Cuando un gol no es un gol

Geoff Hurst chuta para marcar el tercer gol de Inglaterra en la final de la Copa Mundial de Fútbol de 1966 entre Inglaterra y Alemania Federal. 

Víctor Muñoz saca un córner algo largo, al segundo palo, buscando la cabeza de Maceda en lo que parece una jugada ensayada en los entrenamientos. Hace poco que empezó la segunda parte del primer partido de España en el Mundial de México 86 y el resultado ante Brasil, la aún temida Brasil de Sócrates, Careca, Zico o Falcao, sigue siendo un meritorio 0-0, demostrando la fortaleza de la vigente subcampeona de Europa con Miguel Muñoz en el banquillo.

Maceda, algo forzado, cabecea como puede hacia atrás, a la frontal del área. El balón cae sobre el pecho de Míchel, que consigue controlarlo para que bote justo delante de su pierna derecha y, antes de que lleguen los dos defensas brasileños, casi como en un capítulo de Campeones, suelta una volea brutal que vence al portero, golpea en la parte interior del travesaño y cae sobre la línea, saliendo disparado hacia fuera. Sinceramente, no hay manera de saber si ha sido gol o no. Los propios jugadores españoles se muestran tímidos en sus protestas hasta que Maceda decide que esto no puede quedar así y que al menos hay que meter presión al árbitro, convencerle de su error… a ver si en la siguiente se lo piensa dos veces antes de pitar en tu contra.

La jugada sigue y acaba en otro saque de esquina. Minutos después, en un contraataque y tras un nuevo rechazo del larguero, Sócrates marcará el definitivo 1-0, posiblemente en fuera de juego.

Yo era un niño de nueve años poco familiarizado con el fútbol, pero muy influenciable por el ambiente y con una vaga idea de la justicia. Cuando vi la repetición del tiro de Míchel y cómo la pelota botaba dentro de la portería sin que nadie corriera al centro del campo celebrando el gol, mi escándalo fue mayúsculo. Al día siguiente llenamos la parte de atrás del autobús del colegio con la portada del Marca y nuestro propio folio garabateado con una réplica de la jugada y una pregunta que no admitía dudas: «¿A que fue gol?». Los conductores asentían o elevaban el pulgar o simplemente pitaban en medio del atasco para mostrar su propia indignación.

Y es que hay pocas cosas más injustas que un gol fantasma. Todo lo demás puede perdonarse: el fuera de juego, la ayuda con la mano, la falta en el remate, el penalti fuera del área… pero si algo tiene claro el aficionado del fútbol, como diría Gertrude Stein, es que un gol es un gol es un gol. Verlo con tus propios ojos y saber que la realidad no sirve de nada, que no es atendida, supone un choque inaceptable con cualquier concepción racional del mundo. Quizá de ahí el adjetivo «fantasma», quién sabe.

En busca del primer «gol fantasma»

Por supuesto, los goles fantasma empezaron mucho antes de junio de 1986. Es complicado bucear en su etimología. Consultando la Wikipedia, ese cajón de sastre, encontramos una referencia al Phantomtor alemán, pero fecha su origen en un partido entre Bayern de Munich y Núremberg de 1994, cuando a Thomas Helmer le concedieron un gol en una jugada en la que la pelota ni siquiera se acercó a la línea. El escándalo fue tal que hubo que repetir el partido entero.

En Inglaterra, al parecer, la expresión ghost goal o phantom goal se empezó a utilizar a raíz de la semifinal de Champions League de 2005 entre Liverpool y Chelsea, cuando en el minuto cuatro Luis García adelantó a los reds con un remate que nunca llegó a entrar del todo en la portería. Ese gol les daría la eliminatoria a los de Rafa Benítez, que semanas después acabarían ganando la competición al Milan en los penaltis tras remontar el 3-0 con el que llegaron al descanso.

Teniendo en cuenta que el entrenador del Chelsea aquella temporada era José Mourinho y que Mourinho había pasado tres años en el equipo técnico del Barcelona, lo más probable es que el entrenador portugués se limitara a traducir del español, para deleite de la prensa inglesa, que acogió el término con entusiasmo. Por fin tenían una manera de referirse al hasta entonces conocido como «Wembley goal», es decir, aquel de Geoff Hurst que les diera el Mundial de 1966 en casa ante Alemania Occidental, al que volveremos más tarde.

Parece, por tanto, que hay que buscar en España y, consultando hemerotecas, tampoco es fácil salir de dudas. En el ejemplar del 4 de marzo de 1948 de La Vanguardia se hace referencia, con motivo de la previa de un Atlético de Madrid-Barcelona, a un «caso del gol fantasma» sin especificar. Dos meses más tarde se utiliza de nuevo la expresión pero en el contexto de un partido de hockey donde, al parecer, habría tenido lugar «el clásico gol fantasma».

El ABC nos lleva más atrás, al 25 de noviembre de 1943. En el resumen de la jornada del fin de semana anterior, el cronista comenta lo siguiente:

Hasta aquí teníamos innumerables definiciones, y ninguna capaz de convencer al respetable, del gol fantasma. Desde el martes, y gracias a la enérgica actitud del jugador madridista Barinaga, ya tenemos la nueva definición, corregida y aumentada y autorizada oficialmente. Se dirá así: «Gol fantasma es el denominado cuando la pelota entró una o dos veces en el marco en un santiamén, a pesar de la oposición de su defensor. Cuando el árbitro se llame Arribas, el gol fantasma puede llamarse penalti, pero no importa: también se llamará gol».

El comentario parece claramente irónico, así que es de suponer que las polémicas en torno a los «goles fantasma» eran tan habituales en la posguerra como pueden ser ahora las repeticiones obsesivas de posibles penaltis. ¿Quién dio con el término exacto? Imposible saberlo. ¿A qué gol en concreto se refería? Más difícil aún. Valga un dato: desde ese año 1943 a 1966, año en el que Hurst marca su gol en Wembley, el ABC recoge hasta cincuenta y tres artículos en los que se habla de distintos goles fantasma.

Del insigne Tofik Brakhmarov al derechazo de Lampard

Con todo, hay que reconocer que hay goles y goles. Errores y errores. El citado gol de Míchel o el de Hurst son casi invisibles al ojo humano. Durante décadas, alemanes e ingleses se han dedicado a reconstruir informáticamente el gol hasta que en 1996 la Universidad de Oxford pareció llegar a una conclusión de consenso: el disparo del centrocampista inglés habría botado justo en la cal, con seis centímetros de su circunferencia fuera de la portería. El gol, por consiguiente, no debería haber subido al marcador, aunque a favor de Inglaterra hay que admitir que aquella prórroga fue un baño y que, en cualquier caso, el partido acabó 4-2, con otro gol de Hurst en el descuento, cuando los aficionados ya estaban empezando a invadir el campo.

Precisamente Alemania e Inglaterra fueron protagonistas también de la jugada polémica que cambió, al menos en las grandes citas, la historia del «gol fantasma». Fue en el partido de octavos de final del Mundial 2010, el que acabaría ganando España. Los alemanes, con Özil al mando, se adelantaron 2-0, pero Inglaterra marcó el 2-1 y poco antes de llegar al descanso, Lampard lanzó un obús que pegó en el larguero, como mandan los cánones, y botó al menos medio metro dentro de la portería alemana.

Fue tan obvio que incluso a un espectador neutral le podía resultar escandaloso. Sí, el juez de línea de 1966, el soviético Tofiq Brahmarov, a quien por cierto dedicaron una estatua en Baku y cuyo nombre preside el estadio nacional de Azerbayán, pudo equivocarse… pero igual podría haber acertado por una cuestión de seis centímetros, como le pasó al australiano Bambridge en 1986. Esto era otra cosa. La FIFA decidió tomar cartas en el asunto: primero, colocando dos «jueces de portería», con escaso efecto, y, posteriormente, implantando un sistema de cámaras parecido al «ojo de halcón» del tenis, que el árbitro podía utilizar en caso de duda.

El sistema se implantó por primera vez en el Mundial de 2014, para confirmar que un gol de Benzema contra Honduras era legal. Desgraciadamente, su uso no se ha extendido demasiado por las grandes ligas, aunque es cierto que el número de escándalos, sea por casualidad o por una mayor pericia visual de los jueces de línea, se ha visto muy reducido en los últimos años.

Stefan Kiessling y la historia universal de la infamia

En España, por ejemplo, aparte de un gol de Carlos Vela en un derbi Athletic de Bilbao-Real Sociedad que no fue concedido y otro posible de Luis Fabiano al Real Madrid en una eliminatoria de copa, ha habido pocos casos recientes de goles fantasma y ninguno decisivo. En otras ligas podemos decir lo mismo, con una salvedad: el estrambótico gol de Stefan Kiessling, jugador del Bayer Leverkusen, en campo del Hoffenheim, año 2013.

Aquí no hay travesaños de por medio ni botes irregulares ni confusión alguna: el Bayer saca un córner y Kiessling lo remata fuera, claramente fuera. Tan claramente que el propio jugador se lamenta del error y todos parecen volver a sus posiciones para empezar la siguiente jugada. ¿Todos? No, un par de compañeros ven titubear al árbitro y deciden celebrar el gol, incluso abrazando a un Kiessling que no sabe de lo que le están hablando.

Poco a poco, los demás jugadores del Bayer se unen al festejo ante el estupor de sus rivales. Un compañero le hace gestos claros al «goleador» de que él también festeje, que si no les van a pillar. Que no pregunte, que se dedique a alegrarse sin medida. ¿Por qué? Porque, tras colarse por un hueco de la red, el balón ha acabado dentro de la portería, confundiendo al árbitro, al juez de línea, al comentarista del partido y provocando que el 0-2 suba al marcador.

Los jugadores del Hoffenheim corren como locos cuando ven al árbitro señalando el círculo central. Le hacen ir a la portería a comprobar que hay un hueco en las redes, pero no basta. El colegiado, por si acaso, habla con Kiessling, que le dice lo mismo que dirá a la prensa: «No sé si entró o no, me di la vuelta nada más rematar y no sé qué pasó con la pelota». Es falso. Se da la vuelta precisamente porque sabe que el balón ha ido fuera, pero ¿quién va a renunciar a la gloria de un gol y una victoria?

La injusticia en el deporte tiene un punto de lado oscuro. Es difícil resistirse. Y si la trampa ni siquiera es tuya, sino del árbitro, ¿quién es nadie para hacer de Tristanbraker y ponerse a molestar a los espíritus? Después de todo, sin trampas de este tipo, ¿de qué demonios iban a hablar los niños al día siguiente en el autobús que les lleva al colegio?


La tumba del jogo bonito

Sócrates durante el partido entre Brasil e Italia en la Copa Mundial de Fútbol 1982. Fotografía: Maurizio Borsari / Cordon Press.

Les sucede a los amantes del jogo bonito lo mismo que a muchos descendientes del bando perdedor en tantas y tantas guerras, que ni siquiera disponen de una lápida frente a la que llorar y lamentarse por la pérdida de un ser querido. El cementerio donde reposaban sus cenizas fue derruido el 20 de septiembre de 1997 y el terreno sagrado, profanado y recalificado, acoge hoy varios centenares de viviendas y un parque urbano conocido como Jardins del Camp de Sarrià. No hay placa ni monumento que honre a los caídos, nadie enciende velas ni refresca con flores su memoria, solo unos pocos recuerdan lo que allí sucedió.

La cuna y el corsé

Pese a que son muchos los que se atribuyen la paternidad de la criatura, lo cierto es que resulta imposible determinar quién acuñó el término jogo bonito. A la carrera por la autoría se han apuntado mitos del fútbol brasileño como Pelé o Didí, poetas, periodistas, oportunistas de diferente pelaje… Incluso un inglés, de nombre Peter Doherty, aseguraba que fue su boca la primera en deslizar tan histórica ocurrencia mientras veía jugar al Manchester United en 1956, sin duda la más exótica de las reclamaciones.

Sea como fuere, lo cierto es que nadie en su sano juicio sería capaz de discutir la pertenencia del jogo bonito a las entrañas mismas de Brasil, un país roto cien veces y ciento una cosido con cuero, regates y aplausos. El jogo bonito es una expresión cultural, un modo de vida moldeado alrededor de una pelota, la respuesta lógica al desafío diario de una realidad cruda y hostil que invita a depositar en el talento las esperanzas de un mañana mejor. En cualquier callejón sobre el que pueda rodar un balón, en cada campinho de barrio o en un trozo de playa, los niños y niñas brasileños de ayer y hoy sueñan con ser el nuevo Garrincha, el siguiente Romario, la próxima Marta… Y todo ello a pesar de unos dirigentes, los del fútbol profesional brasileño, empeñados en mirar hacia Europa y encorsetar su propia naturaleza, convencidos de que el miedo es un arma más poderosa que el atrevimiento y obsesionados por una derrota histórica que tiñó sus corbatas de complejos y coartadas. Sucedió un 5 de julio de 1982, en España, en un entonces remozado y hoy desaparecido Estadio de Sarriá: la tumba del jogo bonito.

Preparativos para el funeral

El 16 de enero de 1982, en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid, tuvo lugar el primer acto solemne de la fase final de la XII Copa del Mundo, el principio del fin. El sorteo de los grupos que compondrían la primera fase del torneo resultó ser una fotografía perfecta de la España de entonces: un amasijo de caspa, desorganización y confusión, mucha confusión. En una curiosa iniciativa, los cabezas de serie pudieron elegir sede para sus primeros partidos y los brasileños, aliados naturales del calor y la alegría, se decidieron por Sevilla. Sus primeros rivales, escupidos por unos bombos que descomponían las bolas y enrojecían de vergüenza los rostros de los organizadores, serían la URSS, Escocia y la cenicienta del Mundial, Nueva Zelanda.

Pese a la ausencia por lesión de su delantero centro titular, el prometedor Careca, los brasileños se convirtieron en los protagonistas indiscutibles de la primera fase del torneo. Sus solventes victorias frente a soviéticos, escoceses y kiwis les otorgaron la etiqueta de favoritos indiscutibles y tan solo la atrevida Francia, capitaneada por Michel Platini, parecía capacitada para enfrentarse al vendaval verdeamarelo con alguna posibilidad de victoria, un partido de verdadero ensueño que algún buen aficionado habrá jugado mil veces en su cabeza. El jogo bonito de los brasileños desbordaba a sus rivales entre combinaciones electrizantes, maniobras inverosímiles, disparos endiablados y una plasticidad exagerada incluso para sacar de banda, como no podía ser de otra manera. El mero recuerdo de aquellos futbolistas mayúsculos y tan puramente brasileños debería bastar para que algunos de los actuales integrantes de la selección canarinha pregunten a sus padres en qué lejano país fueron adoptados. «Brasil nos ha enseñado cómo se juega al fútbol. Enfrente hemos tenido a un equipo tremendo, imparable, que lo posee todo para ser campeón», sentenciaba el seleccionador de Escocia, Jock Stein. Al jogo bonito le llovían tantas flores que aquello solo podía terminar en boda o en funeral.

Un enterrador italiano

La segunda fase del torneo enfrentó a las doce selecciones clasificadas en cuatro triangulares que debían conformar los cuadros de semifinalistas del torneo. El grupo C, con Brasil, Argentina e Italia, fue señalado enseguida como el grupo de la muerte pues, además de a las dos grandes favoritas en las apuestas, acogía a una selección italiana de la que nadie se fiaba y con razón.

Argentina fue la primera en probar el veneno de los transalpinos. Maradona recibió tantas patadas que habría necesitado a un economista para ocuparse de contarlas y los italianos terminaron por llevarse el partido por dos goles a uno. Aquella derrota dejaba al borde de la eliminación a la defensora del título y el partido contra Brasil adquirió tintes de conflicto bélico, otra batalla más tras la reciente derrota frente a los ingleses en las islas Malvinas. El partido fue bronco y Maradona terminó expulsado, impotente y desfigurado ante la superioridad brasileña. Los goles de Zico, Serginho y Júnior apenas recibieron respuesta en los últimos minutos, cuando Ramón Díaz anotaba el gol del honor con menos honra de la historia de los mundiales.

Así las cosas, el partido entre brasileños e italianos se transformó en una primera final para ambos, un duelo a muerte entre el jogo bonito y el catenaccio por una plaza en las semifinales del torneo. Tan segura estaba la prensa azzurra de la derrota de los suyos que cuesta creer que nadie en Brasil hiciera sonar todas las alarmas. Por la diferencia de goles lograda en sus respectivos partidos frente a Argentina, a Brasil le bastaba con el empate, algo que ni siquiera entraba dentro de sus cálculos pues un brasileño de entonces solo saltaba a un campo de fútbol para divertirse y ganar. Empatar, o como se dijera aquello, era un verbo de desconocida conjugación en aquella selección.  

Paolo Rossi fue el encargado de certificar la defunción del jogo bonito con tres goles que todavía resuenan en las paredes del fútbol brasileño, un eco perturbador que impide analizar las cosas con cierta objetividad. Su primera puñalada, en el minuto cinco de partido, fue contestada por los brasileños en el doce por medio de Sócrates, futbolista y librepensador. El incontenible arrojo de la canarinha fue aprovechado otra vez por el enterrador Rossi, esta vez tras aprovechar un error de Toninho Cerezo en la gestación de la jugada, con todos sus compañeros enfilando campo italiano. No dejó de atacar Brasil, no sabía hacer otra cosa, y Falcão empataba el partido con apenas veinte minutos por jugarse.

Todavía hoy apuntan famosos intelectualoides del balompié que Brasil debió de conservar el empate y ceder la iniciativa a los italianos, algo muy sencillo de sostener a toro pasado, pues una de las grandes virtudes de los expertos analistas del deporte es explicar lo sucedido a raíz del resultado. Sin embargo, Brasil siguió buscando la victoria y la historia del fútbol terminó pagando un alto precio por su osadía. Un error del portero, Waldir Peres, dejó en bandeja la pelota a Paolo Rossi, que cavó un agujero profundo en el que los agoreros y los mediocres enterraron el jogo bonito para siempre.

¿Resurrección?

La derrota en Sarriá sirvió de pretexto para que una nueva corriente invadiese el fútbol brasileño, hasta entonces libre de ataduras y orgulloso de su esencia. En lo sucesivo, tanto los principales clubes como la selección nacional se afanaron en adoptar un estilo más europeo, un estilo mal llamando ganador. El talento natural se vio estrangulado por la táctica y el miedo a perder, por la racanería y el ego de unos técnicos que se creyeron más importantes que sus propios futbolistas. Brasil volvería a levantar la Copa del Mundo, primero en Estados Unidos y después en el campeonato organizado conjuntamente por Corea y Japón, pero sus victorias no terminaron de diluir el sabor a cobre y a ceniza alojado en la garganta del hincha brasileño.


«Si Fagner pasa el antidoping, le convoco»

Imagen: Discos CBS.

Si Fagner pasa el antidoping,le convoco. (Telê Santana, seleccionador de Brasil 1982)

Barcelona, 6 de julio de 1982

La noche anterior fue toledana. Los ánimos de la Canarinha y sus simpatizantes estaban por los suelos. Caras largas, miradas perdidas, lamentos constantes por las oportunidades perdidas y los errores cometidos (con especial y cruel énfasis en el portero y en el delantero centro). Una de las mejores selecciones de la historia de Brasil, tricampeona mundial en esos momentos, acababa de ser eliminada por la Italia de Paolo Rossi (hizo los tres goles italianos) en el desaparecido estadio de Sarriá. Brasil no se clasificaba para la semifinal contra Polonia. Italia acabaría siendo la campeona. Fue una jornada negra para el fútbol más vistoso del planeta. Se puede trazar un paralelismo con otro aciago día, el Maracanazo de 1950. En ambos casos a Brasil le servía el empate (para proclamarse campeona del mundo o sellar el pase a semis). Perdieron los dos encuentros. En Sarriá la prepotencia, el cansancio, la superioridad táctica de los azzurri, la tensión agarrotaron las piernas y mentes de los jugadores y estos no supieron administrar los tiempos del juego.

Esa mañana del 6 de julio estaba previsto un partido entre periodistas y viejas glorias. Pelé, Eusebio y Beckenbauer, entre otros, habían confirmado su asistencia. El cantautor Raimundo Fagner, el jugador n.º 23 de la selección, según la prensa brasileña, porque entrenaba con ellos, iba a participar. Pero tras el fatídico 3-2 frente a Italia, saliendo del estadio, no las tenía todas consigo. El palo había sido muy fuerte. Me comentó que no se sentía con fuerzas y que se iba a beber el Amazonas… Volvió caminando al hotel.

Toqué en la puerta de su habitación. Quería saber si íbamos a la pelada (partido amistoso) o nos volvíamos a Madrid. Con su maleta a medio hacer, no tuve claro el panorama. Y cuando iba a preguntar sonó el teléfono. Me pidió que lo cogiese mientras iba al baño. Respondí. Sin tiempo para decir «hola» o preguntar quién era, recibí una ristra de epítetos rematados por una frase corta y concisa: «No le diste el recado a Telê». Me identifiqué, aclaré que no era Raimundo y pregunté quién llamaba. «João Gilberto», fue la respuesta que recibí. Fagner preguntó quién llamaba. Al escuchar mi respuesta soltó un sonoro «¡Puta!» (el equivalente brasileño a nuestro «¡Coño!»). Se puso al teléfono y por su cara percibí que el chaparrón fue el mismo.

Pregunté sobre la llamada y me contó los antecedentes. Poco antes de salir de Río para Europa, Gilberto llamó a Fagner (viven en el mismo edificio de Leblon, barrio residencial carioca, y gracias a la señora que se ocupa del piso de Raimundo Fagner el crack de la bossa nova tiene la suya en orden). João Gilberto, conocedor del ascendente de Fagner en la selección (Zico y Sócrates, principalmente) quería que transmitiese un mensaje a Telê Santana, el Maestro: bajo ningún concepto debían jugar de titulares Waldir Peres, el portero, y Serginho Chulapa, el delantero centro. Pregunté si no había mencionado nada de las fiestas flamencas en Sevilla y Barcelona, donde Brasil había disputado sus partidos. Me fulminó con la mirada.

La lesión de Careca (quien luego coincidiría con Maradona en el Nápoles) desbarató los planes de Santana. Y abrió un debate nacional. El favorito de la afición y de los medios, Reinaldo, ni siquiera fue convocado. Las características de Serginho no se ajustaban al juego de toque que practicaba Brasil 82. Como nueve era un tanque. De plan B o C pasó a ser titular. Reinaldo (y Careca) se adaptaba mejor al jogo bonito. Nunes (compañero de Zico en el Flamingo), bicampeón brasileiro en el 82 y campeón de la Libertadores, era el otro favorito de la torcida. Roberto Dinamita (en la 79/80 estuvo en el Barça) fue el otro nueve elegido para el Mundial. El país no apoyó la decisión del seleccionador respecto a los delanteros centro.

El debate llegó a situar a Fagner en la órbita de la selección. En un partido benéfico de preparación, celebrado en Belo Horizonte, fue el ariete de la presunta selección. Eran los amigos de Reinaldo vs. los amigos de Sócrates. Sócrates, licenciado en Medicina, colocó a Raimundo Fagner en la punta del ataque. Y le advirtió que estuviese atento a los balones largos. Aseguró que le metería media docena como mucho, pero le dejarían solo frente al portero. Fagner anotó dos goles. Cómo sería la cosa que los periodistas le preguntaron a Telê Santana si llevaría a Fagner al Mundial de España. El seleccionador contestó: «Si Fagner pasa el antidoping, le convoco».

La llamada de João Gilberto marcó el rumbo de esa mañana del 6 de julio: Fagner desistió del partido amistoso y regresamos a Madrid. Y aprovechó para cerrar el álbum de homenaje a Picasso, sobre poemas de Alberti (también incluía sus recitados y dibujos), que grabaría con Paco de Lucía y Mercedes Sosa.

Fagner, el flamenco y Brasil en el Mundial de España

Raimundo Fagner llegó por primera vez a Madrid la primavera del 81. Salió de Río de Janeiro con destino final a París, donde planeaba grabar un álbum europeo. Antes de aterrizar en Madrid (con su banda) paró en Lisboa, donde contactó con varios autores y artistas y se imbuyó de la obra poética de Fernando Pessoa y la pionera Florbela Espanca (al año siguiente grabó un disco musicando sus poemas). A Madrid vino por la insistencia de Tomás Muñoz, fundador de CBS España en 1970 y en esos momentos presidente de CBS Brasil. Muñoz consideraba que las raíces nordestinas de Fagner, natural de Fortaleza (capital del estado de Ceará) y de ascendencia libanesa, podían encontrar puntos en común con la música arábigo-andaluza y la mediterránea.

Aprovechamos su visita madrileña para mandarle a un festival flamenco en Alcalá de Henares. Los cabezas de cartel eran Lole y Manuel, Manzanita y Camarón de la Isla con Paco de Lucía y Tomatito. Todo un lujo. Le acompañó el gaditano Luis Salomón (en esos días, en el departamento de marketing de CBS y, posteriormente, director artístico de Virgin). Fagner quedó trastornado. No solo entendió lo que Muñoz le había explicado en Río, fue mucho más allá: decidió allí mismo anular su proyecto francés y ponerse manos a la obra para grabar un álbum español.

Como responsable del departamento de A&R (Artistas y Repertorio) Internacional, fui el productor ejecutivo del disco Traduzir Se, significativo título que definía a la perfección la catarsis creativa que sufrió Raimundo Fagner. En el álbum hubo duetos con Camarón («La leyenda del tiempo») —la primera vez que el de San Fernando cantaba con alguien—, Manzanita («Verde»), SerratLa saeta») —el primer dueto en castellano del noi y Mercedes Sosa («Años», de Pablo Milanés). Enrique de Melchor fue el guitarrista flamenco. Las sesiones con Lole y Manuel no fructificaron (aunque se mantuvo el tema, pero sin ellos). La grabación se completó en Río con una canción adicional sobre un poema de Florbela Espanca. El álbum fue un éxito rotundo en Brasil y Argentina, con unas ventas de medio millón de ejemplares.

La fiesta de la entrega de los discos de platino por Traduzir Se se celebró con un partido de fútbol en el estadio del Fortaleza (equipo en el que Fagner había jugado de joven y logrado el ascenso a Primera División). La selección brasileña se desplazó y participó enfrentándose a una formación compuesta por jugadores locales, invitados de lujo y músicos cearenses. Fagner jugó con ambos equipos, un tiempo con cada uno.

Imagen: Discos CBS.

En 1982 ya residía en Manhattan. Trabajaba en la central de CBS, en su división internacional. Conociendo la legislación laboral estadounidense respecto a las vacaciones, mi única condición para el traslado de Madrid a Nueva York fue garantizar mi presencia durante el Mundial. ¡Era un mes! Coordiné mis planes con Fagner, que viajaría con la Canarinha.

Sevilla fue una fiesta. Empezando por el cocktail que la delegación brasileña ofreció, a su llegada, en los jardines del Hotel Los Lebreros, donde se alojaban. Entre los invitados Lole y Manuel, Ricardo Pachón y Juan Peña el Lebrijano.

Telê Santana, un hombre conservador, sabía que no podía frenar las ganas de juerga de los suyos. Lo consideraba una fatalidad, está en el ADN brasileño, que debía controlar y encauzar. Puso límites al desenfreno. En los días libres los jugadores no podrían salir por la noche. En cambio, habilitaron una planta del hotel para el jolgorio. Y podían incorporarse amigos, familiares… y flamencos. El director musical de operaciones era Fagner, quien acabó grabando un sencillo con Zico, su compadre (el proyecto de un álbum con Sócrates, activista bajo la dictadura, que tocaba la guitarra, no se realizó por el fallecimiento del jugador por complicaciones derivadas de una cirrosis hepática).

En el sevillano parque de María Luisa se organizó un concierto, aprovechando el tirón de la selección brasileña. Se anunció como una actuación de los jugadores con artistas invitados ad hoc. La gente compró las entradas por el reclamo de los futbolistas, que habían despertado pasiones en la ciudad. Además de incontables rumores e historias referidas a las juergas flamencas. Entre los músicos y artistas que participaron, aparte de Fagner y los suyos, estuvieron El Lebrijano, quien ofició de maestro de ceremonias del planeta flamenco, y los hermanos Amador, Rafael y Raimundo. Se congregaron unas cuatro mil personas.

A Santana este recital al aire libre no le hacía ninguna gracia. Venían de sufrir contra la URSS en el Sánchez-Pizjuán en el primer partido (el árbitro español Lamo Castillo fue decisivo: no pitó dos penaltis a favor de los soviéticos y les anuló un gol). El portero Peres se tragó el tanto que abrió el marcador (en la segunda parte remontaron Sócrates y Eder, en el 90). En el segundo partido se habían impuesto con facilidad a Escocia (4-1). Además, ya se habían producido las primeras grietas en el combinado desde el inicio de la competición. Paulo Isidoro se quedó fuera del once. Dirceu, del Atlético de Madrid, ocupó su lugar en el partido inicial (fue sustituido en el descanso). El defensa Edinho protestó la titularidad de Luizinho.

Santana prohibió la asistencia de sus futbolistas. Los pesos pesados del vestuario, encabezados por Zico y Sócrates, pactaron su presencia. Telê Santana, para autorizar la gala, exigió otros cuatro goles para el siguiente encuentro, contra Nueva Zelanda. Zico comentó que él tendría que marcar dos. Y lo hizo. Brasil ganó 4-0 a Nueva Zelanda en el Benito Villamarín.

El ambiente de euforia en los medios mundiales y los aficionados tampoco ayudó. Los jugadores se lo creyeron. De la fiesta sevillana pasaron a la rumba de Barcelona. En el grupo les esperaba Italia y una Argentina en la que Maradona debutaba en un Mundial. El 3-1 a Argentina disparó las expectativas. Se celebró la victoria ante el rival secular por todo lo alto. Se daba por hecha la clasificación: un empate ante Italia serviría para asegurar el pase a semifinales.

Barcelona siempre ha sido flamenca (la gran Carmen Amaya nació en la Ciudad Condal) y es la cuna de la rumba catalana (de la mano de Antonio González el Pescailla y de Peret). Las costumbres adquiridas en Sevilla se mudaron de barrio. La estancia en Barcelona coincidió con la presencia de Manzanita en la ciudad.

Por otra parte, tanta feijoada no debe ser buena para un deportista, por mucho que sirva de alivio para la saudade. Mantener costumbres del país cuando estás fuera puede ayudar. Pero este plato, el nacional de Brasil, a base de frijoles negros y carne de cerdo en salazón, acompañado de farofa (harina de mandioca con ingredientes como judías carillas, mijo, tocino, chorizo frito, huevos, salsas, cebollas, bananas, col), es propio de las comidas familiares del domingo. No para cenar casi todos los días mientras estás de juerga. Vale que bailando se queman calorías, es un ejercicio aeróbico, mas tanta grasa produce sed. Y la cerveza es tan tentadora, sobre todo en verano…

Mi decepción ante el pobre desempeño de la selección española y el shock por la eliminación brasileña precipitó mi vuelta a Nueva York. Fagner tenía cuatro entradas para la final. Mi esposa aprovechó la mía. La acompañaron Paco de Lucía, su hermano Pepe y Raimundo.

A finales de ese 1982 Fagner y yo volvimos a encontrarnos. En NY, para grabar su álbum made in USA. Le había contratado al gran Gil Evans… pero eso ya es otra película (que incluye a Pelé y al Cosmos).


Sarrià, 5 de julio de 1982: 30 años de luto son demasiados


Tal día como hoy en 1982, cualquiera de las 45.000 personas que reventaban el estadio de Sarrià sabían que iban al encuentro de la historia. Jugaba Brasil contra Italia, clásico de clásicos mundialista y que además en esta ocasión tenía aderezos casi mágicos. A esas alturas de torneo, parecía que la selección brasileña había descubierto el bosón de Higgs con 30 años de antelación. Y que el equipo de Italia era en realidad un gang despiadado provisto de cuchillos afilados para asesinar ancianas. Para muchos fue durante muchos años una verdad absoluta. Me incluyo. Pero el enésimo visionado del partido, mezclado con la perspectiva del gran angular, permite comprobar que ni el arte conspicuo de la verdeamarela era lo único válido para morir tranquilo en el estadio o frente al televisor ni la propuesta de Italia era para meter preso a su entrenador por amar el mal gusto. Lo que es inevitable pensar, antes de entrar a diseccionar aquella tarde, es que aquella “tragedia”, que llamaron los brasileños, en el piccolo Sarrià, que dicen los italianos, sirvió para plantear, diríamos que por primera vez en tono maniqueo, una discusión metafísica alrededor de un balón: ¿ataque o defensa? El debate continuó y se agrandó, vía la Argentina de Bilardo en el 86, vía la propia Italia y Alemania del 90 e incluso vía el Brasil del 94, y así hasta 2008, cuando España arrebató los papeles del discurso para modificar la deriva sin aparente final de aquello que comenzó a gestarse aquella tarde de hace hoy exactamente 30 años. En nuestra infancia creíamos que Sarriá y Rossi habían nacido el uno para el otro, que eran la misma palabra en dos idiomas parecidos o lo mismo dicho al revés. En la postadolescencia nos llenábamos la boca hablando pestes sobre “el día que murió el fútbol”. Y hasta respetamos el duelo a rajatabla hasta hoy. Ahora le plantamos dudas a nuestro propio pasado, lo revisamos y lo llenamos de felices interrogaciones: ¿Para qué guardar luto 30 años? ¿No habrá sido sólo, en vez de una fecha de muerte, el día en que un ciclo terminó y empezó otro que felizmente ya acabó hace apenas un lustro? ¿Qué pasó aquella tarde inolvidable para que todo eso sucediese? Aquí lo recordamos y lo interpretamos a partir de 8 detalles y un estrambote final en forma de crónica ficticia.

-Todo empieza en los himnos: aunque solo habían pasado 12 años, en muchas cosas los mundiales del 70 y del 82 parecían el día y la noche. Hasta en cosas que podrían ser una gota de agua. En la liturgia de los himnos, por ejemplo, la disposición de los equipos era la inversa. E incluso Italia ni siquiera vestía en el 70 la que se convertiría en seña de identidad desde aquel 82, la parte superior del chándal, que ahora crea escuela. Vestidos para cantar. O no. En aquella final de México la secuencia fue ridícula: entre Boninsegna, Burnich y Bertini pergeñaron en cuchicheos una conjura, casi un conjuro, para acallar el himno brasileño, que había atronado segundos antes. Según se supo después, por un excelente reportaje de Gaby Ruiz, pensaban que si cantaban bien alto su himno Pelé y sus amiguetes inferirían que no había italiano que temiera el fútbol-arte. Y lo cantaron, pero como una orquesta fuera de tono. Cuac. En 1982, Brasil volvió a cantar a voz en cuello su himno, con Toninho Cerezo, Oscar y, cómo no, el doctor Sócrates, con la mano en el corazón y el balón en los pies. Pero a su lado, más allá del árbitro israelí Abraham Klein y sus asistentes búlgaro y hongkonés, Italia prefirió permanecer, por decisión previa o no, impasible. Nadie abrió la boca mientras sonaba el bello Fratelli d’Italia. El repaso de la cámara deja a la squadra azzurra a la altura de una rueda de reconocimiento: ahí está Ciccio Graziani, con pinta de un Adriano Celentano con mirada torva a la espera de que le repartan su metralleta de tambor para salir al campo, ahí Gentile impasible, ahí Conti risueño contenido y allá Zoff, finalmente, padre del funeral. Y mientras, Rossi, tranquilo, hola qué tal, pasaba por aquí.

-Sin delanteros se baila mejor: el Mundial de Clubes de 2011 y sobre todo la Eurocopa de 2012 trajeron a colación algo que no se veía tan abiertamente desde aquel Mundial 82: un equipo sin delanteros. En el caso de Tokio, con aquel Barcelona que arrasó al Santos de Neymar con una disposición que nosotros periodistas, especialistas en inventar números telefónicos, redujimos a un prefijo: 3-7-0. Claro que en ese 7 estaba el grueso de la selección española más Messi. Sin el argentino, pero con Cesc Fábregas como falso ariete, España acaba de ganar la Eurocopa de Ucrania y Polonia. De nuevo, un ballet imprevisible y en rueda de centrocampistas ofensivos para meterle diente a la defensa rival. Una joya. Y ahí volvemos a 1982: acostumbrados a ver 4-3-3 y algún 4-4-2, sorprendía Brasil, una bella cooperativa de magos, hasta seis mediocampistas creativos, que parecían jugar con un balón atado con tanza. Había jugadas en que prácticamente no caía la bola al césped, sino que fluctuaba entre la colección de dieces, hasta seis, disfrazados de volantes, laterales o extremos, y cuyo trabajo terminaba en los pies de un ariete inoperante. O sea, la nada, un atacante que ni siquiera hacía justicia a su sobrenombre: Serginho Chulapa, notable en el fútbol local y lamentable en el Mundial. En cualquier caso, él no participaba en los alley-oops que se negociaban Falcao y Sócrates, por ejemplo, ni jugaba al billar con cuerda como parecían hacían Eder, Junior y Toninho cerezo. Así se bailaba mejor. Otra cosa son los goles. Para eso supuestamente estaba también Roberto Dinamite y, ay, Careca, lesionado, que miraba el periódico como quien mira una corona de flores: tus amigos no te olvidan.

-Caída y auge de Paolo Rossi: Cuánta hiel derrama un futbolista cuando marca goles decisivos después de recibir mordaces críticas solo lo sabe el propio jugador (y probablemente su representante). Ahora, como Nasri en la última Eurocopa, hay algunos que incluso miran desafiantes a la tribuna de prensa y mandan callar. Paolo Rossi, sin embargo, prefirió abrazarse con sus compañeros cuando de una tacada de tres mandó un recado definitivo a la inclemente prensa italiana, que pedía que rodase la cabeza del juventino incluso antes de empezar el Mundial. Recordemos, para no desubicarnos y pensar que todo tiempo pasado se parece al de ahora, que la paciencia era una virtud que solía adornar al ser humano, incluido al hincha y al periodista. Hoy parecería increíble, pero el héroe del Mundial 82 limitó sus faenas redondas a tres partidos: los definitivos. Antes, ni rastro. Recordemos también que Rossi llegaba al Mundial después de, atención, dos años sin jugar competición, no por una fractura expuesta de tibia y peroné o por una hepatitis mal curada, pongamos por caso, sino por estar imputado en el ‘caso Totonero’, un escándalo de quinielas clandestinas por el que se le acusó, en 1980, y se le suspendió, por arreglar un empate entre el Avellino y el Perugia. Sin agotar signos de exclamación, debemos reconocer que Italia castiga a quien delinque. Al menos en el fútbol. Pero una vez liberado de pena futbolística, llegó, vio (durante los tres partidos del grupo gallego) y venció. Lo hizo de las tres maneras que lo hace un delantero: remate, velocidad y ratoneo. Así fueron los tres goles que desarmaron al ejército verdeamarelo de Telé Santana. En el lugar justo y en el momento justo, y a facturar. Como él mismo confesó, “el primer gol me abrió las puertas del paraíso”. Los otros dos fueron por tanto néctar y ambrosía. Cuánto se habrá mirado al espejo de Rossi el bueno de Toto Schillaci solo él lo sabe. Lo que podemos asegurar es que los niños de la época pasamos a decir que alguien era Paolorrossi, así, todo seguido, al que hacía gol incluso sin portería, de bueno que era. Él, al final, era el delantero campeón del mundo. Y de sí mismo.

-Bearzot vs Tele Santana, gafas contra patillas: también se podría titular “doy un brazo por conocer al realizador de este partido”. Él y solo él, con sus órdenes al cámarógrafo de banquillos, logró delinear una imagen sin vuelta atrás de los dos entrenadores para todos aquellos que vimos, revisamos y revivimos el culmen de aquel mundial. Dos técnicos, dos tipos de fútbol, dos formas de vida. Desconozco si el realizador en cuestión se empapaba de fútbol antes de pedirle un plano u otro a los cámaras, pero la imagen es indeleble: Telé Santana, siempre de perfil pero sin picados ni contrapicados, dando una imagen cercana, afable y atractiva, tanto como su polo blanco y sus patillas plateadas. Con un apacible mascar de chicle y la mirada al frente. Sin hablar con nadie perdiendo 1-0, empatando 2-2 —clasificado— y perdiendo el tren de su vida. En el banquillo de al lado, Enzo Bearzot, al que para empezar le recortaron plano y le regalaron un contrapicado hasta dejar un cromo reconocible con solo echarle medio vistazo: rostro enjuto, nariz de boxeador, mandíbula a chicle batiente con diente de oro, a falta de su sempiterna pipa, calva señorial y unas gafas de sol espejadas que ya quisiera para sí Lucky Luciano. Y murmurando lo que iba pasando, mientras se acomodaba la americana milrayas de la federación italiana.

Se juega como se vive, se vive como se juega. Después de ver el partido (y la realización), afirmo: Bearzot dio una lección táctica de pragmatismo. Para empezar, engañó a todos diciendo en los días anteriores que iba a jugar igual que contra Argentina, en aquel partido en el que el catenaccio de los azzurri dejó pálido al mago Helenio Herrera. Muy al contrario, Italia salió a todo trapo, desplegando un fútbol rápido y directo, pero con la elaboración de buen pan en un mejor horno. Antognoni dirigiendo, Conti haciendo diabluras y Tardelli como referencia lanzaban al incombustible Graziani y a Rossi entre los huecos del Gruyere de Brasil. Todos lo que celebramos el fútbol arte de los canarinhos todavía no entendemos como se permitían dejar una autopista de todo el ancho del campo, completito, a un equipo italiano. Como dejar un ladrillo de azúcar en un hormiguero. Decían que era como la final del 70. No. Porque el despliegue fue otro por parte de Brasil, porque tuvieron más la pelota y porque, aunque pueda parecer revisionista, hubo jugadores fundamentales que estuvieron desacertados en gran parte del choque. Si a eso le sumamos el error de un valor casi infalible como Toninho Cerezo en el segundo gol y el hambre italiano azuzada por el señor de las gafas espejadas, eso deja a su contraparte de patillas cenicientas y su idealismo a los pies de los leones.

Gentile busca pareja: se hizo famoso marcando a Maradona y se cubrió de gloria haciendo lo propio con Zico. En su debe: el nulo amor por la pelota. La destrucción. El no-fútbol en su sentido más etimológico. En su haber: el arte de cometer faltas de todos los colores a los dos astros y recibir solo una tarjeta amarilla por partido, incluida el agarrón que rasgó la camiseta de Zico como un papel de periódico. Aquella imagen del Pelé Blanco con la elástica (valga el chiste para una camiseta rota) abierta por un lateral, de axila a cintura, dejó claro que 1) Gentile era un defensa voraz, 2) se protegía ante los árbitros de manera pasmosa. Aquel agarrón de códice no fue señalado como penalti cuando el partido respiraba a siete pulmones y Brasil se hundió en su mismidad. Para entonces, el defensa italiano ya triunfaba. Era el único que defendía al hombre (Italia practicó la zona inesperadamente) y ganó la batalla. Parece simplista recordar a Gentile como el asesino del bigote cuando él solito consiguió sacar de quicio a dos de los mejores jugadores del mundo en solo tres días. También a los hinchas de paladar fino, y me incluyo, pero en la videoteca queda el poso, no se por qué, de que había algo de romántico en su fútbol destructor. Tal vez era que, a la vista de los marcajes, parecía que buscaba pareja. De hecho, él era la salvaguarda del catenaccio por parte parte de una Italia que, no perdamos el foco, estaba haciendo un partido, como dijimos, nada italiano.

-La euforia de Falcao: Aparte de la extática celebración de Marco Tardelli en la final, top one, este es el gol mejor festejado en aquel Mundial. La carrera desatada del rey de Roma, las venas hinchadas, el grito a la nada y el saltito clásico de la época con los rizos dorados al amparo de la brisa húmeda de Barcelona. El gol, además, no tiene desperdicio y tiene tintes, en su génesis, del gol de Carlos Alberto en el 70. Junior, ahora sí, acertado, inicia jugada por la izquierda, hinca la rodilla el defensor, recorta hacia adentro y con tres dedos, efecto hacia afuera, encuentra allá donde hay que estar, como siempre, a Falcao. Este, con dos compañeros por delante y Socrates doblándole en aclarado por derecha, prefiere hacer una finta hacia la media luna y ahí se atreve con el disparo seco y zurdo que toma una rosca a media altura y se le hace imposible a los 40 años de Dino Zoff. Golazo, venas, rizos, empate. Era la última bala certera de Brasil antes de lo que algunos vieron anticipado en la derrota momentánea del descanso: “Aquel vestuario parecía un funeral”, reconoció el lateral Leandro años después. En la montaña rusa, con el gol de Falcao, que los clasificaba a semifinales, los brasileños parecían haber ganado ya el mundial. Craso error: quedaban 22 minutos para mantener el resultado ante Italia. No lo lograron.

-La columna vertebral italiana: entre Dino Zoff y Giuseppe Bergomi hay 22 años de diferencia y un adn común: el de la competitividad. Lo demostró Zoff (hoy tiene 70 años, oh) en todos sus años de carrera y su coronación final en España. Reflejos como pocos, sobrio al mismo y tiempo y con galones para recorrer el mundo subido a su caballo con el brazalete de capitán. Al lado, Bergomi, el Beppe, un chaval que no estaba destinado a jugar ese verano y terminó siendo el futbolista más joven en debutar con la squadra azzurra, con 18 años. Luego disputaría tres mundiales más y sería fiel al Inter hasta el final. Las dos generaciones marcadas por Bearzot representaban los dos extremos del discurso que consiguió elaborar a partir de una columna vertebral que al final resultó vital, con Zoff, Scirea, Tardelli y Rossi. Podremos hablar de Antognoni o de los extremos falsos, muy diversos entre sí pero fundamentales para Italia: el ratón Bruno Conti y el Ciccio Graziani, tan parecido a Adriano Celentano como fundamental para batirse el cobre por Rossi. Podremos hablar de todo eso, pero fue la columna vertebral que le dio verticalidad a Italia y es la que hizo ganar, con la inspiración de Rossi, claro está, este partido. Justo lo que le faltó a Brasil, una pléyade de estrellas que flotaba sin orden aparente.

-Spanish vuvuzelas, el tango y la Biblia: mucho antes de que se metieran en nuestro cerebelo las vuvuzelas y los jabulanis, existieron los Tangos y las trompetas de toda la vida. Eso se escuchaba en Sarrià, el ruido insoportable del pífano autóctono y , horror, de aquellas cornetas a propulsión de aerosol, tan revientatímpanos como fundamentales para entender tanto un partido de fútbol en Sarrià o Riazor como una final de baloncesto en, pongamos, el Antonio Magariños. El aroma ochentero continúa con el balón con el que la marca alemana socia de la FIFA continuaba la línea iniciada en Argentina 78 y que recuperó en la última Eurocopa: el Tango. A la estampa vamos a sumarle, además, algunos otros elementos de aquella tarde: camisetas —tipo Abanderado, con camachinas de sudor a flor de algodón desde el minuto 1, amarillas o azules, depende de a quién se animase—, policías con el uniforme antiguo (“esos de marrón, de qué equipo son”) sentados como podían en el córner, con los perros. Cruz roja militar esperando sacar a un lesionado del campo. Y cómo no, el sello de los Mundiales hasta que se fueron de excursión a Asia y África: la pancarta de John 3:16, amarilla a poder ser y siempre presente en las gradas. Parece que es el uno de los greatest hits de la Biblia. Para curiosos del versículo, vid. nuevo Testamento.

-Crónica de fútbol-ficción: cerramos con un brindis al sol de Sarrià en forma de preguntas: ¿y si nunca hubiera existido el 11S? ¿Y si Carrero Blanco no hubiera muerto? ¿Y si Kubrick no hubiera dirigido sus películas? Dejemos volar la imaginación en unas líneas escritas a la manera de aquel tiempo. Bienvenidos a la ucronía futbolística:

“Brasil impone su fútbol-arte ante una Italia sin ideas”

Brasil prosigue su triunfal sendero de éxito en este Mundial 82 después de imponerse con claridad y brillo a una gris Italia que no pudo contener la creatividad de Sócrates, Zico y compañía. Al Pelé Blanco le faltó la pareja de baile que en el partido anterior torturó a otra estrella, Maradona: Claudio Gentile. En realidad no le faltó: Gentile se fue expulsado a los cinco minutos tras una entrada con las dos piernas por delante que pareció que dejaba a Zico sin Mundial. Sin Gentile, Italia tuvo que tirar de Orialli para hacer funciones de apagafuegos que no conseguían neutralizar la fuerza y el arrojo de los brasileños. Sócrates no tardó en hacer gol al rematar ajustado al primer palo un disparo que no pudo atajar Zoff tras internarse el canarinho en el área por la derecha y dejando atrás, gracias a su zancada, a su par. Era el minuto 12. Unos minutos antes, Paolo Rossi había errado inexplicablemente delante del meta Valdir Peres. El delantero de la Juventus será recordado por dejar pasar una oportunidad única de demostrar por qué fue seleccionado para el Mundial, y además, como titular. En realidad habría que preguntarle a Enzo Bearzot, el entrenador que nunca supo sacarle jugo a su equipo y aun con el gol en contra se metió atrás a esperar a Brasil. Enseguida Falcao se encargó de dejar el marcador franco para los brasileños antes de que se lesionara Serginho Chulapa, delantero desafortunado ante el gol, para dejar paso a Roberto Dinamite, que redondeó la faena al convertir los únicos dos balones que le llegaron en condiciones al área. Con rematadores así es normal que Brasil lo haya tenido fácil: el resto es puro juego de salón, combinación, toco y me voy, una gloria que jamás será olvidada por imponerse a la rácana propuesta italiana. Nadie duda ahora de que, con permiso de Polonia, Brasil llegará a la final de un mundial para intentar llevarse un trofeo que ya lleva su nombre cincelado en oro”.

Si todo fuese así de fácil no hubiéramos escuchado a Telé Santana diciendo, tras su última gesta al frente del Sao Paulo en el 92, después de ganar la Libertadores y luego la Intercontinental contra el Barcelona de Cruyff, que “estoy harto de que me dijeran que con lo del 82 se acabó el fútbol-arte. Este Sao Paulo ha demostrado que no es cierto”. Ni tampoco trendríamos que recordar aquella frase a pie de campo del doctor Sócrates, que en paz descanse, como un epitafio: “Mala suerte y peor para el fútbol”.

Porque, visto en la distancia, queridísimo Sócrates, quizá fue hasta mejor. Muerto el 82, el 86, el 90, también el 94 y así hasta el 2008, el fútbol esperaba, como pareció pedir en el 82, un cambio de ciclo. Otro que también llegó desde el sur de Europa, pero no de Italia, precisamente. Estamos seguros de que Telé Santana y Sócrates que en paz descansen, estarían orgullosos de ver y guardar en videoteca un partido que se jugó en Kiev hace unos días. Y con Italia en el campo, por cierto. Es hora de abandonar el luto.


Brasil 82: el fútbol que cayó del cielo

¿Asustaban al rival con su sola mención ya antes de salir y pisar el campo? Sí. ¿Fue uno de los mejores equipos de todos los tiempos? Sí. ¿Era quizá la más formidable maquinaria ofensiva que ha visto el fútbol? Sí. ¿Podían llegar a jugar como se había visto pocas veces y como probablemente nunca más se ha vuelto a ver? Sí. ¿Era una constelación irrepetible de genios del balón, algo tan excepcional que ni su propio país ha podido replicar? Sí. ¿Eran los favoritos para ganar el Campeonato Mundial de 1982? Sí. Pero ¿fueron campeones? No. Los caprichos del destino impidieron que la última generacion de dioses brasileños del fútbol se coronase como parecía escrito en la profecía.

Tomemos por ejemplo el Barcelona de Guardiola: es como una orquesta perfectamente entonada tras años y años de academia, en la que hay algún que otro virtuoso improvisador capaz de salirse ocasionalmente del guión, pero que básicamente interpreta una ordenada sonata que sigue al pie de la letra lo que dicta la partitura. Pero imaginemos ahora un equipo que era como uno de aquellos grupos de jazz en los que no había partitura —o a la partitura no se le hacía caso— y en donde cada instrumentista era un virtuoso con tendencia a inventar sus propias melodías, hasta el punto de que ni ellos mismos sabían qué música iban a estar tocando unos pocos compases después. Un equipo que era como el “be-bop” del fútbol, al que resultaba casi imposible frenar porque resultaba casi imposible prever. Un equipo al que ya se le había otorgado la copa de campeón antes de iniciarse el Mundial porque nadie podía imaginar que semejante conjunción de talentos fuese a encontrar un rival cuya defensa no fuesen capaces de doblegar. Un equipo que durante el Mundial marcó quince goles en ocho partidos, más de los que los campeones marcaron en todos sus once encuentros. Una escuadra de maravilla, los X-Men del balompié.

Pero los hados del fútbol no siempre son justos, o consideran que la justicia nada tiene que ver con el arte.

El equipo que tenía que ganar

Brasil tenía una deuda pendiente con la Historia. Ya habían ganado tres títulos mundiales en cuatro ediciones, gracias a un par de generaciones de futbolistas extraordinarios (la del 58 y la del 70) que habían reunido más técnica e inventiva individual que ninguna otra escuadra hasta entonces. Dos oleadas de jogo bonito representadas —que no resumidas— por el legendario Edson Arantes do Nascimento.

Pero los años setenta habían sido decepcionantes. En 1970 los brasileños habían asombrado al mundo con lo que muchos consideraron entonces el equipo de fútbol más grande de todos los tiempos, llevándose el título casi por aclamación cuando apabullaron a los italianos con un rotundo 4-1 en la final.  Pero en el campeonato de 1974, huérfana de Pelé, la “canarinha” intentaba en vano apurar los últimos posos de aquella generación de fábula y se presentó en el torneo insegura y titubeante: en la segunda fase de grupos fue enviada a casa por la Holanda de Rinus Michels, que estaba inventando el fútbol moderno (el “fútbol total”) y que hizo que el “fútbol samba” de los brasileños pareciese repentinamente anárquico y obsoleto. También en el siguiente Mundial, en 1978, tuvo Brasil un comienzo algo dubitativo, pero en la segunda fase el equipo se puso las pilas: los nuevos valores brasileños empezaron a carburar. Sin embargo, tras un tenso empate a cero con Argentina, los brasileños quedaban fuera del torneo a causa del “goal average”, ya que los argentinos le hicieron seis tantos a Perú en la última ronda (goleada que despertó todo tipo de sospechas y habladurías). En todo caso, ni en el 74 ni el 78 acudió Brasil al campeonato con un plantel que hiciese olvidar a sus ilustres predecesores del 58, 62 y 70. El fútbol de carnaval había dado el relevo al más ordenado y sistemático fútbol europeo y Brasil ya no dominaba el cotarro. Incluso en su propio continente parecía haber sido superado por el fútbol argentino, que estaba más cerca de los planteamientos europeos que de la pura improvisación brasileira, y que se había llevado un título mundial. Título polémico, pero título al fin y al cabo.

Todo este aparente declive cambió en las fases previas del Mundial de España. La efervescente cantera brasileña había producido otra cosecha de Gran Reserva, una absurdamente brillante colección de talentos que durante la fase de clasificación y los amistosos previos había demostrado con claridad una verdad temible: no había ningún tipo de jugada ofensiva que aquellos tipos no fuesen capaces de elaborar. Literalmente. Sus momentos de inspiración, aquellos clímax futbolísticos en que los brasileños empezaban a improvisar como si estuviesen siendo iluminados por fuerzas celestiales, dejaban boquiabiertos a los espectadores y sembraban pánico entre los rivales. Cualquier combinación de pases y cualquier carambola ofensiva, por extraña o improbable que pudiera parecer, podía ser ejecutada por las botas encantadas de aquellos magos del balón. Se los comparaba sin complejos con los fabulosos equipos que le habían dado tres títulos mundiales a Pelé.

Zico y Maradona
Zico, el "Pelé blanco", era considerado casi unánimemente como mejor jugador del mundo hasta el auge de Maradona.

El corazón del equipo era el diabólico Zico —su apodo era “el Pelé blanco”, eso lo dice todo—, un mediapunta de habilidades inverosímiles, cerebro rápido y remarcable carácter. Capaz de generar casi cualquier tipo de pase ofensivo en las situaciones más difíciles, un regateador que podía desorganizar toda una defensa con un par de quiebros, un impresionante rematador, un gran lanzador de faltas… en definitiva, uno de los grandes. Un jugador infravalorado, o más bien poco conocido, por parte del público actual. Tres cosas impidieron que su nombre se haya revalorizado todavía más en la historia del fútbol: una, y quizá la más importante, que nunca ganó un Mundial. Dos, que fue eclipsado por la fulgurante ascensión de Diego Armando Maradona. Y tres, que desgraciadamente apenas jugó en Europa. Demostró sus asombrosas capacidades durante una apoteósica temporada en Italia, vistiendo la camiseta del Udinese: 19 goles en 24 partidos durante su primer año… en el ultradefensivo y durísimo Calcio de los ochenta, disputándose el título de máximo goleador con otro de los grandes de su tiempo, Michel Platini (el francés se llevó el “Pichichi” con 20 goles, uno más que el brasileño, pero Zico se había perdido cuatro partidos). Pero, pese a que su fútbol puso de manifiesto que podía romper esquemas en Europa, Zico, tras poner patas arriba el Calcio, regresó a Brasil el año siguiente, donde siguió jugando durante años y de donde ya sólo salió para una prejubilación dorada en Japón.

Zico estaba rodeado por una galería insólita de fantásticos jugadores, comenzando por el incomparable “doctor Sócrates”, de muy alta estatura para un futbolista —medía más de 1’90— pero cuya pequeña talla de pie, delgadez y excepcional sentido del equilibrio le permitían tener tanta cintura como un jugador de 1’75. Era un mediocampista excepcionalmente rápido y hábil, con una especial querencia hacia el juego preciosista y los pases inverosímiles, gracias a lo cual era un perfecto complemento para las laberínticas jugadas de Zico. Sócrates era en cierto modo como un Larry Bird del fútbol: su propósito era hacerlo todo bonito y espectacular incluso en momentos difíciles, incluyendo los lanzamientos de penalti. Desde luego, el ver a un jugador de su estatura correteando por el campo como una liebre y regateando a jugadores que deberían desafiar su centro de gravedad era toda una visión. Jugó un año en Italia, como Zico, pero también regresó rápidamente a Brasil, descontento por la disciplina que le exigían allí (“hay más cosas en la vida aparte del fútbol”). Eso sí, Sócrates era un hombre cultivado, nada que ver con el prototipo de futbolista intelectualmente ramplón. Cuando Zico no componía mágicas combinaciones con Sócrates, podía hacerlo con Falcao, un volante que también cultivaba el gusto por la complicación y la filigrana, además de ser (también) un excepcional tirador y muy resolutivo de cara a puerta. La gran especialidad de Falcao eran las apariciones por sorpresa entre líneas: se situaba inteligentemente a medio camino del ataque brasileño, con un envidiable sentido del movimiento sin balón (un jugador a estudioar en las escuelas de fútbol) y cuando decidía pasar a la ofensiva, apareciendo de la nada, solía crear el más absoluto desconcierto en las zagas rivales. Falcao cedía parte de su fama ante Zico y Sócrates, pero hubiese sido la primera  estrella en cualquier otra selección del mundo. Es más, Falcao no sólo triunfó en Italia como Zico sino que aguantó el ritmo de competición europeo y fue durante varios años buque insignia de la Roma, a la que condujo a ganar varios títulos, ganándose el apodo de “rey de Roma”. Además de Zico, Sócrates y Falcao, engrosaban el plantel de talentos nombres como Eder, un veloz extremo que era otro de los especialistas en lanzar libres directos increíbles, Cerezo, otro centrocampista virtuoso, o aquel inigualable Junior, un lateral izquierdo de técnica tan exquisita e inventiva tal, que solía unirse al mediocampo ofensivo; de hecho, pese a comenzar como lateral, acabaría siendo el cerebro creador de juego en el Torino italiano.

En cuestión de talento individual, aquel equipo flaqueaba solamente en la portería. Y quizá, aunque algo menos, en el puesto de ariete. No pudo acudir al Mundial el joven delantero Careca, otro futbolista de fantasía que poco más tarde sería el perfecto contrapunto de Maradona en el Nápoles. Ante esta y otras ausencias (como la de Roberto “Dinamita”) terminó jugando el Mundial como delantero centro Serginho: quizá el único jugador de ataque de aquel equipo que no tenía una técnica exquisita ni un talento fuera de lo común. Era sencillamente un buen delantero centro al modo clásico, un buen rematador, pero incapaz de inventar las diabluras propias de casi todos sus compañeros. Aun así, solía cumplir su papel… y cuando no, estaban todos los demás para marcar goles desde cualquier ángulo y de cualquier manera imaginable.

En resumen, el Brasil de 1982 era un equipo hecho para triunfar; un cúmulo de virtuosismo y fantasía futbolística que nunca más se ha vuelto a reunir en una sola alineación inicial. Era como un equipo de videojuego o, como diría Valdano, un equipo “de dibujos animados”.

Prácticamente nadie en la prensa mundial discutía el aplastante favoritismo de aquella Brasil para el Mundial 82. Había, claro está, algunos rivales muy potentes. Estaba Argentina, la vigente campeona, en la que coincidían el crepúsculo de Kempes con el amanecer internacional de Maradona. Por descontado estaba la potentísima Alemania de Rumenigge y Littbarski, así como una Italia repleta de nombres (Rossi, Altobelli, Gentile, Bergomi, etc) que trataba de recuperar su lugar en la Historia tras haber sido apisonada años atrás por el Brasil de Pelé. Y no se puede olvidar al otro equipo favorito de muchos amantes del fútbol, la exquisita Francia de Michel Platini y su “fútbol de salón”, que terminó metiendo incluso más goles que la propia Brasil en el mismo número de partidos (si bien con rivales ligeramente más fáciles). Grandes equipos todos ellos, pero que palidecían junto al brillo de la escuadra brasileña entrenada por Tele Santana. Demasiados genios juntos como para no ser los aplastantes favoritos. La unanimidad era total.

Contra la roca soviética

Comenzó la primera fase de grupos del Mundial, cuyo sorteo había consistido básicamente en descubrir quiénes serían los infortunados obligados a compartir grupo con el superequipo brasileños. Los “agraciados” fueron la URSS, Escocia y una de las “Marías” del torneo, Nueva Zelanda.

Socrates
El doctor Sócrates, el "pívot" más habilidoso de la historia del fútbol.

El partido inicial del grupo enfrentó a los brasileños con la URSS. Los soviéticos, que no solían tener suerte en los mundiales pese a presentar habitualmente equipos muy sólidos, demostraron ser una selección más que respetable y ofrecieron un partido mucho más competido e intenso de lo que nadie podría haber supuesto. Los europeos no sólo no se arredraron sino que intentaron explotar el que era tradicionalmente punto débil de las escuadras brasileñas: la escasa disciplina defensiva. Triangulando, con un juego de pase ordenado y preciso, inspirado en lo que Holanda había inventado algunos años atrás, los soviéticos crearon varias oportunidades claras. Finalmente se adelantaron a la media hora de juego con un disparo lejano que los brasileños vieron pasar ante sí totalmente atónitos y que el guardameta Waldir Peres dejó torpemente escurrirse entre sus manos. Los cariocas llevaban treinta minutos de Mundial y habían dejado entrever su posible Talón de Aquiles: la defensa. La URSS continuó con su juego “a lo Barcelona” tratando de mantener la inesperada ventaja, pero los brasileños eran simplemente demasiado buenos como para permitir que los dos puntos (lo que entonces valían las victorias) se les fuesen de las manos. Empezaron a intentar devolver la moneda con varios tiros lejanos hasta que Sócrates, con su habitual elegancia, su portentosa capacidad para crear ocasiones de la nada y su no menos portentoso disparo, buscó un pasillo con el que divisar puerta y tras quitarse a un par de defensas de encima marcó desde fuera del área, empatando el encuentro.

Aun así, los soviéticos siguieron sin venirse abajo y continuaron creando ocasiones, incluido un gol anulado por el árbitro. Resistieron como jabatos el envite rival aunque ninguna defensa del mundo podía estar preparada para cuando empezaba a funcionar la fantasía brasileira: casi al final del partido, Falcao dejó pasar un balón entre sus piernas —con esa tranquilidad de que sólo los brasileños eran capaces, como si estuviesen jugando en el barrio en vez de en un Mundial— para que Eder, en un gesto técnico de circo, la elevase ligeramente ante sí, habilitándose  una terrorífica volea que dejó clavados a defensores y portero rival. Uno de los goles del Mundial. 2 a 1, Brasil terminaba ganando lo que había sido un encuentro más duro de lo esperado, el más difícil hasta el encuentro con Italia.

El primer partido había dejado una moraleja clara: haciendo un fútbol muy ordenado y preciso como el de los rusos podía llegar a crearse ocasiones ante Brasil… el problema era que por cada ocasión propia, Brasil creaba tres o cuatro a su vez, desde cualquier distancia y ángulo. La URSS había jugado un grandísimo partido pero se necesitaba algo más que eso para tumbar a los favoritos. ¿Cuántos equipos más serían capaces de jugarles así a los brasileños? Presumiblemente, no muchos. Y de todos modos los soviéticos habían perdido.

Comienza el festival

El siguiente rival era Escocia en una de sus mejores versiones, que contaba incluso con alguna estrella de renombre —como Archibald— y que no era ni mucho menos una escuadra a menospreciar, como demostró su posterior y trabajado empate con la potente URSS. De hecho aquella Escocia era un equipo bastante más relevante a nivel europeo de lo que pueda serlo la Escocia actual, y no se clasificó para la siguiente ronda del Mundial por los pelos (la diferencia de goles, en detrimento del equipo soviético).

Los escoceses, de hecho, también empezaron su partido frente a Brasil adelantándose en el marcador, aprovechando la excesiva calma de los favoritos: consiguieron marcar en el minuto 18, rentabilizando uno de los típicos desconciertos de la zaga brasileña. De nuevo Brasil empezaba perdiendo. Era el segundo partido que los favoritos iban a tener que remontar. Pero dichos favoritos no querían volver a sufrir… así que a los pobres escoceses les tocó pagar los platos rotos. Zico empató con el que fue otro de los goles del Mundial —un libre directo que limpió las telarañas de la escuadra— y a partir de ahí fue todo una mera cuenta atrás para la victoria brasileña. Otros tres goles finiquitaron el destino escocés: un cabezazo increíble de Oscar rematando uno de aquellos corners envenenados típicos de aquella Brasil, una endemoniada vaselina de Eder desde una esquina del área y un chut de tiralíneas de Falcao (que por cierto era la guinda del pastel en un extraordinario partido del centrocampista). Pese al pundonor demostrado por los escoceses —los brasileños hablarían después de ellos con bastante respeto—los cuatro goles en contra bien pudieron haber sido seis o siete: Escocia había pagado con creces el pecado de intentar emular a la URSS y de haberle creado problemas a la todopoderosa Brasil.

En la tercera jornada, Brasil le endosó otros cuatro tantos a la débil Nueva Zelanda sin apenas despeinarse, en un partido que no tuvo mayor trascendencia, pero que nos permitió guardar alguna jugada de videoteca. Especialmente por parte de Zico, quien se dio el lujo de abrir el marcador con un extraordinario remate de tijera. La superioridad carioca era tan aplastante que el encuentro fue básicamente una pachanga para que los brasileños entrenasen de cara a la próxima ronda. Cerraron la primera fase de grupos en primer lugar, con tres victorias en tres partidos y diez goles a favor.

La primera fase, pues, había puesto sobre la mesa las credenciales brasileñas: sí, presentaban un cierto desorden defensivo, pero lo compensaban con una inagotable capacidad para crear ocasiones de gol. Prácticamente cualquiera de sus jugadores podía anotar o generar una asistencia en un momento dado, y las defensas rivales estaban obligadas a tener ojos en la espalda porque no había un único jugador a quien marcar, ¡todos los brasileños eran peligrosos! Zico, naturalmente, era la estrella; pero Falcao, Sócrates,  Eder,  Cerezo y compañía habían demostrado envergadura futbolística como para convertirse en revulsivos y romper un partido en cualquier momento. ¿Quién iba a poder detener a esta maravilla?

El Grupo de la Muerte

La segunda fase dividió a los clasificados en grupos de tres equipos que se jugaban directamente el pase a semifinales: sólo el primero de cada grupo seguiría adelante. Normalmente esta segunda ronda hubiese debido ser un paseo militar para Brasil, que, sobre el papel, esperaba en su grupo rivales respetables, pero asequibles (para ellos), como Bélgica o Polonia. Pero los resultados irregulares de la primera fase —belgas y polacos vencieron sus respetivas primeras fases contra pronóstico— hicieron que en el grupo se juntasen nada menos que Brasil, Argentina e Italia. El “grupo de la Muerte” se convirtió en el infierno futbolístico de 1982 e hizo que el otro grupo fuerte (el de Alemania, Inglaterra y el equipo local, una inoperante España) casi pareciera un torneo veraniego.

Falcao
Falcao, uno de los centrocampistas más exquisitos y resolutivos de los ochenta.

Los argentinos habían comenzado su fase inicial con problemas: tras perder con Bélgica en un tropezón inicial, tenían que resolver la papeleta en su segundo partido frente a unos crecidos húngaros que le habían hecho diez (¡10!) goles a El Salvador. Y los argentinos hicieron el trabajo con el que fue el primer partido estelar del joven Maradona en un Mundial: los argentinos vencieron por 4 a 1, con un terrorífico “Pelusa” que marcó dos goles, casi hizo un tercero y creó varias ocasiones más. Así pues, Argentina se clasificó pero tuvo que ceder el primer puesto del grupo a los belgas, con lo que los argentinos estaban condenados a vérselas con Brasil.

Mucho peor había sido el inicio de Italia, que se había clasificado sin ganar un solo partido en la primera fase: tres ramplones empates eran todo su bagaje (a cero con Polonia, a uno con Perú y Camerún). El equipo italiano había despertado serias dudas sobre su rendimiento y era especialmente discutida la presencia de su antigua estrella, el delantero Paolo Rossi, que había cumplido una larguísima sanción a causa de un asunto de apuestas ilegales. Rossi, que había terminado su exilio legal poco tiempo atrás, no parecía estar en forma para retornar a la alta competición en semejante escenario. Sin embargo, pese a su pobrísima actuación en la primera fase y las agrias críticas de prensa y público, el seleccionador italiano se negó a sacarle del equipo titular y mantuvo su confianza en él para la segunda ronda, decisión contracorriente que terminaría determinando el destino del campeonato.

Así que el “Grupo de la Muerte” iba a empezar con estos ingredientes: un Brasil a pleno rendimiento como absoluto favorito, una Italia adormecida y decepcionante, y una Argentina en la que el joven Maradona estaba dando pinceladas de genio pero también estaba revolviéndose como un gato en mitad de un equipo que empezaba a parecer oxidado y desorganizado, cuyo sistema de juego primaba a los vetersanos e ignoraba sus capacidades. Sobre el papel, Brasil tenía todas las de ganar. Pero de nada sirven los pronósticos: los tres partidos del “Grupo de la Muerte” debían jugarse y el fútbol siempre suele tener sorpresas.

La debacle de Argentina

El primero de los partidos, Italia frente a Argentina, se resolvió de manera inesperada: finalmente, las habilidades defensivas de los italianos empezaron a dar sus frutos, como harían tantas veces a lo largo de los años, e Italia ganó su primer partido del torneo por 2-1 a los vigentes campeones. Tras su portentosa exhibición ante Hungría, el nombre de Diego Armando Maradona era el único que parecía contar sobre el campo y todos los ojos estaban puestos en él. Incluidos los del defensa italiano Claudio Gentile, que le haría uno de los marcajes al hombre más férreos y eficaces de la historia, con sus buenas dosis de brusquedad —no quiero pensar en qué ocurriría si a alguien se le ocurre defender así a Messi hoy en día— y que para asombro de propios y extraños consiguió anular al astro argentino. Maradona se topó con el sabueso más duro de roer de toda su carrera. Gentile, preguntado tras el partido por lo brusco de su marcaje, respondería con una celebérrima máxima: “el fútbol no es para bailarinas”. Eran los años ochenta.

Así pues, tras la derrota inicial, los argentinos acudieron al partido contra Brasil a la desesperada. Necesitaban una victoria contundente y aun así sólo podrían confiar en la suerte para clasificarse. Los brasileños, en cambio, estaban bien tranquilos. Eran sabedores de que en el equipo argentino había un genio, pero que en el suyo propio había varios.

Los argentinos entraron al campo con ímpetu ofensivo, pero su sistema de juego resultó inoperante, no tanto por el esquema en sí, sino por el error de sacar a sus estrellas de sus posiciones naturales. Menotti se empeñó en seguir colocando a Maradona como delantero, en contra de los instintos innatos del jugador —esto es, crear juego desde atrás— y las tareas de construcción quedaron en manos de los veteranos Ardiles y Kempes, un delantero centro goleador que de repente jugaba como medio centro. Los argentinos apretaron durante diez minutos, pero sin crear ocasiones, hasta que Zico empujó al fondo de la red el rebote en el larguero de uno de aquellos temibles lanzamientos de falta de Eder (algunos lo consideran uno de los mejores libres directos jamás ejecutados). Era el primer ataque serio de los brasileños y era el primer gol.

Eder
Eder, extremo relampagueante y excepcional lanzador de faltas lejanas.

Los argentinos no se descompusieron, pero quedó claro que su sistema ofensivo no funcionaba y los brasileños se limitaron a jugar con calma, sacando provecho de la confusión argentina con mucha inteligencia y saber hacer. El esquema de Menotti estaba resultando —excepto en el aspecto defensivo, donde su “achique de espacios” funcionaba a la perfección— un verdadero desastre. Kempes, muy alejado del área, donde siempre había sido realmente peligroso, deambulaba sin rumbo por el centro del campo y tuvo que ser sustituido. Ardiles, cerebro oficial del equipo, sencillamente desaparecía durante largas fases del partido y Maradona, aislado arriba y casi sin recibir balones, iba de un sitio a otro con expresión de frustración. Al comenzar la segunda mitad, Argentina sólo dio algunas muestras de peligro cuando sus jugadores jóvenes intentaban algo distinto: ya fuese el delantero Ramón Díaz, que había saltado al campo con muchas ganas en sustitución de un mortecino Kempes, o el propio Maradona, que harto de no recibir el balón empezó a moverse por distintas zonas del campo, y fue quien creó el poco peligro de la escuadra argentina cada vez que bajaba al centro del campo para buscar un balón que nunca le llegaba. Llegó incluso a provocar un penalti que no fue pitado. Aun así, el sistema argentino seguía sin tenerle en cuenta como cerebro del equipo y el partido se caracterizó por algo que unos años después hubiese resultado impensable: el ataque albiceleste progresaba sin pasar necesariamente por las botas de Maradona. Menotti prefería confiar en la veteranía de la columna vertebral del equipo que había sido campeón cuatro años antes, frente a la juventud del entonces nuevo jugador del Barcelona, pero los veteranos de Argentina demostraron estar oxidados y faltos de ideas. Maradona lo intentó, pero estaba solo y aún no tenía el prestigio suficiente como para justificar que todo el peso de su escuadra descansara sobre sus hombros, algo que sí estableció como norma Bilardo cuatro años más tarde.

De todos modos, poco tenían que hacer los argentinos ante un rival tan formidable. Los brasileños, contemplando la evidente desorganización del rival, seguían a lo suyo con total calma. Por una vez no se apresuraban en atacar todo el tiempo. Cedían la posesión a Argentina y cuando llegaba su turno probaban lo que tan bien sabían: disparos a puerta desde lejos y alguna que otra combinación imprevisible de pases fulgurantes, sabiendo que tarde o temprano sonaría la campana. Y sonó: en el minuto 66, un contragolpe perfectamente ejecutado por Zico y Falcao facilitó un nuevo gol de Serginho. Un 2-0 prácticamente imposible de remontar que dejaba a los argentinos, vigentes campeones, fuera del Mundial. Junior marcaría el 3-0 pocos minutos después.

La parte final del partido fue una agonía para Argentina, eliminada y desmoralizada, que intentaba al menos marcar el “gol del honor”. Maradona, crecientemente frustrado por la ineficiencia de su equipo, por estar fuera de sitio en el campo y por alguna que otra entrada de los brasileños —aunque el partido fue generalmente muy limpio— se ganó la tarjeta roja a cinco minutos del final. El brasileño Batista había hecho una entrada peligrosa sobre uno de sus compañeros y Maradona decidió tomarse la justicia por su mano con una patada bastante sucia sobre el jugador rival. Se despedía así de su primer Mundial. Poco después los argentinos marcaron finalmente, antes del pitido final: el resultado fue 3-1. No fue un partido grandioso, pero sí la demostración de que los brasileños, en ocasiones, podían jugar inteligentemente con el resultado e incluso defenderlo. En ocasiones.

La tragedia de Sarriá: un clásico para la posteridad

Brasil afrontaba su partido contra Italia con mucho optimismo. Los italianos habían hecho pocos méritos durante el torneo y su mayor y único logro había sido conseguir neutralizar a un Maradona ya de por sí infrautilizado por el sistema de Menotti. Pero el juego italiano no había convencido. Parecía imposible que aquella escuadra “azzurra” tuviese las armas para neutralizar a todos los brasileños —quienes esperaban un fuerte marcaje sobre Zico… lo cual no les preocupaba—; ni que decir tiene para dejar fuera del campeonato a una Brasil que tras golear a Argentina sólo necesitaba un empate para clasificarse. Pero el fútbol es, a veces, un deporte de alineaciones planetarias y casualidades místicas. Puede suceder que un Argentina-Brasil siga toda la lógica el fútbol, que ocurra lo previsto y que las cosas funcionen tal y como era de suponer viendo cómo se organizaban los dos equipos sobre el terreno. Pero también puede suceder que durante un Italia-Brasil los astros (los del cielo, y también los del césped) decidan volverse locos y alterar el destino que estaba escrito. De poco hubiesen servido las ocasionales distracciones defensivas de los brasileños si hubiesen jugado contra la Italia que se enfrentó a Argentina.

Pero aquel día  tenía que suceder lo inesperado. Tras todo un campeonato de vagabundeo fantasmal, decidió resucitar de entre los muertos Paolo Rossi, iniciando una asombrosa racha de seis goles en tres partidos que grabaría su apellido en la crónica dorada de los Mundiales. Discutido —con razón— por periodistas y aficionados, habiendo estado prácticamente inerte durante todo el campeonato, pero mantenido por su seleccionador contra viento y marea, el delantero que había pasado años alejado de los terrenos de juego eligió aquel preciso día para entrar en la Historia, interponiéndose en el camino de una de las escuadras más maravillosas que ha visto el fútbol, y en uno de los partidos más dramáticos de los campeonatos mundiales.

Empezó el Brasil-Italia en el campo de Sarriá, con todas las apuestas a favor de Brasil. Les bastaba un simple empate.

Cuando Rossi marcó a los cinco minutos de partido, la verdad es que pareció un mero accidente, como el que ya habían sufrido los brasileños frente a la URSS y también frente a Escocia. Cabrini, uno de los hombres del partido, dibujó un perfecto centro aéreo y Paolo Rossi, que era un verdadero maestro del desmarque, apareció por sorpresa a un lado de la portería y remató de cabeza a placer. Bueno, Rossi había sido conocido por ser un delantero oportunista y siempre pueden ocurrir estas cosas: los brasileños se recuperaron del pequeño “shock”, se recompusieron rápidamente y empezaron a buscar el empate haciendo lo que mejor sabían hacer: atacar. La máquina de genios se puso a carburar y ya en las siguientes jugadas crearon varias oportunidades que eran como las gotas que anuncian el chaparrón. De hecho, tardaron sólo siete minutos en empatar el partido, marcando uno de los goles más famosos de aquel extraordinario equipo. Sócrates le hizo un pase vertical a Zico y comenzaba a correr hacia el área, mientras Zico hacía un quiebro y —con uno de sus típicos movimientos desequilibrantes— destrozaba la defensa italiana, devolviendo otro pase en profundidad a Sócrates, quien en vez de centrar anotó de forma inverosímil, aprovechando un pequeñísimo hueco entre poste y portero. El balón no había dejado de ir siempre hacia arriba y las dos estrellas cariocas se las arreglaron para mantener el movimiento vertical de la pelota ellos solos frente a prácticamente todo el equipo rival. Como decía con total asombro el comentarista: “that was magic!”. Vuelvan a observar la jugada fijándose no en los jugadores, sino sólo en el camino que sigue el balón, como si los futbolistas fuesen invisibles. El balón, nada más salir del campo brasileño, parece atraído por la porteria rival como por un imán. Fútbol ofensivo en estado químicamente puro.

Las cosas parecían haber vuelto a su cauce. Brasil, teniendo el empate que les clasificaba, volvió a controlar el balón con su característica tranquilidad. Demasiada tranquilidad. Aunque es difícil culpar a un equipo que se sentía tan abrumadoramente superior. Pronto cometieron el error garrafal de confiar en su fluidez combinatoria allá donde menos hubiesen debido hacerlo: en su propia defensa, frente a la frontal del área. Una salida desde atrás aparentemente inocua terminó en otro “accidente” cuando un pase horizontal mal medido fue robado por el atentísimo Rossi, que corrió hacia puerta y volvió a marcar a placer. Italia volvía a ponerse por delante y aún se estaba jugando poco más de la mitad del primer tiempo. El partido estaba empezando a tener pinta de terminar convirtiéndose en una locura, y ya sabemos que si hay alguien que sabe sacarle partido a la locura, ese alguien es Italia.

Paolo Rossi
Paolo Rossi, inesperado verdugo de una de las escuadras más mágicas de todos los tiempos.

Durante el resto de la primera mitad y parte de la segunda, los brasileños volvieron al ataque para intentar empatar nuevamente, mientras Italia aguantaba el envite (aunque realmente estaba en su salsa: encerrada atrás y esperando la oportunidad de lanzar sus contragolpes). Finalmente los sudamericanos consiguieron la igualada cuando Falcao, haciendo gala de la envidiable sangre fría de aquel equipo, buscaba un hueco en la defensa y marcaba con un disparo de tiralíneas. Brasil, con el empate, volvía a estar clasificada.

Pero quedaban más de veinte minutos de juego y si algo nos ha enseñado el fútbol es que los minutos suelen jugar a favor de Italia. Poco después del empate de Brasil, un lanzamiento de corner propició que se juntasen el hambre y las ganas de comer: un momentáneo desorden defensivo de los brasileños y el oportunismo de un Paolo Rossi que completaba un “hat trick” y volvía a dejar a Zico y los suyos fuera del Mundial. Esta vez, no hubo tiempo para un tercer empate. Los italianos hicieron lo que mejor saben hacer: encerrarse atrás y defender el resultado frente a unos angustiados brasileños que veían vaciarse el reloj de arena a toda velocidad. La fantasía carioca había remontado el partido dos veces, pero pedir que lo hicieran una tercera y contrarreloj era algo excesivo incluso para ellos. Nuevamente se lanzaron al ataque, pero esta vez, con el partido finalizando, tenían además la seria preocupación de que un rápido contragolpe con su propio campo prácticamente vacío propiciase un cuarto gol italiano. Y de hecho estuvo a punto de suceder, cuando Antonioni vio anulado un gol por fuera de juego, tras una de aquellas contras letales de los transalpinos. Para añadir más drama al asunto, el portero italiano Dino Zoff detuvo un envenenado remate de cabeza sobre la mismísima línea de meta (a primera vista el balón parecía haber entrado y por ello los brasileños reclamaron gol, aunque las repeticiones muestran que no traspasó la línea). Los minutos se consumieron inexorablemente y la varita mágica de Brasil no consiguió el último truco, el que les hubiese permitido pasar a semifinales. Sólo hubiesen necesitado un empate y se les había escapado de las manos. Fue Italia la que se clasificó y terminaría siendo campeona, con un Rossi que volvió a marcar dos tantos en la semifinal y otro en la final frente a Alemania.

Adiós a una era

La “tragedia de Sarriá” fue uno de los más épicos partidos de la historia de los campeonatos mundiales de fútbol, pero también el final de una era futbolística que quizá nunca regrese: la era del fútbol romántico, la era del arte por el arte y el ataque a toda costa.

Ellos eran la alegría del fútbol. El Brasil de 1982 iba en contra de casi todos los dictámenes del fútbol moderno que ya estaba imponiéndose en el mundo. No se preocupaban por la defensa, no les interesaba la posesión del balón si no era para crear jugadas verticales,  daban más importancia a la improvisación individual que al sistema, valoraban más el talento que el orden, y su única y absoluta preocupación era el gol. Una utopía futbolística que los entrenadores actuales considerarían inaceptable, porque el único modo de que hoy un equipo lograse funcionar cediéndolo todo a la imaginación sería que estuviese compuesto por un plantel de jugadores comparable… y eso es algo que simple y llanamente no ha vuelto a suceder.

Para el forofo resultadista siempre cuenta más una victoria que un partido bellamente jugado, pero hay que reconocer con admiración el empeño de Brasil, como país futbolístico e incluyendo también a su público, por intentar prolongar la validez de la fantasía como componente primordial del arte del balompié. Después de 1974 el fútbol de carnaval había parecido algo del pasado, una reliquia de cuando Pelé aún caminaba sobre las aguas, pero Zico y compañía, como su entrenador y como todo el país, se negaron a ceder ante la llegada del fútbol-orden.  Lo intentaron. No funcionó. Y fue la última oportunidad para el fútbol-arte en estado salvaje. Con el tiempo incluso Brasil ha tenido que imponer el orden en sus combinados nacionales, pero el intento de 1982 no solamente fue loable como expresión de una filosofía deportiva, sino absolutamente apabullante como producción futbolística en sí. Podemos tomar como comparación inevitable el fútbol actual del Barcelona, epítome del juego moderno y refinación final del “fútbol total” de Rinus Mitchell. Es un equipo cuyo también admirable sistema siempre termina pareciéndose a sí mismo, mientras que la Brasil de 1982 era una constante caja de sorpresas: no había manera humana de dibujar un esquema que resumiera el juego de aquel equipo, porque absolutamente todo su fútbol se cimentaba en la ocurrencia individual momentánea. Y aun así, su juego de equipo —en ataque, que no en defensa— era sensacional: todos los jugadores sabían situarse para desahogar a quien condujese el balón, pero en su fútbol de toque no había nada de la elaboración orquestada de un equipo moderno, sino un mero fluir hacia delante confiando siempre en que quien recibiese el balón tenía la capacidad de seguir interpretando la samba, llevando el cuero a donde los brasileños pensaban que debía estar: cerca del área contraria. Aquel Brasil era, en términos escolares, el “equipo de los buenos”, el que no necesitaba pensar en cómo jugar y se limitaba a torear a sus contrincantes a golpe de talento.

Una de las facetas más llamativas de aquel equipo era precisamente su actitud de apabullante confianza: incluso cuando empezaban un partido perdiendo, ellos seguían haciendo lo suyo, sabedores de su total superioridad. Confiaban en las musas al igual que un pianista de jazz confía en que sabrá encontrar las notas cuando se sienta a improvisar. No se echaban atrás, no hacían veinte pases seguidos en su campo, o dicho más bíblicamente: no tocaban el balón en vano. El fútbol es ataque, pensaban, y actuaban en consecuencia. Aquello tenía la contrapartida de hacerles más vulnerables en defensa de lo que hbiesen debido. De hecho, el que precisamente Italia les echase de un Mundial ejemplifica la llegada de los años ochenta: la progresiva implantación de las defensas duras, del fútbol de músculo, del resultadismo. El “fútbol samba” era como un dinosaurio en plena extinción, el fútbol romántico que moría a finales del siglo XX como el ajedrez romántico había muerto a finales del XIX.

Aun así, en Brasil tardaron en aceptar que futuros seleccionadores reconvirtiesen sus equipos nacionales en versiones más o menos imitativas del esquema futbolístico europeo. Aunque, como decíamos, terminó sucediendo porque tenía que suceder. Era, supongo, una metamorfosis inevitable: de todos modos, aunque Brasil ha seguido gestando grandes jugadores, no se ha vuelto a producir una conjunción como la de 1982. Hay que ser realista: aquel fútbol no volverá y su glorioso canto de cisne no produjo un título mundial, así que para muchos aficionados —sobre todo jóvenes— aquel equipo es una más de tantas historias del abuelo Cebolleta. No pueden creer, porque nunca lo han visto, que hubiese un equipo con tantos Messis y Cristianos Ronaldos juntos. Aquel Brasil no ganó y por tanto su enorme, apabullante superioridad técnica no está probada para quien no se haya molestado en investigarlos. Pero la poesía del fútbol no está en los resultados, sino escondida entre líneas en las páginas de la historia: quizá, con el paso de los años, algunos hayamos terminado encontrando más fascinante la idea de pensar en aquel Brasil como en los grandes perdedores, que imaginándolos alzando una copa mundial. Como en las viejas películas de Humphrey Bogart, donde quien intenta hacer de la vida un arte nunca gana, pero es el personaje con más encanto del guión.

Por el momento, siempre es interesante proyectar uno de aquellos partidos ante espectadores actuales que los desconocen y observar sus rostros cuando empiezan a contemplar algo que nunca habían visto antes. La reacción inevitable es, cómo no, el asombro: el fútbol tiene una memoria muy corta, pero una historia muy larga. Sería un tanto arrogante pensar que el fútbol más bonito lo estamos viendo ahora, en pleno 2011, porque érase una vez un tiempo en que Zico, Sócrates, Falcao, Eder, Cerezo, Leandro y Junior jugaron juntos…