¿Cuál es la mejor escena de suspense de la historia del cine?

Tal como acostumbraba a explicar Alfred Hitchcock, imaginemos dos situaciones. En la primera un grupo de personas mantiene una conversación intrascendente durante cinco minutos y una bomba explota bajo su mesa. Ahí tendríamos una escena aburrida y diez segundos finales de sorpresa. Ahora repitámosla mostrando al público desde el comienzo que hay una bomba que estallará dentro de cinco minutos y lograremos mantener su atención durante todo ese tiempo. Eso es el suspense. El cine actual ha descubierto además una tercera vía, que consiste en hacer explotar una bomba cada diez segundos y cuyo mayor exponente sería Michael Bay. Pero centrémonos ahora en la vertiente del suspense, más concretamente en aquellas escenas que nos mantuvieron en tensión pegados a la butaca o al sofá, que pueden corresponder a películas de diversos géneros. A continuación les mostramos nuestra selección, abierta por supuesto a cualquier otro ejemplo que deseen añadir.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Bomba en el autobús, de Sabotaje

El ejemplo que puso el cineasta británico no fue casualidad, se trata precisamente de lo que hizo en este film de 1936, con un niño que pasea una bomba bajo el brazo por medio Londres, atravesando multitudes, mientras nos tememos que explote de un momento a otro… y efectivamente lo hace. Al público le disgustó ese desenlace y el propio director reconoció posteriormente que hacer que fuera el muchacho quien llevase el artefacto fue un «serio error», dada su conexión emocional con el espectador. Pero en cualquier caso la escena es estupenda.

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Hundimiento del submarino, de Das Boot   

Con una tasa de mortalidad de en torno al setenta por ciento, los submarinistas alemanes durante la guerra tenían buenos motivos para vivir con una angustia atroz cada situación de peligro, sin lugar alguno al que escapar o donde esconderse, solo cabía esperar. Lothar-Günther Buchheim fue parte de la afortunada minoría superviviente, lo que le permitió más adelante escribir un libro que sería llevado al cine con inmejorable resultado. En esta escena, tras haberse sumergido para evitar un ataque aéreo cuando pasaban por Gibraltar, un fallo mecánico les hace hundirse hasta niveles de presión que el submarino no puede soportar y solo queda invocar a Dios.

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Fuga de Jack, de La habitación

Tras haber permanecido toda su corta vida encerrado junto a su madre en una habitación que era como un gran útero para él, Jack tiene la oportunidad de huir de su captor fingiendo su muerte. Esa alfombra enrollada es el canal de parto que lo arroja a un mundo absolutamente nuevo para él, donde da sus primeros pasos con torpeza mientras lo observamos con la lágrima asomando y el corazón en un puño. Está a punto de ser por fin libre y estamos con él como si nos fuera la vida en ello.

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Velociraptor en la cocina, de Parque Jurásico

Spielberg siempre ha tenido buena mano para rodar esta clase de escenas. En La guerra de los mundos había otra en un sótano que guardaba cierta similitud,  pero nos quedamos con esta que es la original.

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Chica nadando, en Tiburón  

Naturalmente si hablamos de suspense y de este director tampoco podíamos dejar sin mencionar Tiburón. «¿Qué haría Hitchcock en mi lugar?», es la pregunta que se hizo a sí mismo durante el rodaje.

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A oscuras, de El silencio de los corderos

En Sola en la oscuridad Audrey Hepburn era una mujer ciega que para tener ventaja sobre su perseguidor dejaba su casa a oscuras. En el clímax de una de las películas fundamentales de los años noventa veíamos a Jodie Foster justo en la situación opuesta.

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Paso fronterizo, de Sicario

Denis Villeneuve es un magnífico director del que dentro de dos semanas se estrenará en nuestro país La llegada, que promete bastante, y el próximo año nada menos que la continuación de Blade Runner. La más reciente es Sicario, una historia de malos y peores en torno al tráfico de drogas entre México y Estados Unidos, que incluía este momento que es un ejemplo brillante de cómo crear tensión y resolverla en una narración.

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Muerte del capitán Dallas, de Alien

El xenomorfo se movía como pez en el agua por los conductos de ventilación, no fue buena idea ir a buscarle allí. Al menos en la versión original intuimos que Dallas murió rápidamente, porque en una de las escenas eliminadas Ripley se lo encontraba agonizando en un nido alienígena, listo para ser inseminado por un abrazacaras. Pero sobre el complicado ciclo reproductivo de esta especie ya hablamos en su momento.

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La lección de tempo, de Whiplash

Esta película pertenece a un cruce de géneros que podríamos bautizar como «cine de terror musical», que nos muestra cómo para crear desasosiego no es imprescindible incluir marcianos ni gente apuntándose con sus armas, basta un profesor con ganas de atormentar a sus alumnos.

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Restaurante, de Mulholland Drive   

Una de esas escenas tan características de David Lynch en las que ni los protagonistas ni los propios espectadores sabemos si lo que se muestra es real o un sueño.

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El incinerador, de Toy Story 3  

Posiblemente la mejor de las tres (y a la espera de la cuarta en 2019), que culminaba con esta grandiosa secuencia en la que veíamos a nuestros protagonistas afrontar la muerte con una entereza digna de Espartaco.

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El dentista torturador, de Marathon Man

¿Son los dentistas malas personas que disfrutan con nuestro tormento? La eterna pregunta… Podemos ver al protagonista de una película siendo acechado por dinosaurios, alienígenas o espectros e intuimos su miedo, pero cuando es un dentista con ese infernal taladro que usan la angustia es aún mayor si cabe: sabemos a la perfección cómo debe estar sintiéndose. Dustin Hoffman repitió aquí con el director de Midnight Cowboy, en uno de esos casos en los que una escena termina devorando a la película entera, recordada siempre por este momento.

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Michael va al hospital, en El Padrino

Tras el atentado que sufre Don Vito, su hijo acude al hospital para visitarlo y descubre que está desprotegido ante cualquier posible nuevo ataque, lo que le obliga a improvisar una respuesta.

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La anciana, de It Follows

Nunca una anciana andando a ese ritmo infundió tanto miedo, desde entonces cualquiera de ellas que camine por la misma acera es una presencia amenazadora. La premisa de esta película era tan sencilla como eficaz y en su día le dedicamos este artículo.

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Restaurante con sospechosos, de Nightcrawler

El protagonista de Nightcrawler es un reportero de sucesos en Los Ángeles y como buen reportero siente una necesidad creciente de intervenir en la escena o, directamente, de crearla.  

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Final de Los pájaros   

La escena final de esta película será también la que cierre esta selección. Parece ser que en el incidente real que inspiró esta historia el comportamiento anómalo de las aves fue causado por una intoxicación alimenticia. Señalarlo hubiera sido un despropósito semejante a explicar el origen de La Fuerza en los midiclorianos, y Hitchcock tuvo el buen gusto de omitirlo. El misterio de su comportamiento nos provoca así más desasosiego, especialmente si después de haberles visto hacer tantas diabluras ahora mantienen esa aparente calma, dejando marchar a los protagonistas, como si estuvieran siendo condescendientes con ellos.  

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Especial Óscar 2015

COLLAGE

No hay negocio como el negocio del espectáculo. ¿O no hay espectáculo como el negocio del espectáculo? Pues no sabríamos decirles, porque a tenor de los acontecimientos recientes —y no tan recientes—, los negocios de más de un representante político son un verdadero espectáculo de los de confeti y matasuegras. Lo que sí sabemos es que hoy se celebra la octogésimo séptima ceremonia de entrega de los premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos (AMPAS). O sea, la edición número 87 de los Óscar de Hollywood.

Dice la gente que se dedica al negocio del espectáculo que lo de esta noche es «la fiesta del cine», pero si miran arriba al collage con las ocho películas nominadas al máximo galardón, debe tratarse de una fiesta reservada al hombre blanco, porque menudo bosque de estatuillas pálidas. Sea como fuere, prepárense para plantar su culo delante del sofá, porque a partir de las 02:30 de la madrugada, en el Dolby Theater de Los Ángeles, asistiremos al anual desfile de coloridos vestidos de firma para ellas y aburridos esmóquines —también de firma— para ellos. Cate Blanchett se enfadará cuando, en la alfombra roja, algún periodista le pregunte una estupidez que no preguntaría a ningún actor, Jack Nicholson (Nicholson sigue asistiendo a estas cosas, ¿verdad?) pondrá caras raras en primera fila, y el extraordinariamente versátil Neil Patrick Harris intentará agilizar una gala que nunca baja de las tres horas y media.

Este año, la AMPAS ha nominado a ocho filmes a la categoría de Best Picture, y desde Jot Down hemos hecho un esfuerzo titánico en vernos los ocho para después emitir nuestros inapelables veredictos. Así no tienen ustedes que ir al cine para poder opinar sobre la película que gane o la que sea injustamente tratada (y no, esta vez no nos referimos a Interstellar.

Birdman (o la abrumadora virtud de la consciencia) (por Pedro Torrijos)

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.
Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

El último filme de Alejandro González Iñárritu es una reflexión compleja y precisa sobre el proceso creativo. Sobre cualquier proceso creativo:

Quizá de eso van todos los actos creativos: de convencer de que algo es algo mientras decimos que no lo es. Quizá Birdman habla de Iñárritu, de rodar en Hollywood con estrellas de Hollywood hablando de Hollywood sin estar en Hollywood y alejándose lo máximo posible de Hollywood. De la dificultad de convencer a todo el mundo. De la dificultad de contentar a todo el mundo. De la dificultad de convencerse a uno mismo. Dum-ba-dum-tschh-tschh.

Al final, todo son capas que se agregan y se yuxtaponen hasta formar un contorno borroso tan borroso como la realidad. Capas de arrugas. Capas de luz y de color y de movimiento de cámara. Capas de música incidental y diegética. Escritores que hablan de escritura. Directores que hablan de dirigir. Actores que interpretan a actores que quieren ser actores y que se parecen a ellos mismos. Cine que habla de la verdad de la ficción. La reseña de una película que habla de cine que habla de teatro que habla del acto de crear. Todo son capas y las capas se apagan en una pantalla en negro donde aparecen letras separadas que acaban formando palabras. Dum-tschh-tschh-dum-ba-dum.

Pueden leer la reseña-no reseña completa de Birdman aquí.

Boyhood: esculpiendo en el tiempo (por Iker Zabala)

Imagen: Universal Pictures International Spain.
Imagen: Universal Pictures International Spain.

El cineasta Richard Linklater ha creado un prodigio a la altura de su monumental proceso de rodaje:

La piedra de toque de Linklater ha sido partir de una idea pretenciosa sobre el papel, que invita a delirios de trascendencia, para rodar un filme que transcurre en su totalidad en una gozosa zona a ras de suelo, entre retazos de banalidad cotidiana de los que surgen momentos de autenticidad a borbotones. Boyhood es una película que en todo momento se niega a sí misma cualquier tipo de reivindicación de su propia singularidad, de exhibición impúdica y permanente de su condición de «especial», y eso es una excelente noticia. No asistimos a flashbacks hacia el final que nos recuerdan el aspecto físico de Mason, el niño protagonista, al inicio de la película, ni a crescendos musicales y barridos de cámara de pies a cabeza cada vez que el niño envejece un par de años en la historia. Tampoco al recurso maniqueo de convertir el filme en un vulgar y previsible catálogo de «primeras veces» de su personaje principal. Boyhood apuesta por la simplicidad (solo aparente) de fotografiar la vida sin obviar sus tiempos muertos, que son mayoría en la existencia de cualquiera de nosotros. 

Boyhood se plantea el objetivo de fotografiar los momentos aparentemente triviales de la vida cuyo significado se comprende en su totalidad con el paso del tiempo, y lo consigue con una sencillez casi asombrosa. La idea de concentrar doce años de rodaje en 165 minutos contribuye a lograr ese objetivo de manera tan clara, tan incluso previsible, que uno se llega a preguntar por qué no se hacen más películas de esta manera.

Lean la crítica completa de Boyhood en este enlace

Descifrando Enigma: bioparodias y bombas atómicas sobre Berlín (por Javier Bilbao)

Imagen: The Weinstein Company.
Imagen: The Weinstein Company.

Poco convincente, el filme biográfico rodado por Morten Tyldum e interpretado por Benedict Cumberbatch también adolece de graves problemas de imprecisión:

El intérprete inglés y el cineasta noruego han creado puede que sin saberlo un nuevo género cinematográfico: el biopic paródico o bioparodia. Consiste en escoger una figura relevante y admirada y ridiculizarla hasta llegar a convertirlo en un esperpento del que renieguen hasta sus nietos. Total, ya no puede demandarnos, habrán pensado, y además si fuera tan listo no estaría muerto. El sujeto en cuestión es Alan Turing quien, como ya sabrán, fue un excepcional matemático que contribuyó a descifrar el código empleado por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y sentó las bases de la informática. El reconocimiento de las autoridades británicas por tales logros consistió en condenarle por el delito de ser homosexual y ante eso él, desdichadamente, terminó suicidándose (aunque según algunos su envenenamiento fue accidental).

En la película lo que vemos en cambio es algo levemente distinto… Podría decirse que el retrato que hace Cumberbatch de él lo muestra como el hermano raro de Sheldon Cooper, alguien que de niño se hubiera caído en una marmita de Asperger. ¿Por qué esa insistencia en mostrarlo como un tipo antipático, con el carisma de un vegetal, torpe en el trato hasta bordear el retraso? Arrogante y soberbio, el Turing de la película se enfrenta a su supervisor y a sus compañeros —cosa que en la realidad no ocurrió— y el amago que tiene de establecer lazos afectivos con ellos es tan torpe que no busca más que hacer reír a los espectadores a su costa.

Todo lo que escribimos sobre Descifrando Enigma en nuestra reseña.

El francotirador: matar, matar, matar y volver a matar (por Fernando Olalquiaga)

Imagen: Warner Bros.
Imagen: Warner Bros.

La historia autobiográfica del francotirador estadounidense Chris Kyle a lo mejor podría ser interesante, pero la versión interpretada por Bradley Cooper y llevada a la pantalla por Clint Eastwood está muy lejos de serlo.

Vemos ante nosotros la simple y ramplona concepción de la guerra de un soldado que prácticamente solo sabe matar, y si ese era el punto de vista que se quería reflejar, la película es un éxito. Pero es como rodar la vida de un leñador que solo aspirara a talar tantos árboles como le fuera posible, y que después, en el bar del pueblo, mientras juega a los dardos o monta al potro mecánico o baila lo que sea que baile un leñador de Oregón, solo pudiera pensar en todos los árboles que le quedan por talar. No es interesante.

Aun así, no hay que despreciar una película por no ofrecernos una lección de geopolítica, o una visión nueva de la historia, o porque no nos haga pensar ni tambalee nuestro principios morales. Si nos abstraemos del tema —la guerra de Iraq— y es algo que si hacemos con otras películas bélicas basadas en otros conflictos bien lo podríamos hacer con esta, quizás disfrutaríamos de una buena película de acción. O de un drama humano. O de ambas cosas. Pero no es el caso. Y no lo es porque por desgracia la película se derrumba al intentar presentarnos como un héroe a alguien que, la verdad, se limita a pegar tiros sobre enemigos desprevenidos como si fueran ciervos o gamos, o hasta mansas vacas pacientes, mientras se encuentra bien parapetado en una azotea al tiempo que intercambia cochinadas por el móvil con su mujer.

Si quieren leer toda la crítica, está aquí.

El gran hotel Budapest. ¿Por qué ser un botones? (por Pedro Torrijos)

Imagen: Indian Paintbrush/Studio Babelsberg/American Empirical Pictures/20th Century Fox.
Imagen: Indian Paintbrush/Studio Babelsberg/American Empirical Pictures/20th Century Fox.

No todos los filmes son una obra maestra de las historia del cine porque no todos quieren ser una obra maestra de la historia del cine. El gran hotel Budapest solo quiere ser un cuento:

Han transcurrido trece minutos y treinta y siete segundos de metraje y ya hemos viajado por todo el siglo XX. Y ya sabemos que nos está contando un cuento dentro de un cuento dentro de otro cuento envuelto en un primer cuento. Trece minutos de narración elegante, rítmica y precisa que desembocan en una narración aún más estilizada y más trepidante. Porque el cuerpo de la película se desarrolla en 1932. Y sí, es un cuento.

Así, el cuento de 1932 se llena de decorados tan obvios e irreales como exquisitamente elaborados y sugerentes, además de estar en la anticuada proporción 1.33, ajena al espectador acostumbrado a la contemporaneidad formal, pero tan próxima a la olvidada era de los concierges y los hoteles centroeuropeos. El cuento de 1968 es ocre. Es frio. Quieto. Está rodado en scope a 2.35. Parece 70 mm. Lentes en gran angular. Casi ojo de pez. Es de 1968. Es como Stanley Kubrick. Como el Kubrick de 1968. El breve cuento de 1985, rodado en 1.85 analógico aparece detrás de unas cortinas ochenteras, bajo una luz ochentera y con la cachonda irreverencia ochentera del nieto del Autor. Y el cuento de 2014, que abre y finalmente pliega el filme, tiene el color neutro del 1.85 digital. Es el cuento de hoy, del tiempo de Wes Anderson.

Aunque, en realidad, todos los tiempos y los formatos pertenecen a Wes Anderson. Porque Anderson es un cineasta absoluto.

Lean todos los cuentos que se esconden en El gran hotel Budapest en nuestra crítica.

La teoría del todo: los agujeros negros (por Diego Cuevas)

Imagen: Working Title Films.
Imagen: Working Title Films.

El director James Marsh no ha creado una película brillante, sino una buena película dignamente facturada que tiene la virtud de contar con un par de protagonistas cuyas actuaciones son brillantes. Solo por eso ya merece la pena:

El verdadero mérito de La teoría del todo no está en su guion sino en su reparto: Felicity Jones y Eddie Redmayne. Imparables y espectaculares como las dos caras de un proceso de deterioro agotador. Ella desgastándose psicológicamente en un matrimonio que requiere un esfuerzo constante: «No es una batalla, es una derrota», sentencia el padre de un joven Stephen a la futura esposa de este cuando la imagina incapaz de entender lo que se le viene encima, un sacrificio que supone ofrecer tanta dedicación a la vida de los demás como para abandonar por completo la propia, un agujero que irá creciendo en el interior del personaje. Jones es capaz de transmitir con eficacia esa sensación de erosión constante, hasta lograr anudar unos cuantos estómagos de la audiencia con una mirada perdida en el infinito tras el volante del coche que transporta a su inusual familia. En la esquina contraria Redmayne encara el reto de representar el otro tipo de devastación, aquella que no va exclusivamente por dentro: la destrucción física. Un papel que resulta peligroso desde el mismo momento en el que la figura a interpretar es tan conocida y las consecuencias de su enfermedad tan llamativas que elegir al intérprete equivocado podría arrastrar a la miseria toda la película. 

Pueden leer nuestra reseña completa de La teoría del todo aquí.

Selma: el sueño, sin el sueño (por Bárbara Ayuso)

Imagen: Cloud Eight Films / Celador Films / Harpo Films / Pathé / Plan B Entertainment.
Imagen: Cloud Eight Films / Celador Films / Harpo Films / Pathé / Plan B Entertainment.

Ava DuVernay ha dirigido una cinta irregular y con muchos de los errores clásicos que aparecen cuando una película nace con el calificativo de «necesaria»:

De una película, lo peor que puede decirse es que es «necesaria». Entre otras cosas, porque actúa a la inversa de lo pretendido, y ese empellón que trata de propinársele al espectador hasta la sala de cine, acaba espantándole de cumplir con una obligación que no recuerda haber contraído. Viene al caso porque Selma, el biopic sobre Martin Luther King que narra la movilización de 1965 entre esta localidad y Montgomery (Alabama), llega perseguida por esa etiqueta, en parte acreditada por lo que muchos han entendido como una injusticia histórica de naturaleza cinematográfica. Y es que casi medio siglo después de su asesinato, Hollywood aún no había retratado la vida de uno de los mayores exponentes de la lucha pacífica por la igualdad racial.

Pero el resultado es irregular, una cinta con tantas ganas de hacer historia —o de cerrar cuentas— que por momentos no hace otra cosa que derrochar tósigo contra ella. Dicho esto con interés más cinematográfico que historicista.

Con su intento de ser a la par radiografía personal de King y retrato de los meses que cocinaron la marcha que desembocó en la aprobación de la Civil Rights Act —de la que este año se cumple medio siglo— la película naufraga en su propio exceso. Exceso de hipotecas, probablemente. Duvernay quiere sumergirse en los meandros de un movimiento político complejo, dando espacio también a otras figuras determinantes como, James Forman y John Lewis, para que figuren como actores políticos y no sujetos de la comparsa. Pero no lo consigue.

Lean por qué Selma es una cinta a veces brillante y a veces confusa en nuestra crítica.

Whiplash: bombas humanas (por Diego Cuevas)

Imagen: Sony Pictures Classics / Blumhouse Productions / Bold Films / Exile Entertainment / Right of Way Films.
Imagen: Sony Pictures Classics / Blumhouse Productions / Bold Films / Exile Entertainment / Right of Way Films.

La mejor película de psicópatas que verán en mucho tiempo la ha dirigido el joven Damien Chazelle y la han protagonizado Miles Teller y J.K. Simmons:

Porque en realidad Whiplash es una película de psicópatas en la que la bodycount está al mínimo posible y ocurre de manera colateral. Una cinta en la que el dolor, la sangre derramada y el sufrimiento son una parte del efectismo de las ficciones y no del mundo real. Y no es engañosa, no nos vende lo contrario, su guion se pregunta para qué va a molestarse nadie en utilizar un metrónomo cuando resulta más divertido llevar el ritmo a hostias. Tomada de este modo, como una película sin un mensaje que proclamar y ninguna lección que dar sobre el mundo del jazz pero planteada como un duelo de boxeo salvaje entre dos personas que resultan ser maestro y alumno, Whiplash es un ejercicio acojonante de ritmo y tensión. Es la crónica de una explosión anunciada con una cuenta atrás a golpe de batería. La historia de dos bombas humanas que colisionan de manera irremediable.

Y entonces llega la escena final, el auténtico duelo, un tiro por la espalda cuyo perpetrador recibe otro tiro por la espalda y todo desemboca en un tiroteo sobre las tablas de un auditorio donde el espectador es una cámara que se embala entre dos bombas humanas y que no alcanza a perseguir a tiempo las manos del batería.

Bombas humanas explotando en este enlace.

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Cómo cada año, la calidad de las películas nominadas al premio de la Academia es muy dispar, y así lo han visto nuestros redactores. Pero no crean que se han limitado a hacer su reseña, también se han mojado y han elegido su filme favorito para recibir la estatuilla dorada. Y como se dice la penitencia pero no el penitente (por si no pasa); Birdman y El gran hotel Budapest empatan a dos votos, mientras que Boyhood y La teoría del todo se llevan uno cada uno.

Ya ven, resultados tan repartidos como las historias y las intenciones de los ocho filmes nominados. Esta madrugada, cuando ya casi sea mañana por la mañana, saldremos de dudas.


¿Qué película NO merece ganar el Óscar?

Siguiendo una larga tradición que se remonta a la edición anterior queremos convocarles para decidir cuál de las nominadas no debe hacerse con la estatuilla bajo ninguna circunstancia y está ahí ni se sabe por qué. Pónganse en la piel de los ilustres miembros de la Academia y, al igual que ellos, voten por alguna independientemente de si la han visto o no pero —aquí radica la diferencia— escogiendo la que creen que es un auténtico espanto. No nos atrevemos a asegurar, sin embargo, que el resultado difiera del que conoceremos durante la ceremonia del domingo que viene.

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Boyhood

boyEsta película de Richard Linklater es todo un viaje en el tiempo: vemos como el niño va creciendo y haciéndose adulto escena tras escena y los espectadores, al terminar, también nos sentimos un poco más viejos. Así de larga se hace. A quien esto escribe le salieron varias canas durante los ciento sesenta y seis interminables minutos de una historia que bascula no en torno al suspense o la acción sino en los diálogos. El problema es que no son especialmente brillantes ni elaborados. También daba la sensación de que la hermana del protagonista, que como sabemos es la hija del director, iba sintiéndose cada año más incómoda ante la cámara y en las últimas secuencias sale por cumplir y con mala cara. La comprendemos. Lo más positivo de este film es que, si logra crear escuela, al menos no tendremos que ver ninguno similar hasta dentro de diez años.

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La teoría del todo

teoriaLa película arranca prometedoramente siguiendo el clásico patrón del slapstick con un protagonista que no para de darse divertidos mamporros. Pero cada vez va quedándose más quieto y entonces va perdiendo la gracia e incluso llega a dar pena. ¿Qué clase de comedia es esta? Por lo menos sigue funcionándole el cerebro y el pene según nos aclara en una escena con una media sonrisa. Bueno, no sabemos si es una sonrisa o es que la cara se le ha quedado así. En cualquier caso mientras ambas partes del cuerpo continúen dando guerra la vida tiene sentido. El actor desde luego merece el Óscar por su interpretación, pero respecto al de mejor película ya es otro cantar.

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Birdman

birdUna nueva película de superhéroes ¡Bien! Allá que fuimos a verla ilusionados con las imágenes grabadas en la retina de pájaros gigantes arrasando Nueva York. Entonces comprobamos que las únicas escenas de acción son las que aparecen en el tráiler y que estamos ante una historia de actores atormentados que se gritan mucho entre ellos aunque a veces no sepamos el motivo, porque estamos ante un drama de los gordos. Un homenaje al teatro y a sí mismos de esos que tanto gustan al gremio, que además nos explica que las superproducciones de Hollywood te roban el alma. Buena nos la jugaste, Iñárritu.

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Descifrando Enigma

imitatiEl actor Benedict Cumberbatch se ha debido quedar encasquillado en su papel de Sherlock y ya no hay manera de sacarlo de ahí, da igual qué personaje le ofrezcan. El bueno de Turing no se parecía mucho al melón sin jamón que vemos aquí, que nos tienen que decir que salvó catorce millones de vidas para que nos empiece a caer bien y aun así cuesta. La moraleja que nos repiten enfáticamente a lo largo de la película es —dicho con otras palabras— que hay que respetar a los raritos porque pueden acabar valiéndonos para algo. No por otra razón, ojo. Y en este punto el doctor Mengele, que estaba muy atento, levanta la mano y pregunta: ¿Y si su sacrificio de alguna manera nos resultara más útil? A lo que el guionista enmudece, mira al suelo, y los demás nos volvemos a casa con las manos en los bolsillos.

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Selma

selma¿Se podrá criticar esta película sin que te llamen racista? Nos tememos que no, y es que ante una figura dotada de tal aura de santidad como Martin Luther King uno ya se siente sucio por dentro si osa a ponerle alguna pega. El año pasado dos académicos confesaron que habían votado a 12 años de esclavitud sin haberla visto, según dijeron se sintieron obligados a ello por su «enorme relevancia social» . Es decir, se escoge un tema sensible que genere mucho apoyo político, se hace una película en torno a él y hala, a recaudar millones y a recoger premios, que son atribuidos a priori y sin valorar menudencias como la calidad artística. Luego cambiará la causa por la que ponerse un lacito y será entonces cuando veamos si tenía cualidades intrínsecas que la hagan perdurar o será olvidada. Dicho de otra forma, si Selma gusta a Los Chunguitos entonces es objetivamente un buen film. Así que mientras esperamos su sabio veredicto preventivamente no le daríamos el Óscar.

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El francotirador

francotiradorSiguiendo con lo anterior, en 2014 una película de Corea del Sur cuyo título internacional es The Admiral: Roaring Currents ha tenido un éxito estratosférico en su país. Prácticamente uno de cada dos surcoreanos ha ido al cine a verla y sin embargo en el resto del mundo ha pasado desapercibida. ¿Por qué? Porque trata sobre una guerra del siglo XVI contra Japón que en su imaginario nacionalista es fundamental, pero que a los demás nos deja fríos. Envolverse en la bandera siempre funciona y esto es lo que ha hecho también Clint Eastwood aquí con enorme recaudación de taquilla. Quien la cuestione es un mal americano y punto. El protagonista de este biopic es Chris Kyle, un navy SEAL texano cuyo ideario se resume literalmente en «Dios, patria, familia» y se le atribuye la proeza de haber acribillado a más de ciento sesenta personas ¡Bravo! ¡Viva! Las escenas de acción son buenas ciertamente, porque mató mucho y bien en Irak, pero la psicología del protagonista tiene la fascinante complejidad de un trozo de tiza.

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El gran hotel Budapest

budapestWes Anderson parece habitar un mundo a medio camino entre Tim Burton y Mortadelo y Filemón con una estética cuidadísima, propia de un tebeo (de hecho hay versiones en dibujos animados) y nada más. Sabe cómo narrar pero no tanto el qué, mucho envoltorio y poco regalo. Darle un Óscar sería una exageración, como mucho una nominación y aun así… ¿Por qué incluir esta como nominada a mejor película y dejar fuera Interstellar?

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Whiplash

whipEl cineasta Damien Chazelle ha sabido contarnos una emotiva historia de superación de un batería de jazz leproso. Ni Rocky salía tan maltrecho de un combate como este muchacho de un concierto, Dios santo, que le den a tocar una flauta que si no no llega a viejo. Pero una vez terminamos de ver la película lo que realmente nos dejó preocupados es el personaje (muy bien) interpretado por J.K. Simmons. Solo faltaba que alguien lo tome de ejemplo. Hemos padecido suficientes profesores ebrios del pequeño poder con que el sistema los dotaba, autoritarios y narcisistas y no, no son ningún estímulo para sus alumnos, no es esa la manera de hacer las cosas. Así que puestos a elegir nos quedamos con el sargento de artillería Hartman, que tenía su mordiente y al final además recibía su merecido.

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¡Aplíqueme usted el código rojo!

Imagen: Sony Pictures Classics / Blumhouse Productions / Bold Films / Exile Entertainment / Right of Way Films.
Imagen: Sony Pictures Classics / Blumhouse Productions / Bold Films / Exile Entertainment / Right of Way Films.

Me importan un pito los Óscar. De hecho también me importan un pito los Globos de Oro, los Grammy, Los Emmy y —por supuesto— los Goya. La fascinante endogamia del mundo de los premios me resulta francamente aburrida y me fascinan aquellos que trasnochan para conocer unos galardones que uno puede ver resumidos en tres minutos a las ocho de la mañana. Dicho esto, cuando las estatuillas doradas las presentaba Billy Cristal un servidor pasó unas cuantas noches en vela: valió la pena solo por ver a Jack Palance hacer flexiones.

Luego, ya con la modernidad, el perro de Letterman que giraba sobre sí mismo cuando aplaudían, la pretendida transgresión de Seth McFarlane (magnífico comediante; pésimo actor) o el show de Ellen DeGeneres, una maravillosa intérprete que sufre la extensión de una gala imposible, me desenganché.

Sin embargo, este año voy a volver a sentarme en el sofá, sin palomitas, con una botella de vino, para ver si aún queda algo de inteligencia en Hollywood. Porque este año tiene que ser el año de J.K. Simmons, el año del actor del año, el villano más pérfido de 2014, el malvado dictador melómano de Whiplash: Terrence Fletcher.

Los más viejos del lugar y aficionados al off-Broadway recuerdan aún al monumental Coronel Jessup de Simmons en la adaptación teatral de Algunos hombres buenos. Frente al socarrón machista de Jack Nicholson, un orondo tirano con ínfulas de divinidad incorruptible, el Jessup de Simmons era un tipo físico y venoso, una bestia para la que no hay redención. No es porque lo diga él (Simmons) pero lo cierto es que entre su Jessup y su Fletcher hay demasiadas coincidencias, pero si bien el primero se activa con un mal marine, al segundo le basta con tener delante a cualquier músico, bueno o malo. El acoso, el insulto, la presión sin control, la religión del todo vale: el Simmons de Whiplash es el demonio al que todos temen, el hombre del saco, el tipo que dispararía a tu perro y luego le quitaría el collar simplemente para ver qué cara pones.

Jonathan Kimble Simmons, nacido en Detroit en 1955, es un monstruo de la interpretación. No es algo que sea nuevo, cuando en 1997 apareció por primera vez en Oz dando vida a Vernon Schillinger, el líder de la Hermandad Aria, los fans de la serie dieron gracias de que aquello fuera ficción. El asesino al que Simmons encarnaba con una presencia escalofriante es uno de los malos más populares de la historia de la tele (lamentablemente la serie de HBO no es popular en nuestro país) y cuando la gente habla de Walter White o Tony Soprano deberían saber que son hermanitas de la caridad al lado de Schillinger, un bastardo al que la piedad le sonaba a escultura de Miguel Ángel.

Luego llegaron Urgencias, Ley y orden (magnífico el arco de su personaje, un psiquiatra con galones), Spin city, Sin rastro, Everwood, The closer o Los Simpson. De vez en cuando, y con colegas como Jason Reitman (uno de los productores de Whiplash) o Sam Raimi (y el hilarante J. Jonah Jameson, el mejor personaje de la saga Spiderman, con permiso del Octopus de Alfred Molina) se pasaba de vez en cuando a la pantalla grande. Sus estupendos papeles en Quemar después de leer, Juno o Up in the air, daban la medida de un actor despampanante, uno de esos que no necesita más de treinta segundos para convertir el pis en gasolina.

El personaje de Simmons en Whiplash parece haber convencido a los incrédulos que quedaban de que este actor, que debutó en 1986, es puro mármol de Carrara. La presencia física del personaje, que parece lucir el cráneo afeitado como instrumento de intimidación más que como opción estética, sus bíceps, y ese traje negro que se levanta sobre unos zapatos lustrosos, es tan orgánico, tan salvaje en su pureza (cuando Nietzsche decía que Dios había muerto tenían que haberle pasado un vídeo de Terrence Fletcher) que desde su primera aparición al público se le pone la tensión en niveles de mudanza, divorcio o despido.

Fletcher es una máquina de acosar, un hombre que desvela (en la mejor escena de la película) que a él el ser humano se la trae sin cuidado, que su obligación es cruzar el límite y descubrir a ese genio, al Charlie Parker que puedes esconderse tras la apariencia de un esforzado músico de jazz. Whiplash es Simmons, llana y simplemente; cada uno de sus gestos (esos dedos, una especie de extensión del látigo del esclavista), su voz, siempre al borde la explosión, como si la ruedecita de volumen se le hubiera estropeado y solo funcionara al llegar al nueve y —sobre todo— esa mirada anfibia que lo ve y lo siente todo, como el padre que sin mirar sabe exactamente dónde está su mujer, sus hijos, el periódico, el coche y el tiempo que va hacer mañana.

No hay muchos actores que puedan dar vida a alguien así sin convertirlo en un monigote, un espantapájaros enfadado. Simmons no solo consigue que sintamos —por unos segundos— ternura por ese malnacido sino que lo convierte en un personaje al que no podemos sacarnos de la cabeza. Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal y de su falta de complejidad, algo que podríamos extrapolar a la glorificación del villano (del de ficción, por supuesto) cuando este es solo un enfermo, el producto de una vida estropeada. Terrence Fletcher no tiene nada de banal: causar dolor le parece placentero y para él —como para Miles Davis— la música es una misión divina. Destruyendo el alma de sus alumnos cree separar el grano de la paja. Crear un mártir es solo el primer paso para trascender y Fletcher sabe cómo seguir el camino.

Con este villano bíblico, este tipo de sesenta años que creció en una de las ciudades más duras de Estados Unidos debería llevarse el Óscar. De hecho, deberían suspender la ceremonia, darle la estatuilla en su casa y librarnos de otra pantomima interminable.

Cuando a Simmons, vestido de Jessup, le preguntaban «¿ordenó usted el código rojo?», debería haber contestado: «Sí, y ha sido maravilloso».