Historias del narcofútbol

Complejo de la Maré, Río de Janeiro, 2014. Fotografía: Ricardo Moraes / Cordon.

Hoy todo parece ser narco. De la fascinación por los mundos prohibidos del crimen organizado nacen, crecen y se multiplican libros, series y películas que retratan, básicamente, historia contemporánea. Más que una apócope, narco ya es un prefijo. Y si hay narcotráfico, narcoguerra, narcoestado, narcocultura, ¿cómo no iba a haber narcofútbol? Desde hace mucho el deporte más popular del mundo atrae a la cara B del capitalismo como pantalla para oscuras actividades, y desde ese ámbito se repiten los casos de traficantes metidos a empresarios futbolísticos o negociantes que se arriman al dinero sucio de quien lo quiere limpiar. Y ahí encontramos a Latinoamérica, génesis —en el sentido más ancho de la palabra— del narcotráfico, patria pionera de los negociados del fútbol moderno y, por encima de todo, paraíso de la pasión y el folclore que arrastra el deporte. En ese apetitoso cóctel, cada país ha seguido su idiosincrasia, como veremos en cinco fogonazos en ciudades donde la droga ligó con el fútbol, sin un patrón fijo, pero con un denominador común. En las favelas de Río, la Argentina y el México de hoy o la Colombia de los ochenta, penetra por las rendijas invisibles de la sociedad y en el fútbol se fortalece por su factor emocional, en una escena que ya conocemos: mientras el narco opera, millones de personas miran para otro lado con tal de que sus equipos ganen o simplemente su existencia mejore con solo ver un balón rodar.

1 Medellín: Las pachangas de La Catedral

Imagen: Relajaelcoco.

«Bueno, muchachos, aquí los partidos duran tres o cuatro horas, y sin descanso», dice Pablo Escobar sobre la cancha. «Solo hay dos cambios y si se empata, se define por penaltis», añade. Así lo cuenta su hermano Roberto en su libro biográfico, publicado lustros antes de que el Patrón se convirtiese en producto de entretenimiento transnacional. Cabe guardar cierta reserva sobre la exactitud de los diálogos, pero la narración sobre uno de los partidos que se jugaban en la prisión de La Catedral en 1991 es deliciosa: «En los primeros cincuenta minutos nos metieron tres goles. A la hora y media el partido ya estaba empatado. Tréllez nos metió el cuarto y Leonel el quinto. Faltando una media hora para terminar, empatamos. Mi hermano se hizo un golazo desde fuera de las 18» (yardas, desde fuera del área). Y así, con 5-5, se llegó al desempate: «Creo que aquí fue donde René nos ayudó, porque erró el penalti y se dejó meter el de mi hermano, que se lo envió fuerte al puro centro del arco. “Esto no lo ataja nadie”, dijo Pablo antes de tomar impulso». Como para discutirle.

Pongámonos en situación: del lado de «ellos», como dice Escobar, jugaban el portero (y amigo de la familia) René Higuita, encabezando una alineación de lujo del laureado Atlético Nacional: Leonel Álvarez (que, como René Higuita, enseguida recalaría en el Valladolid), el malogrado Andrés Escobar (sin relación con Pablo, y asesinado en circunstancias nunca aclaradas del todo después del Mundial 94, donde marcó el gol en propia meta que condenó a Colombia), Barrabás Gómez, Chonto Herrera y John Jairo Tréllez. Del otro lado, un all stars del cártel de Medellín: Pablo Escobar, diestro pero tirado a la izquierda, un extremo a pierna cambiada. Jugaba, regateaba, disparaba sin pensar, al modo del clásico gordito hábil de barrio. Detrás, una medular de quitar el hipo, formada por sus sicarios: Popeye, Angelito, Misil y Mugre. Formaba en la defensa el propio Roberto «Osito» Escobar, por delante de un portero de garantías: era uno de los guardias de La Catedral.

Aunque lo parezca por el nombre, La Catedral no era Wembley, tampoco San Mamés. Y aunque oficialmente fuese una prisión, en realidad era más bien una finca con alambrado en derredor, una cárcel de cartón piedra adonde se hizo llevar Pablo Escobar junto a su gente en 1991, cuando consiguió garantizar que no se le extraditara a Estados Unidos, y en el momento en que se multiplicaban los frentes de sus guerras (contra el cártel de Cali, contra el Estado y, como enseguida se comprobó, contra gente de su confianza). Así que siguió un plan por orden de importancia: compró un terreno, adecuó el recinto a sus necesidades —suites en vez de celdas, lujos en vez de rejas, una Virgen de las Mercedes, un telescopio para controlar quién sabe qué— y, cuando tuvo todo eso, montó un campo de tierra y se puso a jugar al fútbol con estrellas.

Las pachangas eran la continuación lógica de una vida siempre relacionada con el deporte. En los años previos al estallido de la narcoguerra, cuando construía e inauguraba a bombo y platillo canchas en los barrios carentes de Medellín; en el cénit de su imperio, con su decisiva influencia —o la de su dinero caliente— en el Atlético Nacional, construyendo un equipazo comandado por Pacho Maturana, con la columna vertebral Higuita-Escobar-Leonel Álvarez-Palomo Usuriaga, y que llegó a ganar la Copa Libertadores (equivalente a la Copa de Europa) en 1989, eso sí, con los rivales escoltados por tanques y sospechas de influencia sobre los árbitros. De hecho, ese año murió asesinado el colegiado Álvaro Ortega, crimen atribuido a sicarios de Escobar. El Patrón era un loquito del fútbol, pero entendía los colores con la rareza de un daltónico. Su mediático sicario Popeye lo llegó a equiparar a una sandía: «Pablo era verde fuera y rojo por dentro». Eso quiere decir que era hincha de Independiente de Medellín (de rojo) pero el club donde se metió de lleno fue Atlético Nacional (verde).

Y además de tocar el cielo con el fútbol de élite, al Patrón le quedaban sus pachangas. Las había jugado en la Hacienda Nápoles y las repetía, por qué no, en su cárcel privada. En una entrevista en 2012, el exjugador de Independiente Óscar Pareja contó su experiencia una tarde en La Catedral con el otro equipo de Medellín. Pareja aseguró que la gente del cártel los trató muy bien, pero en un lance el mismísimo Pablo Escobar le dijo al defensa Carlos Álvarez: «No me pegues patadas o te quedas aquí con nosotros». El alambre. La fina línea entre la tragedia y la comedia. El puro chiste que parece el fútbol en medio de la guerra si no se tienen en cuenta los muertos.

2 Cali: La lista Clinton apaga la Mechita

Imagen: Relajaelcoco.

A finales de noviembre de 2016, América de Cali, uno de los grandes clubs de Colombia, volvió a primera división tras cinco años. Los jugadores festejaron, la hinchada miró para arriba tratando de explicar cómo habían llegado hasta ahí.

Unos meses antes, en enero de 2016, una pancarta se desplegó en un estadio de Miami: «Muchas gracias, don Miguel Rodríguez», grandes letras negras sobre tela blanca. Don Miguel es Rodríguez Orejuela, uno de los hermanos responsables del cártel de Cali. Y el escenario y contendientes no podían ser más significativos: la Mechita, como se conoce al América, se enfrentaba a Nacional de Medellín en un estadio de Miami, en la misma Florida donde está encerrado desde hace once años el destinatario de la pancarta, que lanzaba un múltiple desafío: a Estados Unidos, incapaces de entender cómo alguien mandaba un mensaje de apoyo a un criminal confeso; a Colombia, atónita por una imagen tan explícita como una pesadilla rediviva; y al propio América, club controlado durante décadas por Orejuela. El Señor, como se le conoce, purga pena de treinta años junto a su hermano Gilberto tras haber confesado la importación a Estados Unidos de doscientas mil toneladas de cocaína entre 1990 y 2002, casi nada. Y eso sin tocar los blancos ochenta, cuando eran responsables, según estimaciones de la DEA, de traficar con el ochenta por ciento de la cocaína que llegaba a Estados Unidos. Fue justo cuando América de Cali se hizo grande: campeón colombiano cinco años consecutivos, entre 1982 y 1986, y jugó la final de la Copa Libertadores en tres ocasiones también consecutivas, entre el 85 y el 87. En los noventa llegarían otros tres torneos y en el nuevo siglo, aún otros cuatro.

Pero cuando al capo Orejuela le cayó la primera condena en Colombia, el América siguió la azarosa suerte de su mecenas: en 1996 —año en que llegó de nuevo, y la perdió, a la final de la Copa Libertadores— la Oficina de Control de Bienes Extranjeros de Estados Unidos incluyó al club en la llamada Lista Clinton, que inmoviliza bienes de entidades relacionadas con el narcotráfico, las castiga con embargos, congela cuentas y bloquea transacciones: una cárcel financiera para combatir el lavado de dinero. El castigo fue haciendo mella año a año en el club, especialmente cuando se quedó sin poder fichar y sin patrocinadores. Seguía en la élite, pero su futuro era negro. La realidad le dio el bofetón final en 2011, cuando el América se precipitó al descenso después de seis décadas en primera. En 2013, con el club limpio, Estados Unidos lo sacó de la lista Clinton, en un acto festivo, con embajador norteamericano incluido. Y solo ahora ascendió, de ahí las miradas al cielo y los festejos.

Pero cualquiera dirá: ¿y cómo es que no ganó la Libertadores teniendo dinero y poder de intimidación a su alcance? Una de dos, o se infravalora el fútbol o se sobreestima la mano humana en el deporte, por más que esta sea enorme y cruel. Quizás así se entienda que el hijo de Miguel Orejuela, William, que manejó el América durante muchos años, haya dicho que ya no le gusta el fútbol. Según dijo, ahora, tras pasar por las cárceles norteamericanas, es aficionado al fútbol americano.

3 Río de Janeiro: Maracaná en la favela

Imagen: Relajaelcoco.

Un sábado de noviembre de 2016 una fundación europea intentaba hacer un evento de formación deportiva infantil en el complejo de la Maré, uno de los más grandes y peligrosos de Río de Janeiro. Como en otras ocasiones, habían conseguido negociar con las bandas de narcotraficantes, con un vecino notable como mediador, para que durante unas horas cesasen los tiroteos entre facciones para poder desarrollar el acto. Como ocurre en otras favelas, en la lucha por un territorio un grupo se aposta en los tejados de una calle, el rival en los de enfrente, y se fríen a tiros. En la Maré esa línea de fuego, que llaman «Franja de Gaza», queda justo junto al campo de fútbol. Y ese día no se pudieron contener en la rutina de tiros durante horas, como pudimos comprobar in situ. Había sido una semana dura en Río, con quince muertos en varias operaciones policiales, incluido un helicóptero patrulla caído sobre Ciudad de Dios. Son escenas de una guerra que nunca se acaba, aunque lo parezca, y que ha marcado la cotidianeidad de las favelas, en la que se incluye el fútbol, unido a los barrios humildes mucho antes que la llegada del narcotráfico.

En Río, en Brasil, no existen cárteles como en otros países latinoamericanos, sino grupos atomizados que dominan territorios ejerciendo un poder paralelo al Estado, tan lejano, tan desconocido. Esos territorios se llaman favelas, y en algunas de ellas hoy la realidad se reduce a las frases tristemente redondas de algunos de sus habitantes: «Si preguntas a un adolescente de aquí lo que sueña ser, te dirá: futbolista, sambista o jefe del narcótrafico». Así se lo decía Anderson Nascimento a la periodista de Al Jazeera Flora Charner en 2014, que en un reportaje dejó al descubierto las flexibles y dolorosas distancias que hay dentro de la misma ciudad. Aquel año se jugó el Mundial de fútbol en el estadio Maracaná y se criticó que el precio de las entradas convirtiese el deporte más popular en una festichola de élite, fuera del alcance de gente como Anderson.

En la favela de Vila Aliança, a unos kilómetros de Maracaná, se disputaba durante aquel Mundial una liga de fútbol de barrio. En ella destacaba el equipo del jefe local del narcotráfico. Cuando jugaban, los partidos se convertían en un escenario de película surrealista: once contra once en un campo, y alrededor de él, niños descalzos y armas largas en el mismo metro cuadrado, cervezas y bolsas de drogas al lado, en las mismas mesas de plástico de bar, samba y funk en los bafles y carne en la parrilla. Cada vez que el equipo marcaba un gol, una ráfaga de tiros de fusil al aire desde el cobertizo frente al campo donde el jefe narco festejaba con sus amigos, un palco presidencial sui generis. Los hinchas del barrio, como si nada. El éxito del equipo de los meninos, al fin y al cabo, era el éxito del barrio, pues gracias a ellos, que organizaban todo, la liga cobraba fama en la región. No era casualidad, allí había dinero: los equipos, que vestían relucientes réplicas oficiales de clubs y selecciones, pagaban una inscripción de trescientos dólares más un extra para pagar a árbitros semiprofesionales. Y quien ganaba se llevaba un premio de quince mil dólares entre vítores del público. No era el Mundial, pero no hacía falta: tenían su Maracaná en casa.

4 Ciudad Juárez: El fútbol como bálsamo

Imagen: Relajaelcoco.

Desde hace años se suceden las noticias que vinculan al fútbol mexicano con el narcotráfico, con acusaciones a ciertos empresarios futbolísticos de tener línea directa con cárteles colombianos —en los primeros 2000 así lo probó la fiscalía colombiana— y con los centroamericanos —el salvadoreño cártel de Texis, proveedor de los Zetas, el Sinaloa y el Golfo, se infiltró en el fútbol a través de su líder, el Chepe Diablo, dueño del club Metapán—. Más recientemente la prensa mexicana reveló vinculaciones del cártel de Juárez con clubs europeos a través de intermediarios. Ante todo ello, la misma reacción cansina: ninguna sorpresa.

Por eso, en la pasividad habitual, nadie levantó una ceja cuando en plena eclosión de la violencia en Ciudad Juárez apareció un hombre muerto relacionado con el fútbol. Nadie salvo un periodista estadounidense, que se fijó en la muerte de un asistente técnico del equipo de la ciudad con peor fama de México. Era 2009 y morían tres mil personas al año en Juárez, golpeada por la violencia como ninguna desde la guerra al narco proclamada por Rafael Calderón tres años antes. Ese periodista, Robert Andrew Powell, escribió un libro —This Love Is Not for Cowards— que radiografía aquellos años a través del equipo de la ciudad, los Indios, que tuvieron su momento de efímero esplendor durante el trienio negro de Juárez, bajo el control de un empresario residente del otro lado de la frontera, en El Paso, Texas.

Según cuenta Powell, el estadio —cómo no, llamado Benito Juárez— era un oasis de color, pasión y cerveza al aire durante dos horas cada quince días, un bálsamo amnésico para olvidar la realidad circundante. Pero el empresario terminó dejando deudas, escurriendo el bulto y dejando a los Indios al borde de la desaparición. Terminó el idilio del fútbol en la ciudad de los feminicidios, de los cadáveres colgando de los puentes, justo cuando el delirio de sangre en Juárez empezaba a remitir. En 2011 fue desafiliado del fútbol profesional mexicano. Lo curioso es que cuatro años después, con la ciudad mucho más tranquila, la ilusión por el fútbol volvió a resurgir con otro nombre. Se fundó el Juárez FC, los Bravos, enseguida convertidos en animadores de la segunda división.

Ahora el Juárez (el estadio y el club) vuelve a dar alegrías y pasión y cerveza al aire, pero como en una maldición, la ciudad ha regresado a la violencia descarnada y el fútbol sirve de interludio quincenal para el partido real que se libra en las calles, con la guerra interminable entre el cártel de Sinaloa y el de Juárez, otra vez con asesinatos diarios y las tropas del ejército patrullando de nuevo. En el futuro inmediato emergen los retos que plantea la presidencia de Donald Trump, el control del narcotráfico y el nivel de violencia. Pero lo único que parece dar árnica a Juárez, la Santa Teresa de Bolaño, sigue siendo el fútbol.

5 Rosario: Los Monos son los amos

Imagen: Relajaelcoco.

A inicios de 2016, un hombre llamado Ramón Machuca, Monchi, era entrevistado en televisión luciendo una barba postiza de carnaval, gorra y gafas de sol. El periodista le preguntaba sobre la vinculación del narcotráfico con el fútbol de la ciudad de Rosario, y Monchi contestaba sin elevar la voz, dueño de la situación, pero bajo esa grotesca imagen porque era líder de los Monos, el mayor grupo narco de Argentina, y porque era prófugo de la justicia. «¿Tiene una parte de los derechos de Ángel Correa?». «No, que me traigan algo firmado y lo demuestren. Lo que pasa es que tengo una amistad de siempre con el pibe». El caso de Correa, hoy en el Atlético de Madrid, fue el aviso definitivo de que, hubiese o no hubiese conexión, el fútbol y el narco se acercaban para bailar peligrosamente en la tercera ciudad más grande de Argentina. Por si fuera poco, en esa entrevista Machuca también dijo que era amigo de Banega y de Matías Messi, hermano del jugador del Barcelona: «Es que Rosario es chico». Pero lo preocupante no son las amistades de la noche y la farándula, sino el poder generado en los últimos años a una escala mucho mayor.

Los Monos son un clan que suena conocido en las historias familiares de narcos, con una matriarca (la Cele) en el altar edípico de tres hermanos, uno de ellos de crianza (el propio Monchi, ya preso) y dos de sangre: Ariel, también en la cárcel, y Claudio, asesinado. La muerte de este último, apodado Pájaro, desató la mayor guerra narco en Rosario y ayudó a despertar a las autoridades cuando vieron el calado de su figura: en el estadio de Rosario Central apareció una pancarta recordándolo («Pájaro Cantero presente»), y el barrio La Granada amaneció con un grafiti gigante con su cara, justo encima de un campo de fútbol que él mandó construir para los pibes de la humilde barriada. Historia repetida. Con líderes narcos en las paredes, a la altura de Messi y el Che Guevara, Rosario asiste con una dinámica clásica al ascenso del narco (tolerancia, resignación, una mirada al reloj y así son nuestros tiempos, qué se le va a hacer) y su inoculación en cada estrato de la sociedad. Por supuesto, también en el fútbol.

Argentina está lejos de ser México o Colombia en cuanto a institucionalización de bandas criminales o violencia extrema, pero el caso de Rosario ha llamado la atención sobre lo fácil que es caer en una espiral de sangre (más de quinientos muertos en tres años, cifras desconocidas en el país) y lo sencillo que es conectar fútbol y narcotráfico. Según estimaciones de la prensa local, los Monos llegaron a generar medio millón de dólares al mes en sus «búnkeres», puntos de venta de drogas. De ahí que «montasen una estructura que incluía la compra de bienes registrables, inmuebles, vehículos y derechos económicos sobre jugadores de fútbol a nombres de terceros». Así lo explicó la Unidad de Investigación Financiera argentina, que demandó a los hermanos detenidos y a otras veinte personas. Hoy esperan aún la fase oral del juicio. Entre ellos está Francisco Lapiana, un autodenominado «cazatalentos» que puso en el mercado, sí, a Banega y Correa. Lapiana, según el juez, era el encargado de «incorporar al circuito legal el dinero de los Monos». Lo que llamamos lavar dinero, vaya, siguiendo la lógica de la rueda del narco, que necesita meter dinero en negocios de alto flujo de caja para disimular sus ganancias.

O sea: hola, fútbol; adiós, fútbol.


México en tránsito: la trágica realidad del periodismo y el narcotráfico

Miembros de la Fuerza Civil en Monterrey. Fotografía: Cordon Press.

El sábado 29 de junio, en el centro Diógenes de Barcelona, el proyecto Nuestra Aparente Rendición (NAR), fundado y coordinado por la escritora Lolita Bosch inauguró «México en tránsito», un ciclo de charlas que, en consonancia con el espíritu de NAR, quieren aprovechar la visita a España de cronistas, escritores, psicólogos, académicos, artistas, científicos, víctimas, activistas, que hoy estén trabajando —intelectual, práctica y artísticamente— por el conocimiento, la comprensión, el respeto y la paz en México, para convocar a la ciudadanía, y que sean estos representantes quienes expliquen cómo se encuentra el territorio mexicano y sus gentes cuando se cumple año y medio de la llegada al poder de Enrique Peña Nieto.

La encargada de inaugurar este ciclo fue la reportera Marcela Turati. La mexicana lleva mucho tiempo ocupándose de las víctimas de la violencia de la guerra del narcotráfico en su país. Su implicación, compromiso y activismo periodístico ha sido reconocido y premiado tanto en México como fuera. En 2013 recibió dos galardones fundamentales: el Premio WOLA (Washington Office on Latin America), por su actividad en pro de los derechos humanos y su trabajo periodístico sobre la guerra contra las drogas en México; y el Premio Louis M. Lyons, por la conciencia e integridad del periodismo, otorgado por la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard, en reconocimiento a su labor de cobertura periodística del narcotráfico y la formación de periodistas en México.

Turati junto con otra serie de periodistas especializados en asuntos sociales, políticos y de derechos humanos fundaron la Red de Periodistas de a Pie (www.periodistasdeapie.org.mx) hace ya siete años (no es casual la coincidencia con los años transcurridos de la llamada «guerra contra el narcotráfico» del presidente anterior Felipe Calderónque disparó la violencia en México). Se trata de un puñado de jóvenes y avezados periodistas mexicanos. Varios hombres y muchas mujeres que fundamentalmente quieren contar la violencia en México, la versión de las víctimas, registrar lo que sucede en los diversos territorios, informar, relatar: visibilizar.

Este grupo de periodistas decidieron hace ya tiempo empezar a «contar historias». Un buen ejemplo es el libro de crónicas Entre las cenizas (2012), sobre la gente que se organizó para resistir a la violencia y buscar justicia, y que puede encontrarse junto a vídeos y fotografías aquí . Decidieron acercarse a la ciudadanía; mostrarse como son: «gente de a pie». Y han conseguido cambiar el foco, el punto de mira en las noticias y ponerlo en sus compatriotas; darles voz a esos otros, a las víctimas; mostrar los restos del naufragio que trajo el narcotráfico. Lo contamos en Jot Down. Hay que concienciar a los mexicanos y al resto de América y de Europa de que todos los que murieron y mueren, desaparecieron y desaparecen en México «no andan o andaban en algo»; ni todos fueron ni son «bajas colaterales»; ni todo sucede «solo en el norte», como suele decir el Gobierno. Que no pueden normalizar la violencia. Que hay que reconocerla y afrontarla.

Peña Nieto ha robado el discurso a las víctimas

De esto habló Marcela Turati ese sábado en una conversación moderada por Lolita Bosch. Preguntas, comentarios y respuestas se sucedieron en dos horas intensas en las que Turati puso el acento en la lucha por la información. Comentó que la situación con el nuevo Gobierno de Peña Nieto no ha terminado con la violencia, ni mucho menos con el narcotráfico. Muchos reporteros como ella llevan años apostando por visibilizar la violencia y el dolor en México y el nuevo Gobierno quiere a toda costa que no se hable de las «cosas feas» que suceden allá. La corrupción que atraviesa México es, como explica John Gibler en México rebelde (2013:65), parte integral del sistema, sin que ningún organismo esté libre de ella. Marcela calificó esta etapa de un «periodo oscuro» porque el PRI le «ha robado el discurso a las víctimas». «Yo puedo pactar con el narco», esa fue la idea por la que mucha gente votó al PRI en las elecciones, subrayaba Lolita Boch.

Fotografía: Eneas De Troya (CC).

«México está resuelto, pacificamos Juárez», dicen los nuevos gobernantes; y Marcela comenta, bien, ¿esto es cierto? ¿a qué precio? ¿por qué continúan con la misma estrategia que generó tanto dolor? A la periodista le asusta qué sucede en lugares como Tamaulipas, Durango, Sonora de los que había pocas noticias. «No sabemos qué está pasando. Cuando ya no hay activistas, ni periodistas locales perdemos el pulso». Alejandro Almazán ganó este pasado 2013 el Premio Gabriel García Márquez con su crónica «Carta desde La Laguna» publicada en la revista Gatopardo, un trabajo que reconstruye la lucha entre los cárteles de la droga que operan en la región de Gómez Palacio, Torreón y Ciudad Lerdo, de los estados de Coahuila y Durango, conocida como La Laguna.

«Hemos promulgado la Ley General de Víctimas, tenemos una Unidad de Búsqueda de Desaparecidos y un Mecanismo de Protección a Defensores de Derechos Humanos y Periodistas», alega el nuevo Gobierno, y Turati sentencia: pero no están funcionando. «Estamos regulando los Grupos de Autodefensa Comunitarios y fomentando otros nuevos» (una policía popular que viene funcionando en algunas regiones del Golfo y Sur de México desde hace casi veinte años), dicen los mandatarios actuales, pero Marcela teme por los ciudadanos de estas poblaciones, que generaron una policía comunitaria con el ejército detrás. ¿Qué pasará cuando se marche el ejército de esos lugares? En esos territorios ha habido delaciones cuando entraron las autodefensas y hay quienes estarán aguardando su momento. La mexicana mencionó otros tipos de autodefensas indígenas surgidas para defender al pueblo en un proceso de renovación de Gobierno, como la del pueblo de Cherán, precisamente un caso que rara vez aparece en los grandes medios.

Pero… si todo está corrompido, ¿quién podrá ayudarme?

Se echó la vista atrás pero también se debatió sobre si hay un futuro digno para México. ¿Cómo nadie se dio cuenta de lo que estaba sucediendo? ¿Cómo se llegó hasta este extremo de violencia y crueldad? Cuestionaba el periodista catalán Pere Ortín. Muchos de los asistentes, mexicanos también y más o menos conocedores de la situación, comentaban que se habían acostumbrado a vivir con eso, que los narcos financiaban todo: la cultura, los hospitales… En los sesenta había «un narco bueno» por decirlo de algún modo. Y Turati confirmó que esta realidad se venía incubando desde hacía mucho tiempo, pero «cuando los políticos y el narco se fusionaron es cuando la violencia se disparó. Ahí se acabó lo de «los narcos buenos». Ciudad Juárez surgió como representación de la barbarie. Antes de que el Gobierno de Felipe Calderón (presidente de México entre 2006 y 2012) entrase a combatir el narcotráfico, había unos trescientos asesinatos al año en esta zona (¡que ya eran!, subrayó la periodista), pero cuando apareció el ejército alcanzaron los mil seiscientos asesinatos al año, y tres años después de la llegada y el afianzamiento militar, se superaban los tres mil cien asesinatos anuales. El cronista y escritor Sergio González, último premio de ensayo de Anagrama, narraba, en Los huesos del desierto (Anagrama, 2012), la perversa lógica mercantilista de la sistematizadas violaciones y matanzas de mujeres en Ciudad Juárez.

En Michoacán los narcos extorsionaban a la gente y se sabía pero no quedaba otra opción que pagar para sobrevivir. En Ciudad Mier, Tamaulipas, el pueblo entero huyó como pudo, porque estaban en medio de un fuego cruzado entre ejército y narcos. La directora de una cárcel de Durango dejaba salir a los narcos por la noche para que matasen e hiciesen sus negocios y los acogía por la mañana. Multitud de personas comenzaron a desaparecer en las carreteras de Tamaulipas. «Bajaban de los carros, de los autobuses de línea a varones de entre dieciséis y cuarenta y cinco años y los reclutaban para la guerra, o simplemente los mataban para que no se beneficiase el siguiente cártel, cuando salieran del territorio». «Asesinatos preventivos», esa era la lógica. En lugares como Coahuila, operaban los llamados «polizetas», policías en activo, que bajaban de sus coches a los migrantes y llamaban para venderlos como cualquier mercancía, como ganado, a uno de los grupos más poderosos y sanguinarios del narcotráfico en México, el cártel de los Zetas. Su recorrido «necropolítico» ha quedado retratado por el periodista Diego Osorno en el libro La Guerra de los Zetas (Grijalbo, 2012). Y existen pueblos enteros en los que solo se puede vivir si se trafica.

El narcolenguaje también da cuenta de la diversidad de homicidios: encobijados (envueltos en una manta), encuajelados (metidos en un maletero), encintados (asfixiados con cinta adhesiva), decapitados… Negocio para las funerarias que seguramente renieguen cuando se abusa de los «levantados»: aquellos secuestrados, desaparecidos, o de «los cocinados», de los que no se encuentran ni restos porque han sido derretidos en ácido.

De la guerra por el control de las drogas se ha pasado a una guerra por el control de las rutas, apuntaba Lolita Bosch. Los cárteles se dieron cuenta de que, además de traficar con drogas, podían hacerlo con mujeres, con migrantes, con armas… Y ahí se rompió la baraja. ¿Por qué constreñirse si son los amos y señores de un territorio y nadie les frena? Sergio González, en Campo de Guerra (Premio Anagrama 2014), habla de esta violencia cancerígena que padece México y de la corrupción que se ha instalado en todos los ámbitos.

El narco se internacionalizó hace décadas. El investigador Edgardo Buscaglia en Vacíos de poder (Debate, 2013) se refiere al colapso de las instituciones y espacios ocupados por el crimen organizado, es decir, aquellas tareas que el Gobierno mexicano ya no puede hacer y que son realizadas por los narcotraficantes. Recoge la ampliación de mercados del crimen organizado mexicano, que desde luego tienen sede en Estados Unidos, pero resalta también las conexiones de los cárteles en toda América y su vinculación con Europa, en concreto, con la ‘Ndrangheta, la mafia más poderosa de Italia. La periodista mexicana Cecilia González, tras arduas investigaciones en Buenos Aires, ha puesto en evidencia en Narcosur (Marea Editorial, 2013) la penetración del narcotráfico mexicano en la Argentina.

¿Hay esperanza? ¿Hay futuro? Si todo está corrompido y manipulado, ¿quién puede ayudar? En el largo debate de Barcelona se pensó y repensó sin encontrar una respuesta medianamente alentadora. Esa es la verdad. Finalmente se concluyó que la única salida está en la ciudadanía; en las redes de ayuda; en las acciones grandes o pequeñas que van creando una cadena de rechazo a la violencia. Una sintonía de ciudadanos actuando como células sanadoras que se expanden y propagan, aplacan y cauterizan la herida de una sociedad sangrante. El cambio solamente puede venir del ciudadano. También Lolita Bosch habló de que esta es una cuestión geopolítica y que la solución debe pasar también por Estados Unidos.

Armas confiscadas en un almacén policial de México D. F. Fotografía: Cordon Press.

Aunque es difícil pensar en un «basta ya» colectivo, sí es posible dar con pequeñas historias de resistencia, de valor y de entrega que están modificando el panorama. Acciones como las que recoge el citado volumen de crónicas Entre las cenizas. Hazañas cotidianas como las que llevan adelante «Las Patronas» en la «ruta de la muerte», la que recorre «La Bestia», el tren que lleva a los migrantes (si llegan vivos) rumbo a Estados Unidos. Estas mujeres suministran agua y alimentos a todos estos centroamericanos en su camino hacia no se sabe dónde. El cronista Alberto Nájar lo cuenta. O como la resistencia cibernética de colectivos o ciudadanos individuales que desde las redes sociales han surgido para informar por Twitter sobre las rutas de seguridad. Lo retrata Vanessa Job. Y otros que a lo largo del territorio han rescatado a los muertos del anonimato y los han mostrado para hacer un duelo colectivo. O como los hombres y mujeres que, con sus terapias alternativas, lograron suavizar parte del dolor de las víctimas, como nos cuenta el periodista Luis Guillermo Hernández.

Pero queda mucho camino por recorrer. Porque hay rabia y hay recelo, además de mucho miedo. Turati contaba cómo lectores escudados en el anonimato de internet la insultaban en los comentarios a las noticias en las que trataba de explicar que el dolor y el miedo es compartido; que los niños huérfanos por la violencia son tanto hijos de narcos como de policías como de un ciudadano común; que cuando se hacen talleres de duelo con estos niños lo de menos es de dónde vienen, sino cómo sanar el dolor. Presentar los dos puntos de vista pasa factura y no se admite fácilmente. Supone un gran esfuerzo mostrar la complejidad de una realidad que no se resume a «buenos» y «malos».

La lucha por la información

El papel de los grandes medios en toda esta guerra ha sido poco comprometido y muchas veces en connivencia con unos gobiernos que han preferido silenciar el problema o maquillarlo. Al principio los medios publicaban una figura diaria llamada «ejecutómetro», que registraba el recuento de los muertos del día. La cobertura era muy superficial, anecdótica y centrada en cifras y números. Se consideraba el narcotráfico una lacra social y la violencia extrema que generaba se cubría como cualquier otro «acontecimiento extraordinario», señala el periodista Álvaro Sierra en Cobertura del narcotráfico y crimen organizado en Latinoamérica y el Caribe (Knight Center for Journalism in the Américas, University of Texas at Austin, 2013). Es decir, con la misma óptica que se cuenta un desastre de la naturaleza, un huracán, un tornado. Las noticias versaban sobre los asesinatos, bombas, decapitados y, cuando estas muertes individuales se naturalizaban, se pasaba a registrar los asesinatos colectivos. Y cuando estos también se hacían cotidianos para los lectores y la sociedad, entonces solo se abrían paso en las portadas de los diarios aquellas muertes más truculentas y salvajes, en una suerte de carrera hacia el exceso, mientras la pura cantidad, los números se acumulan sin identidad. Este tipo de cobertura periodística, además de tendenciosa y sesgada, deshumaniza a las víctimas, refuerza los clichés y simplifica la realidad. Los medios de comunicación se convierten así en espacios de publicidad para el narcotráfico y perpetúan estereotipos del fenómeno.

Reporteros como Anabel Hernández, Ricardo Ravelo, Alejandro Almazán, Diego Osorno, Daniela Rea, Luis Guillermo Hernández, Lydiette Carrión, Vanessa Job, Daniela Pastrana, John Gibler, Alberto Nájar, Daniel de la Fuente, Humberto Padgett, entre otros muchos, como la propia Marcela Turati, decidieron abordar en profundidad y con rigor la guerra del narcotráfico. Apostaron por dar visibilidad a las historias ocultas detrás de la violencia. Ponerle rostro a las cifras y cara a los muertos. Meterse en las zonas conflictivas, escuchar a los periodistas locales que se juegan la vida y a sus gentes. Porque todos tenían y tienen datos. Todos pueden relatar historias horribles. Algunos periodistas se vieron convertidos en reporteros de guerra de la noche a la mañana. En su propia casa. La resistencia de estos periodistas pasa por que no se silencie la información.

Marcela Turati también comentó que en todo este proceso ha sido vital el contacto y el aprendizaje con los colegas de otros lugares. Reporteros y cronistas curtidos en lidiar con la violencia y la corrupción. Periodistas de Centroamérica, como Óscar Martínez, que ha realizado ocho veces la ruta de «La Bestia». El trabajo de revistas como El Faro en El Salvador ha sido fundamental. Han compartido aprendizajes con cronistas colombianos en temas como cómo escribir sobre el dolor; cómo atender y escuchar a las víctimas. Cronistas como la colombiana Patricia Nieto, con libros como Llanto en el paraíso (Editorial de la Universidad de Antioquia, 2008) o Los escogidos (Editorial Sílabas de Tinta, 2013), muestran excelentes modelos para aprender a cubrir el dolor y narrar con honestidad y compasión. Un oficio que va mucho más allá de la empatía y que está fuera del alcance de los cínicos.

También se han servido de la experiencia de los corresponsales de EE. UU. que envían a cubrir la frontera. Los pocos periodistas texanos que se ocupan de juicios a los Zetas. Y, por supuesto, una ayuda clave ha sido la de contar con los ojos y la voces de los periodistas locales mexicanos. Entre todos se han creado redes en un intento de que la información se transmita, se conozca. En casos extremos da igual quién la firme, el caso es que se publique fuera y dentro del territorio mexicano.

Fotografía: Thomassin Mickaël (CC).

Conocedores de las arenas movedizas en las que transitan, estos periodistas están aprendiendo a generar protocolos de actuación; a elaborar su propia metodología para poder seguir investigando, denunciando y publicando. Porque saben que el narco tiene sus métodos de funcionamiento, de periodos, de lugares. Los narcos tienen hasta sus propios gabinetes de comunicación y, por supuesto, sus censores. Y gozan de la complicidad del Gobierno. En concreto, los cárteles que surgen de desertores del ejército tienen un férreo control sobre la prensa. Deciden qué se publica y qué no. La voz de los periodistas está secuestrada pero la realidad es tan complicada que en ocasiones el profesional no sabe ni cómo evitar problemas. Un cártel te dice que no publiques una fotografía o una noticia. Otro cártel te dice que sí la publiques, y el ejército que ocultes algunos datos. ¿A quién se atiende? Es otro fuego cruzado. «Un narco se retira de una zona, no huye», le amenazaban a un periodista que había contado en una noticia la salida de unos narcotraficantes de un territorio empleando el verbo «huir», comentaba Turati.

Los periodistas que cubren esta violencia se ven obligados a generar fórmulas para encriptar la información para poder sacarla fuera y que se publique. Y para ello es imprescindible, sin duda alguna, tener al periodista protegido. Los periodistas son víctimas también de esta guerra y han tenido que asumir papeles en defensa de la libertad de expresión que van más allá del ejercicio mismo de su profesión. «Activistas» les llaman porque «periodistas comprometidos» suena a poco si se tiene en cuenta su labor. No se tienen cifras exactas pero Guillermo Santórum, en su estudio Un atentado contra la libertad de expresión: treinta años de asesinatos y desapariciones de periodistas en México (2013), cuenta veintiún periodistas desaparecidos y ciento veintiocho asesinados desde 2000 a inicios de 2013. Los riesgos de investigar el narcotráfico en México son evidentes. Se hace vital organizar mecanismos y redes de protección para los periodistas. Y en esto tiene puesta el alma la Red de Periodistas de a Pie en la actualidad. Que los periodistas se protejan física y psicológicamente en red. Generar cursos de lo que se vaya necesitando, como el autocuidado emocional porque muchos de ellos están devastados, agotados, de ver, de padecer y de escuchar el dolor. «¿Sigo siendo periodista si lloro?», le preguntaba a Marcela una periodista en uno de los talleres que organizó para explorar cómo sobrellevar el dolor y seguir haciendo un buen trabajo. Y pensaba Turati, según declaraba en su discurso al recibir el Premio de Derechos Humanos WOLA 2013, en Washington, DC:

¿Quién no lloró en esa caravana del dolor que cruzó el país y donde cada kilómetro aparecían decenas de almas mutiladas que habían tenido que callar que les habían matado a sus hijos? ¿Cómo no estremecerse al ver cada 10 de mayo la avenida Reforma llena de madres que no tienen que portar el pañuelo blanco de las madres de Plaza de Mayo en la cabeza porque las reconocemos bien y sabemos que sus hijos fueron desaparecidos y no están para festejarlas? ¿Qué debemos sentir cuando te llaman para agradecerte que en una línea de tu reportaje mencionaste el nombre del hijo desaparecido entre los más de veintiséis mil registrados solo los últimos seis años, o el de un asesinado entre los setenta mil en ese lapso?

Quien ha sido testigo de tanto horror, quien ha tocado algo de ese dolor, quien sacude entre las cenizas hasta dar con los sobrevivientes de esta violencia difícilmente vuelve a ser un alma en paz. La conciencia nunca deja de punzar. Ya no puedes borrar lo vivido .

Muchos de estos talleres están pensados para sacar también a los periodistas de dinámicas y espacios que terminan por aislarlos y que poco o nada favorecen a la regeneración que necesitan para asistir de nuevo a la realidad que cubren. Porque las confesiones no siempre tienen que ser en los bares. Muchos han cambiado. Algunos se sienten culpables, otros tienen mucha ira, algunos se refugian en el alcohol y es en este contexto donde también muchos pierden las formas y se vuelven desafiantes y temerarios tras tanta violencia y sinrazón acumulada.

Por suerte, hay muchos periodistas comprometidos, muchos «activistas». Empieza también a haber un relevo para cubrir esta información. No es un recorrido corto, es de largo alcance, pero Marcela Turati se siente reconfortada cuando ve que cuando ella ha necesitado parar y tomar aire otros están ahí para tomar el testimonio, sacar la información. En la actualidad, con el Gobierno de Peña Nieto, el ambiente está enrarecido, sentenciaba, pero hay que terminar de salir de la confusión y pasar a comprender la complejidad para continuar contando lo que sucede. Tratar de pasar a un periodismo que comience a encontrar las lógicas al conflicto, las causas profundas, los beneficiados de la violencia e ir armando un mapa para, en un futuro, lograr desactivarla.

Fotografía: Sari Dennise (CC).