Benjamín Zarandona, un futbolista del barrio

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En estos tiempos modernos uno puede empezar una conversación de fútbol con los amigos preguntándose cuál sería el modo óptimo de defenderle un córner al SlaskWrocklaw de Silesia si te juega con doble pivote, llevas tres amarillas y hay cierta nieblilla. Lo normal es que el debate termine con toda clase de expertos en morfología del tiro libre a punto de llegar a las manos, pero pronto se impondrá la cordura y la discusión se orientará hacia cuestiones de mayor calado, como por ejemplo qué harán los futbolistas con millones de euros en el bolsillo en su día libre a las cuatro de la mañana. Cuando se llega a ese punto siempre salen dos nombres a colación. El de la mujer de Zambrotta y el de Benjamín Zarandona. De Valentina poco hay que decir, del hispanoguineano, sabido es hasta la saciedad que fue sorprendido por su presidente en el Betis, Manuel Ruiz de Lopera, cuando organizaba una fiesta en su casa con los compañeros y otra gente muy simpática.

Pues en una de estas nos dio por llamar a Benjamín a ver si le apetecía recordar estas historias y su respuesta fue palmaria: «No quiero hablar de Halloween». Y los argumentos todavía más claros. «He jugado diez años en primera, he hecho más cosas que eso». Y la verdad es que llevaba razón, por eso nos dirigimos igualmente hacia Valladolid, donde ha vuelto a vivir tras colgar las botas, y aprovechamos para irnos de pinchos con él y que nos contara.

Su padre era vasco, de Portugalete. Cuando le llegó la hora de hacer el servicio militar aprovechó una mili especial reducida que se podía hacer en Guinea. Allí vio que el país ofrecía buenas posibilidades para hacer negocios. Juró bandera y en lugar de volver a España se quedó buscándose la vida. No le fue mal, ni en el dinero ni en el amor. Conoció en Guinea a su mujer, la madre de Benjamín, y allí tuvo cuatro hijos. Sin embargo, cuando el país africano empezó a dar pasos decisivos para independizarse de España, le recomendaron que pusiera pies en polvorosa y regresó.

Tras pasar un par de años en Bilbao, un hermano, tío de Benjamín, le recomendó que se fuera a Valladolid, donde él trabajaba como profesor, pues allí sobraban las oportunidades. Se mudó toda la familia para la capital castellana y allí siguió con lo suyo: tuvo cinco hijos más. Uno de ellos, el nacido en 1976, era Benjamín. Vino al mundo en el pucelano barrio de las Delicias: «En sus calles me hice futbolista, jugando con mi hermano, con los amigos del colegio, con todo el mundo. Peloteábamos entre los coches. Por todas partes. Todos los grandes talentos han salido del fútbol callejero, Messi y Ronaldinho no iban a escuelas. Y si las hubiera habido mi padre no tenía cien euros al mes para pagarlas. Pero fuimos muy felices, solo pensábamos en divertirnos».

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Y en estas estaba cuando le ficharon. Fue un momento muy poco cinematográfico. Un señor pasaba por la calle, de nombre Manolo, se fijó en los chupinazos que le arreaba al esférico y se fue directo a preguntarle a su padre si podía incorporarlo a Don Bosco, un equipo de la ciudad: «Nuestro campo estaba al lado de un poblado gitano, Las Graveras, si tirabas el balón y acababa ahí lo dabas por perdido. A veces cuando íbamos no podíamos jugar hasta que los gitanos no terminaban de comer, que se ponían a hacer banquete familiar en una de las porterías. El patriarca decía: “Hasta que no acabemos, nada”. El tío no se levantaba y no se levantaba. Recuerdo que había un chico gitano que luego cuando nos poníamos a jugar se quedaba en la banda mirando. Un día le dije al entrenador que hiciera el favor de dejarle jugar con nosotros, que daba igual que fuera gitano. Lo hizo y se convirtió en nuestro mejor jugador. Hasta metió el gol de cabeza al Valladolid con el que les ganamos la liga, y eso que ellos tenían a Rubén Baraja. Luego lo dejó en cadetes. Los gitanos lo tienen muy difícil para continuar con el fútbol, de hecho hay muy pocos que lleguen; pero este hombre sigue viviendo allí, tiene cuatro hijos y va al culto que está al lado».

Poco después Benjamín dio el salto al filial del Valladolid. Cuando alcanzó cierta estatura, en los entrenamientos se cambiaba las botas con un jugador del primer equipo, José Luis Pérez Caminero. Su caso fue muy curioso. Llevaba dos meses sin ir convocado con el filial cuando un entrenador, Fernando Redondo —no confundir con el centrocampista argentino—, le pasó un peto en un entrenamiento y en dos días le anunciaron que viajaría desde ese momento con el primer equipo: «Debutar en primera te sorprende, para mí el ritmo que llevaban lo notaba mucho. En lo físico te rompen. A mí siempre me ha gustado la carrera continua, siempre he ido a correr con mis hermanas, que hacían atletismo, pero la caña que se dan en primera división era increíble, sobre todo porque los campos eran muy grandes y las distancias se me hacían enormes».

La primera vez que puso los tacos en un campo de primera división fue en Anoeta. Confiesa que no se enteró de nada, solo de lo bueno que era Kodro: «Perdimos tres cero, yo no había dormido esa noche, me dijeron que iba a debutar cuando viajábamos en el bus y me puse muy nervioso». En el Bernabéu no le fue mucho mejor. En un error suyo, el jugador al que marcaba metió gol, con el agravante de que ese jugador era Miguel Porlán «Chendo». El diario El País comenzó así su crónica «Hay cosas que no se ven todos los días». Benjamín luego soltó dos patadas y se fue expulsado en el 80. Todavía le pitan los oídos de la bronca que le echaron sus compañeros.

Además de los nervios, al poco tiempo, la patria también llamó a su puerta: «Tuve que hacer la mili. Pero mi padre habló con el teniente coronel para que me diese un pase de horas y poder ir a entrenar por la mañana. En la negociación el militar se sacó cien entradas para cada partido y me dejó. Al final nadie me quería tener en el cuartel porque me escaqueaba mucho. A las nueve y media formaba y me iba. Así me fue. Cuando hice las maniobras no sabía ni coger el fusil».

El valor que tenía lo que había logrado, estar en la primera plantilla de un equipo de primera, se lo enseñó Rubén Baraja con su marcha. El centrocampista tuvo que volver a batirse el cobre en el Atlético de Madrid B: «Creo que no contaron con él porque a lo mejor en ese momento había madurado tanto como para estar en primera o lo que fuese. Son cosas de los entrenadores, pero que no estés maduro en un momento dado no quiere decir que no vayas a ser futbolista, mira precisamente la trayectoria estelar que ha tenido él».

En aquel primer equipo estaban el portero González, Torres Gómez, el rumano Belodedici, Albesa, el delantero centro polaco Jan Urban, «a este un día lo pusieron a jugar de central porque no teníamos a nadie, le eligieron a él por lo alto que era y lo hizo fenomenal», recuerda riéndose. No obstante, el personaje que más le marcó en aquellos primeros días fue el físico Jesús Cuadrado Pina: «Nos hacía entrenar demasiado, era bestial, a mí personalmente me vino muy bien, pero los veteranos se amotinaron y exigieron que le cesaran, como así ocurrió, decían que eso era mucho entrenar».

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Luego le fichó Nike y enseguida le llamó la selección española. Todo iba muy rápido. Marchó al Europeo sub-20 de Bari. «Jugamos contra Toti, ya nos avisaron de que uno de ellos era muy bueno, pero no imaginábamos que tanto. Hizo dos cosas y ganó él solo el partido». Se probó la camiseta nacional en Rumanía, en el Preeuropeo, y marcó dos goles. La prensa tituló «Brindis con Benjamín». El rival era Eslovaquia, el resultado 2 a 4. «En aquellas convocatorias estaban Michel Salgado, Salva, Juanfran, Angulo, Valerón, que no tosía para no molestar, Manuel Pablo, que también hablaba poco, pero todos llegaron a la élite. Encima yo compartí habitación con Guti, que como jugador ya era la leche y como persona tambiénya se veía que era un tanto especial. El primer día me dijo que la habitación se dividía en dos, con una línea en la mitad, y como el mando había caído en la suya, solo lo podía usar él. ¿Te tengo que pedir permiso para ir al baño también?, le dije. Pero hice una gran amistad con él, solo entrenando veías que tenía un talento espectacular».

En su segundo año en el Valladolid, Benjamín estuvo a las órdenes de un entrenador que entonces contaba con treinta y cinco años: Rafa Benítez, recién llegado de la cantera del Real Madrid, club al que pertenece en el momento de escribir estas líneas. En Valladolid solo duró hasta la jornada 23: «Aprendí mucho con él, es muy buen entrenador, muy técnico. Muy metódico. Quería que el jugador estuviese siempre atento, muy concentrado. Hasta calentábamos siguiendo el sistema que quería implantar. También era un entrenador con sus manías, pero te enseñaba mucho. Además me gustaba de él que no se casaba con nadie. Ahora no sé cómo será en el Madrid, pero entonces pudo ser un adelantado a su tiempo, aunque lo echaran en Navidad».

Pero había excusa. Ese Valladolid estaba preparado para pelear en segunda y fue ascendido repentinamente a la liga de los veintidós equipos tras los descensos federativos enmendados de Celta y Sevilla. Al final el equipo se salvó del descenso por un par de puestos: «Recuerdo a Iván Campo, que nos lo cedieron, era muy bueno y muy fuerte, aunque luego le pasara aquella crisis nerviosa en el Bernabéu, de hecho en Inglaterra luego la mancó. También estaba un croata que trajo Zoran Vekic, Asanovic, de un carácter muy cerrado, no hablaba con nadie, pero nos dio mucho y después triunfó con Croacia, aunque le gustaba meter mucho el codo y le expulsaban de vez en cuando, una vez se peleó con Quevedo en un entrenamiento, que no estaba para historias; el Mami era un jugador ya muy experto, que te decía las cosas a la cara, a los jugadores y al entrenador, no tenía ningún tipo de problema, además que de cabeza es de los mejores jugadores que recuerdo».

Esa temporada el primer susto con las lesiones se lo dio aquel jugador que le cambiaba las botas cuando estaba en el filial, Caminero. Una patada por detrás en el Calderón y le lesionó. El Atlético se llevaba la liga si ganaba esa tarde y el Valladolid le metió un 0-2 en casa. Benjamín de todas formas empezó a ser reclamado por otros equipos. Surgieron los rumores de que lo podía haber fichado el Athletic, pero que no lo quisieron porque era negro. Rumores que han llenado muchos titulares, pero sin ningún fundamento. «Decir, decían», recuerda el jugador, «pero yo no lo sé, yo no estaba en las reuniones».

Después de la ley Bosman cambió por completo el fútbol del continente. Llegaron los equipos de estrellas, como el Real Madrid de Suker y Mijatovic, que un año después fue campeón de liga, aunque Benja los recuerda por quien mandaba aquel año en el vestuario del supuesto sargento Capello: «Nunca podré olvidar la bronca impresionante que le echó Hierro a Capello. Le dijo desde mitad del campo que se callara la boca, porque llevaba todo el partido hablando. Le dijo que se callara y se calló la boca».

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Aquel año Benjamín explotó como futbolista, pero él achaca parte de aquella escalada de nivel a un compañero: «Le debo mucho a Víctor, es de los mejores compañeros con los que he jugado, un mediapunta impresionante, yo solo le echaba la bola y siempre me la aguantaba, para luego devolverme unas paredes alucinantes que me dejaba siempre solo».

El equipo se clasificó para la UEFA de la mano de Vicente Cantantore: «Este no era ni táctico ni metódico, era psicológico, le importaba solo que hubiera buen ambiente, nos entrenaba con su forma de ser, con los ánimos que daba, que los argentinos suelen ser todos así, e hicimos aquella gran temporada, ese fue su secreto».

Incluso un año después, con un entrenador defensivo como Kresic, «se basaba exclusivamente en que le metieran muy pocos goles, no había goles ni en los entrenamientos, y eso al Valladolid no le vino mal», Benjamín estuvo preseleccionado para ir al Mundial de Francia, pero se cayó con Celades y Roberto Ríos. En aquel momento la cotización del jugador estaba por las nubes y el Valladolid trataba de retenerlo con la esperanza de colocárselo al Madrid por una buena millonada: «Tuve que dar un puñetazo en la mesa del presidente cuando vi que no me iba a ir traspasado ese año. Nunca sabes lo que te puede pasar al año siguiente, te puedes lesionar, puede llegar un entrenador que no te saque, para mí irme en ese momento era una oportunidad de futuro, no solo porque iba a poder ayudar más a mi familia, sino también por mí, el Betis al que me fui era europeo y tenía unos fichajes impresionantes».

Luis Aragonés se lo había pedido a Lopera como «un capricho». Ya se lo había intentando incluso llevar a Valencia. Al final en el Villamarín se quedaron con la copla y lo ficharon ellos. Nada más llegar a Sevilla Benjamín alucinó con la expectación que generaba el fútbol. Cantatore, que fue su primer entrenador allí, no lo entendió como él. La gente quería espectáculo y el argentino metió cinco defensas. «En Sevilla, a la afición del Betis le gusta el fútbol alegre y los jugadores técnicos», recuerda. El proyecto fracasó.

Luego llegó Clemente a salvar los muebles que, en su línea, se puso a bromear con qué clase de modelo de juego le gustaba. «Un día dijo que a él lo que le gustaba era jugar al toque, entonces en el siguiente partido la afición se puso a contar cuántos toques daba el equipo ¡uno! ¡dos! ¡tres! ¡cuatro! y déjate, que le metimos cinco cero al Oviedo». Pero Benjamín estaba en la grada. Le empezaron a matar las lesiones.

Otro vallisoletano, Onésimo Sánchez, aquel extremo ratonero que ahora entrena al Toledo, ya se lo había advertido. Después de jugar toda la vida bajo el inmisericorde frío castellano, cuando fichó por el Cádiz en 1988, empezó a sufrir lesiones musculares. «No sé si sería por eso, pero me lesioné en el cuádriceps, estuve dos meses y medio fuera, luego recaí, me empecé a agobiar, vi que no salía, como decía Onésimo, después de vivir toda tu vida en el frío tu musculatura nota el cambio cuando bajas al sur».

Pese a las lesiones sí pudo vivir la intensidad de los derbis. En uno, él mismo fue el encargado de recoger un cuchillo de cocina que habían lanzado al campo. En otro, años después, un aficionado agredió a un empleado de seguridad con una muleta hasta el punto de que el hombre temió por su vida —por cierto, años después el agresor fallecía en una playa de Cádiz tras clavarse su propia navaja—. «Cuando llegas al Betis y firmas el contrato, solo te dicen una cosa: hay que ganar al Sevilla. Nada más. Se lo dicen a todos los jugadores. Esos derbis son los partidos más difíciles que he visto en mi vida. Antes había mucho salvajismo».

Tras el proyecto fallido de Cantatore y el undécimo puesto conseguido por Clemente, Lopera puso toda la carne en el asador con el fichaje de Griguol, llamado «el Maestro» del fútbol argentino. «Con él era todo táctico, no le gustaban los partidos de entrenamiento y no los hacía, todo eran tácticas y un preparador físico que nos hacía correr una barbaridad y yo físicamente no andaba bien». De remate, se perdió 3-0 con el Sevilla. «Aquella derrota dio paso a una sensación muy incómoda, Tsartas además dijo en la radio que los béticos teníamos que estar un poco escondidos, no nos sentó nada bien eso, hay que tener respeto porque mañana el que pierdes puedes ser tú, de hecho, al final ese año nos fuimos los dos a segunda».

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Al equipo lo sacaron del pozo otros dos argentinos, Gabriel Amato y Gastón Casas. Tras el ascenso, Benjamín estaba con un pie fuera del club. «Me anunciaron que no iban a contar conmigo, pero Juande me dijo que me quería ver en pretemporada y luego decidiría, al final me sacó un rendimiento impresionante, fue un excelente entrenador, estuvimos líderes dos veces con él y nos quedamos a dos puntos de la Champions».

Quizá no fuese casual, arrastrando tanta lesión, que por aquel entonces a Benjamín los jugadores que más le sorprendían eran los que volaban sobre el campo «Me impresionó mucho en aquellos años Anelka, la zancada que tenía, a tíos como Ronaldo o Roberto Carlos una vez que se ponían a correr era imposible cogerlos. A Beckham, sin embargo, no le vi gran cosa, era un buen jugador pero no me pareció una megaestrella».

Siguieron años de éxito, con Marcos Assunção, «un mago», y Oliveira, «un genio, iba bien con todo». Ganaron la Copa del Rey por, graciosamente, omisión de Benjamín; cuando iba a saltar al campo empató Aloisi para el Osasuna y en lugar de él salió Dani, quien en la prórroga conseguiría el tanto de la victoria. «En las semifinales me tuve que ir al vestuario porque no podía aguantar los penaltis, tuvo que venir el utilero Alberto Tenorio a decirme que habíamos pasado, no me enteré de nada, no quise».

Con los gritos de la canción «Oliver, Benji», el Cádiz recibió la cesión de Benjamín y de otro exbético, el asturiano Oliverio Jesús «Oli», pero fue otro año para olvidar por culpa de las lesiones y los rumores. «Me dio una patada Puñal, de Osasuna, en el gemelo con los tacos que me creó un callo muy importante, me afectaba al nervio, a la vena y a la arteria, estuve tres meses sin poder jugar. No pude, sencillamente. La gente pensó que me quité de en medio y eso me dejó mal sabor de boca, pero tenía una lesión como un caballo. Creían que como el Betis también estaba por la zona baja yo pasaba de jugar. Un periodista de la ciudad me ponía verde, decía cosas que no eran y creó un rumor entre la afición que me lo hizo pasar mal, fue al final una mala época, encima el equipo bajó».

En una última pasada por el Betis, Luis Fernández quiso recuperarlo para los últimos ocho partidos de liga, pero ya no le merecía la pena. Benjamín empezó a centrar sus esfuerzos en poder jugar con su otra selección, la guineana. Y se permitió alguna frivolidad, como posar en Interviú tan solo ataviado con un calcetín verdiblanco en el miembro viril. Fue la única alegría de los últimos años. En un partido contra Ruanda se desmayó y dio la sensación de que no volvería a contarlo: «Llevaba una semana mala, descansando mal, vine de una lesión, no estaba bien, estaba muy cansado, también tenía ansiedad, se me juntó todo y me desmayé en mitad de partido, había cuarenta y tres grados y eran las cuatro de la tarde, no me entraba el aire por ningún lado, lo pasé fatal, pensé que me moría».

Siguió insistiendo para jugar con Guinea la Copa de África, eso le llevó al Palencia en 2ªB, luego a 3ª con el Íscar, pero finalmente no lo consiguió. «Me apartaron de la selección por motivos políticos, ahí dentro había cosas que no se pueden contar, me dijeron que estaba acabado y tuve que respetarlo».

El cambio de vida no le ha hecho retirarse del fútbol completamente. Ha vuelto a su ciudad y organiza partidos benéficos, como los que monta con su amigo exsevillista Frederic Kanouté. U otro reciente, en el que participó Iker Casillas, por los albinos de Tanzania. «Están perseguidos y no viven más de treinta años porque suelen morir de cáncer de piel». También participa en proyectos de valores educativos a través del fútbol. Confiesa que le deja de una pieza ver el comportamiento de los padres cuyos hijos juegan al fútbol. Cree que hay que enseñarles valores, especialmente a ellos, por el bien de los chavales.

Apuramos la última caña y volvemos sobre el mismo tema. «Sin embargo, Benja, todo el mundo te recuerda por la fiesta de Halloween». Y ahora su respuesta es todavía más contundente que al principio: «Estuve cinco años en el club dándolo todo, ahora digo que puedo estar orgulloso de haberlo dado todo, aquello fue una anécdota más. Puede que se me asocie solo con eso, pero se debe a un motivo: porque en España la gente se queda solo con lo malo, España es el país de la envidia, de la siesta y de la pandereta, en España la mitad habla mal de la otra mitad, eso es España».

Benjamín Zarandona para jot down

Fotografía: Lupe de la Vallina


¿Qué castillo español compraríamos de estar en venta?

Según nos informaban los medios esta semana, el Castillo de Butrón se ha puesto en subasta por el módico precio de salida de 3,5 millones de euros. Aquellos lectores que estén interesados por esta bellísima fortaleza medieval restaurada en el siglo XIX han de saber que pueden pujar por ella en internet. Nosotros nos abstenemos porque no nos termina de convencer su ubicación, acabados y que además no hay metro cerca. Lo que nos ha llevado a plantearnos la duda de con cuál de estos «harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra», como los definía Machado, nos daríamos el capricho. Ahí van algunas sugerencias. Dado que hay más de dos mil quinientas fortificaciones en nuestro país alguna se quedará fuera, así que voten o añadan la que más les guste.

Alcázar de Segovia

Foto: Miguel303xm (CC)
Foto: Miguel303xm (CC)

Es un castillo roquero y mudéjar, es decir, que se construyó sobre las rocas de un peñasco para controlar mejor el entorno y en su estilo tiene influencias árabes, pues fue construido en tiempos de la reconquista, aunque previamente había allí una fortificación romana. En él vivió Alfonso X y se casó Felipe II y como pueden ver parece un castillo de cuento, aunque para ser exactos son los cuentos los que se parecen a él, concretamente Disney encontró aquí su inspiración para diseñar el palacio de Cenicienta. Actualmente contiene un museo, podrán encontrar más información aquí.

Castillo de Peñafiel

Foto: Lavadodecerebro (CC)
Foto: Lavadodecerebro (CC)

Con más de mil años de antigüedad, este castillo situado en lo alto de un cerro en la provincia de Valladolid se ha convertido en una imagen icónica y es además la sede de un museo del vino. ¿Cabe imaginar entonces un lugar mejor para atrincherarse? Lo que las tropas de la reina Urraca de Castilla no lograron asaltar tampoco lo conseguirá una turba de zombis. Pero si queremos aventurarnos al exterior al lado está la localidad de Penafiel, en la que encontraremos la iglesia de Santa María, que contiene el Museo Comarcal de Arte Sacro. Más información aquí.

Castillo de Guadamur

Foto: Antonio Soler (CC)
Foto: Antonio Soler (CC)

Al Sur de la provincia de Toledo encontraremos esta fortaleza que comenzó a construirse con influencia italiana en el siglo XV y que alojó a personalidades tan ilustres como Felipe el Hermoso y Juana la Loca. Ha sido además escenario de acontecimientos históricos como la invasión napoleónica, las guerras carlistas o la Guerra Civil. Actualmente es propiedad privada aunque hay partes que pueden visitarse.

Castillo de Colomares

Foto: Ismael zniber (CC)
Foto: Ismael zniber (CC)

Este castillo con forma de barco podría estar en Las Vegas sin desentonar pero en lugar de ello ha terminado en la localidad malagueña de Benalmádena. Comenzó a construirse en 1987 en homenaje a Cristóbal Colón, mezclando para ello diversos estilos y pareciéndose a Gaudí más que nada. De un Gaudí bajo los efectos del LSD y de tres temporadas seguidas de Hora de Aventuras, concretamente. No es recomendable utilizarlo para resistir asedios, pues que el enemigo lo bombardearía día y noche por el mero placer de hacerlo pedazos.

Castillo de Almansa

Foto: Mancha-La (CC)
Foto: Mancha-La (CC)

Situado sobre el cerro del Águila que le da así un aspecto imponente, tiene como tantos otros un origen árabe, aunque su aspecto actual se lo debe a su reconstrucción en el siglo XIV. En su interior actualmente se realizan fiestas locales, exposiciones de herramientas de tortura y veladas de terror. Parece un lugar acogedor.

Castillo de Manzanares el Real

Foto: Ramón Durán (CC)
Foto: Ramón Durán (CC)

Junto a la sierra de Guadarrama y al río Manzanares, es el castillo mejor conservado de la Comunidad de Madrid y no está en venta pero sí en alquiler. Comenzó a construirse a finales del siglo XV para la Casa de los Mendoza, aunque por su espectacular aspecto en invierno bien podría pertenecer a la de los Stark. Sobre las diversas actividades culturales que acoge a lo largo del año podremos encontrar más información aquí.

Castillo de Sigüenza

Foto: Randi Hausken (CC)
Foto: Randi Hausken (CC)

Esta mole de piedra da la impresión de ser tan sólida que no importa los milenios que pasen por ella. Sin embargo, desde el siglo XII en que fue construida su deterioro llegó a ser tan grande que tuvo que ser restaurado de arriba a abajo para recuperar su aspecto original y pasar a ser un Parador Nacional de Turismo de la provincia de Guadalajara. Más información aquí.

Palacio de la Aljafería

Foto: DP
Foto: DP

Actualmente ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y es la sede de las Cortes de Aragón. Pero desde que comenzó su construcción en el siglo XI ha tenido una gran variedad de usos que le otorgan un gran valor histórico. Fue inicialmente un palacio árabe, luego perteneció a los Reyes Católicos y sede de la Inquisición y más adelante escenario de la lucha contra las tropas napoleónicas durante el Asedio a Zaragoza.

Castillo de Almodóvar del Río

Foto: Cortesía del Ayuntamiento de Almodóvar del Río.
Foto: Cortesía del Ayuntamiento de Almodóvar del Río.

Su origen se remonta nada menos que al siglo VIII y, una vez más, su construcción corresponde a los musulmanes. Situada en la provincia de Córdoba, de ser una temible y orgullosa fortaleza que dominaba toda la región ha pasado a ser hoy en día un lugar en el que se celebran bodas, «noches de bodas con desayunos románticos» y eventos como team buildings. No lo consintamos más y devolvámosle su uso originario.

Castillo de la Atalaya

Foto: Antonio Bañón Francés (CC)
Foto: Antonio Bañón Francés (CC)

Situado en Villena, Alicante, fue construido por los árabes tal vez sobre una fortaleza romana previa y reconstruido en el siglo XIV. Ha sido asediado en múltiples ocasiones a lo largo de los siglos y durante la Guerra de la Independencia sufrió graves daños, aunque posteriormente ha sido reconstruido. Aquí pueden saber más.

Castillo de La Riba de Santiuste

Foto: Vegafotoswiki (CC)
Foto: Vegafotoswiki (CC)

Fue construido en el siglo IX en lo que ahora es la provincia de Guadalajara, sufrió diversas calamidades a lo largo de la historia hasta que en los años setenta fue adquirido por un particular —como vemos no es tan raro esto de comprarse un castillo—, aunque ahora permanece abandonado. Bueno, no completamente. Al parecer tiene un peculiar habitante al que el prestigioso espacio Cuarto Milenio le dedicó un programa. Resulta que es un castillo con fantasma incorporado, lo cual está muy bien, pues ninguno de los mencionados hasta ahora lo tenían y se echaba en falta. El problema es que a ese espectro sobrenatural los lugareños le han puesto de nombre Manuela. Y francamente, así es difícil aterrorizar a la gente.

Castillo de Cardona

Foto: Josep Renalias (CC)
Foto: Josep Renalias (CC)

Fue construido en el año 886 por Wifredo el Velloso, al que la leyenda atribuye haber creado también la bandera catalana con su propia sangre. Buena la lió. Este castillo, mucho tiempo después, ya en 1714, fue testigo de la Guerra de Sucesión y actualmente ha pasado a ser un Parador Nacional de Turismo. De él cabe destacar también su iglesia románica de San Vicente de Cardona.

Palacio Real de Olite

Foto: Guiex com (CC)
Foto: Guiex com (CC)

Comenzó a construirse en el siglo XIII y fue la corte del Reino de Navarra. Fue considerado en su tiempo uno de los más lujosos de Europa y hoy en día sigue conservando tal esplendor que hace no mucho tiempo una alcaldesa belga de visita, quizá extasiada ante tanta belleza, rompió a follar en uno de sus torreones. Pueden encontrar más información sobre este monumento aquí.

Castillo de Belmonte

Foto: turismocastillalamancha.es (PDP)
Foto: turismocastillalamancha.es (PDP)

El marqués de Villena ordenó construir a mediados del siglo XV esta fortaleza en lo que ahora es la provincia de Cuenca. Posteriormente quedó abandonada sufriendo un progresivo deterioro, hasta que la la emperatriz Eugenia de Montijo, casada con Napoleón III, hizo que se restaurara. En este castillo se rodó la película Los señores del acero y es hoy día sede de diversas actividades culturales, como puede verse aquí.

Castillo de Ponferrada

Foto: Turisleón (CC)
Foto: Turisleón (CC)

Este castillo del siglo XII ubicado en la provincia de León, es también conocido como Castillo de los Templarios, dado que inicialmente estuvo bajo el control de la Orden del Temple. En la antigüedad tenía un foso y un puente levadizo, que hoy en día lamentablemente no se conserva y que hubiera sido una eficaz barrera contra un posible desahucio.

Castillo de Coca

Foto: Rowanwindwhistler (CC)
Foto: Rowanwindwhistler (CC)

Este monstruo está construido en estilo gótico-mudéjar en el siglo XV y no con bloques de piedra como los anteriores sino con ladrillos, aunque no puede decirse que contribuyan a darle un aspecto mucho más esbelto. Quizá con la fosa llena de agua ganaría algo, o al menos se vería menos de él, que es tan grande como feo. Aquí puede encontrarse más información sobre esta fortaleza segoviana.

Castillo de Mota

Foto: Garijo (CC)
Foto: Garijo (CC)

Lo encontraremos en Medina del Campo, Valladolid, y también está construido en buena parte con ladrillo. Comenzó a erigirse en el siglo XIV y llegó a servir de cárcel para una de las personalidades más destacadas del Renacimiento, César Borgia (que tanto inspiraría a Maquiavelo para El Príncipe), y que lograría escaparse descolgándose mediante una soga. Aquí su página web.

Castillo de Loarre

Foto: DP
Foto: DP

Es un castillo abadía de estilo románico del siglo XI situado en Huesca, tiene un singular atractivo por su armonía con el paisaje, parece como si en vez de construirse hubiera sido directamente esculpido en la montaña. Pudimos verlo en la película de Ridley Scott El reino de los cielos.


Mapa de las aficiones del fútbol español

Fotografía: Alberto Varela (CC)
Fotografía: Alberto Varela (CC)

Vivimos en un país de aficionados al fútbol. Para sospecharlo basta con mirar un telediario o asomarse a Twitter una tarde de partido, pero además tenemos datos que la confirman: según las encuestas del CIS, a la mitad de los españoles le interesa este deporte. Los datos también confirman la impresión generalizada de que la mayoría de simpatizantes lo son del Real Madrid (38%) o del FC Barcelona (25%) y que el resto de aficiones —las del Atlético (6%), Valencia, Athletic o Betis (3%)— son minoritarias a nivel nacional. Esas estadísticas nos dan la foto general, y es verdad que son las cifras que mueven el dinero y gobiernan las audiencias televisivas, pero no reflejan el duelo que se libra en cada ciudad y cada pueblo.

Porque, ¿cómo se distribuyen las aficiones a lo largo y ancho del país? Esa es la pregunta que hacemos hoy. Queremos averiguar (¡por fin!) si hay más culés que madridistas en Valencia, si las Castillas beben de la fuente central, o el nacionalismo (o la simple singularidad territorial) tiene efectos sobre qué equipos prefieren los ciudadanos. Vamos a ver que hay regiones monolíticas, como Lleida y Bizkaia, y otras divididas en tres contingentes, como Granada o Castellón. ¿Está justificada esa sensación de inferioridad numérica que le asola cada lunes cuando llega la discusión futbolera? ¿Es Ud. uno de tantos entre sus vecinos o puede sentirse una excepción?

(En las provincias que faltan, desgraciadamente, la muestra de la encuesta del CIS era demasiado pequeña para concluir nada, lo sentimos)

1. Los favoritos en cada provincia

El mapa siguiente muestra qué equipo de fútbol tiene más aficionados en cada provincia. Los datos, como todos los que veremos, provienen de la encuesta que realizó el CIS en junio pasado.

mapa 1

Las muchas Españas del fútbol. Aunque el Real Madrid es capaz de dominar en la mayoría de territorios del centro y sur de la península, en las provincias del norte, en Valencia y en Sevilla las mayorías se alinean con otros equipos. El Barcelona domina Catalunya y la provincia de León (!), mientras que el resto de regiones optan por sus escuadras locales: Valladolid, Deportivo, Sporting, Osasuna, Athletic, etc. Las provincias de La Rioja, Albacete y Baleares, por su lado, tienen el corazón dividido entre los dos grandes. Más tarde, hacía el final de este artículo, discutiremos sobre las posibles causas de esta distribución, pero de momento permítannos que sigamos indagando.

2. El madridismo y el barcelonismo por provincias

Los dos mapas que siguen muestran el porcentaje de aficionados que tienen el Real Madrid y el Barcelona.

mapa 2

(Este mapa puede verse con más detalle en un mapa interactivo en CartoDB. Ahí se incluyen también los márgenes de error, que son significativos en las provincias donde la muestra de la encuesta es más pequeña. Al final del artículo hay una tabla con los principales datos desglosados).

mapa 3

(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo).

Madrid vs. Barça, ¿sur contra norte y centro contra periferia? En España el Real Madrid es el equipo con más aficionados (33%), seguido a una distancia nada despreciable del FC Barcelona (24%) y con el resto mucho más atrás. Este madridismo se concentra en el centro de la península ibérica… así como en Lugo y Ourense, donde seguramente se nota la falta de un equipo local fuerte. Pero en general, el tercio norte parece ser mal sitio para la escuadra blanca. Por su parte, el Barça, el segundo club más querido del país, tiene sus plazas más fuertes, aparte de en Catalunya, en una especie de donut que rodea el centro peninsular. Esta distribución en centro y periferia es bastante clara, aunque hay varias provincias que escapan del patrón: el norte es poco barcelonista, Tarragona es más madridista de lo que cabría esperar y Ourense justo lo contrario.

Esta distribución se observa aún mejor si ponemos frente a frente la potencia de arrastre de los dos equipos más seguidos de España, donde puede apreciarse cómo efectivamente la ventaja del Madrid respecto al Barça se difumina conforme uno se aleja del centro y del sur del país.

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(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo.)

3. Ni del FC Barcelona ni del Real Madrid: los terceros equipos

El último mapa refleja el porcentaje de las aficiones del tercer equipo, diferente de Barcelona y Real Madrid, con más aficionados en cada provincia. De esa manera estaremos viendo la fuerza de esos «otros equipos» en cada una de las regiones.

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(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo).

Lo primero que verán es que en la mayoría de provincias los terceros equipos son más bien minoritarios (no superan el 20% de aficionados), pero que hay un buen número de excepciones. Los equipos de Asturias, Cantabria, Valladolid y Pontevedra se mueven entre el 30%  y el 50% de seguidores, seguidos de aquellos de Sevilla, La Coruña, Valencia y Zaragoza, que superan el 50% y consiguen ser mayoritarios. Un tercer grupo lo forman la Real Sociedad, el Osasuna y el Athletic que superan el 70% y son casi monolíticos en Gipuzkoa, Navarra, y Bizkaia, respectivamente.

El porqué de esta distribución de aficionados

Hemos visto que el Real Madrid domina en la mayoría de territorios del centro y sur de la península, que el Barcelona es mayoritario en Catalunya y está muy presente en toda la periferia, mientras que son otros equipos los que dominan en Valencia, Sevilla, Zaragoza y la mayor parte del norte (sobre todo en Galicia, País Vasco y Navarra). Pero, ¿qué puede explicar esta distribución de aficionados? ¿Por qué en algunas provincias son tan fuertes los equipo locales mientras que en otras todo el mundo apoya a Real Madrid y Barcelona?

Pues bien, además del «factor norte», un elemento que parece ayudar a tener una afición local numerosa es contar con una gran ciudad en la provincia: con la excepción de Málaga, en todas las provincias donde se ubican las ciudades más pobladas domina siempre un equipo local (ocurre en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao y Zaragoza). No es extraño. Una gran ciudad sirve para coordinar aficionados en número suficiente y alimentar así un equipo competitivo, capaz de mantenerse en primera y hasta competir por títulos de vez en cuando. Un equipo, en definitiva, capaz de proporcionar emoción, ilusiones y espectáculo de primer nivel. Donde eso no es posible, o no ocurre, la gente elige seguir al Real Madrid o al FC Barcelona.

Tampoco cabe despreciar que un mayor sentimiento de pertenencia, de singularidad cultural o nacional, tenga su reflejo en las afinidades futbolísticas y acabe atado al balompié. La tierra pesa, pero parece que no pesa lo mismo en todas partes. Un tercer elemento, aunque seguramente menor, pueden ser los flujos migratorios:las provincias con más habitantes llegados de otras tendrán sus fidelidades más repartidas —quizás eso explica porque el Real Madrid y el Barça dominan Toledo y Lleida más incluso que las propias Madrid y Barcelona.

En todo esto hay, por supuesto, un efecto de retroalimentación y de «dependencia histórica» más que evidente: conforme un equipo tiene más aficionados —por la razón que sea—, consigue más recursos y construye equipos más competitivos, gana partidos, lucha por títulos y da más espectáculo, y de esa forma consigue reclutar más aficionados; aficionados que le servirán para conseguir más recursos nuevamente, y así sucesivamente. Esa realimentación nos aporta otro factor para explicar nuestro mapa: la antigüedad de los equipos. Si una ciudad tuvo pronto su primer equipo de fútbol, esos equipos pioneros tuvieron tiempo de crearse una afición antes de que los dos grandes dominasen, y ese impulso inicial pudo bastar para consolidarlos como equipos con una cierta base social y por tanto competitivos.

En definitiva, es posible elucubrar durante infinitos cafés y amontonar montañas de cascos de cerveza sin saber exactamente por qué las simpatías futbolísticas se han distribuido como lo han hecho. Por suerte es una cuestión que importa poco. Lo cierto es que una miríada de factores, unos obvios y otros inimaginables han interaccionado e interaccionan de forma incierta y presumiblemente complicada, pero el resultado es conocido: todas esas fuerzas agitadas, miles de personas inculcando equipo a sus hijos, niños en el colegio observando camisetas y balones de cuero, ojos emocionados que ven ganar a un equipo, o casi ganar, o perder y estar satisfechos… todas esos sucesos diminutos se amontonan y configuran un escenario conocido: los mapas que acabamos de dibujar.

 

Apéndice. Tabla con los datos principales desglosados (también pueden consultarse en el mapa interactivo al que ya nos hemos referido antes).

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Rubén Díaz Caviedes: Pídele cuentas a Franco

Fuente aquí.

Un buen día, hace ya algunos años, perdí el control de la mano diestra, que de buenas a primeras me empezó a temblar, a cerrase y abrirse porque sí y a dar ella sola unos respingos muy locos. No acabé cogiendo un gato del rabo y lanzándolo por la ventana, como Devon Sawa en la película aquella, pero casi. El problema no fue de posesión infernal localizada ni de síndrome de castañuela fantasma, sino de estrés laboral. Me lo dijo el médico porque se lo dije antes yo a él y me recomendó que me cogiese la baja, así que lo que hice fue salir de la consulta, irme a la oficina y dimitir directamente. Eso, un mes a Diazepam y oye, mano de santo, nunca mejor dicho. Después estuve en paro ni te cuento lo que estuve, pero la extremidad recuperó sus facultades prensiles que bueno, ni los monos.

Hoy lo que tengo mala es la conciencia, porque siempre he culpado de esto a mis jefes de entonces y me entero ahora por la prensa de que no, mira por dónde. De que la culpa ulterior de lo de mi mano la tuvieron el sol y su embajador en la Tierra, don Francisco Franco. El primero por no alumbrar España y su ultramar a las horas que Dios manda y el segundo por dar por buenas las que mandaba Hitler en su lugar, cuando le quiso hacer una gracia a Alemania y sacó al país de la hora de Greenwich —un meridiano, según un ministro, que pasa por Canarias igual que el Pisuerga hace lo propio por Valladolid— para que tuviera la misma hora que los países ocupados. El resultado fue que hoy en España el sol casi no se pone, pero por razones distintas de las de antaño. O no lo hace a todos los efectos, porque si se va no nos enteramos: nos levantamos tarde y nos acostamos tarde y por eso, claro, tenemos las jornadas laborales que tenemos. Normal.

No es que lo diga así el informe de la subcomisión del Congreso que ha pedido al Gobierno que valore devolver el país a su horario natural, aprobado con la mayoría parlamentaria del Partido Popular. Lo dicen, sobre todo, los periodistas y periodistos que esta semana nos afanamos —primera del plural, vaya eso por delante— en explicar la medida al lector, que sabrán ustedes que es una figura hipotética a la que hay que explicarle todo como a los niños chicos, según enseñan en la carrera. De esta manera concluimos, y llevamos haciéndolo así ya un par de semanas en los periódicos y la televisión, que retrasar los cielos de España una hora o dos, dependiendo de la estación, sería poco menos que la hostia en patinete, sobre todo para la conciliación de la vida laboral con la familiar. Porque la culpa de que en España, pongamos por ejemplo, el horario comercial llegue en ocasiones hasta las diez de la noche y retenga a los empleados barriendo la tienda hasta las once, una hora en la que los ciudadanos de otros países sueñan desde hace rato con la razón y sin producir monstruos, no es en absoluto de la empresa que abre hasta esa hora ni de la legislación que lo consiente. Es culpa de que aquí hace mucho sol.

Y a mí me extraña, fíjate tú, y no porque no me guste echarle la culpa de cosas a Franco o porque en nuestro país no haga en efecto sol, como sabemos que lo hace ustedes y yo, los alemanes de Mallorca y las plantas de interior. Pero es que, les cuento. Yo empecé a trabajar a los dieciséis años, por entonces los veranos y en hostelería, y comencé a hacerlo de forma continuada en puestos de trabajos cualificados el verano que salí de la universidad, el mismo en el que comenzó la crisis económica. Desde entonces jamás he tenido un trabajo, fuese el sector que fuese, donde no se echasen horas extra por sistema y donde, por sistema, no se pagasen. He hecho jornadas dobles en más ocasiones de las que puedo ya recordar —una jornada doble son dieciséis horas seguidas, aclaro por si nos lee algún ministro—, he trabajado en sitios donde lo habitual era entre diez y doce horas al día con un contrato de ocho y he trabajado ocho horas todos los días con un contrato —de becario— de tres por doscientos cincuenta euros al mes. He hecho madrugadas enteras, fines de semana y hasta festivos en los que no es que no te pagasen la extra, sino que ese día te lo descontaban de la nómina porque tú, oficialmente, estabas en tu casa de libranza. En ninguno de estos puestos de trabajo me han dado a elegir y en ninguno me lo han devuelto en días libres. A mi corta edad he echado más horas extra de las que mucha gente echará en toda su vida, estoy seguro, y jamás he cobrado ninguna. Pero es que ni una.

Pero por lo visto he sido injusto, lo dicho, alzando ese dedo acusador que se me quedó tonto en su día y culpando con él a los endemismos de la res hispana, al desamparo planificado al que se somete cada día más a los trabajadores y hasta al capitalismo, así de estupendo he sido yo en mi irresponsable verborrea. Incluso se me ha ocurrido pensar, qué osada es la osadía, que el rotundo «éxito de la liberalización de horarios comerciales» decretada hace un año en la capital, por citárselo como lo glosa Telemadrid in excelsis Deo, tiene algo que ver con la redistribución a lo ancho de las horas que trabajan buena parte de los que están de cara al público en Madrid, por ejemplo, y de que esta desregulación fomenta y mucho la jornada partida, enemigo natural de la conciliación. O que el hecho de que las grandes superficies puedan allí abrir de sol a sol, por seguir hablando de flexibilidad, tiene que ver con que los trabajadores del pequeño comercio se vean obligados a acometer jornadas interminables para sostener la competencia. Que la impunidad con la que las empresas y corporaciones obligan a echar horas extra ilegales —sin remunerar ni devolver— ha sido amparada y ampliada  por la reciente reforma laboral del Gobierno, y que si desde 2012 el permiso de lactancia se aplica día a día y solo a uno de los progenitores y puede verse modificado a través de los convenios colectivos es porque así lo impuso esta misma reforma laboral y no, como así es, por culpa de Franco. He llegado a pensar incluso, fíjense lo equivocado que estaba, que la ampliación de la jornada laboral de los funcionarios de la Administración impuesta por el Ejecutivo es la responsable de esto mismo: de que se haya ampliado la jornada laboral de los funcionarios de la Administración. Cuando, ahora lo sé, la culpa es de que tenemos demasiadas horas de sol. Y de Franco, claro. Como siempre.

Menos mal que, lo dicho. Ahí está la prensa generalista, con los medios públicos a la cabeza, para sacarme de mi error y no mencionar las condiciones leoninas de la contratación en nuestro país cuando hay que informar sobre la verdadera verdad verdadosa de los horarios en España: la de que el enemigo de la conciliación laboral no son nuestros legisladores, que a la postre son también los empresarios para quienes rinde todo esto, sino el sol y Franco. De no ser así lo mismo hasta habría pensado, desconfiado de mí, que el hipotético cambio de huso horario debería acompañarse de una gran reforma de la legislación laboral vigente, una que garantizase el derecho de quien trabaja a irse a su casa a una hora decente y que impidiese que quienes tienen dinero pauten y desnaturalicen el ritmo de la vida en sociedad. Incluso podría haber pensado que lo mismo pretenden cambiarlo todo para que nada cambie, como dijo Lampedusa en El gatopardo que hacen los poderosos. ¿Se lo imaginan? Qué error habría cometido.


Rubén Díaz Caviedes: Toros y superioridad

Torero muerto, de Édouard Manet
Torero muerto, de Édouard Manet.

En El fin de la infancia, una novela menor de Arthur C. Clarke, una raza extraterrestre viene a la Tierra y decreta una serie de normas destinadas, entre otros objetivos, a acabar con la crueldad con los animales. Esto es lo que ocurre cuando en España se violan por primera vez esas normas:

La plaza de toros estaba colmada cuando los matadores y sus acompañantes iniciaron su desfile. Todo parecía normal. La brillante luz del sol chispeaba sobre los trajes tradicionales y la muchedumbre, como tantas otras veces, alentaba a sus favoritos. Sin embargo, aquí y allá algunos rostros estaban vueltos ansiosamente hacia el cielo, hacia la lejana sombra de plata que flotaba a cincuenta kilómetros por encima de Madrid.

Los matadores habían ocupado ya sus lugares y el toro había entrado bufando en la arena. Los flacos caballos, con las narices dilatadas por el terror, daban vueltas a la luz del sol mientras sus jinetes trataban de que enfrentasen al enemigo. Se dio el primer lanzazo —se produjo el contacto y en ese momento se oyó un ruido que jamás hasta entonces había sonado en la Tierra.

Era la voz de diez mil personas que gritaban de dolor ante una misma herida; diez mil personas que, al recobrarse de su sorpresa, descubrieron que estaban ilesos. Pero aquel fue el fin de la corrida y en verdad de todas las corridas, pues la novedad se extendió rápidamente. Es bueno recordar que los aficionados estaban tan confundidos que solo uno de cada diez se acordó de pedir que le devolvieran el dinero, y que el diario londinense Daily Mirror empeoró aún más las cosas sugiriendo que los españoles adoptaran el cricket como nuevo deporte nacional.

Es una ficción pero C. Clarke tiene razón. Quien sufriera el tormento que atraviesa un toro en la lidia y viviese para contarlo no volvería a presenciar una corrida ni querría que se celebrasen. La empatía, en principio, debería activar esta repulsa en todos nosotros sin necesidad de atravesar físicamente la experiencia, pero los toros son bóvidos, los bóvidos son rumiantes y el gesto de los rumiantes, así como apático y algo hueco, anima poco nuestra empatía. Imagino que porque son nuestras presas en el esquema fundamental de las cosas.

Para colmo de males —de sus males, se entiende los toros también son política, como lo acaba siendo todo en España, y han caído en un país donde los adjetivos se usan según su sonoridad y no por lo que signifiquen, de modo que si pides su abolición siempre habrá, porque aquí siempre hay, quien te llame fascista. En España, donde los adjetivos vuelan más que en otros lugares porque aquí no los lastra el significado, incluso empieza a ser complicado criticar simplemente el toreo entre quienes compete, que son sus partidarios, sin que te menten otro concepto de moda en la retórica de la barra de bar, a la que aquí recurren lo mismo taxistas que ministros: la superioridad moral.

A mí me lo dijo el otro día una persona, sin ir más lejos, y lo hizo en la barra de un bar, cuando le comenté que planeaba escribir esta pieza el día del Toro de la Vega, ese entrañable show folclórico anual en el que se lancea un toro hasta morir en Tordesillas, Valladolid, que tiene lugar este martes como todos los segundos martes de septiembre desde hace ni se sabe. La persona en cuestión, taurina pero poco amiga de esta fiesta en particular y ese «pero» está bien puesto, me aconsejó estratégicamente que no cayera en el error en el que caemos con frecuencia los antitaurinos, que es el de hablar «desde la superioridad moral».

Así me dijo, no convencerás a nadie.

Y a mí convencer me gustaría convencer, claro, porque a ver si no de qué iba yo a estar aquí contando este mondongo, pero no estoy seguro de poder hacerlo siquiera mínimamente si partimos de esa gran gilipollez, la de que cualquier alusión a la moralidad implica superioridad moral, una noción acuñada y utilizada casi exclusivamente como dispositivo retórico defensivo y no porque signifique algo. En particular porque contra el toreo, a ver si nos enteramos, solo existe ese argumento. La lidia es bonita, es singular y es histórica, pero es moralmente inaceptable porque consiste en matar por diversión, entretenimiento o cultura, según el grado de solemnidad que confiera cada cual a la fiesta. O por el arte, incluso, condición que le niegan con frecuencia sus detractores como queriendo decir o sin querer decirlo, pero diciéndolo realmente que los toros no son aceptables porque no son arte y que, si lo fueran, entonces estarían bien.

Qué chorrada, oigan. Eso y el eslogan antitaurino de referencia, ese tan cacareado que reza que «la tortura no es arte ni cultura». Los toros son arte y cultura por una razón muy simple: a diferencia de las manzanas o de la ley de la gravedad, que son y punto, el arte y la cultura son categorías que dependen de una decisión colectiva. Si el consenso decide que pintar en óleo sobre lienzo es cultura, la pintura es cultura; y si el consenso colectivo decide que matar toros es cultura algo hoy cuestionado, pero sencillamente irrefutable en España hasta hace treinta años, los toros son cultura. Quienes niegan esta condición artística del toreo, además de no haberse parado nunca a ver los pases de según qué diestros, simplemente incurren en un error de razonamiento, el de querer que las cosan sean según convenga a su opinión. Razonan mal, en el mejor de los casos, y tergiversan el razonamiento a sabiendas en el peor, confiando en que su interlocutor no caiga en el truco. Y así, como mi interlocutor me dijo a mí pero ahora, de verdad, sí que no se convence a nadie.

Por eso a mí, particularmente, me parece que el toreo sí es arte y cultura y me da absolutamente igual que lo sea, por este orden de relevancia, ya que es cruel e implica la tortura y la muerte de un animal, y no quiero matizar que «inocente» porque los animales siempre lo son. Poco me importa también la imagen que dé el toreo de España y de quienes la habitamos, menos aún a estas alturas del carrete, y no digamos ya esa entelequia que reza que lo de menos es el toro, sino que lo verdaderamente trágico es que el espectáculo de su muerte degrada a quien lo disfruta. Casi lo mismo que la diferencia que haya fundamental, según algunos entre una corrida elaborada estéticamente y una suelta campera donde el animal quede a merced de los diez mozos más lozanos del pueblo con el cerebro congestionado por la rosca de la boina. En uno y otro caso se sacrifica a un animal y se hace torturándolo hasta el sadismo. Quien quiera aceptar que el grado de refinamiento artístico con el que se haga marca una diferencia tendrá que aceptar también que se le acuse de inhumanidad sin querer neutralizar la acusación recurriendo a lo de la superioridad moral, que incluso siendo cierto que no lo es, no implicaría equidistancia. Puede que creerse muy bueno y virtuoso esté feo, pero es que los contrarios en la ecuación defienden matar, que es bastante más grave. Si van a seguir haciéndolo, tendrán que aceptarlo. Y si no quieren aceptarlo, que dejen de defenderlo, como hizo Sabina cuando le preguntaron. Hasta entonces bastaría con no querer redefinir lo que está bien y lo que está mal en función de aquello con lo que uno comulga y con lo que quiere hacer comulgar, en particular si son ruedas de molino. Matar en un espectáculo, lo mires por donde lo mires, es algo simplemente espantoso.


Librerías con encanto: El árbol de las letras (Valladolid)

El local del número 25 de Juan de Mambrilla donde ahora se encuentra la librería El árbol de las letras “fue en los años 60 una librería especializada en medicina. No había entrado nunca, me daban repelús los ojos, los huesos…”, recuerda Soraya.

El árbol de las letras

Conocían la librería médica porque ambas hermanas, tanto María José como Soraya,  trabajaban en otra que no quedaba muy lejos. Primero Soraya, “no tenía experiencia ninguna; la había abierto el hijo de un profesor de historia que me hizo un contrato indefinido, y me quedé con él”, y luego María José. Lo que ocurrió fue que, de la noche a la mañana, cuando ya estaban las dos contratadas, la librería cambió de dueño: “Este va a ser vuestro nuevo jefe”. Les contó cómo iban a orientar el negocio y que tenían que prescindir de una de ellas. Lo pensaron —no mucho— y se marcharon ambas (solo le dieron a Soraya la opción de quedarse, en realidad, y esta dijo que no, que se iba con su hermana, “qué iba a hacer si no”). Así, que estaban las dos en la calle, sin trabajo. “A los cuatro días pasé justo por aquí, la propietaria acababa de comprar el local, y esa misma semana lo alquilamos. Me despedí un 31 de Noviembre, lo encontré un 7 de Diciembre, y el 6 de Enero del año 2002 abrimos. No teníamos un duro.” Será el marido de María José el que les ayude a pintar —hacer estanterías, montarlas, colocar— junto con más gente: “De nuestra anterior etapa teníamos muchos amigos y clientes que nos ayudaron en los comienzos, siempre difíciles”. El local no ha cambiado prácticamente desde que abrieron.

“Nos hemos especializado en el libro imposible:” “Oye, Soraya, no tendrás un libro  que escribió este hombre hace unos años cuando estaba no sé si con Espasa…” Y se lo encuentran. Entendemos que es así es como se marca la diferencia, cómo acaba uno yendo a la misma librería de siempre cada vez: es allí donde van a volcarse para ayudarte con una bibliografía para un trabajo (El árbol de las letras tiene una vida fundamentalmente universitaria), donde van a acabar sabiendo que lo tienes todo sobre Proust, que tienen que llamarte en cuanto salga algo nuevo; no van a olvidarse.

Anécdotas las hay de todo tipo. Alguna, incluso, para ponerte los pelos como escarpias: “Una chica de 20 años, estudiante de periodismo, me dijo que no sabía quién era Kennedy. La senté ahí mismo, en esa silla, y le estuve contando qué significó en su momento, que no se puede contar sin él la historia reciente de Estados Unidos”. Luego le buscó la documentación, como tantas otras veces para tantos otros. Quedan, no obstante, motivos para la esperanza: durante el rato que estuvimos por allí aparece otra chica, jovencísima, que quiere llevarse La biblioteca infinita. Vamos a obviar el que hayan venido también preguntado por El principito (preferimos a Benedetti llegados a este punto). “No hay libro tan malo que no tenga algo bueno”.

“Mi hermana lee mucho más, es una pena que no haya podido quedarse hoy; se lo lee todo, y habla mucho mejor que yo”. Nos deja las líneas que sobre la librería escribió a invitación de la Revista Mercurio María José, diríamos que con un puntito de orgullo: “Nos gusta sugerir y orientar a nuestra clientela a la hora de elegir una buena lectura, aunque, dada la condición habitual del amigo-cliente, es este quien, a su vez, nos asesora y enseña en muchos casos (…). Nos gustaría recomendar los libros  Lecturas no obligatorias,  de Wislawa SzymborskaEl cielo a medio hacer, de Tomas Tranströmer”. Soraya se leyó hace poco Los enamoramientos de Javier Marías,”me ha gustado un montón”. Y ahora se estaba leyendo precisamente la novela a la que se hace referencia en aquella, la que le gustaba a la protagonista, El coronel Chabert de Balzac, “a mí Balzac es que me gusta mucho, así que me hice con la edición de Alfaguara para tenerlo”, y en esas estoy ahora. Nos explica que es difícil encontrar tiempo para leer, que llega muchos días tardísimo a casa, y que en la librería no paran un minuto, es imposible. Nos lo creemos: no ha dejado de entrar gente, preguntando, dejando teléfonos para que les llamen cuando les consigan el libro que buscan, parándose a charlar sobre esto y sobre aquello. Se nota  que la parroquia les conoce bien, que se encuentran a gusto, tratados de maravilla, que es cómodo entrar y darse una vuelta para ver qué hay de nuevo, para departir. Huelen los libros de otra forma en un centro comercial; cuando los compras online, ni eso. Si no nos creen vayan a la que les pille más cerca, a ver por qué la parroquia de Pepe  leyó antes que nadie La liebre con ojos de ámbar, o a Antonio Méndez a que les cuente el porqué de ese estante destacado con los Pérez Reverte; por qué los sábados por la tarde están los Tipos Infames despachando libros sin parar, a seis manos; qué es lo que cuenta y cómo Gisela para que ya todos por aquí hayamos leído 84, charing cross road, o qué tipo de contubernio ha hecho posible que tanto salmantino tenga a Foster Wallace en la cabecera de su cama.

Salimos por la puerta y tenemos que acordarnos de aquello que nos dijo Paco Goyanes en Zaragoza: “El librero es resistente por naturaleza”. María José  y Soraya no es que sean incombustibles, que también, es que además tienen esa forma de mimar al lector de libros que es la que marca, por encima de todo, la diferencia; la que hace que Jot Down se vuelque en esto; si alguien tiene que poder vivir con dignidad del promover la cultura, que sean los libreros,* ¿no?

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(*Sin ánimo de ser exhaustivos)

Fotografía: Manu Granadero @manujhy


Librerías con encanto: Oletvm (Valladolid)

Carlos y Estrella llevan trabajando juntos casi 30 años. Informáticos de formación, fundaron una empresa de software a medida que se fue especializando en el sector del libro. A medida que fueron conociendo todo este mundo y su entorno fue tomando forma la idea de abrir la suya. “A mí siempre me había gustado leer”, nos dice Estrella, “después de un primer programa diseñado para una distribuidora de libros empezamos con librerías, luego editoriales, y poco a poco fuimos conociendo todo el entramado”. Carlos apunta: “Somos unos privilegiados, siempre lo digo; hemos tenido los mejores maestros”. El “detonante”, lo que les hizo decidirse al fin, fue un establecimiento en Barcelona: “una tienda de ocio, un puntito más que la librería; había libros, música, videojuegos… algo como la FNAC, pero hace ya más de 20 años, imagínate”.

Así, que abrieron una tienda de ocio hace 20 años, “y nos pasamos de rosca, yo creo; demasiado moderno para Valladolid”. Andando el tiempo acabaron por quedarse con los libros y prescindir de todo lo demás. “También somos conscientes de todo el trabajo que nos falta por hacer. Son muchos los proyectos que pretendemos realizar y que poco a poco irán viendo la luz. (…) Pretendemos implicarnos en el fomento de la lectura en todas las edades; las personas, cuanto más leen, más conocen, más saben, más reflexionan y esto conlleva ser más tolerantes, más libres y más felices”.

El local del Número 12 de la calle Teresa Gil de Valladolid fue todo un descubrimiento “de Carlos”. Vinieron de forma provisional y acabaron quedándose al ir viendo todo lo que se escondía bajo el yeso y los mármoles, el encanto de la construcción original. “Fue en su origen un edificio que albergaba unos grandes almacenes; esto es más ancho porque por aquí pasaban los carros, y eso de aquí es un pozo; aunque lo cegamos el agua se condensa y se puede ver”. Cuando llegaron estaba todo tapado (una parte era un banco y la otra una tienda de ropa). Ahora es una de esas librerías cuyo encanto reside también en el espacio; un lugar amplio que invita a pasearse por entre los libros, a recrearse, “si alguien tiene sensibilidad lo ve”, nos dice Carlos, “los rincones están escogidos, son lo que hacen de Oletvm lo que es: una de las librerías más bonitas de España” y olé (no es amor de padre; esto seguramente es así). “Carlos tiene mucha guasa; nos compenetramos muy bien, él se encarga más de los negocios, los locales ―también ha diseñado la librería infantil, a unos metros de donde estamos; nos acercaremos más tarde― y yo más de los libros; me encanta la narrativa, leo muchísimas novelas”.

Entre otros que no nos van a caber aquí, Estrella nos habla con entusiasmo de Robertson Davies, “mi autor preferido desde que lo descubrí; maravilloso. Lo que siento es que este último que estoy leyendo va a ser el último, no hay más; he leído todos los que escribió. Te voy a recomendar el primero que editó Libros del Asteroide, El quinto en discordia. La verdad es que tengo debilidad por ciertas editoriales, se me nota muchísimo. Y es que parece que editan para mí. Con Enrique Redel me pasa esto,por ejemplo, que está sacando mucha literatura inglesa, que yo creo que ahí hay todo un mundo por descubrir, más popular. Entonces, yo vivo feliz”. Tiene también palabras de elogio para la editorial Nórdica, “que edita genial. Creo que ha introducido en el mercado el libro ilustrado enfocado para adultos, no ya álbumes que al final compran los adultos, no; libros ilustrados pensados para el público adulto.” Justo estos días uno de los escaparates —tan bien pensados— está dedicado a  Karen Blixen con motivo del aniversario de su muerte. Estrella tiene  un recuerdo muy especial —o que nos gusta a nosotros especiamente por lo que podemos identificarnos con esa imagen— de Diego Moreno, el editor: “Le recuerdo perfectamente, con su zurrón lleno de libros, cómo venía y te contaba el proyecto.  Nórdica ha sacado ahora una selección de cartas que ella escribió. Además, hace ahora 25 años que se estrenó El festín de Babette;  han publicado un libro con ilustraciones de Noemí Villamuza, que es una preciosidad, enfocado para el público adulto”. 

El cuidado y la importancia que le da Estrella a las cosas bien hechas aparece también cuando habla de editoriales más pequeñas “apoyamos a las editoriales locales que lo hacen bien. Hay editoriales grandes y editoriales más pequeñas, y libros malos los hay tanto en unas como en otras. Las que lo hacen bien lo tienen luego más difícil a la hora de la distribución, es la verdad, o descubren autores que, claro, en el momento que sobresalen, que triunfan, se los quitan. Tenemos que darles todo el apoyo que podamos, entonces”.

Es digno de mención, sin duda, el cómo se le llena la boca cuando habla del equipo de personas que trabajan en la librería: “Una librería sin un buen equipo humano no puede funcionar”. Nos va a presentar a todos: “Quien te suele coger el teléfono es Cristina, que está en la oficina; aquí están Ceferino, con unos gustos muy propios; Miguel, al que le gusta mucho la ciencia ficción, la novela histórica; Paco, a quien le encanta el cómicRuth, que gusta más de la narrativa, como yo; Marian, que no ha venido hoy… Cada uno tiene unas preferencias muy particulares, y eso es muy positivo.” Habla igualmente con mucho cariño de la parroquia de Oletvm, “es un lujo la gente que viene por aquí, como el autor Gustavo Martín Garzo, que es un lector buenísimo, aparte de un gran escritor. Este tipo de personas nos enriquecen, no solo es el tener guardados los libros que sabes que le van a gustar a Fulanito o Menganita, es también el que ellos nos recomiendan lecturas, autores que han descubierto.”

Vamos a acabar este recorrido —porque lo tenemos que acabar— en la Oletvm infantil, la que ideó Carlos para los niños.“Este rincón, por ejemplo”. Nos lo muestran:  “Como los peques siempre van en su silla mirando al cielo les hemos puesto aquí La Isla del tesoro“. Y ahí está Jot Down, avisado, leyendo a Stevenson tal cual Julio II. Nuestro preferido, no obstante, es el mural del yo, yo, yo de los niños; le hemos hecho una foto a Estrella subiendo esa escalera solo para que se vea hoy. “Uno tiene que pasárselo bien haciendo lo que hace”, conviene Carlos. Asentimos. “Por algo aquí los libros están en el suelo y La Isla del tesoro en el techo”. Volvemos a asentir.

Fotografía: Manu Granadero.


Arvydas Sabonis, el hombre que pudo reinar

El 8 de abril de 2004, el Zalgiris viajaba a la cancha del Maccabi de Tel-Aviv. Duelo habitual en los 80, el partido tenía un atractivo impresionante: el ganador se clasificaría para la Final Four que precisamente tendría lugar en la capital administrativa del estado de Israel. En la ida habían ganado los lituanos con solvencia, pero un despiste en casa, la semana anterior, ante el Pamesa Valencia, les había dejado en esa situación de todo o nada. Al frente, como capitán, un tal Arvydas Sabonis, 39 años para 40, MVP de la fase regular de aquella Euroliga y MVP del Top 16 previo a las semifinales.

Sabonis ya lo había ganado todo en Europa, tanto a nivel de clubes como de selección, pero un éxito más al borde de la cuarentena sería una despedida excelente de la competición. En 1986, Petrovic le impidió alzarse con la Copa de Europa en uno de los pocos momentos en los que el zar lituano perdió los papeles y acabó lanzándole un alevoso puñetazo a Nakic. En 1993, fue Maljkovic y su correoso Limoges los que le separaron de la Euroliga con una tela de araña defensiva que volvió loco al Real Madrid en las semifinales de Atenas. Solo dos años después, en Zaragoza, junto a Joe Arlauckas, pudo Sabonis redimirse. Después viajó a la NBA. Ahora, de vuelta, tenía la Final Four a apenas 40 minutos de distancia.

El partido fue bien para los de Kaunas. Prontas ventajas, mucha tensión en el Maccabi, que se jugaba la temporada y un Arvydas Sabonis imparable, 29 puntos, 9 rebotes, 3 asistencias, 4 triples y 36 de valoración antes de quedar eliminado por faltas. A falta de dos segundos, la clasificación podía darse por hecha: el Zalgiris ganaba por tres puntos de diferencia (91-94) y Giedrius Gustas disponía de dos tiros libres para sentenciar el encuentro. Lo que necesitaba el Maccabi no era un solo milagro sino una sucesión improbable. Lo que necesitaba el Maccabi era que Gustas fallara los dos tiros libres, que en el segundo no hubiera rebote y no se perdiera tiempo porque Tanoka Beard hubiera entrado en la zona, y que del saque de fondo posterior saliera un pase de béisbol de unos 25 metros para que Derrick Sharp anotara un triple desesperado, sin equilibrio, con una mano delante, sobre la bocina.

Lo que necesitaba el Maccabi era exactamente lo que terminó sucediendo.

La cara de Sabonis en el banquillo era de una incredulidad total. Con el pelo cortado a cepillo, sin el bigote que se afeitara años atrás, claramente avejentado por más de 20 años de baloncesto profesional, el pívot más importante del baloncesto europeo contemporáneo quería matar con la mirada a Gustas, a Beard, a Sharp… a todos los que se habían conjurado para quitarle la gloria. El Zalgiris no fue rival en la prórroga y el Maccabi no solo ganó aquel partido sino que se paseó en la final para ganar su primer título europeo en 23 años.

Sabonis abandonó el Nokia Arena —“La Mano de Elías”, para los nostálgicos— cojeando como siempre y con la idea de la retirada en la cabeza. No se oficializaría hasta el año siguiente porque el lituano era un hombre sin prisas. Un genio calmado por la vida y las lesiones. Soviético de la vieja escuela, fervoroso patriota lituano, en su última temporada en Europa —la que cualquier otro se hubiera tomado como una gira de aplausos y reconocimientos— había promediado 16,7 puntos y 10,7 rebotes para una valoración media de 26,3; la más alta de todos los competidores.

De nuevo, Sabonis había conseguido que lo difícil pareciera fácil, esa fue siempre su principal virtud. Su falta de aparatosidad, su dominio del juego en lo colectivo y en lo individual. Un hombre que te ganaba con un mate, un rebote, un tapón, una asistencia o un triple. Un año después de la retirada, charlando con el recién nombrado seleccionador español, Pepu Hernández, no pude evitar preguntarle cuál era el mejor rival al que se había enfrentado nunca entrenando al Estudiantes. Puede que esa pregunta ahora no tenga mucho sentido, pero hablamos de los años en los que el Estudiantes jugaba Final Fours. Su respuesta, sin dudarlo, fue: “Sabonis. No había manera de pararlo”. No, no había manera. No la había en 1982 y no la había en 2004, aunque obviamente el jugador ya no era el mismo.

Del Mundial de Colombia al Mundial de España: la explosividad juvenil

Sabonis era un chico de 17 años que superaba los 2,10. Era complicado que pasara desapercibido, incluso dentro de un modelo que producía constantemente hombres interminables como Tkachenko: rocosos, fajadores, hieráticos… en una palabra, ordenados soviéticos con la presión de las autoridades siempre detrás. Como juvenil había deslumbrado en una gira por los Estados Unidos ante distintas universidades, siendo proclamado por el legendario Bobby Knight como “el mejor pivot joven no americano”. Su debut en la primera división soviética, con el Zalgiris de Kaunas, había sido bastante impresionante: titular casi desde el principio, un soplo de aire fresco dentro del siempre enrarecido ambiente de la liga de la URSS. Durante décadas, el CSKA de Moscú, no solo dominaba en las canchas sino en los despachos, haciéndose con los mejores jugadores de los demás equipos y sirviendo de base para la selección soviética.

El Zalgiris tenía que vivir con ello y, de hecho, no ganaba un título desde los años 50. En 1980 fue subcampeón de la URSS y eso sirvió para poner al baloncesto lituano de nuevo bajo los focos. Todo ello sin duda ayudó a que Aleksandr Gomelski decidiera seleccionar a Sabonis para el Mundial de Cali. Los soviéticos tenían muchos más reparos que los yugoslavos a la hora de tomar riesgos, pero aquella selección tenía margen de error: en plena transición del equipo que, liderado por Belov, ganara la medalla de oro olímpica en 1972, la Unión Soviética había parado a la generación de oro balcánica en los Europeos de 1979 y 1981, aunque hubiera caído ignominiosamente en sus propios Juegos Olímpicos de 1980, y se presentaba como gran candidata al título de Campeón del Mundo, con la única resistencia que la selección estadounidense de Doc Rivers y John Pinone pudiera ofrecer.

Sabonis ya era por entonces un jugador impresionante: pese a su juventud, aquel chico estaba perfectamente formado. Alto, delgado, fibroso y ágil, un rasgo poco común entre los pivots soviéticos, el adolescente disfrutó en Colombia de sus primeros minutos de fama, aunque fueran muy escasos, pues la rotación soviética estaba bien definida: Lopatov, Tkachenko, Tarakanov, Belostenny… Su única derrota en todo el torneo llegó ante Estados Unidos en la liguilla clasificatoria, pero en la final se tomaron cumplida revancha con un agónico 95-94. El papel de Sabonis, como decíamos, fue testimonial, pero su sola presencia ya anunciaba algo grande.

El aprendizaje continuó en los años siguientes, con los ojeadores estadounidenses ya tras sus pasos. Repitió convocatoria con la selección para el Europeo de 1983 tras su gran actuación en el Mundial Junior de Palma de Mallorca pero su papel volvió a ser discreto. En 1984, la decisión de Andropov de boicotear los JJOO de Los Angeles nos privaron de observar su evolución de primera mano y hubo que esperar a Sttutgart, en 1985, para ver la versión más atlética y poderosa de Sabonis: la URSS no solo ganó el torneo con cierta suficiencia sino que Arvydas fue elegido MVP con solo 20 años, constituido en el eje del triángulo lituano que formaría con Kurtinaitis y Chomicius y que tantos éxitos le daría a la selección y al Zalgiris. Años después, se sumaría un jugador clave, diferenciador: Sarunas Marciulionis.

En aquel Europeo, Sabonis abrumó con su juventud y su potencia. Era distinto incluso en su aspecto: melena al aire, contundente bigote propio de la aldea gala de Asterix. El veinteañero podía taponar, rebotear y tirar de tres con facilidad… pero su punto fuerte era la agilidad y la capacidad para culminar el contraataque. Verle correr la cancha botando desde sus 2,20 o recibir el balón en la línea de tiros libres en plena transición para acabar en un violento mate apuntaba a un estrellato inminente, el más brillante que ningún jugador europeo hubiera alcanzado jamás. Los Atlanta Hawks le seleccionaron en el “draft” de la NBA aquel verano, pero, al ser menor de 21 años, la elección se anuló, para provecho de los Portland Trail Blazers, que consiguieron sus derechos un año después utilizando su primera ronda, algo casi inédito en los tiempos en los que los europeos eran auténticos apestados en Estados Unidos y ni siquiera Drazen Petrovic conseguía la atención que se merecía.

En solo un par de años, Sabonis pasó de ser una promesa ilusionante al segundo jugador más dominante del continente: su Zalgiris acabó con la dictadura del CSKA y consiguió tres ligas consecutivas: 1985, 1986 y 1987. Precisamente el primero de esos tres títulos permitió a Sabas jugar la Copa de Europa por primera vez y su debut no pudo ser mejor: gracias a su victoria contra el Real Madrid de Corbalán, Wayne Robinson, Brian Jackson y compañía, los lituanos se plantaron en la final ante la todopoderosa Cibona de los hermanos Petrovic. Frente a frente quedaban los dos mejores post-adolescentes surgidos en décadas: Drazen frente a Arvydas. El campeón frente al aspirante. El histrión frente al hombre calmado y silencioso.

La victoria fue para los balcánicos. Meses después de aquella final, Petrovic y Sabonis volverían a encontrarse, esta vez en las semifinales del Mundobasket de España, en el Palacio de los Deportes de Madrid. La historia, entonces, sería diferente.

Una carrera en peligro: las misteriosas lesiones de 1986 y 1987

Pese a contar con solo 21 años, Sabonis era ya una referencia mundial. El juego de la URSS giraba a su alrededor y su paso a la NBA se daba por hecho, solo obstaculizado por la eterna burocracia soviética, que acababa de ver cómo un joven Mijaíl Gorbachov llegaba a la presidencia del país prometiendo cambios tranquilos. Los rumores de lesiones y molestias aparecían de vez en cuando, obligándole a llevar una aparatosa rodillera, pero él seguía destrozando tableros y corriendo como un gamo. En el último partido de la final ante el CSKA de Moscú, parece que sintió algo distinto, doloroso: un golpe seco en la parte de atrás del pie, el tendón de Aquiles. Nadie le dio importancia entonces, pero aquello era un primer aviso.

Llegó a España en el verano de 1986 con su melena juvenil que recordaba a los cantantes de Bon Jovi, Europe, Guns and Roses… Olía a espíritu adolescente. Había afeitado su bigote y el rojo le sentaba de maravilla. Como eran los mágicos 80 madrileños, aquella época de reacción a la reacción, Sabonis y la URSS pronto fueron acogidos como héroes locales. Si Sabonis estaba lesionado, no lo parecía. Cierto es que el coronel Gomelski limitaba en ocasiones sus minutos de juego pero es que aquel equipo tenía demasiada calidad como para fijarla en un solo quinteto: a los ya conocidos Kurtinaitis, Chomicius, Belostenny , Valters, Tarakanov… había que sumar a Volkov, Sokk o Tikhonenko, un tirador letal.

La Unión Soviética se plantó en semifinales después de ganar sus diez partidos en Ferrol y Barcelona, con unas diferencias y unas anotaciones escandalosas. En la capital esperaba Yugoslavia, su bestia negra de los 70. Petrovic era el hombre más odiado del planeta y Madrid era el epicentro de ese odio. Los yugoslavos estaban también en plena transición, incorporando jóvenes jugadores como Divac o Vrankovic, a los que luego se juntarían los Paspalj, Kukoc, Radja y compañía.

Yugoslavia ganaba fácil: nueve puntos arriba a falta de un minuto, pero el público seguía animando a la URSS. Los jugadores plavi celebraban en el banquillo cuando Sabonis anotó a tabla un triple a priori intrascendente… Nada más sacar de fondo, con la mente ya en la final, Tikhonenko robaba y anotaba otro triple desde la esquina. En un abrir y cerrar los ojos, la URSS se colocaba a tres puntos con algo más de medio minuto por jugar. Eran otros tiempos: Yugoslavia podía permitirse agotar la posesión a base de forzar faltas y negarse a tirar tiros libres. Los soviéticos se desesperaban: una falta, dos faltas, tres faltas… La presión era constante pero poco fructífera, los yugoslavos se manejaban como peces en el agua en estas situaciones.

Hasta que Cutura cometió un error impropio a falta de 15 segundos y ese error no fue otro que sacar de fondo y pasarle el balón a Vlade Divac, 18 años, nervioso como un flan. Divac recibió y se lio a botar. Tanto se lio que cometió dobles. En la jugada posterior, Valters aprovechó un bloqueo directo de Sabonis para empatar el partido. En la prórroga, la URSS se impondría cómodamente y ganaría el pasaporte para disputarle a los Estados Unidos el título, como en Colombia… solo que esta vez David Robinson, Tyrone Bogues y sus chicos conseguirían llevarse la victoria.

Nadie podía imaginarlo pero aquel verano de 1986 fue el último en el que vimos al gran Sabonis.

Sobre cómo se produjo la rotura definitiva del tendón de Aquiles se han oído muchos rumores. Según la prensa soviética se cayó por unas escaleras; según otros, la caída se produjo motivada por la rotura previa. Se echó la culpa a la mala suerte por no reconocer una obviedad: a aquel chaval se le venía forzando por encima de sus posibilidades. A los 21 años, Sabonis había disputado dos mundiales y dos europeos, no había tenido el descanso necesario durante el verano y acusaba el lógico aumento de peso y musculatura que sus articulaciones no podían soportar con la misma facilidad.

Empeñados en negar la realidad, ese hábito tan soviético, Sabonis siguió jugando partidos sueltos a lo largo de la temporada 1986/87, aunque visiblemente mermado. Los tratamientos “conservadores” no parecían funcionar para desesperación de los directivos de Portland, enfrascados en una eterna negociación con las autoridades rusas por su fichaje. El empeño en explotar al caballo de carreras hasta el último aliento fue desolador: Sabonis se perdió el Eurobasket de 1987 y solo cuando sus problemas se habían extendido a talón, tobillo y rodilla y su carrera realmente estaba en peligro, la Unión Soviética autorizó su viaje a Portland, donde se le operó, colocándole una prótesis que le acompañaría el resto de su vida y que dificultaba muchísimo sus movimientos.

Sabonis regresó a casa en 1988 dispuesto a prepararse para los Juegos Olímpicos de Seúl, los primeros para su selección en ocho años. Pocos tenían confianza en que aquel jugador de apenas 23 años pudiera ser una sombra siquiera de lo que había sido en 1985.

La vuelta por todo lo alto: Seúl y el Fórum Filatélico

Mucho se ha hablado de cómo llegó Sabonis a los Juegos Olímpicos de Seúl. Por un lado, los problemas políticos de Lituania ya estaban presentes. La “perestroika” de Gorbachov había dado rienda suelta a reivindicaciones políticas y nacionales de todo tipo, agravios que venían del estalinismo y el leninismo y que por fin encontraban un cauce. Las repúblicas bálticas empezaban a formar los parlamentos que después declararían su independencia de manera unilateral y aquel equipo soviético dependía por completo de sus estrellas lituanas.

Sin embargo, ni las lesiones ni el desafecto político iban a detener a Sabonis. En 1980 era un crío y en 1984 se encontró con el boicot. 1988 era su año y se encontraba con tres rivales: la Yugoslavia de Petrovic, más los chavales de Jugoplastika y Partizán; los Estados Unidos encabezados por Dan Majerle, Danny Manning o David Robinson… y las serias dudas sobre su estado físico. La URSS podía ganar con un Sabonis al 100% pero nadie esperaba que estuviera siquiera al 50%.

La cosa se quedó en un punto medio. Sabonis no arrasó pero sí fue decisivo en aquellos Juegos Olímpicos. Lo fue especialmente en las semifinales ante Estados Unidos, donde anotó 13 puntos y cogió 13 rebotes, complementando perfectamente a Marciulionis, la verdadera estrella de aquel campeonato, y se fajó con David Robinson todo lo que pudo, aunque el estadounidense se fue a los 19 puntos y 12 rebotes en solo 23 minutos. Aquel Sabas, de nuevo con bigote, de nuevo con melena, pero mucho más limitado en el uno contra uno, con dificultades para atacar el aro más que recibiendo el pase doblado de un compañero, tenía que reinventarse a los 23 años y aquel fue el primer paso.

La medalla de oro, frente a Yugoslavia en la final, el último gran partido que perderían los Kukoc y compañía en cuatro años, fue la culminación de un trabajo titánico. Solo estar en Corea ya era un éxito para Sabonis; volver con el oro a Kaunas después de 20 puntos, 15 rebotes y 3 tapones en el partido decisivo, un sueño. Aquellos Juegos cambiaron por completo el baloncesto contemporáneo. Estados Unidos se dio cuenta de que no podía seguir compitiendo con universitarios a ese nivel y decidió empezar a dar forma al proyecto “Dream Team” que fructificaría con la exhibición de 1992. Por otro lado, los jóvenes jugadores soviéticos y yugoslavos empezaron a saltar progresivamente a la NBA. Primero, Marciulionis, Volkov, Petrovic y Divac, luego Radja y Paspalj… Kukoc esperaría hasta 1993 y el propio Sabonis hasta 1995.

Mientras tanto, el lituano tenía otros planes: asentar su físico para volver a dominar Europa y huir cuanto antes de la Unión Soviética.

Lo primero lo consiguió rápidamente: la temporada 1988/89 fue de transición en el Zalgiris. Sabonis era un jugador más inteligente aún, muy consciente de sus limitaciones y que necesitaba descansos prolongados, pero aún imparable cuando estaba fresco físicamente. Mejoró su tiro de tres, su capacidad de pase y sus movimientos defensivos. En lugar de rendirse, luchó para ser otro jugador pero igual de infranqueable. En el verano de 1989, la URSS viajó a Zagreb para intentar hacerle frente a la anfitriona Yugoslavia en el Eurobasket pero cayó en semifinales ante la Grecia de Nikkos Gallis, la misma que le había derrotado en la final dos años antes. Sabonis cumplió, como siempre, pero se palpaba la desgana, la desmotivación, la disidencia. Aquella bandera no era su bandera, aquel país al que representaba era el enemigo potencia del país que le había criado.

Después de muchos años intentándolo, ese verano, por fin, el lituano pudo salir de la URSS, aunque no se permitió su marcha a los Estados Unidos, todavía el gran enemigo político. A cambio, un hábil empresario, Gonzalo Gonzalo, presidente del modesto Forum Filatélico de Valladolid y posteriormente del equipo de fútbol de la misma ciudad, consiguió que la gran estrella europea se fuera a jugar a la ACB junto a su inseparable Valdemaras Chomicius, al que luego sustituiría Tikhonenko. Alrededor de ellos dos, construyó un equipo más que interesante, con la vuelta de Juan Antonio Corbalán a las canchas después de dos años retirado, o la presencia de jóvenes estrellas como Miguel Ángel Reyes, Lalo García o el polémico Miguel Juane.

En Valladolid se pellizcaban y no se lo creían. De la noche a la mañana tenían un equipo que era la envidia de Europa y que estuvo a punto de conquistar una Copa Korac ante el todopoderoso Il Messagero de Roma encabezado por Dino Radja. Sabonis tuvo tres años esplendorosos, con bigote y sin bigote, con melena y sin melena, sus dos rodilleras siempre acompañándole, algo hinchado pero más listo que nunca. El primer año promedió 23,3 puntos y 13,4 rebotes más casi 4 tapones por partido. Todo esto, visiblemente cojo. En su segunda temporada se fue a los 18,4 puntos y 10,5 rebotes, aunque con algún problema de lesiones, y se despidió de Pucela con una última temporada magnífica: 21,8 puntos, 13,3 rebotes y una media de 31,1 de valoración por partido.

Con 27 años, Sabonis tenía que volver a plantearse si ir a Estados Unidos o quedarse en Europa. Valladolid se le quedaba pequeño, pero las dudas de Portland seguían presentes: ¿Aguantarían sus rodillas y tobillos la exigencia de 82 partidos de liga regular más play-offs?, ¿merecía la pena correr el riesgo? Instalado ya en España, habituado a una cultura tan distinta de la báltica y liberado ya, como su Lituania natal, del yugo soviético, Sabas encontró un punto medio ideal: el Real Madrid, al que acudiría como salvador después de seis temporadas sin conseguir la liga, algo inédito en la historia del club. Ramón Mendoza necesitaba un héroe para su sección de baloncesto, alguien que pudiera revitalizarla y lo apostó todo por el lituano. A posteriori, queda claro que hizo muy bien.

Los años del Real Madrid: Liga, Copa y Euroliga

El Sabonis que llegó a Madrid en el verano de 1992, después de debutar con la nueva selección lituana en los Juegos Olímpicos de Barcelona y conseguir una meritoria medalla de bronce, no recordaba en nada al que rompía tableros en los Torneos de Navidad ocho años antes. Pesaba más, estaba más lento, tenía vendas en cada parte de su cuerpo y la arrogancia de sus mates juveniles había dado paso a un liderazgo silencioso, mágico, indurainesco. Aquellos tres años en el Real Madrid fueron probablemente los mejores de su carrera, desde luego no a nivel físico, pero sí en cuanto a comprensión del juego, a dominio de cada faceta del deporte.

En mi vida de aficionado al baloncesto, incluso como aficionado al Estudiantes, el eterno rival del Madrid, nunca he visto nada parecido. Sabonis se ganaba el respeto de todos, anotaba incluso desde el suelo, reboteaba como un animal, siempre a base de ganar la posición con inteligencia, manejaba su cuerpo a la perfección, pasaba con una mano, con dos manos, en bote, en suspensión. Aquel hombre era una exhibición táctica en cada partido y todo sin hacer ruido, sin más aspavientos que su desesperación cada vez que dos o tres defensores se le colgaban encima y la falta le acababa cayendo a él.

Sabonis no solo imponía respeto, imponía miedo. Consiguió en el Real Madrid lo que Petrovic no pudo en su día: ganar la liga, en cinco partidos, al Joventut de Lolo Sainz y Jordi Villacampa. También ganó la Copa, ante el mismo rival. En la Euroliga, se clasificó para la Final Four y solo la trampa táctica de Bozidar Maljkovic le derrotó en un partido infame de todo el equipo. Sus números lo dicen todo de aquel año, jugando en uno de los grandes de Europa: 17,1 puntos, 11,5 rebotes en liga regular… y 18 puntos con 13,7 rebotes en play-off, rozando los 30 de valoración.

El equipo se había quedado a dos partidos del triplete. Clifford Luyk dirigía al equipo desde el banquillo, Isma Santos se ocupaba de la estrella rival y Antonio Martín encabezaba un grupo de españoles veteranos del que también formaban parte los Biriukov, Romay, Llorente y compañía. En la temporada 1993/94 llegó Joe Arlauckas y se formó probablemente la mejor pareja de extranjeros de la historia reciente de la liga ACB. Arlauckas era todo lo contrario a Sabonis y por tanto su complemento ideal: agresivo, retador, furioso, anotador compulsivo y en ocasiones egoísta, un competidor descomunal que bien tiraba de cuatro metros como machacaba a una mano un contraataque de manera rabiosa.

La conexión Arlauckas-Sabonis dio otro título de ACB al Real Madrid y le daría una Euroliga al año siguiente, la primera en 15 años, la última hasta la fecha. El lituano estaba en su plenitud, con partidos como el del Coren Orense donde alcanzó los 66 de valoración (32 puntos y 27 rebotes), pero la cabeza de todo el equipo, ya con Zeljko Obradovic en el banquillo, estaba en la defensa. Una defensa encabezada por Santos y García Coll, dos jornaleros, más Antúnez, otro portento físico, y Jose Lasa, un base cerebral. El ataque quedaba en manos de Joe y Arvydas y con eso bastaba. El Madrid no ganó la ACB pero Sabonis consiguió sus mejores números de su carrera en España: 22,9 puntos y 13,2 rebotes para una media de 34,2 puntos de valoración por partido.

Nadie ha vuelto a hacer una animalada semejante.

En Europa, como ha quedado dicho, Obradovic volvió a llevar al equipo a la Final Four, esta vez en Zaragoza. El rival, como dos años antes, el Limoges, al que batió fácilmente, dejándolo en apenas 49 puntos. La final le enfrentaba al multimillonario Olympiakos de Volkov, Tarlac, Sigalas y el anotador compulsivo Eddie Johnson. No fue un partido brillante, pero tampoco fue necesario: el Madrid dominó de principio a fin y se impuso 73-61. Arlauckas anotó 16 puntos, Sabonis, 23 con 7 rebotes y una gran defensa sobre Fassoulas y Tarlac. El “Zar” había ganado un Mundial con 17 años, un Europeo con 20 y unos Juegos Olímpicos con 23. Ahora tenía en su palmarés, por fin, la Euroliga, la que el fallecido Petrovic le quitara en 1986. ¿Qué reto le quedaba en Europa? Ninguno.

Tras un Eurobasket 1995 espectacular, en el que Marciulionis y él plantaron cara hasta el final a la todopoderosa Yugoslavia de Djordjevic, con 20 puntos, 8 rebotes y amargas lágrimas en la cara tras su expulsión por una técnica dolorosísima que a punto estuvo de provocar la retirada de los lituanos del partido, Sabonis, a punto de cumplir los 31 años, se decidía por fin a dar el salto a la NBA.

La NBA, o cómo dejar claro que habría podido ser el mejor pívot de su época

Era extraño ver a un rookie treintañero y con tantos títulos a sus espaldas. Un rookie que provocara tanto respeto en todos lados. Sabonis había derrotado a los Estados Unidos en Seúl y los había puesto contra las cuerdas en España. Su nombre sonaba para los Blazers desde el verano de 1986, diez temporadas esperando la llegada del hijo pródigo, quien, por inseguridades, lesiones o simple comodidad se negaba a dar el salto. Ahora, después de la mejor temporada de su vida, sí se sentía preparado y en Portland le esperaban con los brazos abiertos.

Aquellos Blazers seguían la estela del equipo que fue dos veces finalista en 1990 y 1992 y contaba con excelentes jugadores como Rod Strickland o Cliff Robinson pero tenía grandes problemas en la pintura y sobre todo en la lectura del juego. Sabonis complementaba las exuberancias físicas de sus compañeros con sentido común y trabajo en equipo. Había pasado por todo eso antes: a diferencia de Petrovic, que necesitaba el protagonismo continuamente, la lesión obligó a Sabonis a confiar menos en sí mismo y más en sus compañeros.

Pese al respeto, da la sensación de que en la NBA no eran conscientes de lo bueno que seguía siendo Sabonis. Probablemente lo habrían visto en los Juegos Olímpicos durante su época de espigado y fibroso y se sorprenderían al verlo más lento y fondón, pero Sabas dejó las cosas claras desde el principio: como rookie, promedió 14,5 puntos y 8,1 rebotes… ¡en 23 minutos! PJ Carlesimo, su entrenador por entonces, le regulaba lo máximo posible porque era imposible que un hombre de 220 centímetros, 125 kilos y los pies destrozados aguantara el ritmo de toda una temporada si se le forzaba como le forzaron en sus años de juventud en la URSS, que tanto lamentaría después. Si no fuera por esa limitación de minutos, a nadie le cabe duda de que Sabonis habría conseguido el galardón de novato del año por delante de Damon Stoudemire. Pese a todo, sí entró en el quinteto ideal.

Sabonis siguió creciendo como creció su equipo. A la juventud imperante se le fueron añadiendo talentos puros como Rasheed Wallace, Steve Smith, Brian Grant, Bonzi Wells, Scottie Pippen… El lituano era la referencia de orden en un equipo que llegó a ser conocido como los Jail Blazers por los continuos problemas de sus jugadores con la justicia. Su mejor temporada sería la 1997/98, con 17 puntos, 10 rebotes y 3 asistencias de media. La única en la que superó los 30 minutos de juego. ¿Se imaginan dónde habría llegado este jugador con 24 años, los pies sanos y 40 minutos por partido? Esa será siempre la gran pregunta.

Aquella temporada fue la última a altísimo nivel. La siguiente tuvo que lidiar con algunas molestias y la inevitable competencia de talentos más explosivos bajo los tableros. Sabonis tenía ya 35 años pero nadie se atrevía a quitarle su posición en el quinteto inicial. Ganador de todo en Europa, nunca estuvo más cerca del anillo que en 2000, cuando los Blazers estaban a un solo cuarto de eliminar a los Lakers en su propia cancha y acceder a la final contra los Pacers cuando se vinieron estrepitosamente abajo y desperdiciaron definitivamente su talento. A partir de entonces, el entusiasmo se acabó. Sabonis parecía un abuelo resignado entre tanto tiroteo y posesión ilegal de drogas, entre tanto gangsta rap, individualismo y técnicas de niñatos. Sus códigos eran otros. Sus códigos eran los soviéticos de 1982. En 2001 dijo basta y se retiró durante un año. Firmó con el Zalgiris pero no llegó a jugar ni un partido. Ese era el final de Sabonis para todos, merecido… Sin embargo, cuando los Blazers le llamaron en 2002, el lituano volvió a Portland para un último baile.

Blazers y Zalgiris, un adiós por todo lo alto

Los Blazers no conseguían encontrar un pívot mejor que Sabonis en ningún lado. Pese a sus lesiones, pese a su ya evidente lentitud en defensa, nadie podía dar 20-25 minutos de mayor intensidad que aquel veteranísimo de 38 años. En la mente de Paul Allen, el multimillonario propietario de la franquicia, estaba acabar por fin con la racha de los Lakers de Shaq, Kobe y Phil Jackson. Seguía teniendo a los Wells, Wallace, Davis, Stoudamire… y había añadido a dos jóvenes refuerzos: Zach Randolph y Ruben Patterson.

No funcionó.

Se fueron a las 50 victorias de nuevo pero cayeron en primera ronda de play-offs ante los Mavericks. Sabonis tampoco estuvo a la altura de las expectativas. Solo fue titular en un partido, su media de minutos bajó a 15, con unos promedios de 6 puntos y 4 rebotes. Fue una despedida amarga, un poco innecesaria, algo parecido a lo que hiciera Jordan con los Wizards. En total, como treintañero lesionadísimo, Sabonis jugó 521 partidos en la NBA. Sus promedios: 12 puntos y 7 rebotes en uno de los mejores equipos de la competición.

Volvió a Kaunas y se apuntó de nuevo al Zalgiris, sin saber si esta vez jugaría o no. Como hemos visto al principio, jugó y vaya si jugó. Se esperaba un Sabonis como el de su última temporada en la NBA: torpón, lento, desmotivado… pero no, Sabonis en Europa era Sabonis en Europa. MVP de la primera fase, MVP de la segunda, si no hubiera sido por aquel triple imposible de Sharp, ¿quién sabe si no hubiera ganado su segunda Euroliga justo el año de su retirada? Casi 17 puntos y 11 rebotes por partido justo antes de cumplir los 40, es decir, 22 años después de su imponente aparición en Cali.

Estuvo un año más deshojando la margarita. Te tiene que gustar mucho el baloncesto para soportar tanto dolor partido tras partido, año tras año. Te tiene que encantar. Lo que uno echa de menos en algunos de los jugadores actuales es ese divertimento, esa pasión. Para Sabonis el baloncesto lo era todo. Ganar lo era todo, o al menos competir hasta el final. Se planteó un nuevo regreso con 40 años. Sus estancias en Málaga, donde sus hijos crecían, levantaron rumores de un posible fichaje por el Unicaja, pero nunca se materializó.

Sabonis, sin hacer ruido, como casi toda su carrera, anunció su retirada, se otorgó a sí mismo un puesto más o menos testimonial en la directiva del Zalgiris y se dedicó a la buena vida. En septiembre de 2011, la vida le dio un nuevo susto en forma de infarto. Se recuperó rápidamente. El mundo del baloncesto respiró aliviado. Sabonis fue primero una bestia física, después fue un competidor brutal, pero siempre se distinguió como un jugador noble, respetuoso, admirado por todos. Una de esas figuras que trasciende su equipo y su deporte. La camiseta roja de la CCCP volando por encima del aro en busca de otro tablero que estallar, melena al aire, bigote poblado, el 11 ó el 15 a la espalda y por debajo de la camiseta roja otra camiseta roja, por si había dudas.