Contra la nostalgia

Fotografía: Cordon.

Hay fechas especialmente nostálgicas. Fechas que son propicias a hacer pequeños elogios del pasado, a evidenciar de la necesidad que tenemos, a veces, de mirar atrás para ver de dónde venimos y el camino que debemos escoger; fechas para darse cuenta de cómo pasa el tiempo y de qué forma todas las cosas que nos rodean cambian o evolucionan.

De Homero a Kavafis, de Safo a Pasolini, el ser humano es un animal nostálgico, no puede vivir en el presente, lo hace entre la expectativa anticipada del futuro (como decía Kant) y la nostalgia de los orígenes (como explicaba Mircea Eliade). La nostalgia se adapta a lo que era, concierne al pasado, aunque le pese a Borges, que escribió un poema sobre la nostalgia del presente donde el deseo luchaba con la realidad en una insinuación de no vivir lo suficiente, de no tener ningún rastro de lo que está sucediendo, como si hubiera terminado antes de que estuviera completamente realizado. Pero esta reflexión es más íntima y cósmica; es más de En busca del tiempo perdido de Proust, concierne más a ese sentimiento de distancia temporal, al deseo de recordar para revivir, porque el pasado no vuelve y eso es bueno. Lo malo es olvidarlo, negarlo.

En realidad no se trata de ser nostálgico, el pasado es continuamente superado por la historia misma, envejece y se marchita como un fruto caído. Pero la podredumbre que se adueña de lo orgánico es fundamental para que germine una nueva vida perfectamente abonada. Una vida distinta nacida de un fundamento sólido.

La locura del día a día pretende abolir y negar el pasado. Y eso significa, por un lado, la eliminación de la memoria, pero, por otro, también la verosimilitud utópica de proyectar el estado del tiempo en el momento presente, vivir en la ilusión del puer aeternus, creyéndonos niños permanentes y siempre jóvenes. El síndrome de Peter Pan, vamos.

Y al final, el tiempo que pasa, y la vida normal y corriente nos trata como soldados heridos tras un largo período de guerra. Y la vuelta a casa no es nada fácil. Respirar contando los minutos pensando que pueden ser los últimos y volver a vivir y no sobrevivir.

Porque el pasado nos ha llenado de heridas. Somos la herida, decía Aute en una canción. Esa palabra que tanto cuesta pronunciar: la herida. Esa que, al fin y al cabo, supone un orgullo. Una herida de dolor que significa que nuevos tiempos se acercan. Una herida de dolor que representa nuestra lucha vencida. Una herida de dolor que, como dice el antiguo arte japonés Kintsukuroi, muestra nuestra mayor fortaleza. Y es que las cicatrices imborrables de algo roto y reconstruido son un símbolo de fragilidad y a la vez de fortaleza. Nunca hay que ocultar las cicatrices.

Entre la afanosa multitud de metáforas que relacionamos con la vida, la de la cicatriz es universal. El mundo se encarga de rompernos, de llenarnos de fisuras, y es allí donde la herida se convierte en una ocasión para enfrentarnos al mundo. El poeta persa Rumi decía que «la herida es el lugar por donde entra la luz».

¡Qué utópico este Rumi! O no. La utopía es necesaria para curar las heridas, aunque el propio deseo irrealizable abra otras sobre las antiguas cicatrices, como si la vida fuera un ouroboros. Es cierto, la utopía es un territorio que pertenece a los sueños, a la esperanza y los deseos, pero desde la perspectiva de su estudio analítico, la utopía también ejerce un poder sobre el carácter individual, en la medida que el no lugar al que hace referencia remite a otro lugar en nuestra interioridad.

En términos sociales tener una utopía en nuestra mente no deja de ser una crítica a una situación vivida, pasada, contestada. Y a veces se vuelve universal. El deseo secreto de Tomás Moro: anteponer una realidad ante otra realidad no aceptada. La intuición de este otro lugar, del lugar como deben ser las cosas, o como deseamos que sean, es una intuición solo posible a través del imaginario.

Es decir, las utopías son la manifestación de una energía que canaliza posibilidades en el orden simbólico por medio de una voluntad individual que muchas veces se transforma en una voluntad colectiva. Es la energía del soñador, del revolucionario, pero está presente también de manera implícita en nuestro comportamiento cotidiano.

Claire Bishop, en una conferencia ofrecida en 2006 en la Tate Modern a propósito de las utopías, declaraba que en el arte de los noventa del siglo pasado había existido un desplazamiento del concepto de utopía, que, en lugar de buscar grandes utopías, se trataba de crear «Microtopías» que incidieran en ámbitos más cercanos. Claire Bishop hacía una crítica interesante a esta noción, pues advertía que las Microtopías podían convertirse en una visión conformista del mundo, una visión muy de la mano de la posmodernidad, ya que las personas en lugar de buscar cambiar el mundo podrían contentarse con realizar pequeños cambios en su entorno más cercano. Pero eso no tiene que ser especialmente malo. Cuando pensamos que todo está dado, no hacemos nada para cambiar y por lo tanto, nada cambia. Al renunciar a la utopía, renunciamos a toda posibilidad de ser diferentes.

Puedes amar el pasado y honrarlo, pero no puedes devolverlo a la vida. Murió y solo puede vivir en el mito. La nostalgia es un sentimiento noble, íntimo y universal, pero es ingenuo idealizar el pasado. Utilicémoslo para generar utopías. El pasado sirve para soñar un mejor futuro.

Hay fechas idóneas para pensar en el irrevocable y devastador efecto del paso del tiempo, en esas distancias que sentimos cerca, en las ausencias que sentimos presentes. Está bien que así sea.

No obstante, no me negarán que hay días y noches en que sientes que el peso sordo de tu vida se fue.


Utopías que es mejor no visitar

Utopía, 2013-2014. Imagen: Kudos Film and Television.

(Este artículo contiene SPOILERS)

Es posible que en 2013 estuviéramos tan excitados (hypeados, dicen los jovenzuelos últimamente) con la muerte de Walter White que ni siquiera reparásemos en su remake colombiano, Metástasis, para echar unas risas después de tanta tensión dramática acumulada. Ni en esa producción ni en muchas otras; el crecimiento de las series estaba en su apogeo y todo el mundo quería un pedazo del pastel que comenzaba a subir en el horno amenazando con desbordarse. El resultado: infinidad de excelentes creaciones pasando desapercibidas en un mar de horas de entretenimiento.

Algo así le pasó a Utopía, que apenas tuvo predicamento en nuestro país pero que en el suyo sí supo tener el reconocimiento que hoy le rendimos, valiente caída en la batalla por el pódium de la crítica televisiva. Pero aquí estamos para deshacer ese entuerto y desvelar la verdad que los filósofos decían que estaba ahí y que en los X-Files se aseguraba encontrarse «ahí fuera» (agentes heideggerianos del entretenimiento, estos Mulder y Scully).

¡No es un cómic!

Para empezar, el argumento tampoco es que fuera algo nuevo o que atrajese por sí mismo como una novedad irreparable en el ámbito del cine y la televisión: un manuscrito en el que se esconden las claves de una conspiración que atañe a toda la humanidad pero que, humildemente, va a pasar a desarrollarse solamente en un país, aquel en el que se produce la serie, claro, porque el sentimiento patriótico no está reñido con el conspiranoico.

Pues resulta que un tipo, genio por lo demás, dibujó un cómic (o novela gráfica, que dirían hoy los más eruditos) en torno a los años ochenta cuyo segundo número no llegó a publicarse jamás. Un grupo de frikis del asunto se pasan el día encerrados en sus cuartos y charlando entre ellos en un foro por Internet de lo mucho que saben de la historia de su autor, de lo que el cómic quiere decir en realidad, de la esquizofrenia paranoide que el señor en cuestión sufría y con la que trataba de luchar para dibujar semejantes atrocidades… En fin, cosas propias de los fanáticos de un autor muerto cuyo reconocimiento estiman oportuno recordarle al mundo.

La trama arranca con que uno de esos forofos del cómic ha encontrado el manuscrito de la segunda parte y se lo quiere enseñar a sus amigotes del otro lado de la pantalla para hacerse el chulo y, muy posiblemente, intentar ligar con la chica del grupo. Para ello se reúnen un día en el que descubren sus diferentes rostros, facetas y habilidades, entre las que se encuentran ser un huraño pirata en la red empeñado en borrar todo rastro de su identidad, una chica con todas las papeletas para ser la amiga vegana-cansina que todos odiamos pero que luego resultará que no, y un informático alto y espigado sin mayor importancia de momento. Tres individuos, los tres confundidos porque a la cita no se han presentado ni Grant (tal vez el más «rarito» de todos al teclado) ni el que encontró el manuscrito, cosa extraña, ya que era el que los había citado.

Lo normal en esta situación es pensar que a uno lo han engañado de lo lindo y que probablemente el graciosillo se estará partiendo de la risa a costa de los tres pringados que, lejos de desconfiar, empiezan a poner sus conocimientos del cómic en común y poco a poco van llegando a la conclusión de que existió una pequeña trama oculta por la que no se quiso editar ese segundo tomo. The Utopia Experiments, que así se llama la obra de culto, parece ser que fue perseguida por un grupo de pseudoterroristas que querrían destruirla o, en todo caso, beneficiarse del mensaje oscuro que escondía entre sus páginas. Ellos, inocentes, solo quieren leer sus páginas, sin más ambiciones, evidentemente.

En todo caso, mientras ellos departen animadamente y comienzan a conocerse, el graciosillo que les ha tomado el pelo resulta que no les ha tomado el pelo y ha terminado estampado contra el asfalto tras ser perseguido por un par de psicópatas con pintas de asesinos a sueldo sin infancia pero con unos principios muy básicos: si no me eres útil —pero si lo eres, también— sobras; y liquidan a todo el que encuentran a su paso. Más adelante se verá que esto tampoco es así, que solo es la apariencia inicial de tipos duros, y que verdaderamente son los personajes con los que más se va a encariñar el espectador (también es uno de ellos, Pietre, el mejor conseguido de toda la serie).

¿Qué pasa con el manuscrito? En el momento en el que los dos compañeros de trabajo están ocupados con el señor que lo encontró, Grant logra escabullirse, lo sustrae y sale por piernas, no vaya a ser que corra la misma suerte que su desconocido amigo. Tal vez sea interesante apreciar que el ladrón es un chico de diez años y que tiene una pinta de desequilibrado acorde a la de los demás personajes, cada cual más inestable. Como se diría en el pueblo, «¡Aquí todos tienen “falta”!».

El resto de la primera temporada es una persecución constante entre los cuatro personajes «amantes» del cómic que se ven arrastrados por su tenencia, la ambigua Jessica Hyde, que se entiende que es la pieza sobre la que pivotan los dos bandos en lid, y los miembros de The Network (La Red), que son sus perseguidores y que se presentan como los malvados conspiradores que quieren destruir el mundo. Pero ¿de verdad pretenden esto?

Utopía

Utopía, 2013-2014. Imagen: Kudos Film and Television.

De forma paralela a esta persecución y a cambios constantes de bandos en un baile que marea al espectador hasta tal punto que pierde las líneas de demarcación de quiénes son «los buenos» y quiénes «los malos», y por qué demonios todo el maldito mundo busca a Jessica Hyde (la hija del dibujante loco); en paralelo a eso, decía, hay otra trama en torno a las farmacéuticas que se va desarrollando con bastante previsibilidad. Prevendré al lector de que más allá de aquí hay spoilers, pero es que para esta serie, realmente, da un poco igual saber cómo van a avanzar las cosas, ya que lo que realmente cuentan son las historias particulares y todo lo que el dichoso cómic encierra en su vertiente estética, trasladada a la propia pantalla.

Detrás de esa farmacéutica se encuentra, como sería natural pensar, The Network, controlando desde el minuto uno de su aparición algo que no sabemos muy bien de qué va pero que, por la jerga utilizada en todos los diálogos, a medio camino entre la informática, la biología y la psicología, podemos suponer que algo tiene que ver con virus, bacterias y vacunas. En fin, una conspiración bioquímica de manual mezclada con su «mijita» de holocausto (nazi pero no nazi) racial y ecologismo planetario. ¿Cómo se cocina esto? Con maestría, ya que, dicho así, el argumento no motiva demasiado, incluso se puede tildar de «más de lo mismo».

Pero lo que incita a seguir con ello es el planteamiento que se desarrolla a la mitad de la primera temporada (de la segunda es casi mejor prescindir): a principios de los ochenta se tomó conciencia del desastre ecológico que supondría que la especie humana siguiera creciendo al ritmo al que iba, duplicado en el último siglo y subiendo, y se empezó a cuestionar si eso era «sano» no solo para el planeta, sino para la propia humanidad, que al carecer de recursos se autoimpondría un nivel de pobreza solo superado por el bastardeo genético que desarrollaría, con sus consiguientes enfermedades y vulnerabilidades asociadas.

Así pues, The Utopia Experiments no sería solo una ficción en forma de cómic, sino una realidad que su autor, Philip Carvel, científico rumano, se dispondría a ejecutar para seleccionar una raza de la humanidad para su salvaguarda y contagiar al resto con la imposibilidad de reproducirse. No solo sería un exterminio en masa (ya que la molécula inhibidora de la reproducción iría asociada a la vacuna contra un virus gripal potenciado por la propia vacuna —esto es, más bien inútil—), sino también un proceso para conservar el «lujo» de la reproducción solo en un determinado espectro genético (y racial).

En resumidas cuentas, se trataba de solucionar los problemas de sobrepoblación humana a base de restringir sus capacidades de perseverar en la procreación creando una nueva Utopía donde la población estuviese controlada biológicamente. ¿Está mal eso? Bueno, en tanto que supondría un exterminio colosal, hay que decir que sí. Pero si nos ponemos del lado del planeta, tampoco está tan mal. Es un planteamiento complejo para un problema clásico, casi maquiavélico, en torno a si el fin justifica los medios y si no seremos nosotros merecedores reales del mundo en que vivimos, encumbrados como nos creemos en la cima de la pirámide evolutiva.

Porque sí, el ritmo al que «crecemos» es bastante alarmante y los recursos, quiérase o no, terminarán por agotarse. Ahora bien, ¿eso nos capacita para defenestrar a más de media humanidad para salva a la otra media (números ni remotamente aproximados según lo que se plantea en Utopía)? ¿Y con qué autoridad podría Carvel y su empresa financiadora (The Network) ejercer el poder de seleccionar lo que crean más correcto?

Todo el planteamiento de la serie pivota en torno a las teorías del fin de la historia de Fukuyama, quien asegura que el tiempo de la política tal cual, la que nos dominaba durante las últimas revoluciones de la humanidad, ha terminado para dejar paso a los intereses evolutivos en torno a la biología, especialmente, que es la que determinará el futuro. Según esto (para lo que sería recomendable leerse El fin de la historia y el último hombre), la ideología está determinada por una base más sencilla pero compleja: la naturaleza. Concretamente, la naturaleza humana, epicentro de todo en esta serie.

Si resulta que los avances científicos pueden suponer un aval para la ideología competente, pero resulta que esa ideología está determinada por esos avances, entonces, ¡nos encontramos en un mundo psicótico! No importa absolutamente nada de lo que ningún personaje opine, porque no existe tal opinión, sino que su postura está determinada por su asimilación del progreso «necesario» (¡ojocuidao!) de la historia. Es decir, que si te posicionas en contra de Utopía estás perdido, pero si te colocas a favor, también. Ahora bien, alcanzar Utopía es la prioridad absoluta que reclama la historia, no sus firmes defensores.

En este punto, el personaje de Wilson Wilson es el que mejor logra captar la esencia del tiempo que le ha tocado presenciar, cuestionándose si su posición ideológica (inicial), la de evitar que se produzca la, llamémosla así, «reorientación de la humanidad» (con la producción y activación de la vacuna), es la más correcta, y trasladándose al otro bando a medida que va cobrando sentido el firme peso de la realidad. Matar cobra al fin, desde el inicio de la serie, un sentido pleno. Y es que eliminar a cualquier activo involucrado indirectamente en la trayectoria del manuscrito de The Utopia Experiments es, definitivamente, un mal menor y, ante todo, «necesario» para alcanzar algo tan elaborado de concebir como el bien común.

La sombra de Maquiavelo sobrevuela cada episodio constantemente y más a medida que los finales de temporada se aproximan. La intención de cada uno de los personajes en liza es alcanzar una moralidad superior a base de mirar por el mundo que, de un modo u otro, pretenden salvar. La clara diferencia es que unos pretenden evitar la «reorientación» para que todos podamos seguir viviendo en nuestra Matrix de despreocupación y algarabía antes de suicidarnos evolutivamente, y los otros justifican sus actos y crímenes como la elección del mal menor de cara a un futuro más «sano» y longevo. ¿Desde cuándo el pueblo llano sabe lo que quiere? Necesita de alguien que sea capaz de tomar la mejor decisión por él y, si esa decisión implica el asesinato, está más que justificado. Porque no se hará por interés personal, sino por el bien común.

Amar la serie con violencia

Utopía, 2013-2014. Imagen: Kudos Film and Television.

La escena de apertura de la serie ya contenía un índice del nivel de violencia posterior y de las razones de hasta qué punto ese nivel iba a ser necesario. Al entrar en la tienda de cómics y tras pronunciar las palabras mágicas «Where is Jessica Hyde?», los siniestros tipejos que luego adoraremos por encima de todos matan (con maestría, hay que decirlo) a todo aquel que se encontrase en la tienda en ese momento. Al culminar con lo que creían que iba a ser todo el trabajo que encontrarían en la tienda, descubren a un niño agazapado bajo una mesita justo antes de irse. Primero le ofrecen una especie de chuchería que obsesiona a uno de los personajes, pero luego le pide al compañero que «no se lleve el gas todavía». El gas con el que mandarlo «a dormir», claro.

Este fragmento, el del asesinato del niño, se cortó en posproducción para la televisión británica (y por ende para todas las que compraran el producto final) porque tal vez podía herir las sensibilidades más sobrias de la comunidad. ¡Jamás adoptarán la doble moral de sus ahijados americanos! Sin embargo, no pudieron hacer lo mismo en el tercer episodio de la primera temporada, cuando el milimétrico Pietre (Alby, el psicópata de la mirada perdida) entra en un colegio y asesina fríamente a toda la chavalería que allí se encuentra, descubriendo a la vez sus carencias afectivas en la infancia.

Este episodio recibió críticas afiladas porque fue emitido un mes después de la masacre de la Escuela Primaria de Sandy Hook. A nadie le suele gustar presenciar una carnicería ficticia justo después de una real, pero también es cierto que todos los que se quejaron adolecían de una falta de asunción del pacto ficcional que propone cualquier fantasía. Aparte de que la mayoría de las quejas provenían de espectadores reincidentes en ese tipo de polémicas y relamidos caballeros con traje y corbata que mal sabían disimular su tremenda afición por otras cadenas con idéntico contenido de violencia, una de las madres de los figurantes (menores de edad) de ese episodio defendió la ficción precisamente como eso, y que nadie de los que grabaron esa escena, parecía ser, se había quejado por que fuese ofensivo o les recordase al asesinato de Abel a manos de Caín. En definitiva, que se dejasen de remilgos y no le buscasen tres pies al gato.

Para cerrar el asunto, la cadena aseguró que el episodio estaba ya grabado desde antes de la masacre (¡quién lo diría!) y que por lo tanto no era para nada intencional que se emitiese tras la misma. Del mismo modo, tanto ese episodio como los demás habían pasado los filtros de Ofcom (el organismo de regulación mediática de Gran Bretaña, como la FCC de Family Guy pero sin erotismo ni canciones pegadizas, que se sepa) y por lo tanto podían ser emitidos siempre y cuando estuviera fuera de horario infantil. Lo estaba. Fin de la cuestión. A seguir gozando.

Amarillo vibrante

Utopía, 2013-2014. Imagen: Kudos Film and Television.

En todo caso, es cierto que Utopía está cargada de violencia, pero también de una dulzura inmensa que conmueve desde su prístino aporte estético. Tanto en referencia a la imagen como al sonido, es difícil no amar los asesinatos en esta serie cuando te los acompañan con la música de Cristóbal Tapia de Veer, que seduce y a la vez perturba con una serie de ruidos y fragmentos sonoros combinados con armonía comparables al amigo feo pero con carisma que todos se quieren tirar.

Desde la primera secuencia encontramos un tratamiento del color fuerte, fortísimo, casi molesto a la vista en un primer instante pero que favorece la intensidad de los acontecimientos y potencia cada movimiento o conversación. El compositor chileno ayuda sobremanera a centrarnos en lo que sucede en pantalla, haciendo una epojé de todo cuanto esté fuera de escena. Por otra parte, la fotografía tiene tanta importancia como el relato que se trata de contar y sin duda es el gran acierto de toda la serie, lo que los seriéfilos han absorbido para justificarla como «de culto». Lo que sí hay que destacar es el uso de un color, el amarillo vibrante (13-0858 TPX de la escala Pantone), para señalar los elementos de los diferentes trastornos de los personajes. Y del desarrollo de la serie en general. Durante la primera temporada ya está muy logrado, pero es durante el transcurso de la segunda cuando se puede apreciar con más solidez este factor.

Siempre hay algún elemento amarillo vibrante cuando salen a relucir los fantasma del pasado: el traje de Lee cuando Pietre intenta desvincularse de su sino, el campo de margaritas cuando Jessica Hyde descubre que la familia está más cerca de lo que parece o, el elemento más evidente de todos, la bolsa de útiles de Pietre y Lee, que básicamente representa todas las idas de pinza que se nos pueda ocurrir que puedan suceder a lo largo de los doce capítulos de que consta la serie completa.

Aunque, si queremos ser un poco criticones, deberían haber hecho una sola temporada con siete episodios y cerrar con absolutamente todo abierto (total, de todos modos la serie quedó abierta por falta de financiación, iniciativa o no se sabe muy bien qué). ¿Por qué? Porque el primer episodio de la segunda temporada es redondo y perfecto y resume todo lo que hasta aquí se ha alabado. Habiendo finalizado el capítulo anterior con la astucia y el final de las persecuciones, no nos dejan claro qué es lo que van a hacer finalmente, si tienen un ardid escondido para lograr el «saneamiento» de la humanidad o si por el contrario les va a costar otros tropecientos años llegar a dar con el momento perfecto para poder desatar una excusa con la que blablablá… Todo queda ahí y queda muy bien, seamos defensores o detractores de cómo se desarrollan los acontecimientos, esto hay que reconocerlo. Y el broche musical te deja con un subidón de aúpa sin necesidad de sustancias estimulantes ni nada, así, a palo seco, lo quieras o no. Y te deja con la intriga y no pasa nada, no nos enfadamos, porque hemos gozado como chiquillos. Pero luego vienen con ese episodio en retrospectiva donde se explica el delicioso inicio de todo, con un Philip Carvel asocial, con su brote aún incipiente de esquizofrenia y asomando despacito a medida que la paranoia se incrementa con la toma de conciencia de que lo que le han propuesto hacer es en serio y que él tiene en su mano la capacidad de decidir si hacer de dios o no. En esos tres cuartos de hora de episodio se nos muestran las razones de por qué Jessica Hyde, a la sazón hija de Carvel, es como es y por qué el bueno (ya les digo que al final uno se encariña con él) de Pietre actúa como actúa. Y de verdad que uno llega a sentir compasión por ese personaje, porque él no ha elegido ser así, sino que desde su infancia ha tenido la imposición de una psique que asimila la violencia y el asesinato como algo normal, y no solo normal, sino casi imprescindible para restaurar su verdadera carencia, la del afecto filial.

Menos música para ese episodio, más crudeza y, por supuesto, un incremento de tonos amarillo vibrante a medida que van pasando los minutos. La congoja es invasora y, de repente, en un único capítulo, aparece una tercera posición en el dilema de todo el argumento, a saber, si es preferible acabar con parte de la humanidad ahora para mejorarla en un futuro o dejarla correr y que acabe terminando consigo misma. Y es que hasta este momento nadie se había planteado el dilema de la divinidad, de la omnipotencia divina, de que el señor Philip Carvel está totalmente convencido de que lo mejor es actuar cuanto antes y restaurar la salud del planeta y la raza humana antes de que sea demasiado tarde, pero —y en esta cuenta solo puede caer él— ¿qué clase de persona o dios permitiría tomarse la justicia por su mano? Si el dios cristiano ya reconoció equivocarse una vez (con aquello del diluvio universal, no sé si se acuerda), ¿de qué manera podría él evitar sentirse culpable con cualquiera de las dos decisiones que tome? Haga lo que haga está atrapado, y eso fue precisamente lo que le llevó a su locura y a dibujar Utopía. Porque, como es bien sabido, cuando uno está atrapado en un sistema natural complejo, lo mejor es pasar el testigo y dejarle el problema a otro. Y que sea lo que Dios quiera.

Bonus track

No tema, el artículo ha terminado, pero para que el lector o lectora tome conciencia de todo lo que entraña Utopía más allá de lo que al que escribe le haya podido parecer, dejo aquí la transcripción de un breve discurso que uno de los personajes secundarios ofrece a otro, figurante en todo caso, defensor del transporte público porque así ayudará al planeta, firme defensor de la moderna conciencia ecológica. El personaje en cuestión es una mujer… que viaja con su hijo. En estas palabras se encuentra, oculta, la verdadera Utopía, y tal vez, solo tal vez, sea tarea nuestra reestructurarla.

Nada produce más CO2 que un humano del primer mundo y usted ha tenido uno. ¿Por qué? ¿Por qué lo ha tenido? Producirá 515 toneladas de CO2 a lo largo de su vida; lo mismo que cuarenta camiones. Haberlo tenido será equivalente a realizar 6500 vuelos a París. Usted podría haber volado noventa veces al año, ida y vuelta, un viaje cada semana de su vida, y eso no habría tenido el impacto en el planeta que va a tener su hijo. Por no mencionar los pesticidas, los detergentes, los plásticos y los combustibles nucleares que se usarán para que esté caliente. Traerlo al mundo fue un acto egoísta. Fue algo brutal. Usted ha condenado a otros al sufrimiento. Si este asunto le preocupa tanto, lo que tiene que hacer es cortarle el cuello ahora mismo. O puedo hacerlo yo por usted. Puedo sacar mi cuchillo, hacerle una incisión en el cuello y marcharme. Yo cogería mi autocar y usted habría aportado su granito de arena al futuro de la humanidad.

Utopía, 2013-2014. Imagen: Kudos Film and Television.


¿Sueñan las mujeres con ovejas eléctricas?

Fptpgrafía: Pxhere (DP).

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Imaginemos un mundo completamente dominado por las mujeres. En ese mundo los hombres están excluidos de la vida intelectual (y de tantas otras cosas). Se ve con desconfianza que lean salvo si son libros banales, para pasar el rato entre devoción y devoción; no se les ofrece más escuela que la de las labores caseras; se les cierra el paso a las sociedades científicas; se les ridiculiza si pretenden opinar sobre ética o astronomía, sobre medicina o, en particular, sobre asuntos del Estado; si a alguno se le ocurriera la descabellada idea de publicar un libro con su nombre se consideraría inmoral, inaceptable, soberbio, detestable; y sería ya el colmo de la indecencia y la arrogancia (tan poco convenientes en un hombre) si en ese libro el autor se riese de las grandes filósofas, de las más excelsas pensadoras de la historia.

Imaginemos ahora que un hombre, en pleno siglo XVII, hace exactamente eso, construir una utopía que le sirve para tres cosas: primero, mostrar que se puede ser hombre y tener un conocimiento profundo de la ciencia y la filosofía; segundo, usar el libro para transmitir ese conocimiento a los otros hombres, acostumbrados a leer solo literatura liviana, y por eso, en lugar de escribir un tratado (nuestro hombre ya ha escrito alguno, pero ha sido leído solo por mujeres), escribe una novela de fantasía, en la que un joven es raptado y, tras distintas vicisitudes, acaba en un mundo maravilloso, centelleante, en el que abundan las joyas y el oro, todo es hermosísimo y grandioso… y en ese contexto tan de novela para jovencitos, se presentan debates con seres maravillosos (los hombres pájaro, los hombres lombriz, etc.) para dilucidar el estado del conocimiento de los temas fundamentales de la época; y, tercero, aprovecha esa narración para reírse amablemente de las filósofas y las científicas, de lo confuso de muchos de sus conceptos, de las peleas entre escuelas, de la ignorancia vestida de solemnidad.

Por supuesto, ese hombre se topará con un problema grave. El libro que acaba de escribir es revolucionario por haberlo escrito y más aún por empeñarse en publicarlo con su nombre. Para evitar el escarnio público deberá hacer numerosas genuflexiones ante las autoridades y sobre todo ante la reina; los cubrirá de alabanzas, les concederá un papel en su novela y hará que la reina se convierta en la más poderosa de la Tierra. A pesar de esas concesiones, ese hombre, hoy, en nuestra época igualitaria (más bien, que pretende desear la igualdad) sería considerado un héroe visionario.

Eso es, exactamente, lo que hizo Margaret Cavendish, duquesa de Newcastle, pero al revés. Escribir un libro destinado a las mujeres en el que, bajo apariencia de novela, expone sus ideas sobre las materias más dispares, como filosofía, física y biología, exigiendo para sí el derecho a la ambición literaria y científica que tenían los hombres de su tiempo. En realidad, todo un hito, pero un hito condenado al olvido por haber sido escrito por una mujer.  

Su obra, The Blazing World, nos narra un mundo maravilloso, con sus propias constelaciones, poblado por extraños seres, en el que es posible realizar viajes astrales y usarlos para dilucidar numerosas cuestiones científicas y filosóficas candentes en la época. También para hacer consideraciones políticas, sobre el poder, sobre la paz y la guerra, sobre cómo el deseo de conquista no hace más que empequeñecer al conquistador, sobre la diferencia entre ser temido o ser amado como rey… Sin complejos, manifestando la propia ambición, incluso convirtiéndose a sí misma en personaje de la novela, un personaje que, con una falta de modestia muy poco femenina, admite: antes que imitar a otros, elegiría ser imitada por otros, «pues mi Naturaleza es tal, que preferiría aparecer como peor en mi Singularidad, que mejor en la Moda». Y también, ya con un descaro absolutamente inaceptable: «Así, estimando la paz por encima de la guerra, el ingenio por encima de las reglas, la honestidad por encima de la belleza, en lugar de elegir las figuras de Alejandro, César, Héctor, Aquiles, Néstor, Ulises, Helena, etc., antes elijo la figura de la honesta Margaret Newcastle, que ya no cambiaría por todo este Mundo Terrenal».

Ese es el mérito de la duquesa de Newcastle, haberse enfrentado a los prejuicios de sus contemporáneos, reivindicando para sí un derecho que en los hombres se consideraba natural, y de paso intentando integrar en el conocimiento a sus compañeras de género, hasta entonces excluidas de él. Si hay una precursora del feminismo, esa es Margaret Cavendish. ¿Por qué sabemos tan poco de ella? ¿Por qué no conocemos su obra como la de Moro o Campanella? No hará falta que conteste yo a esa pregunta.

Si podemos considerar a Margaret una precursora de la literatura feminista, no podemos decir que se adelantase a su tiempo en lo que se refiere a la construcción de mundos utópicos. Moro había escrito su Utopía siglo y medio antes, y entre medias se habían publicado numerosas obras que transitaban la insularidad utópica, género de moda para acercarse a la crítica social, moral y política. Pero sí ha habido mujeres precursoras en géneros cuyo canon está hoy dominado por los hombres.

Se suele afirmar que la primera distopía moderna es El talón de hierro, publicada por Jack London en 1908, quizá porque la creada por Mary Shelley (que no se conformó con ser una de las fundadoras de la ciencia ficción con Frankenstein) en El último hombre no llegaba a considerarse parte de la modernidad. Construida durante más de doscientas páginas a través de sucesos victorianamente rocambolescos —amores prohibidos, despechos, suicidios por amor, personajes que se van a la guerra de Grecia o Constantinopla para apaciguar sus corazones heridos—, en la segunda parte, poco a poco, se va convirtiendo en una de las primeras grandes novelas posapocalípticas: la peste está exterminando a la humanidad; los últimos supervivientes se dirigen a Suiza esperando escapar allí del mal, pero la enfermedad acaba con todos menos uno; un hombre al que vemos, al final del libro, montando en una barca, acompañado de un perro (y de algunos libros de Homero y Shakespeare), dispuesto a pasar sus últimos días recorriendo el mundo, incapaz ya de soportar el aburrimiento y la falta de acontecimientos: «Ni la esperanza ni la alegría son mis pilotos: solo me empujan la desesperación y un ferviente deseo de cambio». Si no se cita esta obra como una de las primeras novelas posapocalípticas es quizá porque el tema de la peste parece entroncarla más con las pesadillas medievales y de la Edad Moderna que con el presente, aunque, bien mirado, la enfermedad como causa de la catástrofe mundial está en numerosas novelas y películas contemporáneas. Pero novelas como La amenaza de Andrómeda o Soy leyenda u Oryx y Crake, si dejamos de lado la especulación científica que las sustenta, no parten de un escenario tan diferente.

Otro género más antiguo de lo que podríamos pensar es la falsa utopía, utilizada repetidamente para alertar de los peligros del socialismo: la falsa utopía muestra una sociedad supuestamente perfecta que, mirada de cerca, se revela como pesadilla (lo que refleja en algunos casos los miedos de la burguesía a un posible Estado obrero, como señala Jameson en Arqueologías del futuro, refiriéndose a 1984). Pero esos aparentes paraísos tienen una tradición que va más allá del miedo al socialismo. Samuel Johnson, en La historia de Rasselas, príncipe de Abisinia, inventaba un valle feliz del que Rasselas escapa, harto de una vida sin acontecimientos. Johnson revela así un cambio en el ideal perseguido por la sociedad: si la utopía de Moro es la consecución de la felicidad, el ascenso de la burguesía hace que lo que antes era deseable se convierta en pesadilla: el hombre condenado a hacer el bien, por plácida que sea su vida, es un engendro porque carece de lo fundamental: la libertad. Así, el hombre utópico del capitalismo es el individuo que decide por sí solo, aunque elija su propia infelicidad. Mejor infeliz que esclavo. O, como dijo más drásticamente Stuart Mill: mejor hombre infeliz que cerdo satisfecho.

Quizá una de las primeras obras que da un sesgo político a la paradoja que supone la infelicidad provocada por tener todas las necesidades resueltas es The Republic of the Future, de Anna Bowman Dodd. Esta periodista y escritora neoyorquina escribe a finales del siglo xix, un momento en el que surgen utopías por todas partes, no solo por influencia de las ideas socialistas, también porque el modelo de crecimiento industrial que prometía el progreso para todos ha mostrado sus límites más dramáticos. Pobreza, suciedad, contaminación, desigualdades crecientes, también entre hombres y mujeres. Cada año se publican utopías que prevén un mundo industrial comunista, en el que no hay propiedad privada (Bellamy), otras en las que se preconiza un regreso a la naturaleza y a lo artesanal (Morris), otras en las que se sueña una sociedad justa dirigida por las mujeres (Corbett). Y, como respuesta crítica, también surgen numerosas distopías y parodias de utopías.

Anna Bowman Dodd no es una revolucionaria, todo lo contrario. Y por eso, ante las revoluciones que se están gestando en el mundo, imagina una sociedad en la que han triunfado, para advertirnos de sus peligros. En su novela, Dodd narra el viaje de un sueco (en cuyo país se mantiene el capitalismo) al supuesto paraíso socialista en el que se han convertido los Estados Unidos. Ya desde el mismo viaje —en una especie de submarino de alta velocidad— se ríe de las nuevas modas humanistas, como la defensa de los animales: a pesar de que los misioneros de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad entre Cetáceos y Crustáceos llevan años predicando a los peces, no han conseguido erradicar el canibalismo entre ellos.

En Estados Unidos, nos encontramos con el gris paraíso socialista: como se ha prohibido todo trabajo degradante, apenas quedan actividades que no sean llevadas a cabo por máquinas. Las tiendas pertenecen al Gobierno, por lo que los empleados no tienen interés en vender ni en hacer escaparates atractivos. No hay arte en venta, pues el arte debe pertenecer a todos y por ello solo se puede admirar en los museos. Todas las casas son iguales. Las ropas son feas, sin gracia. No hay erotismo, entre otras cosas porque hombres y mujeres se parecen tanto que no puede haber tensión sexual (afirma el viajero sueco). Y, para que la igualdad sea absoluta entre las personas, las competiciones deportivas están prohibidas y se evita que nadie destaque en disciplina alguna. A la mujer que sirve de guía al sueco sí se le permite ser algo más inteligente que la media porque es fea. Y, otro desastre: tampoco hay guerras, porque no les gustaban a las mujeres, no debido a razones éticas, sino porque ellas eran malos soldados.

El paraíso socialista es un horror, nos dice la buena burguesa Anna Bowman Dodd, porque no hay competición ni enfrentamiento, porque la ambición no se ve recompensada, porque la gente se aburre, y porque las mujeres tienen demasiado poder. Y de paso nos instruye en que el enemigo del obrero no es la desigualdad en el reparto de los bienes, sino la maquinaria, que le roba el duro trabajo que da sentido a su vida.

Independientemente de nuestra coincidencia o desacuerdo con la visión conservadora de la autora, su obra merecería mayor reconocimiento aunque solo sea por haberse adelantado a novelas como Nosotros, de Zamiatin, 1984 de Orwell, o Moscú 2042, de Voinóvich. Pero nos encontramos otra vez con ese cedazo que criba, consciente o inconscientemente, las obras escritas por mujeres y las deja fuera del canon.

2

Fotografía: Max Pixel (DP).

Leer autores de distintas épocas suele generar una sensación de continuidad. De todo lo que existe había ya una semilla. Nada nace de la nada. También las tres obras comentadas más arriba tenían antecedentes; lo que parece invención es siempre desarrollo. Otra cosa es que se reconozca o no la existencia de esa semilla. Como decía, estoy convencido de que las tres obras a las que me he referido tendrían hoy otro lugar en la historia de la literatura si hubiesen sido escritas por hombres. Claro que hay excepciones: la misma Mary Shelley dio el salto al canon con Frankenstein, simiente de la que nace una parte importante de la ciencia ficción. Pero si la excepción no necesariamente confirma la regla, lo que desde luego no hace es desmentirla. Cuando me preguntan por los mejores libros que he leído últimamente —cosa que suele suceder en charlas y encuentros con lectores— hago el siguiente experimento: a veces cito solo libros escritos por hombres, a veces solo algunos escritos por mujeres. Cuando hago lo segundo me interrogan, quieren saber por qué he elegido solo escritoras; cuando hago lo primero nunca me lo cuestionan.

Juguemos entonces a lo que jugábamos al principio: imaginemos un mundo en el que el canon es femenino, en el que lo que importa es lo que escriben las mujeres y lo que hacen los hombres se contempla, a lo sumo, con benévola condescendencia. ¿Encontramos en ese mundo una continuidad, una filiación entre aquellas novelas precursoras y otras escritas hoy? Por supuesto. Podría mencionar muchos ejemplos, pero me limitaré a hablar de dos que he leído últimamente y me han impresionado.

Empezando por Quema, de Ariadna Castellarnau, donde se retoma la idea de la peste y del fin del mundo. No es una epidemia clásica, como en El último hombre ni como en Soy leyenda. No hay un virus que se contagia de persona a persona. Es algo más difuso e inasible: el mal. Con minúsculas porque tampoco estamos ante un concepto metafísico, más bien se usa la palabra para explicar lo inexplicable, una degradación que afecta a todo: el mundo físico se derrumba, el psíquico y el afectivo también. Y como siempre que hay una degradación radical en las posibilidades de subsistencia, aparecen bandas violentas, más bien, la violencia se adueña de todo, incluso de la vida privada. Aunque son muchos los que se rinden en ese paisaje feroz y se dejan dominar por el desaliento: «Tanto correr, gritar y robar y matar y lo único que quiere todo el mundo es encontrar un sitio caliente donde morir. Lo esencial. La sustancia de la felicidad». Otros de los más débiles, como sucede siempre en tiempos de catástrofe, se refugian en la fe; son esos Rezadores que se dirigen al norte «porque creen que ahí no encontrarán el mal».

Esta novela breve, densa, no pierde el tiempo con explicaciones pseudocientíficas, ni relatando el origen del mal. Si en La carretera McCarthy nos hace atravesar un mundo inexplicablemente desolado de la mano de un padre y un hijo, en Quema no hay ni siquiera ese espacio protegido, el del afecto y la empatía, para reconfortarnos; aquí saltamos de un personaje a otro en ese territorio dislocado en el que cualquier continuidad sería una ilusión; sí, advertimos que algunos hilos narrativos reaparecen, se enlazan con otros, pero la sensación general es de desmadejamiento, de arbitrariedad. Cualquier argumento coherente sonaría a fraude cuando las cosas se desmoronan a tal punto que incluso los perros se suicidan arrojándose por un barranco y cuando la confusión ante lo inexplicable lleva a las personas a realizar actos absurdos pero tranquilizadores: ¿por qué queman todas sus pertenencias, por qué esas grandes piras para destruir lo único que tienen? «La quema fue el gesto más inútil que haya hecho la humanidad. Eso y el viaje a la Luna», dice un personaje. Sin embargo, casi todos se entregan a ese gesto a la vez purificador, expiatorio e irracional, un último intento de regresar al mundo de antes, «cuando las cosas se regían por ciclos y había estaciones».

El apocalipsis ya no precisa de bombas nucleares ni de invasiones extraterrestres, ni siquiera de razones científicas. Atribuirle una causa única es inventar una mentira tranquilizadora, porque si hay una causa hay esperanza, podemos combatir, defendernos. Pero no hay un acontecimiento que explique lo que sucede. Las cosas pasan, nada más. El mundo se derrumba, eso es todo. Y estamos inermes. Nuestra opción es sobrevivir o entregarnos, cualquier otra expectativa, la de los Rezadores, por ejemplo, no es más que una manera de engañarse. ¿Esperanza? Es curioso que incluso en esos paisajes desolados, algunos personajes se empeñen en encontrarla en los libros, es decir, en aislarse, en transportarse a una realidad paralela. El último hombre acababa con el superviviente llevándose en barca unos pocos libros y sabiendo que todas las bibliotecas del mundo estaban a su disposición, y en Quema una niña se refugia de la locura leyendo: «Yo recogía los libros del suelo, les quitaba el polvo y las huellas de los zapatos de la boba y me los leía sin saltarme una página. Aprendí muchas cosas que luego olvidé. Aunque en el fondo siempre queda algo. Una delgada estructura de conocimientos que nos levanta a unos centímetros de la barbarie, que nos protege, que nos enclaustra a una corta distancia del horror». Y eso que, cuando la niña rescataba esos libros, el auténtico horror aún no se había desatado.

El horror. La famosa exclamación de Kurtz. Al pensar en el apocalipsis enseguida imaginamos un mundo en el que todas las leyes han saltado por los aires, en el que esa barbarie mencionada, y que siempre llevamos dentro, explota y sale a la superficie. Pero las cosas pueden ser mucho más sencillas, menos llamativas, más cotidianas. Como en América alucinada, de Betina González.

Aquí la autora recoge la tradición de la falsa utopía y la combina con lo que se revela como falsa distopía. Porque al inicio nos encontramos con un mundo crepuscular en el que parece estarse extendiendo también un tipo de mal: los ciervos atacan a las personas y se abalanzan contra los automóviles. En la ciudad en la que se desarrolla principalmente la novela han cerrado las fábricas, el conservatorio, el teatro, muchas tiendas. Y no es que la ciudad se derrumbe y el mundo rural tome el relevo: no se puede hablar de mundo rural, solo de vacío: casas, granjas, hospitales y escuelas abandonados. También da la impresión de que han desaparecido los lazos sociales: los personajes deambulan solitarios, más bien, acompañados por su pasado. Muchos de los que se han quedado sin nada se dedican a errar por los bosques, desamparados. Cada uno sobrevive como puede cuando los lazos de una sociedad se diluyen. Es necesario reinventarlos, como hace la niña abandonada por su madre de la noche a la mañana, que busca a alguien que pueda hacer de pariente suyo para que no se la lleven los servicios sociales (luego, alguna estructura estatal se mantiene: hay servicios sociales). Mientras tanto, una mujer organiza un grupo de ancianos para abatir a los ciervos. Una manera muy humana de solucionar problemas: a tiros con el síntoma.

Sin embargo, según avanza la novela nos damos cuenta de que no estamos en un mundo distópico, sino en el nuestro, en el de ahora mismo, donde una buena parte de la población vive con los residuos del capitalismo, que ha ido desmontando estructuras y eliminando barreras hasta dejar completamente desprotegida a la parte más débil. Y no hay repuesto, nada con qué sustituir las antiguas seguridades. El ambiente de disolución solo refleja el ambiente de crisis actual, una crisis que se ha instalado como normalidad, y para vivir ese despojamiento como normal tienes que desarticularte a ti mismo, renegar de tus expectativas y deseos, aceptar una ataraxia impuesta por la realidad. Sobrevives, también emocionalmente, y no puedes aspirar a más: «Logré verme como lo que soy, doctora: una pasajera más del naufragio más terrible que haya sufrido una época, un país, una generación completa; una sobreviviente del ruido que hacen los mil y un cerrojos del mundo al estallar demasiado tarde y demasiado fuerte».

Si las líneas argumentales van trazando esa distopía que no es tal, al margen de lo falsamente distópico se recrea también la falsa utopía, la de los desadaptados, que habitan en los bosques y han huido de una sociedad decadente, herederos de los hippies, también en su búsqueda de experiencias alucinógenas: un mundo inventado para sustituir el mundo real, sensaciones para evitar sentimientos. La utopía solo sobrevive aislada —literalmente: como isla—, pero ahí está su maldición: la sociedad utópica está condenada, no por la posible intrusión de los bárbaros que no aceptan ese mundo feliz, sino porque el bárbaro nos acompaña a todas partes. Los niños felices de la psicodelia, de la vuelta a la naturaleza, de la negación de la fatal estupidez consumista, contaminan la Arcadia con sus traumas y sus deficiencias, con sus miedos y sus deseos destructivos, y reproducen las jerarquías que habían creído dejar atrás. Et in Arcadia ego; ese es el problema, que cuando me introduzco en la Arcadia soy yo quien lleva a su centro la semilla de la aniquilación.

No es Betina González una creadora de mundos de fantasía como sí lo eran Cavendish o Dodd; en su novela no aparecen inventos caprichosos ni novedosos experimentos sociales. Todo sucede aquí con la naturalidad de lo conocido, porque tanto la falsa utopía como la falsa distopía son parte esencial de nuestra cultura: quién no está familiarizado con esos espacios engañosamente felices con los que pretendemos redimirnos (sea la religión, las drogas, el consumo, el éxito o nuestro minúsculo mundo virtual); y, si prestamos atención, vemos que la catástrofe nos rodea, que el día a día de nuestras sociedades es un silencioso quebrarse de objetos, de afectos, de instituciones, de las estructuras que nos sostenían, al que asistimos sin emoción, hasta que una obra como América alucinada nos hace mirar de nuevo, cumpliendo la vocación histórica de la novela: inventar ficciones que nos obligan a fijarnos de una maldita vez en la realidad.

En la realidad, insisto. Y eso hace que en estas dos novelas no se dé un lugar común habitual en el género distópico: el héroe o el antihéroe, ese personaje con pretensiones de salvar el mundo enfrentándose a fuerzas poderosas con solo su determinación. El héroe individual e individualista de la mayoría de las novelas, y sobre todo de las películas, de acción. En las novelas de Castellarnau y González ese heroísmo no tiene cabida. Intentar salvar el mundo es una fantasía de omnipotencia propia de adolescentes; salvar una brizna de lo que te rodea, el acto de quien no se rinde ni se resigna. Y en ambas novelas son mujeres las que realizan ese acto: «¿Quieres ser mi pariente?», pregunta la niña a la anciana en América alucinada. «Sí», responde esta, y ese sí es el único refugio ante la debacle general: la afirmación de que el afecto, los cuidados, son el núcleo desde el que arrancar cualquier tarea de reconstrucción.

En Quema, Rita afirma al final de la novela: «Podían desaparecer todas las personas de la faz de la tierra mañana mismo que yo resistiría. Sobreviviría como las cucarachas. Dura y esquiva». Pero si esa resolución le sirve para la supervivencia física, para conservarse como ser humano necesita algo más, y por eso acaba levantando un refugio, un espacio protegido en el que acoger a algunos supervivientes de la quema. Tampoco ella pretende salvar el mundo, tan solo volver habitable uno de sus minúsculos espacios.

No sacaré yo conclusiones sobre lo femenino o no de esos cuidados —no sea que me quieran crucificar como a Pablo Iglesias por una afirmación de ese tipo—, pero sí me parece que esa opción por lo íntimo como inicio de lo político coloca las dos novelas en una esfera diferente, en un lugar hacia el que no suelen mirar ni el canon ni mucho menos el hit parade literario. Razón de más para que miremos nosotros.


Kim Stanley Robinson: «La ciencia debe verse más a sí misma como un humanismo y una utopía política»

(English version)

Charlamos con Kim Stanley Robinson (Waukegan, 1952) durante el encuentro literario anual Kosmopolis, celebrado en Barcelona. Robinson es uno de los escritores de ciencia ficción hard más conocidos y respetados, especialmente gracias a su trilogía sobre la colonización y terraformación marcianas (Marte rojo, Marte verde, Marte azul). Después de Marte, imaginó a la humanidad expandiéndose por el sistema solar (2312) y tratando con gran dificultad de atravesar el espacio interestelar (Aurora). Varias de sus novelas se centran en los efectos del cambio climático, especialmente la trilogía Ciencia en la capital y la recientemente publicada New York 2140. Y a veces mira al pasado en lugar de al futuro, describiendo la vida durante una Edad de Hielo (Chamán) o imaginando cómo hubiera cambiado la historia si todos los europeos hubieran muerto en la peste negra (Los años de arroz y sal). La mayor parte de historias de Robinson, a pesar de incluir revoluciones, asesinatos y catástrofes, son en el fondo utópicas y optimistas. Habla con seriedad, corrección y sobriedad, excepto en los momentos en que súbitos destellos de entusiasmo contagioso iluminan su discurso, al subrayar el poder transformador de la ciencia o la necesidad urgente de cambiar el actual régimen socioeconómico.

Se te conoce como novelista utópico. A menudo la utopía se ve como algo inalcanzable, una idea teórica de perfección, pero en tus novelas parece algo más práctico…

Sigo la definición de utopía que esbozó H. G. Wells: un tipo dinámico de historia sin un punto final; no es un estado perfecto sino un proceso continuo en el que cada avance es amenazado y debe ser defendido, a riesgo de que se pierda y se vuelva hacia atrás. Joanna Russ, una gran escritora americana de ciencia ficción, solía hablar de optopía: dadas ciertas condiciones iniciales, se intenta llegar a una situación política óptima. Este enfoque es mejor para contar historias: esquivas así el tropo del «paseo por un zoo» típico de las narraciones sobre utopías: la Utopía de Tomás Moro tiene un poco de historia, pero es sobre todo la descripción de una sociedad estable. Desde Los desposeídos de Ursula K. LeGuin, e incluso antes, se han contado de un modo un otro historias de utopías dinámicas.

El personaje Arkady Bogdanov de la Trilogía marciana es descendiente de Alexander Bogdanov, autor de la novela utópica Estrella roja. ¿Cómo ayudó Estrella roja a dar forma a tu Marte rojo, y qué te atrae de Alexander Bogdanov?

Me encanta Bogdanov. Cuando Percival Lowell describió lo que había visto de Marte a través de su telescopio, hablando de la posibilidad de canales y marcianos, hubo una gran respuesta internacional. Para Wells fue La guerra de los mundos y la idea de una antigua civilización agresiva, para Kurd Lasswitz en Auf Zwei Planeten Marte era una avanzada utopía tecnológica; para Bogdanov Marte fue un espacio en el que especular sobre el futuro de una utopía comunista en la que los marcianos eran rojos en el sentido de izquierdistas políticos, avanzados. Estrella roja es una gran novela utópica, y anticipa muchos de los problemas que tuvo la Unión Soviética, un país socialista rodeado de países capitalistas. Bogdanov fue un pensador muy interesante en teoría de sistemas, y sus obras se usan como referencia en diferentes contextos por su tectología y sus estudios sobre la red de la vida. Quería asegurarme de que mi Trilogía marciana recogiera todos los hilos lanzados por las novelas previas sobre Marte.

Uno de los puntos clave de Marte azul es la escritura de la Constitución Marciana. En esos capítulos se proponen muchas medidas, y me gustaría examinar alguna de ellas y preguntar si las ves aplicables en nuestra Tierra. Por ejemplo: cuidado y administración común de los recursos naturales: aire, tierra, agua… ¿Cómo podría llevarse a cabo esa administración de los bienes comunes en la Tierra?   

Es una buena pregunta. Hay ciertos lugares considerados bienes comunes: los océanos y la Antártida, pero son espacios más o menos vacíos e inhabitables. Esa frase de la Constitución Marciana es un ataque a la ley de la propiedad, es anticapitalista, marxismo fundamental: la Tierra pertenece a todo el mundo como un bien común. Es una visión similar a la de los nativos americanos, en la que no se puede poseer tierra… Un concepto inconcebible en nuestro sistema capitalista. Se está hablando un poco del retorno de los bienes comunes en relación con quién posee internet, que no deja de ser un tipo de tierra virtual: veo discusiones legales sobre los nuevos regímenes y posibilidades creados por la tecnología. Y en cuanto a la tierra real: aproximadamente el 30% de la superficie de los Estados Unidos pertenece al Gobierno federal, y otras partes más pequeñas son de los Gobiernos estatales, así que toda esa tierra pertenece al pueblo como bien común.

Los bienes comunes nunca fueron tierras sin ley, siempre estuvieron regulados en un sistema organizado, aunque fuera informal. El aire es para todos. El agua también debe ser un bien común: ¿puede privatizarse el agua si la gente la necesita para sobrevivir? La tierra sigue el mismo principio. La tierra es un bien común: su propiedad debería desaparecer y convertirse en derechos de tenencia: cuidar de un terreno para el pueblo proporcionaría cierta cantidad de derechos, pero no los derechos completos de propiedad. Eso es muy chocante en el régimen legal actual. Definitivamente es hablar de forma utópica, pero ya se ven algunos indicios en internet y otros ámbitos. Puede convertirse pronto en una discusión relevante en relación con la Luna: el Tratado del Espacio Exterior se basa en el Tratado de la Antártida, así que ahora mismo nadie puede reclamar la propiedad de ninguna parcela de terreno en la Luna.    

Otro artículo de la Constitución Marciana retira del libre mercado las necesidades básicas (vivienda, salud o educación) para dejarlas en manos de cooperativas sin ánimo de lucro. Esto suena difícil en una sociedad capitalista: en España estamos en plena crisis inmobiliaria, en los EE. UU. la sanidad es notoriamente irregular… ¿Cómo podría lograrse algo así?  

Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI defiende que los impuestos progresivos no deberían basarse solo en los ingresos anuales, que se pueden ocultar fácilmente bajo el sistema, sino en el capital en sí mismo, los activos capitalizados. Eso pondría límites legales a la fortuna: más allá de cierta cantidad de riqueza, el exceso se devolvería al bien común. Es una idea transformadora, una horizontalización del dinero y el poder. Con impuestos progresivos de este tipo los Gobiernos no estarían empobrecidos: se harían con la plusvalía y la emplearían para proporcionar sanidad universal y educación universitaria gratuita, y podrían garantizar las necesidades básicas como refugio, ropa, necesidades humanas que todo el mundo cubriría. También pleno empleo: si el Gobierno pudiera garantizar que todo el que quiera trabajar puede hacerlo, desaparecería el paro masivo que tenéis por ejemplo en el sur de Europa.

Todo esto hay que pagarlo, claro, pero los Gobiernos se lo podrían permitir perfectamente apropiándose de la plusvalía mediante impuestos progresivos al capital. Tras la II Guerra Mundial hubo impuestos progresivos muy extremos, incluso en los EE. UU. bajo Eisenhower, un presidente republicano. Si ganabas más de cuatrocientos mil dólares al año, lo que hoy en día serían unos cuatro millones de dólares anuales, la tasa de impuesto era el 91%. Básicamente pusieron límite a la riqueza, y no podías ser un multimillonario como los que se ven hoy en día, porque todo lo que ganabas por encima de cierta cantidad iba a financiar programas del Gobierno. Y pueden defenderse este tipo de medidas sin ser comunista o un marciano utópico: basta con estudiar medidas que ya se han aplicado antes y podrían volver a aplicarse, hay un precedente legal.

Pero hemos permitido que una contrarrevolución conquistara el mundo. Es horrible. Sufrimos los resultados del giro neoliberal de los años ochenta de Reagan y Thatcher: capitalismo global tardío, apropiación de la plusvalía por parte de los ricos a costa del empobrecimiento del resto del mundo… Que al empobrecerse se convierten en el precariado, sus vidas se vuelven precarias. El empleo y la salud son precarios, las pensiones disminuyen o desaparecen… Todo mediante el empobrecimiento del Gobierno y la repetición de las tres frases infames: «El Gobierno no es la solución, es el problema», «No existe la sociedad» y «No hay alternativa». Necesitamos que el péndulo keynesiano entre el Gobierno y los negocios se incline de nuevo hacia el Gobierno, porque la gente está sufriendo. Es el argumento izquierdista más débil, simple keynesianismo, pero es todo lo que tenemos en este punto. No es buena idea entrar en una situación revolucionaria de todo o nada, en que si no se cambia absolutamente todo estamos jodidos. Es más bien una simple batalla política: necesitamos más izquierda y menos derecha. Antiausteridad, keynesianismo, socialdemocracia… Esa es una secuencia por la que se puede luchar. Podría ocurrir en la UE: los países PIIGS, Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España, agrupados en una liga antiausteridad. Pero el mundo se ha vuelto tan neoliberal… El espacio cultural ha sido muy estúpido e inoperante. Pero, en fin, esto es lo que intento hacer como izquierdista, contar la misma historia una y otra y otra vez.

En el poscapitalismo que describes en 2123 y Marte azul, otro elemento clave es la sustitución de las grandes empresas por cooperativas de tamaño medio, siguiendo el modelo vasco de Mondragón…

Hace poco se puso en contacto conmigo un profesor de la Universidad de Mondragón y me envió la historia de cómo empezó Mondragón. Es muy interesante… Cómo un único sacerdote católico organizó a la gente para que hablara, hablara y hablara, quince años de educación política sobre una base industrial preexistente. Así que ahora sé más de Mondragón y aún me interesa mucho, porque es una alternativa ya existente al capitalismo dentro del orden capitalista actual. Un paso intermedio que puede aplicarse ya mismo: todo el mundo podría organizarse en cooperativas propiedad de los trabajadores al estilo Mondragón, con un sistema de valores mejor, sin la habitual explotación de la mano de obra y apropiación de la naturaleza que abunda en el resto del sistema. Dentro del actual orden capitalista hay órdenes alternativos legales, no hace falta que sean revolucionarios, no es necesario meterse en el caos de Barcelona en 1936, cuando anarquistas y comunistas luchaban entre sí sobre cómo crear una sociedad completamente nueva… En lugar de eso, tenemos algo como Mondragón, donde el cambio procede del interior de la sociedad actual.

¿Por qué crees que el modelo de Mondragón no se ha reproducido más ampliamente?

Probablemente porque aplana el gradiente de poder y no genera suficientes beneficios para la clase propietaria, así que no es popular con la gente que controla el capital móvil actualmente existente… Capital que está actualmente a buen recaudo, secuestrado en los bancos y defendido por las armas. La clase dirigente no quiere que el modelo Mondragón de cooperativas triunfe porque es una horizontalización del poder. En el sistema actual vertical, los que manipulan el dinero no cederán ese poder fácilmente, así que es necesario derrotarlos políticamente. Las leyes deben apropiar ese capital para el pueblo. Debemos presentar una argumentación lo suficientemente plausible y persuasiva como para que la gente actúe en consecuencia, tanto en su comportamiento político como dirigiendo sus votos a partidos que apoyen este modelo. Me sorprende que el modelo Mondragón no sea más popular, efectivo y rápido de lo que es ahora. Supongo que a eso se refería Gramsci al hablar de hegemonía, la cualidad mental que lleva a la gente a aceptar su propia subyugación porque la sienten natural, porque aceptan el mantra de «no hay alternativa». Es triste, creo que la gente debería tener algo más de chispa…  

La Administración Trump presentó un presupuesto que incluía grandes recortes en la mayoría de agencias gubernamentales, como un recorte del 31% en la EPA (Agencia de Protección del Medio Ambiente). ¿Cómo crees que estos cortes afectarán a los EE. UU. si se confirman?

Es un ataque particularmente horrendo contra todo lo bueno y valioso. No son más que matones y payasos gritando «que os jodan» a los valores americanos. En las encuestas los americanos contestan que quieren aire puro y agua limpia, ¡les gusta la EPA! Es como si hubiéramos experimentado una extraña apropiación de nuestro Gobierno por parte de una tropa deliberadamente destructiva. Esos presupuestos no se aplicarán tal como se han descrito, pero la sensación que produce la Administración Trump es la de un bruto cogiendo un bate de béisbol para destrozarlo todo. Hasta que alguien no les detenga y les saque del escenario es difícil hacer nada más que defender lo que ya existe, sin hacer mejoras. Aunque están sufriendo grandes derrotas. No pueden ponerse de acuerdo ni siquiera en cómo destruir las cosas, así que dinamitan sus propias posibilidades. Espero que ocurra algo que les frene en cuatro años, o dos años, o incluso algo menos que eso. No están ni siquiera gobernando, solo haciendo gestos de cara a la galería. Está siendo irritante, horrendo y doloroso…

Con el presupuesto de la NASA descendiendo, hay quien piensa que la exploración privada del espacio ganará importancia, con empresas como SpaceX o Moon Express liderando el camino. ¿Qué peligros ves en la privatización de la exploración espacial?

No me gusta para nada la privatización del espacio, prefiero pensar en él como un bien común. Por otro lado, los Gobiernos mundiales siempre han pagado a empresas privadas para la construcción de cohetes. SpaceX no tiene suficiente dinero como para financiar un programa espacial propio, así que debe venderle a alguien sus cohetes. Tengo la impresión de que algunos multimillonarios podrían construir como legado algún tipo de pequeña base en la Luna… Pero no puede sacarse beneficio del espacio, no hay nada allí afuera que necesitemos lo suficiente. Es posible enviar satélites de comunicaciones al espacio, así que hay industria en la órbita terrestre, pero no hay industria posible en la Luna. Por ahora el Tratado del Espacio Exterior controlaría cualquier disputa sobre propiedad o explotación, pero no hay nada que explotar. En la Luna hay simplemente rocas: silicatos, hierro, aluminio, magnesio… De todo eso ya tenemos suficiente en la Tierra. El peligro de la privatización no es muy grande, pues. En cierto modo es como la Antártida: es vulnerable a la explotación, pero no hay nada que explotar ahí.

El impulso privatizador podría no limitarse a la exploración espacial… Ahora mismo Calico (de Google) y otras empresas similares están investigando la senescencia, dejando en manos de corporaciones con ánimo de lucro potenciales tratamientos de longevidad como los que aparecen en tus novelas. ¿Terminará extendiéndose la vida solo para los ricos?  

Tampoco es una situación demasiado peligrosa, porque la longevidad no se nos da demasiado bien. Todo avance médico es bueno, y siempre será controlado por organizaciones como el Instituto Nacional de Salud. Sí es un peligro que si compañías farmacéuticas desarrollan lo que podría llamarse tratamientos de longevidad, serán probablemente muy caros al principio, y solo estarían al alcance de los extremadamente ricos. Es una posibilidad aterradora, pero en cualquier caso es bueno que existan avances sanitarios, porque tarde o temprano todo el mundo se beneficiará de ellos. Esa situación podría crear las condiciones para una gran lucha en que finalmente la desigualdad sea desafiada por gente defendiendo el derecho universal a la longevidad y la buena salud. Hay una posibilidad revolucionaria ahí… Pero por ahora no hay nada que hacer excepto seguir investigando. El progreso es muy lento: la duración media de la vida no es mucho mayor que la de hace unos años, parece ser una curva asintótica.

Un proverbio aparece a menudo en tus libros, en boca de un anciano en Chamán, de algunos personajes de Ciencia en la capital o incluso en el título de un cuento de Los marcianos… «Lo suficiente es tan bueno como un banquete». ¿Qué importancia le ves a esa frase?

Es una cita para escapar del capitalismo. La economía, que es el estudio cuantitativo del capitalismo, siempre afirma «cuanto más, mejor». Y ya que estamos en una crisis ecológica causada por el exceso de consumo, y destrozamos el planeta para obtener «cuanto más mejor», es importante insistir en el proverbio contrario, «lo suficiente es tan bueno como un banquete».

Parece haber cierta desconfianza en el mundo científico y en el de la ciencia ficción hard hacia la política: por ejemplo en Seveneves de Neal Stephenson los personajes políticos son en su mayoría malvados o egoístas, la Constitución del Arca Espacial es vista como un estorbo… ¿Por qué crees que existe esa desconfianza en la política?

Porque hacen una dicotomía entre lo sagrado y lo profano, entre la pureza y la corrupción. A Stephenson no se le dan bien los temas políticos, es un poco reaccionario y propenso al cliché. Es propio de la fantasía de mala calidad sugerir que la política es solamente trapicheo y parasitismo, frente a una ciencia pura y sagrada. En realidad, la ciencia es intensamente política y necesita una buena parte de los presupuestos gubernamentales. Necesita gobierno y regulación, porque no puede ser realizada por individuos o corporaciones individuales. La ciencia es un gigantesco trabajo en equipo, y por lo tanto requiere gobierno. Tal vez lo que Stephenson pretendía era reflejar cómo los políticos no tienen ni idea de política, del mismo modo que los políticos no tienen educación científica. Pero eso sería caritativo: yo diría que juega el cliché gastado de los científicos bondadosos contra los malvados políticos. Es un escritor muy popular, así que sería fantástico que afinara el tiro en estos temas, incluso que los usara como educación política… Pero, desgraciadamente, creo que una de las razones de su popularidad es que juega con prejuicios ya existentes.

En Marte verde un personaje opina que la síntesis de un científico y un místico debería ser llamado alquimista. ¿Qué terreno común pueden alcanzar un místico y un científico?

Mi personaje Michel siempre intenta recuperar o inventar una psicología de la ciencia que permita a los científicos ser un poco místicos, tener un sistema de valores que no sea solo un empirismo mal entendido. Muchos científicos son bastante ingenuos y no se han preguntado en profundidad acerca de sus proyectos. No van demasiado lejos en lo que a teoría se refiere… La ciencia debe verse a sí misma más como un humanismo y una utopía política que ya está realizándose en el mundo. Eso tratan de sugerir mis libros. Hago lo que puedo contando historias sobre lo que es la ciencia, cómo funciona y qué deberían hacer los científicos como actores políticos. Me siento como un niño jugando con sus muñecas, sería presuntuoso pensar que estoy haciendo algo significativo. Sin embargo, mucha gente lee historias, y algunos científicos leen ciencia ficción para tratar de comprender lo que hacen, así que… Hago lo que puedo.

El budismo aparece en tu obra, especialmente en Ciencia en la capital y Los años de arroz y sal. ¿Qué te atrae del budismo y cómo llegó a interesarte?

Soy de California, y allí se presta mucha atención al Asia Oriental, a diferencia de la Costa Este de los EE. UU., que se fija más en Europa. Durante el siglo XX, los inmigrantes chinos y japoneses venían a América pasando primero por California. El poeta Gary Snyder, que fue profesor mío, pasó diez años en Japón estudiando y practicando el budismo zen. Una vez de vuelta, junto a otros californianos de origen europeo, dio cuerpo a lo que podría llamarse budismo californiano, muy influenciado por el zen japonés y el dalái lama tibetano, pero también por ideas hippies o de la Nueva Era. Algo muy difuso, secular y poco serio en comparación con las tradiciones budistas más estrictas… Así que en la cultura californiana el budismo es una faceta importante, como en China: los chinos hablan de la triple enseñanza, un entramado de creencias compuesta a partes iguales de budismo, confucianismo y taoísmo. Pues bien: para los intelectuales californianos el budismo es tan importante como el cristianismo o cualquier influencia europea.

En cuanto a mí, no pretendo ser un experto. Es algo completamente casual, tanto un interés literario como una práctica espiritual. Ayuda en la vida cotidiana: las sugerencias del zen sobre cómo prestar atención al momento presente, cómo vivir la vida, qué es importante en un sistema de valores… El budismo ha sido útil para mí como persona. En Ciencia en la capital me pareció interesante presentar la ciencia como un tipo de práctica budista. Tanto el budismo zen como la ciencia sugieren una cierta devoción hacia la realidad; quizá la ciencia es como un budismo cuantificado. En Los años de arroz y sal describí un mundo en el que todos los europeos murieron tras la peste negra, así que el budismo podría ganar importancia como tradición intelectual. Son dos modos diferentes de usar el budismo en dos de mis libros; en el resto no es demasiado importante. El budismo quiere resultar útil en este mundo, así que creo que es más una forma de vida o una práctica que una religión per se. Muchos budistas no creen en un más allá. Algunos lo hacen, porque hablan de la reencarnación y un alma eterna. Y para quien sea materialista, como yo, y no crea en almas eternas, esa parte del budismo le resulta inútil. Así que tiene claroscuros.

El sufismo aparece bastante en Marte rojo, junto a bailarines derviches y algunos poemas de Rumi. ¿Qué te interesa de los sufíes?

En Marte quería que apareciera la cultura islámica, y en Los años de arroz y sal necesitaba describirla con mucho detalle, ya que sería una de las culturas mundiales dominantes si todos los europeos hubieran muerto. Así que aparece en algunas novelas y no en otras, como el budismo. Investigué la tradición mística, humanista y liberal del islam, en oposición a las partes conservadoras, salafistas, wahabitas, controladoras y totalitarias del Islam. Todas las grandes religiones parecen tener un ala liberal y otra conservadora, y en el islam me interesé por la tradición sufí porque me parecieron en cierto modo hippies místicos del siglo XII… Y Rumi es un poeta magnífico.

En tu obra hay muchas referencias a epifanías místicas ante la naturaleza, como contemplar la vista desde el pico de una montaña. ¿Has experimentado tú también satoris similares?

En efecto. Para mí es increíblemente importante ir a la montaña. Me crié siendo niño en las playas, así que lo primero fue el océano. Ante la estúpida cultura blanca y suburbana de clase media de los años cincuenta, hubiera sido una locura no refugiarme en el océano. Ya a cien metros de la costa entras de lleno en una realidad primaria en que el agua puede matarte, pero también te hace flotar y es bastante benigna si sabes seguir ciertas reglas. El océano resultó crucial para mantenerme cuerdo de niño. ¡Y entonces descubrí Sierra Nevada, las montañas de California! Mi realidad suburbana californiana como americano ordinario de clase media fue aumentada por mi experiencia en ese espacio natural. Ir a la montaña y vivir experiencias atléticas que requerían esfuerzo, pero también simplemente pasear al aire libre observando las rocas… Es montañismo de perfil bajo, nada peligroso y sin escalar caras verticales, pero es una parte crucial de mi vida. Más o menos un mes de cada año lo paso arriba, en la montaña, caminando y explorando.

Imagino que algunas escenas de Chamán, tu novela ambientada en la Edad de Hielo, se habrán inspirado de forma bastante directa en tu experiencia…  

Eso me encantó. Nadie sabe realmente cómo vivía la gente del Paleolítico, así que escribir sobre ello fue un ejercicio de imaginación. Pero sí sabía acerca de acampar en la nieve, porque lo hago yo mismo, así que pude escribir sobre zapatos para la nieve, cómo se trabajan el hielo y la nieve… Como Chamán está ambientada en una Edad de Hielo, podía hablar de este tipo de cosas con un grado extra de autenticidad muy importante para las novelas. Me lo pasé genial y probablemente insistí demasiado en ello en la novela, pero no pude resistirme.

¿En qué se parecen y en qué se diferencian una persona del Paleolítico y una contemporánea?

Para empezar, el material genético es el mismo: tenemos exactamente los mismos genes. De forma similar, estamos en contacto permanente con un grupo de personas de más o menos el mismo tamaño que ellos… Lo que yo llamo la manada o la tribu, un grupo de treinta a cincuenta personas reales con las que se interactúa, cara a cara y día a día. Eso son similitudes. También tenían una cosmología, una cierta idea de lo que ocurría en el mundo. Sobre algunas cosas no sabían tanto como nosotros, como qué son las estrellas, y sobre otras sabían bastante más que nosotros, como qué plantas son comestibles o cómo manipular el entorno natural. La diferencia principal es que nosotros somos conscientes de la sociedad global: sabemos que existen ocho mil millones de personas, mientras que los paleolíticos tenían un conocimiento intensamente localizado, muy limitado en lo que se refería a otros pueblos. Ser conscientes de la situación global nos impone obligaciones extra.

En 1995 visitaste la Antártida como parte del Programa para Artistas y Escritores de la Fundación Nacional de la Ciencia. Ya que la Antártida aparece frecuentemente en tus obras, parece que la visita tuvo una influencia profunda. ¿Qué recuerdas de la Antártida y cómo crees que te afectó conocerla?

¡Me encantó! Hace poco volví a McMurdo y permanecí allí once días de otoño, por primera vez desde 1995. Hay bastante gente que va y viene, organizando su carrera para poder seguir bajando ahí. La Antártida es como Sierra Nevada convertida en un supersueño surrealista, es como volver a la Edad de Hielo. La gente ahí es muy amable, y se interesan el uno por el otro. Tienden a ser científicos y gente que da soporte a los científicos, así que hay una gran simpatía por lo que representa la ciencia. Es una sociedad pequeña y sencilla, pero me encanta y fui muy feliz volviendo a visitarla. Se parece al espacio, en cierto modo: McMurdo es como una estación espacial operando en la Antártida, lo que resulta útil si escribes, como yo, sobre estaciones espaciales esparcidas por el sistema solar. La visita fue tan hermosa… No me gustaba la idea de permanecer en McMurdo los once días, saliendo a campo abierto solo en breves viajes en motonieve o helicóptero. Pensaba que iba a ser una experiencia menor, ¡pero no lo fue en absoluto! Ya simplemente estar en McMurdo fue fascinante y espectacular.

Cuando fui en el 95, McMurdo era solo una estación de paso donde te lavabas la ropa y salías rumbo al siguiente espacio natural. Pero ahora es interesante, y ahora sé que lo es. Tal vez sea también un pequeño espacio utópico: el continente para la ciencia. No hay dinero. A todo el mundo se le proporciona comida y ropa, y no hay propiedad: el mundo entero es dueño de McMurdo. Sugiere un buen número de aspectos utópicos. Orwell escribió sobre el momento en que los anarquistas tomaron el control de Barcelona y todo pareció diferente. Creo que McMurdo era como la Barcelona de 1936, en ese momento en que las reglas políticas y el orden habitual de capital, propiedad y clase desaparecieron y simplemente se veía a personas, todas en igualdad y simplemente haciendo sus trabajos. Acabo de releer Homenaje a Cataluña, de Orwell, porque Ian Watson me ha enseñado las partes de la ciudad sobre las que escribió.

Hay un recurso narrativo que aparece en diferentes formas en varias de tus novelas: el Padre Fundador (o Madre) muriendo al principio de la historia. John Boone asesinado en el prólogo de Marte rojo, Alex en 2312, también sucede en Aurora… ¿Por qué empleas este recurso narrativo de «estar a la altura de un gran predecesor»?

Retomar la sabiduría del pasado y darle un uso es un gran desafío en la adolescencia, o cuando se requiere continuidad en una sociedad. En ocasiones aparecen personas excepcionales capaces de liderar, mantener unida a la gente y sugerir nuevas formas de hacer las cosas… Pero después siempre viene gente normal, sin experiencia y con menos talento, pero que deben mantener vivos los avances. Es una historia interesante: la sensación de sentirse sobrepasado, de meterse en los zapatos de alguien y hacerlo lo mejor posible… En realidad siempre estamos en esa situación: no es automático aprovechar todos los avances sociales logrados en las generaciones anteriores. Esta idea aparece también en Chamán, ahora que lo pienso, porque los paleolíticos transmitían el conocimiento solo de forma oral. Sabemos que lo hacían porque las pinturas rupestres de hace treinta mil años y diecisiete mil años tienen la misma técnica, comparten la misma visión. ¡Son diez mil años de transmisión continua de cultura sin lenguaje escrito! Puede incluso que la escritura se interponga. Pero lograron hacerlo, así que algo estaba ocurriendo ahí. Es una historia que sigue contándose a sí misma con éxito.

En Aurora hablas de las limitaciones éticas y ecológicas del viaje y colonización interestelares, y la sensación general del libro que es que esos problemas pueden no ser superados; la visión sobre la colonización espacial parece algo más sombría que en la Trilogía marciana. ¿Ha cambiado tu actitud hacia la exploración del espacio entre Marte azul y Aurora?

No, la diferencia está entre el sistema solar y el espacio interestelar. Aurora trata de establecer un límite más allá del cual la colonización sencillamente no funciona. A pesar del modo en que habla habitualmente la ciencia ficción, el espacio interestelar es demasiado grande para que lo crucen los humanos. Este es un nuevo e importante hallazgo que llega de una mejor comprensión de la biología, ecología y de la psicología humana. La idea de que estamos destinados a las estrellas es una fantasía, una idea errónea incrustada en la cultura humana según la cual la Tierra es solo nuestra cuna y por tanto no es importante, del mismo modo que una cuna ya no es necesaria para un adulto. Esa idea es completamente falsa, y eso tenía que subrayarse en Aurora. Aún me gusta la idea de colonizar el sistema solar como en la Trilogía marciana: Marte sería un gran lugar para habitar, y el resto del sistema solar podría convertirse en algo parecido a la Antártida, con estaciones científicas que visitamos para volver luego a la Tierra, porque siempre puedes permanecer sano en tu hogar.

Había que machacar el sueño interestelar, y eso es lo que hice con Aurora. Creo que mi razonamiento es sólido. La ciencia ficción ha mentido en este tema. ¿A qué distancia está Tau Ceti? A doce años luz. Doce es un número pequeño, pero cuando te paras a pensar que es diez mil millones de veces más lejos que la Luna, diez mil millones… Entonces empiezas a darte cuenta de la escala. Y la mayor parte de estrellas están mucho más lejos que Tau Ceti. Siendo honestos, está claro que el universo que podemos ver por la noche es muy interesante, pero no podemos llegar hasta él. Debemos permanecer aquí. Y en ese momento entendemos que no hay un Planeta B. La Tierra es y será siempre nuestro único hogar, así que tenemos que mantenerla sana. Es importante que la ciencia ficción cuente esa historia, así que sentí que era necesario escribir Aurora. Aunque un montón de gente se enfadó muchísimo…

Has criticado el enfoque de Elon Musk respecto a la colonización de Marte. ¿Qué reticencias tienes sobre sus planes?

No me gusta que una sola persona lo controle, es una cierta privatización o incluso trivialización que puede convertir Marte en una atracción turística. Tampoco creo que Marte sirva como un segundo hogar para la humanidad. ¿No pasaría nada si hubiera una extinción masiva en la Tierra mientras en Marte sobrevivieran cinco mil o un millón de personas? El propósito declarado de la colonia marciana de Elon Musk es estúpido y trivial. Y tampoco queda nada claro cómo planean el aterrizaje en Marte. Gran parte del plan técnico no ha sido puesto a prueba todavía y no hay siquiera protocolos preparados, así que todo es más bien un plan de ciencia ficción fingiendo ser un plan auténtico. Solo tenemos una tasa de éxito del 50% al aterrizar pequeños robots en Marte, pero para que aterricen humanos necesitaríamos mucho más que eso. Es un poco extraño anunciar al mundo que en pocos años irán a Marte cuando tanto la metodología como el propósito declarado son débiles… Así que empieza a parecer simple narcisismo.  

Dicho esto, Elon Musk es muchísimo más interesante que la mayoría de multimillonarios, tanto en lo que hace como en lo que quiere conseguir. El Tesla es un gran coche eléctrico y necesitamos coches eléctricos, y el Falcon es un gran cohete y necesitamos cohetes. Temo que mis críticas hacia Musk puedan verse como una condena absoluta, cuando en realidad simplemente tenemos pequeñas diferencias. No quiero parecer demasiado crítico. Ni siquiera aparecería en las conversaciones si no estuviera haciendo un trabajo realmente importante… Lo adecuado es enfatizar que SpaceX es una gran empresa y mis discrepancias son más bien filosóficas, los cómos y los porqués sobre el viaje a Marte. Cada marciano prefiere sus propios métodos. Él es un marciano igual que yo, tenemos algunos desencuentros… Pero debería subrayar que está haciendo cosas interesantes.

En tus últimos libros las inteligencias artificiales y los ordenadores cuánticos cobran importancia: 2312 tiene a los qubos, y en Aurora el narrador es una IA cuántica, y un gran personaje por derecho propio. ¿Podría la conciencia ser un fenómeno cuántico, y por tanto podríamos llegar a crear una criatura autoconsciente con computación cuántica?

No sé nada con seguridad sobre este tema, porque al fin y al cabo soy filólogo… Así que tengo que basarme en opiniones de expertos en este campo. La creación de un auténtico ordenador cuántico tiene aún muchos problemas cruciales sin resolver, como la estabilización del qubit. Pero si se pudiera técnicamente construir un buen ordenador cuántico y programarlo, obtendríamos un computador extraordinariamente rápido, mucho más que los actuales. En este punto tendríamos una capacidad de procesamiento casi tan rápida como la del cerebro humano, pero no estaría organizada igual que en un cerebro humano. Por otro lado, nunca sabremos qué es la conciencia o cómo el cerebro la alcanza. No puede investigarse sin matar el cerebro, y una vez lo has matado no hay conciencia. Hay una barrera invisible pero permanente en nuestra comprensión del funcionamiento del cerebro. Esto es algo que los fanáticos de las inteligencias artificiales tratan de ignorar, y especialmente los autores de ciencia ficción que quieren descargar cerebros en ordenadores… Son fantasías en que se ignoran esas barreras permanentes. Nuestra comprensión de la conciencia siempre será aproximada y vaga, así que nunca podremos recrearla.  

Pero lo que quise explorar en 2312 y Aurora es que, si tenemos un ordenador cuántico en funcionamiento, tal vez no importe que no funcione como un cerebro humano, y quizá no importe que no sea consciente como nosotros: sería igualmente muy rápido y expresaría algo similar al pensamiento. Podría pasar fácilmente el test de Turing, que no es demasiado difícil. Lo que obtendríamos no sería otra mente humana, sino algo que podría hablar como un ser humano sin que supiéramos del todo qué está ocurriendo en su interior…

Los capítulos cuánticos de 2312 funcionan casi como poemas en prosa, cadenas de pensamiento disperso tratando de expresar cómo pensaría esa conciencia cuántica…

[Ríe] Con esos capítulos me divertí como nunca en mi carrera de escritor. Le estuve dando vueltas al monólogo interior, la técnica literaria del siglo XX que escritores como Joyce, Woolf y algunos más exploraron para expresar cómo ordenamos las ideas. Pero siempre lo he encontrado un poco artificial, porque muchos pensamos interiormente más bien como Proust, con frases mentales proustianas de gramática articulada… No como en el batiburrillo roto de frases e impresiones sensoriales que se usa en la técnica del monólogo interior. Pero para simular a mi ordenador cuántico encajaba como un guante. Fue muy divertido, porque normalmente soy un estilista bastante conservador.

En 2312 hay referencias a Marina Abramovic y Andy Goldsworthy. ¿Te interesan el performance y el Land Art?  

La verdad es que sí. Acabo de ver a Abramovic en Nueva York. Su amigo Hans Ulrich Obrist, un curador de arte, nos puso en contacto para colaborar en un proyecto. No tuvo éxito: ella quería poner a la audiencia en trance y yo contar una historia… Discutimos. Hubo un tercer colaborador, un ingeniero de audio que logró sacar algo en claro de nuestra pelea. Pero adoro a Marina; es una gran artista llena de ideas, le falta tiempo para desencadenarlas sobre el mundo. Creo que sus performance lentas de larga duración son una forma de autoterapia. Cuando está realizando su arte disminuye el ritmo y se concentra, mientras que en su vida diaria es como una persona con TDAH, con pensamiento rápido y cambiante. Goldsworthy es muy ermitaño. Traté de enviarle mis libros, diciéndole que me encanta su trabajo y que le había mencionado en mis historias, pero nunca logré contactar con él. Probablemente le llegaron los libros, pero no quiso contestar… Me gusta hacer esculturas al aire libre similares a las de Goldsworthy. En las sierras construimos Goldsworthys, como los llamamos, pequeñas obras efímeras que destruimos tras fotografiarlas, para que no molesten a nadie. Abramovic y Goldsworthy son ambos muy importantes, porque extienden el arte a nuestras vidas cotidianas y cambian nuestras concepciones sobre qué son la vida y el arte.

¿Cuál ha sido tu sorpresa agradable más reciente en lectura, tanto de ciencia ficción como en general?

Acabo de leer las cuatro novelas napolitanas de Elena Ferrante, sobre dos mujeres que crecieron en Nápoles y tienen más o menos mi misma edad. En ciencia ficción he estado leyendo The Dervish House de Ian McDonald, una fantástica novela sobre el Estambul del futuro cercano.  

¿Qué opinas sobre la geoingeniería, terraformar la Tierra, por decirlo de algún modo? Hubo un experimento no autorizado de geoingeniería hace unos años en Canadá, fertilización del mar con hierro para estimular el plancton y capturar CO2 del aire…

La geoingeniería me interesa mucho, porque no creo que haya nada intrínsecamente malo en ella. No creo que la fertilización del océano sea técnicamente una buena idea para capturar dióxido de carbono de la atmósfera… Pero creo que debería haber Gobiernos y grandes grupos de estudio  hablando de estos temas, y quizá preparando experimentos para ver cómo resulta. Puede que acabemos necesitando la geoingeniería… Si la crisis climática empeora, si pasamos el punto sin retorno en que el metano bajo el permafrost empieza a ser liberado a la atmósfera, si nos dirigimos a un evento de extinción masiva… En esos casos la geoingeniería es una herramienta que querríamos utilizar. Estoy a favor de hablar de geoingeniería sin ningún pánico moral al respecto, aunque no creo que vayamos a ser particularmente eficaces en ella. Hay muchos procesos a escala geológica que son realmente demasiado grandes como para influir en ellos.  

Uno de los temas de la Trilogía marciana es la reconciliación de modos de vida aparentemente opuestos, como la actitud conservacionista de la naturaleza de la facción roja frente al poder transformador de la facción verde. ¿Crees que es posible hallar un equilibrio entre el mantenimiento de la naturaleza en su estado primigenio y su adaptación a las necesidades humanas?

Sí, cada vez me estoy convenciendo más de que es un error pretender mantenerse puro, la pureza no nos sirve para nada. Los espacios de naturaleza salvaje son una buena idea, pero una vez hemos alterado la atmósfera y los océanos ya no hay en realidad ningún espacio natural, vivimos en un planeta mestizo. Lo que deberíamos conseguir entonces es evitar las extinciones. Y eso implica transformar el entorno y el paisaje, quizá con granjas que también puedan albergar vida salvaje, o zoos, o reservas… He leído acerca de las partes de Europa que van siendo progresivamente abandonadas, como la Polonia central, parte de la España central, el centro de los EE. UU., Montana o Dakota del Norte… En los terrenos en que la agricultura no es fácil o económica la gente se marcha hacia las ciudades, así que grandes porciones del campo están ahora libres de humanos. Eso es extremadamente interesante, porque lo necesitamos. No son espacios naturales, sino tierra poshumana en la que los seres humanos construyeron pueblos o carreteras y luego los abandonaron. Puede que tengamos un mundo que incluya áreas semisalvajes, o tierra vacía que aún es parcialmente humana, incluso levemente agrícola… Todo excepto la pureza. Ya no me preocupa la pureza.


El inevitable fracaso de los intelectuales metidos en política

Boecio y la filosofía, por Mattia Preti, siglo XVII.
Boecio y la filosofía, por Mattia Preti, siglo XVII.

Mientras leía vuestra carta conseguía olvidar mi infeliz estado, y me parecía volver a aquellos manejos en los que en vano invertí tantas fatigas y tiempo. (Nicolás Maquiavelo, 29 de abril de 1513)

El esquema parece repetirse una y otra vez a lo largo de la historia: alguien movido por la ambición personal o por el deseo de ver hechas realidad las ideas sobre las que ha teorizado se mete en la arena política, gracias a su talento logra ascender en la jerarquía, aproximándose cada vez más a ese poder que tanto ansía y le deslumbra, hasta que cual Ícaro ascendiendo al Sol o polilla que se acerca demasiado a la bombilla termina siendo achicharrado sin piedad. Entonces, derrotado políticamente, renegado por sus antiguos aliados, expulsado de su cargo, partido, ciudad o país, encarcelado o hasta condenado a muerte, recapacita en sus últimos días sobre qué es lo que ha fallado, qué hubiera cambiado de tener una segunda oportunidad o incluso sobre qué sentido tiene todo: la política, el poder, los ideales, la libertad, la vida misma. Podría decirse que una parte considerable de la literatura, teoría política y filosofía occidental son los restos de una larga serie de naufragios personales. ¿Por qué? ¿Cuánto hay de causa o de consecuencia? ¿Fracasaron como políticos por pensar demasiado o fue ese fiasco el que los dejó meditabundos? Decía Eurípides que los sabios tienen dos lenguas, con una dicen la verdad y con la otra lo que conviene a cada momento, ¿acaso les sobraba una de las dos para medrar en la política? Quizá un breve repaso de alguno de los nombres más significativos nos ayude a entenderlo.

El fundador de esta larga dinastía de pensadores caídos en desgracia tras acercarse al poder fue, naturalmente, Platón. Pionero en este como en tantos otros campos, podría decirse que su experiencia política en Siracusa es una idea platónica al respecto de la que las posteriores son una pálida sombra, lo que seguramente le habría encantado. En el año 387 a.C. visitó por primera vez a esta ciudad situada en la isla de Sicilia, un viaje que repetiría más adelante en otras dos ocasiones. Su pretensión era hacer del tirano que gobernaba allí, Dionisio, un gobernante-filósofo a la manera en que teorizó en su obra La República. Pero el alumno le salió díscolo: no sabemos si porque no le entendió, o porque le entendió demasiado bien, terminaría desterrándolo y vendiéndolo como esclavo en una ciudad vecina. Posteriormente lo intentaría de nuevo con su hijo y sucesor en el poder, Dionisio II, y nuevamente terminaría decepcionado. Su sociedad utópica era perfecta en todos los aspectos salvo en el pequeño detalle de que resultaba irrealizable en la práctica, pero al menos su intento de hacerla realidad no le costó la vida.

Tres grandes pensadores romanos como Cicerón, Séneca y Boecio no tuvieron esa suerte. El primero fue un jurista, filósofo y, ante todo, excepcional orador, que dejó para la posteridad una serie de discursos en torno a la amistad, los dioses, la política… Empleó a fondo su elocuencia para defender la república y granjearse poderosos enemigos que le llevaron en cierto momento de su vida a decir «estoy profundamente arrepentido de vivir, nadie ha sido jamás víctima de una calamidad tan grande; para nadie ha sido más deseable la muerte». Terminó exiliado en su residencia de Tusculum dedicándose a la escritura pero la llegada al poder en el 43 a. C. de Marco Antonio —contra el que había dedicado inspirados discursos— supuso su final de una de las peores maneras imaginables: le cortaron la cabeza y las manos, que fueron exhibidas públicamente en Roma.

Y no decimos la peor porque ahí está el caso de Séneca. Otro destacado filósofo que alcanzó un gran poder en el Senado romano, por lo que estuvo a punto de ser condenado a muerte por el emperador Calígula y luego por Claudio, aunque este último conmutó la pena por el destierro a Córcega. Fue allí donde nuestro pensador escribiría algunas de las obras que le dieron la inmortalidad. Tras ocho años de exilio regresó a la política convirtiéndose en el tutor y consejero de Nerón (y gobernante de facto del imperio), pero viendo que al emperador su presencia cada vez le resultaba más molesta, Séneca terminó retirándose de la vida pública. Momento que de nuevo le serviría de inspiración literaria, hasta que de todas maneras Nerón terminó ordenando su muerte, cría cuervos… Como buen romano, Séneca prefirió entonces el suicidio cortándose las venas primero, bebiendo cicuta después sin lograr que hiciera efecto y tomando un baño caliente en el que finalmente le llegaría la muerte.

La muerte de Séneca, por Manuel Dominguez Sánchez
La muerte de Séneca, por Manuel Dominguez Sánchez.

El tercero en desgracia fue Boecio. Nacido en Roma en el año 480, su ascenso político fue fulgurante: llegó a ser senador a los veinticinco, cónsul a los treinta, y apenas una década después consejero del rey Teodorico el Grande, un cargo en el que tuvo un considerable poder político y que le permitió atribuir sendos cargos de cónsules para sus hijos. Pero ese mismo rey terminó enviándolo a prisión bajo la acusación de conspiración. Había llegado a lo más alto con presteza y ahora de forma aún más rápida lo había perdido todo ¿Cómo había sido tal cosa posible? En sus largos meses de soledad en la celda, mientras esperaba el momento de su ejecución, pensó en ello obsesivamente hasta darle forma en un libro que le sobreviviría, Consolación de la filosofía. Escrito de acuerdo a los cánones romanos de las consolaciones y a modo de libro de memorias, de especulación filosófica y teológica, narra en él su desgracia («yo que en mis mocedades componía hermosos versos, cuando todo a mi alrededor parecía sonreír, hoy me veo sumido en llanto, y ¡triste de mí!, solo puedo entonar estrofas de dolor») y llega a la conclusión de que hay que sobrellevar los vaivenes de la vida con estoicismo, pues la diosa Fortuna es caprichosa:

Hago girar con rapidez mi rueda, y entonces me deleita ver cómo sube lo que estaba abajo y se baja lo que estaba en alto. Súbete a ella, si quieres, pero a condición de que cuando la ley de mi juego lo prescriba, no consideres injusto el que te haga bajar.

Así le habla cuando se aparece ante sus ojos en prisión, creando una imagen que arraigaría con firmeza en la cultura europea durante los siglos posteriores, como ya vimos aquí. Se diría a la luz de los ejemplos que estamos viendo que esta diosa generosa y cruel juega con todos nosotros, aunque parece tener especial predilección por aquellos que se lanzaron al ruedo político.

Otro autor que influiría considerablemente en el imaginario occidental fue Dante Alighieri. Nació en torno a 1265 y desde joven estuvo inmerso en las intrigas políticas que dividían a los florentinos primero entre güelfos (partidarios del Pontificado) y gibelinos (partidarios del Sacro Imperio Romano Germánico) y —una vez fueron derrotados los segundos— entre güelfos blancos y negros. Inicialmente la diosa Fortuna lo hizo ascender a un alto cargo como magistrado y embajador de la ciudad pero en el año 1302 se deleitó en hacerlo caer estrepitosamente: los equilibrios políticos que le habían beneficiado dieron un brusco giro y junto a otros seiscientos güelfos blancos fue condenado al exilio para el resto de su vida. Su caída en desgracia y su resentimiento hacia quienes le traicionaron fueron sin embargo muy inspiradoras para su faceta de escritor, pues apenas dos años después comenzó su gran obra, La divina comedia. En este monumental poema se retrata a sí mismo caído en el infierno, que irá recorriendo en sus nueve círculos acompañado por el poeta Virgilio. En cada nivel descubrirá un tormento distinto para las almas allí atrapadas, como espantosos ríos de sangre en los que se ahogan eternamente, torbellinos, lluvias de fuego, fosos de resina hirviente, cementerios con las almas enterradas hasta la cintura… y en cada lugar casualmente va encontrándose a los diferentes enemigos políticos que tuvo en Florencia. Esa parte, la del infierno, fue la primera que escribió de La divina comedia —se estima que entre 1304 y 1307 y fue la más brillante, la que le hizo entrar en el Olimpo de la literatura universal. Más adelante en las cánticas del purgatorio y del paraíso retrató a quienes les debía gratitud, como el señor de Verona, que lo acogió en su exilio. Pero ya no era lo mismo.

Estatua de Maquiavelo, por Lorenzo Bartolini. Foto Jebulon (CC)
Estatua de Maquiavelo, por Lorenzo Bartolini. Foto Jebulon (CC)

Dos siglos después nacería otro florentino con un destino similar en ciertos aspectos, como si no hubiera vidas originales para todos y a algunos les tocase una repetida. Estamos hablando de Nicolás Maquiavelo. Su gran oportunidad política llegó con la expulsión del poder de los Médici en 1494. Fue entonces cuando comenzó su carrera de funcionario que le haría ascender cuatro años después a canciller y secretario de la Segunda Cancillería. Ejerció de embajador para su ciudad-estado ante reyes, príncipes y papas, observándolos como un entomólogo a sus insectos. Analizaba meticulosamente su comportamiento, escrutando cuándo decían la verdad o iban de farol así como intentando prever su próxima jugada (y lo hizo a menudo con gran acierto). Pero en 1512 el papa Julio II impuso el regreso de los Médici al poder, haciendo acabar así la república florentina y con ella la carrera política de Maquiavelo, que fue sometido a torturas acusado de conspiración y posteriormente condenado al exilio. En su retiro en una pequeña propiedad rural además de leer a Dante comenzó a escribir inspirándose en su vida anterior, plasmando sobre el papel sus observaciones sobre el poder. Nacería así El príncipe.

Si Maquiavelo es una de las figuras que encarnan el Renacimiento, Baltasar Gracián lo es del Barroco. Los jesuitas han sido considerados tradicionalmente como gente astuta y vinculada al poder y Gracián es un buen ejemplo de ello. Formado en la orden de los jesuitas, tuvo siempre grandes ambiciones políticas que le llevaron primero a trabar amistad con Vincencio Juan de Lastanosa, un noble aragonés conocido por su mecenazgo cultural. Pero más adelante quiso probar suerte en la Corte de Madrid, una experiencia que terminó en un doloroso fracaso… y que de nuevo fue motivo de inspiración literaria. Posteriormente escribiría obras como El Criticón, El Político y Oráculo manual y arte de prudencia. Este último influyó notablemente en filósofos como Schopenhauer y Nietzsche, aunque hoy día se haya convertido en un libro de autoayuda para ejecutivos al estilo de El arte de la guerra de Sun Tzu. Es una colección de aforismos con los que aconseja al lector cómo ser un buen cortesano arribista. Todos ellos giran en torno a ser taimado, mentiroso, traicionero y manipulador hasta tal extremo de refinamiento y perversidad que algunos críticos posteriores lo han considerado una sutil parodia y una crítica implacable a las intrigas cortesanas que tanto le escarmentaron y en general al ambiente imperante en cualquier centro de poder. Todo político que se precie hoy día parece seguir su máxima «ni por el hablar en la plaza se ha de sacar el sabio, pues no habla allí con su voz, sino con la de la necedad común, por más que la esté desmintiendo su interior». Y cualquier ciudadano en consecuencia merece estar advertido por este otro:

Es el oído la puerta segunda de la verdad y principal de la mentira. La verdad ordinariamente se ve, extravagantemente se oye; raras vezes llega en su elemento puro, y menos quando viene de lejos; siempre trae algo de mixta, de los afectos por donde passa; tiñe de sus colores la passión quanto toca, ya odiosa, ya favorable. Tira siempre a impressionar: gran cuenta con quien alaba, mayor con quien vitupera. Es menester toda la atención en este punto para descubrir la intención en el que tercia, conociendo de antemano de qué pie se movió.

Tras el Barroco llegó la Ilustración, y con ella un nutrido grupo de intelectuales que cuestionaron el poder vigente y se subieron al carro de la Revolución. En realidad el mismo concepto de «intelectual» podría decirse que tiene aquí su nacimiento, en lo que tiene de escritor que influye en la opinión pública en favor de alguna causa política. Podríamos mencionar varios nombres pero un ejemplo paradigmático lo tenemos en el caso de Nicolás de Condorcet. También recibió formación de los jesuitas, lo que le permitió aprender sus argucias y combatirlos luego de manera infatigable. Su aguda inteligencia le hizo destacar en varios campos, siendo nombrado inspector general de la Moneda. Pero su protagonismo llegaría con la Revolución Francesa, con él como uno de sus principales ideólogos, ejecutores y, finalmente, víctima de ella. Participó en la Asamblea legislativa, y por su posicionamiento moderado se ganó la hostilidad de los jacobinos, que le obligaron a permanecer oculto tras la orden de arresto que dictaron en su contra. Durante ese periodo aprovechó para escribir Esbozo para un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, cuyo optimista título parecía una amarga ironía en relación con la precaria situación en la que vivía. Finalmente fue capturado por las autoridades y murió en su celda, aparentemente por suicidio, en el año 1794.

La muerte de Condorcet en prisión, de Alexandre-Évariste Fragonard.
La muerte de Condorcet en prisión, de Alexandre-Évariste Fragonard.

Si el siglo XVIII supuso la invención del intelectual, el XX los llevó a su máximo apogeo. Algunos se distinguieron por apoyar la democracia frente al fascismo, como en el caso español sin ir más lejos, con figuras como Unamuno o Lorca, con un coste personal ya conocido: arresto domiciliario y asesinato. Otros se posicionaron según las modas o las conveniencias en un sentido u otro a lo largo de la guerra fría cultural, pero la mayoría se manifestaron encendidamente partidarios de los totalitarismos de diverso signo. Los motivos de esta cerrada adhesión a regímenes que han llevado la tiranía y la muerte a millones de individuos por parte de personas cultas e inteligentes —que ingenuamente cabía suponer que apoyarían ideales ilustrados— han sido objeto de profundos análisis (El opio de los intelectuales, de Raymond Aron o Pasado imperfecto, de Tony Judt) y requerirían otro artículo. La lista sería interminable, pero una figura muy interesante y cuya trayectoria vital tuvo algo que ver con otras que hemos mencionado es la de Albert Speer, que tras ser el arquitecto de Hitler y su ministro de Armamentos, terminó cumpliendo condena en la cárcel de Spandau tras los juicios de Núremberg. Allí escribió sus memorias, un libro de lectura sencillamente imprescindible en el que volcó con mucho detalle y a veces también cierta autoindulgencia su paso por el epicentro mismo del Tercer Reich. Y ya que mencionamos el nazismo, para concluir este breve recorrido regresando a los orígenes no podemos dejar de citar la conocida anécdota sobre el filósofo Martin Heidegger, cuando ocupó de nuevo su cátedra universitaria tras haber apoyado al nazismo de forma entusiasta y un colega le preguntó burlonamente «¿de vuelta de Siracusa?».


En qué sociedad utópica se viviría mejor

Imagen de dominio público.
Imagen de dominio público.

¿Crees que un pintor, después de haber pintado el más bello modelo de hombre que pueda verse y de haber dado a cada rasgo la última perfección, seria menos hábil porque no le fuera posible probar que la naturaleza puede producir un hombre semejante? Y nosotros, ¿qué hemos hecho en esta conversación sino trazar el modelo de un Estado perfecto? Y lo que hemos dicho, ¿no estará bien dicho, aún cuando no podamos demostrar que se puede formar un Estado según este modelo? (Libro V de La República, Platón)

A lo largo de la historia los gobernantes siempre han querido mostrarse a sí mismos y a la sociedad cuya cúspide ocupan como inamovibles, eternos y poco menos que parte del orden natural y divino. Como si sustituirlos o cambiar la estructura social fuera tan descabellado como cambiar de sitio un océano. Por eso no es casualidad que la primera sociedad utópica que se imaginó fuera en una democracia. Una vez se asume que la sociedad puede ser moldeada por la voluntad humana… ¿Por qué no buscar entonces un modelo ideal? Eso pensó Platón, abriendo el camino desde entonces a una amplísima variedad de utopías que en ocasiones han llegado a dar el salto del papel a la realidad.

De manera que el célebre filósofo ateniense se puso a discurrir cómo debería organizarse una ciudad-estado y llegó a una conclusión que a él le parecía evidente: debía estar gobernada por filósofos. Atribuirse una posición de privilegio en la sociedad que uno imagina no ha sido desde entonces algo excepcional precisamente… pero sería injusto dejar de señalar otros muchos aspectos de su sistema que han sido repetidos por otros pensadores. Porque si tuviéramos que definir una, ejem, «utopía ideal», acabaría siendo a grandes rasgos como Platón la describió en primer lugar. Siendo todo lo posterior versiones más o menos inspiradas a partir de esa melodía original: un sistema autárquico —a menudo completamente aislado, colectivista, que rechaza el dinero y el lujo por ser la fuente de muchos vicios, que regula la vida de sus ciudadanos hasta en los detalles más íntimos, que pone en cada caso más o menos énfasis en el igualitarismo y que carece de minorías.

Precisamente fue un traductor de Platón, el filósofo árabe del siglo IX Al-Farabi, uno de los primeros en describir cómo debía ser la «Ciudad Virtuosa». Naturalmente debía estar gobernada por filósofos, en ella se rechazaba la búsqueda del enriquecimiento y debía tener sanidad pública e intervención estatal para lograr el pleno empleo. Frente a la Ciudad Virtuosa Al-Farabi también definió a su opuesta: la Ciudad Ignorante. Sus habitantes no perseguían la auténtica felicidad, decía, sino aquella basada en la riqueza, el disfrute de los placeres, el anhelo de fama y consideración y la libertad para seguir los deseos de cada uno. Tal como la describe no se debía vivir tan mal… En la Cristiandad, por su parte, el también platónico San Agustín seguía un planteamiento similar en su obra Ciudad de Dios, aunque en este caso ambas ciudades la terrena y la celestial estaban ubicadas en el mismo lugar y debía ser el Juicio Final el que las separase. La primera era asociada a la decadente Roma y de la segunda, aparte de ser eterna y luminosa, sabemos que tenía de lado nada menos que 2415 kilómetros, toda una megaurbe.

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La isla Utopía. (DP)

A lo largo de la Edad Media se intentó recrear ese entorno utópico por medio de los monasterios. A esas pequeñas sociedades autárquicas y regidas por sus propias normas acudían huyendo de las miserias terrenales para seguir el ejemplo de los apóstoles, buscando un lugar basado en el orden y la fe. Según decía San Bernardo: «verdaderamente el claustro es un Paraíso, una región protegida por la muralla de la disciplina en la cual se encuentra una amplia abundancia de riquezas preciosas». Una dicha a la que contribuía también que muchos monasterios elaboraran su propio vino y cerveza, de la que cada monje llegaba a consumir hasta diez litros diarios. Así que no es de extrañar que Rabelais imaginara en Gargantúa y Pantagruel una sociedad ideal en la forma de una abadía, con la diferencia de que en ella no se hacía voto de pobreza ni de castidad, ni se renunciaba al lujo, mientras que la fe era sustituida por la búsqueda de conocimiento.

Pero sería en el año 1516 cuando las sociedades ideales recibirían su nombre con Utopía, de Tomás Moro. En ella un viajero llamado Rafael Hitlodeo (que viene a significar charlatán, en griego) describe una isla constituida por cincuenta y cuatro ciudades-estado aunque semejantes en su idioma, costumbres y leyes. Según cuenta allí se rechaza el lujo, no existe el dinero ni jamás podrá darse una burbuja inmobiliaria dado que cada diez años sus habitantes cambian de casa por sorteo. Además existe una sanidad pública y los empleos van rotando, siendo la jornada laboral de seis horas diarias. El sistema político es democrático aunque por otra parte existe la esclavitud y se promueve el imperialismo, como si de la antigua Grecia se tratase. Respecto a sus costumbres, los habitantes de la isla aprecian mucho la cultura y el crecimiento espiritual, disfrutan de los placeres con moderación y tienen por tradición que antes de celebrar el matrimonio cada contrayente puede contemplar desnuda a la otra parte, para asegurarse de que carece de deformidades físicas. Todo ello hace de los utopianos gentes «de trato fácil y buen humor, ingeniosas y amantes del ocio». No obstante, sigue existiendo a pesar de todo el crimen y el delito. Un detalle fundamental, pues las utopías se han basado a menudo en la creencia de que una nueva sociedad traerá consigo un «hombre nuevo». La naturaleza humana sería plenamente moldeable o bien bondadosa en su origen y por tanto si alguien sale torcido sería culpa de la sociedad en la que ha crecido. Pero tal teoría no ha resistido, como veremos, su puesta en práctica.

El Renacimiento fue un periodo de gran agitación intelectual, inducida entre otros motivos por las noticias traídas del Nuevo Mundo, así que la de Tomás Moro no fue la única sociedad ideal imaginada. El italiano Tommaso Campanella imaginó en 1602 una república filosófica llamada Ciudad del Sol, ubicada en algún lugar del hemisferio sur. Está construida en siete círculos concéntricos con funciones defensivas, es gobernada por un filósofo-sacerdote (cómo no) y en ella la propiedad es colectiva. Tiene, de nuevo, rasgos propios de un claustro, como por ejemplo que hay comedores comunes en los que se guarda silencio mientras alguien lee un libro en voz alta desde una tribuna. Y a diferencia de la anterior, aquí los seres humanos han sido educados de tal forma que «entre ellos no son posibles los latrocinios, los asesinatos, los estupros, los incestos, los adulterios, ni otros delitos». Otra destacada utopía renacentista fue la Nueva Atlántida, de Francis Bacon. Se trata de una isla de los mares del sur donde, una vez más, la propiedad es colectiva, y se otorga una gran importancia a la investigación de acuerdo al método científico ideado por el propio Bacon, que tanta influencia tendría posteriormente.

El siglo XIX trajo consigo una apreciable novedad: ya no bastaba con imaginarse sociedades utópicas, también se intentaban poner en práctica. O al menos de forma más frecuente y organizada. Como las cooperativas de Robert Owen, la comunidad de Icaria de Étienne Cabet o los falansterios de Charles Fourier, comunas autárquicas que establecían la propiedad colectiva y que se hicieron realidad especialmente en Estados Unidos. Hijas de la Revolución Industrial, se organizaban en torno a fábricas, buscando un espacio geométrico y puramente racional. Pero a pesar de tanta armonía luego sus habitantes no estaban tan cohesionados como sería deseable, les faltaba un objetivo común, un compromiso espiritual con la comunidad. Por eso otros experimentos sociales se centraron en torno a la afinidad étnica y religiosa, ya sea en comunidades amish, judías, mormonas o improvisando cualquier otra secta. Un ejemplo curioso en ese aspecto fue la secta de los perfeccionistas, fundada por John Humphrey Noyes bajo la consigna: «el nuevo mandamiento es que nos amemos los unos a los otros, pero no por parejas, sino en masa». La cosa acabó en desastre, claro, con su fundador huyendo tras ser acusado de violación.

Un falansterio de Fourier. (DP)
Un falansterio de Fourier. (DP)

Las utopías sociales alcanzaron una nueva magnitud en el siglo XX, como sabemos, pero tratar con un mínimo detalle sus pretensiones y su puesta en práctica requeriría otro artículo puesto que han sido objeto de infinidad de análisis y estudios. De entre ellos merece la pena mencionar por ejemplo Por qué fracasan los países, de Acemoglu y Robinson. De forma esquemática podría decirse que el comunismo proponía un sistema que carecía de estímulos para el esfuerzo y la competencia o, como decían sucintamente los habitantes de la URSS, «ellos hacen como que nos pagan y nosotros como que trabajamos». Pero por seguir tratando de utopías y experimentos sociales a menor escala como los que hemos estado mencionando previamente, no podemos olvidar las comunas hippies. Resulta particularmente interesante una con ciertos aspectos comunes a la de los perfeccionistas, la comuna fundada por el artista Otto Muehl en la localidad austriaca de Friedrichshof. Pretendían crear un paraíso basado en la liberación sexual, aunque para empezar ya impusieron varias restricciones: se prohibían las relaciones de pareja, las relaciones homosexuales y los celos. Cada día sus miembros debían mantener relaciones sexuales con quien quisieran, siempre que no repitieran con la persona del día anterior. ¿Cuál fue la consecuencia de este libre mercado de la carne sin las restricciones de la monogamia?

Pues que no todo el mundo es igual de atractivo, de manera que inmediatamente pasó a crearse una rígida jerarquía sexual. Los más deseados tenían entonces más poder y por encima de todos ellos, Otto. La hipergamia femenina y la poliginia masculina se combinaron entonces y acabaron convirtiendo la secta en una especie de enorme harén suyo: «las tenía fascinadas, a las mujeres siempre les gustan los hombres con un alto estatus social y como yo ocupaba el puesto más alto, todas querían acostarse conmigo». La consecuencia de ello es que podía elegir, tenía un poder ilimitado, de manera que optó por las más jóvenes y adquirió un singular interés por «el derecho a la primera noche», es decir, desvirgar a adolescentes. Finalmente las autoridades austríacas acabaron acusándolo de pederastia y violación y fue condenado a siete años de cárcel y su comunidad disuelta. Lo que comenzó prometiendo ser un paraíso sexual terminó desembocando, como vemos, en algo bastante sórdido. Todo ello lo cuentan en este interesantísimo documental:

Ya que hablamos de hippies no podemos terminar sin aludir al clásico Imagine, de John Lennon. De esa sociedad descrita en la canción —aparte del comentario sarcástico que hizo Elvis Costello sobre un millonario soñando con que la propiedad no existiera, uno sospecha que podría estar muy bien vivir allí… siempre y cuando todos fuéramos John Lennon. Pero la gente tiene la fastidiosa costumbre de ser cada uno a su manera, con diferentes metas, creencias y caracteres. Proponer como modelo de sociedad tu particular gusto personal puede resultar muy satisfactorio para uno pero inevitablemente termina siendo bastante asfixiante para los demás. Lo que nos lleva de nuevo a uno de los problemas inherentes de las utopías: su falta de pluralismo. Un principio fundamental que en Europa nos ha costado mucha sangre comprender. Y es que cuando se sueña con una sociedad perfecta al final buena parte de sus potenciales habitantes no acaba estando a la altura… El siguiente paso en el razonamiento es que entonces si acabamos con ellos su realización estará un poco más cerca. Pero no todo en las utopías tiene que ser tan negativo, también resultan un horizonte estimulante para introducir cambios en la sociedad, pueden servir de brújula, no como meta y sin perder de vista el aquí y ahora. Como dejó escrito el filósofo Karl Popper:

Elegid lo que consideréis el mal más acuciante de la sociedad en que vivís y tratad pacientemente de convencer a la gente de que es posible librarse de él. Pero no tratéis de realizar esos objetivos indirectamente diseñando y trabajando para la realización de un ideal distante de una sociedad perfecta. Por mucho que os sintáis deudores de su visión inspiradora, no penséis que estáis obligados a trabajar por su realización o que vuestra misión es abrir los ojos de otros hacia su belleza. No permitáis que vuestros sueños de un mundo maravilloso os aparten de las aspiraciones de los hombres que sufren aquí y ahora. Ninguna generación debe ser sacrificada en pro de generaciones futuras.

Nationaal Archief (CC)
Nationaal Archief (CC)