Letizia Battaglia: «Para los mafiosos era humillante que una mujer les fotografiara con las esposas puestas»

Letizia Battaglia (Palermo, 1935) es la gran dama de la fotografía italiana, aunque surja de los bajos fondos, del periodismo de sucesos y de su lado más oscuro, la mafia. Es considerada, a secas, la fotógrafa de la mafia. Su fama es mundial. Retrató en Palermo y Sicilia los años más terribles de la Cosa Nostra, de finales de los setenta a los noventa, con un blanco y negro de sábanas de cadáveres y viudas, un contraste de brutalidad y exquisita delicadeza. Es una mujer pasional, tenaz y contracorriente, que en realidad empezó a hacer fotos muy tarde, con cuarenta años. Pero luego no paró. Volcada en la lucha por cambiar Sicilia, en los noventa entró en política con la alcaldía de centroizquierda de Palermo y fue asesora de medio ambiente. Sus fotos ahora son documentos y memoria para el recuerdo, que también es una pesada carga de dolor. Habla de sus recuerdos en su casa de Palermo, con su perro Pippo, que también es en blanco y negro.

¿Qué recuerdos tienes de la guerra?

Bonitos, porque cuando salía del refugio, en Trieste, íbamos a buscar esquirlas, trozos de bombas. Estábamos muy organizadas. Apenas sonaba la sirena nos poníamos una mochila con todas nuestras cosas ya preparadas, íbamos al refugio, dentro de una montaña. Recuerdo que en Trieste vi desde la ventana cómo se disparaban alemanes y yugoslavos, que llegaron primero, con los neozelandeses. Piensa que cuando volví de Trieste a Palermo tardamos catorce días, en carros de ganado. En Trieste un yugoslavo nos dijo que teníamos que volvernos a nuestro país, tuvimos miedo y partimos con nuestras pocas cosas.

¿Cómo era Palermo?

No me gustó nada. Apenas llegamos mi padre ya no me dejó salir sola. En Trieste salía sola, era libre, me cogía una bici, era un lugar lleno de aventura… Pero en Palermo no.

¿Era peligroso?

No, es que una vez salí a comprar el pan y me encontré con un hombre que se masturbó delante de mí. No entendía nada, al volver se lo conté a mi padre y se acabó lo de salir sola.

¿Qué edad tenías?

Diez años.

Era 1945, apenas terminada la guerra. ¿Llegaste a ver por allí a los americanos?

No, ya se habían ido.

Palermo entonces no te gustó.

No, por esta cosa de perder la libertad, no me gustó perderla, nunca me ha gustado.

Pero cinco años después, con quince años, te casas. ¿Por qué, por qué tan pronto?

¡Porque quería mi libertad! ¡Quería irme de la casa de mi padre! La única posibilidad era esa, no había otra. No tenía ningún título de nada, era demasiado joven para tener nada. Mi abuela me había dicho: «Mira Letizia, hasta los diecisiete años los hombres te cogen, luego eres tú la que los tienes que buscar». Estaba aterrorizada por si nadie luego me buscaba. No sé si entiendes lo que quiere decir coger en italiano…

[Saca un cigarrillo electrónico] ¿Sigues fumando?

No, bueno, fumo esto. Hace un mes tuve una broncopulmonía. Estaba muriendo. Fumaba cuarenta y cinco, cincuenta cigarrillos al día. Dije: basta. Es una fortuna, esta cosa electrónica no me hace sufrir.

Hablábamos de Palermo en la posguerra.

Sí, me pareció polvorienta, no me gustaba. Estaba siempre en casa. Y nada, eso, me casé. Con un hombre que económicamente estaba bien, un poco cretino, que no entendía nada, que no me entendía. Bueno, luego he comprendido. Cuando me casé con él a mí me pareció un chico guapo, tenía veintitrés años, tenía dinero, me hacía regalos, imagínate, después de la guerra no había nada. Así que a mí me pareció bellísimo.

Era mucho mayor que tú.

Sí, siete, ocho años, no tanto. Yo quería tener hijos enseguida, me gustaba mucho la idea, pero luego, después de un poco, resulta que tampoco tenía libertad. Yo quería ir a la escuela, tenía quince años, aunque me hubiera casado quería seguir yendo, pero no pude. Eran los años cincuenta. Es que yo ya era como soy ahora, ¿entiendes?, con la cabeza así. Intenté hacer cursos por correspondencia, de dibujo. Me gustó tener hijas, tuve la primera con diecisiete años. Pero luego empecé a tener amantes, porque con ese hombre…

¿Cuándo comenzaste a trabajar, en lo que fuera, a tener cierta independencia?

No, pasaron muchos años. Antes, como te decía, empecé a engañar a mi marido, yo quería separarme, pero no era posible en esa época. Tienes que entender cómo era. No era posible, de verdad. Te decían que si te separabas solo podías ser puta. No tenía ningún título de estudio, no tenía dinero, ni bienes míos, mi padre era un pobre marinero, trabajaba en los barcos. El resto de mi familia era adinerada, burguesa, solo nosotros no éramos ricos. Mi padre trabajaba en los barcos por una injusticia familiar. Habían tenido una herencia y entre sus cuatro hermanos juntaron el dinero y abrieron unas boutiques, muy famosas en Palermo. A mi padre le dejaron fuera y le dieron dinero, pero tenía veinte años, se casó con mi madre que tenía dieciséis, y en un año se gastaron todo. No le quedó otro camino que ser marinero, viajar toda la vida, fue muy duro.

¿Desde pequeña fuiste consciente de las diferencias sociales?

De pequeña no, no me enteraba. Pero luego yo era comunista sin saber nada del comunismo, me atraía todo lo que era lucha de clase, la igualdad, no me gustaba que hubiera ricos y pobres…

¿Cuándo tuviste la primera cámara fotográfica en las manos?

La primera, una pequeña, me la regaló una amiga y me la llevé a Londres. Fuimos las dos con las niñas a ver la ciudad. Por casualidad paseando por la calle vi salir a los Beatles de un hotel, todos estaban locos por ellos, ¡pero yo no hice ni una foto! Luego hice fotos de otras cosas, y nada más. Pero es que mi sueño era ser escritora. Yo quería escribir, no quería hacer fotos. De niña hacía redacciones preciosas, mientras en latín, griego, sacaba unas notas malísimas. Empecé a escribir en 1969 en el periódico L’Ora, de Palermo. Cosas pequeñas, no estaba muy considerada, pero luego en verano pude hacer grandes páginas, reportajes, porque era fácil, los periodistas estaban de vacaciones y podías hacer cosas.

Sí, eso siempre ha sido así. ¿En aquella época era normal en la redacción una mujer periodista?

Sí, lo raro era una fotógrafa. En L’Ora, por ejemplo, ya había redactoras. Pero ver una mujer por la calle con una cámara que te hacía una foto era raro. Es algo que ha costado superar, pero incluso en Italia no había entonces ninguna mujer que fotografiara para periódicos. Para semanarios y revistas mensuales sí, pero no para diarios, para periodismo de asalto, digamos. Lo peor, lo más terrible no eran los mafiosos, era cuando te mandaban a hacer fotos a las peleas de chicos fascistas y comunistas, y nosotros en medio, un terror.

Pero empezaste a hacer fotos después, al irte a Milán, no en Palermo.

Sí. Yo vivía en Palermo, trabajaba para L’Ora, y en un cierto punto de mi vida empecé a hacer psicoanálisis. Estuve en tratamiento con un freudiano maravilloso, al que todavía hoy le doy las gracias, durante tres años. Yo estaba mal, tuve problemas, no podía más. Yo amaba a un chico, este chico me amaba a mí, y entonces por fin tuve el coraje de marcharme. El psicoanalista me dio consejos, y me fui a Milán, con mis niñas.

¿Te fuiste con las tres?

Sí, una cosa complicadísima, mamma mia, en tren, para separarme de mi marido. En Milán escribía para periódicos y periodicuchos, buenos y malos, pero luego siempre, cuando quería hacer algo o tenía alguna idea, me preguntaban: ¿y las fotografías dónde están? Querían siempre la foto. Entonces pensé en hacer fotos. Sin pasión, al inicio, y sin ningún conocimiento. El chico con el que estaba ya era fotógrafo, pero no quería que yo hiciera fotos, no le hacía gracia. A veces para enviar fotos íbamos al aeropuerto, al vuelo que salía para Palermo, a darle el paquete a algún pasajero y pedirle el favor de llevarlo, pero la gente no se fiaba, no era fácil. Luego, después de tres años, el diario me dijo si quería volver a Palermo a dirigir el servicio fotográfico. Yo me puse muy contenta, mucho.

¿Recuerdas tus primeras fotos en Milán?

Extrañamente una de las primeras cosas que hice en Milán, sin ser una buena fotógrafa, nada, fue unas fotos de Pier Paolo Pasolini. Yo lo amaba, estaba loca por él. Leí en el periódico que iba a estar en una conferencia y fui. Allí lo estaban atacando mucho los camaradas comunistas porque le acusaban de pornografía, y entonces yo, temblorosa, sin tener el valor de existir, desde un rincón, le hice unas fotos. Era 1971. Las he encontrado ahora y las acabo de donar a la Fundación Pier Paolo Pasolini.

¿Le saludaste? ¿Te acercaste a él?

No, no, cuando amo algo no me acerco nunca, escapo, no quiero demostrar mi amor. No, no. Pero sí tuve una relación, un momento especial, con Ezra Pound. Yo lo conocí por un poeta que ahora es muy famoso pero entonces no, Emilio Isgró. Me dijo si quería ir con él a Venecia a encontrar a Ezra Pound, y me fui. Yo iba muy guapa, muy maquillada, con las pestañas negras, negras, que se llevaban entonces. Entré en una habitación pequeña, una cocina, donde había un viejo y una vieja. El viejo con una barba blanca, muy triste, parecía Leonardo da Vinci. Yo no sabía nada de él. Él estaba callado, no hablaba, porque ya no quería hablar con nadie. Y yo lo miraba, y él me miraba con esos ojos tristes, tristes, y empecé a llorar, y todo el maquillaje se me vino abajo a chorros por la cara. Él no decía nada, solo me miraba con esos ojos.

¿Por qué lloraste, por su tristeza?

Él era estupendo. Era la profundidad que venía fuera, su profundidad tocaba la mía, mi psique.

Sin decir una palabra.

Nada. Él ya no hablaba, despreciaba la sociedad que lo había enviado a la cárcel. Hace dos años lo incluí en un trabajo de retratos, Invencibili, de mis héroes. Puse una poesía suya: «Arranca de ti la vanidad / Te digo arráncala / Pero haber hecho en lugar de no haber hecho / esta no es vanidad». Me ha ayudado mucho, porque la vanidad es horrible, pero trabajar, esto, no es vanidad. Yo le estoy muy agradecida. Como a muchas personas en la vida, a quienes no he conocido, que me han dado tanto, y he querido recordar en esa serie de Invencibili: Jesús, Che Guevara, James Joyce, Falcone, Borsellino, Rosa Parks

Entonces vuelves a Palermo a finales de 1974 para ser fotógrafa.

Feliz, feliz, porque mis niñas, ¡bueno niñas! eran ya grandes, querían volver. Yo tenía treinta y nueve años, casi cuarenta, y empecé una carrera cuando la mayoría de los hombres y las mujeres a esa edad ya la han madurado. En cambio yo empiezo a hacer una cosa de la que no sé nada. Y me encuentro en medio de una situación que era la más terrible que nunca hubiera ocurrido en el siglo en mi ciudad, cuando la mafia decide hacer la guerra civil, cuando los Corleoneses enloquecieron. Yo no soy una mafióloga ni una psicoanalista, pero el hecho de que fueran de pueblo hacía que odiaran y admiraran al mismo tiempo a los de la ciudad, eran pueblerinos, con mucho dinero, pero tenían que aplastar al enemigo. Estaban locos, es como lo que está pasando ahora en Siria, la barbarie. Pues así pasé unos cuantos años, en esto.

¿Cuándo viste por primera vez la mafia? ¿La recuerdas de cuando eras pequeña?

No, no sabíamos nada de la mafia. En mi casa no se hablaba de ello, también porque en esos años la mafia estaba en los pueblos, en la ciudad no había. Cuando me casé, con quince años, empecé a comprender algunas cosas. Por ejemplo, se decía que en la calle de al lado había uno que vendía ataúdes que era mafioso, y después lo mataron. Se tenían noticias, pero eran aisladas, no te involucraban, no era un peligro para nosotros, ¿entiendes? La mafia hacía sus negocios, no sabíamos cuáles, se mataban entre ellos, eso era lo que se decía: se matan entre ellos. En cambio luego, cuando vinieron a la ciudad, todo cambió. Yo tomé conciencia, una primera vez, en 1970, con la desaparición de Mauro de Mauro, un colega del diario, que a mí no me gustaba mucho, pero bueno. Dijeron que era cosa de la mafia. Yo colaboraba en el periódico, aunque no era nadie, era la rubita. Eran las seis de la mañana, a esa hora todos teníamos que estar allí, porque era un diario de la tarde, y dieron las siete, las ocho, y no llegaba. Todos hacían bromas diciendo que si estaba borracho debajo de alguna mesa, pero no, al pobre se lo habían llevado y nunca apareció.

Aún es un caso sin resolver.

Luego me fui a Milán y cuando realmente descubrí la mafia fue al volver a Palermo y empezar a dirigir el grupo fotográfico. Entonces sí. Mataban a este, al otro, día tras día, y nos veíamos con los negativos llenos de gente asesinada, sangre, mujeres que lloraban. Estábamos en el campo de batalla. Se puede decir en cierto modo que fui afortunada, porque volví a Palermo cuando pasaron estas cosas. Porque ahora ya no pasan más, aunque la mafia es también muy fuerte. ¿Sabes por qué?

¿Porque no hay necesidad?

No, porque ha habido una negociación entre el Estado y la mafia.

La famosa Trattativa. [Es un polémico juicio actualmente abierto por presuntas negociaciones entre el Estado italiano y la cúpula de la Cosa Nostra, el clan de los Corleoneses, entre 1992 y 1993 para que la mafia detuviera su ataque a las instituciones y su escalada de violencia a cambio, según los fiscales, de concesiones penales y políticas, n. del a.]. Pero eso fue luego. Antes fue la toma del poder de los Corleoneses, una guerra de mafia que culminó en años terribles, como 1981 y 1982. ¿Cómo era trabajar en esos momentos?

Era angustioso, porque para el periódico tenías que estar siempre corriendo, llegar a los sitios, hacer la foto sin comprender nada de lo que había pasado y volver rápido. Nos movíamos con la Vespa, o a veces en coche. Era angustioso, eras testigo de cosas horribles. Eran mafiosos, pero eran personas, personas muertas, asesinadas. El periodo más difícil fue cuando empezaron a matar políticos, magistrados, periodistas…

 

¿Tenías miedo?

Mira, yo tuve miedo solo cuando recibí una carta anónima, o con algunas llamadas telefónicas. Ahí me di cuenta de que también yo podía estar en medio. Fui a ver a Falcone, con esta carta, y le pregunté si era una broma. No, me dijo, no es una broma. Me aconsejó irme y estar tres meses sin hacer fotos, pero no le hice caso, seguí, y estoy todavía viva, pero cada vez que salía con la cámara del portal de mi casa pensaba: «¿Y ahora qué pasará? ¿Si me disparan en la cabeza?». Por ejemplo, para los mafiosos era humillante que una mujer les fotografiara con las esposas puestas.

¿Qué crees que les fastidiaba de tus fotos?

Si te matan al hermano, y tú le haces una foto al cadáver, la gente que va allí… Me acuerdo que esta carta llegó después de un homicidio en el barrio de San Lorenzo, donde me dijeron con malos modos que yo no tenía que hacer fotos allí. Pero las hice a escondidas y se publicaron al día siguiente. Siempre he tenido este sentido del deber, de llevar la noticia al periódico. Luego, las exposiciones, las cosas que hice luego, son distintas, un compromiso en denunciar, en recordar, para que no se olvide lo que hemos sufrido, pero entonces lo que me interesaba más que nada era llevar el trabajo al periódico. Me acuerdo de que al principio incluso hasta la policía me quería impedir trabajar, porque era una rubita, mona, yo era mona, llevaba estos vestidos de entonces, y no les gustaba, pero luego me ayudaron siempre, entendieron que trabajaba seriamente.

Llegabas a menudo la primera al lugar del crimen.

Sí, a veces llegábamos antes de la policía. Eso era terrible. Te ves allí… Recuerdo una foto, un muerto en medio del campo, hoy ya no sería capaz de encontrar el lugar. Estaba este hombre boca abajo, estaba oscuro y yo no usaba flash, no lo sabía usar, no me gustaba. Pero estaba oscuro, oscuro, yo estaba desesperada. Había por allí un campesino que me miraba, a mí y al periodista. Luego llegó la policía y con los focos del coche pude hacer la foto. Cuando a este hombre le levantaron la camiseta tenía un Cristo grande tatuado en la espalda. Fue una emoción fuerte.

Sí, recuerdo esa foto.

Recuerdo a menudo los silencios, de noche, en torno a un cuerpo muerto. Eran los mismos silencios de los bombardeos, en los que se habla bajito, como cuando estábamos en los refugios en la guerra, en Trieste, en Nápoles, en Civitavecchia. O como en los funerales en las casas. Era un silencio en el que una palabra de más era una ofensa, no sé cómo explicarte. Pero cuando había un muerto de día era totalmente distinto, en los barrios. Recuerdo que un día había allí unos niños comiendo el bocadillo mientras miraban, les daba igual. No, porque uno se acostumbra, es que a lo mejor después de que tienes a un muerto delante durante diez minutos luego ya no piensas más en ello, en que está muerto.

Cuando tú llegabas, corriendo, ¿qué hacías, cómo te movías?

Tenía que hacer foto del muerto, de los parientes del muerto, la policía, los carabinieri, el magistrado de turno, luego siempre aparecía un cretino que te decía que no podías hacer fotos…

Cuando llegabas primera, tú sola con un un cadáver, tenías que pensar deprisa, mecánicamente, en hacer tu trabajo, pero al mismo tiempo estabas delante de un muerto, en una situación muy fuerte…

Muy fuerte.

… pero tú tienes que tener una barrera para no pensar en ello, y hacer tu trabajo sin dejar espacio a los sentimientos.

No, yo he tenido siempre sentimientos.

¿Cómo se vive eso, cómo hacías?

Se vive con náusea, con ganas de vomitar. Cuando te llamaban, te mandaban a un sitio, no sabías nunca con lo que te ibas a encontrar. Te metían prisa, brutalmente, ibas corriendo, y no sabías qué había pasado, si era uno que se quería tirar del quinto piso o un homicidio. El periódico en ese momento no solía tener noticias precisas. Tenían sintonizada la radio de la policía y ahí hablaban en código, pero decían la dirección y para allá ibas a ver qué había ocurrido, a ciegas. Así fue para muchas cosas, muchos acontecimientos.

Te he oído contar que nunca te pudiste quitar de la cabeza el olor a sangre.

Sí, me ha quedado impreso en la cabeza. Incluso cuando miro las fotos, para una exposición, mientras las miro y veo esta sangre, que era roja, pero para mí era en blanco y negro, recuerdo el olor y un ruido: zzzzzzzz, el de las moscas en el campo, el calor, en el silencio. Uno no se acostumbra nunca, nunca.

I due Cristi. Fotografía: Letizia Battaglia, Palermo, 1982. ©

¿Salías mucho de Palermo, a las zonas rurales?

Donde podíamos llegar a tiempo, pero a Corleone, por ejemplo, no llegábamos, quedaba lejos y quitaban el muerto.

¿Cuándo fuiste a Corleone por primera vez?

Tengo unas fotografías de campesinos de Corleone, que pasan con una especie de capa, de capucha de lana negra que se metían en la cabeza en invierno. No recuerdo cuándo las hice, pero no fui allí por un homicidio. Luego fui por uno, pero no encontré el cuerpo, ya se había terminado todo. Y luego fui, en 1978, un domingo por la mañana, a llevar una exposición de fotos de mafia para ponerlas allí en medio de la plaza, en unos paneles. Estábamos yo, Franco Zecchin [fotógrafo y pareja de Letizia Battaglia, n. del a.], un equipo de la RAI y un mafiólogo, Umberto Santino, y su mujer. Apenas llegamos allí, toda la gente vino a ver qué eran esas fotos. Apenas vieron que en una estaba Luciano Leggio, el capo de los Corleoneses, su vecino de Corleone, arrestado, con las esposas, la plaza se vació inmediatamente.

Sí, he visto esa foto, de pie en el tribunal.

Sí, esposado, lleva a un policía que camina detrás, él parece el rey.

En 1978 era el momento de auge de los Corleoneses, se debía de tocar el miedo en el aire.

Tengo un vídeo, corto, de este día, el que hizo la RAI, donde aparezco yo y digo: «Hemos tenido miedo». Lo digo y lo repito con insistencia, como un autómata, se ve que me había asustado muchísimo. Encontrarte con la plaza vacía era peor que tener una muchedumbre que te quisiera pegar. Pensabas que estaba a punto de suceder algo. Todos se fueron a su casa, no querían ver, no querían que alguno, Leggio, Totò Riina, dijera: vosotros habéis visto, mirado, participado. Recuerdo el miedo.

Se tocaba.

Sí, ellos eran los dueños del lugar. Quizá lo son todavía. En otro pueblo cercano, San Giuseppe Jato, tuvieron en los noventa una alcaldesa buenísima, comunista, Maria Maniscalco, intentó cambiar las cosas, pero la mafia siempre estaba ahí. En Corleone ahora viven las hijas de los arrestados, sus mujeres…

Todos estos muertos y escenas terribles que has visto, ¿qué huella te dejan? Uno puede hacerse un escudo, pero todo pasa dentro, porque además tú atrapas imágenes. ¿Cómo se convive con esas imágenes que se te quedan en la cabeza?

No se puede, no se puede convivir. Yo he intentado varias cosas. A veces he pensado en quemar los negativos, porque me resultaba insoportable, todas esas carpetas clasificadas que encima solo veías escrito «Homicidio», «Homicidio»… No es posible que en la vida de una persona haya esta presencia tan fuerte. Hace un tiempo intenté hacer fotografías distintas, cogí las fotos de homicidios y en el mismo espacio, delante, colocaba mujeres desnudas. ¿Ves esa que tengo en la pared? Es un muerto, de un homicidio, pero delante ves esta mujer desnuda con un jazmín. No sé si es buena, o no, o si es un asco, no lo sé, he querido mezclar la presencia viva de una mujer, de una flor, y he desplazado el punto de fuga, donde te cae el ojo. En la foto original, sin la mujer, el ojo va al hombre que está en el suelo, pero con ella el ojo va al pubis.

Eros y muerte.

No sé qué es más fuerte. Bueno, la muerte es más fuerte, pero al menos hay una señal de vida.

¿Cuándo empezaste a hacer fotos para ti, no por trabajo, sino porque te gustaba?

Yo hacía fotos, siempre, iba y venía, pero sin crear. Los fotografiaba a ellos, pero sin meter nada mío, bueno, sí, en cada foto meto algo mío, pero no es que pensara en el después. En 2005 comencé a elaborar algo que era como un luto, a tomar conciencia de lo que había pasado, porque una persona queda marcada, yo no sé cómo hacen los policías… Quedas marcado de una violencia así, que no es una violencia para defenderte o porque hay una guerra con un enemigo, son tu misma gente, prácticamente tus hermanos que te matan, un asco, un asco… Es complicado de contar. Yo ya hace tres o cuatro años que no salgo por Palermo. Luego, cuando además todos votaron por Berlusconi, en las elecciones de 2001, sesenta y un diputados de sesenta y uno, fue el fin, yo escapé, estuve más de un año en París, pero sin hacer nada, huida, angustiada, desesperada de que no hubiera esperanza. Tenía más de sesenta años, ahora tengo ochenta, y pensaba que no vería nunca, nunca, Palermo, Sicilia, que podría ser maravillosa… [Se emociona y no logra hablar]. Fue horrible, horrible. Además de la mafia se impuso la vulgaridad, los mensajes que llegaban de la televisión. El comportamiento de Berlusconi ha sido muy dañino para la gente ignorante, que no tenía medios para criticarlo y decían: mira este qué listo es… Me cogí una especie de depresión y me fui a París. Luego volví, porque estaba mejor, me resigné.

¿Qué hiciste en París?

Nada. Me propusieron exposiciones, pero no quería hacer nada, desaparecí, me sentía muy herida, mucho. Debo decirte que no se terminará nunca esta tristeza. Una se pinta los labios, va para adelante, se hacen otras fotos, pero…

En tus fotos, en esas escenas, en tus retratos de la gente de Sicilia, se ve una ferocidad de fondo, un sufrimiento profundo. No sé si es esta isla, que es así.

No sé por qué han pasado estas cosas. No es la isla, no es Sicilia, no es que uno nace en un lugar y es dramático. Soy una persona de temperamento optimista, pero me ha costado un gran sacrificio aceptar, no aceptar, vivir todo esto. Yo me podía ir de aquí, gané el premio más importante del mundo, en América, podía haberme ido a vivir, qué sé yo, a Nueva York, a Alemania, tengo un nombre, podía vivir otra vida, pero no soy capaz de dejar Palermo. Es como cuando tienes alguien en la familia que está mal, no puedes dejarlo. Porque yo espero siempre que cambie algo, ¡que lo consigamos! No sé cómo, porque por ejemplo, ahí está el juez Nino Di Matteo.

Sí, lleva años con escolta y con el proceso de la Trattativa le han dejado solo, como si fuera incómodo para demasiada gente, por meterse donde no debe. [N. del a.: Nino Di Matteo, fiscal de este caso que remueve secretos y trapos sucios del Estado italiano y sus turbias relaciones con la Cosa Nostra, ha recibido graves amenazas de muerte y la condena explícita de ejecución de Totò Riina, pero escasas muestras de solidaridad de las instituciones, cuando no zancadillas y desplantes profesionales].

¡Nino Di Matteo vive su vida de manera terrible! ¡Esperando cada día que le peguen un tiro en la cabeza o en el corazón! ¡No se puede vivir hoy así, si no estás en guerra! ¡Porque si no estás en guerra te tienen que proteger! Y si no te protegen, ¿qué país es este? Yo no puedo estar tranquila, serena, viendo la mirada de Nino Di Matteo, y de los demás, porque yo todavía recuerdo la mirada de Falcone, la recuerdo, y la de Borsellino, cuando un mes después de la muerte de Falcone habló en aquel encuentro en un atrio, delante de nosotros, todos tristes, y él con esa mirada de que sabía que lo iban a matar… [Se le saltan las lágrimas y se queda en silencio un largo rato]. Bueno, ¿hemos terminado?

Cuando quieras lo dejamos.

Sigamos un poco.

Te quería preguntar por el blanco y negro, siempre le has sido fiel.

Sí, he probado alguna vez en color, pero no me gusta.

¿Ves en blanco y negro?

El blanco y negro me parece natural, más elegante, más sintético, más justo para puntualizar. El color distrae. Hay buenos fotógrafos en color, claro, pero yo no lo sé hacer. Sería igual a los otros. Quizá el blanco y negro me ayuda a ser distinta, a lo mejor es que soy antigua, no lo sé. Pero está volviendo el blanco y negro.

Sí, ya has visto nuestra revista.

Muy bonita.

Tampoco has fotografiado muchos hombres.

No, no me salen bien. Siempre mujeres. Solo el juez Scarpinato, y lo pongo siempre en las exposiciones. Creo que es una cuestión de que… ¡no me gusta fotografiar hombres con el pelo corto!

Scarpinato tiene el pelo largo, sí.

Me gustan los cabellos, las formas redondas de las mujeres. Y no soy lesbiana, nunca he tenido una historia con una mujer. Con muchos hombres sí, pero mujeres no, pero es que no me sale.

¿Somos más aburridos estéticamente?

No lo sé, los hombres son menos… amables. No sé por qué me pasa esto. Creo que me viene de la política, no me gustaba fotografiar a los políticos.

Entonces eran todos hombres.

Sí, pero eran las caras. Los políticos no tienen una buena mirada, porque tienen dentro todas las intrigas de la política, que es horrible, vulgar, aunque sean buenos…

Andreotti.

Andreotti, Andreotti [lo dice en voz muy baja].

Una foto que le hiciste sirvió de prueba en el juicio contra él por sus relaciones con la mafia.

Sí, dos fotos. Las hice porque me mandaron a un acto público, y me salió movida, desenfocada, horrible. Estaba a un lado el mafioso, luego unos políticos, Mattarella, Salvo Lima y luego Andreotti.

Sí, y decía que nunca había visto a ese mafioso.

Sí, y en cambio ahí estaba la foto. Yo no sabía que la tenía, vinieron a buscarla al archivo, porque el periódico publicó otras de ese día pero en esas el mafioso no aparecía. Pero en esas dos se les veía juntos.

También tienes otras fotos históricas de arrestos de mafiosos: Leggio, Bagarella, Ciancimino…

Sí, pero no es bonito fotografiar un arresto. Un hombre con esposas no debería ser fotografiado, porque no es libre, no es justo. Muchas veces me he avergonzado de ellas. Bueno, con la de Leoluca Bagarella no, era verdaderamente un asesino, con decenas de homicidios.

En esa foto se le ve rabioso.

Sí, sí, me dio una patada, me caí para atrás, pero la foto la hice.

Una vez dijiste que hacer fotos te ha dado seguridad, energía.

Sí, además de la satisfacción por el trabajo, es que te expresas a ti misma. Creo que he sido una mujer valiente, en el sentido de que pude imponer esta cosa, que yo debía hacer fotos. Al final con los años logré este respeto, porque al principio me apartaban como una hoja.

L’arresto del boss Leoluca Bagarella. Fotografía: Letizia Battaglia, Palermo, 1980. ©

Para fotografiar a las mujeres el hecho de ser mujer te habrá ayudado. Tus fotos a mujeres son muy especiales, muy íntimas, un hombre quizá no habría conseguido hacerlas.

Hubiera sido más difícil, sí. Recuerdo, por ejemplo, una mujer con sus niños que encontré en una barraca y estaba en la cama. Me dijo que estaba en la cama porque no tenía comida, ni agua, ni luz, y allí estaba.

En esas fotos se ve un Palermo de gente muy pobre, que vivía en la miseria.

Ahora la pobreza es distinta. Incluso entre los pobres ves las modas. Aquella era una pobreza… ¿puedo decir una palabra terrible? Era una pobreza dulce, de gente dulce, no envilecida, ahora es una pobreza envilecida. Tienen el modelo que ven en la televisión de una vida distinta, la droga…

Te he oído ser muy crítica contigo misma sobre tu técnica fotográfica, decir que cometes muchos errores.

Me equivocaba siempre, sí. Me confundo siempre con los tiempos, la profundidad de campo, con la técnica soy un desastre, pero es que tardo seis meses en aprender cómo funciona la lavadora. Dentro soy como una salvaje, que no quiere ser esclava de la técnica. Adoraba hacer fotos con una Pentax K1000, que costaba poco, era preciosa, la foto siempre salía.

Tus recuerdos, muchas veces, serán fotografías.

Yo hace tres o cuatro años que salgo poco, voy solo a coger el avión, y noto que caminando voy pensando: aquí mataron al juez Costa, aquí al juez Terranova… La ciudad es como un cementerio. No querría parecer exagerada, pero es que fueron años terribles, vergonzosos. Me acuerdo de cuando empecé a hacer política, estábamos desesperados.

Con Leoluca Orlando, la primavera de Palermo, en 1992. Pero aquel fue un momento de esperanza.

Sí, allí dentro nos odiaban, todos los funcionarios y empleados.

¿En el Ayuntamiento?

Sí.

¿Por qué os odiaban?

¡Eran los empleados de Ciancimino! [Dirigente democristiano siciliano que controlaba la política local, luego arrestado por mafioso, n. del a.]. ¿Qué podías esperar? Encontramos a esta gente, sentías su odio. Yo era asesora de medio ambiente, para los parques, y habían contratado ¡a mil doscientos trabajadores!

Sí, al estilo de la época.

Eran mil doscientos, y no hacían nada, nada, desaparecían. ¿Qué hice? Salía a las siete de la mañana con el coche y me iba a los jardines, a los parques, y allí estaban ellos. Me lo tomé por las buenas. Les dije: mirad, a mí me da igual si os vais a las diez, pero lo importante es que al menos de las siete a las diez hagáis algo. Fue maravilloso, trabajaban encantados, y si en algún sitio no querían me ponía yo a barrer o a lo que fuera. Luego me quisieron, se acabó el odio. Fue precioso, el periodo más bonito de mi vida, me sentí útil, pude hacer las cosas en Palermo. No denunciarlas, hacerlas. A veces, por la mañana, pedía café y cornetto para todos, y luego trabajaban, y sobre todo limpiaban, limpiar la ciudad era lo más importante, y plantar árboles. Claro, luego… Te cuento otra historia triste. Delante del mar, en el Foro Italico, había un espacio lleno de escombros de la guerra, y luego la gente tiraba de todo, basura, neveras. Decidí limpiarlo, y durante meses sacamos toda la porquería. Luego planté ochenta palmeras, que eran pequeñas, y las iba viendo crecer con los años. Eran preciosas. Hasta que hace dos años pasé y ya no estaban. Las cortaron todas y han hecho un pub. Fue una cuchillada en el corazón. Dijeron que estaban enfermas y las cortaron todas.

Sí, por la plaga de este insecto, el famoso punteruolo rosso. En España creo que se llama picudo rojo.

Ya, ya, pero es que con catorce euros se cura. Lo ha descubierto un profesor de Barcelona, de tu país. No, no, es que el proyecto es hacer allí un gran complejo, un restaurante, un hotel, no lo sé. Ya no veremos el mar. Pero basta, no hablemos más.


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1-PRINCIPAL

De qué sirve vivir si no se tiene el coraje de luchar. (Giuseppe Fava)

Pino Maniaci debería estar muerto, pero la muerte pertenece a esa amplísima categoría de cosas que «le rompen los cojones». Como la Mafia, los políticos, la omertá, la antimafia o los teóricos del periodismo. Rompicoglioni todos. Enciende otro cigarrillo —porque Pino siempre está encendiendo el próximo cigarrillo— y masculla el proverbio siciliano: «No voy a morir, ni aunque me maten». Además de una bravuconada es la única forma que ha encontrado de epatar al interlocutor para que no le produzca otro desgarramiento genital llamándole héroe. Y no es que sea refractario al protagonismo, todo lo contrario. Pasa dos horas diarias frente a la cámara, y querría estar el día entero. A veces, incluso, habla de sí mismo en tercera persona. Pero que hayan intentado liquidarle tantas veces que ha perdido la cuenta —entre cinco y siete— le resulta anecdótico. Dirige y presenta una televisión antimafia en el corazón mismo de la Cosa Nostra. Así que, «¿Qué cojones esperabas?». Sobrevivir no es motivo para ponerse fanfarrón aquí.

Llevar quince años sacando adelante Telejato, sí. Desde el principio todo fue absurdo y quimérico: Pino heredó la pequeña emisora local del Partido Comunista, que se la cedió podrida de deudas y sentenciada a muerte, ya que la licencia prohibía expresamente la publicidad. ¿Qué hacer con una televisión arruinada, en un pueblo de treinta mil habitantes como Partinico, con la Mafia poniendo bombas a sacerdotes, alcaldes y jueces? Tocarles las narices a los capos no parecía la respuesta correcta. Ni a los políticos. No digamos ponerse a airear la umbilical connivencia de la dupla. Pero allí se plantó aquel tipo, hasta el momento comerciante mediocre y músico aficionado, a clavar los ojos en la cámara y con un transmisor de la Segunda Guerra Mundial, hacer algo más que pronunciar los nombres y apellidos que el terror aconsejaba ni mentar: «¿Totò Rinna? Pezzo di merda. ¿Big Joey Massino? Figlio di puttana. Stronzo Vitto Ciancimino. Fardazza, vai fare in culo». Una filípica que entonces pareció un Christine Chubbuck en toda regla, pero que continúa, aún más embravecida, hasta hoy.

«Ponles a estos rompecojones españoles un café de verdad», vocifera Pino Maniaci al camarero. Como todas las nueve de la mañana arranca la jornada de Telejato, en el café Alessi, frente a la iglesia de Partinico donde los mafiosos de la zona entregan a sus hijas en matrimonio. Pino y su trío de pleistocénicos teléfonos coordinan un consejo de redacción de lo más sui generis, al que asiste toda la plantilla. A saber: su mujer Patrizia, la productora, su hija Letizia, reportera y redactora, y un número variable de jóvenes venidos de toda Italia para empaparse de Pino y echar una mano gratuitamente. Esta vez son tres, Mónica, Marco y Alessandro, que sudan para cumplir las indicaciones que se intercalan entre los va fare in culo de Pino, e innumerables michia («joder»), de lejos, su palabra predilecta. El alma de Telejato llega hasta allí en su propio coche, escoltado por los carabinieri a los que mangonea con idéntica destemplanza que a los pupilos. La patrulla se esfuerza por mantener la dignidad ante el visitante cruzándose pomposamente de brazos y embruteciendo la mirada, pero es en vano. «A mí quien me protege de verdad no es la escolta, son los ciudadanos» dice Maniaci, confortando a la pareja con un par de toquecitos que caen como plomo en sus espaldas.

2-SECUNDARIA

Y Pino sigue inmerso en su danza frenética, entrando y saliendo del local. Imposible retener su atención más de dos segundos: llega a tener un teléfono pegado a cada oreja y varios vecinos haciendo cola para contarle el último atropello sufrido a manos del hampa, el alcalde o el partido. Mientras insulta a gritos a un concejal por un auricular, marca los dígitos de una fuente que le va a soplar algo sobre la extorsión a unos campesinos de la zona. El tercer teléfono y un hombre de pobladas cejas rivalizan por su atención, el uno con politono anacrónico; el otro con aspavientos y puños agitados sicilianamente. Grita, fuma, y coloca tarjetas en los bolsillos de quien no se atreve a hablar con él en público. Completado el desayuno de fuentes, tacos e indagaciones, el grupo se pone en movimiento: tienen cuatro horas para convertir en imágenes todo lo recabado, antes de la cita a las 14:15, cuando comienza el telediario más largo del mundo. O como prefiere llamarlo Pino, «la Santa Misa».

Los doscientos cincuenta mil diligentes feligreses que asisten a la homilía del otro lado del púlpito televisivo van más allá de esta pequeña ciudad dormitorio de la capital siciliana. «De hecho, nuestro mayor público está en la cárcel de Palermo», presume petulante. Bajo el frondoso mostacho, además de un rosario amarillento asoma un deleite goloso. Telejato no se conforma con denunciar, increpar o airear los desmanes del mafioso en la televisión. Se embelesa provocándolos, atormentándolos, lanzándoles socarronas chinitas con su honda, que le son devueltas en más de quinientas amenazas de muerte. ¿Miedo? Vislumbren qué santa parte le rompe también esto. «Una vez amenazaron con que violarían a mi mujer y se la meterían, textualmente “por aquí y por allá”. Ella me contestó que ahora que podía divertirse con esto, encima yo le quería negar el placer», recuerda jocoso. «Cuando tenemos cagalera, vamos al baño. Punto», zanja. Porque qué importa todo si, cuando la policía detiene a uno de esos capos en el salón de su mansión, es la imagen de Pino Maniaci la que aparece congelada en la televisión de un millón de pulgadas del tipo al que colocan las esposas. «A Bernardo Provenzano —una de las mayores figuras de la mafia— le mandamos un christmas a la celda todos los años por Navidad», relata burlón. Haberse convertido en el programa preferido de la Cosa Nostra —lo utilizan para informarse de clanes rivales— es un una irónica contrapartida y triunfo menor; como formar parte de los cien héroes de Periodistas sin Fronteras, o las decenas de galardones y homenajes que alfombran cada centímetro de la redacción. Lo que hincha de orgullo el diminuto torso del espigado Maniaci tiene nombre propio: Bertolino.

Solo ahí se concede una pausa, para bajar la barbilla y enmarcar la mirada por encima de la montura de las gafas. «Ah, Bertolino», paladea lacónico. El guerrero rememora sus Termópilas: venció a la destilería más grande de Europa, propiedad de la hermana de unos de los más sanguinarios capos sicilianos, que contaminaba Partinico con una impunidad jactanciosa desde hacía años. Cámara al hombro, Pino se coló en las instalaciones para obtener muestras de agua, acosó al alcalde, a la propietaria, a su familia y hasta se desnudó en la puerta de la fábrica en prime time. Pero quizá lo más reseñable fue lograr que una población tan asfixiada por los vertidos contaminantes como adocenada por el pánico a las habituales y sádicas consecuencias, sorteara la tentación de proclamar un héroe para autoexcluirse de la lucha. Partinico se involucró y salió a la calle para exigir que, por una vez en este santo belpaese, se cumpliera la legalidad. Pino no enumera los neumáticos rajados, las cartas de extorsión, los coches que le incendiaron, las palizas y las piedras contra las ventanas y parabólicas de Telejato que le ocasionaron los años de batalla. Sin embargo, es preciso cuando uniendo el índice y el pulgar, revela la cantidad de querellas que interpuso Marta Bertolino: «Trescientas cincuenta denuncias, una por cada vez que pronunciamos la palabra “contaminación”. Y no hemos perdido ninguna gracias a nuestro abogado, Bartolo Marino». La fábrica cerró y llovió champán en esta localidad a media hora de Palermo. Aunque duró lo que acostumbran a perdurar las victorias contra la Mafia en Italia: cuatro años, hasta que un juez consideró prescrito el delito para permitir reabrir esta destilería que preside la ensenada del valle, inundando las calles de una fetidez tan física como figurada. «La Mafia no son solo los mafiosos. La Mafia son ellos, el Estado, los políticos y la Magistratura», advierte ceñudo, como un mantra. «Este es el cáncer, no te equivoques, cazzo», brama, aludiendo a los tentáculos de la piovra (el pulpo) enraizados en Sicilia desde que alcanza la memoria.

3-SECUNDARIA

«Hoy vamos a hacerlo con humor. Pero contando lo que ocurre», anuncia Pino, mientras se pertrecha de un mono blanco en las puertas del hospital de Partinico, sujetando la correa de Cuccio, la perra mascota de la emisora. La escenografía trata de emular un programa satírico de la RAI, en el que la presentadora oficia con impermeable y can amarillos. Todo el equipo de Telejato se ha desplazado allí para denunciar la malversación del Gobierno local, que ha invertido más de un millón de euros en una máquina de resonancia magnética que nadie en la instalación sabe manejar. «Esta máquina, para la que hubo que demoler parte de un ala del hospital porque no cabía por la puerta, cuesta cincuenta mil euros al año de mantenimiento», informa Pino al objetivo. «Hace un año que está inaugurada y no tenemos a nadie que sepa utilizarla. ¿Todo este dinero, para qué? Vendámosla», aduce. «Cuccio, ¿estás de acuerdo tú?», dice, poniéndole el micrófono en el hocico al animal. «¿Tú qué piensas? ¿Mandamos a tomar por culo a los que malgastan nuestro dinero? Ecco».

De Pino, solo miente una cosa: sus zapatos. El siciliano se jacta de la elegancia del sempiterno traje que cubre su esquelética figura, pero al bajar la mirada se desmorona el embuste: lleva zapatillas. Camufladas como pretendidos zapatos negros, pero zapatillas. La respuesta a la aberración estilística la brinda sin pretenderlo: «Yo solo tengo una norma cuando los jóvenes vienen aquí queriendo trabajar conmigo: “Vais a ir corriendo por la ciudad hasta que se os desgasten las suelas de los zapatos. Y vais a alimentaros de bocadillos”». Exactamente, como hace él mismo, que edita, graba, monta y presenta. El festival de improperios alcanza su cénit cuando se le inquiere por el periodismo. «Questa ragazza no se cansa de romperme los cojones, Patrizia», protesta ante su mujer, que echa la vista al cielo con resignación y se rasca la cabeza. Maniaci viola dos de las normas básicas de todo periodista: la dipsomanía —«la resaca me rompe los cojones»— y el gusto de enredarse en eternas letanías pontificando sobre la profesión. Aunque no fue ese el motivo por el que lo llevaron ante la Fiscalía para tratar de acallarlo, esgrimiendo que no podía presentar un informativo porque no estaba colegiado. «Creía que para ser periodista y revelar nombres y apellidos había que tener huevos, no un papelito», le gargajeó al fiscal. La denuncia de «periodismo abusivo» dormita ahora en el mismo cajón en que lo hacen las variopintas amenazas de muerte. «Mira, los mayores enemigos que tenemos en esto son los colegas periodistas», pronuncia con gravedad, y su mirada se clava hasta los intestinos. Para Pino, Italia vive en una «telecracia» en la que no es posible fiarse de ningún medio de comunicación porque «ni siquiera tienen huevos de decir los nombres completos de los mafiosos. Qué van a decir, si son los primeros que están pringados hasta las orejas». El razonamiento es dolorosamente acertado: «La normalidad somos nosotros, que denunciamos a quienes roban y matan, no ellos». «Tienen recursos, pero no dignidad». La exacta antítesis de Telejato.

Desde que se encendió el piloto rojo hace quince años, la emisora ha vivido con la incógnita de si lograrán emitir al día siguiente. Y no solo por seguir con vida. Lo que no les asfixian los poderes públicos —con un canon de treinta mil euros anuales, u obligándoles a reconvertirse a la televisión terrestre— lo hace el orgullo de Pino. Ni hablar de donaciones económicas de los ciudadanos —«Eso sería como aceptar una limosna, cojones»— y mucho menos subvenciones: «No queremos dinero público para poder mandar a tomar por culo a cualquier político», dice, culminando con un corte mangas. La libertad siempre ha sido una apuesta carísima. Aún más cuando decidió no ponerse de perfil con la corrupción imperante entre las asociaciones antimafia surgidas tras los sangrientos noventa, entre las que también operan un buen número de tapaderas. «Me lo advirtió un juez hace poco: si no te mata la Mafia, te mata la antimafia, Pino». Y sonríe. No sabemos por qué, pero sonríe.

4-CERRANDO

Aún con la Mafia, la antimafia, los poderes públicos, los jueces y los medios de comunicación en contra, Telejato sale al aire a diario sin necesidad de obrar milagros. Porque en esta partida, sus cartas a favor no son las más poderosas, pero sí las más numerosas. Todo cuanto posee Telejato se debe a la solidaridad de sus televidentes, desde la furgoneta con la que se desplazan, la propia sede de la cadena, hasta la casa en la que los Maniaci y los estudiantes conviven. Todo ha sido cedido para que Pino pueda tocar las pelotas. Eso, y los exiguos ingresos que le reportan los únicos nueve minutos de publicidad que ahora sí les permite la legislación. Suficiente para los cuatro paquetes de tabaco diarios de su director. Gracias a eso, puede levantar la vista y mirar a los ojos de las dos inmensas fotografías que presiden el pequeño piso donde radica Telejato: Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, jueces asesinados por la Mafia en 1992 por meter las narices donde no les llamaban.

Pino accede a dar una única lección. Se lleva las manos a la azulada corbata y relata: «Esto me lo enseñó mi padre, y me salvó la vida la última vez. Presta atención». Y comienza un ritual de nudos completamente inexplicables e inexpugnables. Tanto, que cuando el hijo de un mafioso trató de asfixiarle tirando de ellos, no cedió. El letrero en la puerta de la emisora ya avisa de que aquí no se viene a hablar de periodismo, sino de dignidad: «Un pueblo que paga el pizzio —impuesto revolucionario que exige la Mafia a los comercios— es un pueblo sin dignidad». Sus referentes están claros: Giuseppe «Peppino» Impastato, Giuseppe Fava, Giovanni Spampinato o Giancarlo Siani. Periodistas que rompieron los cojones antes que él y acabaron sobre un charco de sangre.

«Buenas tardes, soy Pino Maniaci», arranca eufórico. No tiene guion, ni falta que le hace. Las dos horas siguientes tratará de desenmarañar uno de los escándalos mafiosos más importantes de la Italia actual, y que lleva produciéndose desde 1982: los secuestros del Estado a las empresas presuntamente relacionadas con el hampa. Y cuando acabe, si se topa con este texto, vociferará. Porque hemos perdido el tiempo hablando de él y no de este escándalo: «Es un auténtico scoop esto que os cuento», nos advirtió. Le hemos roto las pelotas, pero no le hemos llamado héroe.

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Fotografía: Javier Nadales

Reportaje extraído de Jot Down #9, especial Italia, disponible en nuestra store y en nuestra red de librerías.