Desde el escenario (o Virginia Woolf estuvo aquí)

Virginia Woolf estuvo aquí
Clara Sanchis en Una habitación propia, de Virginia Woolf, en las Converses Literàries de Formentor, el 29 de septiembre de 2018. Fotografía: Cati Cladera.

Por una rendija del camerino improvisado, veo el paisaje y procuro absorber su placidez. Mi vestido de escritora de 1928 también es de color verde, así que en un momento dado podría hacerme pasar por uno de estos pinos. Es importante salir a escena bien enraizada. Pero oigo el murmullo del público, y pienso también que ahora mismo podría escurrirme discretamente por un hueco de la carpa, correr por los jardines, como Orlando, «arrebatada por un extraño éxtasis, con su mismo desatinado impulso de seguir los pájaros hasta el borde del mundo». Solo que, en vez de caer y romperme un tobillo, como ella, preferiría avanzar ligera entre los colores escandalosos de los lirios, las hortensias, los geranios y las buganvillas, para llegar a la orilla de esta bahía. Y quedarme entonces ya muy quieta, con mi vestido verde, simulando ser uno de esos pinos que lamen el mar azul turquesa. Pero es mejor que beba un trago de agua. Y que ponga la cabeza en su sitio. Y los pies. Compruebo que llevo los zapatos rojos bien abrochados.

La escritora Joana Bonet ha venido a cogerme las manos y decirme que ya están sentados los espectadores, como si intuyera que estoy jugando con la idea de fugarme. Interpretar a Virginia Woolf, tomar prestadas sus palabras, en este oasis de literatura, me produce una mezcla de inquietud y placer. Aunque tampoco es demasiado raro que una actriz piense en echar a correr un momento antes de salir a escena. De hecho, conozco a un actor que lo hizo: se esfumó de un teatro como por arte de magia, poco antes de empezar una función, y no se supo nada de él durante varios años. Eso le dio una extraña fama. «¿Necesitas algo?», susurra Joana, conocedora de las zozobras actorales. «¿Qué tal el peinado?», le digo. «Un poco aplastado», responde sacándome algún rizo, antes de regresar a su silla con los demás ilustrados que forman el peculiar público de esta tarde. No le pregunto si le parece que tengo aspecto de pino. 

Escucho el murmullo de los espectadores y constato, una vez más, que la mayoría son espectadoras. Mujeres dotadas con el duende de la curiosidad; siempre ávidas de cultura, como si en nuestro inconsciente colectivo estuviera presente el poco tiempo que hace que se nos permitió aprender a leer y escribir. Reviso por última vez los objetos que tengo que sacar a escena. No quiero que se me olvide ninguno; llevo muchas funciones a las espaldas con este texto, pero en este lugar todo parece recién nacido. Me noto frágil. Compruebo que tengo preparado el gran bolso marrón, las gafas redondas, el pañuelo, la carpeta negra. Y el falso ejemplar de Una habitación propia, que tiene trucados entre sus páginas unos pequeños fragmentos que leeré en el espectáculo, y que he preferido no memorizar. Mi cabeza, como una caja fuerte, contiene las miles de palabras de Virginia Woolf que forman esta conferencia, teatralizada por María Ruiz. Pero mi memoria se ha negado a retener las pocas líneas que la puesta en escena me permite leer: los diálogos de las profesoras británicas que consiguieron recaudar algo de dinero, no mucho —«con un esfuerzo prodigioso, invirtiendo una enorme cantidad de tiempo»—, para fundar la primera facultad femenina de toda Gran Bretaña. «Al pensar en aquellas mujeres, trabajando año tras año para recaudar treinta mil libras, estallamos de indignación por la vergonzosa pobreza nuestro sexo», dirá Woolf por mi boca dentro de un rato

Los técnicos me indican que empezamos. Respiro hondo y dejo la mente en blanco. Hemos improvisado una iluminación delicada que se irá adaptando a la luz del atardecer que se filtra entre los pliegues de la gran carpa blanca. «La belleza del mundo a punto de perecer tiene dos filos; uno de risa, otro de angustia, que cortan el corazón por la mitad». «Piensa que no actuarás en un teatro, sino en una carpa en medio de los pinos y al borde del mar», me dijo Basilio Baltasar cuando propuso traer el espectáculo a las «Converses literàries». «Vas a uno de los sitios más bellos del mundo», alguien dijo también. Desde que llegué a este paraíso mediterráneo, hace cuarenta y ocho horas, el mundo se ha detenido. Si no fuera porque tenía que concentrarme en los vericuetos infinitos del texto de Woolf, recolocándolos en mi cráneo, hubiera revoloteado el día entero como una mariposa tigre, entre las flores y las charlas literarias. Habría ya buceado entre las aguas cálidas de la bahía, persiguiendo pececillos diminutos, como haré mañana. Pero hasta este momento he vivido como un gusano de seda concentrado en la suavidad de su capullo. Con alguna licencia, como asomarme a contemplar el brillo de las olas plateadas desde mi propia y maravillosa habitación del hotel. 

Cuando subo al pequeño escenario, me parece ver la silueta de Basilio en las primeras filas. Lo aparto con suavidad de mi mente, porque no estoy segura de que Virginia y él se conozcan. Me espera un fabuloso piano de cola, un instrumento purasangre en el que hundiré los dedos durante los pasajes musicales de la representación. Miro al público y empiezo a hablar: «Cuando me pedisteis que hablara de mujeres y literatura, me senté a la orilla de un río y me puse a pensar qué querían decir esas palabras». Empezar con esta frase en este santuario de la literatura me parece muy acorde. Me siento bien, noto la complicidad de los espectadores, un hilito tan delicado como palpable. Pero de pronto me doy cuenta de que he olvidado uno de los objetos en el camerino: el ejemplar trucado de Una habitación propia. No es buena idea perderse en divagaciones antes de salir a escena.

A la velocidad de la luz, mantengo un debate técnico conmigo y la directora ausente. Concluimos que no tener ese librito sobre la mesa entorpecerá demasiados momentos del espectáculo. Por la noche, cuando me abandone a la resaca de la representación, volveré a asombrarme del raro desdoblamiento que permite a la mente del intérprete buscar soluciones a un problema práctico, mientras el personaje sigue hablando de cosas elevadas como si nada. «No podré cumplir lo que, a mi juicio, es el principal deber de un orador: ofrecer una semilla de verdad en estado puro», dice Virginia mientras yo tomo la decisión de ir por el librito de un salto. «Un momento», le digo al público, y dejo vacía la escena mientras vuelo hasta el pequeño camerino, cojo el librito y reaparezco con él. «Ya está», comento. Y es evidente que algo me ha provisto de unas alas de verdad, invisibles pero ciertas, porque de otro modo habría sido imposible saltar esos escalones de ida y vuelta, en cuestión de segundos, sin caer rodando. «Ya está», comento, y prosigo la falsa conferencia. 

Mi mente desdoblada de actriz en acción fluctúa entre los pensamientos de Woolf y los míos. Libro una suave batalla entre el mundo real y el mundo imaginario que debería ir apoderándose de la situación. Una parte de mí es la escritora británica, dando una conferencia que seguramente abrirá los ojos a las primeras generaciones de mujeres que logran estudiar, después de siglos de oscuridad y analfabetismo generalizado. Un discurso incendiario que les ayudará a «ver las cosas tal como son». Una parte de mí es Virginia en su búsqueda del Grial, tirando del hilo de una idea aparentemente sencilla que ha pescado en el río de sus pensamientos salvajes, lúcidos y luminosos: «Una mujer, para dedicarse a la literatura, necesita dinero y una habitación propia». La otra parte de mi desdoblamiento sigue siendo la actriz con su cráneo-caja fuerte, consciente de que el público que me escucha no son jovencitas estudiantes de 1928, sino amantes de la literatura, muy leídos. Y un buen puñado de escritores y escritoras del siglo XXI. Decenas.

No creo haber actuado nunca para un público tan elevado o exótico. Pero ahora es importante seguir desgranando el texto, concentrada en los hilos de pensamiento y los circuitos sensitivos de mi personaje. Sin que me distraiga la idea de que alguna de las siluetas que los focos apenas me dejan entrever puede ser de la editora Dulce Zúñiga. O de Inés París. O de las jóvenes escritoras Silvia Terrón o Isabel Mellado. Es importante no dejar que intercepte mi línea de pensamiento Woolf la certeza de que a la izquierda está sentada Anna Caballé, que anoche, erudita y humorista, bromeaba con mis amagos de afonía típicos de actriz —«creo que mañana no voy a tener voz». Ahora es crucial que el movimiento de un espectador borroso no picotee mi mente, dando pábulo a la sospecha de que se está marchando a mitad función, por ejemplo, Emmanuel Carrère —como el espectador reiteradamente fugado de Ser o no ser, de Lubitsch—, que dijo en el desayuno que no sabía si después de su charla estaría demasiado cansado para ver teatro. Es imprescindible mantener a raya cualquier pensamiento que no pertenezca a Woolf: «El pensamiento oscilaba de acá para allá, entre reflejos y algas, hasta que —ya conocéis ese pequeño tirón— una idea se concentró en el extremo de la caña, y llegó el momento de recoger con tiento el sedal, y extraer la captura con sumo cuidado».

Las mentes misteriosas de los escritores deben de ser extraños artilugios que no paran de crujir. Desde el escenario, si me dejara llevar, podría oír el rumor de sus movimientos, girando la rueda de alguna idea. Pero el exotismo de la situación aumenta si tomo conciencia de que, al fin y al cabo, estoy interpretando a una de las suyas. En cierto modo, la escritora Virginia Woolf está hoy sentada entre el público. Es fácil imaginarla paseando por estos jardines, entregada al arte de la contemplación, ebria de naturaleza y literatura. Y vino: «…las copas se habían vaciado, y vuelto a llenar. Y así, poco a poco, se fue encendiendo, en el centro de la columna vertebral —que es la morada del alma— ese fulgor profundo, sutil y subterráneo que es la rica llama dorada de la unión racional»

Es tentador imaginar a Virginia aquí, saboreando sus grandes pasiones. Henchida de libertad intelectual —«y se produjo la mayor liberación de todas, que es la libertad de ver las cosas tal como son»—. O encarnada en alguna de las escritoras que esta tarde me están viendo interpretarla, con el corazón encendido, cuando contamos la triste historia de esa supuesta hermana de Shakespeare, tan prodigiosamente dotada como él, a la que no se le permite escribir. «Ahora bien, estoy convencida, de que, si vivimos otros cien años, si nos acostumbramos a la libertad, y al coraje de escribir exactamente lo que pensamos, esa poetisa muerta, que jamás escribió una palabra y está enterrada en un cruce, nacerá».

En los aplausos, veo a Virginia sentada entre el público, con su vestido de flores blancas y ese aire suyo entre irónico y melancólico. No sé qué le parecerá que hayamos hecho una versión teatral de su ensayo, casi un siglo después de su publicación. Y que esta tarde lo representemos aquí, para ella y algunos de sus colegas. Tampoco tengo ni la menor idea de lo que diría hoy sobre la situación de las mujeres en la literatura, ni en el mundo en general. Me lo preguntan a menudo. ¿Qué crees que opinaría Virginia sobre el movimiento feminista actual? Ni idea. Si algo sabemos de las inteligencias prodigiosas es que son imprevisibles. Son extraordinarias precisamente porque piensan cosas que a los demás no se nos ocurren ni en sueños. Saludo inquieta, mirándola de reojo. Temo que una espectadora la vea, se dé cuenta de que no nos parecemos en nada y descubra el truco. Espero que Virginia desaparezca discretamente, cuanto antes, entre los lirios, las hortensias, los geranios y las buganvillas, arrebatada por un extraño éxtasis, con el impulso de seguir los pájaros hasta el borde del mundo.


La última palabra la tiene el poeta

poeta
Imágenes: Cordon Press.

¿Para qué sirve una despedida? Lo cantó Machado en uno de sus poemas más hermosos: una cosa es el recuerdo y otra recordar, y la despedida es algo así como una especie de tragedia que acompaña al recuerdo. Pero ¿por qué la necesitamos? Solo una raza masoquista como la nuestra puede necesitar una frase que se clava para siempre en la memoria, un gesto que te atormenta sin descanso. Lo que sea, pero trágico. Todas las despedidas son funestas, sin excepción. Incluso las «alegres», en las que todo el mundo está deseando separarse, terminan siendo tristes: otra bala perdida, la última oportunidad desperdiciada. Hay despedidas que incluso hipotecan el futuro. Lo dijo Borges: detrás de cada despedida se esconde la posibilidad de un reencuentro… y no hay futuro que conviva con esa incertidumbre. Porque hay despedidas que se convierten en la mejor escena de la historia del cine, despedidas que nos hubiera gustado protagonizar, despedidas que valen más que el camino que llegó hasta ellas. Son hermosas, sí, pero por el dolor que dejan escapar. Lo definió Byron: aquella hora predijo el dolor de esta.

Pero, claro, si de funestas despedidas trata un texto, permítanme masticar dos palabras que le den altura: poeta y muerte. ¿Qué nos queda más allá de esta unión? A menudo, nada. Lo dijo Bolaño: todos los escritores, desde Shakespeare hasta el poeta de provincias, caerán en el olvido. Y no le faltaba razón al chileno. Porque lo más importante de esa frase no es el olvido, sino la acusación implícita que Bolaño dispara: todos los escritores pretenden escapar a la muerte, algo tan loco como alcanzar la inmortalidad a través del texto… por supuesto, no lo conseguirán. La mayoría de ellos lo intentará, morirá evidentemente sin reconocimiento, lejos del Homero que creyeron ser. Sin embargo, hay un grupo de poetas, reducido pero reconocible, que se ha dado cuenta de que la muerte es un arte y no un obstáculo. Es entonces cuando vomitan sus creaciones más memorables. Larra, por colocar de primeras a un suicida decimonónico, la verdadera estirpe de poetas autodestructivos, llevó a cabo sus mejores textos durante el último año de su vida. El Larra atormentado, el Larra destruido, el Larra que ya jugaba con la muerte. Ya no hay retorno cuando se alcanza ese punto. La letra dispara y atraviesa sienes, corazones, lo que sea. Enlazando por fin el inicio y el fin de lo emborronado hasta ahora, la despedida, la muerte y el poeta, muy de vez en cuando, se ponen de acuerdo para incrustar en nuestro imaginario una nota de suicidio inolvidable. Porque de eso hemos venido a hablar aquí, de los últimos párrafos, los escritos por aquellos que manejan el arma más certera: la palabra.

Pavese, por ejemplo, decidió utilizar esa arma, la palabra, con la elegancia con la que había amenazado en sus versos. Sobre las colinas turinesas, su figura se dejaba arrastrar al agujero, lastrada por los amores que no acarició, por las enfermedades de las que nunca escapó. Ya había avisado él mismo de que vendría la muerte y reconocería sus ojos, algo que debió ocurrir una noche cualquiera de agosto. Un bote de somníferos hizo el resto, Cesare se había marchado en silencio. Pero la palabra siempre se antepone al mutismo, y alguien debió encontrar un papel en el que Pavese había dejado reflejado el miedo de las últimas horas. Como si al asomarse al abismo le hubiera hecho tiritar, su nota de suicidio tiembla junto a una débil muestra de pudor:

 Perdono a todo el mundo y pido perdón a todo el mundo, ¿de acuerdo? No cotilleéis demasiado.

Al otro lado del continente, apenas una década más tarde, la joven Sylvia Plath observa el horno que engullirá su cadáver para siempre. El Londres de los años sesenta, apetecible para cualquier mortal, ha terminado con ella. No han sido sus últimas horas las más felices, precisamente. Madrugar, escribir, morir. La responsabilidad de Hughes, de su padre, de su embarazo quebrado. Aislados, ajenos al olor del gas, en una habitación, confinados, sus hijos esperaron la muerte de su madre protegidos por el sueño y unas rebanadas de pan con mantequilla. Cuando el gas destruyó sus pulmones, el cuerpo se dejó caer. Una nota fue testigo de la escena. En ella, las palabras de Plath retumban con un sonido mucho más práctico (y enigmático) que el que despidió a Pavese:

Llamad al doctor Horder.

Una voz ronca por el tabaco, débil por el alcohol y triste por defecto emite las palabras al otro lado del mundo: «Ese suicidio me pertenecía». Es Anne Sexton, que no puede creer que su infinita amiga Sylvia Plath se haya marchado. Lloraría, desconsolada, sobre su Cougar. Pero ni siquiera el viento que azota su rostro al compás que dicta su coche tranquiliza a la poetisa. El vodka ya ha perdido el sentido, ¿qué puede quedarle? He preparado la cena para gusanos y elfos, dicta uno de sus versos. El gusano se esconde bajo tierra, con suerte no aparecerá mañana. Las puertas del garaje se cierran. Su Cougar también, aunque las butacas están más mullidas que de costumbre. Si hay tiempo para la poesía, no es este. El monóxido de carbono se desliza por el ambiente destruyendo la vida de Anne, que ha decidido dejarse llevar por última vez. Su poema «Deseando morir» puso fin, de manera irremediable, a tanto estrépito.

¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
Por sí misma se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías.

Hay quien, en esta tesitura macabra y elegante, prefiere recurrir al intelecto de otros. Los manicomios de aquí y de allá habían destrozado el intelecto propio. Al menos eso debió creer Paul Celan cuando en el abril parisino decidió subirse a lo más alto del puente Mirabeau, observando el Sena como quien observa una vía de escape. Él se había encarado a la muerte en varios de sus poemas (sus ojos son azules / te hiere con una bala de plomo), pero esta vez ya ha dicho su última palabra. El río Sena, como siempre, siguió corriendo sin prestar atención al cuerpo que se lanzaba contra sus aguas. Como ya confesó la primera parte de este párrafo, la nota de suicidio que decidió legar Celan no tiene su firma, sino que elige como interlocutor a Hölderlin, el poeta del sufrimiento. La biografía del romántico alemán aparecía abierta, con una frase subrayada que pondría fin a la farsa:

A veces este genio se vuelve oscuro y se sumerge en el pozo amargo de su corazón.

La tristeza, la desesperación y, sobre todo, la ruina. El último poeta crece cuando contempla su gran creación: lo apostó todo al mundo de la literatura y, como los que llegaron antes, perdió. Y no solo la salud, la cordura o la vida, también el dinero, que es más difícil de asimilar. Le ocurrió a Salgari, el maravilloso novelista de aventuras que terminó pereciendo en la más cruel de todas ellas, la de su propia vida. Poco a poco fue deslizándose por los límites de su mente, amenazando con despeñarse en cada manicomio, hasta que la única mano que lo sujetaba terminó de cansarse. Su mujer se rindió a la locura y él, que ya conocía perfectamente la relación con el desequilibrio, se dejó caer detrás. Recogió un keris malayo, cuchillo particularmente fatal, y destruyó vientre y gaznate por ese orden. Se desangraría segundos más tarde, aunque dejaría para siempre parte de su herida en la carta que poco antes había enviado a sus editores:

A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, solo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma.

No menos miseria conocería Zweig décadas más tarde. La suya, la que lo acompañó siempre, fue la miseria moral de un siglo, el XX, que pasará a la historia como el más miserable jamás conocido. A Zweig lo persiguió el nazismo, una plaga moral a la que una mente como la suya no fue capaz de enfrentarse. En algún lugar del Brasil, apartado y recluido aparentemente a salvo, Stefan no sabe que para escapar de la peste hace falta no solo alejarse de ella, sino también olvidarla. Así que un día dejó de despertarse por el efecto del cianuro, con el rostro encajado en el horror, víctima de una mueca agobiante. Pero no es el agobio de la muerte, sino una lucha entre el alivio y la tristeza. Dejó en este mundo una nota que no quiso llevarse consigo:

Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra.

Pero el género hay que cuidarlo. Mimarlo. Acariciarlo como a un gato que nadie quiere. El chileno Augusto Labarca no se deja engañar por el sol perenne de Sevilla. No merece la pena continuar caminando, y de algún modo sabe que ha de dejar la constancia suficiente sobre el papel. El género debe perfeccionarse. Sujeta el bolígrafo con la yema de los dedos. Su tacto sigue siendo suave, como todo lo que tiene sentido en este mundo (¿Qué nos espera en el otro?). Labarca se sienta en los límites de la cama y con un gesto poco elegante coloca la escopeta sobre el paladar. Él se marcha, pero deja una nota que habría de pasar a la historia de este noble arte:

Estimados todos: A unos trescientos metros por segundo, cuando solo le hará falta recorrer unos centímetros, una bala me atravesará la tráquea, el cuello, saldrá por la nuca, más o menos, calculo, dará en la pared que pintamos hace dos meses y hará caer el crucifijo al suelo, que quedará debajo de la cama al pasar por detrás de la cabecera. Mi mujer despertará sobresaltada y espero al borde del infarto. Con su pan se lo coma, hija de puta. Espero que mi madre y mis hermanos sepan disculpar este acto voluntario. Tomo mi decisión de forma libre. Les dejo a ellos mi bar.

Balzac ya había comentado que un suicidio es un sublime poema a la melancolía. A la melancolía del adiós. ¿Para qué sirve la despedida? Esta pregunta abrió el texto y ahora lo cierra, sin que en ninguno de los dos lances haya terminado de contestarse. ¿Para qué sirve una despedida? Esto debió pensar Virginia Woolf cuando decidió llenar sus bolsillos de piedras el día de su partida. Sería allí, sintiendo el peso de su locura tirando de su gabardina, cuando decidió que tendría que despedirse para siempre de su marido, por mucho que las despedidas, como ocurre en este texto, dejen tantas preguntas en el aire, respuestas huérfanas, verdades sin resolver. Virginia se arrojó al río Ouse sin miedo, consciente de que detrás quedaba su verbo. Eso sí, la despedida esta vez tomaba cuerpo. Dejó sobre la mesa dos cartas. Sin duda, los testimonios más tristes y hermosos que cruzarán por estos párrafos. Una de ellas va dirigida a su hermana Vanessa:

No puedes imaginarte lo mucho que me ha gustado tu carta, pero siento que he ido demasiado lejos en esta ocasión para que pueda volver. Es lo mismo que la primera vez: todo el tiempo oigo voces, y sé que no puedo superar esto ahora. […] He luchado contra esto, pero ya no puedo más. Virginia.

La otra, que transcribo casi entera, pone fin a este texto con la declaración de amor y de muerte más desesperada de la historia.

Querido:

Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.

V.

Si morir es un arte, como ya había apuntado Sylvia, que por lo menos la literatura pague la factura.


Conversaciones con suicidas

Alfonsina Storni en Mar del Plata en 1924. Foto: Archivo General de la Nación Argentina (DP).

¿Saltó Safo desde la última roca? ¿Fue capaz de asumir que nunca podría olvidar el amor no correspondido? Al escuchar un canto de sirena, el suicida siempre se la imagina bella, atractiva, necesaria. Alfonsina Storni reflexiona al respecto sentada sobre la arena de la playa de La Perla, en Mar del Plata. Ha dejado todo atado, muy bien atado. Se las ha ingeniado para que su hijo no sospeche la verdad: su madre se ha escapado del hotel para observar el mar en calma, aunque el joven crea que solo se trata de una noche más. Pero Alfonsina sabe que no. Alfonsina y, por supuesto, también Safo. Porque Safo es la poesía, se dice. Ella alcanzó la plenitud que nadie alcanzaría más tarde, por lo que su salto al vacío desde la roca estaba más que justificado. Y si la poesía, como diría después Jaime Gil de Biedma, es el único recurso para dialogar a la vez con tus contemporáneos y con tus antepasados, quién sabe si esto no es ahora un diálogo. Alfonsina sonríe, y sobre la escena sobrevuelan unos versos de la diosa de Lesbos:

Bajo tierra estarás,
nunca de ti, muerta,
memoria habrá.

(Safo)

Al cerrar los ojos, su memoria estalla. Recuerda las últimas tardes en el mundo real. Allí, la misma roca desde la que un día se suicidó Safo es utilizada hoy para apedrear a un amigo de Alfonsina: su querido Leopoldo Lugones. El viejo había acompañado su suicidio con la dosis perfecta de whisky. Todo suicidio debería acompañarse con whisky, pensó. Alfonsina lo recuerda perfectamente: el sucio bistró en Buenos Aires, vasos vacíos y los versos del Martín Fierro sobre la mesa. Pocos meses más tarde, Lugones sería encontrado muerto en un lugar tan sucio y maloliente como aquel viejo bistró porteño. Sobre la mesilla que hubo de presentarse como testigo al suicidio encontraron la botella de whisky, un vaso de agua, las huellas del cianuro y un texto que comenzaba así: «No he podido terminar el libro». El tiempo no se detiene: habían transcurrido ocho meses desde el suicidio de Lugones hasta la escena que ahora protagoniza Alfonsina, que sigue mirando al mar sin inmutarse.

Llueve. La lluvia lánguida trasciende
Su olor de flor helada y desabrida.
El día es largo y triste. Uno comprende
Que la muerte es así…, que así es la vida.

(Leopoldo Lugones)

También llega hasta la mente de Storni la agradable compañía de su querido Quiroga. Su historial suicida es inigualable: Horacio ha visto cómo su padre, su padrastro, su mujer, su mejor amigo y, por supuesto, su admirado Lugones eligen la puerta del suicidio para escapar de un siglo, el XX, que solo cumple treinta y seis años y ya decepciona. Las muertes de Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones están separadas por pocos meses y, sin embargo, tanta distancia… El suicidio cuenta con la seducción de lo desconocido: el vértigo empieza a atraer y deja de empujar. Para Horacio, sin embargo, la muerte era más un auxilio, la trama, el medio y no el fin. Así se lo había reconocido Alfonsina años atrás, con unos versos tan magistrales como premonitorios.

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria…
Allá dirán.

(Alfonsina Storni para Horacio Quiroga)

Pero Gil de Biedma no sabe que la poesía no solo te permite dialogar con el pasado y el presente, sino también con un futuro que tiende a repetirse. Es por eso que Alejandra Pizarnik, varias décadas más tarde, escribiría en su diario un renglón definitorio: «Todos los años el mar realiza un acto de alegría. La causa: la posesión de su amada Alfonsina Storni». Porque el mar que ahora observa Alfonsina es el mismo que más tarde quiso arrastrar a Pizarnik. Y ella, solícita, dedicó gran parte de su vida a describir en un papel la atracción que esa masa de agua provocó en su ánimo. La muerte sobrevuela el poema de Alejandra, dictando esos versos que solo el suicida sabe traducir. Los versos de Lugones, Quiroga, Pizarnik y Storni siempre estuvieron ahí, pero fue necesaria la puerta del suicidio para que entraran en la literatura.

Un septiembre cualquiera alguien vio cómo el cuerpo de Pizarnik se había plegado ante decenas de barbitúricos. En uno de sus cuadernos, había escrito: «no quiero ir nada más que hasta el fondo». Y en el fondo, por primera vez y para siempre, había sitio para Alejandra.

Ahora
la muchacha halla la máscara del infinito
y rompe el muro de la poesía.

(Alejandra Pizarnik)

Ni siquiera Julio Cortázar, íntimo amigo, fue capaz de ahuyentar los fantasmas que envolvían la frágil mente de Pizarnik. Se escribieron a menudo durante aquellas últimas noches, porque ella había dejado de contar como propios los días. «Yo te quiero viva, burra», le había escrito él, como desesperado por el rumbo de los acontecimientos que no llegaban. Ella había contestado: «Julio, odio a Artaud (mentira) porque no quisiera entender tan sospechosamente bien sus posibilidades de imposibilidad». A esas alturas, el espíritu de Artaud ya se había adueñado del futuro de Alejandra, y el mar estaba a punto de poseerla como, según la propia Pizarnik, había ocurrido con Alfonsina Storni. Dos meses después del suicidio de Alejandra, Cortázar recibió un sobre en cuyo interior reposaba una foto de ella tumbada sobre la arena, desnuda y tranquila. ¿Quién envió esa carta? Nadie lo supo nunca, aunque la única pista que hoy tenemos es la certeza, según sus propias palabras, de que Pizarnik nació muerta, y volvería solo cuando el amor la reclamase.

Puesto que el Hades no existe,
seguramente estás allí,
último hotel, último sueño,
pasajera obstinada de la ausencia.

(Julio Cortázar para Alejandra Pizarnik)

Esto no le importa a Alfonsina, porque sabe que ella sigue ahí, al amparo de las olas. Las mismas olas que le habían dado título a una de las obras de su querida Virginia Woolf. Amaba a la escritora anglosajona. Ambas portando la bandera del modernismo, ambas haciendo del feminismo una forma de vida. A Virginia también le había atraído el flujo de agua que habría de llegar al fin. Porque el mar, dentro de esa corriente modernista que predicaron ambas, simbolizaba el fin, la muerte, el último estado. Para cuando Machado, otrora ilustre modernista, le hubo devuelto al mar la dignidad en plena guerra civil española («De mar a mar entre los dos la guerra»), Woolf y Storni ya se habían empapado de aquel final lo suficiente como para abrazarse a él por última vez. El caso de Virginia Woolf resultaría lo bastante dramático como para clavarse en este texto: se arrojó al río Ouse una primavera con los bolsillos repletos de piedras.

Quería escribir sobre todo, sobre la vida que tenemos y las vidas que hubiéramos podido tener. Quería escribir sobre todas las formas posibles de morir.

(Virginia Woolf)

Las mismas olas que cruzaron por el párrafo anterior siguen transmitiéndole a Alfonsina la paz que no sintió fuera de ese mar que ahora observa a espaldas de su hijo. Muchos años después, Mercedes Sosa acabaría dedicándole una canción a ambos, al mar y a Storni, causando un revuelo sin precedentes en el mundo de la música. El tema fue versionado por cantantes tan dispares como Plácido Domingo, Calamaro, Serrat o Shakira. Del aquel polvo musical surgió el lodo del celuloide, dando origen así a la película que comparte nombre: Alfonsina y el mar, dirigida por David Sordella. La mirada hacia aquella vasta porción de agua se había hecho eterna.

Una voz antigua
de viento y de sal
te requiebra el alma
y la está llevando
y te vas hacia allá
como en sueños dormida,
Alfonsina vestida de mar.

(Mercedes Sosa)

No le quedan muchos más argumentos. Alfonsina se levanta y deja que el sonido lo cubra todo. Va paseando por la orilla, dejando sobre la arena una huella diminuta pero imborrable. Se reconoce en esa huella, como se reconocieron Safo, Lugones, Quiroga, Pizarnik, Cortázar, Machado, Woolf… Es la huella que la literatura ha dejado incrustada en la muerte. Introduce los pies en el mar, dejando que el agua le acaricie los tobillos con suavidad. La luz de la mañana ya golpea la escena, y ella puede verse reflejada en el ancho espejo. Cuentan que Gabriela Mistral, más tarde Nobel de Literatura, había sido avisada de la fealdad de Alfonsina cuando la poetisa chilena se empeñó en reunirse con ella. «Cabello más hermoso no he visto, es extraño como lo fuera la luz de la luna a mediodía, pues era dorado, y alguna dulzura rubia quedaba todavía en los gajos blancos», había exclamado Gabriela. Por primera vez, Alfonsina puede apreciar esa hermosura a través de su reflejo. Suspira. Vuelve a suspirar. Introduce sus piernas en el mar. Esta vez, el agua le llega hasta las rodillas.

Oh muerte, yo te amo, pero te adoro, vida…
cuando vaya en mi caja para siempre dormida,
haz que por vez postrera
penetre mis pupilas el sol de primavera.

(Alfonsina Storni)

Epílogo

El cadáver de Alfonsina Storni fue encontrado el 25 de octubre de 1938 sobre la arena de la playa de La Perla, en Mar del Plata. Su hijo se enteró del suicidio a través de la radio. Algunas teorías apuntan a que Alfonsina, como Safo, se arrojó al mar desde una roca. Otras, mucho más románticas, cuentan que la poetisa introdujo su cuerpo tranquilamente en el agua hasta desaparecer para siempre.


Lo escrito escrito queda: los diarios de Virginia Woolf

Virginia Woolf. Foto: Cordon.

Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down nº31 especial WTF, ya disponible en nuestra tienda.

Una escritora se pone de moda (recordemos que la moda no es otra cosa que el reflejo de los gustos pasajeros de cierta colectividad y, por tanto, durante un tiempo, pueden despreciarse de manera sistemática los matices que presente cualquier juicio crítico). De repente, el hecho de decir que no te gusta lo que publica, o lo que simboliza en público, se convierte en un pecado, en una reacción supuestamente motivada por algún tipo de envidia o en pura insolencia. Si, además, dicha escritora comienza a adquirir cierto papel contestatario —esté o no justificado, con mayor o menor éxito— disentir resulta aún más grave. ¿Cómo oponerse a un icono? ¿Cómo jugar a ser David contra Goliat?

El caso de Virginia Woolf pertenece sin duda a esta categoría: convertida en un icono a partir de finales de los sesenta, cuando un sector del feminismo, interesado claramente en figuras que fueron víctimas del suicidio (la propia Woolf, pero también Alfonsina Storni, Sylvia Plath, Unica Zürn, Alejandra Pizarnik o Anne Sexton), la rescata de entre las docenas de mujeres valiosas de la primera parte del siglo XX y la coloca en el podio de la literatura del modernismo anglonorteamericano. Personalmente, estoy en contra de las clasificaciones porque son grandes productoras de injusticias y desigualdades, que quedan, además, patentes, gracias a otros bonitos factores como el amiguismo y las influencias, la endogamia y los favores debidos y por deber. Aunque, sin duda, el mayor problema de santificar a un ser humano es descubrir los pecados que, para colmo, ha dejado por escrito sin ningún remilgo.

El referente bíblico del pecado lo saco a colación porque la frase que da título a este artículo bebe también de la misma fuente, ese gran compendio de aventuras, enseñanzas y tragedias que es la Biblia. En el Evangelio según San Juan (19:22) aparece Pilatos y su célebre quod scripsi, scripsi o «lo que he escrito he escrito». No es de extrañar, por tanto, que llegado el momento de una posible entrada en la posteridad, Leonard Woolf, el marido de Virginia, se encargase, como gran editor que era, de darle forma a todo aquello que su mujer había escrito de manera más personal, es decir, lograr que los diarios de su mujer quedaran en una buena posición de salida a ese futuro que habitamos hoy. Así, de los veintiséis volúmenes, extrajo lo que no convenía y mantuvo los fragmentos más benévolos. El resultado de su collage, publicado en 1953 con el título de A Writer’s Diary, es una curiosa hagiografía en la que predominan las reflexiones sobre los procesos de escritura, los deseos literarios y algunas menudencias sobre la vida cotidiana de su mujer. Como cabía esperar, eliminó la mayor parte de lo que no convenía. Como quedaba mucho por leer y analizar, entraron con pies de plomo los biógrafos, y también los filólogos y otros especialistas de los estudios literarios y sacaron algunas cosas que nos dejaron con la boca abierta.

En Virginia Woolf Icon, Brenda Silver nos recuerda que, a principios de los sesenta, el nombre de la escritora apenas se recordaba en Estados Unidos. En 1962 lo puso de nuevo en el mapa Edward Albee, gracias a la obra de teatro ¿Quién teme a Virginia Woolf?, que estuvo en cartel (y en acalorados debates de los principales medios) en Nueva York. Dos años después, la obra se representó en Londres, para acabar convertida en 1966 en una película que contó con Richard Burton y Elizabeth Taylor como protagonistas. Con la reseña de la obra en el New York Times, empezaron a llegar cartas de indignación. ¿No era una profanación utilizar el nombre de una gran escritora para un propósito tan miserable? ¿No era aquello una historia homosexual disfrazada? La trama es sencilla: una pareja de académicos de una pequeña universidad de Nueva Inglaterra se pasa la vida discutiendo y lanzándose amargos reproches.

Después de este episodio, como recuerda Silver, Virginia Woolf se había convertido en una «vaca sagrada». En realidad, escribir de manera crítica sobre ella nunca ha sido fácil. Para empezar porque, como sucede con otras dinastías de escritores, a lo largo de las décadas la familia se ha encargado de redactar muchas de las obras de referencia. Grandes biógrafas y estudiosas como Hermione Lee, Jane Markus, Julia Briggs y Victoria Glendinning se han dejado años en documentar la época y el contexto de las obras, pero son poca competencia si tienes a siete u ocho familiares directos e indirectos creando bibliografía elogiosa de lectura fácil. Ahí están los sobrinos y las mujeres de los sobrinos, Quentin Bell, su mujer Anna Olivier Bell (editora de los diarios de Virginia Woolf) y Jean Moorcrof Wilson (casada con Cecil Woolf); las sobrinas-nietas, como Virginia Nicholson y Emma Woolf, y demás estirpe de ese grupo cerrado y endogámico que fue Bloomsbury. Nino Strachey, autora de Rooms of their Own: Virginia Woolf, Vita Sackville-West and Eddy Sackville-West, ha trabajado, por ejemplo, para English Heritage y es la directora del Research for the National Trust.

El propio Bell contaba, sin que le doliesen prendas, que al grupo de Bloomsbury: «el éxito parecía llegar por deseo divino. Una gran parte de Bloomsbury estaba integrada por los herederos de familias “aristocráticas”, “aristocracias” como las que Virginia Woolf describe en Night and Day». Y en el seno de estas aristocracias se perpetuaron las tradiciones y los estilos de vida de siglos anteriores. La pobre de Angelica Garnett, otra de las sobrinas de Virginia, terminó casada con el antiguo amante de su padre sin que una sola persona del modélico grupo —ni su madre Vanessa ni su tía Virginia— pudiera hacerle el favor de advertírselo. David Garnett le escribió en una carta a Lytton Strachey tras ver al bebé recién nacido: «Su belleza es impresionante… pienso en desposarla; cuando ella tenga veinte yo tendré cuarenta y seis… ¿será algo escandaloso?».

Que el grupo de Bloomsbury tenía estas cosas ha quedado de manifiesto tras la visita a algunos archivos y la lectura de las distintas biografías de quienes vivieron en aquella época. No se entra, por tanto, a valorar aquí la calidad de Virginia Woolf como novelista. Pero, si estamos elevando a Woolf a la categoría de icono feminista y militante por la igualdad, igual de importante es analizar entonces el conjunto de sus diarios, «una escritura que no cuenta como escritura», como ella misma afirmó, en los que se pueden leer sus convicciones acerca de las mujeres, el dinero, las clases sociales y ciertas razas y pueblos (se casó con un judío, «mi judío», lo llamaba, denominaciones que repetía con otros escritores). Así que empecemos por esto último, el antisemitismo de Virginia Woolf, sobre el que hay un par de obras interesantes de la experiencia de su marido, destinadas a levantar el telón para que los espectadores veamos una pequeña parte testimonial de lo que allí había.

Leonard Woolf. Foto: Cordon.

Virginia y «su judío»

Leonard Woolf publicó dos obras en las que volcó sus problemas con las reacciones antisemitas de quienes lo rodeaban. La primera, The Wise Virgins, empezó a escribirla al poco tiempo de casarse y apareció, para disgusto de Virginia, en 1914; Leonard fechó el relato «Three Jews» tres años más tarde. Las razones por las que se casó con Virginia nunca quedarán claras: nadie lo obligó, no lo necesitaba y, sin embargo, dio un paso que le dejó un poso de infelicidad palpable por más que, al final de sus vidas, hicieran un balance positivo. Ni en sus extensos apuntes autobiográficos ni en sus decisiones vitales se logra comprender por qué se entregó al menosprecio constante de su entorno alguien con un carácter humilde y cabal, de convicciones pacifistas y antiimperialistas. Los primeros años de su matrimonio con Virginia son, por tanto, claves para ver (y leer) que no lo llevaba bien, por mucho que ahora se quiera justificar en algunos estudios que llamarlo «mi judío» era un chiste privado en su vida conyugal.

En el «1917 Club», que Leonard había fundado con Oliver Strachey, Ramsay MacDonald —el primer laborista en convertirse en primer ministro— y otros miembros del partido, se trataban las tensiones entre las comunidades árabes y judías. Sin embargo, fuera de este círculo, Leonard intentaba que su identidad se tratase de manera discreta, por utilizar un eufemismo, algo que parece que no siempre conseguía. En el círculo de Bloomsbury, el marido de Virginia ocupaba un lugar complicado. Anthony Julius recoge distintos momentos de estas reuniones endogámicas, clasistas y antisemitas. En una de ellas, recuerda cómo «en voz alta, Virginia Woolf ordenó, señalando a su marido, Leonard: “Dejad que conteste el judío”; a lo que Leonard respondió: “No lo haré hasta que no lo pidas como es debido”».

Se dirá que no se puede confiar en lo que unos y otros contaron u oyeron, así que vayamos a la fuente: su mujer y sus diarios. Su manera de estereotipar a los judíos es especialmente grave, pues, al estar casada con uno, ni siquiera tuvo la excusa de la ignorancia o de los clichés que tan asentados estaban en la época. No se trata, pues, de una mala interpretación —como han pedido sus críticos más benevolentes— del papel que juegan ciertos grupos en sus obras de ficción, donde los personajes judíos (como el que aparece en Los años) son repulsivos, sino de un comportamiento sistemático hacia el otro cuando pertenece a dicho grupo dentro y fuera de la ficción.

La técnica del recorte

En Virginia Woolf, la descontextualización y el recorte de frases funcionan de manera excepcional. Pongamos algunos ejemplos que ilustren cómo beneficia la poda del entorno. «No hay puertas, cerraduras o cerrojos que puedas ponerle a la libertad de mi mente» es una frase que, aislada de su contexto, resulta fabulosa, si no fuera porque la precede otra: «Cerrad las bibliotecas si queréis: pero no hay puertas…». La connotación es muy fuerte y significativa en un momento en el que el cambio fundamental para las mujeres venía de la mano del acceso a las instituciones, a la cultura y a las calles. Con la primera frase, la escritora con más recursos de la época deja claro que no le importa lo que le pase a la comunidad en la que vive: se pueden cerrar todas las bibliotecas que haya, pues ella ya tiene la libertad de su mente, la de la comodidad de su casa y la de sus atiborrados anaqueles. Lo que les ocurra a las demás, no es asunto suyo.

Se ve aún con mayor claridad en la manera en que trata los temas patrimoniales. Como corresponde a las clases nobles o adineradas, las luchas por los espacios no son un asunto colectivo, sino estrictamente personal y circunscrito a un grupo muy reducido. En The Common Reader, se recorta tanto la célebre frase sobre esa «habitación propia» y las quinientas libras al año que se olvida que va en detrimento de un hecho histórico fundamental como el sufragio femenino, que acaba de aprobarse en ese momento:

Debo decirte que mi tía, Mary Beton, murió al caer de un caballo mientras tomaba el aire cabalgando por Bombay. Las noticias de su herencia me llegaron una noche, casi al mismo tiempo en que se aprobaba la ley que otorgaba el voto a las mujeres. La carta de un abogado se deslizó en el buzón y cuando la abrí me encontré con que me había dejado quinientas libras al año de por vida. De entre las dos —la del voto y la del dinero—, el dinero, que ahora tengo, me pareció infinitamente más importante.

No es necesario seguir en este punto: que el dinero heredado por vía aristocrática sea «infinitamente más importante», es decir, que la experiencia individual, su habitación y sus quinientas libras al año, prime sobre la colectiva, el sufragio femenino, pone mucho sobre la mesa. Entre otras citas famosas se encuentra la publicada en El Sr. Bennett y la Sra. Brown (1924), en la que nos recuerda que «en torno a diciembre de 1910 cambió la naturaleza humana». No obstante, no deja de resultar de lo más burgués que lo ilustre con ejemplos de su servicio doméstico, por ejemplo, con la figura del cocinero en la época georgiana: «que es una criatura llena de luz y aire fresco; que entra y sale del salón, primero para tomar prestado el Daily Herald, luego para pedir consejo sobre un sombrero. ¿Se pueden pedir casos más solemnes del poder de cambio de la raza humana?». Sobran los comentarios.

Virginia Woolf con su nieta Angelica Garnett, en 1934. Foto: Cordon.

Virginia y las mujeres

Que la escritora tenía un problema generalizado con sus contemporáneas no debería ser ningún secreto. No soportaba ni a Edith Sitwell ni a Nancy Cunard ni a Vernon Lee ni a Rebecca West ni a Katherine Mansfield. En el mundo literario, para gustarle a Woolf tenías que estar muerta. A las vivas las describía en sus diarios por su aspecto físico, no por sus logros. Si había algún tipo de halago, no lo dejaba correr sin su correspondiente adversativa. Después de muchos años leyendo sus diarios y cartas he podido comprobar que todas estas declaraciones actúan, muchas veces, como un indicador interesante para calibrar la valía de muchas mujeres brillantes de la época: las que salgan mal paradas tienen muchas posibilidades de haber sido coetáneas sobresalientes. Apenas se salva alguna: tuvo para repartir incluso a aquellas a las que publicó en su propia editorial.

Muchos de sus boicots se llevaban a cabo, por supuesto, subrepticiamente. El ejemplo de su actitud cobarde y sibilina frente a Edith Sitwell es revelador: le hizo una maliciosa reseña de su libro de poemas en el Times Literary Supplement, que publicó de forma anónima el 10 de octubre de 1918, y esa misma noche acudió a la fiesta que daban los tres hermanos Sitwell. En su diario no dejó constancia de nada hasta dos días más tarde. Sobre la fiesta describió con quien habló y, de pasada, dejó como únicas frases sobre la anfitriona, la obra que había vapuleado o cualquier otro particular lo siguiente: «Edith Sitwell es una joven muy alta, con una expresión permanente de asombro, curiosamente coronada con un tocado alto de seda verde que le oculta el cabello, por lo que no se sabe si tiene». Nada sobre su obra. Solo una crítica anónima en uno de los medios más prestigiosos y un paseo por la fiesta de la criticada, como si la cosa no fuera con ella.

En 1925, The Hogarth Press publicó el tercer libro de poemas de la interesantísima Nancy Cunard (Parallax, injustamente oscurecido desde entonces), pero Virginia Woolf se centró en dejar constancia en su diario de lo mucho que le desagradaba todo lo que rodeaba a Cunard: «Odio el fracaso, y para no fracasar, debemos continuar avanzando, pensando, planeando, imaginando… aceptando a Nancy Cunard». Las entradas sobre la poeta entre los años 1924 y 1926 son esclarecedoras, en especial las correspondientes a los días 21 de junio de 1924, 1 de noviembre de 1924 y 3 de marzo de 1926. En ellas muestra su desagrado por encontrársela en alguna fiesta, por tener que toparse con su «mirada sincera», por imaginar que su marido se habrá reunido con ella.

Esto es solo un adelanto de un ensayo más extenso en el que se documenta la influencia de Virginia Woolf en la configuración del canon de su generación. En este punto, sin embargo, conviene ser claros y separar facetas. Al igual que los datos que tenemos sobre la vida de Picasso no nos impiden admirar la genialidad de muchas de sus obras, tampoco debería sucedernos en el caso de Woolf. No obstante, que alguien la defienda como icono feminista y defensora de los derechos sociales, como modelo vital e inspiración para presentes y futuras generaciones de mujeres solo puede ser producto del desconocimiento de sus escritos personales y del impacto que sus acciones tuvieron en las vidas de otras personas.


¿Qué gran autor literario es menos respetable?

En 2019, la revista Analog Science Fiction and Fact decidió renombrar el premio que concedía anualmente para eliminar del mismo el nombre del escritor John W. Campbell. Una decisión que se tomó sin muchos reparos después de que la última ganadora de dicho galardón, Jeannette Ng, apuntase un hecho incómodo: que el escritor con el que se había bautizado el premio había sido un racista bastante deleznable. Campbell fue un editor y un autor muy famoso en los terrenos de la ciencia ficción: estuvo a cargo de Analog Science Fiction and Fact durante cuarenta años (cuando el magacín se publicaba bajo el título Astounding Science Fiction), trabajó con gente como Isaac Asimov, Robert A. Heinlein o Arthur C. Clarke, y firmó relatos como los recopilados en The Moon is Hell, The Space Beyond o un Who Goes There? que contenía la historia que sería llevada al cine como La cosa. Pero más allá de su obra literaria, Campbell era un auténtico gilipollas. Porque defendía la esclavitud alegando que gracias a ella los negros tendrían mejor educación y modales, menospreciaba públicamente a las mujeres, despreciaba a los homosexuales, y como editor rechazaba la obra de los escritores de color al no considerarlos dignos de la literatura. Y para redondear el asunto también le daba muy fuerte a pseudociencias como la telepatía. En un momento dado, incluso el propio Asimov declaró que le resultaba imposible escuchar las opiniones de extrema derecha de Campbell sin que le hirviese la sangre.

Los relatos y la labor como editor de Campbell fueron importantes a la hora de cimentar la edad de oro de la ciencia ficción. Pero ocurre que más allá de su trabajo el hombre no solo era la mugre, sino que además privó a los lectores de obras que él mismo vetó porque despreciaba la raza de sus autores. Y en todo esto afloraba de nuevo el dilema sobre si es necesario separar a la obra del autor para disfrutar de la primera sin asquearse por culpa del segundo. Porque ejemplos de importantes escritores deleznables los tenemos a patadas, tantos como para que la encuesta de esta semana se plantee una pregunta espinosa: ¿Qué gran autor literario es menos respetable?. Los candidatos a este dudoso reconocimiento, y las razones por las que se han hecho odiar, se enumeran a continuación. En caso de que el lector considere que exista alguna pluma infame que también merezca mención en la lista, se le invita a hacerlo en la sección de comentarios dispuesta al final del texto.

(La caja de voto se encuentra al final del texto)


Orson Scott Card

A Orson Scott Card el mundo de la ciencia ficción lo respeta mucho por haber escrito El juego de Ender y su secuela La voz de los muertos. Dos clásicos, galardonados ambos con los premios Hugo y Nébula, que narraban las aventuras de un niño superdotado y su lucha contra una invasión alienígena. Al mismo tiempo, el mundo de la ciencia ficción también le ha acabado pillando bastante tirria a Card por haber estirado en exceso el chicle y parido más de una decena de secuelas, spin-offs, precuelas e historias cortas ambientadas en el universo de Ender, obras que no llegaron al nivel de las entregas originales. Aunque lo cierto es que al margen de su cansina franquicia estrella, el escritor también firmó un hermoso puñado de novelas y relatos reseñables.

El verdadero problema con Card acontece cuando uno deja en paz su obra y escucha sus declaraciones personales. Porque resulta que el hombre lleva toda una vida enarbolando ideas profundamente homófobas: en los noventa defendió la instauración de leyes que persiguiesen la homosexualidad, se ha opuesto tradicionalmente a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y en general opina que ser gay es cosa de desviados y degenerados. Un montón de odio hacia lo LGBT que ha terminado pasándole factura a menudo. En DC cancelaron su guion para el cómic Adventures of Superman cuando los lectores protestaron por el fichaje de un homófobo y el ilustrador encargado renunció a su puesto. La adaptación cinematográfica de El juego de Ender sufrió amenazas de boicot. Y el festival avilesino Celsius lleva unas semanas lidiando con las iras de todos aquellos fans de la ci-fi a los que no le hace ninguna gracia que Card figure entre los invitados al evento del presente año.


Virginia Woolf

Escritora británica elegante, con un ladrido a modo de apellido y una colección de obras entre las que figuran La señora Dalloway, Una habitación propia, Las olas o Al faro. Una de las autoras más importantes de la vanguardia anglosajona y un icono redescubierto durante los setenta por el movimiento feminista. Y también, desgraciadamente, la persona que firmó en sus diarios una colección loquísima de afirmaciones entre las que se encontraban cosas como «Hay intelectuales con cara de babuino que se mezclan con negros y negras que parecen chimpancés», «Las clases bajas son detestables», «Había una gran cantidad de judíos portugueses a bordo y otros objetos repulsivos, pero nos mantuvimos lejos de ellos», «Los imbéciles deberían ser asesinados», «Los alemanes son detestables» o «Los judíos son grasientos […] Odio la risa judía, la voz nasal judía, sus joyerías orientales, y sus narices judías». Curiosamente, o no, estaba casada con un judío.


Lewis Carroll

Alicia en el país de las maravillas y su secuela Alicia a través del espejo son dos obras maestras incombustibles que demuestran la tremenda imaginación que poseía Lewis Carroll. Sus personajes se han convertido en iconos populares de la fantasía, sus pasajes han inspirado a infinidad de artistas y narradores, la adaptación cinematográfica animada producida por Disney es una verdadera maravilla y el remake en acción real perpetrado por Tim Burton es un instrumento de tortura de lo más eficiente. Por todo lo anterior provoca ciertos escalofríos descubrir que Carroll tenía como hobby el dibujar y fotografiar a niñas muy menores y muy desnudas. Y que ideó los mundos de Alicia para agradar a una infante de once años, llamada Alice Liddell, de la que se había encaprichado. Grima, sí, bastante.


Anne Perry

A mediados de los noventa, un desconocido realizador llamado Peter Jackson estrenó una película basada en hechos reales y titulada Criaturas celestiales. Un film que se centraba en la curiosa amistad que existió entre Pauline Parker y Juliet Hulme, dos adolescentes que en 1954 planearon y ejecutaron el brutal asesinato de la madre de la primera. El caso fue uno de los sucesos más sórdidos y llamativos de Nueva Zelanda, pero por lo visto los detalles del mismo no parecían ser realmente de dominio público. Porque muchísima gente se sorprendió bastante cuando, tras el estreno, se hizo público que la Juliet Hulme de la historia era la escritora de best sellers Anne Perry antes de cambiarse el nombre. Perry fue condenada por el crimen cuando tenía quince primaveras, se comió cinco años en la cárcel y al cumplir el encierro y ser liberada decidió comenzar a utilizar un nuevo nombre y cortar todo contacto con Parker. A partir de la década de los ochenta se convirtió en una autora de éxito a base de publicar novelas de su género favorito: el del misterio y los asesinatos.


William S. Burroughs

El escritor William S. Burroughs (El almuerzo desnudo, La máquina blanda) formó parte de aquella generación beat que él mismo propulsó junto a colegas como Jack Keourac y Allen Ginsberg. Pero también pasó a la historia por ser un borracho y drogadicto peligroso con las peores ocurrencias posibles: alcoholizado y muy puesto durante un fiestorro en Mexico, colocó un vaso sobre la cabeza de su esposa Joan Vollmer, y trato de reventarlo de un disparo. Apuntó demasiado bajo y añadió a su currículo la experiencia como asesino de manera instantánea.


J. D. Salinger

En 1964, el escritor J. D. Salinger (autor de El guardián entre el centeno) afirmaba en la revista Harper’s Magazine que estaba acostumbrado a «escribir sobre gente muy joven». Se daba el caso de que al hombre también gustaba de andar detrás de gente muy joven para otras cosas. A los treinta tacos persiguió a una chica de catorce años llamada Jean Miller hasta que logró conquistarla. Y con la cincuentena bien superada se dedicó a rondar a jóvenes que bordeaban lo barely legal. Joyce Maynard fue una de ellas, contaba dieciocho primaveras cuando comenzó a salir con un Salinger de cincuenta y tres, y afirmaba que la estrategia del escritor ante aquellas relaciones habitualmente pasaba por engatusar a sus jóvenes queridas hasta encamarse con ellas y después desaparecer dejándolas tiradas.


Enid Blyton

A finales del 2016, la casa de moneda del Reino Unido, la Royal Mint, desestimó públicamente la idea de honrar a la escritora británica Enid Blyton estampando su cara en una moneda conmemorativa de cincuenta peniques. Blyton era la pluma detrás de sagas infantiles tan populares como Los cinco, Los siete secretos, Torres de Malory o las tropelías de Noddy, un popular niño de madera. Pero en la Royal Mint consideraron que quizás no era la mejor de las ideas homenajear a una escritora que deslizaba en sus libros comentarios racistas, sexistas y xenófobos más propios de una sobremesa en Vox que de una narrativa family friendly. Las reediciones actuales de su obra han sido previamente tuneadas para eliminar el contenido más ofensivo, y la presencia de personajes tan cuestionables como los Golliwoggs.


David Foster Wallace

David Foster Wallace, padre de La broma infinita o Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, se ahorcó en 2008 tras lidiar durante años con la depresión, y todo el mundo lamentó la desaparición de uno de los escritores modernos más interesantes e influyentes de los últimos años. Desgraciadamente, todas las virtudes de Wallace como escritor chocaban contra sus carencias como persona en los terrenos afectivos. La escritora Mary Karr, pareja del escritor durante los años noventa, explicaría que tener a aquel hombre como novio supuso aguantar todo tipo de abusos: Wallace se dedicó a stalkear a Karr trepando en plan ninja a las ventanas de su casa, persiguiendo al hijo pequeño de ella desde la escuela al colegio, acosándola por teléfono o tatuándose su nombre para cabrear al marido de la mujer. También la golpeó, le arrojó una mesa encima, le reventó la ventana de su automóvil de un puñetazo y la abandonó en medio de la nada durante un trayecto en coche. En un momento dado, Wallace llegó a contactar con gente muy turbia y considerar la posibilidad de matar al esposo de Karr para quitárselo de en medio. Los posteriores escarceos amorosos de Wallace también dieron bastante miedo, tras hacerse famoso con La broma infinita se dedicó a aprovecharse sexualmente de todas las fans que se le acercaban sin preocuparse porque algunas de ellas no fueran mayores de edad. «Mi único objetivo es meter el pene en tantas vaginas como me sea posible», declaró.


Patricia Highsmith

La novelista Patricia Highsmith escribió novelas como Extraños en un tren o El talento de Mr. Ripley, obras que posteriormente fueron objeto de exitosas adaptaciones cinematográficas. Pero en sus diarios personales rubricó otro tipo de cosas mucho menos populares, entre las que figuraba la afirmación de que el Holocausto en realidad fue un «semicausto» al «ser eficiente solo a medias por haber logrado eliminar únicamente a la mitad de los judíos». Por lo visto, Highsmith también era alcohólica, «un ser humano despreciable» según quienes la conocían y alguien que odiaba a los italianos, los negros, los latinos, los católicos, los indios, los árabes, los portugueses, los coreanos y en general cualquier persona que no fuese blanca protestante. 


George Orwell

George Orwell (autor de las populares y afiladas Rebelión en la granja o 1984) se enfrentó públicamente al imperialismo y al capitalismo, proclamó lo malvado del comunismo estalinista y llegó a comerse una bala mientras batallaba contra el fascismo en la guerra civil española. Pero tras su muerte se descubrió que también ejerció de chivato al deslizar al gobierno británico una lista de sospechosos comunistas con más de una treintena de nombres en la que figuraban Charlie Chaplin, J. B. Priestley o Michael Redgrave. Entre los apuntes personales del escritor también se hallaron más nombres etiquetados como «poco de fiar» y «simpatizantes comunistas», gente entre la que se encontraba Orson Welles, Katharine Hepburn o Randall Swingler. Ocurría que además de soplón, el hombre también era notablemente homófobo, un detallito al que los historiadores le quitan peso al afirmar que aquello era cosa de la época.


Norman Mailer

Norman Mailer, uno de los periodistas más innovadores e influyentes del medio, decidió en noviembre de 1960 celebrar una fiesta en su apartamento junto a su esposa, Adele Morales, con la excusa de impulsar su candidatura a la alcaldía de Nueva York. La cosa salió regular porque Mailer se tiró toda la noche buscando gresca entre los doscientos invitados, acabó bajando a la calle para regalar puñetazos a gente aleatoria y volvió a las tantas al piso para apuñalar a su mujer con una navaja y comentar a los sorprendidos invitados un «no la toquéis, dejad que la puta se muera». Y más de uno entre los asistentes pensó que a lo mejor esa no era la manera más adecuada de iniciar una campaña política.


Jack London

Autor de Colmillo blanco, El lobo de mar o La llamada de lo salvaje. Pero también una personalidad pública que firmó ensayos donde hablaba de la superioridad de los blancos, condenaba la inmigración asiática etiquetándola como parte del «peligro amarillo» y defendía la idea del genocidio como una selección natural cuando existía un choque entre razas. Estupendo todo.


William Golding

El novelista y poeta inglés William Golding estudió literatura en Oxford, publicó su primer poemario en 1934, participó en la Segunda Guerra Mundial formando parte de la marina británica y se estrenó como novelista en 1954 con la que se convertiría en su obra más famosa, El señor de las moscas. Durante los años posteriores, el éxito le permitió abandonar su empleo como profesor para dedicarse exclusivamente a escribir, firmando por el camino novelas como Martín, el náufrago, Ritos de paso o La oscuridad visible. En el 83 se le concedió el Premio Nobel de literatura por su maña a la hora combinar las sombras que habitan en el ser humano con lo colorido de los relatos de aventuras. Un lustro más tarde fue ordenado caballero de la Prden del Imperio británico, y otro lustro después la palmó de un infarto. Pero lo más jodido de su biografía no saldría a flote hasta muchos años después, cuando el descubrimiento de un diario personal reveló que de respetable tenía poco: el escritor no solo confesaba sobre el papel haber jugado a enfrentar a sus alumnos para ver qué pasaba (lo que viene a ser un El señor de las moscas en vivo) sino que además explicaba cómo, cuando contaba con dieciocho veranos, había intentado violar a una niña de catorce años.


H. P.  Lovecraft

Hay que ser un virtuoso para describir durante páginas un horror que al mismo tiempo has definido como indescriptible. Y hay que ser un genio para imaginar unos miedos que acabarían convirtiéndose en los cimientos de millones de películas, novelas, videojuegos y partidas de rol durante los años posteriores. Lovecraft (La llamada de Cthulhu, En las montañas de la locura) era ambas cosas y su influencia se extiende hasta la actualidad en los terrenos de la ficción. La parte mala es que Lovecraft, además de ser un visionario y un maestro del horror, también era extremadamente racista en su vida diaria. Y aquello salpicaba sus textos con inapropiadas ristras de insultos ofensivos y estereotipados dirigidos a todos aquellos que no tuviesen la piel clarita.


Paulo Coelho

Bueno, a ver. La candidatura de este se veía venir.



Cómo ser una dama o un caballero victoriano de comportamiento intachable

Pride and Prejudice, 1940. Fotografía: MGM.

Lo llamamos «cine de tacitas» y la imagen no puede ser más evocadora. Inmediatamente se nos vienen a la mente nombres como Jane Austen, Emma Thompson o James Ivory y escenas situadas a la hora del té en algún elegante salón o terraza, cuyo desarrollo de apariencia incruenta y exquisita permite intuir sin embargo un fuerte conflicto soterrado. Los personajes parecen estar sujetos a un estricto y complicadísimo código de conducta, en el que hay que medir cada gesto y cada palabra bajo pena de ostracismo o, lo que es peor, de murmullos y miradas de reprobación. El contexto de todo ello… ¿hace falta decirlo?  Ingleses del siglo XIX de clase alta. Es decir, la época victoriana.

Para situarnos en la mentalidad de la época hay que entender en primer lugar lo que significaba para ellos el Imperio británico. Su hegemonía marítima y la vastedad de los territorios y poblaciones que controlaba era una inagotable fuente de arrogancia patriótica, en ocasiones abiertamente racista, que queda bien reflejada en esa frase que se atribuye a Lord Palmerston acerca de que «Dios cometió un gran error el día en que creó a los extranjeros». Lo cual evoca aquel diálogo de El hombre que pudo reinar, cuando un temeroso afgano preguntaba a los colonos recién llegados si eran dioses y le respondían «algo parecido, somos ingleses». Pero ese poder también les planteaba la exigencia de estar a la altura, de tomar conciencia de su supremacía mundial y cumplir con su deber de mantener la Pax Britannica. Ser inglés era una cosa muy seria.

Casi indisociable de ese ideario imperialista resultaba la rígida jerarquía social y el acendrado sentimiento de superioridad —que, como veremos, se volvería muy contagioso— de la aristocracia y la alta burguesía, la élite que controlaba el país y que llegó a conocerse como los «Upper Ten Thousand» (aunque la expresión originariamente es norteamericana). Resulta muy interesante en este aspecto conocer el origen del término snob. En las listas de examen de Oxford y Cambridge para distinguir a los estudiantes no aristocráticos se escribía junto a su nombre sine nobilitate o su contracción «s. nob». El señalado como esnob pronto mutaría con la fe del converso en alguien tremendamente preocupado por su estatus social, por aparentar más del que tenía y por menospreciar a quienes considerase en un escalón más bajo. Dado que la gran mayoría de la sociedad quedaba excluida de esos «diez mil de arriba», el empeño por distinguirse alcanzaría proporciones de epidemia, o así lo describía en su época el escritor William Thackeray, para quien los esnobs habían «proliferado en Inglaterra como las vías férreas. Ahora se les conoce y reconoce en todo un imperio en el que nunca se pone el sol». Finalmente, otros condimentos de este singular potaje que representaba la mentalidad victoriana eran el auge del capitalismo y la preeminencia del anglicanismo más severo. El nuevo hombre burgués podía ascender socialmente gracias a su férrea disciplina; la vagancia, el hedonismo y la laxitud eran cosa de pobres. Respecto al puritanismo y el rigor moral religioso pocas anécdotas resultan más clarificadoras que aquella del abuelo de Virginia Woolf, quien tras su primer cigarro no volvió a fumar nunca más… precisamente porque le había gustado.  

Y bien, ¿cómo podía alguien hacer ver a los demás que tenía todo lo anterior debidamente asimilado, que era un caballero o una dama de la más elevada posición, piadoso hasta la médula y más rematadamente inglés que una de esas cabinas de teléfono rojas que aún no existían? Pues entre otras cosas demostrando su riguroso cumplimiento de unas normas de etiqueta social tan enrevesadas y sutiles que solo el ojo del iniciado igualmente en ellas podía distinguir. Naturalmente, no puede decirse que fuera algo exclusivo de ese país y de esa época. Siempre se ha considerado en todas partes el cumplimiento de ciertas convenciones sociales más o menos arbitrarias como un indicativo del estatus socioeconómico, la inteligencia y la catadura moral de una persona; ya decía De Quincey aquello de que se empieza asesinando y se termina faltando a la buena educación. Simplemente, en este caso que nos ocupa se fue un poco más lejos.

¿Cuándo y dónde debían seguirse las normas de etiqueta?

Evidentemente, en cualquier situación en la que se estuviera acompañado, pero el momento álgido tendía a ser lo que se conocía como «temporada». Era el periodo de tiempo entre abril y julio en el que, una vez terminada la temporada de caza, los miembros de la buena sociedad regresaban a Londres de sus residencias campestres. Era entonces cuando se acumulaban los eventos en los que dejarse ver en compañía de las personas adecuadas y con el vestido acorde a cada ocasión. Como establecía The Ladies’ Book of Etiquette and Manual of Politeness, publicado en 1860, «una dama nunca está mejor vestida que cuando no puedes recordar qué vestía». Es decir, si su vestimenta estaba perfectamente integrada en el contexto de manera que no llame en absoluto la atención es que conoce bien las normas. Y es por tanto un potencial buen partido, pues al fin y al cabo estos eventos tenían su parte también de mercados del matrimonio en los que exhibirse, ya se tratase de representaciones en teatro u ópera, recepciones, presentaciones en la Corte, carreras de caballos, regatas, cenas o paseos por el parque en apariencia intrascendentes… aunque nada más lejos.

Si el paseo era en carruaje, el caballero debía sentarse no al lado sino enfrente de la dama, de espaldas a la dirección en la que se marchase y una vez llegados al destino ayudarla a descender del vehículo. Para este cometido también podía valer cualquier hombre que se encontrara cerca en ese momento aunque fuera un desconocido, quien, una vez ella hubiera descendido, debía saludarla cortésmente y retirarse sin pretender iniciar ninguna conversación. Es decir, nada de buitrear, según la terminología actual. A lo largo del siglo XIX fueron haciéndose cada vez más habituales las bicicletas y por supuesto también pasaron a estar sometidas a etiqueta. En Lady Cycling: What to Wear and How to Ride su autora daba toda clase de prudentes consejos como por ejemplo evitar jugar a carreras con otras ciclistas: «¡Tales locuras no pueden conducir más que al desastre!», advertía alarmada.

Pero no se vayan a pensar que caminar durante el paseo era una tarea más sencilla. Había mil detalles de los que estar pendiente. Un caballero podía llevar del brazo a dos damas, señalaba el Manual de formas sociales, pero una dama jamás podía agarrar del brazo a dos caballeros. Una mujer no debía caminar cogida del brazo de un hombre que no fuera su marido a menos que ya fuera una señora de cierta edad, en tal caso el hombre debía prestar su ayuda. Aunque había también circunstancias atenuantes como un suelo cubierto de baches o encharcado. En tales casos una dama podía levantar ligeramente su vestido pues no era elegante arrastrarlo al caminar, pero debía cogerlo con la mano derecha. Usar ambas era una auténtica vulgaridad. Si sorprendía la lluvia a los paseantes, la mujer podía aceptar el paraguas que le ofreciera un caballero siempre y cuando él la acompañase en la misma dirección, para no arrebatárselo. Así mismo un caballero nunca podía fumar delante de una mujer, e incluso debía tirar el cigarrillo si se encontraba con una conocida.

Precisamente este acto de encontrarse a amigos y conocidos era una cuestión delicada, dado que debía evitarse cualquier situación que diera lugar a habladurías. Era preferible no saludar ni responder a saludos en ciertos casos. Pero lo que nunca debían hacer un hombre y una mujer en ninguna circunstancia era detenerse a hablar en medio de la calle, en todo caso al encontrarse, y si tenían algo importante que decirse, podían caminar un rato juntos. Si la chica se sentaba en el césped, el acompañante masculino no podía sentarse a su lado hasta que ella no se lo pidiese. Y, como era de esperar, nada de abrazarse o besarse en público. Hoy en día existen ciertas leyendas urbanas en torno a supuestos códigos secretos de comunicación con abanicos y sombrillas entre amantes. En realidad no era algo tan formalizado, aunque sí había algunas recomendaciones básicas, como no balancear el parasol ostensiblemente o ponerlo muy cerca de la cara de forma que impida ver lo que se tiene delante. Por supuesto nada de correr, ni de ir comiendo, ni agitar los brazos, ni reír ruidosamente e ir dando voces llamando la atención de otros viandantes, ni mucho menos quedarse mirándolos y susurrando a su paso. Era, en resumen, un código de comportamiento que aunaba algunas exigencias disparatadas, una buena dosis de constreñimiento puritano y también, no puede negarse, un gran respeto hacia los demás. Pensándolo bien tampoco hay que descartar cierta dosis de juego para gente con mucho tiempo libre, pues un monótono paseo por el parque se convertía así en un recorrido con más trampas que una prueba de Humor Amarillo.  

En casa

Aunque la mentalidad victoriana veneraba el hogar como un espacio de calidez y recogimiento, dentro de sus muros la etiqueta podía llegar a ser tan estricta como en el exterior. No era correcto permanecer con el sombrero puesto dentro de una habitación, tomar posturas poco elegantes como poner los brazos en jarras, apoyarse en la pared, poner el pie sobre una silla o sentarse a horcajadas en ella. Formalidad, en definitiva. Una dama distinguida debía estar vestida adecuadamente para recibir visitas todos los días a media tarde para la hora del té. Esta ceremonia, que tantas veces hemos visto en el cine, requería una invitación en los días previos por medio de tarjetas de visita, aunque en general era un momento más desenfadado e informal que las cenas.

Celebrar una cena con invitados era un acontecimiento de la máxima formalidad que requería en primer lugar enviar invitaciones a los participantes. Una vez llegaban a casa se les hacía permanecer unos minutos en el salón hasta que se anunciaba que la cena estaba lista, entonces debían desfilar al comedor según un riguroso orden de importancia de cada invitado, un momento propicio para que alguien se sintiera agraviado y que exigía mucho tacto. Los modales una vez sentados a la mesa requerían no solo un uso adecuado de los cubiertos (¡el bacalao se corta en diagonal!), sino una conversación apropiada para la ocasión. Ojo con las bromas, pues el mencionado The Ladies’ Book of Etiquette era categórico al respecto:

Debo censurar con la mayor severidad el hábito de usar frases que admitan un doble significado. No solo es enfermizo y falto de delicadeza, ninguna persona de cierto refinamiento debe hacerlo jamás. Si tiene usted la mala suerte de conversar con alguien que utilice este tipo de frases, no debe dar muestras mediante palabras, miradas, o gesto alguno de que entiende cualquier significado más allá del lenguaje llano.

Pero, en general, la mayoría de los consejos tendían a girar en torno a respetar a los demás comensales y evitarles situaciones incómodas (si por ejemplo un invitado rompía algún vaso o cubierto, el anfitrión debía fingir en la medida de lo posible que no se había dado cuenta), de manera que muchos siguen teniendo validez. De hecho, según otro de los manuales de buenas maneras de la época nunca debía hacerse uno mismo el héroe de la historia que esté contando y, francamente, es una lástima que esta norma haya caído tan en desuso. Las normas se extendían a todos y cada uno de los aspectos de la vida y podríamos extendernos páginas y páginas, pero no quisiéramos transgredir otra que aconsejaba brevedad y evitar extenderse monopolizando la atención de los demás, así que es momento de dejar paso al siguiente artículo. 


Pilar Rubio Remiro: «Circular por el mundo exterior no ha sido nunca fácil para una mujer, ni lo es ahora»

Tenía que ser así: Pilar Rubio Remiro aparece cargada con libros. Habla suave pero sentencia firme sobre aquello de lo que sabe más que la mayoría: viajes y libros. Aún más: Libros de viajes. Esos dos placeres universales que —ella lo sabe— se publicitan más de lo que se practican, a los que se ha consignado desde que tiene memoria.  

Después de años tras el mostrador de su librería, se presenta ahora como madre de La Línea del Horizonte, editorial especializada en una narrativa que cabe en la maleta, pero no en una guía de viajes al uso. Rescata a exploradoras desconocidas, traza rutas literarias y lleva a cabo ideas alocadas que no siempre salen bien. Pero gracias a ellas ha carpinteado su propio sueño, su editorial. Es una nómada con residencia fija. De pequeña se imaginaba ganando concursos de redacción, de mayor ha tenido que añadirse el segundo apellido porque había otra más famosa. No parece que le importe, habita feliz lejos de las alabanzas y los desdenes. Los buenos libros, dice, son los que crean un silencio alrededor. Pilar Rubio Remiro produce, a veces, el mismo efecto.

Charlamos con ella sobre mapas, libros, dibujos y geografías. Nos cita en su cafetería de siempre, que ya no es igual, pero la mantiene a ella, al pie del cañón.

Esta misma semana ha cerrado la librería Nicolás de Moya, la más antigua de la capital. Tú has contado que el peor momento de tu carrera fue cuando tuviste que cerrar la tuya en Madrid, Altaïr. ¿Eso te ha traído recuerdos?

Siempre que cierra una me acuerdo de la inmensa tristeza cuando tuve que cerrar, después de quince años. Sobre todo, porque es un trabajo muy vocacional que te atrapa totalmente. Vives unos horarios terribles. Ese halo romántico que se ve desde fuera, desde dentro es de otra manera porque te pasas el día entre cajas, es muy físico, aunque no se entienda. Da pena porque los cierres de las librerías son imparables, y aunque surgen nuevas, en el fondo expresa una situación del mercado muy preocupante. Mientras crece la oferta de edición, crecemos las editoriales pequeñas, el número de lectores decrece. El último informe sobre la lectura del ministerio te deja impresionada. Siempre se alega que el número de lectores crece, pero te das cuenta de que estos estudios no inciden en la realidad del problema: ¿Qué tipo de lectura es la que crece? ¿A qué le llamamos lecturas? Y sobre todo, frente al resto de contenidos que se consumen, ¿cuál es la importancia de la lectura de verdad, seria? Lo que deja ver el cierre de las librerías es el cambio de paradigma cultural tan tremendo, que al principio pensábamos que venía por la crisis económica pero que ahora nos damos cuenta de que no.

Tiene que ver mucho el cambio tecnológico y sobre todo algo más tremendo, la pérdida del aura del libro. La pérdida de objeto sagrado, de identidad de un objeto que ha estado transmitiendo un sentimiento de lo cultural que ahora prácticamente está denostado. Pocas veces vemos a nuestros políticos con un libro en la mano, contar qué libros tienen en la mesilla o mucho menos salir de una librería. O visitar la Feria del Libro, sin ir más lejos. Eso es lo que expresa el cambio de las librerías: un cambio cultural muy profundo. Es un ecosistema cada vez más frágil y cada vez más retorcido, como una especie de aporía. Utilizo esta palabra porque expresa una contradicción no resuelta. Que cada vez hay más edición, cada vez hay más oferta mientras que el número de lectores decrece. Está encima de la mesa, pero nadie tiene respuestas para eso.

También esta misma semana se ha visto el reverso de la moneda: después de que una librería de Nueva York anunciase su cierre, los vecinos se han volcado para salvarla económicamente, y finalmente no cerrará.

Aquí ha habido algunos casos parecidos, pero no iguales. Las librerías de barrio, como esa, son muy especiales porque hacen sentir en casa. En mi caso es la Alberti, donde siempre que voy sé que voy a tener un ratito de conversación, de recomendaciones y una mesa de novedades con fundamento. Esas librerías de barrio son esenciales, vitales, porque van más allá del comercio de una actividad determinada. Son núcleos a través de los cuales toma cuerpo un sentido de lo vecinal, de comunidad. Lo que se necesita no es tanto que la salven, sino un mayor apoyo por parte de los políticos. En Francia y Alemania tienen unas redes bastante aceptable, que mal que bien se van bandeando con esta situación de crisis, y reciben muchísimos apoyos públicos, como al alquiler. Y aquí no. Tiene que haber políticas públicas que apoyen la red librera, porque Amazon ya está en un porcentaje del quince por ciento en librería física. Es una barbaridad y sigue creciendo. ¿Dónde estará en cuatro o cinco años? Porque cuando cierra una librería todo son lamentos, pero me acuerdo que en una de estas, Paco Goyanes, de la librería Cálamo me decía: «Oye, que no os acordáis de las que seguimos abiertas, que somos las que sobrevivimos». Y es verdad.

Dices que pierdes el entusiasmo por lo que haces cuando ves a la gente en el metro con el smartphone y añades «solo los libros nos pueden salvar de este estado de anomia intelectual, de ausencia de pensamiento crítico, de muerte de la imaginación, de falta de proyectos y de deseos de cambio». Una visión muy pesimista, ¿no?

Es que volvemos un poco a lo duro que es ser consciente de ese cambio, que desde mi punto de vista no camina hacia una buena resolución. No hace mucho leí un libro de Nicholas Carr, ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, que comentaba cómo nos transforma la lectura digital frente a la lectura analógica. Obviamente hay toda una serie de cambios neurológicos que tienen que ver con la forma en la que leemos, las funciones que se activan en el cerebro no son las mismas. Y ahí, en el metro es la prueba del siete. El día que veo más de dos personas con un ebook, o con un periódico, me dan ganas de aplaudirles. Son como una especie en extinción.

¿No te parece que muchas veces se plantea todo esto como mundos excluyentes? ¿Si usas smartphone no lees libros, o si lees en digital no lees en analógico?

Yo no lo hago. Soy lectora de todos los formatos, aunque utilice más el papel porque la relación sensual que se establece con él no la puedo establecer con lo digital. Tengo dos libros en los dos formatos, defiendo una convivencia.

Cuando fundaste tu editorial La Línea del Horizonte la vocación digital estaba clarísima. Mucha de la oferta era en ese formato, alguna incluso exclusivamente.

Cuando empecé con la editorial, salía de estar muchos años en la librería y empleé un año en reciclarme. Entré en la lógica del márketing, las redes sociales, las nuevas aplicaciones de tratamiento de imágenes… Todo aquello que me podía servir, incluido un máster de edición digital. En aquel momento, con la crisis dando tan duro, pensaba que el futuro sería totalmente digital. Por eso empecé la editorial con una colección digital… ¡que me comí con patatas! Y me di cuenta de que no se puede editar solamente en digital, que el papel no solamente tenía vida sino que tenía una larga vida por delante. Incluso los primeros libros que saqué también tenían un material audiovisual adjunto. Saqué uno de Javier Reverte y para cada uno de los capítulos fuimos a su casa, le filmamos, y él mismo explicaba de dónde salía cada reportaje, los entresijos… Tenía su gracia, y accedías a ello a través de un código QR. Pero después me di cuenta de que no, de que el lector no había evolucionado tanto. Existía un lector digital, pero no buscaba, o no apreciaba, esa extensión de la palabra volcada en la imagen. Así que dejé de hacerlo, porque comprendí que había que seguir editando en papel con su correspondiente versión en digital. Que además no cuesta nada hacerla una vez que ya tienes la de papel. No entiendo a los editores que se niegan a hacerla, porque creo que pierden una parte de visibilidad.

Te empeñas en defender la literatura de viajes, que muchas grandes figuras de la literatura, como Susan Sontag, criticaban abiertamente.  

Yo abordo la literatura de viajes desde una mentalidad que no me puedo quitar de encima, que es la de haber llevado durante mucho tiempo una librería especializada en literatura de viajes. Esto me condiciona muchísimo, igual que haber tenido en mi pasado una larga etapa en el arte contemporáneo. Todo lo que tiene que ver con la iconografía, de alguna manera, también se proyecta en esto. Pero como librera de viajes, te diré: una librería de viajes es una librería general, en la que tratas todas las humanidades, solo que se ordena de diferente manera, desde un punto de vista geográfico. Esta es la clave. La literatura de viajes es un género tremendamente transversal, porque recorre otros muchos: la ficción, la crónica periodística, las humanidades, porque puede ser un relato de corte antropológico, geográfico, visual… Es un género tan rico, tan apasionante, tan mestizo y fluctuante a lo largo de los siglos, que se regenera continuamente. Cuando alguien dice que la literatura de viajes en este momento es un género menor, yo me pregunto, ¿de qué está hablando? Porque ponemos encima de la mesa una serie de textos, y por supuesto que son literatura de viajes. Toda la literatura citadina, por ejemplo, es pura literatura de viajes.

De hecho, defiendes que se puede leer a Virginia Woolf como literatura de viajes, y publicaste una geografía sentimental de la autora.

Exacto. Tú lees La señora Dalloway y es una imagen de Londres, porque es una novela que se desarrolla en sus calles. Lo que tú estás viendo a través de esas palabras es una ciudad, una mirada muy complementaria a la que tiene el turista. Por eso esto para mí es la guerra que tengo con respecto a la literatura de viajes, es una guerra pedagógica. De hecho, mi catálogo tiene que ver con esta obsesión de considerar y hacer visible la riqueza conceptual de este género. La Odisea y el Quijote también entran en este género, porque la literatura de viajes no es solamente la crónica de un chaval de treinta años que se ha dado la vuelta al mundo y luego vuelve y lo cuenta. Lo que importa es la calidad y hondura del relato, qué se ha hecho con esa realidad. La literatura de viajes, para que se pueda considerar como tal, solo necesita un ingrediente: que haya desplazamiento. Por un lugar, por una geografía, o por una cultura. Ese es el único ingrediente que necesita para ser llamado con propiedad relato de viajes. Luego, la circunstancia de lo literario es la circunstancia añadida del valor, es el talento que se pone al servicio de un relato. Si no hay talento, obviamente ese relato es plano, sin mayor interés, o se limita a copiar la plantilla de un género. Que la tiene, por supuesto. Lo literario es un ingrediente que le otorga valor, pero lo que hay por debajo, el tema, es tan amplio y tan fascinante… que cuando veo opiniones como las de Susan Sontag y tantos otros, me río. Porque ellos mismos con los años se han tenido que desdecir.

Ella, en Viaje a Hanói, constata su incapacidad de comprender Vietnam del Norte y carga contra los escritores viajeros que la precedieron y alimentaron la ilusión de que comprendían las realidades que visitaban. ¿Es necesario comprender allí donde se va, es un fracaso no hacerlo, o a veces la literatura de viajes puede ser la narración de un fracaso?

Es un tema precioso, en realidad. Porque hay miles de citas sobre qué significa ser turista, qué significa ser viajero… Pero yo voy a algo mucho más sencillo y menos rebuscado: viajar es un estado emocional. Esa emoción te sitúa ante una percepción que puedes modular de muchas maneras, dependiendo de cómo eres. Si en tu vida normal eres curiosa, aplicarás la curiosidad, si tienes una mirada visual sobre las cosas, la proyectarás; y si eres reflexiva, lo mismo. Y a pesar de eso, hay lugares que simplemente no te entran. Es como las personas. No te entran. Llegas a un lugar y te dices «no me hallo aquí», porque no encuentras una conexión emocional A partir de ahí nos cerramos en banda. Lo que tiene de interesante es el reconocimiento, el decir que tal lugar o tal ciudad no te ha interesado nada. Y, sin embargo otro lugar (que no tiene por qué ser exótico ni lejano) ha sido una absoluta revolución en mí. Eso es lo importante en ese caso. Ya que hablamos de Susan Sontag, citaré El amante del volcán, que es Nápoles, donde hay todo un relato fascinante del lugar. La ficción, obviamente, forma parte del transgénero de la literatura de viajes. De hecho, la buena literatura de este género está llena de escritores de ficción que en un momento u otro han viajado y han usado su mirada de ficción en un lugar. La subjetividad que extraen de ese sitio da un juego fantástico. Muchos de los grandes relatos de viajes están escritos no por viajeros sino por escritores que viajan.

Dice Javier Reverte que a partir de los noventa surgieron muchos autores de viajes que no tenían ni el talante ni la preparación de un escritor. De este modo, se provocó un cierto cansancio en los lectores y bajo el epígrafe de literatura de viajes se vendieron muchas simples guías algo ampliadas. ¿Estás de acuerdo con el análisis?

Por un lado, obviamente, al haber movimiento y viaje, la literatura de viajes entra en el terreno de la potentísima industria del turismo. Y a diario vemos como en las redes hay una masa impresionante de gente que viaja y comparte dónde ha estado, continuamente. Esto no tiene mayor interés porque es simplemente desplazarse por desplazarse, no hay una lectura personal individualizada sobre aquella experiencia. Esto ha hecho mucho daño a este género, porque muy habitualmente ves gente que hace viajes verdaderamente difíciles o verdaderamente exóticos, y que han pasado por experiencias complejas y que quieren escribirlo y lo escriben. Pero claro, el resultado de eso no tiene ningún valor. Porque no hay una reflexión, no hay una mirada diferenciada, ni una manera de componer esa realidad nueva o diferente. Esto ha sido muy habitual, lo de decir «he hecho un viaje de cuatro años en moto y he vivido esto y lo otro». Pues enhorabuena por tus maravillosas experiencias, pero la escritura es otra cuestión. Y esto es uno de los grandes problemas que ha tenido la literatura de viajes, porque la ha llenado un poco de basurilla.

Yo viví aquel boom de los años noventa, y tenía una lógica: el hambre que había en este país por el exterior, por el mundo. Por lo que quedaba fuera de lo cotidiano. Esto, unido a una situación de bonanza económica, hizo que toda una clase media utilizara su dinero en viajar. Se convirtieron en lectores magníficos, maravillosos y muy enterados. Las editoriales detectaron aquello porque era una laguna, porque en España no ha habido género de literatura de viajes. Por eso me da la risa cuando algunos teóricos y críticos dicen que es un género menor, cuando ni siquiera ha habido oportunidad de que haya florecido. Lo estamos creando, como mucho, desde hace veinte años. Y desde cero. Pero en aquella época, de la eclosión enorme, muchas editoriales aprovecharon para aparecer en ese momento. Desde la colección de la propia Altaïr, Península, hasta Ediciones B, Juventud, Olañeta… Todas funcionaban a tope con la literatura de viajes. En los catálogos, todos metían a su autor. Todo eso parece que desapareció, pero no es verdad. Se ha reciclado. Esa misma necesidad de mundo exterior, de experiencias físicas y emocionales respecto a lo que está fuera de tu vida cotidiana, ahora se expresa por ejemplo, en la literatura de naturaleza. Es una derivación de aquello. Porque en España antes tampoco había literatura de naturaleza. Yo recuerdo cómo se menospreciaban los primeros libros de Julio Llamazares, diciendo que solo era un escritor rural que hablaba de cosas del campo. ¡Fíjate ahora! Pasó con otros muchos, como Pla. Cuando iba de pueblo en pueblo era visto como una figura dentro de lo literario, conservador, pacato… O el propio Cela, que como persona tendrá muchas fisuras, pero su Viaje a la Alcarria es una joya.

Esa necesidad que surgió con el mundo exterior, con el mundo de lo exótico y lo desconocido; ahora se proyecta en el mundo de la naturaleza. Es un boom que tarde o temprano estallará porque ya se está agotando. Ahora, rara es la editorial que no publica su libro sobre alguien que se ha ido a vivir al monte en mitad de nada. Son modas que van pasando. Lo que ocurre es que son modas que responden a una necesidad, una necesidad de un género que no existía y que es muy atractivo. Pero todo esto es muy darwiniano: tarde o temprano lo que quedará son las obras originales, las que tienen talento detrás. Me refiero a España.

Un vistazo rápido a los libros de viajes más vendidos en Amazon: Viaje al corazón de España (Fernando García de Cortázar), Ver, oír y callar (Juan José Martínez D’aubuisson), Canadiana (Juan Claudio de Ramón), Cuaderno de viaje de la tierra media (John Howe), y Hacia rutas salvajes (Jon Krakauer). ¿Qué te dice el ranking?

Para empezar que es un ranking muy conservador. Pero no es un fenómeno que ataña solo a la literatura de viajes, sino a cualquier género. Si ves cualquier suplemento y te fijas en los diez más vendidos, ves que lo son (muchas veces) por razones extraliterarias. Con respecto a la literatura de viajes ocurre igual: tiene más éxito aquello que ya es reconocible. Javier Reverte siempre vende, porque raro es que alguien a tu alrededor no te lo haya recomendado. Es un tema que me preocupa mucho, e intento que mi catálogo copie cómo me ha marcado mi trayectoria. Quiero que todas las colecciones formen una conversación: si tú quieres leer a Ángeles Espinosa, primero tienes que leer a una tal Egeria, que fue una loca que en el siglo IV se va a ver qué pasaba por Jerusalén, y lo cuenta de una manera muy divertida.

Yo entré en este género hace treinta años porque yo era viajera y era lectora. Y me interesaba todo esto: Egeria, Goytisolo, Reverte, Jorge Carrión… Me interesan muchos autores que no tienen nada que ver, ni por el tiempo, ni por mirada, ni por escritura. Pero entre todos ellos creo que me abren horizontes y nuevas perspectivas sobre lo que me interesa del mundo.

¿Ha matado el turismo low cost a la literatura de viajes? ¿Se banaliza la experiencia viajera?

Dejemos algo claro: una guía de viajes es una serie de recomendaciones sobre lo que se considera óptimo para visitar en un lugar. Un buen libro sobre tema viajero es aquel que te hace reflexionar sobre aquello que estás viendo. Y lo que estás viendo no tiene por qué ser lo más importante, o el templo fundamental de ese lugar. A lo mejor es un callejón, o un bar. Ese es el éxito de un buen relato de viajes, que tiene que huir de lo que se apega mucho a la demanda del mercado turístico, que intenta dirigir tus pasos hacia una serie de hitos que es de los que ese mercado vive.

La diferencia fundamental, ¿no podría ser que la guía de viajes tiene como objetivo que viajes al lugar, pero la literatura de viajes no tiene por qué perseguir ese fin específicamente?

Claro, es exactamente esto. Aunque a veces sí ocurre que quieras ir a un lugar después de un buen relato de viajes, pero es solo un efecto añadido de la bondad de ese libro. El viaje conecta con una pulsión muy íntima de cada cual, que tiene que ver con la fuga de aquello que te está mediatizando todos los días. Hay una frase muy bonita de Savater que uso mucho: «El viaje es tiempo pleno, porque es un tiempo para ti, que no tiene utilidad, que no está dedicado al cuidado o a un fin económico». Es decir, que es un tiempo que no está supeditado a nada salvo a ti mismo. Puedes utilizarlo para afinar la percepción sobre la realidad, sobre ti mismo, para comprender realidades que hasta ese momento ni las habías considerado, para revisar tus propias opiniones sobre el mundo… Lo que te hace es salir de ti mismo. Esto conecta con todo el mundo, todos lo entendemos. Y todos hemos tenido esa experiencia, sea viajando en la sierra del Guadarrama o yendo a Papúa Nueva Guinea.

Hay muchísimos grandes lectores que se acercan a este género simplemente por el placer de vivir de forma vicaria esa experiencia que le está contando un escritor o un viajero. Te diré más: una de mis experiencias en la librería es ver que los grandes lectores de literatura de viajes no son precisamente muy viajeros. Son lectores de salón, y como lectores en general, les interesaba también la literatura de viajes. Y también lo veo a la inversa: mucha gente que está poniendo en redes lo mucho que viaja, que están todo el día de acá para allá, no son lectores. Incluso cuando ellos escriben un libro de viajes, no hay ninguna referencia literaria a otros autores. Y aunque ya no leo ese tipo de literatura, alguna vez lo he hecho, y una vez me topé con un libro de una pareja que había estado viajando durante un año, que era todo un exitazo. Habían vendido como tres mil copias, a base de dar charlas aquí y allá. Cuando lo empecé a leer me quedé impresionada porque recuerdo que estaban en Canadá, alrededor del río Klondike y sus referencias eran el oso Yogui [risas]. No aparecían los grandes escritores de la zona. Así que me reafirmo: los grandes lectores de literatura de viajes lo son porque son lectores en general.

Colin Thubron, uno de los grandes escritores de viajes, dice que esa idea que tenemos de que el mundo es cada vez más pequeño, que los países son más accesibles, es una ilusión. Dice: «Hace treinta años hice un viaje en coche desde Reino Unido a lo largo de Turquía, Siria, Irán, Afganistán, Cachemira y el norte de Pakistán hasta India. Ese viaje es imposible hoy. Cuando un país abre, otro se cierra».

Todo esto tiene que ver con la famosa globalización y con la instantaneidad de la información. Ya quedan muy pocos hitos como que alguien haya estado con la última tribu de la Amazonía que ni siquiera ha sido contactada todavía por la humanidad. Pero yo sí que creo que el mundo se ha reducido. A mí me gusta mucho cómo trata este tema Paul Virilio, porque habla de cómo hemos reducido no el mapa en sí, sino nuestro mapa mental. Tú te montas en un avión y en ocho horas apareces en Japón, sin que eso haya requerido de ninguna preparación mental para aterrizar en una cultura tan ajena a la nuestra. Estamos acostumbrados a eso porque se ha perdido el recorrido, que da mucho juego literariamente, y que ahora ya casi ha desaparecido. Hay una gran metáfora de la estupidez turística que es Fitur, y que no se me enfaden los de Fitur, pero la experiencia de ir te hace darte cuenta del engaño en el que vivimos: ya no hay lugares originales, distintos, nuevos.

Todo el mundo tiene un modelo de crecimiento muy parecido entre sí. Si vas a la India, allí la clase media lo que quiere es ser más suizo que el último de los suizos. Pasa de sus costumbres, ya no se viste así, ahora come hamburguesas, los niños están cada vez más gordos porque no son vegetarianos… El mundo es cada vez más igual, lo estamos haciendo cada vez más igual. Y esto también es un desafío porque, ¿cómo lo contamos? ¿Cómo lo cuenta la literatura? Cada vez hay que caminar más hacia lo individual, lo perceptivo, lo emocional, hacia la lectura que tú haces de una serie de sensaciones que es lo que te provocan las realidades. Aunque haya muchas realidades que yo no sean ni exóticas ni bonitas: son una mierda. Una falsedad. Lo que nos tenemos que meter en la cabeza es que los lugares no son tan importantes como lo que nosotros seamos capaces de extraer de esos lugares. A mí me encanta esa mirada que viene desde el mundo de la psiquiatría, de Freud, que se llama la «mirada flotante». Fluye, y se fija en esto y en lo otro, en nada en especial, pero que va creando significados. Creo que eso es una cosa que el viajero todavía no se siente libre de ejercitar porque lo turístico, la industria, le canaliza demasiado diciéndole que si va a París tiene que ver la torre Eiffel. No deja esa libertad de explorar más allá.

Empezaste la editorial con Joseph Conrad, con un viaje por las islas de Indonesia que inspiraron sus novelas marinas. ¿Cómo funcionó aquello?

La editorial es un proyecto totalmente unipersonal, aunque tenga un equipo detrás, porque es el cierre de un ciclo vital. Cuando se cerró la librería intenté establecer un modelo de empresa muy amplio, en el que la editorial fuera su matriz, pero después hubiera más canales de actividad para hablar de este género desde diferentes formatos. Yo me había relacionado con mucha gente que tenía que ver con el mundo del viaje desde diferentes perspectivas, como la creación de documentales de National Geographic o la escritura, y quería crear una estructura en formato revista. Que continúa, y en ella publicamos muchos artículos que son una maravilla. La otra parte estaba dedicada a la gestión cultural, porque me gusta esa tarea pedagógica. Por eso he impartido ciclos de conferencias, talleres, jornadas…

Pero en la editorial empecé con muy pocos títulos porque quería hacer todo a la vez. Tenía una idea muy loca, de vincular un viaje real a un libro. Como dices, creamos dos rutas maravillosas, una la de Joseph Conrad y todas sus novelas marinas por Indonesia, y la de Virginia Woolf y todos los lugares de su biografía. Creamos libros que tenían como extensión este viaje real… pero fue un desastre absoluto. Porque era una idea que caía muy bien, pero no funcionaba. El viaje a Indonesia lo hicimos con la agencia Ambar, que también son editorial, y yo veía que ellos vendían viajes a Indonesia con un recorrido más o menos parecido al mío. Pero el mío, que era un viaje más literario, que visitaba enclaves de sus obras, que perseguía al personaje de Almayer… Nada. Y me decía, ¿cómo es posible que no se venda? Ellos me lo explicaron: la gente se va de vacaciones y no quiere trabajar. No les interesaba meterse en un viaje en el que de pronto nos fuéramos al hotel y nos pusiéramos a hablar de Conrad, aunque yo no me lo pudiera creer. Con el viaje de Virginia Woolf nos pasó lo mismo. Después de haber ido a su casa de su hermana Vanesa, que es maravillosa, donde vivió todo el grupo de Bloomsbury y cada cual tenía su estancia decorada de una manera… Es cierto que era un viaje caro porque Inglaterra es caro y no todo el mundo se lo podía permitir. Pero fue un desastre absoluto. Así que empecé con ideas un poco locas pero me he ido haciendo cada día más conservadora. Y cada vez centrándome más en las cuatro colecciones que he ideado en el papel y en lo que debe ser la literatura de viajes.

¿El nombre de la editorial tenía algo que ver con Tabucchi, con su libro? También hay un libro de Baltasar Garzón que se llama así…

[Risas] ¡Nada que ver con ninguno de los dos! El título es una obsesión mía, porque estéticamente me fascina el horizonte. Puedes estar horas contemplando esa línea. Para mí siempre ha sido una imagen muy mental, muy simbólica del universo. La gente me decía que era un nombre horrendo porque era muy largo, pero a mí me daba igual

¿Es la literatura de viajes un género elitista o tiene vocación universal?

Yo creo que no es elitista, porque la literatura de viajes tiene un pie en la literatura juvenil de aventuras, y en la gran literatura de aventuras. Y eso no es elitista para nada, porque eso fue lo que nos enganchó a la lectura.

Impartiste un taller sobre «el mundo según las mujeres», donde planteabas tres preguntas: «¿La aventura tiene género? ¿Hay dos miradas sobre el mundo? ¿Por qué no hay apenas literatura de viajes escrita por mujeres?». Te las devuelvo.

Este es un tema que me interesa mucho, de hecho, si ves mi catálogo prácticamente el cincuenta por ciento es de autoría femenina, y eso es deliberado. Y lo es por una razón. En la cultura patriarcal en la que vivimos, el espacio exterior ha sido un espacio masculino y el espacio interior, femenino. Circular por el mundo exterior no ha sido nunca fácil para una mujer, ni lo sigue siendo ahora, a pesar de que afortunadamente cada vez hay más mujeres que lo hacen y que luego lo cuentan y sirven de ejemplo. Pero las mujeres no tenemos genealogía de esa mirada sobre el exterior. Si tú ves nuestra historia, el lugar de la mujer era la casa. La pata quebrada y en casa. Por eso a mí con este género me interesa ofrecer una idea a las mujeres de que el mundo también es suyo y deben salir a él. Lo hago recogiendo los ejemplos de mujeres que, durante toda la historia y contra todo pronóstico, se movieron por el mundo y luego lo contaron, ofreciendo una mirada totalmente diferente.

O sea, que sí que hay dos miradas sobre el mundo.

Claro que las hay. Sobre todo porque el mundo te impide estar en un mirador, o te impone estar en otro. Por ejemplo, con la literatura de viajes del mundo otomano. Occidente estaba fascinado con el tema de los harenes, imaginando miles de mujeres desnudas… Pero todo lo que conocía la literatura occidental sobre eso era de oídas, porque no había ni un solo hombre que hubiera podido penetrar ahí. Porque penetraba y le guillotinaban. Así que el primer testimonio que tenemos de lo que ocurría ahí dentro es de una mujer, porque logra entrar allí y lo cuenta.

Si eres mujer puedes acceder a ciertos lugares, así que claro que hay miradas diferentes. Porque tú miras lo que te dejan ver muchas veces, es elemental. En un país budista no tienes ningún problema en viajar sola, pero si lo haces en un país profundamente musulmán, no es igual. Te vas a encontrar con problemas y tienes que saber cómo resolverlos. Y asumir que hay lugares en los que jamás podrás penetrar porque pertenecen al ámbito de lo masculino. Es importante señalar a las mujeres ese camino que tiene que estar abierto para ellas. Porque para las otras también es importante ver su reflejo en esas mujeres que circulan por el mundo. Cuando Ella Maillart y Annemarie Schwarzenbach en los años cuarenta iban viajando por Afganistán con su coche, era importante que las mujeres que se encontraban en los arcenes de esas carreteras, vieran que eran mujeres y que podían hacer eso. Es una cuestión recíproca.

¿Sigue habiendo muchas mujeres viajeras a las que ir recuperando en la crónica de viajes? Como Nellie Bly y su Vuelta al mundo en 72 días, que editó Capitán Swing el año pasado. O vosotros, con Isabella Bird, la primera mujer occidental en adentrarse en el Japón más remoto.

Pues mira, en la historia clásica de la exploración había cantidad de exploradores que viajaban con su señora. Por ejemplo Livingstone. Y todas ellas pasaron las mismas fatigas, los mismos paisajes, pero ¿quién conoce sus nombres? Nosotros vamos a publicar un diario ártico de Josephine Peary, que fue la mujer de Robert Peary, el explorador del Polo Norte. Ella escribió su propio libro y su propia versión de cómo había visto a los inuits, qué pasaba por dentro, etc. Es interesantísimo, porque a su marido se la sudaba, porque él iba a medir y a explorar; no le interesaba cómo era el iglú, o cómo hacían la comida. Ella sí tuvo el interés suficiente como para escribirlo, pero ¿quién la conoce? Nadie. Porque son figuras que son tangenciales al gran mundo. Y además, el mundo del viaje tiene mucho que ver con todos esos adjetivos con los que denominamos lo heroico: el valor, la decisión, el arrojo… Eso es patrimonio de los héroes, y es muy masculino. ¿Y las mujeres qué? ¿Nos hemos quedado sin esos valores? No, claro que no, claro que los tenemos. Claro que una mujer es valiente, decidida, puede llevar a cabo ese proyecto de llegar hasta allí… Reconocerlas es una tarea pendiente. Pero si te fijas en los catálogos de otras editoriales que están especializadas en esto, un noventa y cinco por ciento son autores masculinos.

Los grandes viajeros, que han sido tradicionalmente los británicos y las británicas, tienen mucho material no publicado. Pero tenemos un problema con esto: lo literario. Son relatos escritos en el siglo XIX y comienzos del XX, cuando el objetivo del texto era dar a conocer algo que no se conocía. Están llenos de tremendas descripciones, que son muy farragosas y que con nuestra mentalidad actual de ir al grano, se te van atragantando. Son relatos de difícil lectura en el presente, que desde mi punto de vista, hay que editar o son intragables. Tiene mucho mérito la experiencia, pero literariamente… Es como esas vidas de escritores que te dices «es más interesante su vida, que lo que escribe». Pues esto es lo mismo. Obviamente es importante lo que esa persona hizo, pero la descripción de cómo lo hizo hace que se te caiga de las manos. Eran libros muy prolijos, varios tomos… Hoy nadie lo aguanta. Así que ahí está el problema. Queda muchísimo por publicar pero que podamos leerlo con placer, menos. En la literatura decimonónica es más interesante lo que hicieron que el reflejo de aquello que hicieron, porque no había un sentido literario como el que tenemos ahora.

Has dicho antes que otras editoriales del mismo género, tienen un catálogo con un noventa y cinco por ciento de hombres. ¿A qué lo achacas?

Es la inercia. Los hombres no caen en la cuenta de que tienen una mirada sesgada sobre la realidad, que es la suya.

En otros sectores no, pero precisamente en el mundo editorial hay muchas mujeres al mando que…

¡Pero eso no tiene nada que ver! Porque muchas mujeres lo que hacen es reflejar esa biología que le han impuesto. Y porque por el hecho de ser mujeres no les confiere automáticamente una mirada feminista de la realidad. Por ejemplo, el criterio de la calidad, que a mí me fastidia mucho. Porque aparentemente puede ser un baremo objetivo, pero en realidad no lo es. Porque la calidad significa que hay mucha producción femenina, en el arte en general, que como se consideró que abordaba temas que pertenecían más al mundo femenino, no tendría mucho interés. ¿Quién dedujo que tenía interés? ¿Y por qué? Eso se pierde en la noche de los tiempos y lo que ha ocurrido es que se ha ido silenciando, silenciando… Hasta llegar al punto actual, en el que una novela sobre la guerra, por ejemplo, es también una novela de género… masculino. Pero los hombres son incapaces de ver esto. Aunque afortunadamente está cambiando, y cada vez se es más sensible ante la necesidad de equilibrar los catálogos. Es fundamental, porque la lectura mayoritariamente está en manos femeninas, o eso dicen las encuestas de lectura, que son brutales. En Estados Unidos el setenta por ciento de la población no ha entrado nunca en una librería, y en los índices de lectura la diferencia de los hombres respecto a las mujeres es enorme. Así que en eso, creo, la dinámica del mercado también se irá imponiendo.

Eres optimista respecto a eso, y también respecto a lo que está por venir en la literatura de viajes: «Nunca se ha mostrado tan viva, tan proteica, tan juguetona» como ahora, has dicho.  

Nunca ha tenido un momento de más esplendor que el de ahora, porque todas las posibilidades están abiertas. Se puede jugar con cualquier género: ensayo biográfico, una ficción basada en lo real… Es muy maleable. Y luego están, además, todos los formatos alternativos, que tienen que ver con lo visual. Yo conozco bien un modelo de lector que es previo a la generación de los setenta, que ya se educó en el cómic, y tiene una mirada muy iconográfica sobre la realidad. Con lo cual ese formato también tiene que cambiar. Mira, uno de los libros que más me ha gustado editar es En el barco de Ise, de Suso Mourelo, que es tremendamente visual porque además él lo va trufando de imágenes. Y esa irrupción de lo visual en el mundo de la palabra es cada vez más importante. Creo que esa generación nacida en los setenta se educó en la historieta y en el cómic, que entiende esa esencialidad en el simbolismo de una imagen, va revolucionar la literatura. Hay dos escritoras de ficción que me han encantado, porque introducen ese mundo de lo icónico: Alicia Kopf con Hermano de hielo y Eva Baltasar con Permafrost. En ellas las imágenes están al servicio de la palabra y no al revés. Eso en los viajes tiene unas posibilidades enormes.

Hablando de cómics y el poder de la imagen, ¿qué te parece que Norma haya sacado el especial Viajes dibujados ideado y producido por Altaïr? ¿Forma parte de esta tendencia que comentas?

Bueno, yo me alegro de que esas editoriales vean posibilidad en los viajes. Creo que es una de las muchas vías que se pueden explorar. Porque además lo que ocurre es que en la tradición del relato clásico de viajes, en siglo XIX, todo viajero se desplazaba con un dibujante al lado. Y no eran cualquier cosa, muchas veces eran grandes ilustradores, grandes pintores y grandes dibujantes. Uno escribía y otro iba dibujando, y esa unión entre lo visual y lo narrativo es propia del género. Es que siempre la ha habido. Desde los propios mapas y la historia de la cartografía hasta el propio relato. Así que tiene toda la lógica del mundo que en una sociedad cada vez más icónica y cada vez más visual, una forma de narrar esté apoyada en la ilustración o en el cómic. Es elemental. Lo que pasa es que es como en todo: hay cómics buenos y cómics malos. Hay historietas buenas y malas. El problema es si alabamos un género determinado simplemente porque es nuevo, o porque conlleva una experimentación mayor que otros. La experimentación tiene que serlo con contenido, no vale solo que sea «nueva».

Pero ni la literatura de viajes ni el cómic han estado nunca fuera del canon cultural, simplemente se les apartó un poco cuando nació la fotografía. A partir de ese nacimiento, los viajeros dejan de acompañar sus textos con la ilustración y se pasa a otro formato. La fotografía no interfiere con la palabra escrita, además. Por ejemplo: todos los grandes exploradores llevaban diarios en los que habitualmente tenían que dibujar. ¡Eso es el cómic! La fotografía separó un poco esa unión, nada más. A los viajeros del Grand Tour en Italia, como la mayoría eran gente bien, nobles y aristócratas, ya desde muy pronto y para que pudieran hacer el tour en condiciones, les ponían el profesor de dibujo. Y en las grandes familias aristócratas del XVIII y el XIX ya viajaban sabiendo dibujar. El propio Goethe cuando viaja a Italia, lo primero que hace es tomar clases de dibujo. Al final, las ilustraciones que hace, son unos paisajes bellísimos. Nunca hay nada nuevo. Lo que es nuevo es nuestra mirada sobre las cosas.

A la editorial, ¿llegan más manuscritos de mujeres o de hombres?

De hombres. Escriben más porque viajan más.

¿Y a qué crees que se debe?

Creo que es una cuestión de ambición, creo que tenemos una cuestión pendiente con esto. Las mujeres no hemos sido educadas en la ambición y esto es un problema. Mientras un hombre considera que esto le puede hacer famoso, que si deja por escrito sus ideas sobre el mundo se podrá hablar de él, esto no le ocurre a la mujer. O le pasa menos. Ese ego no está tan trabajado, y ese ego es fundamental para la creación. Esto tiene que ver con la literatura en general, y con todo en general. Es un problema de ambición y también de seguridad en una misma, porque sabes que te van a juzgar mucho más y desde puntos de vista que jamás harían con un hombre. Y todo eso hace mella, pero es un gran error, porque hay muchas mujeres que tienen mucho que decir. Y cuando lo dicen, ahí queda. Y se nota. Mira, yo he publicado un libro sobre Armenia de Virginia Mendoza que no tiene nada que ver con el concepto que se tiene normalmente de una experiencia como esta. Estuvo un año allí, y en su escritura, para empezar, siempre se sitúa en segundo plano. La literatura de viajes ha dado una impronta muy narcisista, y en la crónica vemos continuamente cómo ellos se ponen delante y no detrás. Que son los que hablan y no dejan hablar. Hay que tener mucho cuidado con la primera persona, porque aún se ve en cronistas que son tremendamente barrocos, que te impiden ver lo que hay detrás. Esto tiene mucho que ver con la psicología de lo masculino, la psicología del yo reforzado y una individualidad fuerte. Sin embargo las mujeres tienen que atravesar ese cristal, y reivindicar que lo que ellas opinan también es importante, aunque tiendan a quedarse detrás. En Heridas del viento los protagonistas son las gentes que se va encontrando allí. Pero a veces hay que aprender de ellos y poner el ego sobre la mesa.

Dices que cuando viste a Máxim Huerta, entonces ministro de Cultura, en la Feria del Libro, fue como ver a un fantasma.

[Risas] ¡Sí! Fue como una visión. Yo me he tirado yendo a la Feria quince años como librera, y últimamente lo he hecho como editora. Así que veo quién va y quién no. Y políticos, nunca. Alguno quizá el día de la inauguración para la foto, y punto. De paisano te aseguro que no los veías, por eso me pareció una visión totalmente fantasmal ver a un ministro de Cultura allí. Así que eso da la medida de las cosas, porque debería ser todo lo contrario.

Creo, además, que la lectura tiene un problema de comunicación. No sabe comunicar el valor que tiene leer, ni qué es un libro en estos tiempos o por qué hay que protegerlo como un bien cultural de primera necesidad. No sabe explicar por qué un libro es valioso con respecto a otros ámbitos de la cultura. No se saben idear buenas campañas para hacerlo, para ayudar a que la gente valore más los libros.

Obviamente está el tema de la cultura digital, y hay toda una generación de cuarenta y cinco años para abajo que ya están educando a sus hijos en la no lectura, porque están totalmente digitalizados. Pero a mí hay un tema que me está llamando mucho la atención, particularmente en Madrid. Aquí tenemos un teatro fantástico en los últimos años. Todas las grandes compañías europeas aparecen por aquí tarde o temprano, es sensacional. Lo que veo cuando voy es que la sala se llena con un tipo de público bastante joven, entre los treinta y treinta y cinco años, que han pagado entradas entre los quince y los veinticinco euros, el mismo precio que tiene un libro. Y son los mismos que dicen que los libros son caros y que no tienen tiempo de leer, pero sí lo gastan en una función que dura dos horas y ya está. Es un fenómeno que me interesa mucho, y que tiene explicaciones que van por otro lado, porque en un mundo tan hiperconectado y digital, el teatro es una distracción analógica. Tiene un poder muy seductor, pero me llama mucho la atención. ¿Por qué no somos capaces de vender la idea de que el libro es una pieza fundamental en el devenir cultural, en la formación, en el pensamiento crítico de una persona? En su capacidad analítica sobre la realidad, en su desarrollo emocional respecto a los conflictos humanos… ¿Por qué no somos capaces de idear buenas campañas que incidan en esto? Yo no tengo una explicación, la verdad.


Las asombrosas hermanas Brontë

Diseño: relajaelcoco.

A veces me las imagino a las tres escribiendo, aquellas muchachas pueblerinas y victorianas, perdidas en los páramos de Yorkshire, entre nieves y vendavales y recios brezos. Las hermanas Brontë. Charlotte, Emily y Anne. Tres criaturas extraordinarias, que surgieron de la nada y dejaron tras su paso breve por el mundo todo un tesoro de inspiración.

¿De dónde salió aquel talento asombroso? Supongo que algo tuvo que ver su padre, Patrick Brontë, el reverendo irlandés de origen humildísimo que llegó a estudiar en la elitista Universidad de Cambridge gracias a su inteligencia. Patrick debió de ser un buen padre, un hombre que animó a sus niños a leer y a desarrollarse intelectualmente desde muy pequeños y concedió a sus hijas una libertad poco común en aquel entonces. Él les dio alas, pero ellas volaron tan lejos y con tanta fuerza que parece como si un genio se hubiera detenido junto a sus cunas para esparcir sobre ellas un buen puñado de sus propias estrellas.

Sin embargo, eso no es suficiente. Como no lo es su devoción por Byron y Walter Scott, ni la ausencia de la madre, fallecida joven, ni la muerte tristísima de las dos hermanas mayores, ni los amores frustrados de Charlotte y Anne, ni la angustia por el alcoholismo de su hermano Branwell, ni la soledad sagrada de los páramos. Nada de todo eso basta para explicar de qué poderosos corazones, de qué cerebros deslumbrantes surgieron sus novelas y sus poemas.

Es impresionante pensar que aquellas mujeres vírgenes, decentes, hijas de un pastor protestante de la Inglaterra victoriana, habitantes de un diminuto pueblo remoto y, para colmo, pobres y poco agraciadas físicamente, pudieron albergar tanta pasión dentro de sí. Apenas habían viajado ni estudiado, no habían pisado ni los salones refinados ni las tabernas de los borrachos, no habían conocido la admiración de los hombres ni la competencia de otras mujeres. Eran tan solo tres muchachas inteligentes, obligadas a ganarse la vida como institutrices por no poder aspirar ni a un buen matrimonio ni a un trabajo de prestigio, con unos horizontes vitales estrictamente limitados por la moral de la época y la carencia de fortuna. Y, sin embargo, en cada una de ellas latía la energía inabarcable de la imaginación, enganchada con raíces muy profundas en la vida, en una existencia primigenia y universal, mucho más allá de sus propias vidas pequeñas.

Solemos creer que es imposible escribir sin haber vivido. Ahí están Charlotte, Emily y Anne Brontë para desmentirlo. Quizá nacieran sabias, pues parecían entender casi todos los abismos y las cumbres de la mente humana sin necesidad de haberse paseado por ellos. Tan solo se asomaron al mundo, le echaron un vistazo —no les dio tiempo a más—, y lo entendieron todo.

Me las imagino a las tres en aquel 1846 —treinta, veintiocho y veintiséis años, casi la misma edad que la reina Victoria—, escribiendo sus tres primeras novelas mientras cuidaban de su padre y de su hermano destruido, y atendían las tareas domésticas de la casa. Tenía cada una un pequeño escritorio portátil que trasladaban de un lado a otro, e iban redactando capítulo tras capítulo, leyéndoselos las unas a las otras, mientras pelaban patatas, planchaban ropa, hacían camas o remendaban medias.

Virginia Woolf se equivocó cuando reclamó una habitación propia y dinero para poder ser escritora. En el caso de las Brontë, les bastó desde luego con el talento y la voluntad. No necesitaron un despacho con una buena mesa y un buen fuego en la chimenea. Escribieron en sus dormitorios diminutos y helados, en el comedor, en el jardín, bajo los groselleros —los días felices de aquel verano—, o en la cocina, mientras vigilaban la cocción lenta de las comidas. Escribieron con las ropas ajadas y la vanidad dormida, sin futuro, sabiendo que ni siquiera podrían llegar a publicar bajo sus nombres auténticos y que tendrían que esconderse detrás de seudónimos masculinos. Escribieron conscientes de que jamás recibirían ningún reconocimiento público, que no habría medallas sobre sus pechos ni miradas de admiración cuando entrasen en algún teatro. Que ni siquiera sus propias amigas podrían felicitarlas o hablarles de sus personajes y sus historias, porque nadie sabría nunca que Currer, Ellis y Acton Bell —los supuestos autores de Jane Eyre, Cumbres borrascosas y Agnes Grey— eran en realidad Charlotte, Emily y Jane Brontë. No, tres mujeres decentes y solteras no podían ser autoras de tres libros en los que se hablaba de aspectos de la naturaleza humana que una mujer decente no debía ni siquiera sospechar.

Escribieron solo por amor y por necesidad, porque desde niñas para ellas escribir era como respirar o correr por los páramos. Empujadas únicamente por su genio imparable. Emily y Anne ni siquiera llegaron a saber lo que sus novelas significaron para los demás: ambas murieron enseguida, en el espacio de cinco meses. Charlotte las sobrevivió unos pocos años, demasiado sola para cargar con todo aquel talento. Las tres volvieron pronto al misterioso mundo oscuro del que habían surgido para lanzar algunos rayos de luz sobre la vida humana. Y nos dejaron todo ese esplendor que forma parte de lo mejor de la era victoriana.


Escritoras en la sombra

Colette, 1941. Fotografía: Cordon.

No dejan pasar nunca la ocasión de decirte que las mujeres deben dejar la pluma
y repasar los calcetines de sus maridos.

Rosalía de Castro en Carta a Eduarda (1866)

Ser mujer nunca ha sido de por sí tarea fácil. Y ser mujer y escritora todavía menos. Hubo un tiempo en que las mujeres ni escribían ni leían. La literatura era un terreno reservado exclusivamente a los hombres y de ellas solo se esperaba que tuvieran hijos y atendieran las tareas del hogar, en ningún caso que se volcaran en una labor intelectual. Sin embargo, a pesar de estos impedimentos, algunas autoras desafiaron los convencionalismos y lograron ingeniárselas para poder publicar sus escritos en un mundo en el que carecían de derechos. Ocultarse bajo un seudónimo masculino, firmar la obra como anónima y escribir a escondidas son algunas de las herramientas que emplearon un gran número de escritoras para hacer llegar sus voces al público y evitar que fueran considerados textos menores por el simple hecho de estar escritos por una mujer. Fueron unas auténticas revolucionarias, pioneras en su ámbito, y hoy figuran entre los grandes de la literatura. Ya lo advirtió en una ocasión Arthur Rimbaud: «Cuando termine la absoluta servidumbre de la mujer, cuando viva para sí y por sí, cuando el hombre la haya dejado libre, ella será poeta. ¡También ella!».

El anonimato fue la primera estrategia empleada por la mujer para poder mostrar su verdadera vocación literaria. Condenadas a la clandestinidad, las escritoras se veían obligadas a publicar sin revelar su identidad. Jane Austen fue un buen ejemplo de ello, ya que tanto Sentido y sensibilidad (1811) como la posterior Orgullo y prejuicio (1813) llegaron a las editoriales como manuscritos anónimos. No fue hasta su muerte cuando Jane Austen pudo firmar con su verdadero nombre. Persuasión, publicada a título póstumo en 1817, fue la primera novela firmada por la escritora, que tuvo una carrera demasiado corta a causa de una enfermedad que la llevó a la tumba con tan solo cuarenta y dos años.

Sus obras pasaron desapercibidas hasta que la gran literata Virginia Woolf la reivindicara en Una habitación propia, destacando la originalidad de sus novelas y un modo de narrar muy personal e inteligente. Austen nunca tuvo una habitación propia y tuvo que limitarse a escribir en el salón de casa, ocultando los textos en su cesto de costura cuando alguien se acercaba. Eso sí, tuvo la suerte de poder leer todo lo que quiso gracias a la gran biblioteca que tenía su padre, quien a pesar de los tiempos que corrían trató de ayudar a su hija contactando con una editorial, consciente de su talento literario.

Y si Jane Austen optó por el anonimato las hermanas Brönte decidieron firmar sus obras con seudónimo masculino para tratar de hacerse un hueco en un mundo tan adverso. Hijas de un clérigo protestante, Charlotte, Emily y Anne huían de las rigideces de la Inglaterra victoriana, que las condenaba simplemente a casarse o, en caso de no lograrlo, a invertir su tiempo en la enseñanza. Pero las Brönte eran distintas. Leían a Byron, a Walter Scott y a todo aquel autor que caía entre sus manos. Y escribían sin parar, ya desde muy niñas. Nada de lo que se esperaría de las hijas de un sacerdote.

Inmersas en una situación económica y familiar complicada, las hermanas optaron en 1846 por intentar publicar una selección de poemas y los firmaron como Currer, Ellis y Acton Bell, tres supuestos hermanos tras los cuales se ocultaban las Brönte. Aunque solo vendieron un ejemplar, Charlotte animó a sus hermanas a seguir probando suerte con la literatura y convirtieron la casa familiar de Haworth en su refugio literario, escondiéndose de su propio hermano y de los vecinos.

Fruto de ese intenso trabajo, Charlotte publicaría Jane Eyre, Emily mostraría su talento literario en Cumbres borrascosas y Anne, la más joven de las tres, lanzaría Agnes Grey. Las tres emplearon de nuevo los mismos seudónimos y, a pesar de ello, recibieron numerosas críticas y reproches morales por mostrar a una mujer distinta, rebelde. Fue Charlotte quien, tras la muerte de sus hermanos, decidió despojarse de la máscara y dar a conocer a los auténticos hermanos Bell, pudiendo disfrutar en vida del éxito de sus obras.

Así pues, el seudónimo fue un recurso de lo más habitual. Aurore Dupin, Caterina Albert o Karen Blixen son otras de las autoras que escogieron el disfraz masculino; era su manera de abrirse paso y de poder expresarse ante el mundo, teniendo en cuenta los prejuicios de la época y que carecían del apoyo de sus familiares más cercanos.

Aurore Dupin fue una escritora marcada por el escándalo, una maldita en toda regla, que escogió como nombre de guerra George Sand. Ya de muy joven decidió vestirse como un hombre, no porque se sintiera un varón sino porque la ropa le parecía más cómoda y le permitía moverse libremente por las calles de París. Fumaba en público y decía todo lo que pensaba, sin miramientos y sin importarle las críticas que su comportamiento conllevaba a mediados del siglo XIX. En 1832 publicó su primera novela, Indiana, con la que estrenaría el seudónimo que la acompañaría para siempre. Tras sus relaciones tormentosas con hombres como Alfred de Musset o Frédéric Chopin y una vida ajetreada —Balzac la apodaba la «leona de Berry»—, decidió retirarse a Nohant, donde escribiría la autobiográfica Historia de mi vida, Ella y él y los veinticinco volúmenes de Correspondencia, así como el Diario íntimo que se publicaría años después de su muerte.

Si Aurore Dupin escogió ser George Sand, la catalana Caterina Albert optó por esconderse tras el nombre de Virgili Alacseal en un primer momento para quedarse definitivamente con el seudónimo de Víctor Català.  El monólogo teatral Infanticida le permitió ganar los Jocs Florals de Olot en 1898, pero a raíz de la polémica que se levantó tras conocerse que era obra de una mujer decidió preservar su verdadera identidad y firmar sus trabajos, a partir de entonces, como Víctor Català.

También la aristócrata danesa Karen Blixen, conocida sobre todo por la inolvidable Memorias de África, tuvo sus dificultades para poder dedicarse a escribir y lograr ser publicada. Karen Blixen fue durante años Isak Dinesen, aunque previamente firmaría como Osceola algunos cuentos en revistas danesas. No fue hasta la publicación de su primera obra, Siete cuentos góticos (1934), a la vuelta de sus diecisiete años de estancia en una granja de Kenia, cuando se convirtió por primera vez en Isak Dinesen, a pesar de que su identidad era más que conocida. Este nombre la acompañó también en su célebre Memorias de África, un relato nostálgico de su vida al frente de la plantación de café africana. En cambio, su única novela, Los vengadores angélicos, salió publicada bajo el seudónimo de Pierre Andrézel.

Pero el anonimato o el esconderse tras un nombre masculino no fue suficiente en algunos casos y escritoras como la francesa Colette tuvieron que aceptar que sus maridos firmaran las obras que ellas escribían. Una usurpación en toda regla que Rosalía de Castro denunció sin tapujos en su Carta a Eduarda: «Los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo… Únicamente alguno de verdadero talento pudiera, estimándote en lo que vales, despreciar necias y aún erradas preocupaciones pero… ¡ay de ti entonces! Ya nada de lo que escribes es tuyo… Se acabó tu numen, tu marido es el que escribe y tú la que firmas».

La polémica Colette fue una de las víctimas de esta apropiación. De hecho, fue su marido, un periodista de cierta reputación, quien la animó a escribir la exitosa serie de novelas Claudine para luego él firmarlas sin remordimientos. A cambio, simplemente le pasaba una pequeña asignación y le compró una casa en el campo, lo que a Colette le pareció insuficiente. Tanto que decidió divorciarse y anunciar, a los cuatro vientos, la auténtica autoría de las obras. Supuso el despertar de una autora que logró seducir a numerosos lectores con sus novelas sobre el universo femenino, las relaciones personales o el deseo sexual.

A diferencia de todas estas autoras, que de un modo u otro escondieron su identidad con el objetivo de poder publicar, la poeta estadounidense Emily Dickinson escribió como la que más —casi mil ochocientos poemas—, pero nunca permitió que nadie leyera sus textos. Era consciente de que para publicar debía cambiar algunos aspectos de su obra; no quiso hacerlo y escribió por y para ella.

Su vida, a pesar de pertenecer a una clase acomodada, no fue fácil. Las muertes de dos personas muy cercanas a ella, un amigo de la familia con quien la unía un fuerte vínculo intelectual y un pastor felizmente casado por quien se sentía atraída, la destruyeron por completo y su único refugio fue la poesía. Enferma ya desde muy joven, se encerró durante años en casa de su padre y solo salía para ir a misa o pasear a su perro. «Trabajo en mi prisión y soy huésped de mí misma», aseguraba en una carta al editor y periodista Thomas W. Higginson.

Tras su muerte, en 1886, la hermana de Emily sacó a la luz la grandeza de su obra, plagada de una simbología y un mundo interior en ocasiones de difícil comprensión. Emily Dickinson fue una transgresora en el desafiante uso del lenguaje, la mezcla de géneros literarios y la puntuación, tan característica de sus poemas, y se negó a publicar en un mundo que nunca la entendería.

I’m Nobody! Who are you?
Are you — Nobody — too?
Then there’s a pair of us!
Don’t tell! They’d advertise — you know!

How dreary — to be — somebody!
How public — like a frog —
To tell one’s name —  the livelong June —
To an admiring Bog!.

Emily Dickinson.


De personajes de cómic y creadores literarios

Se dedican a construir mundos literarios. O los cargan sobre sus espaldas, como Atlas, mientras las historias se desarrollan por su cuenta y cobran sentido. Conforman universos mediante su imaginación para estimular nuestra imaginación. Crean lugares que visitamos, y que de alguna extraña forma pisamos y exploramos. Tal vez sea ese el motivo de que nos sintamos tan atraídos por las vidas de quienes le dan a la tecla o garabatean las páginas que acaban entre nuestras manos de voraces lectores. Decía J. M. Coetzee en una de las pocas entrevistas que ha concedido que toda autobiografía es un relato, y que toda escritura es autobiográfica. Si el autor sudafricano está en lo cierto, y eso es algo que como mínimo sospechamos, queremos saber más del hilo de acontecimientos que ha llevado a una persona a escribir esa novela, ese poema, esa crónica. El material de origen de la inspiración literaria tal vez desentrañe algunos misterios de la creatividad.

Sí, será por ese motivo que funcionan tan bien las biografías de estos artistas. El que ha visitado Macondo de la mano de Gabo quiere saber si realmente tuvieron tanto que ver los cuentos del abuelo y las supersticiones de la abuela. Quien ha leído los relatos de Kafka necesita entender la desasosegante vida que arrastró. La que conoce el trágico final de Virginia Woolf tal vez desee encontrar entre sus páginas las migas de pan que conducen hasta el fondo del río. Y si la literatura nos ha dado grandes cronistas de esas voces —ahí está nuestro venerado Stefan Zweig, o la gloriosa obra de Joseph Frank sobre Dostoievski—, el cómic se ha ido ganando por derecho propio un lugar de prestigio entre las distintas formas que tenemos de contar una historia sobre quienes cuentan historias.

Kafka (Robert Crumb y David Zane Mairowitz; Ediciones La Cúpula)

Empecemos a lo grande: sonido de fanfarrias y público en pie, porque llega Crumb para plasmar en sus viñetas la biografía de Franz Kafka. El neurótico inspirando al neurótico. Apoyado en un texto de David Zane Mairowitz, el dibujante de Filadelfia reconstruye vida y obra del escritor checo haciéndose valer de su estilo underground para construir este híbrido entre cómic y libro ilustrado. El resultado no puede ser más perturbador. A la ya de por sí claustrofóbica vida de Kafka se le van intercalando relatos, sueños y confesiones del maestro de Praga. Una locura de obra.

Dublinés (Alfonso Zapico; Astiberri)

A Zapico le va el largo recorrido. Nada de distancias cortas que ventilarse en un esprint ni platos de un minuto en el microondas y listo. El autor asturiano prefiere irnos cocinando las historias a fuego lento para que podamos paladear cada página, cada viñeta, cada detalle. Échenle un vistazo a la envergadura aún creciente de La balada del norte y se harán una idea de lo que les digo. En Dublinés trasladó al lenguaje de la novela gráfica algunos de los momentos cruciales de la vida de James Joyce y nos hizo partícipes de las vicisitudes del creador del Ulises. Una historia fascinante y llena de episodios pintorescos. Un trabajo riguroso y detallado que nos regala la presencia de otras plumas ilustres como Woolf, Yeats, Proust o Beckett. Gracias a esta obra, Zapico ganó el Premio Nacional de Cómic 2012. Por algo será.

Virginia Woolf (Michèle Gazier, Bernard Ciccolini; Impedimenta)

Querido:

Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.

V.

Conociendo la obra de Virginia Woolf y leyendo esta demoledora carta de despedida que escribió para su marido antes de dirigirse al río vistiendo un abrigo lleno de piedras en sus bolsillos, si no se lanzan a devorar toda obra biográfica sobre la autora es que no están vivos.

Borges. El laberinto infinito (Nicolás Castell, Óscar Pantoja; Rey Naranjo Editores)

Del inocente Borges que no sabe manejarse con las mujeres al Borges niño. Del Borges adulto que descubre la ceguera al despechado Borges que no es capaz de comprender que el amor llegó a su fin, y que con él se fue la poesía. Del intento de suicidio a la iluminación y del doble al inmortal y de la biblioteca a la Pampa. Y ahí está Dante. Y las abuelas. Y la biblioteca, otra vez. Y la madre. Y Borges. Todo está contenido en estas páginas. Como en el aleph, que da sentido a la forma de este cómic escrito por un Óscar Pantoja mucho más inspirado que con su biografía —también en cómic, también en Rey Naranjo— de Gabo. Con el escritor colombiano hay tal vez un exceso de respeto que se traslada a las viñetas con una visión demasiado excelsa del autor. Casi parece que vaya a ser canonizado en lugar de premiado con el Nobel, mientras que con Borges podemos presenciar sus horas bajas y errores, algo que humaniza —y se agradece— a uno de los argentinos más universales.

Epigrafías (Carla Berrocal; Libros de Autoengaño)

 

Escritora, poeta y novelista, Natalie Clifford Barney ha sido nombrada por muchos como «amiga de los hombres y amante de las mujeres». Sin embargo, su abierta homosexualidad en una Europa de principios de siglo no debería enmascarar su importante papel en la sociedad de la capital francesa. Su casa fue sitio de reunión para artistas como Gertrude Stein, Virginia Woolf, Truman Capote o Rainer Maria Rilke. Promovió una Academia de las Mujeres en contraposición de la exclusivamente masculina Academia Francesa. Barney vivió libremente su sexualidad alejándose de la monogamia y supo mantener largas relaciones simultáneas con otras artistas como la poeta Renée Vivien. Fruto de esa vida de promoción de la literatura escrita por mujeres y de una actitud abierta y sincera en cuanto a sus pasiones y amores nace Epigrafías. Este arrebatador ejercicio de improvisación de la ilustradora Carla Berrocal plasma en unas viñetas llenas de minimalismo lo que fueron o pudieron ser algunos de los momentos de la vida de la autora estadounidense. Un poema visual en el que se descubre un diálogo constante entre las perspectivas vitales de Natalie y Carla.

Camus. Entre justicia y madre (José Lenzini, Laurent Gnoni; Norma Editorial)

Esta obra es una historia sobre Camus en la que el propio Camus parece ser un simple actor secundario. No se confundan, ese acercamiento no es un error sino el auténtico acierto de la narración. Construida a partir de fragmentos del discurso del Nobel, Lenzini y Gnoni rescatan en esta novela gráfica distintos episodios de la vida del escritor que configuraron su imaginario y producción artística. El papel de la cruel abuela, su infancia en Argel, los partidos de fútbol con los otros niños o su despertar sexual son tan importantes en su carrera periodística o literaria como las lecturas que realizaría a lo largo de su tristemente corta vida. Una acertada aproximación a la vida y obra de Camus que sirve como perfecta introducción al contexto histórico y social de quien fue uno de los grandes pensadores del siglo XX.

Superzelda. La vida ilustrada de Zelda Fitzgerald (Tiziana Lo Porto, Danielle Marotta; 451 Editores)

Siempre ha sido Zelda, la acompañante; Zelda, la pareja de Francis; Zelda, la que estropeó la vida del gran escritor; en definitiva, Zelda, la que vivió a la sombra de su famoso y talentoso marido. Pero Zelda Fitzgerald puede abrazar la primera persona del singular sin tapujo alguno. Ella fue una mujer tremendamente moderna que vivió al ritmo que marcaba la sociedad de la época. Hasta que tuviera lugar su muerte durante el incendio de un hospital psiquiátrico, Zelda fue una figura fundamental de aquellas frenéticas e interminables fiestas regadas de ginebra y buen jazz. Y precisamente su papel de musa de Francis Scott Fitzgerald ha dejado en segundo plano una producción artística que, por suerte, se ha ido rescatando poco a poco del olvido. Tiziana Lo Porto y Danielle Marotta aportan su granito de arena con esta biografía plagada de correspondencia donde tratan de captar la atmósfera que vivió Zelda, nuestra Superzelda.

La voz que no cesa. Vida de Miguel Hernández (Ramón Pereira, Ramón Boldú; Astiberri)

Acérquense a esta biografía de Miguel Hernández como lo que es: una crónica fiel de los convulsos años que rodearon nuestra guerra civil. Un relato oscuro, lleno de grises y rejas que apenas dejan entrar la luz en la vida de un poeta que se supo poeta desde pequeño. Por ese motivo, cada página de esta novela gráfica pesa como una losa y por mucho que Miguel viaje de Orihuela a Madrid y de vuelta a casa, nunca dejamos de sentir el peso del encierro y la soledad que provoca la cárcel. Porque entre rejas empieza y entre rejas acaba, y todo lo que hay entre uno y otro momento no son más que sueños y recuerdos de quien fue capaz de encontrar inspiración en la pobreza más cruel. No hay nada más duro que ver disfrutar de una vida rememorada a quien ya conocemos su triste destino.

Mary Shelley. La muerte del monstruo (Julio César Iglesias, Raquel Lagartos; Diábolo Ediciones)

Vale, sí, todos conocemos la famosa reunión en la Villa Diodati. Que allí se juntaron Lord Byron, John Polidori, Percy Shelley… y Mary Shelley, entre otros. Que de un juego entre los huéspedes nació la idea de Frankestein. Pero, al margen de ese acontecimiento, ¿qué más sabemos de la vida de esta creadora?

Este relato nos acerca a la mente de Mary Shelley y a las fortunas y desgracias —sobre todo, estas últimas— de la vida de quien fue una auténtica pionera de la ciencia ficción y del pensamiento feminista. La atracción por la muerte y la resurrección, nacida en mitad de una época en la que la ciencia aventuraba la posibilidad de que los cadáveres pudieran volver a campar a sus anchas por nuestro mundo, fue sin duda una de las grandes obsesiones de una artista marcada, precisamente, por la muerte de los suyos. Unas defunciones que acabaron por causar su propia muerte en vida al tener que plegarse a unos formalismos y costumbres que, a pesar de ser comunes en su época, no eran del gusto de alguien avanzado a su tiempo.

Olympe de Gouges (Catel Muller, Jose-Louis Bocquet; Sins Entido)

Y si hablamos de pioneras del feminismo y personas adelantadas a su época, no podemos dejar de mencionar a Olympe de Gouges. Esta dramaturga de gran relevancia durante la Revolución francesa escribió en 1791 la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. Muller y Bocquet rescatan algunos de los pasajes de su vida en la Francia absolutista de finales del siglo XVIII. Una vida que, como en tantos otros casos, acabó cercenada por la famosa guillotina.

Fire!! La historia de Zora Neale Hurston (Peter Bagge; Ediciones La Cúpula)

Peter Bagge, junto a su idolatrado Robert Crumb, son historia viva del underground norteamericano. Por esa razón se les disfruta con especial regocijo cuando deciden visitar otros territorios y acercarse, como en el caso de las dos propuestas que presentamos aquí, al mundo de la biografía de escritores. Y si Crumb optaba por Kafka, Bagge prefiere seguir moviéndose en territorio USA para plasmar la vida de Zora Neale Hurston, una escritora de Florida que tuvo que enfrentarse no solo a los prejuicios de género sino también a los de raza. Nacida en la más absoluta pobreza, supo hacerse un sitio en algunas de las universidades más respetadas de los Estados Unidos y logró escribir numerosos ensayos, poemas y novelas que alcanzarían su merecido reconocimiento demasiado tarde. Zora murió como nació, en la pobreza, y solo ha sido muchos años después gracias a homenajes como el de Bagge que su figura ha empezado a recuperar la importancia que merece.

Los últimos días de Stefan Zweig (Laurent Seksik, Guillaume Sorel; Norma Editorial)

Y, por último, un doble mortal con tirabuzón: realizar la biografía gráfica del gran biógrafo del siglo XX. Un relato centrado, como su título indica, en la última etapa del matrimonio en Petrópolis, Brasil, lejos del infierno del nazismo del que huyeron con la esperanza de poder retomar una vida con sentido. Ay. El fin de la vida de Zweig y su mujer, como el de Virginia Woolf, es uno de los que más nos han fascinado. Por su dureza, por su crudeza, por la triste poesía que guardan en su último gesto. Ver esas fotografías de la pareja abrazada… nos dejan sin palabras. Pero Seksik y Sorel aún tienen energías para escribirlas, y para dibujar la que sería su última parada en el camino. Un bellísimo homenaje que no deja de lado el horror que acabó provocando tan triste desenlace.