Theodore Roosevelt: la criatura más extraña

Theodore Roosevelt
Fotografía: Cordon Press.

Son las siete de la mañana y un grupo de turistas cruza el puente que une Virginia y Washington, la capital americana. Asomándose a la barandilla —y con cierta cara de sorpresa— observan lo que parece ser una boya que sube y baja, y poco a poco va acercándose a la orilla. La boya, que resulta ser un corpulento hombre desnudo, sale del agua helada y corre hacia su toalla para secarse. Es el mes de diciembre de 1901 y el viento no perdona. Tras vestirse, Theodore Roosevelt emprende el camino de vuelta hacia la Casa Blanca. 

Esta clase de comportamiento sorprende tanto a políticos locales como a dignatarios extranjeros. A los cuarenta y un años, Theodore Roosevelt es el presidente más joven de la historia de los Estados Unidos, pero según los periódicos también «la criatura más extraña que jamás haya habitado la Casa Blanca». Y no les falta razón. Además de nadar desnudo en el río Potomac en pleno invierno, a Teddy —un apodo que no soporta pero que quizá por ese motivo nunca se logrará quitar de encima— también le encanta galopar a caballo por el parque Rock Creek mientras dispara a pedruscos y ramas con su revólver, pegarse con varas de bambú con su buen amigo y secretario de la Guerra Elihu Root, o pasarse horas debajo de un árbol observando las diferentes especies de pájaro que lo habitan.

A los que conocen bien al presidente todo esto les parece natural. Cecil Spring Rice, diplomático británico y confidant de Roosevelt, le dice una vez a un visitante que «debe usted recordar siempre que el Presidente tiene unos seis años», y la descripción es apropiada tanto en la diversidad de sus intereses como en la energía que les dedica. Es un personaje que encandila y aterroriza por igual, lo cual hace prácticamente imposible resumir de forma estructurada sus logros y fracasos. Sin apenas meternos en su carrera política podríamos hablar de su faceta como escritor —fue autor de unos treinta y cinco libros—, como cazador —su expedición a África acabó enviando más de diez mil piezas al Museo Smithsonian de Historia Natural que los pobres operarios tardaron más de ocho años en catalogar—, o como explorador —en Brasil el río Roosevelt no se llama así honoris causa, sino porque el presidente estuvo allí recorriéndolo y cartografiándolo—. El de Teddy es uno de esos raros casos en los que la persona llega a eclipsar al presidente, lo cual es decir mucho, porque este Roosevelt es uno de los cuatro presidentes que se ganó un puesto en el monte Rushmore.

Así que quizá lo más apropiado sea centrarse en los elementos que definen su carácter, los que le convierten en un tipo fascinante —y completamente insoportable para muchos—. El primero y más característico es una energía y curiosidad intelectual que brota a borbotones en todo lo que hace. Los visitantes que llegan a la Casa Blanca no ocultan su desasosiego. Saben que si van a comer el «loco» Roosevelt les obligará a emprender una caminata de varias horas nada más acabar —si tiene tiempo y le gusta la compañía—, y si van a cenar les tocará escuchar una de sus interminables clases magistrales sobre el tema que le interesa esa semana —el presidente suele dedicar unas tres o cuatro horas a leer cada día—. El segundo es un idealismo y obsesión por la justicia que a menudo roza lo naíf. En ocasiones le lleva a actos nobles, como el invitar a cenar a Booker Washington a la Casa Blanca, el primer afroamericano en hacerlo. Pero en otras le conduce a la cabezonería, como en la obsesión por controlar al que será su sucesor, William Howard Taft. El tercer elemento es un amor indiscutible por lo americano, un nacionalismo que siempre guía sus decisiones políticas.

El resultado de esta combinación es a menudo impredecible. Si se toman sus acciones en diferentes momentos, incluso puede llegar a parecer que estamos hablando de personas distintas. Roosevelt se ofendería y argumentaría que hay un hilo conductor muy claro en todo lo que hace. Y quizá tenga razón, si uno hurga lo suficiente. Pero lo bueno de estas aparentes contradicciones es que tanto el progresista como el conservador moderno pueden encontrar puntos o políticas que admirar. Lo malo, evidentemente, es que lo opuesto también es cierto.

El nacionalismo e idealismo del presidente, por ejemplo, lo lleva a menudo a los brazos de la facción imperialista del Partido Republicano. Durante la guerra contra España dimite de su puesto de vicesecretario en el Departamento de la Marina para dirigir un regimiento de voluntarios que carga contra (y toma) las posiciones españolas en la batalla de San Juan. Su opinión sobre España y las repúblicas latinoamericanas nunca es buena, y las relaciones con los países de su hemisferio tienen sus más y sus menos. Roosevelt choca contra Colombia durante las negociaciones del Canal de Panamá y la posterior escisión del istmo, que Estados Unidos apoya con poca discreción. Pero también acude a defender a Venezuela ante una amenaza de invasión por parte de la Alemania de Guillermo II. Durante Roosevelt, la Doctrina Monroe —evitar la intervención de potencias europeas en las Américas— pasa de algo pasivo a una especie de justificación para intervenir en el resto de países de la zona. 

Pero estas mismas obsesiones sobre el rol de Estados Unidos en el mundo también le hacen defensor del famoso melting pot y de la inmigración. «No podemos», dice, «permitirnos considerar si (el inmigrante) es católico o protestante, judío o gentil, (…) japonés, escandinavo o magyar». Su postura es que cada individuo vale lo que sea capaz de aportar. Esto es algo que va en consonancia con su obsesión por la superación individual, y que quizá tenga que ver con su infancia. El Roosevelt adulto de los seis años metafóricos no se parece en nada al Roosevelt niño, que tuvo que superar con abundante (y «¡vigoroso!») ejercicio físico sus perennes enfermedades y ataques de asma. El presidente también aplica esta postura a sus políticas sobre la discriminación racial.  A pesar de que se le acusa de no hacer mucho para acabar con las leyes Jim Crow y garantizar el voto a los afroamericanos, también coloca a numerosos afroamericanos en puestos federales y critica —a menudo ferozmente— los linchamientos, granjeándose el odio de los sureños.

Quizá su legado más curioso —y el menos conocido— es el de su ecologismo. Los meses que pasó en las Dakotas de joven, viviendo con rancheros, cazando pumas y admirando el paisaje siniestro e impresionante de las Badlands, le marcan. También queda para la historia el episodio un tanto surrealista de su persecución —y arresto— de tres ladrones que le habían robado un bote. Trató tan bien a los delincuentes que uno de ellos le envió una carta diciendo que «si en algún momento pasaba por la zona», no se olvidara de pasar por la prisión para tomar un café. Sus meses en el Medio Oeste, sus veranos en los bosques de Nueva Inglaterra, y su amor por todo pájaro y mamífero —amor que también incluía el cazarlos y disecarlos para su posterior «estudio»— se vieron reflejados en un apoyo acérrimo al movimiento conservacionista. Roosevelt insiste en que «es vandalismo el destruir o permitir la destrucción de lo que es bello en la naturaleza, sea un acantilado, un bosque, o un animal». Durante sus años se funda el servicio forestal y se protegen más de novecientos treinta mil kilómetros cuadrados de espacios naturales, una superficie que supone casi el doble del territorio español.

Todas estas contradicciones y obsesiones que le hacían un icono de masas —el nombre inglés del osito de peluche, Teddy Bear, se lo debemos a una ocasión en que Roosevelt se negó a disparar a un oso herido— acaban por llevarle a un encontronazo frontal con el Partido Republicano. Es algo que tenía que pasar en algún momento, porque la visión de Roosevelt, siempre sui generis, había ido evolucionando hacia posturas un tanto radicales. Cuando accede a la presidencia tras el asesinato de McKinley, la vieja guardia ya se queja de que «ahora ese dichoso cowboy sea presidente». Cuando decide no volver a presentarse en 1908, consigue asegurarse de que su delfín Taft —un jurista de gran talla tanto intelectual como física— le suceda, quedando satisfechos tanto Roosevelt (porque está convencido de que Taft le consultará todo) como la vieja guardia (que está encantada de ver desaparecer al «mesías loco»). Pero Taft le decepciona, y cuando llegan las elecciones de 1912 Teddy está en guerra abierta con su partido. Tras ganar varias primarias, la maquinaria del partido maniobra para impedir que obtenga la nominación y asegurarse de que Taft pueda presentarse a la reelección. Y, en un giro muy rooseveltiano, decide abandonar a los republicanos y unirse al Partido Progresista.

Este último intento de volver a la política nacional, aunque infructuoso —Roosevelt perdió las elecciones ante el demócrata Woodrow Wilson, pero quedó segundo—, dice mucho de su evolución ideológica. Roosevelt siempre había pertenecido al ala reformista de los republicanos, y mientras era presidente su campaña contra los monopolios empresariales ya había causado unos cuantos toques de atención —los republicanos seguían siendo el partido preferido de los grandes empresarios del norte, al fin y al cabo—. Libre de esa necesidad de equilibrar intereses, su plataforma electoral toma giros muy radicales para la época. El manifiesto progresista incluye el germen de un estado del bienestar, con políticas como la creación de seguros nacionales de salud y desempleo o la jornada de ocho horas. También incluye algo que ninguno de los dos grandes partidos se atrevía a apoyar: el sufragio femenino. Este paquete ideológico —que él llama Nuevo Nacionalismo— defiende abiertamente «la supremacía del trabajo frente el capital», tanto en términos políticos como filosóficos (algo que, argumenta Roosevelt, ya defendía Lincoln).

Además de los giros ideológicos, esta campaña presidencial también nos deja el acontecimiento que mejor resume a Teddy, y que de no haber sido documentado ampliamente parecería ser leyenda. Cuando se dispone a dar un discurso en Milwaukee, el tabernero John Schrank le dispara al pecho con un revólver, causando confusión en la sala. Tras un pequeño forcejeo, los asistentes reducen al asaltante. La gente intenta acercarse a Roosevelt temiéndose lo peor. Pero el presidente se toca el pecho, comprueba que no tose sangre, y concluye que la bala no se ha alojado en sus pulmones. Satisfecho, anuncia a la sala  lo siguiente: «No sé si son conscientes de que me acaban de pegar un tiro, pero hace falta más que eso para acabar con un alce». Entre aplausos y vítores —y, asumo, caras de incredulidad— prosiguió su discurso, que duró una hora y media. A Teddy le había salvado precisamente su incurable verborrea. La bala no llegó a penetrar la caja torácica porque antes había tenido que atravesar las cincuenta páginas de papel del discurso que llevaba preparado en el bolsillo de la chaqueta.

Los últimos años del «alce» presidencial —bull moose en inglés, apodo que se ganó merecidamente tras el atentado— estuvieron plagados de tragedia. Su última gran aventura, una peligrosa expedición al Amazonas que casi lo mata, le deja con veinte quilos menos y fiebres tropicales recurrentes, pero también con la satisfacción de haber recorrido mil kilómetros de río inexplorado. Ya debilitado, publica un libro detallando el viaje. La tragedia final ocurrirá un par de años más tarde. Su hijo Quentin participa como piloto en la Primera Guerra Mundial y es derribado, algo de lo que Teddy no llega a recuperarse. Unos meses después, en la Noche de Reyes de 1919, un coágulo de sangre acaba con su vida. Al escuchar la noticia, un antiguo adversario escribe: «La muerte tuvo que pillar a Roosevelt durmiendo, porque si hubiera estado despierto habría habido pelea». 

Un amigo me comentó hace un tiempo que le gustaba más Roosevelt como persona (o personaje) que como presidente. Puede que tenga razón. ¿Fue Roosevelt el presidente más excepcional? Si hablamos de impacto, seguramente no. Un pariente suyo —mucho más conocido— a menudo supera al primer Roosevelt en las tablas de historiadores. Pero si hablamos de excepcional en términos de poco habitual, es difícil de negar. Quizá por ello muchos dicen que Roosevelt es el presidente que más se ha acercado al arquetipo americano. Sus contradicciones y su estatus de rara avis de campeonato son únicos. Era descendiente de los primeros colonizadores holandeses —siempre insistió en que se pronunciaba «rousa-felt», no «rus-velt»— y miembro de la aristocracia neoyorquina, pero también cowboy sin tapujos y enfant terrible de la sociedad en la que creció. Nadie dudaba de su —a menudo abrumadora— curiosidad e inteligencia, pero tampoco de su idealismo naíf. Fue ecologista convencido e imperialista habitual, elitista y radical progresista. Quizá la mejor metáfora de su presidencia es que fuera la primera del nuevo siglo. La historia de Roosevelt es casi un preludio del rol que le tocaría a Estados Unidos jugar en el siglo XX —the american century al fin y al cabo—.


U-boote, los lobos de acero (III)

Sala de máquinas de un submarino alemán de la Primera Guerra Mundial. Foto: Cordon.

(Viene de la segunda parte)

El almirantazgo imperial nos promete que mediante el uso implacable de un número mayor de submarinos obtendremos una rápida victoria, la cual obligará a nuestro principal enemigo, Inglaterra, a pensar en la paz en un plazo de pocos meses. (Paul von Hindenburg, mariscal de campo alemán, Memorias de mi vida, 1934)

Espantaremos a la bandera británica de la faz de las aguas y haremos que el pueblo británico pase hambre hasta que todos ellos, que han rechazado la paz, se arrodillen e imploren por ella. (Mensaje del káiser Guillermo II a los comandantes de los submarinos alemanes, 1917)

El hundimiento del RMS Lusitania y la consiguiente muerte de ciento veintiocho ciudadanos estadounidenses produjo, como era de prever, desastrosas consecuencias dimplomáticas, así que el gobierno alemán decidió abandonar la guerra submarina ilimitada para evitar una declaración de guerra de Washington. La medida, en efecto, sirvió para que el presidente Woodrow Wilson pudiese seguir defendiendo el no intervencionismo desde la Casa Blanca, aunque su propia opinión pública estuviese cada vez más inclinada a pensar que quizá había llegado la hora de poner freno al Imperio alemán.

Berlín parecía haber evitado la temida entrada del gigante norteamericano en la guerra, pero el retorno de las restricciones a la campaña de los U-boote hizo que el impacto sobre el comercio británico tocase techo justo cuando la guerra de trincheras parecía ya muy difícil, si no imposible de ganar. Aunque a finales de 1916 los submarinos alemanes eran más numerosos y hundían mucho más tonelaje que durante los más exitosos periodos de 1915, no lo hacían en cantidad suficiente para acercarse al objetivo final de inmovilizar la maquinaria bélica británica. Había que hundir más mercantes. Y eso, defendían cada vez más voces en la cúpula militar alemana, no podía conseguirse respetando las convenciones navales por miedo a los estadounidenses.

El retorno de la guerra submarina ilimitada

Una nueva provocación a Washington parecía una mala idea a primera vista y desde luego era moralmente cuestionable, pero, desde un punto de vista estratégico, los números la apoyaban. A finales de 1916, el almirante Henning von Holtzendorff presentó al káiser Guillermo II un informe donde aseguraba que, con el centenar de submarinos disponibles sumados a los que estaban a punto de entrar en servicio, Alemania podía desbaratar el suministro marítimo británico hasta tal extremo que Londres se vería forzada a retirarse de la guerra en un plazo de seis meses. Para conseguirlo, había que volver a declarar una guerra submarina ilimitada.

El factor más importante era el tiempo. Según decía von Holtzendorff, incluso en el caso de que Washington reaccionase con una inmediata declaración de guerra, la U.S. Army nunca enviaría soldados al frente sin haberlos sometido antes a un exhaustivo periodo de entrenamiento. Washington necesitaría tiempo para organizar una importante fuerza expedicionaria, transportarla hasta Europa y ponerla en condiciones de entrar en acción. La demora entre una hipotética declaración de guerra de los Estados Unidos y su intervención efectiva podría conceder a los alemanes un margen de más de medio año. Como se demostraría después, el alimirante alemán no especulaba en vano y demostraría estar en lo cierto, por lo menos en cuanto a los plazos. Si se conseguía que los británicos firmasen la paz antes de que los estadounidenses tuviesen al grueso de sus tropas en las trincheras, Washington se echaría atrás y evitaría seguir inmiscuyéndose de lleno en una guerra que, de todos modos, no consideraba suya. Durante una conversación cara a cara con el Káiser, el almirante von Holtzendorff le dijo que, en el caso de autorizar la nueva campaña total contra el comercio, «os doy mi palabra de oficial de que ningún estadounidense pondrá pie en nuestro continente».

El plan de von Holtzendorff era una apuesta final, un all-in como dicen en el póquer. Guillermo II se mostraba dubitativo porque era sabido que los Estados Unidos estaban en condiciones de desembarcar un millón de soldados, o más, en Europa. La guerra de trincheras estaba en una situación complicada para Alemania y la llegada de los americanos le pondría la puntilla. Sin embargo, sucesivas reuniones con los mandos militares fueron convenciendo al monarca de que no quedaba otro remedio. El famoso mariscal de campo Paul von Hindenburg advirtió al Káiser de la desesperada situación en tierra, insistiendo en que la guerra empezaba a parecer imposible de ganar siguiendo cauces convencionales y que «debe ser llevada a su fin por cualquier medio disponible». El ejército alemán estaba atascado en las trincheras, cansado, desmoralizado y en inferioridad numérica. La marina de superficie sufría una inferioridad crónica. La única salida parecía estar bajo la superficie del agua. Cabía recurrir a los submarinos sin restricciones morales y sin escrúpulos diplomáticos; de no hacerlo, la otra opción consistía en desgastarse hasta la derrota. El káiser accedió por fin a que el plan de von Holtzendorff fuese puesto en marcha.

El 1 de febrero de 1917, Berlín anunció el restablecimiento de la guerra submarina ilimitada, incluyendo una vez más el hundimiento de buques de naciones neutrales que atravesaran las zonas de guerra designadas, ante la sospecha de que pudieran ser barcos británicos tratando de camuflarse bajo falsa bandera. A nadie se le escapaba que el anuncio del káiser equivalía a una inminente declaración de guerra por parte de Washington. Más pronto o más tarde, pero era algo que iba a suceder. El hundimiento del Lusitania había generado en la opinión pública estadounidense un caldo de cultivo propicio a la entrada en la guerra. El canciller del Imperio alemán, Theobald von Bethmann-Hollweg, era uno de los pocos opositores a la medida que aún quedaban en las altas esferas y recibió con espanto la noticia; en su círculo privado, pronunció un sombrío lamento: «Alemania está acabada».

Con todo, el contumaz presidente estadounidense Woodrow Wilson hizo un último e inútil intento de mantener la neutralidad de su país. Ordenó armar los mercantes estadounidenses con cañones para que pudieran defenderse en caso de ataque, pero sin escolta militar, como ya habían comprobado los británicos, esta medida no iba a servir de mucho. Los cañones no podían atacar a un submarino que estaba debajo del agua, solo a uno que se acercase navegando sobre la superficie y que fuese bien visible en pleno día, o en noches de luna llena. Además, un mercante carecía de la agilidad de un destructor y era demasiado lento para ponerse a perseguir a un submarino y lanzarle cargas de profundidad. Incluso con un cañón en cubierta, los mercantes estadounidenses estaban indefensos. Durante los dos meses siguientes, siete de ellos fueron hundidos y el pueblo estadounidense bullía de indignación. Al presidente Wilson no le quedó otra salida que reconocer lo obvio: que su país era neutral solo en la teoría, pues estaba siendo atacado y esta vez no por errores de los comandantes de los U-boote. Los mercantes estadounidenses estaban ya de facto enfrascados en la guerra. El 6 de abril de 1917, el inquilino de la Casa Blanca se presentó ante el poder legislativo, portando una muy anticipada propuesta de declaración de guerra. El senado, por 82 votos a 6, hizo pasar la propuesta al congreso, donde fue aprobada por 373 votos a 50. Como se desprende de los números, una amplia mayoría de representantes había pasado aquellos dos meses esperando a que Wilson decidiera por fin afrontar lo inevitable (y, de hecho, los más belicosos llevaban esperando mucho más tiempo). Ya era oficial: los Estados Unidos estaban en guerra con Alemania.

En Alemania, esto produjo un estremecimiento generalizado. Muchos alemanes encontraban difícil confiar en los cálculos de los militares. Los ciudadanos más pesimistas, o cabría decir los más realistas, interpretaron la noticia como el augurio de una derrota segura. En verano, tres meses después de la declaración de guerra, una reducida cantidad de tropas americanas estaba ya realizando entrenamientos en Francia. Aunque era una presencia todavía testimonial, el mero hecho de que hubiesen desembarcado ponía nerviosa a la sociedad alemana. La escena política de Berlín, cada vez más convulsa, se contagió de aquella inquietud, aunque en las altas esferas todavía imperaba la opinión de quienes consideraban antipatriótica la falta de fe en las posibilidades de victoria. Al deprimido canciller Bethmann no le importó parecer «antipatriótico». El 9 de julio habló ante el tumultuoso Reichstag, el parlamento alemán, para defender el armisticio, aun consciente de que estaba casi en solitario: «Sé que mi posición no importa. Yo mismo soy consciente de mis propias limitaciones y de que se me considera débil porque quiero poner fin a esta guerra. Soy un líder que no puede conseguir apoyo ni desde la izquierda ni desde la derecha alemanas». El canciller presentó su dimisión al día siguiente.

El futuro de Alemania en la I Guerra Mundial, o eso querían pensar los partidarios de prolongar la guerra, dependía ahora de que los submarinos, que cuatro años antes habían sido menospreciados como una exótica y poco decisiva rama de la marina, consiguieran ahogar el comercio británico antes del final de 1917 o, como mucho, del inicio de 1918. No sería la falta de tiempo lo que iba a impedirlo, puesto que los plazos previstos por von Holtzendorff terminarían cumpliéndose: en octubre de 1917 ya habría soldados americanos combatiendo en las trincheras, pero eran pocos. No sería hasta la primavera de 1918 cuando hubiese medio millón de estadounidenses luchando en el frente y otro medio millón preparándose en la retaguardia. Los metódicos preliminares de los estadounidenses les iban a conceder a los alemanes los seis o siete meses que von Holtzendorff había pedido al káiser para sofocar a los británicos.

El alto mando alemán, pese al pesimismo que imperaba en el país, llegó a pensar que la hazaña era factible. Los números parecían darle la razón al informe de von Holtzendorff. Como materializando las peores pesadillas de Londres, los alemanes empezaron a acercarse a su objetivo de que flota mercante británica perdiese más tonelaje de lo que el Reino Unido podía reponer. Medio millón de toneladas hundidas en un mes podía considerarse un desastre para los británicos; si los alemanes conseguían alcanzar las 600 000 toneladas, se entraba en terreno de lo apocalíptico. Pues bien, los alemanes terminaron alcanzando y, durante un tiempo, incluso superando esas cifras. En febrero de 1917, el total de mercantes hundidos por los Unterseeboote subió de 370 000 toneladas a 540 000. En marzo fueron 600 000. En abril, casi 900 000. Semejantes números, prolongados en el tiempo, podían conducir al Reino Unido hacia el desastre económico. Para expresar la magnitud de ese éxito, basta con mencionar el tonelaje hundido por los comandantes más exitosos: Lothar von Arnaud de la Perière hundió ciento noventa y cuatro barcos aliados en las quince patrullas que realizó durante la guerra. Otto Steinbrick hundió más de doscientos (aunque con un tonelaje total menor que el de la Perière, y era el tonelaje, no el número de barcos, lo que medía el éxito de cada comandante). Walther Frosman hundió ciento cuarenta y seis barcos. Max Valentiner hundió ciento cincuenta. Hans Rose, setenta y nueve. Esto supone ochocientos barcos hundidos solo por los cinco comandantes más certeros. Otros comandantes no hundieron tantos —entre otras cosas, porque tres de cada cuatro morirían de forma temprana—, pero durante todo el conflicto los Unterseboote enviaron al fondo marino más de cinco mil mercantes aliados. También hundieron un centenar de buques de guerra (otros cuarenta y dos no fueron hundidos, pero sí sufrieron daños importantes), así como sesenta y un «barcos Q». Con todo, la Royal Navy apenas acusó sus propias bajas porque seguía teniendo barcos de guerra más que suficientes. Lo que de verdad hacía daño a Londres era la pérdida de los mercantes.

La contrapartida de este éxito era que también Alemania continuaba sufriendo un bloqueo naval. Como consecuencia de la confusa batalla de Jutlandia, que ya no podía ser interpretada de otro modo que como una victoria estratégica de la Royal Navy, esta se sentía más superior que nunca. La Kaiserliche Marine, arruinada su principal arma —el elemento sorpresa— ya no tenía bazas que jugar. Es verdad que Alemania no dependía por completo del comercio marítimo, ya que podía recibir ciertas mercancías por tierra, pero el bloqueo naval también le causaba mucho perjuicio. Alemania importaba un tercio de sus alimentos (el grano que compraba a Rusia, por ejemplo, llegaba por mar) y la productividad de su industria agripecuaria, que era responsable de producir los otros dos tercios de la alimentación, dependía de la importación de forrajes para engordar el ganado y de nitratos para elaborar fertilizantes. Además, materias primas básicas para la industria como el cobre, el caucho y el algodón, eran también descargadas en los puertos. El descalabro comercial total de Alemania tardaría más en llegar que el británico, pero su maquinaria bélica podía derrumbarse si empezaban a faltar ciertos suministros clave. Así, la guerra naval entre los dos países consistía en un estrangulamiento comercial mutuo.

La inesperada eficacia de los convoyes

Ataque a un convoy, fotografía tomada en 1915 a bordo del HMS Louis (DP).

Los barcos mercantes de los británicos y sus aliados habían viajado en solitario durante la guerra porque, como decíamos en partes anteriores, no había escoltas suficientes para todos ellos. Viajar en grupo y sin escoltas era una mala idea; cuando un submarino encontrase un grupo desprotegido, podría hundir no uno, sino varios barcos en un solo ataque (ya vimos que incluso buques militares habían sido víctimas de esto). Lo más sensato para un mercante desprotegido era, o eso se había pensado, navegar en solitario. Para los vigías de un submarino era más difícil localizar en el horizonte las siluetas o rastros de humo de varios barcos que de uno solo. Parecía pura cuestión de lógica. En teoría. Porque la práctica estaba demostrando que los mercantes solitarios también eran presas extremadamente fáciles de localizar. Siguiendo con su pavorosa campaña, los Unterseeboote hundieron 600 000 toneladas de mercantes en mayo y 690 000 en junio, cifras que no se acercaban a las casi 900 000 de abril, pero que parecían anunciar el colapso industrial del Reino Unido. Parecía avecinarse un verano infernal.

El gobierno de Londres tenía un serio problema. En el verano la situación había empeorado tanto que recurría a campañas publicitarias para advertir a la población británica sobre la necesidad de conservar recursos y, sobre todo, de no malgastar alimentos. Uno de los carteles más significativos de la campaña decía que, al tirar la corteza del pan —costumbre que, entonces como ahora, era frecuente—, se facilitaba que los alemanes pusieran más submarinos en el agua. En otras palabras: la amenaza del hambre empezaba a planear sobre las islas británicas. Londres entendió que había que intentar lo que fuese para detener la sangría de la marina mercante. Y se recurrió a un plan que el almirante Alexander Duff, comandante de la división antisubmarina británica, había defendido, aunque sin éxito, durante la primavera: la creación de convoyes, grupos de mercantes que viajasen juntos y protegidos por barcos escoltas procedentes de la Royal Navy. La propuesta de Duff no había carecido de partidarios en el alto mando, pero había quedado en un cajón por la reticencia a dejar los grandes buques de guerra sin sus escoltas. En verano, sin embargo, era más importante proteger el comercio, así que las reticencias fueron olvidadas. La táctica del convoy no había sido probada en condiciones como las de aquella guerra y no existían garantías de hasta qué punto podría funcionar en la práctica, pero, buena o mala, parecía ser la única disponible. Era una medida desesperada.

Los cargueros aliados empezaron a viajar en grupos de varias decenas, acompañados por buques de guerra de la Royal Navy. Entre los acompañantes había escoltas propiamente dichos como destructores, corbetas y cruceros ligeros, aunque también algunos cruceros de mayor calibre (y hasta algún viejo acorazado) que habían quedado demasiado anticuados para la batalla naval convencional. Aquellos buques de guerra grandes no eran efectivos como escoltas, pero desde luego servían como elemento disuasorio ante posibles ataques desde la superficie, porque los alemanes quizá podrían recurrir a usar sus propios barcos contra los escoltas mientras los submarinos hacían su trabajo. Además, algunos mercantes de los convoyes llevaban un cañón o dos en la cubierta, a imitación de los «barcos Q», así que, además de transportar carga útil, podían colaborar en la disuasión. En cualquier caso, lo más efectivo seguían siendo los destructores.

Como había previsto Hull, el sistema de convoyes obtuvo un éxito progresivo, pero irreversible. Los submarinos resultaron presa fácil para los escoltas porque, para atacar un convoy, necesitaban acercarse y asumir riesgos. Torpedear con precisión no solo requería cercanía, sino también navegar a la «profundidad de periscopio» que, además de hacer que la silueta sumergida fuese (a veces) visible en pleno día, volvía al submarino muy vulnerable ante las embestidas directas. Atacar un convoy durante el día, aunque fuese desde debajo del agua, empezó a ser cada vez más complicado. De hecho, en ocasiones resultaba más fácil torpedear desde la superficie durante una noche sin luna, cuando la oscuridad dificultaba la vigilancia de los escoltas (eso sí, en el caso de que el submarino emergido fuese localizado e iluminado por un foco, los cañonazos enemigos podían aniquilarlo en minutos). Otro factor para el éxito de los convoyes fue la presencia de aeroplanos en aguas no muy alejadas de tierra firme, justo donde los submarinos localizaban a sus presas con mayor facilidad. Aunque los aviones seguían sin poder atacar a los submarinos de manera efectiva, sí señalaban su posición a los barcos de escolta. Recordemos que la vigilancia aérea había sido inútil al principio de la guerra, cuando los escoltas habían navegado alejados de los mercantes. Con el sistema de convoyes, sin embargo, los escoltas estaban allí mismo en el momento en que el avión localizaba un submarino y la velocidad de respuesta de los escoltas in situ era, muchas veces, letal para los Unterseeboote, hasta el punto de que ningún convoy perdió un solo barco mientras había aeroplanos vigilando.

Los submarinos alemanes no disponían ya de otra contratáctica que la de agruparse para intentar atacar los convoyes de manera coordinada; siendo varios, se pensó, quizá podrían distraer y confundir a los escoltas. Pero tampoco esto funcionó, aunque en realidad solo se hizo un intento serio a principios de 1918, cuando seis submarinos emprendieron una patrulla conjunta y atacaron varios convoyes: solo consiguieron hundir tres buques al precio de perder dos de los propios, lo que parecía un sacrificio injustificable. Las comunicaciones de la época no permitían ejecutar con eficacia ese tipo de asalto grupal, así que el concepto fue abandonado por completo y no funcionaría hasta la II Guerra Mundial, cuando las mejoras en la radio permitiesen una coordinación efectiva.

El sistema de convoyes hizo que pérdidas de la marina mercante aliada empezasen a descender: de las 690 000 toneladas de junio se pasó a 560 000 en julio, 500 000 en agosto y 350 000 en septiembre. En octubre subieron de nuevo a 460 000, pero después de eso ya no volverían a acercarse al medio millón. Esto significaba que el comercio británico podía abandonar la sala de cuidados intensivos. Para colmo, los hundimientos se producían a un precio mucho mayor que antes: en 1916, Alemania había perdido solamente siete submarinos durante los cuatro meses transcurridos entre junio y septiembre. En el mismo periodo de 1917, perdió veinticuatro. Pese a que las armas antisubmarinas de la época no eran muy eficientes, la presencia de varios escoltas demostró ser demasiado para los Unterseebote, que sobre el agua eran presa fácil, y bajo el agua eran lentos, poco maniobrables y tenían una percepción muy limitada, a veces incluso nula, de lo que sucedía en el exterior.

En el verano de 1918 estaba claro que Alemania tenía perdida la guerra de trincheras. Los submarinos hundían entre 250 000 y 300 000 toneladas al mes, que era una media muy apreciable (mayor que la conseguida durante 1915 y buena parte de 1916), pero muy por debajo de la necesaria. El último impulso de los Unterseboote durante la I Guerra Mundial, más llamativo que determinante, fue dirigido contra las costas norteamericanas. Washington disponía de muchos (y buenos) escoltas con los que contribuir a la protección del comercio, pero no de una flota mercante tan numerosa como la del Imperio británico. De hecho, no le era tarea fácil encontrar, y conservar, transportes con los que llevar sus propias tropas y suministros hasta Francia. Los estadounidenses habían previsto que sus convoyes sufriesen ataques cerca de Europa, pero no esperaban ser atacados en su propio litoral y fueron tomados por sorpresa. Un sumergible alemán, el U-151, se paseó con total impunidad por la costa oriental de los Estados Unidos, hundiendo veintitrés barcos, seis de ellos en un solo día (para colmo, muy cerca de Nueva York). El U-151, además, dejó plantadas minas acuáticas que destruyeron otros cuatro. El enorme éxito de aquella patrulla era un gran golpe propagandístico, pero no iba a repetirse. La vigilancia costera norteamericana se puso en alerta y en subsiguientes ataques se consiguió reducir mucho la tasa de hundimientos.

La Kaiserliche Marine seguía encerrada en sus bases navales, descartada cualquier posibilidad de éxito en una batalla contra la Royal Navy. La flota submarina estaba siendo diezmada. Berlín había ordenado la fabricación de más submarinos, ralentizando para ello la producción de los barcos de superficie (lo cual hubiese sido impensable en 1914; de hecho, un proceso parecido tendría lugar durante la II Guerra Mundial). Sin embargo, ya era tarde. El bloqueo naval impuesto por los británicos estaba agudizando la carencia de materias primas en Alemania, dificultando, y a veces paralizando, los trabajos de construcción de submarinos en los astilleros. Al final, había sido el esfuerzo bélico de Alemania y no el del Reino Unido el que había empezado a agonizar debido a la asfixia marítima. La escasez también afectaba a la población civil alemana. Que estaba incubando, de hecho, una inminente revolución.

Terminado el verano, empezaron a desmoronarse las «potencias centrales» que habían combatido como aliadas del Imperio alemán. Bulgaria firmó su armisticio el 29 de septiembre; otros países lo harían poco después. Con el pueblo alemán sumido en la incertidumbre, las órdenes de Berlín empezaron a ser discutidas, cuando no desobedecidas, ante lo evidente de la derrota. Los buques de la Kaiserliche Marine permanecían anclados en varios puertos, sobre todo en las dos principales bases navales alemanas, Kiel y Wilhelmshaven, y ya no esperaban tener que combatir. El 24 de octubre, sin embargo, el alto mando ordenó que la flota ejecutase un ataque total contra el bloqueo de la Royal Navy. Las tripulaciones de varios buques, considerando la misión un suicidio inútil, se negaron a zarpar y en algunos casos llegaron a sabotear sus propios barcos para que no pudieran ser puestos en servicio. El arresto de varios grupos de amotinados empeoró la situación, provocando la furia de otros muchos marineros y oficiales. La moral terminó de venirse abajo con las noticias de la capitulación del Imperio otomano y la petición de armisticio del Imperio Austro-Húngaro. Dos semanas después del primer motín en la Kaiserliche Marine, la rebelión ya se había extendido no solo por el resto de puertos, sino también por las ciudades industriales del interior de Alemania. El 9 de noviembre, consternado ante lo que era ya una revolución generalizada, el káiser Guillermo II abdicó. Dos días después, Alemania firmó el armisticio.

Cuando las trincheras quedaron en silencio, todavía había submarinos alemanes cruzando el Atlántico para continuar con los pírricos ataques a los convoyes y con la campaña, ya sin futuro, en las costas estadounidenses. La rendición final sorprendió en alta mar a aquellas tripulaciones que habían continuado con sus operaciones sin esperar una recompensa, porque eran hombres demasiado acostumbrados a esperar más bien una probable muerte.

El desenlace de la «primera batalla del Atlántico», casi un lustro de torpedeos y cañonazos, favoreció la deducción de que el sistema de convoyes parecía haber convertido la campaña submarina contra el comercio en una estrategia obsoleta. Nadie sabía cuándo o cómo se produciría la siguiente guerra europea, pero el Reino Unido consideró que su comercio ya no era vulnerable y en Alemania se volvió a pensar en los submarinos como buques de importancia secundaria diseñados para misiones muy específicas y puntuales. Durante el periodo de entreguerras, casi nadie en el alto mando alemán pensaba de otra manera, como demostró la soledad con la que un antiguo comandante de submarino de la I Guerra Mundial, Karl Dönitz, defendió la vigencia de la guerra contra el comercio y, lo más extravagante para no pocos de sus contemporáneos, la posibilidad de atacar con éxito el infalible sistema de convoyes mediante una idea que había fracasado en 1918: la Rudeltaktik, la «táctica de la manada».

(Continuará)

Vista del submarino alemán U-14. Foto: DP.


U-boote, los lobos de acero (II)

Un tripulante posa con uno de los cañones de un Q-ship británico en el Támesis,1918.

(Viene de la primera parte)

La gravedad de la situación demanda que nos liberemos de cualquier escrúpulo. (Friedrich von Ingenohl, almirante alemán, 1914).

El ejemplo de América debe ser un ejemplo especial. Un ejemplo de paz no solo porque América no va a combatir, sino porque la paz es una influencia sanadora y fortalecedora para el mundo, y el conflicto no lo es. Hay veces en que un hombre tiene tanta razón que no necesita convencer a otros de que tiene razón. (Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos, 1915).

La política naval alemana es una política de sinsentido y destrucción indiscriminada. (Robert Lansing, vicesecretario de Estado del presidente Wilson, 1915).

Alemania está acabada. (Theobald von Bethmann-Hollweg, canciller del Imperio alemán, tras conocer una decisión del Káiser sobre estrategia submarina que terminaría propiciando la entrada de los Estados Unidos en la I Guerra Mundial, 1917).

Los tripulantes de cualquier buque de guerra contemplaban con horror el naufragio de sus homólogos en el otro bando. Podían festejar el hundimiento de un buque enemigo, aunque fuese solo por el alivio de una victoria que garantizaba la propia supervivencia durante un día más, pero no eran monstruos; el contemplar a los enemigos debatiéndose en el agua servía como tétrico recordatorio de que la muerte en el mar era algo terrible que podía sucederle a cualquier marino en cualquier momento.

El submarino alemán U-9, como contábamos en la primera parte, obtuvo uno de los primeros éxitos navales de Alemania en la I Guerra Mundial cuando consiguió hundir tres cruceros de la Royal Navy en algo menos de dos horas. Un momento feliz para la propaganda bélica, pero no tanto para quien veía con sus propios ojos los efectos directos de aquellos hundimientos. El subcomandante del U-9, Johannes Spiess, estaba encargado de mirar a través del periscopio durante el ataque y anotaría sus impresiones sobre la dantesca escena de los marineros británicos «ahogándose, luchando por sus vidas entre los restos del barco, tratando de subirse a los botes salvavidas que estaban del revés». Spiess, abrumado por la congoja, se alejó del periscopio y lo justificó así en su diario: «No pude continuar mirando» (más tarde escribió un muy interesante libro titulado ¡Submarinos!).

Esta actitud venía de lejos. En la batalla de Trafalgar, por citar una de las más célebres de los siglos pasados, los barcos triunfantes auxiliaban a los enemigos con los que se habían estado intercambiando cañonazos apenas minutos antes. Era una cuestión de empatía y respeto mutuo; cuando el barco enemigo había sido hundido o inutilizado, sus tripulantes ya no eran un objetivo militar, sino camaradas de profesión y por lo tanto merecedores de ayuda. Durante la pavorosa tormenta que siguió a la batalla de Trafalgar, los barcos de un bando se convirtieron en equipos de rescate para los marineros del otro bando. En 1914, la modernización de los barcos de guerra había hecho más difícil el rescate de los marineros enemigos; a veces se los rescataba y a veces no, dependiendo de las circunstancias de la batalla, pero los combatientes habían asumido que imperaban nuevas condiciones determinadas por nuevas tecnologías. Sin embargo, en lo tocante a la flota civil, continuaban aplicándose algunas de las antiguas normas. Los barcos mercantes eran un objetivo «legítimo» dentro de la guerra, pero no así las vidas de sus tripulantes, que no eran soldados ni tenían oportunidad de defenderse. Antes de hundir un mercante, pues, había que permitir que la tripulación lo abandonara. Eso formaba parte de una serie de normas no escritas, pero respetadas con bastante amplitud entre las potencias combatientes, a las que se conocía como «reglas de la presa» o «reglas del crucero».

Cuando los Unterseeboote de la I Guerra Mundial localizaban un mercante enemigo desarmado y sin escolta, no se le acercaban sumergidos, sino sobre la superficie, dejándose ver bien. Así, ofrecía al mercante la oportunidad de rendirse antes ser atacado. Tras la rendición —como es lógico, ningún buque indefenso declinaba la oferta— y si el comandante del submarino lo estimaba conveniente, el mercante era inspeccionado en busca de información o de alguna carga útil, mientras se permitía que sus tripulantes subiesen a los botes salvavidas. En circunstancias extremas, cuando el estado del mar amenazaba la estabilidad de los botes o cuando había pocas probabilidades de un rescate, el propio submarino podía llevar a los marineros civiles a lugar seguro. En cualquier caso, cuando el mercante ya no albergaba marineros a bordo, era torpedeado y hundido. Esto, por descontado, evitaba la pérdida de muchas vidas, pero los buques y sus valiosos cargamentos terminaban en el fondo del mar, lo cual empezó a convertirse en un serio problema para el gobierno de Londres.

(Clic en la imagen para ampliar). Submarino alemán U-9 de regreso a Wilhelmshaven, Alemania, 1914. Ilustración: Willy Stower / National Museum of the U.S. Navy / Library of Congress.

El fin de las reglas de la presa

El Reino Unido poseía un vasto imperio cuyo talón de Aquiles era la completa dependencia del transporte naval, aunque, antes de la I Guerra Mundial, nadie hubiese identificado esa dependencia como un punto débil. El comercio británico había parecido inatacable porque su flota de guerra no conocía rival y tenía una muy justificada fama de ser invencible. La carrera en pos de la veloz construcción de una potente flota alemana, impulsada con entusiasmo por el Káiser Guillermo II, había servido para que Alemania se erigiese en una gran potencia naval con respecto a casi todos los países del mundo… exceptuando al Reino Unido. La Kaiserliche Marine continuaba siendo impotente frente a la Royal Navy. Por supuesto, fueron los Unterseeboote los que amenazaron con voltear el statu quo cuando demostraron que el comercio británico sí era vulnerable. Ni la colosal economía del Reino Unido ni el poder de su flota importarían demasiado en el caso de que los submarinos alemanes empezasen a interrumpir el transporte marítimo que facilitaba la llegada de los recursos desde el vasto imperio a su centro neurálgico.

Las islas británicas necesitaban una constante transfusión de recursos. Importaban dos tercios de los alimentos consumidos por su población, incluyendo un 80% del grano, un 60% de los lácteos y un 40% de la carne. El porcentaje alcanzaba un 100% de productos como el cacao, el café y el azúcar. También llegaban por vía naval materias primas indispensables para la maquinaria bélica y la industria, como el petróleo, el caucho y el algodón, además de la mayor parte de los metales requeridos por fábricas, astilleros y otros centros productivos. Para mantener vivo este suministro, el Reino Unido necesitaba garantizar la seguridad en el despliegue de una flota mercante compuesta por miles de buques. Ni siquiera la Royal Navy, la mayor flota militar del mundo, podía proteger uno por uno los cargueros y petroleros que surcaban los mares a diario.

Los buques de guerra aptos en tareas de vigilancia antisubmarina necesitaban ser ligeros, rápidos y maniobrables; aunque la Royal Navy disponía de varios cientos de barcos con esas características, los números brutos apenas reflejan la dificultad de la tarea de proteger el comercio naval. Muchos de aquellos buques ligeros, como los torpederos, los patrulleros o los anticuados ironclads (barcos blindados diseñados en el siglo XIX que aún estaban en servicio), solo servían como vigías en los puertos o como guardacostas. Para luchar contra los submarinos lejos del litoral se requerían barcos de escolta con mayor autonomía; la Royal Navy disponía de unos trescientos entre destructores, cruceros ligeros y corbetas. Sin embargo, estos escoltas no acompañaban a la flota civil, sino que eran destinados a la protección de buques de guerra voluminosos y vulnerables a los torpedos, como los acorazados, los cruceros pesados y algunos primitivos portaviones. Los mercantes, pues, tenían que apañárselas sin protección militar cuando se alejaban de los puertos. Para colmo, no tenían libertad total de movimiento porque necesitaban seguir aquellas rutas que iban y venían de los principales puertos comerciales. Los buques de guerra podían cambiar sus trayectorias y refugiarse en muchos lugares distintos, pero los mercantes debían llegar a grandes puertos y sus alternativas eran escasas. Esto permitía que los submarinos alemanes patrullaran las rutas comerciales más transitadas sabiendo que, tarde o temprano, aparecería en el horizonte la estela de humo exhalada por las chimeneas de un carguero o de un petrolero.

La situación se agravó cuando, como contábamos en la primera parte, el almirantazgo alemán comprendió que el comercio naval era el objetivo ideal para su flotilla de Unterseeboote. Alemania empezó a fabricar, y a poner en servicio con celeridad, una creciente flota submarina que ya no era malgastada en la vana tarea de perseguir a la Royal Navy, sino enviada a patrullar las rutas comerciales. Esto empezó a afectar de manera muy sensible al comercio británico. Las pérdidas en barcos y cargamento aumentaban con tal rapidez que a finales de 1914 el gobierno de Londres ya temía que su futuro bélico se pudiese convertir en una simple cuestión de números. Para entonces, todas las naciones combatientes habían entendido que la guerra no iba a terminar pronto y que se podía prolongar durante años. Si llegaba el momento en que los submarinos alemanes conseguían hundir más barcos mercantes de los que podían ser fabricados en el Reino Unido, los recursos que llegaban por mar a las islas británicas empezarían a disminuir hasta el hipotético extremo de que la industria nacional quedase paralizada y la moral de los ciudadanos se viniese abajo por culpa de las restricciones en consumibles y el racionamiento de alimentos. La terrible posibilidad de un estrangulamiento marítimo no parecía muy alejada en el tiempo.

El alto mando británico, alarmado por la amenaza submarina, autorizó el incumplimiento de las viejas «reglas de la presa». Idearon los Q-ships («Barcos Q»), señuelos pensados para atraer los submarinos alemanes y hundirlos en cuanto apareciesen. Había dos tipos de barcos Q; los del primer tipo eran mercantes modificados que tenían un cañón, o dos, camuflado en cubierta; los del segundo tipo eran mercantes sin modificar que no tenían cañón, pero que iban escoltados por un submarino británico oculto. En ambos casos, la tripulación del barco Q estaba formada por soldados sin uniformar, pero armados. Así, cuando el submarino alemán se acercaba para exigir la rendición, era atacado por el cañón del barco Q o torpedeado por su escolta. Una treintena de Unterseebote caerían como consecuencia de esta táctica. A esto se sumó otro incumplimiento del protocolo marítimo, pues el Reino Unido empezó a transportar ciertas mercancías estratégicas en barcos de pasajeros, los cuales, según la convención, estaban exentos de ataques. El 31 de enero de 1915, para terminar de exasperar a los mandos alemanes, Londres autorizó que sus mercantes pudiesen navegar bajo falsa bandera, fingiendo pertenecer a un país neutral y así evitando ser objeto de ataques. Todo esto agitó los ánimos en las altas esferas de Berlín.

La guerra submarina ilimitada

Los incumplimientos británicos, con todo, escandalizaban a los militares alemanes, pero no a la opinión pública internacional que consideraba el uso de sumergibles una estrategia traicionera y cobarde. Esa visión despectiva era compartida por la mayor parte de los generales de los ejércitos de tierra y hasta por muchos almirantes de las flotas, incluyendo a varios de la Kaiserliche Marine. Los partidarios de que los submarinos abandonasen las escrupulosas «reglas de la presa» constituían una minoría. El más notorio fue Friedrich von Ingenohl, almirante en la Hochseeflotte («Flota de alta mar»), principal grupo de batalla de la Kaiserliche Marine. Sus ideas, pese a la importancia de su rango, no eran bien recibidas. Berlín se había negado a autorizar la transgresión de las reglas, pensando, sobre todo, en las potencialmente catastróficas consecuencias diplomáticas. Los Estados Unidos eran todavía neutrales; si bien ayudaban a los británicos mediante el comercio y la escolta de mercantes aliados en aguas norteamericanas, era bien sabido que el no intervencionismo era defendido tanto por la Casa Blanca como por una mayoría de la población estadounidense. Ni el Káiser ni los miembros de su gobierno habían querido dar un paso que pudiese soliviantar a Washington.

Todo tenía un límite, sin embargo. Desde el principio de la guerra, los británicos habían sido muy duros al aplicar su propio bloqueo naval, declarando el mar del Norte como zona de guerra y decretando que el transporte de alimentos hacia Alemania formaba parte del «contrabando de guerra». Ahora se incumplían las viejas reglas de cortesía para usarlas como arma contra los submarinos y eso era más de lo que Alemania estaba dispuesta a tolerar. Esto se sumaba a que la guerra marítima convencional se demostraba, en efecto, imposible de ganar. Friedrich von Ingenohl fue destituido el 2 de febrero de 1915 como consecuencia de la derrota en la batalla naval de Dogger Bank, donde un grupo de la Royal Navy perdió solo a quince marineros frente a casi mil alemanes muertos —la mayoría por el hundimiento del crucero blindado SMS Blücher—, además de otros ciento noventa que fueron hechos prisioneros. La ironía del destino quiso que, al mismo tiempo que von Ingenohl perdía su puesto, las nuevas tácticas antisubmarinas de los británicos terminasen desequilibrado la balanza del alto mando alemán en favor de quienes opinaban como él.

El 4 de febrero de 1915, la gaceta oficial Deutscher Reichsanzeiger publicó un anuncio que conmocionó al mundo: las aguas que rodeaban las islas británicas eran declaradas zona de guerra y cualquier mercante enemigo sería torpedeado sin necesidad de advertencia previa u oferta de rendición. Para colmo, alegando que los británicos habían autorizado el uso de falsas banderas, Berlín dejaba de «garantizar la seguridad» de los mercantes pertenecientes a países neutrales. Esta inédita estrategia, que iba a ser puesta en práctica a partir del 18 de febrero, sería conocida como «guerra submarina ilimitada». Fue considerada una atrocidad por la comunidad internacional, que no la encontraba justificable ni aun cuando los británicos hubiesen incumplido otras reglas con anterioridad. En la propia Alemania, de hecho, seguía sin existir un total consenso sobre ella y algunos políticos temían que el anuncio empujase por fin a los Estados Unidos a la guerra. Para alivio de estos temores, Washington condenó el anuncio de la guerra submarina ilimitada, pero con una firmeza más verbal que efectiva. El presidente estadounidense Woodrow Wilson, abiertamente opuesto a la declaración de guerra, se contentó con ejercer una reprimenda diplomática.

El endurecimiento de las campañas submarinas consiguió el propósito de elevar las pérdidas de la flota mercante británica a cifras que empezaban a provocar desazón: una media de dos mercantes hundidos cada día, lo que podía suponer, de seguir así, la pérdida de más de setecientos mercantes en un año… sin contar la intervención de los Unterseeboote que aún estaban en preparación. Esto se obtuvo a un alto precio diplomático. La mala prensa de la flota subacuática alemana empeoró por culpa de diversos incidentes originados por errores de los comandantes de los Unterseebote o por el ocasional exceso de celo en el cumplimiento de sus misiones. Algunos incidentes implicaron a los «barcos hospital», embarcaciones de pasajeros reconvertidas para el traslado de heridos. Al igual que todas las demás unidades médicas, los barcos hospital eran considerados neutrales aunque perteneciesen a un país combatiente y estaban señalizados de manera apropiada para no ser atacados. Eso no impidió que la mala visibilidad de los periscopios de la época condujese a malentendidos y que dos barcos hospital británicos fuesen torpedeados por submarinos alemanes. El gobierno alemán publicó —aunque con inconveniente retraso— sendas notas a modo de disculpa, atribuyendo aquellos ataques al error humano. El daño propagandístico, sin embargo, ya estaba hecho. Y lo peor estaba por llegar. Con la perspectiva que nos otorga el tiempo, parece que era inevitable que, tarde o temprano, los «daños colaterales» de aquellos errores terminasen afectando a los estadounidenses. Y así terminó sucediendo.

El 1 de mayo de 1915, dos buques patrulla británicos buscaban un esquivo Unterseeboote que llevaba tiempo hundiendo mercantes en la punta suroeste de Inglaterra, allí donde el canal de la Mancha se abre al Atlántico. Los patrulleros dieron con la posición de un petrolero estadounidense, el Gulflight, que circulaba por aquellas aguas. Sospechando que pudiese ser un buque alemán camuflado cuya misión fuese ofrecer repostaje al dichoso submarino, alcanzaron al Gulflight y lo hicieron detenerse. Oficiales británicos comprobaron que los tripulantes eran estadounidenses, pero no quedaron satisfechos con la documentación que les fue presentada (como ven, el engorroso papeleo también jugaba un importante papel en la guerra). El petrolero tuvo que cambiar su rumbo hacia el puerto más cercano para ser inspeccionado con mayor detenimiento, así que los tres barcos empezaron a navegar juntos: el Gulflight en el centro y los patrulleros a ambos lados. Mientras avanzaban con esta formación, el segundo oficial del petrolero estadounidense vio la estela de un periscopio en el agua y se lo comunicó a su capitán, pero ambos comprobaron que los barcos de escolta no hacían el más mínimo amago de reaccionar, así que dedujeron que el submarino debía de ser británico y que formaba parte de la misma patrulla. Tranquilizados, el capitán del Gulflight y su segundo contemplaron la estela del periscopio durante unos cinco minutos, hasta que, por fin, desapareció por completo de la vista.

Media hora después, cuando ya no esperaban volver a verlo, el submarino emergió por completo. Era alemán. Se estaba dejando ver para exigir a los tres barcos que se detuviesen. Uno de los escoltas británicos desoyó la advertencia y aceleró para intentar embestir al Unterseeboote, pero este reaccionó a tiempo y volvió a sumergirse. El comandante alemán, que no había visto la bandera que ondeaba en el petrolero, ordenó disparar un torpedo en su dirección. Al poco, se dio cuenta de que el buque era estadounidense y ordenó detener el lanzamiento de un segundo torpedo, pero ya era demasiado tarde porque el primer torpedo terminó haciendo diana. El Gulflight empezó a hundirse, aunque casi todos sus tripulantes pudieron abandonarlo con vida excepto tres: dos marineros que habían muerto en la explosión y el capitán, quien, al ver su buque atacado, sufrió un fulminante paro cardíaco.

El hundimiento del Gulflight, como es lógico suponer, levantó un revuelo en los Estados Unidos, pero no el suficiente como para abrir un debate serio sobre la entrada del país en la guerra. Sí hubo una parte de la opinión pública —así como algunos políticos de la oposición— exigiendo que Washington actuase, pero el presidente Woodrow Wilson seguía en sus trece y su postura era compartida aún por muchos conciudadanos. El hundimiento del petrolero había sido lamentable, sin duda, pero parecía el producto de un error. En Berlín, por descontado, exhalaron un suspiro de alivio al comprobar que no se producía una respuesta inmediata. Sin embargo, les esperaban nuevas y más graves tensiones en menos de una semana

El hundimiento del RMS Lusitania

RMS Lusitania llegando a puerto, posiblemente a Nueva York, 1907-13. Fotografía: George Grantham Bain / Library of Congress.

Casi al mismo tiempo que era hundido el petrolero Gulflight, el lujoso transatlántico británico RMS Lusitania partía de Nueva York con rumbo a Liverpool. Su pasaje de casi dos mil personas estaba compuesto sobre todo por ciudadanos británicos y estadounidenses, incluyendo una primera clase repleta de políticos, artistas, intelectuales, empresarios y socialites. Era uno de los mayores barcos de pasajeros del planeta, casi tan grande como el famoso RMS Titanic, que solo tres años antes había sido hundido por una montaña flotante de hielo.

El Lusitania no tendría que enfrentarse con icebergs, pero su trayectoria prevista implicaba que, durante el tramo final del viaje, navegaría sin escolta por aguas declaradas zona de guerra y en las que bullía una intensa actividad de los submarinos alemanes. Aunque un transatlántico no era un objetivo bélico habitual, la perspectiva bastaba para inquietar al más estoico; entre los pasajeros cundía una preocupación difusa que intentaban aliviar con chistes sobre submarinos y torpedos. Al cabo de cinco días, cuando el barco se acercaba ya a las islas británicas y entraba en la zona de guerra naval designada por los alemanes, la tensión empezó a hacerse más patente. El capitán del Lusitania optó por acercarse a la costa, donde había más presencia de patrulleros, pensando que tendría menos posibilidades de toparse con sumergibles. Se dio de bruces con un espeso banco de niebla en una zona marítima transitada y, dada la escasa visibilidad, tuvo que hacer sonar la bocina para alertar a otros buques y disminuir riesgo de colisión. Muchos pasajeros empezaron a ponerse nerviosos pensando que el estruendo acabaría atrayendo a alguno de aquellos temibles tiburones metálicos alemanes. El trance, sin embargo, pasó de largo. La niebla se disipó y no había noticias de submarinos.

El 7 de mayo amaneció despejado. Muchos pasajeros se paseaban por las cubiertas del Lusitania para disfrutar del sol y contemplar un mar en perfecta calma que «brillaba como un espejo». Hasta poco antes de las dos de la tarde, con un cielo completamente azul y una atmósfera plácida, los momentos tensos que habían vivido en mitad de la niebla debían de parecer el confuso recuerdo de un mal sueño. No se vislumbraba nada capaz de impedir que el Lusitania llegase sin más incidentes a su destino.

En una guerra, sin embargo, la mala suerte no entiende de días soleados. Un Unterseeboote, el U-20, navegaba por casualidad en aquellas aguas. De hecho, estaba de regreso hacia Alemania. Había hundido un par de mercantes durante su patrulla y le quedaban tres de los seis torpedos con los que había partido, pero las menguantes reservas de combustible lo habían hecho emprender el camino de vuelta hacia la base naval de Wilhemshaven, en la que solían congregarse los submarinos alemanes. El comandante del U-20, Walther Schwieger, ni siquiera buscaba presas de manera activa. Eso sí, si una presa se cruzaba en su camino, no la iba a desperdiciar. Aquel 7 de mayo fue informado de la presencia de varias estelas de humo en el horizonte, lo cual parecía indicar la presencia de varios buques que, además, navegaban hacia donde estaba el submarino. A las trece horas y cuarenta minutos, Schwieger vio a través del periscopio que las estelas no procedían de varios barcos, sino de las cuatro chimeneas de un único transatlántico de gran tamaño. Lo reconoció como el RMS Lusitania, que era un barco de pasajeros, pero estaba incluido en la lista de reserva de la Royal Navy. El U-20, que permanecía sumergido, se preparó para el ataque. No fue detectado. Poco después de las catorce horas, cuando el Lusitania estaba ya en una posición idónea como blanco (esto es, dando uno de sus costados al submarino) y a unos setecientos metros de distancia, el comandante ordenó disparar un único torpedo. El torpedo tardaría algo menos de un minuto en llegar a su destino, aunque el relato que los supervivientes harían de ese minuto demuestra cómo puede dilatarse la percepción del tiempo.

En la proa del Lusitania, un joven vigía agarró su megáfono y dijo que había una línea blanca en el agua, como la estela producida por las burbujas del motor a vapor con el que se impulsaba un torpedo. Los pasajeros cercanos se alarmaron, pero en otras cubiertas del barco nadie llegó a oír el aviso. En otra cubierta, un pasajero que estaba tomando el aire recordaría después que vio la estela y supo al instante de qué se trataba, aunque quedó paralizado y sin saber cómo reaccionar, pensando, para sorpresa de sí mismo, que se trataba de «una hermosa visión». Una mujer que estaba a su lado preguntó con tono ingenuo: «¿Es eso un torpedo?», pero él ni siquiera fue capaz de pronunciar palabra porque «estaba demasiado hipnotizado para responder, hasta el punto de que mi actitud me pareció absolutamente enfermiza incluso a mí mismo». Otros pasajeros tampoco parecieron saber qué hacer, como si la sorpresa hubiese entumecido su percepción del peligro ante lo que era un inminente desastre. La visible línea de espuma, que se acercaba de manera inexorable, no despertó un pánico inmediato, sino que provocó una surrealista escena de estupor y hasta de inconsciente curiosidad entre los pasajeros. Algunos incluso se inclinaron sobre la barandilla «para ver qué sucedía cuando el torpedo hiciese impacto». Eran incapaces de procesar como una alarma lo que estaban viendo, como si lo inevitable del suceso hubiese convertido en inútil cualquier otro tipo de reacción.

Cuando la estela alcanzó por fin el casco del barco, se produjo una abrumadora explosión, descrita por otro superviviente como «si un martillo de un millón de toneladas golpease una olla de treinta metros de alto». El capitán del Lusitania dio orden de dirigir el herido coloso hacia la costa, con la esperanza de alcanzar aguas superficiales antes de que se hundiese, pero el intento fue inútil; la veloz inundación del casco apagó los motores y provocó un apagón eléctrico generalizado. Muy poco después del impacto del torpedo, se produjo una segunda explosión de enorme magnitud. Todos en el Lusitania dieron por hecho que se trataba un segundo torpedo, pero aquel segundo torpedo —futuro tema de feroz controversia diplomática— nunca fue disparado. Era previsible una segunda explosión si el fuego alcanzaba los compartimentos donde se almacenaba el carbón, pero la inesperada virulencia de ese segundo estallido tomó por sorpresa incluso a los propios alemanes.

El comandante Schwieger, abrumado por lo que estaba viendo a través del periscopio, no había querido seguir con el ataque porque, según su diario de bitácora, «no puedo disparar otro torpedo sobre esta masa de seres humanos que desesperadamente intentan salvarse». En muy pocos minutos, el Lusitania había empezado a ladearse y su morro se clavaba en el agua mientras la popa se elevaba. El más completo caos se había apoderado de las cubiertas; pese a que había botes salvavidas en cantidad más que suficiente, muchos de los botes se voltearon o cayeron en el interior del propio transatlántico por efecto de la progresiva inclinación, y también por culpa del nerviosismo de tripulación y pasaje. El desorden en el desalojo es fácil de comprender; pensemos que el Titanic había tardado dos horas y cuarenta minutos en hundirse… y que el Lusitania se hundió en menos de veinte minutos.

El suceso causó una honda conmoción en todo el mundo. De los mil novecientos sesenta y dos pasajeros del transatlántico, mil ciento noventa y ocho perdieron la vida. Lo más delicado para Alemania es que la tétrica lista de bajas incluía a ciento veintocho ciudadanos estadounidenses. La percepción que los estadounidenses tenían del conflicto empezó a cambiar. El gobierno alemán adujo en su propio favor que el Lusitania estaba transportando material bélico y era por tanto un objetivo militar. Sonaba a excusa (y quizá lo era), aunque el tiempo demostraría que Berlín estaba en lo cierto, pues en las bodegas del Lusitania había setecientas cincuenta toneladas de municiones, cien barriles de polvo de aluminio y una gran cantidad de nitrocelulosa, materiales ambos empleados en la fabricación de explosivos. En términos diplomáticos y de percepción de la tragedia humana, eso poco importaba. El Lusitania era un barco de pasajeros; eso, como es humano, era lo importante cuando la gente leía la noticia en los periódicos.

Los testimonios de los supervivientes hablaban de dos explosiones e hicieron que se acusara al submarino alemán de haber torpedeado por segunda vez un barco que ya estaba condenado a hundirse, lo cual ni siquiera hubiese estado justificado en el caso de un barco de guerra, no digamos en uno repleto de civiles inocentes. Esto empeoraba la ya muy dañada imagen de Alemania. Sin embargo, pese a la oleada de indignación, el presidente estadounidense Woodrow Wilson seguía resistiéndose a entrar en la guerra. Su postura aún tenía algunos defensores, pero menos. Los detractores eran cada vez más numerosos y más insistentes. Theodore Roosevelt, por ejemplo, afirmó que la tragedia del Lusitania se hubiese evitado si Wilson hubiese reaccionado «de manera apropiada» al hundimiento del Gulflight, ocurrido solo una semana antes. La pasividad del presidente encontró críticos incluso en el seno de su propio gabinete de gobierno; el vicesecretario de Estado Robert Lansing, atónito ante la inacción del presidente, presentó su dimisión a las pocas semanas de incidente. Esto da buena idea de hasta qué punto se estaba dividiendo la opinión pública estadounidense.

En Alemania también se produjo una gran conmoción. El gobierno de Berlín empezó a pensar que había cometido un error. Por más que Wilson se resistiese, la posibilidad de una intervención bélica estadounidense ya no podía ser descartada (de hecho, hoy se arguye que el caso Lusitania impulsó una bola de nieve que descendía lenta, pero imparable). Estados Unidos no poseía una flota tan potente como la británica, pero su capacidad industrial era enorme y, si entraba en la guerra, el tiempo se pondría de su lado. Un hipotético desembarco estadounidense en Europa podía agudizar los problemas a los que ya se enfrentaba el ejército del Káiser. La elección era simple en los términos, pero muy complicada en la práctica porque cada opción tenía consecuencias potencialmente nefastas a medio y largo plazo. Berlín podía elegir entre seguir empleando los submarinos con toda su fuerza y sabiendo que Washington terminaría reaccionando con una declaración de guerra, o dar alivio al comercio británico para evitar que los estadounidenses desembarcasen en Europa. Al final, optarían por lo primero. Haciéndolo, pondrían a los británicos en una situación estratégica desesperada.

Irónicamente, fue esa desesperación la que los ayudó a descubrir cuál era la mejor táctica antisubmarina, una táctica que ninguno de los dos contendientes había considerado viable durante los años anteriores de aquella guerra.

(Continúa aquí)


Compendio de héroes de guerra extraordinarios (II)

703er Escuadrón de bombarderos durante la Segunda Guerra Mundial. Uno de sus miembros además de medallas también tiene un par de Óscar de Hollywood. Imagen: Dominio público.

(Viene de la primera parte)

El pirata canadiense

Léo Major (1921-2008) nació en Massachusetts pero antes de empezar a dar sus primeros pasos ya se había mudado con sus padres francocanadienses a las calles de Montreal. A los catorce años optó por largarse del hogar e instalarse en casa de su tía tras varias desavenencias con su progenitor. A los diecinueve se alistó en el ejército canadiense para demostrar a su padre que era una persona de la que se podía estar orgulloso. En los años posteriores aprovecharía para demostrarle también al resto del mundo que el espíritu de John McClane ya existía antes de que llegase Bruce Willis.

A Major le tocó comer arena durante el famoso martes 6 de junio de 1944 en el que se llevó a cabo el desembarco de Normandía. El chico contaba tan solo con veintitrés años cuando saltó sobre la playa de Juno, pero no tardó demasiado en demostrar que sabía dar guerra: durante una de sus primeras misiones de reconocimiento capturó un vehículo blindado alemán, el Sd.Kfz.251 Sonderkraftfahrzeug 251, tras despachar a sus ocupantes. Días después se tropezó con una patrulla de las SS y fue capaz de llevarse a cuatro de sus miembros por delante antes de ser alcanzado por una granada que le privó de su ojo izquierdo. Pero cuando los médicos le firmaron el billete de vuelta a casa, por todo aquello de haber perdido la visión en tres dimensiones con el bombazo, el muchacho dijo que mejor se quedaba a pegar tiros porque total «solo hace falta un ojo para apuntar por la mirilla». También añadió que gracias a aquella herida y sus remiendos ahora «parecía un pirata».

Para Léo Major esto es un caramelo y lo que lleva encima son niños.

A partir de aquí la leyenda del corsario canadiense solo podía ir a mejor. Durante las operaciones militares de la batalla del estuario del Escalda, a Major y a su compañero de batallas, Willy Arsenault, se les asignó la tarea de acercarse a un pueblo cercano para averiguar qué había ocurrido con un grupo de «zombis» (soldados sin experiencia recién llegados de Inglaterra) que tras salir a patrullar la zona no había regresado a la base. Como Arsenault se encontraba convaleciente en el hospital, y Major tenía prisa por salir al campo a jugar a Commando un rato, el cíclope canadiense optó por ir por su propia cuenta, con pies ligeros y a través de las ruinas de un puente derribado. Al llegar a la ubicación, Major localizó el equipo de comunicaciones de los aliados ingleses y parte de su armamento abandonados en mitad del campo y no tardó demasiado en darse cuenta de que todo el destacamento ausente había sido capturado y los alemanes se habían hecho con la zona. Y entonces, en lugar dar marcha atrás e informar a sus superiores sobre la situación, decidió que lo más adecuado y razonable era reconquistar la villa por su cuenta.

Major pronto se topó con dos soldados enemigos: «Vi a dos alemanes en guardia, patrullando por un dique, así que pensé “Estoy congelado y empapado por vuestra culpa” y me dije a mí mismo que no caminarían mucho más». El canadiense redujo a uno de sus adversarios, se cargó al otro y aprovechó para localizar al oficial al mando y obligarle a rendirse. El resto de la guarnición alemana, un centenar de hombres, comenzó a considerar asimismo la rendición como una buena alternativa cuando vieron cómo Major se dedicaba a reventar cabezas a tiros para convencerles. También ayudó el hecho de que, desde unas edificaciones cercanas, las tropas de las SS habían empezado a abrir fuego sobre sus propios soldados tras ver como el oficial de la milicia se dejaba apresar por el enemigo. «Podían venir conmigo como prisioneros o quedarse allí para que les disparasen». Dirigiendo a los alemanes sumisos hacia las instalaciones canadienses el hombre recibió la asistencia de un tanque aliado que le quitó las ganas a las SS de seguir tiroteando. Cuando Major se presentó de nuevo en su campamento lo hizo acompañado de los noventa y tres soldados enemigos que había capturado con la única ayuda de sus hermosos cojones. Lo tremendo de la gesta hizo que las altas autoridades decidieran honrarle con la Medalla de Conducta Distinguida, pero Major declinó la oferta porque el encargado de entregársela hubiera sido el general Bernard Law Montgomery, alguien a quien aquel pirata consideraba un completo incompetente.

En 1945, mientras ayudaba a trasladar varios cadáveres en un vehículo blindado, el transporte en el que viajaba Major junto a otras dos personas pisó una mina y salió volando por los aires. El soldado sobrevivió pero se fracturó la espada por tres sitios distintos, varias costillas y ambos tobillos. Rebañándolo en morfina, los médicos le dijeron que ya era hora de irse para casa y que tenía todos los gastos pagados del viaje hasta Canadá. Pero Major optó por fugarse, esconderse durante un mes y regresar a su unidad silbando cuando ya no le picaban tanto las pupas. Se desconoce por qué no fue amonestado, aunque el miedo a enfrentarse a lo que parecía ser un terminator canadiense bien podría ser un factor importante.

Léo Major (el del parche) siempre saludaba. Especialmente al enemigo, lo hacía con one-liners. Imagen: Les films sighter.

Pero Léo Major no tardaría mucho en liarla de nuevo a lo grande. Cuando las milicias aliadas continuaron avanzando hasta la ciudad de Zwolle, a orillas del río Ijssel, se toparon con un montón de nazis apoltronados en la urbe. El oficial al mando necesitaba a un par de soldados para contactar con la resistencia holandesa y reconocer la zona antes de descargar la artillería, con lo que Major y Arsenault se ofrecieron como voluntarios porque les iba bastante el mambo. Y, sobre todo, porque el verdadero plan de aquellos chalados no era tanto reconocer el terreno como continuar con la tradición iniciada por Major y reconquistar ellos solos el lugar aunque nadie se lo hubiese pedido. Poco después de ponerse en marcha, a medianoche, Arsenault cayó abatido por el fuego de una ametralladora regentada por un grupo de alemanes y su (bastante enfurecido) compañero decidió que finiquitaría el trabajo él solo: se cargó a dos de los asaltantes e hizo huir al resto. Avanzó entre las calles y apresó a otro enemigo después de darle un susto de muerte («Porque yo tenía pinta de pirata»). Localizó en una taberna a un oficial enemigo y le convenció de que la zona iba a ser bombardeada por lo que sería mejor que los alemanes se retirasen si no querían acabar hechos picadillo. Y a continuación le dejó libre, tras devolverle el arma que había requisado, confiando en que el hombre propagaría la noticia y sus tropas comenzarían a abandonar el emplazamiento.

Entretanto, y para hacer tiempo, se dedicó a corretear por la ciudad atacando a algunos soldados enemigos («Me cargué a unos cuantos, pero lo que intentaba era asustarlos, que entrasen en pánico»), apresando a medio centenar de ellos (en grupos que escoltaba hasta el exterior de la ciudad) y salpicando las esquinas con explosivos para acojonar al resto de alemanes que se le habían escapado. También aprovechó para prenderle fuego al edificio de la Gestapo y asaltar el cuartel general de las SS aniquilando a cuatro de sus ocho ocupantes («Debería haberlos matado a todos, pero no me dio tiempo»). Antes de las cinco de la mañana los alemanes decidieron retirarse y el héroe solitario transportó el cadáver de su compañero de vuelta al campamento base. Las tropas canadienses entraron en Zwolle sin ningún tipo de oposición. Léo Major había hecho aquello que mejor justificaría el ganarse una calle propia: liberar la ciudad por su cuenta.

One-eye army. Imagen: dominio público.

Las hazañas bélicas de Major no terminaron ahí, porque casi una década después participaría en la guerra de Corea capturando y defendiendo una colina de los pelotones chinos durante tres días y desobedeciendo (para variar) las instrucciones de unos superiores que le ordenaron retirarse. Condecoradísimo, Major volvió a casa y presuntamente se pasó el resto de su vida bastante aburrido podando su jardín en Quebec.

Las gloriosas bastardas

María Bochkariova (1889-1920) llegó a este mundo como suelen hacerlo los héroes de guerra más letales: en el seno de una modesta familia de granjeros. Natural de Nóvgorod, Rusia, la mujer se desposó a temprana edad, con dieciséis años, y se trasladó a Siberia para trabajar como obrera junto a su marido. Cuando el hombre comenzó a abusar de ella, Bochkariova lo abandonó y se mudó a Srétensk junto a su nueva pareja, un judío llamado Yákov Buk. Ambos montaron una carnicería y se imaginaron una vida plácida fileteando terneros rusos, hasta que Buk fue arrestado por robo y enviado a otra ciudad (Yakutsk). Bochkariova lo siguió hasta allí para acabar montando otro negocio carnicero y volver a ver como su pareja era detenida de nuevo por hurto y trasladada a Amga, un pueblecillo rural. La mujer acompañó a Buk en su exilio y el hombre le agradeció tanta lealtad bebiendo como un cerdo y maltratándola físicamente.

A esas alturas, Bochkariova decidió que ya estaba hasta el coño de todo y era hora de comenzar a matar gente: en 1914, al iniciarse la Primera Guerra Mundial, se mudó a Tomsk para presentarse como voluntaria y servir en el 25º Batallón de Reserva del Ejército Imperial Ruso de Tomsk. Pero los oficiales al mando le sugirieron que se metiera a enfermera si quería ayudar de verdad en el conflicto. La mujer optó por no rendirse y envió un telegrama al zar Nicolás II dejando bien claro que ella había nacido para repartir estopa. Obtuvo su beneplácito y los comandantes del 25º Batallón de Reserva del Ejército Imperial Ruso de Tomsk se vieron obligados a darle la bienvenida a regañadientes al equipo. Tras un trimestre de entrenamiento fue trasladada a Polotsk para batallar en el 5º Cuerpo del 28º Regimiento del Segundo Ejército.

María Bochkariova calculando mentalmente las 762.549.218 maneras diferentes de las que podría matar a la persona que tiene enfrente. Imagen: Dominio público.

Bochkariova no tardó mucho en descubrir que le iba el rollo que se traían los soldados. Respetaba el uniforme y el peinado militar, disfrutaba de la sensación de poder, y el estilo de vida de las tropas le parecía tan interesante como para sumergirse de lleno en él: visitó burdeles y comenzó a tontear con mujeres. Sus compañeros de filas la adoraban porque sobre el terreno de combate era una guerrera excepcional, alguien que fue capaz de salvar la vida de más de cincuenta compañeros en apuros. Fue condecorada por ello, pero numerosas heridas durante el combate (incluyendo una lesión que la mantuvo paralizada durante cuatro meses) le obligaron a alejarse de las ofensivas y contentarse con colaborar en las unidades médicas o repartiendo suministros.

Tras la Revolución de Febrero de 1917 y la abdicación de Nicolás II, las reglas del segundo gobierno provisional dictaminaron que hombres y mujeres debían de ser tratados por igual, y en el Ministerio de Guerra comenzaron a recibir numerosas peticiones para crear escuadrones militares de mozas guerreras. De todas las solicitudes, la primera en ser oficialmente aprobada fue la de una María Bochkariova que a aquellas alturas tenía muy claro que, para no aguantar tonterías de los hombres (una constante durante su etapa en el ejército), bien se podía montar su propia brigada de gloriosas bastardas.

La mujer presentó su propuesta ante el ministro de guerra contando con el apoyo del presidente de la Duma, Mijaíl Rodzianko, y el general Alekséi Brusílov. Ambos creían que un batallón femenino podía ser un buen artefacto de propaganda, pero cuando dieron manga ancha a Bochkariova para seleccionar y comandar a las mujeres soldado descubrieron que en realidad aquello tendría poco de marketing publicitario y mucho de bestia parda con su propio ejército: las oposiciones para entrar a formar parte del escuadrón fueron tan duras y severas, simulando la disciplina del ejército previo a la Revolución de Febrero, que de dos mil voluntarias presentadas tan solo trescientas fueron capaces de pasar el corte.

La composición del batallón era de lo más variada, en aquellas tropas desfilaban desde campesinas hasta aristócratas, y Borachkariova apostó por erradicar toda señal de comportamiento femenino entre sus reclutas, las animaba incluso a fumar y maldecir como señoros para hacerlo todo más «real». Uno de sus discursos de reclutamiento era tal que así: «Ven con nosotras en nombre de tus héroes caídos. Ven con nosotras a secar las lágrimas y curar las heridas de Rusia. Protégela con tu vida. Las mujeres nos estamos convirtiendo en tigres para proteger a nuestros niños de un yugo vergonzoso, para proteger la libertad de nuestro país».

María Bochkariova al frente de un ejército de ovarios del tamaño de los melones maduros.

El bautismo de fuego del 1er Batallón de la muerte de mujeres rusas tuvo lugar el 9 de julio durante la ofensiva de Kérenski en Smorgon. Al llegar se encontraron con que los ejércitos masculinos no las tenían todas consigo ante las órdenes de avanzar hacia terreno enemigo y decidieron que mejor iban por su cuenta dejando a los chavales atrás. Traspasaron tres trincheras alemanas y, a pesar de que se acabó perdiendo el terreno ganado por la ausencia de refuerzos, el comandante del regimiento elogió el coraje e iniciativa de aquel grupo de aguerridas. Por sus gestas bélicas diez mujeres de la formación fueron galardonadas con la Cruz de San Jorge y otras veinte con diferentes medallas. A pesar de todo eso, muchas autoridades militares rusas, soldados, políticos y cuñados siguieron tomándose a mofa la idea de un ejército de féminas. El equipo de Bochkariova acabó disolviéndose ante tantas presiones de varones enfurruñados.

María Bochkariova se hizo bastante famosa alrededor del globo y acabó realizando una gira mundial que la llevó a entrevistarse con el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, y el rey de Inglaterra, Jorge V. Entre las idas y las venidas fue detenida en al menos tres ocasiones por los bolcheviques (de una de ellas la rescató un antiguo compañero de filas). En el último de aquellos arrestos la cosa se fue de madre: tras cuatro meses de interrogatorios fue condenada y ejecutada por ser una «enemiga de la clase obrera». Un año antes le había dado tiempo a escribir su autobiografía entre viaje y viaje, un texto en el que la mujer dejaba claro que había nacido para vestir uniforme: «Mi corazón anhelaba estar aquí, dentro del caldero hirviente de la guerra para ser bautizado en su fuego y chamuscado en su lava».

La estrella

A James Stewart (1908-1997) la gente lo conoce por, en general, ser James Stewart. Aquel caballero que se convirtió en una pieza fundamental para Alfred Hitchcock participando en clásicos tan rotundos como La soga, La ventana indiscreta, El hombre que sabía demasiado o Vértigo. Pero también aquel que trabajó junto a Anthony Mann (Horizontes lejanos, El hombre de Laramie, Tierras lejanas), Otto Preminger (Anatomía de un asesinato), George Cukor (en Historias de Filadelfia compartiendo cartel con Cary Grant y Katharine Hepburn, ahí es nada), John Ford (El hombre que mató a Liberty Wallace) y protagonizó la incombustible ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra, o la película más reposicionada de la historia que mejor tolera la gente por detrás de Pretty Woman. Pero más allá del firmamento hollywoodiense, Stewart también surcó otros cielos, sentado en un bombardero.

La familia de Stewart llevaba el espíritu guerrero en la sangre. Su abuelo había participado en la guerra de secesión, batallando contra el Sur, y su padre se las había visto contra España y Alemania. A finales de los años treinta su carrera cinematográfica estaba despegando con fuerza, pero el actor decidió que era más conveniente pilotar otras naves: compró su propio avión y obtuvo la licencia como piloto comercial antes de presentarse ante el Ejército de los Estados Unidos, donde fue rechazado por pesar demasiado poco. Obcecado con enlistarse, contrató los servicios del entrenador personal de la Metro-Goldwyn-Mayer y comenzó a ponerse fino de bistecs, pasta y batidos hasta que convenció al Cuerpo Aéreo Estadounidense de que daba la talla y, sobre todo, el peso adecuado.

Entró a formar parte del ejército el día veintidós de marzo de 1941 como soldado raso número 0433210 y tuvo que sufrir a los paparazzi, fotografiando incluso el momento en el que se le hacía entrega de la ropa interior, y a las hordas de chavalas que tenían ganas de verle rellenando el traje. Su comandante en jefe, un poco hasta las narices de todo, acabó clavando un cartel donde rogaba que dejasen a la estrella en paz al menos hasta que terminase su entrenamiento. En 1942 el actor se presentó vestido de uniforme en la ceremonia de los Óscar para entregarle el premio a Gary Cooper por su papel en El sargento York. Las normas de la casa obligaban cortésmente al anterior galardonado en la categoría a entregar el Óscar del año siguiente, y doce meses antes Stewart se había llevado uno por Historias de Filadelfia.

Gary Cooper y James Stewart, 1941. Imagen: dominio público.

El problema para Stewart llegó cuando superado el entrenamiento y el circo mediático inicial comenzó a recibir tareas. Porque en el ejército nadie quería cargar con la culpa de cargarse a una estrella de cine enviándola al frente de la Segunda Guerra Mundial y, en lugar de destinarle a unidades de combate, lo acomodaron en un AT-11 Kansan para entrenamientos y posteriormente le asignaron la tarea de instruir a los novatos en el pilotaje de los Boeing B-17 Flying Fortress. Stewart acabó sentándose muy serio ante el teniente coronel Walter E. Arnold Jr y solicitó que le diesen algo de acción. Resultó tan convincente como para que lo destinasen al 703er Escuadrón, 445º Grupo de bombarderos, logró el ascenso en tres semanas y se dedicó a liderar numerosos ataques aéreos sobre fábricas, submarinos y complejos militares nazis.

Cuando en 1945 y tras una veintena de misiones cumplidas fue transferido a Old Buckenham, se le ocurrió presentarse en el lugar zumbando con su B-24 tan cerca de la torre de control como para espantar a los controladores. También logró aterrizar un avión con un motor en llamas y un piloto inconsciente, se llevó por delante los astilleros navales de Kiel a los mandos de un B-24 apodado Nine Yanks and a Jerk (Nueve yanquis y un idiota), sobrevivió a más de un par de situaciones límite, y comandó una flota de bombarderos durante la batalla de Berlín, en lo que posteriormente sería conocido como «Jueves negro» debido al elevado número de bajas americanas durante la contienda.

En Wikipedia hay una página entera dedicada a los galardones que ha recibido el hombre, donde se enumeran tanto medallas militares como premios cinematográficos. La pericia militar de Stewart fue tan extraordinaria como para convertirse en uno de los escasos americanos que escaló de soldado raso a coronel en tan solo cuatro años durante la Segunda Guerra Mundial. El actor se retiró del servicio activo en 1946, cuando ya tenía el rango de general de brigada, pero permaneció en la reserva durante otros veintidós años, trabajó en una base militar durante la guerra de Corea e incluso colaboró en Vietnam echando una mano con una misión alejada del frente.

Stewart haciendo un high-five muy optimista. Imagen: Dominio público.

Aunque quizá la hazaña militar más notable de la estrella ocurrió en el interior de la base militar: al descubrir que uno de los equipos que estaban a su mando había escondido un barril de cerveza robada en el cuartel, decidió que en lugar de amonestarlos era mucho más elegante presentarse ante sus hombres con el barril, servirse un vaso de cerveza y sentenciar: «Se rumorea que hay un barril furtivo escondido por aquí, en algún sitio. Eso es un asunto muy serio del que deberíamos de hacernos cargo inmediatamente… si alguna vez encontramos dicho barril, por supuesto». Tras el anuncio, se terminó su birra y salió por la puerta.

(Continúa aquí)


All my lobby!

Foto: Cordon.

Entra y sale del largo y tortuoso corredor del sótano, reptando por los pasillos, arrastrando su longitud viscosa de la galería a la comisión, y al fin yace aquí estirado en toda su magnitud sobre el suelo del Congreso este reptil deslumbrante, esta enorme y escamosa serpiente del vestíbulo (lobby).

«Los dragones del lobby», febrero de 1869 en Washington Chronicle y Cartas de Olivia.

Lo vio con sus propios ojos. Vio las rodillas de los representantes de los ciudadanos aflojarse. Los principios rendirse a los instintos. Vio su mirada cegarse en el brillo del lujo. Vio sus bocas encharcadas soñando con recibir los favores del monstruo. Emily Edson Briggs, la primera mujer periodista que logró acreditación para cubrir la Casa Blanca, la primera que tuvo acceso a la zona de prensa del Congreso de los Estados Unidos, se topó con la serpiente en el vestíbulo y, lejos de asustarse, le puso nombre y apellidos en su columna del Washington Chronicle, firmada con el seudónimo de Olivia y recopilada y publicada en 1906 en el libro Cartas de Olivia. Es muy habitual encontrarse sus palabras entrecomilladas en artículos sobre lobbies, tan habitual como que, incluso en los artículos publicados por la OCDE o el Senado de Estados Unidos, no se diga que esas palabras fueron suyas o al menos de Olivia, que citen a un periodista sin nombre, a un periódico sin concretar, reforzando la teoría de que «Anónimo era mujer».

Era ella, Emilie E. Briggs, y en «Los dragones del lobby» contó muchas más cosas que esas repetidas líneas. Descorrió una de las cortinas de la política underground, enseñó el off off del show de la democracia señalando a algunos de los viscosos personajes de la industria del ferrocarril que se habían pegado a los congresistas para lograr que la legislación discurriese por las vías adecuadas a sus intereses. El dinero de la bautizada como Gilded Age por Mark Twain y Charles Dudley Warner, de la época dorada posterior a la guerra de Secesión, llovía en tal cantidad que los llamados grupos de interés corrían de un lado a otro repartiendo una pequeña parte del botín entre los políticos para que no les aguaran la fiesta con sus leyes. No falla. Cuando hay dinero hay lobby. Se hicieron los dueños de los pasillos del Congreso, que pisaban con mayor familiaridad que los congresistas más ilustres, y colaron a sus ejércitos de lobistas profesionales formados por excongresistas, periodistas sin escrúpulos y otros personajes con capacidad de influir por uno u otro motivo.

Pobres políticos. Siempre a prueba. Qué podía hacer «el pobre y viejo senador Thurman» frente a «la encantadora hija de Filadelfia que le abraza con sus seductores ojos. (…) Con su abrigo de cachemir de dos mil dólares acurrucado junto a sus hombros. Diamantes con un brillo igual al de las estrellas del cinturón de Orión adornando sus delicadas orejas mientras seda, satén, terciopelo, plumas y lazos demuestran de lo que es capaz el ferrocarril cuando sus fondos se dirigen en la dirección adecuada», se preguntó Olivia.  

Poco o nada frente a los tres magnates de la industria del ferrocarril: Jay Gould, Collis P. Huntington —al que describió como un pez diablo en busca de las debilidades de los políticos, un Alejandro, Aníbal o Napoleón que, en lugar de contra los cuerpos, dirigía sus sutiles armas «contra el honor de los hombres», decidiendo en el momento oportuno si atacaba con balas masculinas o femeninas— y Sidney Dillon, al que calificó como un demonio «sin cuernos ni rabo visibles» pero capaz de «jugar con la mente de un senador».

La debilidad de los políticos ante semejantes genios de la influencia tenía al menos una excusa, aseguró con un curioso toque de compasión el senador Robert C. Byrd en su trabajo sobre lobistas, dentro de su proyecto de recopilación de la historia del Senado de Estados Unidos llevado a cabo en los años ochenta del siglo pasado.

Byrd pide que se ponga en contexto la relación de muchos representantes del Gobierno a principios del XIX con las empresas privadas. Hay que tener en cuenta, detalla, «la realidad de vivir y trabajar en Washington» en aquella época, un embrión de capital que en nada se parecía a los centros cosmopolitas de Philadelphia o Nueva York, «por no hablar de las grandes capitales europeas. La ciudad era polvorienta y se veía afectada por la malaria en verano; húmeda y fría en invierno. Las diversiones sociales y culturales eran pocas. Muchos senadores dejaban a sus familias en casa y alquilaban habitaciones en las casas de huéspedes de los alrededores del edificio del Capitolio. Una atmósfera en la que el llamado lobby social podía prosperar y lo hizo. Clubs, burdeles y guaridas para el juego se convirtieron en los hábitats naturales de los lobistas desde el momento en que estos sitios empezaron a ser visitados por miembros del Congreso que, alejados de sus hogares, iban en busca de buena comida, bebida y compañía agradable». Qué va a hacer un político sin estos mínimos. Cómo no caer en la tela de araña.

Ya lo dijo, a principios de la década de los cincuenta del siglo XIX, uno de los lobistas a sueldo de Samuel Colt, el inventor del famoso revólver:

To reach the heart or get the vote,
the surest way is down the throat.

Y puso en práctica este principio tratando de lograr que se aprobase una extensión de la patente de Colt de siete años que acabó en una investigación por parte del Congreso en la que se descubrió que los agentes contratados por el empresario habían regalado pistolas a miembros de la Cámara y hasta, en una ocasión, al hijo de doce años de uno de ellos. La práctica estaba en línea con lo que harían las compañías de ferrocarril, regalando billetes de tren a los congresistas y más tarde acciones de las compañías.

«¿Qué será del destino de la República cuando toda la legislación nacional esté contaminada?», alertó Olivia mirando a los magnates del ferrocarril manejarse en el Congreso.

No estaba sola en su preocupación. La profesionalización de los lobistas, su multiplicación exponencial en aquellos años, trajo por la calle de la amargura incluso a los magnates a los que ella misma citaba en su artículo sobre el fenómeno del lobby. El mencionado Collis P. Huntington se quejó de los lobistas a los que contrataba, a los que llamó «robistas» y los describió como «rápidos y hambrientos» en busca de un cliente del que cobrar. La competencia y creciente número de estos especialistas del cortejo convirtió sus resultados cada vez en más inciertos. El mismo Huntington estimó en más de doscientos los lobistas contratados por su rival en el negocio, Tom Scott, para el periodo de sesiones de 1876-1877.

La temprana preocupación de Estados Unidos por las prácticas de los lobbies se tradujo en una también temprana normativa para regularlos y en sonadas comisiones para investigarlos. Ya en 1876 se creó un primer registro en el Congreso. Se ha citado la investigación a Colt y no hay que olvidar el testimonio de Sam Ward, conocido como el Rey del Lobby, ante el Congreso en 1875 en el que admitió haber sobornado a políticos. Según su biógrafo, Ward se guiaba por el principio de que «la distancia más corta entre un proyecto legislativo y el sí de un congresista pasa por su estómago».

Pero aún estaban por llegar los grandes trusts de finales del XIX y principios del XX: la Standard Oil, la American Tobacco, U.S. Steel, cuya influencia llegó a ser de tal magnitud que los periódicos hablaban del Senado como el Club de los Millonarios. Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos entre 1913 y 1921, dijo, en una rueda de prensa en el año en que accedió al poder aquello de «esta ciudad se ha convertido en un enjambre de lobistas tal que no podrías lanzar ladrillos en ninguna dirección sin darle a alguno».

En 1946, Estados Unidos aprueba la primera ley integral de transparencia de los grupos de interés, la Federal Regulation of Lobbying Act, que obligaba a registrarse a quien dedicase al menos la mitad de su jornada laboral a hacer tareas de lobby. Como era de esperar, los lobistas hicieron lobby contra la norma que los regulaba, intentando que el Tribunal Supremo declarase anticonstitucional la ley por no respetar la Primera Enmienda. No lograron su objetivo, pero sí que se restringiese notablemente el ámbito de aplicación de la norma, de modo que solo se aplicó desde entonces a quienes se comunicasen directamente con miembros de la Cámara, no con trabajadores de su plantilla u otra gente cercana a ellos, y lo hiciesen para proponer un asunto concreto sobre legislación federal.

Esas restricciones en la normativa la hicieron insuficiente y provocaron que, en 1995, bajo el mandato de Bill Clinton, se aprobase la Ley de Transparencia de los Lobbies (Lobbying Disclosure Act), que definió como lobista a quien destina al menos el veinte por ciento de su jornada laboral a ejercer tareas de lobby y por la que, desde 1996, todos los lobistas tienen que presentar semestralmente un informe a la Secretaría de la Oficina de Registros Públicos del Senado describiendo el nombre de cada cliente, los ingresos recibidos de cada uno y los asuntos específicos para los que han hecho tareas consideradas como lobísticas. Al mismo tiempo, todas las firmas con departamentos internos de lobby tienen que entregar informes similares en los que definan la cantidad total de dinero que han destinado a actividades de lobby internas y externas.

En Estados Unidos, ciudadanos y organizaciones pueden influir en el proceso político legalmente por dos vías, siempre que lo hagan de forma transparente: contribuyendo a la financiación de una campaña electoral a través de los llamados comités de acción política (PAC, por sus siglas en inglés) y llevando a cabo actividades de lobby ante los poderes ejecutivo y legislativo del Gobierno federal. «Estas actividades de lobby, aunque suponen el noventa por ciento de los gastos de los lobistas, han recibido una atención muy escasa» en los medios en comparación con los bits que hablan de la financiación de campañas políticas.

Bill Clinton. Foto: Cordon.

Un mundo a presión

«El hombre más poderoso del mundo es un empresario tabacalero homosexual, inmigrante y armado, casado con una ejecutiva de una petrolera, feminista y beneficiaria de prestaciones sociales». Esta puede ser la descripción que mejor refleje el empeño por difundir el mensaje de que todos somos o podemos ser grupos de interés, paso previo al mensaje de que la labor lobística es buena para la democracia porque sirve para complementar las capacidades y conocimientos de los políticos a la hora de legislar. Fue publicada en el blog de la OCDE en junio de 2013 en un post titulado «La serpiente del lobby» (de nuevo un monstruo escurridizo y con escamas entre los políticos), que esta vez intenta mitigar la lamentable reputación del lobismo.

De acuerdo, todo es lobby. La lucha por proteger el medio ambiente, quienes se organizan para proteger el derecho a la libertad sexual, la labor de los sindicatos de trabajadores y, por supuesto, la de las empresas que quieren ver crecer sus beneficios. Todo el mundo es libre de constituirse en grupo de interés e intentar influir en la política. El fenómeno se ha profesionalizado, estandarizado y es parte del proceso aceptado como parte de la engrasada maquinaria legislativa. Pero hay dos factores que impiden equiparar toda manifestación de este fenómeno. El primero es el dinero. Hacer lobby cuesta pasta incluso en sus formas más higiénicas. Viajar, hacer informes, contratar a expertos de calidad cuesta dinero y quien más tiene parte con una clara ventaja. La otra clave es la transparencia y es el motivo de que sea relevante empezar con la historia de Estados Unidos y su preocupación para que se haga más llamativa la pereza con que Europa se ha tomado la necesidad de regular a los lobbies.

Transparencia para qué

El nivel de transparencia de Estados Unidos, basado en exigencias de obligado cumplimiento en un mundo que, como predijo Briggs, ha llegado a normalizar y tener todos los procesos regulatorios afectados por la labor de los grupos de interés, es lo que permite analizar, aunque sea a posteriori, la influencia de los lobbies en algunos de los capítulos más oscuros de la historia.

Permite, por ejemplo, ejercicios como el trabajo de Deniz Igan, Prachi Mishra y Thierry Tressel publicado a finales de 2009 por el Fondo Monetario Internacional bajo el título Un puñado de dólares: los lobbies y la crisis financiera. Es el primer estudio que documenta cómo los lobbies pudieron contribuir a la acumulación de riesgos que llevó a la última gran crisis financiera mundial, a partir de una base de datos que combina las características de los préstamos hipotecarios de las entidades financieras con los datos sobre sus tareas de lobby para influir en leyes relacionadas precisamente con el negocio hipotecario, como las leyes de protección de los consumidores y las de titulización (reventa de hipotecas en forma de títulos compartiendo parte de la rentabilidad con el inversor, pero también del riesgo, base de la intoxicación mundial provocada por la reventa de préstamos subprime o de muy alto riesgo de impago).

De los informes que estaban obligadas a entregar periódicamente alrededor de nueve mil empresas por sus labores de lobby en el momento de realización del trabajo, seiscientos pertenecían al sector financiero, también conocido por sus siglas en inglés con el inquietante nombre de FIRE (referido a los sectores de finanzas, seguros e inmobiliario: finance, insurance and real estate).

Entre 1999 y 2006 los grupos de interés gastaron de media por legislatura en influir en la actividad política de Estados Unidos cerca de cuatro mil doscientos millones de dólares, incluidas tanto las donaciones para campañas como la actividad posterior de influencia a la que se aplica más comúnmente el nombre de lobby. Las empresas FIRE representaron el diez por ciento del total de firmas controladas en Estados Unidos y el quince por ciento del presupuesto destinado a influir en la política, demostrando que «el lobismo es más prominente en la industria financiera que en otras», dice el informe. La media de gasto por firma también lo demuestra: unos 479 500 dólares por firma en 2006, frente a los 300 273 dólares del sector de la defensa y 200 187 dólares del sector de la construcción.

A medida que la bola que estallaría provocando la crisis fue creciendo en el sector financiero, también aumentaron los gastos dedicados a influir en la política. Si los intermediarios financieros dedicados a hipotecas y titulizaciones gastaron 475 millones de dólares en tareas de lobby entre 1999 y 2006, de ellos 161 millones fueron gastados solo entre 2005 y 2006.

Las conclusiones del trabajo fueron, por una parte, que quienes hicieron un mayor esfuerzo relativo en influir en las políticas de control del riesgo y defensa de los consumidores fueron precisamente quienes siguieron unos estándares más laxos a la hora de conceder préstamos respecto al nivel de ingresos del cliente, tuvieron mayor tendencia a titulizar los préstamos, es decir, a dispersar el riesgo, y tuvieron un crecimiento más rápido de la cartera de hipotecas. A medida que el riesgo de descarrilamiento aumentaba, también lo hicieron los presupuestos que destinaron a influir en la política y, finalmente, durante los momentos clave de la crisis, como la quiebra de Lehman Brothers, estos prestamistas experimentaron comportamientos bursátiles especialmente negativos.

Todas estas conclusiones les sirven a los autores del informe para defender que «de cara a prevenir futuras crisis, se debería debilitar la influencia política de la industria financiera o monitorizar las actividades de lobby para entender mejor qué incentivos hay detrás».

¿Y la europea?

La Comisión Europea creó un fichero de registro de lobbies tan tarde como en 2008 y lo hizo de carácter voluntario. En 2011, el registro fue transferido para su gestión conjunta entre la Comisión y el Parlamento Europeo y siguió siendo voluntario. En 2016, dentro de los objetivos del presidente Jean-Claude Juncker, se sacó a consulta pública la creación de un registro obligatorio que aún no ha visto la luz. Los lobbies, más de once mil entidades inscritas en la actualidad en el registro europeo, tienen la posibilidad de contar con espacio en el Parlamento Europeo para trabajar, forman parte de ese mundo que los ha estandarizado. Entre las entidades españolas que aparecen en el registro las hay de todo tamaño y condición. Está Telefónica y la Fundación Civio, que lucha precisamente por la transparencia, está el Santander, Greenpeace y está Maldita.es, la web dedicada a combatir el fenómeno de las fake news. Las diferencias más palpables a la hora de ver con claridad cuál es su capacidad de influir están en el presupuesto destinado a tal objetivo, el número de personas acreditadas en el Parlamento para hacer labor de lobby y los nombres de algunas de esas personas.

Los presupuestos para tareas de lobby son muy relevantes. No se puede hacer la misma labor con un presupuesto de entre 10 000 y 24 999 euros anuales, que es lo que declara la Confederación Sindical de CC. OO., que con uno que oscila entre 600 000 y 699 999 euros. Si todos los bancos y fondos privados tienen una estrategia similar a la hora de perfilar la política sobre pensiones, por ejemplo, su capacidad de influencia será mucho mayor a la de los sindicatos. Más cercanas son las cifras que declara Greenpeace, 606 532 euros destinados a tareas de lobby en las instituciones comunitarias, a las de Repsol, uno de los negocios cuyos efectos combate la ONG, que declara entre 700 000 y 799 999 euros.  

El otro factor determinante es a quién tienes en tus filas a la hora de hacer lobby. Goldman Sachs, que declara un presupuesto anual de entre 1 000 000 y 1 250 000 euros para tareas de lobby, ha protagonizado recientemente uno de los casos más polémicos de puerta giratoria, fenómeno que merecería capítulo aparte al hablar de lobbies. El que fuera presidente de la Comisión Europea durante diez años, José Manuel Durão Barroso, fichado por el banco de inversión al salir del Ejecutivo comunitario, reconoció haber mantenido reuniones con el vicepresidente de la Comisión Europea, Jyrki Katainen, para tratar temas que afectan a Goldman. Los políticos parecen necesitar a los lobistas para enterarse de los detalles de las leyes hasta que dejan de tener responsabilidades políticas y pasan a ser aptos para perfilarlas a favor de intereses privados. 

Todo es lobby, pero no del mismo tipo.

José Manuel Durão Barroso y Angela Merkel, 2014. Foto: Gonçalo Silva / Cordon.


Diarios de un papa

Fragmento de la bóveda de la Capilla Sixtina. Fotografía: Christophe (CC).

Miércoles

Todo el día con los pies fríos. Me pongo doble calcetín. Largos paseos meditabundos. Me fumaría un buen cigarro. Uno de aquellos Lucky Strike sin filtro. Lo acariciaría lentamente, como si para fumarlo hubiese antes que domesticar su coraza. Tal vez dejaría que fuesen las dos de la madrugada, y saldría al balcón de San Pedro. A veces en la vida solo necesitas silencio, oscuridad, frío y un buen cigarro. Thomas Marshall, el vicepresidente con Woodrow Wilson, después de escuchar en el Senado un discurso larguísimo, soporífero, sobre lo que necesitaba el país, dijo que «lo que necesita América es un buen cigarro de cinco centavos».

¿Y si lo vendo todo y me voy?

Escucho Transformer de Lou Reed en el viejo tocadiscos de Juan Pablo II. Hurgando en la discoteca de Wojtyla encuentras errores tan lamentables como Rafaella Carrá. No es lo peor, con todo. Hay discos de Demis Russo. Abba. Nana Mouskouri. Toto Cotugno. Rafaella Carrá al menos tiene buenas piernas.

Por la noche, película de kung-fu.

Viernes

Leo a Juan Carlos Onetti, para recordar qué clase de hombres criminales somos por dentro. No albergo esperanzas durante algunas horas. Cuando se me pasa el efecto de Onetti, vuelvo a creer en Dios.

Mala digestión. Esos espaguetis a la amatriciana me persiguen toda la tarde. Me siento al borde de la muerte, como si leyese a Cioran.

Nicola, el electricista, me cuenta que hay dos vecinos nuevos en su comunidad. Un matrimonio de mediana edad. Ocupan un piso pegado al suyo, que lleva dos años vacío. Esa clase de vacío, añade, del que a veces llegan extraños ruidos, como si bullesen fantasmas. Cada vez que coincide con la pareja en el ascensor el hombre se muestra dicharachero y ella reservada. En realidad, nunca habla. Saluda asintiendo con la cabeza. Hace una semana, para su desconcierto y el de su mujer, Anetta, les propusieron cenar juntos. No especificaron un día en concreto, sino «un día de estos». El electricista no mostró ningún entusiasmo. No quiere tener que sacarle las palabras a su vecina con unas tenazas. «Además, yo no puedo comer con una persona que no me da los buenos días», dice. Nicola me recuerda a Karl Kraus, cuando confesaba que él no se trataba con gente que decía «efectivamente». El caso es que hace tres días volvieron a encontrarse en el ascensor. Se habló de esa cena dichosa de nuevo. Pero esta vez como algo inminente. Tanto, que cenaron al día siguiente. «¿Sabe qué?», pregunta. Me encojo de hombros. Se me está haciendo tarde. «En el salón había un retrato familiar, en el que aparecía un matrimonio y una joven, y que me resultó particularmente familiar. Pero no sé por qué. Es como si hubiese coincidido con alguna de aquellas personas en un momento del pasado. Pero soy incapaz de recordar. No hago otra cosa en todo el día que buscar ese momento. A todas horas. Es un pensamiento molesto, que casi hace ruido».

Sábado

No puedes abrir un armario sin que se te venga encima un cadáver. Algunas mañanas tienes que esforzarte por no ver todo lo que te rodea, pese a estar claramente expuesto. Me acuerdo a menudo de Jacques Vaché, cuando irrumpió en el estreno de Las tetas de Tiresias, de Apollinaire, y con un revólver amenazó al público, mientras gritaba: «Esta mierda rebosa arte». No sé si yo tendría la determinación para hacer algo así con la curia, pero creo que sería necesario.

Me escribe Kate Moss. Es la tercera vez. Insiste en vernos. «Lléveme a dar una vuelta en el Renault 4L. Huyamos donde no puedan encontrarnos». Me hace sonreír. Qué mujeraza, sinceramente.

Domingo

Abro una cuenta fake en Twitter. Después de darle mil vueltas, por desesperación me decido por @b_domecq.

No pego ojo. Es ese relato de Carver. El somier, con su risssh, risssh, también. Pero sobre todo, es el relato de Carver. Hijo de puta. El terror casero que despide «Parece una tontería» te sobrecoge. Toda la mañana estoy con mal cuerpo. Me parece oír el nombre de Scooty continuamente. También cuando me echo en la cama, por la tarde, y el somier dice scooty, scooty, en lugar de rechinar como de costumbre.

Al final del día, cuando me siento en la capilla Sixtina, solo, me acuerdo de Samuel Beckett. En 1969, de viaje por Túnez, recibe la llamada de la Academia Sueca, que le comunica que le conceden el Nobel de Literatura. Beckett cuelga el teléfono, busca la mirada de su mujer, y le dice abatido: «¡Qué catástrofe!».

Martes

Llueve. Hace sol. Vuelve a llover. Tengo mucho que escribir, pero soy incapaz. La mañana transcurre a pasos cortos y patosos. Cuando finalizan las audiencias, me hago una paja, para sacudirme este hastío. No tarda en imponerse la noche, como un golpe en la mesa.

Un gran poder trae consigo una gran confusión.

Miércoles

Hablo con Michelle Obama. Despachamos asuntos de agenda, especialmente trascendentales y aburridos. Cuando acabamos, bromeamos con chistes palurdos, que nos hacen reír. Me pregunta si algún día la Iglesia estará en manos de una mujer. «En realidad, ya lo estuvo», respondo. «Detecto, por tu pregunta, que no has leído The woman who was Pape, de tu compatriota Clement Wood». Le explico que Wood cuenta que entre los años 853 y 855, es decir, entre los papados de Leon IV y Benedicto III, el Vaticano había sido gobernado por un vicario que en realidad era una mujer. En el fondo, es la historia del papa Juan VIII, del que se cuenta que un día, mientras viajaba desde San Pedro al Laterano, tuvo que parar al costado de la ruta y ante la sorpresa de todos los presentes dio a luz a un bebé.

Tres capítulos seguidos de Los Soprano. Me pregunto qué haría Tony ante los dilemas que me acorralan a estas horas, rodeado de traidores.

¿Por qué en esta casa llevaremos tantos años sin tirar la basura? ¿Es que entre la basura se vive mejor? ¿Es que no hay cubos, Señor?

Jueves

Me levanto de buen humor. Hago mis ejercicios. Entra la hermana Angella. Deja la prensa en la mesa. Me acerco al equipo de música. Busco AC/DC. Lo conecto. Subo el volumen al máximo. Angella cree enloqucer cuando me ve tocar una guitarra invisible y cantar: «Living easy, living free / Season ticket on a one-way ride / Asking nothing, leave me be / Taking everything in my stride / Don’t need reason, don’t need rhyme / Ain’t nothing I would rather do / Going down, party time / My friends are gonna be there too / I’m on the highway to hell / I’m on the highway to hell / I’m on the highway to hell / I’m on the highway to hell… Vamos hermana Angella», la invito.

Vladimir Putin huele tan mal que hay que hacer esfuerzos ímprobos para no abofetearlo y pedirle que se aleje un par de metros.

Por la noche, película de kung-fu.

Viernes

Me encierro en el baño. Tomo el Borges de Bioy Casares y retomo la lectura, como todas las mañanas. «Según Borges, Dickens refiere que John Forster era muy pomposo. Una vez la mucama trajo un plato de carne y legumbres y Forster pidió: “Mary… carrots”. La mucama contestó que no había zanahorias. Forster pronunció: “Mary, let there be carrots”. Yo menciono la historia del cardenal Wiseman, que participaba en un banquete; uno de los comensales, muy angustiado, recordó que era vigilia; el cardenal, entonces, impartiendo la bendición a los manjares, dijo: “Declaro todo esto pescado”». Leo hasta que se me duerme una pierna. Ese es el límite. Un hombre siempre ha de salir por su propio pie del cuarto de baño. Cierro el volumen y me levanto.

Comida con el cardenal Bertone. Su tono de voz es hondo, como si hablase otra persona por él, a la que previamente ha tragado. Reparo en su cara y advierto que hay en ese mapa de la intriga católica algo extraño. No sé el qué. Le doy vueltas. Finalmente, lo descubro. El cardenal se corta los pelos de la nariz. No sé si me parece gracioso o patético, o nada en absoluto. Hace una semana, cuando nos reunimos, le sobresalían. Eran como un grito en la oscuridad. Yo me detengo siempre en ese tipo de detalles. No puedo evitarlo. Ahora, en cambio, no hay ni rastro de los pelos.

Me parece que empiezo a tener una necesidad urgente de calzoncillos nuevos.

Dios está en todas partes, salvo en mis diarios.

Domingo

Relectura de Crítica de la razón pura. Kant te da aplomo. No importa si has perdido el día en audiencias con jefes de Estado palurdos, o con palurdos a secas. Abres el volumen, aunque sea por la introducción. Lees la parte de los juicios analíticos y los sintéticos, e inesperadamente, sin explicarte cómo, tu día se reviste de una severidad y énfasis que te cura de toda la futilidad. No quiero decir, con esto, que renuncie a mi dosis de futilidad. No. Nadie debería hacerlo. A menos que seas Ratzinger. Ya sabemos que, desde antes incluso del idealismo, los alemanes no bromean. Ni siquiera Kant, que, como mucho, jugaba al billar. No se permitía alegrías ni en sus costumbres domésticas. En las comidas con amigos era ferviente seguidor de la regla de Lord Chesterfield, personaje que al efecto de dar gravedad a su regla el propio Kant se inventó. No existía ningún Lord Chesterfield. Atañía a su compañía durante el almuerzo. Incluyéndolo a él, como anfitrión, no debía quedar por debajo del número de Gracias ni superior al de las Musas. El transcurso usual, que no debía alterarse bajo ninguna circunstancia, era el siguiente: tan pronto la comida estaba preparada, Lampe, el criado del profesor, entraba en el estudio con el anuncio de que la mesa estaba dispuesta. Por el camino que conducía al comedor, Kant hablaba del tiempo, tema del que se seguía charlando durante la primera fase de la comida. Eso era siempre así. Cuando el filósofo se sentaba y desdoblaba la servilleta, inauguraba la ronda con una fórmula sencilla: «¡Bueno, señores!». Cada comensal se servía a sí mismo, y los temas que se comentaban en la mesa provenían principalmente de la filosofía de la naturaleza, de la química, la meteorología, la historia natural y, sobre todo, la política. A través de Los últimos días de Emmanuel Kant, de Thomas de Quincey, te enteras de ridiculeces como que Kant nunca sudaba, o que por miedo a impedir el flujo sanguíneo jamás llevaba ligas para sujetar los calcetines. O que cuando alguien fallecía prematuramente, solía decir: «Es muy posible que haya bebido cerveza».

Tengo que reconocer que el licor café que me envió el presidente de la Diputación de Ourense no admite comparación. Bocatto di cardinale.

Martes

Lumbago. Me levanto tarde, casi a rastras. El dolor no hace distingos. Ni al papa de Roma respeta. Eso me hace recordar a Tolstoi, que inaugura sus Diarios, el 17 de marzo de 1847, con una anotación que explica mejor que mi lumbago hasta qué punto nadie es inmortal, ni siquiera Tolstoi: «Hace seis días que ingresé en la clínica, y durante estos seis días casi me he sentido satisfecho de mí mismo. Les petites causes produisent de grands effets. Pesqué una gonorrea por el motivo, ya se entiende, por el que se pesca».

Echo de menos llevar dinero en el bolsillo, como cuando era pobre y feliz, y lo poco que tienes lo gastas en un vaso de vino. A veces también echo de menos los bares.

Jueves

Cuando me ve con Seis propuestas para el nuevo milenio, de Italo Calvino, Nicola me dice que el camarada de Calvino en la editorial Einaudi, Cesare Pavese, era su abuelo. «Eso es imposible», le digo, compadeciéndome de su ignorancia. «Pavese no tuvo hijos. Lo sabe todo el mundo. Ni siquiera creo que pudiese tenerlos». Él insiste. «Sí. Tuvo uno. Pero no lo sabe nadie», confiesa casi en silencio, como si temiese que lo escuchen los objetos que nos rodean. Estamos solos. «Cómo es eso», pregunto, desasosegado. Consigue intrigarme. Y a mí con la intriga me basta. «Mi abuela se llamaba Romilda Bollati. Ese era su nombre real, pero usted tal vez la conozca por su nombre falso: Pierina». Me quedo de piedra. «¿Tu abuela era Pierina? ¿Puede ser cierto?». Asiente. «En su último encuentro con el poeta, antes de su suicidio, se quedó embarazada de una niña que se llamaría Anneta». Miro a Nicola fijamente. De pronto, advierto su innegable parecido con Pavese. Me parece mentira que no lo haya descubierto antes. Son idénticos. Es Pavese en persona. Me alejo meditabundo, trastornado.

La encíclica se me resiste. No sé si no puedo, o no quiero, o ambas cosas. Es un género muerto, dirigido a lectores seguramente muertos, cuya prosa te sale fluida solo si tienes ideas muertas. En cambio, me bulle en la cabeza una novela. Me pregunto si un papa debe escribir una novela. Pongamos que una de esas novelas en las que un fulano ha de vérselas con la adversidad, en líneas generales. No se necesita más trama: un tipo con claroscuros y a punto de perderlo todo. ¿Qué hace? Escribir una novela es, probablemente, responder a esa pregunta.

Me salta salsa de tomate a la camisa.

Por la noche, película de kung-fu.

Viernes

Me cruzo con Nicola, que me saluda en silencio, con un gesto como su vecina. Me parece raro. «¿Todo bien?», pregunto. «Ni fu ni fa», responde. Espero a que se decida y hable. «¿Se acuerda de mis vecinos?». Asiento. «¿Y se acuerda que le hablé de un retrato familiar?». Claro. «Pues ya sé de qué me sonaba. El tipo del retrato es el mariscal Graziani. Y yo cenando con esos fascistas». Me vuelvo a quedar de piedra, pero todavía más dura.

Insomnio. No dejo de dar vueltas, hasta que me aburro. Me levanto de madrugada. Camino a oscuras hasta el cuarto de baño. Bebo del grifo, a morro, sin encender la luz. Tanteo sobre la silla. Tomo la bata. Me calzo. Salgo a dar un paseo. Pido a la guardia que me acompañe a la sala de Rafael, para contemplar La escuela de Atenas. Me gusta detenerme en cada personaje. A las seis de la mañana, regreso. Me quedo dormido. A última hora, sueño con una rubia guapísima que me muestra las tetas. En ese momento me despierto, entre sudores, empalmado. Hago mis oraciones.