbrido.

¿Qué ha cambiado para que eso ocurra ahora mucho más que antes?

Creo que han cambiado los medios de comunicación. Hablo desde el punto de vista de la televisión, que es lo que mejor conozco. Las grandes fuerzas capitalistas liberadas en las últimas décadas se dieron cuenta de la influencia que tenía la prensa y pensaron que se podían hacer negocios, que el objetivo no era informar sino hacer negocio; entonces se transformaron totalmente los parámetros de la prensa. “Oiga, usted, ¿quiere ganar dinero o quiere la excelencia informativa?” No es que antes los medios no ganaran dinero, pero no era ese el objetivo.

Es cierto, incluso los periódicos tradicionales que más dinero ganaban, como el ABC o La Vanguardia en sus buenos tiempos, tenían una rentabilidad relativamente modesta.

Claro, y lo mismo con las teles. Las televisiones privadas tenían como objetivo obtener ingresos mediante publicidad para garantizar una información de calidad, no ganar dinero porque sí. Ahora es más importante hacer caja, lo que supone renunciar a hacer información de calidad. Y luego está la forma en que se crean los grandes grupos. La prensa francesa, por ejemplo, está en manos de la industria armamentista. Se demuestra que esos grandes grupos no se crean con la voluntad de informar al público, sino para manipular la información. Hasta hace un tiempo tuve la impresión de que tenían algo más de pudor, de que disimulaban.

Sí, los medios buscaban más la influencia política que la rentabilidad directa.

Ahora se han alineado. Es decir, su objetivo es económico-político, porque creo que la política está cada vez más al servicio de la economía…

Completamente.

… Y que el cuerpo doctrinal en este momento es la economía y el brazo armado son los mercados; quiero decir que es otra forma de hacer la guerra, una guerra para la que no se precisan balas, como se está viendo. Entonces, ¿qué pasa? Que los medios de comunicación se han alineado con este pensamiento único que promueve un determinado modelo de sociedad. Los medios están en el origen de esta sociedad absolutamente consumista, que no piensa y se deja manipular… Y eso por un lado conviene, pero también tiene efectos nefastos, y uno es la actual crisis. Y creo, sinceramente, que los medios aprovechan la crisis para abundar en la tendencia a la precariedad que conduce a una peor calidad de la información, al simple entretenimiento, porque eso se traduce en dinero y el dinero en supervivencia.

Y es mucho más económico.

Es mucho más económico, por lo tanto todo se mezcla. Y claro, al final, ¿qué tenemos? Pues peor información y peor servicio al ciudadano, que, en definitiva, es para lo que están los medios de comunicación. Porque además hay otra cosa: siempre se ha dicho eso de que la televisión privada tiene que ser, por encima de todo, un negocio. ¡También han de serlo las sardinas en conserva, pero no al precio de añadir productos tóxicos! Tiene que haber algún control de calidad, ¿no?

Sí, pero eso es muy delicado.

Claro, cuando se toca eso en los medios, el problema es dónde está la raya y quién la marca. La libertad de expresión, en definitiva. Pero insisto, hay libertad de empresa para fabricar zapatos, pero no para fabricarlos con un producto que te haga polvo los pies… Decía esto de la televisión porque es cierto que la televisión privada es una empresa que ha de tener beneficios, pero no hasta el punto de ofrecer un producto antisocial.

Cada vez más espectáculo, y cada vez más grotesco.

Sí, porque lo que ha sucedido es que si a uno le daba por programar atrocidades, el otro programaba más atrocidades todavía. Lo grave es que cuando se otorgaron las licencias para las televisiones privadas, había una cláusula (me parece que estaba dentro de la ley) que decía que, aunque fueran privadas, no debían olvidar que eran de interés público.

Por eso se les conceden las frecuencias, una propiedad pública.

Oiga, que lo que usted hace es de interés público. Que no está usted fabricando cojines. No sé si ahora la han retirado, esta pequeña cláusula… Yo estaba en Estados Unidos cuando Ronald Reagan cargó contra la Federal Communications Commission, no sé si te acuerdas de aquello.

Sí.

Pues bien, la FCC funcionaba desde 1934 y se creó precisamente para controlar, o sea, para que las empresas que operasen en el sector de los medios de comunicación tuvieran en cuenta el interés público. Ése era el objetivo. Pues lo primero que hizo Reagan fue reducir a la mitad los comisarios, reducir los presupuestos, o sea, descafeinar la FCC. Recuerdo que, en una rueda de prensa, el presidente de la comisión, al que acababan de nombrar, habló de los recortes y dijo que no había por qué preocuparse; que, después de todo, la televisión era un electrodoméstico, no muy diferente de una tostadora. Entonces te preguntas, ‘si es verdad que es como una tostadora, ¿por qué suscita tantas preocupaciones?’ Hace ya dos o tres años, leí en el Herald Tribune una entrevista con un magnate que pretendía hacerse con la empresa que controla el Chicago Tribune, y que también tiene en su poder 27 estaciones de televisión, radios, empresas deportivas… El entrevistador le preguntaba: “¿De dónde viene ese interés por los medios de comunicación?” Y el tipo decía: “¿Interés? Ninguno en especial, a lo que voy es a ganar dinero”.

Es que se ha ganado mucho dinero.

Claro, pero eso en otra época no se hubiera dicho tan claramente.

Es perceptible una crisis generalizada de lo público. Tú estuviste en la fundación de una televisión autonómica, TV3. ¿Qué balance haces de TV3 y del conjunto de las televisiones públicas?

Se trata de desacreditar todo lo que es público. Porque en este pensamiento único en el que lo único que cuenta es el beneficio económico y poseer bienes, y no si eres persona o haces cosas que están bien hechas, o si eres solidario (pero no solidario de manera anecdótica, como cuando hay un terremoto o sucede no sé qué; no, yo hablo de vivir solidariamente)… Todo eso, en fin, se considera una antigualla. Así que, hoy en día, se impone el descrédito de lo público. Porque si tu objetivo es que lo que molesta deje de molestar, sea cosa o persona, lo más fácil es desacreditarla.

En algunas televisiones autonómicas la sumisión al poder ha sido muy descarada.

Claro, lo que ha pasado es que al ser esto tan evidente, pierdes totalmente la credibilidad. Y cuando se pierde la credibilidad, lo que viene después es el descrédito. Y entonces, el espectador, que no reflexiona porque nadie le ha enseñado a reflexionar, se lo traga y piensa: “¿para qué necesitamos una televisión pública?”

“Es tirar el dinero”.

Pues ya te la puedes cargar… Veo la situación muy mal. En estos momentos, el descrédito de las televisiones públicas es el preámbulo para ir cerrándolas o relegándolas hasta convertirlas en algo residual, porque lo que es evidente es que la televisión bien hecha cuesta dinero. Y lo que tendría que explicarse al ciudadano es que cualquier cosa pública de calidad se tiene que pagar, que es lo que no se explica. Y lo mismo ocurre con la sanidad, con la educación. Todo eso cuesta dinero, no puedes pretender que no se pague. Y, en el caso de la televisión, esto nunca se ha explicado. Como no se paga un canon televisivo, la gente se ha acostumbrado a eso, a que la tele sea gratis, pero lo normal no es eso. Cuando quieres un par de zapatos, los tienes que pagar, lo mismo que si quieres comer en un restaurante.

Sí, si quieres tener la BBC tienes que pagar.

Tienes que pagar. El canon o el impuesto, cada uno se lo monta de una forma, pero lo que es evidente es que no es gratuito. Y como esto a la gente no se le ha explicado, como todo el mundo tiene derecho a una televisión pública pero no ha de pagarla, ya que sale de los presupuestos generales, se dice que se está despilfarrando, y que eso está al servicio (en muchos casos, es así) de determinados poderes. Es muy perverso. La gente no se da cuenta de que se trata de una televisión pública y que debe ejercer como tal, es decir, prestar servicio al ciudadano, a la mayoría de los ciudadanos. Es dramático.

Tú has estado en TVE. ¿Ha sido útil al ciudadano en estos últimos años?

Estos últimos años, creo que sí. En Televisión Española, el gobierno de turno siempre ha tratado de apropiarse de los informativos, eso es cierto, pero esta última etapa ha sido, a mi juicio, la más independiente. Y me consta porque lo he vivido. El director de informativos, Fran Llorente, ha tenido broncas considerables y enfrentamientos importantes porque ha luchado por mantener su independencia. ¿Y ha servido para algo? Evidentemente, no.

Se acabó.

Por eso te digo. Es que no aprendemos nada, es terrible. Alguien que no recuerdo dijo que el mayor mal de España eran los retrocesos. Creo que es cierto, damos tres pasos adelante y dos atrás. No se acaba de consolidar nunca nada. Y pasa que ahora se cargan unos informativos que funcionaban bien. Ya no envían al motorista con la orden de cese, no, ahora basta con un correo electrónico. A mí esto me indigna y me da mucha pena, porque significa que no hemos aprendido nada. Y sí, creo que TVE en esta última etapa ha ofrecido un servicio. Y no hablamos solo de informativos; también ha habido vocación de servicio a la hora de hacer una programación algo más digna, con algún contenido cultural.

Una programación no tan insultante como otras.

Exacto, no tan grosera ni tan destructiva. En fin, la educación, los valores y todo eso. Aunque también se ha visto forzada a bajar un poco el nivel de los programas. TV3 también ha tratado de evitar estos programas de gritos… Porque es terrible el hecho de que este tipo de programas se estén emitiendo continuamente, que invadan toda la programación. ¿Sabes qué pasa entonces? Pues que este lenguaje tan ordinario, sin ningún tipo de respeto, se utiliza para argumentar, cuando solo son gritos, insultos y descalificaciones.

Es esto, el espectáculo.

Exactamente. ¿Y quién gana? El que grita más, el que descalifica más, el que insulta más. ¿Qué pasa entonces? Pues que se crea un modelo social. Y, claro, la sociedad que puede salir de ahí…

Estamos hablando de empresas y políticos, pero ¿y los periodistas? ¿No hemos contribuido también a esta crisis de la información?

Totalmente. Yo creo que la responsabilidad de todo esto no solo la tiene la empresa periodística. El periodismo es solo una parte de lo que le pasa a la sociedad. El periodismo, al fin y al cabo, sale de la sociedad, y la refleja. Y el tipo de sociedad que se está creando es una sociedad que no piensa, que no reflexiona, en la que se buscan consumidores antes que ciudadanos. El periodismo también sufre todo esto. Los periodistas tenemos responsabilidad, claro, porque entramos en esta corriente, también participamos de ella. Aunque algunos participan más que otros. A mí me parece que Ignacio Ramonet tiene mucha razón cuando habla de doctrina viscosa, de esa clase de adoctrinamiento que, sin darnos cuenta, penetra en los tejidos sociales. A veces te paras, piensas y dices; “Eh, ¿pero qué estoy haciendo?” Estamos atrapados por el entorno, bombardeados por todas partes. El nivel va bajando, va bajando, va bajando, y cosas que hace unos años no habríamos hecho, ahora las hacemos. Te lo digo porque en la televisión, cuando se empezaron a recortar los tiempos y a seleccionar más los temas, el gran problema fue éste. La gran pelea que hemos tenido los que llevamos más años, la gran discusión, ha sido la selección de temas, y yo a este respecto tengo que decir, porque otra cosa sería injusta, que TVE, al menos en internacional, que es lo que he vivido en primera persona, siempre ha mantenido una cierta dignidad. Pero hemos tenido que discutir de qué hablábamos. O sea, de la agenda, porque la agenda cada vez la hacemos menos nosotros. Y cada vez viene más hecha por esta estructura de agencias y grandes medios. Tú propones un tema y a veces te dicen: “Oye, de esto nadie habla”.

Sí, solo quieren aquello que ya ha salido en otros medios y pueda tener unas imágenes formidables.

Unas imágenes formidables que impactan pero que no importan. Llega un momento en que acabas hablando de cosas que no tienen importancia, y tú lo sabes, claro. Yo me he plantado como nos hemos plantado todos, seguro. Pero muchas menos veces de las que nos tendríamos que haber plantado.

Otra cosa que va a la baja es el espíritu crítico. En general, las informaciones o son amables o pretenden directamente cargarse a alguien.

Exactamente. Porque esto entra en este modelo de sociedad. Lo que se trata de evitar es que la sociedad tenga espíritu crítico, porque esto quiere decir que tiene voluntad para discutir y para decir: “Con esto no estoy de acuerdo”, pero argumentando, no diciendo “éste es imbécil y yo soy el mejor”, no, argumentando. El espíritu crítico es molesto para los poderes que quieren seguir una determinada línea.

Y ha desaparecido, la democracia está desapareciendo.

Y no pasa nada. Porque la gente se ha convencido, la han convencido, de que ser demócrata es votar cada cuatro años.

Y seguir lo que quieras por Internet y comprar lo que quieras…

Y no, ser demócrata es vivir como un demócrata, y esto quiere decir respetar al que piensa diferente, saber a quién votas, enterarte de lo que tienes alrededor, vigilar a las instituciones. Todo esto molesta mucho. Yo lo estoy haciendo con La Caixa desde hace dos años, porque creo que el espíritu crítico se tiene que empezar a inculcar a los pequeños, decir a los niños que no tienen que creérselo todo, que tienen que pensar para qué se dice lo que se dice. Con La Caixa estamos programando unas charlas en las escuelas, con los alumnos de ESO, que tienen entre 11 y 15 años, y en esas charlas lo que les intento explicar es que cuando reciben una información con imágenes tienen que preguntarse qué es lo que les están queriendo decir, y así actuar en consecuencia. Siempre hay un grupito que pone cara de “ostras, qué rollo”. Y yo les digo: sé que algunos de vosotros estáis pensando “qué rollo”; bien, es parte de vuestra libertad. Pero al menos tenéis que saber que vuestra vida no la decidiréis vosotros, que habrá alguien que la decidirá por vosotros. Entonces se quedan muy impactados. Después los profesores me dicen que aquello tiene un efecto extraordinario. Y que se hacen preguntas, porque lo primero que les digo es que se hagan preguntas. El gran problema que tiene el mundo en este momento es que nadie se hace preguntas. Todo el mundo se traga aquello que le dicen y protesta porque le han dicho no sé qué, pero nadie se pregunta nada.

¿Cuál es el sentido de todo esto?

¿El sentido de hacerse preguntas? Tener un espíritu crítico.

Pero eso exige informarse, es decir, aburrirse.

Esto ya lo decían los griegos, me parece que Tucídides: “Se tiene que escoger entre ser libre o descansar”. Ya sabían que la libertad no te la regalan. O sea, que si no haces nada, si sigues como un cordero y ya está, quizá te lleven a un lugar que te convenga, pero no lo habrás decidido tú. Se tiene que hacer un esfuerzo. Otra de las cosas que les digo a los niños, y también a los mayores, es que se pongan a dieta de medios. Igual que habéis aprendido a ir al supermercado, les digo, y habéis aprendido a leer las etiquetas. Una cosa es alimento para el cuerpo y la otra es el alimento mental. Tenemos que saber, y esto es difícil porque requiere un esfuerzo, que los medios de comunicación no son una cosa que se come sin más. Tú no coges un yogur que está en el suelo y te lo comes, porque temes que te haga daño. Esto te lo ha enseñado alguien, porque los pobres de Afganistán, cuando los estadounidenses les echaban de comer desde los aviones, no descartaban lo que caía en mal estado porque nadie les había explicado que aquello no se comía. Y cuando enviaban arroz a los africanos, que les destrozaba el estómago porque en la vida habían comido arroz, nadie les fue a decir que aquello no lo podían comer. Esta labor debe iniciarse en la escuela, es una responsabilidad de todos. Pero no sé si llegaremos a tiempo, porque llevamos unos años fatales.

Y se ha acentuado el elitismo. Hay muy buenos medios, como The Economist…

Ya me dirás quién lee eso. Y qué sociedad estamos construyendo: una sociedad con una franja de élite, bien informada, que va a una escuela privada carísima, con un nivel cultural aceptable. Y una masa absolutamente desinformada. De hecho, la masa siempre ha estado desinformada a lo largo de la historia de la humanidad. Porque no dejar saber es una forma de dominar.

La tendencia era democratizar el conocimiento.

Sí, aprovechar el progreso tecnológico, que podía aportar bienestar económico, que incorporaba mucha más gente a la posibilidad de formarse y todo esto, pero está claro que cuando los poderes de la élite, que son los que quieren permanecer en el poder, se dan cuenta de ello, se dicen: “¡ostras, tú, qué estamos haciendo!” Lo que conviene es gente formada técnicamente, pero no como personas ni como ciudadanos.

Ya que hablamos de formación, hablemos de tu formación.

Creo que tuve mucha suerte. Crecí en una familia que no tenía problemas económicos y pude ir a buenas escuelas. Mi abuelo materno fue a la India en 1902, después a Estados Unidos. Nació en una familia de labradores de las tierras del Ebro y fue una persona emprendedora. Tenía una muy buena relación conmigo, y me explicaba cuentos, pero con personas de verdad. Recuerdo que me hablaba de pueblos de la India, y que un amigo suyo montó un pueblo allí al que llamó Rocafort de Queralt… Cuando yo era pequeña tenía muy presente estos cuentos. Mi padre fue un gran lector y también viajó mucho. Yo tuve una suerte extraordinaria, porque el entorno me lo puso fácil de pequeña. Mi padre era un liberal, en el sentido de que a mí, que nací en 1945, siempre me dijo: ‘Tú tienes que hacer lo que quieras hacer, tu límite es no perjudicar a los demás, así que si quieres, estudia’. Me dio una libertad total. Y a los 13 me envió a estudiar un verano sola. La primera vez me envió a la Escuela Internacional de Vichy, algo muy atípico en aquel momento. Y a los 17 años me fui, haciendo autostop, a 400 kilómetros de Estocolmo. Los amigos de mis padres estaban espantados. “¡Cómo la dejáis ir!”, les decían. En aquel momento, a principios de los setenta, no creo que ninguna niña de 17 años (a los 17 años éramos niñas, ahora no) viajara por Suecia haciendo autostop. Pocas habría. En la escuela francesa de Barcelona donde estudié, en Tuset con Diagonal,seríamos unos 20, o sea que era todo muy atípico. Si no lo hubiera aprovechado, habría sido para abofetearme.

Enseguida te interesó el periodismo.

No. Yo hice derecho, tenía clarísimo que tenía que hacer una cosa que fuera del interior al exterior, que me permitiera salir al extranjero, por las cosas que me explicaban mis padres y abuelos. Viajé con mis padres por España y Cataluña, porque mi padre siempre decía que primero se tenía que conocer lo propio y luego, el resto. Con 17 años me fui a Estados Unidos, a una casa en Vermont, algo muy extraño en aquella época… Y vi que el mundo de fuera no tenía nada que ver con el mundo de aquí, y las chicas que iba conociendo fuera hacían cosas que aquí no se hacían (bueno, yo sí las hacía, pero yo era un bicho raro). Decidí hacer la carrera diplomática, por eso estudié derecho. Cuando cursaba cuarto se abrió la Escuela de Periodismo, porque hasta entonces no había donde estudiarlo, y como a mí siempre me había gustado escribir y hablar, y en la escuela pronunciaba siempre los discursos de fin de curso… Unos cuantos de la Facultad de Derecho, entre ellos Magda Oranich y Marc Palmés, que murió, hicimos el examen de ingreso para entrar en periodismo. Y empecé a hacer periodismo, primero tres asignaturas al tiempo que hacía cuarto de derecho, y así fui tirando. Nos habían dado un programa en Radio Barcelona que se llamaba Antena Universitaria, sobre temas universitarios, pero en el que después entraba de todo. Yo hacía cosas de cine, que siempre me ha gustado mucho, y radiábamos tertulias…Te estoy hablando de 1965, de un periodo muy convulso. En 1968 nos fuimos disparados a París. A todo esto, yo había terminado derecho y quería hacer la carrera diplomática, así que me fui a Madrid, pero antes estuve en Estados Unidos para formarme en política internacional, haciendo cursos de extensión que serían lo que ahora son los másteres, y en los que daban clase personas como Nelson Rockefeller o Jimmy Carter, que preparaba su campaña presidencial. Aquello para una chica española era alucinante. Aparte del programa de Radio Barcelona, había empezado unas colaboraciones en Radio Peninsular, que era algo así como la rama comercial de Radio Nacional, y a la que llegué porque necesitaban una mujer que hiciera reportajes de calle. Fui la primera chica que trabajó con unidades móviles de calle, con Ricard Fernández Déu, que había sido alumno mío en derecho (porque cuando acabé derecho di clases). Pues bien, supe que buscaban a una chica para hacer unidades de calle, e hice una prueba con José Joaquín Marroquí. Hacíamos un programa de tarde, y recuerdo que, en la calle, para salir en antena, teníamos que situarnos en esquinas muy concretas, porque si no, no se enlazaba… Sólo podíamos enlazar desde determinados puntos, pero era muy divertido. Yo esto lo estaba medio haciendo, pero mi idea, ya digo, era entrar en la Escuela Diplomática. Y entonces me fui a Madrid e hice creo que tres meses de unos cursos que daban los propios diplomáticos en el Palacio de Santa Cruz, la sede de Exteriores. No sé si lo recuerdas, pero entonces cursar la carrera diplomática era muy complicado y muy clasista. Aún lo sigue siendo, pero no tanto. Total, que empecé a tomar clases, pero notaba que cada vez me gustaba más el periodismo, me daba cuenta de que podría hacer más en el exterior como periodista que como diplomático. Porque está claro que aquello era envarado, jerárquico…

Todavía lo es.

Todavía lo es. Era alucinante. Una vez hicimos un ejercicio para el que teníamos que traer unas fichas con citas de filósofos, de sociólogos, de artistas famosos, y entonces nos intercambiábamos los trabajos y estaba muy bien. Escribí sobre Oriente Medio y el comentario del profesor fue: “Tú, está muy bien, pero sólo has puesto una cita célebre, convendría que pusieras más”. Yo le dije: “Quizá sea más importante que desarrolle pensamientos y análisis sobre esto”. Y entonces pensé: “aquí no encajo mucho”, y ya está, fue un clic.

¿Y el periodismo internacional?

Fue mucho después; 13 años después, exactamente. Fue en Nueva York, con casa puesta. Supongo que a ti también te pasa, que te vienen los estudiantes de tercero o cuarto y te dicen: “Yo quiero ser corresponsal, ¿qué se tiene que hacer?” Nadie nace corresponsal; a mí, serlo me costó una serie de años de los que estuve encantada, porque aprendí a hacer televisión desde abajo. Yo he hecho de todo; he hecho sociedad y prácticamente de todo, pero mi idea siempre fue la información internacional, que era lo que me interesaba. Me dediqué a la radio y a la tele y a prepararme para internacional, pero desde el periodismo, porque yo quería ser corresponsal. Y en aquella época, ya te digo, hacía de todo. Al principio, hacía local en Barcelona, con Alfredo Amestoy, a mediodía, y en los telediarios, y en un programa de tarde que hacía Raúl Matas. Cuando volví de Estados Unidos, de los cursos de que te hablaba antes, pensé que si quería hacer internacional tenía que trasladarme a Madrid porque en Barcelona no había posibilidades. Estuve haciendo programas en catalán, los primeros programas en catalán que se emitieron en TVE; en el Mare Nostrum, la reportera era yo, y después vino Giravolt.

Pasaste por todo.

Sí, está claro, ésa es la buena escuela. Y con grandes referentes, con gente de la que aprendías desde que te levantabas hasta que te ibas a dormir. Por ejemplo en Mare Nostrum y Giravolt trabajé mucho con Carlos Sentís. O con José Joaquín Marroquí, que desgraciadamente murió hace unos años y era una bestia televisiva y radiofónica, porque ya entonces tenía un concepto de la tele y de la radio muy anglosajón. Y estaba Joaquín Soler Serrano. Había gente de la cual podías aprender muchísimo. En Madrid, mi primer trabajo fue en aquel programa que se llamaba 300 Millones.

Un programa de divulgación hispano-americano.

De divulgación, porque en toda América era un experimento. Algunas veces cuando lo he explicado a colegas americanos o de la BBC se han quedado boquiabiertos de que en aquellos años fuéramos capaces de hacer un programa en directo, con la tecnología de entonces, semanal, con 14, 15 o 16 países conectados en directo. Un programa que recibió muchas críticas, aunque eso evidentemente aquí no lo supimos… Pero era una idea buenísima, un experimento fantástico. A mí se me permitió hacer la parte informativa y viajar por todo el mundo. Yo controlaba el guión, los reportajes, un poco todo.

Un paréntesis, dada tu condición de pionera: ¿Qué pasaba con las mujeres de la tele, de la prensa? Mi impresión es que no se ha conseguido ni de lejos una posición paritaria y que el papel de las mujeres se ha frivolizado.

Creo que ha habido un retroceso que forma parte de lo que decíamos antes sobre esta sociedad de la banalización, del entretenimiento. Es lo que dice Mario Vargas Llosa en su último libro: la sociedad del espectáculo es hacer espectáculo. Creo que habíamos luchado mucho y habíamos conseguido un cierto peso, no solo en el periodismo, sino en muchas esferas. ¿Cómo se frena esto? Pues frivolizando y desacreditando. Es decir, devolvemos la imagen al objeto, lo que supone un retroceso brutal, porque quiere decir que aquello que habíamos ganado, lo hemos perdido. Y esto se ve muchísimo en las series y en la información. Prima la apariencia sobre el talento, el espectáculo en lugar de la información. Aquí también entraría lo del “techo de cristal” y, además, el hecho de que en los medios de comunicación lo fácil es frivolizar, buscar esta pérdida de peso específico. Hay mujeres con talento a las que no se contrata por su talento, sino porque tienen una buena imagen; lo que se vende es la imagen, no el talento, y así se va llenando la pantalla de clones, porque todas son de un mismo estándar: mujeres que tienen que entrar en esta dinámica de ir vestidas como si fueran a la discoteca. Y en campos como el de la música ocurre lo mismo. ¿Qué tiene que ver cantar con llevar minifalda? ¿Qué tiene que ver cantar con el culto al cuerpo? Hay muchas chicas que pueden cantar muy bien sin tener un cuerpo espectacular. ¿Qué buscamos? ¿Chicas que cantan bien o tías buenas?

Aquí hay una cuestión interesante, que es la condición estelar. Cuando, por el hecho de salir en la tele, te conviertes en estrella, llega un momento en que no te dedicas más que a eso, a ser una estrella.

Ése es el gran riesgo. Porque todo se mezcla, y el receptor no sabe si esa persona está informando o hace otra cosa. Eso está muy bien en un programa de entretenimiento, porque ahí tú no engañas. Por ejemplo, cuando compras el Lecturas no esperas encontrarte con un ensayo de política internacional. Ahí no hay engaño.

Vas a lo que vas.

Vas a lo que vas, claro. Ahora bien, cuando estás en un informativo y entras en ese juego, es peligrosísimo, porque estás rompiendo una de las claves de la comprensión de la noticia, que es el género. Y en el momento en que mezclas géneros empiezas a desorientar a la persona que te está viendo, esa frivolidad te lleva a perder credibilidad.

Hace unos meses dijiste algo sobre Sara Carbonero.

¡La que se organizó! Lo gracioso consiste en que es un caso típico de lo que te estaba diciendo. Porque además yo no la cité, no tengo la costumbre de citar a gente como ejemplo. Yo estaba hablando de la banalización, del espectáculo, de cómo la mujer había ido perdiendo peso periodístico a base de frivolizar con su imagen, y entonces el periodista me pregunta: “¿Qué piensas del fenómeno Sara Carbonero?”. Ésa fue la pregunta. Y yo le dije: “Pues que es un ejemplo de lo que digo”. No es nada contra ella, que puede hacer lo que le dé la gana, pero sí creo que ella no es consciente de que está perjudicando al periodismo, de que haciendo lo que hace está perjudicando la imagen de la mujer, porque está mezclando los géneros y haciendo creer que hace periodismo, cuando realmente no es así. En este caso, además, se mezclan muchos intereses. ¡Es de locos! ¿Y qué es lo que fue Trending Topic en Twitter? Pues que yo criticaba a Sara Carbonero, cuando lo cierto es que ni yo ni ella importamos, ambas somos accesorias en esta historia. Lo que yo traté de plantear era si recibíamos el periodismo al que teníamos derecho o nos estaban dando espectáculo más un poco de información. Ése es el debate. Lo curioso es que en ciertos medios de comunicación hubo periodistas que no lo entendieron y se apuntaron a todo esto. Está claro que tiene mucho más eco el chismorreo que el análisis. Y entonces me empezaron a llamar las radios y yo dije “eh, que yo no entro en esta polémica porque no la he creado yo; digo lo que pienso y ya está”. Y ya no tengo nada más que decir.

Es que el negocio se hace así.

Sí, y si entras en la polémica estás perdido. Te acuerdas de aquella vez que volvíamos de Santander…

¿Cuándo?

Estábamos en el aeropuerto. ¿Recuerdas que me llamó un amigo que acababa de leer por Internet que me incorporaba a la tertulia de Tele 5 con Federico Jiménez Losantos?

Sí, sí, lo recuerdo perfectamente.

Era mentira. Es verdad que me habían propuesto participar en la tertulia, yo no sabía con quién… Y les había dicho que no, que yo no era una persona idónea para este tipo de tertulia, porque hace muchos años que estoy fuera, porque no conozco a nadie, porque yo no soy de interrumpir ni de todas estas cosas. Dije que agradecía mucho que hubieran pensado en mí, pero no. ¿Recuerdas que entonces me dijiste: “Esto traerá cola, ya lo verás”? Pues la trajo, en efecto. Mi única declaración al respecto fue en Radio Barcelona, en un programa en que un grupo de estudiantes me preguntó por el tema. Y yo dije: “pues lo que ha pasado es esto, simplemente”. Es un ejemplo más de que los que publican no preguntan. Cuando ocurrió esto llamé a Tele 5 para decir que estaba muy sorprendida de que hubiera salido la noticia, porque yo ya había rechazado la oferta. Y entonces me dicen: “Perdona, es que ha habido un malentendido”. El caso ilustra lo que decíamos: en lugar de hablar de lo esencial, se pierde el tiempo con lo accesorio y si de rebote provocas polémica, pues mucho mejor, porque da audiencia.

¿Cómo vives con la popularidad?

Intento no entrar en ese juego, porque a mí me sorprende mucho. Eso de que la gente empiece a llamarme y quiera entrevistarme, que me pare por la calle. Es cierto que en la tele, hagas lo que hagas, incluso la imbecilidad más grande…

Sales en la tele.

Sales en la tele y ya está. Al principio pensé: “pero, ¿qué está pasando?” Estoy muy agradecida, porque la gente de la calle conmigo es muy amable y agradabilísima, y el 98% de las veces que me paran para decirme algo, me hablan de mi trabajo. Esto es muy reconfortante. El rincón del ego está muy bien. Y piensas que quizás has conseguido un poco la diferencia, que es lo que todos queremos. Una mujer me paró y me dijo: “Gracias a usted he aprendido muchas cosas”. Y aún mejor, hay gente que me dice: “A usted la creo”. Está claro que para un periodista no hay nada mejor. Mi popularidad tiene una base, no se debe únicamente a que salga en la tele. Hay personas que han valorado lo que he hecho, y yo lo he hecho lo mejor que he podido. Está claro que he trabajado con una cierta idea de compromiso, como todos los que nos tomamos esta profesión en serio. Quiero decir que el periodismo no es un trabajo y ya está, sino que entraña una responsabilidad, e intentas hacerlo lo mejor que puedes y tratas de aprender constantemente. En general, trato de evitar situaciones polémicas.

Porque además se retroalimentan. La polémica quiere polémica.

Yo no hago lo que hago por este tipo de polémica. Este caso, el de la polémica con lo de Sara Carbonero, a mí no me molestó, me causó un poco de tristeza que perdiéramos el tiempo en lugar de reflexionar sobre algo importante. Pero sí, tienes que tener cuidado. Yo no voy casi nunca a tertulias, aunque algunas sean serias, porque no soy “todóloga”, y en las tertulias se habla de todo, por lo que estaría usurpando el lugar de una persona que fuera capaz de hablar de cualquier tema.

Sí, está esta cosa de la todología.

Y, claro, digo que no. No quiero ir a las tertulias serias por eso, y al resto porque, sinceramente, prefiero no entrar en esa dinámica. Pagan bien, pero yo, por fortuna, ya tengo suficiente con lo que tengo. El dinero me interesa para hacer las cosas que quiero hacer, no por el dinero en sí mismo. Comprendo que haya gente que se ve obligada a hacer cosas que no querría hacer, porque no tiene más remedio, pero no es mi caso. Puedo permitirme el lujo de viajar.

¿Tu motivación para viajar es la de siempre?

Sí, me reservo tres meses al año para viajar. Colaboro con ONGs, universidades, casas de cultura o de cine, que me gusta mucho; y soy una habitual de los festivales cinematográficos. Pero tres meses son para viajar, que es lo que me gusta. Por ejemplo, el primer año tras mi regreso a España hice Australia y Tasmania; recorrí prácticamente 13.000 kilómetros por Australia. Hay quien me comenta: “debe de ser carísimo”. ¿Carísimo? Duermo en tiendas de campaña. ¿Qué creen, que voy a hoteles de cinco estrellas?

Lo tuyo es viajar de mochila.

¡Eso es lo interesante! Vivo con la gente, porque ir a un hotel no tiene ninguna gracia. El segundo año hice el sur de Bolivia, porque no lo había hecho nunca, por la parte de Potosí y después el Salar de Uyuni. Después hice Chile de norte a sur y la parte norteña de Argentina. Este año pasado hice la costa Pacífico de México, y los estados de Arizona, Nuevo México y Utah… Claro, todo esto en coche y a pie. Caminatas brutales por lugares donde sólo puedes llegar a pie. Y después, en febrero, me fui al Pacífico, porque quería conocer una zona muy afectada por el cambio climático: Kiribati, Fiyi, Tonga, Tuvalu, y todo esto. Ahora, este año, he hecho el norte de Estados Unidos: Montana, Idaho, Seattle, y Columbia Británica, Alaska y Yukón.

Y todos esos viajes, ¿te los guardas para ti?

De momento, sí. Y eso que me han propuesto cosas. A veces parece que me hago de rogar. Por ejemplo, El Periódico me ha ofrecido de todo: dominical, columna, reportajes, serie, lo que quiera. Montse Domínguez, el otro día, para el Huffington, o Carlos Enrique Bayo, de Público… ¿Sabes qué pasa? Que si viajo pensando que tengo que escribir algo no viajo igual, porque me conozco. Si pienso que tengo que escribir, ya empiezo a ponerme nerviosa, porque tendría que ver esto o hablar con aquella persona… Y lo que quiero es aprovechar el privilegio de ir viendo, charlar, hablar, a mi ritmo… Tomo notas, claro, pero no quiero hacerlo con ‘idea de’. Ahora Carlos Enrique me está presionando un poco; como somos amigos, me llama y me dice: ‘Envíame incluso las charlas estas que das sobre temas diversos’. Yo doy charlas sobre mujer, igualdad, periodismo, tercera edad, que también me interesa mucho, he hecho muchas cosas con el Inserso sobre envejecimiento activo… o sea, uno se jubila y empieza otra vez, aquí no se acaba nada… y bien, un poco esta dinámica de la gente mayor y de la imagen de la gente mayor a los medios. Después están las cosas puntuales, a veces me llaman de bancos, de centros empresariales, que si la India, que si países emergentes… Me proponen escribir, pero yo no soy de prensa escrita. Si tú ahora me dices que haga un Informe Semanal sobre no sé qué, enseguida lo tengo clarísimo, pero…

¿Nunca has hecho prensa escrita?

No, he hecho cosas muy esporádicas, muy puntuales. Siempre he sido de audiovisual, que es lo que realmente me gusta. Y claro, cuando escribo algo empiezo a darle muchas vueltas, lo que a su vez me produce cierta angustia, porque empiezo a pensar: “No, no, esto no me gusta nada”, y vuelvo a empezar, y vuelvo a no sé qué… Ahora quiero disfrutar de esta sensación de hacer lo que hago. No sufro ninguna presión y digo lo que pienso, honestamente. Me lo preparo muy bien, busco muchos datos y todo esto también sirve para enriquecerme en temas que no había tratado nunca. Ahora, por ejemplo, he hecho una cosa sobre la Unión Europea y su imagen exterior. Bien, este tipo de cosas. Eso sí, cuando empiezo, siempre les advierto: “Yo no vengo a dar ninguna lección de nada, vengo a expresar mi opinión”, que es precisamente mi gran privilegio, ahora que tengo la perspectiva de los años, de la experiencia, de no competir con nadie, sin presión… En prensa, la cosa sería diferente.

A ti, que has trabajado toda la vida explicando lo que pasa fuera, ¿qué impresión te produce el descrédito de la Unión Europea?

Me entristece, porque siempre he sido muy europeísta, siempre he creído que Europa era una buena idea, siempre he pensado que se tenía que globalizar en el buen sentido. Es decir, si tú conoces lo de fuera, lo que es diferente, resulta más sencillo alcanzar la cohesión, ir hacia un mundo mejor. Quizás es un poco utópico e ingenuo, pero siempre he pensado que es lo que se tenía que hacer. Y la UE era una gran herramienta para eso. De ahí que me dé una gran tristeza porque creo que se pierde una gran oportunidad para mejorar no sólo Europa, sino también el mundo, y creo que volvemos a lo mismo: la idea de restarle peso a la Europa de los valores y de las libertades, que vaya más allá de los tipos de interés, no conviene a determinados estamentos, y por eso se desacredita. Y si no estamos unidos entre nosotros, ¿qué tipo de ejemplo queremos exportar? A mí, al hablar de Asia, me decían: “Esta gente no se occidentaliza”. Y yo respondía: “¿Y por qué se tienen que occidentalizar?” En todo caso se tendrán que modernizar, tendrán que aprovechar aquellas cosas en las que quizá nosotros hemos avanzado más, pero ¿occidentalizarse? En Europa vamos hacia atrás, volvemos a la cultura de la confrontación y nos alejamos de la cultura de la cohesión. Porque si cuando hablamos damos más importancia a lo que nos separa, favorecemos el enfrentamiento. Si empezáramos a la inversa, esto es, por lo que nos une… Primero aquí, después en Europa, después el mundo… Pues buscaríamos los puntos de conexión y, claro, habría diferencias, pero si partimos de lo que nos une, seriamos mucho más capaces de resolver lo que nos separa. Si empezamos a la inversa no llegaremos nunca a nada.

Y ya te digo, a mí me da mucha pena, porque creo que, efectivamente, vamos atrás. Y también creo que hay una voluntad por parte de unos determinados poderes económicos para frenar el proceso, porque entra dentro de lo mismo que decíamos antes, de una sociedad que hace frente a los problemas, que no permite que pasen ciertas cosas. Es lo que decía Jacques Brel: “hacemos caridad porque no somos capaces de exigir justicia”. Yo hice un máster, cuando no se llamaban másters, sobre la Unión Europea, en el año 63 o 64, en la Universidad Libre de Bruselas.

Cuando la UE eran las “Comunidades”.

Las “Comunidades Europeas”, imagínate. Con una beca de verano de derecho, me fui a Bruselas y estuve dos meses. Lo hice porque creía en Europa.

Y ahora pinta mal.

Pinta mal.

 

Fotografía: Sergi Fuster — Agradecimientos: Hotel Casa Fuster


Àngels Barceló: “Los informativos de las televisiones privadas no dan información, es otra cosa”

Àngels Barceló (Barcelona, 1963) nació el año en que mataron a Kennedy; desde entonces todo fue un lento progresar hacia la primera línea de los acontecimientos. Prácticamente no ha sucedido nada en España, ni en el mundo, durante los últimos 30 años que no haya sido narrado desde la primera fila por esta periodista comprometida con el oficio, ya sean atentados terroristas, catástrofes ecológicas, golpes de estado o goleadas azulgranas (que algunos también podríamos considerar una suerte de armagedón). Hoy le preocupa la deriva del periodismo, la pérdida de la necesidad de narrar, de vivir la noticia, de tocar la calle; un impulso que ha dado paso al anquilosamiento de la profesión, ya sea en un despacho, ya en una trinchera figurada. Y de este modo, algo que empezó por casualidad se ha convertido en una forma de entender la vida.

¿Qué cualidades debe tener un buen periodista?

Es una forma de entender la vida. Para mí un buen periodista tiene que tener compromiso, curiosidad y mucho espíritu de trabajo. Así entiendo yo la profesión; no sé si eso es ser periodista, pero así la entiendo yo. Se ha de querer preguntar y querer saber… Y otra cosa que he hecho siempre en los medios audiovisuales es sentir una necesidad brutal de contar las cosas.

¿Notas que esa necesidad se ha ido perdiendo entre tus compañeros?

En la profesión se ha ido perdiendo la curiosidad, y están haciendo perder las ganas de trabajar, pero no creo que sea tanto responsabilidad de los periodistas como de cómo está el ambiente empresarial y político. Siempre pongo como de ejemplo periodístico a Josep Martí Gómez, que es un periodista de Barcelona que roza los 80 años y que no entiende ninguna manera de hacer periodismo que no sea con su libreta y su bolígrafo, que creo que es como debe ser. Y es algo que se está perdiendo.

¿Qué se podría hacer para recuperarlo?

Primero, que los que son periodistas se crean que lo son y se crean esta profesión, que no es solo hacer una carrera y trabajar en un medio de comunicación: es una profesión que, si te la crees de verdad, es tu vida. Requiere mucha dedicación, e interfiere mucho en tu vida.

Ahora que casi todas las noticias vienen por agencia, ¿tiene las mismas posibilidades de destacar un periodista que empieza ahora que los de antaño?

Eso es lo malo, que ya no les dan esta oportunidad. A mí me da pena, porque las nuevas generaciones de periodistas que llegan ahora, que vienen becados, no tienen oportunidad de trabajar con alguien que les enseñe realmente lo que es el periodismo. Ellos tampoco tienen muy claro lo que representa, pero cada vez cuesta más encontrar periodistas séniors que se lo puedan explicar. Hay una frase de Martí Gómez que dice “esta profesión es como un sacerdocio”. Y yo así lo entiendo, por los sacrificios que requiere, pero también por las cosas maravillosas que te depara.

¿Ese conocimiento no se transmite de los veteranos a los que llegan?

Cada vez quedan menos veteranos. Además, en este país hemos pecado de que la gente, en cuanto se hace mayor, y por mayor me refiero a que tengan más de 40 años, tiene un afán de despachos muy importante. La gente no ha entendido que puedes ser periodista de la calle hasta los 78 años, y esto ha hecho mucho daño a nuestra profesión, porque los veteranos se han ido apalancando. Los jóvenes tienen que entrar, pero tienen que entrar siempre acompañados de los que ya saben. En este país ha habido mucha “despachitis”; la gente ha pensado que cuando ya tenía una edad determinada tenía que ser “Jefe de”, luego “Subjefe de” y luego “Más jefe de”; y esto ha hecho daño a la profesión.

¿Qué haces para evitar caer en esa “despachitis”?

Decir que no. Y he tenido muchas oportunidades.

¿Sigues saliendo y teniendo contacto con la calle?

Intento hacer todas las coberturas que puedo. La semana pasada estuve en la Mina de Santa Cruz, con los siete mineros encerrados. Soy el martirio de mis jefes, porque siempre estoy pidiendo que me dejen ir a sitios. No entiendo el periodismo sin el contacto con la calle. He tenido muchas oportunidades de estar sentada en un despacho, tanto en Cataluña como aquí, y siempre he dicho que no. Porque yo soy periodista, no soy gestora de nada. Solo sé hacer bien mi trabajo.

¿De dónde viene tu querencia por el periodismo?

De casualidad. Yo no tenía ningún tipo de vocación; me apunté a hacer Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona como me podría haber apuntado a hacer cualquier otra cosa, pero poco a poco entré en el vicio este. Porque es un vicio absoluto. Quizá decir adicción sea exagerado. Muchas veces me he planteado abandonar; voy a cumplir 49 años y me pregunto qué más puedo contar, porque he contado cosas brutales. Yo siempre decía que una de las cosas que quería contar era la paz en Euskadi y el fin de ETA, y lo conté desde San Sebastián el día que ETA sacó el comunicado diciendo que cesaba la violencia. He contado en directo la caída de las Torres Gemelas, los atentados de Atocha, la victoria por mayoría absoluta del Partido Popular… ¿qué más me puede pasar? El día del 11S, que me pilló en directo en el informativo del mediodía de Telecinco, hice un programa desde las 2 hasta las 12 de la noche, y cuando acabó el programa me llamó una compañera que trabajaba en otro medio y me dijo: “Àngels, hoy ya nos podemos retirar.” Y le dije que no, porque después de eso vendría otra cosa. Además, en mi caso mi trabajo tiene un punto de egoísmo, porque yo quiero contar las cosas. Quiero ser yo quien las cuente.

Después de haber hecho tanto radio como televisión, ¿qué medio prefieres?

Es muy difícil decidirse por uno u otro, cada uno tiene lo suyo. Por ejemplo, el programa de la semana pasada desde la Mina de Santa cruz solo lo podía hacer por la radio, porque en la radio te desnudas y no puedes engañar, el oyente se da cuenta en seguida, pero no tiene la imagen, y la cobertura de la mina es muy radiofónica. Pero la cobertura de la revolución de la plaza Tahrir en Egipto es muy televisiva; yo la cubrí para la radio y echaba de menos el momento de la imagen, el poder acompañar todo lo que estaba contando con la imagen. No me puedo decantar por un medio o por otro. A veces estoy haciendo algo para un medio y echo de menos al otro y viceversa.

¿Al principio de tu carrera encontraste alguna dificultad añadida por ser mujer?

Sí, por ser mujer y por ser muy joven. Tenía que ganarme la credibilidad de la gente.

¿Crees que en este aspecto todo sigue igual? Hoy en día no hay tantas mujeres periodistas de relevancia como hombres.

Además acabamos de dar un paso tremebundo para atrás, sobre todo en televisión. Hubo una época en la que Olga Viza presentaba un informativo, Àngels Barceló presentaba un informativo… había gente de una cierta edad y trayectoria que hacía periodismo en televisión, pero ahora la televisión ha optado por otro tipo de mujer periodista, y en esto hemos retrocedido muchísimos años. Hay un perfil de mujeres que ya no tenemos espacio en televisión, pero los hombres sí.

¿Te refieres a que se escoge a los hombres para hacer periodismo serio mientras que a las mujeres se las escoge por el aspecto físico?

Sí, no tengo ningún complejo en decirlo. Me refiero a televisión. En radio, en cambio, no me he encontrado ningún problema: se ha confiado en mí y si soy mujer, soy mujer, no pasa nada.

¿Incluso entonces, a principios de los años 80, cuando empezaste en la radio?

Hice radio muy pocos meses, y después entré en televisión. El físico era importante, pero también pesaba que supieras hacer las cosas bien. Yo creo que ahora esto no se tiene en cuenta, el físico es lo que tiene más peso.

¿Qué opinas del revuelo que se ha montado con Sara Carbonero desde hace dos años?

No te voy a hablar de hace dos años, hace unos días (el partido de semifinales de la Eurocopa España-Portugal) Sara Carbonero le preguntó a Iniesta si le habría gustado tirar un penalti, cuando lo había chutado y lo había marcado. Imagínate que alguien hace esto en el Congreso de los diputados, que llega un periodista y le pregunta a alguien que acaba de ganar la presidencia del Gobierno si le habría gustado ser presidente. “Me acaban de nombrar”… A lo mejor soy excesivamente exigente con el trabajo de la gente, igual que con el mío. Uno puede cometer un error de vez en cuando, pero…

¿Qué te parece cómo está planteada la radio, con un modelo basado básicamente en la publicidad? ¿Está agotado ese modelo? En la SER hay un ERE, por ejemplo.

No creo que haya que cambiar de modelo. Los medios de comunicación también hemos vivido por encima de nuestras posibilidades; había una burbuja en la que entraba mucha publicidad y en la que todo funcionaba bien, y esto se ha acabado porque la crisis se ha llevado por delante el modelo de país. Hay que adaptar el modelo a la situación y las circunstancias, no podemos vivir igual que lo hacíamos hace diez años. Ni nosotros, ni el señor de la tienda de aquí delante, ni nadie. Todo ha cambiado y tenemos que adaptarnos. El peligro reside en aceptarlo renunciando a lo que nosotros hacemos, que es periodismo. Tenemos que adaptarnos a los tiempos que corren sin dejar de poner el valor en el producto que damos, que es la información. La crisis no debe afectar a la información.

¿Qué implican estos nuevos tiempos para un programa de radio?

Hacer filigranas. Hacer lo mismo con menos, que se puede hacer. Tener mucha capacidad de inventiva y mucha imaginación. Yo soy la más vieja de mi equipo, por algo soy la jefa; tengo un equipo muy joven, y ahí donde a mí se me acaba la imaginación ellos siempre tiene una idea que va más allá con menos coste económico. Pero me niego a pensar que el modelo de radio se haya terminado, porque la gente la escuchará en Internet, en el iPhone… me da igual donde la escuche, pero hay que hacerla con un micrófono delante en un estudio. El modelo no cambia.

Antes has nombrado a Olga Viza. Ella nos comentaba, refiriéndose a la prensa deportiva, que el sectarismo era la base del negocio.

Sí, pero en la prensa generalista pasa igual.

¿Es una consecuencia de la lucha por la cuota de mercado?

El forofismo vende, cada vez lo tengo más claro. Y no por lo que haga mi emisora, que yo podré quejarme de muchas otras cosas, pero afortunadamente somos una emisora plural. Es verdad que somos un grupo progresista, con determinadas cosas muy claras; para empezar, en mi programa nadie grita, y nadie dispara contra la trinchera contraria. A todo el mundo se le deja hablar. Pero el sectarismo sí que vende, y lo estamos viendo en las tertulias de televisión, por ejemplo. Cuantos más gritos, insultos y enfrentamiento, más audiencia. Y es otro factor que está contribuyendo a acabar con nuestra profesión. Además se llama periodista y periodismo a cosas que no son ni lo uno ni lo otro.

¿Qué reflexión hacer cuando ves que el que más grita es el que más audiencia tiene?

Quiero abandonar el país, quiero exiliarme. Últimamente utilizo mucho la frase “¿En qué país vivimos?” Yo nunca estoy a favor de la confrontación o la trinchera, me molesta muchísimo el grito y la agresividad, incluso en la entrevista. Intento sacarle todo a la gente, pero siempre con métodos que no empleen la agresividad. En un momento como este, en el que el periodismo debería ser el sustitutivo de la clase política, nos hemos convertido en los azuzadores, y ese no es nuestro trabajo.

¿Desde cuándo se va por este camino?

Hace ya mucho tiempo. Una cosa que me sorprendió me ocurrió cuando llegué a Telecinco después de trabajar trece años en TV3. En cuanto llegué se me puso una etiqueta, pese a que yo no había manifestado mi opinión, nadie sabía lo que pensaba ni de dónde venía; pero me convertí en una periodista no solo progresista sino socialista, cosa que no sé de dónde sacaron. Republicana, antimonárquica… me colgaron todas las etiquetas del mundo. Y fue algo que me impresionó.

¿Y eso por qué fue?

Supongo que porque era catalana y venía de Cataluña. Es verdad que yo siempre he manifestado opiniones sobre la inmigración, sobre la igualdad…

¿Cuándo te ocurrió esto?

En 1997, en Madrid. Es una de las cosas que más me impresionó: cómo se hace periodismo aquí en Madrid. Es una sociedad totalmente polarizada. Yo defiendo el compromiso, la igualdad… la igualdad y la inmigración. Pero si alguna vez se me ocurre decir algo porque pienso que también tiene razón quien dice otra cosa, la gente no puede entenderlo. Yo no me he metido en esa casilla, ¿por qué me meten ustedes? Es muy difícil hacer periodismo así.

¿Qué hiciste para salir de esa casilla?

No he salido. Intento ser muy honesta y sincera, y cuando me preguntan respondo. Y me acuesto cada noche tranquila, porque igual que te lo digo a ti, que lo vas a publicar, lo digo en cualquier sitio, no tengo un doble discurso. No he conseguido salir del encasillamiento, pero que cada uno piense lo que quiera. Yo duermo cada noche muy tranquila.

¿Notaste mucho cambio al pasar de una cadena pública como TV3 a una privada como Telecinco?

Sí. A pesar de que pude trabajar muy libremente en TV3, era una televisión que estaba mandada por un consejo de administración con representación de todos los partidos políticos, y era algo que se notaba y se vivía. Pasé a una privada en un momento en que pienso que se hicieron los mejores informativos que se han hecho en este país en mucho tiempo. Trabajé con total libertad: hicimos los informativos del Prestige, de la guerra de Irak… sobre lo peor que ocurrió en este país; lo hicimos gobernando Berlusconi, y no pasaba nada.

¿Cómo estás viviendo el ERE en la SER?

Con dolor. Todo lo que supone perjuicio para mis compañeros es dolor para mí.

En estos tiempos en que se mira tanto el gasto público, ¿tienen sentido las televisiones públicas?

Tiene más sentido que nunca una televisión pública como Televisión española. Como la que teníamos hasta la semana pasada al menos [TVE ha cambiado de director de informativos; Julio Somoano sustituye a Fran Llorente]. Era una televisión absolutamente plural, que no ofendía a nadie, que lo contaba todo bien… y no estoy hablando de la programación, no voy a entrar en si los programas me gustan más o menos, estoy hablando de la información.

¿No es posible hacer eso en una cadena privada?

Para las cadenas privadas no es un problema político, es un problema de audiencia. Los informativos de las televisiones privadas no me sirven, no dan información. Yo me dedico a la información, y pongo el informativo de las ocho y media o las nueve en una cadena privada y no me dice nada; eso no es información, es otra cosa. En cambio la pública, hasta la semana pasada, era la televisión que me servía de referencia. El problema es que seguramente se va a acabar. De todas formas, entiendo que las privadas lo hagan así; tienen otras necesidades, que son ingresar dinero. Si a ellos les funciona un informativo de ese tipo, me parece perfecto. Pero a la pública sí le pido un buen informativo.

¿Qué parte de culpa tenemos el público?

Toda. Es mi guerra de siempre. Si la gente dejara de mirar ciertas cosas, dejarían de emitirse. Me acuerdo, ya en mi última época en Telecinco, que bajamos de audiencia y la gente siempre decía “son los únicos informativos que se pueden ver”. ¡Pues miradlos! El otro día en Twitter todo el mundo le decía a Buenafuente que tiene que volver a la tele. ¡Pero si ha vuelto, y le ha echado la audiencia! El máximo responsable somos nosotros, y no acepto cuando la gente dice que en la tele solo ponen basura. Dejad de mirar la basura y dejarán de emitirla.

Entonces es un problema mucho más profundo.

Cuando todavía estaba en Telecinco, que fueron los inicios de Aquí hay tomate y todo eso, recuerdo que con compañeros de la redacción decíamos que sería algo pasajero, que ese tipo de televisión era una moda, pero pasaría. Y no ha pasado. Al contrario.

Eres muy aficionada al deporte.

Me gusta mucho, pero no me gusta nada la prensa deportiva.

¿Ha ido a peor en los últimos años?

Es necesaria y te evade. Cuando voy en el avión, a veces me leo un diario deportivo, pero en ocasiones me pregunto si eso es realmente periodismo. Generan unos debates ficticios, que no existen. Son capaces de alimentar durante diez días que Piqué y Sergio Ramos no se llevan bien. Y a lo mejor es verdad, pero en la selección juegan maravillosamente bien los dos juntos. Entiendo que la gente lo necesite porque se evade y les gusta ese tipo de lectura, pero… Igual que te decía antes lo de Sara Carbonero y el penalti del otro día, me pregunto ¿y si hiciéramos esto nosotros? Claro que también hay medios no deportivos que lo hacen…

¿A qué te refieres?

A generar este tipo de debates. Me preocupa que en la lista de profesiones peor valoradas esté el periodismo. Algo hemos hecho mal, y una de ellas es no saber marcar la frontera entre lo que es periodismo y lo que no lo es. Y no quiero decir que lo otro esté mal hecho, pero no le quiero poner la etiqueta del periodismo. Pongámosle la etiqueta de espectáculo, entretenimiento, divertimento… pero no lo llamemos periodismo, porque al final hemos confundido a la gente.

Pero entonces ya empiezas a tomar un papel de educador.

No, porque ya te digo que yo entiendo la existencia de esos medios, y yo misma los leo y los veo, pero pongámosle otra etiqueta. No pretendo educar a nadie. Pero yo soy una talibán de mi profesión, y la entiendo solo de una manera: como la hago. Como todos, he tenido la posibilidad de tomar caminos, y nunca he tomado otros caminos porque soy así. Seguramente estoy equivocada y soy menos rica, pero me acuesto cada noche con una tranquilidad y una felicidad…

¿Cubrir una rueda de prensa de Karanka es periodismo, por ejemplo?

Yo se lo digo a los de deportes: “¿Por qué no os levantáis y os vais?” Y ya no te digo de Karanka, sino una de Mourinho insultando a los periodistas; porque les insulta. Levantarse y marcharse porque ese no es tu trabajo sí sería periodismo. Lo otro es entrar en ese juego que yo entiendo, se necesita y ojalá dure muchos años por el bien de los compañeros, pero no es periodismo como yo lo entiendo. Yo sigo todas las ruedas de prensa del Consejo de Ministros y la gente pregunta y es insistente. No tiene nada que ver con lo que hacen en las ruedas de prensa de Karanka o Mourinho.

¿Cuál es la entrevista más enconada que has hecho?

Últimamente, hablando de política, lo son todas. No hay ningún político que te quiera responder a nada de lo que le preguntes.

Eso es un clásico.

Sí, pero últimamente mucho más. He notado una evolución. Recuerdo que una de las últimas fue al portavoz del partido Popular, Alfonso Alonso, y me decía una cosa que no era cierta. Por tres veces intenté que no dijera algo que no era cierto. No lo conseguí y dije “para aclarar a los oyentes, lo que usted está diciendo no es verdad, porque es así, así y así; y ahora, si quiere, continuamos la entrevista”. Cada vez es más difícil. No se relajan. Cada vez me cuesta mucho más. Quizá es que me estoy haciendo mayor y tengo menos paciencia.

¿Estás cada vez más desengañada de los políticos?

De la clase política de hoy en día sí.

¿Me podrías decir algún miembro del gobierno que te parezca que lo esté haciendo bien?

No.

¿No se salva ninguno?

No. Aún no he podido entrevistar a ningún miembro del gobierno, nunca han querido venir a mi programa.

¿Y el que más está patinando?

El propio presidente del gobierno.

¿Cuál es el mayor fallo que tiene?

No contarle a la gente la verdad. Tengo la sensación, y lo he dicho mil veces en antena, de que piensan que somos tontos. Piensan que nos pueden engañar con los eufemismos, que es lo más típico y lo más tópico. Y no pueden. La gente es mucho más lista de lo que se piensan. Y es que, a pesar de ellos, este país sobrevive, se levanta cada día, y lo poco que funciona, funciona. Tienen un gran desprecio hacia la gente.

¿Te esperabas esto?

No esperaba nada. Sabía que lo tenían difícil, pero pensé que serían un poco más hábiles a la hora de la gestión. Como criticaron tanto cómo lo había hecho el PSOE en cuanto a comunicación, pensé que serían un poco más hábiles simplemente para que no les dijeran que lo están haciendo igual que los otros. Y no son nada hábiles.

¿Eres capaz de ponerte en su lugar?

Me pongo en su lugar para decirles lo que estamos viviendo en nuestras carnes. Me pongo en su lugar, pero podrían gestionarlo de otra manera. La comparecencia de Luis de Guindos el otro día en el Congreso, explicando el no-rescate, porque para él no es un rescate, es una verborrea constante de cosas que no dicen nada y no responde a nada de lo que queremos saber.

¿De dónde crees que les viene esta tendencia al eufemismo, cuando no a mentir directamente?

Creo que se debe a la propia improvisación, que no saben qué hacemos ni dónde estamos ni qué queremos. Quiero atribuirlo a eso. No son conscientes de que los ciudadanos agradecerían más que les dijeran: “Señores, estamos en un momento jodidísimo y vamos a pedir ayuda para los bancos, porque si no de esta no salimos.” Creo que la gente lo entendería mucho más. Es que es mucho peor que salga Mariano Rajoy diciendo que ha presionado tanto a Europa que se lo han dado todo y luego salga Europa diciendo: “¿Perdón?”

¿Esto viene de la época en que se podía mentir más alegremente, cuando las cosas nos iban mejor a todos?

Creo que nunca nos han mentido tanto como se hace ahora. Es cuestión de la talla de los políticos. Hay una cosa que me llama mucho la atención: dentro del aparato de los partidos hay gente muy válida, gente con la que hablas en corto y dicen lo que la gente preferiría oír, pero luego entra en funcionamiento la maquinaria del partido, los cargos, el secretario del subsecretario de no sé qué, y ese mensaje, que hay gente en la base del partido que lo tiene, no llega a los ciudadanos. Y luego pasa lo que pasa: la gente está desencantada, los políticos son lo peor que hay, la desafección…

¿Qué cambio sería necesario?

Gente que hablara con honestidad.

¿Lo ves posible?

No, no lo veo posible. Sería en un mundo ideal.

Se decía que con el cambio de Gobierno se podían arreglar las cosas. ¿Ya no nos queda ni la esperanza?

La oposición también está en su peor momento. Salió tocadísima de las últimas elecciones y no ha remontado. El Partido Popular va bajando, pero es que el PSOE no va subiendo. Algo falla, aquí hay algún problema.

¿Crees que se va a cumplir la legislatura de cuatro años?

Yo creo que no, y es dramático. La gente tiene el futuro muy jodido. Hay un 50% de paro juvenil. Tengo una hija de 19 años que me pregunta qué va a hacer y…

¿Entiendes algún recorte de los que se están haciendo?

Bien explicados, puedo entender muchos. Yo no pertenezco a ninguna empresa pública, y me he recortado mi sueldo dos veces. Se pueden entender muchas cosas. El propio copago sanitario, el mismísimo recetazo, explicado y con una proporcionalidad, bien hecho, a lo mejor se puede entender. Pero tenemos una ministra de Sanidad que no ha dado ni una entrevista. ¡Una ministra de Sanidad que no contesta preguntas! Hablas con los médicos y te dicen que pueden gestionarlo, pero se ha de hacer bien. Hay muchas cosas que se pueden recortar y retocar, pero hagámoslo bien.

¿Quién está al mando en este Gobierno? ¿Soraya? ¿Rajoy?

Yo creo que nadie, y ese es el problema. ¿Dónde está el capitán del barco? Es como el Costa Concordia: el capitán ha salido catapultado y no sabemos quién está al mando.

Acabas de venir de León de ver a los mineros. ¿Le ves solución a su situación?

Ellos mismos son conscientes de que el sector de la minería está en su fase final, pero en este país nadie ha tenido la perspectiva de saber gestionar la reconversión de este sector. Y ahora mismo al Partido Popular le caen encima unos señores que tienen unas ayudas que se las habían prometido y que, en un tiempo de recortes, no se las dan. Yo no le veo salida, porque otro de los déficits de este gobierno es su capacidad de diálogo y de hablar. Aunque luego le digas que no se lo vas a dar, siéntate con ellos. Antes hablaba del desprecio, y es que es un desprecio a la ciudadanía constante. La propia supresión del debate sobre el estado de la nación… yo lo hago cada año, y es un coñazo, pero es el momento en el que ellos tienen que dar respuesta a preguntas en el Parlamento. Para eso les hemos elegido.

Antes has hablado del 11S. ¿Eras consciente de las consecuencias que iba a tener?

Yo no fui consciente de nada hasta que me levanté de la silla. Ese día retransmití una película. Pero en cuanto me levanté de la silla, me entró un temblor de piernas espectacular.

¿Pensaste que aún iba a ser peor de lo que ha sido durante estos diez años?

No fui consciente de que eso desencadenaría guerras. Lo que tenía clarísimo es que algo iba a cambiar a partir de entonces. Habían herido a Estados Unidos en su propio corazón y aquello no iba a quedar sin respuesta.

Aquello te sorprendía empezado ya el Telediario.

No, fue a punto de terminarlo. Eran casi las tres y yo había empezado a las dos y media. Mi compañera Marieta me dijo por el pinganillo que había un incendio en las torres gemelas, que estaba llegando la imagen y que la pinchaban de despedida. Pero al cabo de diez minutos volvimos. Aquello fue un máster.

¿Qué momento se te ha quedado del Prestige?

Llegar a un pueblo, ir hacia el puerto y ver a los pescadores salir con sus barcas a recoger chapapote del mar. Recuerdo que llamé al jefe de informativos de entonces y le dije que no sabía cómo lo íbamos a contar y si íbamos a ser capaces, pero que eso era bestial. Lo que más me sobrecogió fue el trabajo de la gente. La parte humana me pareció alucinante.

¿Has vuelto por allí?

No he vuelto, pero fue una semana de una intensidad…

Has comentado antes que una de las noticias que siempre habías querido dar y que pudiste hacerlo fue el fin de ETA. Hace unas semanas el Tribunal Constitucional legalizó Bildu. Una de las razones en las que apoyaron la legalización fue que es una realidad innegable y que la gente lo apoya. ¿Te parece una razón suficiente?

Es la normalidad. Si estás en el País Vasco te das cuenta de que lo normal es la presencia de Bildu, de Sortu. Y la normalidad pasa por que sean reconocidos y legalizados. Uno de los grandes errores del PP fue no dar grupo parlamentario propio a Amaiur. ¡Sacaron los votos, es una realidad! Además, ¿cuántos años llevamos pidiéndoles que entren en el juego democrático?

¿Hay que legalizar cualquier ideología si tiene apoyo en la calle?

No, ese es solo uno de los argumentos que se esgrimen en contra de la legalización. Uno de los motivos por los que no se legalizaba era porque estaba demostrado que era ETA. Bueno, pues han considerado que no lo es. Además, pienso que no es exactamente lo mismo. En un momento en el que ETA da el paso de decir que deja de matar entramos en otra dimensión y se tiene que valorar de otra manera, hay que dar pasos en el sentido de que esto es verdad y que vamos hacia delante. Ya habrá tiempo de darnos cuenta de que a lo mejor no, y entonces ya veremos qué hacemos, pero de momento no hay ningún argumento para pensar que esto no sea así. Y la prueba está en que la actividad policial y judicial continúa: hace muy poco detuvieron al presunto asesino de Isaías Carrasco, por ejemplo. Pero vamos a empezar a encauzar las cosas. La foto de ayer de la reina Isabel dándose la mano con el del IRA… ojalá un día en este país veamos eso.

¿Podremos verlo?

Yo creo que sí. Pensé que nunca daría el anuncio de ETA dejando las armas, y lo di. Pues espero que un día un etarra y el Rey se den la mano, y que en este país seamos normales de una vez.

Los miembros del Tribunal Constitucional los nombran los partidos políticos bajo el argumento de que así se logra un reflejo de lo que vota la sociedad. ¿Estás de acuerdo con este modelo?

No, estoy en contra de la politización de la Justicia, y llevamos ya muchos años en que la separación se ha diluido. Entiendo que la gente tiene ideología porque forma parte de nuestra forma de ser. Por lo tanto es evidente que los jueces tienen su ideología, pero son jueces. Que los políticos no se metan.

¿Propondrías eliminar el Tribunal Constitucional?

No, eso es lo que propone Esperanza Aguirre, pero eso jamás.

¿Porque no está bien, o porque lo quiere Esperanza Aguirre?

No, hombre, porque no está bien. En este país hemos evolucionado mucho y muy bien. Hemos pasado una transición y tenemos una Constitución y un Tribunal Constitucional. Es un país muy garantista y a mí me encanta que la justicia actúe cuando tiene que actuar. Deberían replantearse muchas cosas, pero ahora mismo es imposible. Mira lo que ha pasado en Televisión Española.

¿Te parecerían más fiables los cargos vitalicios, como en la Justicia de los Estados Unidos?

Tampoco. Un cargo vitalicio es un sitio del que vives toda tu vida.

¿La cultura tiene que estar al alcance de cualquiera? ¿Qué opinas de las descargas?

Soy antidescargas y antipiratería. Pago por todo lo que bajo de internet.

¿Por qué antes Sinde   y ahora Wert son dos de los ministros más odiados?

Ahora me ganaré enemigos, ya lo sé, pero es porque la “comunidad internauta”, que no sé quiénes son, tiene mucho poder de movilización a través de la red. Aspiro a que todo el mundo cobre por lo que hace. Podemos hablar de precios y de si se gestiona bien o mal, es otro debate, pero la barra libre para todo el mundo no me parece bien.

Es decir, bajarse Juego de tronos es robar.

Alguien ha trabajado para Juego de tronos y a alguien se le tendrá que pagar por eso. Debo de ser la única idiota, pero yo pago absolutamente por todo.

¿Cómo has visto a la selección española en esta Eurocopa?

Un poco como al Barça durante la temporada: mucho toque y poco gol. Les veo muy cansados físicamente, pero siguen siendo maravillosos. En la semifinal España-Portugal hubo una jugada de Pedro Rodríguez, Jordi Alba e Iniesta que … solo por esa jugada que no acabó en gol valía la pena ver el partido entero. Son malabaristas.

¿Qué opinas del debate del tiki-taka?

Es que soy culé. ¿Qué te voy a decir? Soy muy de tiki-taka, pero la temporada pasada me he descubierto a mí misma viendo partidos del Barça y diciendo: “¡Ya! ¿Queréis dejar de tocarla y meter el gol de una vez?” Y es la sensación que tengo con la selección española.

Enric González acaba de escribir un libro (Cuestión de fe) y él, que es muy perico, uno de los argumentos que desarrolla —a no ser que no lo haya entendido bien, que puede ser—, es que toda la historia del Barça como club antifranquista es algo inventado por Vázquez-Montalbán. ¿Qué opinas como culé?

A mí siempre me han contado, y no te lo digo en primera persona porque cuando he vivido el fútbol ya había democracia y por tanto nunca he tenido la sensación de ir al fútbol para desahogar mis instintos, que el Barça servía para desahogar esos instintos catalanistas e independentistas. No puedo rebatir esa teoría porque no la he vivido, yo he vivido el Barça en democracia. Sí que es verdad que los culés hemos identificado el Barça con el nacionalismo catalán, pero no sé si es cierto.

¿Qué le espera al Barcelona después de Guardiola?

Tito Vilanova.

¿Y qué esperas de él?

Lo mismo que esperaba de Guardiola cuando lo ficharon, era una incógnita total. Yo le había entrevistado poco antes, creo que es la última entrevista que dio; le pregunté si se veía entrenando al primer equipo del Barça y me dijo: “Eso sería…” Yo esperaba cero, lo mismo que de Vilanova. Espero que nos sigan dando este placer de verles jugar, igual que la selección española. Soy muy del Barça, pero también soy muy futbolera y me gusta el buen fútbol.

¿Te puedes ver un Manchester-Bayern de Múnich?

Sí. Mi hija dice que sus amigos flipan conmigo. Soy la única madre que cuando entran en su casa puede estar viendo cualquier partido.

¿Cuál es el mejor recuerdo que tienes como culé?

El 2 a 6 del Bernabéu. Lo vi en casa de un madridista que me acababan de presentar, un tipo genial, un notario de Figueras. El primer gol me contuve, el segundo gol me contuve, el tercer gol me contuve, pero al cuarto le dije “Por favor, sé que no nos conocemos de nada y nos acaban de presentar, pero déjame que grite.” Cuando acabó ese partido llamé a Santi Segurola y le pedí que me hiciera la crónica, porque yo misma no daba crédito a lo que había vivido.

¿Qué te dijo?

Pues me hizo “la maravillosa crónica de Santi Segurola”. Destacaba la relación entre el fútbol y la felicidad de la gente, porque ese día era muy feliz.

¿Por qué crees que a cierta gente le duele más que se metan con su equipo de fútbol que con su familia?

Un día leí en El País un artículo de Santiago Solari en el que hablaba precisamente de eso: del forofismo. A mí me gusta mucho el fútbol, pero el forofismo me está echando de él, porque no lo soporto. No lo soporto ni en los propios culés. Me ofende ver un partido del Barça con hooligans del Barça. Me molesta que haya gente del Barça que no reconozca que Sergio Ramos hizo una Eurocopa espectacular, y no lo quieren reconocer porque son del Barça. A mí me gusta tanto el fútbol que le perdono que sea del Madrid. Me encantó lo que hizo cuando le tocó tirar el penalti (se refiere al lanzamiento frente a Portugal). El forofismo me está quitando ese gusto que me daba ver los partidos y disfrutarlos. Si ganas, maravilloso; si pierdes, te lo has pasado bien un rato.

¿Ves Punto Pelota?

Lo he visto alguna vez. No habitualmente, pero sí alguna vez.

¿Cómo es posible que Pedrerol pasara de hacer El día después a Punto Pelota?

Es lo que te decía antes, la vida te da caminos y tú los escoges. Eso te da audiencia, la audiencia da publicidad y eso da dinero. Es un producto.

¿Cuando lo ves lo apagas?

No, soy capaz de engancharme con Punto Pelota. Engancharme cabreándome muchísimo, eso sí.

¿Quién es el que más te cabrea?

Es compañero de la SER, pero Roncero me puede.

¿Le viste llorar?

Sí, porque cuando llegué de ver el fútbol puse un momento Punto pelota y justo llegué en el momento del llanto de Roncero.

¿Cuál es tu peor momento como culé?

Muchos. Los culés hemos sufrido durante muchos años, nos va bien desde hace cuatro. Llegué a Madrid en 1997, y viví aquí la séptima, la octava y la novena copa de Europa del Madrid. Aunque no fueran contra el Barça. Además yo antes vivía al lado del Bernabéu y para mí aquello era una depresión constante.

¿Te da miedo que puedan volver los malos tiempos para el Barça?

Sí, pero hemos disfrutado tanto que si ahora vuelve durante un tiempo no me importará, que me quiten lo bailado. Lo peor lo tienen las generaciones jóvenes, como la de mi hija, que no entiende que el Barça pierda algún día. Le digo que no se acostumbre a esto, que el Barça antes siempre perdía. Mi primera Liga el Barça la ganó cuando yo tenía diez años, con Cruyff. Y luego ya nada hasta Terry Venables, cuando yo ya trabajaba. Yo di la victoria de la Liga contra el Valladolid, con ese penalti que paró Urruti.

¿Qué te gusta leer?

Leo mucha novela, todo lo que cae en mis manos. Las editoriales me mandan todas las novedades y soy una adicta a la lectura.

¿Qué recomendarías?

Lo que más me ha impresionado de lo último que he leído es Yo confieso, de Jaume Cabré. Es lo mejor que ha caído en mis manos en muchísimo tiempo. Tanto es así que pedí entrevistarle, porque había disfrutado tanto con esas 900 páginas… Pero además últimamente he disfrutado con muchas cosas, como el último de Almudena Grandes, El lector de Julio Verne. Soy muy del último libro que leo. Y ya he perdido el complejo: si no me gusta, lo suelto. Para mí fue una decepción Libertad de Franzen. Todo el mundo decía que era una maravilla y a mí me costó muchísimo. Tengo ahora otro suyo, Las correcciones, y lo tengo para este verano, pero me está dando un poco de pereza. Tengo un compañero en A vivir… que tenemos gustos literarios muy iguales, y siempre hacemos un club de lectura por Whatsapp, y me recomendó Libertad. Lo cogí y me lo terminé por militancia, porque no me gustó nada.

¿Qué aportarías a nuestra sección El libro que leería durante la película que no puedo perderme?

Yo es que en cine soy muy mala. Estoy recordando mucho Blade runner, pero sobre todo por el final, aquello de “He visto cosas…”.

¿La viste en el cine cuando la estrenaron?

Sí.

¿Ya te gustó entonces?

Sí, y creo que es de las películas que más veces he visto.

¿Cuál de los distintos finales te gusta más?

Me quedo con la original, la primera. En cuanto a recomendar un libro… no sé, todos. Ahora tengo en la mesita de noche uno que no hace falta leer del tirón: Una forma de resistencia, de Luis García Montero. Viene a decir que en esta época de crisis es recomendable guardar ciertas cosas, y habla de unas sandalias, de unos relojes… de objetos. Son capitulitos cortos y te reconcilias con la cotidianidad, con la vida.

¿Te da tiempo a leer?

Sí, muchísimo. Leo mucho en el tren, por ejemplo, porque voy y vuelvo de Barcelona todas las semanas, así que tengo dos horas y media de lectura que no me quita nadie. Y antes de acostarme siempre leo un ratito.

Antes hablábamos de diferentes maneras de hacer periodismo. ¿Qué te parece la manera de ejercerlo de Jiménez-Losantos?

Durante muchos años ha hecho periodismo, pero luego le ha podido la opinión, sus filias y sus fobias, y se han notado demasiado en lo que ha contado. Pero entiendo que ha hecho un trabajo importante en un momento determinado, en una emisora que era de su ideología. Me parece un buen profesional, aunque no tengo nada que ver con él en cuanto a ideología. No lo conozco personalmente.

¿Intereconomía?

No la veo nunca, salvo Punto Pelota a veces.

¿Te parece sano que exista una cadena así?

Ni sano ni insano. Si hay gente que lo ve y a quien gusta este tipo de periodismo y esta manera de contar las cosas, pues mejor para ellos, pero no es mi estilo.

Julia Otero.

Es una compañera en la que me veo muchas veces reflejada. Algunas tardes la escucho y me da la sensación de que somos muy intercambiables.

Andreu Buenafuente.

Cuando he salido de trabajar a las doce de la noche, he llegado a casa y he pillado el monólogo de Buenafuente o a Berto. Para mí ha sido la mejor desintoxicación del día.

¿Qué ha fallado en su último programa?

No soy crítica de televisión, pero a mí me parecía un programa demasiado igual a lo que ha hecho siempre; le faltaba el efecto sorpresa. Lo digo como espectadora. Aun y así yo lo veía.

¿Te gusta el tipo de periodismo que hace Jordi Évole?

Me gusta mucho lo que hace, lo que no me gusta es que se diga que el único periodismo bueno que se está haciendo es el suyo, porque hay otros que también hacemos buen periodismo. Hace un programa que aborda temas que la televisión ya no aborda porque ya no se toca la investigación, la investigación y la entrevista, y él consigue hacerlo. Consigue que le contesten y que lo reciban, aunque también es verdad que lo consigue porque va con esa pinta de “soy otra cosa, no soy exactamente un periodista”. Pero me parece un ejercicio buenísimo de denuncia y de compromiso, y recuerda que he comenzado la entrevista diciendo que para mí el periodismo es compromiso. Me parece fantástico, pero no me gusta que se diga que el único periodismo que se hace ahora en el universo es el de Jordi Évole, porque hay otra gente que también lo estamos haciendo.

¿Hay algún periodista de derechas al que admires, leas regularmente y de quien te interese su opinión?

No voy a entrar en el debate de derechas e izquierdas pero, aunque ideológicamente no estamos en la misma sintonía, Carlos Herrera me parece un profesional como la copa de un pino. Cuando le escucho por la radio me parece un panzer, es espectacular. Además le conozco personalmente y me parece un tío divertidísimo y un encanto; y seguramente no tenemos nada que ver el uno con el otro salvo que él es de un pueblo que está a tres kilómetros de mi casa.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina

 

 


Ángeles González-Sinde: “Me he sentido como en una guerra fundamentalista”

La ley más conocida de España, o al menos la única que serían capaces de mencionar espontáneamente una amplia mayoría de los españoles si les disparáramos la pregunta a bocajarro, lleva su apellido. Aunque en realidad no es una ley en sentido estricto, sino tan sólo la Disposición Final Cuadragésima Tercera de una ley mucho más amplia, la Ley de Economía Sostenible. Ángeles González-Sinde, ministra de Cultura con el último Zapatero, ex presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España y guionista y directora de cine, tiene suerte de haber nacido en Madrid en 1965 y no en Salem en 1692. Porque con la llamada Ley Sinde pasó a formar parte de ese ilustre y españolísimo panteón de egregios villanos en el que también figuran Esperanza Aguirre, el cine español, Fernando Alonso o Rosa Díez, entre muchísimos otros. El debate sobre la ley fue áspero hasta el paroxismo, desnudó las miserias y las hipocresías de la prensa de este país, llevó al extremo el Síndrome de Estocolmo que los políticos españoles padecen con la red, dejó rescoldos que aún queman a los dos lados de la trinchera y sepultó bajo espesas capas de demagogia y de bilis cualquier otro tipo de consideración, buena o mala, sobre el trabajo de González-Sinde como ministra y como cineasta. Quizá por ello no ha dado ninguna entrevista desde que abandonó el cargo tras las elecciones del 20 de noviembre del año pasado. Esta es la primera.

Cuando usted pronuncia el famoso discurso de la gala de los Goya de febrero de 2009 en el que pide dar la batalla contra las descargas ilegales, ¿ya sabe que va a convertirse en la próxima ministra de Cultura apenas unas semanas después?

No, no tenía ni la menor idea. Esas decisiones acerca de cómo se conforma un nuevo gabinete se suelen tomar a última hora. En mi caso, la propuesta me la hace el presidente un día antes de hacerlo público. El 7 de abril se da la noticia, así que es el día 6 por la tarde cuando se ponen en contacto conmigo desde Moncloa para proponérmelo. Jamás habría imaginado que podría llegar a tener un cargo político, no era esa mi ambición. Yo tenía una actividad profesional muy consolidada y no había dirigido mis pasos a la política ni había militado en ningún partido a pesar de venir de una familia en la que mi padre sí tuvo en su momento mucha implicación política. Pero no, no me lo imaginaba. Me habría parecido muy poco verosímil que alguien me dijera meses antes que iba a ser ministra.

Se lo pregunto porque su discurso parecía anticipar las líneas maestras de lo que sería posteriormente la Ley Sinde.

Es que esto es como las novelas de misterio, que cuando llegas al final parece que todas las piezas encajan, cuando antes no encajaban de ninguna manera. El discurso de la Academia siempre es importante. Los tres años que hice ese discurso me pensé mucho qué decía en esos pocos minutos y cómo lo decía. Quería que fueran pequeños relatos que pudieran ser escuchados y que además tuvieran algún interés. En ese discurso siempre intentas expresar cuál es la preocupación del sector en ese momento. Y por aquel entonces, el colectivo estaba muy herido por la competencia ilegal de la piratería.

¿Recuerda usted la primera conversación en la que se habla de la ley?

¿La primera? No, no recuerdo una primera conversación. El de la piratería era un tema que había que abordar. Que teníamos que establecer reglas nuevas de convivencia en la red y que había que compatibilizar todos los intereses era algo muy evidente desde el primer día que entré en el despacho. Era uno de los grandes temas del ministerio.

¿Pero sí recuerda de quién parte la iniciativa de la ley? ¿Fue iniciativa suya o del presidente Zapatero?

Desde luego que la iniciativa parte del ministro de Cultura. Te aseguro que ni al ministro de Industria, ni a la ministra de Defensa, ni a la de Ciencia les interesaba abordar este tema puesto que no pertenecía a su negociado. Este asunto entra dentro de las competencias que la ley atribuye al ministro de Cultura.

¿Le da el presidente Zapatero alguna instrucción al respecto?

Una de las cosas que te sorprende al llegar al gobierno es la libertad absoluta de acción que tienes. Cuando llegas allí se da por supuesto que vienes aprendido y estudiado de casa. Te confían esa responsabilidad porque se supone que compartes los valores del programa electoral y los del partido, y en este caso concretamente también los valores progresistas que encarnaba Zapatero. Y a partir de ahí te dejan a tu aire, no hay ninguna tutela. De hecho, a veces echas en falta esa tutela. Preferirías no tener esa enorme responsabilidad o esa soledad a la hora de tomar decisiones.

¿Cuáles fueron los primeros pasos de la ley?

A mí me nombraron en abril y muy rápidamente me di cuenta de que era un tema que tocaba muchos aspectos y que tenía que trabajarse con otros ministerios. Creamos un grupo de trabajo durante el verano con Interior, Justicia, Industria y representantes de otros ministerios. En agosto se empezó a hablar del proyecto de la Ley de Economía Sostenible, que iba a suponer la renovación de muchos sectores de futuro para España. Y, desde luego, si había un sector que necesitaba reformas y ponerse al día era el de los contenidos en la red. Y a partir de ahí empezamos a trabajar en el mecanismo de la ley.

¿Se consulta en un primer momento a asociaciones de gestión de derechos de autor, asociaciones de usuarios, operadoras de ADSL o empresas del sector cultural?

Cuando yo llego al ministerio hay unas conversaciones que llevan en marcha mucho tiempo entre Redtel, que son los representantes de todas las compañías de telecomunicaciones españolas, y la llamada Coalición de Creadores, que representa a discográficas, productores de cine, distribuidores, creadores de videojuegos y editores. Pero fíjate: en todo ese tiempo de conversaciones no han llegado a absolutamente nada. Así que muy pronto empiezo a reunirme con ellos y a escuchar los planteamientos de todas las partes. Se suponía que deberían haber llegado a un acuerdo muy inmediato ya en esa primavera en la que fui nombrada, pero posteriormente lo retrasan al verano. La realidad es que hay una falta de voluntad de entendimiento absoluta, también por parte de los fabricantes de soportes. No llegan nunca a un acuerdo, prefieren que sea el Gobierno el que regule y así no tener que tomar ninguno la iniciativa o la responsabilidad. Los unos por no ceder en su modelo de negocio, que está anticuado y obsoleto, y los otros por no perder ni un euro de sus pingües beneficios por la venta de soportes físicos, de lectores y de dispositivos o bien de líneas telefónicas y de ADSL. Y entonces, con todas estas posiciones bloqueadas y sin ningún ánimo de negociar realmente, sólo queda la herramienta del gobierno para intentar modernizar el país en este sentido.

¿Se estudian las leyes de otros países?

Claro. En ese momento se está tramitando y adoptando la ley Hadopi en Francia, pero a mí no me parece que eso de los tres avisos y el corte de la línea y del suministro de ADSL al usuario sea la solución. Me parece muy claro que hay quienes se están lucrando, como se ha visto después en el caso de Megaupload, y que no es algo tan inocente. Ese intercambio de archivos no parte de un postulado democrático y libertario como el de compartir el conocimiento, sino del de ganar dinero y de tener usuarios que paguen cuotas Premium por tener más velocidad de descarga y determinados privilegios. Es decir, que es un negocio. Es una economía sumergida, un mercado negro, y no hay más. Y hay que perseguir a quien infringe la ley. También es verdad que hay que entender la tecnología, comprender cómo usamos los ordenadores, para qué los usamos y lo que es el mundo digital. Pretender hacer un mundo acotado que se asemeje a la realidad física de hace 15 años es completamente irreal, hay que encontrar otros cauces que permitan que se desarrolle una industria de contenidos barata, legal y fácil. Pero claro, tienes que permitir que los que hacen esas inversiones tengan unas reglas mínimas de juego. Y por eso desde el principio me parece, y eso lo comparte todo el Gobierno y tengo su apoyo en este punto, que es mejor ir a por el origen de esas copias en las que no media ningún contrato de explotación. Hay que ir contra esas páginas y no contra los usuarios. No me pareció que en España fuera razonable perseguir a los usuarios.

¿Se debate con otros partidos?

Claro, se debate con ellos porque además el PSOE no tiene mayoría parlamentaria. Así que tuve que hablarlo con CiU. Y lo que se aprueba finalmente está negociado con el PP y más concretamente con Soraya Sáenz de Santamaría, que es la persona designada por Mariano Rajoy para trabajar el tema conmigo.

¿Cuál es el planteamiento de los diferentes partidos de la oposición respecto a la futura ley?

Los partidos están de acuerdo. IU con salvedades porque tiene otras opiniones, pero en lo básico está de acuerdo todo el mundo. El PNV también. Otra cuestión es que había partidos que habrían deseado una reforma integral de la ley de propiedad intelectual y abordar esto desde una perspectiva mucho más general, pero ni había tiempo en ese momento de la legislatura para hacer una reforma de la ley ni había un equilibrio parlamentario que lo permitiera. Habría sido una solución poco realista. Ahora que estamos a principio de legislatura y que el PP tiene mayoría absoluta es un buen momento para que aborden la reforma de la ley de propiedad intelectual. Es un contexto distinto. De todas maneras, es un tema en el que los partidos no han querido expresarse mucho públicamente. Dentro del partido socialista había una controversia brutal, que yo sufrí, porque era una medida que se consideraba no sólo impopular sino también muy contestada en la red. Y a los políticos les importa mucho la red. Les importa más la red que las personas físicas.

¿Insinúa que sobrevaloran la influencia de la red?

Bueno, a ellos les importa muchísimo Twitter y Facebook y tal. Pero no voy a opinar al respecto.

Pero eso demuestra que no entienden Internet.

Bueno, yo lo que analizaría es si Internet es un cauce verdaderamente democrático o si el cauce democrático son las urnas.

¿Recibe usted algún tipo de presión internacional? ¿Quizá por parte del gobierno estadounidense o de los lobbies asociados a las grandes distribuidoras de contenidos norteamericanas?

El lobby más grande aquí es el de los supuestos internautas, que se arrogan ese derecho. De hecho, ese es el lobby que consigue cambiar la naturaleza de la ley y detener su desarrollo. Así que no hay lobby más potente que Víctor Domingo. Por lo que le felicito, además.

La asociación que preside en ese momento Víctor Domingo, la Asociación de Internautas, apenas tiene 1000 socios. ¿Cómo puede una asociación con tan escasa representatividad echarle un pulso al Gobierno y ganarlo?

Lo que quiero decir es que quien hace ruido y se expresa en la red o en las redes sociales tiene una enorme influencia sobre las decisiones de los políticos. Más influencia que lo que se debate en otros espacios de nuestra sociedad igual de legítimamente conformados. Y, desde luego, el señor Domingo y su asociación saben cómo hacerse eco en la red y de rebote en los medios de comunicación. Que, como los políticos, también están obsesionados con Internet para ver si así sobreviven al enorme tsunami digital que tienen encima. Por supuesto, los políticos a su vez viven pendientes de los medios, con lo que el efecto se multiplica.

Aún y así, sorprende su capacidad de influencia.

Tienen mucha más importancia en este asunto Víctor Domingo y otros como él que Obama. En realidad, estar o no en la tan cacareada lista 301 del gobierno americano no era muy preocupante, pues durante años no se hizo nada para salir de ella. O sea que todo eso de los lobbies es un gran mito. Se tienen muchas reuniones diplomáticas como las que yo misma he tenido con el ministro francés de cultura, Frédéric Mitterrand, que estaba completamente volcado en el tema desde su nombramiento. A él lo nombran más o menos cuando a mí y proviene también de la cultura, así que llegamos a desarrollar una amistad porque él en Europa movía muchísimo estos temas. Con él he tenido muchas reuniones en Madrid, en París, en Avignon, en Bruselas y en Budapest. Sin embargo, ese mito muy español de que los EE UU son un gran monstruo con tentáculos, esa cosa tan de los años 60, tan de 1968, se impuso y se popularizó porque es muy tentador y muy fácil que cuele la idea de que el gobierno americano maneja todos los hilos. Pero es una idea completamente infantil. Porque si el gobierno americano se hubiera puesto con esto, se habría resuelto el tema hace diez años. Y no han conseguido absolutamente nada. Por lo tanto, los encuentros que tienen los diplomáticos son exactamente iguales que los que tiene nuestro embajador en Washington respecto a los temas que nos importan y por los que viajé muchas veces a esa ciudad. Como el asunto Odissey, por ejemplo, que se tuvo que trabajar en todos los frentes con secretarios de Estado, congresistas y senadores defendiendo nuestros intereses. Lo digo como un ejemplo de para qué sirve la diplomacia y cuál es el trabajo cotidiano de un embajador.

A ese mito del gran imperio americano que maneja los hilos desde la sombra no ha contribuido nadie más que la izquierda.

Bueno, es una idea muy simplificada, anticuada y romántica.

De la izquierda.

Elvira Lindo se lamenta bastante de ello con razón ya que pasa mucho tiempo en Nueva York. Yo creo que en nuestro país muchas veces no se conocen ni se valoran bien los EE UU, que es un país con muchísimos intelectuales de izquierda muy importantes y mucho más comprometidos que los de aquí. Es un país muy variado y muy amplio, y aquí muchas veces se simplifica a partir de ese viejo prejuicio antinorteamericano.

El diario El País publicó en su momento, como parte de las filtraciones de Wikileaks, una serie de cables de la embajada estadounidense en Madrid en los que esta analizaba las medidas adoptadas por el Gobierno español en su lucha contra las descargas ilegales. ¿Calificaría usted esos cables de actividad diplomática convencional o como presiones que van más allá de lo que sería dicha actividad diplomática convencional?

Es actividad diplomática convencional y describen reuniones completamente normales. Quien se asombre por esos cables no entiende mucho de diplomacia. No tienen mayor importancia. Eran más bien la excusa de un periódico determinado, en un momento de transformación enorme de su modelo de negocio, para generar tráfico y captar la atención de los lectores. En este asunto hay también una gran ambigüedad de la prensa, que al mismo tiempo que perdía ingresos e iba despidiendo a periodistas y redactores te llamaba por detrás y te decía “por favor, por favor, haced algo para proteger la información” mientras los periódicos mantenían una posición que alentaba las descargas o al menos las describía como moralmente superiores. Por eso te he dicho antes de comenzar la entrevista que la percepción que tienes de la prensa después de pasar por la política te hace querer estar alejado de ella un tiempo.

Durante los primeros pasos de la ley, la principal crítica que recibe es que permite que una Comisión de la Propiedad Intelectual pueda cerrar páginas web sin pasar por un proceso judicial convencional, aunque finalmente esa opción se descarta. ¿Por qué se toma la decisión de prescindir de la intervención judicial en un primer momento?

Porque ese es un sistema que ya existe en ese momento. En España se cierran cada día páginas y nadie pone el grito en el cielo. El Ministerio de Sanidad, con ese mismo sistema, cierra páginas en las que se venden medicamentos ilegales o en las que se da información sobre la anorexia. El Ministerio de Sanidad cierra todos los días páginas que atentan contra la salud y jamás he oído a nadie decir que las anoréxicas tengan más o menos libertad de expresión o que vean sus derechos mermados por ello. O los suicidas o quien sea. El Ministerio del Interior también cierra páginas si atentan contra los derechos de las personas o alientan la xenofobia. Y no digamos la Ley del Juego, que es posterior a la de Economía Sostenible. Se cierran todas las páginas que sea necesario, de casinos o de páginas de juego y apuestas que no pasan por Hacienda. Es el sistema habitual. Así que hay una merma de poder por parte del Estado si se necesita no uno, sino dos jueces para un trámite puramente administrativo. Lo único que hacemos en primera instancia es replicar los mecanismos que ya existen para otras situaciones similares. Y eso se hace con el Ministerio de Justicia. No se elabora el borrador de la ley ni ese mecanismo tan complejo al margen del equipo de Francisco Caamaño, que es un jurista extraordinario, una de las personas con las que más me ha gustado trabajar y que más admiro. Trabajamos muy estrechamente con ellos durante todo el proceso.

¿Por qué cree que cuesta tanto que el discurso antipiratería cuaje en España?

Hay muchas razones. Hay razones relacionadas con lo que significa Internet en nuestras vidas. Internet se asocia con un espacio de libertad, de identidad. Es un espacio en el que te sientes escuchado, es un espacio de ejercicio de unos derechos y en el que conseguir unas cosas que tú ya has dejado de conseguir en tu vida. Tú ya no peleas por tus derechos laborales, no peleas por tu derecho a que tu hijo vaya a una escuela pública que te parezca satisfactoria. La gente va acobardándose, va viendo restringida su participación en la vida colectiva. Y esa gente ha encontrado en la red un lugar donde lo colectivo importa, donde tu presencia individual importa porque se suma a la de otros. Es una especie de plaza pública. Y por eso todo lo que amenace ese espacio de convivencia es visto con muchísima sospecha. Por ello es importante entender qué significa Internet hoy en día para mucha gente. Es importante entender los nuevos medios de comunicación, sus ventajas y sus inconvenientes, lo que es estar todo el día conectado. Hay una parte de eso que es legítimo. Es legítimo que la gente no quiera que Internet cambie. Pero al hilo de eso hay quienes con sus lobbies de informáticos, porque muchos de ellos no son otra cosa que informáticos y personas que tienen intereses económicos muy directos en el tráfico de contenidos en la red, hacen estas campañas en las que se difunde que el Gobierno quiere cerrar los blogs, que no sé qué tienen que ver los blogs con nada, o que va a impedir el libre intercambio de archivos personales, o que pretende disfrutar de carta blanca para la censura, para la persecución de las ideas y una serie de cuestiones que no son así porque el ámbito de actuación de la ley es muy restrictivo y requiere de la presentación de muchas pruebas. El ámbito al que se limita la ley es más bien mercantil. Y la ley da además una multitud de oportunidades para que el que ha sido denunciado se defienda. En fin, el proceso no puede ser más equilibrado.

¿Y entonces?

Yo creo que se juntan los intereses comerciales de unos con la actitud protectora hacia la red y lo que significa esta, y el caldo de cultivo histórico en nuestro país de sospecha o de aversión por el conocimiento y quien lo detenta con el poco respeto y el poco afecto por las personas de la cultura. Pero vamos, eso es así desde Cervantes para acá. Es una actitud que está en nuestra sociedad. Se ve a la gente de la cultura como algo ajeno, como parásitos que no aportan. Y con todo esto del “No a la guerra” ese caldo de cultivo se ve acrecentado. “Por qué se meten en política, no deberían hablar”. Cosas que en otros países se ven con normalidad, como que en las campañas de Obama participen personas de la cultura, actores o directores de cine y cantantes y demás, aquí no se ve bien. “Los de la ceja” y tal. Ese tipo de prejuicios contra la gente de la cultura favorece ese clima. Y luego están las entidades de gestión. Ya veníamos de más atrás con el canon. “Qué es el canon, por qué tenemos canon, el canon no está bien resuelto, el canon es ambiguo, nos hace pagar, si ya pago por esto porque he de pagar por lo otro”. El canon había generado mucha polémica, a lo que se suma la actitud de la SGAE y su política, su manera de funcionar. Todo eso hace que haya muchísimos elementos, y seguro que me estoy dejando un montón en el tintero, por los que este es un debate que en nuestro país es mucho más difícil que en otros. Más difícil de lo que lo fue en Inglaterra, donde también tuvieron su ley al mismo tiempo que la nuestra, o en Francia, donde fue agrio. El debate siempre es agrio. Pero en otros países se ha resuelto sin el nivel de agresividad tan enorme que hay en este país, donde yo me sentía que estaba en una guerra fundamentalista. En una guerra de religiones.

Ha definido Internet como un espacio de democracia, pero en su caso…

fue un espacio de linchamiento.

Un espacio más adecuado para el totalitarismo de las masas que para la democracia, sí.

No exactamente. Mi experiencia personal es lo de menos. Es una minúscula parte, una mínima gota en ese océano que fue mi experiencia como personaje público. Y luego hay otra cosa: tú eres un personaje público, no es personal. Acceder a un cargo público es algo muy serio, los ciudadanos tienen derecho a protestar. No hay que ser tan vanidoso de confundir tu persona con el Ministerio, o con el Estado, o con la ley. La exposición pública, el debate parlamentario, estar sometido al control parlamentario y al de la prensa, el tener que explicarte, el tener que escuchar todas las voces, es parte del trabajo de un ministro. Y desde luego Internet es un cauce para muchas voces que de otra manera no tendrían tanta importancia o que no llegarían a oídos de los políticos. Creo que la red replica el mundo real y por eso debe tener reglas como las tenemos en el mundo analógico. No debe ser un lugar aparte, una especie de reserva donde se funciona con leyes y reglas distintas. Lo que no está bien entre dos personas cuando se encuentran en un café tampoco está bien cuando se intercambian emails o palabras en Twitter. Así que no tengo para nada una imagen negativa de la red. Quizá porque soy guionista y escritora soy también una de las personas que tuvo un email antes que muchos otros. Lo utilizaba por trabajo a principios de los 90, estaba muy habituada a usar la red cotidianamente, luego esta no me es un lugar ajeno sino amigable. Y precisamente porque soy usuaria desde hace tiempo y porque es parte cotidiana de mi vida tampoco me dejo deslumbrar, sé distinguir. Un ordenador es un electrodoméstico, tampoco le demos más importancia.

Pero antes me ha parecido entender que se quejaba de la importancia exagerada que los políticos le dan a la red.

Los partidos le dan una importancia exagerada. Muchísima más que a otro tipo de reclamaciones o a organizaciones democráticamente establecidas o a asociaciones de todo tipo. A mí me da la sensación de que para ellos, y más cuando se acerca una campaña electoral, la temperatura de la red es fundamental. En general, la política está completamente ligada, yo diría que de forma excesiva, a la comunicación y a la opinión a corto plazo. Y eso no debería ser así. La facilidad de comunicación de hoy en día, la corta vida de las noticias y de su difusión, la necesidad de alimentar constantemente la redacción de un diario porque cada hora o cada hora y media deben cambiar los titulares, combinado con la mirada a largo o a medio plazo que debe tener un político, no combina, no casa bien. Los asesores y los departamentos de comunicación pueden llegar a ser muy limitadores en la actividad de un político. Y eso es algo a lo que no estaba acostumbrada, desde luego. He sido una persona que ha vivido de su expresión, de sus ideas, y la limitación de expresión que tienes como político la sufría y la veía enorme. Entiendo que es una necesidad de comunicación y de expresión distinta, porque no eres una persona, un individuo, sino que representas a sectores importantes, representas a un partido político y a sus votantes y tienes que tener un respeto institucional enorme por los demás. Pero aún y así, el pavor de todos estos expertos en comunicación y asesores a que te expongas más de la cuenta llega a ser paralizante en algunos casos.

Ha ironizado antes sobre la legitimidad democrática de las asociaciones de usuarios de la red, pero usted se reunió con más de una docena de supuestos representantes del colectivo internauta, entre ellos Enrique Dans e Ignacio Escolar. ¿Quién y por qué razones escogió a esas personas y no a otras? ¿En qué se basaba su legitimidad para discutir una ley como esta con los representantes del ministerio de Cultura?

El lunes de la primera semana de la Ley de Economía Sostenible, en diciembre de 2009 creo, Moncloa filtra el borrador a El País y este lo publica. Y, por supuesto, de toda la Ley de Economía Sostenible lo único que prendió en el debate público fue esa disposición adicional, que se llevó la atención por delante de cualquier otro aspecto de la ley. Durante esos días, que fueron muy intensos, estas personas generaron una plataforma. Y entonces decidimos convocarlos para escucharles e intentar explicarles todo esto que ya te he explicado a ti. La reunión no fue muy buena.

Durante esa reunión, varias de esas personas tuitean en tiempo real lo que allí se habla. ¿Usted es consciente de ello en ese momento? ¿Qué le parece dicha actitud?

Bueno, me parece que han cambiado mucho las cosas en estos últimos tres años. Ahora en muchísimas reuniones de trabajo y de congresos y demás se impide a los ejecutivos y a la gente que está allí usar sus móviles, sí. Pero entonces no se hacía.

¿Y por qué no lo hizo usted?

Pues porque nosotros no estábamos por la limitación de la expresión. Yo no tenía ninguna razón para sospechar, ni me parecía mal. No eran personas que me pareciera que no fueran a usar su sentido común durante la reunión.

Pero podían expresarse todo lo que quisieran al acabar la reunión. No le estoy preguntando por la libertad de expresión, sino por el respeto.

Ya. Bueno, pero es la manera de funcionar de algunas personas. No es un asunto sobre el que haya vuelto a pensar nunca, la verdad.

Gerardo Herrero dijo de Álex de la Iglesia tras la reunión de este con algunos internautas: «Álex ha perdido la cabeza con el Twitter. Le ha venido un síndrome de Estocolmo con los internautas. Es como si el Ministerio de Sanidad negociara con los traficantes de cocaína cómo se hace una ley y si la coca debe ser de mejor calidad y se habla del tema con la gente que tiene problemas con ella». ¿Está usted de acuerdo con esas declaraciones?

Gerardo Herrero, que es un productor de cine al que conozco porque he escrito y trabajado para él muchas veces, es el productor de la última película de Álex. La última en aquel momento, claro. Gerardo tiene una manera rotunda de expresar las cosas. Yo creo que Álex, con toda su buena voluntad, intentó, igual que hice yo, escuchar y hablar de manera razonable porque le parecía un asunto sobre el que se podían encontrar posiciones intermedias de la misma manera que me lo parecía a mí. Y Álex es muy conciliador, muy sociable, y por eso era un buen presidente de la Academia. Es una persona querida en el gremio. Y siguió su instinto natural. Yo creo que lo que pasó luego es que se vio sobrepasado por la dimensión enorme de todo lo que se avecinaba y se sintió incapaz de hacer esta distinción tan dura entre quién eres tú como individuo y quién eres tú como representante de un colectivo. Esa es, a mi juicio, la parte que él no distinguió bien. Cuando yo era presidenta de la Academia había cosas en las que te tenías que guardar muy bien tu opinión personal y respetar la de las 1200 personas a las que representas y que a lo mejor no coincide con la tuya. Hay que encontrar siempre ese territorio común en el que se defiende algo que puede ser compartido. Y supongo que la agresividad de la red y de este debate, su intensidad, hizo que él se sintiera desbordado. Y reaccionó y salió del brete como pudo.

De la frase de Gerardo Herrero me interesa su lógica: no se negocian leyes con aquellos que anuncian su intención de no respetarlas.

Claro. Nosotros, por ejemplo, tuvimos muchas reuniones con la Organización de Consumidores y Usuarios porque nos parecía que era legítima. O con asociaciones de padres de alumnos, porque los menores también usan mucho la red. En el ministerio tuvimos muchas reuniones con grupos que están constituidos legalmente desde hace tiempo, que representan a miles o a cientos de miles de personas y cuya opinión es importante. Así que es verdad que no es muy legítimo que tú negocies una ley con unos individuos y no con las asociaciones que son más representativas sólo porque esos individuos hacen más ruido o porque tienen la capacidad de estar en la red generando mucho más movimiento del que pueden generar otras personas.

Los defensores del libre intercambio de archivos protegidos suelen argumentar que intentar controlar las descargas ilegales equivale a ponerle puertas al campo. Sin embargo, el significativo descenso en todo el mundo de las descargas tras la detención de Kim Dotcom y el cierre de Megaupload parece indicar que el campo es mucho más pequeño de lo que parece, y que si bien es efectivamente imposible evitar al 100% las descargas ilegales, sí es posible reducirlas hasta cifras prácticamente anecdóticas.

Esta frase de las puertas del campo la detesto. Es una gran bobada. El campo está perfectamente compartimentado y escriturado, y en el registro de la propiedad está hasta el último centímetro de la linde de mi finca y dónde empieza la linde de tu finca. Y mucho cuidado con que muevas un metro la valla porque no te lo voy a consentir. El campo está perfectamente delimitado, lleno de candados, y hay disputas todos los días por si tú puedes atravesar mi finca con tu bicicleta cuando vas de excursión los domingos. Así que eso es un símil que siempre me ha molestado, es un símil para ignorantes que no saben nada. La tecnología lo permite todo, y el control minucioso que tiene Google de mis hábitos, de las páginas que yo suelo frecuentar, de los productos que me puede vender o de los movimientos que hago a través de mi teléfono, es decir la información que tienen sobre cualquiera de nosotros y con la que además sacan beneficio… Es que, además, nunca entendí muy bien por qué hay unas multinacionales malas que son malvadas y terribles y que hay que extinguir, que son las discográficas y las majors y tal, pero unas muy buenas, que son Google, Amazon y Facebook. Estos últimos en cambio son buenos y es bueno que hagan negocio. Eso nunca lo entendí. Cuando además son igualmente de matriz americana, cuando no generan empleo en España, cuando tributan en otros países… No le veo la ventaja que supuestamente tienen sobre las otras multinacionales malvadas. En el hipotético caso de que estas sean malvadas, claro. Y sí: ¿por qué Hewlett Packard es moralmente mejor que Warner? Todavía no he conseguido entender qué prioridad moral tiene la primera sobre la segunda y por qué nadie cuestiona a Apple y sí se puede cuestionar el disco de Bob Dylan, que parece que debería ser gratis por la gracia de dios.

Quizá la diferencia es que robar un ordenador de Apple es muy difícil, pero descargarte gratis un disco de Bob Dylan es muy sencillo.

Bueno, pero eso está sostenido por toda una filosofía detrás, que es lo que resulta muy difícil de discutir serenamente. Eso no es tan sencillo. ¿Cómo ha conseguido alojarse esa idea en nuestras cabezas? Que los contenidos no tienen tanto valor, que son aéreos…

¿Pero de verdad cree que hay una filosofía real detrás, más allá de que se piratea porque se puede?

Y porque es cómodo. Tú tienes un aparato fantástico en tu casa en el que puedes ver películas y escuchar música sin salir de ella y sin tener que ir a una tienda a comprarla. Y como puedes hacerlo, lo haces. Es lógico. Intentar combatir esa naturaleza, si a eso se refiere lo de poner puertas al campo, desde luego es estúpido. Es estúpido intentar ir contra la facilidad de copia porque la grandeza y la maravilla de la red y de los medios digitales e informáticos es que puedes hacer fácilmente miles de copias y diseminarlas. Esa es la gracia del asunto. De manera muy rápida, en segundos. Así que es cierto que ir contra la naturaleza de la red no tiene mucho sentido. Lo que habrá que hacer es que favorecer esa esencia, esa parte de comodidad y de disfrute, e intentar facilitar la vida de la gente.

La pregunta no pretendía discutir la facilidad de copia sino ese mito de que detrás del discurso pirata hay algo parecido a una filosofía.

A lo que me refería cuando hablaba de filosofía es a toda esa parte en la que cuando tú preguntas te empiezan a justificar moralmente por qué está bien que yo tenga el disco de Coque Malla gratis y sin su permiso. Esa es la parte que digo que está sustanciada de tal manera que hace que mucha gente se sienta legitimada para seguir pirateando, aunque tenga posibilidades económicas de comprarse el disco o la película. El problema de la red, ahora que se debate tanto sobre las subvenciones a la cultura, y no sólo al cine sino también a los museos, que a su vez compran obras de los artistas, o a las orquestas nacionales, o al teatro, son los efectos colaterales. La piratería tiene muchos efectos colaterales. La piratería ha desbaratado completamente el sistema de financiación del cine. Al no existir ya el mercado del vídeo, del alquiler y la venta, y al no haber sido sustituido por un equivalente digital en la red, ya se te ha ido al garete una de las cuatro patas de financiación, con lo cual dependes mucho más de las ayudas públicas. Pero es que ahora tampoco puedes apoyarte en la taquilla, porque la gente va menos al cine. Y, además, la facilidad y la rapidez con la que se piratean en España las películas ha hecho que el sistema de distribución consista en inundar las pantallas. Como todo lo vas a tener que recuperar en el primer fin de semana, estrenas la película en 800 pantallas. Y entonces hay menos variedad en la cartelera. Todo va teniendo unas repercusiones secundarias en el negocio. Y ese es también un problema que había que atajar. Porque el Estado no va a convertir esto en la república socialista del año 52, en la que se hace una cultura de estado financiado por el estado. Yo no creo que ese deba ser el modelo. Que es lo que algunos pedían: “Que se haga un fondo y que desde ahí se financie”.

¿¿Un fondo??

A mí no me parece que el Estado, a través de unas comisiones, deba decidir quién graba discos en este país y quién no. Y luego otro de los efectos secundarios es la desaparición de los productos minoritarios porque no son rentables. Una discográfica ya no va a invertir en un pequeño grupo de jazz experimental o en un cantaor de flamenco. Antes podías invertir en el desarrollo de artistas o de novelistas. No es lo mismo haber empezado tu carrera de novelista en los 90 o en los 80 que empezar ahora, cuando te lo juegas todo mucho más rápido. Es todo mucho más difícil. Antes podían invertir en ti. La primera novela o el primer disco eran un paso, pero luego ibas creciendo como artista o como escritor. Y ahora ese modelo se ha pervertido. Yo no creo que lo ideal sea un mundo de bestsellers y de películas taquillazo para familias y de secuelas y de precuelas. Men in Black 3. Y luego la 4, porque sólo puedes ir a la apuesta segura. Y, de hecho, ahora el mundo de la cultura es cada vez más el mundo del entretenimiento, de la cultura industrial, de las apuestas seguras, de los modelos financieros y de marketing. Y desde luego el cine es un arte industrial, porque es caro y porque es de masas, pero hay que saber que, en fin, antes de hacer sus películas grandes Amenábar hizo Tesis, que era una película muy pequeña producida por otro director de cine, José Luis Cuerda. No se la produjo una gran multinacional. Los artistas y los escritores, los músicos, los pintores, los cineastas, empiezan pequeños y luego pintan Las Meninas. Si no, pintarían siempre los lienzos pequeñitos que pudieran permitirse. Y ahí hay un cambio enorme que en parte tiene que ver con este gran desorden, con esta transición que está siendo mucho más lenta de lo que muchos pensaban. En el caso de la cultura se junta la crisis económica con la revolución tecnológica. Y esas dos circunstancias simultáneas pueden hacer que muchos se queden por el camino.

Ha dicho antes que usted se entera de que va a ser ministra de Cultura el día antes de que se haga pública la noticia.

Sí. Era Semana Santa. Yo estaba en Lanzarote con mi familia, me llamaron al móvil y me hicieron la propuesta, que tardé en entender. Porque no entendía qué me decían. Pensaba que me preguntaban quién me parecía a mí que sería un buen ministro de Cultura. Y empecé a dar nombres y me dijeron “no, no, no, que si a ti te parece, que si tú considerarías ser ministra de Cultura”.

¿Qué nombres dio?

Dije David Trueba, dije… no sé, me quedé un poco parada.

Usted ha mostrado en diferentes ocasiones su admiración por la fiesta de los toros, a pesar de que eso no encajaba en la actitud, digamos elusiva, del partido socialista en este tema.

Es que habría sido bastante tonto y bastante hipócrita que yo hubiera negado que me gustan los toros y que he ido muchas veces a Las Ventas.

¿Le supuso eso algún problema con el PSOE o con el Gobierno mientras era ministra de Cultura?

No, en absoluto. En el Gobierno había mucha gente que era aficionada a los toros y desde luego también en los Consejos de Ministros en los que yo he estado. No era ningún problema. Al presidente Zapatero no le gustan los toros, no le interesan en absoluto, pero ahí la gente es respetuosa.

¿Cuáles eran los grupos de presión o los lobbies más activos alrededor del Ministerio de Cultura?

Los lobbies son todos los sectores. Es que esa palabra, lobby, que en España tiene tan mala prensa, no se entiende muy bien en este país. Se supone que son traficantes de influencias y que te hacen un chantaje, que te hacen unas fotos que tienen en un sobre, y que son algo delictivo. Un lobby es un grupo que en Bruselas y desde luego en el mundo anglosajón hace un trabajo concreto. Normalmente, un diputado no tiene ni el tiempo ni la capacidad para conocer un tema en profundidad, y son los lobbies de cada sector o de cada grupo social los que le hacen llegar documentos sobre lo que sea. Por poner un ejemplo inocuo, en el sentido de que no es de mi terreno y de que lo podemos ver con perspectiva: la píldora del día después, los efectos que tiene, si debe tramitarse una ley que haga que esa píldora sea gratis o no… Así que yo no considero que haya ningún lobby, entendido en ese sentido, en la cultura. Hay representantes legítimos, como el Gremio de Editores, o como la Asociación de Galeristas de España o como cualquier asociación profesional que defienda los derechos de su sector y que te comunique sus preocupaciones y sus necesidades. Y gracias a dios que hay muchos sectores estructurados dentro de la cultura. Porque no es fácil. En general, gran parte de los emprendedores de la cultura son personas autónomas, que trabajan en su estudio o que escriben en su casa, y es muy difícil vincularlos. No es lo mismo que los trabajadores de una fábrica, que están todo el día juntos. Los trabajadores del teatro están juntos durante el tiempo que dura un proyecto determinado y luego se disgregan. Y en muchas ocasiones no hay representación sindical. Los sindicatos mayoritarios no son representativos en el mundo de la cultura por la propia naturaleza del sector. Y entonces necesitas interlocutores. Y donde no está vertebrada la representación, tú como ministerio tienes que ayudar y pedir que se vertebren, porque necesitas interlocución legítima. No vas a hacer leyes sólo por lo que te diga un individuo cuyo punto de vista te parece razonable o no. Pero eso no es un lobby, es la democracia, que está bien montada.

¿Pero por qué le sorprende esa mala prensa de los grupos de presión en este país? Una parte importante de la izquierda ha satanizado la influencia del sector privado en el sector público y se ha apuntado a una visión romántica de la cultura como bien moralmente superior a otros bienes o productos comerciales. Y luego a esa misma izquierda parece pillarle por sorpresa que se sospeche de los lobbies o que se piratee al grito de que la cultura debe ser gratis.

No lo sé. La verdad es que no sé si los partidos de izquierda hacen autocrítica respecto a esto ni si los partidos de izquierda están pensando mucho ahora mismo en la cultura. Yo desde luego no comparto ninguna de esas afirmaciones.

Pero estará de acuerdo en que ese discurso existe.

Existe, sí.

Quizá porque su simplismo da réditos electorales fáciles.

Es un discurso que no se ha revisado mucho. La cultura en este país no ha formado parte de la política de estado, no ha sido trascendental. En realidad, la cultura no está tan presente en la vida de la gente. Y los políticos son parte de la población como cualquier otro ciudadano. Y entonces, el protagonismo o la importancia que tenga la cultura en tu vida te la llevas luego al Consejo de Ministros. Y si para ti es algo ornamental, pues no dejará de ser algo ornamental en el Consejo de Ministros. El ministro Montoro, en una entrevista la pasada Semana Santa, dijo esas cosas tan espeluznantes sobre Televisión Española, y sobre que las series de televisión españolas no eran una prioridad para los españoles. También dijo que si no había series o cine o narrativa audiovisual, tampoco era algo tan importante para este país. Me pareció una de las cosas más tremendas que he escuchado nunca en la radio. Pero es que posiblemente para él, en su vida, eso no sea importante. Y ni siquiera es consciente de por qué es importante. Y por supuesto que lo es. No es lo mismo vivir en un país con una narrativa audiovisual propia que vivir en un país que no tiene cinematografía o que no tiene presencia en el resto del mundo.

Quizá lo que estaba defendiendo el ministro Montoro no era tanto la desaparición del cine o de las series españolas como el hecho de que el Estado deje de invertir dinero público en ellas.

Es que yo no creo que el modelo americano de financiación de la cultura o de televisiones públicas sea al que debemos ir. Tampoco creo que tengamos las mismas reglas y las mismas normas que operan en los EE UU para la cultura en general y para el audiovisual en particular. Hay muchas reglas que tienen ellos y nosotros no. Si vamos a cambiar de modelo quiero el kit completo, no sólo una parte. También tienen una televisión pública como PBS, que es en lo que parece que muchos quieren convertir RTVE. Y a mí no me parece que el modelo deba ser una televisión que programe zarzuelas. Y yo soy aficionada a la zarzuela, ¿eh? Debo de ser de los pocos ministros que ha ido a ver todas las zarzuelas. Pero, en fin, también hay mucho mito y mucho desconocimiento sobre cómo se financia la industria cultural en los EE UU y cómo se financia en Europa. Nuestro modelo es perfectamente comparable al del resto de Europa. Y si vamos a cambiar a otro modelo, pues cambiémoslo, pero todo. También en muchos estados de los EE UU hay unas desgravaciones fiscales enormes para el cine que aquí no vamos a ver nunca. Porque tenemos otro modelo, simplemente.

Usted dio su apoyo expreso a San Sebastián como capital europea de la cultura en 2016, a pesar de que la opción de Córdoba parecía la mejor situada en su momento. ¿Cree legítimas, o como mínimo lógicas, las sospechas de que se intentó beneficiar a San Sebastián por motivos políticos?

Bueno, yo creo que de nuevo la idea que tienen algunos sobre, ¿cómo te diría yo?, ese supuesto mundo maquiavélico y manipulable de la política no coincide con la realidad en muchos casos. Ese jurado estaba compuesto por personas en su mayoría nombradas por la Comisión Europea. Extranjeros. Era un jurado en el que era imposible influir. Yo podía tener mi favorita, que por ejemplo era Cáceres y que ni siquiera pasó la primera ronda. Y el presidente Zapatero podía tener la suya y otros ministros las suyas. Otro ejemplo: para Moratinos, Córdoba era muy importante, y no consiguió absolutamente nada. Eso dice mucho de la autonomía de este jurado, que eligió un proyecto que desde el principio todos sabían que estaba muy bien armado y tramado. Porque Odón Elorza era un alcalde que llevaba todos sus mandatos apostando por San Sebastián y por la cultura. Era un poco la línea que él había tomado, y tampoco era tan extraño que quisiera esa capitalidad cultural. Llevaban muy bien preparado el proyecto, lo habían trabajado mucho, y las demás ciudades sabían que San Sebastián era un contrincante muy duro. Lo que pasa es que ahí lo que lo cambió todo fue que los nacionalistas se hicieron con la alcaldía. Si San Sebastián hubiera ganado la capitalidad cultural antes de las municipales habría sido muy distinto. La controversia era por Bildu, por el alcalde de Bildu, y ahí se juntan otros sentimientos. Córdoba habría aceptado de mejor grado la derrota si hubiera sido Odón Elorza el alcalde. Pero no lo era, era un alcalde nacionalista, y eso alimentó la polémica e hizo que se interpretara la decisión como un espaldarazo a un cambio político, a una reconciliación en el País Vasco, qué sé yo. Se le empezaron a dar una serie de significados que dos meses antes no se le hubieran dado.

¿Puede hacer un balance del trabajo realizado por el ministro José Ignacio Wert hasta el momento?

España está en estos momentos en una situación muy complicada económica y socialmente. Yo le deseo lo mejor porque es importante para todo el sector de la cultura y porque la cultura es importante para este país. España va a tener cada vez menos fábricas. Europa, de hecho, va a tener cada vez menos fábricas, y su fábrica va a ser la cultura. Porque la cultura y el conocimiento es lo que tenemos para exportar y lo que tenemos para atraer a visitantes de fuera. España es un país de turismo, pero el turismo de sol y playa está periclitando, ha llegado a su máximo nivel de explotación. Por eso hay que fomentar otra visión de nuestro país, y eso está muy ligado a la cultura. Y no sólo al patrimonio, sino a otro tipo de expresiones. La cultura es barata para el Estado. El presupuesto del ministerio de Cultura es muy pequeño comparado con el de muchos otros ministerios. Para nosotros, dos millones de euros de más o de menos significan mucho, se hace muchísimo con ese dinero. Con lo que cuesta una rotonda, en Cultura se hacen muchísimas cosas. Así que es un poco mezquino no apostar por eso y ser tacaño, porque para España la cultura puede ser estratégica en la generación de empleo y en la recuperación económica. No dudo de que Wert y José María Lassalle, a quien conozco porque era mi antagonista en el parlamento, tienen la mejor voluntad en una situación muy difícil. Lassalle conoce bien la cultura y conoce bien las materias, es prudente y ha hecho unos nombramientos en todas las áreas del ministerio que demuestran que ha buscado a personas buenas en la gestión de los pocos recursos de los que se dispone ahora. Le deseo la mejor de las suertes.

El diario El País calificaba al ministro Wert hace apenas unos días de “brillante, soberbio y excesivamente irónico”. ¿Por qué cree usted que en España se consideran un hándicap esas tres cualidades?

Pues desde luego se consideran un hándicap. Esa es de las primeras cosas que aprendes: que el humor y la ironía no se pueden utilizar en política. Y yo, que soy en mi vida privada muy del humor y la ironía, lo pago muy, muy caro. La política no es un lugar para la expresión natural porque te pueden ver como soberbio. Y eso me parece una pena, es una merma. Escucharíamos seguramente discursos más brillantes, más complejos y más ricos si los políticos no estuviéramos siempre guardándonos las espaldas. Porque al final acabas diciendo cosas neutras y descafeinadas para no molestar a nadie, y eso no enriquece el debate de las ideas. Y son cosas además de las que la gente se siente muy desvinculada, porque acaban no significando nada en tu vida. No se perdona ningún error y cualquier debilidad se paga muy cara. Sobre todo en el caso de las mujeres. Es el caso de Bibiana Aído con lo de “miembros y miembras” o el de Carmen Calvo con lo de “Pixie y Dixie”. Y si es mujer, del sur y tiene acento ya ni te cuento. Como le pasaba a Magdalena Álvarez, que es una mujer brillante. Las mujeres en política tienen que ser mucho más cuidadosas en la expresión, y eso te acaba limitando la riqueza de las ideas. Y a Wert, que es un hombre brillante, no se le permite esa libertad de expresión ni de pensamiento que a lo mejor tenía antes. Y como además está familiarizado con los medios porque ha colaborado antes con ellos, le debe de resultar terrible y chocante ese freno, me imagino.

Como ministra de cultura, ¿era usted anglófila o afrancesada?

Soy de formación anglófila porque he estudiado en los EE UU y hablo y leo inglés muy bien, pero cinematográficamente soy afrancesada. O sea que un poco de todo. 

¿Y políticamente?

Creo que el sistema anglosajón tiene unas posibilidades de representación mayores que hace que los ciudadanos se sientan más cercanos y más representados por sus políticos. Tengo esa percepción. Y nosotros, en cambio, tenemos un enorme aparato burocrático como el de los franceses, heredero del estado napoleónico, que pesa mucho. Para mí ha sido más frustrante la experiencia de la administración que la experiencia de la política. No por la gente en sí, porque hay funcionarios excelentes y a mí me molesta mucho cuando oigo criticar a los funcionarios, sino por los procedimientos del estado, que están tan anquilosados y que son tan difíciles de renovar y modernizar. 

¿Le puedo preguntar su opinión sobre Carmen Chacón? En una hipotética futura disputa entre Rubalcaba y Chacón por la nominación como candidato presidencial del PSOE en las próximas elecciones generales, ¿por cuál de los dos optaría? ¿O preferiría quizá a un tercer candidato? ¿Quizá Eduardo Madina o Patxi López?

Bueno, yo soy muy amiga de Carmen Chacón y de hecho ella era la persona que conocía en el Consejo de Ministros cuando llegué a él porque había sido portavoz de Cultura en el Parlamento durante mucho tiempo, cuando el PSOE estaba en la oposición con Aznar y yo era presidenta de la Asociación de Guionistas. Había tenido varias reuniones con ella en el pasado, así que era una persona que conocía y en la que creo mucho.

Vamos, que es su candidata.

Lo dejo ahí.

Es obligado preguntarle por las noticias de los últimos días. ¿Tenemos salvación los españoles? 

Los españoles tenemos una capacidad de recuperación asombrosa. También tenemos una capacidad de tragedia asombrosa, y por eso lo que hace falta es que dejemos de creernos que vivimos en una tragedia. Porque no es cierto, y eso sólo repercute en que vivamos en una profecía autocumplida. Si te empeñas en que no vas a salir del hoyo es más difícil salir del hoyo, y yo creo que tenemos muchísimas posibilidades. España es un país que ha cambiado mucho en 30 años, y ha habido otras crisis de las que ahora parece que no nos acordamos. Las hubo en los 70 y las hubo en los 90, con una población mucho menos cualificada, con menos nivel universitario y menos nivel empresarial. Este es un país bastante más preparado de lo que a veces creemos cuando nos dan ataques de baja autoestima. Otra cosa es que a alguien le convenga divulgar y extender esa sensación catastrófica.

¿Quién es ese alguien? Póngale nombre. 

Bueno, pues aquel para el que es bueno que estemos en estado de shock. Porque cuando estás en estado de shock no reaccionas. Hay que salir de ese estado.

Es que no entiendo si se refiere a Alemania, a la City londinense o a Rajoy.

Me refiero a quienes son en este momento responsables del estado de ánimo del país. Un gobierno o un presidente es como el director de una película. Tú como director eres responsable del clima que haya en ese rodaje. Y según el clima que generes, la gente va a responder de una manera u otra y la atmósfera va a ser una u otra. Y el clima que hay ahora es de shock. Veo a la gente paralizada, con la cabeza agachada y escondida en su casa, asumiendo que sólo vamos a peor. Y no hay que asumir eso porque la historia demuestra que se ha salido de crisis con una capacidad y una formación mucho menor de la que ahora tiene este país.

Hablando de quedarse en casa. ¿Qué opina del 15M? ¿Está de acuerdo con que es uno de esos cuervos que periódicamente crea la izquierda y que acaban sacándole los ojos?

A mí me parece muy bien que ser de izquierdas, y vengo de una tradición y de una familia de izquierdas, signifique ser más autocrítico. Aunque es verdad que a veces nos gusta flagelarnos.

¿Pero por qué ser de izquierdas es ser más autocrítico?

Porque hay un componente moral muy alto, hay unos valores a los que no renuncias fácilmente porque son como tu brújula para orientarte y que te impiden a veces el pragmatismo. Cosa que está bien, porque en una situación como la que estamos hablando, de shock, si encima no conservas tus valores y no te acuerdas de cuáles eran esas líneas que decías que no ibas a sobrepasar, te desorientas y acabas haciendo unos desastres enormes. Y luego la recuperación es muy difícil. Ahora, en la cultura, el problema es cuántos pasos atrás vamos a dar por la falta de políticas de ayudas y de fomento como las que había antes. Porque el terreno conquistado es muy fácil perderlo.

Estos dos años y medio como ministra de Cultura, ¿han valido la pena?

Sí, totalmente.

¿A pesar del linchamiento?

Es que yo ya no leía las críticas cuando era guionista y directora de cine. O sea que no tengo por costumbre detenerme en lo negativo. Por la misma regla, tampoco tengo en cuenta los halagos. Cada uno sabe dentro de sí cuales son sus posibilidades y cuando has dado lo mejor de sí y cuando te has quedado corto. Está bien prestar algo de atención a los medios de comunicación y a la percepción que tienen los demás de ti, pero no puedes centrarte sólo en eso. No es tan importante. Quizá porque yo no era un político al que tenían que votar mi preocupación por mi imagen no era tan grande.

Siendo presidenta de la Academia usted apoyó el Manifiesto por la lengua común firmado por una veintena de intelectuales, entre ellos Mario Vargas Llosa, Félix de Azúa, Arcadi Espada, Albert Boadella y Fernando Savater.

Creo que es el único manifiesto que firmé durante los tres años que fui presidenta. Como presidenta de la Academia no iba a ninguna manifestación y no firmaba nada. Pero ahí firmaba mucha gente que yo respeto, como Félix de Azúa, y lo hice en aquel momento.

Su padre, José María González-Sinde, fue uno de los fundadores de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España y su primer presidente, entre 1986 y 1988. También fue el creador de los premios Goya, además de un productor y guionista de cine estrechamente vinculado a José Luis Garci. Son además conocidos sus vínculos con la izquierda. Es decir, sus biografías son prácticamente idénticas. La pregunta es, ¿hasta qué punto ha controlado o decidido usted su trayectoria vital y profesional?

Esa es una buena pregunta para una sesión de terapia. Yo creo que hay algo del ejemplo que en gente de mi generación está muy marcado. Mi padre, en los años 60, cuando yo nací, estaba muy implicado en política y era miembro del partido comunista. Yo veía que para él lo colectivo y la solidaridad eran importantes, y que también era importante dedicar parte de tu tiempo al colectivo y a unir a gente para defender el bien común y lo que es de todos. Porque al final eso también es bueno para ti como individuo. Pero eso lo vives sin pensar en ello. He crecido con eso, está muy dentro de mí y espero que lo siga estando a pesar de pasar ahora por un periodo quizá más escéptico respecto a la actividad política. Pero yo en cambio no pensaba que hubiera seguido tan fielmente el oficio de mi familia. Yo tardé en llegar al cine, me dediqué primero a otras cosas. Mi primer trabajo fue en la industria discográfica. Aunque mi padre también empezó trabajando en RCA y vendiendo discos de Elvis Presley y todas esas cosas. Pero yo tardé más en llegar a la escritura y al cine. Trabajé siempre en la cultura, pero fui picoteando un poco, no encontraba mi lugar. Trabajé en organización de conciertos y en una discográfica, luego en una editorial y sólo más tarde, cuando ya tenía casi 30 años o veintitantos largos, se me ocurrió hacer un curso de cine. Porque era algo que tenía cerca y porque no me parecía que yo estuviera lo suficientemente capacitada. Pero luego resultó que, capacitada o no, me sentí a gusto en ese oficio y es el que he desempeñado durante la mayor parte de mi vida.

¿Cuál es su primer recuerdo asociado al cine?

Es que yo nunca he sido muy cinéfila. Pero mi primer recuerdo fue cuando de niña hice un personaje. Tuve un papel en una película de José Luis García Sánchez. Era un personaje que tenía una cierta importancia y eso me hizo vivir en el rodaje durante varias semanas. Y sí, me impresionó mucho ese mundo de la representación y del trabajo en equipo. Los ambientes de rodaje son muy cautivadores, muy seductores. Por la intensidad, por los tiempos y porque es difícil encontrar grupos de personas tan diversas que trabajen tan concentradas en una misma idea. Y eso del compartir atrae mucho. A mí se me quedó en ese momento el deseo de ser actriz. Lo que pasa es que a los 18 años lo perdí y abandoné la vocación. Me parecía que no tenía talento y dejé los cursos de interpretación que seguía en ese momento.

Usted completó sus estudios de cine en el American Film Institute de Los Angeles gracias a una beca Fulbright. ¿Qué le pareció la ciudad?

A mí me encanta. No soy de esos europeos que no se sienten a gusto en Los Angeles. No he vuelto en mucho tiempo, hace como 13 años que no voy por allí y estoy deseando hacerlo porque me gustaba mucho vivir en Los Angeles. Igual ha cambiado mucho en este tiempo, pero me gustan las ciudades que conservan sus lugares tradicionales. No como Madrid, a la que por la presión inmobiliaria y por otras cuestiones apenas le quedan restaurantes o cafés clásicos. Todo se transforma y todo es devastado por la franquicia. En Europa todas las ciudades se van pareciendo y encuentras en ellas las mismas cosas. En los EE UU, en cambio, todavía quedan muchos de esos negocios tradicionales. Los Angeles tiene mucho pasado y al mismo tiempo mucho presente. Me gustaba mucho la inmensidad y la dispersión de la ciudad, y también es un lugar donde la vida es fácil. Y es un lugar muy vinculado a la música. Para mí la música siempre ha sido importante. Además, es una ciudad con muy buen tiempo.

¿En qué parte de la ciudad vivía?

En Silverlake. Primero viví en Hollywood y luego en Silverlake. Que no eran en ese momento las zonas más chic, de hecho. También porque el American Film Institute está en Hollywood y, bueno, porque me gustaba esa parte popular, un poco decadente, de los barrios donde vivía.

¿Cuál es la principal diferencia entre las escuelas de cine estadounidenses y las españolas?

El curso de Los Angeles lo hice en el 93. Cuando estudié mi primer curso de guión en España, en el 91, lo hice porque era el primero que organizaban. Era un máster de la Autónoma que dirigían José Luis Borau y Mario Onaindía. En ese momento se había cerrado la escuela de cine y no existían la ECAM y la ESCAC, que llegaron muy posteriormente, así que no había muchos sitios donde estudiar. Estaba el TAI, pero postgrados universitarios no había. En realidad, a mí lo que me atrajo hacia el audiovisual no fue tanto el cine como las series. Yo quería aprender a producir y a guionizar televisión a la manera americana. Tienen un sistema muy perfeccionado y por eso elegí una escuela más práctica que teórica, porque el American Film Institute es muy diferente de Columbia. Fui allí a estudiar durante tres años, a hacer el programa completo. Pero no sé yo qué diferencias hay entre unas y otras. Aquí hay escuelas muy buenas, entre ellas la ESCAC de Barcelona, que funciona muy bien y que da unos resultados estupendos. Pero estás allí, en Los Angeles, y tienes un profesorado que está entre los mejores del mundo, cada uno en su especialidad. Tienes grandes fotógrafos, grandes directores de arte y grandes guionistas dándote clase. Y eso es una experiencia que puedes aprovechar mucho y que te da una visión amplia de una industria que es muy distinta de la europea.

¿Sigue usted alguna serie de TV? ¿A qué cree que se debe el boom de las series y muy especialmente el de las de la cadena HBO?

Sigo algunas series, pero no tantas como me gustaría. Yo he sido una loca de las series. Piensa que en realidad llegué al guión porque quería trabajar en televisión, no en cine. En Estados Unidos tienen un sistema de trabajo completamente opuesto al que se sigue en España. Los guionistas son los verdaderos creadores de las series, se respeta la escritura, se respetan sus ideas, su experiencia, su criterio. Los escritores audiovisuales son valorados y están al mando, controlan la narración en su totalidad. En nuestro país, en cambio, los guionistas son los últimos monos, personas reemplazables. A veces pienso que el audiovisual en España expulsa al talento.

El mundo del cine y el de la TV ya no son compartimentos estancos. ¿No teme que de la mezcla del lenguaje televisivo y el cinematográfico acabe saliendo un híbrido despersonalizado que no sea ni una cosa ni la otra?

Lo temo, sí. Pero más por los criterios industriales y económicos que aplican quienes financian los proyectos que por cuestiones creativas o de lenguaje. Hacer exclusivamente cine que atraiga a grandes masas y a todos los públicos eliminaría muchas películas interesantes y arriesgadas. Por eso ahora hay más posibilidades creativas y más profundidad de discursos y más riesgo y más libertad en el teatro o la novela que en el cine.

El cine español es el caballo de batalla ideológico de muchos españoles. ¿A qué cree usted que se debe eso?

Bueno, eso viene de muy atrás. Está bien leer las memorias de Fernando Fernán Gómez porque te ponen en perspectiva. No era muy diferente en los años 40 o en los 30, cuando ya se decía eso de la españolada. Siempre ha existido el prejuicio de que lo nuestro no es tan bueno. Es un prejuicio que se desmonta cuando la gente va a ver una película que le gusta porque es de Amenábar o de Julio Medem y entonces ya le da igual. Tiene más que ver con ese prejuicio hacia el conocimiento y hacia los creadores en general del que te hablaba antes. Y más en el caso de los cómicos, como se les llamaba antes, que tampoco eran tratados muy bien cuando iban de gira por los pueblos. O sea que en el fondo hemos mejorado bastante. Y en el cine español pasa como con otros aspectos de la vida. Como conocemos mucho cine español tendemos a pensar que es peor que otros. Porque del cine francés sólo nos viene lo seleccionado. Si tuviéramos que ver todo el cine francés quizá también nos parecería que hacen muchas comedias chabacanas y películas aburridas. Pero claro, como del cine coreano, o del francés, o del italiano, o del alemán o del de los EE UU sólo ves una selección… Imagina: en los EE UU hacen más de 1000 películas al año, no quiero ni contarte lo que allí habrá. Pero como sólo ves lo seleccionado piensas “ellos lo hacen mejor”. Y nuestro promedio artístico de éxito y de fracaso no está muy alejado del de otras cinematografías. Lo que hay ahora desde hace años, eso sí, es desde luego un criterio diferente sobre qué proyectos se eligen. Porque quienes eligen qué proyectos se hacen o no son las televisiones privadas, que son las que tienen por ley la obligación de financiar y de invertir en audiovisual español una parte de sus beneficios anuales. Y entonces eligen unos guiones por encima de otros, unos repartos por delante de otros. Así que también habría que preguntarse por qué hacemos este tipo de películas y no otras, por qué pensamos que este es el cine que puede interesar y no otro. Hay varios responsables de que colectivamente como país estemos incidiendo en un tipo de historias y no en otras.

Talento hay, y la prueba es que gente como Javier Bardem, Alberto Iglesias, Pedro Almodóvar, José Luis Garci, Jaume Balagueró o Nacho Vigalondo, gustos particulares aparte, han sido reconocidos de una u otra manera en un entorno tan competitivo como el de Hollywood.

Sí. Además, el nivel de nuestros técnicos es muy alto. Cuando viene un rodaje de fuera los técnicos que se contratan son los de aquí. Tenemos unos fotógrafos buenísimos, tenemos maquilladores que ganan Oscars…

Si usted piensa en las películas españolas aceptadas casi unánimemente como las mejores de la historia de nuestro cine (Bienvenido Mr. Marshall, Viridiana, Calle Mayor, El verdugo, Furtivos, El espíritu de la colmena o Los santos inocentes) se ve que son películas atávicas, recias, que no podrían haber sido hechas en ningún otro país que no fuera España. ¿Quizá el público ha abandonado el cine español porque este ha querido alejarse de lo que sabía hacer bien para caer en la despersonalización de un tipo de cine supuestamente global?

Primero te diré que yo creo que hay películas más recientes que también merecen estar en esa lista. El buen cine español no es cosa del pasado. Respecto a lo que me preguntas, la respuesta tiene que ver con cómo se seleccionan hoy en día los proyectos, cómo se financia el cine y quién lo financia. Ocurre en España y también en Hollywood. La industria del cine ha cambiado mucho y ahora son ejecutivos de otro tipo quienes dan el visto bueno a los proyectos y quienes eligen unos guiones y unos directores por encima de otros. Ya no son aquellos productores con olfato y criterio comercial, pero también artístico o creativo. Hoy se busca la rentabilidad inmediata, se busca atraer a públicos amplios, minimizar los riesgos de la inversión… Las televisiones privadas y públicas son una de las bases fundamentales de la industria y han ido imponiendo criterios que encajen con sus parrillas. Seguramente ahora no hubieran producido ninguna de las películas que mencionas.

¿Ha visto REC o Los cronocrímenes? ¿Qué le parecen? Parece que a los españoles se nos da mejor últimamente el cine de terror o el fantástico que la comedia o el drama, que eran los géneros en los que solíamos movernos mejor.

El terror y el fantástico son géneros que viajan muy bien, que se pueden vender bien en mercados extranjeros, que admiten coproducciones. La comedia tiene el inconveniente en este sentido de que viaja mal, suele ser local. Y el drama por lo general es para públicos más adultos, públicos que frecuentan poco los cines de centro comercial, que son los únicos que quedan en nuestro país. De nuevo el desarrollo del cine de género tiene que ver con las mayores posibilidades de financiación y de mercado. Y como somos un país de buenos narradores audiovisuales y de extraordinarios técnicos capaces de hacer excelentes trabajos, salen talentos para ello.

Uno de sus primeros guiones, escrito a medias con Ricardo Franco, es el de La buena estrella (1997). Con él ganó el Goya al mejor guión original. ¿Está de acuerdo conmigo en que ese guión es el más redondo de todos los que ha firmado?

Estoy de acuerdo en que fue un guión clave para mi carrera, pero por suerte hay otros guiones con los que he quedado contenta. Me gusta mucho una película que escribí para Gerardo Vera que se llama Segunda piel, me gusta mucho una película que escribí para Gutiérrez Aragón y que se llama La vida que te espera y me gusta mucho Una palabra tuya.

Una palabra tuya (2008) es una adaptación de la novela del mismo nombre de Elvira Lindo. También trabajó en su momento en los guiones de la serie de TV de Manolita Gafotas. ¿Cuál es su relación con Elvira Lindo?

Es muy buena amiga. Y muy buena escritora. Ojalá pueda hacer más películas que tengan que ver con sus novelas.

También ha trabajado varias veces con Gerardo Herrero y un par de veces con Manuel Gutiérrez Aragón. Parece que lo suyo son las fidelidades más que el picoteo. ¿Se siente más cómoda trabajando con viejos conocidos?

Me gusta trabajar con todo tipo de gente, pero es cierto que suelo repetir. No puedo ocultar que estoy orgullosa de que mis clientes se queden satisfechos y me vuelvan a contratar. Un guionista es como un sastre, hace trajes a la medida.

Suyo es también el guión de Mentiras y gordas. La película fue un éxito de taquilla, pero ¿es el tipo de cine con el que usted se siente más cómoda?

Me gustó mucho trabajar con Menkes y Albacete. Ese es el segundo guión que hice con ellos. Y yo me siento cómoda con todo tipo de cine. Los sastres cortamos los trajes que necesitan los clientes según la circunstancia. La peli me gusta, salvo el final de la playa, que fue una exigencia del productor.

¿Me puede dar un ejemplo de un guión excelente destrozado por una mala dirección y uno de lo contrario, es decir de un guión pésimo salvado por una dirección magistral?

No puedo darte esos ejemplos. Se me quedan en la cabeza las cosas que salen bien más que las que salen mal. De todos modos, creo que no existen buenas películas con malos guiones. Un mal guión es insalvable.

Su canon. Las diez mejores películas de la historia según Ángeles González-Sinde.

Esta pregunta es muy difícil. Me tendrías que dar un par de semanas para contestarla. Me gustan tantos tipos de cine que reducir la lista a diez me atormenta de sólo pensarlo.

¿A qué se dedica en estos momentos? ¿Cuáles son sus proyectos para el futuro?

En estos momentos intento volver a escribir. Y también intento sacar alguna conclusión de mi experiencia política. Digerir y comprender todo lo que se vive en unos años tan intensos como los del final de la segunda legislatura del presidente Rodríguez Zapatero lleva su tiempo.

 Fotografía: Guadalupe de la Vallina