Cómo acabar de una vez por todas con las preguntas sobre dopaje

Lance Armstrong en una rueda de prensa. Foto: Paul Coster (CC)
Lance Armstrong en una rueda de prensa. Foto: Paul Coster (CC)

¿Se puede ganar el Tour de Francia o la Vuelta a España limpio?

Sí, con la condición de que ninguno de los otros corredores se dope. Sabemos que solamente el uso de EPO aumenta el rendimiento a largo plazo en torno al diez por ciento, aunque es difícil ser exacto al respecto. Vamos a atenernos al reportaje de la televisión francesa France 2 en el que ocho deportistas, algunos de ellos de una edad relativamente avanzada, consumían una mezcla de testosterona y EPO con transfusión de sangre enriquecida de por medio, es decir, el método habitual de los noventa en adelante en las pruebas de fondo de ciclismo o atletismo. Fue solo un mes y la mejora media fue de un seis por ciento.

Puede que un seis por ciento de mejora no parezca mucho, pero en una gran vuelta por etapas es una barbaridad. Chris Froome ganó el último Tour empleando ochenta y cuatro horas, casi ochenta y cinco. Un seis por ciento de ochenta y cuatro horas, por redondear, sería más de cuatro horas y media. Si el que va dopado corre cuatro horas y media más rápido que el que va limpio es absolutamente imposible que alguien le gane. Hablamos de deportistas profesionales, por supuesto. El último clasificado de este mismo Tour acabó a menos de cinco horas, en el filo del tiempo de ventaja del tratamiento de France 2. Si damos por hecho que ninguno de los demás se dopó, solo con un mes de trampas limitadas, Sebastian Chavanel habría ganado la prueba.

Si no les pillan, será que no se dopan…

Ese es el «adagio» que se repite en todos los deportes. «Doparse es dar positivo en un control». Sin embargo, la historia está llena de trampas que llegan hasta la década pasada, cuando a Tyler Hamilton le recomendaban manchar su propia orina con unos polvos que imposibilitaban la detección posterior de sustancia alguna. Desconozco si ese método sigue vigente porque nadie ha vuelto a escribir un libro al respecto, supongo que habrá que esperar otros diez años.

En cualquier caso, los medios de detección llegan hasta donde llegan. Un atleta no puede dar positivo por una sustancia que está prohibida pero que en la práctica es indetectable. Sucedió en los noventa con la EPO: había gente que estaba poniendo en riesgo su propia salud con tal de atiborrarse de más EPO pero la sustancia no aparecía en ningún control. Varios doctores llegaron a lo más alto con una adecuada combinación de este elemento que facilita la oxigenación de la sangre y por tanto la recuperación y el control del cansancio. Podríamos citar a los sospechosos habituales: Fuentes, Ferrari, Cecchini… pero ninguno como el doctor Conconi, venido también del atletismo, y al que le encargaron el test de detección de la sustancia, lo que aprovechó para dopar sistemáticamente a varios corredores del Carrera sin que nadie se enterara.

Desde la propia Agencia de Protección de la Salud, la antigua Agencia Antidopaje española, el mensaje es desolador: «Los tramposos siempre van uno o dos años por delante, es imposible pillarlos». El objetivo de la agencia es que nadie haga un Riccardo Riccó y acabe en un hospital al borde de la muerte por meterse cualquier porquería comprada por internet. Los controles llegan tarde, esto es así, más que nada porque la trampa mueve mucho más dinero y tecnología que la vigilancia. En realidad, lo raro es que pillen a alguien. Que pillaran a cuatro del Astana el año pasado ya fue el colmo de la torpeza o el exceso.

¿Y el pasaporte biológico?

Otra de las conclusiones del citado reportaje de France 2 era que ese dopaje mantenido durante cinco semanas no alteraba los valores del pasaporte biológico, no hacía saltar ninguna alarma. Para que eso suceda tienes que ir realmente hasta arriba, como en los locos noventa. Con un poco de precaución, limitando el período de carga a unas pocas semanas y utilizando después microdosis para mantener, no deberías tener ningún problema para presentar un pasaporte biológico en orden.

Ahora bien, eso no quiere decir que el pasaporte biológico no sirva para nada: es un excelente detector de tramposos compulsivos. Los moderados pueden seguir a lo suyo pero al menos la sensación de impunidad, de barra libre, ha terminado. Toda la literatura y las investigaciones judiciales o deportivas acerca de los años noventa, llegando hasta la primera retirada de Lance Armstrong, apuntan a un mundo donde la trampa era generalizada y completamente fuera del sentido común. A eso le llamaban, como dice Christophe Bassons en su libro, faire le metier, algo así como «hacer tu trabajo», sin más.

Estoy convencido de que al menos esa etapa ha quedado atrás.

Y si todos se dopan, ¿no sería el mismo resultado, qué más da?

Mucha gente cree que el dopaje consiste en Panoramix sirviendo poción mágica a los deportistas, pero obviamente es más complejo que todo eso. En el fondo es química, o farmacología, como prefieran, mezclada con unos conocimientos fisiológicos avanzadísimos. Hablamos de gente que cobra cientos de miles de euros al año por sus servicios, gente que sabe qué darle a cada uno y que sabe cómo hacer que no dé positivo. Desde la misma AEPSAD se deslizó en su momento la teoría de que, al menos en los tiempos de la Operación Puerto, las carreras las decidían los médicos… y no solo las carreras, también a quién le pillaban y a quién no, según hubiera renovado con el equipo o tuviera pensado abandonar al médico en cuestión…

En cualquier caso, dejemos una cosa clara: si usted o yo nos dopamos con lo mismo que Armstrong no ganamos siete Tours. En la primera pregunta se ha establecido un límite generoso de unas cinco horas. Para llegar a cinco horas del mejor ciclista del mundo en un Tour de Francia hay que ser un deportista fuera de serie. Cuando los ciclistas o los atletas o los nadadores nos dicen lo duro que es su deporte, la cantidad de horas que le dedican y el sufrimiento que eso supone hay que creérselo letra por letra. El dopaje no sirve de nada sin un trabajo extenuante detrás. Lo complementa, sin más, da ese cinco-diez por ciento extra, pero el resto lo tienes que tener tú.

La metáfora con el wrestling es recurrente y peyorativa. Yo mismo la he utilizado varias veces porque me da la sensación de que a menudo el deporte profesional no es más que un derivado del entretenimiento donde demasiadas veces todo vale. Sin embargo, el wrestling es la leche. Para ser un luchador de wrestling tienes que controlar movimientos increíbles, tener una agilidad impropia de alguien que mide dos metros y pesa casi ciento cincuenta kilos y conseguir tener una insólita capacidad de resistencia, de lucha y de comunicación con el público durante combates que pueden durar casi una hora. Una coreografía perfecta donde cualquier truco mal hecho se notaría demasiado. Todos van hasta arriba de esteroides, sí, pero no todos pueden llegar a lo más alto solo por los esteroides.

¿Por qué tanta gente se atreve a acusar sin pruebas?

Creo que el concepto de «sin pruebas» es tramposo. ¿Qué es una prueba? ¿Un positivo en un control antidopaje? Ya hemos visto que a menudo eso es imposible. ¿Una alteración en el pasaporte biológico? Los márgenes son demasiado amplios y las pequeñas variaciones apenas llaman la atención. ¿Una cámara oculta en una habitación? Sería inconcebible.

Queda, por tanto, la confesión, solo que la confesión siempre llega tarde. «El arrepentimiento es un sentimiento tardío», que decían en una película argentina. De repente, llega alguien atormentado o sin un duro o enfadado con su patrón y confiesa. Lo hemos visto mil veces en las películas de mafiosos. Su única prueba es su testimonio, pero si ese testimonio se repite por veinte y la FDA o la USADA se ocupan de reunirlos e investigar, nos encontramos con el caso Armstrong, o, mejor dicho, el caso US Postal.

El problema con el caso US Postal es que ha eclipsado a los demás: ha eclipsado las investigaciones de Friburgo respecto al Telekom, las de la universidad de Ferrara y el dopaje en el Carrera, las de la fiscalía holandesa y el equipo Rabobank, las de las autoridades danesas y el CSC de Riis… Cuando todos ellos dominaban las carreras en las que participaban y saltaban dudas la respuesta siempre era la misma: «Estás acusando sin pruebas», pero eso no era del todo cierto, porque hay una prueba que está a la altura de cualquier análisis de laboratorio: el rendimiento.

Es tan obvio como esto: un ciudadano cualquiera, con unos ingresos declarados de, pongamos, veinticinco mil euros anuales, presume en su ciudad comprando constantemente coches de lujo y chalets en zonas reservadas. Un comportamiento así obviamente llamaría la atención de cualquier inspector de Hacienda. ¿Hay «pruebas» de que ese señor tiene ingresos ilegales? Claro que las hay: el chalet y los coches. Del mismo modo, si alguien que sabemos que se beneficiaba de ese 5cinco-diez por ciento extra que da el dopaje tardaba cincuenta minutos en subir determinado puerto, cuando alguien supuestamente limpio lo hace en el mismo tiempo o muy aproximado es normal que surjan dudas. Si lo hace más rápido, para mí resulta directamente increíble.

Puedo aceptar la teoría del «fenómeno», el «extraterrestre»; ese fuera de serie que, incluso limpio, puede ir más rápido que el mejor de los dopados. No me creo que haya cinco o seis fueras de serie en una misma generación y mucho menos que dos o tres de ellos pertenezcan al mismo equipo.

¿Las mejoras técnicas de los últimos años no justifican una mejora también de rendimiento?

Esa es la teoría del equipo Sky, que Movistar presumió de haber imitado en su presentación de 2012. Lo que se llaman marginal gains o «ganancias marginales», pequeñas ventajas de preparación que marcan la diferencia en carrera. Sin embargo, cuando entramos en los detalles, todo es muy confuso: Indurain ya tenía un dietista en los ochenta, Kelme tenía cuatro o cinco médicos cuando estalló la Operación Puerto y equipos como el US Postal o el Telekom o el propio Banesto contaban con fisiólogos de primer nivel y con interpretación de datos.

El doctor Ferrari lleva haciendo pruebas en ese sentido casi veinte años y es imposible que fuera el único.

No hay una evidencia clara de que las mejoras técnicas y de preparación hagan que un corredor que no podía ni meterse entre los cien primeros en pequeñas carreras de 2011 de repente se convierta en un doble ganador del Tour de Francia. La explicación estará en otro lado y puede ser perfectamente legal… pero no en hacer rodillo después de las etapas. Las confesiones acerca de Armstrong datan la última etapa de oro del dopaje en 2005. La Operación Puerto la lleva a 2006. Ha pasado demasiado poco tiempo y algunos de los corredores siguen en activo. Es difícil pensar que consiguen los mismos tiempos que entonces porque hay un preparador subiendo los datos a un Excel.

¿Qué hay del motor en las bicicletas?

Antoine Vayer, el mítico fisiólogo del Festina de Virenque entre otros, aseguró en Le Monde recientemente que si el equipo de Froome era analizado al detalle, el británico no volvería a ganar un Tour de Francia. Me pareció una acusación gratuita, por mucho que aquel vídeo pareciera demostrar que Froome es capaz de pasar de trescientos a setecientos vatios de potencia sin apenas acelerar su ritmo cardíaco. Sinceramente, me cuesta creer que haya gente con motores en sus bicicletas sin que nadie se entere. Sé que Greg LeMond ha asegurado que se están utilizando, sé que hay bicicletas con esa tecnología y sé que la UCI está investigando a ver si encuentra algo, pero me parece tan descarado que sería imposible hacerlo pasar desapercibido. Otra cosa es que los demás equipos estén más preocupados en imitarlo que en denunciarlo, eso ya no lo puedo saber.

¿Tiene que ver el dopaje con que los ciclistas sean cada vez más longevos?

No lo sé. En principio, no veo una relación al respecto. El ciclismo es un deporte que invita a la longevidad, como muchos de los deportes de fondo y no de esfuerzo explosivo. Sí es verdad que los casos que se nos vienen a la cabeza de ciclistas longevos en el pasado siempre fueron grandes campeones a lo largo de su carrera: Poulidor, Zoetemelk, Bartali… a mí no me extraña que un tío como Valverde, que ganaba carreras con veintitrés años las siga ganando con treinta y cinco. Me puede levantar dudas de otro tipo, pero no me extraña. Sí me extraña que gente que no conseguía resultados con veinticinco años, incluso con treinta, los esté consiguiendo pasados los treinta y cinco o incluso los cuarenta como en el caso de Chris Horner. Pero me extraña, punto, no sabría hilar una relación entre ese rendimiento y el dopaje.

¿El dopaje es solo un problema del ciclismo?

No, el atletismo está mucho peor. O igual de mal, cuando menos. Y es imposible pensar que si hay unas herramientas y unos médicos que conocen y usan esas herramientas para mejorar el rendimiento atlético en un porcentaje tan alto, estas solo se utilicen en dos disciplinas, que además mueven relativamente poco dinero. Insulta a la lógica pensar que solo hay tramposos en el ciclismo y que presupuestos de cientos de millones de euros se dejan al azar de la competición. Sabemos que hay determinadas sustancias que te permiten correr más, durante más tiempo y llegar más frescos al último minuto de un partido de fútbol, baloncesto, tenis… es imposible que nadie en esos deportes las haya tenido en consideración, sobre todo teniendo en cuenta que incluso en el deporte donde más se controla a los atletas, que es el ciclismo, es casi imposible que te pillen.

¿Por qué los medios no denuncian más casos y no hablan de esos otros deportes?

Antoine Vayer lo hace. No conozco a su abogado pero debe de ser un tipo aguerrido. Le Monde publicó un artículo sobre la relación entre el Real Madrid y el Barcelona entre otros con el doctor Fuentes, con palabras del propio Fuentes, pero en juicio el doctor se desdijo y tuvieron que pagar no sé cuántos millones de euros. Sin ir más lejos, David Walsh, periodista de The Sunday Times, le tuvo que pagar en su momento un millón de dólares a Lance Armstrong por acusarle «sin pruebas» en su libro L.A. Confidential. Ese millón de dólares ya está de vuelta en las arcas del periódico, pero, ¿qué periodista y qué medio de comunicación se atreverían a investigar ahí, a meter la nariz, a sacar lo podrido? No todo el mundo es Roberto Saviano y cuando hay una gran industria al margen de la ley, sabes que te vas a enfrentar a muchas amenazas, muchos sustos y muchas desgracias. Todo para que al final el testigo clave diga que te lo has inventado y acabes tú en la cárcel o pagando una multa impagable. No merece la pena.

¿Tiene que ver el que los propios medios vivan de esa gran mentira?

No ayuda. Como tampoco ayuda que las competencias de control del dopaje en la mayoría de los deportes estén controladas de facto por los organizadores de las competiciones, que quieren ídolos y no escándalos. A mí me pasa. De repente un día me apetece hablar sobre Chiappucci, sobre la historia que viví como adolescente con Chiappucci, la «versión oficial». ¿Cómo escribo sobre eso sin hablar de Conconi, de Ferrari, de Cecchini, de Fuentes…? Participando de la fantasía, supongo, como si tuviera que revivir un combate entre Hulk Hogan y el Último Guerrero o algo así. Hay quien tiene que hacerlo todos los días: escribir cada noche una crónica sobre la etapa o el partido del día anterior cuando probablemente sabe más de lo que escribe pero no puede demostrarlo. Es muy jodido. La edad de oro del deporte español ha dado trabajo a mucha gente como la está dando la del deporte británico ahora mismo. Luchar contra la ola es complicado, mucho mejor dejarte llevar y cerrar los ojos.


El día que Indurain dio positivo

Foto: Darz Mol (CC)
Foto: Darz Mol (CC)

El 28 de agosto de 1994, Luc Leblanc se convirtió en el séptimo francés en ganar un campeonato del mundo de ciclismo en ruta. Fue el primero de su país en hacerlo desde el ya lejano 1980, cuando el caimán Bernard Hinault se hizo con el jersey arcoíris. Fue una tremenda alegría para una Francia algo huérfana de triunfos ciclistas en los últimos diez años. Sin embargo, la gran noticia al día siguiente era otra. El mejor ciclista del último lustro tenía problemas. Y el dopaje era la razón.

El camino a Burdeos

En la temporada 1994, Miguel Indurain eligió, una vez más, disputar el Giro de Italia en detrimento de la Vuelta a España, que por entonces se corría también en el mes de mayo. Unipublic, la empresa organizadora de la ronda española, montó en cólera.

Amenazó al Banesto con impedir al equipo al completo tomar la salida de aquella edición. El desencuentro con Unzué y Echávarri, patrones del conjunto navarro, a cuenta de la recurrente ausencia de Miguel desde 1991 en la principal prueba del país, era bien conocido. Finalmente, la promesa de que el campeón de Villaba disputaría la Vuelta al año siguiente («salvo causa de fuerza mayor») sirvió para apaciguar los ánimos. Cosa que terminaría no sucediendo, y que además provocaría la triste estampa de Indurain dos años después, esta vez sí, en el pelotón de la Vuelta pero a disgusto, bajándose de la bici… para siempre. Pero esa ya es otra historia.

Como preparación a un Giro de 1994 donde Induráin buscaba su tercera maglia rosa consecutiva, hito solo antes alcanzado por Eddy Merckx y Alfredo Binda, Miguel disputó una pequeña carrera de tres días cerca de París: el Tour de l’Oise (ahora llamado Tour de Picardie). En la crono final, sector vespertino del última día, Indurain se impuso por cinco escasos segundos al francés del GAN Eddy Seigneur y se llevó la prueba. Objetivo cumplido. No obstante, el corredor español pagó en el Giro las consecuencias de una preparación algo ajustada por culpa de una tendinitis en primavera. Miguel claudicó aquel año en Italia y fue tercero tras un portentoso Eugeni Berzin y un precoz Marco Pantani.

En cualquier caso, más de tres meses después de l’Oise y ya con el cuarto Tour consecutivo en el bolsillo, el ciclista navarro se preparaba en verano para un nuevo desafío que causó especial sensación en la época: el récord de la hora. La especialidad consiste en la distancia que un corredor es capaz de recorrer durante una hora, generalmente en un velódromo cerrado. Desde el 27 de abril de 1994, el récord pertenecía al escocés Graeme Obree (peculiar personaje con artículo aparte; de excéntrica y revolucionaria postura en la bicicleta, bipolar y homosexual reprimido) y estaba en 52 kilómetros y 713 metros.

Hablamos de una especialidad, obviamente, para contrarrelojistas y rodadores. Pues bien, el supertetracampeón del Tour pretendía batirlo, y para ello se entrenó durante el mes de agosto renunciando al Mundial de Agrigento. Sin embargo, cinco días antes del día señalado en el óvalo de Burdeos, coincidiendo con el oro de Leblanc, la prensa francesa difundió una impactante noticia.

«Una movida un poco rara»

Foto: Eric Houdas (CC)
Foto: Eric Houdas (CC)

El 15 de mayo de 1994, el último día del mencionado Tour de l’Oise, Miguel Indurain dio positivo por una sustancia llamada salbutamol. Bueno, para hacer justicia a aquel teletipo de France Press del 28 de agosto, a las diez de la noche, Indurain había dado, literalmente, «positivo»; estaba escrito con comillas.

El salbutamol es un broncodilatador contenido en el Ventolín, autorizado cuando se usa como aerosol y cuando media autorización médica. Se utiliza básicamente para respirar mejor y paliar crisis respiratorias. Al parecer, Indurain, como muchos otros compañeros de pelotón, era asmático declarado, además de alérgico al polen, y aquel día se lo suministraron tras una crisis común en dicha época del año. Con la correspondiente justificación terapéutica.

Sin embargo, la Federación Francesa filtró el suceso cien días después del positivo (y coincidiendo con el intento de récord de la hora de Indurain) alegando un criterio diferente al de la Unión Ciclista Internacional. El salbutamol sí estaba en la lista gala de productos prohibidos. Exigían el arbitraje de una comisión médica propia que examinara el caso. Pero ni la UCI ni el Comité Olímpico Internacional consideraban el salbutamol como dopaje siempre y cuando existiera prescripción (el famoso TUE o AUT), como era el caso. «Adjuntamos todas las explicaciones e incluso el médico se extrañó porque no hacían falta tantas cosas», declaró entonces Eusebio Unzué. La Universidad de Navarra envió además un dossier exhaustivo que acreditaba el asma de Indurain.

El presidente de la comisión médica del COI, el príncipe Alexandre de Merode, declaró: «Después de treinta años de lucha contra el dopaje, los criterios del COI son razonables y claros. Indurain nunca debió haber sido declarado positivo». Unzué no dudó en manifestar: «Quieren añadir un positivo al historial de Indurain. Solo mencionarlo ya es muy grave porque no es cierto». Joan Serra, presidente de la Federación Española de Ciclismo, afinó con los verbos: «Llevo una semana sin dormir, desde que me enteré de lo que estaba tramando la Federación Francesa». Por su parte, el aún por entonces compañero de Indurain, Pedro Delgado, se despachó a gusto: «Hace unos años fueron a por mí porque era el mejor. Ahora no saben qué hacer para frenar a Indurain. Está claro que los españoles no estamos bien vistos en Francia».

De cualquier modo, los nervios cundieron en el Banesto cuando, diez días antes del comienzo del Tour de 1994, en el mes de junio, el positivo fue comunicado por la Federación gala al equipo. Reclamaban un posible caso de dopaje en suelo francés y exigían una justificación más severa pese a la documentación presentada y la mencionada diferencia de criterio con los organismos mayores. La UCI tranquilizó en todo momento al equipo navarro, pero la preocupación fue una procesión inevitable y confidencial. Hasta aquel 29 de agosto.

«Está claro que quieren dañar la imagen de Miguel. No me gusta pensar mal y recurrir al ataque. Pero parece como si les doliera a los franceses que hayamos ganado cinco Tours en siete años», denunció Echávarri, ya con el caso destapado, acordándose de Perico y su conocido positivo por probenecid (un enmascarador) cuando iba de amarillo en el Tour de 1988. «No sé cómo habrá reaccionado Miguel a todo esto. Cuando tuvo las primeras noticias antes del inicio del Tour se indignó y quizá por ello su rabia salió a relucir más de lo habitual por algunas etapas. A lo mejor ahora sucede lo mismo», continuó Echávarri.

Por su parte, el campeón navarro se escudó en idénticos argumentos que su equipo y dejó una peculiar cita: «Todo esto es una movida un poco rara». El 6 de septiembre, Indurain fue exonerado por la comisión de disciplina de la Liga de Ciclismo Profesional Francés («no se ha probado que no hubiera justificación terapéutica») y la causa quedó archivada. También había conseguido batir, cuatro días antes, el deseado récord de la hora.

El asma y sus hijos

La cuestión del asma y las alergias en el ciclismo es un asunto polémico que merece comentario. Se estima que prácticamente la mitad del pelotón alega alguna vez problemas respiratorios de este tipo. Según la revista Journal of Allergy, un 45% de los ciclistas se presentaron con alguna forma de asma (ya sea alérgica, de origen; o inducida por el esfuerzo continuado de la práctica deportiva) en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, cuando la media, tanto poblacional como en deportistas, está en torno al 10%. El propio COI hizo público un año después que había detectado hasta un 10% de casos falsos en dichos Juegos. Por otro lado, el pasado 28 de diciembre se publicaba en el Reino Unido que un tercio de los corredores del Team Sky son asmáticos en alguna variante de la enfermedad.

Curiosamente, al tiempo que el caso de Indurain agitaba el planeta ciclista, otros positivos por la mencionada sustancia salían a la luz. El suizo Tony Rominger tuvo problemas cuando La Gazzetta dello Sport publicó que se habían encontrado en su orina trazas de salbutamol tras el prólogo del Tour de 1994. La justificación terapéutica le libró de castigo. Por su parte, el italiano Franco Ballerini, tercero en la París Roubaix de ese año, tuvo idéntico «contratiempo» aunque también fue absuelto después de alegar razones médicas. Laurent Madouas en el Tour del Mediterráneo de 1994 o Bo Hamburger en el del Porvenir de 1993 también fueron señalados por dicha sustancia y también se libraron de una sanción.

El caso de Alex Zülle es algo más interesante. En plena disputa de la Vuelta Ciclista a España de 1994, con el jersey de líder y en pleno ascenso personal como joven sensación extranjera, se hizo público el hallazgo de salbutamol en un control de la Vuelta al País Vasco de esa temporada. El resultado es el que están pensando (tampoco hubo castigo), pero se supone que el caso se supo mediante la filtración de… un médico de la Federación Española.

Ahí no termina el recorrido del salbutamol por la historia de positivos (o no negativos) del ciclismo mundial, pues los casos de Alessandro Petacchi en 2007 (alegó un inhalador defectuoso como razón de una dosis aspirada excesiva), Igor González de Galdeano (en pleno Tour 2002 y vestido de líder) o Diego Ulissi, el pasado año (destacado doble ganador de etapa en el Giro), son dignos de mención. La literatura al respecto es abundante. Y ellos sí tuvieron sanción.

«El salbutamol logra una dilatación de los bronquios muy rápida que apenas tiene efectos adversos en otros territorios del organismo», nos cuenta Jaime Javier Muruzábal, médico vallisoletano apasionado del deporte. «Sobre la enorme cantidad de deportistas con AUT (Autorización para Uso Terapéutico) por asma se ha escrito infinidad, con argumentos que tratan de justificar la enorme diferencia en la prevalencia del asma con respecto a la población general. Yo considero que aun teniendo en cuenta los factores que se aportan (básicamente relacionados con una mayor exposición a alérgenos) la cifra de AUT sigue siendo disparatadamente alta, y un bochorno que la Agencia Mundial Antidopaje tolera», opina Muruzábal.

Además, Jaime Javier ilustra con detalle: «En cada inhalación se administran 120-150 microgramos de salbutamol. En crisis pueden usarse hasta cuatro inhalaciones, puede que incluso más. Para dar positivo (1000 gr/ml) se necesitaría un número de inhalaciones aproximado de 7-9. Por ejemplo, Ulissi dio 1900 ng/ml, que equivaldrían aproximadamente 12-14 inhalaciones». Aunque existe cierta discusión médica acerca de si el salbutamol aporta un mejor rendimiento en todos los casos y para todos los ciclistas, todo lo anteriormente expuesto no deja muchas dudas sobre la penetración de la sustancia en el mundo de la bicicleta.

La sombra sobre Miguel

Volviendo, de nuevo, a Indurain, varias son las razones que le vinculan a especulaciones de dopaje; su trabajo con Sabino Padilla, médico del Banesto y señalado sobre todo tras su trabajo posterior en el Athletic Club de Bilbao y el positivo de Gurpegui; su posible vinculación —por probar, y que el ciclista niega— con Eufemiano Fuentes, el gran gurú del dopaje en España y más adelante alma mater de la Operación Puerto; o sus registros de rendimiento improbable, como se encargó de analizar el controvertido exmédico suizo del equipo Festina Antoine Vayer en su libro Le preuve par 21, donde calificaba, según los vatios generados en el pedaleo de Indurain (verdadero catecismo del ciclismo moderno), de «mutante» su triunfo en el Tour de 1995, por encima incluso de las increíbles victorias de Riis (1996), Ullrich (1997), Pantani (1998) o Armstrong (2001).

Quede, en cualquier caso, el «positivo» (como escribiría la agencia France Press en aquel extraño mes de agosto) de Miguel en el Tour de l’Oise de 1994 como hecho documentado para el análisis que cada uno desee hacer y como pasaje no tan conocido de la brillante carrera de Indurain. La última gran figura inmaculada en la peor época del ciclismo mundial.


Vincenzo Nibali y la sombra del dopaje en el Tour 2014

Peraud, Nibali y Pinot en el podio del Tour de Francia 2014. Foto: Cordon Press.
Peraud, Nibali y Pinot en el podio del Tour de Francia 2014. Foto: Cordon Press.

A finales de mayo, Chris Froome bajó por fin del Teide y explotó en su cuenta de Twitter: «Tres favoritos al Tour entrenando en el mismo sitio durante dos semanas y ni un solo análisis antidoping». Chris Froome, el hombre que apareció de la nada en 2011 para quedar segundo en la Vuelta, luego segundo en el Tour y finalmente ganar la ronda francesa en 2013, a los veintiocho años, parecía realmente indignado. «Para aclarar las cosas, yo soy uno de esos tres favoritos, y cuando nos pregunten a cualquiera de los tres si nos han hecho pruebas y tengamos que contestar que no vamos a resultar poco creíbles», dijo posteriormente, aún caliente, a la revista Cyclingnews.

¿Qué habría visto Chris Froome en el Teide para reaccionar de esa manera? Como él mismo comentaba en la entrevista, había estado ya antes cinco o seis veces y probablemente se encontrara con medio pelotón en cada una de sus visitas pues es uno de los centros de peregrinaje habituales al menos desde que Michele Ferrari estableciera ahí sus campos de entrenamiento y dopaje masivo de los que tanto se aprovechó el US Postal de Lance Armstrong, un habitual de la zona.

Entrenar en el Teide puede estar bien sin necesidad de doparte: está la excusa de la altitud, la tranquilidad canaria, una buena comunicación aérea… pero es imposible, sabiendo lo que sabemos, obviar que todos los que suben al Teide bajan como motos y que hay demasiados médicos en la zona, factores que se suman a la tradicional y notoria falta de interés de las autoridades españolas a la hora de combatir el dopaje con controles continuos y eficaces. Miren cuántos ciclistas además de entrenar en las Canarias viven en Girona o en Andorra y luego intenten no ser suspicaces.

En cualquier caso, las declaraciones de Froome iban un paso más allá porque Froome no es ningún santo. Tanto él como su equipo como su hagiógrafo, David Walsh, quieren pasar por ello, pero las dudas están ahí: ¿Cómo es posible que un corredor que fue expulsado en 2010 por agarrarse de un coche subiendo el Mortirolo en pleno Giro, un tipo sin talento alguno para vueltas de tres semanas, se convirtiera de la noche a la mañana en el mayor especialista del mundo, atacando en la montaña sin apenas levantarse de la bicicleta?

Poco después de estallar en Twitter, Froome se fue a Francia a correr la Dauphiné-Libéré. Justo antes del último puerto de la segunda etapa, se vio a Froome inhalar de un respirador tipo Ventolin. Aquello fue inaudito porque el salbutamol y sus derivados están prohibidos y no se pueden utilizar en plena carrera… salvo que tengas una autorización médica de la UCI. Froome nunca había presentado problemas de asma anteriormente así que la sorpresa fue aún mayor: el chico ganó la etapa por delante de Alberto Contador y cuando el vídeo se propagó por internet, incluso su novia salió a decir que para eso no hacía falta autorización ninguna.

Obviamente, era mentira. Su equipo y la UCI fueron más listos y se sacaron de la manga una autorización exprés firmada por el ínclito doctor Zorzoli, que lleva dirigiendo la política médica del ciclismo mundial desde los tiempos del Festina y buen amigo de Lance Armstrong. La polémica, sin embargo, no dejó indemne a Froome: pocos días después apareció una lesión que le hundió en la general y un par de caídas le dejaron fuera del Tour al poco de empezar. Incluso en TVE se asombraron al ver con qué decisión se subía al coche tras la última de ellas.

El Astana del pavé, como la Gewiss de los locos años noventa

Dejemos una cosa clara: se puede ganar el Tour sin doparse. Se puede incluso ganar el Tour con ocho minutos de ventaja sobre el segundo sin doparse aunque eso requiera un talento descomunal. Lo que está en duda aquí es si se puede ganar el Tour con ocho minutos de ventaja recién bajado del Teide y con Vinokourov como referente de tu equipo.

Cuando Froome hablaba en su tuit de «tres favoritos a la victoria» hablaba de sí mismo, hablaba de Alberto Contador, cuyo pasado está ahí por muy difícil que sea de asimilar para el aficionado español, y hablaba de Vincenzo Nibali, el corredor de Astana, equipo kazajo de una reputación más que dudosa. Fundado a rebufo del Liberty Seguros tras la Operación Puerto, el Astaná de Vinokourov ha estado involucrado en decenas de casos de dopaje, empezando por su «alma mater», que no contento con aparecer en la investigación de dopaje masivo del Telekom de Ullrich y en la Operación Puerto, dio positivo por una autotransfusión en 2007.

Perdonado por todo aquello, aunque sin reconocer nunca su culpabilidad, Vinokourov aún tuvo tiempo para, como corredor, ayudar a Contador a ganar el Tour del clembuterol y hacerse con el oro en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, probablemente uno de los momentos más bochornosos del ciclismo contemporáneo.

Por otro lado, la concentración de Astaná en el Teide no tenía nada de novedoso. Como he dicho antes, es una práctica demasiado habitual en el ciclismo. Junto a Nibali acudieron, según La Opinión de Tenerife, sus compañeros de equipo Jakob Fuglsang, Fredrik Kessiakoff, Alessandro Vanotti, Lieuwe Westra y Andrei Grivko. Kessiakoff se quedó fuera de la lista para el Tour y el papel de Vanotti ha sido más bien testimonial pero algunos de ellos protagonizaron el, para mí, momento más escandaloso del ciclismo en muchos años.

Quinta etapa del Tour: la lluvia torrencial obliga a la organización a anular tres tramos de pavé en un día que pretende ser algo así como una París-Roubaix veraniega. Las caídas son constantes, incluyendo la citada de Froome, que le obliga a abandonar. Pese a la amenaza del pavé, el verdadero peligro se da antes de los tramos o en los kilómetros intermedios, cuando el pelotón va como loco. Delante se ha formado una escapada con corredores como Gallopin, Tony Martin o Marcus Burghardt y detrás los especialistas quieren aprovechar su oportunidad.

Contador se queda cortado, Valverde se queda cortado, Talansky hace un Talansky y se cae… de pronto nos damos cuenta de que, llenos de barro, quedan unos diez corredores delante, en medio del caos. Está Cancellara, el gran favorito; está Peter Sagan, el chico que no se rinde nunca; están todoterrenos como Kwiatkowski o especialistas en carreras de un día como Trentin o Keukeleire. Más atrás, intentando cerrar huecos, amenaza Vanmarcke.

¿Quién coge la responsabilidad entonces? El Astana. Después de cien kilómetros de escapada, Westra hace el último servicio y pone el trenecito en marcha. Tras él, pura potencia, ni un solo ataque, todos sentados en sus bicicletas, Fuglsang y Nibali. Es un momento casi cómico: ninguno de los tres ha corrido nunca sobre pavé, pero llevan a todos los especialistas con el gancho hasta que el grupo se rompe: los tres Astana delante, el resto del mundo menos Lars Boom, que demarra en última instancia para unirse al expreso, detrás, impotentes. Parece una repetición de la Flecha Valona de 1994, cuando tres corredores de la Gewiss coparon el podio.

El médico de aquella Gewiss-Bianchi, la que alimentaría en su seno a Berzin o Riis, era Michelle Ferrari. Suya fue la frase después de la carrera: «Tomar EPO es tan malo como tomar zumo de naranja, solo te pone en peligro si la ingieres en grandes cantidades».

La buena noticia de Hautacam

Veamos el lado positivo, más allá de lo que no dejan de ser más que lógicas sospechas. Lógicas al menos para cualquiera que entienda lo que ha pasado en el mundo del ciclismo —y no solo del ciclismo, no seamos inocentes en los últimos años. Veamos un dato que es elocuente por sí mismo y que nos lleva mucho más adelante en el Tour de Francia, concretamente a la etapa decimoctava, la que termina en Hautacam, al lado del santuario de Lourdes.

Hautacam es una de esas cimas malditas del ciclismo de los noventa. Es el puerto donde Bjarne Riis decidió dar su exhibición en 1996 para ganar el Tour a los treinta y dos años. Riis, apodado «Mr. 60%» por sus valores habituales de hematocrito antes de que se instaurara el límite del 50% para poder competir, es la personificación del dopaje masivo de aquellos años locos: el hombre que nunca había destacado y que, de repente, dejaba a rueda a Induráin y a quien hiciera falta. Años después, obligado por la investigación de Friburgo, reconocería el dopaje. Por entonces, dirigía aún el CSC, donde Tyler Hamilton asegura que mandaba a todos sus corredores a la consulta de Eufemiano Fuentes, antes de pasarse al Saxo Bank de Alberto Contador y Rafal Majka.

Y es que Majka es importante en esta historia porque es de los primeros en atacar rumbo a Lourdes. Es un ataque que tiene como fin asegurarse el primer puesto en la clasificación de la montaña y, si eso, ganar su tercera etapa de montaña. Majka, polaco de veinticuatro años de indudable talento, viene de quedar sexto en el Giro de Italia después de coquetear con el podio. Acabó la ronda italiana tan agotado que decidió descansar con las miras puestas en la Vuelta hasta que Riis le llamó apenas una semana antes del Tour para sustituir a Kreuziger, cuyos valores «anómalos» en el pasaporte biológico le impedían participar.

La reacción de Majka estuvo a la altura de la de Froome al volver de Tenerife: «El equipo no se preocupa de mi salud», reacción que obviamente mitigaría en los días siguientes porque Oleg Tinkov es mucho Oleg Tinkov. Sea como fuere, el corredor que acabó el Giro agotado y que no había hecho sino descansar hasta junio, se mostraba como el más fuerte en los Alpes y en los Pirineos. «No me gustaría ser la vena de Majka», decía Sergio en su blog con su habitual ironía y el caso es que ahí seguía el polaco, en persecución de Mikel Nieve, el único superviviente de la escapada del día, cuando detrás se produjo lo que todos temíamos: un ataque de Horner que parecía tener como único objetivo lanzar a Nibali, como si sintiera que aún le debía algo después de quitarle la Vuelta 2013 en la penúltima jornada a los cuarenta y dos años.

Cuando Nibali aprovecha el rebufo de Horner para lanzar su propio ataque quedan más de diez kilómetros de meta. Los malpensados se echan a temblar: Riis tardó 34 minutos y 38 segundos en subir Hautacam en 1996, medio minuto menos de lo que tardaron Leblanc e Induráin en 1994. Viendo a Nibali subir a ese ritmo, superar a Nieve, luego a Majka, aumentar la ventaja sobre sus supuestos «iguales»: Peraud, Pinot, Bardet, Van Garderen… es inevitable suponer que el récord del danés está en peligro. Sin embargo, no es así, ni mucho menos. Nada más terminar la etapa, la cuarta en el zurrón del italiano, Ammattipyöräili, la referencia en estas cuestiones, descubre que ha tardado 37 minutos y 23 segundos, casi tres minutos más que Riis. De haber corrido en los noventa, Nibali habría perdido tiempo incluso con Fernando Escartín.

El segundo Tour más rápido de todos los tiempos

De acuerdo, son fechas distintas y exigencias distintas. En los noventa, Hautacam solía ser el único puerto de la etapa y en 2014 se llegó tras subir ni más ni menos que el Tourmalet. Además, es obvio que Nibali no forzó porque no lo necesitaba: el Tour y la etapa eran suyos sin necesidad de forzar. Con todo, hay algo que nos tranquiliza y es que, sea lo que sea lo que están tomando ahora los ciclistas no es lo que tomaban sus directores deportivos en los locos noventa. No es ni siquiera lo que tomaba Armstrong en los 2000.

Con todo, sería muy inocente pensar que en un vagón lleno de carteristas todos los bolsos llegan intactos a casa. El principal problema de Nibali se llama Vinokourov igual que el principal problema de Majka se llama Riis. Con esta gente metida en el deporte en puestos de responsabilidad es imposible fiarse de lo que estamos viendo y no en vano la UCI ha llamado a declarar a ambos no se sabe muy bien para qué.

¿Es Nibali superior a sus rivales? Por palmarés, por técnica, por talento… sin duda. ¿Es ocho minutos mejor que todos los demás, separados todos por apenas dos-tres minutos? No lo sé. ¿Es el mejor en todos los terrenos, todos los días, sobre pavé, en montaña, incluso contra el reloj? Si a sus casi treinta años se ha convertido en una superestrella, pues igual sí. Supongo que uno tiene tres semanas buenas y se le va la mano a veces…

Si quitamos los años de Armstrong, el de Nibali es el segundo Tour más rápido de la historia. Pese a la lluvia, pese a los Vosgos, pese a los Pirineos, los Alpes, la presencia testimonial de la contrarreloj, la media de la carrera ha sido de 40,679 kilómetros por hora, solo por detrás de la edición de 2006 cuando un Floyd Landis hasta las cejas fue desposeído de la victoria por dopaje. Contando a Armstrong, sería el cuarto más rápido. Supongo que eso se puede explicar por las mejoras técnicas en bicicleta y entrenamiento, pero los datos son los datos para lo bueno y para lo malo.

La duda, por tanto, sigue. Sigue con Nibali, sigue con Peraud, que a los treinta y siete años logra su primer puesto relevante en una carrera de tres semanas, sigue con Valverde, que a los treinta y cuatro y con la Operación Puerto detrás estaba convencido de que iba a hacer ahora el podio que no pudo hacer en sus años con Fuentes, y sigue incluso con el silencioso Haimar Zubeldia, que ha pasado por el Euskaltel de Jesús Losa y el Discovery Channel de Johan Bruyneel sin hacer ruido para acabar octavo en la general a los treinta y siete años. Detrás de ellos, el vacío del ciclismo español, solo amortiguado quizá por la promesa de Mikel Nieve si sale pronto del Sky… o si el Sky le lleva a Tenerife en condiciones y le concede las «ganancias marginales» que hicieron de Chris Froome todo un ganador de Tour de Francia.

¿Cuál es el futuro?, ¿ciclismo o Pressing Catch?

Antoine Vayer, gran azote del dopaje, extécnico del Festina de los prodigios noventeros, es optimista. Él cree que la lacra ha quedado atrás. Yo, insisto, estoy de acuerdo en parte siempre que no olvidemos la otra parte. Vayer acostumbra desde hace años a calcular la energía que tiene que desarrollar cada corredor según su peso para hallar indicios razonables de dopaje. En sus radares han pitado prácticamente todos los ganadores, con estrépito Induráin, Riis, Ullrich, Pantani y Armstrong. Otros años podía haber tres, cuatro o cinco corredores cuyas actuaciones podían calificarse de «sospechosas», «sobrehumanas» o directamente «mutantes». Este año, solo uno ha corrido por encima del límite de la sospecha: ha sido Vincenzo Nibali y por los pelos.

Puede que el mismo hecho de que el ciclismo francés haya repuntado sea una buena noticia. Puede que, como ellos han pregonado siempre, sus fracasos se debieran simplemente a un «ciclismo de dos velocidades (médicas)» y que desaparecidos los médicos haya reaparecido la igualdad. Puede, insisto, pero no olvidemos que la última vez que el ciclismo francés repuntó fue en 1997-1998, con Virenque, Brochard, Jalabert, Moreau, Rinero, o ese pionero del US Postal llamado Jean-Cyril Robin. Prácticamente todos ellos eran unos tramposos. Yo no les voy a decir que no tengan héroes ni que no se emocionen. Solo quiero dejarles claro que durante años no han estado viendo una competición deportiva sino una especie de espectáculo a lo WWE en el que el ganador lo determinaba un señor con consulta en la Toscana o en la calle Caídos de la División Azul.

Si eso ha dejado de ser así, hay motivos para alegrarse mucho. Tengo la sensación de que Chris Froome no lo tiene del todo claro.


Lance Armstrong y el desastroso anacronismo del castigo


El Tour de Francia de 1999 me dejó tres imágenes que sigo recordando de vez en cuando.

La primera de ellas fue una imagen indignante: Giuseppe Guerini ascendía el Alpe d’Huez en primera posición, bordando la que fue casi con total seguridad la mejor jornada ciclista de su vida, cuando un aficionado se colocó en pleno centro de la calzada con el propósito de sacar una buena foto del ciclista italiano. Este trató de esquivarlo desviando su rumbo hacia la izquierda, pero el mentecato del otro se desplazó en la misma dirección, colisionando así con Guerini y dando ambos de bruces en el suelo. Afortunadamente, el ciclista no sufrió daños mayores, se subió de nuevo a la bici perdiendo el menor tiempo posible y logró coronar primero. Ese incidente reabrió una de tantas veces el debate acerca de la seguridad de los ciclistas en las grandes etapas y la estupidez humana.

La segunda imagen para el recuerdo fue tan gloriosa como inusualmente emotiva para mí: un pelaire que iba para carpintero se montó en una bici y nos dejó un regalo a los aficionados en forma de etapa redonda tanto en lo individual como en lo colectivo: un buen trabajo por parte de Kelme dio con Fernando Escartín lanzando un duro ataque para separarse del pelotón, conectando unos cuantos kilómetros más allá con su compañero Javier Otxoa, miembro de una escapada previa, que tiró de su líder lanzándolo para que finalmente se quedara solo frente a la montaña, demarrando y sacando un abismo, más de dos minutos, a los pesos pesados del pelotón a la meta en Engaly. Ese año, Escartín terminaría el Tour en tercera posición de la general. El hito en la carrera de un ciclista tan sufridor como querido.

La tercera imagen fue hollywoodiense: un tejano de veintiocho años, que había superado un cáncer testicular con metástasis en pulmón y cerebro, se proclamaba campeón del Tour de Francia. Una victoria para la historia, uno de esos casos en los que la realidad supera la ficción, un reclamo maravilloso para el ciclismo, especialmente para el ciclismo en Estados Unidos. Todo era perfecto.

Por lo menos eso parecía. Yo no conocía apenas a Lance Armstrong por aquel entonces, básicamente solo sabía de él que era estadounidense, que le había birlado un Mundial al todopoderoso Miguel Indurain en Oslo, que había superado un cáncer y que de vez en cuando daba guerra en las grandes vueltas buscando un premio menor como era una victoria de etapa. Pero me tragué su historia de superación. Era tan bonita que era complicado resistirse, ¿verdad? Un tipo que hizo del cáncer su gasolina y que convirtió su desesperado afán de supervivencia en un desesperado afán de triunfo. Un luchador que pasó de los subterráneos de una enfermedad que le hizo mirar a la muerte a los ojos cuando los médicos le dieron un 40% de probabilidades de supervivencia, para emerger y pedalear hasta el cielo logrando la épica en aquel Tour de Francia de 1999. Una historia maravillosa.

Demasiado maravillosa como para ser verdad, tal vez. Pronto empezó a oler. Al principio solo fueron rumores. Rumores que probablemente hubieran aparecido de todos modos, llevara o no llevara agua el río. Pero en 2005, para cuando Armstrong ganó su séptimo Tour consecutivo, el río rugía, y ya conocéis el refrán. Resultados de análisis inconsistentes, compañeros de equipo que anunciaban la podredumbre que rodeaba al tejano, compañías cuanto menos sospechosas… todo eran malos indicios, pero no se hizo nada. Se dejó pasar. Algunos dicen que fue por intereses mediáticos (ergo económicos); a fin de cuentas bien podía merecer la pena permitir al de Austin pedalear más dopado que un plató de Telecinco, si con eso se conseguía acercar un mercado gigantesco como el de Estados Unidos al ciclismo. Otros dicen que había mucho untamiento, o que Armstrong es una especie de capo que tenía cogidos por los huevos a altos cargos en la UCI —Unión Ciclista Internacional— y la organización del Tour de Francia. Que tal vez por eso no corría en otra gran vuelta. Hipótesis hay miles, y debo ser sincero y admitir que no sé si alguna de ellas es cierta. Lo que sí sé es que no se hizo nada en su momento, y a pesar de que cada vez que ganaba un nuevo Tour tanto Armstrong como su equipo olían cada vez más a podrido, nadie actuó. Ni la UCI ni la USADA —United States Anti-Doping Agencymovieron un pelo entonces.

Pero sí lo están haciendo ahora. Trece años después de que Escartín nos emocionara en Piau – Engaly. Trece años después de que Alex Zülle, ese gran contrarrelojista que nunca pudo ganar un Tour, fuera víctima de una caída multitudinaria en esa misma edición. Una caída que le hizo perder una gran cantidad de tiempo y que dinamitó sus opciones a ganar el Tour ese 1999. Porque no lo ganó. Pero ahora es el vencedor, según parece.

Porque la agencia antidopaje de Estados Unidos no sé dónde ha estado husmeando durante estos trece años, pero de hace un tiempo para acá les ha dado por investigar lo que Armstrong hizo entonces. Y claro, han encontrado irregularidades. Qué coño, han encontrado lo que tiene todo el aspecto de ser un tongazo de tomo y lomo. El mismo que había en 1999, pero entonces los distintos organismos miraron hacia otro lado. Y la UCI y el Tour mismo. Porque había intereses mediáticos, ergo económicos o porque había untamientos o cogidas de pelotas o lo que fuera. Ni lo sé ni me importa.

Lo que sí sé y sí me importa es que esto ya no sirve para nada, o por lo menos para nada bueno. Descalificarán a Lance Armstrong de todas las competiciones en las que participó entre 1998 y 2005, dicen. Tus siete Tours, a la mierda, Lance. Sácalos de tu rancho tejano, de esa vitrina que ya estaba un poco vacía desde que Sheryl se llevó sus discos de oro y sus Grammys. Coge todos tus trofeos cosechados en ese lapso de siete años (aquí es donde haberlos ordenado cronológicamente podría haber resultado práctico) y mándalos vía US Postal a París. El envío lo pagas tú. O US Postal, da lo mismo. Podríamos haberte avisado antes, pero no, teníamos que esperar catorce años desde tu primer escarceo con el submundo más turbio del ciclismo. ¿Por qué? Bueno, según se dice, por alguno o varios de los motivos arriba expuestos.

Zülle recibirá una llamada: Oye, Alex, que sepas que eres el vencedor del Tour de 1999. Genial, dirá Alex, pero ganar así es mierda. También está Jan Ullrich, mi favorito de entonces, ese alemán con cara de ogro y sobrepeso que no soportaba el frío. El eterno segundón. Qué gracia le hará cuando se entere de que sancionan a su tiránico rival a posteriori. Porque de segundón pasa a tener en su haber tres Tours. Coño, incluso Joseba Beloki tiene uno en su haber ahora. Pero, incluso si se los concedieran a título póstumo, esos premios son mierda. Basura que no sabrán ni cómo interpretar los nuevos galardonados. ¿Se supone que tenéis que estar orgullosos, Alex, Jan, Joseba? ¿Sonreiréis en las entrevistas que bien seguro os harán en estos días venideros? Me temo que no. Porque lo sabéis igual que yo: una victoria en estas condiciones sabe a derrota. A derrota del deporte en sí mismo.

Incluso estos vencedores alternativos podrían ser provisionales: Zülle lo dio todo en el festín de Festina (sí, el nombre del equipo, junto a su turbulenta y dopada trayectoria, da lugar a muchos juegos de palabras lamentables), y tanto Ullrich como Beloki estuvieron metidos en la Operación Puerto, de modo que si se pusieran a rascar en el pasado, también ellos podrían tener que devolver los trofeos a su vez devueltos por Armstrong, que pasarían a otro que quizá debería devolverlos a su vez… esto no es deporte; es un desastre.

La historia se deforma, y de los que fueron para mí los tres momentos cumbres de ese Tour ya hay que borrar uno. Como de las famosas fotografías estalinistas, van desapareciendo personajes. Los podios se desdibujan en la memoria, el rostro del maillot amarillo se torna borroso. Armstrong no ganó ningún Tour, ni Virenque llevó el maillot a topos rojos, ni Landis ganó en 2006 ni nada es real ni uno sabe qué pensar ya de ese puto Tour del 99 porque está desmentido en sí mismo, pervertido y ultrajado. ¿Debemos empezar a imaginar etapas hipotéticas dentro de nuestras cabezas sin Armstrong para tratar de descifrar qué habría sido del ciclismo desde 1998 hasta 2005? Esto es un despropósito.

Porque esto llega catorce años tarde. Y lo de “más vale tarde que nunca” no funciona aquí. Este proceso solo consigue dañar más aún a un deporte moribundo. Mejor haberlo dejado todo tal cual estaba. Remover la mierda nunca es buena idea, porque la mierda sigue estando ahí y sólo se consigue que huela peor. Señores de la USADA, ya que no hicisteis acto de presencia cuando debíais, por lo menos podríais haber sido consecuentes y haber seguido mirando hacia otra parte. Total, ya llevabais trece años haciéndolo. 


Caso Contador: Cronología de un (des)engaño

 

Alberto Contador, nacido en Pinto el seis de diciembre de 1982. El ciclista español más joven en ganar el Tour de Francia. El único español en conseguir la victoria en las tres grandes vueltas (Tour, Giro y Vuelta). Nominado al Laureus al deportista revelación en 2008 y al mejor deportista masculino en 2010. Ese mismo año, 2010, ganó su tercer Tour de Francia, y el año siguiente se proclamó vencedor de la Vuelta a Murcia, la Volta a Catalunya y el Giro de Italia. Todos estos resultados, no obstante, han sido anulados tras la decisión del Tribunal Arbitral du Sport (TAS) de sancionar al ciclista español por haber dado positivo en el transcurso del Tour de 2010 por clembuterol. Ésta es la cronología de los hechos desde entonces hasta hoy.

  • 3 de julio de 2010: Da inicio el Tour de Francia 2010.
  • 21 de julio de 2010: Día de descanso tras la decimosexta etapa. Contador se somete a un control rutinario de orina.
  • 23 de julio de 2010: Se publica en el diario Sport una entrevista a Paco Olalla, cocinero del equipo Astana, para el que corre Alberto Contador. En él, el cocinero afirma que la dieta de los ciclistas se basa fundamentalmente en hidratos y no en proteínas, y que el día anterior a la entrevista el cocinero fue al mercado de Pau a comprar solomillos de ternera, patatas y pasta. Culminó con una macedonia, recoge el artículo.
  • 25 de julio de 2010: Contador se proclama vencedor del Tour de Francia, consagrándose como el mejor ciclista de su era.
  • 19 de agosto de 2010: El análisis de la muestra A del control antidopaje realizado el 21 de julio da positivo en clembuterol: 50pg/mL
  • 24 de agosto de 2010: La UCI (Unión Ciclista Internacional) informa a Contador del positivo
  • 26 de agosto de 2010: En una reunión con la UCI, Contador solicita un reanálisis de la muestra B de orina. En esa misma reunión, Contador anticipa sin dudarlo que el origen del clembuterol en sangre se debe a la ingestión de carne contaminada.
  • 8 de septiembre de 2010: El análisis de la segunda muestra confirma el positivo por clembuterol.
  • 29 de septiembre de 2010: El presidente de la UCI comunica a Contador que un periodista alemán ha descubierto el pastel, y lo anima a actuar en consecuencia. A la una de la mañana de una noche en vela, Contador da a conocer públicamente su positivo, señalando enseguida a un chuletón de ternera como culpable del desaguisado.
  • 30 de septiembre de 2010: Alberto Contador comparece ante la prensa en un hotel de Pinto para reafirmar que el positivo por clembuterol se debe a la carne que José Luis López Cerrón “tuvo la deferencia de traerle al cocinero del equipo desde España para que comiéramos en el Tour” y que Contador tuvo el placer de degustar el 20 de julio. El señor López Cerrón es ni más ni menos que el director de la Vuelta a Castilla y León, competición que el de Pinto ha ganado en tres ocasiones. Contador, pese a reconocer que comer carne en un día de descanso es contraproductivo porque “engorda y no se quema”, no dudó en repetir el día 21 y comer un día más de la magnífica carne que trajo Cerrón, en sus palabras: “por no desperdiciar una carne tan buena”. Según parece por lo expuesto aquí por Alberto, la carne hinchada mediante clembuterol es sabrosísima.
  • 25 de enero de 2011: El Comité Nacional de Competición y Disciplina Deportiva (CNCDD) propone a Contador una sanción de un año.
  • 7 de febrero de 2011: Alberto Contador rechaza la propuesta.
  • 15 de febero de 2011: La Real Federación Española de Ciclismo anuncia que no sancionará a Contador por su positivo en el Tour. En esta extraña resolución debe de haber pesado mucho el apoyo unánime de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. El entonces presidente del gobierno llega al extremo de afirmar que “no hay ninguna base jurídica para sancionar a Contador”.
  • En los meses siguientes, Contador y su entorno hacen todo lo posible por aplazar una audiencia con la Corte Internacional de Arbitraje del Deporte (CAS), yendo desde poner en duda la autoridad del jurado elegido por la Unión Ciclista Internacional y la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) hasta solicitar un aplazamiento de cinco días en la respuesta a una carta mandada por la UCI, argumentando que ésta fue recogida durante semana santa por un guardia de seguridad y no fue leída por Contador y sus asesores hasta cinco días después del acuse de recibo. La RFEC contribuye por su parte a retrasar todo el proceso, sumando así tiempo para que Contador consiga competir en el Tour de 2011.
  • 23 de mayo de 2011: Se les da tan bien a Contador y a la RFEC entorpecer el proceso que los jurados del TAS consienten celebrar la audiencia justo después del Tour, los días uno, dos y tres de agosto.
  • 26 de mayo de 2011: La AMA anuncia que va a presentar a un testigo protegido en contra de Alberto Contador. Su identidad a fecha de hoy sigue siendo oficialmente desconocida. El mismo día, la UCI da el visto bueno a la comparecencia de dicho testigo.
  • 30 de mayo de 2011: Todas las partes confirman disponibilidad para las fechas determinadas por el TAS.
  • 5 de junio de 2011: Alberto Contador solicita que se declare el futurible testimonio del testigo protegido —del cual desconocemos aún su identidad, pero es de imaginar que sí la conoce Contador— como inadmisible. Durante las siguientes semanas, Contador y su entorno siguen haciendo lo posible por ralentizar el proceso contra el ciclista. Esta vez, entre otras artimañas, exigen la traducción de un informe de la AMA, aunque principalmente vuelcan sus esfuerzos en desacreditar al testigo protegido cuya identidad e incluso naturaleza es todavía desconocida, por lo menos oficialmente, llegando al extremo de obligar al testigo a rellenar una declaración explicando los motivos por los que solicita el anonimato, algo a lo que el/la testigo finalmente accede.
  • 11 de julio de 2011: Alberto Contador concluye que cualquier declaración llevada a cabo por el testigo protegido es inadmisible y exige que su identidad sea revelada. En una maniobra que calificaremos de dudosa ética, legal y deportivamente, la UCI comunica a la AMA que no aceptarán ninguna prueba aportada por un testigo protegido.
  • 22 de julio de 2011: La AMA no pone la otra mejilla y pospone la vista a los días 1, 2 y 3 de agosto, y aprovechan para sacar dos asuntos turbios a la palestra: la teoría de la transfusión de sangre y la probabilidad de la contaminación de carne en Europa —por cierto, no se ha detectado clembuterol en la carne vendida en Euskadi desde 1999.
  • Siguen varias semanas de desencuentros en las que Contador y/o sus testigos o expertos no podían justo en las fechas propuestas por la UCI, la AMA y el TAS. La RFEC ni siquiera se dignó a responder a las diversas fechas propuestas.
  • 20 de septiembre de 2011: Contador solicita que se extienda el plazo para presentar su lista de testigos y expertos hasta el 23 de septiembre.
  • 29 de septiembre de 2011: Contador solicita que dicho plazo (ya expirado, por supuesto) se alargue hasta el 14 de octubre.
  • 13 de octubre de 2011: Contador solicita que el plazo se vuelva a ampliar, esta vez hasta el 19 de octubre. Al día siguiente el TAS da de nuevo su beneplácito. Ojalá me tocara a mí un tribunal así.
  • 21 al 24 de noviembre de 2011: Finalmente, la audiencia se lleva a cabo. Se determina primeramente que Alberto Contador dio positivo por clembuterol en un control antidopaje y es por lo tanto culpable. En segundo lugar y para evitar una sanción de dos años, Contador debe demostrar que la sustancia prohibida llegó a su cuerpo accidentalmente y él no cometió ninguna falta ni negligencia. Contador repitió la consabida historia de la carne contaminada, pero la UCI y la AMA consideraron que era más probable la teoría de la tranfusión de sangre o ingestión de un suplemento alimenticio contaminado que la teoría del chuletón diabólico, puesto que tal y como recoge su comunicado de prensa, España no es precisamente conocida por tener un problema de contaminación de carnes con clembuterol. De hecho, añaden, no se conoce ningún caso de atletas que hayan dado positivo por consumir carne en España. El Tribunal determina que si bien las tesis de la transfusión de sangre y la de la contaminación alimenticia son posibles explicaciones, son difícilmente concebibles.
  • 6 de febrero de 2012: En base a las pruebas aportadas, el TAS concluye que la presencia de clembuterol debe atribuirse a la ingestión de un suplemento alimenticio contaminado. Se sanciona a Contador por dos años de suspensión. Se fija el 25 de enero de 2011 como fecha de partida, precisamente la fecha en la que la RFEC le propuso al ciclista la suspensión de un año. Asimismo, se desposee a Contador de todos los resultados obtenidos en las competiciones en las que participó a partir del 25 de enero de 2011. Paralelamente, la UCI le ha impuesto al ciclista una multa de 2.485.000€ (aparentemente, el 70% de los ingresos anuales de Contador).

Así finaliza el caso Contador, un destructivo culebrón protagonizado por un deportista que, víctima de la desesperación por salvar su reputación, ha terminado manchando la de muchas otras personas, desde los carniceros vascos hasta el conjunto de deportistas españoles, cuya credibilidad está ahora mismo en entredicho gracias a este caso. Engaño y desengaño, Alberto volverá a competir el 5 de agosto. Es de suponer que lo hará limpio.