El ogro enajenado

El ogro de Pulgarcito ilustrado por Gustave Doré. DP.

Decía Chesterton que los cuentos maravillosos nos enseñan dos cosas: que hay ogros y que podemos vencerlos. Y, efectivamente, esa es su enseñanza más clara y reconfortante, la tranquilizadora moraleja tras el susto de ver a Pulgarcito y sus hermanos a punto de ser devorados. Pero hay una enseñanza más sutil e inquietante, que es la que explica la vigencia del símbolo del ogro —es decir, del caníbal— en los cuentos infantiles y en la cultura popular.

A los niños se les cuenta el cuento de los tres cerditos mientras meriendan un bocata de jamón, o el de los siete cabritillos después de cenar costillas a la brasa. Se criminaliza al lobo, que es quien tiene derecho, por ineludibles exigencias biológicas, a comerse a los cerdos y a las cabras, a la vez que se fomenta el carnivorismo entre quienes no necesitan —ni les conviene— comer carne. Y como no todos los niños se rinden sin condiciones a la brutal agresión ideológica de sus mayores, algunos se dan cuenta de esta aberración nuclear de nuestra cultura y se vuelven vegetarianos, lo cual suele conllevar problemas familiares y sociales parecidos a los de salir del armario; y también psicológicos y conceptuales, pues la abrumadora preponderancia de los carnívoros sume al antiespecista en el mayor desconcierto: «No es posible que todos sean idiotas morales o estén locos», piensa consternado.

Pero, como dice Sherlock Holmes, cuando se han descartado todas las explicaciones imposibles, la que queda, por inverosímil que parezca, tiene que ser la verdadera. Y matizando ligeramente algunos adjetivos, las piezas van encajando. En primer lugar, no todos son caníbales: en el mundo hay un 8 % de vegetarianas/os, y van en aumento. Y los demás no son necesariamente dementes, sino que están enajenados; parecen dos formas distintas de decir lo mismo, pero hay una sustancial diferencia entre ser y estar, y también entre demente y enajenado, que es sinónimo de alienado. Con lo que llegamos a una olvidada palabra clave que puede ayudarnos a comprender nuestra compleja situación sociocultural. Y digo «olvidada» porque el término «alienación», habitual en el discurso político anterior a los años setenta del siglo pasado, desapareció de pronto barrido por la avalancha posmoderna, junto con «plusvalía», «lucha de clases» y otras expresiones incómodas para la burguesía ilustrada, que en mayo del 68 le vio las orejas al lobo.

Hay ogros y podemos vencerlos, sí; pero es muy difícil, porque los llevamos dentro, nos los tragamos junto con las ruedas de molino de la hipócrita moral burguesa. Esa es la oscura moraleja del cuento de Pulgarcito, que acaba calzándose las botas del ogro. Somos la media geométrica —la raíz del producto, si se me permite el chiste matemático— del gigante caníbal y el enano devorable, medio verdugos y medio víctimas. Tenemos múltiples personalidades, y casi todas nos son ajenas: somos alienados eslabones de una desenfrenada cadena de producción y consumo, engranajes de una máquina de destrucción masiva, sumideros de las mentiras de los grandes medios, baratijas en el supermercado del sexo… Y ogros que devoran a sus semejantes de todas las formas imaginables, incluida la más literal.

Carnivorismo y delirio

La lógica nos enseña que aceptar una afirmación falsa supone aceptarlas todas. Si dos y dos son cinco, yo soy el papa. Efectivamente, si 2+2=5, 2+2=2+3, luego 2=3, luego 1+1 =1+2, luego 1=2. El papa y yo somos dos; pero como dos es igual a uno, el papa y yo somos uno, luego yo soy el papa. Y aunque las operaciones morales no sean tan exactas como las numéricas, también están sujetas a las reglas de la lógica elemental.

La ética, como «cuestión de formas», se parece más a la geometría que a la aritmética (no en vano decía Platón —el gran moralista que afirmaba que quien busca el bien ajeno encuentra el propio— que en su Academia no tenía cabida quien no supiera geometría). En ambos casos hay que partir de unos axiomas indemostrables que se consideran evidentes, y que en ética se llaman principios, y una vez aceptados, la valoración de la conducta ha de responder a la lógica interna del sistema moral en cuestión, y, como en todo sistema lógico, aceptar una falacia cualquiera supone abrir la puerta a cualquier otra.

Es frecuente que los carnívoros intenten justificar su aberración alimentaria alegando que no hay más remedio que matar para comer, lo cual no solo es una idiotez moral, sino una idiotez a secas. Y algunos van aún más lejos y afirman que no hay una diferencia sustancial entre comerse una manzana y comerse a un cordero («a un cordero», no «un cordero», como dicen los especistas para cosificar a los animales no humanos), pues la manzana también es un ser vivo. Y del mismo modo que si dos y dos son cinco yo soy el papa, si da lo mismo comerse a un cordero que una manzana, también da lo mismo comerse a un niño asado, pues la distancia filogenética entre el niño y el cordero —cuya capacidad de sufrimiento es del todo similar a la nuestra— es mucho menor que la que separa al cordero de la manzana.

El hambre, la libido y el miedo son las tres pulsiones primarias de todos los animales, incluidos los humanos, y construimos nuestras sociedades y nuestras culturas —nuestras relaciones y nuestros relatos— a partir de ellas y alrededor de ellas. Del mismo modo que el mito del amor romántico sublima y regula nuestra sexualidad depredadora, el carnivorismo —burda sublimación del canibalismo— es nuestra respuesta irracional e incontinente al hambre, la más apremiante de las pulsiones. Sin embargo, aunque abandonar el carnivorismo sea psicológicamente tan difícil como superar el mito del amor, cuesta entender que aún esté tan arraigado a pesar de las abrumadoras evidencias de todo tipo en su contra.

Nuestra despiadada rutina alimentaria es, entre otras cosas, la principal causa del cambio climático y de otros desastres ecológicos y sanitarios; y sin embargo solo un pequeño porcentaje de la población opta por el vegetarianismo. No son las vacas las que se vuelven locas, sino quienes se las comen, y son sus cerebros los que se esponjan. Afortunadamente, el proceso no es irreversible.


El caníbal cautivo

El silencio de los corderos, 1991. Imagen: Orion Pictures.

Hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère! (Charles Baudelaire, Les fleurs du mal)

Una de las imágenes más potentes y desazonadoras del cine de las últimas décadas es la de Hannibal Lecter/Anthony Hopkins con sus ojos de hielo clavados en los del espectador y los dientes apretados tras su bozal de caníbal cautivo. Y en las listas de los personajes de ficción más terroríficos el doctor Lecter suele ocupar el primer puesto. ¿Por qué? Porque Aníbal el Caníbal somos nosotros —o para ser más preciso, somos una versión menuda y vergonzante del gran caníbal arquetípico, el superhombre nietzscheano extrapolable a partir del tipo de bestia humana predominante en nuestra sociedad—, y nada nos horroriza tanto como el monstruo que llevamos dentro. Lecter se come a los animales humanos que lo agreden o incomodan, y acaba con ellos de forma personal y expeditiva; más falsos y cobardes, sus mezquinos epígonos, cautivos de —y cautivados por— una cultura de la depredación, se comen a los animales no humanos que otros han torturado y sacrificado en las cloacas del sistema. La mezcla de horror y fascinación que sentimos al mirarnos en los ojos helados de Aníbal el Caníbal es una punzada de reprimida autoconsciencia, hipócrita lector/lecter, mon semblable, mon frère!

Los derechos de los animales

Tienen razón, en última instancia, quienes dicen que los animales no humanos no tienen derechos; pero se olvidan de decir que los humanos tampoco. Nadie tiene derechos como algo intrínseco o consustancial: los derechos de cada cual no son sino aquellas reglas del juego social que lo protegen y benefician, y son el resultado de un acuerdo colectivo. Quienes invocan una supuesta «ley natural» o una «moral natural», apelan vanamente a esa «fusión de contrarios» que solo tiene cabida en los delirios y en los sueños; por definición, la ley y la moral son constructos culturales que añadimos a la naturaleza precisamente porque en ella no existen.

Esto no significa que los derechos no tengan una base natural, y mucho menos que sean contrarios a la naturaleza, sino que no se derivan o deducen de ella de forma necesaria y unívoca. De hecho, llevamos cientos de miles de años en nuestro actual estadio evolutivo y nuestra visión de los derechos humanos ha variado considerablemente de unas épocas a otras, e incluso de unos lugares a otros en una misma época.

A lo largo de la historia, hemos excluido total o parcialmente de los derechos que hoy consideramos fundamentales a los extranjeros, los esclavos, los plebeyos, las mujeres, los negros, los homosexuales… Y aunque la xenofobia, la explotación, el clasismo, la misoginia, el racismo y la homofobia estén lejos de haber sido superados, al menos hay un amplio consenso teórico sobre la necesidad de superarlos. ¿Por qué no ocurre lo mismo con el especismo, impugnado solo por una exigua minoría de la humanidad? ¿Por qué nuestra capacidad de compasión por el sufrimiento ajeno suele detenerse en seco en el umbral de las mascotas y ni siquiera nos asomamos más allá? ¿Por qué se considera que abandonar o apalear a un perro es una crueldad inadmisible, a la vez que se aceptan atrocidades como la matanza del cerdo o «fiestas» como los sanfermines?

La suspensión de las creencias

Cuando leemos una novela o vemos una película, a menudo se produce el fenómeno conocido como «suspensión de la incredulidad»: sabemos que la historia que nos están contando no es real, y acaso ni siquiera verosímil, pero nos sumergimos en ella y nos emociona como si fuese verdadera. Y no solo reaccionamos así ante la ficción propiamente dicha, sino también ante mensajes claramente engañosos, como los publicitarios. Nadie en su sano juicio cree que la publicidad refleje las auténticas cualidades de los productos promocionados, y sin embargo nos predispone a consumirlos como si de verdad fueran tan maravillosos como los pintan. Y lo que es más grave, otro tanto ocurre con las noticias falsas, tergiversadas o tendenciosas con las que los grandes medios de comunicación nos bombardean sin cesar.

Y esta paradójica suspensión de la incredulidad tiene su reverso y complemento en lo que podríamos denominar «suspensión de las creencias». El cristianismo propugna la igualdad y la fraternidad universales, así como el desprecio de los bienes materiales; pero muchos supuestos cristianos parecen «olvidarse» diariamente de estas convicciones para asumir sin reservas la lógica capitalista de la competencia insolidaria y el enriquecimiento personal. Y aunque los ateos no crean que Dios creara al hombre a su imagen y semejanza, muchos de ellos se comportan como si los humanos fuéramos los «reyes de la creación» y los demás animales estuvieran a nuestro servicio, como afirma la Biblia.

En nuestra «civilizada» relación con nuestros parientes no humanos, sorprende la aparente facilidad con que coexisten el supuesto «amor a los animales» con su explotación más despiadada y cruenta. La mayoría de las personas rechazan —o dicen rechazar— el denominado «maltrato animal», pero comen carne a sabiendas de que el carnivorismo implica no solo el sacrificio, sino también la tortura sistemática y prolongada de millones de animales cuya capacidad de sufrimiento es del todo similar a la nuestra. ¿Cómo se explica tal grado de disonancia cognitiva?

La desestructuración de la realidad

Al igual que las antiguas mitologías, nuestra visión del mundo se concreta en un ciclo narrativo, es decir, un conjunto de relatos complementarios e interrelacionados, más o menos coherentes y operativos, que intentan explicar la realidad. Estos relatos internalizados se basan, en parte, en nuestras propias experiencias e interpretaciones; pero esa parte es mucho menor de lo que solemos creer, puesto que de manera inconsciente incorporamos sin cesar, desde la más tierna infancia (sobre todo en la más tierna infancia), los relatos ajenos: la familia y demás personas de nuestro entorno, la escuela, los libros y los medios de comunicación nos cuentan una colección de historias y nos suministran una serie de datos que vamos integrando en una descripción/interpretación del mundo más o menos satisfactoria, que es a la vez un espejo en el que mirarse y un manual de instrucciones.

A partir de los seis o siete años de edad empezamos a adoptar una actitud crítica con respecto a ese «gran relato» que es la visión del mundo inculcada por nuestra cultura; nos damos cuenta de que los adultos, los libros y la televisión —por no hablar de internet— incurren en continuas contradicciones y no siempre dicen la verdad, y empezamos a sacar conclusiones propias a partir de nuestras experiencias personales.

Para quienes han recibido una educación religiosa, es especialmente difícil cuestionar las creencias que les han sido presentadas como verdades absolutas; pero hay otros dogmas tan resistentes a la crítica como los religiosos y de los que a menudo ni siquiera somos conscientes. El hambre, la libido y el miedo son las pulsiones básicas de todos los animales, incluidos los humanos, y nada caracteriza mejor a una determinada sociedad que sus hábitos alimentarios, amorosos y defensivos, hábitos que tendemos a considerar «naturales» y que rara vez sometemos a un análisis crítico.

Del mismo modo que consideramos normal enamorarse, emparejarse y formar una familia nuclear (un «hogar» protegido del exterior por unas paredes infranqueables y una puerta cerrada con llave), a la mayoría de la gente le parece normal comer carne: todo el mundo lo hace, siempre se ha hecho y no hay ninguna razón para dejar de hacerlo. Pero no es verdad: no todos lo hacen, no siempre se ha hecho y hay muy buenas razones para dejar de hacerlo. Un 8 % de la población mundial es vegetariana, y en los últimos años el vegetarianismo se ha difundido con creciente rapidez; y no solo hay razones éticas para abrazarlo, sino también dietéticas, económicas, ecológicas y sanitarias. Según un reciente informe de la ONU, la producción de carne y lácteos supone el 70 % del consumo mundial de agua dulce, el 38 % de la explotación total de la tierra y el 19 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, por no hablar de la relación del consumo de carne con el cáncer de colon. Estos datos, por sí solos, deberían sacudir las conciencias más laxas. ¿Por qué no lo hacen?

La respuesta hay que buscarla, al menos en parte, en una sistemática —y sistémica— desestructuración de la realidad. Estamos tan acostumbrados a recibir informaciones contradictorias, falaces, tendenciosas o tergiversadas, que nuestra visión del mundo ha dejado de ser —si alguna vez lo fue— un «gran relato» coherente o un ciclo de relatos compatibles y complementarios, para convertirse en un proceloso mar de fragmentos dispersos en el que, como náufragos a la deriva, intentamos mantenernos a flote aferrándonos a alguna convicción engañosamente tranquilizadora. Como la de que somos los «reyes de la creación» y los demás animales son nuestros esclavos y nuestra comida.

El supremacismo humano

Muchos hombres se creen superiores a las mujeres, muchos blancos se creen superiores a los negros, muchas personas cultas se creen superiores a las menos cultas… Y muchos humanos se creen superiores a los demás animales. ¿Por qué? ¿Cuál es el concepto de superioridad que subyace a estas creencias?

Los hombres suelen ser más corpulentos y fornidos que las mujeres, y su supremacía empezó basándose en la fuerza bruta, que, directa o indirectamente, sigue siendo la base del machismo. Los blancos, por diversas razones geográficas e históricas, desarrollaron civilizaciones tecnológicamente más avanzadas —es decir, más poderosas— y sometieron a los negros hasta el extremo de convertirlos en esclavos, también mediante la fuerza. Las personas con más acceso a la cultura suelen ser las que pertenecen a las clases sociales que someten a las demás, de nuevo mediante la fuerza (del dinero y de las armas). En última instancia, quienes se creen superiores proclaman implícitamente que su supuesta superioridad dimana de la fuerza, por más que intenten presentarla como superioridad intelectual. Y además de demostradamente falsos, los argumentos supremacistas son éticamente irrelevantes; pues, aunque los varones blancos y ricos fueran más listos que las demás personas, ¿estarían justificados el sexismo, el racismo y el clasismo?

Supongamos que existiera una especie de homínidos físicamente iguales a nosotros, pero con un desarrollo intelectual similar al de los simios. ¿Los encerraríamos en los parques zoológicos, los torturaríamos en los laboratorios, nos los comeríamos? No, no lo haríamos, pues de hecho no nos comemos ni explotamos a los discapacitados mentales, ni nos sentimos superiores, sino solo mejor dotados para determinadas tareas.

¿En qué se basa, pues, la supuesta superioridad ontológica de los humanos? Aunque nos resistamos a verla, la respuesta es obvia: en el fetichismo del cuerpo y de su imagen (un fetichismo tan arraigado que se hace extensivo a los cadáveres). Al igual que el racismo, el especismo se basa en que los «otros» tienen un aspecto diferente.

Te propongo el siguiente experimento mental: en un remoto planeta, una cucaracha gigante, tan horrible como inofensiva e inteligente, está siendo atacada por un hermoso alienígena con un cerebro equiparable al de un mandril, pero cuyo aspecto físico recuerda vivamente a los angelotes de Rafael. ¿Dispararías contra el bello angelote para salvar a la monstruosa cucaracha? ¿Te lo comerías luego asado, en compañía del insecto gigante?

No se trata de un test con las respuestas a la vuelta de la página, querido lector/lecter, sino de una cordial invitación a la reflexión y a la autocrítica.


La salud vegetariana

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Fotografía: Geoffrey Coelho (CC)

La OMS, con su declaración alertando de los riesgos de un consumo excesivo de carnes procesadas y carnes rojas, ha generado revuelo. Aunque no hay motivo para el pánico, es evidente que existe una solución fácil: olvidarse de chuletones, jamones ibéricos, costillares y hasta de ese salchichón pequeñito que algunos llaman fuet y dedicarse a las lechugas, la coliflor y al brócoli. De hecho, un número pequeño pero creciente de personas no come carne por una decisión voluntaria y consciente. Entre los vegetarianos famosos están Paul McCartney, Antonio Gaudí, Mohandas Gandhi o Jane Goodall. En algunos países, como la India, la proporción de población vegetariana es muy alta, superior al 35%, por razones culturales y religiosas, mientras que en los países occidentales es menor; en torno al 1,6% en Alemania y cerca del 3% en Gran Bretaña y Estados Unidos. En España las estimaciones son algo inferiores. Sergio Fanjul en El País mencionaba un 0,5% de la población, y la encuesta ENIDE de 2011 hablaba de un 1,5% de españoles.

Los estudios sobre la salud de los vegetarianos muestran que generalmente tienen un buen estado físico, comparable o superior al del resto de la población. La explicación se debe por un lado a la propia persona: es más consciente de lo que come y se cuida más. Por otro, a la misma dieta vegetariana, que soluciona algunos de los problemas más frecuentes de la alimentación general como son el exceso de grasas o la escasez de fibra. Además, los vegetarianos tienden a tener un estado de vida más saludable, están menos obesos, beben menos alcohol y hacen más ejercicio que los consumidores de carne. Sin embargo hay un ámbito distinto, menos comentado, y es el de la salud mental. Aunque ha habido resultados contradictorios, los últimos estudios señalan que los vegetarianos tienen un índice más alto de depresión, más trastornos de ansiedad y más trastornos somatomorfos (molestias diversas, difusas, sin una causa orgánica y que suelen ir acompañadas de dolor, inflamación, náuseas, vértigo o sensación de debilidad) que la población general.

La explicación no la sabemos. A nivel biológico, el estado nutricional puede afectar a la función neuronal y la plasticidad sináptica que, a su vez, podría influir sobre los procesos cerebrales involucrados en el inicio y persistencia de un trastorno mental. Por ejemplo, hay una clara evidencia de que la carencia de ácidos grasos de cadena larga omega-3 (ácido docosahexaenoico y ácido eicosapentaenoico) aumenta el riesgo de una depresión mayor, y puesto que se encuentran en especial en el pescado hay riesgo de que se consuman en menor cantidad por los vegetarianos estrictos. Además, aunque los estudios son menos concluyentes, la vitamina B12 es necesaria para la formación de glóbulos rojos y el mantenimiento del sistema nervioso central y los niveles bajos parecen ir también unidos al riesgo de depresión. Algunos vegetarianos —aunque bastantes suplementan su alimentación con esta vitamina— pueden tener una deficiencia de vitamina B12, lo que aumenta la posibilidad de sufrir un trastorno del ánimo.

Los factores psicológicos también pueden jugar un papel, tanto en positivo (muchos vegetarianos tienen una motivación ética que puede ser un refuerzo en su actitud ante la comida) como en negativo, y así es común entre los que siguen esta dieta definirse negativamente por lo que no son y sufrir cierto estrés crónico por no sentirse parte del pensamiento general ni compartir los principios o el modo de vida, al menos en la alimentación, del conjunto de la sociedad.

Otra posibilidad es que la conexión sea en sentido contrario: no es que el vegetarianismo te lleve al trastorno mental sino que una alteración en los procesos mentales induzca un cambio de costumbre en la alimentación y la adopción de una dieta vegetariana. De hecho, se ha planteado que las personas que estén sufriendo un trastorno mental puedan ser más conscientes del sufrimiento de los animales como reflejo del que ellos mismos sienten o pueden tener una tendencia apremiante a cuidar más su salud con el objeto de, en lo posible, acelerar su recuperación e influir positivamente en el curso de su problema mental.

Otras posibles explicaciones se basan en  las características sociodemográficas. Así, los vegetarianos son mayoritariamente mujeres, tienden a vivir en áreas urbanas y tienden a ser solteras. Las tres características muestran una correlación positiva con la depresión y los trastornos de ansiedad; es decir, tienen más tendencia a sufrirlos que los hombres, la población rural y las personas casadas.

Fotografía: Yannick B. Gélinas (CC)
Fotografía: Yannick B. Gélinas (CC)

Hay al menos siete estudios que analizan la salud mental de las personas vegetarianas. El problema es que en algunos casos se basan en lo que la propia persona expone sobre su estado de ánimo en vez de tener un diagnóstico inequívoco, y en otros las personas analizadas son una muestra específica, como adolescentes, adultos jóvenes, o formaban parte de una población especial. Pero aún con estas particularidades los estudios encontraban cosas como que los adolescentes vegetarianos tenían mayor probabilidad de haber estado deprimidos la semana anterior de haber contemplado o intentado un suicidio frente a sus compañeros de clase que tenían una dieta omnívora. También, los adolescentes vegetarianos tenían una mayor probabilidad de que su médico les hubiese dicho que tenían un trastorno de la alimentación, o de haber mostrado comportamientos alimentarios anómalos como dietas drásticas, vómitos autoinducidos, uso de laxantes o fenómenos de atracón con pérdida del control de la ingesta de comida.

Solo hay un estudio que encuentra una mayor salud mental en los vegetarianos que en el grupo control y fue realizado por Bonnie Beezhold y su grupo de la Arizona State University. La particularidad de este estudio es que la muestra analizada era un grupo de adultos de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, una comunidad cristiana protestante que se caracteriza por su observancia del séptimo día de la semana, el sábado, y por su énfasis en la inminente segunda venida de Jesucristo.

Los sesenta y cuatro adventistas vegetarianos tenían menos emociones negativas que el grupo de setenta y nueve adventistas no vegetarianos, algo que se valoró usando dos cuestionarios diferentes para depresión, ansiedad, estrés y estado de ánimo. La diferencia puede deberse precisamente a la particularidad del grupo: aunque no todos los adventistas son vegetarianos, el vegetarianismo es muy valorado y practicado por un número importante de adventistas. Eso hace que los seguidores de la dieta sin carne tengan un buen estatus entre sus compañeros, un sentimiento de coherencia con las creencias de su comunidad y un intenso sentimiento de pertenencia al grupo. Por el contrario, muchos vegetarianos en los países occidentales sienten un conflicto entre su decisión y la opinión de la mayoría, y eso puede llevar a sentirse más aislados dentro de su comunidad. El resultado sugiere que es posible que los aspectos psicológicos pesen más que los biológicos, pues lógicamente las carencias de ácidos graso omega-3 o de vitamina B12 se darán igual entre los adventistas que en el resto de la población.

Finalmente, una pequeña digresión histórica. Hay personas que no eliminan el consumo de carne pero lo disminuyen conscientemente. Un ejemplo son los católicos que siguen las normas de abstinencia establecidas por la Iglesia durante la Cuaresma y la Semana Santa. Curiosamente, para una organización que se define como universal —eso es lo que significa católica—, las reglas varían bastante de un país a otro. En Estados Unidos es común la abstinencia parcial, que consiste en comer carne solo una vez al día, en la comida principal. España y sus antiguas colonias tienen importantes dispensas de las normas basadas en los privilegios establecidos en las bulas de la Cruzada, los documentos papales que concedían indulgencias por actuar contra los musulmanes, los paganos o los herejes. En algunas colonias europeas, las obligaciones de ayuno y abstinencia variaban según las razas, donde los nativos tenían normas más indulgentes que los europeos y los mestizos.

Lo más curioso son los criterios sobre las especies comestibles. En general, la abstinencia solo permitía el consumo de pescado y marisco pero hay algunas excepciones llamativas. En Sudamérica, y en particular en Venezuela, se permitía el consumo de capibara, el roedor más grande que existe y que se convirtió en un alimento popular durante la Cuaresma y la Semana Santa. Del mismo modo, en respuesta a una consulta de los colonos católicos franceses de Quebec, comer castor fue también considerado aceptable para cumplir con la abstinencia. Y no es algo solamente de hace siglos, el arzobispo de Nueva Orleans, demostrando más su manga ancha que sus conocimientos zoológicos, declaró en 2010 que «el caimán se considera de la familia de los peces», algo que recibió el apoyo de la conferencia episcopal norteamericana. La base legal para estas sorprendentes clasificaciones puede ser la Summa Theologica de Tomás de Aquino, donde los animales son clasificados atendiendo a su hábitat y no por su anatomía o su genética, que son los criterios fundamentales que utilizan los taxónomos. Capibaras, castores y caimanes son tres especies que pasan gran parte del tiempo en el agua y, por lo tanto, para capturarles muchas veces son «pescados».

Para leer más:

Beezhold BL, Johnston CS, Daigle DR (2010) «Vegetarian diets are associated with healthy mood states: a cross-sectional study in seventh day adventist adults». Nutr J  9: 26.

Fanjul SC (2012) «Comer en verde». El País 7 de mayo. Enlace

Michalak J, Zhang XC, Jacobi F (2012) «Vegetarian diet and mental disorders: results from a representative community survey». Int J Behav Nutr Phys Act. 9: 67. Enlace