Libros para matar al verano 

Verano es anagrama de averno, así que no vamos a descubrirle nosotros lo evidente: qué época detestable esta que comienza. Toda chancleteo, sudores viscosos y atuendos terroristas. Como ya es tradición en esta casa, inauguramos etapa refunfuñando por la calorina y haciendo algo que nadie nos ha pedido: una lista de libros. Sí, otra. Porque no podremos evitar que se pasee usted por ahí lanzando loas al chiringuito, la sombrillita, el airecito acondicionado y las verbenitas (canícula obliga a sufijar todo en «ita» para redondear la tortura) pero vamos a poner algo de nuestra parte para que no se sofría (más) el cerebro con lecturas garbanceras, idénticas a su vecino de toalla. Puede que haya renunciado a cualquier asomo de dignidad estética, pero que no le priven a usted de sentirse especial. 

Embadúrnese de factor cincuenta y tome nota del picado de sugerencias que traemos. Le rogamos que si encuentra el criterio que ha regido la selección, nos lo haga llegar en copia compulsada. Si parece un desorden caótico de títulos no necesariamente recientes, ni posturetas, ni vinculados entre sí, nos disculpamos. Tampoco hemos hecho nada para evitarlo. Qué se puede esperar de algo que ha sido tecleado como pretexto único de compartir, una vez más, el único manifiesto veraniego que nos representa: este.


Madres, avisad a vuestras hijas, de Bonnie Jo Campbell (Dirty Works)

Libros para matar al verano Bonnie Jo Campbell dejará de aparecer en esta lista cuando publique un libro regulero o mediocre, pero todavía no se ha dado el caso. Ha vuelto al relato corto y eso exige un sucísimo alborozo por nuestra parte. Este compendio de historias está concebido con el firme deseo de abrirte la piel para hurgar por dentro con un alfiler oxidado. Abarca dieciséis relatos y una infinitud de vidas de madres e hijas, mujeres equilibristas que no se interrogan sobre las derivas existenciales del vivir, atareadas como están con la supervivencia. Con desollar vacas, alimentar niños, enterrar mascotas y maridos, limpiar sangre reseca o buscar dinero para anfetaminas o abortar en un circo. Leerla y querer amorrarse al Jack Daniel’s es todo uno. Como se dice en alguno de los relatos, la sordidez en la escritura de Bonnie Jo Campbell «resulta rara si no lo esperas» pero, incluso conociéndola, hay algo en esta colección de historias que no nos había mostrado antes. Un mordisco nuevo. La ferocidad de las vidas que retrata ni son lejanas ni son exóticas en su desgarro, sino dolorosamente reconocibles. «Siéntate y escucha, muchacha», le ordena una madre a su hija en el relato que titula el libro, y que dan ganas de reenviar masivamente a todos tus contactos, si es que consigues recomponerte del hostiazo. Escuchad, muchachos. Eso es lo que nos pide Jo Campbell. Una bocanada de aire (imposible decir fresco) entre tanto victimismo flácido y tanta vaina. 

«Tengo la cabeza llena de historias que todavía tienes que oír, empezando por mis costillas, terminando por mi vida entera». Lo dice un personaje, pero bien podría ser de Bonnie Jo. Con ella da igual el mal cuerpo que nos deje su escritura, siempre levantamos el plato pidiendo repetir.


Mira las luces, amor mío, de Annie Ernaux (Cabaret Voltaire)  

Libros para matar al verano Y de madres e hijas, de alguna forma, también va lo nuevo de Annie Ernaux. La escritora francesa titula esta suerte de pseudodiario con una frase escuchada en un supermercado, de una mujer animando a su pequeña a contemplar las luces navideñas. Durante un año, anotó lo que observaba en sus visitas a uno de esos no-lugares (aunque para ella no lo son) y los resortes que activaban en su cabeza. De nuevo, Ernaux deslumbra en su capacidad de observar, de elevar lo más mundano a pura literatura. ¿Se ha fijado en que los supermercados rara vez salen en las novelas? Ella sí. «Si lo pensamos detenidamente, no hay espacio, público o privado, donde deambulen y se junten tantos individuos distintos: por edad, ingresos, cultura, origen geográfico y étnico, apariencia. No hay espacio cerrado donde cada uno de nosotros, decenas de veces al año, se encuentre más en presencia de sus semejantes, donde cada uno de nosotros tenga la oportunidad de atisbar la forma de ser y vivir de los demás», nos dice. Ella coge esa versión del mundo en miniatura, artificialmente ordenado, químicamente seguro, para mirar a los demás como lo que son más allá de ese vocablo tramposo que llamamos «sociedad». El resultado es una rareza, como todos los libros de Ernaux. De una paz rara, íntima y poco complaciente.


Bestiario del norte, de Pablo Gallo (La Felguera)

Libros para matar al verano Un título perfecto si ha decidido usted huir del infame azote del calorcito en tierras norteñas. Incluso si es afortunado habitante de Galicia, Asturias, Cantabria o País Vasco, encontrará en esta joya de Pablo Gallo mucho sobre su terruño que le avergonzará desconocer. No importa. Bestiario del norte nos abre las compuertas de las leyendas y mitos de un territorio sospechosamente prolífico en historias de demonios, mouras, ojáncanos y lamias. Ya lo dijo Pardo Bazán: «El folclore quiere recoger esas tradiciones que se pierden, esas costumbres que se olvidan y esos vestigios de remotas edades que corren peligro de desaparecer para siempre. Quiere recogerlos, no con el fin de poner otra vez en uso lo que cayó en desuso, que sería empresa insensata y superior casi a las fuerzas humanas, sino con el de archivarlos, evitar su total desaparición, conservar su memoria y formar con ellos un museo universal, donde puedan estudiar los doctos la historia completa del pasado». Bestiario del norte es una celebración de ese folclore, un viaje a lo insólito de las criaturas que aún pueblan (no lo dudamos) bosques, praus y ríos cuando cae la noche. Para los miopes o turulecos hay además, unas muy tatuables ilustraciones de todas estas criaturas mitológicas: desde los bueyes hechizados, las sirenas y los duendes a los robles destructores. Una delicia lingüística (abruma la belleza de algunos nombres) y mitográfica. Que culmine con una «Comisión de investigaciones extraordinarias» es un acto de justicia.


La sirena negra, de Emilia Pardo Bazán (Nocturna Editorial)

Libros para matar al verano Y hablando de doña Emilia y de los mitos, en pleno centenario de su muerte había mucho dónde pescar algo bueno. El anzuelo lo ha mordido esta sirena, que no es tal. Se trata de una novela de la etapa menos naturalista de Pardo Bazán, que puede ser leída como la más reflexiva del tríptico que completan La Quimera y Dulce Sueño

Su protagonista, que bien podría jugar una partida de rol lovecraftiana, es un diletante que deambula por Madrid obsesionado con la muerte. Engolosinándose con ella. Hasta que se le cruza un capricho, un motivo: un chiquillo llamado Rafael. Bazán también deambula entre tonos y registros (a veces gótica, a veces psicoanalítica y siempre mordaz) para contar la peripecia de Gaspar Montenegro, trágica, tal y como se están oliendo. Tiene reflexiones que piden bronce («El “género humano” es el vocablo más vacío de sentido; no hay humanidad, hay hombres») y un final difícilmente previsible que no les vamos a hurtar. Sobre todo, porque doña Emilia volviendo de entre los muertos para reprendernos no es un plan demasiado apetecible.


El pensamiento conspiranoico, de Noel Ceballos (Arpa)

Libros para matar al verano Desconocemos cómo este libro ha logrado esquivar la mano implacable de Soros, pero nos felicitamos de haberlo leído antes de que su autor desaparezca misteriosamente y haya que traficar en el mercado negro para conseguir un ejemplar. Que hay una conspiración mundial lo sabemos todos, ¿no? Lo que nos distingue es a cuál de ellas nos amorramos: a las más clásicas como los Illuminati, las que ya están un poco de capa caída como el Pizzagate, o esas que hacen fondo de armario como el terraplanismo y los pérfidos judíos que mueven los hilos. Y claro, Bill Gates. Ese villano de Bond, otrora filántropo techie, que nos está inoculando a todos el agua de fregar o un chis malvado, depende de con quién concuerde usted. Supongo que ahora tocaría decir eso de que El pensamiento conspiranoico llega en el momento ideal, con calditos de toda clase burbujeando en mil conspiraciones, pero no nos da la gana. Sospechamos que este libro, tan exhaustivo como es, tan afilado en su exploración de lo que nos lleva a sucumbir a teorías rocambolescas para explicarnos el mundo, tan rabiosamente divertido y descojonante, es lo que ha provocado que Noel Ceballos nos haya dejado en el dique seco a todos los nacheters. No es una afrenta menor, es cosa mayor, pero acaba uno disculpando el abandono alrededor de la página diez, cuando se cita un capítulo de Los Simpson. Ahí —bien pronto— se entiende que el libro no tiene vocación de carcajearse de los del gorrito de papel albal exponiendo sus teorías más desquiciadas, pero tampoco mirarles con condescendencia para concluir que si pinchas a un conspiranoico, también sangra. No. El impulso motriz del libro es, sencillamente, meterse con llave inglesa en toda esa maraña de conspiraciones que la mente humana empezó a tejer por un motivo bastante concreto. De nuevo, la Biblia: «Lo que Los Simpson nos quisieron contar en este episodio es que, en un mundo tan caótico como el nuestro, la vía irónica quizá sea la mejor herramienta para comprender lo que está sucediendo entre bambalinas. Ven por las risas y quédate por los hallazgos casuales que la mente conspiranoica es capaz de generar cuando no habla en serio». Gracias a este ensayo usted confirmará sus sospechas más oscuras (fueron los herejes quienes iniciaron el movimiento antivacunas) o más lunáticas (lo del Windsor no fue una colilla, fue Villarejo).


Diccionario ilustrado BOE-Español, Eva Belmonte y Mauro Entrialgo (Ariel)

Libros para matar al verano Aquí otra opción para los que se han pasado de vueltas, y ya no les sirve esa frase asquerosa de «yo no leo novelas, solo ensayos» para abrumarnos con su elefantiásica inteligencia. Ahora, doctos amigos, pueden leerse el BOE. Bueno, no exactamente: puede usted entender el BOE. Que, así entre nosotros, no es algo que le ocurra prácticamente a nadie en el pleno uso de sus facultades. Porque como dice su autora, Eva Belmonte, en él «las palabras dejan atrás su significado terrenal, o casi sentimental para embutirse en el corsé del lenguaje administrativo». Lleva casi una década de estudios lingüísticos boeianos, y maneja con soltura términos como «candidaturas proclamadas», «BOD» o «disposición derogatoria», conocimientos que ahora pone a nuestra disposición para ver si dejamos, de una santa vez, de preguntarle por Twitter «y esto qué quiere decir». Nos desvela todas las triquiñuelas, los vericuetos ininteligibles de una publicación que rige nuestros destinos aunque le hagamos poco caso. ¿Hace falta subrayar el didactismo? Sea: es un diccionario, así que cumple el leit motiv de María Moliner: «Cualquier libro, en cualquier lugar, para cualquier persona». Ilustra con desfachatez Mauro Entrialgo, que hace de la mofa (política) un arte venenosísimo. Después de esto, podrá usted leer el BOE sin que se le quede cara de Laura Dern en Inland Empire.


Reina del grito, de Desirée De Fez (Blackie Books) 

Libros para matar al verano Si no entendemos el BOE, figúrese la vergüenza que nos da confesar que se nos pasó leer en su momento Reina del grito: ninguna. Llegamos a esta MARAVILLA (mayúscula enfática) a través del también maravilloso podcast Reinas del grito y aceptaremos la condena que se nos imponga por haber estado fuera de onda hasta ahora. Pero ya saben lo que ocurre: los fans tardíos tratan de compensar el retraso siendo más ruidosos, así que no se extrañen si seguimos durante los próximos meses dando la tabarra con  la gozada que es Reinas del grito. Gozada, sí. Sobre el cine de terror, sí. ¿Todavía estamos con esas? Si le resulta cansino 1) reivindicar el género 2) suplicar legitimación defendiendo que el cine de terror «no son solo sustos», lo que ha escrito Desirée De Fez es para usted. Porque, afortunadamente, salta con pértiga a toda esa tropa de cansinos ante los que hay que andar pidiendo clemencia por disfrutar con acojonarnos, y también a los «verdaderos fans» que consideran sacrílego decir según qué cosas. Los que, como dice la autora, profesan «una fe incondicional en un género al que tampoco le pasa nada si no le das la razón siempre». El salto no solo es necesario, sino placentero, porque le permite aterrizar en sus propios miedos (pocas veces el uso de la primera persona está tan justificado) para acabar haciendo una excavación deslumbrante del corazón mismo del cine de terror. Una pista: es femenino. 


La locura de amar la vida, de Monica Drake (Bunker Books)

Libros para matar al verano Y ya que estamos con las confesiones, aquí va otra: cuando vimos que a Monica Drake se la promocionaba como la mejor amiga de Chuck Palahniuk se nos torció un poco el morro. Cuando se la comparó literariamente con él, las cejas se nos fueron al cielo. Al ver que la propia Monica fue la inspiración para el personaje de Marla en El Club de la lucha estábamos ya exhaustos de tanto sospechar de compadreo torticero. Pero leímos La locura de amar la vida y se nos calmó el sofoco. Porque, efectivamente, hay algo de esa maldad retorcida en ella, un sabor similar a realismo sucio que la hermana con Palahniuk solo si miras de lejos. De cerca, Drake es otra cosa. Una narradora malvada que disfruta componiendo universos podridos, en los que algo o todo falla. A veces es un tatuaje que sale mal, otras un sándwich de queso quemado que aparece, sin más, en un sótano. Compuesto a través de relatos, podría ser leído como una novela fragmentada, porque todas las historias están anudadas a través de dos hermanas. En todas, el ser humano es una mezcla de error y perfección, como uno de esos cócteles cuya dulzura enmascara el zurriagazo etílico. Como ella dice: «Cosas terroríficas ocurrían incluso en casas normales, con familias normales. Las cosas terroríficas llegan poco a poco, filtrándose sin prisas».

Monica Drake vive en una caballa perdida de Portland, a la que podría invitar a Bonnie Joe Campbell en algún momento. Saldría algo hermoso y siniestro de ahí. 


Da igual, de Agota Kristof (Alpha Decay)

Libros para matar al verano El subtítulo deja claro de qué estamos hablando: Da igual: los veinticinco cuentos despiadados de Agota Kristoff. Si han leído Claus y Lucas ya deben estar conteniendo el aliento, ahítos: ¿más maldad despiadada? Sí, a paladas. Y encima, sin refinar. Este volumen recoge los primeros cuentos que escribió recién refugiada en Suiza, escritos en una lengua que no era la suya. De ahí la atmósfera de pesadilla, de ahí estos relatos tambaleantes, ásperos y descarnados. A Kristof le hace falta poco para que lo que escribe sea inquietante, incómodo. Son relatos brevísimos en los que solo hay una certeza: algo va mal. O más bien alguien. Ya sabemos que Agota Kristof es una de las grandes cronistas de la maldad humana, y estas historias suponen un punto de entrada fantástico a una autora imperdible. Sobre todo, porque escribe de lo genuinamente jugoso de la literatura y de la vida. La bondad ya se explica por sí misma. 

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Lo que pesa un muerto, de Heme Brazo (Proyecto Estefanía)

Libros para matar al verano Una proeza para finalizar: «Alta literatura de quiosco». No es que a nosotros nos resulten proezas ni la alta literatura ni los quioscos, ni siquiera la combinación de ambos, que bien podría. Es que ese es el lema de Proyecto Estefanía, cuyo nombre no engaña: rinde tributo directo a Marcial Lafuente Estefanía y sus legendarias novelitas del Oeste. Estas, eso sí, tienen grapa. Ha caído en nuestras manos Lo que pesa un muerto, una revisión muy macarra y disfrutona del wéstern, en el que nada es crepuscular. Al contrario, es un reto no romperse la mandíbula con la historia de la Shérifa, MariJane FreeFeets en Desert Hole, con viejo Dan, los BelmontRed y demás cowboys. Desde aquí, solicitamos ingreso automático en el espectáculo ambulante DRAG (Damas Risueñas Achispadas y un poco Guarras) por derecho propio. No se amilanen, que no hay porqué: si las pelis del oeste le piden a su cuerpo tanta siesta como el Tour, estas novelitas también pueden conquistarle. Encintése el revolver en la cadera, que algo pasa (siempre pasa algo) en este pueblo de sol abrasador. Y Heme Brazo lo cuenta con gran salero, leré. 

Lo que pesa un muerto es una gamberrada que se lee en un transbordo y te deja con ganas de más zarzaparrilla.


 


¿Qué música le pondrías al sol?

Llega el verano y con él los mosquitos, el calor asfixiante, las verbenas, los turistas ebrios que ganan algún Premio Darwin… menos mal que para compensar suena en todas partes la llamada «canción del verano». Mucho más llevadero así. Pero no es de este entrañable subgénero musical del que queremos hablar, sino de aquellas otras que por su melodía o por su letra parecen hechas para celebrar esos momentos luminosos y optimistas en los que el sol brilla con fuerza. Cada uno tiene sus favoritas, pero tras consultar a los miembros de la redacción esta es la selección a la que hemos llegado. Voten o añadan la que prefieran.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«Rocks Off», de Rolling Stones

Exile on Main St. es el disco que Rolling Stones grabaron en 1971, tras exiliarse a Francia para pagar menos impuestos y donde disfrutaban de la costa mediterránea a la manera en que solo los ingleses saben hacerlo. Este es el tema que lo abría y con ella abrimos también la lista, cuya letra y título aluden a esos momentos en los que uno se desborda de felicidad.

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«Keep On The Sunnyside», de Johnny Cash, June Carter y Carlene Carter

Una canción que irradia alegría pero que no hay que tomar al pie de la letra en estos días: siempre al fresco y donde dé la sombra, que luego vienen las insolaciones. «Keep On The Sunnyside» sonará familiar a bastantes por formar parte de la magnífica banda sonora de O Brother, pero si rastreamos sus orígenes vemos que fue compuesta a finales del siglo XIX e interpretada unas décadas después por Mother Maybelle & The Carter Sisters. Una de las integrantes, June Carter, más adelante se casaría con Johnny Cash y ahí la tenemos cantando de nuevo este tema en su mejor versión, junto a él y a una hija de un matrimonio anterior, Carlene.

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«Big Red Sun Blues», de Lucinda Williams  

No todo tiene por qué ser euforia y dinamismo, por muy verano que sea también puede contener sus momentos de recogimiento. Lucinda Williams es una de las cantantes de country más aclamadas y aquí la tenemos cantando a un sol que suponemos poniente.

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«In the summertime», de Mungo Jerry

Ese cantante a medio camino entre un hippie y Lobezno afirma que componer la letra no le costó más de diez minutos. Ya serían menos. En cualquier caso es sencilla pero efectiva: días cálidos, conducir a toda velocidad, nadar en el mar, alcohol, chicas… la fórmula de la felicidad, en resumen.

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«All Summer Long», de Kid Rock

Algo similar nos cuenta Kid Rock tomando como base «Sweet Home Alabama». El vídeo, además de hacer un homenaje a Apocalypse Now, va intercalando escenas con ese hedonista modo de vida de los jóvenes americanos que tantas veces hemos visto en el cine y tan envidiable parece, al menos hasta que llega el asesino o engendro maligno de turno y monta su escabechina.

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«Le Jour Parfait», de Emmanuelle Seigner

La esposa de Polanski, aparte de protagonizar varias de sus películas, también ha desarrollado una carrera como cantante. Este tema forma parte del disco Dingue, que publicó en 2010, encarna a la perfección el estado de ánimo del primer día de vacaciones.

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«Summertime Blues», de Eddie Cochran

Claro que eso de asociar «verano» y «vacaciones» no deja de ser un cliché que terminará resultando tan incomprensible para las nuevas generaciones como los teléfonos de rueda. Este visionario ya nos contaba con pesar que a él en estas fechas le tocaba trabajar y ni las Naciones Unidas le libraban de ello. Es una de las canciones más versionadas de la historia, entre la infinidad de grupos podemos mencionar The Who o T. Rex.

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«Garota de Ipanema», de Stan Getz & João Gilberto

Tampoco le va a la zaga en número de versiones este tema, entre las que caben destacar la de Frank Sinatra, Sammy Davis Jr. o Ella Fitzgerald. Fue compuesta por Antônio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes, cautivados por una hermosa joven que frecuentaba el bar en el que ellos echaban los días, y así quedó inmortalizada.

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«No Rain», de Blind Melon

Esta es la canción que dio fama al grupo liderado por Shannon Hoon, quien siguiendo una arraigada tradición musical acabaría muriendo por sobredosis. El vídeo que la acompaña, irresistiblemente simpático, contribuyó a su éxito y le da ese tono desenfadado que cabe esperar de esta época del año en la que no llueve.

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«Cigarettes & Alcohol», de Oasis

Viendo la cantidad de veces que han cantado al brillo del sol (en la quinta parte de sus temas, concretamente) se nota que son una banda inglesa: para ellos un cielo sin nubes es un fenómeno tan insólito que bien merece dedicarle una canción.

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«Flight of Icarus», de Iron Maiden

Esta otra banda británica también veía con asombro esa extraña bola de fuego que se aparece dos veces al año en el cielo de su isla. Pero mientras unos se quedan fascinados mirándola hasta que su piel rosada adquiere tonos rojizos, otros acuden raudos a esconderse en las sombras cual vampiros. Nada bueno puede traer exponerse a ella, recelan, ahí está el mito sobre el arquitecto del laberinto del minotauro y su hijo Ícaro.  

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«5 Years Time», de Noah and the Whale

«And there will be sun sun sun all over our bodies / And sun sun sun all down our necks / And there will be sun sun sun all over our faces / And sun sun sun so what the heck». Queda clara la idea que nos quieren transmitir mientras suena esta melodía tan dicharachera.

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«My Girl», de The Temptations

Qué mejor manera de concluir que recordando cómo el brillo del sol es en cierta forma un estado del ánimo y puede uno sentirlo aunque sea un día nublado. O al menos es lo que cantaba este grupo de Detroit, en un tema que sonó por primera vez en 1964 y que terminaría convirtiéndose en un clásico.

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Reporte NBA: qué ha pasado este verano y cómo afectará a la temporada que viene (y II)

Paul Millsap y Paul Pierce, perro viejo. Fotografía: Keith Allison (CC)
Paul Millsap y Paul Pierce, perro viejo. Fotografía: Keith Allison (CC)

(Viene de la primera parte)

Desde que se iniciaran los movimientos el 11 de junio, más de doscientos jugadores han cambiado de equipo por lo menos una vez en apenas cuatro meses en una orgía de números, dinero, futuras opciones del draft y, a fin de cuentas, baloncesto de oficina.

Dinastías consolidándose, equipos haciendo borrón y cuenta nueva y otros que empiezan a formar las bases de lo que, esperan, sea un futuro brillante para la franquicia. Jugadores novatos, veteranos buscando la esquiva gloria del anillo, jugadores franquicia y suplentes que aportan longitud de banquillo. Ha habido movimientos en todos esos sentidos y muchos más.

Lo que sigue es un recuento de los cambios que han llevado a cabo los mejores dieciséis equipos de la pasada temporada, ordenados por su balance entre victorias y derrotas. Con lo cual, obviamente, tiene más peso la mejor conferencia, siendo la oeste, con especial hincapié en la división suroeste, en la que todos sus cinco equipos se clasificaron para playoffs.

De todas esas idas y venidas de jugadores, y de la repercusión que estas tengan sobre sus equipos, trata este artículo, en orden ascendente. Adicionalmente, y para que puedan ustedes echarme en cara todos los errores cometidos cuando termine la temporada, puntúo sus movimientos de verano de una a cinco estrellas:

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8. Portland Trail Blazers (51-31)

Incorporaciones: Al-Farouq Aminu, Ed Davis, Mason Plumlee, Gerald Henderson, Mike Miller, Maurice Harkless, Noah Vonleh, Phil Pressey, Daniel Diez

Elecciones del draft: Pat Connaughton (#41, derechos adquiridos de Brooklyn)

Salidas: LaMarcus Aldridge, Nicolas Batum, Arron Afflalo, Robin Lopez, Steve Blake, Wesley Matthews, Joel Freeland, Alonzo Gee, Brendan Haywood

Terminábamos el primer artículo haciendo un repaso de los sinsabores de Dallas este verano. Si hay algo que sirva de consuelo a los aficionados de los Mavs es mirar hacia Oregón. En Portland básicamente se han deshecho de todos sus mejores jugadores con la única excepción de Damian Lillard. Queda también el prometedor McCollum, que sin embargo ha tenido hasta ahora un rol secundario en Portland con apenas 14,5 minutos de media por partido, pero ambos juntos no logran camuflar el desastre sucedido en Portland. El caso es que tras una buena temporada 2014-2015, en la que lograron una cómoda clasificación para playoffs para sin embargo caer en primera ronda ante los contundentes Grizzlies, han decidido hacer borrón y cuenta nueva. Del borrón no cabe duda, sí de la cuenta nueva por venir.

Aldridge, jugador franquicia con un promedio de 23,4 puntos y 10,2 rebotes por partido la pasada temporada. Batum, jugador de los Trail Blazers desde su llegada a la liga en 2008 y aportando al equipo en todas las facetas del juego, traspasado a Charlotte a cambio de dos jugadores menores como son Henderson y Vonleh. Afflalo, uno de los mejores defensas de la liga, adquirido la temporada pasada desde Denver. Lopez, pívot fiable en ataque y duro en defensa. Matthews, excelente escolta y poseedor del récord de triples de la franquicia. Blake, buen base suplente con facilidad para anotar y pasar el balón, poseedor del récord de asistencias en un solo cuarto en la NBA con Portland, con catorce de ellas. Todo esto han perdido los Blazers en un solo verano.

Las incorporaciones sencillamente no están a la altura: Davis es un ala-pívot decente pero va a ser deprimente verlo reemplazar a Aldridge. Aminu no es alero suficiente como para reemplazar a Batum, y llega además a un precio de cuarenta millones de dólares por cuatro años. Mason Plumlee es un pívot del montón, Henderson un escolta cuya calidad desde la línea de tres anda a años luz de la de Matthews, Miller es prácticamente un exjugador, Vonleh ha tenido una buena liga de verano aunque no se deberían esperar grandes cosas de él, Harkless está haciendo una buena pretemporada que a pesar de ello contrasta con una gris carrera en la NBA, y el drafteado Connaughton apenas es digno de mención. Por si esto fuera poco, siguen sin un pívot titular a menos que se quiera considerar a Plumlee como tal. Adiós a la postseason.

Calificación de movimientos: una estrella

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7. Cleveland Cavaliers (53-29)

Renovaciones: LeBron James, Kevin Love, J.R. Smith, Timofey Mozgov, Iman Shumpert, Matthew Dellavedova, Richard Jefferson, James Jones, Mo Williams, Sasha Kaun (drafteado en 2008)

Elecciones del draft: Cedi Osman (#31, llegado vía Minnesota), Sir’Dominic Pointer (#53)

Salidas: Kendrick Perkins, Brendan Haywood, Shawn Marion, Mike Miller, Rakeem Christmas

LeBron James. Fotografía: Keith Anderson (CC)
LeBron James. Fotografía: Keith Anderson (CC)

Tras haber caído en las finales de la pasada temporada en unos heroicos playoffs en los que poco o nada podían lograr al tener tres de sus cinco titulares lesionados, lo único que debían hacer los Cavaliers era asegurarse de que los jugadores que más aportaron el año pasado continuaran en la franquicia. Y así ha sido. Tanto los dos jugadores que han sido all-stars como los que bordaron un papel excepcional el pasado año (Smith, Mozgov, Shumpert, Dellavedova —qué forma de dejarse la piel en playoffs—, Jefferson y Williams) aseguran que este equipo sea uno los más fuertes de la próxima temporada.

En cuanto a las incorporaciones, no es que hicieran falta: solo tres drafteados que no deberían gozar de apenas minutos dadas la extensión y calidad del banquillo de los Cavs. Osman es un jugador muy intenso y osado, pero será difícil de verlo jugar fuera de los minutos de la basura, a menos que las lesiones vuelvan a lastrar al equipo. En cuanto a Kaun, parece una versión reducida en tamaño de Mozgov, en lo ruso y en el juego: bueno en defensa, limitado al «recibir y anotar» bajo el aro en ataque.

Tan buenas como las renovaciones son las salidas, prescindiendo de jugadores en evidente decadencia y de un Christmas que ha sido intercambiado por una segunda ronda del draft de Indiana Pacers. Absolutamente nada que reprochar en este sentido. Lo único pendiente es la renovación de un muy buen jugador interior como es Tristan Thompson. En el momento de escribir este artículo las negociaciones parecen en punto muerto y sería la guinda para Cleveland la renovación de un jugador joven, agresivo como pocos en el rebote y con espacio para crecer aún.

Si las lesiones los respetan, no habrá nadie que se interponga entre los Cavs y las finales de la NBA y una vez ahí será difícil impedir que LeBron logre su ansiado anillo con el equipo de su estado.

Calificación de movimientos: cinco estrellas; con o sin Thompson esta franquicia ha asegurado ser el máximo candidato para levantar el trofeo Larry O’Brien la próxima temporada.

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6. San Antonio Spurs (55-27)

Incorporaciones: LaMarcus Aldridge, David West, Ray McCallum, Boban Marjanovic

Renovaciones: Tim Duncan, Manu Ginóbili, Kawhi Leonard, Danny Green, Matt Bonner

Elecciones del draft: Nikola Milutinovic (#26), Cady Lalanne (#55)

Salidas: Marco Belinelli, Tiago Splitter, Cory Joseph, Aron Baynes

Tim Duncan. Fotografía: miu3112 (CC)
Tim Duncan. Fotografía: miu3112 (CC)

Por si fuera poco renovar a sus tres mejores jugadores junto a Tony Parker, han conseguido hacerse con uno de los mejores jugadores de la NBA como es Aldridge. El ex de Portland busca con este movimiento el anillo que no podría haber logrado de continuar en su equipo, y tras el resto de movimientos llevados a cabo por los Spurs bien podría ver su deseo cumplido.

Además de Aldridge, llegan un veterano solvente como David West, un joven McCallum que el año pasado en Sacramento logró dar un paso adelante en su juego así como protagonizar varias de las mejores jugadas diversas noches (sirva esto como ejemplo). Marjanovic viene de hacer una temporada espectacular en el Crvena Zvezda de Belgrado, pero su adaptación a la NBA está en duda, en especial a nivel defensivo. Llega sin embargo al equipo idóneo para su correcto ajuste, y puede ser una de las pequeñas sorpresas del año.

La pieza central del éxito de San Antonio en las dos últimas décadas, Tim Duncan, una de las figuras más respetadas de la NBA, ha accedido a renovar reduciendo su sueldo a la mitad, de diez a cinco millones de dólares. Más drásticamente, Ginóbili ha pasado de cobrar siete millones la pasada temporada a 2,8 en la viniente. Ambos son dramáticos recortes que demuestran el compromiso y la generosidad de estos dos grandes del baloncesto.

En el polo opuesto a nivel salarial, gracias en gran parte a los dos futuros hall of famers del párrafo anterior, están Green y Leonard, el primero en su apogeo y el segundo a gran nivel pero aún joven, que ven sus sueldos crecer como merecido reconocimiento al papel aportado, con especial hincapié en el anillo conseguido en 2014.

Hay salidas dolorosas, como el fiel y correcto Splitter, o el buen anotador y tirador Belinelli, pero son correctamente reemplazados por las nuevas incorporaciones y lo ya existente.

Los Spurs prometen ser de nuevo el equipo jugando el mejor baloncesto de la NBA, siendo el único misterio el mismo que venimos afrontando desde hace años: ¿hasta cuándo podrán Duncan y Ginóbili rendir a gran nivel? La inevitable decadencia deberá llegar en algún momento, y de hacerlo esta temporada sus posibilidades de anillo quedarían muy reducidas. Sin embargo, con la siempre correcta gestión del minutaje de Popovich, y con la sensación de inmortalidad que estos dos veteranos ya han logrado emanar, sumando los buenos movimientos de verano, los de San Antonio deberían ser unos dignos candidatos al anillo. La continuidad más allá de este año es, como quiera que se mire, más discutible e incluso insostenible. Quizá sea esta temporada la última aspiración al anillo de la época Duncan

Calificación de movimientos: cinco estrellas.

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5. Memphis Grizzlies (55-27)

Incorporaciones: Brandan Wright, Matt Barnes

Renovaciones: Marc Gasol, Jeff Green

Elecciones del draft: Jarell Martin (#25), Andrew Harrison (#44, llegado vía Seattle… Phoenix, perdón)

Salidas: Kosta Koufos, Jon Leuer, Luke Ridnour

La mejor noticia del verano en Memphis ha sido la renovación del pívot más completo de la NBA, Marc Gasol (quizá en lucha por el puesto con el asimismo descomunal DeMarcus Cousins). Desde luego la renovación ha salido a un altísimo precio, algo más de ciento trece millones de dólares por cinco años —siendo el quinto optativo a elección del jugador—, pero la franquicia ha estimado conveniente el sacrificio con tal de mantener a un jugador querido y respetado no solo en Tennessee si no en toda la NBA.

Es también una buena noticia la renovación de Green, que llegó el año pasado a Memphis para dotar de una nueva arma ofensiva a un equipo algo carente en esa faceta.

Para aportar en ese sentido llega Jarell Martin del draft, un atlético ala-pívot que destaca en el campo del rival mientras que carece en el propio —algo que en un equipo tan rocoso como son los Grizzlies debería aprender a mejorar rápidamente—. Aunque la mejor de las incorporaciones es el despiadado Matt Barnes, un jugador de 3+D que debería encajar a la perfección en el esquema de Memphis dadas sus cualidades y las del equipo.

En cuanto a las salidas, se va un inconstante Koufos, reemplazado por el entrante Wright, un aparentemente más rotundo jugador que sin embargo y de modo sospechoso llega a su cuarto equipo NBA en dos años. Dejan también el equipo Leuer y Ridnour, dos pérdidas intrascendentes.

La sensación que queda tras todos estos movimientos es que la franquicia va a seguir el mismo rumbo. Fueron la pasada temporada el segundo equipo que menos puntos encajó tras Utah, con lo cual su defensa no admite críticas. Es el apartado ofensivo el que deberían mejorar, y las incorporaciones de este año no parecen ser suficientes como para paliar esa deficiencia. Varios jugadores terminan contrato el año que viene, y con Gasol asegurado, va a ser interesante ver cómo se mueven en Memphis para tratar de hacer de su muy buen equipo uno que verdaderamente aspire al anillo.

Calificación de movimientos: cuatro estrellas.

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4. Houston Rockets (56-26)

Incorporaciones: Ty Lawson, Marcus Thornton

Renovaciones: Patrick Beverley, Corey Brewer, KJ McDaniels, Jason Terry

Elecciones del draft: Sam Dekker (#18), Montrezl Harrell (#32)

Salidas: Josh Smith, Nick Johnson, Pablo Prigioni, Kostas Papanikolaou

James Harden. Fotografía: Drew Goodman (CC)
James Harden. Fotografía: Drew Goodman (CC)

El ejército de una sola barba —pero qué barba—, de nombre James Harden, debería volver a estar entre los tres mejores anotadores de la liga la temporada que viene, tras tres años consecutivos en el top 5.

Todas las renovaciones son positivas, con un Brewer crecido desde que llegó desde Minnesota, unos Beverly y McDaniels que si consiguen librarse de las lesiones tienen un futuro muy esperanzador, y un veterano como Terry que, a pesar de estar lejos de sus números con Atlanta y Dallas cuando aún estaba en su plenitud física, sigue siendo un jugador temible en los momentos finales del partido.

Ty Lawson viene para hacerse con el papel de base titular, y debería aportar mucho a nivel ofensivo así como liberar a Harden de tareas como subir el balón, si es que accede a prescindir de esa función, lo cual debería hacer. Lawson es un base con grandes fundamentos y sin miedo a cualquier rival, que encajará en la filosofía de un equipo muy dado a atacar como planteamiento defensivo. En el otro lado de la balanza, sus problemas con el alcohol son el motivo por el cual en Denver aceptaron a traspasarlo a cambio de cuatro jugadores de tercera categoría.

Dekker, llegado desde el draft, suele ser comparado con Chandler Parsons, antaño militante de los Rockets. Está por ver su evolución, pero no es de entrada una mala referencia.

Las bajas de Johnson, Prigioni y Papanikolaou son insustanciales, pese al buen papel llevado a cabo en algún que otro momento por todos ellos la pasada temporada, eso sí: de forma muy aislada. Sí es más dañina la baja de Josh Smith, una importante pieza en los Rockets que ha decidido irse a uno de los grandes rivales en el oeste, los Clippers.

La incorporación de Lawson debería ser de mayor incidencia que la pérdida de Smith. Al fin y al cabo era este un equipo náufrago de base más que de un cuatro dado a las excursiones inexplicables a la línea de tres, imaginando ser Nowitzki. Un Dwight Howard y un Terrence Jones sanos lograrán que nadie recuerde que J-Smoove jugó alguna vez en Houston.

En definitiva, un balance positivo que promete continuidad para un equipo rápido y vistoso.

Calificación de movimientos: cuatro estrellas.

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3. Los Angeles Clippers (56-26)

Incorporaciones: Josh Smith, Lance Stephenson, Paul Pierce, Wesley Johnson, Luc Mbah a Moute, Chuck Hayes, Cole Aldrich, Pablo Prigioni

Renovaciones: DeAndre Jordan, Austin Rivers

Elecciones del draft: Branden Dawson (#56, llegado vía New Orleans)

Salidas: Matt Barnes, Spencer Hawes, Jordan Hamilton, Nikoloz Tskitishvili, Lester Hudson

Lo que parecía el inicio de un desastre cuando DeAndre «The Giant» apalabró su fichaje con Dallas, se tornó en un giro de circunstancias radical tanto para Los Angeles Clippers como para los texanos cuando se desdijo y terminó renovando con los de California.

Dejaremos el desplante del poderoso pívot de Houston para otra ocasión puesto que no es el propósito de este artículo, sin embargo su renovación fue la mejor noticia de una serie de buenas noticias para los Clippers desde que se abriera el mercado, así como fue la peor noticia de una serie de malas noticias para los Mavericks.

Renueva justamente Austin Rivers, el hijo del entrenador que se ha ganado el contrato no por línea sucesoria sino por méritos en la cancha. Destacable y emotivo fue el momento en el que Chris Paul se acercó Doc Rivers para decirle «this is the one time you can be his dad and not be his coach» ante un soberbio partido de Austin la pasada temporada.

En el apartado de las incorporaciones, muchos movimientos y de gran trascendencia: Josh Smith, contundente ala-pívot al que Doc Rivers debería apartar de su infructuosa e incomprensible tendencia a jugar dentro de la línea de triples buscando puntuar de tres en tres con resultados por lo general contraproducentes. Su 38% de la pasada temporada en ese tipo de tiros es su mejor resultado histórico, pero hay muchas mejores opciones desde esa línea en los Clippers como para justificar la opción, especialmente cuando se le necesita en la zona. Llega también el efervescente Lance Stephenson, jugador de calidad indudable pero de sesera dudosa. Otro reto para Doc, que de lograr domarlo puede aportar muchísimo a un equipo de por sí ya repleto de alternativas. Sumad a estas dos incorporaciones un veterano con galones como Pierce que puede decidir partidos por sí solo y vuelve a su ciudad natal, un zorro viejo como es Prigioni, un todoterreno en Wesley Johnson, unos excelentes defensores como son el alero Mbah a Moute, el ala-pívot Hayes y en menor medida el pívot Aldrich, y lo que tenemos es un equipo infranqueable aún y cuando los titulares se sienten en el banquillo, sin duda la gran carencia de los Clippers en las recientes temporadas.

La pérdida de Barnes es sin duda importante, y en menor medida la de Hawes, pero lo llegado de fuera suple sus ausencias con creces. Así como a Memphis, a los Clippers les faltaba ese extra para convertirse en amenazas para los grandes del oeste. Y este año han dado un gran paso en ese sentido. No podían incorporar a ninguna gran estrella (DeAndre aparte) dado el estado del mercado y su espacio salarial, pero vaya si han logrado todo lo que podían lograr.

Calificación de movimientos: cinco estrellas.

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2. Atlanta Hawks (60-22)

Incorporaciones: Tim Hardaway jr, Tiago Splitter

Elecciones del draft: Marcus Eriksson (#50), Dimitrios Agravanis (#59)

Salidas: DeMarre Carroll, Pero Antic, John Jenkins, Austin Daye

Lo más llamativo del verano en Atlanta son dos cosas: la salida de un jugador tan «atlantanesco» como Carroll y la entrada de un jugador tan poco «atlantanesco» como Hardaway Jr. Son ambos movimientos a priori inexplicables.

Solo que no lo son.

Empecemos por Carroll: ha firmado un contrato claramente hinchado con Toronto que Atlanta no debería haber igualado. En primer lugar por lo hinchado y en segundo lugar por las alternativas: el joven Kent Bazemore hizo un muy buen papel la pasada temporada. Sin estar al nivel de DeMarre en el tiro más allá de los 7,62 metros, es joven y con capacidad de mejora en ese aspecto. Es un gran defensa y una bestia en el contragolpe y el ataque al aro rival. También el suizo Sefolosha palía la baja defensiva de Carroll así como el soporte desde la línea de tres. Incluso uno de los mejores triplistas de la liga (y de la historia) como Kyle Korver podría asumir la posición de alero para dar lugar en el puesto de escola al que abre el nuevo párrafo.

Hardaway Jr. ha demostrado ser un jugador con sobrada calidad ofensiva pero al mismo tiempo una elección de tiro cuando menos discutible. Llega no obstante al equipo más sesudo de la liga junto a San Antonio, y si Budenholzer (como apuntamos en la anterior parte, elegido como el mejor entrenador de la pasada temporada) logra moldearlo, puede ser un escolta anotador muy dañino para la línea rival, algo que Atlanta necesita. Hardaway aporta cosas que Korver, pese a su excelente tiro exterior, no logra aportar en cuanto a penetración de la defensa enemiga y por lo tanto apertura de segundas opciones.

Llega Splitter reemplazando a Antic, lo cual supone una indiscutible mejora para la suplencia del pívot titular Al Horford. A menos que venga a ser titular, Horford pase a hacer de cuatro y Paul Millsap a hacer de alero, una alternativa interesante pero quizá inviable en un contexto de small ball y juego rápido.

Dadas las circunstancias, han jugado bien sus cartas y no han caído en una costosa renovación con Carroll, dejando así las puertas abiertas para posibles futuras incorporaciones de nivel (y la excepción salarial Early Bird para renovar a Millsap). Las únicas dudas vienen en cuanto a si serán capaces de mantener el nivel cuando lleguen a playoffs. El año pasado su rendimiento cayó dramáticamente; quizá Splitter, un veterano en esto de partidos a vida o muerte, logre contagiar al vestuario con la serenidad del guerrero curtido.

Calificación de movimientos: cuatro estrellas.

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1. Golden State Warriors (67-15)

Incorporaciones: Jason Thompson, Chris Babb

Renovaciones: Draymond Green, Marreese Speights, Leandro Barbosa, Brandon Rush

Elecciones del draft: Kevon Looney (#30)

Salidas: David Lee, Justin Holiday, Gerald Wallace

Stephen Curry. Fotografía: Noah Salzman (CC)
Stephen Curry. Fotografía: Noah Salzman (CC)

Ningún equipo logra un 80% de victorias en la NBA sin ser un equipo sobresaliente a todos los niveles, y eso es lo que fueron los Warriors la pasada temporada. Desde la reinvención del concepto de base anotador por parte de Stephen Curry, pasando por lo insultante de la eficiencia de Draymond Green, hasta llegar al récord de anotación en un cuarto de Klay Thompson con 37 puntos, ahí es nada, los GSW de Steve Kerr fueron un torbellino baloncestístico que enamoró a cualquiera que disfrute de este deporte.

Las cosas como son: de haberse topado en las finales ante unos Cavaliers con Kyrie Irving, Kevin Love y Anderson Varejao, otro gallo podría haber cantado, pero es indiscutible que los momentos que este equipo nos ofreció la pasada temporada difícilmente serán ofrecidos por ningún otro. A menos que sea por ellos mismos. Y en esas están.

La renovación de Green es una excelente noticia, y se ha ganado el sueldo máximo con creces con trabajo duro y siendo siempre un sacrificado jugador de equipo. También es buena la renovación de otro jugador interior intensísimo como Speights. Barbosa ya no es el jugador velocísimo de antaño pero el que tuvo, retuvo. Lo de Rush es insignificante, a decir verdad.

El toque negativo está en el balance entre lo que deja el equipo y lo que llega. Si bien Holiday no es digno de ser llorado, sí puede serlo David Lee, excelente incorporación desde el banquillo para los Warriors hasta ahora, que llegó a cambio de Wallace y Babb. El primero fue inmediatamente traspasado a cambio de Thompson, que junto al rookie Looney suponen el pobre recambio para Lee. Es de suponer que la intención de Golden State tras el traspaso haya sido la de liberar espacio salarial y quizá también conceder al jugador su deseo de titularidad que le permita aspirar a ser nuevamente all-star.

No hay nada que nos haga pensar que no vuelvan a superar el 80% de victorias, que no vuelvan a tener al MVP en forma del sencillamente admirable Curry, ni siquiera de que no vuelvan a ganar el anillo. Pero teniendo el aura del campeón quizá deberían haber logrado algo mejor que perder a su sexto hombre a cambio de nada.

Calificación de movimientos: tres estrellas.

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Lo que nos queda por delante es otra apasionante temporada de baloncesto con muchos equipos dignos de lograr el anillo. Por motivos reduccionistas nos dejamos en el tintero escuadras con mucho que contar, de las cuales podremos disfrutar sin duda alguna en la temporada viniente. ¿O acaso no son dignos de ver Kobe, Carmelo, George, Dragic, Wade, Cousins, Drummond, Wiggins o Ricky?

Feliz 2015-2016 a todos.

Menos a Portland.


Manual para no desconectar en vacaciones

Connection, I just can’t make no connection.
But all I want to do is to get back to you.
(«Connection»,The Rolling Stones).

El sol brilla con fuerza y ha puesto la calma en las olas y el amarillo en las banderas. Mucha gente en la playa. Desde primera hora de la mañana hordas de buscadores de pepitas de sol embadurnadas de protectores solares enfilan hacia el arenal con sus niños, sus sillas playeras y sus viseras de cajas de ahorros variadas. Nunca me ha gustado tomar el sol. Y menos en playas habitadas. Desde el sitio de mi recreo veo llegar a unos vecinos para quedarse un mes en la casa de al lado. «¡Aquí sí que desconecta uno de todas las preocupaciones!», vocifera un andoba gordezuelo mientras saluda al portero de la finca. Sigue admirándome esa gente que se afana por buscar nichos de vacaciones donde desconectar del trabajo, de las preocupaciones, de los afectos demediados; como si fuese una nueva acepción del llamado «kilómetro sentimental»: piensan que la lejanía física ayuda a olvidar el drama, por ejemplo, de los malos resultados económicos, de los conflictos familiares o de una historia de amor no correspondido. Desconectar, desconectar, desconectar… es la obsesión de un país donde apenas si se desconecta a los enfermos terminales que lo piden. El periodista Arcadi Espada decía hace un par de años que un hombre que vive de la actualidad no puede desconectar nunca de los canales de información y que le hacían mucha gracia esos tipos ufanos con «caradelquesabe» que en los hoteles se jactaban de encender el móvil solo una hora al día pero que pasaban las otras veintitrés horas remirando sus smartphones con cara de angustia infinita. Yo creo que no solo el tipo que vive de la actualidad debe permanecer siempre en guardia. También debe hacerlo cualquier otro que tenga algún cargo de responsabilidad sobre el devenir de los demás. Y en general, debe quedar libre y absuelto del pecado de desconexión todo aquel ciudadano que disfrute con la vida, que nos ha dado tanto… La necesidad de desconectar en vacaciones es una impostura, como la del que va al psicoterapeuta a cambiar su vida. Porque nadie va a una psicoterapia a cambiar nada. En general, la gente va a hacer una psicoterapia para que les sequen las lágrimas, les suenen los mocos y para que les digan que no lo están haciendo nada mal pese a que lleven una vida harto desgraciada. La tan manida necesidad de desconectar encubre básicamente el deseo de hacer durante un tiempo lo que nos da la gana lejos de miradas indiscretas. La necesidad de desconectar también tiene algo de bovarismo, de ensimismamiento bobalicón. Y también un punto de rendición y búsqueda de la madre amniótica, como hacen los enfermos alcohólicos, que buscan aturdirse para recordar a aquella madre que nos protegía de los peligros desde su vientre porque aún no habíamos nacido pero ya bebíamos de su boca.

Yo soy de los que no desconecto cuando voy de vacaciones. Soy non-stop. Yo he guasapeado debates desde la celda de Chopin en Valldemossa. He contestado mails desde una representación operística, desde el Musée D’Orsay en plena exposición de la obra de Van Gogh y en mi última visita a la serenísima Venecia envié cientos de guasaps a diecisiete personas.Yo me acuso, bestia inmunda y pecadora, pero parte importante de la felicidad es poder contarla. Lo que se hubiesen divertido Camba, Cunqueiro o González Ruano ( al que por cierto ya se le reprocha ¡hasta el bigote¡) con dilemas de este calado.

Gran parte de la insistencia en estas recomendaciones veraniegas de desconexión masiva proviene de movimientos demagógicos como los que ha diseminado con sus buenas intenciones la llamada psicología positiva que lidera el psicólogo cazarrecompensas Martin Seligman y que la escritora norteamericana Barbara Ehrenreich ha criticado con dureza en su excelente libro Sonríe o muere. Las trampas del pensamiento positivo. (Turner, 2012) De los creadores del «síndrome posvacacional», la «búsqueda de la felicidad», la «resiliencia», el mindfulness o la «inteligencia emocional», o la rentable industria del lacito rosa en la lucha contra el cáncer de mama, nos llega ahora la «desconexión veraniega» de todo lo que tenga que ver con nuestro trabajo o, más grave aún, todo lo que huela a nuevas tecnologías: hay que romper con la red en vacaciones. En España, aparte de los psicólogos positivos habituales de dominicales o suplementos de piscina y playa, podemos incorporar a este grupetto de teorizantes salugénicos a los psiquiatras Rojas (Luis y Enrique, que no son parientes), al cardiólogo Fuster e incluso a Eduard Punset, que canta un conocido bolero donde dice que tiene el alma en el cerebro. Por supuesto, las pruebas aportadas por ellos son escasas y todos sus libros tienen más de opinativo, de doxa que de episteme, que es lo que cabría esperar. Sin que sea una llamada a la hilaridad, el grupo de psicólogos positivos más cientifista publica habitualmente en Journal of Happiness Studies, una revista de alto impacto.

Sobre la influencia de Internet en nuestra vida cotidiana hay mucho escrito y poco demostrado. Que nuestra forma de vida, de leer y de percibir el tiempo y el espacio han variado es algo incuestionable. Me parece respetable el libro de Nicholas Carr sobre el asunto. Parece ser que nuestra capacidad de concentración y atención no es que haya disminuido pero sí ha cambiado. A cambio hemos ganado en otros cuantos parámetros que, naturalmente, los apocalípticos de la red, tipo Manfred Spitzer, se esfuerzan en ocultar. Pero insisto en que aún harán falta varios años para que los estudios que valoran los efectos cognitivos del uso de internet rindan resultados extrapolables a la población general.

Al respecto de todo esto hay una curiosa historia que involucra a la escritora triestina Susanna Tamaro. Ya saben, la laureada autora de esa maravilla del sirope y el merengue que fue el best seller Donde el corazón te lleve (1994). Susanna Tamaro, cuyo reino hace tiempo que no es de este mundo, escribió en julio de de 2013 una columna para la revista Mujer Hoy titulada «La quiebra de la atención» donde, a raíz de un triste episodio sucedido en Italia en el que un padre olvida a su bebé en el coche y el niño muere asfixiado de calor, abomina de los usuarios habituales de las nuevas tecnologías y dice cosas como: «la irrupción de las tecnologías de comunicación instantánea ha quebrado por completo nuestra capacidad para mantener una atención profunda». Y también que: «estar siempre conectados y distraídos con toda una serie de llamadas, alertas, lucecitas y pitidos nos ha conducido a una constante quiebra de la atención. Y con ella hemos perdido también la capacidad de estar despiertos y presentes en las relaciones más vitales que pueblan nuestra existencia».

Bueno, pues un añito después, el 19 de de julio de 2014, la bucólica escritora, que vive en un pueblecito toscano entre vacas y ovejas donde todos se conocen y se llevan fenomenal, propone, tras una serie de complejos quiebros lógicos, como solución a la soledad y el autismo que sufren quienes viven en las grandes ciudades lo siguiente: «Afortunadamente, la naturaleza humana, cuando se le cierra la puerta en las narices, vuelve a entrar por la ventana…». Y remata a puerta vacía: «De esta forma, la red propicia que surjan nuevas aldeas hasta en entornos genuinamente urbanos, lo que permite que los individuos emprendan un viaje de regreso y vuelvan a ser personas abiertas, atentas y serviciales con sus semejantes». ¡Vaya!, la red, un monstruoso producto cultural el verano pasado reaparece ahora convertida en parte fundamental de la naturaleza humana. ¡Qué lejos nos lleva il cuore, Tamaro! ¡Como para fiarnos!

Yo creo que esto de la conexión o desconexión en verano es algo muy personal y que tiene que ver con el trabajo y con la biografía de cada uno y con sus perspectivas de futuro. Sí que parece más recomendable cambiar durante un par de semanas el decorado en el que pasamos la mayor parte del año. ¡Redecora tu vida!, decía un publicidad de Ikea de hace años. Eso es cierto y ayuda a introducir cambios en nuestra forma de vida. Pero por lo demás tampoco hay por qué ir por ahí estigmatizando a nadie porque en verano se pegue un atracón de guasaps o se lo pase pipa tuiteando con los colegas. O incluso, trabajando, si le apetece. A este respecto me encantó la frase que el gran actor Tony Servillo dejó caer en una entrevista para El País hace unos meses:

(…) la renuncia, la fatiga y el sacrificio. Y no lo digo con dolor, pero esos son los elementos clave de mi trabajo. Nada de narcisismo ni autocomplacencia. He basado mi oficio en la plena convicción de que disfrutaba gastándome. Y el día que se acabe, se acabó. 

Por eso a muchos nos encanta trabajar casi todo el año y descansar cuando la ocasión lo sugiere y no cuando lo ordenan los Santos. Porque, como Jep Gambardella, somos conscientes de que la felicidad que nos disfrutemos hoy no la vamos poder recuperar mañana.


Los libros son para el verano

Foto: Pixabay (CC)
Foto: Pixabay (CC)

Teclea en Google las siguientes palabras: «lecturas de verano 2014». Vas a obtener unos 5.190.000 resultados y me temo que en menos de tres meses no te va a dar tiempo a leerlo todo. No te preocupes. Aquí va un resumen de doce, una lista tan personal como heterodoxa de libros con los que pasar estos meses de estío.

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1. La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides (Editorial Anagrama)

trama-nupcial-jeffrey-eugenidesLa vida es eso que pasa entre novela y novela de Eugenides, acontecimiento que solo se produce una vez cada siete años. En esta ocasión nos presenta a una heroína moderna de Jane Austen que lee compulsivamente Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes y que juega a los amores imposibles. No eres tú, es Madeleine Hanna, tu compañera de tumbona perfecta.

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2. Nobles y rebeldes, de Jessica Mitford (Editorial Libros del Asteroide)

noblesEl retrato de las seis hermanas Mitford realizado por una de las hermanas Mitford. Las hijas del excéntrico barón de Redesdale eran irreverentes y políticamente incorrectas: una comunista, una fascista, una duquesa, una escritora famosa… Un libro que mezcla felicidad, ternura, política e historia contemporánea. Y prologado por el eterno Christopher Hitchens.

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3. Los suicidas del fin del mundo, de Leila Guerriero (Editorial Tusquets)

suicidasEntre 1997 y 1999 una docena de jóvenes se suicidaron en Las Heras, un pequeño pueblo de la Patagonia argentina. Hasta el fin del mundo viajó Leila Guerriero para intentar desentrañar qué los había conducido al abismo. Una crónica que podría ser una novela. Atentos a cómo suena el viento a lo largo de las páginas del libro, porque la música de los textos de la Guerriero es uno de sus mayores encantos.

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4. Técnicas de iluminación, de Eloy Tizón (Editorial Páginas de Espuma)

cubierta_TIZON_imprentaEl relato corto es el hermano del medio, el que está entre la poesía y la novela, el jamón york del sándwich. Pero Tizón lo reivindica aquí como jamón de pata negra. Déjate iluminar por el mejor cuentista del país y disfruta de un final tan inconcluso como perfecto: «Hasta que un día».

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5. Camarón de la Isla. El dolor de un príncipe, de Francisco Peregil (Editorial Libros del KO)

moscu_2Un viaje del infierno al cielo y de vuelta a los infiernos. Eso fue la vida de José Monge y este libro, publicado originalmente en 1993 y reeditado ahora por Libros del KO, es un quejío que conmueve a los que nunca se conmovieron con el cante de Camarón. Y además, discutamos: ¿es La leyenda del tiempo uno de los mejores discos de la historia del rock español?

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6. Chesil beach, de Ian McEwan (Editorial Anagrama)

chesilEl «McEwanismo» debería ser declarado como religión. Eso, vaya por delante. El escritor inglés nos presenta aquí a Edward y Florence, una joven pareja que va a pasar su noche de bodas a un hotel junto a Chesil Beach. Una novela corta y una historia de amor de regusto amargo. ¿Como todos los amores de verano?

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7. La trabajadora, de Elvira Navarro (Editorial Mondadori)

RH28061.jpgEntre la rodaja de sandía, la paella y el mojito, a veces es necesario atragantarse con una novela que narra la crisis económica y la crisis personal. Una historia a medio camino entre la precariedad laboral y la salud mental. ¿Una es consecuencia de la otra? Apuntad el nombre de Elvira Navarro, que se suma al de una generación tan necesaria como pujante; la que encabezan Marta Sanz, Belén Gopegui o Isaac Rosa.

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8. Demasiada felicidad, de Alice Munro (Editorial Lumen)

demasiadaHay que fardar diciendo que has leído al último nobel de literatura. Y hay que disfrutar buceando por los relatos de Munro. Cuando la academia sueca reconoció su trayectoria muchos la compararon con Chéjov. Pero no. La grandeza de Munro es que posee un universo propio, y Demasiada felicidad es una buena forma de adentrarse en él.

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9. Vivir de noche, de Dennis Lehane (Editorial RBA)

vivirViaja hasta el Boston de las décadas de 1920 y 1930, en plena Ley Seca, y comprueba si es posible empatizar con un gángster. Su nombre: Joe Coughlin. Tampoco olvides que el género negro es uno de los mejores amigos de la sombrilla.

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10. Cosas que hacen BUM, de Kiko Amat (Editorial Anagrama)

cosasEl estilo de Amat es indefinible, el del protagonista de este libro, Pànic Orfila, ídem. Pero apunta algo de lo que dice: «La obsesión es el gemelo maligno de la pasión; van juntos de la mano hasta que uno asesina al otro, y al final solo queda el beso solitario y frío de la obsesión».

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11. El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald (Editorial Nórdica)

gastbyHasta que te toque la Primitiva y puedas comprarte una mansión en Long Island tendrás que conformarte con la opción de pasar el verano allí gracias a las aventuras de Jay Gatsby y Daisy Buchanan. La edición ilustrada de Nórdica te ayudará a recrear el ambiente. Ha sido, es y será, el clásico al que volver cada mes de agosto.

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12. Hasta Aquí, de Wislawa Szymborksa (Bartleby Editores)

hastaUn libro que reúne los trece poemas póstumos de la premio Nobel polaca. El punto y final de su obra. Su forma de levar anclas.

Y al final dejé de saber
qué era lo que tanto buscaba

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* Nota a pie de página: los libros son para vivirlos. No tengas miedo de doblarlos, subrayarlos, mancharlos o llenarlos de arena de playa.


20 canciones veraniegas para la playa y la montaña

BeachBoys

Nuestra lista completa en Spotify

Al hablar de música y verano nunca está de más huir del tópico de «la canción del verano», categoría bajo la que se ha castigado a la raza humana con algunos de los estribillos más criminales de todos los tiempos. Así que no, mejor olvidemos lo de la «la canción del verano». Pero sí resulta interesante recordar algunas de las canciones más célebres que se han escrito teniendo la estación más cálida del año como inspiración. Canciones que tan pronto expresan alegría, ganas de vivir y de divertirse, como pereza, sopor un ritmo vital ralentizado. Sea como fuere, un poco de todo para amenizar los meses en los que reina el sol:

Summertime, por Billie Holiday: Uno de los temas más célebres escritos sobre el verano y probablemente una de las canciones más versionadas de primera mitad del siglo XX. Fue escrita por el gran George Gershwin para la «ópera negra« Porgy and Bess, aunque la canción se convirtió posteriormente en un standard recurrente en el repertorio de las bandas de jazz y artistas diversos. La melodía capta a la perfección la pesadez y el aire de indolencia asociados al calor estival: hay que tomarse la vida con calma, especialmente quien puede permitirse hacerlo o quien no tiene otro remedio. Entre los innumerables artistas que la han interpretado están Ella Fitgerald, John Coltrane, Sam Cooke, Janis Joplin… pero pondremos aquí la versión de la única e irrepetible Lady Day, quien fue la primera en llevar Summertime a las listas de éxitos:

Summertime Blues, por Eddie Cochran: Una de las melodías únicas, características e inconfundibles que Cochran escribió y grabó antes de morir prematuramente en un accidente de automóvil. El joven Eddie era evidentemente un genio, no cabe duda, porque cualquier recopilación de sus canciones tiene tal nivel medio de inspiración que parecería el «grandes éxitos» de un artista con una carrera más o menos larga… pero no, hablamos de alguien que murió, ¡con 21 años de edad! Este «blues del verano» habla sobre un chaval joven que anhela escapar de sus obligaciones para irse de fiesta, y forma parte de la espina dorsal primigenia de la música rock. Y al igual que C’mon everybody, 20th fight rock o Somethin’ else, ha sido interpretado por muchos otros artistas —a destacar la arrolladora versión que The Who solían hacer en directo y que solo puede calificarse como atómica— pero creo que Eddie bien merece que pongamos la maravillosa grabación original:

(Love is like a) Heatwave, por Martha Reeves & The Vandellas: Estas chicas fueron las intérpretes de otro superclásico centrado en torno al verano, Dancing in the street, aunque este tema también merece el recordatorio. Nos dicen aquí que el amor veraniego es como una ola de calor; metáfora fácil, sí, pero indiscutible. Sonido típicamente Motown y energía contagiosa en lo que fue uno de sus mayores éxitos de principios de los 60:

Hot fun in the Summertime, por Sly & The Family Stone: Otra oda melódica al verano, repleta de cuidadísimos arreglos y contrapuntos de cámara escritos por Sly Stone en sus años de gloria. Como de costumbre en esa época de la banda, Sly se reparte las voces con sus hermanos Rose y Freddie, y con el bajista Larry Graham. Ya he hablado más de una vez de este grupo, así que poco queda que añadir. Una maravilla, como todo lo que componía Sly en aquellos tiempos:

Summer in the city, por The Lovin’ Spoonful: El mayor éxito en la breve historia del grupo liderado por el estadounidense John Sebastian, cuya música influyó a un cierto número de importantes bandas de los 60, Beatles incluidos. Posee una de las estrofas más reconocibles de aquella década, y de hecho Jimmy Page admitió más adelante que había copiado el riff principal de Summer in the city para elaborar la famosa versión de Joan Baez (Baby I’m gonna leave you) que Led Zeppelin incluyeron en su álbum de debut:

Summer madness, por Kool & The Gang: Uno de los grupos punteros del funk setentero, cambian de registro en este instrumental para adoptar sonidos más jazzy y así reproducir el ambiente de una noche veraniega. Cócteles, trajes elegantes, chicas guapas y mucha, mucha calma para lo que era habitual en ellos por aquellos años.

El verano, por Antonio Vivaldi: Quizá no es el pasaje más popular de Las cuatro estaciones, pero esta pieza capta con inexplicable habilidad la pesadez del sol estival, de la calma chicha y del pacífico bochorno veraniego. Una maravilla, como todo el resto de la suite, a la que solamente le falta ser interpretado en un bosque repleto de cigarras:

Summertime rolls, por Jane’s Addiction: A principios de los 90, decían los miembros de esta banda que la diferencia entre ellos y la oleada grunge era que grupos como Nirvana, Soundgarden o Alice in Chains provenían de la lluviosa Seattle y hacían por tanto música oscura, mientras que Jane’s Addiction vivían en la soleada California, relajándose en las playas, tomando el sol y básicamente disfrutando de la vida, por lo que las temáticas de sus canciones eran bastante más vitalistas. El mar, la playa y el verano aparecieron en varias de sus canciones. Y ellos mismos ponían como ejemplo precisamente esta Summertime rolls como ejemplo del espíritu de la banda: una atmosférica oda al verano que empieza casi en el vacío y va llenándose de instrumentos minuto a minuto, con guiños incluidos a la psicodelia sesentera:

Surfin’ USA, por The Beach Boys: Inevitablemente tenían que aparecer aquí los «chicos de la playa» y una de las diversas canciones que dedicaron al océano, el surf y el verano en general. Dicen aquí que todo territorio en los Estados Unidos debería tener el mar al lado, por más que —como es sabido— solamente de uno de ellos era realmente aficionado al surf. Pero eso poco importa, o tampoco el que le copiasen (probablemente sin querer) la melodía a Chuck Berry, porque esta es sin duda una de las canciones veraniegas por excelencia:

Long hot summer night, por The Jimi hendrix Experience: Con un sonido más soul que en sus dos primeros álbumes, también Hendrix se inspiró en el verano para grabar este tema de luminosas e irresistibles melodías que rayan el gospel y una exuberante profusión de arreglos:

In the summertime, por Mungo Jerry: Si este grupo británico pasará a la historia por algo, será sin duda por haber tenido la suerte de escribir una de las Canciones Pegadizas Por Excelencia. Creo que prácticamente cualquier persona puede reconocer esta melodía al instante, aunque no sepa quién la compuso o no sea capaz de poner cara a quien la canta:

Under the boardwalk, por The Drifters: Nada mejor para aprovechar el calor del verano que un paseo por la arena a los pies de un transitado y alegre paseo marítimo. Una canción que quizá a algunos no les suene al principio, pero cuyo estribillo es tan simple, efectivo e inolvidable que seguro les retorna a algún rincón de la memoria.

Rockaway beach, por The Ramones: Playa, rock & roll y un puñado de jóvenes dispuestos a bailar, divertirse y hacer toda clase de estupideces insensatas. Poca gente tan indicada para ponerle banda sonora a esta escena como los neoyorquinos Ramones, los desaparecidos reyes del himno rockero adolescente, que de vez en cuando —o eso deducimos aquí, aunque nunca lo hayamos visto— abandonaban sus jeans y sus chaquetas de cuero para enfundarse unas bermudas:

Summer Nights, por John Travolta y Olivia Newton John: Una de las mejores y más irresistibles canciones de lo que por otra parte es una brillante banda sonora, en la que ambos protagonistas rememoran un amor de verano dando diferentes versiones: una orgía de sexo según él, y un romance repleto de melaza según ella. La película es entretenida, pero lo mejor es la música:

 

The girl from Ipanema, por Stan Getz & João Gilberto: De toda esta lista es con seguridad el tema que más versiones distintas ha conocido, por parte de más artistas de todo el mundo. Una melodía inmortal escrita por el gran Antonio Carlos Jobim que cualquier persona puede tararear de memoria sin pensar apenas; esto es, una melodía perfecta que se inserta inmediatamente en cualquier cerebro humano. La canción parece sencilla a primera escucha, pero es un alarde de musicalidad e inspiración que, al menos a mí, nunca ha dejado de sorprenderme. ¿Una de las mejores canciones del siglo XX? ¡Sin duda!

Walking on sunshine, por Katrina and the Waves: No podía faltar este tema, aunque solo fuese por tratarse de La Canción Que Sonó En Todas Partes A Todas Horas. Un éxito universal de los 80 cuya melodía optimista nos habla de lo divertido que es caminar bajo el resplandor del sol veraniego. Cuando no estás trabajando, claro.

Peaches, de The Presidents of the USA: El campo, el verano, suculentos melocotones para merendar… aunque el mensaje de la canción es más que nada un cachondo doble sentido de naturaleza sexual, es una canción que rememora la vertiente más campestre del estío. Absolutamente ideal para sembrar el caos en un chiringuito playero. Y ese videoclip… para rodar un gran vídeo no hacen falta dinero ni efectos especiales. Solamente se necesitan… ¡ninjas! Grandioso.

School’s out, de Alice Cooper: Llegan las vacaciones. Alice y su banda expresan como nadie la alegría de un puñado de críos que afrontan la llegada del verano, fantaseando con que nunca tendrán que volver al colegio, que con un poco de suerte quedará reducido a pedazos para siempre. Y qué decir, un clásico inmortal del rock & roll. Por fin… ¡se terminó el colegio!

Sunny afternoon, de The Kinks: Una de las mejores bandas de rock de todos los tiempos liderada por uno de los mejores escritores de canciones. Eso, combinado con una soleada tarde de verano… evidentemente el resultado tenía que ser monumental. El genio de Ray Davies en todo su esplendor y una bellísima joya inmortal de la que uno nunca podría cansarse:

Here comes the sun, por The Beatles: Ya hablamos de este tema en el artículo sobre George Harrison, quien compuso el tema durante una soleada tarde —mientras estaba tranquilamente sentado en el jardín de la casa de Eric Clapton— para celebrar la llegada del verano. Poco queda que decir, excepto que es una verdadera maravilla, claro:

 


Un cuento de verano

Hoy no voy a hablar de cohetes, ni de viajes espaciales, ni de neutrinos. De hecho, hoy, no voy a hablar, excepto para presentar a la autora del muy peculiar Cuento de Verano que os ofrece Faster than light.

Diré antes que nada que su velocidad media justificaría ya su participación en un blog en el que venimos hablando de viajes desde hace tiempo. Mi amiga Concha se mueve bastante más deprisa que los mortales comunes, al menos en el sistema de referencia de la Tierra, donde se pasa la vida cogiendo aviones entre dos de sus ciudades; Barcelona, donde es catedrática ICREA de física teórica, y Nueva York, donde es profesora en el C.N. Yang Institute for Theoretical Physics, en la Stony Brook University. Y eso es solo la rutina. Los físicos tenemos el vicio de acudir a conferencias en peregrinas partes del mundo y en el próximo par de meses, Concha tiene previsto pasearse por Japón, Australia, Europa y Estados Unidos. Lo dicho, su velocidad media excede los cien kilómetros por hora, incluso cuando está quietecita. Con ella, uno siempre tiene la sensación de que acaba de llegar y ya se marcha.

Ha sido siempre así, en los cinco lustros que nos conocemos. Escribimos nuestro primer artículo juntos cuando yo aún no me afeitaba (o casi) y ella provocaba infartos en sus primeras conferencias, con su licenciatura recién estrenada y aquella raya a lápiz negro bajo los ojos. Vino a California, donde yo acababa de estrenarme como post-doc aquel verano, uno de sus primeros viajes, que desde entonces se han multiplicado como los panes y los peces.

Desde entonces hemos escrito muchos artículos más, que firmamos con nuestros largos y latinos nombres J.J. Gómez-Cadenas y M.C. González-García. Considere el lector que hace veinte años no había demasiados Gómez, González, García, Pérez o Sánchez estudiando los neutrinos. La gente se confundía, no sabían si éramos dos o cuatro autores, si el tipo de la barba pelirroja (ahora es cana) y pinta de pirata era Gómez-Cadenas y la chica de los ojos negros que dejaba un reguero de corazones rotos a su paso era Gónzalez-García o viceversa. Algunos creían que el guión lo usábamos por ser de noble cuna. Otros pensaban que éramos familia (los cuatro apellidos sonaban igual en las orejas de nuestros colegas). La confusión, de hecho, aún no se ha despejado del todo. Compartimos hoy un proyecto CONSOLIDER, un fósil de los tiempos en que España no era un país arruinado y aún se invertía en investigación. Ese proyecto financia el experimento NEXT que yo dirijo, y un grupo hiperactivo de físicos teóricos liderado por Concha. Y de nuevo, en el ministerio no se aclaran si es Gómez-Cadenas el de la cámara de Xenón y González-García la hiperactiva que publica un artículo teórico al mes o the other way around.

En este cuento de verano, Concha narra una historia digna de la mejor ficción. Una historia que tiene que ver con su nombre, que tanta gente (yo mismo a veces) confunde con el mío.

Cuento de Verano

M.C. González-García

Antes de que naciera, mis padres estaban convencidos de que iba a ser un niño. No se por qué, pero es lo que pensaban. Así que tenían bien escogido un nombre para mi: Joaquín. Era el nombre de mi abuelo paterno recientemente fallecido. Cuando nació mi hermano, 6 años antes, le llamaron Juan José como un hermano de mi abuelo que emigró joven a Brasil y que por alguna razón, la familia siempre recordaba con mucho cariño.

Pero cuando decidí salir a ver el mundo, se encontraron con una niña para la cual no tenían pensado nombre. El de la abuela paterna, Isabel, ya se había usado para mi hermana. El de la abuela materna, Petra, tuvo el veto de toda la familia. Petra en los 60 sonaba realmente feo. Yo así lo recuerdo en mi infancia, pensando “pobre abuela” y lo afortunada que había sido de que se opusieran a que me llamara así. Tuvieron que llegar los 70 y los terroristas alemanes de la Baader Meinhof para que Petra dejara de sonar mal. Lo que daría ahora por llamarme Petra…

El caso es que el único nombre que se les vino a la cabeza fue llamarme como mi madre, Concepción. Pero para que no fuera exactamente igual y darme un algo de diferente, me llamaron María Concepción. Y así, en ese acto de “improvisación con rizo”, determinaron que mi vida fuera aún mas complicada de lo que luego vino a ser por su propia historia.

María Concepción es un nombre demasiado largo. A lo largo de mi vida las diferentes instancias donde lo he inscrito, lo han cortado de formas varias. Todo esto era anecdótico hasta que la informática nos trajo las bases de datos y mi vida derivó hacia otros países. Mi nombre, mutilado en formas diversas se transforma en nombres diversos que diversos países interpretan de formas diversas. En Brasil el funcionario de la Receita Federal decidió que Mª, que era como lo habían escrito en el consulado, necesitaba una “explicación oficial”, y tuve que ir a solicitar un certificado de que asegurara que en España Mª es abreviación de María. Dos días de papeleo, varias colas…

En la seguridad social norteamericana en Wisconsin se lo comieron, y me llamaron Concepción. Años mas tarde, en el estado de Nueva York se dieron cuenta, y se negaron a darme un carnet de identidad hasta que no lo corrigiera amenazándome con represalias varias por “mentir a la administración”. Para corregir el desaguisado tuve que viajar a un pueblo remoto de la isla larga y tragarme más colas. Pero finalmente conseguí llamarme, para la seguridad social gringa, María Concepción González García. Pero en el carnet de identidad del estado de Nueva York no cabe un nombre tan largo, y así pasé (en mi carnet de conducir americano) a ser M.C. Gonzalez Garcia, cosa que por otra parte no sorprendía a nadie, ya que están acostumbrados a las iniciales. Afortunadamente para mí, M.C. Gonzalez Garcia sonaba a nombre de rapero (como M.C. Hammer).

Hasta aquí, nada muy grave. Mi amigo Juanjo también había acabado con nombre de rapero, JJ, de hecho a él ha acabado por llamarle JJ (pronunciado a la gringa, yei-yei) hasta el apuntador. Una podía sobrevivir con estos pequeños inconvenientes, como también se las podía componer con tarjetas de crédito en las que aparece su nombre en tres versiones diferentes (M Gonzalez Garcia, MC Gonzalez Garcia, Maria C Gonzalez Garcia). De hecho, Pilar, la mujer de JJ (que en realidad se llama María del Pilar) se llamaba, durante la época en que ambos vivían en Boston, “Mariadel”, así, sin más.

Pero en estas Bin Laden resolvió volar el WTC y el mundo occidental, guiado por el ángel exterminador de Estados Unidos, cayó en la paranoia. El “sistema” decidió protegerse. Pero los business tienen que seguir funcionando. Las bases de datos no se terminan de unificar, los criterios no terminan de definirse de forma unívoca. La desconfianza sistemática se impone al sentido común. Y yo, y mi nombre largo, nos caemos por las grietas…

Intento comprar un billete, pero mi nombre completo no les cabe en la reserva. El billete se emite con el nombre cortado de la forma que les parece mejor. Da igual lo que les diga, “no se puede hacer nada”. Por ello no consigo hacer el check-in electrónico, porque el nombre de la reserva no es el nombre en el documento que les doy. Tengo que ir antes al aeropuerto, hacer la cola…. Cuando llego al mostrador a hacer el check-in la misma compañía en ocasiones no encuentra mi reserva, en ocasiones me riñe por no darles el nombre completo (aunque son ellos los que lo cortaron), me avisa de los miles de problemas que puedo tener al entrar en Estados Unidos, y en ocasiones me amenaza con subirme el precio porque me tienen que emitir otro billete con el nombre corregido.

Cuando llego a Estados Unidos todo esto es en vano, porque para la inmigración americana yo soy María García, y ese nombre ha caído en la lista de los nombres a verificar no matter what. Así que, sea como sea, me mandan a las mazmorras interiores donde el tiempo se detiene de forma indefinida. Pero a veces, además, me riñen de nuevo por haberle dado “un nombre falso” a la compañía aérea. A causa de esto, no puedo arriesgarme a hacer conexiones en Estados Unidos. No puedo volar a Chicago vía New York porque no sé cuánto tiempo me puede costar pasar inmigración y la compañía aérea no se responsabiliza si pierdo el vuelo. A causa de ello Iberia ahora decide que la reserva que me hicieron ellos con el nombre que les di, y que ellos mutilaron, no tiene el nombre correcto y la tienen que corregir, eso sí, a mi coste.

Y yo, María Concepción González Garcia, solo quiero ir a Fermilab a trabajar en Agosto. Y ahí están en la agencia de viajes, peleando a ver qué me cobran y quién y cómo me llaman.

 


Javier Giner: El dolor, esa sensación obscena (y otras recomendaciones)

Harto como me siento (supongo que les pasa a muchos) de los tiempos de corrección política y de patrocinio cultural bienpensante por parte de grandes conglomerados empresariales privados (y públicos, que tiene cojones) en los que vivimos, siempre me ha atraído la idea de escribir una novela victoriana o histórica (a lo Ildefonso Falcones) y titularla Tu coño moreno o alguna sandez semejante que despiste al personal. No hay nada que me pueda resultar más estimulante que imaginar los escaparates de La Casa del Libro plagados de copias de mi Tápate el conejo, buscavidas o De ti sólo me queda una almorrana y en cuanto me la quite, te olvido. De verdad. La cosa es que allá por junio, llevaba ya tiempo jugueteando con la idea de escribir un texto realmente obsceno, muy cerdo, quinqui y divertido. Algo que supurase verdadero mal gusto (que no mala educación ni griterío tertuliano, eso es otra cosa). Hablo de un compendio de letras revulsivamente ordinarias a la par que exquisitamente elitistas. El verdadero mal gusto ha sido siempre, para mí, un ARTE (sí, en mayúsculas). Suelo dejarme empapar (mi personalidad dista mucho de estar fortificada contra homenajes) por las películas que veo o por mis lecturas (también por confidencias sin ropa a altas horas de la noche) y, a comienzos de verano, andaba yo despiporrao de la risa inmerso en el Majareta de John Waters (que ahora rescata Anagrama): una colección de textos desternillantes, libérrimos y refrescantes de la mano del Pope del trash. Eufórico y algo revuelto ante semejante despliegue de acidez y verborrea, quería, mientras leía las barbaridades cómicas perpetradas por el primer Waters (hablo del Waters de comienzos de los ochenta, que escribía en Rolling Stone, al que aún le permitían los ocurrentes excesos antes de ser relegado al olvido por la “falta de financiación”), escribir algo realmente asqueroso, taleguero, rompedor, iconoclasta, heavy, incómodo, escatológico, tronchante. Desgranando sus historietas de proyecciones de Female Trouble en penales de mala muerte, sus listas de cosas que odia y que ama (verdaderos manifiestos pop ineludibles para cualquier amante del medio), sus porno-entrevistas a actrices de duodécima categoría, sólo pensaba en emularle, teñirme de mala hostia, cultura de vertedero y conseguir parir algo parecido: un texto que se pudiera leer a carcajadas heladas, con crisis de histeria y deseoso de que no termine. Una barrabasada de altura que nunca pudiese dejar leer a mi madre y que me hiciese sentir heredero de la máxima condena en el infierno. Una nueva vuelta de tuerca al underground, si es que eso es posible con lo manoseado que lo tenemos ya. Por ejemplo: una diatriba de la colección de amantes inexistentes de mi verano, salpicado todo con descripciones sodomitas de comedia de quinta o escarceos sexuales con amazonas a lo Kathy Bates en cárceles del extrarradio o un estudio de las válvulas de escape ante la presión de los mercados del ojete de Zapatero o mis aventuras lisérgicas intentando conseguir las subvenciones del Ministerio de Cultura, a lo Berlanga con un toque de Tinto Brass y mucho Kenneth Anger (al referirme a los funcionarios y funcionarias). Algo así.

Pero, como digo, eso fue a comienzos de verano, antes de saber que Waters nos estaría visitando en el Festival Rizzoma en Madrid en septiembre (quién pudiera, joder) y después de terminar su Majareta (que recomiendo vivamente a cualquiera que sea lo suficientemente desprejuiciado como para poder divertirse en soledad y que aún conserve algo de la curiosidad, anti-saber-estar, lucidez y sentido del humor que se han empeñado en arrebatarnos).

Luego, sin embargo, como ocurre cuando te entretienes haciendo planes, construyendo rutas y estableciendo objetivos, todo cambió. La vida, supongo.

Y cambió, curiosamente, de la mano de otro gran prestidigitador de la palabra y las imágenes, otro extraterrestre rompedor de estereotipos, prejuicios y andamios sociales, otro enfant-terrible descarado y divertidísimo, esta vez nacional: Pedro Almodóvar. Tuve el inmenso placer y honor de acudir a uno de los primeros pases de su última película, La piel que habito. Y en el momento en el que abandoné la sala, desconcertado, emocionado, estimulado, superado, descolocado, supe que ya no escribiría algo divertido sino todo lo contrario. Supe que, después de darle vueltas y más vueltas, de que esa historia sobre un cirujano y su obra viva me empapase por dentro, tenía que escribir algo personal acerca de esa experiencia más allá de descripciones. En ese momento no tenía aún ni idea de que la mayor parte del verano (con permiso de Waters) giraría en torno a un tema recurrente en muchas etapas de mi vida: el dolor.

Han pasado casi dos meses desde que vi la película pero sin embargo la tengo fresca en la memoria como si la hubiese visto ayer. Tal es su poder de magnetismo, al menos en mi caso. Es extraña, preciosa, inquietante, magistral, libre, atípica, especial. Es un caramelo envenenado. Es una película de una maestría más allá de las palabras, con un sentido del riesgo suicida admirable, excesiva y diferente. No hay nadie en el mundo con el arrojo suficiente y el conocimiento del arte cinematográfico para levantar estas imposibilidades que no sea Almodóvar. A lo largo y ancho del verano he mascado la película (incluso he escrito entrevistas con su director y actores para otra publicación), la he digerido, me he sorprendido volviendo a ella una y otra vez (un milagro en estos tiempos de consumo instantáneo), la he cagado y estoy deseando de que llegue el día en el que pueda volver a la sala oscura a degustarla. Y vuelta a empezar. Me ha acompañado a lo largo de mis vacaciones calurosas de un modo casi me atrevería a decir que obsceno. La he hecho mía y la he revisado mentalmente. Me ha cogido las pelotas y las tripas y no me las ha soltado durante semanas. Y no ha estado sola en estos meses. Ha venido de la mano del otro descubrimiento veraniego, tan distinto y similar a la película más importante del otoño: la novela De vidas ajenas de Emmanuel Carrère (curiosamente, recomendada por Pedro en nuestra entrevista).

Ambas obras presentan universos distintos (opuestos incluso) pero con un denominador común: el intento de descripción de un dolor prácticamente inenarrable. El de la pérdida de la identidad a través de la venganza en el caso de La piel que habito y el de la muerte de dos familiares en el caso de la novela de Carrère. No son comparables, ya digo. El mundo de Pedro pertenece a la ficción (aunque suene y se sienta tan real y cercano) mientras que el de Carrère es brutalmente real. Las subtramas de ambos mundos son muy diferentes, aunque ambas estén construidas sobre los pilares del concepto de justicia. Son dos misiles poderosísimos defensores de la identidad, la supervivencia y la dignidad. Son dos caras paralelas de una misma valentía.

Poco a poco, según me imbuía tembloroso y emocionado en las páginas de Carrère, comprendía que el dolor en verano es tan obsceno como sentir tristeza en la visita del papa, cuando debería ser el sentimiento predominante ante la situación actual (Iglesia incluida). Se me escapa tanto fasto y bombo cuando la situación no puede ser tan miserable. De la misma forma, resulta casi pecaminoso estar degustando el dolor en una playa abarrotada a treinta y tres grados, rodeado por ingles brasileñas, depilación, tetas durísimas y mucho aceite corporal. Y reaggeton, supongo, porque yo a la playa siempre llevo cascos (en los que suele sonar una música melancólica y lánguida). Parece que bajo el sol no tiene cabida la tristeza, cuando realmente, quizá es el momento en el que es más necesaria. Al final, a través de varios vericuetos dignos de un melodrama algo increíble, terminaba escribiendo lo que pretendía: algo obsceno. Y esa obscenidad se trataba del disfrute del dolor en pleno verano.

Siempre, desde niño, me ha atraído el dolor en todas sus vertientes como concepto y experiencia. Mucho más que la alegría, lo cual no deja de ser tremendamente curioso y, supongo, revelador. No he llegado a convertirme en un intelectual sadomaso (aunque llevo piercings), ni siquiera en un drama-queen cabaretero. No escribo en mis estados del facebook lo mucho que sufro. Tampoco es que sufra demasiado. Lo justo, como todo hijo de vecina. Mis relatos, casi todos, comparten un dolor envenenado, aunque yo me conduzca en mi vida diaria con un positivismo existencialista la mar de vintage. Las historias que imagino normalmente están entrelazadas por esta sensación. He sido voluntario haciendo acompañamientos terapéuticos a enfermos mentales y toxicómanos: almas perdidas que conocen un dolor desgarrador inexplicable (y lamentablemente, para muchos incomprensible) para el resto de nosotros. Degusto a diario el dolor en muchas formas. Soy fan del dolor. De muchos dolores. El dolor durmiente de Carver, el rabioso de Salinger. El dolor, literal, empapado de Duras. El dolor incomprensivo de Burroughs. El divertido de Amis. El insolente de A.M Homes. El fatídico del noir de Ellroy. El neoyorkino de Price. El maricón-melodramático de Williams y Capote. El hiriente y mordaz de Houellebeq. El áspero de McCarthy. El frío de Jelinek. La impotencia medicoanalítica de la Didion de El año del pensamiento mágico. Y es que la realidad es que los seres humanos dolemos, por mucho que nos joda. Más allá de cinismos, autoayudas, el dolor, la tristeza, nos pertenece tanto como la alegría. Y quizás nos acerca mucho más, unos a otros, quiero decir. A no ser que seas andaluz y que vivas con las castañuelas por peineta. Siempre he visto la alegría como algo egoísta, que invita irremediablemente a la comparación y de ahí a sentimientos de insuficiencia. Mientras que el dolor no sólo nos humaniza sino que nos acerca. A través del dolor físico crecemos, nos dan a luz con dolor, evolucionamos emocionalmente doliendo y nos comprendemos unos a otros compartiéndolo con los que tenemos cerca. Quizás esa sea la característica de lo humano: ser capaz de doler.

Curiosamente, La piel que habito y De vidas ajenas comparten algo de todos estos dolores literarios que menciono, tan reales como los de la vida. También hablan de muchos otros aspectos que estos dos monstruos de la creación han tocado en varias de sus obras: el autoconocimiento, la familia, la aceptación, la lucha, la defensa de la diferencia. No son obras sencillas, ni siquiera veraniegas, todo lo contrario. Resultan algo obsceno en verano, ya digo. Acostumbrados como estamos a que el consumo de cultura sea cada vez más absurdo, más simple (en el peor sentido posible), más instantáneo, es de agradecer que Almodóvar y Carrère nos las hagan pasar putas, en más de un sentido. Y muchísimo más que sean capaces de insuflar sus creaciones de una esperanza callada y caliente que se esparce por el cuerpo una vez terminado el viaje. Parece que quieren decirnos que todo es posible, pero que al dolor se le vence, cuando te permites atravesarlo y que, lo que hay al otro lado, es una sensación de paz, entrega e identidad que nos hace ser quiénes somos, sin más adjetivos. Qué lástima que tomar por inteligente al público sea una práctica en desuso con la que sólo se atreven los verdaderamente grandes.

Me encantaría terminar este texto diciendo que me voy a hacer un pajote, que me estoy poniendo demasiado profundo para estar en verano y que necesito marcha para el cuerpo y algo de frivolidad. Pero si dijera eso, esto sería otro artículo, más en la línea del punk destroyer de Waters. Y hemos dejado claro desde el principio que no iba de esto. Así que me despido deseando que muráis de dolor, que os arañe por dentro, para que os sintáis fuera de lugar, rebeldes bajo estas temperaturas salvajes, degustando con masoquismo y placer De vidas ajenas y La piel que habito, esas dos obras maestras de la cultura internacional. Sin prejuicios, que es condición necesaria para poder disfrutar. Esta noche comienzo El mapa y el territorio, la última de Houellebeq que publica Anagrama con el premio Goncourt bajo el brazo. Promete un otoño de desgarro. ¿Por qué no? A divertirse sufriendo.