Historia de las pandemias (IV): La invención de las vacunas

Variolación
Campaña vacunación Viruela, colegio Londres. Fotografía:Topham Picturepoint (DP).

(Viene de la tercera parte)

La vacunación fue inventada en las granjas. Antes de que la ciencia hubiese podido comprobar que los microorganismos eran responsables de las epidemias, y antes de que se comprendiese cómo funcionaba el sistema inmunitario, el procedimiento fue descubierto no como resultado de una investigación médica, sino de la observación cotidiana de inexplicables anomalías en los procesos de contagio. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando el mundo conoció la primera vacuna, nadie sabía por qué funcionaba. Pero funcionaba.

La viruela fue la primera enfermedad en la que se aplicó un procedimiento exitoso para generar inmunidad de manera artificial. Pero la vacunación no surgió de la nada. Tuvo una precursora histórica, una técnica llamada variolación o variolización, que no había servido para desarrollar inmunidad ante la viruela, pero sí había aminorado sus síntomas en un significativo porcentaje de pacientes. Los primeros registros documentales sobre el uso de la variolación proceden de la China del siglo XVI (se discute sobre referencias escritas más antiguas, demasiado vagas como para demostrar un uso anterior). Era bien sabido que las personas enfermaban de viruela una sola vez, y que quienes sobrevivían serían inmunes durante el resto de sus vidas. En algún momento, alguien decidió provocarle un contagio «controlado» a una persona sana antes de que esta resultara contagiada en la vida diaria; para ello, se solía extraer pus de las vesículas que se forman en la piel de un enfermo con un caso no muy grave. Ese material infeccioso era inoculado en la persona sana de varias maneras: los chinos solían desecar el material, machacándolo para esnifarlo en forma de polvo, mientras que en la India se solía inyectar bajo la piel con una aguja, o se frotaba contra un pequeño corte. Como es lógico, nadie estaba dispuesto a inocularse una de las enfermedades más letales del mundo si no esperaba obtener algún beneficio, pero la práctica parecía demostrar que la variolación ofrecía una mayor probabilidad de pasar la viruela con síntomas menos graves y con una tasa de mortalidad no tan alta como en un contagio convencional. El sistema no era perfecto, pues había personas inoculadas que sufrían síntomas severos de todos modos, y algunas morían. Aun así, en regiones donde la viruela era endémica y el contagio accidental probable, muchos preferían optar por pasar la enfermedad de manera voluntaria y confiar en la suerte.

A principios del siglo XVII existían algunas comunidades asiáticas que inoculaban de manera sistemática a los bebés menores de seis meses. En Turquía, la variolación empezó a usarse en los harenes para prevenir que las esclavas se contagiasen y sus rostros quedasen marcados por las cicatrices de las pústulas, pero la práctica pronto se extendió a la aristocracia y otras clases sociales. Fue precisamente en Turquía donde la escritora Mary Wortley Montagu, famosa por sus crónicas sobre el país otomano, conoció el procedimiento. Convencida de su eficacia, regresó a Inglaterra y comenzó a insistir sobre la necesidad de aplicarlo allí. A veces se dice que los médicos desdeñaron las informaciones de lady Montagu porque era una mujer, pero esto no es cierto; otros europeos como Emmanuel Timoni o Giacomo Pilarino habían descubierto la variolación en Turquía  un poco antes, pero habían sido ignorados al regresar con las noticias. Fue la insistencia de la pertinaz lady Montagu —quien llegó a inocular públicamente a sus propios hijos— lo que animó a la comunidad científica inglesa a investigar sobre la variolación. El primer experimento europeo se realizó en Inglaterra; siete presos aceptaron inocularse de viruela bajo la promesa de que, si sobrevivían, quedarían en libertad. Los siete sufrieron formas leves o medianas de la enfermedad, pero se curaron y terminaron saliendo de la cárcel.

La variolación, pues, era un sistema de inmunización, pero no de prevención, pues los inoculados enfermaban. Hoy, puede sonar a ruleta rusa epidémica. Sin embargo, visto desde los ojos de sus defensores de aquella época, podía tener sentido. Los europeos del siglo XVIII descubrieron algo que otros pueblos ya conocían: la viruela contraída mediante inoculación tenía menos probabilidades de ser grave que la viruela contraída por contagio natural. Varios estudios médicos mostraron, para sorpresa de muchos, que la variolación rebajaba la mortalidad del 20 % al 2 %. Dicho de otro modo: si uno se contagiaba de viruela en su entorno, la probabilidad de morir era de uno contra cinco. Si uno se inoculaba, era de uno contra cincuenta. Esta mortalidad considerablemente menor explica que muchos optasen por aquel procedimiento de contagio que ofrecía mejores perspectivas de supervivencia. Los niños, en particular, se convirtieron en objetos frecuentes de variolación, ya que se daba por hecho que, de no ser inoculados de pequeños, terminarían contagiándose con peores síntomas en algún momento de la vida.

La variolación era una medida desesperada ante una enfermedad para la que no existía curación. Y una medida discutida; algunos detractores llamaban «asesinos» a los médicos que la aplicaban, y no faltaban profesionales sanitarios que albergaban recelos. Pero si consideramos los efectos estadísticos sobre grupos amplios de población, la inoculación era indudablemente útil. Esto quedó muy patente durante la guerra de independencia estadounidense, donde se pudo comprobar qué efectos tenía la variolación sobre dos grupos bien controlados, bien localizados y demográficamente equivalentes: los soldados de ambos bandos. Durante la guerra se produjo un brote de viruela que hizo estragos entre los soldados americanos. Esto tuvo serias consecuencias militares, pues los americanos tuvieron que renunciar a varios de sus avances. Por el contrario, las consecuencias del brote fueron mucho menos intensas entre los soldados ingleses, quienes habían sido inoculados antes de partir a la guerra. George Washington, líder del bando americano, tomó ejemplo de sus enemigos y ordenó inocular a sus propios hombres. Eso redujo la severidad de la epidemia en su propio bando y, con el tiempo, le permitió retomar las operaciones militares con relativa normalidad. Este éxito de las inoculaciones en la guerra tuvo mucho eco en Europa, donde los escépticos que seguían señalando —no sin su parte de razón— los inconvenientes del procedimiento, empezaban a quedar en minoría.

Pandemias
Giving Prisoners the Smallpox in Gaol. The Print Collector. (DP)

La variolación también sirvió como lucrativo negocio para aquellos que lograron disminuir aún más la mortalidad. El cirujano Robert Sutton inoculó a sus hijos, como ya era habitual entre gente de clases medias y altas, pero resultó que uno de ellos sufrió una viruela muy grave. Sutton se preguntó por qué no todos sus hijos habían enfermado con igual severidad y llegó a la conclusión de que importaba mucho la manera concreta en que se realizaba la inoculación. Empezó a experimentar con una inoculación que consistía en un raspado muy suave y superficial, evitando todo tipo de cortes o sangrados, y eligiendo únicamente material infeccioso de los pacientes con los cuadros más leves. El «método Sutton» fue todo un éxito: sus inoculados desarrollaban menos casos graves y una tasa de mortalidad que, según él y sus partidarios, era casi residual. Pronto tuvo pacientes por miles, hasta el punto de que se vio obligado a comprar varias casas de su vecindario para ampliar su consulta. No mucho después, estableció una cadena de franquicias médicas. Sutton exigía a sus socios, empleados y pacientes la máxima discreción sobre el procedimiento que lo estaba haciendo rico, con el fin de evitar la aparición de competencia; irónicamente, sería uno de sus propios hijos quien decidiría hacer público el secreto.

El hecho de que la variolación solamente pareciese funcionar con la viruela hizo que esta enfermedad empezase a acaparar estudios científicos con la esperanza de descubrir algo más sobre el mecanismo de las pandemias. Pero el principal impulso para la inmunología moderna iba a nacer no en los laboratorios, sino en las granjas. Justo por entonces se estaba produciendo un extraño fenómeno en el norte de Europa, donde se estaba extendiendo una forma de viruela que atacaba a las vacas. Entre otros síntomas, los animales desarrollaban pústulas cutáneas, que aparecían también sobre la piel de las ubres. Las personas que ordeñaban a las vacas, que solían ser las mujeres de la casa, se contagiaban y enfermaban de la viruela bovina, pero sus síntomas eran mucho más leves que los de la viruela humana. Lo más sorprendente para los observadores de aquella época era que estas mujeres quedaban inmunizadas para siempre no solo ante la viruela bovina, sino también frente a la viruela humana.

Como es lógico, nadie conseguía explicarse esta misteriosa relación entre las viruelas de vacas y humanos, pero empezaba a ser conocida en las áreas rurales. En 1765, la Sociedad Médica de Londres recibió una carta firmada por un tal «doctor Fewster», en apariencia un médico rural, donde se afirmaba que la inoculación con materia infecciosa procedente de las vacas podía servir para generar inmunidad frente a la viruela humana. La academia no hizo mucho caso, quizá por los prejuicios hacia el uso de pus animal. Así que fue el boca a boca, más que la divulgación científica, lo que propició el nacimiento de una nueva corriente inmunológica, y existen casos documentados de personas que, sin ser médicos y por su cuenta y riesgo, decidieron probar con la inoculación de la viruela bovina. En 1769, el funcionario alemán Jobst Bose se inoculó a sí mismo y a sus familiares con el pus procedente de una vaca enferma. El granjero inglés Benjamin Jesty lo hizo en 1774. El alemán Peter Plett lo hizo en 1791, cuando empezó a trabajar como profesor en una zona rural y las mujeres encargadas de ordeñar a las vacas le contaron que estaban protegidas ante la viruela humana porque se habían contagiado de la bovina.

Se cree que el enigmático «doctor Fewster» que había avisado sobre esto a la academia londinense pudo ser John Fewster, colega y amigo personal de Edward Jenner, el primer estudioso que comprobó de manera científica la eficacia de lo que ya empezaba a ser una información extendida entre los granjeros. Cuando una lechera de su zona se contagió de la viruela bovina, Jenner extrajo materia de sus pústulas y se la inoculó al hijo de su jardinero, un niño de ocho años llamado James Phipps. El niño enfermó levemente al cabo de una semana, quejándose de dolor de cabeza, escalofríos, y molestias en las axilas (seguramente producidas por una inflamación de los ganglios), pero estos síntomas fueron suaves y desaparecieron al cabo de veinticuatro horas. Después, el pequeño James se recuperó por completo. Así, supo que el pus «de segunda mano» obtenido de una persona enferma de viruela bovina apenas provocaba síntomas, y que en el inoculado la enfermedad ni siquiera llegaba a desarrollarse más allá de un malestar inicial.

Dos meses después llegó la comprobación científica de la validez del procedimiento, cuando Jenner hizo lo que nadie había hecho: comprobar de manera fehaciente que la viruela bovina proporcionaba inmunidad frente a la viruela humana. Inoculó de nuevo a James, pero esta vez con la viruela humana. Esta vez, el niño ni siquiera mostró síntomas leves o iniciales. Con el paso del tiempo, James fue inoculado un total veinte veces. Nunca enfermó. Edward Jenner había demostrado que la inoculación de pus bovino procedente no de una vaca, sino de un ser humano, confería inmunidad frente a la viruela a cambio de padecer un breve malestar.

Edward Jenner bautizó la viruela bovina como variola vaccina —«viruela de la vaca» en latín— y en 1798 publicó la primera descripción científica del nuevo procedimiento en el libro An Inquiry into the Causes and Effects of the Variolae Vacciniae (Un estudio de las causas y efectos de la viruela de la vaca). El libro provocó un gran impacto en círculos científicos y supuso el nacimiento de la inmunología moderna. Ya no se trataba de habladurías populares que ningún médico importante se había molestado en comprobar, sino de un estudio minucioso por parte de un científico que había seguido paso por paso los efectos del procedimiento. Esto sí era aceptable para la academia, y en tres años el libro de Jenner se publicaba ya en el resto de Europa. El nuevo sistema, mucho más seguro y efectivo, empezó a sustituir a la variolización tradicional. En 1801, cuando el médico Richard Dunning escribió sobre los avances de Jenner con la variola vaccina, usó por primera vez el término vaccination, «vacunación».

El mundo médico experimentó una revolución. Aunque nadie sabía por qué la vacunación garantizaba la inmunidad sin necesidad de transitar por la enfermedad, el efecto era innegable. La vacuna de la viruela tuvo un éxito resonante. Su consagración internacional se produjo entre 1803 y 1806, cuando el médico español Francisco Javier de Balmis comandó la llamada «Real Expedición Filantrópica de la Vacuna», que fue la primera campaña masiva de vacunación de la historia. Balmis, tras obtener financiación del rey Carlos IV (cuya hija María Teresa había muerto de viruela), seleccionó a una veintena de niños de entre ocho y diez años que procedían de orfanatos, y los inoculó con la viruela bovina. Una vez inoculados, todos ellos eran portadores de la inmunidad y sus pequeñas muestras de sangre servirían para introducir la vacuna en nuevos territorios. Eran pequeñas vacunas andantes. Durante tres años, Balmis llevó la inmunidad frente a la viruela por los territorios españoles de América y Asia. Cuando Edward Jenner supo de esta expedición, se emocionó y escribió: «No imagino que los anales de la historia luzcan un ejemplo de filantropía tan noble y tan extenso como este». También el propio Jenner recibió todo tipo de parabienes, incluso de los enemigos de su país. En 1805 Francia estaba en guerra con Inglaterra y Napoleón, que había hecho vacunar a sus soldados, insistió en concederle a Jenner una medalla, pese a que Jenner era inglés. El médico respondió pidiendo la liberación de algunos prisioneros de guerra. Napoleón accedió a la petición de Jenner, diciendo: «No puedo negarle nada a uno de los más grandes benefactores de la humanidad».

viruela
Campaña vacunación contra la viruela en los años 20. Fotografía: Cordon press.

La viruela, la pandemia que había matado por decenas de  millones y que había causado más víctimas después de la peste bubónica, empezó a retroceder con las sucesivas campañas de vacunación de los siglos XIX y XX. El último caso provocado por transmisión espontánea tuvo lugar en 1977. El joven Ali Maow Maalin, de veintitrés años, era cocinero en un hospital de la ciudad somalí de Merca. Participaba en las campañas de vacunación aunque irónicamente, él mismo había evitado vacunarse debido a su fobia a las agujas, pese a que era un requisito obligatorio para el personal sanitario. Cuando un grupo de niños nómadas que tampoco habían acudido a las campañas de vacunación enfermaron en la campiña y las autoridades decidieron ponerlos en cuarentena, fueron transportados en un Land Rover. El conductor era Ali Maalin, de quienes sus jefes creían que era inmune. Pese a que el viaje duró menos de quince minutos, Maalin resultó contagiado. Cuando a los pocos días desarrolló fiebre y fuertes dolores de cabeza, los médicos lo trataron como si hubiese contraído la malaria. Al aparecer las pústulas, cambiaron el diagnóstico a varicela y le permitieron irse a casa para recuperarse. Pero los síntomas empeoraron, y los médicos se dieron cuenta de que se hallaban ante un caso de viruela. Hubo que rastrear todos los contactos de Maalin y las múltiples visitas que había recibido, para verificar que estuviesen vacunados y, en caso contrario, ponerlos en cuarentena. El brote fue contenido con éxito, pues nadie más desarrolló la enfermedad.

La penúltima víctima mortal de la viruela fue una niña del grupo de nómadas, Habiba Nur Ali, que solo tenía seis años de edad. Ali Maalin, en cambio, se recuperó casi sin secuelas. Habiendo aprendido la lección, dedicó el resto de su vida a promover la vacunación de la poliomielitis, contando su propia historia para convencer a las poblaciones rurales más reacias. Maalin se convirtió en un héroe de la vacunación cuando, durante una de esas campañas en territorio rural, contrajo la malaria, que lo mató a los cincuenta años.

En 1978, tras la curación de Maalin y la contención del brote somalí, la Organización Mundial de la Salud estaba ya preparada para comunicar de forma oficial que la viruela había sido erradicada. Pero el portentoso anuncio tuvo que aplazarse. Aquel mismo año, una fotógrafa británica de cuarenta años llamada Janet Parker, y especializada en publicaciones médicas, estaba visitando un laboratorio de la Universidad de Birgingham, en el que se estaba estudiando un cultivo del variola virus. Aunque nadie sabe exactamente cómo, fue expuesta al patógeno por accidente y de manera inadvertida. A los pocos días, empezó a sentir un fuerte dolor de cabeza, además de fiebre alta y un malestar que se agravaba con rapidez. Pronto aparecieron «desagradables» puntos rojos sobre todo su cuerpo. Acudió al hospital diciendo que nunca en su vida se había sentido tan enferma. Los médicos, engañados por la aún muy reciente publicidad en torno al «último caso de viruela» del año anterior, fueron incapaces de reconocer los síntomas y le dijeron que estaba sufriendo la varicela. La madre de Janet, que había trabajado como enfermera y la había estado cuidando, se opuso al diagnóstico. Alegó que Janet ya había sufrido la varicela de pequeña, por lo que era inmune, y que aquellas nuevas pústulas eran «distintas». Cuando por fin los médicos decidieron examinar muestras bajo el microscopio, se dieron cuenta de que Janet, por increíble que pareciese, había contraído la viruela.

La aislaron y rastrearon a todos sus contactos cercanos. El pánico se apoderó de Birmingham. Doscientas sesenta personas del círculo extenso de Janet investigadas y puestas en cuarentena. Su madre fue vacunada de urgencia, pero ya se había contagiado, aunque fue el único contagio conocido, y además cursó con síntomas leves y se recuperó pronto. Pero la desgracia iba a cebarse con la familia: el padre de Janet murió de un ataque cardíaco, quizá producto de la tensión nerviosa, mientras la visitaba en el hospital. Es posible que esta noticia tuviese influencia sobre otro hecho luctuoso. Henry Bedson, jefe del departamento de microbiología de la universidad donde se deducía que Janet se había contagiado, guardaba cuarentena en su casa, junto a su familia. Al día siguiente de la muerte del padre de Janet, Bedson se ocultó de su mujer e hijos en el cobertizo de su jardín, escribió una nota y se quitó la vida mediante un corte en la garganta. Culpándose por el contagio, decía en su nota que lamentaba «haber traicionado la confianza» de sus colegas de profesión. Pocos días después, la propia Janet Parker moría por los efectos de la viruela. Fue la última víctima conocida de los muchos millones de víctimas que había provocado una de las pandemias más terribles padecidas por la humanidad. Tras el tropiezo de 1978, la Organización Mundial de la Salud hizo en 1980, por fin, el anuncio de que la viruela había sido erradicada. Desde entonces, no se ha vuelto tener noticia de ella.

(Continuará)


Vacunas y autismo

Fotografía: CC0.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 23

En España la esperanza de vida al nacer pasó de 34,9 años en 1900 a 83 en nuestros días, más del doble. Distintos factores influyeron en este éxito sin precedentes pero entre ellos están, sin duda, los antibióticos, el agua corriente sanitaria y las vacunas. Las vacunas han acabado con la viruela a nivel mundial —solo en el siglo XX murieron trescientos millones de personas de esta enfermedad— y están a punto de hacerlo con la polio (en 1988 había poliomielitis endémica en ciento cincuenta países, hoy solo queda en dos: Afganistán y Pakistán). Otras enfermedades erradicadas en España gracias a las vacunas fueron la rabia (1960), la difteria (1975) o el sarampión (1998). Antes de la existencia de esas vacunas decenas de miles de niños morían o quedaban con graves secuelas, ceguera, parálisis, etc., a causa de las enfermedades infecciosas. La lucha contra las enfermedades sigue sin detenerse y las vacunas siguen siendo una de nuestras mejores bazas: tenemos una vacuna reciente contra el ébola que es eficaz al 100 % y otra contra el virus del papiloma humano que, tras diez años de uso en Estados Unidos, ha mostrado unos índices excelentes de protección. Eso significa que cientos de miles de mujeres no sufrirán cáncer de útero en los próximos años.

Tras la implantación de cada nueva vacuna el número de enfermos cayó en picado, pero, desgraciadamente, en los últimos años estamos viendo un repunte de algunas enfermedades que creíamos erradicadas para siempre. El 27 de junio de 2015, Pau, un niño de seis años, moría de difteria en Olot. Sus padres no le habían vacunado. Este último invierno miles de niños europeos enfermaron de sarampión. La mayoría no estaban vacunados y unas decenas han muerto —veinticuatro tan solo en Rumanía— a causa de esta enfermedad infecciosa. Y no solo mueren niños sin vacunar por decisión de sus padres, sino que se dan casos de adolescentes como Ines Sampaio de Portugal, fallecida el 19 de abril de 2017 a los diecisiete años, que por tener un sistema inmunitario dañado no han podido recibir la vacuna y que dependen de la defensa del grupo que les rodea, la llamada protección de rebaño. Esa barrera se rompe cuando las falsas creencias quiebran ese pacto social en el que cuidándonos cada uno cuidamos también de los demás.

El principal culpable de esas muertes es el movimiento antivacunas, una mezcolanza de grupos y personas que no es fácil de acotar. A veces detrás de su postura hay conflictos de intereses —quieren vender su producto alternativo—, otras veces sencillamente son individuos que desconocen por completo los mecanismos de las infecciones, las epidemias y las vacunas, pero que creen que saben más que los principales expertos internacionales. Entre ellos hay incluso alguna persona con formación sanitaria, pero no debe sorprendernos: todos los profesores tenemos estudiantes que pasan por la facultad pero parece que la facultad no pasa por ellos. Frente a estas excepciones, el dato clave es que una abrumadora mayoría de médicos y profesores, así como los investigadores más prestigiosos, no solo recomendamos la vacunación, sino que, de hecho, vacunamos a nuestros hijos. Decir que estamos al servicio de las farmacéuticas es un insulto gratuito y torpe. ¿Alguien puede creer que estemos dispuestos a poner en peligro la vida de nuestros hijos por dinero? La realidad es que la mayoría somos empleados públicos y estamos al servicio de la sociedad, de usted.

Un aspecto importante de ese movimiento antivacunas son los periodistas poco rigurosos y los famosos y famosetes que dan pábulo a estas teorías que la ciencia ha descartado hace décadas. Entre los norteamericanos, Jim Carrey, Martin Sheen y ¡Donald Trump! Como ven, algunos de los científicos más respetados del planeta… Lo curioso es que hablen de temas que no conocen sin preguntar a nadie que sepa del asunto, pero ¿no es lo que hacen algunos todos los días? El último en España ha sido Javier Cárdenas, quien, hace unos días, volvió a poner sobre la mesa una falsa creencia, la que vincula los trastornos del autismo con la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubeola), una de las principales vacunas de la infancia. Sin informarse debidamente, retomó esta falsedad («El autismo se ha convertido en una epidemia. Para que veas hasta qué punto algo se está haciendo mal, seguro, desde un punto de vista de vacunas») y la difundió, haciendo con ello un daño enorme al alimentar la confusión.

Frente a esto, ¿qué podemos hacer sino seguir contando, explicando, combatiendo la desinformación? Hablemos por tanto de las vacunas y el autismo, y de cómo surgió esta errónea asociación entre ambos. Verán que la historia es aleccionadora y que revela algunas de las claves que hay detrás de estas falsas creencias: falta de rigor científico, una estremecedora ausencia de escrúpulos y, cherchez l’argent, intereses económicos.

Para explicar el origen de esta falacia que vincula vacunas y autismo, tenemos que retroceder a 1998, cuando la revista británica Lancet publicó un artículo firmado por un grupo de trece investigadores británicos donde se decía que los niños con autismo vacunados con la triple vírica tenían una mayor probabilidad de sufrir problemas intestinales que los no vacunados. El primer firmante del artículo, y por tanto quien encabezaba la investigación, Andrew Wakefield, fue aún más allá y afirmó que dicho problema intestinal generaba una permeabilidad anómala del tubo digestivo y que eso producía el autismo.

Aunque en el artículo se aclaraba que no podían afirmar que hubiera una relación causal entre vacunas y autismo, Wakefield apareció en esas fechas en un vídeo asegurando que el riesgo de sufrir este trastorno iba ligado a las vacunas múltiples y recomendó que se suspendiera el uso de la vacuna triple vírica y se sustituyera por vacunas únicas que se pusieran sucesivamente. La reacción al artículo fue inmediata, la prensa recogió profusamente aquella información que parecía explicar el aumento de casos de autismo y los padres empezaron a temer los efectos de las vacunas en vez de los riesgos que implicaba no estar vacunados, como había sido hasta entonces. La cobertura de las vacunas cayó en todos los países occidentales.

Sin embargo, pronto empezaron a salir a la luz detalles cuando menos «llamativos». Wakefield había solicitado una patente para una vacuna única contra el sarampión, por lo que, si se eliminaba la triple vírica y se sustituía por la suya, ganaría una fortuna. Por otra parte, ningún otro grupo de investigación conseguía replicar los resultados, un aspecto clave del sistema científico. Aquellos resultados extraños no le salían a nadie más. Un periodista, Brian Deer, habló con los padres de los niños incluidos en la investigación, revisó con su consentimiento los registros médicos y encontró falsificaciones en los datos del estudio. El siguiente paso en esa escalera de infamias fue cuando averiguó que Richard Burr, un abogado especializado en litigar contra las compañías farmacéuticas, había pagado a Wakefield 435 643 libras —más de 800 000 euros al cambio actual— para desarrollar argumentos contra las vacunas.

Por si esto fuese poco, cuando revisores independientes, esta vez científicos, comprobaron los datos de los doce niños incluidos en el estudio descubrieron que las supuestas evidencias contenían errores, mentiras e información fraudulenta. Salió a la luz también que Burr estaba pleiteando contra los fabricantes de la vacuna triple vírica y que parte de las familias de esos niños eran sus clientes. Los niños incluidos en el estudio no habían sido elegidos al azar, algo básico en cualquier estudio clínico, y había claros conflictos de intereses.

Al conocer estos datos, diez de los trece investigadores que firmaban el artículo en The Lancet se retractaron declarando que habían sido engañados. Finalmente, en 2010 la propia revista hizo una investigación exhaustiva, encontraron conflictos ocultos de intereses, fraude y malas prácticas, y decidieron retirar el artículo. Esta es la actuación más grave y contundente que se puede realizar contra una publicación científica; es decir, ya no es que el artículo sea discutible, es que es basura para la papelera. Finalmente, el Consejo Médico General del Reino Unido retiró su licencia a Wakefield, citando expresamente su desprecio por la salud de los niños en su investigación, y le expulsó de la profesión.

El veredicto final fue concluyente: el estudio era un fraude. ¿Y Wakefield? Se trasladó a Estados Unidos y continuó su campaña allí. Fundó una clínica, dijo que iba a fundar una universidad, hizo una película y fue jaleado por sus numerosos seguidores. Entre estos, por supuesto, no se cuenta la comunidad científica, que le considera un sinvergüenza, un estafador, un tipo despreciable que llegó a sacar muestras de sangre a los niños que iban a los cumpleaños de sus hijos, sin permiso de sus padres ni la aprobación obligatoria de un comité ético. La ciencia no es perfecta, pero está siempre dispuesta a corregir sus imperfecciones y debe aportar el máximo rigor y transparencia. Wakefield es lo contrario a un científico.

A día de hoy, y siendo conscientes de lo mucho que queda por descubrir, todo hace pensar que el origen del autismo tiene una base genética, y estudios con resonancia magnética o análisis de sangre permiten distinguir a la mayoría de los niños que desarrollarán autismo antes de que presenten ningún síntoma y antes de que se les ponga la triple vírica. Aun así, la supuesta relación entre vacunas y autismo resurge cada cierto tiempo, quizá alimentada por el hecho de que en muchos casos los primeros síntomas suelen hacerse evidentes precisamente en la edad en la que los niños reciben esta vacuna. Sea como fuere, este escepticismo hace que sigamos tirando tiempo y dinero en repetir estudios que siempre ofrecen la misma conclusión: no hay relación entre vacunas y autismo. La revista Vaccine publicó en 2014 un metaanálisis sobre vacunas y autismo con datos de ¡1,3 millones de personas! ¿La conclusión? No había ninguna relación. Otra revista de gran prestigio, el Journal of the American Medical Association, encontró que no había diferencias en la probabilidad de tener autismo entre miles de niños vacunados y no vacunados. Pero no se preocupe, cada cierto tiempo alguien sacará los datos de Wakefield o alguna otra patochada y dirá que es que «no hemos mirado la suficiente».

Hay muchas otras mentiras sobre las vacunas. Por ejemplo, que el sistema inmunitario de un niño puede derrumbarse al tener que afrontar tantos antígenos juntos. Pero la realidad es que el sistema inmunitario de un bebé responde cada día a miles de sustancias novedosas y lo hace maravillosamente bien. Se ha calculado que si todas las vacunas de la infancia se pusieran el mismo día, eso solo ocuparía el 0,01 % de la capacidad del sistema inmune, una minucia. También se dice que las vacunas contienen mercurio. Es cierto que hace décadas una sal de mercurio, el timerosal, se usaba como conservante en las vacunas, pero desde hace tiempo usamos monodosis que no necesitan ese conservante. El timerosal fue eliminado en 2001, no para proteger a los niños, en los que no se había visto ningún efecto nocivo, sino para reducir la cantidad de mercurio que llegaba al medio ambiente.

Vivimos en una época de gran desconfianza en las instituciones, no creemos en las figuras que años antes eran respetadas como médicos o investigadores, cualquiera se cree con la capacidad para opinar sobre salud, sobre lo que sea, basado en lo que ha leído en internet o ha oído en el bar. Si un especialista, como la pediatra Laura Galán, una magnífica profesional, sale a explicar estas cosas, sufre una cadena de insultos que pone los pelos de punta. Si dices que las vacunas funcionan, es que eres un esbirro de las multinacionales farmacéuticas. Si discutes con un partidario de los remedios tradicionales chinos y le dices que, hasta que Mao llevó la medicina occidental, los chinos vivían veinte años menos, es que eres muy poco «holista», un estrecho, vamos. Y si te hablan de las bondades de las hierbas y tú le explicas que muchos de nuestros venenos más mortíferos son vegetales, como la cicuta o el acónito, es que eres un aguafiestas y no les dejas vivir en el país de las piruletas. Los científicos creemos que la medicina alternativa que funciona se llama medicina, y lo otro será alternativo, pero no es seguro ni eficaz, las dos características exigibles a un medicamento, y, por tanto, no es medicina. Seguro y eficaz, no pedimos más, y no me diga que tiene que ser al 100 % y todos los días, porque eso no lo cumple ni el cariño de una madre, que es lo mejor de este mundo.

En estos tiempos hay que dar un paso adelante y hablar con claridad. Las vacunas son, en mi opinión, uno de los mejores inventos de la historia de la humanidad: son baratas, seguras y eficaces. Decir que son baratas no quiere decir que producirlas salga gratis. Pero, en la mayoría de los casos, su bajo precio da a las farmacéuticas un margen de beneficio mucho menor que el que proporcionan, por ejemplo, las cremas antiarrugas o los medicamentos que favorecen la erección del pene. Es por eso que corremos el riesgo de desabastecimiento de algunas vacunas mientras que dispondremos de productos para disfrutar de buen sexo con una piel tersa.

Decir que las vacunas son seguras no quiere decir que no haya un porcentaje mínimo de peligro: tomar una aspirina o un cacahuete también conlleva riesgos, pero habitualmente consideramos que son tan bajos que su uso pautado y controlado por un médico es asumible y recomendable.

Finalmente, afirmar que son eficaces no quiere decir que solucionen todos los problemas de la infancia, sino que la protección es mucho mayor en la población vacunada que en los no vacunados. Las vacunas han salvado y salvan millones de vidas ¡cada año!

Ante las críticas que le llovieron por todas partes, Javier Cárdenas intentó negar que hubiese relacionado vacunas y autismo y borró sus rastros, pero este mundo actual tiene copia de seguridad, así que en menos de una hora le colgaron sus grabaciones para que no mintiera más. Solo queda esperar que no vuelva a cometer un error de este tipo y que la televisión pública penalice seriamente esta clase de declaraciones que van contra la salud pública. Por mí, que le manden a su casa o, al menos, que le manden a la escuela y copie cien veces «no hay relación entre vacunas y autismo».


Referencias:


¿Funcionan las vacunas?

Un niño afectado por poliomielitis con la doctora que le trata, 1947.Fotografía: Getty.

Manuel y Manuel comparten nombre y apellido, pero el destino de sus vidas ha sido bien diferente. ¿La razón? La poliomielitis que afectó al más joven de los primos cuando apenas era un chiquillo, dejándole como secuela una visible cojera en su pierna derecha. Como él, miles de niños nacidos antes de la década de los sesenta sufrieron los graves estragos de una enfermedad infecciosa muy contagiosa, causada por los poliovirus.

No escaparon del ataque de los virus ni los jóvenes anónimos ni aquellos predestinados a cambiar el rumbo de la historia. Ese fue el caso, por ejemplo, de Franklin Delano Roosevelt, que acabó en silla de ruedas a los treinta y nueve años por culpa de la parálisis que sufría en la mitad inferior de su cuerpo. Aunque su condición física fue invisible para millones de norteamericanos, ya que sus familiares y colaboradores, con la complicidad de la prensa, ocultaron su discapacidad, su llegada a la Casa Blanca vino acompañada de una generosa financiación para buscar vacunas contra la poliomielitis.

Hoy en día, gracias a las vacunas de Salk y de Sabin, la humanidad está a punto de erradicar la segunda enfermedad en la historia después de la viruela. Las campañas de inmunización, no solo contra la polio, han logrado reducir de forma considerable la incidencia de enfermedades que antaño eran mortales, salvando anualmente entre dos y tres millones de vidas, según datos de la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, las vacunas parecen haber sido víctimas de su propio éxito.

De ello hablan precisamente Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología en la Universidad de Navarra, y Oihan Iturbide, comunicadora científica, en su libro ¿Funcionan las vacunas? La pregunta, que muchos de nuestros antepasados responderían de forma tajante con un «sí», está rodeada de dudas en los tiempos que corren. En nuestra época, al menos en los países occidentales, nos hemos acostumbrado a superar de media los ochenta años de vida y, especialmente, a que no muera ningún niño por una enfermedad infecciosa, ni quede marcado para siempre por una imborrable cojera.

Los autores del libro comienzan explicando nociones básicas sobre la inmunización: qué son las vacunas, cuáles son sus ingredientes y cómo funciona el llamado efecto rebaño. Para ello, utilizando un lenguaje claro y ameno, López-Goñi e Iturbide dan respuesta a todas las dudas que pueden surgir sobre las vacunas. Véase la necesidad de utilizar sales de aluminio en sus ingredientes, la polémica sobre el timerosal o la importancia de inmunizarse no solo desde una perspectiva individualista, sino sobre todo para proteger la salud de todos.

«Durante los últimos cien años las vacunas han contribuido a que en muchos países desarrollados la esperanza de vida haya aumentado de cuarenta y siete a ochenta años», afirman los autores del libro, en el que se afanan por explicar por qué las vacunas funcionan, dando respuestas también a las incertidumbres que en ocasiones rodean a las herramientas para protegernos, por ejemplo, del virus del papiloma humano o de la gripe. Explicar por qué debemos vacunarnos no es sinónimo, como demuestran López-Goñi e Iturbide, de lanzar mensajes simplistas acerca de la inmunización. Como cualquier otro medicamento, las vacunas pueden tener efectos secundarios, pero siempre serán mucho menores que los riesgos que corremos —y que hacemos correr al resto— si no nos protegemos de forma adecuada.

Lejos de evitar temas polémicos, los autores también abordan la situación de los movimientos antivacunas en el mundo. Pese al enorme ruido que generan en internet, y a veces en algún que otro medio de comunicación, hoy en día su peso en España no es tan grande como en otros países como Reino Unido o Estados Unidos. Sin embargo, el número de padres y madres que dudan acerca de la seguridad y la eficacia de las vacunas va en aumento, aunque las coberturas vacunales en nuestro país sigan siendo altas. ¿Funcionan las vacunas? consigue responder a las preguntas e incógnitas que pueden surgir acerca de la vacunación de una forma sencilla y clara.

Libros como el publicado por Ignacio y Oihana son realmente necesarios, al conseguir explicar un tema tan complejo e importante de manera esclarecedora. Como recuerdan los autores, los datos son tozudos: «se enferman más personas no vacunadas que las vacunadas». La inmunización contra la polio llegó tarde para el pequeño Manuel y también para Roosevelt, dos hombres marcados por las secuelas de esta patología vírica. Por fortuna, hoy en día contamos con vacunas para protegernos de enfermedades que segaron millones de vidas en el pasado. Uno de los ejemplos más claros es el de la viruela, una infección que causó más de trescientos millones de fallecimientos durante el siglo XX. Una cifra superior a las muertes causadas por las guerras mundiales, la gripe de 1918 y el sida juntos, como señala en el prólogo la pediatra Lucía Galán. Un buen recordatorio de que las vacunas no solo funcionan, sino que son más importantes que nunca.


Esta guerra la vamos a ganar

Fotografía cortesía de World Health Organization.
Alí Maow Maalin. Fotografía cortesía de World Health Organization.

Alí Maow Maalin tenía veintitrés años. Trabajaba de cocinero en un hospital de la ciudad de Merca, cerca de Mogadiscio, Somalia, y también colaboraba en algunas campañas de vacunación. El 12 de octubre de 1977 hizo un viaje sencillo y rápido que cambiaría su vida y marcaría un hito en la historia de la humanidad. Ese día, un conductor del gobierno le preguntó en el hospital por una dirección y Alí se subió al coche para guiarle hasta su destino, un corto viaje de menos de un cuarto de hora. En el asiento de atrás iban dos niños y su aspecto no era muy allá, tenían sarpullidos y granitos pero Alí no le dio más importancia. Si hubiera pensado en el lugar hacia donde se dirigían, quizá hubiera tomado más precauciones. Una población de nómadas del desierto de Ogaden había tenido un brote de viruela y las autoridades somalíes habían ordenado concentrar a toda la población afectada en un campo de aislamiento para facilitar su tratamiento. Esa pareja de pasajeros, los dos niños, estaban afectados y uno de ellos, una niña de seis años llamada Habiba Nur Ali, murió dos días después. Alí tenía miedo a las inyecciones y pese a trabajar en el hospital y ser la vacuna un requerimiento para todo el personal sanitario no se había vacunado «porque parecía que aquellos pinchazos dolían». Sus quince minutos de amabilidad fueron suficiente para infectarlo.

La viruela ha sido una azote de la humanidad, ha matado y desfigurado a millones de personas desde hace al menos unos doce mil años. Reyes, papas y artistas murieron de viruela y se cree que fue la principal responsable de que el imperio inca pasara de catorce millones de habitantes a uno y medio tras la llegada de los españoles y sus virus. Fue una transmisión accidental, fortuita y trágica pero en América del Norte los oficiales ingleses repartieron de forma planificada mantas de pacientes con viruela a los emisarios de los nativos norteamericanos a parlamentar con ellos. De esa forma acabaron con gran parte de la población, generaron un auténtico genocidio y zanjaron la rebelión de Pontiac.

De las cosas que los españoles deberíamos sentirnos orgullosos es de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, también conocida como la Expedición Balmis, una empresa generosa que saliendo de A Coruña dio la vuelta al mundo desde 1803 a 1814 para llevar la vacuna a todos los rincones del por entonces imperio español. Fue la primera expedición sanitaria internacional de la historia. La solución para que la vacuna resistiese todo el viaje se le ocurrió a Francisco Javier Balmis: llevó veintidós niños huérfanos y cada cierto tiempo pasaba la vacuna de uno a otro para que se mantuviera activa y viva en esos cuerpos infantiles. Con este sistema, la vacuna contra la viruela llegó a las islas Canarias, a Venezuela, a Colombia, a Ecuador, a Perú, a México, a las islas Filipinas y a China. También repartieron instrumental médico y científico así como la traducción del Tratado práctico e histórico de la vacuna de Louis-Jacques Moreau de la Sarthe, para ser usado como manual por las comisiones de vacunación que se fundaron en cada territorio. El gran científico y explorador alemán Alexander von Humboldt escribió en 1825 sobre la expedición Balmis: «Este viaje permanecerá como el más memorable en los anales de la historia». Conocía demasiado poco a los españoles.

Pero volvamos a Alí. Diez días después de su buena obra, cayó enfermo con fiebre y dolor de cabeza. Fue al hospital y le pusieron un tratamiento para la malaria, la enfermedad más habitual. Cuatro días después seguía igual y le salió una erupción, pero los médicos creían que estaba vacunado contra la viruela así que pensaron que sería varicela y le dieron el alta. Pocos días después, los síntomas ya sugerían viruela pero Alí no quería que le aislaran y evitó acudir al hospital. Afortunadamente un enfermero que lo conocía denunció su estado, probablemente por la recompensa de doscientos chelines somalíes, unos treinta euros, que ofrecía la OMS a cualquiera que avisara de una persona con viruela. Con el tratamiento médico, Maalin se recuperó completamente y fue dado de alta a finales de noviembre.

Al mismo tiempo que su caso fue identificado y aislado, se puso en marcha una operación cuasimilitar para localizar a todas las personas con las que Maalin pudiese haber entrado en contacto durante su enfermedad. Era un hombre popular y se localizaron ciento sesenta y un contactos, de los cuales cuarenta y uno no estaban vacunados. Se les siguió la pista uno a uno, en algunos casos hasta más de ciento veinte kilómetros de distancia y se les vacunó a ellos y a sus familias. En total, en las dos semanas tras identificar la viruela de Alí cincuenta y cuatro mil setecientas setenta y siete personas fueron vacunadas. El hospital quedó cerrado para nuevos ingresos y se establecieron cuatro puntos de control en las principales carreteras de la ciudad. Además, la policía patrullaba los caminos y senderos. Nadie pudo entrar o salir de Merca sin demostrar que estaba vacunado. Cada mes hubo una operación de chequeo casa por casa por toda la región y finalmente se hizo una búsqueda por todo el país, que se dio por terminada el 29 de diciembre. No aparecieron nuevos casos.

La viruela solo se transmite de persona a persona, algo afortunado porque impide que haya reservorios en la naturaleza donde el virus se pueda esconder. En los años 1960, entre medio millón y un millón y medio de personas morían cada año de viruela. La vacuna, la primera de la historia, era eficaz, y se decidió algo de una ambición sin paragón: perseguir al virus de la viruela, de los poblados esquimales a las tribus amazónicas, de las megaurbes asiáticas a las islas más remotas y acabar con él. Al principio no funcionó pero se mantuvo un esfuerzo constante, metódico, titánico. País a país se fue vacunando en particular a los niños hasta romper esas cadenas de transmisión del virus que se habían ido reproduciendo durante milenios. En cada país, el virus fue acorralado hasta el último caso, el último paciente. En Botswana fue en 1974 y era una niña llamada Prisca Elias. 1976 fue un buen año, Kausar Parveen fue el último enfermo de Pakistán, Rahima Banu la última de Bangladesh y  Amina Salat, la última de Etiopía. El último del mundo, como quizá habrá adivinado, fue un joven de Somalia, fue Alí.

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Fotografía cortesía de World Health Organization.

Dos años después, el 9 de diciembre de 1979, los miembros de la comisión de la OMS que coordinaban la lucha contra la viruela firmaron un documento que decía que esta enfermedad había sido erradicada del mundo. Es uno de los grandes días de la historia de la humanidad, la primera vez que una enfermedad —y una terrible, por cierto— había sido barrida del mapa gracias a un esfuerzo coordinado de investigación, planificación y acción. Ya no necesitamos vacunarnos de viruela porque no existe ni un solo virus libre en el mundo.

Quizá pensando en su propia historia, Maalin decidió tomar parte en otra campaña similar: librar a su país de la polio. La polio ha demostrado ser un enemigo mucho más duro de batir, pero su propia experiencia era un ejemplo de por qué era necesario vacunar y consiguió convencer a los señores de la guerra de algunas facciones de que merecía la pena vacunar a sus soldados y a las personas que vivían en los territorios que controlaban. Él decía: «Somalia fue el último país con viruela. Quiero ayudar a asegurar que no sea también el último lugar con polio». Maalin trabajó para la OMS como coordinador local con responsabilidades en la movilización social y pasó varios años de un lado a otro de Somalia, vacunó niños y aleccionó a diferentes comunidades. El Boston Globe lo describió como uno los coordinadores locales más valiosos para la OMS. Animaba a la gente a vacunarse contando su experiencia con la viruela: «Ahora cuando me encuentro algunos padres que rechazan poner a sus hijos la vacuna contra la polio, les cuento mi historia. Les digo lo importantes que son las vacunas. Les digo que no hagan una idiotez como la mía».

En 2008 Somalia fue declarada libre de polio pero surgió un nuevo brote en 2013 con un registro de ciento noventa y cuatro casos. Era debido a una única persona infectada que había llegado del extranjero y también a que el índice de vacunación había bajado. Alí luchó contra la polio literalmente hasta la muerte: en julio de ese año estaba en la campaña de revacunaciones cuando enfermó y murió, al parecer de malaria. Su trabajo y el de los demás miembros del operativo contra la polio dio sus frutos: el 2014 solo se localizaron cinco casos en Somalia, cero en 2015 y cero en lo que llevamos de 2016.

Ha sido un largo y duro camino. En 1988 hubo en el mundo trescientos cuarenta y cinco mil casos de polio mientras que fueron trescientos cincuenta y nueve en 2014, setenta y cuatro en 2015 y veintiún casos en 2016, a fecha de 15 de agosto. La mala noticia es que en 2015 no hubo polio en África por primera vez en la historia, pero en 2016 ha habido dos casos de poliovirus salvaje en Nigeria. Además, la región del lago Chad, en la que hay territorios de Nigeria, Níger, Chad y Camerún, tiene un riesgo extremo de que vuelva a aparecer. Las cosas nunca son por casualidad y el comité presidencial nigeriano para la polio no se ha reunido en 2016, y una serie de fondos del Gobierno para atajar la polio no se consignaron a tiempo. Aun así, hay muchos motivos para mantener la esperanza: En 1988, cuando se inició el esfuerzo de vacunación para la erradicación de la polio, había virus libres en ciento veinticinco países y cada día miles de niños quedaban paralíticos por esta enfermedad. Hoy junto a Nigeria solo hay dos países con polio salvaje en estos momentos: Afganistán y Pakistán, y en ambos, a pesar de la difícil situación política y militar, las cosas están mejorando.

Tras la viruela y la polio, iremos a por la lombriz de Guinea. Este gusano parásito entra por ingestión de agua contaminada con pulgas de agua —conocidas científicamente como copépodos— que llevan en su interior la larva de la lombriz o Dracunculus. El ácido del estómago digiere el copépodo pero no a la larva que se encuentra dentro. La lombriz se mueve por el cuerpo, la hembra se aparea con el macho que a continuación muere y después la hembra fecundada viaja hasta una pierna y genera una ampolla con una terrible sensación de escozor —los pacientes lo llaman la serpiente ardiente—. La persona sumerge la pierna en agua para aliviarse y entonces el gusano libera cientos de miles de larvas, que penetran en los copépodos y el ciclo vuelve a comenzar. La prevención es relativamente sencilla, por un lado disponer de agua limpia y por otro tratar el agua de beber con un larvicida. En 1986 hubo tres millones y medio de casos, ciento veintiséis en 2014, veintidós en 2015 y siete en la primera mitad de 2016.

Pienso ver —y disfrutar— cómo acabamos también con esta enfermedad. Y seguiremos con el sarampión, con la malaria y quizá con el sida y con el ébola. Esta historia de éxito tiene desde hace años unos enemigos peculiares: las personas que por ignorancia, superstición o por promover sus propios negocios difunden errores sobre las vacunas o sobre otros tratamientos. ¿Se acuerda de que hace un año murió un niño de seis años de difteria por no estar vacunado? Yo no lo he olvidado. Una campaña de vacunación planteaba una simple cuestión. La pregunta era «¿Tengo que vacunar a mis hijos?», la respuesta era: «Solo a aquellos que quieres que vivan».

Captured in the tribal region of West Cameroon known as Banso, this historic photograph depicted the line of villagers awaiting their smallpox and measles vaccination during the country's participation in the Worldwide efforts to erradicate, and control these diseases during the 1960's.
Campaña de vacunación en Camerún, 1960. Fotografía: Cordon Press.

Para leer más:

  • Balaguer Perigüell E, Ballester Añon R (2003) «En el nombre de los Niños. Real Expedición Filantrópica de la Vacuna 1803-1806». Asociación Española de Pediatría (Madrid) Enlace.
  • Doucleff M (2013) «Last Person To Get Smallpox Dedicated His Life To Ending Polio». National Public Radio. Enlace.
  • Madrigal AC (2013) «The Last Smallpox Patient on Earth». The Atlantic. Enlace.