Retrato de ausente: «La idea de un lago» y la memoria como rompecabezas

La idea de un lago, 2016. Imagen: Alina Film / INCAA / RTS / Ruda Cine.

Inés ultima un libro de fotografía y poemas. Está embarazada y es verano en Buenos Aires. Acaba de separarse del padre de la criatura. Decide entonces viajar con su familia a Villa La Angostura, en Neuquén, la Patagonia, donde pasa las vacaciones desde niña. Y en ese paraje conmovedor la historia rompe su linealidad y se convierte en esa constelación de instantes que fascinaba a Walter Benjamin. Con un centro ausente: el padre de Inés, militante peronista desaparecido por la dictadura de Videla en 1977. Tal vez la pérdida sea el corazón de La idea de un lago (2016), segundo largometraje de la cineasta argentino-suiza Milagros Mumenthaler que el próximo 7 de abril se estrena en España. Con Abrir puertas y ventanas, Mumenthaler ganó en 2011 el Leopardo de Oro del Festival de Locarno.

«Había algo que me conmovió al leer el libro», explica desde Buenos Aires, «porque justamente no hablaba de los hechos, sino de lo que queda. Para mí, la película es sobre eso, cómo se vive con eso, con lo que queda». El libro al que se refiere es Pozo de aire, un volumen de poemas y fotografías de la escritora Guadalupe Gaona, que forma el esqueleto de La idea de un lago. «Tiene como siete u ocho poemas y fotografías del archivo personal de la autora y de su familia, además de otras que sacó ella, y que están relacionadas con Villa La Angostura», dice la directora. El padre de Gaona es también un desaparecido. El prólogo de Pozo de aire, autobiográfico, es el mismo texto que Inés lee en una escena de la película. Y la casa junto al lago de La Angostura, escenario fundamental del filme, es donde la poeta pasaba su infancia anterior a la aniquilación de la inocencia.

Para Víctor Erice, todo cine contiene elementos documentales. Por ejemplo, Strómboli funciona también como un documental sobre el rostro de Ingrid Bergman, afirmaba el autor de El espíritu de la colmena —con la que, por cierto, alguna crítica ha relacionado La idea de un lago—. Milagros Mumenthaler desbota igualmente antiguas taxonomías. «Me interesaba plasmar el elemento documental de Pozo de aire en la película, la locación y las fotos del volumen. Todas las fotos que aparecen son reproducciones tal cual de las que aparecen en el libro», relata, «yo aporto el elemento de ficción. Los personajes son ficticios, claro, pero combinados con elementos documentales». Como un juego de espejos quebrados, este rompecabezas narrativo en el que se alternan diferentes estratos temporales —Inés, la protagonista presente de la historia, aparece en tres momentos diferentes y distantes de su vida— no repara en divisiones genéricas y se adentra en lo íntimo a partir de un trauma colectivo: «Quería intentar retratar el sentimiento de una hija que perdió a un padre de esa manera tan trágica. Pero quería abordar los hechos desde un lugar que tenía más que ver con lo cotidiano y con los que quedan. Eso es lo que me atrajo del libro de Gaona».

La idea de un lago es una película intimista, por momentos casi de cámara. Además de Inés, interpretada por la actriz Carla Crespo, su madre y su hermano sostienen una trama que, en vez de avanzar, excava. Y en la que la historia, esa historia terrible que, con patrocinio estadounidense y protagonismo de las burguesías nacionales, convirtió América Latina en una fosa común en los años setenta y ochenta, emerge apenas puntualmente. Pero lo hace como un chispazo que ilumina la oscuridad de la ausencia. Y contribuye a reconstruir el relato de la existencia de los personajes. «En su vida adulta, Inés intenta relacionarse de alguna manera con su padre», expone Mumenthaler, «de hecho, el libro que está haciendo es también intentar acercarse a él de algún modo, buscar respuestas, estar en contacto». Porque los desaparecidos no han desaparecido. La cineasta recupera la idea del fantasma. Y no como licencia poética, sino como la realidad que viven numerosos amigos y familiares de asesinados por las dictaduras. «Entre las muchas entrevistas que hice para preparar la película, una chica me contaba, por ejemplo, que un día entró a su casa, con su hija, y que de repente un hombre se metió en su domicilio. Su marido lo sacó corriendo, pero ella me decía que, por medio segundo, pensaba “¿y si era él?”», relata; «Ya sé que no es un pensamiento racional, pero está ahí, porque al no haber cuerpos… Cualquier aparición lleva a esos lugares».

En Argentina, el Proceso de Reorganización Nacional —así denominaron los milicos comandados por Videla la sangrienta dictadura que pusieron en marcha con el golpe del 24 de marzo de 1976— desapareció a treinta mil personas. El Estado no admitía que las secuestraba al margen de cualquier legalidad, por infame que esta fuese. Nunca nadie volvía a saber de ellas. Con la restauración de la democracia formal en 1983, el Gobierno del presidente Raúl Alfonsín, del Partido Radical, inició los juicios a los militares. «Todo fue enseguida, y me parece positivo, porque se habló del tema», recuerda Milagros Mumenthaler, que en ese año contaba seis y residía en Suiza, a donde se habían exiliado sus padres. «Después el menemismo quiso borrar aquello de Alfonsín, pero llegó el kirchnerismo y también hizo cosas, muy positivas. Les dio a los familiares un lugar para reivindicar su propia historia». Aunque, efectivamente, existieron políticas contra el olvido y el Nunca Más se instaló socialmente, a Mumenthaler le sorprende el regreso, paralelo a la entrada en la Casa Rosada de Mauricio Macri, de «voces reaccionarias, de ese doble discurso que dice “bueno, también se la buscaron”».  

Imagen: Alina Film / INCAA / RTS / Ruda Cine.

En ese medio ambiente, La idea de un lago vuelve a asediar la fractura y el horror. Pero desde otro ángulo. «El cine de Argentina ya ha tratado mucho este tema. Volver a contar los hechos a mí no me interesó, no me pareció tan interesante. A pesar de que, después de los doce años del kirchnerismo y de su apoyo a las políticas de derechos humanos, ahora vivimos un periodo como que reflota ese otro discurso», dice, «pero, ya digo, volver a esos hechos no era mi intención. Porque me parece que nadie puede dejar de empatizar con lo que le sucede a Inés internamente. Eso sí me parece irrefutable». Inés rebusca en los hechos que construyeron su identidad, en las contradicciones y en la violencia, en una memoria frágil de cosas que nunca sucedieron: solo una fotografía retrata juntos a la protagonista del film y a su padre secuestrado por la dictadura. «Y no todo es desgracia en esa historia», puntualiza Mumenthaler, «como que más allá puede haber también momentos plenos, momentos vacíos, se puede vivir igual. Se pueden encontrar momentos de paz. Eso dice la película. Pero hay una tristeza que no deja de ser irreparable».

Ni siquiera la fantasía de la que se vale la niña Inés, y que provoca una de las escenas más memorables de La idea de un lago al son de Neil Diamond, sirve para olvidar. Más bien al contrario. «Sí hay una inocencia de Inés que se pierde con los años. Lo lúdico es más difícil de mantener», considera, «pero existe una especie de fantasía que mantiene de adulta». Y que está relacionada con la herida de la desaparición: «Cuando ella es más grande, aparece en la película mirando una foto y preguntándole a su padre “cómo me estabas mirando, quiero ver tu mirada”. Siempre está haciéndose preguntas». De hecho, el libro que prepara Inés, ese trasunto de Pozo de aire, no deja de ser una gran pregunta sobre una cuestión para la que no parece encontrar respuesta. Tampoco en ese paisaje sobrecogedor de La Angostura, donde la Patagonia se metamorfosea en fotogramas alpinos y donde Inés percibe cómo se conserva el rastro de su padre.

«Para Inés, los encuentros con su padre no hubiesen sido los mismos si no hubiesen sido en esos paisajes. Si se hubiese quedado en Buenos Aires durante sus vacaciones, su recuerdo habría sido otro». Los parajes de Villa La Angostura funcionan como depósitos de una memoria agujereada, corroída por el tiempo y por los silencios históricos. «Sin embargo, cuando uno se mete en la naturaleza», relata Mumenthaler, «los tiempos ya son otros. La experiencia del ser humano con la naturaleza tiene algo que no cambia. Una persona paseando por el bosque hace doscientos años va a sentir lo mismo que una persona haciéndolo hoy en día». La naturaleza contra la historia, parece sintetizar la cineasta, quien, no obstante, es consciente de las implicaciones que enlazan La idea de un lago con un cine argentino enfrentado a las causas y consecuencias de la dictadura ya desde la restauración democrática en 1983. Con esa mezcla de apuesta geopolítica y cura de remordimientos por el imperialismo cultural que conforman el Óscar a la mejor película extranjera, Hollywood premió ya en 1986 La historia oficial, de Luis Puenzo, sobre una hija de desparecidos criada por golpistas. «Entonces se instaló algo en la Argentina como muy fuerte, que aquello no podía volver a suceder. El Nunca Más», añade. Y todo este proceso de duelo, memoria, cicatrices fue apareciendo en el cine. «Sí, el tema de los desaparecidos no es algo solapado o escondido, está muy presente en las conversaciones», declara Mumenthaler.

El nuevo cine argentino —o no tan nuevo: «Hace ya más de 20 años»— del que la directora de La idea de un lago se reconoce parte, tampoco escapa del tema. Pero Mumenthaler detecta los puntos en común de autores como Lucrecia Martel, Lisandro Alonso o Albertina Carri —que en su filme Los rubios aborda su propia memoria sobre sus padres desaparecidos— «en la manera de narrar, de enfocar los temas, de manejar los tiempos y los espacios». «Me parece que hay un cine argentino que busca cierta autonomía, con mucha personalidad, a pesar de que haya voces muy distintas», se extiende, «y detrás de ello tal vez se encuentren los diferentes esquemas de producción, que hacen que las películas sean como son. No es lo mismo hacer una película con dos millones de dólares que hacerla con diez millones». Este otro cine sigue encontrando la oposición, añade, «de los exhibidores, que piensan que ni van a funcionar, porque no plantea una narración lineal… Me parece que hay que pensar cuál es la solución al después de hacer una película más allá de los festivales». Pese a ello, La idea de un lago sí funcionó en Argentina. «La gente conecta mucho con ella. Me sorprendió. Es cierto que aquí el público conoce mucho la historia y le es más fácil identificarse con Inés. Pero es como interesante ver qué va a pasar con el público en España», remata.

Imagen: Alina Film / INCAA / RTS / Ruda Cine.


La extinción de los Oesterheld

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Héctor Germán Oesterheld dándole rostro al personaje principal de Ernie Pike, ca 1957. Imagen: Hora Cero.

Mi nombre es Elsa Sánchez de Oesterheld y soy la mujer de Héctor Germán Oesterheld, famoso en el mundo por haber escrito la historieta de El Eternauta. En la época trágica de este país desaparecieron a mis cuatro hijas, mi marido, mis dos yernos, otro yerno que no conocí, y dos nietos que estaban en la panza. Diez personas desaparecidas en mi familia. Pero prefiero recordar los años en los que fui feliz.

Elsa Oesterheld, viuda del gran historietista argentino, murió en 2015 a los noventa años. Antes de morir habló con las periodistas Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami, autoras del libro Los Oesterheld (Sudamericana, 2016) en el que se reconstruye minuciosamente y con gran pulso narrativo la tragedia vital  de esa familia. Elsa tuvo que convivir durante cuatro décadas con el recuerdo de aquel tormentoso tiempo en que vivía atemorizada y sola, esperando cada día la notificación de una nueva pérdida familiar. Los grupos de tareas no descansaban nunca. La aparición en una calle del siniestro Falcon —el automóvil utilizado habitualmente por esas fuerzas paramilitares— era preludio de una matanza o un secuestro ilegal. La dictadura instaurada en Argentina en marzo de 1976 bajo el mando del general Jorge Videla se había fijado como objetivo la eliminación física del «enemigo». Y para no dejar rastros de su estrategia, los militares idearon la fórmula de la «desaparición» de los activistas de la guerrilla de Montoneros y otras fuerzas revolucionarias. Las organizaciones pro derechos humanos estiman que unas treinta mil personas desaparecieron en Argentina entre 1976 y 1983.

Para escribir Los Osterheld, sus autoras recabaron más de doscientos testimonios, tuvieron acceso a cartas inéditas y escudriñaron archivos y hemerotecas durante cinco años. El resultado es una biografía coral con una estructura fragmentada en la que la historia de la familia es atravesada por multitud de relatos de los personajes menos conocidos de esos años de violencia política. Nicolini y Beltrami tenían claro que no querían escribir un libro sobre la «tragedia» ya conocida. «La intención original —explica Beltrami— fue desarmar esa foto estática que existía de las chicas Oesterheld: cuatro mujeres bellas, angelicales, educadas en buenos colegios de la zona norte». Pero la obra va más allá de esa primera intención. Como si se tratara de un homenaje al propio Oesterheld, las autoras han construido un andamiaje narrativo por el que transitan decenas de personajes secundarios que antes de pasar a engrosar la larga lista de desaparecidos vivieron sus propias vidas anónimas, se enamoraron, tuvieron hijos, estudiaron o trabajaron mientras ejercían la militancia de base.    

La familia Oesterheld no fue la única de esa época que sufrió una casi total extinción, pero sí fue la más emblemática. El patriarca, autor de obras maestras de la historieta como El Eternauta, Bull Rocket,  Mort Cinder,  Ernie Pike o Sargento Kirk, fue detenido en abril de 1977. Antes habían caído ya dos de sus hijas, Beatriz (nacida en 1955) y Diana (1953). Y más tarde seguirían el mismo destino Estela (1952) y Marina (1957). Junto a ellas también serían ejecutados o desaparecidos sus tres yernos: Raúl Mórtola, Raúl Araldi y Alberto Seindlis, y la pareja de Beatriz, Carlos Della Nave. Todos ellos militaban en Montoneros. Y todos ellos, al contrario que gran parte de la cúpula de la organización armada, se quedaron en Argentina para hacer frente a un régimen que terminaría aniquilando cualquier foco de resistencia.

Pero antes de esos años de plomo hubo —como recordaba Elsa— una época feliz para los Oesterheld, allá por las décadas de 1950 y 1960. Los tiempos en que en el chalet de Beccar —unos kilómetros al norte de Buenos Aires— Héctor iba esculpiendo algunos de los personajes legendarios del cómic en español. De esa época quedan las bucólicas imágenes de un padre jugando con sus hijas pequeñas en el jardín de la casa, las reuniones con amigos y colegas de profesión, la algarabía de las adolescentes… Unos años en los que la familia sufría altibajos económicos por la insistencia de Héctor en vivir exclusivamente de su trabajo como historietista, renegando de su profesión de geólogo.  

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La familia Oesterheld. Imagen cortesía de la editorial Sudamericana.

De padre alemán y madre española, Héctor Germán Oesterheld (Buenos Aires, 1919) había estudiado Geología en la universidad, una carrera que en realidad solo le interesaría por el contacto que implicaba con la naturaleza. Apenas trabajó como geólogo. Desde joven, sabía que su vida estaría marcada por la escritura. Seguidor de clásicos como Verne, Salgari o Stevenson y cinéfilo empedernido, Héctor Oesterheld (al que llamaban «Sócrates» por su erudición) no había leído historietas nunca. Pero su vasta cultura y su talento fueron suficientes avales para convencer al guionista italiano Alberto Ongaro, quien le abrió las puertas de la editorial Abril, donde se estrenó en 1951 con Cargamento Negro. Allí Oesterheld, que ya había hecho sus pinitos literarios en revistas infantiles, trabajaría con el grupo de dibujantes italianos entre los que descollaba Hugo Pratt, con quien daría vida a ese renegado sargento Kirk que Héctor imaginó primero como un cowboy de la Pampa. El cómic transcurriría finalmente en su hábitat natural, el Lejano Oeste norteamericano, pero Oesterheld ya reflejaba ahí su mirada humanista a la hora de crear antihéroes.

Culto, políglota, ingenioso… Poco a poco se ganó la confianza de unos editores que sabían que la marca Oesterheld era sinónimo de calidad. Los dibujos de Pratt y la pluma de Oesterheld hicieron las delicias de los cientos de miles de lectores que tenía la historieta en Argentina a mediados del siglo pasado. El italiano, que con el tiempo se distanciaría de Héctor por un choque de egos, inmortalizará en 1957 al guionista en Ernie Pike, una historieta bélica cuyo personaje principal, con el rostro de Oesterheld, estaba inspirado en un corresponsal de guerra. El primer gran éxito del escritor sería Bull Rocket, un piloto de pruebas aventurero y erudito, otro héroe al estilo Oesterheld, humanizado y realzado por los personajes secundarios.

A mediados de los cincuenta Argentina vivía un boom de la historieta. Se publicaban decenas de revistas y algunas de ellas, como Misterix (de la editorial Abril, donde Oesterheld era ya el principal guionista), vendía más de doscientos mil ejemplares por semana. Pese al éxito de sus obras y el trabajo a destajo para varias editoriales, Oesterheld apenas conseguía cubrir sus necesidades vitales con una familia numerosa que atender. Sin un lugar propio donde escribir en su casa de Beccar (sus cuatro hijas nacerían en la década de los cincuenta), el historietista solía escribir de madrugada en el salón de la casa para entregar sus trabajos a tiempo.

Oesterheld se plantea entonces editar sus historias en un sello propio. Fundará la editorial Frontera en 1957 y allí cobijará a los dibujantes más brillantes de su generación: Pratt, Alberto Breccia, Eugenio Zoppi, Julio Schiaffino, Francisco Solano López…, a los que promete mejores retribuciones y el reconocimiento de los derechos de autor, una prerrogativa que hasta ese momento les habían negado las grandes editoriales. Así nacieron las revistas Frontera y Hora Cero. En esta última se publicaría ese mismo año la obra cumbre del escritor argentino: El Eternauta, donde se narra la historia de Juan Salvo, el viajero eterno que ha sobrevivido a la invasión de Los Ellos y aparece de repente en la casa de un historietista, Germán, trasunto de Oesterheld, para contarle cómo empezó todo, con aquella nevada «luminiscente» y el anuncio de una explosión en el océano Pacífico. Un preámbulo de la invasión extraterrestre que tendrá a Buenos Aires como escenario. Con dibujos del joven Solano López, la historieta fue publicada entre 1957 y 1959 y arrasó en los quioscos. Ciencia ficción en Buenos Aires. A Borges, enamorado del género, le fascinaba la idea que Oesterheld le había anticipado en sus visitas al autor de «El Aleph» cuando estaba al frente de la Biblioteca Nacional. La obra se reeditaría en 1969, y en 1975 aparecería la segunda parte, en la que Germán es ya el protagonista de una historia con un tono mucho más ideologizado.

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Oesterheld dibujado por Hugo Pratt en Ernie Pike.

Pese a la buena recepción de Hora Cero, la editorial no acababa de despegar. Oesterheld y su hermano Jorge eran un desastre para los negocios y tampoco controlaban las tiradas que hacía la imprenta. Ese desaguisado financiero llevó a muchos dibujantes a emigrar a Europa, donde su trabajo ya era reconocido (como en el caso de Pratt, que en 1967 revolucionaría la historieta con su memorable Corto Maltés). Oesterheld se endeudó y tuvo que volver pronto al trabajo rentado para varias editoriales. Noches en vela y guiones a granel para llegar a fin de mes.

En Los Oesterheld, Nicolini y Beltrami bucean también en la transición personal que experimenta Héctor Oesterheld. Entregado en cuerpo y alma a su trabajo y a sus hijas, el escritor vivió durante muchos años inmerso en su burbuja de creatividad. Sin embargo, aunque no tuvo filiación política, su formación —explica Nicolini— era humanista, lo que le acercaba a posiciones progresistas: «Desde las historietas previas a los años de militancia, él se proponía contar la historia argentina desde las voces de aquellos que habían sido ninguneados: los gauchos, los soldados desertores, los líderes rebeldes, los aborígenes, el pueblo, aquellos que no estaban consagrados en los libros escolares como héroes».

Elsa fue la primera sorprendida cuando Héctor le comentó que iba a publicar una historieta sobre el Che Guevara, referente de la generación de jóvenes revolucionarios que se estaba gestando en Argentina. Vida del Che salió a la luz en la editorial Ediko en enero de 1969 (con ilustraciones de Alberto Breccia y su hijo Ernesto) y marcaría un hito en la carrera de Oesterheld: su iniciación en la historieta política. Seis años más tarde confesaría en su última entrevista —mantenida en marzo de 1975 con los guionistas Guillermo Saccomano (hoy escritor consagrado) y Carlos Trillo— que el Che Guevara era uno de sus intelectuales de cabecera. A Saccomano, que acababa de llegar de España, le habían hecho el encargo de entrevistar a Oesterheld los editores de la revista catalana Bang!, especializada en el mundo de la historieta.

La fascinación de Oesterheld por el Che era compartida por sus hijas. Talentosas y creativas, Estela, Beatriz, Diana y Marina pronto comenzaron a militar en la Juventud Peronista (JP) y a realizar trabajo social en las villas-miseria de la capital argentina, antesala de su ingreso a Montoneros, la organización que acabaría absorbiendo a toda una generación de jóvenes contestatarios. Las cuatro chicas antepondrían la militancia a cualquier otro aspecto de sus vidas y su compromiso político marcaría también el giro ideológico de su padre con su adscripción a Montoneros.

El regreso del peronismo al poder en mayo de 1973 de la mano de Héctor Cámpora y el retorno del propio general desde su exilio madrileño cambiarían el destino de Oesterheld y sus hijas. La militancia acabaría distanciándoles de Elsa, contraria a la lucha armada que defendían Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) para la toma del poder. Héctor y sus hijas pasarían a ser protagonistas de esos agitados años. La historia los reconoce el 20 de junio de 1973 en los predios de Ezeiza, en aquella caótica llegada de Perón, cuando los pistoleros de la Triple A (la facción ultraderechista del Partido Justicialista) recibieron a tiros a las columnas de la JP. O en el estadio Atlanta, escuchando decir a Mario Firmenich, líder de Montoneros, aquello de «no rompan las bolas, Evita hay una sola», para referirse a la candidatura de Isabel Perón en la fórmula presidencial que encabezaría el general. O en la Plaza de Mayo, aquel 1 de mayo en el que las columnas de Montoneros y la JP abandonaron la plaza después de haber escuchado las palabras de su líder: «Hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más mérito que los que durante veinte años lucharon». El general estaba enfurecido tras el asesinato de José Ignacio Rucci, el jefe sindical tiroteado por activistas de Montoneros. «¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va!», coreaban los jóvenes mientras se iban de la plaza. Poco después Perón moriría, Montoneros proclamaría su paso a la clandestinidad y el Gobierno de María Estela Martínez de Perón, tutelado por José López Rega, El Brujo, exsecretario personal del general e ideólogo de la Triple A, intensificaría  la guerra sucia contra los militantes del ala izquierdista del peronismo. La violencia política se multiplicó. A excepción de Elsa, todo el clan Oesterheld redobló su compromiso con la militancia. Héctor y sus hijas abandonaron la casa de Beccar definitivamente en 1975 para pasar a la clandestinidad.

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Oesterheld dibujado por Pratt en El sargento Kirk, ca. 1954. Imagen cortesía de revista Misterix.

Oesterheld nunca dejó de escribir historietas. Lo había hecho antes del golpe en varias editoriales y en las publicaciones de Montoneros: Noticias, El Descamisado, Evita Montonera. Y lo seguiría haciendo durante los meses que pasó en la clandestinidad. A partir de 1975 fue entregando a la imprenta la segunda parte de El Eternauta.

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 no amilanó a los Oesterheld. Ahora eran soldados de Montoneros. Habían pasado en pocos años de organizar lúdicas tertulias culturales en el jardín del chalecito de Beccar a seguir los códigos de seguridad de una organización armada clandestina que se regía por métodos militares bajo una férrea disciplina interna. Para Montoneros, Héctor, que ya  había pasado la cincuentena, era ideal para hacer tareas de enlace. Algunos de los entrevistados en Los Oesterheld recuerdan haberle visto deambulando por Buenos Aires con gabán y sombrero, el pelo teñido de negro y un bigote crecido. Si se cruzaba con algún conocido, desviaba la mirada. Vivió en varias casas de seguridad y apenas se dejaba ver ya por las editoriales. Enviaba a través de terceros sus historias, como los nuevos capítulos de El Eternauta II, o las dictaba por teléfono. Solano López, molesto con el sesgo político del nuevo Eternauta, decidió exiliarse en Madrid. Oesterheld también pudo haber seguido ese camino. No le habría faltado trabajo en Europa. Pero como si fuera un Juan Salvo antifascista, decidió quedarse en aquel infierno como una muestra de fidelidad a sus hijas, consciente de que ellas no abandonarían jamás la lucha armada.  

La exposición de las cuatro Oesterheld fue cada vez mayor en una organización acorralada por los militares y diezmada por la sevicia de los grupos de tareas. Su caída era solo cuestión de tiempo. La primera víctima fue Beatriz. Un día de junio de 1976 se había reunido con su madre en una confitería a tomar café. Poco después sería secuestrada en la localidad de San Isidro, cerca de Beccar. Alguien le informaría más tarde a Elsa que su hija había muerto en un enfrentamiento. Un familiar reconoció el cadáver. Fue la única hija a la que Elsa pudo enterrar. Montoneros había enviado a  Diana en 1975 a la provincia de Tucumán para reforzar la organización en la zona más caliente del país, plaza fuerte del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), la guerrilla comandada por Mario Roberto Santucho que practicaba el foquismo guevarista en las zonas rurales. Diana y Raúl Araldi, su marido, serían secuestrados a finales de julio de 1976. Su pequeño hijo Fernando sería entregado más tarde a sus abuelos paternos. Estela y su esposo, Raúl Mórtola, caerían abatidos en julio de 1977 en una emboscada de un grupo de tareas en la zona suroeste de Buenos Aires. La pareja ocupaba puestos de dirección en la Columna Sur de Montoneros. Unos meses antes había sido secuestrada también Marina, la menor de las Oesterheld.

La perversidad del régimen militar le depararía a Héctor un destino todavía más cruel, si cabe. El escritor había sido secuestrado en la ciudad de La Plata en abril de 1977. Para entonces ya habían desaparecido dos de sus hijas. Pasó por varios centros de detención clandestinos (Campo de Mayo, El Vesuvio, El Sheraton…) y su estado de salud se fue deteriorando progresivamente, pese a lo cual nunca dejó de escribir historias. Gracias a los testimonios de varios supervivientes —algunos de los cuales hablaron con Nicolini y Beltrami tras años de silencio—, se pudo saber que Oesterheld estuvo con vida probablemente hasta principios de 1978 y que sus torturadores se deleitaban informándole sobre el destino de cada una de sus hijas. Cuando las cuatro chicas ya habían muerto o desaparecido, le tocó el turno a Héctor. En Oesterheld, viñetas y revolución, Hugo Montero, autor de una biografía del escritor publicada en 2013 en la editorial Sudestada, revela que la segunda parte del Eternauta siguió publicándose, curiosamente, hasta abril de 1978, varios meses después de la muerte de su autor, que había entregado sus materiales antes de ser detenido.

Solo Elsa y sus dos nietos, Martín Mórtola (hijo de Estela) y Fernando Araldi (hijo de Diana), sobrevivieron a la extinción de toda una familia. Dos nietos más están desaparecidos. Diana y Marina estaban embarazadas cuando fueron secuestradas. Sus bebés seguramente serían entregados a familias afines al régimen, una práctica habitual de los torturadores. Elsa trató de localizarlos sin éxito durante toda su vida.

Tras la desaparición de Héctor Oesterheld, su leyenda traspasó las fronteras y su caso fue reivindicado por varios Gobiernos europeos… El Eternauta, la aventura del héroe colectivo, es considerada hoy la mejor historieta de ciencia ficción escrita en español. Y su creador, el más grande narrador de aventuras que Argentina haya alumbrado en toda su historia.

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El Eternauta. Imagen cortesía de Hora Cero.


Elogio del fútbol como droga

circa 1975: Sheffield United fans mob Steve Finneston as he tries to leave the football pitch. (Photo by Hulton Archive/Getty Images)
Fotografía: Getty Images.

Disculpen que insista de nuevo: cuando el fútbol es solo un juego, es un juego bastante estúpido. Los desplazamientos largos, los desmarques, los centros, los regates imposibles… sí, por supuesto, el espectáculo puede tener interés. Como el que tiene en Estados Unidos, donde no significa nada más allá del juego y donde lo practican los niños y las niñas como actividad escolar, sin otro público que sus familias. El fútbol tiene importancia, y una cierta trascendencia, por lo que volcamos en él: desde lo colectivo, como la política y la historia, hasta asuntos estrictamente personales como la alienación, la soledad o la rabia. Como gran fenómeno de masas del siglo XX y, por lo que se ve, del XXI, el fútbol consiste en la reglamentación más o menos estricta del furor social y de ciertas pulsiones altamente peligrosas. Quien ha acudido a un estadio sabe lo que se siente y lo que se grita. Al día siguiente, la vida sigue. El fútbol funciona como una droga administrada de forma recreativa: nos hace saltar los límites de la corrección y de la sensatez, pero no nos destruye.

Hablamos, pues, de dosificación. En el estadio se puede insultar al árbitro o a quien sea, pero no agredir físicamente; lo que se hace en el estadio no debe hacerse fuera; el auténtico sentido del rito (una recreación simbólica de la guerra) constituye un tabú o, al menos, algo que preferimos no interpretar de forma literal. Es solo metáfora, nos repetimos.

Sabemos, sin embargo, que la experiencia es más intensa (euforizante, dolorosa, agotadora) cuanto menos se reglamenta el asunto. No hablo del reglamento del juego, sino de lo otro, de lo importante, de aquello que ocultamos tras la maraña de los símbolos. Entremos ya en materia: a mí no me caen mal tipos como Paolo di Canio. ¿Les suena? Fue futbolista en Lazio (donde fundó el grupo de seguidores fascistas Irriducibili), Nápoles, Juventus, Milan, Sheffield Wednesday, West Ham y Charlton y alcanzó una cierta notoriedad por sus saludos brazo en alto y sus tatuajes mussolinianos. Es el mismo tipo al que la FIFA otorgó, con toda la razón, un premio al juego limpio: en el último minuto de un Everton-West Ham y con empate a uno en el marcador, el portero del Everton cayó al suelo fuera del área, aparentemente lesionado, y alguien le pasó el balón a Di Canio, quien en lugar de rematar lo tomó en las manos para que atendieran al rival. Cosas del fascismo caballeresco.

¿Se imaginan cómo se ponía el estadio, a favor o en contra, cuando aparecía Di Canio? Al rojo vivo, claro. No hacía falta que levantara el brazo. Como no hacía falta que Cristiano Lucarelli levantara el puño en el estadio Armando Picchi de Livorno para que la afición, en la que abundaban (y abundan, ahora quizá menos) los simpatizantes comunistas, para que la grada entrara en delirio (o en una furia casi epiléptica, si el estadio era otro). Esos tipos eran provocadores, comentará alguien. ¿Sí? ¿También lo era Carlos Caszely, el gran delantero chileno que fue apartado de la selección por rechazar la dictadura de Pinochet? ¿O Jorge Carrascosa, que llegó a ser capitán de la selección argentina y se negó a disputar el Mundial de 1978 para no ejercer como recurso propagandístico de la dictadura de Videla?

El Lazio de 1974, inesperado ganador del Scudetto italiano, fue llamado el grupo salvaje. Sus integrantes eran abiertamente fascistas, llevaban armas y las usaban (Petrelli disparó una vez para ahuyentar a un grupo de seguidores de la Roma), peleaban en el vestuario con botellas rotas (Martini contra Chinaglia) y uno de ellos, Re Cecconi, murió de un tiro al simular el atraco a una joyería. Estaban locos y eran peligrosos. Pero nadie ha olvidado la fiebre que provocaban en los estadios. Eso no era droga de uso recreativo, era heroína en vena. Y creaba adicción.

El fútbol, entre otras cosas, es política. De la grande y de la pequeña. Ningún Gobierno, incluido el español, desaprovecha la ocasión de transformar las victorias de una selección en victorias nacionales y diplomáticas. Dicen que un campeonato mundial proporciona al país ganador (nótese que puede utilizarse la palabra país en lugar de equipo o selección) un incremento de dos puntos en el Producto Interior Bruto. Eso es indemostrable y probablemente falso, pero da una idea de la magnitud del asunto. A falta de una selección oficial, el independentismo catalán utiliza al FC Barcelona como «ejército desarmado de Cataluña», según la célebre frase de Manuel Vázquez Montalbán. Igual que el franquismo echó mano del Real Madrid como emblema de la salud de la dictadura. Esto es así, por más que repitamos que se trata solamente de un juego, que los futbolistas son buenos chicos y deportistas sanotes, que la mafia y la corrupción son excepciones en las estructuras societarias, que hay que transmitir a los niños valores positivos… En fin, esas mentiras piadosas que nos decimos para seguir disfrutando de la droga.

Quien ha asistido a un partido de alto riesgo, de altos decibelios y de alta concentración de gases lacrimógenos a la salida, conoce la realidad. Esa barbaridad, esa quiebra de la cordura y del orden público, esa orgía brutal que repele al público familiar, a los timoratos y a los no adictos, ese disparate en el que se derrama sangre y se cometen actos imperdonables, es fútbol en estado puro.

Lo otro es metadona o, en el mejor de los casos, heroína al 3 %. Casi placebo. Socialmente menos corrosivo, políticamente menos provocador, menos peligroso para todos nosotros, pero Ersatz. El fútbol puro, el fútbol que libera toda la energía de las masas, es pura subversión.


Pino Solanas: «La deuda es el mayor hecho de corrupción de la historia contemporánea de Argentina»

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Fernando Ezequiel Solanas o, como le llama todo el mundo, Pino Solanas, (Buenos Aires, 1936) es un raro ejemplo de artista y político de izquierdas. Por ser ambas cosas y, lo que es más difícil, ambas en el buen sentido de la palabra, y con todas las letras, con lo fácil que es perderse haciendo las dos cosas a la vez o incluso solo una de ellas. Quien quiera entender cómo Argentina llegó al desastre de 2001 debe ver Memoria del saqueo (2004), tremendo documental rodado en la calle en los días de los asaltos a los bancos. Solanas fue premiado ese año con el Oso de Oro del Festival de Berlín a su carrera. Porque lleva toda la vida en esto, una vida en la que ha luchado con dictaduras, con gobiernos corruptos y con la expoliación de su país. Una carrera que ha ido sacando adelante casi en solitario, primero con la ficción (Sur fue premiada en Cannes en 1988,La nube, en Venecia en 1998, entre otras), y luego con el documental. Tras Memoria del saqueo siguió retratando su país con radiografías nítidas y brutales que le han convertido en una autoridad moral en Argentina. Por su «voluntad de justicia y de belleza», como ha dicho el escritor Eduardo Galeano, o porque «el pensamiento y la acción de Pino Solanas son como agua fresca en el desierto», según Adolfo Pérez Esquivel, premio nobel de la paz.

La biografía de Pino Solanas está repleta de viajes. En 1975 recibió amenazas de muerte de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina, comandos terroristas policiales de extrema derecha que perseguían opositores). Luego escapó de un intento de secuestro de los comandos de la Marina, así que huyó a Europa. Volvió a Argentina al caer la dictadura en 1983 y se metió de lleno en el cine y la política porque entró en un partido en 1992. Lo dejó en 1997 y volvió al cine, pero en 2007 regresó de nuevo a la política. Va y viene de la política y el cine o nunca se va realmente de ninguna de las dos. Ahora es senador y acaba de estrenar Laguerra del fracking, un documental sobre los riesgos de una nueva técnica de extracción de gas y petróleo con inyecciones de agua en profundidad que está cambiando el mapa energético. Un asunto muy desconocido, árido, complicado, como todos los que suele afrontar para intentar hacerlos públicos, conocidos y claros. Pasa por Roma a presentarlo y aprovechamos para hablar un rato, de eso y muchas otras cosas, en la terraza de un pequeño hotel del barrio de Monti, con un café y un vaso de agua. Debe leerse, claro está, imaginando el acento porteño.

¿Cómo descubre esta palabra, fracking?

No me acuerdo bien. En Estados Unidos denominan así en la jerga petrolera el fracking, la fractura hidráulica. Hay un gran yacimiento en Patagonia que se llama Vaca Muerta, que desde hace dos o tres años están con esta historia que el Gobierno toma como la quimera del oro. Si bien es cierto que es un yacimiento con grandísimos recursos, recién en cuatro o cinco años se sabrá cuántos son de reserva. Hay una diferencia entre recursos y reserva. La reserva es aquello que económicamente es rentable, puede ser producido. En los océanos hay recursos extraordinarios, pero es muy caro sacarlos, por eso no cuentan como reservas. Hay mucho mito con esto. Bajo el punto de vista ecológico el fracking es una grandísima amenaza a las capas de agua potable. Esta metodología de trabajo es horizontal, bajan en profundidad y cada equipo puede tener seis, siete, ocho brazos… La fractura hidráulica provoca una suerte de pequeña explosión al inyectar 30 millones de litros de agua mezclados con decenas de sustancias químicas, algunas hasta radioactivas. Todo aquello produce un shock muy grande. Estas cosas son incontrolables. Al fundamentalismo científico hay que contestarle. No ha podido prever las grandes catástrofes de estos años a consecuencia del cambio climático. La ciencia siempre tiene un límite. Cuando se juega con la contaminación de las capas de agua es grave. El mayor recurso, el más preciado de la humanidad, es el agua.

¿Qué acogida ha tenido la película en Argentina? ¿Ha tenido una buena distribución?

Los documentales, y más mis documentales, no hay quien los pase. Antes se pasaban pero hoy en día nos hemos degradado mucho. Salvo cuatro o cinco pequeñas salas de arte, el resto son los multiplex americanos, las cadenas, y en general este tipo de cine no lo toman. Pero por ejemplo este documental del fracking lo estrenamos en la web.

En Internet se encuentran libremente casi todas sus películas. ¿Es algo deliberado o escapa a su control?

Yo soy un partisano de la web libre, libre acceso a la cultura a través de las redes, de la misma manera que la pintura, la literatura, tiene que tener libre acceso. ¡Libre acceso a la cultura! Lo cual no quiere decir que un tío baja las películas y las comercializa. Eso es delito. Todas mis películas yo las coloco en la web, pero te digo… antes de que las coloque ¡ya están! [Risas].

El fracking es un asunto aún muy desconocido para el gran público pero que tiene una importancia enorme.

Enorme, se juega todo.

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El Wall Street Journal acaba de publicar que Estados Unidos, tras cuarenta años de autarquía, por primera vez va a comenzar a exportar gas y petróleo, porque prevé que en breve se va a convertir en el primer productor de ambos gracias al fracking, se ha volcado en eso. Cambiará mucho, por ejemplo, su prisa por entrar en algunas guerras a causa del petróleo.

Lamentablemente yo no tengo información tan preciada. Conozco esas versiones, pero hay otras versiones que vienen también de Estados Unidos que contradicen exactamente eso.

¿Y qué dicen?

Confunden recursos por reservas. En el mejor de los casos, la reserva es el 1% o el 2% del recurso. Pero vuelvo a decir, a lo mejor el desinformado soy yo. En California hay una de las zonas más preciadas para el fracking y hay estudios recientes que dicen que es un fiasco. Lo que se creía que era cien es cuatro, lo cual no lo hace un recurso tan extraordinario desde el punto de vista económico. Y desde el punto de vista ecológico el fracking es una barbaridad. El argumento más sólido a su favor, que los caños van cementados, es una enorme mentira, la tierra tiene movimientos. Por ejemplo Vaca Muerta es zona sísmica, de baja graduación pero lo es. Quizás en dos o tres años no pasa nada, pero más adelante, en seis, siete, ocho años, los caños se oxidan. En todos los yacimientos nuestros hay veintitantas mil denuncias de equipos que han tenido grandes derrames.

En España ya se está moviendo también algo desde hace algunos años. Han empezado a hacer estudios para explotaciones de fracking en algunas zonas del País Vasco, Cantabria, Castilla y León. Y el Gobierno del Partido Popular parece inclinado a apoyarlo.

¿Sabes al final quién lo mueve mucho? Lo impulsan mucho las multinacionales de servicios y de equipos. Hay tres o cuatro que tienen la tecnología. Schlumberger, ¿cómo se llama la otra?

Halliburton, que también estuvo en la guerra de Irak contratada para la logística.

¡Halliburton, eso! Que es de Dick Cheney, el vicepresidente de Bush. Son ellos los que alquilan y proporcionan los equipos, tecnologías con patentes, etcétera, y al mismo tiempo encuentran asociados en empresas de servicio locales.

A veces conectadas con el poder político.

Y con el negocio. Porque donde antes tenías que llevar un camión de agua ahora tienes que llevar cien camiones. Todos los insumos son un negocio millonario para las empresas de servicios locales. Tú te encuentras en Argentina que los grandes promotores de fracking son las grandes y pequeñas empresas de servicios, y los trabajadores de esas empresas. ¡Los trabajadores! ¡Te conviertes en un enemigo público número uno!

En España se ha creado un lobby, formado por la propia industria, que se llama Shale Gas España, para promover el fracking. Tienen un web de información donde contestan a todas las preguntas y curiosidades sobre el tema. Le leo algunas de ellas a ver qué le parecen. Una: «¿Por qué las empresas no desvelan las sustancias químicas que se utilizan en la fracturación hidráulica?». Respuesta que dan ellos: «La composición de los compuestos utilizados se revela a las autoridades competentes. Además la industria se compromete a mantener informados a los ciudadanos acerca de los compuestos que se utilizarán».

Todo eso es una enorme mentira. Mira, en Estados Unidos no funciona el principio precautorio. Cuando se lanza un producto, un medicamento, no hay nada que lo limite. Es bueno hasta que no se demuestre lo contrario. Del otro lado tenemos otra teoría, la que dice el obispo de Neuquén en la película, que es el principio precautorio: si hay alguna posibilidad de daño, si no hay cien por cien de seguridad, mejor no probar. Por otro lado los delitos ambientales, los estragos, se verifican con el tiempo. Las contaminaciones, la degradación de la naturaleza, no se constatan en el momento.

Le leo otra de las preguntas de Shale Gas España: «¿Aceptan las operaciones a la calidad del agua?». Respuesta: «No puede contaminar los acuíferos porque no crea ninguna conexión entre estos y los yacimientos».

Ya. ¡Atraviesan las capas de agua, las atraviesan! Pero eso parte del presupuesto de que lo nuestro es perfecto y nunca va a tener un accidente. Las propias petroleras argentinas denuncian al año dos mil, cuatro mil accidentes, derrames de diverso tipo. Hay 29.000 equipos trabajando.

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Otra más: «¿Es cierto que puede causar terremotos?». Respuesta: «Antes de estudiar la fracturación hidráulica las compañías estudian la geología etcétera… La estimulación hidráulica se ha utilizado en más de dos millones de pozos durante más de sesenta años y solo se han registrado dos casos en el Reino Unido».

Mira, estamos en un capitalismo cada vez más concentrado y más salvaje… ¡Son unos mentirosos! Cuando uno ve las grandes mentiras de Monsanto, por ejemplo, y hay varias películas que desnudan todas sus estafas y falsificaciones… Detrás de la renta caen todos los principios, y hay cientos de ejemplos de cómo la renta, la búsqueda de la quimera del oro y de la rentabilidad, dejan de lado todas las precauciones.

El gobernador de Neuquén llama en la película a los que piensan como usted «agoreros del subdesarrollo».

Mira, el ministro de minería de Neuquén ¡es al mismo tiempo ministro del Medio Ambiente! [risas]. Es el que debe cuidar de la seguridad ambiental, y vas al hospital central de Neuquén y no tiene estudios, no hay políticas de salud que estudien los efectos sobre el organismo de los metales pesados de las aguas que se toman, ni sobre las enfermedades que producen esas sustancias tóxicas que utilizan en el agua.

En el documental hay una imagen sorprendente del día en que se aprueba la expropiación de YPF Repsol en 2012 en la cámara de diputados de Argentina: entre aplausos eufóricos se despliega desde la balconada un telón gigante que prácticamente cubre medio hemiciclo con la imagen de Kirchner.

En el congreso hay cuatro o cinco pisos, para que las sesiones sean seguidas por el pueblo, pero solo son del oficialismo. El resto no tiene derecho a ocupar esas gradas.

Es una imagen un poco fuerte, en el Parlamento de un país.

¡Es el autoritarismo y la corrupción de esta gente! Y al mismo tiempo son gobiernos que desarrollan una batería de medidas progresistas que confunden mucho a las capas medias progresistas: universitarios, profesionales… Cosas como los problemas de género, el matrimonio igualitario, medidas avanzadas o de corte progresista que han seducido a muchos sectores medios. Es un problema muy argentino, también italiano, piensas en cómo es posible que tanta gente culta pueda seguir ¡al Cavaliere! El fútbol tiene mucho de eso. El que es del Atleti o es del Real Madrid si les dices que uno es un delincuente contesta: ah, no, que es de mi club. Entonces si sos kirchnerista no quieres escuchar ninguna otra cosa, lees los diarios kirchneristas, ves los programas kirchneristas, y lo demás es el enemigo.

Esta confusión de ideologías que dice nos lleva a un tema en el que yo tengo curiosidad y que tiene que ver con los inicios de su carrera. En 1971 usted va a Madrid y hace una larga entrevista documental a Juan Domingo Perón, que vivía allí exiliado. ¿Cómo era Perón, cómo fue ese viaje?

Fue una muy buena experiencia. Mira, la figura de Perón es absolutamente incomprensible para un español.

A eso iba con lo de la confusión de ideologías. A lo mejor es problema mío y de mi gran ignorancia, pero no me aclaro: ¿Perón es de derechas, de izquierdas, depende?

Nooo, no, mire, tendríamos que hablar muchísimo. Mire, los fenómenos económicos y políticos en Argentina no se dan igual que, por ejemplo, en Francia. Francia es un país colonial. Los socialistas son colonialistas. Hollande ¿qué es Hollande?

En este momento muy poco.

Hollande es un peón de los Estados Unidos y de Israel. ¿Qué hace Hollande? Ahora manda tropas a África. Francia es un país colonialista, como siempre. Como España, Inglaterra, Alemania, Bélgica, Holanda, como Estados Unidos. En lo interno funciona la república, la democracia, pero afuera no, hay otros intereses.

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¿Pero cómo enlaza esto con Perón?

Perón es una figura muy tocada por la tradición independentista, anticolonial. En nuestra era no hay colonialismo en Argentina, hay neocolonialismo, que se maneja desde los intereses de las multinacionales, de los bancos, ligados a las oligarquías locales. Este… Perón en 1945 denuncia el imperialismo soviético y el americano. Para mí uno de los grandes monstruos de la humanidad es Stalin, tan sanguinario como Hitler. Acabo de leer una novela, El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura, sobre Trotski, Ramón Mercader, hay que leerla urgente, ¿eh?, muy buena, un novelón. Pero sigamos con Perón.

Todo esto, imagino, para decir que Perón abre una tercera vía, entre comunismo y capitalismo.

Claro, claro, indudablemente la revolución social en Argentina, la posible, que por suerte no fue la bolchevique, la hizo Perón.

¿Cómo fue la entrevista en Madrid?

Bien, era un hombre muy amable, sencillo, de una comunicación muy llana, podía hablar con un rey como con un pibe.

Impresiona ver en las imágenes a Perón en su despacho y a su lado a esa señora. Isabelita, pensando en lo que se convertiría luego. [Tercera esposa de Perón, exbailarina de cabaret, se convirtió en vicepresidenta cuando su marido volvió al poder en 1973 y, a su muerte en 1974, le sucedió como presidenta de Argentina hasta 1976, un periodo de degeneración democrática, con el inicio de las acciones de la Triple A, que desembocó en la dictadura de la junta militar. Actualmente vive en España. N. del a.].

Bueno, son las contradicciones de los hombres, las hay en cualquiera de estos grandes líderes. Perón se engancha con Isabelita, que seguramente sería una linda mujer, en Panamá, en su exilio. Fue un exilio de una enorme soledad, le perseguían para matarle, escapa a varios atentados, y… se engancha. ¡Hay cosas que las teorías políticas no pueden explicar de los héroes, solo lo explican los grandes poetas! Shakespeare. Pero mira, Perón plantea las bases de la tercera posición frente los dos imperios, se anticipa al movimiento de los no alineados, y después logra una enorme revolución social. Lo cual no quiere decir que el peronismo no haya dejado de tener limitaciones democráticas, pero al lado de lo que vino en la Argentina, un santo.

En 1991 usted sufrió un atentado en pleno enfrentamiento público con el presidente Carlos Menem, al que acusaba de ser jefe de una banda de delincuentes por su campaña de privatización y saqueo del patrimonio público. Le pegaron seis tiros en las piernas por decir lo que piensa. ¿Qué pensó?

No, en ese momento no pensé nada. ¡Hijos de puta, la puta que los parió! Es lo único que piensas [risas].

Pero luego, más tranquilamente.

Denuncié al poder, a Menem, todos esos días. Esa noche me mandó a su médico personal al hospital. Lo echamos.

¿Menem sigue activo?

Está muy mal ese hombre, es senador, del Frente para la Victoria, no va nunca, le dieron una pensión de jubilación.

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Ahora, justo en este momento, Argentina vuelve a estar al borde del colapso por la deuda y los llamados fondos buitre. [Fondos de capital que compran deuda a bajo precio de países al borde de la quiebra para intentar cobrar luego el cien por cien más intereses, pese a los acuerdos que ese país logre con sus acreedores. En el caso de Argentina, el 93% de los acreedores pactó una solución, cobrando menos, pero cobrando. Sin embargo el 7% restante quiere su dinero y ahora los tribunales americanos les han dado la razón. Si Argentina no paga mil quinientos millones de dólares antes del fin de este mes, 30 de julio de 2014, se arriesga a la quiebra. N. del a.]. ¿Cómo lo ve?

Mira, el mayor hecho de corrupción de la historia contemporánea de Argentina es la deuda externa. Nació en la dictadura. Eran 46.000 millones de dólares, pero la mitad era deuda privada. Los bancos, todos los bancos, el español Río de la Plata, el francés, el italiano, el Citibank, el Morgan, el Barclays, más todas las multinacionales, más todas las corporaciones argentinas, les pasaron sus deudas privadas al Estado. El último año de la dictadura Domingo Cavallo, director del banco central, hace esa operación. Era una deuda fraudulenta, que al país no le correspondía. Cuando llega la democracia, con Alfonsín, las debilidades de su Gobierno, frente a las fuerzas armadas y todo aquello, y las presiones internacionales, hicieron que no se animara a utilizar la doctrina norteamericana sobre la deuda odiosa.

Sí, no pagar una deuda considerada ilegítima, también lo han reclamado estos últimos años en Grecia.

Sí, Bush la usó en Irak, por ejemplo. Alfonsín no se animó y ahí empezó una deuda imposible de pagar por Argentina. En 1991 el secretario del Tesoro norteamericano y Cavallo, otra vez él, del Gobierno de Menem, pulverizan la deuda en millones de bonos que venden en todos los bancos del mundo. Por eso un japonés, un español, un alemán y un canadiense se sienten jodidos y estafados. ¿Sabes cuánto pagó Argentina hasta el día de hoy?

¿Cuánto?

En septiembre de 2013 Argentina había pagado 399.000 millones de dólares.

Sí, está cumpliendo con sus acreedores, con los que pactaron, pero este mecanismo increíble de los fondos buitres es ya una perversión del sistema de la que no parece haber escapatoria.

Pero además, ¿sabes lo que pasa? Que todo eso se produjo por la complicidad o complacencia de la clase política de todos los partidos que gobernaron. El partido justicialista y el partido radical. No quisieron enfrentarse con las corporaciones, decir: «Esto se anula y esa deuda la tienen que devolver». Asumieron la deuda y esa complicidad los llevó a nunca enfrentarse a la deuda. ¡Hasta hoy! Es una cosa tremenda. Todavía se deben 240.000 millones de dólares, más los que pagamos.

¿Qué solución tiene?

¿La solución? Una comisión internacional de investigación con juristas y expertos nacionales e internacionales y denunciar la deuda ante la Corte de Justicia de La Haya. Mira, si tomas los fundamentos de las Naciones Unidas y de los pactos de derechos humanos y sociales de San José de Costa Rica nada puede estar por encima de la suerte de los pueblos. Tienen derecho a la energía, al agua, a su desarrollo… El excedente de riqueza del pueblo argentino de estos cuarenta años fue a parar a la deuda. ¡Se llevó el estado de bienestar, se llevó el desarrollo!

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En su película Sur hay un personaje que acumula enormes archivos y papeles para documentar una memoria del saqueo, una expresión que luego fue el título de su documental sobre la crisis argentina. Sur es de 1988. ¿Ha habido un saqueo continuo en Argentina?

Sur es el fin de la dictadura. En la Argentina hemos vivido muchas dictaduras y entonces hemos vivido muchos exilios interiores. Si no quieres que te lleven preso no dices lo que estás haciendo y vives para adentro. O te cambias de provincia o vives medio simulando lo que haces. Yo hice La hora de los hornos mintiéndole a todo el mundo. ¿Cómo se podía hacer, con la dictadura de Onganía `[19661970, n. del a.] que había terminado con los partidos políticos y los centros estudiantiles y los sindicatos? Bueno, yo la hice porque tenía una productora de publicidad y decía que estaba haciendo una serie de televisión para Europa. Y porque no la terminé en Argentina, la terminé acá, en Roma. Hice mi película como un director exiliado en Argentina.

¿Por qué en un determinado momento de su carrera abandona la ficción y sigue con el documental?

Son varias razones, pero mucho más concretas que las ideológicas. En mi última película, La nube, tuve un infarto. En todas mis películas yo fui el productor y el director, y eso a medida que fui creciendo me resultó imposible. Las peleas con los sindicatos, con los técnicos, terminé con un infarto. Nunca tuve un productor que viniera y me dijera: «Pino, valoramos lo que has hecho. ¿Cuál es tu próximo proyecto? Decinos de qué se trata, adelante que nos hacemos cargo». Nunca lo tuve. Tuve que hacerme yo cargo de todo, siempre tuve mi casa hipotecada, todas esas cosas, se acabó. Era el segundo infarto. Cuando hice Sur, veinticinco días antes de empezar me llamó el coproductor francés y me dijo que no podía empezar la película. Él tenía que colocar un tercio de la película. Yo ya había firmado setenta contratos en Buenos Aires. Sin el apoyo del productor francés no podía empezar. Todo eso me produjo un infarto, no de corazón, sino en el riñón. Me sacaron dos terceras partes del riñón derecho. La película se postergó ocho meses.

Entonces, decía que en 1999, cuando termino La nube, tuve que vender mi oficina y en 2001 se produce la gran crisis argentina y el presidente radical, Fernando de la Rúa, escapa en helicóptero. Yo empiezo a filmar, sin saber para qué estaba filmando, testimonios. Yo siempre hago testimonios, viajo con mi cámara, y donde aparece algo que después no se va a reproducir hay que filmarlo. Empecé a filmar y fue ese año, 2002, tan lleno de asambleas en la calle, todo eso, empecé a descubrir que la gente preguntaba, los más jóvenes, preguntaban: ¿por qué? ¿qué pasó? ¿cómo puede ser que un país con tanta comida tenga desnutridos? Me di cuenta de que necesitaba hacer una película que le hablara a la generación que me seguía y le explicara qué había pasado. No era una película larga como La hora de los hornos. Esta serie empieza con Memoria del saqueo y la séptima ya es Oro negro. Ahora estoy terminando la octava, Oro verde, sobre la problemática rural, y me falta otra sobre el mar. Todas estas películas, que serán ocho o nueve, si las puedo terminar, son como capítulos de una misma y única película. Bueno, eso ha compensado de alguna manera mi necesidad de expresarme con el cine, y ha sido complementario de mi trabajo político, porque son investigaciones, y he recorrido el país, y está mi punto de vista. En lugar de haber escrito en estos once años una gran crónica sobre la Argentina he filmado una gran crónica sobre la Argentina.

Pero quizá al precio de haber renunciado a esa parte suya más personal, de la creación, de la poesía, porque usted adora a Fellini.

Tengo cinco o seis proyectos, y uno que lo empecé y lo tuve que terminar porque no me dio el Instituto de Cine el apoyo prometido, quedó a la mitad de camino. Este… no, todavía tengo la ilusión de hacer algún largometraje, pero tiene que aparecer el productor, que se haga cargo de todo y yo que me dedique a lo mío. Primero, no tengo plata. Segundo, no lo podría hacer, me moriría con un múltiple infarto.

¿Qué tipo era Astor Piazzolla? Compuso la música de algunas de sus películas.

Era uno de mis maestros. Yo me inicié estudiando música, composición. Cuando apareció Astor Piazzolla descubrimos que había alguien que había parado el huevo de Colón en música. El que mejor expresaba la música de la ciudad de Buenos Aires. El heredero de las mejores tradiciones del tango y al mismo tiempo uno que conocía muy bien Bela Bartok, Stravinsky, Ravel, Debussy… Un músico culto que hacía tango. Nosotros íbamos a escucharlo al Café Concert, y lo esperábamos a la salida para pedirle si le podíamos llevar el bandoneón, tomar un café. ¿Cómo era? Un genio musical. El músico más original que ha dado la Argentina, un Gershwin argentino. Después lo he tratado mucho, pero él personalmente expresaba el resentimiento de las capas medias, ¿me entiendes?, un resentido.

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También fue muy incomprendido en su momento.

No, ya sé, pero ideológicamente era un hombre muy confuso.

¿Por qué?

Y… porque era un hombre muy confuso, antidemocrático, lleno de contradicciones. «¡Yo jamás escribiré un tango para ser bailado ni para ser cantado!», decía. ¿Entiendes?

Complejo.

Complejo. Su padre era peluquero, le regaló un bandoneón, empezó así y luego a medida que fue creciendo le empezaron a surgir pelos de gorila: ¿pero qué te pasa? ¡dejá de joder viejo! En el otro extremo, igual, pero mucho más culto, infinitamente más culto, Borges. Borges te decía: «El drama nuestro es la democracia». ¡Estaba por el voto calificado! Pero nunca lo escribió. Tú lees enteramente a Borges y no hay ideas reaccionarias. Pero hablabas con Borges ¡una cloaca de mierda! [risas].

¿Qué le parece este papa, que por cierto tiene su misma edad?

Nooo, buenísimo. Yo lo conocía de antes. Este papa expresa la corriente más avanzada del catolicismo mundial, que está en América Latina, no en Europa. Cuando cayó la ola de las dictaduras poco a poco se fue limpiando el ala derecha de la Iglesia y empezaron a llegar los obispos progresistas. Este papa inicia su carrera al papado en 2007 en un encuentro en Sao Paulo de los obispos latinoamericanos, y él presenta un documento en la basílica de Aparecida, un documento extraordinario, que toca todos los grandes temas de la sociedad contemporánea, muy progresista.

Pasó algo muy curioso cuando usted fue a ver al papa, en noviembre de 2013. El día antes había estado allí Carlitos Tévez, el futbolista, y salió por todas partes una foto del papa con su camiseta. Cuando fue usted se hizo otra foto con su camiseta contra el fracking, que en realidad es una imagen muy rompedora, muy política, contra intereses económicos y políticos muy concretos y muy fuertes, pero esa foto apenas tuvo repercusión. No salió casi en ningún sitio, y era una noticia.

Las declaraciones del papa son un dolor de cabeza para toda la derecha. Su crítica al capitalismo: no se ocupen tanto de los bancos, hay que ocuparse de los pueblos, la corrupción es el mayor de los pecados… Todo eso nunca lo habíamos escuchado. Y además las reformas que está haciendo en el Vaticano.

Usted conoció a Hugo Chávez, lo defendió mucho y también su proyecto. A un año de su muerte, ¿cómo ve la situación de Venezuela?

No he estado en Venezuela, pero evidentemente la cantidad de errores cometidos por Maduro, y limitaciones que ya se venían arrastrando desde la última etapa de Chávez, durante todo su mandato, como la corrupción, que es el mayor de los delitos… Lo de Venezuela es una enorme degradación de corrupción interna, y una enorme incapacidad para resolver problemas concretos internos. ¡La industrialización de Venezuela! ¡Siguen importando comida! Chávez era alguien de un impulso extraordinario, alguien que conectó la etapa contemporánea con el pasado y que tuvo el coraje de enfrentarse a las grandes mafias ligadas a las transnacionales, la prepotencia americana en el Caribe y la gran corrupción que había dejado el bipartidismo. Ahora bien, no lo pudo resolver. Pero resolvió muchísimas cosas: redujo en un tercio la pobreza, le dio acceso a la salud y a la educación a todas las capas pobres. En el resto, grandes limitaciones, y grandes limitaciones democráticas.

Última pregunta: ¿cómo se vive el Mundial en su casa siendo su mujer brasileña? [La entrevista se hizo a principios de la competición, n. del a.]

¡No, una pesadilla! No, el Mundial ha dejado de ser una confrontación deportiva. Son los hechos masivos de mayor comunicación que se conocen en el mundo. Decenas de miles de millones de personas lo siguen. Eso mismo potencia mucho los nacionalismos, las identidades, las barras, todo eso es detestable, no ayuda, no ayuda a la convivencia.

Me refería más bien a si discute por el fútbol con su mujer.

Nooo, yo me lo tomo a broma.

¿Pero usted es un argentino atípico, no futbolero?

Bueno, un buen partido me gusta, pero no me quiero dejar arrastrar por esa ola, que me parece nefasta, de las hinchadas.

¿Pero tiene equipo?

Estudiantes de la Plata. No es un mal equipo. Un buen equipo.

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Fotografía: Antonello Nusca


Jorge Valdano: “En la sociedad actual no hay más héroes que los deportistas”

Jorge Valdano (Las Parejas, Argentina, 1955) es igual de cerca que de lejos: culto, formal, educadísimo. Quizá de cerca se aprecia más su sentido del humor. Ha sido campeón del mundo como futbolista, entrenador, directivo, comentarista y escritor, casi todo lo que se puede ser en un ambiente que, según él, trastorna de forma inevitable a las personas más racionales. Pero Valdano parece haber sobrevivido bastante bien a la locura. Se le cita en un hotel de Madrid y acude puntual, con un aspecto impecable. Es un placer charlar con él sobre fútbol o sobre cualquier otra cosa.

Tú que estás a caballo entre Europa y América Latina, ¿cómo ves la situación en Europa? Especialmente en España se ha pasado en los últimos años de un optimismo eterno a un pesimismo feroz.

Es la situación más difícil que yo he percibido en los 36 años que llevo en España. Por un lado está el problema real y por el otro el problema percibido. Este último afecta tremendamente a la confianza de la gente. Hay un clima de pesimismo que está condicionando el humor nacional. Si algo había caracterizado a España frente a cualquier otro país europeo es que equilibraba muy bien los tiempos del placer y del deber. Era un país que sabía vivir. Y la crisis empieza a ser tan grande en términos emocionales que condiciona seriamente la parte del placer.

¿Esto va a acabar repercutiendo en el fútbol?

Ya lo está haciendo, y creo que nos falta por vivir lo peor. Hay dos clubes que están a reparo porque tienen como mercado el mundo entero y eso les va a ayudar a sobrevivir, son dos grandes unidades de contenidos televisivos que ahora resultan imprescindibles no sólo para los españoles, sino también para los asiáticos, americanos, africanos… El Madrid y el Barcelona, por esto de las identidades difusas, ya tienen clientela en todo el mundo, y eso económicamente tiene consecuencias positivas. Todos los demás clubes, que tienen como mercado su comunidad o su ciudad, van a sufrir problemas que irán agravándose.

Ahora que hablabas de las identidades, ¿de qué identidad pueden hablar clubes como el Barcelona o el Madrid cuando su mercado se ha expandido y su naturaleza se ha diluido? Ni el Madrid es el Madrid que yo conocía de pequeño ni el Barça es el Barça que yo conocía de pequeño. ¿Qué afinidad puede sentir un tipo de Hong Kong o de Méjico respecto a Madrid o Barça?

Fundamentalmente tiene que ver con los héroes. En la sociedad actual no hay más héroes que los deportistas, o al menos son los héroes de mayor tamaño. Y el futbolista, por su fuerza popular, se ha convertido en una celebridad. Hoy, cualquier cosa que diga Casillas para la educación de un chico tiene más potencia que cualquier cosa que diga el mayor intelectual del mundo, que tampoco sabemos quién es, porque también se ha acabado ese tipo de referentes. Y eso ha provocado lo de las identidades remotas que uno no acaba de explicarse, porque lo cierto es que uno va a Méjico y se encuentra con un niño de diez años con la camiseta del Madrid, y que sufre realmente la incertidumbre de un resultado. De los héroes se pasa al escudo: el único carné de identidad del hincha es el escudo. Eso se percibe muy bien en los países que han sido devastados por la economía. En Argentina la gente intenta evitar enamorarse de un jugador joven, porque saben que ese chico se va a ir mucho más temprano que tarde. Generalmente un gran talento no sobrevive en el país después de los 20 años. Y no remito a Messi, sino a Gago, a Higuaín

¿A ti mismo?

Bueno, yo fui un caso excepcional en mi época, pero ahora lo excepcional hay que catalogarlo como normal. Hablamos de jugadores que con 17 o 18 años, sólo por ser especiales, ya saltan a Europa, de forma que los aficionados sólo concentran su orgullo en la camiseta, y ahí el escudo se agiganta. ¿Por qué en el fútbol? Eso es mucho más difícil de entender, pero creo que el siglo XX, que ha consagrado el individualismo, y el siglo XXI, que lo está exacerbando, requieren algún tipo de compensación. Hay una nostalgia de la tribu que compensamos con cuestiones menores, como un equipo de fútbol; considerando mayores la patria, por ejemplo. Algo de eso tiene que haber.

Antes, ese tipo de fidelidades estaban relacionadas con sensaciones físicas. Por ejemplo, ¿tú sigues siendo leproso? [así se denomina a los seguidores de Newell’s Old Boys]

Lo sigo siendo. Los lunes me interesa saber cómo salió Newell’s el día antes, es lo primero que busco en el periódico. Me pasa con el Alavés y el Zaragoza, son casi reflejos condicionados.

Alguien de Rosario tiene las sensaciones físicas del ruido, del estadio, del olor…

Hace 35 años que no voy a ver a Newell’s y, sin embargo, sigo manteniendo algún tipo de vínculo sentimental que, en mi caso, tiene que ver también con el agradecimiento porque fue la escuela que me formó. Son auténticos milagros.

¿Qué tiene Newell’s para tener esta cantera? Entrenadores como Pocchettino y Bielsa, jugadores como Batistuta, Gallego…

Tenía una muy buena escuela de fútbol en una ciudad que mantiene una relación claramente exagerada con el fútbol y en una zona que es un gigantesco campo de fútbol. Yo salía de mi casa y me encontraba con un campo de fútbol de mil kilómetros cuadrados: una llanura sólo interrumpida por alguna vaca y algún árbol, todo lo demás era campo de fútbol. Y una zona muy bien alimentada, que también cuenta, porque hay otras más deprimidas donde el problema de la nutrición no favorece el surgimiento de grandes futbolistas. Pero creo que lo esencial fue una escuela de fútbol creada y proyectada por Jorge Griffa, uno de los gurús de la formación en Argentina, y eso ha colocado a Newell’s en un lugar de honor en la proyección de futbolistas. Y se terminó cuando se terminó Griffa. En los últimos años han ocurrido auténticas perversiones. Por ejemplo, que los barras bravas [seguidores ultras] sean dueños de los jugadores de las divisiones inferiores. Sólo con contar esto ya se habla de la pobreza ética en la que cayó el club, felizmente recuperada ahora con una nueva dirección. Pero Di Stéfano siempre dice que para destruir sólo hace falta un martillo y que para construir hace falta mucha inteligencia y esfuerzo. Los martillazos fueron muy duros y ahora llevará tiempo para recuperar el terreno.

Dejaste aquello muy joven, a los 20 años, y te fuiste a un segunda división español.

Era un momento muy caótico del fútbol argentino, había una desorganización tremenda. Yo me había propuesto aprovechar la primera oportunidad que se me presentara para venirme a Europa. Llegué a Newell’s con 18 años y mucha suerte, porque Newell’s fue campeón por primera vez en su historia en 1973, y yo llegué a participar en siete u ocho partidos de ese campeonato, lo que sentí como un privilegio. Jugué también con la selección juvenil que ganó el Mundial. Luego debuté en la selección mayor contra Uruguay, ganamos 3 a 2 y yo marqué dos goles. Si completamos todo el relato de mi llegada al fútbol de primera división, tenía picos como los que acabo de nombrar, pero también mesetas muy deprimentes: podía pasarme diez partidos sin meter un gol… En cualquier caso, llamé la atención de los directivos del Alavés. Zárraga, que era amigo de Griffa, le pidió consejo sobre a quién pudiera contratar. Griffa me recomendó a mí y, como yo ya tenía la decisión tomada, no me importó que se tratara de un equipo de segunda división. Me hicieron una oferta a las diez de la noche y tenía que contestar al día siguiente a las diez de la mañana. Yo estaba en Rosario y mi familia vivía a 100 kilómetros, así que después de recibir la oferta tomé el coche y me fui a casa a comunicarle a mi madre que me iba a España. No fui a compartir la decisión, sino a decir cuál era. Fue, sin duda, la decisión más trascendente de mi vida, porque es un movimiento que te modifica absolutamente todo: en España encontré a mi mujer, de España son mis hijos, en España desarrollé la carrera profesional, en España me terminé de formar… y fue una decisión mal tomada. No la comenté con ningún adulto, fue la primera y quizá la única vez que sentí la ausencia de mi padre. Mi padre falleció cuando yo tenía cuatro años. No sentí el golpe, porque ni siquiera tenía formada la idea de la muerte, pero cuando uno tiene 18 o 19 años y está ante un cruce de caminos tan peligroso necesita de la palabra de un adulto. A ser posible masculino, porque el fútbol es un territorio de hombres. Dicho esto, nunca me arrepentí de la decisión tomada.

¿Ni cuando empezaste a lesionarte en el Alavés?

Tuve muchas dificultades, sobre todo con el clima y el estado del terreno de juego. Siempre cuento que en mi tiempo en Argentina era motivo de suspensión del partido la amenaza de lluvia, y cuando llegué al Alavés el día que no llovía llamaban a los bomberos para que embarraran el campo porque se suponía que el Alavés, como todo equipo norteño, sacaba ventaja de un campo embarrado. Y seguramente era cierto con respecto a todos los demás jugadores, pero no con respecto a mí. Yo estuve allí cuatro años, y uno de los entrenadores daba la alineación los sábados. Terminaba siempre de la misma manera: “…y de delantero centro, si no llueve Valdano, y si llueve Aramburu.” Yo soy una persona delgada, pero en aquella época aún tenía diez kilos menos que ahora, con unas piernas muy flacas. De hecho el primer año sufrí diez lesiones musculares, un poco por el frío y otro poco por el barro. Pensaba que no estaba dotado físicamente para jugar en el barro hasta que un día jugamos contra el Barakaldo y me encontré con uno más flaco que yo y que caminaba por encima del agua; se llamaba Sarabia y me arruinó la teoría: desde ese día ya no supe qué pensar. Luego descubrí que es un problema de gimnasia, si uno juega en territorio seco terminas estando hecho para jugar en ese tipo de campo y para acostumbrarse a otro tipo de superficie hace falta tiempo. Aquella dureza fue necesaria para terminar de formarme. Como había aterrizado en primera división y a los tres días ya me había puesto la camiseta de Argentina pensé que iba a llegar a Alavés y que, un año después, me iba a poner la camiseta del Real Madrid.

Y tardaste un poco más.

Tardé diez años. Pero el camino fue muy formativo. Y no solamente el clima, sino la soledad. Si algo recuerdo de aquella época es la soledad. Vivir en un hotel. Las tardes se hacían larguísimas porque en el invierno de Vitoria el tiempo a las cinco de la tarde te pedía pijama; y en una habitación de un hotel se hace duro.

¿Qué hacías?

Escuchaba música, escribía, leía… leía mucho. Me encontré en el hotel con un argentino que era un auténtico erudito, una persona mayor, que empezó a recomendarme lecturas. Comencé a relacionarme con España a través de sus escritores. Recuerdo perfectamente que la primera recomendación fue la de Francisco Umbral, con Mortal y rosa y todo eso, y la lectura fue un refugio importante en ese momento. La otra posibilidad era la primera o segunda cadena de Televisión Española, no había más. Para hablar por teléfono con mi familia tenía que llamar por la mañana a una centralita y me daban cita para las cuatro de la tarde. Y a las cuatro de la tarde había que estar al lado del teléfono… y muchas veces la comunicación llegaba a las siete. Eran tiempos en los que había que armarse de paciencia.

¿Es verdad eso de que un futbolista que lee era y es una anomalía?

Que un futbolista leyera no era frecuente. Era como si fueran universos distintos. Por un lado estaba la mente y por otro lado estaba el cuerpo. Y el fútbol representaba más al cuerpo. Ahora empezamos a volver al ideal griego de armonizar la mente y el cuerpo. Pero en ese momento un futbolista provocaba algún tipo de desconfianza intelectual, igual que los intelectuales la provocaban a los futbolistas. La primera vez que encontré el vínculo entre la mente y el cuerpo fue en un artículo de Vázquez Montalbán. Desde ese momento el fútbol empezó a significar para mí algo distinto, me ponía los pantalones y la camiseta pensando que lo que iba a hacer tenía mucha más trascendencia de lo que yo había pensado siempre. Y la evolución de las cosas parece demostrar la teoría.

Eran unos años en los que Manolo Vázquez reinventó el fútbol.

Exactamente, se inventó un cuento que a mí me interesaba mucho.

Es que era un cuento, pero ahora funciona como la realidad, todo el mundo da por buena su reinvención del asunto.

Más que su reinvención del fútbol, su reinvención del Barcelona. Lo que pasa es que yo descubrí al Barcelona a través de Vázquez Montalbán, y entonces no lo sé ver en perspectiva y qué había sido antes.

Nadie puede, ni quien lo ha vivido. Es imposible. Esa teoría de lo que es la representación de Cataluña… fue extraordinario.

Es la fuerza del relato cuando se termina imponiendo; y hoy esa realidad imaginada se percibe, incluso en lugares remotos, como parte de una realidad incuestionable.

Ya que hablas del relato: prácticamente todo lo que se ha escrito sobre fútbol es metafútbol. Un cuento tan mítico como el del viejo Casale, por ejemplo, de hecho no habla de la famosa palomita con la que Poy marcó en aquel partido Newell´s-Central. Fontanarrosa habla del viejo Casale, la expedición, el infarto final… pero no del juego. Es muy difícil escribir sobre el juego en sí.

Es muy difícil escribir y también recrearlo cinematográficamente, creo que resulta imposible.

En cambio, el entorno se presta mucho. Tú eres uno de los que ha escrito profusamente sobre eso que hay alrededor y que hace del fútbol algo especial.

Ahora estamos alcanzando ya una distancia con respecto al fenómeno que nos permite hacer incluso ficción sobre él. Hay algunos personajes, y el principal es el “Negro” Fontanarrosa, que han conseguido llegar al final de la cuestión. Todo cuento o viñeta de Fontanarrosa tiene una carga simbólica que incluso te llega a sobresaltar. Explica el amor del hincha como nadie, por eso era un admirador tremendo de Hornby. Incluso fue a Inglaterra para conocerle porque Fiebre en la grada le pareció algo que conectaba muy bien con su sentimiento, y quería ver cómo un tipo inglés podía haber conectado de una manera tan directa con un tipo de Rosario. La única explicación es que las emociones nos igualan a todos, y los dos sentían emociones parecidas por el fútbol y, sobre todo, por sus equipos.

¿Cómo se maneja un profesional en ese mundo en el que hay una parte material, evidentemente, y luego toda esa cantidad de emociones incontrolables y fidelidades ciegas, el componente irracional del asunto?

Hoy el futbolista tiene muchas más posibilidades de confundirse que en mi tiempo, porque entonces el fútbol era lo único que teníamos, por lo tanto era muy difícil confundirse. El fútbol traía aparejado dinero y fama, que son deformadores de la personalidad, pero no en la dimensión de ahora, donde el futbolista está rodeado de gente que se especializa en sacarle de la realidad. Desde el representante, pasando por su jefe de comunicación y siguiendo por su novia. Todos son adoradores profesionales que contribuyen a sacar al futbolista de la normalidad, y eso es muy difícil de gestionar. Si por algo son héroes es por sobrevivir a tanta adulación.

¿Cómo maneja eso el que está más arriba, en la gestión?

El gestor es siempre un intruso en el fútbol, porque intenta poner racionalidad en un mundo donde no la hay. El héroe es el jugador. Ni siquiera el exjugador. Quizá hay una deuda emocional que los aficionados siempre están dispuestos a pagar homenajeándote con un elogio, un agradecimiento y, en algunos sitios, con la idolatría, como Maradona en Argentina. Para los argentinos Maradona será siempre jugador, hasta que se muera, porque la deuda emocional es gigantesca. Pero el verdadero héroe es el que juega hoy. El gestor lo sabe, y por eso no le interesan nada los futuros futbolistas y los exfutbolistas, le interesa el futbolista. Y la gente que va al fútbol también considera al gestor como un intruso. Cuando se implantaron las sociedades anónimas alguien dijo que eran un intento de ponerle una camisa de fuerza al loco, pero que el loco seguía estando loco. Y el tiempo demostró que es verdad, las sociedades anónimas no han contenido al loco. Es más, el loco se sacó la camisa de fuerza, pasó por encima de las sociedades anónimas y ya le estamos pidiendo un nuevo auxilio al Estado para ver si es capaz de sacarnos de esa crisis en el mundo del fútbol que, si no es terminal, poco le falta.

¿Esto tendrá que ser siempre así?

A lo largo de mi vida he conocido a mucha gente inteligente que ha llegado al mundo del fútbol a poner racionalidad, y lo único que logra es demorar un poco más el desquiciarse, pero se acaba desquiciando. La desesperación por el resultado trastorna a la gente, y eso en este mundo da la sensación de que es hasta obligatorio. Es muy difícil escapar al hechizo que produce el fútbol. Alrededor hay mucha pasión partidista que condiciona muchísimo. Estar en un estadio mirando un partido en un momento de crisis con todo eso en ebullición produce una angustia muy especial. Y si eso lo multiplicamos por el alboroto que producen los medios de comunicación, que es cada día más ruidoso, te da la sensación de que el fútbol te persigue a todos lados y no hay escondite posible. Eso te llama a la acción, uno piensa que hay que tomar decisiones. Cualquier cosa menos la calma, la tranquilidad y la paciencia. Da la sensación de que si uno no se mueve comete un pecado de dejadez. Y así es como se van tomando decisiones apresuradas que casi nunca se revelan como salvadoras si las miramos en perspectiva.

¿Qué lectura filosófica recomendarías a directivos y técnicos? ¿O aconsejarías directamente la religión?

Algo que nada tenga que ver con el fútbol. Decía Hipócrates que el que sólo sabe de medicina ni de medicina sabe, y el que sólo sabe de fútbol ni de fútbol sabe. Eso lo dijo una vez Menotti con toda la razón del mundo. Uno tiene que saber ubicar el fútbol exactamente en el escalón social que le corresponde, y si se obsesiona ya pierde perspectiva. La obsesión sólo deja lugar en la mente para los prejuicios y todo lo que termina por enfermar.

¿Te has sentido así a veces?

Sí, totalmente. Una de las mejores decisiones que tomé en mi vida es la de acercarme y alejarme del fútbol permanentemente.

¿Cuánta autonomía tienes para dejar el fútbol?

No, es el fútbol quien te rechaza y te acepta. Pero cuando te rechaza hay que aprovechar la oportunidad para alejarse y recuperar la perspectiva.

¿Es fácil? Debe de ser bastante adictivo.

Es mucho más fácil alejarse que estar dentro de ese conflicto permanente que propone el fútbol. Pero es muy absorbente, sobre todo en determinadas personalidades adictivas. Cuando jugaba sólo miraba mi ombligo, y una rotura muscular se convertía en el centro del mundo. Era despertar y preguntarme: “¿Me duele más o menos que ayer? Ahora me voy al fisioterapeuta, luego al hospital…” Es vivir en una obsesión que provoca perversiones tan extraordinarias como la de poner a tus hijos en un lugar secundario. En mi casa, cuando era futbolista y tenía hijos pequeños —a los 23 años ya era padre— y mi hijo lloraba, cogía la almohada y le decía a mi mujer “lo siento, pero vivo del cuerpo”, y me iba a otra habitación. Ahora, treinta años después, cada vez que doy mi opinión sobre cualquier cosa en mi casa me dicen que me calle, que yo vivo del cuerpo. Me ha hecho perder autoridad para toda la vida y me parece justo. Pero cuando uno está en un puesto de gestión pretende hacerse cargo de todas las variables, y eso te lleva directamente a la melancolía. Es absolutamente imposible, porque hay una variable, muchas veces determinante en el fútbol, que es la del azar, y nadie la atiende. Pensamos que esto depende meramente del mérito o del árbitro, pero hay otros elementos totalmente casuales y que tienen una influencia muy grande, porque al final un tiro que pega en el palo y sale o pega en el palo y entra no significa sólo un gol, sino también el desplazamiento del estado de ánimo hacia un lugar o hacia otro. La cadena de consecuencias del tiro en el palo es mucho más grande de lo que creemos.

Qué importa, ¿jugar bien o que el balón entre?

Es un juego competitivo, por lo tanto que el balón entre es esencial. El gol es el objetivo. Lo que ocurre es que hay gente que cuando piensa en el gol no piensa como objetivo meterlo, sino que no se lo metan, y ahí empezamos a condicionar el juego. Considero un error poner el triunfo antes que el juego, porque el juego es el cómo accedo al triunfo. Me ha parecido siempre una estupidez lo de elegir entre jugar bien o ganar. Si me lo pones así prefiero ganar, pero ¿cómo lo hacemos para ganar? ¿Qué preferimos, un imbécil bueno o un hijo de puta malo? Son cosas de una naturaleza tan distinta que está muy mal compararlas. ¿Prefiero jugar bien o mal? Pues jugar bien. ¿Y ganar o perder? Pues prefiero ganar. Pero si mezclamos el color de los calzoncillos con manzanas o peras nos confundimos. Uno de los episodios que me resultaron más gratificantes este año fue el partido entre el Athletic de Bilbao y el Barcelona en San Mamés: un extraordinario partido con lluvia que tuvo todos los ingredientes, desde el poético hasta el épico. El Athletic iba ganando hasta dos minutos antes del final. Hubo un empate que frustró a ambos equipos. Después del partido estuve con Guardiola y con Bielsa y los dos estaban felices por haber sido protagonistas de un gran partido. Fue una de las escasísimas ocasiones que vi a dos protagonistas del fútbol anteponer el juego al resultado. Y eso cinco minutos después del partido, porque cinco días después es más fácil pero cinco minutos después, cuando el humor está tan condicionado por esa emotividad fresca que deja el duelo, me pareció que estaban cerca de la verdad.

Hablas de dos personajes bastante atípicos, sobre todo Bielsa.

Los dos tienen algo en común, y es que a través del fútbol buscan la grandeza. Eso me parece muy meritorio, porque es un medio tan presionante que te vuelve mezquino. Pero cuando se dan dos búsquedas tan nobles por el resultado está implícita la grandeza. El fútbol es un lugar donde eso resulta posible. Cabe todo: las mayores miserias y las mayores grandezas. Cuando uno se encuentra con la grandeza se reconcilia con el fútbol.

Hablando de grandeza, ¿recuerdas el momento en que Maradona toma el balón y empieza a driblar ingleses?

Perfectamente. Recuerdo que cuando la pelota entró supe al momento que para Maradona habría un antes y un después de ese gol. Y, de hecho, se lo dije en la ducha: “Ya está, te acabas de sentar en el mismo lugar que Pelé”. Y entonces me empezó a explicar cosas de la jugada. Siempre digo, en broma, que tuve la virtud de sacar la pelota que Diego metió. Yo fui el que recogió la pelota de dentro del arco. Nadie le asigna el mismo valor a eso. Curiosamente, fui donde él estaba y se la di, porque era una jugada tan suya que el cuerpo, más que ir a abrazarle, me pedía hacer algo útil.

Eso pasó en el momento crucial de un Mundial. ¿Qué efecto tuvo ese gol y ese partido en ti y en el equipo?

Fue aumentando en importancia a medida que ha ido pasando el tiempo. En ese momento teníamos un problema y él lo resolvió. Fue el peor partido de Argentina en el Mundial, y creo que el único que, sin ninguna duda, no habríamos ganado sin Maradona. Los demás teníamos alguna posibilidad de ganarlos sin él, pero ese no. Tuvo una importancia simbólica por toda la carga emocional que traía el partido. Para los argentinos era algo así como “con bombarderos nos pueden ganar, sin ellos ganamos nosotros.” Y ese día Diego, con la fuerza de su personalidad y de su genio futbolístico, se convirtió en el nuevo general San Martín.

¿Sigues tratándole?

Últimamente no, se enfadó por un comentario que hice antes de que asumiera el cargo de entrenador de Argentina. Esas ofensas…

Personaje peculiar.

Es que no resulta nada fácil ser Maradona. Hace poco estaba en Bariloche, Argentina, y me encontré con una bandera donde estaban el Che Guevara, Evita, Gardel y Maradona. Claro, si uno está muerto sale indemne de todo eso, pero ser un mito viviente es incomodísimo.

En cambio, ¿por qué parece tan fácil ser Messi?

Son personalidades distintas. Diego era muy volcánico, y eso lo convirtió en un producto de consumo informativo permanente, dentro y fuera de la cancha. Lo fui a visitar alguna vez a Nápoles y era como un carnaval permanente. Él salía en coche de su casa y abajo lo esperaban veinte o treinta chicos con motocicletas que lo iban acompañando, alguno lo adelantaba e iba gritando “Arriva Maradona!”, y entonces salía el almacenero, el del bar… todos los días se daban situaciones que sólo se podían dar con un personaje como Maradona. No me imagino un episodio parecido con Messi en Barcelona, a pesar de que el fútbol no ha hecho más que crecer desde hace veinte años hasta ahora. Todos sabemos que Messi no podrá tomar un café en una terraza cerca de la Sagrada Familia, pero en ningún caso atrae tanta expectación cuando no juega a fútbol. La atrae desde que empieza el partido hasta que acaba, y luego deja de interesar.

¿Eso es por él o por el entorno, porque no está en Nápoles o Argentina?

Creo que también es por él. Maradona ha tenido opiniones sobre todas las cosas, y eso lo fue transformando cada vez más en un personaje de dimensión mundial. En la Copa del Mundo de 1986, a medida que las selecciones caían eliminadas los futbolistas se volvían a casa. Pero los periodistas se quedaban. Al final, cuando hace una rueda de prensa cualquiera de los dos equipos que van a luchar por el campeonato al día siguiente, llegan a una concentración 2.000 periodistas. La última rueda de prensa de Maradona en aquel Mundial fue algo impresionante: él, tras una valla de alambre, caminando, y todos los periodistas intentando llamar su atención para conseguir algún tipo de complicidad que hiciera que él se detuviera y le dedicara una respuesta. Y ahí estábamos Burruchaga, Passarella y yo siendo espectadores del espectáculo como si fuéramos hinchas y no protagonistas del mismo partido al día siguiente. La fama, sobre todo en esa dimensión, tiene un efecto hipnótico. Pero además Maradona tuvo una enorme carga simbólica en Argentina, porque coincidió con un momento de un país al que se le fue cayendo el relato histórico. Argentina, se decía desde siempre, es un país donde nunca va a haber hambre. Y aparecieron problemas de desnutrición gravísimos. “Estamos lejos de cualquier conflicto y aquí no habrá guerra nunca”, y llega la guerra de las Malvinas… Iban derrumbándose mitos nacionales cuando surgió Maradona, que gana a Inglaterra y se convierte en una celebridad mundial. Fue una manera de decir: “Argentina existe, estoy aquí. El relato no es el mismo, pero seguimos siendo un país que cuenta en el mundo.”

¿Qué relación tiene el Mundial del 86 con el del 78? Porque, desde fuera, el del 78 no tuvo buen aspecto.

El mayor cómplice del Mundial del 78 fue la FIFA, porque le dio un certificado de autenticidad a la dictadura argentina, y el que padeció esa injusticia fue el equipo, porque jugaba muy bien al fútbol. Esos jugadores se sentían representantes de la gran pasión popular argentina. Lo que pasa es que cuando hay que levantar la copa el que capitaliza la fuerza de esa imagen es el dictador. Y esa foto ha condicionado el aprecio al campeón.

El 86 fue el momento de decir que se podía ganar sin Videla y fuera de casa.

Campeonato de visitante, una figura indiscutible, el gran héroe de esos tiempos con la camiseta de Argentina y ninguna sospecha en el camino. No hizo falta ni una prórroga.

Ni porteros peruanos que se dejan golear.

Ni porteros peruanos.

¿Crees que las circunstancias que rodearon a ese Mundial del 78 perjudicaron la figura histórica de Kempes como futbolista?

No creo. Kempes es uno de los jugadores más humildes que he visto en mi vida y fue él mismo el que se escondió de la celebridad que proponía el momento. Era el mejor jugador del mundo, y al día siguiente estuvo ilocalizable porque se fue a su pueblo a cazar perdices por el placer de caminar por el campo y estar solo.

Lo digo en el sentido de que si se hubiera ganado el mundial del 78 sin esas sospechas, ¿no estaría Kempes más reconocido?

Creo que tiene que ver con el impacto que producen las personas, y Mario era un tipo muy particular en ese sentido. Cuando se juega el Mundial del 82 Menotti da las camisetas por abecedario, y a Kempes le toca el 10. Maradona, entonces, le pide el 10 y Kempes se lo da sin ningún problema. Era un tipo que nunca se dio importancia a sí mismo, y fue un talento superior, aunque no de niveles maradonianos.

Y cuando se marca un gol en la final… ¿qué?

Es algo que te supera. Es como un relámpago, un “esto no me está pasando a mí, no puede ser verdad. Ahora vendrá mi mamá, me despertará y me dirá que hay que ir a colegio, como a Felipe, el de Mafalda.” La felicidad tiene un límite y ese es un episodio que supera ese límite. Desde que nací hasta que metí el gol pasó más o menos el mismo tiempo que desde que metí el gol hasta hoy, y puedo decir que fue mucho más bonito soñarlo que recordarlo. Cuando veo el gol veo a un tipo que mete un gol, no me veo a mí metiéndolo; es una cosa extrañísima, no me produce ninguna emoción distinta al gol que metió Diego contra Inglaterra, que también veo de vez en cuando.

¿Sigues soñando con marcar goles?

Ahora sólo dormido, pero cada vez fallo más. El subconsciente sigue ahí, entreteniéndose con los goles. Y hay otro sueño recurrente, que es que estoy jugando un partido pero ya estoy viejo, y quizá ese sea el último partido, y es una sensación horrible porque lo que intento durante todo el partido es que los demás no se den cuenta de que ya no sirvo para eso. Creo que es el miedo al final, que el futbolista sufre los últimos tres o cuatro años de su carrera, y que ha quedado en algún lugar.

Tú no tuviste ese final agónico.

No, una hepatitis me ayudó a no tomar la decisión. Fue el cuerpo el que decidió por mí.

Pero aún te quedaba fútbol.

Tenía apalabrado un contrato para irme al Nantes tres años, por lo que ni siquiera veía la inminencia del final y, de pronto, llegó impuesto.

¿Cómo lo llevaste?

Bien, porque empecé a escribir en El País, empecé a hablar en la Ser, empecé a hacer comentarios en Canal Plus… y de pronto descubrí que del otro lado también había vida.

Pero vida sin goles.

Sí, pero con noches, con salsa, con un cierto desorden a la hora de vivir… Yo me había tomado la vida de futbolista con mucho rigor y seriedad, y sentí aquello como un alivio vital. Ya podía distenderme y abandonarme un poco. Podía salir una noche y estar hasta las tres de la mañana sin sentirme vigilado por un socio del Madrid que dijera: “Mira este por qué falla lo que falla, no me extraña.”

Como persona relacionada con el deporte y como lector, ¿te satisface el periodismo deportivo tal y como está ahora?

Al periodismo deportivo le pasa lo mismo que al fútbol: que exagera. Y lo hace para los dos lados posibles, porque hay un muy buen periodismo deportivo, gente que convierte una crónica en un cuento y, en ocasiones, la crónica supera en belleza al partido del que se habla; y luego hay otro tipo de periodismo que no bastardea el fútbol pero sí bastardea el debate. Se concentra mucho en la polémica arbitral y en las declaraciones de los protagonistas, y envuelve todo eso en un debate interminable que da la sensación de que contamina la pureza del juego.

¿Hasta qué punto es inevitable que la tendencia sea hacia lo malo?

El fútbol se ha convertido en un producto de consumo, y todo aquello que se transforma en un negocio termina perdiendo valores de referencia. Es inevitable. Además, el mismo devenir del periodismo provoca esta especie de conexión salvaje entre la opinión pública y el fútbol. La sociedad se ha infantilizado, estamos en la sociedad del espectáculo… el fútbol consagra todo eso, y hay que contarlo en el lenguaje que sea. Lo que pasa es que la sociedad del espectáculo no convierte en célebres solamente a los jugadores, sino que para sobrevivir el periodista tiene que convertirse en célebre o, por lo menos, en visible. Y para ser visible, como me dijo un periodista de televisión hace poco, o se está buena o se dicen burradas. Él lo culminó diciendo “yo buena no estoy”, así que la opción que había elegido quedó claramente expresada. Pero en alguna parte del periodismo hay una consciencia de que sin decir burradas, sin ponerle mucho acento a la polémica, sin emplear palabras muy fuertes… se hace difícil hasta conservar el trabajo.

Parece lógico que si el fenómeno es claramente irracional porque está envuelto en sentimientos, forzar la irracionalidad te lleve a las conspiraciones, las paranoias, las fantasías…

Es un deporte altamente opinable… Están las estadísticas y las opiniones, por eso ganar es cada vez es más importante, ya que es como un martillazo sobre la mesa: “He ganado, luego tengo razón. No importa cómo, tengo razón.” Pero luego está todo lo opinable, y ese es un mundo con tantas variables posibles que da pábulo a cualquier barbaridad. Hay quien ve conspiraciones judeo-masónicas hasta en un Calahorra-Zaragoza B. Es una cosa que el fútbol admite hasta con naturalidad. Además es un medio donde los buenos son los míos y los malos los demás, y ese maniqueísmo se lleva hasta las últimas consecuencias.

Cuando uno lo ve desde arriba porque está en un peldaño de gestión, ¿sigue existiendo ese maniqueísmo? ¿Sigues pensando en “los míos” y “ellos” o hay una conciencia de clase, de que estamos todos en el mismo negocio?

Creerte el cuento es una cuestión de supervivencia porque al fin y al cabo estás defendiendo los intereses de un club con obsesiones muy particulares. Cuando entras en un club tienes que entrar convencido de que los buenos somos nosotros.

¿Puedes autoconvencerte?

Cuando uno es profesional de esto durante mucho tiempo ha de tener un poco de flexibilidad y generosidad. Hay que tener en cuenta que el fútbol debe estar siempre por encima de nuestra obsesión particular, que es nuestro equipo, porque a fin de cuentas del fútbol vivimos todos, así que debemos cuidarlo. Todo tiene un límite.

Pero es que incluso a quien intenta mantener ese límite, y estoy pensando en Guardiola, que no hace declaraciones espectaculares y procura respetar al contrario, se le critica, se dice que es un falso.

Existe un deseo de que Guardiola sea malo, y como no representa ese papel, entonces está simulando porque él, en esencia, es malo. Es un juego que tiene que ver con esta historia de buenos y malos. Para disfrutar del fútbol en toda su plenitud hay que querer a un equipo y hay que odiar un poco a otro. Eso a veces se lleva demasiado lejos y termina creando un clima pre-violento que debiéramos cuidar porque nunca sabemos dónde está la raya roja. Hay gente, y uno eso lo descubre en los foros, que vive al límite. Uno lee comentarios y piensa: “Espero no encontrarme con este tipo en ninguna esquina porque eso no puede terminar más que mal.”

¿El Valdano aficionado todavía es tan aficionado como para odiar a algún equipo?

No, para odiar a un equipo no. A eso no llego. No soy un buen hincha, soy capaz de admirar al enemigo.

¿Incluso a “los canallas”?

Bueno, eso es mucho decir. Pero si Messi fuera “canalla” trataría de disfrutarlo. Tengo a un amigo de Newell’s que no ha leído nunca al “Negro” Fontanarrosa porque era de Central. Y es profesional, así que la pregunta está bien traída, porque podría ser perfectamente posible.

Paralelamente al fútbol te has dedicado a la didáctica sobre formación de equipos empresariales. ¿Realmente se extraen experiencias válidas del fútbol?

Muchas. Dentro del mundo del fútbol he pasado por todos los sitios: jugador, entrenador, director deportivo, director general, medios de comunicación… y ser un protagonista central de un medio tan abrupto inevitablemente te contamina y te hace mirar todo desde un lugar diferente. Lo único que no he perdido es la fe en el deporte como vehículo de formación. Primero, porque entiendo que de la exageración siempre se vuelve con enseñanzas, y el fútbol es un mundo de exageraciones; en segundo lugar, porque en estos momentos se hace muy difícil captar la atención de un niño, y el deporte es una excusa perfecta. Cuando uno atrae hacia el juego a un niño lo predispone de una manera muy positiva, y hay que aprovechar esa predisposición para meterle en la cabeza la mayor cantidad de valores y mensajes edificantes posible. No es que considere que el fútbol puede cambiar al mundo, pero sí puede ser un instrumento para ayudar a cambiar al hombre. ¿Qué es lo que en estos momentos cuesta mucho con los chicos? Hacerles creer que el esfuerzo es un valor, por ejemplo. A través del deporte eso se lo hacemos entender de una manera apasionada, recreativa y placentera. Y ahí me parece que hay un arma de formación muy potente.

¿Qué puede aprender del fútbol un empresario?

Cualquiera, en cualquier ámbito profesional, tiene que creer en un producto: en un café, en un teléfono móvil, en un coche… La excelencia de ese producto hace más fácil la venta, y su mediocridad la dificulta. En los equipos deportivos el producto es el equipo, por lo que es un medio exageradamente humano, y la materia prima del equipo son los seres humanos con sus debilidades y fortalezas. Además son gente sin mucha formación que juegan y tienen miedo.

Esto es diabólico.

No, no es diabólico. Digamos que son tres elementos que te ayudan a ver la naturaleza del hombre. En un vestuario, si uno mira con cierta atención, ve lo que se ve en otro lado: el líder, el vice-líder, el melancólico, el sindicalista, el generoso, el mezquino, el valiente, el cobarde… Se descubre muy fácilmente. De ahí se pueden extraer lecciones que son perfectamente aplicables a otro mundo. Si yo le digo a un directivo que el genio de una persona nos hace mejores como grupo, el concepto hará más o menos fortuna, pero si lo acompaño con unas imágenes de Maradona con el suficiente impacto, ese concepto pegado a una imagen o una anécdota es mucho más fácil que quede registrado. Quizá no el concepto, pero seguramente la anécdota sí, y la anécdota tirará del concepto. Ese es el instrumento del que me valgo y en el que creo seriamente.

¿Cuál es el mejor líder que has conocido?

Camacho. Un tipo elemental que no te decía catorce cosas, te decía tres, pero estaba tan convencido de las tres que no te permitía dudar. Sobre todo de una: que el domingo íbamos a ganar. Y eso lo transmitía como si se tratara de un imperativo. Te despertaba a las siete de la mañana y te preguntaba cómo ibas a saltar esa noche. Te tenías que levantar de la cama, saltar y sólo entonces se iba y te dejaba seguir durmiendo. Era muy eficaz para este mundo, que es un poco primitivo pero requiere de un estímulo permanente, ya que, al fin y al cabo, cada tres días hay un nuevo reto y tiene que parecer único, aunque sea parte de la rutina del profesional.

¿Nunca has sentido que estabas en un mundo demasiado primario, demasiado provisional?

No, siempre me he sentido y me siento muy cómodo dentro del mundo del fútbol, y he conocido a gente muy inteligente. No instruida, pero sí muy inteligente. Generalmente, el crack es un tipo muy inteligente y lo disimula porque no quiere proyección mediática. Son gente que tienen la intuición, que es la velocidad punta de la inteligencia, y la tienen muy afilada para descubrir quién es bueno, quién es malo, quién se acerca para utilizarlo, quién para ayudarlo… Ese tipo de lectura la hace casi instantáneamente.

No hablamos de Maradona.

Maradona por ahí te dice una frase en la que te reduce un mundo. Va a jugar a Nápoles en el Mundial de 1990 y les dice a los napolitanos: “Napolitano, te utilizan 364 días al año y ahora te piden ayuda.” Y terminó siendo editorial de La Repubblica y del Corriere de la Sera, porque metió los dedos en el enchufe nacional. No hay que subestimar la inteligencia salvaje de los futbolistas.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina — Vídeo: Javier Villabrille

 


Marcel Gascón: Cuándo, César

Nada da tanta pereza como un abuelo sentencioso. Hace poco, en un día de mucho calor, encontré en El País una entrevista a Menotti. El mismo título —el “fútbol se lo robaron a la gente”— anunciaba ya la colección conocida de viejas imposturas, pero seguí leyendo.

Después de que el periodista se levantara la falda llamándole “uno de los grandes oráculos del fútbol” le preguntó por el tabaco. Parece que Menotti ya no fuma. Los médicos se lo han prohibido, y es un buen momento para fruncir el ceño y buscar el primer aplauso con el más barato populismo antigalénico: “los médicos insisten en hacernos la vida más larga y menos agradable. Amargarnos la vida, es lo que hacen”. Pero usted, como en el fútbol, podría haber elegido el placer, debió haber preguntado el reportero, y desactivar así las risas satisfechas de la mesa del fondo. Si esto es un oráculo, con estas salidas de hogar de jubilados rural.

La esperada exaltación fundamentalista del Barça —”todos quisieran ser Guardiola, pero la mayoría no sabe cómo se hace”— da paso a la exhibición de su “marxismo hormonal”. Dice que el capitalismo nos lo ha robado todo, empezando por el sentido de pertenencia. Y el lector curioso que espera de un oráculo algo más que hormonas quiere preguntarle cuándo fue el robo, si el sentido de pertenencia aún pertenecía a la gente cuando mandaba Videla y él ganaba el Mundial como obediente soldado de la causa patriótica que quizá era también la de la gente, entonces.

Parece que sí, sabemos más tarde. Porque el problema son las sociedades anónimas y que el fútbol sea un negocio “que se come los tiempos”. ¿La solución? Que el Estado tenga “cierta vigilancia” sobre los clubes de fútbol. ¡El Estado, dice! Pero ¿qué hace pensar a Menotti que la intervención de ese Estado que no responde por sus muertos, que tiene chicos en la calle y está dirigido por “miserables” mejore la situación?

La conversación llega de nuevo a Guardiola, como es natural, y desemboca en Mourinho. Mourinho, “vaya personaje”. Le acribilla y después se preocupa porque “a Pep le están esperando para dispararle”. Hay balaceras y balaceras.

“Le escucho”, dice el periodista hacia el final, como si con estos hombres se pudiera hacer algo más que escuchar.

La entrevista se hace con un libro de Vázquez Montalbán sobre la mesa y acaba con una anécdota de Serrat. El gastadísimo crapulismo decadente, de voz cascada y escupitajo denso. La patética camaradería de lo que estuvo prohibido y su exhibición obscena de final de boda. Todas estas historias viejísimas y sus lecciones sobadas que nunca permitiríamos a nuestros abuelos.