Crónicas de una guerra: Un retrato de Martha Gellhorn, Ernest Hemingway y Virginia Cowles (y II)

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Collage fotografías Cordon Press.

(Viene de la primera parte)

Mujer contra mujer

Martha Gellhorn, Virginia Cowles, Ernest Hemingway. Son los nombres de tres periodistas que coincidieron en la España del 37. En el Hotel Florida, en Madrid. Venían a cubrir la guerra para el resto del mundo. O, más bien, para Estados Unidos.

Él, un escritor ya famoso convertido en reportero. Ellas empezaban unos escalones más abajo. Por mujeres. Por jóvenes. Sobre todo por mujeres. 

A Martha, Virginia no le cayó nada bien y la tachó de frívola, siempre vistiendo una indumentaria nada apropiada para una reportera en un país en guerra. Aunque, como cuenta Amanda Vaill, con el tiempo las cosas cambiarían: «Al principio fue como una competición, Martha la vio llegar y dijo “Uhhh”, pero luego se dio cuenta de que Cowles no pretendía nada de lo que tenía Gellhorn, entonces se relajó y decidió ser su amiga», estableciendo, así, una relación que duraría décadas.

Para Vaill, Martha siempre quiso ser la chica lista en la sala, le consumía la idea de cómo era percibida por el resto, y vivía en una dicotomía entre la furia que le producía el sufrimiento de la gente a la que la guerra le había pillado en medio y su deseo de fama y reconocimiento: «Quería ser aquella que bebiese más que un hombre, la reportera más avezada, la mejor, pero sin ser un hombre. Ella quería ser una mujer».

«Conozco a mucha gente como ella, mujeres jóvenes, atractivas e inteligentes a quienes los hombres adoran y que tienen muchos problemas para establecer amistades con mujeres, básicamente porque se sienten competitivas o superiores hacia ellas. Realmente creo que, en ese sentido, es un producto de su época», agrega.

En cambio, Virginia no se le hace tan «estilosa» como Gellhorn, pero se le antoja como una magnífica corresponsal de guerra. «Arriesgó su integridad física en múltiples ocasiones, era valiente y tuvo una vida harto interesante, pero hoy tengo la sensación de que nadie sabe quién fue». 

«El trabajo de Virginia Cowles es muy interesante, pero lo suyo es algo muy cándido. O sea, está muy bien porque es la visión de una inocente; las cosas que narra, a veces sin darse cuenta de su importancia, son maravillosas porque le da una inmediatez a lo que dice, nada más», contrapone, al ser preguntado, el historiador británico Paul Preston, en la que, afirma, será su última entrevista.

Dos mujeres cuasi opuestas que, sin embargo, compartieron lo más importante: la mirada. Sus crónicas se caracterizan por dejar de lado la escritura bélica más habitual hasta el momento, poniendo el foco en los detalles mínimos que observan en las vidas ajenas. Y, debido a que Gellhorn escribía para el Collier’s, no fueron pocas las ocasiones en que visitaron juntas prisiones y hospitales con el fin de reunir datos y entrevistar a oficiales. E, incluso, compartieron momentos de «ocio» en los que se mezclaron en la vida que los madrileños pretendían teñir de normalidad, a modo de supervivencia. 

Pasará la guerra, pasarán los años y cada una seguirá su vida. «No podían ser más diferentes. Martha fue muy buena creando una leyenda a su alrededor mientras vivió, haciendo creer que tuvo una vida controvertida, plagada de amantes. Y la tuvo, claro que la tuvo, pero no más allá de la que cualquier otro podía haber llevado», observa Vaill, «Estando aún con Hemingway, tuvo una aventura con un joven gran general, James M. Gavin, que era el gran héroe del momento. Consiguió el premio del pez gordo. En cambio, Virginia se tropezó con un amable periodista [Aidan Crawley] con el que se casó y fue feliz [hasta que un accidente de coche, que él conducía, le arrebató la vida. Crawley nunca lo superó] Pero Martha… vivió insatisfecha en este y en otros muchos aspectos de su vida, nada, nunca, fue suficiente para ella».

Hoy, a pesar de sus trepidantes vidas, ninguna de las dos ha pasado a la posteridad, tan solo de puntillas, ya que, al fin y al cabo, como apunta Vaill, lo que hacían eran artículos periodísticos que se publicaban en diversos diarios que, una vez impresos y distribuidos, se perderían en el trajín del día a día.

Cortesía: Everett. Cordon Press

Ernesto

Un hombre fuerte como un toro y con un amor desaforado por la vida, así describiría el fotógrafo Robert Capa al escritor de Illinois. Un hombre que, no pocas veces, tecleaba pegado a una botella, quizá no tanto por su adicción a los licores, que también, sino para sobrellevar la agonía de una República que, como comunista confeso, se había convertido en su causa.

Hemingway había sido contratado por Jack Wheeler, el editor general de la NANA, no por su experiencia previa como periodista, sino porque se trataba de alguien destacado en el mundo de la fama y cuya firma provocaría un número importante de ventas. Wheeler quería el drama y el color de las aventuras personales del aclamado escritor y él, en una primera instancia, siguió las indicaciones de la agencia. 

«Sin embargo, las cosas no tardaron en cambiar», indica el estudioso del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), William Braasch Watson, en el número 7 de la Hemingway Review, donde están recogidas todas las crónicas que Ernest escribió bajo cielo español. «Sobre todo porque Hemingway se encontró trabajando con otros profesionales con los que tenía que competir por la atención de los periódicos. Sus mejores amigos en España, aparte de algunos oficiales y miembros de las Brigadas Internacionales, fueron corresponsales como Herbert Matthews del New York Times y Sefton [Tom] Delmer del London Daily Express. Aspiraba a su respeto, además de su amistad, y trabajó duro para ganárselo».

«Se ha exagerado muchísimo la reputación de Hemingway, aparte de que era un fardón imperdonable, su trabajo era mayormente militar», contrapone Paul Preston, «Y, además, llegó tarde a España. Si tuviera que escoger a algún gran periodista de la guerra civil me quedaría con Herbert Matthews  o Louis Fischer. Aunque, por supuesto, todos tienen su valor».

Watson, por otro lado, también destaca que el sujeto principal, y probablemente, favorito del escritor era la estrategia militar; «en cinco ocasiones dedicó casi todo su texto al desarrollo estratégico de la guerra, normalmente haciendo predicciones sobre cómo se desarrollaría el transcurrir de los eventos en los próximos meses, siendo coloreados por su inquebrantable convicción, casi hasta el final, de que los leales podrían ganar la guerra. […] Además, estaba enamorado de los paisajes españoles en todas sus formas, luces y colores, es raro encontrar un despacho que no contenga una descripción de una distante o lejana escena».

Asimismo, Hemingway era terriblemente competitivo y celoso de sus fuentes, como demuestra el episodio en que, acompañado de Virginia y la corresponsal comunista, Josephine Herbst, entrevista a Luis Quintanilla —quien, a pesar de no ocupar ningún cargo oficial, movía los hilos de la inteligencia en Madrid— a raíz de la desaparición de José Robles, un gran amigo del escritor Dos Passos que había viajado a España preocupado por su repentina falta de noticias. 

Quintanilla confirmará la muerte del desaparecido, cosa que fragmentará la relación entre ambos escritores, ya de por sí debilitada debido a los celos que el talento de John despertaba en Ernest:

—¿Ha muerto mucha gente en Madrid? — preguntó Hemingway.

— En una revolución se hacen cosas de mala manera— susurró Quintanilla.

—¿Y se han cometido muchos errores?

— ¿Errores? —Quintanilla enarcó las cejas—. Errar es humano. Diecinueve (no dejó, ni un momento, a lo largo de la conversación, de contar los estallidos de los proyectiles que se estrellaban en la calle)

—¿Y cómo murieron… esos errores? — quiso saber Hemingway

—En general, considerando que eran errores, muy bien —. Quintanilla agarró la frasca y sirvió un chorro de vino bermellón en el vaso de Ginny Cowles. Luego sonrío—. De hecho, de un modo magnífico.

[…]  Poco después los estadounidenses decidieron arriesgarse a salir del sótano. Cuando estuvieron en la resplandeciente Gran Vía, Hemingway agarró a Ginny Cowles del brazo.

—Un tipo muy chic, ¿eh? — comentó —Pero recuerda que es mío.

(Amanda Vaill, Hotel Florida, 2014)

A Virginia no le extrañó en absoluto, según cuenta en sus crónicas, encontrarse una conversación muy similar reproducida en la pieza teatral, ambientada en el Hotel Florida durante la guerra, que el escritor publicaría meses después titulada La quinta columna, nombre con el que, desde entonces, se ha designado al temido enemigo interno.

Corresponsales a ambos lados del frente

Del trío, tan solo Cowles tuvo el arrojo —o la oportunidad— de cubrir el conflicto desde los dos bandos. Ambicionaba una visión completa de lo que ocurría en España y en contra de lo que esperaba lo consiguió, a pesar de que sus perspectivas de introducirse en filas nacionalistas no eran muy halagüeñas si se tenía en cuenta que, en sus papeles, figuraba que había estado cubriendo la zona republicana, cosa que no hacía demasiada gracia a los falangistas. 

Dos intentos le llevó el poder adentrarse en bando de Franco. Según Preston, fue cuestión de suerte.

A Virginia le horrorizaba «sumergirse en una atmósfera en la que el triunfo significaba el desastre de las personas a las que había dejado atrás», pero, por otra parte, quería conocer el punto de vista sublevado ya que, según asegura en sus reportes, los hombres mataban por convicciones, no por arrebatos de pasión. «En España, un hombre había matado a su hermano no porque no le quisiera, sino por estar en desacuerdo con sus ideas políticas».

Una vez allí, comprobó que la censura laxa en Madrid, siempre que una se centrara en el lado humano del conflicto y no en estrategia militar o política, nada tenía que ver con el férreo control que allí, fuese a donde fuese, se ejercía sobre la prensa. A los reporteros les resultaba casi imposible acercarse al frente —mientras que, en la República, nadie se preocupaba demasiado si algún periodista extraviado recibía un perdigonazo; estaban por su cuenta y riesgo— y siempre, siempre, siempre, iban escoltados, haciéndoseles imposible la tarea de redactar una crónica medianamente verídica. Tendrían que esperar a transcribir sus memorias para poder rendir cuentas con la realidad.

España era un hervidero de prensa venida de casi todos los rincones del planeta, debido a que se trataba de un acontecimiento de interés mundial y, pronto, sacarían las primeras conclusiones:  «Los periodistas que fueron a la zona republicana adoptaron la idea de que allí se luchaba el futuro de la democracia mundial, y llegaron rápidamente a la deducción de que, si ganaba el fascismo en España, Hitler estaría bombardeando pronto París y Londres», argumenta el historiador en otra ocasión, «con lo cual hay un elemento de evangelismo en sus crónicas, intentando despertar a sus respectivos gobiernos». La segunda idea que aquellos se forjaron de la República vino de sus propias vísceras, al ver la lucha y el sufrimiento de los leales al gobierno, que acabó por despertar las simpatías de muchos, de los cuales buena parte acabaría alistándose en las Brigadas Internacionales atrayendo, así, la mirada de peces gordos del mundo de las letras como Hemingway o Dos Passos. 

La gran pregunta entonces es ¿cómo no se hizo nada? ¿Cómo es que se mantuvo la «neutralidad» por parte de aquellos países acabarían formando el bloque de los aliados en la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo es que el clamor, prácticamente unánime, de la prensa pidiendo auxilio no se trasladó a los hechos?

Para el estudioso, la respuesta es sencilla: los periodistas más influyentes en Estados Unidos como Louis Fischer, Herbert Matthews, Jay Allen o el propio Hemingway contaban con la simpatía del presidente Roosevelt y la primera dama, sí, pero no a nivel de cambiar la política exterior. Lo intentó hasta el embajador americano en España, Claude Bowers, escribiéndole insistentes misivas al mandatario americano. Tras la guerra, Roosevelt le respondió escueto: «Mira, tenías razón, deberíamos haber cambiado la política. Hemos cometido un grave error, pero yo no pude hacer nada».

Hay un caso dentro de la guerra civil, solo uno, en que la acción de los corresponsales obligó a un país a cambiar su dirección política: tras el asedio de Bilbao. «Fue en marzo o abril del 37», aventura Preston, «y el gobierno británico apoyaba a Franco. Desde la clandestinidad, claro, pero lo apoyaba. Y, para cuando se produjo el asedio, había dado órdenes a la marina británica de no proteger a los barcos mercantiles que proveían los alimentos a la urbe. Se armó un follón alucinante por parte de la prensa de izquierdas basado en lo que sabía el corresponsal del Times en Bilbao, George Steer, que fue lo que les obligó a cambiar su política».

Fue también en el País Vasco donde Cowles haría el mayor descubrimiento en la zona de los sublevados: la matanza de Guernica, que no había sido incendiada por «los rojos» como se había hecho creer a la población y a buena parte de los contendientes que luchaban por el que acabaría llamándose «caudillo». Guernica había sido bombardeada hasta los cimientos y los cazas llevaban, en un costado, los colores de Italia y Alemania.

Fue en una conversación casual con un par de oficiales en Santander, después de que un superviviente, entre aspavientos, le dijera que el cielo se había cubierto de aviones.

Le aconsejaron que no escribiera nada que tuviera que ver con aquella conversación. A Virginia, por supuesto, no se le ocurrió. Al menos no hasta que hubo dejado los Pirineos tras de sí.

La tentación vive arriba 

Cuentan las malas lenguas que la literatura y el periodismo de guerra siempre han sido compañeros de cama y que no son pocos quienes se han enredado entre las sábanas del súcubo que promete el paraíso a golpe de párrafo. 

Si uno conoce los hechos por qué no afilar un poco los detalles, salpicar el texto con inocuos adjetivos que trasladen al lector las emociones de lo ocurrido. «El periodista tiene derecho a “pintar” esas lágrimas para reflejar mejor la atmósfera del momento, el estado anímico del personaje descrito», diría en una ocasión Gabriel García Márquez en defensa de la literatura por encima de todo. Quizá porque él también se inventó historias cuando debía retratar vidas de las de verdad, de las de carne y hueso. Quizá porque, las más de las veces, son los grandes escritores quienes, cegados por su propio brillo, emborrachan a la realidad y alteran el relato. Y Hemingway fue, ante todo, una estrella.

«Uno más de aquellos frívolos intelectuales que vinieron a la guerra española como a un safari. […] Los anarquistas, de los que era admirador, lo llevaron al frente a pegar tiros de pega delante de los fotógrafos en la retaguardia para que pudiera pavonearse de su valor», critica el escritor español Andrés Trapiello sobre el americano en su ensayo Las armas y las letras.

Martha, en cambio, se reveló más sagaz. Con los años fue forjándose una biografía a medida, ya que además de haber pasado la vida entre aeropuertos y andenes, de guerra en guerra, tenía, según Vaill, un enorme olfato para la «autopromoción». 

«Cuando descubres al personaje te obnubila, quedas prendado de ella y quieres que sea mucho mejor de lo que en realidad es», indica Vaill, con un deje de tristeza, «Su trabajo está tan bien construido… pero, un día, revisando sus cartas te das cuenta de que, a veces, miente, dice estar donde no está y haber presenciado hechos que, aunque plausibles, nunca ocurrieron frente a sus ojos».  

Pero tampoco hay que olvidar que, entre las estrellas enamoradas de su propia prosa, se mueven sombras silentes. La de esta historia es la de una figura de mujer, morena, que calza tacón alto y viste unas ropas nada apropiadas para cubrir una batalla. Una figura devorada por el pozo del olvido a pesar de haber desoído los cantos de sirena. Se llamaba Virginia.


Primero los cabrones, luego los necios…

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Detalle de El triunfo de la muerte de Pieter Brueghel. Imagen: Museo del Prado / DP.

Me encantan los enamorados de El triunfo de la Muerte. Los frescos altomedievales de la danza de la muerte están muy bien, pero hay que decir que Brueghel lo borda. Ese cuadro está lleno de detalles fantásticos. Pero a mí me encantan los enamorados del rincón.

Ellos van a lo suyo. Sin enterarse de nada. Todo es muerte y destrucción a su alrededor y ellos ni se inmutan. No sabemos si Brueghel estuvo alguna vez enamorado (aunque podemos suponer que sí). En cualquier caso enamorados como los de su cuadro hay en todas partes y en todas las épocas. Y todos nos hemos sentido así alguna vez: invencibles, poderosos, únicos, en un mundo aparte, protegidos de las inmundicias de la vida y de todo mal por obra y gracia de esa energía tan potente, ese chute de optimismo tan inesperado que trae eso que llamamos «amor». Y la Muerte nos mira burlona y por un momento parece que se va a apiadar de nosotros, que nos va a dejar en paz, que va a respetar nuestra felicidad. ¡Y una mierda! De eso nada, nos vamos a joder como todos, y de un plumazo. En el día del Juicio Final, seremos pasto de las llamas del infierno. Como todos.  Pieter Brueghel nos mira a los ojos y nos avisa, nos amenaza, nos despierta a lo bestia. Pero nosotros queremos seguir cantando y soñando, y besándonos y amándonos, y cerrando bien fuerte los ojos, a ver si la muerte pasa de largo.

Nicolás II y su amada esposa Alejandra son los enamorados de El triunfo de la Muerte. Ellos también se creían superiores, invencibles, poderosos y únicos. Pero a diferencia del resto de los mortales, su delirio no era fruto de un pasajero subidón de endorfinas sino el resultado de una educación machacona y perfectamente aceptada por todo el mundo. Ellos eran el emperador y la emperatriz, eran los elegidos de Dios, eran los soberanos absolutos de su mundo. Tan capaces de nombrar santo a quien se les antojara como de mandar a la muerte a diez millones de personas por un caprichito tonto: poder pasar los veranos en un palacio de Estambul, pero no de invitados del sultán, que eso no mola, sino de dueños y señores de todo lo que veían sus ojos. Se puede pensar que no tenían bastantes palacios para pasar el verano, pero no, tenían de sobra…

¿Por qué tiene Rusia que combatir? Aquí a nadie, o al menos a nadie que piense, le importa un pito esas gentes turbulentas y vanidosas de los Balcanes que no tienen nada de eslavo y que no son más que turcos bautizados con otros nombres. Debimos dejar que los serbios sufrieran el castigo que se merecían… Y hablando de los beneficios que pueda reportarnos… ¿Un aumento de territorio? ¡Santo Cielo! ¿Es que aún no es bastante grande el imperio de Su Majestad?… Y aún cuando lográramos una rotunda victoria, con los Hohenzollerns y los Habsburgos reducidos a la paz, no solo significaría el fin de la dominación alemana, sino la proclamación de repúblicas en toda Europa Central, lo que representa el final simultáneo del zarismo… Hemos de liquidar esta estúpida aventura lo antes posible.

Estas palabras del conde Witte, antiguo primer ministro de Nicolás II, que Virginia Cowles recoge en su interesantísimo y terrible libro Los últimos zares cayeron en saco roto. No solo el zar estaba decidido a continuar esa «estúpida aventura» hasta el final (sobre todo desde que ingleses le prometieran, algo a todas luces imposible, dejarle vía libre para apoderarse de Estambul y del estratégico paso del Bósforo) sino por prácticamente la totalidad de sus ministros, generales y grandes nobles que formaban el reducido círculo del poder ruso. Casi todos eran profundamente belicistas, pero el zar además estaba encantado de vestir de uniforme y jugar a la guerra, algo que le había gustado desde niño. Y eso que ya le habían dado una buena tunda los japoneses en el 1905, pero Nicolás era de ideas fijas, y cuando flaqueaba un poquito ahí estaba su devota esposa para recordarle su papel. «El emperador eres tú, tienes que imponer tu voluntad», le decía constantemente, cada noche y cada mañana, en persona o por carta. Y cuando el emperador al fin imponía su voluntad (que curiosamente siempre coincidía con la voluntad de su amada esposa), le regalaba toda clase de bendiciones y muestras de jubilo:

No encuentro palabras para expresar cuánto se me ocurre —mi corazón está pletórico. Estás demostrando ser el autócrata sin el cual Rusia no puede existir. Dios te ungió en su coronación. Él te puso donde estás y has hecho lo que deberías hacer… Esta será una página gloriosa en la historia de Rusia… las oraciones de nuestro amigo se elevan día y noche al cielo… Tu sol brilla… Duerme bien amor mío, salvador de Rusia.

Ante dichas palabras el emperador dormía contento, en su tienda de campaña, en las cercanías del frente, mientras su amada esposa y su buen amigo velaban por la paz interior. ¡Qué bonita historia! Lástima los ocho millones de soldados rusos que, como mínimo, murieron en la Primera Guerra Mundial. Ellos también estaban allí por la voluntad de Dios, ¿o estaban allí por otra cosa? Esos muertos afean un poco una historia muy bonita, de dos enamorados muy devotos que luchan y se sacrifican por el bien de su patria. Qué pena.

¿Y quién era ese «buen amigo», al que curiosamente obedecía la voluntad de la emperatriz, que curiosamente manejaba la voluntad del emperador? Sí, sí, todo muy curioso, pero es que la Rusia zarista era un imperio muy curioso, no solo por su reciente historia (como el hecho de no abolir la servidumbre de los campesinos hasta el año 1861, por poner un ejemplo muy conocido), sino por el hecho, incomprensible para nosotros, de que un supuesto monje analfabeto, borracho, fornicador incansable e indiscreto parlanchín pudiera controlar el destino de ciento treinta y tres millones de personas. Sí, un sujeto que seguro que conocen, aunque sea por su apodo: Rasputín. Un individuo bastante curioso, la verdad…

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Rasputin c. 1914. Fotografía: State Museum of Political History of Russia / DP.

De Rasputin se pueden escribir libros enteros, pero yo simplemente voy a dar una lista. La lista de los desgraciados que intentaron enfrentarse a él. O que simplemente se limitaron a cumplir su deber y eso les hizo tener un pequeño tropiezo…

– Dos obispos de San Petersburgo, que fueron a hablar con la emperatriz para quejarse de Rasputin. Uno fue desterrado a Crinea, el otro mandado encerrar en un monasterio. Y total por una simple tontería. Rasputín, que intentaba tirarse a todo lo que llevara falda o sotana, había violado a una monja, una que no se tragó eso de «creerás que te estoy mancillando, pero te estoy purificando», un argumento que por lo general le resultaba convincente, todo hay que decirlo, porque el pecado y la santidad muchas veces van unidos.

– Un general, subsecretario del Ministerio de Interior, que simplemente cumplió con su deber de informar al zar de que Rasputín había sido encontrado borracho como una cuba, soltando indiscreciones sobre la familia real y montando jaleo. Cuando la emperatriz leyó ese «papel repugnante» (el informe del funcionario), su suerte estaba echada. Fue cesado de inmediato.

– El gran ministro Stolypin, el único que hizo algo por mejorar la situación de los campesinos, que eran la mayoría de la población del país. La emperatriz no pudo destituirlo porque un revolucionario se le adelantó y le pegó dos tiros. Pero se puso tan contenta que no tuvo ningún problema en reconocer delante de su horrorizado sucesor lo mucho que le agradaba su muerte.

– El gran duque Nicolás, familiar directo de Nicolás II y jefe del ejercito ruso, que tenía una animadversión poco disimulada por Rasputín. El gran duque admiraba al zar y cumplía lo mejor que podía con su obligación militar, pero era un «opuesto a un enviado de Dios» y la emperatriz no paró hasta lograr que su esposo lo destituyera, con lo que de paso se nombró a él mismo general en jefe y provocó una inesperada reacción de sus ministros y consejeros, generalmente muy dóciles, que amenazaron con dimitir en masa. ¿Cómo se resolvió el asunto? En cuanto el zar marchó al frente, la emperatriz se ocupó de ir sustituyendo a los ministros díscolos por amigos del «enviado de Dios». Y así podemos empezar con otra lista, la de los felices agraciados. Si Rasputín traía la desgracia para algunas familias también traía la suerte para otras. La lista es larga, por lo que me contentaré con dar un nombre a modo de ejemplo. Cuando recomendó a Boris Sturmer, antiguo maestro de ceremonias de la corte, como nuevo primer ministro, su único mérito, el que declaraba la emperatriz Alejandra en su carta a su esposo era el «tener gran estima a Gregorio» (nombre de pila de Rasputín), y añadía, para dejárselo bien claro a los futuros historiadores: «lo cual es muy importante».

Sí, eso era muy importante. Pero no solo lo sabemos ahora los que leemos las cartas y los documentos de la época, sino que ya lo sabían sus contemporáneos. Y algunos, los que no eran rusos, los que no eran la camarilla de Rasputín, ni eran el pueblo llano o incluso los nobles, que no podían decir lo que pensaban en voz alta, algunos que vivieron esos momentos y pudieron hablar también lo dejaron muy claro.

Sturmer, el hombre que según la emperatriz «convenía para estos momentos» (por cierto, unos momentos nada extraordinarios: solo una guerra mundial y una revolución a las puertas del palacio, nada del otro mundo) era un hombre «de poca inteligencia, espíritu ruin, rastrero, honestidad dudosa, inepto y sin la menor idea de los asuntos de Estado». Y estas palabras no las dejó escritas uno de los muchos enemigos de Rasputín, ni un enemigo de la madre patria, sino el embajador francés, que, no hay que olvidar, representaba al principal aliado de Rusia en esa guerra en la que tan alegremente todos, y ahí hay más culpables que el zar, se habían metido. Pero Sturmer no era el único de los amigos del «enviado de Dios» que tuvieron en sus manos el destino de Rusia, del futuro emperador, el enfermo zarévich, de las vidas de millones de personas y de las vidas de la propia emperatriz, del emperador y del resto de la familia real. El primer ministro fue uno más de los precipitados nombramientos de última hora, de esos movimientos con los que la emperatriz creía que estaba salvando a su patria y a su familia, y ante todo salvando la idea que tenía de lo que debía ser un soberano. Pero en realidad no estaba sino bajando un escalón, otro más y ya de los últimos, del sótano de la casa del bosque donde iban a ser asesinados pocos años después. Y esto casi sería lo de menos, porque a la tragedia de la familia se sumó la tragedia entera de un país que después de una terriblemente sangrienta guerra mundial iba a vivir una revolución y una guerra civil igual de sangrienta. Y aunque ya sea muy conocido merece la pena recordar las palabras de Virginia Crowles, cuyo libro terrible y diáfano recomiendo:

Con hombres así controlando los principales ministerios, los alimentos, combustibles y municiones empezaron a escasear.

Y eso que:

Ningún país fue jamás a la guerra tan pobremente equipado, tan mal dirigido, tan tontamente optimista como Rusia.

Cuando por fin Nicolás II comprendió que marcharse al frente y dejar hacer y deshacer a su esposa había sido un error, la emperatriz, tozuda como una mula, le replicó: «No destituyas a nadie hasta que nos veamos, no te precipites, sé fuerte, aplasta a tus enemigos, perdona que vuelva a escribirte, estoy luchando por tu reino y por el niño».

Alejandra creía realmente que solo Rasputín podía mantener con vida a su hijo enfermo. Las quejas de su marido diciendo que la gente empezaba a morirse de hambre, algo inaudito en un emperador que nunca se había preocupado por su pueblo y que se había salvado de la revolución de 1905 por los pelos (sin llegar nunca a comprender la suerte que había tenido: al contrario, le agradeció el favor al conde Witte enviándole una carta de destitución), le entraban por un oído y le salían por el otro. Y mira por donde al final al pequeño heredero no lo mató su hemofilia, lo mató una bala. Por entonces Rasputín ya llevaba muerto algunos años. ¿De haber estado vivo, hubiera podido realizar otro de sus milagros?

¿Qué pensó la emperatriz cuando se vio delante de los fusiles, qué todo era la voluntad de Dios? No lo sé. Pero lo que sí sé es que esa voluntad de Dios ya la había previsto Lenin algunos años antes:

Una guerra entre Austria y Rusia habría sido muy conveniente para los revolucionarios, pero no es posible que Francisco José y Nicolasha nos hagan ese favor.

Lenin le hablaba a Gorky en el momento que se producía la crisis de los Balcanes de 1913, que al final fue una oportunidad perdida para la revolución. Pero poco después el emperador de Austria y el zar de Rusia sí le hicieron ese favor, con la colaboración desinteresada de alemanes, franceses y serbios, además de otros muchos invitados secundarios. Y así, unos tras otros, cabrones, necios, ignorantes o ingenuos, todos han ido bailando el baile de la historia…

La vieja danza de la muerte.

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Rasputin junto a algunas admiradoras en 1914. Fotografía: Karl Bulla / DP.