Futuro Imperfecto #3: ¿Navidad en El Corte Inglés o en Amazon?

Protesta en contra de las condiciones laborales en Amazon, New York, 2018. Foto: Cordon Press.

Olvidaos de si consumir es un acto antiecológico, y de si debéis enseñar a vuestros niños que no pueden tenerlo todo, ni establecer las bases de su existencia en función de actos consumistas. Se acerca la Navidad, y, sed honestos, vais a comprar. Y no solo regalos, también vais a comprar más de todo. Vamos, qué leches, no nos quitamos culpa. Compraremos para todos. Para los pequeños y para los mayores. ¿Por qué? Por el «endorfinazo». Porque gastar y tener es una íntima satisfacción. Así que dejad a un lado por un momento la conveniencia de hacerlo, que no lo vamos a poder evitar. ¿Dónde vais a comprar? Según el lugar de compra elegido estaréis apoyando trabajo precario y condiciones en proceso de saber si son ilegales, o unas condiciones y retribución que permitan ser clase media. Optar por unos u otros no es una cuestión de ética, ni de decencia. No estamos aquí para moralizar. Lo que queremos es comprender cómo ha cambiado el mundo y si podemos evitar que ese cambio nos aplaste. O si preferimos seguir creyendo que existen Papá Noel, los Reyes Magos y el Amigo Invisible. En resumen, de que hagáis algo útil con vuestras compras, además de contribuir a la recaudación del IVA. A fin de cuentas, mientras tengamos capacidad de compra tenemos todavía alguna capacidad de influir, de decidir, de mandar un mensaje.

Avisamos, por si os cabe alguna duda una vez terminado este artículo, que no nos lo paga El Corte Inglés. Ya hemos intentado tener publicidad de ellos, pero sin conseguirlo. Quizá porque en su momento Nacho Carretero publicó aquí este artículo, «Ya no es primavera en El Corte Inglés» desvelando una de las cosas que más odia sacar a la luz esa y cualquier empresa: las condiciones laborales de sus trabajadores. Pero han pasado siete años desde esa publicación, la economía se ha «uberificado», y las opiniones también parecen haber cambiado.

La razón tiene mucho que ver con la edad. Los empleados de toda la vida siguen añorando el modelo paternalista de Ramón Areces, el fundador, y su promoción interna. No solo la población española se ha hecho mayor, los trabajadores de empresas tradicionales como esta también. Para lo bueno y para lo malo de realizar ciertas tareas. Los nuevos encuentran condiciones similares a otras empresas: la habitual presión brutal de los jefes, la obligación de trabajar los domingos o doblar turnos sin compensación económica alguna, y la temporalidad. De lo poco que trasciende podemos tomar de ejemplo las valoraciones en el portal de empleo Indeed. Su media es positiva, pero el 90 % de los que la dejaron, buena o mala, ya no trabajan allí. Si buscamos por la parte de los salarios, la cosa pinta muy bien… hasta que uno baja a la parte de comentarios de cualquier noticia publicada sobre ese particular. Es cierto que en general el mundo del comercio minorista vive bajo una gran presión: un día sin venta es un día perdido.

Tampoco parece ser una empresa a la que dirigir el currículum en estos momentos. Sus directivos preveían echar a siete mil trabajadores, pero una vez analizada su situación la consultora AT Kearney elevaba esa cifra a doce mil. Finalmente han anunciado que los despedidos serán solo quinientos, aprovechando jubilaciones y conversión de administrativos en dependientes. Y con todo, parece que es un  lugar de trabajo mucho mejor que otros. Por ejemplo, Amazon. Todavía hay multitud de personas mayores contratadas —mayores de cincuenta años, se entiende—, y un sistema que protege a los que mantienen un contrato indefinido de los antiguos. Es posible que el motivo de que sigan ahí sea el coste del despido. Quizá haya alguno más. Aun así, cuando compramos en ECI es eso lo que estamos protegiendo. La vida de miles de familias de clase media.

Pero también optamos por Amazon. En una de las más grandes empresas del mundo, el enfoque es diferente. Hoy te contrato y mañana te echo. Los despidos, como el trabajo, se han automatizado y los realizan algoritmos y robots en función de la productividad. El New York Times entrevistó a decenas de empleados actuales y antiguos para un artículo en profundidad sobre lo que supone trabajar en esta empresa. Un equivalente español, mucho más superficial, pero contado desde dentro, llega a la misma conclusión: lo habitual allí dentro son las ganas de llorar

El centro logístico de Amazon durante la campaña de Black Friday. Foto: Cordon Press.

Podríamos pensar que es algo puntual. Si prestamos atención a las tiendas experimentales Amazon Go y a las promesas de Jeff Brezos de que los artículos los repartirán drones, ese sufrimiento será pasajero. Pronto su trabajo lo harán máquinas. En 2017 Sam Korus anticipó que para 2019 el número de robots superaría al de empleados en Amazon. No ha sido así. Los robots superarán las doscienta mil unidades mientras que el equipo humano se espera que alcance los setecientos cincuenta mil empleados, según Vala Afshar. En Estados Unidos terminaron 2018 con seiscientos cuarenta y siete mil quinientos empleados y en septiembre tenían treinta mil ofertas de empleo abiertas a candidatos. Tienen que reponerlos, porque los queman. La rotación de producto, tan necesaria en retail, se traduce en rotación de empleados, quizá no tan necesaria. La presión por productividad empieza a pesar a sus trabajadores, y en España Amazon está enfrentando su mayor conflicto laboral

Ya que no a los trabajadores, ¿deja al menos al Estado un beneficio tangible la gran distribuidora online? En volumen de negocio, aparentemente sí. Decimos aparentemente porque la consultora Netquest calculó en cuatro mil doscientos millones de euros la cifra que su conglomerado de sociedades permite ocultar. Solo ha pagado por ellos cuatro millones en impuestos a Hacienda. Eso es menos del 0,00 1%. 

¿Es mejor el caso de ECI? Siguiendo el moderno «compromiso» de las compañías multinacionales con el país en que operan (grande cuando se trata de pedir ayudas o legislación, pequeño cuando se trata de otros temas menores), también intenta pagar lo menos posible. Este octubre perdía un largo pleito contra el impuesto de Cataluña, Aragón y Asturias a las grandes superficies. En sus últimas cuentas anuales se reservaron 119,73 millones de euros, que ahora tendrán que abonar, aunque sea obligados por la ley, a estas comunidades. Ya es mucho más que Amazon, y si a eso le sumamos sus noventa mil trabajadores, por los que también pagan impuestos, el saldo es favorable. Claro que quizá en el gigante online sea la ley la que falla, y con la tasa digital, tan discutida en la UE, pasaría a abonar, directamente y sin pasar por la casilla de salida, ciento treinta millones de euros. Quizá está haciendo lo mismo que haríamos los demás si estuviéramos en su lugar y nos lo permitieran.

No nos malinterpreten. No se trata de distinguir entre buenos y malos distribuidores, este mundo moderno está lleno de grises. El objetivo es ser conscientes, saber cómo afectará nuestra elección a las vidas cotidianas de mucha gente, a partir de conocer mejor las empresas en las que vamos a hacer nuestras compras navideñas. Para acabar de aclararnos al respecto, es imprescindible ver Sorry We Missed You, la última hostia, digo perdón, película, de Ken Loach. Ha explicado que lleva años viendo sustituir puestos de trabajo seguros por otros temporales y precarios, sueldos que mantenían familias en salarios variables y de miseria. No por casualidad el protagonista es un repartidor supuestamente autónomo, de esos completamente atados a una empresa, pero sin baja laboral, vacaciones y mucho menos jornada de ocho horas. En palabras del director, el modelo Amazon, Glovo, Uber o como lo quieran llamar, destruye al individuo y al planeta. Quizá no sea fácil verlo a corto plazo, pero no pinta bien a largo.

Ken Loach es un defensor del activismo, así que quizá la solución esté en sindicarse, no en echar la responsabilidad en los hombros de los consumidores. Esta opción la defiende Erica Hayes, directora de la serie de animación Rick&Morty, para los creadores, quienes deben, según ella, agruparse en sindicatos . La idea no es popular en EEUU, y tampoco parece serlo en Europa, donde, según el último informe de la OIT, solo seis países, de los 28 de la UE, tienen más del 50% de su fuerza laboral afiliado a sindicatos

Un repartidor de la empresa mexicana Chazki con un paquete de Amazon. Foto: Tharbadgemini (CC BY-SA 4.0)

El problema es que los sindicatos buscan la unión de trabajadores similares. Ya fue motivo de discusión su valor para pymes o autónomos, sobre todo enfrentados a los impagos de administraciones públicas. Las grandes empresas o industrias siempre contaron con sindicatos fuertes que podían presionar para intentar igualar el poder de negociación. En el mundo digital, donde hay una gran cantidad de empleados independientes, es más complicado sindicarse. 

Un estudio sobre los freelancers en Estados Unidos —aka jodidos autónomos— ha concluido que menos del 30% de los boomers han sido o son autónomos, pero que más del 50% de la generación Z ha pasado por ello. La duda es si entre los T habrá otra cosa que «emprendedores». Y si dudáis en la asignación de generaciones, recordad este orden de hitos: boomers -Woodstock; generación X – MTV; millennials – PC; generación Z – internet; generación T – smartphones. Sindicados o no, nuevas y viejas generaciones comprenden el valor de agruparse para reclamar derechos, y ahora ya hasta los youtubers lo intentan. Eso sí, tirando de un sindicato boomer de los de toda la vida

De toda la vida es también que cuando firmas un contrato de empleado en ECI te obligan a afiliarte a sus sindicatos, los afines a la empresa. Además es importante saber que en ciertas regiones los domingos no se abre, y en otras prácticamente todo el año. Algo más habrá que hacerse mirar. Sobre todo porque tienen tanto poder y autonomía que incluso han intentado introducirse en Zara. Podemos dudar de que si lo consiguen mejoren las condiciones de los trabajadores de Amancio Ortega, pero no de que las carcajadas de ECI serán épicas. Porque podrá influir sobre los empleados de un competidor en el sector de la moda y el hogar. 

En cuanto a Amazon, solo uno de cada diez de sus centros tiene comité de empresa. La propia compañía tiene un vídeo «educativo» para explicarte lo malísimos que son. No es la única. Esa maravillosa compañía tecnológica llamada Google, que no necesitaba sindicatos porque pagaba bien, la comida era gratis en sus oficinas, y te pone autobús hasta la puerta, ha contratado a la consultora IRI. Muy bien conocida en Estados Unidos por desactivar el sindicalismo. Es cierto que el sindicalismo vive en muchos sitios uno de sus momentos más bajos, pero la conclusión general es que si de lo que se trata es de vivir dignamente de tu trabajo, pintan bastos. 

Aceptémoslo de una vez, el modelo ha cambiado, y los viejos tiempos no van a volver. No es que ya no sea primavera en ECI, es que debido al cambio climático esa estación y el otoño están desapareciendo. Las rebajas tampoco son en enero, o no solo, y es casi más fácil saber cuándo viene el Black Friday. Compras online y te dicen que estás matando el comercio de toda la vida y el de barrio, pero vas a esas tiendas y te molesta no poder elegir entre un gran catálogo, buscar información del producto, y cotejar opiniones de otros compradores. O simplemente pagar más. Incluso involuntariamente, eres una víctima de algo llamado long tail

La fachada de El Corte Inglés de Sevilla durante la campaña navideña. Foto: Hannu Makarainen (CC BY-SA 2.0)

Long tail es un término inventado por el editor de Wired, Chris Anderson, y que define cómo internet ha cambiado a consumidores y empresas. Antes un gran almacén como ECI procuraba tener muchos productos de los más vendidos, porque eran los que generaban más ventas e ingresos. Ahora el 80 % de los productos menos vendidos —el long tail o larga cola— genera más ingresos que el otro 20 %, el de los bestseller. Compañías que no tienen almacenados productos pero pueden ponerlos a la venta online pueden satisfacer la long tail, como Amazon o Netflix. Imposible para el ECI físico o la cadena de TV de toda la vida. 

Esta idea tan bien resumida la cuenta muy bien mi compañero de redacción Guillermo de Haro en uno de los capítulos de este libro, del que es coautor. Añade además otras aclaraciones interesantes sobre el radical cambio del mundo en que estamos moviéndonos. Como esta, y cito: «decía Bruce Sterling, creador del término cyberpunk, que a día de hoy tenemos cinco grandes reyes feudales: Google, Amazon, Facebook, Microsoft y Apple». Nuevas empresas, nueva economía, y un trabajador con habilidades hasta ahora no conocidas, como explica el vídeo Did You Know 3.0, aquí en versión subtitulada en español

Maravilloso mensaje: trabajaréis en empleos que aún no existen, usando tecnologías que no han sido inventadas, para resolver problemas que todavía no sabéis que lo son. Tendréis que ser flexibles, olvidaos del trabajo para toda la vida, y de pasar en una empresa más de cinco años. Me encanta especialmente el apoyo en datos obtenidos del departamento de empleo de Estados Unidos, pero cuando pienso en España me pregunto ¿existen diez empresas para cada aspirante que le contratarán lo mismo cuando tenga veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta años? ¿Y qué extrañas habilidades tendrá un mozo de almacén que lo mismo hace veinte años y ahora tiene que localizar productos y meterlos en paquetes? Intuyo que ser autónomo. Porque esa es la otra proyección de las predicciones, que habrá menos del 50 % de empleados por cuenta ajena.

Y si la solución no es comprar en ECI o en Amazon, ¿cuál es? Podríamos optar por darle a todo la vuelta, como sugiere el nobel de economía Joseph Stiglitz, que nos aconseja abandonar el PIB como patrón de medida de crecimiento de los países. El PIB solo es saludable si sigue creciendo a lo largo de los años, dicho de otra manera, si usted compra más esta navidad que la anterior. Necesitaríamos dos Tierras para dar abasto a tanta comilona, juguetería saqueada, y perfumería fuera de existencias. Pero este verano ya nos cepillamos la primera. Hemos tirado de la tarjeta de crédito del planeta y tarde o temprano llegaremos a la fecha de pago con los bolsillos vacíos. Y el asteroide de oro no va a solucionarlo.

Llega otra Navidad, y volveremos a decidir una vez más. ¿En El Corte Inglés o en Amazon? Nosotros creemos que las decisiones de compra son cada vez más importantes. Tomémoslas teniendo en cuenta su impacto. Es la mejor manera de dejar el mensaje de que deseamos que sea posible una vida digna, conciliada y no precaria. En todos los sentidos.

¿La conclusión? Comprad donde os dé la gana. Pero que entre vuestra lista de regalos esté una suscripción a Jot Down. No las encontraréis disponibles en Amazon ni en El Corte Inglés. Pero podéis estar seguros de que os harán, a vosotros y al que la recibe, tan felices como a los que trabajamos aquí. La Navidad, el Hanuka y el Solsticio de Invierno, en Jot Down


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Librerías con encanto: Alibri (Barcelona)

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Me resulta difícil recomendar libros. Habitualmente me quedo en blanco cuando alguien me pregunta. ¿Cómo puedo recomendar un libro que estoy leyendo, un libro duro e incómodo como Bajo el signo de Marte de Fritz Zorn? Las memorias de un joven que explica su vida, íntimamente desdichada desde una edad muy temprana, aunque aparentemente normal, hijo modélico y perfectamente feliz a los ojos de los demás. La narración en primera persona, como confesión y ejercicio de profunda introspección para comprender los hechos y la vida que (según sus meditaciones) le llevará finalmente a un cáncer mortal a los 32 años. ¿Se puede recomendar algo así? Goiuri. Narrativa.

El  otro día, hace un par de años, hablando sobre librerías, sobre por qué seguíamos yendo o por qué nos aferrábamos a la idea de no acabar sucumbiendo a la facilidad del click, a lo inmediato, a lo fácil, acabamos concluyendo que lo que nos gusta, además de leer libros, es la gente, el relacionarnos con los demás. Que ahí está la cosa. A mí me encanta la gente. Me fascina. A todos los que nos juntamos entonces nos gustaba la gente. Aún nos gusta. El intercambio, las risas, el frío de la calle en invierno, el calorcito de pronto de aquel café, contarnos lo que habíamos leído. La librería. Tocar, oler los libros, campar por ahí. Adivinar si ese que acaba de entrar tiene novia, su edad, adjudicarle un oficio, por la pinta, intentar charlar con él para averiguarlo, provocar el encuentro. Comentarlo. Hay mucha gente así; eso está bien. Gente a la que le gusta la gente. Gente que aún siente ese tipo de curiosidad.

Diez pequeños indios, escrito por Sherman Alexie y editado por Xórdica, es un libro intenso que hace pensar que un libro así no lo puede escribir cualquiera. El autor no tiene miedo de decir lo que piensa (puede que sea por su condición de indio Spokane), exhibiendo con inteligencia los pequeños interrogantes de la sociedad actual. Escarba, encuentra, examina y concluye. Sus reflexiones son propias de alguien que no cree en verdades universales, todo es matizable. En Danzas de guerra, su último libro, repite la fórmula anterior, edificando historias y nuevas fórmulas literarias. Irene. Ciencias sociales.

Y luego también hay gente que apenas trata con gente, por lo que sea, que prefiere un ordenador, que se instala tras esa barrera, tal vez por inseguridad, o porque ya no saben cómo se hace, qué sé yo, ni puedo ni pretendo ser sistemática, es que no tengo ni idea, es como por qué triunfa David Bisbal, quién puede saberlo; gente que cuando se pone a charlar un rato con alguien lo hace por chat, o escribiendo un post, gente que flipa con un I like, que cuelga fotos del cóctel que ha preparado con la leyenda «qué bien me ha salido». Y qué quieres que te conteste el mundo. Twittear el tiempo que hace, que tengo los cacharros sin fregar, yo es que pienso mientras plancho. Ahora vuelvo. Estamos tontos o qué. La gente, la inmensa mayoría de la gente, no pica si no les pinchas y sí todo lo contrario. Sal a la calle, alma de cántaro.

Vete a pasear a la calle Balmes. Entra en el número 26.

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Alibri es enorme. Sorprendente. Luego me di cuenta de que no había preguntado por la cantidad de libros que tienen. Esto me gusta mucho preguntarlo. Me quedo mirando y contando el tiempo que se tarda en dar la cifra, y me fijo en si se dice con ese orgullito de ir comprando y comprando y haciendo crecer el fondo o con esa modestia del que se sabe uno más en un sector en el que, como librería de fondo, es difícil destacar pues, aun cuando han desaparecido unas cuantas, las que quedan son todas fantásticas.

Y como soy devoradora de historias que causan heridas, me viene a la mente también Islas Flotantes,  de Mansour, de la editorial Periférica. Un libro difícilmente recomendable, a no ser que veas el cielo abierto, a un cliente con muchos ánimos para encontrarse con la enfermedad tal y como es; sin tapujos, sin florituras. El cáncer y el cuerpo y el hospital desde la ventana diáfana del lenguaje más duro. Es duro, pero es lo que hay. Y por eso lo recomiendo aunque cueste a quien quiera leerlo, a quien pueda. Noemí. Infantil.

Los libreros. No he conocido a ningún librero que no tenga una historia que le guste contar. Quiero decir que es fácil que te la cuenten. Sobre esta librería nos va a contar Álex, gerente de Alibri, ufano: «Podemos conseguir libros en cualquier idioma. Eso nos diferencia. Nos da valor». Tienen, incluso, toda una sección para libros sobre el lenguaje de signos. Libros también para niños. «Son cosas que van más allá del negocio. Si te pones a hacer cuentas no lo haces. Pero lo haces. Porque es importante. Al cabo, somos una librería especializada en idiomas; es una lengua más. Y nos lo podemos permitir. Somos una librería independiente, con valores».

Nos confiesa que siente el peso de la enorme responsabilidad que es el ocuparse de la dirección de Alibri, con toda su historia, esos casi 100 años ya. Por sus pasillos ha pasado mucha gente, trabajadores que han construido y dejado su impronta en la librería, todos ellos, de alguna forma, «Es un legado».

El insólito Peregrinaje de Harold Fry, de Rachel JoyceEs una historia original y muy divertida en la que un hombre que se acaba de jubilar decide impulsivamente iniciar un viaje. Decide ir andando, sin más, de un extremo a otro del país, para salvar a una vieja amiga enferma. Este argumento le sirve a la autora para repasar no sólo la historia de Harold, su vida matrimonial, el padre y el hijo que fue, sino también de todas las personas que se va encontrando. Tatel. Técnica.

Alibri, tal y como anuncia la placa de su fachada, es heredera de la librería que abrió la editorial Herder en 1925. Ha sobrevivido a dos guerras, a varias reformas, a todas las crisis. «Lo peor es que las ayudas institucionales que se les ocurren son para despedir gente. Y, hombre, yo lo que quiero es que nos den ayudas para no tener que despedir a nadie, que podamos seguir todos trabajando. Es de lo que se trata».

Relato soñado, de Arthur Schnitzler. Luego sería adaptada al cine por Kubrick en Eyes wideshut. La narración es sutil, rápida y oscura. Acompañamos al médico Fridolin en su escapada nocturna por una Viena de callejones y lugares inhóspitos y paralelamente en su vida más íntima, la de su matrimonio con Albertine. Es un relato de crisis de pareja originado por un sencillo y común ejercicio de sincerarse provocando celos y sentimientos contradictorios que despiertan las partes más temidas del inconsciente. Un relato que perturba y deleita al mismo tiempo. Kristel. Idiomas.

Han cerrado en poco tiempo librerías emblemáticas, lugares que formaban parte sustancial de Barcelona, de su historia, su cultura, referentes cuya desaparición se comenta por todas partes, «ha sido un palo». Si ha cerrado Catalonia es que algo está pasando, hay que reaccionar. «¿Y adónde van ahora los libreros cuando se cierra? Todo eso se va a perder. Abogados salen cada año de las facultades, periodistas, médicos. ¿Pero libreros? Si cierran las librerías también cierran las escuelas donde se forman los libreros. No es un oficio que se pueda aprender si no es trabajando. Son años de formación».

Maria Antonieta, de Stefan Zweig. Cuando comencé a leer este libro estaba de viaje por un país distinto a Francia, sin ningún parecido con el intimidante esplendor de  Versalles: puedo afirmar con placer que cualquier lugar en el que estés desaparece al comenzar a leer esta novela. La realidad se ablanda, se transforma; con maestría te transporta al Versalles de la Revolución francesa a través del alma de una mujer sufriente y heroína destronada. En las palabras de Zweig no hay ser humano juzgado, sino narrado con una sensibilidad digna de la distancia que le permitió el tiempo y su admirable humanismo. Novela histórica o historia novelada, un libro apasionante, de los que uno desea olvidar para poder volverlo a leer otra vez por vez primera. Esther. Psicología.

Lo mejor es cuando te encuentras con alguien que ha leído justo ese libro en una librería. Has conectado. Ahora ya puede recomendarte más, sabe qué te gusta, qué darte para que vuelvas.

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En Un jardín abandonado por los pájaros Marcos Ordóñez logra un retrato muy fiel de una época, reflejando con exactitud ese pasado cercano. Lo hace sin nostalgia, sin resentimiento, sin rencor ni odio, algo muy difícil de conseguir en estos tiempos tan turbios. Es un libro escrito con muy buen talante; cada una de sus palabras destila afecto, respeto y buen humor. Lo que no es fácil cuando se escribe sobre el pasado. Maite. Ciencias Sociales.

Tienen un espacio bastante amplio que prestan continuamente. «Es un local para que la gente venga a presentar su obra. Y ya está. Sin ningún tipo de condición; solo que te guste lo que haces y quieras contarlo». Organizan de vez en cuando talleres literarios, aparte.

Según va contándonos Álex el día a día de la librería, quiénes son, cómo trabajan, va apareciendo un optimismo del tipo sensato. «Millonarios no nos vamos a hacer, no se trata de eso. La idea es que lo que tenemos no se pierda. Soy optimista porque, en primer lugar, no creo que el libro vaya a desaparecer; y luego, además, es que le echamos muchas ganas». Y eso puntúa. Siempre. Si ya sales de casa derrotado habrá que ver cómo vuelves. Aunque es cierto que aquí nos tenemos que reír; hemos estado charlando hace un momento sobre todos esos libros de autoayuda, todo ese humor involuntario y el peligro que tienen estos pseudomanuales en manos de quien se toma al pie de la letra lo de pensar en positivo y ya. Eso es lo único que hace, todo feliz, todo inoperante, todo sorprendido finalmente por no haber conseguido con su desearlo mucho que le llueva maná del cielo.

Buda en el ático, deJulie OtsukaLa novela da voz a las cientos de japonesas que llegaron a la costa de California para reunirse con unos maridos a los que apenas conocían. Dejando atrás toda una cultura e imaginando una vida mejor fuera del campo, la mayoría de ellas se ven inmersas en una situación mucho más dura de lo que esperaban. La autora relata con una sencillez extraordinaria muchas historias que confluyen en una sola, haciendo hincapié en el abismo cultural que las separa de sus nuevos vecinos y amigos. Sara. Cómic.

Raquel se ocupa de la sección de narrativa. Como me cae la mar de bien y esta serie es ya un poco como mi scattergories, me permito pararme aquí y les cuento: es entusiasta de Yuri Herrera y de la editorial periférica. También es la artífice de las mesas que uno puede encontrarse en Alibri sobre literatura rusa, por ejemplo. La suya está al fondo de la primer estancia de la librería según se entra (ya hemos dicho que esto es enorme). Nos parece, luego lo hablamos, que es todo un acierto: aparte de todo lo demás es una de esas personas que saben transmitir tranquilidad, agradable, hospitalaria. Una tía maja, vaya. Imagínense, para que me entiendan, a una dependienta de Zara: monísima, de ordinario también estrasadísima o de mal humor (Amancio, qué les das). Pues bien, Raquel es justo lo contrario. Y esto, en fin, tratándose de un sitio como este donde estamos es sencillamente genial. Y es por eso.

El Ruletista, de Mircea Cartarescu. El narrador, un escritor anciano que agoniza asediado por la angustia ante la proximidad de su muerte y por la desolación ante la certeza de que no habrá nada más allá, decide explicar la historia de un personaje que existió de verdad y que, como él dice, constituirá su proyecto de inmortalidad. Una historia estremecedora en la cual este enigmático personaje, un perdedor que lo ha perdido todo y que ya no tiene nada más que perder que su propia vida, decide jugársela noche tras noche en un sórdido local en el que otros jugadores se reúnen asiduamente.  Hasta tal punto me impresionó su lectura que aún hoy, después del tiempo que hace que la leí, sigo sintiendo el vértigo del insomnio que se desprende de su lectura. Para mi fue una obra fundamental, de aquellas –que no son muchas– que dejan huella y no se olvidan. Noemí. Narrativa.

«Nos queda un recorrido. Somos como un pequeño misterio. Otras librerías han hecho su promoción y todo el mundo sabe quiénes son, lo grandes que son. La Casa del libro, por ejemplo. O la FNAC, que es también una gran librería. A nosotros, sin embargo, no se nos conoce mayoritariamente, aún hay mucha gente que nos tiene que descubrir». Es verdad esto que dice Álex y es así como nos vamos: salgan, vayan a descubrir Alibri. Pero apaguen ya el ordenador, les decía al comienzo. No compartan este artículo en Facebook, no lo twitteen. Si les ha gustado, salgan, vayan para allá. Aquí ahora lo que va es un fundido en negro.

Fotografía: Manu Cabañas