Monegros: mujeres en primera línea de campo

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Elena Alcubierre en su granja de Lanaja. Foto: Laureano Debat.

Monegros explota en colores durante las primaveras lluviosas. Las amapolas bordean las carreteras y los caminos, devolviéndole la circulación sanguínea a una tierra agrietada por la sed. Pero cuando el agua falta hasta las chicharras se quedan afónicas. Por eso, la llegada del regadío supuso un antes y un después en una zona cuyos cultivos dependían de la clemencia del cielo. Aunque no fue fácil: los gobernantes que debían dar luz verde al canal de Monegros se mostraron vacilantes y su construcción se vio paralizada, así como también las esperanzas de un baldío que necesitaba el agua para comer. Fueron las mujeres, procedentes de varios de los tramos por donde debía pasar el canal, quienes se movilizaron un 25 de febrero de 1915 para pedir que se concluyeran las obras que ponían en jaque las oportunidades de sus municipios. Llegaron de noche a Huesca, las hospedaron en posadas y, al amanecer, el gobernador civil pidió que las sacaran de la ciudad. Demasiado ruido. Sin embargo, las canalistas de Lanaja no se fueron, resistieron a las puertas de la ciudad defendiendo su propuesta. Y el canal continuó construyéndose.

Cien años después, el tablero del juego ha cambiado. La entrada en la Unión Europea y los avances tecnológicos y sociales han hecho que se produzcan innovaciones no solo en las formas de trabajo sino también en las oportunidades generadas. Aragón también es una región abatida por la despoblación en el medio rural: el 50 % de sus habitantes viven en las ciudades, donde las mujeres hallan una mayor tasa de inserción laboral. Es por ello que desde la Universidad de Zaragoza han desarrollado el Estudio de la Situación del Mundo Rural Aragonés desde una perspectiva de género, con datos actualizados hasta 2020. Porque resulta imprescindible abrir un debate que aborde la igualdad de oportunidades en el medio rural. En Monegros, el empleo en la agricultura y ganadería durante el año pasado representó el 17,22 % del total de los puestos de trabajo, de los cuales un 32 % fue para las mujeres. 

Esta comarca ha sido tierra de montes negros, de tiros cruzados por los bandos en la guerra. De sol y campo. Quizá muchos de los que ahí viven no sepan que en otro tiempo fue mar y obvien el hecho de que alguna de las piedras que lanzaban cuando eran niños son animales fosilizados hace millones de años. Un lugar donde los campos cambian de color sin avisar: del gris invierno al verde primavera, del amarillo de verano a los naranjas de otoño. Pendiente de la lluvia y dependiente de los nuevos sistemas de regadío. Tierra domesticada a brazo arremangado. Territorio construido y contado con sustantivos masculinos, que ha olvidado que también sus nombres son femeninos. 

Ole tus lunares

El día que Esperanza Valero puso un pie por primera vez en Robres junto a sus 5 Magníficos, puesta y dispuesta a ser el centro de la orquesta de las fiestas, no sabía que entre el frío acurrucado de febrero iba a encontrar el amor. Un amor que primero sería de carne y hueso y que luego también tomaría a la tierra. 

El 22 de marzo cumplió setenta y cinco. Lleva viviendo aquí más de cuarenta y siete años, que son los que tiene su único hijo. Nos atiende en la plaza frente de su casa, rodeada de tanques de la guerra civil que ahora solo son escultura y memoria. Nacida en un pueblecito de Cuenca, su familia se mudó a Manresa cuando ella tenía diez años. Allí había muchas fábricas y con tan solo doce años empezó a trabajar haciendo hilo para los telares. «Yo era así de alta, me parece que me he encogido. Si venía una inspección me decían: tú di que tienes dieciocho». 

El suyo es un viaje con efecto bumerán. Se fue del pueblo para acabar siendo adoptada por otro, pero eso sería más adelante. Primero anduvo cantando por los matinales radiofónicos con catorce o quince años, donde coincidió con Peret, Rudy Ventura y el Gato Pérez. Giró de forma altruista por hospitales y orfanatos a través de la asociación Arte, Alegría y Caridad de Manresa hasta que la fábrica cerró. Entonces su altura y su edad se habían equiparado: con dieciocho años cumplidos le surgió la posibilidad de dedicarse profesionalmente a la música con el grupo Esperanza Valero y Los 5 Magníficos. 

Así fue como llegó a Robres para la fiesta de San Blas. «Yo en la orquesta iba a trabajar, se piensa la gente que solo ibas de fiesta. No. Es un trabajo y duro. Íbamos a Navarra, País Vasco, Aragón, Cataluña, menos Andalucía anduve por toda España. Y en Manresa aún hoy ponen mis discos, allí soy muy conocida». En la fotografía de la portada del disco Ole tus lunares comprobamos el impacto de sus ojos oscuros, la belleza y el desparpajo de la joven cantante. Y cuesta poco imaginar cómo Lorenzo cayó rendido a sus encantos el día que la conoció, trayéndola y llevándola al camerino situado a las afueras del pueblo. 

Un año después de conocerse, escribirse cartas y visitarse esporádicamente, se casaron y Esperanza se instaló definitivamente en Robres. Seguramente su llegada al pueblo monegrino no dejó indiferente a nadie. «Supongo que alguna diría pues a los cuatro días se marchará esta». Pero no se marchó, al contrario: compatibilizó sus aprendizajes de madre primeriza con la construcción de su primera granja de cerdos en un campo de su marido, quien nunca había mostrado especial interés en el sector primario y trabajaba por cuenta ajena en la fábrica de lácteos RAM.

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speranza Valero en el portal de su casa en Robres. Foto: Laureano Debat.

Con el mismo entusiasmo con el que recuerda la noche en que acompañó a Julio Iglesias en una actuación en Barbastro, nos habla de cómo su emprendimiento rural fue creciendo. Empezó con una granja de cerdas madres para criar lechones, la amplió a quinientas plazas y la integradora para la que trabajaba se echó para atrás. «Nos dijeron que tenían que ser de mil para arriba. Pues entonces dijimos: vamos a pasarlo a cebo. Con aquello se ganaba mucho dinero pero se trabajaba mucho. Pero a mí me gustaba, los cogía, les daba besos, todo». 

Para poder ir y venir a la granja tuvo que aprender a montar en bicicleta, pero en las gélidas noches de invierno de Monegros no parecía un buen plan, así que se sacó el carnet de conducir y se compró un Panda. «Me llamaban la viuda, no sabían que tenía marido. Como él no venía a cargar el camión. Yo misma con un saco y una tabla me cargaba cien cerdos y, además, en media hora. Y cuando llegaba ahí, a la primera vez que venían a cargar para los mataderos decían: oh una mujer, una mujer. Y yo decía: pues me cago en la mar, sí, una mujer, una mujer. Y luego ya no me decían nada porque los cargaba igual o mejor que ellos». 

Hoy, a sus setenta y cinco años, después de sostener la economía familiar cuando su marido cayó enfermo, de enseñarle el oficio a su hijo con una empresa en funcionamiento y de trabajar como restauradora en la iglesia del pueblo, Esperanza Valero es una parte fundamental de Robres. Siempre llena de vitalidad y de humor, partiéndose de risa hasta cuando cuentas cosas como esta: «Una vez salíamos de misa con la cartera, Mariflor, la pobre que se murió. Nos metemos en el bar a tomar un vermú y nos sentamos en una mesa. Era todo hombres. Y dice uno: ¿y estás, qué hacen aquí? Y hace el otro: déjalas, que estas trabajan». 

Brazo ejecutor

Nadie mejor que Belén para definir quién era Angelines Aguín: «Mi madre ha sido una curranta nata y eso no se lo quita nadie. Pero curranta, curranta».  La voz de la hija en pretérito perfecto nos confirma que aunque hace cinco años que falleció, Angelines sigue muy presente. Hija de colonos de San Juan del Flumen, trabajó mano a mano con su padre en el campo. La apodaron la «chica-chico» porque siempre estuvo en primera fila en el sector de la agricultura, en un terreno muy masculino que para ella fue de lo más normal. En su intervención televisiva en el programa Aragón en Abierto lo dejaba claro: «Yo soy como soy, un hombre a mi lado puede hacerlo igual que yo o yo igual que él, ni no soy ni más ni menos». Acudimos a su hija y a su marido para que nos ayuden a revivirla desde los ojos de quien la ve como un referente y desde la mirada de su compañero de vida. 

Salvador Andrés nos recibe en la casa familiar que compartió con Angelines, cuya imagen aún persiste en los portarretratos de las estanterías. «Éramos un equipo. Yo llevaba más las cosas de contabilidad y sulfatos, los temas teóricos. Ella era más dicharachera, le gustaba más charrar, ir para aquí con el camión o el tractor, ir a los talleres le encantaba. No me he sentido en ningún momento discriminado ni nada, pero cuando íbamos de viaje a algún sitio me tocaba a mí coger coche, fíjate tú. Pero el camión siempre lo ha cogido ella». 

Con Belén tomamos algo en un bar de Zaragoza y nos cuenta que su madre viene de una familia que siempre se dedicó a la agricultura, que no conoció otra cosa, probablemente, porque antes tampoco había mucho más formas de salir adelante en Monegros. Habla de ella como lo que fue: una pionera y una luchadora. Aunque desde fuera pudiese ser anómalo, Belén nos lo deja claro: «Mi madre se encontraba muy a gusto en un mundo de hombres. A mi madre no la mandes a la Asociación de Mujeres, a ella no le gustaba estar ahí». 

Angelines y Salvador empezaron dedicándose a la hortaliza, sobre todo a la lechuga, que ellos mismos cultivaban, recogían, envasaban y llevaban al mercado. En aquel entonces hacían falta brazos y a Belén también le tocaba ir a echar una mano con doce años. «Mi padre era el que pensaba y mi madre el brazo ejecutor», recuerda. Después primó el tomate, pasaron al pimiento hasta llegar a la cebolla. Fueron creciendo sin intermediarios, haciendo todo ellos mismos. Angelines se levantaba a las siete de la mañana, iba al campo, envasaba, recolectaba y a la noche salía para el mercado a llevar la mercancía, regresando a casa cerca de las dos de la madrugada. Dormía poco, madrugaba mucho y no perdonaba, eso sí, su hora de siesta. 

De una hectárea de cebollas pasaron a tener más de cien. Y con esta hortaliza hicieron dinero y montaron una empresa exportadora que solo se vio frenada cuando sus hijos se hicieron mayores. Belén no fue educada para dedicar su vida al campo: «Sí que a mi madre le hubiese gustado que mi hermano se dedicara a la agricultura y a mí me decía siempre que me fuera, que aquí no me quedara. Es un poco contradictorio, porque ella no defendía tampoco que sean solo los hombres los que deben trabajar en la tierra». 

Pese a la insistencia de Salvador, Angelines nunca dejó de fumar y un cáncer de pulmón se la llevó a los sesenta años: «No nos ha ido mal, hemos trabajado mucho y ahora tenemos un patrimonio decente para vivir. Y sin más. Y ahora que empezábamos a vivir bien y que no íbamos a jubilar pasó esto. Pues ¿qué le vamos a hacer?», nos dice, borrando la sonrisa que le ha acompañado durante toda la entrevista.

En Mercazaragoza aún se deben acordar de aquella Angelines vital y decidida, que saludaba a los puesteros y hacía bromas y le resbalaban las miradas masculinas que se preguntaban qué hacía una mujer sola entrando en ese recinto sacrosanto de la testosterona. Una mujer que siempre se hizo respetar en un mundo de hombres y que despertaba admiración y, seguramente envidia, entre muchas mujeres de la zona. Porque en San Juan aún se dice que no había nadie como ella.  

Descalza en el arroz 

«Algunas veces me hablaban como la secretaria de ATRIA y yo tenía que aclarar que no, que soy la técnico». María Carmelo lleva desde los años noventa como técnica de la Agrupación para Tratamientos Integrados en Agricultura. Nos lo cuenta en el patio de su casa en San Lorenzo del Flumen, el pueblo de colonización al que sus padres llegaron cuando ella tenía cuatro años. Su futuro siempre estuvo vinculado a tener una formación académica, pero su relación con el campo surge tras abandonar la carrera de Medicina. 

Los dos años que pasó decidiendo cómo continuar su formación, estuvo trabajando junto a su padre en la producción de fruta. Pero Monegros no es precisamente una zona frutícola y la falta de infraestructura dificultaba el desarrollo de esa actividad. Era demasiado trabajo: controlaban las plagas que podían dañar los árboles, contrataban cuadrillas para que les ayudasen a recolectar la fruta que luego guardaban en una cámara frigorífica, su madre se encargaba de prepararla para la venta y María con su padre la llevaban al mercado. «A mí lo del tractor  y la maquinaria no ha sido lo que más me ha gustado. Iba a hacer los tratamientos sanitarios, coger la fruta y clarear».

Entonces se marchó a la Almunia de Doña Godina a estudiar Ingeniería Técnica Agrícola. Toda esa experiencia acumulada hizo de María una estudiante privilegiada: «Muchas de las cosas que veía en la facultad ya las conocía y las sabía de sobra, mientras muchos de mis compañeros o compañeras no tenían ni idea. Por ejemplo, distinguía perfectamente una rama de manzano de la de un peral en la prueba de identificación de maderas frutales con verla». Durante el tercer año de carrera, un profesor le propuso encargarse de un estudio sobre el arroz para investigar una plaga que estaba obstaculizando su cultivo en la zona de Monegros y su nivel de especialización la llevó hasta la que ha sido su ocupación principal. 

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María Carmelo en el patio de su casa en San Lorenzo del Flumen. Foto: Laureano Debat.

María entraba en los campos de arroz descalza porque con botas de tacos se corría un alto riesgo de quedarse agarrada en el fango, eso se lo había enseñado su padre: «Yo lo primero que hacía era quitarme los zapatos y entrar al agua. Ya si te veían entrando al agua era otra cosa». No almacena malos recuerdos asociados a un trato machista por parte del entorno, pero sí que reconoce, como otras entrevistadas, que tuvo que demostrar su valía porque la ponían a prueba todo el tiempo: «Tú vas a un campo que tiene un problema y un agricultor que se ha dedicado toda la vida a eso va a decir: y este ingeniero va a venir a enseñarme a mí. Independientemente de si eres chico o chica, pero si eres chica hay mucho más reparo. También, si eres chica, parece que siempre tienes que demostrar algo más, que tienes que saber más. A mí han venido con una hierba a decirme a ver qué tal este arroz y eso no era arroz ni nada, era una hierba». 

Hoy es una profesional muy reconocida dentro del sector primario. Fue la primera y única mujer en integrarse en el Consejo Rector de la Cooperativa de Sariñena (1995-1999), concejala del ayuntamiento de Lalueza por el PSOE durante ocho años, miembro del Sindicato de Riegos y, en la actualidad, es representante del sector del arroz a nivel nacional y en Bruselas a través del COPA COGECA. No concibe la figura del agricultor con poca o ninguna formación. Nos dice que hay pocos sectores que conozcan tan bien el funcionamiento de la Unión Europea como los agricultores, que saben de normativa y su aplicación y que actualmente están aumentando sus reivindicaciones ante la falta de trasparencia sobre los cambios que habrá en la política agrícola común a partir del 2023. El sector ha cambiado, se ha profesionalizado, pero sigue siendo muy dependiente de la intervención pública y, eso a fin de cuentas, como la misma María reconoce, lo convierte en algo muy burocrático y lento. 

Viaje a la semilla 

«Eso me hizo cambiar el chip. Hay gente que está dispuesta a llevarse este producto cueste lo que cueste», dice Ana recordando uno de los primeros días en la panadería:

—Quiero un bollo.

—No quedan de hoy, son de ayer. Estarán buenos, pero ya que vienes a comprar no te quiero vender un bollo de ayer.

—Dámelo.

—Pues te lo regalo.

—No, no. Te lo voy a comprar y te lo voy a pagar porque quiero seguir comiendo este bollo toda mi vida. Y si no apuesto por vosotros y si nos regaláis todo, no seguiréis aquí. 

Era al principio. Acababan de abrir y vendían poco y nada. Había que convencer a la gente para que comprara y hacerla probar, ver, testear el producto. Y muchos de sus clientes esperaban a que mejoraran la fórmula, porque los primeros panes salían mal. Pero la gente apoyaba: «No importa, lo llevo igual. Ya os saldrá mejor». 

Los olores y sabores son memoria, a veces engañándonos con nostalgia, otras veces con recuerdos certeros. Juan José Marcén, en el pueblo de Leciñena, se preguntó un día que por qué el pan que comía no sabía como el de antes. Generalmente preguntas así suelen acabar en callejones sin salida que se conforman con el pan de ahora.  La diferencia es que Marcén se empeñó en buscar el camino de vuelta. Y lo encontró. 

Veinticinco años después, su sobrina Ana Marcén recuerda cuando su tío Juan José les hacía probar el pan que horneaba con la semilla de trigo Aragón 03, que se creía perdida para siempre pero que un matrimonio de jubilados de Perdiguera, a cinco kilómetros de Leciñena, seguía cultivando. «Lo hacían por romanticismo, porque había alimentado a toda su familia y no la querían perder. Entonces tenían un poco de campo sembrado con eso», cuenta Ana, la actual gerente de Ecomonegros, la empresa familiar que impulsó la recuperación de este tipo de trigo original y que volvió a hacer el pan como antes. 

Ecomonegros abrió en 2006 como una panadería en Leciñena con obrador de panes y bollos preparados con trigo Aragón 03. Quince años después es una empresa con tres panaderías en Zaragoza, una tienda online y el obrador de Leciñena con su despacho y centro de operaciones de una firma que vende trigo, harina, pan y repostería, y que da trabajo a quince personas a jornada completa y a dos freelances. Hay otros molinos que cultivan este mismo trigo y lo muelen, panaderías en Sevilla que les compran la harina para hacer el pan y hasta comunidades de Mallorca que les compran la semilla para cultivar Aragón 03 para autoconsumo. Incluso el cocinero norteamericano Dan Barber, famoso por explotar una vertiente claramente ecologista en su cocina, vio un reportaje sobre Ecomonegros en BBC World y los contactó para conseguir el trigo Aragón 03, al que ha juntado con otra variante autóctona de Estados Unidos para crear el denominado trigo Barber. 

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Ana Marcén en el obrador de Ecomonegros Foto: Toni Galán.

Ecomonegros abre doscientos treinta y siete días al año y treinta y seis horas a la semana. «Hay mucha gente que se queda sin pan y nos dicen que lo tenemos que cambiar. Y yo les digo que no, que para que sigan comprando este pan yo tengo que tener calidad de vida para que quiera seguir haciéndolo. Tiene que ser un winwin: yo gano en salud mental y física, tú ganas en un buen pan», dice Ana, que también canta y compone bajo el nombre artístico de AMA y ahora está en plena grabación de su cuarto disco. También tiene dos libros publicados: una biografía de su abuelo (que aún vive) y otro titulado Cómo hacer todo lo que quiero hacer a estas alturas

Es madre de una niña de cinco años y su jornada laboral empieza cuando la deja en la escuela y acaba cuando la recoge. Fue duro llegar a este equilibrio, incluso antes cuando tuvo aprender a ser emprendedora y vencer sus miedos. «Llega un momento en el que dudas de ti misma. Y tuve que hacer un aprendizaje a todos los niveles, no solo empresarial sino también personal, porque si no era imposible dirigir una empresa con quince personas». Pasó episodios de ansiedad, estrés y depresión que empeoraron cuando fue madre. «Me vine abajo. Yo no podía dedicarle todas las horas del mundo a mi empresa porque me sentía superculpable de abandonar a mi hija. Y guardar ese equilibrio, hablar de por qué yo quiero estar con mi hija en el parque en lugar de estar trabajando, eso no lo entendían. Una gerente no está en el parque cuidando a su hija y no cuelga a un proveedor el teléfono porque su hija está con fiebre y no quiere hablar con nadie».

Para mucha gente comer el pan de la empresa de Ana Marcén representa un fenómeno de magdalena proustiana con emociones dobles, a veces contradictorias: puede haber tanta felicidad como dolor en el recuerdo. «Una señora probó un bollo un día y se echó a llorar. Nos dijo que desde que se había muerto su madre que no había probado un bollo como este». Pero, a veces, vuelven traumas. «Cuando mi abuelo era joven el pan no se hacía como ahora, se usaban trigos muy malos, era la guerra. Entonces, los recuerdos que mucha gente tiene del pan con Aragón 03 no son muy buenos, porque se hacía con mezcla de centeno, de cebada, vete a saber lo que le echaban». Y se acostumbraron al pan blanco porque era cosas de ricos, porque hablar de pan negro, de semilla Aragón 03 ahora es oportunidad y emprendimiento, mientras que antes fue resignación y necesidad. 

Vacaciones a regañadientes

La granja de Isabel Atarés está situada en las inmediaciones de Curbe, la tierra de sus abuelos colonos. Cinco años antes, cuando vivía en Huesca, no pensaba que se apasionaría tanto por este trabajo. «Me he ido no sé si dos o tres veces de vacaciones. Y a regañadientes. Y este año pasado que me operaron», dice mientras mete trozos de paja en la boca de sus terneros, que sacan sus cabezas entre las rejas. Estando de viaje se lo pasó todos los días llamando, con el sentimiento de haber dejado a un hijo. La operación también supuso una pausa en el trabajo y, pese a las recomendaciones de que tenía guardar reposo, no pudo evitar ir a echar un vistazo y  controlar que todo estuviese como es debido. 

A lo que parecería ser completamente una adicción al trabajo y un placer inigualable por estar ahí, hay que sumar también la explicación comercial: «Una granja de terneros no es lo mismo que una granja de cerdos, un ternero no vale lo mismo que un cerdo. Un ternero no se pone malo y se le deja o se le mata, aquí hay que sacarlo adelante como sea». Ella cobra por ternero y día, si se le muere uno al día siguiente ya no lo cobra. Es como un hotel en el que el tiempo promedio que pasa un ternero es entre dos y tres meses. Y de aquí van a la granja de cebo, donde se les da un pienso especial para el engorde. 

A toda la familia les gustaba el campo y decidieron irse a vivir a Curbe hace cinco años. Isabel había estudiado formación profesional superior de Administración y Finanzas y en Huesca era empleada en una oficina. Al llegar al pueblo se planteó cómo podría ganarse la vida y, cuando su marido barajó la posibilidad de la granja, ella se negó rotundamente, aunque poco a poco empezó a ceder y ahora no se imagina en ningún otro lugar que no sea este. Un reto que decidió afrontar en solitario, su marido sigue con su trabajo de montador de equipos de riego por aspersión y algún fin de semana la ayuda en tareas puntuales, cuando ella lo necesita. Dar la leche, cuidar a los terneros, revisarlos y todo el mantenimiento diario de la mamonería lo hace ella sola y a diario. Y está feliz: «Nunca se sabe las vueltas que da la vida, pero no me veo volviendo a la vida en una oficina o en el ritmo de una ciudad». 

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Isabel Atarés en su granja de mamones. Foto: Laureano Debat.

Un día normal de trabajo para Isabel Atarés comienza a las siete de la mañana, cuando ya está en la granja para poner la caldera a calentar, echar un vistazo a los terneros y asegurarse de que estén todos bien y no haya ninguno malo, prepararles la leche y dárselas. La leche que beben los animales es agua caliente con polvos especiales para el crecimiento. Cada uno tiene su bidón y una tetina de goma por donde chupan: viendo todos estos aparatos en fila parecen biberones gigantes. Una vez que desayunan, les echa pienso y paja y se va a casa. Por la tarde, se repite el mismo ritual. Entre medio, hace la compra, limpia su casa, cocina y se encarga del papelerío, que suele ser también mucho trabajo. Todo esto de lunes a domingo, de enero a diciembre, todos los días. «Una de las ventajas es que yo me organizo como quiero, aunque esto es un negocio muy sacrificado porque ellos llevan su horario, la leche es a una hora por la mañana y a una hora por la tarde fija. Pero si tengo que llevar a mi madre o al crío al médico puedo levantarme una hora antes y hacerlo, irme a mitad de mañana». 

Y otra de las ventajas es tener a su madre en Curbe, que le ha ayudado en los cuidados de su hijo, que tenía cuatro años cuando se instalaron en el pueblo. «Cuando yo empecé a trabajar en esto ella era la madre y yo la abuela. Recuerdo llegar a casa a las mil de la noche y mi madre gritándole al crío es que no sé qué y yo chica, mamá, déjalo al pobre crío. Y digo: aquí hemos cambiado los papeles, es verdad, lo cuidaba más ella que yo». Ahora Isabel tiene más tiempo, se organiza mejor y sabe cómo administrarse para tener más disponibilidad. Además su hijo ha cumplido nueve años, una edad que lo hace menos dependiente que antes. 

Se siente muy bien tratada y valorada por sus compañeros del sector y niega rotundamente haber sufrido situaciones de machismo. Aunque reconoce que al principio sufrió algo de menosprecio por su falta de experiencia y soportó actitudes prejuiciosas «de gente mayor por la inexperiencia de ser más joven, por haber empezado hace poco, pero hay gente que lo hace bien de toda la vida y gente que lleva toda la vida y lo sigue haciendo mal». Dice que se ha tenido que hacer de otra manera desde que emprendió este negocio, pero se siente orgullosa de descubrirse tan echada hacia delante. Procrastinar no cabe en sus planes, sobre todo porque pagar una hipoteca cuesta tanto y cuando, además de cuidar terneros, hay que sacar adelante una tierra difícil: diez hectáreas que heredó de sus abuelos colonos y que Isabel usa para agricultura. «La tierra que le tocó a mis abuelos es malísima, pero con los años y con el riego se iba volviendo a bien, pero hay que mimarla mucho, hay que saber qué cultivos pones para tratar la tierra y que vaya hacia adelante. Este secarral es salitre puro». 

Granjas y corazones con rotulador 

Elena Alcubierre tiene veintiséis años y es la más joven de todas las entrevistadas. Nos costó dar con ella, que nos hiciera un hueco, lo que da buena cuenta de lo ajetreada que la tiene su trabajo: una semana porque estaba regando, después porque le venían a descargar terneros y, al fin, puede recibirnos una mañana de domingo en la que Monegros se ha despertado lloviendo y los olores de la tierra nos atraviesan y nos calman, a partes iguales, en este pedazo de monte del pueblo de Lanaja. 

«A mí lo que más me gusta es dar la leche. Me levanto, vengo aquí a las siete y media, ocho de la mañana, preparo la leche y les doy de beber, más o menos dos horas por la mañana, dos horas por la tarde. También tienes que echar paja y a veces se puede complicar por alguna baja o hay que medicar, pincharlos porque están malos». Elena usa una plataforma llena de tetinas para que varios terneros puedan desayunar a la vez y, mientras nos cuenta esto, está terminando su jornada matutina.  

Nos mira con sus redondos y vivaces ojos marrones por encima de su mascarilla y nos cuenta que ella vivió en Huesca durante toda su infancia, pero los fines de semana los pasaba en Lanaja, de donde son sus padres. Cuando acabó bachillerato se marchó a Zaragoza a estudiar Trabajo Social y, antes de acabar la carrera, ya tenía claro su futuro: «Surgió la oportunidad de incorporarme a la agricultura por las tierras que tenían mis padres y me lo propusieron, porque a mí me gustaba mucho el campo. A mi hermana, por ejemplo, ni se les ocurrió proponérselo». A pesar de que le encantaron sus estudios en la universidad, confiesa que nunca se vio trabajando de ello, que estar encerrada en una oficina no entraba en sus planes: «Y dije: ¿por qué no me hago una granja, si me  gustan los animales? Y mis padres: ¿pero estás segura de que quieres hacer eso?  Y yo sí, la verdad es que me gustaría. Y ellos me apoyaron desde el inicio».

Sus amigos universitarios se lo tomaron a broma, no se creían que ella iba a estar a cargo de una granja de terneros mamones en medio de Monegros. «La gente de Huesca o de Zaragoza tampoco conocen mucho. Sí, la agricultura, la ganadería, pero no saben exactamente al cien por cien lo que es». Al final, acabaron entendiéndola.

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Elena Alcubierre en su granja de Lanaja. Foto: Laureano Debat.

En el pueblo fue más difícil. La gente de Lanaja asumió desde el inicio que sería un proyecto para su padre, a punto de jubilarse como funcionario. No se imaginaban a Elena como la vemos ahora, con su mono color caqui, una cinta sobre el pelo recogido en una coleta y sus botas de goma, manejándose con soltura entre la maquinaria y los animales, apasionada y desenvuelta, demostrando en cada gesto que este es un proyecto suyo y de nadie más. «Mucha gente se incorpora a la agricultura, pone a la mujer como agricultora y la mujer no se dedica a la agricultura, lo que pasa es que, como te dan una subvención, pues la meten ahí y ya está. La gente quizá se pensaba que era más eso: incorporarme yo por ganar una subvención o lo que sea, y que en realidad se iba a dedicar mi padre». 

Aquellos comentarios le sentaban bastante mal y tampoco entendía del todo por qué esos prejuicios de género. «Las mujeres hace cincuenta años a lo que se dedicaban era a la agricultura y a la ganadería. Y, además, la casa. Pero eso sigue invisibilizado, no se ve reflejado en ningún sitio. Y a esas mismas mujeres les sigue pareciendo raro que una mujer se dedique a esto, siendo algo que toda la vida lo llevan haciendo», dice mientras reconoce que esto de hacer entrevistas le da vergüenza, pero que ha entendido su parte de responsabilidad. Quiere que se deje de ver como algo extraño a una mujer trabajando en el campo y que ya no sea necesario dar explicaciones por ser emprendedora en el sector primario.  

Para Elena, este trabajo es más goce que sacrificio. «La granja no me ata veinticuatro horas, tengo tiempo para todo». Una integradora le lleva el alimento y los terneros, ella solo pone la paja y el trabajo. Recibe la remuneración cada mes y sin brecha salarial: «Me pagan a mí lo mismo que le podrían pagar a un hombre. En ese sentido es totalmente igual». Pone el énfasis en la ilusión puesta en algo que le gusta de verdad y reivindica que «porque seas mujer no tienen que machacarte de esta manera, tanta presión, porque cuando un hombre se incorpora con una granja de cerdos no pasa nada, es su trabajo y ningún problema». 

Desde hace un rato un ternero marrón le está lamiendo la mano. Ella la mueve con naturalidad y le devuelve el cariño sin apenas darse cuenta. Tenemos que parar la entrevista y hacer unas fotos. Elena mira hacia atrás y dice: «Un dato curioso. El otro día estaba mirando agendas que tenía de bachiller, cuando aún estaba estudiando en Huesca, y ya tenía dibujado cómo sería una granja. O sea, que ya me rondaba desde el instituto». Y se echa a reír.  ¿Y no dibujabas corazones? «Sí, claro. Corazoncitos también». 

Coautor 4149


Paco Goyanes: «Tenemos que ayudarnos unos a otros. El mundo del libro ha superado muchas crisis: también superará esta»

La librería ha devorado al nombre, o al menos, al apellido. Todos le llaman Paco Cálamo, y él responde, como si no se llamase en realidad Paco Goyanes, que sí, se llama. No es nuevo en esto de que las cosas salgan distinto a como se planean: montó una librería para vender buenos libros a sus amigos y la realidad le demostró que ni todos sus amigos leían, ni todos los libros eran buenos. Pero ahí sigue (en la zaragozana plaza de San Francisco ) con tesón aragonés, empeñado en que algún día le visiten. 

Pone todo de su parte, no crean. Ofrece no solo estanterías repletas, sino algo mucho más selecto: criterio. Charla. Recomendaciones. También vinos («Libros y vinos», reza su rótulo) y alguna que otra juerga. Nunca quiso montar un supermercado de libros, ni ser un tendero sapiencial que pronunciara el insoportable cliché de que su establecimiento es «un punto de encuentro». Solo ha fracasado en esto último. El resto lo ha logrado: ha recibido todas las condecoraciones posibles, ha recorrido el mundo para aprender de los compañeros de oficio más humildes, y ha impartido formación a los que querían prosperar. Ha sido kamikaze y/o visionario, y lleva treinta años llegando a fin de mes, militando en la resistencia. 

Convocamos a Goyanes, tan insigne como inquieto, a las jornadas de Futuro Imperfecto en el Espai Rambleta de Valencia, con la excusa de hablar del libro de Jorge Carrión, Contra Amazon. Nada salió como esperábamos: tocaba despotricar contra el titán americano, pero él puso las pilas a su gremio; tocaba apocalipsis por el negro futuro del papel, y a él se le escapó el optimismo.  Quítale un apellido, pero dale un micrófono: no quedará ni una expectativa en pie.

*Debido a los efectos de la epidemia COVID-19 posteriores a la realización de esta entrevista presencial, hemos añadido estas primeras preguntas vía correo eléctronico:

¿Cómo afrontáis la cuarentena? ¿Estáis vendiendo por internet? ¿Cómo podemos ayudar los lectores a las librerías?

Para responderos prefiero reproducir algunas líneas del comunicado que enviamos a nuestros clientes y amigos el sábado 14 de marzo: 

«Hemos cerrado nuestras librerías, con un dolor y una tristeza infinitas. Y también hemos suspendido la venta online y la entrega a domicilio. No creemos que sea en absoluto conveniente  ir a correos con paquetes, entregarlos a casas de mensajería o llevarlos nosotros mismos. Conocemos a los repartidores, los vemos y saludamos todos los días: sufrimos por ellos. Además de  cobrar una miseria por las entregas que realizan —merced a la presión de los grandes operadores del comercio electrónico—, ahora también están obligados a seguir trabajando sin medidas de seguridad merecedoras de tal nombre.

Las indicaciones de las autoridades sanitarias son claras y tajantes: hay que quedarse en casa, hay que disminuir el tráfico de personas y mercancías.

Se impone la calma, disminuir la ansiosa velocidad que parece dominar nuestras vidas. ¿Tanto te urge leer la última novedad del sempiterno candidato al Nobel? ¿Tienes que adquirir precisamente ahora el libro que hace meses decías que querías o necesitabas leer? ¿De verdad que no tienes lectura suficiente en casa?

Las librerías independientes necesitamos que cuidéis y os cuidéis, que apoyéis a la sanidad pública de nuestro país y a sus profesionales. Necesitamos lo que necesitamos todos: tranquilidad, calma y responsabilidad. 

Y también —por qué no-—que guardéis los impulsos compradores para cuando pase —que pasará— esta crisis. Os estaremos esperando con las puertas abiertas de par en par y con la mejor de nuestras sonrisas».

Esta semana Maite Aragón, de Caótica, escribía «Otro apocalipsis librero», sobre la responsabilidad de los libreros con respecto a los envíos ¿Compartes su opinión? ¿Crees que depende de tener o no tener una plataforma funcional de venta por internet?

Coincido con la mayoría de las opiniones de María Aragón, como habréis podido comprobar al leer mi respuesta anterior. Sus reflexiones sobre la gratuidad de la cultura y la utilización descarada de la crisis sanitaria para favorecer a los emporios digitales son más que pertinentes.

Se están pasando todas las ferias del libro al cuarto trimestre. ¿Crees que se podrá remontar el año?

Es una incógnita total. Todo depende del tiempo que se prolongue el estado de alarma. Creo que en este caso  —solo en este caso— hay que seguir el mantra del Cholo Simeone: Vamos partido a partido. 

En todo caso creo que es importante que los agentes del comercio del libro —y aquí me refiero en concreto a editores, distribuidores y libreros— seamos solidarios y responsables. No valen para nada soluciones individuales ni prácticas basadas en el sálvese quien pueda. En general nuestras estructuras son débiles y poco capitalizadas. Vivimos casi al día. Con lo que ingresamos vamos pagando lo que debemos, si la máquina se para —y se ha parado indefinidamente— el flujo económico se para. Para salir adelante casi todos vamos a tener que recurrir a financiación bancaria, nos guste o no. 

Las libreras y libreros tenemos la obligación y la responsabilidad de hablar individualmente con nuestros proveedores y clientes, negociar nuevas condiciones y plazos comerciales, y a la vez empezar a buscar soluciones de conjunto. Muchas librerías se van a esforzar por cumplir en la medida que puedan con sus compromisos contractuales. Como también muchos editores y distribuidores están buscando estrategias que eviten tanto su colapso económico como el de las librerías. Tenemos que ayudarnos unos a otros. El mundo del libro ha superado muchas crisis: también superará esta. Para nada ayudan colegas que anuncian a bombo y platillo que no piensan pagar a sus proveedores, o editores y distribuidores que se niegan a hablar de retrasar o aplazar giros o que se hacen los locos como si nada estuviera pasando.

Tal vez la lección más importante que podamos extraer de estos días aciagos sea la necesidad de que el sector profesional del mercado del libro empiece a trabajar en global, superando las tradicionales redes gremiales, tan útiles en para muchas cosas, pero tan limitadas para otras.

Y con respecto al sector, ¿crees que el Gobierno lanzará alguna medida específica para ayudar a las librerías? ¿Qué le pedirías?

La tarea que le aguarda tanto al Gobierno como al conjunto de las administraciones públicas es titánica. También a la Unión Europea. El tejido económico va a quedar muy dañado, y en especial el comercio de proximidad, tan importante en el discurrir diario de las ciudades europeas y del que somos parte muy importante. 

El sector del libro debe de articular de manera conjunta una serie de medidas específicas con el Ministerio de Cultura para ayudar a recuperar a la más importante de las industrias culturales españolas, tanto en número de trabajadores como en cifra de facturación. 

La Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura debe de constituir cuanto antes —estoy seguro que ya lo tiene en su agenda— una mesa de trabajo permanente en la que estén representados de manera amplia editores, libreros y distribuidores con la idea de  trazar un plan de emergencia. Los asistentes al último congreso de librerías celebrado recientemente en Málaga, nos llevamos una muy buena impresión de su nueva directora, María José Gálvez: conoce el sector desde dentro y ya nos tendió la mano para el diálogo. Hay que empezar a trabajar. 

Desafortunadamente ayudar va a significar sobre todo aportar dinero, justo de lo que menos habrá cuando termine la crisis: compras para bibliotecas en el canal librero, adecuación e interpretación favorable de la actual y caótica Ley de Contratos del Estado —tan lesiva para la mayoría de las librerías independientes—, exenciones fiscales, apoyo financiero a la actividad cultural de las librerías, ayudas para el mantenimiento de los puestos de trabajo, apoyo y difusión para las ferias del libro, cumplimiento estricto de la actual Ley del Libro,  etc. 

El sector editorial debe de comprometerse en el apoyo a las librerías, no solo en su supervivencia, sino también en su renovación y en asegurar la continuidad de muchas librerías en peligro de desaparición al acercarse la edad de jubilación de sus fundadores.  

Deben articularse sistemas de mediación entre libreros, distribuidores y editores; dar contenido al Sello de Calidad para Librerías, que con tanta ilusión se creó y que tan pronto calló en el olvido por parte de las mismas instituciones que lo animaron.

Tenemos mucho que hacer, no nos va a dar tiempo de aburrirnos.

¿Por qué una librería? Empieza por contarnos cómo surgió Cálamo, por qué inviertes todos tus ahorros en ella. 

Mi aventura empresarial, porque eso es lo que es, y no especialmente notoria, empezó en 1983. Yo era un joven de esa época, la era de la movida madrileña y el desencanto político, que había estado involucrado en la lucha antifranquista. Así que la librería fue como una especie de salida. Estudié Filosofía y Letras, pero no quería para nada ser profesor de instituto… De hecho me parece increíble toda la generación de mis compañeros que acabaron siéndolo, y que acabó siendo el gran pecado de muchas generaciones: que son muy malos enseñantes porque tienen muy poco que enseñar. Así que pensé que podría ser librero, porque tenía algunos amigos que trabajaban en ese mundo y me inspiré en ellos. Tuve una pequeña ayuda familiar, un crédito al diecisiete por ciento, y me metí en la aventura. Fue complicada los primeros años, y después, pues bueno, me ha dado de vivir de una manera correcta. No me quejo. 

Las librerías siempre han estado hermanadas con el té, el café y las bebidas alcohólicas. Dices que «Maridar es el verbo más feo de la lengua española», así que no diré eso de que maridáis libros y vinos, pero sí pregunto: ¿hasta qué punto fue importante para el éxito de Cálamo la incorporación de la venta de vino a la de libros?

Efectivamente: lo detesto. Desde el principio, la librería se sustentó en dos ideas: vender buenos libros (que es una cosa muy genérica) y la otra, participar de manera muy activa en la vida social, cultural, incluso política de la ciudad. Todo con el deseo de desacralizar el mundo del libro. Daos cuenta que durante aquellos años todavía había muchas librerías «de mostrador», de las que tú entrabas y le decías a un señor «quiero Los Milagros de nuestra señora». El librero, que era un señor con batín, se iba por detrás, te traía el libro, se los pagabas y te ibas. Eran espacios donde la gente entraba con mucho silencio, con mucho respeto… pero eran espacios fríos y desangelados. 

Nosotros lo que intentamos fue crear un punto de encuentro, añadiendo cosas que no tuvieran aparentemente nada que ver con el mundo del libro. Una de ellas fue los vinos. No voy a negar que me gusta mucho beber vino, no hasta el punto de quedarme como un piojo, pero ya me entendéis. Lo que hice fue copiar cosas que ya existían, porque las librerías con sección de vinos ya eran una tradición en Francia, en Alemania o en otros países como Argentina. Eso sirvió para llegar a otro tipo de público. Desde el principio también organizamos presentaciones de libros, fiestas, e incluso damos la entrada del verano con una fiesta en la que montamos una barra y damos daiquiris… aunque este año no lo hemos hecho un poco por la vagancia, [risas]. A veces invitamos a la gente a que traiga sus propias especialidades culinarias y las comemos entre todos… En fin, cosas con las que podamos pasarlo bien y con las que, además de venir a la librería a comprar libros, puedan hacerlo en un ambiente diferente o relajado. 

La frase célebre dice que «la libertad es una librería». ¿Ahora «la librería tiene que ser comunidad» para sobrevivir?

Es que es la clave ahora, pero yo creo que ha sido la clave siempre. ¡Las librerías tampoco estamos inventando nada! Las librerías independientes a veces tenemos cierto sentimiento de que somos críticos o innovadores culturales, pero yo creo que no lo somos. Los libreros somos ante todo comerciantes, mejores o peores, pero estamos dentro de una tradición. En Zaragoza ya ha habido librerías más antiguas que han hecho cosas similares a la mía, en la República también… Somos parte de una tradición cultural en la que innovar es bastante complicado.  

Comerciante pero con una cierta responsabilidad, ¿no?

Evidentemente las librerías tienen esa responsabilidad social, o por lo menos yo sí creo mucho en ella, en ese papel del librero como prescriptor, de la librería como punto de encuentro, como sitio donde generar comunidades e intercambio de experiencias… Es decir, creo en las librerías como un sitio democrático, donde la gente va, opina, recomienda, es recomendado, etcétera. Pero luego también me sucede otra cosa. Hace unos años, una escritora de libro infantil que se llama Begoña Oro, escribió en su blog un artículo precioso que se llamaba «En defensa de las librerías normales», que me pareció hermosísimo y estuve muy de acuerdo. 

¿Cuáles son las librerías normales? 

Las de barrio, las que venden lapiceros, folios, revistas, libros infantiles y cuatro novedades, los premios Planeta… O las librerías generalistas que venden también libros de idiomas y de informática. Son las que ese artículo contrastaba con las librerías literarias, como sería la mía. Ese artículo me hizo meditar mucho, porque sí creo que los libreros independientes, sobre todo en los últimos años, nos hemos otorgado una especie de barniz de críticos, o de responsables culturales, que nos va muy largo. Que no nos pega, sinceramente. A veces ha habido intervenciones de los libreros independientes, por hacer una crítica, en las que hemos ejercido un papel que no nos corresponde. Hay una cierta altanería en todo ello. Es una polémica que mantengo con bastantes libreros y sobre la que me parece que hay que reflexionar. 

Cuando salen las clasificaciones de «las mejores librerías del mundo», en las que nosotros hemos aparecido alguna vez, pero absurdamente, porque somos una librería muy pequeña; siempre aparecen el mismo tipo de librerías. Todas están vinculadas a grandes ciudades, a un concepto literario muy elitista, y para mí eso plantea una pregunta: ¿realmente un librería parisina especializada en arte contemporáneo y ubicada en el barrio latino, es más importante y mejor que la librería Guaymuras de Honduras? Por ejemplo. ¿Es más importante la librería Strand de San Francisco que la librería Anónima de Huesca, en una población de cuarenta mil habitantes y con una labor excelente? ¿Es mejor librería la famosa librería del Ateneo de Argentina (que a mí me parece bastante fea, pero todo es cuestión de gustos) que librerías que he conocido en Senegal o Malí, con el suelo de tierra? Yo creo que son mucho mejores estas últimas, porque cumplen mejor su papel social, en sitios complicados. Creo que ser librero en una ciudad importante, con mucha gente, si tienes un cierto poder económico y un buen local, es relativamente fácil mantener tu negocio. Lo que es difícil es buscar estos libreros que venden libros en poblaciones pequeñas que para sobrevivir tienen que hacer de todo. 

Si vosotros sois los libreros independientes ellos son…

Ellos son los más independientes. Por eso hay que revisar mucho el concepto de «librería independiente», es lo mismo que el concepto de «editores independientes». Yo sigo siendo un fan de los editores independientes y los he apoyado siempre en la librería, pero también hay que mirar el fenómeno con ojos muy críticos. Por ejemplo, la edición independiente española se sustenta sobre todo en la traducción y hay muy poca apuesta por el autor nacional. En las editoriales independientes españolas hay una deserción casi absoluta en el apoyo a la literatura española contemporánea (siempre hay excepciones: bravo por ellas). Este papel lo están cumpliendo, curiosamente, editoras literarias de los grandes grupos. Si te vas a Argentina el caso no es así, allí publican ante todo y sobre todo autores argentinos o latinoamericanos contemporáneos. Apuestan por lo que yo creo que es la función fundamental de un editor: encontrar un autor, confiar en él, editarlo, intentar colocarlo y hacer que ese libro llegue al lector. 

Llevas muchos años diciendo que tú montaste la librería para vetas exclusivamente los libros que te gustaban, así que la pregunta se hace sola… ¿Vetas (o te niegas a vender) muchos libros? 

[Risas] A ver, nosotros tenemos un espacio limitado. Todos aquí sabemos que el mercado literario español es una brutalidad, somos el cuarto o el quinto mercado mundial… y en fin. Las cifras dicen que se publican noventa mil libros nuevos al año, que no son tantos pero bueno, pongamos que son sesenta mil. Nosotros tenemos dos librerías, una de ciento sesenta metros y otra infantil que tiene ochenta, imagínate si metiéramos todas estas novedades. Simplemente moriríamos por derrumbe. Por eso seleccionamos mucho los libros que queremos vender, y claro que tenemos nuestro criterio, porque el criterio tiene que existir siempre en una librería. Ahora: yo tampoco desprecio las ventas. Pongamos un caso concreto, como los premios Planeta. En infantil es cierto que llevamos muy a rajatabla no vender libros de Disney ni de estos grandes montajes. No nos gustan los libros de chicas superdelgaditas, los que trabajan un montón de editoriales. Pero no renunciamos a vender libros que tienen una venta masiva, porque gracias a esa venta podemos vender otros. Ha habido librerías muy notorias en este país que se han ido a pique, entre otras cosas, por ser demasiado elitistas. A un cliente que te pide el Premio Planeta no puedes mirarlo con cara de «será desgraciado». Un librero tiene que saber equilibrar cuáles son sus cuentas y cuál es su realidad. 

O sea, que sí vendes libros que no te gustan. 

[Risas] Pues sí, a veces sí. Sobre todo vendo muchos libros que no he leído porque lógicamente nuestra capacidad de lectura es limitada. 

¿Qué tipo de lector es un librero? ¿Erudito, sistemático, curioso, inconstante, superficial, profundo, en diagonal? O se parece un poco a lo que se suele decir de los periodistas: «Un océano de conocimiento de un centímetro de profundidad»? 

Esa definición no le viene mal a la mayoría de los libreros, mira. Un librero lee muchísima contratapa, en mi caso leo muchísimas facturas, albaranes, balances mensuales, extractos bancarios… lecturas más bien dolorosas. Eso sí: me siento un privilegiado en mi librería. Porque todos los que trabajamos en ella, todos, somos lectores de mayor o menor nivel, y todos tenemos nuestra especialización. León Vela es una persona que lee muchísima novela policíaca, género que a mí no me gusta especialmente; soy más de ensayo político e histórico. Mi compañera Ana Cañellas es una lectora de novela furibunda que lee un libro al día prácticamente y sobre ella se sustenta buena parte de la labor de recomendación de la librería. Y en Cálamo Infantil, Ana Segura se empapa de álbumes y libros infantiles. Con todo esto hemos conseguido un buen nivel para tener un criterio, aunque metemos la pata, seguro. 

Ahora, es cierto que hay muchísimos libreros que no leen. Y muchos enseñantes que no leen. Recuerdo un autor de juvenil que se llama David Lozano que fue a dar un curso de animación a la lectura para profesores de primaria, y preguntó «¿Aquí quién lee?», y nadie levantó la mano. Eso pasa con muchos libreros también. A mí me enerva cuando alguien entra en la librería y dice «qué bien, qué bonito estar aquí, ¡pero cuántos libros tiene que leer usted, qué maravilla!». Te dan ganas de asesinar a la persona que te habla así, porque realmente el tiempo de un librero es escasísimo, tenemos unos horarios endiablados porque el horario comercial en España es una mierda. Yo me levanto a las ocho, llego a la librería a las nueve, y me voy a las nueve de la noche… A poco que enchufe Netflix y vea una serie, pues ¿de dónde saco el tiempo para leer? Pero vamos, que también hay farmaceúticos a los que les pasa, eh. 

La irrupción de las editoriales independientes cambió algunas cosas de la relación entre el editor y el librero, la afianzó más, porque los editores empezaron a visitar las librerías, a establecer relaciones. Tú llevas tiempo en esto, ¿ha cambiado el mucho el panorama?  

Todo esto ha cambiado mucho, hay que reconocerlo, también dependiendo de la línea de AVE. Nosotros estamos en mitad de Barcelona y Madrid, y Zaragoza se ha convertido en un sitio para pesados. Todo el mundo para ahí, y hay muchos editores que se presentan a las once de la mañana a contarte el catálogo cuando tú tienes que trabajar. Esto es muy común y tratamos de cortalo, o encauzarlo de alguna manera. En España, el cambio en el mundo de la edición ha sido brutal, yo llevo treinta y seis años en ello y lo he visto. Ha cambiado en volumen de edición, en tamaño de empresas, en calidad… Antes ocurría que el editor publicaba un libro, los ejemplares se lanzaban a las librerías… y ahí andaban. Si pillaban un librero con sensibilidad, o le caía en gracia y lo leía, lo recomendaba y ya está. Pero la mayor parte de los libros pasaban sin pena ni gloria. 

Hubo un período importante, hace unos veinte años, cuando empezó a eclosionar las librerías independientes, cuando empezó Minúscula, Páginas de Espuma, y luego siguieron todas las del grupo Contexto. Todas estas empezaron a hacer una cosa que antes nadie había hecho: ser comerciales de sus propios libros. Los libreros empezamos a recibir libros de muestra, que no lo había hecho nunca nadie. Empezaron a visitar librerías y fue un caso claro de éxito, al margen de su edición. Fue un éxito comercial porque ellos se implicaron mucho en la difusión de sus obras. Eso ha sido muy imitado, y ha habido más editoriales que se han animado a hacer esto, incluso grupos que han aprendido de estos pequeños, y lo hacen ahora también. Esto es un fenómeno que ocurre en España pero no tanto en Francia, porque allí una cosa es la distribución física y otra lo que llaman la difusión. Los difusores conciertan citas con los libreros y van darle la tabarra durante horas, y le cuentan todo el plan editorial de las siete u ocho editoriales que ellos representan. Lo que hicieron este tipo de editores en España fue imitar este modelo francés, pero haciéndolo ellos directamente, sin empresa interpuesta. Celebro que esto ocurra, porque ha generado también una relación estupenda entre editores y libreros. Hace veinte años esa relación era de ir a muerte, de no estar todos en un mismo barco. Tú insultabas a los editores porque considerabas que se pasaban, y ellos te insultaban a ti porque pensaban que tú no trabajabas bien sus libros. Ahora hay una buena red de conocimiento entre todos. 

Ya hemos mencionado que el número de libros publicados en España anualmente es altísimo. Los libreros, ¿no os ahogáis en novedades? ¿Es ese uno de los principales problemas del sistema editorial español, que los libros mueren muy rápido? 

Exacto: los libros mueren muy rápido, porque un libro que lleva tres meses en la librería al cuarto mes ya es viejo. Es una cosa absurda. Este país tiene un sistema editorial muy potente del que podemos estar todos muy orgullosos, pero tiene un mercado todavía muy pequeño. Tenemos el espejismo de América Latina, con el castellano que lo hablan tantos millones de personas, pero trasladar los libros de aquí a allí no es tan fácil tampoco. El mercado editorial vive una inflación desde hace muchísimos años, diría que desde que abrí Cálamo en el 83. Pasan por la librería cantidad de libros que seguro que son maravillosos y nos estamos perdiendo, porque no sabemos nada de ellos. El mercado es muy endiablado. 

Pensad también eso: que es un mercado. Especialmente las grandes corporaciones están interesadas en sacar muchos títulos. Cuando compran un derecho de un gran autor, británico o francés, a veces al adquirir esos derechos, están obligados a adquirir libros de otros autores de ese mismo catálogo. O de ese mismo agente literario. Tienen una teoría que es bastante endiablada, la teoría de la mancha: cuanto más libros de tu sello, o tus sellos (porque hay corporaciones que tienen hasta setenta sellos) ocupen espacio en una librería, menos ocupan los de la competencia. Por eso la labor del librero es tan importante. No voy a nombrar los grupos porque tengo cuenta abierta con ellos e igual se enfadan, pero cuando viene un catálogo de novedades así de gordo, dices «madre mía, dónde vais con eso». Planeta o Random House todos los meses te lanza setenta u ochenta novedades de narrativa. Y ahora al mundo de la edición independiente le está empezando a pasar también, porque hay tal avalancha… es muy difícil discriminar lo que es bueno o malo. 

También hay un problema que es el descrédito de la crítica cultural, de la crítica de libros en este país. Antes los medios de comunicación tenían un peso muy importante. Cuando recomendaban un libro en Babelia hace veinticinco años y no lo tenías… ¡La madre que me parió! Te pegabas una semana peleando para conseguirlo, porque además el transporte no era tan ágil como lo es ahora, y era un desastre. Ahora ya puede salir cualquier suplemento diciendo que es la obra maestra del siglo XX, XXI y XXII, que igual no se acerca nadie a preguntarte por él. No sé tanto si es descrédito o pérdida de influencia de la prensa, y no hemos encontrado o no hemos sabido encontrar, ese papel de prescripción como sustitución. Lo cumplimos un poco los libreros, porque yo no me creo que las páginas webs y los blogs, Twitter o Facebook, prescriban ningún libro. Y si lo hacen, ya me perdonaréis, prescriben chorradas. 

Nosotros tenemos una mesa en la entrada de la librería donde colocamos los libros que hemos leído, los que vamos a leer y los que estamos leyendo, y ese es el punto caliente de la librería, donde acude más gente de manera constante. Nosotros vendemos muchos libros porque nos empeñamos, no puedo darte cifras, pero cuando nos empeñamos en vender uno porque nos ha gustado, nos volvemos militantes y vendemos muchísimos ejemplares. Luego está el boca a boca, uno de los pequeños milagros del mundo de la edición, como los casos recientes de Patria de Fernando Aramburu y Ordesa de Manuel Vilas. Ambos eran escritores minoritarios, y cuando digo minoritarios insisto en ello: minoritarios. Vendían mil, mil quinientos ejemplares. Y de repente pasan a vender millones en un plazo cortísimo. Y eso lo ha provocado el boca a boca. No es un fenómeno nuevo, pero te sorprende. La prescripción en los libros privados es como si tiraras una piedra a un río e hiciera una onda. 

¿Te equivocas mucho con tus proyecciones de éxito? 

Muchísimo. 

¿Alguno reciente? 

Pues justo con ese, Ordesa. Soy un lector desde hace muchos años de Manuel Vilas, porque me encanta también su poesía… Pero jamás pensé que Ordesa fuera un pelotazo. Jamás. Tengo muy buena relación con él, que es de Barbastro y yo de Zaragoza y hemos compartido muchas cervezas. A mí me sorprendió mucho su éxito porque no es un libro fácil de leer, y os voy a decir la verdad: a mí hay otros libros suyos que me gustan más. Pero hubo una serie de circunstancias que han facilitado que sea este el que funcione, un artículo de Millás en El País, otro autor que lo nombró… Y se convirtió un fenómeno no solo en España; en Francia, Portugal e Italia también está vendiendo muchísimo. Me consta, porque tengo un amigo que tiene una librería fantástica en Ciudad de Guatemala, Sophos, que también allí ha vendido sin conocimiento. ¿Cómo puedes vender Ordesa en Guatemala? Pues se vende. 

El título de estas jornadas es «futuro imperfecto», pero para hablar sobre el futuro no está mal hablar un poco sobre dónde estamos. El barómetro de hábitos de lectura en España no es especialmente alentador, mientras cierran librerías en toda España y aumenta el número de libros publicados. ¿Alguna vez te rindes al desencanto y piensas que no hay suficientes lectores para sustentar todo esto?  

Yo es que creo que en España hay un gran negocio de venta de libros. Mira, el premio Planeta de Javier Cercas ha salido con una tirada inicial de doscientos mil ejemplares. 

Pero las cifras reales de los libros que se venden no son muy transparentes. Los autores, por ejemplo, tienen que confiar en las editoriales sobre cuántos ejemplares se venden. 

Es cierto. Aunque yo creo que las cifras que publica el Ministerio de Cultura son bastante fiables en cuanto a la venta de libros, o quizá más en cuanto al volumen total de negocio. Porque al final, estamos hablando de la principal industria cultural que hay en España, esto no es ninguna tontería, es el uno y pico por ciento del producto interior bruto. Se venden muchos libros, y a lo mejor es verdad es que se venden muchos de pocos, que es un problema, y pocos de muchos. Esa es la otra parte de la ecuación. Pero realmente hay gente en el mundo del libro, de la edición y de las librerías, que ha hecho mucho dinero. El libro de texto, por ejemplo, ha sido un gran negocio en este país. Ha habido librerías que se han forrado con esto. Ahora con el tema de la gratuidad vendrán muchos problemas, porque había muchas que se sustentaban en esas ventas. Pero ojo: muchas librerías pequeñas en muchos pueblos vivían gracias al libro de texto, así que tampoco hay que demonizarlo. Realmente ha habido negocio. Yo llevo en esto treinta y seis años y vivo correctamente. A mí la literatura, vender libros, me ha dado de comer. 

¿Pero? 

Pues que tenemos que pensar que una cosa es el consumo de libros y otra el índice de lectura. Yo creo que en este país se lee más que nunca, porque cuando empecé a ser librero era un auténtico desastre. Abrí la librería en el 83 convencido de que iba a vivir gracias a la venta de los libros a mis amigos, y mis amigos no me compraban ni un libro. Todavía estoy esperando que entren algunos de ellos. Ahora ha aumentado muchísimo el público lector. Cuando se acusa a los jóvenes de no leer, diciendo que es un desastre la educación en España… A mí me da vergüenza oír estas opiniones de algunos enseñantes. Jamás han salido generaciones tan preparadas. No ha habido nunca una población tan preparada como tenemos hoy en España. En los niveles de enseñanza media se lee mucho, en los infantiles se lee mucho… ¿Que se podía vender más? Sí, también. 

En el año 83 no había prácticamente bibliotecas. En Zaragoza teníamos una biblioteca central en una plaza, que era enana, y otra que había en un barrio. Ahora tenemos una red de bibliotecas públicas que es modélica, aunque el Ayuntamiento no ponga demasiado dinero. El caso es que ha habido un gran avance en la lectura en nuestro país. ¿Que no tenemos las cifras de Francia e Inglaterra? No, claro que no. Pero tampoco tenemos las cifras en venta de coches o en nivel de vida, o en cervezas bebidas… aunque eso a lo mejor sí. Somos un país económicamente importante pero no somos del top, top. 

Porque no olvidemos que el libro tiene un costo económico también. Hay muchos chavales jóvenes que les gustaría comprar muchos más libros, pero no les llega el dinero. Si cobras mil euros al mes en B o en medio B, para muchos libros no te va a dar, ya solo con pagarte el piso y comer… 

Hay que aspirar a vender más libros y tener más lectores, pero creo que estamos en un buen momento. Otra cosa es que el libro tampoco ocupa la posición que ocupaba antes. En los ochenta y noventa, la parte central de la cultura era el libro, a eso se refería todo el mundo cuando hablaba de «la cultura en España». Después estaban el cine y la música. Pero ahora no. Ahora el ocio y el conocimiento se reparte en imagen, comunicación, libros, Filmin, Netflix… la oferta cultural es tan brutal que realmente no tenemos tiempo para repartir entre tantas cosas. 

Pero eres un optimista respecto a ese «futuro imperfecto». 

No soy pesimista, eso seguro. También depende un poco de lo que esperes, porque yo lo que aspiro es a vivir con dignidad. De momento he podido hacerlo. Además con un tipo de librería en la que no he tenido que vender nunca texto, por ejemplo. Es verdad que ahora, como te comentaba antes, he tenido que vender libros que bueno, en fin. Pero tengo una responsabilidad social con mis trabajadores, que somos cinco, y tengo que pagar salarios. 

Vamos al meollo de lo que nos trae aquí hoy. Le hemos robado el título al libro de Jorge Carrión, Contra Amazon. Como librero, ¿cuál es tu relación con Amazon?

Yo creo que Amazon es una empresa logística impresionante, de almacenaje y venta. Creo que Amazon no puede ser la excusa para que los libreros no nos pongamos las pilas, para que este sector no modifique parte de sus malas inercias. El mundo de la distribución en España ha mejorado una barbaridad, pero es increíble que en una ciudad como Zaragoza tú pidas un libro a una editorial en Madrid y tarde en llegar tres días, o cuatro, o una semana. No puede ser, estamos al lado. Hay empresas de transporte que te hacen mejor servicio, y de hecho los distribuidores siempre han funcionado así, que te sirven los libros en 24-48 horas. En esa medida puedes competir con Amazon, porque tienes un espacio abierto y estás ahí al lado. 

Lo que creo es que la venta por internet, y no solo Amazon, está cambiando nuestra forma de consumo, esto sí que es verdad. Mis hijas compran ropa por internet, y a mí es algo que me parece increíble. ¿Comprarte unos zapatos por internet y que si no te vale luego los devuelvas? Es así como lo hacen. Está cambiando la estructura del comercio, no solo el mundo de las librerías. A mí no me gusta hacia dónde va, porque va hacia un modelo americano, que tampoco es nuevo. Un amigo mío muy inteligente dice que Amazon no es nada más que la venta por catálogo a lo bestia. Muchas ciudades americanas están vacías de comercios precisamente porque la venta por catálogo es masiva.

El modelo social al que nos lleva Amazon no me gusta, porque nos lleva a la desaparición del comercio tradicional, porque está basado claramente en la explotación, en el ahorro de costes en el transporte. Cuando hablo con los repartidores que nos traen los libros (que son los mismos que llevan los paquetes de Amazon) las cifras que me cuentan, de lo que les pagan, son absurdas. Son gente subcontratada, la mayoría migrantes latinoamericanos y rumanos, autónomos que trabajan para Seur, para UPS…. Y a veces son ellos mismos los que subcontratan a otra gente. Te encuentras que esta gente trabaja en unas condiciones absurdas, que te traen el paquete con el hijo en la furgoneta, como locos, tirando los paquetes. Porque tienen que repartir muchos paquetes para que les salga la cuenta trabajar. El mundo de la venta por internet, el reparto, me parece aterrador. 

Y en cuanto a Amazon y al libro, yo creo que nos tenemos que acostumbrar a trabajar con ellos, porque ellos están ahí. Nadie va a cerrar Amazon. Antes caerá el gobierno que cerrará Amazon. Tenemos que buscarnos nuestros huecos y ser ambiciosos, mejorar nuestros procesos, siendo eficientes. Amazon no nos puede servir para no ser buenos profesionales. Esto me parece a mí la clave del asunto. 

Además del de Carrión, hay otro libro reciente que explora cómo Amazon está cambiando las reglas, Cállate Alexa, un ensayo de  Johannes Brökers. Uno de los datos que menciona es que en su mercado de origen, Amazon ha eliminado del mercado a unos ochenta y cinco mil comercios minoristas locales y treinta y cinco mil fabricantes.

En las librerías de Estados Unidos las que más han sufrido la irrupción de Amazon son las grandes cadenas: Barnes & Noble y demás. Quebraron por la irrupción, porque llegaron a vender el 60% de los libros, que es mucho. Pero por ejemplo, la asociación de libreros independientes americana cada vez tiene más afiliados. Se están abriendo un montón de librerías independientes en Estados Unidos. La librería independiente es la que mejor ha resistido el empuje de empresas tipo Amazon. ¿Por qué? Por lo que muchos podemos intuir: porque creamos comunidad, creamos ciudad, porque somos friendly, somos simpáticos… Porque hay una parte de la sociedad todavía valora el trato humano. 

Yo sé que el futuro es complicado, porque igual hoy estoy diciendo esto y pasado mañana tengo que cerrar. Todo puede ocurrir. Pero creo que los libreros independientes tienen todavía grandes oportunidades porque hay un mercado real y un hueco para que puedan funcionar. Ahora, tienen que darse varias condiciones también: primero, pensar que es un negocio. Uno de los grandes desastres en este país con las librerías es que no existe ningún tipo de entidad (al margen de un curso de posgrado para libreros en la Universidad de Barcelona) ni formación para libreros. Nunca. En Francia, Italia o Alemania sí. La mayoría de chavales o chavalas que monta una librería les pasa lo mismo que me pasó a mí en el 83, y entonces era normal, ahora no. Abren una librería sin tener ni idea de lo que es un negocio: no saben leer un balance, no saben analizar una cuenta de resultados, no saben hacer un estudio de mercado… 

¿Se dejan llevar por ese halo romántico de montar una librería?

Exacto. Por eso se pegan esos hostiones. Hay gente que ha perdido muchísimo con esto. Abren con cien o doscientos libros, una cafetera… y una presencia bestial en las redes sociales, eso sí. La realidad es que aguantan un año o dos, con una tragedia personal tremenda. ¿Creo que las librerías tienen futuro? Sí. Pero primero: tienen que ser un proyecto pensado y consolidado. Las librerías cooperativas cada vez me están convenciendo más. La idea esta del librero independiente que va por ahí solito, pues a lo mejor estamos un poco caducos. No solo hay que tener un buen emplazamiento, también formación empresarial, literaria, y sobre todo conocer las claves del oficio. Un librero o una librera tiene que generar empatía, ser simpático y eficaz. No se trata solo de responder o aconsejar, a veces se trata también de conseguir libros. No puedes comprometerte a conseguirlo y tardar dos meses en hacerlo, porque ahora puedes comprar cualquier libro en cualquier país del mundo, así de fácil lo ha hecho internet. 

En Cálamo, además, tenéis una experiencia importante con las librerías de América Latina. 

Sí. El mundo de las librerías en América Latina es tremendamente diverso. Como lo es también la edición independiente. Argentina tiene una prodigiosa, rica y estimulante red de librerías de todo tamaño y condición, la mayoría de ellas en Buenos Aires. En México dominan las grandes cadenas, algunas de ellas de capital público, como el caso de las del FCE., mientras la red de librerías independientes es muy y débil y solo presente en las grandes ciudades. En Bogotá encuentras buenas librerías, algunas gestionadas por fantásticos profesionales y otras autodenominadas boutique de las que mejor no hablar… En Ciudad de Guatemala puedes visitar la increíble Sophos, gestionada por Philippe Hunziker, un tipo excepcional. En Tegucigalpa la heroica Guaynamuras, en Lima El Virrey, en Guadalajara la tremenda Carlos Fuentes… admiro a mis colegas iberoamericanos. He aprendido muchísimo de ellos y he disfrutado y disfruto de la amistad de bastantes de ellos.

Junto con mi compañera Ana he tenido la posibilidad de impartir algunos cursos de formación para libreros en Centroamérica: he aprendido mucho más de lo que he enseñado. Por cierto que también di un curso en Guinea Ecuatorial, país en la que las librerías brillan por su ausencia. 

¿La experiencia da para un libro, no?

Sí. Igual me animo algún año de estos. He tenido la oportunidad de participar en bastantes foros de debate en Buenos Aires, Bogotá, Lima, México, etc. y siempre vuelvo a casa alegre, contento y repleto de ideas y energía. Los europeos vamos de listos cuando en realidad no lo somos.

Librería Cálamo con el Hay Festival América organiza los encuentros Talento Editorial, de los que se han celebrado ya diez ediciones en México, Colombia y Perú. Son foros de debate abiertos al público en el que facilitamos que profesionales del mundo del libro de América Latina y España —también de otras áreas geográficas— se conozcan e intercambien opiniones y experiencias. También tenemos un proyecto denominado Otra Mirada. Encuentro de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas de los que sean celebrado cuatro ediciones, la última de ella en la Feria Internacional del Libro de Bogotá en abril de 2018.

Los españoles hemos visto a América Latina casi siempre como un mercado para nuestros productos. Y obviamente no es la mejor de las miradas para descubrir la enorme vitalidad y creatividad cultural de sus diferentes países. Pensemos en intercambio y no en dominio: nos irá mejor a todos.

Volviendo al tema de Amazon, otro dato: El 61% de los alemanes ya no se pueden imaginar la ida sin esta cómoda manera de comprar, la compra a través de internet. 

Claro, es que todos compramos y más que vamos a comprar por internet. ¿Quién no ha hecho reservas hoteleras, comprado billetes de avión…? Esa es la realidad que tenemos ahora, con la que tenemos que convivir nos guste o no nos guste. ¿Los libreros podemos competir contra Amazon vendiendo por internet también? Solos, imposible. 

CEGAL creó una página web que se llama todostuslibros.com, que es una maravilla y cada día va creciendo más, es posible que en el futuro surja una web unificada de libreros. Yo, por ejemplo, tengo una página web de la librería también, pero no vendo un rábano. Y me lleva a maltraer, con la cantidad de trabajo que tenemos. El gran problema de los libreros (y de todos nosotros) es el empleo del tiempo, cómo lo gestionamos. La cantidad de horas que inviertes en las labores cotidianas de la librería, si pienso que además tengo que invertir tiempo en actualizar la página web, a mí me da algo. También quiero vivir. 

Recientemente Amazon ha establecido un tour de force, desafiando el precio fijo de los libros. Los libreros la han tildado de «campaña ilícita».

Cierto. Pero en general, tenemos la gran ventaja de la ley de precio fijo del libro, una creación francesa. El origen de la FNAC fue una cooperativa que empezó muy fuerte y hundió los precios en París, con los descuentos masivos. Hubo librerías centenarias que quebraron. Fue cuando se inventó la ley Lang que ha sido muy copiada en Europa, aquí la hizo Semprún, y gracias a ella hay una obligatoriedad del precio fijo, con un mínimo y un máximo de descuentos. Donde no existe la ley del precio fijo —en Estadios Unidos e Inglaterra— es donde ha hecho estragos. No solo en las librerías, también en el de la edición, porque ellos ya empiezan a decidir qué se edita y qué no se edita. Cuando tienes un cliente que vende el 60%, pues ¿para qué más?

Estos años pasados, las grandes peleas entre los grandes grupos editoriales y Amazon han sido épicas. Porque Amazon empezaba a decirles lo que tenían o no que editar, y lo que les iba o no a pagar. Ya no decidían ellos. A nosotros en principio nos salva la ley del precio fijo, y en eso no puede hacer dumping, que es su práctica habitual. El consumidor parece que es muy feliz con ello, pero debería darse cuenta de que es una estrategia: que vendes por debajo del precio para después vender por encima del precio. Hay un caso muy concreto que ocurrió en España, que tiene que ver con el libro. La ley del precio fijo no se aplica a los libros de texto, así que está permitido hacer descuento. La realidad es que desde que se permitió, que lo permitió el gobierno de Aznar, el aumento del precio del libro de texto en España ha sido espectacular. Porque la gente lo que hacía era subir los precios para hacer descuento. Hay que pensar mucho las repercusiones de algunas decisiones comerciales y algunas decisiones de los gobiernos de turno. 

Brökers dice que Amazon ha cambiado tanto las cosas que parece que «antes el futuro era mejor». ¿Antes el futuro era mejor? 

A mí es que estar vivo ya me parece una maravilla. Lo que está ocurriendo en el mundo no me gusta, no me gusta lo que está ocurriendo en política, el populismo de derechas que está invadiendo Europa… Acabo de leer un par de libros que hablan del año 79, con la subida de la Thatcher al poder, la revolución feminista, un momento crítico en la historia del mundo. Ahí el populismo de derechas y el comercio neoliberal empezó de subida, y seguimos de subida desde entonces. Esto no me gusta de cara al futuro. Veo peligros en cosas que parecía que teníamos enterradas. Pero también soy optimista, porque veo mucha fuerza en los sectores culturales. Este es un país tremendamente creativo, con profundas creencias y raíces democráticas, creadas en poco tiempo, pero que existen. Con mucha capacitación, porque creo muchísimo en la gente joven. Hay que mirar con frialdad el futuro, aunque en el mundo del libro va a ser complicado, pero más complicado es en otras cosas. Lo que no podemos hacer, en lo que respecta a las librerías, es bajar la guardia por el miedo al futuro. Vender libros es un oficio extremadamente complejo, las librerías tienen que ser puntos de encuentro, espacios hermosos, tienen que ser espacios cuidados, poner amor y responsabilidad detrás de ellos. Hay muchas que afortunadamente lo entienden y hay otras que no. Espero que las que lo entienden sobrevivan.


Nacho Escuín: «La palabra tiene capacidad de generar realidad, y más ahora que estamos en la era de la posverdad»

Fotografía: Ángel Fernández

Ignacio Escuín Borao (Teruel, 1981) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Mientras impartía clases como profesor de Literatura en la Universidad de San Jorge aceptó el reto de montar la editorial de la universidad. De ahí pasó a trabajar para la Fundación María Domínguez hasta que Javier Lambán lo requirió para que ocupara la dirección general de Cultura y Patrimonio del Gobierno de Aragón.

Acudimos a entrevistar a Nacho coincidiendo con la celebración del Salón del Cómic de Zaragoza, un evento multitudinario donde cada año acuden más lectores y editores relacionados con el noveno arte. La apuesta del Gobierno de Aragón por sus industrias culturales tiene al sector del cómic como beneficiario de sus políticas con el objetivo de potenciar el talento creativo de la comunidad. Conversamos con Nacho sobre su trabajo en política, su labor como editor y sobre poesía, mucha poesía.

Este Salón del Cómic de Zaragoza es referente a nivel nacional, ¿en qué se diferencia de otros salones?

Creo que lo principal que tiene este salón es que ha nacido del propio sector del cómic de la ciudad, se originó en las asociaciones. Eso ya garantiza una naturaleza distinta, es decir, no es un proyecto creado desde una institución. Empieza con una relación muy fuerte con los centros cívicos de Zaragoza, nace casi como una estructura vecinal y poco a poco va ganando espacio y tiempo. El sector del cómic en Aragón goza de muy buena salud y hace que todo esto tenga más sentido. Es decir, referentes, dibujantes, escritores de cómic… Las editoriales están haciendo muy buen trabajo, van creciendo poco a poco, y el trabajo de las librerías de cómics en Zaragoza es excepcional. Como hemos tenido la oportunidad de hacer bastantes cosas con ellos veo cómo se relacionan, los conocen en todos los sitios. Creo que eso también posibilita que este salón abra las puertas a todo el mundo y nadie le dice que no, tiene todos los autores y ese es uno de los secretos.

El Gobierno de Aragón apuesta por la presencia institucional en otros salones y eventos culturales relacionados con el cómic, ¿cuál es el objetivo?

Difundir lo que nuestras industrias culturales nos piden y estar a la altura de su talento. Si nosotros tenemos un sector emergente como es el del cómic, lo que tenemos que hacer desde las instituciones es propiciar que llegue al mayor número de gente posible. Hemos abierto la Feria de Teruel al sector del cómic y ha sido una gran novedad, tiene muchísimo éxito, vende todos los años bastante. En el Salón del Cómic de Barcelona comparten espacio editoriales y librerías especializadas, y creo que esa apuesta está funcionando bien. Luego, una gran suerte es tener a gente como Dani Viñuales, que se inventa el salón de cómic transfronterizo de Jaca, nos sale bien y empezamos una relación emergente con los franceses, este año vamos a Francia nosotros. Se trata de estar un poco a la altura de las necesidades del sector y lo mejor que tiene este sector del cómic aquí es que no solamente son escritores y dibujantes, sino que también son teóricos, hay gente dentro de la propia estructura que sabe muchísimo y creo que lo están transmitiendo muy bien y están haciendo entender a todo el mundo que el sector tiene que crecer en todas las estructuras, no solo en hacer buenos libros sino también potenciarse como industria.

¿Es el cómic el noveno arte?

El cómic es, el otro día lo decía Altarriba y estoy de acuerdo, en realidad dos artes: el arte en sí y la literatura. Hay que valorarlo como lo que es y potenciarlo, no puedo decir otra cosa. Hemos hecho un cómic de Goya con el Torres que lleva el nombre de Goya a absolutamente todos los sitios, otro sobre Buñuel que ha realizado GP Ediciones, y la conclusión es que el poder que tiene el cómic para llegar a un nuevo público, y además con esa belleza, no lo tiene ahora mismo ningún otro producto literario. Es también interesante porque hay una doble vía de implicación entre las instituciones y el sector. Juntos hemos hecho un buen trabajo, como con las obras de arte de la colección de Sijena, que ha servido para a explicar a todo el mundo, y sobre todo a los institutos, por qué son tan importantes esos bienes que han vuelto al monasterio.

Tú tuviste problemas, ¿no? Cuando fuiste a Lérida y no te dejaban entrar al museo y sin embargo había una persona que ya estaba fuera de las instituciones pero que estaba dentro y se atrincheraba…

Vamos a contextualizar. Se trata de los bienes que tenían que volver a Aragón desde Barcelona y desde Lérida. La primera parte volvió desde Barcelona voluntariamente porque Santi Vila así lo ordenó, pero la parte de Lérida no salía. Santi Vila se fue del gobierno catalán y las posturas se radicalizaron, como sabéis, muchísimo. Hay una sentencia que no se cumple y finalmente un juez ordena la ejecución. A partir de ese momento se activa un operativo policial en toda regla. La noche empieza muy pronto, el día 10 a las 22:00 horas estábamos ya preparados para viajar, teníamos órdenes de no salir hasta que nos diera la guardia civil el OK y a las 23:45 de la noche partimos hacia Fraga los técnicos del museo y conservadores capitaneados por mí. Llegamos a Lérida a las 3 y pico de la mañana en coches blindados y ahí empieza la segunda parte. Nos encontramos con que ellos no han respetado lo que estaba pactado respecto al operativo. Tenía que haber solo técnicos del museo, pero ahí estaba Josep Boya, director general de Patrimonio, y nosotros no podíamos entrar.

Ya no era el director general de Patrimonio.

Ya no lo era porque estaba el 155. Hablamos con la guardia civil y entramos. Fue muy desagradable y tuvimos que salir escoltados del museo. Ahora estamos con el asunto de las pinturas murales que también nos tienen que devolver y ellos dicen que no se pueden mover. Casualmente para cesiones temporales se han movido en cuatro o cinco ocasiones ya.

¿Qué cómics destacarías de los que se presentan en este salón?

El de Goya del Torres y el de Buñuel de GP. También hay una artista turolense que me encanta, Laura Rubio, y obviamente los Malavida, que son los primeros, y esto es muy importante decirlo, que como asociación empezaron con todo esto. El salón del cómic no sería lo que es sin ellos. Roberto Malo es un escritor que ha publicado en un montón de editoriales aragonesas distintas, pero ahora ya está de guionista con ellos. Incluso de una novela que yo le publiqué hace muchos años ellos acabaron haciendo un cómic. Están trabajando muy bien y tienen una serie que les funciona estupendamente que se llama Estoy hecho un cocinicas, con recetas de cocina en cómic. Son muy divertidos.

Según el CIS, lo que menos vende en literatura es el cómic y la poesía. ¿Cómo sobreviven las editoriales de poesía y cómic?

Los números son números, no se pueden discutir, pero creo que lo que no vende es la poesía.

Los datos indican que la ficción alcanzaba una cuota del 40%, el ensayo bajaba y lo peor era la poesía y el cómic, que no llegaban al 1%.

El ensayo creo que se mantiene gracias a los grupos de investigación de las universidades. Tiene un público muy fijo, muy determinado y las tiradas son pequeñas, esto también es importante. Los resultados de otro estudio apuntan que en España se vende, de cada título de poesía, entre quinientos y mil ejemplares.

Eso es imposible, ¿tanto?

Eso es el asunto, ventas por encima de mil ejemplares las consiguen pocos poetas. Esta es la cruda realidad. Creo que el cómic está vendiendo mucho más.

¿Cómo sobreviven las editoriales?

Las editoriales de poesía sobreviven gracias a las subvenciones. Cuando algo tiene que ser subvencionado por obligación es porque no es rentable, esa es precisamente la obligación. Es muy complicado cuando estamos hablando siempre de empresas de una o dos personas como máximo, aunque cuando se habla de poesía a uno le viene a la mente Visor.

Karmelo Iribarren vende mucho en Visor.

Karmelo vende ahora, nunca había vendido. Cuando Karmelo publicaba en Renacimiento o en Guacánamo, una editorial de Barcelona menor, lo conocíamos pocos. Era un autor de culto.

Y dices que las editoriales de cómic no necesitan tantas subvenciones como las de poesía.

Creo, de verdad, que están generando algo muy bueno: público nuevo. La diferencia esencial está en que el lector de poesía no se renueva a la velocidad y volumen a la que se está renovando el cómic. No hay más que ver lo que hay en el Salón del Cómic de Zaragoza. Sobre todo, por la gente joven. Cuando voy a Liber, a la feria del sector de libro, no veo a tanta gente. Es increíble. Y está comprando todo el mundo, veo que no paran. Luego otra historia es cómo se regula el número de ventas. Me explico: lo que venden las editoriales en ferias no se computa porque no es una venta que registren las librerías, que son quienes proporcionan los datos. Solo las propias editoriales saben lo que se está vendiendo. En palabras de Olvido García Valdés: el autor, en realidad, muchas veces no sabe lo que vende. Durante el día del libro de Zaragoza hay editoriales que venden un tercio de lo que van a vender en todo el año.

Si el gasto medio en libros por persona en España es de sesenta euros al año, ¿qué acciones se podrían impulsar desde las instituciones para ayudar al sector editorial?

Hay que seguir con los planes de fomento de la lectura. En Aragón había un proyecto maravilloso que puso en marcha Ramón Acín, se llamaba Invitación a la lectura, y venían autores, se leía, se vendía. Se lo cargaron, no es que lo redujeran, lo dejaron de hacer. Es lo mismo que pasó en el Ministerio, no hay planes de fomento a la lectura. Ahora parece que los quieren volver a impulsar…

Supone poco presupuesto.

No vale nada.

Entonces tiene que ser algo ideológico: no quiero que la gente lea.

No quiero que la gente sea libre y no quiero que la gente tenga espíritu crítico. Nosotros lo estamos intentando, hemos puesto en marcha una cosa que se llama Enseñarte que no solamente implica literatura, sino música, danza, todas las artes. Ese resultado yo no lo voy a ver, hay que pensar a largo plazo, pero ahí está. Ese es el público que se va a gastar más dinero en un futuro.

¿Has comprado algo por Amazon?

He comprado, pero lo he dejado de hacer. He hecho regalos comprando por Amazon porque se lo mandan a casa a la persona a la que le quieres regalar algo con tu cartelito y tu notita en dos días. Pero intento comprar en librerías pequeñas: Antígona, Cálamo,  París… Porque también he sido editor y en su día los pequeños libreros me apoyaron.

La revista cultural Turia celebra su 35 aniversario. ¿Conoces a su director Raúl Maicas? ¿Qué te parece el proyecto?

Me parece un milagro que haya durado y que dure y que tenga la salud que tiene. Es verdad que es una de las pocas veces que se ha llegado a un pacto institucional. Turia no se toca gobierne quien gobierne y ponemos todos de nuestra parte. El Gobierno de Aragón apoya el proyecto a través de Fomento y nosotros también apoyamos números puntuales con financiación directa cuando es necesario. Turia es una puerta que te abre, nunca mejor dicho, las puertas de la Biblioteca Nacional para presentarla ahí, el Instituto Cervantes que trae a Teruel escritores de primerísima fila a presentar los números y es todavía un espacio para la crítica que está muy devaluada en los medios habituales. Que Turia tenga un pedazo de dosier de crítica literaria me parece increíble. Luego hay otras secciones que me pueden gustar más o menos, pero la de poesía con poemas nuevos es muy interesante y la parte de entrevistas está muy bien. Tanto Raúl Maicas como la que fue autora intelectual de ese proyecto, Ana María Navales, lo hicieron muy bien.

En Turia colaboras con críticas literarias, ¿siempre son positivas? ¿Te cuesta trabajo por tu experiencia como editor criticar textos de forma negativa?

Ahora estoy en otras cosas. Presento libros porque no sé decir que no, pero intento que sea lo menos posible porque no quiero que se genere algo raro, es mi sector. Antes hacía critica, además de en Turia, en Heraldo de Aragón, en el suplemento Artes y Letras. En Turia no elegía el libro que criticaba, funciona de manera distinta, los colaboradores reciben un encargo de Raúl. Obviamente la mayor parte de las veces yo conocía a los autores que estaba reseñando. Creo que alguna vez he hecho alguna reseña en Heraldo con un poco de acidez, incluso alguna muy dura. Hice una reseña a Manuel Vilas que nos generó a los dos un amplio periodo de nuestras vidas de desencuentro, por suerte ahora nos hemos reído juntos, nos hemos tomado unas cervezas y se nos ha pasado. Todo el mundo habla del ego del escritor, pero el del crítico… ahí hay una lucha. No lo sé, tengo mis dilemas, no sé si hay que hacer reseñas negativas. Hay que animar a la lectura y al consumo de los libros, entonces hay que hacer reseñas inteligentes, ni buenas ni malas.

Antón Castro, premio nacional de periodismo cultural, dirige ese suplemento.  ¿Cómo es tu relación con él?

Me llevo fenomenal con Antón Castro, ha sido autor de mi editorial, soy amigo suyo y de sus hijos. Antón es el motor de todo lo que pasa en el mundo del libro aquí. Yo creo que presenta un libro al día, y vive la literatura. Es premio nacional de periodismo cultural. Casi nada.

Eclipse y Eclipsados. Háblanos de ambos proyectos, la revista y la editorial.

La revista es una de las cosas más chulas que he hecho en la vida, probablemente la más bonita y todo empezó en segundo de carrera, en el año 99. Como nos pasa a todos los filólogos, en primero lo coges con ganas, en segundo te desencantas y, o tienes un proyecto, o sufres. Porque es una carrera preciosa, pero empiezas a ver la dificultad. Todo el tiempo te están diciendo lo difícil que lo vas a tener luego para trabajar, te planteas dudas sobre qué vas hacer. Tuve la suerte de encontrarme con una gran generación de poetas y escritores más o menos de mi misma edad, un poco mayores casi todos. Nos reunimos un día en la cafetería de la facultad y cuando les dije que iba a montar una revista me dijeron que no, que íbamos a montar una revista, fue genial. Después la revista se quedó en la facultad con gente nueva, tuvo una nueva dirección y luego, finalmente, esa nueva dirección decidió que la dejaba de hacer. Pero para mí fue un triunfo grande de todos que quedara, que no dependiera exclusivamente de nosotros. Cuando terminé la carrera monté la editorial, porque obviamente tienes algo dentro. Creo que editar es un ejercicio de generosidad que todos los autores deberían, alguna vez en la vida, vivir. Y soportar al autor. Se aprende muchísimo y aprendes mucho como autor. A mí me ha hecho un autor más responsable con mis editores haber sido editor, saber exactamente hasta dónde puedo pedir, el darme cuenta del esfuerzo que están haciendo para sacar cada libro. En todos mis libros de poesía solo puedo estar agradecido, cada uno ha hecho lo que ha podido, hay algunas editoriales que siguen, otras han quebrado, pero sé que todo lo hicieron con la mejor intención y casi todos los miembros de Eclipse siguen siendo buenos amigos, eso quiere decir que hicimos algo bien.

¿Cómo llegas a ser director general de Cultura y Patrimonio?

Yo también me lo pregunto. Cuando terminé la carrera tuve una beca de colaboración con un departamento de Magisterio, cuando terminé el contrato me fui de Zaragoza y mi primera parada fue San Sebastián, fui a conocer a Karmelo Iribarren. Estuve con él, fue maravilloso, me contó muchas cosas, yo tenía claro que eso iba a ser mi tesis, quería escribir sobre realismo, pero había algo de San Sebastián que no me llenaba y me fui a Gijón. Ahí estaba viviendo David González, que era para mí, en aquel momento y creo que todavía, el verdadero realismo, y yo quería hacer realismo. Me alquilé un piso en Gijón, ahí conocí muy bien a David, hice con él una antología de poesía escrita por mujeres, la Verdadera historia de los hombres. Otro punto crucial en mi vida es cuando me lleva David por primera vez a Huelva, a Edita, la feria de editores. Groso modo eso es el inicio de la tesis, tuve la grandísima suerte de tener un director de tesis que es Alfredo Saldaña, un gran poeta, pero sobre todo una persona que enseña a leer y que me enseña que hay que saltar la anécdota porque en la poesía realista es muy feo quedarse con la anécdota ¿de qué va el poema? Eso es lo que importa.

Publiqué luego el ensayo de la tesis en la Universidad de Valladolid en una colección de ensayo literario, de teoría literaria y, seguidamente, al terminar la tesis se quedó una plaza de profesor de literatura libre, porque María Angulo se fue a Buenos Aires con una beca, y así entré en la universidad. La Universidad San Jorge no tenía servicio de publicaciones así que hablé con el rector y con el vicerrector y les dije: «pues voy a montar la editorial de la universidad». Me la encargaron, María decidió que no volvía, me quedé con las clases de literatura y además monté el servicio de actividades culturales. A partir de ese momento, con un frenesí desbocado, ganamos hasta un premio nacional de edición universitaria con un libro de Mayakovski en coedición con Castilla la Mancha; en un año ganamos un premio nacional y yo tenía actos culturales en Zaragoza todos los días. Jueves de poesía, había charlas, había foros, cursos de escritura y un día me llamó Javier Lambán y me dijo que quería contar conmigo para la Fundación María Domínguez, conocí ahí también a Alberto Sabio, hicimos unos cuantos actos culturales y llegaron las elecciones, ganó Javier y un día, estando en una reunión de grupo de investigación discutiendo sobre temas, me llamó para ofrecerme ser director general de Cultura y Patrimonio.

¿Has vivido siempre en Aragón? ¿Qué podría ser de tu vida fuera de este lugar?

Quitando ese período que viví en Gijón, sí, he vivido siempre aquí. Soy de Teruel, a los dieciocho años salí de allí, pero venía a Zaragoza donde vivían mis abuelos y estuve una época con ellos, así que siempre he estado muy protegido. He tenido varias veces oportunidades laborales en Madrid y por diferentes motivos no las he aceptado: asuntos de carácter familiar, porque no me quería ir o porque no lo tenía claro. Me siento muy aragonés, me gusta estar aquí, conozco a todo el mundo y creo que el sector cultural de Aragón se ha puesto muy interesante. No digo que no necesite otras cosas, pero tengo que decir que casi todo lo cultural que pasa importante en Madrid o en otros sitios de España también acaba pasando por Aragón: las exposiciones grandes, las obras de teatro… El tema de consumo cultural estos días me ha hecho pensar bastante, porque creo que los datos no son reales. Creo que Aragón sí que está consumiendo cultura y las instituciones tenemos algo que ver, porque estamos programando mucha cultura. El Gobierno de Aragón ha promovido muchísima cultura gratuita.

¿Está regalando libros?

No, pero sí conciertos gratuitos y muchas actividades. Los museos de la comunidad son gratuitos y los del ayuntamiento también. Cuando se aprobó la Ley de Patrimonio se decidió que todos los museos propiedad de Gobierno de Aragón fueran gratis. Si os dais una vuelta por el Pablo Serrano y por otros museos de Zaragoza podéis ver desde goyas maravillosos hasta el arte contemporáneo del Pablo Serrano por cero euros. El ayuntamiento de Zaragoza ha hecho muchísimos conciertos gratis.

Dice la consejera de Educación, Cultura y Deporte que la DGA ha multiplicado por diez las ayudas al sector del libro, ¿cómo se materializa este incremento de las partidas presupuestarias?

Tenemos una consejera y un presidente que se creen la cultura por encima de todo. Las partidas de ayudas al libro eran de veinticinco mil euros. Cerré mi editorial en parte porque no podía soportarlo. Hice la poesía completa de Labordeta, que tuve la suerte de preparar con él en vida; no lo llegó a ver, pero trabajamos muy bien juntos. Ochocientas y pico páginas, una tirada de mil doscientos ejemplares. Recibí ochocientos euros de subvención del Gobierno de Aragón. Ahora hay unas ayudas decentes y hemos abierto una línea nueva de ayudas a librerías para pagarles todos los eventos culturales.

¿Y ahora la cosa está en doscientos cincuenta mil euros?

Sí, doscientos veinticinco mil, pero aparte vamos a Liber, a la Feria del libro de Madrid, a Guadalajara (México) y vamos a Miami el año que viene. Es decir, muchísimo más. En el libro estamos por encima de un millón porque además editamos nosotros directamente. No solamente ayudamos a la edición, sino que editamos. Considero que un gobierno tiene que hacerlo.

¿Qué es el Centro del Libro de Aragón?

El centro es un apartado, es una sección de cultura que tiene identidad propia, y por lo tanto reivindica la importancia del libro. Ahora que hay una Dirección General del Libro, eso es lo que hemos tenido siempre con el Centro del Libro. El Centro del Libro lo dirige José Luis Acín, el hermano de Ramón Acín, y en un momento determinado tuvo nueve personas trabajando ahí. Con la anterior legislatura se quedó solo José Luis Acín, sin personal y sin presupuesto. No iban a ferias, no iban al Liber, no había ayudas, como hemos contado, pero José Luis es un trabajador excepcional. Una de mis suertes para poder hacer todo lo que estamos haciendo es tener a gente como él que posiblemente ha editado en su vida unos tres mil libros. Siempre está y con humildad, sin quitar protagonismo a nadie. Eso es esencial. El motor del Centro del Libro es José Luis Acín. Y no se cerró en su día porque no podían despedir a José Luis por ser funcionario. Existe el Centro del Libro porque existe José Luis.

Hace poco estuvisteis en la Feria del Libro de Guadalajara en México. ¿Cómo fue la experiencia? ¿De qué manera ayudan estos eventos al sector del libro?

A Guadalajara fuimos con un regalo debajo del brazo que fue el libro de Carlos Saura que acabamos de editar. Hemos sacado una colección que se llama Luis Buñuel y que hacemos en colaboración con la Universidad de Zaragoza y la UOC. Habíamos publicado el libro de fotografías que Ramón Masats le hizo a Buñuel en el rodaje de Viridiana. Hicimos la exposición y sacamos el libro catálogo, lo vio Saura y le encantó. De repente, me llama un día la hija de Carlos, Ana, para decirme que su padre quería publicar un libro con nosotros. Esto fue a comienzos del 2018, y antes de final de año ya teníamos el libro editado. Es un libro muy bonito, fotografía iluminada. En las últimas películas que ha hecho ese es el tipo de escenarios que él mismo pinta.

El Centro del Libro de Aragón fue a la feria de Guadalajara con stand propio, con la sociedad de editores de Aragón vendiendo libros y con Carlos Saura. Yo no pude ir, pero entiendo que fue impresionante, viendo las fotos y la cantidad que había de gente por ahí. Abría a las 9 de la mañana y había días que cerraba a las 11 de la noche. Ha sido pesado, pero están muy agradecidos de que el Gobierno de Aragón haya financiado la posibilidad de que estén ahí.

¿Y qué llevabais de Goya?

De Goya llevamos Los sueños de la razón, que estuvo en Madrid en el Museo Lázaro Galdiano, la misma exposición que va a Miami y a Los Ángeles. Tiene un libro catálogo excepcional.

¿Maridan bien el vino y los libros en la Dirección General? ¿Es el vino cultura? ¿Hay acciones conjuntas?

Nosotros tenemos un patrocinador bien claro que es Enate, una marca de vino muy vinculada al arte. Todas las etiquetas de Enate están hechas por artistas, son preciosas y cuando entramos al gobierno, una de las cosas que queríamos hacer era recuperar la dotación económica que le habían retirado. Diez mil euros le dan directamente al ganador del premio de las letras cada año. El primer año lo ganó Vilas, el segundo año Agustín Sánchez Vidal, y este tercer año lo ha ganado José Luis Corral. Enate ha estado ahí, regala vino a los escritores que están con nosotros en las ferias, nos ayuda y nos apoya. Este año estuvieron en la organización de los premios Forqué, que ya acogimos en 2018 y salió muy bien. Estoy muy agradecido por cómo Enate ha atendido la cultura y tengo más peticiones de otras bodegas, lo que pasa es que obviamente tengo que ser responsable con el que está patrocinando desde el principio. Pero ha habido efecto llamada y tenemos varias denominaciones de origen más que quieren colaborar. De hecho, hemos hecho algo con Campo de Borja, que está haciendo unos libros excepcionales. En el Museo de Zaragoza, en nuestro patio, se hacen catas de vinos y ha ido tan bien la relación que nos han regalado la restauración de una obra del museo, un cuadro del XVII. Es que da gusto cuando ves que gente que no tiene por qué dedicarse a la cultura quiere estar contigo en la cultura.

También estaréis en la Expoesía de Soria. ¿Por qué empezaste a escribir poesía y cómo llegaste a publicar tu primer libro?

Tuve un muy buen profesor de literatura en el instituto. Yo no estaba leyendo más que la poesía oficial, la que salía en los libros o lo que me llegaba, pero él me empezó a pasar libros y ahí empecé a escribir poesía, y luego tuve la suerte de ganar el Premio Lázaro Carreter con lo primero que publiqué, por cierto, con Vilas en el jurado.

Antes de la crítica.

Sí, tenía catorce o quince años, tuve mucha suerte al principio. Gané bastantes premios e iba publicando. Y luego, ya sabes cómo es el sector literario, si te mueves es muy fácil publicar, porque todo el mundo quiere autores que se mueven. Al principio tuve suerte con los premios y luego he tenido suerte de otras maneras. Soy un tipo con mucha suerte, tengo críticas, pero tengo suerte.

Vamos a seguir con unos versos tuyos: «Pero no nos engañemos, / enamorarse no es tan fácil / es hacer a alguien único entre el resto / y yo podría encontrar toda la belleza del mundo / en todos sus cuerpos». ¿También te gusta toda la poesía? ¿Tienes algún favorito?  

Principalmente me gusta la poesía y leo todo lo que cae en mis manos, pero por supuesto que tengo autores favoritos. Como ya he citado antes unos cuantos, se entiende que me gustan, pero, además, para mí fue esencial la primera vez que leí algo de Gil de Biedma. Me empezó a cambiar el gusto poético. Cernuda me parece colosal, y poco reconocido dentro del 27, ya sé que es muy conocido, pero no lo suficiente. Por su calidad poética debería ser muchísimo más conocido. Toda la operación que ha habido para Machado no la ha tenido Cernuda, no ha habido una operación Cernuda. También se habla de Lorca, y estoy encantado que la gente lea a Lorca, pero se le comprende mejor leyendo a otros al mismo tiempo, cosa que no se está haciendo.

Te doctoraste con la tesis Fórmulas del nuevo realismo en la poesía española contemporánea (1990-2009). Háblanos de los poetas realistas.

Se trata del grupo que surge a partir de la llegada a España de Roger Wolfe. Roger empieza a traducir a Bukowski, es su primer traductor aquí. Su índice de lecturas no tiene nada que ver con el índice de lecturas de los escritores españoles. Viene con ese punto inglés, incluso americano, que trae cosas nuevas. Y entonces se empieza a formular un grupo en el que están Karmelo Iribarren, David González, que acaba publicando un muy buen libro en DVD ediciones, cuando DVD empieza a surgir. Esto es importante porque llega a ser el lugar en el que van a acabar publicando casi todos escritores realistas, porque el trabajo de Sergio Gaspar es espectacular en esos años y publica libros maravillosos. El mejor libro de Manuel Vilas está publicado por DVD, se llama El Cielo. Ese libro merecería el Premio Nacional de Literatura, sin ninguna duda. Si no lo conocéis buscadlo porque es la clave del cambio estético de Vilas, cuando empieza a hacer cosas diferentes. DVD publica a Fonollosa, publica a mucha gente que es clave en cómo cambia la poesía española. Y luego hay un libro esencial que es la antología de poetas heterodoxos, donde está Riechmann, donde está Orihuela, donde está todo el grupo de Huelva, Eva Vas, Francis Vázquez, que acaba de morir, Comendador, que creo que vive en Extremadura, pero tiene una relación muy grande con ese círculo y ese núcleo de Barcelona donde está David Castillo, poetas muy interesantes que hace mucho tiempo que no publican poesía.

¿Eres tú uno de esos poetas del nuevo realismo? ¿En qué antología poética podemos encontrar tu nombre?

Mejor que lo digan otros. Pero, por ejemplo, en el homenaje que se hizo a Bukowski, en Caballo de Troya, ahí hay como una lista oficial.

Realismo y realismo sucio, ¿cuál es la diferencia?

Tener mala intención, porque cuando pones un apellido a algo directamente lo estás colocando en una posición. El término sucio aleja a muchísimos lectores, viene del dirty realism americano, pero ahí está con otro matiz y aquí se ha utilizado siempre desde algunas fuerzas poéticas para aislar a otras. Por ejemplo, se utilizó el término sucio para evitar la comparación cuando la poesía realista y la de la experiencia es igual de realista. Yo siempre digo «la mal denominada de la experiencia», «mal denominada de la conciencia», porque son etiquetas horrorosas, pero les ha ido muy bien, desde la nueva sentimentalidad mira dónde estamos, lo que han conseguido, uno de ellos es director del Cervantes.

A mí me gustan los poemas de Luís García Montero.

A mí me gustó mucho Las habitaciones separadas, por ejemplo, pero la última poesía, sus últimos libros, me gusta menos. Con Marzal me pasaba lo mismo. La fiesta, publicado en una colección pequeñita, es una maravilla de libro. Y sin embargo a partir de Metales pesados me interesa menos. A veces cambian la estética.

«¿En el principio era el verbo», leemos en la Biblia, ¿tiene la palabra capacidad de generar realidad?

Uf, qué pregunta… La palabra tiene toda la capacidad de generar realidad, y más ahora que estamos en la era de la posverdad. Podemos contar lo que queramos. El problema es ese, que entramos ahí a una fina línea…  en Europa ahora se está discutiendo sobre este tema, ¿verdad? Tema que os toca a los periodistas profesionalmente, ¿dónde está el límite?, ¿se puede regular? ¿regulamos o no regulamos? Están ahora en esa batalla de acreditaciones los medios que tienen una etiqueta de verdad. Qué complicado.

¿En qué se diferencia un premio literario de un concurso de méritos?

En teoría un premio literario es anónimo. Hasta ahí. Sobre este tema ya he escrito mucho al respecto y ahora no puedo decir lo que tengo que decir. Con la teoría esa de anónimo yo creo que queda clara la diferencia. El premio, en teoría, es anónimo.

¿Cuáles da el Gobierno de Aragón? ¿Qué otros premios hay?

El Gobierno de Aragón tiene el Premio de Poesía Miguel Labordeta, el gran poeta aragonés de todos los tiempos junto a Gracián, si es que Gracián hacía poesía. Pero desde luego Miguel Labordeta es el gran poeta de posguerra, de nuevo otro poeta maltratado que os recomiendo. Su primer libro, Sumido-25, tiene más poesía que los de poetas que llevan ochenta libros a las espaldas. Es impresionante, de verdad, devastador. Es el hermano de José Antonio Labordeta. Murió joven y creó aquí un grupo de poetas que se llama grupo del Niké, porque se reunían todos en el café Niké y montaron una cosa maravillosa que se llamó Oficina Poética Internacional. Y en mitad del franquismo traían todas las semanas a poetas de fuera, al café con ellos. Había tertulias literarias, leían poemas, venían editoriales, se publicaban entre ellos. El premio se llama así por esta figura. Aparte del Premio de las Letras Aragonesas está el Premio de Trayectoria Profesional, que reconoce a un profesional del sector. Este año el premio ha sido para Paco Uriz, lo conoceréis porque es el traductor habitual de lenguas sueca en Nórdica y en varias editoriales más. Él ha cambiado la poesía, es muy importante el papel de algunos traductores para entender los cambios en la poética nacional. ¿Por qué la gente se vuelve medio polaca? Pues porque Abel Murcia ha hecho unas traducciones maravillosas. ¿Por qué la gente coge ejemplos nórdicos? Porque Paco Uriz hizo un gran trabajo, es dos veces Premio Nacional de Traducción. Y aquí nadie le había premiado. Era un poco absurdo. Está el Premio al Mejor Libro Editado también y luego están los de Política Lingüística.

Un escritor joven, ¿a qué premios puede concurrir con más probabilidad de éxito?

Pues a todos.

¿Los premios que dan instituciones privadas pueden ser más fáciles para alguien joven?

Hay un debate muy interesante entre premios públicos y premios privados. La editorial privada, o si alguien monta un premio y es privado, que haga lo que le dé la gana. Los que tenemos una obligación de transparencia absoluta somos las instituciones.

Concretando más la pregunta, ¿te han dado a ti alguno?

Sí.

Háblanos de otras corrientes en poesía. Partiendo de los llamados Novísimos, que son de los años setenta, ¿qué ha venido después?

Primero viene Gil de Biedma, que es el que lo cambia todo, y Ferrater, que hace que los Novísimos sean los novísimos.

¿Qué te parece la antología de Castellet?

Se quedan fuera poetas muy interesantes. En concreto se queda un aragonés fuera, un catalán que lleva toda la vida aquí, que es Francisco Ferrer Lerín, que es un pedazo de poeta. Y también se queda fuera Ricardo Barnatán. La mujer de Barnatán, que fue directora de Cultura de El Periódico durante muchísimos años, Rosa, una tía superinteresante también. A partir de ahí, es verdad que los novísimos marcan luego un legado para los postnovísimos, y Villena continúa con la línea de sacar nombres. Aparecen grupos bien interesantes, como hemos dicho antes, de la poesía de la experiencia, la de la sentimentalidad. Hay un grupo muy interesante que nace en Asturias, en Oviedo, donde está José Luis Piquero, donde está Martín López Vega. Hay un rebrote de esa poesía que es heredera directa de los novísimos. Y luego hay outsiders, que es lo mejor que le ha pasado a la poesía, que ahora mismo, creo, es el género literario más abierto, hay desde experimental a sentimental, hay de todo. Esto no está pasando en la novela, aparte del bum de la novela histórica… Cuando la gente se pone en contra de los outsiders, digo: «pero si es lo mejor que le ha pasado a la poesía». Están haciendo que se vendan miles de libros a gente joven.

¿Está todo inventado en poesía? ¿Cuál piensas que será la próxima revolución?

Está todo inventado en todo. La próxima revolución será tecnológica.

En poesía.

En todo. En la literatura. Hemos pasado por todas las partes, de poesía hiperexpresiva a poesía de aforismo pura. No me atrevo a decir por dónde va a ir, pero sí que va a ser cada vez más libre porque el poeta, reitero, es muy libre.

¿Contemplas una poesía transversal, que no sea en un papel?

Totalmente. Y además hipertecnologizado. Los poetas antes tenían pánico a decir que escribían en el ordenador. Decían que eras peor poeta si escribías directamente al ordenador. Hasta que salió Karmelo diciendo: «si yo no he escrito un poema a mano en mi vida». Va a cambiar todo… Hay una historia que es también muy habitual, el poeta que dice que es mejor poeta porque corrige mucho y es lento escribiendo. Qué más da, seas lento o seas rápido. Hay todavía muchos clichés históricos, pero se van a acabar derribando todos.  

¿Cómo podemos saber si un poema es bueno o malo?

Esto es lo de siempre como con cualquier cosa. Está el gusto, pero hay unos criterios de calidad obvios. El ritmo es uno de los elementos esenciales en la poesía. Si un poema no funciona técnicamente, va a ser muy difícil que le guste a alguien. El resto son adornos.

¿Tienes un método para escribir poesía?

Ahora justo lo que estoy haciendo es todo lo contrario que en el libro anterior. Estaba haciendo una poesía de versos de tres o cuatro líneas. Larguísimos. De aliento largo. Me gustaba mucho. Me servía para expresar muchas cosas. Y ahora estoy haciendo lo contrario, el verso más largo tiene cuatro palabras.

He leído algunos tuyos que me parecían un texto.

Sí, estaba haciendo eso y lo llevé a más y más. Ahora tengo la necesidad de ser más contundente y más parco en palabras. No sé cómo explicarlo.

¿Qué importancia le das a la forma?

La forma tiene que estar supeditada a lo que uno quiere contar. El error es intentar supeditar el poema a la forma. Para mí la poesía es una fórmula de expresión. A partir de aquí no la tengo prevista métricamente ni en cuestión de rima, que es lo que marcaría una medida de los versos. Es una obviedad, pero los versos miden lo que tienen que medir, hay cosas que hay que contar en largo y otras no…

¿Hay recursos literarios en tus poemas?  

Siempre los hay. Creo que el filólogo, por deformación, utiliza todo lo que ha aprendido.

Sobre la inutilidad de la poesía, Brecht escribió «Nadie dirá después / “fueron tiempos oscuros” / sino “por qué callaron los poetas”?» ¿Qué te sugiere?

Creo que la poesía es necesaria. La literatura genera un espacio de libertad donde puedes decir lo que piensas de verdad. Esto es un espacio de libertad si el autor lo sabe entender, porque en este espacio es en el único en que podemos ser libres. La poesía es importantísima, puedes decir cosas que piensas de verdad. Yo en un libro digo muchas más barbaridades de lo que te voy a decir en una entrevista.

Los poetas nos parecen siempre personas enclenques, ¿por qué son los primeros que matan en las guerras? A Lorca, parece que al chileno…

La poesía es un elemento que el poder no puede controlar.

Es esto de «por qué callaron los poetas».

Pasa cuando el poder no puede controlar algo que no es mercantil. Ni con el mercado han podido controlar la poesía.

Para acabar, recomiéndanos una antología poética, un vino aragonés que tenemos que probar y un sitio especial de la DGA dónde hacerlo.

Lo tengo clarísimo. En la terraza del Pablo Serrano al caer la tarde, con un Dos Tres Cuatro de Enate, leyendo El Parnaso 2.0, que es la antología de poetas aragoneses.


Miguel Pardeza: «Para los jugadores sin un físico poderoso como yo, Maradona era una escuela»

Miguel Pardeza para Jot Down 0

Se puede ver en la hemeroteca y lo cuentan los sabios y/o viejos del lugar. De la Quinta, el que prometía de verdad era Miguel Pardeza (La Palma del Condado, Huelva, 1965). Luego los caprichosos designios de este deporte le llevaron a triunfar en el Real Zaragoza, fue el capitán de un equipo de rango histórico que jugaba como los ángeles, aunque el gol que les dio su mayor éxito, la Recopa, fue de ejecución puramente baturra. Y al margen de estos datos balompédicos, Pardeza es de esos futbolistas ilustrados. Filólogo de formación, su pasión es la literatura. Allá donde ha viajado por el deporte, le ha acompañado un camión lleno de libros. No es el perfil habitual.

¿Cómo era tu vida en Huelva?

Soy de un pueblo que se llama La Palma del Condado. Está entre Sevilla y Huelva, pertenece a una zona en el interior de la provincia donde ha habido siempre mucho vino. Es un pueblo característico de Andalucía. Tuvo una gran relevancia a principios de siglo por la producción del vino, hubo muchas bodegas. En los años veinte fue uno de los mayores exportadores de vino. Mi padre tenía un taller mecánico y mi madre era ama de casa. Mi vida no se diferenció mucho de la vida de cualquier niño.

¿Fuiste un lector precoz?

Siempre he leído. Lo que pasa es que la posibilidades lectoras de mi familia eran bastante reducidas. Mi padre trabajó desde los diez años. Era un niño de la guerra, nació en el 37 y se tragó la larga y dura posguerra. Pero fue una experiencia compartida, cualquier persona de esa generación te contaría lo mismo, menos los pocos que estuvieron en una situación privilegiada. De modo que en mi casa no había muchos libros, pero a mí se me despertó el hábito muy joven. Tuve la suerte de que justo cuando empezaron mis inquietudes lectoras se abrió una biblioteca pública en mi pueblo y eso me ayudó mucho a satisfacer mis anhelos como lector. Y por otro lado también guardo un gran recuerdo de los cómics. La irrupción, la llegada de gran cantidad de superhéroes de la factoría Marvel a mí me terminó convirtiendo en un lector. Luego mis posibilidades lectoras se ampliaron y diversificaron a medida que fui creciendo.

En tus primeros años del fútbol, hubo un entrenador llamado Martínez que os tenía fascinados porque tenía un 127 tuneado y fumaba Winston.

Fue un grandísimo jugador de mi pueblo, con muchísimas posibilidades, que para los chicos de nuestra edad representaba el símbolo de lo que significaba llegar a ser futbolista, aunque en su caso no terminó triunfando. Era la referencia más cercana del fútbol profesional que teníamos. Tenía una serie de símbolos, como fumar Winston y tenía un 127 tuneado que aquello era como una forma de entender el éxito. Él fue quien nos llevó al programa de televisión Torneo que presentaba Daniel Vindel.

Llegas a Madrid al Hostal Ideal, que no hacía honor a su nombre, tras diez horas de viaje.

Era un hostal que estaba en la plaza Matute, entre la calle Huertas y Atocha. No era una residencia, pero entonces los de fuera siempre terminábamos en hostales. Hoy afortunadamente ha cambiado. Aunque fue una experiencia, algo que te pone en contacto con los otros, con la realidad. Creo que fueron tiempos heroicos para todos los chicos que veníamos de provincias y queríamos dedicarnos algún día al fútbol profesional. Las condiciones no eran las más cómodas, por decirlo de alguna manera, pero te fortalecía enfrentarte a la realidad desde parámetros mucho más realistas que desde los que hoy en día pueden vivir los jóvenes que empiezan a jugar en clubes importantes.

Madrid era un mundo desconocido lleno de peligros y sugerencias. El contraste de un pueblo con la capital a finales de los años sesenta era tremendo. Los avances tecnológicos, las infraestructuras… todo era distinto. De Sevilla a Madrid no había AVE. No había autovías. Ir del pueblo a la ciudad era un esfuerzo inmenso. El contraste era absolutamente brutal, sobre todo a ciertas edades cuando ni la experiencia ni los acontecimientos te permitían hacer un análisis de la realidad mucho más ajustado.

Ahora las distancias ya no son las que eran. Los hábitos y las costumbres de los españoles están mucho más cerca que en los años setenta y más atrás ya no te quiero contar. Ser de pueblo te marcaba una serie de rasgos.

Con quince años te llamaban el «Maradona a la española» y casi te ficha el Barcelona.

El motivo por el que vine al Madrid es porque estaba más cerca. Cuando vine a probar aquí mi padre se quedó encantado por una serie de circunstancias y por eso me quedé. El Barcelona estaba interesado desde que me di a conocer en ese programa de televisión, en Torneo. También me quisieron el Sevilla y el Recreativo.

Te consideraron el mejor jugador de Europa en tu categoría.

Es posible [risas], ya no me acuerdo.

Pero sí recuerdas un 8-1 al Barça en juveniles.

Lo recuerdo sobre todo porque vino a verlo Di Stefano y todo nos salió absolutamente redondo. Yo jugué bien, metí goles, provoqué penaltis. Fue uno de mis mejores partidos como canterano.

Comentaste que entonces tenías que «usar los codos y las manos» para superar los marcajes, porque eras un jugador pequeño y si no se entendía no había «más que mirar a Maradona».

Siempre fui pequeño y tenía que intentar desarrollar habilidades distintas. Esa era mi forma de jugar y Maradona en esos momentos representaba algo único, era deslumbrante en todos los sentidos. Para los jugadores sin un físico poderoso como yo, Maradona era una escuela de información. Pero yo era fundamentalmente rápido, mi mejor cualidad era que tenía la capacidad de llegar un segundo antes que los demás. Mi juego se basaba más en eso.

Al primero que conociste de la Quinta fue a Sanchís.

Lo conocí en La Chopera, jugaba, por cierto, de extremo derecho. Nos seleccionaron a los dos para el mismo equipo. Empezó como delantero y luego fue evolucionando hacia zonas más retrasadas. Manolo en aquella época ya parecía una persona madura, aunque era un niño. Siempre lo fue. Tenía una inteligencia extraordinaria y las ideas muy claras. Eso es lo que más recuerdo: sus ideas firmes. Algo que nos desconcertaba porque no parecía muy propio de la edad, pero lo ha seguido teniendo siempre, como digo. Es uno de los grandes valores que ha tenido Manolo. Luego también se sacó la carrera de Empresariales muy pronto.

Miguel Pardeza para Jot Down 1

Has dicho que de la Quinta se quedaron fuera algunos que eran muy buenos, ¿quiénes?

En el artículo de Julio César Iglesias que inaugura toda la leyenda solo se habló de cinco jugadores. Julio César cuando decidió hacer aquel reportaje y eligió a unos lo que estaba haciendo era sencillamente una selección que tenía sus ribetes de injusticia. Había muchos buenos que hubieran merecido estar ahí. Francis luego jugó en el Español y en el Tenerife. Juanito se lesionó. Pérez Durán no hizo mucho recorrido. De las Heras terminó en el Málaga. Juliá, que era hermano del Juliá que estaba en el Barcelona, también jugó en diferentes equipos.

Bueno, pero tan mal ojo no tuvo Julio César Iglesias, lo clavó.

La verdad es que estaban los que tenían que estar, pero posiblemente podría haber aparecido alguno más.

Se decía que la Quinta jugaban como dioses, pero apenas intimaban entre ellos.

No, seguimos manteniendo contacto y el cariño durante todos estos años. Lo que pasaba de críos es que éramos dos bandos, Míchel y Butragueño eran mayores que Martín Vázquez, Sanchís y yo. Míchel venía siendo promesa desde infantiles, Martín Vázquez surgió algo más tarde. Éramos chicos de Madrid, cada uno de su barrio. Eso era todo. En el caso de Míchel ya era una promesa rutilante, ya se veía. Se hablaba de que era un candidato firme a llegar al primer equipo. Se veía que respiraba fútbol, que iba a ser un animal de fútbol por cómo lo jugaba y cómo lo vivía. Luego Rafa en cambio era mucho más tranquilo. Era un chico de una bondad extraordinaria, un jugador inmenso. Estuve con él además en las selecciones castellanas de aquellos años.

¿Cómo era con vosotros Amancio Amaro, vuestro entrenador?

Fue importante porque de alguna manera articuló aquel equipo. Una leyenda del Real Madrid que transmitía experiencia por el fútbol. Hizo un equipo en el Castilla que marcó una época, cosa que no era nada fácil porque surgió del otro Castilla mítico que había jugado la final de la Copa del Rey contra el primer equipo. Como entrenador tuvo un papel fundamental. Como lo tuvo Di Stefano a la hora de dar el último paso y subirnos al primer equipo.

Aquel Castilla consiguió llenar el Bernabéu.

En un partido contra el Athletic, que íbamos primero y segundo, ganamos 1-0 y metimos más de setenta mil personas en el estadio. Coincidió que en ese momento el primer equipo no se lucía lo suficiente y al Castilla la gente se enganchó de tal manera que venía mucho a vernos.

Alguna vez has dicho que representabais «el nuevo fútbol», ¿qué era eso?

Aquella generación de futbolistas no se puede explicar sin hacer cierto repaso histórico. El Mundial del 82 fue clave en todo aquello. España era un país que estaba muy desorientado, cada cuanto parecía cambiar mucho de estilo y de propuesta. Creo que España sí tenía una identidad definida, pero nunca terminaba de dar con la tecla. En aquel Mundial hicimos un papel muy pobre y hubo una cierta necesidad de cambio. Y hay que vincularlo también a la serie de cambios que hubo en el país. En 1981 habíamos tenido un golpe de Estado que suponía una regresión terrible desde el punto de vista político y social. Y la Quinta fue un impulso hacia el cambio definitivo. Ese cambio, como las ondas expansivas que se producen en el agua cuando tiras una piedra, creo que terminó afectando a la sensibilidad del fútbol. La gente quería ver otras cosas y se empezó a apostar, no sé si de una manera consciente o inconsciente, por una mirada diferente a la que había. Que coincidiera con nuevos jugadores, pues ahí ya tiene que ver el azar y la suerte. De la misma manera que el éxito del fútbol español de los últimos años tiene que ver con una propuesta clara de un estilo de juego, pero también con la suerte, la coincidencia de que se haya dado con jugadores que han sabido interpretarlo.

Cómo era el Real Madrid entrenado por Di Stefano al que ascendiste.

Para Di Stefano solo puedo tener palabras de agradecimiento, hacia mí siempre mostró un cariño extraordinario. Como entrenador era muy intuitivo, tenía un carácter tremendo y, evidentemente, no pertenecía a la escuela de los entrenadores modernos en los que la formación es otra, indudablemente. Pero tampoco era un hombre que necesitase mucho argumento para convencerte de lo que tenías que hacer. El fútbol lo tenía metido en la sangre y era una persona que con pocas palabras te transmitía lo que tenías que hacer y lo que no.

Luego me encontré un equipo en el que la distancia entre los noveles y los que ya estaban consolidados eran enormes. Hoy en día las distancias que tienen que ver con la edad se han acortado. Entonces no podías hablar en el vestuario si eras un joven recién llegado. Tenías que ver, oír y callar. Ir aprendiendo hasta que te ganaras el derecho a poder levantar la voz. Llegamos, estuvimos callados, aprendiendo y adaptándonos.

A mí me vino muy bien Santillana. Siempre me hacía quedarme con él una media hora para tirarle centros y que los rematara. Para mí era una delicia. Creo que era uno de los mejores rematadores o seguramente el mejor que ha tenido el fútbol español. Tanto con la cabeza como con las dos piernas. Siempre me quedaba con él a hacer esa especie de ejercicios extraescolares para mejorar. Hoy en día eso también se ve, pero de manera menos recurrente. Antes a los jugadores jóvenes que querían mejorar algún aspecto de su juego no les importaba quedarse más tiempo para intentar desarrollarlo. Y Santillana eso lo seguía haciendo incluso con treinta años.

Y también estaba Juanito, con esa personalidad volcánica que tenía. Era todo pasión, visceralidad. Ese carácter le llevaba a desmanes no del todo comprensibles, pero luego era muy cariñoso. A mí me acogió con muchísimo aprecio porque yo era andaluz, todavía tenía acento aunque luego con el tiempo lo he ido perdiendo. Había además una afinidad por el hecho de que yo fuera pequeño y también delantero. Siempre tuvimos mucha complicidad. Y él siempre estaba haciendo bromas. Era difícil que lo vieras triste. Permanentemente estaba haciendo chascarrillos. Tenía una personalidad contagiosa.

Miguel Pardeza para Jot Down 2

Te ceden al Zaragoza y le ganas la Copa del Rey al Barça en el Calderón.

Estábamos allí varios del Madrid: García Cortés, Fraile, Pineda y yo. El Barcelona aquel año había hecho una temporada muy buena y la semana siguiente a este partido iba a jugar la final de la Copa de Europa contra el Steaua. Recuerdo los comentarios en la prensa catalana describiendo nuestro partido con ellos como un aperitivo para lo que se iba a vivir. Y luego nosotros hicimos un partido ajustadísimo, conseguimos un gol pronto. Marcó Sosa de falta a Urruticoechea, que pegó en la barrera y entró. Y desde ese momento nos pusimos a defender todos colgados del larguero. Tenían un gran equipo, estaba Schuster, Carrasco, Marcos… pero nos tocó ganar.

Rubén Sosa era un delantero extraordinario.

De los jugadores que mejor he visto golpear el balón en carrera. Vino muy joven, los dos llegamos a la vez a ese equipo que se estaba gestando. Jugábamos de extremos, cada uno por un lado, y recuerdo que tuvimos que correr mucho. No estábamos acostumbrados a correr tanto, pero el entrenador que teníamos, Luis Costa, que consiguió armar un buen equipo, nos obligaba a defender más de lo que nos hubiera gustado. Pero a Sosa se le veía que iba a ser un jugador importante. Rápido, potente, con disparo. Y sin lugar a dudas es uno de los grandes del fútbol uruguayo. En lo personal era un chico con un nivel cultural justo, pero con un gran corazón, y tenía cierta retranca cuando a veces quería ser inteligente.

¿Sabías que Venables, el entrenador del Barça, luego escribió novela negra?

Sí, sí, pero no he leído ninguno.

Y luego marcaste en el Nou Camp en la Copa de la Liga.

Ese año fue muy curioso porque había jugado cedido en el Zaragoza y el Madrid luego me reclamó para jugar la Copa de la Liga. Recuerdo que metí un buen gol [risas].

También jugaste en la ida con la selección sub-21 la final del europeo contra una Italia en la que ya estaban Zenga, De Napoli, Mancini…

Sé que tenían un gran equipo pero no recuerdo nada en particular, que ganamos. Es uno de los títulos que tengo: campeón de Europa sub-21.

En la vuelta, que se ganó por penaltis, el héroe fue Ablanedo.

Era un portero de una agilidad inmensa. No sé si saldría hoy con tan poca altura, ahora tienden a ser más altos. Igual si hubiera jugado, posiblemente. Le habría costado, porque no llegaba al 1,80, pero era muy potente de piernas, tenia muchísimos reflejos. Era un portero extraordinario.

Estabas ahí cuando el Bayern echó al Madrid de la Copa de Europa, ¿cómo fue aquello, como chocarse contra un muro?

Entonces los equipos alemanes eran palabras mayores, algo que cambió con el tiempo, pero jugar en Alemania era un dolor para cualquier equipo español, esa era la realidad. La diferencia desde el punto de vista físico era casi humillante. El Bayern además tenía jugadores muy buenos. En la ida fue cuando Juanito le pisó la cabeza a Matthäus. Fue una situación, digamos, embarazosa. Pero los partidos contra alemanes siempre han sido muy calientes, ellos son también muy especiales. No hacen del ambiente algo muy dócil. Hay más tensión que con otro rival. Y siendo dos históricos como el Madrid y el Bayern, lógicamente, no iba a ser un ambiente templado. Ahí estaba gente de mucho carácter, como Augenthaler. No lo hacían fácil para que el partido discurriera de una manera muy deportiva. Si hubo un detalle que recuerdo de cuando viajamos a Alemania fue que el Madrid fichó a Jankovic y todos nos quedamos sorprendidos, era un fichaje inesperado. Le conocíamos de cuando habíamos jugado contra el Estrella Roja también en la Copa de Europa, que jugaban fenomenalmente al fútbol. Y esa fue la noticia de la concentración. Los jugadores siempre estamos pendientes de quién viene y quién se va.

En España también se jugaba fuerte en los ochenta.

El fútbol desde entonces ha cambiado muchísimo. Jugar fuera de casa era un compromiso verdaderamente serio. Pero no es que fuera más duro, es que estaba menos vigilado. Hoy en día hay actitudes que te afean rápidamente los medios de comunicación, hay mil cámaras. Con lo cual los jugadores han terminado autocensurándose en ese sentido. Pero en los años setenta y ochenta… solo hay que recordar la lesión de Amancio contra el Granada. Había un abuso del juego duro lamentable. Se marcaba al hombre, cosa que se ha perdido con los años, que eran marcajes rayanos en la violencia. Así se entendía el fútbol y, con las zonas, se fue perdiendo. Marcar al hombre era una fuente de golpes y encontronazos seguros. Yo tuve la suerte de que me solían poner marcadores pequeños y rápidos, como yo. Era raro que me pusieran a un tío alto con la cintura más dura y que le costara más moverse. Especialmente difícil se me hacía Chano, del Málaga, que era bajito como yo. Tomás, del Atlético, especialmente pegajoso.

Coincidiste con Rijkaard.

No sé qué problemas tuvo con el Ajax que acabó yéndose al Sporting de Lisboa y de ahí vino al Zaragoza cedido. Era un jugador que en nuestra plantilla a alguno les sonaba y a otros no, vino cedido pero acabó luego en el Milan, donde coincidió con Van Basten y Gullit para armar uno de los mejores equipos de la historia. Con nosotros jugó relativamente poco porque vino lesionado y tardó en recuperarse. Tampoco llegó a jugar nunca de mediocentro, lo hizo como segunda punta. Tenía un físico espectacular, se le veía con unas posibilidades inmensas, pero si te soy sincero a nosotros tampoco nos decía gran cosa porque era un desconocido y no fue el jugador que luego llegó a ser en Italia. Fueron tres o cuatro meses nada más lo que convivimos con él.

¿Qué tal con Chilavert?

Ese era un caso. Es curioso porque Chilavert pertenece a esa estirpe de portero que se le recuerda más por sus condiciones de jugador que por las de portero. Tenía un buen golpeo de la pelota, tiraba penaltis. En los entrenamientos fuera de la portería a veces jugaba mejor que algunos compañeros de campo y encima paraba mucho. Tenía una tremenda personalidad y un carácter muy particular. Nunca olvidaré un partido contra la Real Sociedad en que metió un penalti, se puso a celebrarlo en el centro del campo, la Real sacó rápido y creo que fue Goikoetxea, que todavía estaba en la Real, y le metió un gol desde su campo que fue, no sé, un poco ridículo, ¿no? Por la escena que se montó, quiero decir. Porque encima pretendió que el gol no era válido, pero estábamos todos en nuestro campo y lo era. Recuerdo mucho también que mantenía un diálogo permanente con la grada. O bien animándola, o bien reprochándole actitudes. Era hiperactivo, interactuaba permanentemente con los aficionados. En el terreno personal era un poco complicado. No le gustaba callarse lo que pensaba, más bien al contrario, decía todo lo que pensaba en cada momento. Y eso a veces, evidentemente, propició situaciones incómodas. Está claro. De hecho, después se ha visto que ha sido un jugador que nunca ha eludido una polémica sea del tipo que sea. Entonces ya era así un poco, tampoco tuvo situaciones que le dieran pie a más, pero…

Fuisteis los primeros pupilos en España de Radomir Antic.

Vino en la misma época que Cruyff a España. Fueron protagonistas los dos porque tuvieron algún problema con la homologación del título de entrenador. A Antic le pusieron como segundo entrenador para que le habilitara Víctor Fernández, que terminó sucediéndolo. E hizo dos muy buenas campañas con un equipo que, bueno, tenía una calidad justita. Pero era un tío con una vitalidad y un optimismo extraordinarios. Sobre todo era un gran pedagogo. Tenía una predisposición para el trabajo extraordinaria. Era también muy cercano al jugador, sobre todo a los que eran más jóvenes. Siempre ponía trabajo extraescolar, siempre ponía deberes. Apostaba por el espíritu de superación de cada jugador. Eso terminó contagiándolo a los jugadores.

Hiciste la fase de preparación y fuiste al Mundial de Italia 90 con Luis Suárez.

Antes del Mundial jugamos contra Yugoslavia, que luego nos echó. En Eslovenia hubo un amistoso y ahí estaban sobre el campo Prosinecki y Stojković, que eran extraordinarios. Tenían una plantilla de gran talento, como casi siempre. Aunque los partidos preparatorios del Mundial no es que sean aburridos, pero uno ya lleva muchos partidos a la espalda y lo que quiere es que empiece lo importante cuanto antes. De aquella fase me quedé con la calidad de estos dos jugadores.

Miguel Pardeza para Jot Down 3

Suárez intentó poner un estilo como el que planteó Luis Aragonés que nos hizo campeones, recuerdo declaraciones de Míchel diciendo que por fin se jugaba el balón por el suelo…

Aquella selección era mucho más heterogénea. Podías tener a Martín Vázquez, pero luego tenías a Villarroya, que era de una técnica más limitada. Creo que todo eso se ha ido puliendo. Pienso que el fútbol, jugarlo, es como hablar un tipo de lenguaje, me da igual el que sea. En ese debate sobre si hay que jugar de una manera o de otra prefiero ser respetuoso, todas me parecen válidas. Pero lo que sí tiene que haber es coherencia en la selección de los jugadores. Y aquel equipo nacional sí que adolecía de aquella diversidad de animal futbolístico al que no se le permitía desarrollar una idea de forma más pura. Pero por las características de Míchel, de Martín Vázquez, de Roberto, había un equipo que ya quería jugar de una manera que ya se adaptaba a la personalidad de estos jugadores. No sé si se llegó a jugar tan bien, porque el Mundial no salió muy allá, pero se intentó eso. También, Luis Suárez, por su propia personalidad, porque había sido un gran jugador, su forma de entender el fútbol iba en esa dirección.

Para mí ir al Mundial fue una experiencia rica en lo personal. Esforzada, porque son muchos días los que hay que estar concentrado. La espera es muy larga. Yo no estaba en el equipo titular, con lo cual mi forma de vivirlo fue distinta. Pero lo tengo como uno de los mejores recuerdos de mi carrera profesional. La expectativa que se montó alrededor de un torneo de esa naturaleza, todas las esperanzas depositadas, el aluvión de medios de información, las expectativas de un país. Es único, no hay nada como vivirlo desde dentro. Aprendí muchísimo y me dio la posibilidad de convivir con compañeros un periodo muy largo. En cuanto a nuestra trayectoria, se habían depositado muchas esperanzas en esa generación, se pensaba que la Quinta estaba en su mejor edad para lograr un triunfo, pero quedó claro que a España todavía no le había llegado su hora. Luego la relación entre el aparato informativo con la selección nunca es fácil. Tiene sus buenos momentos y sus desencuentros inevitables. En esta ocasión metieron demasiada presión, el propio seleccionador iba a las ruedas de prensa a cada comparecencia incómodo. En fin, recuerdo que eran situaciones poco ventajosas para crear un clima relajado y tranquilo como para poder hacer algo más. No sé qué pasó al final, tanto desencuentro y malentendidos.

¿De ahí vino el «me lo merezco, me lo merezco» de Míchel?

No lo sé. Me imagino que fue porque el partido contra Uruguay fue muy malo, no sé ni si pasamos del centro del campo o llegamos a tirar a la portería. Los partidos inaugurales siempre son difíciles y supongo que recibiría críticas y esa fue su manera de desahogarse.

Te quiso fichar Cruyff después del Mundial.

Hubo rumores. Algún contacto. Pero al final aquello no se  consumó. Antes la movilidad de un jugador no era como ahora. Era muy corriente que un jugador empezara con veinte años en un equipo y acabara ahí su carrera.

Dijo, textualmente, que le «apasionabas».

Yo estaba muy tranquilo en Zaragoza, muy cómodo, y el Dream Team era un equipo complicado. A cualquier jugador le hubiera gustado por la calidad de esa plantilla, pero sinceramente, no me lo planteé. También me quiso el Atlético cuando estaba Maguregui, pero estaba a gusto, me sentía bien en Zaragoza. Sinceramente, nunca tuve ganas de cambiar. Los maños me acogieron muy bien. Me trataron genial. Hice amigos fuera del fútbol con los que compartía inquietudes, algo que en este mundo no es fácil de conseguir. Tuve relación con mucha gente del mundo de la cultura. Mi amigo Javier Barreiro, profesor de literatura que ha publicado no menos de veinte libros. José Antonio Labordeta. Ignacio Martínez de Pisón. Luis Alegre. Me dejo a muchos, pero tuve la suerte de coincidir con mucha gente, círculos con los que podía compartir inquietudes, que también eran futbolísticas, porque eran todos grandes aficionados al futbol. Me resultó una ciudad muy agradable para vivir. Tuve suerte de coincidir unos años con un equipo extraordinario que llegó a finales y ganó un título internacional, la Recopa. Uno elige un destino, pero a veces el destino se convierte en algo agradable o no por motivos que no puede controlar, que pertenecen al azar.

Habías empezado Filología en Madrid.

No, en Madrid, en la Autónoma, empecé Derecho. Hice dos años, luego me fui a Zaragoza, donde mis condiciones personales habían cambiado, me acababa de casar, etcétera. Y tercero lo saqué, pero cuando estaba empezando cuarto me di cuenta de que nunca iba a ser abogado, decidí dar el paso y cambiar a lo que de verdad me gustaba que era la Filología Hispánica, la carrera en la que me acabé licenciando. Yo veía que en la abogacía iba a tener poco recorrido y como siempre me había gustado leer, tenía amigos profesores de universidad y catedráticos de Filología, me dije que para licenciarme en algo mejor que fuera de lo que más me gustaba. Al fin y al cabo, cada vez veía más difícil desarrollar una actividad profesional al margen del fútbol. Puestos a estudiar prefería hacer algo que me llenase.

Hubo un reportaje en El País, no sé si por Italia 90, en que decían de ti: «le gusta encerrarse en su habitación a leer a Proust con la música clásica a tope». Tengo muchos amigos que no se olvidan de esto.

Lo de Proust es una licencia del periodista, lo leí de más mayor. Pero sí que leía en las concentraciones, porque son muchas horas las que pasas ahí y para mí es la mejor forma de pasar el tiempo. Para mí la literatura y los libros siempre han sido grandes compañeros de viaje. Un libro es como un amigo para consolarte en los momentos malos. Siempre hay un libro para cada estado de humor que tengas. Con esta costumbre me siento muy afortunado, porque pocas cosas hay mejores para acompañarte en la vida que la literatura, no protesta, no te dice nada, está siempre dispuesta. Hay pocos entretenimientos que te den tanto y te pidan tan poco, más allá de tiempo para que leas un poco.

¿Hay muchos futbolistas lectores como tú?

Los hay, aunque tampoco me he encontrado muchísimos, eso tengo que decirlo. Valdano es un ejemplo. Butragueño sé que lee bastante. Sanchís me consta que también. No conozco un centenar, pero los hay.

Cuando te fuiste del Madrid dijiste que no podías competir con Butragueño, con un «mito».

Me hubiera gustado seguir en el Madrid, esa es la verdad. Mendoza, entonces presidente, no quería dejarme marchar de ninguna manera. Pero tenía a dos jugadores como Butragueño y Hugo Sánchez delante de mí, con edades todavía que hacían pensar que les quedaba una eternidad, y no quería un papel secundario. Podría haberme quedado, pero siempre fui impaciente y no quise darle tiempo para ver si cambiaba la situación. Dije que Butragueño era un mito, y era verdad. Lo dije para explicar la situación, me tenía que ir porque tenía por delante a un jugador que había revolucionado el fútbol español. Se ha dicho, él cambió la forma de ver el fútbol de los espectadores españoles que venían arrastrando prejuicios sobre la furia y el pundonor. Butragueño hizo cosas que no se habían visto y fue educando al aficionado español. A Emilio no se le puede explicar desde el punto de vista exclusivamente futbolístico, fue algo más que eso. Luego, en lo personal, tengo debilidad por él. Además, soy amigo suyo. Somos tan amigos que incluso en el Mundial, estando yo ya fuera del Madrid, nos pusieron en la misma habitación. Siempre hemos tenido mucha afinidad y cercanía. No puedo ser objetivo con él. Pero la importancia que ha tenido en el fútbol español es absolutamente indiscutible. Es una referencia en la historia de nuestro fútbol, eso es indudable.

Engonga nos dijo que le daba pena darle en el campo.

Sí, inspiraba ternura [risas]. Es una de las ventajas que tuvo como jugador, con esa cara angelical. Algunos ante la expectativa de tener que golpearlo, pensarían que mejor no… [risas].

Miguel Pardeza para Jot Down 4

¿Cómo se fue gestando ese gran proyecto que fue el Zaragoza de Víctor Fernández?

Fue determinante la gran relación que existía en aquel momento con el Real Madrid, nos jugamos varios que habíamos pasado por la cantera blanca. Juanmi, Solana, Aragón, Esnáider, yo… estábamos cuatro o cinco que veníamos del mismo sitio. Por otro lado, el cambio de los clubes en sociedades anónimas nos benefició. Alfonso Solans, el dueño de Pikolin, compró el equipo y lo impulsó. Víctor, además, era un apasionado por un fútbol de determinado estilo y terminamos siendo un equipo brillante. Jugamos muy bien, tres finales en tres años no es nada fácil. Durante unos años creo que daba gusto vernos jugar.

El Paquete Higuera metía todos los goles que le daba la gana.

Es uno de esos jugadores a los que nunca se les ha reconocido del todo el talento que tenían. Era muy inteligente. De los que mejor he visto jugando sin balón. Hoy en día ya no se habla mucho de esto, de jugar con balón o sin balón, pero él era el que mejor hacía diagonales, jugaba a la espalda de las defensas, era rápido constante, personalidad firme. Uno de los mejores compañeros con los que he jugado y tal vez no se le haya reconocido.

Poyet.

Tuvo un gran mérito. Porque vino de la segunda división francesa como delantero centro, se le reconvirtió a interior, porque si tenía algo bueno era su llegada a la segunda línea y remataba muy bien de cabeza. Era muy listo, se sabía explotar al máximo y dio un gran rendimiento. Luego mira qué carrera hizo, después de Zaragoza se marchó a Inglaterra y se adaptó perfectamente. Tenía muchísima personalidad, era de los que interactuaba con la grada.

¿Qué pasó con Brehme?

Que vino muy mayor, básicamente. Con más resabios que otra cosa, vino. Éramos un equipo menor, llegaba del Inter, después de haber sido campeón del mundo. Todo se le quedaba pequeño. Pretendió jugar de centrocampista cuando siempre lo había hecho de carrilero, tuvo diferencias con Víctor, y salió de forma precipitada. Pero para mí fue un auténtico placer. Era un ambidiestro perfecto, no sabías si era diestro o zurdo pero de ninguna de las maneras. Por más que te decía que era zurdo, no te lo creías viéndole como jugaba con las dos piernas.

El Dream Team os dio algunos repasitos.

Era sorprendente, nos dejó marcados. Se ponía a jugar, a tocar la pelota una barbaridad, contra el Madrid no era muy distinto, tenían tanta calidad técnica que jugaban su partido y tú hacías de sparring. Si estaban inspirados era muy difícil jugar, te dejaba la pelota muy poquito tiempo. Contra ellos te terminabas desmoralizando y se te hacía el partido un trámite muy doloroso.

Tuvisteis dos años al mejor Esnáider.

Era inteligente, con chispa. De una tremenda fortaleza mental. También era muy pícaro. Era muy apasionado, transmitía muchísimo a la grada y a sus compañeros. Se notaba que era joven, tenía toda la carrera por delante y se quería comer el mundo. Quizá fue esto lo más llamativo de él, esta ambición sin límite.

El Zaragoza y Aragón se encontraron el uno al otro.

Todo clase. Un organizador de un talento inmenso, de una calidad técnica extraordinaria. Sabía jugar en corto, sabía jugar en largo. Tiraba faltas. Rápido, pero entendiendo muy bien el juego. Fue una pieza clave. En el Madrid también podría haber jugado, pero triunfar en un Madrid no es fácil. Los canteranos si no consiguen afianzarse desde el principio luego les resulta muy complicado. Ese es el gran dilema de todos los canteranos de un equipo grande, si seguir ahí una temporada tras otra sin tener seguro que vas a jugar o por el contrario intentar buscarte la vida en cualquier otro equipo.

¿Cómo vivisteis aquella Recopa?

El partido clave, se diga lo que se diga, fue el del Feyenoord. Un equipo muy duro. Perdimos 1-0 en Holanda y nos costó muchísimo levantarlo con un 2-0 en casa. Pero fue clave porque ahí nos dimos cuenta de que realmente podíamos hacer algo en esta competición. Y la resolvimos bastante bien. El Chelsea que nos encontramos no tenía nada que ver con el que ha sido después. Hicimos un buen partido, 3-0, en Zaragoza y allí, aunque lo pasamos mal un poco, porque nos descuidamos, creo que lo pasamos bien. Fue mucho peor el Feyenoord.

Y a la final llegamos algo cansados, el Arsenal era fuerte. Y los nervios, de estar en París, en una final europea, que para muchos de nosotros que ya estábamos en los veintinueve años sabíamos que era nuestra última oportunidad de conseguir algo importante. Igual la única final que íbamos a jugar en nuestra vida. Un punto de no retorno. Pero, como en todas las finales, hace falta algo de suerte y nosotros la tuvimos. Con el 1-1 íbamos directos a los penaltis, estábamos todos cansados, alguno estaba rezando para que llegara ese momento. Ellos iban mucho más fuertes y… llegó el gol de Nayim.

Gol muy baturro

Un gol soñado en el último minuto, con esa factura y lo que se consiguió. Fue un gran cierre para iniciar el final de la carrera de muchos que ya estábamos iniciando la cuesta abajo. Empezar el final de esta manera fue mucho mejor. Nayim iba por ahí diciendo que si el gol lo había metido Dios, porque era la única manera de explicar lo inexplicable. Creo que fue el típico gol del cansancio, de ya no saber qué hacer. Esa misma jugada en otro tramo del partido no hubiera hecho eso. Es una jugada que haces cuando no tienes fuerzas de hacer nada mejor, te la juegas de forma irreflexiva, que es un método que a veces da buenos resultados [Risas].

Acabaste en México, en el Puebla, con el gran Carlos, del Oviedo.

Una experiencia buena. Estuve con Carlos y el Paquete Higuera. Fueron dos años. Siempre viene bien tomar distancia de lo que han sido tus dinámicas naturales. Para cobrar distancia y para ver el futuro, porque ese sí que es un tránsito difícil para cualquier jugador, abandonar la que ha sido tu actividad principal a lo largo de muchísimos años. En algunos casos, como el mío, después de haber comenzado muy jóvenes. Yo, con catorce años. En México, en Puebla, pues desde la distancia vislumbras tu futuro y puedes tomar decisiones sobre qué quieres hacer o no. Estas salidas al final de la carrera de un jugador sirven más para readaptación que para otra cosa, no nos vamos a engañar. Es una especie de tránsito, de periodo de prueba.

Puebla fue una experiencia, de todas formas, muy agradable. Era entonces una ciudad de tres o cuatro millones de personas, con una gran colonia de españoles. Tuve la suerte de ir con Higuera, con el que había jugado en el Zaragoza muchos años, y ese apoyo siempre viene bien. Me siento muy contento de haber ido. Como te explico, tomar distancia sirve para comprender mejor tu país, entenderte a ti y vivir experiencias que te enriquecen como persona.

¿Hablaba Carlos de la pena de que no le llevaran al mundial del 94 después del temporadón que había hecho ese año?

Son de esas cosas que se te quedan marcadas en una carrera, pero no le oí hablar demasiado del tema, no te creas.

Miguel Pardeza para Jot Down 5

Como director técnico del Zaragoza, y después de haber estado después en el Madrid, igual nos puedes revelar qué pasó realmente con Milito.

Lo que pasó en Madrid no tengo datos. Después de unos análisis médicos determinaron que no era posible su fichaje. Solo te puedo decir que a nosotros nos vino muy bien porque llevábamos tiempo detrás de su fichaje. Nos dio unos años extraordinarios. Tenía una personalidad magnífica.

¿Traer a Ewerthon fue cosa tuya?

Yo estaba en la dirección técnica. También nos hizo muy buen trabajo.

Y Villa… grandes aciertos, Miguel.

Pero en una decisión deportiva como esa nunca se está solo. Yo tenía un gran compañero de trabajo que era Pedro Herrera, padre por cierto de Ander Herrera, y que tenía muchísima experiencia. La verdad es que formamos un buen equipo en el Zaragoza los dos por aquella época. Primero porque teníamos gustos futbolísticos muy similares, y eso es clave. Teníamos claro cómo teníamos que operar y eso nos dio algunos aciertos, también hubo errores. Está claro que el trabajo en dirección deportiva de un equipo está plagado de buenas decisiones y equivocaciones, pero creo que más allá de eso, que son circunstancias inherentes al cargo, lo importante es cómo quieres trabajar. Saber qué quieres hacer y qué línea vas a seguir.

Has comentado que internet ayuda a conocer mejor a un futbolista que se quiere fichar ¿antes se producían algunos fichajes a ciegas?

No, lo que pasa es que las herramientas tecnológicas que tiene cualquier club son inimaginables con respecto a las que había antes, que tenías que fichar a un jugador después de haber ido a verle dos o tres partidos y jugártela con lo que habías podido detectar ahí, teniendo en cuenta la información que te hubiera llegado verbalmente de conocedores del jugador en el terreno. La metodología era completamente distinta. Hoy tienes herramientas con las que puedes seguir a alguien todos sus partidos de una temporada. Las estadísticas de todo, informes sobre el terreno. Las decisiones ahora son mucho más fiables.

De tu última etapa en el Madrid no quieres hablar.

Ha sido una grandísima experiencia, he aprendido muchísimo, un paso más en mi aprendizaje como hombre de despachos, y poco más puedo decir. Siempre voy a estar eternamente agradecido. No es fácil ocupar un puesto de responsabilidad en el Real Madrid…

Y menos en la época de Mourinho.

[Sonríe] No, fue un entrenador con sus peculiaridades, del que se puede aprender como de todo el mundo.

¿No había muchos terremotos?

[Risas] No, no, bueno, es un hombre intenso y apasionado.

Cuando fichaste por este cargo por el Madrid, en tu mudanza a la capital, te trajiste contigo tu biblioteca de quince mil volúmenes…

El libro es un buen compañero, más que nada. Con los libros se pueden hacer muchas cosas, uno puede orientar sus gustos en una dirección o en otra, pero el acto en sí de leer ya es consolador. Hay tantos temas que se pueden abordar con un libro… Y yo soy muy ecléctico. De la literatura española he leído mucho a Baroja, a Valle Inclán, he leído algo menos a la generación del 27, pero me gustan Cernuda, Alberti y Lorca, por supuesto. Leí mucho en una época a Cela. También mucha literatura internacional, porque esto va por épocas, he leído a Cortázar, a Borges, Adolfo Bioy Casares, Vargas Llosa… del XIX he leído mucho a Stendhal, Flaubert… En general, he leído un poco lo que hay que leer, y muchísimos autores menores que a nadie le interesan, pero que me gustan. Por ejemplo, Emilio Carrere, los autores relacionados con la bohemia…

¿Por qué este movimiento?

Por influencia de Javier Barreiro, mi amigo. Siempre ha sido un hombre aficionado a los movimientos literarios de principios de siglo y uno de ellos ha sido la bohemia. Hemos tenido tanta amistad que por contagio terminamos buscando libros y autores de esta época y escribiendo alguna cosa sobre ellos.

Miguel Pardeza para Jot Down 6

Cuando reeditó Valdemar a Carrere hablaban de que la historia de la literatura al final es muy arbitraria, que hay un selecto club de «sabios» que eligen a los que tienen que estudiarse y movimientos como este, el de la bohemia, se quedan relegados al olvido por culpa de esos criterios academicistas

Ya. Cualquier literatura, no solo la española, se cuenta en función de ciertos determinismos ideológicos, eso está claro. Aquí siempre se ha dicho que la historia la escriben los ganadores. Es verdad que la historia no siempre responde a la realidad de los hechos. En la literatura hay mucha gente que merece la pena que queda en el olvido. Es raro que un tipo que no merece la pena perdure, pero muchísimos autores podían haber permanecido y no lo han conseguido. También hay un proceso de selección natural, de la del 27 podían haberse recordado muchos, pero solo han prevalecido unos determinados. Son gente de calidad, pero muchos otros bien porque fueron independientes, bien porque fueron por libre, porque su obra no fue del todo comprendida, pues perdieron el tren de la historia de la literatura. Pero oye, ahí hay un campo que es muy bonito de descubrir para la gente que guste. Yo creo que cada uno tiene que ir construyendo su propia tradición, y no solo en la literatura.

¿Puedes describir el ambiente de la bohemia para quien no lo conozca?

Duro y difícil. Era una España un poco dura. Este es un país que ha mejorado muchísimo con los años, la situación de los escritores de principios de siglo… no es que escribir fuera llorar, como decía Larra, era muchísimo peor. Aparte que el analfabetismo del país era grandísimo, la situación política era lamentable, tanto que terminamos llegando donde llegamos. La diferencia de clases era abismal, el caciquismo no había renunciado a su influencia, las instituciones políticas estaban terriblemente corrompidas y desfasadas, no se había superado nuestro prejuicio histórico colonial. Una serie de circunstancias que hacían la convivencia muy difícil. Las diferencias entre pueblo y ciudad entonces eran horribles. Y Madrid era una ciudad complicada también. Ahí salieron una serie de personajes que eran el gallofo, el bohemio, que se venían a la capital a buscarse la vida y muchos terminaban en el arroyo. Es difícil de asimilar. Esa época no era fácil para nadie, pero especialmente para la gente de letras. Grandes desconocidos de esa época eran Pedro Barrantes, Xavier Bóveda, Pedro Luis de Gálvez… escritores de esta estirpe había muchos y era muy pintoresco. El libro que mejor describe el ambiente es La novela de un literato, tres tomos que puede leer cualquiera, de Rafael Cansinos Assens, que retrata perfectamente el clima y el ambiente.

Para tu tesis doctoral, ¿por qué elegiste a Ruano?

Porque nadie lo había trabajado de forma académica. Porque yo lo conocía, me gustaba mucho cómo escribía. Porque había cierta facilidad para investigarlo, porque la Fundación Cultural Mapfre había recopilado su legado, ahí conocí a mi amigo Pablo Jiménez, director de la Fundación cultural. Me pareció un personaje interesante sobre todo para leerlo. Ya que tenía que trabajar mucho, lo mejor era coger a alguno que te gustase mucho.

Alguna vez le has descrito como «anarquista de derechas», pero en términos más crudos podríamos decir que fue admirador del nazismo.

Indudablemente, él se alineó con el franquismo y la rebelión en la Guerra Civil. Es cierto que colaboró con el aparato de propaganda del nazismo, eso no se puede negar. Pero yo sigo pensando que además de esas circunstancias, que no son admirables evidentemente, creo que a lo largo de su vida lo que predominó fue un escepticismo político. Lo siguió manteniendo más allá de que tuviera relaciones poco aconsejables, esa es la verdad.

Dices que para entenderle hay que emplear la máxima de Jacinto Benavente de que «en España solo se habla bien del éxito sin mérito o del mérito sin éxito».

Creo que es una gran frase porque es verdad. Creo que la sensación que dejó Ruano fue la de un escritor que podría haber dado mucho más de sí. Tenía un talento innato para escribir, era un literato de los pies a la cabeza, pero las prisas o lo bien que vivía gracias al periodismo quizá le privó de la paciencia y de la perseverancia que se necesitan para hacer una obra que realmente merezca la pena. Pero escribió poesía, novela, reportaje, era un literato total. Aunque, quizá, salvo en las poesías y en sus memorias, en el resto de sus escritos adolece de una cierta precipitación, falta de tiempo para madurar una obra que fuera realmente perdurable.

¿Por dónde vas a tirar ahora, por la literatura o por el fútbol?

No lo sé. Es lo que tengo que decidir. Pero ya sabes lo que dijo aquel, la vida es lo que te va pasando mientras te empeñas en llevar adelante tus planes. Así que ya no hago planes. Soy un hombre de fútbol, pero tengo la gran suerte de que me gusta el mundo de los libros. Por eso cuando trabajo en el fútbol, dejo un poco de lado los libros, y cuando dejo el fútbol, pues sencillamente me centro más en los libros. Como en este momento.

Miguel Pardeza para Jot Down

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Mapa de las aficiones del fútbol español

Fotografía: Alberto Varela (CC)
Fotografía: Alberto Varela (CC)

Vivimos en un país de aficionados al fútbol. Para sospecharlo basta con mirar un telediario o asomarse a Twitter una tarde de partido, pero además tenemos datos que la confirman: según las encuestas del CIS, a la mitad de los españoles le interesa este deporte. Los datos también confirman la impresión generalizada de que la mayoría de simpatizantes lo son del Real Madrid (38%) o del FC Barcelona (25%) y que el resto de aficiones —las del Atlético (6%), Valencia, Athletic o Betis (3%)— son minoritarias a nivel nacional. Esas estadísticas nos dan la foto general, y es verdad que son las cifras que mueven el dinero y gobiernan las audiencias televisivas, pero no reflejan el duelo que se libra en cada ciudad y cada pueblo.

Porque, ¿cómo se distribuyen las aficiones a lo largo y ancho del país? Esa es la pregunta que hacemos hoy. Queremos averiguar (¡por fin!) si hay más culés que madridistas en Valencia, si las Castillas beben de la fuente central, o el nacionalismo (o la simple singularidad territorial) tiene efectos sobre qué equipos prefieren los ciudadanos. Vamos a ver que hay regiones monolíticas, como Lleida y Bizkaia, y otras divididas en tres contingentes, como Granada o Castellón. ¿Está justificada esa sensación de inferioridad numérica que le asola cada lunes cuando llega la discusión futbolera? ¿Es Ud. uno de tantos entre sus vecinos o puede sentirse una excepción?

(En las provincias que faltan, desgraciadamente, la muestra de la encuesta del CIS era demasiado pequeña para concluir nada, lo sentimos)

1. Los favoritos en cada provincia

El mapa siguiente muestra qué equipo de fútbol tiene más aficionados en cada provincia. Los datos, como todos los que veremos, provienen de la encuesta que realizó el CIS en junio pasado.

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Las muchas Españas del fútbol. Aunque el Real Madrid es capaz de dominar en la mayoría de territorios del centro y sur de la península, en las provincias del norte, en Valencia y en Sevilla las mayorías se alinean con otros equipos. El Barcelona domina Catalunya y la provincia de León (!), mientras que el resto de regiones optan por sus escuadras locales: Valladolid, Deportivo, Sporting, Osasuna, Athletic, etc. Las provincias de La Rioja, Albacete y Baleares, por su lado, tienen el corazón dividido entre los dos grandes. Más tarde, hacía el final de este artículo, discutiremos sobre las posibles causas de esta distribución, pero de momento permítannos que sigamos indagando.

2. El madridismo y el barcelonismo por provincias

Los dos mapas que siguen muestran el porcentaje de aficionados que tienen el Real Madrid y el Barcelona.

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(Este mapa puede verse con más detalle en un mapa interactivo en CartoDB. Ahí se incluyen también los márgenes de error, que son significativos en las provincias donde la muestra de la encuesta es más pequeña. Al final del artículo hay una tabla con los principales datos desglosados).

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(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo).

Madrid vs. Barça, ¿sur contra norte y centro contra periferia? En España el Real Madrid es el equipo con más aficionados (33%), seguido a una distancia nada despreciable del FC Barcelona (24%) y con el resto mucho más atrás. Este madridismo se concentra en el centro de la península ibérica… así como en Lugo y Ourense, donde seguramente se nota la falta de un equipo local fuerte. Pero en general, el tercio norte parece ser mal sitio para la escuadra blanca. Por su parte, el Barça, el segundo club más querido del país, tiene sus plazas más fuertes, aparte de en Catalunya, en una especie de donut que rodea el centro peninsular. Esta distribución en centro y periferia es bastante clara, aunque hay varias provincias que escapan del patrón: el norte es poco barcelonista, Tarragona es más madridista de lo que cabría esperar y Ourense justo lo contrario.

Esta distribución se observa aún mejor si ponemos frente a frente la potencia de arrastre de los dos equipos más seguidos de España, donde puede apreciarse cómo efectivamente la ventaja del Madrid respecto al Barça se difumina conforme uno se aleja del centro y del sur del país.

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(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo.)

3. Ni del FC Barcelona ni del Real Madrid: los terceros equipos

El último mapa refleja el porcentaje de las aficiones del tercer equipo, diferente de Barcelona y Real Madrid, con más aficionados en cada provincia. De esa manera estaremos viendo la fuerza de esos «otros equipos» en cada una de las regiones.

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(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo).

Lo primero que verán es que en la mayoría de provincias los terceros equipos son más bien minoritarios (no superan el 20% de aficionados), pero que hay un buen número de excepciones. Los equipos de Asturias, Cantabria, Valladolid y Pontevedra se mueven entre el 30%  y el 50% de seguidores, seguidos de aquellos de Sevilla, La Coruña, Valencia y Zaragoza, que superan el 50% y consiguen ser mayoritarios. Un tercer grupo lo forman la Real Sociedad, el Osasuna y el Athletic que superan el 70% y son casi monolíticos en Gipuzkoa, Navarra, y Bizkaia, respectivamente.

El porqué de esta distribución de aficionados

Hemos visto que el Real Madrid domina en la mayoría de territorios del centro y sur de la península, que el Barcelona es mayoritario en Catalunya y está muy presente en toda la periferia, mientras que son otros equipos los que dominan en Valencia, Sevilla, Zaragoza y la mayor parte del norte (sobre todo en Galicia, País Vasco y Navarra). Pero, ¿qué puede explicar esta distribución de aficionados? ¿Por qué en algunas provincias son tan fuertes los equipo locales mientras que en otras todo el mundo apoya a Real Madrid y Barcelona?

Pues bien, además del «factor norte», un elemento que parece ayudar a tener una afición local numerosa es contar con una gran ciudad en la provincia: con la excepción de Málaga, en todas las provincias donde se ubican las ciudades más pobladas domina siempre un equipo local (ocurre en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao y Zaragoza). No es extraño. Una gran ciudad sirve para coordinar aficionados en número suficiente y alimentar así un equipo competitivo, capaz de mantenerse en primera y hasta competir por títulos de vez en cuando. Un equipo, en definitiva, capaz de proporcionar emoción, ilusiones y espectáculo de primer nivel. Donde eso no es posible, o no ocurre, la gente elige seguir al Real Madrid o al FC Barcelona.

Tampoco cabe despreciar que un mayor sentimiento de pertenencia, de singularidad cultural o nacional, tenga su reflejo en las afinidades futbolísticas y acabe atado al balompié. La tierra pesa, pero parece que no pesa lo mismo en todas partes. Un tercer elemento, aunque seguramente menor, pueden ser los flujos migratorios:las provincias con más habitantes llegados de otras tendrán sus fidelidades más repartidas —quizás eso explica porque el Real Madrid y el Barça dominan Toledo y Lleida más incluso que las propias Madrid y Barcelona.

En todo esto hay, por supuesto, un efecto de retroalimentación y de «dependencia histórica» más que evidente: conforme un equipo tiene más aficionados —por la razón que sea—, consigue más recursos y construye equipos más competitivos, gana partidos, lucha por títulos y da más espectáculo, y de esa forma consigue reclutar más aficionados; aficionados que le servirán para conseguir más recursos nuevamente, y así sucesivamente. Esa realimentación nos aporta otro factor para explicar nuestro mapa: la antigüedad de los equipos. Si una ciudad tuvo pronto su primer equipo de fútbol, esos equipos pioneros tuvieron tiempo de crearse una afición antes de que los dos grandes dominasen, y ese impulso inicial pudo bastar para consolidarlos como equipos con una cierta base social y por tanto competitivos.

En definitiva, es posible elucubrar durante infinitos cafés y amontonar montañas de cascos de cerveza sin saber exactamente por qué las simpatías futbolísticas se han distribuido como lo han hecho. Por suerte es una cuestión que importa poco. Lo cierto es que una miríada de factores, unos obvios y otros inimaginables han interaccionado e interaccionan de forma incierta y presumiblemente complicada, pero el resultado es conocido: todas esas fuerzas agitadas, miles de personas inculcando equipo a sus hijos, niños en el colegio observando camisetas y balones de cuero, ojos emocionados que ven ganar a un equipo, o casi ganar, o perder y estar satisfechos… todas esos sucesos diminutos se amontonan y configuran un escenario conocido: los mapas que acabamos de dibujar.

 

Apéndice. Tabla con los datos principales desglosados (también pueden consultarse en el mapa interactivo al que ya nos hemos referido antes).

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De vacaciones por la España negra

Picturesque Andalusia, una imagen de Ronda en 1902. Fotografía: Underwood & Underwood / Library of Congress (DP).

Pero esta suciedad hay que perdonarla; vale más taparse la nariz y seguir adelante, porque gracias a la falta de cuidado se piensa poco en demoler, menos en modernizar y jamás en restaurar; todo tiene cierta poesía para el artista: torrecillas truncadas, losas gastadas, goznes torcidos, la vejez en todo reinando siempre. (Darío de Regoyos, 1899)

La imagen estereotipada que se tiene de nuestro país ha cambiado notablemente con los años. A grandes rasgos, podríamos decir que por un lado tenemos la percepción a la alemana, la que considera que somos unos vagos, que no damos un palo al agua, que no trabajamos. Y por otro a la británica, que entiende que estamos todo el día de fiesta. Guitarra, palmas. Cachondeo, cubata, chiringuito y chupaíta al cristal.

La réplica a la escuela alemana es bastante fácil. Solo hay que llevar al que piense así a uno de los lugares donde más se trabaja en España, por ejemplo a Andalucía, y poner al caballero a recoger aceitunas. Sencillo.

Y al pensamiento británico, qué sé yo. Es cierto que sirve para que los chavales de ese país que nos visitan se tiren por la ventana del hotel a la piscina, en plan de fiesta, y se queden tetrapléjicos. O para que una joven entre en una disco y, en plan de fiesta, a cambio de una copa se ponga en mitad de la pista a chupar la polla a los presentes que tengan los problemas sexuales más profundos y oscuros como para ofrecerse voluntarios.

Pues hombre, no es nuestra cultura. Es verdad. Había una tira de Ata en el TMEO hace años que contaba que un amigo del dibujante, cuando estaba en la disco a determinadas horas, solía romper a gritar «Gratis, gratis, quién le quiere chupar la polla a un borracho gratis». En España nunca se ofrecía nada a cambio, solo amor del bueno, al contrario que esa copa de los británicos. Pero no debemos ponernos tiquismiquis con el choque de civilizaciones. Para una vez que los ingleses salen de sus islas para denigrarse a sí mismos en lugar de a los aborígenes pertinentes ¿vamos a poner el grito en el cielo? Estamos hablando del milagro fiestero español. Un hito en la historia.

Pero vamos, todo esto sería sin hilar fino, repasando lo que hay con brocha gorda, porque lo que comentaremos en esta entrega de «Busco en la basura algo mejor» es que antes estos estereotipos no eran así; antes no éramos vagos y festivos. Ciento y pico años atrás nos veían como todo lo contrario, como amigos de la muerte, enamorados de la oscuridad. Para los europeos con estudios éramos un país tétrico y de gentes macabras. Algo similar al estereotipo del México profundo que ya huele en el cine, pero a lo decimonónico. Es decir, a lo bestia.

De ello da fe el libro que nos ocupa, España Negra, donde el pintor asturiano Darío de Regoyos describe sus viajes por España a finales del siglo XIX con un turista belga, el poeta Émile Verhaeren. Visto con la mentalidad actual, se trata de un excepcional folleto para ahuyentar el turismo de por vida.

No obstante, Verhaeren era un turista. Uno de muchos europeos de aquel tiempo, europeos extravagantes y modernos, que se consideraban «españolistas» en plan hipster. Como cita Pío Baroja en el prólogo de la obra:

Contaba Darío su vida en Bruselas con mucha gracia, y las aventuras de un amigo belga, españolista, que por su entusiasmo por España iba con la capa y guitarra por la calle y decidió dejar su nombre flamenco y llamarse desde entonces don Alonso Fernández de las Castradas…

Los tipos estaban enamorados de la peor versión de España. De la superstición, del fanatismo religioso, del subdesarrollo. Y sintiendo la llamada de la oscuridad, como Verhaeren, venían a recorrer nuestro país. Regoyos, en este caso, ejerció de cicerone.

Una familia gitana en Granada, 1901. Fotografía: Library of Congress (DP).

Baroja explica al principio que Regoyos no era un hombre convencional. Cuando se compraba un traje, cuenta, se tiraba al suelo y se movía frenéticamente, como con espasmos. Al cabo de un rato retorciéndose se levantaba y, con el traje arrugado, decía: ¡ahora sí está bien! Era porque consideraba que la ropa debía adaptarse a él y no al revés. Un shock para todos los que asistían al baile. Aunque ahora podríamos considerarlo como un precursor del chándal.

Además, también señala don Pío que el pintor tenía cierta inclinación a retratar al óleo cadáveres de personas y animales, pero reconocía, riendo como un loco, que se debía a sus épocas neurasténicas.

Era un elemento este pintor asturiano, sí, pero tenía la cabeza bien amueblada. En la primera página del diario de viajes ya empieza citando involuntariamente al Facebook y lo patéticos que somos todos hoy en día con la obsesión por el turismo.

¡Oh, notarios, dentistas, fabricantes de biberones o jeringas que forzosamente necesitáis descansar vuestras posaderas en asientos bien mullidos y tener los platos emperejilados! Ellos y los ferrocarriles han vulgarizado la pasión de los viajes. Ahora son estos lujos que se paga uno en cumplimiento de la promesa que se hizo a la mujer o a los niños si son buenos. Del delicioso sueño que antes era ir a la ventura en busca de lo desconocido se ha hecho hoy una distracción metódica, uniformada para libro de memorias.

Ellos prepararon su viaje por España en los peores carromatos y diligencias. Pensaban dormir al raso si fuese preciso. Todo por la autenticidad.

El trayecto por lo que obsesionaba al poeta belga, la España negra, empezaba en el País Vasco. Recorrieron sus aldeas «construidas como a bofetadas contra las laderas de la costa». Alucinaron con las viejas «que parecía que habían asistido a la agonía de Cristo». Se colaban en los funerales y escuchaban los cantos de los fieles, que duraban horas, como un mantra con un órgano desacompasado. En los campanarios de Guipuzcoa se tocaba a muerto, pero se daban también cinco campanadas en la agonía. ¿Es necesario? Se preguntaba el pintor. Eso solo podía ocurrir en un país amigo de la muerte, se lamentaba.

Vieron también alguna procesión y Regoyos admiraba la talla grosera y desproporcionada de las imágenes «expresión torpe, pero qué penetrante», puesto que en España entonces empezaban a entrar esculturas modernas francesas, «insípidas imágenes de confitería», se quejaba.

Después se fueron a ver una corrida de toros a cuyo término todos los asistentes se dirigían al bosque a continuar la fiesta presenciando bailes antiguos eúskaros.

Que las fiestas vascongadas tienen un carácter tétrico por mucha alegría que les quiera dar. La dominante negra en los trajes, la seriedad en los bailes y cantos, el paisaje y aquel cortejo de alcaldes y curas presenciando los bailes como un duelo.

El baile de los domingos, que se suponía más alegre, asombró aún más al belga. Las mujeres donostiarras bailaban sin hombres. Decía que eso causaría risa en Flandes. Regoyos le explicó que era peor la Semana Santa vasca. Ahí sí que se respiraba tristeza. El no creyente no tenía dónde meterse en esas fechas. En los bares cerraban el piano y encima de las mesas de billar se ponían los tacos formando una cruz con las bolas en los sitios donde le pusieron los clavos a Cristo. Aviso a navegantes para que a nadie le diera por jugar, por disfrutar de algo, en Semana Santa.

Tras asistir a una procesión en San Juan de Gaztelugatxe en la que las personas les parecieron hormigas, decidieron coger una diligencia en San Sebastián para ir hasta Pamplona. El viaje lo hicieron con un gitano que fascinó a Verhaeren. Era un sacamantecas, un muy bello oficio.

Antiguamente, en las corridas de toros los caballos no llevaban peto. En la suerte de varas, lo corriente era que el toro los destripase. El ruedo todo lleno de intestinos empanados en albero, eso era arte y no lo de ahora.

Una corrida de todos en Sevilla, 1902. Fotografía: Underwood & Underwood / Library of Congress (DP).

Después de la masacre, este gitano iba a sacarle la grasa a los caballos, un producto muy valioso. Y por eso viajaba de fiesta en fiesta. De hecho, al poeta y el pintor no les extrañó cuando se lo encontraron en primera línea de la plaza de toros de Pamplona gritándole a la presidencia: ¡más caballos! ¡más caballos!

Y mientras tanto, el turista encantado:

Creí que el belga se asustaría como la mayor parte de los extranjeros; pero, muy al contrario, se ponía loco de entusiasmo, diciendo que eso era lo hermoso de las corridas; aplaudía más a los picadores vencidos por el toro y al jamelgo ensartado, que a una buena pica quedando el caballo sano y salvo. Su placer era la parte cruel de la fiesta: la sangre y los caballos patas arriba.

Muy bonito de ver. Por eso, después de la corrida, se fueron a echarle un ojo a los caballos muertos en un descampado:

Los chicos daban patadas o tiraban de la cola a los muertos del montón por ver si se levantaba algún penco, cerciorarse bien si no había alguno vivo; otros apretaban las heridas para hacer salir la sangre.

—Cosas de chicos le dije.

Y Verhaeren añadía: Cosas de España.

Pasaron la noche con los gitanos. A su campamento acudían los soldados andaluces que estaban haciendo la mili en Navarra para bailar y cantar, «para hacerse más la ilusión de que estaban en su país». Sin embargo, el gitano sacamantecas cuando se puso a cantar coplas en el corro todas hablaban de la muerte.

También asistieron a los Sanfermines, y Regoyos explicó que los naturales iban cada año con el mismo entusiasmo. «Para esto se necesita únicamente ser pamplonés», le explicó a su amigo.

La siguiente visita fue al cementerio de Zaragoza y sus lápidas con azulejos «tóscamente coloreados». Desde allí, cogieron un tren para Sigüenza. El compañero de vagón era un ciego, Verhaeven apuntó que en ningún país los había visto «de tan hermosa tristeza».

Castilla le pareció al turista como otro planeta. Regoyos siguió ejerciendo de guía, le contó:

La diferencia de líneas entre la distinguida raza vasca y la castellana es tan grande hasta en los mendigos que sabría uno diferenciarlos desnudos. Una vieja vimos en la que se reflejaban las miserias del país seco, de cerros pelados; en su cara pajiza y descompuesta se veían los colores de aquellos desiertos y las huellas de la vida de sufrimientos en tan duro clima. Sus arrugas conservaban la misma contracción sin duda de muchos años como sujeta por un resorte de tanto guiñar los ojos, luchando contra la luz fuerte; ese visaje que queda fijo en la gente que vive al sol, envejeciéndola antes de tiempo.

(…)

Vivir en las ciudades castellanas de ruinas es vivir en lo muerto, aunque sea una ruina con cielo azul.

Un pueblo desvencijado cayéndose a pedazos, sentenciaron sin más sobre Sigüenza. Cuando veía a alguien a caballo se lo imaginaban fácilmente con casco y espada. Y al llegar a Madrid, pensaron que todo era lo mismo, pero en pueblo grande. Decidieronn volver a ir a los toros, pero encontraron que por las calles los chulapos publicitaban un evento mucho más interesante, un criminal iba a ser ajusticiado con el garrote. «¡A dos reales al patíbulo!», gritaban para vender butacas.

En la capital el belga alcanzó el éxtasis. Las funerarias, lejos de estar escondidas discretamente de la atención del público, exponían sus productos a la vista de todos. Fue el punto culminante de su viaje, una funeraria con escaparte. Desgraciadamente, no pudo entrar al «pudridero de reyes», en el monasterio del Escorial.

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Lavanderas en el Puente de Toledo de Madrid, 1908. Fotografía: Underwood & Underwood / Library of Congress (DP).

De vuelta a su país, Verhaeren escribió emocionado que era necesario llevar gafas de vidrio color rosa para ver España en tonos alegres. Apoyó el texto en una serie de coplas que robó a los soldados andaluces en Pamplona. Ahí van las tres más refrescantes de la recopilación:

Yo quisiera ser el nicho
donde te van a enterrar
para tenerte en mis brazos
toíta una eternidad.

En el carro de los muertos
la vi de lejos venir
llevaba una mano fuera
por eso la conocí.

En un cementerio entré
pisé un hueso y dio un quejío
no me aprietes con el pie
que soy tu madre, hijo mío.

Regoyos se quedó bastante contrariado con esta aventura. Vio al poeta partir más triste de lo que había llegado, pero feliz por estar triste, explicaba entusiasmado que a eso venía a España. El pintor asturiano esperaba que el sol del país le hubiese alegrado el espíritu, pero el belga dijo al partir: «Por lo mismo que es triste, España es hermosa».

No obstante, pasaron los días y Regoyos siguió pensando en su extraño amigo. En el porqué de su pasión por lo siniestro de España. Una procesión, esta vez en La Rioja, acabó con sus dudas. Un pintor riojano, Paternina, se lo reveló como un secreto. «Hay una cofradía de disciplinares que se azota cruelmente, hasta correr la sangre, hiriéndose la piel con vidrios rotos. En pleno siglo XIX , casi en el XX, sucede esto». Fue para allá porque le costaba creerlo.

Era la Semana Santa en San Vicente de la Sonsierra, cerca de Haro. Hay que añadir, echen un vistazo al Google, que esa aberrante costumbre aún se mantiene. Esta vez, en pleno siglo XXI. A Regoyos le costaba creer que la gente se azotase a sí misma, en un cuadro de Goya había visto que antaño cada disciplinante golpeaba a un compañero, pero aquí no era solo eso.

El llamado padrino, un viejo con cara de Nerón, termina aquel terrible castigo haciendo brotar la sangre agolpada en las doloridas espaldas amoratadas a fuerza de zurriagazos, con un instrumento que pone los pelos de punta, una bola del tamaño de las de billar, hecha de cera y que contiene unos pedazos grandes de vidrios rotos, salientes y cortantes. De esta bola llamada «esponja» me dieron un ejemplar, y la operación o sangría la llaman picar; así tan en crudo; lo mismo que en las plazas se pican toros, en aquel pueblo se pican los hombres.

Lo irónico del tema es que los hombres que pasaban por este tormento voluntario luego eran un buen partido para las mujeres y considerado un valiente entre los hombres. Le contaron que un gobernador mandó en una ocasión a la guardia civil para impedir que la gente se castigara de esa forma, pero no lograron nada, porque se fueron todos a su casa y allí encerrados se zurraron lo mismo, todavía con más ganas. «Desde entonces no insistió el señor gobernador en ser caritativo».

Regoyos descubrió que cada año repetían el juego cada vez más motivados. El castigo era adictivo. Y si alguien se ponía enfermo en invierno, la curiosa sabiduría popular del lugar lo achacaba a que no se había golpeado lo suficientemente fuerte.

Se disiparon todas sus dudas. Concluyó la obra en mayúsculas con un «ESPAÑA ES NEGRA». Y como publicó el libro tras el desastre del 98, añadió: «Y si el poeta nos visitara ahora, nos encontraría a todos más muertos».

Niños de la calle en Madrid en 1896. Fotografía: Alfred S. Campbell / Library of Congress (DP).


Librerías con encanto: El pequeño teatro de los libros (Zaragoza)

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“Nosotros buscábamos este local, teníamos claro que necesitábamos uno muy amplio para todas las actividades que queríamos desarrollar en torno a la librería. Buscamos en el centro… pero es que los precios eran prohibitivos. Así, que acabamos en este barrio: 50.000 habitantes y ninguna librería.”

Estamos con Carolina y Ciro, dueños y regentes de El Pequeño Teatro de los Libros, probablemente la experiencia de negocio más arriesgada de las que hemos tenido la suerte de visitar, “Un espacio diferente en la calle Silvestre Pérez 21, en el barrio de Las Fuentes de Zaragoza, a 15 minutos del centro”. La majestuosidad del local es por descontado su seña de identidad más inmediata; techos a una altura de cuatro metros y medio, un tragaluz enorme que proporciona luz natural; la descomunal mesa sobre la que se ha bailado, se han celebrado conciertos, presentaciones, tertulias; pesadas cortinas de terciopelo rojo presentando y arropando a los libros, genuinos protagonistas de todas y cada una de las funciones que allí se representan.

TeatroLibros 1

“Como nos movemos mucho viene gente de toda Zaragoza, no sólo de aquí del barrio”, explica Carolina.  Iba, en principio, a ser un Coffee Book. Al menos, lo intentaron: “La persona que nos atendió en el ayuntamiento cuando fuimos a tramitar la licencia no lo entendió: o librería o café”. Y se quedaron con la librería, claro.

Hace ya 5 años que abrieron. Cuando volvió ella de Escocia ―se fue al terminar magisterio; había también estado estudiando idiomas―, “enamorada de las librerías, sobre todo de las de Edimburgo, que es donde yo vivía, sitios en los parecía que iba a salir de pronto y de no se sabe dónde un duende, llenos de magia, muy acogedores, de los que invitan a la reflexión, a la compañía”, encontró trabajo en la librería Siglo XXI, donde ya estaba trabajando Ciro. Fue cuando comenzó su amistad, aun cuando se conocían desde niños. Él llevaba trabajando en el sector desde que acabara Biblioteconomía y Documentación, “se las sabe todas, conoce todos los aspectos de libro, tiene mucha experiencia”. Le contaba a Carolina sobre librerías en Barcelona muy diferentes a las que había en Zaragoza, lugares de encuentro, de intercambio. Y así nació el proyecto, hablando ambos de la librería que les gustaría tener, a la que les gustaría ir. Ciro comenzó a dibujarla en cualquier parte, incluso en servilletas que encontraba en lo bares; era así como hablaba de la que sería su librería: con dibujos, “aún están por ahí los bocetos, todos los muebles los diseñó él, se ponía a dibujar donde fuera”.

3Crearon entonces El pequeño teatro de los libros, un espacio con personalidad propia, un lugar capaz de atraer y generar contenidos sin que su ubicación, alejada de circuitos más obvios para este tipo de empresas, haya podido impedirlo. “Queremos conseguir que el ir a la librería sea algo tan cotidiano como el ir a por el pan o a por la leche para la gente de Las Fuentes”, continúa Carol, “que los chiquillos recuerden que iban al Cuentacuentos como algo tan normal como cuando les llevaban a hacer la compra”. Y es así como el barrio les ha acogido como su librería, les son fieles. Pasan por allí los abuelos, “quieren que sus nietos tengan lo que ellos no han podido tener y disfrutar. Vienen los sábados por la mañana: «¿Tenéis algo estar tarde para los niños?»”.  Lo cuenta muy satisfecha; le gusta y cree en lo que están haciendo; es una de esas personas tipo fuerza de la naturaleza. Lo que esta mujer no sea capaz de llevar a cabo es que es, sencillamente, irrealizable. “Tenemos también Cuentacuentos para adultos, recitales de poesía. Hay un mago que hace un espectáculo de magia con álbumes ilustrados al que tenemos que traer, claro que sí.”

Será Ciro quien en esta ocasión sea el encargado de recomendarnos un libro (de una editorial zaragozana muy interesante, Contraseña; lo dejamos aquí anotado), Por qué me comí a mi padre, “la prehistoria contada por los Monty Python, personajes actuales llevados a aquella época; te ríes muchísimo, está muy bien”.

Encajan ambos a la perfección; es pensando en esto como salimos por la puerta, tal cual si se tratara de uno de los puzzles que encargara hacer BartleboothGaspar Winckler: Carolina es una mujer de carácter, extrovertida, de raza; Ciro, por el contrario, es reflexivo, se toma su tiempo, espera a encontrar su hueco para hablar. “El librero es él, es el que realmente sabe de esto; lleva más de 15 años trabajando en librerías.” Se encontraron cuando y con quien tenían que encontrarse;  un engranaje perfecto.

Fotografía: Jesús Llaría


El mito de Duffy


Brian Duffy nació en Londres en 1933 y se dedicó a la fotografía, a la producción audiovisual y a la restauración de muebles. Estudió pintura en el St.Martin’s School of Arts de su ciudad natal y más tarde se formó en el diseño de moda. En los 50 consiguió su primer trabajo en el Sunday Times y una década después era el fotógrafo oficial de Vogue y viajaba capturando las mejores modelos y firmas de Nueva York y París. Murió en 2010, también en la capital inglesa. Brian Duffy es el hombre que cambió el rostro de la moda y la cultura británica, es el que “disparó a los 60”.

Acaba la primera retrospectiva en España sobre la obra del fotógrafo británico Brian Duffy. Alrededor de seis mil personas han visitado, en menos de tres meses, las más de cien fotografías originales que se exponían junto al documental de la BBC The Man Who Shot the 60s (2010) en el Centro de Historias de Zaragoza. Los rostros de John Lennon, Michael Caine, Sidney Poitier o Brigitte Bardot, inmortalizados por Duffy en los sesenta y setenta para ilustrar los reportajes de moda y publicidad más vanguardistas de Vogue, Elle o Harper’s Bazaar, vuelven a sus embalajes para viajar por varias ciudades europeas durante el 2013. Lo harán todas excepto la serie sobre David Bowie, donde se incluyen las fotografías que dieron lugar a la portada del álbum Aladdin Sane (1973). Estas irán directas al museo Victoria & Albert de Londres, donde en primavera dedicarán una muestra a repasar la obra, vestuario y objetos personales del artista.

La exposición “Duffy. Retrospectiva. Un recorrido visual a través de la fotografía de un genio” es un homenaje a los fotógrafos de moda que revolucionaron la forma de mirar a las celebrities. Es un trabajo en honor a El Trío Terrible o a La Oscura Trinidad, apodos con los que la crítica, los medios y otros artistas hablaban de Brian Duffy y de sus compañeros de profesión y mejores amigos David Baley y Terence Donovan. Los tres rompieron los moldes instalados en el género y prestaron atención al nuevo concepto de artista publicitario, aquel que percibía los gustos, deseos y hábitos de las masas, buscaba nuevos formatos, materiales y herramientas y luchaba contra la rutina del disparo. Tras despertar el interés de las principales cabeceras de moda, las imágenes del fotógrafo de la publicidad seguían siendo arte y, como tal, llevaban el sello del autor, tenían personalidad propia, la obra perduraba en el tiempo y permitía ponerla a la venta. Las imágenes de esta retrospectiva de Duffy rondan ahora los 250€ y pueden comprarse, entre otros lugares, en la galería Contemporánea.

Rostros (como los de la modelo Jean Shrimpton y el novelista William Burroughs), Moda (sus primeras fotografías para Vogue en 1957 y el trabajo de 20 años en Elle France) y Publicidad (las imágenes del Pirelli Calendar de 1973 o una campaña para la marca de vodka Smirnoff). Estas han sido tres de las cuatro secciones (la cuarta corresponde a Bowie) en las que se ha organizado la muestra, que conservará su estructura en las exposiciones del resto de países. El hijo de Brian Duffy, Chris, al frente de la fundación que gestiona el legado artístico del fotógrafo, asegura que todo lo que puede verse hoy en día de la obra de su padre “ha resucitado de las cenizas”. No es una frase hecha. En 1979, Brian Duffy sintió que no era capaz de hacer algo distinto y encendió un fuego en el jardín de su casa para quemar sus originales y negativos.

Lo que queda de su trabajo es esta retrospectiva, lo que se salvó de la hoguera de Duffy: hojas de contactos, algunas sesiones, reportajes, anuncios y cajas llenas de negativos recientemente restaurados. Después de destruir más de dos décadas de fotografías, El Terrible manifestó que se arrepentía de haberlo hecho. Sin embargo, este incidente generó, según su hijo, “una especie de fascinación alrededor de su figura”. Nació el mito de Duffy. El mito del fotógrafo-leyenda que capturó, con sus innumerables Olympus de 50mm y sus Polaroids (la 185 Land Camera o la SX-70), la escena del swingin London de los 60, momento en el que la capital británica se convertía en símbolo cultural y de la moda de todo el mundo. Es el mito, también, del artista cuyos retratos de estrellas del rock, actores, escritores, modelos y políticos cruzaban la línea de la captura de la realidad para convertirse en imagen clásica y producción de arte.

Precisamente, uno de los trabajos más admirados por el público son las David Bowie Series, que incluyen la portada del Aladdin Sane, uno de los discos favoritos del fotógrafo, también presentes en la retrospectiva. El rayo pintado en la cara del músico se convirtió en “una imagen que anticipaba la estética del punk”, asegura el comisario de la muestra, Martín Pareja. La cubierta del álbum celebra su 40 aniversario en 2013 y la fundación trabaja en “exposiciones que recorrerán el mundo entero”, asegura Chris Duffy. Duffy padre combinaba la moda con trabajos como este, realizados por encargo, y todo lo que pasaba por el diafragma de su Cambo de gran formato se convertía en estética. El artista era un explorador de la fotografía, un artesano y le obsesionaba que su trabajo estuviera rodeado de un creativo misterio.

Las top del momento, Twiggy, Joy Weston, Jennifer Hocking o Stone Paulene fueron fotografiadas por Duffy; y revistas como Vogue, Glamour y Esquire o los periódicos The Times o The Daily Telegraph publicaron sus editoriales. El artista rompía los cánones establecidos con poses inéditas y nuevos espacios, se acercaba a los retratados de forma documental y utilizaba el color como técnica publicitaria. Comenzaba a producir iconografía pop, atendiendo a lo cotidiano, a los detalles y a los objetos de la vida diaria. Así provocaba que los lazos espectador-consumidor se estrecharan cada vez más. La imagen cobró un protagonismo nunca visto, las fotografías de Duffy jugaban a escapar del hermetismo de la pintura de la posguerra y de los corsés abstractos del comienzo de la década de los cincuenta. El Pop se ocuparía de eliminar el sentido de trascendencia del arte y la iconografía haría caso de la sociedad de consumo y de los medios de masas. Nombres como Brian Duffy, Irving Penn, Richard Avedon, Andy Warhol, y mucho antes Adolf de Meyer o Martin Munkacsi, acercarían al gran público a las galerías de moda y a sus ídolos, a sus ‘heroes’ y a sus mitos.

 


Librerías con encanto: Cálamo (Zaragoza)

Todo el mundo del mundo del libro conoce a Paco Goyanes, el librero de Cálamo. Persona inquieta, incluso acelerada al hablar; está contigo y está también pensando, seguramente, en lo que te cuenta y en lo que ahora te va a contar, sin dejar de pensar por ello en los pendientes que va a tener que atender de aquí a nada. Qué ritmo lleva. Es tal vez así como se explique toda la actividad que se desarrolla en torno a Cálamo, su presencia destacada en Ferias, el listado de premios que les han dado (1) o la cantidad de eventos que organiza. Y el comentario, el “todo el mundo del mundo del libro conoce a Paco Goyanes” de  José Antonio Ruiz de la Torre en la  Librería Luces de Málaga

Paco se hace librero hace ya casi treinta años, “por los libros” (…) “Ahora estoy leyendo La ciudad y la historia de Lewis Mumford, editado por Pepitas de calabaza, una pequeña editorial de Logroño, que publica mucho libro político y literatura también de calidad, mucho libro ácrata; y esto es un libro de historia del urbanismo, o de historia cultural de la ciudad, mejor. Magnífico. Lo que está haciendo este chaval, esta pequeña editorial, es admirable, un catálogo extraordinario. Afortunadamente, además, cada vez tiene mayor presencia”. “También me gusta muchísimo este libro, Amexica. Guerra en la frontera, me parece una pasada, de Ed Vulliamy, un periodista de investigación clásico, creo que de origen inglés, que aquí lo que hace es recorrer toda la frontera, la línea caliente del narcotráfico; el libro es estremecedor; te enseña mucho”

Le hace especial ilusión el que la Feria Internacional del Libro haya contado este año también con ellos para organizar el encuentro Otra Mirada, “es un puntazo, porque es una librería muy pequeña, un evento de esas características, que ya el año pasado fue un éxito, acudieron cerca de 130 profesionales de todo el mundo, lo hicimos aquí en Zaragoza, estuvo muy bien” La Feria de Frankfurt les encargó, a resultas de aquello, montar una exposición sobre lo que había sido el encuentro y lo hicieron el año pasado, “era la primera vez en más de 100 años que la Feria encargaba a una librería un proyecto así, a una librería independiente, no había pasado nunca, que montara una exposición… fue la primera, y además una librería no alemana, que se ocupaba de un proyecto de estas características” (Se ríe, “son pequeñas medallas que se pone uno, que te quedan ahí, las contaré cuando sea abuelete…”)

Es inevitable preguntar a Paco por la crisis. Dejamos que nos lo cuente: “por una parte han desaparecido las ventas a instituciones  (bibliotecas y demás); de otra, también están desapareciendo las ayudas a la edición, ya no queda casi nada; el mercado se contrae por la evidente mala situación económica de todo el mundo. Así, que todas las librerías hemos bajado en ventas, es una situación muy difícil: ni nos compran las instituciones ni nos compra la gente, lógicamente tienen menos dinero (…) Seguramente muchas editoriales van a tener que cerrar, pero sí es cierto que somos un sector resistente por naturaleza. Recuerdo mis primeros años, hace ya casi treinta, ese aguantar aguantar es algo que yo no se lo deseo a nadie; una persona con dos dedos de frente no lo hubiera hecho”.

Tenemos entonces que acabar así hoy: libreros y editoriales independientes apostando por un tipo de negocio muy determinado, ciertamente apreciado por aquellos a quienes los libros nos gustan y nos aportan tanto.

Podríais apagar ahora el ordenador. Id a las librerías. Dejad que os cuenten qué se está editando y cómo, qué libro se está leyendo el librero, cuál le han recomendado.  Vamos a ayudarles a sobrevivir, a seguir ahí después de todo. Digo, si se puede pedir.

 Fotografía: Jesús Llaría

Notas:

(1) 1989. Premio a la mejor labor cultural organizada por librerías, concedido por CEGAL y Ministerio de Cultura.
2001. Premio Librero Cultural (Cegal y Ministerio de Cultura).
2005. Premio Búho de la Asociación Aragonesa de Amigos del Libro.
2006. Ponente en el V Foro Internacional de Editores celebrado en Guadalajara (México), por invitación de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
2007. Ponente en el XX Congreso de Libreros celebrado en Alcalá de Henares.
2007. Ponente en el XXIII Encuentro sobre la Edición de la Universidad Menéndez Pelayo.
2009. Miembro del Jurado del Premio de Novela de la Fundación Lara.
2009. Ponente invitado a la Conferencia Editorial 2009 organizada por Opción Libros, organismo dependiente de la Dirección de Industrias Creativas y Comercio Exterior del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

 


Arquitectura milagrosa

Arquitectura milagrosa. Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim
Llàtzer Moix
Editorial Anagrama, 2010

Museo Guggenheim de Bilbao solo hay uno (aunque no lo parezca), pero en los últimos 15 años, que son los que lleva abierto el edificio de Frank Gehry, numerosas ciudades españolas quisieron clonar el modelo: crear una gran obra arquitectónica como emblema urbano que atrajera masas de turistas. Había dinero, había trabajo y había políticos con ganas de tener su propio Guggenheim a toda costa. Y para ello, entregaron el dinero de las arcas públicas a arquitectos estrella, una práctica con tantas garantías de éxito como dar dos pistolas a un chimpancé. Aunque depende de lo que cada cual considere éxito, claro está. Este es el punto de partida del libro (el efecto Guggenheim, no los simios armados), en el que se hace un recorrido por la burbuja de arquitectura singular que asoló la geografía española, con inevitables paradas en Valencia (Ciudad de las Artes y las Ciencias), Santiago de Compostela (Ciudad de la Cultura), Barcelona (Fórum), Zaragoza (Expo 2008), etc. en donde los nombres de Herzog & De Meuron, Peter Eisenman, Zaha Hadid o Jean Nouvel se utilizaron de escaparate (tanto o más llamativo que la propia obra construida) internacional.

Es bastante curioso el caso del museo de Gehry. Era un edificio que muy pocos querían, tanto por el enorme desembolso que supuso (cuando Bilbao tenía otras necesidades en apariencia más prioritarias) como porque muchos pensaban que no era buena idea la construcción de un contenedor de arte en el que iba a primar lo de fuera y donde además no se tenía el control (ni la propiedad) sobre las colecciones que se iban a exponer. Pero la transformación de Bilbao estaba lanzada además del Guggenheim, como nos dijo su alcalde Iñaki Azkuna, desde un red de metro con estaciones diseñadas por Norman Foster, junto con otras edificaciones singulares (el Palacio Euskalduna, la rehabilitación del Museo de Bellas Artes, la Alhóndiga…) pero sin dejar de lado la importante regeneración ambiental del entorno del Nervión, por aquel entonces conocido cariñosamente por algunos como Río Chocolate, por la textura, que no el olor. Este fue un detalle que se escapó voluntaria o involuntariamente a los políticos que intentaron repetir en sus dominios el efecto Guggenheim: no fue solo el edificio, la ciudad tenía claro hacia dónde quería ir; no plantaron una coliflor metálica pegada a la ría y les sonó la flauta por casualidad.

Ya han pasado un par de años desde la publicación de Arquitectura milagrosa, pero su vigencia es total a día de hoy como prueba documental sobre la desgracia que es tener en el poder a políticos inconscientes, envidiosos, cortoplacistas y esclavos de las apariencias y del qué dirán (y que, desgraciadamente, son un reflejo de la sociedad que les vota). Aunque también se repasan iniciativas privadas como por ejemplo la euforia constructiva de los bodegueros o el Cuatro Torres Business Area de Madrid, se tratan de eso mismo: iniciativas privadas, allá ellos con sus gastos. Lo que resulta realmente vergonzoso es utilizar dinero público para medrar. Y eso es lo que nos cuenta Moix a través de las crónicas de sus visitas a varias ciudades y entrevistas a distintos protagonistas, con un lenguaje claro alejado de tecnicismos arquitectónicos que por lo general son disuasorios para muchos lectores.

Especialmente llamativos son los trapos sucios que esconden opacos concursos públicos que son capaces de otorgar el primer premio a un edificio de planta cuadrada y, cuando se construye, resulta que este es triangular. No hace falta saber mucho de geometría para entender que algo no encaja. O en otros casos, en los que el pliego del concurso podía llegar a ser tan restrictivo en el acceso de los participantes como sugerir que los concursantes debían haber ganado el Pritzker, el galardón más reconocido en el mundo de la arquitectura. Para hacernos una idea, es como si en los Oscars solo se permitiera concursar a películas que estuvieran dirigidas por ganadores del premio de la Academia. Todo por tener una firma de prestigio. Y esa exclusividad se pagaba a un precio muy alto, aunque daba lugar a divertidas situaciones fruto de la excentricidad de las supervedettes de la arquitectura; sin poner nombres, cito algunos casos que se recogen en el libro: en cierta obra, la mayor discusión se produjo a raíz de la desaparición del casco negro del arquitecto, un objeto imprescindible para el desarrollo de los trabajos porque hacía juego con su habitual indumentaria de luto. En otra ocasión, a otra estrella se le adjudicó un concurso, redactó el proyecto y dirigió la construcción, pero en todo ese tiempo solo pisó tres veces la ciudad donde se ubicaba la obra. Y por último, otro arquitecto tuvo que ser preguntado si en el precio de una maqueta había incluido por error un cero de más…

… bueno, este último caso creo que es bastante fácil de adivinar. Los otros tendrán que descubrirlos, junto a un montón de situaciones absurdas que podrían ser tomadas a risa si no fuera porque estos gags nos han costado miles de millones de euros.