La mujer que hablaba con las piedras

Fotografía: Thomas Miorin (CC BY-NC-ND 2.0).

Por la noche en Gulu, capital oficiosa del norte de Uganda, la negrura impenetrable del bush cae como un telón pasada la última farola. Así le llaman aquí al campo: bush, los arbustos, la vegetación que ha sobrevivido a la guerra y la deforestación y de la que nunca sale nada bueno. Los hombres del Ejército de Resistencia del Señor —LRA en sus siglas en inglés—  de Joseph Kony, escondidos en el bush, atacaban las aldeas y se llevaban a los niños. En el año 2003, la ciudad asistió a un acontecimiento inédito, cerca de cuarenta mil niños de los alrededores caminaban al atardecer cada día para dormir al raso en las calles de Gulu y evitar los secuestros y la violencia del ejército ugandés en su operación contra Kony. Se les llamó night commuters, los viajeros de la noche. Ahora la región vive una relativa paz desde que Kony y su guerrilla viven emboscados entre la República Democrática del Congo, Sudán del Sur y la República Centroafricana.

«Más que un grupo rebelde, es una secta. Una secta armada y Kony, un experto en control mental. Es capaz de aterrorizarte y, al segundo, decir que eres su mejor amigo», dice el español José Carlos Rodríguez acerca de una conversación por radio que tuvo con él. Father Carlos, expadre comboniano, llegó a Uganda en 1984 y conoce muy bien al LRA. Ha visto las mutilaciones que inflige a sus víctimas y ha rescatado a muchos de sus manos, como Michael Achelam Odongo y Moses Rubangangeyo, a los que conocí en Gulu, afortunados entre los treinta mil niños y adolescentes que el LRA ha secuestrado desde 1986. Michael escondía el ojo que le quedaba tras unas gafas de sol, cojeaba y tenía cicatrices en cara y brazos. «Era un buen soldado, por eso llegué a brigadier», me dijo en una diminuta habitación de hotel. Moses, intacto a simple vista, había creado su propia organización para acoger a otros niños liberados. La cruzada mesiánica de Kony por gobernar Uganda con los diez mandamientos cristianos no hubiera existido de no ser por una mujer que vivía en Opit y de la que decía ser su primo.  

El 2 de enero de 1985, la joven ugandesa Alice Auma fue poseída por el espíritu de un capitán del ejército italiano ahogado en el Nilo durante la Primera Guerra Mundial. El ente, que se hacía llamar Lakwena —mensajero, en dialecto acholi—, dominaba setenta y cuatro idiomas y empujó a Alice a viajar hasta el parque natural de Paraa, en el centro de Uganda, para hablar con los animales y los elementos. Alice le preguntó a un afluente del Nilo Blanco acerca del baño de sangre que sufría el país. «Los seres de dos piernas matan a sus hermanos y tiran sus cuerpos al agua. Ve y lucha contra los pecadores», respondió una cascada que se había quedado inmóvil ante la presencia de la chica. Alice, conocida en adelante como Alice Lakwena, habló con hipopótamos y jirafas, con las montañas y las piedras. Todos se lamentaban de la crueldad de los hombres.

Al volver a su pueblo natal, Alice fundó el Movimiento del Espíritu Santo, una guerrilla que era puro sincretismo cristiano y de la religión acholi, la etnia mayoritaria del norte de Uganda. Lakwena bendecía con agua sagrada a los nuevos soldados de su ejército —también escupían en la boca de un cerdo para purgar sus pecados— mientras decía ser visitada por otros espíritus como Wrong Element de Estados Unidos, Ching Po de Corea y una enfermera ugandesa llamada Nyaker. El código de conducta de la milicia, inspirado en el Nuevo Testamento, comprendía veinte normas, recogidas en el libro Alice Lakwena and The Holy Spirits de Heike Behrend:

  1. No llevarás pequeñas ramas o palos en el bolsillo, ni siquiera lo que utilices como cepillo de dientes.
  2. No fumarás cigarrillos.
  3. No beberás alcohol.
  4. No cometerás adulterio o fornicación.
  5. No te pelearás con nadie.
  6. No robarás.
  7. No tendrás envidia ni celos.
  8. No matarás.
  9. Solo obedecerás las órdenes de Lakwena.
  10. No llevarás un bastón en el campo de batalla.
  11. No te protegerás detrás de la tierra, la hierba, un árbol, un hormiguero o cualquier otro obstáculo.
  12. No cogerás del campo de batalla ningún objeto no recomendado por Lakwena.
  13. No matarás a los prisioneros de guerra.
  14. Seguirás las órdenes de tu comandante y nunca las discutirás.
  15. Amarás al prójimo como a ti mismo.
  16. No matarás a ninguna serpiente.
  17. No comerás con nadie que no haya jurado su lealtad al Espíritu Santo.
  18. No te desviarás a otras casas o te darás la mano con nadie de camino al campo de batalla.
  19. No comerás cerdo ni cordero.
  20. Deberás tener dos testículos, ni más ni menos.

Soldado del ejército ugandés. Fotografía: Cordon.

Uganda se desangraba por entonces en una guerra civil entre el ejército del actual presidente Yoweri Museveni y una coalición del expresidente Milton Obote y fuerzas acholis, entre las que se encontraba la guerrilla de Alice. La guerra de los Arbustos (1981-1986) se cobraría la vida de más de trescientos mil ugandeses y obligaría a millones al desplazamiento interno por orden del Gobierno de Museveni y su política de contrainsurgencia. En 2005, la población refugiada en los campos del norte de Uganda era la más grande del mundo. Mientras unas mil personas morían a la semana a consecuencia de enfermedades y hambre en los campos, «políticos ugandeses del más alto nivel aprovecharon para acumular las tierras abandonadas», afirma Moses Okello, jefe de investigación del Refugee Law Project, un observatorio jurídico de Kampala.  

Alice Lakwena, abandonada por sus dos primeros maridos porque era estéril, llegó a reunir a diez mil hombres bajo su mando. Las compañías estaban gobernadas por los espíritus que la poseían y las tácticas de guerra carecían de toda lógica militar. Antes de cada batalla, los soldados construían figuras de barro de sus enemigos que luego destruían y marchaban al frente cantando himnos cristianos con el torso desnudo y la orden de nunca apuntar a matar: los espíritus decidirían qué enemigos debían morir. Los soldados eran acompañados por comandantes que cargaban con cinco litros de agua bendita y unas piedras envueltas en ropa que, al ser lanzadas contra el enemigo, marcaban una línea imaginaria que las balas no podían atravesar. En el año 1986, el Movimiento del Espíritu Santo era la guerrilla más eficaz y organizada del norte de Uganda, los soldados gubernamentales abandonaban sus posiciones. Las victorias se sucedían.

La leyenda del viaje a Paraa tenía mucha importancia. Alice decía a sus hombres que la naturaleza estaba de su lado y que acudiría al rescate cuando fuera necesario. Las abejas proporcionaban ungüentos, atacaban a los soldados de Museveni en mitad de las batallas y, a veces, hasta se los llevaban volando, según relataron miembros del Movimiento. Las serpientes, protegidas por el código, hacían salir de sus escondites al enemigo. El agua enfriaba sus armas y purificaba las heridas. En 1987, Lakwena achacó la primera derrota sufrida en Corner Kilak a que los comandantes se quedaron sin agua bendita. Las montañas y las piedras debían ser «compradas» antes de la lucha con un meticuloso ritual. El ecologismo de Lakwena tenía cierto sentido. Durante la guerra civil e incluso antes, los grandes animales de los parques fueron masacrados para dar de comer a las tropas. El desplazamiento continuo de la población en el norte aceleró la deforestación debido a las nuevas áreas de cultivo y al uso de la madera como combustible. Hoy, Uganda no cuenta con una población de elefantes o leones equiparable a la de sus vecinos Kenia y Tanzania y el país ha perdido dos terceras partes de su masa forestal.

Reforzada por las primeras victorias, Lakwena inventó nuevos métodos como frotarse el pecho con aceite de karité —una especie de mantequilla— para detener las balas y decidió que acabaría con Yoweri Museveni y su ejército en la propia capital. La marcha sobre Kampala alternó algunas victorias y grandes derrotas. A medida que caminaban hacia el sur, la población local era más hostil al Movimiento y los desmanes se convirtieron en moneda común. Lakwena reprendía a sus hombres por matar a civiles o por despertar a soldados enemigos mientras dormían, algo que había prohibido expresamente. En noviembre de 1987, los soldados descalzos de Lakwena fueron masacrados cerca de Jinja, un lugar de una belleza difícil de describir, a orillas del lago Victoria, donde el explorador británico John Hanning Speke había descubierto las fuentes del Nilo. La artillería de las tropas gubernamentales de Museveni fue demasiado para unos hombres poco armados a los que Lakwena había prometido que podrían escapar caminando sobre las aguas del río.

En el colegio Santa Mónica de Gulu conocí a Deborah y Christine, secuestradas por el LRA con doce y nueve años. Deborah me contó que otras dos niñas raptadas junto a ellas fueron ejecutadas en el camino al campamento de Kony. Las dos tenían el pelo corto para evitar los piojos y vestían el uniforme de falda y jersey verdes. En el LRA recogían madera e iban a por agua. Tras la derrota en Jinja, Alice Lakwena huyó a Kenia en bicicleta y pasó el resto de sus días en el campo de refugiados de Daabab, abandonada por todo espíritu, hasta su muerte el 17 de enero de 2007. Sus soldados mágicos, los pocos que sobrevivieron, volvieron al norte. Un hombre llamado Joseph Kony que decía estar poseído volvió a llevárselos bush adentro.  


El cine marginal de Uganda

Fotografía cortesía de Isaac Nabwana y Alan Hofmnanis.
Fotografía cortesía de Isaac Nabwana y Alan Hofmanis.

En el año 2010, un tráiler totalmente alocado y marciano comenzó a propagarse de manera viral por internet. El avance de Who Killed Captain Alex no tenía ningún sentido a ojos occidentales. Las escopetas son de madera pintada; el montaje, demencial; los disparatados efectos digitales, propios del Spectrum; y la banda sonora consiste en un tipo gritando consignas como un energúmeno, prometiendo toneladas de «¡ACCIÓN!» en la que afirman que es la «primera película de acción de Uganda». La mayoría de sus espectadores rieron un rato y pasaron al siguiente meme sin mayor importancia. Pero hay quien se quedó totalmente fascinado por lo que vio.

Alan Hofmanis, un productor de TV de Nueva York nacido en 1970, estuvo entre ellos. Aquel vídeo destrozó todos sus esquemas de lo que era una película. En cuestión de horas decidió viajar a Uganda para descubrir cómo es posible que existiera semejante artefacto audiovisual. «Un día estaba en un bar, en Nueva York, y un amigo me puso el tráiler de Who Killed Captain Alex en su iPhone», cuenta Alan por Skype, desde Kampala. «Me quedé alucinado. No sabía qué pensar. Llegué a casa y seguía dándole vueltas al tema. No tenía ningún sentido, y era evidente que no había ni un duro. Y aun así se ve mucha gente, se nota que ha habido una producción y una dirección detrás. En esos noventa segundos me enseñaron más pasión que muchos largos en noventa minutos. Al día siguiente me planté en Uganda. No conocía a nadie, ni había llamado por teléfono ni nada. Simplemente, al llegar, llamé al número de teléfono que aparecía en el tráiler. Tenía miedo de que estuviera rodando en alguna parte, pero no fue así. Pude hablar con director, quedamos para conocernos y hablamos durante horas. Al volver tenía clarísimo que quería formar parte de esto».

En los suburbios de Kampala, capital ugandesa, es donde encontró la sede de Ramón Films, la productora de Isaac Nabwana, que lucha contra viento y marea para sacar adelante sus películas, con presupuestos que orbitan en torno a los ciento cincuenta euros. Y eso las caras: en sus comienzos eran capaces de sacar adelante un largometraje con lo que te gastas en un par de gramos de coca.

Su primera experiencia en Uganda quedó reflejada en el documental Welcome to Wakaliwood, absolutamente revelador y entrañable. En un país atenazado por la pobreza (incluido en la Iniciativa para los Países Pobres Muy Endeudados) y la corrupción, descubrió una manera de hacer cine con la que nunca había soñado. Poco después, Alan decidió mudarse a Uganda y, desde allí, dar a conocer al resto del mundo su particularísima obra, que en apenas nueve años ya contaba cuarenta títulos a sus espaldas.

Isaac le puso inmediatamente a interpretar papelitos en sus obras, encantado de tener un occidental en su reparto, pero poco después pasó a ayudarle a producir los filmes, cada vez más complejos. Necesitaba a alguien que compartiera su visión. Y lo necesitaba ya, como todo en su mundo. La inmediatez de la pulsión creativa de Isaac se transmite en cada uno de sus DVD. Auténtico Do It Yourself, vídeo punk desde el tercer mundo, primo cercano del cine rural peruano, o el gitano en España, que nace de pura necesidad de expresarse y ver su realidad en la pantalla.

Isaac Nabwana. Fotografía cortesía de Isaac Nabwana y Alan Hofmnanis.
Isaac Nabwana. Fotografía cortesía de Isaac Nabwana y Alan Hofmanis.

Es con esta idea con la que el dúo decidió lanzar uno de esos crowfundings de los que había oído hablar. El primer Kickstarter de Uganda, nada menos. Pidieron la mareante cifra de ciento sesenta dólares; han podido conseguir casi catorce mil.

Alan aclara que no se trata de un gancho para llamar la atención. Esa bajísima cantidad «es todo lo que necesitamos. Y además era necesario que se supiera, había que poner la cifra verdadera. Porque todo el mundo anda pidiendo treinta mil, cincuenta mil dólares… hasta para hacer un corto. ¡Es una locura! Hay que difundir que con la pasión y la manera de trabajar de Isaac. Porque Isaac ya ha producido cuarenta películas con esta clase de presupuestos».

Las condiciones de trabajo son durísimas, agobiantes por momentos: sus películas se ruedan sobre la marcha en larguísimas jornadas, improvisando con lo que encuentran en su barrio marginal. Isaac toma la palabra: «No hay dinero, así que tenemos que ser muy rápidos. La mayoría de las veces no usamos guion. Así es más rápido» dice Isaac. «Ahora es cuando hemos empezado a usar guiones. No sé cuando tiempo tardo en hacer cada película… puedo hacer tres o cuatro al año. Y empleo todo el día en ellas, de la mañana a la noche. A no ser que tenga un encargo, claro, una boda o un videoclip». Cada actor trae su propia ropa y atrezo. Tener un coche o una moto pueden garantizarte un papelito. Si encima fuiste a kárate de pequeño, tienes posibilidades de superar sus castings: «Tienen tantas ganas de aparecer aquí que pueden venir de la otra punta del país para intentarlo. A veces se han grabado haciendo el tonto con algún amigo y te dicen que ya han hecho películas. Alguno viene con toda la ilusión de convertirse en una estrella. Creen que solo por venir les puedo dar un papel». Alan nos ayuda a aclarar por qué sacrifican tanto para ser parte de algo que a duras penas sería considerado cine en Occidente: «Es la única manera de ver algo de su país, de la realidad que conocen. Incluso es la única manera que muchos tendrán de verse así mismos en una pantalla. Verse a ellos, o a sus vecinos, en la pantalla de un televisor es algo muy especial para ellos».

El dúo nos habla desde la casucha del primero, en unos slums donde la electricidad puede irse durante días, o experimentar terroríficas subidas de tensión. Una de ellas se llevó por delante Tebaatusasula,  destruyendo el único disco duro de barrio: solo ha quedado el tráiler. Isaac aprendió de adolescente a montar ordenadores utilizando piezas de viejos equipos que les llegan desde occidente vía oenegés, o consiguiéndolas, directamente, de la basura. «Cuando era un adolescente hice un curso de electrónica. No pude completarlo por temas económicos. Solo estuve unos meses, pero al menos tenía una base, y a partir de ahí aprendí yo mismo a montarlos, a usar las piezas para conseguir montar mis propios ordenadores. Antes de empezar con todo esto, me dedicaba a hacer ladrillos. Incluso mi casa está construida con algunos ladrillos que hice yo mismo. Tenía que hacer algo, así que aprendí a hacer ladrillos con arena». Suelen durar tres meses antes de quedar inútiles por sobrecalentamiento o subidas de tensión.

Isaac Nabwana con Alan Hofmnanis. Fotografía cortesía de Isaac Nabwana y Alan Hofmnanis.
Isaac Nabwana con Alan Hofmanis. Fotografía cortesía de Isaac Nabwana y Alan Hofmanis.

De la misma forma, con muchísima paciencia y mediante la prueba y el error («y el botón de ayuda») Isaac aprendió a manejar Adobe Premiere y After Effects. Estas dos herramientas fueron la clave para cumplir su sueño: realizar sus propios largometrajes. Tras ahorrar para una cámara, Isaac cambió sus ladrillos por una microproductora, que rueda hasta cuatro películas al año con unos presupuestos que aquí no daría ni para pagar el taxi del director. Para algunos puede que sea una experiencia tronchante, digna del mejor cine trash. Pero para Isaac es toda su vida. «Se juega su dinero» apunta Alan, mirando con admiración a su compañero, «y el bienestar de su familia. Cada rodaje puede ser el último. Si transmite tanta pasión… tanto fuego en lo que hace, es porque lo pone todo. Las condiciones, las dificultades que tiene… es increíble que pueda hacer lo que hace, de verdad».

No lo dice por decir: cuando en tu rodaje tienes que lidiar con casos de ébola, y otras enfermedades casi mortales, está claro que, literalmente, te estás jugando la vida. «En octubre, por ejemplo, hubo un estallido de marburg, el primo del ébola. Tiene un 90 % de mortalidad y se incuba en tres días. Pues el foco era aquí, en este pueblo. Había ochenta vecinos en el hospital. Los medios lo tratan de ocultar para que no cunda el pánico, pero aquí tuvimos cuarentena», recuerda Isaac. No es el primer estallido, ni seguramente será el único. Pero cree que puede poner su granito de arena para luchar contra la enfermedad. «Ahora es un problema global, hay casos en Estado Unidos y en Europa. La idea es que los comandos de Uganda van por el mundo y ayudan a combatir el ébola. Hay gente que nos dice que no lo hagamos. Pero nosotros queremos hacer cine de acción, porque la gente la entenderá mejor que un drama lacrimógeno».

«Hostias como panes» podría ser el lema de Ramón Productions, totalmente centrada en el cine de acción: patadas, puñetazos y explosiones de librerías gratuitas de internet a porrillo. «La acción es para mí un lenguaje universal. El drama depende mucho de tener buenos actores. Y es más complicado de seguir si no conoces bien el idioma, y aquí tenemos muchos idiomas. La acción es mucho más universal». Isaac ha creado una suerte de universo compartido, donde la «Tiger Mafia», unos malvados gánsteres que controlan el tráfico de droga ayudados por mercenarios, aterrorizan el país y aparecen en varias de sus odiseas bélicas. Otro de sus hits, Return of uncle Bennon, es una especie de Fallen tercermundista y espídico, con el fantasma de un artista marcial poseyendo niños e incautos vecinos para ejecutar su venganza sobrenatural. Todas comparten las mismas características: un torbellino de tiroteos, tortazos y diálogos gritados, rematados por el uso y abuso de cromas y After Effects: disparos, sangre, explosiones, coches, letreros… todo se puede añadir después en posproducción. Lo de menos es cómo quede: lo importante es hacerlo.

La estrella de la compañía es un tal Bruce U, un tipo hiperactivo en pantalla y con ciertas habilidades marciales. ¿O no? Alan nos aclara que «en realidad es el primo de Isaac. Aprendió kung-fu solo, a base de ver vídeos y la tele. La U es por Uganda, es el Bruce Lee de Uganda». Un primo quería protagonizar películas, y el otro, dirigirlas. No es complicado imaginar a los Isaac y, ejem, Bruce, alucinar de pequeños con las aventuras de sus héroes, como nos cuenta el director: «De joven pasaba el día viendo la tele. Me gustaban sobre todo las series extranjeras que ponían aquí en los ochenta. Por ejemplo, Hawai 5-0, era mi seria favorita. Sin duda. Y también me gustaba mucho La fuga de Logan». Bud Spencer era también muy popular entre los jóvenes de Uganda, pero los gustos de Isaac fueron por otros derroteros: «Me gustaba mucho Comando Patos Salvajes. Y luego las de Chuck Norris. Era muy fan de Chuck. Me enfadaba viéndolas, como esa en la que Bruce Lee vencía a Chuck Norris, yo me enfadaba con eso, no me lo creía. Me gustaban las comedias que hacía Jackie ChanEl mono borracho en el ojo del tigre. Cosas así. Las de Van Damme no. No me creía que fuera un luchador».

Ser actor en Wakaliwood no solo implica salir en pantalla, recitar unos diálogos y encajar golpes: también han de vender el producto ellos mismos. Sin red de distribución y con el top manta totalmente institucionalizado, los responsables del film deben de ocuparse de vender los DVD ellos mismos. «Utilizamos ese dinero inmediatamente para la siguiente película, que ya está en marcha. No podemos estrenar en salas porque no quieren nuestro producto. Aunque sí en las video houses. Y luego está el problema de la piratería, que es brutal en Uganda: nos piratean en una semana». Como niños vendiendo papeletas de fin de curso, las estrellas de sus títulos tienen que ir por casas y tiendas, convenciendo a vecinos y tenderos de comprar el auténtico cine de acción de Uganda, a un precio cinco veces superior al de cualquier DVD pirateado. Y no hay manera centralizada de alcanzar las salas de vídeo, donde un video jocker (que no hockey) retransmite las películas para los que no leen subtítulos o no hablan el idioma de la película. Un estreno para la gente del poblado y se acabó.

Una
Una video houses ugandesa. Fotografía cortesía de Isaac Nabwana y Alan Hofmanis.

Los márgenes de beneficio son ajustadísimos, pero es la única manera que tienen para recuperar el dinero, cosa que consiguen a duras penas. El ugandés desprecia su propia producción cinematográfica, acusándolo de cutre y aburrido. ¿Les suena de algo? En este país es el cine de Nollywood, la industria nigeriana, el que se ha hecho con el favor del público. Hoy por hoy es el mercado africano más potente, con centenares de títulos lanzados cada año. Rodados en video y de manera rápida, sus histriónicos dramas familiares y cintas de corte religioso alimentan los mercados del este de África, creando una manera de entender el cine que ha calado en el público de la zona. Los filmes se suelen dividir en dos partes (para asegurar la compra de un segundo DVD) y son consumidos en casa o en las movie houses. En una delirante escena de Welcome to Wakaliwood, Isaac acude a un colegio para atacar entre bromas al cine nigeriano y defender el patrio. «Nollywood se ha hecho muy popular y yo creo que no es para tanto. Ahora son los que más venden. Y no creen que nosotros podamos hacerlo. Yo rodé una película parecida de manera rápida, para mostrar a la gente de Uganda que podemos hacer lo mismo que ellos si queremos, para animarles. También estuvo de moda el cine indio, sobre todo por la música y las canciones». Incluso un americano como Alan parece más abierto a sus propuestas: «Pueden ver hasta lo peor de Hollywood, pero no tienen ni idea de su propio cine», añade. ¿Y qué hay de Europa? Isaac recuerda que «una vez vi una francesa. No me acuerdo cómo se llamaba. Pero no, no he visto casi ninguna. Ninguna española».

La televisión no compra sus infrafilmes, y el gobierno no entrega sus subvenciones al cine a los géneros populares que toca Ramón Films. Ni siquiera en el Uganda Film Fest, el festival que organiza el gobierno del país y que se celebra cada año en verano les tiene en cuenta: «El problema es que solo tienen en cuenta las películas que están rodadas en inglés. Directamente en inglés, ni siquiera con subtítulos. Si está en uno de los idiomas locales del país, no se tiene en cuenta. El Festival de Cine de Uganda solo las quiere así. Es absurdo. El año pasado hasta entró en concurso un largo de Tanzania, y se supone que es un festival local. Pero estaba rodado en inglés. A saber: aquí la corrupción está por todas partes». El informe de 2014 Transparencia Internacional refrenda su percepción, con sus ciudadanos otorgando una transparencia de 25 en una escala del 1 al 100. «La corrupción está a pie de calle. Yo he intentado denunciar el pirateo de mis películas y se han reído de mí. La policía no tiene que responder ante nadie. No digo que el presidente tenga culpa: antes estábamos peor. No sé por qué es exactamente. En Ruanda, por ejemplo, hay muchísima menos corrupción, ¿por qué no podemos hacerlo nosotros?».

Isaac Nabwana y Alan Hofmnanis
Un rodaje de Ramón Productions. Foto cortesía de Isaac Nabwana y Alan Hofmanis

Ruanda y Nigeria son dos países a los que Isaac mira con cierta envidia. Los filmes de demonios tentadores y ángeles redentores, o sobre ovejas descarriadas que vuelven al rebaño de un paciente sacerdote, son especialmente populares en Nigeria, y por ende, también en Uganda. Pero la atención internacional que ha despertado Wakaliwood no ha escapado a los compatriotas de Isaac. Comienzan a surgir otros cineastas en el país que optan por los géneros populares como alternativa a los dramas y los tochos evangélicos del país vecino. Isaac saca pecho: «No me interesa la religión. De hecho, aquí tenemos muchas religiones, y no tengo tiempo para esas cosas. Es verdad que nos intentan imitar, pero no saben rodar las peleas, ni saben hacer los efectos especiales».

Aun así el director ya ha hecho esfuerzos por variar sus producción y adelantarse a la posible competencia: «Prefiero la acción aunque ya he hecho una película de terror. Aquí tenemos el “dogo”. Son médicos brujos, que se enfrentan a espíritus africanos… hay mucha tradición, y los guiones sobre esos temas suelen gustar. Antes de nosotros principalmente se rodaban dramas. También me gustaría hacer una de ninjas. El ninja de Uganda».

Ahora, Ramón Productions tiene seguidores en todo el mundo: gente de países como Estados Unidos, Australia, Francia o España ya han apoyado su proyecto. Y sus vecinos africanos comienzan a descubrir las peculiaridades de su obra: «Me han llamado gente de Tanzania, Kenia y Ruanda para decirme que han visto alguna película mía. Los de Ruanda creían que el film era nigeriano, les tuve que explicar que no, que era de Uganda».

A pesar de que la cifra del crowfunding no es espectacular, unos cuantos de miles de dólares son suficientes para producir varias trilogías en unas condiciones mucho más favorables que las actuales. De hecho, Ramón Films ya se ha convertido en un pequeño estudio chabolista donde se producen «varias películas a la vez. Mientras monto una, estoy a la vez rodando otra y escribiendo el guion de una tercera. Hemos tenido hasta cuatro al mismo tiempo». Quizá alguno piense en los estudios de la época dorada de Hollywood, pero dada la predilección de Isaac por la acción, quizá tengamos un ejemplo más cercano en el estudio Shaw Brothers, el referente del cine de kung-fu durante décadas, y en cuya producción, por cierto, no faltó alguna película de ninjas, como la que el ugandés planea hacer. Muchos las verán con intención de descojonarse un rato, pero él ya nos ha confirmado que, siendo capaz de vivir su sueño, acepta este trato por parte de sus fans internacionales. En todo caso, lo de «Ramón Films» no se debe a una forma barata de generar simpatía a los hispanoparlantes. Son las sílabas iniciales de los nombres de su abuela e hija: Rachel y Mónica. Una manera de compensar la paciencia que ambas han mostrado con su díscolo y soñador hijo.

Gracias especiales a David White por toda su ayuda.


Así son los Alimentos con Poder

Un grupo de mujeres campesinas colocan el arroz en un saco para su almacenaje. Fotografía: Oxfam Intermón.

El hambre es muy mala. Nada que no dijeran nuestras abuelas y nada que no sepa cualquiera que la haya sufrido de verdad, entre quienes no nos contamos la mayoría de los presentes. Elocuente como suele, también Mikel López Iturriaga lo explicaba recientemente en El Comidista, su blog sobre comida, tras participar en la campaña de Alimentos con Poder de Oxfam Intermón. «En nuestro mundo, llamamos hambre a sentir el estómago vacío y, como mucho, cierta debilidad pasajera. Pero el hambre con mayúsculas tiene otros efectos más devastadores. No te permite hacer nada. Ni educarte, ni trabajar, ni sobreponerte a las enfermedades, ni luchar por tus legítimos derechos, ni prosperar por mucho que te esfuerces. El hambre es un callejón sin salida, un no future más grande que el del punk».

Un ejemplo, no sea que nadie se piense que esto es solo retórica. En Burkina Faso el 88% de sus diecisiete millones de habitantes trabaja en el campo, aunque el país está lejos de ser una potencia exportadora. Pese a la consagración eminentemente agrícola de la economía nacional, a principios del año 2000 el arroz local apenas se vendía en los comercios del país, desplazado en la oferta por el arroz blanco de origen asiático —de menor calidad pero de precio más competitivo— tras la liberalización del mercado acometida por el gobierno en 1991.

Ali Bado, campesino de Bagré recogiendo la cosecha de arroz. Fotografía: Oxfam Intermón.

La paradoja es particularmente acuciante cuando hablamos de este cereal, el alimento básico más consumido del planeta, y cuando se trata del Oeste de África, donde se produce y donde ocupa un lugar más que destacado en la dieta. Los campesinos burkineses del arroz no pueden competir con los precios internacionales y así su producción agrícola aspira solo a la subsistencia, marginados del mercado y condenados a unos ingresos —de menos de un euro al día para casi el 50% de la población— que en modo alguno les permiten comprar para su consumo otro arroz que el asiático, lo que a su vez contribuye a cimentar la situación. Producen arroz, en otras palabras, pero tan poco que no puede competir con el precio del extranjero, que se convierte así en el más barato y el más consumido por ellos mismos. Y es así porque no se pueden permitir el propio, que de esta forma se destina solo al autoconsumo y se produce en pequeñas cantidades.

El arroz enseña a leer

Y quien no se puede permitir arroz, un producto en los cimientos mismos de la economía del país, tampoco se puede permitir nada que esté por encima en la estructura productiva, que es casi todo. Ni mejores alimentos ni ropa ni sanidad ni escolarización, por citar solo unos ejemplos. Ni invertir en nada que no sea la subsistencia a corto plazo. Por esa razón atajar la pobreza en las estructuras de producción de arroz es prioritario en economías elementales como la de Burkina Faso, el cuarto país más pobre del planeta, y por eso es precisamente donde ataca la campaña Alimentos con poder.

El de Marian Nana, que trabaja en un centro de vaporización del arroz inaugurado en 2010, es uno de los ejemplos que resalta Oxfam Intermón. «Producimos arroz vaporizado, un tipo de arroz que conserva los elementos nutritivos de la cáscara, muy apreciado en nuestra zona», explica esta madre de Bagré, al sur del país. «Cuando las mujeres del arroz de Bagré empezamos la actividad en el centro, los hombres no conocían la importancia de la vaporización. Si había una reunión nos decían que había que ir a trabajar al campo, porque nosotras les ayudamos en el cultivo de maíz, no querían que nos reuniésemos. Ahora hay hombres que incluso nos vienen a ver para que dejemos venir a sus mujeres, para que se integren en nuestra actividad».

Una campesina coloca el arroz al sol para su secado. Fotografía: Oxfam Intermón.

El arroz enseña a leer, en efecto. Con ayuda de la ONG y la financiación internacional las cosas les han ido bien y para Nana producir arroz ha dejado de ser una necesidad ligada a la subsistencia para convertirse en un trabajo convencional. Cuando el centro abrió en 2010  las mujeres integraban diez agrupaciones con 234 miembros, pero tres años después son dieciocho agrupaciones con 460 miembros. «Antes, si el papá no tenía dinero el niño se quedaba en casa y no iba a la escuela», apunta. «Gracias a este centro, que nos permite ganar un poco de dinero, los niños pueden estudiar. Esto nos ha permitido hacer muchas cosas».

Porque es de lo que va todo esto: de poder hacer cosas y de empezar con algo, porque con algo hay que empezar. Aunque sea arroz. Desde 2010 el programa, que cuenta con otra planta en Niassan, ha permitido que más de un millar de mujeres puedan transformar y vender el cereal suministrado por pequeños productores, mejorando las condiciones de su trabajo y viendo sus ingresos crecer de los 187.500 francos por persona de media en 2009 a 300.000 hoy, un aumento del 60%. ¿Para comprar arroz? Sí, pero también arroz burkinés, que hoy compite con el blanco asiático y compone el 40% de la oferta de este cereal en el país, lubricada mucho más favor de los productores locales que hace diez años. Y para comprar lo que no es arroz, que es lo más importante. Para disponer de un capital que les confiere poder y capacidad de decisión en un lugar donde la mujer está muy lejos de mandar como el hombre. Y para decidir, si así lo desean, aprender a leer, y que lo hagan sus hijos e hijas en el futuro. Para arrancar, resumiendo. Para ponerse en marcha.

Un grupo de estudiantes durante una clase en la escuela primaria de la comunidad de Konean, donde forman a sus alumnos y alumnas en técnicas de producción agrícolas. Fotografía: Oxfam Intermón.

Mangos por los derechos de la mujer y un café que enseña a sumar

Precisamente porque estamos ante una estrategia integral, la de Alimentos con Poder no se queda en el arroz que enseña a leer. En Burkina Faso también el mango lucha por los derechos de las mujeres, por ejemplo. Allí más de 600 se han integrado ya en una pujante industria del secado y la exportación de esta fruta que les reporta, además de ingresos fijos y seguridad laboral, la posibilidad de alfabetizarse y formarse. Muchas incluso gozan hoy de independencia económica, un logro de primera magnitud en aquel país que las convierte en pioneras de un cambio lento, pero profundo y necesario en la sociedad burkinesa.

Agnes Syrivia, campesina de la comunidad de Kashekuro, recogiendo granos de café arábica. Fotografía: Oxfam Intermón.

No lejos, en Uganda, las familias que venden café a las cooperativas de comercio justo reciben hasta tres veces más beneficios que las que venden en el mercado tradicional. Hasta 4309 hombres y mujeres comercializan así el café, el producto primario de mayor valor en el comercio mundial —superado solo por el petróleo—, y no lo hacen solo para subsistir: también lo hacen para ingresar capital que invertir en otras necesidades más allá de las alimenticias, prosperar y contribuir a la prosperidad de toda la comunidad de productores, que en Uganda supera el medio millón de familias.

Es algo en lo que pensar en las latitudes más afortunadas del mundo la próxima vez que cojamos un puñado de arroz por persona y lo sumerjamos en agua para su cocción. Donde todas las necesidades están cubiertas el arroz es, por suerte, comida y nada más. Donde no hay nada más que arroz, sin embargo, el cereal puede convertirse y se convierte ya en educación, salud, derechos, prosperidad y mucho más. Hace falta un poco de suerte, sí, y otro poco de tenacidad, pero sobre todo, voluntad. Solo un puñadito por persona, que es bien poco, de esto tan barato y que tanto abunda. Un puñado de voluntad por persona, como de arroz, para enseñar a leer. Y nada más.

Un profesor dictando clases junto a alumnas y alumnos de la escuela Igambiro. Fotografía: Oxfam Intermón.

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Este artículo se enmarca dentro de la campaña «Alimentos con Poder» de Oxfam Intermón.

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Alberto Rojas: Doctor Livingstone, supongo

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Cinco de la madrugada. Noche sin luna. Del piloto sudafricano solo se aprecia la brasa de su cigarrillo en los márgenes de la pista. Huele a queroseno. Las últimas gotas de lluvia refrescan la noche del trópico y abrillantan el asfalto del aeródromo de Bangui. Antes, cuando no existía la luz eléctrica, se encendían teas de petróleo en el asfalto. El neón azul del día perfila ya el horizonte cuando la avioneta se une al viento sobre los primeros árboles de la jungla. No es un momento menor. Cada vez que una avioneta despega en África se renueva una promesa de aventura, aunque el destino sea un lugar de mínimas esperanzas y éxitos precarios.

Las carreteras, que nacen orgullosas en la rotonda central de la capital, van arruinando su reputación cuando se alejan de su nacimiento. Fuera de la ciudad ya son pistas de tierra. Más allá, caminos de cabras. Hasta que la naturaleza las engulla más adelante. Entonces solo quedará este pequeño minibus alado para sobrevolar 600 kilómetros de selva.

A la altura de este pájaro de hélice se distinguen las aldeas aún adormecidas en los claros del bosque, planicies de café, cortinas de tormenta gris descargando a unos kilómetros, el avance a saltos del gran río, montañas oscuras, marismas, el humo de alguna hoguera que calienta ya el desayuno. Ya sea atravesando el Sahel desde Niamey hasta Agadez, siguiendo el cauce del Nilo blanco entre Sudán y Etiopía, remontando las aguas del Congo desde Kinshasa hasta Goma o sobrevolando las caravanas de camellos de Somalia, esa altitud del avión de hélice al amanecer representa la zona perfecta. Siete horas y varias paradas después, montados en esta pequeña cafetera que más que subirte en ella, te la pones, llegamos a algún lugar que no viene en los mapas.

La tartana con alas enfila hacia una cicatriz de tierra roja abierta en la selva. Al contacto con el suelo, salta y se tambalea como fuera una carreta de la Wells Fargo perseguida por los apaches. El petardeo de la hélice se apaga en medio de la nada verde. Welcome to Ovo, dice uno de los dos pilotos sudafricanos de la avioneta. Pero en realidad Ovo no es mucho más que una aldea de refugiados y un destacamento militar donde malviven un grupo de 20 soldados estadounidenses y unos 200 ugandeses, que remolonean a la sombra de los mangos. Si hay en África algún sitio como aquellos puestos avanzados que jalonaban la frontera de Estados Unidos en su camino hacia el oeste, bien podría ser este.

Cuando bajamos, bajo una emboscada de luz incandescente me encuentro con una mano blanca. “Doctor Livingstone, supongo”. En perfecto español, una voz familiar nos saluda a Raquel y a mí con cariño. No puede ser posible. El mítico Father Carlos, el exmisionero de Uganda, con el que ya he hablado varias veces por teléfono y leído y releído su libro Hierba alta, está en esta pista, en este instante. Si será grande África, que tengo que venir al fin del mundo a encontrármelo. “Sí, doctor Livingtone, supongo”.

El Father Carlos, que en realidad se llama José Carlos Rodríguez Soto, es el único español que ha hablado con Joseph Kony, brujo apocalíptico del Ejército de Resistencia del Señor, en aquellas largas y difíciles conversaciones de paz entre la guerrilla de este chamán enloquecido y el gobierno de Uganda. Es uno de los mayores expertos en este sangriento hechicero porque aquella guerra civil le cogió entre dos fuegos. Después de Uganda trabajó en Congo, mientras que el warlord se refugiaba también allí para huir de la persecución montada por cinco ejércitos para encontrarle vivo o muerto. Ahora que Kony se esconde en algún lugar de esta selva centroafricana, José Carlos llega a este rincón del mundo, el más triste del planeta, según dice, como representante de la ONU.

Alrededor curiosean varios grupos de soldados ugandeses con la piel del color del cobre envejecido. Son los que buscan a Kony en grupos de 20, tres meses dentro de la selva, peinándola, siguiendo rastros de huellas y hogueras, intentando anticiparse a aquel que, dicen, escucha rumores, lee los vientos y es capaz de esquivar las balas. “Son un ejército eficaz, no como los centroafricanos, que no tienen equipamientos, ni disciplina. Estos chicos ugandeses, muchos de su propia etnia acholo, acabarán cazando a este señor de la guerra. Y tendrá que sentarse ante un tribunal y pagar por sus incontables crímenes”, dice José Carlos. Me despido de él, ya que para nosotros el viaje no ha terminado y ya nos espera el personal de MSF Holanda en la vecina Zemio.

Meses después de aquel encuentro volveré a darle la mano en Madrid, donde espera para regresar a su misión después del golpe de estado en Bangui de los rebeldes de la Seleka. Me cuenta cosas que no pueden encontrarse en ningún libro no solo sobre Kony, sino sobre el latido de esa nueva África que, con seguridad, será el continente protagonista del siglo XXI. Mientras termino de escribir esto, leo que los familiares de Joseph Kony reconocen que les ha llamado tras cinco años de no tener noticias de él. Dice que sigue escondido en la selva, mitad depredador mitad presa, mientras que a su alrededor se teje la tela de araña para cazarlo.

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Fotografía: Alberto Rojas