¿Cuál es la mejor serie de ciencia ficción?

Por si se les pasó de largo en su día, resulta muy recomendable este artículo sobre «Veinte libros de ciencia ficción para regalar a quienes creen por error que no les gusta la ciencia ficción», una selección interesante y con buen criterio pero lastrada por una gravísima carencia y es que no está en ella, ejem, Jot Down 100 películas imprescindibles: SCI-FI. Así que cómprenlo y regálenlo con auténtico frenesí, que está recién salido de la imprenta. La cuestión es que una vez hemos reunido los mejores libros y las mejores películas de este género que nos es tan querido, quedan pendientes las series de televisión de ciencia ficción más destacables. Ese hueco hay que cubrirlo, vamos a ello pues, así que voten o añadan las que en su opinión faltan.

Real Humans

Imagen de Sveriges Television.
Imagen de Sveriges Television.

«Todo aparato tecnológico acaba sufriendo las modificaciones necesarias para ver porno» señalaba la Ley de Kerensky. Ahora con ella en mente pensemos en que si la robótica avanzara lo suficiente como para proporcionarnos autómatas de apariencia humana para ayudarnos en el trabajo y las tareas domésticas… ¿Para qué terminarían siendo usados? Exacto. Esta serie sueca de gran éxito internacional estrenada en 2012, que podríamos definir como a medio camino entre Her y Yo, robot, aborda con notable agudeza psicológica las dificultades, malentendidos y tentaciones que surgirían en la convivencia entre humanos y unos robots con un inquietante aspecto de Ken y Barbie (o lo que es aún peor, en algunos casos de Mrs. Doubtfire). Ya lo advertían en Futurama, «Don’t date robots».

Futurama

Imagen de Fox.
Imagen de Fox.

Y si hemos mencionado anteriormente Futurama es porque esta serie resulta ser, al igual que su hermana mayor Los Simpson, toda una enciclopedia de la vida. No importa qué noticia, cotilleo, anécdota u ocurrencia se esté comentando que alguien, en algún momento de la conversación, dirá: «esto me recuerda aquel episodio de Los Simpson/Futurama en el que…». Como ese mapa de Borges que tenía el mismo tamaño del territorio al que representaba, lo que no aparece en alguna de las dos no existe tampoco en el mundo real. Pero a lo largo de los ciento cuarenta episodios que forman las siete temporadas de Futurama además de todos los guiños a la historia, la política y la cultura popular que cabe esperar de una producción de Matt Gorening, contó también con infinidad de referencias a la ciencia ficción, la física y las matemáticas que la sitúan un peldaño por encima de Los Simpson a ojos de sus seguidores más geeks.

Enano Rojo

Imagen de BBC2.
Imagen de BBC2.

Por la libertad que proporciona para plantear escenarios absurdos, la ciencia ficción puede combinar muy bien con la comedia y Enano Rojo es uno de los mejores ejemplos de ello. Esta serie del segundo canal de la BBC estrenada a finales de los ochenta trataba sobre un mecánico de una nave de carga que tras un sueño de tres millones de años descubre que todos sus compañeros han quedado convertidos en montoncitos de polvo. Afortunadamente cuenta con la compañía del ordenador de a bordo, un holograma y un gato que ha evolucionado hasta adquirir forma humana. Un grupo así tal vez no llegue muy lejos, pero al menos el trayecto será entretenido.

Firefly

Imagen de Fox.
Imagen de Fox.

El creador de Buffy Cazavampiros y Ángel todavía tenía algo más que aportar al mundo, no como el guionista de Lost. Se trataba de una serie ambientada en el espacio pero sin extraterrestres, los protagonistas se parecían más a vaqueros que a pilotos futuristas y su actitud tenía más aristas de las que al canal le hubiera gustado. Pese a tratarse de una serie imprescindible el proyecto en general no logró ganarse la confianza para asegurar su continuidad y ni siquiera llegaron a emitirse los catorce episodios previstos. Pero el público tenía otra opinión así que la estela de Firefly fue creciendo gracias al boca a boca hasta que se terminó rodando una continuación en cine, Serenity.

Star Trek

Imagen de Paramount Television.
Imagen de Paramount Television.

El reciente fallecimiento de Leonard Nimoy y todos los homenajes que lo siguieron nos mostraron que probablemente se trató del actor más estrechamente vinculado a un papel que nunca haya existido: Nimoy era Spock y Spock era Star Trek. La franquicia nos ha traído hasta el momento una docena de películas de desigual calidad y nada menos que treinta temporadas de televisión. En la primera de ellas, de 1966-67, pudo verse la que tal vez sea la peor pelea jamás rodada.

Doctor Who

Imagen de BBC.
Imagen de BBC.

Pero si hay una serie que pueda rivalizar con Stark Trek en veteranía e incluso superarla es esta. Comenzó nada menos que en 1963 y pudieron haberla concluido con un final como el de Lost del que su mismo guionista ha terminado pidiendo perdón, pues no. Mejor seguir emitiéndola aunque haya pasado más de medio siglo. Durante este tiempo además ha tenido un spin-off como Torchwood, ha dado nombre a Leela, la protagonista de Futurama y ha protagonizado este artículo.

V

Imagen de NBC.
Imagen de NBC.

En el remake de la serie V nos quedamos anonadados con una actriz tan impresionante como Morena Baccarin (a la que ya conocíamos de Firefly), pudimos ver la Puerta del Sol madrileña con una nave extraterrestre al fondo e incluso, tal como sospechábamos, descubrimos el origen extraterrestre de Calatrava. Pero a quién le importa. La V icónica, la buena de verdad, la que se nos quedó grabada para siempre fue la original de los ochenta. Eran alienígenas nazis, un combo que solo pudo haber salido de la mente de un genio, y si encima le añades partos aberrantes y malas que cuando no están poniendo caras de malísimas se dedican a devorar ratones pues ya no hay capítulo que perderse.

Les Revenants

Imagen de Canal +.
Imagen de Canal +.

Esta serie francesa gira en torno a muertos que regresan a la vida, no como zombis, sino con la apariencia que tenían hasta antes de morir, como si solo hubiera sido un largo sueño. En otoño de este año se estrenará finalmente la segunda temporada. Sobre ella poco podemos añadir a lo que contamos en este artículo.

Expediente X

Imagen de Fox.
Imagen de Fox.

Hace unos días se anunciaba el regreso, trece años después, de esta serie con su reparto original. Una gran noticia que nos permitirá revivir esos felices tiempos de sofá, manta, palomitas y gorrito de papel de aluminio. Su mezcla de ciencia ficción y fantasía sobrenatural permitía que fueran desfilando por ella ovnis, fantasmas, chupacabras y en general toda clase de entes sobrenaturales cabreados mientras esperábamos con creciente ansiedad que la pareja protagonista rompiera a follar. Estamos además ante una serie que resultó ser enormemente prolífica, pues no solo le debemos la existencia de Breaking Bad, sino que abrió el camino a otras muchas posteriores, siendo su influencia especialmente visible en Fringe.

Fringe

Imagen de Fox.
Imagen de Fox.

Comenzó su andadura recorriendo la delgada línea entre el homenaje y el plagio, pero al sustituir las conspiraciones extraterrestres de Expediente X por una trama en torno a universos paralelos logró crearse una identidad propia. Los científicos locos son en la ciencia ficción lo que los rusos ebrios en YouTube: la causa primera aristotélica, el catalizador supremo de todas las cosas. En el caso que nos ocupa este papel lo jugaba el doctor Walter Bishop, quien pretendiendo recuperar a su hijo fallecido terminó liándola parda al provocar una fractura espacio temporal que terminaría desintegrando nuestro universo. Afortunadamente su hijo y la agente del FBI Olivia Dunham luchaban un episodio tras otro por restaurar el orden en el cosmos.

Misfits

Imagen de Channel 4.
Imagen de Channel 4.

Esta serie inglesa tan moderna y juvenil tuvo sus mejores bazas en el humor que impregnaba la trama y en la química entre sus protagonistas. Resultaban sorprendentemente naturales y creíbles ante la cámara, desde la chav de acento cerradísimo hasta el charlatán de Nathan, a veces simpático y otras insufrible. La historia comienza cuando estos cinco adolescentes condenados a trabajos sociales son alcanzados por un rayo y desde entonces desarrollarán cada uno un superpoder distinto, en ocasiones bastante peculiar. Como por ejemplo la «inducción a la hipersexualidad por contacto» por el que el personaje de Alisha Daniels despertaba una lujuria irrefrenable en cualquiera que rozase su piel. Cuántas tormentas habremos pasado desde entonces abrazados a la antena de la azotea esperando adquirir semejante don, pero no hay manera, oiga.

Battlestar Galactica

Imagen de Sci Fi Channel.
Imagen de Sci Fi Channel.

De la primera versión, estrenada en Estados Unidos en 1978 y en España algunos años después, tenemos un levísimo recuerdo y quienes la han vuelto a ver años después nos dicen que mejor así. Fue su remake en 2003 el que se ha convertido en un pequeño clásico de la televisión, con toda su mitología en torno a los cylons, unos robots con aspecto de personas que al igual que en Blade Runner permiten a los guionistas elucubrar sobre la condición humana. Así que además de la ambientación y los efectos especiales, esta serie (al igual que su precuela Caprica) tiene una carga política/filosófica/religiosa que la hacen muy apreciable y digna de ser recordada. Desde luego todas sus alusiones a los peligros del fundamentalismo religioso no pueden resultar más actuales.


¿Cuál es el extraterrestre más feo?

Basta que alguien se ausente en una reunión para que nos surja la imperiosa necesidad de despellejarlo, no puede haber tema de conversación más reconfortante. Lo que nos lleva a pensar de qué hablarán entonces los demás cuando es uno el que se va, quién sabe. Pero si ese efecto se produce solamente con salir de una habitación, qué no pasará cuando el aludido está a miles de años luz de distancia. Así que el cercano día en que los alienígenas vengan a visitarnos no nos exterminarán para robar nuestros recursos naturales, no, sino por puro rencor viendo la manera que hemos tenido de retratarlos durante todo este tiempo, a cada cual más feo y aborrecible. Llega a tal punto el ensañamiento con su aspecto que no sabemos ni por cuál decidirnos, así que aquí les presentamos una breve selección para que sean ustedes quienes elijan. Si es que no se nos puede dejar solos.

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El bebé lagarto de V

Imagen: Kenneth Johnson Productions / Warner Bros. Television.

No podría haber mayor tropiezo como que viniera algún experto en la materia, por ejemplo Giorgio A. Tsoukalos y nos dijera que la encuesta está bien, pero le faltan aliens. Lamentablemente todos no pueden entrar, pero al menos que no falten los genuinos de color verde y que además viven infiltrados entre nosotros, tal como mostró esta añorada serie de los ochenta, quién sabe si basada en hechos reales. Aquí vemos a uno rabiosamente feo y malencarado desde el momento mismo de su nacimiento, una estremecedora escena que quedó grabada en nuestras mentes.

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La guerra de los mundos (1953)

Imagen: Paramount Pictures.

Si un marciano te mira con esa cara… ¿Se alegra de verte? ¿Tiene pesambre? ¿Es una mirada irónica ante algún embarazoso malentendido? ¿O tal vez está mostrando un leve gesto de melancolía ante la fugacidad de la juventud y los días de esplendor en la hierba? Vete a saber, la imagen podría estar del revés y no nos daríamos cuenta. Incluso podría decirse que no es la cara precisamente, que en ese momento estaba expulsando una canica mal digerida y alguien se ha acercado desvergonzadamente por detrás a hacer la foto del inoportuno momento. No hay que descartar opciones. Lo poco que sabemos de él es lo que se cuenta en la adaptación que se hizo en 1953 del clásico de H. G. Wells La guerra de los mundos.

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Kuato, de Desafío Total (1990)

Imagen: Carolco Pictures / Columbia TriStar.

Aunque alojada en el pecho de un cuerpo humano, Kuato es una horrible criatura mutante de Marte dotada de poderes telepáticos sobrenaturales. También se parece mucho a cierto expresidente autonómico con una capacidad igualmente sobrenatural para el ahorro. Nos quedamos con la versión marciana, desde luego, y también con la película original de Desafío Total en la que aparece, la buena.

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Invasion of the Saucer-Men

saucer
Imagen: Malibu Productions / AIP / Columbia TriStar.

Los marcianitos hipercerebrados y malévolos de Mars Attacks! son una versión actualizada de los que veíamos en Regreso a la Tierra y de estos. Esa mirada torva y reptiliana es horrenda, sí, aunque al menos hay que reconocerles el buen gusto al secuestrar a personas jóvenes y atractivas con escasa ropa. No como los de ahora, capaces de introducir sus sondas anales en cualquier hortelano cincuentón de brazos peludos y barriga desbordada.

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El hombre del planeta X

Imagen: Mid Century Film Productions / United Artists.

Este hombre tiene cara de haber sido subinspector de hacienda en su planeta. La resignación se ha adherido a su rostro después de años y años soportando atascos para ir y volver del trabajo, noches en vela por vecinos ruidosos y una esposa que le regala ropa interior por su cumpleaños. Hasta que un día manda todo a la mierda y dice «¡Me largo al planeta Tierra!». Si quieren saber qué pasa entonces, la película está disponible en Youtube con subtítulos en castellano.

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Distrito 9

Imagen: TriStar Pictures / Block Hanson / WingNut Films.

No es que le haya pasado la rueda de un camión por encima de la cara, es que todos los de su especie son así. Este cruce entre un insecto gigante y un langostino adicto a la comida para gatos era uno de los protagonistas de Distrito 9. Una película que con el fin de denunciar el Apartheid comparaba a los negros sudafricanos con feos bichos alienígenas que vienen a parasitar la sociedad humana. Un enfoque curioso, por decirlo así. Según tenemos entendido, el próximo proyecto del director será un alegato contra el antisemitismo: tratará de unos vampiros que por la noche se alimentan de la sangre de niños cristianos y por el día permanecen ocultos en sinagogas y bancos.

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Mi amigo Mac

Imagen: Orion Pictures.

Esta película partió de un error de base que le impidió, de lejos, igualar el éxito de E.T. No puedes esperar que el público simpatice con una criatura a la que cualquier persona normal lo único que puede desear es aplicarle un lanzallamas hasta vaciar el depósito. Esta especie de furby famélico y sin pelo que estaba presente mientras su amigo tomaba conciencia de la adolescencia podía volverse a su planeta sin que el espectador sintiera la menor congoja e incluso respirando aliviado. Pues va el cabrón y se queda.

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Yautja, de Predator

Imagen: Amercent Films / Silver Pictures / Twentieth Century Fox.

Pese a su corpulencia y sus greñas de rastafari, estamos ante un alienígena muy poco agraciado. De hecho iba siempre a cuestas con un dispositivo de invisibilidad, el pobre no debía llevar bien lo de su aspecto. En dos de los spin-offs que protagonizó se enfrentaba a una bestia de la que ya hablamos aquí y que no nos parece adecuado incluir en esta lista dada la singular belleza y armonía de su diseño por Giger.

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It Conquered the World

Imagen: Sunset Productions.

Este film de Roger Corman es uno de los grandes clásicos del cine de ciencia-ficción de los años cincuenta. Como era habitual en las producciones de la época el monstruo —que en este caso viene de Venus pone su mejor voluntad en ser feroz y aterrador, pero más bien parece salido de una prueba de Humor Amarillo o Grand Prix del Verano.

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Audrey II, de La tienda de los horrores

Imagen: Geffen Company / Warner Bros.

Remake de otra película de Corman, en la que el protagonista está enamorado de su compañera de trabajo, Audrey, así que decide ponerle ese nombre a la pequeña planta carnívora que ha comprado durante un eclipse solar, como vemos en esta escena sencillamente maravillosa. Pero comienza a crecer, a hablar y a desarrollar un voraz apetito. No es el tipo de planta que conviene poner en el balcón, no vaya a comerse a una vecina en un descuido.

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La banda de la cantina, de La guerra de las galaxias

Imagen: Lucasfilm / Disney.

Esta cantina que reúne a lo más selecto de la galaxia bien podría completar por sí sola una lista como la que nos traemos entre manos. Pero alguno hay que elegir, así que nos quedamos con los integrantes de la banda de jizz Figrin D’an and the Modal Nodes, unos humanoides de la raza bith, originaria del planeta Clak’dor VII, que si triunfaron en el mundo del espectáculo no fue por su cara bonita.

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Space: 1999

Imagen: Group 3 / Incorporated Television Company / RAI.

Esta serie de ciencia-ficción de los años setenta fue la de mayor presupuesto rodada hasta entonces en Gran Bretaña, así que imagínense cómo serían las demás. Hay fiestas en colegios con trajes más elaborados que este. Pero fíjense además en la interpretación a cargo del actor, qué manera tan desganada de moverse, ese monstruo extraterrestre parece que estuviera buscando las llaves de casa.

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Jeriba «Jerry» Shigan, de Enemigo mío

Imagen: Twentieth Century Fox / Kings Road Entertainment / SLM / Bavaria Film.

Tras interpretar al estricto sargento de Oficial y caballero, Louis Gossett Jr. Se puso esta máscara encima para dar vida a un antipático extraterrestre que poco a poco va abriendo su corazón en este remake de Infierno en el Pacífico. Puede entenderse también como un bonito manifiesto contra la xenofobia, por extraño o amenazante que pueda parecernos alguien llegado de fuera, si nos acercamos a él y nos molestamos en conocerle veremos que no es tan distinto y tarde o temprano terminará poniendo un huevo o expeliendo una larva por partenogénesis.

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Ballchinian, de Hombres de negro II

Imagen: Columbia / Amblin Entertainment / MacDonald-Parkes Productions / Sony.

La trilogía de Hombres de negro nos desveló como nunca se había hecho antes la más completa relación de todas las criaturas extraterrestres que habitan entre nosotros de forma más o menos disimulada. Algunos han logrado integrarse con éxito y pasan casi desapercibidos: pocos pasatiempos hay más entretenidos que hacer listas de personalidades de la política, el espectáculo y los deportes que sospechamos vienen de otro planeta. Pero a otros, como los Ballchinian, se les nota bastante en cuanto se quitan el pañuelo (su prenda característica, ya saben qué ocultan con ella quienes llevan un palestino).

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¿Qué serie ha tenido un peor final?

Hace unos días como sabrán concluyó la celebrada serie de la HBO True Detective y nuevamente se ha desatado la polémica. ¿Era ese el final que la serie merecía? ¿Era ese cambio en la orientación sexual de los dos protagonistas y su repentina muerte en plena noche de bodas a manos del espíritu de la hija fallecida de Rust lo que los espectadores esperábamos? Proporcionar un desenlace memorable, inesperado y, en ocasiones, estrafalario, parece que se ha convertido en una obsesión para los guionistas, que no saben qué truco sacarse de la manga ante un público que ya parece haberlo visto todo. Por ello queremos aprovechar la circunstancia para invitarles a votar o añadir la peor conclusión de una serie que haya pasado ante sus ojos (los mensajes que critiquen a The Wire serán censurados, obviamente). Lo cual requerirá incluir SPOILERS, así que tengan cuidado si continúan leyendo porque nada más lejos de nuestra intención que aguarles aquellas que aún no hayan visto o tengan pendiente su último capítulo.

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A dos metros bajo tierra

a dos metros

Como el niño que construye pacientemente un castillo de arena y, una vez terminado, llega la parte divertida, que es destruirlo violentamente, una de las mayores tentaciones del guionista es matar a sus personajes. Ya podrán cantar lo que quieran en el ejército que la muerte sí es el final, parece que también en las series. Así que temporada tras temporada asistimos a las calamidades que afectaban a la familia Fisher y de los incautos que osaban relacionarse con ellos e inevitablemente caían en su maldición… ¿Para que al final nos los maten a todos? ¿Por qué esa crueldad con los espectadores? Es que trabajan en una funeraria —dirán para justificarse no podíamos dejarlos seguir vivos. ¡Pues precisamente!

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Perdidos

lost

Otros que acaban muertos, aunque ni siquiera ellos lo sepan. «Visto en perspectiva, el éxito de Lost se basaba en una continua huida hacia delante mientras nos iban dejando por el camino miguitas de diversos tamaños, desde pedacitos pequeños hasta sus buenos panes de Burgos (…) Inocentes como éramos, pensamos que todos los enigmas iban a quedar explicados al mismo nivel que fueron planteados. No fue así, claro». Poco más que añadir a lo que dijo en su momento nuestro compañero. Bueno sí, lo del tapón gigante en medio de la isla… ¿Por qué nos hacéis esto?

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Breaking Bad

bad

Que aquí el protagonista muriera era algo que se veía venir y era al fin y al cabo el detonante de toda la historia. El problema es el cómo. Ya quedó bien explicado que esa redención final, en semejante personaje, no acababa de hacerle justicia. Que Dios nos perdone por esto que vamos a decir, pero… ¿los personajes de Skyler, su hermana y el hijo medio tonto no habrían debido tener ese otro destino que se menciona en el artículo? El protagonista caería de rodillas, alzando los puños al cielo y llorando amargamente por las consecuencias de su vida de desenfrenada entrega al crimen, mientras los espectadores asistiríamos atónitos a esa orgía de dolor, compadeciéndonos de sus muertes… o no tanto. Porque en cinco temporadas no fueron capaces de hacerse querer. No así Jesse, que se merece lo mejor.

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True Detective

true

Tantos años de investigación, tanto darle vueltas a la cabeza, tirando de hilos que llevaban a las más elevadas instancias del poder en Louisiana y como causa última de todo… ¿Un paleto loco con mucho tiempo libre? Recuerden además la escena del clímax final: vemos al personaje de Woody Harrelson tirado en el suelo e indefenso, el asesino frente a él a punto de asestarle el golpe mortal, alza el brazo y… justo en ese momento recibe un disparo, cae y vemos tras él al personaje que hasta entonces yacía por ahí inconsciente con la pistola humeante en la mano. ¿Cuántas decenas de veces hemos visto esa misma secuencia en el cine? ¿Por qué el malvado de turno no echa un vistazo a su espalda antes de rematar al protagonista? En fin, podríamos extendernos, pero remitámonos de nuevo a la voz de los supertacañones.

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Prison Break

prison

El bueno de Michael Scofield tiene un hermano de inteligencia poco contrastada a quien encarcelan injustamente (digno de telefilm de sobremesa). En un alarde de originalidad y con su permanente mirada que nos recuerda a un Clint Eastwood cegado por el sol, se tatúa en el torso un mapa de la cárcel y consigue que lo lleven preso junto a su hermano para ayudarlo a escapar. Hasta aquí todo bonito y decente, pero amigos, la productora decidió torturarnos con tres temporadas más. Más encarcelamientos, sal tú que ahora entro yo, cambiamos de país, vendettas policiales y gubernamentales, conspiraciones, malos malosos, políticos corruptos, balas que matan, gente que muere… ¿Y todo para qué? Para terminar enterrando al sufrido Michael, de quien ya no sabemos si es tan listo o todo se debe al tumor del tamaño de un puño que tiene en el cerebro. Sí, amigos, una vez más el inteligente al hoyo y el tonto a vivir la vida.

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V

v e

¡Los visitantes! Qué mala leche resultaron tener. A lo largo de tres temporadas intentaron llevar a cabo su malvado plan, que consistía básicamente en llevarse toda el agua del planeta —así, a saco y ensartar a sus miles de millones de habitantes en una serie de pinchos morunos, pero crudos y coleando, que no descartamos que de todos modos sean la próxima sensación en cualquier Madrid Fusión. Diana, una auténtica mosca cojonera, no logra sus propósitos por los pelos y gracias a una conexión telepática de última hora entre el líder, que finalmente parece mostrarse benevolente, y Elisabeth, un engendro fruto de la relación entre un marciano y una terrícola muy ingenua que picó el anzuelo y terminó follando con un lagarto. En fin, nada que no pudiera mejorar un final en el que el mundo terminara gobernado por Nicolás Maduro. Al tiempo.

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Los Serrano

serrano

Qué decir a estas alturas de este final, del que hasta el propio Antonio Resines ha renegado públicamente. Es una manera de decirle a los espectadores que todo lo que han visto hasta ese momento en realidad no tenía ningún valor. Todos esos romances, conflictos, todas esas cosas importantísimas que pasaron a lo largo de sus ocho temporadas (no nos pongan en un aprieto preguntando cuáles) no fueron más que un sueño. La solución no destila originalidad dado que en la serie Dallas ocurría algo parecido (que a su vez tomó prestados elementos de Qué bello es vivir) y películas más recientes como Abre los ojos también jugaban con esa idea. Imaginen qué cara se le quedaría al bueno de Morfeo mientras está soltando su rollo iniciático («bienvenidos al desierto de lo Real», etc) si se le dijera que el mundo ajeno a Matrix que cree verdadero no es a su vez más que un sueño de Resines. Puro horror metafísico, oiga.

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Starsky & Hutch

hutch

Quizá no fuera la primera serie en la historia de la televisión que reunió a dos policías de caracteres opuestos el pasmao y el pesao y los soltó por las calles a zurrar drogotas y salvar la vida por los pelos, pero sí es uno de los primeros recuerdos televisivos que tenemos, y por tanto merece estar en esta lista. Además, qué risa, el coche de uno era un Gran Torino rojo con una raya blanca y el del otro una tartana que hacía sonar el claxon al abrir o cerrar la puerta delantera, de modo que cualquier misión de vigilancia que tratara de pasar desapercibida terminaba en tiros, carreras y algún chiste muy malo. El actor que hacía el papel de Starsky, el morenazo, se pasó las cinco temporadas dando la vara, pidiendo a todas horas aumentos de sueldo y quién sabe qué más cosas, así que los guionistas, después de convencerse de que el intento de sustituir al personaje por su hermano pequeño y así evitar cambiarle el nombre a la serie era una solución bastante ridícula, decidieron freírlo a tiros en el último episodio. Pero en vez de dejarlo bien muerto y condecorado, la avaricia hizo su aparición en forma de una milagrosa recuperación que, ay ay, dejaba abierta la puerta a nuevos episodios. Han pasado ya casi cuarenta años, pero no se fíen y sigan rezando.

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Los Soprano

sopranos fade

Tras seis temporadas de perfectas disecciones psicológicas de personajes y cuidada narrativa, nos encontramos con un final que

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David el gnomo

david

Según nos decía esta serie los gnomos viven nada menos que cuatrocientos años. ¿Qué necesidad había entonces de verlos morir? Pues que había que concluir la serie y una vez más qué mejor que matando a sus entrañables protagonistas. Y de paso destruir infancias, venga. Atormentemos a los niños con la idea de la muerte que se los llevará a ellos y a todos sus seres queridos, introduzcamos en sus cabecitas el horror y la angustia ante una existencia frágil y carente sin sentido. Más o menos eso era lo que nos mostraba el último episodio de esta serie, véanlo de nuevo si tienen agallas. Aunque si tienen agallas, entonces tal vez también dispongan de membranas entre los dedos y sus párpados se cierren en vertical. En tal caso tendrán mayores cosas de las que preocuparse que de esta serie. Pero si no las tienen, descuiden que ya les ponemos el diálogo del momento culminante:

—Adiós mi querido David, mi amor, mi compañero.
—Adiós mi querida Lisa, gracias por el amor que me has dado.

Y mueren abrazados.


Falling Skies: ni con Spielberg ni sin él, tienen tus males remedio

Falling Skies HZ
Steven Spielberg
lleva décadas siendo como el Hacendado de las series de televisión: es difícil entrar en el supermercado y no toparse de frente con su marca en un lado u otro. Y, no obstante los ocasionales fallos, su apellido ha seguido generando expectación cada vez que ha anunciado un nuevo proyecto en el medio, quizá por la aureola mágica de rey Midas que se construyó en las salas de cine. Eso, o que Spielberg tiene mucho dinero y cuando ejerce como productor de una serie sabe perfectamente cómo utilizarlo para obtener la mayor repercusión posible, especialmente cuando se trata de una serie de ciencia-ficción, una de las grandes especialidades del amigo Steven. Pero hay algo que sabemos hace tiempo y es que su apellido no hace magia por sí mismo.

En sus hasta ahora tres exitosas temporadas de existencia, Falling Skies narra las aventuras de un grupo de personas que han sobrevivido a una destructiva invasión alienígena, formando un núcleo de resistencia para combatir a los invasores. Quizá a alguien le suene este argumento de la cochambrosa pero entrañable serie V (y de su desangelada actualización del 2009), aunque en realidad Falling Skies se parece más a Walking Dead. Es decir: aquí el género concreto en que englobemos la serie es lo de menos. Calificamos a Falling Skies de ciencia-ficción porque se pelea contra alienígenas y a Walking Dead de terror porque se pelea contra zombis, cuando en realidad son dos ejemplos de un mismo subgénero: el de aventuras, intrigas y romances con fondo apocalíptico. O dicho de otro modo, el subgénero de «culebrón con bichos». Ambas series han tenido éxito y grandes índices de audiencia, lo cual habla de la aceptación que este subgénero tiene entre el público. Para Walking Dead, la cadena TNT contó con tres millones y medio largos de televidentes en el final de la tercera temporada (eso sí, un millón menos que el episodio inicial de la misma).

"No perdamos la esperanza... creo que con este tarro de miel podríamos vencer a los alienígenas si nuestra doctora descubre oportunamente que son todos diabéticos"
«No perdamos la esperanza… creo que con este tarro de miel podríamos vencer a los alienígenas si nuestra doctora descubre oportunamente que son todos diabéticos»

Pero Falling Skies cae en todos los tópicos del culebrón fantasioso y no atesora ninguna de las virtudes de la mejor ciencia-ficción. Por un lado tenemos personajes estereotipados y terriblemente previsibles. Precisamente para combatir esa sensación de imprevisibilidad, los mismos personajes fuerzan la nota y tan pronto actúan de una manera como de la contraria, siguiendo apenas disimulados caprichos de guión… aunque, eso sí, por lo general los tenemos de vuelta en el redil en unos pocos episodios para que cada cual siga siendo quien tenía que ser. Así que ni con las sorpresas más absurdas dejan de ser previsibles al final. Por otro lado tenemos los elementos de ciencia-ficción del argumento, en donde casi todo funciona a partir de un perpetuo Deus ex machina o, si lo prefieren en un vocablo más populachero, a partir de puro y simple «porcojonismo». El que una historia sea ciencia-ficción y contenga elementos poco realistas no significa que pueda carecer de coherencia o que se pueda hacer dentro de ella cualquier cosa sin atender a una línea lógica; las buenas historias de ciencia-ficción suelen tener una o varias premisas básicas en torno a las que se intenta jugar de manera consistente. Pero en Falling Skies la ausencia de coherencia es la norma: las cosas van sucediendo básicamente porque sí, creando la sensación de que los guionistas están en un ejercicio de improvisación constante. La historia sale adelante a base de añadidos que pretenden crear sorpresa pero que no son más que parches con los que distraernos de la multitud de preguntas planteadas que no se han respondido, o de los mecanismos argumentales inverosímiles que los guionistas al parecer confían que olvidemos rápidamente. Cuando los guionistas pretenden resolver una situación o explicar un elemento concreto, se valen de conejos oportunamente extraídos de la chistera. Y piensan que el siguiente conejo nos hará olvidar el anterior. Y la verdad es que sacan tantas cosas de la chistera que al final uno ni siquiera recuerda cuáles fueron las primeras.

Aunque he leído —no sin estupor— ciertas críticas que afirman que la serie mejora conforme avanzan las temporadas, la verdad es que no puedo sumarme a esa impresión. De hecho, para cuando llegamos a la tercera temporada (la última emitida de momento) es tal la cantidad de giros estúpidos que ha dado el guión que tendría verdaderos problemas en intentar elaborar una lista completa. No hay una premisa fundamental en torno a la que se desarrollen las nuevas ideas, como sucede en toda buena obra de ciencia-ficción o sencillamente de ficción en general. Sí hay, como decía, mucho naipe tramposo sacado de la manga para cuadrar jugadas que no podrían haber cuadrado de ninguna manera lógica, al menos no sin un sobreesfuerzo genial de los escritores. Al final, uno no sabe si está perdido en algún episodio sobrante de Star Trek: Luchemos por los Estados Unidos o en un remake futurista de Salvar al Soldado Ryan titulado Salvemos por enésima vez a los hijos del protagonista. Ni siquiera los escasos giros interesantes que en algún momento concreto aparecen en el guión sirven después para nada, ya que generalmente nos damos cuenta (a posteriori, claro) de que no han aportado casi nada al conjunto de la serie. Si ven el último episodio de la primera temporada y el comienzo de la segunda, se darán cuenta de lo que digo: un tremebundo giro argumental en el que todo parece cambiar… para que realmente nada cambie.

La inconsistencia y puerilidad de los guiones no sería quizá tan grave si estuviese revestida con grandes interpretaciones o con diálogos brillantes, pero tampoco es el caso. Las interpretaciones son acartonadas; en el mejor de los casos, simplemente llevaderas, aunque lógicamente debo admitir que los actores probablemente no lo tienen fácil con un material de base tan pobre, en el que no hay más que cartón: ni humor, ni cinismo, ni ironía, ni reflexión, ni análisis. Los diálogos hacen honor al conjunto de los guiones, con los personajes cambiando de idea a partir de tonterías, convenciéndose mutuamente de caprichosas veleidades introducidas a última hora en el argumento, como si los guionistas fuesen de hecho los alienígenas manipuladores de mentes que obligan a sus personajes a comulgar con ruedas de molino, y también a los espectadores. Las relaciones de todo tipo entre los diversos personajes tampoco muestran asomo alguno de coherencia y también parecen producto de la improvisación: se realizan conatos de relaciones que después no se materializan sin que sepamos muy bien por qué, y aparecen relaciones nuevas de la nada también carentes de explicación. No es extraño, dado que hay personajes que desaparecen, aparecen y reaparecen mágicamente todo el tiempo. ¿Que Fulanito de Tal perdió a su hija durante la invasión? No se preocupe: en la inmensidad de un territorio norteamericano postapocalíptico, su hija aparecerá tras una esquina como quien se la cruza por el barrio. Así pues, no debería sorprender que la relaciones cambien y dejen de cambiar no en función de una evolución creíble sino más bien con los mecanismos clásicos de un culebrón: «y ahora hagamos que suceda esto, porque creo que a los espectadores les va a gustar que suceda; ya pensaremos después en el porqué; o mejor, distraigamos al espectador para que con el tiempo se olvide de que no hubo un porqué».

"Acamparemos aquí, y los sofisticados alienígenas no nos encontrarán nunca porque nuestra capa de cochambre confunde a sus aparatos de detección"
«Acamparemos aquí, y los sofisticados alienígenas no nos encontrarán nunca porque nuestra capa de cochambre confunde a sus aparatos de detección».

Las escenas de acción —que, eso sí, hay muchas— son bastante prescindibles: es verdad que al principio de la serie algunas están más o menos logradas (sin lanzar las campanas al vuelo tampoco), pero después, según avanzan las temporadas, se transforman en mero material de relleno que uno puede rebobinar perfectamente porque ya se hace una idea de cómo va a terminar cada batallita. Para que se hagan una idea: en la historia del combate entre humanos y alienígenas se van introduciendo progresivamente más elementos mágicos que en Juego de Tronos, una serie de pura fantasía que sin embargo resulta infinitamente más creíble que Falling Skies. La magia de esos elementos consiste en que la varita mágica de los guionistas los ha puesto allí cuando antes no estaban, solo para que los buenos ganen una vez más. Pero claro, supondría mucho esfuerzo buscar una explicación inteligente para el hecho de que ante unos alienígenas cuya superioridad tecnológica ha acabado con el 90% de la humanidad, haya un puñado de resistentes que aun viviendo en la cochambre hayan conseguido no ya sobrevivir, sino plantar cara e incluso ir procurándose unas condiciones de vida cada vez mejores y diversas victorias frente a los antaño todopoderosos alienígenas. Y eso que los alienígenas parezcan tener la intención de acabar con ellos, pero al parecer no saben muy bien cómo. Creo que el elemento ideológico podría tener que ver con esta inverosimilitud: la serie, a la manera de Independence Day, juega con la idea de que un puñado de buenos americanos —combatientes y patriotas— podrá hacer frente a cualquier cosa —marcianitos incluidos— mientras permanezcan imbuidos por el espíritu revolucionario de los padres fundadores de su nación. Sí, así como suena. No, no me molesta que Falling Skies tenga un más que evidente sesgo conservador-militarista; es más bien que ese sesgo contribuye a profundizar en los defectos narrativos de la serie. Ante la premisa de que los protagonistas humanos (por humanos léase estadounidenses) no pueden perder mientras mantengan ondeando las barras y estrellas en su campamento, no hay guionista que ni queriendo encuentre una salida digna para la historia. Quién sabe, quizá al final los humanos pierdan porque ese día uno de los guionistas se levantó de mal humor a causa de un dolor de muelas, pero descuide: de momento va a tener usted tres temporadas de americanismo triunfante en la mejor tradición de las películas de John Wayne. Con el añadido de que, lógicamente, visto desde el exterior de los EE. UU. este trasfondo de «frente a los marcianos protejámonos con la Constitución» resulta todavía más hilarante. Y todo esto podría haber tenido cierto encanto si lo hubiese protagonizado John Wayne, pero no es el caso. Lo mismo puede decirse del «toque Spielberg» consistente en encasquetarnos por vía parenteral la importancia suprema de la familia en nuestras vidas: suceda lo que suceda, la familia ha de prevalecer.

En fin, son tantas las decepciones que las series de ciencia-ficción me han deparado en la pequeña pantalla, que Falling Skies apenas deja de ser —como diría el mentado Wayne— una muesca más en el revólver. Al final, una buena serie de ciencia-ficción solo necesita lo mismo que cualquier otra serie: buenos guionistas y buenos actores que trabajen con un material medianamente creíble. Véase Battlestar Galactica: con todas sus exageraciones y momentos forzados, aquella sí era una serie donde los personajes y sus relaciones basculaban bien en torno a unas premisas centrales, con buenos diálogos y varias grandes interpretaciones ayudadas por los mismos. Había tantos momentos brillantes que podíamos permitirle hipérboles y licencias; de hecho, no creo que haya grandes narraciones sin hipérboles y licencias en un momento u otro. Pero son el cemento que une los ladrillos narrativos… no los ladrillos en sí, como sucede en Falling Skies. Al parecer, basta con colocar la etiqueta «ciencia-ficción» y soltar un puñado de alienígenas para considerar el producto terminado y listo para la venta. Y lo han vendido bien, así que… quién soy yo para llevarles la contraria.

En fin, Falling Skies le gustará a usted si busca un entretenimiento fácil con el que no pensar (no pensará, se lo garantizo) y relajarse un rato antes de besar la almohada. Aunque puede ser que ni así le guste, porque lo cierto es que ni siquiera es particularmente entretenida. A sus hijos preadolescentes quizá les guste ver a gente pegándole tiros a alienígenas, eso sí. Pero lo repito: son tantas las tonterías y desmanes absolutamente gratuitos que encierra el guión, que terminará doliéndole la cabeza si intenta explicar esta serie a partir de los criterios mínimos de una narración coherente. Por desgracia, incluso nos quitan lo mejor: en Independence Day, al menos, teníamos las secuencias de la invasión. La película era horrenda —hilarante, eso sí— pero la aparición primeriza de los platillos volantes daba para algunas buenas secuencias. En Falling Skies no hay momento de la invasión, sino elipsis narrativa. Se nos resume la invasión con una escena inicial en la que vemos dibujos infantiles y la voz en off de un niño contándonos la llegada de los alienígenas. De lo que no nos avisan es de que el guión iba a estar escrito por ese mismo niño.

Falling Skies HZ2


El sexo de los vampiros: True Blood

Como todo el mundo sabe, los vampiros nacen de la siguiente manera: un vampiro muerde a un ser humano hasta dejarlo agonizante pero, antes de que muera, le hace beber de su sangre —la eterna pregunta: ¿qué fue primero, el vampiro o el mordisco?—. El humano vampirizado es nuevo en el mundo de los no-muertos por lo que su creador, con quien a partir de entonces le ligará cierta relación de dependencia —como una madre con su hijo—, deberá orientarle: cortar toda relación con su entorno humano, “dormir” en un sitio resguardado de sol a sol, dominar las nuevas habilidades vampirescas, aprender a controlar la sed de sangre para no dejar a su paso un rastro de cadáveres con marca de colmillos… son varias las cosas que el vampiro recién nacido ha de conocer.

Contemplado fisiológicamente el vampiro es poco más que un pellejo relleno de sangre. No tiene sistema digestivo porque no come. Tampoco necesita respirar a la vista de sus largas siestas diurnas dentro de ataúdes o bajo tierra. Cuando un vampiro muere empalado deja tras de sí un gran chorro de la sangre dadora de vida y una suerte de materia elástica similar a la de un globo explotado. Y sabiendo que se reproducen mediante mordiscos, con lo que tienen los colmillos hiperdesarrollados a tal efecto, salta como una liebre la pregunta: ¿por qué a los vampiros se les pone dura?

Después de ver las tres temporadas de True Blood la respuesta está clara: para pasárselo muy, muy bien. Lo que en los seres vivos funciona como garantía de la perpetuación de la especie en los vampiros es algo completamente gratuito, un don que sin duda la naturaleza quiso conservar en el cambio de estado de vivo a casi-muerto tan valioso como el pulgar oponible o el uso del lenguaje. O más. El creador de la serie, Alan Ball, ha declarado que no concibe unos vampiros castos como los de la saga Crepúsculo. Vive Dios que el deseo envenena a sus vampiros. Y no sólo el de sangre.

La convivencia entre humanos y vampiros parece imposible, pues la sed de sangre convierte a estos en depredadores naturales de las personas. Pero los japoneses, que tienen soluciones para todo, han dado con la vía de la reconciliación: una sangre sintética, la True Blood, que alivia la sed de los vampiros y les evita trances tan comprometedores como la caza de humanos —geniales los anuncios que promocionan la True Blood, en la línea de los que publicitaban los productos funerarios en la otra e inolvidable serie de Ball, Six Feet Under—. Aunque los vampiros que han probado la sangre artificial reniegan de ella como de una suerte de condón alimenticio útil únicamente en cuanto favorece la causa de la integración social. Pero la sed de sangre circula en dos direcciones: los humanos también desean la sangre vampírica. La V, como se la conoce popularmente, tiene unas supuestas propiedades afrodisíacas que la vuelven muy codiciada, aunque supone un comercio muy peligroso: la comunidad vampira persigue implacablemente a todo el que trafica con V, pues suponen que un humano sólo puede conseguirla esclavizando a un vampiro y extrayéndosela. Aunque hay otros modos, como demuestra el caso de Lafayette, el cocinero homosexual espléndidamente interpretado por Nelsan Ellis, quien consigue la V voluntariamente de un vampiro a cambio de su buen hacer como prostituto.

La relación entre humanos y vampiros está en un incierto proceso de normalización debido a la lucha de los últimos por conseguir derechos civiles —esta trama va cayendo progresivamente en el olvido, una de tantas decepciones que procura el desarrollo de la serie—, con lo que es rigurosamente asimétrica. Se consideran respectivamente animales y monstruos. Y sexualmente prevalece la visión cosificadora. Los vampiros usan a los humanos como surtidores ambulantes de sangre. Los humanos, por su parte, aprecian sobremanera el vigor y la resistencia sexuales de los vampiros, aderezados con suerte con unos sorbos de V. Estos encuentros son obligadamente clandestinos, por cuanto en la sociedad sureña de Bon Temps, Louisiana, donde se ambienta la serie, no está muy bien vista la confraternización de razas. Los paralelismos, a menudo paródicos por el uso de clichés con la lucha por los derechos civiles de los negros son constantes, además de ciertos motivos sesenteros —la liberación personal por las drogas y el sexo, la comunión con la naturaleza…— recurrentes en la obra de Alan Ball.

Aunque el deseo nivela muchas diferencias raciales y afectivas. Es el caso de Tara (Rutina Wesley), quien arrastra un largo historial de agravios contra los vampiros pero no es capaz de resistirse al magnetismo de Franklin —el siempre excelente James Frain—, un vampiro con el que protagoniza alguna de las escenas más ardientes de la serie —también algunas de las más delirantes—. Una sheriff del distrito de Dallas, Isabel Beaumont, está enamorada de un humano. En este caso se plantea el drama de la conversión: los vampiros no envejecen y pueden vivir, en teoría, para siempre, por lo que el humano ha de ser transformado si quiere vivir junto a su pareja más allá de la duración de una vida normal. Otro caso similar es el de los empalagosos protagonistas, Bill (Stephen Moyer) y Sookie (Anna Paquin), aunque aquí las cosas son más complejas por los descubrimientos acerca de la naturaleza de Sookie —no quiero desvelar nada para el que aún no haya llegado ahí.

El cuero, las correas y la estética de dominación son habituales en la serie. Además de los ambientes de alto standing, en los que el lujo y la lujuria corren en parejo desenfreno. Los vampiros de True Blood son doblemente atractivos: a una sexualidad omnívora le suman unos escenarios de revista Gentleman que contrastan vivamente con el ambiente paleto que les rodea. Hacen gala de una sofisticación y un spleen de los que desde luego carecen otras razas de la noche: los hombres lobo son retratados como bestias filonazis y endogámicas, un compendio de lo peor de la mentalidad sureña. En un nivel muy superior se encuentra la aristocrática sociedad de los vampiros, regida por un rey y una reina —ambos homosexuales y haciendo vidas separadas— y juzgada nada menos que por un inquisidor de la España prerrenacentista.

Así, el sexo en True Blood es apasionado, glamuroso, brillante, enriquecido con todo tipo de sustancias —especialmente sangre—, lujoso, promiscuo y muy gratificante. En otras palabras, de revista erótica. La noche perpetua en que viven los vampiros es el mejor escenario para cumplir los sueños más turbios y perversos que se guardan dentro. Locales como el Fangtasia, sólo para vampiros son, a pesar de lo que sostienen los fundamentalistas religiosos (God hates fangs), el inconfesable objeto de deseo de muchos humanos. Una de las grandes rémoras de la serie es haberse centrado en el porno blando, el gore, las muertes sangrientas y los zombis —en medio de una gran orgía— en vez de desarrollar más pormenorizadamente la sociedad vampírica.

A pesar de haberse convertido en una mezcla de dramón adolescente y película erótico-gore, True Blood sigue guardando el suficiente atractivo para darle una oportunidad a la 4ª temporada, que empezó el 26 de junio. Personajes secundarios como Eric (Alexander Skarsgard) han adquirido tanta relevancia que la serie podría seguir sólo gracias a ellos —de hecho, eliminar a los protagonistas sería una bendición, al menos para mí—. Pero véanla y juzguen ustedes mismos.  Al menos la 1ª temporada les dejará buen sabor de boca.


Juego de niños, de Hammer House of Mystery and Suspense

Hammer House Of Mystery And Suspense: Child’s Play. Imagen: 20th Century Fox Television / Hammer Film Productions.

The Truth is out there
(Expediente X)

Ante el dilema de elegir Mi Episodio Preferido de serie de TV me vienen a la mente varias entregas de la mejor serie en antena en la actualidad: Breaking Bad. O de Perdidos, Los Soprano, Boston Legal, A dos metros bajo tierra… No sé, por su trama, originalidad y puesta en escena son numerosos los capítulos de series con los que he disfrutado muchísimo, pero sólo uno me ha traumatizado.

Conozco a bastante gente de mi generación que sigue sobrecogida con el recuerdo de V y la escena en la que Diana (Jane Badler) se merienda una rata bien fresca. En relación a ese episodio en su contexto temporal sólo guardo el recuerdo de los impactantes adhesivos de Tele Indiscreta (también los de Sabrina Salerno, pero por otros motivos), porque no pude verlo en directo en aquella época debido a conflictos paterno-filiales que no vienen al caso. Finalmente, vi V con unos veinte años, edad en la que los atrevidos efectos especiales y el vestuario futurista resultaban francamente ridículos, por no hablar de los peinados que se gastaban los actores: PELAZO. Además, viendo la versión de 2009 de la serie, queda claro que Diana tampoco era para tanto, y Ana (Morena Baccarin) en pantalla se la come viva.

No, mi trauma televisivo fue el episodio “Juego de Niños” de Hammer House of Mystery and Suspense. Era una serie compuesta por capítulos autoconclusivos e independientes de suspense y misterio (como su propio nombre indica), aunque también tenía una importante componente de fenómenos paranormales o ciencia-ficción. Del estilo de En los límites de la realidad, vamos. Me ha resultado curioso encontrarme, a lo largo de los años, con muchas personas que recuerdan ese capítulo, cuando no creo que lo emitieran más de una vez. El guión es muy simple; los actores, muy limitados (tanto en número como en talento); carece de exteriores… pero es sencillamente genial: un despertar anodino de una familia norteamericana se convierte en una claustrofóbica pesadilla más aterradora y desconcertante que Alien porque, en este caso, el elemento pesadillesco no es un monstruoso extraterrestre, sino unos extraños logotipos que aparecen por todas partes, desde las chapas que parecen haber sellado todas las puertas y ventanas de la vivienda desde fuera, hasta la emisión televisiva:

Están completamente aislados, no tiene forma de comunicarse con el exterior y es imposible escapar de la casa; lo que no sería suficiente motivo para preocuparse si no fuera porque, poco a poco, la temperatura va subiendo en el interior hasta convertir cada bocanada de aire en un pequeño sorbo del infierno. Y además, una toma nos muestra cómo comienza a deslizarse una extraña sustancia por la chimenea. No puedo seguir sin destriparla aún más. Os lo resumiré con un ejemplo: es como si la película Los Pájaros tuviera un giro final que lo explica todo.

No he encontrado la serie ni este capítulo a la venta. Pero si he conseguido despertar vuestra curiosidad, Google es vuestro amigo.