Daniil Medvedev, Emma Raducanu y casi todo lo que nos dejó el US Open 2021

Daniil Medvedev Emma Raducanu US Open 2021
Emma Raducanu, ganadora del US Open 2021. Foto: Cordon Press.

En las últimas rondas del torneo, la organización colocó a Rod Laver en primera fila para vigilar de cerca a Novak Djokovic. Aquello recordaba a cuando Michael Corleone llevó desde la mismísima Sicilia al hermano de Frank Pentangelli para asegurarse de que cambiaba la declaración delante del tribunal. Cada vez que Djokovic sufría ante Berrettini o ante Zverev o ante el propio Daniil Medvedev en la final —y no fueron pocas ocasiones—, la realización lanzaba un plano de Rod Laver atento, en ocasiones sonriente, incluso satisfecho. 

Laver es el único tenista masculino capaz de ganar los cuatro grandes en un mismo año dentro de la era Open. Lo logró en 1969. Antes lo había logrado en 1963, cuando aún regía la norma que impedía participar en estos torneos a los jugadores profesionales. En medio, lo logró, precisamente, en el circuito profesional, aunque esos triunfos logrados durante cinco años voraces no aparezcan en ningún lado. Desde la hazaña de Laver, solo Djokovic se había acercado, cuando ganó los cuatro torneos de forma consecutiva, pero cabalgando entre el final del año 2015 y el comienzo del año 2016.

Una victoria del serbio en el US Open no solo habría desempatado con Nadal y Federer en cualquier debate por el mejor de esta generación, sino que le hubiera colocado en esa cima absoluta que, desde hace cinco décadas, ocupa el ya anciano Rod Laver. No pudo ser. Djokovic fue pasando rondas a base de orgullo y remontadas y, en la final, se vino abajo ante un rival sencillamente superior: el ruso Daniil Medvedev, finalista ya en Nueva York en 2019 y en Australia este mismo año. Medvedev, que heredará el número uno del mundo salvo que se dedique a los yates y el póker, algo muy ruso —y, si no, que le pregunten a Yevgeni Kafelnikov— fue el merecido ganador del torneo y el encargado de arruinar los planes de un Djokovic nervioso y tenso como pocas veces le hemos visto.

Fue la guinda a un US Open magnífico, lleno de historias que contar y que se podría definir como «el Grand Slam de la revolución pendiente». Vamos con alguna de ellas:

1. Había cierto miedo a que los «dictadores» murieran «en la cama». Federer, Nadal y Djokovic han dominado el circuito con puño de acero durante las últimas diecinueve temporadas, que se dice pronto. Hasta este US Open, se habían apuntado sesenta de los últimos setenta y dos torneos del Grand Slam. Con Federer al borde de la retirada y Nadal afectado por una nueva lesión con muy mala pinta, la defensa del Palacio de Invierno quedaba al cargo del irredento serbio a sus treinta y cuatro años. Para legitimar el cambio de guardia, era necesario vencer al número uno en la pista, no como sucedió el año pasado, cuando Dominic Thiem se aprovechó de una descalificación de Nole en cuartos de final. En ese sentido, Medvedev se convierte en el primer nacido en los noventa que gana un grande… y que, además, se lo gana a un grande. Círculo cerrado.

2. Hay algo bonito en la manía del US Open de no dejarse dominar ni en tiempos de dominio absoluto. Djokovic ha ganado Australia nueve veces, las mismas que Federer ha ganado Wimbledon, cuatro menos de las que Nadal se ha impuesto en Roland Garros. Sin embargo, ninguno de los tres ha conseguido más de cinco triunfos en Nueva York. Es el torneo más imprevisible, con diferencia: si decíamos antes que solo doce de los últimos setenta y dos grandes se les habían escapado al «Big 3» —ya son trece de setenta y tres—, es llamativo que, de esas trece derrotas, siete se hayan producido en el US Open. Desde que Roger Federer iniciara la «dictadura» ganando Wimbledon en 2003, hemos visto triunfos en Nueva York de Andy Roddick, Juan Martín del Potro, Andy Murray, Marin Cilic, Stan Wawrinka, Dominic Thiem y, ahora, Daniil Medvedev. Solo Murray ha repetido después victoria en Grand Slam.

3. Si concretamos más en la figura de Djokovic, nos encontramos con que el serbio ha disputado veintidós finales de Grand Slam fuera de Estados Unidos con un balance de 17-5. En Nueva York, sin embargo, su registro es de 3-6. Es curioso que el torneo que más le cuesta con diferencia sea el torneo en el que se dio a conocer al más alto nivel en 2007, cuando llegó a la final ante Federer después de varios días montando el numerito de las imitaciones. También es el torneo en el que más apoyo del público tiene, quizá por ese recuerdo de sus tiempos del «Djoker» cuando era un postadolescente. De aquel graciosete queda poco, la verdad. Djokovic pasa de la tranquilidad zen a destrozar raquetas sin solución de continuidad y en cuanto algo se le complica. Lo demostró en los Juegos Olímpicos y volvió a pasar en la final del US Open.

4. Por supuesto, todo el mérito hay que atribuírselo a Daniil Medvedev. Vale que su camino hasta las semifinales fue un paseo, pero a partir de ahí no cedió ni un solo set: 3-0 al prometedor Felix Auger-Aliassime y 3-0 al campeonísimo Novak Djokovic. El ruso, número dos del mundo y campeón en Canadá, probablemente sea en la actualidad el mejor jugador del mundo y por fin lo demostró sin titubeos. Con un saque imposible de leer por la velocidad de su rutina —recuerda a Andy Roddick— y un revés tan bueno que parece que jugara con dos derechas, al ruso no le temblaron las piernas en ningún momento. Era mejor, lo sabía, lo demostró. Punto. Los abucheos del público en su último servicio apenas le afectaron. Está acostumbrado desde que en 2019 la tomaran con él por jugar lesionado… y quizá exagerarlo un pelín.

5. Pero, ¿quién no exagera? ¿Quién no utiliza alguna artimaña legal? ¿Por qué tendrían que dejar de hacerlo en cualquier caso? Si el reglamento me permite tomarme ocho minutos para ir al baño y los necesito, ¿por qué habría de tomarme siete? Si el contrario no puede soportarlo, se ha equivocado de deporte. Lejos quedan los tiempos en los que Connors, Nastase, McEnroe, Lendl, Becker o Courier te sacaban el corazón en la cancha y se lo comían en tus narices. Vivimos en tiempos demasiado educados en el tenis y eso provoca demasiados ofendidos. El que pagó el pato esta vez fue Stefanos Tsitsipas, criticadísimo por Andy Murray en primera ronda y por Adrian Mannarino en segunda. Tal vez porque ambos perdieron. Cuando Carlos Alcaraz le ganó en tercera ronda en condiciones similares, nadie dijo nada.

6. Volvamos al juego: el destinado a romper la racha de Djokovic parecía Alexander Zverev. Campeón olímpico y ganador en Cincinnati, el alemán despachó a todos sus rivales de camino a unas semifinales que se le escaparon en el quinto set. Es cierto que Sasha es un par de años más joven que Medvedev tanto en el carné como en su explosión tenística, pero tiene que empezar a creérselo. Entró a la citada quinta manga con la energía de haber ganado la cuarta… y se vino abajo con un doble break que ya hizo imposible la remontada. Cabecita loca. En cuanto a talento, para mí no hay duda: es el mejor de todos. Pero con talento solo no se gana.

7. Interesantísima la evolución de Felix Auger-Aliassime después de una primavera horrible. El canadiense contrató a Toni Nadal para mejorar su rendimiento en tierra batida y tan mal fue la cosa que acabó saltándose Roland Garros y centrándose en la temporada de hierba. Excelente decisión. Desde entonces, el chico parece otro. Todo el mundo le veía como número uno y llevaba un año y medio estancado entre el quince y el veinte. Ahora ya sí que parece listo para dar el siguiente paso y eso siempre es excitante cuando se trata de un chico de veintiún años recién cumplidos.

8. Ahora bien, ya nadie cuenta con que el gran dominador de la próxima década sea Aliassime. Todo el mundo apunta de repente a Carlos Alcaraz, lo que parece un poco precipitado. La irrupción del murciano tenía algo de esperado —llevamos mucho tiempo oyendo maravillas de él— y algo de sorprendente —cargarse en cinco sets al número tres del mundo no es poca cosa—. Alcaraz se convirtió en el cuartofinalista del US Open más joven desde 1963 y lo hizo con su habitual juego sin concesiones. Alcaraz no negocia. Alcaraz se juega la vida en cada golpe y que sea lo que dios quiera. Tiene una derecha maravillosa y apenas la lifta. El revés a dos manos es tan violento que recuerda al del chileno Marcelo Ríos. No se le puede pedir nada más. No, de momento. En el futuro, tendrá que leer mejor determinadas situaciones y bajar de revoluciones algunos puntos cuando sea preciso. Lo hará. Aquí hay tenista para mucho tiempo.

9. Del resto del tenis masculino español, apenas se supo, la verdad. Sin Nadal en liza por su lesión en el pie, ni Bautista ni Carreño ni Davidovich estuvieron a la altura de las circunstancias, con derrotas demasiado tempranas. Ahora bien, todo eso es el presente y ya sabemos que pinta mal. El futuro, más allá de Alcaraz, nos dio una enorme alegría con el triunfo de Dani Rincón en el torneo junior. Rincón, formado en la academia de Rafa y Toni Nadal, se convirtió así en el primer español tras Javier Sánchez-Vicario (1986) en imponerse en esta categoría. Ante sí, el reto de dar el paso a profesionales sin precipitaciones y con las mayores garantías posibles. Jaume Munar y, definitivamente, Nicola Kuhn, se están quedando en el camino. Solo Davidovich —campeón junior en Wimbledon 2017— parece haberse abierto camino en la élite.

10. Vamos con las grandes sorpresas, que hubo unas cuantas: lo de Alcaraz fue inesperado, pero, ¿qué decimos entonces de Botic van de Zandschulp? ¿Quién demonios era Botic van de Zandschulp antes de este torneo? ¿Alguien le conocía? A punto de cumplir los veintiséis años y en el número 117 de la clasificación ATP, Botic —llamémosle así— se planta en la qualy de Nueva York, gana sus tres partidos de rigor y, después, se carga a Casper Ruud, a Diego Schwartzmann y le arrebata un set en cuartos de final a Medvedev, el único que perdió el ruso en sus siete partidos. Esa sí que no la vimos venir ninguno.

11. Tampoco era fácil de ver la de Jenson Brooksby, pero al menos el chico tiene veinte años y es de la casa. Llegó al torneo con una wild-card de la USTA y se plantó en octavos de final, donde le ganó 6-1 el primer set a Novak Djokovic. Ahí queda eso. Luego se vino abajo, pero es razonable. También hay que aplaudir el torneo de Lloyd Harris, que llegó a cuartos de final desde el número 46 del ranking, y el del italiano Jannick Sinner, que se plantó en octavos a sus veinte años. En general, mucha juventud… aunque nada comparado con lo que veremos luego en el cuadro femenino.

12. ¿Decepciones? Bueno, yo esperaba mucho más de Karen Khachanov, plata en los pasados Juegos Olímpicos y que parecía atravesar por un excelente estado de forma. No pasó de primera ronda, como Álex de Miñaur, que empieza a tener un problema importante de estancamiento. En segunda, quedaron Casper Ruud, el gran dominador de la tierra batida este verano, y Hubert Hurkacz, semifinalista en Wimbledon. Por supuesto, el torneo de Stefanos Tsitsipas fue muy mejorable, sobre todo después de hacer final en Cincinnati, pero más me preocupa lo de Denis Shapovalov, incapaz de pasar de tercera ronda. Se cumplen ya cuatro años de su victoria sorpresa ante Rafa Nadal en Canadá y todos esperábamos más de él. Su toma de decisiones en los momentos clave —dobles faltas, pelotas a la red…— sigue siendo desastrosa.

13. En fin, vamos ya con el cuadro femenino porque vaya locura lo del cuadro femenino. Incluso en un circuito tan imprevisible como el de la WTA, en mi vida habría imaginado una historia como la de Emma Raducanu. En el primer grande que jugaba en su vida —tiene dieciocho años—, Raducanu llegó a octavos de final de Wimbledon, los tabloides empezaron a hablar de ella en exceso y a la chica le entró tal ataque de ansiedad que se tuvo que retirar entre mareos y visión borrosa. Ni dos meses después, es la nueva campeona del US Open. Desde el número 150 del ranking y consiguiendo algo que nadie, jamás, había conseguido: llevarse un grande viniendo de las fases de clasificación.

14. Raducanu tuvo que jugar diez partidos en poco más de dos semanas. No solo ganó los diez sino que no perdió ni un set. Ni uno. Arrasó a todas sus rivales con contundencia, incluyendo a Leylah Fernandez en la final, una canadiense de diecinueve años que también estaba fuera del top 70. El torneo de Leylah fue descomunal. No solo es que se plantara en la final, que ya digo que en WTA no es tan raro, sino que lo hizo cargándose por el camino a Osaka, a Kerber, a Svitolina y a la número dos del mundo, Aryna Sabalenka. Sufrió ante todas, pero a todas las ganó. En la final, coqueteó con la remontada, pero Raducanu era mucha Raducanu y no cedió.

15. También hubo una cierta polémica con los parones en la final femenina. Una polémica algo artificial, pero bueno. Sacando la británica para ganar el partido con 5-3 en el segundo set, Fernandez consiguió doble bola de break. Lo hizo ganando un punto formidable que obligó a Raducanu a doblar, literalmente, la rodilla. Tanto, que se hizo sangre y tuvo que ser atendida por las asistencias, tomándose dos o tres minutos que quizá la ayudaron a calmarse y acabar el partido pocos minutos después. A Fernandez le sentó mal, pero, ¿qué se supone que tenía que hacer Raducanu? Estaba sangrando y el reglamento lo deja claro: si alguien sangra, hay que cortar la hemorragia. A veces, las cosas se sacan demasiado de quicio.

16. ¿Estaremos ante una rivalidad de años o será esta una nueva excepción en un circuito plagado de excepciones? Desde que Serena Williams ganara su último grande, en Australia 2017, hemos tenido trece ganadoras distintas en dieciocho torneos. Solo han repetido Naomi Osaka (tres veces), Ashleigh Barty y Simona Halep. ¿Ha llegado ya el momento de la estabilidad? Imposible saberlo, pero empieza a hacer falta algo de cordura: sumando los cuatro grandes de 2021, no solo tenemos cuatro ganadoras distintas y ocho finalistas diferentes, sino que solo dos tenistas han repetido semifinales. Catorce semifinalistas distintas de dieciséis posibles. Un dato elocuente.

17. Esas dos tenistas son la griega Maria Sakkari, que consolida el excelente momento del tenis griego, y la bielorrusa Aryna Sabalenka, clara candidata a convertirse en número uno del mundo sin ganar un solo Slam, algo que ya hemos visto antes demasiadas veces, desde los viejos tiempos de Dinara Safina o Jelena Jankovic pasando por los más recientes de Karolina Pliskova. Con todo, Sabalenka está aún a una distancia considerable de Ashleigh Barty, que solo pudo llegar a tercera ronda, cayendo ante la estadounidense Shelby Rogers.

18. ¿Qué fue de las españolas? Bueno, Muguruza llegó a octavos de final, donde parece que está su límite ahora mismo. Yo no me rindo con Garbiñe porque tiene tenis para juntar dos semanas buenas y ya hemos dicho que la igualdad en WTA es casi total. No está tan lejos su última final de Grand Slam, cuando parecía favorita en Australia 2020 ante Sofía Kenin. Lo que es obvio es que pasan los años y no llega su tercer grande. También es obvio, y no nos cansamos de repetirlo, que haber ganado dos ya es de un mérito descomunal.

19. Sara Sorribes fue la cara amable del resto de españolas, con una sonora victoria ante Karolina Muchova. Ahora bien, en tercera ronda tuvo que hacer frente al huracán Raducanu y solo consiguió rascarle un juego. La sorpresa negativa fue Paula Badosa, a la que, quizá, la temporada se le esté empezando a hacer larga y demasiado inestable. Cayó en segunda ronda ante la semidesconocida Varvara Gravchova. Veremos qué pasa con ella el año que viene si encuentra un entrenador o entrenadora que la lleve al siguiente nivel. Su juego lo merece.

20. Mención especial merece Carla Suárez-Navarro, que se despidió del tenis profesional con una derrota en primera ronda ante la estadounidense Danielle Collins. Su sueño era volver a las pistas tras recuperarse del linfoma que le detectaron el año pasado y despedirse entre el cariño de los aficionados. Lo ha conseguido. Excelente carrera y excelente recuerdo el que deja en el circuito. Puede que se anime a un último baile en la Copa Federación, pero eso ya sería todo.

21. Ni Venus ni Serena Williams pudieron participar en esta edición por diversas lesiones. Fue la segunda vez que esto pasaba desde 1996 y la primera desde 2003, es decir, desde hace dieciocho años. Cada torneo que pasa, parece más claro que Serena no batirá el récord de Slams ganados por Margaret Court-Smith (veinticuatro) y es una pena. No porque nos caiga especialmente bien Serena sino porque Court-Smith nos cae muy mal y sería bonito ver cómo su nombre cae de la lista de honor.

22. Vamos a ir acabando con el resto de campeones: ya hemos dicho que Daniel Rincón se impuso en el junior masculino al chino Shang Juncheng. El cuadro femenino fue para la estadounidense Robin Montgomery, que derrotó a Kristina Dmitruk. Siempre que me toca repasar estas categorías, pienso en el taiwanés Tseng Chung-Hsin, ahora conocido como Jason Tseng. En 2018, el chico se impuso en Roland Garros y en Wimbledon, además de hacer final en Australia, donde perdió con el hoy pujante Sebastian Korda. Tenía diecisiete años. Ya con veintiuno, el taiwanés no ha conseguido hacerse un sitio entre los profesionales, donde su mejor ranking data de febrero del año pasado (272º del mundo). 

23. El palmarés de dobles se llenó de clásicos de esta especialidad. Ante la súbita baja forma de los croatas Mektic y Pavic, dominadores hasta hace nada del circuito, el título fue para el estadounidense Rajeev Ram y el británico Joe Salisbury. Es su segundo grande, tras el Open de Australia del año pasado. Ram, además, ha ganado otros dos títulos en dobles mixtos junto a Barbora Krejcikova. Los finalistas fueron otros dos clásicos porque la verdad es que la revolución en el mundo del dobles aún sigue pendiente: Bruno Soares y Jamie Murray, el hermano de Andy.

24. En el cuadro femenino, las vencedoras fueron Samantha Stosur y Shuai Zhang. La australiana, campeona individual de este torneo en 2011, ha conseguido ampliar su carrera en esta nueva disciplina, sumando su cuarto grande a los treinta y siete años, el segundo junto a Zhang tras el Open de Australia de 2019. La especialidad de mixtos fue para la americana Desirae Krawczyk y, de nuevo, el británico Joe Salisbury, que consigue así un bonito doblete.

25. Lo dejamos aquí, que no es poco. Queda aún la temporada europea en pista cubierta, donde veremos si Medvedev asalta el número uno de Djokovic o no. De hecho, está por ver si el serbio vuelve a competir este año o si se toma un respiro, que no le vendrá mal. También puede optar por un término medio, descansar un mes largo y volver para el doblete París-ATP Finals. Veremos. Nos volvemos a leer el año que viene, después del Open de Australia, donde la revolución ha de confirmarse. Lo contrario sería un inadmisible paso atrás… pero Djokovic es mucho Djokovic en Melbourne. 


Dominic Thiem, Naomi Osaka y casi todo lo que nos dejó el US Open 2020

Alexander Zverev y Dominic Thiem tras la final masculina del US Open 2020. Foto: Cordon Press.

Más que una revolución, llamemos a este US Open 2020 un ensayo. Un ensayo algo triste, desangelado, sin espectadores comiendo nachos en las gradas y con unas audiencias miserables, pero valioso, incluso necesario. Así será el mundo del tenis cuando se vayan Novak Djokovic, Rafa Nadal y Roger Federer. Así serán los Grand Slam sin el famoso «Big 3». Un camino al futuro que en realidad es un regreso al pasado: a la incertidumbre, a los muchos nombres para un solo título, a las inseguridades, los nervios, la angustia ante las expectativas.

El tenis del futuro será un tenis en el que dos jugadores sensacionales —todos lo son, unos más que otros, pero todos lo son— se dejarán todo lo que tienen dentro por pasar a la siguiente ronda. Se verán dos sets abajo y pensarán que está todo perdido pero no se rendirán. Verán el cartel de favorito pegado a su nombre y les dará un ataque de ansiedad pero sabrán sobreponerse. O no. El tenis del futuro, ya digo, tendrá sus propias narrativas y sus propias figuras carismáticas. El problema vamos a ser nosotros. ¿Sabremos acostumbrarnos después de quince años de rivalidad casi exclusiva a tres bandas?

En fin, el US Open ha sido una burbuja en todos los sentidos. Una «meseta» que no sabemos si nos llevará de vuelta al dominio de los de siempre (en breve saldremos de dudas) o si permitirá que los jóvenes se den cuenta de que su lugar natural está en las últimas rondas de los mejores torneos del mundo. En lo que salimos de dudas, vamos a analizar lo vivido estas dos semanas:

1. Es difícil encontrar un ganador tan previsible que consiga el triunfo de una manera tan milagrosa. De todos los tenistas nacidos en la década de los 90, Dominic Thiem había sido el que más cerca se había quedado de ganar un título de Grand Slam. Apenas fue rival de Rafa Nadal en Roland Garros 2018, le hizo sufrir un poco más en Roland Garros 2019 y sintió que podía ser su momento este mismo año en Australia, cuando se puso dos sets a uno contra Djokovic en la final para acabar sucumbiendo en cinco mangas. En ese sentido, si a cualquiera nos hubieran preguntado quién iba a ser el siguiente ganador novato de un grande, todos habríamos dicho Thiem, pero las formas importan…

2. Y las formas en esta última semana del US Open nos han dejado momentos maravillosos. Thiem, la roca Thiem, el hombre del revés-bala a una mano, fue durante una hora y media de la final un hombre superado por las expectativas, nervioso, errático, incómodo. Tuvo que verse dos sets a cero abajo con break en contra en el tercer set para despertar. Incluso una vez forzado el quinto set, el carrusel de emociones continuó: Zverev llegó a sacar para ganar el partido con 5-3 pero el austríaco no le dio opción ni de lograr punto de partido. Luego, con servicio para el 7-5, el que se vino abajo fue el propio Thiem. Una auténtica montaña rusa de calambres y dobles faltas. 

3. Ahora bien, muchos nervios, mucha emoción y poco más. Eso hay que dejarlo claro. Tampoco vamos a hacer aquí una oda al tenis de calidad porque en la final no hubo nada de eso. El tenis «post-Big 3» va a ser un tenis de zozobras y en el fondo, durante un tiempo, eso estará bien. Los jugadores se escaparán vivos mil veces, como vivo se escapó Zverev de su semifinal contra Pablo Carreño-Busta, que también se vio dos sets arriba pero no pudo concretar la hazaña. Al finalista del US Open y semifinalista de Australia le hace falta un serio entrenamiento del saque y una mentalidad más ofensiva cuando hace falta. Parece que está siempre a la expectativa y que es incapaz aún, ya a los veintitrés años, de dictar su propio juego. El alemán se benefició de un cuadro bastante asequible y aun así pasó apuros en demasiados partidos. Su servicio sigue sin estar a la altura. No todo puede ser ace o doble falta. Eso le supone una presión tremenda en momentos en los que ya está presionado de por sí. Facilita mucho las cosas al rival.

4. El nombre sorpresa en las semifinales fue el de Pablo Carreño-Busta. Lo de Carreño es curioso: no tiene un palmarés demasiado brillante, lo más arriba que ha llegado en el ranking es el número 10, pasa buena parte de cada temporada entre algodones… pero tiene un instinto competitivo soberbio. El mismo instinto que le llevó a las semifinales de 2017 contra todo pronóstico y que le ha dejado este año a un set de la final cuando nadie daba un duro por él. Carreño es un jugador extraño, muy de ATP 500, pero que tiene la maravillosa cualidad en un mundo tan competitivo como este de no hacer tonterías. Cuando tiene que ganar, gana. Cuando el otro no está al cien por cien, él hace lo que debe. Le valió durante dos sets contra un Zverev empeñado en acumular errores absurdos. Le valió en el quinto set contra Shapovalov cuando el canadiense se creyó que la cosa ya estaba hecha. No te permite un descuido. Encomiable.

5. Nos queda un semifinalista: Daniil Medvedev. El ruso llegó a dicha ronda sin haber perdido un solo set en todo el torneo. Arrolló a todos los rivales que se pusieron a su paso y, de repente, se bloqueó ante Thiem. Tras un primer set espantoso, sirvió para ganar el segundo set y lo perdió en el tie-break. En el tercero le pasó lo mismo: se adelantó 5-2 y acabó también cediendo en el juego decisivo. Medvedev, como sus compañeros de generación, es errático. Tiene unos golpes maravillosos pero los tiene a ratos. Insisto en que hay que acostumbrarse, el tenis que viene tendrá ese sello.

6. Y, con todo, el gran protagonista del torneo no fue Thiem ni Zverev ni Carreño ni Medvedev. De nuevo, fue Novak Djokovic. ¿Qué queda por decir de su expulsión? Todos apreciamos la falta de intención, todos entendemos su frustración, todos podemos simpatizar con alguien que parecía no tener rival camino de su decimoctavo grande… pero el empeño de Djokovic por despreciar las reglas es tremendo. No se puede pegar pelotazos en la pista. No se puede. Y si le das a alguien, más aún a un juez de línea, te van a echar. No es algo nuevo, desde luego. Lo hacen muchos jugadores. Y lo ha hecho Djokovic durante años. Cuando la gente dice «lo que están castigando es su puntería», me parto de risa. De hecho, la puntería es lo que le ha salvado durante años.

7. Ante la ausencia por lesión de Federer, las pocas ganas de Nadal de andar viajando a otro continente y el auto-sabotaje de Djokovic, la lucha por ser el que más grandes ha ganado en la historia —debate que debería separarse del manido «GOAT»— queda como estaba. Es una gran noticia para el suizo y el español. Llega ahora Roland Garros y no sabremos qué encontrarnos. En mayo, con calor, y rodado, Nadal es imbatible. En septiembre-octubre, con días de nubes y viento, las gradas medio desiertas y solo un torneo (Roma) en siete meses, las cosas cambian.

8. Me ha gustado mucho el paso adelante que ha dado la next gen, cada cual dentro de su estatus. Tres años después de entrar en el radar y aún con veintiuno, Denis Shapovalov se quedó a un set de entrar en semifinales. Andrei Rubliov jugó un excelente torneo hasta que se chocó contra la muralla de un excelente Medvedev en cuartos, Borna Coric pareció por una vez acercarse al excelente proyecto de estrella que era hace un par de años y se quedó a un paso de las semifinales, igual que el vasco-australiano Álex de Miñaur. Incluso Felix Auger-Aliassime, a sus veinte recién cumplidos, se metió en octavos, que probablemente sea su límite hoy en día. Quizá se esperaba algo más de Taylor Fritz pero caben los que caben, tampoco hay que venirse tan arriba.

9. Podría incluir en esta última categoría a Stefanos Tsitsipas, pero cayó con otro next gen como Borna Coric, así que no se puede tener todo. Ahora bien, cómo perdió. Un jugador que se ha postulado abiertamente como campeón de futuro y ha mostrado tanta ambición en los micrófonos, no puede dejar pasar oportunidades así. El griego se puso dos sets a uno y ¡5-1! arriba en el cuarto. Son ventajas que no se pueden dejar escapar y menos en una tercera ronda de un Grand Slam en el que partes como uno de los candidatos. Tsitsipas dejó escapar seis puntos de partido en ese set, perdió tres veces seguidas su servicio y volvió a desperdiciar cinco bolas de break antes de perder el partido en el tie-break de la quinta manga. Hasta las zozobras tienen un límite.

10. El éxito de la generación de los nacidos en los noventa supone a su vez el declive de los que nacieron en los ochenta y habían venido eliminando sistemáticamente, grande tras grande, a las jóvenes promesas. Entre los dieciséis jugadores de octavos de final no había ninguno nacido antes de 1990 y solo el canadiense Vasek Pospisil había cumplido los treinta años. Bautista y Goffin, entre otros, perdieron la oportunidad que llevaban años pidiendo sin hacer demasiado ruido. También la perdió Monfils que prefirió no viajar. No tiene pinta de que vuelvan a repetirse condiciones tan positivas para ellos.

11. Aparte del escándalo de Djokovic sobre la pista, la gran polémica fuera de la misma tuvo que ver con las condiciones de la famosa «burbuja» contra el coronavirus. Flushing Meadows no fue Disneyworld y el US Open no fue la NBA. Ni mucho menos. El francés Benoit Paire dio positivo y fue apartado inmediatamente del cuadro, como lo fue su compatriota Kristina Mladenovic, probablemente la mejor jugadora de dobles del circuito. Al parecer habían estado jugando a las cartas y reuniéndose sin la seguridad suficiente. No parecía muy contento el francés cuando se enteró de la noticia: «no sé si decir la verdad sobre esta falsa burbuja», afirmó, insinuando que aquello era un cachondeo, algo habitual cuando juntas a un montón de veinteañeros en un mismo sitio y no los controlas lo suficiente. Por un momento, la sombra del Adria Tour y su reguero de positivos se cernió sobre Nueva York, pero al final todo fue bien: ni un solo positivo más. Qué suerte.

12. Buena quincena para el tenis español. Tal vez se podía esperar un poco más de Roberto Bautista, pero las semifinales de Pablo Carreño lo compensan todo. No solo eso: Alejandro Davidovich llegó a octavos de final, donde opuso más bien poca resistencia ante Zverev. Este torneo debería suponer un paso adelante en la confianza del malagueño, que a sus veintiún años tiene que establecerse cuanto antes en la élite. De entrada, sube al 70º puesto de la clasificación ATP. Acabar el año entre los cincuenta primeros ya sería un resultado fantástico. Desgraciadamente, no tenemos tan buenas noticias para Jaume Munar y Nicola Kuhn, que no acaban de despegar. 

13. En cualquier caso, cuando hablamos de promesas del tenis español, es imposible no hacer referencia a Carlos Alcaraz. Es cierto que el murciano, producto de la academia de Juan Carlos Ferrero, no viajó siquiera a Nueva York por cuestión de ranking pero, a sus diecisiete años, está empezando a fraguarse un palmarés en el circuito challenger envidiable y está muy cerca de meterse entre los ciento cincuenta mejores del mundo. Campeón en Trieste y finalista en Cordenons, hablamos de una perla a la que le puede venir de maravilla este cambio de ciclo.

14. En fin, vamos ya con el cuadro femenino: Naomi Osaka está de vuelta. Cuando enlazó el US Open 2018 y el Open de Australia 2019 parecía que se iba a pasear durante años, pero la WTA es como es y detrás de cada cuadro aguarda una amenaza. Tras un período relativamente largo de inseguridades, problemas físicos y necesidad de asumir lo que le estaba pasando (es probablemente la mayor superestrella del tenis femenino o al menos la mejor pagada), Osaka se plantó en la final de Cincinnati (decimos Cincinnati pero el torneo se jugó en Nueva York) tras encabezar varias protestas contra la violencia racial y se impuso en la final de Flushing Meadows en un partido que recordó en parte al vivido en la final masculina.

15. Su rival en el partido decisivo fue la bielorrusa Victoria Azarenka, precisamente la campeona del torneo de Cincinnati. La historia de Azarenka, en medio de la penosa situación política de su país, es digna de elogio: con veinticuatro años, ya había ganado dos veces el Open de Australia, había acabado 2012 como número uno del mundo, había sido medalla de bronce individual y de oro en dobles de los Juegos Olímpicos de Londres y tampoco se veía fin a su reinado. Así hasta que se la empezó a pegar con el muro Serena Williams. Derrota tras derrota, Azarenka fue perdiendo confianza y estabilidad en el juego. Hacía siete años que Viki no pisaba unas semifinales de Grand Slam, período negro en su vida en el que se ha dedicado más a luchar por su familia que otra cosa. Es hermoso verla otra vez luchando por todo a los treinta y uno.

16. De hecho, igual que Zverev, Azarenka estuvo muy cerca de ganar el torneo. Se paseó en el primer set y estuvo break arriba en el segundo. Igual que nadie había remontado dos sets para ganar un grand slam masculino fuera de Roland Garros, hacía veintiséis años desde la última vez que alguien remontaba un 6-1 en el primer set para ganar el campeonato femenino. El anterior caso se dio en 1994, cuando Arantxa Sánchez-Vicario derrotó a Steffi Graf y le quitó de paso la condición de número uno del mundo.

17. La historia del torneo femenino venía marcada desde el principio por la ausencia de seis de las diez mejores jugadoras de la clasificación WTA. Es difícil recuperarse de un golpe así, la verdad. Todas las miradas estadounidenses se pusieron en la gran campeona, Serena Williams, con sus treita y nueve años a cuestas, y en la jovencita Coco Gauff, la gran esperanza de futuro. Gauff apenas duró un partido, Serena llegó con ciertas dificultades hasta semifinales y ahí no pudo con Azarenka. Se sigue resistiendo el 24º grande y no sé sinceramente cuántas opciones le quedan de igualar a Margaret Court-Smith. Serena sigue teniendo la potencia y la experiencia pero le empieza a fallar, como es lógico, la gasolina. Son muchos años, muchas rivales y demasiados partidos seguidos. Aun así, sigue estando ahí, con lo que en cualquier momento…

18. La noticia del linfoma de Carla Suárez eclipsó por completo el panorama femenino español. Desde aquí todo el apoyo a la canaria, una clásica de estos resúmenes trimestrales. Como siempre, el peso de la expectativa recayó en Garbiñe Muguruza pero Muguruza estaba a otra cosa: cayó en segunda ronda ante Pironkova sin oponer demasiada resistencia. Garbiñe es así y ya lo hemos dicho muchas veces: finalista en Australia, aquellos felices tiempos prepandémicos, quizá se podía esperar algo más de ella, pero no conviene esperar nada de Muguruza, solo disfrutar de lo que te dé.

19. No le fue mucho mejor a la campeona más reciente de un Grand Slam: la estadounidense Sofia Kenin cayó en octavos de final ante una solidísima Elise Mertens. Al final, los americanos tuvieron que poner todo su entusiasmo en Jennifer Brady, una leyenda del tenis universitario que llevaba tres años sin pasar la segunda ronda de ningún torneo de Grand Slam. Brady, de veinticinco años, venía de ganar su primer trofeo como profesional en Lexington y su actuación la coloca entre las veinticinco mejores del mundo por primera vez en su carrera.

20. Detalles algo accesorios: qué raro el silencio entre punto y punto en Nueva York. Qué raro ver partidos de noche que no se eternizan entre el jolgorio de la grada. Si hay un torneo en el que el público se hace notar, ese es el US Open. Veías el estadio vacío y recordabas por un momento el mogollón por el que estamos pasando. Qué raro también ver un torneo de Grand Slam sin Fernando Verdasco. El madrileño se ausentó de Nueva York, poniendo fin a una racha de sesenta y siete apariciones consecutivas al más alto nivel. Sí estuvo el poseedor del récord, Feliciano López, que se quedó en primera ronda.

21. Vamos poniendo punto final con el palmarés, como siempre: Pavic y Soares ganaron los dobles mascuinos; Siegemund y Zvonareva (treinta y seis años, la rusa, finalista en 2010 de Wimbledon y el US Open en el cuadro individual) ganaron los femeninos y por cuestiones de seguridad esta vez no hubo ni dobles mixtos ni torneos de juniors, lo cual es una pena, pero hay que adaptarse a las circunstancias.

En resumen, nos vamos de Nueva York con la sensación de que el cambio de ciclo está cada vez más cerca pero la conciencia a la vez de que igual dentro de cuatro semanas tenemos otra final Nadal-Djokovic en Roland Garros. Muchas preguntas flotan en el aire: ¿Conseguirá Thiem la energía mental suficiente para buscar el doblete? ¿Saldrá por fin un nuevo especialista de tierra que pueda competir con los grandes? ¿Qué harán los Medvedev, Zverev y compañía en una superficie que no es la suya en principio? ¿Se resarcirá Tsitsipas de la debacle ante Coric? ¿Conseguirá Alcaraz una plaza en el cuadro principal? Ya queda menos para poder contestarlas.


Rafa Nadal, Bianca Andreescu y casi todo lo que nos dejó el US Open 2019

Rafa Nadal gana la final masculina del  US Open 2019 frente a Medvedev. Foto: Corinne Dubreuil / Cordon.

Nadie contaba con la longevidad. Cuando veíamos a aquel chaval de diecisiete, dieciocho, diecinueve años dejándose las rodillas en la pista corriendo como si no hubiera un mañana, pensábamos que efectivamente sería así: que no habría un mañana, que esa manera de jugar le condenaría a estrella fugaz y le abocaría a una retirada temprana o al menos a un sensible bajón de sus prestaciones antes incluso que sus contrincantes de mayor edad.

No ha sido así. Por supuesto, Nadal ha tenido muchísimas lesiones. Rara vez ha conseguido completar un año entero sin ausencias en torneos clave. Eso no le ha impedido mantener la competitividad ni la regularidad. El chico que ganó Roland Garros con diecinueve años es el mismo veterano que acaba de ganar con treinta y tres el US Open. Su cuarto título en las últimas diez ediciones del torneo, justo el que le había sido más esquivo en sus primeros años de esplendor.

Ese dato es el ejemplo perfecto de la evolución de Nadal. Un hombre que, sobre todo desde la llegada de Carlos Moyà, sabe dosificar sus fuerzas y mantiene ese instinto salvaje para aprovechar las oportunidades. Con Djokovic, Federer y Medvedev en el otro lado del cuadro, su presencia como finalista nunca estuvo en duda y solo perdió un set en todo el camino, contra Marin Cilic. Una vez en la final, fue mejor y se sobrepuso incluso a la mística de Medvedev, un jugador extraño donde los haya con más vidas que un gato.

Nadal ha aprendido a no fallar y en este circuito con eso basta. Desde su derrota contra Gilles Müller en Wimbledon 2017 no se le recuerda sorpresa alguna en su contra. O victoria o retirada o derrota contra sus homólogos, es decir, Djokovic y Federer. Pasaron los tiempos de Fogninis y Pouilles. Justo en el momento en el que más incómodo se siente en la competencia directa —Djokovic le ha ganado sus nueve últimos partidos fuera de la tierra batida y Federer, los últimos siete— más cerca está de convertirse en el jugador con más torneos de Grand Slam de la historia, algo que muy probablemente se cumplirá el año que viene, a los treinta y cuatro.

Hagamos un repaso a este y otros aspectos que nos ha dejado Flushing Meadows en esta quincena:

1. Hasta cierto punto, hubo dos torneos: uno que duró hasta el domingo y no fue gran cosa y otro que se limitó a la final y fue apasionante. Cuatro horas y media de una calidad bastante razonable… aunque hubo un momento en el que todo apuntaba a tres sets facilillos para Nadal. Ni verse con dos sets y break abajo fue suficiente para que se rindiera Medvedev, un hombre con una capacidad competitiva asombrosa que se dio cuenta de qué iba el partido demasiado tarde. A Nadal no puedes esperarle y devolverle bolas. Tienes que ir a por él, tienes que subirle, atacarle, incomodarle, hacer que se salga de su táctica previa… Aunque en ocasiones arriesgó más de la cuenta, Medvedev logró en el tercer y cuarto set lo que llevamos años pidiendo a su generación: que compita de tú a tú con los grandes mitos. En mi opinión fue peor que Nadal en ambos sets pero, de alguna manera agónica, los ganó y eso es lo que cuenta. Se dio a sí mismo una oportunidad y la aprovechó contra todo pronóstico.

2. Otra cosa fue el quinto set. Ahí, Medvedev llegó muerto. Me cuesta mucho imaginar cómo el ruso podría haberle ganado seis juegos a Nadal hecho un auténtico trapo… pero no estuvo tan lejos. De entrada, tuvo dos bolas de break para ponerse 2-0. Después, cedió sus siguientes servicios pese a adelantarse 40-0 y 30-0 respectivamente. Por último, ya con 5-2 y saque de Nadal, consiguió romper, salvar match point con su servicio y disponer de bola para el cinco iguales. Yo lo veía y no lo creía. Por supuesto, Rafa también estaba cansado, pero Medvedev se caía de agotamiento y no dejaba de pegar palos a las líneas. Esa versión tiene futuro. La otra, no tanto.

3. Y es que siento no compartir el entusiasmo generalizado por el ruso. Soy un viejo gruñón y tengo que vivir con ello. Su verano ha sido descomunal y ya digo que su capacidad de sufrimiento le distingue de la mayoría de sus coetáneos. Ahora bien, si de verdad quiere ser un gran campeón, tiene que mejorar determinadas cosas: de entrada, la lectura del juego. Durante buena parte del torneo y desde luego en la final, dio la sensación de ir improvisando sobre la marcha, de tirar hacia adelante como fuera, en una misión desesperada. Eso le salvó de muchísimos apuros, sobre todo en las primeras rondas, cuando parecía lesionado, pero no es una gran idea cuando quieres destronar a los campeones más laureados de la historia. Aparte, su tenis tiene carencias obvias: pese a medir 1,98 su saque es demasiado irregular, de ahí que le cueste tanto ganarlo con solvencia. Su derecha es mejorable, rara vez definitiva, y tiene mucho margen de mejora en la volea. Me parece que le falta, en general, un golpe que le pueda dar puntos fáciles, por muy bueno que sea ese revés a dos manos. Ahora bien, lo mismo se decía de Agassi y no le fue mal en la vida.

4. En cuanto a sus enfrentamientos con el público… bueno, si le ayudaron a motivarse cuando estaba contra las cuerdas ante Feliciano López o después ante el sorprendente Dominik Koepfer, estupendo. Ahora bien, el gasto mental (y físico, fruto de la adrenalina) que supone meterse en esas batallas cuando ya vienes cascado de jugar tres finales seguidas en un mes es enorme. Dejémoslo en tablas.

5. Primero se habló del «big 4», luego del «big 3» y creo que va siendo hora de llamar a las cosas por su nombre y referirnos al «big 2». Lo competido de la final, lo enloquecido de su desenlace, no puede hacernos olvidar que entre Nadal y Djokovic han ganado veintiocho de los últimos treinta y nueve torneos del Grand Slam. Eso son prácticamente tres de cada cuatro, dejando el cuarto para el Federer, Murray o Wawrinka de turno. Su tiranía es absoluta a cinco sets y este será el noveno de los últimos diez años en el que uno de los dos acaba como número uno del mundo. Si el sorteo del cuadro ya dejaba un camino bastante claro hacia la final para Rafa, la retirada de Djokovic terminó de sentenciar el torneo. Las finales pueden durar tres, cuatro o cinco sets, pero al final los que ganan son siempre los mismos.

6. Nos quedamos en Djokovic. Si en Cincinnati el problema fue con el codo que tanta guerra le dio en 2017, en Nueva York se lesionó el hombro. No sé si hay relación entre ambas molestias. Novak llevaba once semifinales consecutivas en el torneo y se vio obligado a retirarse ante Stan Wawrinka en octavos de final cuando ya perdía por dos sets a cero. Qué difícil es evaluar la carrera del serbio. Probablemente sea el más completo de los tres grandes, tiene el H2H ganado a los otros dos, ha conseguido ganar en Wimbledon a Roger y en Roland Garros a Rafa, se ha hinchado a Masters 1000 y a World Tour Finals… y sin embargo vuelve a estar a tres torneos de Grand Slam de Nadal y sigue a cuatro de Federer. 

7. Otra cosa, insisto una vez más, es que tengamos que evaluar la grandeza solo por los torneos de Grand Slam ganados. Para contar hasta veinte no hace falta ser un gran analista. Puede que haya llegado el momento en el que los tres han acumulado tantos méritos que los aficionados ya no podemos decir convencidos: «El mejor de la historia es este» sino que tenemos que limitarnos a un comedido «a mí el que más me gusta es este». Sé que también es una opinión poco popular pero creo sinceramente que al indudable talento de Novak, Rafa y Roger se ha unido una falta de competitividad escandalosa, lo que les ha permitido no solo dominar a su propia generación sino a las dos siguientes, algo extraordinario en el mundo del tenis. Talento ha habido siempre: Gonzales tenía talento, Hoad tenía talento, Laver tenía talento, y así Connors, Borg, McEnroe, Edberg, Agassi, Sampras… pero todos encontraron un dique que les frenara. Una fricción que detuvo o mitigó la corriente. Aquí, no. Aquí, ya digo, tres de cada cuatro durante diez años. Y antes, tres de cada cuatro solo para Federer durante otros seis.

8. Precisamente el torneo de Federer acabó en cuartos de final y supuestamente debido a otra lesión. Fue una enorme oportunidad perdida, pero no perdamos la perspectiva: a sus treinta y ocho años, Federer no está en la misma competencia de Djokovic y Nadal. Está a las sobras. Está a su Wimbledon y poco más. En diez años solo ha pisado una final en Nueva York y eso es por algo. Su principio de torneo, aún con la mente puesta en ese 8-7 y 40-15 de Wimbledon, fue espantoso. Luego mejoró gracias a un cuadro muy favorable y cuando ya podía soñar con algo grande se la pegó con Dimitrov. Puede, efectivamente, que la espalda fuera clave, pero el año pasado se la pegó con Millman y en el US Open ha perdido hasta con Tommy Robredo, así que me temo que es lo que hay. 

9. Con todo, ¿qué se le puede pedir al suizo a estas alturas? Tiene treinta y ocho años, acaba Wimbledon y se va de vacaciones con su mujer y sus cuatro hijos en una caravana. Cuando vuelve, entrena un poco y ya se pone a competir otra vez. ¿De verdad hay que pedirle que gane? ¿Está su cabeza preparada para afrontar otro reto como el de Londres de este año? Puede que sí y puede que no. Sin relevo, todo es posible. Por otro lado, las temporadas cada vez se le hacen más largas y todo lo que le beneficia la tierra batida de cara a preparar Wimbledon le perjudica a la hora de afrontar con garantías el final de año. Es el número tres del mundo y, en el peor de los casos, acabará el año como número cuatro. Eso ya de por sí es una heroicidad… y una señal de que los tiempos que corren no invitan al optimismo.

10. Pongamos por ejemplo al propio Grigor Dimitrov. Después de toda una carrera comparado con Federer y tras el peor año en muchísimo tiempo, logra colarse en semifinales y jugar contra un rival con problemas físicos como es Medvedev. ¿Resultado? No gana ni un set. Dimitrov ejemplifica para mí la mayoría de los problemas de los nacidos en los noventa: tiene los golpes pero no sabe cómo utilizarlos. Te puede pegar dos reveses maravillosos y una derecha que te echas a temblar pero de repente durante cuatro juegos desaparece, falla cosas imposibles, toma decisiones en la pista que no corresponden… Estas semifinales le van a salvar el año, pero a los veintiocho no se puede esperar progresión alguna.

11. Con todo, hay que reconocer que el hecho de que hubiera cuatro cuartofinalistas menores de treinta años y tres semifinalistas es un avance. Parece que están a punto de derribar el primer muro de contención, el de los Cilic, Monfils, Nishikori, Isner y compañía. Matteo Berrettini, por ejemplo, no solo se cargó al francés en un encuentro apoteósico que superó también las cuatro horas sino que en semifinales llevó a Nadal al tie-break del primer set, donde llegó a estar 6-4 por delante. A partir de ahí, el hundimiento, pero por algún lado hay que empezar.

12. Las decepciones fueron las habituales, empezando una vez más por Alexander Zverev, al que el año se le ha cruzado definitivamente sin posibilidad de remediarlo. Veremos si llega a las World Tour Finals y puede al menos defender su título. Peor aún le fue a Felix Auger-Aliassime, que sí, es un crío aún, pero del que cabe esperar algo más que seis juegos ganados en primera ronda. Kyrgios vio como su parte del cuadro se abría muchísimo tras la debacle de la primera ronda, donde cayeron Roberto Bautista, Dominic Thiem, Stefanos Tsisipas y Karen Khachanov a la vez, pero no supo aprovechar la ocasión. Tal vez esperábamos un poco más de Frances Tiafoe, pero sigue sin dar el estirón. En cuanto a Denis Shapovalov, pequeños progresos, veremos si Youzhny consigue espabilarlo.

13. Por cierto, ¿qué les ha pasado a Khachanov y, sobre todo, a Tsisipas? El ruso ganó París el año pasado y acabó la temporada en plena forma, por encima incluso de su compatriota Medvedev. Sin ser un año horrible —se mantiene en el top ten—, lo cierto es que no ha dado el paso adelante que se esperaba. Más preocupante es Tsisipas porque Tsisipas sí parecía que se iba a comer el mundo, incluso con ese punto arrogante que tanto se echa de menos… pero desde que perdiera con Wawrinka en Roland Garros ha entrado en una depresión de la que ni él mismo encuentra salida.

14. Dos historias bonitas: Álex de Miñaur y Diego Schwartzman. Al australiano le esperábamos desde su prometedor inicio de año y ha completado un excelente torneo, llevándose por delante a Nishikori, poco dado a perder con jugadores por debajo de su ranking. Después de salir del top 25 de la ATP, toca ponerse las pilas y volver a subir cuanto antes. En cuanto al argentino, volvió a colarse en cuartos de final con una gran victoria ante Zverev y disputó un extrañísimo partido ante Nadal en el que remontó un 0-4 y un 1-5 en los dos primeros sets para acabar perdiendo ambos. Enorme mérito el suyo.

15. Y enorme mérito también el de Pablo Andújar, que se coló en cuarta ronda después de tres años horribles de lesiones y operaciones constantes. Andújar tiene treinta y tres años pero al menos puede volver a disfrutar del tenis, como lo está haciendo Feliciano López a sus casi treinta y ocho. Verdasco (treinta y seis) no pasó de segunda ronda mientras Bautista (treinta y uno) perdía contra Kukushkin a las primeras de cambio. En la actualidad, hay nueve tenistas españoles entre los cien primeros de la ATP. Solo dos —Carballes (veintiséis) y Carreño (veintiocho)— tienen menos de treinta años. 

16. Pasamos ya al cuadro femenino y lo hacemos con la ganadora, la gran dominadora de lo que llevamos de año pese a su grave lesión en el hombro. A sus diecinueve años, Bianca Andreescu ha perdido solo cuatro partidos en 2019, incluyendo victorias en Indian Wells, Canadá y por supuesto Nueva York. Desde que volvió a las pistas acumula doce triunfos consecutivos… y eso que a punto estuvo de retirarse en los cuartos de final de Toronto tras molestias en una pierna. Andreescu no tuvo el cuadro más difícil del mundo pero supo llegar a la final y derrotar a la gran favorita delante de su público. No es poca cosa.

17. De hecho, la final se complicó más de lo debido. Con 5-1 en el segundo set, Andreescu dispuso de su primer match point al saque y lo perdió. Nadie le dio demasiada importancia porque su superioridad había sido indiscutible, pero de repente Serena Willimas olió la sangre, llegaron los nervios, la Arthur Ashe se puso en plan caldera… y a los diez minutos el resultado era 5-5. ¿Qué hizo Andreescu entonces? Ganar los dos siguientes juegos y evitarse muchos problemas. Respuesta de campeona. Habrá a quien no le guste que la WTA no tenga una dominadora clara, pero a mí desde luego me encanta esta mezcla de talentos, generaciones y estilos de juego que hacen que Naomi Osaka pueda ganar en Australia, Ashleigh Barty en Roland Garros, Simona Halep en Wimbledon y Bianca Andreescu en Nueva York y que en cada momento parezcan imbatibles… todo para pegársela en el siguiente grande. Supongo que en algún punto medio entre la tiranía del circuito masculino y la volatilidad del femenino estará la virtud, pero de elegir, me quedo con este.

18. La gran historia del torneo, con todo, fue una vez más Serena Williams, que se quedó a un partido de levantar el trofeo… veinte años después de imponerse por primera vez. Baste recordar que su rival en aquella final de 1999 fue Martina Hingis, que venía de perder Roland Garros ante Steffi Graf. Desde su maternidad, Serena apenas se deja ver por el circuito más que en las grandes ocasiones. Ahora bien, una vez ahí, sigue siendo tan peligrosa como siempre: hasta cuatro finales ha disputado en estos dos años… y lo curioso es que no ha conseguido ganar ni un solo set en ninguno de los cuatro encuentros: ni ante Kerber en Wimbledon 2018, ni ante Osaka en el US Open de ese año ni ante Simona Halep o Andreescu esta temporada. 

19. Queda, por tanto, la estadounidense aún a un torneo de Grand Slam de Margaret Court-Smith. No creo que sea algo para obsesionarse. Para empezar, con esta regularidad, tarde o temprano el número veinticuatro debería llegar. En cualquier caso, aunque no llegara, comparar a Court y el tenis de los sesenta y setenta con la hiperprofesionalidad de los tiempos de Serena es absurdo. Por longevidad y por resultados, la menor de las Williams está a otro nivel, peleando por lo más alto del podio con las Graf, Navratilova o Evert.

20. Si antes hablábamos de Martina Hingis, ha llegado el momento de hablar de otra suiza: Belinda Bencic. Ya salía en estos resúmenes cuando perdía, así que imaginen ahora que gana. Es una gozada ver que ya puede jugar al tenis siendo ella misma, sin lesiones ni molestias de por medio. En Nueva York llegó a semifinales y le dio bastante guerra a Andreescu; más de la que le dio Elina Svitolina a Serena Williams, desde luego, aunque también es muy positivo ver que la rusa está al cien por cien y centrada de nuevo.

21. No sé si se puede decir lo mismo de Naomi Osaka. Me sigue pareciendo un caso complicado porque no disfruta jugando, se la ve siempre tensa, preocupada, como si todo la superara. No es propio de una jugadora de veintiún años con dos torneos del Grand Slam ya en el bolsillo y que llegaba a Flushing Meadows como número uno del mundo. Quiero pensar que es un ataque de vértigo que se le irá pasando con el tiempo. Peor parece tenerlo Garbiñe Muguruza, incapaz de levantar cabeza incluso tras haber cambiado de técnico. En un circuito tan igualado y con tanto talento, en cuanto te relajas te vas al hoyo a toda velocidad. Lo bueno es que subir tampoco es tan complicado y el tenis lo tiene, desde luego.

22. La gran sorpresa de Wimbledon, «Coco» Gauff, aprovechó la wild card que le otorgó la USTA para meterse en tercera ronda, donde perdió precisamente con Osaka. Buen trabajo de la estadounidense, a la que espero que nadie empiece a pedirle ahora que se líe a ganar grandes cuando no ha dejado de ser una adolescente. Monica Seles solo hubo una. La «Cenicienta» de esta edición ha sido la de Taylor Townsend, quien, proveniente de la previa, eliminó a Halep en segunda ronda en otro partido espectacular, se plantó en octavos de final y aún le arrebató un set a la futura campeona. Tiene veintitrés años así que no es ninguna cría, pero habrá que seguirla de cerca a partir de ahora.

23. Vamos acabando ya y lo haremos con el reparto de premios en otras categorías. El dobles masculino fue para los colombianos Cabal y Farah, que ya se habían impuesto en Wimbledon. La derrota en la final fue la primera para la pareja Granollers.Zeballos, demostrando lo excelente doblista que son ambos. En el cuadro femenino, las vencedoras fueron Elise Mertens y Aryna Sabalenka, que derrotaron en la final a las grandes favoritas, Ashleigh Barty y Victoria Azarenka. Si la número uno del mundo en individuales quiere seguir siéndolo, a lo mejor tiene que replantearse tanto compromiso con el dobles. No todo el mundo es como las hermanas Williams.

24. En el doble mixto volvieron a ganar Jamie Murray y Betthanie Mattek-Sands y lo hicieron ante los primeros cabezas de serie, Michael Venus y Chan Hao-ching. Por cierto, ya que mencionamos a los Murray, Andy no participó en el US Open aunque la USTA le ofreció una wild card. A cambio, se fue a Mallorca a participar en el Trofeo Rafa Nadal, un challenger en el que cayó en segunda ronda, demostrando que aún le queda bastante para llegar a un nivel mínimamente competitivo aunque esté en el camino.

25. En cuanto a los jóvenes, el checo Jonas Forejtek se impuso en la categoría masculina mientras María Camilia Osorio se convertía en la primera colombiana en ganar un US Open en categoría junior. Ni rastro de los españoles. Ninguno superó la segunda ronda de ninguna de las categorías. Una tendencia preocupante.


Novak Djokovic, Naomi Osaka y todo lo que nos dejó el US Open 2018

Novak Djokovic con el trofeo del US Open 2018.

A finales del año 2016, Roger Federer estaba apurando aún la rehabilitación de la rodilla izquierda en Suiza, Novak Djokovic arrastraba continuas molestias en el codo mientras coqueteaba con un espiritualismo difuso, y Rafael Nadal decía adiós a la temporada un mes y pico antes de lo necesario por su enésima lesión, esta vez en la muñeca. Desde entonces han pasado casi dos años y ocho torneos de Grand Slam. Los ocho, precisamente, ganados por el español, el serbio y el suizo.

Desde que se consolidaran en el top 3, allá por 2007, solo Murray y Wawrinka han podido hacerles cosquillas. El suyo es un dominio como no se ha vivido antes en el tenis y me atrevería a decir que en ningún deporte. Juntos han ganado trece Opens de Australia, trece Roland Garros, catorce Wimbledons y once US Opens. Desde la victoria de Marat Safin en Melbourne en 2005, se han repartido cuarenta y siete de los cincuenta y cinco grandes disputados. Seguimos sin saber si es que estamos ante los tres mejores jugadores de la «era open» o si es que el nivel medio de los otros jugadores es extraordinariamente bajo.

De hecho, hay otro dato que llama la atención. Si Juan Martín del Potro hubiera ganado la final, se habría convertido en el primer ganador de Grand Slam menor de treinta años desde que Andy Murray ganara Wimbledon en 2016. El argentino tiene veintinueve años y once meses, los mismos que Marin Cilic, el ganador más joven de un grande. Los dos nacieron en septiembre de 1988 y desde entonces no ha aparecido absolutamente nadie para tomar el relevo. Este US Open dejó muchos momentos memorables pero en lo esencial fue más de lo mismo: los jóvenes fueron incapaces de dar un paso adelante y hacer tambalear el statu quo. La única sorpresa digna de tal nombre la protagonizó John Millman, un australiano de veintinueve años.

Vamos, en cualquier caso, con el resumen de lo más relevante de este US Open 2018:

1. Empecemos con el ganador, Novak Djokovic. Llegó a Queen’s deprimido, planteándose si esto tenía sentido y en medio del pesimismo generalizado de la prensa, que le daba ya por desahuciado. En Queen’s llegó a la final —tuvo punto de partido para ganarla—, luego ganó Wimbledon, a continuación Cincinnati y ahora el US Open. Igual que había pasado de ser el nuevo Rod Laver tras ganar Roland Garros 2016 a estar acabado, en tres meses ha pasado de estar acabado a ser de nuevo el gran dominador del circuito. ¿Qué lección podemos sacar de todo esto? Que conviene ser algo moderado en los juicios cuando hablamos de enormes campeones.

2. ¿Cómo ha conseguido Djokovic volver a lo más alto? De entrada, igual que les pasó antes a Nadal y a Federer, sería absurdo no mencionar la escasísima competencia que ha encontrado. El circuito sigue igual o peor que cuando abandonó el número uno en 2016. Por entonces, Nadal y Federer tenían dos años menos y ahí estaban Wawrinka y Murray para dar guerra puntualmente. Ahora, Wawrinka y Murray están en su propio proceso de rehabilitación, Nadal sigue con sus problemas de rodilla y Federer tiene treinta y siete años, una cifra que lo dice todo. Ahora bien, el verdadero mérito del serbio ha sido reconocer sus errores: alejarse del misticismo, volver a la disciplina de Marian Vajda y luchar como luchaba antes sin buscar excusas. De tercera ronda en adelante, no cedió ni un solo set y de hecho solo le forzaron un tie-break, en la final ante Del Potro.

3. Lo que nos lleva al más que digno finalista. La historia de Juan Martín del Potro es la de un hombre cuyo afán de superación rara vez se ha visto en una pista de tenis. Hablamos de alguien que con veinte años ya era campeón del US Open y que poseía un talento descomunal, ejemplificado en la mejor derecha que yo haya visto en mi vida. A partir de ahí, todo se torció. Y se torció muchas veces. La cadera, la muñeca, el hombro… Del Potro ha intentado volver a estar entre los mejores muchas veces a lo largo de estos casi diez años y cada vez que lo ha intentado lo ha conseguido… para volver a lesionarse inmediatamente y tener que empezar de cero. En cuanto ha conseguido sumar un año más o menos tranquilo, ha recuperado su mejor golpe y ha reinventado su revés, no solo se ha vuelto competitivo sino que por fin es capaz de disputar de nuevo finales de Grand Slam. Un ejemplo para todos.

4. Ahora bien, la verdad es que la final tuvo poca historia. Contra Djokovic suele pasar. No tienes la sensación de haber jugado demasiado mal pero sencillamente es imposible jugar demasiado bien. Del Potro tuvo sus oportunidades en el segundo set, con tres puntos de break para ponerse 5-3 y saque, pero los desperdició. O el serbio hizo que las desperdiciara, que viene a ser lo mismo. En cualquier caso, fue inferior durante todo el partido y su derrota fue merecida, como merecido fue su triunfo ante Nadal en semifinales a pesar de la lesión del español. Incluso con la rodilla de Rafa al cien por cien, el torneo de Del Potro solo podía acabar el domingo decisivo.

5. Con Nadal nunca sabemos qué decir. Lleva jugando con las rodillas destrozadas desde 2005 y por el camino ha ganado diecisiete grandes y treinta y tres Masters 1000. Es algo increíble. Rafa debió haber perdido contra Khachanov en tercera ronda y ante Thiem en cuartos de final… pero les ganó a los dos. Medio cojo, frente a dos rivales en estado de gracia, acabó imponiéndose obligándoles a cometer los errores que él no comete nunca cuando el sol aprieta. Si esta nueva tendinitis le aparta solo un mes de las pistas puede tener alguna opción de mantener el número uno hasta diciembre. En cualquier caso, el año ha sido sensacional: cuatro semifinales en los cuatro grandes, incluyendo la victoria en Roland Garros, y otros tres Masters 1000, a la espera de lo que pase en Shanghai y París.

6. De hecho, hay cierto consenso en que el partido del torneo fue el que enfrentó a Thiem y a Nadal en cuartos de final. Un partido de cinco horas resuelto en el tie-break final después de que Rafa salvara una bola imposible y el austriaco fallara un remate relativamente sencillo. El partido tuvo de todo y fue bueno ver a Thiem tomando la responsabilidad en pista dura, donde hasta ahora no había destacado tanto. Desde la final de Roland Garros, Dominic estaba completamente desaparecido, como casi toda su generación, por otro lado. Con veinticinco años, ya debería de haber dejado de ser una promesa, pero en un mundo de treintañeros se le sigue viendo como tal.

7. ¿Qué fue del resto de la «Next Gen»? Alexander Zverev decepcionó, como sucede siempre en los grandes torneos. Ni siquiera la hierática presencia de Ivan Lendl como entrenador en las gradas hizo que el alemán fuera capaz de superar la tercera ronda. El problema no es perder, sino perder contra Philip Kohlschreiber. Si su talento también acaba en nada, yo ya no sé con qué quedarme. Stefanos Tsitsipas, que tan buen verano ha tenido, nos duró dos partidos, aunque al menos cayó ante otro «joven», Daniil Medvedev, de veintidós años, y que a su vez fue eliminado por Borna Coric, el croata al que también se espera con ansia y que llegó por primera vez en su carrera a los octavos de final de un grande. Allí se encontró Juan Martín del Potro y solo le pudo ganar ocho juegos en todo el partido. La diferencia entre niños y hombres a día de hoy.

8. En el plano positivo, hay que destacar al citado Khachanov, que tuvo contra las cuerdas a Rafa Nadal hasta que se puso a coleccionar dobles faltas, y a Álex de Miñaur, el vasco-australiano, que a sus diecinueve años llegó a tercera ronda y dispuso de dos sets de ventaja sobre Marin Cilic antes de caer derrotado en cinco. Tampoco me disgustó Dennis Shapovalov, de la misma quinta: supo luchar para vencer a Andreas Seppi en segunda ronda y cayó en tercera ante el finalista de la anterior edición, Kevin Anderson, en cinco disputados sets. Es de suponer que los dos van en serio, pero lo mismo decíamos hace dos años de Zverev y hace tres o cuatro de Kyrgios

9. Vayamos ya a uno de los momentos de la competición: set y break abajo ante Pierre-Hughes Herbert, Nick Kyrgios empieza a enfilar su habitual camino de autodestrucción. Saca por sacar, no hace esfuerzo alguno por restar, se burla del público cuando el público le silba… Todo hace indicar que volverá a caer en segunda ronda cuando de repente aparece un salvador que le explica que esa conducta no es apropiada, que no puede hacer eso, que él es demasiado buen jugador para actuar así y, de repente, Kyrgios devuelve el break, gana el set y se pasea en los dos siguientes, imperial.

10. El problema de toda esta historia es que el salvador en cuestión no fue otro que el árbitro del partido, el sueco Mohamed Lahyani. Lahyani es un buen árbitro, con un excelente sentido del humor y cierta tendencia al protagonismo. Ahora bien, lo que hizo fue inaceptable. ¿Bajar de tu silla para intentar cambiar el curso del partido en favor de uno de los competidores? Inaudito. Nunca había visto nada parecido. Herbert no quiso hacer mucha sangre del asunto y tampoco la USTA ni la ATP, que concedieron que aquello era raro pero no fueron mucho más allá. Quizá influyó el hecho de que Kyrgios, ya sin Lahyani de consejero, perdiera el siguiente partido en tres sets.

11. ¿Y contra quién perdió? Contra Roger Federer. Aquí nos paramos, por supuesto. Algo pasa con Federer y es algo que va más allá de sus treinta y siete años y los problemas físicos que eso supone. Desde que consiguiera llegar al número uno de la ATP en Rotterdam, allá por febrero de este año, parece que se haya quedado sin objetivos que cumplir: ya tiene sus veinte Grand Slams, ya tiene sus ocho Wimbledons, ya ha demostrado que puede volver a lo más alto incluso con cuatro hijos y a una edad imposible… ¿qué le queda por demostrar? Desde entonces, su juego ha sido errático. Juega tenso, inseguro, con una cantidad enorme de errores no forzados y con serios problemas con su saque. No parece cansado, pero el caso es que sus golpes se van a menudo demasiado lejos del objetivo, incluso con la derecha. No queda ahí la cosa: sigue sin saber jugar bien con el marcador a favor. En su derrota ante Millman, ganó el primer set, tuvo break de ventaja en el segundo, set point en el tercero y de nuevo break en el cuarto. No sirvió de nada.

12. Lo más grave, en cualquier caso, llegó en rueda de prensa. Que alguien de treinta y siete años pierda en octavos de final de un gran torneo es lo más normal del mundo. Nos alarma porque le queremos mucho, pero en el fondo, insisto, es normal. Lo preocupante es que luego declare que la derrota ha sido «un alivio» porque hacía tanto calor que deseaba acabar cuanto antes. Desde luego, en Nueva York ha hecho mucho calor estos días y todos los tenistas se han quejado de las condiciones de extrema humedad y dificultad para respirar. Todos. Y ninguno ha salido a decir que, bueno, sí, ha perdido, pero casi mejor porque vaya calor… Son declaraciones impropias de un gran campeón y probablemente indiquen que Roger está cada vez más lejos de este deporte y sus exigencias. Nadie le culpa porque nos lo ha dado todo durante veinte años de carrera. De hecho, no convendría descartarle para futuros eventos: si el problema es mental, como parece, lo puede resolver en cualquier momento y volver a tener dos semanas mágicas en Australia, Londres… o Tokio.

13. Del excelente torneo del tenis japonés hablaremos más adelante, cuando nos refiramos a la campeona del cuadro femenino. Paremos antes brevemente en otro luchador, Kei Nishikori. La historia de Nishikori es, hasta cierto punto, parecida a la de Del Potro. Nunca ha tenido su talento y, afortunadamente, sus lesiones tampoco han tenido su gravedad, pero es encomiable ver cómo resiste y resiste. En su torneo favorito, aquel en el que llegó a la final en 2014, Nishikori alcanzó las semifinales después de batallar durante más de cuatro horas con Cilic. Es cierto que no tuvo rivales de gran entidad, pero eso no es culpa suya. Esta semana se queda a dos pasos del «top ten», pronto volverá a donde pertenece.

14. ¿Hace falta hablar de Grigor Dimitrov o mejor lo dejamos? El búlgaro va camino de los veintinueve y en cuanto le quiten los puntos de las World Tour Finals y alguno de los torneos indoor donde brilló el año pasado, probablemente no esté ni entre los veinte primeros del mundo. Otra bonita historia de autodestrucción. Algo parecido sucederá con Jack Sock, incapaz de ganar dos partidos seguidos en todo el año. Y con Lucas Pouille, otro prometedor tenista caído en desgracia.

15. David Ferrer dijo adiós a Nueva York de la peor manera posible: con una retirada. Al menos se dio el gusto de irse de la pista central con un juego de ventaja sobre Rafa Nadal en el segundo set, pero su futuro parece que está lejos ya del tenis. A los treinta y seis años, y según declaró a Rafael Plaza en El Español, la idea es jugar torneos muy selectos en 2019 —con su ranking actual no puede aspirar a Grand Slams ni a Masters 1000— y poner fin a casi veinte años de carrera. También puede que todo esto se acelere y la retirada llegue aún antes o que consiga un par de buenos resultados en Auckland y Buenos Aires, por ejemplo, y se anime a seguir hasta el Godó. Se va uno de los grandes de la historia del tenis español y deja a Nadal muy solo en el circuito: Carreño también tuvo que retirarse en su partido de segunda ronda y Roberto Bautista cayó a las primeras de cambio. Fernando Verdasco, a punto de cumplir treinta y cinco años, fue el único que cumplió, derrotando a Andy Murray en un partido no exento de polémica, pues el escocés le acusó de aprovechar una de las pausas para reunirse con su equipo técnico y hablar del partido en curso. El siguiente español en el ránking, Alberto Ramos, queda ya fuera de los cincuenta primeros.

16. Nos quedamos con Andy Murray para terminar con el análisis del cuadro masculino. Todavía está demasiado lejos de su nivel de 2016 pero empieza a dar señales de vida. La lesión de cadera ha sido devastadora y la cosa va ya para año y medio sin buenos resultados. Tal vez podamos esperar algo de él en 2019 si el invierno se le da bien. No habrá que esperar tanto para ver ganar a Stan Wawrinka. El suizo, cuya recuperación se nos antojaba imposible hace bien poco, llegó a octavos en Canadá y a cuartos en Cincinnati (derrotas ajustadas frente a Nadal y Federer, respectivamente) y se impuso a Dimitrov en Nueva York antes de caer en tercera ronda contra Milos Raonic. La mejoría ha sido impresionante en solo un mes, veamos cómo acaba la temporada.

17. Y vamos ya al cuadro femenino. Vamos, sobre todo, con el décimo juego del segundo set de la final. Naomi Osaka gana 5-4 y tiene el saque. A los veinte años, está a punto de ganar su primer grande —ya ganó Indian Wells en marzo, pero esto sigue siendo otra historia— ante la mejor jugadora de los últimos treinta años y quizá de la historia. Está jugando frente a quince mil espectadores y los quince mil quieren que pierda, jalean a su rival, celebran cada error suyo… El ambiente es irrespirable tras la trifulca de Serena Williams con el árbitro y Osaka quiere echarse a llorar, como hará inmediatamente después en la entrega de premios. Sin embargo, tira de orgullo, se coloca 40-15, pierde su primer match point y conquista el trofeo en el segundo. De Osaka llevamos tiempo diciendo que era una campeona potencial de lo que se le pusiera por delante pero nadie pensaba que el triunfo llegaría tan pronto. Conseguirlo de esta manera la hará, aún si cabe, más peligrosa cara al futuro.

18. «La trifulca de Serena Williams», acabo de escribir. No sé bien cómo definir lo que pasó durante esos locos cinco minutos en la pista central de Flushing Meadows. De hecho, no sé si merece la pena centrarse demasiado en eso porque para entonces Serena ya perdía 6-2, 4-3 y, de hecho, si no fuera perdiendo 6-2, 4-3 no habría perdido los nervios de esa manera. Williams acaba de pasar un año entero fuera de las pistas por su embarazo, posterior parto —un parto complicado, con unos coágulos que pusieron en riesgo su salud— y crianza de su hija. Está a punto de cumplir treinta y siete años, ha ganado veintitrés torneos de Grand Slam —más que Steffi Graf, solo uno menos que Margaret Court— y aun así lucha y lucha para llegar a la final de Wimbledon y ahora la del US Open. Solo que de repente ve que se le van a escapar los dos títulos y no soporta la idea y la mente se le nubla. Si hemos de quedarnos con lo positivo, es increíble que a esa edad y con ese palmarés se puedan tener tantas ganas de ganar. Compárenlo con el «alivio» que sintió Federer cuando perdió ante John Millman en octavos de final…

19. Ahora bien, si somos objetivos, lo que hizo Serena fue muy injusto y muy grosero. Injusto con el juez de silla, al que acusó de imparcial y de machista, e injusto con la rival que le estaba pasando por encima en ese momento. Una rival que no tenía ni dos años cuando ella ganó su primer US Open, en 1999. Los tres warnings que recibió la estadounidense fueron merecidos. Puede que el primero resultara algo estricto, pero su entrenador reconoció que le había dado instrucciones desde la grada y eso está prohibido. Punto. Pudo dejarlo ahí, pero prefirió destrozar su raqueta delante de todo el mundo y eso, en cualquier partido, es otro warning. Por último, consciente de su situación, decidió enzarzarse en una agria batalla verbal con el árbitro en la que el árbitro apenas si participó, más bien se limitó a aguantar, aguantar y aguantar. Serena Williams se pasó tres minutos seguidos gritándole, llamándole de todo, tratándole como basura y exigiéndole, básicamente, que no hiciera su trabajo si eso iba a perjudicarla. Solo cuando pronunció la palabra «ladrón», Carlos Ramos no aguantó más y la aplicó el tercer warning, lo que provocó la pérdida de un juego en un momento clave.

20. El asunto es que Serena lo llevó todo aún más lejos. Acusó a Ramos de machismo —«si fuera un hombre no me habría sancionado por llamarle ladrón»— y acusó al torneo de tener algo en su contra —«siempre que estoy aquí, pasa algo de ese tipo»—. Quizá se refiriera a cuando en 2009 le dijo a una juez de línea que iba a ahogarla con la pelota —descalificación inmediata— o a 2011, cuando insultó a una juez de silla durante minutos sin recibir sanción alguna. En ambos casos, mujeres, como ella. Utilizar el sexismo para defender un comportamiento así es deplorable. Ciertamente, los tenistas tienen mucho que aprender en lo que respecta a la educación y el respeto a los árbitros. Eso no quita para que la barra libre de insultos y desprecios sea el camino correcto. Serena Williams es capaz de insultar a un hombre como es capaz de insultar a una mujer o incluso amenazarla de muerte. Del mismo modo, es normal que un hombre o una mujer, sea quien sea, haga su trabajo y la sancione por ello.

21. Ahora bien, aún hay muchos asuntos que tratar en la igualdad entre hombres y mujeres en el deporte y más concretamente en el tenis. Alize Cornet recibió una sanción por quitarse la camiseta en medio de un partido, algo que los hombres hacen constantemente. Tal fue la protesta que la organización tuvo que retirar la multa. Del mismo modo, la propia Serena había vivido la semana anterior un desagradable incidente cuando desde Roland Garros se le informó de que no podía llevar el conjunto negro con el que protesta por la desigualdad racial y de género. Es difícil imaginar a alguien dicíendole a Novak Djokovic qué debe ponerse y qué no. Cambiemos eso cuanto antes y que el resto vuelva a ser tenis y no circo.

22. Tenis: Simona Halep ganó en Cincinnati, donde pareció intocable, y no duró más de un partido en Nueva York. Eso resume el estado de la WTA ahora mismo y, con todo, me gusta más que la monotonía absurda de la ATP donde nunca sale nadie nuevo y siempre ganan los mismos. El juego a veces es más brillante y a veces lo es menos, pero cada partido puede deparar una sorpresa y eso se agradece. De hecho, y al igual que sucedió en Wimbledon, a la segunda semana la parte baja del cuadro estaba libre de «top tens», ni una había llegado siquiera a octavos de final.

23. La campeona vigente, Sloane Stephens, quedó a un paso de enfrentarse a Serena en semifinales y revivir el famoso enfrentamiento de 2013 en el Australian Open, cuando con diecinueve años Stephens no solo derrotó a la menor de las Williams sino que desencadenó la furia de la campeona, que dejó de hablarle durante años. En su camino, sin embargo, se interpuso la letona Anastasia Sevastova, una jugadora que siempre ha tenido más talento del que su cuerpo le ha dejado demostrar. En cuanto a la finalista de 2017, Madison Keys, al menos llegó a semifinales, aunque cayó ante el ciclón Osaka.

24. De las demás favoritas, poco se puede decir: la campeona de Wimbledon, Angelique Kerber, cedió en tercera ronda ante Cibulkova, y la campeona de Australia, Caroline Wozniacki, perdió en segunda ronda ante Leia Tsurenko, una de las grandes sorpresas del torneo. Elina Svitolina, que parece haber mejorado su juego en las últimas semanas, llegó al menos a octavos esta vez, mientras Caroline García fue eliminada por Carla Súarez-Navarro en tercera ronda. Garbiñe Muguruza solo ganó un partido, siguiendo la línea a la baja de todo el año y de la que saldrá cuando menos lo esperemos.

25. La travesía de Carla por el cuadro duró apenas dos rondas más, hasta los cuartos de final. Es un resultado excelente teniendo en cuenta las dificultades por las que ha atravesado durante todo el año. La derrota ante Madison Keys le dejó un sabor muy amargo en la boca, pero con el tiempo aprenderá a valorar lo conseguido en Nueva York. No creo que sea justo pedirle más a quien se deja la vida en cada partido aunque a veces no le llegue para llevarse la victoria. En cuanto al resto de españolas, solo podemos encontrar a dos entre las cien primeras del ranking: Lara Arruabarrena (72), que cayó 6-0, 6-1 en segunda ronda ante Bárbara Strýcová y Sara Sorribes Torno (86), que solo jugó un partido en Nueva York: 0-6, 0-6 ante Daría Gavrilova.

26. En cuanto al resto de cuadros, hagamos un breve resumen: Mike Bryan y Jack Sock volvieron a ganar el torneo, como ya hicieran en Wimbledon. La lesión de Bob ha dado pie a una nueva pareja de éxito. En el caso de Mike no es ninguna sorpresa porque a sus cuarenta años acumula ya dieciocho grandes, pero lo de Sock sí que llama la atención precisamente porque su despegue en los dobles a una edad temprana (veinticinco años) ha coincidido con la caída en picado de su rendimiento en individuales. Los dobles femeninos fueron para Ashleigh Barty y Coco Vandeweghe. Lo de la australiana es un caso curiosísimo porque, además de ser una interesantísima jugadora en individuales —llegó a octavos de final—, puede presumir de una precocidad inusual en el terreno de los dobles: en 2013, con tan solo diecisiete años, llegó a tres finales de Grand Slam junto a su compatriota Casey Dellacqua… pero perdió las tres, como también perdió la final de Roland Garros del año pasado. Junto a Vandeweghe —semifinalista el año pasado en individuales— ha formado una pareja con excelente química, capaz de levantar dos bolas de partido en la final a uno de los mejores dúos del circuito, el formado por Timea Babos y Kristina Mladenovic.

27. Acabamos esta extensa recapitulación con los más jóvenes: el brasileño Thiago Seyboth Wild dio la sorpresa eliminando en semifinales al poderoso Chun Hsin Tseng, ganador de Roland Garros y Wimbledon y finalista en Australia. En la final tuvo menos problemas ante el italiano Lorenzo Musetti, de dieciséis años y con un precioso revés a una mano. Lo curioso de Seyboth Wild es que es cinco meses mayor que Felix Auger-Aliassime, que participó en el cuadro principal e incluso le arrebató un set a Shapovalov antes de tener que retirarse, algo preocupantemente habitual en el canadiense. En cuanto a las chicas, la ganadora fue la china Wang Xiyu, que, curiosamente venía de ganar los dobles en Wimbledon junto a su compatriota Wang Xinyu —no, no es un juego de palabras—. Su rival en la final fue la francesa Clara Burel, finalista en Australia este mismo año.


Nadal, Federer, Stephens y todo lo que nos dejó el US Open 2017

Foto: Cordon.

Rafa Nadal ganó su tercer US Open y su decimosexto título de Grand Slam. A estas alturas lo habrán oído unas cuatro mil veces, pero no deja de impresionar. Hace poco más de quince años que Pete Sampras ganó su decimocuarto grande y todos nos llevamos las manos a la cabeza. El legendario Federer apenas tiene tres más. Es cierto que los torneos del Grand Slam no lo son todo para medir la trascendencia de un jugador, sobre todo teniendo en cuenta que Rod Laver no pudo jugar varios en su momento por ser profesional o que, en los setenta y los ochenta, buena parte de las estrellas rara vez pisaban Australia. Con todo, es la mejor medida que tenemos, y este triunfo coloca a Rafa —si no lo estaba ya— en el podio histórico. Colóquenle ustedes en el escalón que prefieran.

Se ha comentado mucho la circunstancia de que su victoria haya llegado sin tener que enfrentarse a ningún jugador clasificado entre los veintisiete primeros de la ATP y a solo dos de entre los cincuenta primeros. Sin duda, eso ayuda, pero no es demérito de Nadal, sino de todos los que fueron perdiendo contra los Leo Mayer, Aleksandr Dolgopolov o Andréi Rublev de turno. Nadal no tiene la culpa de que Federer perdiera contra Del Potro ni de que Alexander Zverev se borrara del torneo en segunda ronda, recuerdo de su triste actuación en Roland Garros.

En un momento de auténtico impasse del circuito, en el que los dominadores de los últimos doce años empiezan a acusar los rigores de la edad mientras esperan el relevo por parte de posadolescentes, Nadal ha sabido hacer lo que tenía que hacer: esperar su oportunidad. Pocos le daban opciones en el US Open después de caer tan pronto en Montreal y en Cincinnati y llevar casi tres años sin ganar un título fuera de la tierra batida, pero el destino se puso de su parte. El destino y el juego, por supuesto, porque arrasar a Del Potro como le arrasó en los últimos tres sets de su partido de semifinales no es precisamente fácil.

Se trató, en cualquier caso, de un torneo extraño, marcado por muchísimas ausencias y con algunas tendencias interesantes. Repasemos lo más importante:

1. Poco más se puede decir de Nadal, pero apuntemos un dato sobre su longevidad: ha ganado ya dos torneos con los treinta y un años ya cumplidos. Es uno de los tres jugadores que lo han conseguido en la historia, junto al australiano Ken Rosewall, que se llevó cuatro, y a Roger Federer, que suma los dos de esta temporada… solo que Roger tuvo que esperar cuatro años y medio para conseguir el primero. Nadal ha roto también esta barrera: cuando los demás, históricamente, se venían abajo, él ha mejorado. Un torneo de Grand Slam se puede achacar a la suerte o a un cuadro favorable, pero dieciséis no pueden ser una casualidad.

2. Ya hemos dicho que Nadal no era el favorito antes del torneo y viendo su juego en los tres primeros partidos tampoco había muchas razones para el optimismo: ante Dusan Lajovic tuvo que recurrir al tie-break para ganar la primera manga después de que el serbio sacara para llevarse el set. Peor fueron las cosas ante Taro Daniel y Leonardo Mayer, dos jugadores de escasísimo nivel y que llegaron a estar set y break arriba contra Rafa. A partir de ahí, todo fue color de rosas. Los nervios pasaron conforme pasaron las rondas y ya solo cedió un set en el resto del torneo: ante Del Potro en semifinales. La final contra Kevin Anderson fue directamente un paseo.

3. El triunfo de Rafa le permite asegurarse prácticamente el número uno al final de temporada. Sería otro hecho histórico: la tercera vez que consigue acabar como número uno en años no consecutivos. Lo logró en 2008 y lo perdió en 2009. Lo recuperó en 2010 y lo cedió en 2011 a manos de Djokovic. Seis años después, todo apunta a que volverá a lograrlo. La ventaja es de unos dos mil puntos sobre Federer y eso le da mucho margen, sobre todo teniendo en cuenta que el suizo no parece al cien por cien físicamente.

4. El torneo de Roger fue aceptable. Punto. Nunca sabremos hasta qué punto le afectó la espalda porque el suizo es una tumba en ese aspecto y rara vez se queja de una lesión hasta que no se hace demasiado evidente. Jugó muy mal ante Frances Tiafoe en primera ronda y aún peor ante Mijaíl Yuzhny en segunda. Pareció levantar el vuelo contra Feliciano López y Philipp Kohlschreiber, y acabó cediendo en cuartos de final ante el primer rival serio: Juan Martín del Potro. Fue una derrota dolorosa porque tuvo hasta cuatro pelotas de set —tres con el saque— para ponerse 2-1 por delante. No supo concretarlas y acabó perdiendo el parcial y cediendo el servicio inmediatamente. Ya no hubo vuelta atrás.

5. Precisamente Del Potro fue la mejor noticia del torneo. Saber que ya está para jugar seis partidos a cinco sets de manera competitiva es maravilloso. Suyo fue también el partido de la quincena: contra el austriaco Dominic Thiem en octavos de final. El argentino, griposo y cansado, perdió los dos primeros sets por 6-1 y 6-2. Después de rehacerse en el tercero, tuvo que salvar numerosos puntos de partido antes de llevarse el cuarto en el tie-break, lo que acabó de machacar la moral de su rival. El partido lo tuvo todo: el precioso revés a una mano de Thiem contra la portentosa derecha de Del Potro, probablemente la mejor que se haya visto nunca. La elegancia contra la resistencia. Un público entregado que parecía estar en La Bombonera en vez de en una pista de tenis. Espectáculo de primera.

6. Como decíamos al principio, Nadal no era el favorito. Los favoritos eran Federer, Zverev, Dimitrov y Kyrgios, no sé si por ese orden. Federer por ser Federer. Zverev por ganarle a Federer en Montreal. Dimitrov por ganar la final de Cincinnati a Kyrgios, y Kyrgios por ganarle a Nadal en ese mismo torneo. A los cuatro días de competición, los tres noventeros —para variar— estaban en la calle y Federer había cedido ya cuatro sets en dos partidos.

7. ¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto? Que cuando los treintañeros (o casi) como Murray, Djokovic, Wawrinka, Nishikori, Cilic o el más jovencito Raonic se han lesionado no había absolutamente nadie para tomar el relevo. Esto ya me lo han leído antes, así que no me voy a extender: dejamos 2017 atrás y Raonic sigue como el único finalista de Grand Slam nacido en los noventa.

8. ¿Por qué tantas lesiones? Hay diferentes teorías y muchos apuntan a un calendario demasiado cargado. No es una explicación que me convenza: nunca se había jugado menos al tenis que ahora, al menos entre los primeros de la ATP. Muchos de ellos se limitan a los cuatro grandes, seis o siete Masters 1000 y algún torneo menor al que le tengan cariño. Fuera del Grand Slam ya no hay ni un solo partido a cinco sets, ni siquiera la mítica final del Masters. No puede ser eso. Simplemente ha coincidido que los mismos jugadores llevan demasiados años en lo más alto y eso supone mucho desgaste físico y mental. Que Wawrinka, por ejemplo, se lesione a los treinta y dos años no debería ser una gran sorpresa; si fuera el número dieciocho del mundo, nadie se habría llevado las manos a la cabeza. El asunto es que era el cuatro.

9. El único noventero que estuvo a la altura fue Pablo Carreño. Sobre Carreño podemos decir lo mismo que sobre Nadal: él no tiene la culpa de que sus cuatro primeros rivales salieran de la previa y que el quinto fuera el lesionado Diego Schwartzman. En general, toda la parte baja del cuadro fue un caer constante de cabezas de serie hasta el punto de que los que quedaron hasta las semifinales fueron el citado Carreño y el sudafricano Kevin Anderson, que solo tuvo a Sam Querrey como rival de entidad.

10. El partido cayó del lado de Anderson por experiencia, tenacidad y saque. Las armas que le fallaron en la final contra Nadal, donde apenas opuso resistencia. Hablamos de un hombre de treinta y un años que en su vida habría soñado con una oportunidad así. Un buen jugador, muy habitual de las pistas duras, pero con muchas limitaciones en el juego. A veces, tipos así consiguen reunir dos semanas de altísimo nivel y se plantan en la final de un grande. Incluso Martin Verkerk ha jugado una final de Roland Garros, así que eso puede pasar. El problema para el torneo es que Anderson ni siquiera necesitó esa versión superlativa. Se limitó a ser Anderson y le valió para ser el segundo mejor jugador del campeonato.

11. Y es que, con la baja a última hora de Murray, ese lado del cuadro parecía llevar el nombre de Alexander Zverev, la joya alemana. Zverev no solo se ha colocado número cuatro del mundo —pronto será número tres—, sino que venía de ganar Montreal y Washington. Le pasó lo mismo que en casi todos los grandes disputados a sus escasos veinte años: cayó cuando menos se esperaba. Si en Roland Garros fue Fernando Verdasco el que le eliminó en cuatro sets, en Nueva York el honor le correspondió a otro jovencito: el croata Borna Coric. Zverev ganó el primer set, pero se lió de manera inopinada, cediendo los tres siguientes por 5-7, 6-7 y 6-7. Todo en el juego de Sasha invita al optimismo, pero estas lagunas mentales en los grandes torneos preocupan.

12. Quien no deja de enamorar es Denis Shapovalov. Qué barbaridad de jugador. Después de su exhibición en Montreal, donde llegó a semifinales eliminando a Rafa Nadal, el canadiense de diecinueve años llegó a octavos de final pese a tener que comerse la fase previa por caprichos del sistema de ranking. Shapovalov tiene saque, tiene derecha y tiene el mejor revés a una mano visto en un zurdo desde los tiempos de Thomas Muster. Es increíble cómo puede darle tanta fuerza a un golpe tan improbable. Su comienzo de año no pudo ser peor, cuando fue descalificado de la Copa Davis por darle un bolazo accidental a un juez de silla, pero el final tiene pinta de ser apoteósico.

13. De Dimitrov y Kyrgios mejor no hablar, que me entran los siete males. Del australiano poco se puede esperar porque es como es, pero Dimitrov parecía por fin estar ante su gran oportunidad después de ganar Cincinnati… y acabó cayendo ante Rublev en segunda ronda. Desesperante. Por cierto, gran torneo de Andréi Rublev pese a su contundente derrota en cuartos de final. Efectivamente, como él mismo apuntó en rueda de prensa después de ser destrozado por Nadal, aún le queda mucho para competir de tú a tú con los más grandes, pero este año ha dado un paso adelante de gran valor después del estancamiento del año pasado. Rublev, Shapovalov, Zverev… tres apellidos rusos de tres nacionalidades distintas llamados a dominar la siguiente década.

14. El repaso a la actuación española en el cuadro masculino empieza y acaba con Carreño y Nadal. En lo que esperamos a Kuhn y Davidovich es lo que hay. Solo Feliciano, brillante finalista en la categoría de dobles junto a su inseparable Marc López, consiguió llegar a tercera ronda en individuales. La mayor decepción fue sin duda David Ferrer. El alicantino ya no está para grandes cosas, pero había mostrado una indudable mejoría en Montreal, donde casi le gana a Federer, y sobre todo en Cincinnati, donde fue semifinalista y estuvo muy cerca de llegar a la final. Su US Open acabó en primera ronda, con una derrota ante el impredecible kazajo Mijaíl Kukushin. Ferrer ocupará esta semana el puesto número 26 de la ATP a sus treinta y cinco años.

15. Vamos ya con el cuadro femenino. Parece que las mujeres sí se han tomado en serio lo del relevo generacional: ante la ausencia de Serena Williams, que fue madre justo durante el torneo, hasta tres jóvenes estadounidenses dieron un paso adelante y acompañaron a su hermana Venus en las semifinales: Coco Vandeweghe, Madison Keys y Sloane Stephens. Estas dos últimas disputaron la final después de un largo historial de lesiones. Keys, de veintidós años, sigue sufriendo de vez en cuando de la muñeca, lo único que la aleja de la apretada lucha por el número uno, mientras que Stephens, que ya fuera semifinalista en Australia en 2014, derrotando a Serena, se lesionó a principios de temporada y llegó a caer por debajo del puesto 500 en el ranking WTA. De hecho, el US Open solo fue el quinto torneo de su temporada… y su primera victoria.

16. Venus Williams sigue tirando al poste, lo que no deja de tener mérito a sus treinta y siete años. Prácticamente desaparecida durante el resto del año, sabe guardar su mejor tenis para los momentos clave: finalista en Australia, finalista en Wimbledon y semifinalista en Nueva York, donde bien pudo ganar el partido ante Stephens. En el camino, se llevó por delante a Carla Suárez, de nuevo octavofinalista, y a Petra Kvitova, la otra gran noticia del campeonato. La checa, ex número uno y ganadora en Wimbledon por partida doble, sufrió durante las Navidades pasadas un espantoso ataque en su propia casa a manos de un hombre armado con un cuchillo que le destrozó la mano derecha. El shock emocional superó al físico y era razonable pensar que le costaría mucho volver a la élite. Afortunadamente, menos de un año después, ya está ahí dando guerra.

17. Precisamente Kvitova fue la que eliminó a la española Garbiñe Muguruza, nueva número uno del mundo. El torneo de Garbiñe estaba siendo fantástico hasta aquel momento y llegamos a soñar con un doblete Wimbledon-US Open, inédito en la historia del tenis español. Se queda al menos con el honor de llegar a lo más alto de la clasificación y de hacerlo a lo grande: después de ganar dos slams en los últimos dos años, no como Safina, Jankovic, Wozniacki o las propias Pliskova y Halep.

18. Por cierto, Wozniacki se vio envuelta en una guerra dialéctica con Maria Sharapova que acabó en empate: es decir, con las dos eliminadas antes de cuartos de final. Lo de la danesa es dramático: al revés que Venus Williams, es capaz de mantener un nivel altísimo de juego durante todo el año… para venirse abajo sistemáticamente en los grandes. Molesta por la derrota en segunda ronda ante Makarova, quiso dedicarle unas palabras a Sharapova y su polémico regreso tras la sanción interrumpida por dopaje. Sharapova, que protagonizó un enorme partido de primera ronda contra Simona Halep, con victoria incluida, contestó con ironía: «¿Wozniacki, esa no está eliminada?». No hay nada más bonito que cuando una tramposa se pone irónica y al siguiente partido la mandan también a casa.

19. El número uno de Muguruza se vio empañado hasta cierto punto porque dependió de las derrotas de sus dos grandes rivales: Karolina Pliskova y Elina Svitolina. A Pliskova se le está empezando a hacer bola lo de los grandes, igual que a Halep. De Svitolina, sinceramente, esperábamos más. Probablemente fuera la gran favorita para ganar el torneo y cayó en octavos ante Keys. Con casi veintitrés años y dada su progresión en los últimos dos años, es seguro que tendrá más oportunidades.

20. En definitiva, hemos vivido un US Open de lo más raro que completa un año de transición, donde lo viejo puede haber superado a lo nuevo por última vez. Nadie habría dado un euro por que Nadal y Federer se repartieran todos los Grand Slams de la temporada y ahora todo el mundo habla de si llegarán a veinte o veintiuno o qué sé yo… No es tan fácil. En 2018, volverán Djokovic y Murray, presumiblemente sanos. Alexander Zverev y Denis Shapovalov tendrán un año más de experiencia y puede que Wawrinka vuelva a sacar su colmillo afilado en las grandes citas. Lo que está claro es que con «la generación perdida» de los nacidos en torno a 1990 no se puede contar. En la lejanía espera expectante Félix Auger-Aliassime, otro canadiense llamado a marcar época.


Miles de perlas de sudor sobre la piel de Shuai Peng

Image #: 31758194 Shuai Peng from China wipes her head in the first set of her match against Caroline Wozniacki of Denmark in the semi-finals at the US Open Tennis Championships at the USTA Billie Jean King National Tennis Center in New York City on September 5, 2014. UPI/John Angelillo /LANDOV
Shuai Peng durante el US Open de  2014. Fotografía: Cordon Press.

En la penúltima grada del Arthur Ashe Stadium el calor y la humedad no son tan altos como en los tornos de entrada al recinto. Un par de horas después, frente a la puerta grande de la pista central situada en la zona opuesta del acceso al complejo tenístico de Flushing Meadows, la jugadora china Shuai Peng abandona una de las pistas exteriores en dirección a los vestuarios con la piel recubierta de miles de perlas diminutas de sudor que brillan con mayor fulgor bajo los focos eléctricos que la sonrisa de satisfacción que le produce el hecho de haber alcanzado los octavos de final del último Grand Slam del año.

Frente a los tornos de entrada al recinto, el público se aglomera para la sesión de tarde. Un frente de sombrías nubes espesas descarga una tormenta de lluvia y viento que sorprende a los visitantes sin medios ni lugar para resguardarse. Se produce una estampida casi de terror. El intenso temporal, que apenas dura quince minutos, ha dejado a los emocionados futuros espectadores calados hasta los huesos. Media hora después, la nueva población del village, ventilada y renovada como el aire de una habitación por la mañana, se desplaza por el interior del Centro Nacional de Tenis de los Estados Unidos ataviada invariablemente con la ropa promocional del US Open 2014: la lluvia ha sido providencial para el merchandising.

En lo alto de la fachada del Louis Armstrong Stadium, la segunda pista en importancia del USTA Billie Jean King National Tennis Center (nombre del complejo desde 2006 en honor a la gran campeona californiana), un hombre sujeto a la pendiente como un alpinista hace algunos ajustes en el enorme marcador. No parece un hombre sino un gnomo con arneses. Nadie repara en él hasta que una señora gruesa con visera y un vaso de Heineken en la mano se percata de su existencia y se le queda mirando como tratando de averiguar qué clase de ser vivo es aquel que se mueve casi imperceptiblemente (igual que un koala) en las alturas. Parecen ser estas, el tamaño de todo lo que se levanta allí en mitad del bosque de Flushing Meadows, lo que confiere a todas las cosas, incluidas las personas, una sensación de irrealidad. Algo fabuloso como si al superar cualquier esquina (en realidad esto no hace falta) uno pudiera toparse con los habitantes de la Tierra Media.

La meteorología ha hecho que buena parte de esas decenas de miles de inquilinos luzcan sus flamantes camisetas, polos y sudaderas con vistosos y coloridos dibujos alrededor del lema monotemático impreso en grandes letras (USOPEN2014) sobre sus recién adquiridas prendas. Parece una reunión de friquis extraordinariamente numerosa y heterogénea, quizá la mayor que se haya visto nunca. El estadio Arthur Ashe, que desde fuera parece una enorme bañera, una gigantesca piscina desmontable para niños con sus enormes soportes (la entrada principal parece un coliseo del interior de cuyos arcos quisiese salir el mismísimo Waldorf Astoria) convierte a los tenistas en liliputienses, en brownies de la película Willow incluso con sus voces de pito desde una localidad alta, donde corre una brisa salvífica lejos de la suerte de reverberación que se observa en las localidades bajas.

El suizo Roger Federer está disputando su partido de tercera ronda frente al español Marcel Granollers y ambos tenistas parece que empuñan varitas mágicas mientras compiten en conjuros. La grada son las paredes verticales de un embudo que certifican la asistencia a un mundo fantástico. Las gomas de las suelas de las zapatillas de los jugadores chillan sobre el cemento como extrañas criaturas cuyo eco resuena en la noche neoyorquina. Federer se mueve igual que un boxeador delgado y dispara su esbelto brazo con una armonía a la que quizá solo supere su rapidez asombrosa. Federer desenfunda y dispara a cada golpe en movimiento, un golpe de revólver, lo cual es un estilo completamente opuesto al de Marcel, que parece resistir el tiroteo al límite de la asfixia en desplazamientos laterales tan forzados y heroicos y tan medianamente exitosos que el público se ve abocado a aplaudirle como a un valiente al que no le importa morir atravesado por las balas de Billy el Niño.

Marcel Granollers during his Second round men's singles match against Roger Federer on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Marcel Granollers durante un partido contra Roger Federer. Fotografía: Cordon Press.

El público grita. Levanta los brazos como la tribu de los ewoks en la fiesta final de El retorno del Jedi. El US Open vivido en esa pista vertiginosa es como estar en una pelea de gallos por el bullicio y la pasión salvaje del graderío que asiste a un divertimento de primera clase. Y eso que solo es la tercera ronda de la competición. No es el tenis sino el US Open. El espectáculo no es absolutamente maravilloso pero sí lo suficientemente emocionante. Uno puede pensar, además, si es aficionado al tenis, que allí abajo han jugado el partido final Sampras y Agassi, o Nadal y Djokovic, y la emoción sube como la temperatura que a esas horas de la noche ya es casi soportable. El puesto de perritos calientes de Nathan’s de la tercera planta está a pleno rendimiento. Federer acaba de ganar el segundo set y empata el partido. Al lado de los panecillos y las salchichas y los distintos condimentos de Nathan’s, un carrito de helados de Ben & Jerry se ha tomado un descanso igual que los jugadores en su largo recorrido por la parte alta. El vendedor de rasgos indios que lo empuja observa su teléfono móvil mientras allá afuera, desde el mirador, el estadio de los Mets también bulle aunque de una forma distinta, como si algo prendido por dentro, un incendio, estuviese a punto de hacerlo saltar por los aires.

Abajo, en el village, lujosos stands de bebidas alcohólicas de primeras marcas aguardan entre pequeños jardines floridos de los que hacen el efecto de salir, como ninfas del bosque, hermosas y sonrientes jóvenes con visera. Sobre los bancos de tablones de madera adyacentes se sientan repantigados lo que parecen ser turistas millonarios, probablemente rusos, con sombreros de safari y pantalones cortos y calcetines y mocasines de piel, que beben combinados de vodka Stolichnaya mientras observan las grandes pantallas de la Louis Armstrong que muestran los resultados de los partidos aún en juego.

Es martes. El ambiente parece dulcificarse y el calor deshacerse en la noche de Queens. Resiste casi comprimido como una nube de humo en una partida de póker en la pista Grandstand, donde lo mantiene el búlgaro Grigor Dimitrov con su remontada ante el belga David Goffin. Un hombre negro con uniforme de cocinero y calzado con unas Crocks negras fuma un cigarrillo sentado en el suelo y apoyado en una pared esquinada y secundaria que linda con un acceso a las entrañas del Open. Es como si Koji Kabuto se hubiese bajado un momento de Mazinger Z. Es un descubrimiento. Si uno mira los rincones y las calles estrechas del USTA Billie Jean King National Tennis Center ve una oscuridad del Bronx con sus peligros y su literatura, pero no es nada más que una impresión. Puede que Nueva York sea la ciudad más segura del mundo. Sin embargo, sigue existiendo algo intangible y oscuro bajo las luces de neón, o bajo las luces de la «Unisfera» que se asoma extramuros sobre el «valle de cenizas» de Scott Fitzgerald (donde se ubica actualmente el parque de Flushing Meadows) por donde había que pasar desde Manhattan para llegar a la casa del Gran Gatsby en Long Island.

El Dr. T. J. Eckleburg ahora es una más de las especies que moran en el US Open 2014. Decenas de oculistas con gafas redondas caminan y observan. También está Tom Buchanan, y Daisy y Jordan Baker. Y todo es como si lo estuviera narrando el mismísimo Nick Carraway, pero no solo la desafortunada historia del millonario enamorado Jay Gatsby, sino todas las historias con todos los personajes que han ido postulándose, como los caballos o los camellos o las tortugas de carreras de las ferias que avanzan cuando se logran colar las pelotas de goma en el casillero numerado desde el mostrador, para ser parte de La Gran Novela Americana. El Open de 2014 es una fantasía absoluta tan tenebrosa y al mismo tiempo tan alegre como estar Dentro del laberinto de Jim Henson.

Es un parque de atracciones en medio o como representación de la vorágine del cosmopolitismo, del american way of life, del deporte y de la naturaleza y del espectáculo en el que aparecen magos, hadas, princesas, ogros y monstruos y criaturas extraordinarias en torno al argumento bello y profundo y nada superficial del tenis. Nada tan duro, tan arriesgado y tan incierto para un niño como golpear miles de pelotas cada día. Los niños que fueron esos profesionales (algunos aún lo son) soñaron con enamorarse un día de Sarah Williams (que no es precisamente Serena Williams sino Jennifer Connelly) en el Arthur Ashe Stadium mientras el enano Hoggle, el monstruo Ludo o el caballero Sir Didymus y su perro Ambrosius les observaban atentamente desde las gradas. Uno se siente en el US Open 2014 un miembro de pleno derecho de los goblins que poco tienen que ver con aquellos que parecen más humanos y que ocupan las localidades bajas de la pista principal. Allí abajo está Peter Falk contándole a su nieto Fred Savage en su perfecta habitación americana con banderines triangulares de los equipos de la NBA y de la NFL y de la NHL en las paredes el cuento de La princesa prometida, que en este momento es el asunto que tienen entre manos Marcel y Roger.

Roger Federer in action during his Second round men's singles match against Marcel Granollers on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Roger Federer durante un partido contra Marcel Granollers. Fotografía: Cordon Press.

Federer es un tenista que se ha vuelto con la edad un príncipe ideal de fantasía infantil. Federer juega hoy más rápido y más arriesgado y más artísticamente que en sus años jóvenes. Parece más poderoso y genial, pero no lo es. Lo que sucede es que sus típicas desconexiones se han ido haciendo cada vez más largas, lo cual produce momentos de intenso y efímero virtuosismo frente a otros en los que el marcador cae irremediablemente del otro lado. El gran tenista suizo realiza momentáneos milagros sobre el cemento de la Arthur Ashe que no han impedido que Granollers se anote el primer set, circunstancia que años atrás hubiera sido difícil de imaginar. Federer ensaya dejadas inverosímiles y lanza su derecha como si en vez de una raqueta Wilson con la impronta de la Adidas de Ivan Lendl empuñara un guante de béisbol al mismo tiempo que falla un revés de cada tres tan monumental como el escenario. Ya no parece jugar para ganar sino para soliviantar a los goblins, a los peks, a los trolls o a los elfos de esta cordillera arthurashesiana.

El tenis de Federer ha trascendido del marcador y eso es algo que ningún otro jugador del circuito puede permitirse. El público de esta Tierra Media vestido con estridencias de Nike y de Adidas y de Ralph Lauren (con el símbolo del caballo y el jugador de polo inusualmente grande sobre el pectoral izquierdo que se ha puesto de moda), fundamentalmente, lo celebra, aunque «lo más hot» de los últimos años (lo dice una señora esquelética con el pelo blanco que bien podría ser natural de Concord, Massachussetts, a otra muy bronceada y con un maquillaje espeso que perfectamente podría haber venido en vuelo directo desde Cayo Vizcaíno) ha sido el español Rafael Nadal, que este año no disputa el Open por lesión. Nadal ha encarnado el prototipo de perfecto héroe exótico y sin embargo cercano, el paladín isleño y humilde que podría ser Westley o Atreyu, el Tom Cruise de Legend o incluso el Aragorn de Viggo Mortensen. «No recuerdo, you know, haber visto unas actuaciones tan poderosas y elásticas como las de Nadal en 2010 y 2013», afirma el hombre de mediana edad con gafas redondas metálicas que se ubica ufano entre las dos señoras, al que le cubre la cabeza de un modo excepcionalmente raro al estilo de Axl Rose un pañuelo de flores.

Cuando Dimitrov finalmente da cuenta de Goffin en la pista Grandstand el silencio es como un ejército de caballería que se acerca. Salidos de las entrañas del parque recreativo puede verse ahora a otros trabajadores con la mirada torva y el gesto cansado. Son apariciones o los supervivientes de una hecatombe o los habitantes secretos de las cloacas. No se muestran a la luz, sino que se mantienen tras una especie de cerca invisible en la penumbra. No pisan la alfombra roja de Flushing Meadows ni salen a las fluorescentes avenidas como si tuvieran el ADN de las cucarachas. El público ilusorio se marcha sin que se sienta, desaparece más allá de la oscuridad de los tornos mientras aquellos parecen asomarse temerosos con sus mandiles y sus gorros manchados. Parece imposible que un lugar como el USTA Billie Jean King National Tennis Center pueda transformarse por un momento en algo parecido a una parada del viaje por La carretera de McCarthy. Aunque puede que solo sea un espejismo. O puede que también sean los trabajadores de la sala de máquinas de un Titanic de casi un siglo y medio de edad que nunca podrá hundirse. Pocos podrían resistirse a ensayar la idea de que son los únicos verdaderos humanos en este gran circo de muñecos (muñecos incluso, y no habitantes de mundos de fantasía como el hombre que escalaba el marcador o la señora con el vaso de Heineken que lo observaba), ni a la de que todos esos hombres y mujeres se mantienen en la sombra para no desvelar la realidad de la mágica fantasía del US Open 2014, que más que un Titanic de siglo y medio de edad, desde los tiempos del Newport Casino o los del West Side Tennis Club de Forest Hills, podría ser una suerte de Disneyland de la raqueta donde todos esos que parecen salir de las cavernas en realidad son los hombres y mujeres que hacen posible que hablen y se muevan los goblins gracias a una tecnología secreta que solo ellos conocen.

Aún hay encuentros en juego en dos pistas exteriores. Las luces del complejo parecen estar conectadas ahora en modo de emergencia, quizá para que nadie vea salir a los humanos al final de la jornada de sus puestos de control. No se sabe cómo ni cuándo el estadio Arthur Ashe se ha vaciado después de que Federer destrozara a Granollers por un triple 6-1 en el segundo, tercer y cuarto y definitivo set del partido. Todo es definitivamente irreal en el US Open 2014. Definitivamente tan fantástico que doce días más tarde será la primera vez en diez años que no alcanza la final masculina ninguno de los últimos cuatro grandes jugadores de la década; aunque la culminación de lo fantástico, lo sumamente fantástico, son las miles de preciosas perlas de sudor que brillan a última hora bajo los focos sobre la piel de la jugadora china Shuai Peng.

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Arthur Ashe Stadium, US Open 2014. Fotografía: Michael Vadon (CC).


Rafa Nadal y el futuro

Rafael Nadal. Foto: Cordon.
Rafael Nadal. Foto: Cordon.

Hace poco leí un interesante, aunque a mi juicio no del todo certero, artículo donde se decía que todo lo que Rafael Nadal necesita para volver a ganar grandes títulos es un cambio en su equipo técnico, en el enfoque de sus entrenamientos. Las tesis de partida son que está jugando bien y que pierde algunos partidos decisivos por poco, después de ofrecer una más que admirable actuación, y es cierto. Y bien, las premisas son válidas; cosa distinta es que basten para exigirle que rinda en las grandes ocasiones como en los viejos tiempos. Algo que sería pedir demasiado.

Rafael Nadal es, esto ni siquiera admite discusión, el mejor tenista que ha dado España y uno de los cinco mejores de todos los tiempos a nivel mundial. El más impresionante especialista de juego en tierra batida que el mundo ha visto, pero también de sobresaliente trayectoria en otras superficies. Y, detalle que para mí tiene una capital importancia a la hora de juzgar su magnitud, ha sido el único jugador que consiguió amargar a Roger Federer cuando el coloso suizo estaba en su mejor momento, rivalidad que los futuros historiadores del tenis recordarán tanto como los títulos que acumulan entre ambos. Todo elogio se queda corto a la hora de describir la trayectoria del mallorquín y sería más que afortunado el que alguien así procediese otra vez de territorio español durante nuestra vida, aunque dudo que suceda.

El cantar sus glorias, sin embargo, no debería hacernos esperar de él más de lo que resulta razonable a estas alturas. La idea citada de que un cambio en su manera de entrenar o siquiera un cambio de actitud podría devolverlo a la primerísima línea —dentro de la élite a la que todavía pertenece, se entiende— no es demasiado realista.

Esa primerísima línea, para entendernos, está formada por quienes se adjudican los cuatro torneos del Grand Slam, quienes quedan subcampeones, o quienes por lo menos alcanzan las semifinales con cierta asiduidad. La crema de la crema en la actualidad del tenis. Rafa Nadal lleva un par de años en una segunda línea; está el cuarto en la clasificación mundial, pero, aunque parezca mentira, hay una línea invisible (o no tan invisible, que ahí están las amplias diferencias en puntos para corroborarlo) entre él y los tres primeros.

La gran pregunta es, ¿puede Nadal volver a ganar un grande? Imposible no es. Ahora bien, ¿apostamos a que lo hará? Yo no iría tan rápido. Podemos desearlo, por supuesto, pero también tenemos que afrontar la posibilidad de que no llegue a suceder, porque se necesitaría un afortunado cúmulo de circunstancias. Como se suele decir en otros deportes, ya no depende de sí mismo. Líbreme Dios de ejercer como agorero. Es más, creo que Nadal podría ganar otro grande, sobre todo en París. Pero recordaría más a un canto del cisne que a un verdadero retorno al pelotón de los cazadores de slams. Un vistazo a los datos históricos muestra pocos precedentes.

Consideremos que la «época dorada» de un gran tenista es aquella en la que su nivel competitivo está al máximo, cuando alcanza con cierta asiduidad —y se espera que alcance— por lo menos algunas de las semifinales de los cuatro grandes torneos. Este es un criterio más o menos flexible, que nos puede dar un año arriba o abajo, pero servirá. Como resulta fácil suponer, en ese periodo los mejores ganan la inmensa mayoría de sus títulos importantes. ¿Cuánto suele durar la época dorada de un tenista? Por supuesto, depende, pero si repasamos las carreras de los principales campeones, comprobamos que suele extenderse entre ocho y diez años; a veces más, a veces menos. En el caso de Nadal, la época dorada fue desde 2006 (aquel año consiguió su segundo Roland Garros, fue finalista en Wimbledon y cuartofinalista en el US Open) hasta 2014 (fue finalista en Australia y ganó su noveno Open francés). Nueve temporadas, o diez, si incluimos la del 2005, su primera victoria en París.

Pues bien, en las últimas décadas han sido muy, muy raros los ejemplos de grandes campeones que han conseguido extender su época dorada más allá de diez años. Tanto es así que entre los grandes campeones solo se han producido dos casos. Para colmo, es muy difícil que vuelvan a ganar torneos grandes cuando el cénit de sus carreras ya ha quedado atrás. Veamos una comparativa de los más notorios tenistas de la era ATP, aquellos que han ganado siete o más títulos del Grand Slam. Hay que hacer notar varias cosas. Una, que los jugadores de la etapa anterior a la ATP competían en circunstancias muy distintas, así que por el momento los dejaremos a un lado. Dos, que el caso de Andre Agassi es excepcional; algo más abajo explicaremos por qué. Tres, que en el momento de escribir estas líneas, Novak Djokovic acaba de cumplir el décimo año de su época dorada, pero mientras no se demuestre lo contrario debemos considerarla como no concluida.

Tenista (solamente era ATP) Total de títulos del Grand Slam Ganados ANTES de la época dorada Ganados DURANTE la época dorada Tiempo que duró la época dorada Ganados DESPUÉS de la época dorada
Roger Federer 17 1 15 9 años 0 (por ahora)
Pete Sampras 14 1 12 9 años 1
Rafael Nadal 14 1 13 9 años 0 (por ahora)
Björn Borg 11 1 10 10 años 0
Novak Djokovic 9 0 11 10 años
Jimmy Connors 8 0 8 12 años 0
Ivan Lendl 8 0 8 9 años 0
Andre Agassi 8 0 8 16 años (en dos etapas) 0
John McEnroe 7 1 7 6 años 0
Mats Wilander 7 1 6 8 años 0

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Las cifras se muestran elocuentes, sin duda. Antes de la era ATP la comparación resulta más difícil. Por ejemplo, los dos grandes torneos del actual Grand Slam que importaban a los mejores tenistas eran Wimbledon y Roland Garros; aunque el US Open tenía su importancia, era mucho menos ambicionado que ahora, y el Open de Australia apenas contaba para muchos campeones, que lo visitaban de forma esporádica, o no lo visitaban en absoluto. Por otra parte se produjo una división entre el circuito amateur, al que pertenecían los cuatro torneos del Grand Slam, y el profesional, cuyos miembros no estaban autorizados a participar en ellos, lo cual produjo que Rod Laver, quien para muchos es el mejor jugador del tenis pre-ATP, pasara la mitad de sus mejores años sin poder jugar en torneos del Grand Slam (cinco años excluido, pese a lo cual ganó nada menos que once títulos en otras cinco temporadas). Pues bien, aun teniendo en cuenta que en tiempos anteriores las condiciones competitivas eran distintas por diversos motivos, por lo general la época dorada de los jugadores solía durar lo mismo que ahora, alrededor de los diez años.

Volviendo a la era ATP, verán que es raro que un gran campeón permanezca más de diez años al máximo nivel. Rafael Nadal, esto es un hecho que nos entristece pero que sería absurdo negar, lleva ya dos temporadas alejado de su época dorada. Y dos temporadas, en tenis, es mucho tiempo. En el 2015 no ganó grandes títulos; alcanzó cuartos de final en Australia, algo meritorio sin duda, pero cuando obtuvo la misma clasificación en París supo a poco, sobre todo teniendo en cuenta que la tierra batida es su mejor superficie y que es sin duda su rey histórico. Ya no hubo manera de compensarlo en siguientes torneos grandes: Nadal sufrió eliminaciones tempranas en los seis siguientes slams en que participó, algo que es un inequívoco signo de alarma. Aunque «alarma» quizá no es la palabra para definir la sensación que produce algo que debiéramos haber esperado. El tiempo no perdona a nadie, ni a los más grandes. Ni siquiera nos sirve como referencia por la longevidad Jimmy Connors —diríamos que genética, porque después de retirarse continuó rindiendo a gran nivel en torneos de veteranos—, ya que la etapa dorada de Nadal comenzó hace doce años, lo mismo que duró la del combativo Jimmy.

Eso sí, existe una notable excepción a la regla: Andre Agassi. En el plano temporal su carrera no se parece a la de ningún otro tenista de los últimos cuarenta años. Él demostró que se puede luchar contra el calendario. Entre 1990 y 1995, su primera época de esplendor, ganó tres títulos y llegó a otras cuatro finales. En 1996 empezó a mostrar signos de un bajón un tanto prematuro, pero como todavía fue capaz de alcanzar semifinales en Australia y Estados Unidos se antojaba precipitado afirmar que sus mejores tiempos habían pasado. La cosa empeoró en 1997 y 1998; durante dos años no pasó de la cuarta ronda en ningún torneo grande. Esto hizo, entonces sí, que muchos le diesen por acabado cuando tenía veintiocho años. De hecho, lo normal hubiese sido que nunca hubiese conseguido retornar a lo más alto, porque cuando un tenista ha caído en semejante declive no suele suceder que lo veamos recuperar su antigua forma. Pues bien, Agassi no solo la recuperó a los veintinueve años (uno menos de los que ahora tiene Nadal), cuando ganó Roland Garros para sorpresa de todos, sino que aquella insólita segunda juventud tenística duró otros siete años, ¡nada menos!, y le supuso seis grandes títulos a sumar a los tres que ya poseía, amén de quedar subcampeón en otros tres slams. Algo que parecía, y sigue pareciendo, casi milagroso. Pero el ejemplo de Agassi, aunque desearíamos que se repita en la trayectoria Nadal, es demasiado extraordinario como para convertirlo en una referencia razonable. Para empezar, hay que decir que el juego del estadounidense, por sus peculiares características, permitía un tipo de reajuste hacia un estilo donde el rendimiento físico ya no fuese tan importante. Por eso al Agassi de la «segunda juventud» pudimos verlo dosificando energías y dominando partidos desde el fondo de la pista, gracias a una mecánica de tiro bastante alejada de la forma de jugar de nuestro ídolo mallorquín.

Andre Agassi y Pete Sampras. Foto: Cordon.
Andre Agassi y Pete Sampras. Foto: Cordon.

Agassi aparte, los demás multicampeones casi nunca han conseguido brillar en los torneos grandes cuando su juego ha empezado a declinar. El único que lo hizo fue Pete Sampras. Durante sus dos temporadas finales estaba ya sufriendo un declive evidente para todos; incluso fue eliminado de manera temprana en su torneo favorito, Wimbledon. Sin embargo, de manera un tanto sorprendente y con ayuda de su saque fuera de lo común (un arma que Nadal no posee), se las arregló para realizar sendas actuaciones brillantes en sus últimas dos participaciones en el US Open: fue subcampeón en 2001 y campeón en 2002. La victoria del 2002, en especial, fue bastante inesperada. Es verdad que solamente hacía dos años desde su último triunfo en un slam y que había sido finalista el año anterior, pero estos datos engañan. Si algo enseña la historia del tenis es que la decadencia de los jugadores, cuando llega, acostumbra a ser terriblemente veloz. Ayudada, claro, por la pérdida de la aureola del jugador en cuestión, otro detalle clave en un deporte donde el factor psicológico resulta tan decisivo. El propio Sampras debió de pensar, como todos los que habían asistido a su último gran triunfo, que al año siguiente le resultaría casi imposible repetir la hazaña, como parece demostrar el que decidiese retirarse en aquel punto álgido, como vigente campeón del US Open, sin arriesgarse a perder el título sobre las pistas. Había sido un fantástico canto del cisne en mitad de una carrera que iba cuesta abajo, y no un indicio de recuperación.

El caso de Roger Federer también merece comentario aparte. En el momento de escribir estas líneas lleva cuatro temporadas sin ganar un título grande… pero ha llegado a tres finales y cinco semifinales. Estos resultados en los slams ya los querrían para sí, y en sus mejores años, la mayoría de los tenistas del circuito. Pero cuando hablamos del mejor jugador de la era ATP (y quizá de toda la historia del tenis) suenan a decadencia irrecuperable. Es cierto que nunca se puede descartar que Federer tenga un par de semanas mágicas en algún momento del año, y que esas dos semanas coincidan con su participación en un slam. Sería alucinante, e inédito, pero podría suceder, dado que su repertorio técnico es inigualable. Ahora bien, tampoco apuesten por ello salvo que les sobre el dinero. Sería un muy bienvenido canto del cisne, pero no es sensato depositar una confianza ciega en que suceda.

Decimos que el declive de un tenista es rápido, pero eso no significa que resulte siempre evidente. A veces consiste en un cambio sutil; tan sutil que cuando el público le ve jugar, sobre todo si tiene un buen día, piensa «todavía puede ganar un grande». Ese cambio puede manifestarse, por ejemplo, en el pequeño abismo que hay entre, jugando de manera similar, ganar los puntos decisivos y no ganarlos. El tenis requiere tanta precisión y un ritmo tan vivo que una pequeña disminución en las cualidades físicas o mentales de un jugador supone la diferencia entre acostumbrarse a ganar o, por el contrario, acostumbrarse a «casi» ganar. Esto es, a perder pero dando al público (y muchas veces a la prensa) la falsa impresión de que ha jugado a exactamente el mismo nivel que el oponente. Esto, claro, sucede más en los principales torneos ante los mejores rivales. El tenista que ha empezado su declive no se levanta una mañana y empieza a perder 0-6, 0-6, 0-6, salvo que haya sufrido una lesión o algo parecido. De hecho, estando saludable, sigue jugando bien y ofreciendo momentos de brillantez. Pero eso ya no basta. Lo más habitual es que empiece a perder partidos clave «por muy poco» cada vez más a menudo, cuando antes solía tener la ventaja competitiva en situaciones parecidas. ¿Por qué pasa esto? La respuesta es lógica: la diferencia de nivel entre tenistas de élite no siempre resulta fácil de percibir, salvo en el historial de resultados. Sobre la pista vemos la lucha, los grandes puntos, los grandes tiros… todo eso sigue ahí; lo que ya no está es la capacidad para imponerse con tanta facilidad en los trances definitivos del partido.

Roger Federer y Rafa Nadal. Foto: Cordon.
Roger Federer y Rafa Nadal. Foto: Cordon.

Algo así le sucede a Nadal en los slams. Ojo, no descarto que gane alguno más. En su caso sí me parece por lo menos probable, sobre todo en Roland Garros (un tanto menos en Australia; y me sorprendería que lo consiguiera de nuevo en Wimbledon o el US Open). Todo lo que necesita es tener esas dos semanas mágicas y que coincidan con la competición sobre su superficie favorita; todavía no está tan lejos de su mejor momento como para que una victoria en París resulte impensable. Aun así, un frío análisis del asunto arroja varios problemas. Uno, que sus máximos competidores, salvo que algo cambie, todavía están en plena forma: Djokovic, Murray, Wawrinka, etc.

Otro problema, no inferior, es que el resto del cuadro es cada vez más joven con respecto a Nadal, y además, como es lógico, está mucho más hambriento de títulos y en mejor condición física. Rafa ha sufrido mucho desgaste durante su carrera; su estilo siempre fue muy exigente desde el punto de vista mecánico, y aunque ha realizado hábiles ajustes en su juego a lo largo del tiempo —como no podía ser de otra manera— quizá ya no basten para compensar lo perdido. Recuerden que un minúsculo punto de velocidad, por ejemplo, supone la diferencia entre llegar a una pelota con comodidad y golpearla sin la precisión necesaria para ganar un punto apurado como los que suelen darse en los momentos clave de un partido importante. En tenis hablamos en centímetros, y con la aplicación del «ojo de halcón» a veces casi en milímetros. Los grandes partidos no se ganan tirando pelotas fáciles, sino dando golpes arriesgados, a las líneas, bajo mucha presión. El talento no disminuye, pero las herramientas físicas con las que aplicarlo sí se van desgastando, junto con una lógica variación en la motivación. Rafael Nadal lleva catorce años de competición profesional; diez de ellos los ha pasado ganando los más importantes títulos, en lo más alto, peleando contra cualquiera y consiguiendo imponerse a menudo. Si consigue ganar otro grande, será miel sobre hojuelas. Pero quizá ha llegado el momento de darle un respiro, de ser aficionados realistas y no continuar exigiéndole lo que él, como ningún otro tenista, no sería capaz de ofrecer a estas alturas de una carrera. Bienvenido será si consigue nuevas hazañas en los principales torneos, y yo sería el primero feliz por incluirlo en la parte inusual de las estadísticas, pero el tenis, como todo en la vida (y la vida misma), tiene sus ciclos. Cuando se han traspasado ciertas líneas, es imposible volver atrás. Así pues, ¿posible? Sí. ¿Probable? Por desgracia, cada vez menos. Ni falta que hace, por descontado.

Foto: Cordon.
Foto: Cordon.


Stanislas Wawrinka, Angelique Kerber y varias cosas que aprendimos del US Open

Angelique Kerber y Stanislas Wawrinka. Fotos: Cordon.
Angelique Kerber y Stanislas Wawrinka. Fotos: Cordon.

En enero de 2010, Roger Federer ganaba en Australia su decimosexto título del Grand Slam. A los veintiocho años, y después de siete finales consecutivas, era difícil verle un fin a su reinado. La duda era si los dieciséis se quedarían en veinte o si irían aún más allá. Pocos imaginaban que en los seis años y medio siguientes apenas ganaría otro «grande». Algo parecido le sucedió a Rafa Nadal. Cuando en junio de 2014, también con veintiocho años, ganaba su noveno Roland Garros para un total de catorce títulos del Grand Slam, pocos dudaban de que alcanzaría o incluso superaría a Federer. Era número uno del mundo, vigente campeón del US Open y finalista en Australia. Desde entonces, no ha llegado ni a semifinales de ninguno de los cuatro grandes.

Estos antecedentes no implican que a Djokovic le tenga que pasar lo mismo, pero desde luego invitan a pensar que es una posibilidad con la que hay que contar. Novak ganó hace apenas tres meses Roland Garros, completando un año entero de triunfos y asentándose en el número uno de la clasificación con la mayor ventaja sobre el segundo de la historia. En estos tres meses ha tenido tiempo de perder en Wimbledon ante Sam Querrey, caer a las primeras de cambio ante Juan Martín del Potro en los Juegos Olímpicos —la única gran competición que falta en su palmarés junto al torneo de Cincinnati— y ceder la final del US Open ante Stanislas Wawrinka dejando unas sensaciones francamente mejorables.

Ha habido excusas de todo tipo: problemas personales, molestias en la muñeca, cansancio acumulado… exactamente en eso consiste el deporte profesional y lo que lo hace imprevisible. De repente te comes el mundo y de repente el mundo te come a ti con patatas y todos los pronósticos quedan hechos trizas. Cuando todo el mundo pensaba que 2016 sería de nuevo el año de Djokovic y Serena Williams —aún puede serlo, ojo— el guion ha pegado un giro sorprendente. Lo analizamos en veinticinco píldoras.

1. Empecemos por el ganador masculino: Stan Wawrinka ganó a su manera, es decir, casi a traición, por la espalda. Cuando nadie le ve. Después de unos meses de resultados anodinos, se planta en Nueva York, salva un match point en tercera ronda ante Daniel Evans, sufre más de la cuenta ante Illya Marchenko… y de repente se convierte en otro jugador. Un jugador capaz de remontar un break y una lesión en el primer set a Juan Martín del Potro en cuartos, un jugador capaz de levantar un set en contra ante Kei Nishikori en cuartos y un jugador capaz de ganar su tercera final de Grand Slam de las tres disputadas después de ceder también el primer set y ante el número uno del mundo. Casi nada.

2. El caso de Wawrinka, un jugador para el que no existen los términos medios, es exactamente el contrario del de los grandes campeones que citábamos en la introducción. A los veintiocho años, su carrera parecía condenada a limitarse a aquel oro olímpico que ganó junto a Federer en los dobles de Pekín 2008. Desde entonces, casi tres años de locura: ganó el Open de Australia de 2014 con lesión incluida de Nadal en la final, ganó el Roland Garros de 2015 con un tenis frenético y se ha impuesto en el US Open de 2016 a base de fortaleza mental. A eso hay que sumarle la Copa Davis de hace dos años para completar un palmarés tardío pero envidiable.

3. Sobre Djokovic ya lo hemos dicho casi todo. En general, la sensación es que no estaba listo para este torneo. Solo las lesiones de sus rivales y alguna actuación esperpéntica como la de Monfils en semifinales le colocaron en la final y una vez ahí no pareció tener suficiente fe en la victoria. La relación del serbio con el US Open nunca ha sido fácil: con la de este domingo ya van cinco finales perdidas por solo dos ganadas.

4. La derrota de Djokovic tiene algo de sorpresa, pero chocó aún más que no fuera a manos de Andy Murray, el llamado a ser su sucesor. Que los «sucesores» de Djokovic tengan veintinueve y treinta y un años es un tema que ya trataremos algo más abajo; de momento, centrémonos en el escocés, imparable durante cuatro rondas hasta el apagón mental del cuarto y quinto set ante Nishikori, en el que quizá fuera el mejor partido del torneo. Murray empataba a un juego la cuarta manga con 15-40 sobre el servicio del japonés y veinte minutos después había perdido 1-6 el set y cedía 0-2 en el definitivo. Tuvo tiempo para recuperarse, volver a caer y volver a recuperarse, pero su lenguaje corporal lo decía todo: completamente de los nervios y fuera de sí, el campeón de Wimbledon y de los Juegos de Río, acabó cediendo 7-5 en el último parcial.

5. Vamos a lo del relevo generacional: el único jugador nacido en los noventa, es decir, el único jugador menor de veintiséis años, en llegar a cuartos de final fue el francés Lucas Pouille. La temporada de Pouille viene siendo excelente a sus veintidós años y su victoria ante Nadal en octavos está a la altura del citado partido entre Murray y Nishikori. Aun así, la alegría duró dos días, los que pasaron hasta que Gael Monfils, de treinta años, le arrasó en cuartos de final. El problema de esta generación no es que no sean capaces de ganar a Djokovic, Murray, Federer o Nadal… es que siguen siendo incapaces de quitarse de en medio a los Monfils y siguen sufriendo con los Baghdatis.

6. Volviendo al partido de Pouille ante Nadal, es momento de recordar que el manacorí lleva dos años y medio sin disputar unas semifinales de Grand Slam. Creo que ha llegado el momento de preocuparse oficialmente. Rafa disputó tres partidos a un nivel altísimo, sin ceder ni un set y cayó en el único mínimamente problemático, con el agravante de que volvió a hacerlo en el quinto set (Fognini, Verdasco…), ante un jugador inferior y después de tener un break de ventaja. Aunque se mantiene el cuarto en la clasificación de la ATP, cae al octavo lugar en la llamada «Race to London», es decir, el ranking de lo que llevamos de año. Su presencia en el antes llamado Masters no peligra precisamente por la ausencia de rivales de entidad, pero el top 5 se aleja cada vez más.

7. En general, no fue un buen torneo para el tenis español, que lleva dos años viviendo de los fogonazos de Garbiñe Muguruza y los éxitos en la categoría de dobles. La ausencia absoluta de relevo hace que el cuadro masculino se limite a lo que puedan hacer Nadal y Bautista y el femenino a la inspiración de Garbiñe y la constancia de Carla Suárez. Ninguno de ellos llegó siquiera a cuartos de final. Solo la pareja de dobles Pablo CarreñoGuillermo García López salvó el honor patrio llegando a la final, aunque acabaran cayendo con cierta facilidad ante Jamie Murray —el hermano de Andy— y Bruno Soares.

8. Aunque los focos de esta pequeña catástrofe se pongan sobre Muguruza por esa sensación de dejadez que acompaña a sus derrotas, mucho peor pinta lo de David Ferrer. Después de ocho años casi ininterrumpidos entre los diez mejores del mundo, su temporada parece el presagio de una retirada inminente. Su última victoria ante un top ten data de enero (John Isner en Australia) y aunque sacó fuerzas de flaqueza para ganarle a Fabio Fognini en segunda ronda, apenas pudo competir con Del Potro en dieciseisavos. A los treinta y cuatro años, parece que el tiempo se le acaba. Momento, quizá, de valorar todo lo que ha conseguido durante sus dieciséis temporadas como profesional.

9. Por cierto, Del Potro está de vuelta. Ya es oficial. Otra cosa es que uno pueda pasarse dos años casi enteros sin jugar y luego arrasar con todo, pero si la final de Río ya fue un aviso de lo que era capaz, los cuartos del US Open, revalorizados al caer contra el campeón final en cuatro sets, confirman la sospecha. Al cien por cien, no hay nadie en el circuito con su derecha. Con veintiocho años, aún debería soñar con completar dos semanas redondas y hacerse con un torneo del Grand Slam que sumar al US Open de 2009. Puede que físicamente al argentino aún le falte un poco pero mentalmente está a un nivel superior al de sus mejores años, emociones y lágrimas incluidas.

10. Vamos con el cuadro femenino: en un circuito tan imprevisible como es la WTA, parece claro que está vez, por fin, ganó la favorita. Todo el mundo citaba a la alemana Angelique Kerber como clara candidata al título y se lo llevó sabiendo sufrir, especialmente en la final ante la sorprendente checa Karolina Pliskova. La victoria, junto a la derrota de Serena Williams en semifinales, le otorga a Kerber la condición de número uno del mundo después de ciento ochenta y seis semanas consecutivas de dominio absoluto de la estadounidense. Hacía veinte años que una alemana no ganaba en Nueva York: en aquella ocasión, la campeona fue Steffi Graf, y su rival, Monica Seles.

11. Con todo, la temporada de Serena sigue siendo prodigiosa: campeona en Wimbledon, finalista en Roland Garros y en Australia y semifinalista en el US Open. Para estar a punto de cumplir treinta y cinco años no está nada mal. El año pasado no volvió a competir después de su derrota ante Roberta Vinci en Nueva York, así que tendrá multitud de oportunidades de recuperar el número uno en algún momento a poco que Kerber baje un poco su nivel.

12. Detengámonos un momento, porque lo merece, en Karolina Pliskova. Tardó más de la cuenta en llegar al top ten (no lo hizo hasta el año pasado) y buena culpa de esa tardanza tiene que ver con sus malos resultados en los grandes torneos. En apenas un mes, le ha dado la vuelta a la tortilla: ganó el torneo de Cincinnati imponiéndose precisamente a Kerber en la final y en Nueva York se plantó en la final eliminando en el camino a las dos hermanas Williams, algo que solo habían conseguido ocho jugadoras en toda la historia, la última de ellas Kim Clijsters en 2009. Esta semana ocupa el número seis del ranking WTA, a un solo paso de las cinco primeras.

13. Entre las decepciones femeninas nos volvemos a encontrar con la polaca Agniasza Radwanska. Después de caer en primera ronda en Río, aquí llegó a octavos de final, donde fue derrotada por la croata Ana Konjuh en dos sencillos sets. Konjuh era la número 92 del mundo, lo que habla a las claras del favoritismo de Radwanska, aunque también es cierto que, a sus diecinueve años, hay que tenerla como una de las candidatas a dar el salto en los próximos años.

14. Apagada Bouchard, esperemos que no definitivamente, tenemos además que asistir al calvario de Belinda Bencic. La suiza, llamada a ser una de las dominadoras de esta temporada, va enlazando lesión con lesión y aquí solo pudo llegar a tercera ronda. Queda al borde del top 30. La campeona de Río, Monica Puig, tampoco estuvo a la altura de las expectativas. Después de la fiesta llegó la resaca y fue derrotada en primera ronda por la china Zheng, siendo capaz de sumar tan solo seis juegos en todo el partido. La cara opuesta fue Caroline Wozniazki, que demostró que Nueva York es su ciudad fetiche y se plantó en semifinales después de un año de lo más insulso.

15. En el cuadro masculino también hubo decepciones sonadas: la primera y la más llamativa fue, sin duda, la del canadiense Milos Raonic. Después de ser finalista en Wimbledon y de completar la temporada más regular de su carrera a las órdenes de Carlos Moyà, Raonic decidió meterse en un pequeño lío: se saltó los Juegos Olímpicos, su decepción por las derrotas contra Murray le empujaron a prescindir de John McEnroe como ayudante y acabó perdiendo en segunda ronda del torneo ante Ryan Harrison, uno de los tantos proyectos de estrella que surgen en Estados Unidos y que acaban ganándose la vida en torneos menores o directamente en challengers. También se esperaba más de Marin Cilic, el campeón de Cincinnati, que perdió contra otro estadounidense, Jack Sock.

16. Nos quedamos en Estados Unidos. Que en España no haya relevo llama la atención pero que no lo haya en un país de casi trescientos millones de habitantes y la tradición tenística de Estados Unidos resulta muy, muy sorprendente. Harrison le ganó a Raonic pero cayó en la siguiente ronda ante el eterno Marcos Baghdatis. Sock derrotó a Cilic para caer dos días después ante Jo-Wilfried Tsonga. Nadie más llegó siquiera a octavos de final. Al menos, Jared Donaldson ganó un par de partidos de mérito —Troicki y el decepcionante Goffin— antes de caer en tercera ronda contra Ivo Karlovic.

17. Si en octavos no estuvo ni siquiera John Isner fue por culpa del británico Kyle Edmund. Tengo debilidad por este chico, aunque puede que no esté justificada. Le falta físico y algo de fuerza mental, pero cuando está en racha tiene muy buena pinta. Apenas tiene veintiún años y ni siquiera está entre los cincuenta primeros del mundo, pero me da la impresión de que no tardaremos en verle como cabeza de serie en algún torneo del Grand Slam.

18. Siguiendo con los jóvenes, hay que hablar del agotamiento de Alexander Zverev. Es pronto para hablar de estancamiento, más bien parece un bloqueo mental y físico que le impide competir a su nivel de principios de temporada. Algo parecido pasa con Dominic Thiem, aunque el austriaco al menos llegó a octavos de final, donde se retiró, exhausto, contra Juan Martín del Potro. La selección de calendario de ambos jugadores ha sido pésima a lo largo de todo el año. Sin ir más lejos, Thiem, ya bastante «cascado», no tuvo mejor idea que apuntarse a dobles en Nueva York, por si la carga no era suficiente.

19. Nick Kyrgios afirmó antes del US Open que si ganaba el torneo se retiraba del tenis. Que no le gustaba el deporte y que sigue solo por el dinero y la fama. Un solo torneo de Grand Slam justificaría su carrera. Obviamente, con esa mentalidad, quedó muy lejos de su objetivo. Tan lejos que ni siquiera acabó su partido contra el ucraniano Illya Marchenko en tercera ronda. No hay que olvidar que hablamos de un chico de veintiún años; que ya esté tan de vuelta de todo no deja de resultar triste.

20. También pareció de vuelta de todo Gael Monfils en su partido de semifinales contra Djokovic. Su actitud en el primer y el segundo set, donde apenas corrió y dejó que el serbio le pasara por encima le valió críticas algo desmedidas, especialmente por parte de John McEnroe, comentarista de la televisión estadounidense. El francés ha intentado explicar varias veces su actitud pero sigue siendo difícil de entender: hablamos de un jugador que había ganado los quince sets disputados en el torneo y que jugaba contra un rival lejos de su mejor momento. Aun así, decidió no competir o empezar a hacerlo demasiado tarde. No sé si a los treinta años tendrá otra oportunidad tan clara de plantarse en una final de Grand Slam.

21. Por fin se estrenó el techo de la central después de varios años de construcción y muchos millones de dólares por el camino. Eso deja a Roland Garros como el único grande sin protección contra la lluvia. Lo curioso del caso, como suele pasar, es que no llovió prácticamente en las dos semanas. El «debut» del techo tuvo lugar en medio del partido de Rafa Nadal ante Andreas Seppi. Todo el mundo lo celebró como hecho anecdótico excepto el tenista español, que mostró su disgusto en rueda de prensa: «Esto es un torneo al aire libre y tiene que jugarse al aire libre, no se puede cerrar la pista cada vez que caigan cuatro gotas». Tenía razón, por supuesto, pero la organización quería enseñar al mundo su juguete y nada iba a detenerlos.

22. La final se jugó en el aniversario del 11-S, con la carga emotiva que eso supone en Nueva York. Fue la segunda vez en la historia del torneo que el partido decisivo se juega en día tan señalado: en 2005, Federer derrotó a Agassi, en la que sería la última final de Grand Slam del estadounidense.

23. Siempre es bueno echar un vistazo a los adolescentes que ganan el torneo junior, especialmente cuando todo el mundo habla tan bien del canadiense Felix Auger Aliassime. Ganó la final cediendo solo tres juegos y eso que acaba de cumplir los dieciséis años. De hecho, el único set que perdió en todo el torneo llegó en segunda ronda. El prometedor español Nicola Kuhn llegó a cuartos de final, donde perdió en tres ajustados sets contra Miomir Kecmanovic.

24. En cuanto a las chicas, el triunfo fue para Kayla Day, también de dieciséis años. La española Paula Arias Manjón solo pudo llegar a segunda ronda.

25. Acaba el cuarto grande del año y poco le queda al año más allá de la gira asiática y las Finales ATP. Con Berdych recuperándose de una apendicitis es de esperar que los ocho primeros de la Race a día de hoy acaben clasificándose para las citadas Finales. Eso sí, hay curiosidad por ver qué hace Del Potro bajo techo y cómo se recupera Djokovic de este nuevo mazazo. En cuanto al circuito femenino, Muguruza debería centrarse dentro de lo posible en acabar bien el año. Conviene recordar que defiende el título en Pekín y las semifinales del Masters. La deriva que la empuja desde su triunfo en París no apunta a nada bueno y conviene cambiar rumbo cuanto antes.


¿Pero quién te crees que eres? ¿El puto Agassi?

Andre Agassi en 1990. Foto: Corbis.
Andre Agassi en 1990. Foto: Corbis.

1.

No concibo que toda esa gente quiera parecerse a Andre Agassi, dado que yo no quiero ser Andre Agassi. (Open, Andre Agassi)

2.

Mi madre quería que yo jugara al tenis desde pequeño porque los tenistas siempre iban vestidos con polo, bien peinados y no escupían al suelo como los jugadores de fútbol. Así que, contra mi voluntad, un día decide apuntarme a clases de tenis los fines de semana, clases que yo odio secretamente y que me tomo como si me enviaran desterrado a Siberia para cumplir condena realizando trabajos forzados. No alcanzo a comprender qué hago yo en esa ridícula pista de color parduzco rodeado de un enjambre de niños desconocidos haciendo el cafre con una raqueta en lugar de estar jugando al fútbol en la Plaza Pombo con mis amigos. Tengo grabada una escena recurrente de aquellas clases de tenis que se me repite en alguna pesadilla: tras dar bolas por turnos con el resto de mis compañeros, el profesor manda recoger todas las pelotas amarillas desperdigadas por la pista. Uso mi raqueta Adidas de color rojo a modo de bandeja para llevar las pelotas de tenis al carrito. Volvemos a formar una fila y cuando llega mi turno y el profesor me lanza la pelota, me doy cuenta de que no tengo raqueta: me la he dejado olvidada al otro lado de la pista mientras recogía las pelotas. El profesor se ríe. Mis compañeros se ríen. La chica guapa de la clase se ríe. Me siento desnudo. Ojalá estuviera en Siberia.

3.

A pesar de mi enraizado odio hacia las clases de tenis, sigo jugando y alcanzo un nivel lo suficientemente aceptable como para que mi profesor me anime a participar en un torneo infantil. Será el primero y el último que juegue en mi vida. Me toca jugar contra un chico algo mayor que yo aunque de nivel inferior. Sin embargo, me destroza: 6-0 y 6-1. Además tengo la sospecha de que se ha dejado ganar ese solitario juego por lástima. Mentalmente, el partido me resulta una tortura. Pierdo todos los puntos importantes por errores no forzados, tomo pésimas decisiones, acumulo dobles faltas, me precipito cuando he de jugar tranquilo y me distraigo en puntos clave pensando en lo que me queda aún por remontar. Tras perder un juego que iba dominando 0-40, frustrado y enfadado conmigo mismo, lanzo enfurecido la raqueta al suelo como haría Pete Townshend con su guitarra. Un señor con gafas de sol y bigote que está viendo el partido tras la verja, único espectador de mi debacle, me espeta a voz en grito al ver mi ataque de locura transitoria:

«¿Pero quién coño te crees que eres, chaval? ¿El puto Agassi?»

Más tarde, mientras estoy bajo el agua de la ducha, dando vueltas a mis errores, a la dolorosa derrota y a la punzante vergüenza que siento por la llamada de atención del espontáneo, una pregunta no deja de rondarme la cabeza:

¿Quién coño será el puto Agassi?

4.

A la mañana siguiente, me topo en el Marca con una foto del tal Agassi en la que aparece jugando al tenis con su melena glam-rock ochentera, sus mechas descoloridas, su cinta de profesora de aeróbic y sus pantalones cortos vaqueros, rotos y desteñidos. No sé qué es pero hay algo que me gusta en ese tipo. Empiezo a ver sus partidos siempre que tengo ocasión y sigo su meteórica ascensión en el ranking de la ATP con el orgullo de un primo lejano. Me compro una raqueta Head, la marca que él siempre usará a partir de 1993. Busco por las tiendas de deportes unos pantalones vaqueros como los suyos. Trato de imitar su golpes y movimientos. Lo que más me gusta de su juego es que, como yo, no tiene un buen saque (el mío, de hecho, roza lo lamentable). No es uno de esos trogloditas que limitan su juego a un servicio asesino, buscando sistemáticamente el ace. En cambio, tiene un poderosísimo resto. La rompe. Da igual lo fuerte que saquen sus rivales que ni se ve la pelota en la televisión cuando Andre la devuelve. Hay en esa capacidad de respuesta a los saques una capacidad de reflejos de portero parapenaltis. En la prensa, sin embargo, parecen no ver la grandeza que encierra esto, la elegancia de un buen resto, y prefieren centrarse en criticar su look, sus pendientes, sus pantalones vaqueros, su pose, su actitud. Agassi trata de zafarse de las etiquetas que los medios insisten en ponerle. Dicen que es el enfant terrible del tenis («Díría que uno no puede ser algo que no sabe pronunciar correctamente») y un punk roquero con mallas y una raqueta («por el amor de Dios, si a mí me gusta la música pop y suave de Barry Manilow»). Tiene un toque peterpanesco, de chico que se niega a crecer y que aún juega a llamar los timbres y salir corriendo. Todos mis amigos de la época prefieren a Pete Sampras, con su aspecto de hijo obediente y de estudiante de una universidad de la Ivy League. Dicen que Agassi está loco. Que no tiene actitud. Pero yo me mantengo fiel. A pesar de derrotas dolorosas como la del US Open del 95. A pesar de sus desapariciones. A pesar de su fragilidad. Yo soy de Agassi a pesar de Agassi.

5.

Imagen: Harpercollins Pub.
Imagen: Harpercollins Pub.

Open es el nombre de la memorias de Andre Agassi. Y acaban de publicarse, por fin, en castellano. Están escritas en colaboración con el premio Pulitzer J. R. Moehringer, quien estuvo conviviendo con Agassi a lo largo de tres años, de torneo en torneo, de victoria en victoria, de derrota en derrota, de crisis en crisis. Se trata de un libro magistral, alejado de esas hagiografías de deportistas que suelen poblar los estantes de las librerías hoy en día. El objetivo de Open no es encumbrar a Andre Agassi a los altares de la historia del tenis. Al contrario, por momentos algunas de sus páginas se acercan más a un espectáculo de flagelación y escarnio público que a un cantar de gesta. Él mismo ha calificado sus memorias como «un colosal accidente de tráfico visto desde distintas perspectivas». Como el que se sienta en un diván, Agassi usa las páginas de sus memorias para mostrar los muertos de su armario: las ansiedades, los miedos y las obsesiones que conviven como fantasmas en el día a día de un tenista fabricado por un padre autoritario y obsesionado con convertir a su hijo en el número 1 del tenis mundial. Un padre que no duda en suministrar speed a su hijo de diez años para que gane fuerza de cara a un torneo infantil. Agassi, el puto Agassi, es un manojo de inseguridades. Va de tipo duro, saltándose el protocolo, negándose a vestir de blanco en Wimbledon, pero no es más que un niño al que nadie le ha dicho cómo crecer. Tan solo le han dicho que su revés cruzado le hará millonario, como se solía decir a los toreros de su mano izquierda, la mano del cortijo. Conmueve leer pasajes en los que Agassi relata cómo su pavor a quedarse calvo le conduce a empezar a jugar con peluca y que uno de los miedos que más le atenazan, su pesadilla más recurrente, es que se le caiga el postizo en mitad de un partido, temor que le hace perder la final de Roland Garros de 1990 contra el ecuatoriano Andrés Gómez.

A media que se va avanzando a lo largo del libro, los interrogantes se suceden ante el carrusel de confesiones que va dejando por el camino Agassi, como si le hubieran inyectado pentotal sódico: ¿por qué una leyenda del deporte querría manchar de esta forma su legado? ¿Por qué confesar que llevaba peluca? ¿Por qué decir que estuvo un año enganchado a la metanfetamina? ¿Por qué revisitar sus obsesiones e inseguridades? ¿Por qué contar que antes de una final de la Copa Davis estuvo de juerga hasta las cuatro de la mañana con McEnroe? ¿Por qué decir que Roland Garros apesta a puros y pipas? ¿Por qué enemistarse con Becker, Chang, Courier, Muster o Sampras? ¿Por qué confesar que su padre le suministraba speed de niño? ¿Por qué airear sus problemas de alcoba con Brooke Shields? ¿Por qué todo esto? ¿Por qué ahora?

Open es una invitación a pasar unos días en el interior de su cabeza. Es una forma de expiar sus pecados. Y los de su entorno. «Bien, todos sabemos quién fui y lo que gané: los cuatro Grand Slam, la Copa Davis e incluso una medalla olímpica en Atlanta. Pero nadie sabe lo que pasaba por mi cabeza. Bienvenidos al infierno».

6.

Del mismo modo que se puede disfrutar del libro de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte sin saber nada sobre toros, o de la brutal historia de Robert Enke pese a aborrecer el fútbol, Open es un libro para todo tipo de lector, independientemente del grado de relación que se mantenga con el tenis. En el New York Times, de hecho, se refirieron muy acertadamente a las memorias del de Nevada como «la biografía menos deportiva escrita por un deportista». El tenis no es más que el vehículo que transporta al lector a lo largo de cuatrocientas ochenta páginas por los distintos paisajes llenos de contrastes que configuran la compleja personalidad de Andre Agassi. Del desierto de su infancia solitaria en Las Vegas, al esplendor en la hierba de Wimbledon; de los días soleados en la cima de la ATP, a las tormentas de las drogas y las lesiones; de los nubarrones durante su matrimonio con Brooke Shields a los atardeceres de postal en sus últimos años de carrera al lado de Steffi Graf.

Open es la particular escalera de Jacob de Andre Agassi: un continuo descenso a los infiernos seguido de inesperados ascensos a los cielos. Y vuelta a empezar. Una y otra vez. En espiral.

Si Miguel Mihura decía que había elegido nacer en Madrid porque le cogía cerca del Chicote, Andre Agassi bien podría haber escogido nacer en Las Vegas para vivir en una permanente partida de ruleta, siempre entre la gloria y la perdición.

7.

Las memorias de Agassi son particularmente reveladoras por su forma de describir la relación afectiva que mantiene un tenista de élite con su séquito, ese equipo compuesto por gente de confianza que orbita alrededor del deportista. Cómo le dan la vida y le matan a la vez. Su dependencia extrema de estas personas. Hasta qué punto un deportista se entrega en cuerpo y alma a los consejos de su entorno. La paradójica soledad en el que vive permanentemente un millonario veinteañero que es un icono en todo el mundo. En el caso concreto de Agassi se observa un miedo infantil a la soledad y al mismo tiempo una clara incapacidad para lidiar con personas en público, resultado sin duda de su confinamiento desde joven entre las líneas de una pista de tenis, su prisión, como él mismo dice.

David Foster Wallace sostenía que el tenis es una mezcla entre ajedrez y boxeo. Una partida de ajedrez a la carrera (chess on the run). Bello y denso. Agassi dice anhelar hasta el contacto físico del boxeo. Poder oler a tu rival. Poder sentir que él suda como tú y que no es un robot que han puesto al otro lado de la pista para destrozarte la vida, como en ocasiones llega a pensar de rivales míticos como Sampras. O como con el dragón, una máquina escupebolas con la que el estajanovista padre de Agassi le martirizaba de niño, obligándole a devolver un millón de pelotas al año.

En el tenis te plantas frente a un enemigo, intercambias golpes con él, pero nunca lo tocas, no hablas con él, ni haces nada con él. Las reglas prohíben incluso que el tenista hable con su entrenador cuando se encuentra en pista. A veces se compara la soledad del tenista con la del corredor de fondo, pero yo no puedo evitar reírme. Al menos ese corredor puede oler y sentir a sus contrincantes. Se encuentran a escasos centímetros de distancia. En el tenis, estás en una isla. De todos los deportes que practican hombres y mujeres, el tenis es el más parecido a una reclusión en régimen de aislamiento.

El nombre de Open no es por casualidad. Aparte de las evidentes referencias tenísticas, también hace alusión a esas heridas que aún siguen abiertas y que nunca se cerrarán. A esa rivalidad enfermiza con rivales como Sampras que jamás terminará, no importa el tiempo que pase. El tenis genera archienemigos del nivel de personajes de la Marvel. Agassi y Sampras fueron una de estas parejas. Y las marcas comerciales lo supieron explotar astutamente. Open también hace referencia a las distintas épocas en las que Agassi estuvo abierto hacia afuera y a otras en las que se encerró en su caparazón.

8.

Hay un párrafo que tengo subrayado de Open que define perfectamente, a mi modo de entender, lo que es Agassi, el éxito, el tenis y la soledad:

Me paso varias horas pateando las calles de Palermo, tomando café solo, muy fuerte, preguntándome qué coño me pasa. Lo he conseguido. Soy el mejor jugador del tenis del mundo, y sin embargo me siento vacío. Si ser el número uno me hace sentir así, ¿qué sentido tiene serlo? ¿Por qué no me retiro y punto?

9.

Abran Open. Y perdonen la redundancia.

Lo único postizo del libro es su pelo.

Imagen: Harpercollins Pub.
Imagen: Harpercollins Pub.


Marin Cilic y el nuevo fracaso de los noventeros

Marin Cilic con el trofeo US OPEN. Foto: Cordon Press.
Marin Cilic con el trofeo US OPEN. Foto: Cordon Press.

Antes de empezar el US Open de 2014 se daba en el circuito una situación realmente insólita: ningún jugador menor de veinticinco años había sido siquiera finalista de un torneo de Grand Slam ni había ganado un Masters 1000. De hecho, solo cinco de los cincuenta primeros de la clasificación ATP habían nacido en la década de los noventa: Milos Raonic, Dominic Thiem, Jerzy Janowicz, Grigor Dimitrov y Vasek Pospisil. Un sexto lo hizo a finales de diciembre de 1989: el japonés Kei Nishikori.

Si esto no les parece raro, puede que no sean conscientes de que los que nacieron en 1990 tienen ya veinticuatro años, que no es poco para un deportista y menos en el mundo del tenis. Si comparamos con otras décadas, los resultados son elocuentes: el primer jugador nacido en los ochenta en ser finalista de un Grand Slam fue Marat Safin, campeón del US Open en 2000; el primero nacido en los setenta fue Michael Chang, campeón en Roland Garros en 1989, y el primero nacido en los sesenta fue Ivan Lendl, finalista en Australia en 1981. Todos en plena posadolescencia.

Para encontrar un fenómeno parecido hay que remontarse al principio mismo de la Era Open, cuando veteranos exprofesionales copaban prácticamente el palmarés y John Newcombe establecía récords de longevidad. Tuvieron que pasar cuatro años de la década de los setenta para que alguien nacido en los cincuenta —concretamente en 1953— consiguiera ganar en Australia a los veinte años. Se trataba del mítico Jimmy Connors.

Como ven, la precocidad en el tenis es más la regla que la excepción, pero el deporte profesional, por razones que desconozco, tiende en los últimos años a estancarse y la generación de los ochenta sigue dominando en muchas disciplinas sin relevo aparente a la vista: Purito, Contador y Valverde siguen disputándose las grandes vueltas, Gasol y Navarro dirigen la selección española, Cristiano Ronaldo y Messi se repartirán un año más el Balón de Oro y el de Plata… y no hay nadie que se acerque ni de lejos a Usain Bolt o Mo Farah.

Volviendo a la previa del US Open, el gran noventero que aparecía en el horizonte era Grigor Dimitrov. Dimitrov, búlgaro de enorme talento, ganador de todo lo ganable en su etapa como junior, ha conseguido este año meterse por fin en el Top 10 de la ATP y alcanzar sus primeras semifinales de un torneo de Grand Slam, concretamente Wimbledon. El problema de Dimitrov es que ya tiene veintitrés años, una edad a la que todos los grandes campeones ya habían repetido finales y campeonatos. Incluso un genio tardío como Federer, al que se le estuvo esperando durante bastantes años hasta que estalló por fin, ya tenía tres Wimbledons, un US Open y un Open de Australia antes de cumplir los veinticuatro. De Nadal, Borg o McEnroe, por poner algunos ejemplos, mejor ni hablamos.

Junto a Dimitrov, el otro candidato a romper la hegemonía ochentera era Milos Raonic, campeón en Washington y protagonista de una gira veraniega, en general, más que aceptable. Raonic es otro caso de maduración tardía que por fin, a sus veintitrés, ha alcanzado los primeros puestos de la ATP. Los dos parecían destinados a dar un golpetazo sobre la mesa pero el caso es que ninguno llegó ni a cuartos de final. Dimitrov cayó en octavos ante Gael Monfils y Raonic lo hizo en la misma ronda ante Kei Nishikori, una decepción que a la larga ha ido sabiendo más dulce.

Kei Nishikori, ¿un Michael Chang a la japonesa?

A Kei Nishikori se le echa en cara a menudo su fragilidad. No es un tío de dos metros con brazos como mazas. Sin embargo, resiste, a la manera de su entrenador, Michael Chang. Difícil de batir, lleva años pululando por el Top 20 sin conseguir dar ese paso adelante que ya insinuó en Madrid, cuando estaba venciendo con mucha comodidad al mismísimo Rafa Nadal sobre tierra batida antes de lesionarse la espalda y acabar retirándose en el tercer set.

Nishikori es un miembro destacado de la primera «generación perdida», la de finales de los ochenta, y principios de los noventa, es decir, la de los Dolgopolov, Gulbis, Tomic, Donald Young y compañía. Todos aparecieron más o menos a la vez en torno a 2010-2011 y todos han ido fracasando en sus intentos por llegar a la élite, una élite copada por el llamado «big four» —Djokovic, Nadal, Federer, Murray— desde hace seis años y que solo ha tenido algún motivo de inquietud con jugadores como Ferrer, ya en sus treinta y dos, o Del Potro, el único en ganar un torneo de Grand Slam aparte de los cuatro mencionados durante todo el período que fue del Open de Australia de 2005, victoria de Safin, al Open de Australia de 2014 que ganó Wawrinka.

Que Nishikori iba en serio lo suponíamos desde principios de temporada pero fue precisamente la lesión en la espalda la que rompió por completo su preparación. Sus resultados desde entonces no habían sido lo que se dice ilusionantes, pero llegó Nueva York y las cosas cambiaron: no solo venció a Raonic en cinco sets sino que volvió a hacerlo contra Wawrinka en cuartos. Enfrentado a Djokovic en semifinales, superó el decisivo tie break de la tercera manga y acabó ganando en cuatro. Fue una enorme sorpresa. Al fin y al cabo, Djokovic había sido finalista en Flushing Meadows los cuatro años anteriores.

¿Cómo le fue al resto de jóvenes en el torneo? Regular tirando a mal. Dominic Thiem, veintiún años recién cumplidos, consiguió meterse en octavos de final pero apenas pudo ganarle siete juegos en todo el partido a Thomas Berdych. Con todo, no fue mal resultado, como tampoco lo fue el del australiano Nick Kyrgios, derrotado en tercera ronda por el treintañero Tommy Robredo. Kyrgios, a los diecinueve años, es el adolescente de moda. En Wimbledon echó a Nadal del torneo a base de aces y se metió en cuartos de final. En Nueva York se quedó a un partido de llegar a la segunda semana. Si será un nuevo Tomic —Bernard es uno de sus grandes amigos del circuito— o perseverará hasta convertirse en una versión mejorada de Raonic aún no lo sabemos.

Thiem y Kyrgios, en cualquier caso, fueron un oasis de juventud dentro del desierto neoyorquino: de los ocho cuartofinalistas, seis tenían veintisiete años o más. Excepto Cilic y Nishikori todos rondaban los diez años como profesionales.

Marin Cilic y su escandaloso caso de dopaje

Es difícil trazar una línea clara y precisa entre la juventud y la madurez en el deporte profesional. Podemos ponernos de acuerdo en que Federer, con treinta y tres años, está en el segundo grupo o que el mencionado Kyrgios, con diecinueve, está en el primero, pero, ¿con veinticinco años, qué eres? Depende de tu trayectoria. Por ejemplo, Andy Murray nació en mayo de 1987 y deslumbró al mundo ya en 2006, cuando llegó a octavos de final de Wimbledon y US Open. Hemos oído hablar tanto de él o de Djokovic, nacido un par de semanas más tarde, que nos parecen veteranos cuyo rendimiento tarde o temprano tiene que declinar.

Sin embargo, aparece un Wawrinka, nacido dos años antes, al borde de la treintena y lo festejamos como «aire nuevo». Aparece un Marin Cilic, nacido solo un año después, y se habla de la rebelión de los jóvenes.

El caso de Marin Cilic es particularmente extraño, propio de un jugador errático. Ganador de su primer torneo antes de cumplir los veinte años, Cilic lo tenía todo para triunfar en el tenis: con un físico privilegiado que combinaba altura —casi dos metros— con agilidad, sus continuas lagunas mentales que le convertían en una decepción constante. Su puesto más alto a final de año había sido el decimocuarto, repetido en 2009 y 2010. Cuando no estaba lesionado, sencillamente se venía abajo. Imposible olvidar aquellos cuartos de final del US Open de 2012 contra Murray en los que arrasó al británico durante set y medio… para acabar cediendo las dos últimas mangas por 6-2 y 6-0.

Quizá buscando en otro lado lo que tenía que buscar en su cabeza, Cilic protagonizó el verano de 2013 uno de los episodios más escandalosos que se recuerdan. Un episodio del que, por supuesto, apenas se volvió a hablar hasta esta pasada semana. Después de llegar a Wimbledon como cabeza de serie y finalista en Queen´s, una extraña lesión impedía al croata disputar su partido de segunda ronda. Fue un año algo raro en Londres, así en general: hasta siete jugadores y jugadoras tuvieron que retirarse en segunda ronda, la misma en la que Federer perdía con Stakhovsky. Antes, Nadal lo había hecho frente a Steve Darcis y Serena Williams lo haría algo más tarde ante Sabine Lisicki.

Un torneo loco lo tiene cualquiera y es hasta de agradecer, pero pocas semanas después supimos que lo de Cilic no era una lesión de rodilla sino una investigación por dopaje que se acabaría confirmando. Según la ITF y la ATP, Cilic había ingerido niquetamida, un estimulante que incide en el sistema nervioso central. Lo escandaloso no es si realmente había querido doparse o si había sido un accidente, como él mantenía, al no darse cuenta de que la niquetamida era uno de los componentes de las pastillas de glucosa que estaba tomando. Lo escandaloso es que le obligaran a mentir y a retirarse para ocultar el positivo hasta que se confirmase. «Suspensión voluntaria», lo llaman, y algo así hace que inmediatamente salten las alarmas cada vez que un tenista no se presenta a un torneo o a un partido por lesión.

Cilic apeló al TAS y el TAS consideró en parte su defensa, algo que no hizo en otros casos que conocemos muy de cerca. La excusa de las pastillas de glucosa hizo que la suspensión de siete meses pasara a cuatro y el croata pudiera iniciar la temporada 2014. En ningún momento se le exoneró del positivo, como se ha dicho, simplemente se consideró que la sanción era exagerada y debía rebajarse al no apreciar intención.

Después de la sanción, Cilic volvió a por todas y en febrero de 2014 sumó dos títulos y una final. A partir de ahí, un nuevo bajón: de los ocho siguientes torneos solo alcanzó los cuartos de final en uno, Madrid, cayendo ante Kei Nishikori. Revivió en Wimbledon, donde llegó a ir ganando a Djokovic por dos sets a uno también en cuartos de final y si las cosas no le fueron mejor en Toronto y Cincinnati fue entre otras cosas porque se cruzó con Wawrinka y Federer, respectivamente, en tercera ronda. El talento, parecía, estaba al acecho.

Los hombres con los que nadie contaba: una final impensable

En resumen, al empezar el US Open, Cilic no era ni mucho menos un favorito como no lo era Nishikori. A punto de salir del Top 20 de la ATP, el croata consiguió un par de victorias fáciles para empezar, superó el escollo de Kevin Anderson, que no es poca cosa, y en octavos de final se cruzó con el francés Gilles Simon. Simon es otro ejemplo de jugador trabajador que empezó a destacar relativamente joven y que sin darse cuenta va a cumplir los treinta en apenas dos meses sin ningún resultado realmente memorable en su palmarés, algo parecido a lo que le sucede a su compatriota Gael Monfils, aunque este es dos años más joven.

Si Monfils estuvo a punto de dar la campanada y derrotar a Roger Federer en cuartos de final —dispuso de una ventaja de dos sets y dos puntos de partido en el cuarto—, Simon se vio en una situación parecida ante Cilic, cuando se impuso en el primer set y estuvo a punto de hacerlo en el segundo. El encuentro se fue a cinco mangas y acabó imponiéndose el croata, pero le costó una barbaridad. Algo debió de cambiar ahí porque Cilic no volvió a perder un set en todo el torneo: ni contra Berdych en cuartos, ni contra Federer en semifinales ni contra Nishikori en la final. Solo uno de estos nueve sets llegó al tie break.

¿Suponen el triunfo de Cilic y la final de Nishikori un cambio generacional? Es absurdo plantearlo así. Cilic, como decíamos, lleva ganando torneos desde 2008 y Nishikori va a cumplir ya veinticinco años. Lo cierto es que es un alivio ver que al menos esta generación empieza a ganar algo ya y no se pierde por completo. Con todo, seguimos esperando al nuevo Becker, Kuerten, Hewitt o Del Potro, al tipo que, desde la arrogancia adolescente, aparezca de la nada y acabe ganando un grande o rozándolo con los dedos. He mencionado esos nombres por no mencionar los de Sampras, Agassi, Nadal o el gran campeón que se les ocurra que ya fuera una estrella mundial antes de los veinte años.

No pedimos eso. No exigimos grandes estrellas que nos conmuevan. Simplemente, más competencia. Tal y como va el año, nada indica que Djokovic, Federer y Nadal no vayan a acabar los tres primeros de la clasificación ATP. Igual que en 2007. Si eso no es un estancamiento, Cilics, Wawrinkas o Nishikoris aparte, que baje Dimitrov y lo arregle.