La vendetta de Antonio Ramón Ramón frente a la impunidad

Antonio Ramon Ramon
Fotografía: CC.

Corría la mañana de un 14 de diciembre de 1914 cuando un viejo militar condecorado caminaba por los adoquines de calle Viel en el Barrio Cousiño hacia su trabajo como director en la Fábrica de Cartuchos del Ejército. El puesto lo había obtenido hacía tres años en recompensa por sus eficientes servicios para restaurar el orden público, labor en la que se lucía desde finales del siglo XIX con el creciente ascenso de las huelgas y los movimientos sociales. A siete años de una de sus más sangrientas gestas, la matanza en la escuela Santa María de Iquique, un puñal sorpresivo lo golpea por la espalda doblegando sus rodillas y dejándole el esfínter distendido. Un segundo golpe le da cerca de su oreja, otro corte superficial lo dejó bamboleándose de las verjas de una de las casas mientras su atacante se dio a la fuga corriendo en dirección a calle Rondizzoni.

La víctima era nada más y nada menos que el general Roberto Silva Renard, célebre por haber comandado la tropa de ejecución en Iquique. El atacante, Antonio Ramón Ramón, obrero español que había llegado al país hace siete años. El motivo de la violenta escena se remontaba a esos siete años, a la matanza en la Escuela Santa María de Iquique, donde el general Silva Renard mandó a acribillar entre otros a Manuel Vaca, hermano de Antonio, quien se encontraba manifestándose en la escuela junto a otros dos mil quinientos compañeros por mejoras materiales de vida y un régimen laboral más digno.

Mientras Ramón emprendía su carrera desenfrenada para alejarse de la escena del crimen, el general Silva estaba tendido en el piso gimoteando de dolor y auxiliado por una mujer que acudió al lugar al escuchar los gritos destemplados del uniformado. Vecinos y transeúntes del lugar se acercaban a observar lo sucedido y dos de ellos emprendieron una persecución al divisar al hombre que había arrojado el puñal ensangrentado en la vereda. Antonio se percata de sus persecutores y vira rumbo a poniente en un vano intento por eludirlos. En ese instante, sin detenerse, saca un frasco de su bolsillo con un líquido amarillento en su interior y lo bebe al seco. En dirección contraria a él, el guardián de la Penitenciaría de Santiago se percata de la persecución y lo encañona con su revólver de servicio. «Cuando un paisano me apuntó con un revólver en los momentos que huía, me entregué sin hacer resistencia alguna», declararía el mismísimo Antonio al día siguiente de su hazaña, luego de que el veneno ingerido durante su escapada —y que tenía por objetivo propinarle una muerte instantánea— no surtiera efecto.

La revancha había sido tomada, pero el calvario de Ramón Ramón recién comenzaba. Tras ser detenido por el prefecto Salazar Acevedo, es llevado y entregado al capitán del ejército Luis Cabrera y la tropa de la Fábrica de Cartuchos, quienes se hicieron cargo de propinarle sablazos y bofetadas como primer castigo y recibida a la cárcel Pública de Santiago. 

La noticia se dio a conocer con rapidez y la pregunta se repetía en los medios de comunicación al día siguiente: ¿quién era Antonio Ramón Ramón? Tanto los elementos empleados (el puñal, el veneno), como el modus operandi eran fuertemente simbólicos. La prensa oficial dio cuenta de los hechos como un atentado anarquista e iniciaron una campaña por satanizar al personaje. El diario vespertino Las Últimas Noticias tituló el mismo 14 de diciembre: «Alevoso y cobarde atentado criminal»; mientras que el periódico conservador El Diario Ilustrado señaló: «Intento de asesinato del general Silva Renard». Por otro lado, el periódico obrero El Despertar de los Trabajadores de Iquique intentó reivindicar el atentado: «Se ha hecho la justicia del pueblo», tituló el 16 de diciembre de 1914. Para los trabajadores la justicia había venido de la propia mano obrera.

Las autoridades políticas y policiales organizaron un rápido operativo por el sector para averiguar sobre el agresor, en qué sitios había vivido, dónde pasaba su tiempo libre, con quiénes se juntaba. Y, lo más importante, ¿qué tipo de doctrina seguía? ¿Era anarquista, socialista, sindicalista? ¿Podría su ejemplo representar un precedente? ¿Sería posible que lo imitaran? 

Las respuestas fueron sorpresivamente apolíticas. Ramón era un solitario, no militaba en ningún partido político ni asociaciones de ningún tipo. Se le había visto por distintos lados, la pampa nortina, la zona central de Chile, incluso una temporada en Mendoza. Iba de aquí a allá, como tantos otros de su época, en busca de trabajo y mejores condiciones de vida. No se le había visto en mítines, ollas comunes, asambleas, ni jamás había escrito para ningún periódico anarquista u obrero. Ni siquiera estaba afiliado a sindicato alguno. Ramón Ramón había actuado por su cuenta y sin ningún tipo de ayuda externa. 

Cuando el agente de Seguridad Pública, Zorobabel Prado, le presentó los resultados de sus pesquisas a Franklin de la Barra, juez instructor de la causa, la autoridad quedó pasmada. No era posible que el atentado no proviniera de una organización anarquista.Las teorías criminalistas de Cesare Lombroso, criminólogo italiano, y en particular su análisis sobre los «tipos anarquistas», ejercieron una poderosa influencia en las esferas juristas latinoamericanas de la primera mitad del siglo XX. Los elementos contextuales del ataque de Antonio, la daga, el frasco con veneno, la vindicación de la masacre de Iquique, se ajustaban plenamente con las descripciones por Lombroso de los anarquistas que, a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, aterrorizaron a las clases dirigentes europeas con sucesivas acciones de propaganda por el hecho.

Se ordenó repetir la investigación y profundizarla, pero los resultados fueron escuetos. Por tanto, ¿quién era este furibundo agresor?, ¿sería, según suponían las autoridades, la prensa e incluso los movimientos populares, un obrero anarquista deseoso de justicia por las matanzas de sus compañeros? ¿tendría acaso otras motivaciones ocultas detrás de su acción? Sin duda presentaba una paradoja difícil de comprender, que un obrero español alejado de todo activismo político o social, incluso, por el contrario, sumiso ante los requerimientos patronales, haya tomado una daga e intentado ejecutar al responsable de una de las matanzas obreras más brutales de la historia de Chile. ¿Quién era Antonio Ramón Ramón?

Vida en España

Antonio Ramón Ramón nació en la calle Serafines del pueblo de Molvízar, Granada, el 13 de septiembre de 1879. Cuatro días más tarde fue bautizado bajo el rito católico en la parroquia de Santa Ana por el cura local Francisco Martínez Morales. De acuerdo con su partida de bautismo fueron sus padres legítimos Antonio Ramón Concha y María Encarnación Ramón Ortega.  El contexto social, cultural y económico durante sus años de infancia y juventud marcarían su devenir histórico posterior.

Hacia mediados del siglo XIX, Molvízar era un pequeño poblado de la provincia de Granada. La zona formaba parte de una formación económico-social, articulada en torno a la propiedad agraria, en particular hortalizas y azúcar. Las comunidades agrícolas construían sus vínculos de manera clientelar, formando relaciones de patrón-cliente que estaban regidas por las necesidades de reproducir las condiciones mismas de subsistencia natural a las que tenían que hacer frente las familias campesinas pobres y las de jornaleros agrícolas. Bajo este escenario marcado por las precariedades materiales vivió Antonio Ramón sus primeros años. Precariedades producto de una estructura agraria insostenible, incapaz de resolver las necesidades laborales y de vida de sus trabajadores. Esta situación provocaba constantes procesos migratorios de la población más joven, casados, solteros, mujeres y hombres por igual, en busca de tierras lejanas donde tener un mejor pasar.

En su pequeña ciudad, Antonio vivía con su padre, su madre y una hermana. Su padre, Antonio Ramón Ortiz, se ganaba la vida trabajando como jornalero agrícola en los latifundios de villas aledañas a la que residían. La naturaleza del oficio le hacía llevar una vida errante, trabajando en distintas villas de la zona y recorriendo pueblos aledaños. Fue así como en uno de sus viajes, trabajando cerca del pueblo de Lobres, conoció a una mujer de quien se enamoró y de cuyas relaciones extramaritales nació un hijo al que llamó Manuel Vaca. Este hijo se crio en Lobres exclusivamente y estando en su adolescencia salió con su madre de España con destino a África.

La vida en el hogar de Antonio nunca estuvo exenta de dificultades. Sus condiciones de vida eran propias de los hogares proletarios españoles de la época, es decir, con hambre, miseria y la ausencia paternal producto del trabajo. Sin embargo, este no fue el único calvario que el núcleo familiar tuvo que soportar. Ramón Ortiz —el padre de Antonio— no solo era un bebedor acérrimo, por sobre todo era claramente identificado por la gente de la villa como un tipo anormal. Sus frecuentes ataques de paranoia le hacían creer fehacientemente que su esposa e hija intentaban envenenarle la comida, idea que trajo por resultado constantes ataques en contra de ellas.

Todas estas condiciones hicieron que los primeros años de vida de Antonio fueran durísimos. Aparte del sistema latifundista que perpetuaba la precariedad en las familias españolas, se sumaba la miseria mental del jefe del hogar. Al igual que la mayoría de los niños de Molvízar, Antonio pasó muy poco tiempo en la escuela para dedicarse a las labores agrícolas desde temprana edad.

Pasaron los años y en la villa Antonio era reconocido como un jornalero estimado, un sujeto de vida ordenada que procuraba no molestar a nadie. Ramón Ramón comprendió que las estructuras agrarias de Molvízar no garantizaban su subsistencia. De este modo, al igual que sus compañeros de generación y los que les precedieron, se echó a andar por los caminos del mundo. A diferencia de ellos, él fue mucho más lejos. A sus veintirés años tenía un pequeño equipaje armado y abandonó su pueblo natal rumbo a África.

Silva Renard

Cruzando océanos, continentes y montañas

Pese a desconocer completamente el idioma y las nuevas regiones a las que arribó, Antonio se ocupó en el puerto de Orán bajo diversos trabajos. A cinco meses de su llegada fue ingresado en el hospital de la ciudad al ser afectado por malaria, enfermedad que pudo sanar fácilmente. Por esos días conocería Antonio a su hermano, durante la Semana Santa del año 1902. Los campesinos de la región de Boutilyl celebraban sus fiestas tradicionales y Antonio concurrió casualmente a una de ellas. Le extrañó bastante que muchos se le acercaran familiarmente a saludarlo, individuos que él no conocía y que le hablaban en una mezcla de árabe y castellano que no lograba comprender. Intrigado, intentó explicar que debía tratarse de una equivocación, que lo confundían con alguien más, ya que él acababa de llegar y no hablaba otro idioma sino el castellano. Los lugareños se percataron de su equivocación y uno de ellos le explicó que la causa del error se trataba de la existencia de un individuo, amigo de ellos, de físico muy parecido al suyo. 

Con esta relación y los antecedentes que Antonio tenía de su hermano —nada más sabía que su padre había tenido un hijo fuera del matrimonio—, pensó que se podría tratar de él e inquirió por mayores detalles del sujeto. Se le dijo que vivía y trabajaba en Aranzol.

Antonio se encontraba conmocionado con la idea de encontrar a este sujeto, así que emprendió marcha a Aranzol. Tras un trabajo detectivesco no menor pudo dar con Manuel Vaca. La amistad fue instantánea y desde ese día desarrollaron un gran afecto. Se volvieron compañeros inseparables, desempeñándose muchas veces en los mismos oficios y faenas en todo el norte de África. En estas condiciones, tras haber juntado cierta cantidad de dinero, decidieron embarcarse a América para probar suerte en las faenas de este desconocido continente.

Fue así como partieron en barco hacia Brasil. En el vapor en el que iban les mencionaron que en Brasil se les trataba muy mal al trabajador, y como no tenían dinero suficiente para pagar la continuación del viaje hasta Buenos Aires, solo Manuel siguió hasta ese destino. Antonio permaneció en Brasil trabajando en las faenas de ferrocarril, en la zona de Botucatu, durante once meses. Se comunicaba con su hermano por correspondencia y así se enteró que él había partido a Chile al poco tiempo de su llegada a Argentina.

Manuel se había establecido en Tarapacá para trabajar en el salitre. Mientras tanto, Antonio se había trasladado a Argentina. A finales del año 1907 las cartas que mantenían con constancia cesaron abruptamente. Antonio se había enterado de la matanza de obreros en Iquique por la prensa argentina y esto sumado al vacío sepulcral del buzón de correo, comenzó un proceso de impaciencia progresiva que le hizo cruzar la cordillera de los Andes en junio de 1908, hacia el puerto de Iquique en busca de su hermano. Al preguntar por él se enteró de aquello que sospechaba y que en el fondo no quería saber: Manuel Vaca había sido acribillado en la matanza de la Escuela Domingo Santa María en diciembre de 1907.

Después de conocer en detalle de boca de los obreros la relación de los sucesos en Iquique, Antonio, sin poder lidiar con el dolor, se internó en la pampa. Comienzo desde este momento un incesante deambular por el norte salitrero, la zona central de Chile y la pampa Argentina. Una vida errante sin destino fijo, con distintos trabajos y oficios, diferentes faenas y paisajes. Durante este periodo se desempeñó como obrero salitrero en las oficinas de Jazpampa, albañil en Antofagasta, trabajador de vías ferroviarias en Taltal, peón agrícola en Bahía Blanca, bodeguero en Valparaíso y peón en las faenas de alcantarillado de Santiago. Se trataba, como la mayoría de los trabajadores de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, de un obrero no calificado capaz de desempeñarse en cualquier oficio que requiera fuerza física y afectado por la inestabilidad de dichos empleos, obligado a desplazarse con frecuencia. 

No había nada que pudiera aplacar su pena ni paliar la ausencia de su hermano. Por el contrario, la impresión moral que le produjo a Antonio la muerte de su hermano fue tal que comenzó a padecer distintos fenómenos psicológicos que alteraban su conducta: sueño turbado, pesadillas y alucinaciones. En ellas solía tener visitas de su hermano, que venía hacia él con el ademán de saludarlo, otras veces pidiéndole venganza. En otras, renovaba el espectáculo de su muerte, recordando al despertar cuanto había soñado; angustiado, con el pulso acelerado, sensación de ahogo, decaimiento general y quedaba así largas horas. El trabajo cotidiano le hacía desaparecer transitoriamente estos padecimientos, que volvían irremediablemente a las horas del sueño. De a poco, el dolor y la tristeza se fueron transformando en odio y rencor, la impotencia en ánimos de venganza. La impunidad comienza a fraguar su vendetta personal que concluiría en el ataque contra el general Silva Renard en el parque Cousiño.

Impunidad y castigo

Es sin duda un caso complejo desde distintos puntos de vista. La relación que existe entre la muerte violenta de un ser querido y la incubación de un deseo de justicia pareciera ser el motivo que operó en este caso. La defensa jurídica de Antonio alegaba insanidad y desequilibrio mental, lo cual es discutible, aunque sin duda esta supuesta insanidad fue gatillada por la acción represiva de Renard y la necesidad de venganza o justo castigo frente a la impunidad estatal.

La represión estatal contra de los movimientos populares y su impunidad es sin duda una constante histórica. La acción vindicativa cometida en contra del responsable de la matanza de la Escuela Domingo Santa María de Iquique por el obrero español Antonio Ramón Ramón lleva a reflexionar sobre un punto significativo de alto valor contemporáneo: la impunidad y el castigo. El castigo, como en el caso de Antonio, opera como un mecanismo que pretende resarcir el daño que la falta causó a la imagen del agraviado o a la imagen de un grupo social. Antonio reacciona contra la comisión de un delito que lo afecta de manera directa; la situación de impunidad que resguarda al uniformado provoca en su conciencia un sentimiento de frustración, de este sentimiento nace la necesidad de conseguir una satisfacción adecuada: la venganza.

La contención de la violencia solamente se instituye con la moral moderna, cuyos valores se orientan en el sentido del respeto formal a la persona humana y de una especie de condescendencia con los más débiles. Se trata de una contención limitada o relativa: no es que se ponga fin a la violencia, sino que se cuida que esta se torne institucionalmente determinada. Esto es lo que determina que el Estado se arrogue el monopolio de la violencia, afirmando ejercerla de modo legítimo. Además de esto, la violencia se incorpora a la ley, pues es el único campo en el cual se legitima la coerción, es decir, la capacidad de ejercer la violencia y, evidentemente, también, la coacción o ejercicio de la violencia.

Por consecuencia, los desbordes populares, sean estos individuales o colectivos, deben ser prontamente localizados y reducidos. Solo esto garantiza la reproducción del poder y la estabilidad del sistema. En este engranaje no existe lugar para la venganza individual.


Notas

1 Goicovic, Igor, “Entre el dolor y la ira. La venganza de Antonio Ramón Ramón.”, Editorial Universidad de Los Lagos, Osorno, 2005, p. 24.

2 Los detalles del proceso contra Antonio Ramón se pueden encontrar en el Archivo Nacional (AN) de Santiago de Chile, en el Fondo Judicial de Santiago (JS), Legajo 1670, Pieza 3: “Proceso contra Antonio Ramón Ramón, por heridas graves al general Roberto Silva Renard». En adelante las referencias al proceso serán citadas de la siguiente manera: ANJS, 1670-3, indicando, a continuación, el tema específico que se cita.

3 ANJS, 1670-30, Declaración de Antonio Ramón Ramón, Santiago, 15 de diciembre de 1914.

4 ANJS, 1670-30. Declaración de Domingo Salvo Pavez, ciudadano cubano testigo de los hechos, Santiago, 16 de diciembre de 1914.

5  Goicovic, Igor, “Entre el dolor y la ira. La venganza de Antonio Ramón Ramón.”, Editorial Universidad de Los Lagos, Osorno, 2005, p. 30.

6 Hernández, Gonzalo, «Un vengador olvidado: la historia de Antonio Ramón Ramón», , 15 de diciembre 2015.

7 Ibídem

8 Lombroso, Cesare, “Los anarquistas”, Editorial Flammarion, París, 1896.

9 ANJS, 1670-30, Copia de la partida de bautismo de Antonio Ramón Ramón, anexada al proceso, Molvízar, España, 13 de noviembre de 1905.

10 Goicovic, Igor, “Entre el dolor y la ira. La venganza de Antonio Ramón Ramón.”, Editorial Universidad de Los Lagos, Osorno, 2005, p. 51.

11 ANJS, 1670-3, Informe de la Comisión Médica que examinó las facultades mentales de Antonio Ramón, Santiago, 27 de febrero 1915.

12 Goicovic, Igor, “Entre el dolor y la ira. La venganza de Antonio Ramón Ramón.”, Editorial Universidad de Los Lagos, Osorno, 2005, p. 59.

13 Ibídem.

14  ANJS, 1670-3, Informe de la Comisión Médica que examinó las facultades mentales de Antonio Ramón, Santiago, 27 de febrero 1915.

15 Ibídem.

16 Goicovic, Igor, “Entre el dolor y la ira. La venganza de Antonio Ramón Ramón.”, Editorial Universidad de Los Lagos, Osorno, 2005, p. 59.

17   ANJS, 1670-3, Informe de la Comisión Médica que examinó las facultades mentales de Antonio Ramón, Santiago, 27 de febrero 1915.

18 T. Beck, Aaron, “Prisioneros del odio”, Editorial Paidós, Barcelona, 2003, p. 190.

19 Goicovic, Igor, “Entre el dolor y la ira. La venganza de Antonio Ramón Ramón.”, Editorial Universidad de Los Lagos, Osorno, 2005, p. 140.

20 Sodré, Muniz, “Sociedad, cultura y violencia”, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2001, p. 25.

21 Grüner, Eduardo, “Las formas de la espada”, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 1997, p. 31.

22 Goicovic, Igor, “Entre el dolor y la ira. La venganza de Antonio Ramón Ramón.”, Editorial Universidad de Los Lagos, Osorno, 2005, p. 143.


A Dios le gusta la venganza

John Wick: Pacto de sangre, 2017. Imagen: eOne Films Spain.

No hay nada tan transversal como la venganza. No importa de dónde vengamos o qué dioses recemos, ni siquiera importa si rezamos a alguno. Todos hemos soñado alguna vez con bailar sobre la tumba de nuestro enemigo. Probablemente ese sea uno de los secretos del tremendo éxito de la saga John Wick: nos miramos en él como si fuera uno de esos espejos mágicos que te concede un deseo, la lámpara mágica con munición para aniquilar a un batallón. Como Wyatt Earp apoyado en la ventana de la posada después de que los Clanton hayan matado a su hermano. «¿Qué vas a hacer Wyatt?» le pregunta el doctor Holiday: «Matarlos a todos».

La premisa de Wick es asombrosamente sencilla y la película (el original) dedica cinco minutos a meternos en vereda: un tipo aparentemente normal ve como su felicidad se va al garete en menos de lo que uno tarda en decir «Pamplona»: su mujer es víctima de una de esas enfermedades letales que se lo llevan a uno del planeta en cuestión de días. No espoilearemos el resto, excepto para decir dos cosas. 1) Unos mafiosos rusos con alarmante ausencia de materia gris se cruzan con John en el peor momento; 2) John no es un tipo normal y corriente.

John Wick triunfa en terrenos donde los cineastas que se atreven a jugar en los fangos del —siempre minusvalorado— cine de acción acostumbran a pisar la lona: la visualización del cogollo (léase «pelea» o «tiroteo» o cualquier situación que coloque al protagonista dándose de palos con alguien) y la creación de una mitología propia. Como ya pasaba en aquella cinta de culto que vieron tres y a la abuela llamada Running scared, John Wick crea un universo en el que el espectador vislumbra un Asgard, un Valhalla en el que habitan seres que nada tienen que ver con los simples humanos. Si en Running scared, el axioma eran los cuentos infantiles, en John Wick el cuento parece una suerte de epopeya griega, con Wick disfrazado de Aquiles (un humano) peleando contra Zeus, Afrodita, Apolo y todo el maldito Olimpo.

El filme, cuya primera entrega reventó los circuitos geeks del hemisferio occidental, ha resucitado a Keanu Reeves de la misma forma que Deadpool le hizo la maniobra Heimlich a Ryan Reynolds y le quitó de la garganta las comedias empalagosas y los dramas de medio pelo. Ese rostro hierático de Reeves, con la expresión del que podría estar sufriendo la pérdida de un ser querido o un terrible dolor de estómago, es el complemento directo perfecto para una película que va al grano constantemente: no han pasado ni treinta minutos y ya hay una veintena de tipos vestidos de negro, con chalecos antibalas y pistolas de gran calibre, enrollados en alfombras y metidos (muertos, huelga decirlo) en la parte trasera de una furgoneta.

Lo mismo puede decirse del montaje, que es seco y comedido, extremadamente preciso. No hay en John Wick ni un plano de más y uno puede imaginarse a Michael Bay mirando el filme en su casa sin entender cómo es posible mostrar un tiroteo en un club sin recurrir a las repeticiones, los ochocientos planos por minuto y los seis helicópteros que sobrevuelan a los protagonistas en estricta formación militar cada vez que estos salen a la calle. Wick es la versión sobria y contundente de esa rama del cine de acción que corretea desde hace lustros por las grandes pantallas, donde solo importa la escala y los efectos especiales, y se prescinde por completo de la solvencia narrativa y del espectador. En ese sentido, la primera entrega se asemejaba más al cine de John McTiernan y a John Millius que al del citado Bay o a cualquiera de sus acólitos, y juega en las grandes ligas del entretenimiento, manteniendo siempre un pie a cada lado de la línea roja que representa aspirar al mayor público posible y seguir atrayendo al fan hardcore, el tipo que ya ha alquilado todo el videoclub, vista todas las pelis de HBO y Netflix y que puede citar de memoria las diez películas de judo que han marcado su vida. Ese público, que —paradójicamente— es extremadamente influyente y posee una inquietante habilidad para detectar a los farsantes, apostó por John Wick a la primera de cambio por su capacidad para procesar todos esos referentes que para el resto de la civilización son aparentemente invisibles y que de algún modo forman parte del inconsciente colectivo cinéfilo (por llamarlo de un modo entendible) y dictan sentencia en círculos capaces de empujar una película desde el subsuelo hasta lo más alto de la taquilla.

El gran mérito de John Wick es su absoluta falta de pretensiones, paradójicamente proporcional a sus abundantes méritos y a su capacidad para canibalizar géneros sin mancharse nunca el traje. Wick es ese tipo al que todos querríamos en nuestras vidas, el tipo que se haría cargo de tu cuñado, tu suegro, tu jefe o ese vecino hijo de puta que te obsequia con grandes clásicos del reguetón un domingo por la mañana. «Un día le vi cargarse a tres hombres con un lápiz. ¡Con un lápiz!» le dice el capo de la mafia rusa a su hijo, sabedor de que al niño le quedan tres carajillos.

Pasado el éxito de Wick, y porque en Hollywood (aunque muchas veces lo parezca) no son tontos, llegó la inevitable secuela. Y con ella, un montón de fans torciendo el gesto, imaginando una de esas insufribles transformaciones megalómanas en las que el antihéroe se desintegra para dar paso a un James Bond de pacotilla.

Afortunadamente, Chad Stahelski, el director de las dos entregas de la saga (que viene de darse de bofetones como especialista en cosillas como Matrix, 300 o V de Vendetta) no se bajó del burro, y lo que ofrece al espectador es un festín del conocido del citius altius fortius donde el atleta acarrea pistola y silenciador y bate todos los récords sin ni siquiera acercarse al estadio olímpico.

Que Wick es ya un dios caminando entre humanos es innegable y es bastante sencillo imaginar a la bestia rondando entre nosotros por los siglos de los siglos, apuntando nombres como el protagonista de la canción de Johnny Cash y decidiendo quién vive y quién muere. Basta con seguir apuntalando esa leyenda del Baba Yaga que perfilan en la primera entrega, el monstruo que transita por las pesadillas de los que se creen invulnerables, aquellos que parecen intocables y que por fin se acercan a su San Martín: «John Wick no es el hombre del saco: es el tipo al que mandarías a matar al hombre del saco».


La venganza se sirve a la coreana

Oldboy, 2003. Imagen: Show East Co. Ltd.

Aunque tiene una televisión, lo que más reclama la atención de Oh Dae-su es un lienzo colgado en la pared. Cada vez resulta más difícil determinar cuántos días han pasado desde que le encerraron en esa habitación. Hace tiempo que dejó de agonizar, la cabeza fría es sin duda una herramienta mucho más útil. Decide tatuarse una raya en su mano izquierda por cada año que pasa encerrado, cual almanaque carcelario. La cuenta llegará hasta quince. «Ríe y el mundo entero reirá contigo. Llora y llorarás solo». No en vano el lienzo reza los cuatro primeros versos de Solitude, el poema más conocido de Ella Wheeler, cuyo final sentencia: «Pero uno por uno todos tenemos que desfilar/por los estrechos pasillos del dolor». De cualquier modo, hace mucho que Oh Dae-su perdió las ganas de llorar, y pasará mucho tiempo hasta que vuelva a hacerlo. Lo único que le perturba, el pensamiento que ocupa su mente día y noche, es conocer la razón por la cual ha sido recluido en esa habitación. Y su mayor deseo es vengarse de quien le ha encerrado.

Old Boy es, a día de hoy, la obra más aclamada del director Park Chan-Wook, y esto no es algo fortuito. Dos horas —exactas— de frenesí violento, amor, odio, algún que otro giro en la trama y una banda sonora como pocas, pero sobre todo se traduce en dos horas de venganza. Aunque Park ya había demostrado su valía para contar historias poco convencionales introduciéndonos en el conflicto fronterizo entre las dos Coreas con Joint Security Area y recientemente nos ha vuelto a dejar boquiabiertos con la historia de amor lésbica The Handmaiden, Old Boy parece que es y siempre —¿siempre?— será el sumun en la obra del director surcoreano.

Es la película que le valió un amplio reconocimiento en Occidente, en parte gracias al remake norteamericano de Spike Lee, en parte gracias a la aclamación de Tarantino —gran fan desde JSA— quien le concedió la Palma de Oro en 2004. La cinta queda enmarcada dentro de la Trilogía de la venganza, con la que Park pone en el punto de mira una idea que venía desarrollando desde los comienzos de su carrera como cineasta, y que posteriormente seguirá presente en toda su obra: la vendetta, el hilo conductor de su filmografía.

La venganza es, en cierto sentido, como un pegamento que une todas las bajezas humanas, prueba indiscutible de nuestras pasiones y nuestro apego. De hecho, la venganza es el pegamento que une todos los personajes de Park. Desde Mu-hoon, que observa cómo la mujer que ama es vendida para la prostitución en Moon is…The Sun’s dream, la ópera prima del surcoreano, hasta Sookee, que se verá metida en un lío por pecar de confiada en The Handmaiden, su obra más reciente. Una forma de autodestrucción y redención, la sed de venganza no nos deja vivir en paz, ya seas un sacerdote convertido en vampiro, como le pasa a Sang-hyun en Thirst, o incluso un niño de primaria, véase Cuts.

Ojo por ojo, diente por diente. La ley de Talión es, para algunos, solamente una representación más violenta de la justicia que aún hoy tiene lugar en las cortes. Un acto lícito para Aristóteles, una muestra de debilidad para Séneca. Jesús nos mandaría poner la otra mejilla, y para santo Tomás, quien se venga no usurpa lo que es de Dios, sino que usa el poder que este le ha concedido. Para Park es, no obstante, una pulsión absurda, un acto que solo conduce a la debacle, como ya nos mostró Dumas padre. Quizás sea por eso que en todas sus películas se conjugan momentos de máxima tensión y violencia con los chistes más absurdos. Una forma de presentarnos cuán ridículos podemos llegar a ser al pretender cambiar el destino de los otros o librarnos del nuestro.

Cuando hablamos de venganza es difícil distinguir entre buenos y malos, pues el que busca venganza se convierte en justiciero. ¿Acaso no entendemos el dolor del captor de Oh Dae-su, aunque sea la causa de todos sus males? Claro que lo entendemos. Entendemos a aquella persona que busca la venganza y, además, deseamos que la consiga. No importa lo crueles que tengan que ser sus acciones o a cuánta gente mate por el camino. Queremos que la justicia sea restablecida, por eso Park nos ofrece un alivio, aliñado con un poco de vergüenza y desasosiego. Comprendemos que el bien y el mal son relativos porque lo sentimos.

Quizás la pregunta obvia en este punto sea ¿por qué le obsesiona la venganza a Park? Desde la perspectiva del cineasta, se podría decir que es un tema jugoso. Es característico del director concebir y/o apropiarse de tramas en las que los giros argumentales, los cambios de roles y las sorpresas en general son bastante prolíficos. Quizás la venganza como tal no sea más que un recurso literario que emplea —¡y de qué manera!— para dar a luz historias increíblemente entretenidas. Nadie duda que la obra del surcoreano es famosa por su contenido en violencia, sin embargo no hay que crucificar a Park de vicioso o instigador como se hizo en su día con el pobre Kubrick y su Naranja mecánica y más recientemente con Tarantino, el director violento por excelencia.

Sympathy for Lady Vengeance, 2005. Imagen: Vértice Cine.

Desde la perspectiva del filósofo, o estudiante de filosofía que fue, en el cine de Park se podría decir que la violencia, incluso la venganza, no es un fin en sí mismo, sino más bien un medio para tratar el tema que realmente le interesa. Park  quiere hablarnos de las emociones que provocan en nosotros el deseo de venganza, y es que esta pulsión nos destrona de aquella concepción del ser racional, para mezclarla con la del ser pasional de una forma que es casi difícil comprender. Cuando sentimos la necesidad de vengarnos, no solo estamos cediendo a nuestras pasiones o sentimientos más básicos, sino que estamos poniendo en juego un complicado sistema de razonamientos y valores que nos llevan al ya mentado «ojo por ojo». La venganza no es para él sino un desastre que simplemente complica las vidas de todos los involucrados en ella sin llegar a proporcionar ningún alivio real. Es una forma de autodestrucción, así para Confucio era recomendable cavar dos tumbas «antes de embarcarte en un viaje de venganza».

Entonces, la filmografía de Park quizás deba entenderse como un estudio de esas emociones que desembocan en la venganza, más que una oda a la violencia. A lo largo de toda su obra, encontramos rastros de dichos sentimientos y de ese punto final que es la muerte del enemigo. Así, conocemos unos personajes que por muy diversas razones buscan la revancha, la paz por medio de la guerra, el caos. Seres en cierto modo patéticos, esclavos de un destino que no pueden cambiar y de unas pasiones que no pueden ser ignoradas. Un estudio de situaciones en las que el honor, el dolor y la clemencia se enredan para desembocar en un desenlace siempre terrible. El hilo conductor. La vendetta.

Al más puro estilo de El conde de Montecristo, Park nos presenta en dos ocasiones historias en las que los personajes han estado recluidos por largos periodos de tiempo a causa de una injusticia y durante ese lapso planean su venganza. Se trata en cierto modo de una revancha por haber perdido la libertad a causa de una sinrazón. Así es el caso de Oh Dae-su, que lleva quince años en la misma habitación sin saber por qué. Mientras, en el exterior, la policía encuentra sus huellas en la escena del crimen donde su mujer ha sido asesinada. No sabe nada de sus captores pero sabe que cuando salga de ahí, los buscará y los matará.

Algo parecido le pasa a Lee Geum-Ja —aka Lady Vengeance— quien ha pasado trece años en la cárcel. Diez de ellos rezando, y los tres restantes planeando cómo vengarse del hombre que se llevó a su hija y la inculpó de un crimen que no había cometido. Se imagina disparándole en la frente como si fuera un perro, pero sabe que la muerte no basta. Es una suerte que en la cárcel hiciera tantas amistades y ahora todos estén dispuestos a hacerle un favor.

Pero la película que comenzó a definir la carrera del surcoreano también hablaba de un tipo de odio y una cierta venganza, aunque muy distintos a lo que vendrá después. Joint Security Area, que además es uno de los must see de Tarantino, es, más que una historia de venganza, una historia de redención en un ambiente vengativo. Situada en la zona fronteriza entre las dos Coreas —una comunista, otra capitalista— cuyo enfrentamiento lleva sucediendo por más de medio siglo, las tensiones entre los soldados de uno y otro bando terminan en una sangría.

Los ideales, ya sean políticos o religiosos, han sido causa de muerte y de venganza desde tiempos inmemorables y aún hoy día lo siguen siendo. Solo vuelven a aparecer una vez más en la filmografía de Park, y es en Sympathy for Mr Vengeance, donde unos anarquistas serán quienes finalmente rían mejor. En Cuts asistimos a la mutilación de una mujer. El artífice es un extra que aparece en las películas de su marido. Está un poco chalado, pero además odia a su jefe porque es perfecto: tiene dinero, es guapo, estudió en el extranjero y además es buena persona a los ojos de todo el mundo.

Sin embargo, tal vez a lo largo de la filmografía de Park el sentimiento que más acciones de venganza provoca es el del amor. La venganza por amor es curiosa por recordarnos que amor y odio son dos sentimientos de fuerza igual y opuesta. En prácticamente todas sus películas el detonante del odio hacia otra persona, lo que le hace a uno querer matar es, irónicamente, el amor. Conectado directamente con la tragedia griega, encontramos un buen ejemplo en el propio Aquiles, que no podía concebir «vivir ni continuar entre los hombres» si no se vengaba de Héctor, a quien quería ver bajo su lanza por «haber convertido en rapiña a Patroclo Menecíada».

Como Aquiles, la venganza a veces toma la forma de moneda de vuelta por la pérdida de un ser querido. No es necesario que esta persona haya sido asesinada, sino que basta con que nos haya sido arrebatada. Lee Geum-ja (Sympathy for Lady Vengeance) quiere vengarse del que fuera su profesor, no solo por haberla encerrado, sino por haber secuestrado a su hija. Además el plan que ha ideado para resarcirse ayudará a aliviar a muchas otras personas que han sufrido pérdidas similares, todos con sed de venganza.  

La doncella, 2016. Imagen: La Aventura.

Pero, ¿acaso alguien como el bastardo estafador que se hace pasar por conde (The Handmaiden) sabe lo que es el amor? En la última película de Park hay amor, hay odio, y por lo tanto, hay venganza. Y además, una de las más exquisitas y orquestadas que veremos en toda su filmografía, también acompañada de la historia de amor más conmovedora y natural de su obra. Pero no trata solo de amor, también trata de la pasión de dos codiciosos. Todos intentan lograr sus deseos utilizando a las personas que están a su alrededor, pero en algún momento, sus planes perfectos se van al garete. Distintos caminos para un mismo destino, de nuevo, la vendetta.

La venganza por amor no siempre toma la misma forma, y en ciertas ocasiones Park nos ha querido hablar más bien en clave de desamor. Por ejemplo en Judgement, donde se arma un tremendo lío en la morgue porque dos familias reclaman que el mismo cadáver es el de su hija. La revancha de una joven cuyos padres la abandonaron por estar enferma y no poder pagar su tratamiento tendrá mucho que ver en el desenlace. A veces el no estar ahí es una forma de venganza, porque no todo es dar muerte, y a veces el mejor desprecio es no hacer aprecio.

Y hablando de no hacer aprecio, Sympathy for Mr Vengeance no tuvo los favores de la crítica, quizás por ser la película más cruda de la trilogía de Park. En ella, la venganza por amor se entremezcla con la venganza por dinero. El rico dueño de una empresa Park Dong-jin tiene que sucumbir a las amenazas de los secuestradores que se han llevado a su hija y le piden un rescate millonario. El dinero que pide el pobre sordomudo que trabajaba para él a cambio de devolverle a su hija no es más que el que necesita para pagarle la operación de riñón a su hermana moribunda. Las posibilidades de que todo salga mal son muchas, y no será en esta historia en la que no se cumpla la ley de Murphy. Como decíamos, para muchos esta es la peor película de su famosa trilogía. Puede ser que pecase de ser la primera de las tres, de ser la hermana mayor cuando el talento de Park estaba aún en entredicho. Pero desde luego, si de algo peca es de ser  la que menos ensalza la violencia de la venganza, y en vez de llevarnos cuesta arriba como las dos posteriores, nos arrastra por una pendiente de catástrofes sin control para terminar dejándonos con una sonrisa torcida.

Cha Young-goon (I’m a Cyborg but that’s OK) querría terminar con la vida de todos los médicos del centro psiquiátrico en el que se encuentra interna por creerse un cyborg. A menudo tiene imaginaciones en las que su cuerpo se convierte en un arma y recorre el hospital provocando una escabechina allá por donde pasa. Siendo muy pequeña,  los «batas blancas» se llevaron a su abuela, que creía ser un ratón. Su amigo Il-sun también vive en una especie de venganza perpetua contra el mundo por sentir que le ignora. Sus padres no le hacían caso y desde pequeño tiene la sensación de desaparecer, por eso su venganza contra el mundo es robar las almas de aquellos que le rodean. Il-sun tendrá que robar la compasión de Young-goon para que esta pueda al fin vengar a su abuelita.

En 2013 Park Chan-Wook decidió debutar en América con Stoker. Con un guion de Wentworth Miller —sí, el chico de los tatuajes en Prison Break— y Nicole Kidman, Mia Wasikowska y Matthew Goode a la cabeza del reparto, de nuevo Park dirigía un largometraje en el que la venganza, esta vez en el seno familiar, constituía el motor principal de la historia. En ella India (Wasikowska) conoce por primera vez a su tío (Goode) tras el fallecimiento de su padre. Pronto se da cuenta de que este guarda un secreto, uno de esos por los que tendrá que hacer penitencia. No es de sus mejores películas y no se puede negar que resulte raro ver a semejante reparto bajo sus órdenes, sin embargo el toque Park está ahí para que todos lo apreciemos.

Por otro lado, la venganza no es siempre la opción más clara. Cometer un crimen puede provocar sentimientos contradictorios; quizás chocaría diametralmente con nuestros valores, nuestra educación e incluso nuestra fe. Así le pasa al sacerdote Sang-hyeon, quien tras convertirse en vampiro en Thirst ve cómo su vida se complica cada vez que necesita beber sangre. A medida que la trama avanza deberá reorganizar sus prioridades  y cuando todo se desate, tendrá que elegir entre la venganza o el perdón, sabiendo que ninguna de las dos opciones le proporcionará la paz.

En la mayoría de los casos, la moraleja podría ser que el perdón vale tanto o más que la venganza, y que este quizás sea una cualidad no propiamente humana, sino más bien divina. Con un recorrido mayoritariamente impecable, la carrera de Park nos proporciona una visión de la naturaleza del hombre que va desde lo sádico hasta lo místico, pero ofreciendo siempre un por qué con el que sentirnos identificados. La venganza es un poco como esa habitación en la que está encerrado Oh Dae-su, una especie de prisión para el alma de la que no importa realmente si uno logra o no escapar, porque allá afuera el mundo es también un lugar extraño.  Al final, es preferible reír con el resto del mundo a llorar solo, y solamente uno mismo puede encontrar su camino hacia la felicidad, aunque a veces haya que pagar un precio alto. En cualquier caso, ya sea un plato que se sirve frío o caliente, la venganza es, por méritos propios, un plato que nos sirve Park Chan-Wook.


Si el hombre dice justicia, venganza es lo que se escucha

El jueves por la mañana me pidieron que difundiese en Twitter la foto de uno de los pasajeros del tren siniestrado, para facilitar su localización. Lo hice, me duché, me vestí, desayuné y me marché a Portugal por cuestiones de trabajo. Cuando regresé, 15 horas después, supe que el chico había muerto.

No lo conocía de nada, pero me afectó. Había visto su cara, leído un par de cosas sobre él… No era un nombre más entre los desaparecidos. Era ese chaval de apenas 20 años que sonreía al otro lado de la foto. Tenía la esperanza de recibir buenas noticias y su muerte me entristeció mucho. A mí, que un día antes ni siquiera había oído hablar de él. No alcanzo a imaginar la desolación de sus seres queridos.

Estos días, en Galicia, todo el mundo comenta las veces que ha viajado en ese mismo tren. A cuántos de los fallecidos o amigos de los fallecidos conocen. Con cuántas de las personas que aquel día podrían haber subido a ese tren han hablado. Todo el mundo necesita expresar la cercanía de la tragedia. A todo el mundo le duele.

Y precisamente por ese motivo, a todo el mundo le han molestado los ejemplos de humor negro que han poblado las redes sociales desde apenas unos minutos después del accidente. Sobre todo aquellos que son simples barbaridades sin sentido con escasa o ninguna vocación cómica —algunos olvidan que para ser humor negro, primero ha de ser humor.

En mi opinión, el chiste macabro es una opción válida siempre y cuando no haya posibilidad de herir a los afectados. Cuando estos no vayan a escucharlo o haya transcurrido ya una cantidad razonable de tiempo. No es una cuestión de límites sino de respeto, por la sencilla razón de que a mí tampoco me gusta sentirme ofendido. Pero eso sí, allá cada cual con su sentido del humor. Porque es cierto que este no debe tener más límites que los consustanciales a la libertad de expresión. Ahora bien, no lo es menos que el personal se ofenderá cada vez que le salga de las narices hacerlo.

Y por eso sucedió lo que sucedió. Un tipo escribió en Twitter: «No sabía que había cincuenta muertos en el accidente de tren, aunque si son gallegos tampoco importa mucho». Tal necedad comenzó a propagarse de indignado en indignado y a las pocas horas media Galicia había montado en cólera.

Desconozco qué sucedió más allá del Bierzo, pero en el Facebook de los gallegos comenzaron a multiplicarse los mensajes incluyendo el nombre y apellidos del fulano, su número de teléfono, la facultad en la que estudia y la calle y el portal en el que reside, así como una explícita invitación a darle una lección en las costillas. Para que aprenda.

Una respuesta absolutamente desproporcionada, por violenta e incoherente. El suyo no fue un ejercicio de humor negro. Fue la provocación de un idiota que pretendía llamar la atención. Una estupidez desafortunada y fuera de lugar, pero que en ningún caso justifica la reacción generada. Nos molesta la ruindad de quien escribe algo así pero nos parece civilizado hacer públicos sus datos personales para que sea acosado o apaleado. Claro que sí. Y si aparece el lunes en un hospital, aplaudimos satisfechos y nos vamos todos de paseo. Como Dios manda.

Nos importa una mierda lo que es justo. La respuesta justa. Nos da igual. Lo único que nos interesa es la venganza. Que quien se haya pasado de la raya lo pase mal, aunque ni siquiera esté muy claro si lo ha hecho o no. ¿Que un desconocido parece un desalmado? A por él. ¿Que un exministro se reunió con un empresario en una gasolinera? A por él. ¿Que unos papeles dicen que un político ha cobrado sobresueldos? A por él. ¿Que no parece profesar la misma religión que las gentes de bien? Es una bruja. A por ella. Si el hombre dice justicia, venganza es lo que se escucha.

Reflexionaba Manuel Jabois en un excelente artículo publicado el pasado jueves 25 de julio sobre cómo había manejado el periodismo patrio algunas frases rescatadas del Facebook del maquinista y, mientras lo leía, me preguntaba cómo reaccionaría la gente ante semejante descontextualización. Y la verdad es que da igual. Da igual el pasado de ese tipo. Da igual si ha sido culpa suya o no. Da igual la investigación o lo que tenga que decir el juez. Ese hombre conducía un tren que descarriló llevándose por delante la vida de docenas de personas. A por él.

Directamente relacionado con lo que apuntaba Jabois, dos días después del accidente un conocido diario colocaba en su portada el siguiente titular: «El maquinista alardeaba de su gusto por la velocidad». O lo que es lo mismo, «ya podéis colgar a este cabrón del palo más alto». Yolanda Gándara escribía al respecto: «Por mucho que pataleéis, hoy se ha acercado gente al quiosco, ha comprado ABC y se ha sentido satisfecha». Y no se puede dar más en el clavo. De eso se trata exactamente. De satisfacción. De una sed de venganza que comenzaba por fin a saciarse. El tipo «alardeaba de su gusto por su velocidad». A por él, cojones.

Linchemos a cualquiera que sea sospechoso de ser un hijo de puta. Castiguemos la mezquindad a hostia limpia y sin hacer preguntas, que para eso somos gente civilizada. Publiquemos información personal de todo aquel que sea cruel, para que reciba su merecido. Eso es lo correcto. Porque hacer caso omiso de sus barbaridades, que es a lo que efectivamente se expuso el imbécil que se rió de los gallegos muertos, no es suficiente. Porque bombardearlo con razones para que retire el comentario, que también es a lo que se expuso, no es suficiente. Porque insultarlo y ponerlo a caldo, que es a lo peor que se expuso en realidad, no es suficiente. Lo que hay que hacer es localizarlo y pegarle tal paliza que jamás vuelva a bromear con las desgracias ajenas.

Estos días he hablado de todo esto con algunos amigos y casi todos han terminado contestándome que también se exponía a algo así. Que soltando esa salvajada en Twitter se exponía a que la masa lo buscase y lo linchase. Pues bien, eso es precisamente lo que más miedo me da. Precisamente eso.