El Barroquista: «Mi intención es explicar la diferencia, para mí fundamental, entre gusto y calidad o entre gusto e importancia»

El Barroquista

Miguel Ángel Cajigal Vera (La Coruña, 1981), conocido como el Barroquista, es historiador del arte, comisario de exposiciones y divulgador cultural. Dirige el máster de Educación en Museos y Espacios Culturales de la Universidad Miguel de Cervantes y es miembro del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), y del Consejo Internacional de Museos (ICOM). Ha colaborado con universidades como la Colgate University de Estados Unidos, la Universidad del País Vasco o la Universidad de Málaga, y con instituciones como el Museo Thyssen-Bornemisza o el Comité Español de Historia del Arte (CEHA). 

El Barroquista se dedica a la divulgación artística y cultural en redes sociales como Twitter, Instagram o YouTube. Colabora en el programa Galicia por diante, de Radio Galega, en Julia en la Onda, de Onda Cero, y en El condensador de fluzo, de TVE. La entrevista que van a continuación se hizo en La Rambleta, en Valencia, en una jornada de #FuturoImperfecto.

Miguel Ángel, ¿a ti te pagan por mirar cuadros? 

Pues sería precioso. Hay gente a la que le pagan por mirar cuadros, aunque muy poquita, y hay gente que se cree que la historia del arte consiste en que te paguen por mirar cuadros. Yo no soy de los primeros (de esos que a veces meten la pata con alguna cosita…), sino que a mí me pagan por educar a la gente en un museo de Santiago de Compostela, así que me pagan por ayudar a la gente a mirar cuadros. Es parecido. 

¿Cuántas veces te han preguntado qué es exactamente el arte? 

Todos los días. En redes, aparte del chiste este de que el arte es morirte de frío, la pregunta que todo el mundo quiere que respondas es qué es el arte. Y te retan a dar una definición. Pero yo creo que definir el arte no tiene mucho interés, además, la definición actual es abierta y si preguntáramos a siete u ocho personas del mundo del arte es probable que nos dieran siete u ocho definiciones, lo cual es más interesante. Con esto de qué constituye arte y qué no nos ponemos un poquito estupendos y en guardia buscando respuestas contundentes y sólidas, que es el tipo de respuestas que a mí me aburren. Me gustan más las preguntas. 

¿Cuándo decidiste dedicarte al arte? 

¡Vamos a hablar de mi infancia! De adolescente, cuando tuve que hacer un trabajo sobre un monasterio barroco, me fascinó cómo a partir de un edificio podías conocer muchas más cosas que simplemente disfrutar del impacto estético, como las personas que lo generaron, la sociedad que lo produjo, o lo que provocó que ese edificio existiese. En el último año de instituto, cuando vi que la asignatura de Historia del Arte, además de gustarme, se me daba bien, decidí seguir en la universidad, aunque siendo consciente de que la mayoría de gente con estos estudios no acaba trabajando con nada relacionado con la historia del arte, así que soy un privilegiado. 

¿Y cuándo empiezas en divulgación?

Poco a poco. Empecé con un blog, en un momento en el que parecía que si no tenías un blog no eras absolutamente nadie, al que llamé El Barroquista

Vaya idea. 

Sí, era lo que en un inicio quería. Hablar de un período del que todo el mundo tiene muy mala imagen, del que dicen que todo resulta recargado… Así que entré en redes sociales, incluso sin usarlas mucho, me hice la cuenta de @elbarroquista, y a pesar de que pensaba que algunas redes sociales como Twitter no las iba a usar en mi vida, poco a poco el contenido del blog lo fui pasando a redes. Quería hacer divulgación, y desde el blog me parecía que no lo conseguía, o no hacía lo que para mí es divulgación; por ejemplo, los documentales de animales de La 2, en mi opinión, no son divulgación… Unos animales en la sabana, reproduciéndose, no son divulgación, son información. 

Conozco a gente que hace documentales de naturaleza y no se les pasa por la cabeza la idea de divulgación, sino que su intención es crear un producto que sea estético, bello, que funcione cinematográficamente, pero no divulgativo en la medida en que no ejercen de conexión entre un contenido y personas que no conocen ese contenido. De hecho, la mayoría de gente que ve documentales de naturaleza al mediodía los usa para dormir la siesta… o para disfrutarlos, porque le gustan. El blog para mí no era divulgación, porque yo escribía, alguien leía, pero no tenía ningún tipo de interrelación con esa gente; a veces alguien ponía un comentario, pero muy pocos, y para mí si no hay conexión con otras personas no hay divulgación tal y como yo la entiendo. 

El Barroquista

Cuentas que tu pintura favorita es de Velázquez, Las Meninas, ¿te has encontrado con gente que te dice: «Pues a mí no me gustan Las Meninas»?

Al principio poca, pero desde que saqué el libro, cuyo subtítulo es No pasa nada si no te gustan Las Meninas, ha pasado como con el anuncio de Pringles, que cuando haces pop, ya no hay stop, y ha venido mucha gente a decirme que no le gusta el cuadro. También hay gente que nos ha llamado a la radio para decirnos: «pues a mí no me gusta Goya», y respondo: «pues a mí tampoco». No me gusta, pero entiendo la importancia que tiene, que son cosas distintas. 

Hay que quitarse ese peso de encima. Un día, mi mejor amigo, cenando, me dijo: «no me gusta Velázquez, me parece horrible, y Las Meninas, particularmente, es un cuadro que me aburre, no me interesa nada, me parece feo… todo lo malo que se te ocurra, yo lo asocio con Las Meninas». Me quedé sin saber qué decir, si proponerle romper nuestra amistad, si borrarnos en redes sociales, o llevarlo al Sálvame, o no dirigirle más la palabra… pero eso, pensé, quedaría un poco dramático, y el gusto no deja de ser una cosa personal, tremendamente subjetiva, a pesar de que fingimos un gusto social porque vivimos en sociedad. Fingimos, por ejemplo, que nos gusta una película cuando quizá, por dentro, pensamos: «qué cosa más infumable acabo de ver». Como decía un amigo mío: «¿por qué me castigo viniendo a ver estas películas?». Sin embargo iba a ver ese tipo de cine que no le gustaba. Y mi amigo tiene todo el derecho del mundo a que no le gusten Las Meninas como yo tengo el derecho a que me encanten. A partir de ahí nace la idea central del libro: mi intención es explicar la diferencia, para mí fundamental, entre gusto y calidad o entre gusto e importancia. 

A mí no me gusta Goya, pero Goya es, quizá, el artista más importante de la historia del arte español, quizás es incluso más importante que Velázquez y que Picasso. Estas dos cosas deberían poder coexistir perfectamente en la misma persona, el hecho de saber el valor que algo tiene aunque no te guste o no te interese. 

Seguramente te habrás topado con mucha más gente que critica el arte contemporáneo, por ejemplo los trabajos de Mauricio Cattelan, Piero Manzoni o, por supuesto, Duchamp, si es que se le puede llamar contemporáneo a un artista de vanguardias… ¿Qué podrían tener en común Velázquez y Duchamp? 

¡Esa pregunta es buena! Si se encontraran Velázquez y Duchamp en un bar, ¿qué se contarían? Creo que tienen más cosas en común de lo que parece. Duchamp es un señor que a mí me cae regular. Tanto Duchamp como Kandinsky me caen regular porque han hecho mucho daño: estos dos se pusieron todas las medallas y después llegamos los historiadores del arte a decirles que sí, que eran muy listos, colgándoles más medallas. Duchamp hacía cosas muy interesantes, pero no era el único, y Kandinsky, al que muchos libros serios bautizan como padre de la abstracción, no era el único, ya estaba Hilma af Klint y mucha más gente, pero como Kandinsky tenía mucho marketing, pues se vendía como tal. 

En última instancia, tanto Velázquez como Duchamp tienen en común la capacidad para plantearse dónde están las fronteras y saltar por encima de ellas. Lo que a mí me interesa de Las Meninas es que es una idea muy loca. A mí me gustaría saber quién le dijo a quién, si Velázquez a Felipe IV o Felipe IV a Velázquez, de hacer un cuadro en el que no pasa nada. Imagina el diálogo: «— ¿Y quiénes van a salir en el cuadro? —Pues la gente que anda por aquí. ¡Mira! El perro ese va a salir en el cuadro». 

Es una marcianada tremenda, y más en su momento. Hay gente que dice que el arte de Vermeer se parece… Digamos que Vermeer tiene una intención parecida, pero en el fondo Vermeer se pinta pintando. En Las Meninas no pasa nada, es como una de estas películas ucranianas que, después de una hora de película, te gusta lo que ves, pero no sabes qué está pasando. En el fondo es eso. Es un cuadro que… ¿qué cuenta? No cuenta nada. Está la infanta Margarita en el centro, parece que algo pasa, o parece que no, y esa es precisamente su magia. Es probablemente el cuadro de la historia del arte español del que más se ha escrito, junto con el Guernica, y casi cualquier cosa que la gente escriba sobre Las Meninas encaja, porque ¿qué cuenta el cuadro? Pues todo lo que quieras que cuente puede servir. 

Para hacer ese cuadro en el siglo XVII hay que ser muy atrevido, y ese atrevimiento, que no sé si es de Velázquez o de Felipe IV, que era quien mandaba sobre Velázquez, es el mismo tipo de atrevimiento que tiene un señor en el siglo XX para hacer una ampolla de aire y decir: «esto es aire de París», o coger un urinario y decir: «esto es una fuente», o que se le caiga un cristal, y decir: «la obra ya está terminada». No deja de ser un atrevimiento parecido, evidentemente salvando toda la distancia temporal y estética. 

El arte trabaja con la transmisión de ideas, por tanto no siempre puede ser bonito, ¿desde cuándo hablamos de categorías estéticas en el arte? 

La categorización que admitimos actualmente se genera a partir del siglo XVIII y se consolida en el XIX, fundamentalmente. Es cierto que hay una serie de elementos que se pueden rastrear en cosas anteriores, por ejemplo, una obra que a mí me interesa muchísimo y en la que profundicé para escribir el libro son los grabados de los desastres de la guerra de Jacques Caillot, un grabador barroco que nos muestra cosas terribles, y que hay gente que considera que puede haber servido de inspiración a Goya en los Desastres de la guerra. Son muy fuertes los desastres de Caillot, y en una época en la que teóricamente se hace un arte distinto Caillot es rompedor, tanto que incluso ha servido de inspiración para portadas de discos de heavy metal, porque es muy heavy lo que hace… te puedes encontrar un grabado con gente ahorcada en un árbol. 

Si rastreamos hacia atrás podemos encontrar cosas que luego, en los siglos XVIII y XIX, se consolidan como grandes categorías estéticas. Esto a mí me da un poco de miedo, porque a veces en historia del arte equivocamos la idea de precursor, como por ejemplo cuando se dice que el Greco es un precursor de las vanguardias. Pero el Greco no tenía un bola de cristal para ser precursor de lo que hace Picasso en Las señoritas de Aviñón, en todo caso es Picasso el que se fija en el Greco. También pasa mucho con Zurbarán, que tiene composiciones que no están bien resueltas, que pintaba raro según el punto de vista de su época, pero posteriormente se le pone en valor y hay artistas e historiadores que se fijan en él porque les gusta el trabajo y funciona, y esto es porque hacía las cosas distintas, por no saber hacerlas bien. 

Una vez tenemos claro que no debemos identificar siempre lo bello con el arte, háblanos de dos conceptos muy básicos: la autorreferencialidad y la intertextualidad. 

Las referencias a veces mantienen a la gente alejada, hay que aprenderse o saberse tantas cosas que la gente se queda fuera. Pongo un ejemplo que para gente no próxima al arte puede servir: The Big Bang Theory. Hay gente que no entiende sus bromas, porque hay muchas referencias; cuando en la serie hacen una broma de Star Trek, si no has visto Star Trek puede que no te guste. También pasa con los capítulos de Los Simpson.  

A mí me pasó con Valle Inclán. No entendía las referencias en Luces de Bohemia, y me impedía entender de qué iba el libro. A mucha gente le pasa esto con el arte: se ponen delante de un cuadro de Picasso o de Frida Kahlo, y no comprenden. Esto es algo que yo quiero tratar, es decir, explicar que hay muchos niveles de valoración del arte, y evidentemente la intertextualidad y todas esas citas que el arte se hace a sí mismo, son algo que está muy bien, pero que no llega a mucha gente. 

En gran medida el arte se cuenta como una secuencia de creaciones de vanguardia que un su momento no se comprenden. ¿Para que un artista triunfe tiene que ser rechazado? 

A veces parece que sí, pero hay personajes de los cuales hemos exagerado mucho su rechazo. Recuerdo un libro de la historia de la música que se usaba mucho cuando yo estudiaba música y en este libro se decía que la música de Beethoven era incomprendida en su época. Sin embargo, cuando murió Beethoven fue el funeral más multitudinario de la historia para alguien que no fuese de la realeza, e incluso más multitudinario, pues tenía muchos aficionados en Viena y la gente se daba de tortas por entrar en sus conciertos. 

Hay gente, artistas, que piensan que se deben comportar de una manera muy excéntrica como si eso fuera una cualidad que forma parte de lo que debe tener un artista, como si fuera un requisito ser una persona incomprendida. Ahí debemos reconocer la parte de culpa que tenemos, desde la historia del arte, porque a veces hemos magnificado ese tipo de discursos. Si tú compras un manual sobre un estilo artístico, el manual suele estar articulado como si ese estilo artístico hubiera superado al anterior: si el manual es del románico, el malo es el gótico; si va de los impresionistas, pues lo malo son los academicistas; si los cubistas, pues los malos son los impresionistas. Esa idea de la eterna superación, que ya no tiene sentido hoy, es en la que se ha educado en arte mucha gente. El problema es que esa idea nos deja fuera a muchos artistas que eran muy buenos en su época, que triunfaban, y que acaban saliendo de los libros de arte. Por ejemplo, Gertrude Vanderbilt no estaba en ninguna vanguardia, era una muy buena escultora, que no hizo nada revolucionario, y por eso no interesa. A eso de lo revolucionario e incomprendido hay que quitarle importancia. 

El Barroquista

Cuéntanos sobre Cattelan y Manzoni. 

El plátano es la gamberrada más divertida que se ha hecho en el arte en muchísimas décadas. Luego tuvo que venir Banksy a liarla con lo de la trituración esta del cuadro en la subasta, lo cual le quedó un poco descafeinado, porque es muy difícil superar a Cattelan y su plátano. 

En el fondo, lo del plátano de Cattelan ya se hizo muchas veces, lo interesante es que está utilizando toda una serie de referencias que están ahí en la historia del arte del siglo XX…

Coge un plátano de verdad…

… que es perecedero, y lo pega con cinta americana a la pared. ¡Estos artistas de ahora! Manzoni sigue siendo peor, la idea de: «toma, en el interior de esta lata, tienes noventa gramos de mi mejor producto: lata de mierda de artista». 

Vendía la lata al precio del oro. 

Sí, al precio del peso del oro. Esta obra debería ser portada de cualquier libro de arte posterior a los años 70, porque es la obra que mejor evoca la mayoría de los problemas que se han planteado los artistas después de los 60. No te pones delante de una lata de Manzoni a valorar nada, ni su circularidad, ni sus letras… Lo interesante es la cantidad de cosas serias sobre arte que esa lata te hace plantearte con una gamberrada, porque Manzoni era un gamberro. Manzoni nos dice: «yo soy artista, ¿entonces cualquier cosa que salga de mí es arte? ¿Si tiene mi firma es arte?».  Aguántame el cubata. Manzoni estaba haciendo esto cuando todavía vivía Picasso, ese señor que firmaba en un folio y por eso el folio ya valía dinero. Entonces Manzoni responde con su lata. 

Se hace una foto, ¿no? 

Hay una foto preciosa, en el cuarto de baño, que es una pena que no la incluyan en los manuales de arte porque es la gamberrada al cubo. ¡Fantástico! Él mismo está cuestionando el efecto comercial del arte: esa colisión nunca resuelta entre la persona que hace arte para expresarse, pero que luego tiene que pagar facturas. 

Manzoni se podía permitir esto, venía de familia con posibles. 

Y ahora, hablando de algo totalmente opuesto, háblanos de piezas cuyo objetivo sea la denuncia. 

No sé si conocéis la obra de Teresa Margolles, una artista mexicana muy brutal. Tiene una obra en la Tate que es una bandera sucia, colgada en un asta, con sangre y restos de vísceras, de sesos, porque ella es forense además de artista y ha utilizado esa bandera para limpiar espacios de crímenes del narco en México. Es un lenguaje único que solo a través de ese tipo de creación se puede alcanzar: no puedes transmitir esas ideas de otra manera… puedes hacer dibujos, pintar, como Goya los desastres de la guerra, pero hay una sensación de rechazo profundo que solamente con ese objeto tan visceral puedes conseguir. 

También están los aviones de guerra de Fiona Banner, que son piezas interesantes porque los sitúa en mitad de una galería como si fuese un crucifijo. Es muy interesante cuando tú entras en una habitación y tienes un caza colgando del techo con la intención de convulsionarte. 

Me interesa mucho esa línea. Como no soy especialista en arte contemporáneo tengo la ventaja de poderlo disfrutar como espectador, sin más, y me encuentro constantemente con ese rechazo de «eso que hacen los artistas de ahora es una basura», algo que se dice ahora, se decía en el siglo XVI y desde los griegos. Pero yo creo, sinceramente, que llevamos más de cien años con el arte más variado, rico e interesante que ha generado nuestra especie. Si te lo pierdes, es una pena. 

Hay cosas que si te las pierdes no pasa nada. Por ejemplo las performances quirúrgicas de la señora Orlan. 

Pasa igual en el cine. Hay gente que tiene un nivel de tolerancia viendo cierto tipo de violencia en el cine que otros no tienen. Ahora mismo vivimos en una época que nos lo enseña todo. El cine ahora lo enseña todo, dar las cosas por sobreentendidas parece que ha pasado un poco de moda. 

Respecto a estos artistas que estamos comentando, ¿será necesario escribir sus biografías para recordarlos dentro de quinientos años? 

Ahí vamos a tener un problema. De determinada historia del arte tenemos biografías muy consagradas y coronadas, como Vasari, un señor que a mí me cae muy simpático porque se inventa todo y nos lo creemos. ¡Es genial! La mayoría de las batallitas de Vasari son absurdas pero se han convertido en ley y nadie las pone en duda. 

En música todavía hay mitos más gordos: Mozart, Bach… Nos creemos cosas muy difíciles de creer. Eran todos superhéroes, ¿había un notario al lado de Mozart para dar fe de que componía sus obras en cinco minutos? 

En el futuro nos va a pasar a la inversa con las biografías, porque va a haber mucha información y lo difícil va a ser encontrar una fuente de la que te fíes un poco. En el fondo es mejor fiarse de Vasari porque sabes que te está mintiendo, pero te miente con gracia. Dentro de cien años, cuando la gente quiera conocer a Banksy o Marina Abramović, ¿qué va a caer en sus manos? ¿Estas publicaciones que dicen que Marina es satanista? Generamos tanta información que podría pasar que lo que llegue dentro de doscientos años sea mucho peor que lo que contaba Vasari, que son mentirijillas piadosas. 

El Barroquista

A la historia pasan las obras maestras, las masterpiece, ¿desde cuándo manejamos este concepto? 

Bautizamos obras maestras por encima de nuestras posibilidades. Cada cosa que nos gusta es una obra maestra… La última película que nos ha gustado, por ejemplo. 

De la cantidad de cuadros que hay en el Museo del Prado se pueden descolgar el noventa por ciento y no pasa nada. Hay un montón de cuadros que están ahí porque forman parte del relato. Igual hay que guardar un par de cuadros de Velázquez, que ya hay cuarenta, y algunos son normalitos. Los museos tendrían que ser espacios vivos, más dinámicos. 

Me choca la idea de que todo lo que está en los museos son obras maestras, y no. Cuando he hecho una lista de obras maestras del Prado, me salen doce. Esa lista la chequeé con gente del museo y me dijeron que había sido generoso. No todo lo que hay en los museos son obras maestras, aunque por supuesto todo es digno de respeto y nuestro patrimonio cultural. Estoy convencido de que si Picasso viviera para ver las cosas suyas que hay colgadas en los museos diría: «por favor, por pudor, sacad eso de ahí». Es que de Picasso nos falta colgar los calzoncillos en la pared. Y ese es el punto de la obra maestra que es tóxico. 

Esto nos lleva al canon. 

El canon son los padres. El resultado de todo esto: los artistas son todos maestros. No maestras. 

¿No había mujeres artistas? 

Claro que había. 

¿La calidad en el arte es objetiva? 

Nunca. En casi todos los gremios se trabajaba en familia, y el arte no era una excepción. Hay un caso interesante: si conocéis al escultor Pedro de Mena, este tenía hijas que eran escultoras. Hay detalles que los estudiosos de la obra de Pedro de Mena piensan que solo pudieron hacer sus hijas, porque son detalles que requerían tener las manos pequeñas. Sus hijas se metieron a monjas y se pasaron el resto de su vida haciendo arte religioso. Pero ellas no están en el canon. 

El problema del canon no es que exista, sino saber cómo funciona, conocer los efectos secundarios del canon para poder trabajar con él. Necesitamos un prospecto para empezar a ver el canon como un constructo que puede estar puesto en duda; o al menos eso sería lo ideal: empezar a ver el canon como una estructura de pensamiento que ha dejado fuera a un montón de gente y fijarnos en estos que se han quedado en los márgenes. 

Los constructores del canon, ¿son ellos quienes deciden que el arte contemporáneo sea rupturista? 

Probablemente. Antes de la pandemia hubo una exposición fantástica en la Fundación March en la que exponían el diagrama de Barr. Cuando lo hizo Barr no lo haría con maldad, pero se cargó el arte contemporáneo. 

¿Era el director del MoMa durante las vanguardias? 

Exacto. Consolidó cómo se estudian las vanguardias y así se han estudiado desde entonces. Lo que se quedó fuera de ese diagrama, se quedó fuera del arte. Entonces, esas personas que hacían arte pero no encajaban en ninguna de las categorías del diagrama se han quedado fuera. Al final, la culpa no es de Barr, pero Barr era un señor, e hizo su visión. 

Otro caso es el de la historia del arte que hizo Gombrich. Si te fijas, ahí no hay artistas españoles. Gombrich estuvo actualizando su libro hasta casi el momento de su muerte, y metió un capítulo de arte asiático porque quería que su libro se vendiese en Asia. 

Al final, el que hace el canon es consciente de que está haciendo una selección, como cuando eres seleccionador de fútbol. 

El caso de Maria Sybilla Merian nos enseña que la ilustración científica también se puede considerar arte, porque acaba en un museo. ¿Por qué no pasa esto con otras ilustraciones científicas? 

De este tema no sé mucho. Hay un problema que es que no consideramos la ilustración científica arte y está marginada. El caso de Maria Sybilla Merian es alucinante, una señora que en el siglo XVII se va a América a pintar insectos con su propio dinero. En Alemania era más o menos conocida, porque salía en los billetes antes del euro. Es muy interesante ver que en muchos de los ámbitos de la ilustración científica había mujeres artistas, y las sigue habiendo, por ejemplo en la ilustración botánica en el Reino Unido, que es brutal; pero como se trata de ilustraciones para libros a veces ni aparecían acreditadas, y es una pena porque el arte, desde Galileo que ilustraba sus propios libros, ha servido para ilustrar la ciencia. Galileo, por cierto, era de familia de artistas. 

Es que el arte puede responder a una necesidad científica.

Debería. Si entendemos el arte conectado con otras ramas de conocimiento y siendo auxiliares mutuamente, vemos un panorama mucho más amplio. Es muy injusto que parece que solo hay un arte que merece los altares: un determinado tipo de pintura, de escultura y de arquitectura. A estas alturas deberíamos empezar a superar lo de las bellas artes. 

Y la alta y baja cultura. 

Sí. Eso también. Es que en el siglo XVI había gente a la que un cuadro le daba igual, valía más un tapiz. Se pagan cifras por tapices que no se le pagaban a Rafael por originales suyos. Y ahora vemos un tapiz y como es un tapiz no nos interesa tanto como el cuadro. 

Entramos, por ejemplo, en un museo arqueológico y vemos un trocito de mosaico romano y nos encanta, pero sin pensar que eso era un pavimento para pisar, un alicatado, sin más aspiraciones que eso, pero como tiene dos mil años le damos valor. 

El Barroquista

Estábamos hablando de rupturismo, y hemos mencionado algunas piezas de denuncia, ¿es el arte político? 

Suele ser. Se puede ver incluso el momento en que el arte se vuelve político. En el siglo XV no se podía. A día de hoy es muy difícil que el arte no sea político. 

Vamos a un ejemplo. Cuéntanos sobre el Monte Rushmore.

Es una obra que todo el mundo conoce, pero que no se valora artísticamente ni en su nivel de atrevimiento. El monte Rushmore se esculpe cuando el último de los que está ahí esculpido se acababa de morir. ¿Te imaginas que alguien en la serranía de Ronda esculpiese las cabezas de Aznar, Zapatero y Pedro Sánchez? En el Rushmore está George Washington, que a efectos políticos no computa, porque es el pater patria, apolítico, pero hay tres presidentes de un mismo partido, que era el partido que gobernaba en ese estado cuando se hace el monte Rushmore. Y luego lo consagra Hitchcock sacándolo en una película. 

Me fascina el morro enorme que hay que tener para irse ahí, a una reserva, echar a los habitantes originales, quedarte con su montaña, que para ellos era un lugar sagrado, y ponerles allí las cara de unos presidentes que les han expulsado: uno de ellos les hizo la guerra y los masacró, y encima son todos del mismo partido político. 

¿Del mismo? ¿No se apropian de Jefferson un poco? 

Sí, está a medio camino. Lo gordo es lo de Roosevelt, y sin embargo lo hemos asumido con toda naturalidad, igual que pensamos que estas cosas solo pasan en los países asiáticos, con el retrato de Mao, en Tiananmen. Pero lo de Estados Unidos es un monumento tan partidista, tan político, que es brutal. No es normal cómo se puede manipular de tal manera la historia. 

Esto nos ha pasado también en España con el valle de los Caídos. 

Ahí por lo menos no está la cabeza de Francisco Franco en gigante. 

¿Podríamos decir que el arte abstracto construye todo lo contrario que el arte político porque no crea un relato? La abstracción puede parecer un lenguaje en sí mismo, más que un género. 

Qué interesante. Creo que la abstracción ha aportado cosas que no estaban en el arte, pero sigue siendo un lenguaje en el que mucha gente se resiste a entrar, con el argumento de que no lo entienden. No hemos conseguido que la gente entienda lo que no es necesario entender. 

Para acabar, me gustaría volver a Las Meninas. ¿Por qué te fascinan? 

Esa extrañeza, ese atrevimiento que no está tan lejos del plátano de Cattelan, esa prepotencia, osadía, cómo pudo atreverse con esas categorías tan raras. Es un cuadro interesante por todo lo que pone encima de la mesa y, si a pesar de todo, a alguien no le gusta, pues no pasa nada.

El Barroquista


Meghan Daum, intentar comprender la cultura de la cancelación y no cancelarse en el intento

Meghan Daum cultura de la cancelación
Meghan Daum. (Imagen cedida).

El debate sobre la cancelación en Estados Unidos actualmente lo están protagonizando personajes como Dave Chappelle o Kanye West. Uno, por sostener los mismos puntos de vista que la autora de Harry Potter, J. K. Rowling, el otro por expresar, como hizo ante David Letterman, que aunque no te gusten las ideas de alguien o a quien vote no se le debe acosar por la calle. El denominador común que tienen ambos es que son ricos y famosos y, por su trayectoria, no le deben nada a nadie. Es una posición que contrasta con la de periodistas como Meghan Daum (California, 1970), mucho más vulnerable, pero que considera que su obligación profesional es entrar en los temas intocables, conflictivos o tabús. Conectamos por Skype y es lo primero que me explica. Ella, en sus años en el LA Times, aprendió que había que diseccionar los asuntos controvertidos para denunciar la hipocresía. 

Asegura que nunca se ha visto como una escritora que se dedique a la provocación gratuita, aunque le hayan considerado demasiado polémica, sino que ha reunido siempre el valor suficiente para hablar de lo que nadie quiere hablar por las consecuencias que conlleva. Sin embargo, hasta que escribió The Problem with Everything: My Journey Through the New Culture (Gallery Books, 2019) no tuvo que andarse con pies de plomo. «Fue el libro con el que más cuidado tuve al escribirlo, aunque creo que en realidad es menos polémico que otros que he publicado, pero así es el momento que estamos viviendo ahora mismo, si dices algo que es pura lógica parece que estés tirando una bomba». 

Las reacciones, no obstante, se las esperaba. «Mucha gente está enfadada y muchos milenials lo han malinterpretado o no lo han entendido, han sacado de contexto mis frases y me han criticado por ser una vieja blanca feminista que lo quiere todo para ella y se revuelve contra los jóvenes». Precisamente, ese era el punto de partida de su libro. Se pregunta a sí misma si piensa así por su edad, por estar haciéndose mayor. 

Como antropóloga, en su ensayo intentó comprender todo lo que era incapaz de entender de los nuevos fenómenos sociales y políticos. Lo que le fascinó fue que antiguamente la mentalidad de la gente se quedaba obsoleta cuando cumplían sesenta años e incluso más, pero desde la irrupción de los milenials, cree que gente de la generación X, antes de cumplir los cincuenta, ya está fuera. Un desfase que es incapaz de comprender: «Los milenials son una generación que lee menos, que han sustituido el pensamiento crítico por el pensamiento in-group/out-group —en lugar de pensar por uno mismo, ves primero lo que piensan los demás y te posicionas—. El problema tal vez sea que antes discutíamos por teléfono durante horas con los amigos y lo políticamente incorrecto se quedaba ahí, ahora en las redes sociales no hay margen de error, el contexto no te permite equivocarte ni cuando hablas tranquilamente con los amigos». 

El libro sigue con una serie de preguntas que ella misma se va contestando, pero sin hacer proselitismo de sus conclusiones, solo compartiendo sus razonamientos. En el tema que más se siente implicada es el del feminismo, entiende que hay demasiadas ideas insustanciales dentro del movimiento: «El activismo me parece uno de los pilares de la democracia, siempre iba a manifestaciones de mujeres por los derechos reproductivos, pero ahora creo que no hay estrategias serias, se habla de neutralidad de género en lugar de presionar a los políticos para conseguir derechos y mejorar la vida de la gente». 

Considera que grandes causas que se persiguen actualmente en nombre del feminismo en Estados Unidos, hace treinta años, eran las conversaciones banales que las mujeres tenían entre ellas. «Lo de la masculinidad tóxica ya lo hablábamos entre las amigas y ahora está en las redes, los blogs y los medios, al final el movimiento se basa solo en la queja, nuestras charlas coloquiales se han convertido en protestas legítimas y, mientras tanto, cuando en otros lugares del mundo hay matrimonios forzosos o todo tipo de barbaridades contra la mujer, nosotras nos quejamos del legspreading y demás…». 

En julio de 2020, Daum unió su firma a la de ciento cincuenta personalidades como Noam Chomsy, J. K. Rowling o Margaret Artwood, que se quejaban de que la libertad de expresión se estaba viendo reprimida por un creciente clima de intolerancia ante el simple hecho de discrepar. La mayor preocupación que surca todo su ensayo es la de que se eliminen los espacios de reflexión, donde diferentes puntos de vista tienen que entrar en conflicto por el bien de la opinión pública: «Ahora hay un fenómeno en el que los editores tienen lo que se llama “temas de riesgo” y se analiza muy meticulosamente si merece la pena publicar un artículo, por muy cuidadoso que haya sido el redactor y aunque lleve ideas con las que estaría de acuerdo el noventa por ciento de la población, si se da el caso de que contiene algo que se puede malinterpretar, por ejemplo, en Twitter. Solo por eso pueden decidir no publicarlo. Creo que los efectos pueden ser muy peligrosos, porque restringen el espacio para la reflexión». 

Cuando nuestra conversación llega a Twitter parece que he dado con el quid de la cuestión. Daum considera que a mediados de los años 10 se desencadenó una oleada de hipermoralismo: «No creo que haya sido ni por internet ni por las redes sociales. En 2015 confluyeron varios factores, fue cuando Twitter dejó de ser una mera red social para pasar a ser un lugar donde los periodistas intercambiaban sus ideas, una extensión de sus medios, de sus periódicos y revistas. Al mismo tiempo, coincidieron con toda una generación que acababa de terminar la universidad y, no quiero decir que hubiesen sido adoctrinados, pero sí estaban muy influenciados con la interseccionalidad y no era extraño que defendieran sus ideas con actitudes cercanas al acoso. Creo que se produjo una tormenta perfecta, entre el éxito de la red social, Twitter se había vuelto una herramienta muy influyente, y la llegada de una generación que no sabía separar lo teórico de lo práctico». Un fenómeno que habría que separar de la posterior cultura de la cancelación, que a Meghan le hace sonreír: «Me parece absurda porque va a llegar un momento en el que todo el mundo esté cancelado». 

Sobre este tema no ha teorizado, es algo que, según me cuenta, vive en el día a día. Lo observa con cada comentario que le hacen compañeros o amigos cercanos que le confiesan que para ellos es mejor callarse: «Mucha gente ha venido a decirme que no se atreven a hablar de estos temas en el trabajo o con otras madres en el parque cuando sacan a sus hijos. Nuestra cultura ya no permite dudas, si te sacan en las redes sociales para avergonzarte estás en el lado incorrecto de la historia y se acabó. Yo creo que los conflictos internos son positivos, pero hoy se ven como signo de debilidad». 

La siguiente pregunta cae por su propio peso: ¿se puede separar al artista de su obra? La escritora cree que es algo que va en contra de los propios sectores progresistas: «Si no lo haces, vas a eliminar el sesenta u ochenta por ciento de la historia del arte y la cultura occidental. No me parece tampoco una forma productiva de analizar el arte ponerse a buscar qué error han cometido los artistas en algún momento de su vida. Ahora, para participar en el mundo de la cultura, tienes que aprobar un test de moralidad. Si no, no entras. Y lo peor es que esto lo promueve la izquierda, que con esa autoexigencia tan elevada se carga a su propia gente. A los republicanos todo esto les da igual. La derecha opina tranquilamente, pero en la izquierda mucha gente inteligente da un paso atrás y se está quedando al margen por todo lo que hay». 

La autocensura, explica, está ya perfectamente organizada como una maquinaria bien engrasada en las organizaciones, pero es un fenómeno en el que advierte un importante sesgo generacional: «Las editoriales tienen una figura que se llama sensitive reader, un filtro para localizar si hay sesgos de raza, género, etc. En las redacciones puedes tener en puestos de responsabilidad a babyboomers y milenials, pero en algunos momentos va a tener más autoridad la gente superjoven que acaba de entrar, porque los periodistas más veteranos, cuando tienen dudas con un artículo, se lo pasan a los más jóvenes para que decidan ellos si hay que publicarlo o no. A mí, como escritora, me molesta tener que mandar mi trabajo a alguien que ni siquiera entiende lo que quiero decir». 

Su conclusión es contundente. En su opinión, ahora se prima la moralidad de un texto o su alineación con respecto a determinadas ideas antes que su calidad: «Es muy fuerte, porque antiguamente había gente encargada de estas cuestiones, el gatekeeper, que era un compañero con mucha cultura. Su trabajo era saber lo que era bueno y lo que no. Ahora el proceso es dárselo a las masas y que ellas decidan. Es una pérdida cultural tremenda». 

Con estos esquemas, dice, se llega a situaciones hilarantes. Verdadera confusión mental. Me lo ilustra con un incidente que le ocurrió en el metro que explica perfectamente la distorsión moral que denuncia en su trabajo: «Iba en el metro, tarde, estaba sentada frente a unos hípsters blancos. Al lado había unas chicas que no parecían de Nueva York e iban riéndose. Entonces llegó un hombre negro pidiendo dinero. Probablemente, tendría algún problema mental. Me habló y no le hice caso. Luego se fue con las chicas, que les pareció muy exótico hablar con un vagabundo en el metro y le dieron carrete. A mí, sinceramente, me pareció más ofensivo flirtear con él y tal, pero bueno… Cuando el hombre salió del metro, dijo a todo el mundo que tuvieran buena noche, menos a mí, que se me acercó y me gritó: “tú, que tengas la peor noche de tu vida, puta”. No es la primera vez que me pasa algo así en Nueva York, créeme. Estoy acostumbrada. Entonces, los hípsters pusieron cara de alucinar, se me acercaron y me dijeron que lo sentían mucho. Me estaban pidiendo perdón por lo que había hecho el otro, me pedían disculpas como hombres, por el rollo patriarcal y todo eso… Les miré como diciendo “¿de qué vais?”. Una persona que representa tantos fallos del sistema, empobrecida, sin seguro médico, que está pidiendo dinero, el que está más abajo en toda la pirámide, y se disculpaban como si yo estuviese oprimida por él».

Pocos días después de hacerse pública la carta de los ciento cincuenta intelectuales contra la intolerancia, muchos se retractaron. Pidieron que se retirara su firma y dijeron que se habían sumado por error. Daum remarcó que es un «deber» que los profesionales con una tribuna se planten y denuncien la situación. Cuando se despide de mí lo hace con una explicación pragmática, negar la posibilidad de dudar es negar la inteligencia, viene a decir: «El ser humano es confusión. Negarle a una persona que pueda ser contradictoria es negarle la humanidad. Para mí, una persona que no tenga conflictos internos o no es sincera, o no es muy lista. Por ahora pienso que los jóvenes no son tontos, pero creo que prefieren mentirse a sí mismos porque es socialmente más aceptable». 


Un viejo de dieciséis años

viejo de dieciséis años
Cien figuras de cartón con la cara de Mark Zuckerberg, el CEO de Facebook, instaladas por Avaaz frente al Capitolio de Estados Unidos en 2018. Fotografía: Getty. viejo

Me abrí mi cuenta de Facebook en 2008. Estaba en casa de una amiga en el barrio de Gracia de Barcelona. Los dos estábamos solteros y Facebook parecía aún algo pretencioso, de modernos. Pero aquel invento que llegaba con tanto ruido tenía que servir para ligar, al menos. No sé por qué recuerdo el día preciso en que me creé mi cuenta de Facebook. No ha sido importante en mi vida. Mi Twitter ha sido central y creo que no lo sé, quizá porque lo hice solo. También Twitter llegó más tarde. Si no habías estado en Friendster o MySpace, como yo, Facebook era la primera red social. El primer lugar para el voyerismo digital de tus amigos. 

Poco más de una década después, escribo sobre su decadencia. Es un poco absurdo. Facebook es el país más grande del mundo. Es una de las empresas más exitosas. Los cambios en sus políticas siguen llenando titulares, como cualquier cosa que diga su fundador, Mark Zuckerberg. Sus boicots provocan caídas en Wall Street. ¿Cómo puede ser algo así decadente?  

Facebook es la tele de internet. Nadie admite que la mira mucho, pero sigue mandando. Pero como la tele, sus competidores han provocado que parezca viejo. Viejo no es inútil ni terminal ni feo. Viejo es viejo, y es un adjetivo más bien negativo. Pero hay cosas viejas deslumbrantes. Si Facebook lo será está por ver.

Para mí es fácil escribir sobre la decadencia de Facebook. Nunca ha sido central en mi vida. Pero no hay que equivocarse. Es central en la vida de nuestras sociedades. Durante las semanas de coronavirus miraba a diario CrowdTangle, la herramienta que la misma red tiene para ver los posts que más se comparten, comentan o reciben más interacciones. Miraba qué dominaba en español y en España. Era sobre todo emocional, visceral. Había cuatro cosas que estaban siempre muy arriba. Uno, posts positivos: en Nueva Zelanda ya no hay covid-19, estos gemelos se han salvado de un cáncer en plena covid-19, la persona más enferma se ha curado milagrosamente. Dos, consejos básicos que al compartirlos o al dar like denotan tu posición sobre algo: ponte la mascarilla, qué bonito es aplaudir, vivan los médicos. Tres, religión: toca en esta imagen y nuestro santo te cuidará, reza el rosario con nosotros contra la pandemia, el papa ha dicho esto. Cuatro, peleas políticas o ideológicas: mira lo bien que lo hace este gobierno, mira cómo nos critican los fachas, mira los datos de Trump. En los cuatro casos ayudaba que hubiera futbolistas, actrices, youtubers o cantantes implicados, gente famosa. En Instagram, la participación de famosetes es, por ejemplo, indispensable. Son redes distintas. 

Vale la pena recordar el nacimiento de Facebook para valorar cómo se ha convertido en un lugar al que miles de usuarios van a tocar sus estampitas de santos preferidas. Facebook nació en 2004 como un lugar para saber qué hacían tus colegas de facultad: qué asignaturas escogían, de quién eran amigos, dónde iban de fiesta. Todo cosas esenciales para un universitario. «Mucha gente quería saber a quiénes conocían otras personas. No existía nada igual», dijo Zuckerberg años después. 

Es verdad. Siempre ha sido algo esencial saber qué hace tu amiga. El problema de Facebook hoy es que ha evolucionado a muchas otras cosas que lo han convertido en una extraordinaria máquina de hacer dinero, pero sirve mal para saber qué hace tu amiga. Yo tengo hoy trescientos sesenta amigos en Facebook y setenta y una peticiones de amistad, algunas con años de antigüedad. La mitad de toda esa gente no sé quién es, con lo que su vida apenas me interesa. Luego, la mayoría de la gente que hoy sube historias a mi newsfeed en Facebook escribe chapas tremendas sobre su visión de la vida, todas llenas de pretenciosidad barata sobre cómo funciona el mundo. Apenas hay alguna graciosa sobre una madre conocida agobiada porque su hija no quiere salir de casa o de alguien que se ha puesto enfermo. 

Lo que hacía Facebook en sus inicios ahora lo hace la mensajería privada. Allí está claro con quién compartes qué y cómo: WhatsApp, iMessage o Messenger. La tranquilidad y ventaja para Facebook es que son propietarios de dos de esas y también de Instagram. Pero eso es Facebook la compañía, no la red social. La red social quiere seguir ese camino. Fue el gran anuncio de 2019 de Zuckerberg: predominio de grupos o comunidades y mensajes cifrados en Messenger. Facebook seguirá teniendo una enorme ventaja durante años: es donde está todo el mundo. Pero un post allí no lo ve todo el mundo. Lo ve «alguien», no sabemos quién. Si el post es viral, lo ve más gente. 

Uno de los peligros de las redes sociales es dejarnos hablando solos en el vacío. Twitter tiene ese problema. Sin seguidores, parece que estés en una habitación solo. Facebook ha resuelto históricamente eso con uno de sus grandes asaltos a la privacidad de sus usuarios: la herramienta «gente que quizá conozcas». No se sabe aún con certeza cómo Facebook adivina a quién «quizá» conocemos, pero ahí ha aparecido gente que no debía estar: los cientos de psiquiatras o prostitutas o el examante del novio. Sin embargo, eso permitía que cuando alguien se da de alta enseguida encuentro conocidos. Eso aviva parte del interés. 

Pero de ese territorio personal, Facebook pasó a ser un poco como Twitter cuando nació. Promovió links y páginas para seguir a gente, ya no solo era cosa de amigos. Zuckerberg ha ido retorciendo su invento para comerse a los proyectos que se parecían pero no se dejaban comprar. 

Una de las leyes básicas para crear un gigante de internet, según Evan Williams, fundador de Twitter y Blogger, es coger algo que la gente quiere realmente hacer y conseguir que hacerlo sea diez veces más fácil. El último ejemplo es Zoom. Amazon, Google, Facebook, WhatsApp y YouTube son todos grandes ejemplos de ese principio. 

Estos serán probablemente los pioneros de internet algún día. La competencia en internet será tan grande que mantener a los usuarios en una plataforma será un reto. El problema diferencial para Facebook es cómo escoger qué post poner delante de alguien en su newsfeed. Yo solo puedo juzgar el mío. No todos mis trescientos sesenta«amigos» cuelgan cosas cada día. Hay un pequeño grupo que habla mucho, demasiado. A esos Facebook les tiene que premiar de vez en cuando con likes para que no paren de postear. Mantienen vivo el fondo de armario. Pero de la gente que cuelga poco, ¿qué es interesante?, ¿todo? Y luego, ¿qué es postear poco? Lo fácil es decir que nacimientos, bodas y posts con mucha reacción son los buenos. Pero de eso no hay cada día. Todo lo que viene detrás es imposible de adaptar. 

Facebook sabe que debe mandarme alertas cuando postea una amiga italiana porque me interesa saber qué pasa en Italia. Pero desde hace unos días sus posts son menos interesantes. Dejaré de clicar. Facebook probará con otro amigo. Es una tirada eterna de anzuelo para captar mi atención y llevarme ante sus anuncios. En realidad, y esto Zuckerberg lo ha dicho muchas veces, los anuncios en Facebook deben ser «interesantes». Facebook me tiene suficientemente bien perfilado como para saber que soy de bicicletas, camisetas lisas y zapatillas. Allí veo marcas que ni idea que existían. Pero también es un manantial que se seca: he visto esos anuncios varias veces. 

El problema central de qué pone Facebook delante de tus narices es que hay alguien que toma esa decisión por ti. El follón político que tiene la red sobre dónde pone las líneas rojas al considerar qué es discurso de odio se debe a esto. Es uno de los debates de nuestro tiempo. Facebook no es un medio de comunicación, es algo nuevo. Decide qué pone en su red, pero no entre doscientos periodistas que escriben solo para él, como un periódico, sino de cientos de millones de usuarios. ¿Cómo filtrar la basura de ahí? ¿Cómo destacar lo útil? De la respuesta dependerá la rapidez de la decadencia de Facebook.

¿Qué puede ofrecerme a mí? A mí, poco, ya lo he dicho. Prefiero ver qué cuelga gente que no conozco en Twitter. Pero seguirá habiendo gente que matará su tiempo en Facebook cuando no tenga ningún mensaje para ellos, o cuando hayan salido de Instagram o de TikTok, o cuando el último vídeo que querían ver o el último pódcast que querían escuchar haya terminado. Facebook seguirá ahí. Pero es difícil imaginarle un futuro imparable. Es más fácil verlo como una red vieja a sus dieciséis años. 


Sobre seguridad, privacidad y aplicaciones para el rastreo de contactos

Black Mirror. Episodio 3×1

Poco a poco, tanto en Europa como en el resto del mundo, los gobiernos de distintos países están invirtiendo muchísimo esfuerzo y energías en desarrollar tecnologías que consigan seguirle la pista a la pandemia del COVID-19 y poder acabar con ella. Pero ¿eso ocurrirá algún día?

Whatsapp, Telegram, Facebook, Twitter y demás redes sociales ya se están llenando de mensajes que solo buscan la inestabilidad y el miedo. Es el mejor momento para jugar con el temor, y máxime si se trata de una amenaza de la que nos llevan advirtiendo durante mucho tiempo: el estado de vigilancia permanente en el que nadie podrá moverse sin que sea permanentemente vigilado.

En el que todas las decisiones que afectan a nuestra vida dependerá de lo que el resultado de esa vigilancia permanente decida.

Billones de euros han sido y están siendo invertidos en esta industria tecnológica que está haciendo que solo unas pocas organizaciones salgan beneficiadas, aumentando la discriminación y la desigualdad, al tiempo que nos venden el volver a sentirnos seguros. Y picaremos.

Y, realmente, lo que queremos es sentir seguridad en todos y cada uno de los escenarios de nuestras vidas. Queremos que nuestras familias estén sanas, queremos mantener nuestro puesto de trabajo, y sentirnos seguros en él. Queremos disfrutar de una vida social de una forma segura, poder estar rodeados de gente, poder tocarnos, decirnos secretos al oído, acceder a espacios y permanecer en ellos de forma segura. Queremos ir por la calle tranquilos. Ir al supermercado sin sobresaltos. Queremos disfrutar de nuestra vida de una manera segura y, al mismo tiempo, no ser discriminados, señalados, estigmatizados o rechazados.

Queremos vivir seguros y en libertad.

Es justo en este momento en el que, en todos los escenarios de nuestra vida, aparecerá la seguridad en forma de tecnología para salvarnos, para hacernos recuperar nuestro trabajo, para poder mantener a nuestras familias sanas, y poder volver a celebrar los cumpleaños y las fiestas en las casas de nuestros amigos. Pero, cuidado. Es una mera ilusión.

Desde el año 2007, en el que ciertas innovaciones acaecidas en Silicon Valley se produjeron y que dieron lugar al Big Data, la tecnología no ha hecho otra cosa que ofrecernos nuevos productos y servicios que han simplificado nuestra vida. No solo eso, han hecho nuestra vida mucho más excitante.

Airbnb nos permitió la magia de prescindir de hoteles y empezar a hospedarnos en las casas y apartamentos que habíamos soñado tener para pasar nuestras vacaciones. Tinder nos dio la oportunidad de buscar y encontrar chicas y chicos con los que ligar y que estaban a unos metros a la redonda. Uber vivir la experiencia de viajar en coches privados sin tener que hacer colas en las paradas. Amazon nos permitía comprar cualquier cosa en cualquier parte del mundo desde casa. Con Netflix teníamos el cine en casa. Con Whatsapp pudimos chatear gratis sin tener que pagar cada SMS, mandar audios, y hacer videollamadas. Ya no era posible dar marcha atrás. La vida se había convertido en una toda una experiencia emocionante a través de servicios tecnológicos increíblemente innovadores. Y esto solo acababa de empezar.

Esto hizo que las más prestigiosas escuelas de negocio del mundo pusieran a estos emprendedores, y sus modelos de negocio, como el ejemplo a seguir. Al puro estilo Silicon Valley. Ganar dinero a toda costa.

Pero la parte que no sabíamos, ni nos habían contado, es que detrás de estos innovadores modelos tecnológicos estaban las mentes manipuladoras más brillantes del planeta. Auténticos genios confeccionando algoritmos con el único objetivo de crearnos dependencia a través de experiencias que hacían que muchos de nuestros sueños se hicieran realidad.

Y esa realidad, de repente, y por la pandemia del COVID-19, ha empezado a desvanecerse. ¿Y qué nos queda? Miles de fallecidos, gente enferma, una sociedad golpeada por la crisis económica, familias destrozadas, negocios arruinados.

Un panorama desolador.

Pero vamos a pensar un momento sobre la situación que estamos viviendo. La pandemia del COVID-19 ha acelerado un problema que estaba ya presente en nuestra sociedad. Y nosotros, saciando nuestra hambre por experiencias nuevas a través de la tecnología, contribuimos. A pesar de que estábamos siendo advertidos. Pero nos dio igual. Lo que nos importaba no era comprar en las tiendas del barrio y así ayudar a la economía local. No. Lo que importaba era vivir la experiencia de que con un clic al día siguiente teníamos cualquier cosa.

Pues así empieza todo. Y, ¿sabes cómo termina? Con el 80% de los negocios de tu barrio, cerrados. Pero hay más. Termina con una sociedad desigual y empobrecida, separada por códigos postales que la tecnología usa para discriminar. ¿Cómo? Muy fácil. La mayoría de las aplicaciones gratis de tu móvil recopilan constantemente tus datos. ¿A que esta canción no paras de escucharla? Pero lo que no sabes es para qué. Para venderlos a otras organizaciones que los usarán para discriminar.

Por ejemplo, ¿sabías que tu geolocalización es usada por muchas organizaciones para discriminar todo tipo de decisiones? ¿Sabes cómo averiguan dónde te mueves? Las apps de tu móvil les venden donde estás en cada momento porque tienen acceso al GPS que tienes activado todo el tiempo. Ese dato puede llegar a ser recopilado desde tu móvil y enviado una media de ciento sesenta y cuatro veces al día.

Dependiendo del barrio en el que te muevas, podrán asumir información como tu raza o tu poder adquisitivo. Y también discriminarte por ser de esa raza, por moverte en ese barrio, y por no tener un poder adquisitivo alto. Este es un ejemplo de por qué los más humildes pagan las peores consecuencias.

Y, de repente, llegó la pandemia. Y resulta que todos somos iguales. Y resulta que la tecnología de las experiencias emocionantes y de la vida fácil no era la respuesta. Falló. Nos falló. Ahora solo queremos experimentar seguridad, y sin el temor a que vuelva un rebrote y tengamos que volver a sufrir la pesadilla que hemos sufrido.

¿Será capaz la tecnología de las experiencias emocionantes, la de los emprendedores billonarios, la que trafica y especula con nuestra información, de salvarnos? ¿será capaz de devolvernos seguridad en nuestro seno familiar, en nuestro puesto de trabajo, en nuestra vida social y en nuestras horas de ocio, sin ser discriminados? No. No será capaz de hacerlo. Porque esta tecnología no fue concebida para eso.

Y, de repente, en medio de toda la pesadilla, mucha gente se puso manos a la obra para aportar soluciones a los problemas que se nos vinieron como el tsunami más salvaje, y para los que se nos vendrán.

Entre esta gente que se volcó a ayudar, surgió en Europa un grupo de ingenieros, abogados, epidemiólogos, desarrolladores, que se pusieron manos a la obra a diseñar una nueva tecnología que tuviese como único objetivo servir, junto con otras medidas, para manejar y parar esta pandemia.

Una tecnología concebida para respetar la privacidad de las personas, que no recopilase datos personales, y menos que especulase con ellos. Un grupo al que se fue uniendo más y más gente, hasta desarrollar un protocolo que muchos de ustedes habrán escuchado hablar, el protocolo DP3T, liderado por una ingeniera española, Carmela Troncoso. Este protocolo no es otro que el usado por las aplicaciones de contac-tracing diseñadas por muchos países europeos. La famosa app.

No solo eso, Google y Apple han llegado a un acuerdo para elaborar una API basada en los mismos fundamentos que el protocolo europeo respetuoso con la privacidad de las personas, DP3T. Es decir, dos de los más grandes gigantes tecnológicos del mundo han entendido que la confianza es lo que prima en estos momentos. Y ser confiable significa respetar a las personas, y demostrarlo.

De repente, la tecnología que nos hará vivir experiencias extraordinarias es una tecnología que nos respeta y no nos discrimina. Una tecnología confeccionada para aportarnos seguridad y con la intención de hacer el bien desde su diseño.

El objetivo principal de este protocolo es simplificar y acelerar el proceso de identificar a personas que han estado en contacto con una persona que ha dado positivo en el test COVID-19.

Y algo a lo que no estamos acostumbrados, no se necesita crear una cuenta, ni ceder ningún dato personal. No accederá a nuestra geolocalización, ni a nuestros contactos porque no le hace falta.

Entonces, ¿cómo funciona? La app transmite a través de bluetooth una identificación aleatoria, anónima y efímera, en el sentido de que cada quince minutos esta identificación aleatoria cambia. A su vez, registra la identificación anónima de otros usuarios que también tienen instalada la app en sus móviles, con los que hemos estado físicamente a menos de dos metros, indicándonos el tiempo que hemos estado a esa distancia, y una fecha aproximada de ese encuentro, como el 23 de mayo.

¿Por qué es descentralizado?

Porque toda esta información se almacena en nuestro móvil, y hay una clave secreta asociada tanto a las identidades anónimas que hemos emitido como las que hemos recibido.

Estas identidades no serán almacenadas en ningún servidor central donde se corre el riesgo de combinar estas identidades aleatorias con otras bases de datos y terminar identificándonos. Este es el caso de la mayoría de las aplicaciones que tenemos en nuestros móviles. Nuestros datos son enviados a servidores centrales, junto con otros millones de datos, fusionados y combinados con otras bases de datos, y usados para tomar decisiones acerca de nosotros.

Y, ahora, imaginemos que nos instalamos la aplicación, ¿cómo funciona el mecanismo desde el lado de las autoridades sanitarias?

En el caso de recibir una notificación que nos informa que podemos estar en riesgo de haber sido contagiados porque hemos estado más de diez o quince minutos y a menos de dos metros de distancia con una persona que ha dado positivo en COVID-19. En la notificación nos informan las medidas que debemos tomar, que son aislamiento y/o test COVID-19.

En ese momento, no tenemos la certeza de que estamos contagiados porque juegan muchos factores, como el haber estado protegido, o desprotegido. Así que solo y exclusivamente personal sanitario autorizado es el encargado de hacernos el test de COVID-19. Y solo podemos verificar que estamos contagiados una vez recibamos el resultado de dicho test.

En caso de dar positivo, el médico o sanitario que nos atienda nos preguntará si tenemos la app instalada, y nos pedirá que le enviemos todas las identidades aleatorias y anónimas recibidas a su servidor backend para activar el mecanismo de seguimiento de contactos.

¿Cómo lo hace?

El personal sanitario autorizado genera un código de autorización, que será decidido por cada país. Puede ser un código QR, o un código formado por nueve o diez dígitos, como ejemplos.  Ese código de autorización permitirá que las entidades anónimas y aleatorias se envíen al servidor backend que, a su vez, verificará el código de autorización, almacenará la clave secreta y las identidades anónimas y aleatorias.

El siguiente paso es mandar la notificación, a través de las apps, a los usuarios que han estado a menos de dos metros, y más de diez o quince minutos contigo.

¿Qué NO almacena? Ninguna otra información personal como puede ser la dirección IP, o cualquier otro dato personal proveniente de nuestros dispositivos, ni tampoco accede a nuestros contactos. No se puede identificar a usuarios a raíz de los datos almacenados, tampoco por el servidor, y tampoco las apps de ningún otro usuario.

La única información que sale de nuestros móviles son las identidades anónimas y efímeras.

¿Por qué se hace este proceso?

Porque solo así se aseguran que solo las identidades efímeras y anónimas de los usuarios que han dado positivo se almacenan en el servidor backend, que tiene por objetivo notificar a las personas que han podido estar expuestas al virus.

Este es un resumen del funcionamiento del protocolo DP3T, pues tiene muchas más especificidades y da muchas respuestas a preguntas sobre privacidad y seguridad.

Y, ¿qué es lo que no puede hacer la app?

La app no puede, por sí misma, indicar cómo es usada en nuestro puesto de trabajo, ni si nos la pueden pedir, o no, cuando accedamos a cualquier espacio físico. Ni tampoco puede prevenir, por sí sola, que otras personas te nieguen la entrada a cualquier lugar porque no tienes la app, o por cualquier otro motivo relacionada con la misma.

Entonces, ¿qué ocurre con el sueño de volver a vivir experimentando seguridad en todos los escenarios de nuestras vidas sin ser discriminados?

Pues aquí entra el papel fundamental del gobierno, y el diseño de toda una estrategia, a la cual la app pertenece.

Seré más concreta. Y lo haré aludiendo al paper que he escrito junto con Virginia Dignum, Ricardo Vinuesa y Andreas Theodorou titulado: «A socio-technical framework for digital contact tracing».

Es un marco ético dentro del cual debe ser ideada, confeccionada y aplicada la app de contact-tracing que los gobiernos realicen. Además, garantiza el balance entre el equilibrio global, que es el de los gobiernos y la efectividad de la app a la hora de cederles datos epidemiológicos, y el equilibrio local, que es el de la ciudadanía, y la utilidad de la app a la hora de servirles, junto con el resto de la estrategia, para vivir seguros en todos los ámbitos de sus vidas sin ser discriminados.

El marco ético y social está compuesto por diecinueve criterios divididos en tres grandes grupos: 1. Impacto en los ciudadanos, 2. Uso de la tecnología, y 3. Gobernanza.

Estos criterios se derivan de diferentes reglamentos y documentos de orientación y de las preocupaciones planteadas por los expertos. Cada criterio se mide en una escala de 0 a 2.

Como ejemplo de aplicación de este marco, el diagrama muestra el resultado de tres aplicaciones: Stopp Corona (la app desarrollada en Austria), NHS COVID-19 (en desarrollo en el Reino Unido) y TraceTogether (que se ha implementado y utilizado en Singapur desde el 20 de marzo de 2020).

Además, también analizamos las directrices del Consejo Europeo de Protección de Datos (EDPB) y evaluamos en qué medida cumplen con nuestro marco. Observamos que todas las aplicaciones tienen puntajes bajos en Gobernanza, y ninguna de ellas cumple con los criterios 15, 17 y 19, que son, a nuestro juicio, áreas importantes para cualquier rastreo de contactos digitales.

Las pautas de EDBP proporcionan una cláusula para detener el uso de este tipo de aplicaciones una vez que la situación vuelve a «normal». Esto puede verse como vago, ya que «normal» está abierto a interpretación considerando los cambios socioeconómicos que trajeron los bloqueos.

Se preferiría una fecha más clara, a menos que se tomen medidas adicionales. Las pautas EDPB también requieren el criterio 19, pero no incluyen ningún requisito con respecto al geoetiquetado (relevante para el criterio 17). También es importante destacar la importancia de utilizar un protocolo descentralizado (criterio 7), una característica que no se muestra en la aplicación NHS COVID-19 y que no es requerida por las pautas de EDPB, mientras que TraceTogether solo lo cumple parcialmente a través de un protocolo mixto centralizado / descentralizado.

Impacto en los ciudadanos

  1. Respeto de los derechos fundamentales de las personas: esto incluye los derechos a la seguridad, la salud, la no discriminación y la libertad de asociación. (2) Información poco clara / solo respetando parcialmente los derechos (1), o no respetarlos (0) no son adecuados.
  2. Privacidad y protección de datos: la recopilación de datos debe cumplir con el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) y respetar la privacidad de la persona. Una evaluación de impacto de protección de datos (DPIA) debe llevarse a cabo antes del despliegue de cualquier sistema de rastreo de contactos. El propósito de la aplicación y los mecanismos para evaluar su uso deben estar claramente definidos. Todos estos requisitos deben cumplirse (2), mientras que cumplirlos solo parcialmente (1) o nada (0) no son adecuados.
  3. Principio de transparencia: incluyen el derecho de los usuarios a ser notificados, a controlar sus propios datos, a la transparencia con respecto a qué datos personales se recopilan y a la explicación del resultado producido por la aplicación. La aplicación debe ser auditable. El cumplimiento de todos los requisitos (2) es adecuado, mientras que cumplirlos solo parcialmente (1) o nada (0) no es adecuado.
  4. Evitar la discriminación: la aplicación debe evitar la estigmatización debido a la sospecha de infección. (2) La información / medidas poco claras para evitar esto (1), o la falta de un plan para abordar este problema (0) no son adecuadas.
  5. Accesibilidad: posibilidad de ser utilizado por todos, independientemente de la demografía, el idioma, la discapacidad, la alfabetización digital y la accesibilidad financiera. Todos estos requisitos deben cumplirse (2), se abordan parcialmente (1) o nada (0) no son adecuados.
  6. Información y tutoriales: asegúrese de que los usuarios estén informados y sean capaces de usar la aplicación correctamente, incluidos, por ejemplo, ayuda en la aplicación o materiales externos, como un sitio web (2), o materiales externos, como una web (1). No hay material (0) no es adecuado.

Tecnología

  1. Protocolo descentralizado: p. Ej. uso de la arquitectura descentralizada de seguimiento de proximidad para preservar la privacidad (DP-3T). Además, la aplicación debe permitir la interoperabilidad. Se prefiere Bluetooth sobre el GPS. Un protocolo totalmente descentralizado es el mejor (2), mientras que los enfoques mixtos (1) o completamente centralizados no son adecuados (0).
  2. Gestión de datos: garantizar el principio de minimización de datos, el uso del almacenamiento local y temporal, y el cifrado, según los principios de protección de datos por diseño. Asegurarse de que solo se traten los datos estrictamente necesarios. Todos estos requisitos son necesarios (2), la documentación es poco clara (1) el incumplimiento de todos ellos (0) o no son adecuados.
  3. Seguridad: autenticación del usuario para evitar riesgos como el acceso, modificación o divulgación de los datos. Utilizar identificadores únicos y pseudoaleatorios, renovados regularmente y criptográficamente fuertes. El cumplimiento de estos requisitos es necesario (2), no está claro (1) o la falta de cumplimiento (0) no es adecuado.
  4. Aplicación fácil de desactivar / eliminar: ya sea a través de instrucciones claras o automáticamente mediante la cláusula de suspensión (2). No está claro (1) o las dificultades para eliminar la aplicación y los datos (0) no son adecuados.
  5. Aplicación de código abierto: desarrollo participativo y multidisciplinario, acceso al código y métodos utilizados para la adaptación a nuevos conocimientos sobre el virus (2). No se recomienda el código de fuente abierta sin la posibilidad de contribuir (1), y el código de fuente no abierta no es deseable (0).

Gobernanza

  1. Propiedad pública: es preferible la propiedad por el Estado (2), mientras que la Autoridad Sanitaria (1), un instituto de investigación (1) o una parte privada / comercial (0) son menos adecuados.
  2. La gobernanza de datos debe hacerse pública: es preferible la gobernanza de datos abiertos (2), mientras que las configuraciones intermedias (1) o privadas / opacas (0) no son adecuadas.
  3. Uso: la descarga de la aplicación debe ser voluntaria (2). Además, el uso de la aplicación no puede ser obligatorio para acceder a ciertos lugares (1) o ser legalmente obligado (0).
  4. Cláusula de extinción: Esto debe especificarse claramente con una fecha y un procedimiento claros (2), mientras que la información poco clara (1) o la falta de dicha cláusula (0) no son adecuadas.
  5. Legislación y política: Marco legal claro y más amplio votado por el parlamento (2), política gubernamental parcial (1) mientras que no es deseable ninguna política o desconocida (0).
  6. Hallazgos incidentales y política de doble uso: los propósitos más allá del rastreo de contactos (por ejemplo, colocar a las personas en escenas del crimen, identificación de patrones de comportamiento) están estrictamente prohibidos (2). De lo contrario, debe existir al menos una política que establezca cuáles son los otros usos potenciales de los datos recopilados (1).
  7. Evaluación del impacto del diseño y proceso de desarrollo abierto: proceso de diseño explícito, que incluye una descripción clara sobre los objetivos y la motivación, las partes interesadas, el proceso de consulta pública y la evaluación del impacto (2). La información poco clara (1) o la falta de dicha evaluación (0) no son adecuadas.
  8. Derecho a no ser objeto de una decisión automatizada. Los usuarios deben poder impugnar las decisiones de la app, o exigir intervención humana (2). El cumplimiento parcial / poco claro (1) o la falta de esta característica (0) no son adecuados.

Figura 1: Aplicación del marco propuesto a tres aplicaciones y las pautas EDPB, como se indica en cada panel. Los números representan cada uno de los criterios, y el cumplimiento de los criterios de los tres grupos principales se muestra en el círculo exterior.

Creemos que este enfoque debe implementarse en cualquier aplicación digital de rastreo de contactos, para garantizar completamente la seguridad de los datos, y la de los ciudadanos.

Todos queremos vivir una vida serena y experimentar seguridad sin ser discriminados, y poder confiar de nuevo en la tecnología sin que nos vuelva a traicionar. Podemos hacer que ocurra.


Memoria de un tuit suicida

Foto: NBA.

Había anochecido en Los Ángeles cuando el avión despegó con destino a Shanghái. El vuelo sería largo y monótono. Más de catorce horas atravesando quince husos horarios y sin conexión a internet, por lo que matarían el tiempo con películas, música, juegos de cartas, conversación y sueño. Nada que una expedición de los Lakers no conociera. Solo que esta vez en mayores dosis. Casi envidiaron a los Nets, que con un día de antelación habían tocado tierra aquel mismo lunes 7 de octubre. Ambos equipos tenían previsto medirse dos veces como parte de la pretemporada NBA. El jueves en Shanghai y el sábado en Shenzen. 

Superado el ecuador del vuelo, viendo que todos los pasajeros estaban despiertos, un oficial del equipo aprovechó para instruir a los jugadores sobre un uso conveniente de sus redes durante la estancia en China. Aquel protocolo era calcado al que la federación había empleado con la selección para el mundial de baloncesto, también en China, mes y medio atrás. En realidad era algo que se venía haciendo anualmente con todos los equipos que visitaban el gigante asiático en las giras de pretemporada. 

La charla, escueta y clara, apenas duró diez minutos. Exponía los riesgos y límites en el uso de las redes para no comprometer a los jugadores y el colosal orbe de tres siglas que cargaban detrás y cuyo mayor peso era financiero. El mercado chino suponía, con diferencia, la principal fuente de ingresos comerciales de la mejor liga del mundo. Su audiencia real por temporada rondaba los setecientos millones de espectadores, más del doble de la población total de los Estados Unidos. Un yacimiento que había permitido a la NBA duplicar sus ingresos en ocho años. No en vano durante el mundial, la presencia del comisionado Adam Silver en Dongguan, más que decorar los partidos del USA Team, se traducía en ultimar los detalles de nuevos contratos por valor superior a dos mil millones de dólares. 

Pero no era esto lo que redobló entonces la contundencia del mensaje a los jugadores. Era un ejemplo, un ejemplo aún caliente, tal vez el peor de todos, un error estratégico cuyas consecuencias se habían desatado con inusual fuerza mientras el avión sobrevolaba mansamente el Pacífico. 

De aquel ejemplo, que en apenas una hora leyeron cientos de miles de usuarios, fue testigo desde su casa uno de los miembros de la selección americana que había disputado el mundial. Días antes, el viernes, tendido en el sofá, deslizaba indiferente su dedo por la catarata de Twitter cuando lo detuvo, más que el mensaje, las persistentes citas que lo envolvían. Al desflorarlo el chorro de amenazas no tenía fin y su origen mayoritario —NMSL se emplea en slang chino como «tu madre está muerta»— reflejaba haber enfurecido a una parte, que en aquel momento parecía toda. «Pero si a nosotros nos alertaron de esto —se sorprendió—. Nada de política. Y este tío es un ejecutivo». No le cabía en la cabeza.

 El autor del mensaje, del tuit, era Daryl Morey, el director deportivo de Houston Rockets, el equipo NBA más célebre en China. Inscrito en un emblema asociado al movimiento que se arrojaba a defender el mensaje exhortaba: «Fight for freedom, stand with Hong Kong». Con ello Morey mostraba su apoyo explícito a las protestas hongkonesas contra el gobierno chino, protestas que se habían iniciado contra un controvertido proyecto de ley y que con el paso de las semanas se extendieron a algo mucho mayor. Si bien el problema político, más complejo y enquistado, se remontaba demasiado tiempo atrás, los manifestantes reclamaban ahora más democracia y la respuesta policial de Pekín fue recrudeciéndose en un peligroso bucle. Aquellos días los graves disturbios abrían los informativos de todo el mundo.

Se daba la circunstancia de que Morey estaba entonces en Japón. Los Rockets habían llegado a Tokio el fin de semana para disputar martes y jueves en Saitama un doubleheader con los Raptors.  

Twitter: @dmorey

La tormenta desatada por aquel tuit no se hizo esperar. El dueño del equipo, Tilman Fertitta, en un desesperado intento por apagar el incendio, recogió el mensaje de su subordinado y subrayó que Morey no hablaba en nombre de la organización, que la presencia del equipo en Tokio era de promoción internacional y que los Rockets en ningún caso eran una entidad política. 

Asustado por una reacción que no tuvo la previsión de intuir, Morey borró el tuit. Pero ya era tarde. Se haría imposible detener una escalada que en apenas horas iba a poner en serio peligro las relaciones comerciales con el mercado chino y agravar las diplomáticas entre ambos países. De hecho, la fase más crítica terminaría involucrando a las más altas esferas de los dos gobiernos, adquiriendo en pocos días el inquietante tono que remitía a las tensiones abiertas entre americanos y soviéticos en los oscuros años de Guerra Fría. 

Para fracturar una relación estable tenía que darse un agravante. Y aquel no podía ser mayor. Morey no era un directivo cualquiera. Trabajaba para Houston Rockets, el ariete principal del mayor mercado NBA en el mundo, una relación abierta desde que Yao Ming iniciara allí su carrera en 2002. Desde entonces esa relación no hizo más que fortalecerse, convirtiendo a los Rockets en un emblema sin rival en el mercado chino, el equipo más seguido en su inmenso territorio, el principal enlace entre ambos mundos y la franquicia con un mayor volumen de ingresos derivados del gigante asiático. Por eso el acto de Morey era inconcebible. Que su autor fuera el gestor de los Rockets equivalía  a alta traición. Provocaba un riesgo cien veces mayor que haberlo cometido cualquier otro miembro ejecutivo, propietarios incluidos, de la mejor liga del mundo. 

La grieta se abrió un poco más cuando aquella misma noche, Joe Tsai, mano derecha del fundador del gigante chino Alibaba y que en septiembre se había hecho con la propiedad de Brooklyn Nets, emitió un contundente comunicado en forma de carta abierta. En ella cargaba indignado contra el alegato de Morey, calificándolo de intolerable para el gobierno y los ciudadanos chinos, víctimas en Hong Kong de un «movimiento separatista» que trataba de exponer en profusas líneas para denunciar «el daño» causado a las relaciones entre ambos países. No resultaba casual que en mayo ya hubiera deslizado a los medios lo trabajoso y necesario de tener que «explicar China mucho a los americanos». La dura reacción de Tsai, uno de los propietarios NBA, situaba entonces al comisionado Adam Silver en una delicadísima situación.

En el mejor de los casos aquella batalla inicial podía no rebasar la mera dialéctica, una de tantas a diario en las redes. Pero no fue así. En las horas siguientes el gobierno chino, maniobrando en la retaguardia, dispuso un paquete de medidas aguardando una reacción de la NBA que a su juicio no se produjo en los términos deseados. Esta llegaría con retraso el día seis. A través de su portavoz, Mike Bass, la NBA emitió una respuesta oficial que desmarcaba a la liga de la postura de Morey calificando de «desafortunado» un mensaje que había ofendido a innumerables «amigos y aficionados en China» y cuyo contenido no representaba ni a los Rockets ni a la NBA. Ese mismo día y conminado a ello, Morey lamentaba en su cuenta oficial una mala interpretación de sus palabras, que hacía solo suyas exculpando a los Rockets y a la NBA. Pero ni rastro de disculpa. Como ciudadano libre tampoco tenía por qué. 

Lejos de templar los ánimos, las autoridades chinas estimaron ambas respuestas insuficientes y pasaron a la acción. Ordenaron tumbar contratos y patrocinios con efecto inmediato, empezando por todos los vigentes con los Rockets, incluyendo la comercialización de mercadotecnia a través de Alibaba y cancelando toda cooperación de la CBA (Chinese Basketball Association) con la franquicia de Houston, cuyo consulado chino, luego de presentar protestas formales ante representantes de la organización, reveló la postura oficial de las autoridades chinas. No solo les instaba a «corregir el error», sino a tomar medidas concretas «de manera inmediata para eliminar el impacto adverso» por lo sucedido. En otras palabras, el comisionado Silver fue presionado para tomar medidas punitivas contra Morey incluyendo el despido, cosa que Fertitta, el dueño, sí llegó a considerar (consciente del inminente volumen de pérdidas), Silver rechazó y el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Geng Shuang, desmentiría poco después. 

Que Morey no sufriera la menor medida disciplinaria supuso el remate. Al día siguiente fueron cancelados los dos partidos de exhibición de la G-League previstos en China para finales de octubre y uno de cuyos equipos era el filial de los Rockets. La cancelación no solo dejaba a los jugadores sin su abono de cien mil dólares; también las opciones contractuales a que muchos de ellos aspiraban por el doble duelo. Y aun esto era una minucia. 

A primera hora de la mañana en Tokio, antes de abrir el entrenamiento, la suplicante disculpa de James Harden atendiendo a voluntad a los medios —«Pedimos perdón, adoramos China y nos encanta jugar allí. Apreciamos a todos sus aficionados y amamos todo lo que representan»— sirvió de poco. Acompañaba a la estrella de los Rockets, el recién incorporado Russell Westbrook, queriendo dar así la impresión de que toda la franquicia actuaba como una sola voz. También resultaría inútil. 

En la jornada siguiente fueron canceladas todas las emisiones NBA con las operadoras de televisión CCTV y Tencent. Para hacerse una idea del montante que algo así suponía, la cadena Tencent acababa de renovar su contrato por otros cinco años por más de mil quinientos millones de dólares, tres veces más del acuerdo inicial firmado un lustro atrás. El día nueve la oficina central de la NBA, con Silver en Japón, tuvo que atender sin éxito el desfile de llamadas de diversas franquicias urgiendo explicaciones del impacto financiero por lo que estaba ocurriendo y las consecuencias en el tope salarial venidero. 

La reacción de Morey aquellos días era igualmente reveladora. Desapareció de la vida pública y de todos los actos previstos por los Rockets durante la gira de seis días en Japón. El directivo se recluyó en su habitación del hotel Roppongi Hills, donde también se alojaba Silver. No se vieron las caras. Silver solo se comunicó con él por teléfono, dejando claro al dirigente que estaba hundido. Por eso Morey agradeció tanto que su homólogo en Toronto Raptors, Masai Ujiri, subiera a visitarlo a su habitación. 

Desde la planta cuarenta y cinco las vistas de la capital nipona eran impresionantes. Pero el mayor consuelo se lo brindaría Ujiri con aquella visita cercana a las dos horas. Durante la conversación Morey, licenciado por el MIT (Massachussets Institute of Technology) en el año 2000, expuso a Ujiri los motivos de aquel tuit reconociendo su empatía con el movimiento de protesta. El MIT, le dijo, era un trampolín a Hong Kong para muchos de aquellos estudiantes, convencidos de su futuro como hombres de negocios en la zona. Era por ellos, sus antiguos compañeros, que conocía bien la situación de la región, la naturaleza del movimiento y sus reclamaciones de autonomía. Ujiri lo escuchaba con atención. Pero cuando se atrevió a cuestionarle el timing del tuit, más que inoportuno el peor imaginable, Morey reconoció que el decreto que prohibía portar máscaras durante las manifestaciones, noticia que recibió aderezada por duras imágenes de represión, agotó su paciencia, motivando que saltara decidido a la red. 

Antes de despedirse Ujiri aprovechó para informarle de las llamadas que había recibido de varios colegas —general managers— mostrándole su apoyo. Agradecido, a Morey le era imposible ignorar que esos pocos lo hicieron en privado y no directamente a él. Era como si no quisieran dejar rastro de una sola llamada.

***

De las peores horas de aquella ofensiva los jugadores y expedición de los Lakers no supieron durante el largo vuelo. De hecho, cuando el avión aterrizó en Shanghái el martes al mediodía, Adam Silver estaba a punto de oficiar una rueda de prensa en Tokio. Era la comparecencia prevista para el doble duelo de pretemporada que mediría a Rockets y Raptors en Saitama, pero cuyo signo cambió por completo a causa de la crisis abierta. Con semblante preocupado Silver no pudo evitar reconocer las consecuencias del tuit, solo que ahora sí, más que compartir el mensaje de Morey, apoyaba «el ejercicio de su libertad de expresión». En el difícil equilibrio de ambas fuerzas Silver prefirió «afrontar las consecuencias» antes que cuestionar un derecho fundamental. No tenía más remedio. El valor de aquel principio, que repitió hasta once veces durante la conferencia, lo extendía a cualquier miembro de la NBA como identidad de las libertades de todo ciudadano de los Estados Unidos. 

La incisiva pregunta de la agencia nipona Kyodo, que insistía en saber por qué apoyar la inoportuna exhortación de Morey importaba más que detener la escalada de la respuesta china, dio a Silver el punto clave de su declaración: «Lo que esencialmente digo es que hay valores que forman parte de nuestra liga desde sus primeros días, y eso incluye la libertad de expresión». Irónicamente, este reconocimiento de la Primera Enmienda no serviría ni para calmar los ánimos asiáticos ni para evitar, poco después, el azote del presidente Donald Trump por las habituales críticas de un mayoritario sector de la NBA. 

La cadena CCTV no solo retiró de su parrilla los duelos de pretemporada. Tras la rueda de prensa de Silver, millones de pantallas en todo el país pasaron a enunciar un hostil editorial, lo que en China equivale a una declaración estatal: «Silver ha fabricado mentiras de la nada y ha tratado de pintar a China como implacable». La cadena despreció su exposición como un meeting sentenciando que «la declaración política a sus colegas estadounidenses de libertad de expresión solo busca encubrir la difamación de Morey».

Mientras, ajenos al seísmo, los Lakers eran trasladados en un autobús del aeropuerto al hotel. A mitad del trayecto, de una media hora, los jugadores fueron informados que el acto de los Nets en el marco del NBA Cares había sido suspendido. Pero la sorpresa fue mayor cuando al presentarse el autobús en la imponente entrada del Ritz-Carlton nadie los esperaba. No había recepción oficial. Todo se hacía más extraño cuando los aledaños del hotel estaban presididos por lonas gigantes, de más de nueve metros, luciendo imágenes de las estrellas de ambos equipos, Lakers y Nets. Pero a excepción de un puñado de compatriotas alojados en el hotel y varios medios americanos allí no había nadie. No aficionados chinos. «Cuando aterrizamos no teníamos ni idea del alcance que habían adquirido las cosas —relataría tiempo después LeBron James—. Fue allí cuando empezamos a percibir que algo muy serio estaba pasando».

De costumbre la llegada de los equipos NBA al extranjero, más aún en territorio asiático, además de recepción oficial, equivale a la de las estrellas de la música o el cine. Solo la semana anterior se habían congregado diariamente frente al hotel cerca de ochocientos entusiastas aficionados cruzando los dedos por si acertaban a verlos. Esta vez lo único que les aguardaba era una enorme bandera china recién colocada sobre la puerta principal. 

Agotados por el largo viaje, los jugadores se refugiaron en sus habitaciones a descansar. Al día siguiente arrancaba una nutrida agenda de actos y promociones empezando por el primer entrenamiento y toma de contacto con el Mercedes-Benz Arena. 

Durante el desayuno, no sin que algunos mostraran secuelas de mal sueño por el desfase horario, fueron informados que, al igual que los Nets, su acto oficial previsto con NBA Cares había sido suspendido. «¿Pero qué coño pasa?», estalló entonces uno de ellos. Y tampoco supieron darles una respuesta convincente. 

El coste de los actos suspendidos no era una pequeñez. Lo firmado por LeBron James, Anthony Davis, Kyle Kuzma y Rajon Rondo rondaba en conjunto los diez millones de dólares. James, por ejemplo, de costumbre el de agenda más apretada, tenía cerrados dos eventos con Nike y uno más con Beats by Dr. Dre. Al igual que sus compañeros los perdió todos. 

Sin ningún acto que presidir los Lakers adelantaron la sesión de entrenamiento, por lo que una hora después los jugadores se presentaron en el pabellón, se uniformaron en vestuarios y saltaron a la pista a entrenar. No pasaría ni media hora cuando fueron expulsados por un escuadrón de operarios. Los trabajadores habían sido apremiados a hacerlo, a lijar y revestir el parqué bajo la orden de eliminar los logotipos de los patrocinadores cuyos contratos habían sido suspendidos. 

Otra vez de vuelta en el autobús los jugadores, que a excepción del malestar por el tuit de Morey tenían una información muy vaga del resto, fueron informados de la cadena de acontecimientos que aquello había provocado y de la que ya estaban siendo testigos directos. Hasta entonces, en aquella siniestra mañana, no fueron conscientes de que detrás de cuanto les estaba sucediendo estaba el gobierno chino, con capacidad para reducirlo todo a cero. 

Por eso les resultó aún más inquietante el regreso al hotel. Todas las lonas y banderas que presidían la avenida de entrada habían desaparecido. Invadió entonces a la expedición angelina la sensación de que no estaban allí, de no saber qué sería lo siguiente. Una sensación recrudecida cuando las preguntas del staff técnico a varios empleados del hotel obtenían como respuesta el silencio y la media vuelta. Ahora sí, el lujoso recinto adquiría la impresión de un refugio. Era momento de establecer contacto inmediato con Adam Silver. 

Pero Silver no estaba disponible. Volaba entonces de urgencia de Tokio a Shanghai. La hoja de ruta del comisionado solo tenía clara la prioridad de reunirse con los desplazados Lakers y Nets. Todo lo demás se había retorcido en un improvisado plan a la desesperada por verse con la cúpula directiva de la federación y liga, así como contar con el apoyo de su presidente, Yao Ming, como enlace con algún alto mando del gobierno. Las cosas se habían puesto tan feas que durante el vuelo miembros de su comitiva llegaron a alertar a Silver de que en el peor caso «podría tener prohibida la entrada al país». Finalmente lo haría, pero no sin antes pasar un exhaustivo y sospechoso control de seguridad que incluiría técnicas de reconocimiento facial. Para entonces su teléfono no daba abasto con las nerviosas comunicaciones de los presidentes y propietarios de la liga que gobernaba.  

Como era de esperar Silver tampoco dispuso de recepción oficial. Pero a su llegada al hotel se vio sorprendido por la presencia de grupos de jóvenes chinos entonando gritos de protesta y luciendo pancartas hostiles con su rostro y el de Morey. 

Dos de los carteles diseñados por manifestantes chinos con los que recibieron a Silver a su llegada al hotel. (DP)

La cita con los dos equipos, prevista para las cuatro de la tarde, se adelantó a las dos y media. De las diversas salas de reuniones del Ritz-Carlton en Shanghái, la más grande, la más suntuosa es un amplísimo teatro conocido como Grand Ballroom 2 con capacidad para trescientas sesenta personas. Bajo decenas de lámparas de cristal suspendidas de techos a gran altura y cuya iluminación reverbera en placas espejadas y marcos de mármol, la superficie de la estancia, veintisiete metros por catorce de ancho, diseñada para acoger a las más altas instancias de Estado, acariciaba el tamaño de una pista de baloncesto.

Silver entró sin demora. Luego de una rápida presentación general subió al estrado, agarró el micrófono y se separó del atril que el hotel dispone para las ponencias. Desde allí detectó una excesiva seriedad en los rostros que bajo su posición salpicaban las primeras filas, algo próximo a la intranquilidad. De las cuarenta personas, entre miembros de Lakers y Nets, staff técnico, oficiales y comitiva, unos aguardaban sentados y otros de pie, cuyos brazos cruzados apremiaban el doble. La megafonía no solo daba empaque a las palabras de Silver. Remitían a cualquiera de los actos que un comisionado frecuenta durante una temporada NBA. Solo que esta vez todos eran conscientes de estar al otro lado del mundo, dominados por una extraña sensación de aislamiento. 

Tras un cuarto de hora de alocución, durante la que todos fueron informados de la gravísima repercusión de lo ocurrido, y en la que los testigos pudieron advertir en Silver un tono suplicante y vulnerable, los jugadores entendieron que les estaba pidiendo algo. Y efectivamente así era. Algo cercano al ruego.

Era que quienes se vieran más capaces dieran la cara delante de dos centenares de periodistas que, Silver creyó entonces, tendrían a su disposición para expresar una opinión firme como embajadores de la liga, y sobre todo, validando las libertades como él, en nombre de la NBA y de la nación, había hecho. En suma, pidió a los jugadores atender a los medios ratificando una postura de libertad. 

—No entiendo —prorrumpió James—. ¿Por qué no lo haces tú?

Silver intentó suavizar la pregunta indicando que habían cancelado sus ruedas de prensa —en realidad toda declaración pública durante su estancia en el país—. Y el alero no pudo evitar rematar sus dudas. 

—Te lo han prohibido. 

—No, no exactamente —repuso Silver—. Puede que yo no pueda hablar. Pero vosotros sí. 

Acto seguido el comisionado abrió turno de palabra y LeBron James se erigió una vez más como portavoz. Se mostró firme, creyendo hablar en nombre de los presentes, tal y como había hecho años atrás en Nueva Orleans, rodeado de estrellas y con Silver como destinatario, convenciéndole de abrir un parón mayor en el calendario de fechas aledañas al All Star. 

—Adam, no me entiendas mal —advirtió de inicio—, pero déjame decirte que si el autor del tuit hubiera sido uno de nosotros, un jugador cualquiera, no habría contado con el mismo apoyo que Morey. Creo que la liga lo habría gestionado de forma distinta y que, siendo ese jugador el único responsable y causando las consecuencias que esto ha tenido, la NBA habría tomado alguna medida. 

Silver se defendió. Su objeción remitía por habilidad a su predecesor en el cargo, David Stern, cuya mejor defensa era siempre el ataque. 

—Nosotros nunca hemos tomado una medida en contra de vuestras posturas. Habéis sido libres para cuestionar, por ejemplo, al presidente Trump —lo que siempre situaba a la liga en una posición delicada por un sector de propietarios abiertamente favorables a su Administración. 

—Lo sucedido —prosiguió Silver— me podrá gustar más o menos, que obviamente no me gusta, pero lo que ha hecho Morey es lo mismo que hacéis vosotros valiéndose de la misma libertad. 

—Es que Morey no está aquí para responder a esas preguntas —objetó ahora LeBron ante la atenta mirada de los demás—. Es él quien debería hacerlo. Es Morey quien debería responder por un acto que solo él ha cometido. 

La sensación de ambas plantillas, ante el hecho de que Silver no pudiera dirigirse públicamente a los medios, redobló la sensación de vulnerabilidad. No solo del comisionado. También la de ellos ante la evidencia de que los estaba requiriendo para algún tipo de solución. Solución que los jugadores no alcanzaban a ver. 

—Mi pregunta es —insistió LeBron— ¿Por qué hemos de dar la cara los jugadores? Ninguno de nosotros, creo, tiene la más mínima idea de lo que Morey estaba defendiendo. Nada del problema político, racial, o económico o lo que sea que aquí puedan tener. 

Era cierto. Y Silver observó que los jugadores asentían. 

—¿Qué podemos decir nosotros?

—Defender su libertad —repuso enseguida.

La conversación tuvo un último tramo en el que James pedía más claridad en la situación creada antes de que ellos pudieran hacer algo, expresando a Silver su temor de que el riesgo podía agravarse —aclaró con fuerza este punto— para los jugadores y la propia liga. No solo no tenían ni idea de la naturaleza del problema creado. Era la convicción general de que pagaban la imprudencia de un ejecutivo y no era justo delegar en ellos su responsabilidad. A esas alturas de gira solo les invadía un caótico cúmulo de oscuridades, con aparentes secuelas en sus ingresos y la vaga noción de una repentina crisis internacional mientras estaban de visita en un país extranjero, China para mayor inquietud.

Cuando el cruce de opiniones se animó otros jugadores sumaron las suyas, entre ellos Kyrie Irving y Kyle Kuzma. «Nos estás pidiendo que nos pronunciemos públicamente sobre algo muy complejo y con unas implicaciones que ahora mismo ignoramos». En esto todos coincidían. «¿Por qué somos nosotros los que corremos el riesgo de hablar en China cuando la liga debería ser la primera en abordar el asunto, y si acaso entonces, nos sumemos?». 

—No os estamos obligando —insistió Silver—. Creo que es algo que nos haría bien a todos. 

—Yo no sé qué decir ni qué responder a esas preguntas —repuso Irving antes de ir un paso más allá—. Empiezo a creer que no sé si tiene sentido que juguemos en un ambiente así.  

Aquel fue el momento en que Silver mostró mayor firmeza. Los partidos se jugarían. Irving recordó entonces al comisionado, como si este no lo supiera, que aquel era el único motivo de que estuvieran allí. 

—Si la condición para jugar en paz —remató Irving— tiene que ser que nosotros reparemos el daño que ha causado Morey yo prefiero no jugar.  

A este órdago que tensaba más la cuerda dedicó Silver sus últimos minutos de charla, tratando de calmar a los presentes y asegurando que todo tendría lugar en condiciones normales. En aquel momento los jugadores pidieron quedar a solas unos minutos, a lo que Silver accedió siendo acompañado fuera por los cuerpos técnicos y directivos. 

En el vestíbulo Rob Pelinka, el director deportivo de los Lakers, junto a su homólogo en los Nets, Sean Marks, aprovechó para abordar a Silver. Pelinka apoyaba las palabras de LeBron, dando una curiosa interpretación del asunto. Le pedía aprobar en aquel momento la versión dada por los jugadores. A su juicio, tenía una gran oportunidad de fortalecer la unidad. Si en aquella difícil situación ellos sentían que Silver velaba con el corazón por sus mismos intereses, se ganaría un espacio de confianza mutuo que emplear en el futuro. «Será una gran victoria para ti», le dijo. Las palabras de Pelinka le podían saber a bálsamo, pero Silver era consciente de que ya no habría ninguna victoria.

Imagen de una NBA Fan Zone retirada por la polémica abierta (DP)

Dentro de la sala LeBron había tomado otra vez el mando. 

—Cualquier decisión que vayamos a tomar tiene que ser de total acuerdo. 

Entre los demás incluso habían ganado terreno las palabras de Irving. Era como si ahora pesaran las jornadas que tenían por delante. 

Como recogería Dave McMenamin, uno de los destinatarios de lo conversado en aquellas tensas sesiones, el instinto ya habituado de LeBron era «prevenir a sus colegas de un abismo de relaciones públicas casi imposible» para ellos. Durante la improvisada asamblea James veía la perplejidad en los rostros más jóvenes, nada experimentados en situaciones así. Sobre aquellos minutos a solas el alero declararía tiempo después: «Siento esa responsabilidad de protección con los jugadores. Es algo que siempre tengo en mente. Nunca hablo solo por mí, no por mis intereses. (…) Trataba de protegerlos en aquella situación». Y tampoco veían motivos para disfrazarse de héroes. 

La postura saliente de la asamblea se resumía, pues, en: primero, dejar claro a Silver que no se negaban a hablar; segundo, que lo único que rechazaban era tener que pronunciarse ellos antes que la propia NBA; y tercero, que si la NBA se pronunciaba de nuevo, acaso los más capaces podrían apoyar la postura oficial. 

Silver lamentó que los jugadores no asumieran que la postura oficial ya había sido expuesta por él en Tokio y que ahora no podía volver a hablar. Estaba siendo testigo del típico defecto de las estrellas de actuar bajo el cómodo margen de seguridad de algo que hubieran visto y oído, como una resonancia cercana. 

En aquel preciso momento, para los jugadores no era tanto un problema financiero, no relativo a sus inversiones, cuanto el temor y la inseguridad de agravar el problema por algún error humano. De ningún modo querían cargar con las consecuencias del capricho de un directivo al que nadie —así lo creyeron— había pedido cuentas. «No vamos a asumir ese riesgo». Ellos solo estaban allí para jugar y promocionar la liga. En el fondo todo aquel asunto los superaba. 

De las fuentes anónimas que más tarde sumaron piezas al puzle de aquellos días, una daba en el clavo. La impresión de los jugadores era que el problema había cruzado una línea manejable por ellos para adentrarse en el oscuro terreno de las relaciones comerciales y diplomáticas entre dos países. Sobre suelo chino, aseguró esa fuente, «era prácticamente imposible para ellos gestionar una situación así». De otro modo, de haber estado todos en territorio americano las cosas habrían sido distintas. 

Cuando Silver y los demás regresaron a la sala y fueron informados de la postura acordada por los jugadores, el alto cargo se resignó a cerrar el capítulo de la única forma posible.

—Si sentís no estar preparados para defender públicamente nuestra postura, nadie os va a obligar a hacerlo. 

Acto seguido añadió que los partidos se jugarían, que todo el equipo trasladado velaría por la seguridad de la expedición al completo y que esperaba que pasado un tiempo las aguas volverían a la calma. 

Eso fue todo.

Irónicamente, que los jugadores hubieran decidido otra cosa perdería pronto el sentido. Las ruedas de prensa previstas para los partidos fueron también suspendidas. Como los protocolarios himnos. Como el parqué, limpio de firmas. Y como todo accesorio que no fueran banderas chinas, debidamente repartidas a la entrada del pabellón. 

Terminado el sábado el segundo encuentro los jugadores fueron trasladados al hotel, del hotel al aeropuerto en hora y media de trayecto, otra hora de controles y dos más a bordo del avión en la pista por un fuerte temporal en las proximidades. Otra vez sintieron que les aguardaba un mundo hasta llegar. 

Siempre alivia pisar tierra. Pero aquella vez mucho más.

***

El malestar de los jugadores se agitaría, pese a todo, en un plano muy inferior al que sentían otros miembros de la liga. Los altos cargos sí que estaban de verdad enojados.  

La mañana del miércoles 16 de octubre los presidentes de las franquicias se vieron las caras por videoconferencia. Durante la sesión, en la que Silver habría de informarles puntualmente de los contratos rotos y las pérdidas derivadas, las tensiones fueron palpables. Y en gran medida en una sola dirección.

Un sector de ejecutivos había visto confirmados todos los recelos que durante años habían venido gestando hacia Morey, al que culparon de la catástrofe. Era como si lo ocurrido destapara una sospecha largo tiempo silenciada que observaba al director de los Rockets como el gran disruptor de la liga, a la que seguía apretando como una tuerca hasta pasarla de rosca. De la salvaje introducción del proceso conocido como Moreyball, que consagraba la analítica como el nuevo mantra que humillaba a los rezagados, a su reciente trampa contractual con el brasileño Nenê, el enredo en el que había metido a todos era la gota que colmaba el vaso. Uno de los presentes dijo sentir tal repulsión por lo ocurrido como ver vomitar a su perro. Otro proponía a la liga una línea común que afrontar en mercados cuyas circunstancias políticas, o de cualquier otra naturaleza, ignoraban. Y puso como ejemplo a la India. Era una opción razonable, pero con ello atacaba la línea individualista de Morey, al que acusaban de ir siempre a su bola empleando como prueba su condición de ejecutivo multitasking, capaz de abrazar un día Silicon Valley y al siguiente la industria de los musicales. Eso ponía a muchos de los nervios, como si estuviera siempre buscando «protagonismo y su propio interés».

Alentados por el calor de sus críticas ninguno se vio inhibido por la presencia del enérgico Tad Brown, uno de los jefes de Morey, como si intuyeran que también podía estar hasta el gorro de él. Brown eludió pronunciarse, exponiendo con claridad las colosales pérdidas que se avecinaban. No en vano era el mejor informado y su organización la más afectada, estimando que a los Rockets les volaban solo en los siguientes meses más de treinta millones de dólares. A diferencia de Morey, Brown era un tipo muy respetado entre sus homólogos. Desde su llegada a los Rockets se había demostrado un gestor impecable, atando en corto cada dólar disponible. Once años atrás, apenas incorporado al cargo, firmaría el contrato por cable más lucrativo hasta entonces —seiscientos millones de dólares—, y al abrigo de Yao Ming el primer bocado al mercado chino a través del grupo Yanjing Beer. 

Brown tampoco omitió lo que más temían. Las pérdidas estimadas reducirían la cifra del futuro tope salarial, derivando un BRI (Basketball Related Income) inferior que tanto percute en los salarios de los jugadores como en los beneficios generales. Esto sin contar los patrocinadores directos de algunos jugadores. «Aún no sabemos qué decisión tomará SPD Bank Credit con el contrato de James Harden, pero también puede estar en riesgo». Como podían estarlo los de Klay Thompson, CJ McCollum y Gordon Hayward.

Para los demás era difícil tragar con todo aquello y no sentir impotencia por que Morey no hubiese sido enviado al infierno. Lo que muchos además ignoraban era que el directivo había contratado años antes los servicios de una compañía china para gestionar sus redes en el mercado asiático con especial cuidado en Weibo. Tras lo sucedido y sin previo aviso, la empresa china canceló toda relación con su cliente. El departamento informático de la liga advirtió entonces a Morey que modificara de inmediato las claves de todas sus cuentas como medida de seguridad.

Este fue el convulso panorama de apertura de la temporada NBA 2020, una edición maldita de principio a fin. Al mundo solo trascendió la furibunda reacción china, las amenazas de cancelar monumentales contratos y las primeras declaraciones de LeBron James al poco de pisar suelo americano. 

Tal y como habían acordado en la reunión, James declinó responder a la cuestión esencialmente política del conflicto. No así a las consecuencias sobre la liga, los dueños, los equipos y los jugadores que el alegato de Morey había desatado y de cuyos avatares más terrenales él y los jugadores fueron testigos. «No voy a entrar en una disputa (verbal) con Morey —declaró—, pero creo que sin estar informado del todo sobre esta situación en concreto, habló. Y había mucha gente a la que podía perjudicar, financiera, física, emocional, espiritualmente. Hay que tener cuidado con lo que tuiteamos, decimos y hacemos, y claro que tenemos libertad de expresión, pero también debemos ser conscientes de las consecuencias negativas. (…) Cuando dices o haces ciertas cosas, debes saber que puede haber personas y familias a las que eso puede afectar. Las redes no siempre son la vía más adecuada».

Era inevitable. Sin más información que titulares oportunamente lisiados buena parte de la opinión pública percibió esta declaración como decepcionante, hipócrita y cobarde. Y las mismas redes donde todo comenzó desataron un diluvio de reproches y memes que ridiculizaban a James, como postrado al dinero chino. El hombre que se había erigido como portavoz de las grandes causas sociales, el líder comprometido con cualesquiera aspiraciones de justicia en el mundo había defraudado a una masa que aguardaba desde la calidez del hogar una defensa a ultranza no ya de la libertad de Morey, sino de los ciudadanos de Hong Kong, de paso de los habitantes chinos y por extensión de los derechos humanos. Un magma de dificilísima costura.  

Cuando poco después LeBron, que nunca se ha visto capaz de eludir cuanto la masa le devuelve, y como siempre afectado por ello, matizó en sus redes —«No discuto la sustancia. Sobre ella otros pueden pronunciarse mejor. Mi equipo y la liga pasamos allí una semana difícil. Solo trato de hacer ver que la gente necesita entender lo que un tuit o una declaración puede causar en los demás. Y creo que nadie se detuvo a pensar lo que podría ocurrir. Tal vez podría haber esperado una semana para publicarlo»— no había nada que hacer, instalando una vez más en su biografía deportiva otro de esos capítulos combustibles del odio universal. 

«Desde el punto de vista político era una situación muy delicada. Personalmente, sabéis que cuando hablo de algo lo hago porque lo conozco bien y me apasiona. En esta situación en particular no estoy lo suficientemente informado. Ni yo ni ninguno de mis compañeros. Y todavía sentimos lo mismo», terminó.

No deja de ser curioso lo particular de la situación creada y las responsabilidades exigidas con arreglo a una panorámica mayor. No es necesario acudir a las poderosas relaciones comerciales entre Estados Unidos y China en innumerables esferas. Sino tal vez hacerlo solamente en el escenario deportivo. Nadie había pedido antes una declaración de esta naturaleza a deportistas estadounidenses en relación a China. No al menos en los términos directos que el conflicto comportaba. Ni en los partidos de exhibición del lejano 1979, ni al momento de fundarse NBA China en 2004, ni en adelante con las giras de Basketball Without Borders, ni por los Juegos Olímpicos de Pekín, ni siguiendo el ejemplo en otros deportes, a los tenistas que participan anualmente en los torneos ATP y WTA con sede en China. Habría sido como hacerlo con el más habitual de los invitados allí durante buena parte de su carrera, Allen Iverson, o con el más célebre emigrado NBA, Stephon Marbury. En suma, a ninguno hasta entonces. 

Lo sucedido aún desprendería las semanas siguientes una cascada de declaraciones de diverso signo, palabras y puntos de vista que ya no trascenderían a Europa. El delicado Etan Thomas, hoy escritor y poeta, y con gran peso en el activismo político desde su retirada en 2011, lo expresaba de la siguiente manera: «Asiste a cada deportista el derecho de emplear su posición de la forma que estime más conveniente, no a conveniencia de los demás». Asimismo, el alero de los Celtics Jaylen Brown, uno de los deportistas más preparados en el orbe profesional americano, lo reconocería en el Boston Globe con una sentencia que resumía a la perfección el estado de quienes estuvieron allí. «No quiero comentar nada porque no quiero soltar nada incorrecto».

No obstante, de la difícil costura de ambos mundos con la democracia como eje separador, nada iguala al más aventajado paladín de la realpolitik que haya conocido el deporte mundial, David Stern, al mando del único periodo de crecimiento exponencial en la historia de la NBA. Allá por 2006, con los Juegos de Pekín en el horizonte, respondía así a una solicitud para posicionarse: «Créanme, la situación de China me perturba. Pero al fin y al cabo yo tengo la responsabilidad de que mis propietarios ganen dinero. Nunca puedo olvidarlo, y no importa cuáles puedan ser mis sentimientos personales».

En aquellos días de octubre al mundo llegaría, como siempre, la superficie de lo sucedido. Un polémico tuit, una indignada represalia, una repentina y amorfa aspiración de libertades individuales al otro lado del mapa y, finalmente, un chivo expiatorio. Todo un perfecto resumen del mundo actual. 

Así arrancaba una temporada repleta de sacudidas. 

Las cosas, también en términos económicos, templarían con el paso de los meses. Y con las crueles ironías del destino, nadie imaginaba entonces que las mayores pérdidas las terminaría provocando, una vez más, otra causa invisible. 


La ira tuitera caerá sobre ti: del victimismo al exhibicionismo moral

Los pájaros. Imagen: Alfred J. Hitchcock Productions / Universal Pictures. Collage: Loreto Iglesias.

Enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita y corregir al que se equivoca son obras de misericordia espiritual donde los tuiteros en general puntúan fuerte. Ya en lo de perdonar al que nos ofende y sufrir con paciencia los defectos del prójimo se flojea un poco más. Al fin y al cabo, a Twitter ya sabemos a lo que venimos: es una plaza pública donde se discute, se bromea, se pontifica y, por encima de todo, cada uno vende su mercancía. Lo cual trae consigo una táctica comercial tan vieja como la humanidad, la contrapublicidad con la que menospreciar a la competencia. Por eso no suele ser una buena idea enzarzarse en un debate en este entorno. Más allá de la obvia dificultad de resumir una idea en doscientos ochenta caracteres, lo que elimina cualquier matiz y reduce cualquier punto a vista a una mera consigna, digamos que el intercambio no acostumbra a ser una búsqueda conjunta de la verdad al estilo socrático, sino una búsqueda de las peores intenciones imaginables en el antagonista. Cosa que se logra interpretando de la forma más literal sus palabras o bien tergiversándolas cuanto sea necesario para lograr un bonito hombre de paja contra el que arremeter. Es el momento mágico del «zasca», esa réplica contundente en la que uno está más pendiente del efecto en la platea que de su interlocutor —al que suponemos recién volatilizado como si más que un argumento le hubiéramos lanzado un conjuro— y que a menudo se procede a inmortalizar en un pantallazo como pequeño trofeo para la posteridad. Ya hemos echado el día.

Pero no es mi intención afear a esta red social, pues sus defectos son en parte los de las personas que la conforman, así que es importante la cuestión de con quién escojamos interactuar. Y respecto a sus virtudes… nada menos que cubrir hasta donde los medios de comunicación no pueden/quieren llegar, poniéndonos en contacto con personas, ideas o fenómenos que de otra forma no alcanzaríamos a conocer. La democracia, desde sus mismos orígenes griegos, necesita debate público, que se celebra formalmente en los parlamentos, pero también en los medios, universidades, bares, centros de trabajo… y, por supuesto, desde hace unos años también en internet. Las redes sociales han encauzado una parte importante del activismo político, logrando un sorprendente eco en los medios e incluso en la propia clase política, fascinada por la ilusión de proximidad con «el pueblo» y sus reivindicaciones que estas ofrecen. Obtener un respaldo masivo en ellas es lo más parecido a vivir en un mitin perpetuo. Ahora bien, las redes no son solo un mero recipiente, pues por su propia naturaleza han favorecido una cultura política determinada que ha impregnado al conjunto de la sociedad. Me detendré en dos fenómenos interrelacionados, uno denominado «la cultura del victimismo» por Bradley Campbell y Jason Manning, mientras que el otro ha sido descrito en algunos de sus flecos por Nassim Nicholas Taleb y podríamos llamarlo «exhibicionismo moral gratuito».

Comencemos por el primero. Según explican estos dos autores, la cultura del honor es propia de sociedades donde el Estado no ha logrado el monopolio de la violencia. Así era la sociedad occidental hasta hace dos o tres siglos, de manera que cada uno debía cuidar de su propia reputación ante los demás y por tanto los duelos eran una medida aceptada de corregir una afrenta personal, por nimia que fuera. Recordemos cómo el tercer vicepresidente de Estados Unidos, Aaron Burr, desafió en uno (y acabó matando) al ilustre ideólogo de la independencia americana, Alexander Hamilton, simplemente porque le habían dicho que había hablado mal de él a sus espaldas y sin saber siquiera en qué consistían tales maledicencias. La lógica tras ello es que, si no se pasaba por alto la más mínima ofensa, entonces uno estaría también a salvo de las más graves. Pero, una vez establecido el imperio de la ley, se pasó de la cultura del honor a la cultura de la dignidad, considerada esta inherente a toda persona. Para proteger nuestra integridad y patrimonio ya estaban las autoridades y por tanto las ofensas leves pasaban a ser simplemente un malentendido que podía arreglarse hablando o fingiendo indiferencia, mientras que las graves las delegábamos en terceros, o sea, el Estado o la comunidad. Se pasaba de ser blando por fuera y duro por dentro a duro por fuera y blando por dentro; de melocotón a nuez, por decirlo así. De esta manera ha venido siendo la sociedad occidental hasta que, desde hace unos años, ha comenzado a aflorar la cultura del victimismo, que combina elementos de las dos anteriores: recupera la susceptibilidad ante cualquier ofensa al propio honor de siglos anteriores, pero ya no es uno mismo quien debe lavar la afrenta, sino que pasa a depender de la comunidad. Así el receptor de una «microagresión» debe mostrar una piel finísima pero no el arrojo de defenderse por sí mismo, debe ser blando por fuera y por dentro, como la gelatina.

Ahora bien, ¿cómo lograr que la comunidad se implique en la protección del propio honor ante una mínima ofensa, algo que puede pasar desapercibido ante la mirada de cualquiera que no sea el afectado? Ahí entran las redes sociales en juego. Ellas permiten centrar la atención de todos en agravios íntimos que en épocas previas hubieran sido ignorados públicamente. De manera que, cuando el actor Chris Pratt enlazó el tráiler de su película con la frase «¿Estás leyendo esto? No, no, no. Sube el volumen y escúchame», fue cuestión de minutos que alguien se sintiera ofendido y que poco después el intérprete tuviera que publicar esta disculpa: «Me doy cuenta de que fui increíblemente insensible con muchas personas que dependen de los subtítulos. Más de treinta y ocho millones de americanos viven con algún tipo de discapacidad auditiva. Así que quiero disculparme. Conozco personas en mi vida que tienen problemas de audición y lo último que quiero en el mundo es ofenderlos». No es de extrañar que otra estrella de Hollywood, George Clooney, haya afirmado que no tiene cuenta en Twitter porque no quiere ver arruinada su carrera por escribir un mensaje borracho a medianoche. Los agraviados siempre están al acecho en las redes, donde el estatus y el protagonismo se los da la condición de víctima.

Pasemos ahora al segundo fenómeno, el exhibicionismo moral en las redes, analizado por Nassim Nicholas Taleb. Mostrarnos ante los demás como personas éticas, moralmente íntegras, nos hace parecer más confiables. Es nuestra mejor tarjeta de presentación a ojos de los demás, ya sea para mejorar laboralmente, trabar amistades o encontrar pareja. No es de extrañar que el exhibicionismo moral sea tan viejo como la propia humanidad y que alguien de tanta penetración psicológica como Jesús supiera identificarlo en su día: «Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Cuando des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea oculta, y el Padre, que ve lo oculto, te premiará. Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los ángulos de las plazas para ser vistos» (San Mateo 6, 2-5). Hermoso pasaje que debería inscribirse con grandes letras en la página de entrada de cualquier red social, donde abundan por igual las muestras de solidaridad como las de indignación. Para las primeras se necesita una víctima cerca, y como decíamos antes siempre hay candidatos para convertir el agravio íntimo a su honor en juicio popular. Respecto a la indignación, encontrarla en algo que a otros les pase desapercibido le dota a uno, aparentemente, de una mayor sensibilidad moral. Si no logramos hallarla en los mensajes ajenos siempre queda el recurso de mirar la lista de Trending Topic, es decir, la lista de linchamientos públicos más multitudinarios de cada día.

El problema es que las demostraciones morales sin coste para el emisor están sujetas a un proceso inflacionista. Si el de al lado escribe tres mensajes en tono levemente molesto, yo puedo publicar seis mostrándome ostentosamente airado por casi el mismo tiempo y esfuerzo, lo que me hará más moral y por tanto más merecedor de prestigio en la comunidad con todo lo que eso conlleva. Esa competencia tan feroz convierte a las redes sociales en el circo que hoy día son y, también, las hace poco aptas para ser utilizadas como brújula moral por los medios de comunicación y políticos. Que es, por desgracia, exactamente lo que están haciendo. Por ello, lo que propone Taleb es que las señales morales que emitimos solo tengan valor si implican un coste y que, si vamos a airear nuestras limosnas, al menos efectivamente haya monedas en la bolsita que otorgamos. Naturalmente el coste no tiene por qué ser exclusivamente económico, puede ser en forma de algo que incluso nos resulta aún más valioso: el prestigio. Lo cual no deja de resultar paradójico siendo su acumulación aquello que perseguimos con tanto ahínco en las redes sociales. Como él mismo dice: «la virtud sin coraje es una aberración, de hecho, puedes ver cobardes apoyando una muestra de virtuosismo según este es definido por los grandes medios, porque temen hacer otra cosa diferente (…) La mejor virtud requiere coraje, por tanto, necesita ser impopular. Si describiera los actos virtuosos perfectos, deberían ser los realizados desde posiciones penalizadas por el discurso común. Cuando más cueste, más virtuoso es el acto, particularmente si te cuesta tu reputación. Cuando la integridad entre en conflicto con la reputación, ve con la primera».

Como el pavo real que exhibe una cola que lo hace más vulnerable a los depredadores y así, paradójicamente, demuestra ser más fuerte, arriesgar la propia reputación haciendo o diciendo lo que uno considera justo por impopular que resulte es una forma de virtue signalling más difícil de falsificar y, en último término y a largo plazo, una buena manera de vender nuestra mercancía en la plaza pública. Que es a lo que veníamos.


RT si crees que un puente aguanta muchos coches. FAV si no

Puente Golden Gate, San Francisco. Foto: Misha Sokolnikov (CC).

Cuando anunciaron la primera temporada del reality show televisivo titulado El puente no pudo resultarme más atractiva la idea: unos desconocidos trabajando juntos en un paraje perdido con el objetivo de construir, como su propio nombre indicaba, un puente. Con expectación vi el primer capítulo y he de confesar que acabé desbordado. De asuntos constructivos no se hablaba mucho, pero por allí aparecían una chica llorando por lo que ella consideraba un gesto tremendamente machista de un compañero que solo había querido tener un detalle con ella, un grupo de gente lanzando consignas con el puño en alto en contra del patriarcado y otro concursante explicando a un bombero y un ingeniero, ambos con nociones de estructuras, que su opinión sobre la construcción valía tanto como la de ellos (aunque no tuviera ni puta idea del tema). Efectivamente, a muchos esto les sonará muy parecido a pasar una tarde en Twitter. En cierto modo lo entiendo. La evolución de esta red social me recuerda a la deriva de un chimpancé que solía ver en un zoológico hace ya muchos años. En su primera época, la gente se moría de risa con sus monerías, sobre todo cuando el animal daba caladas a los cigarrillos que le acercaban. Pero con el paso del tiempo se le avinagró el carácter y, en lugar de ser fuente de carcajadas y sonrisas, arrojaba sus heces a los visitantes. Es una imagen bastante certera si no cuidas de tu timeline. Por ejemplo, en el mío, hace un tiempo surgió una pregunta muy interesante.

Cuántos coches aguanta un puente

Una de las anécdotas que se recalcan cuando se traza un perfil biográfico de cierta profundidad del arquitecto Norman Foster es aquella vez que su colega y mentor Richard Buckminster Fuller le inquirió: «¿Cuánto pesa su edificio, Mr. Foster?». Huelga decir que le pilló con el pie cambiado. Y es que hay asuntos que nunca te planteas hasta que alguien te pregunta con malicia o inocencia (que son los únicos escenarios en los que se formulan las cuestiones verdaderamente importantes).

Volviendo a nuestro asunto, aventurar el número de coches máximo que soporta un puente no es sencillo. En primer lugar, habría que saber con qué normativa se calculó la estructura en cuestión, ya que las sobrecargas mínimas que ha de resistir un viaducto han ido variando con el tiempo: desde carretas de caballos a tranvías, pasando por rodillos vibratorios hasta llegar a los tanques, cada uno de ellos con un peso y disposición determinada. En efecto, unos puentes están calculados para soportar más sobrecarga que otros, puesto que las normativas estructurales no son de aplicación retroactiva. Pero no se preocupen por esto, porque, por ejemplo, si su vivienda tiene más de treinta años, es muy probable que el hormigón que utilizaron en su construcción no cumpliría la resistencia mínima que exige en la actualidad el Código Técnico de la Edificación. La verdad es que no sé si he conseguido tranquilizarles con este dato o todo lo contrario.

Por si fuera poco, en un puente hay más acciones a considerar que el peso propio de la estructura, la carga permanente (pavimentos, instalaciones, barreras…) o las sobrecargas de uso (el tráfico), pero, de cara a establecer una aproximación al número de coches que puede soportar un puente, asumiremos que hace buen día aunque tampoco demasiado (es decir, que no hace viento, no nieva, no hay crecidas de los ríos y la temperatura es relativamente fresca) y que también es una de esas felices jornadas en las que no tenemos que preocuparnos por terribles terremotos ni por embarcaciones o trenes que chocan contra nuestro viaducto. Que la vida nos sonríe, en definitiva, y que solo hay tráfico rodado. Extraordinario, pero tráfico.

Los técnicos denominan tren de cargas o carro de la instrucción a la sobrecarga de uso máxima que ha de soportar un puente. El término «tren de cargas» se ha heredado desde que se empezaron a usar tranvías para describir la sobrecarga de uso (por cierto, los puentes ferroviarios tienen sus propias peculiaridades, pero no entraremos en ellas). En cuanto al «carro de la instrucción», se refiere a un carro de combate utilizado durante casi cuarenta años como referencia en España: era un vehículo de sesenta toneladas de peso, distribuidas en seis puntos, que se asemejaba al tanque Leopard de nuestro Ejército. Sesenta toneladas es una barbaridad. Baste citar el ejemplo que acertadamente describen en la muy recomendable página web Estructurando: el carro de sesenta toneladas equivale a unos setenta Smarts (el vehículo, claro, no la revista) que, apilados uno encima de otro, superarían los ¡cien metros de altura! Dirán que el Smart es un turismo diminuto y que «coche» es un concepto más amplio; pues bien, si lo prefieren piensen en una torre compuesta de veintiséis Hummers que alcanzaría unos cincuenta metros sobre el tablero del puente. Pero el vehículo de sesenta toneladas no es la única sobrecarga de uso que hay que considerar. En la actualidad, según la Instrucción sobre las acciones a considerar en el proyecto de puentes de carretera (IAP-11) entran en juego unos «carriles virtuales» por los que hay que disponer hasta tres tipos diferentes de vehículos pesados (de sesenta, cuarenta y veinte toneladas) en cada uno de los cuales se aplican también diferentes cargas repartidas (novecientos, doscientos cincuenta y doscientos cincuenta kilos por metro cuadrado, respectivamente), con lo que entran en juego las oscuras artes de las combinaciones matemáticas computacionales a nada que el tablero tenga cierta anchura y vanos. La peculiaridad de los carriles virtuales es que tienen en cuenta toda la superficie libre para rodar, les da igual que haya marcas viales. Puede darse el caso de que la calzada tenga un único carril de circulación y, en cambio, a efectos de cálculo, sean dos carriles virtuales. Porque los tanques son así, qué quieren que les diga.

Vayamos a un ejemplo práctico. Imaginen un puente de un solo carril (real y virtual), sin zonas peatonales y con un solo vano de cien metros de luz. Es decir, según la IAP-11, el cálculo debería haber tenido en cuenta un vehículo pesado de sesenta toneladas y una sobrecarga uniformemente repartida de novecientos kilos por metro cuadrado. Para que tengan un orden de magnitud de lo que significa esta sobrecarga, y utilizando el lenguaje de los meteorólogos cuando hablan de litros por metro cuadrado para la precipitación, es como si hubieran caído novecientos litros de agua por metro cuadrado sobre el puente y el agua no se hubiera drenado (o, visto de otro modo, como si el puente tuviera una capa de agua de noventa centímetros de altura sobre su calzada). Retomando nuestros dos turismos extremos, los novecientos kilos por metro cuadrado equivaldrían (no es del todo correcto puesto que los vehículos transmiten las cargas a través de la superficie de apoyo de sus ruedas, pero sirve para nuestro propósito) a treinta y siete columnas de ocho Smarts o a veinte columnas de cinco Hummers. Si sumamos, no lo olviden, los turismos equivalentes del vehículo pesado que hemos comentado anteriormente, llegaríamos a trescientos sesenta y seis Smarts o ciento cuarenta y seis Hummers… y todo esto sin considerar los coeficientes de seguridad, que mayoran las cargas y minoran las resistencias. Un jaleo, en definitiva. Así que, en resumen, el aspecto del tablero de un puente con todos los coches que podría llegar a soportar se parecería a un desguace con varias hileras de turismos apilados unos sobre otros.

Las pruebas de carga

Un lector inconformista podría preguntar (ya saben, con malicia) que, si todo esto es así, por qué nunca ha visto tanques circulando por puentes para hacer pruebas de carga. En primer lugar, para no crear alarma social. Solo hay que imaginar que hubiese tocado hacer una prueba de carga en Cataluña en el segundo semestre de 2017: correcto, ardería Twitter. Y, en segundo lugar, porque no es aconsejable llevar la estructura a situaciones tan extremas puesto que, aunque el puente soportará el peso, puede acabar con fisuras que pongan en peligro su durabilidad a largo plazo. Por este motivo, en las Recomendaciones para la realización de pruebas de carga de recepción de puentes de carretera, se aconseja que «las solicitaciones a que dé lugar el tren de carga real estén en torno al 60 % de los valores teóricos producidos por el tren de carga definido en la IAP» y que en ningún caso sean superiores al 70 % de dichos esfuerzos teóricos. Este tren de carga real se materializa en general mediante camiones cargados (en pasarelas peatonales he llegado a ver piscinas infantiles llenas de agua) colocados estratégicamente donde hacen más daño de tal manera que se llegue a ese porcentaje determinado del tren de cargas teórico. Ubicando los camiones de manera escalonada, midiendo en tiempos estipulados lo que desciende el tablero y comparándolo con los resultados teóricos, los ingenieros concluyen si la estructura pasa la prueba o no. Aunque haya quien prefiera someterlo a asamblea en la red social del pajarito.


Compost para el Facebook

San Francisco, 1945. Fotografía: Getty.

Los que habían sobrevivido se comportaban como si vivieran con tiempo prestado, y no sentían que habían sobrevivido por alguna razón válida.

Richard Sennett, La corrosión del carácter.

Habla solo, parado en la esquina. También gesticula. No pasa aunque el semáforo está en verde. Se ha convertido en esa persona que veía cuando adolescente parada en la esquina, la que hablaba sola, sin ninguna prisa por cruzar, encerrada en alguna burbuja obsesiva que lo ralentizaba todo, que convertía el tiempo en algo que pesaba como una nube suicida, llamada a implosionar en aguacero.

Dos pasos hacia atrás. Despierta.

Un taxi acaba de levantar un charco y volcarlo convertido en millones de alfileres contra él que, cargado de manía persecutoria y rencor, cree que le están haciendo lo mismo que haría él si supiera ponerse al volante de algo.

Ya están aquí. Las gotas de lluvia le caen desde el toldo de un café y sobre el hombro izquierdo. Apenas cuatro o cinco. Duran poco. Lo que tarda el reflejo en sacárselas de encima. El movimiento —puro espasmo— hace que pasen de refilón junto a su cabeza. La protege porque cuando se le moja el pelo se le agudizan las entradas. La edad golpea. Gafas empañadas que resbalan hasta la punta de la nariz, torcidas. Sobacos sudados. Son las ocho de la mañana y ya lleva lamparón en la camisa. Frunce el ceño. Pelea contra una frase que trata de colonizarle el estado de ánimo. «Triste es como me siento». Se le cruza, la empuja de un codazo. Hace meses, años, que le persigue.

Perdón, dice la vieja que casi le mete la varilla del paraguas por el ojo. En esta ciudad, los paraguas se vuelven marrones al secarse tras la lluvia. Cubiertos por el mismo polvillo que se cuela en los pulmones, que escuece en la garganta al cruzar Reforma o Florencia, o Insurgentes o el circuito en dirección a Polanco.

Responde al paraguas con esbozo de sonrisa. Le gustaría tirarla al suelo. Pero sonríe, educado. Esa vieja, ese encuentro, el único espacio de violencia soterrada que se permite, domesticado por la educación, es su derrota, en un mundo con menos pudores que los suyos, donde comienza cada partida, por no querer usar el silencio y las sonrisas falsas, con varios puntos de cercanía al fracaso. Sigue caminando con el brazo derecho levantado, en tensión, paralelo al cuerpo, el puño junto a la cara, bien pegado a la pared, con ganas, ganas que nadie más que él siente, porque sabe que no lo hará, de empujar a la siguiente. Siempre son mujeres de edad, de las que tratan de pegarse a la pared pese a ir bien cubiertas por el paraguas quitándole el espacio a los que no tienen nada para cubrirse. La vida misma. Siempre hay un momento en el día en el que te abandonas sobre el débil. Aquí el catálogo de posibilidades es amplio.

Sigue caminando. Fuma compulsivamente, tres, cuatro, cinco, antes de entrar en el cubículo. A veces se mete dos tiros de Ventolin entre uno y otro. Sabe que eso le va a matar. Una gota, grande, apaga el cigarro casi a la altura del filtro. Piensa en ellas, en dejarlas solas demasiado pronto. Le dura poco la mala conciencia. Tercer café, malo, de plástico, con dos de azúcar. Para tener excusa y fumarse otro haciendo tiempo en la puerta.

Trata de retrasar lo inevitable. Que no quiere estar ahí sentado. Que hace meses que no quiere ir a trabajar. Hace meses que no quiere ir a trabajar. Que le deprime sentarse en esa mesa. Que le deprime saberse inútil. Que antes le agarraron, le exprimieron, se bebieron el jugo y le tiraron a la basura. Que ni fue tan bueno antes ni es tan malo ahora. Que se acabó igual de rápido que comenzó, despegó, voló a toda velocidad y se estrelló. A la basura. Que se acabó.

***

Siempre llega pronto. Como si ser puntual o inventarle brío al comienzo mejorara la situación. Como si de actitud se tratara. Cuando camina hacia el hoyo en el que se ahoga va pensando que ese día va a ser diferente. Sabe que tiene que serlo. Por su bien. Se engaña y se dice que una sonrisa, que una conversación fútil, que simular que uno está allí para trabajar, recibir un sueldo y esperar que todo pase rápido, podría terminar con la apatía. Normalidad estadística, que no ética. Sabe que si deja de esperar que las cosas mejoren será más feliz. También que eso es algo que ya no va a pasar. Sabe que una vez más terminará proponiendo algo que le parezca lógico y útil para sí mismo y la empresa, batallando, intentándolo. Que perderá. Que terminará protestando por algo. Llevándolo a la espalda en fumadas de esquina, regodeo de nuevo en lo mal que va todo, en que nadie sabe dónde va a acabar esto, en el miedo de saber que ahí fuera quizás no haya nada, en la cobardía, en la parálisis que carcome el carácter, en olerse mal hasta a uno mismo. En apagar la colilla y regresar a la cara de cera que nadie se cree.

Cada vez piensa menos veces en que es culpa suya. En que sea culpa de nadie. Del tiempo quizás, de estar aquí ahora y no hace diez años. De la sonrisa. Del bienqueda, de la política. De su ausencia. Solo de eso. De la época. No hay culpas, solo casualidades. En otro momento había espacio para el esfuerzo. Ahora es la sonrisa, la apariencia y mucho de aleatorio en el reparto de la suerte. No se lleva el dolor. Saberlo nunca ha servido para quitarse nada de encima.

Han triunfado. No hay reglas. La partida dura siempre, todo el tiempo, y comienza de nuevo cada poco. Se ha impuesto el «las cosas son así». Desprovistas de toda lógica. Intocables. Inmutables. Como si fueran el tictac o el ruido de las hojas del calendario los que toman las decisiones y no personas tan egoístas como él, egoístas como todos, solo que con más poder —política— acumulado. El resumen de todo esto. La política de la supervivencia en el juego de las sillas. Desaparecida, negada la posibilidad de conflicto, con la sonrisa como moneda de intercambio en ese mercado. Gente con ganas de recibir sonrisas. Como todos. Pero que además saben cultivarlas.

Eso sí, diversidad. Muchísima. Para elegir todo aquello que no implica confrontación. Las sillas. Cerveza. Terrazas. Todo muy casual. Género, origen, color, tatuajes, los que quieras. Conflicto y confrontación, al ámbito de lo estético. Transgresión de un duro que estremece.

La realidad, en el pasillo que lleva al ascensor, lleno. Al abrirse las puertas, los hombres se organizan en abanico para que las mujeres pasen primero. No lo entiende. No le gusta, trata de pasar, le detienen con suavidad, le miran mal. Las mujeres aceptan caminar primero, indiferentes. Pero lo hacen. Se dejan el mirar el culo —saben que les miran el culo— por hombres que se guiñan cómplices por detrás, sintiéndose además caballeros, educados. La vida misma.

Se dice, cállate, cállate, esta vez no digas nada, cállate, entra, sonríe, pregunta como si te importara, escucha como si te importara, sonríe, pregunta, escucha. Genera empatía. Primer piso, segundo piso, tercer piso. Lo cuenta arriba, al cruzar la puerta. Lo del ascensor. Le miran, se ríen. Esa risa que no significa nada. Ni acuerdo ni desacuerdo. Esa risa de oficina.

Sigue la cadena de inacciones para lo que queda de día. Recibir y enviar e-mails constantes de felicitación a la superioridad y el equipo tan falsos como obligados. Los únicos a responder. La nueva ciencia del mundo de la empresa. Como si quedara alguien que no supiera que esos e-mails los ponen en los libros, los repiten en las charlas, los han vendido como un gran factor motivacional aunque nadie los lea ya con ningún interés más allá de responder con copia a todo el mundo con algún signo de admiración para ser constructivo y reforzar un equipo que nunca existió.

El ascenso fue así: Tres años sin permiso de trabajo, mojado. Saliendo del país cada tres meses, peleando, pasaporte europeo en mano, con oficiales de aduanas y embarques de Avianca. Mintiendo. El blanco puede hacerlo. Para seguir violando la ley mientras escribe, mientras le premian por hacer de controlador para que los demás la cumplan. Hipocresía normalizada. ¿Seguro médico? No, eso es del mundo viejo. Calla. No hay seguro médico. Los contratos, cuando llegan, del tercer mundo. Hasta entre los blancos —no significa nada— hay castas. Castas. Estamentos. Antiguo Régimen. Contrato local, lo llaman. Los españoles, hoy, somos muy de contrato local. Se llevan a precio barato formación nivel estado de bienestar agradecida por tener una segunda oportunidad. Ejército de reserva bien surtido. No se ve el final de la cola. Que pase el siguiente.

Je.

***

Intenta sonar agradable. Sabe que no lo es. Los pies le tiemblan. La espalda, encorvada pero en tensión. Se sienta mal, con la pierna cruzada por debajo del culo. Siempre termina doliéndole todo. Aunque trata de evitarlo, chasquea la lengua cada tanto. Resopla. Siente presión en la sien. Corrosión. Batalla por concentrarse en algo que no le aporta lo más mínimo. Pelea contra las pantallas abiertas. Siente que cada una le quita algo de vida. Las usa como vía de escape. Trata de no levantar la mirada para no cruzarse con la de otro y regalarle el odio que siente, la sensación de injusticia, lo ridículo del cuartucho sin teléfono. Lo ridículo de las redacciones del siglo xxi más caras de lo que valen, de nombre cool y pura pretensión destinada a Instagram. La de la medición, en tiempo real de los resultados. En su novela El círculo, Dave Eggers no se ha inventado nada. Es cualquier cosa menos distópica. Es descriptiva. Esas reglas que los supervivientes defenderán sumisos hasta más allá de la razón como lógica delante del poder y criticarán por detrás. Saben que es la cicuta autoingerida. Defenderlo solo retrasará el momento en que atravesará la glotis. El miedo. Cuánto reduce y humilla el miedo.

La meritocracia no es más que un jarrón de porcelana que hay que tener en la entrada para mostrarlo. Se ha convertido en eso. Solidificado. Cocido hasta ladrillo. Apartamento burgués de principios de siglo pasado. Zona social, un par de cuartos que las visitas pueden ver. El jarrón grande y recargado que repartir como tarjeta de visita, o el reloj de mesa contrachapado en algo que parezca valioso. Se sabe así. Le han arrastrado por pasillos cuando convino, bajo palio, disfrazado de mentira. Dama de compañía de quien sabe circular cubículos. Ornato de plástico. Del de tirar a la basura cuando se vaya el último invitado. Quedaban seis meses para acabar el año, ponte a trabajar en un paquete de Pulitzer —a nadie le amarga un dulce, esto se diseña y planifica—, trabajo a destajo. Medios, tiempo, espacio, cuidado, cariño. No se pudo, pues inversión amortizada. Pasamos a otra cosa. Puedes pasar al montón de gente para reciclar. Y no protestes.

Cambio de empresa: Tres mezcales. Acuerdo verbal. Estamos aquí para aprender. Somos una start up, vamos a ir mejorando, nuestro enfoque es modesto y humilde, le dicen. Hubo que confiar.

Ascot, 1973. Fotografía: Eamonn McCabe / Getty.

Lo único humilde eran los costes. Porque de palabra, venden el mejor producto del mundo. Una marca, un nombre, una apisonadora de la que no saben cuánto más tiempo podrán extraer ese jugo descompuesto que ya no aporta más que el abono, puro compost, para que crezca rápido el analytics, la cicuta, el futuro. Estamos aquí para ir aprendiendo de manera gradual. Juntos. En equipo. Tanto por delante. Tanto crecimiento. Tantos planes. Tantas palabras grandilocuentes. De manual de autoayuda. Letanía, en voz alta. Con palabras clave enfatizadas para que nadie se duerma cuando la mera repetición del mantra deja de surtir efecto, que es pronto.

Para aprender, iría a la universidad. Para aprender, buscaría maestros. Gente que supiera mucho más, piensa. Pero esa gente no va a perder tiempo aquí. Es cara, podría frustrarse por no hacer nada. Como él. O tiene dignidad. La que él perdió. Simulacro y simulación.

Todo es mentira. A Cuenca habría que irse.

No.

Siéntate y calla. Solo te queríamos ahí sentado. No queríamos que hicieras nada más. Somos un equipo, estamos aquí para aprender juntos. Aunque de ti no haya nada que aprender. Aunque todos pasen por encima de ti. Si te contratamos para un puesto que no existía, y eres tan insolente como para protestar, solo podemos pedirte perdón. Y si no te gusta, siempre puedes irte. Solo te hemos engañado. Ni eso. Porque para engañar hay que ser consciente de la diferencia entre mentira y realidad, además de incompetente para ser capaz de asumir delirios como parte de la realidad. Que no falte. Un toque moderno, de ahora, un gordito saltarín que no se quita el sombrero ni bajo techo, de profunda que es su mala —ausente total— educación, formal e informal, cómodo tan solo en el titubeo entre corifeos. Sin más. Estás aquí para aprender. No para hacer lo que sabes. A sonreír y a esperar que a alguien le convenga tocarte con una varita mágica que vender como promoción. Cuando convenga. Cuando les convenga a otros. Cuando la promoción sea la de otro.

No seas víctima. Eres un resentido. Ganas mucho. Todo el mundo quisiera estar donde tú. Mira lo que has conseguido. Ahí fuera hay hostias para sentarse a simular aquí. Dentro también. Simular. Etiquetas. Sonríe, calla, miente. Entra al juego de las sillas. Para la música, corre.

Vomita de nuevo sus quejas, su escozor, la espalda encorvada. El gesto tosco.

Pone la directa. Se aísla. Traduce algo de hace dos semanas para que salga dentro de varias más, edita algo que hace dos días sacaron todos los demás, se convierte así, reciclando —separando orgánico de inorgánico justo cuando empieza a oler, no antes—, en parte fundamental de la vida de un lector tragamierda. Cuenta las horas que le quedan para irse sin hacer nada que vaya a permanecer, que sirva para nada, sin pensar. Sin esperar. Una y otra vez. Un día más.

Y hoy editará una traducción —mala pero cara— de un texto escrito en una mesa de Mordor sobre la libido del oso panda en China. Que traerá clics en Facebook. Que se compartirá y comentará. Que conectará con la audiencia. Que, en los informes del editor y ante los accionistas, dicen, es importante para la vida de la gente. Que no engaña a nadie. Que pagará su sueldo de oficinista.

El síndrome identificado. El delirio, malsano, del reportero pegado a una mesa alimentando Facebook de una manera tan cruel que si Sísifo lo hubiera conocido habría dicho: «Traedme la puta piedra de vuelta ya».

***

Esa piedra llegó, cayó en Nueva York, hizo sangre. Un enero frío, pero sin nieve. Durante una cena con ostras y cerveza mexicana en un pequeño restaurante del Village. Pagamos la cuenta a medias. Salió inmensamente más barata que una sesión real de análisis a precio de mercado. Frank Ochberg es uno de los mayores expertos mundiales en el estudio del trauma. Del estrés postraumático. Hoy defiende un cambio sustancial en la disciplina: que se hable más de «herida moral» (moral injury) que de una enfermedad, una condición médica (postraumatic stress disorder).

Antes de hablar de medicina a Ochberg le gusta contextualizar su formación académica, política, personal. El origen de su relación con las heridas que provoca la violencia. Estudió Medicina en Harvard a finales de la década de los sesenta y se especializó en Psiquiatría en Stanford. Eso, mientras morían asesinados John y Robert Kennedy y Martin Luther King. Aquella época. De principios.

Liberal —se define—, comenzó a reflexionar sobre el trauma y sus consecuencias, sobre la salud de los pacientes, con preguntas que giraban en torno a estos magnicidios. También, como le gusta explicar, a través de sus sesiones con un paciente, judío ortodoxo, superviviente del Holocausto, que se preguntaba una y otra vez dónde estaba Dios cuando más lo habían necesitado. La ausencia de respuesta a los porqués del horror, la violencia o la injusticia puede, a fin de cuentas, atormentar más que el dolor en sí cuando es entendido tan solo como daño físico.

Al comienzo de cualquier conversación, Ochberg deja claro que no fue casualidad que poco después de terminar sus estudios comenzara a trabajar con un grupo de psiquiatras que sistematizaron cómo los soldados que regresaban de Vietnam y habían pasado por las mismas experiencias tenían reacciones en común en su vida diaria. «Pensaban en ello cuando no querían pensar en ello», explica. «La memoria les obligaba a repetir la misma imagen una y otra vez, y cuando pasaba de ser una idea a esa experiencia intensa, profunda, no deseada, física, que salía al exterior, que sangraba, que afectaba a su comportamiento, buscaban ayuda». Así comenzó el estudio de la disciplina. Cuando existía el colectivo. Cuando el común significaba algo en el trabajo, en la vida.

Ochberg suele perder tiempo, todo el que haga falta, haciendo hincapié en uno de los aspectos que cree menos comprendidos en todo lo relacionado con el estrés postraumático. En algo que, pese a evidencias que nadie cuestiona en la comunidad científica, conlleva aún el estigma social: que el estrés postraumático afecta a la función cerebral. Ciertos estímulos llegan a provocar que la amígdala, el interruptor que procesa la respuesta cerebral, deje de hacer su trabajo correctamente y ese estímulo tenga una consecuencia física, una marca. Es decir, que a medio plazo hay diferencias físicas entre el cerebro de quien lo sufre y el de quien no lo sufre.

Y esto tiene que ver con el fin de una idea incorrecta. Es hora de dejar de pensar que algunas personas que han estado en peligro, en alguno de los muchos tipos de peligro que pueden crear trauma, tienen caracteres más o menos ansiosos, nerviosos, inadaptados, resistentes o pesimistas de inicio, no. No los tienen.

Va mucho más allá.

Han sido físicamente heridos y eso les ha afectado. Llega un momento en que se tiene miedo en situaciones en las que no debería tenerse miedo. Porque ver muertos, muchos muertos, oír disparos, muchos disparos, o pasar miedo, demasiado miedo, al detenerse ante un semáforo, creer en algo y ser traicionado, debilita el filtro que teóricamente debe asumir esa experiencia para ponerla en su lugar. Lo hace hasta que ese filtro se deshace, hasta que la respuesta deja de funcionar bien, incluso desaparece. Y se siguen sintiendo los muertos y los tiros y se sigue teniendo el miedo cuando ya no hay muertos ni tiros y eso debilita. Mucho. La memoria se convierte en algo autónomo, independiente de la voluntad, y es necesario tratarla para volver a tener control sobre ella, para limitar el impacto, desbocado, dañino, feo, del pasado en el presente.

Es algo digno de entender sin sentimiento de culpa, ni de fracaso. Tan habituales ambos. Sin señalamientos. Sin dedo acusador, ni victorias o derrotas. La diferencia entre una forma de reaccionar a ciertos estímulos y otra es biológica. Tiene que ver con las situaciones vividas y la resistencia neurológica de quien se ve expuesto a las situaciones. Punto.

Y esto no solo afecta a los soldados. Afecta a los civiles que viven la guerra, a las mujeres que han sufrido abusos, a los niños golpeados, a los trabajadores que intervienen en accidentes de tráfico, a los bomberos. Por supuesto, a algunos periodistas. Solo a algunos. A los que han vivido eso y no han sabido o no han podido sacárselo de encima porque no tenían cómo o porque trataron de hacerlo en la dirección equivocada.

Para ayudarles, Frank Ochberg ha fundado el Dart Center, que en su nombre convoca cada año en la escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia la Ochberg Fellowship. Una semana de debate y sesiones académicas para que un grupo de periodistas comparta experiencias complicadas, violentas, duras, debilitantes incluso. Para hablar del trauma, en todas sus variantes, con algunos psiquiatras y psicólogos de primer nivel mundial expertos en la cuestión.

Un encuentro donde muchos descubrimos un concepto nuevo, otra forma de acercarse a las consecuencias de la profesión: donde hablar de algo que va más allá de los muertos y los tiros —del ejemplo tradicional, el que tanto ha salpicado—. De algo que va mucho más allá de la adrenalina y lo físico. Donde nos enfocamos en lo emocional. En eso que llaman moral injury, la herida moral.

Nueva York, 1963. Fotografía: Getty.

Por ahora, el síndrome de estrés postraumático se considera un trastorno, una condición médica, una enfermedad. Y mucha gente no quiere reconocer que tiene un trastorno. Es evidente. Puede afectar, afecta seriamente, a su futuro laboral. Por eso Ochberg cree que, además de más preciso, el concepto de «herida moral», aporta cierta dignidad a quienes la reivindican ante quienes creen que hay un punto de locura en el origen de ciertos comportamientos.

Escuchen, periodistas, se siente así: «Tu integridad ha sido sometida a un ataque que te ha dejado herido. Se detecta una situación médica, como resultado de una situación que ha sido demasiado para tu capacidad de admisión ha cambiado algo en la fisiología de tu cerebro. Has perdido cualquier esperanza ante el futuro porque el cerebro ha sido sometido a un evento o serie de eventos de tal intensidad que prevés que el futuro no será tan bueno como el pasado. Te sientes como alguien que no sirve para mucho».

Como diagnóstico, para Ochberg, «es evidente que la depresión es una de las consecuencias de la herida traumática» y que hay síntomas como «sensación de alienación, problemas para dormir, ansiedad y sensación de culpa» por «haber sido testigo de acciones que no puedes comprender, con las que no puedes estar éticamente de acuerdo», que «te llevan a un comportamiento agrio, cínico, negativo. Al reconocimiento racional de que ahí, fuera de ti, está el mal, la mezquindad, y que lo has visto cara a cara».

¿Quién no ha sentido, ante la crisis mil veces advertida, analizada, denunciada, de una profesión que, es sabido, hace aguas y está sometida a una transformación de futuro muy incierto, que ha sido testigo de situaciones que violan la ética de la profesión? Por parte de grupos armados, de poderosos corruptos, siempre y primero, como hecho incuestionable, pero, peor aún, también por parte del entorno de la vida diaria, de una redacción o, más en concreto, de su ausencia.

¿Quién, en esta profesión, no ha sentido que se violan en privado, día a día, los principios de independencia, de objetividad, de honestidad, de profesionalidad, de verificación de la información, de sometimiento a los hechos, de eliminación de los dobles raseros, de pago de un precio justo? ¿Que eso sucede mientras en público los golpes de pecho tienen miles de retuits y el doble discurso, el de hechos que contradicen a las palabras, es la norma y el éxito?

¿Quién no siente que nos encontramos inmersos en una crisis económica que se lleva por delante —en la competición feroz y sin cuartel por el clic y la presencia, la supervivencia, en la maraña de la red— muchos de los criterios profesionales, humanos, para los que nos educamos? ¿En la que criterios mezquinos relacionados con la lucha en el barro por los recursos menguantes se llevan por delante la meritocracia mientras triunfan el cainismo y la omertá?

¿Quién no siente que baila sobre el filo, incisivo, dañino, que abren la herida moral y el estrés organizacional de esta profesión, hoy, aquí, ahora, casi cada día? Una herida que ahora tiene que ver con que las expectativas, las creencias, los dichos enunciados en público, con que la utilidad, el porqué del periodismo y los principios que conforman la voluntad que nos mueve a actuar ya no valen más. Con la distancia entre lo dicho y lo hecho. Con encontrarse con una orden y, simultáneamente, la contraria. Con el fin de la seguridad ontológica que te permite ser. Algo que mina profundamente la seguridad depositada en el conjunto de ideas que permiten trabajar.

Herida moral: el mercado expulsa periodistas a miles debido a la crisis. Todos estamos amenazados. Aceptamos nuevas reglas. Lo que sea. Se hace periodismo en redacciones sin teléfono. Donde órdenes, lógicas para quien no ha desarrollado su vida periodística fuera de internet (tantos hoy), pasan por hacer periodismo, por ejemplo, por Skype. Como si un policía o un migrante diesen entrevistas por Skype. Ese fue el día que entendí el mansplaining, así, de frente, y sin estallar de la risa, anulada por la pena que invade por dentro. Alguien cree que está haciendo su trabajo por explicarte una tontería. Por jerarquía. Como si, por ser editor, supiera cómo se reportea. Porque se hace periodismo sin salir de la pantalla. Es más, asumiendo con total naturalidad que hay que llevar la pantalla como en el xix los mineros se agenciaban su propia lámpara. Se hace periodismo sobre informes de parte sin verificarlos por prisa. Se hace periodismo copy-paste. Se hace periodismo sobre lo viral. Se hace periodismo por y para las redes sociales. Se confunden lectores con likes y retuits. Rumores con hechos. Se hace periodismo de reacción inmediata. De titular sensacionalista. Se hace periodismo para engullir dedos que se deslizan por la pantalla. Se hace periodismo que no cuenta el mundo, en una deriva autorreferencial que trata, se identifica demasiado, con la supervivencia de un grupo muy minoritario y demasiado entrelazado entre sí, hasta lo carnal, en un contexto de relaciones humanas de carácter precapitalista ante la ruptura del mercado e invadido por una toxicidad extrema. Hoy deciden cómo hacer periodismo personas que no saben más que de compartir en redes sociales o de llenarse los bolsillos a toda prisa antes de que el barco se hunda del todo.

Cuando se rompe el compromiso ético de la profesión es como si se rompiera el radio de la rueda de la bicicleta. Un radio que provoca que la rueda se debilite e incluso se rompa también. Zas. Al suelo. Se viola el contrato. El periodista lo viola, para sobrevivir. Por miedo, por imposición, por falta de perspectiva. El periodista acaba practicando antiperiodismo. Ha perdido el norte, la brújula que permitía seguir la línea recta. Se habla de la oncología del periodismo, que se presenta en diversos grados de invasión de la capacidad de trabajo y evoluciona de diversas maneras. Debilita, hace caer, deja heridos. Arrebata la capacidad de trabajar, de seguir siendo periodista. Aísla del entorno. En la soledad, surge la herida social. La herida moral. El nuevo estrés postraumático.

Ochberg escribió una comunicación para un congreso médico en Oklahoma hace mucho. A finales del siglo pasado. Antes, incluso, de que internet irrumpiese en el periodismo. «Los tres actos de las noticias y su trauma», se llamaba.

El acto I incluye aquellas historias horribles que, precisamente por horribles, se venden solas, que tratan de saciar y confrontar ese apetito por lo violento y lo cruel que tiene el lector. Generan disgusto, asco, miedo. Decimos que no nos gustan, pero las producimos y las consumimos. Son evidentes. Las identificamos inmediatamente, despiertan la alarma. Al menos, avisan. La sociedad las pide y nosotros se las damos. Tienen un lugar evidente. Somos capaces de superarlas. Suponen la pérdida de la inocencia. Contribuyen al mercado, a las ventas. Sirven para sobrevivir. Hay que hacerlo. Dejar constancia de. Recontar noches de nota roja y cuerpos destazados en alguna ciudad centroamericana. Para decir que se ha estado en el lugar más locamente homicida del planeta. La regla, clara. Nadie se equivoca.

El acto II aporta la moralina. La empatía. Hay historias que, más allá del evento traumático que muestran, educan al lector y desarrollan su conocimiento de una crueldad de la que nunca serán víctimas ni testigos. Generan compasión, aprendizaje, utilidad, reflexión. Se convierten en tragedias clásicas, edificantes incluso. Representan, con sobriedad, un papel en la vida. Sirven. Satisfacen. Las historias del segundo acto sirven como antídoto a las historias del primer acto. Son las de quienes podemos presentar en arco de tensión dramática como héroes que luchan contra la injusticia. Triunfen o no.

El acto III son todas esas historias que tenemos que escribir y no aportan nada. Ni siquiera lo anterior. En lo que se refiere a la violencia, son esas historias que te hacen sentir como un médico que le transmite a la familia que el cáncer está en su última fase y ya solo se puede esperar. Esas historias que se resumen en el reportero que llega y pregunta: «¿Hay alguna mujer que haya sido violada y hable mi idioma?». Exponerse al trauma sin posibilidad de respuesta ni aprendizaje. Que insensibilizan en su repetición. Que no ayudan a nadie para nada en nada. Sucedió y fue el infierno. No tengan esperanza después de leer o ver. No hay nada. Sin mayor implicación. Son una mezcla, dañina, sin significado ni aprendizaje, de los dos actos anteriores.

Aventuro que, de escribir de nuevo en el siglo xxi sobre los tres actos de las noticias y el trauma, Frank Ochberg abriría un espacio para analizar las consecuencias más evidentes de internet: los rumores, los cotilleos, la repetición continua de hechos sin contrastar y sin análisis por parte de tantos medios o los titulares explosivos que conllevan el vacío y la negación de los principios del periodismo: el servicio público, la veracidad, la exposición fundamentada de hechos que violan el contrato social con una intención, solo una: la de la asunción de responsabilidades. Que se llevan por delante la experiencia, el criterio, la incomodidad, periodistas como personas que controlan excesos, que no resultan agradables. Cómo sobrevivir siendo el perro que mira y que, si entras en el jardín, ladra, fiero, para avisar, y no como el gato que arrulla, traidor, antes de arañar por la espalda y conseguir muchos abrazos y fans.

La rendición a la madre de todas las confusiones de esta profesión. La que ha fusionado periodismo y entretenimiento. La quinceañera mexicana que todos replicaron, por ejemplo. Y la que llama periodismo a la propaganda. Los héroes que cubren a Podemos en Madrid y ese comunicado fantasma del lobby más rancio del periodismo madrileño sin pruebas ni fuentes de nada de aquello con lo que estremece. La rendición a lo viral, de consumo rápido, la de las polémicas en redes, la del ruido, la del tráfico, la del servilismo, la de los chicos y chicas cómodos y funcionales —funcionariales— atascados en la mesa, necesarios para la supervivencia de jerarquías de poder, porque no son más que poder a la espera de turno.

Como diría Ochberg, lo que deben superar el periodismo y los periodistas para evitar la herida moral es «todo aquello que distorsiona nuestra percepción y la comprensión del mundo real».

Algo que, no me quedan demasiadas dudas, quizá sea ya imposible cuando sucedáneo y realidad se han mimetizado tanto que solo queda observar el río de sangre que sale de la herida y aplaudir al tiempo que retuiteamos que lo llaman miel.


El poder de una palabra

Donald Trump. Fotografía: Kevin Dietsch / Cordon.

La medianoche del 31 de mayo de 2017 ocurrió algo mágico en el twitter de Donald J. Trump. El 45º presidente de los Estados Unidos, magnate, escritor sensible, busto reposa-pelucas, inversor, actor de blockbusters y exproductor mandamucho del reality show estadounidense The Apprentice, proyectó al mundo un tuit tan fabuloso como críptico: «Despite the constant negative press covfefe» («A pesar de la constante prensa negativa covfefe»).

Una frase incomprensible, en apariencia inacabada y rematada por una palabra inexistente que por inesperada y absurda resultaba bastante graciosa. En tan solo un par de horas, el oleaje de internet, muy amigo de mofarse de los tropezones ajenos, había retuiteado el mensaje más de setenta mil veces. De madrugada, Trump descubrió la popularidad de su jeroglífico accidental, eliminó el tuit y bromeó con el asunto, invitando al resto de usuarios de la red social a elucubrar sobre su significado. Pero para entonces ya habían transcurrido cinco horas desde el hecho en cuestión y ese lapso de tiempo en los campos de internet se traduce en varios meses en el mundo real: a esas alturas la gente ya había hecho «covfefe» suya, había convertido la palabra en meme y la había vilipendiado de todas las maneras posibles. En el Urban dictionary la segunda acepción de «covfefe» reza lo siguiente: «El poderoso y terrible dios de los errores ortográficos en internet. El misterioso y omnisapiente Señor de los Trolls de Twitter, de quién Pepe es profeta. En este 30 de mayo, fue convocado por el rey naranja para comenzar su reinado de terror sobre el páramo sin ley del ciberespacio. Y así será que ningún blogger, ningún perfil, ningún huevo de Twitter conocerá paz en el más allá hasta que se hayan doblegado con reverencia y temor ante el poder glorioso de Covfefe». Poco tiempo después, la errata misteriosa se había convertido en producto generando mercadotecnia de lo más variada y cualquiera podía encargar por internet una taza de desayuno para empezar el día con un buen covfefe.

Parecía bastante evidente que lo que Trump había querido escribir en aquel graznido era «coverage» en lugar de «covfefe» y que la frase había quedado incompleta por error. Pero Sean Spicer, secretario de prensa de la Casa Blanca por aquel entonces, al ser preguntado sobre el asunto sentenció «el presidente y un pequeño grupo de gente saben exactamente lo que él ha querido decir» intentando camuflar el resbalón torpemente. Una semana después, el mismo Spicer informaba a la nación que todos los tuits del presidente Trump eran considerados declaraciones oficiales convirtiendo de manera retroactiva la palabra falsa en una «declaración oficial». Dos semanas después, el demócrata Mike Quigley presentó un proyecto de ley que demandaba enmendar la Ley de Registros Presidenciales para poder preservar, en los archivos nacionales, todas las publicaciones en Twitter y otras redes sociales del presidente de los Estados Unidos. «Para mantener la confianza pública en el Gobierno, los funcionarios electos deben responder por lo que hacen y dicen. Y esto incluye los tuits de 140 caracteres» apuntaba Quigley para justificar la propuesta. Su proyecto de ley se titulaba Communications Over Various Feeds Electronically for Engagement, y sus siglas deletreaban la palabra COVFEFE.

Clic para ampliar. Imagen: Mike Quigley (CC).

En el The Washington Post comenzaron a sospechar que la administración Trumpiana estaba manejando el asunto a modo de maniobra de distracción para evitar tocar asuntos como la dimisión de Michael Dubke, las relaciones con Alemania o cualquier cosa que tuviese que ver con gente muy rusa. Entretanto, el estado de Georgia prohibió el uso de la palabra «Covfefe» en las matrículas de coches personalizadas.

Y todo por culpa de una palabra, una que ni siquiera existía.

Very Intelligent Person

En 2013, años antes de sentar el culo sobre el trono presidencial de su país, Trump tuiteó: «Lo siento perdedores y haters. Pero mi cociente intelectual es uno de los más altos ¡y todos lo sabéis! Por favor, no os sintáis estúpidos e inseguros, no es culpa vuestra». Meses más tarde del covfefegate, durante una rueda de prensa en la Casa Blanca, Trump apuntaría: «Ya sabéis, la gente no lo entiende. Fui a una universidad de la Ivy League, era buen estudiante y lo hice muy bien, soy una persona muy inteligente».

En 2016, Trump tuiteó: «China steals United States Navy research drone in international waters – rips it out of water and takes it to China in unpresidented act» que podría traducirse, con errata incluida, por algo así como «China ha robado el dron de investigación de las Fuerzas Armadas en aguas internacionales. Lo ha sacado del agua y se lo ha llevado a China en un acto sin presedentes».En la Merriam-Webster, una respetada editorial de diccionarios con doscientos años de historia a sus espaldas, aprovecharon para hacer guasa con el asunto y comentar que aquel «unpresidented»  no solo no era la palabra del día, sino que ni siquiera existía.

En agosto del 2017, Trump escribió en Twitter la palabra «heel» (tacón) en lugar de «heal» (recuperar), lo hizo cuatro veces en dos tweets diferentes durante uno de sus discursos sobre la nación, y entonces todo internet comenzó a sospechar que en lugar de errores con el corrector del móvil estaban lidiando con el analfabetismo del autor. En marzo de 2018 Trump volvería a asomarse a la red social vestido con erratas para soltar un tuit donde escribía «Council» en lugar de «Counsel» tres veces distintas en una misma línea. Semanas más tarde, volvía a tomar la misma carretera en dirección contraria al teclear «White House Council» en lugar de «White House Counsel» y en Merriam-Webster volvieron a dedicar algo de su tiempo a corregirle.

Aquella editorial, Merriam-Webster, era la misma que a finales de 2016 había anunciado que «Surreal» se había coronado como palabra de aquel año al ser el término más buscado de la temporada en su diccionario online de consulta. Las búsquedas de dicha palabra se habían disparado hasta alcanzar el primer puesto cuando se hizo pública la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2016.

Nunca te acostarás

En septiembre de 2017, durante su primer discurso ante las Naciones Unidas, el presidente Trump utilizó el apodo Rocket Man para referirse al líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, aludiendo a las diversas pruebas con misiles que el norcoreano gustaba de hacer. De paso aclaró que en caso de que las relaciones se tensasen demasiado y la cosa se pusiese muy fea no tendría más remedio que destruir toda Corea del Norte.

Ante la amenaza, Jong-un  se tomó la molestia de escribir un discurso a modo de réplica directa hacia el presidente estadounidense. El Gobierno del país aclaró que era la primera vez que un líder norcoreano se tomaba de manera tan personal la contestación. El texto de Kim Jong-un comparaba a Trump como un «perro asustado», cuestionaba sus políticas internacionales y amenazaba con castigar con fuego a los Estados Unidos llegado el caso. Pero, juegos de guerra aparte, lo más interesante de todo el sermón es que etiquetaba al presidente de USA como un «dotard», una palabra extraña que parecía una errata a medio camino entre el «retard» (retrasado) y lo que dios quiera que tuviese en la cabeza Jong-un en aquel momento. Al principio el mundo se lo tomó con risas porque daba la impresión de que los dos líderes de potencias absurdamente peligrosas ni siquiera sabían escribir, pero luego alguien agarró un diccionario y descubrió que «dotard» en realidad era una palabra real.

Desde Merriam-Webster señalaron que aquel término provenía de «dotage», una palabra que inicialmente se interpretaba como «imbécil» y que en la actualidad significaba «un estado o periodo de decaimiento senil marcado por una disminución del equilibrio mental y el estado de alerta». El Oxford English Dictionary la definía como «una persona vieja que se ha vuelto débil y senil». La palabra «dotard» había aparecido en las páginas del The New York Times tan solo diez veces desde principios de los ochenta y siempre militando en las secciones dedicadas al arte. William Shakespeare en Mucho ruido y pocas nueces la colocó en los labios de un Leonato que aclaraba: «I speak not like a dotard nor a fool». Y Herman Neville la deslizó en un poema sobre un tiburón: «Eyes and brains to the dotard lethargic and dull, pale ravener of horrible meat». El poeta Alfred Tennyson también la utilizó en otro poema titulado Locksley hall sixty years after que ejercía de secuela de los versos Locksley hall.

Cuando el líder norcoreano emitió el comunicado en su lenguaje natal, el término dotard era sustituido por 늙다리미치광이, cuya traducción sería algo así como «vejete lunático». En general el gobierno norcoreano nunca se ha caracterizado por ser muy amable a la hora de disparar sus palabras: en lugar de referirse a los Estados Unidos como «enemigos» los han llegado a denominar «hooligans» o «gangsters», a Hillary Clinton la llamaron tanto «colegiala de primaria» como «pensionista de compras», a Barack Obama como definieron como un «mono negro tarado» y a Park Geun-hye, quien fuese presidenta de Corea del Sur, como una «puta» y una «serpiente».

Aquella noche todo el mundo se fue a la cama un poco más nervioso. Kim Jong-un les había enseñado algo, y ese escenario no parecía del todo coherente con el mundo real.

Jugendwort

En Alemania, desde el año 2008, la editorial de diccionarios Langenscheidt organiza un concurso para designar cuál ha sido la «Jugendwort des Jahres», lo que vendría a ser la «Palabra juvenil del año». En 2017 la ganadora fueron en realidad dos palabras, la expresión «I bims» que vendría a ser algo parecido a un «Yo soy» pero escrito haciendo mofa de la jerga, incorrecta y salpicada de faltas ortográficas deliberadas, que la juventud (y un rapero llamado Money Boy) utilizaba en los memes, las imágenes y las redes sociales de los mundos interneteros.

Money Boy. Imagen: Robin Krahl (CC).

Pero a lo largo de ese 2017 muchos otros términos, la mayoría bastante más ocurrentes que el ganador, lucharon por alcanzar la corona de la Jugendwort. «Selficide» combinó «selfie» y «suicide» para definir el acto de matarse sacándose una fotoyo, lo que de toda la vida Def Con Dos ha denominado como una muerte ridícula. «Nicestein», una remezcla de «nice» (agradable en inglés) con «Frankenstein», se hizo popular a la hora de referirse a algo agradable a todos los niveles. «Tacken» modificaba una letra de la palabra «kacken» (defecar) para denominar a todos aquellos que pasaban el rato en el trono del baño enviando mensajes por el móvil. «Tinderjährig» unió «Tinder» con «Minderjährig» (menor de edad), para indicar que alguien era suficientemente mayor como para estar en Tinder. «Sozialtot», algo así como «socialmente muerto» se utilizó para referirse a quienes se empeñaban en evitar las redes sociales. Y «Naplixen» fundió «nap» (siesta) y «Netflix» para apuntar a todos aquellos que gustaban de practicar la «naplix», la siesta con la tele encendida y alguna película en pantalla.

La Jugendwort des Jahres arrancó como una campaña promocional, pero poco a poco se ha ido convirtiendo en un evento social de lo más divertido. En cada entrega un jurado nombra a la palabra ganadora entre una treintena de candidatas. Y desde 2008 el nivel de las ocurrencias ingeniosas que han desfilado por el evento ha estado altísimo: «Darthvadern» se presentó como un verbo inspirado por el propio Darth Vader para que los chavales definiesen las acciones de aquellos progenitores que se excedían en su papel. «Analog-Spam» fue una forma moderna de referirse a las montañas de publicidad que dejan en el buzón los carteros comerciales. «Swaggernaut» se utilizó para etiquetar a gente que molaba mucho, gente que tenía mucho swag de ese. «Bildschrimbräune» se podía traducir como bronceado de pantalla y era una forma dudosa de referirse a aquellos que pasaban mucho tiempo encerrados frente a un ordenador. «Dumfall» juntó «dumb» (tonto) y «fall» (caída) para parir una palabra que definiese las caídas provocadas por hacer el imbécil. «Merkeln» fue un vocablo que travestía el «merken» (darse cuenta de algo y buscar soluciones) con el nombre de la canciller alemana Angela Merkel para crear un verbo que vendría a significar «no enterarse de nada».

«Googleschreiber» era un juego de palabras con «Kugelschreiber» (bolígrafo) que designaba a aquellos que teclean la dirección completa de una web en el buscador. «Tintling» unió «Tinte» (tinta) y el peyorativo «-ling» para denominar de manera satírica a todos aquellos amigos de los tatuajes. «Gutenbergen» un verbo que define la acción de copiar en un examen, aludía al padre de la imprenta, y también al político Karl Theodor zu-Guttenberg al que pillaron plagiando su tesis. La genial «Smombie» nació para darle nombre a todos aquellos que caminan embobados con su móvil y era una combinación de «smartphone» con «zombie». «Yologamie» agarraba una palabra anterior ganadora de la Jugendwort des Jahres YOLO» que significaba «You Only Live Once») y la convertía en un modo de referirse a una relación abierta. «Niveaulimbo» se traduce por «el nivel del limbo» y tomaba como base el juego de la barrita para definir nivel límite hasta dónde puede llegar a bajar la calidad de algo. «Gammelfleischparty» se llevó el premio a la palabra juvenil del año durante la primera edición en 2008, se traducía literalmente como «fiesta de carne podrida» y se utilizaba para denominar un evento donde la mayor parte del público superaba la treintena.

También bailó por allí la palabra «Tweef», una combinación de «Tweet» y «beef» que servía para poner nombre a una riña furiosa en el universo de Twitter. O la palabra que mejor, y con más certeza, podría definir el estado de las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte.

Imagen: Marco Verch (CC).

Agradecimientos: a Vera Volant, por abrir con este tuit la caja de Pandora y desatar la curiosidad sobre la Jugendwort des Jahres.


España (no) necesita conocer su opinión de mierda

 

¿Le ha indignado el titular? ¿Nota la bilis trepar por su garganta hasta sentir el impulso de expresar su opinión incluso antes de haber leído el texto? Tengo una mala noticia: está usted ante un cul-de-sac, un punto muerto, un callejón sin salida. Puede volver al titular o seguir leyendo, pero en cualquier caso no podrá comentar. O si lo hace sobre la pantalla, su vómito iracundo, por suerte, no me salpicará.

A veces la humanidad cabe en una sola línea. O en un párrafo, para los que gustan de extenderse. Hablo de una humanidad cerril, beligerante, primitiva. Basta con leer los comentarios de un artículo, de un post de Facebook o de un tuit. Oh, la participación. El gesto se asemeja al de abrir la nevera y descubrir con decepción que les ha crecido el moho a los únicos tomates que le quedaban para cenar. Furioso, cierra la nevera —o la página web— e ignora los lamentos de su estómago, que parece querer expresar una opinión también. A veces lo mejor es navegar por la sección de comentarios como lo haría en un crucero: sin bajar del barco, echando la cabeza hacia atrás al reírse, despreocupado sabiendo que está rodeado de criaturas que podrían devorarlo pero a las que nunca se enfrentará.

La opinión es como el árbol que se cae en medio del bosque: si no hay nadie para oírlo, el sonido no existe. Incluso en la necesidad de doblar la página de un libro, de subrayar una frase o de anotar en los márgenes hay una vocación de influir, aunque sea en uno mismo. Su objetivo es revisitar un pensamiento, mandar un mensaje a su yo del futuro. Pero no solo ocurre en las bibliotecas propias, también en las públicas. El periodista Álvaro Corazón Rural tuiteaba recientemente algunos hallazgos. «Vascos en la Antigüedad», rezaba el ladillo de un libro, a lo que un lector anónimo contestaba, bolígrafo en mano: «Nunca han existido y menos en la Antigüedad». En otro ejemplar, alguien había decidido remarcar que Manuel Azaña era un «miserable». Este estaba a lápiz, porque siempre hay gente dispuesta a llegar al consenso. Un último corregía «Lleida» señalando que se dice «Lérida». «Igual que no decimos New York o London», añadía.

En todo este fenómeno hay una necesidad de llegar a alguien. El comentarista que abunda no puede guardar su opinión para sí mismo, de lo contrario podría provocarle una úlcera. Es un desahogo, un llanto lastimero, un quejío del que tiene que hacer partícipe al resto de los mortales.

En un famoso estudio realizado por Erin E. Buckels con una muestra de mil doscientas quince personas, titulado Trolls Just Wanna Have Fun (Los trols solo quieren divertirse), el investigador concluía que hay una relación entre la forma de comentar los contenidos online y la personalidad del usuario. Según el informe, el comportamiento trol tiene tres rasgos fundamentales, un conjunto que la psicología ha bautizado como dark triad (la tríada oscura): narcisismo, psicopatía y maquiavelismo. Buckels confirmaba la aparición de estos tres y añadía otro rasgo esencial: el sadismo. Lo bautizó dark tetrad (la tétrada oscura). Hay un gusto hacia la agresión porque sí, gratuita y fácil. Apetito por la crueldad, apunta el estudio. Este perfil es el que genera más ruido en internet, en su mayoría son hombres y son los que más tiempo al día dedican a comentar. El grupo musical Los Punsetes lanzaba un mensaje provocador en su canción «Opinión de mierda» que, por supuesto, no quedaba exenta de comentarios en YouTube. Ellos cantaban: «Que no pase un día sin que des tu opinión de mierda, un día sin hacer a alguien de menos, un día sin abrir la caja de los truenos, España necesita conocer tu opinión de mierda, la gente necesita que le des tu opinión de mierda, todo lo que piensas es importante, mejor que lo sueltes cuanto antes», y algunos usuarios contestaban: «Que no pase un día sin oír una canción de mierda», «falacia ad hominem» o «vaya mierda».

El máximo exponente del usuario exhibicionista podría ser Donald Trump. El actual presidente de Estados Unidos envió un dosier a Vanity Fair con varios textos que la revista había publicado y que versaban sobre el propio Trump. Con un rotulador negro, el multimillonario había plagado el texto de anotaciones. Por ejemplo, señalaba con un círculo el nombre de la periodista (Juli Weiner) que firmaba un artículo de 2011 y escribía junto a él: «Bad writer!» (mala escritora). Juli Weiner citaba a Ben Smith, a lo que Trump contestaba: «And who is Ben Smith?» (¿Y quién es Ben Smith?). Incluso en la foto que acompañaba el texto había dejado un comentario: «Bad picture, no surprise» (Una mala foto, no me sorprende). La periodista le contestó en un artículo posterior en el que explicaba todo esto y aprovechaba para presentarle a Ben Smith: «Es un escritor de Politico [publicación especializada en análisis]. Ben, Donald. Donald, Ben».

También el New York Times tuvo el placer de recibir una carta de Trump. Iba dirigida a la periodista Gail Collins, y en la misiva se despachaba así: «Realmente, tengo un gran respeto por la señorita Collins en tanto que ha sobrevivido tanto tiempo con tan poco talento. Su habilidad para contar historias y su vocabulario (viniendo de mí, que he escrito muchos best sellers) no están a un nivel muy alto. Pero, más importante que eso, ¡los hechos que cuenta son erróneos!». Él es la génesis, la primera y última frontera del comentador hater.

Si llegados a este punto aún no se ha dado cuenta, hagámoslo obvio: no, España no necesita conocer su opinión de mierda. Pero sí su opinión. Al menos así lo consideran algunos expertos en periodismo y tecnología. Ismael Nafría, profesor en el Knight Center for Journalism in the Americas (Universidad de Texas) y autor del libro El usuario, el nuevo rey de internet, apunta que «los medios de comunicación digitales deben basar su modelo de negocio en conocer a sus usuarios lo mejor posible». «Sería suicida no dar el máximo juego posible a tus lectores. Es cierto que a veces las secciones de comentarios se convierten en conversaciones vacías de contenidos que solo expresan sentimientos personales o insultos. Eso no tiene valor. Pero la participación es un tesoro que hay que cuidar. Si no vas a hacerlo, si no vas a destinar recursos a ello, es mejor cerrar la sección de comentarios», añade. ¿Cómo se implementa una participación de calidad? Algunas soluciones pasan por enviar encuestas a los usuarios donde se les pide información para completar un reportaje, la existencia de cuentas verificadas o premiar a los usuarios que debatan con civismo hasta el punto de que, llegado el momento, sus comentarios ni siquiera necesiten moderación, sino que se publiquen automáticamente. Si en la calle hay normas y leyes que rigen nuestro comportamiento, ¿por qué no las habría en el mundo digital?  

Cada vez son más los medios digitales que deciden cerrar su sección de comentarios. Lo han hecho The Week, Reuters, Bloomberg, The Daily Beast o Popular Science. A menudo el lector considera que el cierre de la sección de comentarios es por puro ego del periodista. Ya sabe: el mal ejemplo nos absuelve, pero el bueno —o la corrección— nos condena. ¿Es el fin de la participación tal y como la conocemos? Ismael Nafría considera que «los usuarios demandan respuesta por parte de los autores de la información: ese es el nicho que hay que manejar». El proyecto pionero Engaging News Project (Universidad de Texas), liderado por la profesora Talia Stroud, analizó más de nueve millones de comentarios del New York Times. Hay tres claves: «Los insultos se reducen en un 15 % cuando el periodista interactúa con los lectores; hacer una pregunta cerrada al final del artículo reduce los insultos en un 9 %; al comentar varias veces al final de su artículo, el periodista mejora el tono de la discusión».

Pero ¿qué se contesta a una descalificación personal? El Guardian analizó setenta millones de comentarios de lectores y publicó un análisis titulado «The dark side of Guardian comments» («El lado oscuro de los comentarios del Guardian»). Concluyó que realmente había acoso hacia algunos de sus redactores, en concreto a diez de ellos. ¿Adivina el perfil de los periodistas? Ocho eran mujeres, y los dos hombres restantes eran negros. El estudio realizado tiene enfoque de género y, precisamente, constata que las víctimas de ciberacoso son en su mayoría mujeres. Una de las autoras, Jessica Valenti, lo explicaba así: «Imagina ir al trabajo cada día caminando entre personas que te dicen “eres estúpida”, “eres terrible”, “das asco”, “no me puedo creer que te paguen por esto”. Sería horrible ir al trabajo así».

La periodista Ana Ibarra fue moderadora de comentarios durante su primera beca en un medio nacional. Su trabajo consistía en bloquear los comentarios que incumplían las normas del medio y eliminar los perfiles de aquellos usuarios que insultaban o acosaban de manera continuada. «Me sentaba a las siete de la mañana a borrar comentarios de la noche anterior. Eran auténticas burradas. Ni siquiera trataban sobre la noticia. Habitualmente alguien escribía algo y se creaba una conversación a partir de ahí. Había personas que se creaban un perfil y, cuando lo eliminábamos, se creaban otro similar. Recuerdo uno en concreto. Se llamaba Natrón. Iba en orden: Natrón 50, Natrón 51, Natrón 52… Llegó a Natrón 1030. A veces nos dejaba comentarios del tipo: “Soy Natrón 55, ya veo que habéis borrado a Natrón 54 jajaja, hijo de puta becario, sé que me vas a borrar a las siete de la mañana, conmigo no podrás”. En noticias sobre mujeres asesinadas por violencia machista había comentarios del tipo: “No sé por qué luego no se ha follado el culo de su mujer muerta”. Era horrible, eran comentarios que realmente podría investigar la Fiscalía».

El dedo acusador no debe dirigirse siempre al usuario, también al medio. Ismael Nafría afirma que «se debe invertir en tiempo, gente y soluciones tecnológicas». De lo contrario, las secciones de comentarios se convierten en fosas sépticas que el propietario no limpia.

Uno de los casos paradigmáticos sobre cómo se debe gestionar un espacio de participación es del New York Times. Así lo resumían los periodistas María Ramírez y Eduardo Suárez en su blog: «Nadie revisa los comentarios de los cuatrocientos setenta y ocho lectores que tienen el signo de aprobación verde; esos lectores no los selecciona una persona, sino un sistema de algoritmos basado en la calidad: ganan estatus quienes no han escrito comentarios eliminados por el moderador; hay hasta doce personas en el equipo de moderación de comentarios».

El diario neoyorquino ha desarrollado incluso un test en el que cualquier internauta puede jugar a ser moderador. Hay cinco comentarios en respuesta a una noticia resumida y debe aceptarlos o rechazarlos. Acierte o no, hay una explicación que acompaña a por qué sí o por qué no se permite un determinado comentario. Llama la atención la vara de medir: el antisemitismo y la islamofobia no se toleran, pero la homofobia y el machismo sí. Pongamos algunos ejemplos del propio juego. En un artículo sobre declaraciones del primer ministro israelí en el Congreso de Estados Unidos se encuentra esta respuesta: «Debe de ser que los “Repugnicans” [juego de palabras entre repugnante y republicano] han invitado a Netanyahu al Congreso porque todos hablan la misma lengua». El New York Times no lo permitiría porque «Repugnicans» es un insulto. Lo mismo sucede con una información sobre la guerra civil siria, en la que un usuario asegura que «la única solución es esterilizar a la población de Oriente Medio». «Es ofensivo para una sociedad entera», apunta el periódico para argumentar su rechazo al comentario. Sin embargo, en una noticia sobre el matrimonio gay, un lector escribe: «Dos hombres pueden tener una relación, pero no pueden crear a un niño. Es sodomía. No es lo que Dios quiere. Es como en Sodoma y Gomorra. Páralo, Obama». Este sí habría sido aprobado porque el New York Times considera que solo «argumenta contra el matrimonio gay y que refleja el lenguaje usado en la esfera pública». Un caso similar al de esta otra información sobre mujeres chinas que quieren acabar con las infidelidades de sus maridos: «Las mujeres y su obsesión con la monogamia. ¿Por qué son tan inseguras y tratan de luchar contra la biología?», respondía un usuario. También este comentario se habría permitido porque el diario ha decidido que quieren «un espacio donde haya interacciones interesantes». Además, «no critica a una mujer en concreto, así que no es un ataque personal».

Al final, el acto de opinar no es muy diferente al de ir a una casa ajena. A uno no se le ocurriría entrar en una morada que no es la suya con los zapatos llenos de barro. Uno los frota contra la alfombrilla, se los limpia, y después pisa. Puede que se encuentre a un dueño que, afligido por la congoja que supone abroncar a alguien, le permita entrar dejando rastro. Cuando usted se vaya, piense que el susodicho se quedará higienizando el hogar. No deje que su particular huella en el mundo sea una mierda en la suela y, por el amor de Dios, límpiese antes de opinar.