Fuego del infierno: una visita a West Wycombe (y II)

Carlos Ortín fuego infernal
ilustración: Carlos Ortín.

(Viene de la primera parte)

La fecha de fundación de la Sociedad de los Caballeros de San Francisco —que más tarde se conocería como Club del Fuego Infernal— no está demasiado clara, pero tuvo que ser en algún momento entre 1746 y 1750. Del Divan Club importó a varios miembros, así como el adulterio y la prostitución como actividades complementarias al propósito manifiesto de la sociedad. Es seguro que el primer centro de reuniones fue el sótano de la taberna George and Vulture de la City de Londres, en Lombard Street, aunque probablemente no duró mucho como sede.

El verdadero despegue del club tuvo lugar en 1751, cuando sir Francis Dashwood, probablemente consciente de que lo que realmente quería hacer con su sociedad ya no lo podía hacer en lugares públicos del centro de la ciudad, decidió hacerse con un santuario recóndito. Empezó por alquilarle a su amigo Francis Duffield un viejo caserón isabelino en Wycombe, a una docena de kilómetros de las posesiones de los Dashwood. La casa se llamaba Medmenham Abbey porque originalmente había sido una abadía medieval del Císter. Dashwood le encargó una renovación total de la casa al arquitecto Nicholas Revett, que la rehizo al estilo del revival gótico.

El interior de Medmenham Abbey, donde el club de Dashwood se hizo famoso y llevó a cabo la gran mayoría de sus actividades, ha sido objeto de especulaciones durante más de tres siglos. Pocos testimonios de la época revelaron detalles, y a menudo se valieron de la ficción. Había murales eróticos por toda la casa y se cree que William Hogarth hizo una serie de murales que no se ha conservado. El lema rabelaisiano Fait ce que voudras (el famoso Do what thou wilt de Crowley) figuraba sobre la puerta de entrada en una vidriera, mientras que en el otro extremo de la casa se leía la inscripción Aude, hospes, contemnere opes («Atrévete, huésped, a despreciar la riqueza»). Daban la bienvenida al visitante la estatua de Harpócrates, el dios egipcio de los secretos, y su equivalente romana, la diosa Angerona, protectora del nombre secreto de Roma. Los dos se han representado siempre con un dedo ante los labios para pedir silencio.

Sobre la biblioteca de Medmenham, los testimonios nos dicen que contenía libros de ocultismo, y en concreto se menciona una biblioteca ocultista que Dashwood adquirió en un viaje a Venecia en 1952. También novelas satíricas y títulos como la poesía erótica del conde de Rochester o el panfleto anónimo de 1749 sobre sodomía y prostitución Satan’s Harvest Home.

Una de las leyendas más divertidas de Medmenham tiene que ver con el jardín, donde al parecer Dashwood hizo que plantaran setos y arbustos de tal manera que, vistos desde la torre de la casa, dibujaran a una mujer desnuda, con sendas fuentes de leche en los pechos. El jardín también tenía estatuas paganas, a Dafne y Flora, a Venus, Baco y a Príapo, esta última con la inscripción Peni tento, non penitenti («Pene tieso, no penitente»).

Algo sobre lo que no parece haber demasiado debate es sobre la plantilla que tuvo el club en sus tres décadas de existencia. Sus miembros estaban divididos en un Círculo Interno, que tenía acceso a la capilla o Sala Capitular de Medmenham, el centro neurálgico de la casa. El núcleo de miembros, aparte de Dashwood y Sandwich lo componían el poeta, satirista y panfletista Paul Whitehead, que ejercía de secretario de la sociedad y pese a ser plebeyo se codeaba con el mismo príncipe de Gales; Jon Stuart, conde de Bute, también asesor del príncipe; George Bubb-Dodington, parlamentario espantosamente rico y espantosamente disipado, también amigo del príncipe; el parlamentario radical John Wilkes, legendario libertino y seductor, y su amigo Thomas Potter, hijo del arzobispo de Canterbury.

En el Círculo Externo estuvieron celebridades de la época como Benjamin Franklin, William Hogarth, Henry Fielding o el político George Selwyn, famoso por sus perversiones sexuales. Básicamente, además de periodistas y escritores, la orden dio cabida a miembros de la élite política (el propio Dashwood llegó a ministro de Hacienda en 1762). La notoriedad de sus bacanales en Wycombe solamente se entiende en un periodo que toleraba prácticamente todo lo que hicieran sus políticos en su vida privada. 

El Círculo Interno también incluyó a muchas mujeres, entre ellas la legendaria cortesana Frances Murray, amante del conde de Sandwich; la famosa madame Charlotte Hayes, que suministraba al club chicas «revirginizadas». Mujeres de alta cuna como Elizabeth Roach y Agnes Perrault, las dos amantes de Dashwood, su medio hermana Mary Walcott y muchas más.

Curiosamente, quien nos ha dejado una descripción más fiable de la antigua abadía fue el novelista gótico Horace Walpole, que consiguió colarse en ella a base de fisgar y sobornar al servicio, puesto que había oído que la casa estaba decorada con «pinturas obscenas». Lo había oído él y lo había oído toda la alta sociedad, la corte y el Parlamento, por supuesto. La situación llegó a tal punto que a finales de la década de 1750 había barcazas que traían a turistas de Londres por el Támesis para divisar de lejos la famosa abadía y, si había suerte, a sus malvados monjes, que era como se autodenominaban los miembros del club.

Los Caballeros de San Francisco, o «monjes de Medmenham», eran básicamente una falsa secta religiosa dedicada a las bacanales sexuales, la mofa de la religión y la exaltación del paganismo. De acuerdo con la obra de 1770 Nocturnal Revels, un maravilloso tratado sobre sexo y prostitución escrito por un «monje» anónimo de la Orden de Dashwood, este tuvo la idea original de su club durante su gran gira por Europa, donde visitó diversos seminarios religiosos y se le ocurrió «a su regreso a Inglaterra, [que] una institución burlesca dedicada a san Francisco mostraría el absurdo de dichos lugares».

De acuerdo con Walpole, «la práctica de la orden era rigurosamente pagana: Baco y Venus eran las deidades a las que llevaban a cabo sus sacrificios casi públicos. Y las ninfas y cabezas de cerdo que se desplegaban en torno a los festivales de esta nueva iglesia informaban suficientemente a los vecinos de la disposición de aquellos ermitaños».

Se cree que los rituales debían ser de naturaleza eleusina, inspirados en alguna clase de ritos de masonería, con la que Dashwood había tenido contacto en Europa, pero integrando elementos bacanales. El lema de la entrada no era, según muchos autores, el único elemento rabelaisiano que Dashwood adoptó en la orden. El culto al que los Caballeros de San Francisco se entregaban, celebrado ocasionalmente en cuevas y recintos oraculares, era esencialmente báquico. Gerald Gardner, padre de la Wicca inglesa, señala también que en Medmenham se rendía culto a «la diosa», apuntando a todas las alusiones a los cultos de Venus e Isis (Dashwood solía retratarse con imágenes de la diosa Venus).

Dentro de la jerarquía, el líder era el «abad», los 1doce miembros de su Círculo Interno eran los «apóstoles», y los miembros se dirigían los unos a los otros como «hermano». Las reuniones se llevaban a cabo cada dos semanas, más una serie de eventos anuales, y durante ellas los miembros o «monjes» llevaban ropajes ceremoniales blancos y el abad un atuendo idéntico de color rojo.

Según cuenta Fergus Linnane en The Lives of the English Rakes, «parece que la ceremonia más importante era la iniciación de los nuevos miembros. Celebrada después del anochecer, empezaba con el tañido de la campana de la torre. El abad y sus doce discípulos llevaban a cabo sus rituales secretos en la Sala Capitular. Cuando terminaban los ritos, se convocaba a los neófitos haciendo sonar el órgano de la capilla. Avanzaban de dos en dos  y su guía llamaba tres veces a la puerta de la capilla. Sin Francis la abría y se retiraba hasta situarse detrás del altar, donde él y sus doce discípulos contemplaban la entrada de la procesión. La luz de los cirios parpadeaba sobre los murales obscenos de las paredes».

Las mujeres que participaban en las orgías del club eran de dos clases distintas. «Ninfas», o sea prostitutas, ya fueran del lugar o traídas de los burdeles de Londres. Y «monjas» o miembros femeninos de la orden. Las crónicas de la época describen a las ninfas retozando desnudas por los jardines y yaciendo sobre los altares, donde los monjes bebían vino de sus ombligos. Gran parte de las mujeres que viajaban desde Londres a las reuniones de la sociedad eran de la aristocracia o bien de la alta sociedad de la ciudad. Estas mujeres tenían la prerrogativa de asistir enmascaradas para ahorrarse la vergüenza de ser reconocidas por sus maridos o conocidos que pudieran encontrarse, y no revelaban su identidad hasta que se sometía a los hombres a «revisión general» para descartar sorpresas desagradables. Si había algún conocido inconveniente, la dama afectada se podía retirar entonces. 

A medida que avanzó la década, las cuevas de West Wycombe se fueron integrando en las actividades de la orden. Provistas de una atmósfera óptima para las actividades del club, sus catacumbas disfrazadas de templo gótico subterráneo servían para celebrar excursiones subterráneas a la luz de las antorchas y excéntricas fiestas de disfraces y bacanales en su Salón de Banquetes y su Templo Interior. Es dudoso que su Templo Interior llegara a tener la magnitud y la importancia en la orden que tuvo la Sala Capitular de Medmenham. De hecho, no está del todo claro que las cuevas de West Wycombe fueran usadas para nada más que para celebrar fiestas, mientras que la parte ritual de las actividades de la orden se circunscribiría a la abadía. Sin embargo, la abadía fue vendida y todavía sigue hoy en manos privadas, con lo cual no puede visitarse, mientras que las cuevas se han convertido en el circo turístico que son hoy en día.

Las muertes de Paul Whitehead y Francis Dashwood a principios de la década de 1780 supusieron la desaparición de los Caballeros de San Francisco, que ya llevaban unos años decayendo. Para entonces, la leyenda ya había magnificado sus actividades de forma descabellada, haciendo que abarcaran el satanismo, los sacrificios de niños y cualquier cosa que la imaginación alcanzara. El hecho de que Whitehead destruyera antes de morir toda la documentación relativa a la orden contribuyó también a la distorsión posterior de las cosas.

Es imposible no descubrirse ante la paradoja central de esta historia: el hecho de que el lugar donde nació nuestra tradición satánica no fuera en realidad un centro de culto a Satán. Las acusaciones de satanismo fueron tan generalizadas, en su época y después, que durante un par de siglos nadie se molestó en comprobar su autenticidad, y para entonces el proceso de «romantización» ya estaba en marcha. A nadie le interesaba realmente la veracidad, sino el poder que tenía la historia del Club del Fuego Infernal como ejemplo moral de hasta dónde puede llegar el libertinaje y la depravación.

Los monjes de Medmenham solamente fueron satanistas en la misma medida en que lo fueron los paganos que veneraban a Pan, Atenea, Odín o Perkunas a los que la Iglesia católica del Medievo condenó por adoradores del diablo. Pero sir Francis Dashwood no fue ningún Gilles de Rais. Las leyendas sangrientas, que únicamente han empezado a disiparse recientemente gracias al trabajo de historiadores como Evelyn Lord, son solamente eso: leyendas. Su versión contemporánea es un cuento de fantasmas, un fetiche gótico para imaginaciones sexuales traviesas, un mito pop como puede serlo el conde Drácula. Los miles de turistas que visitan cada año las Cuevas del Fuego Infernal en West Wycombe son testigos de esto.

Y sin embargo, el mito sigue brillando con una fuerza insospechada en el cielo de nuestra psique colectiva. En Medmenham y en West Wycombe convergen dos de las tradiciones que más han dado forma a nuestra cultura del siglo XXI: el gótico y la pornografía. Ambas tradiciones tienen la misma base: la representación de lo reprimido, del material que la sociedad no puede poner sobre la mesa y se ve obligada a barrer bajo la alfombra. En el caso de la literatura gótica, cuyo nacimiento es contemporáneo a Dashwood y sus compinches (y de la literatura y cine de horror que derivan de ella), lo reprimido regresa en forma de monstruo freudiano de fauces pavorosas. En el caso de la pornografía, lo reprimido es la carne, la pulsión y el deseo oscuro, casi siempre fuera de sintonía con la moral de la época y proscrito por ella.

En el Club del Fuego Infernal se forjó una aleación de conceptos que demostraría ser crucial a la hora de armar la máquina moderna de temer y desear. La abadía recóndita y tenebrosa, los monjes oscuros, las ninfas desnudas, las actividades inconfesables, las máscaras. La tradición satánica que nació en el siglo XVIII le conferiría a la blasfemia un carácter sagrado. Se apoyaría en su poder, igual que se apoyaría en la defensa de la obscenidad y la depravación. Y del deseo individual. Es muy elocuente que el Club del Fuego Infernal representara y venerara a los antiguos dioses paganos, a Venus, Dionisio y Pan, porque en Medmenham renacieron los dioses paganos, y vinieron a quedarse. Esos dioses del yo y de la satisfacción de los deseos, de las pulsiones y del placer, ya no se marcharían.

Bajo una apariencia u otra, nos han llevado de la mano por los tres últimos siglos.

La indefinición acerca de las actividades reales y concretas de la Orden de San Francisco no solamente contribuyó a magnificarlas y a crear una versión sensacional y terrible de ellas. También hizo algo más importante: generó un espacio vacío donde la imaginación colectiva pudo asentarse. Fueron Harpócrates y Angerona, con sus admoniciones al silencio, quienes finalmente consiguieron que Francis Dashwood perdurara hasta nuestros días como apóstol de lo numinoso. Fue el poeta dipsómano Whitehead quemando sus libros. Entre los muros de Medmenham, y dentro de la cuevas de Wycombe, no hay nada. Rumores. Leyendas. Viejos dioses paganos. Damas enmascaradas riéndose. Libertinos vestidos de monjes dando rienda suelta a sus perversiones más descabelladas. Una oscuridad total. Algo en blanco, algo que escribir.

Y todavía lo estamos escribiendo. Con fervor infernal.


Fuego del infierno: una visita a West Wycombe (I)

Hogarth_Dashwood West Wycombe
Retrato de sir Francis Dashwood parodiando una imagen de san Francisco de Asís, por
William Hogarth.

La «romantización» del mal ha producido algunas de las mejores páginas que se han escrito en nuestra cultura.

De Thomas de Quincey a Anton LaVey, de Horace Walpole al black metal, de Baudelaire a Dennis Cooper. Es la que conocemos como tradición satánica: esa tradición que idealiza la inmoralidad y exacerba el culto al yo nacido hace tres siglos. Una tradición libertaria que siempre ha atacado a la moral imperante y a la religión establecida. A menudo ha asumido ella misma hábitos de religión oscura. Y ha enarbolado la bandera del mal metafísico, con mayor o menor sentido del humor.

Y por supuesto, también ha producido algunas de las peores páginas de nuestra cultura.

Estando avisado de todo esto, este articulista emprendió en verano de 2013 una peregrinación en busca de uno de los lugares de nacimiento de la cultura satánica de nuestro tiempo. Un viaje que necesariamente habría de estar marcado por la fabulación, el disparate y la fascinación por la maldad.

A cincuenta kilómetros al este de Londres, en el valle del Támesis, se encuentra el pueblecito de West Wycombe, uno de los centros turísticos del soñoliento Buckinghamshire. En realidad el centro histórico de West Wycombe es una sola calle, poblada de pubs y tiendecitas sospechosamente «tradicionales», una sospecha que se corrobora cuando uno se entera de que la mayor parte del pueblo es propiedad del National Trust. Sin embargo, sus atracciones turísticas, las que llevan allí a miles de turistas al año, están a unos minutos de esa calle. Se trata de West Wycombe Park, un suntuoso palacio georgiano de estilo palladiano; el Mausoleo Dashwood y la iglesia de Saint Lawrence, situadas en la cima de West Wycombe Hill; y las cuevas de West Wycombe. Los tres lugares fueron construidos en el siglo XVIII por el legendario diletante y libertino sir Francis Dashwood.

Y hablar de Dashwood es hablar de su Club del Fuego Infernal. Que es donde radica, por supuesto, el atractivo turístico de West Wycombe.

La visita a las cuevas de West Wycombe, rebautizadas en toda la señalización local como «Cuevas del Fuego Infernal», es una experiencia deliciosamente kitsch. La empresa gestora del lugar ha decidido darle un enfoque amablemente festivo a toda la experiencia, una visita familiar a medio camino entre el túnel del terror y el museo de Madame Tussaud.

La visita arranca en el patio de entrada de las cuevas. Para darle un aire gótico, Dashwood construyó allí el archicélebre pórtico exterior, una excéntrica fachada de pedernal repleta de arcos ojivales y hornacinas para estatuas, que se eleva por encima del arco gótico de la entrada para ser devorada a medio camino por las hiedras. El simbolismo de la construcción es obvio: Dashwood quería que la entrada de las cuevas pareciera la entrada de una iglesia gótica, lo cual encajaba en su plan de convertir la colina de West Wycombe en un microcosmos: en la cima construyó una iglesia que representaría el cielo. Al pie de la colina estarían las cuevas, que representarían el infierno.

El pórtico de las cuevas se extiende a ambos lados en forma de sendas murallas oscuras que conducen a la verja de lanzas. El efecto sería parecido al que produce el epatante mausoleo de la cima de la colina, si no fuera porque el patio ha sido aprovechado para montar un café con terracita repleto de sombrillas y el ubicuo logotipo de las cuevas con letras de película de miedo.

Las cuevas en sí son un túnel de medio kilómetro que desciende a las profundidades de la colina, pasando por una secuencia de diminutas habitaciones y cámaras subterráneas antes de llegar al Templo Interior. Un par de atmosféricas antorchas iluminan los plafones informativos de la galería de entrada. A continuación el túnel se estrecha, desaparece la luz y nos adentramos a oscuras hacia la primera cueva, la del Secretario del Club.

Aquí se nos presenta un conflicto clásico de intereses turísticos. Las cuevas debieron de ser preciosas en su momento, mientras Dashwood las usaba e incluso durante los años de desuso en que permanecieron desnudas. Su descenso al vientre de la colina le da a uno la sensación de estar en un túmulo gigante, y la luz del fuego y de los fanales tiñe de dorado las suaves paredes de creta. Aun así, es normal que las cuevas Dashwood no consigan captar la imaginación de unos turistas acostumbrados a los paisajes digitales del entretenimiento de hoy en día. De manera que el National Trust decidió coger la directa y poblar las cuevas de maniquíes con pelucas y ropa de época. Añádase a eso la iluminación roja (por el tema del infierno, se supone) y los plafones parlantes que cuando pulsas un botón te cuentan con voz de Vincent Price las leyendas escabrosas de las cuevas. (También hay una visita nocturna de índole parapsicológica y, por supuesto, eventos especiales en Halloween). Los visitantes van recorriendo el túnel oscuro entre risitas y cada vez que llegan a una cueva se asoman al interior para mirar al maniquí de turno. Los maniquíes, de aspecto más bien barato, aluden con sus trajes y sus posturas a la leyenda que el folclore asigna a cada cueva. ¿Se van haciendo una idea?

El maniquí de la Cueva del Secretario, por ejemplo, es un señor encorbatado y sentado a una mesa con sus monedas. La segunda cueva es la del poeta Paul Whitehead, que aparece con sus famosas botellas de vino, la urna que supuestamente alberga su corazón y un esqueleto de mentira. El plafón informativo nos cuenta que el fantasma de Whitehead todavía ronda las cuevas, junto con el de una tal Sukie, una tabernera del pueblo.

En la tercera cueva nos encontramos al mismísimo sir Francis Dashwood dando la bienvenida, farolillo en mano, al ilustre Benjamin Franklin, que tiene cueva propia porque es con diferencia el personaje más célebre que al parecer visitó las cuevas.

En la cuarta, o Cueva de los Niños, retozan un niñito y una niñita de la familia Dashwood, para explicarnos que a principios del siglo XIX las cuevas eran un lugar de visita popular entre los niños.

A continuación el túnel llega al Salón de Banquetes, una cámara circular y de techo abovedado, con nichos para estatuas en las paredes, situada a mitad de trayecto. La penúltima cueva es la de los Mineros, dedicada a los constructores del recinto, antes de que el túnel atraviese la llamada Cueva Estigia, un pasaje de suntuosas estalactitas desde donde se divisa, por debajo del túnel, una pequeña laguna subterránea.

Y por fin, claro está, el Templo Interior, verdadero festival de maniquíes y pelucas, donde la escena de grupo representa a Dashwood y a sus doce apóstoles, incluyendo a unas cuantas guapas señoritas, botellas de alcohol y lúgubres candelabros. Aunque su actividad no queda muy clara, en parte porque tienen que estar todos mirando hacia la reja de entrada de la cueva para que se los vea bien, da la impresión de que se están corriendo una juerga. Que es básicamente lo que sucedía aquí, aunque la intensidad de esa juerga es lo que lleva tres siglos siendo objeto de debate.

Los más sensatos afirman que las juergas del Club del Fuego Infernal, que ni siquiera se llamaba así cuando existió, se limitaban a beber vino y a fornicar con señoritas de dudosa virtud sobre las ruinas de una abadía o en las cuevas. Otros mencionan vestiduras ceremoniales, gente desnuda o disfraces de demonios. La tradición habla de orgías, de misas negras y de sacrificios.

Lo que me fascinó de la visita, sin embargo, es lo mismo que me fascina de todo lo que rodea a la sociedad secreta de sir Francis Dashwood, y a las demás que surgieron a su imagen y semejanza durante las décadas siguientes. Me refiero al poder con que el Club del Fuego Infernal vive en nuestra imaginación.

No me parece particularmente interesante la cuestión de cómo las actividades del club se magnificaron de forma grotesca. A lo largo de la historia posterior, simpatizantes y detractores participarían por igual en la idealización de las «maldades» que allí se cometían. El proceso está bastante claro. Tampoco entraré en la cuestión bastante obvia de por qué nos fascina la depravación. Lo que me interesa es que, tres siglos más tarde, la sociedad de Dashwood sigue grabada a fuego en el imaginario occidental.

Porque los maniquíes de las cuevas de West Wycombe no remiten a la gente que se reunía verdaderamente allí, sino a nuestras ideas de lo que es un club del fuego infernal. En West Wycombe nacieron en muchos sentidos la tradición satánica, el inmoralismo libertario y el byronismo. Formas de pensar y de actuar que han perdurado hasta nuestros días. El módulo original se expandió en todas direcciones.

Llegó, por supuesto, al arte y la literatura. La filmografía entera de Hammer Films es un enorme eco de West Wycombe, igual que la obra de Dennis Wheatley. La adaptación cinematográfica de To the Devil a Daughter de Wheatley, de hecho, se filmó en West Wycombe, igual que la escena de La naranja mecánica en que Alex sueña despierto que es un legionario romano que azota a Jesucristo. En 1961 se estrenó una versión cinematográfica de la historia de la Orden de Dashwood, titulada precisamente Hellfire Club. Ni la presencia de Peter Cushing ni su desenfadado sensacionalismo consiguieron que tuviera demasiada resonancia. Lo contrario sucedió con Eyes Wide Shut de Kubrick, cuyo sensacionalismo sí que funcionó en la taquilla y la convirtió en la película más famosa sobre un club del fuego infernal.

El arte y la literatura no fueron los únicos ámbitos marcados por la sombra del Club del Fuego Infernal. La abadía de Thelema no dejó de ser un eco de la abadía de Medmenham, igual que otros muchos retiros de órdenes ocultas. La pornografía, desde sus inicios victorianos hasta la actualidad, ha estado siempre impregnada del espíritu del Club del Fuego Infernal, y a menudo de su letra. Cientos de clubes de fetichismo y S&M del mundo entero llevan el nombre del club de Dashwood, y a día de hoy el Old Hellfire Club es el club de intercambio de parejas más grande y exclusivo de Gran Bretaña.

Pero desandemos nuestros pasos. Escarbemos en la literatura sobre el tema. Intentemos rastrear ese cambio fundamental que Dashwood operó en nuestra imaginación.

El ascenso de Francis Dashwood a la preeminencia política y social coincidió con un momento del periodo georgiano marcado por la prosperidad de la colosal potencia mercantil británica, en la cúspide de su poder mundial. El periodo de las revoluciones todavía quedaba lejos. En Londres, la élite política se divertía en los clubes de moda, los casinos y los locales de St. James y Covent Garden donde se podía satisfacer prácticamente cualquier vicio. A mediados del siglo XVIII, la industria del sexo londinense estaba desarrollada a una escala sin precedente en la historia.

Hijo de un rico mercante convertido en baronet, Dashwood coincidió en Eton con figuras como el futuro primer ministro William Pitt, el futuro secretario de guerra Henry Fox y el novelista Henry Fielding. Su padre murió en 1624, dejándole una fortuna enorme que incluía las propiedades de West Wycombe. Dashwood tenía dieciséis años. A los dieciocho se embarcó en una gran gira por Europa de la que nos han llegado toda clase de deliciosas leyendas. Durante su gran gira, y otra que la seguiría, Dashwood probó los placeres del libertinaje y dio muestras sobradas del excentricismo que le caracterizaría en décadas posteriores. Se dice que «se fornicó a media Europa», llevando consigo el escándalo desde Constantinopla a San Petersburgo. En Venecia se encontró con meretrices engalanadas con perlas «del tamaño de huevos». En Roma, cuenta la leyenda que entró en la Capilla Sixtina y otros templos vestido con capa larga y armado con un látigo para fustigar a los penitentes por su idolatría. Sus víctimas huían aterradas, gritando: Il diàvolo! Il diàvolo! Al parecer su aversión por el catolicismo se gestó en este y en otros viajes a Italia.

Una de las leyendas más persistentes relativas a este periodo de la vida de Dashwood cuenta que sedujo a la mujer del zar, Catalina, haciéndose pasar por el rey Carlos de Suecia, el principal enemigo por entonces de la nación rusa. La anécdota es tan poco creíble como sospechosamente persistente.

En la década de 1730, Dashwood ya era un hombre vigoroso y brillante, con una imaginación desbordante, extraordinariamente sociable y lleno de contradicciones: por un lado era un intelectual, dueño de una copiosa biblioteca. Es conocida su generosidad como terrateniente, con episodios como su financiación de la construcción de la aldea de West Wycombe durante una época de carestías en el lugar. Por otro lado, y pese a su interés general por la religión, era un notorio degenerado a quien por todo Londres se atribuían pecados de sodomía y violación.

El mayor talento de Dashwood, sin embargo, siempre fue el espectáculo. Sus clubes, tanto el de los Caballeros de San Francisco como sus precedentes, debieron de ser espectáculos impresionantes para la época, de una teatralidad opulenta y entreverada de misterio y carnalidad. Su transformación de la abadía de Medmenham en un templo de la indecencia fascinó y escandalizó ligeramente incluso a sus compañeros de correrías, como el periodista y parlamentario radical John Wilkes, que escribió que: «Me quedé asombrado de que un hombre pudiera invertir tanto esfuerzo y dinero solamente para mostrar en público su desprecio de todas las virtudes».

Sus dos primeros clubes fueron efímeros y su recuerdo probablemente no habría perdurado de no haber sido en cierta forma escalones que llevaron a Medmenham. En 1732, a los veinticuatro años, fundó la Dilettanti Society, que se reunía para cenar los primeros domingos de mes a las tres de la tarde en la Bedford Head Tavern de Covent Garden. Para entrar en la sociedad era requisito indispensable haber visitado Italia, cosa que la mayoría de miembros había hecho como parte de sus grandes giras respectivas, y el objetivo oficial de las reuniones era hablar de arte y cultura clásicas mientras se bebía vino. También era requisito del club disfrazarse, y Dashwood empezó a asistir a las reuniones del club bajo la apariencia de monje franciscano, instaurando el juego de palabras con su nombre de pila que tanto explotaría en el futuro. Nos han llegado bastantes retratos de Dashwood disfrazado de versión obscena de monje franciscano o de san Francisco de Asís, los más famosos obra de su amigo el satirista William Hogarth.

Obviamente, el hecho de que las reuniones se celebraran en una notoria taberna de una de las zonas más fastuosas del centro de la ciudad implica que sus actividades no podían ir mucho más allá de beber y disfrazarse.

 En 1741, a los treinta y tres años, Dashwood entró en la Cámara de los Comunes y se unió a la corte del príncipe Federico. Ya estaba situado en el centro de la vida política cuando en 1744, y en compañía del que sería uno de sus lugartenientes de toda la vida, lord Montagu, conde de Sandwich, fundó el segundo de sus clubes, el Divan Club, una sociedad orientalista y arqueológica para caballeros que hubieran visitado y amaran el Imperio otomano. La asistencia requería túnicas, turbantes y dagas, y parece ser que durante sus dos años de existencia sus actividades degeneraron en algo más que las conversaciones sobre ruinas y odaliscas.

(Continúa aquí)