La destrucción del legado cultural europeo durante la 2ª Guerra Mundial

Churchill visitando las ruinas de la Catedral de Coventry, tras el bombardeo del 15 de noviembre de 1940

La Segunda Guerra Mundial causó según las estimaciones más conservadoras 36,5 millones de muertos solamente en Europa. Pero además provocó un daño incalculable al patrimonio histórico y artístico largamente acumulado en nuestro continente durante el paso de los siglos, generación tras generación y que, en apenas un instante, fue irremediablemente perdido. Esta destrucción —en ocasiones deliberada y en otras accidental— tuvo, como veremos, una considerable importancia como arma de propaganda.

Convertidos en motivo de orgullo para los lugareños y focos de peregrinación o turismo para los forasteros, las catedrales, museos, palacios, cascos históricos… ya sea por su valor artístico, antigüedad o acontecimientos históricos que cobijaron, adquieren un valor simbólico, un aura de sacralidad que los eleva a seña de identidad para la ciudad y el país que los alberga y son, en último término, un patrimonio de toda la humanidad. Nos fascinan por su belleza y porque representan la continuidad y la memoria, y como criaturas mortales que somos nada nos preocupa más. Hasta que llega una guerra y lo destruye todo.

El daño a monumentos de gran valor histórico o artístico durante un conflicto viene de lejos, pero según señala Nicola Lambourne en War damage in Western Europe fue tras la Guerra Franco-prusiana, durante la Conferencia de Bruselas de 1874, cuando se estableció por primera vez que en el bombardeo a posiciones enemigas se debía “respetar, en la medida de lo posible, iglesias y edificios utilizados para propósitos artísticos, científicos y caritativos”. Las Conferencias de la Haya de 1899 y 1907 añadieron el deber del sitiado de “señalar la presencia de dichos edificios o lugares distintivos visibles, que deberán ser notificados al enemigo de antemano”. Durante la Primera Guerra Mundial su aplicación no fue muy efectiva —con episodios como el bombardeo de la Catedral de Reims— así que en la Conferencia de Washington de 1922 se dictó la prohibición de todo ataque aéreo a objetivos no militares, rotundamente vulnerada en el bombardeo de Guernica de 1937. Este acto simbolizó el punto de inflexión del nuevo tipo de guerra que estaba a punto de sacudir al mundo…

La Catedral de Reims bombardeada durante la Primera Guerra Mundial

La conquista de Europa

El 1 de septiembre de 1939 Alemania invade Polonia y da comienzo a la Segunda Guerra Mundial. Dado que su objetivo era adquirir nuevos territorios para su colonización por alemanes, no bastaba con derrotar a su ejército, había que arrasar todo lo que hubiera en ella. Esto lo convirtió en el país más castigado de todos los participantes en la guerra, al perder algo más del 16% de su población. Esta política deliberada y sistemática de aniquilación incluía borrar también su legado cultural, su huella arquitectónica. El 85% de la capital quedó convertida en escombros y en el conjunto del país el 43% de los monumentos resultaron destruidos. El Castillo Real de Varsovia, la Archicatedral de San Juan de finales del siglo XIV, la Iglesia de Santa Ana de mediados del siglo XV y el Palacio Staszic de comienzos del XIX, son algunos de los 782 monumentos polacos que desaparecieron. A los que hay que sumar aquellos que resultaron parcialmente dañados.

El Castillo Real de Varsovia antes de la guerra

La posterior invasión de Europa Occidental por el ejército alemán fue, sin embargo, algo distinta. Su población no era eslava y por tanto racialmente inferior a ojos del Tercer Reich, e incluso en el caso de Francia existía cierta admiración, como luego veremos. Esto hizo que la ocupación resultara menos sangrienta y destructiva, con excepciones como los virulentos bombardeos sobre Róterdam. En algunos casos la conquista militar fue seguida de diversos historiadores del arte alemanes que resaltaban la influencia de su país en tales obras, lo que proporcionaba una justificación teórica a dicha apropiación. Por otra parte, la violencia desatada en Polonia supuso una clara advertencia de lo que el ejército alemán era capaz de hacer y capitales como París se declararon “ciudades abiertas”, es decir, ante la inevitabilidad de su invasión anunciaron que no mostrarían resistencia. También se supieron tomar medidas de protección: trasladar a lugares seguros las pinturas y objetos que pudieran ser transportables (tal como ocurrió en el Museo de Louvre); se retiraron las vidrieras de catedrales como la de Notre-Dame o Chartres; las estatuas más importantes fueron cubiertas de sacos de arena o de paredes de ladrillos; algunos edificios se rellenaron de tierra para minimizar el impacto de los bombardeos; se dispusieron contenedores de agua a su lado para sofocar incendios e incluso se pintaron sus tejados para disminuir su visibilidad a los aviones atacantes. Aun así en Francia 550 monumentos quedaron dañados en distinto grado. Entre ellos la Catedral de Reims, que fue alcanzada por las bombas por segunda vez, cuando apenas dos años antes habían concluido los trabajos de restauración de lo ocurrido en la Primera Guerra Mundial. Una vez conquistada la Europa continental ya solo quedaba Gran Bretaña.

Foto del Palacio Würzburg tomada por el soldado Jerry Pinkowski

Propaganda y guerra psicológica

Londres recibió su primer bombardeo a cargo de la Lutfwaffe la noche del 24 de junio de 1940, la RAF contraatacó poco después con un ataque aéreo sobre Hannover. Desde ese momento se inició un intercambio de golpes cada vez más brutales en los que inicialmente se buscó atacar objetivos militares y fábricas de armamento, pero acabó en el bombardeo sobre la población civil. Especialmente sobre los cascos históricos de las ciudades. De esa manera se pretendía minar la moral de la población, aunque el efecto —al menos inicialmente— resultó ser precisamente el de encorajinar a la población atacada.

La BBC informaba puntualmente con ese fin de los daños que eran infligidos a iglesias y monumentos, de esa manera además hacían creer al enemigo que el ataque no había afectado a objetivos militares. Mientras tanto, Churchill no desaprovechaba ocasión de visitar cada edificio histórico destruido —ya fuera la Casa de los Comunes, el Palacio de Buckingham o la Catedral de Coventry— para alentar el heroísmo y la épica ante los bombardeos, con declaraciones como “preferimos ver Londres en ruinas y cenizas que ser mansa y abyectamente esclavizados”. En Alemania, tras cada bombardeo se retiraban con prontitud los cascotes y en el caso de edificios de valor artístico e histórico hasta diciembre de 1942 fueron inmediatamente restaurados, como por ejemplo la Casa Alemana de la Ópera, reconstruida con gran celeridad para que pudiera celebrar su bicentenario. Pero a partir de ese año se hicieron frecuentes los bombardeos angloamericanos a gran escala y el Ministro de Propaganda del Reich, Joseph Goebbels, ante la imposibilidad de seguir minimizándolos, decidió imitar la estrategia inglesa. Para apelar al espíritu sacrificio e incrementar el sentimiento de agravio había que presentar los ataques aéreos como agresiones deliberadas a la cultura alemana, a su rico patrimonio artístico. Así lo explicaba con su elocuencia característica durante un discurso el 26 de junio de 1943:

“Cuando los terroríficos aviones británicos y americanos aparecen sobre los centros del arte alemán e italiano, transformando en menos de una hora en escombros y ceniza los monumentos culturales que ha costado siglos construir y crear… Hay mucho más en juego que el terror de la población civil. Esto es la furia del histórico complejo de inferioridad que busca destruir en nuestro lado aquello que el enemigo es incapaz de producir y nunca ha sido capaz de lograr en el pasado. (…) Cuando un aterrador piloto americano de 20 años puede destruir una pintura de Alberto Durero o Tiziano… cuando nunca él o sus millones de compatriotas han oído esos venerables nombres… Esta es la cínica batalla a sangre fría de los descendientes de Europa, advenedizos de otro continente que se vuelven contra sus ancestros por ser estos más ricos en su espíritu, profundidad artística, inventiva y creatividad, en lugar de orgullosos propietarios de rascacielos, coches y frigoríficos”.

Sin embargo ese reproche a la carencia de sensibilidad cultural del enemigo no lo tenía en cuenta para su propio bando. En relación a ciudades británicas bombardeadas de gran valor histórico como Brighton, Hastings o Canterbury anotó en su diario: “Hitler comparte completamente mi opinión de que esos centros culturales, balnearios y ciudades deben ser atacados ahora; el efecto psicológico será mucho mayor”. Lo cierto es que la RAF no tenía un interés explícito en destruir monumentos históricos, entre otras cosas porque al lanzarse las bombas desde gran altura el perímetro sobre el que caían era de hasta 8 kilómetros, así que difícilmente podían buscar objetivos precisos. Sin embargo, sí que hubo una acción con la que se buscó agredir un símbolo nacional enemigo: se trató del bombardeo de los bosques de la Selva Negra en septiembre de 1940. Dada la importancia que tenía para el nacionalsocialismo el sentimiento telúrico de pertenencia a la tierra y fusión con la naturaleza (las excursiones campestres eran una constante para organizaciones como las Juventudes Hitlerianas) se pensó que lanzando bombas incendiarias sobre esos paisajes tan apreciados se desmoralizaría a los alemanes. Pero aparte de este pintoresco episodio, como decíamos los cascos históricos de las ciudades alemanas fueron los grandes afectados, y con ellos todos los edificios de gran valor que pudieran contener. En Würzburg el 90% de su parte antigua quedó arrasada, incluyendo su palacio barroco, un edificio de comienzos del siglo XVIII que Napoleón calificó como “la casa campestre más bella de Europa”.

La Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, erigida en honor a Guillermo II, antes de la guerra… y lo que queda hoy

En el bombardeo de Dresde, considerada la “Florencia del Barroco”, murieron unas 35.000 personas y se perdieron casi todos sus monumentos, como la Iglesia de Santa Sofía y la Iglesia de Nuestra Señora, del siglo XIV y XVIII respectivamente. También fueron duramente castigadas Nuremberg (de gran importancia simbólica por las concentraciones anuales del NSDAP), Hamburgo, Berlín (bombardeada en más de 200 ocasiones), Stuttgart, Colonia… en fin, prácticamente todas las grandes ciudades alemanas.

La Iglesia de Nuestra Señora en Dresde, antes de la guerra… y después

La reconquista de los Aliados

“Dentro de poco lucharemos en el continente europeo en batallas designadas a preservar nuestra civilización. Inevitablemente, en el camino de nuestro avance encontraremos monumentos históricos y centros culturales que simbolizan para el mundo todo aquello que luchamos por preservar. Es responsabilidad de cada comandante proteger y respetar esos símbolos tanto como sea posible”.

Así es como arengó a sus tropas el General Eisenhower el 26 de mayo de 1944, apenas unos días antes del Desembarco de Normandía. el célebre “Día D”. Se trataba de un objetivo loable, pero el problema en la práctica es que la Operación Overlord dio gran importancia al apoyo aéreo para facilitar el avance Aliado, lo que provocó grandes daños. Como en la ciudad francesa de Caen, donde el intenso bombardeo dejó en ruinas el 80% de la ciudad. Sin embargo, dos iglesias románicas lograron permanecer intactas. Hecho que los habitantes consideraron un milagro, al igual que en Colonia, donde su catedral sufrió daños pero se mantuvo en pie entre las ruinas circundantes. Curiosamente, cuando el azar sí llevaba a que las bombas destruyeran una iglesia —y según estamos viendo no fueron pocas— como en el caso de Coventry, entonces se interpretaba así: “la ciudad ardió toda la noche y su catedral ardió con ella, emblema de la eterna verdad de que cuando los hombres sufren, Dios sufre con ellos” en palabras de su preboste. Así que la intervención divina valía para explicar una cosa y  la contraria.

Monasterio de Montecassino derruido

El avance Aliado en cualquier caso era imparable y se aproximaba a París. Como decíamos al comienzo, había logrado mantenerse intacta al declararse ciudad abierta. En cuanto fue ocupada  el propio Hitler acudió a visitar sus lugares más representativos y —según el testimonio recogido por Albert Speer— dijo al terminar el día: “¿No es París hermoso? Pues Berlín tiene que ser mucho más hermoso. He reflexionado con frecuencia sobre si París debería ser destruido, pero París será únicamente una sombra cuando hayamos terminado Berlín. ¿Para qué destruirlo entonces?”. Una opción que estuvo a punto de hacerse realidad en los momentos previos a su liberación, cuando el gobernador militar Dietrich von Choltitz recibió la orden de Hitler de destruir París en la retirada del ejército alemán y decidió desobedecerla. Un episodio de la guerra reflejado en el clásico ¿Arde París? (René Clément, 1966).

Respecto al Frente Oriental en el que estaba implicada la Unión Soviética, aunque en pérdidas humanas fue sin duda el más importante, en el aspecto que nos ocupa es menos significativo en comparación. Cabe destacar la iglesia Spas Nereditsky en Novgorod, del siglo XII, o el monasterio de Monasterio de Nueva Jerusalén, erigido en el siglo XVII en Istra. Por último, en el otro frente occidental, en Italia, dada la ingente cantidad de reliquias arqueológicas y monumentos de los que goza este país, era imposible guerrear sin romper nada. Aun así, el daño finalmente fue bastante limitado. Roma se declaró ciudad abierta para evitar cualquier destrozo. Lo más significativo fue el daño a los restos arqueológicos de Pompeya, la iglesia de San Lorenzo fuori le Mura del siglo XIV en las afueras de Roma, los puentes de Florencia dinamitados por las tropas alemanas en retirada y —quizá el más grave de todos ellos— el bombardeo del monasterio de Montecassino, donde se atrincheraron tropas alemanas y fue intensamente atacado durante tres días hasta quedar completamente arrasado. Con esto, damos por concluido este breve repaso a un conflicto del que lo peor fue, naturalmente, la desorbitada cifra de vidas humanas que se perdieron. Aunque tampoco está de más recordar este otro aspecto que hemos esbozado en este artículo, en un continente con tan extraordinaria riqueza histórica y cultural. Que tan frágil resulta ser.


Coca-Cola, la Guerra Fría y Billy Wilder

Asamblea Nacional francesa, 28 de febrero de 1950. Un diputado del Partido Comunista interpela al Ministro de Sanidad, Pierre Schneiter:


-Señor Ministro, se está vendiendo una bebida en los bulevares de París llamada Coca-Cola.
-Lo sé.
-Esto es serio, así que usted lo conoce y no está haciendo nada para impedirlo.
– No tengo, de momento, razones para actuar.
– Esto no es una simple cuestión económica, tampoco una simple cuestión de salud pública: esto es una cuestión política. Nosotros queremos saber si, por razones  políticas, usted va a permitir a los norteamericanos envenenar a los franceses y las francesas.

En Francia se vivió como un agravio nacional la posibilidad de que Coca-Cola pusiera un anuncio de neón en la Torre Eiffel

Uno. La Europa de postguerra

La Segunda Guerra Mundial dejó tras de sí una Europa devastada y exhausta pero todavía con ganas de seguir pegándose. En un plazo asombrosamente breve, los enemigos pasaron a ser aliados, y los hasta ayer aliados pasaron a convertirse en la mayor amenaza. Ya en 1946 Churchill popularizó la expresión “Telón de acero” para referirse a este nuevo escenario. El bloqueo del Berlín occidental en el 48 ordenado por Stalin y el puente aéreo con el que fue sorteado; la toma del poder por los marxistas en cada país Europa del Este en lo que aparentaba ser un implacable efecto dominó; el estallido de la guerra en Corea en 1950… la escalada en el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la democracia liberal y el comunismo, parecía imparable. Aquí iba a haber hostias, y de las atómicas.

Así que a finales de los 40 y comienzos de los 50, Europa vivía sumida en la pobreza de la postguerra, el caldo de cultivo ideal para un movimiento revolucionario. Los partidos de izquierda estaban disfrutando de un gran prestigio por su reciente historial de resistencia antinazi en los países que habían sido ocupados por el III Reich. Mientras, los más conservadores intentaban sortear la vergüenza de su colaboracionismo, cuando no eran directamente encarcelados. Los intelectuales de todo el continente abrazaban con entusiasmo la causa marxista-leninista (hasta el mismísimo Albert Camus inicialmente lo era) y la Unión Soviética era admirada y temida por su acelerada industrialización y la capacidad de movilización y sacrificio que había demostrado durante la guerra. En Francia en 1946 el PCF obtuvo el 28% de los votos, y en Italia su respectivo partido comunista contaba en 1953 con la muy respetable cantidad de más de dos millones de afiliados.

Para una imaginación despierta esos tobillos desnudos son suficiente inspiración

Ante semejante escenario, Estados Unidos tuvo que asumir que no podría volver a su tradicional política aislacionista previa a esa guerra en la que entró a regañadientes. Pese a su formidable poder económico por esas fechas  (en 1945 producía la mitad del PIB mundial y acumulaba el 80% de las reservas financieras) su situación peligraría si toda Europa caía bajo la influencia de la superpotencia asiática. Así que dejaron de lado la posibilidad inicialmente barajada —y especialmente querida por Francia— de convertir Alemania Federal en un país agrícola desarmado e inofensivo y por el contrario promovieron la reconstrucción de su industria y con ella la del conjunto de Europa Occidental mediante el Plan Marshall, fundaron la OTAN y dieron comienzo a una batalla propagandística con la inauguración por gran parte del viejo continente de “Casas de América” (que contaban con bibliotecas, prensa afín y clases de inglés) emisiones en los cines europeos de películas de mensaje político adecuado (Ninotchka, esa película donde “la Garbo ríe”), fue redistribuida en el 49 pese a tener ya una década) y por último crearon Radio Europa Libre, donde se emitía para los países de Europa del Este informativos, jazz (prohibido por decadente en dichos países) y, más adelante, Rock&roll.

Dos. La Coca-Colonización del mundo

Sólo teniendo en mente el contexto anteriormente descrito es posible comprender cómo una simple bebida fabricada con agua, azúcar, extracto de cola, cafeína, CO2 para las burbujas y una pequeña cantidad de algún otro ingrediente más (supersecreto, eso sí) pasó a adquirir un excepcional valor simbólico tanto a un lado como el otro del espectro ideológico, convirtiéndose en motivo de una inaudita controversia política.

Aunque este brebaje negro existía ya desde finales del siglo XIX, fue tras el fin de la Segunda Guerra Mundial cuando desembarcó masivamente en Europa, popularizado por los soldados americanos destinados en nuestro continente. Robert W. Woodruff, el presidente de la compañía por entonces, no sabemos si en un arranque patriótico, empresarial, o tal vez ambos a la vez, mandó enviar “observadores técnicos” agregados al ejército estadounidense para garantizar la distribución de la bebida a medida que las tropas aliadas fueran conquistando territorio frente a la Wehrmacht de forma que  “cualquier hombre uniformado pueda beber un botellín de Coca-Cola por cinco centavos donde quiera que esté y cualquiera que sea su coste”.

¡Una mujer diciéndome sí!

Apenas concluida la guerra comenzaron a  florecer las plantas de embotellamiento por todo el continente. En 1947 se abrieron en Holanda, Bélgica y Luxemburgo y dos años más tarde también en Suiza e Italia. Sólo cinco años después de la formación de Alemania Federal, ya contaba con 96 factorías que convertirían a este país en el segundo mercado mundial para la compañía. Ante esa rápida expansión de un producto tan estrechamente vinculado a Estados Unidos, el recelo y la controversia política no se hicieron esperar.

En Italia el periódico fundado por Antonio Gramsci L’Unità, alertó a los padres de que la Coca-Cola podría dejar a los niños el pelo blanco. En Austria, desde las páginas del Der Avenid en 1950 se comparaba la bebida con un maloliente betún derretido cuya ingesta supondría un desafío a la muerte. Más lejos llegó el partido comunista austríaco al afirmar que la nueva planta de embotellamiento de la compañía abierta en Lambach podría ser transformada fácilmente en una fábrica de bombas nucleares. En Portugal la dictadura de Salazar simplemente impidió la entrada del producto hasta finales de los cincuenta.

Pero fue en Francia donde más debate público generó, llegando incluso a la Asamblea Nacional, como veíamos al comienzo. El editorial de Le Monde del 29 de marzo de 1950 aseguró que “Coca-Cola es el Danzig de la cultura europea”, mientras que el diario L’Humanité popularizó el término “coca-colonización” para alertar de la amenaza imperialista que esta bebida a su juicio representaba. Sostenían que las redes de distribución podrían ser empleadas también como una red de espionaje. Pero la idea que más escandalizaba a los franceses fue la leyenda urbana que se extendió por todo el país sobre un supuesto anuncio de neón gigantesco que la multinacional americana pretendía instalar en… la Torre Eiffel. Una simbólica castración nacional, probablemente así lo hubiera interpretado Freud.

En la parte inferior puede leerse: “World and Friend: love that piaster, that lira, that tickey, and that American way of life”

Curiosamente, el ascenso de un simple refresco azucarado a nada menos que símbolo del capitalismo, fue simétricamente aceptado tanto por los detractores de éste como por sus partidarios. Era una empresa privada y por tanto encarnaba mejor que ninguna otra cosa aquello que Estados Unidos quería promover. El anteriormente mencionado Woodruff, concluía sin rodeos que un botellín de esta bebida representaba “lo más americano de América” y “la esencia del capitalismo”. La portada del Time del 15 de mayo de 1950 llamaba a todo el planeta a “amar el modo de vida americano” junto al célebre logo del refresco, mientras que un periódico estadounidense de la época lo explicaba así: “No puedes transmitir las doctrinas de Marx entre las personas que beben Coca-Cola… Los oscuros principios de la revolución proletaria puede ser difundidos frente una botella de vodka en una mesa rayada, o incluso ante una botella de brandy. Pero es absolutamente fantástico imaginar a dos hombres pedir un par de Coca-Colas para brindar por la caída de sus opresores capitalistas”.

Tres. La Guerra Fría según Billy Wilder

Llegados a este punto queda claro que cuando Billy Wilder se propuso rodar una comedia sobre la Guerra Fría, el ejecutivo norteamericano destinado al Berlín occidental que la protagonizaba —el autoritario MacNamara magníficamente interpretado por James Cagney— no podía ser de otra compañía que de Coca-Cola. Uno, dos, tres es una película divertidísima y de ritmo trepidante, aunque como suele ocurrir con las comedias con el paso de los años algunos chistes pierden la gracia. En cualquier caso sigue teniendo un nivel muy alto y si queda alguien que aún no la haya visto, ya está tardando.

Tras su huida de Berlín debido al ascenso de Hitler al poder, Wilder —el director que más partido supo sacar de la química entre Walter Mathau y Jack Lemmon— regresó para rodar en 1948 Berlín Occidente con Marlene Dietrich, en la que retrata las ruinas de una ciudad bajo la ocupación aliada. En su vuelta a Estados Unidos dirigiría durante los siguientes años entre otras El crepúsculo de los dioses, La tentación vive arriba, Con faldas y a lo loco, Sabrina, El apartamento… películas ya olvidadas propias de un director irregular. Creo que no me está llegando oxígeno al cerebro, un momento.

En 1961 retorna de nuevo a la capital alemana para rodar Uno, dos, tres y esta vez el eje argumental fue la Guerra Fría. De hecho el Muro de Berlín fue construido en plena filmación, así que las escenas con la línea fronteriza aún abierta frente la Puerta de Brandenburgo tuvieron que ser rodadas en Munich.

La historia se centra en MacNamara, ejecutivo de la varias veces mencionada compañía de refrescos, destinado en una Alemania Federal parcialmente desnazificada (Wilder, que era judío y cuya madre murió en Auschwitz, no se cansa de parodiar esos tics nazis aún presentes) y que está inserta en pleno milagro económico gracias al Plan Marshall. En contraste con el sector oriental, cuyos habitantes al parecer se pasan el día desfilando entre ruinas y huyendo al lado occidental en cuanto tienen oportunidad.

MacNamara tiene un plan para vender Coca-Cola en la Unión Soviética, lo que le permitirá ascender al puesto que ambiciona en Londres. Pero mientras lleva a cabo las negociaciones recibe el encargo de cuidar de la hija del presidente de la compañía, una chica un tanto alocada que queda embarazada de Otto, un joven de la Alemania Oriental fervorosamente comunista al que conoció durante un desfile.

Otto y MacNamara no pueden ser más opuestos: uno se mueve por ideales, el otro por intereses. Del choque entre ambas personalidades, sistemas de valores y, en definitiva, modelos de sociedad que cada uno encarna, surgen buena parte de los malentendidos y golpes de humor de la película. Finalmente Otto antepone el amor a la ideología y acepta un puesto como jefe de producción en la empresa que es la esencia misma del capitalismo a sus ojos (y como hemos visto, a los de buena parte del mundo por entonces). Macnamara, para celebrar la audaz manera en la que ha logrado desfacer semejante entuerto, tomará con su familia unos botellines de… Pepsi.

En definitiva, resulta curioso contemplar cómo en determinados contextos históricos e ideológicos cosas de por sí bastante anodinas pueden adquirir un extraordinario poder simbólico, hasta el punto de que ese símbolo llegue a ocultar la realidad en que se materializa. Otra conclusión a la que he llegado es que la bebida que realmente sienta bien es la cerveza. Y por último, no deja de ser paradójico que el sabor de Coca-Cola es exactamente el mismo para ricos y pobres en todas partes del mundo. Porque en el caso del vino, por ejemplo, sus mejores caldos resultan prohibitivos para la gran mayoría de la población y su consumo pasa a convertirse por tanto en motivo de ostentación (¿O es al revés: para ser un producto ostentoso, “de calidad”, su precio ha de elevarse hasta quedar fuera del alcance de la mayoría?). Pero como decía, esta bebida ofrece sin embargo una experiencia igualitaria que no entiende de clases sociales, ni queda reservada para las clases opulentas. El mismo producto para todos. ¿No buscaba  la utopía marxista algo similar?