Dulag-205: o el infierno o el infierno

Dulag-205:
Prisioneros de guerra soviéticos en un campo alemán. (DP)

Aunque la II Guerra Mundial, desde el punto de vista histórico, esté trillada y perfectamente explicada y queden pocos flecos por resolver, todavía hay algunas zonas oscuras en lo relativo a los archivos sobre la represión de la Unión Soviética. Si bien algunos, como los de la República Democrática Alemana han tenido amplio acceso, y en otros, como en los de Georgia y Ucrania, se aprobaron leyes en la década pasada para permitir abrirlos, queda la parte del león, que es el que estaba en Moscú. Los de NKVD, KGB y justicia militar tienen un acceso muy restringido, especialmente a investigadores occidentales. 

Esa niebla nos la encontramos en un episodio de la batalla de Stalingrado, el campo de concentración Dulag-205. La información más detallada sobre ese centro la aportó en inglés Frank Ellis, profesor de la Universidad de Leeds y prejubilado por una serie de declaraciones y artículos en torno al racismo (denunció movimientos antiblancos y se mostró de acuerdo con que hay diferencias intelectuales según el color de la piel). En su investigación, consideró el caso de este campo como una de las principales cuestiones sin resolver de la citada batalla. Quizá porque se refiera a uno de los aspectos más polémicos: los hiwis. Con este calificativo, abreviatura de hilfswillige, los alemanes se referían a los prisioneros soviéticos que se convertían en colaboracionistas de las SS y prestaban servicio junto a las fuerzas alemanas en las zonas ocupadas de la URSS. 

A veces, convertirse en un hiwi estaba motivado por el deseo de supervivencia tras caer en manos de los nazis, en otras venía precedido de una deserción del Ejército Rojo. Está documentado que el trato que se daba en sus filas a los soldados podía ser tan extremadamente cruel como el del enemigo, especialmente en frentes con necesidades tan acuciantes como Stalingrado, y muchos preferían intentar pasarse al enemigo que seguir bajo sus mandos. En principio, las instrucciones de Hitler eran no aceptar la ayuda de estos desertores, pero luego se les incorporó por razones pragmáticas. De hecho, después de la batalla del Kursk, cuando Himmler formó el Ejército Ruso de Liberación, en él se alistaron fundamentalmente hiwis

El profesor Ellis consultó los archivos del IV Ejército alemán y cifró el número de estos voluntarios soviéticos en la Wehrmacht en unos treinta mil. Al final de la guerra, aunque cayeran en manos estadounidenses, inglesas o francesas, eran entregados a la URSS donde la mayoría fueron ejecutados sumariamente o enviados al gulag por traidores después de severos interrogatorios del NKVD o la SMERSH, una unidad especial de contrainteligencia que se encargó de filtrar a los soldados recuperados de los campos de concentración nazis. Muy pocos lograron eludir este destino ocultando su nacionalidad o fingiendo otra para evitar la deportación. 

Todo esto está documentado, sin embargo, el punto oscuro al que nos referimos está en aquellos soldados soviéticos atrapados por los alemanes, pero a los que la inteligencia nazi consideró «poco confiables» o todavía con lealtades al régimen soviético como para convertirse en hiwis. Estos son los que fueron a parar al Dulag-205. Un campo que se convirtió en uno de los descubrimientos más espeluznantes que realizó el Ejército Rojo cuando inició su contraofensiva hasta Berlín. Los propios oficiales responsables del lugar, cuando fueron interrogados, pusieron de manifiesto la existencia de un régimen criminal de hambre, palizas y trabajos forzados impuestos a estos prisioneros, pero es un campo de exterminio olvidado. Las conclusiones de la investigación de Ellis, precisamente, se fundamentaron en las confesiones de estos oficiales alemanes. 

En El III Reich en guerra (Península, 2017) de Richard J. Evans, hay extractos del diario de Nikolai Moskvin, un comisario político soviético que, oculto en los bosques al perder su unidad, se encontró con un grupo de soldados del Ejército Rojo que habían logrado escapar de un campo de prisioneros alemán. Todos los soldados soviéticos tenían miedo a que les atraparan los nazis y no dejaban de imaginarse cómo sería ser su prisioneros, pero estos prófugos le dijeron: «La realidad es peor de cuanto nadie pudiera imaginarse». A otro testigo, Zygmunt Klukowski, de la resistencia polaca, le quedó claro cómo era el trato que recibían ya en octubre del 41 cuando se cruzó con una columna de quince mil prisioneros soviéticos: 

Todos parecían esqueletos, no más que sombras de seres humanos avanzando a duras penas. En mi vida había visto nada igual. Los hombres se desplomaban por las calles; los más fuertes tiraban de otros sosteniéndolos del brazo. Parecían animales hambrientos, no personas. Se peleaban por unos restos de manzana en la cuneta sin prestar atención a los alemanes, que les pegaban con porras de goma. Algunos se santiguaban y arrodillaban implorando comida. Los soldados encargados de la vigilancia les pegaban sin compasión. No solo golpeaban a los prisioneros, sino también a la gente que al pasar por allí intentara darles algo de comida. Tras el paso de la macabra unidad, algunos carros tirados por caballos transportaban a prisioneros incapaces de caminar.

De hecho, la mayoría murió antes de ingresar en los campos. Según los informes alemanes, entre el veinticinco y el setenta por ciento de los prisioneros fallecía durante el traslado. Los campos no eran mejores. Muchos simplemente eran espacios abiertos en mitad de la nada rodeados con una alambrada. No tenían ningún saneamiento y nadie se había preocupado del suministro de agua, alimentos o medicinas.

La palabra Dulag deriva de Durchgangslager, campo de tránsito. El Dulag-205 fue levantado a quinientos metros del pueblo Alekseevka, en el distrito de Stalingrado, por unidades Eixsatzgruppen (escuadrones de ejecución itinerantes) y de las SS, las encargadas de la lucha antipartisana. Desde el primer día, este centro fue una colonia de castigo, los prisioneros soviéticos nunca recibieron el trato de los angloamericanos. Y he aquí la cuestión. Uno de los motivos era porque no gozaban de ninguna protección legal ni apoyo de los diplomáticos soviéticos. Una vez capturados por los alemanes, también eran abandonados por la URSS. 

Eso es lo que nos lleva a plantearnos el dilema que tuvo que pasarle por la mente a estos prisioneros. Aunque hubieran desertado o sido capturados por los alemanes, una vez en este campo, donde solo les esperaba morir de hambre, frío o agotamiento, si lograban escapar, no tenían dónde ir. La SMERSH tenía en su documento fundacional la misión de filtrarles. De entrada, todos eran sospechosos. Al menos, hasta que se les pudiera interrogar satisfactoriamente, se daba por hecho que habían sido captados por la inteligencia alemana o tenían algo que ocultar. Lo cual es normal en una guerra, pero el contexto general iba en su contra más de lo razonable. Hubo dos órdenes de Stalin que resultaron capitales en toda esta cuestión. La 270 del 16 de agosto de 1941 y la 227 del 28 de julio de 1942, tras la caída de Rostov, que coincidían con el lema Ni shagu nazad (ni un paso atrás), es decir, se exigía la ejecución sumaria de los que hicieran cundir el pánico, desertores y, lo más grave, unidades en retirada. En estas dos últimas categorías entraba todo prisionero.

Las situaciones que se le planteaban a aquellos soldaos eran muchas veces dilemas entre muerte o muerte, infierno o infierno. Así lo pinta John Hellbeck en Stalingrado: La ciudad que derrotó al Tercer Reich (Galaxia Gutenberg, 2018)

La inexperiencia de los reclutas conducía a retiradas a consecuencia del pánico, especialmente durante los primeros meses de la guerra, lo que llevó a los comandantes soviéticos a tomar medidas drásticas. Siguiendo un método aplicado durante la guerra civil y de nuevo en la Guerra de Invierno, desplegaron escuadrones de bloqueo con la orden de disparar a los soldados renuentes al combate a los que no se podía convencer de otra manera. La orden n.º 270, emitida por Stalin en agosto de 1941, declaraba a cada soldado rojo que fuera capturado vivo traidor a su país. Los miembros de la familia de los soldados prisioneros veían recortadas sus prestaciones; las esposas de los oficiales cautivos a menudo eran enviadas a campos de trabajo.

El 31 de enero de 1943, el Ejército Rojo se encontró a todos estos prisioneros salidos de la batalla de Stalingrado, o sus restos, en el aludido campo. Inmediatamente, capturó a los responsables del Dulag-205: el coronel Rudolf Körpert, comandante adjunto del campo, Hauptmann Carl Frister, su ayudante Otto Mäder, el oficial encargado de los trabajos Hauptmann Kurt Wohlfarth, el jefe de seguridad del campamento, Rotmeister Fritz Müsenthin, y el responsable de la construcción del campo, Hauptmann Richard Seidlitz. Se calcula que bajo su custodia murieron tres mil soldados soviéticos. En los documentos de su arresto, decía: «Durante un largo periodo de tiempo, a los prisioneros militares soviéticos ubicados en el Dulag-205 no se les dio alimento ninguno, lo que obligó a los presos a comerse los cadáveres de sus compañeros». 

Dentro del campo, los internos dormían en barracones subterráneos de sesenta por tres metros. Metieron ciento cincuenta en cada uno. En diciembre de 1942, las instalaciones, concebidas para albergar a mil doscientos reclusos, ya tenían tres mil cuatrocientos. Körpert reconoció que desde esa fecha empezaron a escasear las raciones y se desencadenó «una verdadera hambruna». La tasa de mortalidad por inanición fue de cincuenta prisioneros por día. En este mismo interrogatorio, el coronel también admitió que controlaban a los presos a tiros y con perros. El interrogador soviético preguntó: «¿Qué párrafo de la Convención de Ginebra prevé el método de “establecer el orden” entre prisioneros militares hambrientos con ayuda de perros?». En general, los internos testimoniaron tratos de extraordinaria brutalidad y el canibalismo fue confirmado por todos los que sobrevivieron. Había casos concretos como el de un interno que pidió permiso a un soldado alemán para hacer sus necesidades y, cuando se puso en cuclillas, el otro aprovechó para volarle la cabeza de un disparo. Se disparaba a los prisioneros bajo cualquier pretexto. Según citas literales de estos interrogatorios: 

En todas las circunstancias, los alemanes disparaban a los prisioneros sin ninguna advertencia. Todos los días disparaban a personas por haberse retrasado en el trabajo o a la vuelta, a veces era por romper filas (…) Cuando fuimos conducidos desde el campamento de Alekseevka hasta la aldea de Karpovka, varios oficiales alemanes mataron a tiros a unos prisioneros porque, mientras trabajábamos, fuimos bombardeados por tropas soviéticas y varios reclusos se pusieron a cubierto. Cuando cesó el ataque, salieron de sus trincheras y les dispararon en el acto. Otros tres prisioneros fueron fusilados trabajando en el vertedero por fumar.

En el campo, los prisioneros eran alimentados con carne de caballo, independientemente del estado de la carne (…) apenas se daba agua a los prisioneros (…) en los refugios no podíamos descansar, dormíamos de pie y sentados. No había espacio para todos. Había muchos piojos en los refugios, como resultado de las mordeduras, los prisioneros tenían costras y heridas por el cuerpo. No había duchas, en los cinco meses que estuve en el campo no me lavé ni una sola vez. En estas condiciones inhumanas, morían entre diez y quince personas cada día, y a finales de diciembre y principios de enero del 43, la tasa era de entre veinte y treinta, por hambre, frío, degradación y crueldad.

En noviembre de 1942, mientras trabajaba en una carretera que conducía a Gumrak, a tres kilómetros del campo, un grupo de prisioneros de aproximadamente cincuenta o sesenta estaba nivelando y despejando el camino. Uno, cuyo nombre no conozco, cayó colapsado por el cansancio y agotamiento, ya no podía más. El guardia trató de obligarle a ponerse en pie, pero no se podía levantar. Entonces le ametralló y ordenó que lo enterraran a un costado de la carretera.

Otros centros de detención fueron igualmente crueles, como el de Lipovsky, del que existe el testimonio de Vasili Petrovich Projvatilov, secretario del PCUS en Stalingrado: 

Los aldeanos se sentían particularmente indignados por el campo de prisioneros de guerra. En Lipovsky hay una granja de cerdos junto a un pequeño río. Casi todas las granjas habían ardido. La granja de cabras, la de ovejas y la de cerdos eran las únicas que quedaban en pie, y las habían rodeado con una alambrada de púas y utilizado para albergar a los prisioneros de guerra. Les alimentaban con paja de centeno. El día antes de que yo llegara había habido un entierro. Veintitrés oficiales rusos tenían los pies congelados. Los alemanes no podían llevárselos y les cubrieron con paja en una pocilga y les prendieron fuego.

Y en Polonia: 

Estaba compuesto por doce bloques en cada uno de los cuales se alojaban entre mil quinientos y dos mil prisioneros. Los guardias alemanes utilizaban a los presos para hacer prácticas de tiro, y les lanzaban sus perros cruzándose apuestas a propósito de qué perro provocaría las heridas más terribles. Los prisioneros estaban famélicos. Cuando uno de ellos moría, los otros se arrojaban sobre el cadáver y lo devoraban.

Sobre el canibalismo, paradójicamente, el testimonio más aclaratorio fue el del propio Körpert. Explicó que el 15 de diciembre de 1942 aparecieron cadáveres a los que les faltaban partes del cuerpo que habían sido seccionadas, sobre todo el corazón, el hígado, pulmones y las mejillas, a otros se les había abierto el cráneo y extraído el cerebro. No fue un caso aislado, estos episodios fueron cada vez más frecuentes hasta hacerse cotidianos. En las declaraciones del Ejército Rojo también figuraba el hallazgo de cadáveres en estas condiciones. 

Dulag-205:
DP.

El problema de esos supervivientes es que también, como se ha explicado, eran sospechosos a ojos de sus compatriotas. En sus interrogatorios no solo se intentó reunir pruebas contra Körpert y sus oficiales, también se indagó en las condiciones en las que los prisioneros habían sido atrapados. Sin embargo, por mucho que los soviéticos invocaran los acuerdos internacionales, la URSS se había adherido a la convención para aliviar la suerte de los heridos y enfermos de los ejércitos en campaña, del 26 de marzo de 1932, pero no a la convención sobre el tratamiento de los prisioneros de guerra. De hecho, ese fue el argumento que emplearon los nazis para eximirse de la responsabilidad. Ellis considera que la negativa de Stalin a ratificar los convenios internacionales sobre trato de prisioneros si sirvió para algo fue para aumentar la animosidad de los alemanes hacia ellos. Si a las autoridades soviéticas no les importaban las condiciones en las que se encontraban sus prisioneros, difícilmente eso le iba a importar a los nazis. En total, se estima que de 5,7 millones de prisioneros soviéticos en manos alemanas, murieron 3,3.

En 1944, durante el juicio a la plana mayor del Dulag-205, los subordinados de Körpert intentaron salvarse aludiendo la obediencia debida. Seidlitz incluso llegó a decir que su opinión no era tenida en cuenta. Mäder fue más allá y le echó la culpa a Von Paulus, se consideraba también una víctima por haber sido destinado a ese campo y haber tenido que presenciar con gran «tormento espiritual» la condición de los prisioneros soviéticos. Todos fueron condenados y ejecutados el 13 de octubre de 1944. En la sentencia del tribunal no había ninguna referencia a la violación de los convenios internacionales. Para Ellis, eso permite especular sobre su conocimiento de que no habían sido ratificados por la URSS. Obviamente, en su bando la situación había sido similar. Según las cifras de Jochen Hellbeck, en julio de 1943, tres cuartas partes del total de prisioneros alemanes en manos soviéticas había muerto. 

La suerte de los soldados liberados durante la guerra fue desigual. A algunos se les dio uso inmediato enviándolos al frente. Tras un breve interrogatorio, se les informaba que haber caído prisioneros era un crimen cuyo castigo legal era la pena capital. Sin embargo, se les dejó la posibilidad de redimirse en primera línea. Según el comandante Alexander Georgievich Yegorov: «Les decíamos “la única forma en que puedes darle la vuelta a esta situación es con tu propia sangre”. Entonces empuñaban sus armas con gran alegría, y nosotros les advertíamos de que al mínimo indicio de pánico, de cobardía, o de intento de rendirse, aunque solo fuera por parte de uno o dos de ellos, tendría como consecuencia que los fusiláramos a todos. A veces conseguimos grandes cosas de ellos». 

Los alemanes también acabaron pensando pragmáticamente. Llegado un momento, empezaron a alimentar a estos prisioneros con el fin de que sirvieran para realizar trabajos forzados o en fábricas. El problema es que, tras la contienda, nada mejoró. Los que habían sido hechos prisioneros, bajo las leyes soviéticas, eran traidores y sufrieron una fuerte represión. De entrada, la mayoría fueron al gulag. Tras la muerte de Stalin, el propio mariscal Georgi Zhukov intentó que dejaran de estar discriminados, pero no lo consiguió. Formalmente, no fueron rehabilitados hasta 1994.


Thanatos pone en jaque a Eros: el ajedrez en tiempos de guerra

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Blancas versus negras: el ajedrez apela a toda situación dilemática. Bien pueden referir a la paz y la guerra, lo bueno y lo malo, lo elevado y lo profano, a Dios y al Diablo, al día y a la noche. 

Cuando Freud, a inicios de los años 30, dijo que el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas de las pulsiones de agresión y autodestrucción, estaba a nueve años del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y de su propia muerte.  

Siguiendo al padre del psicoanálisis, podría resignificarse la posibilidad de dualidad extrema que ofrece el ajedrez, en tanto la lucha eterna entre Eros y Thanatos. Fuerzas en ontológica y permanente contienda que pueden aparecer tanto frente al tablero escaqueado cuanto en los campos de batalla de guerras reales. 

Hitler y Stalin fueron dos referentes principales del último conflicto bélico a gran escala. Por momentos fueron socios y, siendo así, Hitler se sintió habilitado para invadir Varsovia, hito que marcará el comienzo de la conflagración europea (que se convertirá en universal). Luego serán adversarios, y el soviético será determinante en la caída del nazismo. En cualquier caso, y más allá de esa relación sinuosa, al cabo de todo estuvieron del lado equivocado en el tablero de la vida.

En su vínculo con el ajedrez ambos promovieron competencias y prohijaron jugadores que pudieran encarnar ante el mundo los valores deseados por los respectivos modelos: el delirio del pueblo ario puro; el sueño de un hombre nuevo (con pies de barro). Stalin, dando un paso más, incluyó al juego como una explícita acción de propaganda del sistema. 

De la probable cercanía de Hitler con el mundo de los trebejos existe un retrato icónico ambientado en Viena que lo muestra jugando una partida que pudo haber disputado con Lenin.

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DP.

Ya como Führer, habrá de designar como gobernador de los territorios ocupados de Polonia a Hans Frank, un ávido ajedrecista, que organizará torneos en los que participarán algunas figuras de la época. Entre ellas se verá al campeón del mundo, el ruso-francés Aleksandr Alekhine; al promisorio Klaus Junge, nacido en Chile, quien se sumará a la fuerza militar nazi, y al ucraniano Yéfim Bogoliúbov, que se afincará en Alemania pese a que su vínculo inicial con su país de destino se dio en forma poco agradable: cuando participaba del torneo de Manheim 1914, en los mismos inicios de la Primera Guerra Mundial, fue detenido al ser súbdito del Imperio ruso, nación enemiga. Las sinuosidades de las guerras entreveradas con los destinos personales. 

Esas pruebas deportivas bajo el omnímodo poder nazi (también habrá una Olimpíada de Ajedrez en 1936, año de los Juegos Olímpicos de Berlín avalados por el COI) fueron la contracara de otras menos rimbombantes en las que participaban los ajedrecistas confinados en los guetos e, incluso, de las informales partidas que se libraban en los campos de concentración. 

A las partidas que siempre es posible jugar apelando a la memoria, se les puede agregar las que se disputaron sobre improvisados tableros con piezas construidas con mendrugos de pan (usando harina de centeno para el caso de las negras). Hay un caso muy conmovedor, el de un prisionero que, con el material del garrote de uno de sus custodios en Auschwitz-Birkenau, cinceló un juego de ajedrez demostrando que un instrumento de castigo bien podía ser convertido en un luminoso elemento que apelara al goce. 

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Piezas de ajedrez talladas por el polaco Elhanan Ejbuszyc en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. (DP)

La suerte de muchos ajedrecistas, gran parte de ellos polacos y judíos (aunque al analizarse la nómina exhaustiva se comprobará que la taxonomía no se agota en esas categorías), estaba echada. Habrán de morir en los campos de exterminio, ejecutados, o por desnutrición y, en caso de sobrevivir, estarán sometidos a las peores condiciones de existencia. 

Algunos pudieron emigrar; a otros el comienzo del conflicto los hallará fuera de casa, por lo que dispondrán de la opción de permanecer, temporal o definitivamente, en tierras más pacíficas. El comienzo de la final del Torneo de las Naciones de Ajedrez de Buenos Aires se verificó el día de la invasión nazi a Varsovia, los jugadores europeos que allí estaban compitiendo, habrán de considerar que el barco que les condujo cruzando el Océano Atlántico había sido una virtual Arca de Noé.

En el ajedrez de la guerra real se puede ganar o perder, pero nunca los que no participan directamente del conflicto pueden ser indiferentes. Por eso es que la reputación de Alekhine fue definitivamente dañada habida cuenta de su participación en aquellos torneos propuestos por los nazis y por haber aparecido en la prensa unos escritos bajo su firma en donde, muy peligrosamente, se atrevió a distinguir el estilo de juego de los ajedrecistas arios respecto del de los judíos. 

En ese contexto, la muerte posterior del campeón del mundo en soledad en su cuarto de hotel de Estoril será reputada de dudosa: se dijo que ello sucedió por haberse atragantado con una porción de comida, pero se sospecha que pudo haber sido liquidado por orden del servicio de inteligencia soviético o de la resistencia francesa, ¡quién sabe! La guerra, una vez terminada, sigue mostrando sus esquirlas. 

Stalin, tras liberar Berlín, se transformará en casa en lo que venía insinuándose: un autócrata sin moral. El ajedrez, a partir de su concepción, se transformará en un elemento central en el campo de batalla de las ideas. Una nueva guerra no declarada, considerada fría, pero aún más peligrosa (a partir de ahora acechará la destrucción absoluta gracias al poder atómico), implicaba que a Occidente había que demostrarle la superioridad del modelo soviético. 

Si Lenin y Trotski, como cultores del ajedrez, promovieron que se lo incluya como actividad formativa en los Centros de Pioneros, el dictador soviético dará un paso más. Si el sistema comunista era el deseable en términos de la igualdad declamada y de las mieles (solo iniciales, ya vendrá el momento del agotamiento y de la implosión) de su sistema productivo, también debía poder evidenciarse la superioridad en el campo de la cultura, las ideas y la inteligencia; y el ajedrez podía perfectamente encarnar unos valores quizás más abstractos. La maquinaria ajedrecística soviética debía ser montada para, gracias a la calidad y número de sus exponentes, pasar a dominar la escena mundial. 

Mijaíl Botvínnik, el patriarca del ajedrez soviético, será el emblema de Stalin y del régimen. Su primer título internacional, el de Nottingham 1936, será ofrendado públicamente al protector. El ajedrecista será elevado a la categoría de padre del ajedrez soviético, para lo cual la brillante escuela rusa previa será borrada de los anales y Alekhine, en tanto exiliado y por su origen aristocrático, no podía menos que ser considerado un traidor. A los principales rivales del primer campeón de la posguerra no les serán facilitadas las cosas: el estonio Paul Keres y el judío David Bronstein no pasarán la prueba ácida de pureza nacional y religiosa, respectivamente. 

Las carreras ajedrecísticas, para bien o para mal, serán digitadas o condicionadas desde el poder, con una federación deportiva que se la hará depender del Ministerio de la Propaganda, la que fue presidida inicialmente por Nikolái Krylenko. Este, como fiscal, instruirá la muerte de tantos compatriotas, para luego beber de su propia medicina al ser ejecutado tras ser incluido dentro de las clásicas purgas estalinistas, esas en la que desaparecerán varios ajedrecistas. Un episodio muy doloroso se dio con el gran jugador letón Vladímirs Petrovs, enviado a Siberia, donde perecerá en un gulag por inanición, siendo borrado de los libros de historia: primero se lo destierra, luego se le niega la propia existencia.

Al formular este repaso sobre cómo el ajedrez estuvo presente en Hitler y Stalin, y en ellos vemos a Thanatos en su esplendor, no podemos dejar de asociar esos nombres y algunas de sus acciones con el candente y preocupante escenario de la actualidad. La invasión ordenada por Vladímir Putin a Ucrania recuerda vivamente la de Varsovia en 1939. Un Putin que, por otra parte, como natural heredero de la tradición soviética (y del zarismo imperial), demostró su cercanía al juego, como ayer lo estuviera Stalin. Podría decirse que el Botvínnik de Putin es Serguéi Kariakin, alguien a quien se lo preparó para campeón del mundo (sin éxito) que, paradojalmente, nació en una Ucrania hoy tan sufriente.

Es una convención que el milenario ajedrez desde sus orígenes, y a lo largo del tiempo, estuvo asociado a la guerra. En el chaturanga indio las piezas estaban representadas por las cuatro fuerzas (angas) que participaban de la contienda. En la educación de los caballeros en el Medioevo, y siempre en el campo militar (de Tamerlán a Napoleón), se solía utilizarlo como simulación de acciones en combate. «Ludimus effigiem belli, simulataque veris», imagen de guerra, tal como vio al pasatiempo el poeta Marco Girolamo Vida en el siglo XVI. 

En definitiva, y volviendo a Freud, solo debería tratarse de que el juego, a nivel psicológico personal, y si se lo prefiere en forma terapéutica, oficie de forma tal de que las fuerzas destructivas se canalicen dentro una superficie de sesenta y cuatro escaques sin llevarlas a otros terrenos de la existencia real. Esta premisa, que vale para todos, mucho más aplica a quienes detentan un poder que debería solo orientarse a causas nobles. 

Pero ello, bien lo sabemos y sufrimos, no necesariamente sucede. Habrá quienes, como Hitler, Stalin y Putin, no se conformen con el simulacro. Siendo así, solo nos queda la esperanza de que, en estos escenarios bélicos reeditados del aquí y ahora, la fuerza de Thanatos no logre prevalecer respecto de la pulsión de vida, esa a la que siempre, aún en las peores circunstancias, evoca Eros.


Guerra y fútbol en Ucrania

Dinamo de Kiev v Shakhtar Donetsk ucrania
Jugadores del Dinamo de Kiev apoyan a uno del Shakhtar Donetsk tras sufrir insultos racistas. Imagen: F. K. Shajtar Donetsk.

La cuenta de Instagram del Dinamo de Kiev, el club de fútbol capitalino, ha estado subiendo fotografías de la ciudad bombardeada desde que comenzó la invasión rusa a Ucrania. La vida ha cambiado allí en todo sentido. Las últimas noticias que nos han llegado nos hablan del reciente hermanamiento, insospechado hasta hace unos años, entre ultras del Dinamo de Kiev y seguidores del Shakhtar Donetsk, enemigos acérrimos en los últimos tiempos. Se han hermanado por causa de la guerra y la visión común que ahora comparten sobre Ucrania. Putin los ha unido. Vivir para creer.

El devenir del Shakhtar Donetsk en este siglo XXI ha fluctuado entre la gloria deportiva y cierta logística del disparate. Antes de la invasión hacía uso del Olímpico de Kiev para poder disputar la liga ucraniana. Hasta hace dos años el equipo venía jugando sus partidos como local en el estadio Metalist, en la ciudad de Járkov (la segunda del país y una de las plazas más castigadas por los bombardeos rusos). Lo hacía muy lejos de su región natural, el fatídico Dombás, foco prorruso y excusa por parte de Rusia para invadir Ucrania. Cada fin de semana el club al completo tenía que hacer el trayecto de Kiev a Járkov para disputar sus partidos. Pero antes incluso de Járkov, recién estallada la guerra en el Dombás, el Shakhtar jugó sus partidos como local en la lejana Lviv (hasta 2016), también llamada Leópolis, la ciudad más occidental y europea de Ucrania. 

El forzado sello viajero del Shakhtar tiene su explicación en todos estos últimos y horribles años. Desde que en 2014 estallara la guerra en las regiones prorrusas de Donetsk y Lugansk, el equipo y su directiva se vieron obligados a emprender su peregrinaje por distintas ciudades de Ucrania. El Shakhtar instaló su sede administrativa en la propia Kiev, mientras sus bien pagados jugadores, incluidos sus muchos brasileños de color caoba, fueron distribuidos en pisos de lujo de la capital. En 2017 trasladó su sede a Járkov, más al nordeste del país y menos lejos de las separatistas Lugansk y Donetsk.

Por todo ello, la delicada situación de Ucrania ha tenido su peculiar influjo sobre el fútbol. Los citados Dinamo de Kiev (el más añejo e histórico) y Shakhtar Donetsk (el nuevo rico del siglo XXI) nos resultan conocidos por ser habituales en las competiciones europeas (sobre todo el Shakhtar y su vistosa elástica de color naranja). Pero otros equipos como el Dnipro o el Karpaty Lviv, con sus nombres casi impenetrables, nos resultan mucho más peregrinos, pese a que ahora la guerra nos permite redescubrir su historia y su avatar como parte de la génesis de este país doblado en dos: Ucrania.

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Antes de esta guerra frontal y analógica diseñada por Rusia (incluso antes del conflicto en el Dombás siete años atrás), tuvo lugar una simbólica guerra de camisetas azules y naranjas entre el Dinamo de Kiev y el Shakhtar Donetsk. La guerra de las elásticas se produjo con la llamada Revolución Naranja de 2004, cuando el por entonces presidente y vieja momia política, Leonid Kuchma, fue desalojado del poder por corrupción. Tuvo que ceder su puesto al vicepresidente Víktor Yanukovich, líder del prorruso Partido de las Regiones (referente político de la rusofilia en la Ucrania del este). Las elecciones de 2004 fueron un fraude y su repetición hizo presidente al nacionalista Víktor Yúshchenko (el recuerdo de este buen hombre nos produce repelencia: envenenado con dioxina, su rostro se recubrió de bubas y deformaciones horripilantes).

La Revolución Naranja de 2004 tuvo su rocambolesco episodio en el fútbol ucraniano. El presidente del Shakhtar Donetsk, el millonario prorruso Rinat Akhmetov, obligó a sus futbolistas a jugar con atuendo blanco para evitar que los colores del club se identificaran con los de la revolución que impulsaban los ciudadanos más proeuropeos desde la capital. La ironía cromática consistió en que el Dinamo de Kiev vestía de azul y apoyaba a los revolucionarios naranjas, mientras que el Shakhtar de color butano apoyaba al Partido de las Regiones, asociado al azul. La otra gran ironía añadida y posterior es que diez años después el Shakhtar se vio obligado a hallar abrigo en Kiev por el estallido de la guerra en el Dombás.

A todo esto, ¿quién era y de dónde venía el tal Rinat Akhmetov? De origen tártaro, su familia había llegado en tiempos a la pródiga cuenca del Don para trabajar en las minas de carbón. Igual hicieron tantos y tantos trabajadores de lengua rusa venidos desde distintos enclaves de la URSS. Como otros próceres iguales a él, que de pícaros y trajinantes callejeros se transmutaron en potentados del gas, Akhmetov se hizo dueño del Shaktar Donetsk a medida que, con gran listeza y olfato, se iba convirtiendo en uno de los grandes referentes del poder en Ucrania.

Poco a poco los aficionados al fútbol fueron habituándose a las atrevidas formas del Shakhtar Donetsk, lo mismo en la Champions que en la Europa League. Aparte de su llamativo resol naranja, lo que lo hacía peculiar era su nutrido cuerpo de jugadores color tostado. Como dijimos, la mayoría de ellos eran brasileños, fichados a golpe de talonario gracias al ricachón Akhmetov. El Shakhtar era en sí mismo un mejunje enriquecido en una coyuntura frenética. Akhmetov levantó el elefantiásico estadio del Donbass Arena en 2008. Era el mismo estadio que sería bombardeado en la guerra de 2014 entre las milicias separatistas prorrusas y el ejército ucraniano.

Ajeno por entonces a la posibilidad de cualquier conflicto armado, en 2009 el prócer Akhmetov fletó de su bolsillo cinco aviones llenos de aficionados, muchos de ellos mineros, para presenciar en Estambul la final de la Europa League ante el Werder Bremen alemán (en semifinales el Shakhtar consiguió apear con todo su escozor al mismísimo Dinamo de Kiev). Los ucranianos del este se alzaron con el triunfo y, con ello, el frente prorruso del país consiguió extender su influjo político y deportivo hasta las entrañas de Kiev.

El equipo de Akhmetov siguió jugando como gran embajador del Dombás hasta que estalló la guerra en 2014, en respuesta a la revuelta conocida como el Euromaidán. El prorruso Yanukovich, ganador de las elecciones, fue desalojado del poder al ucraniano modo (quiere decirse sin muchas miras democráticas). El Euromaidán se produjo cuando Yanukovich decidió mirar más al lado ruso, lo que le llevó a suspender un acuerdo de acercamiento a la Unión Europea, la cual, de forma insensata, había ofrecido sus brazos a la antigua y mítica Rus de Kiev para enojo de Moscú.

Así las cosas, a Akhmetov el rebufo del Euromaidán lo llevó a un insólito giro político y logístico también. Defendió entonces la unidad de Ucrania (en parte para defender los intereses comerciales del Shakhtar Donetsk). Los separatistas prorrusos, muchos de ellos hinchas del Shakhtar, asaltaron e incendiaron las oficinas empresariales de Akhmetov. El prócer tuvo que exiliarse en Kiev en un clima de rareza y desubicación sentimental.

 Equipo medio huérfano y medio peregrino. Esta ha sido el sino del Shakhtar Donetsk en todos estos años, los que van de la primera guerra en el Dombás a la invasión total de Ucrania por parte de Rusia.

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En 2015, el orbe futbolístico europeo conoció que existía un equipo con nombre parecido al de un cotizado mineral: el Dnipro. Hoy por hoy ya sabemos que Dnipro es otra de las ciudades que ha estado sufriendo los bombardeos rusos. Su nombre responde a la zona del óblast de Dnipropetovsk, cuyo contorno es atravesado por el curso del río Dniéper.

El caso es que en 2015 el desconocidísimo Dnipro alcanzó la final de la Europa League ante el Sevilla Fútbol Club. En semifinales consiguió dejar en la cuneta al Nápoles entrenado por Rafa Benítez. Un año antes había estallado ya la guerra en el Dombás entre el ejército ucraniano y los separatistas prorrusos de Lugansk y Donetsk. El Dnipro alcanzó la final espoleado por la fibra nacional y como homenaje a los soldados ucranianos caídos en el frente del este. Incluso algunos de sus hinchas se enrolaron en la guerra como voluntarios. De entre ellos los había afines a sectores radicales de la extrema derecha ucraniana (sus detalles los veremos más adelante).

En Varsovia, sede de la final, se presentó la heroica comitiva del Dnipro ante el Sevilla, quien al cabo logró su tercera Europa League. Pero para los anales quedó la hazaña deportiva y el halo bélico que por entonces envolvía al bravo y correoso equipo ucraniano. Cierto es que no todo el mundo conocía el pormenor de aquella guerra extraña y lejana que había estallado en el este de Ucrania, en la región minera del Dombás (ahora sabemos que agentes secretos rusos habían estado alimentando la secesión con triquiñuelas y un seductor aroma vintage a KGB).

A menudo el tiempo discurre como una ironía demoledora. Uno de los más finos estilistas del Dnipro, Yevhen Konoplyanka, acabó siendo fichado por el Sevilla Fútbol Club (jugará después en el Shalke 04 y hasta en el propio Shakhtar Donetsk). El entrenador Juande Ramos, que logró los primeros grandes éxitos del Sevilla a partir de 2006, acabó entrenando al propio Dnipro años después. Pero el mayor mazazo irónico fue que el propio club acabó desapareciendo en 2019 de la escena del fútbol ucraniano por sus desarreglos económicos.

Últimamente ha sido refundado en parte con los pocos pertrechos que quedaban tras la bancarrota. Ahora se llama Dnipro-1. Hasta que el oso ruso decidió echarse vorazmente sobre Ucrania, el Dnipro-1 figuraba en un meritorio tercer puesto de la Premier Liga ucraniana, tan solo por detrás de los poderosos Dinamo de Kiev y Shakhtar Donetsk (como detalle, el equipo de la castigadísima ciudad de Mariúpol ocupaba el último puesto en la clasificación).

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El equipo de fútbol del Karpaty no dice nada a casi nadie. Hasta ahí normal. Solo les sonará a los forofos y creyentes en el balón, ese dios redondo. Pero la ciudad de Lviv (Leópolis) ayuda a ubicar a este equipo que viste de blanco y verde y cuyo sonoro nombre remite a la región ucraniana de los Cárpatos, situada en lo que antaño fue la Galitzia oriental. Desde la histórica, mestiza y cultivada Lviv (también en ruso Lvov, en alemán Lemberg), muchos periodistas y enviados especiales a Ucrania nos han venido informando acerca de la triste mara de refugiados ucranianos que huía de la guerra hacia esta última ciudad fronteriza con Polonia.

La estación de trenes art nouveau de Lviv, de altiva traza austrohúngara, es la última parada para los expulsados por la guerra en Ucrania. El edificio tiene muchísimo más predicamento histórico que el estadio deportivo del Lviv Arena. Este estadio se erigió y bautizó con nula originalidad en cuanto al nombre para albergar una de las sedes de la Eurocopa de fútbol de 2012, que fue concelebrada entre Ucrania y Polonia (esta Eurocopa la ganará, por segunda vez consecutiva, un país llamado España).

El Lviv Arena es el recinto donde juega sus partidos el Karpaty. Actualmente juega en una división terciaria del fútbol ucraniano, la rudimentaria Persha Liga. Curiosamente, un equipo más nuevo y producto de varios refritos fundacionales, el Lviv a secas, sí que estaba disputando la Premier Liga, la máxima competición ucraniana, hasta que se produjo la invasión rusa. El Lviv ocupaba el honroso puesto número doce en la clasificación.

Como decíamos, solo los forofos del fútbol saben que existe el equipo del Karpaty. Pero puede que haya algunos más a los que sí les suene. De hecho, los seguidores del Sevilla Fútbol Club sí lo conocen desde hace unos años. Sí, el Sevilla otra vez. El club sevillano se enfrentó al Karpaty en los partidos de la fase de grupos de la Europa League de la temporada 2010-2011. En el estadio de Nervión los sevillistas vencieron por un ceremonial 4-0. En su visita al Lviv Arena ganaron por 0-1.

El viaje al oeste de Ucrania tuvo el añadido de dar a conocer la bella, historiada y monumental ciudad de Lviv, auténtico cruce de caminos en lo que en tiempos se conoció como el melting polt polaco. Por entonces, un periodista preguntó al futbolista argentino del Sevilla Diego Perotti si conocía algo sobre Lviv. El muchacho, que no obstante cursaba Criminología y no era ningún botarate, puso cara de alga. Normal.

La actual guerra en Ucrania nos permite desempolvar la historia del Karpaty. Su idiosincrasia ha estado asociada desde sus orígenes al nacionalismo ucraniano y al espíritu más europeísta, como es común en todas las regiones occidentales de Ucrania (a diferencia, claro está, de las regiones más orientales y declaradamente prorrusas).

Fundado en 1963, bajo la égida de hierro de la URSS, el Karpaty ofrece la singularidad de haber sido el único equipo que, aun jugando en la segunda división rusa, se alzó en 1969 con la Copa de la Unión Soviética. El glorioso triunfo ocurrió en el estadio Lenin de Moscú, tras derrotar al SKA Rostov del Don. El detalle añadido —y no menor— fue que sus hinchas, desplazados desde Lvov (su otro nombre en ruso) hasta Moscú entonaron en las gradas del estadio Lenin la balada conocida como «Cheremshyma», especie de oda romántica y nacionalista ucraniana.

En 1981 el Karpaty fue obligado a fusionarse con otro club de Lviv de aquel entonces, llamado SKA. Adoptó una equipación roja y blanca, que era por completo ajena a sus históricos colores albiverdes. Ya en 1991, con el desplome de la URSS, recuperó sus tintes de toda la vida. Incluso el estadio dejó de llamarse Druhzba (Amistad), de viejas resonancias socialistas, y tomó el nombre de Estadio Ukraina. El nuevo rumbo había empezado tras expirar el último hálito soviético.

El nacionalismo extremo de cierto sector de sus aficionados se asocia a movimientos de ultraderecha, que beben del antaño líder ucraniano y pronazi Stepán Bandera (radicales como Sector Derecho, paramilitares del Batallón Azov o afines al movimiento Svoboda). En los graderíos del Lviv Arena no era infrecuente ver ondear las esvásticas.

En la temporada 1996-1997 y en los años 2010 y 2012, el Karpaty lució como segunda equipación camisetas y pantalones en rojo y negro. Eran los colores asociados en la Segunda Guerra Mundial a la Organización de Nacionalistas Ucranianos y al Ejército Insurgente Ucraniano del controvertido Stepán Bandera. Para muchos ucranianos Bandera es un nazi que directa o indirectamente participó en el holocausto de los judíos ucranianos (Ucrania fue otra de las grandes fosas de la Shoah). Sin embargo, para otros muchos ucranianos de hoy, Bandera fue el líder de la Ucrania independiente y un mártir asesinado por la KGB en el tardío año de 1959, cuando su figura ya había entrado en cierta fase de olvido y patetismo personal.

Hoy por hoy la culta ciudad de Lviv lo recuerda con un monumento. Fue aquí, en Lviv, donde Bandera proclamó en junio de 1941 el Estado Independiente de Ucrania (los propios nazis, temerosos, lo confinaron en un campo de concentración hasta 1944, con la intención de domeñarlo en sus desmedidos propósitos). Otras ciudades occidentales de Ucrania también han levantado estatuas en honor a Bandera, como ocurre en Ternópil.

Igual que ciertos sectores de hinchas radicales del Dnipro, se conoce que los ultras del Karpaty y de otros equipos de fútbol de Ucrania marcharon a combatir en la guerra del Dombás de 2014 contra las milicias prorrusas. Por tanto, este es en parte el aguardiente pronazi y fascista que dio argumentos a la secesión en el Dombás (sin olvido del citado Euromaidán) y lo que hoy arguye el sibilino Putin al hablar de «desnazificar» Ucrania (en la era del envenenado presidente Víktor Yúshchenko, Bandera fue elevado a la categoría oficial de Héroe de Ucrania, título que revocó después Yanukovich, el posterior mandatario prorruso).

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No es difícil imaginar que ahora muchos de estos grupos forjados en los graderíos ultras de los estadios estén formando parte del ejército ucraniano, bien agrupados en temibles unidades propias (como ocurrió en el Dombás) o bien como soldados y voluntarios integrados sin distinción alguna en las fuerzas armadas de Ucrania. De igual modo, tampoco resulta impensable que hinchas aún fieles al Shaktar Donetsk o al Zorya de Lugansk estén luchando también en apoyo a los invasores rusos, igual a como hicieron en al anterior guerra del este de Ucrania de 2014.

Al igual que ocurriera en el sangriento aquelarre de los Balcanes de los 90, el fútbol casi siempre aporta su contorno a la cartografía general de la guerra. Ahora sabemos algunos de los intríngulis futboleros relacionados con Ucrania antes y después de la invasión rusa. Solo los buenistas creen que el fútbol es independiente de los ardores de la política y, llegado el caso, de la devastación que trae consigo la guerra. Pese a la situación del país, la Federación Ucraniana de Fútbol confía en poder jugar el Mundial de Qatar 2022 en caso de que su selección pudiera superar las eliminatorias que aún le aguardan. Por ahora, como dicen, solo están pensando en salvar vidas y en ganar otra cosa: la guerra.


Vladímir Putin, el zar de un imperio imposible (y 2)

Un grafiti de Putin en Lviv, Ucrania. Foto Cordon Press.
Un grafiti de Putin en Lviv, Ucrania. Foto: Cordon Press.

Viene de «Putin, el zar de un imperio imposible (1)»

El jefe de los espías

El trasiego político y económico de Vladímir Putin vive una escalada asombrosa al llegar a Moscú y acceder hasta la jefatura del FSB (Servicio Federal de Seguridad, el antiguo KGB). En ese salto, siendo él un joven jefe, universitario, con un traje, una chaqueta y una corbata diferenciada de la vieja nomenklatura, uno de sus oficiales, convencido demócrata, le detalla la escandalosa corrupción del centro y las relaciones de miembros del servicio con la mafia. La respuesta de Putin fue echar al oficial que pensó que con su llegada las cosas iban a cambiar. Su nombre era Aleksandr Válterovich Litvinenko, la primera persona que se atrevió a describir el gobierno de Putin como «Estado mafioso», y que murió por envenenamiento en noviembre 2006. Postrado en la cama de la unidad de cuidados intensivos del Hospital Universitario de Londres, sin pelo a causa de la radiación de polonio y al borde la muerte, Litvinenko pidió que le hicieran una foto para aparecer en todos los medios de comunicación del mundo y acusar al entorno de su exjefe del FSB de su desgracia.

Serguéi Skripal, otro exespía ruso, jefe del GRU (la agencia de inteligencia militar rusa), acusado de trabajar para los servicios secretos americanos, estuvo también a punto de morir envenenado junto con su hija Yulia en Salisbury, en Reino Unido.

«En las últimas dos décadas ha habido una mortalidad sospechosamente alta de personas que se han opuesto al régimen de Putin: periodistas, activistas proderechos, personalidades políticas y de la sociedad rusa», explica en Putin. De espía a presidente, un documental de la BBC el periodista Vladímir Kará-Murzá. Como Skripal, como el disidente Alekséi Navalni, Kará-Murzá ha sufrido intentos de envenenamiento. A lo largo del mandato de Putin muchos otros opositores han acabado en prisión, como el jefe de la petrolera Yukos, Mijaíl Jodorkovski, o han muerto en extrañas circunstancias como el mismo Litvinenko: el magnate Borís Berezovski, las periodistas Anastasia Babúrova y Anna Politkóvskaya —y el abogado de su família Serguéi Markélov el empresario Nikolai Glushkov, el diputado Serguéi Yushenkov, la activista proderechos humanos Natalia Estemírova o el exministro y líder opositor Borís Nemtsov.

La lista es larga, quizás porque la ideología de Putin es antigua, de aquellas que desprecian la vida humana. No es demócrata, no es comunista ni capitalista: su motor ideológico es el dinero, el poder y la nostalgia de un imperio inexistente. En ese camino, viejo y polvoriento como el mundo, aparta a los que le hacen sombra, a los que denuncian sus movimientos o a los que le conocen demasiado. El jefe de los espías que llegará a ser primer ministro y presidente de todas las Rusias vivirá atrapado en lo que fue su sueño de juventud: la vida bajo el molde de hierro de un agente secreto soviético.

Kalashnikovs en las escuelas

En 1999 Yeltsin nombra a Putin su sucesor. El 31 de diciembre de ese año, mientras medio mundo festeja la llegada del siglo XXI y la frase «todo va a salir bien» —de cuño inequívocamente estadounidense— está en la mente de casi todos, en un mensaje televisado Putin se erige en la figura pétrea que con los años perfeccionará hasta la enajenación al advertir: «Hoy se me han asignado las funciones de jefe de Estado. Quiero subrayar que ni por un minuto en el país ha habido ni habrá un vacío de poder y las autoridades cortarán de raíz cualquier intento de quebrantar la legislación y la Constitución de Rusia». Uno de sus primeros decretos será reinstaurar la formación militar en las escuelas, como cuando en tiempos soviéticos niñas y niños podían montar un Kalashnikov en menos de diez segundos. 

Sus primera crisis como jefe máximo de Rusia fue el hundimiento del submarino nuclear Kursk, joya militar de la era postsoviética, en el mar de Barents. El gobierno de Putin dijo que todos los ciento dieciocho tripulantes murieron en menos de tres minutos, pero una investigación que recogieron los medios evidenció que veintitrés de ellos habían logrado sobrevivir un tiempo a las explosiones que causaron el hundimiento. La respuesta de Putin al descubrirse el descalabro fue recortar la libertad de prensa.

Ante las dificultades, Putin responde ampliando su poder y cincelando su figura de autócrata. En los sucesivos años una ola de atentados salvajes —en el metro de Moscú, en teatros y festivales de rock, en estaciones de tren, en carreras de caballos, en cafeterías, en mercados, en aviones— acaban sumando más de un millar de muertos y centenares de heridos. Ante ellos, la respuesta de Putin es de una dureza granítica. Está, por ejemplo, la masacre de la escuela de Beslán, en Osetia del Norte, tomada por separatistas chechenos, ocurrida en septiembre de 2004, donde el intento de rescate dejó trescientos treintamuertos, la mitad de ellos niñas y niños. En la sucesión de tragedias Putin no usa la ley, sino que utiliza la fuerza de la aniquilación. Ante el terrorismo responde con recortes de derechos y libertades hasta cambiar el democrático curso político y transformarlo en dictadura.

El rencor y el resentimiento 

La Constitución a la que solemnemente Putin apeló en su primera elección prohíbe un tercer mandato y en 2008 el elegido es Dmitri Medvédev. Putin pasa a ser la segunda figura política del país, pero por poco tiempo. Tres años después el candidato a presidente en las elecciones de 2012 será él. «Somos una nación de ganadores», gritará en uno de sus mítines. Efectivamente, el 4 de marzo 2012 se presentó como ganador entre denuncias de fraude, horas después del cierre del último colegio electoral en un país de diecisiete millones de kilómetros cuadrados y ciento cuarenta y cinco millones de habitantes. Apareció en televisión con lágrimas en los ojos, proclamando que las elecciones habían sido honestas y agradeciendo a los que habían dicho «sí a la Gran Rusia». En 2018 volvió a ganar las elecciones —el mandato presidencial había pasado de cuatro a seis años— y en 2020 impulsó una reforma en la Constitución que le permite mantenerse en el poder hasta 2036. 

En ese camino, en sus sucesivos discursos y acciones, Putin promete devolver el esplendor al país mientras lee atentamente Rusia. Revolución conservadora, de Aleksandr Dugin, un filósofo cuya tesis es que el mundo vive entregado al nihilismo y que alienta una fusión ideológica que aúne conservadurismo cristiano, patriotismo antioccidental y totalitarismo bolchevique.

Putin va adquiriendo cada vez más poder y riqueza, y en entrevistas y artículos se comprueba cómo va engrandeciendo su figura ante sus propios ojos. Tacha a Europa y a Estados Unidos de democracias hipócritas y arrogantes, y reclama respeto mientras usa ejércitos de trols y bots en internet para manipular elecciones y referéndums fuera de sus fronteras y utiliza el chantaje como forma de relación política.

Vive en un laberinto de resentimiento que se nutre de los libros de historia. En sus discursos denuncia el nulo reconocimiento del papel de la Unión Soviética en la victoria sobre los nazis en la Segunda Guerra Mundial, el juego sucio americano en la Guerra Fría, el desprecio al papel de Rusia como interlocutor de categoría en la guerra de Yugoslavia en los años 90, las sucesivas guerras imperialistas americanas en Afganistán o Irak, o la invitación de la OTAN a Georgia y Ucrania a unirse a sus filas. Según el analista Orville Schell, en sus actos oscuros y en sus palabras de rencor Putin busca un imposible: derribar el orden occidental y, a su vez, ser objeto de su estima.

La venganza y fuerza del vodka Koprotkin

Más allá de la fuerza del gas y el petróleo como fórmula de negociación, un gesto que busca ese regreso al tablero internacional de primera línea —utilizando el denominado soft power— son los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, en 2014. Putin se vuelca en los preparativos de este acontecimiento global con el que pretende devolver a Rusia su estatus de superpotencia. Pero todo se torcerá. En invierno de 2013 miles de personas se manifiestan en la plaza de la Independencia de Kiev a favor del ingreso de Ucrania en la Unión Europea. El mandatario no perdona ese despecho de lo considerado propio, porque esa es la peor de las traiciones. Hace más de mil años, cuando Moscú era apenas una aldea, el Rus de Kiev —una federación de grupos eslavos— dio origen a la identidad rusa. Ucrania es la madre de Rusia, y es también el hermano pequeño integrado en la URSS. El rechazo ucraniano es una tragedia para Putin, y el enfrentamiento es feroz.

Se suceden los muertos y los heridos en Kiev, en una incursión relámpago el ejército ruso se apodera de Crimea y hay enfrentamientos armados en la región ucraniana de Donbás. En las televisiones internacionales se pudo ver cómo miles de moscovitas se echaron a la calle gritando que aquella no era su guerra. Ya lo advirtieron en 2011 la banda de activistas punk Pussy Riot en su canción «Kropotkin Vodka»: siempre se puede ocupar la ciudad y manifestarte contra los oligarcas del Kremlin mientras tomas un buen trago de vodka. Esas marchas son una nueva ofensa a ojos de Putin y la mano de hierro se extiende más y más. El 27 de febrero 2015, a Boris Nemtsov, líder de la oposición rusa que encabezaba las protestas, le pegaron cuatro tiros en el puente Bolshoi Moskvoretski a menos de doscientos metros de Kremlin, una de las zonas más vigiladas de Europa.

Putin promueve el discurso de grandeza y seguridad pero siembra la destrucción. Ahora, siete años después de la doble humillación sufrida en las plazas de Kiev y en las calles de Moscú, tras un discurso plagado de alusiones a las guerras napoleónicas, a la Segunda Guerra Mundial, a Josef Stalin y al desmembramiento de la URSS, Putin ha decidido invadir Ucrania y bombardear civiles a las puertas de la Unión Europea. En los despachos de Bruselas, de Washington, de Pekín, de Nairobi, de Buenos Aires o Canberra, en la mayoría de hogares del mundo, estupefactos ante las pantallas, nadie sabe si nos enfrentamos a una guerra de corto aliento o a los inicios de la Guerra Mundial Z. 


Vladímir Putin, el zar de un imperio imposible (1)

Vladímir Putin, practicando judo alrededor de 1970. Foto Cordon Press.
Vladímir Putin, practicando judo alrededor de 1970. Foto: Cordon Press.

La nostalgia es una ideología y el resentimiento un motor. A treinta años del colapso de la URSS —un imperio que ocupó la sexta parte de la Tierra— Vladímir Putin utiliza la fuerza del terror para lograr un imposible: recuperar la idea de superpotencia física y mental de la Unión Soviética pero en el rostro conservador de una nueva Gran Rusia.

«Los acontecimientos han tomado un giro diferente. Ha ganado la línea de desmembramiento del país y de dislocación del Estado», anunció Mijaíl Gorbachov el día de Navidad de 1991 al declarar la disolución de la URSS. De esa fecha en adelante quince repúblicas que vivieron bajo mando soviético pasaron a convertirse en países independientes. Pero aquel punto final de la Guerra Fría ha resultado ser un punto y seguido. 

El último día del último año del siglo XX el presidente Yeltsin nombró a Vladímir Vladímirovich Putin su sucesor. Desde entonces, los movimientos del máximo jefe del Kremlin parecen dirigidos por la obsesión de reconstruir el mapa que saltó en pedazos aquella Navidad. Tras sucesivas incursiones de diferente pelaje en Chechenia, en Georgia, en Crimea o en Bielorrusia, Vladímir Putin ha invadido Ucrania. Pero ¿quién es Vladímir Putin?

La calle y el reloj

Durante la infancia la intemperie es la representación del mundo. En el piso comunal de Leningrado donde vivía la familia Vladímir Putin no había agua caliente ni baño, el váter apestaba y las discusiones entre familias y vecinos eran constantes. El niño Vladímir Putin, nacido en 1952, pasó gran parte de su tiempo persiguiendo ratas con un palo en ese espacio comunal donde «había peleas brutales, y donde se vivía el poder de las bandas callejeras y el culto a la fuerza. Para sobrevivir en este entorno tenía que ser astuto y brutal, parecer fuerte y no experimentar nunca dudas morales ni sufrimiento», escribe sobre los primeros años de Vladímir Putin el analista político Andrey Piontkovsky. 

En la adolescencia decidió profesionalizar esos golpes, y se apuntó a judo y a sambo —un arte marcial desarrollado para el Ejército Rojo y los servicios secretos soviéticos— en la sociedad deportiva de la Planta Metalúrgica de Leningrado, en la Avenida Kondratievsky. El ruido seco de la caída del contrario en la lona se convirtió en uno de sus sonidos favoritos, y con dieciocho años consiguió el cinturón negro.

En las calles de su ciudad una cosa diferenciaba a Vladímir Putin de los demás. Llevaba un reloj en la muñeca, objeto de asombro entre las bandas de sus enemigos y las de sus amigos. Ese reloj, resplandeciente en la grisura y la suciedad del barrio, denota hasta qué punto Vladímir Putin fue un hijo al que todo se le concede, un pequeño rey nacido de un matrimonio condenado a extinguirse. Durante la Segunda Guerra Mundial a su madre la creyeron muerta por inanición y la apilaron entre un montón de cadáveres durante el asedio de Leningrado, que duró ochocientos setenta y dos días y donde un un millón de personas murieron de hambre, uno de los agujeros más negros de la historia de horrores que es el siglo XX. Su padre luchó contra los nazis y estuvo a punto de morir varias veces: en la penúltima vez casi se congela en un estanque huyendo de los alemanes y en la última le tiraron una granada a los pies.

En ese camino casi imposible de vida, Vladímir fue un hijo-milagro que sobrevive a la muerte de dos hermanos nacidos antes que él. Quizás por ello en la relación con sus padres percibe la adoración de la figura del elegido.  

La juventud y la primavera

El mundo es hostil, y para imaginar su futuro el adolescente Vladímir se inspira en Escudo y espada, una película soviética de 1968 sobre Alexander Belov, un doble espía ruso en la Alemania nazi, un tipo duro cuyo perfecto conocimiento del alemán le permite hacer carrera en los cuarteles generales de las SS en Berlín y ayudar a la patria soviética. 

Esa fantasía juvenil modela sus movimientos en la vida real, y decidido a conseguir su propia insignia del escudo y la espada —emblema de la KGB (Comité para la Seguridad del Estado), los servicios secretos soviéticos—, Vladímir Putin se personó en una oficina gubernamental en Leningrado para convertirse en agente secreto. Le pidieron estudios superiores, se apuntó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Leningrado y aprendió alemán. 

Otra de sus inspiraciones juveniles fue Diecisiete instantes de una primavera, una serie de televisión soviética de 1973 protagonizada por otro doble espía llamado Stierlirtz, infiltrado en el Estado Mayor nazi en misión de averiguar las negociaciones de paz que Hitler y Occidente están pertrechando a espaldas de la URSS. 

En 1999 le preguntaron si cuando se alistó a la KGB conocía las purgas de Stalin y la terrorífica reputación de los organismos de seguridad. Su respuesta fue: «Para ser sincero, no pensé en ello en absoluto. Ni un poco. Mi idea de la KGB provenía de las historias románticas de espías. Yo era un producto puro y absolutamente exitoso de la educación patriótica soviética». La representación del mundo proviene en parte de nuestra labor cotidiana y la mentalidad del agente secreto está forjada a hierro entre la sospecha y la conspiración. 

Dresde y la cerveza alemana

Las ilusiones juveniles duran poco. La KGB destina a Vladímir Putin a Alemania del Este, pero no a Berlín —la capital mundial de los espías entonces— si no a Dresde, una ciudad aún arrasada, con vivos rastros de ruina desde los bombardeos de la aviación angloamericana en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. Allí vivió desde 1985 a 1990 con su joven mujer Lyudmila Aleksándrovna Pútina, azafata de la compañía aérea Aeroflot, y sus dos hijas. Su cargo era tan anodino en la jerarquía secreta que podía ser fotografiado en bares alternando y bebiendo cerveza Radeberger Pilsner sin ningún tipo de problema. Aunque también se especula que en realidad formaba parte del servicio de disidencia interna de la KGB: el espía que espía —y delata— a sus propios camaradas. 

La oficina de la KGB en Dresde estaba en el edificio de la Stasi, la policía secreta de Alemania Oriental. Cuando en 1989, en la ola de acontecimientos que llevaron a la caída del muro de Berlín, una multitud enfurecida destrozó las oficinas de la policía alemana, Putin llamó al mando militar soviético para pedir ayuda. La respuesta a esa llamada fue: «No podemos hacer nada sin órdenes de Moscú. Y Moscú no dice nada». Los movimientos sísmicos de la historia estaban llegando también a las puertas del imperio soviético. 

Política y negocios en el ayuntamiento de San Petersburgo

Vladímir Putin regresa con su familia a Leningrado, que recupera el nombre de San Petersburgo el 5 de septiembre de 1991. Como a la mayoría de los habitantes de la ex Unión Soviética, la inmediatez del cambio de paradigma histórico le ha dejado estupefacto. Se siente perdido. La KGB —cuyas siglas fueron tan temidas en el ancho mundo— parece haberse convertido en humo. Se plantea trabajar de taxista. Su futuro no es el que pensó. «Se encontró en un país que había cambiado de una manera que no entendía y no quería aceptar», según Masha Gessen, autora de El hombre sin rostro. El sorprendente ascenso de Vladímir Putin.

Tiene un golpe de suerte. Su experiencia en el extranjero le facilita un puesto modesto hasta entrar en el mundo de la política gracias a Anatoli Sobchak, uno de sus antiguos profesores de universidad y nuevo alcalde de San Petersburgo. En un vídeo de presentación de los miembros del equipo municipal, Vladímir Putin aparece conduciendo por las calles de la ciudad, en una réplica casi exacta de una escena del espía Stierlirtz en Diecisiete instantes de una primavera, con la banda sonora de la serie de fondo. 

En ese tiempo de ruina económica, caos político y corrupción, cuando el comunismo se ha hundido y el andamiaje capitalista está por construir, Vladímir Putin entra en contacto con Anatoli Chubáis, uno de los padres del proceso de privatización que le introduce en el mundo de los negocios. Su carrera hacia el poder y el dinero va a más. En una crisis que lleva al Ayuntamiento de San Petersburgo —la ciudad que con el nombre de Leningrado vivió el cerco del hambre más atroz— a introducir de nuevo cartillas de racionamiento, varios concejales como Marina Salié y Yuri Gladkov acusaron a Putin de firmar dudosos contratos y de hacer desaparecer setenta millones de euros. El escándalo llevó al consistorio a pedir al alcalde Sobchak la destitución de Vladímir Putin, pero su respuesta fue dotarle de más poderes.

(Continúa aquí)


Ruth Ferrero-Turrión: «De cómo se resuelva el conflicto en Ucrania dependerá el comportamiento de China en su área de influencia»

Ruth Ferrero-Turrión

La crisis ucraniana parecía un intercambio de faroles entre Rusia y las potencias occidentales de cara a reforzar las posturas en una próxima negociación, pero conforme se han ido aclarando las intenciones de Moscú, la incertidumbre ha ido en aumento hasta estallar el conflicto. La historia de Ucrania es la de un Estado joven que ha tenido que afrontar una serie de desequilibrios internos y externos y cambios críticos en los últimos treinta años que al final se están revelando como insalvables. Un escenario demasiado complejo para ventilárselo con opiniones dogmáticas o interesadas.

Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política en la UCM, donde dirige el Diploma Geopolítica de los Conflictos Congelados y es investigadora adscrita al Instituto Complutense de Estudios Internacionales, lleva desde los años 90 trabajando sobre el espacio postsoviético. Ha estado sobre el terreno como observadora internacional en prácticamente todos los países de la región. En Albania vivió en primera persona el colapso del Estado tras la crisis de las piramidales, en Macedonia el conato de guerra de 2001, en Ucrania las elecciones que le dieron el poder a Kuchma en 1999 y, en Rusia, la última victoria de Putin. Sus análisis sobre las relaciones entre Moscú y Kiev publicados en la Revista Cidob d’Afers Internacionals o el libro Ucrania. De la Revolución del Maidan a la Guerra en el Donbás, coordinado por Rubén Ruiz-Ramas, destacan por tratar de aportar una perspectiva lo más amplia posible a una crisis en la que hay demasiados intereses en juego. Por eso mismo hemos querido que ella nos dé su visión de la política ucraniana desde la independencia del país en 1991.

¿Cómo valora las declaraciones de Putin en la rueda de prensa, ya histórica, del lunes 21, y el ataque de la madrugada del 24?

El discurso del día 21 de febrero es un discurso esencialmente mesiánico dónde vincula los orígenes de la nación rusa con Ucrania negando directamente la estatalidad de este país y, por tanto, realizando una apelación a su desmembramiento. No es un discurso especialmente novedoso, ya que las cuestiones a las que se refiere ya habían aparecido en intervenciones anteriores.

Una de las mas significativas fue el largo artículo, cinco mil palabras, publicado el 12 de julio de 2021 titulado «Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos». Ya entonces explicaba las razones históricas, geográficas, culturales según las cuales Ucrania no tenía derecho a ser un país independiente de Rusia, sino que debía estar sometido a su voluntad, voluntaria o involuntariamente. Apelaba también entonces a la generosidad con la que Rusia había tratado a Ucrania, incluidas las inversiones y apoyos económicos prestados al país eslavo gracias a las que se había ahorrado ingentes cantidades de dinero, en referencia directa a las rebajas en la importación de gas. Y consideraba que esta generosidad había sido traicionada desde 2004 con la Revolución Naranja, y más adelante con el Maidán en 2014, cuando su «protegida» se había lanzado a los brazos de unos enemigos que fomentaban la rusofobia en el país.

Este mismo discurso es el que ha repetido Putin, con un tono aún más paternalista y controlador propio de potencias imperiales que resisten a perder territorios. Porque eso es lo que Rusia no asume, la pérdida del imperio, primero zarista y luego el soviético.

También ha sido un giro inesperado de los acontecimientos, porque desde una perspectiva absolutamente pragmática, Rusia no tiene nada que ganar con esta decisión. Y no solo no tiene nada que ganar, sino que, además, tiene un efecto, entiendo que no deseado desde el Kremlin, que es el de dotar de una mayor unidad y cohesión tanto a la OTAN como la Unión Europea. Si uno de los principales objetivos de Putin era dividir a sus adversarios, desde luego este movimiento consigue todo lo contrario.

El ataque masivo lanzado por Putin va más allá de lo que muchos pensábamos. No se ha quedado en el mero reconocimiento y ocupación de la parte controlada por los prorrusos del Donbás, sino que ha lanzado un ataque masivo a todo el territorio ucraniano. Esa situación lleva, sin duda, a un conflicto abierto con el ejército ucraniano, un ejército que está mucho mejor armado y entrenado que en el año 2014, cuando comenzó todo el conflicto en la región.

Creo que este movimiento del Kremlin parece buscar todo lo que intentaba evitar y carece de toda racionalidad. Refuerza y cohesiona a la OTAN y a su razón de ser, cohesiona, al menos en un primer momento a la UE; genera un mayor sentimiento antirruso entre la ciudadanía ucraniana e incrementa el número de tropas norteamericanas en Europa.

Veremos cómo se desarrolla el conflicto, pero lo que de momento sí se puede afirmar es que este movimiento otorga carta de defunción a los Acuerdos de Minsk, la única herramienta diplomática de la que se disponía para intentar resolver, al menos parcialmente, el origen de la tensión en la región. A partir de este momento nada va a volver a ser como a principios de este año, tanto para Rusia, como para, por supuesto, Ucrania y su población civil, y para el resto del mundo. Sin duda todas estas acciones tendrán consecuencias en la reorganización geopolítica en Europa, pero también más allá de Europa. Tendremos que esperar y ver cómo se desarrolla esta nueva guerra en Europa; una guerra del siglo XX en pleno siglo XXI.

¿A qué siglo hay que remontarse para empezar a hablar de Ucrania?

Depende a qué nos estemos refiriendo. Siempre es complejo identificar el origen del sentimiento nacional. El nacimiento de la identidad nacional rusa está asociado con el Principado del Rus de Kiev, hay un proverbio ruso que dice «San Petersburgo fue la cabeza de Rusia, Moscú su corazón y Kiev la madre». Sin embargo, ya en el siglo XVII, las poblaciones lituanas, cosacas polacas bajo la tutela del Imperio ruso empezaron a pedir autonomía. Del mismo modo, Ucrania en el siglo XIX no tenía una delimitación fronteriza asentada, ya que partes de su territorio se las disputaban Polonia, Rusia y el Imperio austrohúngaro, que es donde está el origen de las dos Ucranias, la occidental y la oriental. 

Rusia y Ucrania están unidas por fuertes lazos históricos, la misma identidad rusa nace en Kiev, y ahí es difícil desvincular claramente a la nación ucraniana. Históricamente podemos encontrar una lengua ucraniana diferenciada del ruso, pero esto no conforma por sí misma la idea colectiva de formar una nación. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la construcción de los grandes imperios multinacionales se realiza sobre la incorporación a los mismos de distintas minorías nacionales y étnicas, y son esas minorías las que en los periodos de disolución de los grandes imperios reclaman la construcción de sus Estados-nación.

Esa es una de las claves para entender esta región, conocida como espacio postsoviético. Por poner un ejemplo, la ciudad ucraniana de Chernivtsí, se denominó en distintos momentos históricos Czerniowce en polaco, Czernowitz en alemán, Cernăuți en rumano o Черновцы en ruso, en función de su adscripción estatal. De hecho, grandes literatos en alemán como Paul Celan o Von Rezzori, nacieron y se formaron en ese territorio de la actual Ucrania. Hoy, en Ucrania, residen quince minorías nacionales. Es un país diverso y multinacional con presencia de rumanos, húngaros, tártaros, armenios, judíos, polacos, etc y, por supuesto, también rusos.

Ruth Ferrero-Turrión

Antes de la Revolución del 17 hubo una declaración de independencia.

Sí, y tras la revolución de 1917 muchas minorías del Imperio ruso exigieron una mayor autonomía. La República Popular de Ucrania fue declarada entidad autónoma gobernada por un Tsentralna Rada (Consejo Central) controlado por los bolcheviques, pero tras la revuelta en Kiev y la pérdida de control del territorio, los rusos establecieron una República Ucraniana con capital en Jarkov. Así fueron apareciendo diversas entidades enfrentadas entre sí. La República Popular Ucraniana, en Galicia Oriental, controlada por polacos que dieron su lealtad a las Segunda República Polaca y la República Popular de Ucrania Occidental, en el este de Galicia, controlada por ucranianos y polacos. Ambas terminarían uniéndose en enero de 1919. Por su parte, en 1918, los patriotas ucranianos habían proclamado el II Hetmanato subordinado al ejército alemán y liderado por Pavlo Skoropadsky. En fin, todas estuvieron enfrentadas hasta que en 1921, tras la batalla de Varsovia, se proclamó la Ucrania soviética. No era todo el territorio actual, una parte al este era Polonia, otra al sur la disputaba Rumanía y el oeste era rusófono. 

La identidad nacional ucraniana tal y como es concebida actualmente realmente no llega hasta los 90, cuando unos políticos hábiles reivindican una construcción nacional que sintetiza la la identidad ucraniana con la rusa, porque el territorio acomoda poblaciones rusas y ucranianas, junto con el resto de minorías nacionales que permanecen en las fronteras actuales. Esto hay que enmarcarlo en el fenómeno que distingue las repúblicas de la URSS que tenían población rusa antes de la Revolución, antes de la caída del Imperio zarista, y en las que los rusos ejercieron como potencia colonial y empezaron a enviar población a partir de 1945 en sucesivas olas migratorias. De este modo, se diferencia a la población rusa que residía en estos territorios antes de la URSS y los rusos llegados como consecuencia de la construcción del Estado soviético. En el caso de Ucrania y de Kazajistán, por ejemplo, la mayoría de la población rusófona lleva milenios en el territorio.

Con el zar, de todos modos, ya había un foco de industrialización en Ucrania muy importante que atrajo mano de obra rusófona.

Era una zona altamente industrializada, pero también muy vinculada a la exportación de cereales. Hay un dicho castellano que reza «agua, sol y guerra en Sebastopol», en referencia a la Guerra de Crimea a finales del 1853. Un conflicto que interesaba a Castilla dado que Ucrania era el principal competidor en exportación de cereales de la época. Se suele decir que a España no le afectan los asuntos del este Europeo y, sin embargo, este es solo un ejemplo de ese error.

El marxismo-leninismo introdujo el derecho de autodeterminación, que resolvía el problema nacional con la introducción del derecho a la secesión en las constituciones de las repúblicas que integraban la URSS, aunque luego la posibilidad de ejercer ese derecho era muy relativa.

Efectivamente, en la URSS, Lenin introdujo este derecho, eso sí, con matices. Cada soviet tenía esa capacidad de decisión, si bien cualquier intento de salida de los límites de la URSS no estaba contemplado. También, fue así en los estados federados, pero no en provincias autónomas u otro tipo de regiones, pero estas repúblicas tenían reconocido el derecho a la autodeterminación en su constitución y eso fue determinante en los posteriores procesos de desintegración de los Estados federales de tipo soviético, la propia URSS, o Yugoslavia y Checoslovaquia. De hecho, estos procesos tuvieron cierto eco en los debates parlamentarios españoles, especialmente con la independencia de los Países Bálticos, y más adelante durante el proceso de disolución yugoslavo. Ambos casos fueron llevados al Congreso de los Diputados por el PNV, en el primer caso, y por ERC en el segundo.

Era un derecho a la autodeterminación solo sobre el papel.

Pero sirvió para activar legalmente la secesión de las repúblicas a partir de 1991. Además, es importante recordar que las constituciones comunistas que se aprobaron después del 45 incorporaron derechos sociales que no tenían las occidentales, como por ejemplo, el derecho a las vacaciones pagadas, si bien no existía el derecho a elegir destino, claro. También se incluyó la redistribución de las tierras, algo fundamental en países esencialmente agrarios y dónde las identidades estaban vinculadas a una estratificación social heredada de los imperios.

Esto venía del Imperio austrohúngaro, que estaba compuesto por lo que se conocía como la Monarquía Dual desde 1867, con gobiernos en Viena y Budapest. Los austríacos resolvían así las aspiraciones emancipatorias húngaras, pero dejaron en un segundo plano las de los pueblos eslavos y los italianos, a los que se les dio el rango de nacionalidades del imperio. Además, en este imperio multinacional existía una estratificación social en función del grupo nacional al que se estuviera adscrito. De este modo, eslovacos, rumanos, ucranianos se asocian al campesinado y al mundo rural, los húngaros eran los caballeros encargados de la protección de las fronteras del imperio; judíos y alemanes trabajaban en las ciudades, en comercio y banca, mientras que los gitanos tenían asignada las funciones de limpieza y artesanías. este tipo de distribución permaneció parcialmente también durante el periodo soviético.

En el caso de Ucrania, la estratificación estaba muy clara y los líderes nacionalistas ucranianos la reivindicaron para diferenciarse de los rusos en el sentido étnico del término. Sobre esa base se empieza a construir la identidad esencialista ucraniana. Hay que tener en cuenta que desde 1990 hasta 2004, el proceso de construcción nacional da lugar a una identidad muy cívica, muy republicana. Sin embargo, el estallido de la Revolución Naranja en 2004, se sostuvo sobre la base de la regeneración política, pero también sobre la base de la exaltación un nacionalismo identitario. Un ejemplo de lo anterior se puede observar en la puesta en escena de Yulia Timoshenko, que utiliza el peinado y vestuario tradicional campesino ucraniano con el fin de apelar a esa identidad que se construye frente a la rusa.

Con Lenin se establecieron unas fronteras del Estado Ucraniano en la URSS, pero luego, con Stalin ¿cómo afectaron las colectivizaciones forzosas y la Gran Hambruna?

Hubo un intento de sometimiento porque, precisamente, Ucrania era el granero de la URSS. Fue un interés netamente económico, que también fue utilizado políticamente. Stalin no quiso depender del rendimiento de las pequeñas explotaciones minifundistas de cereal, al tiempo que veía como amenaza una potencial asociación campesina contra su régimen. La forma de eliminar a los intermediarios fue la colectivización de la tierra, y de paso terminaba con la capacidad asociativa del campesinado. Era una política claramente jacobina, centralizaba los ingresos y el Estado se encargaba de la redistribución. La gran hambruna que se vivió durante los años 30 en Ucrania marcó probablemente un punto de inflexión en el proceso de construcción de la identidad ucraniana frente al enemigo ruso. Para entender este episodio, recomendaría Hambruna Roja de Anne Applebaum o Tierras de Sangre de Timothy Snyder, que han narrado la situación vivida en durante ese periodo de manera magistral.

Aproximadamente un ochenta por ciento de la población se quedó sin nada. Era una reestructuración económica que se estaba llevando a cabo en todo el territorio de la URSS, pero el impacto en Ucrania fue mucho mayor. Además, los ucranianos étnicos eran mayoritariamente campesinos, fue a ellos a quien más afectó, porque los rusos estaban principalmente en la zona industrializada, donde se hizo la gran inversión estalinista de modernización industrial. Si no estás familiarizado con este tipo de hitos históricos, ves a Timoshenko con trenzas y piensas que quiere parecerse a Leia de La guerra de las galaxias, pero en realidad, apelaba a un relato que permanece en la memoria colectiva de una parte sustantiva de la población. 

Reivindicaba al campesinado como hacedores de la nación, la resistencia frente al ruso que les ha machacado durante siglos, identificaba a Stalin con el ruso, y así pretendía movilizar a la ciudadanía afín en esa dirección. Luego vendría la normalización lingüística. La primera vez que fui a Ucrania con la OSCE, en 1999, acababan de sacar las cartillas de guardería en ucraniano, no tenían todavía y habían pasado diez años de la independencia. Antes, solo se hablaba en casa, se encontraba en una situación como había estado aquí el euskera. La lengua franca entonces todavía seguía siendo el ruso. 

Con Jrushchov hubo una especie de primavera soviética en Ucrania, con Petro Shelest se reivindicó la cultura nacional, sin embargo, con el golpe incruento de Breznev, se purgó a los líderes e intelectuales que habían participado en el movimiento y se pasó a un periodo conocido como «la rusificación« con el gobierno del rusófono Volodymyr Shcherbytsky…

Los líderes comunistas desde los años 70 lanzaron políticas de homogeneización étnica en todos los territorios siguiendo las pautas marcadas desde Moscú. Tras la II Guerra Mundial, los soviéticos controlaban Europa central y oriental, allí se implantaron regímenes a imagen y semejanza del estalinista. Durante los primeros años, de hecho, a pesar del profundo antisemitismo que siempre había existido en esta región, desde Moscú se protegió a la intellitentsia judía, que había colaborado en la lucha contra el nazismo, puesto que, además, le concedía cierto prestigio exterior. Sin embargo, en los 50 empezaron purgas dirigidas a los judíos y los procesos de homogeneización etnonacional. El objetivo era la construcción de repúblicas populares comunistas en países étnicamente homogéneos. Se trataba de evitar divisiones internas como consecuencia de la diversidad nacional, puesto que se temía que las minorías pudieran componer una suerte de quinta columna. Pretendían evitar cualquier «desviación nacionalista» que distrajera de la implantación del socialismo. Y todo esto se aplica en Ucrania.

Estas políticas para la homogeneización fueron muy comunes en los años 70. Hubo procesos de bulgarización en Bulgaria, de rumanización en Rumanía… Sin embargo, en Ucrania no fue tan sencillo. Las distintas intentonas de ucranianización en el seno del Partido Comunista Ucraniano fueron vistas desde Moscú como contrarrevolucionarias y todos sus líderes fueron purgados. Más adelante, se inició un proceso de rusificación a través de la implantación de la educación básica en ruso, y desde los 80 el ruso sería la lengua dominante en educación primaria. Los ucranianos tenían permitido utilizar su lengua, pero la lengua franca era el ruso y los rusos estaban asentados en las grandes ciudades del territorio. Se intentó fortalecer una identidad rusa vinculada a los procesos de industrialización. La lengua ucraniana perdió peso específico. Esta dinámica junto con la llegada de más rusos a las zonas industriales generó desequilibrios demográficos en el territorio. 

Las guerras demográficas al final son así y Ucrania no fue una excepción. Por ejemplo, en Rumanía se pudo observar como Ceaucescu utilizaba el proceso de modernización industrial llevado a cabo en Transilvania para conseguir un doble objetivo. De un lado poner en marcha un polo de industrialización en el país y, de otro, reducir el peso demográfico de los magiares en esa región al favorecer la llegada de trabajadores rumanos procedentes de la zona de Wallachia. Así redujo el desequilibrio regional y debilitó las pretensiones irredentistas. 

Creo que hay una continuidad continental con más puntos en común de los que nos pensamos, vemos siempre a Europa central y del este como algo diferente y, aunque tengan sus peculiaridades, no son bichos raros. Cuando se dan una serie de condiciones, ocurre lo mismo en todas partes. En la España franquista se puede observar como las migraciones interiores campo ciudad también impactaron en el equilibrio demográfico de los polos de atracción industriales. Y ello debilitaba potenciales reivindicaciones nacionales.

¿Esos movimientos no habían existido ya antes del franquismo?

Sí, pero en los años 60 fue cuando se produce una reforma estructural de la economía en España, lo que potenció un movimiento sin precedentes. La ausencia de avance modernizador en el campo, junto con la posibilidad de mejorar en las condiciones de vida sin duda fueron causas decisivas de este proceso migratorio. Entonces, un millón y medio de personas migraron al extranjero, frente a los dos millones que lo hicieron hacia los polos industriales del País Vasco y Cataluña. La política económica, sin duda, tiene un impacto en la demografía y España no es una excepción.

Ruth Ferrero-Turrión

Cuando Ucrania logró su independencia en agosto del 91, fue con un noventa y dos por ciento del voto. A pesar de las consecuencias de la rusificación y una población tan diversa, la mayoría se pusieron de acuerdo en que independientes de Moscú iban a estar mejor

El momento era propicio, era una fase de desintegración absoluta. No solo había una gran debilidad en el centro, en Moscú, sino la percepción del fracaso de todo el proyecto soviético, unido también a la tragedia de Chernóbil. Todo eso impulsó el proceso de independencia. También fue una época de florecimiento de los nacionalismos en Europa; nacionalismos que habían permanecido congelados desde el fin de la II Guerra Mundial. De repente, esos territorios se encontraron empoderados y con el respaldo legal que hemos mencionado para la construcción de su propio Estado-nación.

El problema es que estos nuevos Estados surgidos de la disolución de la URSS tuvieron que abordar a la vez procesos de cambio político, cambio económico, cambio cultural y la construcción de una institucionalidad. La nueva identidad se creó frente al ruso, al que se consideraba gran invasor desde el 45, de ahí que incluso se hable de proceso de descolonización del imperio soviético con todo lo que ello implica. 

Muchos de estos nuevos Estados apenas habían tenido unos años de independencia estatal durante el periodo de entreguerras, como es el caso de los Bálticos, pero los procesos de construcción nacional se realizaron sobre bases etnocéntricas, así en Estonia y Letonia no se reconoce la ciudadanía a aquellas personas que hubieran llegado al territorio con posterioridad a junio de 1940, fecha de la invasión soviética. Por ejemplo, creo el futbolista Valeri Karpin obtuvo su pasaporte estonio puesto que su abuelo había nacido en territorio estonio antes de 1939.

Lograron generar ilusión con la independencia ante la decadencia general que les rodeaba, pero la sorpresa llegó enseguida. Un ochenta por ciento de la economía ucraniana dependía de la URSS y, con su desintegración, se hundió. Sufrieron el colapso económico del comunismo y el colapso económico del postcomunismo.

Las dependencias económicas en el CAME/COMECON eran tremendas y, además, monocultivo. Cada estado estaba especializado en la exportación de un producto. Simplificando, los búlgaros se especializaron en la exportación de carne de cerdo y perfume de rosas, los Bálticos en la construcción de maquinaria especializada, como teléfonos y ordenadores, y los ucranianos tenían la industria metalúrgica pesada. Para los Bálticos la posición era muy buena, porque su industria se pudo modernizar y adaptar al mercado internacional globalizado, pero la industria pesada ucraniana y el cereal, en un país de dimensiones tan grandes, estaban en declive. Además, tenían una gran dependencia energética, un hecho clave en sus relaciones con Rusia. Si a eso le quitas el centro inversor, que era Moscú, se produce el desastre. Los estalinistas presumen de que la última gran inversión industrial en el territorio la hizo Stalin y, efectivamente, así es. Ningún otro líder soviético hizo una inversión semejante orientada a la modernización industrial del país. Los primeros años del proceso de independencia fueron años durísimos para las poblaciones. El desmantelamiento de las estructuras sociales y económicas sostenidas por el Estado hasta entonces y los procesos de privatización provocaron desempleo y pobreza, además de una inflación que alcanzó números de tres y cuatro cifras. 

Llegó un momento en el que para salir de ese bache y para recibir créditos del FMI, tenían que racionalizar la economía, para el FMI en ese momento racionalizar significa reducir el gasto social y privatizar. En la parte industrializada, en Donbás y esa franja oriental, ya estaban desencantados con el hundimiento económico tras la independencia y ahora se les exigían más sacrificios. A la vez, los partidarios de esas reformas eran los sectores nacionalistas ucranianos esencialistas…

En el caso de Ucrania, por sus vínculos tan cerrados con Rusia, no se pusieron mecanismos de cambio económico de la dimensión de los ocurridos en la República Checa, Hungría o Rumanía, donde, aparte de las dimensiones, jugaba un papel el horizonte de integración en la Unión Europea. Además, Moscú ejercía una posición de dominio aprovechando la dependencia energética, algo que también ocurrió parcialmente en Bielorrusia. Sin embargo, el hundimiento de la bolsa rusa a finales de los años 90 tuvo un fuerte impacto en Ucrania. No había dinero para invertir en una modernización industrial que permitiera cumplir con las exigencias de los mercados globalizados. En ese contexto aparecieron los primeros movimientos políticos que reivindicaban una mayor aproximación a la Unión Europea y Estados Unidos porque creían que les obtendrían más rendimientos que los vínculos que mantenían con Rusia, que en ese momento estaba atravesando una profunda crisis. Esta dinámica duró ocho o diez años hasta que llegó Putin, pero en esa época será cuando Occidente, en una acción que subestimaba la capacidad rusa, puso en marcha el proceso de ampliación de la OTAN.

Sin embargo, en esas fechas también hubo encuestas en Ucrania en las que apareció que la popularidad de Rusia era mayor en los que tenían entre diecinueve y cuarenta y cuatro años en lugar de los mayores, lo que hubiese sido más natural por eso de echar de menos un pasado donde todo era más estable y previsible.

Seguramente, ese dato se explica porque los mayores vivieron el declive de los 70, mientras los jóvenes ven esa época con nostalgia. Es la famosa nostalgia de la que tanto se habla. Creen que les iba mejor con la URSS, pero lo creen los que no lo han vivido. Ellos solo saben que sus padres tenían calefacción todos los días y asistencia médica gratuita, pero sus padres lo que recuerdan es cómo fueron deteriorándose estos servicios y se reducían los subsidios que llegaban de Moscú.

Desde Occidente se les exigían reformas, grandes sacrificios, con la idea de que había que estar peor para poder estar mejor…

Eso se hace porque se sabía que no quedaba otra, su situación era calamitosa, pero aquí hay que tener en cuenta que, cuando se gana una guerra, no se puede humillar al perdedor, y eso es lo que se hizo con estos países. En un momento de debilidad extrema, se les daban créditos a un interés elevado, mientras que los herederos del aparato estatal soviético se apropiaban de los recursos estatales vía privatizaciones. Se pasó del paraíso de la igualdad de la URSS, que no lo era, a uno de concentración absoluta de la riqueza. Un capitalismo mafioso, tal y como lo denominó Carlos Taibo.

Con todo, hubo varios modelos de privatización. Hubo terapias de choque en las que se puso todo a la venta, es lo que hizo Hungría, y se las vendió al capital extranjero, no dejó nada dentro, mientras en otros casos, como el checo, se hizo una transición más tranquila, privatizaron, pero con un modelo más cooperativo en el que en algunas industrias los trabajadores participaron el proceso, así pudieron frenar la caída libre de la economía que sufrieron todos estos países. En los demás, la descapitalización del Estado generó grandes dosis de clientelismo y corrupción. En el caso ucraniano, como en tantos otros, aparecieron los famosos oligarcas, grandes señores herederos del aparato soviético y que tenían controlados los territorios.

La cuestión es que se les exigían sacrificios desde el oeste, mientras ese oeste se aprovechaba la apertura de esos mercados.

Eso no creo que llegue hasta Ucrania o Bielorrusia. En el caso de los países de la integración de 2004 y 2007 los objetivos para las reformas estaban claros, la integración en la Unión Europea, sin embargo, el caso ucraniano nunca ha estado en la agenda de Bruselas, de hecho, hasta el año 2013 no se habla de la perspectiva europea del país, y eso fue, digamos, «interpretado» como una puerta abierta a una potencial adhesión a las instituciones europeas.

El primer líder de la Ucrania independiente, Leonid Kuchma, presidente entre 1994 y 2005, que en la URSS había sido diseñador de misiles nucleares, había trabajado en el SS-18, conocido como «Satán», llegó al poder aupado por el clan de Dnipropetrovsk… ¿Qué son esos clanes?

Diría que los clanes son el reflejo de cómo los caciques controlan los medios de producción e industria de determinadas regiones. En el capítulo «Oligarquía, regionalismo e inestabilidad: el sistema político ucraniano» en el libro de 2016 Ucrania. De la revolución del Maidan a la Guerra en el Donbass coordinado por Rubén Ruiz Ramas, se explicaba muy bien quiénes eran los oligarcas y cuáles eran y son su disputas por el poder político y económico hasta rivalizar por ser presidentes de la república. El último ha sido Poroshenko.

Poroshenko llegó él mismo al poder, fue el primero que lo hizo directamente, los anteriores presidentes tenían todos un magnate detrás, incluso el actual. 

Estamos hablando de economías mafiosas y sus dinámicas de funcionamiento son también mafiosas. Tenemos un clan que controla económicamente una región, todo se circunscribe a sus redes clientelares, y con ellas domina ese territorio, lo que les permite controlar también el poder político para no perder privilegios adquiridos, que venían ya del régimen anterior. Por eso, al hablar de nacionalismos hay también que tener cuidado porque muchas veces es más importante tener en cuenta cuál es el poder económico que está detrás. 

Una buena parte de las resistencias al acuerdo con la Unión Europea en 2013 vinieron por parte de los oligarcas orientales que consideraban que perderían capacidad competitiva ya que sus empresas estaban sin modernizar. este problema lo ha tenido toda la industria postsoviética, que se encontraba en una situación de obsolescencia con mucha falta de inversiones. De modo que si no entras a competir en el mercado global, puedes mantener el negocio, pero si te integras te comen la cuota de mercado y llegan multinacionales extranjeras que arrasan la industria local… Es algo que es inevitable, pero que se intentó dilatar. Además, otro problema que agrava esta situación es la estabilidad. Si no la hay, no llega la inversión extranjera. En un círculo vicioso. De esta pugna poco se habla cuando se hacen análisis. 

Kuchma se encontraba ante la tesitura de que si hacía reformas económicas podía afectar a la unidad del país por las regiones con esa situación industrial.

Probablemente, la parte más industrial, el este, podría haber intentado unirse a la Federación Rusa. 

Este problema lleva latente años, no es una novedad.

Efectivamente, si se hacía una reconversión industrial afectaría a los magnates y también a las familias que vivían de ese sector. Todo esto con el agravante de que la población mayoritaria de esos territorios es rusa o rusófona y que no hacía mucho pertenecían al mismo Estado, la URSS. Eso disparaba la mentalidad de «como ahora nos gobiernan los ucranianos nos va así de mal, yo quiero irme con mi madre patria que es Moscú».

Ruth Ferrero-Turrión

Kuchma quiso entrar en la UE y en la OTAN y ambas le dijeron que no, qué paradoja con lo que estamos viviendo actualmente.

Esto ocurrió durante el momento de máxima debilidad de Rusia, en los años noventa. Kuchma, muy hábilmente, quiso aproximarse a Occidente dada la precaria situación de Moscú. No sabemos cómo respaldaba este movimiento la población, porque los procesos electorales de entonces eran poco claros y las encuestas de opinión pública poco fiables en una democracia de bajo rendimiento y con altos niveles de corrupción. En todo caso, nunca ha habido una oferta de ampliación por parte de la UE, ni tampoco una solicitud formal por parte de Ucrania para ello.

La primera vez que se habló de ampliación hacia Europa del este fue en el 95, hasta 2000 no se tomó una decisión y no fue hasta el Tratado de Niza cuando se comenzaron a preparar las instituciones para incorporar a los países del este. Nunca se puso encima de la mesa la incorporación de países como Bielorrusia, Ucrania, o incluso Moldavia. 

Ucrania era a todas luces inasumible. Piensa que, incluso para algunos, Polonia era inasumible por su tamaño y población, imagina un país de las dimensiones de Ucrania… Incluso en el caso de la ampliación de la OTAN, en los noventa no se planteaba la incorporación de países que hubieran formado parte de la URSS, por lo que Ucrania quedaba a todas luces descartada.

Otro fenómeno que ocurrió con Kuchma y tuvo gran importancia es que empezó a concentrar poder. Después, tanto en la Revolución Naranja como en el Maidán se exigió un reparto más democrático del poder y menos presidencialismo.

Los líderes con tics autoritarios lo primero que hacen es reforzar la figura del presidente o el primer ministro. Lo acabamos de ver en Hungría, por ejemplo. En Ucrania se fueron introduciendo más rasgos de tipo presidencial para poder controlar todo el poder político y económico desde arriba. Es un ataque directo a la división de poderes. Por eso estas manifestaciones de Kuchma de acercarse a la UE no las vi como ninguna una perspectiva europea, sino como forma de controlar las redes clientelares y la corrupción. Una pataleta contra Moscú.

Estados Unidos convirtió a Ucrania en estas fechas en el tercer receptor de ayuda después de Israel y Egipto.

Eran los años Clinton, sabían de la debilidad de Yeltsin en Moscú y la sensibilidad que tenía Rusia con Ucrania. este paso está relacionado con la ampliación de la OTAN, que es lo que Rusia no está dispuesta a tolerar ni a aceptar. Es el origen de la tensión actual en la región.

Crimea también tuvo intentos independentistas durante ese periodo.

Crimea fue siempre especial porque fue un territorio cedido por Jrushchov. Rusia siempre ha tenido el problema del acceso al mar, los mares del norte no permiten el acceso de la flota ya que están congelados, de este modo el puerto de Sebastopol se convierte en un punto estratégico fundamental. Crimea no es solo el acceso al mar, es la puerta al Mediterráneo y al control de los estrechos. El mar de Azov no es navegable, apenas tiene catorce metros de profundidad. Crimea siguió perteneciendo a Ucrania también después de su independencia, pero siempre con el compromiso de permitir alojar a la flota rusa en Sebastopol. Este acuerdo se renovaba cada cierto tiempo. De hecho, poco antes de la revolución del Maidán el contrato fue renovado. En 2010 se acordó que la flota rusa podría permanecer en Sebastopol hasta 2042. A cambio, Ucrania tendría un descuento del treinta por ciento en los precios del gas ruso.

Esos intentos de independencia no fueron nada extraordinario. Ante el hundimiento económico, con los turistas rusos sin acercarse como consecuencia de la crisis, la población, que recordaba que antes el dinero llegaba de Moscú, simplemente quiso volver a Moscú. Ahora, a pesar de las más que probables irregularidades en la convocatoria del referéndum, no parece que el resultado hubiera variado sustantivamente de haberse realizado en otras circunstancias. Piensa en Transnistria, donde todo está financiado por Moscú. Si de repente todo se solucionara, pasarían a depender de Chisináu, pero si los moldavos no tuviesen dinero, pues rápidamente un movimiento querría volver a estar con Rusia. Pero en este caso, además, Crimea ha pasado a ser parte de la Federación Rusa, por lo que sus beneficios, al menos en el corto y medio y plazo, son mayores.

Desde el punto de vista ucraniano, ese es el gran problema de las independencias. Los primeros años de construcción estatal son los más problemáticos. Tienes que reconstruir todo, crear instituciones, una clase política autónoma, y en el caso ucraniano poner en marcha un proceso de transformación económica que era mucho más conflictivo que la independencia en sí. No se trata solo de pasar de una dictadura a una democracia, es un Estado nuevo, una identidad nueva, una transición económica, que para llegar a ser una economía de mercado tiene que desmantelar las coberturas sociales y cerrar fábricas con un impacto importante en la población. Y todo, como le pasa a Ucrania, con un territorio superpoderoso al lado, que para unos ha sido opresor, pero para otros es su patria.

La etapa de Kuchma acabó con asesinatos a periodistas…

Hubo un aumento del autoritarismo en su mandato. En ese momento no se podía decir que Ucrania fuese una democracia. Por eso las revoluciones naranjas se llamaron democráticas, apelaban a una regeneración. 

Entonces hubo algo más que injerencia extranjera, de la CIA y demás…

Por supuesto, este tipo de movimientos no puede funcionar sin una sociedad donde estas demandas tienen una fuerte base social. Estados Unidos, el FMI o el Banco Mundial habían invertido de manera sustantiva durante la década anterior, vía préstamos y ayudas. La dinámica es sencilla. La percepción de la población es proclive a los cambios y la movilización social los exige. Más allá de los intereses geopolíticos y económicos de los actores involucrados, lo cierto es que había una demanda de regeneración democrática.

El gran rival que tuvo Kuchma en esta deriva fue Víktor Yúshchenko, que venía de una familia étnicamente ucraniana y su padre había estado prisionero en Auschwitz, Dachau y Buchenwald. Cuando su figura empezó a tener cierto relieve, le envenenaron.

No era afín a la línea oficial de Kuchma, era prooccidental y tenía serias posibilidades de ganar las elecciones. Ahora hablaríamos de democracia iliberal, pero en aquel momento el concepto no se había popularizado. Lo único democrático era la puesta en escena de los procesos electorales, una democracia procedimental. Kuchma, como en otras repúblicas postsoviéticas, patrimonializó el Estado.

Yúshchenko venía de la banca, en un periodo en el que las corruptelas que hubo llevaron a una crisis en la que miles de ucranianos perdieron sus ahorros.

No sé qué participación tendría, alguna debió tener. Los chanchullos bancarios fueron muy habituales en los 90 en todos los países del este, además, siempre liderados por las facciones más liberales de las fuerzas políticas, como es el caso de Yúshchenko, que pertenece a un movimiento político que quería introducir principios los liberales del libre mercado. Estos políticos siempre iban con trajes chaqueta impecables. Se trataba de una forma de hacer política muy diferente a la de la vieja política heredada del periodo soviético. La puesta en escena era un episodio más de las posiciones clásicas entre eslavófilos y occidentalistas, o lo que es lo mismo, aliados de Rusia o aliados de Occidente.

Ruth Ferrero-Turrión

También aparece en estas fechas Yulia Timoshenko. Criada en una zona de mayoría rusófona, al parecer era hija de un armenio nacido en Letonia que había emigrado a Ucrania y luego abandonó a su mujer y a su hija, por eso ella de soltera tuvo el apellido ruso de su madre, que luego se cambió por el de su marido… En esta primera etapa, su obsesión era acabar con el trueque que dominaba los negocios del gas y que, por ese motivo, por hacerse sin usar moneda, hacían que el estado no ingresase.

Ella tenía intereses previos en el negocio del gas, en la importación y exportación, entre otros con empresas vinculadas a Bush en Texas. Con esa propuesta política, lo que pretendía era controlar todas las transacciones gasistas que se efectuaban en el territorio.

Entonces no era tan tecnócrata reformista, sino que había detrás algo más prosaico.

Vendía esa imagen, pero tenía unos intereses muy claros y por ese motivo la apoyaban desde Estados Unidos. La Revolución Naranja no hubiera tenido lugar sin un descontento de la ciudadanía, pero también si no hubiera sido apoyada desde fuera. Todo esto ocurre en un periodo en el que Putin empieza a incomodarse y le tiene mucho miedo a estas revoluciones de corte liberal, temía un efecto contagio hacia Rusia. En esta época, diría que hasta 2004, Putin tiene una mano tendida a Occidente para establecer unas relaciones de cooperación con la UE y EE.UU. De hecho, firma muchos acuerdos bilaterales, como el Consejo OTAN-Rusia, pero las revoluciones de colores empezaron a generar cierto temor en Moscú. Tanto por el posible efecto contagio y el impacto en el sistema ruso, como por los niveles de influencia occidentales que se pueden transmitir por esa vía. El miedo estaba en la penetración americana en el Cáucaso y su capacidad de influencia, en aquel momento iban a rebufo de la expansión occidental. 

La Revolución Naranja tuvo un saldo positivo, consiguió reformas institucionales que democratizaron el país después de que Kuchma hubiera concentrado el poder y hubiera empezado a pasarle cosas a los periodistas y a los que disentían.

Obviamente, estas revoluciones de colores querían poner en marcha procesos de regeneración democrática después de los intentos fallidos de cambio político introducidos en el momento de la independencia. Se demandaba algo más que democracias procedimentales que convocasen elecciones cada cuatro años y nada más; sin pluripartidismo real, sin libertad de prensa, sin igualdad ante la ley, en una palabra, implantación del estado de derecho y la separación de poderes, que haya un control efectivo de la acción política. Nada de esto existía, nunca se había intentado poner en marcha en estos términos.

La Revolución Naranja sucede además en un momento crítico. Recordemos el 11S, la guerra de Afganistán, la guerra contra el terror y la invasión de Irak. Un despliegue de inteligencia en el espacio postsoviético al mismo tiempo que se entra en dos países musulmanes. Todo esto liderado por Bush, que, además, tiene intereses económicos muy relevantes vinculados a los hidrocarburos.

El clan de Texas.

Y su aliada en Ucrania es Timoshenko, la zarina del gas. El objetivo era conseguir el monopolio mundial de los recursos fósiles.

En Rusia, se integró Yukos Oil en Gazprom a las bravas. Putin tenía en la compañía a su delfín Medvédev y la reorganizó para tener el control de los recursos en Rusia y poder emplearla en el exterior como forma de presión. Se ha llegado a hablar de una especie de arma posmoderna.

Yukos sufrió una nacionalización en toda regla y se metió en Gazprom, patrocinador de la Champions League, renovado hasta 2024. El gas es uno de los instrumentos de negociación que tiene Rusia. El otro es su fuerza militar. Creo que todos los actores globales utilizan los instrumentos a su disposición para alcanzar objetivos y negociar y este caso no es diferente.

Otro objetivo de Timoshenko sonaba bien, fue la reprivatización de empresas. Impugnar los procesos de privatización con los que el capital del Estado había ido a parar a oligarcas y clanes.

Quería desmantelar las redes clientelares del anterior, pero para implantar las de ella. Se trataba de sustituir unas redes por otras que le fueran más favorables a sus intereses.

De nuevo, ¿no era una reforma tecnocrática buena para Ucrania? Había empresas por las que había habido ofertas estadounidenses o del Reino Unido, pero se habían vendido por mucho menos precio al magnate de turno. Un caso luego se reprivatizó y, vendida a Mittel, fue la transacción de estas características que más dinero dio a las arcas públicas de todo el espacio exsoviético.

Pero lo que hay que mirar es cuáles eran las redes comerciales de esta señora. Tenía complicidad con los compradores. Kuchma, obviamente, privatizó para sus amigos ¿pero para quién lo hizo Timoshenko en el extranjero? De hecho, fue a la cárcel.

Fue dos veces a la cárcel ¿no fueron detenciones arbitrarias?

Habría que ver si nos creemos cómo opera el sistema judicial ucraniano. Esa es una de las dificultades de investigar estas cuestiones. Parece ser que ella tenía sus redes de socios comerciales y que, obviamente, recibía comisiones, como Juan Carlos, a cambio de esas reprivatizaciones. 

Empezó vendiendo cintas VHS.

Era muy modelo estadounidense de self-made man, en este caso woman. Ha sido una mujer capaz de reconvertirse de una forma increíble. Pasó de tener una imagen de magnate de los negocios de habla rusa y castaña a ser el paradigma del ideal ucraniano, una campesina rubia símbolo de la nación. Es una política capaz de captar muchas lealtades en el oeste y en el centro del país. Consiguió aunar a varias tendencias disidentes del sistema. Sin embargo, cuando fue condenada por corrupción hubo más protestas en Europa occidental que en Ucrania. Personalmente, no he investigado las redes de Timoshenko, pero sabiendo que trabajaba en el sector gasístico antes de llegar al poder, con empresas extranjeras, y que tenía el objetivo de la privatización de ese sector, parece difícil pensar que no tuviera intereses económicos particulares, más bien al contrario.

Quería revisar tres mil contratos de privatizaciones realizadas tras la independencia.

Los que Kuchma había distribuido entre sus amigos. La cuestión es que algunos dejaban buen dinero al Estado, pero la pregunta que hay que hacerse es qué pasó con los trabajadores cuando los compradores eran extranjeros. Lo habitual cuando se hacen este tipo de privatizaciones es realizar una reconversión industrial, generalmente para automatizar y mandar a gente al paro. Si el Estado no está preparado para absorber las circunstancias de las familias que se van al desempleo, automáticamente se forman grupos vulnerables y capas de sociedad sin protección social. En este caso, si era una acería, se encontraría en el este… Timoshenko negociaba con empresas occidentales las privatizaciones mientras con Estados Unidos negociaba el gas. Pero también negociaba con Moscú. De hecho, una de las condenas que recibió fue como consecuencia de la firma de un acuerdo con Putin sobre la importación de gas. Un acuerdo que no benefició económicamente a Ucrania.

¿Por qué fracasó la coalición naranja en el gobierno?

En este tipo de movimientos siempre es más fácil establecer alianzas para ir a la contra, que la capacidad de armar un proyecto concreto que tenga impacto entre los ciudadanos. Aquí surgieron desavenencias entre los socios e intereses enfrentados. Algo que tenía mucho que ver con la ausencia de un sistema de partidos implantado y con capilaridad en el territorio, un sistema político con el que se pueda trabajar sin temer a las redes de influencia. 

Cuando caen, en 2010 llega Yanukóvich. No habló ucraniano hasta los cincuenta y dos años y porque le obligó la ley. Había sido delincuente juvenil, pasó por la cárcel, amnistiado en el quincuagésimo aniversario de la revolución bolchevique, soldador en una cadena de montaje, fue apadrinado por un cosmonauta de su pueblo, que le introdujo en el Partido Comunista y ahí todo cambió e hizo carrera. 

Sí, adolescencia problemática. A mis estudiantes les digo que tuvo un origen dickensiano, hijo de familia trabajadora industrial, poco atendido en casa porque sus padres están en la fábrica, acaba delinquiendo hasta que alguien importante de su pueblo le introduce en el partido para que ahí le metan en cintura. En todo ese proceso, cuando se va incorporando a la vida pública, tiene que respetar una constitución en la que ya está normalizado el ucraniano, el idioma nacional. 

En el gobierno, presentó presupuestos deficitarios porque atendía al gasto social. Estaban incluso negociados con el Partido Comunista. Estas políticas hacen que el FMI paralice créditos que tenía concedidos a Ucrania. 

Lo que pone en marcha es una política multivectorial. Negociar unas cosas con Rusia y otras con Occidente, tener una especie de estatuto de neutralidad. Ya lo había intentado Kuchma, pero le salió mal porque Occidente no le hizo caso. Yanukóvich en 2010 lo que hizo fue reestructurar los principios de política interior y exterior ucraniana con una ley que dejaba en suspenso la integración en la OTAN. En 2008 en la cumbre de Bucarest, la Alianza Atlántica ya había lanzado la candidatura de Ucrania y Georgia. Esta decisión no tuvo que ver con presiones rusas, sino con la situación económica del país. En ese momento, tiene unos niveles de exportación del 26-29 % y de importación del 31-35 % El volumen de intercambio comercial es prácticamente el mismo con Rusia y con la Unión Europea. Yanukóvich entonces decide que lo que más le conviene es estar a bien con las dos.

Pero la inversión en Ucrania de la Unión Europea era diez veces superior a la rusa.

Efectivamente, es imposible no tener también en cuenta los vínculos históricos y afectivos entre Rusia y Ucrania. Esto le hace tener el corazón partido. No podían perder las exportaciones que hacen a partes iguales a un lado y al otro ya que ambas le permiten mantener su autonomía, y su existencia. La única política viable en esas circunstancias era una que no les comprometiera con una parte o con otra. La salida fue esa línea multivectorial que permitiera tratos con unos y otros sin poner en peligro la situación comercial del país.

Funambulismo.

A Kuchma no le había funcionado, pero Yanukóvich lo volvió a intentar. Esto provocó que el acuerdo al que se había llegado con la OTAN quedase en suspenso. Putin estaba encantado, así no se tenía que preocupar de la arquitectura de seguridad en terreno ucraniano. Y es precisamente durante este periodo cuando Yulia Timoshenkio va a al cárcel condenada por malversación y abuso de poderpor el contrato del gas que había firmado con Rusia en 2009 tras la segunda guerra del gas.

Que fue Putin el que dijo que no entendía por qué la encarcelaban.

A Timoshenko le dijeron que el contrato que había firmado para que pasase el gas por Ucrania, por el que ella estaba obteniendo ganancias, no estaba nada claro. En 2009, Rusia abarató el precio del gas para todos los compradores menos para Ucrania. Eso lo utilizó Yanukóvich como arma política contra ella en las elecciones de 2010.

Y la Unión Europea también dijo que ese encarcelamiento era arbitrario. 

La Unión Europea no podía decir otra cosa. El origen de este contrato tiene que ver con los cortes de suministro de gas ruso que sufrió en 2006 y 2009. Gracias a ese acuerdo terminaba la peor de sus pesadillas, la de quedarse sin suministro energético. De hecho, de estas crisis del gas viene la puesta en marcha de los Nord Stream I y Nord Stream II. Por tanto, intereses energéticos y también comerciales. La acusación sostenía que por mor de este contrato Timoshenko se estaba enriqueciendo en lugar de repercutir sobre el Estado. La verdad es que no puedo ser tajante en una respuesta, solo creo que hay que tener en cuenta las dos cosas.

Yanukovich intentó federalizar Ucrania y darle cooficialidad al ruso.

Efectivamente, Yanukovich quiso introducir en 2012 una ley de cooficialidad del ruso en algunas regiones de mayoría rusa. Hasta ese momento la única lengua oficial en Ucrania era el ucraniano. Además del ruso también se introdujo la cooficialidad de otros idiomas como el tártaro en Crimea, el húngaro en la región transcarpática o el rumano en Chernovtsi (Cernauti). Esto provocó protestas en las principales ciudades ucranianas, hubo incluso llamadas a la Movilización nacional en defensa del ucraniano.

Ruth Ferrero-Turrión

Respecto a la polémica de la OTAN, ¿en Ucrania no existía, como ocurre en otros países del este y Centroeuropa, la sensación de que la OTAN es lo único que puede salvarles de volver a estar sometidos por Moscú?

La OTAN lo que hizo muy bien fue vender que la integración en su estructura era una fase necesaria para el proceso democratizador, lo que incluye la institucionalización del Estado de Derecho, algo sin lo que sería imposible tener una perspectiva europea de ningún tipo, pero, sin duda, otro de los factores que atrajo a la incorporación de estos países a la Alianza Atlántica fue el miedo a una potencial agresión rusa.

Esa línea multivectorial sonaba bien, pero ¿no llegó un momento en el que tanto la UE como Rusia le pusieron sobre la mesa a Ucrania acuerdos que eran incompatibles con los que presentaba la otra parte?

La de la UE no lo era, lo fue la rusa, que proponía una asociación de mercado único con los países de la región. Rusia exigía exclusividad en el acceso a la Unión Euroasiática. No era posible la firma de acuerdos de libre cambio con terceros como el que proponía la UE. En este proceso negociador el bloqueo llegó por la parte rusa, pero hay que tener en cuenta otros factores. El FMI y la UE, el dinero que le ofrecen a Ucrania en ese momento es en calidad de préstamos y los empresarios ucranianos, a su vez, tenían mucho miedo de abrirse al mercado europeo porque sabían que no eran competitivos. Esto amenazaba a su poder económico y, por tanto, político. A esto se suma que justo en aquel momento es cuando se pone en marcha el rescate a Grecia, en pleno auge de la política de austeridad impulsada por Angela Merkel.

Si la UE actuaba en términos tan duros con un Estado miembro. ¿Cómo serían los requisitos para uno que no lo era? A Grecia se la estaba maltratando con las políticas de austeridad, que fueron brutales. En Ucrania la elite no se fiaba que los préstamos no fuesen a endeudar el país para los restos y que eso llevase a una situación como la de Grecia, pero todavía peor, porque ellos ni siquiera eran comunitarios. Al mismo tiempo, mientras existía ese miedo al acuerdo con la UE, Moscú llega como el Padrino, ofrece «esto y dos más y te lo doy en cash y sin intereses».

Cuando Ucrania dudaba si firmar el acuerdo con la UE, en el Foro de Yalta Putin habló de la posibilidad de protestas ciudadanas masivas, dijo que serían un plan occidental, con lo que se puso la venda antes de la herida. Descalificó o deslegitimó cualquier manifestación de protesta antes de que se produjera con ese cliché soviético de que sería exógena, inoculada. Además, Sergey Glazyev advirtió de que habría graves desórdenes políticos y sociales si firmaban con la UE, que llegaría el caos y un hundimiento del nivel de vida, que además estarían violando su tratado de amistad del 97, lo que podría llevar a Rusia a apoyar el independentismo de las regiones rusófonas. Estaba todo anunciado. Era una amenaza clara.

Es la secuencia de lo que ocurrió. Los servicios de inteligencia funcionan… En este caso, se veía muy clara la jugada. Recuerdo estas semanas como de gran incertidumbre, porque Yanukóvich un día decía que sí firmaba y al día siguiente decía que no. 

Entonces, no era un títere de Moscú, pensaba en términos pragmáticos ucranianos.

Ciertamente, pero no se puede descartar que en su entorno hubiese quien le presionara desde el Kremlin. Desde mi punto de vista, creo que esta posición estaba, sobre todo, relacionada con los vínculos establecidos con las oligarquías locales y sus presiones. Una consecuencia más de la ausencia de institucionalización democrática, con un sistema altamente dependiente de los poderes económicos controlados por los grandes oligarcas y un líder político que intenta hacer equilibrios en las relaciones que mantiene con Rusia y con los poderes occidentales. Esa situación de equilibrio inestable se quiebra cuando comienza a negociar con la UE. Si hubiera sido un títere de Putin lo habría tenido claro desde el principio, como pasó en Armenia o Azerbaiyán, donde ni se sentaron a negociar. Al final, cuando decide no firmar, creo que es porque según su criterio, las condiciones de la parte rusa son más beneficiosas. Pero a lo anterior hay que añadir la cuota de chantaje ejercida por Moscú.

Hubo muchas presiones. Rusia paralizó en la frontera las exportaciones ucranianas de forma arbitraria haciéndoles perder millones…

Moscú decía: «Haz lo que quieras, pero te voy a aislar, te voy a cortar el gas y te voy a bloquear las exportaciones con nosotros, que son un 30 %». Fue un chantaje en toda regla. Los europeos no se expresaban así en su parte, los rusos son más brutos o más claros cuando defienden sus intereses. Hay que tener en cuenta que para ellos perder a Ucrania, con los lazos históricos y afectivos que les unen, era un golpe muy fuerte de cara a su opinión pública. Putin, en una fase de reconstrucción de la grandeur rusa no podía permitirse perder unidades de la dimensión de Ucrania y utilizó todas las cartas que tenía a su disposición para presionar a Yanukóvich. Si hubiese sido un títere, todo esto se lo habrían podido ahorrar.

Pero la posición de la Unión Europea con su estrategia oriental, que se pone en marcha en 2008, era llevar su frontera oriental más hacia el este. Primero llega a Polonia, luego Rumanía… esto fastidiaba a Rusia, pero no eran repúblicas postsoviéticas. Cuando luego se mete en lo que consideran su mercado o, dicho de forma más cool, esferas de influencia, pero en realidad hablamos de consumidores, inversión extranjera y presencia de multinacionales. Ucrania tiene cuarenta millones de personas. El tamaño importa. 

En mi opinión, creo que la UE se dejó llevar por una inercia que bebía de la debilidad mostrada por parte de Rusia durante los años noventa, durante la presidencia de Boris Yeltsin. La manera en la que la UE lanzó su Estrategia Oriental no se entiende de otro modo. Sobró prepotencia, debieron negociar con más respeto con Rusia, al fin y al cabo así son las relaciones de buena vecindad, algo que no se contempló. Ese fue el gran error de la política europea al que hay que sumar que las relaciones con el vecino oriental estaban rotas desde 2009. El año 2008 fue el año de la reacción rusa, el año en el que Moscú decidió que daría un golpe de efecto. La guerra en Georgia.

Rusia quiso crear un mercado porque vio que se le venía encima el de la UE y la UE quiso incorporar parte de ese mercado sin tener en cuenta lo que pudieran pensar en Moscú, que era la potencia regional. Creo que siempre hay que tener en cuenta a Ucrania, pero sin subestimar las capacidades rusas. Sobre todo, sin darles su sitio. Cuando en las negociaciones entre EE. UU. y Moscú no se invita a la UE, no agrada en Bruselas. Siempre hay que tener en consideración a todos los actores que puedan verse afectados por un cambio de las dimensiones de este. No se puede simplificar el discurso diciendo que Ucrania es un estado soberano y puede actuar como quiera, siempre hay intereses y limitaciones explícitos o implícitos. Nadie es enteramente libre. Tampoco lo fueron los estados de Centro Europa cuando se incorporaron a la OTAN, ese también fue su peaje de entrada a la UE. No se pueden hacer estas apelaciones a la libertad sin tener en cuenta lo condicionados que estamos por otros factores.

La paradoja es que Rusia amenazó a Ucrania con el caos si sin firmaba y el caos les llegó por no firmar. El Maidán, que empezó como protesta de los sectores europeístas, ¿se vio desbordado por la extrema derecha?

Empieza como protesta de sectores europeístas y, muy importante, urbanos, de las zonas occidentales del país. Querían ese acuerdo de librecambio porque, para ellos, era la antesala de la integración europea. Creían que llegar a la integración en la UE es Eldorado. De repente empezó a circular una suerte de propaganda que asumía que la firma del acuerdo con la UE implicaba la puesta en marcha del proceso de integración europea. Y no era así, no es así, en ningún caso. La firma del acuerdo implicaba formar parte del mercado único, del área de las cuatro libertades de circulación, de capitales, de mercancías, de personas y de servicios, nunca se ha ofrecido a Ucrania al Consejo Europeo. Este es un detalle que no se dice demasiado y que es esencial, especialmente para evitar que la opinión pública ucraniana pueda llevarse un gran desencanto que provoque posiciones euroescépticas. Aquí solo había un acuerdo comercial de salida de productos ucranianos hacia la UE y, otro detalle no menos importante, entrada de productos de la UE en Ucrania.

En la movilización empezaron estudiantes y universitarios, luego llegaron excombatientes de Afganistán, reservistas, y poco a poco fueron llegando grupos más organizados tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha. Lo que pasó es que la extrema derecha expulsó rápidamente a la extrema izquierda, ya que estaban mucho mejor organizados. Se pusieron al mando de todo lo que pasaba en la plaza. Esta dinámica se observa en protestas civiles de esta naturaleza donde las organizaciones jerarquizadas y disciplinadas son las que terminan controlando las dinámicas asamblearias. Aquí en España, el 15M siguió la misma dinámica, empezó de manera espontánea para pasar luego a estar controlado por aquellos activistas acostumbrados a trabajar en agrupaciones de base y a organizarse a nivel de calle.

En el Maidán los grupos de extrema derecha radicalizaron el movimiento y la gente que había ido en primera instancia empezó a retirarse. Esto es clave para entender los acontecimientos posteriores, la violencia y demás. Se dijo que solo ocurrieron cargas de la policía, pero parece que sí que hubo infiltraciones de la CIA. Victoria Nuland, en la conversación que salió a la luz en la que dijo el famoso fuck the EU, lo dejó de manifiesto. No ha llegado a esclarecerse del todo, pero periodistas que estuvieron en la plaza, como Pilar Requena, sí que vieron que los disparos provenían de muchos sitios, no solo de uno. Mal por la policía, que abrió fuego, pero de nuevo, hay que mostrar todo el panorama.

Ruth Ferrero-Turrión

La cuestión clave es si las consecuencias de estas protestas fueron una revolución o un golpe de Estado.

Mi compañero Rubén Ruiz-Ramas realizó un trabajo de lo más interesante donde aplicaba los marcos teóricos expuestos por dos grandes de la sociología política, Ch. Tilly y Theda Sckocpol. Aplicando el razonamiento de Tilly lo que sucedió hasta febrero de 2014 fue una revolución. Ahora bien, la salida de Yanukovich apunta a otro tipo de dinámica con otros actores. Un golpe de estado involucra elementos que forman parte del aparato estatal.

Yanukóvich fue repudiado por su propio partido cuando estaba en paradero desconocido.

Efectivamente, fue el Parlamento ucraniano, la Rada, la que decidió destituir al Presidente «por abandono de sus funciones constitucionales». Piensa que de manera inmediata hubo cambios muy importantes con cambios en puestos clave de La Rada. Así, Turchinov, mano derecha de Timonshenko, fue designado presidente de la cámara, Avakov, del mismo partido, fue designado ministro del Interior y el general Zamana, cesado durante los días anteriores como jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, fue nombrado ministro de Defensa. Por eso podría ser un golpe de Estado.

¿Por qué estaba en paradero desconocido?

Porque temía por su vida. El problema aquí es que en España se polarizó el análisis sobre los hechos. Si decías que era una revolución democrática, eras de Soros. Si decías que era un golpe de Estado, eras de Putin. Cuando en realidad, dependía del momento que tomaras para realizar el análisis.

¿Las consecuencias reales cuáles fueron?

Yanukóvich, pese a haber llegado el 20 de febrero a un acuerdo con los ministros de exteriores de Francia, Alemania y Polonia, desaparece y un par de días más tarde es destituido por la Rada. Algo debió pasar y aún no está esclarecido. Es un poco raro que llegase a un acuerdo y al día siguiente huyera. Puede que no garantizasen su seguridad. En la plaza había muertos y las víctimas le señalaban como responsable. Ahí da igual si hay infiltrados o no, era un presidente al que le protesta la población en una plaza y abre fuego contra ella. Entonces, el toque que hace que huya, para mí con toda seguridad es un golpe intramuros. . El problema si llegas a esta conclusión es que, como esta es la postura que defendía Rusia, te convierte automáticamente en vocero del Kremlin. Hay que medir cada palabra que se dice en medios, no te puedes hacer una idea. Vas en tensión. 

No hace falta que te recuerde que se filtró una lista negra en la que aparecíamos varios académicos tachados como prorrusos, así sin más. Y todo por razones espúreas, Piensa que la labor de los think tanks es la de intentar influir en las decisiones políticas, pero también en colocar mensajes en medios de comunicación que lleguen de manera clara a la opinión pública. Cuando te aparece un grupo de analistas procedentes de la universidad que tienen una posición diferente al mainstream euroatlántico que caracteriza a nueve de cada diez think tanks de este país, y que demás comenten el error de ser escuchados y tener presencia en los medios, entonces es cuando sobrevienen los ataques. Se preguntaban: «¿Qué hacen estos ahí, que no les financia nadie, quitándonos tiempo y espacios para introducir nuestro discurso? Entonces seguro que son pro-rusos». Es algo alucinante.

Una de las consecuencias fue algo que se ha venido repitiendo en toda la periferia del espacio ex soviético: Transnistria, Abjasia, Osetia… Ahora llegaban Luganks y Donetsk. 

Cuando cae Yanukóvich, Moscú ve peligrar la ley de neutralidad que este había aprobado años antes y lo único que puede hacer es desestabilizar Ucrania. Para entrar en la OTAN al menos hay que tener controladas las fronteras y a esto se sumó la amenaza de la restricción de los derechos lingúísticos de la minoría rusa.

Esa medida fue muy poco inteligente si lo que querían era conservar el país ante la amenaza anunciada que les caía encima.

Fue una forma de darle munición a la ofensiva rusa. Pensar que no iba a haber una reacción rusa era estar un poco a por uvas.

Si el Estado ucraniano tenía un punto débil en las regiones rusófonas, ir en ese momento precisamente a tomar medidas contra los derechos lingüísticos de esa población…

Es que no creían que Rusia fuese actuar de esa manera, a pesar de lo de Georgia, que fue como reacción a la ofensiva de Saakashvili. Creo que pensarían que estaban protegidos por la OTAN por algún acuerdo verbal. A partir de ahí, se lanza la ofensiva en el Donbás y llegan los «hombrecillos verdes» a Crimea y el posterior referéndum y anexión a Rusia. 

En la Crimea anexionada o reincorporada, según quien lo diga, recuerdo a la población manifestarse delante de Medvédev por retrasos en los pagos de las pensiones.

Eso fue más adelante. También tienen mucha escasez de agua potable, por eso se habla ahora de que una de las estrategias que puede tener Rusia ahora mismo sea tomar Mariupol para hacerse con toda esa franja costera del mar de Azov y poder llevar agua a la península. 

Cuando llegó Yatsenuyk a primer ministro, cristiano, pero hijo de judíos, denunció que faltaban treinta y siete mil millones en las arcas públicas que habría descuidado Yanukóvich.

Seguro. No dejan de ser oligarcas en un país sin sistema político en el que haya rendiciones de cuentas. Al igual que sucede en Polonia o Bulgaria, los niveles de corrupción son elevadísimos. Ese es el problema que tiene la UE, que ninguno de los movimientos de regeneración democrática están funcionando en Ucrania. A pesar de la ingente cantidad de dinero invertida desde la UE en la lucha contra la corrupción y la regeneración democrática en el país, no ha funcionado. Los indicadores así lo muestran En esta cuestión, además, Poroshenko como presidente le echó un pulso a Yatsenyuk y venció. La guerra en las regiones orientales propició el control total del Estado por Poroshenko, ya que constitucionalmente en caso de conflicto el poder pasa en su totalidad la Presidente, de este modo Yatseniuk quedó ausente de toda capacidad decisoria como primer ministro.

Poroshenko, oligarca que antes había financiado tanto la Revolución Naranja como el Maidán.

Y fiel escudero de Timonshenko. Pues, de repente, resulta que a Poroshenko le interesaba que hubiera una situación de guerra en el Donbás.

¿A Putin se le desbordaron los independentistas de las regiones rusófonas?

Ahí hay militares rusos infiltrados que lideran todos los movimientos. También hay contratación de mercenarios. Todo esto sin descartar el incomprensible halo de romanticismo con el que se envuelven estas situaciones que te lleva a encontrarte españoles voluntarios con la bandera del ¡No Pasarán!

Ucrania en el lance perdió el 20 % del PIB y más de diez mil muertos. Para buscar una salida al conflicto firmó los acuerdos de Minsk, apadrinados por Alemania y Francia, pero luego no se cumplieron.

Era un alto el fuego, no un acuerdo de paz, que tenía que ser monitorizado por la OSCE. Hay varios puntos, pero dos son los que no se han cumplido por parte de ninguna de las dos partes. Ucrania tenía que celebrar elecciones en Lugansk y Donetsk y había prometido dotarlas de un estatuto específico, pero el estado ucraniano pensaba que esas autonomías le podrían bloquear las políticas. Aparte, Kiev también dijo que hasta que no controlase esos territorios y la frontera, no podía darles ninguna autonomía. Hubo un bloqueo. 

Ruth Ferrero-Turrión

El siguiente primer ministro fue Ghroysman. Hay que destacar que su padre, judío, sobrevivió al Holocausto haciéndose el muerto en una fosa común. Aquí volvió a aparecer otra vez el ejercicio de funambulismo, por un lado la UE le apremiaba a que llevase a término lo firmado en Minsk, por otro la extrema derecha le advertía de que ni se le ocurriera.

Una pinza, diría yo. A su vez, una situación cómoda para el presidente, en este caso Zelenski…

Otro judío. Insisto en estos detalles étnicos o religiosos de los líderes ucranianos porque en España hay mucha gente que los llama nazis. 

Es cierto que aquí llega mucha propaganda de los voluntarios ucranianos en la guerra, que están muy organizados, pero solo son una parte, no son de ninguna manera el grueso del establishment ucraniano. Este es enfoque se escucha desde posiciones, sobre todo de la izquierda. Obviamente hay grupos neonazis en Ucrania, pero estos no son menos que los que hay en Rusia, y, desde luego, no tienen la influencia que se les atribuye ni de lejos. Hay grupos neonazis organizados en Ucrania, sí; ¿tienen capacidad para condicionar en las decisiones del gobierno? yo creo que no; ¿hay miembros del establishment que participan en la toma de decisiones que se puedan enmarcar en una derecha radical? sí, pero no son neonazis. Creo que es muy importante tener discursos articulados y complejos en lo que hace a este tipo de conflictos. Nada es blanco o negro. Nos movemos en una variedad múltiple de grises que en el debate político muchas veces no son escuchados.

La llegada de Zelenski a la presidencia es bien curiosa. Es un actor que protagoniza una serie sobre un profesor de instituto que, tras un vídeo que se hace viral, llega por accidente a la presidencia del gobierno. Tiene un gran éxito, Zelenski se presenta a las elecciones con el nombre de la serie y gana. 

La gente rechazó el viejo establishment y apostó por nuevas caras y nuevas propuestas.

Pero él también viene con un magnate detrás, el propietario de la TV en la que actúa, Kolomoyskiy

Pero ante la opinión pública parece algo diferente. Se parece al fenómeno de Vitali Klichkó, el boxeador y alcalde de Kiev. Zelenski llegó como representante de una nueva política, que luego se ha descubierto que no es tan nueva, exactamente igual que con las nuevas políticas del resto de lugares del mundo.

¿Han funcionado sus prometidas medidas contra la corrupción? 

Claramente, no. De hecho, no son sus medidas, son sus medidas apoyadas por la UE y Estados Unidos, que han puesto en marcha un mecanismo de propaganda, en sentido estricto, de venta de los avances producidos en Ucrania tras el Maidán invitando a periodistas a ver cómo se trabajaba en el proceso regenerador. Lo cierto es que los resultados no son buenos. Se ha hecho una gran inversión en estas medidas, pero hay ya gran variedad de informes independientes que atestiguan que no han funcionado y que la situación en Ucrania es realmente grave.

¿Cuáles han sido las perspectivas de Rusia hacia Occidente en todo este periodo? Se ha hablado de que el país estuvo ensimismado en una actitud neurótica, en exigir ser tratado al mismo tiempo como uno más, pero también alguien especial. Un sentimiento de inferioridad y de superioridad a la vez. 

El liderazgo político de Rusia no ha superado la derrota de la Guerra Fría y la humillación a la que fue sometida después de esa derrota. Las guerras hay que saber ganarlas tanto como perderlas, creo que Occidente no ha sabido ganar la Guerra Fría a la vista de su política expansiva y de acoso al vencido. En Rusia, heredera de la URSS, no hay forma de digerir que no es ya una gran potencia y que está limitada a ser una potencia regional, que es realmente lo que es en la actualidad. De hecho, es imposible que entre a competir en condiciones de igualdad con China o Estados Unidos, porque lo único que tiene Rusia ahora mismo es un monocultivo de recursos energéticos y poderío militar que es, precisamente, lo que está exhibiendo ahora. Sin embargo, ni siquiera ese músculo militar puede competir con el estadounidense porque no tiene los recursos necesarios para modernizar esas tropas y ampliarlas. De la OTAN ya ni hablamos. Por eso, en una disputa militar a gran escala tendría todas las de perder, de ahí que esté siempre innovando sus formas de hacer daño; tácticas de servicios secretos aprendidas desde el final de la II Guerra Mundial en el conflicto latente contra sus rivales.

Las formas de infiltrarse, hacer sabotaje y hacer daño al enemigo son muy variadas. Putin lo sabe, porque ha trabajado en inteligencia, es consciente de que no tiene la capacidad para enfrentarse a Estados Unidos y la OTAN y por eso trabaja en una suerte de guerra de guerrillas. Además, en el contexto del conflicto actual Rusia ha realizado movimientos en varias dimensiones. La primera de ellas en el ámbito local, lanzó incursiones a través de ciberataques, propaganda con la intención de atemorizar a modo de matón de patio de colegio a los que tiene más cerca, para meterles el miedo en el cuerpo y generar inestabilidad. Eso es básicamente lo que ha estado pasando en Ucrania hasta que lanzó las ofensivas militares. La segunda, tenía que ver con forzar a sentar a negociar a su eterno rival, EE. UU., sobre la estructura de seguridad europea. Algo que parecía posible tras el envío de las cartas desde Washington donde se acordaba negociar el despliegue de armas de medio y corto alcance en la región. Y así estaba previsto hasta la decisión de Putin de reconocer Luganks y Donestk y lanzar el ataque.

Tienen muchas relaciones bilaterales con países comunitarios, lo que dificulta las posturas comunes en la UE. 

Putin es muy inteligente y sabe cómo dividir al enemigo. Genera determinadas dependencias y posicionamientos que dividan la posición común europea, sin embargo, aquí tenemos que preguntarnos cuándo ha habido una posición común en la UE. No hace falta que venga Putin para que no la haya. Es como la supuesta injerencia en Catalunya, yo creo que el movimiento independentista catalán tiene sus propias dinámicas, no hace falta que venga Putin a impulsarlo. No me dedico a estudiar bots, pero me parece muy inverosímil. Creo que desde ciertos sectores occidentales se le otorga a Rusia más capacidad de injerencia de la que realmente tiene. Está Russia Today ¿pero cuánta gente ve Russia Today? ¿Logran modificar la opinión pública con esas retransmisiones? Me cuesta creerlo. Igual soy muy antigua, pero me da la sensación de que no..

Después de Putin, ¿qué? ¿Qué es más probable, un hastío con los oligarcas o una toma del poder por parte de la extrema derecha que tan bien ha retratado Ricardo Marquina en su último documental, Rusia, revolución conservadora?

Me inclino más por lo segundo. En algunos contactos sobre el terreno en Rusia me sorprendió hablar con la gente joven y comprobar que no se había producido el tránsito de súbditos a ciudadanos. Es muy llamativo sobre todo cuando escuchas a gente muy joven preguntarse por qué tiene que ir a votar, que ellos no entienden lo que pasa en Moscú. Gente de 20 años, formada, que habla inglés y no se siente capacitada para votar. Creen que Putin ha restablecido el honor perdido, garantizado la seguridad, y no lo incluyen en dinámicas partidistas, en términos occidentales es un rey Sol, pero ellos no se sienten llamados a participar en la construcción del país. 

En este caldo de cultivo, como señala Marquina, los neoconservadores están ganando cada vez más peso. Hacen esa combinación tan heterodoxa de religión, reivindicando el Imperio zarista y el bienestar social que, en ese entorno de nostalgia, creen que se vivía en la URSS. Esa mezcla tan sui generis está llegando a mucha gente y creo que será el vector hacia el que se está desplazando la vida política rusa, solo con las excepciones de las grandes ciudades. Muchas veces las impresiones que nos llegan de Rusia son solo las de estas zonas urbanas, pero hay otra Rusia. Por eso creo que Putin se ha equivocado con Navalny, porque fuera de las ciudades tiene muy poca influencia y con su arresto y juicio lo que hace es darle una mayor visibilidad ante la opinión pública, además de hacer aún más evidente la ausencia de un Estado de Derecho y democracia en Rusia.

La BBC dio, pese a esta revolución conservadora, unos sondeos en Rusia que indicaban que la población no tenía ninguna gana de un conflicto con Ucrania y solo deseaban una buena vecindad. 

Los rusos lo están pasando mal con este conflicto. No quieren más guerras.

Además, otros sondeos de 2020 mostraban que las preocupaciones de los rusos que vienen de atrás son la subida de precios, con un 66 %, un aumento del desempleo, 44 %, y el empobrecimiento, 39 %. De Ucrania, nada. 

Efectivamente, Rusia ha sufrido mucho con las sanciones estadounidenses, que son las que más capacidad de impacto tienen en la economía real. Con la tensión de la frontera se ha desplomado el rublo. Si estas encuestas eran así en 2020, ahora tienen que seguir apuntando en la misma dirección, incluso más. De ahí que Putin haya decidido prolongar su presencia en el poder hasta 2036 gracias a la reforma constitucional introducida en abril de 2021. Como todo líder autocrático y con ínfulas bonapartistas no se fía de nadie, ni siquiera de un potencial heredero designado por él mismo.

Lo importante es que de cómo se resuelva el conflicto en Ucrania dependerá el nuevo contexto geopolítico que se está configurando en este momento donde China juega un papel esencial; De cómo se resuelva la crisis de Ucrania dependerá el comportamiento China en su área de influencia. Concretamente, en Taiwán. Eso es al final lo que está en juego. Ucrania no deja de ser un peón, un alfil si quieres, pero no mucho más. Ucrania es un test, un órdago a la estructura de seguridad euroatlántica.

Ruth Ferrero-Turrión


Víktor Pankrashkin: la cara más triste del final de la URSS

Viktor Pankrashkin
Viktor Pankrashkin en el Eurobasket 83. (DP)

El siglo XX fue especialmente convulso en Rusia. El país anduvo sumido de manera casi constante en revoluciones, contrarrevoluciones, purgas internas, guerras y cambios de régimen que afectaron profundamente las vidas de sus ciudadanos. La excepción vino durante la etapa en la que Leonid Brézhnev lideró la URSS. Su antecesor, Jrushchov, había intentado poner en marcha unas (tímidas) reformas e incluso llegó a denunciar el culto a la personalidad de Stalin. Brézhnev no tenía tales aspiraciones: era partidario de la ortodoxia soviética de los pies a la cabeza y, por suerte, tan mediocre como aburrido.

Si bien el aparato represor del sistema siguió funcionando, este se volvió más sutil y ese periodo es ahora conocido como el del «estancamiento Brézhneviano» (1964-1982), que a la postre llevaría al colapso de la URSS. Sin embargo, muchos de los que la vivieron recuerdan esa etapa con cariño, como un oasis de tranquilidad en medio de los grandes cambios anteriores y posteriores. Nuestro ¿héroe? ¿antihéroe?, Víktor Pankrashkin, nació el 10 de diciembre de 1957 en Lyublino, una zona residencial en los alrededores de Moscú, así que tuvo la doble suerte de crecer cerca de la capital y en esa apacible época. Durante sus años estudiantiles destacó jugando al voleibol. Además de su altura, gracias a unos brazos inusualmente largos se convirtió en un bloqueador temible, algo que le sería útil más tarde en el deporte de la canasta. 

Tras finalizar sus estudios lo reclutó el ejército, siendo destinado a la región de Lvov (oeste de Ucrania). Una vez allí, uno de los entrenadores deportivos, probablemente impresionado por su estatura y envergadura, le propuso probar suerte en el baloncesto. Pese a que apenas había jugado anteriormente, no tardó en tener minutos en el SKA de Lvov de la segunda división soviética. Su rápida progresión no pasó desapercibida y, en 1977, fue traspasado a otro equipo del ejército, el SKA de Riga. En la capital letona disputó la máxima competición de la URSS, si bien el equipo iba justo de talento y terminó undécimo, cayendo a la segunda división. Tras otra temporada en Riga, fue nada menos que el TSKA de Moscú el que se interesó por sus servicios. El histórico club de la capital, vinculado al Ejército Rojo, era sin duda alguna el mejor de la URSS y se había impuesto en nada menos que dieciocho de los últimos veinte títulos nacionales, en gran parte gracias a las enormes (y no siempre éticas) ventajas de las que disponía a la hora de reclutar a los mejores talentos de la vasta Unión Soviética.

Si bien no todos los jugadores recibían el interés del TSKA con los brazos abiertos, para Pankrashkin, que apenas había empezado a jugar unos pocos años antes, significaba un enorme salto cualitativo, además de la nada desdeñable oportunidad de volver a su ciudad natal por la puerta grande. Así, en 1979 regresaba a Moscú, dónde se encontraría con talentos de la talla de Stanislas Yeremin, Anatoly Myshkin, el recién llegado Sergei Tarakanov o el legendario Sergei Belov, este en su última temporada en activo. Aunque el club del Ejército Rojo dominaba la competición con mano de hierro, lo cierto es que en la pintura andaban algo escasos de efectivos. Zharmukhamedov era un buen interior que había sido internacional durante muchos años, pero contaba ya con treinta y cinco años, mientras que Víktor Petrakov no pasaba de ser un pívot correcto; insuficiente arsenal para enfrentarse a la temible pareja del Stroitel de Kiev, los jóvenes pero ya consagrados Belostenny y Tkachenko. En lo que sería una constante en su carrera, recurrieron a Pankrashkin como la alternativa mejor posicionada cuando las mejores opciones no estaban disponibles, lo que no quiere decir que el moscovita no tuviese cualidades válidas. 

Llegamos al TSKA al mismo tiempo. Llegué de Leningrado con mis cosas y recuerdo ver a Víktor en la sala de entrenamiento. No recuerdo a otro jugador como él, era torpe, y tenía una nariz que comparábamos con uno de los miembros del grupo italiano Ricchi e Poveri. Sin embargo, durante la sesión, en una ocasión pensaba que iba a anotar fácil y me colocó un tapón. Y poco después, otro. Estaba claro que tenía un talento natural para ello. Tenía los brazos largos y tocaba el aro solo poniéndose de puntillas. Era un pívot absolutamente atípico, lanzaba triples con seguridad. Era el tipo de jugador discreto necesario en todo equipo. (Sergei Tarakanov)

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Pankrashkin, con la barriguita esa que tenía, pues bueno, tenía un buen tirito, pero a la hora de las hostias debajo del tablero era menos propenso, no le iba tanto. (Juan Domingo de la Cruz)

Dada la falta de centímetros en el TSKA, Pankrashkin logró ganarse un sitio en la rotación y, en esa misma temporada (79/80) se proclamó campeón de la URSS. La selección todavía le quedaba lejos, pero en el TSKA seguiría coleccionando entorchados nacionales. Sin embargo, en la temporada 1982-83 un fenómeno empezaba a asolar las canchas soviéticas: el lituano Arvydas Sabonis. A pesar de tener tan solo dieciocho años, su meteórica progresión catapultó al Zalgiris de Kaunas hasta la élite y a ser capaz de plantar cara al mismísimo TSKA. Arvydas le pasó por encima a Pankrashkin en las victorias lituanas de los primeros duelos entre ambos equipos esa temporada, lo que propició que un desesperado TSKA utilizase oscuras artimañas para hacerse con los servicios de Vladimir Tkachenko.

Pese al obvio impacto que la llegada del pívot ucraniano tuvo en sus minutos, Pankrashkin siguió manteniendo un rol importante en el equipo, probablemente más acorde con su nivel, y el TSKA ganó el título liguero de nuevo tras una final muy disputada ante el Zalgiris. Cuando Tkachenko causó baja para el Eurobasket de Nantes 1983, Pankrashkin terminó entrando en la selección de una manera similar a la que llegó a Moscú: de rebote y sin hacer ruido. En Francia su presencia pasó casi desapercibida, ya que Gomelsky solo le dio minutos esporádicos en la primera fase y no llegó a saltar a cancha en la inesperada derrota ante España en semifinales, pero Víktor se había postulado como un recambio razonable cuando algún miembro del poderoso triunvirato de hombres altos de la URSS tuviese algún problema. 

La vuelta de Tkachenko le apartó de la selección y, con la entrada de las talentosas generaciones del 63 y el 64, parecía que su carrera internacional iba a quedar en flor de un día. Así, Pankrashin seguiría las próximas cuatro temporadas en el TSKA mientras los Sabonis, Tkachenko, Belostenny y el joven Volkov copaban las posiciones interiores de la CCCP. Sin embargo, una vez más, las circunstancias externas terminaron por favorecerle. Sabonis se lesionó de gravedad durante la preparación para el Eurobasket de Grecia 1987, a la vez que Belostenny había sido sancionado y tenía prohibido salir de la URSS. El seleccionador Gomelsky tuvo que recurrir a Vitya para completar el maltrecho juego interior y este cumplió, actuando como suplente de un ya algo achacoso Tkachenko al que los árbitros machacaban a faltas sin piedad.

Pankrashkin incluso tuvo el momento de gloria que a veces la fortuna ofrece a los esforzados secundarios (¿verdad, Kambouris?), anotando un dos más uno en el último minuto del encuentro de la fase de grupos ante Grecia, que a la postre daría la victoria a su equipo. Sin embargo, su buen desempeño ante los anfitriones en la final (ocho puntos) no fue suficiente para evitar la gesta de los locales. Como curiosidad, en ese torneo también era convocado por primera vez el joven ucraniano Valery Goborov, compañero de Pankrashkin en el TSKA y al que unía una profunda amistad. 

Los medios estadounidenses destacaron a Marciulionis y a Volkov como jugadores con inmediato potencial NBA, y también se fijaron en Pankrashkin, al que bautizaron como el hombre con el físico menos privilegiado de la historia del baloncesto.

Su mayor momento de gloria le llegó en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, cuando la suerte le sonrió de nuevo. Pese a que Sabonis se incorporó en el último segundo, un Tkachenko cada vez más mermado a nivel físico se quedó fuera del equipo, y Pankrashkin acudió a la cita olímpica como jugador número doce. Pese a que apenas saltó a cancha, Vitya se colgó la medalla de oro, a la postre la última de la URSS en el deporte de la canasta. Un compañero suyo en el TSKA, el escolta Aleksandr Gusev, le recuerda: 

Estoy seguro de que en 1988 Alexander Gomelsky incluyó a Víktor en el equipo olímpico en mayor medida para que consolidara al equipo fuera de la cancha, Pankrashkin no tenía igual en esto. Aunque apenas participó en los encuentros, se merecía la medalla de oro.

Pese a que Pankrashkin no era particularmente conocido por cuidarse (fumaba y bebía en exceso), todavía jugaría un año más en el TSKA. Sin embargo, en septiembre de 1989 ocurrió un suceso a la postre decisivo en su vida: su amigo del alma Valery Goborov falleció en un accidente de coche. Fue un duro golpe anímico del que Pankrashkin ya no se recuperaría. Pese a la apertura de fronteras, Víktor se quedó en la URSS y jugó un par de temporadas en el Urartu de Yerevan y en Tula. Al poco de dejar el deporte su salud empezó a ir a peor. Su mujer, Olga Pankrashkina, lo recuerda: 

La enfermedad se manifestó por primera vez en 1986. Vitya de repente se sintió mal, con fiebre alta y falta de fuerzas durante varios días. El médico con el que contactamos le envió al hospital. El análisis de la muestra pulmonar confirmó el terrible diagnóstico: tuberculosis. Fue tratado durante mucho tiempo y la enfermedad retrocedió. Volvió a la acción y participó en el Campeonato de Europa de 1987 en Grecia.

La enfermedad había vuelto y esta vez a Pankrashkin no le quedaban fuerzas para luchar. Los ofrecimientos de ayuda económica para tratamiento médico de Volkov y Sabonis fueron en vano, el ya exjugador los rechazó. El 24 de julio de 1993 Vitya perecía en su apartamento en Moscú. Hoy en día, al igual que mientras estaba con vida, nadie tiene una mala palabra sobre él: 

Pankrashkin nunca fue un enemigo de nadie, mantenía buenas relaciones con todos sus rivales. Es una pena que ya no esté, los años 90 lo rompieron: la tuberculosis es una enfermedad completamente anormal para el mundo moderno. Su amigo cercano Valery Goborov murió repentinamente y Víktor dejó de luchar, diciendo: «Valery me está esperando allí».(Sergei Tarakanov)

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Pankrashkin y Goborov. Dos amigos, dos trágicos destinos… Durante las concentraciones con la selección siempre compartían habitación. Pankrashkin ayudó mucho a Goborov. Eran muy similares en su naturaleza, en la manera de entender la vida. (Igors Miglinieks) 

Cada vez que se cumple una nueva década del triunfo en Seul 88 los integrantes del equipo se reúnen para celebrarlo. En septiembre de 2018 se juntaron de nuevo y, como siempre, dedicaron un brindis a los que ya no están: Aleksandr Gomelsky, Valery Goborov, Oleksandr Belostenny y, claro está, Víktor Pankrashkin. 

Descanse en paz. 

Marc Bret y Nacho Morejón son los autores del libro El Gigante Rojo. Historia del Baloncesto Soviético, un recorrido extenso y profusamente documentado por los entresijos del deporte de la canasta en la siempre opaca URSS.

Viktor Pankrashkin
Viktor Pankrashkin en u mayor momento de Gloria, el oro en Seúl 88. (DP)

Coautor 31253


Por favor, procure no escribir en los márgenes, gracias

procure no escribir en los márgenes
Tina Modotti. (DP)

¿Tan difícil es? ¿Tan difícil es hacer caso a la máquina? Nos lo pide por favor. Con mucha amabilidad. Pero no hay manera, por mucho que uno lo intente, al final siempre se sale de la línea y acaba pisando el margen, uno de los márgenes. No. La máquina no se enfada. Solo hace su trabajo. Y corta todo lo que toca el margen. ¿Que te corta un brazo? Pues mala suerte. No lo saques por donde no toca, no pises fuera de tu acera, no asomes la cabeza por la ventana. Y no, no puedes decir que no te avisó…

Tina Modotti se pasó media vida buscando la libertad. Y luego se pasó la otra media tratando de no salirse de la hoja, ni de la línea que tocaba escribir. Tratando dolorosamente de no meter ni una letra en ninguno de los márgenes, esos márgenes que cada vez eran más anchos y por tanto dejaban retener menos palabras dentro. Al final el espacio de las palabras se había reducido tanto que cualquier palabra grande ya no cabía. Ya no cabía la palabra «felicidad», ni la palabra «esperanza», ni siquiera, por supuesto, la palabra «libertad». ¿Y «socorro»? Pues no, tampoco cabía. Y ese fue el problema. Que trató de gritarla, de pedir desesperadamente auxilio cuando ya no le quedaba tiempo ni para gritar una simple palabra, cuando estaba su vida tan rodeada de un territorio inmensamente muerto y vacío, de unos márgenes tan insoportablemente extensos, que era imposible que alguien oyera su grito. Bueno, ella se lo buscó, dijo la máquina. Y cortó por donde tenía que cortar. So… ¿Le dio tiempo a escribir lo que faltaba? Soc… Socor… Socorro… Pues me gustaría concederle ese último y mezquino consuelo, un grito final liberador. 

Pero muy posiblemente ni eso. No tuvo ni tiempo de gritar nada. Según la versión oficial (la que está dentro de los márgenes), murió dentro de un taxi,  en una noche oscura de México, que no era más que una pequeña porción de la gran noche oscura del mundo, allá por 1943. Pino Carruci, en su libro sobre ella (Tina Modotti, editorial Circe, 1992), nos dice que algunos de los testigos lo tuvieron muy claro: «Típica eliminación estalinista». Pues sí. Pino no afirma ni niega nada, pero lo que dice es suficiente como para dudar de la versión natural, que es la que habla, evidentemente, de una muerte natural, tan natural como que a una la envenenen en una cena con amigos y con su todavía actual amante pero muy pronto examante, que mira por donde es un gran experto en muertes naturales, es decir, naturalmente provocadas para que parezcan lo que son, una «típica eliminación estalinista». ¡Ah! ¡Qué gente tan divertida, con que gran sentido del humor! Como Alberti, que le escribe un poema en su honor y se lo dedica a su presunto asesino, para demostrar que un buen comunista tiene un gran estómago y aguanta lo que sea, siempre y cuando no lo envenenen en una cena con otros comunistas, claro está… Y sí, he escrito «presunto», pero solo porque me obligan a hacerlo, porque si la mató directamente o la mandó matar o dejó que la mataran sin mover un dedo, o dejó que ella se fuera muriendo lentamente hasta que ya estaba casi muerta cuando decidieron matarla, eso son pequeños detalles sin importancia, lo fundamental es que nuestro «comandante Carlos» (es decir, Vittorio Vidali, es decir, Enea Sormenti, es decir… ¿qué importa quién sea en realidad un agente estalinista, un agente cuyo trabajo es ser cualquiera y más aún, llegar a no ser humano, llegar a ser una máquina que nunca se sale a los márgenes?) era el hombre que tenía el control total de su vida, y cada vez le iba ampliando el margen por ambos lados, para que cada vez ella pudiera meter dentro menos palabras. «Son las órdenes». Sí, esa era la excusa de siempre. La maravillosa excusa que valía para todo.

Poco antes de su muerte, Tina se despidió de su hermano en Estados Unidos con un «adiós». Cuando su hermano le preguntó porqué «adiós» y no «hasta luego», Tina, tranquilamente, le respondió: «Imposible, es como si ya estuviera muerta. Allá abajo, en México, no podré sobrevivir». Esto hizo que algunos pensaran en un suicidio. En realidad poco importa si fue un suicidio o un envenenamiento o una muerte realmente natural, un muy oportuno ataque cardiaco, poco importa porque como ella misma confesó que tenía que vivir con alguien que, descubiertas todas las máscaras y rotos todos los pasaportes falsos, se muestra delante de ella como lo que es, un ser mezquino y servil, un ser profundamente inhumano, que se esconde detrás de su papel de patriota, de buen soldado, para justificar cualquier asesinato y cualquier traición. «Solo es un asesino… Y me ha arrastrado a un crimen monstruoso. Lo odio con toda mi alma. Y sin embargo… estoy obligada a seguirle hasta el final. Hasta la muerte». Nos confiesa ella misma, cuando ya sabe que no podrá escribir muchas palabras más sin alcanzar el margen. Y allí no hay nada. 

Pero el problema es que en el lado de dentro tampoco hay nada. Antes una cabaña en el bosque podía ser un refugio. Ahora ya no hay cabaña, solo bosque. Al principio, cuando deja la fotografía y abraza el comunismo, todo se puede justificar, todo parece tener un sentido. Y si hay que mentir a un juez se miente, y si hay que engañar a un periodista, pues se le engaña, y si hay que darle la espalda a un antiguo camarada, pues se le da la espalda. Hasta que un día descubres que nunca serás una máquina perfecta, porque cada vez te cuesta más ceñirte a los límites marcados, y te preguntas qué es lo que falla en ti, cuando en realidad en ti no falla nada, o si falla algo es tu propia naturaleza humana, que hará que más pronto o más tarde cometas el error fatal que te sacará de tu espacio de seguridad, y fuera de ese espacio (cada vez más menguado) no puede existir nada. 

Son de sobra conocidos los motivos por los que una persona podía acabar en un gulag en Siberia. Orlando Figes, gran conocedor de la época estalinista, nos cuenta muchos de ellos en sus libros. La mayoría de los acusados eran (¡oh, sorpresa!) completamente inocentes. Otro libro muy doloroso pero muy necesario es el libro de Vitali Chentalisnki: De los archivos literarios del KGB. Como su título nos dice, el libro es una selección de algunos expedientes sacados de los archivos de la policía secreta. Ahí tenemos a muchos escritores, pero también tenemos el caso de personas totalmente anónimas, como un campesino que acabó siendo condenado a trabajos forzados y sufrió todo tipo de torturas y castigos físicos por un delito que a nosotros nos parece increíblemente insignificante: tener el documento de identidad caducado. 

Tina y su amante, el huidizo y eficiente comandante Carlos, formaron parte de esta gran maquinara de represión y muerte. No trabajaban dentro del país, sino fuera, pero su trabajo era en esencia el mismo, mitad policía, mitad espías, en la práctica agentes de Stalin encargados de velar para que se cumplieran rígidamente todas sus ordenes, y encargados de perseguir, descalificar, insultar, humillar, aislar y finalmente eliminar a los que no las cumplían. ¿Cómo puede una fotógrafa como Tina, que había ido a México buscando una vida alegre, feliz, radiante, una vida creativa, entregada al placer y al arte, acabar ingresando en el Partido Comunista y convertirse en la eficiente y silenciosa colaboradora de uno de los principales verdugos de Stalin fuera de La URSS?

Lo terrible del asunto es que hasta ellos mismos comprendieron un día lo difícil que era no salirse de la línea. Llegó un momento en que empezaron a sentir miedo. Les ofrecieron volver a Rusia, a la «madre patria» para pasar unas cortas vacaciones antes de empezar una nueva misión en un nuevo país. Y la sola idea les pareció terrible. Volver a la URSS era enfrentarse a una muerte segura. En lugar de aceptar el ofrecimiento, prefirieron partir de inmediato para su nueva misión, que por suerte se debía realizar muy lejos de la URSS. Y no, no era el sentido del deber, no era el «celo revolucionario», ni tampoco era que habían faltado a sus obligaciones, o habían cometido algún delito o atentado de alguna manera contra su gobierno, era simplemente que ya sabían lo bromista que podía ser el camarada Stalin, lo meticuloso y paciente que era cuando preparaba sus bromas, y lo increíblemente rápido que era a la hora de ponerlas en práctica, tan rápido que cuando la muerte disparaba su súbito flash deslumbrante, uno salía en la foto con una expresión congelada entre la admiración y el espanto. 

Y ¿cómo vivir después de esto? Cómo vivir sabiendo que tu destino está escrito de antemano por la máquina que te va quitando las palabras, sabiendo que todo por lo que has luchado, todo por lo que te has sacrificado, todo aquello que hacías por unos grandes ideales (la paz, el futuro de la humanidad, la felicidad y la libertad del hombre, la justicia, la solidaridad…) al final se ha convertido en una espantosa mentira, una mentira que solo sirve para mantener en el poder a un tirano tan vil como los tiranos a los que supuestamente intenta combatir, a un tirano que no tiene ningún problema en pactar con Hitler, su declarado y eterno enemigo, y dejar que los americanos maten a Sandino y a sus seguidores porque «no es momento de hacer otras revoluciones», ni en Nicaragua ni en Cuba ni en ninguna parte, que se mete en la guerra civil española para limpiar el país de troskistas y de anarquistas (y bueno, ya de paso, para luchar por la República, pero previo pago en lingotes de oro, que prestar ayuda gratis no es un buen negocio), que es capaz de conseguir que nadie, nadie, ni el mejor de sus espías, ni el mejor de sus generales, ni el mejor de sus policías, ni el mejor de sus ingenieros, ni el mejor de sus médicos, pueda dormir tranquilo una simple noche… Y así podríamos seguir un rato más, pero nos remitiremos a la frase que le dijo el exministro republicano Jesús Hernández a la propia Tina, cuando los dos se encuentran en México después de la Guerra Civil: «Stalin y su banda de asesinos han transformado en la palabra comunista en un insulto». 

Pero no, en realidad el problema no era Stalin. El problema era la incapacidad del ser humano de hacer fría e inhumanamente su trabajo. Su manía de protestar, de tener un extraño sentido de la justicia, de criticar y dudar y empeñarse en sentir simpatía por las víctimas, por los otros seres humanos, por los seres que nos rodean y cuya vida se parece tanto a la nuestra, seres con los que nos acostamos y tenemos hijos y compartimos tristezas y alegrías y que un día debemos denunciar ante la gran máquina, porque se han salido de plantilla, porque han traspasado los márgenes, porque no pueden ceñirse a hacer simplemente lo que tienen que hacer: callar cuando toca callar y acusar cuando toca acusar. ¿Tan difícil es? ¿Tanto cuesta hacer caso a la máquina que te va diciendo qué palabra toca escribir en cada momento? 

Olympe de Gouges quiso dar un gran salto. Cogió carrerilla y se lanzó al borde de la hoja. No invadió el margen, directamente se lo saltó. Y fue a caer justo en la guillotina. Su caso es muy instructivo, pero por desgracia el ser humano tiene poca memoria. Clara Campoamor tampoco podía respetar los márgenes. O el de arriba o el de abajo o el de la izquierda o el de la derecha, nada, no había manera, al final tenía tantas ganas de escribir que siempre acababa pasándose al margen… Criticó duramente al gobierno republicano, siendo ella misma parte del gobierno republicano. ¿Y total para qué? Cuando escapaba en barco hacia México fue reconocida por unos falangistas que quisieron matarla. Pero aunque no la mataron hicieron otra cosa: tapar sus palabras. Todas sus palabras. Las que estaban fuera del margen y las que estaban dentro del margen. Su libro La revolución española vista por una republicana fue escrito en francés en 1937, pero no se tradujo al castellano hasta el año 2002. Y uno se pregunta por qué tan tarde. ¿Decía cosas que no gustaban ni a unos ni a otros? ¿Metía un pie o una mano donde no tenía que meter nada? Y lo mismo le pasó a Chaves Nogales, que dijo aquello de que «España no será ni comunista ni fascista» y tuvo que elegir entre ser fusilado por los comunistas o ser fusilado por los fascistas. Chaves Nogales quería escribir bien, con corrección y limpieza, no quería que sus palabras se llenaran del lodo de los márgenes, no quería caer en ese lodazal donde cada vez había más charcos de sangre. Murió pronto. Y murió en silencio. Atacar a unos y a otros era enfadar a todos. A los escritores que iban a los congresos de escritores a gritar las consignas del partido y a los escritores que iban a los periódicos oficiales a decir a quién tocaba fusilar esta semana. Los que no saben respetar el margen pueden acabar en la cuneta o bajo la nieve de un bosque boreal. La máquina no tiene la culpa. La culpa es de nosotros, por ser tan inútilmente humanos. 


Solovkí: el infierno helado 

Solovkí
DP.

Hablar de Solovkí es poner el dedo en la llaga de los nostálgicos marxistas (perdón por el pleonasmo) que todavía creen que el estalinismo instauró un régimen de terror desviándose de los fundamentos de la revolución bolchevique de octubre de 1917. A Stalin se le acusa de la perversión de un ideal comunista que quiso asaltar los cielos y acabó imponiendo un averno en tierra. Todo el dudoso mérito de la creación de los gulag se le imputa al temible Koba. Sin embargo, un leve y frío paseo por la historia de la Unión Soviética demuestra que el germen del mal estalinista estaba en los principios teóricos y la praxis revolucionaria del bolchevismo y la doctrina leninista. 

Gracias, por ejemplo, a los esfuerzos del historiador militar Dmitri Volkogonov sabemos que el gusto por castigar y asesinar al disidente era una de las debilidades del primer dictador de la URSS. Valiéndose de documentos oficiales, Volkogonov traza en El verdadero Lenin la figura de un fanático incapaz de aceptar que la tozuda individualidad se resiste a la imposición de su abstracta ingeniería social. Arthur Koestler, en El cero y el infinito, fue uno de los escritores que con mayor premura y sagacidad supieron ver la diabólica contradicción de la doctrina bolchevique, que pretendía redimir a la humanidad despreciando y aniquilando a individuos que no encajaban en el salón del baile del paraíso igualitarista. Imponiendo, en fin, el terror. 

Grandes analistas de la Revolución francesa, admiradores de Robespierre y su implacable afeitado justiciero, los bolcheviques (especialmente Lenin y Trotski) eran muy conscientes de que su régimen solo podría pervivir sin oposición. El terror, por lo tanto, debía ser inmisericorde. La violencia era el motor de la acción revolucionaria. Una violencia no solo destinada al enemigo burgués, al lumpen irredimible y a los kulaks (campesinos con propiedades y renuentes a las colectivizaciones), sino también a anarquistas, socialdemócratas o socialistas revolucionarios. Ya en 1917 se creó la inquisitorial Cheká, comandada por el siniestro Dzerzhinski. Este órgano represor se vio apoyado con la perpetuación de los «campos de trabajo», una institución penitenciaria que databa de la época de Pedro I el Grande. O sea que, en cuestiones de despotismo y represión, los bolcheviques no le iban a la zaga al zarismo. Más bien todo lo contrario: pronto demostraron que podían superar todos los récords de opresión existentes. Dzerzhinski en este aspecto fue de una sinceridad notable. Desde su posición de máximo responsable del aparato represor dejó dicho que los burgueses podían matar a miles de personas, pero que ellos, los bolcheviques, tenían poder para aniquilar a toda una clase social. 

Dicho y hecho. 

La madre del gulag

Según los cálculos más refinados, en la Primera Guerra Mundial murieron alrededor de siete millones de rusos, mientras que en la guerra civil posterior perecieron cerca de ocho millones de personas, principalmente a causa del hambre, el frío y las epidemias. Entre las condiciones patéticas causantes de mortandad los campos de prisioneros jugaron un papel relevante, siendo el de Solovkí todo un estandarte de la represión crudelísima. En su célebre Archipiélago Gulag, Aleksandr Solzhenitsyn se refiere a él como la «madre del gulag»: la primera piedra de un sistema fundamentado en el castigo atroz al disidente. Durante la década de los años veinte y treinta, los monasterios del archipiélago Solovetsky, situado en el mar Blanco, sirvieron a unos propósitos muy distintos de aquellos por los cuales habían sido edificados. Aquel lugar de culto se convirtió en un infierno helado. En una fortaleza inexpugnable en la que uno sabía cuándo entraba, pero nunca cómo ni cuándo salía. Si es que tenía la suerte de hacerlo por su propio pie. 

Curiosamente, la mayoría de los bolcheviques de la primera hornada revolucionaria habían padecido persecución y cárcel. El talego y la clandestinidad formaban parte de su aura legendaria de guerreros forjados en cien batallas. Incluso un tipo como Lenin, más bien esquivo y poco dado a la acción en primera línea, padeció la persecución y el destierro. De Trotski se decía que su nombre de guerra se lo tomó prestado a su carcelero. En cualquier caso, las prisiones zaristas, en todas sus duras condiciones, nunca llegaron a alcanzar el horror del gulag. Tal y como detallaba Pilar Bonet en un reportaje de El País: «Solovkí se adaptó al poder soviético con rapidez. El Gran Lago Blanco se convirtió en el Gran Lago Rojo; el monasterio; en un sovjós (una granja socialista), y los monjes, en “colectivo de fieles”. Los popes que no se “renovaron”, se transformaron ellos mismos en carne de presidio. En 1920 llegaron a la isla los “blancos” apresados por los “rojos” en la guerra civil. A partir de 1923, Solovkí comenzó a configurarse ya como germen de un nuevo sistema. El GPU (la policía política de la época, heredera de la Cheka y precursora del KGB) organizó entonces el Slon (Campos Especiales de Solovkí). A mediados de ese año llegaron los primeros prisioneros de esta nueva época, según El libro negro del comunismo. A fines de año había 4000 detenidos, y al terminar 1928, cerca de 38 000».

Se calcula, además, que entre 1920 y 1939, unos 350 000 prisioneros fueron recluidos en campos de trabajo y condenados a sufrir temperaturas que en invierno alcanzan los cuarenta grados bajo cero. Unos 20 000 murieron de hambre y enfermedades.

Las duras condiciones provocaron motines duramente reprimidos y un malestar que provocó las críticas internacionales. Siempre pendientes de la propaganda, las autoridades soviéticas organizaron en 1929 una visita del popular escritor Máximo Gorki. A este respeto, escribe Bonet en el mentado reportaje: «La visita del gran escritor proletario despertó grandes esperanzas, pero Gorki ignoró todas las señales de socorro que recibió, incluida la de los presos que leían demostrativamente el periódico al revés. Campos como el de Solovkí “son necesarios”, porque gracias a ello el Estado conseguirá “acabar con las cárceles”, escribió después».

Si en un principio la prisión fue concebida como un campo de reeducación, Stalin (con la ayuda de sangrientos esbirros como Yagoda, Yezhov y Beria) convirtió los gulag en una verdadera maquinaria económica. Fue de esta manera como en los años treinta la industrialización forzosa fue posible con la mano de obra de los presidiarios, que estaban obligados a unas durísimas jornadas de trabajo sin pausa. En una locura precisa se llegaba a calcular las calorías que requería cada preso para seguir produciendo, la mejor manera de fusilar o el método más eficiente de deshacerse de los cadáveres. 

Tal y como cuenta Anne Applebaum en su ensayo de referencia Gulag: Historia de los campos de concentración soviéticos: «En estas islas prisión, las condiciones higiénicas y de vida eran muy precarias y primitivas. Los presos dormían sobre tarimas hacinados, mientras los chinches los devoraban. En todas las islas, las pésimas condiciones higiénicas, la mala alimentación y el exceso de trabajo acarreaban enfermedades, sobre todo el tifus. Además, los prisioneros estaban sometidos al sadismo de los guardias que los torturaban arbitrariamente. En el invierno, los guardias de Solovkí solían dejar prisioneros desnudos en los campanarios de la vieja catedral a la intemperie, atándoles las manos y los pies a la espalda con una cuerda. En ocasiones, hacían ir a los presos desnudos a los baños a dos kilómetros de distancia, en un clima gélido. O a sabiendas les daban carne podrida. O les negaban auxilio médico. O los ataban desnudos a un poste infestado de mosquitos, los cuales en pocos minutos les llenaban el cuerpo de hinchazones. Esto provocaba en los presos desmayos y pérdidas de sangre. En algunas ocasiones se llevaron a cabo ejecuciones en masa por sorpresa y al azar».

Para acabar relatando cómo la iglesia se convirtió en una verdadera bajada a los infiernos: «Casi tan terrible como la ejecución era ser sentenciado a Sekirka, la iglesia cuyos sótanos se habían convertido en celdas de castigo de Solovkí. Muy pocos volvían con vida de esos sótanos. Según se cuenta, la larga escalera de trescientos sesenta y cinco peldaños de madera que bajaba desde la empinada montaña de la iglesia de Sekirka también desempeñó un papel en los asesinatos masivos». 

Actualmente, Solovkí atrae a miles de turistas cada año y un Museo del Gulag mantiene viva la memoria de una de las mayores pesadillas del siglo XX. Un genocidio que empezó ensayándose en una isla. 


El arte ruso de la guerra

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Sebastopol, Crimea, 2014. Fotografía: Cordon Press. arte ruso de la guerra

El 30 de abril de 1985 un grupo de pistoleros del Ejército de Jalid ibn al-Walid y de la Organización de Liberación Islámica secuestraron a cuatro diplomáticos soviéticos en Beirut. Según los servicios de inteligencia soviéticos, el ataque fue idea de Imad Mugniyah, alias la Hiena, un agente de Hezbolá, tratando de responder a una oleada de ataques de milicias izquierdistas sirias en Líbano. Los radicales enviaron un mensaje a Moscú exigiendo la suspensión de la ofensiva y el cierre de su embajada. Para demostrar que no estaban para bromas, Mugniyah decidió matar a uno de los rehenes acribillándolo a balazos y tirando el cadáver en un vertedero en Beirut.

Los soviéticos respondieron enviando a unos cuantos agentes del llamado grupo Alfa, los tipos con más malas pulgas del KGB. Los agentes soviéticos identificaron a los terroristas y procedieron a secuestrar a sus familiares, uno a uno. Para recalcar que no tenían el más mínimo sentido del humor, le arrancaron los testículos a uno de sus rehenes, los pusieron en un sobre y lo enviaron a los militantes islamistas, a ver qué les parecía. Acto seguido, ejecutaron a su pobre rehén. 

Al día siguiente, un BMW dejaba a los tres diplomáticos rusos secuestrados delante de la embajada, antes de alejarse tan rápido como pudo. Nadie se atrevió a secuestrar a un diplomático ruso durante los siguientes veinte años. 

Es una buena historia, aunque sería un tanto más creíble si hubiera menos versiones sobre ella circulando. Las fechas varían, los participantes y el número de rehenes también. Lo más probable es que el secuestro y liberación de los diplomáticos soviéticos sea parte real, parte leyenda. El método y ejecución, sin embargo, es plenamente ruso: una mezcla de sutileza en el uso de inteligencia, habilidad para explotar las debilidades del oponente y completa falta de reparos en aplicar ultraviolencia allá donde sea necesario. 

A los rusos, desde tiempo inmemorial, se les ha dado bien esto de la guerra. Desde finales del siglo XV, cuando el Gran Ducado de Moscú se libra de la dominación mongola, los rusos se han liado a guantazos con sus vecinos al norte, sur, este y oeste con una dedicación difícil de igualar. Entre 1492 y el inicio de las guerras napoleónicas, se llevaron por delante a los kazajos, los livones, los lituanos, Crimea, las ambiciones imperiales de Suecia y Polonia, aparte de dejar al Imperio otomano hecho cisco y llevar el suyo hasta el océano Pacífico. 

Su reputación militar en el continente no se afianza hasta 1763, cuando las tropas zaristas consiguieron derrotar a los belicosos prusianos repetidamente. Durante el conflicto, los rusos les pegaron soberanas palizas en Gross-Jagërsdorf y Kunersdorf e infligieron pérdidas atroces en Zorndorf, utilizando una combinación de superioridad numérica abrumadora, generales poco imaginativos y tropas extraordinariamente tozudas. Lo único que les impidió explotar sus victorias fueron problemas logísticos; los rusos nunca habían operado con ejércitos grandes lejos de sus bases, y a menudo se quedaban sin comida, munición, caballos o calzado justo cuando más los necesitaban. 

Los rusos aprendieron la lección. En las décadas siguientes, el Estado Mayor imperial mejoró el sistema de aprovisionamiento de los ejércitos del zar hasta convertirlos en los mejores de Europa. La combinación de buenas y abundantes tropas, estómagos llenos y el brillante liderazgo del mariscal Aleksandr Suvórov, probablemente el mejor general del siglo XVIII (sesenta y tres batallas, sesenta y tres victorias), fueron las claves de las grandes victorias rusas de la época contra otomanos, polacos y los pobres suecos. 

No fue hasta las guerras napoleónicas, sin embargo, cuando los rusos se convirtieron en algo parecido a un enemigo final de videojuego para los conquistadores megalómanos que querían dominar el mundo. Las cosas empezaron mal. El inagotable Suvórov, ya jubilado, fue llamado de nuevo a las armas por el zar Pablo I. El viejo general procedió a darles tres soberanas palizas a los franceses en Cassano, Trebbia y Novi, desbaratando todas las conquistas de Napoleón en Italia mientras Bonaparte hacía turismo por Egipto. Por desgracia, sus aliados austriacos la pifiaron al otro lado de los Alpes, forzando su retirada. Suvórov murió en San Petersburgo antes de poder enfrentarse a Napoleón.  

Sus sucesores heredaron el enorme, bien preparado y mejor artillado ejército del viejo mariscal, pero no su talento estratégico. No es que nadie tuviera nada que hacer contra el Napoleón de 1805, cuando el recién coronado emperador estaba en su plenitud; el corso le pegó palizas absolutamente épicas a todo el mundo que se le puso por delante. Los rusos tuvieron la mala suerte de llevarse la tunda más salvaje de todas en Austerlitz. A pesar de que las tropas del zar fueron capaces de empatar con la Grande Armée en Eylau, una horrible batalla de desgaste de dos días en Prusia Oriental, Bonaparte les volvió a sacar brillo en Friedland meses después. 

La invasión francesa de Rusia lo cambió todo. En junio de 1812 un gigantesco ejército de seiscientos ochenta mil efectivos cruzaba la frontera prusiana. El objetivo, como siempre para Napoleón, era encontrar el ejército enemigo y derrotarlo. Los rusos no mordieron el anzuelo: en vez de plantar batalla, los mariscales Barclay de Tolly y Kutúzov, ambos discípulos aventajados de Suvórov, decidieron retroceder, cediendo territorio para agotar a los invasores. En una salvaje muestra de pragmatismo, la retirada del ejército iba acompañada de una brutal estrategia de tierra quemada. Los cosacos del zar devastaron amplias regiones de Ucrania, Polonia y Bielorrusia simplemente para negar provisiones y forraje a las tropas napoleónicas. 

Napoleón, siempre a la ofensiva, siempre avanzando, cayó en la trampa. No fue hasta Borodinó, a apenas cien kilómetros de Moscú, cuando Kutúzov plantó batalla. El enfrentamiento fue la peor carnicería jamás vista en un combate entre ejércitos en Europa hasta entonces; una gesta que los rusos repetirían, una y otra vez, en guerras posteriores. Nadie ha tenido menos reparos en sacrificar cientos de miles de vidas en el campo de batalla que la Madre Rusia. 

Aunque los rusos perdieron en Borodinó, poco les importaba. Cuando los franceses entraron en Moscú, ya habían evacuado la ciudad, y no dudaron en prenderle fuego cuando cayó la noche. Aislado en un país hostil en medio de una ciudad devastada, Napoleón ordenó la retirada. En otro ejemplo del sutil talento ruso para la logística, Kutúzov bloqueó la ruta sur en Maloyaroslávets, forzando a las tropas francesas a que tuvieran que volver por el mismo camino por el que habían venido, ahora arrasado tras meses de guerra. 

Era octubre. Agotados, faltos de suministros, constantemente atacados por los cosacos, golpeados sin piedad por el General Invierno, el mejor militar de Rusia, Napoleón volvió a París con apenas ciento veinte mil hombres. Las bajas rusas en el ejército fueron severas, pero nada comparable al millón de civiles muertos en el camino del ejército invasor para debilitarlo. Tras la fallida invasión de Rusia, Napoleón nunca volvió a ser el mismo. El año siguiente, la sexta coalición acabó con su imperio y su reinado, con las tropas del zar llevando el peso de la campaña.

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Moscú, 2012. Fotografía: Cordon Press.

Tras un siglo XIX relativamente tranquilo atizando a los turcos, los rusos empezaron el siglo XX con mal pie. En 1905, para sorpresa de todo el mundo, perdieron una guerra contra los japoneses. Los rusos resulta que nunca han sido demasiado competentes en conflictos navales, y en Tsushima poco menos que hicieron el ridículo. La derrota trajo consigo el primer conato revolucionario en el Imperio de los zares, y convenció al Estado Mayor de la necesidad de modernizar el ejército de arriba a abajo. 

Lo hicieron, aunque no lo suficiente. En 1914, el ejército zarista resultó ser el equipo revelación de la Primera Guerra Mundial, capaces de grandes proezas y fracasos igualmente sonados. Los rusos empezaron el conflicto sorprendiendo a alemanes y austriacos con una movilización muchísimo más rápida y ordenada de lo que habían esperado. El Imperio de los Habsburgo, siguiendo con su tradición de tener un ejército mejor vestido que entrenado, se vio completamente superado, perdiendo Galicia y teniendo que pedir ayuda a la desesperada a su aliado alemán. Para fortuna de ambos, los germanos se toparon tras una de las primeras batallas en Prusia oriental con el cadáver de un oficial ruso que llevaba todos los planes de la invasión encima. Fue eso, más que la brillantez táctica prusiana, lo que provocó la derrota zarista en Tannenberg. 

Tras un 1915 desastroso, marcado por la retirada de Polonia y derrotas provocadas por falta de munición y artillería, en 1916 los rusos demostraron otra de las claves en su tradición militar: la capacidad de aprender. La Gran Guerra es descrita a menudo como un conflicto sangriento, sin apenas innovaciones militares. Los únicos que aprendieron algo, en todo caso, fueron los alemanes, que modernizaron sus tácticas de infantería para atacar trincheras, y casi ganaron gracias a ellas en su gran ofensiva de 1918. La realidad, sin embargo, es que muchas de las innovaciones de la guerra son el fruto del último gran hecho de armas del Imperio zarista, la ofensiva Brusílov de 1916. 

Brusílov era un aristócrata, hijo de un general de carrera, que empezó la guerra como oficial de caballería. El hombre entendió rápido que su negocio estaba cambiando, así que se lanzó a modernizar las tácticas utilizadas por sus ejércitos de forma radical. En vez de utilizar largos bombardeos de artillería antes de lanzar un ataque, Brusílov apostó por bombardeos mucho más cortos e intensos y atacar con la infantería inmediatamente después. En vez de ataques concentrados en un punto del frente, asaltó las líneas en todo el frente a la vez, buscando un punto débil y evitando que el defensor concentre sus reservas. En vez de dejar la artillería detrás una vez empieza el ataque, hizo que siguiera a las unidades en su avance. En vez de atrincherar a sus tropas lejos de la línea enemiga para protegerse mejor, construyó trincheras tan cerca como fuera posible. En vez de dejar las reservas lejos del frente, las dejó justo detrás, listas para lanzarlas en el momento en que algún punto del frente de ataque rompiera las líneas enemigas. Todo ello, además, aderezado con las tácticas de soldados de asalto en unidades pequeñas que tanta fama ganarían años después, una vez los alemanes las copiaran. 

La ofensiva Brusílov consiguió avanzar más de sesenta kilómetros en una guerra donde las victorias a veces se medían en metros, y hubiera llegado más lejos de no ser por la incompetencia del resto de generales rusos. También consiguió, haciendo honor de la típica alta tasa de mortalidad de cualquier guerra con los rusos, entre un millón y medio y dos millones de bajas (medio millón de rusos), en lo que es aún hoy una de las batallas más letales de la historia. 

El problema para Brusílov y los zares es que, por muy bien que lo hicieran en el campo de batalla, nunca iban a poder competir con el arma secreta alemana: Vladímir Lenin. En febrero de 1917, tras la revolución de febrero, el Gobierno alemán metió al revolucionario bolchevique en un tren de Zúrich y lo llevó hasta San Petersburgo para que armara un poco de barullo. Lenin les devolvió el favor con creces con una revolución que sacó a Rusia de la guerra. 

La última gran juerga rusa, ya como Unión Soviética, fue la Segunda Guerra Mundial. Siempre se habla de Normandía, el Día D, los bombardeos aliados y la batalla de Inglaterra al hablar de este conflicto. La realidad es que donde realmente se decidió todo fue en el frente oriental, en la titánica batalla entre soviéticos y alemanes entre 1941 y 1945. 

La escala de este conflicto es realmente abrumadora. Más de cuatro millones de soldados alemanes murieron en el frente oriental. Los soviéticos sufrieron entre ocho y once millones de militares muertos, y más de quince millones de civiles. Como comparación, las bajas de ingleses, franceses y estadounidenses en los seis años de guerra no alcanzan el millón. El frente oriental representa una lucha a muerte de dos imperios totalitarios industrializados gigantes que durante cuatro años dedicaron todos sus recursos a exterminarse mutuamente. 

La diferencia fue que esta vez los rusos sí supieron movilizar una economía de guerra. En vez del triste fracaso de la economía zarista, los soviéticos convirtieron su imperio en un arsenal completamente dedicado a matar alemanes. Empezaron la guerra con una auténtica proeza logística, la evacuación de gran parte de su industria militar al este de los Urales durante la ofensiva alemana de 1941. Fábricas enteras fueron desmontadas, toda su maquinaria y trabajadores metidos en trenes y llevados a miles de kilómetros al este. Allí a menudo eran recibidos con unas cuantas tiendas de campaña, cuatro sacos de comida y un comisario político aullando por un megáfono que ya tardaban en ponerse a fabricar tanques. 

La URSS, siendo un país mucho menos industrializado que Alemania, ganó la carrera de producción militar por las bravas, a base de sudor y ejecuciones para mantener la moral bien alta. El país dedicó un absurdo 76 % de su PIB al esfuerzo bélico (en comparación, Estados Unidos nunca superó un 40 % en todo el conflicto, y Alemania solo llego al 60 % hacia el final de la guerra) y fabricó una cantidad absolutamente descomunal de tanques, artillería y aviones. La calidad media de sus armas era con frecuencia inferior a las ultracomplejas creaciones alemanes, pero, como Stalin decía a menudo, «la cantidad en sí misma es una forma de calidad».

Los soviéticos, además, mejoraban rápido. Tras las soberanas palizas iniciales, no tardaron en explotar lo que habían aprendido ciento treinta años antes con Napoleón sobre cómo es menos importante mantener territorio que agotar al enemigo. Los alemanes se pasaron dos años avanzando hasta en medio de ninguna parte solo para verse forzados a retirarse cuando un ejército soviético o veinte aparecían en su flanco. Los soviéticos entendieron rápido la importancia de la superioridad aérea y los bombarderos tácticos, así que acabaron produciendo más de treinta y seis mil Sturmoviks. Tras sufrir ofensivas alemanas mecanizadas y maravillarse de la velocidad de su avance, los soviéticos decidieron mecanizar todo su ejército. Al final de la guerra, mientras que las tropas de Stalin avanzaban hacia el corazón del Reich en inmensas formaciones capaces de mover todos sus efectivos en camiones, los alemanes seguían confiando en caballos para gran parte de su cadena logística. 

La Unión Soviética ganó la guerra como ganan siempre los rusos las guerras: logística, una capacidad de adaptación casi infinita y una tozudez extraordinaria. Los rusos nunca ganarán una guerra en seis días, descubrirán la próxima revolución militar o inventarán nada nuevo, pero siempre serán capaces de tolerar un número de bajas que haría que cualquier otro país pidiera un armisticio, copiar y adaptar cualquier táctica nueva y explotar su uso hasta las últimas consecuencias. 

Como decía Stalin, no hay ningún problema en este mundo que no se pueda solucionar con toneladas de explosivos. Cuando los rusos van a la guerra, siempre aplican esta filosofía a conciencia.